EDVARD GRIEG, PEER GYNT, Suite 1, Op. 46; y 2, Op. 55
Siempre deseó
Grieg componer una ópera, pero hay que concluir, a la vista de los resultados, que no estaba
tal vez dotado para ello. Al menos es evidente que la composición de obras menores, a modo de pinceladas en el cultivo de los diversos
géneros, le iba más que la construcción arquitectónica de grandes estructuras, tanto sinfónicas como líricas.
Naturalmente, hubo un deseo nacional de reunir al máximo dramaturgo,
Henrik Ibsen, con el máximo músico, Edvard Grieg, y el argumento
del primero que más parecía adaptarse a la composición de una ópera era la historia del joven Peer Gynt, quien movido por un irrefrenable
impulso de correr aventuras, abandona su casa y su país en búsqueda de un ideal desconocido, que sólo encuentra al final, de vuelta en su
patria. Los contactos entre ambas personalidades fueron frecuentes, pero casi infructuosos. Hubo tal vez poca coordinación de temperamentos.
Pero por encima de todo, se impuso ese carácter de Grieg tan poco dado a las construcciones monumentales, y mucho más al Lied,
la Sonata para dos instrumentos o la Danza Noruega.
Finalmente, el intento quedó en la composición de música para la escena, al modo del Egmont de Beethoven, o del
Sueño de una noche de verano, de Mendelssohn. Grieg compuso, con las piezas escritas para acompañar la representación escénica
del drama hablado, dos Suites, que se han convertido en favoritas para el público de concierto popular.
La primera Suite comienza con el bello
Amanecer, con la melodía en la flauta, y que tan bien evoca la salida del sol y el
optimismo de la naturaleza primaveral en la hermosa hondonada del fiordo noruego. Sigue la página más sentida, la fúnebre
Muerte de Aase, que describe cómo la madre de Peer, enferma en su lecho, va
conversando, cada vez más débilmente, con su hijo quien, exaltado por la obsesiva idea de viajar, de marchar, de huir en cierto modo,
sin saber de qué ni hacia adónde, ni siquiera se da cuenta de que su madre ha muerto. Esta escena cumbre del drama ibseniano encuentra
en la tenebrosa y sentida música de Grieg una contrapartida ideal.
A continuación se encuentra uno de los fragmentos más bellos de toda la música, y no sólo la de Grieg, uno de esos raros aciertos en
los que la sencillez y la naturalidad hacen maravillas. Estamos hablando de la
Danza de Anitra. Claro que a la maravillosa impresión ayuda mucho la habilísima
instrumentación, colorista y exótica, que da un carácter oriental (como la esclava que danza) al fragmento, pero está ante todo el don
de la melodía, en triste modo menor, y su airoso desarrollo. Estructurada, como las danzas de la antigua Suite, en dos secciones
que se repiten ambas, la segunda, después del segundo motivo, reproduce el primero, al principio en bello efecto de canon, y lleva a la misma
conclusión que la primera. En total, no dura, con repeticiones, ni siquiera cuatro minutos, pero deja en el oyente un sabor de boca
inolvidable y perecedero, pues se repite con los años cada vez que se vuelve a escuchar.
Sigue un fragmento característico,
En la mansión del Rey de la Montaña, con su elefantino movimiento de contrabajos
y fagotes, que va acelerándose progresivamente, mientras pasa a instrumentos cada vez más agudos y acaba con un clímax rítmico de toda
la orquesta.
En la segunda Suite podemos escuchar primero el bellísimo
Lamento de Ingrid, para la voz en el original. Eso, en su segunda parte, la queja de
la joven raptada por Peer en el drama, mientras que la primera, Allegro furioso, describe la cólera de los campesinos por el rapto.
Sigue la
Danza árabe, rítmica y amable, pero a cien codos de la inspiración sin par de la
Danza de Anitra de la primera Suite.
Especial relieve tiene toda la orquesta en el fragmento siguiente,
El regreso de Peer Gynt: añoranza y espíritu aventurero laten en estas vibrantes
páginas, pero ante todo un cierto optimismo, una gran alegría por el regreso a casa, donde estaba la verdad que no podía distinguirse,
de ahí aquellos anhelos indiscriminados.
La segunda Suite termina con la sentida
Canción de Solveig (también con voz), la chica forastera que, viendo al principio
a Peer Gynt solo en el baile, sin que ninguna de las muchachas del pueblo acceda a bailar con él, lo hace, y logra enamorarle. Pero ni ese
amor conseguirá retener al inquieto Peer, y Solveig esperará tiempo y tiempo su regreso, entre lágrimas, para al final llorar también, pero
de alegría, al recibirle de nuevo a su lado. Y cuando Peer pregunta: «¿Dónde estaba mi verdadero yo? ¿Sabes dónde ha estado Peer Gynt
durante todos estos años?», Solveig puede responder, entre orgullosa y reconfortada: «Estaba siempre en mi fe, en mi esperanza y en
mi amor».
Ibsen escribió Peer Gynt en 1867. Estuvo en tratos con Grieg entre 1874 y 1878. Las dos
Suites para orquesta datan de 1888 la primera, y de 1891 la segunda. Las tres llevan distintos números de Opus. La música
escénica el Op. 23; la primera Suite, el Op. 46; la tercera el Op. 55.