Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un arroyo.
Inmediatamente escucho objeciones. "¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro."
Yo mismo fui "trabajador" hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?
Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y cuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más "pesados". Leía de pié, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Además, repito, leí –por lo menos para mí- los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Rara vez leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.
Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el "material de lectura", según se le llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los "acontecimientos de actualidad": guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible –donde reciben más noticias frescas, más "acontecimientos de actualidad"- y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?
La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de las actividades del mundo, pero es pura ilusión. Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.
Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan?, nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?
Hay madres que nos dirán que sólo en la toilette tienen oportunidad de leer. ¡Pobres madres! La vida es realmente dura para vosotras en estos tiempos. Sin embargo, comparadas con las madres de cincuenta años atrás, vosotras tenéis más oportunidad para desarrollaros a vosotras mismas. En vuestro completo arsenal de dispositivos que economizan trabajo tenéis lo que ni siquiera las emperatrices de la antigüedad poseyeron. Si al adquirir todos esos artefactos querías realmente ahorrar "tiempo", entonces habéis sido cruelmente engañadas.
Después están los niños, por supuesto. Cuando todas las demás excusas fallan, siempre son "los niños". Vosotras tenéis jardines de infantes, campos de juego, niñeras y Dios sabe qué otras cosas. Hacéis dormir la siesta a los niños después de almorzar y los acostáis lo antes posible, todo de acuerdo con los "modernos" métodos aprobados. En suma, tenéis lo menos posible que hacer con vuestros hijos. Son eliminados, tal como sucede con los odiosos menesteres domésticos. Todo en nombre de la ciencia y la eficiencia.
("Fraçais, encore un tout petit effort...!")
Sí, mis queridas madres, sabemos que por mucho que hagáis siempre hay más que hacer. Es verdad que vuestra tarea nunca acaba. ¿De quién será, me pregunto? ¿Quién descansa el séptimo día, no siendo Dios? ¿Quién contempla si obra, cuando está terminada, y la halla buena? Al parecer el único que lo hace es el creador.
A veces me pregunto si estas madres conscientes que siempre se quejan de que nunca terminan su trabajo (forma inventada de autoelogio), me pregunto, como decía, si alguna vez se les ocurre llevarse al retrete, no material de lectura sino pequeños trabajitos que han dejado sin terminar. O bien, diciéndolo de otra manera, ¿alguna vez se les ocurre sentarse a meditar sobre su suerte durante esos preciosos momentos de completa intimidad? ¿Alguna vez, en tales momentos, piden al buen Señor fuerzas y valor para seguir marchando por el camino del martirio?.
Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves "incapacidades". Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda, antes de que hubiesen dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que ahorraran tiempo, antes de que hubiesen medios para aprender más rápido, antes de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo, trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo tipo.
Puede que las madres de nuestros grandes hombres también hayan tenido la costumbre de leer en el baño. Si es así, comúnmente no se sabe. Sospecho, en cambio, que estos lectores gargantuescos han vivido demasiado activos, demasiado concentrados en su objetivo, como para derrochar el tiempo de esta manera. El hecho mismo de que fueran lectores tan prodigiosos indicaría que su atención siempre estuvo indivisa. Es cierto, sin embargo, que existen bibliómanos que leen durante las comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de compasión.
Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada. Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer, dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir, es porque algo te molesta. Hay algo "sobre tu mente", donde en realidad no debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones. Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estés cumpliendo. No importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias cosas al mismo tiempo para "aprovechar el tiempo al máximo", como se dice. Esto es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con lo fácil! "Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas". Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.
Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha servido a sus fines. Lo que no se usa y se "acapara" se torna ponzoñoso. Esto es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con "desperdicios". ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado en el excusado?
Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días en el retrete no es despreciable –algunas personas prefieren llamarlo "W.C." o el "John"- entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate: "¿Necesito esto? ¿Por qué?" (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no debe desdeñarse.) Supongamos -¡y ya es suponer mucho!- que eres una persona que solamente lee en el excusado "la mejor literatura del mundo". Aún así, sostengo que te valdrá la pena preguntarte: "¿Necesito esto?". Supongamos que te resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él. Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además, ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así.
A estos pobres diablos que
desconocen su verdadero papel quisiera recomendarles el siguiente procedimiento
para el caso de presentarse una crisis así. Digamos que ella ha
estado encerrada "allí" por lo menos media hora. No está
constipada, no se está masturbando ni se está hermoseando.
"¿Entonces qué demonios hace allí?" ¡Cuidado!
Yo sé lo que pasa cuando te pones a hablar solo. No pierdas los
estribos. Simplemente trata de imaginar que, sentada allí, en el
excusado, está la mujer que antaño amaste tan locamente que
por nada en el mundo te habrías enfadado con ella. No te pongas
celoso de Dante, de Balzac o Dostoievsky si éstas son las sombras
con las que ella se está comunicando allí. "¡Y hasta
puede que lea la Biblia! Ha estado allí lo suficiente como para
leer el Deuteronomio." Lo sé. Sé la impresión que
esto te causa. Pero no está leyendo la Biblia, y tú lo sabes.
Quizá tampoco sea Los poseídos, ni Seraphita,
ni Holy Living (Vida Santa) de Jeremy Taylor. Podría ser
Lo
que el viento se llevó. ¿Pero qué importa? El
remedio –créeme hermano, ¡el único remedio!- es ensayar
una actitud distinta.