La
izquierda,
siempre
más cerca del socialismo
que de
la realidad.
Frase anónima.
Una primera respuesta al interrogante de marras la pueden obtener quienes frecuenten los programas
massmediaticos de la derecha. En efecto, para dichas emisiones Kirchner no es igual que Menem: el presidente patagónico es una
encarnación de los demonios de la década del `70 o del mismo Lenin, por lo tanto, no es asimilable al riojano, verdadero
demiurgo de los dorados 90`, paraíso
perdido al cual siempre desean tornar. A la derecha vernácula puede acusársela de muchas cosas, pero no de desconocer cuales son
sus verdaderos intereses. Sin embargo, nuestro autor concluye taxativo: Por todo esto, y si le quedaban dudas, KIRCHNER ES IGUAL A MENEM. Definitivamente, ni
Bernardo Neustadt, ni Mariano Grondona, ni Guillermo Cherasni coinciden con nuestro articulista.
De todos modos, centraremos la polémica
en los fundamentos para enunciar afirmaciones- a nuestro modo de ver- tan exóticas. Dice el profesor Sanchez podemos concluir en que sí, en que Kirchner es igual
a Menem en cuanto al sostén del modelo económico y social impuesto por los Dueños de la Argentina...
El modelo aplicado en los ’90 por el gobierno de Menem se centró en tres ejes decisivos, a saber. convertibilidad, privatizaciones e inserción subordinada en el orden global. Para un análisis más detallado del tema puede consultarse el capítulo II de nuestro libro Los piquetes de La Matanza. Parte de aquellos contenidos ya fueron modificados en gran medida desde la gestión Duhalde, aunque algunas de estas transformaciones no hayan sido necesariamente beneficiosas para el pueblo. Pero además, el modelo (neoliberal) de los ’90 apuntaba centralmente a jerarquizar casi exclusivamente a los estamentos financieros de la burguesía en perjuicio de los productivos y naturalmente procuró exitosamente deprimir la participación de los asalariados en las rentas nacionales. En este punto, la diferencia sustancial es que en la actualidad se ha diseñado un proyecto económico que trata de privilegiar la producción y no las ganancias de la especulación bancaria, así como reducir parte de lo perdido por los trabajadores en la distribución de los ingresos del país.
A continuación, analizaremos sucintamente las importantes- más allá de su insuficiente alcance- diferencias del gobierno Kirchner con relación al neoliberalismo predominante en los ’90 y el lector extraerá las conclusiones del caso:
1) Una primera diferencia consiste en la clara intención de provocar una redistribución del ingreso. Se puede criticar la velocidad y profundidad del proceso, mas no la existencia de un intento de mejorar la situación de asalariados, pensionados y jubilados, víctimas dilectas del genocidio social practicado en nuestro país durante el Menemato. Los diversos incrementos realizados (aunque hayan sido en negro), la mejora en el salario mínimo, las distintas medidas tomadas y que no es del caso enumerar aquí tienen una finalidad última: reactivar el mercado interno, único modo de lograr la (re)construcción de una nación socialmente integrada. Por cierto, no existe nación con masas hambrientas y marginadas socialmente.
2) A casi tres años de la devaluación de 2002, las tarifas de los servicios públicos permanecen sin modificaciones para el pueblo consumidor (salvo el gas en garrafas), pese a la permanente presión del poder económico local, los organismos financieros y los gobiernos de los países centrales. El incremento constante del precio de tales prestaciones es un rasgo fundamental de los ’90. Recuérdese, por ejemplo, los escandalosos revaluos telefónicos durante los ‘90, época en que pagábamos las tarifas más caras del universo. Las diferencias son tan obvias que ni siquiera debieran destacarse.
3) Además, se ha gestado un incipiente sector de economía estatal (correos, ferrocarriles, astilleros, energía, entre otros) ciertamente insuficiente, pero impensable en los ’90. Tal década fue la era de la orgía privatista y el desempleo estructural. El proyecto de Kirchner marca así un nuevo rumbo. Corresponde al pueblo profundizarlo.
4) El gobierno presidido por el actual primer mandatario fue el único que logró bajar las tasas de interés, lejano objeto del deseo para diversos presidentes desde la restauración democrática en 1983. Desde luego que tasas que oscilan entre el 9 y el 25 % siguen resultando muy altas con relación al primer mundo y no pueden ser calificadas de otro modo que una auténtica usura. Pero la actual es una orientación que marcha en el sentido correcto, es decir, que las finanzas resulten el lubricante de la actividad productiva y no que esta se subordine a la valoración de los capitales especulativos. ¿Es necesario comparar con lo que ocurría en los años del Menemato?
5) La paridad del dólar a 3 pesos constituye un verdadero muro de protección para la industria nacional, aun no recuperada ni mucho menos del marasmo provocado por la convertibilidad. Además, se alienta de este modo la exportación. Nada casualmente, los voceros del poder económico presionan por un valor de 2,20. Buscan así eliminar el desempleo... en China, Malasia, Japón, Europa o los Estados Unidos. Además, añoran la etapa en la que era mejor negocio toda especulación financiera que una inversión productiva de riesgo. En este punto, el Menemismo implicó indudablemente un proceso de desindustrialización casi sin precedentes. Por el contrario, puede cuestionarse la velocidad y profundidad de la reindustrialización en curso, pero no su existencia.
6) Es posible tener diversas opiniones acerca del modo con que el poder ejecutivo ha encarado las negociaciones con los organismos financieros internacionales, los acreedores extranjeros, los gobiernos de los países centrales y otras alimañas. Pero- en nuestra opinión- resulta destacable el elevado grado de autonomía nacional alcanzado. Aún aceptando las (por ahora) inevitables concesiones al imperio y las diferencias con países hermanos, como Brasil, destácase que la Argentina negocia desde la defensa de sus verdaderos intereses. Algo muy distinto a lo ocurrido durante la vigencia de la pizza con champagne, época de relaciones carnales con el imperialismo (ciertamente, el upite no lo ponían los empresarios y políticos menemistas) y disolución nacional. Tal vez sea poco para quienes preconizan que lo único que puede hacerse es repudiar al F.M.I.. Pero quienes enuncian estas posiciones deberían preguntarse si el conjunto del pueblo argentino ( no sus destacamentos más politizados) está en condiciones de resistir una presión a fondo del imperialismo, en caso de que la Argentina repudiare unilateralmente sus deudas. En nuestra opinión, nos hallamos muy lejos de ello. Otras serían las posibilidades en caso de lograrse la creación de un frente de países deudores, proceso que ni siquiera puede decirse que se halle en pañales en la actualidad.
Lo anterior es un sucinto compendio de diferencias entre los modelos económico y social impulsados por uno y otro mandatario. A nuestro juicio la diferencia central es de proyecto. El califa de Anillaco – a diferencia del Doctor Nestor Carlos Kirchner- alentó incansablemente la disolución de la nación argentina por medio de mecanismos como los siguientes:
a) La entrega escandalosa y corrupta a monopolios parasitarios de sus riquezas naturales.
b) La desintegración social resultante de su plan económico. Tal como dijimos anteriormente, el desempleo y la desestructuración social consiguiente implican la negación de la existencia de la nación en cuanto espacio común del conjunto del pueblo.
c) El sobre-endeudamiento inútil. Al incrementar la deuda externa, resultaba afectada la capacidad de autodeterminación nacional frente a los organismos financieros y a los gobiernos de los países centrales
d) La liquidación de los mecanismos de intervención estatal en la economía provocó la dificultad de colocar límites a la voluntad (omnímoda) del poder económico.
e) La feudalización de las economías regionales, que coadyuda a debilitar al estado nacional. Por ejemplo, los gobernadores de las provincias petroleras, por causa de mecanismos constitucionales de 1994, retienen atribuciones que en rigor corresponden a la nación.
f) La fragmentación y aislamiento territorial resultante de haber liquidado una empresa como Ferrocarriles Argentinos; entre otras medidas de alcance indudable regresivo.
En cambio, el patagónico encabeza un (tímido) proceso de reconstitución nacional, que no es más profundo- entre otras causas- por la casi total ausencia de participación popular. Por cierto que este camino no elimina el conflicto social. Por lo tanto, incluye una nueva hegemonía o modo de dominación (necesariamente burguesa). En este punto, hay que decir las cosas como son. No existen condiciones para un proyecto socialista, ni en la Argentina ni en el mundo. Pero con la reconstrucción de la nación y la (re)creación de un estado social seguramente las condiciones para la sobrevida de nuestro pueblo y- para que pueda luchar por mejorarlas- serán inmensamente mejores que en los 90`, la etapa en que debíamos pedir por favor que ya no nos cascotearan más el rancho. Si bien estamos muy lejos de retomar la iniciativa, al menos ya fantaseamos con hacerlo, luego de casi tres décadas de derrotas.
En su artículo dice el profesor Sanchez:
Profundizando esas palabras pueden extraerse algunas diferencias entre Menem y
Kirchner. Para poner en caja a los
uniformados el innombrable indultó a los peores asesinos de la historia argentina. Nunca está de más recordar que nuest0ra
historia es rica en crímenes, de modo que quien perdonare a los chacales del 76`(los peores asesinos en la nacional historia de
la infamia) merece la más profunda repulsa de los pueblos y de la conciencia universal. ¿Hace falta decir que no hubo ningún
otro mandatario en la historia latinoamericana que haya planteado con tanta profundidad y alcance práctico la dimensión ética,
política y filosófica de los derechos humanos?
Con relación a los sindicalistas, todo análisis debe partir que el Menemismo
provocó una gravísima derrota histórica a las clases populares, en gran medida aún peor que la infligida por la dictadura
procesista. No es menor entre las causas de tal retroceso la tradición histórica de más de medio siglo de prácticas obreras
corporativas. En este contexto de frustración para la clase trabajadora fue relativamente sencillo para el riojano descartar al
sindicalismo que resultaba hostil a su proyecto, mientras privilegiaba la relación con los llamados gordos. Acerca de este punto, también es flagrante la diferencia entre Menem y Kirchner;
pues al ser el actual un proyecto decididamente mercadointernista, el sindicalismo- independientemente de la valorización que nos
merezcan Ruedas, Cavalieris o Moyanos – tiene una importante función que cumplir en la regulación de los conflictos y en el
control social.
Con relación a la jerarquía eclesiástica, sólo hay que ponderar el sentimiento de los obispos hacia el
gobierno de Menem- con quien mantuvieron relaciones carnales, dicho esto de modo absolutamente simbólico- y compararlo con la
desconfianza, el recelo y la hostilidad abierta expresada contra el actual ejecutivo nacional. ¿Menem es lo mismo que Kirchner?
Finalmente, una palabras acerca de la actual coyuntura y el quehacer del vasto, pero desperdigado espinel
de las fuerzas populares. En nuestra opinión,
de izquierda no es aquel que juega a ver quien tiene la verba más
inflamada e incendiaria, sino
quien pone límites concretos
al poder económico. Cada cual que
saque las conclusiones del caso de lo enunciado recién Por otra parte, el papel de los militantes populares no es apostar
permanentemente al todo o nada o a cuanto
peor mejor. De la década del ’70 pueden realizarse
distintos balances; pero, en nuestra opinión, uno de ellos es que quienes apuestan a cuanto peor mejor, sólo están preparando el camino material y cultural para derrotas que el pueblo
paga con sangre, sudor y lágrimas, por usar la expresión churchiliana enunciada en un contexto diferente. Por lo
tanto, a nuestro juicio, el papel de los sectores populares, nacionales, progresistas y de izquierda no es plantear la revolución
simétricamente perfecta, incontaminada e... imposible,
sino ampliar el campo de lo posible. La tarea central sigue siendo lograr la más amplia
unidad popular posible para aislar al poder económico y derrotarlo. En este contexto, Kirchner y su proyecto no son el enemigo.
Es más, centrar el discurso de los movimientos alternativos en la oposición al gobierno favorece
objetivamente a los auténticos enemigos del pueblo, quienes desean
la parálisis del ejecutivo y su neutralización, si no es posible su derrota total.
Sintetizando, toda fuerza política puede considerar que el objetivo es la realización del comunismo en nuestro sistema planetario y otros adyacentes, pero no debe negarse a lograr ciertos cambios progresivos, aunque más modestos, sobre todo si ayudan a moderar los sufrimientos populares. A modo de ejemplo de una mentalidad que no debe ser imitada, podemos citar al médico ultraizquierdista; quién siempre aseguraba que los problemas de la salud pública sólo podían resolverse en el socialismo. De este modo, se le aseguraba a grandes sectores de masas la inevitable muerte por enfermedades tratables. Curiosa reformulación de la vieja consigna socialismo o muerte.
Hay un aspecto en que puede mencionarse cierta
similitud entre el riojano y el patagónico: este es la indudable voluntad política que ambos exhibieron durante sus mandatos en
el ejecutivo nacional, bien que para proyectos opuestos.
La torva mirada que no distingue los matices, más aún los que resultan significativos por lo
grueso, le ha hecho mucho daño a las fuerzas populares y es la que anida en las palabras del profesor Sanchez con la cual
cerramos estas notas.
En tanto, el actual Presidente izó la bandera de los Derechos Humanos para diferenciarse de la rata pero resultó ser otra falacia, más allá de la reparación histórica que significó el desmantelamiento de la ESMA y su conversión en el Museo de la Memoria.
Llamar falacia a cargarse en contra la campaña del conjunto de la parafernalia de la
derecha(incluyendo jirones más que significativos del aparataje del Pejotismo) en una reivindicación de los derechos humanos
constituye en nuestra opinión un despropósito. Además, afirmamos una vez más que el único modo de construir política es
desde una adecuada comprensión de la realidad. El surrealismo, el impresionismo, los brotes oníricos son adecuados en vastos
dominios de la cultura y el arte, pero no en las construcciones populares para resolver los grandes problemas de las masas
trabajadoras. Haber escrito estas líneas obedeció mucho más a la necesidad de estimular ciertos debates que a ofender nadie. El
profesor Sanchez y todos los que lo deseen tienen la palabra.