LA LEYENDA DEL SALMON
Desde que el mar y la tierra se separaron, delimitándose mutuamente, aquel desgasta con infinita paciencia los confines de ésta. Arrastra y arrastra su sustancia para depositarla en sus entrañas. Así es desde hace miles de años.
El mar la envidia porque luce sus colores y sus criaturas a plena luz. Su solidez sustenta los seres que la habitan, mientras él no puede mostrar su enorme belleza interior, toda la vida que bajo la superficie de sus aguas tiene su morada.
No siempre fue así. Muchos años antes de que nacieran las primeras flores, cuando el único sonido que llenaba la atmósfera era el eterno rumor del oleaje; muchos más, antes de que el primer hombre asomara su mirada fuera de los bosques para contemplar con asombro su enorme y plana extensión, el mar alimentaba con amor y orgullo a sus hijos, mientras la tierra permanecía semioscura, triste y estéril.
Cuando los hijos del mar llegaron a ser numerosos, sucedieron grandes batallas entre unos y otros en muchos lugares. Cada cual quería dominar una zona de los vastos océanos, pero estos eran limitados. Para evitar luchas encarnizadas, acordaron erigir un soberano que pusiera orden y consiguiera apaciguar los ánimos más impetuosos. ¿Quien, entre las especies marinas, podría tener la autoridad suficiente para ganarse el respeto de todos?
Neptuno fue el elegido. Ninguno, de entre de los seres que habitan las aguas, le vio jamás, Excepto uno. Algunas ballenas contaban acerca de un resplandor verde, avistado sobre la superficie de los mares septentrionales en alguna noche de luna llena, deslizándose a gran velocidad junto a las gigantescas moles de hielo, acompañado de un sonido indescriptible. Pero ninguna pudo describir el interior de ese resplandor.
Sin embargo todos han oído hablar de él; todos conocen su nombre y respetan los mandatos que la estirpe de los delfines, -las criaturas más inteligentes y pacíficas, a las que las demás especies marinas tienen en gran consideración y distancia, pues creen que llegaron de la tierra, en el inicio- se encarga de transmitir, llevando su mensaje hasta el lugar más recóndito de los mares.
Los delfines aseguraban que Neptuno les hablaba. Al principio de su reinado les dijo que conocía un lugar, en lo más profundo y secreto del océano, al que ninguna otra criatura había llegado. En ese lugar existía una enorme roca que ocultaba un profundo agujero. Aseguraba Neptuno que si algún día su cólera estallase, si los seres marinos batallasen sin freno en su reino, entregados al odio feroz y la conquista de los territorios asignados a otras especies, descendería de nuevo y desplazaría la roca de su aposento para que el abismo interior se tragara el océano entero y todas las criaturas pereciesen, incluido él.
Bajo este temor vivieron largas épocas de paz. La calma forzada por el monarca se mantuvo y los seres marinos fueron acostumbrándose a dominar sus instintos, desarrollando nuevos hábitos, como por ejemplo el de la cortesía.
Pero el número de pobladores de las profundidades fue creciendo cada vez más, hasta el punto de que los nuevos hábitos eran insuficientes para apaciguar los instintos de los seres más inquietos, y las luchas comenzaron de nuevo a pesar de la amenaza. Tiburones, ballenas y otras especies viajaron en gran número hacia las frías aguas del norte, y en una amplia bahía que las tierras formaban en aquellas latitudes dialogaron con los delfines, manifestando su ansiedad y necesidad de amplios espacios, y el temor a desatar la cólera de Neptuno si su instinto sanguinario no era controlado.
Neptuno supo de esa reunión y se preocupó, pues el problema no era de fácil solución. Los mares eran extensos, pero limitados. Sus súbditos eran innumerables. ¿Qué podía hacer?
Aposentose sobre una gran roca de hielo, meditando incansablemente mientras la penumbra y la noche se sucedían incontables veces. Al cabo de varios años, el calor de su cuerpo acabó por fundir la roca y hubo que buscar otra sobre la cual continuar su reflexión.
Otros tantos años transcurrieron y Neptuno permanecía ofuscado y lleno de angustia. El tiempo pasaba y ninguna idea iluminaba su mente. Cuando la roca se derritió comenzó a vagar de un lado para otro sin descanso; si en la quietud no encontraba respuesta, quizá la hallara en el movimiento, pensó.
Al fin, un día, cuando ya estaba a punto de renunciar y comunicar a los delfines su fracaso en la búsqueda de un remedio, y que buscaran otro rey más capaz, una chispa de inteligencia iluminó su ser. Acababa de sentarse sobre otra roca de hielo, y ya veía los hilillos líquidos bajo su cuerpo dirigiéndose hacia la superficie del mar. "¡Ya está!" -exclamó-,"convirtiendo todo el hielo en agua, mis territorios aumentarán en extensión, y las criaturas de mi reino dispondrán de mucho más espacio para vivir".
Entusiasmado con esa idea, pronto comprendió lo difícil y trabajoso que le resultaría deshacer sin ayuda todo el hielo del norte. Tampoco podía solicitarla a los delfines, o a otras criaturas, pues únicamente él era capaz de permanecer sobre el agua largo tiempo. Y si había tardado años en derretir una solaroca, ¡Cuánto tiempo le costaría acabar con las grandes extensiones heladas!
Se le ocurrió que quizá el sol accediera a ayudarle en tamaña labor. En aquellos tiempos era un astro mucho más oscuro; Su brillo sólo alcanzaba para mantener en penumbra el planeta. Debido a ello, ningún ser podía reflejar su potencial belleza. Ello lo mantenía sumido en una tristeza crónica y muy apagado. Apenas hacía caso de lo que sucedía en su corte de planetas. Pero su nobleza hizo que oyese la llamada de Neptuno y escuchase su grave problema: y le pareció una buena causa, un buen motivo para desperezarse.
Así, un buen día bostezó enérgicamente y se propuso brillar como nunca antes lo había hecho. E inmediatamente sus efectos se hicieron notar. Bajo la atónita mirada de Neptuno, la superficie de los océanos comenzó a caldearse, la intensa luz descubrió multitud de nuevos colores que hasta entonces habían pasado desapercibidos. Los seres marinos se miraban unos a otros sorprendidos por sus nuevas tonalidades. Algunos, al principio, se atemorizaron ante el prodigioso cambio, huyendo despavoridos ante los nuevos e innumerables destellos que surgían por doquier. Pero los días pasaron y fueron acostumbrándose a ver con agrado su nuevo entorno multicolor.
Neptuno, sin embargo, no estaba contento. Comprobó que su buen amigo se esforzaba en su labor, pero las grandes extensiones heladas disminuían muy poco su grosor con el paso de los días. Y algo peor; el agua caliente del océano se transformaba en una bruma gaseosa que se elevaba hacia las alturas. El día había sustituido a la penumbra, el calor llegaba a ser molesto y la niebla formada sobre el océano le impedía divisar la línea del horizonte, aquella línea que perseguía enconadamente sus ratos de entretenimiento y que nunca llegaba a alcanzar.
Habló Neptuno con el sol, comentándole que el remedio era peor que el problema que había querido solucionar. El espacio de sus seres se transformaba y se iba levantando hacia el cielo. Pero aquel no quiso oír hablar de volver a ser como antes. Se encontraba muy bien, brillando con esplendor. Su anterior melancolía había dejado paso al tremendo gozo de contemplar la belleza que creaba con su cegadora luz.
No logró convencerle. Suplicó por sus criaturas pacientemente; morirían diezmados por las luchas cuando se redujera el espacio marino, y luego por el hambre y la asfixia. Pero cuando el sol le dio un "no" rotundo y definitivo, la ira se apoderó de él. Un grito desgarrador de desesperación surgió de su garganta y el planeta entero se estremeció al oír los truenos de aquella que fue la primera tormenta sobre la tierra.
Desalentado y enloquecido se dedicó a recorrer sus dominios a toda velocidad de una punta a otra de los mares. Un colosal bramido le precedía en su alocada carrera; quienes lo oían huían despavoridos, horrorizados por el temor y los vastos remolinos que creaba, y corrían la voz de que el monarca había perdido el juicio.
Por fortuna, aquel desahogo duró poco tiempo. Un buen día amaneció la tierra cubierta de lo que hoy denominamos nubes, pero que entonces no tenía nombre todavía, puesto que era algo nuevo. Neptuno detuvo su loca carrera y miró hacia el cielo, descubriendo con alegría que el sol no aparecía por el horizonte, y que de aquellas brumosas formaciones caían hacia el mar pequeñas gotas de espacio vital para sus súbditos. No entendió muy bien qué estaba sucediendo. Quizá el sol se había conmovido y le devolvía el terreno extirpado con su calor. Suspiró profundamente aliviado, y su suspiro provocó un fuerte viento que barrió la superficie del mar, levantando un enorme oleaje. A toda prisa emprendió el regreso a las aguas del norte. Desde allí hablaría a sus delfines, anunciando la buena noticia.
Pero antes de llegar a los límites de su reino con la superficie terrestre, observó cómo desde diferentes lugares de ésta bajaban hacia el mar anchos canales de agua. Algo asombrado al principio, en seguida comprendió que las brumas dejaban caer sus gotas de agua por doquier. Parte del mar se adentraba ahora hacia las tierras y éstas devolvían el terreno robado por el sol. Alegre y feliz, continuó su marcha; las cosas volvían a ser como antes.
A medida que iba avanzando junto a las costas, seguía descubriendo nuevos canales. Quiso curiosear y se dirigió hacia uno de ellos. El agua al bajar arrastraba consigo grandes cantidades de tierra. Su sabor era nuevo y diferente. Se adentró en el curso de agua, asomando la vista a las tierras interiores. Allí el ruido de la lluvia al golpear la tierra era diferente. No había vida alguna. La tierra era yerma y aburrida. A lo lejos divisó grandes elevaciones de terreno y se preguntó qué habría detrás. La intriga no lo ocupó mucho tiempo y volvió a descender por el curso de agua, saliendo a mar abierto.
Al día siguiente, los delfines promulgaban las palabras que Neptuno les dio a escuchar a su regreso. Animaba a las criaturas más intrépidas a que explorasen los nuevos lugares acuáticos de las tierras interiores. El mar seguiría estando muy poblado, pero contra ese problema nada se podía hacer por el momento.
Y así fue. Antes de que una sola brizna de hierba creciera sobre la tierra, ríos y lagos fueron ocupados por diferentes especies que con el tiempo fueron acostumbrándose a las insípidas aguas que su rey había nadado antes que ninguno; descubrieron el frescor y el murmullo de las cascadas, y la fría llegada de las nieves en los tentáculos más alejados del océano.
Otros miles de años se sucedieron, antes de que el verdor apareciese sobre la faz de la tierra; al principio, tímidamente, las orillas de los ríos tornaron su color hacia el verde, para sorpresa y preocupación de los seres acuáticos. Después, el color se fue propagando hacia lugares más alejados de aquellos, hasta que toda la tierra estuve cubierta de un espeso follaje de múltiples tonalidades que los vientos y las regulares lluvias se encargaban de limpiar. Al rumor del oleaje y al de la lluvia se les unió un nuevo sonido; el de la brisa entre las hojas de los árboles; un sinfín de nuevos olores podía captar Neptuno cuando, en sus largos paseos, se adentraba por los ríos: a veces resultaban desagradables, pero en otras ocasiones embriagaban su espíritu y le sugerían turbadores y fantásticos sueños que le hacían olvidar por unos días la pesada carga de su corona.
Entre aquellos seres intrépidos que exploraron los ríos y eligieron sus aguas como lugar de residencia, había algunos que ambicionaban poseer la capacidad de su monarca para permanecer fuera del agua durante largos períodos de tiempo, y fueron entrenándose en dicho arte, adentrándose en la tierra al principio como un juego, hasta que después de muchas generaciones eran muchos los que habían desarrollado aquella capacidad y habían transformado su cuerpo para poder sobrevivir días enteros en la superficie de la tierra.
Neptuno alabó en un principio a estas criaturas, pero poco a poco fueron abandonando las riberas de los ríos, olvidando la terrible amenaza sustentadora de las leyes del mar, viviendo fuera de su protección y su peso y desarrollando sus propias leyes. Olvidaron a sus antecesores fluviales, a sus antiguos compañeros y rivales, y sus posteriores descendientes y los hijos de éstos últimos llegaron a despreciar y a convertirse en verdugos de los seres marinos, una vez olvidaron por completo la relación que los unía en el inicio de la vida. Llegaron a ser tan fuertes y poderosos que incluso el propio Neptuno comenzó a temerles. Estos sólo supieron de él y sus andanzas por las noches de tormenta en las que oían el estallido de su cólera y veían los temibles rayos que surgían de su tridente, atravesando la atmósfera de un extremo a otro de la bóveda celeste.
Las tormentas, las vivas mareas y su corte de cautivadoras sirenas eran las únicas armas que disponía Neptuno para combatir a los habitantes de la tierra y a su ansia depredadora de los habitantes del mar. Estas últimas usaban su música y sus canto para enloquecer a todo aquel que las oyese, arrastrándoles hacia funestos remolinos de los que muy pocos lograban salir. Cuando los hombres comenzaron su estancia y fabricaron veloces naves, Neptuno maldijo al sol y su esplendor por haber creado a dichas criaturas, y los martirizaba ordenando a su harén cantar melodías cada vez más bellas que hicieran perder el juicio y el sentido común a los que osaban invadir su reino.
Nedea era una de ellas; su preferida. Sólo cantaba para el soberano, y tanto le embelesaba que accedió a su petición de cambiar su residencia en las frías aguas polares por las cálidas orillas de una recóndita isla del Mare Nostrum, alrededor de la cual Neptuno estableció un amplio círculo de funestos remolinos que nadie, a excepción de su corte de delfines, osó jamás traspasar. Pronto corrió el rumor por todo el océano de que en las profundidades de aquella isla se encontraba la roca que obstruía el desagüe de los mares.
Tan dulces y ensoñadores eran los cantos de Nedea, tamaños arrebatos de amor embargaban al soberano, que acabó accediendo a los ruegos de la sirena. Nedea quería que le enseñara el lugar donde se encontraba la roca, y fue durante un crepúsculo de primavera, uno de los muchos que pasaban disfrutando del amor en las serenas playas donde el tiempo parecía detenerse cuando Nedea logró convencerle; y envuelto en su manto azul, Neptuno cogió la mano de su amada, acarició sus dorados rizos y mirándola fijamente a los ojos le pidió que guardara eternamente el secreto que iban a compartir. Naturalmente, Nedea juró que jamás lo desvelaría, y entre sus cantos y el hechizo de la luna llena, Neptuno emprendió su segundo viaje hacia la gran profundidad marinas en compañía de su amada, rodeados de un baile de burbujas verdiazules que sólo la luna pudo observar.
Sólo ella y un salmón, un intrépido e inteligente animal cuya estirpe había espiado al monarca desde hacía tiempo, en un afán de averiguar dónde se encontraba la roca, pues siempre habían desconfiado de la templanza de Neptuno, y temían más que ninguna otra especie que un día se decidiera a desplazarla de su aposento natural.
Persiguiendo a los delfines que regularmente llegaban hasta la isla, había conseguido atravesar el laberinto de remolinos que protegían la intimidad del soberano, y tras largos meses de espera, por fin llegaba la oportunidad y los veía descender hacia lo profundo y desconocido; y siguiéndoles con determinación y prudencia supo que era el elegido para conocer el secreto. Su discreto tamaño y la oscuridad le ayudarían a ocultarse de los ojos de Neptuno.
Este bajaba con Nedea, todavía envuelto en un mar de dudas, a pesar de haber dado su palabra, y sólo el temor de que ella dejara de encandilarle con su belleza y sus melodías lograban disiparlas. Nedea, por su parte, sonreía; iba a conocer el mayor de los misterios, aquel en el cual todas las criaturas tenían puesto su miedo y su esperanza; la fuente del poder de Neptuno y del orden en los océanos.
Quedaba ya poco para llegar cuando el monarca se detuvo un instante; las dudas lo atormentaban y vaciló. Estaba a punto de decirle a Nedea que le pidiera cualquier otra cosa, pero ella, percibiendo su indecisión, mostró en una danza a su alrededor todos sus encantos y su belleza, girando a tal velocidad que al final Neptuno, emborrachado de placer, la veía en todas partes a la vez y acabó rindiéndose. Un impulso animal de su correoso brazo sujetó la cintura de la sirena, transportándola por el complicado entramado de túneles que formaban la antesala de una grandiosa caverna en cuyo fondo se encontraba la roca bajo la cual sólo existía e1 abismo.
En un descenso espiral llegaron hasta el fondo y se aposentaron sobre la roca. Maravillada, Nedea Escuchaba el hueco rumor que subía de la profundidad. Aún no satisfecha, rogó a Neptuno que destapare el abismo durante unos instantes, y él, que nunca lo había hecho, tuvo miedo, pero accedió.
Aferrada a la espalda del monarca, para no ser arrastrada por la colosal corriente que se crearía, le vio desplazar la roca con su dedo índice, con una fuerza comparable a la de cientos de hombres, y descubrir la más completa negrura que ojo alguno haya contemplado jamás. Inmediatamente las aguas comenzaron a caer, y en ese momento se propagó por todos los rincones del océano un profundo temor.
El salmón había permanecido a prudente distancia del monarca y su amada durante el descenso, siguiendo el rastro de burbujas que iban dejando tras de sí por el laberinto de túneles. Pero el fragor abismal y la intensa corriente le arrastraron hasta la gran caverna donde Neptuno y Nedea contemplaban el oscuro sumidero. Invadido por el pánico, con gran esfuerzo conseguía vencer a la corriente, aleteando hacia arriba para salvar el peligro. Su curiosidad, hija del temor de su estirpe, estaba a punto de acabar con su vida.
Neptuno percibió su presencia, pues era capaz de oler el temor. Giró la vista hacia arriba y contempló la desesperación del animal en su huida. Rapidamente desplazó la roca retornándola a su lugar. La corriente cesó bruscamente y el salmón, al mirar hacia abajo pudo ver dos puntos de luz roja como la sangre que le acusaban: la ira de Neptuno que sus pupilas proyectaban hacia él, y supo que ya nunca estaría a salvo de su desprecio. Emprendió veloz fuga de aquel lugar prohibido, y mientras ascendía hacia la superficie del mar escuchó un bramido que le maldecía.
"Así huyas de mí eternamente para procrearte
y ampare tu muerte la vida de tus descendientes.
Guardaré el secreto de tu deslealtad
pero jamás me busques, jamás me encuentres."
Neptuno no fue en su búsqueda. El más doloroso de los castigos pensaba aplicarle, su total indiferencia, su renuncia a ser monarca de su especie. No volvería a interceder por ellos, y en adelante sentirían su absoluta desprotección frente a las demás criaturas del mar.
El salmón no detuvo su huida en muchos días, navegando primero hacía el oeste, y posteriormente hacia el norte. Todos sus hermanos conocieron lo sucedido y la maldición que sobre todos ellos pesaba. Al cruzarse con ellos le mostraron su rencor, y también su comprensión, ya que habían compartido su curiosidad por conocer el lugar donde se hallaba la mítica roca.
Neptuno lamentó la indiscreción tanto o más que el propio salmón. Regresó con su amada a las playas de la isla, sumido en una gran melancolía que los divinos cantos de la sirena no lograron desvanecer. El secreto había dejado de existir, los seres marinos ya no estaban a salvo; sobre las espaldas del monarca, que hasta entonces sólo habían sido acariciadas por los castaños bucles de su cabello, caería el peso de la responsabilidad.
Las melodías de Nedea seguían siendo embriagadoras, pero el monarca estaba abatido, y dejó de prestarles atención. En lugar de ello, se dedicaba a vagar por los alrededores de la isla, culpándose a sí mismo y a su sirena, y cada vez que la miraba veía reflejada en ella su propia debilidad.
También Nedea moría de pena por no poder alegrarle y una noche, mientras aquel dormitaba su pesadumbre, se alejó para siempre. Tras un silencioso adiós, se sumergió en las aguas, desapareciendo entre los remolinos que protegían la isla, y nunca más criatura alguna volvió a verla viva o muerta. Al despertar poco antes del amanecer y no encontrarla en el acantilado donde solía desperezarse contemplando la salida del sol, Neptuno sintió una aguda puñalada en su espíritu. Intuyó que la felicidad y la belleza se habían alejado de él para siempre.
A pesar de todo, ordenó a los delfines que buscaran a su amada hasta en el más recóndito arrecife de los océanos. Pero resultó en vano. Nadie volvió a verla. Muchas épocas después de su partida, errabundos grupos de ballenas en las noches Atlánticas, aseguraban haber oído una voz femenina y cálida, una melodía triste y provocadora de nostalgias llenando el enorme silencio de la quietud oceánica. Pero nunca la luz de las estrellas mostró a la víctima de tamañas congojas, que había escogido la soledad como única compañera de su arrepentimiento.
El salmón, en su huida, llegó hasta las aguas frías del norte, buscando las costas donde estar a salvo de cualquier encuentro con Neptuno. Recordaba a cada instante sus palabras, y cuando llegó el momento de aparearse y tener descendencia se adentró en uno de los cursos de agua que desembocaban en aquellas latitudes, subiendo por su cauce, remontando cascadas y descansando en tranquilos remansos hasta llegar a los nacederos en las altas montañas, aleteando contra la corriente como había hecho en la profundidad del escape del océano, cuando Neptuno descubrió su traición.
En su largo viaje se encontró con otros hermanos que hacían lo mismo sin saber por qué, buscando la seguridad de sus retoños, para luego morir en las aguas cristalinas de las altas montañas. Así se cumple desde aquel tiempo el castigo. Jamás una criatura de dicha especie ha osado cruzarse con el monarca, y éste seguramente ha olvidado ya su existencia.
Y aquí termina esta leyenda. La roca que protege los océanos sigue en su lugar, protegida por grupos de delfines que, generación tras generación, deambulan por sus alrededores impidiendo el paso a toda criatura marina, fieles al mandato de su monarca, del cual nada se sabe desde entonces.
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