EL PLANO INFINITO

(1ª PARTE)

 

....... cuando fui consciente de ello, ya llevaba mucho tiempo caminando y recorriendo aquellos pasillos. No tenía ni idea de cómo había entrado allí, aunque tampoco me lo preguntaba. Caminaba y caminaba entre paredes de color blanco.Los pasillos eran desiguales; unas veces estrechos, otras veces amplios y de diferente longitud. Al final de cada uno de ellos me encontraba con una amplia sala donde había una, dos, tres o más puertas, cada una de un color. Algunas estaban cerradas y no las tenía en cuenta. Otras se abrían con un leve posar de mi mano sobre su superficie, e incluso alguna se abría automáticamente al acercarme a ella.

Recuerdo alguna puerta sin pomo, a cuyo pie había materiales y herramientas suficientes para fabricarlo y poder abrirlas.

Como ya he dicho anteriormente, llevaba mucho tiempo recorriendo ese laberinto, a juzgar por las innumerables veces que había repetido la acción de avanzar el pie izquierdo para luego avanzar el derecho, cuando logré ser consciente de mi actividad.Nunca me había encontrado con nadie. No podía pensar que algo o alguien, aparte del laberinto y de mí mismo, pudiera existir; la única cuestión que cabía plantearme en esas circunstancias acabó surgiendo en ni pensamiento: ¿Desde cuando? y, por consiguiente, ¿Hasta cuando?

No encontré ninguna solución. No sabía si había nacido; tampoco si iba a morir. Mi estado anímico era estable; dormía cuando me atacaba el sueño, y cuando sentía hambre abría la siguiente puerta roja que encontraba, sabiendo, por puertas anteriores, que tras ella se escondían alimentos apetecibles.

Mi vida se resumía a esas cuatro acciones; caminar, dormir, alimentarme y elegir puertas. Esto último lo hacía sin criterio. Abría la primera que veía conforme terminaba de recorrer el pasillo, o elegía un color.... a temporadas sólo cruzaba las amarillas, o las azules... quizá existía alguna motivación para ello, pero no la recuerdo.

Si recuerdo que esas dos cuestiones anteriores surgieron en mi cabeza mientras me encontraba mirando hacia arriba, hacia el cielo uniformemente brumoso que se extendía en todas direcciones por encima de las blancas paredes sin techo. Desde allá arriba podría haber divisado el infinito laberinto en el que parecía vivir desde siempre.

Luego llegó un momento, no sé cuándo, ya que no era como ahora, que percibo el día y la noche, en el que al abrir una puerta y mirar el largo pasillo al que daba acceso, creí ver algo que se movía al final del mismo. Ese algo desapareció inmediatamente tras la esquina izquierda del fondo, y a continuación oí el cerrar de una puerta. Rápidamente caminé hacia allí, intrigado por aquella presencia.

Al llegar a la sala giré en la misma dirección en la que había visto desaparecer ese "algo". Pero allí no había ninguna puerta; todas estaban al otro lado, cuatro puertas de color rojo, azul, amarillo y marrón, respectivamente. Examiné con atención las paredes de la izquierda; ninguna señal, ninguna rendija que delatase la existencia de alguna puerta oculta o camuflada.

Y entonces surgió en mí una facultad que hasta ese momento había pasado desapercibida, pero que inmediatamente reconocí; la voluntad.

Quería avanzar por el mismo camino, quería cruzar la misma puerta que ese algo había cruzado. Y sólo disponía de una oportunidad.

- ¿Por qué, sólo una oportunidad?`- interrumpió la psicóloga.

- Porque no sabía si podría volver atrás, una vez cruzada una de las puertas. Nunca lo había hecho, nunca me había arrepentido del camino seguido hasta entonces. Mi memoria no guardaba el registro de esa experiencia.

Después de responder a la pregunta, Holm volvió a posar su mirada sobre la mesa y continuó con el relato de su vivencia.

- Me detuve en el centro de la sala,, mirando a un lado y a otro. Al cabo de un rato me invadió el sueño y me quedé dormido.

Al despertar, miré a mi alrededor y vi que en una zona de la pared había aparecido un espejo del tamaño de una puerta. Extrañado, ya que nunca había visto algo parecido, me incorporé, acercándome a él, y al descubrir mí imagen reflejada en aquella superficie lisa, lo primero que pensé fue que aquello era algo diferente a mí, que era un ser extraño.

Pero comprobé que mis movimientos se correspondían con exactitud con los movimientos de la imagen, y fui consciente de la fascinante ilusión. Me acerqué todavía más hasta tocar la superficie con el dedo. Pero éste no se detuvo. Debido a la inercia, para cuando atajé el movimiento mi mano ya había desaparecido en el espejo.

- Eso mismo ocurre en un cuento muy antiguo. Una niña llamada Alicia atraviesa un espejo.

- Lo conozco -dijo Holm, asintiendo con la cabeza -. Eso fue lo que hice. Con precaución, lentamente, atravesé el espejo. Primero una mano, luego el brazo entero. Después, el pie contrario y su correspondiente pierna hasta la cadera. Y cuando afiancé mi posición con firmeza, con medio cuerpo a cada lado del espejo, introduje la cabeza, convencido de que allí vería de nuevo a ese algo.

Pero no vi nada, salvo un suelo azulado alejándose hacia el infinito, donde una línea horizontal lo separaba del mismo cielo brumoso que cubría el laberinto....

 

Ya podrás imaginar que mi sorpresa fue mayúscula. Mis sentidos chocaron de frente con aquella vasta inmensidad,, con aquel extenso plano sin líneas ni paredes, indefinido e indireccionado.

Quedé atónito, permaneciendo en aquella posición mitad a un lado, mitad a otro del espejo durante mucho tiempo, oteando la lejanía de aquel plano, intentando divisar alguna pared o alguna puerta, que era a lo que estaba acostumbrado. Pero nada había allí, aunque tuve la directa certeza de que "algo" había salido por allí. Pero esto último dejó de importarme.

Ahora estaba pendiente de lo que acababa de descubrir, de aquel momento de iniciación. Me sentí tan fascinado por aquel espacio abierto y aparentemente ilimitado que acabé cruzando el espejo por completo, caminando con cierta prudencia hasta que me aseguré de la firmeza del nuevo suelo que pisaba.

Entonces seguí avanzando con mayor confianza. Caminé alejándome poco a poco del espejo. Volviendo la vista atrás, comprobé que a este lado ninguna pared lo sujetaba; el espejo se sostenía por si mismo, y tras él el plano continuaba hasta el horizonte. El plano se extendía en todas las direcciones hasta el horizonte.

Continué caminando. Al primer tropiezo no siguió el correspondiente dolor en el hombro, como ocurría en el laberinto cuando me golpeaba contra la pared, sino unos torpes pasos hacia la derecha, descubriendo así que podía modificar mi dirección y caminar a mi antojo hacia donde quisiera. Así que sin temor al dolor, y girando con precaución por la falta de costumbre, empecé a hacer zigzags, primero, luego ondas senoidales y después todo tipo de figuras geométricas con mis pasos, recreándome en esa nueva potencialidad. Fue maravilloso. Hasta entonces, mi vida había estado encarrilada, mi camino y la dirección de mis pasos habían sido perfilados de antemano por los pasillos que recorría continuamente y sin posibilidad de error. Abría puertas y avanzaba por los pasillos. Todo igual; un método que de tanto usarlo ya me era familiar, porque además así lo había conocido desde siempre.

- La fuerza de la costumbre- apuntó Ada, la. psicóloga, al otro lado de la mesa.

-No -replicó Holm-, la fuerza de la costumbre eran las temporadas de puertas del mismo color. Pero el encarrilamiento de mis pasos y de mi vida, la monotonía de mi acción era el resultado de mi perfecta adaptación al laberinto, el universo en que vivía.

Ada asintió, cediendo e indicando con un gesto que continuara.

- Luego, aburrido de todas las formas imaginables que podía trazar, caminé en circunferencia alrededor de un minúsculo puntito rojo que había descubierto en el suelo, la única alteración que encontré en aquel plano homogéneo. Y entonces a la acción le sucedió el pensamiento. Me detuve en seco, acosado por otra duda.

Si podía tomar cualquier dirección en mi caminar por aquel plano infinito, y todas ellas me llevaban a ninguna parte, ¿Qué sentido tenía continuar avanzando? Había un indeterminado número de posibilidades de no conseguir nada, ya que aquel amplio espacio estaba completamente vacío.

El laberinto tenla puertas e impedimentos tras los cuales se escondían pasillos que conducían hasta otras puertas tras las cuales se escondían nuevos pasillos que conducían hasta otras puertas, etcétera, -Holm hizo un gesto indicador con el dedo, expresando el inacabable recorrido del laberinto-. El hecho de tener en cada momento una ineludible dirección me motivaba para seguirla. Pero en el plano infinito todo era visible. No había estímulos para la acción, para el movimiento. Una vez conocidas mis capacidades, no había motivos para ejercerlas. Al pensar esto, y tras comprobar que el espejo había desaparecido, acabé sentándome en el suelo y me dediqué a dar un repaso mental a los últimos acontecimientos, en los que la actividad de surcar el laberinto había terminado con el hallazgo del espejo. Me pregunté qué habría ocurrido en el caso de no haber escogido la exacta combinación de puertas que escogí a lo largo del trayecto. Si hubiera elegido otras, con la lógica consecuencia de haber alterado el camino recorrido, ¿Me habría encontrado también con el espejo? ¿Sabía, sin ser consciente de ello, que esa combinación me llevaba hacia el espejo?

Deduje que no, naturalmente, y aventuré que quizá existía la posibilidad de que hubiera muchos espejos diseminados por otras tantas salas del infinito laberinto, y que me había encontrado con uno de ellos como podría haberme encontrado con otro si hubiese seguido un camino diferente.

De cualquier modo, allí estaba, sentado; un minúsculo punto, un ínfimo relieve en aquella extensa planitud, capaz de tomar cualquier dirección y exento de motivaciones para hacerlo. Sin esperar nada, ni tan siquiera la muerte, pues no conocía esa transformación. El silencio y la quietud que me rodeaban eran tan extremos que podía escuchar los latidos de mi corazón y el rozar del aire con las paredes interiores de mis vías respiratorias...

Holm terminó su relato. Su mirada ausente se dirigía hacia el techo de color neutro de la habitación. Ada respetó pacientemente su silencio. Unos minutos después, Holm encogía los hombros, dando a entender que no recordaba nada más.

- Luego, mi conciencia se nubló, antes de salir del coma. Lo demás, ya lo conoce.

Volvió a guardar silencio, sosteniendo sin reservas la mirada escrutadora de Ada. Esta, segundos después, cogió un bolígrafo y acercándose a la mesa apuntó unas palabras en un papel. Luego volví a apoyarse en el respaldo de su butaca, emitiendo un largo suspiro.

- Resulta extraño que durante ese sueño....- empezó a decir, pero Holm la interrumpió para corregir sus palabras.

- No lo recuerdo como un sueño- dijo. -Me sentía tan vivo como ahora mismo, aquí, sentado frente a usted. El hambre, el sueño, el peso sobre mis pies al caminar, todo ello eran sensaciones palpables. Y, a la velocidad que fuese, sentía que el tiempo transcurría como ahora.

- Entiendo- asintió Ada-, pero lo que quería decirle es que resulta extraño que no viese a nadie...no se, sus padres, su mujer, sus amigos, nadie apareció durante ese tiempo.

Holm cambió su posición en la butaca, cruzando las piernas en el otro sentido antes de responder.

- Sí -dijo-, puede que lo sea.

- ¿No echaste de menos el laberinto una vez atravesaste el espejo? ¿No quisiste regresar, abandonar aquel lugar tan desolado?

- Nada de eso. Era una soledad ignorada, imposible de percibir a falta de otras referencias. No sufrí emociones como el miedo, o la cólera, o la alegría. Yo era algo así como una función de equis, neutra y matemática. Equis tomó forma de laberinto, primero; luego de plano infinito, separado de aquel por un punto de inflexión, una discontinuidad representada `por el espejo que hizo que cambiase de actitud y de actividad.

Ada sonrió al oír la comparación. Holm, al comprobar que aquello no conducía a nada, y que aquella mujer era incapaz de darle explicación alguna, intentó acabar en seguida con la sesión.

- Más o menos lo que intentas ser tú cuando escuchas a tus pacientes- bromeó, y ambos sonrieron relajadamente, moviéndose en sus butacas e incorporándose lentamente.

- En fin, no pareces estar mal, teniendo en cuenta que han pasado cinco años.

Holm asintió, recogiendo su americana y dirigiéndose hacia la puerta. Ada le acompañó dándole algunas recomendaciones que escuchó por mera cortesía. "Al fin y al cabo, qué puede entender ella"- pensó mientras le decía adiós y la puerta se cerraba. Luego se dirigió hacia el ascensor y pulsó el botón de llamada.

Momentos después, la puerta se abría. Avanzó hacia el interior y pulsó el botón de la planta baja.

Mientras descendía observó su rostro en el espejo del habitáculo. No pudo reprimir sacar su mano derecha del bolsillo de su americana y presionar sobre el sólido cristal, aumentando progresivamente la fuerza de su empuje hasta escuchar un leve crujido. Luego introdujo de nuevo la mano en el bolsillo, forzándose a sonreír y a considerar la acción como una broma, como un juego.

Cuando el ascensor llegó a la planta baja, la puerta se abrió y Holm enfiló pacientemente el largo pasillo que conducía a la salida del hospital.

Al salir del edificio se detuvo unos instantes, observando la escena. Cientos de peatones caminaban por las aceras flanqueando una gran riada de automóviles.

Volvía a la escena, después de cinco largos años de ausencia, Cinco años que acabaron con el viaje de su conciencia al plano infinito donde había permanecido en absoluta paz hasta salir de su comatoso estado.

Ahora, allí, momentos antes de volver a sumergirse en aquella escena, sentía miedo.

(Continuará...)

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