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UN IRIDIOLOGO

Llevaba ya tres meses enviando Curriculum, visitando despachos en busca de un trabajo para poder subsistir en una Barcelona que, con la llegada del verano, se hacía cada día un poco más sudorosa, pesada y agobiante.

Días antes de renunciar adquirí una pauta vespertina que acabó el día veinticinco de junio. Durante cuatro semanas, más o menos, hacia las siete y veinte de la tarde me acercaba hasta la terraza del café Zurich, justo al final de la Rambla. Sentado a una de las mesas pedía un café y un botellín de agua, y bien leyendo un libro, o bien contemplando el paso de la gente, permanecía hasta notar la molestia de mis nalgas a punto de dormirse. Una hora, más o menos.

No era el único ni el más antiguo de los que acudían a esa cita. conforme pasaban los días, entre el cúmulo de foráneos, el ir y venir de amigos, conocidos, novios y demás que allí se saludaban para luego perderse rambla abajo o descender las escaleras de la boca de metro cercana, había otros y otras a los que pude ir clasificando como clientes habituales. Por lo general su aspecto era normal y corriente; no había lugar para pensar que fuesen asalariados del café, proletarios de la quietud cuya función consistiese en permanecer allí como estatuas para atraer a otros clientes bajo el señuelo de un aire de bohemia y excentricidad.

Me centraré en uno de ellos. Iba todos los días, todos, y ya desde el primero advertí en él un gesto de preocupación, un cierto mirar indagatorio y una intranquilidad de movimientos que me dio a entender que aquel era un hombre inacabado, uno de esos a los que les queda algo importante que hacer en la vida y lo saben, pero no saben cómo hacerlo. Por lo demás, era un individuo de aspecto normal, de unos treinta y nueve años de edad, con el pelo castaño ligeramente ondulado y peinado a raya lateral, y una barba cuya frecuencia de afeitado era de dos veces a la semana, según pude comprobar dos días antes del veinticinco de junio, es decir, el veintitrés de junio. De altura media y complexión fuerte, su rostro no tenía ninguna dimensión extraña - orejas grandes o nariz ganchuda- lo cual hacía resaltar especialmente la ofuscación de su mirada.

Llegaba a la terraza hacia las ocho menos veinte de la tarde. Pedía un refresco -era el único momento en que sus cejas levantaban ligeramente, arrugando su frente-, cruzaba sus manos y las colocaba sobre el regazo, y así permanecía durante media hora, tras la cual se levantaba y se largaba por el mismo camino por el que había llegado.

Me fui acostumbrando a verle allí todos los días. siempre pensaba lo mismo al mirarle: que aquel hombre estaba allí pero que en realidad no estaba, que su pensamiento estaba en otro lugar y que ese otro lugar era la tenaza clavada en su mente que provocaba su mirada, que expresaba un malestar que al parecer no le daba respiro alguno.

El veinticinco de junio llegué a la terraza con unos cuentos de Aldecoa. al terminar de leer el tercero levanté la vista y le vi llegar. Caminaba despacio, sacó unas monedas del bolsillo para dárselas a un mendigo que le salió al paso y luego se detuvo un instante a leer un cartel anunciador de un estreno en el cine, antes de ir a parar a una mesa de la terraza. "Ahí está ese"- recuerdo que pensé, y volví a las páginas del libro, satisfecho, por un lado, de que la normalidad cotidiana se cumpliese de nuevo; molesto, por el otro, al comprobar que la vida seguía igual, sin mayores sorpresas.

Pero a las ocho menos cinco mis ojos pasaron de la palabra "fin" del cuarto cuento a la blanca esfera del reloj de la fachada del café, y de ahí, involuntariamente, al rostro del hombre atormentado. contemplé con asombro cómo cambiaba su postura habitual y erguía la espalda y abría los ojos manifestando un completo estupor. Mi sorpresa fue mayor que la que me habría producido escuchar la expresión "¡corten!", y haber visto levantarse a todo el mundo de sus sillas para irse a casa, como actores de una película en la cual llevara varios días inmerso sin saberlo. Tan habitual y estática era su expresión que, al verla transformada, por un momento pensé que aquel no era el hombre de todos los días anteriores, sino otro.

Instantes después se incorporó sin apartar la mirada de la boca de metro cercana, por la cual debía estar descendiendo el motivo de su asombro. Se dirigió hacia allí con paso firme y decidido.

¿Quién había provocado ese cambio, desatascando una mirada que yo sólo conocía desde hacía tres semanas, pero que probablemente llevaba meses o años delatando el tortuoso espíritu de aquel hombre? Instantáneamente decidí seguirle y espiar sus pasos hasta donde le llevasen, hasta resolver definitivamente aquel enigma que en cuestión de pocos segundos se me había planteado.

Caminé hacia la boca de metro. Antes de bajar las escaleras eché una última mirada a mi alrededor, sintiéndome animado. En aquel momento cualquiera habría podido observar en mis ojos cierta desdeñosa benevolencia. Me hallaba en conocimiento de la existencia de un misterio que otros, tan asiduos pero menos observadores, no habían podido percibir. Allí les dejaba con su rutinario y plácido sentar. Me sentía Gordon Pym. En breves instantes mi vida había cobrado un dinamismo inusual.

Apresuré mi bajada para no perder de vista mi objetivo: la estación era atravesada por varias líneas de metro, la pérdida del contacto visual podría ser definitiva, devolviéndome al ostracismo de la terraza y sus estatuas, y de esto último no tenía ninguna gana. Por fortuna aquel hombre no acostumbraba a viajar en metro. A pesar de su urgencia, puesto que sin lugar a dudas el también perseguía a alguien, hubo de detenerse a comprar un billete, en lugar de pasar directamente con el abono. Ello me permitió seguirle con tranquilidad hasta que se detuvo en el andén de la línea uno. Allí tomé asiento a prudente distancia, lanzándole de vez en cuando furtivas miradas.

El esperaba de pie la llegada del tren. Su gesto y mirada habían vuelto a la normalidad; la sorpresa inicial había dejado la secuela de un nervioso mirar a hurtadillas hacia su izquierda, donde debía encontrarse el objeto de su asombro. Sonreí al pensar que estábamos jugando al gato y al ratón, y que él era gato y ratón al mismo tiempo, y que mirándole podía ver un reflejo parcial de mi actitud en aquellos momentos. "Aunque quién sabe"- pensé, -"quizá alguien me haya seguido a mmí también"-. Al fin y al cabo, ¿No me había levantado del asiento a la velocidad del rayo, fustigado por aquel cambio de expresión? ¿No podría haber desencadenado yo la misma reacción en otro asiduo que hubiese observado mi apresurada e inusual salida, y la de éste a su vez a otro, y a otro , y a otro? Aplicando el símil de la reacción en cadena que se produce en las explosiones nucleares, podría ser que en aquellos momentos media Barcelona estuviese entrando por aquella boca de metro. No era muy probable, pero tampoco completamente imposible, así que eché un vistazo a mi alrededor, y volví a echarlo cuando el tren se detuvo y entré en el interior siguiendo a mi presa. Ninguno de los rostros me resultó familiar: nadie parecía tener mayor interés en mi persona que el meramente circunstancial. Cada cual parecía ir pensando en sus asuntos: la única conexión humana en aquel bamboleante recinto era el común fastidio de compartir obligadamente ese aire caliente y rancio que se respira en el suburbano.

Disimuladamente observé a mi presa, piedra angular de un misterio en el que con discreta impertinencia me había involucrado. Sentado en el otro extremo de vagón, sus ojos iban de un lado a otro, deteniéndose de vez en cuando en un hombre de parecida edad que viajaba a su derecha y que vestía un traje que le daba apariencias de vendedor de seguros. En el ir y venir nuestras miradas se cruzaron un instante: giré la cabeza, temeroso de que me hubiera reconocido. mi corazón se aceleró hasta la velocidad que marca la sensación de peligro. "Quizá sea un asunto turbio"- pensé -,"si detecta mi control tomará una macabra decisión"-. O, sin llevar las cosas hasta ese extremo, podría se que mi intromisión en sus asuntos lo irritase.

Pero nada de eso ocurrió. Además, mi conducta podía ser justificada. Un azar de agendas y citas a la misma hora en la misma zona de la ciudad era argumento suficiente para ello.

El tren marchaba hacia las estaciones del este de Barcelona. Parada tras parada los músculos de mis piernas mantenían la necesaria tensión para saltar hacia fuera del vagón en el caso de que mi presa lo hiciera. Debía estar atento, como había aprendido en las películas de detectives: si mi hombre se sabía observado, podría esperar a salir justo antes de que las puertas del vagón se cerrasen.

Dos estaciones antes del final de la línea el hombre del traje gris se incorporó del asiento, dirigiéndose hacia la puerta. Mi presa hizo un amago indeciso, y segundos después se incorporaba, acercándose al hombre del traje gris. Tocó su hombro con el dedo índice y éste se dio la vuelta. mi presa le dijo unas palabras, a las que el hombre respondió con una negativa.

Decidido y confiado en que el enigma se iba a resolver con prontitud me incorporé, acercándome a la otra puerta del vagón y dispuesto a salir. Fueron momentos de gran tensión. El tren se detuvo. el hombre del traje gris abrió la puerta y salió. convencido de que mi presa haría lo mismo, giré la manilla de la puerta y puse un pie en el andén, pero por el rabillo del ojo vi a mi presa volver a su asiento. Rápidamente retrasé el pie que había avanzado, poniendo cara de haberme equivocado de estación. Un fallo garrafal, lo confieso. mis intenciones habían quedado claras. A nada de perspicacia que tuviera mi presa podría deducir que le estaba siguiendo. Y sin embargo, un minuto después volvía la vista hacia él para verle cabizbajo, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Su expresión era de abatimiento: luego supe que en aquel momento acababa de sufrir una derrota, otra de tantas.

Pero entonces no lo sabía y me enfurecí. no entendía nada. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué había seguido al hombre del traje gris? ¿Por qué no siguió al hombre del traje gris cuando éste salió del metro?¿Qué demonios le había hecho pasar del asombro a la abdicación? Sólo quedaba una parada, la última, deberíamos salir del metro, pero mi presa no hizo ademán de levantarse cuando llegamos. Las puertas se abrieron, los pocos viajeros que quedaban salieron. Luego el tren avanzó unos metros hasta el cambio de raíl.

Mi enfado me dio arrestos suficientes para mostrar abierta y descaradamente mi juego. Sentía la necesidad de una respuesta a un secreto. no obtenerla significaba seguir consumiendo mi córtex cerebral. El asombro mostrado en la terraza marcaba un punto de inflexión en su actitud que escaparía a mi capacidad lógica mientras no conociese su causa.

Permanecí de pie mirando su triste figura. El permanecía indiferente a mi presencia, así que me enfadé todavía más y tomé la determinación de recorrer los pocos pasos que nos separaban para sentarme junto a él.

- Hola, buenas tardes- saludé.

Levantó la cabeza y durante unos veinte segundos nuestros ojos se encontraron. Los suyos me examinaban con cierta desgana. Pasó del ojo izquierdo al derecho, y luego volvió de nuevo a aquel, y al final volvió a bajar la cabeza mientras su voz grave comenzaba a largar una larga retahíla de síntomas y enfermedades.

- Esa sinusitis puede acabar provocándole molestias en la pleura entre la cuarta y quinta costilla, y quizá también en la zona de los riñones, si es que no le duelen ya. Evite la leche y el queso, y elimine la mucosidad hacia afuera, y no hacia adentro como acostumbra. Toma usted demasiado café, y su hígado no lo asimila bien. Nervios en el estómago. Escasa secreción biliar. Tome usted pulmonaria, lavanda y menta piperita a partes iguales. Y algún vasodilatador para la tensión arterial.

El tren se deslizó lentamente hasta la estación. Estupefacto, no daba crédito a lo que acababa de oír. ¿Acaso me estaba diagnosticando todo aquello? Ciertamente padecía de sinusitis, pero.....

- Nada grave, de todas formas- dijo poco después con una entonación que parecía haber sido ensayada cientos de veces.

Momentos después una bombilla se encendía en mi coronilla. Recordé haber oído hablar de ello en alguna ocasión: individuos que, mediante la observación de las irregularidades del iris, eran capaces de elaborar un mapa de las enfermedades de una persona. Por lo visto acababa de tropezar con uno de ellos, mi presa, que sin yo pedirlo me acababa de dar un buen repaso.

- Es usted iridiólogo, ¿Se dice así?- pregunté.

Afirmó con un movimiento de cabeza.

- Así es- dijo. Seguía abatido y triste. -Disculpe que no haya sido más exhaustivo. A grandes rasgos eso es. Pero nada grave- repitió. luego introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacando una tarjeta.

- Aquí tiene la dirección de mi consulta. Vaya cuando quiera. Le atenderé mejor. Y gratis.

Asentí con la cabeza. Su tono de voz indicaba que quería que le dejara en paz. Cogí la tarjeta: "A.B.C. iridiólogo" indicaba en la parte superior. Debajo, en letra pequeña, venía la dirección. sonreí ante el hecho de que sus iniciales fuesen ordenadamente las tres primeras letras del abecedario, e inmediatamente después me pregunté si habría alguien en el mundo cuyo nombre e iniciales de sus veintisiete primeros apellidos pudieran formar un ordenado abecedario de la "a" a la "z". No sé por qué se me ocurrió eso, pero después de meditarlo durante unos segundos negué tal posibilidad. Exigía un plan de acción elaborado desde varias generaciones atrás: un plan de casamientos forzados con el único fin de conseguir esa secuencia ordenada de iniciales que su planificador ni siquiera podría contemplar. No, no era posible. Nadie sería capaz de sacrificar su vida por un objetivo tan banal. Aunque al tatarabuelo se le metiera esa idea en la cabeza, seguro que algún miembro del árbol genealógico le saldría rana, oponiéndose a tamaña estupidez.

Inmediatamente después medité sobre otra secuencia de hechos más próxima y real: la formada por los transitorios estados de ánimo de A.B.C. A saber; un mínimo de tres semanas de intranquilidad y tormento, punto. Asombro puntual en la terraza, punto. Nerviosismo persecutorio, punto. Zozobra, pesadumbre y derrota, punto. Serenidad abatida final, punto y coma, ya que seguramente se transmutaría al día siguiente en la terraza en nueva intranquilidad y tormento, punto final. En resumen, una circunferencia que contenía en su interior espacio y tiempo, vida transcurrida , en definitiva. Y yo había sido el observador, el cronista histórico de dicha circunferencia. al tomar conciencia de ello me sentí en el pleno derecho de conocer su origen. Preguntaría, exigiría, si hiciese falta: no pensaba irme a casa con las manos vacías.

El tren se detuvo en la siguiente estación, y un racimo de personas hizo su aparición en el interior. A.B.C. seguía igual. a pesar de su anterior tono de voz insistí en tomar contacto con él.

- disculpe mi indiscreción- comencé, con voz suave. Tosí un par de veces antes de continuar, pues me resultaba embarazoso reconocer mi intromisión. -Le he seguido desde Plaza Cataluña y...

A.B.C. volvió la vista hacia mí. Arrugó un poco su entrecejo, examinando mi ojo izquierdo.

- Un pelín de infección en la orina, probablemente por culpa de la sinusitis. Pero nada grave, no se preocupe.

A.B.C. debía estar acostumbrado a que le asaltaran por la calle solicitando sus servicios fuera de horas. Volví a insistir, esta vez en un tono ligeramente provocador.

-Le decía que le he seguido...

- Si, si, ya le he oído- dijo con fastidio. -Mire usted, ya le he dado mi tarjeta.

- Es que no ha sido por eso. No quiero que me ausculte. Ha sido por su gesto de asombro.

Volvió a mirarme, extrañado. Inmediatamente le expliqué quien era, como solía ir al Zurich y lo mucho que me había sorprendido su repentina estampida hacia el metro.

A.B.C. esbozó una sonrisa al oírme.

- Está usted loco- dijo, moviendo la cabeza. Luego soltó una corta carcajada, moviendo la cabeza. - ¡Cuanto se aburre usted!- exclamó.>

- Bastante, la verdad- afirmé, como toda respuesta a su comentario.

- no tiene usted nada qué hacer y se dedica a observar a los que hacen algo. Bueno, y a los que no hacen nada también- observó, y luego volvió a soltar una pequeña carcajada.

- Así es- dije, siguiéndole la corriente. -De cualquier modo, no crea que he querido inmiscuirme en sus asuntos. Simplemente me he sentido intrigado.

A.B.C. Asintió con la cabeza varias veces mientras sonreía.

- Y, claro, no va a poder dormir mientras no conozca la causa.

- Naturalmente que no.

-Entonces no me queda más remedio que saciar su intriga- dijo tras un suspiro.

"¡bien!"- pensé. Me lo iba a contar. Mi osadía había tenido éxito. Además, había conseguido hacer reír a A.B.C., cosa nada fácil hasta entonces, a juzgar por lo poco que le conocía. Su anterior fastidio parecía haberse diluido, y aunque durante varias estaciones no volvió a pronunciar palabra, intuí que luego su charla sería fluida.

- ¿Y bien?- inquirí, cuando el silencio comenzaba a resultarme incómodo. un instante después se escuchó la voz cibernética del metro.

¡¡¡¡¡PRÓXIMA PARADA!!!!! ¡¡¡¡¡PLAZA CATALUÑA!!!!!!

La voz cibernética parecía estar contenta de llegar a Plaza de Cataluña. Pronunció la frase como si fuese una verdadera sorpresa llegar allá, como si nunca jamás hubiese llegado, y como si quisiera que los viajeros botasen de alegría en sus asientos, embargados de la inmensa felicidad de llegar a Plaza de Cataluña. Pero a mi alrededor los rostros permanecieron serios e inertes.

-Venga- dijo A.B.C., indicándome la puerta con un gesto. -Le invito a un café.

Salimos del vagón formando una manada con otros pasajeros, tal cual vacas al matadero. Caminamos en silencio hasta las escaleras mecánicas. Salir de nuevo a la superficie de la plaza fue como entrar de nuevo en escena, como si el metro fuese un bastidor donde poder aflojar un poco las máscaras y descansar antes de salir de nuevo para retomar los papeles.

contrariamente a lo que yo pensaba, no regresamos al Zurich. A.B.C. insistió en caminar un poco hasta un bar en la calle Caspe, cuyo nombre no logro recordar. -Allí no hay tanto ruido. Escuchará mejoor y yo no tendré que forzar la voz- dijo.

Atravesamos la plaza en diagonal. al llegar a la calle Caspe recorrimos varias manzanas hasta llegar al lugar deseado por mi acompañante. Efectivamente, era un lugar tranquilo. En el interior había varias mesas esparcidas que ocupaban todo el espacio disponible. Nos sentamos a una de ellas. Llegó el camarero y pedimos dos cafés. yo sabía que si tomaba un café a esa hora luego no podría dormir, pero lo pedí igualmente, pues no se me ocurría qué otra cosa tomar.

-¿conocía usted a ese hombre?- inquirí, retomando el nexo de nuestra incipiente relación.

-¿A quién?- preguntó A.B.C. sorprendido.

- Al hombre del traje gris, el que usted siguió.

-¡Vaya con el detective!- exclamó sonriendo. -No, no le conocía.

- Cruzaron unas palabras, antes de que él saliera del tren- señalé.

- Si, bueno, le pedí un cigarrillo, como excusa- dijo, justificándose.

- ¿Como excusa? ¿Para qué?

A.B.C. me lanzó una mirada de asombro. Respondí alzando los hombros en señal de excusa. Realmente mis preguntas parecían las de un juez. Le pedí perdón por ello.

- Como excusa para ver sus ojos- dijo él, aquiescente.

Llegó el camarero con los dos cafés. A.B.C. abrió el estuche de un terrón de azúcar y echó su contenido en la taza. Revolvió unos segundos antes de llevarse la taza a los labios para apurar su contenido de un solo trago. Posteriormente se acomodó en la silla.

-¿Sabe?- comenzó, -no soy iridiólogo por afición, ni por afán de filantropía o amor a mis semejantes. Quizá sea ese el motivo que lleva a otros a ejercer esta profesión, pero no el mío. No me interesa sanar a la gente, aunque lo haga, y bastante bien, por cierto, según dicen los que acuden a mi consulta. Porque además no estoy de acuerdo con ellos. No soy sanador, no curo a la gente sus enfermedades, simplemente parcheo los desperfectos que aquellas les provocan. Eso sí, de forma más eficaz que la de muchos médicos: al fin y al cabo ellos están, por lo general, bastante más engañados que yo, y cuando les llega un paciente al que le duele el riñón, por ejemplo, sólo miran el riñón.

- Lógico- señalé encogiéndome de hombros, y sin saber muy bien a dónde diantres quería llegar.

- Simplista, diría yo. Los órganos de nuestro cuerpo no son entidades separadas que funciones por independiente. A usted, por ejemplo, le duele entre la cuarta y la quinta costilla izquierda ¿No es así?

Asentí, recordando su diagnóstico. Llevaba una temporada con molestias en el costado. Las atribuía al tabaco, o a algún nervio díscolo y caprichoso.

- Pues ello es debido a su sinusitis- sentenció. -Ahora bien; ¿A qué es debida su sinusitis?

- Habrá muchas causas, supongo. Alcohol, tabaco, enfriamientos....no soy médico. Yo que sé.

A.B.C. sonrió, moviendo la cabeza y condescendiendo con mi ignorancia.

- ¿Ve usted toda esa gente?- Hizo un gesto señalando el interior del local. A nuestro lado una pareja discutía con cierta vehemencia. Un poco más allá, un grupo de jóvenes charlaba animadamente. -Quien más, quien menos, a todos les falla algo. La voracidad de esta metrópoli, la vida misma, nuestro cuerpo sufre innumerables ataques al cabo del día, y nuestras defensas a veces resultan insuficientes. Pero los mayores ataques vienen de nuestra propia mente, y los fallos que provoca en nuestro cuerpo están escritos en las irregularidades de nuestro iris. Porque, dígame usted, ¿Ha visto alguna vez un ojo perfecto?

La pregunta me pilló de sorpresa. La formuló con una mezcla de ansiedad y altivez.

- Bueno, he visto ojos, sin más. Castaños, azules, almendrados, redondos. Realmente todos son perfectos en cuanto que ven, si es a eso a lo que se refiere.

A.B.C. movió negativamente la cabeza.

- No, no, perdone. no debería haberle hecho esa pregunta- dijo. Cambió su postura, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando sus manos.

- Ese asombro que usted detectó en mí fue debido a un amago de reencuentro. Verá, a menudo voy por la calle paseando, y , mentalmente, enumero las enfermedades que veo en los ojos de quienes se cruzan conmigo. Para entretenerme, sin más. Y, hace un rato, cuando estaba en la terraza y vi pasar a ese hombre, el del traje gris, para que nos entendamos, porque si he de decirle la verdad ni siquiera me fijé en que vestía un traje, me pareció volver a ver el ojo perfecto en él. Y como usted ya sabe, le seguí, pero sólo para cerciorarme. Y, como usted ya puede imaginar, para acabar decepcionado, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones. el ojo, los ojos de ese hombre no eran como el ojo perfecto.

- Verá usted -siguió- cuando tenía veinte años, me daba igual cualquier cosa, y como consecuencia de ello hacía lo que me daba la gana. Mi ánimo y mi actividad andaban completamente dispersos. no conseguía ni quería centrarme en nada. Inicié muchos estudios que luego abandonaba por falta de interés: ingeniería, derecho, medicina...todo me aburría. Mi familia no se cansaba de decirme que tenía mucho talento y que lo centrara en algo, pero yo lo veía todo muy fácil...y, por otro lado, no quería perderme la oportunidad de nada. Quiero decir que veía el peligro de que mi carácter se moldease, se deformase por culpa de un aprendizaje, y que esa deformación me impidiera conocer otras cosas con neutralidad y objetividad, de forma que mi verdadera vocación pudiese pasar de largo sin yo verla. Así que poco a poco me fui estancando en la monotonía diaria de la inacción, esperando a que ante mi conciencia apareciese la senda adecuada a seguir. una postura cómoda , por un lado, pero también peligrosa, incluso suicida, por el riesgo que suponía llegar a la edad adulta sin saber absolutamente nada y no tener la opción de insertarme en alguna de las celdas de un sistema que, como usted ya sabe, cada día que pasa es más exigente con sus súbditos. Verá usted -repitió-, si le cuento todo esto es porrque usted quería conocer el origen de mi asombro, y el verdadero origen está allí, en mis veinte años, y concretamente en una tarde de aquellos años: una tarde insustancial, como muchas otras, pero que me dio la clave que hace posible que usted y yo estemos aquí hablando precisamente sobre ese tema.

- Verá usted -volvió a repetir- , era una tarde de verano. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en Casteldefells, a unos pocos metros de la playa. Me encontraba en la cama echando una siesta. De pronto sentí el deseo de salir a la calle, no se por qué. Tampoco se si en realidad me levanté de la cama o simplemente estaba soñando. Lo cierto es que me incorporé y fui hasta la puerta de la casa. Y al abrirla, en lugar de ver el familiar callejón, ante mis ojos apareció un cielo azul atravesado por nubes blancas. O eso, o un cuadro que representaba un cielo azul atravesado por nubes blancas, pero muy bien pintado: tan bien pintado que parecía real. Las nubes permanecían estáticas y uniformemente esparcidas.

A.B.C. apoyó la cabeza en su mano izquierda. El dedo índice y el pulgar formaron una línea recta cuyos extremos tocaban la sien y la punta de su mandíbula. Permaneció así durante unos segundos con la vista clavada en el suelo del local.

- No ha visto nunca un ojo perfecto, ¿Verdad?- volvió a preguntar. -¡Ah! Perdón- exclamó-, vuelva a perdonarme. Mire toda esa gente- señaló de nuevo el interior de local-. Ninguno de ellos ha visto jamás un ojo perfecto. Tampoco yo lo he vuelto a ver, desde aquel día.

- Es usted un poco engreído, ¿No le parece?- pregunté, un poco molesto.

- Sí, es posible- respondió-, pero no por propia voluntad, se lo aseguro. Pero permítame que le siga contando, por favor.

- Adelante, adelante.

"al ver aquel recuadro de cielo y nubes retrocedí, entre sorprendido y asustado. Era una imagen que no esperaba. Sin embargo seguí observándola, y al cabo de unos segundos percibí cómo se iniciaba un ligero movimiento: la imagen comenzó a contraerse hacia el centro. Las nubes se empequeñecían e iban confluyendo, aunque no por ello la imagen decrecía. Por los bordes delimitados por el marco de la puerta surgía un continuo de cielo y nubes de igual uniformidad.

Poco a poco el movimiento hacia el centro fue acelerándose: llegó un momento en que el vertiginoso trasiego de nubes comenzó a marearme. Un incipiente punto negro se iba formando en el centro cuando cerré los ojos abrumado. De vez en cuando los abría y veía el punto crecer, como si llegara de la lejanía.

Posteriormente el movimiento se desaceleró, y justo antes de detenerse aparecieron los lindes de aquel cielo: una circunferencia que se inscribió en el marco de la puerta: y, amigo, allí estaba, el ojo perfecto, una pequeña pupila negra, un iris azulado formado por unas estrías uniforme y armónicamente distribuidas de color blanquiazul, compuestas por una infinidad de empequeñecidas nubes mezcladas con cielo azul.

La imagen permaneció inmóvil durante unos segundos, disminuyendo después su tamaño hasta el del ojo de una persona y quedando a oscuras el resto de la imagen. Luego se difuminó, apareciendo en su lugar el familiar callejón. Inmediatamente cerré la puerta y volví corriendo a mi habitación, tumbándome en la cama y quedándome dormido.

Más tarde desperté y el día continuó como tantos otros. no recordé lo ocurrido hasta el día siguiente, y cuando lo hice no supe donde alojar el suceso, si en un sueño, como tantos otros, o en la realidad de la vigilia. Pero el recuerdo resultó tan vívido y locuaz que me dije "esto debe ser: esto debe ser lo mío, hombre". Había oído hablar del tema anteriormente, y empecé a buscar libros raros que versaran sobre ello: encontré a otros sanadores y estudié con ello, y así, lentamente, nació mi profesión. Desarrollé esa facultad, la de reconocer las enfermedades de la gente en sus ojos. Nada difícil, por otro lado: cuestión de constancia y paciencia, como cualquier otro oficio.

Con el tiempo y la costumbre fui mejorando, convirtiéndose en un modo de ganarme la vida. Al principio pensaba que realmente sanaba a mis clientes, detectando fallos y recetando hierbas correctoras en cada caso. La gente venía a mi consulta y luego regresaba para agradecerme su curación, pero muchos de ellos volvían a caer en los mismos errores de alimentación, costumbres, higiene, etcétera. con el paso de los años he deducido que no hago más que parchear males, como le he dicho antes, y como creo que hacen la mayoría de los médicos, y también he aprehendido que no es el cuerpo quien enferma, sino la mente.

- ¿La mente?

- Sí, la mente confusa y desorientada, que nos lleva a tomar actitudes, higiene y alimentos erróneos: la mente temerosa, que acaba desarrollando un cáncer; la mente desconfiada y puntillosa, que se manifiesta en forma de alergias. Su mente, por ejemplo, es muy rencorosa. Es usted muy rencoroso, a juzgar por esa sinusitis.

- ¿Yo?- exclamé ofendido.

- Yo creo que si. Pero no se enfade, por favor, quizá haya hecho una asociación indebida. mi especialidad es detectar enfermedades en el iris, pero ocurre que con la experiencia he acabado asociando aquellas con ofuscaciones mentales, pero sin demasiado rigor, aunque no dudo que exista una relación directa.

- Me parece que eso es ir muy lejos- dije.

- Qué va, menos de lo que pueda pensar. Imagínese, por ponerle un ejemplo, que usted un día se decide a hacer deporte. Puede ser que su decisión se deba a que considera el deporte como algo saludable, cosa cierta, por otro lado, y a que de esa manera se conservará en forma, descargará adrenalina y todo eso. Ahora bien, ¿No habrá otras razones para ello? ¿Acaso no tomará esa decisión movido por la necesidad de sentirse más querido, más respetado, más vital, o para que su novia o sus amigos admiren la fortaleza de sus músculos, dándole a usted la falsa seguridad de que vale más por ello? ¿O no lo hará por seguir la moda, o por cualquier otra estúpida razón? Ojo, vuelvo a decirle que considero el deporte saludable, no vaya usted a creer otra cosa, y si lo hace por ese motivo indudablemente le sentará bien, pues ejercitará sus músculos en la medida de sus posibilidades. Pero si el verdadero motivo es otro seguramente su ansia le obligará a sobrepasarse en el esfuerzo, y acabará con un menisco fastidiado o desgastando en exceso las vértebras de su columna. Usted irá al médico de cabecera con alguna lesión y él le dirá: "Eso le ocurre por hacer deporte", pero no tendrá toda la razón; sólo una poca. Porque la razón fundamental será el autoengaño, el miedo a ser poca cosa o la ambición de superarse sin medida, ¿No le parece?

- Puede ser- admití.

- Y eso es sólo un ejemplo. ¿Otro? Puesss... no sé, la señora gorda que se autoaplica un régimen espartano para adelgazar; el abuelo andropáusico que añora tiempos pasados y se echa una amante voraz ... mil casos, amigo, para desear ser lo que no se es. Ya le digo, yo sólo se auscultar, pero no me cabe duda de que las enfermedades tienen su origen en la mente y que es ésta la que hay que curar o corregir, y eso no es posible a base de hierbas.

A.B.C. hablaba con total convencimiento. Al oírle, me daba la impresión de que su discurso llevaba bastante tiempo alojado en su cabeza.

- Pero bueno -siguió-, volviendo al asunto de su interés le diré que llevo unos quince años con la etiqueta de iridiólogo encima. Imagínese los cientos de miles de ojos que he auscultado.... a ninguno de ellos ha podido decirle "está usted como una rosa...no tiene nada"...a ninguno de esos ojos, repito, porque la deformación profesional que ello conlleva hace que los clientes se transformen en ojos; ni siquiera se si la gente que va a mi consulta está vestida, si son altos, rubios, gordas, flacas. Ojos, ojos y más ojos; un banquero se interesa por el dinero de los demás, y yo por sus ojos. ejercitar cualquier profesión te introduce lentamente en un callejón sin salida, acaba haciendo cristalizar en ti una forma determinada de ver el mundo que te rodea, condicionada por la parte o el aspecto de ese mundo en el que usualmente te mueves o desarrollas tu actividad.

Mi trabajo me reportaba suculentas ganancias, ya que con una simple linternita descubría lo mismo que otros médicos con costosos aparatos. Me iba bien, no lo puedo negar. Pero el hecho de ver tantos y tantos ojos enfermos provocó que, con el paso de los años, comenzara a añorar aquella visión del ojo perfecto. Y al añorarlo surgió en mí la necesidad y el anhelo de verlo de nuevo. A cada momento del día recordaba aquella tarde en casa de mis padres y recreaba en la memoria la imagen, que de manera casi automática empecé a comparar con cada nuevo ojo que aparecía en mi consulta. Y curiosamente desde entonces mis diagnósticos ganaron en precisión, no sé si sólo debido a ello o a que también mi trabajo perdía lentamente su atractivo económico, de respeto y prestigio, y mi indiferencia hacia estas banalidades provocaba que ya no lo considerase como un trabajo, sino como espera, como instrumento...

- ¿Instrumento? ¿De qué, o para qué? ¿Acaso pensaba que por su consulta pasase algún día un individuo con los ojos perfectos?

- No, no, que dice usted- respondió sonriendo-. Un ojo perfecto corresponde a un organismo, a una mente completamente sana: no necesitaría acudir a mi consulta. no contemplo esa posibilidad. Si le digo que es un instrumento es porque, bien pensado, para ver un ojo perfecto, para reconocerlo, ¿No será necesario que mi mirada también lo sea?. Cuando usted se pone unas gafas de sol azules, por ejemplo ¿no distorsiona el color de los cristales la visión que usted tiene de las cosas? ¿No tienen otro matiz cromático que el que ofrecen unas gafas con cristales de color gris? ¿No ve usted la realidad filtrada a través del color de sus gafas de sol?

- Cierto es- admití.

- Pues lo mismo ocurrirá con las irregularidades del iris, que corresponden con anomalías mentales, según mi teoría. Como instrumento de percepción de la realidad, la deformará en formas desiguales en iris desiguales. Usted y yo podemos observar a otra persona y clasificarla de forma parecida, pero sutimente diferente. En resumen, que necesito perfeccionar mi mirada, porque es posible que el ojo perfecto pase por delante mía, que hayamos cruzado miradas durante cientos de veces durante todos estos años y que yo no lo haya reconocido. Y para perfeccionar mi mirada ¿Qué mejor lugar que mi consulta, donde todos los días recibo abundante materia prima?

- Desde luego- admití.

- Desde luego, desde luego- repitió él, satisfecho. -Pero fíjese usted bien, que esa deducción me llevó a plantearme otro interrogante....

A.B.C. levantó las manos a la altura del pecho, manteniendo las palmas paralelas y distantes unos veinte centímetros entre sí, como si quisiera dar forma y límites a lo que iba a decir.

- ¿Qué sentido tendría entonces buscar un ojo perfecto? ¿Para qué? si mi mirada llegase a ser perfecta, ¡Bastaría con tomar un espejo para ver el reflejo de la imagen de mis propios ojos!

Asentí con la cabeza. Era correcta la deducción, que yo creí daba fin a su perorata. Pero me equivoqué; aún había más.

- Ello, claro está, me conduce a un callejón con una única salida.

- ¿Cuál?

- Verá, es muy sencillo. Si añoro el ojo perfecto, que lo añoro, y deseo volver a verlo, debo seguir auscultando ojos, aunque ello me produzca una mayor añoranza, para mejorar mi propia mirada hasta una perfección sin mácula. mientras no lo consiga, no lograré reconocerlo, aunque lo vea un millón de veces; pero cuando lo consiga bastará un simple espejo para verlo en mí mismo. Así pues, la única salida posible es trabajar, trabajar y trabajar: hacer aquello que mejor se hacer, hacerlo cada vez mejor y sin plantearme ninguna motivación de otra índole. Trabajar por trabajar, y si es posible olvidar mi nostalgia, porque ella puede impedir que me supere día a día. incluso le diría más, debería trabajar sin el propio estorbo que supone pensar en la superación, para de esa forma dedicar toda mi atención y energía al propio trabajo. En resumen: trabajar y olvidarme de mí mismo. si algún día lo consigo....

A.B.C. terminó su explicación, y yo ya comprendía el misterio. Aquel hombre buscaba su ojo, su perfección, y se había trazado una especie de senda vital ascética. Su determinación era firme; ante la pregunta "qué hacer en esta vida"; marcándose un objetivo sufría la angustia de no conseguirlo, aunque esa angustia quizá lo liberaba de otras peores, dándole sentido al sinsentido existencial que, al menos yo, todavía en aquel entonces padecía.

- Lo tiene usted muy claro- comenté, al cabo de unos minutos. -Pero hay algo que se me escapa. no entiendo por qué se levantó y siguió a aquel hombre.

A.B.C. sonrió por tercera vez desde que yo le conociese.

- Uno tiene sus ilusiones. Quién sabe, puedo estar equivocado, y quizá sea el azar, y no el trabajo, el camino del reencuentro. En ese caso mi vida y mis planteamientos actuales no habrían servido para nada, perdiendo su validez. Pero, claro, uno vive y se mueve en el terreno en el que alcanza mayor cota de seguridad en cuanto a lo que quiere conseguir. No sé cómo decirlo: por ejemplo, si yo fuera agricultor sembraría ajos en enero, porque esa es la costumbre y parece la temporada más adecuada, aunque pueda ser que el segundo crepúsculo posterior a la luna llena de marzo sea mejor fecha por cualquier motivo. En definitiva, que no me fío del azar, pero tampoco lo excluyo. El ojo del traje gris pasó por ahí y yo me vi tentado. Le seguí, no era, pues ya está: punto, a seguir con lo mío.

- El ojo del traje gris. Sí que tiene usted deformación profesional- dije sonriendo.

A.B.C. encogió los hombros y no dijo nada más. Mi curiosidad estaba satisfecha, y él había tenido oportunidad de vaciarse.

Poco después nos despedimos. yo no tenía ninguna prisa y muy a gusto me habría ido al cine con él, a la sesión nocturna, pero a él se le había hecho tarde.

- ¿Contento?- preguntó, refiriéndose a la explicación del misterio.

- Si, desde luego- respondí-. Ha sido muy explícito, se lo agradezco. ¿Sabe? Un día de estos pasaré por su consulta para que me mire mejor.

- No dude en hacerlo. Ya le he dicho: gratis.

- Gracias.

- ¿Le acerco?¿Dónde vive usted?

- Tranquilo, voy a pie. Estoy aquí al lado.

- De acuerdo. Buenas noches. Y no tome por costumbre seguir a la gente. Puede ser muy peligroso.

- Ya, ya. Perdone usted. Hasta pronto.

Nos alejamos en direcciones opuestas. Para cansarme un poco decidí pasear hasta la Plaza de Cataluña. De paso podría comprobar si el efecto de reacción en cadena se había cumplido. "Quizá, por qué no", pensé, "todo eso que dicen acerca de los movimientos de masas. Puede que haya un paralelismo entre las leyes físicas y las que rigen los movimientos sociales".

Diez pasos más adelante me detuve, quitándome esa estúpida idea de la cabeza. La boca de metro del café Zurich seguiría como siempre, seguro. Di media vuelta y me dirigí directamente hacia mi casa. Al llegar a mi habitación hice las maletas y me eché a dormir, cosa que conseguí de inmediato, a pesar del café.

 

Al día siguiente me levanté temprano y fui a cancelar mis deudas con la casera. Me iba de Barcelona, le dije. Estaba harto de vivir allí, y además no encontraba trabajo, un trabajo que me gustase.

- ¿Y a dónde irá usted?- preguntó, como si se preocupara por mi situación y mala fortuna.

Pero al respuesta es asunto de otra historia.

 

 

FIN

 

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