EL HOMBRE INAUDIBLE
El hombre invisible carecía de aficiones. No gustaba de partidos de fútbol, cacerías, música, política, etcétera. Ninguna de las cosas y actividades que tanta energía hacen gastar en balde al resto de los mortales tenía interés para él. No leía novelas ni revistas; su televisión estaba siempre encendida porque así la encontró cuando compró su mansión y no sabía cómo apagarla. Pero sólo la miraba cuando cruzaba el salón de su casa, sin prestar atención al programa que en ese momento mostrara su pantalla.
Aunque vivía en una gran mansión, su dormitorio era minúsculo y únicamente salía de él para ir al cuarto de baño o para prepararse algo de comer en la cocina. Ocasionalmente miraba por la ventana para comprobar qué tiempo hacía. Su actividad era mínima; aunque su cerebro estaba lleno de ideas, ninguna le parecía lo suficientemente atractiva como para llevarla a la práctica. Este era el secreto de su invisibilidad, su completa carencia de actividad. No hacía nada, por lo tanto no era nada. Cuando se asomaba a la ventana los vecinos le miraban sin verlo; pocos juicios podían emitir acerca de una persona de la cual lo único que sabían era que existía. Ni tan siquiera él podía emitir juicio alguno sobre sí mismo, a nadie se podía comparar y además carecía de espejos para poder verse ya que esto último no le interesaba para nada.
El hombre invisible miraba y volvía a mirar. Una vez, cuando era pequeño y todavía no era invisible, soñó que estaba en el interior de una vieja casa. El era un ladrón, y aquella casa estaba llena de vigas caídas, telarañas, sillas y mesas polvorientas y armarios desvencijados. Había ido a robar, pero nada de lo que allí había servía para nada. Se encontraba allí cuando oyó que la puerta de la casa se abría y entraban los dueños. Se ocultó tras un armario y desde su escondrijo les escuchó hablar en un idioma extraño. Luego uno de ellos prendió una cerilla, dando fuego a uno de los viejos maderos que yacían en el suelo. El hombre invisible miraba, pero no sentía miedo.
Los dueños se fueron, cerrando la puerta con llave. A los pocos minutos todo el interior ardía y la madera vomitaba humo viejo. El hombre invisible veía cómo el fuego se iba apoderando de su cuerpo y cómo se iba quemando sin sentir dolor. Se consumía rápidamente y pensó que acabaría extinguiéndose por completo y que dejaría de pensar y ya no existiría. Pero se equivocó parcialmente en su augurio. Piernas, manos, brazos, abdomen, su cuerpo fue desapareciendo, el vello de su piel chisporroteaba al arder, y seguía viendo las llamas sin acusar dolor alguno.
El fuego llegó a su cabeza, lo único que quedaba. Dentro del sueño pensó que la forma de irse consumiendo su cabeza era parecida a la de los dibujos que veía cuando estaba despierto.
Al final sólo quedó su ojo izquierdo, desnudo, sin párpados que pudieran seguir cerrando y abriendo su visión. El hombre invisible veía las llamas que seguían devorando la casa, el ojo no podía dejar de mirar, pero tampoco podía hacer nada con lo que veía, su cerebro y su cuerpo se habían transformado en humo apestoso. Cuando despertó, el hombre invisible, que entonces sólo era un niño, añoró la pureza de las imágenes que había visto siendo sólo ojo y desde aquella noche se propuso mirar, mirar, más mirar y sólo mirar.
Hasta el punto de que cuando iba al teatro no sabía si aquello era teatro o realidad, aunque igual le daba, puesto que iba al teatro tan sólo a mirar. Cuando paseaba por las calles todo le parecía teatro, y a nadie saludaba para no interferir en la obra; además, los actores no parecían saber improvisar. El era un espectador, "¿El único?"- fue la única pregunta que se hizo después de convertirse en el hombre invisible. Y la única respuesta que encontró fue que no lo podía averiguar, puesto que si hubiese otros espectadores como él también serían invisibles.
Esta respuesta lo aterrorizó durante muchos años, pues temía todo aquello que no podía ver. Pero un buen día se quitó ese miedo de encima, al pensar que, si no podía verlos, era porque no existían objetivamente, y entonces comprendió que él tampoco existía objetivamente, y para celebrar esa absoluta verdad que acababa de descubrir se le ocurrió celebrar una fiesta en su mansión. Pero, ¿Cómo haría para invitar a la gente, si él no existía? De nuevo, una pregunta lo dejó aturdido durante unos cuantos años, hasta que decidió pasar a la acción y colocar carteles por toda Barula, la ciudad donde vivía desde hacía tanto tiempo que ya ni se acordaba. En los carteles solicitaba a los actores urbanos que interrumpieran tal día a tal hora su función y que acudieran a la fiesta que había decidido celebrar. Pero la noche en la que recorrió toda Barula para colocar la propaganda descubrió que si celebraba una fiesta en honor de su inexistencia, el sería el gran ausente, y no quería perdérsela por nada del mundo, de
manera que decidió que la verdad absoluta no era tal verdad sino todo lo contrario. El existiría durante la fiesta, nadie le podría negar ese derecho.
LLegó la fecha señalada. El hombre invisible decoró personalmente el salón principal de su mansión. Encargó a sus criados que compraran vinos y licores, quesos finos, patés y embutidos ahumados, y gran cantidad de velas de diferentes olores. Estaba tan excitado que no podía dejar de sonreír. De forma que cuando llegó la hora y los invitados comenzaron a aparecer, todos le devolvieron la sonrisa, y la fiesta fue creciendo y convirtiéndose en un gran cúmulo de sonrisas. Todo el mundo sonreía, y todo el mundo, cuando miraba a todo el mundo, no veía más que destellos luminosos. Los únicos que se mantenían serios eran los criados. Pero nadie se daba cuenta de ello, porque nadie les veía, ya que todos eran iguales y además no habían sido invitados; estaban allí antes de que llegaran y seguirían allí cuando terminase la fiesta.
Todas las damas vestían elegantes y multicolores prendas, todas sonreían y mostraban todos sus dientes completamente blancos. Ninguna dejaba de sonreír, y ninguno de los caballeros, elegantemente ataviados en blanco y negro, dejaba de sonreír tampoco. Era una fiesta maravillosa, así lo creía el hombre invisible, que había dejado de serlo tras largos años de reflexión y temor que ya no servían para nada. Sus invitados reconocían sus méritos, existía para ellos, ya no era invisible, se sentía reconfortado por su buena fortuna.
Pasaron las horas y la fiesta continuaba. Todas las dentaduras, sin distinción de raza y de sexo, brillaban dichosas de haber acudido a tamaño acontecimiento. De repente una de las damas se desmayó, y el hombre invisible dejó de sonreír unos instantes, preocupado por lo sucedido, porque aquella mujer tenía aspecto de muerta cuando los criados se la llevaron en una camilla por la puerta de servicio. Pero al hacerlo sintió cómo todas las sonrisas dirigían su mirada hacia él, y cómo alguna de ellas estaba a punto de reventar. Por ello, y una milmillonésima de segundo antes de que otra sonrisa se desdibujara, volvió a esgrimir la suya con gran maestría, y así la fiesta prosiguió como si nada hubiera pasado.
Naturalmente, la fiesta concluyó cuando se terminó la comida y las botellas quedaron vacías. El hombre invisible estaba feliz por el éxito de su convocatoria. Había vuelto a ser visible y por lo tanto podía despedir a sus invitados con palabras de agradecimiento y una amplia sonrisa que continuó en su rostro incluso cuando, horas mas tarde, se fue a la cama a tomar un merecido descanso.
No despertó hasta el mediodía siguiente. Se levantó de la cama que ocupaba por completo su minúsculo dormitorio y se arregló para salir a dar un paseo.
Salió sonriendo a la calle. El gesto se había instalado en su rostro permanentemente, y no veía razón alguna para deshacerlo. Su vida había cambiado, o al menos eso creía.
Fue caminando hacia la avenida principal de la ciudad, relajado, sin prisas. Sin embargo comprobó cómo la gente que se cruzaba con él mantenía su rostro serio y caminaba de prisa, y cuando le miraban apartaban la vista inmediatamente y hacían como si no le hubieran visto. Y entonces comprendió su enorme torpeza al pensar el día anterior que existía y ya nunca más dejaría de hacerlo. Comprendió que volvía a ser invisible y por consiguiente objetivamente inexistente.
Siguió caminando tristemente con su idea en la cabeza, apesadumbrado por haber cometido tamaño error pero sin dejar de sonreír. "Eso me ocurre por pensar"- se dijo a sí mismo, y decidió que nunca más volverla a hacerlo, y al decidirlo se borró su sonrisa.
Decidido, fue a la estación de ferrocarriles y se subió en el primer tren que encontró. Como era invisible no necesitaba comprar el billete, ya que el revisor no podría picárselo puesto que no podría verle.
El hombre invisible lleva muchos años viajando. Cuando su tren llega a una estación, se baja y sube al siguiente que haga parada. Conoce a multitud de revisores, y a base de verles de vez en cuando advierte cómo van envejeciendo y se van quedando calvos. Lo que más le gusta mirar es cuando hay una avería y el tren se detiene y sus compañeros de vagón se levantan y hablan y se conocen entre ellos. Pero como decidió que nunca más volvería a pensar, no puede preguntarse por qué se callan todos sus compañeros de vagón cuando se arregla la avería y el tren reemprende su marcha y entonces parece que vuelven a no conocerse de nada. Tampoco le importa, ni siquiera se plantea la posibilidad de por qué no puede pensar. Decidió no hacerlo. No recuerda dicha decisión pero dicha decisión fue tomada hace muchos años.
El hombre invisible está sentado frente a mí en el tren que acabo de coger hace algunas horas. Nadie le ve, pero yo oigo el girar de su cabeza cuando mira por la ventana. Estoy a punto de pedirle fuego, pero no voy a hacerlo. No quiero que detecte mi presencia. Ni siquiera me he moví cuando el tren se detuvo hace un rato debido a la tormenta. Percibí el roce de su cabello con el aire cuando se volvió a mirar a los demás cuando empezaron a moverse y hablar.
El hombre invisible cree que nadie le ve, y así es, pero yo le oigo respirar, el entrar y salir de su aliento por sus fosas nasales. Porque yo soy aquel que todo lo oye. Yo soy el hombre inaudible.
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