EL LOBO HAMBRIENTO
Fue bastante corto. Diría que sólo fue una imagen, estática, seguida de un corto después en el que hubo movimiento. Pero la imagen fue más larga que el después, o al menos me dio más que pensar.
La imagen la detallo a continuación: una noche estrellada, un aire límpido, frío y seco, a pesar de la nevada. Creo que no había luna; si la había no la vi. Digo que no la vi porque era yo quien contemplaba esa imagen. No me veía a mí mismo, no sabía quién era; lo supe posteriormente, al despertar.
Frente a mí, una suave elevación del terreno completamente nevado. La pendiente era más acusada por la derecha que por la izquierda; a lo lejos la divisoria separaba un cielo completamente oscuro del tenue color grisáceo de la tierra.
A ambos lados de la amplia explanada un bosque de coníferas que se cerraba en el lugar donde me encontraba, formando un gran semicírculo. Ahora que lo recuerdo se me ocurre que estaba en Siberia, aunque lo mismo podría haber sido Canadá o cualquier otro lugar en un país nórdico. Se me ocurre Siberia porque siempre, desde pequeño, he asociado ese nombre a enormes extensiones boscosas y deshabitadas; y en el sueño, en el momento de ver esa imagen, recordaba que el bosque en cuyos lindes me encontraba era muy vasto, y que llevaba muchos días merodeando entre su frondosidad.
El frío era extremo, pienso ahora al recordar la imagen, pero en aquel momento no lo sentía demasiado. Había otra sensación mucho más dolorosa y menos soportable y que era la causante de mi inmovilidad y de que mi atención permaneciese concentrada en la explanada, en los olores y los sonidos que pudiera percibir. Era la sensación de hambre.
Recuerdo que al llegar al límite del bosque me detuve sorprendido por aquel claro, después de largas horas sin dejar de correr entre árboles, maleza y matorrales. No sé cuánto tiempo permanecí allí porque no había tiempo; tampoco sé si esto último era debido a que me encontraba en un sueño, o a que ver, oír, olfatear y sentir las dolorosas punzadas provocadas por la falta de alimento eran mis únicas percepciones posibles. Pero el dolor hacía que la imagen fuera larga, muy larga. Al despertar supe también que mi actitud durante el sueño había sido de vigilancia y espera.
Poco antes de ver salir su cornamenta, seguida de todo su cuerpo, despacio, con el andar cansino de los ciervos cuando se creen a salvo de peligros, oí sus pisadas acercándose a la explanada desde la izquierda. Mi primer impulso fue salir lanzado hacia él para aliviar cuanto antes mi dolor. Pero sólo alcancé a dar dos pasos, quedando otra vez inmóvil, agazapado y resguardado de sus ojos por la maleza. No supe, en el sueño, por qué me había detenido, pensé al despertar. Realicé la acción de detenerme en sí misma, sin pensarla. Supe por qué al despertar, pero en aquel momento no lo supe. Pero me detuve.
Aquellos dos pasos fueron suficientes para que, en el completo silencio de la noche, aquel ciervo, que se encontraba a más de cien metros, detuviera su lento caminar y estirara el cuello, alarmado, clavando su inexpresiva mirada en la zona donde me encontraba y orientando sus orejas de manera que pudieran recoger cualquier minúsculo murmullo que desde allí les llegase. Dejé de respirar hasta que no pude más. Dejé también de pestañear, abriendo los ojos por completo e incapaz de mirar otra cosa que no fuera el animal; movió su cabeza, indagando en la penumbrosa explanada, y poco después reanudó su paseo sintiéndose seguro, avanzando de izquierda a derecha.
Mis suaves inspiraciones fueron acelerándose sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Al sensación de hambre se le unió un vehemente nerviosismo que acabó por transformarse en cólera brutal cuando mi olfato percibió el fuerte olor del animal, activando algún resorte oculto en mis músculos y en mi corazón, que comenzó a latir con inusitada violencia. Mi memoria asoció ese olor con otro más agudo y penetrante; el olor de la sangre. Ello me impelió a iniciar una alocada carrera, una funesta persecución.
Al descubrir mi presencia el ciervo tensó todo su cuerpo durante un instante. Percibí su miedo antes de que echara a galopar iniciando la huida pendiente arriba. Y justo en aquel momento me desperté.
No lo supe en el sueño; no podía verme a mí mismo. Pero las sensaciones del sueño traspasaron, por efecto de la inercia, la sutil barrera entre aquel y la vigilia, y durante un minúsculo momento pude retenerlas en la conciencia.
Pertenecían a las de un lobo hambriento. Durante el sueño, "yo" había sido un lobo hambriento.
Años más tarde, un día de invierno, un día cualquiera -En aquella época todos se parecían, debido a mi inactividad. Todas las mañanas tomaba café en el mismo bar; sentado a una mesa leía el periódico y observaba a través del cristal el paso de la gente y de los vehículos por la calle contigua-, una mujer que aproximadamente tendría mi edad entró en el bar.
Por un momento, mientras abría la puerta, nuestras miradas se cruzaron de forma inexpresiva, como tantos otros cruces de miradas a lo largo del día. Se dirigió hacia la barra del bar, y una vez allí pidió a la camarera que le preparara un café con leche y que le sirviera un bollo suizo.
Seguí con mi periódico. Ya era la segunda pasada que le daba: internacional, nacional, deportes, cultura, sociedad .el mundo seguí igual de mal que el día anterior, e igual de bien que el día anterior. Volvía a repasar la cartelera de cine cuando, frente a mí y sin pedir permiso, aquella mujer se sentaba a mi mesa, después de quitarse el abrigo y después esto último de haber dejado sobre la misma el café, el platillo de porcelana con el bollo suizo y el paquete de cigarrillos. "Buenos días", dijo, con una amable sonrisa que descubrió el aparato metálico que circunscribía su dentadura. Yo asentí sonriendo, y le devolví el saludo. Pero su osadía me había desarmado -por lo desacostumbrado que resulta que una persona desconocida se siente a tu misma mesa con toda naturalidad- ante semejante intrusión en mi espacio, así que leí por tercera vez la cartelera para darme tiempo a reaccionar. Luego pasé el resto de paginas hasta el final, fingiendo interés en los titulares de las noticias, mientras observaba a aquella mujer. Ella, una vez sentada, sostuvo entre sus manos la taza de café, con los codos apoyados sobre la mesa, tomando pequeños sorbos y pendiente de lo que sucedía en la calle.
Cerré el periódico, doblándolo por la mitad. Al mismo tiempo que lo dejaba sobre un extremo de la mesa, ella dejó la taza sobre el platillo sobre el cual yacía una cucharilla con una gota de café en su cavidad y un sobre de azúcar rasgado y vacío. Cogió el bollo con los dos dedos de una mano, arrancó un trozo con la otra y se lo llevó a la boca, masticándolo despacio. Hizo todo ello sin mirarme en ningún momento. Sus ojos pasaron de la calle al platillo, del platillo al bollo y de éste último a la calle.
Tendría unos veintisiete años; los ojos castaños, el cabello liso y del mismo color, recogido en un moño que sujetaba con un pasador de madera. Las cejas pobladas, un minúsculo lunar a la derecha de la barbilla. Cuando la vi entrar no me pareció demasiado alta. Vestía un chaleco marrón sobre una camisa de algodón recia y blanca. Lucía unas clásicas perlas como pendientes que parecían más propias de una mujer mayor.
La observaba -no era especialmente guapa, pero su mirada expresaba cierta fuerza interior que la hacía atractiva. El lector conoce seguramente la diferencia entre un adjetivo y otro; y su variación, dependiendo del observador- cuando volvió la cabeza, dirigiendo su mirada hacia mí, justo después de tragar el bocado que había masticado durante un buen rato. Levantó de nuevo la taza de café, esta vez sujetándola por el asa.
-¿Qué tal?- preguntó, y luego se llevó la taza a los labios.
- Bien- respondí, encogiéndome de hombros.
No sabía qué más decir, así que sonreí. Pero a los pocos segundos su insistente mirada comenzó a ponerme nervioso.
-¿Nos conocemos?
Al oír mi pregunta desvió su mirada hacia la calle. Afuera, la atmósfera era gris matinal. Un autobús urbano arrancaba en ese momento, soplando humo apestoso. En la acera de enfrente dos señoras de unos cincuenta años acababan de saludarse y charlaban.
-Claro que nos conocemos- respondió, dejando por segunda vez la taza sobre el platillo.
- Pues no recuerdo- dije, pidiendo con mi expresión interrogante que me desvelase dónde y cuándo.
Hoy todavía me pregunto si lo ocurrido a continuación fue real; si aquella mañana, aquel bar, la mujer y sus palabras si aquel encuentro sucedió en la realidad o en algún otro sitio, en algún otro lugar de mi conciencia. Desde luego que el bar, la mañana, eran reales, seguro. Aquel todavía sigue abierto, a pesar de la progresiva decadencia en que se ha ido sumiendo esa zona de Berlín. Pero la mujer....no lo sé, no he vuelto a verla.
- El ritmo de tu carrera aquella noche era uniforme- dijo. -Tus pisadas, equidistantes: parecías algo cansado....
- Perdone, pero ¿De qué me está hablando?¿De qué noche me está hablando?
- No lo sé- respondió ella a mis preguntas-, en algún momento.
Mostré mi escepticismo encogiéndome de hombros. Ella abrió los ojos y acentuó sus palabras con su mirada.
- fue así, te lo aseguro- siguió-. Yo estaba allí. No sé ni desde cuando ni hasta cuando. No puedo decírtelo porque lo ignoro. Ni tan siquiera se muy bien quien era yo, ni cuando dejé de serlo.
- Y qué más ocurrió- pregunté, un poco impaciente por cortar su soliloquio, y por saber si aquella mujer quería jugar a las adivinanzas.
- Pues que luego te detuviste y yo sentí el roce de tu pelo- dijo-, ya lo había sentido antes, en otros contactos que tuve contigo durante tu larga carrera, en otros contactos con otros...-tosió nerviosamente como si temiera continuar- pero hasta entonces...hasta entonces....
No. No jugaba a las adivinanzas, a juzgar por la emoción que comenzaba a embargarle. Pensé que quizá estaba trastornada, pero mientras acababa la frase un relampagueo cruzó mi pensamiento.
- ....no supe que eras otro lobo.
Volví a ver la imagen. Recordé aquel sueño, las sensaciones, el penetrante olor....un escalofrío atravesó mi columna vertebral y quedé aturdido y fuera del tiempo hasta que abrí los ojos por completo, como si despertara de un largo estado de inconsciencia. -"Otro lobo"- repetí para mis adentros, mientras se apoderaba de mí cierto temor. "No es posible que este hablando de eso"- pensé.
Percibió mi turbación, pero su rostro volvió a serenarse tras el esfuerzo que hubo de hacer para acabar la frase. Pareció esperar la confirmación de sus palabras.
- La verdad- balbucí-, no sé de qué me habla...
Ella, en un gesto de paciencia, cerró los ojos y chasqueó los labios.
- Sí que lo sabes- dijo, sin ironía en su voz y dándolo por sentado.
- De cualquier forma -añadió- no importa que no quieras reconocerlo. Ya me ha ocurrido otras veces.
Desvió su mirada hacia la calle, ligeramente decepcionada. Apuró el contenido de su taza, colocándola definitivamente sobre el platillo. Deslizó éste hasta el centro de la mesa.
- Luego -dijo, mirándome de nuevo- perdí el contacto. Te fuiste, no sé a dónde.
Encogió sus hombros, acentuando con ello la expresión de decepción de sus ojos.
- Y hoy -siguió, indicando la puerta del bar- al entrar aquí, te he reconocido y he venido a saludarte.
Recogió el paquete de cigarrillos y se incorporó para marcharse, esforzando una débil sonrisa. -Bueno, no a ti exactamente -añadió, corrigiendo su última frase-, si no a aquel lobo, en aquella noche tan fría.
- Un momento, por favor, un momento- balbucí como pude. Ella ya había vuelto la cabeza y la giró de nuevo hacia mí, sosteniendo durante unos segundos mi mirada. Regresó y volvió a sentarse frente a mí, encendiendo un cigarrillo en actitud de espera.
- ¿Qué, ya recuerdas?- inquirió, a los pocos segundos. Yo no respondí y permanecimos unos minutos en silencio: ella, fumando y mirando a través de la cristalera; yo, recobrando la calma y resistiéndome a creer que conociese mi sueño.
- ¿Por qué te has puesto así?- pregunté. Ella movió negativamente la cabeza. -"No voy a volver a verla"- pensé, así que debía hacerle otra pregunta para averiguar si realmente había hablado de mi sueño.
-De manera que no llegué a cazarte.....
Encontré de nuevo su triste mirada. Una lágrima rebosaba su párpado izquierdo descendiendo por la mejilla.
- ¿Eso crees?- preguntó,, sacando un pañuelo del bolsillo de su chaqueta para secar sus ojos. Quise consolarla, pero no sabía como hacerlo. Intuí que mi intriga y su tristeza surgían del mismo lugar: un lugar desconocido, quizá de la vida misma, de la que también habrían surgido su serenidad anterior y mi propio temor.
- Perdona- dijo, guardando el pañuelo-. La culpa es mía, es lógico, tú sólo podías verle a él. Estando él, nunca te habrías podido fijar en mí.
- ¿A él? ¿De quién estás hablando?
- ¿De quién, sino del ciervo que perseguías? Lo tuyo es cazar...lo mío reposar. Y proteger....
Cerré los ojos y sentí erizarse el vello de mi cuerpo. Al abrirlos de nuevo la vi llorar desconsolada. Yo, al comprobar aquello, ya no sabía dónde estaba, ni qué hacer. La camarera moviéndose por el local, los clientes charlando animadamente, ajenos a nuestro drama....me invadió una sensación de vértigo. Dirigí la vista hacia la calle, comprobando que allí también la escena había perdido su normalidad para convertirse en un teatro de absurdo y ficción. Mortalmente asustado, hube de volver a mirar a aquella mujer, que seguía llorando pero, paradójicamente, con ello lograba diluir mi angustia. Sentí la necesidad de rodear la mesa para sentarme junto a ella y abrazarla. Ella aceptó recogerme y transmutar durante un tiempo mi locura en lágrimas hasta que recobrara la calma.
Cuando lo conseguí nos separamos. Suspiré un par de veces, reconfortado y agradecido. Poco después ella me miraba a los ojos con expresión interrogante. -Y ahora- dijo-, ¿Te irás otra vez?
Reflexioné su pregunta durante unos instantes. Mi agitación había cesado y la olvidé. Ahora disfrutaba de una calma que, sin lugar a dudas, tenía en ella su origen.
Permanecimos más de media hora sumidos en un silencio interior que sólo se alteró cuando la camarera se acercó y pedimos dos cafés. Por lo demás, el vagabundeo de nuestras miradas por el exterior, la mesa y los ojos del otro mostraban el vaivén de nuestras emociones. La besé en varias ocasiones, en los labios, en las mejillas, en la frente, consiguiendo finalmente que recuperara la serenidad.
Volví a pensar en su pregunta. La respuesta no era sencilla. Si me iba, me esperaba la nada; las calles de Berlín, los cines, las estaciones de metro y algún que otro esporádico trabajo. Además, no volvería a verla. Y si me quedaba, "yo" sería ella, y eso sólo durante un tiempo, hasta que dejase de llorar....
- Probablemente- respondí. -Dime una cosa, ¿Dónde estabas?
Encendió un cigarrillo antes de contestar.
- No estoy segura- dijo-, creo que estaba en el bosque.
Sus ojos adquirieron una expresión vacía, como si intentara revivir una situación en la que hubiese estado con anterioridad. Luego clavó en mis ojos esa mirada, como si buscase en mí esa situación. Azorado, aparté la vista, incapaz de asumir esa responsabilidad, y en ese momento elegí partir de nuevo. Fue en ese momento, ni antes ni después, lo recuerdo muy bien, porque fue también cuando percibí la veracidad de sus palabras: ella había estado en mi sueño, y en mi sueño yo había estado en ella. Antes de que lo pronunciara fui consciente de quién había sido.
- Pero creo.. creo que "yo" misma era el propio bosque que quería arroparte, protegerte del mundo y de ti mismo.
Al pronunciarlo, aquello se convirtió en absoluta verdad para los dos. Cerró los ojos, incapaz de asistir a mi partida. Me incorporé inmediatamente y salí del bar, enfilando la acera contigua para andar, andar y andar y darme tiempo para asumir mi cobardía.
Varias manzanas más adelante entre en el interior de una panadería, buscando un poco de normalidad cotidiana en el parloteo intranscendente de las señoras que hacían cola para comprar. Allí medité mi elección, imaginando mi vida a partir de entonces, vagueando sin rumbo por las calles de Berlín, esperando la muerte como único acontecimiento.....imaginando mi vida junto a la desolada mujer acababa de abandonar.....Comprobé que, aunque ya lo había decidido, en realidad no lo había hecho, puesto que seguía pensando en ello. Así que al salir de la panadería volví sobre mis pasos con la intención de sentarme de nuevo junto a ella durante media, uno, dos, tres, las horas que fuesen necesarias, hasta dar con la solución que extirpara por completo de mi pensamiento la otra posibilidad.
Pero ya no estaba. Se había ido. Llegué justo a tiempo para ver cómo la camarera recogía las dos tazas de café vacías, únicos vestigios de nuestro reencuentro. Tampoco la vi, calle arriba. Di una vuelta por los alrededores, mientras crecía en mi estomago una sensación de vacío y mi ser entero se entristecía.
Seguí buscando durante horas hasta que entendí que ya no la encontraría, y que ella había querido hacer de aquel encuentro en el bar algo irrepetible; y que ahora, generosamente, se había convertido voluntariamente en un ciervo eternamente inalcanzable para poder amarme, para poder amar mi verdadera naturaleza, y para sentirse amada imaginando mi persistente búsqueda y rastreo de sus huellas.
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Aquella noche dormí profundamente. A la mañana siguiente desperté recordando lo sucedido y comenzando a dudar de haber vivido aquel episodio.
Dudé, hasta que la necesidad me obligó a moldear la realidad según mis posibilidades emotivas, a concluir que aquella mujer nunca había sido y a considerar nuestro reencuentro y nuestra conversación como un sueño más. Dudé; durante más de un año estuve dudando y recorriendo aquella zona de la ciudad con la esperanza de volver a verla. Y hoy, ahora mismo, permanezco alerta, como en el instante anterior y en todos los que le han precedido, esperando oír su llamada a la puerta de mi habitación interior. Es la misma necesidad la que me obliga a ello. Ella no llamará, lo sé, aunque no quiera admitirlo, pero yo solo puedo hacer dos cosas: esperar o reconocer su olor.
FIN.
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