El hombre, imagen de Dios

 

Queridos Familia y Amigos:

 

Siguiendo las conversaciones que hemos tenido y con las cartas sobre la dignidad humana, esa gran verdad que es iluminada por el Evangelio, sigo escribiendo sobre el Concilio Vaticano II, lectura que como cristiano del Tercer Milenio debo leer detenidamente, al menos es lo que sugiere el Papa para encarar la “Nueva Evangelización”.

 

            Muchos me han agradecido estas cartas que les he mandado, algunos incluso me han contestado cosas muy lindas, ya sea observaciones, comentarios, aportaciones personales, anécdotas, etc... Como siempre espero que sea provechosa, prometo ser más claro y corto.

 

            Esta carta es para charlar sobre: “El Hombre, imagen de Dios” (n.12 y 13, “Gaudium et Spes”, Capítulo I, “Dignidad de la Persona Humana”)

 

            “El Hombre, imagen de Dios”: esta enseñanza de la Biblia es la clave para entendernos a nosotros mismos, para entender la dignidad de cada persona humana. Cada ser humano fue y es hecho a “imagen de Dios”. Si no entendemos esto, si no lo asimilamos, si no captamos lo que significa esto de ser “imagen de Dios”, se sigue que en algún momento perdamos de vista la “dignidad” de algún ser humano y lo tratemos como una cosa o lo ignoremos.

 

            En una cosa estamos de acuerdo:

 

 “Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos”.

 

Acá tendríamos que hacer una lista de lo que muchas veces se ordena mal, haciendo que el hombre se subordine a algo que es inferior a su propia dignidad como por ejemplo los que quieren subordinar el hombre a la economía y no la economía al servicio del hombre; o subordinar al hombre a la política, o al dinero o al trabajo, u otras cosas como los que quieren subordinar al hombre a las propias pasiones desordenadas o a los bajos instintos... Todas estas son cosas que deben estar al servicio del hombre y no al revés, deben servir al hombre.

 

“Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia”.

 

            Acá podríamos citar a muchos que intentaron definir al hombre y lo definieron mal, lo que acarreó consecuencias nefastas.

 

-Algunos dijeron que el hombre era un “engranaje más de la sociedad”, como si fuera una cosa que se puede eliminar si no contribuye al bien del todo social, estos no tienen en cuenta la dignidad particular de cada hombre en particular por el solo hecho de ser hombre es sujeto de derechos y bienes...

 

-otros han sido de la opinión de que el hombre es solo una “raza particular” como el caso del Nazismo de Hitler, entonces todos los demás que no son de esa raza no son sujetos de derechos... (sabemos las consecuencias)

 

 Hay muchos errores que no vienen al caso ahora nombrarlos pero que muestran como una equivocación en este campo termina en grandes males sociales... Una cosa es segura: Dios asumió la naturaleza humana, o como dice San Juan en el Evangelio: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, esto quiere decir que fue el hombre perfecto y el que ilumina el “como”, el “deber ser” del hombre. Jesús nos muestra como es el hombre perfecto, e incluso El mismo es la causa superior de la dignidad humana aunque no la única.

 

            La Iglesia... aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre.

           

La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por tí debajo de sus pies (Ps 8, 5-7).

 

 

            Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.

            Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31).

 

13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador.

            Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.

            Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas.

            Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. 10 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.

            A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.

 


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