Hormiguero
Había una vez un hormiguero prospero, donde cientos de hormigas trabajaban durante todo el día buscando y trayendo hojas, tallos, palitos y otras cosas que almacenaban para enfrentar la crudeza del invierno. La reina de las hormigas era una señora muy ordenada y querida por todas, la llamaban doña Caridad. Había armonía en la cueva a pesar de la cantidad de hormigas que había. El lujo por supuesto no abundaba, de manera especial aquel año ya que habían tenido una primavera fría y un verano corto, de este modo las comodidades y los bienes en general escaseaban. A pesar de las carencias las hormigas vivían en concordia, felices y “contentas”. Había satisfacción y seguridad en cada una de ellas, cada una hacia lo que tenia que hacer y algunas hacían lo que podían hacer y así la comunidad marchaba unida.
Cada día la reina escuchaba atentamente las necesidades del hormiguero y cada una de las necesidades de las hormigas; después escuchaba la opinión de sus hormigas sabias que tenían por oficio el ser consejeras y escuchar las peticiones de las inferiores para poder ayudarlas oportunamente. La reina habiendo escuchado juzgaba con prudencia que era lo mejor para toda la comarca y exponía su parecer por si aparecía alguna objeción al respecto. Nunca obraba precipitadamente ni con dudas, sino que “para un buen gobierno de muchas es mejor ir despacio” decía en vos alta a las consejeras. Era una hormiga que tenia la gracia para gobernar bien como si hubiera sido educada para eso. Es como que le asentaba bien ser reina, dejaba muy satisfechas y seguras a cada una de las que se presentaban ante ella. Tal vez la virtud sobresaliente en ella no era tanto actuar como escuchar; ponía una especial atención en quien hablaba como si le interesase todo lo que le exponían, sin dejar de lado, ni minimizar los problemas de las demás. Con esta característica sabía mover a la confianza hacia ella que como ella misma decía: “era el pago de la confianza que ella tenía hacia todas”. Todo lo que consideraba un bien para ella, se preocupaba de que llegase también a ser un bien para todas, así como todo lo bueno que escuchaba de las hormigas a su cargo lo ponía al servicio del resto. A pesar de ser reina no tenía formas artificiales que la separaran de las hormigas trabajadoras, al contrario, si bien sabia bien cual era su obligación como reina, y por tanto las cosas en las que debía juzgar, estaba convencida que el hormiguero dependía de su prudencia al servicio de las demás hormigas, de este modo veía como una necesidad acercarse a las hormigas trabajadoras ya que “sin ellas no hay hormiguero” comentaba a menudo.
Gobernaba tan bien y prudentemente sirviendo al hormiguero con su sabiduría, que las hormigas vivían contentas, o sea, contenidas y por tanto satisfechas. La cosa es que las hormigas se mal acostumbraron al buen gobierno y nadie es eterno.
Palestrina
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