Grandeza de la Libertad
Querida Familia y amigos:
Escribo para contestar y aprovechar para seguir charlando sobre los temas que estoy leyendo y de los que voy teniendo experiencia en el trabajo pastoral acá en Filadelfia.
Hace unos días atrás me fui con unos 20 jóvenes a un retiro de dos días, fuimos al “Camp Newman” que es un lugar muy hermoso con un rió cerca, con un remanso tipo lago, un lugar con muchos árboles y espacio para caminar. Este lugar queda a las afueras de la ciudad como a unos 50 minutos en auto. Nos hospedamos en una especie de cabaña donde había dos habitaciones grandes con espacio para 24 personas cada habitación y en el subsuelo de la casa estaba el comedor y la cocina.
A mi modo de ver el retiro estuvo muy bueno, y dará sus frutos a su debido tiempo. Me tocó dormir con los muchachos lo que significó dormirse a las 12:30 de la noche, mientras hablaban y hablaban pensé que el mejor modo de enseñarles una lección sería levantarlos temprano al otro día ya que no se habían dormido a las 10:00 pm como estaba en el programa. Puse la alarma del reloj a las 6,00 para despertarlos una hora antes de la llamada oficial. La sorpresa fue que como estaban pasados de vueltas (entusiasmados) se levantaron a las 5:45 am, 15 minutos antes que sonora mi alarma. ¿Será que me estoy poniendo viejo?.
En esta salida con los jóvenes tuve nuevas experiencias sobre los gozos y las tristezas de una generación a la que le toca vivir momentos muy especiales. Muchos de ellos están golpeados por la influencia de generaciones que conocieron la “libertad” pero la malentendieron o mal usaron de ella. Muchos de estos chicos son hijos de los “jóvenes” de los años 60’, década de la “liberación” entre comillas, libertad que estaba sometida, en muchos casos, a los placeres y desordenes más bajos. ¿Quien no se acuerda de la década de los “Hipíes” y de la liberación sexual de los 60’? En EEUU se manifestó con mucha fuerza esa época de “liberación”, la liberación de costumbres, el uso de drogas, la perdida del pudor, etc. Hablando de la libertad así entendida ya decía el Concilio Vaticano II escrito en la misma época: “Con frecuencia, sin embargo, la fomentan [la libertad] de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala” (Gadium et Spes 17)
Esa “liberación” fue, a mi modo de ver, una reacción al puritanismo protestante, donde la virtud era sinónimo de cumplimiento de exclusivamente actos externos, una especie de fariseísmo donde se da una religión externa pero seca por dentro, no vivificada por el Espíritu Santo. Justamente se dió lo opuesto a obrar con libertad que es una decisión, elección que “se da desde adentro hacia afuera”, podríamos decir un amor que brota desde adentro frente al Bien que esta fuera de mi.
Muchos de estos chicos con los que fui de retiro han sufrido y sufren las consecuencias de esa época ya que son hijos de padres separados, o ni siquiera conocen al propio padre, o tienen padres con problemas de adicción a las drogas o alcoholismo. Algunos de los jóvenes tienen a los padres con Sida debido a los vicios adquiridos en aquella época de “libertad” o “liberación”.
La dignidad humana, que como dije en alguna carta antes, es el gran tema escondido en el Evangelio. En la revelación que Dios hizo al hombre por medio de su Hijo Jesucristo, Dios se revela a sí mismo y a su vez nos descubre la altísima dignidad a la que hemos sido llamados. Jesús nos abre los ojos a lo que es la dignidad humana, la dignidad de cada persona. Cristo nos elevo a una dignidad sin igual haciéndose hombre, y como hombre Jesús obró libremente y nos enseña como en el ejercicio de la libertad se debe manifestar y se acrecentar esa dignidad.
La libertad es uno de los grandes dones que hemos recibido de Dios, don que nos distingue del resto de los seres que existen sobre la tierra. Por ser personas inteligentes y con voluntad se nos abre la posibilidad de obrar y ejercer acciones libremente. Porque somos seres humanos obramos libremente.
Al trabajar con estos jóvenes tengo un gran desafío que significa es el trato con personas libres. Todo el trabajo pastoral es lograr que las personas, los jóvenes, los niños, todos los seres humanos obren “libremente”, que libremente busquen el Bien, esto es, busquen a Dios.
Si alguien pensase que la libertad del otro es un perjuicio para el trabajo pastoral se debe a que no ha entendido que todo el trabajo pastoral es lograr que cada persona llegue al ejercicio pleno de la libertad en la búsqueda del bien, o sea, que desde adentro brote el amor como producto del conocimiento del bien que nos trasciende a nosotros mismos, amor producido desde afuera por el bien, y por tanto amado desde adentro libremente.
Tenemos en nuestras manos como “personas humanas” este regalo de la libertad. Hoy en día se habla mucho de libertad, podemos decir que hoy en día esta muy divulgada y defendida especialmente en la sociedad donde me toca vivir lo cual es bueno y es una ventaja cuando uno sabe que Dios nos llama a vivir en libertad. En lo concreto Dios me ha puesto a trabajar en el país de la “libertad” y por eso estoy tratando de descubrir todo lo que significa ser un hombre verdaderamente libre. Aparte de la doctrina esta el aprender el “como” se debe educar en la libertad. En esto nadie tiene la ultima palabra, especialmente cuando se trata de seres libres. Porque somos libres, quiere decir, que estamos frentes a particulares todo el tiempo.
Ciertamente que ser un hombre “libre” significa primero y principalmente que cada uno tiene una riqueza particular sobre el resto de las creaturas que existen; tiene un don en las manos que “distingue”, por tanto, el ejercicio de esta libertad debe cooperar al enriquecimiento de nuestra propia humanidad, de nuestra condición de ser humano, de persona. El “distintivo” de los jóvenes y de todos los hombres, es esa libertad que al ponerla en practica dignifica, eleva, hace a un ser humano una “persona libre”.
El Concilio habla de la grandeza de la libertad, como el distintivo de la dignidad humana. Dice: “La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad”. Sin el don de la libertad sería imposible la búsqueda libre del bien. “La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección”. Toda nuestra dignidad se juega en buscar libremente aquello dignificante de nuestra naturaleza que es Dios.
El amor a Dios dignifica a la persona y la libera hasta limites insospechados ya que nos hace trascender, ir mas allá, volar, salir, del orden meramente humano hasta elevarnos a un orden suprahumano, dándonos una dignidad altísima en sí misma.
La libertad se vincula directamente con la verdad según lo que dice Jesús: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn. 8,32) Esta frase de Jesús vincula la libertad con la verdad de modo que todo aquel que busca la verdad, que la ama y vive movido por la búsqueda de la verdad, es el hombre libre, verdaderamente libre.
En esta búsqueda de la verdad es necesario conocerse a uno mismo, ser honesto consigo mismo sabiendo que muchas veces nos movemos buscándonos a nosotros mismos, nuestros gustos y placeres, y no ya la verdad en sí misma que esta fuera de mi y que me trasciende, me supera, y a la que me debo adecuar. Decía San Pedro: “Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios” (I Pe.2,16)
Así dice el Concilio al respecto: “La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes”.
La libertad de conciencia es necesaria para el ejercicio de la libertad, de modo que la instrucción en las verdades fundamentales de la existencia humana se hace súper necesaria para poder elegir adecuadamente. Al estar frente a los jóvenes lo más importante es “instruirlos” en los valores fundamentales de la vida, no tanto despreciando los placeres mundanos que de por sí son atractivos, sino mostrando que son valores inferiores frente a los grandes valores de la vida como pueden ser la familia, la amistad, la paternidad y la maternidad, así como principalmente, la salvación eterna, la salvación del alma. Ese párrafo del texto conciliar es decisivo en el trabajo pastoral: “Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección”. Hay que lograr que se entienda, que se comprenda, que la salvación eterna es una decisión libre, un movimiento espontáneo de la voluntad que se adhiere “libremente” a Dios para lograr la plenitud de la propia dignidad que es la bienaventuranza, o sea, la propia salvación. Es necesario que cada uno descubra “personalmente” el valor de la libertad en relación con el Bien, en relación con Dios.
Jesús dice: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn. 8, 34) esto se debe a que solo el bien y la verdad dignifican al hombre, lo que no es bueno y verdadero lo rebaja, lo hunde en un campo que esta por debajo de la dignidad a la que esta llamado como ser humano. Hacer uso de la libertad para el mal desvaloriza la grandeza de la libertad, en cambio cuando se la ejercita en la búsqueda del bien y de lo verdadero dignifica a la persona. Por eso insiste tanto la Escritura que nosotros como Hijos de Dios fuimos hechos para una libertad plenificante de nuestra condición humana: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Gal 5,1)
Por ultimo hay que tener en cuenta que para alcanzar la máxima libertad a la que estamos llamados es necesaria la ayuda de Dios. Y debo decir que no solo es necesaria sino que el mismo Dios se hizo hombre para que alcanzáramos la máxima libertad que es la libertad de los Hijos de Dios. Dice el Concilio: “La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado”. La máxima libertad será cuando logremos asegurarnos para siempre, por medio del amor, al Bien y la Verdad mayores que es Dios. En Dios seremos eternamente libres, liberados por el máximo Bien, seremos bien-aventurados.