Magia, pseudociencia y ciencia.
Una
reflexión desde la Neurobiología (II Parte)
La revista Juventud Técnica pone a
disposición de los lectores un material que polemiza sobre el
lugar de la ciencia en la sociedad actual. A tono con los
debates que se suceden en el país, en torno a la nueva
política económica y social, el artículo aporta criterios que
contribuirán con la reflexión colectiva.
Por DrC.
Jorge A. Bergado Rosado y DrC. William Almaguer Melián (Centro
Internacional de Restauración Neurológica, CIREN)
25 Enero, 2011
El pensamiento científico es el cenit
de la cultura humana
La Ciencia es un método valioso y útil, aunque no
infalible, de poner a prueba las asociaciones que el
pensamiento y la experiencia nos sugieren. Es decir, nuestras
hipótesis. El experimento científico es la vía para comprobar
si esa asociación imaginada es real y obedece a una relación
causa-efecto (causal), o si se trata de una relación fortuita
(casual). Las relaciones comprobadas por la experiencia son
hechos, hechos científicos y una buena parte de la labor
cotidiana del investigador es obtener evidencia confiable
sobre la realidad de relaciones supuestas. O sea, establecer
hechos científicos. Los hechos científicos convierten a la
hipótesis en tesis, estas permiten la elaboración de teorías
científicas, concatenaciones de ideas que aspiran a
interpretar, del modo más simple posible, los hechos
comprobados.
Las teorías científicas no son
inmutables. Cuando nuevos hechos probados lo hagan necesario,
las teorías se renuevan, se modifican o se sustituyen. Las
teorías más sólidas y comprobadas se consideran leyes de la
naturaleza, lo que tampoco concede perdurabilidad eterna.
La ciencia no es un dogma. No se impone, nada en ella
es inmutable, nada en ella tiene pasaporte a la eternidad. Los
científicos serios comparten este credo, pero también
comparten su escepticismo, su duda metodológica, para aceptar
como un hecho algo que no haya sido probado rigurosamente
mediante la experimentación, empleando métodos y diseños
apropiados. La ciencia no es, por tanto, un sistema cerrado,
pero tampoco tan abierto como para aceptar como verdadera
cualquier especulación seductora que no haya sido
suficientemente probada.
Así hemos progresado. En poco
tiempo, apenas cuatro siglos, la nueva Ciencia, armada de esta
herramienta metodológica, construyó un colosal monumento
intelectual: el de la Ciencia Moderna, donde la física se
articula con la química, y ambas con la biología, que no
requiere ya de fuerzas vitales, ni demiurgos, ni otros
espectros porque es un proceso físico y químico.
La
Ciencia Moderna permite viajar, sin solución de continuidad,
desde el átomo hasta el organismo, desde la partícula
subatómica hasta el universo. Puede que alguna pieza, de
momento no encaje, pero ¿en qué disminuye un ladrillo rajado
la magnificencia de una catedral?
Con la ciencia hemos
construido máquinas y herramientas, hemos entendido las bases
de la vida e interpretado innumerables enfermedades y las
hemos prevenido y curado. La ciencia nos ha permitido
comprender la naturaleza, y las aplicaciones de la ciencia (lo
que llamamos tecnología) ponerla a nuestro servicio, aunque
hoy la misma ciencia nos ayuda a comprender que no se trata de
dominarla, sino de convivir con ella en armonía.
El cerebro predictor, la magia y la
religión
Pero el pensamiento científico no es intuitivo, ni
innato. Pensar y actuar científicamente no forman parte del
acervo biológico de ninguna especie animal, sin excluir al
hombre. Sin embargo, el hombre y los animales sí necesitan
encontrar asociaciones útiles entre eventos externos, o entre
acciones suyas y la ocurrencia de acontecimientos
significativos para orientar más adecuadamente su conducta,
sobrevivir y reproducirse. El Sistema Nervioso debe ser, más
que un órgano de respuestas reflejas, un predictor eficiente
que, en lugar de reaccionar ante los estímulos, los anticipe.
Las plantas no tienen sistema nervioso, no lo
necesitan. Los animales de vida sésil poseen sistemas muy
primitivos de respuesta, pero su modo de vida no requiere una
función predictiva. Viven donde se asientan y su medio es
relativamente estable. Por el contrario, para los animales que
se desplazan, la predicción es fundamental. Solo así pueden
sobrevivir y reproducirse eficazmente en un medio cambiante en
el cual no solo existen, también se trasladan.
Los
animales, aun los más primitivos, comparten con nosotros la
capacidad del aprendizaje asociativo y lo que es más, los
mecanismos moleculares que la sustentan tienen notables
semejanzas en unos y otros. Nada tampoco tan sorprendente: la
evolución conserva los mecanismos efectivos.
El
aprendizaje asociativo es fundamental para las funciones
predictivas del sistema nervioso. Según la teoría pavloviana
del reflejo condicionado, el estímulo condicionado adquiere
entonces la función de indicador o señal de que un
acontecimiento relevante está por ocurrir y debe actuarse
previsora y anticipadamente.
Otra característica común
del aprendizaje asociativo en hombres y animales es que la
relación predictiva, para que tenga real valor adaptativo,
debe establecerse con el menor número posible de repeticiones.
Ante un alimento desconocido, una rata comerá un poco de este.
Si en las horas siguientes manifiesta síntomas de
envenenamiento o intoxicación, no comerá jamás de ese alimento
nuevamente. Un niño introduce una barrita metálica de su
juguete en la ranura de una toma de corriente y recibe una
descarga eléctrica que lo sacude. Nunca más volverá a hacerlo.
Solo así es útil: pocas repeticiones. Si el niño para aprender
que no debe introducir objetos en los tomas de corriente
necesitara repetir la acción muchas veces pondría su vida en
gran peligro. Aprender con un requerimiento mínimo de
repeticiones, de lo contrario no sería efectivo ni útil.
La contrapartida negativa es que la probabilidad de
establecer relaciones falsas entre eventos no vinculados
causalmente y creer que una simple coincidencia encierra una
relación que no existe, es bastante alta. El alimento que
probó la rata y los signos de intoxicación que siente después
pueden no estar relacionados. Un investigador inyectó a la
ingenua rata una pequeña dosis de cloruro de litio que produce
síntomas leves de envenenamiento. El alimento nuevo no
encerraba ningún peligro, pero la rata no volverá a probarlo
jamás. Ante las alternativas de morir joven por lerdo o morir
de viejo creyendo en algo falso, la selección natural,
obviamente, privilegió la segunda. El resultado es lo que
podríamos considerar una mentira piadosa biológica.
Un
ejemplo sorprendente de estas falsas asociaciones fue el
resultado de estudios de conducta en palomas, realizados por
el psicólogo norteamericano B.F. Skinner en los albores de la
Psicología Conductual. Las palomas fueron entrenadas a recibir
una recompensa, alimento, cuando presionaban un botón con el
pico. Lo que se ha dado en llamar condicionamiento operante:
hago esto y sucede aquello. De repente, la acción dejó de
producir la recompensa (por decisión, claro está, del
investigador).
En estas condiciones la respuesta se
extingue, es decir, luego de varios intentos sin recompensa,
la paloma deja de presionar sobre el botón, algo también muy
útil para evitar la perseveración de acciones que han perdido
su valor. Pero ¿qué sucede si de pronto, el aparato comienza a
dar recompensas al azar? Curiosamente la paloma comienza a
asociar acciones propias con la recompensa. Por ejemplo, si de
modo casual ocurre que poco antes de que se presente la comida
la paloma volteó la cabeza a la izquierda, bastará que ambas
acciones coincidan solo un par de veces para que la paloma
comience a voltear reiteradamente la cabeza en el intento de
obtener la recompensa. Skinner llamó a este fenómeno
“superstición conductual”.
Los mismos principios pueden
conducir a las personas a establecer relaciones falsas. Si a
Ud. le duele el estómago por un resfriado transitorio y un
buen vecino le ofrece una tisana de hierba de guinea y poco
después su dolor se alivia, quedará Ud. convencido, de una vez
y para siempre, que el cocimiento de hierba de guinea alivia
los dolores de vientre. El mecanismo es fuerte y funciona lo
mismo para el más primitivo hombre de Cromañón que para el más
docto profesor universitario.
Nótese que en todos los
casos lo fundamental y decisivo es que la asociación funcione,
o parezca funcionar. Obviamente, ni la paloma ni la rata
intentan explicar por qué esa comida es dañina o por qué
oprimir el botón dispensa un bolo de alimento. El hombre tal
vez lo intente, puede que incluso lo necesite, pero no es
imprescindible; las apariencias pueden ser, y con frecuencia
lo son, más convincentes.
El agricultor primitivo no
podía entender por qué la luna influía en sus cosechas; al
profesor universitario quizás le gustaría conocer qué hay en
la hierba de guinea que le hizo mejorar, pero no saberlo no le
restará confianza en su “cocimientito”. Puede que ese mismo
profesor, siendo muy racional y crítico considere otras
opciones posibles: sus mecanismos fisiológicos de defensa
estaban actuando y es a ellos a quienes debe su curación; es
más, puede que la hierba de guinea lejos de curarle haya
retardado el proceso ya en marcha, pero la impronta de la
asociación cocimiento-mejoría se quedará por siempre en su
memoria.
Cuando estas asociaciones se hacen muy
fuertes, se convierten en convicciones, algo en lo que se
cree, un motivo de fe. La fe parece un atributo esencialmente
humano aunque también aquí podemos encontrar antecedentes en
el mundo animal.
Un modelo de aprendizaje, muy empleado en
roedores de laboratorio, consiste en ponerlos dentro de una
piscina circular llena de agua fría (digamos 21 grados
centígrados) que tiene oculta bajo la superficie una
plataforma que no puede ver, pero que le permite a la rata
escapar del agua. Las ratas son excelentes nadadoras, pero
detestan el agua fría, de modo que si mantenemos la plataforma
siempre en el mismo lugar y existen puntos de referencia
estables que le permiten orientarse adecuadamente en el
espacio (es decir, mientras juguemos limpio) ellas aprenderán,
en pocas repeticiones, a localizar la plataforma y escapar del
agua. Una maniobra importante para medir la fuerza del trazo
de memoria que se forma en el cerebro del animal consiste en
realizar una última prueba en la cual se retira la plataforma
y se mide la cantidad de veces que el animal cruza por el
sitio donde aquella había estado (es la parte en que jugamos
sucio).
Las ratas que han aprendido bien pasan varias
veces por ese lugar. Pasan y de inmediato se dan vuelta, y
vuelven a cruzar, y la ansiedad y perseverancia que evidencian
en su conducta parece decir: “¡caramba!, ¡yo estoy segura de
que aquí había una plataforma!”. Un elemental y primitivo
“acto de fe”.
Hombre,
sociedad, magia y religión