Magia, pseudociencia y ciencia.
Una
reflexión desde la Neurobiología (I Parte)
La revista Juventud Técnica pone a
disposición de los lectores un material que polemiza sobre el
lugar de la ciencia en la sociedad actual. A tono con los
debates que se suceden en el país, en torno a la nueva
política económica y social, el artículo aporta criterios que
contribuirán con la reflexión colectiva.
Por DrC.
Jorge A. Bergado Rosado y DrC. William Almaguer Melián (Centro
Internacional de Restauración Neurológica, CIREN)
25 Enero, 2011
Volando hacia Europa, hace algunos años, tocó de
vecino a uno de los autores un joven cubano de aspecto
profesional. Fue el último en abordar y en el obligado diálogo
que imponen diez horas de vuelo, el autor-viajero le recordó
que había estado a punto de perder el avión. Respondió que se
había demorado, pues había confrontado problemas de sobrepeso
al despachar su equipaje. Respuesta sorprendente, porque
nosotros solemos tener esos problemas al regreso, pero no a la
ida. Ante el asombro, aclaró: “Es que viajo con todos mis
santos”.
Pero la sorpresa fue aún mayor cuando, en el
curso de la conversación, fue revelando que era graduado de
Historia en la UH y ex profesor de esa asignatura en una
escuela superior. Sobre su recién descubierta fe en los cultos
africanos dio una explicación: la caída del campo socialista
le había quitado el piso de debajo de sus pies, la santería le
había salvado. Le había devuelto un asidero, algo en que
creer, algo en que confiar.
Hace menos tiempo, un
reportaje de una televisora alemana seguía paso a paso los
andares de una ciudadana de ese país centroeuropeo, que
venía a Cuba a “hacerse el santo”. Venía acompañada de su
esposo quien lo había hecho ya el año pasado.
Meditando
sobre esos dos sucesos nos preguntábamos ¿cómo es posible?,
¿cómo puede ser que personas educadas e instruidas terminen
abandonando toda racionalidad y ciencia para adscribirse a
prácticas mágicas?
Concluíamos que estos casos son solo
ejemplos, aunque no aislados, de cómo sobreviven en los seres
humanos creencias superadas tan solo en apariencia. Queremos,
en este artículo, intentar explicar qué factores hacen a las
personas, aún a las más modernas y cultas, presas de
supersticiones y ritos.
Haremos algunas
consideraciones acerca de las características del pensamiento
científico para evidenciar su condición de construcción
cultural y presentaremos argumentos para mostrar las bases
biológicas que nos hacen vulnerables ante el embate de
creencias atávicas.
La ciencia y sus
orígenes
La ciencia, surgida en el alba de una nueva era, de
renacimiento intelectual, hereda de la magia la motivación
inicial, conocer la naturaleza para utilizarla en nuestro
beneficio; pero a diferencia de esta solo utiliza
conocimientos confirmados por un método riguroso y efectivo,
recurso poderoso y creativo: el del Método Científico.
Dos factores sirvieron de impulso a este desarrollo
nuevo y único. Uno, económico: el capitalismo naciente
necesitaba conocimientos confiables para hacer mover sus
máquinas de modo cada vez más eficaz y más eficiente. El otro,
ideológico: del enfrentamiento entre racionalismo y empirismo
se erguía vencedor el segundo. Un hombre sintetizó en su
accionar las bases fundacionales de la ciencia moderna:
Galileo.
El papel del capitalismo naciente en el
desarrollo inicial de las ciencias ha sido objeto de análisis
en innumerables y enjundiosos estudios con los que no
pretendemos emular. En un marco más restringido la pugna entre
racionalismo y empirismo ha sido objeto de profunda revisión
por la filosofía. Solo una nota para recordar en qué consistía
ese antagonismo del cual nació la ciencia.
El
racionalismo de aquella época heredaba toda la tradición
filosófico-matemática anterior de la cultura greco-latina y
tenía respaldo en la iglesia católica, apoyada en sus dos
colosos: Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. El objeto del
conocimiento es Dios; la ciencia -por otra parte empeño menor-
es Aristóteles y Aristóteles es la Ciencia. Amén. Los
conocimientos se obtienen por medio de la reflexión, la
introspección, el pensamiento. La razón es el instrumento que
(regalo divino) permite a los hombres comunicarse con Dios y
obtener la forma más pura y alta de verdad: la verdad
revelada.
La práctica, la experiencia, la empiria,
solo tenían cabida en este teocrático proceso intelectual,
como fuente de observaciones lúcidas que solo el Señor podría
confirmar poniendo ideas claras en la mente de sus elegidos.
Los empiristas, por el contrario, ponían todo el valor
en la experiencia, en los hechos. Galileo aplicó este
principio como método para obtener conocimientos confiables,
más allá de la lógica. Impuso a sus ideas la verificación por
medio de algo que ha venido a ser la piedra angular de todo el
desarrollo científico posterior: el experimento. La
observación y el razonamiento solo son fuente de ideas, ideas
concretadas en forma de hipótesis, que experimentos diseñados
ad hoc habrán de comprobar o negar. Para el creyente
la más grande verdad es la verdad revelada; para el científico
es la hipótesis comprobada.
Para comprobar es necesario
medir y cuantificar. Midiendo y cuantificando Galileo comprobó
la verdad de la teoría cosmogónica copernicana. La
confirmación de esta hipótesis casi le cuesta la vida y dejó
para la Historia una frase que no dijo y que es el
summum del pragmatismo: e pur si muove.
Menos conocidos, pero más importantes, fueron los
experimentos galileanos de cinemática, la rama de la física
que se ocupa del movimiento de los cuerpos. Midiendo y
comparando los tiempos de caída de los cuerpos dio origen a la
mecánica y con ella fundó la física, madre de todas las
ciencias naturales. El mejor razonamiento, la hipótesis más
lógica, no se constituyen en verdades hasta que sean
confirmados experimentalmente; es decir, en la práctica.
Estos experimentos son el modelo que se impondrá en
las ciencias naturales. De la física se extenderá a otras
ramas. La química nacerá de la alquimia y la biología,
completado en lo esencial el inventario de seres vivos por
Linneo, y conocidos los órganos del cuerpo, podrá ahora
preguntarse: ¿cómo funciona? Los conocimientos así obtenidos
serán incorporados en forma de teorías científicas, pero este
no es el final.
Las teorías sirven para hacer
predicciones que pueden, a su vez, ser verificadas o negadas
por nuevos experimentos. Sirven también para desarrollar
nuevas máquinas y tecnologías, nuevos medicamentos y
tratamientos, cuyo buen o mal funcionamiento seguirá aportando
elementos de verdad o falsedad a la teoría que las sustenta.
La Ciencia es un proceso interminable, cambiante
siempre ante los nuevos hechos que nuevas técnicas permiten
descubrir; solo un elemento permanece inalterable: la
práctica, la experiencia, la empiria como criterio último de
la verdad.
Destacar el papel del Galilei no niega el
gran aporte de otros muchos que le antecedieron, o
compartieron con él los elementos fundacionales de la Ciencia
Moderna. Una forma de hacer y de pensar, que no es intuitiva,
ni primitiva, ni biológica, ni compartida con especie alguna.
El
pensamiento científico es el cenit de la cultura
humana