Tomado del original en http://www.juventudtecnica.cu/

 

Revista Juventud Técnica 374

 

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El agua no tiene memoria

La dilución extrema que propone la homeopatía en sus preparados para curar “lo semejante con lo semejante” termina por eliminar los supuestos agentes activos de sus remedios. En su propia piedra angular radica, pues, la fórmula del derrumbe de su sistema.

Por el Dr. Osvaldo de Melo, Facultad de Física, Universidad de La Habana
7 Octubre, 2013

 

Las sustancias están formadas por átomos, que en muchos casos se agrupan en conglomerados llamados moléculas. Esto se traduce en que los objetos que nos rodean no son continuos en su constitución.

Por muy macizos que nos parezcan un pedazo de metal o el agua contenida en un vaso, están formados por átomos. Su apariencia compacta viene del hecho de que los átomos son extremadamente pequeños, y al mismo tiempo se encuentran en una concentración muy grande.

Por ejemplo, en un cristalito de sal de un centímetro cúbico (o 1 mL) compuesto por átomos de sodio (Na) y de cloro (Cl), hay nada más y nada menos que 2x1022 átomos de cloro y la similar cantidad de átomos de sodio. Dicho más claramente, se trata de 20 mil millones de millones de millones de parejas de átomos de cloro y sodio (un 2 seguido de 22 ceros).  Por eso es que no podemos distinguir la composición atómica de la sal con nuestros sentidos, como la de ninguna otra sustancia.

 

De unos años a acá han podido obtenerse imágenes de los átomos usando distintos instrumentos de muy alta resolución, pero hasta los albores del siglo XX la certeza de su existencia era bastante indirecta. Ya existía una teoría molecular, mas solo era, entonces, una buena hipótesis de trabajo.

Varios de los más grandes científicos de la época se negaban a aceptar la hipótesis como buena, al menos hasta que aparecieran pruebas irrefutables de la existencia de esas partículas que nadie había alcanzado a ver. Escépticos y rigurosos, como deben ser, los científicos querían más evidencias.

La historia del establecimiento definitivo de la estructura molecular de la sustancia comenzó en 1827. Este año un famoso botánico inglés llamado Robert Brown, observó que granos de polen en suspensión en agua, se movían continuamente de forma caótica describiendo trayectorias irregulares. A tal movimiento que no cesaba nunca se le llamó browniano en honor a su descubridor.

Este curioso efecto quedó sin explicación hasta mayo de 1905, cuando Albert Einstein publicó un trabajo titulado “Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario según la teoría cinético molecular del calor”. Einstein estaba empeñado en contribuir a proporcionar evidencias ya fueran a favor o en contra de la existencia de las moléculas y de la teoría cinético-molecular. ¡Y el movimiento browniano iría a aportar las pruebas que faltaban!

En efecto, un cálculo elaborado le permitió obtener ecuaciones que relacionaban el desplazamiento de las partículas en suspensión en un tiempo dado, con el número de átomos en cada centímetro cúbico y con ello pudo determinar las dimensiones de las moléculas. O sea, ¡el estudio del movimiento browniano ofrecía un método para medir el tamaño de estas partículas aun sin verlas!

Todavía estas predicciones teóricas tuvieron que ser verificadas. Fue el francés Jean Perrin quien preparó varios tipos de suspensiones y pudo determinar que, efectivamente, estas partículas se comportaban de la forma prevista por Einstein. Perrin ganó el premio Nobel de Física por ese resultado en 1926 y la comunidad científica aceptó definitivamente la realidad de la teoría cinético-molecular.

Si algo pudiera fijar el lector de lo relatado hasta aquí es que la sustancia está compuesta por átomos y por nada más que átomos extremadamente pequeños y numerosos. Si retiramos todas las moléculas que componen un cuerpo, una por una, no quedará absolutamente nada del cuerpo en cuestión, porque no hay otra cosa que las moléculas en su constitución.

Si lográramos sacar del agua salada todos los átomos de sodio y de cloro, el agua dejaría de ser salada y habría perdido cualquier otra propiedad que se debiera a la presencia de la sal. Porque el agua no tiene memoria; no se ha probado que exista ningún mecanismo por el que el agua pueda “recordar” que tuvo sal, una vez que ya no la tiene.

La propuesta de la homeopatía
“Lo similar se cura con lo similar”, principio que no se deduce de nada anterior verificado, es una de las bases de la propuesta homeopática. En otras palabras, esto quiere decir que algo que produzca los mismos síntomas de una enfermedad podría también curarla.

Para curar con estos productos o medios activos, la homeopatía propone diluirlos extremadamente en una sustancia inocua, generalmente agua, o en una mezcla de agua y alcohol. Y este es el segundo principio importante: la dilución, a la que en el lenguaje homeopático también se llama “potenciación”, pues se asume la extraña idea de que ella aumenta la potencia del remedio.

Estas diluciones son extremas y se realizan en pasos sucesivos. Por ejemplo, primero se disuelve una cierta cantidad de la sustancia supuestamente activa, se revuelve vigorosamente y luego una pequeñísima parte de la solución resultante se disuelve otra vez y así sucesivamente. La llamada “potencia” de la disolución se define por el grado de dilución en cada uno de los pasos y se identifica con una letra, C o CH. Al lado izquierdo de la letra se coloca un número que indica las veces que el proceso se realizó. 

En un mililitro, como ya vimos, existen muchísimas moléculas, pero hay que tener mucho cuidado, ¡no hay infinitas moléculas!: creando sucesivas disoluciones utilizando la anterior como soluto de la siguiente se termina por no tener ninguna de ellas en la solución.

Tomemos como ejemplo nuestro mililitro de sal para disolverlo en 99  mililitros de disolvente inocuo. Sabemos que allí hay 2 x 1022 parejas de cloro y sodio. Este es un número muy grande, que irá cambiando en las sucesivas diluciones. 

Un mililitro de esta primera solución lo agregamos a otros 99 de agua pura. En este caso, la cantidad que añadimos al agua es mucho menor, pues hemos tomado solo una centésima parte del preparado anterior, por tanto el número de parejas de Cl y Na es todavía muy grande aunque cien veces menor (2x1020).  En la tercera cuarta y quinta solución tendremos 2x1018, 2x1016, 2x1014 parejas respectivamente. O sea, en cada dilución el número de parejas de átomos que contiene el líquido es cien veces menor que en la anterior. Es fácil ver entonces que en la dilución número 11 tendremos solo 200 parejas; en la doce, dos; y en la trece, 0,02 parejas. ¿Qué quiere decir esto? Que en este punto de dilución tendríamos que tomarnos 50 de estos frascos de 100 mililitros para encontrar ¡una sola parejita de átomos de sodio y cloro! Sin embargo, las diluciones en la homeopatía llegan hasta 30.

Esto significa que en una cucharada o unas goticas de estos presuntos remedios en que la sustancia supuestamente activa se ha diluido centesimalmente 30 veces, con una probabilidad enorme no vamos a encontrar ni un solo átomo de la sustancia que se diluyó. Estaremos tomando agua pura. O, seguramente, agua con las impurezas que normalmente tiene, que estarán ciertamente en una proporción mucho mayor que la de la sustancia supuestamente activa.

Los homeópatas sostienen que de esta manera, la potencia del medicamento es mayor que con diluciones menores, una idea realmente extraña, no solo a la ciencia, sino al más elemental sentido común, sobre todo si uno tiene una comprensión más o menos clara de la composición molecular de la sustancia.

Pero por el hecho de que una idea resulte extraña no se puede inferir que sea errónea. La historia de la ciencia está plagada de “ideas extrañas”, las cuales dieron lugar a teorías importantísimas que llegaron a comprobarse a partir de muy diversos experimentos y que resultaron en aplicaciones útiles.

¿No fue extraña la teoría cuántica de la luz, de Einstein, para explicar un efecto según el cual la luz podía arrancar electrones a los metales? Esta teoría contradecía el concepto de la luz como una onda electromagnética, el cual no podía explicar muchas de las características de este efecto. Einstein supuso que la luz estaba compuesta de partículas (que hoy se llaman cuantos) y esta hipótesis, luego de haber sido comprobada, dio lugar a la que hoy se conoce como física cuántica.

¿Y no fue rara la teoría de la relatividad (también presentada por Einstein), que proponía que el tiempo y el espacio eran relativos y que la longitud de un cuerpo o el tiempo entre dos sucesos dependían de la velocidad del observador?

Efectivamente, ambas teorías eran  extrañas, pero se demostraron cada vez más ciertas, cada vez más congruentes con los datos de la naturaleza, y cada vez más aplicadas en la práctica.

El problema de la homeopatía es que en la medida en que la ciencia avanza, en vez de aclararse, se hace cada vez más insólita.

La teoría de la constitución atómico-molecular de la sustancia no surgió porque los científicos decimonónicos hubieran tenido una revelación, ni porque arbitrariamente les hubiera parecido ingeniosa o incluso coherente con ella misma. Surgió porque su naturaleza lo exigía, porque los experimentos se negaban obstinadamente a seguir las leyes de una supuesta sustancia continua. El problema de la homeopatía es que no proviene de experimentos que la requieran y como veremos enseguida, tampoco da lugar a experimentos que la comprueben.

El caso Benveniste
La práctica de la homeopatía fue concebida a finales del siglo XVIII por Samuel Hahnemann (Meissen, 1755– París, 1843), época en que la medicina tenía que ver muchísimo menos con la ciencia que hoy, y la realidad de los átomos era mucho menos aceptada.

Hahnemann pudo haber pensado que en la sustancia había algo más que las moléculas y que este algo pudiera impregnarse en el disolvente por el hecho de revolver fuertemente la solución. Dicen que alguna vez admitió que tenía que haber un límite a la disolución; él no lo sabía.

A pesar de que en aquella época ya se conocía la ley de Avogadro, la cual planteaba que el volumen de un gas es proporcional al número de moléculas que contiene, no se supo con exactitud el número de moléculas que hay en la unidad de cantidad de sustancia hasta los trabajos de Einstein y Perrin en el Siglo XX*.

Probablemente la homeopatía no debe haberse considerado una seudociencia en época de Hahnemann. Con el tiempo, pudiera haberse convertido en una ciencia, pero esto no ocurrió pues los datos proporcionados por las investigaciones científicas fueron aplastantes en relación con la factibilidad, el fundamento científico o las evidencias de esta práctica.

Sin embargo, la homeopatía trató de justificarse científicamente. Es famoso el caso de Jacques Benveniste (1935-2004), cuya historia es interesante, sobre todo, para ilustrar la mezcla de rigor y de tolerancia presentes en la evaluación de la actividad científica.

Benveniste tenía prestigio en el mundo científico por investigaciones relacionadas con la sangre y era director del laboratorio de inmunología del Instituto de Salud e Investigación Médica en París. En 1988 envió un artículo una de las revistas científicas más prestigiosas, Nature, en el que supuestamente ofrecía evidencias de la homeopatía. Él decía haber encontrado que cierta sustancia tenía un efecto determinado en la sangre aun cuando estuviera diluida a nivel homeopático.

Jacques Benveniste director de inmunología del Instituto de Salud e Investigación M édica en París

El efecto podía medirse objetivamente, por lo que no estaba afectado por la posibilidad de la sugestión de algún paciente. El editor de la revista Nature en aquel momento era John Maddox, quien se interesó directamente en el asunto. A pesar del asombro de los árbitros que revisaron el artículo, tomando en cuenta que el documento parecía estar bien escrito, y  quizás no queriendo dar margen a un error debido a la censura, decidió publicarlo. Sin embargo, impuso al autor unas condiciones desacostumbradas: se debería permitir que un equipo de Nature visitara el laboratorio de Benveniste y revisara la realización de los experimentos. 

Una vez que Benveniste aceptó, Maddox formó un singular equipo de tres personas: él mismo, un físico llamado Walter W. Stewart, reconocido como especialista en detectar fraudes, y un tercero que era una persona desconocida en el ámbito científico: el mago James Randi. Este mago, basado en sus conocimientos sobre ilusionismo, había tenido mucho éxito en descubrir los trucos de reconocidos charlatanes. De hecho, unos años después de estos sucesos fundó la Fundación Educativa James Randi, que ofrece un millón de dólares (que nunca nadie ha podido ganar) a quien pueda demostrar algún hecho de tipo paranormal o que esté evidentemente en contra de las bases de la ciencia.

Poco tiempo después el equipo se personó en el laboratorio de Benveniste, donde se repitieron los experimentos que supuestamente probaban lo que a estas alturas se había dado en llamar “memoria del agua”. Se prepararon varias muestras, algunas de las cuales eran de control, o sea, solo tenían agua, mientras que otras admitían la solución homeopática (que ya se sabe también sería agua, pero que los investigadores conjeturaban que poseía alguna propiedad de la sustancia activa).

En una primera prueba, los resultados parecieron favorecer al grupo de Benveniste; sin embargo, el equipo de Nature percibió que los investigadores que medían los resultados conocían cuáles eran las muestras de control y cuáles no, y pidió repetir el experimento pero a ciegas. Se codificaron los nombres de las muestras y se escondió el sobre con el código. Entonces los científicos volvieron a realizar las mediciones, ahora sin saber la procedencia de las muestras. Al final, el resultado fue que todas arrojaron idénticos resultados. La falsa prueba de la homeopatía había sido desacreditada. Benveniste fue acusado de haber manejado mal los experimentos, y unos años después fue despedido del laboratorio.

Ante la insistencia de otros investigadores tiempo después, la fundación de Randi observó nuevos experimentos aún más controlados, ahora con la oferta del millón de dólares y nuevamente las pruebas que supuestamente demostrarían la homeopatía resultaron negativas.

Otras investigaciones sobre la efectividad de la homeopatía se han realizado analizando el efecto de medicamentos en pacientes. Estas pruebas son menos exactas que las del caso Benveniste, porque el efecto no puede medirse tan fácilmente  debido a la posibilidad de la ocurrencia del efecto placebo. Los resultados de tales análisis son muy dudosos.

En septiembre de 1997, Klaus Linde y colaboradores publicaron un artículo en la prestigiosa revista británica The Lancet, donde reportaban un meta-análisis de los resultados de más de 80 publicaciones en que se había estudiado la efectividad de la homeopatía para diversas patologías, con pruebas controladas. Los autores concluyeron que “en estos estudios no hay suficiente evidencia de que ningún tipo de tratamiento homeopático sea claramente efectivo para ninguna condición clínica”. Ellos reconocen lo complicado de interpretar los resultados debido al sesgo que pudiera estar presente en las publicaciones, así como a la calidad de las evidencias presentadas en los diferentes trabajos.

La verdad es que luego de 200 años de homeopatía, en cuanto a fundamentos, demostraciones y pruebas, seguimos más o menos en lo mismo: bases insólitas y evidencias inexistentes. Difícilmente podría ser de otra manera, porque el agua no contiene nada de la sustancia supuestamente activa y, es más que evidente,  tampoco tiene memoria.

*La unidad de cantidad de sustancia se llama mol. El número de Avogadro, que representa la cantidad de partículas que hay en un mol es 6,02x1023. . Para tener una idea, en el caso del agua un mol equivale a 18 g, que es un poco más del agua que cabe en una jeringuilla grande.

 

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