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En mi larga carrera de artesano, dedicado a la confección de máscaras en piedra R.A.M (Roca Amalgamada Modelable) se me ha preguntado constantemente sobre el significado de mi trabajo. La historia es larga y data desde los principios del año 1980, cuando me uní a la búsqueda de dos compañeros montañistas que se perdieron por siempre en las selvas talamanqueñas.
Largas estancias dentro de aquellos bosques tropicales nos permitieron convivir, principalmente, con las tribus Bribrí y Cabécar de Talamanca y en menor grado con los Huetares del intermontano central y del Atlántico. Mas adelante mi curiosidad me llevaría hasta los Cotos, Térrabas Y Borucas en el pacífico sur en la cuenca del río grande de Térraba. Tribus ya bastante trans-culturizadas pero aún pletóricas de leyendas y tradiciones ancestrales, igual que los Huetares localizados muy cerca de la capital, o los Malekus, Chorotegas y Ramas, al norte del país.
En todas las tribus con las que pude convivir, encontré gentes sencillas, pacificas, incivilizadas, sin secretos. Albaceas de una gran cultura y tradición. Gentes consubstanciadas integralmente con las selvas tropicales de nuestro país, a tal punto que cuando arrasamos los bosques, destruimos también su forma de vida y su cultura.
Escuche entre ellos historias de magia, cantadas por los Sukias (sabios ancianos), sobre los poderes de sus ancestros, quienes derriten la piedra con aguas mágicas y la trabajan cual si fuera barro, leyendas de guerreros brujos que reducen las cabezas de sus víctimas de guerra al tamaño de un puño, relatos de como el Usekör (supremo chaman) se transforma en jaguar para defender a su pueblo, cuentos de los encantadores de las ranas (batracios aliados de los indios) quienes desbordan los ríos para espantar a sus enemigos blancos. Ellos me revelaron como Sibö creó el mundo, de que forma Surá (cónyuge de Sibö) fabrica las almas en el reino subterráneo, paraíso soterrado donde regresará el indio después de su muerte. Me hablaron del laberíntico lenguaje de las piedras (petroglifos), escritura viva que confiesa los misterios de las selvas, señalando los senderos secretos por donde solo sabe caminar el corazón del indio.
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En Costa Rica se han definido ocho grupos
indígenas, distribuidos en 21 reservas
que abarcan una superficie de 320.888 hectáreas en las cuales viven
más de treinta mil indígenas.
Nuestro trabajo artesanal intenta representar, de estos pueblos indios; sus alegrías, penas, religión, conquista, magia, política, costumbres y mitos, mediante expresiones faciales que popularmente hemos llamado máscaras, pero que al no tener la funcionalidad de las mismas son en realidad rostros en piedra.
Nuestros diseños son realizados a partir de las leyendas y la estructura de poder, principalmente de las tribus Bribrí-Cabécar. Cada expresión facial corresponde a una leyenda, y a un grado de la escala chamánica, que va desde el Usekör, (máximo jerarca) hasta Kepra; (el pueblo), añadiendo luego a nuestro trabajo rostros afro-caribeños y mestizos.
Distinguir, dentro de nuestra colección
de "máscaras", a que escala de poder pertenece determinada expresión
facial, es relativamente fácil, si ojeamos el organigrama y su explicación
de la estructura de poder, de las tribus talamanqueñas.
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