Alma Delia Hernández Priego, Felisberto Hernández: un mundo casi mudo, el lenguaje felisberteano o el arte de encender uno a uno los sonidos (lenguaje no verbal y los objetos en cuatro de sus cuentos), México, Edición de la autora,  2004,  137 p.. (Tesis)

ÍNDICE 

 


Primera parte

Lenguaje no verbal en cuatro cuentos de Felisberto Hernández

 

Capítulo 1 : El cuerpo comunica por sí mismo ........................................................................ 3

Capítulo 2 : El lenguaje del llanto ....................................................................................... 12

Capítulo 3 : El lenguaje de la postura: actitudes y acciones ................................................ 25

Capitulo 4 : El lenguaje gestual y visual .............................................................................. 42

 

 

 

Segunda parte

La importancia de los objetos

Capítulo 5 : Los objetos ...................................................................................................... 62

Capitulo 6 : La animación de los objetos ...........................................................................  75

Capitulo 7 : Objetos que no realizan funciones habituales y objetos funcionales .............. 101

 Conclusión ..................................................................................................................... 115

Bibliografía ...................................................................................................................... 125

 

INTRODUCCIÓN
 
 
Como en vez de seguir recibiendo la impresión de todas las cosas, yo realicé una impresión como para que la recibieran los demás.

Felisberto Hernández

 

 

Feliciano Felisberto Hernández Silva nació el 20 de octubre de 1902 en un barrio llamado Atahualpa, en Montevideo, y murió en 1964 en el mismo lugar, fue el primero de cuatro hermanos. La mayor parte de su vida transcurrió en Uruguay, principalmente en Montevideo y, durante algún tiempo, osciló entre Buenos Aires y París.

Felisberto, un niño sobreprotegido siempre apegado a su madre busca refugio en los objetos, quienes se convertirán en sus únicos compañeros. Felisberto se desenvuelve en un ambiente difícil con su madre y con su abuela, cuyo carácter rígido lo marcó y de quien recibía severos castigos, puesto que con ella vivió gran parte de su infancia. El ‘nono’ era su juguete preferido, “un osito que le balanceaba la estabilidad perdida al transitar por el mundo cambiante de los mayores”,[1] mundo que siempre le pareció muy distante y lo refleja en este fragmento de Tierras de la memoria:

 

Es cierto que ellos eran mayores -el cetrino me llevaba dos años y el rubio cuatro- pero lo mismo me ocurría con otros menores que yo. Casi diría que desde chicos ya se veía que iban a ser personas mayores. En cambio yo me quedaría menor para toda la vida.[2]

 

Hernández fue un niño solitario que desde pequeño comenzó a estudiar piano con personas ermitañas, como Celina Moulié y Clemente Colling, quienes influyeron mucho en él.

Felisberto es un alma ingenua y decidida, que habla de los tabúes con la misma naturalidad que si se tratara de lugares comunes. Todo ello lo convierte “en un hipersensible detector de lo falso, de la hipocresía, de los prejuicios, de ese submundo vergonzante que reside detrás de las fachadas”.[3]

Felisberto Hernández era un conocido pianista de cine mudo y de cartel, dicha práctica se prolongó hasta 1941, antes de dedicarse de lleno al oficio de escritor. Hernández era reconocido como excelente músico, sin embargo, siempre prefirió que se le reconociera como escritor: Yo quiero ser escritor era la frase que salía de Hernández cada vez que alguien alababa sus grandes virtudes como pianista.

 

En su obra es tan sobrio, fuerte y fecundo como en su vida. Carece de falsa modestia y cuando se habla de su obra comenta como si la inteligencia fuera una lotería que tanto le tocó a él como le podría haber tocado a cualquier otro. No rebusca la originalidad en asuntos raros; es original donde es más difícil serlo: en las cosas comunes.

[…]

Las imágenes de su literatura son tan sencillas y conocidas como puede serlo una salida de sol en un cuadro de una mañana; pero en él se vuelven originales por su fuerza y su justeza.[4]

 

En el año de 1918, Hernández fundó un Conservatorio Musical y en 1920 comenzó sus estudios de composición y armonía con Clemente Colling,[5] en 1927 dio su primer concierto en el Teatro Albéniz, y quizá la excepcionalidad de su obra literaria se deba a este aspecto -musical-, como bien lo señalan algunos críticos.[6]

En el año de 1929, en la ciudad de Rocha, editó su primer libro llamado Libro sin tapas, dedicado a Carlos Vaz Ferreira, no fueron más de diez los amigos que financiaron esta primera publicación; en efecto, este libro no tenía ‘tapas’. En 1930 sale a la luz La cara de Ana y, en 1931, La envenenada; por estas fechas comienza a ser conocido y cuatro años más tarde recibe un homenaje en el Ateneo.[7] Este homenaje le ganó un más alto admirador, Jules Supervielle, quien encontró que había en su propia tierra otro escritor -aparte del gran Horacio Quiroga- que exploraba,

 

lleno de humor y de enmascarada locura, el envés del mundo […] y que miraba la realidad ‘al sesgo’ y no a través de un cuadriculado culto, convencional. Sus cuentos comenzaron a publicarse en las revistas que dirigían algunas damas exquisitas.[8]

 

Publica Por los tiempos de Clemente Colling en el año de 1942 y es reconocido por Amado Alonso y Ramón Gómez de la Serna, éste último lo llama “el gran sonetista de los recuerdos y las quintas”. Un año después publica El caballo perdido y en 1946 viaja a París gracias a una beca gestionada por Supervielle, quien se encarga de difundir con gran éxito su obra. Felisberto tuvo un acercamiento importante con Supervielle, compartían muchas cosas, entre ellas el gusto por la escritura, la innovación, la originalidad, curiosidad y gusto por el misterio:

 

Hay algo que emparenta a Felisberto Hernández con Supervielle: esa suerte de asombro por inaugurar todos los días un mundo que para los demás es largamente édito, esa refrescante (aunque a veces dudosa) credulidad de que el misterio suele alojarse bajo la piel de lo más trivial.[9]

 

Su obra se puede dividir en tres etapas: la primera va de 1925 a 1931, etapa a la que se circunscribe -Fulano de tal, Libro sin tapas, La cara de Ana y La envenenada- aquí encontramos historias breves impregnadas de un sutil sentido del humor, con temas filosóficos, una crítica al progreso y a la ciencia; estas narraciones muestran una especie de “escritura fragmentaria”;[10] de 1942 a 1944 se desarrolla la segunda etapa -donde se presentan textos como Nadie encendía las lámparas, Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria-. De esta época destaca como recurso recurrente, la referencia a los hechos autobiográficos, así:

 

en [esta] segunda etapa […] es cuando los hechos en su biografía afloran con mayor intensidad para integrar el mundo ficticio de las novelas rotas, en las cuales se emplea a fondo en la aventura del recuerdo y el análisis de su plasmación estética.[11]

 

Podemos considerar esta segunda etapa como la más importante en su producción literaria, pues ya tiene un estilo definido; por otro lado, los temas son novedosos. Hábil y eficaz en ‘desrealizar lo real’, penetra en una dimensión donde no rige la lógica:

 

Su estilo, aparentemente llano, se corresponde siempre a la perfección con una especie de estado constante de locura tranquila en el que la fantasía se entretiene en construir sus elucubraciones tomadas como base de datos mínimos de la realidad.[12]

 

 

Pero, indudablemente, Nadie encendía las lámparas es el conjunto de relatos más logrado de nuestro escritor; fue el que llegó y lo llevó más lejos, ya que se leyó más allá de Uruguay y llegó a manos de escritores como Juan Rulfo, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, además de ser premiado y consagrado por la Cámara del Libro Argentino como uno de los mejores de la temporada.

En su tercera etapa, que se da de 1947 a 1960, se percibe la madurez de Hernández como escritor, el sentido del humor decae un poco y ya no mira las cosas con la misma sorpresa, se distancia del mundo y eso se ve en el relato “He recordado a mi familia”, pues ya es un simple observador que mira las acciones a una distancia considerable, ya no es partícipe de las acciones, aquel niño ya no se incluye en ninguna historia, ese yo tan recurrente termina por convertirse en él.

Felisberto se rodea sólo de un pequeño grupo de amigos, le gustaba asistir de vez en cuando a las tertulias con su amigo Carlos Vaz Ferreira, pero nunca hubo una estrecha amistad con algún otro escritor, pintor o músico con quienes coincidía en esas reuniones. En ese círculo cultural, las opiniones con respecto a la obra de Hernández se dividían, a algunos les gustaban sus narraciones y otros no comulgaban con su escritura.

Felisberto Hernández fue un escritor olvidado por la crítica y por los antologadores de estudios sobre literatura hispanoamericana, su obra tardó muchos años en ser reconocida y después de casi veinte, despertó el interés de renombrados estudiosos, quienes se reunieron en el Centro de Investigaciones Latinoamericanas de la Universidad de Poitiers en Francia, con el fin de realizar una aproximación a su narrativa. En este congreso estuvieron reunidos Alain Sicard, Jaime Concha, Saúl Yurkievich, Juan José Saer, Claude Fell, entre otros.

Poco tiempo después de esta reunión Alain Sicard recopiló las ponencias y discusiones, mismas que fueron publicadas bajo el título de Felisberto Hernández ante la crítica actual;[13] a partir de este libro hubo un entusiasmo especial por su obra, tanto por los críticos como por el público en general.

En 1983, la editorial Siglo xxi publicó las obras completas de Felisberto Hernández, y, quince años después, en el año de 1998, se realizó una cuarta edición dividida en tres volúmenes, bajo el cuidado de María Luisa Puga. Dichos volúmenes están distribuidos de la siguiente forma: el primer volumen comprende sus Primeras invenciones, Libro sin tapas, La cara de Ana, La envenenada, Cuentos y fragmentos publicados, Cuentos inéditos y Por los tiempos de Clemente Colling; en el segundo volumen encontramos El caballo perdido, Nadie encendía las lámparas, Las Hortensias y La casa inundada y en el tercero Tierras de la memoria, Diario del sinvergüenza y Últimas invenciones, Fragmentos y Anotaciones sobre literatura.

Aunque la obra de Hernández “es parva, y en sus expresiones que más importan, relativamente espaciada”,[14] a diferencia de las de otros escritores como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez o Juan José Arreola, merece la misma atención que estos últimos han tenido porque sus creaciones figuran entre las mejor logradas de Hispanoamérica, porque nuestro escritor utiliza una manera particular de construir sus relatos; respecto a esto Rocío Antúnez nos dice que:

 

Del abanico de propuestas lingüísticas de su tiempo, Felisberto escoge predominantemente el relato autobiográfico. Sobre la más egocéntrica y autoglorificadora de las formas narrativas, su trabajo proyecta una luz nueva. Degradadas, risueñas, las autobiografías felisberteanas solicitan un modo de recepción desacralizante para el autor y el texto, creativo y, por tanto, elevador, para el lector.[15]

 

Dice Carlos Martínez Moreno que: “Tal vez no exista, en las letras nacionales, un escritor que en tan pocas páginas haya empleado tantas veces el pronombre personal yo como Felisberto Hernández”,[16] pero esas narraciones autobiográficas, de las cuales habla Rocío Antúnez, y el yo constante en sus escritos, nos muestran que:

 

Ese personaje que dice siempre yo no es un ególatra; es, en cambio, uno de los seres humanos más elusivos y uno de los creadores literarios más ambiguos que hayan alentado en el Uruguay contemporáneo.[17]

 

* * *

 

Nuestro autor está situado entre el modernismo y la vanguardia. Muchos críticos que buscan colocarlo dentro de alguna corriente se topan con una disyuntiva, ya que no saben muy bien en qué periodo ubicarlo y, por si fuera poco, también cuenta con muchos rasgos románticos:

 

La situación de Felisberto Hernández entre el modernismo y la vanguardia explica la demarcación de ‘raro’ contemporáneo por parte de la crítica, actitud habitual generada principalmente por la adhesión al realismo estético y su fuerte tiranía, padecida por los iniciadores de la literatura fantástica en América Latina.[18]

 

Felisberto Hernández emplea recursos del modernismo como el combinar sonidos con olores y efectos visuales “dejando que el ritmo interior o subjetivo del músico, el escritor o sus alter ego, guíen enteramente el mundo de los objetos y los actos”[19] y, hay que precisarlo, también posee rasgos románticos mucho más abiertamente expresados en su primera época. La singularidad de Hernández genera opiniones como la de Carlos Fuentes, quien:

 

Hallará en él a uno de los grandes fundadores de la modernidad literaria, uno de los cuatro pilares de la renovación narrativa del siglo. Renovación que vincula con la convivencia de la imaginación y de la crítica, de la ambigüedad, el humor y la parodia y la capacidad generadora de mitos, cuya reunión convierte a estos operadores estéticos en alteradores del lenguaje y de la historia literaria. También por la instauración de una corriente diversificadora, crítica y ambigua, radicalmente distinta de la perspectiva y los planteamientos estéticos de la vieja novela naturalista.[20]

 

Hernández junto con Macedonio Fernández, Roberto Artl y Horacio Quiroga son considerados como iniciadores de la transformación de la producción narrativa hispanoamericana al lado de escritores modernistas como Clemente Palma, Leopoldo Lugones y Abraham Valdelamar, autores que publican en los años veinte.[21]

Hernández es un escritor que destaca de entre los demás porque su vanguardia la han descrito como la de un hombre solo, como una vanguardia sin retaguardia, una exploración a título y riesgo totalmente personales. Acaso, por eso mismo “más asombrosamente distinta y -en juicio definitivo- más valorable”.[22]

Y aunque muchas veces esas realidades no se distinguen a la primera hojeada, y exigen escarbar a través de esas palabras, y más que las palabras, a través de esos peculiares personajes, ha resultado difícil clasificarlo en alguna de las corrientes debido a que Hernández es un escritor que, por su estilo tan peculiar, escapa a cualquier clasificación. Incluso:

 

Aún hoy asistimos a la espectacular presentación de la literatura de Felisberto Hernández como inusual e insular, y esto ya constituye una verdadera comodidad de la crítica que agrega ignorancia a la ya originada por los acendrados prejuicios. Situación que compartía con los propios modernistas, cultores del cuento fantástico[23]

 

En Hernández es difícil hablar de influencias, pero sí podemos hablar de acercamientos literarios. Por ejemplo, por los años en que Hernández escribe, Rainer Maria Rilke era muy leído en Río de Plata,

 

creo que será muy fácil para los lectores del uruguayo imaginar lo que éste pudo haber celebrado, textos como los contenidos en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge […] son puntos de encuentro entre dos sensibilidades asombrosamente afines […] ni pretendo otra cosa que señalar, una vez más, la existencia de familias del espíritu que se unen escapando a la red que los análisis históricos-sociales les tienden, con pretendidos campos ideológicos y con referencias a la especificidad de la vida de cada escritor.[24]

 

Es Jaime Concha el que establece una explícita correspondencia -ya que no se puede hablar de influjo directo- entre un cuento de Jean Paul Sartre -“La chambre”- y uno de los primeros cuentos de Hernández -“La casa de Irene”-, escrito, este último, casi diez años antes. En ambos cuentos hay una relación particular entre los protagonistas -el sartreano Pierre y la felisberteana Irene- las cosas, acciones e incluso los objetos que pueblan su mundo.[25]

Felisberto se embarca en la difícil tarea de aprender y aprehender la realidad, de hacerla suya y después devolverla a su lugar original, pero no como la toma, por supuesto, sino que la devuelve ya elaborada y después de haber pasado por su ojo crítico y analítico la procesa para convertirla en una ‘realidad felisberteana’:

 

El atractivo de su obra radica en su capacidad de crear un extraordinario y asombroso universo narrativo en donde no es tan importante el acaecer externo, como el interno, la vivencia anímica y el auto análisis, desdoblándose siempre el autor en sus personajes. Felisberto Hernández posee una extraña capacidad para descomponer y alterar la realidad por medio de procesos que conducen a la poesía y al entresueño. Su obra nos lleva a un intento por penetrar y descifrar su poético y sorprendente universo narrativo, desbordante de claves, registros y sugerencias de carácter visionario.[26]

 

Su vida transcurre en medio de teatros, conventos o escuelas donde es invitado a ofrecer conciertos. Esos son los escenarios de Felisberto, los que lo acercan a las personas, a pesar de gustar de la soledad, estos lugares lo alimentan y es ahí donde surgirán los temas, personajes e historias para que esa ‘planta’ vaya creciendo enriquecida con sus vivencias y alimentada por su imaginación.

Esa ‘planta’ de la cual hablo es la que Hernández describe en su “Explicación falsa de mis cuentos” misma que se vuelve importante para entender su inventiva:

 

Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. […] En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener un porvenir artístico […] no sé como hacer germinar la planta, ni como favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea.[27]

 

Además nos expone, a pesar suyo, la manera como hace sus cuentos y de esas intervenciones misteriosas que veremos a lo largo del trabajo:

 

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, esta también me es desconocida.[28]

 

Nuestro autor reconoce que su creación no es algo que se realiza en el plano del inconsciente, ello goza de una ‘intervención misteriosa’, y esa intromisión mágica no puede ser más que la espontaneidad.

La conciencia sólo interviene porque, gracias a ella, se van recuperando, “en tanto registro y depósito de vivencias revividas”,[29] y de manera cuidadosa, todos o la mayor parte de sus recuerdos refugiados en su memoria, además de enseñar a la conciencia a ser ‘desinteresada’, como dice Hernández, a dejarse llevar y no querer ser la protagonista de toda historia que se vaya gestando.

A pesar de todas las intervenciones misteriosas de la conciencia, el escritor nos dice: “Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia”.[30] Sin embargo, no sólo los cuentos tienen esa libertad sino también todo aquello que los compone, pues todo lo que hay en ellos, como son los personajes, los espacios y, por supuesto, los objetos, que parecen seres con vida propia, se vuelven indispensables, se tornan como una evocación al pasado. Él presenta realidades y experiencias que ha ido recopilando a lo largo de su vida, en sus constantes viajes en tren o en autobús por las pequeñas y grandes ciudades, por los poblados rioplatenses y montevideanos.

Felisberto Hernández es un escritor que habla de esos temas a los que siempre se les huye o se les da vuelta, el fracaso es uno de los temas siempre frecuentes, al parecer es un reflejo de su vida, porque él fue de fracaso en fracaso. El fracaso matrimonial es quizá el más significativo porque ocurrió cinco veces, Martínez Moreno dice que Felisberto es una persona que toda su vida estuvo rodeada de fracasos.

Siempre vivió así, de pronto nada le resultaba, las desavenencias lo persiguieron; los últimos años de su vida estuvo en espera de su reconocimiento como escritor y dicho reconocimiento, en vida, nunca llegó, no obstante fue compensado con su éxito póstumo, ya que ahora es un escritor reconocido. Sin embargo, es probable que siga gustando del verbo fracasar, que fue lo que lo llevó a donde ahora se encuentra, los críticos coinciden en que se trata de un fracaso ‘bienaventurado’. Claude Fell apunta:

 

Lo que me parece interesante en la prosa de Felisberto Hernández es esa noción de frustración, este fracaso que se extiende, que es válido en todos los textos de Felisberto Hernández. Es esta escritura que se proyecta en vano hacia delante y que de hecho cae constantemente en el vacío, desemboca en la nada.[31]

 

 

* * *

 

En los cuentos de Felisberto Hernández podemos encontrar escenografías maravillosas, hechos insólitos, detalladas descripciones, historias desconcertantes, pero si algo distingue y caracteriza profundamente la obra de Felisberto Hernández es su unidad y “esta unidad […] se traduce en determinados rasgos estilísticos que son, a la vez, definición y expresión del contenido, estructura  y vehículo del mensaje.”[32]

Él, cambia de lugares, ventila y explora nuevos escenarios. Mientras muchas de las obras de sus colegas eran situadas en un contexto rural, en el ambiente clásico de provincia, en las pampas argentinas o en las provincias o pueblos de otros países, Hernández se sitúa en un ambiente urbano de clase media, donde figuran los hoteluchos, los restaurantes o imitación de restaurantes, y algunas posadas modestas.

Sus personajes se envuelven en esta incertidumbre, así vemos el fracaso de ese vendedor de medias Ilusión, que sólo llorando consigue buenas ventas; también Juan, el personaje de “Almacén de ideas”, que fracasó cuando quería crear el misterio en su pareja; también ese hombre-caballo que sale huyendo del pueblo donde, al principio, fue acogido con gran alegría, etcétera.

Su obra es habitada por peculiares personajes, quizá muchas de estas fantasías puedan estar relacionadas con una especie de alienación mental, como aquella chica que tiene como pareja a un Balcón o la señora Margarita, a quien se le ocurre inundar su casa para llevar a cabo una especie de ‘culto al agua’.

A Felisberto no le interesa hablar de la situación económica, política e incluso social de su país, ni mucho menos de la situación en Hispanoamérica. Además muestra un abierto rechazo por la cultura institucional y seria, para dedicarse a “una escritura íntima y personal. Sus ‘inexplicables tonterías’ lo llevan hacia otro concepto del arte. Arte como exploración de sí mismo”.[33] Esto lo podemos ver en cada una de sus pinceladas, en sus movimientos, sus primeros acordes estilísticos, narrativos y en cada una de sus expresiones verbales, sobre todo, en aquellas expresiones no verbales.

El mundo de Felisberto Hernández no es permanente, podría decir que es un mundo efímero donde sus personajes no se entrelazan, ni se aluden entre ellos, son personajes que sólo viven una vez, tal parece que: “el mundo de Felisberto Hernández es un mundo que se destruye conforme aparece…”[34]

En sus relatos no hay gritos ni sobresaltos, no hay golpes ni agresiones, no hay situaciones ofensivas, no hay malas palabras ni fuertes enojos, y si en algún momento algo llegara a suceder, no somos partícipes de una situación bochornosa ni desconcertante, creo que sus personajes tienen cosas más importantes en qué ocuparse, como en fabricar su propio mundo explotando el misterio de los objetos, de las habitaciones, preocupándose únicamente por vivir su locura al margen de cualquier acontecimiento, por desatar el misterio, por vivir su fracaso y no compartirlo. Los personajes de Hernández rondan entre el desconcierto y el misterio. El misterio siempre presente, se pasea y se cuela por las paredes llenas de humedad de esas casas que frecuenta y pasa como gato negro entre las patas del piano y de las sillas felisberteanas.

 

* * *

 

Abordar toda la obra de Felisberto sería en exceso ambicioso, por ello decidí trabajar sólo cuatro cuentos: “El Balcón”, “Menos Julia”, La casa inundada (que corresponden a la segunda etapa)[35] y “El Cocodrilo” (relato de la tercera etapa); sin embargo, a pesar de esta decisión, no dejaré de lado otros cuentos que sirven de apoyo a los temas que trataré en el presente trabajo.

Este estudio está dividido en dos secciones la primera lleva por título “Lenguaje no verbal en cuatro cuentos de Felisberto Hernández” y la segunda “La importancia de los objetos”.

La segunda, “La importancia de los objetos”, hace plena referencia a los objetos que pueblan los cuentos de Felisberto Hernández, estos objetos que podrían pasar inadvertidos y que, sin embargo, en estos relatos tienen un papel primordial y cobran particular importancia. Como veremos, estos objetos no son pasivos y, a través de la mirada de los personajes, van cobrando una especie de vida subjetiva e incluso poco a poco van convirtiéndose en protagonistas de la historia.

El acercamiento de los personajes hacia sus objetos, la importancia que éstos tienen y la manera como se conducen aquéllos.

La importancia que toman los objetos es tal que los personajes pueden sufrir o, mejor dicho, pueden transformar su vida y hábitos por ellos. Algunos objetos llegan a ser tan importantes que bien podrían ser los protagonistas de las historias, como ya lo mencionaba, y así lo veremos en el cuento “El Balcón” y “Menos Julia”. A éstos se les ha dotado de animación, de una especie de secreta vida, de vida subjetiva, claro.

Estos objetos, que a nuestra vista parecerían comunes, se apropian de los protagonistas y los encierran en su mundo; son espejos de sus dueños y se complacen al ser admirados y tomados siempre en cuenta. Estas características son las que hacen particulares a los objetos felisberteanos ya que dan la apariencia de conducirse por sí mismos y por su manera de proceder nos damos cuenta que estamos frente a seres que pueden tornarse misteriosos; intrigan y hasta dan la impresión de que gozan con ello. Algunos objetos, incluso, pueden llegar a exceptuarse de funcionalidad, a no realizar las funciones para las cuales fueron creados.

Por otro lado, también me parece importante destacar que a través del análisis del comportamiento de estos objetos, me di cuenta que en la obra felisberteana hay una comunicación que se da de manera no verbal, puesto que estos instrumentos dan la apariencia de comunicarse por medio de sus acciones. Así como también es importante observar los movimientos de sus personajes y prestar atención a las posturas que éstos van tomando con respecto de sus objetos. Todo ello me llevó a analizar el comportamiento de los protagonistas y es así como surge el análisis del primer capítulo, “El lenguaje no verbal en cuatro cuentos de Felisberto Hernández”.

En las historias felisberteanas hay acontecimientos relevantes y hay una comunicación verbal que suele ser exquisita, pero más allá de eso que se escucha hay silencios que son importantes -como en cualquier composición musical- y en esos silencios surge una especie de danza de los personajes, danza con las manos, con la mirada, con el cuerpo, con las gesticulaciones.

El cuerpo del protagonista de “Menos Julia”, el de la chica de “El Balcón”, el cuerpo inmenso de la señora Margarita de La casa inundada y la postura del personaje principal de “El Cocodrilo” todo ello me fue llevando a descubrir que el cuerpo por sí mismo comunica, a veces más cosas que las palabras.

Las dos secciones en las cuales está organizado este trabajo, son complementarias, ya que una lleva a la siguiente y ambas están plenamente comunicadas. En el universo felisberteano, ambos lenguajes, el no verbal y el verbal, son considerados soporte vital uno del otro.

Todo esto que describo y que por supuesto me llevó a hacer este estudio hizo darme cuenta que los relatos felisberteanos son ricos en palabras, en imágenes, en comportamientos, y que, por supuesto, están inundados de otras características que los hacen exclusivos y esta característica primordial es que con la no-palabra nos comunican mucho de lo que los personajes son.

______________________________

NOTAS

[1] Norah Giraldi de Dei Cas, Felisberto Hernández del creador al hombre, p. 21.

[2] Felisberto Hernández, Tierras de la memoria, Obras completas, t. iii, p. 26.

[3] Mario Benedetti, Notas críticas, p. 207.

[4] Felisberto Hernández en uno de sus fragmentos -“El Fray”, Obras completas, t. i, p. 95- describe a un escritor x, sin embargo todo coincide con su propia personalidad, a tal grado que podría pensarse que se está describiendo a sí mismo.

[5] Músico ciego y personaje principal de su novela Por los tiempos de Clemente Colling. Él tenía más de 50 años cuando fue maestro de Felisberto Hernández quien no contaba con más de 15 años.

[6] Jaime Concha, Saúl Yurkievich, Carlos Martínez Moreno y Jules Supervielle, han señalado que la formación de músico le otorga un carácter singular pues sus historias tienen ese fondo musical que proyecta una enorme sensibilidad y sobre todo hace que Supervielle lo llame, e incluso lo presente en la Sorbona como el gran conteur poétique.

[7] El Ateneo era el espacio cultural más importante de Montevideo, donde se reunían los personajes más representativos de la cultura de Latinoamérica. Cfr. José Pedro Díaz, Felisberto Hernández. El espectáculo imaginario.

[8] Enriqueta Morillas, “Prólogo” a Nadie encendía las lámparas, p. 13.

[9] Carlos Martínez Moreno, Literatura uruguaya, p. 77.

[10] Enriqueta Morillas, “Prólogo”, op. cit., p. 21.

[11] Ibid., p. 11.

[12] Giuseppe Bellini, Historia de la literatura hispanoamericana, p. 540.

[13] Esta obra, recopilada bajo el nombre de Felisberto Hernández ante la crítica actual, fue dirigida por Alain Sicard, constituye un texto básico para esta investigación -la ficha completa está consignada en la bibliografía-.

[14] Carlos Martínez Moreno, Literatura uruguaya, p. 75

[15] Rocío Antúnez, El discurso inundado, p. 8.

[16] Martínez Moreno, op. cit., p.75.

[17] Idem.

[18] Enriqueta Morillas, “Prólogo”, op. cit., p. 13.

[19] Idem.

[20] Enriqueta Morillas, “Prólogo”, op. cit., p. 18.

[21] Idem.

[22] Martínez Moreno, op. cit., p. 191

[23] Enriqueta Morillas, “Prólogo”, op. cit., p. 13.

[24] Ida Vitale, Revista de la Universidad, vol. xxi, núm. 6, p. 36.

[25] Hernández escribe que Irene “cuando toma en sus manos un objeto, lo hace con una espontaneidad tal, que parece que los objetos se entendieran con ella”.

Análogamente Sartre escribe que “a Pierre sólo le muestran su verdadero rostro” y el mismo Pierre así reflexiona hablando de las actitudes de los hombres: “Ellos no saben tomar las cosas; ellos las empuñan”.

Jaime Concha comenta esos pasajes sartreanos con esta interrogativa retórica: “¿No son [éstos] casi los mismos términos que escuchamos en la obra del uruguayo?”, esto es a primera vista correspondiente, pero sí me reservo el hecho de expresar una opinión aventurada, lo que creo es que realmente hay importantes correspondencias entre los dos cuentos y sus personajes, aunque los contextos sean muy distintos.

En el cuento sartreano hay un choque entre el mundo alienado y el mundo ordinario; hay una figura femenina  llamada Eve que se sitúa a mitad entre esos dos mundos y vive la tragedia de haberse alejado de la normalidad sin que por ello logre penetrar en el mundo totalmente alucinado de Pierre  que se empeña en llamarla “Agathe”.

Sin embargo en el cuento de Felisberto Hernández no se roza esa dramaticidad, todo es más liviano, aunque no deja de tener matices inquietantes, así es como lo extraño se inserta en lo normal sigilosamente.

[26] Graciela Monges Nicolau, Felisberto Hernández a la luz de la poética de Gastón Bachelard, p. 12.

[27] Felisberto Hernández, “Explicación falsa de mis cuentos”, Obras completas, t. i, p. 175.

[28] Idem.

[29] Graciela Monges Nicolau, Felisberto Hernández a la luz de la poética de Gastón Bachelard, p. 61.

[30] Felisberto Hernández, “Explicación falsa de mis cuentos”, op. cit., p.176.

[31] Claude Fell, “La metáfora en la obra de Felisberto Hernández”, Felisberto Hernández ante la crítica actual, p. 46.

[32] Nicasio Perea San Martín, “Sobre algunos rasgos estilísticos de la narrativa de Felisberto Hernández”, Felisberto Hernández ante la crítica actual, p. 231.

[33] Jasón Wilson, “Felisberto Hernández: inexplicables tonterías”, Felisberto Hernández ante la crítica actual, p. 341.

[34] Claude Fell, “La metáfora en la obra de Felisberto Hernández”, Felisberto Hernández ante la crítica actual, p. 402.

[35] Carlos Martínez Moreno, opina que sólo se podrían consignar como “serios” algunos libros de Felisberto Hernández y esto son Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Nadie encendía las lámparas, por la manera en que están escritos, revisados y editados.

 

 

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