Paciencia y Barajar

Ocho temas en Soldados de Salamina[1]

 

El lector que busque novelas acabadas no merece ser mi lector; él está ya acabado antes de haberme leído.

Miguel de Unamuno

Fue en el verano de 1998, hace ahora más de seis años, cuando leí por primera vez a Javier Cercas; fue un cuento de la antología Los cuentos que cuentan que prepararon Masoliver y Valls para Anagrama. El cuento se titula “Volver a casa”. Por ese tiempo tenía yo poco más de un años impartiendo un curso sobre la narrativa española de posguerra (años 40 a 70) y decidí ampliar el temario hasta los autores más recientes. Por estos meses de finales del 98 había ido a mi facultad (Filosofía y Letras de la Unam) Masoliver Ródenas para hablarnos de los más recientes narradores españoles; y, en parte, su charla me decidió a hacer estos cambios en mi curso. Fue entonces cuando leía esta antología.

            Como toda antología es un libro irregular, donde se incluyen, a mi parecer, siete buenos cuentos, ocho realmente malos, y los restantes 5 pasan sin pena ni gloria. Entre esos siete cuentos se encuentra el de Cercas. No obstante no me pareció, no me lo parece, un cuento excepcional, es simplemente un buen cuento; claro, con los años que han pasado y las novelas que Cercas ha publicado, el texto ha cobrado un nuevo y revelador significado y ha confirmado mis sospechas de que ese joven narrador habría de publicar más y mejores cosas. En fin, que me agradó pero no quedé satisfecho del todo, quedé, digamos, a las expectativas; claro, más preocupado por armar lo mejor posible mi curso, que tiene los inconvenientes inherentes al caso: actualizarlo anualmente con los narradores que van surgiendo es un problema cuando está de por medio el océano y las distribuidoras de libros.

            En fin, traté de seguirles la pista a las dos generaciones más recientes de novelistas y cuentistas españoles, pero en particular trataba de informarme constantemente de los ocho nuevos autores incluidos en mi curso. Así es como poco a poco fui leyendo todo lo que caía en mis manos que hubiese publicado Javier Cercas. En enero de 2001 leí la bonita edición de El  Acantilado de la novela corta El inquilino (Valls y Masoliver refieren que la primera edición de ésta es de Sirmio, en el 89; no la  conozco). Me sucedió lo mismo que con “Volver a casa”: me gustó pero no quedé del todo satisfecho, y confirmé, no sé si por necio, --que lo soy mucho-- o por instinto, que tendría que ser paciente (cosa que no me caracteriza) porque era irrecusable que Cercas era bueno, pero que aún estaba por venir su obra definitiva. Pensaba en Vargas Llosa --lo comentaba con mis alumnos— y en García Márquez, como contrarios respecto del momento en que escriben su obra definitiva: el peruano lo logró a la primera, el Gabo debió esperar hasta su cuarta obra publicada para dar en el clavo.

            Las lecturas de mi curso están divididas en dos grupos: los escritores más importantes se leen en una novela o un libro de cuentos, los que no logran entrar en ese reducido grupo (cinco autores por semestre) son incluidos en una antología donde son representados por un cuento o un fragmento de una novela; aquí incluyo una docena de escritores. Para los restantes, que son legión, me tengo que conformar con mencionarlos en clase y compartir con mis alumnos mi casi certeza de que pasarán sin pena ni gloria por la historia de la literatura española. Ardua tarea, trabajo sucio que tiene que hacer un profesor cuando se propone impartir un pretencioso curso de autores recentísimos.

            A Javier Cercas lo había incluido en la antología de mi curso, y aunque me gustaba no me parecía tan relevante como para incluirlo dentro de las lecturas extensas. En 2002, unos meses después de leer El inquilino llegó[2] a México Soldados de Salamina y lo leí de inmediato. Aunque la prosa de Cercas es fácil y amena no leí de un tirón su libro. Estaba con la expectativa de que si éste era su obra más reciente podría ser la que yo estaba esperando o mejor aún, la que yo deseaba que Javier Cercas escribiera[3].

            Las novelas y cuentos que leo para mi curso, o con las expectativas de ser incluidas en mi curso, suelo llenarlas de escolios. Los ejemplares quedan realmente “sucios” pues cualquier cosa que se me ocurra y que piense que puede servirme después para explicar en mi clase o para escribir algo sobre ese autor, lo anoto donde quepa. Ahora, al escribir estas notas reviso mi ejemplar de Soldados...: ni una sola nota marginal en ninguna de las dos primeras partes del libro. Debo reconocer que la lectura de las dos primeras partes de la novela (“Los amigos del bosque” y “Soldados de Salamina”) me dejaba de nuevo con la misma sensación que sus otras lecturas: no estaba mal pero era evidente que eso no era un texto excelente, como yo presentía que Cercas podría escribir. Había dos cosas que hacían diferente a estas partes de la novela respecto de lo ya leído y experimentado antes con lo escrito por Cercas. Una: tenía que darle el beneficio de la duda (esperar a terminar de leer todo el libro) e, incluso, quizá esperar para una novela más adelante. Dos: la aparente mezcla de la no ficción en un texto ficticio; por ejemplo, que el personaje narrador se llamara Javier Cercas, que tuviera la preocupación de que no podía escribir un buen libro. Esta unión de ficción y no ficción parecía un juego de espejos, me daba la sensación de que ya le había dicho yo (¡claro, tenía que ser yo quien se lo habría dicho!) que su obra no era mala, pero que le faltaba escribir su obra definitiva y que él, muy preocupado por los comentarios, se puso a hacer su mejor esfuerzo, pero que, lo confesaba abiertamente en el libro, simplemente, no podía hacerlo. Como juego, como protesta, como acto de desnudez[4], me parecía válido, bueno; pero limitado.

            Cuando inicié la lectura de la tercera parte de la novela, “Cita en Stockton”, el ritin-tin de haber leído el texto como una crónica histórica (inclasificable como novela) se fue trastocando en una sorpresa alucinarte, porque a la epopeya histórica de Rafael Sánchez Mazas se incluía el desaliento y la inconformidad del narrador con lo hasta antes escrito. Por momentos me parecía que establecía un diálogo telequinésico con Javier Cercas autor. Recuerdo que subrayé “A la segunda lectura la euforia se trocó en decepción: el libro no era malo, sino insuficiente, como un mecanismo completo pero incapaz de  desempeñar la función para que ha sido  ideado porque le falta una pieza”. Eso era justo lo que yo opinaba de las dos secciones recién concluidas de leer; con ingenuidad anoté al margen “he aquí la diferencia de un escritor con talento respecto del que no lo tiene: se puede leer a sí mismo con objetividad”.

            De esta sorprendente sensación onírica (es decir, del sueño en el que lo imposible se hace posible: dialogar con el autor en la medida que lo leía) pasé a otra sorpresa, y a otra y a otra. Mi alegría era inexpresable, a medida que daba vuelta a las hojas y leía cómo Javier Cercas personaje charlaba con Bolaño, se enteraba de  la existencia de Miralles, buscaba en los asilos de ancianos de Dijon, yo decía para mis adentros, con gran satisfacción: ¡sí!, ¡así!, ¡así tiene que hacerse!, ¡carajo, así tenía que pasar!

            Mi alegría era por partida doble. Una era más narcisista, confirmaba que mi olfato literario no había fallado: que Javier Cercas autor era un buen escritor y que por fin lo estaba demostrando con una novela excelente; que pocos, por no decir casi nadie, lo conocía en México y mucho menos habrían podido detectar que él era un autor de fuste al que había que esperar sólo un poco para tenerlo en su plenitud literaria. La otra alegría era por Javier Cercas autor, lo sentía ya casi como mi amigo y verlo triunfar con esta excelente novela me hacía gozar su éxito; era, digamos, como estar viendo a mi equipo de fútbol favorito anotar gol tras gol, imparable, incontenible, soberbio.

La lectura de esta intensísima tercera parte continuaba. Yo podía ver a Miralles haciendo la guerra con Líster primero; después, con Leclerc; lo podía ver atravesando el desierto; lo podía ver motorizado en su tanque Guadalajara; lo podía ver desembarcar en Francia; en fin, mis sentimientos eufóricos empezaron a mezclarse  con coraje; mi ceño, casi siempre fruncido, se arqueaba más,  mi alegría se fue mezclando poco a poco con la ira, la desesperación, la impotencia, la frustración. Quiero decir –también--  que no podía acabar de creer y asimilar la gran habilidad que Javier Cercas autor desplegaba en sus páginas para hacer pasar a su lector de un sentimiento a otro con una gran destreza narrativa y en solo unos instantes. Era dueño total del oficio de narrar e iba entrelazando, como un paciente artesano, una elemento en otro, con donaire, con agilidad, con perfección, con astucia. Un tema tras otro iba surgiendo con nitidez (nitidez que algunos lectores desprevenidos no logran ver), cabo tras cabo dejado suelto en las dos primeras partes se iban anudando dándole más y más densidad a las ideas de la acción desarrollada; parecía mago al que no se le agotan los trucos; cada párrafo, cada página del final de la novela agregan uno y otro y otro y otro elemento temático lleno de sentido, de verdad, de complejidad humana; cada nuevo elemento agregaba con agilidad una nueva perspectiva, un nuevo perfil, un nuevo punto de vista que parecía hacer inagotable todas las cosas que Javier Cercas autor nos quería decir. Lo que inicialmente se nos había planteado como un conflicto particular y concreto poco a poco se iba tornando, ante mis ojos sorprendidos, en un problema universal; de un conflicto personal e íntimo, en un conflicto atemporal y por todos compartido.

En fin, que al terminar de leer la novela estaba convencido que Javier Cercas se había ganado por derecho propio un lugar entre el pequeño grupo de escritores privilegiados y que para la siguiente ocasión que tuviera que hacer la lista de lecturas, Soldados de Salamina no estaría ausente. En efecto, desde entonces es lectura obligatoria en mi curso y creo que lo será por varios años más. Mi curso es anual, así que tuve que esperar más de seis meses para poder discutirla por primera vez en clase; esto sucedió el 6 de junio de 2003; la recepción de mis alumnos me desilusionó un poco, porque no compartían del todo mi entusiasmo por la novela; prácticamente Cercas era un autor totalmente desconocido por ellos. Ante la ausencia de comentarios (ni favorables ni desfavorables por parte de otros profesores respecto de nuestro novelista) los obligó a regir sus opiniones por su propio instinto, por actitudes en ocasiones impresionistas y claro, no faltó el alumno más lúcido que logró penetrar mejor el texto y puedo opinar con mayor fundamento; esto me sucedió con Moisés Villaseñor, que en sus comentarios dejó colar, como no queriendo la cosa, que la novela en ciertos momentos le parecía Holiwoodense.

Mi entusiasmo inicial no me había dejado ver eso, pero con la primera relectura pude notar que en efecto algo tenía de razón Moisés y que ya Javier Cercas ha reconocido y reivindicado, cosa que yo también hago. Es verdad que la novela es en varios momentos de un dramatismo que conmueve  y nuestro frío racionalismo no tolera que sea conmovido en sus más íntimas fibras; le aclaraba a mi alumno: “es posible que tengas razón, pero esos trucos cinematográficos están a tono con el desarrollo de la acción y de la historia narrada, no desentonan, ni rompen el ritmo, en fin, que son válidos”.

Como quizá hagan todos los profesores, siempre tengo curiosidad por saber qué están haciendo y cómo están trabajando mis colegas que imparten el mismo curso que yo imparto. De momento, me pareció que nadie lo había incluido en sus comentarios o lecturas, pero para el siguiente año me enteré que un colega, de origen español, había incluido en su curso la discusión de Soldados de Salamina y que la lectura había sido calificada como una obra menor, tanto por el profesor como por la mayoría de sus alumnos. El chisme, que pudiendo ser falso, no dejó de molestarme, pero ese rumor reafirmaba cierta tendencia que ya había detectado en los periódicos, en la internet y en la presentación que Cercas vino a hacer a México de su novela; por ese tiempo (y aún perdura en parte esta impresión) se decía que era una interesante crónica periodística sobre la Guerra Civil, pero no daba para más; que ni era novela, ni tenía estilo y que el tema, siendo tan particular (un oscuro y marginal protagonista de la Guerra Civil --se refieren a Sánchez Mazas) carecía de interés para quien no es especialista en el tema de la Guerra Civil. Semejante burrrada me indignaba y he expuesto ante mis alumnos con vehemencia, que la novela no es una crónica periodística, que no es verdad que es un “relato real” y que dado el caso eso importa muy poco para la literatura, que Javier Cercas personaje no es Javier Cercas autor, que la novela tiene estilo, carácter y personalidad propias, tan propias que esos malos lectores no se han dado cuenta del juego literario que hizo Cercas. Finalmente, insistía en que si bien mucho de la novela tiene que ver sobre la Guerra Civil es evidente que no es, principalmente, una novela sobre la Guerra Civil, que ese, aunque no lo aparente, es un tema secundario que el tema principal es muy otro.

En efecto, si pensamos que esta novela es una crónica o una novela (ya discutiré más adelante este aspecto) sobre la Guerra Civil el análisis queda trunco y fallido porque aspectos fundamentales del libro no podrían entrar en este análisis: por ejemplo, la relación de Javier Cercas personaje con su padre (relación padre hijo retomado por Cercas en su nueva novela, La velocidad de la luz), el conflicto de tener o no tener hijos (también retomado en La velocidad de la luz) o la crítica a la transición española; en fin, que la Guerra Civil es solo un aspecto de la novela.

Si, por el contrario, buscamos otro asunto o tema que pueda englobar tantos temas tan disímiles  podríamos hacer un análisis más lúcido. En efecto, ese elemento cohesionador de todos los temas existe, y por lo tanto propongo que el tema central de Soldados de Salamina no es el de la Guerra Civil Española, sino el del fracaso.

Si observamos, todos los temas y subtemas que trata la novela pueden ser visto desde una óptica particular y todos ellos quedan unidos por ese interés común; ese asunto es, a todas luces, la idea de fracaso que Javier Cercas autor plasma en todos los temas y subtemas que desarrolla, muestra o insinúa; nada hay, absolutamente nada, que no contribuya a crear un solo efecto en la novela que no esté determinado por la visión del fracaso[5]: desde el tema o personaje de Miralles (protagonista de la novela, y no Sánchez Mazas o Javier Cercas personaje, como algunos han querido ver), pasando por Sánchez Mazas, Javier Cercas personaje, la transición española, la figura del héroe, en fin, hasta los personajes mínimos –incidentales—como Angelats o Maria Ferré llevan en su fuero interno una hondo y no resuelto sentimiento de fracaso.

Son varios los temas que se pueden desarrollar y explicar de esta novela, pero me limitaré en este ensayo a explicar los más importantes, que son: el dilema de tener o no hijos, la relación conflictuada con la figura paterna, ser un buen escritor o no, prosa ficticia o no ficticia, la Guerra Civil (ganadores y derrotados: reales y morales), la transición española, la figura del héroe y finalmente, el tema del fracaso, que incluye a todos los otros.



[1] Este ensayo sobre Soldados de Salamina, que pretendía ser sólo una aproximación a la novela de Javier Cercas devino, sin que yo me lo propusiera, en un extenso texto donde sintetizo quizá más cosas que pienso respecto de la literatura y que nunca las había puesto por escrito. Aquí, lector, sólo tienes una mínima parte, 7 páginas en un formato más bien compacto. En total reúne 70 páginas. Pienso publicarlo próximamente en formato de libro. Si te interesa tener una copia del ensayo completo, házmelo saber por correo electrónico, y por este medio te haré llegar un ejemplar; el costo del mismo es de 50 dólares o su equivalente en pesos mexicanos.

[2] El tiempo transcurrido entre la publicación en España y la distribución en México de estos autores suele llevar meses. Por ejemplo, la segunda parte de Tu rostro mañana, del otro Javier español aún no se realiza en México a pesar de que ya han pasado como 5 meses de su aparición en la península.

[3] Con Juan Manuel de Prada me pasa lo mismo, estoy esperando que escriba su obra definitiva, sólo que él tiene un problema: la industria editorial española, presiento, lo ha coaccionado a que escriba novela, cuando él en realidad es cuentista, un excelente cuentista.

[4] Ya muchos narradores han dicho, ahora lo recuerdo de mis lecturas de Juan Goytisolo, que toda novela es un poco un acto de impudicia frente al lector; un gesto de desnudez entre exhibicionista y flagelante.

[5] La idea de que la obra intenta producir un solo efecto en el lector es más atribuible al cuento que a la novela. Más adelante discutiré este aspecto de Soldados...

 

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