RIOBALDO, FAUSTO AMERICANO

Una lectura de El Gran Sertón: Veredas de Guimaraes Rosa

El Sertón no tiene principio ni fin: "el Sertón está moviéndose todo el tiempo, salvo que usted no lo ve" Dice Riobaldo, protagonista de esta novela, a su interlocutor anónimo, quiero decir, a nosotros mismos.

            Porque el Sertón se lleva adentro de uno mismo, es inútil afirmar que tiene por límites las tierras de Goias o los Campos Generales, si cuando se quiere salir de él siempre se le lleva en la memoria: de ahí la incomprensión de Riobaldo para aquellos que lograron irse a la ciudad, porque es algo que él jamás podría hacer.

            El principal punto de referencia que del Sertón tiene Riobaldo es  Río San Francisco, curiosamente sólo estuvo en este lugar un breve tiempo. Pero eso para él no importa. En Riobaldo ha quedado tan fuertemente marcada la presencia del Sertón que éste vive en su espíritu, ya sea en su forma de zona selvática de Paraíso (Verde) o la ardiente zona desértica de Zusarte (Blanco).

            Un recorrido bien puede iniciar en las montañas de su adorado O-Barro-Blanco y terminar en las areniscas tierras de San Pedro. La naturaleza se da en exceso como sucede con las canaranas, nacidas en extraordinarias cantidades, hasta llegar a los infértiles montes de arena casi albos, con las savitú como amas. Las aventuras de Riobaldo podían desarrollarse en las zonas más anónimas, pues para él era suficiente conque hubiera dónde llevar a Siruíz, su caballo, a beber agua: "Siruíz se inclinaba a beber en cualquier riachuelo de la anchura de dos brazas”, o bien, desarrollarse en grandes poblados sertoneros.

            Esta inaprensibilidad del Sertón, que refiere Riobaldo, tiene mucho que ver con la mentalidad que el hombre de esas tierras tiene y que Guimaraes Rosa asume como una mentalidad propia. Para ellos, Riobaldo y Guimaraes, el Sertón es un ser animado, capaz de destruir o entregar fortunas; lo mejor o lo peor. El Sertón es capaz de hacer esto porque le conceden una personalidad propia: "El Sertón no es maligno ni caritativo, mano a mano: quita o da: o agrada o amarga a usted, conforme a usted mismo”. Dice un anciano a Riobaldo.

            ¿Tiene principio y fin la historia de El Gran Sertón: Veredas? Sí y no. Inevitablemente tiene fin pues no existe aun el libro circular, tan deseado por Borges. Se limita, digo, a 464 páginas en la edición de Seix-Barral. Tiene inevitablemente un fin, pues entre sus objetivos está contarnos la historia de la auténtica personalidad de Diadorín; historia que habremos de conocer a través del testimonio de Riobaldo. Así pues, Guimaraes tiene en mente una historia con principio y fin; principio y fin que necesariamente deben estar, respectivamente, en la primera y en la última de las páginas. Es decir, que esta novela no es un libro que se pueda empezar a leer por el final, como sí se podría hacer con muchas otras novelas que comparten la condición de circularidad.

            Pero, por otro lado, no tiene fin porque, sin falsos elogios, nuestro autor ha captado en su profundidad la esencia del espíritu brasileño o más concretamente, del espíritu sertonero. El libro tiene tantas formas de leerse como páginas. Como toda conversación agradable, tiene el tono y el orden que el estado anímico del narrador le quiera imprimir; no hay pues, principio y fin. El libro es un todo homogéneo, ya que la obra principia y termina en las mismas circunstancias: un anciano sertonero cuelga su hamaca en una tarde tranquila y calurosa para continuar la historia que el día anterior nos estuvo contando y así hasta el infinito.

            Así de sencilla y compleja es la historia de Guimaraes. Sujeto y objeto de la narración se oponen en aparien­cia, pero en el fondo son un mismo fluir de la consciencia de un narrador tramposo como un zorro, que hábilmente se ha escondido. El narrador se ubica en la primera persona, todo indica que debiera ser un narrador intradiegético y que por lo tanto su punto de vista carezca de la omnisciencia, cosa que no sucede así. Pero, por otro lado, sí es un narrador parcial puesto que es coprotagonista de los hechos narrados.

            Desde otra perspectiva podemos decir que la complejidad de la novela, en cuanto al punto de vista desde el que se narra, no radica exclusivamente en la ambigüedad respecto de la condición de narrador intradiegético o extradiegético de Riobaldo, sino también en la condición inamprensible de su interlocutor. Quiero decir que a quien se narra la historia es a nosotros, lectores, pero también es a un personaje en especial, un personaje concreto, pero a la vez etéreo en cuanto que nunca aparece dentro de la historia. Es alguien que está y no está, a la vez, dentro de la historia. Todo lo que sabemos de este interlocutor de Riobaldo es lo que éste mismo narrador nos informa. Nos dice que es un hombre inteligente, con estudios y condición social elevada. Pacientemente guarda silencio; si habla, nosotros (seres exteriores, aparentemente), no lo escuchamos. Pareciera sugerirse que es el mismo Guimaraes quien escucha la historia que algún campesino brasileño le cuenta.

            Pero el interlocutor también puede ser el lector, que inevitablemente guarda silencio. Por el hecho de estar dirigida a él la historia puede, por ese acto taumatúrgico, penetrar en la novela y comportarse como personaje del libro mismo, e incluso, inconformarse con la versión de los hechos narrados. Así pues, podemos dividir la estructura narrativa en dos elementos ambiguos o cambiantes: un narrador que bien puede ser el autor o un personaje y un narratario que bien puede ser el mismo autor o el lector.

            Todo lo anterior nos lleva a concluir que la columna vertebral de la historia es la palabra del narrador mismo, es decir, la abigarrada estructura de historias narradas en la que se nota una evidente línea general: la vida de yagunzo de Riobaldo y el Sertón como escenario principal. Es verdad que la interpreta­ción de la obra debe ser abierta, ya que al personaje lo caracteriza el vaivén de su memoria y que su obsesión por negar la existencia del demonio es algo torpe. Esta negación implica negar la propia existencia de su conciencia: el diablo es Riobaldo.

            El pacto con el demonio que establece Riobaldo para poder vencer a Hermógenes se vuelve contra el signatario. Este nuevo doctor Fausto paga con la pérdida, no con la obtención, de su Margarita. No es pues el alma lo que el demonio le cobra, sino la existencia de Diadorín(a), que muere, cual comedia romántica, en brazos del rival. Guimaraes realiza una extraña mezcla de novela rosa y novela "brosa"[1], que ya había prefigurado nítidamente en sus líneas generales en un cuento del libro Sagarana.[2]

            Para Riobaldo la sed de conocimiento, como Fausto americano, se evidencia con el deseo de tener los conocimientos del hipotético interlocutor. También se nos revela la envidia que el narrador tiene de quien pude ir a la ciudad, o de quien puede tener una vida tranquila, como le sucede a Filiberto (que casi al final del libro deja el yagunsismo por quedarse a vivir con las dos prostitutas de Verde-Romero). Por ello Riobaldo permite que aquél se quede a vivir con ellas, cambio de vida que el líder de los yagunzos no deja de alabar y considerar como modelo a seguir por cualquier comunidad. Parece que en la mente de este bandolero que es Riobaldo, la violencia masculina ha llegado a tal extremo que ha dado la vuelta hasta convertirse en una mentalidad que reconoce y acepta el “matriarcado” de estas prostitutas sobre su pueblo, Verde-Romero, y sobre Filiberto, convertido ahora en un dócil cantinero, después de haber sido un temible matón.

            Esa visión matriarcal de la sociedad ha de reflejarse en la historia de María Mutema. Su confesión ante la opinión pública y el "místico" evangelizador, provoca la admiración del pueblo y la compasión del cura, que está dispuesto a escuchar en confesión a la "conyugicida". Las entrevistas entre confesor y asesina convierten a la Mutema en una santa ante los ojos del pueblo, y en un pastor admirable, a su confesor. Como en La Regenta de Clarín, podemos agregar que "pobre es la fe de la Mutema y de su tutor espiritual”. Este extraño matrimonio queda por siempre unido: él se obliga, por el pecado en el que vive, a escuchar cada tres días a la criminal; ella, disfruta del placer de la confesión (entre otros).

            Es necesaria la presencia de un nuevo evangelista, cuyo celo religioso logra descubrir los crímenes de la Mutema. Pero, curiosamente, esta subterránea mentalidad matriarcal, ya aludida, es la que puede explicar la reacción del pueblo que, en total catarsis con la criminal la perdona y la considera ya una santa.

            Como en olor de santidad ha de morir Diadorín, (Diadorina, mujer trasvestida en hombre) cuando valientemente, asumiendo su personalidad masculina, enfrenta al rival de Riobaldo y muere por su amado. Y si Diadorín se ha de comportar como lo que no es: como hombre, también Riobaldo se ha de comportar como lo que no es:  como una mujer débil. Sí, pues las actitudes de éste sólo pueden ser calificadas como mujeriles, ya que sólo se limita a ver cómo Diadorín se enfrenta al sanguinario Hermógenes. Sin saberlo el yagunzo Riobaldo ha pagado al demonio ese extraño y oscuro convenio. O acaso es el Diablo el que le paga a Riobaldo el trato previamente hecho quitando la semilla de la tentación (es decir, a Diadorín), digámoslo así, desapareciendo el origen del pecado primigenio: la tentación de la carne, pues ahora podrá Riobaldo casarse, como lo hace, sin pensar en sus perturbadores deseos homosexuales. ¿Es acaso este Fausto americano premiado de manera inversa al Fausto Europeo?; es decir, ¿quitándole a su Margarita-Diadorín, en lugar de entregándosela?.

            Así pues, la obra de Guimaraes significa una ruptura total con todo lo tradicional o lo convencional: el tiempo, la geografía, la lengua, la moral, los mitos; esto exige una interpretación siempre escatológica y bordeante con lo irracional o lo incons­ciente freudiano. Toda su obra nos pone frente a transformaciones bruscas de los mitos o las conductas. La obra de Joao Guimaraes Rosa es un desafío a la narración convencional porque sus procesos más constantes pertenecen a la esfera de lo poético y lo mítico. Para comprenderla en toda su riqueza es preciso repensar esas dimensiones de la cultura, no en abstracto, sino tal como se articulan en el mundo del lenguaje.


 

[1] Mexicanismo intraducible. La brosa es la banda de jóvenes delincuentes. Con ello quiero aludir a su germanía. Quiero decir pues, que El Gran Sertón: Veredas es una “novela rosa” en cuanto al tema amoroso y una “novela brosa” en cuanto a su lenguaje, aparentemente cifrado para unos cuantos.

[2] Me refiero a la muerte de Augusto Matraga y Joaocinho Bem-Bem en el cuento "A hora e vez de Augusto Matraga”. Este precedente de la novela en un cuento me recuerda a Rulfo, autor que escribió su obra cumbre, en líneas generales, en el cuento “Luvina”. Esta es una de las múltiples conexiones entre el brasileño y el mexicano, de lo cual estaba tan orgulloso Guimaraes.

 

 

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