LA VUELTA AL CUENTO EN OCHENTA MUNDOS

El origen de la narrativa occidental, y con ello de la novela y el cuento, se remonta a los albores de nuestra cultura, esto es, a los inicios de la cultura griega. El principal género literario cultivado por los griegos fue la poesía, primero en su forma de epopeya, hacia el siglo VII a. C. Con los cambios sociales y culturales del pueblo griego, la poesía lírica primero, y el teatro después, fueron desplazando a la epopeya. Esto sucedió a fines del dominio griego sobre las culturas del Mediterráneo (siglo III a. de C.).

            Hacia el inicio del predominio de la cultura romana surgen los primeros textos narrativos con carácter novelesco en la sometida Grecia, aproximadamente en el siglo IV a. de C. (a esta época de la cultura griega se le llama Era Romana). Esta forma literaria surge como consecuencia de la crisis que padece la poesía épica, una de las formas de la epopeya.

            La estructura poética era un problema que enfrentaban los poetas, ya que implicaba limitantes puesto que había que respetar una estructura de ritmo bastante rígida y compleja. Cada verso se basaba en la cantidad o duración de sonido y sílabas. Es el sistema propio de las literaturas clásicas, griega y latina. Las dos lenguas distinguían las vocales y las sílabas largas de las breves. En el verso se admitía como principio fundamental que la duración de una sílaba larga equivalía a la de dos breves.

            Como el objetivo de la poesía épica era narrar los acontecimientos históricos o míticos, se prefería las libertades que ofrecía la prosa, pues no se tenían que preocupar por el conteo o por el tamaño de las sílabas. Así es como surge una de las primeras novelas que se conocen de la antigüedad clásica: "Las pastorales de Dafnis y Cloe. Este nuevo género tendrá gran aceptación, no sólo entre griegos sino también entre romanos; esto es comprobado por el surgimiento numeroso de novelas durante este período, entre otras se destacan El Asno de oro de Apuleyo y El Satiricón de Petronio. Este último inaugurará en el siglo I d. de C. un género literario que con el paso de los siglos se ha conocido como literatura picaresca.

            El Satiricón deja entrever la persistencia de la narrativa en el gusto del pueblo romano y el surgimiento incipiente de lo que después se llamará cuento ya que, a pesar de ser un texto amplio, se conforma con distintas historias unidas por el personaje central.

            Los romanos colaboraron con un nuevo género literario, la sátira mezcla de géneros: teatro, poesía, fábula y narrativa. El objetivo de ésta era ridiculizar, y en muchas ocasiones moralizar a personas o instituciones romanas. Lo hacían de la mejor manera, por medio de la broma salpicada de alusiones políticas o de la vida personal del sujeto satirizado.

            Este género recibió el nombre de sátira (Satura), probablemente tomando la idea de mezcla de géneros, haciendo alusión a la fuente de plata que se ponía al centro de las mesas, llenas de todo tipo de frutas, y que se llamaba precisamente así, satura. El vocablo, como sabemos, ha perdurado con su otra acepción la que le dieron los más famosos escritores satíricos romanos como Horacio y Juvenal ya sea en su modalidad de pieza teatral o como un escrito burlesco.

            En este estado de evolución se encontraba la narrativa literaria clásica cuando se dio el gran cambio que representó la Edad Media y con ello se perdió esta tradición novelesca. La literatura, vivirá un período de receso por varios siglos, en que la prosa hubo de cultivarse raquíticamente y sólo en textos de carácter historiográfico o religioso. Si la poesía se cultivó en la Edad Media fue únicamente como propaganda religiosa, con sus honrosas excepciones. Una de ellas es la poesía de las Cortes de Amor.

            Al final de la Edad Media la narrativa literaria trata de resurgir, y aunque algunos críticos señalan que la novela medieval es heredera de la tradición grecolatina, por medio de la llamada novela bizantina, que logra vivir toda la Edad Media, en realidad no tiene contacto alguno con esta ya que es una evolución de la poesía medieval (de donde surge esta narrativa), del ciclo merovingio, carolingio y bretón. La situación es la misma que presentó la poesía épica griega: los autores no quieren ceñirse a una estructura poética y escriben en prosa las aventuras de los personajes medievales.

            La poesía poco a poco se convierte en prosa y nace la novela de caballería como transición de la poesía épica. Los personajes central de estas novelas serán hombres de probada calidad moral, que van por el mundo "desfaciendo entuertos", por lo cual tienen que enfrentarse con brujas, dragones, gigantes, etc. La más importante novela de caballería que se conoce en España es el Amadís de Gaula. Junto con ésta surgirá otra gran cantidad de obras; todas ellas serán las que "le sequen el seso" a don Quijote. Esta prosa continúa su evolución, y también en España, surge uno de los primeros libros de cuentos, me refiero al Libro de los ejemplos de Petronio o  Conde Lucanor del Infante Don Juan Manuel.  Son pequeñas narraciones que mucho deben a las fábulas, ya que como éstas pretenden dar una lección de tipo moral, por lo cual, al terminar el "exiemplo" o cuento el autor  nos da la moraleja en dos versos, concluyendo así todas las historias del libro.

            A fines de la Edad Media y principios del renacimiento casi todas los países tendrán su propia poesía que evolucionará hacia la novela y el cuento, en Francia serán las fabliux y el Roman de la Rose, los que darán como resultado el roman (o novela). Nosotros le llamamos novela, este término nos viene de Italia. Las “nouvelli” eran escritos muy variados en la forma, ya que en ellos se pretendía presentar algo nuevo, novedoso.

            Casi siempre eran textos narrativos en prosa o diálogo. En España Cervantes es el principal cultivador de este género con sus Novelas Ejemplares (para estos tiempos no estaba bien definido el género, por tal razón algunas de estas “novelas ejemplares” podría hoy ser considerada un cuento o una obra de teatro) aunque antes que él hubo otros cultivadores de ella, tal es el caso de las novelas pastoriles y bucólicas en pleno renacimiento.

            La vida de la novela transcurrirá así, sin tomar claramente una forma y estructura, desde los finales de la Edad Media hasta gran parte del siglo XVIII. Serán Cervantes con su Quijote, Rabelais con su Gargantúa y Pantagruel y Lawrence Stern con su Tristam Shandi, quienes crearán la novela moderna.

            El conde Lucanor fue escrito a fines de la Edad Media, pero será en el renacimiento cuando se den los seguidores de esta estructura cuentística, tal es el caso de Giovanni Boccacco con El Decamerón y Chaucer con Los cuentos de Canterbury.

            La vida del cuento será más azarosa que la de la novela,  ya que sólo hasta el siglo XIX tendrá sus verdaderos seguidores y divulgadores, eso no quiere decir que Boccaccio o Chaucer no hayan colaborado con el perfeccionamiento de la estructura del cuento, sino que no hubo seguidores del ejemplo y por lo tanto, tuvo que vivir un largo período de casi tres siglos de invernación.

            Durante el siglo XIX quienes darán dignidad y lustre al cuento serán Maupassant en Europa, Poe en Estados Unidos y Horacio Quiroga en Hispanoamérica. Los autores que deciden cultivar el cuento tienen que padecer la discriminación del público y de otros escritores ya que se le consideraba un género menor.

            En Hispanoamérica el cuento nace junto con la independencia de nuestros países. Como los movimientos independentistas fueron netamente románticos, también los primeros cuentos serán románticos. Si a México se debe la primera novela de América: El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, a Argentina se debe, muy probablemente, el primer cuento, escrito por Esteban Echeverría.

            En México los autores decimonónicos más destacados serán José  López-Portillo y Rojas, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno, Manuel Gutiérrez Nájera, etc., pero quien mejor representará el género cuentístico mexicano en el siglo XIX será Argel de Campo "Micrós".

            El nuevo siglo y la revolución harán que el cuento tome nuevos aires y posibilidades, así como una mayor aceptación de los lectores. Los cultivadores del cuento aumentarán considerablemente, entre los más representativos están Rafael Felipe Muñoz, José Revueltas, Juan Rulfo, Julio Torri, Juan de la Cabada, Rosario Castellanos, Bruno Traven, Edmundo Valadés, Francisco Rojas González, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, etc.

  

                                                                             II

            "El cuento es una narración fingida en todo o en parte, creada por su autor, que se puede leer en menos de una hora y cuyos elementos contribuyen a producir un "sólo efecto".[1] Quisiera partir de esta definición de Seymour Menton, para abordar el complejo y escurridizo tema de ¿qué es el cuento?. En principio esta es una definición aceptable en cuanto señala los aspectos básicos del cuento, pero trataremos de ampliar un poco más esta definición del cuento, ya que tiene otros aspectos importantes por estudiar. No todos los cuentos se pueden leer en una hora y el hecho de tener al tiempo como un limitante para definirlo no deja de ser caprichoso. Otro problema de este concepto es que es tan universal, quizá con la intención de no caer en contradicción y hacer una gran "manga ancha" donde quepa todo, que termina por perdérsenos o abarcar todo, tal es el caso de las crónicas periodísticas, que encuadran favorablemente en esta definición, pero que definitivamente son perfectamente diferentes. Esta "manga ancha" lo obliga a decir "contribuye a producir un sólo efecto", concepto que de tan ambigua dice todo y dice nada. El autor de la definición quiere decir que los cuentos tienen un "mensaje", nosotros podríamos replicar que muchos cuentos tienen más de un “mensaje”, tal es el caso de los cuentos de Juan Rulfo.

            Existen otras definiciones que tratan de explicarlo más ampliamente por medio de una división temática, tal es el caso de Rafael Lapesa: "El cuento es un relato breve de asunto ficticio. Pueden distinguirse tres tipos fundamentales de cuento: el fantástico, simple juego de imaginación, auxiliado muchas veces por leyendas y consejas; el anecdótico, que gira en torno a un hecho o dicho significativo o ingenioso, y el doctrinal o didáctico con moraleja deducida de la historia. Esta última constituye una variedad de fábula o apólogo".[2]

            Esta definición aunque más amplia es más vulnerable, ya que le podemos encontrar más inconvenientes; el cuento, por ejemplo, no necesariamente debe ser ficticio, y esto ya lo señalaba Anderson Imbert, incluso, podemos agregar, que esto no importa ya que el lector está incapacitado para saberlo, y después de todo esto no determina para nada al cuento. El hecho de especificar tres tipos de cuento lo único que hace es limitar las posibilidades ya que existen muchos otros tipos de cuentos que no responden a estas definiciones; esto nos llevaría a tener que hacer una definición para cada uno. Como vemos, entre más ampliamente tratemos de definirlo, más se nos escapará; podemos decir que es como el horizonte, esto es, una línea imaginaria que a medida que nos acercamos se retira.

            Si agregamos a esto que existen textos intermedios, fluctuando entre el cuento y la novela, el asunto se complica más, pensemos por ejemplo en Los cachorros de Vargas Llosa, este texto fácilmente se puede encasillar en las definiciones antes mencionadas, pero muchos críticos se refieren a él como si fuera una novela, o qué decir del Apando de José Revueltas, que también es considerado una novela pero que cabe en las definiciones anteriores. Por el contrario, existen cuentos largos que pueden clasificarse como novelas cortas, tal es el caso de algunos textos del Decamerón o El persiguidor de Julio Cortázar. Así pues, podemos concluir que el cuento, no sólo es difícil de definir sino que se mezcla con la novela sin poder echar una línea divisoria tajante entre ambos géneros. Aunque no podemos definirlo satisfactoriamente sí podemos localizar rasgos comunes en ellos y aunque no tengamos un concepto definitorio podemos identifica parte de su estructura que se respeta más o menos en la mayoría de ellos.

            Toda obra narrativa posee en su estructura cinco elementos fundamentales e ineludibles: tiempo, ritmo, clímax, fondo y forma, personajes y narrador. Como ya vimos que es difícil hablar de una definición del cuento, lo que ahora intentaremos será identificarlos a través de un análisis paralelo con la novela.

            El tiempo es la cantidad de horas, días, meses, etc. en que se suceden los hechos narrados en la obra. Un cuento casi siempre tiene un tiempo corto que puede ser cuestión de minutos u horas, tal es el caso de "Luvina" cuyo tiempo es exactamente el que se dure leyendo, ya que es la charla del exprofesor de Luvina que narra al nuevo maestro la situación. Es excepcional que un cuento tenga un tiempo de varios meses mucho menos años, pero los hay; tal es el caso de Deshoras de Julio Cortázar en que conocemos la vida del personaje desde su infancia hasta la madurez.

            La novela, por su lado, más bien tiene un tiempo largo que puede ser de meses, años o décadas; por ejemplo Cien años de soledad que en su nombre nos da la clave del tiempo; es, pues, la génesis y desaparición de un pueblo.

            Respecto del tiempo, Julio Cortázar habla de la comparación que se hace con el cine y la fotografía, ya que la fotografía capta sólo un momento de la realidad, mientras que el cine tiene muchas más posibilidades de manifestación: "Mientras en el cine, como la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acontecimiento que sean significativo, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento [3]. Cortázar termina por decir que es como en el box, el autor de la novela siempre gana al lector, por puntos; mientras que el cuentista debe ganar por Knock-out.

            En general el tiempo es lineal, esto es, la anécdota inicia un día determinado y termina a los cuatro días, por ejemplo, sin interrupción alguna, esto es lo más común en los cuentos, aunque en nuestros días esto ha sido modificado, sólo que por ser un tiempo breve se dificulta hacerlo circular o de otra forma, mientras que en las novelas esta labor se facilita, pensemos en Cien años de soledad que tiene tiempos circulares que se van sucediendo en forma de espiral, la novela inicia cuando el coronel Aureliano Buendía estaba frente el pelotón de fusilamiento y de ahí salta a su infancia, cuando su padre lo llevó a conocer el hielo; un tiempo lineal hubiera empezado con la fundación de Macondo por José Arcadio Buendía y otras personas; después sus hijos; sus nietos y finalmente la destrucción de Macondo. Un cuento circular podría ser "Luvina" ya que inicia en el mismo momento en que termina y para poder hacerlo circular se va al pasado de Luvina, recorriendo la historia del pueblo hasta llegar al momento en que se encuentran los protagonistas.

            La literatura contemporánea ha revolucionado a tal grado la estructura temporal, intentando no sólo modificar el tiempo, sino abolirlo, tal es el caso de Juan Rulfo en Pedro Páramo, que valiéndose de que los personajes están muertos se salta de un momento a otro sin poder hacer una graficación temporal (como sí lo permite Cien años de soledad). Dice Rulfo y lo ha reconocido la crítica, que no existe propiamente un tiempo ya que todo se desarrolla entre los muertos y no hay un principio y un fin, todo se da de un golpe; lo único que conocemos son los murmullos de un pueblo abandonado. Otro intento es el de James Joyce con Ulises, una extensa novela donde conoceremos a los dublineses a través de un día en la vida de Leopold Bloom, aunque estos intentos son dignos de encomio se ha demostrado que es realmente imposible la abolición del tiempo, ya que en cuanto se narra algo o se ubica la obra en el espacio, forzosamente implica un tiempo: "la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otros límites que el agotamiento de la materia novelada".[4] Intentos como el de Rulfo, de valerse de los mundos imaginarios, no solucionan el problema pues, en cuanto son producto de la imaginación del hombre, implican un tiempo y un espacio, así el tiempo de la novela se iniciará con la infancia de Pedro Páramo en Comala, su apoderamiento de todas las tierras y las conciencias de los comaltecos, la destrucción del pueblo y la posterior venida de Juan Preciado a éste pueblo de fantasmas hasta la muerte de éste último en brazos de Dorotea la Cuarraca. Todas estas experimentaciones del tiempo en el cuento no se dan o se hace muy escasamente, pareciera ser que la estructura misma del cuento se resistiera a estos juegos temporales.

            El ritmo es la intensidad con que se desarrollan los hechos dentro de la obra, como ya vimos, la característica del cuento es la brevedad, por lo tanto el ritmo de los cuentos será casi siempre muy rápido, con dos o tres palabras se plantea la situación y el ambiente, los hechos empiezan a correr, incluso algunos autores no dan el ambiente, sino que se lanzan a la narración de la anécdota y los mismos hechos hacen captar al lector el ambiente. Se ha comparado el ritmo de las obras literarias con una cuerda, entre más rápido sea aquél, más tensa está ésta.

            Por su parte, la novela tiende a un ritmo lento ya que en muchas ocasiones el autor se tiene que detener en detalles y descripciones, esto sucede sobre todo con los autores realistas ya que tienen como principio la veracidad y la total imparcialidad. Uno de los casos extremos es, quizá, Ulises de James Joyce, obra en la que prácticamente no hay ritmo, pues el autor ocupa de ochocientas cuartillas aproximadamente para hablarnos de los hechos de una persona en un día, como ya lo había señalado.

            El suspenso y el misterio sirven como refuerzos para la intensidad en el ritmo, elemento explotado sobre todo por los autores de novelas policiacas, de horror, misterio, etc., ejemplos en la maestría de la explotación de este recurso serían Edgar Alan Poe, Lovecrafte, etc. Esto no quiere decir que todas las obras de este tipo sean así ya que La cabeza de la hidra o Drácula son de un ritmo lento. Así pues, tomaremos por principio que el ritmo es intenso en el cuento y lento en la novela.

            El clímax de una obra se logra por medio del ritmo, entre mejor sea llevado éste último habrá mejores resultados en el momento cumbre de la obra. El clímax es el desentrañamiento de los hechos, el momento en que se resuelve el conflicto o se soluciona el planteamiento; al conocerse el "nudo" de la trama el interés cae vertiginosamente, por lo tanto los autores prefieren ponerlo al final, casi siempre se representa gráficamente como una línea ascendente cuyo punto más alta es el clímax:

 

            1.         Presentación del problema: la Francia decimonónica ocupada por el ejército prusiano.

            2.         Desarrollo de la trama: los personajes, su historia, su huida de Ruan, su alto en la posada, el conflicto con el militar, el planteamiento de su exigencia.

            3.         Resultado del conflicto planteado o clímax, todo se resuelve y el lector finalmente se entera de la decisión de Bola de sebo.

            4.         El desenlace consiste en elementos accesorios que redondean la obra, en este caso se acompañan de varios detalles, que sirven para demostrar la inquina de los acompañantes de Bola de sebo.

 

            Por su lado hay obras que tiene un clímax más precipitado, las últimas líneas o palabras resuelven el "nudo" o conflicto; también existen obras con dos o más clímax, otros la tienen a la mitad, incluso al inicio, todo ello es producto de las constantes innovaciones y experimentos de los escritores contemporáneos.

 

 

 

 

           

            También existen obras del llamado anticlimax, donde no se propone un nudo o conflicto, sino que toda la obra enmarca una gran cantidad de problemas sin utilizar este recurso tales como: Cien años de soledad, En busca del tiempo perdido, Ulises, etc. Por lo tanto, podemos concluir que la forma del clímax hacia el final de la obra es la que predomina en la mayoría de los cuentos. Incluso, muchos cuentos han hecho del final climático en la última frase un procedimiento habitual.

            Fondo y forma. Todas las obras literarias tienen estos elementos, que siempre se encuentran insolublemente unidos, no puede existir uno sin el otro. El fondo es el contenido o tema de la obra en cuestión, y la forma es el tratamiento que se le dé, los recursos literarios o estilísticos de que se vale el autor.

  "La creación literaria es siempre exteriorización duradera de la belleza por medio de la palabra. Pero dentro de esta esencial unidad de carácter ofrece variedades que dependen de diversos factores: en primer lugar, el autor se propone unas veces un fin exclusivo o predominantemente estético (forma), mientras que en otras ocasiones la belleza está al servicio de fines prácticos o docentes (fondo)".[5]

 

            Hay escritores que se preocupan más por uno de los dos aspectos o posibilidades, incluso afirman que la literatura es sólo fondo o sólo forma. Para Góngora, por ejemplo, era más importante la forma (la manera de decir las cosas) que el fondo (lo que decía). "Las soledades" son dos extensos poemas, donde se dedica a la recreación de la belleza del lenguaje, explotando todos los recursos poéticos habidos y por haber, mientras que la anécdota, lo que dicen, queda en segundo plano, es la historia de un joven que naufraga y llega a una costa donde lo ayudan los ribereños y termina por casarse con una muchacha del lugar. Actitud opuesta es la que toman los autores de la llamada literatura comprometida, en la que se preocupan más por las cosas que dicen: les importa que el mensaje quede claro, descuidan por completo el fondo; la divulgación de una ideología se convierte en el ser y el quehacer del escritor, tal es el caso de Benedetti, Cristina Pacheco y algunos autores de la literatura de la Revolución Mexicana.

            Los autores que se han preocupado por templar los dos elementos, sin hacer grandes concesiones a uno u otro bando han demostrado que estas obras pueden llegar mejor libradas a la universalidad, tales son los casos de Alejo Carpantier, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, etc.

            Rulfo por ejemplo, le importó mucho lo que decía, reflejar la situación del campesino y del campo mexicano, sin por esto, despreocupar la forma, incluso siendo mejor esta última. Así pues, quien quiera escribir una buena obra deberá preocuparse por estos dos elementos sin favoritismos. Por lo tanto un buen cuento es cuidadoso tanto del fondo como de la forma.

            Narrador. La forma tradicional de la narración, ya sea cuento o novela, es la tercera persona de los tiempos verbales en singular (él); esto es lo que entendemos por persona narrativa o narrador. Por lo tanto, cuando se narra, los verbos están en tercera persona. Así cuenta el narrador de Cien años de soledad el inicio de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Este narrador está  ubicando en la tercera persona; como se pude ver, puede conocer los pensamientos de sus personajes, es decir, es una narrador omnisapiente (que todo lo sabe) y omnipresente (presente en todas las situaciones); los personajes son como criaturas u seres creados por este especie de dios, él sabe todo respecto a los personajes, sabe sus vidas, lo que pasó y lo que les pasará, sabe lo que piensan cada uno de sus personajes y las actitudes o gestos que harán frente a cualquier situación. Él -padre putativo-,  decide la vida y muerte de todos sus personajes: "El hombre intentó mover la cabeza, en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmedo aún del sudor de la mano. Apreció mentalmente la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió, fría, matemática e inexorablemente, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia".[6]

            Le sigue en importancia la primera persona gramatical. Si el autor que elige la tercera persona se ha colocado en una atalaya para observar y decidir la suerte de sus personajes, el que toma la primera persona tiene que comprometerse con los personajes, vivir con ellos y ser un juguete del destino o del azar. Ahora él no conocerá lo que piensan los demás personajes o cuándo tenga que tomar una actitud respecto a algún problema, está tan indefenso para hacerlo, como lo está el mismo lector: ya que no pueden, ambos, lector y narrador, predecir o adelantarse en el correr de los hechos: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre". Juan Preciado está ante su destino desconociéndolo por completo, sin poder aportar ningún elemento que arroje luz sobre su viaje, sobre Comala. En la medida en que él se da cuenta que está en un pueblo fantasma es como nosotros, lectores, también nos enteramos.

            Sólo nos queda por comentar la última posibilidad: la segunda persona gramatical; ésta es la menos usada ya que presenta algunas dificultades, la más importante es que esta forma gramatical, con quien hablamos, no puede decir nada ya que la característica de este tiempo es la de receptor. En la medida en que éste hable (nos conteste) deja su papel de segunda persona y toma la forma de la primera o de quien habla, y nosotros tomaríamos el papel de receptores y por lo tanto de segunda persona.

            La literatura, en sus inagotables intentos por innovar las estructuras literarias, ha hecho algunas incursiones para hacer narraciones (novelas o cuentos) en segunda persona, casi siempre con resultados negativos ya que siempre queda ésta como sucedáneo de la primera o de la tercera, a veces de las dos.

            Juan Goytisolo escribió Señas de identidad en segunda persona pero se nota que está sustituyendo a la primera persona; es algo así como ese juego que hacemos con el espejo por las mañanas, en que nos reflejamos y nos decimos: ¡Pero qué cara traes, parece que has dormido las veinticuatro horas! Todo con el objeto de distanciarnos y podernos ver con mayor objetividad: "Te habías quedado dormido y, al abrir los ojos, te incorporaste. El reló marcaba las siete menos diez. Sobre la mesa de mármol había una botella de vino y en la galería sonaban, majestuosos y graves, los primeros compases del Requiem de Mozart. Buscabas con la vista a Dolores, pero Dolores no estaba”.[7]

            Julio Cortázar tiene un excelente cuento en que sustituye la primera y la tercera  persona por la forma de la segunda, haciendo una doble distinción: la forma de cortesía o respeto de "usted" y las de confianza "vos" "tú". La primera es para referirse a una joven madre y la otra para referirse al hijo adolescente. En este cuento, llamado "Usted se tendió a tu lado", hay un narrador más o menos omnisciente que se refiere a los personajes en los términos antes dichos. Por lo tanto, podemos concluir que existen cuentos narrados tanto en 3ª como en 1ª persona y que cuando ocasionalmente el narrador usa la forma de la 2ª  la está utilizando como sustituta de cualquiera de las dos primeras.

            Personajes. La división tradicional de los personajes es: principal (o principales), secundarios e incidentales. En general los cuentos sólo tienen un personaje central, frente a un gran número de novelas que tienen varios. Aunque no todas deben tener dos o más, ya que El coronel no tiene quién le escriba o Los cachorros, por sólo citar dos casos, sólo tienen uno.

            El personaje central es como un eje en derredor del cual van a girar los acontecimientos, se define la historia o anécdota, y en fin, es el sostén o estructura mayor del texto, ya que sin él no existiría la historia o ésta cambiaría profundamente hasta convertirse en otra. Los personajes secundarios son aquellos que refuerzan y dan a conocer las circunstancias generales de la trama, también nos ayudan a acabar de comprender el ser del personaje central; éstos a diferencia del otro, sí son prescindibles y la historia y el personaje central no sufriría cambios fundamentales y en ocasiones ninguno si lo sacamos de la historia. Los personajes incidentales, como su nombre lo indica, tienen apariciones superficiales, sin gran importancia, son como las últimas pinceladas que sirven para acentuar algún detalle que le interesa en particular al autor. Apliquemos lo dicho en el cuento "Bola de sebo" de Guy de Maupassant.

            Personaje central: Bola de sebo, ella da nombre al cuento y es el centro de atracción ya que el tema es la marginación de las prostitutas, y ella es la única prostituta que aparece en el cuento, si tratáramos de quitarla y poner como principal a algunos de los incidentales o de los secundarios, la historia trataría de otra cosa.

            Personajes secundarios: El señor Loiseau, El señor y la señora Carré-Lamadon. El conde y la condesa Huber de Breville, Cornudet, dos monjas, el posadero y su esposa y el oficial prusiano de la posada. Todos ellos contribuyen a delinear los hechos, la personalidad de Bola de sebo. El oficial prusiano nos demuestra el carácter altivo y orgulloso de la prostituta, así como su dignidad humana; las monjas, una en concreto, pone todo su fervor religioso, inconscientemente, para obligarla a entregarse; los tres matrimonios y el republicano definen la ambientación y las características generales de la sociedad, de la época, etc.

            Personajes incidentales: El general prusiano de Ruan, el cochero, la gente del pueblo, los soldados, etc.

 

I I I

            Para terminar este trabajo quisiera hablar de la situación actual del cuento. La multicitada intención de los escritores de innovar y encontrar nuevas formas narrativas han hecho que cualquier definición e intento de análisis englobador se vea fracasado; el cuento no sólo ha revolucionado las estructuras arriba señaladas sino que tiende a la brevedad, de ahí surgió el llamado cuento breve, cuya máxima (mejor dicho, mínima) expresión es: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".

            Por otra parte hay textos de una o dos cuartillas, en los cuales no se puede aplicar lo susodicho, a los cuales Juan José Arreola ha clasificado, acertadamente, como "varia invención"; textos en los que más que nada se establecen juegos de ingenio un tanto barrocos, hechos quizá con la intención de lucir la agilidad mental del autor. Probablemente esta reducción del texto se deba a una especie de conjugación entre poesía y cuento.

            Finalizaré citando las siguientes palabras de Cortázar: "Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o menor medida con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento".[8]

 

B I B L I O G R A F I A :

 

-Aguiar e Silva, Vítor Manuel, Teoría de la literatura, Madrid, Gredos, 1975, 486 pp. (Col. Tratados y monografías, 13)

-Anderson Imbert, Enrique, Historia de la literatura hispanoamericana, 2ª ed., México, FCE, 1974, 2 tomos, 518 – 511 pp. (Col Breviarios, 89 y 156)

-Anónimo, Amadís de Gaula, México, Porrúa, 1978, 318 pp. (Col. Sepan cuantos... 131)

-Anónimo, La india literaria [antología de El Mahabarata, Bagavad gita, Los vedas, Leyes de manú, et al, México, Porrúa, 1990, 189 pp. (Col Sepan cuantos... 207)

-Anónimo, El roman de Renard o Renart el zorro, México, Premià, 1983 pp. (Col. La nave de los locos, 57)

-Apuleyo, El asno de oro, México, Porrúa, 1982, 195 pp. (Col. Sepan cuantos... 284)

-Arreola, Juan José, Confabulario, 10ª ed., México, Joaquín Mortiz, 1984, 163 pp.

-Bellini, Giuseppe, Historia de la literatura hispanoamericana, Madrid, Castalia, 1985,  806 pp.  (Col. Literatura y sociedad, 35)

-Boccaccio, Giovanni, El decamerón, México, Editores Mexicanos Unidos, 1992, 546 pp.

-Bourneuf, Roland y Oullet, Real, La novela, 4ª ed., Barcelona, Ariel, 1985, 283 pp.

-Bowra, C.M., La literatura griega, México, FCE, 1973, 213 pp. (Col. Breviarios,  1)

-Cervantes Saavedra, Miguel de, El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, México, Porrúa, 1995, 681 pp. (Col. Sepan cuantos... 6)

-Cervantes Saavedra, Miguel de, Novelas ejemplares, México, Unam, 1978, 2 tomos, 227 – 269 pp.

-Cortázar, Julio, Deshoras, México, 1983, 168 pp.

-Cortázar, Julio, El perseguidor y otros relatos, Barcelona, Bruguera, 1979, 347 pp.

-Cortázar Julio, “Paseo por el cuento” en  Antología de textos de estética y teoría del arte, México, UNAM, 1978, 492 pp. Col. Lecturas Universitarias 14.

-Goytisolo, Juan, Señas de identidad, México, Joaquín Mortiz,  1968, 454 pp.

-Chaucer, Geoffrey, Cuentos de Canterbury, México, Rei, 1987, 633 pp.

-Don Juan Manuel, Libro de los ejemplos del Conde Lucanor, México, Porrúa, 1976, 195 pp. (Col. Sepan cuantos... 28)

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    [1]Menton, Seymour, El cuento hispanoamericano, p 18.

    [2]Lapesa, Rafael, Op. Cit., página 83.

    [3] Julio Cortázar,  "Paseo por el cuento" en Antología de estética y teoría del arte, p 331.

    [4] Julio Cortázar, Op. Cit., p 333

    [5] Rafael Lapesa,  Idem p. 71.

    [6] Horacio Quiroga, "El hombre muerto" en El cuento hispanoamericano" p 225 (el subrayado es mío).

    [7] Juan Goytisolo,  Señas de identidad, México, Joaquín Mortiz, 1968, p 13.

    [8] Julio Cortázar,  ídem p 337.

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