El regionalismo: Tradición y Modernidad

(Análisis del Regionalismo y presentación de los dos cuentos)

Hacia la tercera década del siglo XX se publicaron varias novelas en Hispanoamérica que con el paso del tiempo recibieron el nombre de regionalistas.  Dicho ciclo novelesco se inició, según es costumbre señalar, con la publicación de La vorágine del colombiano José Eustasio Rivera en 1924.

    Estas obras fueron las primeras novelas de Hispanoamérica que recibieron una difusión y una acogida universal, es decir, trascendieron las fronteras de los países que las vieron publicadas por primera vez. Pudieron ser difundidas no sólo en el resto de nuestros países, sino también en España, Francia, Alemania, Estados Unidos, etc. Incluso, se llegaron a convertir en el cliché de lo que debería ser la novela hispanoamericana; o por lo menos así opinaron algunos estudiosos de la literatura en Norteamérica y Europa. Era, según muchos críticos, la fiel imagen de nuestro subcontinente bronco e indómito, estas novelas eran un fiel reflejo de lo que podía ser nuestra sociedad incivilizada, vieron también en ellas la imagen de la barbarie que ellos no eran o no querían ser.

    En cuanto a las modas literarias, podemos decir que casi toda la novela europea y norteamericana había dejado la vieja escuela verista (llámese realismo o naturalismo) y había ingresado a un nuevo discurso experimental en la forma y oblicuo en el fondo, del que habían dado el primer paso autores como Kafka, Joyce o Proust y que le habrían de secundar dos Passos, Faulkner y muchos más. Incluso en el ámbito hispánico la renovación ya la habían iniciado Unamuno (Niebla, 1914) o Valle-Inclán (Luces de Bohemia, 1920), en cambio en nuestros países las novelas regionalistas parecían una continuación del realismo o del naturalismo que se negaban a desaparecer.

El hecho de que la novela regionalista tenga aún muchos contactos con la estética de fines del siglo pasado y principios de éste se debe a varios fenómenos. Uno de ellos tiene que ver con el hecho bicentenario del llegado tardío de las modas artísticas a nuestra región: desde el neoclasicismo, Hispanoamérica (o lo que entonces eran colonias españolas) recibió mal y tarde las novedades artísticas; así pues, cuando llega el realismo primero y el naturalismo después, no son del todo asimilados o son mal aceptados, así tenemos el caso de que los dos autores más importantes del naturalismo fueron los mexicanos Federico Gamboa y Ángel de Campo, autores que si bien son muy importantes para nuestra literatura, adolecen de una definición estética y literaria ya que sus obras son una mezcla de costumbrismo, realismo, romanticismo y algunos toques de naturalismo al estilo Zola o Maupassant.

    Así pues, los escritores regionalistas tenían que cerrar un ciclo inconcluso dejado por la generación anterior; por lo tanto, esta etapa de la novela hispanoamericana que nos ocupa culmina un proceso inacabado. En efecto, el regionalismo es en muchos aspectos un ciclo de novelas realistas y naturalistas: la perspectiva omnisapiente y discursiva de la voz narrativa, el punto de vista positivista del autor-narrador al estilo de la novela “experimental”  que propone Zola, el maniqueísmo con que se construyen, con frecuencia, los personajes,  la condición plana (es decir no evolucionada) de algunos de sus héroes, etc.

    Sin embargo el regionalismo no se limitó a ser una novela trasnochada, sino que también incorporó algunos de los procesos que se vivían en el resto de la novela occidental. Como dice el título de este texto, el regionalismo representó la tradición de la novela de fines del siglo XIX, pero incorporó algunos elementos de modernidad de la nueva narrativa del siglo XX. Por ejemplo, Don Segundo Sombra (Ricardo Güiraldes, 1926) es en mucho una recreación de época y de ambiente (una época y un ambiente que cada vez más desaparecía, pero a final de cuentas representa un modo de ser regional), pero es también una novela poemática dentro de la moda inaugurada por Anatole France, Proust, Azorín o Gabriel Miró. Es decir, rompe con una convención muy importante del género novelesco claramente delimitado por el realismo o el naturalismo: la división prosa-poesía.
    En otras ocasiones el maniqueísmo, que tanto daño hizo a esta forma de la prosa nuestra, queda claramente desplazado por una visón más aguda y compleja de la realidad; ese es el caso del cuento “Pataruco” de Rómulo Gallegos.

Así pues, haciendo unas primeras y rápidas conclusiones, podemos decir que el regionalismo representa un aspecto más del carácter sincrético que definió todo el siglo pasado, y una parte de éste, a nuestra literatura, que está más próximo al discurso literario de Galdós o Balzac que de Joyce o Faulkner. Pero, a pesar de esto, el regionalismo es más que una etapa menor de nuestra literatura (como lo fue el romanticismo y el realismo). El regionalismo sí aportó un paso más  hacia la universalización de nuestra literatura, que unas décadas después lograrían los llamados autores del “Boom”.
Uno de los aportes más importantes, quizá el más valioso, fue el hecho de romper con una tradición de más de un siglo: imitar incondicionalmente los modelos europeos. Si se observa, la literatura del siglo XIX (y parte del XVIII) se sometió en todo al modelo venido de Europa; para nuestra desgracia la copia fue mala en términos generales, principalmente, porque trató de trasplantarse una realidad muy ajena y muy otra a nuestra realidad. ¿Cómo hablar, por ejemplo, de los conflictos sociales originados por la revolución industrial en las grandes ciudades (Dickens), cuando a nuestras naciones no había llegado la revolución industrial?  ¿Cómo hablar de los obreros (Zola) cuando en nuestros países no existía una clase obrera?, etc.

    El regionalismo, consciente de estas deficiencias prefirió buscar un camino propio para nuestra literatura, sin que la influencia deviniera copia, buscó en fin (ya se ha dicho mucho), reflejar la realidad de nuestras naciones a través de un punto de vista nuestro y no europeo. Es, como último producto, una búsqueda de la emancipación de la literatura europea, y de originalidad, equivalente a la lucha dada por el modernismo (aunque en otros ámbitos, en otros terrenos) y, por ello, es que ambos movimientos tienen un fondo común: no imitar al modelo, sino partir de él para crear algo diferente.

Así pues el regionalismo, al no imitar lo europeo y reflejar sólo lo americano desde una perspectiva propia, produjo una literatura de tonos realistas que inevitablemente tenía que ser tributaría de la estética realista europea. Ahora bien, el regionalismo pretende deslindar su posición con el realismo europeo en la medida en que crea casi un lenguaje propio al incorporar los giros lingüísticos, el léxico y la sintaxis propia del español hablado en América. A través de ese hecho pretendió decir que esa nueva novela no era un nuevo realismo, también se olvida de la temática europea del obrero, la gran ciudad, la prostitución (Santa de Gamboa es nuestra Naná), etc. y procuró reflejar el complejo mundo y realidad americana cuyos límites son muy otros al europeo, y que sus límites (los de la realidad europea) eran insuficientes para abarcar tan complejo mundo. Producto de este distanciamiento de la realidad americana respecto de la europea lo representan algunas obras como Los ríos profundos (José María Arguedas, 1956) o los cuentos aquí incluidos de Quiroga o Miguel Ángel Asturias. De hecho esta necesidad de marcar la distancia que hay entre la realidad nuestra y la europea desembocó con los años en lo que llamaríamos el realismo mágico y que expresa lo mejor que ha dado nuestra literatura. Es decir que en el regionalismo está ya dado en germen el futuro y definitivo movimiento de nuestra literatura y que sin él, sin el regionalismo, no sería posible explicar el surgimiento de la nueva narrativa hispanoamericana.

También es conveniente señalar que lo que aquí hemos calificado, en términos generales, como el regionalismo incluye otros variantes de la misma tendencia y que han recibido diferentes nombres: novela indigenista, novela de recreación antropológica, novela del petróleo, novela bananera, e incluso, la tan estudiada en nuestro país, novela de la revolución mexicana. Es claro que entre unas y otras suele haber importantes diferencias, no obstante, son variantes de un mismo proceso; incluso, en ocasiones algunos textos se nos confunden y participan de aspectos de dos variantes: tal es el caso del cuento “Machojón”, que aparenta ser un cuento indigenista, pero que sus protagonistas son básicamente mestizos, o el cuento de Quiroga, cuyos personajes son indios, y en consecuencia sería, “Los mensú”, un cuento indigenista, pero responde más al esquema del regionalismo.

    F i n a l m e n t e, concluiré estas palabras preliminares haciendo una reflexión sobre la dificultad y la complejidad que implica agrupar un número determinado de obras en una escuela o corriente. Los que hacemos la crítica literaria nos vemos obligados a hacer divisiones y compartimentos-estancos para colocar y separar las obras literarias; pero éstas se comportan como mejor les parece y se escapan cuando lo desean de sus casillas para agruparse en otra o en otras. !Claro¡, porque la realidad es más compleja que las particiones que nosotros podamos hacer. Así sucede cuando cambiamos el enfoque para definir y estudiar al regionalismo: líneas arriba decía que este movimiento de la novela hispanoamericana no era un nuevo realismo a la europea, pero sí lo es, es conveniente decirlo, un neorrealismo a la americana. Pues bien, una o dos décadas después (años treinta y cuarenta) surge en España el llamada neorrealismo o novela social española, con la que el regionalismo tiene no pocos puntos en contacto, de hecho el neorrealismo español es una clara respuesta y ruptura con la inicial novela experimental española representada por Unamuno, Azorín, Baroja, Valle-Inclán o Miró y que por lo tanto busca deliberadamente puntos de contacto con el realismo.

¿Es posible que estos autores regionalistas y neorrealistas se hayan leído entre sí? Es posible, pero dudo que hayan dejado influencia unos en otros, o mejor aún, que hayan formado parte de un movimiento común. El hecho radica en que simplemente forman parte de una tendencia más o menos universal de las artes que tiene su raíz en el siglo pasado pero que se consolida hasta mediados del presente siglo, y que tiene varios ámbitos de expresión como son el nacionalismo musical (De Falla, Janácek o Bartók) el muralismo mexicano (que influyó en Argentina, Brasil, Estados Unidos o la ex Unión Soviética) o el llamado realismo crítico por G. Lukács (al que pertenecerían Thomas Mann, André Malraux, Vasco Pratolini y otros). Todos ellos tiene presupuestos estéticos comunes que hasta ahora no se han estudiado, pero que inevitablemente los une. Quizá esta hipótesis de un movimiento general basado en lo propio y la sencillez estética adolezca de unidad, pero es irrecusable que identifica un hecho común ineludible.

    Sin más preámbulos aquí les presento estos dos cuentos; el primero se titula "Los Mensú, lo escribió Horacio Quiroga en su larga etapa de vida en la provincia de Misiones; el segundo se titula "Machojón", lo escribió Miguel Ángel Asturias y nos habla de la Guatemala profunda; entré lo que escribe el Nóbel de literatura y el mal llamado "Realismo Mágico" no hay ya diferencia, simplemente nuestro autor se adelantó a García Márquez.  Espero que estos cuentos permitan al lector darse una idea clara de lo que fue el regionalismno como movimiento estético. El amplio cuerpo de notas pretende ayudar a comprender los cuentos en esa dirección.

Esta sección de mi página de internet es una de las más visitadas, según lo afirman las estadísticas, por lo cual me gustaría conocer tus opiniones, tus puntos de vista. ¿Te gustó, te sirvió para algo, te clarificó cosas, te ayudó a escribir algún trabajo, te gustaría que la ampliara? Cualquier comentario será bienvenido; enviame un mensaje de correo-e.

                

Los Mensú                      Machojón 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1