JOSÉ ROGELIO ALANÍS GARCÍA.

“DEMIAN. HISTORIA D LA JUVENTUD DE EMIL SINCLAIR”.

 

RESUMEN

 

“Los poetas, cuando escriben novelas, acostumbran a actuar como si fueran Dios y pudieran dominar totalmente cualquier historia humana... yo no soy capaz de hacerlo, como tampoco para los poetas lo son. Sin embargo, mi historia  me importa más que la suya, pues es la mía propia... la de un hombre real, único, vivo”. “La  vida de cada hombre es en camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero, unos no llegan nunca a ser hombres”.

 

Estas palabras en el preludio de la novela, trazan la intención de la misma, en ellas se observa ya al individuo que se trata de afirmar frente a todo, el  avatar de un sujeto que busca buscándose.

 

Al comienzo de la novela y de la vida de Emil Sinclair, se enfrenta éste con un mundo dual, escindido, en el cual una parte significa la tranquilidad de la vida familiar y la otra, el misterio de la distinción que en ciernes establece Sinclair al respecto a la primera parte. El prepúber Sinclair incursiona travieso hacia ese segundo modulo a lo prohibido y le da por mentir con la persona equivocada. Ésta le chantajea y le hace conocer el arrepentimiento por haber salido por un instante de la comodidad de la familia. Sin embrago, no deja él de sentir una cierta satisfacción por tener algo que en su familia desconoce, por no ser lo que tiene en ella, por ser distinto a ella.

 

A pesar de esta minúscula alegría, la culpa y el temor son preponderantes y no haya la forma de salir del entuerto sino hasta que Max Demian lo rescata del chantaje. Empero, Demian no lo salva del mundo oscuro, sino de ese particular mundo que ya ha conocido y que no es el de la familia.

 

Demian incita a Sinclair a la imaginación y a la duda: le relata una interpretación del pasaje de Caín y Abel, donde Caín está marcado por la distinción. Caín es fuerte, es fiel a sí mismo y es objeto del temor de los débiles, de aquellos que carecen de la fuerza suficiente para ser distintos. El temor ha tenido al disitnto como algo temible, al que hay que aislar con la asignación de un crimen y así hacerlo malo,  completando, de esta forma, el cascarón de protección del débil respecto al fuerte. Aun así, Caín sí debió haber asesinado a Abel, mató a un débil y despreciable amo de la apatía.

 

“Los hombres con carácter quedan siempre mal parados en la Biblio”, dice Demian cuando defiende a Gestas sobre el falso Dimas.

 

Demian muestra a Sinclair otra versión del otro mundo y le sugiere una adoración por igual a ambos, pero para este momento los dos personajes son ya adolescentes y el sexo, como tentación y maldad, ha llegado a la vida de Sinclair. El otro mundo toma una nueva cara.

 

Sinclair deja la casa y va a un internado. En un principio se entrega a la licencia, se refugia en la masa ante el temor de la soledad. Esto es así hasta que observa a una jovencita, a la que nunca dirige la palabra ni conoce más allá de los vistazos que le dirige. A esta joven, Sinclair denomina “Beatrice” y con la aparición de ella, él deja la masa y la maldad de la licencia para entregarse a la bondad de la adoración de la idealizada amada. De la figura física de “Beatrice” le gusta sobremanera “esa esbeltez un poco masculina... y algo de espiritualidad del rostro”.

 

Sinclair torna sus aficiones a la pintura y se propone realizar la imagen de la joven idealizada, pero no logra plasmar en el papel una faz de Beatrice que le satisfaga, hasta que un día, tras un sueño, le viene la imagen perfecta. Esta imagen “no era el rostro de aquella muchacha ni pretendía serlo”, pues ella es sólo en Sinclair, quien se limitó a tomar un cuerpo femenino como pretexto, y tal rostro”parecía más una cabeza de muchacho que de muchacha” ya que tal rostro no es sino el de Demian. Así es como supera Sinclair el episodio de Beatrice y vuelve a añorar a Demian.

 

Un día, Sinclair decide pintar una heráldica que alude a una experiencia infantil compartida con Demian. La pintura se la envía a Demian quien le responde con el siguiente mensaje: “El pájaro debe romper el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas”.

 

Abraxas es un nombre relacionado con fórmulas mágicas griefas, es un hechicero, pero significa, también, el nombre de un dios “que tiene la función simbólica de unir lo divino con lo demoníaco”.

 

Con un dios que le da sentido a la dualidad que ha tratado de resolver desde su infancia, el sendero de Sinclair es más claro, pero aún confuso. Abraxas es ambos mundos, es toda contradicción resuelta en unidad, es a la vez hombre y mujer, bueno y malo. La difusión sexual sostenida durante todo este tiempo, encuentra se liberación.

 

Ahora es el momento de explorar otro arte, la música. Es así como conoce a Pistorius, un intérprete de órgano. Pistorius es un sacerdote de Abraxas y en esta calidad lleva a Sinclair del conocimiento de la historia de uno mismo, a la cultura. Pistorius dice: “Acostumbramos a trazar los límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo”. Pistorius no pretende sacar de sí mismo a Sinclair, sino mostrarle la totalidad del mundo dentro de sí mismo, por medio de un ejercicio de autoconciencia. En el individuo está la trascendencia, siempre en él, o mejor dicho, en conocerse a él en su abrumadora complejidad, en la complejidad de toda la sociedad y la cultura contenida en sí mismo. Conocerse a sí mismo no es conocer sólo la historia personal, es conocer la cultura, pues ésta sólo es en cada sujeto, la cultura sólo es real a través del sujeto.

 

El individuo ha encontrado su camino, pero el fin del mismo es incomunicable y tratar de hacerlo es precisamente la debacle de Pistorios. No es posible ser sacerdote de Abraxas.

 

Sentido para la Vida.

 

“Cada uno tiene una <misión> pero ésta no puede ser elegida, definida, administrada a volunta... no existe ningún deber, ninguno, para un hombre consicente, excepto buscarse a sí mismo, afirmarse en su interior... Todo lo demás son medianía, un intento de evasión, de buscar refugio en el ideal de la masa; era amoldarse; era miedo ante la propia individualidad”, el miedo a Caín, Gestas y Abraxas.

 

Sinclair encuentra su destino, que es su sentimiento, como decía Novalis, y es momento de reencontrarse con Demian, no sin antes haber soñado otra cara y haberla pintado. Conoce a la madre de Demian, de quien se enamora. Frau Eva. El contenido del camino que ha descubierto es, ahora, su amor por ella, pero está destinado al fracaso, no por ser su amada madre de su amigo, sino porque la masa ha llegado a estado crítico y debe destruirse para regenerar el mundo, el mundo mismo debe quebrar el cascarón de sí mismo: la guerra es inevitable y Sinclair con Demian van al frente.

 

Sinclair es herido y en la cama de junto ve a Demian, quien lo besa en nombre de Frau Eva, despidiendo al tiempo.

 

 

Opinión.

 

Hesse no pretende establecer cuál es el sentido de la vida de cada quien. Fiel al racionalismo moderno, se limita a dar un cómo y éste consiste en el conocimiento propio, a distinción conciente del individuo. No hay contenido, sólo la forma por lo que, si somos fieles a Demian, aunque no tanto a Hesse, debemos imaginar y dudar sobre este cómo, así como también sobre el cómo mismo, ya que, después de todo, es esta caterva de métodos los que la que ha llevado al vacío completo en que nos encontramos actualmente.

 

En un mundo de métodos no hay contenido duradero posible, pues aquellos sólo son en fuerza de negar el contenido que producen en aras de un contenido siguiente, en aras de mantenerse como método. Si se encuentra un contenido no apto de ser actuado por el método para producir otro contenido, entonces el método termina y fenece.  Sin embargo este contenido final estaría determinado por la forma del método, sería resultado de éste, pero los resultados de algo suponen a este algo, dan por puesta su existencia, y es así que, si tal contenido existiera, el método también y, por ende, no sería el contenido final tan anhelado. Todo contenido es, en fin, la potencia de su destrucción en la aparición de otro, es el reforzamiento del método que lo hizo posible y le dio existencia, aun cuando ésta sea momentánea. Este contenido final, sentido si se quiere (pues se pensaría que el contenido final sería la dirección del método), sería la negación de su productor, es decir, la negación del método, pero dado que el método es el que hizo posible a este contenido final, entonces este contenido es la negación de la condición de posibilidad de sí mismo, o en otras palabras, este contenido es tan imposible como escribir un libro sin escribirlo.

Hesse nos da un método, pero los método no tiene fin ajeno a ellos. La razón ya no es instrumental, es totalizadora, es absoluta, ella misma es Dios, el espíritu absoluto.

 

Por otro lado, el método del yo distinto no es precisamente el mejor de los métodos. ¿Acaso no es “yo” el nombre más común de todos? ¿La indistinción completa, la masificación difuminada en indiferentes y heterodeterminados granos de arroz? El “yo” es masa, es distinción lingüística que vuelve sobre la masa del lenguaje, el “yo” es momento destinado a morir y sólo el arrogante débil y autotraidor al principio de la duda que lo llevó a la afirmación de sí mismo, puede pensar que en un método y en un “yo” puede haber solución alguna.

 

En fin, no es mi deseo que se piense que el arrogante es Herman Hesse, sino todo aquel que no sea lo suficientemente fuerte para subirse a tan egregios hombros.

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