Qué sea el arte, es el ambicioso objetivo que en pocas cuartillas se planea siquiera dejar delimitado. Es difícil establecer un inicio sobre el cual construir una respuesta, máxime si es fácil dudar sobre la legitimidad de la pregunta.

 

Un rudimento de distinción iniciaría en los eventos singulares a los cuales, de hecho, tanto individual como socialmente, se les llama “arte”, o mejor dicho “obras de arte”, pues no puede ser nuestro fin crear un concepto de arte, sino desentrañar el que de hecho tenemos, pero no hemos precisado.

 

Empezando así, partimos diciendo que el arte es la obra de arte, sin perjuicio de modificar en adelante esta aseveración que es, por demás, aún vacía.

 

Ahora habremos de distinguir qué es aquello que hace que cualquier cosa en el mundo sea obra de arte, qué es lo que hace que pongamos a tal cosa el mote de arte. No podemos decir que la causa es la existencia de algo que se llame arte (es decir, de alguna generalización que provoque que algún objeto devenga a la categoría "arte"), por el cual denominamos como de arte alguna cosa, ya que de hacerlo incurriríamos en una tautología innecesaria, repitiendo la vacuidad que ya se estableció hace dos párrafos. Además, precisamente es el objetivo del trabajo definir lo que sea que haga artístico una cosa, por lo cual responder remitiendo a una quimera abstracta llamada “arte”, sería absurdo y mantendría en su vacuidad el hasta ahora aún inocuo ensayo.

 

Para evitar permanecer vacíos, debemos buscar otro criterio para determinar lo que establece de hecho la distinción entre lo que ya llamamos obra de arte (aunque vacuamente) de lo que no lo es. No se nos ocurre mejor criterio que aquel de develar los efectos que tiene lo que de manera aún vacía, llamamos arte, respecto a los efectos de lo que no llamamos así.

 

La obra de arte, produce o puede producir un arrobamiento instantáneo y definido en el perceptor. No es un arrobamiento, por ende, imperceptible, sino muy por el contrario, la percepción deberá ser clara e inmediata, consciente y puramente intuitiva.

 

Sin embargo, lo dicho aún no distingue en lo más mínimo a la obra de arte de cualquier otra cosa. Así, por ejemplo, mismos efectos pueden darse al experimentar una puesta de sol, una cascada o, incluso, una postal de éstos, sin que los llamemos obras de arte propiamente hablando. Y es que aquí de donde se obtiene un primer carácter distintivo, que es la expectativa que la cosa que llamemos de arte, haya sido creada por una persona, por un "otro-yo".

 

Teniendo este pequeño logro, nos deshacemos del deísmo y de la estética “natural”. Aunque muchos de lo que llamemos obra de arte no sea sino la imitación de la naturaleza, no es la naturaleza lo que gloriamos, sino precisamente la imitación, que no sólo se distingue de ésta, sino que ya requiere la intromisión humana, haciéndose abstracta y, respecto a las personas, toma carácter comunicativo.

 

Según lo dicho, ya no es y nunca lo ha sido, la naturaleza la medida de lo “bello”, sino su transformación en comunicación, por medio del lenguaje, por lo que llegamos a otra distinción, a saber, que el arte es lenguaje.

 

Acotado más el objeto y ya poniendo al arte como lenguaje, continuaremos distinguiendo el arte, como lenguaje, de todos los demás lenguajes, haciendo el esfuerzo de tratar de prejuzgar lo menos posible con la pregunta sobre si existe distinción con los demás lenguajes y, por lo tanto, si es válido hablar de la existencia del arte, pues debemos pensar que existir es distinción y lo que no es distinto no existe.

 

Tradicionalmente, la distinción planteada es que el código del lenguaje artístico es lo bello y lo feo, siendo lo bello el término que hará del lenguaje algo artístico y lo feo, lo que lo hará no artístico.

 

Sin embargo, fue desde el siglo XIX que al arte, sea lo que esto sea, se lo liberó de la atadura de lo bello, el arte dejó de ser la medida de lo hermoso y lo apolíneo dejó de ser la medida del arte.

 

Ocurrido lo anterior, la validez del arte quedó en entredicho, por lo cual es de primera necesidad determinar un criterio de distinción que, aunque sucinto y somero, pueda ser útil para distinguir de inicio el arte respecto de los demás lenguajes.

 

Para realizar la empresa señalada, parece la mejor solución apegarse a los efectos de este lenguaje, visto éste de acuerdo a lo que tradicionalmente se ha llamado obra de arte, comparándola con alguna otra que no sea considerada así, para observar qué efecto produce en el individuo tal que lo conduzca a conductas estandarizadas y esperables que no sólo nos permitan saberla como comunicación, sino que la diferencien.

 

Tomaré una obra iconográfica del arte occidental, que ha llegado a ser, incluso, himno de todo un continente, así como la única música patrimonio de la humanidad. Tal obra es el tema principal del último movimiento de la coral de Beethoven. Tal música produce, dentro un margen de posibilidad, sensaciones de alegría. No se dirá más por el momento.

 

Esta sensación es precisa, consciente, sin contemplar la posible imprecisión de las causas por las que la música produjo tal sensación. Sin embargo, lo cierto es que produce una sensación precisa, distinta, pero fugaz, que no permanece mucho después de la expresión musical. Es una impresión pasional momentánea.

 

La impresión es fugaz, es eventual, pero sólo se sabe que la expresión se comunicó si se realizó la impresión y esta realización se tradujo en alguna reacción. Esta impresión es precisa, puesta y consciente.  La obra de arte será, entonces, el estímulo comunicativo que expresa y hace posible la selección en el receptor de una impresión dentro de un margen de posibilidad.

 

Se ha obtenido, de lo anterior, la necesidad de un margen de posibilidad que necesariamente es previo a la impresión seleccionada y es, en efecto, este margen de posibilidad previo lo que constituye el arte, pues en éste se mantiene la diferencia del lenguaje artístico, no sólo haciendo posible los eventos artísticos y las obras de arte, sino constituyéndose como aquello que califica las obras como tales, las determina como tales, es decir, las hace tales, pues hace posible la aparición de las sensaciones que hemos mencionado.

 

Es tiempo de precisar más los conceptos de impresión y expresión. A este efecto me apoyaré en otras concepciones: la primera es de Kandinsky, la segunda de Nietzsche y la tercera, de T. W. Adorno.

 

Kandinsky basa su concepción del arte en el principio de necesidad interior.

 

 “ La necesidad interior tiene su origen y está determinada por tres necesidades místicas: 1. El artista, como creador, hace expresar lo que le es propio (elemento de personalidad).

2. El artista, como hijo de su época, ha de expresar lo que es propio de ella...

3. El artista, como servidor del arte, ha de expresar lo que es propio del arte en general”.

 

En entero perjuicio de menospreciar el tercer elemento, mismo que Kandinsky señala como principal, habremos de enfocarnos sobre el primero.

 

El artista, como creador que transforma su pathos en lenguaje tal que hace probable que en algún interlocutor ya pasivo o activo, se produzca, si no la misma pasión, sí una que origine, entrambos, empatía. Es ésta la expresión, no concebida como tradicionalmente se hacía, sino tenida como una mediación doble y recurrente; doble porque en primer lugar se enfrenta a la asimetría ineludible que existe entre la pasión y el medio comunicativo que le informará de sentido tal que haga posible que en otro se decodifique el medio y se vuelva, en esta segunda persona, a la pasión. Para aclarar esto, basta decir lo que todos saben y es cuán inefable es lo que sentimos, cuán inconmensurable y vasto es lo que se pretende expresar, cuán imposible reducirlo a palabras, tonos, formas o colores.

 

Hasta ahora sólo se ha hablado de la primera parte de la mediación, aún no se ha dicho sobre su carácter recurrente, cosa no muy difícil de aclarar si se ha entendido lo anterior, pues este segundo momento no es otro sino la decodificación del lenguaje restringido, a la pasión fugaz, pero vasta, arrobadora e inconmensurable.

 

La expresión es recurrente pues de su actualización se hace posible el mantenimiento de las expresiones en general y, sin éstas, la expresión  en particular nunca hubiera sido tal. El arte es un curso que se lleva al cabo a través de sí una y otra vez, por sí mismo, variándose a sí mismo sobre la marcha, pues una expresión, si bien producto de otras,  distinta de éstas, abriendo un nuevo camino que seguirá la lógica puesta. Para poner lo dicho en palabras de Machado, aunque no sin cierta cursilería, “caminante no hay camino se hace camino al andar”.

 

Respecto al tercer aspecto de Kandinsky, hay sólo que decir lo alejado de la realidad que está si seguimos el camino hasta aquí trazado. No hay tal servicio, no hay tal arte universal y eterno. El artista no es sólo un "expresador" de su propio pathos, aunque bien ha sido un "precisador" de deseos colectivos, un instigador de sensaciones no patéticas. El artista como "expresador" de su pathos es una creación del romanticismo y es sólo a este artista al que se le puede encajar dentro del tercer elemento de Kandinsky.

 

Sin embargo, es inexacto aún en este tipo de artista. El artista contemporáneo usa el lenguaje para adaptar su pathos; el arte no es un fin, sino un medio, un instrumento cuyo fin es la reproducción y compartimiento con otro de su propio pathos. No sólo no hay servicio, sino que no hay arte universal, sólo hay un instrumento.

 

Una vez llegados a este punto, entra Nietzsche al juego. Para Nietzsche, el hombre es un ser que ha traspasado “las barreras animales de la época de celo”, y por eso busca placer no sólo ocasionalmente, sino siempre, y es por tal razón que la naturaleza lo ha forzado a seguir el “cauce de la invención del placer”. El hombre, dotado de consciencia, no está sólo en el presente, sino que consta de un horizonte de pasado y futuro, pudiendo percibir algo que ningún otro animal puede: el aburrimiento. Concluye; “la huida del aburrimiento es la madre de las artes”.

 

Sin embrago, el aburrimiento tiene su misterio. El arte es el refugio de tal sensación abismal y espantosa. El arte es algo así como tensar un arco para evitar la distensión nihilista.

 

Con Nietzsche, el arte ha sido arrebatado de todo misticismo romántico y superficial. El arte ha sido puesto en tela de juicio; su legitimidad no reside ya en su belleza, sino en su utilidad salvadora, aunque sigue teniendo una función un tanto abstracta y mística.

 

Al ser arrebatado de sí, el arte pierde su base tradicional, que es la belleza. El arte se ve liberado de ella. El arte como lenguaje se expande un poco más para hacer menos evidente la asimetría  respecto de la impresión.

 

Es así como Nietzsche plantea su teoría de los poderes elementales de lo dionisiaco y lo apolíneo. Esta liberación  no se dio aislada. A la par la ciencia inició su camino hacia la liberación de la verdad, que culminarían, en su versión moderada, en 1962 con T. S. Kuhn; la ética se libraría de lo bueno y la mentalidad occidental, de la objetividad.

 

Ante este cuestionamiento del arte, Adorno, al  referirse a la música en particular, dice: “El derecho de la música- de toda música- a continuar existiendo se hace cuestionable”.

 

Más adelante, menciona a Schönberg, quien sostuvo que la música “dice algo que sólo a través de ella se puede decir, entonces ésta admite en sí algo insondable y a la vez, un sentido fáctico, contingente”.

 

Adorno critica el carácter instrumental del arte. “Es mucho lo que apunta a favor de que tal pregunta por la esencia del arte resulta vana o desemboca en la mera repetición de su existencia, porque la pregunta es tomada del mismo ámbito de la identificante racionalidad instrumental, ámbito que es suspendido por el arte”. Sin embargo, un poco más adelante, afirma: “En música no se trata de significado, sino de gestos... es un lenguaje sedimentado a partir de gestos”, lo cual explica la concepción de la música y, podemos decir, de el arte en general, como lenguaje.

 

Abordadas someramente estas tres posturas, añadiendo los principios dispuestos al inicio de este ensayo, estamos en posibilidad de concluir algunas cosas.

 

En primer lugar, el arte es el medio de comunicación por el cual se hace posible que uno exprese pathos de tal manera que en otra persona, ese pathos se sospeche igual, dando por resultado una empatía. No cualquier lenguaje produce tal cosa. El arte  es el único lenguaje que está en aptitud  de producir en el receptor una sensación directa y puesta, fugaz, es cierto, pero intensa.

 

A diferencia de los demás lenguajes, es especial del lenguaje hablado donde no está puesto nunca en el receptor, el significado de cada palabra, sino que éste siempre está supuesto (V.gr. si digo la palabra “árbol”, el lector no piensa, de hecho, en su idea de “árbol” sino que la da por puesta, así como el significado de cada una de las palabras que componen este ejemplo). El arte hace probable que en el receptor el significado del lenguaje no sólo esté puesto y no supuesto, sino que esta posición será fugaz y definida, plenamente consciente, pero totalmente intraducible en otro lenguaje que lo trastocaría, pues cualquier otro tipo de lenguaje necesita de la suposición para desarrollarse, no así el arte que necesita de la precisión y la posición de sus significados en la mente de su receptor para ser tal y cumplir su cometido como instrumento.

 

Ejemplifico; al observar el Guernica de Picasso, no es necesario saber que la Luftwaffe bombardeó una localidad, para sentir, en quebranto y no más allá de el vistazo al cuadro, una sensación desesperante y ansiosa que desborda el pecho, pero que, aunque imposible de poner en palabras, (aunque sí está puesta en lenguaje) simplemente se sabe que se siente. La sensación es, pues, precisa y consciente, pero inefable e intraducible. El arte es su propio lenguaje.

 

Por último, se debe señalar que el arte, como lenguaje, no tiene ni puede ser conocido por todos, debe aprenderse. Una persona poco versada en música no escuchará sino sonidos informes al escuchar una sonata, una sinfonía o, incluso, un rock  pesado (algunos han llamado a esto "imbecilidad tonal"); asimismo, una persona poco versada en pintura, escasamente comprenderá una composición de Kandinsky, sólo observando cromatismo luminosos; otra más, (y me confieso dentro de esta categoría), una persona poco versada en danza, no tendrá mayor idea del significado de tal o cual movimiento o paso, viéndolos indistintos y vacíos, sin que le puedan provocar sensación alguna (como alguien que ignora el mandarín, no podrá sentir la sensación del más bello poema que en ese idioma exista), de la misma manera que lo será este trabajo tanto para el arrogante como para el perezoso.

 

Bibliografía.

 

1. Adorno, Theodor W. “Sobre la relación actual entre Filosofía y Música”, Ediciones Piados, Barcelona, 2000, pp 65-90. Título original: Über das gegenwärtige Verhältbnis von Philosophie und Musik. Traducido por Marta Tafalla González.

 

2.Kandinsky, Wassily. “ De lo espiritual en el arte”. Ediciones Coyoacán, México, 2002, pp. 134. Título original: Über das Geistige in der Kunst. Traducido por: Elisabeth Palma.

 

3. Safranski, Rüdiger. “Nietzsche”. Tusquets, México, 2001, pp 410. Título original: “Nietzsche”. Traducido por: Raúl Gabás.

 

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