Hace un cuarto de siglo: 'el Raimondi'

De: Virgilio LEVAGGI

 Antes (pues a cierta edad aparecen el antes y el después) el primero de abril era símbolo de fin de vacaciones; luego sabría que ese día los americanos celebran el 'Fools Day' equivalente a nuestro "Día de los Inocentes". No dejo de pensar que alguna analogía existe.

 Hoy están lejos en el tiempo, pero muy cerca del corazón el salón de jardín de infancia (el único espacio de educación mixta de aquella época) con sus mesitas y sillas de colores, la madre Valentina y los bellísimos ojos celestes, y la bondad a toda prueba de -en aquella época- la signorina Romana; también el patio de primaria (escenario de mil y un combates entre policías y ladrones) por donde transitaba la hierática señora García Godos. Alrededor de este tránsito hacia mundos diferentes, la secundaria, lo marcaba la exigencia del profesor Torrejón y sus clases de matemáticas.

 En el Raimondi, donde hace 25 años comenzaba mi último año de educación escolar, la signora Bassi (quien también era profesora de música y compositora del himno del colegio) nos hizo estudiar a fondo la Ilíada, mientras la signora Dini nos hizo memorizar fragmentos de la Commedia del Dante y poesías de Pascoli y del Leopardi, así como familiarizarnos con la Literatura universal, siempre en italiano. Una vez al año nos visitaba un artista ciego, con su perro lazarillo, que nos recitaba a Vallejo en español e italiano.  

Tengo un recuerdo vivo de nuestros libros de estudio, bellamente ilustrados, que llegaban de Italia; también recuerdo las horas pasadas en compañías del Baldor y la pulcritud de nuestros cuadernos y el énfasis en nuestra caligrafía.

 Creo que el Raimondi nos dio un sentido de familia y de pertenencia invalorables, tanto como esa aproximación humanista a la vida tan propia de la cultura italiana; para ello fueron decisivas las clases de filosofía del profesor Trinchieri y las de religión del doctor Colombo.

 Ya en media socializábamos más con las alumnas del mismo colegio, separadas por una (maldita) pared y bajo la atenta mirada del señor Vargas, encargado de disciplina. Teníamos oportunidad de estar con ellas en actuaciones a lo largo del año, especialmente la muy cuidada ceremonia de Clausura de curso. En estas ocasiones y en las salidas nacieron nuestros primeros enamoramientos, incluida una historia de amor muy humana: la de Tana y José Antonio; ella falleció en plena juventud, luego de haberse casado con él y ser bendecidos con una hija. Mi paso por el colegio no puede ser desligado de mi entrañable amigo, también fallecido, el 'nonno' Olcese.  

Hay mil y una anécdotas que no pueden ser contadas en este espacio, pero que fueron tejiendo una parte fundamental de quienes conformábamos la promoción. Yo no podría comprenderme a mí mismo sin la amistad de Silvia, el día del golpe de 1968 cuando el Comando Conjunto quedaba frente al antiguo local del colegio, la solidaridad de mis compañeros Poletti y Bisi y Pinamonti el día de mi primera comunión, el viaje de promoción con el 'chino' y Johnny o el impacto que suscitó el ver -en grupo- la película de Zefirelli sobre San Francisco de Asís. ¿Te acuerdas Julio?

Nos tocó una ciudad más tranquila y un país que se decía en 'revolución'; estábamos vinculados a una comunidad muy orgullosa de su identidad cultural, por lo cual el Circolo y San Remo eran parte de nuestra iconografía, orgullosa de su identidad cultural. La integración social en el colegio era alta y reflejaba la pluralidad tan peruana y que tan poco valoramos, pues no hemos sabido establecer las instituciones y mecanismos para aprovechar la riqueza de nuestras diferencias.  

De chicos bailábamos la tarantella tan bien como la marinera y podíamos cantar con la misma emoción 'Santa Lucia' como 'Viva el Perú y sereno'; creo que ello nos ayudó a desarrollar un sano patriotismo tanto como una apertura a lo diverso, útil en la sociedad globalizada.  

Tengo mucho que agradecer a mi colegio y a mis padres que lo escogieron. Del Raimondi y de mi familia surgió una matriz de principios y experiencias que me han sido de suma utilidad para enfrentar las dificultades propias de existir, así como para vivir plenamente las alegrías simples de lo cotidiano.  

Me dieron -mi familia y mi colegio- un sentido de humanidad en el que intento educar a mi hija, pues sólo una vivencia cristiana fundada en la dignidad de la persona permite estar preparado para distinguir entre lo esencial y lo accesorio, entre lo no negociable y aquello en lo que se puede transar, entre los principios y las coyunturas.  

Pero, por encima de todo, me dieron - mi familia y mi colegio- una serena infancia, una sólida formación, una entretenida adolescencia y una educación humanista sin las cuales el resto de las cosas que he vivido no habría podido ser vistas como oportunidades, quizás no siempre suficientemente aprovechadas, para crecer .

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