Predicciones

 Por : Ramón Garza W.

CAPITULO I

 

El Rayo En La Piedra

 

Era  de madrugada en aquel pueblo situado en el noreste Mexicano de apenas unos mil habitantes. La época, a finales del siglo XIX. La aurora se asomaba con timidez allá en el horizonte. Sobre el pueblo, en el cielo, nubes amenazadoras de una tormenta madrugadora, amenazaban con descargar un terrible aguacero.

De pronto la puerta de una casa amarilla se abrió y de ella, un hombre de unos 30 años salió rápidamente, Apenas a medio vestir, sus botas sonaban fuertemente en el piso empedrado de la calle al ir corriendo.  Se dirigió hacia la cuadra que quedaba perpendicular a la suya y hacia el oriente. Llegó hasta una casa que tenía un portón muy grande de madera de mezquite y altas ventanas de hierro a sus dos lados. Golpeó frenéticamente la puerta con la mano cerrada y esperó unos momentos. Después de un rato, al no escuchar respuesta volvió a golpear el portón. Esta vez, una voz de hombre preguntó desde adentro:

-¿Quien es?-

- ¡Soy Antonio Arce doctor, necesito que venga pronto a mi casa, pues Anita está a punto de dar a luz!-

Un momento después se abrió la puerta de la casa, y en ella asomó un señor de gran bigote y pelo canoso, vestía una bata roja muy usada. El pelo despeinado, indicaba que se había levantado de la cama para abrir la puerta.

-¡En cinco minutos estoy en tu casa Antonio, nomás deja vestirme y me voy para allá!- contestó  el Dr. Jacinto Jiménez, el único doctor del pueblo y el único que había estudiado mas allá de los 4 años de primaria que normalmente se solían hacer ahí.

-¡Esta bien Doctor allá lo espero!- contestó el hombre que había llegado a buscarlo.

 

Antonio le dio las gracias y corriendo en medio del aguacero que se iniciaba, y con peligro de la cayera encima algún relámpago de los muchos que se empezaban a escuchar, regresó inmediatamente a su casa a ver a su mujer que estaba a punto de dar a luz, a cuidarla y a esperar al doctor. Este, llegó de rato, a la casa de su amigo, dio los buenos días a Anita, se quitó su saco y lo puso en el respaldo de una silla, se levantó las mangas de la camisa  e  inmediatamente se puso atender a la parturienta.

Eran las siete de la mañana el momento exacto en que nació el niño, un gran relámpago iluminó a todo el pueblo y a la obscura nube negra que lo había causado. Tronó con gran potencia, produciendo un sonido seco e intenso e hizo vibrar con violencia las ventanas y puertas de las casas del pueblo.

 -¡Mira Anita es un niño, es grandote y gritón!- exclamó Antonio.

- Ya lo creo, con ese ruidazo como no va a gritar, si se asusta- dijo Anita con débil voz.

-Deja que termine de limpiarlo el doctor y te lo paso para que lo veas- le contestó Antonio.

El doctor terminó de arreglar al niño, le protegió con alcohol y gasa el cordón umbilical, le revisó cuidadosamente los ojos y los oídos, lo limpió muy bien y envolviéndolo en una pequeña cobija se le entregó a Antonio quien lo vio muy orgulloso y luego, este se lo pasó a su esposa Anita a la cama. Ella lo tomó estirando los brazos, lo arropó con cuidado y se quedó mirándolo con ternura. El niño devolviéndole la mirada dijo: ¡Mamá!

El médico y el padre del niño voltearon a mirar al pequeño totalmente azorados, Anita no estaba menos sorprendida por lo sucedido.

-¡Cómo puede ser esto!- Dijo Antonio casi  gritando. -Dígame doctor, fue solo un ruido que hizo el niño ó en realidad dijo ¡Mamá!.-

-Los tres lo oímos Antonio pero si bien te admito que me sorprende, creo que fue solo un ruido de recién nacido.- le contestó el doctor tratando de calmarlos, al mismo tiempo que recogía los restos del parto y los ponía en una palangana.

 

Mientras el Doctor limpiaba sus manos con una toalla, y luego se bajaba las mangas de la camisa, unos golpes sonaron en la puerta. Antonio se dirigió a ella con una lámpara de petróleo en la mano, corrió el cerrojo y la abrió.

Era una señora joven de vestido negro, cubierta con una cobija para evitar mojarse con la lluvia que arreciaba.

-Compadre Antonio, vi la luz prendida de su casa, me pareció ver al Doctor entrar y entonces pensé que Anita debiera estar teniendo a su niño-

-Si, comadre Chonita, acaba de nacer nuestro niño, mi primer hijo.-

-¿En donde habrá caído ese rayo tan fuerte comadre, que se oyó muy cerquita?-, -Pásele comadre.-

-Parece que cayó en la piedra de la plaza.- decía la mujer mientras entraba a la casa.

-Y ha de haber sido tan fuerte, que ahora que pasé por la plaza,  vi a la piedra partida en dos.-

La mujer se refería a una piedra que había estado en la plaza del pueblo desde antes de su fundación hacía 200 años y que era tan grande que nunca nadie había tratado de quitarla de ahí, quedando como monumento a quien sabe quién que nadie era capaz de recordar.

La comadre Chonita(cuyo hijo, el de Don José su esposo y ella, había sido bautizado por Antonio y su esposa Ana hacía unos meses), pasó al cuarto en donde había nacido el niño. Anita lo tenía en sus brazos. La vecina se acercó y le dijo, dándole una palmadita en el hombro:

-¡La felicito comadre es un niño muy bonito!-

-¡Ya lo creo que sí! - exclamó Antonio, aunque no era para él la felicitación.

-Si estás de acuerdo Ana.- continuó el hombre, -le pondremos al niño el nombre de Pedro por la piedra que rompió ese rayo como dijo la comadre.-

 

Así fue como el 21 de junio de 1881,durante una tormenta mañanera, nació a este mundo, en la Villa de Marín, Nuevo León, Pedro Arce Salazar el primero de los tres hijos del matrimonio de Antonio Arce y Anita Salazar. Nació haciendo ruidos extraordinarios (¿ó fue una palabra?).  En medio de una familia amorosa de la clase media del pueblo

Con los meses, el niño creció normalmente, excepto por algo, aquella expresión, aquella primera palabra del recién nacido niño, se habría de repetir con frecuencia en los meses siguientes. El niño, por alguna razón desconocida por sus padres, tenía la capacidad de nombrar muchas cosas desde una edad en que todos los demás niños apenas empiezan a hacer ruidos. Muy pronto pudo llamar a su padre con el típico ¡Papá! Y podía nombrar objetos sencillos como a su cuna y a sus pañales ó solicitar de su madre el pecho cuando tenía hambre diciendo “¡mamá, teta!” a los seis meses de edad. Ni Antonio ni Anita quisieron nunca  que los amigos y conocidos supieran de esto, pues temían que calificaran al niño de raro ó embrujado ó algo así. No era fácil hacerlo, pero lo habían conseguido manteniendo al niño con el menor contacto posible con gente que no fuera de la familia.

 

 Pasaron los años y el muchacho creció, pero lo hizo con una inteligencia asombrosa, pues a los 3 años ya había aprendido por sí mismo a leer, a escribir y a hacer sencillas operaciones matemáticas que su padre le había enseñado al darse cuenta de sus habilidades, hacía sumas, multiplicaciones y divisiones. Por si mismo, a los 4 años ya sabía sacar raíces cuadradas.

-Papá, ¿Por qué unos niños si podemos ir a la escuela y otros como los de Don Pancho no?. ¿Por qué Juanito y sus hermanos no comen pollo como nosotros?.

¿Por qué se muere la gente?-

Estas eran las típicas preguntas que le hacía a su padre a los seis años de edad, y a las que este, procuraba responder de la forma mas apegada a la verdad que él conocía.

Ya mas grandecito, repartía su tiempo entre las labores de escuela y de ayuda a su padre en la pequeña hacienda que éste tenía cerca de Marín y de la que la familia vivía. No tenía preocupaciones serias y salvo los pleitos que tenía de vez en cuando con José Cortijo, un compañero de escuela al que nunca le había de simpatizar, todo se desenvolvía naturalmente. Los pleitos con su compañero de escuela surgieron  desde aquella ocasión en que se pelearon a golpes por ¡celos! Por una niña.

 Sucedió que José le reclamó a Pedro, que este hubiera platicado con Juanita, una niña compañera de escuela de los dos y a quien José le tenía algo más que afecto.

 Pues resulta que Juanita, la niña en cuestión, le preguntó en alguna ocasión a Pedro algo sobre una tarea de aritmética, pues sabía que Pedro tenía una habilidad especial para eso. De allí surgió una plática que se prolongó todo el recreo de su cuarto año escolar. Fue esto, lo que a José no le gustó, pues los celos de muchacho le hicieron perder el control.  Al salir de la escuela José alcanzó a Pedro y sin avisarle lo empujó por la espalda y este cayó al suelo.

-¡Que no te vuelva a mirar hablando con Juanita!- Le gritaba mientras Pedro estaba todavía en el suelo a causa del empujón. Este, se levantó lentamente y ya de pié le contestó:

-¿Y tú quien eres para decirme con quien debo hablar? -

Y sin decir nada más, le lanzó a José un tremendo golpe a la cara, que, no solo lo hizo caer de espaldas, sino que, además, lo hizo sangrar por la nariz. José, se levantó rápidamente y contestó el ataque. Los dos se dieron con todo hasta caer en el suelo rodando, liados a golpes, rasguños y raspones. Afortunadamente para ambos, pues ninguno tenía la intención de ser el perdedor, un maestro que de casualidad pasaba por ahí los separó, y acabó con la pelea. Con gran desencanto de los compañeros de los niños que se estaban divirtiendo viéndolos pelear, y con un gran susto de la famosa Juanita, la causa indirecta de aquello. Quedó de eso y de ahí en adelante un odio que habría de durar muchos años y con muchas consecuencias para ambos. De los dos, solo José quedó resentido en su orgullo, a Pedro pronto se le olvidó ese asunto, pues no sería el único.

 

Tenía Pedro, como ya les he platicado, una inteligencia muy especial desde que era un niñito, pero, además, gozaba de otra cualidad de la que solo sus padres sabían. Cuando alguien pensaba algo acerca de él y estaba cerca, Pedro sabía lo que de él se estaba pensando. Esto, varias veces lo metió en problemas con sus maestros que no podían entender como se les adelantaba en las preguntas escolares que le hacían. Pero, fue con José Cortijo con quien esos pensamientos le crearon mas problemas pues confundía lo que oía con la mente, con lo que en realidad se había dicho. Bastaba pues que José pensara alguna cosa mal de Pedro ó le dijera mentalmente alguna grosería para que Pedro la oyera y se hiciera la trifulca. Al terminar el cuarto año escolar, ambos dejaron de verse y pelearse, pues José y su mamá se fueron del pueblo a Monterrey y Pedro ya no supo de él sino hasta muchos años después.

 

Cuando Pedro tendría unos  14 años, ya no había mucha escuela mas que el pudiera estudiar. Así es que, se dedicaba a leer todo lo que le caía en las manos y sobre todo, los libros que el Doctor Jiménez le prestaba. Le gustaba salir a pasear en las tardes por el campo, solo, hasta verlas  caer apaciblemente en aquella zona semidesértica del país. Leía y aprendía todo lo que podía a pesar de su corta edad, sobre todo de historia y literatura que en ese ambiente pueblerino era cosa rara que a alguien le interesara. Pero más que todo, le gustaban los caballos y se dedicó aprender todo lo que podía acerca de ellos, con su papá, con sus libros y con los mismos caballos a los que casi parecía entender. Tenía pocos amigos, pero eran grandes amigos, entre ellos a Ezequiel Soria que habría de ser su amigo por muchos años adelante, y juntos, tanto iban a la escuela como a jugar y a explorar los alrededores de la zona, la que él llegó a conocer bastante bien. Aprendió de la siembra sus secretos, sufrió con su padre las sequías y los aguaceros anuales de septiembre. De vez en cuando viajaba a Monterrey con su papá para traer algunas cosas que en Marín no había y se le iba metiendo en la cabeza que él quería vivir ahí. De carácter generalmente tranquilo, cuando se enojaba lo hacía violentamente y casi siempre cuando creía que se había cometido una injusticia con él ó con quien fuera. Era muy dado a la vida mental interna sin llegar a ser introvertido.

 Así pasó su vida hasta llegar a los 18 años. Por aquel entonces, en una temporada de sequía muy prolongada acompañada de muchas plagas con el maíz y que le había causado a la familia muchas penurias, don Antonio su padre habló con él.

-Mira mi hijo, esta sequía tan dura nos tiene al borde del hambre, y ya muy difícilmente nos alcanza para comer a todos. Tú ya te has hecho hombre y sabes muchas cosas y tienes que empezar a velar por ti mismo y quizá puedas ayudarnos un poco mientras pasa esta mala racha. He platicado con don Lorenzo González mi compadre, y el te dará trabajo en su hacienda  allá en Allende, Coahuila. Quiero que vayas para allá, él verá por ti y tu trabajaras para él.-

 

   Fue así como, con dolor de sus padres y de sí mismo, y por causas fuera de su control, que Pedro tuvo que dejar su casa para buscar  otras alternativas a la vida. Y dado que en  época dura, no era  extraño que los muchachos de su edad se salieran de la casa para buscar nuevos paninos como se le decía entonces a los yacimientos mineros. Se dirigió a Coahuila y trabajando, primero como peón y después como maestro de terracerías (que era una profesión de contratista constructor de caminos). Gracias a lo que había aprendido en la escuela, con su padre y a tanto que leía, pero sobre todo gracias a su gran inteligencia y conocimientos, podía dirigir a los 19 años de edad a 40 hombres adultos maduros.

 Así llegó a la edad adulta, a la que en esas épocas se llegaba muy pronto. En esos años, pudo darse cuenta de los penosos trabajos y vicisitudes lastimosas de la gente de campo como él, y de los obreros de las pequeñas y grandes fábricas que apenas empezaban a formarse en el norte del país. Sufrió por ellos estas condiciones de vida que a él le parecían miserables e indignas de un ser humano decente y trabajador.

Don Lorenzo lo trataba bien por ser hijo de Antonio, pero Pedro se daba cuenta que él era especial para el señor, pues no era nada parecido ese trato con él, con el que Don Lorenzo daba al resto de la gente. También se daba cuenta de que este trato con los campesinos y obreros, no era exclusivo de su patrón, pues la idea de sacarles a la gente todo el jugo posible, era un común denominador de los hacendados y terratenientes. Pues trataban a su gente, como si se hubiera regresado a la época de la Colonia, con todas sus desventajas vejaciones y dolor.

Ya desde entonces, los afanes de cambio y las características de Pedro como incipiente Revolucionario, le hacían pensar en la necesidad un cambio en las condiciones de trabajo de aquella gente, su gente. Y en su corazón y en su cabeza se empezaba a gestar el odio a esa situación y a percibir que solo por la fuerza de las armas, esta podría ser cambiada.

 

Así las cosas, luego de algún tiempo en Coahuila, se vino a Monterrey a vivir y a trabajar en obras civiles y nuevas casas y construcciones. A su joven edad, ya era un adulto consciente y maduro, capaz de valerse por si mismo. Salvo por sus dos hermanos Luis y Socorro y una tía que vivían en Marin, estaba solo, ya que sus padres habían muerto de unas pulmonías que agarraron un Enero terrible.

 Era alto, sin serlo demasiado. Pelo castaño y ondulado, usaba un gran bigote al que peinaba con frecuencia ó se enrollaba las puntas con la mano derecha. Bien parecido,  de mirada serena y ojos cafés claros, nariz algo aguileña y tez blanca. Se vestía con cuidado pero con modestia, pues odiaba los trajes y las corbatas largas, y los usaba solamente en ocasiones muy especiales. De ahí, que se vistiera regularmente con solo pantalones de pinzas y camisa de manga larga  con un muy pequeño lazo en el cuello, como era la costumbre entre la gente de su media posición económica. Le gustaba usar sombrero del tipo tejano pues decía que con el sombrero mexicano ranchero de ala grande, y delgado como era él entonces, parecía tachuela. Botines negros era su estilo regular de calzado. Además, era exageradamente cuidadoso en su aseo personal.

 

Tenía 22 años cuando conoció a Juanita Sotomayor, la muchacha que luego habría de ser su esposa. La conoció como solía ser en aquella época, en la plaza de armas de Monterrey que era en donde estaba viviendo desde hacía tres años. Se acostumbraba a que en los días Domingo, los hombres jóvenes caminaran en la banqueta alrededor de la Plaza en una dirección, mientras que las muchachas casaderas (en edad de merecer, se decía entonces) lo hacían en la dirección contraria. Esto les daba a unos y a otras, la oportunidad de verse a la cara y en el caso de una muchacha, a enviar alguna sonrisa enganchadora a algún muchacho que le gustara. El aludido, al darse cuenta de la mirada al cruzarse con ella, se separaba de su grupo y se acercaba a la de la sonrisa. Ya para entonces, esta les había dicho a sus amigas que si se acercaba ese muchacho, ellas se adelantaran y los dejaran caminar y platicar solos. 

Ese fue el caso de Pedro, pero, además, su habilidad para leer algunos pensamientos y la belleza y honradez de la muchacha fueron factores muy fuertes para la atracción mutua. Se conocieron y enamoraron rápidamente, y después del noviazgo de rigor y de conocer a su familia, pronto obtuvieron el permiso de los padres de ella para casarse. Siendo, además, que él ya tenía una posición más o menos holgada, gracias a que trabajaba desde hace esos dos años en la compañía de tranvías de la ciudad. Su luna de miel fue en Tampico, y allá fueron para pasar tres días ellos solos hasta que regresaron a la casa que ya habían comprado en Monterrey.

Para 1912, siete años después ya tenían cuatro hijos, Ranulfo, Ramón, Ariel y  María del Socorro.

 

Fue en 1910 cuando surgió la Revolución, era el 19 de noviembre de ese año. Hasta Pedro llegaron las noticias que corren aparentemente ocultas, de que por un lugar llamado Las Vacas en Coahuila, pasaría gente de los Maderistas tratando de levantar y convencer a otros para pelear contra el odiado general Díaz.

No les voy a hacer a mis pocos amables lectores, una reseña de los antecedentes de esta Revolución. Pero, es el caso, que esta noticia llegó a sus oídos y en consecuencia, sus anteriores afanes Revolucionarios  se encendieron de nuevo. ¿Qué hacer?. Por un lado tenía el amor por Juanita y por sus hijos. Su responsabilidad con ellos como esposo y como padre era muy fuerte. Por otro lado, tenía aquella angustia, aquella zozobra, aquel coraje que había acumulado en los últimos años y que le llamaba con fuerza y con pasión a entrar en una lucha que él ya sabía de antemano que se iba a dar tarde que temprano. Vencieron  en su lucha interna sus afanes patrióticos, y viendo que no era solo él quien se entregaría a esa lucha donde probablemente muriera, pues había mas hombres que estaban dispuestos a darlo todo por salir de ese pozo de vejaciones ya insoportables, entre ellos, su viejo amigo Ezequiel Soria. Habló con su mujer y le dijo:

-Juanita, tu sabes que siempre he odiado la explotación de los grandes terratenientes e industriales a los campesinos y los obreros, y es para mi un asunto muy importante luchar para que ellos se liberen de esa situación, por lo menos hasta donde a mí me sea posible. Yo no puedo cruzarme de brazos ahora que la oportunidad de hacer algo surge al fin. Me voy a pelear en esta Revolución. Estos no serán días fáciles para ninguno de nosotros, tengo que dejarte a tí y a los muchachos aquí en la casa y lanzarme a eso. Perdóname que no te pueda consultar y dejar que intervengas en la decisión de estas cosas, pero esto no es de querer ó no, ó al menos no es tan simple. Aquí esto es una necesidad que los hombres tenemos que cumplir por nuestros hijos y sus hijos. Te dejó todo el dinero que he juntado. Además, estarás recibiendo la renta de la casa que compramos el año pasado y ya hablé con don Bonifacio para que te dé crédito de su tienda hasta que yo le pague si lo necesitas. Perdóname si tengo que dejarlos por un tiempo, pero algo muy fuerte me llama y tengo que ir a luchar para acallar esa voz que me martilla en la cabeza y que me llama con fuerza a pelear.-

 

Juanita en silencio no le dijo nada de inmediato, hasta que viéndolo a su cara, no tuvo otro remedio que aceptar y estar de acuerdo con lo que le decía Pedro y le dijo:

-¡Ve viejo, has tu deber si así lo crees!.- Cuídate mucho viejo, yo también quiero que pelees por esa gente, pero no quiero que te me mueras, pues acuérdate que tienes  hijos  y una esposa, y al final de cuentas también tienes que cuidarlos y luchar por ellos y por mí.-

 

Así fue como Pedro inició su carrera como Revolucionario Maderista. Abandonando a su familia y a su tranquilidad por un ideal que todavía no era muy claro en su corazón y en su mente. Y no lo hizo solo, en sus años como trabajador había logrado hacer amistad con gente de sus mismas  ideas y junto con 50 de ellos se prepararon para unirse a las acciones Revolucionarias que ya se gestaban. Ya que esperaban, pudieran ser una parte del grupo de gente que cambiaría los destinos del país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO II

 

La Revolución Maderista

 

Pedro había sabido que por un lugar llamado Volcanes al lado oriente de Las Vacas, Coahuila (hoy Ciudad Acuña) pasaría un hombre llamado Calixto Guerra y que en esa época había creado fama de Maderista. Pedro pensaba en unirse a él. Estando a la cabeza de ese grupo de compañeros que habían decidido entrar a hacer esa Revolución, decidieron pernoctar en el lugar a esperar a este hombre.

 

El lugar estaba en una zona desértica, en la que el único paisaje eran unas rocas grandes que formaban unos círculos de unos 15 metros de diámetro. Y que sobresalían notoriamente del suelo a tal grado que parecían pequeños volcanes. Decidieron no dormir junto a ellas, ya que sabían que es ahí en donde las cascabeles suelen descansar. Por esto, es que se apostaron mas lejos y a cobijo de unos huizaches que todavía floreaban.

 - ¡Macedonio!. ¡Ponte abusado, no vaya a pasar por aquí la gente que estamos esperando, nos vayamos dormir y no nos demos  cuenta, no te me vayas a dormir!.-

-¡No te preocupes Pedro, ni siquiera me voy a sentar para que así, si me da sueño solito me despierto!.- le contestaba a gritos el aludido.

 

Pedro y su gente se acostaron a dormir en aquella pequeña arboleda con la confianza de que Macedonio  oiría pasar la gente que esperaban. No obstante pasó la noche sin novedad, pues nadie ni a pié  ni a caballo pasó por allí. Luego supieron que esto fue porque Calixto Guerra había pasado el Río Grande por el lado poniente de Las Vacas levantando toda la gente que pudo y ellos estaban del lado contrario, por eso es que no pudieron verlos.

 

Así es que, al no ver pasar a esta gente los 50 hombres con Pedro a la cabeza se pusieron a buscar al tal Calixto Guerra. Lo encontraron por fin después de cuatro días en la Hacienda de la Trucha. Pedro se presentó con él y le dijo cuáles eran sus intenciones y las de sus compañeros. Calixto los aceptó.

Ya unidos al grupo mas grande de Calixto Guerra, formaban un cuerpo de unos 300 de Revolucionarios. 100 a caballo y 200 a píe. Todos armados con armas de fuego, algunas viejas armas tenían más de 50 años de edad y otras las más modernas, las habían conseguido en Estados Unidos con dinero aportado por aquellos trabajadores de los tranvías que apoyaban la lucha.

      Decidieron iniciar las acciones atacando la Hacienda de las Vacas, un lugar bien guarecido por tropas de Díaz y que creían que de derrotarlos, ayudaría mucho a que mas gente se le uniera. En su falta de experiencia en estas lides, atacaron de frente, sin tener la menor idea de lo que era sostener una pelea con soldados de línea, y sin ningún concepto de lo que eran estrategias de combate ó tácticas guerrilleras. Pedro con sus 50 hombres atacaron por lado sur, Macedonio Pérez con otros 50 hombres de Calixto por el norte, y el resto de la gente, los que iban a caballo directamente desde el oriente esperando con esto acabar con las tropas de Las Vacas.

-¡Vamos muchachos, péguenles a estos pelones!

 Gritaba Pedro enardecido, mientras corría furiosamente hacia dónde estaban los soldados al mismo tiempo que disparaba su revólver.

-¡Órale hijos de la peinada!- Ahora van saber lo que somos los Maderistas.- Gritaba la gente enardecida mientras atacaban sin muchas precauciones.

 A pesar de que lograron matarle alguna gente a la guarnición de Las Vacas, el ataque resultó infructuoso y con pérdida de 35 hombres. Pues los soldados de Díaz contaban con ametralladoras y armas más modernas de tal modo que repelieron el ataque con facilidad y los hombres de Calixto Guerra y los de Pedro Arce tuvieron que retirarse cargando cinco heridos y dejando 35 muertos atrás.

-¡Vamos muchachos,  estamos fregados,  más vale que no vayamos!-

 Y salieron corriendo hacia el poniente tratando de escapar de las balas de las ametralladoras que barriendo al suelo como una escoba descomunal, tiraban a los atacantes al suelo sangrando y con agujeros en la espalda, en medio del polvo y los gritos de dolor y de muerte.

 Escaparon a duras penas, pero como  si esto no fuera suficiente, los soldados de Díaz los persiguieron durante 40 kilómetros hacia Saltillo. En esa carrera la mayoría de los que estaba a píe, ó fueron muertos ó se perdieron ó regresaron a después a sus casas derrotados ó heridos. Calixto Guerra logró escapar de esa persecución y decidió buscar al Coronel Julio Soto para unir sus fuerzas con las de él. Pedro con 40 hombres que le quedaban, escapó también, dirigiéndose  hacia Torreón, pero con tan mala suerte que en el trayecto, por la falta de caballada y alimentos, otros cinco hombres murieron.

Algunas partes del desierto de aquella zona era tan áridas que había tramos de hasta 80 ó 100 kilómetros completamente lisos y sin mas trazos de vegetación que algunas pocas plantas “gobernadoras” dispersas aquí y allá. A veces allá a lo lejos se observaban cerros que parecían yunques igual de áridos que los lugares por donde pasaban. Era esa zona del área de Paila, en donde a pesar de ser desértica, les cayó un aguacero tan tremendo, que se vieron en la necesidad de treparse a unos pequeños montículos de piedras a fin de que el agua que fluía por el desierto y que desaparecía tan rápidamente como llegaba, no se los llevara con ella a quién sabe a donde.

Fue después del aguacero repentino del desierto que, una media hora después de que cayó este, tuvieron que regresar a toda prisa al montículo de piedras del que habían salido. Una invasión de probablemente millones de estos asquerosos seres, amenazaba con hacerles algún daño. Y más por la cantidad tan extraordinaria que había de ellos que por la clase de animales que eran. Se movían los sapos, de un tamaño mayúsculo, verdes pardos y llenos de vejigas en la piel, siguiendo la misma dirección hacia donde el agua se había ido. La vista de aquella invasión era verdaderamente aterradora, saltando hacia delante todos en una horda ruidosa y asquerosa que, de solo verlos el terror estuvo a punto de matar a mas de uno. Tres horas duró la procesión, hasta que los últimos animales desaparecieron en una hondonada que estaba unos trescientos metros adelante.

 

Durante varios meses, con algunas ocasionales visitas a su familia, vivieron a salto de mata, peleando contra los federales y contra el hambre, el frío ó el calor, sin ninguna coordinación con fuerzas mayores, hasta el día en que Madero triunfó y Díaz salió fuera del país. No obstante, durante esos meses aparentemente desperdiciados y llenos de fracasos, Pedro aprendió a pulso, tácticas guerrilleras y desarrollo muy bien sus habilidades estratégicas, cosa que en el futuro inmediato le sería de gran utilidad.

 

Ya que la Revolución inicial había triunfado, y se hizo momentáneamente la paz, Pedro regresó a sus labores de costumbre y a su casa, con gran gusto de Juanita y sus hijos, el mayor de los cuales andaba ya por los diez años.

 

Ya  tenía seis meses en Monterrey cuando una noche de mala suerte, en la madrugada y mientras dormían, Juanita lo despierta:

-Viejo, perdóname que te levante, pero tengo un dolor muy fuerte en el pecho y no lo aguanto. Por favor vete a buscar un Doctor que me siento muy mal.-

Pedro se levantó de la cama y apresuradamente se vistió y salió en busca de un médico. Regresó a la media hora con él y de inmediato se dirigieron a la recámara. Pero, ya era muy tarde, Juanita, su amor, la madre de sus hijos, yacía sin vida en la cama. El Doctor la revisó y concluyó que un ataque el corazón había sido el culpable.

Pedro se vio de pronto, completamente solo, su esposa querida había muerto todavía muy joven. Aunado a su dolor, él tuvo que pasar por otro para decirles a sus hijos todavía pequeños lo que había pasado.

La sepultó en el panteón de Dolores.

 Junto con sus hijos y su hermana, la lloraron tres días. Tres días en los que estuvo encerrado en su recámara sin salir para nada mas que para orinar y tomar agua. Luego, habló con sus hijos que lo necesitaban tanto y todos lloraron juntos.

El llanto logró tranquilizarlos lo suficiente como para poder tomar decisiones para su vida futura. Su hermana aceptó cuidarle a sus hijos como si fueran propios, él, le dio plena potestad sobre ellos y sobre los bienes que tenía, que no eran muchos y despidiéndose de su hijos tuvo que irse  a Torreón, pues no tenía trabajo y no lo encontraba en Monterrey.

 Se fue a trabajar en una hacienda de un señor llamado Manuel de la Fuente, de la que era su administrador. Pero esto no habría de durar mucho, pues Huerta el traidor, asesinó a Madero y la guerra empezó de nuevo. Pedro se dio cuenta de que no había terminado  la lucha y  que un nuevo traidor estaba en la Presidencia, al que había que combatirlo de nuevo con la fuerza de las armas, pero esta vez al lado de Carranza.  Y, además, sus motivos para vivir se habían vuelto muy escasos con la muerte de Juanita, así es que solo la lucha  era su única alternativa, para al menos dejarles eso a sus hijos.

Renunció a su trabajo con el señor De La Fuente y avisando de nuevo a su familia su regreso a la Revolución, se metió en ella de nuevo. Se adhirió a un cuerpo mayor de ejército  al mando del general José Isabel Robles, y se dedicó entonces a juntar armas y caballería para reforzar y proveer a las acciones de Carrancistas que querían vengar la traición del infame Huerta.

CAPITULO III

 

Las Predicciones

 

La Revolución inicial ya estaba dividida, las facciones que apoyaban a Huerta se peleaban a morir con las que apoyaban a Carranza. Siendo Pedro, Carrancista, tarde o temprano tenía que enfrentar a los Huertistas. Pero esto no sucedió en una batalla formal sino contra un grupo de cinco Argumedistas, entre ellos, un antiguo conocido.

Una tarde, estando en Torreón,  Pedro fue a comer al pequeño restaurante “La Copa de Leche” que así se llamaba y que estaba frente a la Plaza de Armas. Llevaba un caballo dragón bayo oscuro que había comprado en Monterrey al que le llamaba El Orejón, pues tenía la particular habilidad de distinguir sonidos prácticamente inaudibles para los seres humanos e incluso para otros caballos y además, también se distinguía por tener unas manchas blancas en cada oreja.

Llegaron a esa misma hora y a ese mismo lugar cinco Argumedistas, a quienes antes de entrar al restaurante,  vieron un caballo que les pareció muy peculiar  con esas manchas blancas en las orejas y preguntándose entre sí quien sería el dueño. Todos estaban bien armados y entre ellos venía un hombre que habría de influir mucho en su vida ahora en medio de una Revolución, y que había conocido anteriormente. José Cortijo su viejo enemigo de la niñez. Pedro lo reconoció inmediatamente por su cara ancha y sus ojos un poco separados. Pues su pinta era muy distintiva. Al mirar a aquel hombre armado, de grandes bigotes y cara tranquila, José le preguntó:

-¿Tú eres Pedro Arce verdad?-

La pregunta hecha con odio y  desprecio al mismo tiempo no sorprendió a Pedro.

- Sí,  José, yo soy.- le contestó Pedro desafiante al percibir sus pensamientos agresivos.

-Y usted a quien le va amigo, es Huertista o es Carrancista ?-

Preguntó  otro de los cinco hombres.

Pedro pensó para sus adentros: -Estos babosos creen que están en una pelea de gallos y preguntan si le voy al giro ó al colorado.-

Y luego les contestó con voz alta y desafiante:

-¡Soy hijo de la Revolución y sigo  a la legalidad y al señor Carranza!.-

-¡Oiga fulano de tal!- Gritó un Subteniente del grupo, de mal talante.

-¡Así que usted es Carrancista!, Pues Los Carrancistas para mí son unos hijos de la peinada, y dondequiera que me encuentro a uno, le pongo  en su madre!-

Pedro se levantó de la mesa y salió hacia un lado de ella, y mirándolos de frente les contestó con desprecio:

-¡Todos ustedes son una bola de méndigos, junto Con su jefe el dizque general Huerta, traidor infeliz que no merece existir, y si quieren que nos demos, pues pa’ luego se me hace tarde!.-

En ese momento, tanto José Cortijo como el Subteniente sacaron sus armas del cinto y dispararon contra Pedro. Este, sintió el silbido de una bala en su oreja derecha y otra que apenas le rozó el brazo izquierdo. Entonces, sacó  inmediatamente su arma de la cintura y abrió fuego contra todos ellos rápida y certeramente. El ruido fuerte y seco de los disparos sorprendió a los comensales del restaurante, que se protegieron inmediatamente bajo las mesas temiendo que alguna bala perdida los tocara. Dos mujeres de edad que ahí se encontraban gritaban desesperadas y aturdidoras.

 Del primer tiro de Pedro, cayó  violentamente hacia atrás aquel Subteniente, pues recibió un tiro directo en la cara. José recibió el segundo tiro en el brazo derecho, tiro que lo desarmó. Los demás soldados, al ver la precisión y la rapidez de la respuesta al ataque, no tuvieron tiempo de sacar sus armas y decidieron dejarlas en su funda levantando las manos al mismo tiempo en señal de rendición.  Pedro no quiso esperar a que cambiarán de opinión o llegarán más soldados Argumedistas ó Huertistas que para el caso era lo mismo y tampoco quería dispararles a los soldados que habían levantado las manos pues no era un asesino a mansalva. Bajando Pedro la vista para mirar a José que se apretaba el brazo con la mano izquierda para no desangrarse y para aplacar un poco el dolor, decidió huir rápidamente de lugar. El herido, al verse imposibilitado para contestar el ataque le gritó:

-¡Ya nos veremos otra vez, Pedro jijo de la Chingada y por mi madre que a la próxima te mato!-

Pedro no le contestó, salió del lugar rápidamente y montando al Orejón, salió corriendo a medio galope y se dirigió al norte por el lado de San Pedro.

 

El no lo sabía entonces, pero como resultado del disparo echo a José, este quedó con el brazo tan dañado y casi inmóvil  que desde ahí en adelante, tuvo que usar el brazo izquierdo para hacer la mayoría de las labores que antes hacía con el derecho, inclusive las de disparar su arma. Y solo podía utilizarlo dándose fricciones una vez por semana con peyote molido curado en alcohol, pues los dolores que tenía eran tan intensos que a veces solo eso y fumando marihuana se le olvidaban. Hombre orgulloso y altanero, era de fuerte y tesonero carácter. Cuando odiaba, odiaba con toda su alma e igual era cuando quería, pues era capaz de dar la vida por un amigo y entregar sin miramientos todos sus bienes por alguien que los necesitara. Igual era en el amor a las mujeres, era fiel en tanto lo fueran con él, pero también era cruel con quien lo engañara. No era feo, pero tenía una cara poco común, moreno y con los ojos muy separados de la nariz, alta y gruesa era su complexión física y siempre, siempre, portaba armas y estaba dispuesto a usarlas de inmediato si se sentía amenazado. Odiaba a Pedro antes de esta pelea por motivos baladíes, como lo fue un pleito de la niñez. Pero cuando supo que era Carrancista lo odió aún mas, pues, por culpa de un grupo de estos, en una pelea en su casa por causa de unas vacas, perdió a su mujer y a un hijo cuando la casa se incendió durante la pelea.

 Ni aún cuando permaneció varios meses fuera de sus labores de soldado, habría de abandonar la profesión de las armas, pues una fuerza interior lo empujaba a continuar en eso, el coraje, el odio, y la esperanza de volver a encontrarse con su odiado rival para matarlo, a Pedro Arce. Y solo estando en el ejército estaría en posibilidad de hallárselo en el futuro, dados los frecuentes viajes a que esa profesión los llevaba.

 

Luego de salir de Torreón, Pedro decidió entonces buscar a su gente, que sabía estaba por el lado de Parras de la Fuente. Para cuando llegó a Parras, ya su gente se había ido, y decidió regresar a Monterrey, pues le dijeron que se habían regresado para allá. Lo hizo sólo, atravesando bosques, sierras y llanos desiertos.

Al salir de Parras, se proveyó de alimentos para el viaje que lo habría de llevar hasta Monterrey. Procurando viajar en las primeras horas de la mañana y en las últimas de la tarde para no tener que sufrir aquel inclemente sol Coahuilense ni toparse solo con algún destacamento Huertista. Dormía a cielo raso y a veces, cazaba de vez en cuando alguna liebre correlona, y si no había mas, alguna víbora descuidada, la que asaba por la noche escondiendo el fuego y comiéndosela antes de dormir. En esas ocasiones, al dirigir la vista al cielo estrellado, recapacitaba en lo que era su vida y la de sus hijos y compañeros Revolucionarios. Pero también se ponía a pensar en cosas más especiales y profundas. Cosas en las que la gente de su tiempo no solía pensar con frecuencia, pues a casi todos, la diaria labor de sobrevivir en ese caos en el que se había convertido la Revolución, y las necesidades diarias del comer los hacían pensar en cosas mas terrenales y mas urgentes.

-¿Para qué sirven tantas estrellas?- pensaba al acostarse a cielo raso.

-¿Que hay allá?-

-A veces me parece que todas las cosas que nos pasan sólo son un teatro y que la verdad es que alguien nos está observando divirtiéndose allá arriba con lo que nos pasa a los seres humanos aquí en la Tierra.-

-Dios, ¿Estás ahí? Porque permites que tus hijos sean explotados y asesinados como si tú no existieras?-

-¿Quién soy yo? ¿Qué es la gente? ¿Para que sirve todo esto? ¿Vale la pena?-

-No lo sé- se decía a sí mismo.

-Pero en estos días, eso no me debe importar mucho. Ahora lo que me importa más es hacer todo lo que pueda para acabar con esos méndigos Huertistas. Ya mi vida es bastante enredada para agregar mas líos pensando en el mas allá.-

Así pasaba  y así pensaba en los días y noches en que viajaba de Parras a Monterrey.

En uno de esos días ya cerca de Saltillo, pasó por el lado sur de un monte alto y hermoso, cuando pasaba por su falda, trotando en el Orejón, le llegó esta pregunta a la mente::

-¿Que habrá en la cima de este monte?¿Qué hay al otro lado?-

A medida que avanzaba por la falda de ese cerro, más y más le llegaba a la mente esa curiosidad sin sentido, esa necesidad de saber que había arriba.

No sabía que era lo que lo jalaba hacia allá, pero no podía resistirlo. En un golpe intuitivo indefinible para él, decidió subirlo, a pesar de que sabía que habían pasado cuatro días de cabalgata y no debiera distraerse en algún capricho. La tentación era muy fuerte e irresistible, y al fin, empezó a trepar hacia arriba pues algo que no entendía le llamaba a hacerlo.

 

4 horas habría de tardar en llegar hasta la cima,  pues no había veredas ni caminos hacia allá. Algunas veces era fácil la subida  siendo al mismo tiempo  muy hermoso el lugar, pues cruzaba zonas con árboles muy grandes y frondosos,  otras veces la pendiente era muy empinada y difícil hacia arriba. Con cañadas abruptas y difíciles de trepar. Encontró un pequeño ojo de agua, y lo aprovechó para cargar su cantimplora y darle de beber  a su caballo. Casi siempre, la subida era a pié y llevando al Orejón de las riendas, animándolo a seguir adelante y hacia arriba, continuaba lentamente su ascenso.

 A casi media hora de llegar a la cima, en el recodo de una vuelta y arriba de una roca grande, de repente, una figura humana sentada en una roca le detuvo. Era un joven indio, probablemente un tarahumara, muy moreno y que vestía una especie de calzones de cuero y unos guaraches ligeros. Estaba desnudo de la cintura para arriba y tenía el pelo largo y muy negro. Un collar de colmillos de algún animal en su cuello duro y una banda roja en la frente eran su único adorno.

El indio no miraba a Pedro, su mirada estaba dirigida hacia la cima de aquel monte. Al pasar por su lado, luego de la sorpresa inicial, Pedro se detiene frente a él y le pregunta:

-¿Hablas español?, ¿Estás solo ó hay alguien más contigo?-

El indio, volteó la cara hacia el jinete y sin decir ni una palabra, le miró detenidamente a la cara. Su mirada era profunda, inteligente  e inquisitiva a pesar de su obvia juventud, pero al mismo tiempo, cordial y recia. A Pedro le pareció que no era un hombre normal, no solo por ser indio, sino porque desde el fondo de esa mirada, le parecía verse a sí mismo.

El indio volteó luego hacia arriba, y con su índice y el brazo extendido hacia el cielo, le señaló algo. Pedro volteó la cabeza en la misma dirección y vio una águila dorada volando a baja altura. El animal era magnífico, dos metros de envergadura tendrían sus alas abiertas al volar y se dirigía hacia la cima. Pedro lo miró solo unos segundos y luego bajó la vista para hablar con el indio. Este, ya no estaba ahí, Pedro giró rápidamente sobre su cuerpo aún arriba del caballo buscando a la sorpresiva visita, y temiendo algún tipo de ataque, pero ya no lo encontró, de algún modo, el hombre había desaparecido tan misteriosamente como se le presentó al principio.

Pensó: -No es posible que haya desaparecido así en el tiempo que tarde en mirar el águila. Si hubiera corrido no estaría a mas de 15 metros de distancia.-

 Y no obstante, a pesar de que habían mas de 50 metros sin algún objeto alrededor de aquella roca, el indio ya no estaba ahí.

Decidió continuar su subida y esto le calmó  el ánimo a pesar de la extrañeza de aquel suceso.  Por fin, luego de media hora desde que vio al indio, llegó a la ansiada cima.

Desde arriba y mirando hacia el lado Oriente y hacia abajo,  pudo contemplar un pequeño valle que estaba cubierto por alto zacate dorado y que el viento movía con gracia, provocando en él, una danza arrítmica y cadenciosa cuya música la producía el viento al pasar por las ramas de un gran pino que estaba allá arriba. Alrededor del valle, que, por supuesto estaba rodeado por otros cerros semejantes aunque mas pequeños, un cinturón de pinos y sabinos de gran altura, cuidaban aquella tranquilidad, como guardianes inmóviles de la serenidad del lugar. Aparte de la vegetación que contemplaba, solo había otro ser vivo cercano a él y a su caballo, el águila dorada volando allá arriba y dirigiéndose al valle.

Dejó al Orejón amarrado a la sombra del oloroso pino. Se sentó a descansar bajo ese único árbol de la cima y se puso a contemplar el magnífico paisaje que se hallaba unos doscientos metros debajo de él.

La brisa le acariciaba la cara, y le traía el agradable aroma de las ramas del árbol. A pesar de que era mas allá del mediodía el calor del agradable viento era gentil, casi fresco, -Quizás debido a la altura.-, pensó.<

Luego dejó vagar la mirada por el lugar y vació su mente de pensamientos. Solo estaba ahí, formando parte del lugar, sin ansiedades, sin preocupaciones, sin emoción, sin sentimientos, solo estaba ahí, formando parte de ese hermoso conjunto.

Luego se dio cuenta de que estaba viendo el paisaje, se reintegró en sí mismo y se dispuso a disfrutar del momento de soledad. A lo lejos en las alturas, un chillido agudo resonaba en el valle, el águila le hablaba de tareas inconclusas y de responsabilidades pendientes, pero él no quería saber nada de eso en ese momento, solo quería abandonarse a la belleza del bucólico lugar y recuperar las fuerzas de su agobiada alma.

No pudo evitar recordar que hacía unos días había matado a un hombre en una lucha que no era una guerra sino un pleito estúpido entre hombres que en otras circunstancias quizá hubieran sido amigos.

-¡Maldita sea, porque entre tantos lugares que hay en Torreón, tenía que aparecérse en ese José Cortijo!-

-¡Bueno, pues ya ni modo, yo no fui el que inició esa balacera!-

Abandonó ese pensamiento y de nuevo dejó vagar la mirada por el valle. Ya para entonces llevaba mas de 10 horas sin comer, pues la subida a aquel cerro le había hecho olvidar que tenía que llenar esa necesidad.  Por si fuera poco, el agua que había echado en su cantimplora se le había acabado hace rato y ambas cosas en ese lugar y en medio de esa soledad se convirtieron en urgentes.

Pensó: -De aquí a que encuentre agua, como no sea bajando de nuevo de regreso por donde mismo y que agarre algún animal que pueda comer y asarlo va a pasar mucho rato, así es que tengo que hacer algo ya y pronto.-

Mientras pensaba como solucionar esos problemas, volteó a su cercano derredor y vio un par de cactos pequeños color verde rojizo. Se le ocurrió que estos podrían tener algo de humedad y quizá su masa fuera comestible.

-Bueno, no tengo nada que perder.- Y arrancó uno de ellos con su cuchillo, lo que hizo con algo de dificultad. Luego, le raspó las pequeñas espinas y lo peló hasta dejar a la vista la pulpa. Cortó un pequeño pedazo y se lo echó a la boca. El sabor era como supuso, algo amargo, pero no del todo mal, y lo que era mejor, tenía bastante agua en su pulpa. Así es que lo masticó extrayéndole el jugo y luego tragando la masa. Continuó así con el resto de la planta hasta que sació su hambre y su sed. Luego arrancó el otro y lo guardó para mas tarde en caso de que no hallara algo mejor.

Se sintió adormecido y se recostó contra el tronco del pino por el lado de la sombra.

No bien cerró los ojos, de pronto una sensación extraña le recorrió el cuerpo, escuchó un atronador sonido ó rugido y trató de moverse y levantarse, pero sus piernas no le respondieron. Luego todo empezó a girar a su alrededor y se hizo la negrura.

Su próximo estado de conciencia le encontró mirando al valle desde la altura, el aire silbaba al pasar bajo sus alas y se dio cuenta de que ya no era quien solía ser. Su espíritu y él del águila se habían convertido en uno solo. Podía sentir como era ser aquel animal y también sentirse humano al mismo tiempo. Esto le permitió disfrutar la inmensa dicha de volar y saber que lo estaba haciendo a voluntad. Sentía también en su alma la sensación salvaje y limpia de la naturaleza del águila, su agudeza visual y el rapaz salvajismo del depredador.

 

Luego, abandonó aquel estado y se transformó en el pasto del valle. Solo que ahora, no tenía conciencia de sí mismo en la misma forma que cuando era el águila. Sintió los jugos vegetales recorrer su flexible cuerpo, el empuje de la brisa moviendo su cuerpo, las hormigas ascendiendo por su espiga. Sentía eso pero no sabía que lo sentía.

Luego se integró al conjunto, ya no era Pedro ó el águila, ó la hierba o los árboles ó el viento. Se convirtió en todo eso al mismo tiempo, y una sensación de plenitud y humildad le invadió el alma ó quizá debiera de decir, sus almas.

Dos horas quizá le duró ese estado alterado de conciencia. Luego se durmió efectivamente por una rato y finalmente despertó a la realidad tangible ya muy avanzada la tarde.

Después de recapacitar en lo sucedido, se dio cuenta de que eso había pasado por comer ese cacto, luego, trató de decidir que hacer.

-¿Bajar ahora de regreso?, Ya es muy tarde y me agarraría la noche. ¿Bajar al valle para estar mas a cubierto y hallar comida menos enloquecedora?, parece lo  mas sensato.-

Contemplando el lugar y en medio de esos pensamientos, de pronto a un lado del valle algo le atrajo la atención. Una especie de construcción o pequeña casa que no había notado reflejaba contrastadamente la luz del sol de la tarde. Se decidió a bajar y averiguar que era eso. Tardó solo una media hora en llegar ahí. Se aproximó con precaución pues pensaba que pudiera ser alguna instalación Huertista. En efecto, al acercarse se dio cuenta de que es una choza bien echa, pero también se dio cuenta de que no estaba abandonada. La casita se veía cuidada y había en un pequeño corral unas cuantas gallinas y detrás de la casita un pequeño sembradío de maíz y frijol. Mas allá vio un arroyo que bajaba del cerro desde un pequeño cañón que no había notado, y que llenaba una fosa natural de piedra.

No se oían voces ni sonido de ninguna clase, ni siquiera el ruido del viento que parecía estar a la espera de algo.  Salvo, en lo alto, el chillar del águila que lo seguía como si fuera su guardián celeste, no había sonido alguno.

Pedro, ya con mas confianza en su seguridad física, lo primero que hizo después de asegurarse que no hay peligro, es ir a la fosa a beber agua, llenar su  cantimplora y darle de beber al Orejón.

Después de tocar la puerta y al no escuchar respuesta, entró en la casa. Adentro había un solo cuarto ocupando la totalidad del lugar. En un lado junto a una ventana, dos modestas camas con colchón de zacate, al centro una mesa de madera con tres sillas, una chimenea que también servía como estufa y trastero, ya que en el centro hervía un jarro lleno de frijoles. Estaban en la parte de atrás, un ropero viejo y un baúl muy grande. Un estante lleno de libros y un espejo largo, formaban el resto de los muebles de la modesta habitación. Como el hambre era mucha, desesperado tomó un platón y lo lleno de frijoles del jarro hirviente, agarró una cuchara y se los comió con avidez.

Una vez satisfecha su hambre, salió al exterior y se sentó a esperar a quien quiera que fuera el dueño de esa casita, pues pensaba pagarle por los frijoles que había tomado.

Poco antes de que el sol se metiera arriba del cerro grande, dos figuras se aproximaron a la casa por el lado Norte. Al principio, Pedro  no podía distinguir los detalles de las personas, pero pronto se dio cuenta de que eran dos mujeres y un burro viejo que cargaba leña. Una, era una muchacha joven de unos veinte años de edad, muy hermosa y vestida con modestia. La otra era una mujer grande, quizás de unos 50 años y que caminaba con rapidez frente a la mas joven y se notaba que en su juventud había sido una mujer hermosa, todavía lo era a pesar de la obvia mayor edad.  Ambas usaban huaraches, la mas joven llevaba un vestido de flores pequeñas y con el pelo negro suelto. La mayor llevaba rebozo en los hombros y trenzas en el pelo que ya se notaba algo canoso.

Al acercarse a la casa, de pronto, las dos mujeres se dieron cuenta de la presencia de Pedro y se detuvieron. Luego, la mayor reanudó el paso y se acercó hasta estar a tres metros de distancia de él. La menor se mantenía un poco mas alejada.

-¡Al fin llegaste Pedro!- le dice la mujer mayor.

-¡Te he estado esperando desde hace 10 días y por fin llegaste!-

Pedro, asombrado ante aquella introducción de la mujer, le dice:

-Perdóneme señora, pero ¿Cómo es que usted sabe mi nombre y que yo iba a llegar aquí, si ni siquiera yo sabía que venía?

-¡Mira Pedro!- contesta la mujer.– Yo me llamo María Espinosa y esta muchacha que ves aquí es mi hija Jazmín.­- Luego continuó:

-Entremos a la casa y ya te explicaré, nomás déjame descargar a este animal de la leña que trae arriba.-

Pedro no la dejó, y adelantándose le quito al animal la leña que traía en el lomo, le quitó además, la pequeña silla de la que se colgaba la leña y lo soltó. El animal se retiró a buscar que comer. Luego, entraron a la casa.

La mujer mayor fue la primera en entrar, Pedro esperó a que entrará la hija de la señora para luego entrar él. Al pasar la muchacha frente a él, pudo darse cuenta con mas detalle de lo hermosa que era Jazmín. De tez aperlada, casi blanca, el cutis de ella era terso como piel de durazno. Sus ojos grises de acerina enmarcados por unas cejas negras, espesas y muy bien delineadas eran magnéticos. Al verla pasar, un presentimiento le sacudió el corazón y un temblor le recorrió todo el cuerpo.

Después de que entró la muchacha, él la siguió. María se arrimó a la olla de los frijoles, miró adentro de ella  y sonriendo con algo de sarcasmo le dijo a Pedro:

-¡Ya veo que visitaste nuestra cocina! -

Pedro se apresuró a contestar: -Señora, ya me moría de hambre cuando llegué aquí y tuve que tomar algo de la olla, pero, no se preocupe, le pagaré por ellos-

La mujer sonrió y le dijo:

-No te preocupes, que yo sé que me vas a pagar.-

Luego, lo invitó a sentarse a la mesa, le sirvió mas frijoles y un café de garbanzo que Pedro no había notado que estaba también en la chimenea y sentándose todos alrededor de mesa, la mujer empezó a hablar.

-Desde que tengo uso de razón, siempre he tenido la capacidad de ver de antemano las cosas que van a pasar, aunque no siempre tengo el control para hacerlo. Yo nací en Saltillo en medio de una buena familia, no éramos ricos pero vivíamos bien. Crecí ahí y estudié hasta terminar la primaria para luego como casi todas las mujeres de ciudad, a hacer labores femeninas y a esperar que un buen partido nos saque de nuestro aburrimiento. Hace unos 25 años me enamoré de un hombre muy guapo y muy cabal que se dedicaba a la minería. Me fugué de la casa de mis padres pues no lo querían por yerno,  vivimos en Saltillo por unos años mientras sus negocios iban bien. Luego, una mala racha de dinero, lo hizo salirse de la ciudad y empezar de nuevo a buscar alguna buena mina que nos permitiera seguir viviendo con algo de comodidad. Mucho batalló mi viejo, Juan Barrera se llamaba, para encontrar alguna mina que le diera para nuestras necesidades y finalmente luego de algunos meses vino a dar a este lugar que está a solo 15 kilómetros de la Estación Hipólito y a unos 80 de Saltillo. Encontró oro mi viejo, y no queriendo dejar de sacarlo ni dejarme sola, me trajo a Hipólito.  Aquí nació Jazmín hace 20 años, pero antes de que naciera me trajo a conocer este lugar.-

Haciendo un paréntesis, la mujer volteó a mirar a Pedro y le dijo mirándolo a los ojos.

-Yo sé que te extraña que te diga todo esto, pero tengo buenas razones para hacerlo, déjame seguir y pronto todo será claro para tí.-

La mujer se quitó el rebozo de los hombros y mientras lo hacía y lo ponía sobre la cama, Pedro pudo otra vez ver a Jazmín que lo miraba con mucha atención y sonriendo graciosamente. Un poco turbado por la bella chamaca, volteó de nuevo hacia María que ya se sentaba de nuevo.

-Como era quizá la única persona (aparte de mi Juan que siempre andaba en el monte), que sabía leer y escribir.- Continuó la mujer. –

-La gente del pueblo acudía a mí para que les ayudara con alguna carta ó algún consejo. Yo era capaz de dárselos dada esa habilidad que Dios ó el Diablo me dio y eran tan acertadas las cosas que les decía que podían pasar, que mi fama, pronto llegó a otros pueblos. Paredón entre otros. Pero has de saber Pedro. Que las envidias, la ignorancia y la maldad de alguna gente, son tantas que,  luego de un par de años después de que ya había nacido Jazmín, el cura de Paredón, un tal padre Lopitos,  empezó a correr el rumor de que yo era una bruja,  y que tenía por amigo al Diablo y quien sabe que otras cosas mas.-

-Un mal día, toda la bola de sonsos del pueblo con el curita ese a la cabeza, Llegaron frente a nuestra casa, dizque para ahorcarme por bruja. Mi viejo que estaba ahí conmigo en ese día, me defendió como era de esperar. Pero un maldito que sabía que mi viejo estaba sacando oro de aquí, vio la oportunidad de quedarse con su mina y con la excusa de que mi viejo era el defensor de una bruja lo mató  a sangre fría de un escopetazo en el pecho. Yo, que no cabía en mi dolor  y en mi coraje al ver aquella injusticia, saqué también la carabina de mi viejo de adentro de la casa y maté al jijo de la chingada.  La gente y el curita estúpido, al ver la tragedia que habían provocado, se detuvieron de su intención original de ahorcarme y solo me forzaron a irme del pueblo inmediatamente después de que enterré a mi viejo.-

-Ya no podía regresar a Saltillo, mis padres ingratos y sin amor, no me hubieran permitido regresar con ellos. Y, además, de saberse que yo había matado un hombre aquí. Probablemente iría a dar a la cárcel. Por otra parte, yo ya sabía donde estaba la mina de mi viejo y decidí venirme a vivir aquí con mi hija.-

-A como he podido, le he enseñado lo que sé, pero, ya se ha vuelto una mujer y necesita convivir con la gente.-

En toda esta platica, Jazmín solo era una observadora, limitándose a asentir con la cabeza lo que su madre decía y a voltear de vez en cuando a mirar con curiosidad, casi con avidez, el rostro de Pedro.

Luego continuó la mujer:

-Aquí es donde entras tú Pedro. Desde hace varios meses he estado pensando en como llevar a mi hija a Saltillo. Mis papás murieron hace tiempo, pero tengo una hermana muy buena con un buen esposo y dos niñas mayorcitas y quiero que Jazmín se vaya a vivir allá.-

Para mi ya es muy tarde para irme para allá, y, además, aunque parezca increíble, todavía ayudo a alguna gente que se echa la vuelta desde Hipólito para escuchar mis consejos. Entre ellos está Don Carlos el tendero. Él me trae algunas cosas que necesito de allá para mi y para mi hija y yo le pago buen precio en oro.-

Había pensado en buscar a alguien que llevara a Jazmín a Saltillo con mi hermana Rocío, pero tengo miedo de que me la usen y le quiten el dinero con que la voy a mandar. Hace unos diez días tuve una visión a la hora de meterse el sol, un hombre llamado Pedro en un caballo con manchas blancas en las orejas sí la llevaría a salvo hasta allá.-

Por eso, cuando vi tu caballo, supe que ese hombre eras tú y que puedo confiar en que mi hija llegara viva, contenta y con su dinero con mi hermana a Saltillo.-

Pedro, se quedó pensando un rato, y luego le dijo:

-Mire señora, si no fuera porque yo ando a la carrera y tengo que alcanzar a mi gente en Monterrey, si la llevaría, pero yo ando en mucho peligro y ella también lo correría si la llevara conmigo.-

-Pedro- le replicó la mujer.

-No debes de temer, que mis visiones rara vez fallan, y, además, te voy a pagar con un morralito de oro si me haces ese gran favor.-

-Además- continuó, -Te voy a dar algo mas si la llevas. Te daré la oportunidad de mirar que puede ser de tu vida mas después. Pero te advierto, que lo que yo veo no es siempre seguro, yo mas bien lo que veo es un abanico de posibilidades que se hacen ciertas cuando algunas cosas se presentan. Por ejemplo; cuando vi a tu caballo, inmediatamente supe que el resto sería verdad.-

- Señora- le contesta Pedro. – déjeme descansar  y dormir en la parte de afuera de su casa y mañana le doy una respuesta, ¿qué le parece?-

-Esta bien Pedro, esperaré a que sea hasta mañana que me digas que sí la llevaras-

Pedro se levantó de la mesa, dio las buenas noches a las dos mujeres y salió a atender a su caballo, le quitó la silla, lo llevó a beber de nuevo y lo soltó, sabiendo con seguridad que su fiel amigo no se iría lejos.

Luego acomodó la silla y unas cobijas y se dispuso a dormir, lo que hizo casi inmediatamente.

Se despertó en la mañana ya con el sol sobre los cerros, se dirigió hacia las hierbas altas a orinar, lo hizo, y de regreso, se dirigió hacia la fosa del arroyo para lavarse.

Ya casi por llegar a la fosa del arroyo, se detuvo repentinamente al mirar algo que lo dejó maravillado. En ella con el agua a las rodillas, se bañaba completamente desnuda Jazmín. Al principio, Pedro intentó voltearse para no verla y ella no se avergonzara, pero la tentación fue mas fuerte y se detuvo a mirarla con mas cuidado. Además, ella estaba de lado y no miraba a nada mas que a sí misma al bañarse. Sus delgadas y torneadas piernas mostraban no obstante que no era una debilucha pues se adivinaban torneados y ágiles músculos debajo de su aperlada piel. Terminaban las piernas en unas caderas hermosas que delineando una suave curva, se extendían hasta su sensual cintura y no menos hermosa espalda. Luego se giró un poco de lado y pudo mirar sus preciosos senos cuyos pezones se alzaban desafiantes al roce del estropajo. Pedro estaba maravillado contemplando aquel paisaje, aquel precioso regalo a la vista que, en momentos, le parecía que radiaba  luz propia. -Es tan hermosa- pensó, -que de repente parece que por la espalda le van a salir blancas alas y  que va a salir volando  a encontrar el sol de la mañana.

Luego, de repente ella volteó hacia donde Pedro estaba y le miró a los ojos enviándole una mirada inocente y de sorpresa al mismo tiempo que se tallaba el ombligo con el estropajo. Pedro fue el que se ruborizo al ver que ella lo veía sin malicia, y sonriendo él, con un gesto como el de quien acaba de ser sorprendido in fraganti cometiendo un delito, se agachó, se volteó hacia otro lado y se encaminó  a la casa.

Levantó sus cosas del suelo, arregló sus mochilas y se fue a traer al Orejón que se había retirado bastante durante la noche al comer el sabroso zacate de aquel verde valle en donde vivían las dos mujeres. Regresó luego de una media hora y al darse cuenta de que Jazmín ya no estaba en la fosa, se dirigió a ella para lavarse. Lo hizo, llenó su cantimplora con agua limpia y se regresó a la casa con algo de vergüenza al pensar que la muchacha podría haberle dicho a su madre lo que había sucedido en la fosa esa mañana. Tocó a la puerta de la casa y unos pasos suaves se oyeron antes de abrir la puerta. Era jazmín, Pedro la saludó con un respetuoso –Buenos días Jazmín- a lo que ella le contestó:

-Buenos días señor Pedro, pásele-

Adentro, María le saluda también con un buenos días seguido de un -¿Cómo dormiste?-

-Pásale  a almorzar algo Pedro, te preparé unos huevitos en salsita con frijoles y algo de café- le dijo sin esperar respuesta.

-Son ustedes muy amables conmigo- le dijo Pedro, -me hubiera visto en dificultades sin su aayuda y si no hubiera hallado su casa-

Se sentó a la mesa y almorzó con gran gusto aquella comida, pues desde hacía muchos días no probaba algo tan sabroso. Termino pronto de comer y se tardó un poco mas en acabarse el café.

-Bueno Pedro- reinició la plática inconclusa del día anterior la señora María.

-

-¿Ya me vas a decir que si te llevas a mi hija a Saltillo?-

Pedro, que hasta momentos antes de despertarse esa mañana ya había decidido no hacerlo, había cambiado de opinión después de su maravilloso encuentro con Jazmín en la fosa. Y lo había hecho no por algún tipo de atracción sexual hacia la muchacha, sino porque precisamente su candor e inocencia la hacían merecedora de mejor suerte que la de aquella soledad a la que estaba destinada si él no la llevaba a Saltillo.

-Pero María- contestó él. –¿Porque confía en un extraño que llega de quien sabe donde a llevarse su tesoro mas preciado, a su preciosa hija Jazmín? ¿Cómo sabe usted si yo no voy a hacer precisamente lo que ha temido estos últimos meses?-

-Porque te conozco Pedro, porque como te dije, tuve esa visión que me dijo que eras confiable y porque las dos creemos que eres un hombre de palabra en quien pondríamos nuestras vidas en sus manos- Pedro sabía que la mujer era sincera, pues su habilidad para reconocer los pensamientos de otra gente para con él se lo decía.

Volteó a ver a la joven, esperando también adivinar sus pensamientos, y todo lo que percibió, fue una sensación de confianza y seguridad en él, pero también percibió cierto sentimiento especial de ella para con él, sentimiento que le llenó de gusto.

-Está bien María, llevaré a Jazmín hasta la misma casa de su hermana y le prometo,¡que le prometo!, ¡Le juro! que con mi vida me he de asegurar que nada desagradable le suceda en el trayecto. Pero tenemos un problema. Solo hay un caballo, y de aquí a Saltillo es muy lejos para llevarla en ancas-

-No te preocupes por eso- le contestó María, -Lleguen a Hipólito y busquen a Don Carloss que Jazmín sabe donde vive. Le llevan una carta mía y él les dará otro para que sigan adelante.-

luego le dijo, -¡Ven conmigo y sígueme!, te enseñaré mi secreto.-

Caminaron hacia el sembradío detrás de la casa. Llegaron hasta un lugar cerca de unos árboles muy frondosos y en donde había una lápida de piedra  que decía: Juan Barrera 1857-1892

-¿Aquí está su difunto esposo María?-

-No Pedro- contestó la mujer.

-Esto es para despistar, mi viejo está en Hipólito.-

- ¡Haber ayúdame a levantar esta piedra grande!- Era una piedra detrás de la lápida a la que solo un hombre ó dos mujeres hubieran podido levantar.

Debajo de la piedra y enterrada en un pozo pequeño estaba una caja de metal del tamaño de un pequeño veliz. La mujer lo abrió y Pedro pudo ver que dentro de la caja habían unos 15 morralitos de cuero. La mujer sacó tres y cerrándola de nuevo le pidió que la volvieran a tapar. Él lo hizo, y luego María le dijo:

-Te voy a dar tres bolsas de pepitas de oro Pedro, una es para ti por ayudarnos en esto y las otras dos son para que las lleve mi hija a mi hermana Rosa y le ayude a cuidarla. Esta caja le pertenece a mi hija, su papá la tenía guardada cuando murió. Yo la hallé y la enterré aquí, pero sé que por aquí en algún lugar que hemos buscado desde que me vine para acá está la mina de donde este oro salió. Te dejo saber esto porque sé que no lo vas a robar y que se lo vas a cuidar a mi niña.-

Se regresaron a la casa a terminar de preparase, Pedro metió las bolsitas en la mochila de su caballo. Ya dentro de la casa, María le da las últimas instrucciones a su hija.

-Tu mi Jazmín, le llevaras esta carta que escribí anoche y dile que en Julio le mando mas dinero, haber como se lo hago llegar-

-Si mamá- contestó Jazmín.

-Ahora voy a preparar lo que me falta para llevar con mi tía- y se paró de la silla dirigiéndose al ropero.

-Pedro- le dijo María a nuestro personaje. –Te voy a dar el regalo extra que te prometí. ¿Quieres saber que será de ti en los próximos meses?-

Pedro, lleno de curiosidad por el ofrecimiento le dijo que sí, y luego la mujer le pidió que sentado como estaba, se tomara un liquido oscuro que tenia en una botella arriba de la chimenea. Se sentaron en la mesa y le dijo:

-Solo dale un sorbo, mas de eso podría ser peligroso.-

-Ahora, dame tus dos manos.- y las tomó con cada una de las suyas mientras cerraba los ojos.

-Cierra también tus ojos Pedro y no te resistas a lo que veas, déjate ir y solo conviértete en un testigo de eso.-

Luego la mujer inició un extraño rezo:

-Santa Virgen María dadora de virtudes y salud

cuida de nosotros en nuestro viaje por las alturas de tu sabiduría

llévanos de tu mano a conocer los laberintos del tiempo

llévanos en tu regazo a contemplar nuestro futuro

pero no permitas que esta visión nos dañe en el alma

si tus designios no son de nuestro agrado.-

-Lleva a este hombre a recorrer su vida para que de ella aprenda que solo tú salvas.-

-Hazlo digno de recibir tu sabiduría, y perdónanos el atrevimiento de pedírtelo.-

Luego siguió con el típico:

-Dios te salve María, Llena eres de Gracia, el Señor Es contigo.............

Al oír todo esto, Pedro para sus adentros tenía ganas de reírse, pero el temor a ofender a la voluntariosa mujer lo hizo aguantarse las ganas de hacerlo y decidió solo observar como ella se lo había pedido.

Poco a poco, mientras la mujer rezaba el Ave María, él empezó a sentir un ligero mareo, luego la voz de la mujer se fue apagando con lentitud, como si él se estuviera retirando de la habitación hacia fuera oyendo cada vez mas débilmente la voz de María.

Repentinamente, una luz cegadora le dio en la cara y abrió los ojos asombrado al percibirla a través de sus párpados.

Una escena domestica se desplegaba ante sus ojos. En una sala muy bonita y muy iluminada por unas velas redondas de vidrio, y que no tenían llama. Un hombre grande de unos 70 años vestido un poco raro, lee un libro usando unos lentes dorados muy gruesos. Está sentado en una mecedora de madera y a su lado hay una mesita que tiene arriba de ella una copa llena de un liquido ámbar claro que le parece que es un brandy.  Frente a él en un sillón de tela floreada, una mujer grande también aunque se aprecia de menor edad que el viejo, teje a duras penas por el esfuerzo para mirar detalles, una cobija ó algo así.  Luego de unos instantes de mirar esa escena tan vívidamente como si estuviera con ellos en el cuarto, se dio cuenta de que el hombre que lee, es él mismo, pero a la mujer que teje no la reconoce. ¿Quién es? , No podía estar seguro. No la reconoce a pesar de que tiene un aire que en cierto modo le es familiar.

Luego, en el pórtico de entrada de la casa suenan unos golpes a la puerta. La mujer se levanta lentamente y gritando dice:

-Ya voy, Ya voy.-

En seguida, abre la puerta y frente a ella están parados un hombre y una mujer jóvenes y dos niños.

-¡Hay mis hijos que bueno que vinieron!, ¿Y como están mis dos diablillos?- Dice la mujer dirigiéndose a los niños.

-Mira, Pedro, mira quien llegó.-

 El hombre se levanta con cierta dificultad y con una gran sonrisa de satisfacción al verlos y va a saludarlos con unos abrazos para todos.

Luego, esta escena se borra por completo de los ojos de Pedro y se ve de nuevo sentado en una silla, amarrado junto a su amigo Ezquiel amarrado también. Están en un cuarto de sillar, techo de teja, con poca luz que proviene de una ventan desvencijada y rodeados de varios hombres armados.

Un oficial muy moreno y de unos bigotes grandísimos está frente a ellos mirándolos con coraje, les pregunta:

-¡Haber cabrones, me van a decir que fregados estaban haciendo aquí espiándonos y quién los mandó ó me los voy a chingar!-

El compañero de Pedro le dice:

-No estábanos haciendo na , mi coronel, solo andábanos buscando nuestros burros.-

-Que burros ni que la jodida, no te hagas pendejo tratando de convencerme que eres un arriero. Yo ya sé que son espías de los Carrancistas, lo que quiero que me digan es cuantos hombres  vienen y cuando piensan atacar al pueblo.-

El hombre en quién Pedro se reconoció le dice al oficial. -Mire señor, ya que habla de no hacernos pendejos, pues no nos hagamos. A poco de veras cree que le vamos a decir eso. Ni que fuéramos cobardes rajones y miedosos como ustedes los mendigos Villistas. Hágale como quiera.-

-¿Ah, sí? , ¡Pues haber que les parece esto!. ¡Capitán Salinas!, lleve a estos hombres a la parte de atrás de la casa y si en los próximos 5 minutos no nos dicen algo, me los truena, ¡Sáquenlos de aquí!- Grita a sus hombres.

A empujones, son sacados del cuarto y llevados a la parte de atrás de la casa. Los ponen en la pared dando el frente a los 6 hombres armados con fusiles que esperan las órdenes de su Capitán. Luego de un rato, éste les dice:

-Bueno señores, ya pasaron los 5 minutos, ¿Van a hablar ó no?-

Ninguno de los dos hombres dice nada.

-¡Pelotón, a formarse en línea de tiradores, pa’ fusilar a estos jijos!-

Y los seis hombres se forman frente a ellos con sus armas en descanso.

-Haber señores, ¿Quien de ustedes quiere que le tape los ojos?-

El compañero de Pedro les dice que él sí quieren que le pongan un pañuelo.

-¿Y tú? Le pregunta a Pedro. Este contesta:

- Yo no quiero ningún trapo, quiero ver venir la bala que me ha de matar.-

-Bueno, allá tú.- Le dice el Capitán

-¡Preparen!- y los hombres cortan cartucho.

-¡Apunten! Y levantan sus armas a la altura de los ojos.

 

Luego, como en la ocasión anterior, la visión se borra de repente de la vista de Pedro y recupera la vista normal. María todavía está rezando.

...Y Bendito es el fruto de tú vientre, Jesús.

Pedro le dice: -María. Ya desperté.- la mujer abre los ojos y le dice:

-La vida es un árbol con sus ramas de posibilidades. Como estas, las opciones se extienden en muchos sentidos y es uno y solo uno mismo, quien escoge por donde se va a ir. Tu ya viste las cosas que pueden pasar, a ti te toca escoger cual de ellas es la que prefieres.-

Pedro se queda pensativo unos minutos, luego se levanta y dice:

-Pues que sea lo que Dios quiera, mejor vámonos Jazmín para llegar antes de mediodía a Hipólito.-

María le estiró del brazo y lo lleva hacia fuera de la casa mientras la muchacha termina de prepararse.

-Mira Pedro, todavía no te vayas, te voy a decir algo mas, pero no quiero que mi hija lo oiga.- Y se salieron afuera de nuevo.

 -Yo estoy enferma de algo que me corroe las tripas, a lo mejor es un cáncer ó no sé que.-

-De todos modos yo ya sé que no pasó de aquí a los seis meses y esa es la razón principal por la que quiero que te lleves a mi Jazmín. Cuídamela mucho y entrégala sana y salva con mi hermana. Yo sé que Dios te lo reconocerá y te pagará por eso.-

¡Dime que me juras que cumplirás esta promesa!-

-Se lo juro por mis hijos Doña María.-

 Y ambos entraron de nuevo a la casa. Jazmín ya estaba lista.

María se acercó a ella y ambas se dieron un abrazo muy largo seguido de un llanto apagado y resignado. Después, le dio un beso en la frente a la muchacha.

-¡Que Dios y la Virgen Santísima te cuiden y te protejan mi hija. Confía en Pedro, que él te llevara a salvo con mi hermana!-

Luego, Pedro se despidió también con una abrazo de la mujer y se montó a su caballo.

-Vamos Jazmín, arriba.- Y jalándola de la mano mientras ella se apoyaba un poco en el estribo, de un salto quedó en la grupa del Orejón, detrás de Pedro.

-Agárrate a mi cintura, no te me vayas a caer.-

 Y empezaron a alejarse de la casa mientras volteaban hacia atrás a despedirse con la mano de la pobre mujer que veía por última vez a su amada hija.

 

Pedro, al principio un poco entristecido por la despedida, pronto se le pasó este sentimiento, pues al sentir tan cerca de él a Jazmín lo hacía sentirse feliz, aunque no sabía exactamente porque. En algunos momentos, en que el camino era pendiente hacia arriba, ella se agarraba con mas fuerza de su cintura y en otros le llegaba a acariciar el estomago, ó al menos eso le parecía a él.

A veces, el viento corriendo a sus espaldas, movía el pelo largo y negro de la muchacha sobre la cara de Pedro y este podía disfrutar de su aroma a hierba fresca.

-Oye Jazmín, se me olvidó preguntarte si sabes andar a caballo, pues cuando consigamos uno para ti, vas a tener que montar sola.-

-No se preocupe señor Pedro.- le contestó ella.

-En algunas de las veces en que Don Carlos vino a la casa, él me enseñó a montar su yegua mansa.-

-Y dime Jazmín, como es que te has pasado sola estos años sin mas compañía que tu mamá-

-Bueno.- dice ella.

-Desde que yo me acuerdo, mi mamá me ha estado enseñando cosas, me enseño a leer y a escribir ella sola, he leído muchas cosas. Y Don Carlos cada vez que viene me trae algo mas para leer. Leo poesía, cuentos como los de las mil y una noches y muchas cosas más. Mi mamá me enseño a tejer y a cocinar, y hasta me enseño a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir. También me ha enseñado a rezar y me ha contado de cómo son las cosas entre la gente de la ciudad.-

-Sé como y porque nace la gente, ella me ha platicado lo que es el amor como el que sentía por mi papá al que casi no conocí. Y también me ha dicho que hay gente mala que solo piensa en hacer daño a otros y gente buena como usted que ayudan a los que los necesitan.-

-Y aparte de eso, ¿Qué mas hacías cuando estabas en el valle?-

-Bueno- continúa ella, -Las dos sembrábamos maíz, tomate y chile para comer, también tenemos calabazas y criamos pollos. Me gustaba mucho pasear por el campo y conozco todos los rincones y lugares de nuestro valle. Especialmente, me gusta mucho un lugar en la cima del cerro grande en donde hay un pino muy oloroso. Desde ahí se ve todo el valle, y en lo alto se ve volar a las águilas. Me siento a descansar y a soñar que algún día un muchacho valiente y guapo descansará conmigo debajo, en la sombra del pino. Y luego me llevaría a conocer lugares muy bonitos y que me casaría con él.-

-¡Ah! Bonitos sueños Jazmín, ojalá Dios te los cumpla.-

Y así, con esa platica y otras mas, llegaron a Hipólito un par de horas después. Buscaron al tendero y cuando lo hallaron, Jazmín le entregó la carta de su madre. No tardó el hombre mucho en conseguir otra cabalgadura para la muchacha. La misma yegua joven y tranquila que Jazmín conocía.  Le dio también unas cobijas para el frío de la noche y un vestido y zapatos nuevos, pues le dijo que en Saltillo solo las sirvientas usaban huaraches.

-Cuando lleguen a Saltillo, vendan la yegua, por lo menos 50 pesos les han de dar por ella.-

Les dio frijoles cocidos para que se los comieran esa noche, tortillas de harina de trigo, algo de chorizo y un asado de puerco para que comieran al día siguiente. Café del bueno y unos seis huevos cocidos dentro de un jarrito para que no se rompieran. Llenaron de nuevo las cantimploras con agua y Don Carlos les dio otra mas, no fuera que tardaran en hallar agua para beber.

Salieron por fin de Hipólito a las tres de la tarde y se dirigieron al sureste a través del monte.

 

Cabalgaron 3 ó 4 horas mas. Al caer la tarde, Pedro encontró un lugar perfecto para acampar, había una pasta para los caballos, un arroyito cercano les proporcionaría agua para beber, comer y lavarse, y un pedazo de terreno debajo de un huizache que estaba limpio de piedras les serviría para hacer una lumbre y para dormir.

Se bajaron de los caballos y mientras Pedro les quitaba las monturas y los llevaba a beber, Jazmín buscaba leña para hacer una fogata y preparar algo de lo que Don Carlos les había dado para cenar.

Hicieron sus elementales necesidades, se lavaron y se dedicaron a cenar los tacos de harina como si hubiera sido el mejor manjar existente sobre la Tierra. Siguieron platicando antes de acostarse a dormir. Ella le preguntó que hacía en la Revolución y porque estaba dispuesto a matar a otros hombres por ella. Él le explicó como eran las cosas en el campo y en la ciudad y que había pasado con Madero y porque ahora estaba con Carranza. Le platicó también de su esposa muerta y de sus hijos que estaban en Monterrey.

Tendieron sus cobijas en la tierra y con la lumbre de la fogata todavía a sus pies se dispusieron a dormir. Jazmín se acostó a unos tres metros de donde Pedro estaba quedando frente a frente con él.

-Buenas noches Jazmín, que duermas bien.-

-Gracias Don Pedro y buenas noches a usted también.-

Pedro cerró los ojos y luego de un rato ya a punto de dormirse, sintió a alguien cerca de él, era como es natural, Jazmín.

-¿Que pasa chula?- le preguntó.

-Don Pedro, tengo miedo de estar ahí sola, déjeme dormir aquí junto a usted.- y diciendo eso se acurrucó junto a él dándole la espalda.

El olor del  cabello de la muchacha le llegó otra vez a Pedro, pues lo tenía precisamente en su cara. Luego, obedeciendo a un impulso irresistible, le pasó el brazo sobre sus hombros y la abrazó apretándola con ternura. Ella no opuso resistencia y antes al contrario, se apretó mas a él.

Luego de un rato, ella empezó a acariciar la mano de Pedro, y él correspondió acariciándole el brazo. De repente, Jazmín se gira y quedando su cara frente a la de él, le dio un beso en la boca. Él se sorprendió y quedó mudo por un rato, luego, viendo entre la penumbra sus hermosos ojos y el naranja de los reflejos de la fogata en los labios de ella, la besó también.

No me adentraré en los detalles de estos lances, queridos lectores, pero si les diré que a partir  de ese momento, las caricias mutuas fueron más profundas e intensas. Se acariciaron tiernamente y con cierta curiosidad el cuerpo. Y finalmente, después de un rato largo de sorpresas  e inmenso y recíproco placer, Pedro la desnudó. Quedando asombrado ante la belleza virgen de Jazmín, se desnudó él también y luego, la gozó intensamente, tan intensamente que después de hacer el amor con ella dos veces, se decía a si mismo que se sentía especialmente privilegiado por ese regalo tan hermoso, la virginidad, la doncellez de Jazmín. Entregada esta sin mucho esfuerzo por ella, quizá por causa del aprecio, admiración ó amor repentino por aquel hombre tan seguro de sí mismo, y quizás por el astuto consejo de la mamá. Ella no estaba menos emocionada, y candorosamente le pregunta después del lance:

-¿Así es hacer el amor Pedro?, ¿Así es de hermoso y doloroso al mismo tiempo?-

-Mi lindo Jazmín- contesta él, - Esto no es solo hacer el amor, esto es llegar a las puertas del cielo y entrando sin permiso gozar de sus ventajas. En cuanto al dolor, este no es fuerte y pronto se te pasara.-

-Te quiero Pedro, quiero ser tuya para siempre.- Le dice ella.

Pedro por única respuesta, le besa primero en la frente y luego de nuevo en la boca.

Se durmieron abrazados tranquilamente y no despertaron sino hasta que el sol les dio en la cara por la mañana del siguiente día.

Dos días mas con sus noches, transcurrieron antes de que llegaran a Saltillo. En cada una de ellas, hicieron  el amor, ella descubriendo los secretos del sexo y él los beneficios del cielo. Al llegar a Saltillo, ya no eran los mismos que salieron de la casita del valle. Se habían enamorado mutuamente como locos y casi con tristeza llegaron a la ciudad, porque sabían que ella los separaría por lo menos por un tiempo.

Llegaron al domicilio de la hermana de María, quien recibió a Jazmín con inmensa alegría al saber quien era y a Pedro con gran deferencia. Pedro le entregó las bolsas de pepitas que le envió María y se despidió de ella. Luego, dirigiéndose a Jazmín la ve a los ojos con dulzura. Ella le dice:

-Pedro, no te vayas, que voy a hacer si no te veo.-

-Mi amor, mi Jazmín, espérame, no te dejaré, pero hay cosas que tengo que hacer, vendré a verte tan seguido como pueda. Tengo, además, que ver a mis hijos que están en Monterrey. No te desesperes. Mientras, quédate aquí con tu tía y conoce la ciudad y como se mueven las cosas en estos lugares. Lee que te gusta tanto hacerlo, y prométeme que no verás a otros hombres del mismo modo como me ves a mi.-

-Nunca veré a nadie como te veo a ti.- le dijo ella.

Se dieron un tierno beso en la boca, bajo la mirada un tanto extrañada de la tía. Él, montó al Orejón y sin voltear atrás para que ella no le viera el pesar en la cara, se alejó rápidamente rumbo a Monterrey.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO IV

 

Don Venustiano Carranza

 

 Para llegar a Monterrey, al pasar por Saltillo que estaba en poder de los Huertistas y para dejar a Jazmín con su tía. Pedro había ocultado sus armas lo mejor que pudo entre sus ropas y en los arreos para su caballo. Luego de que pasó por Saltillo entre las tropas Huertistas haciéndose pasar por capataz de La Hacienda del Canutillo logró después de varias semanas de haber salido de Torreón, llegar a Monterrey sano y salvo a buscar a su familia.

Después de esto, pasó varios meses en la ciudad de Monterrey, sosteniéndose con el oro que María le había dado y regresando luego al trabajo en la industria. Visitaba a su Jazmín cada vez que podía, aunque no era con la frecuencia que hubiera deseado.

Ya desde la segunda vez que la visitó, le prometió que se casarían al terminar esa guerra ó él ya no pudiera ó no quisiera pelearla, y se irían a vivir a Monterrey.

 

Reforzando su idea de que la explotación a la que era sometido el obrero  debiera de parar, entró a trabajar en la Compañía de Tranvías  y Fuerza Motriz de Monterrey. Después de estar allí varios meses en unión de otros compañeros de trabajo decidieron formar el sindicato al que le pusieron por nombre Sindicato de Conductores y Motoristas de la Compañía de Tranvías de Monterrey. Y tenían el propósito de contrarrestar los abusos que la poderosa norteamericana compañía hacía con sus empleados.  Para eso se hizo un acuerdo con la casa del Obrero Mundial de México y con algunos jefes Constitucionalistas  a fin de lograr los beneficios que buscaban para la gente empleada de la compañía. Al no conseguir que la empresa aceptara sus demandas, se vieron obligados, él  y sus compañeros a declarar la huelga. Exigiendo que la dirección de la empresa de la compañía, les proporcionara auxilios médicos para los obreros y empleados en caso de accidentes o enfermedades, pensiones de viudez a las mujeres  cuyos esposos hubieran perdido la vida por causa del trabajo, salarios mínimos para todos los trabajadores, indemnizaciones al ser despedidos y retiros pagados después de 40 años de trabajo para la empresa. Pero  la empresa se resistió a cumplir sus demandas, durante esos dos meses los trabajos de los tranvías del servicio a la gente estuvieron  suspendidos.

Viendo que sus peticiones no eran resueltas, Pedro como Secretario General del Sindicato, junto con Antonio Martínez y Ezequiel Peláez los Secretarios de Conflictos y Tesorero, sus amigos y compañeros, decidieron ir buscar al Gobernador de Nuevo León que estaba con el señor don Venustiano Carranza en la Convención de Aguascalientes.  Llevaban una carta para él y otra para don Venustiano en caso de que el primero no les quisiera escuchar.

 

El viaje lo hicieron en tren rumbo la Ciudad de México. Tres días tardaron en llegar a Querétaro, pero allí se enteraron de que los dos jefes se encontraban en Córdoba, Veracruz, y hacia allá se fueron, iniciando el viaje de nuevo.

Yendo hacia allá, se  encontraron con ellos en el camino y supieron que venían  de regreso a Querétaro para unirse con el general Pablo González para organizar sus fuerzas, pues ya Villa estaba en plena rebeldía y la Revolución interna se estaba gestando. Llegaron al Cuartel General de don Venustiano y solicitaron hablar con él. Don Venustiano los recibió muy amablemente y escuchó todo lo que quisieron decirle.

-¡Buenas tardes Señor Presidente! Mí nombre es Pedro Arce, y mis compañeros son Antonio Martínez y Ezequiel Peláez, somos los dirigentes del Sindicato de Tranvías y Fuerza de Monterrey. Le rogamos nos permita unos minutos de su tiempo para mencionarle algunos asuntos que creemos son de importancia.-

-Buenas tardes señores, espero que su viaje desde Monterrey haya sido tranquilo, por favor pasen adelante.- les dijo cortésmente el señor Carranza.

Luego, Don Venustiano los invitó a sentarse en una pequeña sala, y les preguntó:

-Estoy a sus órdenes señores, díganme ¿Que puedo hacer por ustedes?-

Pedro fue quien empezó hablar. Platicándole de la situación que prevalecía con el Sindicato en Monterrey en forma especial, y en forma general con el ánimo Revolucionario entre la gente de esa ciudad. Le hizo notar la necesidad de proteger los intereses de los trabajadores mexicanos que se oponían a los intereses de la poderosa compañía americana, también le manifestaron su voluntad y su apoyo Revolucionario contra el traidor Villa.

A esto don Venustiano les contestó:

 -¡Ese Villa me tiene sin cuidado, es un ladrón gavillero que ha aprovechado la Revolución para hacerse de una posición que nunca podría tener en forma honesta! ¡La Revolución le debe algo, sí, pero él cree que se merece mucho más, y con esa creencia a decidido traicionarla  para cuidar sus mezquinos  intereses, ya veremos qué hacer con él!.

- Mañana al llegar Villarreal, los contacto con él para que arregle su asunto y puedan seguir trabajando para beneficio de la gente de la industriosa Monterrey.-

   No queriendo quitarle más tiempo a don Venustiano, los tres se despidieron respetuosamente y se retiraron  a esperar a Villarreal al día siguiente.

 

    Tal como Don Venustiano les había prometido, al día siguiente hablaron con Villarreal y éste los invitó a regresarse en el tren de Córdoba a Monterrey y platicar durante el trayecto.

Ya a punto de emprender la marcha en el tren y estando en la estación, un Subteniente detuvo al general Villarreal y le explicó:

-Mí General, no es posible que viajen en tren a Monterrey directamente, pues Villa tiene gente en el camino y es mejor salir rumbo al istmo de Tehuantepec, y por allí tomar un barco a Tampico para luego tomar un tren a Monterrey.

-Ya lo ven caballeros, tenemos que irnos en otra forma.- Les dijo Villarreal a los tres.  

   Todos estuvieron de acuerdo, y emprendieron la marcha a caballo hasta llegar a Puerto México, pues no podían llegar a Veracruz, ya que en esos días, esta ciudad había sido ocupada por los gringos. Tomaron un barco de vapor. El Esperanza, rumbo a Tampico el 18 de noviembre de 1911.

 

Salieron con la mar en calma la mañana de ese día. Durante el primero, Pedro y sus compañeros se la pasaron  contemplando aquella vastedad incomprensible para la gente de tierra, agricultores y trabajadores como eran ellos. El ver reunidos en el horizonte aquellas  dos grandes masas azules, les llenaba de gozo y esperanzas. Al día siguiente las cosas no estaban igual, las olas empezaron a crecer en tamaño a medida que el viento arreciaba. Se estaban metiendo en un huracán de grandes proporciones.

-¿Qué es esto Pedro? - Le preguntaban sus amigos a nuestro personaje. Mientras se agarraban a cualquier cosa fija al barco para no caerse.

-¡Se me hace que no nos libramos de esta!- Decía Ezequiel a Pedro.

-¡Es terrible Ezequiel este mar furioso!, pero, ¿No te parece que al mismo tiempo es hermoso?

-¡Tú quédate con lo hermoso Pedro, yo me conformó con que salvemos el pellejo!- le contestó el aludido.

 

Después de 10 horas de aquella terrible tormenta, en donde ni los pasajeros ni los tripulantes creían que fueran a salvar sus vidas, la tormenta por fin amainó, y ya en esta situación y con el mar en calma, pudieron continuar el viaje hasta Tampico, después de sacarle la vuelta a Veracruz para no toparse con los barcos americanos.

     Desde Tampico salieron en un tren especial rumbo Monterrey, viajando en el mismo vagón que Villarreal. Durante el trayecto tuvieron buena oportunidad de platicar con él acerca de los problemas del Sindicato con la empresa americana. Villarreal no les prometió nada. Pues realmente les dio la impresión de tenerle miedo a la compañía americana y les alegaba que era necesario para la ciudad y el país las inversiones de esta gente, y que no quería ponerlos en una situación en la que quisieran retirarse.

Pedro, irritado por la respuesta de Villarreal le contestó:

-Mire Señor Gobernador, hemos escuchado lo que usted nos ha dicho, pero no podemos estar de acuerdo con usted, pues esa empresa se ha enriquecido con el sudor de los trabajadores mexicanos. Además, a cómo están las cosas ahora, más vale que se larguen por el mismo lugar por donde entraron. Ya estuvo bueno de estar aguantando las explotaciones de esta compañía al trabajador mexicano y usted no quiere hacer nada. Y si no logramos resolver esto por las buenas pues entonces será por las malas y hasta el sacrificio llegaremos si es necesario. Pues si bien no tenemos la fuerza para vencerlos en este momento, tampoco estamos vencidos, ya verá usted.-

A Villarreal no le quedó otro remedio que contestarles de este modo:

-Bueno, al llegar pulsaré  los ánimos y ya veremos lo que se puede hacer.-

Llegaron por fin a Monterrey. Lo primero que hicieron los tres hombres fue visitar a su familia y descansar de  aquel  viaje tan azaroso y con tan pobres resultados. Era un alivio para Pedro, el llegar a su casa y pasar el resto del día  con sus hijos dejando a un lado los problemas sindicales.

 

Al día siguiente de su llegada a Monterrey, se fueron a la reunión con su gente del Sindicato, para informales de lo sucedido en el viaje. Se juntaron en el taller de mantenimiento y ahí le explicaron a su gente.

-¡Compañeros! -  Dijo Pedro iniciando el informe.

-La verdad es que no pudimos conseguir nada. Hablamos con Don Venustiano y con Villarreal. Don Venustiano está demasiado ocupado con las cosas de la guerra y Villarreal no quiere molestar a los gringos. Todo lo que nos pasa se lo hicimos saber, pero no parece importarle mucho ó a lo mejor nada.-

Los gritos de la gente no se hicieron esperar. Algunos alegaban que debieran haber insistido mas, y otros que fuera un grupo más grande para hacer mas presión. Algunos, los mas radicales, proponían quemar todos los vagones si sus demandas no eran cumplidas.

Una votación de la asamblea llegó a la conclusión de enviar una nueva comisión para hablar con Villarreal y pidieron de nuevo a Pedro que fuera  a la cabeza, Pedro se negó diciéndoles:

-¡Miren compañeros, nos estamos haciendo bolas, deben de comprender que nunca tendremos la fuerza para conseguir nuestras demandas y las de muchos otros obreros y campesinos hasta que no haya paz en esta tierra!-

-¡Y para conseguir la paz, primero tenemos que hacer la guerra!. Crear un gobierno fuerte y estable que nos pueda apoyar. Yo presento mi renuncia a esta Secretaría y me voy a la bola otra vez hasta que esto se acabe ó hasta que me lleve la tiznada y una bala me atraviese el pecho!-

-¡Yo los invito a venir conmigo, pues solo con la fuerza de las armas podremos ganar esos derechos que quieren ganar con palabras que nadie escuchará!-

Y diciendo esto se retiró de la asamblea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO V

 

La Boda

 

Pedro y cuarenta compañeros mas, decidieron retirarse del trabajo, se despidieron de sus familias y acudieron a solicitar su alta en el Ejercito Constitucionalista con el Coronel Julio Soto el 14 de Diciembre de 1914. Como llevaban caballos y armas, fueron dados de alta como rasos en la caballería  en el 5º Regimiento.

El día 25 de Diciembre, en plena Navidad, se embarcaron por tren rumbo a Paredón a combatir a los Villistas.

Duro invierno el de ese año, después de muchas vicisitudes con los trenes y los caballos,  lograron llegar a Paredón y desde ahí a caballo se dirigieron a Hipólito en Coahuila, el pueblo por donde había pasado Pedro con Jazmín.

Marchó toda la noche el Regimiento, a través del helado desierto. Algunos hombres se quedaron en el camino atacados por una pulmonía fulminante, pues si bien llevaban ropa de invierno, aquella noche la helada fue terrible y seca. Mucho mas allá de lo que hubieran podido imaginar.

Amanecieron sitiando al pueblo en el que Pedro ya había estado anteriormente. La batalla fue muy corta con solo algunos pocos heridos y muertos de la infantería del 9º Regimiento que iba junto con ellos.

Los Villistas no tenían intención de presentar batalla en Hipólito y huyeron  rápidamente dejándole la plaza al regimiento de Pedro.

Descansaron ahí esa noche para reponerse del cansancio y del frío del día anterior pues al día siguiente debieran de ponerse en marcha de nuevo hacia la estación Brisas. Lo que aprovechó Pedro para visitar a Don Carlos el tendero. Lo encontró rápidamente y luego de saludarlo le preguntó por María, la mamá de su Jazmín. Don Carlos le dijo que ella había muerto hacía dos meses y que la había traído a sepultar en el panteón del pueblo.

Pedro, fue a visitar la tumba de la madre de su novia y estando ahí, le rezó un Padre Nuestro, se sentó un rato al lado de su lápida, que Don Carlos había mandado hacer y recordó las cosas que habían pasado en su vida gracias a esta extraordinaria mujer.

 

El 28 de Diciembre, el mero día de los inocentes, mientras despertaba la tropa y desayunaban antes de iniciar la marcha. Pedro recordó la fecha y decidió jugarle una broma a su amigo Ezequiel que continuaba con él.

-¡Oye Ezequiel!- le dijo,-Ahorita fui a mirar a los caballos y me dí cuenta que se escaparon 10 entre ellos el tuyo!-

-¡No la jodas Pedro!, ¡Sin caballo tendré que ser de Infantería y eso te lo juro está cabrón!-

-Pues Haber como le haces Eze porque nos vamos en media hora!- decía Pedro tratando de aguantar la risa al ver la cara de su amigo.

-Y  pa’, acabarla, esto te pasa el mero 28 de Diciembre!- Soltando la carcajada al no poder seguir vacilando mas a su amigo.

-¡Ah Pedro, como serás mula!, me has estado vacilando con el día de los inocentes y yo tan creidote. ¡Apa que sustote me diste!-

Y se rieron con tan tremendas carcajadas que su Capitán, un buen hombre de apellido Robles que pasó por ahí los regaño por no tomar en serio las cosas de la guerra, les dijo.

Ellos se callaron pero por dentro estaban ahogándose de la risa, y ya no sabían si por la broma de Pedro ó por el regaño del Capitán.

Salieron de rato trepando de nuevo los animales al tren y ellos en los vagones, pero luego de una hora de camino, el tren se detuvo.

El Capitán que había regañado a Pedro, lo buscó y le dijo:

-Haber Pedro, bájate a mirar porque se detuvo el tren.-

Pedro se bajó y caminó hacia el frente junto con otros hombres de otros vagones que iban a averiguar lo mismo. Se encontraron con el Coronel Soto y este les dijo a todos:

-Informen a sus jefes que estos cabrones Villistas destruyeron las vías y que de ahora en adelante nos vamos a caballo hasta llegar a la estación Marte.-

Regresó Pedro con su Capitán, le informó de lo sucedido y este ordenó bajarse y bajar a los caballos para formarse y acomodarse con el resto del Regimiento.

En 20 minutos ya todos estaban abajo, hombres y bestias, dispuestos  a continuar la marcha. Pero entonces se encontraron con un problema, la falta de tren obligó a la tropa a caminar y como traían muchos arreos y armas se veían imposibilitados para seguir con rapidez.

El capitán Robles mandó buscar a Pedro y le dijo:

-Oye Pedro, yo sé que eres bueno pa’ conseguir caballada ¿Dónde crees que podemos conseguir unos 200 animales?-

-Mire mi Capitán- le contestó Pedro.

-El lugar mas próximo a este que sé que tiene caballos, es la Hacienda del  Canutillo cerca de Saltillo. Ahí el dueño es el señor Farías que no es precisamente espléndido para regalar y menos a sus caballos que es de lo que él vive. Así es que a menos que se los quitemos a la fuerza, él no los va a soltar.-

-Pues entonces se los quitamos y ya.- le dijo el Capitán.

-Mi Coronel Soto me ordenó conseguirlos y eso voy a hacer.-

-Mire mi Capitán, nosotros no podemos robarnos caballos nomás así. El mismo Don Venustiano nos ha dicho que representamos la legalidad y no somos cuatreros para robárnoslos. Pero yo tengo una solución, solo deme tres días y mientras, mande gente a la Hacienda del Canutillo a escoger los caballos que yo me encargo de llevar allá con que pagarle al señor Farías, y en siete días le traemos sus caballos.-

-¿Y como le vas a hacer para conseguir ese dinero Pedro?, no mas no me digas que te lo vas robar.  Tú consígueme esos caballos y hazle como quieras.-

-No mi Capitán, le aseguro que no le voy a quitar a nadie ese dinero, usted déjeme hacerlo a mi solo para ir a donde necesito y que nadie me siga ni vaya conmigo-

-Órale pues Pedro, y que todo salga bien.-

Así es que Pedro se montó en el Orejón y a todo galope agarró con rumbo a Hipólito, pues como ya se han de imaginar, iba a buscar la caja de donde la señora María sacaba el oro y con eso comprar los caballos.

Para en la noche ya había llegado al valle en donde había conocido a Jazmín. Durmió en la casa que todavía estaba en pié y al día siguiente se puso a buscar la caja con las bolsas con pepitas. Efectivamente, encontró la lápida, la piedra y la caja de metal con las bolsitas adentro.

-Seguramente hay un yacimiento interesante allá arriba, pero aquí hay suficiente para comprar los caballos y para llevarle a mi Jazmín el resto.-

 

Inmediatamente, y solo después de comer alguna cosa y llenar su  cantimplora, inició el recorrido que hacía ya casi un año había hecho con la mujer que quería hacer su esposa. Al recorrer las mismas veredas de ese tiempo, los recuerdos le reavivaban el deseo de estar con su amor, con su dulce Jazmín. –Quizá-, pensaba si tuviera tiempo podría verla mientras se juntaba a la caballada.

Al día siguiente ya estaba en Saltillo de donde los Villistas ya habían salido. Se dirigió a la Hacienda del Canutillo, hizo el trato con el señor Farías y compró con oro 227 caballos que tardarían su gente y la de la hacienda, unos dos días en juntar.

Viendo la oportunidad y mientras esperaba a que juntaran a los animales, se dirigió al casco de la ciudad a buscar a su amada. Llego a la casa y tocando la puerta de ella, le salió a abrir la tía Rosa, Pedro la saludó con gusto y luego le preguntó por Jazmín. Está en la cocina Pedro, pásele a verla. La encontró haciendo tortillas. Jazmín casi saltaba de gusto cuando lo vio entrar por la puerta de la cocina y corrió a abrazarlo colgándosele del cuello.

-¡Mi Pedro, mi Pedro como me has hecho falta!-

-¡Y tu a mi, corazón, ¡mucho!. Sabes que los azares de esta guerra me han traído hasta acá y tenía que venir a verte!. Tengo dos días libres aquí en Saltillo y quiero aprovecharlos para casarme contigo!

La muchacha se quedó muda momentáneamente, y luego gritó de emoción:

-¡Bendita sea la Virgen Pedro, que me concede mi mas grande deseo!. ¡Casémonos hoy mismo en la tarde!-

-Claro que sí mi cielo, hoy mismo-

Y se dieron un largo beso de amor, sellando con el alma lo que mas tarde  harían con la Iglesia y con el Juez.

Luego, Pedro habló con la tía Rosa y le pidió la mano de su sobrina a lo que ella accedió de inmediato pues quería a Pedro y sabía como Jazmín lo amaba. Él, había decidido esperar para después de la boda, darles la noticia de la muerte de María, pero ellas ya lo sabían, pues Don Carlos, el buen Don Carlos,  ya les había avisado hace un mes. Jazmín ya estaba resignada y había aceptado estoicamente la muerte de su mamá. Pedro le entregó las bolsitas con el oro y le dijo que había tenido que tomar dos para comprar los caballos, cosa a lo que ninguna de las dos le dio importancia, pues le dijeron que era bueno pues eso ayudaba a la causa en la que él creía.

 Así es que la boda se realizó sin que hubiera alguna sombra triste en el evento.

Fué muy sencilla, la familia de Jazmín y unas amigas que había hecho fueron las asistentes a la boda religiosa que se hizo en la pequeña iglesia del Sagrado Corazón. Luego la boda civil para sellar las formalidades y posteriormente una cena, solo entre la familia en la casa de Rosa y su esposo Javier González.

Pasaron su luna de Miel en un hotelito muy bonito en Arteaga cerca de la ciudad y saliendo solo para comer, durante ese primer día se entregaron a su amor asiduamente, llenándose uno al otro una y otra vez y otra vez.

 En la mañana del siguiente, Jazmín se levantó antes que Pedro y se baño en la tina que había en el pequeño cuarto de baño de su cuarto. Cuando Pedro se despertó, ella ya había salido de bañarse y todavía desnuda, sentada frente al espejo del viejo peinador, se cepillaba su negro cabello. Pedro la vio sin que ella se diera cuenta de que él había despertado. Él, extasiado ante aquella visión encantadora, disfrutaba viendo la redondez de sus sentaderas y la pequeña y esbelta cintura que las remataban por arriba. La negra cascada de su cabello de seda que caía sobre la suave forma de su hombro izquierdo y que cubría como candoroso velo azabache sus pechos frescos por el reciente baño.

Y su cara, tan suave, con esos pómulos tan torneados como sus caderas y esa nariz ligeramente respingada y, aún así, firme, indicativa de una mujer decidida y tenaz.

Como la amaba, como amaba a toda su persona, a todo su cuerpo y a toda su alma inocente, casi niña. Como adoraba aquel hermoso cuerpo que en las pocas veces que lo había visto así, no dejaba de sentirse un ser privilegiado.

Pasaron tres días en Arteaga. En los últimos dos salían a pasear por la tarde a pesar del frío del lugar y de la época. Iban a la pequeña alameda del lugar y se sentaban tomados de las manos, en alguna de las bancas de hierro del parque, viendo correr el agua de la acequia y platicando de esas trivialidades de que suelen platicar los enamorados. Por las tardes, regresaban a su recámara, se desnudaban y se entregaban al amor, luego, salían a cenar alguna cosa y regresaban de nuevo a la fiesta.

Así pasaron los tres maravillosos días. Al cuarto, Pedro la llevó con doña Rosa, se la encargó de nuevo y despidiéndose a regañadientes y después de un beso apasionado que le dio en la boca, se retiró. No sin antes prometerle a su Jazmín, que volvería muy pronto y que era muy dichoso por haberla hecho su esposa. Ella, entristecida y contenta al mismo tiempo por que al fin era la esposa de Pedro, lo siguió, corriendo detrás del Orejón, sin que Pedro se diera cuenta, hasta que él se perdió de vista en alguna esquina de la ciudad.

 

Jazmín no lo supo sino hasta dos semanas después, había quedado embarazada de su amado, y al saberlo, por fin captó que ya nada podría separarla de él, pues el hijo que esperaba era un pedazito de su amor, suyo para siempre, hasta que ella se muriera.

 

Llegó Pedro a la Hacienda del señor Farías. Ezequiel y su gente ya estaban terminado de juntar a los caballos y, a algunos hubo necesidad de domarlos. Mandó comprar a Saltillo mientras esto sucedía, unas 100 cobijas y madera cortada en tiras cuadradas y 300 metros de mecate para hacer monturas sencillas para la tropa. Todo lo treparon a una carreta y salieron de inmediato a buscar a su gente a la que alcanzaron en Marte.

 

 

 

CAPITULO VI

 

Las Batallas

 

El 5 de Enero en la estación Marte. El Coronel Soto ordenó al Capitán Robles, que era el jefe de Pedro, a que enviara una gente por delante a averiguar las posiciones y fuerzas del enemigo. Robles escogió a Pedro y a cuatro hombres mas entre ellos a Ezequiel el gran amigo Y compañero de Pedro.

Se dirigieron hacia el pueblo y se bajaron de los caballos antes de llegar a él para no ser sorprendidos por hacer ruido. El lugar tenía adelante hacia el Poniente, dos cerros pelones pero con rocas grandes. Hacia allá fueron Ezequiel y otro hombre a averiguar lo que pasaba, Pedro y otro mas se movieron hacia los lados de los cerros y delante de ellos dejando al quinto hombre a cuidar de los caballos.

Sigilosamente se acercó Pedro por la derecha y vio que detrás de unas bardas altas y anchas de piedra, y antes de llegar al pueblo, estaban apostados como quinientos jinetes armados y a la obvia espera de los Carrancistas.

A lo lejos alcanzó a mirar con su largavistas que había infanterías en los cerros. Los Villistas los aguardaban y esperaban sorprenderlos.

Se regresó al lugar de reunión con sus compañeros, se subieron a los caballos y regresaron a informar lo que habían visto.

El coronel Soto una vez que recibió los informes de la gente que envió a espiar,  reunió a sus oficiales para planear el ataque.

-Señores- les dijo el coronel Soto a sus oficiales.

-Me parece a mi que los Villistas tratan de sorprendernos y esperan que pasemos entre los dos cerros de la entrada al pueblo, y una vez que hayamos pasado nos atacarán las caballerías, nosotros al tomar posiciones quedaríamos encerrados entre la gente de a caballo y la infantería que está en los cerros.-

-Pero, les vamos a cambiar la jugada, vamos a enviar gente a que suban a esos cerros por atrás y les caigan desde arriba a los Villistas de infantería. Al mismo tiempo nuestra gente de caballería rodeará los cerros y entrará al pueblo por el lado contrario. Entonces, cuando los ataquemos desde arriba, sus infanterías correrán a refugiarse al pueblo y a su gente de a caballo por qué los nuestros desde la punta del cerro los obligarán a hacerlo. Cuando hagan eso, nuestra gente de a caballo los estará  esperando para darles. Por supuesto tendrán el apoyo de su caballería y nuestra ventaja será agarrar a los dos cuerpos entre los cerros y el pueblo y con eso ganar esta pelea.-

 

Se dieron las órdenes correspondientes, Pedro y sus compañeros de la caballería se aprestaron a seguirlas al mando de sus Capitanes. Se habían puesto de acuerdo y recibido órdenes de entrar al pueblo por atrás a las 10 de la mañana y así lo hicieron y se detuvieron a esperar el resultado del ataque desde los cerros, para entonces agarrar a los Villistas entre dos fuegos.

A las 10 de la mañana se escucharon los primeros disparos hechos por la gente de Soto desde arriba de ambos cerros, los Villistas fueron sorprendidos recibiendo disparos desde arriba cuando lo que ellos esperaban era disparar hacia bajo. El ataque los tomó totalmente desprevenidos y viendo que estaban a merced de los tiradores de arriba, decidieron como Soto habían supuesto, bajar y refugiarse en el pueblo y con su gente de caballerías. Tal como  se había pensado, cuando los Villistas se acercaron al pueblo, la caballería de Soto los atacó.

De entre las calles del pueblo, ya que venían desde el lado contrario atravesándolo, salieron los Carrancistas toda velocidad disparando sus Máusers con gran ventaja sobre los Villistas.

Aquellos Villistas que no morían por las balas eran atropellados bruscamente por los caballos. Al grito de ¡Viva Carranza!, Los soldados de a caballo se lanzaban eufóricos contra los aterrorizados Villistas a pie.

Estos regresaron sobre sus talones con la esperanza de verse protegidos por la caballería Villista que acudía presurosa a protegerlos. Sólo que para entonces la gente de Soto que había subido al cerro ya estaba abajo y empezó a atacar a las caballerías del enemigo. De este modo la gente que estaba en el pueblo vio que  se encerraban entre dos fuegos, la caballería Carrancista por el oriente y la Infantería por el poniente, sin poder escaparse a los lados por causa de los mismos cerros.

Pronto se vió el resultado de la batalla, en media hora de fuego nutrido, habían muerto unos 400 Villistas entre caballerías e infanterías. Algunos de a caballo, decidiéndose a jugarse el todo por el todo, escaparon en medio de los disparos de la infantería y entre dos fuegos. Por cada dos que trataban de escapar, uno caía muerto. Abandonaron a su gente de a pié, que caían como conejos encerrados en una jaula mortal.

Pedro y Ezequiel, desmontaron de sus caballos a fin de hacer mejor puntería con sus rifles y gritaban :-!Aquí tienen jijos de la peinada, los agarramos como a zorros en su madriguera!-

Al fin, las tropas Villistas empezaron a arrojar sus armas y levantar los brazos en señal de rendición. Pedro y Ezequiel tomaron sesenta y ocho prisioneros, cogieron 74 Máusers , 5 Colts, mas mucho parque.

- Mi Coronel Soto- reportó el Capitán Robles a su jefe.

- El pueblo es nuestro, estimo que hemos matado unos 500 Villistas y nosotros hemos perdido a 75 de nuestra gente con una treintena de heridos: Hemos recogido como 300 Máusers, dos ametralladoras y cerca de 300 caballos. La gente se portó de lo mejor sin rajarse a la mera hora. Algunos merecen un ascenso-

- Sí, Capitán ha sido una buena batalla, la primera del 5o Regimiento.  Hable con los prisioneros, y ofrézcales que se pasen a nuestras filas. A los oficiales Villistas que nos enfrentaron de frente me los manda pa' Monterrey y a los oficiales correlones Villistas me los fusila en el acto.-

-A la orden mi Coronel y permítame recomendar especialmente a Pedro Arce para un ascenso.-

-¿Quien es ese Capitán?- Preguntó Soto.

- Es de la gente que nos informó como estaban posicionados los Villistas,  y además fué el jinete quien tomó mas prisioneros y arengó a los nuestros con furor para batir a los hijos de la peinada de Villa, él también nos consiguió los 227 caballos que trajimos del Canutillo.-

Así fue como Pedro obtuvo su primer ascenso, lo nombraron a él Subteniente de Caballería sin pasar por los grados intermedios y a Ezequiel Sargento.

 

Descansaron solo un día después de la batalla de la estación Marte, pues enseguida recibieron todos órdenes de parte de la Comandancia General del Ejército Constitucionalista del Norte de atacar y recuperar a Saltillo que había sido vuelta a tomar por los Villistas.

Así es que desde la estación Marte se subieron de nuevo a los trenes que se dirigieron a a Saltillo comandados por general Santos entre otros y por supuesto por el jefe inmediato del Capitán Robles, el coronel Julio Soto.

El día 7 de ese mes llegaron a Ramos Arizpe, después de que la vía pasaba a Saltillo por el norte para entrar a la ciudad por el oriente. Se bajaron del tren, y se adelantaron unos kilómetros para pernoctar pues planeaban iniciar el ataque al día siguiente. Recibieron órdenes del capitán Robles de mantener ensillados a los caballos pues el ataque sería muy temprano.

Robles llamó a sus oficiales entre ellos a Pedro y les dijo:

-Señores, la infantería va atacar por el centro a los Villistas desde donde estamos nosotros, ustedes el Quinto Regimiento deberán atacar por el lado norte pues hay otro Regimiento que es el Noveno que atacara por el sur.-

Se dio la orden de atacar, los clarines sonando, los caballos enardecidos y relinchando y luego, a la carrera, el Quinto Regimiento atacó por norte según lo ordenado y lo hizo con gran estrépito y violencia de tal modo que echando para atrás a los Villistas pronto quedaron adelante de su propia gente.

Toda la caballería se lanzó con gran entusiasmo y furia gritando ¡Vivas! al primer jefe Don Venustiano Carranza, los caballos corrían a tanta velocidad que era muy difícil apuntar los Máusers para hacer blanco. En medio del grupo y levantando una gran polvareda y con violentos disparos, el grupo de Pedro iba a la cabeza de ese ataque, enardecido y entusiasmado por el ruido que hacían los disparos de cañón de su gente desde el centro hacia las trincheras Villistas.

En el medio de ese ataque, el fracaso. Las fuerzas atacantes recibieron órdenes de frenarse  pues se habían adelantado tanto que corrían el riesgo de quedar atrapados detrás las fuerzas Villistas.

Al mismo tiempo que eso sucedía el enemigo había logrado romper la línea central y amenazaba con acabar con el Quinto Regimiento.

-¡Deténganse muchachos, nos hemos adelantado demasiado!-

Le gritaba Pedro a su gente que se resistían a creer que debieran hacerlo. Pedro tuvo que adelantarse a ellos a gran velocidad, girar su caballo en redondo y gritarles de nuevo.

-¡Párense muchachos vamos a caer en una trampa, regrésense hasta nueva orden!-

 

Al adelantarse Pedro a su gente para detenerlos, un Subteniente de las fuerzas Villistas lo vio y lo reconoció. Era nada menos que el viejo enemigo de Pedro, José Cortijo. En ese momento, Pedro, ya había logrado detener a su gente que estaba a punto de quedar sin resguardo y todos regresaron sobre sus huellas al recibir la orden de retirada. José Cortijo, sin dejar de verlo, ya que era el último en regresarse, apuntó cuidadosamente su Máuser a la cabeza de Pedro y disparó.

Una centésima de segundo antes de que le alcanzara la bala, el Orejón metió la pata en un hoyo y cayó hacia adelante y hacia abajo arrastrando con él a Pedro a quien una bala asesina le pasó a escasos milímetros de su cabeza. Jinete y cabalgadura cayeron estrepitosamente pero sin daños mayores. Apenas se repuso de la sorpresa de la caída, Pedro se levantó y revisó el estado de su caballo, El Orejón estaba bien y estaba levantándose. José, a 50 metros de distancia preparaba un nuevo disparo. Rápidamente, Pedro se montó de nuevo en el animal y corrió hacia sus tropas, ya a punto de hacer un nuevo disparo, de nuevo la suerte le falló a José pues uno de sus hombres se atravesó en la línea de fuego e impidió que llevara a cabo su venganza. Al ver  que fallaba en sus intentos de matar a Pedro, José montó en un caballo muy grande que agarró, y picándole furiosamente las espuelas se fue detrás de su odiado rival, pues estaba decidido a acabar con él en ese día. Lo alcanzó José cuando Pedro se detuvo a levantar un compañero herido que apenas podía correr, al que le arrimó un caballo suelto y lo ayudó a subirse a él para que se pusiera a salvo. Pedro Arce no pudo dejar de notar que el hombre que corría frenéticamente hacia él, lo hacía con una intención nada buena. Ya lo tenía muy cerca y con la pistola en la mano apuntándole, cuando lo reconoció, José Cortijo.

Pero la suerte de Pedro no lo abandonaba, casi a punto de hacer el disparo, el caballo de José, debido a su desbocada carrera, tropezó con un hombre muerto. Esto sucedió para la mala suerte de José, que se cayó del animal y quedando su bota atorada en el estribo.

El caballo de José, ya plenamente desbocado, corría hacia su gente arrastrando a su jinete por el suelo, que entre tumbos y severos golpes, no tenía la menor esperanza de salir vivo de esa carrera. Pedro al mirar aquella escena, lo primero que pensó fue en que por fin se iba a lograr deshacer de su enemigo. Pero al ver lo aparatoso del accidente y la muerte deshonrosa que le esperaba a José, decidió a pesar de su aversión a aquel hombre, hacer algo para salvarlo. José colgaba como saco de papas suelto al lado derecho del caballo mientras este corría desbocado, Pedro, espoleando al Orejón, corrió tras él a todo galope hasta que se acercó la suficiente como para que, sacando su pistola, le diera al caballo de José un tiro directo en la cabeza.

El animal cayó de golpe por causa del fatal disparo y rodando estrepitosamente por le tierra detuvo su alocada carrera. Pedro solo se detuvo un instante para frenar a su caballo y para mirar de reojo si José estaba vivo. Apenas alcanzó a notar que se movía y espoleando de nuevo al Orejón regresó rápidamente a sus líneas.

Al día siguiente, José habría de preguntar a sus compañeros como es que se había logrado detener al caballo que iba a matarlo, y estos le dijeron que un Carrancista bigotón montando un caballo con manchas blancas en las orejas era quien lo había hecho. José se dio cuenta entonces, que le debía la vida a Pedro, a su odiado enemigo.

 

Regresando al momento de la batalla, en el que la gente de Pedro se detuvo y regresó. Se escucharon a lo lejos, las voces quejumbrosas de las máquinas del tren, que pedían auxilio urgente pues eran atacadas por caballería Villista y no tenían más protección que unos cuantos hombres y  dos ametralladoras.

Así es que la gente de Pedro tuvo que regresarse y dar la espalda a los Villistas que no dejaron de dispararles aún cuando ellos ya no eran un peligro.

Se dirigieron hacia donde estaban los trenes pues la orden fue de retirarse del ataque del flanco y defender las máquinas del tren.

Esta sorpresiva acción de los Villistas, significó pérdidas de vidas de la gente del Quinto Regimiento. Los Villistas al mirar eso decidieron perseguirlos con su propia caballería y Pedro  la demás gente se vieron obligados a refugiarse en un cañón de la sierra, al norte de lugar, sin poder defender a los trenes.

-¡Oficiales!- Gritaba el Capitán Robles.

-¡Ordenen a su gente que se bajen de los caballos y sigan a pie para salir por arriba de este cañón!-

Lo anterior se debía a que las fuerzas Villistas los tenían prácticamente atrapados en aquel cañón y los caballos no podían trepar allá por lo empinado. Así es que los dejaron a la entrada y continuaron a pie. Pedro recibió ordenes del capitán Robles de proteger la retaguardia con unos pocos hombres por sí el enemigo trataban de perseguirlos. Afortunadamente no fue así y pudieron escapar por el lado de arriba de la sierra.

Pedro se quedó solo con 20 hombres esperando la noche para escapar.

-Miren muchachos, subir al cañón en la noche va a ser imposible. Por otro lado, estos cabrones Villistas a estas horas no distinguen quién es quién, así es que vamos a regresarnos, y rescatar algunos de los caballos para salir de aquí.-

-¡Mi Subteniente!- le dijo uno de los hombres.

-Jerónimo me dijo que sabe "el quién vive" de los Villistas, pues se los oyó desde antes del ataque principal cuando fue a espiar sus fuerzas del lado por donde nosotros atacamos-

-¿Y cuál es Julito?- preguntó Pedro

-Me dice que es "pa'brindar por Villa" cuando preguntan "pa'que sirve el tequila".-

-Bueno, pues mira Julito, te arrimas a escondidas a donde están nuestros caballos, si te hace falta usas ese “quien vive”. Luego sueltas y haces correr unos 100 caballos tratando de que se vayan pa'l sur. Cuando se lancen a perseguirlos creyendo que somos nosotros, nosotros agarramos los que queden y nos pelamos pa'l Poniente.-

-Acuérdate de traerme al Orejón, no me lo vayas a correr con los demás, llévate a Jerónimo y a Susano contigo. Y nos vemos dentro de unos 15 minutos.-

-Si mi Subteniente, ta 'gueno.- contestó el aludido y luego se dirigió a buscar a sus compañeros para ejecutar las órdenes de Pedro.

La estratagema resultó bien, lograron tomar los caballos que necesitaban y corriendo a todo galope en medio de la noche y bajo una luna nada favorable, apenas escaparon cuando sus sitiadores se dieron cuenta del engaño.

 

Se dirigieron a Ramos Arizpe pensando que ahí estaría su gente pero no encontraron a nadie pues toda la tropa se había retirado hacia Monterrey según les dijeron alguna gente del pueblo.

Después del fracaso de las fuerzas Carrancistas en esa batalla, decidieron esperar al amanecer, aguantándose el hambre y la sed, pues desde el día anterior en la mañana no habían tenido oportunidad de comer nada y el agua se les había acabado en aquel cañón.

Cabalgaron todo el día hasta que llegaron a Monterrey por el Cañón de Santa Catarina y tan pronto llegaron a su cuartel, Pedro se reportó con sus Jefes.

 

En el cuartel General de la Comandancia en Monterrey, Pedro Arce buscó al Capitán Robles, ahí le dijeron que éste había muerto al caerse del filo de unas rocas cuando salían del cañón y que debiera reportarse con el Coronel Soto.

-Mi Coronel Soto, el Subteniente Pedro Arce desea reportarse con usted, pues no sabía que el Capitán Robles murió.- dijo un sargento ayudante del Coronel.

-¡Dile que pase hombre!-

-¡El Subteniente Pedro Arce reportándose mi Coronel!- le saludó militarmente Pedro.

El Coronel respondió el saludo y luego le dijo:

-¡Pero Subteniente, quien lo hubiera dicho que escaparía de aquella trampa, lo felicitó, dígame como le hizo para salir!-

Pedro le contó en pocas palabras lo que había pasado, y luego de terminar, el Coronel le dijo:

-Mire Subteniente, váyase a su casa a descansar un par de días y luego se me reporta de nuevo para recibir nuevas órdenes.-

-Si mi Coronel, muchas gracias.-

-Saludó de nuevo en señal de despedida y salió del cuartel.-

 

Pedro se dirigió a su casa en el Orejón, hacía varias semanas que no veía a sus hijos. Llegó a la puerta del zaguán y sin bajarse del caballo abrió a esta y entró por el pasillo que llevaba a la caballeriza que estaba adentro.

Sus hijos le oyeron llegar y gritando a su tía le decían:

-¡Tía, tía Carmela, ya llegó papá!-

Pedro se bajó del animal y al primero que agarró para abrazarlo fue Ramón, el mas gritón, luego llegaron Ranulfo y Ariel, y al último como si tuviera temor de mirar a aquel hombre tan alto, vestido como militar se quedó atrás de su hija Coquito como le decían de cariño, la única niña de Pedro y que llevaba el nombre de su hermana.

Estaban en eso, cuando el Orejón sin más ni más, abrió las patas y se orinó en medio del pasillo del zaguán. Los muchachos estaban asombrados de mirar a aquella bestia inmensa aventando grandes cantidades de orina sin que nadie hiciera  nada para evitarlo.

-¡Chihuahua-¡, dijo Pedro

Este animal ya se mió aquí, va a haber que lavar.-

-No te preocupes mano- le dijo Carmelita y se acercó también a abrazar a su hermano. Este la besó en la frente y le dijo:

-¡Ay Mana por las que hemos pasado!, al rato te cuento, ahorita dame de comer que ya tengo tres días con dos tortillas en la panza!-

-Nomás déjame dejar al Orejón en el corral y darle agua y comida y ahorita  me das algo-

-No papá- le dijo Ranulfo el mayor de los hijos.

-Ramón y yo nos encargamos del Orejón, usted vaya con mi tía a comer.-

Comió Pedro unos tres huevos estrellados rancheros con frijoles refritos en chorizo y un café de olla, y luego les contó a todos lo que había pasado en Saltillo y que se había casado con Jazmín. Al principio los muchachos hicieron muecas por la noticia, pero luego que él les dijo quién era ella y como se habían conocido, lo aceptaron mejor, además su papá era viudo y podía casarse de nuevo. Se acostó a dormir una siesta de tres horas.

Despertó a las 4 de la tarde al oír unos gritos de mujer.

-¡Que sucede Carmela!-

Preguntó  a su hermana alarmado.

-Es este maldito perro del demonio, el Nerón que ya ha matado a varias gallinas y ahora acaba de morder a Rosa la sirvienta cuando ella quería quitarle una que se quería comer. Yo creo que tenemos que deshacernos de ese animal Pedro.-

Su hermana hablaba de un perro que Pedro les había traído a los muchachos hacía unos meses, pero que una vez que mató un pollo y se lo comió, lo  tuvieron que amarrar, pues seguía persiguiendo a estos con fines no precisamente amistosos.

-Tienes razón, Carmela, además, es un peligro para los muchachos.-

-Oye Ranulfo, tráeme mi Winchester.- le dijo al hijo mayor.

Este fue al ropero de la recámara de su papá y subiéndose en una silla, bajó de arriba el arma que su padre le pedía. Se la llevó y Pedro, cortando cartucho, se arrimó contra un árbol para apoyar el arma, apuntar y matar al animal.

Los muchachos estaban emocionados, no solo iban a mirar a su papá disparar una arma sino que, además se iban a deshacer del odiado animal.

Pedro apuntó con cuidado, pues el perro estaba como a 30 metros de distancia, jaló del gatillo y el perro dio un salto hacia arriba como impulsado por un resorte gigantesco en sus patas y cayó muerto del certero balazo.

Los chicos saltaban emocionados:

-¡Tírele otra vez papá, tírele otra vez!-

-¡Bueno pa'l remate!- Y le metió otra bala en el cuerpo al mentado Nerón. De ahí en adelante las gallinas continuaron viviendo solo hasta el momento en que dejando de poner huevos por viejas, servían para hacer un buen caldo.

 

Al día siguiente y luego de un merecido descanso, Pedro se despidió de nuevo de su familia que, con tristeza lo vió perderse en las calles montado en el Orejón y vestido con su uniforme de campaña recién lavado y planchado.

Se reportó con el Coronel Soto y este le dijo que se pusiera a las órdenes de otro Capitán, el capitán Guerra. Una vez que se hubo reportado con su nuevo jefe, este le ordenó que buscara a toda la gente dispersa del 5º Regimiento y se dirigiera rumbo a Reynosa a reclutar gente y a conseguir caballada.

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VII

 

Monterrey

 

Después de haber cumplido las órdenes de juntar caballos, Pedro encontró a su gente en Reynosa y estando allá se les dieron ordenes de regresar a Monterrey pues se planeaba atacar a las fuerzas Villistas que se habían hecho fuertes en la cuidad, después de que Villarreal abandonó la plaza. Las fuerzas Carrancistas se reunieron por el lado oriente de la ciudad con el propósito de organizarse y atacarlos

Toda la noche del día 6 de febrero, la gente estuvo en vigilia durmiendo algunos y  vigilando otros. Los caballos ensillados toda la noche para atacar en cualquier momento en que se les ordenara. Al amanecer del día 7 de febrero la poca gente estaba aún durmiendo, fueron despertados por la voz vibrante de los clarines llamando a reunión. Después de que fueron dadas las órdenes necesarias se inició el ataque. Los clarines sonaban “enemigo al frente” y la gente se lanzó sobre las trincheras de los Villistas que estaban en Santa Rosa. En medio del estruendoso ruido de los cascos de los caballos y del pavoroso rugido de los cañones al descargar su mortífero mensaje, los hombres atacaron bravamente.

Cayeron unos atravesados por las balas de las ametralladoras, otros por las esquirlas de las balas de los cañones. Sangre y polvo, ruido y dolor. El avance continúa y llegan hasta donde está el enemigo. La lucha es a corta distancia, disparos de pistola y rifle, golpes de culata, y choque de bayonetas. Mas sangre y gritos: ¡Tomen cabrones!, ¡Cuidado Carlitos! , ¡Agarren esa ametralladora y regrésenles las balas! ¡Viva Carranza!. La lucha  es cuerpo a cuerpo. Después de unos 15 minutos de lucha enardecida y fiera, los Villistas se sintieron perdidos y abandonaron el campo. La gente del Coronel Soto los persiguió hasta los suburbios de la ciudad causándoles grandes perdidas de hombres, caballos y armas.

 

   Se reconcentraron las fuerzas Carrancistas en La Ciénega de Flores y dos días después, recibieron órdenes de atacar nuevamente.

Después de reñidos combates, se logró tomar El Topo Chico, y el General González llegó hasta el pueblo de Guadalupe. Pero no le fue posible sostener el sitio, debido a que el enemigo vino a dar auxilio a los sitiados y  lograron derrotarlo.

El Capitán Guerra con Pedro y los demás aguantaron lo mas duro del golpe Villista. Tuvieron que retroceder y se hicieron fuertes en el área de la Cervecería. 40 hombres se quedaron ahí cuidando esa salida desde Monterrey hacia el Norte y aguardando órdenes.

-¡Subteniente Pedro Arce!- le llama El Capitán Guerra a Pedro mientras aún están en la Cervecería.

-¡Mande un par de hombres hacia donde están nuestras fuerzas en San Nicolás y dígales que se reporten con el Coronel Soto y que estamos esperando sus órdenes!-

-¡Si mi Capitán, ahorita mismo!-

Y dirigiéndose a su gente, busca a Ezequiel y le ordena lo que Guerra quiere.

Luego de esperar un par de horas, Ezequiel regresa y se reporta con Pedro.

-¡Pedro, estamos amolados!-

-¿Qué pasó Ezequiel? ¿ Porqué lo dices?-

-Pues que al ir allá a donde me dijiste, nos encontramos que ya no hay gente nuestra y en su lugar hay muchos Villistas.-

-¡En la madre, entonces  estamos encerrados!- Dice Pedro.

Y se dirige deprisa a reportarle a Guerra la situación.

Al saber las noticias, Guerra se pone pensativo.

-Pedro, por el sur esta la ciudad todavía ocupada por los Villistas y por el Norte nos han hecho correr. Al oriente están en Guadalupe y creo que deben estar también del otro lado. Estamos atrapados.-

-Pues como quiera que sea no podemos quedarnos aquí.- le contesta Pedro.

-Tenemos que salir a como dé lugar.-

-Si es cierto pero ¿cómo?- Le replica Guerra.

-Pues no hay mas que de una sopa, Capitán, se me ocurre que salgamos por el lado de San Nicolás sin hacer mucha alharaca, a lo mejor estos méndigos viéndonos venir con toda calma desde la dirección de Monterrey, piensen que somos de su gente y logremos escaparnos.-

-Me parece que tu idea es buena Pedro, pero necesitamos algo mas para convencerlos. Dile a la gente que se quiten insignias del uniforme y se vistan a como puedan para que parezcan Villistas. Que se pongan atravesadas al pecho las cananas como ellos lo hacen y dejen todos los sombreros que no sean los de ranchero. Además, a la hora de salir, los quiero a todos caminado en desorden, sin formación, ya sabes que los Villistas no acostumbran portarse militarmente en esas cosas.-

-Si es cierto mi Capitán, esperemos que eso los confunda.-

Y se dieron las instrucciones a la gente para poder salir de ese atolladero.

Salieron hacia el norte ya casi anochecido para hacer mas difícil que los reconocieran. Poco a poco y con una dosis muy fuerte de sangre fría atravesaron el campo del enemigo.

Solo en una ocasión, un grupo de exploradores se encontró con ellos y les preguntaron:

-¿Qué pasa allá en Monterrey amigos? ¿Cómo están las viejas de Monterrey?-

-Muy buenas, las que logras hallar. Casi todas se escondieron quien sabe dónde.-

-¡Chingao, que lástima, tenemos tres meses sin ver a una buena puta!-

-¿A donde van?- le preguntan directamente a Pedro.

-Pues nos mandaron a buscar una partida de Carrancistas que anda perdida por acá, ¿ustedes no han visto nada raro?-

-No, nada.-

-Bueno muchachos, buena suerte allá.- les contestó Pedro, y siguieron adelante como si nada.

Logran así escapar del agujero en que estaban metidos.

Otras muchas batallas y pequeños combates se desarrollaron en esta jornada. A veces los Carrancistas lograban ganar algo de terreno y luego lo perdían. Buena gente murió en esos combates. Tanto del lado de los Carrancistas como del lado de los Villistas. Pedro reconocía que sus enemigos de este entonces habían sido sus compañeros de armas de hacía unos meses. Pues sabía que entre esa gente a la que combatía estaba también la clase de gente por la que él se había metido en esta guerra entre compatriotas. Pero eso no estaba en sus manos evitarlo. Villa, aprovechando las necesidades de esta gente que sinceramente pensaban algunos, era lo mejor para salir de fregados y otros muchos, porque los habían metido a la bola a la fuerza ó porque era quizá la única forma de tener algo que comer, robar o incluso violar  sin que los castigaran por ello.

En Marzo de 1915 Pedro fue ascendido al grado de Teniente.

Al año siguiente ya ostenta el grado de Mayor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VIII

 

Mapimí

 

En general, las fuerzas de Villa estaban prácticamente derrotadas después de varios meses de combates. Obregón lo obliga a replegarse hacia Sonora dejando atrás fuerzas dispersas que aún cuando no representaban ya un cuerpo de Ejercito, era todavía necesario someterlas. El general José E. Santos jefe de la 1ª División del Ejercito Constitucionalista del Noreste es el encargado de efectuar esta tarea de limpieza. A sus órdenes el Regimiento Matías Uribe de la Brigada  Vazquez. En él, milita el Mayor Pedro Arce.

 

En esa labor de limpieza, el Regimiento Uribe al mando del Coronel Guerra persigue a un grupo de Villistas que se esconden por el lado Norte de Torreón dirigidos por un Coronel llamado Canuto Reyes. Pedro es llamado al cuartel general que se encuentra en Bermejillo por la vía a Ciudad Juárez y se presenta ante el Coronel Guerra que ha sido su jefe inmediato desde hace algún tiempo.

Pedro llega en la mañana de ese día 13 de Febrero de 1916 al Cuartel General y se presenta de inmediato con él.

-¡El Mayor Pedro Arce reportándose Mi Coronel!-le dice Pedro al mismo tiempo que le saluda militarmente. Este le contesta el saludo y le dice:

-¡Adelante mi Mayor, pásale, te tengo una tarea muy especial!-

-¡A tus órdenes Coronel!- le dice Pedro con confianza, pues a lo largo de tantos meses y batallas habían logrado hacer una amistad mas allá de los vínculos que dan la Carrera de las Armas.

-¡Mira Pedro, esta Revolución ya mero se acaba. Yo creo que una vez nos deshagamos de Villa y saquemos a los gringos que dizque lo andan persiguiendo, el resto de la tarea le corresponderá a los políticos. Yo sé, pues tú me lo platicaste alguna vez, que entraste a ella por fines nacionalistas y patrióticos y lo mas probable es que acabes de alcalde de algún lado allá por Monterrey ó te conviertas en diputado de la Convención. Mientras, pa’ nosotros la guerra no ha acabado y ahorita tengo el problema de deshacerme de este Coronel Villista Reyes al que ya hemos combatido antes. Este jijo se ha refugiado en Mapimí y tengo que sacarlo de ahí y acabarlo!-

-Pero, no tengo idea de cuales son sus fuerzas, ni donde este apostada su gente. Sé que está allí, pero no se detalles y no quiero arriesgar tropas a que se vayan a meter a esa ratonera de la Ojuela que como sabes es una mina muy grande de plata  que está allí y que tiene muchos recovecos.

Si se protegió después del Puente Colgante va  a ser muy difícil sacarlo a balazos y la única sería sitiarlo hasta que se muera de hambre. Pero ahí hay civiles también y estos estarían también sacrificados. Así es que necesito información. Quiero que te lleves al teniente Vazquez, y a ese nuevo Subteniente, García y me vayas a espiar a Mapimí pa’ saber como está la cosa. -Te puedo esperar dos días a que me traigas informes, sí pa’l jueves no sé de ti, me lanzo sobre ellos de todos modos.-

-¡De acuerdo!- Contestó Pedro, -Ya veras como te traigo información de esos pelados!-

Se despidió de un saludo.

-¡Cumpliré sus órdenes mi Coronel!- y salió a buscar a sus compañeros.

Se reunieron en la tarde de ese mismo día en el lugar en donde dormía la gente y se disfrazaron de arrieros para poder llegar con menos problemas hasta Mapimí. Debajo de los zarapes llevaban las camisas de sus uniformes y sus rangos. Eso sería luego un gran problema.

Partieron ya tarde en una carreta tirada por unas mulas y cargada con maíz, pues esa sería la excusa para llegar desde afuera. Luego se acercaron hasta la orilla del pueblo llegando por el Oriente en medio de muchos cerros que convertían el pequeño pueblo en un lugar inexpugnable. Esto le hicieron llegando allá por medio de un pequeño tren que servía de enlace y transporte entre la vía principal que iba al norte y Mapimí que estaba al Poniente. El trenecito normalmente llevaba mercadería y gente hasta allá y a pesar de que tenían dudas si usarlo ó no para no delatarse, se decidieron a hacerlo ya que no eran los únicos que viajaban allá. Mineros que venían de Torreón viajaban con regularidad en él. Los Villistas atrapados como estaban y a la vez protegidos por la sierra, no querían causar sospechas deteniendo el tráfico de gente, ignorantes de que la gente de Guerra ya sabía que estaban ahí.

La gente de Reyes se habían hecho fuerte en la mina antes de cruzar el puente y solo tenían dos maneras de salir de ahí, continuar por el cañon del pueblo hasta salir por el poniente y por el lado contrario desde donde los Carrancistas los podrían agarrar.

Pedro y sus compañeros, lograron llegar hasta ese puente sin que nadie los identificara como Carrancistas, pero para poder averiguar mas acerca de sus enemigos necesitaban mirarlos desde una posición mas alta y clara y para eso solo había un modo, cruzar el puente y subiendo por arriba de la mina desde una buena posición ver hacia abajo con sus “largavistas”.

El puente de La Ojuela era un puente colgante de unos cien metros de largo entre dos altas partes de la sierra que formaban entre sí un barranco de trescientos metros de profundidad. Hecho de cables de acero como estructura principal, su “pasillo” estaba hecho de tablas de madera amarradas con anchas cuerdas que también servían de pasamanos. La empresa que explotaba la mina lo había construido para acortar la distancia que tendrían que recorrer los mineros para llegar a la mina, dedicada principalmente a producir plomo y plata.

Lo cruzaron en la noche del martes al miércoles al momento de llegar pues no podían perder mas tiempo. El miércoles en la mañana ya pudieron observar a los Villistas. Unos 150 hombres bien armados y con caballos suficientes para todos estaban abajo en un caserío. No tenían ametralladoras ni ninguna clase de artillería pero todos estaban armados con fusiles Máuser y la gran mayoría también portaba pistolas revólver. Pedro y sus compañeros sabían que esos hombres solo tenían una salida, por el lado Poniente, así es que si la gente del Coronel Guerra lograba llegar por detrás de la sierra y cerrar esta, seguramente los atraparían a todos.

Decidieron pues bajar y llevar esos datos a su gente, pero como la hora era ya avanzada y estimaban unas 15 horas en regresar, tenían que apurarse, y para hacerlo solo podían hacer una cosa, atravesar el puente de regreso a plena luz del sol. Entonces iniciaron el cruce, delante de ellos iba el subteniente, luego el otro y atrás Pedro. ya casi al llegar al final del cruce, 10 hombres armados les aparecen en la salida y les preguntan:

-¿Qué hacen aquí a esta hora?-

-Venimos de la mina.- les dice el de enfrente.

-¡No echen mentiras cabrones!- Les contesta el hombre que parecía dirigirlos.

-¡Los mineros saben que tienen prohibido por nosotros cruzar por aquí!, Haber ¿Cual es el santo y seña?-

Viéndose descubiertos, el subteniente saca su arma y abre fuego contra los Villistas, mata a uno y estos contestan a los disparos al hombre que había iniciado la balacera y que se precipita muerto hacia el fondo de aquella barranca. Pedro y su compañero el Teniente Vazquez, saben que están perdidos, retroceder es ser muertos por la espalda y contestar el fuego también, así es que se tiran al piso sobre las tablas del puente a esperar lo peor.

-¡Chihuahua Pedro, este hombre ya la molió, estamos fregados!-

-¡Ya está bueno pelados, nos rendimos, no disparen!- les grita Pedro aún en el piso del puente.

-¡Avienten las armas que traigan pa’acá y levántense muy despacito, pa’no ponernos nerviosos!-

Hicieron lo que les dijeron y caminaron hacia ellos. Luego los Reyistas los amarraron de las manos por detrás del cuerpo y empujándolos con gran violencia les amarraron también de una cuerda que a la vez la amarraron del cabestro  de la silla de los caballos. Echaron a andar los animales hacia donde estaba el grueso de su gente y, aunque tanto Pedro como Vazquez se tropezaron varias veces, ellos no se detuvieron a esperar a que se levantaran, trayendo como consecuencia heridas graves para ambos. Se levantaban como podían a seguir corriendo a la velocidad de los caballos pues si no lo hacían seguramente no iba a llegar nada de ellos al lugar en donde los llevaban.

Ya que llegaron al caserío de los Villistas, los metieron a un a casa vieja medio oscura, los sentaron en una silla y esperaron un rato. Un sargento mal hablado y sucio los empezó a interrogar.

-¡Haber jijos! ¿Quiénes son ustedes y porque nos dispararon?-

-Pos es que creibamos que ustedes eran unos bandidos que nos iban a robar y pos mi cuate Antonio se asustó y les disparó. Nosotros solo semos arrieros y si traimos armas es pa’ defendernos de tanto maldoso!-

-¡Haber pelados, quítenles a estos la camisa pa’ darles una calentada y nos digan la verda!-

Al hacerlo, todo el teatro de que eran arrieros se les viene abajo a Pedro y a Ezequiel, pues descubriendo las insignias militares del Ejército Constitucionalista queda claro que son espías.

-¡Ah jijos de la peinada, con que arrieros, ya verán!. ¡Haber tú, Jeremías, vete a buscar a mi Coronel Reyes y le cuentas que agarramos a estos y le preguntas que quiere hacer!-

-¡Sí Sargento!- contesta el aludido y sale corriendo.

Regresa al rato y le dice al sargento:

-Dice mi Coronel que al rato viene, que orita esta ocupado con una vieja, que mientras  los interrogue haber que sueltan, no le hace que los muela a palos!-

Dos horas de golpes en la cara y en el cuerpo reciben los dos hombres mientras que sus guardianes insisten en que les digan que hacen ahí y ellos consistentemente se niegan a decir nada.-

De rato llega  el Coronel Reyes, todavía abrochándose los pantalones, es un hombre muy moreno y bigotón. Pedro lo ve y reconoce al hombre de la visión que había tenido con María la madre de su Jazmín. Se da cuenta de que su destino está a punto de cumplirse. Detrás de él entra otro oficial de menor rango, alguien a quien nunca esperó encontrar aquí y que le afirma que su destino y el  de su compañero esta a punto de hacerse realidad. Es José Cortijo.

Este quedándose en la puerta, no lo reconoce al principio, pues la sangre de la golpiza esconde sus facciones. Luego de un momento, se da cuenta de quien es y mirándolo fijamente, se calla.

A Pedro le extraña esa actitud, y piensa que José, en silencio, está disfrutando el momento, pues su eterno afán de venganza esta a punto de hacerse realidad.

-¡Con que arrieros! ¿no? ¡No se hagan pendejos y quieran hacerme pendejo a mí también, ya me dijeron que son Carrancistas por el uniforme, pero quiero saber quien los manda y porque!. Así es que mas les vale que hablen jijos de la tiznada, porque si no me los voy a tronar!

Pedro, lo mira a los ojos con desprecio y le dice enojado:

-¡Pues hágale como le dé su rechingada gana porque no le vamos a decir ni madre!- por respuesta, el sargento le pega con la cacha de la pistola en plena cara sobre el ojo izquierdo y Pedro cae al suelo sangrando profusamente de la ceja.

-¡Ah, si!- dice Reyes.

-Pos ora verán, y me van a demostrar que son muy buenos gallos-

-Me los saca pa’atrás de la casa sargento y si en unos cinco ó diez minutos no sueltan sopa, me los ajusila.-

-Si mi Coronel.- Y 4 hombres los levantan, de la silla a Ezequiel y a Pedro del suelo. Sangrando de la cara pero plenamente consciente voltea al salir del cuarto hacia el Coronel Reyes y le dice:

-¡Coronel, vaya usted y toda esta bola de mendigos a tiznar a su madre!- otro golpe de culata en la espalda.

José Cortijo se retira del cuartucho y deja solo a su Jefe, el Coronel Reyes.

Llevan atrás a los hombres, todavía amarrados, y los ponen dando la espalda a la pared del casucho. Los dos hombres están pensativos. Pedro, piensa en su Jazmín y en sus hijos. -¡Ya no los voy a volver a ver!.

Después de tantas cosas que le pasaron, tantas balas que esquivó, tantas esperanzas de vivir feliz con sus hijos y con su adorada Jazmín, al fin la predicción de María se va a cumplir. Él escogió ese camino desde que decidió seguir en la Revolución. Tuvo la oportunidad de salirse y ser feliz hasta llegar a viejo como la otra alternativa se lo había mostrado, pero no la creyó y eso le va a costar la vida.

Piensa también: -¡Dios, cuida de mis hijos y de mi querida Jazmín. Has que salgan con bien de esta barbarie y has conmigo lo que quieras!-

Y se resignó a pasar por el trago amargo del golpe de las balas en el cuerpo.

-¡Haber pelados, van a hablar ó no!-

Ninguno de los dos hace caso de esas palabras, se voltean a mirar y e compañerol le dice a Pedro:

-Mayor, ha sido un honor ser su compañero y morir junto con usted. ¡Que Dios se apiade de nosotros!-

-Lo mismo le digo mi Teniente. ¡Ahora vamos a saber!. Además no creo que duela, en fin un golpe tan rápido que ni cuenta nos vamos a dar que nos morimos. Si hay otro mundo, allá nos vemos.-

El sargento pone a sus hombres en línea de tiradores y ordena:

-¡Preparen!- los hombres meten un cartucho en la recámara de sus armas.

-¡Apunten!- y levantan sus Máusers a la altura de la vista.

El sargento está a punto de dar la orden final, cuando de detrás de un muro sale un disparo que le da directamente en el pecho, los tiradores se alarman y algunos disparan sobre los prisioneros aunque sin mucho tino por el miedo a los tiros que llegan de algún lado . Una bala mata al Teniente y este cae sin proferir ningún sonido. Pedro se tira al suelo y una bala le da a Pedro en un lado del estómago dañando un riñón y una segunda en el muslo de la pierna izquierda.

Pedro cae sangrando al suelo mientras observa como los otros tiradores caen uno a uno muertos por un tirador certero. Sale de atrás del muro su salvador:

¡José Cortijo!. Este corre a levantar a Pedro y le dice:

-¡Ten Pedro, vendamos caras nuestras vidas!- Y le da una pistola cargada mientras él carga la suya.

Mas hombres se acercan al oír el tiroteo, entre ellos el Coronel Reyes, pues esperaban una sola descarga de fusil y no siete u ocho disparos.

Sacan sus armas y disparan contra Pedro y José. Ellos responden y José mata de un certero balazo en medio de los ojos a Reyes. Se defienden valerosa y eficientemente y logran correr con grandes dificultades escapando de sus perseguidores.

En eso, nuevos disparos provenientes del Oriente del pueblo se escuchan, la balacera es abundante y eso les dice a los fugitivos que ya se ha iniciado un ataque. Pedro sabe que es el Coronel Guerra y corren en dirección a la gente de Pedro, en medio de una fenomenal balacera en contra de los dos. Por fin, ya perecen estar a salvo. Pedro sangra mucho y esta a punto de desmayarse pero se sostiene. Se detienen un momento a agarrar aire y:

-Pedro, yo no la hago-

-¿Que dices José?, ya nos salvamos.-

José no le contesta y le enseña dos agujeros en la camisa, uno en el estómago y otro en pleno pecho.

-¡De esta ya no me salvo Pedro, Ya no!- Le dice quejumbroso.

-¡Ahorita vienen y nos ayudan, aguántate!-

Y le pregunta mientras esperan la ayuda de su gente: -¿Tantos años me odiaste José y ahora al final me vienes a salvar la vida y estas a punto de dar la tuya por eso. ¿Por qué?-

José, ya con débil voz lo mira a los ojos y le dice:

-Si Pedro, muchos años te odié y juré que te mataría por lo que me hiciste en Torreón. Pero hace unos meses, tú me salvaste a mí cuando estaba a punto de matarme aquel caballo desbocado. Al principio te odié mas, pues ahora tenía el conflicto entre matarte por mi odio y el de pagarte por haberme salvado. Eso me hizo pensar después mucho, y me di cuenta de que mi odio solo era el mismo odio que yo tenía contra mi padre que se parecía a ti en la cara y a quien siempre me lo recordaste. El nunca me quiso, fui su hijo bastardo a quien siempre despreció, me hacía sufrir mucho cuando éramos todavía chamacos y yo ese coraje lo dirigía hacia ti.-

-¡Que el infierno se lo haya llevado, hizo sufrir a mi madre hasta que la mató de dolor por tratar así a su hijo!-

-A nosotros, la vida nos mantuvo aparte por ese odio maldito y sin causa verdadera y ahora esta batalla y la muerte nos unen.- le dijo Pedro.

José le dio la mano y murió tranquilamente.

 

Semanas después, Pedro salía del hospital de Torreón. Había perdido un riñón a consecuencia de la pelea en Mapimí, y tenía serias dificultades para caminar o subirse a un caballo. Fue dado honrosamente de baja del Ejercito Constitucionalista con el grado de Teniente Coronel.

En Torreón, se dispuso a tomar un tren para Saltillo pues sabía que alguien lo esperaba allá ansiosamente. Ya en el anden al esperar al tren, recapacitó sobre las predicciones de María  y se dio cuenta de que la mujer que estaba con él en aquella sala, la mujer del vestido floreado que tejía una cobija en la predicción, era Jazmín. Supo que las predicciones de María, ambas eran ciertas. Con una gran sonrisa, se enrolló su bigote con la mano derecha y subió al vagón de pasajeros a terminar su destino por el rumbo de Saltillo.

 

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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