EL ÁNGEL DE LA MUERTE
Eran las cuatro de la mañana en la central de la Policía Judicial del Estado. La noche había sido tranquila ó por lo menos normal para el personal de investigadores de turno. A ellos, al grupo de guardia, no le correspondía la investigación de crímenes difíciles de resolver, que estaban generalmente a cargo del grupo “Águilas”. Su tarea era cubrir las emergencias y las investigaciones preliminares cuando el grupo principal estaba concentrado en tareas mas complicadas.
A esa hora, uno de los guardias
encargados de la central telefónica recibió una llamada de alerta acerca de
algo que parecía un crimen entre pandillas en el barrio de “La Chueca”, una colonia
popular que generalmente era tranquila. El jefe del turno, el capitán Daniel De
La Rosa llamó a la sala de guardia al Teniente Carlos Saldívar y a su compañero
Héctor Ramírez.
¾Oye
Carlos¾
le dijo De La Rosa a Carlos
Saldívar.
¾
Necesito que te arranques al barrio de la Chueca en la calle del 2 de Abril,
frente a la escuela Primaria y veas que esta pasando, pues nos reportan un muerto. La patrulla 25 ya
está allá esperándolos. Luego de que hagas las primeras averiguaciones, te me
reportas a mi radio porque no voy a estar aquí y me dices que pasó¾
¾
Sí mi Capitán, vamos para allá¾ le dijo este. con
respeto al rango y al hombre.
¾
Ándale Héctor, vamos a ver que pasa-
En la salida, los dos
investigadores se toparon en las escaleras del edificio principal con Antonio
Larralde, reportero del canal 36 con el que Carlos Saldívar había hecho amistad
desde hace tiempo. Se saludaron brevemente y este último les preguntó a donde
iban. El teniente Saldívar le dijo:
-Vamos a ver que pasó con un ó
unos muertos en La Chueca, Antonio, ¿No quieres venir a ver que pasó? A lo
mejor hay una noticia para ti-
-Órale Carlos, si no estorbo me
voy con ustedes-
-No, hombre- dijo el otro. –Vámonos-
Salieron de la Central y se subieron a un automóvil
nuevo que recién les había sido entregado después del que chocaron en la
persecución de unos narcos.
Llegaron en cosa de quince
minutos. Ya los policías de la patrulla los estaban esperando al mismo tiempo
que trataban de alejar a los curiosos.
Dos individuos estaban tirados en
la calle, uno en la banqueta junto al
muro de una casa y el otro en el arroyo de la calle.
Carlos miró con indiferencia los
cadáveres de aquellos dos hombres. Después de tantos años de ver asesinatos y
crímenes de todo tipo, ya nada le impresionaba.
Uno de los cuerpos estaba boca abajo con el brazo derecho debajo de él y
torcido en una posición grotesca. El
otro hombre estaba boca arriba, un chorro de sangre ya coagulada salía de su
boca, tenía los ojos abiertos y las manos cerradas como si hubiera muerto cuando
se preparaba para pelear o para aguantar
un dolor intenso y tenía la cara amoratada.
Al mirar a este hombre, Antonio Larralde no pudo dejar de pensar:
-¿Cómo es posible que alguien se
muera con los ojos abiertos? , si yo me estuviera muriendo de seguro que
cerraba los ojos-
- ¿Qué pasó aquí sargento?-
pregunto Carlos al oficial a cargo en ese momento.
- Nadie lo sabe con seguridad mi
Teniente- le dijo el oficial.
- Los vecinos oyeron en la calle
como a eso de las tres de la mañana unos gritos de una mujer y luego unos
ruidos que parecían algo así como un grito ó un quejido muy fuerte. Eso es lo
que todos me dijeron. La curiosidad hizo que algunos salieran a ver que era a
pesar de la hora y se encontraron con estos hombres tal como usted los ve aquí-
Se acercó el Teniente Saldívar a los cuerpos, y sin moverlos para no
entorpecer las labores del fotógrafo oficial de su oficina que ya había llegado
también, los miró por todos lados, buscando averiguar la causa probable de su
muerte, buscaba algún orificio de bala ó de puñal o algo que le pudiera dar una idea
de esa causa.
Mientras el
fotógrafo tomaba las fotos de
referencia y posiciones de los hombres muertos, él y su compañero se pusieron a
buscar también alrededor del área, pues
pensaban que quizás habría casquillos de bala o huellas o algo, pero luego de
un rato, no encontraron nada. Después de quince minutos de inspección. Carlos regresó al cuerpo y como vio que el
fotógrafo ya había terminado su trabajo,
se puso a buscar en las bolsas de las camisas y de los pantalones de los dos
hombres pensando en identificarlos y en saber si no les habían robado algo.
-Héctor- le dijo Carlos a su compañero. –mientras yo reviso a estos hombres, tú habla con la gente, con
los vecinos, a ver si puedes averiguar algo más, algo que no le hallan dicho a
los uniformados-
Inspeccionó a los dos hombres con
ayuda del forense que ya había llegado, los volteó al lado contrario pensando
que iba a encontrar alguna herida, pero para su sorpresa, ninguno de los dos tenía
señas de haber sido baleado o acuchillado.
-¿Cómo piensas que murieron estos
hombres Pepe?-
Pepe, que era el forense y amigo
antiguo de Carlos le contestó:
- Por lo que veo, y eso sin
asegurarlo hasta no haber hecho la autopsia, estos hombres murieron por algo
que los reventó interiormente, has de cuenta que se tragaron una pequeña bomba,
mira como todo el vientre esta ondulado y amoratado pues parece que los órganos
internos se reventaron, y mírales la cara casi negra de la cantidad de sangre
que les subió. Hasta que no hagamos la autopsia en el hospital no lo podría
asegurar-
Carlos sacó la cartera de la
bolsa trasera del hombre que traía la camisa azul y la revisó. Traía 4320
dólares en efectivo, tarjetas de crédito y otras identificaciones, se llamaba Ludovico Weimberg. Era mexicano a
pesar del apellido y tenía según la credencial de elector 38 años. En la bolsa
delantera derecha del pantalón, traía 10 paquetitos ó bolsitas de plástico con
un polvo blanco adentro. En la otra bolsa, unos pedazos de vidrio salieron al
girarlo indicando que traía unas ampolletas que seguramente se rompieron cuando
cayó al suelo.
Luego reviso al otro hombre. Este
vestía pantalón vaquero y usaba botas de piel de víbora, en su bolsa trasera también halló la cartera, traía menos
dinero que el otro, pero para él fue obvio
que el motivo de su muerte tampoco
había sido el robo, toda su identificación se limitaba a una tarjetita
en la cartera con el nombre de
Osiel Orenses.
Resultaba obvio que estos hombres se dedicaban al
narcotráfico y alguien se había cobrado alguna cuenta con ellos ó los había
matado para quitarles la droga, pero - ¿Cómo los habían matado así,
reventándolos por dentro?- se preguntaba.
De rato, llegó el agente del
Ministerio Publico y después de las preguntas y respuestas, revisiones e
inspecciones pertinentes, dio la orden de levantar los cadáveres y que los
llevaran al anfiteatro del Hospital Civil.
Carlos le dijo a Héctor:
¾
Mira Héctor, vete con Pepe al hospital y da las instrucciones necesarias para
que te reporten la autopsia de estos hombres y nos lo pasen mas tarde, pero no
después de las once, luego te me vas a la Comandancia y le pides al laboratorio
que nos diga que es este polvo y que tenían esas ampolletas rotas. Luego haces
tu reporte escrito de lo que averiguaste con los vecinos. Yo me voy a reportar
con el Capitán a ver cuales son sus órdenes y a averiguar en sus domicilios de
esto. Después de un rato de tomar notas y fotos del suceso, Antonio Larralde
también se retiró y se fue a su oficina a pasar los datos al director de
noticias.
Seis meses después:
Las once de la noche. Caminaba con paso
reposado por la vereda de cemento del parque de los fresnos cercano a su casa.
Había decidido hacer algo de caminata para ver si esta lograba aclararle el
pensamiento y despejar sus dudas.
Silencio.
La hora era lo suficientemente alta como para
que los paseantes ya hubieran dejado su
ejercicio y solo un perro negro, peludo y solitario caminaba a unos 100 metros
adelante de donde él lo hacía.
El clima estaba húmedo y fresco
por causa del reciente chaparrón. Rachas de brisa suave, esporádicamente le
acariciaban la cara, y movían trémulamente las hojas de los árboles, dejando
que la luz de los pocos faroles encendidos se colara entre sus hojas y le diera
en el rostro de vez en cuando.
Arriba, a veces, en el espacio que dejaban
entre si las ramas de los fresnos, se dejaba ver por la vereda a la luna en creciente, rodeada de estrellas que,
a pesar de la intensidad de la luz de la nocturna Selene, alcanzaban a brillar
esplendorosas, como si un abanico
gigantesco hubiera agitado al viento
y limpiado todo trazo de polvo de la atmósfera.
Absorto en sus pensamientos,
Antonio Larralde no veía nada del paisaje nocturno y sereno que le rodeaba. Lo
mismo hubiera estado pensando aunque se encontrara en el centro del desfile del
16 de Septiembre.
Era un hombre de mediana edad, 34
años, profesionista de la comunicación y reportero especializado del canal 36
en temas científicos y policíacos. Su trabajo siempre había sido tan bueno que
su jefe, el Director del Canal, no le ponía tareas y dejaba que él mismo
buscara la noticia, el hecho especial ó la novedad sorprendente. Su olfato para
los buenos reportajes era inmejorable. Honesto y derecho a carta cabal hasta el
ridículo, se preciaba a sí mismo de siempre ser imparcial y frío en sus
investigaciones, sin dejar que sus propios sentimientos e ideas interfirieran
en su análisis de los hechos. Si bien su
profesión no le había permitido hacer dinero. (como lo hicieron otros de su
misma profesión mediante el silencio ó los gritos, según el beneficio que les
proporcionara, y como a él mismo le constaba),
tenía el suficiente capital hecho en su juventud madura, como para vivir
holgadamente con su esposa Ana Luisa, con quien la mala fortuna no le había
permitido tener hijos hasta solo hace dos meses, cuando su esposa le había
dicho que estaba por fin embarazada.
Tenía ideas muy particulares
acerca de la justicia, pues en su profesión le había tocado ver muchos casos en
los que asesinos declarados eran luego absueltos por tecnicismos legaloides e
igual había visto a hombres inocentes ir a la cárcel solo por no tener quien
los defendiera adecuadamente.
-¡La justicia apesta en este
méndigo país!- Era su frase favorita en la que llegó a creer firmemente. Luego
se dio cuenta de que México no era el único en esas condiciones, mas bien
parecía que la injusticia era el sello de la humanidad, y no solo en el aspecto
legal, sino en general en todos, pero mas que nada en el social. Cuantas veces
deseó que existiera un Dios justiciero y vengador ó un mundo posterior que
diera a cada cual su merecido. Un mundo
que hiciera pagar a los malditos asesinos y corruptores de menores ó que
sometiera a la burocracia de la ley a las mismas situaciones y penalidades que
aplicaban a los desgraciados que cayeran en sus manos.
Desde hacia un mes, había empezado a sentir ese dolor en el brazo
izquierdo, que, ha medida que fueron pasando los días se fue agravando hasta
que tuvo que ir a un medico primero, y luego a un hospital para un examen
completo y un diagnostico. El resultado;
arterosclerosis severa, tiempo probable de vida; seis meses, posibilidades para que una angioplastía
remediara su posible deceso; 50%.
Y no obstante todo el riesgo que
conllevaban estos síntomas, el último examen médico había demostrado que todos
estos y las indicaciones de su
enfermedad habían desaparecido por completo y esto había pasado solo después de su encuentro con aquel
hombre.
Se detuvo de su caminata y se
sentó en una banca a un lado de la vereda. Recordaba perfectamente que hacía
solo tres semanas, regresaba de la cena con sus amigos del periódico cuando
sintió aquella terrible presión en el pecho al dirigirse a su auto que estaba
estacionado en la calle solitaria detrás del restaurante.
Se le nublaron los sentidos por
causa del terrible dolor y cayó sin sentido al pavimento. Despertó todavía en
el suelo y al hacerlo, un hombre algo sucio y desaseado lo miraba con
curiosidad arrodillado junto a él. Solo él y ese pordiosero pues así lo creyó
en ese instante, estaban ahí.
-¿Cómo se siente ahora?- le
preguntó el hombre.
-Bien- contestó él -¿Qué me
pasó?-
-Creo que tuvo un infarto, pero
afortunadamente yo pasaba por aquí y lo vi caer. No se preocupe, no le volverá
a suceder-
El hombre se levantó y luego le
ayudó a él a hacerlo.
-Que pase buenas noches- le dijo,
y empezó a irse.
-Espere Señor- le dijo Antonio
-¿Cómo es eso de que ya no va a volver aa pasar?-
El hombre volteó a verlo. Como ya
estaba frente a luz del poste, Antonio pudo verle la cara. Blanco y con barba
crecida y algo canosa. Tendría quizá unos 45 años de edad, sin rasgos
relevantes excepto una mirada que era una mezcla de decepción y de
indiferencia. Vestía con mucha sencillez. Pantalón de mezclilla y camisa algo
sucia, parecía un albañil.
-Usted averígüelo- le contestó, y
se fue rápidamente del lugar.
Antonio se regresó hacia el
estacionamiento para subirse a su carro, y al hacerlo notó tirado en suelo en donde
él había caído, un papel. Pensando que era suyo, lo recogió y lo leyó. No era
de él, era una hoja de alta del Seguro Social a nombre de Gabriel Sotzman.
-Ha de ser de este hombre, que
extraño apellido para un albañil- pensó, y se echó el papel a la bolsa de su
saco sin saber porque.
Al día siguiente, Antonio ingresó
al hospital para someterse a la única opción que tenía para salvarse de una
muerte segura, una angioplastía del corazón.
Recordó también mientras estaba
sentado en la banca del parque, que los médicos que lo iban a operar, le habían
dicho que lo habían pasado a la sala de cirugía y ya ahí, mientras él iba a ser
intervenido, le habían inyectado primero el liquido opaco a los rayos x para
observar la obstrucción y después de observar como estaba, habían decidido
suspender el proceso, pues sin que supieran explicarlo, los rayos x del monitor
no mostraban que el estuviera con las arterias ocluidas. Exámenes inmediatos
posteriores demostraron lo increíble del suceso. Su corazón y sus arterias estaban
perfectamente bien, no necesitaba ninguna operación.
-¿Cómo era eso posible?- Se
preguntaba, -No es posible un suceso como ese. ¿Qué pasó?-.
Como dice el dicho “Genio y
figura hasta la sepultura”, aun en esa circunstancia que a cualquier otro lo hubiera
hecho pensar en si mismo, para Antonio
Larralde era más importante el reportaje que encerraban estos hechos que su
vida misma.
Reanudó su caminata en el parque,
y de repente, a mitad de un paso, se suspendió el tiempo, se congeló el
instante, cuando en su mente surgió como un dardo clavado en su cerebro la
pregunta: ¿Tenía en eso algo que ver el albañil de la noche anterior a su
operación suspendida?. Dándose cuenta de eso, aceleró el paso para regresar a
su casa y buscar el papel que había recogido. Pero de repente, se dio cuenta de
que si lo que pensaba era cierto, el asunto iba mas allá de ser un reportaje.
El hombre aquel le había salvado la vida, le había dado la oportunidad de
llegar a conocer a su hijo, el que estaba por venir.
Con ese pensamiento, un
sentimiento de inmenso agradecimiento hacia aquel desconocido le invadió y
decidió encontrarlo para darle las gracias, saber quien era y quizás, ayudarlo.
Regresó rápidamente a su casa y
le platicó a su mujer, Delia, sus pensamientos en el parque. Luego buscó el
traje que había traído el día en que se encontró al hombre, al albañil y ahí
estaba. Gabriel Sotzman, trabajador asegurado de la empresa “Constructora
Gonmar S.A. de C.V.”. Enseguida se puso a buscar a esa empresa en el directorio
telefónico y ahí la halló. Domicilio : Calle de la Rueda 25 Col. Nueva
Caledonia.
Al día siguiente. Asistió a una
conferencia en el Centro para la Cultura y las Artes y entrevistó al conocido
astrónomo Tomás de la Barrera, acerca de los últimos descubrimientos del
Observatorio de Arecibo, relacionados con la detección de materia orgánica en
las vecindades de Júpiter en el satélite Europa. Y luego de preparar y entregar
sus documentos a la redacción del canal, decidió buscar a la empresa que
indicaba el papel que había recogido del suelo.
No fue difícil encontrarla. Llegó
hasta la oficina y preguntando por el jefe de personal, este lo recibió y él
pudo preguntarle sobre su personaje. Las referencias no eran muy buenas, el
hombre era trabajador de ellos, albañil, pero tenía el vicio de beber alcohol
muy seguido y en exceso y ya en varias ocasiones se había presentado al trabajo
en estado inconveniente. No lo habían corrido porque el dueño de la empresa no
lo había autorizado, pero el jefe de Personal no sabía porque. Luego, Larralde
preguntó en donde estaba trabajando en ese momento y le fue dada una dirección
en el centro de la ciudad. Le dio las gracias al señor y se dirigió a buscarlo
en donde le habían indicado.
Llegó al lugar a esos de las 6.00
PM, la gente ya estaba saliendo de la obra y así es que él se dispuso a esperar
a ver si lo veía y para hablar con él. A los pocos minutos salió Gabriel
Sotzman. Antonio lo siguió y lo alcanzó antes de que este se subiera a un
camión urbano.
-Señor Sotzman- le dijo.
El aludido volteó la cabeza y
miró con extrañeza a Antonio, luego le preguntó: - ¿Dígame Señor, que quiere?-
-Entregarle este papel suyo y si
no le molesta hablar con usted- le contestó Antonio.
-Gracias por el papel- le dijo
fríamente –pero no tenemos nada de que hablar usted y yo-
-Ya lo creo que sí, por favor-
Y sin hacerle caso, el hombre se
trepó al camión y se fue.
Dos veces mas trató Antonio de
hablar con él en diferentes ocasiones y en todas ellas, el hombre lo rechazó.
En la última le dijo en tono de amenaza:
-¡Si no me deja en paz, se va a arrepentir!-
Convencido de que este hombre
tenía un secreto, Antonio decidió no insistir mas por el momento y en su lugar
se propuso a espiarlo y saber mas de él sin que se diera cuenta. 16 días lo
siguió desde que salía del trabajo hasta que llegaba a su casa. Una muy humilde
vivienda en la colonia de la Campana. Solo iba de su casa al trabajo y al revés
pasando casi siempre por una de esas tiendas en las que se vende de todo. Así
pudo averiguar que no solo compraba lo que necesitaba para comer, sino que casi
todos los días compraba una botella de 1 litro de ron. -¡Con razón dicen en la
empresa que es un tomador!- A veces los fines de semana se metía en una
cantinucha del barrio y no salía de ahí sino cayéndose de la tremenda
borrachera.
Cuando así lo vió por primera vez
Antonio, lo que pensó fue que él estaba completamente equivocado, pues se decía
a si mismo, que no era posible que aquel desperdicio de hombre hubiera hecho
algo así como lo era el curarle de una enfermedad en una forma que no podía
dejar de considerar milagrosa. No obstante, algo mas tenía este hombre, le rodeaba una atmósfera, un
halo, un algo que no podía Antonio definir y que le producía una tremenda
curiosidad por descubrir ese secreto tan bien guardado en alcohol.
Ya casi había desistido Antonio
de su curiosidad por Gabriel Sotzman, cuando un viernes en la noche lo vio
salir tambaleante de aquella cantina y dirigirse a su casa. Lo siguió a unos 40
metros de distancia, y cuando ya estaba por llegar a su casa, Gabriel se topó
repentinamente con dos individuos antes de voltear en una esquina. Un individuo
de unos 30 años está apuñaleando a uno mas joven en el pecho. Este último cae
al suelo mortalmente herido, el asaltante se agacha y busca en las bolsas del
pantalón del moribundo, dinero para robarle. Mientras Antonio observa atónito a lo lejos la terrible
escena, el asaltante se voltea hacia Gabriel Sotzman y le dice:
-¡No te metas viejo, porque si no
a ti también te lleva!-
Antonio ve como Gabriel se acerca
al asaltante y se da cuenta de que esta a punto de ser navajeado también, pero
no, el hombre se queda inmóvil, y deja que Gabriel se acerque sin hacerle nada.
Luego Gabriel le pone sus dos manos en el pecho y grita con furia: -¡Muere
maldito, que el diablo te lleve al infierno! . El hombre aquel, el asaltante,
entonces se empieza a sacudir violentamente de arriba abajo como si una fuerza
descomunal lo sacudiera como un trapo. En medio de un grito de agonía que
Antonio pudo escuchar desde donde observaba la escena, el hombre cayó al suelo,
inerme.
Luego, Gabriel se acercó al
herido, esperó un momento con los ojos cerrados como si estuviera recuperando
las fuerzas y puso también sus manos sobre el pecho en donde el otro hombre lo
había apuñaleado. Antonio miraba aterrorizado y sin que Gabriel se diera
cuenta, como a su vez el herido empieza a sacudirse de arriba abajo también,
mientras que Gabriel con los ojos cerrados parecía no darse cuenta de eso. Solo
unos segundos duró aquella escena. Al final, Gabriel se levanta y se va con
lentitud y se pierde en la oscuridad de la calle. Antonio corre a donde están
los hombres y lo que ve en detalle lo deja pasmado: El asaltante yace muerto
con los ojos abiertos y la cara hinchada y amoratada y el muchacho apuñaleado
se esta levantando del suelo como si nada hubiera pasado. Tiene la camisa
manchada de sangre pero esta vivo. Este muchacho al ver a Antonio le pregunta:
-¿Qué pasó?, ¿Quien es usted?-
-¿No te diste cuenta de lo que
pasó?- le pregunta Antonio.
-Si, este pelado me metió el
cuchillo en el pecho y me desmayé. ¿Quién lo mató a él, usted?-
Antonio no contesta a la
pregunta y se retira inmediatamente del
lugar para no verse involucrado en el asunto. Recorrió rápidamente el camino de
regreso a su carro y se fue sin que nadie mas lo viera.
Llegó a su casa ya tarde. Su
esposa ya estaba dormida y no quiso despertarla para decirle lo que había
pasado. Se sirvió una copa de brandy y se sentó en la sala de su casa. Estuvo
pensando mucho rato en lo sucedido. Todavía no podía creer lo que había visto.
Ese hombre no era un hombre cualquiera, podía quitar y dar la vida según su
voluntad sin remordimientos por haber matado, ni satisfacción por haber dado la
vida. ¿Qué lo impulsaba a eso?¿Era un ángel vengador ó un demonio hipócrita?, ó
quizá solo era un hombre con un poder insólito. Tenía que averiguarlo, tenía
que saberlo así y arriesgara su propia vida en eso. Decidió no decirle nada del
asunto a Delia, no quería hacer nada que pusiera en riesgo su salud ó la de su
hijo por venir. No, se lo guardaría para sí mismo. Pues si había algo que
verdaderamente deseaba de esta vida era tener un hijo y ver a Delia feliz por
ello. Así es que mientras el asunto no pusiera en riesgo la salud de su esposa,
él seguiría tratando de averiguar acerca de ese Ángel de la Vida y de la
Muerte.
Toda la semana siguiente siguió a
Gabriel Sotzman sin que este se diera cuenta de que lo hacía. Esperaba verlo
cometer otro acto de: “Igualdad” le llamó, pero nada sucedió. El sábado
siguiente, esperó a que se metiera a la cantinucha, pues ahí había pensado
abordarlo de nuevo. Lo vio entrar y esperó dos horas antes de decidirse a
entrar al lugar a buscarlo.
Estaba en un rincón semioscuro
del feo lugar. Al entrar los pocos clientes de la cantina lo vieron con recelo,
pero él fingiendo estar tomado también, se sentó en una mesa y le pidió al
cantinero una cerveza. Luego de un rato, tomó la cerveza en la mano y se fue a
sentar directamente enfrente de Gabriel Sotzman. Este, lo miró primero con
curiosidad en medio de su ya avanzada borrachera y luego, reconociéndolo le
dijo con difícil y mal pronunciadas palabras:
-¿Otra vez usted?-
-Sí, Gabriel otra vez yo. Y esta
ves no me va despachar sin hacerme caso-
-Pues haber dígame de una vez a
ver que fregados quiere, pero si quiere hablar conmigo tendrá que pagarme otra
copa, pues a mi ya se me acabó la lana-
-Cantinero- gritó Antonio al
encargado del negocio. –Traiga aquí para mi amigo lo que sea que haya estado
tomando y me lo cobra a mí-
Así lo hizo el hombre, le llevó
un vaso lleno de ron que Gabriel se bebió de dos tragos.
-Mire Gabriel, yo ya sé lo que
usted puede hacer con la gente- le dijo en voz baja.
-Yo lo vi la semana pasada matar
un hombre solo tocándolo y salvar a otro, ¡Que digo salvar!, ¡Resucitar!. Usted
tiene que decirme porque y como lo hace. Además, no se me ha olvidado que usted
salvó mi vida hace poco-
-Mire señor ¿Cómo dijo que se
llama?- Antonio Larralde contestó el aludido. – le voy a contar mi historia, mi
tragedia ó mi maldición, al cabo y que me importa lo que me pase, pero no
ahorita, porque estoy demasiado borracho para pensar y recordar, que al fin el
recordar y saber qué soy es lo que me hace ponerme tan borracho. Lléveme a mi
casa a tomar un café, que se me pase un poco este mareo y le cuento-
Casi a rastras, Antonio pudo
llevar a Gabriel hasta su casa, pues sabía donde este vivía. Le quitó la llave
de la puerta de la mano y entraron a la casa. Esta estaba solo formada por dos
pequeños cuartos y un baño. Uno de los cuartos la hacía de cocina y comedor y
el otro de recamara. Muebles, los mínimos y muy deteriorados. Salvo una foto
sobre la pequeña cómoda de una mujer hermosa y una niña en sus rodillas, no
había ninguna clase de adornos.
Sentó al hombre en una de las dos
sillas de la mesita de madera de la cocina,
y se puso a buscar el café. Halló un frasco de café soluble en una caja
de madera, lo sacó y lo puso sobre la mesa. Luego tomo una vasija honda que
estaba en el fregadero, la lavó lo mejor que pudo y puso a calentar agua en la
pequeña estufa de gas butano, cuyo tanque estaba en un pequeñísimo patio detrás
de la cocina y en donde se veían colgados un pantalón de mezclilla y unos
calzoncillos.
Después de un rato, el agua se
calentó y le preparó al hombre un café bien cargado sirviéndoselo en un vaso.
Él se sirvió otro en el único otro vaso que había y se sentó a verlo tomarse el
café mientras daba sorbos al suyo. Después de unos 30 minutos y mas café, el
hombre había recobrado gran parte de su lucidez y empezó a hablar.
-Mire Antonio, le voy a decir
esto porque ya no me cabe aquí en el pecho toda esta angustia y este pesar que
me ha estado matando poco a poco. Así, hablando de esto, quizás pueda aguantar
mas y no me dé por quitarme esta miserable vida mía. Escúcheme y procure no interrumpirme,
pues quiero desahogarme y ¿Por qué no? Confesarme-
Antonio asintió con la cabeza y
se dispuso a escuchar la historia de este hombre tan singular y tan terrible al
mismo tiempo.
-Yo nací en Guadalajara. Mis
padres murieron cuando ya había terminado mi carrera de Licenciado en Comercio
Internacional y pronto tuve necesidad de ponerme a trabajar para sostenerme.
Cuando estaba a punto de terminar mi Carrera, conocí a Mireya, Mireya y yo nos
conocimos en una conferencia sobre el aquel entonces futuro TLC, pues ella
estaba estudiando una carrera de Economía. Muy pronto nos hicimos novios y nos
enamoramos profundamente. Ella era en verdad una mujer muy hermosa e
inteligente, créame que era especial. Se reunían en ella inteligencia,
hermosura, carácter jovial y mucha alegría, le gustaba bailar y llorar en las
películas de drama, pero sobre todo, me amaba, me amaba locamente y yo a ella
también.
Trabajé duramente durante dos
años tratando de labrarme una posición y obtener lo suficiente como para hacerla
mi esposa, lo que sucedió finalmente casándonos como ya le dije, muy
enamorados. Luego, me ofrecieron trabajo aquí en Monterrey y nos vinimos a
vivir acá. Después de una año de trabajo aquí, hallé la manera de poner mi
propio negocio de consultorías y rápidamente me encontré en una posición
económica excelente. Ya para entonces, mi Mireya se había embarazado y
esperábamos ansiosos y felices el nacimiento de nuestro primer hijo, pero quiso
la mala suerte que por algún problema hormonal lo perdimos.
Ya para entonces, me había convertido en un
hombre con una posición económica excelente y éramos muy felices salvo por
aquella mala vuelta de la fortuna en la pérdida de nuestro hijo.
Luego, ella se embarazó de nuevo
y por fin ya sin problemas tuvimos a nuestra hijita. Guadalupe le pusimos de
nombre por la devoción que Mireya tenía a la Virgen. Tres años después, ella
había crecido sana y hermosa como su madre. De igual carácter y querendona.
¡Que felices éramos señor
Larralde! Si la gloria existía en algún lado, eso pasaba en nuestro matrimonio.
Y además, ¡fíjese usted! Se anunciaba otro hijo, otro fruto hermoso del amor de
Mireya y el mío.
Así las cosas en 1993, decidimos
tomarnos unas vacaciones antes de que naciera nuestro próximo hijo. Iríamos a
Guadalajara a visitar a los padres de mi esposa. Salimos de Monterrey temprano
en la mañana en mi carro, Mireya adelante y mi Lupita atrás.
Ya en la cuesta a Saltillo,
alcanzo a ver como un carro azul viene zigzagueando detrás del mío, era un
Mercedes que parecía no tener control y a toda velocidad. El carro me rebasa en
una bajada y luego sorpresivamente se metió en mi carril y me cerró. Yo tuve
que aplicar repentinamente los frenos para no chocarlo, pero esto causó que el
carro patinara y perdí el control. Fuimos a dar al talud de la carretera y nos
volcamos. Yo salí despedido por la puerta que se abrió de mi lado y me golpeé
con la cabeza contra el pavimento quedando desmayado.
Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos
todo atontado y ver a un hombre pelirrojo parado a un lado de la carretera
mirando a mi carro con las ruedas para arriba. El hombre luego volteó a mirarme
y pude distinguir que estaba borracho y que era un hombre corpulento. Al ver
que yo trataba de levantarme, se asustó y caminando rápidamente hacia su carro
con una cojera en su pierna izquierda, se subió al carro y se fue a toda
velocidad.
Yo me volví a desmayar y ya no
supe de mí sino hasta que desperté al día siguiente en el hospital.
Lo primero que hice al recobrar la
conciencia, fue preguntar por mi esposa y mi hijita. La noticia fue terrible,
desgarradora. Habían muerto las dos en el accidente. Yo me quede mudo,
literalmente mudo. El resto del día no pude pronunciar palabras y solo después
de muchas horas, cuando salí de ese estado catatónico. Logré saber sobre los
detalles de los funerales que los padres de Mireya habían preparado
dolorosamente. Asistí a su funeral sin haber captado la magnitud de mi
tragedia, todavía con la cabeza vendada vi bajar a la misma fosa primero a mi
MIreya y luego a mi Lupita. Estaba ido, ni siquiera lloraba, no era yo. De
regreso del funeral, mis suegros me llevaron a mi casa y estuvieron conmigo
hasta el día siguiente. Cuando ya creyeron que era conveniente, me dejaron solo
con la promesa de regresar mas tarde a ver como estaba.
Ya solo en mi recamara, de pronto
toda la magnitud de la tragedia irrumpió sobre mi. De repente me dí cuenta de
lo sucedido, de la muerte de mis tres seres queridos, todos al mismo tiempo, y
un grito desgarrador, un dolor tremendo aprisionado en la nebulosidad de mi
casi inmediata locura brotó estentóreo en mi garganta. Y lloré, lloré a gritos
y las lágrimas me secaron el alma y la perdí cuando me dí cuenta que los había
perdido a ellos, y lo peor, lo peor de todo era que yo seguía vivo. Se habían
ido las luces de mi vida, mi razón de existir. Mi cordura perdió la batalla y
decidí en ese momento que no debiera de vivir mas. Me decía a mi mismo: ¡Que
mal te hecho Dios, que pecado tan grande he cometido para que castigues a este
idiota con la muerte de tres seres tan hermosos! ¡ Renuncio a ti que no te has
dolido por ellos! ¡Mentira que existes y que eres piadoso, pues si lo fueras
entonces yo también debiera haber muerto! ¡ Pero no, me dejaste seguir viviendo
para morir mil veces peor! ¡Pero no creas que has ganado, NO! . Y cegado por el
dolor y el coraje, busqué mi pistola para usarla en mi mismo. Mientras lo hacía
me di cuenta de lo fútil, de lo vano que es la vida sin que exista un Dios que
tenga una razón para que eso hubiera sucedido. Me di cuenta, ya que me había
convencido de que no hay ningún Dios, que nada en el mundo tiene sentido sin Él
y sin mis amados seres, y como Él no
existe, entonces mi vida no vale mas que la bala que habría de quitármela.
Saqué mi pistola de su funda y me la puse en la boca. Iba a acabar con mi vida
de una vez.
Ya a punto de jalar del mortal
gatillo, un pensamiento agudo me detuvo:
“Y si en realidad Dios existe y mi Mireya y mi Lupita viven en otra
forma de existencia en el mas allá y yo al quitarme la vida, me corto las
posibilidades de volverlas a ver. ¡Terrible dilema, horrible futuro. Si eso es
cierto, pierdo, así es que no puedo quitarme esta méndiga vida, y si no lo
hago, estoy condenado a sufrir lo que me queda de ella hasta que el fin llegue
por si mismo!”. -
-Eso, solo eso me detuvo de
matarme, el pensar en la posibilidad de volverlos a ver en otro mundo, en el
mas allá. Pero aún ese pensamiento, ese temor, no logró quitar de mi mente un
pensamiento que creció venenoso en mi. LA VENGANZA. Buscaría a ese hombre, al
causante de mi desgracia y lo haría sufrir y pagar aunque sea una mínima parte
de mi dolor, lo mataría, lo mataría con muchos sufrimientos. Y me juré que no
volvería a sonreír sino hasta que vuelva ver a mi familia si es que hay otra
vida después de esta.-
-Así es que tragándome el
terrible dolor y con la fuerza que da la idea de la venganza, retiré el arma de
mi cara y llorando con ella en la mano, me quedé dormido. A partir de ese día,
me puse a buscar a aquel sujeto, pelirrojo, corpulento, que cojea de la pierna
izquierda y que maneja un Mercedes azul. Dos años, dos años lo busque en todas
las formas imaginables. Tránsito, agencias automotrices, los datos de la
Policía de Caminos y nunca, nunca lo pude hallar. Mientras mi odio y
frustración, pero sobre todo, mis recuerdos, me fueron empujando a la bebida, a
la borrachera bendita que me hacía olvidar aunque fuera en una pequeña parte,
mi dolor. Pronto se convirtió en rutina y se me fue acabando el dinero. Llegue
hasta el final, tiré todo lo que había logrado cuando mi esposa vivía, todo se
fue en ron y en brandy.-
-Por último ya nada me quedó, ni
siquiera la dignidad y no se diga la profesión. Solo un amigo me quedó, y este,
lo mas que pudo hacer, pues era la único que yo podía hacer en mis condiciones,
fue darme un empleo de albañil en su empresa en la que estoy ahora.-
Gabriel Sotzman detuvo su
historia, se quedó callado mirando el fondo de la taza. Antonio no le dijo nada
de inmediato, y luego recapacitando le dijo:
-Siento mucho lo que le ha pasado Gabriel.
Apenas puedo yo imaginarme cual sería mi reacción si me hubiera ocurrido una
desgracia como la suya. Le confieso que yo mismo tengo serias dudas sobre si
hay ó no algún tipo de justicia divina-
Luego se calló también él, pues
en ese momento un pensamiento cruzó por su mente: “-Yo sé quien es el hombre
que Gabriel ha buscado como causante de la muerte de su esposa y su hija. Es
ese maldito de Eduardo Ruiz Salinas, quien otro sino él, es un borracho de fin
de semana, gordo, pelirrojo y cojeando de la pierna izquierda por el accidente
que tuvo cuando estaba en el equipo de americano de la facultad-“
Sabía que a Gabriel Sotzman le
habría causado placer saber por fin quien era su odiada y futura víctima, pero,
no sería él quien indirectamente causara la muerte de alguien, aunque fuera ese
desagradable bicho de Eduardo Ruiz. Sabía que el mentado Eduardo era un
burócrata que había hecho dinero pidiendo sobornos a los pequeños empresarios
para arreglarles problemas que él mismo les había causado en Desarrollo Urbano
Municipal, sabía que no tenía la mas mínima noción de lo que era la dignidad y
que no se dolía para nada en lambisconear a sus jefes para seguir conservando
una posición en donde pudiera seguir fregando al prójimo.
-Sí, era un jijo de su tal por
cual, pero no como para marcarlo para el patíbulo- pensó.
Así es que decidió callarse el
asunto por el momento y mejor insistió sobre Gabriel con relación a lo que de
verdad le intrigaba, -¿Cómo le hacía Gabriel para matar a sus victimas sin
armas de ninguna clase ó para salvar moribundos y curar como Mesías moderno
enfermedades terribles?-
-Pero Gabriel, yo lo he visto
hacer cosas terribles y cosas hermosas como lo es el salvar una vida. ¿Qué
fuerza, que poder del diablo ó que poder divino lo guía para hacerlo?,
¡Dígame!-
-Mire Antonio, no lo sé en
realidad. Mucho he pensado en eso y he llegado a la conclusión de que el golpe
que recibí en la cabeza cuando murió mi esposa y mi hija, pudiera ser la causa.
Ó quizá el dolor tan profundo y el odio hacia toda aquella gente que hace daño
a otros con pleno conocimiento han transformado de algún modo mi psiquis y me
hace capaz de esas cosas. No lo sé en
verdad, pero lo que si sé es que cuando eso sucede, pierdo el control y se
desata en mí esa maldición o bendición según sea el caso-
-Todo empezó unos meses después
de mi tragedia en ese accidente. Yo regresaba a mi casa ya tarde cuando al
pasar por alguna calle que no recuerdo, en el barrio de la Chueca vi a dos
hombres vestidos como vaqueros, atacar a una pobre muchachita que por quien
sabe que razones caminaba sola. El par de infelices la tenían ya en suelo y le
habían arrancado la ropa para violarla. Al ver aquella escena, se encendió en
mi una furia tremenda, un odio tan fuerte hacia aquel acto que me acerqué
inmediatamente a ellos y los jale hacia atrás quitándoselos de encima. Al
hacerlo uno de ellos me atacó y entonces lo detuve poniéndole mis dos manos en
el pecho como si supiera por instinto cual era la forma de dañarlo. Apenas lo
hice el hombre se detuvo y empezó a temblar violentamente, y hacía ruidos de
dolor muy fuertes, mientras yo no pensaba en otra cosa que no fuera que
muriera. Se cayó hacia atrás y quedó muerto boca arriba. El otro hombre al
principio no había hecho nada, yo creo que pensaba que su compañero no tendría
dificultad en controlar a un borracho, pero al verlo caer. Se levantó y me tiró
una patada en el estómago, un golpe que me dolió mucho pues el cabrón traía
botas vaqueras. A la segunda vez que trató de pegarme, lo agarré de la pierna y
con eso tuvo para parar su arremetida, se retorció del dolor y al hacerlo se
agachó un poco, lo que yo aproveché para agarrarlo de la cabeza. Eso fue todo,
cayó como fulminado boca abajo. Luego ayudé a la muchachita a levantarse y
tapándose como pudo con su ropa se fue corriendo. Al darme cuenta de lo que yo
había hecho, me fui también inmediatamente de ahí-
-No fue esa la única ocasión. Por
estos lugares la vida no es placentera y hay mucho criminal. Por lo menos 6 veces
me he desecho de esa basura y en todos los caso era cuando abusaban de alguien
que no podía defenderse. Y lo hacía, ¡fíjese usted Antonio!, no por ayudar al
necesitado, ¡lo hacía porque quería matar!. Si ¡matar! Porque me imaginaba que
esos hombres a los que he despachado al infierno eran aquel odiado hombre
pelirrojo que busca desde hace tiempo-
-Mire Antonio, ¿Qué edad cree que
tengo yo? ¿Cuántos me calcula?-
-Yo creo que usted debe andar por
los 50 y tantos Gabriel- le contesta éste.
-Mire Antonio, tengo 34 años de
edad, no soy en realidad tan viejo, pero es que me pasa que cada vez que un
episodio de esta naturaleza me sucede, esa fuerza, esa energía me abandona y
envejezco como unos dos años en cada ocasión. Así es que mi futuro y mi destino
final no están demasiado lejos. Además, el alcohol me esta matando también. ¡Y
sabe que! ¡No me importa! Al fin y al cabo es la muerte mi única esperanza-
-¿Y el otro extremo Gabriel?. El
que lo hace salvar vidas. ¿Cómo le sucedió?-
-Mire, cada vez que mato a una
persona, lo hago como le he dicho porque me invade un odio incontrolable.
Después de eso, a los cinco minutos, caigo yo también en medio de terribles
dolores de cabeza. Estos me duran unos momentos solamente, pero son tan
intensos que casi me desmayo y es cuando me dan los dolores de cabeza que me
hacen envejecer, envejezco tan rápidamente que si alguien me viera seguro
pensaría que está viendo un fantasma ó algo. Luego, tengo que dormirme para que
se me pasen los dolores de cabeza-
-Cuando despierto, el recuerdo
del suceso me atormenta, ¡el remordimiento por haber matado a un ser humano es
tan terrible! Luego como si buscara perdón por mi crimen, busco a quien me
necesite para ayudarlo. Como si eso fuera una expiación una compensación, un
equilibrio entre la vida que quité y la que doy. Pero en todos los caso, ya sea
que dé ó que quite, la vida me lo cobra y envejezco-
-Ya ni recuerdo a quien he
ayudado y nunca me ha importado, ni siquiera cuando lo ayude a usted. Mi
objetivo no es humanitario, no es divino, solo busco descargar mi culpa-
-No sé cuando terminará esto,
quizá cuando usted me delate ó quizá cuando agote mi fuerza. Ó cuando me
perdone yo mismo no haber muerto también junto mi Mireya y mi Lupita. Ó quizás
cuando hallé a ese maldito y termine mi obra de
venganza.
El hombre calló y ambos quedaron
en silencio por un rato. Antonio estaba en un estado psíquico neutro, no podía
pensar en nada. Poco a poco en medio de aquel silencio fue recapacitando en
toda la historia que acababa de oír. Si no fuera porque a él le constaba todo
lo que Gabriel le había dicho, nunca lo hubiera creído. -Pobre diablo- pensaba,
-no sabe si es solo un asesino ó una vícctima de su tragedia- Y luego, en un
arranque de estupidez del que luego se arrepentiría, y quizá porque sintió algo
de compasión por aquel hombre, ó quizás porque creía que le debía algo, le
dijo:- Yo sé quien es hombre que busca Gabriel, ese hombre existe-
Gabriel recuperó el centro de su
conciencia, miró a Antonio con ansia y casi con furia y le gritó:- ¡Dígame
quien es y donde lo hallo, dígamelo ya!-
-¡No puedo hacerlo Gabriel, no
quiero convertirme en su cómplice. Solo le digo esto porque creo que se lo
debo, pero no le diré mas!-
-¡Si no me lo dice ahora sabrá lo
que puedo hacer con usted! ¿Cree que matar a otro mas me importa?.Además, yo le
dí la vida y yo se la quitaré-
-No puede hacerlo Gabriel, yo soy
la única persona que sabe quien es ese hombre. Si me mata perderá para siempre
esa oportunidad-
-¿Y de que me sirve? Contestó el
otro.-Si no me lo va a decir-
Antonio, temiendo por su vida al
estar enfrente de Gabriel, no pudo pensar en otra cosa mas que decirle que:
-¡Déjeme pensarlo Gabriel,
comprenda que no es fácil para mí decirle eso!-
-¡Lárguese de aquí Antonio! ¡Le
doy una semana para decidirse!
Antonio no quiso esperar mas, la
oportunidad de salir de aquel atolladero no la iba a desperdiciar. Se levantó
apresuradamente de la silla y salió de la casa. Se regresó a su carro y se fue
rápidamente.
Viendo el problema en que se
había metido, y mientras se dirigía su casa repasó todas sus opciones. Irse a
otra parte era una de ellas, pero ¡No! Era demasiado orgulloso como para de a
tiro correr como gallina acorralada. ¿Decirle a Gabriel quien era su verdugo,
el pelirrojo?, ¡Tampoco. Si bien sabía que Eduardo Ruiz no valía un cacahuate,
según sus estándares, él Antonio Larralde no ayudaría a matarlo. Le quedaba
solo una opción, denunciarlo con su amigo el Teniente Saldívar. Este lo
arrestaría y le sacaría toda la sopa. Gabriel Sotzman pasaría el resto de su
miserable vida en la cárcel.
A pesar de que ya había tomado
una decisión, Antonio no se atrevía a llevarla a cabo. Temía que Saldívar no le
creyera la increíble historia y entonces verse de nuevo en la posición de estar
en las manos de Gabriel Sotzman. Cinco días pasaron desde que había hablado con
él y el plazo llegaba a su fin sin haber tomado acción.
Era viernes en la noche cuando
llegó a su casa en la Colonia Las Mariposas en donde vivía con su esposa Anita,
la cual estaba a cuatro meses de dar a luz. Ya para entonces los exámenes de
ultrasonido les habían dicho que el bebé que ellos esperaban era un niño.
Llegó a la puerta y abrió con su
llave como de costumbre:
-¡Anita ya llegué!-
Le gritó desde la puerta, esperando que como
siempre ella saliera a darle un beso como siempre lo hacía. Caminó hacia la
sala después de atravesar el corto corredor y al llegar a ella se encontró
sentada y llorosa a Mirna, su cuñada.
-¡Hola
Mirna!, ¿Como estas?, ¿Qué te pasa?¿Por qué estas llorando?,¿Dónde está Anita?-
Su cuñada levantó la mirada y con
algo de frustración y dolor en su cara le dijo:
-¡Antonio, Anita se puso mala. Le
dieron muchos dolores y empezó a sangrar vaginalmente! ¡Yo y Carla estábamos
aquí de buena suerte y llamé en seguida a la ambulancia para que se la llevaran
al Hospital de la Merced! , ¡Carla se fue con ella en la ambulancia y yo me
puse a buscarte para decirtelo, pero no te hallaba por ningún lado!. Según nos
dijeron los paramédicos, el niño está en gran riesgo de perderse!-
Antonio, sorprendido con la
noticia se quedó con la boca abierta. Luego de unos segundos recobró la cordura
momentáneamente perdida y le dijo a su cuñada:
-¡Me voy en seguida para allá!
¿Dices que Carla está con ella?-
-¡Si, está con ella, yo también
me voy contigo!-
Carla era la hermana mayor de
Anita y de Mirna. No había persona mas equilibrada que Antonio conociera que
ella y esto le tranquilizó un poco, pues sabía que si una decisión urgente
hubiera de ser tomada sin que él estuviera presente, Carla era la indicada.
Tomaron rápidamente sus abrigos y
cerrando apresuradamente la puerta de la casa, se subieron al carro de Antonio
y arrancaron a toda velocidad.
20 minutos mas tarde ya estaban
en el hospital. Se dirigieron al área de urgencias y llegando rápidamente al
escritorio de enfermeras, Antonio preguntó a una de ellas que parecía ser la
Jefa:
-¡Señorita, vengo buscando a mi
esposa Ana Luisa Santos de Larralde! La trajeron de urgencia hace unas dos
horas. Yo soy su esposo!- La enfermera levantó la cabeza y le dijo:
-Mire Señor, ella está ya en la
sala de cuidados intensivos. Ahorita no puede pasar a verla, pero si me espera
un momento le llamo al médico de guardia para que le informe!-
-¡Gracias!- Contestó él.
En ese momento, se acercó a ellos
una mujer de unos 45 años y de aspecto serio, pero de agradable cara y figura.
Era Carla.
-¡Antonio!- Dijo ella. El se
volteó a mirar quien le hablaba y él al ver quien era la saludó con un beso en
la mejilla.
-¿Que pasó Carla? ¿Cómo está
Anita?-
-Creo que ella está bien Antonio,
pero no sé del niño. A ver si ahorita el médico nos informa-
Se sentaron en los sillones de la
sala de recepción de emergencias a esperar que llegara el médico. Solo cinco
minutos pasaron y este apareció en la puerta doble de acceso a la sala.
-¿El señor Larralde?- preguntó en
voz alta el doctor Juárez, pues no sabía quien dirigirse al ver a 6 personas
ansiosas en aquella sala.
-Soy yo Doctor- contestó él y se
levantó para hablar con el Galeno.
-¿Cómo está mi mujer doctor?-
-Mire señor Larralde. Soy el
doctor Garza. Ella está estable y controlada. Paramos el sangrado y le dimos lo
necesario para que no se venga el producto. Pero para ser sincero con usted,
hay mucho riesgo de perderlo y su mujer no quiere aceptar una cesárea para que
ella no empeore pues no quiere rendirse y perder al bebé-
-Revisó a su esposa también el
doctor Blanco, Jefe del departamento de Ginecología y Obstetricia. Y al niño lo
revisó el doctor Ayala pediatra especialista en pre natales y ambos están de
acuerdo en que las esperanzas de sobrevivir del niño son mínimas, y si nos
esperamos mas del día de mañana a mediodía sin operar, no podremos salvar
tampoco a su esposa-
-¡Pero doctor, todo iba muy bien,
todo el embarazo ha sido muy bien llevado, ¿Qué pasó?-
-La historia clínica de su mujer
dice que esto no es la primera vez que le pasa. Es probable que las
deficiencias hormonales de ella sean las responsables y siendo así, ¡Solo un
milagro podría salvar al niño! Y eso señor Larralde, ya casi no sucede en nuestros
días-
-Usted necesita tomar una
decisión, y no debe ser mas allá de mañana a mediodía, si decide esperar mas,
entonces le pediremos nos firme un documento eximiéndonos de la responsabilidad
por su esposa-
-Siento ser tan crudo con usted,
pero estas cosas deben ser dichas con claridad. Mientras tanto, la pasaremos a
cuidados intensivos, y le pedimos que no se despegue de aquí, o al menos deje a
alguien que le pueda avisar inmediatamente por si es necesario-
-Gracias por su sinceridad
Doctor- Contestó Antonio, pronto le daré mi decisión. Por ahora, ¿puedo pasar a
verla?-
-Ella esta sedada, pero de todos
modos puede verla-
-Señorita, el señor Larralde va a
pasar a ver a su esposa- le dijo el medico a la Jefa de Enfermeras.
Esta, condujo a Antonio hasta el
interior de la sala de urgencias y ahí tras un biombo que separaba unas camas
de otras estaba Anita.
Ella estaba en efecto, dormida.
Por el lado derecho y por medio de unas mangueritas insertadas al dorso de su
mano, entraban unos líquidos claros que venían de dos frascos que colgaban boca
abajo de un soporte de acero inoxidable.
En el dedo índice de su mano
izquierda, una pinza llevaba un alambre hasta un monitor de presión y ritmo
cardiaco.
Una Mascara de oxigeno
transparente le cubría parte del rostro.
Se acercó a ella y tomando su
mano derecha se la acarició. Luego, arrimó la silla blanca que estaba al lado
de la cama hacia ella, se sentó y volvió a tomar su mano.
-Pobre Anita- pensó.
-Tantas ilusiones que nos
habíamos hecho con el niño y ahora perderlo también como a los otros. Y peor
todavía, con un embarazo tan avanzado. Si no la mata la espera que ella quiere,
la va a matar el dolor de perder a nuestro hijo-
Agachó la cabeza, y apoyándola en
la mano de ella, se puso a llorar silenciosamente.
-¡Solo un milagro podría salvar
al niño!- le había dicho el medico.
-¡Solo un milagro¡- pensó.
Y luego, como relámpago terrible
que así como ilumina también destruye, un pensamiento ambivalente llegó a su
cabeza: ¡Los milagros existen!,¡Yo los he visto! ¡Ya sé como evitar que mi hijo
muera!
Había recordado de pronto a
Gabriel Sotzman, el hombre milagroso, el Ángel de la Muerte. Solo Gabriel
podría salvar a su hijo, solo él podría ser la solución. Pero, tendía que pagar
por ese milagro. Si ya estaba amenazado por él para que le diera el nombre y la
localización del responsable de la muerte de su esposa y de su hija, sería
impensable que le ayudara a salvar a su hijo sin que le dijera lo que Gabriel
había querido saber desde hace tiempo. En otras palabras, tendría que decidir
entre la muerte de Eduardo Ruiz y la de su hijo.
Se levantó de la silla en donde
estaba junto a Anita. Salió del cuarto y dirigiéndose a la sala de espera le
dijo a Mirna:
-Por favor Mirna, acompaña unos
minutos a Anita. Yo tengo algo que hacer-
Mirna se dirigió a la sala de
cuidados intensivos y él, tratando de evitar la mirada inquisitiva de Carla se
dirigió hacia la pequeña capilla del hospital.
No lo hizo porque fuera un hombre
muy religioso, sino porque necesitaba unos minutos a solas para pensar en ese
problema, en esa encrucijada y llegar a una decisión.
Se sentó en una de las bancas
traseras de la capilla, directamente frente al Cristo cuyo corazón radiaba luz.
Cerró los ojos y echó la cabeza para atrás apoyándola en la pared posterior.
No lo pensó demasiado, se dio
cuenta que la alternativa no era matar a Eduardo Ruiz ó matar a su hijo.
Eduardo Ruiz ya estaba condenado de antemano, solo era cuestión de tiempo que
Sotzman lo hallara, y una vez conseguido eso, su suerte estaba echada. Por lo
tanto, él Antonio Larralde no podía hacer nada y la única cosa razonable que
podía hacer era pedirle a Sotzman que salvara a su hijo a cambio de decirle en
donde estaba Ruiz. En realidad ese razonamiento se lo hizo para justificar para
sí mismo una decisión que ya había tomado en su yo interno, aún antes de haber
entrado a la capilla.
-Además- se seguía diciendo
-Ruiz ya vivió su vida y es el
culpable de la muerte de dos inocentes, no permitiré que otro mas muera por
causa de él, y mucho, mucho menos si ese inocente es mi hijo y eso sin contar
con el gran dolor de mi Anita-
-¡Que el diablo se lleve a Ruiz,
yo quiero a mi hijo!-
Salió rápidamente de la capilla y
dirigiéndose a Carla le dijo:
-Carla, no me preguntes porque ó
como, pero necesito que tú y Mirna se queden con Anita un par de horas. Yo
tengo que salir y quizás pueda hallar la forma de salvar a mi hijo. Háblame a
mi celular si algo importante sucede-
-Está bien Antonio, ve a eso que me
parece que será inútil.¿Qué puedes hacer tú que los médicos no lo puedan hacer
aquí?-
-Ya te dije Carla, no me
preguntes, aguántame dos horas y cuando regrese, no me preguntes nada-
Y diciendo esto último salió de
la sala y luego del hospital.
Se subió a su carro con rapidez y
se dirigió a su destino, la casucha de Gabriel Sotzman.
Tocó con desesperación en la
puerta de la casa de Gabriel Sotzman. Esperó solo unos segundos y repitió el
golpeteo.
-¿Quién es?- gritó una voz medio
apagada desde adentro de la casa.
- Soy Antonio Larralde, Gabriel.
¡Ábrame por favor!-
Unos momento después, aparecía en
la puerta de la casa entre las penumbras de la noche, la cara terrible de
Gabriel Sotzman.
-¿Qué quiere Antonio? ¿A que lo
trae ahora su curiosidad, a que lo trae su maldita verborrea moralista?.
-¡Déjeme pasar y le contaré, no
creo que se niegue a escucharme, pues vengo a decirle aquello que tanto ha
deseado saber!-
Gabriel abrió totalmente la
puerta de la entrada y haciéndose a un lado le dijo a secas:
-¡Pásele y siéntese!
Antonio se sentó en una de las
sillas del desvencijado comedor y sin mas preámbulos empezó a hablar.
-Yo sé Gabriel, que todos estos
últimos años usted ha estado buscando a alguien, a una persona sobre la cual
usted quiere descargar su venganza porque esa persona le debe a usted mucho, le
debe la muerte de sus seres mas queridos en este mundo. Yo vengo a decirle
quien es esa persona y como la puede hallar.-
Gabriel miró a Antonio con
desconfianza y al mismo tiempo con ansia. A pesar de estar todavía medio
dormido y con la cara ensombrecida, se notaba en él que esa extraña mezcla de
sentimientos.
Recuperando el control de sus
emociones, Gabriel le pregunta:
-¿Por qué ahora, en este momento,
ha decidido decirme lo que tanto he deseado?. ¿Qué va a pedirme que sabe que a
nada podría negarme por saberlo?, Hable ya de una vez-
- Mire Gabriel, vengo en este
momento del hospital en donde está mi mujer embarazada a punto de perder a mi
hijo por un problema de salud. Ese hijo es nuestra esperanza de ser padres y
sin él, creo que también perdería la cordura de mi esposa si no su vida. El
trato es este: Usted va conmigo ahorita al hospital, los cura con esos poderes
extraños que tiene y a cambio yo le digo quien es esa persona que ha buscado
por tanto tiempo. Y me importa una tiznada lo que haga usted con esa
información. Yo lo que quiero es a mi mujer y a mi hijo, y no me importa vender
mi habla al diablo o a usted que es lo mismo con tal de salvarlos-
Gabriel miró a su visita durante
unos segundos, parecía que trataba de averiguar si no era alguna treta de
Antonio. Luego le dijo:
-No, Antonio, el trato es este,
primero usted me dice quien es y donde encuentro a esa persona y luego lo
ayudo-
Antonio no estaba en posición de negociar
y sin mas preámbulos le dijo todos los detalles acerca de Eduardo Ruiz. Le dijo
el nombre el lugar en donde trabajaba, le confirmó como era e incluso le dijo
en que colonia sabía que el vivía con su familia.
Gabriel le advirtió que si su
información era falsa, el sabría la manera de hallarlo a él y a su familia y
deshacer lo hecho.
Luego, Gabriel se lavó la cara,
se puso otra ropa y se aprestó a salir de su casa para dirigirse al hospital en
donde estaba la esposa de Antonio.
Llegaron al hospital en cosa de
quince minutos. Como era de madrugada y había poca gente el área de
emergencias, lograron colarse hasta la cama en donde estaba Anita sin que nadie
se diera cuenta, ni médicos ni enfermeras. Al lado de su cama solo estaba
Carla.
-¿Quién es este hombre?- Le
preguntó Carla entre asustada y curiosa.
-¿Qué vas a hacer Antonio?-
-Salte Carla, déjanos aquí y
cuida que nadie se acerque hasta que yo te diga-
-Pero ¿Que tienes Antonio? Me das
miedo-
-No te preocupes mujer- le
contesta este. -Este hombre que ves aquí nos va a ayudar-
-¿Me juras que no vas a hacer
alguna locura?-
-Te lo juro y ahora déjanos-
Carla salió del pequeño cuartito
y Antonio y Gabriel se quedaron solos con Anita.
-Haga lo suyo Gabriel, yo ya hice
lo mío-
Sin decir nada, Gabriel pasó la
mano lentamente por encima del cuerpo de Anita sin tocarla. Lo hacía como lo
haría alguien que trata de hallar algo solo por el tacto. No tardo mucho en
detenerse sobre el vientre de la esposa de Antonio y luego, lentamente puso las
dos manos sobre el. Anita seguía mientras tanto todavía sedada.
Antonio miraba las manos de
Gabriel admirado, estas parecían emitir una tenue luz azulosa que penetraba el
cuerpo de su esposa. Ella empezó a temblar en todo su cuerpo en medio de su
inconciencia, pero Gabriel, retirando y acercando las manos con cuidado del
cuerpo de la enferma, controlaba esos temblores a fin según le parecía a
Antonio, de no alterar el estado físico de la enferma.
Luego, ya que Gabriel hubo
encontrado algo que Antonio no entendió, cerró el primero los ojos por unos pocos segundos hasta que
aquella luz se desvaneció.
-Ya está Antonio, ellos van a
estar bien-
Y se salió del cuarto hacia la
sala de espera en donde se sentó.
Puso sus manos en ambas sienes y
agachando la cabeza, cerró los ojos.
Mientras eso hacía, Carla y Mirna
se miraban entre sí con un signo de interrogación en los ojos y Antonio, en el
cuartito, acariciaba la frente de Anita, quien dormía tranquilamente sin
haberse dado cuenta de lo ocurrido.
En su vientre, también dormía
tranquilo y sano un pequeño bebé.
Luego de un rato, Antonio salió
del cuarto de cuidados intensivos y viendo a sus cuñadas les preguntó:
-¿En donde está el hombre que
vino conmigo?-
-Se fue- contestaron las dos al
unísono.
-¿Cómo está Anita?-
-Ya todo lo malo ha pasado, los dos están muy bien-
Las dos se levantaron de las
sillas y penetraron al cuarto de su hermana.
Antonio, se dirigió a la capilla
del hospital y esta vez, las lagrimas de agradecimiento a Dios y a Gabriel
Sotzman, brotaron profusas.
Gabriel llegó a su casa por su
propio pié. El terrible dolor de cabeza no le dejaba pensar en nada. Solo
alcanzó a agarrar la botella de ron que estaba en el baño, le dio un trago muy
grande y se miró en el pedazo de espejo que ahí había. Frente a él estaba una
sombra, un despojo humano que mas que hombre parecía un fantasma. Se tiró en la
cama y se quedó dormido inmediatamente.
Al despertar al día siguiente. Se
arregló lo mejor que pudo. Se echo a la bolsa del pantalón el poco dinero con
el contaba y se puso a buscar a Eduardo Ruiz. Pronto pudo comprobar que lo que
Antonio le había dicho era correcto. Localizó al hombre en la oficina municipal
y lo reconoció plenamente.
Al ver Gabriel, (desde la mesa de
atención a la gente), a su enemigo, sentado en su escritorio y fumando, los
ojos le brillaron al saborear de antemano el placer de la venganza tanto tiempo
buscada. Decidió seguirlo para esperar el mejor momento para matarlo. Lo
mataría sin que nadie le estorbara o interfiriera. Planeó hacerlo de tal modo que
primero lo haría sufrir ardores inmensos en la piel y dolores terribles de
cabeza. Lo dejaría sufrir en ese estado mientras le diría porque era su
venganza, Eduardo Ruiz tenía que saber quien y porque lo iba a matar. Y luego
le partiría el pecho por el medio extrayéndole el corazón mientras aún
estuviera conciente.
Fue hasta el segundo día de que
lo empezó a seguir que tuvo la oportunidad de hacerlo. Eduardo Ruiz llegó a su
casa por la tarde en taxi, pues su carro lo había tenido que dejar en el
taller. Así es que se bajó en la banqueta y eso le dio a Gabriel la oportunidad
que buscaba. Se acercó hasta él mientras este pagaba al taxi. Gabriel calculó
que lo que tardaba en llegar hasta él era lo suficiente mientras el taxi se
alejaba y antes de que entrara a la casa. Se acercó a cumplir su venganza con
resolución. Ya estaba a un metro de su futura victima cuando abriéndose el porton de reja de la casa, dos niñas de
unos 3 y 6 años le gritaron a Eduardo:
-¡Papi, Papi!-
Las dos niñas corrieron a abrazar
a Eduardo. Gabriel se tuvo que pasar de largo a su lado y mientras eso hacía,
volteó a ver a las dos pequeñas. Eran hermosas las dos, una, la mas pequeña,
tenía el pelo rojo, ojos claros y pecas en su carita. La otra, la mayor tenía
el pelo castaño y los ojos verdes. Blancas las dos, desde lejos irradiaban la
luz que solo los ángeles debe tener.
Una vez que los hubo pasado, no
pudo hacer otra cosa que detenerse y voltear a ver la escena que dejaba atrás.
Dos hermosos seres humanos abrazaban con inmenso cariño a aquella bestia. Y la
bestia se convertía ante sus atónitos
ojos, en un ser humano hermoso también. Como si el hecho de estar en
contacto con esas niñas hermosas, hubieran hecho desaparecer de ese hombre
todos los pecados cometidos.
De repente, algo cambió en su
interior. Se dio cuenta de que ese hombre al que pensaba matar despiadadamente
era también amado como él mismo lo había sido. Y todo su odio, toda su sed de
venganza se apagó, se extinguió ante aquella escena de ternura. También se dio
cuenta, pues lo ocurrido le había quitado la venda que tanto tiempo llevó en
los ojos. Que la muerte de su esposa y de sus hijos no había sido intencional
por parte de aquel hombre. Eduardo no había querido matarlas, pero su vicio le
hizo perder sus sentidos en aquel terrible accidente. Pensó también, que si a
él le hubiera pasado lo mismo, lo mas probable es que hubiera actuado igual, si
se hubiera quedado, habría perdido también a sus hijas y les habría hecho
sufrir.
Siguió caminando y cavilando.
Pero ya para entonces, su odio había desaparecido, su venganza no tuvo mas
fuerza y Gabriel se rindió a su suerte.
Días después de esto. Antonio
Larralde fue a levantar una nota
periodística de un accidente de tráfico en una de las avenidas principales de
la ciudad. Un terrible choque en el que un tren se llevó de encuentro a un
camión urbano en las primeras horas de la madrugada. Llegó mientras que las
ambulancias apenas estaban llegando al lugar del accidente. Haciendo sus
indagaciones con las personas que no resultaron heridas, estas le dijeron de un
hombre extraño con barba, que no era de los pasajeros y había estado curando y
manteniendo con vida a los heridos mas graves poniéndoles las manos en las
heridas.
Antonio les preguntó en donde
estaba ese hombre y un señor joven le dijo que lo había visto recargado en un
fresno que estaba en el camellón de la calle.
Antonio se puso a buscar a ese
hombre inmediatamente, y pronto lo localizó
recargado en un árbol y sentada en el zacate . Se agachó en cuclillas
para verlo y se dio cuenta que era un anciano, pero aquel anciano estaba
muerto, había muerto hacía unos minutos y todavía tenía los ojos abiertos. Una
gran sonrisa había quedado dibujada en aquella cara anciana en donde Antonio
Larralde reconoció a Gabriel Sotzman.