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Hay temas
irremisiblemente perdidos: aquellos en los que la inadvertencia o el
desinterés de la opinión pública propicia que sólo se deje oír, muy
de vez en cuando, la voz de los directamente afectados, de modo que, sin
el necesario efecto moderador y fiscalizador del debate abierto, el
asunto va languideciendo y finalmente se resuelve (o disuelve) en el
sentido dictado por los poderes de turno. Ojalá no sea ese el caso de
la práctica desaparición de las lenguas clásicas en la Enseñanza
Media, donde sólo hemos podido escuchar algunas protestas aisladas
provenientes de los enseñantes afectados, ocasión por lo general de
melancólicas reflexiones sobre la fugacidad de la gloria pasada y
demás variaciones en torno al tema familiar de la laudatio temporis
acti. Anticipándome al argumento ad hominem, no poseo la sospechosa
condición de profesor de lenguas clásicas; y tampoco de poseerla
habría de verse en lo que diga la vergonzante defensa de un hado
profesional nebuloso, pues ya la benévola auctoritas de la que los
dómines inciertos dependen ha enmendado a estas alturas su descaminada
vocación con un generoso ofrecimiento de rehabilitación en las, así
llamadas, disciplinas afines, verbigracia, la música o la gimnasia
(cuya afinidad etimológica con el griego nadie osaría discutir). El
que ciertos alegatos propugnen el mantenimiento de las lenguas clásicas
por razones que rayan el absurdo no debe confundirnos. Sostener sin más
que el latín o el griego sirvan para desarrollar la capacidad
intelectual, la imaginación o la disciplina intelectual de los alumnos
-además de presuponer una obsoleta concepción de las funciones
intelectuales- es tan dudoso, por lo menos, como argumentar lo mismo de
las matemáticas, la física o los trabajos manuales: me consta, por
decirlo brutalmente, que la enseñanza del griego puede tener en las
mentes de ciertos alumnos los mismos inocentes efectos que la del
macramé. Y respecto a la recomendación de las lenguas clásicas para
el desciframiento de convulsas etimologías o la lectura de párrafos
como los que encabezan el artículo presente... mejor es, como diría
Tácito, no agravar con el ridículo el absurdo. Es difícil, abrumado
por la ajena vergüenza de apologías que más parecen torpe escarnio,
no ceder a la tentación de afirmar sin más que las lenguas clásicas
no sirven para nada, y esa inutilidad es condición de su excelencia,
pues, citando a Aristóteles, si lo útil lo es siempre en vistas a un
fin, aquello que declaremos fin (lo más valioso) habrá de ser, por
ello mismo,inútil.
Desafortunadamente,
lo que tan bizarra actitud pasa por alto es que no va a ser entendida
porque ese concepto de cultura como fin en sí es precisamente lo que
parece desvanecerse para siempre. Tampoco escapa al malentendido la
resurrección del debate de las dos culturas (ciencias y letras), con su
expediente de achacar todos los males a la supersticiosa fascinación
que por la ciencia sienten nuestros contemporáneos. Pues la ofensiva no
se circunscribe a las llamadas humanidades, sino que apunta al conjunto
de la cultura ilustrada (dentro de la cual la ciencia ocupa un lugar
eminente): es el ideal clásico de ilustración -científica tanto como
humanística- lo que hace agua. |
Porque
no se trata en absoluto de un ataque consciente a las lenguas clásicas
perpetrado desde obscuras instancias por intereses inconfesables. Al fin
y al cabo. ¿quién teme a las lenguas clásicas? Y, por otra parte,
¿desde cuándo las instancias que deciden -por ejemplo, en educación-
son conscientes? Se trata de cosa distinta y de más calado: se trata de
que asistimos a un cambio del modelo de socialización de la juventud.
Este cambio, a su vez, viene determinado por una paralela mutación en
las condiciones de producción en general y de las reproducción de la
fuerza de trabajo en particular. Lógicamente, la transición tiene
también su reflejo en el sistema escolar.
De lugar de
reclusión de los niños en la Revolución Industrial, cuando los
hermanos ignorantillos amontonaban a los muchachos en las aulas sin más
finalidad que la profilaxis social, a la aspiración de la instrucción
universal que habría de formar a generaciones de pacíficos ciudadanos
honestos y benéficos, la historia de la escuela es, como la de todas
las utopías, contradictoria. Precisamente porque sus valores eran
ambiciosos, se pudo criticar la insuficiencia de un sistema escolar que
no llevaba a la práctica lo que solemnemente prometía en su
frontispicio. Pero ahora aquella utopía se desvanece. Las tensiones
parecen decantarse por una escuela al servicio directo de las
necesidades productivas. Vamos constatando cómo la actual Reforma
Educativa sólo representa, más allá de sus buenas intenciones, la
necesaria adaptación del sistema escolar a las exigencias del aparato
productivo, propiciando además como subproducto la consolidación de
una doble línea educativa, como la que denunciaron Bourdieu y Passeron
en el caso francés, en las enseñanzas medias, con un sector público
desprestigiado frente a un cada vez más boyante negocio privado que
atiende a las necesidades de verdadera formación de las élites (y, en
este sentido, es vana la defensa en abstracto de las lenguas clásicas;
porque una cosa es segura: los jerarcas de mañana también sabrán
latín). En ese diseño se asigna a la enseñanza pública el papel de
guarda y custodia de la futura mano de obra en espera (cada vez más
dilatada) de su inserción en el sistema productivo.Ello supone una
alteración profunda de su cometido. No es casual (pero tampoco tiene
por qué ser necesario) que precisamente en el momento en que se
universaliza y amplía, la educación se degrade. Se mantiene
(¡faltaría más!) la vieja cantilena de la educación para la
libertad, la formación integral y la autorrealización personal, pero
todo el mundo acepta cínicamente que esos valores no son ya
funcionales, que la formación cultural de verdad (la científica tanto
como la humanística) es un lujo poco rentable socialmente y de escasa
utilidad para la gran masa de individuos destinados al taller o la
fábrica... |
En asuntos de pedagogía -a pesar de lo que la actual exuberancia
léxica de la jerga haga suponer- cabe guardar un prudente escepticismo:
lo que ignoramos sobrepasa con mucho a lo que sabemos con certeza:
cuáles son las determinantes que hacen que alguien aprenda, a través
de qué sutiles medios se produce la chispa que provoca la pasión por
el conocimiento, qué ocultas influencias nos trabajan y forman nuestro
espíritu, es cosa de la que apenas poseemos indicios. En todo caso, si
la pedagogía ha de ser algo más que mera instrucción, debe descansar
en una imagen del hombre y la sociedad: qué hemos de enseñar depende
de qué clase de hombres y mujeres queremos para el futuro. Si al
abandono de la tradición humanística, con todo lo que ello conlleva,
se la quiere denominar barbarie, ha habido, desde luego, otras épocas
de barbarie (¿hará falta decir que tal calificación la otorgan
quienes vienen después, que en modo alguno son vistas así por quienes
las protagonizan?). Pero no es el latín o el griego lo único -ni lo
más valioso- que en ellas se pierde. Pues la renuncia a las humanidades
es apenas signo y cifra de esa barbarie, no su razón y menos aún su
causa. Es la primacía absoluta de la sociedad sobre el individuo, la
derrota de lo particular frente a lo general, la amenaza, en fin, de lo
totalitario y el crepúsculo de todos los valores de los que el
humanismo clásico es exponente (que no garante). Una tradición es una
forma de vida que se explica a sí misma. Y ni las sociedades humanas
pueden prescindir en la socialización de las nuevas generaciones de los
sentidos que el relato fundacional ofrece ni, sobre todo, los individuos
pueden constituirse como tales al margen del poder modelizante tributado
por los valores de una tradición poderosa. En particular, cuando esos
valores son, por su propia naturaleza, tan frágiles -y, en términos
históricos, tan raros- como los del humanismo. Nadie es tan ingenuo
como para suponer que un asunto en apariencia tan nimio y doméstico
como unas horas de clase más o menos vaya a significar una catástrofe
social; pero la defensa de las humanidades no es una burda coartada
corporativista ni siquiera se reduce al alegato en favor de una
educación de cierta calidad: el destino de las lenguas clásicas está
vinculado a la cuestión de si las nuevas formas de vida van a propiciar
condiciones de existencia autónomas; si una sociedad abierta va a dar
libre curso a la individualidad de sus miembros o una administración
teocrática o tecnocrática va a dirigir la vida en la colmena.
*Publicado
en diversos periódicos (mayo, 1998) |