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Fragmentos del Diario de K. W. Strommer

(Ed. y traducción española, R. Sartorio)

A buen seguro, la próxima edición en castellano de la obra de K. W. Strommer, Tagebücher, no va a constituir un gran acontecimiento cultural. Difícilmente podría ser de otro modo: corren -otra vez- malos tiempos para la lírica. Sería vano y pedante sucumbir a la tentación de censurar por ello al tiempo presente. Pero acaso no esté de más un diagnóstico: lo ha hecho George Steiner en su último libro, Figuras Auténticas. Vivimos, dice:  

  “en un tiempo de temor al ridículo; ridículo acerca de las vivencias fundamentales como la muerte, el amor, la abnegación, la locura. La dichosa frase ‘¡no te pases!’ tendría el efecto de  hacer que Beethoven renunciara a la Novena Sinfonía y Miguel Ángel a la Capilla Sixtina”.

  El que a veces uno esté tentado de decirle al mismo Steiner “¡No se pase!” no afecta para nada a la exactitud de su constatación. El temor al ridículo es lo que subyace por detrás del estilo distanciado y autoirónico de las más distantes producciones culturales, desde el minimalismo hasta el pensamiento débil.

Como el lector podrá comprobar en la selección que ofrecemos, Strommer es alguien a quien ni el mayor de los cínicos podría decir fácilmente “¡No te pases!”. Es alguien cuya “figura auténtica” no puede ser puesta en duda.

 

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               Fragmentos de los Diarios de K.W. STROMMER*

 

  ¡Que quienes consideran la muerte, en ocasiones, como un deber, no puedan concebir que también puede, a veces, ser un derecho! ¿qué clase de canalla o pervertido hay que ser para manifestar semejante doble resentimiento ante la vida?

 

 

SOBRE  LA ALIENACIÓN COMO TRAGEDIA MODERNA

Decía Feuerbach que la historia de la religión era dramática; Philolenko, que la historia de la filosofía es trágica. Pero, en términos modernos, la tragedia es alienación. La alienación añade un carácter dinámico a la tragedia; reduplica, por así decir, su alcance trágico: porque a aquella oposición de dos principios irreductibles y, por ello, irresolubles en términos humanos, añade la ironía de que la oposición es producto de la acción humana, no de la voluntad de los dioses o producto ciego del azar. Pues hay que buscar en lo más profundo dela naturaleza humana el hecho primario de que ésta se halla sometida a deseos y exigencias que, por su misma naturaleza, son irreconciliables; y, por ello mismo, las acciones que las plasman no pueden sino mostrar ese carácter esencialmente contradictorio.

TRIPALIUM    I   

  Cuando de alguien se dice "hace su trabajo", no puedo dejar de pensar en la etimología: está siendo torturado. Y, en efecto, me lo imagino en el tripalium, sometido al más atroz tormento. Así que -debo confesarlo- se me hace difícil concebir que alguien pueda referirse a una actividad forzada con diferente actitud, como la despreocupada resignación o incluso el orgullo.       

  Y me sorprende igualmente la resignación con que se contempla el hecho de trabajar, como si la generalización del mal lo convirtiera en aceptable.    

                      

                                     TRIPALIUM II 

  Si se considera la historia de la humanidad bajo la dudosa perspectiva del progreso, y se insiste en medir el mismo en función de la tendencia hacia la libertad, es decir, el aumento del tiempo libre. Pues es evidente que el aumento del tiempo no forzado es lo único que nos diferencia de las sociedades esclavistas: en el tiempo de trabajo seguimos siendo esclavos, mejor o peor pagados. (También los esclavos de la antigüedad recibían su paga.)             

     

                  THEOLOGIA POSITIVA

          “Todo lo que importa saber se halla en la teología”. no podría dejar de mostrar mi acuerdo más absoluto con esta sentencia de la sabiduría medieval. La teología ha sido, en efecto,  mi principal afición durante años. Por eso, puedo afirmar con conocimiento de causa que no se hallará disciplina alguna donde se muestren tan a las claras los más recónditos secretos de Dios, o la naturaleza, o la mente humana. Pues en las demás ciencias, se encontrará siempre algún principio externo de orden o determinación,     aportado por la experiencia, que forzará a la razón a someterse a una cierta heteronomía. En la teología, por el contrario, la  razón puede desplegar a sus anchas, sin impedimento alguno, todos   sus recursos. y el resultado de ese vacío perfecto, de esas, por  así decir, vacaciones de la experiencia es más ilustrativo acerca de la naturaleza humana y más aleccionador que todas las ciencias experimentales juntas.

 

                  FREUD, CIENTÍFICO          

          También yo entretengo mis ocios con Freud. El descrédito  general al que, desde diversos campos, se somete al psicoanálisis  puede hacérmelo atractivo; pero es, debo admitirlo, el reproche  sobre su falta de cientificidad lo que me lo hace más apreciable:     ¡toda esa mitología fabulosa, esa fantástica imaginería construida sobre la base de la más refinada apariencia de observación y rigor... y además no es verdad! pero, ¿qué otra     doctrina moderna se encontrará que merezca con mejores títulos serlo?

          Creo firmemente que, junto a  la teología, el psicoanálisis es la piedra de toque para entender el funcionamiento de la mente  humana; no, claro está, en razón de sus descubrimientos, sino a  causa de que probablemente ninguno de ellos sea verdad.

         

         ADULTOS PRECOCES

          Lo que nos hace a nosotros, a los especímenes más selectos de nuestra generación, particularmente patéticos es que rechazamos a nuestros hijos por parecerse demasiado a nosotros.   Ello no deja de ser una curiosa innovación en la incesante contienda de las generaciones, desde los tiempos en que el tiempo mismo devoraba a sus vástagos; pues la mutua incomprensión  parecía basarse en el abismo de la inevitable diferencia entre dos modos irreconciliables de ver el mundo. El reproche, sin embargo, que se hace a los jóvenes de parecerse desesperadamente a sus padres, ser tan atrozmente adultos como ellos, es  doblemente aterrador; pues, junto a la imagen de una juventud precozmente madurada que dibuja, insinúa la mala conciencia de unos adultos inmaduros que no han ajustado aún las cuentas con sus sueños.

                          

                    LIBRE EMPRESA

          Considerando lo que son los empresarios -o, si se quiere expresarlo de modo más general, considerando lo que es la naturaleza humana-, si hoy en día desaparecieran todos los  obstáculos que el Estado pone a la libre explotación del trabajo, la situación de la esclavitud en el mundo grecorromano sería vista con añoranza. En este sentido, el conjunto de medidas  sociales que intentan compensar los mecanismos del mercado no     constituyen ningún tipo de generosa solidaridad con los menos favorecidos, sino los límites que la sociedad se imponen a sí misma para no caer en la barbarie.

         

              CENSURA DE LA DIGNIDAD HUMANA

                   Como estudioso de la historia, juzgo muy dudoso que, salvo casos puntuales como los forzados de las minas de Laurión, un esclavo medio de Grecia o Roma aceptara cambiar su suerte por la de un trabajador encadenado ocho horas al ritmo frenético de una  cadena de montaje.

          Es irónico que en contra de lo anterior pueda alegarse la diferencia inapelable entre la libertad de que goza el trabajador moderno y el escarnio a la dignidad humana que la esclavitud  supone; pues no hace falta hacer un enorme esfuerzo de imaginación  relativista para entender que el mismo concepto de dignidad humana es una construcción histórica.  

          Basta leer al esclavo Epicteto para hallar la mejor ilustración: acaso pecara de ingenuo al excluir que su concreta  situación  pudiera ser incompatible con principio ético alguno de  dignidad; pero tampoco se engañaba hasta el extremo de pretender que la esclavitud fuera un valor en sí, y, a buen seguro,  habría juzgado un sarcasmo la insinuación de que su condición servil  podía dignificarle o elevarle de algún modo en su humanidad. Que  ahora el trabajador moderno tenga por la más incuestionable evidencia que precisamente en esa su situación de productor asalariado se cifra su libertad y dignidad le sitúa, incluso en lo que respecta a la autoconciencia, muy por debajo del esclavo de la antigüedad.

          De este modo, aquella apelación a la dignidad humana  constituye, todo lo más, un índice de la notable degradación que  con el tiempo ha ido experimentando la propia idea de humanidad.

 *[K. W: Strommer, Diarios, I, 1995. Traducción, Rafael Sartorio]

 
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