Pàgina de Filosofia de R. Sartorio 

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Verdad y mentira en sentido extramoral

1. Texto y comentario

   

1               En un remoto confín del Universo centelleante, diseminado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en que animales inteligentes inventaron el conocimiento.  Fue aquél el minuto más arrogante y mendaz de la "Historia Universal”; pero tan sólo un minuto. Tras unas pocas palpitaciones más de la Naturaleza, el astro se congeló, y perecieron los animales inteligentes. Pudiera uno inventar tal fábula, y no alcanzaría, con todo,  a mostrar adecuadamente cuán lastimoso, sombrío y efímero, cuán fútil y contingente parece el intelecto humano en el seno de la Naturaleza. Hubo eternidades en que no existió; cuando se extinga, nada habrá pasa­do. Pues no hay para ese intelecto misión ulterior alguna que apunte más allá de la vida humana. No es sino hechura humana, y únicamente su poseedor y creador lo considera con tal patetismo como si girasen en él los goznes del universo. Mas si pudiéramos comunicarnos con la mosca, comprobaríamos que también ella surca el aire con el mismo páthos y se siente el centro volante del Universo. Nada hay en la Naturaleza tan vil e insignificante que al más ligero soplo de aquel poder del conocimiento no se hinche al instante como un odre; y así como cualquier mozo de cuerda busca ser admirado, el hombre más vanidoso, el filósofo, llega incluso a imaginar que todos los ojos del Universo tienen su vista telescópicamente fijada en su acción y su pensamiento.

 

§ 1.- La escritura de Nietzsche

Desviación de consabida introducción al “tema a tratar”: tal tratamiento desmentiría tesis de Nietzsche. Éste debe más que mostrar o indicar, crear lo que dice: colocar al lector en un espacio intelectual en que lo que va a decir (cuya improbabilidad y verosimilitud es mínima) pueda ser hecho verosímil. Así pues, Nietzsche crea el horizonte de lectura. Escritura es creación de mundos. Reflexión es un mundo.

Desde el primer momento, pues, Nietzsche hace mediante su escritura lo que va a probar: a la vez que demuestra, muestra mediante su misma escritura lo que será su tesis central: el lenguaje crea el mundo.

Nietzsche es un filólogo. Sabe (aunque aquí ese saber es usado, no mencionado) cuál es el origen de la filosofía, del lenguaje filosófico: una leyenda. Está pensando en formas prístinas, en primeros documentos de la filosofía, cuando mýthos y lógos aún no se habían separado, momento del parto: Atenea, diosa de la inteligencia, nace de la cabeza de Zeus revestida con las armas del mito (¿cómo, si no, podría ser entendido su discurso en el seno de unas sociedades de discursos ya constituidas?). La filosofía se presenta en poemas. Pero Nietzsche es un heraldo de la nueva filosofía: así pues, un poema inaugural de una nueva filosofía es lo que ejecuta aquí a su vez Nietzsche. Un nuevo mito de poder.  

Y un nuevo género literario. El género, hoy lo sabemos bien, no es un instrumento de clasificación que aporte un criterio taxonómico para el catálogo de las producciones escritas. El género nos ubica, nos da la perspectiva desde dónde, cómo, con qué disposición nos acercamos al texto: la crónica de tribunales acerca de un crimen pasional leída en un periódico de provincias no es Madame Bovary.

Lo esencial del acto de leer da comienzo antes de que se inicie la lectura. Sabemos leer   cuando aprendemos qué relaciones debemos establecer con un texto.  Pero aquí no hay antecedentes (lo cual quiere decir que, a buen seguro, nuestras expectativas van a quedar defraudadas y van a producirse multitud de malentendidos). Así que el nuevo género sólo puede aprenderse leyendo: zambuyéndonos en el discurso/texto que lo muestra. Por eso este texto es también un programa: así leeremos luego el Zarathustra, la Genealogía... 

Lo veremos más adelante: hay varios juegos lingüísticos: principalmente, el de la verdad y el del arte. Ambos tienen sus reglas propias y, además, son irreductibles, es decir, no hay entre ellos traducción (ni, por lo tanto, comparación) posible. Sin embargo, el juego del arte es en cierto sentido prioritario, porque es primordial, al menos epistemológicamente. Pues juguemos al juego que juguemos, estamos fijando las reglas del juego/mundo: estamos creando la superficie (la visibilidad) del mundo mediante el designio de jugar.

Del mismo modo, aparece ya en acto cuál va  a ser el método o, si se prefiere, el artificio del que se va a servir a lo largo de su manifiesto/poema. Se trata del descentramiento, procedimiento romántico por excelencia (y del que la ironía no es sino una manifestación).

Porque, digámoslo sin rodeos, no todo el mundo puede leer cualquier cosa, el mismo texto debe enseñar a leer, provocar la disposición adecuada. El texto produce su lector, con los más diversos procedimientos. Empezando por el de la humillación. Mecanismo de raigambre cristiana (cf. la pastoral, devocionarios, literatura de piedad...), por más que la humillación que se inflige sea bien poco cristiana, sin embargo: sin asomo de piedad. 

Así pues, la lectura hace algo: es anagógica, provoca una  metanoia, una conversión; un lector modelo debe ser transformado por efecto de la lectura: ninguna lectura es inocente y, a fin de cuentas,  ¿de qué serviría una lectura que dejase in-diferente?

La lectura es entonces una máquina que  transforma el nous (que es algo más que el intelecto); pero,  ¿cuál es ese lector que la obra presupone? Desde luego, un lector ilustrado. Un lector a la altura de su época: un lector ateo (imperfectamente ateo, desde luego: acaso no crea en Dios, pero sí aún en la gramática).

                2                Es bien sorprendente ese prodigio de1 intelecto: él,  que, sin embargo, no es sino un recurso de los seres más desdichados, más delicados, más efímeros, a fin de mantenerlos durante un minuto en la existencia, de la cual, sin este aditamento, tendrían todos los motivos para escapar con la celeridad del hijo de Lessing. Ese orgullo ligado al conocimiento y la sensibilidad ofusca los ojos y sentidos de los hombres con una niebla deslumbrante y los engaña sobre el valor de la existencia, por cuanto entraña la más lisonjera valoración del conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño; pero asimismo los efectos más específicos tienen algo de este carácter.

 

            3            El intelecto, como medio de asegurar la supervivencia del individuo, desarrolla sus principales fuerzas en el fingimiento; pues éste es el medio por el cual sobreviven los indi­viduos más débiles, menos robustos, para quienes está vedada la lucha por la existencia con las defensas o la recia dentadura del animal de presa. En el hom­bre culmina el arte del fingimiento; en él el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la hipocresía, la simulación, el vivir con brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo falaz, el hacer la comedia ante sí mismo y los demás, en una palabra, el constante revoloteo alrededor de la sola llama "Vanidad" es hasta tal punto regla y ley que casi, nada hay tan inconcebible como el hecho de que entre los hombres haya podido desarrollarse un honesto y genuino impulso hacia la verdad. Están ellos sumergidos en ilusiones y fantasmagorías; su mirada no hace más que deslizarse por sobre la superficie de las cosas, perci­biendo "formas”; su sentir no conduce en parte alguna a la ver­dad, sino que se contenta con recibir estímulos y jugar al juego de tantear el dorso de las co­sas. Además, durante toda su vida el hombre se deja engañar en sueños sin que jamás su sentimiento moral haya tra­tado de impedirlo cuando, según dicen, existen personas que a fuerza de voluntad han logrado dejar de roncar. ¡Qué sabe el hombre, en definitiva, de sí mismo! ¿Soportaría acaso la visión cabal de sí mismo, puesto a observación bajo los focos de una vitrina iluminada? ¿No le esconde la Natu­raleza el conocimiento de lo más esencial, incluso el de su propio cuerpo, hurtándole las circunvoluciones de sus intestinos, el rápido flujo de sus torrentes sanguíneos, las intrincadas vibraciones de sus fibras, y le destierra y confina así a una conciencia orgullosa y falaz? Ha tirado la llave, y ¡ay de la curiosidad fatal que pudiera atisbar por una rendija desde el cuarto de la conciencia y adivinara que el hombre está asentado en la crueldad, la avidez, la insaciabilidad, el asesinato, la indiferencia de su ignorancia: como  encaramado en sueños a lomos de un tigre! ¿De dónde procede, en esta sin par constelación del Universo entero,  el impulso a la verdad?

 

§ 2-3: La condición humana: el intelecto

Merece observarse los tópoi del pesimismo griego con los que Nietzsche describe la situación del hombre en el cosmos: la imagen de los goznes, que recuerda la puerta de la diosa en el poema de Parménides, lo humano como efímero, etc.

“Mofador del género humano”, al modo de Menipo. Pero la intención es construir el espacio desde el que pensar esa debilidad. Estrategia del alejamiento, visión sub specie aeternitate. Cura de humildad propedéutica, al modo de los místicos; pero  también un enseñar a ver.  Caer a lo más hondo, para remontarse a lo más elevado: ese es el método. Pero sólo es un artilugio metodológico, pedagógico: pues, naturalmente, no hay visión desde la eternidad.

Hay que ser muy cuidadoso con ese denigrar el intelecto. No es una autocrítica de la razón desde dentro de sí misma, por sí misma, como en Kant. Pero tampoco desde la exterioridad. Pues, obviamente, es siempre el intelecto el que habla. ¿En qué difiere del método kantiano?  No busquemos, pues, una hay exterioridad imposible. Ni siquiera cuando se contrapone intelecto a pasión (también hay una pasión del intelecto). Frente a Kant (o Hegel), la diferencia consiste en que no se somete al juego de las instancias internas a la razón: Vestand/Vernunf desde una perspectiva de superación ilusoria. No hay figuras de la espontaneidad ni conciliación posible. El intelecto quedará ajeno a la vida. Hay un radical escepticismo respecto al conocimiento, que no se supera jamás, recurriendo, como se suele, a las trampas de la autorreflexión. De ahí los cortacircuitos de Nietzsche: la dolorosa autocrítica no tendrá aquí, como en filosofías más moralistas, su recompensa: el intelecto mantendrá siempre su alejamiento de lo real (® §§ 5-6 )  y su carácter de producto ® Cf. falacia del origen y fundamentalismo.

Volver contra sí mismo el intelecto para dejar salir (¿revelar?) lo ello, la X ,el deseo que no puede ni nombrarse… ¿sería excesivo decir: la verdad?

                

4          En tanto el individuo quiere hacerse valer frente a otros, en el estado natural de las cosas usa el in­telecto, en general, solamente para fingir; mas puesto que el hombre, por necesidad y por aburrimiento, quie­re al mismo tiempo existir como ser sociable, organizado en rebaño, tiene necesidad de entenderse con sus semejantes, así que  trata de eliminar de su mundo, al menos, la peor bellum omnium contra omnes. Este entendimiento trae consigo algo que se diría el primer paso hacia la adquisición de ese enigmático impulso a la verdad. En efecto, es entonces cuando se establece qué debe en adelante ser "verdad", es decir, se inventa una denomina­ción de las cosas válida y obligatoria para todos y la legislación del lenguaje dicta también las primeras leyes en materia de verdad: pues se origina aquí, por vez primera, la oposición entre verdad y mentira. El mentiroso usa las denominaciones convencionales, las palabras, para hacer pasar por real lo que no es real: dice por ejemplo: “soy rico”, cuando el término co­rrecto para denominar su condición sería, precisamente, “pobre”. Abusa del rígido esquema convencional trastocando, cuando no invirtiendo, a su antojo las denominaciones. Cuando así lo hace en forma interesada y además perjudicial, la sociedad ya no le creerá y, por ello, lo acabará expulsando de su seno. Reaccionan así las gentes, no tanto para evitar ser engañadas, sino más bien para impedir que el engaño perjudi­que sus intereses; también en esta fase, lo que aborrecen no es, en rigor, el engaño en sí, sino las consecuencias  graves, adversas, de determinadas modalidades de engaño. Del mismo modo, el hombre aspira a la verdad meramente en ese limitado sentido: apetece las consecuencias agradables, positivas, de la verdad; no le interesa el conocimiento puro, sin consecuencias, llegando a ser incluso hostil a las verdades susceptibles de surtir efectos perjudiciales y destructivos. Además, ¿qué hay en esas convenciones del lenguaje? ¿Son productos del conocimiento,  del sentido  de la verdad? ¿Hay concordancia entre los términos y las cosas? ¿Es el lenguaje  expresión adecuada de todas las realidades?

 

§4            Naturaleza y lenguaje

Nietzsche evoca aquí el mito rousseauniano (o, mejor, hobbesiano) del “estado de naturaleza”, en que los hombres vivirían una vida independiente (inmensamente feliz o espantosamente desgraciada, dependiendo de los distintos humores, es decir, de sus diferentes visiones políticas), lejos de las ataduras y servidumbres sociales. Tanto Hobbes como Rousseau usan el mito del origen para explicar el paso  del estado natural al de la sociedad política; pero aquí, el mito político se dobla en el mito  ontológico: entre las capitulaciones (¡sic!) del pacto social figura el establecimiento del lenguaje como instrumento de la cohesión/coerción  social:  tal pacto lingüístico-ontológico se basa, también,  en la violencia y el prejuicio; con el mismo se sanciona el uso social del lenguaje (dominante, de la mayoría...). “Cuando alguien puso una cerca y dijo ‘esto es mío’, y encontró hombres tan necios como para creerle nació –asegura Rousseau- la propiedad privada”. Para ello, sin embargo –sugiere Nietzsche-  ese alguien debió primero postular el sentido de “mío” y “tuyo”... y encontrar hombres tan necios que se plegaran a la nueva convención:  nada, pues, que ver con el conocimiento puro; todo que ver, por una parte, con la astucia y el engaño; por otra, con la claudicación, la debilidad y la disposición de inclinarse ante el rebaño.

Consecuencia de este pecado de origen, la verdad no perderá jamás su carácter bastardo, espurio: utilitarista. De ese juego de poder  se deriva la escisión verdadero/falso, entendiendo como  “verdadero” lo que el poder sanciona y como “falso” lo que el poder proscribe.

 

 5         Sólo por olvido puede el hombre jamás llegar a creer que posee una "verdad" en el grado que acabo de señalar. A menos que quiera contentarse con la verdad en forma de tautología, esto es, con la posesión de cápsulas vacías, siempre se quedará con ilusiones, en vez de verdades. ¿Qué es la palabra? La reproducción en sonidos de un estímulo nervioso. Mas inferir del estímulo nervioso una causa extrínseca es ya el resultado de una aplicación errónea e ilícita del principio de raciocinio. Si en la génesis del lenguaje hubiese sido el exclusivo criterio la verdad; si en las denominaciones lo hubiese sido el punto de vista de la certeza, ¿cómo para tener derecho a decir: “la piedra dura”? ¡Como si "duro” nos fuese conocido no tan sólo como sensación del todo subjetiva, sino también por lo demás! Clasificamos las cosas por géneros; calificamos el árbol de masculino y la planta de femenina v ¡qué arbitraria es semejante transfe­rencia! ¡Qué manera de pasar más allá del canon de la certeza! Hablamos de "serpiente", pero el término no sugiere más que el retorcerse: quiere decir que lo mismo podría corresponder al gusano. ¡Qué antojadizas delimitaciones! ¡Qué manera tan uni­lateral de poner el acento ora en ésta ora en aquella propiedad de una cosa! Comparando los distintos idiomas. se comprueba que lo que en las palabras se busca no es jamás la verdad, sino una expresión adecuada o, si no, no habría tal diversidad de lenguas. La “cosa en sí” (que tal sería la verdad pura y sin con­secuencias) es también para el hacedor de la lengua algo del todo inconcebible y en modo alguno apetecible. Él se limita a denominar las relaciones en que se hallan las cosas con respecto al hombre, y para expresarlas recurre a las más audaces metáforas. Un estimulo nervioso traducido en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen, a su vez, transpuesta en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un total salto de una esfera a otra totalmente distinta y nueva.  Imaginemos a un hombre completamente sordo y que nunca haya oído ningún sonido, ninguna música; así como tal hombre se asombra, digamos, ante las figuras acústicas de Chadni dibujadas en la arenilla y encuentra su causa en la vibración de la cuerda, quedando entonces firmemente convencido de saber lo que los hombres llaman “sonido”, nos pasa a todos respecto del lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, co­lores, nieve y flores; sin embargo, no tenemos más que metáfo­ras de las cosas, que no corresponden en absoluto a las verdaderas entidades, Del mismo modo que el sonido se presenta como configuración de la arenilla, la misteriosa X de la cosa se presenta como estímulo nervioso, luego como imagen y, por último, como sonido. Lo cierto es, pues, que a la génesis del lenguaje no preside la lógica y que todo el material con que trabaja y construye luego el hombre dedicado a la verdad, el investigador, el filósofo, proviene, si no del reino de Utopía, en todo caso no de la esencia de las cosas.

 

§5 Verdad como transposición, traslación, metáfora

El análisis del párrafo sigue la línea humeana. Hay dos tipos de verdad: formal y material. La primera es una tautología: A es A. Se trata de una simple operación del intelecto que no añade ningún conocimiento substantivo (empírico) del mundo.

Ahora bien,  ¿cuál es el origen de la segunda? Se inicia una genealogía del conocimiento que nos lleva del impulso nervioso a la imagen por él provocada y de ahí a su plasmación en un sonido. Ambos casos son metáforas (=transportes), es decir, suponen una trans-lación entre ámbitos ontológicos: como si hubiéramos de forzar a un ciego a deducir el color rojo en base a un sonido agudo (figuras de Chadni). Del impulso nervioso que nos afecta construimos una imagen mental y le aplicamos el sonido "dureza". Es fácil ver que se trata de una extrapolación arbitraria, parcial, convencional y sin relación alguna con la cosa-en-sí.

 

 

6            Echemos una mirada particular a la formación de los con­ceptos. Toda palabra adquiere inmediatamente categoría de concepto por la circunstancia de que no ha de servir para re­cordar la experiencia primitiva, única y específicamente individual que le ha dado origen, sino que ha de corresponder a innume­rables casos más o menos análogos, es decir, nunca rigurosa­mente iguales: en una palabra, a un sinfín de casos entre los cuales no hay ni dos que sean iguales. Todo concepto se origina en virtud de un acto del hombre consciente en igualar co­sas que no son iguales. Si es cierto que no hay ni dos hojas que sean absolutamente iguales. no es menos cierto que el concepto de hoja reconoce como origen un arbitrario acto de supresión de estas diferencias individuales, de olvido de lo distintivo,  y da lugar a la noción de que además de las hojas existe en la Natu­raleza algo que es "hoja”, algo así como un arquetipo de acuerdo al  cual están conformadas, dibujadas,  coloreadas, recortadas pintadas todas las hojas, pero por manos torpes, así que ningún ejemplar resulta una reproducción fiel y correcta del arquetipo. Calificamos a fulano de tal de “honesto”, pre­guntamos: ¿por qué ha obrado en forma honesta? Y nuestra respuesta suele ser ésta: a causa de su honestidad. ¡La hones­tidad! Quiere esto decir, una vez más: la hoja es la causa de las hojas. Nada sabemos de una cualidad esencial llamada "la honestidad”, sí de numerosos actos individuales, es decir,  desiguales,  que igualamos dejando de lado cuanto los distingue en­tre si y entonces,  llamamos actos honestos; por último,  sobre la base de ellos, formulamos una qualitas occulta, con el nom­bre de "honestidad".

 

§ 6 formación de conceptos 

La cosa-en-sí nos lleva a la formación de intuiciones particulares; esas intuiciones se repiten y originan un proceso de abstracción que concluirá en el concepto. 

¿Pero, qué es, cómo procede ese mecanismo de la abstracción? Abstraer es eliminar, negar, borrar, lo que de particular, individual, específico y genuino hay en la cosa. Aquí sustenta Nietzsche  un nominalismo radical: sólo existirían los nombres propios como medio legítimo de referirse a los objetos particulares: "una rosa es una rosa". 

Formar conceptos, pues, es negar lo que de verdadero tiene la cosa, convertir en un esquema la intuición (aún cercana as la cosa-en-sí); es perder la cosa-en-sí en su especificidad e individualidad. Tras esta falsificación, ontologizamos el concepto y suponemos esencias; construimos el concepto eliminando la multiplicidad de rasgos del objeto. Elegimos arbitrariamente un rasgo "X", de manera antropomórfica, y lo constituimos en característica definitoria de la clase de los “X"; linealmente, construimos un auténtico mundo al revés: la "roseidad" la tomamos por la esencia de la rosa: platonismo vulgar, a fin de cuentas.  

Procediendo así –denuncia Nietzsche- renunciamos a lo que de genuino, específico y cabalmente individual tiene la cosa y nos conformamos con su cadáver, la huella pálida del concepto. Pero, ¿por qué procedemos así? ¿Se trata de un proceder ingenuo, desinteresado, una transformación precisa, al fin y al cabo, para la obtención del conocimiento universal?

Nietzsche  propone un ejemplo propio del campo moral: la  "honestidad". ¿Qué es ser "honesto"? Participar de la "honestidad", se nos dice. Olvidamos que hemos constituido el concepto, a base de recortar en el horizonte de la praxis humana una característica supuestamente común a las más diversas acciones e intenciones.

             7            Pasando por alto lo individual y con­creto, obtenemos el concepto, así como por lo demás la forma,  siendo así que la Naturaleza no sabe de formas ni de concep­tos, ni tampoco, por consiguiente, de especies, sino tan sólo de una X inaccesible e indefinible para el hombre, Pues también nuestra oposición entre individuo y especie es de carácter antropomórfico y no se deriva de la esencia de las cosas, aun cuando no nos atrevemos a afirmar que no le corresponde: pues se trataría de una afirmación dogmática y, como tal, tan indemostrable como la afirmación contraria

            8            ¿Qué es, pues, verdad? Respuesta: una multitud movible de metáforas, metonimias y antropomorfismos; en una palabra: una suma de relaciones humanas poética y retóricamente po­tenciadas, transferidas y adornadas que, tras prolongado uso, se le antojan fijas, canónicas y obligatorias a un pueblo. Las verda­des son ilusiones que se ha olvidado que lo son, metáforas gas­tadas cuya virtud sensible se ha deteriorado, monedas que de tan manoseadas han perdido su efigie y ya no sirven como mo­nedas, sino como metal.

 

§7 y 8 Verdad y metáfora

Entramos ahora en el núcleo de la definición de "verdad". Ésta no es más que el uso lingüístico establecido por convención. "Una hueste de metáforas, metonimias y antropomorfismos”, convenciones internas al lenguaje.

        Además -segundo movimiento- el proceso queda hundido en el olvido. En efecto, la verdad es "una ilusión que ha olvidado su origen". Esto nos lleva a la caracterización de la verdad como mentira de la tribu, del siguiente párrafo. 

 

9            Ignoramos todavía de dónde proviene el impulso a la verdad: pues hasta aquí sólo nos hemos enterado de la obligación que establece la sociedad para existir: ser veraz, esto es, usar las metáforas corrientes; o, moralmente hablando: mentir con arreglo a un esquema convencional, mentir colectivamente en un estilo obligatorio para todos. Por cierto que el hombre se olvida de este estado de cosas: quiere esto decir que miente del modo apuntado, inconscientemente, en virtud de secular ha­bituación: y, precisamente por esa inconciencia, aquel olvido llega al sentido de la verdad. El sentimiento de estar obligado a calificar esta cosa de "roja", aquélla de "fría" y. la de más allá de "muda" genera un impulso moral referido a la verdad: por la antítesis del mentiroso en quien nadie confía y al que todos excluyen, se demuestra el hombre lo honesto, entrañable y útil de la verdad.  Coloca entonces sus actos, como ser "racional", bajo el imperio de las nociones abstractas. Ya no quiere ser arrastrado por las súbitas impresiones, las percepciones sen­sibles; primero generaliza todas sus impresiones, transformándo­las en conceptos pálidos y. fríos, para uncirlas en esta forma al carro de su vida y acción.  Cuanto diferencia al hombre del ani­mal depende de esta facultad de diluir las metáforas expresivas en un esquema, esto es, de disolver una imagen en un concepto, pues en el dominio de esos esquemas es factible algo que bajo el régimen de las inmediatas impresiones sensibles no podría lograrse jamás: establecer un orden piramidal basado en castas y  grados, un mundo nuevo de leyes, prerrogativas, jerarquías y delimitaciones que se contrapone al mundo sensible de las in­mediatas impresiones como instancia más fija, más general, más conocida y humana y, por ende, reguladora e imperativa, En tanto que toda metáfora expresiva es individual y rigurosamente única, escapando así a toda tentativa de clasificación, el in­gente edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad del  columbario romano y trasunta en la lógica esa estrictez y frígida sobriedad propias de las matemáticas.  Quien es rozado por este soplo frío se resiste a creer que aun el concepto, siendo como es duro y anguloso como un dado, y tan movible como tal, venga a ser el  resto de una metáfora, y que la ilusión inherente a la transposición artística de un estímulo nervioso en imágenes sea, si no la madre, sí la abuela de todos los conceptos.  Mas dentro de este juego de dados de los conceptos,  llámase “ver­dad” el usar cada uno de los dados tal como está marcado, con­tar exactamente sus puntos, establecer clasificaciones correctas y no violar nunca el orden de castas y la escala jerárquica

 

§9  Verdad y poder

Es fácil sintetizar el tema del poder: decir la verdad no es más que mentir como la tribu, pues es ésta quien establece las designaciones y los nombres de las cosas, imponiendo su descripción moral del mundo; pero Nietzsche, además, ofrece un novedoso análisis del "sentimiento de la verdad": sentimiento, hay que subrayarlo,   puesto que, en efecto, la verdad supone, sobre todo, un sentimiento: justo lo contrario de algo objetivo o racional. Ese sentimiento tiene un origen inconsciente. "Mentimos involuntariamente". Y es que,  como siempre que hablamos de “verdad”, debemos multiplicar las precauciones: no se trata de que “deseemos” engañar, lo que, al fin y al cabo, sería una simple cuestión de moral personal. Tampoco es que “todo sea mentira” o cualquier otra torpe formulación similar (que, como sabe bien Nietzsche, resultaría trivialmente autorrefutativa): es que la misma determinación de “verdad” no está fundada objetivamente, sino que es producto de una elección estratégica, de una decisión de delimitar , de una voluntad de poder, como lo formulará después el Nietzsche más maduro.

Porque la verdad no pasa de ser una construcción convencional y arbitraria, como lo es el mismo lenguaje. A partir de ahora, organizaremos el mundo según el catálogo de abstracciones de nuestra particular comunidad lingüística. Nos alejaremos para siempre de la intuición primigenia de las cosas, coagularemos en un concepto las impresiones intensivas originarias; así pues, moral, verdad y poder están inextricablemente unidos: "el lenguaje - le decía Humpty Dumpty a Alicia- es cuestión de saber quién manda". Como muestra hasta la saciedad la historia, el hecho de, por ejemplo, ser héroe o villano, odiado revolucionario o reputado hombre de estado depende de ser vencedor o vencido. 

            El mundo queda irremediablemente catalogado por el poder y se añade a ello una sanción moral no menos inapelable. En ese columbarium, cementerio de los conceptos, queda apresado el mundo. 

Pensemos, por poner un ejemplo más moderno, en el caso de las palabras "violencia” o “terrorismo”, definidas estipulativamente de acuerdo con la estrategia interesada de quien las usa. Es puramente  una estrategia de poder  la que recorta, de la inmensidad de actos en que se hace uso de la violencia, aquel uso lingüístico “ortodoxo”,  “correcto” del término, legitimando, por ejemplo, toda acción estatal (generalmente, la violencia al por mayor: guerra, tortura, represión...) a la que se negará, por definición, el calificativo de “violenta”, mientras convenimos en llamar "violencia" a los actos violentos al por menor. Pero, a partir de aquí, la denominación queda establecida y el significado consolidado, de manera que es ya imposible contemplar las cosas de otro modo. 

             10            Así como los romanos y los etruscos subdividían el cielo por rígi­das líneas matemáticas y a cada una de las áreas de tal modo delimitadas confinaban, cual  un templum, una divinidad, cada pueblo tiene tendido encima de sí tal matemáticamente subdi­vidido cielo de conceptos y entiende por postulado de verdad el que cada divinidad conceptual debe ser buscada exclusiva­mente en su propia esfera.  En este respecto cabe ciertamente admirar al hombre como un formidable genio constructor que sobre fundamentos movedizos, como si dijéramos sobre agua que fluye, logra levantar un edificio conceptual infinitamente complejo;  claro que éste, para asentarse firmemente en tales fundamentos, ha de ser un edificio como hecho de telarañas, lo bastante ligero para poder ser transportado por las olas, lo bastante sólido para resistir al viento. Como genio constructor se eleva, así, el hombre muy por encima de la abeja: ésta construye con cera, que extrae dc la Naturaleza; aquél, con la subs­tancia mucho más delicada de los conceptos, que debe fabricar en sí mismo, En este respecto ciertamente se hace acreedor a una profunda admiración, pero en modo alguno por su im­pulso a la verdad, al conocimiento puro de las cosas.  Cuando uno esconde una cosa tras un arbusto y luego la busca y, en efecto, la encuentra allí, no hay nada de glorioso en este buscar y encontrar; mas así es como queda caracterizado el buscar y en­contrar la "verdad" dentro de la esfera de la razón.  Cuando defino el mamífero y luego, al ver un camello, declaro: "he aquí un mamífero", por supuesto que expreso una verdad, pero esta verdad es de reducido valor, quiero decir, es en un todo de ca­rácter antropomórfico y no contiene absolutamente nada que sea "verdadero en sí", real v de validez universal al margen de la órbita humana. Quien va en busca de tales verdades busca, en última instancia, meramente, la metamorfosis del Universo en los hombres; se esfuerza por aprehender el Universo como una cosa antropomórfica y conquista, cuando más, un senti­miento de asimilación, Así como el astrólogo considera a los astros referidos al hombre y relacionados con las venturas y desventuras humanas, tal investigador concibe el Universo como algo atado al hombre, como el eco infinitamente quebrado de un sonido primario, del hombre; como la múltiple repro­ducción de un único arquetipo, del hombre. Su método consis­te en tomar al hombre como la medida de todas las cosas, par­tiendo sin embargo de la creencia errónea de que estas cosas le son inmediatamente dadas, como objetos en sí.

 

§10  Relativismo etnológico

Cada pueblo, poseedor de un lenguaje propio, delimita y construye un mundo, propio, "real", incomunicado, que es incomparable y no puede ser juzgado por los demás pueblos.

         Y así, cada pueblo teje su tela de araña: espectáculo admirable el de la construcción de esa noosfera en que cada pueblo se encierra: filtra el mundo exterior, lo asimila, lo protege y acoge, otorga sentido a las cosas. Admiramos la gran obra, ciertamente, pero se trata de una obra de la imaginación, de la poesía, no de la verdad. En el fondo, encontramos el pecado epistemológico original del antropomorfismo: todo se ha urdido a la medida de los temores, esperanzas y deseos de los hombres. 

 11            Quiere esto decir que se olvida de que las originales metáforas expresivas son metáforas y las toma como las cosas mismas: únicamente gracias al olvido de ese primitivo mundo de metáforas, a la solidificación y petrificación de una masa de imágenes que en un tiempo brotó cual lava incandescente del poder primario de la imaginación humana, a la creencia irreductible de que tal sol, tal ventana, tal mesa es una verdad en sí, en una palabra, únicamente en virtud del hecho de que olvi­da su condición de sujeto, de sujeto artísticamente creador, el hombre vive con alguna tranquilidad, seguridad y consecuencia; si pudiese escaparse, aunque no fuera más que por un instante, de la cárcel de esta creencia, se acabaría al momento su "conciencia de sí mismo". Le cuesta admitir ante sí mismo siquiera que el insecto, el pájaro perciben muy otro mundo que el ser hu­mano y que no tiene sentido preguntar cuál de las dos percep­ciones del mundo es más justa, toda vez que para resolver esta cuestión debiera aplicarse el criterio de percepción justa, es de­cir, un criterio que no existe.  Por lo demás, la "percepción justa" término que significaría la expresión adecuada de un objeto en el sujeto se me antoja un contrasentido, pues entre dos esferas radicalmente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no media ninguna causalidad, ninguna adecuación, ninguna expresión, sino a lo más un comportamiento estético, quiero decir, un transferir alusivo, un balbuciente traducir a una lengua extraña; para lo cual es menester, en todo caso, una esfera y fuerza mediadora que elabore e invente libremente.  El término "apariencia" comporta muchas seducciones, por lo que lo evito en lo posible; pues no es cierto que la esencia de las cosas aparezca en el mundo empírico. Un pintor sin manos que quiera representar por medio del canto la imagen que su ojo mental percibe, en tal trastrueque de esferas, con todo, re­velará más de lo que revela el mundo empírico acerca de la esencia de las cosas. Ni aun la relación de un estímulo nervioso con la imagen producida tiene en sí carácter forzoso; lo que pasa es que tras haber sido ésta producida millones de veces y transmitida por herencia a través de muchas generaciones y, así, terminar por presentarse en todos los hombres como con­secuencia del mismo motivo, por último cobra para el indivi­duo significación de única, forzosa, como si el estímu­lo nervioso original se hallase con la imagen tradicional en una estricta relación causal; del mismo modo que un sueño, si eter­namente se repitiese, sería sentido y juzgado una auténtica realidad, Pero no por solidificarse y petrificarse una metáfora queda demostrada su necesidad y exclusiva justificación. 

 

 

§11  Verdad y olvido

 Y, como siempre, el mecanismo del olvido; para que el mito tenga efecto debe ocultarse como tal: el olvido es la conditio sine qua non de la efectividad del mito. Ahora bien, ¿qué hay entre el sujeto y el objeto? ¿Cómo se establece la relación? ¿Cómo se produce el conocimiento? Entre el sujeto y el objeto hay un decisión prístina, una valoración, un pre-juicio, una actitud estética, la arbitrariedad más radical, libre, inventiva y creadora. 

 Nietzsche  repite los tópoi escépticos en su formulación clásica. Sin embargo, prosigue con un análisis humeano del hábito como explicación del sentimiento de la necesidad de la conexión entre el impulso nervioso y la imagen mental.

 12            Seguramente todo el que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido un profundo recelo hacia semejante idea lismo toda vez que se haya compenetrado de la eterna conse­cuencia, omnipresencia e infalibilidad de las leyes naturales, habiendo sacado esta conclusión: aquí, hasta donde penetramos hacia las alturas del mundo telescópico, no menos que las simas del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan acabado, tan infinito, sujeto a ley y completo; la ciencia para siempre habrá de cavar con éxito en estos pozos, y todo lo que extraiga estará en consonancia y no comportará contradicción alguna. Cuán poco se parece esto a un producto de la fantasía; pues si lo fuese,  en alguna parte habría de dejar traslucir la apariencia de irrealidad. Frente a esto, cabe decir por lo pronto que si cada cual tuviese una específica capacidad perceptiva. si éste percibiese exclusivamente al modo del pájaro, aquél al modo del gusano y el de más allá al modo de la planta, o si una misma sensación impresionase a éste como color rojo, a aquél como color azul e incluso  al de más allá como sonido, nadie hablaría de tal legalidad de la Naturaleza, sino que todo el mundo la concebiría como una cosa subjetiva en grado sumo. Además, ¿qué es para nosotros una ley natural? No nos es conocida en sí, sino tan sólo a través de sus efectos, esto es, de sus relaciones con otras leyes naturales, las cuales, a su vez, nos son conocidas solamente como sumas de relaciones.  Quiere esto decir que todas estas relaciones simplemente se refieren unas a otras, siendo en su esencia del todo ininteligibles; sólo conocemos realmente en ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, es decir, relaciones de sucesión y números. Todo lo maravilloso que admiramos precisamente en las leyes naturales que pide nuestra explicación y podría llevarnos a desconfiar del idealismo resi­de única v exclusivamente en la matemática exigencia e infalibilidad de las nociones tempoespaciales. Mas estas nociones las elaboramos en nosotros y extraemos de nosotros con la misma necesidad con que la araña teje su tela; puesto que estamos forzados a aprehender todas las cosas exclusivamente bajo estas formas, no es de extrañar que en todas las cosas no aprehendamos, en definitiva, sino estas formas pues todas ellas comportan por fuerza las leyes del número, y el número es precisamente lo que de más asombroso tienen las cosas. Toda la legalidad que tanto nos impresiona en las órbitas de los astros y en el proceso químico es, en definitiva, las propiedades que nosotros mismos introducimos en las cosas, siendo pues nosotros mismos los que con ellas nos impresionamos. Por cierto que esa elaboración artística de metáforas con que comienza en no­sotros todo sentir supone ya aquellas formas, quiere esto decir que tiene lugar en ellas; sólo por la perduración inmutable de dichas formas primarias se explica el que luego haya podido levantarse sobre el fundamento de las metáforas el edificio de los conceptos. Éste viene a ser una imitación de las relaciones tempo-espaciales y numéricas sobre la base de las metáforas.

 

§12 Ciencia y conocimiento

El párrafo se inicia con un quasi diálogo entre Nietzsche  y un interlocutor que cuestiona el razonamiento anterior: ¿cómo un producto de la imaginación podría nunca transformarse en el elaborado, inflexible, certero mundo de la ciencia? La esencia del argumento es la consistencia entre las impresiones, cuya no contradicción constituye una apariencia de segura realidad. Nietzsche produce aquí un auténtico tour de force, cuestionando el núcleo más duro del conocimiento: la ciencia. La ciencia es, en efecto, un lenguaje bien hecho, sin incoherencias ni fisuras, frente a las lagunas y contradicciones del lenguaje ordinario.  Por ello, si conseguimos llevar nuestra crítica de las inconsistencia y la arbitrariedad del lenguaje al corazón de la ciencia, habremos ganado plenamente la batalla. Y, para ello, nada mejor que el análisis de su concepto más fundamental: la ley natural. Ésta se presenta como una relación universal y necesario entre puros hechos del mundo físico, absolutamente objetiva y libre de antropomorfismo. 

 Aquí Nietzsche  se mueve sin citarlo dentro del paradigma kantiano y su distinción entre noúmenos y fenómenos. En efecto, a pesar de su apariencia objetiva, la ley natural no es más que una relación entre fenómenos tal como los percibimos, una correlación entre percepciones subjetivas. No permite ir más allá de estas percepciones que la originan, ni salir gracias a ella a ningún mundo objetivo y real. También en la ley natural, como diría Kant, "encontramos lo que hemos puesto": la araña sigue tejiendo su tela, por muy matemática y harmoniosamente que lo haga. 

 13            En la construcción del edificio de los conceptos, como he­mos visto, trabaja originalmente el lenguaje y, en tiempos poste­riores, la ciencia. Así como la abeja a un tiempo trabaja en la construcción de los alvéolos y se atarea en llenarlos de miel, la ciencia trabaja sin cesar en el ingente columbario de los con­ceptos, esa necrópolis de las percepciones, construye cada vez nuevos y más altos pisos. Consolida, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se afana por llenar ese entramado colosal y acomodar en él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico.  Aun el hombre de acción liga su vida a la razón y sus conceptos para no ser arrastrado, no perderse a sí mismo; lo que es el investigador, se instala al pie de la Torre de la Ciencia para poder cooperar en su construcción a la vez que acogerse al amparo que brinda la mole ya existente Y por cierto que necesita protección,  pues existen potencias terribles que constantemente lo acometen y que oponen a la "verdad" científica “verdades” muy diferentes, provistas de muy diver­sos emblemas

§13  Ciencia y verdad

La ciencia "regula" el mundo empírico, pero no añade un ápice de verdad: la materia prima de su elaboración son las metáforas y conceptos forjados por el lenguaje ordinario. Cabe destacar aquí, en el marco de la filosofía de la sospecha, la interpretación psicológica de la pulsión científica como mero instinto de muerte, deseo de seguridad y  expresión  de un gran cansancio: el científico construye y rehace sin cesar su cabaña (columbarium) buscando así protegerse contra las fuerzas que le recuerdan una "verdad terrible y más profunda". En el fondo, busca ponerse a resguardo del torrente de la vida cuyas aguas desbocadas amenazan con devastar la solidez imaginaria de sus construcciones científicas ("castillos en el aire"). 

 Vemos cómo Nietzsche se mueve en la atmósfera romántica que denuncia el espíritu burgués (aquí, asimilado al científico) por su mezquindad y su miedo a la vida. 

14  El  impulso a la elaboración de metáforas,  ese impulso fundamental del hombre que no puede ser eliminado ni por un instante,  porque ello sí gnificaría la eliminación del hombre mis­mo,  no por haberse construido con sus productos volatilizados,  los conceptos,  un mundo nuevo,  regular y rígido,  para que le sirva de castillo fuerte, está realmente dominado, apenas si domado.  Se busca él un nuevo campo de acción y otro cauce, y lo encuentra en el mito y, en términos generales, en el arte. Entremezcla constantemente las rúbricas v celdas de los conceptos  estableciendo nuevas transposiciones metáforas y metonimias; evidencia en todo momento un afán de rehacer el mun­do existente del hombre lúcido, de hacerlo tan abigarrado e irregular, tan inconexo, tan sugestivo y eternamente nuevo como es el mundo de los sueños. Mirándolo bien,  únicamente por el tejido rígido y regular de los conceptos sabe el hombre lúcido que está lúcido: así es que a veces, cuando el arte desgarra ese tejido de los conceptos, llega a creer que está soñando.  Afirma con fundamento Pascal que si todas las noches tu­viésemos el mismo sueño, nos ocuparíamos con él tanto como con las cosas que vemos todos los días: “si un artesano soñase noche tras noche, durante doce horas, que es rey” -dice-  “cred que se sentiría tan feliz cono un rey que noche tras noche, du­rante doce horas, soñase que es artesano”. El estado lúcido de un pueblo míticamente excitado como fueron los griegos de los primitivos tiempos de la Hélade, a causa dcl prodigio constantemente operante que el mito supone,  se parece, en efecto, más al sueño que a la lucidez del pensador científicamente ensombrecido.  Si cualquier árbol es susceptible de hablar como dríade, si bajo forma de toro puede un dios raptar doncellas, si la misma diosa Atenea es vista de repente en momentos en que en un carro tirado por hermosos caballos recorre acompañada de Pisístrato, las plazas de Atenas y el honrado ateniense así lo creía, como en los sueños en cualquier momento, cualquier cosa puede ocurrir y la Naturaleza toda ronda al hombre como si ella no fuese sino mojiganga de los dioses dados a engañar al hombre bajo toda clase de disfraces.

 

§14  Poesía y verdad

 Así pues, el hombre es por naturaleza inventor, fabulador, constructor de mitos: desde los orígenes, ha vivido entre espectros de su fantasía: el animismo, la magia, la leyenda... han poblado su mundo de dioses.  

En ciertos momentos, sin embargo, se siente cansado y se instala confortablemente en ese mundo fabuloso como si fuera el real y el único posible. Hasta que una creencia más insidiosa, inscrita en lo más íntimo de nuestra cultura moderna, inventa el mito más desolado: el mito del fin de los mitos. Es el estado de espíritu del último hombre, del nihilista. Pero el nihilismo no puede ser la última palabra: el hombre busca en el arte, de nuevo, la redención de su inanidad y su angustia. El arte es, pues, el trabajo de lo negativo que desgarra el velo de la "vigilia" (la pesadilla de la razón) y muestra el hechizo de "mil estrellas danzarinas" (Zaratustra).  el arte re-crea, re-nueva el mundo.

Es ilustrativa la aporía de Nietzsche, que en buena medida lo es también de toda la modernidad: el trabajo genealógico se presenta como la culminación de la labor de la Ilustración: desenmascarar la falsedad del origen. Considérese el trabajo filológico sobre los orígenes y mitos del cristianismo. Ello conduce al nihilismo y a la necesidad de nuevos mitos. Pero éstos no pueden ser ya "ingenuos": deberán ser conscientes, útiles racionalmente, situados bajo el control humano.

 15             Mas el hombre mismo tiene una irreductible propensión a dejarse engañar y está como traspasado de una dicha inefable cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si se tratase de hechos reales o el actor en escena representa al rey aún más rey de lo que lo muestra la realidad. El intelecto, ese maestro del fingimiento, está libre y eximido de su habitual servidumbre mientras sepa engañar sin perjudicar, y en tales momentos  celebra sus saturnales. Nunca como entonces es tan rico y exu­berante, tan soberbio, hábil y atrevido: con un íntimo gozo  creador barajan las metáforas y desplazan los mojone de las ideas abstractas. designando, por ejemplo,  el río como el camino móvil que transportan al hombre a donde éste de ordinario va caminando. Ahora ha arrojado el signo de la servidumbre: en tanto que de ordinario se esfuerzan con tétrico afán por señalar­le a un pobre individuo ansioso de existencia el camino los instrumentos, y cual un sirviente se lanza en busca de presa y botín para su amo, ahora él mismo se ha convertido en amo y le es dable borrar de su faz la expresión de indigencia. Ahora, haga lo que haga, todas sus acciones tienen carácter de fingimiento en contraste con el de distorsión que de ordinario tienen. Copia la vida humana, mas la toma como algo bueno y pa­rece lo más contento con ella. Ese ingente entramado de los conceptos al que se aferra el hombre indigente, logrando así sobrevivir, es para el intelecto emancipado un mero andamiaje y juguete para sus más atrevidas acrobacias: y al destrozarlo, entremezclarlo y volverlo a componer irónicamente, juntando las cosas más hcterogéneas y separando lo más afin, pone en evidencia que no tiene necesidad de esos expedientes de la indigencia,  no es guiado por conceptos, sino por intuiciones. Des­de esas intuiciones no lleva ningún camino regular al país de los fantasmales esquemas, de las ideas abstractas: para ellas no está hecha la palabra, ante ellas el hombre enmudece o bien habla a base de metáforas prohibidas y de inauditas construcciones conceptuales, para corresponder en forma creadora a su poderosa intuición actual, al menos, destruyendo y escarneciendo las antiguas vallas conceptuales.

           16 Tiempos hay en que se dan juntos el hombre racional y el hombre intuitivo, aquél temiendo a la intuición y éste mofán­dose de la abstracción; el segundo, tan irracional cuan artístico el primero. Uno y otro pretenden gobernar la vida: aquél, sabiendo hacer frente, por previsión, prudencia y regularidad a los apremios principales; éste, pasando por alto, como "héroe pletórico y alegre", esos apremios y tomando como real única­mente la vida acondicionada en ficción y belleza, Cuando, como en los primitivos tiempos de Grecia, el hombre intuitivo manipula sus armas en forma más potente y victoriosa que su con­trincante,  de ser favorables las circunstancias, puede desarrollar­se una cultura y establecerse el señorío del arte sobre la vida. Entonces, esa negación de la indigencia, ese esplendor de las concepciones metafóricas y, en términos generales, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de la vida. Entonces, ni la  vivienda ni el andar, la indumentaria ni la tinaja revelan que son producto de la necesidad: parece que en todo esto hubiera de expresarse una dicha sublime y una radiante serenidad olímpica y, por decirlo así, un jugar con la seriedad.

            En tanto que el hombre guiado por conceptos y abstracciones meramente previene por medio de ellos la calamidad, sin extraer de las abstracciones una felicidad, aspirando, nada más, a librarse en lo posible del dolor, el hombre intuitivo, desenvol­viéndose en medio de una cultura, deriva de sus mismas intuiciones, aparte de la defensa contra el mal, un constante caudal de claridad, cielo despejado y redención. Claro que, cuando su­fre, su sufrimiento es más intenso; hasta sufre con mayor fre­cuencia, porque no sabe aprender las lecciones de la experiencia. Y se mete siempre de nuevo en el mal trance en que una vez se ha metido, y en el sufrimiento adopta la misma actitud irracional que en la felicidad; profiere gritos agudos y no halla con­suelo alguno.  ¡Muy otro es en la adversidad el comportamiento del hombre estoico, aleccionado por la experiencia y firmemente apoyado en conceptos! Él, que de ordinario no busca sino sinceridad, verdad, un desenvolvimiento libre de engaños y protección contra los embates de la seducción, en la adversidad exhibe plenamente su habilidad para fingir, tal como el otro en la felicidad; no presenta un semblante humano cambiante y estremecido, sino, en cierto modo, una máscara dignamente in­mutable; no grita, ni siquiera se altera su voz; cuando se abate sobre él un lóbrego nubarrón tormentoso, se envuelve en su manto y se aleja con paso lento.


Sinopsis del texto

 

§1:             RELATIVISMO ANTROPOLÓGICO: determinismo biológico

·        Arbitrariedad, falibilidad y especificidad (de nuestra especie ®  no universalidad)

 

§§2.-3:  GENEALOGÍA DEL INTELECTO: MEDIO DE SUPERVIVENCIA, PERVERSIÓN AL CONVERTIRLO EN INSTRUMENTO PARA CAPTACIÓN DE LA VERDAD

 

§4:            GENEALOGÍA DE LA PERVERSIÓN: ¿De dónde procede el impulso hacia la verdad?

·        Tratado de paz ®  Gregarismo, convención

§§5-8:  DECONSTRUCCIÓN DE LA TEORÍA DE LA VERDAD (ENTENDIDA                  EN  TÉRMINOS  KANTIANOS) SUBRAYANDO LA  DISTANCIA, LA              DIFERENCIA,   LOS OBSTÁCULOS  ENTRE EL MUNDO  REAL, EL              CONCEPTO Y  EL  LENGUAJE ESTRATEGIA CLÁSICA DESDE              EL  ESCEPTICISMO GRIEGO (SEXTO) A HUME

·        §5  ORIGEN DE LA PALABRA

·        §6  ORIGEN DEL CONCEPTO: ANALOGÍAS IMPROPIAS, ABUSOS DE LENGUAJE = METÁFORA

·        §7 ORIGEN DEL CONCEPTO EN OMISIÓN DE LO PARTICULAR/ REAL/ INDIVIDUAL

·        §8  RECAPITULACIÓN TEORÍA DE LA VERDAD

 

§9:       ORIGEN MORAL DE LA VERDAD:  PODER/SABER: OTRA                 GENEALOGÍA              DE LA VERDAD, ÉSTA YA  ORIGINAL                 NIETZSCHEANA:

·        VERDAD SE BASA EN OLVIDO DE LA MENTIRA CONVENCIONAL (EN CUYO ORIGEN ESTÁ LA FUERZA) ® HAY QUE (OBLIGACIÓN MORAL) MENTIR COMO LA TRIBU = DECIR LA “VERDAD”. HAY QUE USAR LAS PALABRAS COMO LO HAGA LA TRIBU: REFERIRSE A “VIOLENCIA” O “PAZ” O “DEMOCRACIA” EN EL SENTIDO QUE DECRETE EL ESTADO O EL PODER.

·        EL PACTO SOCIAL DE DECIR LA VERDAD (“PACTO ÉTICO”) ES COMO EL PACTO POLÍTICO ROUSSEAUNIANO: SE BASA EN LA INJUSTICIA, LA DESIGUALDAD, EL SOMETIMIENTO Y LA VIOLENCIA ®  HAY QUE SER “HONRADO” Y “BUEN CIUDADANO”  = ACEPTAR EL USO COMÚN, O SER EXCLUIDO: EL LOCO, EL DELINCUENTE, EL ASOCIAL...

·        ESE PACTO TRANSFORMA EL MUNDO NATURAL EN UN MUNDO SOCIAL GRACIAS AL ESTABLECIMIENTO DE UN ORDEN SOCIAL Y UNA JERARQUÍA, “DOBLADA” EN LA JERARQUÍA ONTOLÓGICA SENSIBLE /INTELIGIBLE

 

§§10-13  TEORÍA DEL LENGUAJE Y DEL MUNDO:

·        §10: ANTROPOMORFISMO:

·       AUTO-REFERENCIA

·       CONFUSIÓN METÁFORAS/COSAS

·        §11: AUSENCIA SENTIDO Y CRITERIO EXTERIORES AL         LENGUAJE

·       EL LENGUAJE Y MUNDO SON UNA CREACIÓN ARTÍSTICA

·       ® NO HAY OBJETIVIDAD POSIBLE

·       ® LA TRADUCCIÓN O TRANSPOSICIÓN QUE REALIZA EL LENGUAJE ES INFUNDADA

·        §12 ® NO HAY LENGUAJE DESCRIPTIVO, OBJETIVO, ASÉPTICO,

·       TOMEMOS EL LENGUAJE MEJOR CONSTRUIDO (LENGUAJE CIENTÍFICO):

·        LA LEY DE LA NATURALEZA (=RELACIÓN NECESARIA ENTRE FENÓMENOS) ES UNA RELACIÓN ARBITRARIA

·        ES AUTO-REFERENTE

·        ® NO PODEMOS CONOCER LAS COSAS-EN-SÍ KANTIANAS

·        ® TODA REGULARIDD ES INTERNA AL DISCURSO ® NO HAY “AFUERA” DEL DISCURSO

® NO HAY MUNDO OBJETIVO

® EL MUNDO (LA CATEGORIZACIÓN DE LA REALIDAD)            ES UNA CREACIÓN DEL LENGUAJE

§§13-16           MUNDO ES ANTROPOMÓRFICO, CREACIÓN SUBJETIVA DE             LA ESPECIE

·        §13:    SÓLO HAY LENGUAJE QUE NARRA ® SÓLO HAY MITO

·       EL MITO RECLAMA SUS DERECHOS FRENTE A LA FRIALDAD, LA DESMESURA, LA FALSEDAD Y EL IMPERIALISMO DEL CONCEPTO (=CREACIÓN IGUALMENTE ARBITRARIA DEL INTELECTO)

·        §14: PLURALISMO  ONTOLÓGICO, EPISTEMOLÓGICO Y AXIOLÓGICO: HAY VARIOS JUEGOS DEL LENGUAJE: LA CIENCIA ES SÓLO UNO MÁS, AL LADO DE LA POESÍA O EL ARTE.

·        ® DEBEMOS ABANDONAR LA CATEGORÍA DE LA VERDAD (O MANTENERLA RECORDANDO QUE ES SÓLO UNA FICCIÓN Y ESTÁ JUSTIFICADA SÓLO SI ES ÚTIL PARA LA VIDA)

·        APARECE AQUÍ TODA LA PANOPLIA DE LAS OPOSICIONES ROMÁNTICAS: MUERTO/VIVO, CONCEPTO/INTUICIÓN, REPETICIÓN/CREACIÓN, ESQUEMA ESPECTRAL (=CONCEPTO) /REALIDAD VIVA INTUIDA, CANSANCIO DEL CONCEPTO/ VIVEZA DE LA IMAGINACIÓN, MEDIACIÓN DEL INTELECTO/ INMEDIATEZ DE LA INTUICIÓN...

·        EL PARADIGMA DE ESTA ACTITUD (AUNQUE NETAMENTE ROMÁNTICA) ES GRECIA: ALLÍ LOS HOMBRES SUPIERON VIVIR LA VIDA COMO SUPREMOS CREADORES, COMO ARTISTAS.

·        §16 PORQUE, DE HECHO, HAY DOS ESTRATEGIAS FRENTE A LA VIDA: LA FRÍA DE LA CIENCIA (EL SABIO), QUE EMPOBRECE Y DESPRECIA EL MUNDO Y LA CÁLIDA O ESTÉTICA DEL ARTISTA QUE, AL MARGEN DE LAS CONVENCIONES DEL INTELECTO Y LAS SOMBRÍAS IMPOSICIONES DE LA TRIBU, DOTADO DE UNA MAYOR LUCIDEZ, INVENTA SU VIDA COMO UNA OBRA DE ARTE

·        LA CONTRAPOSICIÓN FINAL BUSCA CAPTAR CON UNA IMAGEN EL SENTIDO MÁS PROFUNDO DE AMBAS ESTRATEGIAS, SUBRAYANDO QUE:

·       AMBAS SON IGUALMENTE INFUNDADAS (EN SENTIDO EPISTEMOLÓGICO)

·       LA DEL “ESTOICO” (=EL HOMBRE DEL CONOCIMIENTO, EL INTELECTO, LA OBJETIVIDAD, EL RIGOR) ES PROFUNDAMENTE MENDAZ, UNA OBRA MAESTRA DEL FINGIMIENTO Y EL RESENTIMIENTO

·       PORQUE NO HAY SALIDA: NEGARSE A RECONOCER EL SINSENTIDO (Y A SUPERARLO MEDIANTE LA VOLUNTAD ARTÍSTICAMENTE CREADORA) ES HACER TRAMPA: ACTITUD QUE SÓLO PUEDE CONDUCIR AL AUTOENGAÑO, A RENUNCIAR A VIVIR LA ÚNICA VIDA POSIBLE. CON LO QUE, EN UNA ESTRUCTURA CIRCULAR, LLEGAMOS AL PUNTO DE PARTIDA (EL NIHILISMO DEL INTELECTO), PERO LO HEMOS SUPERADO ALCANZANDO UNA INTEMPESTIVA LUCIDEZ:

·        ® NO HAY SENTIDO Y ÉSE ES EL SENTIDO

 

 

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