Homero
LA ODISEA
Canto I. Los dioses deciden en asamblea
el retorno de Odiseo
Canto II. Telémaco reúne en asamblea al
pueblo de Itaca
Canto III. Telémaco viaja a Pilos para
informarse sobre su padre
Canto IV. Telémaco viaja a Esparta para
informarse sobre su padre
Canto V. Odiseo llega a Esqueria de los feacios
Canto VI. Odiseo y Nausícaa
Canto VII. Odiseo en el palacio de
Alcínoo
Canto VIII. Odiseo agasajado por los
feacios
Canto IX. Odiseo cuenta sus aventuras:
los Cicones, los Lotófagos, los Cíclopes
Canto X. La isla de Eolo. El palacio de
Circe la hechicera
Canto X1. Descensus ad inferos
Canto XII. Las Sirenas. Ercila y
Caribdis. La isla del Sol.Ogigia
Canto XIII. Los feacios despiden a
Odiseo. Llegada a Itaca
Canto XIV. Odiseo en la majada de Eumeo
Canto XV. Telémaco regresa a Itaca
Canto XVI. Telémaco reconoce a Odiseo
Canto XVII. Odiseo mendiga entre los
pretendientes
Canto XVIII. Los pretendientes vejan a
Odiseo
Canto XIX. La esclava Euriclea reconoce
a Odiseo
Canto XX. La última cena de los
pretendientes
Canto XXI. El certamen del arco
Canto XXII. La venganza
Canto XXIII. Penélope reconoce a Odiseo
Canto XXIV. El pacto
CANTO I
LOS DIOSES DECIDEN EN
ASAMBLEA
EL RETORNO DE ODISEO
Cuéntame, Musa, la
historia del hombre de muchos senderos,
que anduvo errante muy
mucho después de Troya sagrada asolar;
vió muchas ciudades de
hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin
cuento en el mar tratando
de asegurar la vida y el
retorno de sus compañeros.
Mas no consiguió
salvarlos, con mucho quererlo,
pues de su propia
insensatez sucumbieron víctimas,
¡locas! de Hiperión
Helios las vacas comieron,
y en tal punto acabó para
ellos el día del retorno.
Diosa, hija de Zeus,
también a nosotros,
cuéntanos algún pasaje de
estos sucesos.
Ello es que todos los
demás, cuantos habían escapado a la amarga muerte, estaban en casa, dejando
atrás la guerra y el mar. Sólo él estaba privado de regreso y esposa, y lo
retenía en su cóncava cueva la ninfa Calipso, divina entre las diosas, deseando
que fuera su esposo.
Y el caso es que cuando
transcurrieron los años y le llegó aquel en el que los dioses habían hilado que
regresara a su casa de Itaca, ni siquiera entonces estuvo libre de pruebas; ni
cuando estuvo ya con los suyos. Todos los dioses se compadecían de él excepto
Poseidón, quién se mantuvo siempre rencoroso con el divino Odiseo hasta que
llegó a su tierra.
Pero había acudido
entonces junto a los Etiopes que habitan lejos (los Etiopes que están divididos
en dos grupos, unos donde se hunde Hiperión y otros donde se levanta), para
asistir a una hecatombe de toros y carneros; en cambio, los demás dioses
estaban reunidos en el palacio de Zeus Olímpico. Y comenzó a hablar el padre de
hombres y dioses, pues se había acordado del irreprochable Egisto, a quien
acababa de matar el afamado Orestes, hijo de Agamenón. Acordóse, pues, de éste,
y dijo a los inmortales su palabra:
«¡Ay, ay, cómo culpan los
mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero
también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les
corresponde. Así, ahora Egisto ha desposado
cosa que no le correspondía a la
esposa legítima del Atrida y ha matado a éste al regresar; y eso que sabía que
moriría lamentablemente, pues le habíamos dicho, enviándole a Hermes, al
vigilante Argifonte, que no le matara ni pretendiera a su esposa. "Que
habrá una venganza por parte de Orestes cuando sea mozo y sienta nostalgia de
su tierra." Así le dijo Hermes, mas con tener buenas intenciones no logró
persuadir a Egisto. Y ahora las ha pagado todas juntas.»
Y le contestó luego la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida,
supremo entre los que mandan, ¡claro que aquél yace víctima de una muerte
justa!, así perezca cualquiera que cometa tales acciones. Pero es por el
prudente Odiseo por quien se acongoja mi corazón, por el desdichado que lleva
ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en una isla rodeada de corriente
donde está el ombligo del mar. La isla es boscosa y en ella tiene su morada una
diosa, la hija de Atlante, de pensamientos perniciosos, el que conoce las
profundidades de todo el mar y sostiene en su cuerpo las largas columnas que
mantienen apartados Tierra y Cielo. La hija de éste lo retiene entre dolores y
lamentos y trata continuamente de hechizarlo con suaves y astutas razones para
que se olvide de Itaca; pero Odiseo, que anhela ver levantarse el humo de su
tierra, prefiere morir. Y ni aun así se te conmueve el corazón, Olímpico. ¿Es
que no te era grato Odiseo cuando en la amplia Troya te sacrificaba víctimas
junto a las naves aqueas? ¿Por qué tienes tanto rencor, Zeus?»
Y le contestó el que
reúne las nubes, Zeus:
«Hija mía, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Cómo podría olvidarme tan pronto del
divino Odiseo, quien sobresale entre los hombres por su astucia y más que nadie
ha ofrendado víctimas a los dioses inmortales que poseen el vasto cielo? Pero
Poseidón, el que conduce su carro por la tierra, mantiene un rencor incesante y
obstinado por causa del Cíclope a quien aquél privó del ojo, Polifemo, igual a
los dioses, cuyo poder es el mayor entre los Cíclopes. Lo parió la ninfa Toosa,
hija de Forcis, el que se cuida del estéril mar, uniéndose a Poseidón en
profunda cueva. Por esto, Poseidón, el que sacude la tierra, no mata a Odiseo,
pero lo hace andar errante lejos de su tierra patria. Conque, vamos, pensemos
todos los aquí presentes sobre su regreso, de forma que vuelva. Y Poseidón depondrá
su cólera; que no podrá él solo rivalizar frente a todos los inmortales dioses
contra la voluntad de éstos.»
Y le contestó luego la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida,
supremo entre los que mandan, si por fin les cumple a los dioses felices que
regrese a casa el muy astuto Odiseo, enviemos enseguida a Hermes, al vigilante
Argifonte, para que anuncie inmediatamente a la Ninfa de lindas trenzas nuestra
inflexible decisión: el regreso del sufridor Odiseo. Que yo me presentaré en Itaca
para empujar a su hijo y ponerle valor
en el pecho a que convoque en asamblea a
los aqueos de largo cabello a fin de que pongan coto a los pretendientes que
siempre le andan sacrificando gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes de
rotátiles patas. Lo enviaré también a Esparta y a la arenosa Pilos para que
indague sobre el regreso de su padre, por si oye algo, y para que cobre fama da
valiente entre los hombres.»
Así diciendo, ató bajo
sus pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que la suelen llevar sobre
la húmeda superficie o sobre tierra firme a la par del soplo del viento. Y tomó
una fuerte lanza con la punta guarnecida de agudo bronce, pesada, grande,
robusta, con la que domeña las filas de los héroes guerreros contra los que se
encoleriza la hija del padre Todopoderoso. Luego descendió lanzándose de las
cumbres del Olimpo y se detuvo en el pueblo de Itaca sobre el pórtico de
Odiseo, en el umbral del patio. Tenía entre sus manos una lanza de bronce y se
parecía a un forastero, a Mentes, caudillo de los tafios.
Y encontró a los
pretendientes. Éstos complacían su ánimo con los dados delante de las puertas y
se sentaban en pieles de bueyes que ellos mismos habían sacrificado. Sus
heraldos y solícitos sirvientes se afanaban, unos en mezclar vino con agua en
las cráteras, y los otros en limpiar las mesas con agujereadas esponjas; se las
ponían delante y ellos se distribuían carne en abundancia. El primero en ver a
Atenea fue Telémaco, semejante a un dios; estaba sentado entre los
pretendientes con corazón acongojado y pensaba en su noble padre: ¡ojalá
viniera e hiciera dispersarse a los pretendientes por el palacio!, ¡ojalá
tuviera él sus honores y reinara sobre sus posesiones! Mientras esto pensaba
sentado entre los pretendientes, vió a Atenea. Se fue derecho al pórtico, y su
ánimo rebosaba de ira por haber dejado tanto tiempo al forastero a la puerta.
Se puso cerca, tomó su mano derecha, recibió su lanza de bronce y le dirigió
aladas palabras:
«Bienvenido, forastero,
serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado del banquete, dirás qué
precisas.»
Así diciendo, la condujo
y ella le siguió, Palas Atenea. Cuando ya estaban dentro de la elevada morada,
llevó la lanza y la puso contra una larga columna, dentro del pulimentado
guardalanzas donde estaban muchas otras del sufridor Odiseo. La condujo e hizo
sentar en un sillón y extendió un hermoso tapiz bordado; y bajo sus pies había
un escabel. Al lado colocó un canapé labrado lejos de los pretendientes, no
fuera que el huésped, molesto por el ruido, no se deleitara con el banquete
alcanzado por sus arrogancias y para preguntarle sobre su padre ausente. Y una
esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra
de oro, para que se lavara, y al lado extendió una mesa pulimentada. Luego la
venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas
escogidas, favoréciéndole entre los que estaban presentes. El trinchante les
ofreció fuentes de toda clase de carnes que habían sacado del trinchador y a su
lado colocó copas de oro. Y un heraldo se les acercaba a menudo y les
escanciaba vino.
Luego entraron los
arrogantes pretendientes y enseguida comenzaron a sentarse por orden en sillas
y sillones. Los heraldos les derramaron agua sobre las manos, las esclavas amontonaron
pan en las canastas y los jóvenes coronaron de vino las cráteras. Y ellos
echaron mano de los alimentos que tenían dispuestos delante. Después que habían
echado de sí el deseo de comer y beber, ocuparon su pensamiento el canto y la
danza, pues éstos son complementos de un banquete; así que un heraldo puso
hermosa cítara en manos de Femio, quien cantaba a la fuerza entre los
pretendientes, y éste rompió a cantar un bello canto acompañándose de la
cítara.
Entonces Telémaco se
dirigió a Atenea, de ojos brillantes, y mantenía cerca su cabeza para que no se
enteraran los demás:
«Forastero amigo, ¿vas a
enfadarte por lo que te diga? Éstos se ocupan de la cítara y el canto ¡y bien fácilmente! , pues se están comiendo
sin pagar unos bienes ajenos, los de un hombre cuyos blancos huesos ya se están
pudriendo bajo la acción de la lluvia, tirados sobre el litoral, o los voltean
las olas en el mar. ¡Si al menos lo vieran de regreso a Itaca...! Todos
desearían ser más veloces de pies que ricos en oro y vestidos. Sin embargo,
ahora ya está perdido de aciago destino, y ninguna esperanza nos queda por más
que alguno de los terrenos hombres asegure que volverá. Se le ha acabado el día
del regreso.
«Pero, vamos, dime
esto e infórmame con verdad : ¿quién,
de dónde eres entre los hombres?, ¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿en qué
nave has llegado?, ¿cómo te han conducido los marineros hasta Itaca y quiénes
se precian de ser? Porque no creo en absoluto que hayas llegado aquí a pie.
Dime también con verdad, para que yo lo sepa, si vienes por primera vez o eres
huésped de mi padre; que muchos otros han venido a nuestro palacio, ya que
también él hacía frecuentes visitas a los hombres.»
Y Atenea, de ojos
brillantes, se dirigió a él:
«Claro que te voy a
contestar sinceramente a todo esto. Afirmo con orgullo ser Mentes, hijo de
Anquíalo, y reino sobre los tafios, amantes del remo. Ahora acabo de llegar
aquí con mi nave y compañeros navegando sobre el ponto rojo como el vino hacia
hombres de otras tierras; voy a Temesa en busca de bronce y llevo reluciente
hierro. Mi nave está atracada lejos de la ciudad en el puerto Reitro, a los
pies del boscoso monte Neyo. Tenemos el honor de ser huéspedes por parte de
padre; puedes bajar a preguntárselo al viejo héroe Laertes, de quien afirman
que ya no viene nunca a la ciudad y sufre penalidades en el campo en compañía
de una anciana sierva que le pone comida y bebida cuando el cansancio se
apodera de sus miembros, de recorrer penosamente la fructífera tierra de sus
productivos viñedos.
«He venido ahora porque
me han asegurado que tu padre estaba en el pueblo. Pero puede que los dioses lo
hayan detenido en el camino, porque en modo alguno esta muerto sobre la tierra
el divino Odiseo, sino que estará retenido, vivo aún, en algún lugar del ancho
mar, en alguna isla rodeada de corriente donde lo tienen hombres crueles y
salvajes que lo sujetan contra su voluntad.
«Así que te voy a decir
un presagio porque los inmortales lo han
puesto en mi pecho y porque creo que se va a cumplir, no porque yo sea adivino
ni entienda una palabra de aves de agüero : ya no estará mucho tiempo lejos de
su tierra patria, ni aunque lo retengan ligaduras de hierro. Él pensará cómo
volver, que es rico en recursos.
«Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si tú, tan grande ya, eres hijo del mismo
Odiseo. Te pareces a aquél asombrosamente en la cabeza y los lindos ojos; que
muy a menudo nos reuníamos antes de embarcar él para Troya, donde otros
argivos, los mejores, embarcaron en las cóncavas naves. Desde entonces no he
visto a Odiseo, ni él a mí.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Desde luego, huésped, te
voy a hablar sinceramente. Mi madre asegura que soy hijo de él; yo, en cambio,
no lo sé; que jamás conoció nadie por sí mismo su propia estirpe. ¡Ojalá fuera
yo el hijo dichoso de un hombre al que alcanzara la vejez en medio de sus
posesiones! Sin embargo, se ha convertido en el más desdichado de los mortales
hombres aquél de quien dicen que yo soy hijo, ya que me lo preguntas.»
Y Atenea, de ojos brillantes,
se dirigió a él:
Seguro que los dioses no
te han dado linaje sin nombre, puesto que Penélope te ha engendrado tal como
eres. Conque, vamos, dime esto e
infórmame con verdad : ¿qué banquete, qué reunión es ésta y que necesidad
tienes de ella? ¿Se trata de un convite o de una boda?, porque seguro que no es
una comida a escote: ¡tan irrespetuosos me parece que comen en el palacio, más
de lo conveniente! Se irritaría viendo tantas torpezas cualquier hombre con
sentido común que viniera.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Huésped, puesto que me
preguntas esto a inquieres, este palacio fue en otro tiempo seguramente rico a
irreprochable mientras aquel hombre estaba todavía en casa. Pero ahora los
dioses han decidido otra cosa maquinando desgracias; lo han hecho ilocalizable
más que al resto de los hombres. No me lamentaría yo tanto por él aunque
estuviera muerto, si hubiera sucumbido entre sus compañeros en el pueblo de los
troyanos o entre los brazos de los suyos, una vez que hubo cumplido la odiosa
tarea de la guerra. En este caso le habría construido una tumba el ejército
panaqueo y habría cosechado para el futuro un gran renombre para su hijo. Sin
embargo, las Harpías se lo han llevado sin gloria; se ha marchado sin que nadie
lo viera, sin que nadie le oyera, y a mí sólo me ha legado dolores y lágrimas.
«Pero no solo lloro y me
lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras malas
preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio, Same y la boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada
Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso
matrimonio ni es capaz de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda
comiéndosela. Luego acabarán incluso conmigo mismo.»
Y le contestó, irritada,
Palas Atenea:
«¡Ay, ay, mucha falta te
hace ya el ausente Odiseo!; que pusiera él sus manos sobre los desvergonzados
pretendientes. Pues si ahora, ya de regreso, estuviera en pie ante el pórtico
del palacio sosteniendo su hacha, su escudo y sus dos lanzas tal como yo le vi
por primera vez en nuestro palacio bebiendo y gozando del banquete recién
llegado de Efira, del palacio de Mermérida... (había marchado allí Odiseo en
rápida nave para buscar veneno homicida con que untar sus broncíneas flechas.
Aquél no se lo dió, pues veneraba a los dioses que viven siempre, pero se lo
entregó mi padre, pues lo amaba en exceso). ¡Con tal atuendo se enfrentara
Odiseo con los pretendientes! Corto el destino de todos sería y amargas sus
nupcias. Pero está en las rodillas de los dioses si tomará venganza en su
palacio al volver o no.
«En cuanto a ti, te
ordeno que pienses la manera de echar del palacio a los pretendientes. Conque,
vamos, escúchame y presta atención a mis palabras: convoca mañana en asamblea a
los héroes aqueos y hazles a todos manifiesta tu palabra; y que los dioses sean
testigos. Ordena a los pretendientes que se dispersen a sus casas, y a tu
madre.., si su deseo la impulsa a casarse, que vuelva al palacio de su poderoso
padre; le prepararán unas nupcias y le dispondrán una dote abundante, cuanta es
natural que acompañe a una hija querida.
«A ti, sin embargo, te
voy a aconsejar sagazmente, por si quieres obedecerme: bota una nave de veinte
remos, la mejor, y marcha para informarte sobre tu padre largo tiempo ausente,
por si alguno de los mortales pudiera decirte algo o por si escucharas la
Voz que viene de Zeus, la que, sobre
todas, lleva a los hombres las noticias.
«Primero dirígete a Pilos
y pregunta al divino Néstor, y desde allí a Esparta al palacio del rubio
Menelao, pues él ha llegado al postrero de los aqueos que visten bronce. Si
oyes de tu padre que vive y está de vuelta, soporta todavía otro año, aunque
tengas pesar; pero si oyes que ha muerto y que ya no vive, regresa enseguida a
tu tierra patria, levanta una tumba en su honor y ofréndale exequias en
abundancia, cuantas están bien.
Y entrega tu madre a un
marido. Luego que esto hayas concluido, medita en tu mente y en tu corazón la
manera de matar a los pretendientes en tu casa con engaño o a las claras.
Y es preciso que no
juegues a cosas de niños, pues no eres de edad para hacerlo. ¿No has oído qué
fama ha cobrado el divino Orestes entre todos los hombres por haber matado al
asesino de su padre, a Egisto fecundo en ardides, porque había quitado la vida
a su ilustre padre? También tú, amigo —pues te veo vigoroso y bello—, sé
valiente para que alguno de tus descendientes hable bien de ti. Yo me marcho
ahora mismo a la rápida nave junto a mis compañeros, que deben estar cansados
de tanto esperarme. Tú ocúpate de esto y presta oídos a mis palabras.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Huésped, en verdad dices
esto con sentimientos amigos, como un padre a su hijo, y jamás los echaré a
olvido. Mas, vamos, quédate ahora por muy deseoso que estés del camino, para
que después de bañarte y gozar en tu pecho marches alegre a la nave portando un
presente, un regalo estimable y hermoso que será para ti un tesoro de mí, como
los que hospedan dan a sus huéspedes.»
Y contestó luego Atenea,
de ojos brillantes:
«No me detengas más, que
ya ansío el camino. El regalo que tu corazón te empuje a darme, entrégamelo
cuando vuelva otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno bueno de verdad y
tendrás otro igual en recompensa.»
Así hablando, partió la
de ojos brillantes, Atenea, y se remontó como un ave, e infundió audacia en el
pecho de Telémaco y valentía. Pero después de reflexionar en su mente quedó
estupefacto, pues pensó que era un dios. Y, mortal a los dioses igual, marchó
enseguida junto a los pretendientes.
Entre éstos estaba
cantando el ilustre aedo, y ellos escuchaban sentados en silencio. Cantaba el
regreso de los aqueos que Palas Atenea les había deparado funesto desde Troya.
La hija de Icario, la prudente Penélope, acogió en su pecho el inspirado canto desde
el piso de arriba y descendió por la elevada escalera de su palacio; mas no
sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando hubo llegado a los pretendientes
la divina entre las mujeres, se detuvo junto al pilar central del techo labrado
llevando ante sus mejillas un grueso velo, y a cada lado se puso una fiel
sirvienta. Luego habló llorando al divino aedo:
«Femio, sabes otros
muchos cantos, hechizo de los mortales, hazañas de hombres y dioses que los
aedos hacen famosas. Cántales uno de éstos sentado a su lado y que ellos beban
su vino en silencio; mas deja ya ese canto triste que me está dañando el
corazón dentro del pecho, puesto que a mí sobre todos me ha alcanzado un dolor
inolvidable, pues añoro, acordándome continuamente, la cabeza de un hombre cuyo
renombre es amplio en la Hélade y hasta el centro de Argos».
Y Telémaco le dijo
discretamente:
«Madre mía, ¿qué
reprochas al amable aedo que nos deleite como le impulse su voluntad? No son
los aedos culpables, sino en cierto sentido Zeus, el que dota a los hombres que
comen grano como quiere a cada uno».
Para éste no habrá
castigo porque cante el destino aciago de los dánaos, pues éste es el canto que
más celebran los hombres, el que llega más reciente a los oyentes.
«Que tu corazón y tu
espíritu soporten escucharlo, pues no sólo Odiseo perdió en Troya el día de su
regreso, que también perecieron otros muchos hombres. Conque marcha a tu
habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las
esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos,
y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio.»
Admiróse ella y se
encaminó de nuevo a su habitación, pues puso en su interior la palabra discreta
de su hijo. Subió al piso de arriba en companía de las esclavas y luego rompió
a llorar a Odiseo su esposo hasta que Atenea, de ojos brillantes, echo dulce
sueño sobre sus parpados.
Los pretendientes
rompieron a alborotar en el sombrío mégaron y deseaban todos acostarse en su
cama al lado de ella. Entonces comenzó a hablarles Telémaco discretamente:
«Pretendientes de mi
madre que tenéis excesiva insolencia, gocemos ahora con el banquete y que no
haya vocerío, puesto que lo mejor es escuchar a un aedo como éste, semejante en
su voz a los dioses».
«Al amanecer marchemos a
la plaza y sentemonos todos para que os diga sin empacho que salgáis de mi
palacio, os preparéis otros banquetes y comáis vuestros propios bienes
invitándoos mutuamente. Pero si os parece lo mejor y más acertado destruir sin
pagar la hacienda de un solo hombre, consumidla. Yo clamaré a los dioses, que
viven siempre, por si Zeus de algun modo me concede que vuestras obras sean
castigadas: pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro de este
palacio!»
Así habló, y todos
clavaron los dientes en sus labios. Estaban admirados de Telémaco porque había
hablado audazmente. Y Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a él:
«Telémaco, seguramente
los dioses mismos te enseñan a ser ya arrogante en la palabra y a hablar
audazmente. ¡Que el hijo de Crono no te haga rey de Itaca, rodeada de mar, cosa
que por linaje te corrresponde como herencia paterna! »
Y Telemaco le contestó
discretamente:
«Antínoo, aunque te
enojes conmigo por lo que voy a decir, esto es precisamente lo que quisiera yo
obtener si Zeus me lo concede. ¿O acaso crees que es lo peor entre los hombres?
No es nada malo ser rey, no; rapidamente tu palacio se hace rico y tu mismo más
respetado. Pero hay muchos otros personajes reales en Itaca, rodeada de mar;
que uno de ellos ocupe el trono, muerto el divino Odiseo. Yo seré soberano de
mi palacio y de los esclavos que el divino Odiseo tomó para mi como botin. »
Y Eurímaco, hijo de
Pólibo, le dijo a su vez:
«Telémaco, en verdad está
en las rodillas de los dioses quién de los aqueos va a reinar en Itaca, rodeada
de mar; tú harías mejor en conservar tus posesiones y reinar sobre tus
esclavos. ¡Cuidado no venga algún hombre que lo prive de tus posesiones por la
fuerza, contra tu voluntad, mientras Itaca siga habitada!
«Pero quiero, excelente,
preguntarte sobre el forastero de dónde es, de qué tierra se precia de ser y
dónde tiene ahora su linaje y heredad paterna. ¿Acaso trae un mensaje de tu
padre ausente o ha llegado aquí por algún asunto propio? Cuán rápido se levantó
y marchó enseguida sin esperar a que lo conociéramos. Desde luego no parecía en
su aspecto un hombre del pueblo.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Eurímaco, con certeza se
ha acabado el regreso de mi padre. No hago ya caso a noticia alguna, venga de
donde viniere, ni presto oídos al oráculo de procedencia divina que mi madre
pueda comunicarme llamándome al mégaron. Este hombre es huésped paterno mío y
afirma con orgullo que es Mentes, hijo del prudence Anquíalo, y reina sobre los
Tafios, amantes del remo.»
Así dijo Telémaco, aunque
había reconocido a la diosa inmortal en su mente.
Volvieron ellos al baile
y al canto para deleitarse y aguardaron al lucero de la tarde y cuando se
estaban deleitando les sobrevino éste, así que se pusieron en camino cada uno a
su casa deseando acostarse.
Entonces Telémaco se
dirigió cavilando hacia el lecho, hacia donde tenía construido su suntuoso
dormitorio en el muy hermoso patio, en lugar de amplia visión. Junto a él
llevaba teas ardientes la fiel Euriclea, hija de Ope Pisenórida, a la que había
comprado en otro tiempo Laertes, cuando todavía era adolescente, por el valor
de veinte bueyes; la honraba en el palacio igual que a su casta esposa, pero
nunca se unió a ella en la cama por evitar la cólera de su mujer. Ésta era
quien llevaba a su lado las ardientes antorchas y lo amaba más que ninguna
esclava, pues lo había criado cuando era pequeño.
Abrió Telémaco las
puertas del dormitorio, suntuosamente construido, y se sentó en el lecho, se
desnudó del suave manto y lo echó sobre las manos de la muy diligente anciana.
Ésta estiró y dobló el manto y colgándolo de un clavo junto al lecho agujereado
se puso en camino para salir del dormitorio. Tiró de la puerta con una anilla
de plata y echó el cerrojo con la correa.
Durante toda la noche,
cubierto por el vellón de una oveja, planeaba él en su mente el viaje que le
había dispuesto Atenea.
CANTO II
TELÉMACO REÚNE EN
ASAMBLEA
AL PUEBLO DE ITACA
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, al punto el amado hijo de Odiseo
se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la aguda espada y
bajo sus pies, brillantes como el aceite, calzó hermosas sandalias.
Luego se puso en marcha,
salió del dormitorio semejante a un dios en su porte y ordenó a los
vocipotentes heraldos que convocaran en asamblea a los aqueos de largo cabello;
aquéllos dieron el bando y éstos comenzaron a reunirse con premura. Después,
cuando hubieron sido reunidos y estaban ya congregados, se puso en camino hacia
la plaza en su mano una lanza de bronce
; mas no solo, que le seguían dos lebreles de veloces patas. Entonces derramó
Atenea sobre él una gracia divina y lo contemplaban admirados todos los
ciudadanos; se sentó en el trono de su padre y los ancianos le cedieron el
sitio.
A continuación comenzó a
hablar entre ellos el héroe Egiptio, quien estaba ya encorvado por la vejez y
sabía miles de cosas, pues también su hijo, el lancero Antifo, había embarcado
en las cóncavas naves en compañla del divino Odiseo hacia Ilión de buenos
potros; lo había matado el salvaje Cíclope en su profunda cueva y lo había
preparado como último bocado de su cena. Aún le quedaban tres: uno estaba entre
los pretendientes y los otros dos cuidaban sin descanso los bienes paternos.
Pero ni aun así se había olvidado de aquél, siempre lamentándose y
afligiéndose. Derramando lágrimas por su hijo levantó la voz y dijo:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses, lo que voy a deciros. Nunca hemos tenido asamblea ni sesión desde
que el divino Odiseo marchó en las cóncavas naves. ¿Quién, entonces, nos
convoca ahora de esta manera? ¿A quién ha asaltado tan grande necesidad ya sea
de los jóvenes o de los ancianos? ¿Acaso ha oído alguna noticia de que llega el
ejército, noticia que quiere revelarnos una vez que él se ha enterado?, ¿o nos va
a manifestar alguna otra cosa de interés para el pueblo? A mí me parece que es
noble, afortunado. ¡Así Zeus llevara a término lo bueno que él revuelve en su
mente!»
Así habló, y el amado
hijo de Odiseo se alegró por sus palabras. Con que ya no estuvo sentado por más
tiempo y sintió un deseo repentino de hablar. Se puso en pie en mitad de la
plaza y le colocó el cetro en la mano el heraldo Pisenor, conocedor de consejos
discretos.
Entonces se dirigió
primero al anciano y dijo:
«Anciano, no está lejos ese
hombre, soy yo el que ha convocado al pueblo (y tú lo sabrás pronto), pues el
dolor me ha alcanzado en demasía.. No he escuchado noticia alguna de que llegue
el ejército que os vaya a revelar después de enterarme yo, ni voy a
manifestaros ni a deciros nada de interés para el pueblo, sino un asunto mío
privado que me ha caído sobre el palacio como una peste, o mejor como dos: uno
es que he perdido a mi noble padre, que en otro tiempo reinaba sobre vosotros
aquí presentes y era bueno como un padre. Pero ahora me ha sobrevenido otra
peste aún mayor que está a punto de destruir rápidamente mi casa y me va a
perder toda la hacienda: asedian a mi madre, aunque ella no lo quiere, unos
pretendientes hijos de hombres que son aquí los más nobles. Estos tienen miedo
de ir a casa de su padre Icario para que éste dote a su hija y se la entregue a
quien él quiera y encuentre el favor de ella. En cambio vienen todos los días a
mi casa y sacrifican bueyes, ovejas y gordas cabras y se banquetean y beben a
cántaros el rojo vino. Así que se están perdiendo muchos bienes, pues no hay un
hombre como Odiseo que arroje esta maldición de mi casa. Yo todavía no soy para
arrojarla, pero ¡seguro que más adelante voy a ser débil y desconocedor del
valor! En verdad que yo la rechazaría si me acompañara la fuerza, pues ya no
son soportables las acciones que se han cometido y mi casa está perdida de la
peor manera. Indignaos también vosotros y avergonzaos de vuestros vecinos, los
que viven a vuestro lado. Y temed la cólera de los dioses, no vaya a ser que
cambien la situación irritados por sus malas acciones. Os lo ruego por Zeus
Olímpico y por Temis, la que disuelve y reúne las asambleas de los hombres;
conteneos, amigos, y dejad que me consuma en soledad, víctima de la triste pena a no ser que mi noble padre Odiseo alguna vez
hiciera mal a los aqueos de hermosas grebas, a cambio de lo cual me estáis
dañando rencorosamente y animáis a los pretendientes. Para mí sería más
ventajoso que fuerais vosotros quienes consumen mis propiedades y ganado. Si
las comierais vosotros algún día obtendría la devolución, pues recorrería la
ciudad con mi palabra demandándoos el dinero hasta que me fuera devuelto todo;
ahora, sin embargo, arrojáis sobre mi corazón dolores incurables.»
Así habló indignado y arrojó
el cetro a tierra con un repentino estallido de lágrimas. Y la lástima se
apoderó de todo el pueblo. Quedaron todos en silencio y nadie se atrevió a
replicar a Telémaco con palabras duras; sólo Antínoo le dijo en contestación:
«Telémaco, fanfarrón, incapaz
de reprimir tu cólera; ¿qué cosa has dicho, cubriéndonos de vergüenza?
Desearías cubrirnos de baldón. Sabes que los culpables no son los pretendientes
de entre los aqueos, sino tu madre, que sabe muy bien de astucias. Pues ya es
éste el tercer año, y con rapidez se acerca el cuarto, desde que aflige el
corazón en el pecho de los aqueos. A todos da esperanzas y hace promesas a cada
pretendiente enviándole recados; pero su imaginación maquina otras cosas.
«Y ha meditado este otro
engaño en su pecho: levantó un gran telar en el palacio y allí tejía, telar
sutil a inacabable, y sin dilación nos dijo: "Jóvenes pretendientes míos,
puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad, por mucho que deseéis esta
boda conmigo, a que acabe este manto no
sea que se me pierdan inútilmente los hilos , este sudario para el héroe
Laertes, para cuando lo arrebate el destructor destino de la muerte de largos
lamentos. Que no quiero que ninguna de las aqueas del pueblo se irrite conmigo
si yace sin sudario el que tanto poseyó."
«Así dijo, y nuestro
noble ánimo la creyó. Así que durante el día tejía la gran tela y por la noche,
colocadas antorchas a su lado, la destejía. Su engaño pasó inadvertido durante
tres años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto año y pasaron
las estaciones, una de sus mujeres, que lo sabía todo, nos lo reveló y
sorprendimos a ésta destejiendo la brillante tela. Así fue como la terminó, y
no voluntariamente, sino por la fuerza.
«Conque ésta es la
respuesta que te dan los pretendientes, para que la conozcas tú mismo y la
conozcan todos los aqueos: envía por tu madre y ordénala que se case con quien
la aconseje su padre y a ella misma agrade. Pero si todavía sigue atormentando
mucho tiempo a los hijos de los aqueos ejercitando en su mente las cualidades
que la ha concedido Atenea en exceso (ser entendida en trabajos femeninos muy
bellos y tener pensamientos agudos y astutos como nunca hemos oído que tuvieran
ninguna de las aqueas de lindas trenzas ni siquiera de las que vivieron antiguamente,
como Tiro, Alcmena y.Micena de linda corona
ninguna de ellas pensó planes semejantes a los de Penélope ), entonces
esto al menos no habrá sido lo más conveniente que haya planeado. Pues tu
hacienda y propiedades te serán devoradas mientras ella mantenga semejante
decisión que los dioses han puesto ahora en su pecho. Se está creando para sí
una gran gloria, pero para ti sólo la añoranza de tu mucha hacienda.
«En cuanto a nosotros, no
marcharemos a nuestros trabajos ni a parte alguna hasta que se case con el que
quiera de los aqueos.»
Y le respondió Telémaco
discretamente:
«Antínoo, no me es
posible echar de mi casa contra su voluntad a la que me ha dado a luz, a la que
me ha criado, mientras mi padre está en otra parte de la tierra viva él o esté muerto. Y será terrible para
mí devolver a Icario muchas cosas si envío a mi madre por propia iniciativa.
Por parte de mi padre sufriré castigo y otros me darán la divinidad, puesto que
mi madre conjurará a las diosas Erinias si se marcha de casa, y también por
parte de los hombres tendré castigo. Por esto jamás diré yo esa palabra.
Conque, si vuestro ánimo se irrita por esto, salid de mi palacio y preparaos
otros banquetes comiendo vuestras posesiones e invitándoos en vuestras casas
recíprocamente, que yo clamaré a los dioses, que viven siempre, por si Zeus me
concede que vuestras obras sean castigadas de algun modo: ¡pereceréis al punto,
sin nadie que os vengue, dentro de este palacio!»
Así habló Telémaco, y
Zeus que ve a lo ancho, le echó a volar dos águilas desde arriba, desde las
cumbres de la montaña. Estas se dirigían volando a la par del soplo del viento
cerca una de otra, extendidas las alas. Cuando llegaron al centro de la plaza,
donde mucho se habla, comenzaron a dar vueltas batiendo sus espesas alas y
llegaron cerca de las cabezas de todos, y en sus ojos brillaba la muerte. Y
desgarrándose con las uñas mejillas y cuellos se lanzaron por la derecha a
través de las casas y la ciudad de los itacenses. Admiraron éstos aterrados a
las aves cuando las vieron con sus ojos, y removían en su corazón qué era lo
que iba a cumplirse. Y entre ellos habló el anciano héroe Haliterses Mastorida,
pues sólo él aventajaba a los de su edad en conocer los pájaros y explicar
presagios. Levantó la voz con buenas intenciones hacia ellos y comenzó a
hablar:
«Ahora, itacenses,
escuchadme a mí lo que voy a deciros y
es sobre todo a los pretendientes a quienes voy a hacer esta revelación : sobre
ellos anda dando vueltas una gran desgracia, pues Odiseo ya no estará mucho tiempo
lejos de los suyos, sino que ya está cerca, en alguna parte, y está sembrando
la muerte y el destino para todos éstos. También para otros muchos de los que
habitamos Itaca, hermosa al atardecer, habrá desgracias. Pensemos entonces
cuanto antes cómo ponerles término o bien que se lo pongan ellos a sí mismos,
pues esto será lo que más les conviene. Y yo no vaticino como un inexperto,
sino como uno que sabe bien. Os aseguro que todo se está cumpliendo para él
como se lo dije cuando los argivos embarcaron para Ilión y con ellos marchó el
astuto Odiseo. Le dije que sufriría muchas calamidades, que perdería a todos
sus compañeros y que volvería a casa a los veinte años desconocido de todos. Y
ya se está cumpliendo todo.»
Y le contestó Eurímaco,
hijo de Pólibo:
«Viejo, vete ya a casa a
profetizar a tus hijos, no sea que sufran alguna desgracia en el futuro. Estas
cosas las vaticino yo mucho mejor que tú. Numerosos son los pájaros que van y
vienen bajo los rayos del Sol y no todos son de agüero. Está claro que Odiseo
ha muerto lejos ¡ojalá que hubieras
perecido tú también con él!; no habrías dicho tantos vaticinios ni habrías
incitado al irritado Telémaco esperando ansiosamente un regalo para tu casa,
por si te lo daba. Conque voy a hablarte, y esto sí se va a cumplir: si tú,
sabedor de muchas y antiguas cosas, incitas con tus palabras a un hombre más
joven a que se irrite, para él mismo primero será más penoso pues nada podrá conseguir con estas
predicciones , y a ti, viejo, te pondremos una multa que te será doloroso
pagar. Y tu dolor será insoportable.
En cuanto a Telémaco, yo
mismo voy a darle un consejo delante de todos: que ordene a su madre volver a
casa de su padre. Ellos le prepararán unas nupcias y le dispondrán una muy
abundante dote, cuanta es natural que acompañe a una hija querida. No creo yo
que los hijos de los aqueos renuncien a su pretensión laboriosa, pues no
tememos a nadie a pesar de todo y no, desde luego, a Telémaco por mucha
palabrería que muestre. Tampoco hacemos caso del presagio sin cumplimiento que
tú, viejo, nos revelas haciéndotenos todavía más odioso. Igualmente serán
devorados tus bienes de mala manera y jamás lo serán compensados, al menos
mientras ella entretenga a los aqueos respecto de su boda. Pues nosotros nos
mantenemos expectantes todos los días y rivalizamos por causa de su excelencia,
y no marchamos tras otras con las que a cada uno nos convendría casar.»
Entonces le contestó
Telémaco discretamente:
«Eurímaco y demás
ilustres pretendientes: no voy a apelar más a vosotros ni tengo más que decir;
ya lo saben los dioses y todos los aqueos. Pero dadme ahora una rápida nave y
veinte compañeros que puedan llevar a término conmigo un viaje aquí y allá,
pues me voy a Esparta y a la arenosa Pilos para enterarme del regreso de mi padre,
largo tiempo ausente, por si alguno de los mortales me lo dice o escucho la Voz
que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los hombres las noticias. Si
oigo que mi padre vive y está de vuelta, soportaré todavía otro año; pero si
oigo que ha muerto y que ya no vive, regresaré enseguida a mi tierra patria,
levantaré una tumba en su honor y le ofrendaré exequias en abundancia, cuantas
está bien, y entregaré mi madre a un marido.»
Así hablando se sentó, y
entre ellos se levantó Méntor, que era compañero del irreprochable Odiseo y a
quien éste al marchar en las naves había encomendado toda su casa que obedecieran todos al anciano y que él
conservara todo intacto . Éste levantó la voz con buenos sentimientos hacia
ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses, lo que voy a deciros: ¡que de ahora en adelante ningún rey portador
de cetro sea benévolo, ni amable, ni bondadoso, y no sea justo en su
pensamiento, sino que siempre sea cruel y obre injustamente!, pues del divino
Odiseo no se acuerda ninguno de los ciudadanos sobre los que reinó, aunque era
tierno como un padre. Mas yo me lamento no de que los esforzados pretendientes
cometan acciones violentas por la maldad de su espíritu, pues exponen sus
propias cabezas al comerse con violencia la hacienda de Odiseo, asegurando que
éste ya no volverá jamás. Me irrito más bien contra el resto del pueblo, de qué
modo estáis todos sentados en silencio y, aun siendo muchos, no contenéis a los
pretendientes, que son pocos, cercándoles con vuestras palabras.»
Y le contestó Leócrito,
el hijo de Evenor:
«Obstinado Méntor, ayuno
de sesos; ¿qué has dicho incitándolos a que nos contengan? Difícil sería
incluso a hombres más numerosos luchar por un banquete. Pues aunque el itacense
Odiseo viniera en persona y maquinara en su mente arrojar del palacio a los
nobles pretendientes que se banquetean en su casa, no se alegraría su esposa de
que viniera, por mucho que lo desee, sino que allí mismo atraería sobre sí
vergonzosa muerte si luchara con hombres más numerosos. Y tú no has hablado
como te corresponde. Vamos, ciudadanos, dispersaos cada uno a sus trabajos. A
éste le ayudarán para el viaje Méntor y Halitérses, que son compañeros de su
padre desde hace mucho tiempo. Aunque sentado por mucho tiempo, creo yo,
escuchará las noticias en Itaca y jamás llevará a término tal viaje. »
Así habló y disolvió la
asamblea rápidamente. Se dispersaron cada uno a su casa y los pretendientes
marcharon al palacio del divino Odiseo.
Telémaco, en cambio, se
alejó hacia la orilla del mar, lavó sus manos en el canoso mar y suplicó a
Atenea:
«Préstame oídos tú,
divinidad que llegaste ayer a mi palacio y me diste la orden de marchar en una
nave sobre el brumoso ponto para informarme sobre el regreso de mi padre, largo
tiempo ausente. Todo esto lo están retrasando los aqueos, sobre todo los
pretendientes, funestamente arrogantes.»
Así habló suplicándole;
Atenea se le acercó semejante a Méntor en la figura y voz y se dirigió a él con
aladas palabras:
«Telémaco, no serás en
adelante cobarde ni estúpido si has heredado el noble corazón de tu padre;
¡cómo era él para realizar obras y palabras! Por esto tu viaje no va a ser
infructuoso ni baldío. Pero si no eres hijo de aquél y de Penélope, no tengo
esperanza alguna de que lleves a cabo lo que meditas. Pocos, en efecto, son los
hijos iguales a su padre; la mayoría son peores y sólo unos pocos son mejores
que su padre. Pero puesto que en el futuro no vas a ser cobarde ni estúpido ni
te ha abandonado del todo el talento de Odiseo, hay esperanza de que llegues a
realizar tal empresa.
«Deja, pues, ahora las
intenciones y pensamientos de los enloquecidos pretendientes, pues no son
sensatos ni justos; no saben que la muerte y la negra Ker están ya a su lado
para matar a todos en un día. El viaje que preparas ya no está tan lejano para
ti, y es que yo soy tan buen amigo de tu padre que te voy a aparejar una rápida
nave y acompañar en persona.
«Conque marcha ahora a tu
casa a reunirte con los pretendientes; prepara provisiones y mételas todas en
recipientes, el vino en cántaros, y la harina, sustento de los hombres, en
pellejos espesos. Yo voy por el pueblo a reunir voluntarios. Existen numerosas
naves en Itaca, rodeada de corriente, nuevas y viejas; veré cuál es la mejor y
aparejándola rápidamente la lanzaremos al ancho ponto.»
Así habló Atenea, hija de
Zeus, y Telémaco ya no aguardó más, pues había escuchado la voz de un dios. Así
que se puso en camino, su corazón acongojado, hacia el palacio y encontró a los
altivos pretendientes degollando cabras y asando cerdos en el patio.
Antínoo se encaminó
riendo hacia Telémaco, le tomó de la mano, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«Telémaco, fanfarrón,
incapaz de contener tu cólera, que no ocupe tu pecho ninguna acción o palabra
mala, sino comer y beber conmigo como antes. Los aqueos te prepararán una nave
y remeros elegidos para que llegues con más rapidez a la agradable Pilos en
busca de noticias de tu ilustre padre.»
Y le respondió Telémaco
discretamente:
«Antínoo, no me es
posible comer callado en vuestra arrogante compañía y gozar tranquilamente. ¿O
es que no es bastante que me hayáis destruido hasta ahora muchas y buenas cosas
de mi propiedad, pretendientes, mientras era todavía un niño? Mas ahora que ya
soy grande y que, escuchando la palabra de los demás, comprendo todo y el
arrojo me ha crecido en el pecho, intentaré enviaros las funestas Keres, ya sea
marchando a Pilos o aquí mismo, en el pueblo.
«Me marcho y el viaje que os anuncio no será
infructuoso como pasajero, pues no poseo
naves ni remeros. Esto os parecía lo más ventajoso para vosotros!»
Así dijo y retiró con
rapidez su mano de la mano de Antínoo.
Y los pretendientes se
aplicaban al banquete dentro del palacio y se mofaban de él zahiriéndolo con
sus palabras.
Así decía uno de los
jóvenes arrogantes:
«Seguro que Telémaco nos
está meditando la muerte; traerá alguien de la arenosa Pilos para que lo
defienda o tal vez de Esparta, pues mucho lo desea. O quizá quiere ir a Efira,
tierra fértil, a fin de traer de allí venenos que corrompen la vida y echarlos
en la crátera para destruirnos a todos.»
Y otro de los jóvenes
arrogantes decía:
¿Quién sabe si, marchando
en la cóncava nave, no perece también él vagando lejos de los suyos como
Odiseo! Así nos acrecentaría el trabajo, pues repartiríamos todos sus bienes y
la casa se la daríamos a su madre y al que con ella casara para que la
conservaran.»
Mientras así hablaban
descendió Telémaco a la despensa de elevado techo de su padre, espaciosa, donde
había oro amontonado en el suelo y bronce, y en arcones vestidos, y oloroso
aceite en abundancia. También había allí dispuestas en fila, junto a la pared,
tinajas de añejo vino sabroso que contenían sin mezcla la divina bebida por si
alguna vez volvía a casa Odiseo después de sufrir dolores sin cuento. Las
puertas que allí había se podían cerrar fuertemente ensambladas, eran de dos
hojas, y permanecía allí día y noche un ama de llaves que vigilaba todo con la
agudeza de su mente, Euriclea, hija de Ope Pisenórida.
A ésta dirigió Telémaco
su palabra llamándola a la despensa:
«Vamos, ama, sácame en
ánforas sabroso vino, el más preciado después del que tú guardas pensando en
aquel desdichado, por si viene algún día Odiseo de linaje divino después de
evitar la muerte y las Keres; lléname doce hasta arriba y ajusta todas con
tapas. Échame también harina en bien cosidos pellejos, hasta veinte medidas de
harina de trigo molido. Sólo tú debes saberlo. Que esté todo preparado, pues lo
recogeré por la tarde cuando ya mi madre haya subido al piso de arriba y esté
ocupada en acostarse. Me marcho a Esparta y a la arenosa Pilos para enterarme
del regreso de mi padre, por si oigo algo.»
Así habló; rompió en
lamentos su nodriza Euriclea y dijo llorando aladas palabras:
«¿Por qué, hijo mío,
tienes en tu interior este proyecto? ¿Por dónde quieres ir a una tierra tan
grande siendo el bienamado hijo único? Ha sucumbido lejos de su patria Odiseo,
de linaje divino, en un país desconocido, y éstos te andan meditando la muerte
para el mismo momento en que te marches, para que mueras en emboscada. Ellos se
lo repartirán todo. Anda, quédate aquí sentado sobre tus cosas; no tienes
necesidad ninguna de sufrir penalidades en el estéril ponto ni de andar
errante.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Anímate, ama, puesto que
esta decisión me ha venido no sin un dios. Ahora júrame que no dirás esto a mi
madre antes de que llegue el día décimo o el duodécimo, o hasta que ella misma
me eche de menos y oiga que he partido, para que no afee, desgarrándola, su
hermosa piel.»
Así habló, y la anciana
juró por los dioses con gran juramento que no lo haría. Cuando hubo jurado y
llevado a término este juramento vertió enseguida vino en las ánforas y echó
harina en bien cosidos sacos. Y Telémaco se puso en camino hacia las habitaciones
de abajo para reunirse con los pretendientes.
Entonces la diosa de ojos
brillantes, Atenea, concibió otra idea. Tomando la forma de Telémaco marchó por
toda la ciudad y poniéndose cerca de cada hombre les decía su palabra; les
ordenaba que se congregaran con el crepúsculo junto a la rápida nave. Después
pidió una rápida nave a Noemón, esclarecido hijo de Fronio, y éste se la
ofreció de buena gana. Y se sumergió Helios y todos los caminos se llenaron de
sombras. Entonces empujó hacia el mar a la rápida nave, puso en ella todas las
provisiones que suelen llevar las naves de buenos bancos y la detuvo al final
del puerto.
Los valientes compañeros
ya se habían congregado en grupo, pues la diosa había movido a cada uno en
particular.
Entonces la diosa de ojos
brillantes, Atenea, concibió otra idea: se puso en camino hacia el palacio del
divino Odiseo y una vez allí derramó dulce sueño sobre los pretendientes, los
hechizó cuando bebían e hizo caer las copas de sus manos. Y éstos se
apresuraron por la ciudad para ir a dormir y ya no estuvieron sentados por más
tiempo, pues el sueño se posaba sobre sus párpados.
Entonces Atenea, de ojos
brillantes, se dirigió a Telémaco llamándolo desde fuera del palacio, agradable
para vivir, asemejándose a Méntor en la figura y timbre de voz:
«Ya tienes sentados al
remo a tus compañeros de hermosas grebas y esperan tu partida. Vamos, no
retrasemos por más tiempo el viaje.»
Así habló, y lo condujo
rápidamente Palas Atenea, y él marchaba en pos de las huellas de la diosa.
Cuando llegaron a la nave y al mar encontraron sobre la ribera a los aqueos de
largo cabello y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco:
«Aquí, los míos,
traigamos las provisiones; ya está todo junto en mi palacio. Mi madre no está
enterada de nada ni las demás esclavas; sólo una ha oído mi palabra.»
Así habló y los condujo,
y ellos le seguían de cerca. Se llevaron todo y lo pusieron en la nave de
buenos bancos como había ordenado el querido hijo de Odiseo.
Subió luego Telémaco a la
nave; Atenea iba delante y se sentó en la popa, y a su lado se sentó Telémaco.
Los compañeros soltaron
las amarras, subieron todos y se sentaron en los bancos. Y Atenea, de ojos
brillantes, les envió un viento favorable, el fresco Céfiro que silba sobre el
ponto rojo como el vino.
Telémaco animó a sus
compañeros, les ordenó que se asieran a las jarcias y éstos escucharon al que
les urgía. Levantaron el mástil de abeto y lo colocaron dentro del hueco
construido en medio, lo ataron con maromas y extendieron las blancas velas con
bien retorcidas correas de piel de buey. El viento hinchó la vela central y las
purpúreas olas bramaron a los lados de la quilla de la nave en su marcha, y
corría apresurando su camino sobre las olas.
Después ataron los
aparejos a la rápida nave y levantaron las cráteras llenas de vino hasta los
bordes haciendo libaciones a los inmortales dioses, que han nacido para
siempre, y entre todos especialmente a la de ojos brillantes, a la hija de
Zeus.
Y la nave continuó su
camino toda la noche y durante el amanecer.
CANTO III
TELÉMACO VIAJA A PILOS
PARA INFORMARSE
SOBRE SU PADRE
Habíase levantado Helios,
abandonando el hermosísimo estanque del mar, hacia el broncíneo cielo para
alumbrar a los inmortales y a los mortales caducos sobre la Tierra donadora de
vida, cuando llegaron a Pilos, la bien construida ciudadela de Neleo.
Los pilios estaban
sacrificando sobre la ribera del mar toros totalmente negros en honor del de
azuloscura cabellera, el que sacude las tierras. Había nueve asientos y en cada
uno estaban sentados quinientos hombres y de cada uno hacían ofrenda de nueve
toros. Mientras éstos gustaban las entrañas y quemaban los muslos en honor del
dios, los itacenses entraban en el puerto; amainaron las velas de la
equilibrada nave, las ataron, fondearon la nave y descendieron.
Entonces descendió
Telémaco de la nave y Atenea iba delante. Y a él dirigió sus primeras palabras
la diosa de ojos briIlantes:
«Telémaco, ya no has de
tener vergüenza, ni un poco siquiera, pues has navegado el mar para inquirir
dónde oculta la tierra a tu padre y qué suerte ha corrido.
«Conque, vamos, marcha
directamente a casa de Néstor, domador de caballos; sepamos qué pensamientos
guarda en su pecho. Y suplícale para que te diga la verdad; mentira no te dirá,
es muy discreto.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Méntor, ¿cómo voy a ir a
abrazar sus rodillas? No tengo aún experiencia alguna en discursos ajustados. Y
además a un hombre joven le da vergüenza preguntar a uno más viejo.»
Y la diosa de ojos
brillantes, Atenea, se dirigió de nuevo a él:
«Telémaco, unas palabras
las concebirás en tu propia mente y otras te las infundirá la divinidad. Estoy
seguro de que tú has nacido y te has criado no sin 1a voluntad de los dioses.»
Así habló y lo condujo
con rapidez Palas Atenea, y él siguió en pos de la diosa. Llegaron a la
asamblea y a los asientos de los hombres de Pilos, donde Néstor estaba sentado
con sus hijos, y en torno a ellos los compañeros asaban la carne y la
ensartaban preparando el banquete.
Cuando vieron a los
forasteros se reunieron todos en grupo, les tomaron de las manos en señal de
bienvenida y les ordenaron sentarse. Pisístrato, el hijo de Néstor, fue el
primero que se les acercó: les tomó a ambos de la mano y los hizo sentarse en
torno al banquete sobre blandas pieles de ovejas, en las arenas marinas, a la
vera de su hermano Trasimedes y de su padre. Luego les dió parte de las
entrañas, les vertió vino en copa de oro y dirigió a Palas Atenea, la hija de
Zeus, portador de égidas, sus palabras de bienvenida:
«Forastero, eleva tus
súplicas al soberano Poseidón, pues en su honor es el banquete con el que os
habéis encontrado al llegar aquí. Luego que hayas hecho las libaciones y
súplicas como está mandado, entrega también a éste la copa de agradable vino
para que haga libación; que también él, creo yo, hace súplicas a los
inmortales, pues todos los hombres. necesitan a los dioses. Pero es más joven,
de mi misma edad, por eso quiero darte a ti primero la copa de oro.»
Así diciendo, puso en su
mano la copa de agradable vino; Atenea dio las gracias al discreto, al cabal
hombre, porque le había dado a ella primero la copa de oro y a continuación
dirigió una larga plegaria al soberano Poseidón:
«Escúchame, Poseidón, que
conduces tu carro por la tierra, y no te opongas por rencor a que los que te
suplican llevemos a término esta empresa. Concede a Néstor antes que a nadie, y
a sus hijos, honor, y después concede a los demás pilios una recompensa en
reconocimiento por su espléndida hecatombe. Concede también a Telémaco y a mí
que volvamos después de haber conseguido aquello por lo que hemos venido aquí
en veloz, negra nave.»
Así orando, realizó
(ritualmente) todo y entregó a Telémaco la hermosa copa doble. Y el querido
hijo de Odiseo elevó su súplica de modo semejante.
Cuando habían asado la
carne exterior de las víctimas, la sacaron del asador, repartieron las
porciones y se aplicaron al magnífico festín. Y después que habían echado de sí
el apetito de comer y beber, comenzó a hablarles el de Gerenias, el caballero
Néstor:
«Ahora que se han saciado
de comida, lo mejor es entablar conversación y preguntar a los forasteros
quiénes son. Forasteros, ¿quiénes sois?, ¿de dónde habéis llegado navegando los
húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún asunto o sin rumbo como los
piratas por la mar, los que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando
la destrucción a los de otras tierras?»
Y Telémaco se llenó de
valor y le contestó discretamente pues
la misma Atenea le infundió valor en su interior para que le preguntara sobre
su padre ausente y para que cobrara fama de valiente entre los hombres:
«Néstor, hijo de Neleo,
gran honra de los aqueos, preguntas de dónde somos y yo te lo voy a exponer en
detalle.
«Hemos venido de Itaca, a
los pies del monte Neyo, y el asunto de que te voy a hablar es privado, no
público. Ando a lo ancho en busca de noticias sobre mi padre por si las oigo en algún sitio , de Odiseo el
divino, el sufridor, de quien dicen que en otro tiempo arrasó la ciudad de
Troya luchando a tu lado. Ya me he enterado dónde alcanzó luctuosa muerte cada
uno de cuantos lucharon contra los troyanos, pero su muerte la ha hecho
desconocida el hijo de Crono, pues nadie es capaz de decirme claramente dónde
está muerto, si ha sucumbido en tierra firme a manos de hombres enemigos o en
el mar entre las olas de Anfitrite. Por esto me llego ahora a tus rodillas, por
si quieres contarme su luctuosa muerte
la hayas visto con tus propios ojos o hayas escuchado el relato de algún
caminante ; ¡digno de lástima lo parió su madre! Y no endulces tus palabras por
respeto ni piedad, antes bien cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te
lo suplico si es que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, te prometió algo y
te lo cumplió en el pueblo de los troyanos donde los aqueos sufríais
penalidades. Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad.»
Y le contestó luego el de
Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo mío, puesto que me
has recordado los infortunios que tuvimos que soportar en aquel país los hijos
de los aqueos de incontenible furia: cuánto vagamos con las naves en el brumoso
ponto, a la deriva en busca de botín por donde nos guiaba Aquiles y cuánto
combatimos en torno a la gran ciudad del soberano Príamo... Allí murieron los
mejores: allí reposa Ayax, hijo de Ares, y allí Aquiles, y allí Patroslo,
consejero de la talla de los dioses, y allí mi querido hijo, fuerte a la vez
que irreprochable, Antíloco, que sobresalía en la carrera y en el combate.
Otros muchos males sufrimos además de éstos. ¿Quién de los mortales hombres
podría contar todas aquellas cosas? Nadie, por más que te quedaras a su lado
cinco o seis años para preguntarle cuántos males sufrieron allí los aqueos de
linaje divino. Antes volverías apesadumbrado a tu tierra patria. Durante nueve
años tramamos desgracias contra ellos acechándoles con toda clase de engaños y
a duras penas puso término (a la guerra) el hijo de Cronos.
«Jamás quiso nadie
igualársele en inteligencia, puesto que el divino Odiseo era muy superior en
toda clase de astucias, tu padre, si es que verdaderamente eres descendencia
suya. (Al verte se apodera de mí el asombro. En verdad vuestras palabras son
parecidas y no se puede decir que un hombre joven hable tan discretamente.)
«Jamás, durante todo el
tiempo que estuvimos allí, hablábamos de diferente modo yo y el divino Odiseo
ni en la asamblea ni en el consejo, sino que teníamos un solo pensamiento, y
con juicio y prudente consejo mostrábamos a los aqueos cómo saldría todo mejor.
«Después, cuando habíamos
saqueado la elevada ciudad de Príamo y embarcamos en las naves y la divinidad
dispersó a los aqueos, Zeus concibió en su mente un regreso lamentable para los
argivos porque no todos eran prudentes ni justos. Así que muchos de éstos
fueron al encuentro de una desgraciada muerte por causa de la funesta cólera de
la de poderoso padre, de la de ojos brillantes que asentó la Disensión entre
ambos atridas. Convocaron éstos en asamblea a todos los aqueos, insensatamente,
a destiempo, cuando Helios se sumerge, y los hijos de los aqueos se presentaron
pesados por el vino, y les dijeron por qué habían reunido al ejército.
«Allí Menelao aconsejaba
a todos los aqueos que pensaran en volver sobre el ancho lomo del mar. Pero no
agradó en absoluto a Agamenón, pues quería retener al pueblo y ejecutar
sagradas hecatombes para aplacar la tremenda cólera de Atenea. ¡Necio!, no
sabía que no iba a persuadirla, que no se doblega rápidamente la voluntad de
los dioses que viven siempre. Así que los dos se pusieron en pie y se
contestaban con palabras agrias. Y los hijos de los aqueos de hermosas grebas
se levantaron con un vocerío sobrehumano: divididos en dos bandos les agradaba
una a otra decisión.
«Pasamos la noche
removiendo en nuestro interior maldades unos contra otros, pues ya Zeus nos
preparaba el azote de la desgracia.
«Al amanecer algunos
arrastramos las naves hasta el divino mar y metimos nuestros botines y las
mujeres de profundas cinturas. La mitad del ejército permaneció allí, al lado
del atrida Agamenón, pastor de su pueblo, pero la otra mitad embarcamos y
partimos. Nuestras naves navegaban muy aprisa
una divinidad había calmado el ponto que encierra grandes monstruos y llegados a Ténedos realizamos sacrificios a
los dioses con el deseo de volver a casa. Pero Zeus no se preocupó aún de nuestro
regreso. ¡Cruel! Él, que levantó por segunda vez agria disensión: unos dieron
la vuelta a sus bien curvadas naves y
retornaron con el prudente soberano Odiseo, el de pensamientos complicados,
para dar satisfacción al atrida Agamenón, pero yo, con todas mis naves
agrupadas, las que me seguían, marché de allí porque barruntaba que la
divinidad nos preparaba desgracias.
«También marchó el
belicoso hijo de Tideo y arrastró consigo a sus compañeros y más tarde navegó a
nuestro lado el rubio Menelao nos
encontró en Lesbos cuando planeábamos el largo regreso: o navegar por encima de
la escabrosa Quios en dirección de la isla Psiría dejándola a la izquierda o
bien por debajo de Quios junto al ventiscoso Mirnante. Pedimos a la divinidad
que nos mostrara un prodigio y enseguida ésta nos lo mostró y nos aconsejó
cortar por la mitad del mar en dirección a Eubea, para poder escapar
rápidamente de la desgracia. Así que levantó, para que soplara, un sonoro
viento y las naves recorrieron con suma rapidez los pecillenos caminos. Durante
la noche arribaron a Geresto y ofrecimos a Poseidón muchos muslos de toros por
haber recorrido el gran mar. Era el cuarto día cuando los compañeros del tidida
Diomedes, el domador de caballos, fondearon sus equilibradas naves en Argos.
Después yo me dirigí a Pilos y ya nunca se extinguió el viento desde que al
principio una divinidad lo envió para que soplara. Así llegué, hijo mío, sin
enterarme, sin saber quiénes se salvaron de los aqueos y quiénes perecieron,
pero cuanto he oído sentado en mi palacio lo sabrás como es justo
y nada te ocultaré. Dicen que han llegado bien los mirmidones famosos
por sus lanzas, a los que conducía el ilustre hijo del valeroso Aquiles y que
llegó bien Filoctetes, el brillante hijo de Poyante. Idomeneo condujo hasta
Creta a todos sus compañeros, los que habían sobrevivido a la guerra, y el mar
no se le engulló a ninguno. En cuanto al Atrida, ya habéis oído vosotros
mismos, aunque estáis lejos, cómo llegó y cómo Egisto le había preparado una
miserable muerte, aunque ya ha pagado lamentablemente. ¡Qué bueno es que a un
hombre muerto le quede un hijo! Pues aquél se ha vengado del asesino de su
padre, del tramposo Egisto, porque le había asesinado a su ilustre padre.
También tú, hijo pues te veo vigoroso y
bello , sé fuerte para que cualquiera de tus descendientes hable bien de. ti.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Néstor, hijo de Neleo,
gran honra de los aqueos, así es, por cierto; aquél se vengó y los aqueos
llevarán a lo largo y a lo ancho su fama, motivo de canto para los venideros.
«¡Ojalá los dioses me
dotaran de igual fuerza para hacer pagar a los pretendientes por su dolorosa
insolencia!, pues ensoberbecidos me preparan acciones malvadas. Pero los dioses
no han tejido para mí tal dicha; ni para mi padre ni para mí. Y ahora no hay
más remedio que aguantar.»
Y le contestó luego el de
Gerenia, el caballero Néstor:
«Amigo puesto que me has recordado y dicho esto ,
dicen que muchos pretendientes de tu madre están cometiendo muchas injusticias
en él palacio contra tu voluntad. Dime si cedes de buen gusto o te odia la
gente en el pueblo siguiendo una inspiración de la divinidad. ¡Quién sabe si
llegará Odiseo algún día y les hará pagar sus acciones violentas, él solo o
todos los aqueos. juntos! Pues si la de ojos brillantes, Atenea, quiere amarte
del mismo modo que protegía al ilustre Odiseo en aquel entonces en el pueblo de
los troyanos donde los aqueos pasamos penalidades (pues nunca he visto que los
dioses amen tan a las claras como Palas Atenea le asistía a él), si quiere
amarte a ti así y preocuparte de ti en su ánimo, cualquiera de aquéllos se
olvidaría del matrimonio.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Anciano, no creo que
esas palabras lleguen a realizarse nunca. Has dicho algo excesivamente grande.
El estupor me tiene sujeto. Esas cosas no podrían sucederme por más que lo
espere ni aunque los dioses lo quisieran así.»
Y de pronto la diosa de
ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él:
«¡Telémaco, qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! Es fácil para un dios, si quiere, salvar
a un hombre aun desde lejos. Preferiría yo volver a casa aun después de sufrir
mucho y ver el día de mi regreso, antes que morir al llegar, en mi propio
hogar, como ha perecido Agamenón víctima de una trampa de Egisto y de su
esposa. Pero, en verdad, ni siquiera los dioses pueden apartar la muerte, común
a todos, de un hombre, por muy querido que les sea, cuando ya lo ha alcanzado
el funesto Destino de la muerte de largos lamentos.»
Y le contestó discretamente
Telémaco:
«Méntor, no hablemos más
de esto aun a pesar de nuestra preocupación. En verdad ya no hay para él
regreso alguno, que los dioses le han pensado la muerte y la negra Ker. Ahora
quiero hacer otra indagación y preguntarle a Néstor, puesto que él sobresale
por encima de los demás en justicia a inteligencia. Pues dicen que ha sido
soberano de tres generaciones de hombres, y así me parece inmortal al mirarlo.
Néstor, hijo de Neleo y dime la verdad ,
¿cómo murió el poderoso atrida Agamenón?, ¿dónde estaba Menelao?, ¿qué muerte
le preparó el tramposo Egisto, puesto que mató a uno mucho mejor que él? ¿O es
que no estaba en Argos de Acaya, sino que andaba errante, en cualquier otro
sitio, y Egisto lo mató cobrando valor?»
Y le contestó a
continuación el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo, te voy a decir
toda la verdad. Tú mismo puedes imaginarte qué habría pasado si al volver de
Troya el Atrida, el rubio Menelao, hubiera encontrado vivo a Egisto en el
palacio. Con seguridad no habrían echado tierra sobre su cadáver, sino que los
perros y las aves, tirado en la llanura lejos de la ciudad, lo habrían
despedazado sin que lo llorara ninguna de las aqueas: ¡tan gran crimen cometió!
Mientras nosotros realizábamos en Troya innumerables pruebas, él estaba
tranquilamente en el centro de Argos, criadora de caballos, y trataba de
seducir poco a poco a la esposa de Agamenón con sus palabras.
«Esta, al principio, se
negaba al vergonzoso hecho, la divina Clitemnestra, pues poseía un noble
corazón, y a su lado estaba también el aedo, a quien el Atrida al marchar a
Troya había encomendado encarecidamente que protegiera a su esposa. Pero cuando
el Destino de los dioses la forzó a sucumbir se llevó al aedo a una isla
desierta y lo dejó como presa y botin de las aves. Y Egisto la llevó a su casa
de buen grado sin que se opusiera. Luego quemó muchos muslos sobre los sagrados
altares de los dioses y colgó muchas ofrendas
vestidos y oro por haber realizado la gran hazaña que jamás esperó en su
ánimo llevar a cabo.
«Nosotros navegábamos
juntos desde Troya, el Atrida y yo, con sentimientos comunes de amistad. Pero
cuando llegamos al sagrado Sunio, el promontorio de Atenas, Febo Apolo mató al
piloto de Menelao alcanzándole con sus suaves flechas cuando tenía entre sus manos
el timón de la nave, a Frontis, hijo de Onetor, que superaba a la mayoría de
los hombres en gobernar la nave cuando se desencadenaban las tempestades. Asi
que se detuvo allí, aunque anhelaba el camino, para enterrar a su compañero y
hacerle las honras fúnebres.
«Cuando ya de camino
sobre el ponto rojo como el vino alcanzó con sus cóncavas naves la escarpada
montaña de Maleas en su carrera, en ese momento el que ve a lo ancho, Zeus,
concibió para él un viaje luctuoso y derramó un huracán de silbantes vientos y
monstruosas bien nutridas olas semejantes a montes. Allí dividió parte de las
naves e impulsó a unas hacia Creta, donde viven los Cidones en torno a la
corriente del Jardano. Hay una pelada y elevada roca que se mete en el agua, en
el extremo de Górtina, en el nebuloso ponto, donde Noto impulsa las grandes
olas hacia el lado izquierdo del saliente, en dirección a Festos, y una pequeña
piedra detiene las grandes olas. Allí llegaron las naves y los hombres
consiguieron evitar la muerte a duras penas, pero las olas quebraron las naves
contra los escollos. Sin embargo, a otras cinco naves de azuloscuras proas el
viento y el agua las impulsaron hacia Egipto. Allí reunió éste abundantes
bienes y oro, y se dirigió con sus naves en busca de gentes de lengua extraña.
«Y, entre tanto, Egisto
planeó estas malvadas acciones en casa, y después de asesinar al Atrida, el
pueblo le estaba sometido. Siete años reinó sóbre la dorada Micenas, pero al
octavo llegó de vuelta de Atenas el divino Orestes para su mál y mató al
asesino de su padre, a Egisto, al inventor de engaños, porque había asesinado a
su ilustre padre. Y después de matarlo dió a los argivos un banquete fúnebre
por su odiada madre y por el cobarde Egisto.
«Ese mismo día llegó
Menelao, de recia voz guerrera, trayendo muchas riquezas, cuantas podían
soportar sus naves en peso.
«En cuanto a ti, amigo,
no andes errante mucho tiempo lejos de tu casa, dejando tus posesiones y
hombres tan arrogantes en tu palacio, no sea que se lo repartan todos tus
bienes y se los coman y camines un viaje baldío. Antes bien, te aconsejo y
exhorto a que vayas junto a Menelao, pues él está recién llegado de otras
regiones, de entre tales hombres de los que nunca soñaría poder regresar aquel
a quien los huracanes lo impulsen desde el principio hacia un mar tan grande
que ni las aves son capaces de recorrerlo en un año entero, puesto que es
grande y terrorífico. Vamos, márchate con la nave y los compañeros, pero si
quieres ir por tierra tienes a tu disposición un carro y caballos y a la
disposición están mis hijos que te servirán de escolta hasta la divina
Lacedemonia, donde está el rubio Menelao. Ruégale para que te diga la verdad;
mentira no te dirá, es muy discreto.»
Así habló, y Helios se
sumergió y sobrevino la oscuridad.
Y les dijo la diosa de
ojos brillantes, Atenea:
«Anciano, has hablado
como te corresponde. Pero, vamos, cortad las lenguas y mezclad el vino para que
hagamos libaciones a Poseidón y a los demás inmortales y nos ocupemos de
dormir, pues ya es hora. Ya ha descendido la luz a la región de las sombras y
no es bueno estar sentado mucho tiempo en un banquete en honor de los dioses,
sino regresar.»
Así habló la hija de Zeus
y ellos prestaron atención a la que hablaba.
Y los heraldos derramaron
agua sobre sus manos y los jóvenes coronaron de vino las cráteras y lo
repartieron entre todos haciendo una primera ofrenda, por orden, en las copas.
Luego arrojaron las lenguas al fuego y se pusieron en pie para hacer la
libación.
Cuando hubieron libado y
bebido cuanto su apetito les pedía, Atenea y Telémaco, semejante a un dios, se
pusieron en camino para volver a la cóncava nave. Pero Néstor todavía los
retuvo tocándolos con sus palabras:
«No permitirán Zeus y los
demás dioses inmortales que volváis de mi casa a la rápida nave como de casa de
uno que carece por completo de ropas, o de un indigente que no tiene mantas ni
abundantes sábanas en casa ni un dormir blando para sí y para sus huéspedes.
Que en mi casa hay mantas y sábanas hermosas. No dormirá sobre los maderos de
su nave el querido hijo de Odiseo mientras yo viva y aún me queden hijos en el
palacio para hospedar a mis huéspedes, quienquiera que sea el que arribe a mi
palacio.»
Y la diosa de ojos
brillantes, Atenea, le dijo:
«Has hablado bien,
anciano amigo. Sería conveniente que Telémaco te hiciera caso. Así, pues, él te
seguirá para dormir en tu palacio, pero yo marcharé a la negra nave para animar
a los compañeros y darles órdenes, pues me precio de ser el más anciano entre
ellos. Y los demás nos siguen por amistad, hombres jóvenes todos, de la misma
edad que el valiente Telémaco. Yo dormiré en la cóncava, negra nave, y al
amanecer iré junto a los impetuosos caucones, dondé se me debe una deuda no de
ahora ni pequeña, desde luego.
«Tú, envíalo con un carro y un hijo tuyo, pues
ha llegado a tu casa como huésped. Y dale caballos, los que sean más veloces en
la carrera y más excelentes en vigor.» .
Así hablando partió la de
ojos brillantes, Atenea, tomando la forma del buitre barbado.
Y la admiración atenazó a
todos los aqueos. Admiróse el anciano cuando lo vio con sus ojos y tomando la
mano de Telémaco le dirigió su palabra y le llamó por su nombre.
«Amigo, no creo que
llegues a ser débil ni cobarde si ya, tan joven, lo siguen los dioses como
escolta. Pues éste no era otro de entre los que ocupan las mansiones del Olimpo
que la hija de Zeus, la rapaz Tritogéneia, la que honraba también a tu noble
padre entre los argivos. Soberana, séme propicia, dame fama de nobleza a mí
mismo, a mis hijos y a mi venerable esposa y a cambio yo te sacrificaré una
cariancha novilla de un año, no domada, a la que jamás un hombre haya llevado
bajo el yugo. Te la sacrificaré rodeando de oro sus cuernos.»
Así dirigió sus súplicas
y Palas Atenea le escuchó. Y el de Gerenia, el caballero Néstor, condujo a sus
hijos y yernos hacia sus hermosas mansiones.
Cuando llegaron al
palacio de este soberano se sentaron por orden en sillas y sillones y, una vez
llegados, el anciano les mezcló una crátera de vino dulce al paladar que el ama
de llaves abrió a los once años de estar
cerrada desatando la cubierta. El
anciano mezcló una crátera de este vino y oró a Atenea al hacer la libación, a
la hija de Zeus el que lleva la égida.
Después, cuando hubieron
hecho la libación y bebido cuanto les pedía su apetito, los parientes marcharon
cada uno a su casa para dormir. Pero a Telémaco, el querido hijo del divino
Odiseo, lo hizo acostarse allí mismo el de Gerenia, el caballero Néstor, en un
lecho taladrado bajo el sonoro pórtico. Y a su lado hizo acostarse a Pisístrato
de buena lanza de fresno, caudillo de guerreros, el que de sus hijos permanecía
todavía soltero en el palacio.
Néstor durmió en el
centro de la elevada mansión y su señora esposa le preparó el lecho y la cama.
Y cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho el de Gerenia,
el caballero Néstor. Salió y se sentó sobre las pulimentadas piedras que tenía,
blancas, resplandecientes de aceite, delante de las elevadas puertas, sobre las
que solía sentarse antes Neleo, consejero de la talla de los dioses. Pero éste
había ya marchado a Hades sometido por Ker, y entonces se sentaba Néstor, el de
Gerenia, el guardián de los aqueos, el que tenía el cetro.
Y sus hijos se
congregaron en torno suyo cuando salieron de sus dormitorios, Equefrón y
Estratio, Perseo y Trasímedes semejante a un dios. A continuación llegó a ellos
en sexto lugar el héroe Pisístrato, y a su lado sentaron a Telémaco semejante a
los dioses.
Y entre ellos comenzó a
hablar el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijos míos, llevad a
cabo rápidamente mi deseo para que antes que a los demás dioses propicie a
Atenea, la que vino manifiestamente al abundante banquete en honor del dios.
Vamos, que uno marche a la llanura a por una novilla de modo que llegue lo
antes posible: que la conduzca el boyero; que otro marche a la negra nave del
valiente Telémaco y traiga a todos los compañeros dejando sólo dos; que otro
ordene que se presente aquí Laerques, el que derrama el oro, para que derrame
oro en torno a los cuernos de la novilla. Los demás quedaos aquí reunidos y
decid a las esclavas que dispongan un banquete dentro del ilustre palacio; que
traigan asientos y leña alrededor y brillante agua.»
Así habló, y al punto
todos se apresuraron. Y llegó enseguida la novilla de la llanura y llegaron los
compañeros del valiente Telémaco de junto a la equilibrada nave; y llegó el
broncero llevando en sus manos las herramientas de bronce, perfección del arte:
el yunque y el martillo y las bien labradas tenazas con las que trabajaba el
oro. Y llegó Atenea para asistir a los sacrificios.
El anciano, el cabalgador
de caballos, Néstor, le entregó oro a Laerques, y éste lo trabajó y derramó por
los cuernos de la novilla para que la diosa se alegrara al ver la ofrenda. Y
llevaron a la novilla por los cuernos Estratio y el divino Equefrón; y Areto
salió de su dormitorio llevándoles el agua manos en una vasija adornada con
flores y en la otra llevaba la cebada tostada dentro de una cesta. Y
Trasímedes, el fuerte en la lucha, se presentó con una afilada hacha en la mano
para herir a la novilla, y Perseo sostenía el vaso para la sangre.
El anciano, el cabalgador
de caballos, Néstor, comenzó las abluciones y la esparsión de la cebada sobre
el altar suplicando insitentemente a Atenea mientras realizaba el rito
preliminar de arrojar al fuego cabellos de su testuz.
Cuando acabaron de hacer
las súplicas y la esparsión de la cebada, el hijo de Néstor, el muy valiente
Trasímedes, condujo a la novilla, se colocó cerca, y el hacha segó los tendones
del cuello y debilitó la fuerza de la novilla. Y lanzaron el grito ritual las
hijas y nueras y la venerable esposa de Néstor, Eurídice, la mayor de las hijas
de Climeno.
Luego levantaron a la
novilla de la tierra de anchos caminos, la sostuvieron y al punto la degolló
Pisístrato, caudillo de guerreros.
Después que la oscura
sangre le salió a chorros y el aliento abandonó sus huesos, la descuartizaron
enseguida, le cortaron las piernas según el rito, las cubrieron con grasa por
ambos lados, haciéndolo en dos capas y pusieron sobre ellas la carne cruda.
Entonces el anciano las quemó sobre la leña y por encima vertió rojo vino
mientras los jóvenes cerca de él sostenían en sus manos tenedores de cinco
puntas.
Después que las piernas
se habían consumido por completo y que habían gustado las entrañas cortaron el
resto en, pequeños trozos, lo ensartaron y lo asaron sosteniendo los
puntiagudos tenedores en sus manos.
Entre tanto, la linda
Policasta lavaba a Telémaco, la más joven hija de Néstor, el hijo de Neleo.
Después que lo hubo lavado y ungido con aceite le rodeó el cuerpo con una
túnica y un manto. Salió Telémaco del baño, su cuerpo semejante a los
inmortales, y fue a sentarse al lado de Néstor, pastor de su pueblo. Luego que
la parte superior de la carne estuvo asada, la sacaron y se sentaron a comer, y
unos jóvenes nobles se levantaron para escanciar el vino en copas de oro.
Después que arrojaron de
sí el deseo de comida y bebida, comenzó a hablarles el de Gerenia, el caballero
Néstor:
«Hijos míos, vamos, traed
a Telémaco caballos de hermosas crines y enganchadlos al carro para que prosiga
con rapidez su viaje.»
Así habló, y ellos le
escucharon y le hicieron caso, y con diligencia engancharon al carro ligeros
corceles. Y la mujer, la ama de llaves, le preparó vino y provisiones como las
que comen los reyes a los que alimenta Zeus.
Enseguida ascendió
Telémaco al hermoso carro, y a su lado subió el hijo de Néstor, Pisístrato, el
caudillo de guerreros. Empuñó las riendas y restalló el látigo para que
partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana a la llanura
abandonando la elevada ciudad de Pilos. Durante todo el día agitaron el yugo
sosteniéndolo por ambos lados.
Y Helios se sumergió y
todos los caminos se llenaron de sombras cuando llegaron a Feras, al palacio de
Diocles, el hijo de Ortíloco a quien Alfeo había engendrado. Allí durmieron
aquella noche, pues él les ofreció hospitalidad.
Y se mostró Eos, la que
nace de la mañana, la de dedos de rosa; engancharon los caballos, subieron al
bien trabajado carro y salieron del pórtico y de la resonante galería.
Restalló Pisístrato el
látigo para que partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana, y
llegaron a la llanura, a la que produce trigo, poniendo término a su viaje: ¡de
tal manera lo llevaban los veloces caballos!
Y se sumergió Helios y
todos los caminos se llenaron de sombras.
CANTO IV
TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
PARA INFORMASE SOBRE SU
PADRE
Llegaron éstos a la
cóncava y cavernosa Lacedemonia y se encaminaron al palacio del ilustre
Menelao. Lo encontraron con numerosos allegados, celebrando con un banquete la
boda de su hijo e ilustre hija. A su hija iba a enviarla al hijo de Aquiles, el
que rompe las filas enemigas; que en Troya se la ofreció por vez primera y
prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles a término las bodas.
Mandábale ir con caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los mirmidones,
sobre los cuales reinaba aquél. A su hijo le entregaba como esposa la hija de
Alector, procedente de Esparta. El vigoroso Megapentes, su hijo, le había
nacido muy querido de una esclava, que los dioses ya no dieron un hijo a Helena
luego que le hubo nacido el primer hijo la deseada Hermione, que poseía la
hermosura de la dorada Afrodita.
Conque se deleitaban y
celebraban banquetes en el gran palacio de techo elevado los vecinos y
parientes del ilustre Menelao; un divino aedo les cantaba tocando la cítara, y
dos volatineros giraban en medio de ellos, dando comienzo a la danza.
Y los dos jóvenes, el
héroe Telémaco y el ilustre hijo de Néstor se detuvieron y detuvieron los
caballos a la puerta del palacio. Violos el noble Eteoneo cuando salía, ágil
servidor del ilustre Menelao, y echó a andar por el palacio para comunicárselo
al pastor de su pueblo. Y poniéndose junto a él le dijo aladas palabras:
«Hay dos forasteros,
Menelao, vástago de Zeus, dos mozos semejantes al linaje del gran Zeus. Dime si
desenganchamos sus rápidos caballos o les mandamos que vayan a casa de otro que
los reciba amistosamente.»
Y el rubio Menelao le
dijo muy irritado:
«Antes no eras tan
simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces corno un niño. También
nosotros llegamos aquí, los dos, después de comer muchas veces por amor de la
hospitalidad de otros hombres. ¡Ojalá Zeus nos quite de la pobreza para el
futuro! Desengancha los caballos de los forasteros y hazlos entrar para que se
les agasaje en la mesa».
Así dijo; salió aquél del
palacio y llamó a otros diligentes servidores para que lo acompañaran.
Desengancharon los caballos sudorosos bajo el yugo y los ataron a los pesebres,
al lado pusieron escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron los carros al
muro resplandeciente e introdujeron a los forasteros en la divina morada.
Estos, al observarlo, admirábanse del palacio del rey, vástago de Zeus; que
había un resplandor como del sol o de la luna en el palacio de elevado techo
del glorioso Menelao. Luego que se hubieron saciado de verlo con sus ojos,
marcharon a unas bañeras bien pulidas y se lavaron. Y luego que las esclavas
los hubieron ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y mantos y fueron a
sentarse en sillas junto al Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de
lavamanos que traía en bello jarro de oro sobre fuente de plata y colocó al
lado una pulida mesa. Y la venerable ama de llaves trajo pan y sirvió la mesa
colocando abundantes alimentos, favoreciéndoles entre los que estaban
presentes. Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas clases y puso a
su lado copas de oro. Y mostrándoselos, decía el prudente Menelao:
«Comed y alegraos, que
luego que os hayáis alimentado con estos manjares os preguntaremos quiénes sois
de los hombres. Pues sin duda el linaje de vuestros padres no se ha perdido,
sino que sois vástagos de reyes que llevan cetro de linaje divino, que los
plebeyos no engendran mozos así.»
Así diciendo puso junto a
ellos, asiéndolo con la mano, un grueso lomo asado de buey que le habían
ofrecido a él mismo como presente de honor. Echaron luego mano a los alimentos
colocados delante, y después que arrojaron el deseo de comida y bebida,
Telémaco habló al hijo de Néstor acercando su cabeza para que los demás no se
enteraran:
«Observa, Nestórida grato
a mi corazón, el resplandor de bronce en el resonante palacio, y el del oro, el
eléctro, la plata y el marfil. Seguro que es así por dentro el palacio de Zeus
Olímpico. ¡Cuántas cosas inefables!, el asombro me atenaza al verlas.»
El rubio Menelao se
percató de lo que decía y habló aladas palabras:
Hijos míos, ninguno de
los mortales podría competir con Zeus, pues son inmortales su casa y
posesiones; pero de los hombres quizá alguno podría competir conmigo o quizá no
en riquezas; las he traído en mis naves
y llegué al octavo año después de
haber padecido mucho y andar errante mucho tiempo. Errante anduve por Chipre,
Fenicia y Egipto; llegué a los etiopes, a los sidonios, a los erembos y a
Libia, donde los corderos enseguida crían cuernos, pues las ovejas paren tres
veces en un solo año. Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni de carne,
ni de dulce leche, pues siempre están dispuestas para dar abundante leche.
Mientras andaba yo errante por allí, reuniendo muchas riquezas, otro mató a mi
hermano a escondidas, sin que se percatara, con el engaño de su funesta esposa.
Así que reino sin alegría sobre estas riquezas. Ya habréis oído esto de
vuestros padres, quienes quiera que sean, pues sufrí muy mucho y destruí un
palacio muy agradable para vivir que contenía muchos y valiosos bienes. ¡Ojalá
habitara yo mi palacio aún con un tercio de éstos, pero estuvieran sanos y
salvos los hombres que murieron en la ancha Troya lejos de Argos, criadora de
caballos. Y aunque lloro y me aflijo a menudo por todos en mi palacio, unas
veces deleito mi ánimo con el llanto y otras descanso, que pronto trae
cansancio el frío llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno, aunque me
aflija, como por uno que me amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues
ninguno de los aqueos sufrió tanto como Odiseo sufrió y emprendió. Para él
habían de ser las preocupaciones, para mí el dolor siempre insoportable por
aquél, pues está lejos desde hace tiempo y no sabemos si vive o ha muerto. Sin
duda lo lloran el anciano Laertes y la discreta Penélope y Telémaco, a quien
dejó en casa recién nacido.»
Así dijo y provocó en
Telémaco el deseo de llorar por su padre. Cayó a tierra una lágrima de sus
párpados al oír hablar de éste, y sujetó ante sus ojos el purpúreo manto con
las manos.
Menelao se percató de
ello, y dudaba en su mente y en su corazón si dejarle que recordara a su padre
o indagar él primero y probarlo en cada cosa en particular. En tanto que
agitaba esto en su mente y en su corazón, salió Helena de su perfumada estancia
de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca de oro.
Colocó Adrastra junto a
ella un sillón bien trabajado, y Alcipe trajo un tapete de suave lana. También
trajo Filo la canastilla de plata que le había dado Alcandra, mujer de Pólibo,
quien habitaba en Tebas la de Egipto, donde las casas guardan muchos tesoros.
(Dio Pólibo a Menelao dos bañeras de plata, dos trípodes y diez talentos de
oro. Y aparte, su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le regaló una rueca de
oro v una canastilla sostenida por ruedas de plata, sus bordes terminados con
oro.) Ofreciósela, pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre él se extendía
un huso con lana de color violeta. Y se sentó en la silla y a sus pies tenía un
escabel. Y luego preguntó a su esposo, con su palabra, cada detalle:
«¿Sabemos ya, Menelao,
vástago de Zeus, quiénes de los hombres se precian de ser éstos que han llegado
a nuestra casa? ¿Me engañaré o será cierto lo que voy a decir? El ánimo me lo
manda. Y es que creo que nunca vi a nadie tan semejante, hombre o mujer (¡el
asombro me atenaza al contemplarlo!), como éste se parece al magnífico hijo de
Odiseo, a Telémaco, a quien aquel hombre dejó recién nacido en casa cuando los
aqueos marchasteis a Troya por causa de mí, ¡desvergonzada!, para llevar la
guerra.»
Y el rubio Menelao le
contestó diciendo:
«También pienso yo ahora,
mujer, tal como lo imaginas, pues tales eran los pies y las manos de aquél, y
las miradas de sus ojos, y la cabeza y por encima los largos cabellos. Así que,
al recordarme a Odiseo, he referido ahora cuánto sufrió y se fatigó aquél por
mí. Y él vertía espeso llanto de debajo de sus cejas sujetando con las manos el
purpúreo manto ante sus ojos.»
Y luego Pisístrato, el
hijo de Néstor, le dijo:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de tu pueblo, en verdad éste es el hijo de aquél, tal como
dices, pero es prudente y se avergüenza en su ánimo de decir palabras
descaradas al venir por primera vez ante ti, cuya voz nos cumple como la de un
dios.
«Néstor me ha enviado, el
caballero de Gerenia, para seguirlo como acompañante, pues deseaba verte a fin
de que le sugirieras una palabra o una obra. Pues muchos pesares tiene en
palacio el hijo de un padre ausente si no tiene otros defensores como le sucede
a Telémaco. Ausentóse su padre y no hay otros defensores entre el pueblo que lo
aparten de la desgracia.»
Y el rubio Menelao
contestó y dijo a éste:
«!Ay!, ha venido a mi
casa el hijo del querido hombre que por mí padeció muchas pruebas. Pensaba
estimarlo por encima de los demás argivos cuando volviera, si es que Zeus
Olímpico, el que ve a lo ancho, nos concedía a los dos regresar en las veloces naves.
Le habría dado como residencia una ciudad en Argos y lé habría edificado un
palacio trayéndolo desde Itaca con sus bienes, su hijo y todo el pueblo,
después de despoblar una sola ciudad de las que se encuentran en las cercanías
y son ahora gobernadas por mí. Sin duda nos habríamos reunido con frecuencia
estando aquí y nada nos habría separado en siendo amigos y estando contentos,
hasta que la negra nube de la muerte nos hubiera envuelto. Pero debía
envidiarlo el dios que ha hecho a aquel desdichado el único que no puede
regresar.»
Así dijo y despertó en
todos el deseo de llorar. Lloraba la argiva Helena, nacida de Zeus, y lloraba
Telémaco y el Atrida Menelao. Tampoco el hijo de Néstor tenía sus ojos sin
llanto, pues recordaba en su interior al irreprochable Antíloco, a quien mató
el ilustre hijo de la resplandeciente Eos. Y acordándose de él dijo aladas
palabras:
«Atrida, decía el anciano
Néstor cuando lo mentábamos en su palacio, y conversábamos entre nosotros, que
eres muy sensato entre los mortales. Conque ahora, si es posible, préstame
atención. A mí no me cumple lamentarme después de la cena, pero va a llegar
Eos, la que nace de la mañana. No me importará entonces llorar a quien de los
mortales haya perecido y arrastrado su destino. Esta es la única honra para los
miserables mortales, que se corten el cabello y dejen caer las lágrimas por sus
mejillas. Pues también murió un mi hermano que no era el peor de los
argivos tú debes saberlo, pues yo ni fui
ni lo vi , y dicen que era Antíloco superior a los demás, rápido en la carrera
y luchador.»
Y le contestó y dijo el
rubio Menelao:
«Amigo, has hablado como
hablaría y obraría un hombre sensato y que tuviera más edad que tú. Eres hijo
de tal padre porque también tú hablas prudentemente. Es fácil de reconocer la
descendencia del hombre a quien el Cronida concede felicidad cuando se casa o
cuando nace, como ahora ha concedido a Néstor envejecer cada día tranquilamente
en su palacio y que sus hijos sean prudentes y los mejores con la lanza. Mas
dejemos el llanto que se nos ha venido antes y pensemos de nuevo en la cena; y
que viertan agua para las manos. Que Telémaco y yo tendremos unas palabras al
amanecer para conversar entre nosotros.»
Así dijo, y Asfalión
vertió agua sobre sus manos, rápido servidor del ilusre Menelao; y ellos
echaron mano de los alimentos que tenían preparados delante.
Entonces Helena, nacida
de Zeus, pensó otra cosa: al pronto echó en el vino del que bebían una droga
para disipar el dolor y aplacadora de la cólera que hacía echar a olvido todos
los males. Quien la tomara después de mezclada en la crátera, no derramaría
lágrimas por las mejillas durante un día, ni aunque hubieran muerto su padre y
su madre o mataran ante sus ojos con el bronce a su hermano o a su hijo. Tales
drogas ingeniosas tenía la hija de Zeus, y excelentes, las que le había dado
Polidamna, esposa de Ton, la egipcia, cuya fértil tierra produce muchísimas
drogas, y después de mezclarlas muchas son buenas y muchas perniciosas; y allí
cada uno es médico que sobresale sobre todos los hombres, pues es vástago de
Peón. Así pues, luego que echó la droga ordenó que se escanciara vino de nuevo;
y contestó y dijo su palabra:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, y vosotros, hijos de hombres nobles. En verdad el dios Zeus nos concede
unas veces bienes y otras males, pues lo puede todo. Comed ahora sentados en el
palacio y deleitaos con palabras, que yo voy a haceros un relato oportuno. Yo
no podría contar ni enumerar todos los trabajos de Odiseo el sufridor, pero sí
esto que realizó y soportó el animoso varón en el pueblo de los troyanos donde
los aqueos padecisteis penalidades: infligiéndose a sí mismo vergonzosas
heridas y echándose por los hombros ropas miserables, se introdujo como un
siervo en la ciudad de anchas calles de sus enemigos. Así que ocultándose, se
parecía a otro varón, a un mendigo, quien no era tal en las naves de los
aqueos. Y como tal se introdujo en la ciudad de los troyanos, pero ninguno de
ellos le hizo caso; sólo yo lo reconocí e interrogué, y él me evitaba con
astucia. Sólo cuando lo hube lavado y arreglado con aceite, puesto un vestido y
jurado con firme juramento que no lo descubriría entre los troyanos hasta que
llegara a las rápidas naves y a las tiendas, me manifestó Odiseo todo el plan
de los aqueos. Y después de matar a muchos troyanos con afilado bronce, marchó
junto a los argivos llevándose abundante información. Entonces las troyanas
rompieron a llorar con fuerza, mas mi corazón se alegraba, porque ya ansiaba
regresar rápidamente a mi casa y lamentaba la obcecación que me otorgó Afrodita
cuando me condujo allí lejos de mi patria, alejándome de mi hija, de mi cama y
de mi marido, que no es inferior a nadie ni en juicio ni en porte.»
Y el rubio Menelao le
contestó y dijo:
«Sí, mujer, todo lo has dicho
como te corresponde. Yo conocí el parecer y la inteligencia de muchos héroes y
he visitado muchas tierras. Pero nunca vi con mis ojos un corazón tal como era
el del sufridor Odiseo. ¡Como esto que hizo y aguantó el recio varón en el
pulido caballo donde estábamos los mejores de los argivos para llevar muerte y
desgracia a los troyanos! Después llegaste tú
debió impulsarte un dios que quería conceder gloria a los troyanos yo seguía Deífobo semejante a los dioses.
Tres veces lo acercaste a palpar la cóncava trampa y llamaste a los mejores
dánaos, designando a cada uno por su nombre, imitando la voz de las esposas de
cada uno de los argivos. También yo y el hijo de Tideo y el divino Odiseo,
sentados en el centro, lo oímos cuando nos llamaste. Nosotros dos tratamos de
echar a andar para salir o responder luego desde dentro. Pero Odiseo lo impidió
y nos contuvo, aunque mucho lo deseábamos. Así que los demás hijos de los
aqueos quedaron en silencio, y sólo Anticlo deseaba contestarte con su palabra.
Pero Odiseo apretó su fuerte mano reciamente sobre la boca y salvó a todos los
aqueos. Y mientras lo retenía, lo llevó lejos Palas Atenea.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de hombres, ello es más doloroso, pues esto no lo apartó de
la funesta muerte ni aunque tenía dentro un corazón de hierro. Pero, vamos,
envíanos a la cama para que nos deleitemos ya con el dulce sueño.»
Así dijo, y la argiva
Helena ordenó a las esclavas colocar camas bajo el pórtico y disponer hermosas
mantas de púrpura, extender por encima colchas y sobre ellas ropas de lana para
cubrirse. Así que salieron de la sala sosteniendo antorchas en sus manos y
prepararon las camas. Y un heraldo condujo a los huéspedes. Acostáronse allí
mismo, en el vestíbulo de la casa, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de
Néstor. El Atrida durmió en el interior del magnífico palacio y Helena, de
largo peplo, se acostó junto a él, la divina entre las mujeres.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana , la de dedos de rosa, Menelao, el de recia voz
guerrera, se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la
aguda espada y bajo sus pies brillantes como el aceite calzó hermosas
sandalias. Luego se puso en marcha, salió del dormitorio semejante de frente a
un dios y se sentó junto a Telémaco, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«¿Qué necesidad lo trajo
aquí, héroe Telémaco, a la divina Lacedemonia, sobre el ancho lomo del mar? ¿Es
un asunto público o privado? Dímelo sinceramente.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de hombre, he venido por si podías darme alguna noticia sobre
mi padre. Se consume mi casa y mis ricos campos se pierden; el palacio está
lleno de hombres malvados que continuamente degüellan gordas ovejas y
cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas, los pretendientes de mi madre, que
tienen una arrogancia insolente. Por esto me llego ahora a tus rodillas, por si
quieres contarme su luctuosa muerte, la hayas visto con tus propios ojos o
hayas escuchado el relato de algún caminante; digno de lástima más que nadie lo
parió su madre. Y no endulces tus palabras por respeto ni piedad; antes bien,
cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te lo suplico, si es que alguna
vez mi padre, el noble Odiseo, lo prometió y cumplió alguna palabra o alguna
obra en el pueblo de los troyanos, donde los aqueos sufristeis penalidades.
Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad».
Y le contestó irritado el
rubio Menelao:
«¡Ay, ay, conque quieren
dormir en el lecho de un hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva
acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y
mientras sale a buscar pasto en las laderas y los herbosos valles, aquél
regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa
muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo, ojalá que fuera como cuando en
la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó con Filomeleides, lo
derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal
talante se enfrentara Odiseo con los pretendientes: corto el destino de todos
sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que me preguntas y suplicas, no
querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no lo ocultaré ni guardaré
secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar.
«Los dioses me retuvieron
en Egipto, aunque ansiaba regresar aquí, por no realizar hecatombes perfectas;
que siempre quieren los dioses que nos acordemos de sus órdenes. Hay una isla
en el ponto de agitadas olas delante de Egipto
la llaman Faro ,tan lejos cuanto una cóncava nave puede recorrer en un
día si sopla por detrás sonoro viento, y un puerto de buen fondeadero de donde
echan al mar las equilibradas naves, luego de sacar negra agua. Retuviéronme
allí los dioses veinte días, y no aparecían los vientos que soplan favorables,
los que conducen a la naves sobre el ancho lomo del mar. Todos los víveres y el
vigor de mis hombres se habría acabado a no ser que una de las diosas se
hubiera compadecido y sentido piedad de mí, Idoteas, la hija del valiente
Proteo, el anciano de los mares, pues la conmovió el ánimo. Encontróse conmigo
cuando vagaba solo lejos de mis compañeros (continuamente vagaban éstos por la
isla pescando con curvos anzuelos, pues el hambre retorcía sus estómagos), y
acercándose me dijo estas palabras: "¿Eres así de simple y atontado,
forastero, o te abandonas de buen grado y gozas padeciendo males?, puesto que
permaneces en la isla desde hace tiempo sin poder hallar remedio y se consume
el ánimo de tus compañeros." Así dijo, y yo le contesté: "Te diré,
quienquiera que seas de las diosas, que no estoy detenido de buen grado; que
debo haber faltado a los inmortales que poseen el ancho cielo. Pero dime tú,
pues los dioses lo saben todo, quién de ellos me detiene y aparta de mi camino,
y cómo llevaré a cabo el regreso a través del ponto rico en peces." Así
dije, y ella, la divina entre las diosas, me respondió luego: "Forastero,
te voy a informar muy sinceramente. Viene aquí con frecuencia el veraz anciano
del mar, el inmortal Proteo egipcio, que conoce las profundidades de todo el
mar, siérvo de Poseidón y dicen que él
me engendró y es mi padre. Si tú pudieras apresarlo de alguna manera, poniéndote
al acecho, él lo diría el camino, la extensión de la ruta y cómo llevarás a
cabo el regreso a través del ponto rico en peces. Y también lo diría, vástago
de Zeus, si es que lo deseas, lo bueno y lo malo que ha sucedido en tu palacio
después que emprendiste este viaje largo y difícil." Así dijo, y yo le
contesté y dije: "Sugiéreme tú misma una emboscada contra el divino
anciano a fin de que no me rehúya si me conoce y se da cuenta de ante mano,
pues es difícil para un hombre mortal sujetar a un dios." Así dije, y
ella, la divina entre las diosas, me respondió luego: "Yo lo diré esto muy
sinceramente. Cuando el sol va por el centro del cielo, el veraz anciano marino
sale del mar con el soplo de Céfiro, oculto por el negro encrestamiento de las
olas. Una vez fuera, se acuesta en honda gruta y a su alrededor duermen
apiñadas las focas, descendientes de la hermosa Halosidne, que salen del canoso
mar exhalando el amargo olor de las profundidades marinas. Yo lo conduciré allí
al despuntar la aurora, lo acostaré enseguida y escogerás a tres compañeros, a
los mejores de tus naves de buenos bancos. Te diré todas las argucias de este
anciano: primero contará y pasará revista a las focas y cuando las haya contado
y visto todas, se acostará en medio de ellas como el pastor de un rebaño de
ovejas. Tan pronto como lo veáis durmiendo, poned a prueba vuestra fuerza y
vigor y retenedlo allí mismo, aunque trate de huir ansioso y precipitado.
Intentará tornarse en todos los reptiles que hay sobre la tierra, así como en
agua y en violento fuego. Pero vosotros retenedlo con firmeza y apretad más
fuerte. Y cuando él lo pregunte, volviendo a mostrarse tal como lo visteis
durmiendo, abstente de la violencia y suelta al anciano. Y pregúntale cuál de
los dioses lo maltrata y cómo llevarás a cabo el regreso a través del ponto rico
en peces."
Habiendo hablado así, se
sumergió en el ponto alborotado y yo marché hacia las naves que se encontraban
en la arena. Y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchos pensamientos. Pero
una vez que llegué a las naves y al mar, preparamos la cena y se nos vino la
divina noche. Entonces nos acostamos en la ribera del mar.
«Tan pronto como apuntó
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, me marché luego a la orilla del
mar, el de anchos caminos, suplicando mucho a los dioses. Y llevé tres
compañeros en los que más fiaba para empresas de toda suerte.
«Entre tanto, Idotea, que
se había sumergido en el ancho seno del mar, sacó cuatro pieles de foca del
ponto, todas ellas recién desolladas, pues había ideado un engaño contra su
padre: había cavado hoyos en la arena del mar y se sentó para esperar. Nosotros
llegamos muy cerca de ella, nos acostó en fila y echó sobre cada uno una piel.
La emboscada era angustiosa, pues nos atormentaba terriblemente el mortífero
olor de las focas criadas en el mar. Pues ¿quién se acostaría junto a un
monstruo marino? Pero ella nos salvó y nos dio un gran remedio: colocó a cada
uno debajo de la nariz ambrosía que despedía un muy agradable olor y acabó con
la fetidez del monstruo. Esperamos toda la mañana con ánimo resignado y las
focas salieron del mar apiñadas y se tendieron en fila sobre la ribera. El
anciano salió del mar al mediodía y encontró a las rollizas focas, pasó revista
a todas y contó el número. Nos contó los primeros entre los monstruos, pero no
se percató su ánimo de que había engaño. A continuación se acostó también él.
Conque nos lanzamos gritando y le echamos mano. El anciano no se olvidó de sus
engañosas artes, y primero se convirtió en melenudo león, en dragón, en
pantera, en gran jabalí; también se convirtió en fluida agua y en árbol de
frondosa copa, mas nosotros lo reteníamos con fuerte coraje. Y cuando el artero
anciano estaba ya fastidiado me preguntó y me dijo: "Quién de los dioses,
hijo de Atreo, te aconsejó para que me apresaras contra mi voluntad tendiéndome
emboscada? ¿Qué necesitas de mí?" Así dijo, y yo le contesté y dije:
"Sabes anciano (¿por qué me dices esto intentando engañarme?) que tiempo
ha que estoy retenido en esta isla sin poder hallar remedio y mi corazón se me
consume dentro. Pero dime puesto que los
dioses lo saben todo quién de los
inmortales me detiene y aparta de mi camino y cómo llevaré a cabo el regreso a
través del ponto rico en peces." Así dije, y al punto me contestó y dijo:
"Debieras haber hecho al embarcar hermosos sacrificios a Zeus y a los
demás dioses que poseen el ancho cielo para llegar a tu patria navegando sobre
el ponto rojo como el vino. No creo que tu destino sea ver a los tuyos y llegar
a tu bien edificada casa y a tu patria hasta que vuelvas a recorrer las aguas
del Egipto, río nacido de Zeus y sacrifiques sagradas hecatombes a los dioses
inmortales que poseen el ancho cielo. Entonces los dioses te concederán el
camino que tanto deseas." Así dijo y se me conmovió el corazón, pues me
mandaba ir de nuevo a Egipto a través del ponto, sombrío camino, largó y
difícil. Pero aun así le contesté y le dije: "Anciano, haré como mandas.
Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si llegaron sanos y salvos todos los
aqueos que Néstor y yo dejamos cuando partimos de Troya o murió alguno de cruel
muerte en su nave o a manos de los suyos después de soportar la guerra
laboriosa." Así dije, y él me contestó y dijo: "¡Atrida!, ¿por qué me
preguntas esto? No te es necesario saberlo ni conocer mi pensamiento. Te aseguro
que no estarás mucho tiempo sin llanto luego que te enteres de todo, pues
muchos de ellos murieron y muchos han sobrevivido. Sólo dos jefes de los aqueos
que visten bronce murieron en el regreso (pues tú mismo asististe a la guerra);
y uno que vive aún está retenido en el vasto ponto. Ayante pereció junto con
sus naves de largos remos: primero lo arrimó Poseidón a las grandes rocas de
Girea y lo salvó del mar, y habría escapado de la muerte, aunque odiado de
Atenea, si no hubiera pronunciado una palabra orgullosa y se hubiera obcecado
grandemente. Dijo que escaparía al gran abismo del mar contra la voluntad de
los dioses. Poseidón le oyó hablar orgullosamente y a continuación, cogiendo
con sus manos el tridente, golpeó la roca Girea y la dividió: una parte quedo allí,
pero se desplomó en el ponto el trozo sobre el que Ayante, sentado desde el
principio, había incurrido en gran cegazón; y lo arrastró hacia el inmenso y
alborotado ponto. Así pereció después de beber la salobre agua.
«"También tu hermano
escapó a la maldición de Zeus y huyó en las cóncavas naves, pues lo salvó la
venerable Hera. Mas cuando estaba a punto de llegar al escarpado monte de
Malea, arrebatólo una tempestad que lo llevó gimiendo penosamente por el ponto
rico en peces. hasta un extremo del campo donde en otro tiempo habitó Tiestes;
mas entonces la habitaba Egisto, el hijo de Tiestes. Así que cuando, una vez
allí, le parecía feliz el regreso y los dioses cambiaron el viento y llegaron a
sus casas, entonces tu hermano pisó alegre su tierra patria: tocaba y besaba la
tierra y le caían muchas ardientes lágrimas cuando contemplaba con júbilo su
tierra. Pero lo vio desde una atalaya el vigilante que había puesto allí el
tramposo Egisto (le había ofrecido en recompensa dos talentos de oro). Vigilaba
éste desde hacía un año, para que no le pasara inadvertido si llegaba y
recordara su impetuosa fuerza. Y marchó a palacio para dar la noticia al pastor
de su pueblo. Y enseguida Egisto tramó una engañosa trampa: eligiendo los
veinte mejores hombres entre el pueblo, los puso en emboscada y luego mandó
preparar un banquete en otra parte, y marchó a llamar a Agamenón, pastor de su
pueblo, con caballos y carros meditando obras indignas. Condújolo, desconocedor
de su muerte, y mientras lo agasajaba lo mató como se mata a un buey en el
pesebre. No quedó vivo ninguno de los compañeros del Atrida que lo acompañaban,
ni ninguno de Egisto, que todos fueron muertos en el palacio."
«Así dijo, y se me
conmovió el corazón; lloraba sentado en la arena, y mi corazón no quería vivir
ya ni ver la luz del sol. Y después que me harté de llorar y agitarme me dijo
el veraz anciano del mar: "No llores, hijo de Atreo, mucho tiempo y sin
cesar, puesto que así no hallaremos ningún remedio. Conque trata de volver a tu
patria rápidamente, pues o lo encontrarás aún vivo o bien Orestes lo habrá
matado adelantándose y tú puedes estar presente a sus funerales." Así
dijo, y mi corazón y ánimo valeroso se caldearon de nuevo en mi pecho, aunque
estaba afligido. Y le hablé y le dije aladas palabras: "De éstos ya sé
ahora. Nómbrame, pues, al tercer hombre, el que, aún vivo, está retenido en el
vasto ponto o está ya muerto. Pues aunque afligido quiero oírlo." Así le
dije, y él al punto me contestó y me dijo: "El hijo de Laertes que habita
en Itaca. Lo vi en una isla derramando abundante llanto, en el palacio de la
ninfa Calipso, que lo retiene por la fuerza. No puede regresar a su tierra,
pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen por el
ancho lomo del mar. Respecto a ti, Menelao, vástago de Zeus, no está
determinado por los dioses que mueras en Argos, criadora de caballos,
enfrentándote con tu destino, sino que los inmortales lo enviarán a la llanura
Elisia, al extremo de la tierra, donde está el rubio Radamanto. Allí la vida de
los hombres es más cómoda, no hay nevadas y el invierno no es largo; tampoco
hay lluvias, sino que Océano deja siempre paso a los soplos de Céfiro que sopla
sonoramente para refrescar a los hombres. Porque tienes por esposa a Helena y
para ellos eres yerno de Zeus."
«Y hablando así, se
sumergió en el alborotado ponto. Yo enfilé hacia las naves con mis divinos
compañeros, y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchas cosas; y luego que
llegamos a la nave y al mar, preparamos la cena y se nos echó encima la divina
noche; así que nos acostamos en la ribera del mar.
«Y cuando apareció Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, en primer lugar lanzamos al mar
divino las naves y colocamos los mástiles y velas en las proporcionadas naves y
todos se fueron a sentar en los bancos; y sentados en fila, batían el canoso
mar con los remos.
«Detuve las naves en el
Egipto, río nacido de Zeus, e hice perfectas hecatombes. Y cuando había puesto
fin a la cólera de los dioses que existen siempre, levanté un túmulo a Agamenón
para que su gloria sea inextinguible.
«Acabado esto, partí, y
los inmortales me concedieron viento favorable y rápidamente me devolvieron a
mi tierra. Pero, vamos, permanece ahora en mi palacio, hasta que llegue el
undécimo o el duodécimo día. Entonces te despediré y te daré como espléndidos
regalos tres caballos y un carro bien trabajado; también te daré una hermosa
copa para que hagas libaciones a los dioses inmortales y te acuerdes de mí
todos los días.»
Y a su vez, Telémaco le
contestó discretamente:
«¡Atrida!, no me retengas
aquí durante mucho tiempo, pues yo permanecería un año junto a ti sin que me
atenazara la nostalgia de mi casa ni de mis padres, que me cumple sobremanera
escuchar tus relatos y palabras. Pero ya mis compañeros estarán disgustados en
la divina Pilos y tú me retienes aquí hace tiempo. Que el regalo que me des sea
un objeto que se pueda conservar. Los caballos no los llevaré a Itaca, te los
dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en una llanura vasta en la que hay
mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría el campo. En Itaca
no hay recorridos extensos ni prado; es tierra criadora de cabras y más
encantadora que la criadora de caballos. Pues ninguna de las islas que se
reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados, a
Itaca menos que ninguna.»
Así dijo, y Menelao, de
recia voz guerrera, sonrió y lo acarició con la mano; le llamó por su nombre y
le dijo su palabra:
«Hijo querido, eres de
sangre noble, según hablas. Te cambiaré el regalo, pues puedo. Y de cuantos
objetos hay en mi palacio que se pueden conservar, te daré el más hermoso y el
de más precio. Te daré una crátera bien trabajada, de plata toda ella y con los
bordes pulidos en oro. Es obra de Hefesto; me la dio el héroe Fedimo, rey de
los sidonios, cuando me alojó en su casa al regresar. Esto es lo que quiero
regalarte.»
Mientras departían entre
sí iban llegando los invitados al palacio del divino rey. Unos traían ovejas,
otros llevaban confortante vino, y las esposas de lindos velos les enviaban el
pan. Así preparaban comida en el palacio.
Entre tanto, los
pretendientes se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de
Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia.
Hallábanse sentados
Antínoo y Eurímaco, semejantes a los dioses, los jefes de los pretendientes y
los mejores con preferencia por su valor. Y acercándoseles el hijo de Fronio,
Noemón, le preguntó y dijo a Antínoo su palabra:
«Antínoo, ¿sabemos cuándo
vendrá Telémaco de la arenosa Pilos o no? Se fue llevándose mi nave y preciso
de ella para pasar a la espaciosa Elide, donde tengo doce yeguas y mulos no
domados, buenos para el laboreo; si traigo alguno de estos podría domarlo.»
Así dijo, y ellos
quedaron atónitos, pues no pensaban que Telémaco hubiera marchado a Pilos de
Neleo, sino que se encontraba en el campo con las ovejas o con el porquerizo.
Mas, al fin, Antínoo,
hijo de Eupites, contestóle diciendo:
«Háblame sinceramente.
¿Cuándo se fue y qué mozos lo acompañaban? ¿Los mejores de Itaca o sus obreros
y criados? Que también pudo hacerlo así. Dime también con verdad, para que yo
lo sepa, si te quitó la negra nave por la fuerza y contra tu voluntad o se la
diste de buen grado, luego de suplicarte una y otra vez.»
Y Noemón, el hijo de
Fronio, le contestó:
«Yo mismo se la di de
buen grado. ¿Qué se podría hacer si te la pide un hombre como él, con el ánimo
lleno de preocupaciones? Sería difícil negársela. Los jóvenes que le
acompañaban son los que sobresalen entre nosotros en el pueblo. También vi
embarcando como jefe a Méntor, o a un dios, pues así parecía en todo. Lo que me
extraña es que vi ayer por la mañana al divino Méntor aquí, y eso que entonces
se embarcó para Pilos.»
Cuando así hubo hablado
marchó hacia la casa de su padre, y a éstos se les irritó su noble ánimo.
Hicieron sentar a los pretendientes todos juntos y detuvieron sus juegos. Y
entre ellos habló irritado Antínoo, hijo de Eupites; su corazón rebosaba negra
cólera y sus ojos se asemejaban al resplandeciente fuego: «¡Ay, ay, buen
trabajo ha realizado Telémaco arrogantemente con este viaje; y decíamos que no
lo llevaría a cabo! Contra la voluntad de tantos hombres un crío se ha marchado
sin más, después de botar una nave y elegir los mejores entre el pueblo.
Enseguida comenzará a ser un azote. ¡Así Zeus le destruya el vigor antes de que
llegue a la plenitud de la juventud Conque, ea, dadme una rápida nave y veinte
compañeros para ponerle emboscada y esperarle cuando vuelva en el estrecho
entre Itaca y la escarpada Same. Para que el viaje que ha emprendido por causa
de su padre le resulte funesto.»
Así dijo, y todos
aprobaron sus palabras y lo apremiaban.
Así que se levantaron y
se pusieron en camino hacia el palacio de Odiseo.
Penélope no tardó mucho
en enterarse de los planes que los prentendientes meditaban en secreto. Pues se
los comunicó el heraldo Medonte, que escuchó sus decisiones aunque estaba fuera
del patio cuando éstos las urdían dentro. Y se puso en camino por el palacio
para cómunicárselo a Penélope. Cuando atravesaba el umbral le dijo ésta:
«Heraldo, ¿a qué te
mandan los ilustres pretendientes? ¿Acaso para que ordenes a las esclavas del
divino Odiseo que dejen sus labores y les preparen comida? iOjalá dejaran de
cortejarme y de reunirse y cenaran su última y definitiva cena! Con tanto
reuniros aquí estáis acabando con muchos bienes, con las posesiones del
prudence Telémaco. ¿No habéis oído contar a vuestros padres cuando erais niños
cómo era Odiseo con ellos, que ni hizo ni dijo nada injusto en el pueblo? Este
es el proceder habitual de los divinos reyes: a un hombre le odian mientras que
a otro le aman. Pero aquél jamás hizo injusticia a hombre alguno. Así que han
quedado al descubierto vuestro ánimo a injustas obras, y no tenéis agradecimiento
por sus beneficios.»
Y a su vez le dijo
Medonte, de pensamientos prudentes:
«Reina, ¡ojalá fuera ésta
el mayor mal! Pero los pretendientes meditan otro mucho mayor y más penoso que
ojalá no cumpla el Cronida! Desean ardientemente matar a Telémaco con el agudo
bronce cuando vuelva a casa, pues partió a la augusta Pilos y a la divina
Lacedemonia en busca de noticias dé su padre.»
Así dijo. Flaqueáronle a
Penélope las rodillas y el corazón, el estupor le arrebató las palabras por
largo tiempo, y los ojos se le llenaron de lágrimas, y la vigorosa voz se le
quedó detenida. Más tarde le contestó y dijo:
«¡Heraldo! ¿Por qué se ha
marchado mi hijo? No precisaba embarcar en las naves que navegan veloces, que
son para los hombres caballos en la mar y atraviesan la abundante humedad.
¿Acaso lo hizo para que no quede ni siquiera su nombre entre los hombres?» Y le
contestó a continuación Medonte, conocedor de prudencia:
«No sé si lo impulsó
algún dios o su propio ánimo a ir a Pilos para indagar acerca del regreso de su
padre o del destino con el que se ha enfrentado.»
Cuando hubo hablado así,
se fue por el palacio de Odiseo. Envolvió a Penélope una pena mortal y no
soportó estar sentada en la silla, de las que había abundancia en la casa, sino
que se sentó en el muy trabajado umbral de su aposento, quejándose de manera
lamentable. Y a su alrededor gemían todas las criadas, cuantas habia en el
palacio, jóvenes y viejas. Y Penélope les dijo, llorando agudamente:
«Escuchadme, amigas, pues
el Olímpico me ha concedido dolores por encima de las que nacieron o se criaron
conmigo: perdí primero a un esposo noble de corazón de león y que se distinguía
entre los dánaos por excelencias de todas clases, un noble varón cuya vasta
gloria se extiende por la Hélade y hasta el centro de Argos.
«Y ahora las tempestades
han arrebatado sin gloria del palacio a mi amado hijo. No me enteré cuándo
marchó. Desdichadas, tampoco a vosotras se os ocurrió levantarme de la cama,
aunque bien sabíais cuándo partió aquél en la cóncava y negra nave; pues si
hubiera barruntado que pensaba en este viaje, se habría quedado aquí por más
que lo ansiara o me habría tenido que dejar muerta en el palacio. Vamos, que
llame alguna al anciano Dolio, mi esclavo, el que me dio mi padre cuando vine
aquí y cuida mi huerto abundante en árboles, para que vaya cerca de Laertes lo
antes posible a contarle todo esto, por si urdiendo alguna astucia en su mente
sale a quejarse a los ciudadanos que desean destruir el linaje de Odiseo,
semejante a un dios.»
Y a su vez le dijo su
nodriza Euriclea:
«¡Hija mía!, mátame con
implacable bronce o déjame en palacio, mas no te ocultaré mi palabra; yo sabía
todo esto y le di cuanto ordenó, pan y dulce vino, y me tomó un solemne
juramento: que no te lo dijera antes de que llegara el duodécimo día o tú misma
lo echaras de menos y escucharas que se había marchado, para que no afearas
llorando tu hermosa piel.
«Vamos, báñate, toma
vestidos limpios para tu cuerpo y sube
al piso superior con las esclavas. Y suplica a Atenea, hija de Zeus, portador
de égida, pues ella, en efecto, lo salvará de la muerte. No hagas desgraciado a
un pobre anciano, pues no creo en absoluto que el linaje del hijo de Arcisio
sea odiado por los bienaventurados dioses; que alguno sobrevivirá que ocupe el
palacio de elevado techo y posea en la lejanta los fértiles campos.»
Así diciendo, calmóse y
cerró sus ojos al llanto.
Y luego de bañarse y
coger vestidos limpios para su cuerpo, subió al piso superior con las criadas y
colocó en una cesta granos de cebada. E
imploró a Atenea:
«Escúchame, hija de Zeus,
portador de égida, Atritona; si alguna vez el muy hábil Odiseo quemó en el
palacio gordos muslos de buey o de oveja, acuérdate de ellos ahora, salva a mi
hijo y aleja a los muy orgullosos pretendientes.»
Cuando hubo hablado así
lanzó el grito ritual y la diosa escuchó su oración. Los pretendientes
alborotaban en la sombría sala, y uno de los jóvenes orgullosos decía así:
«La reina muy solicitada
por nosotros prepara sus nupcias sin saber que ha sido fabricada la muerte para
su hijo.»
Así decía uno, ignorando
lo que había ocurrido. Y entre ellos habló Antínoo y dijo:
«Desgraciados, evitad
toda palabra arrogante, no sea que alguien se la vaya a comunicar. Mas, vamos,
levantémonos y ejecutemos en silencio ese plan que a todos nos cumple.»
Cuando hubo dicho así,
escogió a los veinte mejores y se dirigió hacia la rápida nave y a la orilla
del mar. Arrastráronla primero al profundo mar y colocaron el mástil y las
velas a la negra nave. Prepararon luego los remos con estrobos de cuero todo
como corresponde, desplegaron las blancas velas y los audaces sirvientes les
trajeron las armas. Anclaron la nave en aguas profundas y luego que hubieron
desembarcado comieron allí y esperaron a que cayera la tarde.
Entre tanto, la discreta
Penélope yacía en ayunas en el piso superior sin tomar comida ni bebida,
cavilando si su ilustre hijo escaparía a la muerte o sucumbiría a manos de los
soberbios pretendientes. Y le sobrevino el dulce sueño mientras meditaba lo que
suele meditar un león entre una muchedumbre de hombres cuando lo llevan
acorralado en engañoso círculo. Dormía reclinada y todos sus miembros se
aflojaron.
En esto, tramó otro plan
la diosa de ojos brillantes, Atenea: construyó una figura semejante al cuerpo
de una mujer, de Iftima, hija del magnánimo Icario, a la que había desposado
Eumelo, que tenía su casa en Feras, y envióla al palacio del divino Odiseo para
que aliviara del llanto y los gemidos a Penélope, que se lamentaba entre
sollozos. Entró en el dormitorio por la correa del pasador, se colocó sobre la
cabeza de Penélope y le dijo su palabra:
«Penélope, ¿duermes
afligida en tu corazón? No, los dioses que viven fácilmente no van a permitir
que llores ni te aflijas, pues tu hijo ya está en su camino de vuelta, que en
nada es culpable a los ojos de los dioses.»
Y le contestó luego la
discreta Penélope, durmiendo plácidamente en las mismas puertas del sueño:
«Hermana, ¿por qué has
venido? No sueles venir con frecuencia, al menos hasta ahora, ya que vives muy
lejos.
«Así que me mandas dejar
los lamentos y los numerosos dolores que se agitan en mi interior, a mí que ya
he perdido mi marido noble y valiente como un león, dotado de toda clase de
virtudes entre los dánaos, cuya fama de nobleza es extensa en la Hélade y hasta
el centro de Argos. Ahora de nuevo mi hijo amado ha partido en cóncava nave, mi
hijo inocente desconocedor de obras y palabras. Es por éste por quien me
lamento más que por aquél. Por éste tiemblo y temo no le vaya a pasar algo, sea
por obra de los del pueblo a donde ha marchado o sea en el mar. Pues muchos
enemigos traman contra él deseando matarlo antes de que llegue a su tierra
patria.»
Y le contestó la imagen
invisible:
«Ánimo, no temas ya nada
en absoluto. Ésta es quien le acompaña como guía, Palas Atenea pues puede , a quien cualquier hombre
desearía tener a su lado. Se ha compadecido de tus lamentos y me ha enviado
ahora para que te comunique esto.»
Y le contestó a su vez la
prudente Penélope:
«Si de verdad eres una
diosa y has oído la voz de un dios, vamos, háblame también de aquel desdichado,
si vive aún y contempla la luz del sol o ya ha muerto y está en el Hades.»
Y le contestó y dijo la
imagen invisible:
«De aquél no te voy a
decir de fijo si vive o ha muerto, que es malo hablar cosas vanas.»
Así diciendo, desapareció
en el viento por la cerradura de la puerta. Y ella se desperezó del sueñó, la
hija de Icario. Y su corazón se calmó, porque en lo más profundo de la noche se
le había presentado un claro sueño.
Conque los pretendientes
embarcaron y navegaban los húmedos caminos removiendo en su interior la muerte
para Telémaco.
Hay una isla pedregosa en
mitad del mar entre Itaca y la escarpada Same, la isla de Asteris. No es
grande, pero tiene puertos de doble entrada que acogen a las naves. Así que
allí se emboscaron los aqueos y esperaban a Telémaco.
CANTO V
ODISEO LLEGA A ESQUERIA
DE LOS FEACIOS
En esto, Eos se levantó
del lecho, de junto al noble Titono, para llevar la luz a los inmortales y a
los mortales. Los dioses se reunieron en asamblea, y entre ellos Zeus, que
truena en lo alto del cielo, cuyo poder es el mayor. Y Atenea les recordaba y
relataba las muchas penalidades de Odiseo. Pues se interesaba por éste, que se
encontraba en el palacio de la ninfa:
«Padre Zeus y demás
bienaventurados dioses inmortales, que ningún rey portador de cetro sea
benévolo ni amable ni bondadoso y no sea justo en su pensamiento, sino que
siempre sea cruel y obre injustamente, ya que no se acuerda del divino Odiseo
ninguno de los ciudadanos entre los que reinaba y era tierno como un padre.
Ahora éste se encuentra en una isla soportando fuertes penas en el palacio de
la ninfa Calipso y no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo
acompañen por el ancho lomo del mar. Y, encima, ahora desean matar a su querido
hijo cuando regrese a casa, pues ha marchado a la sagrada Pilos y a la divina
Lacedemonia en busca de noticias de su padre».
Y le contestó y dijo
Zeus, el que amontona las nubes:
«Hija mía, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Pues no concebiste tú misma la idea de
que Odiseo se vengara de aquéllos cuando llegara? Tú acompaña a Telémaco
diestramente, ya que puedes, para que regrese a su patria sano y salvo, y que
los pretendientes regresen en la nave.»
Y luego se dirigió a
Hermes, su hijo, y le dijo:
«Hermes, puesto que tú
eres el mensajero en lo demás, ve a comunicar a la ninfa de lindas trenzas
nuestra firme decisión: la vuelta de Odiseo el sufridor, que regrese sin
acompañamiento de dioses ni de hombres mortales. A los veinte días llegará en
una balsa de buena trabazón a la fértil Esqueria, después de padecer
desgracias, a la tierra de los feacios, que son semejantes a los dioses,
quienes lo honrarán como a un dios de todo corazón y lo enviarán a su tierra en
una nave dándole bronce, oro en abundancia y ropas, tanto como nunca Odiseo
hubiera sacado de Troya si hubiera llegado indemne habiendo obtenido parte del
botín. Pues su destino es que vea a los suyos, llegue a su casa de alto techo y
a su patria.»
Así dijo, y el mensajero
Argifonte no desobedeció. Conque ató, luego a sus pies hermosas sandalias,
divinas, de oro, que suelen llevarlo igual por el mar que por la ilimitada
tierra a la par del soplo del viento. Y cogió la varita con la que hechiza los ojos
de los hombres que quiere y los despierta cuando duermen. Con ésta en las manos
echó a volar el poderoso Argifonte y llegado a Pieria cayó desde el éter en el
ponto, y se movía sobre el oleaje semejante a una gaviota que, pescando sobre
los terribles senos del estéril ponto, empapa sus espesas alas en el agua del
mar. Semejante a ésta se dirigía Hermes sobre las numerosas olas.
Pero cuando llegó a la
isla lejana salió del ponto color violeta y marchó tierra adentro hasta que
llegó a la gran cueva en la que habitaba la ninfa de lindas trenzas. Y la
encontró dentro. Un gran fuego ardía en el hogar y un olor de quebradizo cedro
y de incienso se extendía al arder a lo largo de la isla. Calipso tejía dentro
con lanzadera de oro y cantaba con hermosa voz mientras trabajaba en el telar.
En torno a la cueva había nacido un florido bosque de alisos, de chopos negros
y olorosos cipreses, donde anidaban las aves de largas alas, los búhos y
halcones y las cornejas marinas de afilada lengua que se ocupan de las cosas
del mar.
Había cabe a la cóncava
cueva una viña tupida que abundaba en uvas, y cuatro fuentes de agua clara que
corrían cercanas unas de otras, cada una hacia un lado, y alrededor, suaves y
frescos prados de violetas y apios. Incluso un inmortal que allí llegara se
admiraría y alegraría en su corazón.
El mensajero Argifonte se
detuvo allí a contemplarlo; y, luego que hubo admirado todo en su ánimo, se
puso en camino hacia la ancha cueva. Al verlo lo reconoció Calipso, divina
entre las diosas, pues los dioses no se desconocen entre sí por más que uno
habite lejos. Pero no encontró dentro al magnánimo Odiseo, pues éste, sentado
en la orilla, lloraba donde muchas veces, desgarrando su ánimo con lágrimas,
gemidos y pesares, solía contemplar el estéril mar. Y Calipso, la divina entre
las diosas, preguntó a Hermes haciéndolo sentar en una silla brillante,
resplandeciente:
«¿Por qué has venido,
Hermes, el de vara de oro, venerable y querido? Pues antes no venías con
frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me empuja a cumplirlo si puedo y es
posible realizarlo. Pero antes sígueme para que te ofrezca los dones de
hospitalidad.»
Habiendo hablado así, la
diosa colocó delante una mesa llena de ambrosía y mezcló rojo néctar. El
mensajero bebió y comió, y después que hubo cenado y repuesto su ánimo con la
comida, le dijo su palabra:
«Me preguntas tú, una
diosa, por qué he venido yo, un dios.
Pues bien, voy a decir
con sinceridad mi palabra, pues lo mandas. Zeus me ordenó que viniera aquí sin
yo quererlo. ¿Quién atravesaría de buen grado tanta agua salada, indecible?
Además, no hay ninguna ciudad de mortales en la que hagan sacrificios a los
dioses y perfectas hecatombes.
«Pero no le es posible a
ningún dios rebasar o dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la
égida. Dice que se encuentra contigo un varón, el más desgraciado de cuantos
lucharon durante nueve años en derredor de la ciudad de Príamo. Al décimo
regresaron a sus casas, después de destruir la ciudad, pero en el regreso
faltaron contra Atenea, y ésta les levantó un viento contrario. Allí perecieron
todos sus fieles compañeros, pero a él el viento y grandes olas lo acercaron
aquí. Ahora te ordena que lo devuelvas lo antes posible, que su destino no es
morir lejos de los suyos, sino ver a los suyos y regresar a su casa de elevado
techo y a su patria.»
Así dijo, y Calipso,
divina entre las diosas, se estremeció, habló y le dijo palabras aladas:
«Sois crueles, dioses, y
envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen abiertamente
con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos,
arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vivís con facilidad, hasta que
la casta Artemis de trono de oro lo mató en Ortigia, atacándole con dulces
dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a su impulso, se
unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces labrado. No tardó mucho
Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el resplandeciente rayo. Así
ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal. Yo lo
salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole el brillante rayo en
medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus nobles compañeros,
pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo
alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para siempre. Pero puesto
que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la voluntad de
Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa
y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no tiene naves
provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar.
Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que llegue a su
tierra sano y salvo.»
Y el mensajero, el
Argifonte, le dijo a su vez:
«Entonces despídele ahora
y respeta la cólera de Zeus, no sea que se irrite contigo y sea duro en el
futuro.»
Cuando hubo hablado así
partió el poderoso Argifonte.
Y la soberana ninfa
acercóse al magnánimo Odiseo luego que hubo escuchado el mensaje de Zeus. Lo
encontró sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos del llanto, y su
dulce vida se consumía añorando el regreso, puesto que ya no le agradaba la
ninfa, aunque pasaba las noches por la fuerza en la cóncava cueva junto a la
que lo amaba sin que él la amara. Durante el día se sentaba en las piedras de
la orilla desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores, y miraba al
estéril mar derramando lágrimas.
Y deteniéndose junto a él
le dijo la divina entre las diosas:
«Desdichado, no te me
lamentes más ni consumas tu existencia, que te voy a despedir no sin darte
antes buenos consejos. ¡Hala!, corta unos largos maderos y ensambla una amplia
balsa con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado tablazón para que te
lleve sobre el brumoso ponto, que yo te pondré en ella pan y agua y rojo vino
en abundancia que alejen de ti el hambre. También te daré ropas y te enviaré
por detrás un viento favorable de modo que llegues a tu patria sano y salvo, si
es que lo permiten los dioses que poseen el ancho cielo, quienes son mejores
que yo para hacer proyectos y cumplirlos.»
Así habló; estremecióse
el sufridor, el divino Odiseo, y hablando le dirigió aladas palabras:
«Diosa, creo que andas
cavilando algo distinto de mi marcha, tú que me apremias a atravesar el gran
abismo del mar en una balsa, cosa difícil y peligrosa; que ni siquiera las bien
equilibradas naves de veloz proa lo atraviesan animadas por el favorable viento
de Zeus. No, yo no subiría a una balsa mal que te pese, si no aceptas jurarme
con gran juramento, diosa, que no maquinarás contra mí desgracia alguna.»
Así habló; sonrió
Calipso, divina entre las diosas, le acarició la mano y le dijo su palabra,
llamándole por su nombre:
«Eres malvado a pesar de
que no piensas cosas vanas, pues te has atrevido a decir tales palabras. Sépalo
ahora la Tierra, y desde arriba el ancho Cielo y el agua que fluye de la
Estige éste es el mayor y el más
terrible juramento para los bienaventurados dioses que no maquinaré contra ti desgracia alguna.
Esto es lo que yo pienso y te voy a aconsejar, cuanto para mí misma pensaría
cuando me acuciara tal necesidad. Mi proyecto es justo, y no hay en mi pecho un
ánimo de hierro, sino compasivo.»
Hablando así la divina
entre las diosas marchó luego delante y él marchó tras las huellas de la diosa.
Y llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón. Éste se sentó en el sillón
de donde se había levantado Hermes, y la ninfa le ofreció toda clase de comida
para comer y beber, cuantas cosas suelen yantar los mortales hombres. Sentóse
ella frente al divino Odiseo y las siervas le colocaron néctar y ambrosía.
Echaron mano a los alimentos preparados que tenían delante y después que se
saciaron de comida y bebida empezó a hablar Calipso, divina entre las diosas:
«Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo, rico en ardides, ¿así que quieres marcharte enseguida a
tu casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena. Pero si supieras cuántas
tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu patria, te quedarías
aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal por más deseoso que
estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas todos los días. Yo
en verdad me precio de no ser inferior a aquélla ni en el porte ni en el
natural, que no conviene a las mortales jamás competir con las inmortales ni en
porte ni en figura.»
Y le dijo el muy astuto
Odiseo:
«Venerable diosa, no te
enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope en
figura y en estátura al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin
vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el
día del regreso. Si alguno de los dioses me maltratara en el ponto rojo como el
vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente; pues ya soporté muy mucho
sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga esto después de aquello.»
Así dijo. El sol se puso
y llegó el crepusculo. Así que se dirigieron al interior de la cóncava cueva a
deleitarse con el amor en mutua compañía.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, Odiseo se vistió de túnica y
manto, y ella, la ninfa, vistió una gran túnica blanca, fina y graciosa, colocó
alrededor de su talle hermoso cinturón de oro y un velo sobre la cabeza, y a
continuación se ocupó de la partida del magnánimo Odiseo. Le dio una gran hacha
de bronce bien manejable, aguzada por ambos lados y con un hermoso mango de
madera de olivo bien ajustado. A continuación le dio una azuela bien
pulimentada, y emprendió el camino hacia un extremo de la isla donde habían
crecido grandes árboles, alisos y álamos negros y abetos que suben hasta el
cielo, secos desde hace tiempo, resecos, que podían flotar ligeros. Luego que
le hubo mostrado dónde crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso,
divina entre las diosas, y él empezó a cortar troncos y llevó a cabo
rápidamente su trabajo. Derribó veinte en total y los cortó con el bronce, los
pulió diestramente y los enderezó con una plomada mientras Calipso, divina
entre las diosas, le llevaba un berbiquí. Después perforó todos, los unió unos
con otros y los ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre buen conocedor
del arte de construir redondearía el fondo de una amplia nave de carga, así de
grande hizo Odiseo la balsa. Plantó luego postes, los ajustó con vigas apiñadas
y construyó una cubierta rematándola con grandes tablas. Hizo un mástil y una
antena adaptada a él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla después con
cañizos de mimbre a uno y otro lado para que fuera defensa contra el oleaje y
puso encima mucha madera. Entre tanto, le trajo Calipso, divina entre las
diosas, tela para hacer las velas, y él las fabricó con habilidad. Ató en ellas
cuerdas, cables y bolinas y con estacas la echó al divino mar.
Era el cuarto día y ya
tenía todo preparado. Y al quinto lo dejó marchar de la isla la divina Calipso
después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas. Entrególe la diosa un odre de
negro vino, otro grande de agua y un saco de víveres, y le añadió abundantes
golosinas. Y le envió un viento próspero y cálido.
Así que el divino Odiseo
desplegó gozoso las velas al viento y sentado gobernaba el timón con habilidad.
No caía el sueño sobre sus párpados contemplando las Pléyades y el Bootes, que
se pone tarde, y la Osa, que llaman carro por sobrenombre, que gira allí y
acecha a Orión y es la única privada de los baños de Océano. Pues le había
ordenado Calipso, divina entre las diosas, que navegase teniéndola a la mano
izquierda. Navegó durante diecisiete días atravesando el mar, y al decimoctavo
aparecieron los sombríos montes del país de los feacios, por donde éste le
quedaba más cerca y parecía un escudo sobre el brumoso ponto.
El poderoso, el que
sacude la tierra, que volvía de junto a los etiopes, lo vio de lejos, desde los
montes Sólymos, pues se le apareció surcando el mar. Irritóse mucho en su
corazón, y moviendo la cabeza habló a su ánimo:
«¡Ay!, seguro que los
dioses han cambiado de resolución respecto a Odiseo mientras yo estaba entre
los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los feacios, donde es su destino
escapar del extremo de las calamidades que le llegan. Pero creo que aún le han
de alcanzar bastantes desgracias.»
Cuando hubo hablado así,
amontonó las nubes y agitó el mar, sosteniendo el tridente entre sus manos, e
hizo levantarse grandes tempestades de vientos de todas clases, y ocultó con
las nubes al mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la noche surgió del cielo.
Cayeron Euro y Noto, Céfiro de soplo violento y Bóreas que nace en cielo
despejado levantando grandes olas. Entonces las rodillas y el corazón de Odiseo
desfallecieron, e irritado dijo a su magnánimo espíritu:
«Ay de mí, desgraciado,
¿qué me sucederá por fin ahora? Mucho temo que todo lo que dijo la diosa sea
verdad; me aseguró que sufriría desgracias en el ponto antes de regresar a mi
patria, y ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Zeus el
vasto cielo y agitado el ponto, y las tempestades de vientos de todas clases se
lanzan con ímpetu!
«Seguro que ahora tendré
una terrible muerte. ¡Felices tres y cuatro veces los dánaos que murieron en la
vásta Troya por dar satisfacción a los Atridas! Ojalá hubiera muerto yo y me
hubiera enfrentado con mi destino el día en que cantos troyanos lanzaban contra
mí broncíneas lanzas alrededor del Pelida muerto! Allí habría obtenido honores
fúnebres y los aqueos celebrarían mi gloria, pero ahora está determinado que
sea sorprendido por una triste muerte.»
Cuando hubo dicho así, le
alcanzó en lo más alto una gran ola que cayó terriblemente y sacudió la balsa.
Odiseo se precipitó fuera de la balsa soltando las manos del timón, y un
terrible huracán de mezclados vientos le rompió el mástil por la mitad. Cayeron
al mar, lejos, la vela y la antena, y a él lo tuvo largo tiempo sumergido sin
poder salir con presteza por el ímpetu de la ingente ola, pues le pesaban los
vestidos que le había dado la divina Calipso.
A1 fin emergió mucho
después y escupió de su boca la amarga agua del mar que le caía en abundancia,
con ruido, desde la cabeza. Pero ni aun así se olvidó de la balsa, aunque
estaba agotado, sino que lanzándose entre las olas se apoderó de ella. El gran
oleaje la arrastraba con la corriente aquí y allá. Como cuando el otoñal Bóreas
arrastra por la llanura los espinos y se enganchan espesos unos con otros, así
los vientos la llevaban por el mar por aquí y por allá. Unas veces Noto la
lanzaba a Bóreas para que se la llevase, y otras Euro la cedía a Céfiro para
perseguirla.
Pero lo vio Ino Leucotea,
la de hermosos tobillos, la hija de Cadmo que antes era mortal dotada de voz,
mas ahora participaba del honor de los dioses en el fondo del mar. Compadecióse
de Odiseo, que sufría pesares a la deriva, y emergió volando del mar semejante
a una gaviota; se sentó sobre la balsa y le dijo:
«¡Desgraciado! ¿Por qué
tan acerbamente se ha encolerizado contigo Poseidón, el que sacude la tierra,
para sembrarte tantos males? No te destruirá por mucho que lo desee. Conque
obra del modo siguiente, pues paréceme que eres discreto: quítate esos
vestidos, deja que la balsa sea arrastrada por los vientos, y trata de alcanzar
nadando la tierra de los feacios, donde es tu destino que te salves. Toma,
extiende este velo inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni morir. Mas
cuando alcances con tus manos tierra firme, suéltalo enseguida y arrójalo al
ponto rojo como el vino, muy lejos de tierra, y apártate lejos.»
Cuando hubo hablado así
la diosa, le dió el velo, y con presteza se sumergió en el alborotado ponto,
semejante a una gaviota, y una negra ola la ocultó. El divino Odiseo, el
sufridor, dio en cavilar y habló irritado a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¡No vaya a
ser que alguno de los inmortales urde contra mí una trampa, cuando me ordena
abandonar la balsa! Mas no obedeceré, que yo vi a lo lejos con mis propios ojos
la tierra donde me dijo que tendría asilo. Más bien, pues me parece mejor,
obraré así: mientras los maderos sigan unidos por las ligazones permaneceré
aquí y aguantaré sufriendo males, pero una vez que las olas desencajen la balsa
me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision mejor.»
Mientras esto agitaba en
su mente, y en su corazón, Poseidon, el que sacude la tierra, levantó una gran
ola, terrible y penosa, abovedada, y lo arrastró. Como el impetuoso viento
agita un montón de pajas secas que dispersa acá y allá, así dispersó los
grandes maderos de la balsa. Pero Odiseo montó en un madero como si cabalgase
sobre potro de carrera y se quitó los vestidos que le había dado la divina
Calipso. Y al punto extendió el velo por su pecho y púsose boca abajo en el mar,
extendidos los brazos, ansioso de nadar.
Y el poderoso, el que
sacude la tierra, lo vio, y moviendo la cabeza, habló a su ánimo:
. «Ahora que has padecido
muchas calamidades vaga por el ponto hasta que llegues a esos hombres vástagos
de Zeus. Pero ni aun así creo que estimarás pequeña tu desgracia.»
Cuando hubo hablado así,
fustigó a los caballos de hermosas crines y enfiló hacia Egas, donde tiene
ilustre morada.
Pero Atenea, la hija de
Zeus decidió otra cosa: cerró el camino a todos los vientos y mandó que todos
cesaran y se calmaran; levantó al rápido Bóreas y quebró las olas hasta que
Odiseo, movido por Zeus, llegara a los feacios, amantes del remo, escapando a
la muerte y al destino.
Así que anduvo éste a la
deriva durante dos noches y dos días por las sólidas olas, y muchas veces su
corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el
tercer día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo vio cerca la tierra
oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como cuando parece agradable
a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes dolores,
consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y los
dioses le libran felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo la
tierra y el bosque, y nadaba apresurándose por poner los pies en tierra firme.
Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría oído al gritar, sintió el
estrépito del mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente al
romperse con estruendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma marina,
pues no había puertos, refugios de las naves, ni ensenadas, sino acantilados,
rocas y escollos. Entonces se aflojaron las rodillas y el corazón de Odiseo y
decía afligido a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! Después que
Zeus me ha concedido inesperadamente ver tierra y he terminado de surcar este
abismo, no encuentro por dónde salir del canoso mar. Afuera las rocas son
puntiagudas, y alrededor las olas se levantan estrepitosamente, y la roca se
yergue lisa y el mar es profundo en la orilla, sin que sea posible poner allí
los pies y escapar del mal. Temo que al salir me arrebate una gran ola y me
lance contra pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo nadando más
allá por si encuentro una playa donde rompe el mar oblicuamente o un puerto
marino, temo que la tempestad me arrebate de nuevo y me lleve al ponto rico en
peces mientras yo gimo profundamente, o una divinidad lance contra mí un gran
monstruo marino de los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé que el
ilustre, el que sacude la tierra, está irritado conmigo.»
Mientras meditaba esto en
su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada orilla,
y allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de
ojos brillantes, no le hubiese inspirado a su ánimo lo siguiente: lanzóse, asió
la roca con ambas manos y se mantuvo en ella gimiendo hasta que pasó una gran
ola. De este modo consiguió evitarla, pero al refluir ésta lo golpeó cuando se
apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto. Como cuando al sacar a un pulpo
de su escondrijo se pegan infinitas piedrecitas a sus tentáculos, así se
desgarró en la roca la piel de sus robustas manos.
Luego lo cubrió una gran
ola, y allí habría muerto el desgraciado Odiseo contra lo dispuesto por el
destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiera inspirado
sensatez. Así que emergiendo del oleaje que rugía en dirección a la costa, nadó
dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por las olas o puertos
de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa corriente, aquél
le pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del viento. Y al
advertir que fluía le suplicó en su ánimo:
«Escucha, soberano,
quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las
amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al hombre que
llega errante como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después de
sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que me precio de ser tu suplicante.»
Así dijo; hizo éste cesar
al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la calma delante de él,
llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y dobló Odiseo ambas rodillas y los
robustos brazos, pues su corazón estaba sometido por el mar. Tenía todo el
cuerpo hinchado, y de su boca y nariz fluía mucho agua salada: así que cayó sin
aliento y sin voz y le sobrevino un terrible cansancio. Mas cuando respiró y se
recuperó su ánimo, desató el velo de la diosa y lo echó al río que fluye hacia
el mar, y al punto se lo llevó una gran ola con la corriente y luego la recibió
Ino en sus manos. Alejóse del río, se echó delante de una junquera y besó la
fértil tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¿Qué me va a
suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante la noche
inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y el suave rocío venzan
al tiempo mi agonizante ánimo a causa de mi debilidad, pues una brisa fría
sopla antes del alba desde el río. Pero si subo a la colina y umbría selva y
duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el cansancio y me viene
el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las fieras.».
Después de pensarlo, le
pareció que era mejor así, y echó a andar hacia la selva y la encontró cerca
del agua en lugar bien visible; y se deslizó debajo de dos matas que habían
nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el
húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos,
ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían
entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó
ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para
acoger a dos o tres hombres en el invierno por riguroso que fuera. A1 verla se
alegró el divino Odiseo, el sufridor, y se acostó en medio y se echó encima un
montón de hojas. Como el que esconde un tizón en negra ceniza en el extremo de
un campo (y no tiene vecinos) para conservar un germen de fuego y no tener que
ir a encenderlo a otra parte, así se cubrió Odiseo con las hojas y Atenea
vertió sobre sus ojos el sueño para que se le calmara rápidamente el penoso
cansancio, cerrándole los párpados.
CANTO VI
ODISEO Y NAUSÍCAA
Aí es como dormía allí el
sufridor, el divino Odiseo, agotado por el sueño y el cansancio.
En tanto marchó Atenea al
país y a la ciudad de los hombres feacios que antes habitaban la espaciosa
Hiperea cerca de los Cíclopes, hombres soberbios que los dañaban continuamente,
pues eran superiores en fuerza. Sacándolos de allí los condujo Nausítoo,
semejante a un dios, y los asentó en Esqueria, lejos de los hombres
industriosos; rodeó la ciudad con un muro, construyó casas a hizo los templos
de los dioses y repartió los campos. Pero éste, vencido ya por Ker, había
marchado a Hades, y entonces gobernaba Alcínoo, inspirado en sus designios por
los dioses.
Al palacio de éste se
encaminó Atenea, la de ojos brillantes, planeando el regreso para el magnánimo
Odiseo. Llegó a la muy adornada estancia en la que dormía una joven igual a las
diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo. Y dos
sirvientas que poseían la belleza de las Gracias estaban a uno y otro lado de
la entrada, y las suntuosas puertas estaban cerradas. Apresuróse Atenea como un
soplo de viento hacia la cama de la joven, y se puso sobre su cabeza y le
dirigió su palabra tomando la apariencia de la hija de Dimante, famoso por sus
naves, pues era de su misma edad y muy grata a su ánimo.
Asemejándose a ésta, le
dijo Atenea, la de ojos brillantes:
«Nausícaa, ¿por qué tan
indolente te parió tu madre? Tienes descuidados los espléndidos vestidos, y eso
que está cercana tu boda, en que es preciso que vistas tus mejores galas y se
las proporciones también a aquellos que lo acompañen. Pues de cosas así resulta
buena fama a los hombres y se complacen el padre y la venerable madre.
Conque marchemos a lavar
tan pronto como despunte la aurora; también yo ire contigo como compañera para
que dispongas todo enseguida, porque ya no vas a estar soltera mucho tiempo,
que te pretenden los mejores de los feacios en el pueblo donde también tú
tienes tu linaje. Así que, anda, pide a tu ilustre padre que prepare antes de
la aurora mulas y un carro que lleve los cinturones, las túnicas y tu
espléndida ropa. Es para ti mucho mejor ir así que a pie, pues los lavaderos
están muy lejos de la ciudad.»
Cuando hubo hablado así
se marchó Atenea, la de los brillantes, al Olimpo, donde dicen que está la
morada siempre segura de los dioses, pues no es azotada por los vientos ni
mojada por las lluvias, ni tampoco la cubre la nieve. Permanece siempre un
cielo sin nubes y una resplandeciente claridad la envuelve. Allí se divierten
durante todo el día los felices dioses. Hacia allá marchó la de ojos brillantes
cuando hubo aconsejado a la joven.
Al punto llegó Eos, la de
hermoso trono, que despertó a Nausícaa; de lindo pelo, y asombrada del sueño
echó a correr por el palacio para contárselo a sus progenitores, a su padre y a
su madre. Y encontró dentro a los dos; ella estaba sentada junto al hogar con
sus siervas hilando copos de lana teñidos con púrpura marina; a él lo encontró
a las puertas cuando marchaba con los ilustres reyes al Consejo, donde lo
reclamaban los nobles feacios.
Así que se acercó a su
padre y le dijo:
«Querido papá, ¿no
podrías aparejarme un alto carro de buenas ruedas para que lleve a lavar al río
los vestidos que tengo sucios? Que también a ti conviene, cuando estás entre
los principales, participar en el Consejo llevando sobre tu cuerpo vestidos
limpios. Además, tienes cinco hijos en el palacio, dos casados ya, pero tres
solteros en la flor de la edad, y éstos siempre quieren ir al baile con los
vestidos bien limpios, y todo esto está a mi cargo.»
Así dijo, pues se
avergonzaba de mentar el floreciente matrimonio a su padre. Pero él comprendió
todo y le respondió con estas palabras:
«No te voy a negar las
mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; al momento los criados lo prepararán un
alto carro de buenas ruedas con una cesta ajustada a él.»
Cuando hubo dicho así,
daba órdenes a sus criados y éstos al momento le obedecieron. Prepararon fuera
el carro mulero de buenas ruedas, trajeron mulas y las uncieron al yugo. La
joven sacó de la habitación un lujoso vestido y lo colocó en el bien pulido
carro, y la madre puso en un capacho abundante y rica comida, así como
golosinas, y en un odre de cuero de cabra vertió vino. La joven subió al carro,
y todavía le dió en un recipiente de oro aceite húmedo para que se ungiera con sus
sirvientas. Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes riendas y lo
restalló para que partieran. Y se dejó sentir el batir de las mulas, y
mantenían una tensión incesante llevando los vestidos y a ella misma; mas no
sola, que con ella marchaban sus esclavas. Así que hubieron llegado a la
hermosisima corriente del río donde estaban los lavaderos perennes (manaba un
caudal de agua muy hermosa para lavar incluso la ropa más sucia), soltaron las
mulas del carro y las arrearon hacia el río de hermosos torbellinos para que
comieran la fresca hierba suave como la miel. Tomaron ellas en sus manos los
vestidos, los llevaron a la oscura agua y los pisoteaban con presteza en las
pilas, emulándose unas a otras.
Una vez que limpiaron y
lavaron toda la suciedad, extendieron la ropa ordenadamente a la orilla del mar
precisamente donde el agua devuelve a la tierra los guijarros más limpios.
Y después de bañarse y
ungirse con el grasiento aceite, tomaron el almuerzo junto a la orilla del río
y aguardaban a que la ropa se secara con el resplandor del sol.
Apenas habían terminado
de disfrutar el almuerzo, las criadas y ella misma se pusieron a jugar con una
pelota, despojándose de sus velos. Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo
a la danza. Como Artemis va por los montes, la Flechadora, ya sea por el
Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras disfruta con los jabalíes y
ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Zeus portador de la
égida, participan en los juegos y disfruta en su pecho Leto... (de todas ellas
tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente reconocible,
aunque todas son bellas), así se distinguía entre todas sus sirvientas la joven
doncella.
Pero cuando ya se
disponían a regresar de nuevo a casa, después de haber uncido las mulas y
doblado los bellos vestidos, la diosa de ojos brillantes, Atenea, dispuso otro
plan: que Odiseo se despertara y viera a la joven de hermosos ojos que lo
conduciría a la ciudad de los feacios. Conque la princesa tiró la pelota a una
sirvienta y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino y ellas gritaron con
fuerza. Despertó el divino Odiseo, y sentado meditaba en su mente y en su
corazón:
«¡Ay de mí! ¿De qué clase
de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes y
carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad
hacia los dioses?. Y es el caso que me rodea un griterío femenino como de
doncellas, de ninfas que poseen las elevadas cimas de los montes, las fuentes
de los ríos y los prados cubiertos de hierba. ¿O es que estoy cerca de hombres
dotados de voz articulada? Pero, ea, yo mismo voy a comprobarlo a intentaré
verlo.»
Cuando hubo dicho así,
salió de entre los matorrales el divino Odiseo, y de la cerrada selva cortó con
su robusta mano una rama frondosa para cubrirse alrededor las vergüenzas. Y se
puso en camino como un león montaraz que, confiado en su fuerza, marcha
empapado de lluvia y contra el viento y le arden los ojos; entonces persigue a
bueyes o a ovejas o anda tras los salvajes ciervos; pues su vientre lo apremia
a entrar en un recinto bien cerrado para atacar a los ganados. Así iba a
mezclarse Odiseo entre las doncellas de lindas trenzas, aun estando desnudo,
pues la necesidad lo alcanzaba. Y apareció ante ellas terriblemente afeado por
la salmuera.
Temblorosas se dispersan
cada una por un lado hacia las salientes riberas. Sola la hija de Alcínoo se
quedó, pues Atenea le infundió valor en su pecho y arrojó el miedo de sus
miembros. Y permaneció a pie firme frente a Odiseo. Éste dudó entre suplicar a
la muchacha de lindos ojos abrazado a sus rodillas o pedirle desde lejos, con
dulces palabras, que le señalara su ciudad y le entregara ropas. Y mientras
esto cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos con dulces palabras, no
fuera que la doncella se irritara con él al abrazarle las rodillas. Así que
pronunció estas dulces y astutas palabras:
«A ti suplico, soberana.
¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que poseen el espacioso
cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y
distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la tierra, tres veces
felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices también tus hermanos,
pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el
baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que
venciendo con sus presentes te lleve a su casa. Que jamás he visto con mis ojos
semejante mortal, hombre o mujer. Al mirarte me atenaza el asombro. Una vez en
Delos vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño semejante de palmera
(pues también he ido allí y me seguía un numeroso ejército en expedición en que
me iban a suceder funestos males.) Así es que contemplando aquello quedé
entusiasmado largo tiempo, pues nunca árbol tal había crecido de la tierra.
«Del mismo modo te admiro
a ti, mujer, y te contemplo absorto al tiempo que temo profundamente abrazar
tus rodillas. Pero me alcanza un terrible pesar. Ayer escapé del ponto, rojo
como el vino, después de veinte días. Entretanto me han zarandeado sin cesar el
oleaje y turbulentas tempestades desde la isla Ogigia, y ahora por fin me ha
arrojado aquí algún demón, sin duda para que sufra algún contratiempo; pues no
creo que éstos vayan a cesar, sino que todavía los dioses me preparan muchas
desventuras.
«Pero tú, sobrerana, ten
compasión, pues es a ti a quien primero encuentro después de haber soportado
muchas desgracias, que no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta
tierra y ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de ropa para cubrirme si al
venir trajiste alguna para envoltura de tus vestidos. ¡Que los dioses te
concedan cuantas cosas anhelas en tu corazón: un marido, una casa, y te
otorguen también una feliz armonía! Seguro que no hay nada más bello y mejor
que cuando un hombre y una mujer gobiernan la casa con el mismo parecer; pesar
es para el enemigo y alegría para el amigo, y, sobre todo, ellos consiguen
buena fama. »
Y le respondió luego
Nausícaa, la de blancos brazos:
«Forastero, no pareces
hombre plebeyo ni insensato. El mismo Zeus Olímpico reparte la felicidad entre
los hombres tanto a nobles como a plebeyos, según quiere a cada uno. Sin duda
también a ti te ha concedido esto, y es preciso que lo soportes con firmeza
hasta el fin.
«Ahora que has llegado a
nuestra ciudad y a nuestra tierra, no te verás privado de vestidos ni de
ninguna otra cosa de las que son propias del desdichado suplicante que nos sale
al encuentro. Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Los
feacios poseen esta ciudad y esta tierra; yo soy la hija del magnánimo Alcínoo,
en quien descansa el poder y la fuerza de los feacios.»
Así dijo, y ordenó a las
doncellas de lindas trenzas:
«Deteneos, siervas. ¿A
dónde húís por ver a este hombre? ¿Acaso creéis que es un enemigo? No existe
viviente ni puede nacer hombre que llegue con ánimo hostil al país de los
feacios, pues somos muy queridos de los dioses y habitamos lejos en el agitado
ponto, los más apartados, y ningún otro mortal tiene trato con nosotros.
«Peró éste ha llegado
aquí como un desdichado después de andar errante, y ahora es preciso atenderle.
Que todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva
pequeña es querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de beber y lavadlo en el río donde
haya un abrigo contra el viento. »
Así dijo; ellas se
detuvieron y se animaron unas a otras, hicieron sentar a Odiseo en lugar
resguardado, según lo había ordenado Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo, le
proporcionáron un manto y una túnica como vestido, le entregaron aceite húmedo
en una ampolla de oro y lo apremiaban para que se bañara en las corrientes del
río.
Entonces, por fin, dijo
el divino Odiseo a las siervas:
«Siervas, deteneos ahí
lejos mientras me quito de los hombros la salmuera y me unjo con aceite, pues
ya hace tiempo que no hay grasa sobre mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a
vosotras, pues me avergüenzo de permanecer desnudo entre doncellas de lindas
trenzas. »
Así dijo y ellas se
alejaron y se lo contaron a la muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a lavar
su cuerpo en las aguas del río y a quitarse la salmuera que cubría sus anchas
espaldas y sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma de la mar infatigable.
Después que se hubo lavado y ungido con aceite, se vistió las ropas que le
proporcionara la no sometida doncella. Entonces le concedió, Atenea, la hija de
Zeus, aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de su cabeza espesa cabellera,
semejante a la flor del jacinto. Así como derrama oro sobre plata un diestro
orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase de artes y
termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la cabeza y
hombros de Odiseo. Fuese entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del
mar, resplandeciente de belleza y de gracia, y la muchacha lo contemplaba.
Por fin dijo a las
siervas de lindas trenzas:
«Esuchadme, siervas de
blancos brazos, mientras os hablo; no en contra de la voluntad de todos los
dioses, los que poseen el Olimpo, tiene trato este hombre con los feacios semejantes
a los dioses. Es verdad que antes me pareció desagradable, pero ahora es
semejante a los dioses, los que poseen el amplio cielo. ¡Ojalá semejante varón
fuera llamado esposo mío habitando aquí y le cumpliera permanecer con nosotros!
Vamos, siervas, dad al huésped comida y bebida.»
Así dijo; ellas la
escucharon y al punto realizaron sus deseos: pusieron comida y bebida junto a
Odiseo y verdad es que comía y bebía con voracidad el sufridor, el divino
Odiseo, pues durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.
De pronto Nausícaa, de
blancos brazos, cambió de parecer. Después de haber plegado sus vestidos los
colocó en el hermoso carro, unció las mulas de fuertes cascos y ascendió ella
misma. Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le dirigió su palabra:
«Forastero, levántate
ahora para ir a la ciudad y para que yo te acompañe a casa de mi prudente
padre, donde te aseguro que verás a los más excelentes de todos los feacios.
Pero ahora cuidate de obrar así ya que
no me pareces insensato : mientras vayamos por los campos y las labores de los
hombres, marcha presto con las sirvientas tras las mulas y el carro y yo seré
guía. Pero cuando subamos a la ciudad... a ésta la rodea una elevada muralla;
hay un hermoso puerto a ambos lados de la ciudad y es estrecha la entrada, y
las curvadas naves son arrastradas por el camino, pues todos ellos tienen
refugios para sus naves. También tienen en torno al hermoso templo de Poseidón
el ágora construida con piedras gigantescas que hunden sus raíces en la tierra.
Aquí se ocupan los hombres de los aparejos de sus negras naves, cables y velas,
y aquí afilan sus remos. Pues los feacios no se ocupan de arco y carcaj, sino
de mástiles y remos, y de proporcionadas naves con las que recorren orgullosos
el canoso mar. De éstos quiero evitar el amargo comentario, no sea que alguno
murmure por detrás, pues muchos son los soberbios en el pueblo, y quizá alguno,
el más vil, diga al salirnos al encuentro: "¿Quién es este hermoso y
apuesto forastero que sigue a Nausícaa?, ¿dónde lo encontró? Quizá llegue a ser
su esposo, o quizá es algún navegante al que, errante en su nave, le dio
hospitalidad, de los hombres que viven lejos, ya que nadie vive cerca de aquí.
O quizá un dios le ha bajado del cielo tras invocarlo y lo va a tener con ella
para siempre. Mejor si ha encontrado por ahí un esposo de fuera, pues desdeña a
los demás feacios en el pueblo, aunque son muchos y nobles los que la
pretenden." Así dirán, y para mí estas palabras serán odiosas. Pero yo
también me indignaría con otra que hiciera cosas semejantes contra la voluntad
de su padre y de su madre y se uniera con hombres antes que celebre público
matrimonio.
«Conque, forastero, haz
caso de mi palabra para que consigas pronto de mi padre escolta y regreso.
«Encontrarás un espléndido
bosque de Atenea junto al camino, de álamos negros; allí mana una fuente y
alrededor hay un prado; allí está el cercado de mi padre y la florida viña, tan
cerca de la ciudad que se oye al gritar. Espera un poco allí sentado para que
nosotras alcancemos la ciudad y lleguemos a casa de mi padre, y cuando supongas
que hemos llegado al palacio, disponte entonces a marchar a la ciudad de los
feacios y pregunta por la casa de mi padre, el magnánimo Alcínoo. Es fácilmente
reconocible y hasta un niño pequeño te puede conducir, pues no es nada
semejante a las casas de los demás feacios: ¡tal es el palacio del héroe
Alcínoo! Y una vez que te cobijen la casa y el patio, cruza rápidamente el
mégaron para llegar hasta mi madre; ella está sentada en el hogar a la luz del
fuego, hilando copos purpúreos ¡una
maravilla para verlos! apoyada en la
columna. Y sus esclavas se sientan detrás de ella. Allí también está el trono
de mi padre apoyado contra la columna, en el que se sienta a beber su vino como
un dios inmortal. Pásalo de largo y arrójate a abrazar con tus manos las rodillas de mi madre, a fin de que
consigas pronto el día del regreso, para tu felicidad, aunque seas de lejana
tierra. Pues si ella te guarda sentimientos amigos en su corazón, podrás
cumplir el deseo de ver a los tuyos, tu bien construida casa y tu tierra
patria.»
Hablando así golpeó con
su brillante látigo a las mulas y éstas abandonaron veloces las corrientes del
río: trotaban muy bien y cruzaban bien las patas. Y ella llevaba las riendas
para que pudieran seguirle a pie las sirvientas y Odiseo; así es que manejaba
el látigo con tiento.
Y se sumergió Helios y al
punto llegaron al famoso bosquecillo sagrado de Atenea, donde se sentó el
divino Odiseo:
Y se puso a invocar a la
hija del gran Zeus:
«Escúchame, hija de Zeus,
portador de égida, Atritona, escúchame en este momento, ya que antes no me
escuchaste cuando sufrí naufragio, cuando me golpeó el famoso, el que sacude la
tierra. Concédeme llegar a la tierra de los feacios como amigo y digno de lástima.»
Así dijo suplicando y le
escuchó Palas Atenea.
Pero no le salió al
encuentro, pues respetaba al hermano de su padre que mantenía su cólera
violenta contra Odiseo, semejante a un dios, hasta que llegara a su patria.
CANTO VII
ODISEO EN EL PALACIO DE
ALCÍNOO
Y mientras así rogaba el
sufridor, el divino Odiseo, el vigor de las mulas llevaba a la doncella a la
ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa morada de su padre, se detuvo ante las
puertas y la rodearon sus hermanos, semejantes a los inmortales, quienes
desuncieron las mulas del carro y llevaron adentro las ropas. Ella se dirigió a
su habitación y le encendió fuego una anciana de Apira, la camarera Eurimedusa,
a la que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se la habían elegido a Alcínoo
como recompensa, porque reinaba sobre todos los feacios y el pueblo lo
escuchaba como a un dios. Ella fue quien crió a Nausícaa, la de blancos brazos,
en el mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba la cena.
Entonces Odiseo se
dispuso a marchar a la ciudad, y Atenea, siempre preocupada por Odiseo, derramó
en torno suyo una gran nube, no fuera que alguno de los magnánimos feacios,
saliéndole al encuentro, le molestara de palabra y le preguntara quién era.
Conque cuando estaba ya a punto de penetrar en la agradable ciudad, le salió al
encuentro la diosa Atenea, de ojos brillantes, tomando la apariencia de una
niña pequeña con un cántaro, y se detuvo delante de él, y le preguntó luego el
divino Odiseo:
«Pequeña, ¿querrías
llevarme a casa de Alcínoo, el que gobierna entre estos hombres? Pues yo soy
forastero y después de muchas desventuras he llegado aquí desde lejos, de una
tierra apartada; por esto no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta
ciudad y estas tierras de labor.»
Y le respondió luego
Atenea, la diosa de ojos brillantes:
«Yo te mostraré, padre
forastero, la casa que me pides, ya que vive cerca de mi irreprochable padre.
Anda, ven en silencio y te mostraré el camino, pero no mires ni preguntes a
ninguno de los hombres, pues no soportan con agrado a los forasteros ni
agasajan con gusto al que llega de otra parte. Confiados en sus rápidas naves
surcan el gran abismo del mar, pues así se lo ha encomendado el que sacude la
tierra, y sus naves son tan ligeras como las alas o como el pensamiento.»
Hablando así le condujo
rápidamente Palas Atenea y él marchaba tras las huellas de la diosa. Pero no lo
vieron los feacios, famosos por sus naves, mientras marchaba entre ellos por su
ciudad, ya que no lo permitía Atenea, de lindas trenzas, la terrible diosa que
preocupándose por él en su ánimo le había cubierto con una nube divina.
Odiseo iba contemplando
con admiración los puertos y las proporcionadas naves, las ágoras de ellos, de
los héroes y las grandes murallas elevadas, ajustadas con piedras, maravilla de
ver. Y cuando al fin llegó a la famosa morada del rey, Atenea, de ojos
brillantes, comenzó a hablar:
«Ese es, padre forastero,
el palacio que me pedías que te mostrara; encontrarás a los reyes, vástagos de
Zeus, celebrando un banquete. Tú pasa adentro y no te turbes en tu ánimo, pues
un hombre con arrojo resulta ser el mejor en toda acción, aunque llegue de otra
tierra. Primero encontrarás a la reina en el mégaron; su nombre es Arete y
desciende de los mismos padres que engendraron a Alcínoo. A Nausítoo lo
engendraron primero Poseidón, el que sacude la tierra, y Peribea, la más
excelente de las mujeres en su porte, hija menor del magnánimo Eurimedonte, que
entonces gobernaba sobre los soberbios Gigantes
éste hizo perecer a su arrogante pueblo, pereciendo también él ; con
ella se unió Poseidón y engendró a su hijo, el magnánimo Nausítoo, que reinó
entre los feacios. Nausítoo fue el padre de Rexenor y Alcínoo. A aquél lo
alcanzó Apolo, el del arco de plata, recién casado y sin hijos varones y en la
casa dejó a una niña sola, a Arete, a la que Alcínoo hizo su ésposa y honró
como jamás ninguna otra ha sido honrada de cuantas mujeres gobiernan una casa
sometidas a su esposo. Así ella ha sido honrada en su corazón y lo sigue siendo
por sus hijos y el mismo Alcínoo y por su pueblo que la contempla como a una
diosa, y la saludan con agradables palabras cuando pasea por la ciudad, que no
carece tampoco ella de buen juicio y resuelve los litigios, incluso a los
hombres por los que siente amistad. Si ella te recibe con sentimientos amigos
puedes tener la esperanza de ver a los tuyos, regresar a tu casa de alto techo
y a tu tierra patria.»
Cuando hubo hablado así
marchó Atenea, de ojos brillantes, por el estéril ponto y abandonó la agradable
Esqueria. Llegó así a Maratón y a Atenas, de anchas calles, y penetró en la
sólida morada de Erecteo.
Entretanto, Odiseo
caminaba hacia la famosa morada de Alcínoo, y su corazón removía diversos
pensamientos cuando se detuvo antes de alcanzar el broncíneo umbral. Pues hay
un resplandor como de sol o de luna en el elevado palacio del magnánimo
Alcínoo; a ambos lados se extienden muros de bronce desde el umbral hasta el
fondo y en su torno un azulado friso; puertas de oro cierran por dentro la
sólida estancia; las jambas sobre el umbral son de plata y de plata el dintel,
y el tirador, de oro. A uno y otro lado de la puerta había perros de oro y
plata que había esculpido Hefesto con la habilidad de su mente para custodiar
la morada del magnánimo Alcínoo perros que son inmortales y no envejecen nunca.
A lo largo de la pared y a ambos lados, desde el umbral hasta el fondo, había
tronos cubiertos por ropajes hábilmente tejidos, obra de mujeres. En ellos se
sentaban los señores feacios mientras bebían y comían; y los ocupaban
constantemente. Había también unos jovenes de oro en pie sobre pedestales
perfectamente construidos, portando en sus manos antorchas encendidas, los
cuales alumbraban los banquetes nocturnos del palacio. Tiene cincuenta esclavas
en su mansión: unas muelen el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas hacen
funcionar los husos, semejantes a las hojas de un esbelto álamo negro, y del
lino tejido gotea el húmedo aceite. Tanto como los feacios son más expertos que
los demás hombres en gobernar su rápida nave sobre el ponto, así son sus
mujeres en el telar. Pues Atenea les ha concedido en grado sumo el saber
realizar brillantes labores y buena cabeza.
Fuera del patio, cerca de
las puertas, hay un gran huerto de cuatro yugadas y alrededor se extiende un
cerco a ambos lados. Allí han nacido y florecen árboles: perales y granados,
manzanos de espléndidos frutos, dulces itigueras y verdes olivos; de ellos no
se pierde el fruto ni falta nunca en invierno ni en verano: son perennes.
Siempre que sopla Céfiro, unos nacen y otros maduran. La pera envejece sobre la
pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y también el higo sobre
el higo. Allí tiene plantada una viña muy fructífera, en la que unas uvas se
secan al sol en lugar abrigado, otras las vendimian y otras las pisan: delante
están las vides que dejan salir la flor y otras hay también que apenas negrean.
Allí también, en el fondo del huerto, crecen liños de verduras de todas clases
siempre lozanas. También hay allí dos fuentes, la una que corre por todo el
huerto, la otra que va de una parte a otra bajo el umbral del patio hasta la
elevada morada a donde van por agua los ciudadanos. Tales eran las brillantes
dádivas de los dioses en la mansión de Alcínoo.
Allí estaba el divino
Odiseo, el sufridor, y lo contemplaba con admiración. Conque una vez que hubo
contemplado todo boquiabierto cruzó el umbral con rapidez para entrar en la
casa. Y encontró a los jefes y señores de los feacios que hacían libación con
sus copas al vigilante Argifonte, a quien solían ofrecer libación en último
lugar, cuando ya sentían necesidad del lecho. Así que el sufridor, el divino
Odiseo, echó a andar por la casa envuelto en la espesa niebla que le había
derramado Atenea, hasta que llegó ante Arete y el rey Alcínoo.
Abrazó Odiseo las
rodillas de Arete y entonces, por fin, se disipó la divina nube. Quedaron todos
en silencio al ver a un hombre en el palacio y se llenaron de asombro al
contemplarle. Y Odiseo suplicaba de esta guisa:
«Arete, hija de Rexenor,
semejante a un inmortal, me he llegado a tu esposo, a tus rodillas y ante éstos
tus invitados, después de sufrir muchas desventuras. ¡Ojalá los dioses concedan
a éstos vivir en la abundancia; que cada uno pueda legar a sus hijos los bienes
de su hacienda y las prerrogativas que les ha concedido el pueblo. En cuanto a
mí, proporcionadme escolta para llegar rápidamente a mi patria. Pues ya hace
tiempo que padezco pesares lejos de los míos.»
Así diciendo se sentó
entre las cenizas junto al fuego del hogar. Todos ellos permanecían inmóviles
en silencio. Al fin tomó la palabra un anciano héroe, Equeneo, que era el más
anciano entre los feacios y sobresalía por su palabra, pues era conocedor de
muchas y antiguas cosas. Este les habló y dijo con sentimientos de amistad:
«Alcínoo, no me parece lo
mejor, ni está bien, que el huésped permanezca sentado en el suelo entre las
cenizas del hogar. Estos permanecen callados esperando únicamente tu palabra.
Anda, haz que se levante y siéntalo en un trono de clavos de plata. Ordena
también a los heraldos que mezclen vino para que hagamos libaciones a Zeus, el
que goza con el rayo, el que asiste a los venerables suplicantes. En fin, que
el ama de llaves proporcione al forastero alguna vianda de las que hay dentro.»
Cuando hubo escuchado
esto, la sagrada fuerza de Alcínoo asiendo de la mano a Odiseo, prudente y
hábil en astucias, lo hizo levantar del hogar y lo asentó en su brillante
trono, después de haber levantado a su hijo, al valeroso Laodamante, que solía
sentarse a su lado y al que sobre todos quería. Una sirvienta trajo aguamanos
en hermoso jarro de oro y la vertió sobre una jofaina de plata para que se
lavara. A su lado extendió una pulimentada mesa. La venerable ama de llaves le
proporcionó pan y le dejó allí toda clase de manjares, favoreciéndole gustosa
entre los presentes. En tanto que comía y bebía el sufridor, divino Odiseo, la
fuerza de Alcínoo dijo a un heraldo:
«Pontónoo, mezcla vino en
la crátera y repártelo a todos en la casa para que ofrezcamos libaciones a
Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste siempre a los venerables
suplicantes.»
Así dijo; Pontónoo mezcló
el dulce vino y lo repartió entre todos, haciendo una primera ofrenda, por
orden, en las copas. Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto
quiso su ánimo, habló entre ellos Alcínoo y dijo:
«Escuchadme, jefes y
señores de los feacios, para que os diga lo que mi corazón me ordena en el
pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad a acostaros a vuestra casa. Y a la
aurora, después de convocar al mayor número de ancianos, ofreceremos
hospitalidad al forastero, haremos hermosos sacrificios a los dioses y después
trataremos de su escolta para que el forastero alcance su tierra patria sin
fatiga ni esfuerzo con nuestra escolta
la que recibirá contento por muy
lejana que sea, y para que no sufra ningún daño antes de desembarcar en su
tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras le tejieron con el hilo en su
nacimiento, cuando lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas. Pero si
fuera uno de los inmortales que ha venido desde el cielo, alguna otra cosa nos
preparan los dioses, pues hasta ahora siempre se nos han mostrado a las claras,
cuando les ofrecemos magníficas hecatombes y participan con nosotros del
banquete sentados allí donde nos sentamos nosotros. Y si algún caminante
solitario se topa con ellos, no se le ocultan, y es que somos semejantes a
ellos tanto como los Cíclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Alcínoo, deja de
preocuparte por esto, que yo en verdad en nada me asemejo a los inmortales que
poseen el ancho cielo, ni en continente ni en porte, sino a los mortales
hombres; quien vosotros sepáis que ha soportado más desventuras entre los
hombres mortales, a éste podría yo igualarme en pesares. Y todavía podría
contar desgracias mucho mayores, todas cuantas soporté por la voluntad de los
dioses. Pero dejadme cenar, por más angustiado que yo esté, pues no hay cosa
más inoportuna que el maldito estómago que nos incita por fuerza a acordarnos
de él, y aun al que está muy afligido y con un gran pesar en las mientes, como
yo ahora tengo el mío, lo fuerza a comer y beber. También a mí me hace olvidar
todos los males, que he padecido; y me ordena llenarlo.
«Vosotros, en cuanto
apunte la aurora, apresuraos a dejarme a mí, desgraciado, en mi tierra patria,
a pesar de lo que he sufrido. Que me abandone la vida una vez que haya visto mi
hacienda, mis siervos y mi gran morada de elevado techo.»
Así dijo; todos aprobaron
sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, ya que había hablado como
le correspondía.
Una vez que hicieron las
libaciones y bebieron cuanto su ánimo quiso, cada uno marchó a su casa para
acostarse. Así que quedó sólo en el mégaron el divino Odiseo y a su lado se
sentaron Arete y Alcínoo, semejante a un dios. Las siervas se llevaron los
útiles del banquete.
Y Arete, de blancos
brazos, comenzó a hablar, pues, al verlos, reconoció el manto, la túnica y los
hermosos ropajes que ella misma había tejido con sus siervas. Y le habló y le
dijo aladas palabras:
«Huésped, seré yo la
primera en preguntarte: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿quién te dio esos
vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí después de andar errante por el
ponto?»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
Es doloroso, reina, que
enumere uno a uno mis padecimientos, que los dioses celestes me han otorgado
muchos. Pero con todo te contestaré a lo que me preguntas a inquieres. Lejos,
en el mar, está la isla de Ogigia, donde vive la hija de Atlante, la engañosa
Calipso de lindas trenzas, terrible diosa; ninguno de los dioses ni de los
hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a mí, desventurado, me llevó como
huésped un demón después que Zeus, empujando mi rápida nave, la incendió con un
brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Todos mis demás valientes
compañeros perecieron, pero yo, abrazado a la quilla de mi curvada nave,
aguanté durante nueve días; y al décimo, en negra noche, los dioses me echaron
a la isla Ogigia, donde habita Calipso de lindas trenzas, la terrible diosa que
acogiéndome gentilmente me alimentaba y no dejaba de decir que me haría
inmortal y libre de vejez para siempre; pero no logró convencer a mi corazón
dentro del pecho. Allí permanecí, no obstante, siete años regando sin cesar con
mis lágrimas las inmortales ropas que me había dado Calipso. Pero cuando por
fin cumplió su curso el año octavo, me apremió e incitó a que partiera ya sea
por mensaje de Zeus o quizá porque ella misma cambió de opinión. Despidióme en
una bien trabada balsa y me proporcionó abundante pan y dulce vino, me vistió
inmortales ropas y me envió un viento próspero y cálido.
Diecisiete días navegué
por el ponto, hasta que el decimoctavo aparecieron las sombrías montañas de
vuestras tierras. Conque se me alegró el corazón, ¡desdichado de mí!, pues aún
había de verme envuelto en la incesante aflición que me proporcionó Poseidón,
el que sacude la tierra, quien impulsando los vientos me cerró el camino,
sacudió el mar infinito y el oleaje no permitía que yo, mientras gemía
incesamente, avanzara en mi balsa; después la destruyó la tempestad. Fue
entonces cuando surqué nadando el abismo hastá que el viento y el agua me
acercaron a vuestra tierra; y cuando trataba de alcanzar la orilla, habríame
arrojado violentamente el oleaje contra las grandes rocas, en lugar funesto;
pero retrocedí de nuevo nadando, hasta que llegué al río, allí donde me pareció
el mejor lugar, limpio de piedras y al abrigo del viento. Me dejé caer allí
para recobrar el aliento y se me echó encima la noche divina. Alejéme del río
nacido de Zeus y entre los matorrales acomodé mi lecho amontonando alrededor
muchas hojas; y un dios me vertió profundo sueño. Allí, entre las hojas, dormí
con el corazón afligido toda la noche, la aurora y hasta el mediodía. Se ponía
el Sol cuando me abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla a las siervas
de tu hija; y ella era semejante a las diosas. Le supliqué y no estuvo ayuna de
buen juicio, como no se podría esperar que obrara una joven que se encuentra
con alguien. Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me entregó pan
suficiente y oscuro vino, me lavó en el río y me proporcionó esta ropa. Aun
estando apesadumbrado te he contado toda la verdad.»
Y le respondió Alcínoo y
dijo:
«Huésped, en verdad mi
hija no tomó un acuerdo sensato al no traerte a nuestra casa con sus siervas. Y
sin embargo fue ella la primera a quien dirigiste tus súplicas.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Héroe! No reprendas por
esto a tu irreprochable hija; ella me aconsejó seguirla con sus siervas, pero
yo no quise por vergüenza, y temiendo que al verme pudieras disgustarte. Que la
raza de los hombres sobre la tierra es suspicaz.»
Y le respondió Alcínoo y
dijo:
«Huésped! El corazón que
alberga mi pecho no es tal como para irritarse sin motivo, pero todo es mejor
si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá que siendo como eres y
pensando las mismas cosas que yo pienso, tomases a mi hija por esposa y
permaneciendo aquí pudiese llamarte mi yerno!; que yo te daría casa y hacienda
si permanecieras aquí de buen grado. Pero ninguno de los feacios te retendrá
contra tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a Zeus. Yo te anuncio, para
que lo sepas bien, tu viaje para mañana. Mientras tú descansas sometido por el
sueño, ellos remarán por el mar encalmado hasta que llegues a tu patria y a tu
casa, o a donde quiera que te sea grato, por distance que esté (aunque más
lejos que Eubea, la más lejana según dicen los que la vieron de nuestros
soldados cuando llevaron allí al rubio Radamanto para que visitara a Ticio,
hijo de la Tierra. Allí llegaron y, sin cansancio, en un solo día, llevaron a
cabo el viaje y regresaron a casa). Tú mismo podrás observar qué excelentes son
mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar con el remo.»
Así dijo y se alegró el
divino Odiseo, el sufridor, y suplicando dijo su palabra y lo llamó por su
nombre:
«Padre Zeus, ¡ojalá
cumpla Alcínoo cuanto ha prometido! Que su fama jamás se extinga sobre la
nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»
Mientras ellos cambiaban
estas palabras, Arete, de blancos brazos, ordenó a las mujeres colocar lechos
bajo el portico y disponer las más bellas mantas de púrpura y extender encima
las colchas y sobre ellas ropas de lana para cubrirse.
Así que salieron las siervas
de la sala con hachas ardiendo, y una vez que terminaron de hacer
diligentemente la cama, dirigiéronse a Odiseo y lo invitaron con estas
palabras:
«Huésped, levántate y ven
a dormir, tienes hecha la cama.»
Así hablaron y a él le
plugo marchar a acostarse. Así que allí durmió debajo del sonoro pórtico el
sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado. Luego se acostó Alcínoo en el
interior de la alta morada; le había dispuesto su esposa y señora el lecho y la
cama.
CANTO VIII
ODISEO AGASAJADO POR LOS
FEACIOS
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho la sagrada
fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo del linaje de Zeus, el destructor de
ciudades. La sagrada fuerza de Alcínoo los conducía al ágora que los feacios
tenían construida cerca de las naves. Y cuando llegaron se sentaron en piedras
pulimentadas, cerca unos de otros.
Y recorría la ciudad
Palas Atenea, que tomó el aspecto del heraldo del prudente Alcínoo, preparando
el regreso a su patria para el valeroso Odiseo. La diosa se colocaba cerca de
cada hombre y le decía sú palabra:
«¡Vamos, caudillos y
señores de los feacios! Id al ágora para que os informéis sobre el forastero
que ha llegado recientemente a casa del prudente Alcínoo después de recorrer el
ponto, semejante en su cuerpo a los inmortales.»
Así diciendo movía la
fuerza y el ánimo de cada uno. Bien pronto el ágora y los asientos se llenaron
de hombres que se iban congregando y muchos se admiraron al ver al prudente
hijo de Laertes; que Atenea derramaba una gracia divina por su cabeza y hombros
e hizo que pareciese más alto y más grueso: así sería grato a todos los feacios
y temible y venerable, y Ilevaría a término muchas pruebas, las que los feacios
iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido y estaban ya congregados, habló
entre ellos Alcínoo y dijo:
«Oídme, caudillos y
señores de los feacios, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del
pecho. Este forastero y no sé quién
es ha llegado errante a mi palacio bien
de los hombres de Oriente o de los de Occidente; nos pide una escolta y suplica
que le sea asegurada. Apresuremos nosotros su escolta como otras veces, que
nadie que llega a mi casa está suspirando mucho tiempo por ella.
«Vamos, echemos al mar
divino una negra nave que navegue por primera vez, y que sean escogidos entre
el pueblo cincuenta y dos jóvenes, cuantos son siempre los mejores. Atad bien
los remos a los bancos y salid. Preparad a continuación un convite al volver a
mi palacio, que a todos se lo ofreceré en abundancia. Esto es lo que ordeno a
los jóvenes. Y los demás, los reyes que lleváis cetro, venid,a mi hermosa
mansión para que honremos en el palacio al forastero. Que nadie se niegue. Y
llamad al divino aedo Demódoco, a quien la divinidad há otorgado el canto para
deleitar siempre que su ánimo lo empuja a cantar.»
Así habló y los condujo y
ellos le siguieron, los reyes que llevan cetro. El heraldo fue a llamar al
divino aedo y los cincuenta y dos jóyenes se dirigieron, como les había
ordenado, á la ribera del mar estéril. Cuando llegaron a la negra nave y al mar
echaron la nave al abismo del mar y pusieron el mástil y las velas y ataron los
remos con correas, todo según correspondía. Extendieron hacia arriba las
blancás velas, anclaron a la nave en aguas profundas y se pusieron en camino
para ir a la gran casa del prudente Alcínoo. Y los pórticos, el recinto de los
patios y las habitaciones se llenaron de hombres que se congregaban, pues eran
muchos, jóvenes y ancianos. Para ellos sacrificó Alcínoo doce ovejas y ocho
cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles patas. Los desollaron y prepararon
a hicieron un agradable banquete.
Y se acercó el heraldo
con el deseable aedo a quien Musa amó mucho y le había dado lo bueno y lo malo:
le privó de los ojos, pero le concedió el dulce canto. Pontónoo le puso un
sillón de clavos de plata en medio de los comensales, apoyándolo a una elevada
columna, y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara sobre su cabeza. y
le mostró cómo tomarla con las manos. También le puso al lado un canastillo y
una linda mesa y una copa de vino para beber siempre que su ánimo le impulsara.
Y ellos echaron mano de
las viándas qúe tenían delante. Y cuando hubieron arrojado el deseo de comida y
bebida, Musa empujó al aedo a que cantara la gloria de los guerreros con un
canto cuya fama llegaba entonces al ancho cielo: la disputa de Odiseo y del
Pelida Aquiles, cómo en cierta ocasión discutieron en el suntuoso banquete de
los dioses con horribles palabras. Y el soberano de hombres; Agamenón, se
alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores de los aqueos. Así se lo había
dicho con su oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuando sobrépasó el umbral de
piedra para ir a consultarle; en aquel momento comenzó a desarrollarse el
principio de la calamidad para teucros y dánaos por los designios del gran
Zeus. Esta cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo tomó con sus pesadas
manos su grande, purpúrea manta; se lo echó par encima de la cabeza y cubrió su
hermoso rostro; le daba vergüenza déjar caer lágrimas bajo sus párpados delanté
de los feacios. Siempre que el divino aedo dejaba de cantar se enjugaba las
lágrimas y retiraba el manto de su cabeza y, tomando una copa doble, hacía
libaciones a los dioses.
Pero cuando comenzaba
otra vez -lo impulsaban a cantar los más nobles de los feacios porque gozaban
con sus versos , Odiseo se cubría nuevamente la cabeza y lloraba. A los demás
les pasó inadvertido que derramaba lágrimas. Sólo Alcínoo lo advirtió y
observó, pues estaba sentado al lado y le oía gemir gravemente. Entonces dijo
el soberano a los feacios amantes del remo:
«¡Oídme, caudillós y
señores de los feacios! Ya hemos gozado del bien distribuido banquete y de la
cítara que es compañera del festín espléndido; salgamos y probemos toda clase de juegos. Así también el
huésped contará a los suyos al volver a casa cuánto superamos a los demás en el
pugilato, en la lucha, en el salto y en la carrera.»
Así habló y los condujo y
ellos les siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y tomó de la
mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y lo conducía por el mismo camino que
llevaban los mejores de los feacios para admirar los juegos,. Se pusieron en
camino para ir al ágora y los seguía una gran multitud, miles. Y se pusieron en
pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó Acroneo, y Ocíalo, y Elatreo, y
Nauteo, y Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y Poreo, y Toón, y
Anabesineo, y Anfíalo, hijo de Polineo Tectónida. Se levantó también Eurfalo,
semejante a Ares, funesto para los mortales, el que más sobresalía en cuerpo y
hermosura de todos los feacios después del irreprochable Laodamante. También se
pusieron en pie tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y Élitoneo,
parecido a un dios. Éstos hicieron la primera prueba con los pies. Desde la
línea de salida se les extendía la pista y volaban velozmente por la llanura
levantando polvo. Entre ellos fue con mucho el mejor en el correr el
irreprochable Clitoneo; cuanto en un campo noval es el alcance de dos mulas,
tanto se les adelantó llegando a la gente mientras los otros se quedaron atrás.
Luego hicieron la prueba de la fatigosa lucha y en ésta venció Euríalo a todos
los mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor, y en el disco fue Elatreo el
mejor de todos con mucho, y en el pugilato Laodamante, el noble hijo de
Alcínoo. Y cuando todos hubieron deleitado su ánimo con los juegos, entre ellos
habló Laodamante, el hijo de Alcínoo:
«Aquí, amigos,
preguntemos al huésped si conoce y ha aprendido algún juego. Que no es vulgar
en su natural: en sus músculos y piernas, en sus dos brazos, en su robusto
cuello y en su gran vigor. Y no carece de vigor juvenil, sino que está
quebrantado por numerosos males; que no creo yo que haya cosa peor que el mar
para abatir a un hombre por fuerte que sea.»
Y Euríalo le contestó y
dijo:
«Has hablado como te
corresponde. Ve tú mismo a desafiarlo y manifiéstale tu palabra.»
Cuando le oyó se adelantó
el noble hijo de Alcínoo, se puso en medio y dijo a Odiseo:
«Ven aquí, padre huésped,
y prueba tú también los juegos si es que has aprendido alguno. Es natural que
los conozcas, pues no hay gloria mayor para el hombre mientras vive que lo que
hace con sus pies o con sus manos. Vamos, pues, haz la prueba y arroja de tu
ánimo las penas, pues tu viaje no se diferirá por más tiempo; ya la nave te ha
sido botada y tienes preparados unos acompañantes.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Laodamante! ¿Por qué me
ordenáis tal cosa por burlaros de mí? Las perlas ocupan mi interior más que los
juegos. Yo he sufrido antes mucho y mucho he soportado. Y ahora estoy sentado
en vuestra asamblea necesitando el regreso, suplicando al rey y a todo el
pueblo.»
Entonces, Euríalo le
contestó y le echó en cara:
«No, huésped, no te
asemejas a un hombre entendido en juegos, cuantos hay en abundancia entre los
hombres, sino al que está siempre en una nave de muchos bancos, a un comandante
de marinos mercantes que cuida de la carga y vigíla las mercancías y las
ganancias debidas al pillaje. No tienes traza de atleta.»
Y lo miró torvamente y le
contestó el muy astuto Odiseo:
«¡Huésped! No has hablado
bien y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a
todos sús ámables dones de hermosura, inteligencia y elocuencia. Un hombre es
inferior por su aspecto, pero la divinidad lo corona con la hermosura de la
palabra y todos miran hacia él complacidos. Les habla con firmeza y con
suavidad respetuosa y sobresale entre los congregados, y lo contemplan como a
un dios cuando anda por la ciudad.
«Otro, por el contrario,
se parece a los inmortales en su porte, pero no lo corona la gracia cuando
habla.
«Así tu aspecto es
distinguido y ni un dios lo habría formado de otra guisa, mas de inteligencia
eres necio. Me has movido el ánimo dentro del pecho al hablar inconvenientemente.
No soy desconocedor de los juegos como tú aseguras, antes bién, creo que estaba
entre los primeros mientras confiaba en mi juventud y mis brazos. Pero ahora
estóy poseído por la adversidad y los dolores, pues he soportado mucho
guerreando con los hombres y atravesando las dolorosas olas. Pero aun así,
aunque haya padecido muchos males, probaré en los juegos: tu palabra ha mordido
mi corazón y me has provocado al hablar.»
Dijo, y con su mismo
vestido se levantó, tomó un disco mayor y más ancho y no poco más pesado que
con el que solían competir entre sí los feacios. Le dio vueltas, lo lanzó de su
pesada mano y la piedra resonó. Echáronse a tierra los feacios de largos remos,
hombres ilustres por sus naves, por el ímpetu de la piedra, y ésta sobrevoló
todas las señales al salir velozmente de su mano. Atenea le puso la señal
tomando la forma de un hombre, le dijo su palabra y lo llamó por su nombre:
«Incluso un ciego,
forastero, distinguiría a tientas la señal, pues no está mezclada entre la
multitud sino mucho más adelante; confía en esta prueba; ninguno de los feacios
la alcanzará ni sobrepasará.»
Así habló, y se alegró el
sufridor, el divino Odiseo gozoso porque había visto en la competición un
compañero a su favor. Y entonces habló más suavemente a los feacios:
«Alcanzad esta señal,
jóvenes; en breve lanzaré, creo yo, otra piedra tan lejos o aún más. Y aquél
entre los demás feacios, salvo Laodamante, a quien su corazón y su ánimo le
impulse, que venga acá, que haga la prueba
puesto que me habéis irritado en exceso
en el pugilato o en la lucha o en la carrera; a nada me niego. Pues
Laodamante es mi huésped: ¿Quién lucharía con el que lo honra como huésped? Es
hombre loco y de poco precio el que propone rivalizar en los juegos a quien le
da hospitalidad en tierra extranjera, pues se cierra a sí mismo la puerta. Pero
de los demás no rechazo a ninguno ni lo desprecio, sino que quiero verlo y
ejecutar las pruebas frente a él. Que no soy malo en todas las competiciones
cuantas hay entre los hombres. Sé muy bien tender el arco bien pulimentado;
sería el primero en tocar a un hombre enviando mi dardo entre una multitud de
enemigos aunque lo rodearan muchos compañeros y lanzaran flechas contra los
hombres. Sólo Filoctetes me superaba en el arco en el pueblo de los troyanos
cuando disparábamos los aqueos. De los demás os aseguro que yo soy el mejor con
mucho, de cuantos mortales hay sobre la tierra que comen pan. Aunque no
pretendo rivalizar con hombres antepasados como Heracles y Eurito Ecaliense,
los que incluso con los inmortales rivalizaban en el arco. Por eso murió el
gran Eurito y no llegó a la vejez en su palacio, pues Apolo lo mató irritado
porque le había desafiado a tirar con el arco.
«También lanzo la
jabalina a donde nadie llegaría con una flecha. Sólo temo a la carrera, no sea
que uno de los feacios me sobrepase; que fui excesivamente quebrantado en medio
del abundante oleaje, puesto que no había siempre provisiones en la nave y por
esto mis miembros están flojos.»
Así habló, y todos
enmudecieron en silencio. Sólo Alcínoo contestó y dijo:
«Huésped, puesto que esto
que dices entre nosotros no es desagradable, sino que quieres mostrar la valía
que te acompaña, irritado porque este hombre se ha acercado a injuriarte en el
certamen pues no pondría en duda tu
valía cualquier mortal que supiera en su interior decir cosas apropiadas . ...Pero, vamos, atiende a mi palabra para
que a tu vez se lo comuniques a cualquiera de los héroes, cuando comas en tu
palacio junto a tu esposa y tus hijos, acordándote de nuestra valía: qué obras
nos concede Zeus también a nosotros continuamente ya desde nuestros
antepasados. No somos irreprochables púgiles ni luchadores, pero corremos
velozmente con los pies y somos los mejores en la navegación; continuamente
tenemos agradables banquetes y cítara y bailes y vestidos mudables y baños
calientes y camas.
«Conque, vamos,
bailarines de los feacios, cuantos sois los mejores, danzad; así podrá también
decir el huésped a los suyos cuando regrese a casa cuánto superamos a los demás
en la náutica y en la carrera y en el baile y en el canto. Que alguien vaya a
llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio.»
Así habló Alcínoo
semejante a un dios, y se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de
la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en
total los que organizaban bien cada cosa
en los concursos , allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó
el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al
centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la
danza y batían la divina pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de
sus pies y quedó admirado en su ánimo.
Y Demódoco, acompañándose
de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de
linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio
de Hefesto. Ares le hizo muchos regalos y deshonró el lecho y la cama de
Hefesto, el soberano. Entonces se lo fue a comunicar Helios, que los había
visto unirse en amor. Cuando oyó Hefesto la triste noticia, se puso en camino
hacia su fragua meditando males en su interior; colocó sobre el tajo el enorme
yunque y se puso a forjar unos hilos irrompibles, indisolubles, para que se
quedaran allí firmemente.
Y cuando había construido
su trampa irritado contra Ares, se puso en camino hacia su dormitorio, donde
tenía la cama, y extendió los hilos en círculo por todas partes en torno a las
patas de la cama; muchos estaban tendidos desde arriba, desde el techo, como
suaves hilos de araña, hilos que no podría ver nadie, ni siquiera los dioses
felices, pues estaban fabricados con mucho engaño. Y cuando toda su trampa
estuvo extendida alrededor de la cama, simuló marcharse a Lemnos, bien
edificada ciudad, la que le era más querida de todas las tierras.
Ares, el que usa riendas
de oro, no tuvo un espionaje ciego, pues vio marcharse lejos a Hefesto, al
ilustre herrero, y se puso en camino hacia el palacio del muy ilustre Hefesto
deseando el amor de la diosa de linda corona, de la de Citera. Estabá ella
sentada, recién venida de junto a su padre, el poderoso hijo de Cronos. Y él
entró en el palacio y la tomó de la mano y la llamó por su nombre:
«Ven acá, querida,
vayamos al lecho y acostémonos, pues Hefesto ya no está entre nosotros, sino
que se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de salvaje lengua.»
Así habló, y a ella le
pareció deseable acostarse. Y los dos marcharon a la cama y se acostaron. A su
alrededor se extendían los hilos fabricados del prudence Hefesto y no les era
posible mover los miembros ni levantarse. Entonces se dieron cuenta que no
había escape posible. Y llegó a su lado el muy ilustre cojo de ambos pies, pues
había vuelto antes de llegar a tierra de Lemnos; Helios mantenía la vigilancia
y le dio la noticia y se puso en camino hacia su palacio, acongojado su
corazón. Se detuvo en el pórtico y una rabia salvaje se apoderó de él, y gritó
estrepitosamente haciéndose oír de todos los dioses:
«Padre Zeus y los demás
dioses felices que vivís siempre, venid aquí para que veáis un acto ridículo y
vergonzoso: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque
soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; que él es hermoso y con
los dos pies, mientras que yo soy lisiado. Pero ningún otro es responsable,
sino mis dos padres: ¡no me debían haber engendrado! Pero mirad dónde duermen
estos dos en amor; se han metido en mi propia cama. Los estoy viendo y me lleno
de dolor, pues nunca esperé ni por un instante que iban a dormir así por mucho
que se amaran. Pero no van a desear ambos seguir durmiendo, que los sujetará mi
trampa y las ligaduras hasta que mi padre me devuelva todos mis regalos de
esponsales, cuantos le entregué por la muchacha de cara de perra. Porque su
hija era bella, pero incapaz de contener sus deseos.»
Así habló, y los dioses
se congregaron junto a la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que
conduce su carro por la tierra; llegó el subastador, Hermes, y llegó el
soberano que dispara desde lejos, Apolo. Pero las hembras, las diosas, se
quedaban por vergüenza en casa cada una de ellas.
Se apostaron los dioses
junto a los pórticos, los dadores de bienes, y se les levantó inextinguible la
risa al ver las artes del prudente Hefesto. Y al verlo, decía así uno al que
tenía más cerca:
«No prosperan las malas
acciones; el lento alcanza al veloz. Así, ahora, Hefesto, que es lento, ha
cogido con sus artes a Ares, aunque es el más veloz de los dioses que ocupan el
Olimpo, cojo como es. Y debe la multa por adulterio.»
Así decían unos a otros.
Y el soberano, hijo de Zeus, Apolo, se dirigió a Hermes:
«Hermes, hijo de Zeus,
Mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada
Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»
Y le contestó el
mensajero el Argifonte:
«¡Así sucediera esto,
soberano disparador de lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran interminables ligaduras
tres veces más que ésas y que vosotros me mirarais, los dioses y todas las
diosas!»
Así dijo y se les levantó
la risa a los inmortales dioses. Pero a Poseidón no le sujetaba la risa y no
dejaba de rogar a Hefesto, al insigne artesano, que liberara a Ares. Y le habló
y le dirigió aladas palabras:
«Suéltalo y te prometo,
como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los inmortales dioses.»
Y le contestó el insigne
cojo de ambos pies:
«No, Poseidón, que
conduces tu carro por la tierra, no me ordenes eso; sin valor son las fianzas
que se toman por gente sin valor. ¿Cómo iba yo a requerirte entre los
inmortales dioses si Ares se escapa evitando la deuda y las ligaduras?
Y le respondió Poseidón,
el que sacude la tierra:
«Hefesto, si Ares se
escapa huyendo sin pagar la deuda, yo mismo te la pagaré.»
Y le contestó el muy
insigne cojo de ambos pies:
«No es posible ni está
bien negarme a tu palabra.»
Así hablando los liberó
de las ligaduras la fuerza de Hefesto. Y cuando se vieron libres de las
ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron enseguida: él marchó a Tracia
y ella se llegó a Chipre, Afrodita, la que ama la risa. Allí la lavaron las
Gracias y la ungieron con aceite inmortal, cosas que aumentan el esplendor de
los dioses que viven siempre y la vistieron deseables vestidos, una maravilla
para verlos.
Esto cantaba el muy
insigne aedo. Odiseo gozaba en su interior al oírlo y también los demás feacios
que usan largos remos, hombres insignes por sus naves.
Alcínoo ordenó a Halio y
Laodamante que danzaran solos, pues nadie rivalizaba con ellos. Así que tomaron
en sus manos una hermosa pelota de púrpura (se la había hecho el sabio Pólibo);
el uno la lanzaba hacia las sombrías nubes doblándose hacia atrás y el otro
saltando hacia arriba la recibía con facilidad antes de tocar el suelo con sus
pies.
Después; cuando habían
hecho la prueba de lanzar la pelota en línea recta, danzaban sobre la tierra
nutricia cambiando a menudo sus posiciones; los demás jóvenes aplaudían en pie
entre la concurrencia y gradualmente se levantaba un gran murmullo.
Fue entonces cuando el
divino Odiseo se dirigió a Alcínoo:
«Alcínoo, poderoso, el
más insigne de todo tu pueblo, con razón me asegurabas que erais los mejores
bailarines. Se ha presentado esto como un hecho cumplido, la admiración se
apodera de mí al verlo.»
Así habló, y se alegró la
sagrada fuerza de Alcínoo. Y enseguida dijo a los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y
señores de los feacios. El huésped me parece muy discreto. Vamos, démosle un
regalo de hospitalidad, como es natural. Puesto que gobiernan en el pueblo doce
esclarecidos reyes yo soy el decimotercero
, cada uno de éstos entregadle un vestido bien lavado y un manto y un talento
de estimable oro. Traigámoslo enseguida todos juntos para que el huésped, con
ello en sus manos, se acerque al banquete con ánimo gozoso. Y que Euríalo lo
aplaque con sus palabras y con un regalo, que no dijo su palabra como le
correspondía.»
Así dijó, y todos
aprobaron sus palabras y se lo aconsejaron a Euríalo. Y cada uno envió un
heraldo para que trajera los regalos.
Entonces, Euríalo le
contestó y dijo:
«Alcínoo poderoso, el más
señalado de todo el pueblo, aplacaré al huésped como tú ordenas. Le regalaré
esta espada Coda de bronce, cuya empuñadura es de plata y cuya vaina está
rodeada de marfil recién cortado. Y le será de mucho valor.»
Así dijo, y puso en manos
de Odiseo la espada de clavos de plaza; le habló y le dirigió aladas palabras:
«Salud, padre huésped, si
alguna palabra desagradable ha sido dicha, que la arrebaten los vendavales y se
la lleven. Y a ti, que los dioses te concedan ver a tu esposa y llegar a to
patria, pues sufres penalidades largo tiempo ya lejos de los tuyos.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«También a ti, amigo,
salud y que los dioses te concedan felicidad, y que después no sientas
nostalgia de la espada ésta que ya me has dado aplacándome con tus palabras.»
Así dijo, y colocó la
espada de clavos de plata en torno a sus hombros.
Cuando se sumergió Helios
ya tenía él a su lado los insignes regalos; los ilustres heraldos los llevaban
al palacio de Alcínoo y los hijos del irreprochable Alcínoo los recibieron y
colocaron los muy hermosos regalos junto a su venerable madre.
Ante ellos marchaba la
sagrada fuerza de Alcínoo y al llegar se sentaron en elevados sillones.
Entonces se dirigió a
Arete la fuerza de Alcínoo:
«Trae acá, mujer, un
arcón insigne, el que sea mejor. Y en él coloca un vestido bien lavado y un
manto. Calentadle un caldero de bronce con fuego alrededor y templad el agua
para que se lave y vea bien puestos todos los regalos que le han traído aquí
los irreprochables feacios, y goce con el banquete escuchando también la música
de una tonada. También yo le entregaré esta copa mía hermosísima, de oro, para
qua se acuerde de mí todos los días al hacer libaciones en su palacio a Zeus y
a los demás dioses.»
Así dijo, y Arete ordenó
a sus. esclavas que colocaran al fuego un gran trípode lo antes posible. Ellas
colocaron al fuego ardiente una bañera de tres patas, echaron agua, pusieron
leña y la encendieron debajo. Y el fuego lamía el vientre de la bañera y se
calentaba el agua.
Entretanto Arete traía de
su tálamo un arcón hermosísimo para el huésped en él había colocado los lindos
regalos, vestidos y oro, que los feacios le habían dado. También había colocado
en el arcón un hermoso vestido y un manto y le habló y le dirigió aladas
palabras:
«Mira tú mismo esta tapa
y échale enseguida un nudo, no sea que alguien la fuerce en el viaje cuando
duermas dulce sueño al marchar en la negra nave.»
Cuando escuchó esto el
sufridor, el divino Odiseo, adaptó la tapa y le echó enseguida un bien trabado
nudo, el que le había enseñado en otro tiempo la soberana Circe.
Acto seguido el ama de
llaves ordenó que lo lavaran una vez metido en la bañera, y él vio con gusto el
baño caliente, pues no se había cuidado a menudo de él desde que había abandonado
la morada de Calipso, la de lindas trenzas. En aquella época le estaba siempre
dispuesto el baño como para un dios.
Cuando las esclavas lo
habían lavado y ungido con aceite y le habían puesto túnica y manto, salió de
la bañera y fue hacia los hombres que bebían vino. Y Nausícaa, que tenía una
hermosura dada por los dioses se detuvo junto a un pilar del bien fabricado
techo. Y admiraba a Odiseo al verlo en sus ojos; y le habló y le dijo aladas
palabras:
«Salud, huésped,
acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la primera a quien
debes la vida.»
Y le contestó y le dijo
el muy astuto Odiseo:
«Nausícaa, hija del
valeroso Alcínoo, que me conceda Zeus, el que truena fuerte, el esposo de Hera,
volver a mi casa y ver el día del regreso. Y a ti, incluso allí te haré
súplicas como a una diosa, pues tú, muchacha, me has devuelto la vida.»
Dijo, y se sentó en su
sillón junto al rey Alcínoo.
Y ellos ya estaban
repartiendo las porciones y mezclando el vino.
Y un heraldo se acercó
conduciendo al deseable aedo, a Demódoco, honrado en el pueblo, y le hizo
sentar en medio de los comensales apoyándolo junto a una enorme columna.
Entonces se dirigió al
heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo pues aún sobraba mucho de un albidente cerdo (y alrededor había
abundante grasa):
«Heraldo, van acá,
entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad
por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan
de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza
de los aedos.»
Así dijo, el heraldo lo
llevó y se lo puso en las manos del héroe Demódoco, y éste lo recibió y se
alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de las viandas que tenían delante.
Cuando hubieron arrojado
lejos de sí el deseo de bebida y de comida, ya entonces se dirigió a Demódoco
el muy inteligente Odiseo:
«Demódoco, muy por encima
de todos los mortales te alabo: seguro que te han enseñado Musa, la hija de
Zeus, o Apolo. Pues con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto
soportaron como si tú mismo lo hubieras
presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!
«Pero, vamos, pasa a otro
tema y canta la estratagema del caballo de madera que fabricó Epeo con la ayuda
de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la
Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron Ilión.
«Si me narras esto como
te corresponde, yo diré bien alto a todos los hombres que la divinidad te ha
concedido benigna el divino canto.»
Así habló, y Demódoco,
movido por la divinidad, inició y mostró su cánto desde el momento en que los
argivos se embarcaron en las naves de buenos bancos y se dieron a la mar
después de incendíar las tiendas de campaña. Ya estaban los emboscados con el
insigne Odiseo en el ágora de los troyanos, ocultos dentro del caballo, pues
los mismos troyanos lo habían arrastrado hasta la Acrópolis.
Así estaba el caballo, y
los troyanos deliberaban en medio de una gran incertidumbre sentados alrededor
de éste. Y les agradaban tres decisiones: rajar la cóncava madera con el mortal
bronce, arrojarlo por las rocas empujándolo desde to alto, o dejar que la gran
estatua sirviera para aplacar a los dioses. Esta última decisión es la que iba
a cumplirse. Pues era su Destino que perecieran una vez que la ciudad encerrara
el gran caballo de madera donde estaban sentados todos los mejores de los
argivos portando la muerte y Ker para los troyanos. Y cantaba cómo los hijos de
los aqueos asolaron la ciudad una vez que salieron del caballo y abandonaron la
cóncava emboscada. Y cantaba que unos por un lado y otros por otro iban
devastando la elevada ciudad, pero que Odiseo marchó semejante a Ares en
compañía del divino Menelao hacia el palacio de Deífobo.
Y dijo que, una vez allí,
sostuvo el más terrible combate y que al fin venció con la ayuda de la valerosa
Atenea.
Esto es lo que cantaba el
insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas
deslizándose de sus párpados.
Como una mujer llora a su
marido arrojándose sobre él caído ante su ciudad y su pueblo por apartar de
ésta y de sus hijos el día de la muerte
ella lo contempla moribundo y palpitante, y tendida sobre él llora a
voces; los enemigos cortan con sus lanzas la espalda y los hombros de los
ciudadanos y se los llevan prisioneros para soportar el trabajo y la pena, y
las mejillas de ésta se consumen en un dolor digno de lástima , así Odiseo
destilaba bajo sus párpados un llanto digno de lástima.
A los demás les pasó
desapercibido que derramaba lágrimas, y sólo Alcínoo lo advirtió y observó
sentado como estaba cerca de él y le oyó gemir pesadamente.
Entonces dijo al punto a
los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y
señores de los feacios. Que Demódoco detenga su cítara sonora, pues no agrada a
todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y comenzó el divino aedo, no ha
dejado el huésped un momento el lamentable llanto. El dolor le rodea el ánimo.
«Varnos, que se detenga
para que gocemos todos por igual, los que le damos hospitalidad y el huésped,
pues así será mucho mejor. Que por causa del venerable huésped se han preparado
estas cosas, la escolta y amables regalos, cosas que le entregamos como muestra
de afecto. Como un hermano es el huésped y el suplicante para el hombre que
goce de sensatez por poca que sea. Por ello, tampoco tú escondas en tu
pensamiento astuto lo que voy a preguntarte, pues lo mejor es hablar. Dime tu
nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y los demás, los que viven
cerca de ti. Pues ninguno de los hombres carece completamente de nombre, ni el
hombre del pueblo ni el noble, una vez que han nacido. Antes bien, a todos se
lo ponen sus padres una vez que lo han dado a luz.
Dime también tu tierra,
tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las naves dotadas de
inteligencia. Pues entre los feacios no hay pilotos ni timones en sus naves,
cosas que otras naves tienen. Ellas conocen las intenciones y los pensamientos
de los hombres y conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los
hombres. Recorren velozmente el abismo del mar aunque estén cubiertas por la
oscuridad y la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño ni de ser
destruidas. Pero yo he oído decir en otro tiempo a mi padre Nausítoo que
Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos sin daño. Y decía
que algún día destruiría en el nebuloso ponto a una bien fabricada nave de los
feacios al volver de una escolta y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.
Así decía el anciano; que la divinidad cumpla esto o lo deje sin cumplir, como
sea agradable a su ánimo.
«Pero, vamos, dime e infórmame en verdad. , por dónde has andado
errante y a qué regiones de hombres has llegado. Háblame de ellos y de sus bien
habitadas ciudades, los que son duros y salvajes y no justos, y los que son
amigos de los forasteros y tienen sentimientos de veneración hacia los dioses.
Dime también por qué lloras y te lamentas en tu ánimo al oír el destino de los
argivos, de los dánaos y de Ilión. Esto lo han hecho los dioses y han urdido la
perdición para esos hombres, para que también sea motivo de canto pará los
venideros. ¿Es que ha perecido ante Ilión algún pariente tuyo..., un noble
yerno, o suegro, los que son más objeto de preocupación después de nuestra
propia sangre y linaje? ¿O un noble amigo de sentimientos agradables? Pues no
es inferior a un hermano el amigo que tiene pensamientos discretos.»
CANTO IX
ODISEO CUENTA SUS
AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS
LOTÓFAGOS, LOS CÍCLOPES
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, el más
noble de todo tu pueblo, en verdad es agradable escuchar al aedo, tal como es,
semejante a los dioses en su voz. No creo yo que haya un cumplimiento más
delicioso que cuando el bienestar perdura en todo el pueblo y los convidados
escuchan a lo largo del palacio al aedo sentados en orden, y junto a ellos hay
mesas cargadas de pan y carne y un escanciador trae y lleva vino que ha sacado
de las cráteras y lo escancia en las copas. Esto me parece lo más bello.
«Tu ánimo se ha decidido
a preguntar mis penalidades a fin de que me lamente todavía más en mi dolor.
Porque, ¿qué voy a narrarte lo primero y qué en último lugar?, pues son
innumerables los dolores que los dioses, los hijos de Urano, me han
proporcionado. Conque lo primero qué voy a decir es mi nombre para que lo
conozcáis y para que yo después de escapar del día cruel continúe manteniendo
con vosotros relaciones de hospitalidad, aunque el palacio en que habito esté
lejos.
«Soy Odiseo, el hijo de
Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas, y
mi fama llega hasta el cielo. Habito en Itaca, hermosa al atardecer. Hay en
ella un monte, el Nérito de agitado follaje, muy sobresaliente, y a su
alrededor hay muchas islas habitadas cercanas unas de otras, Duliquio y Same, y
la poblada de bosques Zante. Itaca se recuesta sobre el mar con poca altura, la
más remota hacia el Occidente, y las otras están más lejos hacia Eos y Helios.
Es áspera, pero buena criadora de mozos.
«Yo en verdad no soy capaz
de ver cosa alguna más dulce que la tierra de uno. Y eso que me retuvo Calipso,
divina entre las diosas, en profunda cueva deseando que fuera su esposo, e
igualmente me retuvo en su palacio Circe, la hija de Eeo, la engañosa, deseando
que fuera su esposo.
«Pero no persuadió a mi
ánimo dentro de mi pecho, que no hay nada más dulce que la tierra de uno y de
sus padres, por muy rica que sea la casa donde uno habita en tierra extranjera
y lejos de los suyos.
«Y ahora os voy a narrar
mi atormentado regreso, el qúe Zeus me ha dado al venir de Troya. El viento que
me traía de Ilión me empujó hacia los Cicones, hacia Ismaro. Allí asolé la
ciudad, a sus habitantes los pasé a cuchillo, tomamos de la ciudad a las
esposas y abundante botín y lo repartimos de manera que nadie se me fuera sin
su parte correspondiente. Entonces ordené a los míos que huyeran con rápidos
pies, pero ellos, los muy estúpidos, no rne hicieron caso. Así que bebieron
mucho vino y degollaron muchas ovejas junto a la ribera y cuernitorcidos bueyes
de rotátiles patas.
«Entre tanto, los
Cicones, que se hábían marchado, lanzaron sus gritos de ayuda a otros Cicones
que, vecinos suyos, eran a la vez más numerosos y mejores, los que habitaban
tierra adentro, bien entrenados en luchar con hombres desde el carro y a pie,
donde sea preciso. Y enseguida llegaron tan numerosos como nacen en primavera
las hojas y las flores, veloces.
«Entonces la funesta Aisa
de Zeus se colocó junto a nosotros, de maldito destino, para que sufriéramos
dolores en abundancia; lucharon pie a sierra junto a las veloces naves, y se
herían unos a otros con sus lanzas de bronce. Mientras Eos duró y crecía el
sagrado día, los aguantamos rechazándoles aunque eran más numerosos. Pero
cuando Helios se dirigió al momento de desuncir los bueyes, los Cicones nos
hicieron retroceder venciendo a los aqueos y sucumbieron seis compañeros de
buenas grebas de cada nave. Los demás escapamos de la muerte y de nuestro
destino, y desde allí proseguimos navegando hacia adelante con el corazón apesadumbrado,
escapando gustosos de la muerte aunque habíamos perdido a los compañeros. Pero
no prosiguieron mis curvadas naves, que cada uno llamamos por tres veces a
nuestros desdichados compañeros, los que habían muerto en la llanura a manos de
los Cicones.
«Entonces el que reúne
las nubes, Zeus; levantó el viento Bóreas junto con una inmensa tempestad, y
con las nubes ocultó la tierra y a la vez el ponto. Y la noche surgió del
cielo. Las naves eran arrastradas transversalmente y el ímpetu del viento rasgó
sus velas en tres y cuatro trozos. Las colocamos sobre cubierta por terror a la
muerte, y haciendo grandes esfuerzos nos dirigimos a remo hacia tierra.
«Allí estuvimos dos
noches y dos días completos, consumiendo nuestro ánimo por el cansancio y el
dolor.
«Pero cuando Eos, de
lindas trenzas, completó el tercer día, levantamos los mástiles, extendimos las
blancas velas y nos sentamos en las naves, y el viento y los pilotos las
conducían. En ese momento habría llegado ileso a mi tierra patria, pero el oleaje,
la corriente y Bóreas me apartaron al doblar las Maleas y me hicieron vagar lejos de Citera. Así que
desde allí fuimos arrastrados por fuertes vientos durante nueve días sobre el
ponto abundante en peces, y al décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos,
los que comen flores de alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de
agua y al punto mis compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves.
Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida, yo envié delante a unos
compañeros para que fueran a indagar qué clase de hombres, de los que se
alimentan de trigo, había en esa región; escogí a dos, y como tercer hombre les
envié a un heraldo. Y marcharon enseguida y se encontraron con los Lotófagos.
Éstos no decidieron matar a nuestros compañeros, sino que les dieron a comer
loto, y el que de ellos comía el dulce fruto del loto ya no quería volver a
informarnos ni regresar, sino que preferían quedarse allí con los Lotófagos,
arrancando loto, y olvidándose del regreso. Pero yo los conduje a la fuerza,
aunque lloraban, y en las cóncavas naves los arrastré y até bajo los bancos.
Después ordené a mis demás leales compañeros que se apresuraran a embarcar en
las rápidas naves, no fuera que alguno comiera del loto y se olvidara del
regreso. Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre los bancos, y, sentados
en fila, batían el canoso mar con los remos.
«Desde allí proseguimos
navegando con el corazón acongojado, y llegamos a la tierra de 1os Cíclopes,
los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan
con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y
sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de gordos racimos; la lluvia
de Zeus se los hace crecer. No tienen ni ágoras donde se emite consejo ni
leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas y cada uno
es legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos de otros.
«Más allá del puerto se
extiende una isla llana, no cerca ni lejos de la tierra de los Cíclopes, llena
de bosques. En ella se crían innumerables cabras salvajes, pues no pasan por
allí hombres que se lo impidan ni las persiguen los cazadores, los que sufren
dificultades en el bosque persiguiendo las crestas de los montes. La isla
tampoco está ocupada por ganados ni sembrados, sino que, no sembrada ni arada,
carece de cultivadores todo el año y alimenta a las baladoras cabras. No
disponen los Cíclopes de naves de rojas proas, ni hay allí armadores que
pudieran trabajar en construir bien entabladas naves; éstas tendrían como
término cada una de las ciudades de mortales a las que suelen llegar los
hombres atravesando con sus naves el mar, unos en busca de otros, y los
Cíclopes se habrían hecho una isla bien fundada. Pues no es mala y produciría
todos los frutos estacionales; tiene prados junto a las riberas del canoso mar,
húmedos, blandos. Las viñas sobre todo producirían constantemente, y las
tierras de pan llevar son llanas. Recogerían siempre las profundas mieses en su
tiempo oportuno, ya que el subsuelo es fértil. También hay en ella un puerto
fácil para atracar, donde no hay necesidad de cable ni de arrojar las anclas ni
de atar las amarras. Se puede permanecer allí, una vez arribados, hasta el día
en que el ánimo de los marineros les impulse y soplen los vientos.
«En la parte alta del
puerto corre un agua resplandeciente, una fuente que surge de la profundidad de
una cueva, y en torno crecen álamos. Hacia allí navegamos y un demón nos
conducía a través de la oscura noche. No teníamos luz para verlo, pues la bruma
era espesa en torno a las naves y Selene no irradiaba su luz desde el cielo y
era retenida por las nubes; así que nadie vio la isla con sus ojos ni vimos las
enormes olas que rodaban hacia tierra hasta que arrastramos las naves de buenos
bancos. Una vez arrastradas, recogimos todas las velas y descendimos sobre la
orilla del mar y esperamos a la divina Eos durmiendo allí.
«Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, deambulamos llenos de admiración
por la isla.
«Entonces las ninfas, las
hijas de Zeus, portador de égida, agitaron a las cabras montafaces para que
comieran mis compañeros. Así que enseguida sacamos de las naves los curvados
arcos y las lanzas de largas puntas, y ordenados en tres grupos comenzamos a
disparar, y pronto un dios nos proporcionó abundante caza. Me seguían doce
naves, y a cada una de ellas tocaron en suerte nueve cabras, y para mí solo
tomé diez. Así estuvimos todo el día hasta el sumergirse de Helios, comiendo
innumerables trozos de carne y dulce vino; que todavía no se había agotado en
las naves el dulce vino, sino que aún quedaba, pues cada uno había guardado
mucho en las ánforas cuando tomamos la sagrada ciudad de los Cicones.
«Echamos un vistazo a la
tierra de los Cíclopes que estaban cerca y vimos el humo de sus fogatas y
escuchamos el vagido de sus ovejas y cabras. Y cuando Helios se sumergió y
sobrevino la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, convoqué asamblea y les dije a
todos:
«"Quedaos ahora los
demás, mis fieles compañeros, que yo con mi nave y los que me acompañan voy a
llegarme a esos hombres para saber quiénes son, si soberbios, salvajes y
carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad
para con los dioses."
«Así dije, y me embarqué
y ordené a mis compañeros que embarcaran también ellos y soltaran amarras.
Embarcaron éstos sin tardanza y se sentaron en los bancos, y sentados batían el
canoso mar con los remos. Y cuando llegamos a un lugar cercano, vimos una cueva
cerca del mar, elevada, techada de laurel. Allí pasaba la noche abundante
ganado ovejas y cabras , y alrededor
había una alta cerca construida con piedras hundidas en tierra y con enormes
pinos y encinas de elevada copa. Allí habitaba un hombre monstruoso que
apacentaba sus rebaños, solo, apartado, y no frecuentaba a los demás, sino que
vivía alejado y tenía pensamientos impíos. Era un monstruo digno de admiración:
no se parecía a un hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de
bosque de las elevadas montañas que aparece sola, destacada de las otras.
Entonces ordené al resto de mis fieles compañeros que se quedaran allí junto a
la nave y que la botaran.
«Yo escogí a mis doce
mejores compañeros y me puse en camino. Llevaba un pellejo de cabra con negro,
agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, e1 sacerdote de
Apolo protector de Ismaro, porque lo había yo salvado junto con su hijo y
esposa respetando su techo. Habitaba en el bosque arbolado de Febo Apolo y me
había donado regalos excelentes: me dio siete talentos de oro bien trabajados y
una crátera toda de plata, y, además vino en doce ánforas que llenó, vino
agradable, no mezclado, bebida divina. Ninguna de las esclavas ni de los
esclavos de palacio conocían su existencia, sino sólo él y su esposa y
solamente la despensera. Siempre que bebían el rojo, agradable vino llenaba una
copa y vertía veinte medidas de agua, y desde la crátera se esparcía un olor
delicioso, admirable; en ese momento no era agradable alejarse de allí. De este
vino me llevé un gran pellejo lleno y también provisiones en un saco de cuero,
porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de
gran fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
«Llegamos enseguida a su
cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños en el
pasto. Conque entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los
canastos se inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos estaban
llenos de corderos y cabritillos. Todos estaban cerrados por separado: a un
lado los lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.
«Y todos los recipientes
rebosaban de suero colodras y jarros
bien construidos, con los que ordeñaba.
«Entonces mis compañeros
me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y regresáramos, y que
sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la
rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso aunque hubiera sido más ventajoso , para
poder ver al monstruo y por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su
aparición no iba a ser deseable para mis compañeros.
«Así que, encendiendo una
fogata, hicimos un sacrificio, repartimos quesos, los comimos y aguardamos
sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el
Cíclope una pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran
ruido. Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva, y él a
continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar, y a los
machos a los carneros y cabrones los dejó a la puerta, fuera del profundo
establo. Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la
habrían levantado del suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan
enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse luego a ordeñar las ovejas y las
baladoras cabras, cada una en su momento, y debajo de cada una colocó un
recental. Enseguida puso a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien
entretejidas y la otra mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le
sirviera de adición al banquete.
Cuando hubo realizado
todo su trabajo prendió fuego, y al vernos nos preguntó:
«"Forasteros,
¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes
por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la
aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras
tierras?”.
«Así habló, y nuestro
corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante.
Pero le contesté con mi palabra y le dije:
«Somos aqueos y hemos
venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el
gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos, aunque nos
dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos preciamos de
pertenecer al ejército del Atrida Agamenón, cuya fama es la más grande bajo el
cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho sucumbir! Conque
hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos ofreces
hospitalidad y nos das un regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Ten
respeto, excelente, a los dioses; somos tus suplicantes y Zeus es el vengador
de los suplicantes y de los huéspedes, Zeus Hospitalario, quien acompaña a los
huéspedes, a quienes se debe respeto."
«Así hablé, y él me
contestó con corazón cruel:
«"Eres estúpido,
forastero, o vienes de lejos, tú que me ordenas temer o respetar a los dioses,
pues los Ciclopes no se cuidan de Zeus, portador de égida, ni de los dioses
felices. Pues somos mucho más fuertes. No te perdonaría ni a ti ni a tus
compañeros, si el ánimo no me lo ordenara, por evitar la enemistad de Zeus.
«"Pero dime dónde
has detenido tu bien fabricada nave al venir, si al final de la playa o aquí
cerca, para que lo sepa."
«Así habló para probarme,
y a mí, que sé mucho, no me pasó esto desapercibido. Así que me dirigí a él con
palabras engañosas:
«"La nave me la ha
destrozado Poseidón, el que conmueve la tierra; la ha lanzado contra los
escollos en los confines de vuestro país, conduciéndola hasta un promontorio, y
el viento la arrastró del ponto. Por ello he escapado junto con éstos de la
dolorosa muerte."
«Así hablé, y él no me
contestó nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano a mis compañeros.
Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus
sesos se a esparcieron por el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus
miembros, se los preparó como cena y se los comió, como un león montaraz, sin
dejar ni sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos llenos de meollo.
«Nosotros elevamos
llorando nuestras manos a Zeus, pues veíamos acciones malvadas, y la
desesperación se apoderó de nuestro ánimo.
«Cuando el Cíclope había llenado
su enorme vientre de carne humana y leche no mezclada, se tumbó dentro de la
cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi
magnánimo corazón de acercarme a éste, sacar la aguda espada de junto a mi
muslo y atravesarle el pecho por donde el diafragma contiene el hígado y la
tenté con mi mano. Pero me contuvo otra decisión, pues allí hubiéramos perecido
también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido capaces de retirar de la
elevada entrada la piedra que había colocado. Así que llorando esperamos a Eos
divina. Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa,
se puso a encender fuego y a ordeñar a sus insignes rebaños, todo por orden, y
bajo cada una colocó un recental. Luego que hubo realizado sus trabajos, agarró
a dos compañeros a la vez y se los preparó como desayuno. Y cuando había
desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos rebaños retirando con
facilidad la gran piedra de la entrada. Y la volvió a poner como si colocara la
tapa a una aljaba. Y mientras el Cíclope encaminaba con gran estrépito sus
rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi pecho:
¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera esto que la suplico...!
«Y ésta fue la decisión
que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del Ciclope,
verde, de olivo; la había cortado para llevarla cuando estuviera seca. Al
mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte bancos de
remeros, de una nave de transporte amplia, de las que recorren el negro abismo:
así era su longitud, así era su anchura al mirarla. Me acerqué y corté de ella
como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran.
Éstos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse
al fuego para endurecerla. La coloqué bien cubriéndola bajo el estiércol que
estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que sortearan quién
se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en su ojo cuando le
llegara el dulce sueño, y eligieron entre ellos a cuatro, a los que yo mismo
habría deseado escoger. Y yo me conté entre ellos como quinto.
Llegó el Cíclope por la
tarde conduciendo sus ganados de hermosos vellones e introdujo en la amplia
cueva a sus gordos rebaños, a todos, y no dejó nada fuera del profundo establo,
ya porque sospechara algo o porque un dios así se lo aconsejó. Después colocó
la gran piedra que hacía de puerta, levantándola muy alta, y se sentó a ordeñar
las ovejas y las baladoras cabras, todas por orden, y bajo cada una colocó un
recental. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a La
vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije al Cíclope
sosteniendo entre mis manos una copa de negro vino:
«"¡Aquí, Cíclope!
Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas qué bebida
escondía nuestra nave. Te lo he traído como libación, por si te compadescas de
mí y me enviabas a casa, pues estás enfurecido de forma ya intolerable.
¡Cruel¡, ¿cómo va a llegarse a ti en adelante ninguno de los numerosos hombres?
Pues no has obrado como lo corresponde."
«Así hablé, y él la tomó,
bebió y gozó terriblemente bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por segunda
vez:
«"Dame más de buen
grado y dime ahora ya tu nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad con
el que te vas a alegrar. Pues también la donadora de vida, la Tierra, produce
para los Cíclopes vino de grandes uvas y la lluvia de Zeus se las hace crecer.
Pero esto es una catarata de ambrosia y néctar."
«Así habló, y yo le
ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin
medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del Cíclope, me
dirigí a él con dulces palabras:
«"Cíclope, ¿me
preguntas mi célebre nombre? Te to voy a decir, mas dame tú el don de
hospitalidad como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi
madre y mi padre y todos mis compañeros."
«Así hablé, y él me
contestó con corazón cruel:
«"A Nadie me lo
comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este será tu don de
hospitalidad."
«Dijo, y reclinándose
cayó boca arriba. Estaba tumbadó con su robusto cuello inclinado a un lado, y
de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana; eructaba cargado de vino.
«Entonces arrimé la
estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con
mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se me escapara por
miedo. Y cuando en breve la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde
como estaba, y .resplandecía terriblemente, me acerqué y la saqué del fuego, y
mis compañeros me rodearon, pues sin duda un demón les infundiá gran valor.
Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo, y yo hacía
fuerza desde arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra con un
trépano la madera destinada a un navío
otros abajo la atan a ambos lados con una correa y la madera gira
continua, incesantemente , así hacíamos dar vueltas, bien asida, a la estaca de
punta de fuego en el ojo del Cíclope, y la sangre corría por la estaca
caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó todos los párpados, y
las cejas y las raíces crepitaban por el fuego. Como cuando un herrero sumerge
una gran hacha o una garlopa en agua fría para templarla y ésta estride grandemente pues éste es el poder del hierro , así
estridía su ojo en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande,
horroroso, y la piedra retumbó en torno, y nosotros nos echamos a huir
aterrorizados.
«Entonces se extrajo del
ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las manos.
Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los Cíclopes que habitaban en
derredor suyo, en cuevas por las ventiscosas cumbres. Al oír éstos sus gritos,
venían cada uno de un sitio y se colocaron alrededor de su cueva y le
preguntaron qué le afligía:
«"¿Qué cosa tan
grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manera en la noche inmortal y
hacernos abandonar el sueño? ¿Es que alguno de los mortales se lleva tus
rebaños contra tu voluntad o te está matando alguien con engaño o con sus
fuerzas?"
«Y les contestó desde la
cueva el poderoso Polifemo:
«"Amigos, Nadie me
mata con engaño y no con sus propias fuerzas."
«Y ellos le contestaron y
le dijeron aladas palabras:
«"Pues si nadie te
ataca y estás solo... es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus, pero
al menos suplica a tu padre Poseidón, al soberano."
«Así dijeron, y se
marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi
inteligencia irreprochable!
«El Cíclope gemía y se
retorcía de dolor, y palpando con las manos retiró la piedra de la entrada. Y
se sentó a la puerta, las manos extendidas, por si pillaba a alguien saliendo
afuera entre las ovejas. ¡Tan estúpido pensaba en su mente que era yo! Entonces
me puse a deliberar cómo saldrían mejor las cosas ¡si encontrará el medio de liberar a mis
compañeros y a mí mismo de la muerte..! Y me puse a entretejer toda clase de
engaños y planes, ya que se trataba de mi propia vida . Pues un gran mal estaba
cercano. Y me pareció la mejor ésta decisión: los carneros estaban bien
alimentádos, con densos vellones, hermosos y grandes, y tenían una lana color
violeta. Conque los até en silencio, juntándolos de tres en tres, con mimbres
bien trenzadas sobre las que dormía el Cíclope, el monstruo de pensamientos
impíos; el carnero del medio llevaba a un hombre, y los otros dos marchaban a
cada lado, salvando a mis compañeros. Tres carneros llevaban a cada hombre.
»Entonces yo... había un
carnero; el mejor con mucho de todo su rebaño. Me apoderé de éste por el lomo y
me coloqué bajo su velludo vientre hecho un ovillo, y me mantenía con ánimo
paciente agarrado con mis manos a su divino vellón. Así aguardamos gimiendo a
Eos divina, y cuando se mostró la que nace de la mañana, la de dedos de rosa,
sacó a pastar a los machos de su ganado. Y las hembras balaban por los corrales
sin ordeñar, pues sus ubres rebosaban. Su dueño, abatido por funestos dolores,
tentaba el lomo de todos sus carneros, que se mantenían rectos. El inocente no
se daba cuenta de que mis compañeros estaban sujetos bajo el pecho de las
lanudas ovejas. El último del rebaño en salir fue el carnero cargado con su
lana y conmigo, que pensaba muchas cosas. El poderoso Polifemo lo palpó y se
dirigió a él:
«"Carnero amigo, ¿por
qué me sales de la cueva el último del rebaño? Antes jamás marchabas detrás de
las ovejas, sino que, a grandes pasos, llegabas el primero a pastar las tiernas
flores del prado y llegabas el primero a las corrientes de los ríos y el
primero deseabas llegar al establo por la tarde. Ahora en cambio, eres el
último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que me ha
cegado un hombre villano con la ayuda de sus miserables compañeros, sujetando
mi mente con vino, Nadie, quien todavía no ha escapado te lo aseguro de la muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos
iguales a los míos y estuvieras dotado de voz para decirme dónde se ha
escondido aquél de mi furia! Entonce sus sesos, cada uno por un lado,
reventarían contra el suelo por la cueva, herido de muerte, y mi corazón se
repondría de los males que me ha causado el vil Nadie."
«Así diciendo alejó de sí
al carnero. Y cuando llegamos un poco lejos de la cueva y del corral, yo me
desaté el primero de debajo del carnero y liberé a mis compañeros. Entonces
hicimos volver rápidamente al ganado de finas patas, gordo por la grasa,
abundante ganado, y lo condujimos hasta llegar a la nave.
«Nuestros compañeros
dieron la bienvenida a los que habíamos escapado de la muerte, y a los otros
los lloraron entre gemidos. Pero yo no permití que lloraran, haciéndoles señas
negativas con mis cejas, antes bien, les di órdenes de embarcar al abundante
ganado de hermosos vellones y de navegar el salino mar.
«Embarcáronlo enseguida y
se sentaron sobre los bancos, y, sentados, batían el canoso mar con los remos.
«Conque cuando estaba tan
lejos como para hacerme oír si gritaba, me dirigí al Cíclope con mordaces
palabras:
«"Cíclope, no estaba
privado de fuerza el hombre cuyos compañeros ibas a comerte en la cóncava cueva
con tu poderosa fuerza. Con razón te tenían que salir al encuentro tus malvadas
acciones, cruel, pues no tuviste miedo de comerte a tus huéspedes en tu propia
casa. Por ello te han castigado Zeus y los demás dioses."
«Así hablé, y él se
irritó más en su corazón. Arrancó la cresta de un gran monte, nos la arrojó y
dio detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que
alcanzara lo alto del timón. El mar se levantó por la caída de la piedra, y el
oleaje arrastró en su reflujo, la nave hacia el litoral y la impulsó hacia
tierra. Entonces tomé con mis manos un largo botador y la empujé hacia fuera, y
di órdenes a mis compañeros de que se lanzaran sobre los remos para escapar del
peligro, haciéndoles señas con mi cabeza. Así que se inclinaron hacia adelante
y remaban. Cuando en nuestro recorrido estábamos alejados dos veces la
distancia de antes, me dirigí al Cíclope, aunque mis compañeros intentaban
impedírmelo con dulces palabras a uno y otro lado:
«"Desdichado, ¿por
qué quieres irritar a un hombre salvaje?, un hombre que acaba de arrojar un
proyectil que ha hecho volver a tierra nuestra nave y pensábamos que íbamos a
morir en el sitio. Si nos oyera gritar o hablar machacaría nuestras cabezas y
el madero del navío, tirándonos una roca de aristas resplandecientes, ¡tal es
la longitud de su tiro!"
«Así hablaron, pero no
doblegaron mi gran ánimo y me dirigí de nuevo a él airado:
«"Cíclope, si alguno
de los mortales hombres te pregunta por la vergonzosa ceguera de tu ojo, dile
que lo ha dejado ciego Odiseo, el destructor de ciudades; el hijo de Laertes
que tiene su casa en Itaca."
«Así hablé, y él dio un
alarido y me contestó con su palabra:
«"¡Ay, ay, ya me ha
alcanzado el antiguo oráculo! Había aquí un adivino noble y grande, Telemo
Eurímida, que sobresalía por sus dotes de adivino y envejeció entre los
Cíclopes vaticinando. Éste me dijo que todo esto se cumpliría en el futuro, que
me vería privado de la vista a manos de Odiseo. Pero siempre esperé que llegara
aquí un hombre grande y bello, dotado de un gran vigor; sin embargo, uno que es
pequeño, de poca valía y débil me ha cegado el ojo después de sujetarme con
vino. Pero ven acá, Odiseo, para que te ofrezca los dones de hospitalidad y
exhorte al ínclito, al que conduce su carro por la tierra, a que te dé escolta,
pues soy hijo suyo y él se gloría de ser mi padre. Sólo él, si quiere, me
sanará, y ningún otro de los dioses felices ni de los mortales hombres."
«Así habló, y yo le
contesté diciendo:
«"¡Ojalá pudiera
privarte también de la vida y de la existencia y enviarte a la mansión de
Hades! Así no te curaría el ojo ni el que sacude la tierra."
«Así dije, y luego hizo
él una súplica a Poseidón soberano, tendiendo su mano hacia el cielo
estrellado:
«"Escúchame tú,
Poseidón, el que abrazas la tierra, el de cabellera azuloscura. Si de verdad
soy hijo tuyo y tú te precias de ser mi
padre , concédeme que Odiseo, el destructor de ciudades, no llegue a casa, el
hijo de Laertes que tiene su morada en Itaca. Pero si su destino es que vea a
los suyos y llegue a su bien edificada morada y a su tierra patria, que regrese
de mala manera: sin sus compañeros, en nave ajena, y que encuentre calamidades
en casa."
«Así dijo suplicando, y
le escuchó el de azuloscura cabellera. A continuación levantó de nuevo una
piedra mucho mayor y la lanzó dando vueltas. Hizo un esfuerzo inmenso y dio
detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que
alcanzara lo alto del timón. Y el mar se levantó por la caída de la piedra, y
el oleaje arrastró en su reflujo la nave hacia el litoral y la impulsó hacia
tierra.
«Conque por fin llegamos
a la isla donde las demás naves de buenos bancos nos aguardaban reunidas.
Nuestros compañeros estaban sentados llorando alrededor, anhelando
continuamente nuestro regreso. Al llegar allí, arrastramos la nave sobre la
arena y desembarcamos sobre la ribera del mar. Sacamos de la cóncava nave los
ganados del Cíclope y los repartimos de modo que nadie se fuera sin su parte
correspondiente.
«Mis compañeros, de
hermosas grebas, me dieron a mí solo, al repartir el ganado, un carnero de más,
y lo sacrifiqué sobre la playa en honor de Zeus, el que reúne las nubes, el
hijo de Crono, el que es soberano de todos, y quemé los muslos. Pero no hizo
caso de mi sacrificio, sino que meditaba el modo de que se perdieran todas mis
naves de buenos bancos y mis fieles compañeros.
«Estuvimos sentados todo
el día comiendo carne sin parar y bebiendo dulce vino, hasta el sumergirse de
Helios. Y cuando Helios se sumergió y cayó la oscuridad, nos echamos a dormir
sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, di orden a mis compañeros de que
embarcaran y soltaran amarras, y ellos embarcaron, se sentaron sobre los bancos
y, sentados, batían el canoso mar con los remos.
«Así que proseguimos
navegando desde allí, nuestro corazón acongojado, huyendo con gusto de la
muerte, aunque habíamos perdido a nuestros compañeros.»
CANTO X
LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA
HECHICERA
Arribamos a la isla
Eolia, isla flotante donde habita Eolo Hipótada, amado de los dioses
inmortales. Un muro indestructible de bronce la rodea, y se yergue como roca
pelada.
«Tiene Eolo doce hijos
nacidos en su palacio, seis hijas y seis hijos mozos, y ha entregado sus hijas
a sus hijos como esposas. Siempre están ellos de banquete en casa de su padre y
su venerable madre, y tienen a su alcance alimentos sin cuento. Durante el día
resuena la casa, que huele a carne asada, con el sonido de la flauta, y por la
noche duermen entre colchas y sobre lechos taladrados junto a sus respetables
esposas. Conque llegamos a la ciudad y mansiones de éstos. Durante un mes me
agasajó y me preguntaba detalladamente por Ilión, por las naves de los argivos
y por el regreso de los aqueos, y yo le relaté todo como me correspondía. Y
cuando por fin le hablé de volver y le pedí que me despidiera, no se negó y me
proporcionó escolta. Me entregó un pellejo de buey de nueve años que él había
desollado, y en él ató las sendas de mugidores vientos, pues el Cronida le
había hecho despensero de vientos, para que amainara o impulsara al que
quisiera. Sujetó el odre a la curvada nave con un brillante hilo de plata para
que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro para que soplara y
condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a cumplirlo, pues nos
vimos perdidos por nuestra estupidez.
«Navegamos tanto de día
como de noche durante nueve días, y al décimo se nos mostró por fin la tierra
patria y pudimos ver muy cerca gente calentándose al fuego. Pero en ese momento
me sobrevino un dulce sueño; cansado como estaba, pues continuamente gobernaba
yo el timón de la nave que no se lo encomendé nunca a ningún compañero, a fin
de llegar más rápidamente a la tierra patria.
«Mis compañeros conversaban
entre sí y creían que yo llevaba a casa oro y plata, regalo del magnánimo Eolo
Hipótada.
Y decía así uno al que
tenía al lado:
«"¡Ay, ay, cómo
quieren y honran a éste todos los hombres a cuya ciudad y tierra llega! De
Troya se trae muchos y buenos tesoros como botín; en cambio, nosotros, después
de llevar a cabo la misma expedición, volvemos a casa con las manos vacías.
También ahora Eolo le ha entregado esto correspondiendo a su amistad. Conque,
vamos, examinemos qué es, veamos cuánto oro y plata se encierra en este
odre."
«Así hablaban, y
prevaleció la decisión funesta de mis compañeros: desataron el odre y todos los
vientos se precipitaron fuera, mientras que a mis compañeros los arrebataba un
huracán y los llevó llorando de nuevo al ponto lejos de la patria. Entonces
desperté yo y me puse a cavilar en mi irreprochable ánimo si me arrojaría de la
nave para perecer en el mar o soportaría en silencio y permanecería todavía
entre los vivientes. Conque aguanté y quedéme y me eché sobre la nave cubriendo
mi cuerpo. Y las naves eran arrastradas de nuevo hacia la isla Eofa por una
terrible tempestad de vientos, mientras mis compañeros se lamentaban.
«Por fin pusimos pie en
tierra, hicimos provisión de agua y enseguida comenzaron mis compañeros a comer
junto a las rápidas naves. Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida tomé
como acompañantes al heraldo y a un compañero y me encaminé a la ínclita morada
de Eolo, y lo encontré banqueteando en compañía de su esposa a hijos. Cuando
llegamos a la casa nos sentamos sobre el umbral junto a las puertas, y ellos se
levantaron admirados y me preguntaron:
«"¿Cómo es que has
vuelto, Odiseo? ¿Qué demón maligno ha caído sobre ti? Pues nosotros te
despedimos gentilmente para que llegaras a tu patria y hogar a donde quiera que
te fuera grato."
«Así dijeron, y yo les
contesté con el corazón acongojado:
«"Me han perdido mis
malvados compañeros y, además, el maldito sueño. Así que remediadlo, amigos,
pues está en vuestras manos."
«Así dije, tratando de
calmarlos con mis suaves palabras, pero ellos quedaron en silencio, y por fin
su padre me contestó:
«"Márchate enseguida
de esta isla, tú, el más reprobable de los vivientes, que no me es lícito
acoger ni despedir a un hombre que resulta odioso a los dioses felices.
¡Fuera!, ya que has llegado aquí odiado por los inmortales."
«Así diciendo, me arrojó
de su casa entre profundos lamentos. Así que continuamos nagevando con el
corazón acongojado, y el vigor de mis hombres se gastaba con el doloroso remar,
pues debido a nuestra insensatez ya no se nos presentaba medio de volver.
«Navegamos tanto de día
como de noche durante seis días, y al séptimo arribamos a la escarpada
ciudadela de Lamo, a Telépilo de Lestrigonia, donde el pastor que entra llama a
voces al que sale y éste le contesta; donde un hombre que no duerma puede
cobrar dos jomales, uno por apacentar vacas y otro por conducir blancas ovejas,
pues los caminos del día y de la noche son cercanos.
«Cuando llegamos a su
excelente Puerto lo rodea por todas
partes roca escarpada, y en su boca sobresalen dos acantilados, uno frente a
otro, por lo que la entrada es estrecha , todos mis compañeros amarraron dentro
sus curvadas naves, y éstas quedaron atadas, muy juntas, dentro del Puerto,
pues no se hinchaban allí las olas ni mucho ni poco, antes bien había en torno
una blanca bonanza. Sólo yo detuve mi negra nave fuera del Puerto, en el
extremo mismo, sujeté el cable a la roca y subiendo a un elevado puesto de
observación me quedé allí: no se veía labor de bueyes ni de hombres, sólo humo
que se levantaba del suelo.
«Entonces envié a mis
compañeros para que indagaran qué hombres eran de los que comen pan sobre la
tierra, eligiendo a dos hombres y dándoles como tercer compañero a un heraldo.
Partieron éstos y se encaminaron por una senda llana por donde los carros
llevaban leña a la ciudad desde los altos montes. Y se toparon con una moza que
tomaba agua delante de la ciudad, con la robusta hija de Antifates Lestrigón.
Había bajado hasta la fuente Artacia de bella corriente, de donde solían llevar
agua a la ciudad. Acercándose mis compañeros se dirigieron a ella y le
pregtmtaron quién era el rey y sobre quiénes reinaba, Y enseguida les mostró el
elevado palacio de su padre. Apenas habían entrado, encontraron a la mujer del
rey, grande como la cima de un monte, y se atemorizaron ante ella. Hizo ésta
venir enseguida del ágora al ínclito Antifates, su esposo, quien tramó la
triste muerte para aquéllos. Así que agarró a uno de mis compañeros y se lo
preparó como almuerzo, pero los otros dos se dieron a la fuga y llegaron a las
naves. Entonces el rey comenzó a dar grandes voces por la ciudad, y los
gigantescos Lestrígones que lo oyeron empezaron a venir cada uno de un sitio, a
miles, y se parecían no a hombres, sino a gigantes. Y desde las rocas
comenzaron a arrojarnos peñascos grandes como hombres, así que junto a las
naves se elevó un estruendo de hombres que morían y de navíos que se quebraban.
Además, ensartábanlos como si fueran peces y se los llevaban como nauseabundo
festín.
«Conque mientras mataban
a éstos dentro del profundo Puerto, saqué mi aguda espada de junto al muslo y
corté las amarras de mi nave de azuloscura proa. Y, apremiando a mis
compañeros, les ordené que se inclinaran sobre los remos para poder escapar de
la desgracia. Y todos a un tiempo saltaron sobre ellos, pues temían morir.
«Así que mi nave evitó de
buena gana las elevadas rocas en dirección al ponto, mientras que las demás se
perdían allí todas juntas. Continuamos navegando con el corazón acongojado, huyendo
de la muerte gozosos, aunque habíamos perdido a los compañeros.
«Y llegamos a la isla de
Eea, donde habita Circe, la de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz,
hermana carnal del sagaz Eetes: ambos habían nacido de Helios, el que lleva la
luz a los mortales, y de Perses, la hija de Océano.
«Allí nos dejamos llevar
silenciosamente por la nave a lo largo de la ribera hasta un puerto acogedor de
naves y es que nos conducía un dios. Desembarcamos y nos echamos a dormir
durante dos días y dos noches, consumiendo nuestro ánimo por motivo del
cansancio y el dolor. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer
día, tomé ya mi lanza y aguda espada y, levantándome de junto a la nave, subí a
un puesto de observación por si conseguía divisar labor de hombres y oír voces.
Cuando hube subido a un puesto de observación, me detuve y ante mis ojos
ascendía humo de la tierra de anchos caminos a través de unos encinares y
espeso bosque, en el palacio de Circe. Asi que me puse a cavilar en mi interior
si bajaría a indagar, pues había vistó humo enrojecido.
«Mientras así cavilaba me
pareció lo mejor dirigirme primero a la rápida nave y a la ribera del mar para
distribuir alimentos a mis compañeros, y enviarlos a que indagaran ellos. Y
cuando ya estaba cerca de la curvada nave, algún dios se compadeció de mí -solo
como estaba-, pues puso en mi camino un enorme ciervo de elevada cornamenta.
Bajaba éste desde el pasto del bosque a beber al río, pues ya lo tenía agobiado
la fuerza del sol. Así que en el momento en que salía lo alcancé en medio de la
espalda, junto al espinazo. Atravesólo mi lanza de bronce de lado a lado y se
desplomó sobre el polvo chillando y su
vida se le escapó volando. Me puse sobre él, saqué de la herida la lanza de
bronce y lo dejé tirado en el suelo. Entre tanto, corté mimbres y varillas y,
trenzando una soga como de una braza, bien torneada por todas partes, até los
pies del terrible monstruo. Me dirigí a la negra nave con el animal colgando de
mi cuello y apoyado en mi lanza, pues no era posible llevarlo sobre el hombro
con una sola mano y es que la bestia era
descomunal. Arrojéla por fin junto a la nave y desperté a mis compañeros,
dirigiéndome a cada uno en particular con dulces palabras:
«"Amigos, no
descenderemos a la morada de Hades por
muy afligidos que estemos , hasta que nos llegue el día señalado. Conque,
vamos, mientras tenemos en la rápida nave comida y bebida, pensemos en comer y
no nos dejemos consumir por el hambre."
«Así dije, y pronto se
dejaron persuadir por mis palabras. Se quitaron de encima las ropas, junto a la
ribera del estéril mar, y contemplaron con admiración al ciervo y es que la bestia era descomunal. Así que
cuando se hartaron de verlo con sus ojos, lavaron sus manos y se prepararon
espléndido festín.
«Así pasamos todo el día,
hasta que se puso el sol, dándonos a comer abundante carne y delicioso vino. Y
cuando se puso el sol y cayó la oscuridad nos echamos a dormir junto a la
ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa los reuní en asamblea y les
comuniqué mi palabra:
«"Escuchad mis
palabras, compañeros, por muchas calamidades que hayáis soportado. Amigos, no
sabemos dónde cae el Poniente ni dónde el Saliente, dónde. se oculta bajo la
tierra Helios, que alumbra a los mortales, ni dónde se levanta. Conque tomemos
pronto una resolución, si es que todavía es posible, que yo no lo creo. Al
subir a un elevado puesto de observación he visto una isla a la que rodea, como
corona, el ilimitado mar. Es isla de poca altura, y he podido ver con mis ojos,
en su mismo centro, humo a través de unos encinares y espeso bosque."
«Así dije, y a mis
compañeros se les quebró el corazón cuando recordaron las acciones de Antifates
Lestrigón y la violencia del magnánimo Cíclope, el comedor de hombres. Lloraban
a gritos y derramaban abundante llanto; pero nada conseguían con lamentarse.
Entonces dividí en dos grupos a todos mis compañeros de buenas grebas y di un
jefe a cada grupo. A unos los mandaba yo y a los otros el divino Euríloco.
Enseguida agitamos unos guijarros en un casco de bronce y saltó el guijarro del
magnánimo Euríloco. Conque se puso en camino y con él veintidós compañeros que
lloraban, y nos dejaron atrás a nosotros gimiendo también.
«Encontraron en un valle
la morada de Circe, edificada con piedras talladas, en lugar abierto. La
rodeaban lobos montaraces y leones, a los que había hechizado dándoles brebajes
maléficos, pero no atacaron a mis hombres, sino que se levantaron y jugueteaban
alrededor moviendo sus largas colas. Como cuando un rey sale del banquete y le
rodean sus perros moviendo la cola pues
siempre lleva algo que calme sus impulsos , así los lobos de poderosas uñas y
los leones rodearon a mis compañeros, moviendo la cola. Pero éstos se echaron a
temblar cuando vieron las terribles bestias. Detuviéronse en el pórtico de la
diosa de lindas trenzas y oyeron a Circe que cantaba dentro con hermosa voz,
mientras se aplicaba a su enorme e inmortal telar ¡y qué suaves, agradables y brillantes son
las labores de las diosas! Entonces comenzó a hablar Polites, caudillo de
hombres, mi más preciado y valioso compañero:
«"Amigos,
alguien no sé si diosa o mujer está dentro cantando algo hermoso mientras se
aplica a su gran telar que todo el piso
se estremece con el sonido . Conque hablémosle enseguida."
«Así dijo, y ellos
comenzaron a llamar a voces. Salió la diosa enseguida, abrió las brillantes
puertas y los invitó a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero
Euríloco se quedó allí barruntando que se trataba de una trampa. Los introdujo,
los hizo sentar en sillas y sillones, y en su presencia mezcló queso, harina y
rubia miel con vino de Pramnio. Y echó en esta pócima brebajes maléficos para
que se olvidaran por completo de su tierra patria.
«Después que se lo hubo
ofrecido y lo bebieron, golpeólos con su varita y los encerró en las pocilgas.
Quedaron éstos con cabeza, voz, pelambre y figura de cerdos, pero su mente
permaneció invariable, la misma de antes. Así quedaron encerrados mientras
lloraban; y Circe les echó de comer bellotas, fabucos y el fruto del cornejo,
todo lo que comen los cerdos que se acuestan en el suelo.
«Conque Euríloco volvió a
la rápida, negra nave para informarme sobre los compañeros y su amarga suerte,
pero no podía decir palabra con desearlo
mucho , porque tenía átravesado el corazón por un gran dolor: sus ojos se
llenaron de lágrimas y su ánimo barruntaba el llanto. Cuando por fin le
interrogamos todos llenos de admiración, comenzó a contarnos la pérdida de los
demás compañeros:
«"Atravesamos los
encinares como ordenaste, ilustre Odiseo, y encontramos en un valle una hermosa
mansión edificada con piedras talladas, en lugar abierto. Allí cantaba una
diosa o mujer mientras se aplicaba a su enorme telar; los compañeros comenzaron
a llamar a voces; salió ella, abrió las brillantes puertas y nos invitó a
entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero yo no me quedé por
barruntar que se trataba de una trampa. Así que desaparecieron todos juntos y
no volvió a aparecer ninguno de ellos, y eso que los esperé largo tiempo
sentado."
«Así habló; entonces me
eché al hombro la espada de clavos de plata, grande, de bronce, y el arco en
bandolera, y le ordené que me condujera por el mismo camino, pero él se abrazó
a mis rodillas y me suplicaba, y, lamentándose, me dirigía aladas palabras:
« “No me lleves allí a la
fuerza, Odiseo de linaje divino; déjame aquí, pues sé que ni volverás tú ni
traerás a ninguno de tus compañeros. Huyamos rápidamente con éstos, pues quizá
podamos todavía evitar el día funesto".
«Así habló, pero yo to
contesté diciendo:
«"Euríloco, quédate
tú aquí comiendo y bebiendo junto a la negra nave, que yo me voy. Me ha venido
una necesidad imperiosa."
«Así diciendo, me alejé
de la nave y del mar. Y cuando en mi marcha por el valle iba ya a llegar a la
mansión de Circe, la de muchos brebajes, me salió al encuentro Hermes, el de la
varita de oro, semejante a un adolescente, con el bozo apuntándole ya y
radiante de juventud. Me tomó de la mano y, llamándome por mi nombre, dijo:
«"Desdichado, ¿cómo
es que marchas solo por estas lomas, desconocedor como eres del terreno? Tus
compañeros están encerrados en casa de Circe, como cerdos, ocupando bien
construidas pocilgas. ¿Es que vienes a rescatarlos? No creo que regreses ni siquiera
tú mismo, sino que te quedarás donde los demás. Así que, vamos, te voy a librar
del mal y a salvarte. Mira, toma este brebaje benéfico, cuyo poder te protegerá
del día funesto, y marcha a casa de Circe. Te voy a manifestar todos los
malvados propósitos de Circe: te preparará una poción y echará en la comida
brebajes, pero no podrá hechizarte, ya que no lo permitirá este brebaje
benéfico que te voy a dar. Te aconsejaré con detalle: cuando Circe trate de
conducirte con su larga varita, saca de junto a tu muslo la aguda espada y
lánzate contra ella como queriendo matarla. Entonces te invitará, por miedo, a
acostarte con ella. No réchaces por un momento el lecho de la diosa, a fin de
que suelte a tus compañeros y te acoja bien a ti. Pero debes ordenarla que jure
con el gran juramento de los dioses felices que no va a meditar contra ti
maldad alguna ni te va a hacer cobarde y poco hombre cuando te hayas
desnudado”.
«Así diciendo, me entregó
el Argifonte una planta que había arrancado de la tierra y me mostró su
propiedades: de raíz era negra, pero su flor se asemejaba a la leche. Los
dioses la llaman moly, y es difícil a los hombres mortales extraerla del suelo,
pero los dioses lo pueden todo.
«Luego marchó Hermes al
lejano Olimpo a través de la isla boscosa y yo me dirigí a la mansión de Circe.
Y mientras marchaba, mi corazón revolvía muchos pensamientos. Me detuve ante
las puertas de la diosa de lindas trenzas, me puse a gritar y la diosa oyó mi
voz. Salió ésta, abrió las brillantes puertas y me invitó a entrar. Entonces yo
la seguí con el corazón acongojado. Me introdujo e hizo sentar en un sillón de
clavos de plata, hermoso, bien trabajado, y bajo mis pies había un escabel.
Preparóme una pócima en copa de oro, para que la bebiera, y echó en ella un brebaje,
planeando maldades en su corazón.
«Conque cuando me lo hubo
ofrecido y lo bebí aunque no me había
hechizado , tocóme con su varita y, llamándome por mi nombre, dijo:
«"Marcha ahora a la
pocilga, a tumbarte en compañía de tus amigos."
«Así dijo, pero yo,
sacando mi aguda espada de junto al muslo, me lancé sobre Circe, como deseando
matarla. Ella dió un fuerte grito y corriendo se abrazó a mis rodillas y,
lamentándose, me dirigió aladas palabras:
«"¿Quién y de dónde
eres? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? Estoy sobrecogida de admiración,
porque no has quedado hechizado a pesar de haber bebido estos brebajes. Nadie,
ningún otro hombre ha podido soportarlos una vez que los ha hebido y han pasado
el cerco de sus dientes. Pero tú tienes en el pecho un corazón imposible de
hechizar. Así que seguro que eres el asendereado Odiseo, de quien me dijo el de
la varita de oro, el Argifonte que vendría al volver de Troya en su rápida,
negra nave. Conque, vamos, vuelve tu espada a la vaina y subamos los dos a mi cama,
para que nos entreguemos mutuamente unidos en amor y lecho."
«Así dijo, pero yo me
dirigí a ella y le contesté:
«"Circe, ¿cómo
quieres que sea amoroso contigo? A mis compañeros los has convertido en cerdos
en tu palacio, y a mí me retienes aquí y, con intenciones perversas, me invitas
a subir a tu aposento y a tu cama para hacerme cobarde y poco hombre cuando
esté desnudo. No desearía ascender a tu cama si no aceptaras al menos, diosa,
jurarme con gran juramento que no vas a meditar contra mí maldad alguna."
«Así dije, y ella al
punto juró como yo le había dicho. Conque, una vez que había jurado y terminado
su promesa, subí a la hermosa cama de Circe.
«Entre tanto, cuatro
siervas faenaban en el palacio, las que tiene como asistentas en su morada. Son
de las que han nacido de fuentes, de bosques y de los sagrados ríos que fluyen
al mar. Una colocaba sobre los sillones cobertores hermosos y alfombras debajo;
otra extendía mesas de plata ante los sillones, y sobre ellas colocaba
canastillas de oro; la tercera mezclaba delicioso vino en una crátera de plata
y distribuía copas de oro, y la cuarta traía agua y encendía abundante fuego
bajo un gran trípode y así se calentaba el agua. Cuando el agua comenzó a
hervir en el brillante bronce, me sentó en la bañera y me lavaba con el agua
del gran trípode, vertiendola agradable sobre mi cabeza y hombros, a fin de
quitar de mis miembros el cansancio que come el vigor. Cuando me hubo lavado,
ungido con aceite y vestido hermosa túnica y manto, me condujo e hizo sentar
sobre un sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado y bajo mis pies
había un escabel. Una sierva derramó sobre fuente de plata el aguamanos que
llevaba en hermosa jarra de oro, para que me lavara, y al lado extendió una
mesa pulimentada. La venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas escogidas, favoreciéndome entre los presentes. Y me invitaba
a que comiera, pero esto no placía a mi ánimo y estaba sentado con el
pensamiento en otra parte, pues mi ánimo presentía la desgracia. Cuando Circe
me vio sentado sin echar mano a la comida y con fuerte pesar, colocóse a mi
lado y me dirigió aladas palabras:
«"¿Por qué, Odiseo,
permaneces sentado como un mudo consumiendo tu ánimo y no tocas siquiera la
comida y la bebida? Seguro que andas barruntando alguna otra desgracia, pero no
tienes nada que temer, pues ya te he jurado un poderoso juramento."
«Así habló, y entonces le
contesté diciendo:
«"Circe, ¿qué hombre
como es debido probaría comida o bebida antes de que sus compañeros quedaran
libres y él los viera con sus ojos? Conque, si me invitas con buena voluntad a
beber y comer, suelta a mis fieles compañeros para que pueda verlos con mis
ojos."
«Así dije; Circe atravesó
el mégaron con su varita en las manos, abrió las puertas de las pocilgas y sacó
de allí a los que parecían cerdos de nueve años. Después se colocaron enfrente,
y Circe, pasando entre ellos, untaba a cada uno con otro brebaje. Se les cayó
la pelambre que había producido el maléfico brebaje que les diera la soberana
Circe y se convirtieron de nuevo en hombres aún más jóvenes que antes y más
bellos y robustos de aspecto. Y me reconocieron y cada uno me tomaba de la
mano. A todos les entró un llanto conmovedor -toda la casa resonaba que daba
pena , y hasta la misma diosa se compadeció de ellos. Así que se vino a mi lado
y me dijo la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, marcha ya a tu rápida nave junto a la
ribera del mar. Antes que nada, arrastrad la nave hacia tierra, llevad vuestras
posesiones y armas todas a una gruta y vuelve aquí después con tus fieles
compañeros."
«Así dijo, mi valeroso
ánimo se dejó persuadir y me puse en camino hacia la rápida nave junto a la
ribera del mar. Conque encontré junto a la rápida nave a mis fieles compañeros
que lloraban lamentablemente derramando abundante llanto. Como las terneras que
viven en el campo salen todas al encuentro y retozan en torno a las vacas del
rebaño que vuelven al establo después de hartarse de pastar (pues ni los
cercados pueden ya retenerlas y, mugiendo sin cesar corretean en torno a sus
madres), así me rodearon aquéllos, llorando cuando me vieron con sus ojos. Su
ánimo se imaginaba que era como si hubieran vuelto a su patria y a la misma
ciudad de Itaca, donde se habían criado y nacido. Y, lamentándose, me decían
aladas palabras:
«"Con tu vuelta,
hijo de los dioses, nos hemos alegrado lo mismo que si hubiéramos llegado a
nuestra patria Itaca. Vamos, cuéntanos la pérdida de los demás
compañeros."
«Así dijeron, y yo les
hablé con suaves palabras:
«"Antes que nada,
empujaremos la rápida nave a tierra y llevaremos hasta una gruta nuestras
posesiones y armas todas. Luego, apresuraos a seguirme todos, para que veáis a
vuestros compañeros comer y beber en casa de Circe, pues tienen comida sin
cuento."
«Así dije, y enseguida
obedecieron mis ordenes. Sólo Euríloco trataba de retenerme a todos los
compañeros y, hablándoles, decía aladas palabras:
«"Desgraciados, ¿a
dónde vamos a ir? ¿Por qué deseáis vuestro daño bajando a casa de Circe, que os
convertirá a todos en cerdos, lobos o leones para que custodiéis por la fuerza
su gran morada, como ya hizo el Cíclope cuando nuestros compañeros llegaron a
su establo y con ellos el audaz Odiseo? También aquéllos perecieron por la
insensatez de éste."
«Así habló; entonces dudé
si sacar la larga espada de junto a mi robusto muslo y, cortándole la cabeza,
arrojarla contra el suelo, aunque era pariente mío cercano. Pero mis compañeros
me lo impidieron, cada uno de un lado, con suaves palabras:
«"Hijo de los
dioses, dejaremos aquí a éste, si tú así lo ordenas, para que se quede junto a
la nave y la custodie. Y a nosotros llévanos a la sagrada mansión de
Circe."
«Así diciendo, se
alejaron de la nave y del mar. Pero Euríloco no se quedó atrás, junto a la
cóncava nave, sino que nos siguió, pues temía mis terribles amenazas.
«Entre tanto, Circe lavó
gentilmente a mis otros compañeros que estaban en su morada, los ungió con
brillante aceite y los vistió con túnicas y mantos. Y los encontramos cuando se
estaban banqueteando en el palacio. Cuando se vieron unos a otros y se contaron
todo, rompieron a llorar entre lamentos, y la casa toda resonaba. Así que la
divina entre las diosas se vino a mi lado y dijo:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no excitéis más el abundance llanto,
pues también yo conozco los trabajos que habéis sufrido en el ponto lleno de
peces y los daños que os han causado en tierra firme hombres enemigos. Conque,
vamos, comed vuestra comida y bebed vuestro vino hasta que recobréis las
fuerzas que teníais el día que abandonasteis la tierra patria de la escarpada
Itaca; que ahora estáis agotádos y sin fuerzas; con el duro vagar siempre en
vuestras mientes. Y vuestro ánimo no se llena de pensamientos alegres, pues ya
habéis sufrido mucho."
«Así dijo, y nuestro
valeroso ánimo se dejó persuadir. Allí nos quedamos un año entero día tras dia , dándonos a comer carne en
abundancia y delicioso vino. Pero cuando se cumplió el año y volvieron las
estaciones con el transcurrir de los meses
ya habían pasado largos días , me llamaron mis fieles compañeros y me dijeron:
«"Amigo, piensa ya
en la tierra patria, si es que tu destino es que te salves y llegues a tu bien
edificada morada y a tu tierra patria."
«Así dijeron, y mi
valeroso ánimo se dejó persuadir. Estuvimos todo un día, hasta la puesta del
sol, comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y cuando se puso el sol y
cayó la oscuridad, mis compañeros se acostaron en el sombrío palacio. Pero yo
subí a la hermosa cama de Circe y, abrazándome a sus rodillas, la supliqué, y
la diosa escuchó mi voz. Y hablándole, decía aladas palabras:
«"Circe, cúmpleme la
promesa que me hiciste de enviarme a casa, que mi ánimo ya está impaciente y el
de mis compañeros, quienes, cuando tú estás lejos, me consumen el corazón
llorando a mi alrededor."
«Así dije, y al punto
contestó la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no permanezcáis más tiempo en mi
palacio contra vuestra voluntad. Pero antes tienes que llevar a cabo otro
viaje; tienes que llegarte a la mansión de Hades y la terrible Perséfone para
pedir oráculo al alma del tebano Tiresias, el adivino ciego, cuya mente todavía
está inalterada. Pues sólo a éste, incluso muerto, ha concedido Perséfone tener
conciencia; que los demás revolotean como sombras."
«Así dijo, y a mí se me
quebró el corazón. Rompí a llorar sobre el lecho, y mi corazón ya no quería
vivir ni volver a contemplar la luz del sol.
«Cuando me había hartado
de llorar y de agitarme, le dije, contestándole:
«"Circe, ¿y quién
iba a conducirme en este viaje? Porque a la mansión de Hades nunca ha llegado
nadie en negra nave."
«Así dije, y al punto me
contestó la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no sientas necesidad de guía en tu
nave. Coloca el mástil, extiende las blancas velas y siéntate. El soplo de
Bóreas la llevará, y cuando hayas atravesado el Océano y llegues a las planas
riberas y al bosque de Perséfone
esbeltos álamos negros y estériles cañaverales , amarra la nave allí
mismo, sobre el Océano de profundas corrientes, y dirígete a la espaciosa
morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan en el Aqueronte el Piriflegetón
y el Kotyto, difluente de la laguna Estigia, y una roca en la confluencia de
los dos sonoros ríos. Acércate allí, héroe
así te lo aconsejo , y, cavando un hoyo como de un codo por cada lado,
haz una libación en honor de todos los muertos, primero con leche y miel, luego
con delicioso vino y en tercer lugar, con agua. Y esparce por encima blanca
harina. Suplica insistentemente a las inertes cabezas de los muertos y promete
que, cuando vuelvas a Itaca, sacrificarás una vaca que no haya parido, la
mejor, y llenarás una pira de obsequios y que, aparte de esto, sólo a Tiresias
le sacrificarás una oveja negra por completo, la que sobresalga entre vuestro
rebaño. Cuando hayas suplicado a la famosa rata de los difuntos, sacrifica allí
mismo un carnero y una borrega negra, de cara hacia el Erebo; y vuélvete para
dirigirte a las corrientes del río, donde se acercarán muchas almas de
difuntos. Entonces ordena a tus compañeros que desuellen las víctimas que yacen
en tierra atravesadas por el agudo bronce, que las quemen después de desollarlas
y que supliquen a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone. Y tú
saca de junto al muslo la aguda espada y siéntate sin permitir que las inertes
cabezas de los muertos se acerquen a la sangre antes de que hayas preguntado a
Tiresias. Entonces llegará el adivino, caudillo de hombres, que te señalará el
viaje, la longitud del camino y el regreso, para que marches sobre el ponto
lleno de peces."
«Así dijo, y enseguida
apareció Eos, la del trono de oro. Me vistió de túnica y manto, y ella; la ninfa,
se puso una túnica grande, sutil y agradable, echó un hermoso ceñidor de oro a
su cintura y sobre su cabeza puso un velo. Entonces recorrí el palacio
apremiando a mis compañeros con suaves palabras, poniéndome al lado de cada
hombre:
«"Ya no durmáis más
tiempo con dulce sueño; marchémonos, que la soberana Circe me ha revelado
todo."
«Así dije, y su valeroso
ánimo se dejó persuadir. Pero ni siquiera de allí pude llevarme sanos y salvos
a mis compañeros. Había un tal Elpenor, el más joven de todos, no muy brillante
en la guerra ni muy dotado de mientes, que, por buscar la fresca, borracho como
estaba, se había echado a dormir en el sagrado palacio de Circe, lejos de los
compañeros. Cuando oyó el ruido y el tumulto, levantóse de repente y no reparó
en volver para bajar la larga escalera, sino que cayó justo desde el techo. Y
se le quebraron las vértebras del cuello y su alma bajó al Hades.
«Cuando se acercaron los
demás les dije mi palabra:
«"Seguro que pensáis
que ya marchamos a casa, a la querida patria, pero Circe me ha indicado otro
viaje a las mansiones de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al
tebano Tiresias."
«A sí dije, y el corazón
se les quebró; sentáronse de nuevo a llorar y se mesaban los cabellos. Pero
nada consiguieron con lamentarse.
«Y cuándo ya partíamos
acongojados hacia la nave y la ribera del mar derramando abundante llanto,
acercóse Circe a la negra nave y ató un carnero y una borrega negra, marchando
inadvertida. ¡Con facilidad!, pues ¿quién podría ver con sus ojos a un dios
comiendo aquí o allá si éste no quíere?»
CANTO XI
DESCENSUS AD INFEROS
«Y cuando habíamos
llegado a la nave y al mar, antes que nada empujamos la nave hacia el mar
divino y colocamos el mástil y las velas a la negra nave. Embarcamos también
ganados que habíamos tomado, y luego ascendimos nosotros llenos de dolor,
derramando gruesas lágrimas. Y Circe, la de lindas trenzas, la terrible diosa
dotada de voz, nos envió un viento que llenaba las velas, buen compañero detrás
de nuestra nave de azuloscura proa. Colocamos luego el aparejo, nos sentamos a
lo largo de la nave y a ésta la dirigían el viento y el piloto. Durante todo el
día estuvieron extendidas las velas en su viaje a través del ponto.
«Y Helios se sumergió, y
todos los caminos se llenaron de sombras. Entonces llegó nuestra nave a los
confines de Océano de profundas corrientes, donde está el pueblo y la ciudad de
los hombres Cimerios cubiertos por la oscuridad y la niebla. Nunca Helios, el
brillante, los mira desde arriba con sus rayos, ni cuando va al cielo
estrellado ni cuando de nuevo se vuelve a la tierra desde el cielo, sino que la
noche se extiende sombría sobre estos desgraciados mortales. Llegados allí,
arrastramos nuestra nave, sacamos los ganados y nos pusimos en camino cerca de
la corriente de Océano, hasta que llegamos al lugar que nos había indicado
Circe. Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo saqué la aguda
espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de un codo por uno y otro lado.
Y alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los difuntos, primero
con leche y miel, después con delicioso vino y, en tercer lugar, con agua. Y
esparcí por encima blanca harina.
«Y hacía abundantes
súplicas a las inertes cabezas de los muertos, jurando que, al volver a Itaca,
sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido, la que fuera la
mejor, y que llenaría una pira de obsequios y que, aparte de esto, sacrificaría
a sólo Tiresias una oveja negra por completo, la que sobresaliera entre
nuestros rebaños.
«Luego que hube suplicado
al linaje de los difuntos con promesas y súplicas, yugulé los ganados que había
llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre. Entonces se empezaron a
congregar desde el Erebo las almas de los difuntos, esposas y solteras; y los
ancianos que tienen mucho que soportar; y tiernas doncellas con el ánimo
afectado por un dolor reciente; y muchos alcanzados por lanzas de bronce,
hombres muertos en la guerra con las armas ensangrentadas. Andaban en grupos
aquí y allá, a uno y otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí
me atenazó el pálido terror.
«A continuación di
órdenes a mis compañeros, apremiándolos a que desollaran y asaran las víctimas
que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce, y que hicieran súplicas
a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone. Entonces saqué la
aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no dejaba que las inertes cabezas
de los muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera preguntado a
Tiresias.
«La primera en llegar fue
el alma de mi compañero Elpenor. Todavía no estaba sepultado bajo la tierra, la
de anchos caminos, pues habíamos abandonado su cadáver, no llorado y no
sepulto, en casa de Circe, que nos urgía otro trabajo. Contemplándolo entonces,
lo lloré y compadecí en mi ánimo, y, hablándole, decía aladas palabras:
« “Elpenor, ¿cómo has
bajado a la nebulosa oscuridad? ¿Has llegado antes a pie que yo en mi negra
nave?"
«Así le dije, y él,
gimiendo, me respondió con su palabra:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, me enloqueció el Destino funesto de
la divinidad y el vino abundante. Acostado en el palacio de Circe, no pensé en
descender por la larga escalera, sino que caí justo desde el techo y mi cuello
se quebró por la nuca. Y mi alma descendió a Hades.
«Ahora te suplico por
aquellos a quienes dejaste detrás de ti, por quienes no están presentes; te
suplico por tu esposa y por tu padre, el que te nutrió de pequeño, y por
Telémaco, el hijo único a quien dejaste en tu palacio: sé que cuando marches de
aquí, del palacio de Hades, fondearás tu bien fabricada nave en la isla de Eea.
Te pido, soberano, que te acuerdes de mí allí, que no te alejes dejándome sin
llorar ni sepultar, no sea que me convierta para ti en una maldición de los dioses.
Antes bien, entiérrame con mis armas, todas cuantas tenga, y acumula para mí un
túmulo sobre la ribera del canoso mar
¡desgraciado de mí! para que te
sepan también los venideros. Cúmpleme esto y clava en mi tumba el remo con el
que yo remaba cuando estaba vivo, cuando estaba entre mis compañeros."
«Así habló, y yo,
respondiéndole, dije:
«“ Esto lo cumpliré,
desdichado, y realizaré."
«Así permanecíamos
sentados, contestándonos con palabras tristes; yo sostenía mi espada sobre la
sangre y, enfrente, hablaba largamente el simulacro de mi compañero.
«También llegó el alma de
mi difunta madre, la hija del magnánimo Autólico, Anticlea, a quien había
dejado viva cuando marché a la sagrada Ilión. Mirándola la compadecí en mi
ánimo, pero ni aun así la permití, aunque mucho me dolía, acercarse a la sangre
antes de interrogar a Tiresias.
«Y llegó el alma del
Tebano Tiresias en la mano su cetro de
oro , y me reconoció, y dijo:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¿por qué has venido, desgraciado,
abandonando la luz de Helios, para ver a los muertos y este lugar carente de
goces? Apártate de la fosa y retira tu aguda espada para que beba de la sangre
y te diga la verdad."
«Así dijo; yó entonces
volví a guardar mi espada de clavos de plata, la metí en la vaina, y sólo
cuando hubo bebido la negra sangre se dirigió a mí con palabras el
irreprochable adivino:
«"Tratas de
conseguir un dulce regreso, brillante Odiseo; sin embargo, la divinidad te lo
hará difícil, pues no creo que pases desapercibido al que sacude la tierra. Él
ha puesto en su ánimo el resentimiento contra ti, airado porque le cegaste a su
hijo. Sin embargo, llegaréis, aun sufriendo muchos males, si es que quieres
contener tus impulsos y los de tus compañeros cuando acerques tu bien
construida nave a la isla de Trinaquía, escapando del ponto de color violeta, y
encontréis unas novillas paciendo y unos gordos ganados, los de Helios, el que
ve todo y todo lo oye. Si dejas a éstas sin tocarlas y piensas en el regreso,
llegaréis todavía a Itaca, aunque después de sufrir mucho; pero si les haces
daño, entonces te predigo la destrucción para la nave y para tus compañeros. Y
tú mismo, aunque escapes, volverás tarde y mal, en nave ajena, después de
perder a todos tus compañeros. Y encontrarás desgracias en tu casa: a unos
hombres insolentes que te comen tu comida, que pretenden a tu divina esposa y
le entregan regalos de esponsales.
«"Pero, con todo,
vengarás al volver las violencias de aquéllos. Después de que hayas matado a
los pretendientes en tu palacio con engaño o bien abiertamente con el agudo
bronce, toma un bien fabricado remo y ponte en camino hasta que llegues a los
hombres que no conocen el mar ni comen la comida sazonada con sal; tampoco
conocen éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que son alas
para las naves. Conque te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará
desapercibida: cuando un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas
un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en tierra el remo fabricado a mano
y, realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón un carnero, un toro y un verraco semental de
cerdas vuelve a casa y realiza sagradas
hecatombes a los dioses inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por
orden. Y entonces te llegará la muerte fuera del mar, una muerte muy suave que
te consuma agotado bajo la suave vejez. Y los ciudadanos serán felices a tu
alrededor. Esto que te digo es verdad."
«Así habló, y yo le
contesté diciendo:
«"Tiresias, esto lo
han hilado los mismos dioses. Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad:
veo aquí el alma de mi madre muerta; permanece en silencio cerca de la sangre y
no se atreve a mirar a su hijo ni hablarle. Dime, soberano, de qué modo
reconocería que soy su hijo." ,
«Así hablé y él me
respondió diciendo:
«"Te voy a decir una
palabra fácil y la voy a poner en tu mente. Cualquiera de los difuntos a quien
permitas que se acerque a la sangre te dirá la verdad, pero al que se lo
impidas se retirará."
«Así habló, y marchó a la
mansión de Hades el alma del soberano Tiresias después de decir sus vaticinios.
«En cambio, yo permanecí
allí constante hasta que llegó mi madre y bebió la negra sangre. Al pronto me
reconoció y, llorando, me dirigió aladas palabras:
«"Hijo mío, cómo has
bajado a la nebulosa oscuridad si estás vivo? Les es difícil a los vivos
contemplar esto, pues hay en medio grandes ríos y terribles corrientes, y,
antes que nada, Océano, al que no es posible atravesar a pie si no se tiene una
fabricada nave. ¿Has llegado aquí errante desde Troya con la nave y los
compañeros después de largo tiempo? ¿Es que no has llegado todavía a Itaca y no
has visto en el palacio a tu esposa?"
«Así habló, y yo le
respondí diciendo:
«"Madre mía, la
necesidad me ha traído a Hades para pedir oráculo al alma del tebano Tiresias.
Todavía no he llegado cerca de Acaya ni he tocado nuestra tierra en modo
alguno, sino que ando errante en continuas dificultades desde al día en que
seguí al divino Agamenón a Ilión, la de buenos potros, para luchar con los
troyanos.
«"Pero, vamos, dime
esto e infórmame con verdad: ¿Qué Ker de la terrible muerte te dominó? ¿Te
sometió una larga enfermedad o te mató Artemis, la que goza con sus saetas,
atacándote con sus suaves dardos? Háblame de mi padre y de mi hijo, a quien
dejé; dime si mi autoridad real sigue en su poder o la posee otro hombre,
pensando que ya no volveré más. Dime también la resolución y las intenciones de
mi esposa legítima, si todavía permanece junto al niño y conserva todo a salvo
o si ya la ha desposado el mejor de los aqueos."
«Así dije, y al pronto me
respondió mi venerable madre:
«"Ella permanece
todavía en tu palacio con ánimo afligido, pues las noches se le consumen entre
dolores y los días entre lágrimas. Nadie tiene todavía tu hermosa autoridad,
sino que Telémaco cultiva tranquilamente tus campos y asiste a banquetes
equitativos de los que está bien que se ocupe un administrador de justicia,
pues todos le invitan.
«"Tu padre permanece
en el campo, y nunca va a la ciudad, y no tiene sábanas en la cama ni
cobertores ni colchas espléndidas, sino que en invierno duerme como los siervos
en el suelo, cerca del hogar y visten su
cuerpo ropas de mala calidad , mas cuando llega el verano y el otoño... tiene
por todas partes humildes lechos formados por hojas caídas, en la parte alta de
su huerto fecundo en vides. Ahí yace doliéndose, y crece en su interior una
gran aflicción añorando tu regreso, pues ya ha llegado a la molesta vejez.
«"En cuanto a mí,
así he muerto y cumplido mi destino: no me mató Artemis, la certera cazadora,
en mi palacio, acercándose con sus suaves dardos, ni me invadió enfermedad
alguna de las que suelen consumir el ánimo con la odiosa podredumbre de los
miembros, sino que mi nostalgia y mi preocupación por ti, brillante Odiseo, y
tu bondad me privaron de mi dulce vida."
«Así dijo, y yo,
cavilando en mi mente, quería abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces
me acerqué mi ánimo me impulsaba a
abrazarla , y tres veces voló de mis brazos semejante a una sombra o a un
sueño.
«En mi corazón nacía un
dolor cada vez más agudo, y, hablándole, le dirigí aladas palabras:
«"Madre mía, ¿por
qué no te quedas cuando deseo tomarte para que, rodeándonos con nuestros
brazos, ambos gocemos del frío llanto, aunque sea en Hades? ¿Acaso la ínclita
Perséfone me ha enviado este simulacro para que me lamente y llore más
todavía?"
«Así dije, y al pronto me
contestó mi soberana madre:
«"¡Ay de mí, hijo
mío, el más infeliz de todos los hombres! De ningún modo te engaña Perséfone,
la hija de Zeus, sino que ésta es la condición de los mortales cuando uno
muere: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, que la fuerza poderosa
del fuego ardiente los consume tan pronto como el ánimo ha abandonado los
blancos huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño. Conque dirígete
rápidamente a la luz del día y sabe todo esto para que se lo digas a tu esposa
después."
«Así nos contestábamos
con palabras. Y se acercaron pues las
impulsaba la ínclita Perséfone cuantas
mujeres eran esposas e hijas de nobles. Se congregaban amontonándose alrededor
de la negra sangre y yo cavilaba de qué modo preguntaría a cada una. Y ésta me
pareció la mejor determinación: saqué la aguda espada de junto a mi vigoroso
muslo y no permitía que bebieran la negra sangre todas a la vez. Así que se
iban acercando una tras otra y cada una de ellas contaba su estirpe.
«A la primera que vi fue
a Tiro, nacida de noble padre, la cual dijo ser hija del eximio Salmoneo y
esposa de Creteo el Eólida, la que deseó al divino Enipeo que se desliza sobre
la tierra como el más hermoso de los ríos.
Andaba ella paseando
junto a la hermosa corriente de Enipeo, cuando el que conduce su carro por la
tierra tomó la figura de éste y se acostó junto a ella en los orígenes del
voraginoso río. Y los cubrió una ola de púrpura semejante a un monte,
encorvada, y escondió al dios y a la mujer mortal. Desató el dios su virginal
ceñidor y le infundió sueño y, después que hubo llevado a cabo las obras de
amor, la tomó de la mano, le dijo su palabra y la llamó por su nombre:
"Alégrate, mujer, por este amor, pues cuando pase un año parirás hermosos
hijos, que no son estériles los concúbitos de los inmortales. Por tu parte,
cuídate de ellos y nútrelos. Ahora, marcha a casa, contente y no me nombres. Yó
soy Poseidón, el que sacude la tierra." Así habló y se sumergió en el
ponto lleno de olas. Y ella, grávida, acabó pariendo a Pelias y Neleo, los
cuales fueron poderosos servidores de Zeus. Pelias habitaba en Jolcos, rico en
ganado, y el otro en la arenosa Pilos. A sus demás hijos los parió de Creteo
esta reina entre las mujeres: a Esón, Feres y Mitaón, guerrero ecuestre.
«Después de ésta vi a
Antíope, hija de Asopo, que también se gloriaba de haber dormido entre los
brazos de Zeus y parió a dos hijos, Anfión y Zeto, quienes fueron los
fundadores del reino de Tebas, la de siete puertas, y la dotaron de torres, que
sin torres no podían habitar la espaciosa Tebas por muy póderosos que fueran.
«Después de ésta vi a
Alcmena, la mujer de Anfitrión, la que parió al invencible Heracles, feroz como
león, uniéndose al gran Zeus, entre sus brazos.
«Y a Mégara, la hija del
valeroso Creonte, a la que. tuvo como esposa el hijo de Anfitrión"',
indomable siempre en su valor.
«También vi a la madre de
Edipo, la hermosa Epicasta, la que cometió una acción descomedida, por
ignorancia de su mente, al casarse con su hijo, quien, después de dar muerte a
su padre, se casó con ella (los dioses han divulgado esto rápidamente entre los
hombres). Entonces reinaba él sobre los cadmeos sufriendo dolores por la
funesta decisión de los dioses en la muy deseable Tebas, pero ella había
descendido al Hades, el de puertas poderosamente trabadas, después de atar una
alta soga al techo de su elevado palacio, poseída de su furor. Y dejó a Edipo numerosos
dolores para el futuro, cuantos llevan a cumplimiento las Erinias de una madre.
«También vi a la
hermosísima Cloris, a quien desposó Neleo en otro tiempo por causa de su
hermosura, dándole innumerables regalos de esponsales; era la hija menor de
Anfión Jasida, el que en otró tiempo imperaba con fuerza en Orcómenos de los
Minios. Ella imperaba en Pilos y le dio a luz hijos ínclitos, Néstor y Cromio y
el arrogante Periclimeno. Y después de éstos parió a la hermosa Peró, objeto de
admiración para los mortales, a quien todos los vecinos pretendían, mas Neleo
no sé la daba a quien no hubiera robado de Filace los cuernitorcidos bueyes
carianchos de Ificlo, difíciles de robar. Sólo un irreprochable adivino
prometió robarlas, pero lo trabó el pesado Destino de la divinidad y las
crueles ligaduras y los boyeros del campo. Cuando ya habían pasado los meses y
los días, por dar la vuelta el año, y habían pasado de largo las estaciones,
sólo entonces lo desató de nuevo la fuerza de Ificlo cuando le comunicó la
palabra de los dioses Y se cumplía la decisión de Zeus.
«También vi a Leda,
esposa de Tíndaro, la cual dio a luz dos hijos de poderosos sentimientos,
Cástor, domador de caballos, y Polideuces, bueno en el pugilato, a quienes
mantiene vivos la tierra nutricia; que incluso bajo tierra son honrados por
Zeus y un día viven y otro están muertos, alternativamente, pues tienen por
suerte este honor, igual que los dioses.
«Después de ésta vi a
Ifimedea, esposa de Alceo, la cual dijo que se había unido a Poseidón y parido
dos hijos aunque de breve vida , Otón,
semejante a los dioses y el ínclito Efialtes. La tierra nutricia los crió los
más altos y los más bellos, aunque menos que el ínclito Orión. Éstos vivieron
nueve años, su anchura era de nueve codos y su longitud de nueve brazas;
amenazaron a los inmortales con establecer en el Olimpo la discordia de una
impetuosa guerra; intentaron colocar a Osa sobre Olimpo y sobre Osa al boscoso
Pelión, para que el cielo les fuera escalable, y tal vez lo habrían conseguido
si hubieran alcanzado la medida de la juventud. Pero los aniquiló el hijo de
Zeus, a quien parió Leto, de lindas trenzas, antes de que les floreciera el
vello bajo las sienes y su mentón se espesara con bien florecida barba.
«También vi a Fedra, y a
Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto Minos, a quien en otro tiempo
llevóTeseo de Creta al elevado suelo de la sagrada Atenas, pero no la disfrutó,
que antes la mató Artemis en Dia, rodeada de corriente, ante la presencia de
Dioniso.
«También vi a Mera, y a
Climena, y a la odiosa Erifile, la que recibió estimable oro a cambio de su
marido.
«No podría enumerar a
todas, ni podría nombrar a cuántas esposas vi de héroes y a cuántas hijas.
Antes se acabaría la noche inmortal. También es hora de dormir o bien marchando
junto a la rápida nave con mis compañeros, o bien aquí. La escolta será cosa
vuestra y de los dioses.»
Así dijo Odiseo, todos
enmudecieron en medio del silencio, y estaban poseídos como por un hechizo en
el sombrío palacio. Y entre ellos comenzó a hablar Arete, de blancos brazos:
«Feacios, ¿cómo os parece
este hombre en hermosura y grandeza y en pensamientos bien equilibrados en su
interior? Huésped mío es, pero todos vosotros participáis del mismo honor. No
os apresuréis a despedirlo ni le privéis de regalos, ya que lo necesita. Muchas
cosas buenas tenéis en vuestros palacios por la benignidad de los dioses.»
Y entre ellos habló el
anciano héroe Equeneo él era el más
anciano de los feacios .
«Amigos, las palabras de
la prudente reina no han dado lejos del blanco ni de nuestra opinión.
Obedecedla, pues. De Alcínoo, aquí presente, depende el obrar y el decir.»
Y Alcínoo le respondió a
su vez y dijo:
« Cierto, esta palabra se
mantendrá mientras yo viva para mandar sobre los feacios amantes del remo: que
el huésped acepte, por mucho que ansíe el regreso, esperar hasta el atardecer,
hasta que complete todo mi regalo, y la escolta será cuestión de todos los
hombres, y sobre todo de mí, de quien es el poder sobre el pueblo.»
Y respondiendo dijo el
magnánimo Odiseo:
«Poderoso Alcínoo,
señalado entre todo tu pueblo, si me rogarais permanecer hasta un año incluso,
y me dispusierais una escolta y me entregarais espléndidos dones, lo aceptaría
y, desde luego, me sería más ventajoso llegar a mi querida patria con las manos
más llenas. Así, también sería más honrado y querido de cuantos hombres me
vieran de vuelta en Itaca.»
Y de nuevo le respondió
Alcínoo diciendo:
«Odiseo, al mirarte de
ningún modo sospechamos que seas impostor y mentiroso como muchos hombres
dispersos por todas partes, a quienes alimenta la negra tierra, ensambladores
de tales embustes que nadie podría comprobarlos.. Por el contrario, hay en ti
una como belleza de palabras y buen juicio, y nos has narrado sabiamente tu historia,
como un aedo: todos los tristes dolores de los argivos y los tuyos propios.
Pero, vamos, dime e infórmame con
verdad si viste a alguno de los eximios
compañeros que te acompañaron a Ilión y recibieron la muerte allí. La noche
esta es larga, interminable, y no es tiempo ya de dormir en el palacio. Sigue
contándome estas hazañas dignas de admiración. Aún aguantaría hasta la divina
Eos si tú aceptaras contar tus dolores en mi palacio.»
Y respondiéndole habló el
muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, señalado
entre todo tu pueblo, hay un tiempo para los largos relatos y un tiempo también
para el sueño. Si aún quieres escuchar, no sería yo quien se negara a narrarte
otros dolores todavía más luctuosos: las desgracias de mis compañeros, los
cuales perecieron después; habían escapado a la luctuosa guerra de los
troyanos, pero sucumbieron en el regreso por causa de una mala mujer.
«Después que la casta
Perséfone había dispersado aquí y allá las almas de las mujeres, llegó
apesadumbrada el alma del Atrida Agamenón y a su alrededor se congregaron
otras, cuantas junto con él habían perecido y recibido su destino en casa de
Egisto. Reconocióme al pronto, luego que hubo bebido la negra sangre, y lloraba
agudamente dejando caer gruesas lágrimas. Y extendía hacía mí sus brazos,
deseoso de tocarme, pero ya no tenía una fuerza firme, ni en absoluto fuerza,
cual antes había en sus ágiles miembros. Al verlo lloré y lo compadecí en mi
ánimo y, dirigiéndome a él, le dije aladas palabras:
«"Noble Atrida,
soberano de tu pueblo, Agamenón, ¿qué Ker de la triste muerte te ha domeñado?
¿Es que te sometió en las naves Poseidón levantando inmenso soplo de crueles
vientos?, ¿o te hirieron en tierra hombres enemigos por robar bueyes y hermosos rebaños de ovejas o por
luchar por tu ciudad y tus mujeres?"
«Así dije, y él,
respondiéndome, habló enseguida:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no me ha sometido Poseidón en las
naves levantando inmenso soplo de crueles vientos ni me hirieron en tierra
hombres enemigos, sino que Egisto me urdió la muerte y el destino, y me asesinó
en compañía de mi funesta esposa, invitándome a entrar en casa, recibiéndome al
banquete, como el que mata a un novillo junto al pesebre. Así perecí con la
muerte más miserable, y en torno mío eran asesinados cruelmente otros
compañeros, como los jabalíes albidenses que son sacrificados en las nupcias de
un poderoso o en un banquete a escote o en un abundante festín. Tú has
intervenido en la matanza de machos hombres muertos en combate individual o en
la poderosa batalla, pero te habrías compadecido mucho más si hubieras visto
cómo estábamos tirados en torno a la crátera y las mesas repletas en nuestro
palacio, y todo el pavimento humeaba con la sangre. También puede oír la voz
desgraciada de la hija de Príamo, de Casandra, a la que estaba matando la
tramposa Clitemnestra a mi lado. Yo elevaba mis manos y las batía sobre el
suelo, muriendo con la espada clavada, y ella, la de cara de perra, se apartó
de mí y no esperó siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos ni
juntar mis labios con sus manos. Que no hay nada más terrible ni que se parezca
más a un perro que una mujer que haya puesto tal crimen en su mente, como ella
concibió el asesinato para su inocente marido. ¡Y yo que creía que iba a ser
bien recibido por mis hijos y esclavos al llegar a casa! Pero ella, al concebir
tamaña maldad, se bañó en la infamia y la ha derramado sobre todas las hembras
venideras, incluso sobre las que sean de buen obrar."
«Así habló, y yo me dirigí
a él contestándole:
«"¡Ay, ay, mucho
odia Zeus, el que ve a lo ancho, a la raza de Atreo por causa de las decisiones
de sus mujeres, desde el principio! Por causa de Helena perecimos muchos, y a
ti, Clitemnestra te ha peparado una trampa mientras estabas lejos."
«Así dije, y él,
respondiéndome, se dirigió a mí:
«"Por eso ya nunca
seas ingenuo con una mujer, ni le reveles todas tus intenciones, las que tú te
sepas bien, mas dile una cosa y que la otra permanezca oculta. Aunque tú no,
Odiseo, tú no tendrás la perdición por causa de una mujer. Muy prudente es y
concibe en su mente buenas decisiones la hija de Icario; la prudente Penélope.
Era una joven recién casada cuando la dejamos al marchar a la guerra y tenía en
su seno un hijo inocente que debe sentarse ya entre el número de los hombres;
¡feliz él! Su padre lo verá al llegar y él abrazará a su padre ésta es la costumbre , pero mi esposa no me
permitió siquiera saturar mis ojos con la vista de mi hijo, pues me mató antes.
Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu pecho: dirige la nave a tu
tierra patria a ocultas y no abiertamente, pues ya no puede haber fe en las
mujeres.
«"Pero vamos,
dime e infórmame con verdad si has oído que aún vive mi hijo en Orcómenos
o en la arenosa Pilos, o junto a Menelao en la ancha Esparta, pues seguro que
todavía no está muerto sobre la tierra el divino Orestes."
Así dijo, y yo,
respondiendo, me dirigí a él:
«"Atrida, ¿por qué
me preguntas esto? Yo no sé si vive él o está muerto, y es cosa mala hablar
inútilmente."
«Así nos contestábamos
con palabras tristes y estábamos en pie acongojados, derramando gruesas
lágrimas. Llegó después el alma del Pelida Aquiles y la de Patroclo, y la del
irreprochable Antíloco y la de Ayax, el más hermoso de aspecto y cuerpo entre
los dánaos después del irreprochable hijo de Peleo. Reconocióme el alma del
Eacida de pies veloces y, lamentándose, me dijo aladas palabras:
«"Hijo de Laertes,
de linaje divino, Odiseo rico en ardides, desdichado, ¿qué acción todavía más
grande preparas en tu mente? ¿Cómo te has atrevido a descender a Hades, donde
habitan los muertos, los que carecen de sentidos, los fantasmas de los mortales
que han perecido?"
«Así habló, y yo,
respondiéndole, dije:
«"Aquiles, hijo de
Peleo, el más excelente de los aqueos, he venido en busca de un vaticinio de
Tiresias, por si me revelaba algún plan para poder llegar a la escarpada Itaca;
que aún no he llegado cerca de Acaya ni he desembarcado en mi tierra, sino que
tengo desgracias continuamente. En cambio, Aquiles, ningún hombre es más feliz
que tú, ni de los de antes ni de los que vengan; pues antes, cuando vivo, te
honrábamos los argivos igual que a los dioses, y ahora de nuevo imperas
poderosamente sobre los muertos aquí abajo. Conqúe no te entristezcas de haber
muerto, Aquiles."
«Así hablé, y él,
respondiéndome, dijo:
«"No intentes
consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferiría estar sobre la tierra y
servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el
soberano de todos los cadáveres, de los muertos. Pero, vamos, dime si mi hijo
ha marchado a la guerra para ser el primer guerrero o no. Dime también si sabes
algo del irreprochable Peleo, si aún conserva sus prerrogativas entre los
numerosos mirmidones, o lo desprecian en la Hélade y en Ptía porque la vejez le
sujeta las manos y los pies, pues ya no puedo servirle de ayuda bajo los rayos
del sol, aunque tuviera el mismo vigor que en otro tiempo, cuando en la amplia
Troya mataba a los mejores del ejército defendiendo a los argivos. Si me
presentara de tal guisa, aunque fuera por poco tiempo, en casa de mi padre,
haría odiosas mis poderosas e invencibles manos a cualquiera de aquellos que le
hacen violencia y lo excluyen de sus honores."
«Así habló, y yo,
respondiendo, me dirigí a él:
« "En verdad, no he
oído nada del ilustre Peleo, pero te voy a decir toda la verdad sobre tu hijo
Neoptólemo ya que me lo mandas , pues yo
mismo lo conduje en mi cóncava y equilibrada nave desde Esciro en busca de los
aqueos de hermosas grebas. Desde luego, cuando meditábamos nuestras decisiones
en torno a la ciudad de Troya, siempre hablaba el primero y no se equivocaba en
sus palabras. Sólo Néstor, igual a un dios, y yo lo superábamos. Y cuando
luchábamos los aqueos en la llanura de los troyanos, nunca permanecía entre la
muchedumbre de los guerreros ni en las filas, sino que se adelantaba un buen
trecho, no cediendo a ninguno en valor. Mató a muchos guerreros en duro
combate, pero no te podría decir todos ni nombrar a cuántos del ejército mató
defendiendo a los argivos; pero sí cómo mató con el bronce al hijo de Telefo,
al héroe Euripilo, mientras muchos de sus compañeros sucumbían a su alrededor
por causa de regalos femeninos. Siempre lo vi el más hermoso, después del
divino Memnón. Y cuando ascendíamos al caballo que fabricó Epeo los mejores
entre los argivos (a mí se me había enconmendado todo: el abrir la bien trabada
emboscada o cerrarla), en ese momento los demás jefes de los dánaos y los
consejeros se secaban las lágrimas y temblaban los miembros de cada uno, pero a
él nunca, vi con mis.ojos ni que le palideciera la hermosa piel, ni que secara
las lágrimas de sus mejillas. Y me suplicaba insistentemente que saliéramos del
caballo, y apretaba la empuñadura de la espada y la lanza pesada por el bronce,
meditando males contra los troyanos. Después, cuando ya habíamos devastado la
escarpada ciudad de Príamo, con una buena parte y un buen botín, ascendió a la
nave incólume y no herido desde lejos par el agudo bronce, ni de cerca en el
cuerpo a cuerpo, como suele suceder a menudo en la guerra, cuando Ares
enloquece indistintamente."
«Así. hablé, y el alma
del Eácida de pies veloces marchó a grandes pasos a través del prado de
asfódelo, alegre porque le había dicho que su hijo era insigne.
«Las demás almas de los
difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por sus cuitas. Sólo el
alma de Ayax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo lejos, airada por
causa de la victoria en la que lo vencí contendiendo en el juicio sobre las
armas de Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la venerable madre y fueron
jueces los hijos de los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo
en tal certamen! Pues por causa de estas armas la tierra ocultó a un hombre
como Ayax, el más excelente de los dánaos en hermosurá y gestas después del
irreprochable hijo de Peleo.
«A él me dirigí con
dulces palabras:
«"Áyax, hijo del
irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí
por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos
aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los
aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y
ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos
dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra
palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo."
«Así dije, pero no me
respondió, sino que se dirigió tras las otras almas al Erebo de los muertos.
Con todo, me hubiera hablado entonces, aunque airado o yo a él
pero mi ánimo deseaba dentro de mi pecho ver las almas de los demás
difuntos.
«Allí vi sentado a Minos, el brillante hijo de Zeus,
con el cetro de oro impartiendo justicia a los muertos. Ellos exponían sus causas
a él, al soberano, sentados o en pie, a lo largo de la mansión de Hades de
anchas puertas.
«Y despuës de éste vi al
gigante Orión persiguiendo por el prado de asfódelo a las fieras que había
matado en los montes desiertos, sosteniendo en sus manos la clava toda de
bronce, eternamente irrompible.
«Y vi a Ticio, al hijo de
la Tierra augusta, yaciendo en el suelo. Estaba tendido a lo largo de nueve
yugadas, y dos águilas posadas a sus costados le roían el hígado, penetrando en
sus entrañas. Pero él no conseguía apartarlas con sus manos, pues había violado
a Leto, esposa augusta de Zeus, cuando ésta se dirigía a Pito a través del
hermoso Panopeo.
«También vi a Tántalo,
que soportaba pesados dolores, en pie dentro del lago; éste llegaba a su
mentón, pero se le veía siempre sediento y no podía tomar agua para beber, pues
cuantas veces se inclinaba el anciano para hacerlo, otras tantas desaparecía el
agua absorbida y a sus pies aparecía negra la tierra, pues una divinidad la
secaba. También había altos árboles que dejaban caer su fruto desde lo
alto perales, manzanos de hermoso fruto,
dulces higueras y verdeantes olivos , pero cuando el anciano intentaba asirlas
con sus manos, el viento las impulsaba hacia las oscuras nubes.
«Y vi a Sísifo, que
soportaba pesados dolores, llevando una enorme piedra entre sus brazos. Hacía
fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la
cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía
volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin
embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se
deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.
«Después de éste vi a la
fuerza de Héracles, a su imagen. Éste goza de los banquetes entre los dioses
inmortales y tiene como esposa a Hebe de hermosos tobillos, la hija del gran
Zeus y de Hera, la de sandalias de oro.
«En torno suyo había un
estrépito de cadáveres, como de pájaros, que huían asustados en todas
direcciones. Y él estaba allí, semejante a la oscura noche, su arco sosteniendo
desnudo y sobre el nervio una flecha, mirando alrededor que daba miedo y como
el que está siempre a punto de disparar. Y rodeando su pecho estaba el terrible
tahalí, el cinturón de oro en el que había cincelados admirables trabajos osos,
salvajes jabalíes, leones de mirada torcida, combates, luchas, matanzas,
homicidios. Ni siquiera el artista que puso en este cinturón todo su arte
podría realizar otra cosa parecida. Me reconoció al pronto cuando me vio con
sus ojos y, llorando, dijo aladas palabras:
« “Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¡también tú andas arrastrando una
existencia desgraciada, como la que yo soportara bajo los rayos del sol! Hijo
de Zeus Cronida era yo y, sin embargo, tenía una pesadumbre inacabable. Pues
estaba sujeto a un hombre muy inferior a mí que me imponía pesados trabajos.
También me envió aquí en cierta ocasión para sacar al Perro, pues pensaba que
ninguna otra prueba me sería más difícil. Pero yo me llevé al Perro a la luz y
lo saqué de Hades. Y me escoltó Hermes y la de ojos brillantes, Atenea."
«Así habló y se volvió de
nuevo a la mansión de Hades. Yo, sin embargo, me quedé allí por si venía alguno
de los otros héroes guerreros, los que ya habían perecido. También habría visto
a hombres todavía más antiguos a quienes mucho deseaba ver, a Teseo y Pirítoo,
hijos gloriosos de los dioses, pero se empezaron a congregar multitudes
incontables de muertos con un vocerío sobrenatural y se apoderó de mí el pálido
terror, no fuera que la ilustre Perséfone me enviara desde Hades la cabeza de
la Gorgona, del terrible monstruo.
«Entonces marché a la
nave y ordené a mis compañeros que embarcaran enseguida y soltaran amarras. Y
ellos embarcaron rápidamente y se sentaron sobre los remos.
«Y el oleaje llevaba a la
nave por el río Océano, primero al impulso de los remos y después se levantó
una brisa favorable. »
CANTO XII
LAS SIRENAS ESCILA Y
CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA
Cuando la nave abandonó
la corriente del río Océano y arribó al oleaje del ponto de vastos caminos y a
la isla de Eea, donde se encuentran la mansión y los lugares de danza de Eos y
donde sale Helios, la arrastramos por la arena, una vez llegados. Desembarcamos sobre la ribera del mar, y
dormidos esperamos a la divina Eos.
«Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, envié a unos compañeros al
palacio de Circe para que se trajeran el cadáver del difunto Elpenor. Cortamos
enseguida unos leños y lo enterramos apenados, derramando abundante llanto, en
el lugar donde la costa sobresalía más. Cuando habían ardido el cadáver y las
armas del difunto, erigimos un túmulo y, levantando un mojón, clavamos en lo
más alto de la tumba su manejable remo. Y luego nos pusimos a discutir los
detalles del regreso.
«Pero no dejó Circe de
percatarse que habíamos llegado de Hades y se presentó enseguida para
proveernos. Y con ella sus siervas llevaban pan y carne en abundancia y rojo
vino. Y colocándose entre nosotros dijo la divina entre las diosas:
«"Desdichados
vosotros que habéis descendido vivos a la morada de Hades; seréis dos veces
mortales, mientras que los demás hombres mueren sólo uná vez. Pero, vamos,
comed esta comida y bebed este vino durante todo el día de hoy y al despuntar
la aurora os pondréis a navegar; que yo os mostraré el camino y os aclararé las
incidencias para que no tengáis que lamentaros de sufrir desgracias por trampa
dolorosa del mar o sobre tierra firme."
«Así dijo, y nuestro
valeroso ánimo se dejó persuadir. Así que pasamos todo el día, hasta la puesta
del sol, comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y cuando se puso el sol
y cayó la oscuridad, mis compañeros se echaron a dormir junto a las amarras de
la nave. Pero Circe me tomó de la mano y me hizo sentar lejos de mis compañeros
y, echándose a mi lado, me preguntó detalladamente. Yo le conté todo como
correspondía y entonces me dijo la soberana Circe:
«"Así es que se ha
cumplido todo de esta forma. Escucha ahora tú lo que voy a decirte y lo
recordará después el dios mismo.
«"Primero llegarás a
las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien
acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá
rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a
casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado
donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel
seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel,
unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En
cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto
al mástil que sujeten a éste las amarras
, para que escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus
compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más
cuerdas.
«"Cuando tus
compañeros las hayan pasado de largo, ya no te diré cuál de dos caminos será el
tuyo; decidelo tú mismo en el ánimo. Pero te voy a decir los dos: a un lado hay
unas rocas altísimas, contra las que se estrella el oleaje de la oscura
Anfitrite. Los dioses felices las llaman Rocas Errantes. No se les acerca
ningún ave, ni siquiera las temblorosas palomas que llevan ambrosía al padre
Zeus; que, incluso de éstas, siempre arrebata alguna la lisa piedra, aunque el
Padre (Zeus) envía otra para que el número sea completo. Nunca las ha
conseguido evitar nave alguna de hombres que haya llegado allí, sino que el
oleaje del mar, junto con huracanes de funesto fuego, arrastran maderos de
naves y cuerpos de hombres. Sólo consiguió pasar de largo por allí una nave
surcadora del ponto, la célebre Argo, cuando navegaba desde el país de Eetes.
Incluso entonces la habría arrojado el oleaje contra las gigantescas piedras,
pero la hizo pasar de largo Hera, pues Jasón le era querido.
«"En cuanto a los
dos escollos, uno llega al vasto cielo con su aguda cresta y le rodea oscura
nube. Ésta nunca le abandona, y jamás, ni en invierno ni en verano, rodea su
cresta un cielo despejado. No podría escalarlo mortal alguno, ni ponerse sobre
él, aunque tuviera veinte manos y veinte pies, pues es piedra lisa, igual que
la pulimentada. En medio del escollo hay una oscura gruta vuelta hacia
Poniente, que llega hasta el Erebo, por donde vosotros podéis hacer pasar la
cóncava nave, ilustre Odiseo. Ni un hombre vigoroso, disparando su flecha desde
la cóncava nave, podría alcanzar la hueca gruta. Allí habita Escila, que aúlla
que da miedo: su voz es en verdad tan aguda como la de un cachorro recién
nacido, y es un monstruo maligno. Nadie se alegraría de verla, ni un dios que
le diera cara. Doce son sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en
cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres filas de dientes apiñados y
espesos, llenos de negra muerte. De la mitad para abajo está escondida en la
hueca gruta, pero tiene sus cabezas sobresaliendo fuera del terrible abismo, y
allí pesca explorándolo todo alrededor
del escollo , por si consigue apresar delfines o perros marinos, o incluso
algún monstruo mayor de los que cría a miles la gemidora Anfitrite. Nunca se
precian los marineros de haberlo pasado de largo incólumes con la nave, pues
arrebata con cada cabeza a un hombre de la nave de oscura proa y se lo lleva.
«"También verás,
Odiseo, otro escollo más llano cerca uno
de otro . Harías bien en pasar por él como una flecha. En éste hay un gran
cabrahigo cubierto de follaje y debajo de él la divina Caribdis sorbe ruidosamente
la negra agua. Tres veces durante el día la suelta y otras tres vuelve a
soberla que da miedo. ¡Ojalá no te encuentres allí cuando la está sorbiendo,
pues no te libraría de la muerte ni el que sacude la tierra! Conque acércate,
más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de largo la nave, porque
mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos juntos."
«Así dijo, y yo le
contesté y dije:
«"Diosa, vamos, dime
con verdad si podré escapar de la funesta Caribdis y rechazar también a Escila
cuando trate de dañar a mis compañeros."
«Así dije, y ella al
punto me contestó, la divina entre las diosas:
«"Desdichado, en
verdad te placen las obras de la guerra y el esfuerzo. ¿Es que no quieres ceder
ni siquiera a los dioses inmortales? Porque ella no es mortal, sino un azote
inmortal, terrible, doloroso, salvaje e invencible. Y no hay defensa alguna, lo
mejor es huir de ella, porque si te entretienes junto a la piedra y vistes tus
armas contra ella., mucho me temo que se lance por segunda vez y te arrebate
tantos compañeros como cabezas tiene. Conque conduce tu nave con fuerza e
invoca a gritos a Cratais, madre de Escila, que la parió para daño de los
mortales. Ésta la impedirá que se lance de nuevo.
«"Luego llegarás a
la isla de Trinaquía, donde pastan las muchas vacas y pingües rebaños de ovejas
de Helios: siete Tebaños de vacas y otros tantos hermosos apriscos de ovejas
con cincuenta animales cada uno, No les nacen crías, pero tampoco mueren nunca.
Sus pastoras son diosas, ninfas de lindas trenzas, Faetusa y Lampetía, a las
que parió para Helios Hiperiónida la diosa Neera. Nada más de parirlas y
criarlas su soberana madre, las llevó a la isla de Trinaquía para que vivieran
lejos y pastorearan los apriscos de su padre y las vacas de rotátiles patas.
«"Si dejas incólumés
estos rebaños y te ocupas del regreso, aun con mucho sufrir podréis llegar a
Itaca, pero si les haces daño, predigo la perdición para la nave y para tus
compañeros. Y tú, aunque evites la muerte, llegarás tarde y mal, después de
perder a todos tus compañeros."
«Así dijo y, al pronto,
llegó Eos, la de trono de oro.
«Ella regresó a través de
la isla, la divina entre las diosas, y yo partí hacia la nave y apremié a mis
compañeros para que embarcaran y soltaran amarras. Así que embarcaron con
presteza y se sentaron sobre los bancos y, sentados en fila, batían el canoso
mar con los remos. Y Circe de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz,
envió por detrás de nuestra nave de azuloscura proa, muy cerca, un viento
favorable, buen compañero, que hinchaba las velas. Después de disponer todos
los aparejos, nos sentamos en la nave y la conducían el viento y el piloto.
«Entonces dije a mis
compañeros con corazón acongojado:
«"Amigos, es preciso
que todos y no sólo uno o dos conozcáis
las predicciones que me ha hecho Circe, la divina entre las diosas. Así que os
las voy a decir para que, después de conocerlas, perezcamos o consigamos
escapar evitando la muerte y el destino.
«"Antes que nada me
ordenó que evitáramos a las divinas Sirenas y su florido prado. Ordenó que sólo
yo escuchara su voz; mas atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca
firme allí, junto al mástil; que sujeten a éste las amarras, y si os suplico o
doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas."
«Así es como yo explicaba
cada detalle a mis compañeros.
«Entretanto la bien
fabricada nave llegó velozmente a la isla de las dos Sirenas pues la impulsaba próspero viento . Pero
enseguida cesó éste y se hizo una bonanza apacible, pues un dios había calmado
el oleaje.
«Levantáronse mis
compañeros para plegar las velas y las pusieron sobre la cóncava nave y,
sentándose al remo, blanqueaban el agua con los pulimentados remos.
«Entonces yo partí en
trocitos, con el agudo bronce, un gran pan de cera y lo apreté con mis pesadas
manos. Enseguida se calentó la cera pues
la oprimían mi gran fuerza y el brillo del soberano Helios Hiperiónida y la unté por orden en los oídos de todos mis
compañeros. Éstos, a su vez, me ataron igual de manos que de pies, firme junto
al mástil sujetaron a éste las
amarras y, sentándose, batían el canoso
mar con los remos.
«Conque, cuando la nave
estaba a una distancia en que se oye a un hombre al gritar en nuestra veloz
marcha , no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba y entonaron su sonoro
canto:
«"Vamos, famoso
Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que
puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin
escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar
con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y troyanos
trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede
sobre la tierra fecunda."
«Así decían lanzando su
hermosa voz. Entonces mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis compañeros
que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia
adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con
más cuerdas, apretándome todavía más.
«Cuando por fin las
habían pasado de largo y ya no se oía más la voz de las Sirenas ni su canto, se
quitaron la cera mis fieles compañeros, la que yo había untado en sus oídos, y
a mí me soltaron de las amarras.
«Conque, cuando ya
abandonábamos su isla, al pronto comencé a ver vapor y gran oleaje y a oír un
estruendo. Como a mis compañeros les entrara el terror, volaron los remos de
sus manos y éstos cayeron todos estrepitosamente en la corriente. Así que la
nave se detuvo allí mismo, puesto que ya no movían los largos remos con sus
manos.
«Entonces iba yo por la
nave apremiando a mis compañeros con suaves palabras, poniéndome al lado de
cada uno:
«"Amigos, ya no
somos inexpertos en desgracias. Este mal que nos acecha no es peor que cuando
el Cíclope nos encerró con poderosa fuerza en su cóncava cueva. Pero por mis
artes, mi decisión y mi inteligencia logramos escapar de allí y creo que os acordaréis de ello. Así que
también ahora, vamos, obedezcamos todos según yo os indique. Vosotros sentaos
en los bancos y batid con los remos la profunda orilla del mar, por si Zeus nos
concede huir y evitar esta perdición; y a ti, piloto, esto es lo que te
ordeno ponlo en lo interior, ya que
gobiernas el timón de la cóncava nave : mantén a la nave alejada de ese vapor y
oleaje y pégate con cuidado a la roca no sea que se te lance sin darte cuanta
hacia el otro lado y nos pongas en medio del peligro."
«Así dije y enseguida
obedecieron mis palabras. Todavía no les hablé de Escila, desgracia imposible
de combatir, no fuera que por temor dejaran de remar y se me escondieran todos
dentro.
«Entonces no hice caso de
la penosa recomendación de Circe, pues me ordenó que en ningún caso vistiera
mis armas contra ella. Así que vestí mis ínclitas armas y con dos lanzas en mis
manos subí a la cubierta de proa, pues esperaba que allí se me apareciera
primero la rotosa Escila, la que iba a llevar dolor a mis compañeros. Pero no
pude verla por lado alguno y se me cansaron los ojos de otear por todas partes
la brumosa roca.
«Así que comenzamos a
sortear el estrecho entre lamentos, pues de un lado estaba Escila, y del otro
la divina Caribdis sorbía que daba miedo la salada agua del mar. Y es que
cuando vomitaba, todo ella borbollaba como un caldero que se agita sobre un
gran fuego la espuma caía desde arriba
sobre lo alto de los dos escollos , y cuando sorbía de nuevo la salada agua del
mar, aparecía toda arremolinada por dentro, la roca resonaba espantosamente
alrededor y al fondo se veía la tierra con azuloscura arena.
«El terror se apoderó de
mis compañeros y, mientras la mirábamos temiendo morir, Escila me arrebató de
la cóncava nave seis compañeros, los que eran mejores de brazos y fuerza.
Mirando a la rápida nave y siguiendo con los ojos a mis compañeros, logré ver
arriba sus pies y manos cuando se elevaban hacia lo alto. Daban voces
llamándome por mi nombre, ya por última vez, acongojados en su corazón. Como el
pescador en un promontorio, sirviéndose de larga caña, echa comida como cebo a
los pececillos (arroja al mar el cuerno de un toro montaraz) y luego tira hacia
fuera y los coge palpitantes, así mis
compañeros se elevaban
palpitantes hacia la roca.
«Escila los devoró en la
misma puerta mientras gritaban y tendían sus manos hacia mí en terrible
forcejeo. Aquello fue lo más triste que he visto con mis ojos de todo cuanto he
sufrido recorriendo los caminos del mar. Cuando conseguimos escapar de la
terrible Caribdis y de Escila, llegamos enseguida a la irreprochable isla del
dios donde estaban las hermosas carianchas vacas y los numerosos rebaños de
ovejas de Helios Hiperión.
«Cuando todavía me
encontraba en la negra nave pude oír el mugido de las vacas en sus establos y
el balar de las ovejas. Entonces se me vino a las mientes la palabra del
adivino ciego, el tebano Tiresias, y de Circe de Eea, quienes me encomendaron
encarecidamente evitar la isla de Helios, el que alegra a los mortales.
«Así que dije a mis
compañeros acongojado en mi corazón:,
«"Escuchad mis
palabras, compañeros que tantas desgracias habéis sufrido, para que os
manifieste las predicciones de Tiresias y de Circe de Eea, quienes me
encomendaron encarecidamente evitar la isla de Helios, el que alegra a los
mortales, pues me dijeron que aquí tendríamos el más terrible mal. Conque
conducid la negra nave lejos de la isla."
«Así dije y a ellos se
les quebró el corazón.
«Entonces Euriloco me
contestó con odiosa palabra:
«"Eres terrible,
Odiseo, y no se cansa tu vigor ni tus miembros. En verdad todo lo tienes de
hierro si no permites a tus compañeros agotados por el cansancio y por el sueño
poner pie a tierra en una isla rodeada de corriente, dónde podríamos
prepararnós sabrosa comida. Por el contrario, les ordenas que anden errantes
por la rápida noche en el brumoso ponto, alejándose de la isla. De la noche
surgen crueles vientos, azote de las naves. ¿Cómo se podría huir del total
exterminio si por casualidad se nos viene de repente un huracán de Noto o de
Céfixo de soplo violento, que son quienes, sobre todo, destruyen las naves por
voluntad de los soberanos dioses? Cedamos, pues, a la negra noche y
preparémonos una comida quedándonos junto a la rápida nave. Y al amanecer
embarcaremos y lanzaremos la nave al vasto ponto,"
«Así dijo Euríloco y los
demás compañeros aprobarón sus palábras, Entonces me di cuenta de que un demón
nos preparaba desgracia y, hablándoles, dije aladas palabras:
«"Euríloco, mucho me
forzáis, solo como estoy. Pero, vamos, juradme al menos con fuerte juramento
que si encontramos una vacada o un gran rebaño de ovejas, nadie, llevado de
funesta insensatez, matará vaca u oveja alguna. Antes bien; comed tranquilos el
alimento que nos dio la inmortal Circe."
«Así dije y todos juraron
al punto tal como les había dicho. Así que cuando habían jurado y completado su
juramento, detuvimos en el cóncavo Puerto nuestra bien construida nave, cerca
de agua dulce; desembarcaron mi compañeros y se prepararon con habilidad la
comida.
«Luego que habían
arrojado de sí el deseo de comida y bebida, comenzaron a llorar pues se acordaron enseguida por los compañeros a quienes había devorado
Escila, arrebatándlos de la cóncava nave; y mientras lloraban, les sobrevino un
profundo sueño.
«Cuando terciaba la noche
y declinaban los astros, Zeus, el que amontona las nubes, levantó un viento
para que soplara en terrible huracán y cubrió de nubes tierra y mar. Y se
levantó del cielo la noche.
«Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, anclamos la nave arrastrándola
hasta una gruta, donde estaba el hermoso lugar de danza de las Ninfas y sus
asientos.
«Entonces los convoqué en
asamblea y les dije:
«"Amigos, en la
rápida nave tenemos comida y bebida; apartémonos de las vacas no sea que nos
pase algo malo, que estas vacas y gordas ovejas pertenecen a un dios terrible,
a Helios, el que lo ve todo y todo lo oye."
«Así dije y su valeroso
ánimo se dejó persuadir.
«Durante todo un mes
sopló Noto sin parar y no había ningún otro viento, salvo Euro y Noto. Así que,
mientras mis compañeros tuvieron comida y rojo vino, se mantuvieron alejados de
las vacas por deseo de vivir; pero cuando se consumieron todos los víveres de
la nave, pusiéronse por necesidad a la caza de peces y aves; todo lo que
llegaba a sus manos, con curvos anzuelos, pues el hambre retorcía sus
estómagos.
«Yo me eché entonces a
recorrer la isla para suplicar a los dioses, por si alguno me manifestaba algún
camino de vúelta; y, cuando caminando por la isla ya estaba lejos de mis
compañeros, lavé mis manos al abrigo del viento y supliqué a todos los dioses
que poseen el Olimpo. Y ellos derramaron el dulce sueño sobre mis párpados.
«Entonces Euríloco
comenzó a manifestar a mis compañeros esta funesta decisión:
«"Escuchad mis
palabras, compañeros que tantos males habéis sufrido. Todas las clases de
muerte son odiosas para los desgraciados mortales, pero lo más lamentable es
morir de hambre y arrastrar el destino. Conque, vamos, llevémonos las mejores
vacas de Helios y sacrifiquémoslas a los inmortales que poseen el vasto cielo.
Si llegamos a Itaca, nuestra patria, edificaremos a Helios Hiperión un
esplendido templo donde podríamos erigir muchas y excelentes estatuas.
«"Pero si, irritado
por sus vacas de alta cornamenta, quiere destruir nuestra nave . y los demás
dioses les acompañan prefiero perder la vida de una vez, de bruces contra una
ola, antes que irme consumiendo poco a poco en una isla desierta."
«Así dijo Euríloco y los
demás compañeros aprobaron sus palabras. Así que se llevaron enseguida las
mejores vacas de Helios, de por allí cerca
pues las hermosas vacas carianchas de rotátiles patas pastaban no lejos de
la nave de azuloscura proa. Pusiéronse a su alrededor e hicieron súplica a los
dioses, cortando ramas tiernas de una encina de elevada copa pues no tenían blanca cebada en la nave de
buenos bancos. Cuando habían hecho la súplica, degollado y desollado las vacas,
cortaron los muslos y los cubrieron de grasa a uno y otro lado y colocaron
carne sobre ellos. No tenían vino para libar sobre las víctimas mientras se
asaban, pero libaron con agua mientras se quemaban las entrañas. Cuando ya se
habían quemado los muslos y probaron las entrañas, cortaron en trozos lo demás
y lo ensartaron en pinchos.
«Entonces el profundo
sueño desapareció de mis párpados y me puse en camino hacia la rápida nave y la
ribera del mar. Y, cuando me hallaba cerca de la curvada nave, me rodeó un
agradable olor a grasa. Rompí en lamentos e invoqué a gritos a los dioses
inmortales:
«"Padre Zeus y demás
dioses felices que vivís siempre; para mi perdición me habéis hecho acostar con
funesto sueño, pues mis compañeros han resuelto un tremendo acto mientras
estaban aquí."
«En esto llegó Lampetía,
de luengo peplo, rápida mensajera a Helios Hiperión, para anunciarle que
habíamos matado a sus vacas. Y éste se dirigió al punto a los inmortales
acongojado en su corazón:
«"Padre Zeus y los
demás dioses felices que vivís siempre, castigad ya a los compañeros de Odiseo
Laertíada que me han matado las vacas
¡obra impía! , con las que yo me complacía al dirigirme hacia el cielo
estrellado y al volver de nuevo hacia la tierra desde el cielo. Porque si no me
pagan una recompensa equitativa por las vacas, me hundiré en el Hades y
brillaré para los muertos."
«Y contestándole dijo
Zeus, el que reúne las nubes:
«"Helios, sigue
brillando entre los inmortales y los mortales hombres sobre la tierra nutricia,
que yo lanzaré mi brillante rayo y quebraré enseguida su nave en el ponto rojo
como el vino."
«Esto es lo que yo oí
decir a Calipso, de hermoso peplo, y ella decía que se lo había oído a su vez a
Hermes.
«Conque, cuando bajé
hasta la nave y el mar, los reprendí a unos y otros poniéndome a su lado, pero
no podíamos encontrar remedio las vacas estaban ya muertas. Entonces los dioses
comenzaron a manifestarles prodigios: las pieles caminaban, la carne mugía en
el asador, tanto la cruda como la asada. Así es como las vacas cobraron voz.
«Durante seis días mis
fieles compañeros prosiguieron banqueteándose y llevándose las mejores vacas de
Helios, pero cuando Zeus Cronida nos trajo el séptimo, dejó el viento de
lanzarse huracanado y nosotros embarcamos y empujamos la nave al vasto ponto no
sin colocar el mástil y extender las blancas velas.
«Cuando abandonamos la
isla y ya no se divisaba tierra alguna sino sólo cielo y mar, el Cronida puso
una negra nube sobre la cóncava nave y el mar se oscureció bajo ella. La nave
no pudo avanzar mucho tiempo, porque enseguida se presentó el silbante Céfiro
lanzándose en huracán y la tempestad de viento quebró los dos cables del
mástil. Cayó éste hacia atrás y todos los aparejos se desparramaron bodega
abajo. En la misma proa de la nave golpeó el mástil al piloto en la cabeza,
rompiendo todos los huesos de su cráneo y, como un volatinero, se precipitó de
cabeza contra la cubierta y su valeroso ánimo abandonó los huesos.
«Zeus comenzó a tronar al
tiempo que lanzaba un rayo contra la nave, y ésta se revolvió toda, sacudida
por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre. Mis compañeros cayeron fuera y,
semejantes a las cornejas marinas, eran arrastrados por el oleaje en torno a la
negra nave. Dios les había arrebatado el regreso.
«Entonces yo iba de un
lado a otro de la nave, hasta que el huracán desencajó las paredes de la quilla
y el oleaje la arrastraba desnuda. El mástil se partió contra ésta, pero, como
había sobre aquél un cable de piel de buey, até juntos quilla y mástil y,
sentándome sobre ambos, me dejé llevar de los funestos vientos.
«Entonces Céfiro dejó de
lanzarse huracanado y llegó enseguida Noto trayendo dolores a mi ánimo,
haciendo que volviera a recorrer de nuevo la funesta Caribdis.
«Dejéme llevar por el
oleaje durante toda la noche y al salir el sol llegué al escollo de Escila y a
la terrible Caribdis. Ésta comenzó a sorber la salada agua del mar, pero
entonces yo me lancé hacia arriba, hacia el elevado cabrahigo y quedé adherido
a él como un murciélago. No podía apoyarme en él con los pies para trepar, pues
sus raíces estaban muy lejos y sus ramas muy altas ramas largas y grandes que daban sombra a
Caribdis. Así que me mantuve firme hasta que ésta volviera a vomitar el mástil
y la quilla, y un rato más tarde me llegaron mientras estaba a la expectativa.
Mis maderos aparecieron fuera de Caribdis a la hora en que un hombre se levanta
del ágora para ir a comer, después de juzgar numerosas causas de jóvenes
litigantes. Dejéme caer desde arriba de pies y manos y me desplomé ruidosamente
sobre el oleaje junto a mis largos maderos, y sentado sobre ellos, comencé a
remar con mis brazos. El padre de hombres y dioses no permitió que volviera a
ver a Escila, pues no habría conseguido escapar de la ruina total.
«Desde allí me dejé
llevar durante nueve días, y en la décima noche los dioses me impulsaron hasta
la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso de lindas trenzas, la terrible diosa
dotada de voz que me entregó su amor y sus cuidados.
«Pero, ¿para qué te voy a
contar esto? Ya os lo he narrado ayer a ti y a tu fuerte esposa en el palacio,
y me resulta odioso volver a relatar lo que he expuesto detalladamente.»
CANTO XIII
LOS FEACIOS DESPIDEN A
ODISEO.
LLEGADA A ITACA
Así habló, y todos
enmudecieron en el silencio; estaban poseídos como por un hechizo en el sombrío
palacio. Entonces Alcínoo le contestó y dijo:
«Odiseo, ya que has
llegado a mi palacio de piso de bronce, de elevado techo, creo que no vas a
volver a casa errabundo otra vez por mucho que hayas sufrido. En cuanto a
vosotros, cuantos acostumbráis a beber en mi palacio el rojo vino de los
ancianos escuchando al aedo, os voy a hacer este encargo: el forastero ya
tiene, en un arca bien pulimentada, oro bien trabajado y cuantos regalos le han
traído los consejeros de los feacios. Démosle también un gran trípode y una
caldera cada hombre, que nosotros después os recompensaremos recogiéndolo por
el pueblo, pues es doloroso que uno haga dones gratis.»
Así habló Alcínoo y les
agradó su palabra. Y se marchó cada uno a su casa con ganas de dormir.
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se apresuraron hacia la nave
llevando el bronce propio de los guerreros.
Y la sagrada fuerza de
Alcínoo, marchando en persona, colocó todo bien bajo los bancos de la nave, no
fuera que causaran daño a alguno de los compañeros durante el viaje cuando se
apresuraran moviendo los remos.
Luego marcharon al
palacio de Alcínoo y dispusieron el almuerzo. La sagrada fuerza de Alcínoo
sacrificó entre ellos un buey en honor de Cronida Zeus, el que oscurece las
nubes, el que gobierna a todos. Quemaron los muslos y se repartieron gustosos
un magnífico banquete; y entre ellos cantaba el divino aedo, Demódoco, venerado
por su pueblo. Pero Odiseo volvía una y otra vez su cabeza hacia el resplandeciente
sol, deseando que se pusiera, pues ya pensaba en el regreso. Como cuando un
hombre desea vivamente cenar cuando su pareja de bueyes ha estado todo el día
arrastrando el bien construido arado por el campo la luz del sol se pone para él con agrado, ya
que se va a cenar, y sus rodillas le duelen al caminar , así se puso el sol con
agrado para Odiseo.
Y volvió a dirigirse a
los feacios amantes del remo y, dirigiéndose sobre todo a Alcínoo, dijo su
palabra:
«Poderoso Alcínoo, el más
ilustre de tu pueblo, haced una libación y devolvedme a casa sin daño. Y a
vosotros, ¡salud! Ya se me ha proporcionado lo que mi ánimo deseaba, una
escolta y amables regalos que ojalá los dioses, hijos de Urano, hagan
prosperar. ¡Que encuentre en casa, al volver, a mi irrepochable esposa junto
con los míos sanos y salvos! Vosotros quedaos aquí y seguid llenando de gozo a
vuestras esposas legítimas y a vuestros hijos; que los dioses os repartan
bienes de todas clases y que ningún mal se instale entre vosotros.»
Así habló y todos
aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, porque había
hablado como le correspondía. Entonces Alcínoo se dirigió a un heraldo:
« Pontónoo, mezcla una
crátera y reparte vino a todos en el palacio, para que demos escolta al
forastero hasta su tierra patria después de orar al padre Zeus.»
Así habló, y Pontónoo
mezcló el vino que alegra el corazón y se lo repartió a todos, uno tras otro. Y
libaron desde sus mismos asientos en honor de los dioses felices, los que
poseen el ancho cielo.
El divino Odiseo se puso
en pie, colocó una copa de doble asa en manos de Arete y le dijo aladas
palabras:
«Sé siempre feliz, reina
hasta que te lleguen la vejez y la muerte que andan rondando a los hombres. Yo
vuelvo a casa, goza tú en este palacio entre tus hijos, tu pueblo y el rey
Alcínoo.»
Así hablando el divino
Odiseo traspasó el umbral. Y la fuerza de Alcínoo le envió un heraldo para que
le condujera hasta la rápida nave y la ribera del mar. También le envió Arete a
sus esclavás, a una con un manto bien lavado y una túnica, a otra le dio un
arca adornada para que la llevara y otra portaba trigo y rojo vino.
Cuando arribaron a la
nave y al mar, sus ilustres acompañantes colocaron todo en la cóncava nave, la
bebida y la comida toda, y para Odiseo extendieron una manta y una sábana en la
cubierta de proa, para que durmiera sin despertar. Subió él y se acostó en
silencio, y ellos se sentaron en los bancos, cada uno en su sitio, y soltaron
el cable de una piedra pérforada. Después se inclinaron y batían el mar con el
remo.
A Odiseo se le vino un
sueño profundo a los párpados, sueño sosegado, delicioso, semejante en todo a
la muerte. Y la nave... como los cuadrúpedos caballos se arrancan todos a la
vez en la llanura a los golpes del látigo y elevándose velozmente apresuran su
marcha, así se elevaba su proa y un gran oleaje de púrpura rompía en el
resonante mar. Corría ésta con firmeza, sin estorbos; ni un halcón la habría
alcanzàdo, la más rápida de las aves. Y en su carrera cortaba veloz las olas
del mar portando a un hombre de pensamientos semejantes a los de los dioses que
había sufrido muchos dolores en su ánimo al probar batallas y dolorosas olas,
pero que ya dormía imperturbable, olvidado de todas sus penas.
Y cuando despuntó el más
brillante astro, el que avanza anunciando la luz de Eos que nace de la mañana,
la nave se acercó para fondear en la isla.
En el pueblo de Itaca hay
un puerto, el de Forcis, el viejo del mar, y en él hay dos salientes escarpados
que se inclinan hacia el puerto y que dejan fuera el oleaje producido por
silbantes vientos; dentro, las naves de buenos bancos permanecen sin amarras
cuando llegan al término del fondeadero. Al extremo del puerto hay un olivo de
anchas hojas y cerca de éste una gruta sombría y amable consagrada a las ninfas
que llaman Náyades. Hay dentro cráteras y ánforas de piedra y también dentro
fabrican las abejas sus panales. Hay dentro grandes telares de piedra donde las
ninfas tejen sus túnicas con púrpura marina
¡una maravilla para velas! y
también dentro corren las aguas sin cesar. Tiene dos puertas, la una del lado
de Bóreas accesible a los hombres; la otra, del lado de Noto, es en cambio sólo
para dioses y no entran por ella los hombres, que es camino de inmortales.
Hacia allí remaron, pues ya lo conocían de antes, y la nave se apresuró a
fondear en tierra firme, como a media altura
¡tales eran las manos de los remeros que la impulsaban! Éstos descendieron de la nave de buenos
bancos y levantando primero a Odiseo de la cóncava nave, le colocaron sobre la
arena, rendido por el sueño, junto con su manta y resplandeciente sábana.
También sacaron las riquezas que los ilustres feacios le habían donado cuando
volvía a casa por voluntad de la magnánima Atenea.
Conque colocaron todo
junto, cerca del tronco de olivo, lejos del camino no fuera que algún caminante cayera sobre
ello y lo robara antes de que Odiseo despertase , y se volvieron a casa.
Pero el que sacude la
tierra no se había olvidado de las amenazas que había hecho al divino Odiseo al
principio y preguntó la decisión de Zeus:
«Padre Zeus, ya no tendré
nunca honores entre los dioses inmortales si los mortales no me honran, los
feacios que, además, son de mi propia estirpe. Yo pensaba que Odiseo regresaría
a casa después de mucho sufrir el
regreso no se lo había quitado del todo porque tú se lo prometiste desde el
principio , pero los feacios lo han traído durmiendo en rápida nave sobre el
ponto y lo han dejado en Itaca. Le han entregado además innumerables regalos,
bronce y oro en abundancia y ropa tejida, tantos como jamás habría sacado de
Troya si hubiera vuelto incólume con su parte sorteada del botín.»
Y le contestó y dijo el
que reúne las nubes, Zeus:
«¡Ay, ay, poderoso dios
que sacudes la tierra, qué cosas has dicho! Nunca lo deshonrarán los dioses.
Sería difícil despachar sin honores al más antiguo y excelente. Si alguno de
los hombres, cediendo a su violencia y poder, no lo honra, tienes y tendrás
siempre tu compensación. Obra como desees y sea agradable a tu ánimo.»
Y le contestó Poseidón,
el que sacude la tierra:
«Enseguida actuaría, oh
tú que oscureces las nubes, como dices, pero estoy siempre acechando tu cólera
y procurando evitarla. Con todo, quiero ahora destruir en el brumoso ponto la
hermosa nave de los feacios en su viaje de vuelta, para que se contengan y
dejen de escoltar a los hombres. Quiero también ocultar su ciudad toda bajo un
monte» Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus:
«Amigo mío, creo que lo
mejor será que, cuando todo el pueblo esté contemplando desde la ciudad a la
nave acercándose, coloques cerca de tierra un peñasco semejante a una rápida
nave, para que todos se asombren y puedas ocultar su ciudad bajo un gran
monte.»
Luego que oyó esto
Poseidón, el que sacude la tierra, se puso en camino hacia Esqueria, donde los
feacios nacen, y allí se detuvo. Y la nave surcadora del ponto se acercó en su
veloz carrera. El que sacude la tierra se acercó, la convirtió en piedra y la
estableció firmemente, como si tuviera raíces, golpeándola con la palma de su
mano. Y se alejó de allí. Los feacios de largos remos se dirigían mutuamente
aladas palabras, hombres célebres por sus naves, y decía uno así mirando al que
tenía al lado:
«Ay de mí, ¿quién ha
encadenado en el ponto a la rápida nave en su regreso a casa? Ya se la veía del
todo.»
Así decía uno pues no sabían cómo había sucedido. Entonces
Alcínoo habló entre ellos y dijo:
«¡Ay, ay, en verdad ya me
ha alcanzado el antiguo presagio de mi padre, quien aseguraba que Poseidón se
irritaría con nosotros por ser prósperos acompañantes de todo el mundo! Decía
que algún día destruiría en el brumoso ponto una hermosa nave de los feacios al
volver de una expedición, y que ocultaría nuestra ciudad bajo un monte. Así
decía el anciano y todo se está cumpliendo ahora. Conque, vamos, obedeced todos
lo que yo os señale: dejad de acompañar a los mortales cuando alguien llegue a
nuestra ciudad. Sacrificaremos a Poseidón doce toros escogidos, por si se
compadece y no nos oculta la ciudad bajo un enorme monte.»
Así habló y ellos sintieron
miedo y prepararon los toros. Así es que suplicaban al soberano Poseidón los
jefes y consejeros de los feacios, en pie, rodeando el altar.
En esto se despertó el
divino Odiseo acostado en su tierra patria, pero no la reconoció pues ya
llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas Atenea esparció en torno suyo una
nube, la hija de Zeus, para hacerlo irreconocible y contarle todo, no fuera que
su esposa, ciudadanos y amigos le reconocieran antes de que los pretendientes
pagaran todos sus excesos. Por esto, todo le parecía distinto al soberano, los
largos caminos, los puertos de cómodo anclaje, las elevadas rocas y los
verdeantes árboles.
Así que se puso en pie de
un salto y comenzó a mirar su tierra patria. Dio un grito lastimero, golpeó sus
muslos con las palmas de las manos y entre lamentos decía su palabra:
«Ay de mí, ¿a qué tierra
de mortales he llegado? ¿Son acaso soberbios, salvajes y carentes de justicia,
o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses?. ¿A
dónde llevo tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar? ¡Ojalá me hubiera
quedado junto a los féacios! También podría haberme llegado a otro rey de los
muy poderosos y quizá éste me habría recibido como amigo y escoltado de vuelta
a casa, porque ahora no sé dónde dejar esto ni voy a dejarlo aquí, no sea que
se me convierta en botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran del todo
prudentes ni justos los jefes y consejeros de los feacios, quienes me han
traído a otra tierra. Decían que me iban a llevar a Itaca, hermosa al atardecer,
pero no lo han cumplido. Que Zeus los castigue, el dios de los suplicantes, el
que vigila a todos los hombres y castiga a quien yerra.
«Pero, ea, voy a contar
mis riquezas y a contemplarlas, no sea que se marchen llevándose algo en la
cóncava nave.»
Así diciendo, se puso a
contar los hermosos trípodes y calderos y el oro y la hermosa ropa tejida. Pero
no echó nada de menos. Y sentía dolor por su tierra patria caminando por la
ribera del resonante mar, en medio de lamentos.
Conque se le acercó Atenea,
semejante en su aspecto a un hombre joven, un pastor de rebaños delicado como
suelen ser los hijos de los reyes, portando sobre sus hombros un manto doble,
bien trabajado. Bajo sus brillantes pies llevaba sandalias y en sus manos un
venablo.
Alegróse al verla Odiseo
y fue a su encuentro; y hablándole dirigió aladas palabras:
«Amigo, puesto que eres
el primero a quien encuentro en este país, ¡salud! No te me acerques con
aviesas intenciones, salva esto y sálvame a mí, pues te lo pido como a un dios
y me he acercado a tus rodillas. Dime esto en verdad para que yo lo sepa: ¿qué
tierra es ésta, qué pueblo, qué hombres viven aquí? ¿Es una isla hermosa al
atardecer o la ribera de un continente de fecunda tierra que se inclina hacia
el mar?
Y la diosa de ojos
brillantes, Atenea, se dirigió a él a su vez:
«Eres tonto, forastero, o
vienes de lejos si me preguntas por esta tierra. No carece de nombre, no. La
conocen muy muchos, tanto los que habitan hacia la aurora y el sol como los que
se orientan hacia la brumosa oscuridad. Cierto que es escarpada y difícil para
cabalgar, pero tampoco es excesivamente pobre, aunque no extensa: en ella se
produce trigo sin medida y también vino. Siempre tiene lluvia y floreciente
rocío; alimenta buenas cabras y buenos toros; hay madera de todas clases y
abrevaderos inagotables. Por eso, forastero, el nombre de Itaca ha llegado
incluso hasta Troya, que aseguran se encuentra muy lejos de la tierra aquea.»
Así habló, y el sufridor,
el divino Odiseo, sintió gozo y alegría por su tierra patria: así se lo había
dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida.
Y hablándole le dijo
aladas palabras (aunque no la verdad) y, de nuevo, tomó la palabra, controlando
continuamente en el pecho su astuto pensamiento:
«He oído sobre Itaca
incluso en la extensa Creta, lejos, más allá del Ponto. Y ahora he llegado yo
con estas riquezas. He dejado otro tanto a mis hijos y ando huyendo, pues he
matado a Ortíloco, hijo de Idomeneo, el que vencía en la extensa Creta a los
hombres comerciantes con sus rápidos pies. Quería éste privarme de todo mi
botín conseguido en Troya, por el que sufrí dolores probando guerras y
dolorosas olas, porque no servía complaciente a su padre en el pueblo de los
troyanos, sino que mandaba yo sobre otros compañeros. Y lo alcancé con mi lanza
guarnecida de bronce cuando volvía del campo, emboscándome cerca del camino con
un amigo. La oscura noche cubría el cielo
nadie nos vio , y le arranqué la vida a escondidas. Así que, luego de
matarlo con el agudo bronce, me dirigí a una nave de ilustres fenicios y les
supliqué, entregándoles abundante botín, que me dejaran en Pilos o en la divina
Elide, donde dominan los epeos, pero la fuerza del viento los alejó de allí muy
contra su voluntad, pues no querían engañarme.
«Así que hemos llegado
por la noche después de andar a la deriva. Remamos con vigor hasta el puerto y
ninguno de nosotros se acordó de almorzar por más que lo ansiábamos. Conque
descendimos todos de la nave y nos acostamos. A mí se me vino un dulce sueño,
cansado como estaba, y ellos, sacando mis riquezas de la cóncava nave, las
dejaron cerca de donde yo yacía sobre la arena.
«Y embarcando se
marcharon a la bien habitada Sidón. Así que yo me quedé atrás con el corazón
acongojado.»
Así dijo y sonrió la
diosa de ojos brillantes, Atenea, y lo acarició con su mano. Tomó entonces el
aspecto de una mujer hermosa y grande, conocedora de labores brillantes, y le
habló y dijo aladas palabras:
«Astuto sería y trapacero
el que te aventajara en toda clase de engaños, por más que fuera un dios el que
tuvieras delante. Desdichado, astuto, que no te hartas de mentir, ¿es que ni
siquiera en tu propia tierra vas a poner fin a los engaños y las palabras
mentirosas que te son tan queridas? Vamos, no hablemos ya más, pues los dos
conocemos la astucia: tú eres el mejor de los mortales todos en el consejo y
con la palabra, y yo tengo fama entre los dioses por mi previsión y mis
astucias. Pero ¡aun así, no has reconocido a Palas Atenea, la hija de Zeus, la
que te asiste y protege en todos tus trabajos, la que te ha hecho querido a
todos los feacios! De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos un plan
para ocultar cuantas riquezas te donaron los ilustres feacios al volver a casa
por mi decisión, y para decirte cuántas penas estás destinado a soportar en tu
bien edificada morada. Tú has de aguantar por fuerza y no decir a hombre ni
mujer, a nadie, que has llegado después de vagar; soporta en silencio numerosos
dolores aguantando las violencias de los hombres.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«Es difícil, diosa, que
un mortal te reconozca si contigo topa, por muy experimentado que sea, pues
tomas toda clase de apariencias. Ya sabía yo que siempre me has sido amiga
mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya, pero desde que saqueamos
la elevada ciudad de Príamo y nos embarcamos
y un dios dispersó a los aqueos
no lo había vuelto a ver, hija de Zeus. No te vi embarcar en mi nave
para protegerme de desgracia alguna, sino que he vagado siempre con el corazón
acongojado hasta que los dioses me han librado del mal, hasta que en el rico
pueblo de los feacios me animaste con tus palabras y me condujiste en persona
hasta la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus rodillas (pues no creo que haya
llegado a Itaca hermosa al atardecer sino que ando dando vueltas por alguna
otra tierra y creo que tú me has dicho esto para burlarte y confundirme), dime
si de verdad he llegado a mi patria.»
Y le contestó la diosa de
ojos brillantes, Atenea:
«En tu pecho siempre hay
la misma cordura. Por esto no puedo abandonarte en el dolor, porque eres
discreto, sagaz y sensato. Cualquier otro que llegara después de andar errante,
marcharía gustosamente a ver a sus hijos y esposa en el palacio; sólo tú no
deseas conocer ni enterarte hasta que hayas puesto a prueba a tu mujer, quien
permanece inconmovible en el palacio mientras las noches se le consumen entre
dolores y los días entre lágrimas. En verdad, yo jamás desconfié, pues sabía
que volverías después de haber perdido a todos sus compañeros, pero no quise
enfrentarme con Poseidón, hermano de mi padre, quien había puesto el rencor en
su corazón irritado porque le habías cegado a su hijo.
«Pero, vamos, te voy a
mostrar el suelo de Itaca para que te convenzas. Este es el puerto de Forcis,
el viejo del mar, y éste el olivo de anchas hojas, al extremo del puerto. Cerca
de él, la gruta sombría, amable, consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Es
la cueva amplia y sombría donde tú solías sacrificar a las Ninfas numerosas
hecatombes perfectas. Y éste es el monte Nérito, revestido de bosque.»
Así diciendo, la diosá
dispersó la nube y apareció el país ante sus ojos. Alegróse entonces el
sufridor, el divino Odiseo, y se llenó de gozo por su patria y besó la tierra
donadora de grano. Luego suplicó a las Ninfas levantando sus manos:
«Ninfas Náyades, hijas de
Zeus, nunca creí que volvería a veros. Alegraos con mi suave súplica, volveré a
haceros dones como antes si la hija de Zeus, la diosa Rapaz, me permite
benévola que viva y hace crecer a mi hijo.»
Y se dirigió a él la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Cobra ánimo, no te
preocupes ahora de esto; coloquemos ahora mismo tus riquezas en lo profundo de
la divina gruta a fin de que se conserven intactas y pensemos para que todo
salga lo mejor posible.»
Así hablando, la diosa se
introdujo en la sombría gruta buscando un escondrijo por ella, mientras Odiseo
la seguía de cerca llevando todo, el oro y el sólido bronce y los bien
fabricados vestidos que le habían donado los feacios. Conque colocó todo bien y
arrimó un peñasco a la entrada Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva
égida. Y sentándose los dos junto al tronco del olivo sagrado, meditaban la
muerte para los soberbios pretendientes. La diosa de ojos brillantes, Palas
Atenea, comenzó a hablar:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo,
rico en ardides, piensa cómo vas a poner tus manos sobre los desvergonzados
pretendientes que llevan ya tres años mandando en tu palacio, cortejando a tu
divina esposa y haciéndole regalos de esponsales, aunque ella se lamenta
continuamente por tu regreso y da esperanzas a todos y hace promesas a cada uno
enviándoles recados, si bien su mente revuelve otros planes.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Ay, ay! ¡Conque he
estado a punto de perecer en mi palacio con la vergonzosa muerte del Atrida
Agamenón si tú, diosa, no me hubieras revelado todo, como es debido! Vamos,
trama un plan para que los haga pagar y asísteme tú misma poniendo dentro de mí
el mismo vigor y valentía que cuando destruimos las espesas almenas de Troya.
Si tú me socorrieras con el mismo interés, diosa de ojos brillantes, sería
capaz de luchar junto a ti contra trescientos hombres, diosa soberana, siempre que me socorrieras benevolente.»
Y la diosa de ojos
brillantes, Palas Atenea, le contestó:
«En verdad, estaré a tu
lado y no me pasarás desapercibido cuando tengamos que arrostrar este peligro.
Conque creo que mancharán con su sangre y sus sesos el maravilloso pavimento
los pretendientes que consumen tu hacienda.
«Vamos, te voy a hacer
irreconocible para todos: arrugaré la hermosa piel de tus ígiles miembros y
haré desaparecer de tu cabeza los rubios cabellos; lo cubriré de harapos que te
harán odioso a la vista de cualquier hombre y llenaré de legañas tus antes
hermosos ojos, de forma que parezcas desastroso a los pretendientes, a tu
esposa y a tu hijo, a quienes dejaste en palacio.
«Llégate en primer lugar
al porquero, el que vigila tus cerdos, quien se mantiene fiel y sigue amando a
tu hijo y a la prudente Penélope. Lo encontrarás sentado junto a los cerdos;
éstos están paciendo junto a la Roca del Cuervo, cerca de la fuente Aretusa,
comiendo innumerables bellotas y bebiendo agua negra, cosas que crían en los
cerdos abundante grasa. Detente allí, siéntate a su lado y pregúntale por todo,
mientras yo voy a Esparta de hermosas mujeres a buscar a tu hijo Telémaco,
Odiseo, pues ha marchado a la extensa Lacedemonia junto a Menelao para
preguntar noticias sobre ti, por si aún vives.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¿Por qué no se lo
dijiste, si conoces todo en tu interior? ¿Acaso para que también él sufriera
penalidades vagando por el estéril ponto mientras los demás consumen mí
hacienda?»
Y le contestó la diosa de
ojos brillantes, Palas Atenea:
«No te préocupes
demasiado por él. Yo misma lo escolté para que cosechara fama de valiente
marchando allí. En verdad, no sufre penalidad alguna, está en el palacio del
Atrida y tiene de todo a su disposición. Cierto que unos jóvenes le acechan en
negra nave con intención de matarlo antes de que regrese a tu tierra, pero no
creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los
pretendientes que consumen tu hacienda. »
Hablando así, lo tocó
Atenea con su varita: arrugó la hermosa piel de sus ágiles miembros e hizo
desaparecer de su cabeza los rubios cabellos; colocó sobre sus miembros la piel
de un anciano y llenó de legañas sus antes hermosos ojos. Le cubrió de andrajos
miserables y una túnica desgarrada, sucia, ennegrecida por el humo, y le vistió
con una gran piel, ya sin pelo, de veloz ciervo; le dio un cayado y un feo
zurrón rasgado por muchos sitios y con la correa retorcida.
Así deliberaron y se
separaron los dos; y ella marchó luego a la divina Lacedemonia en busca del
hijo de Odiseo.
CANTO XIV
ODISEO EN LA MAJADA DE
EUMEO
Entonces él se puso en
camino desde el puerto a través de un sendero escarpado en lugar boscoso por
las cumbres, hacia donde Atenea le había manifestado que encontraría al divino
porquero, el que cuidaba de su hacienda más que los demás siervos que el divino
Odiseo había adquirido. Y lo encontró sentado en el pórtico, donde tenía
edificada una elevada cuadra, hermosa y grande, aislada, en lugar abierto. El
porquero mismo la había edificado para los cerdos de su soberano ausente, lejos
de su dueña y del anciano Laertes, con piedras de cantera, y lo había coronado
de espino; tendió fuera una empalizada completa, espesa y cerrada, sacando
estacas de lo negro de una encina.
Dentro de la cuadra había
construido doce pocilgas, unas junto a otras, para encamar a las cerdas, y en
cada una se encerraban cincuenta cerdas, todas hembras que habían ya parido.
Los cerdos dormían fuera y eran muy inferiores en número, pues los habían
diezmado los divinos pretendientes con sus banquetes: el porquero les enviaba
cada vez el mejor de sus robustos cebones, trescientos sesenta en total.
También dormían a su lado
cuatro perros, semejantes a fieras, que alimentaba el porquero, caudillo de
hombres.
Este andaba entonces
sujetando a sus pies unas sandalias después de cortar una moteada piel de buey.
Los demás porqueros, tres en total, habían marchado cada uno por su lado con
los cerdos en manada; al cuarto lo había enviado Eumeo a la fuerza a la ciudad
para que llevara un cebón a los soberbios pretendientes a fin de que lo
sacrificaran y saciaran con la carne su apetito.
De pronto los perros de
incesantes ladridos vieron a Odiseo y corrieron hacia él ladrando. Entonces
Odiseo se sentó astutamente y el cayado se le escapó de las manos.
Allí, sin duda, en su
propia cuadra habría sufrido un dolor vergonzoso, pero el porquero,
siguiéndolos con veloces pies, se lanzó a través del portico la piel cayó de sus manos y a grandes voces dispersó a los perros en
varias direcciones con una espesa pedrea. Y se dirigió al soberano:
«Anciano, por poco te han
despedazado los perros en un instante y quizá me habrías culpado a mí. También
a mí me han dado los dioses dolores y lamentos, pues sentado lloro a mi divino
soberano y cebo cerdos para que se los coman otros. En cambio, él andará
errante por pueblos y ciudades extranjeras mendigando comida si es que vive aún y contempla la luz del
sol.
«Pero sígueme, vayamos a
mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me
digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir.»
Así diciendo, lo condujo
a su cabaña el divino porquero; le hizo entrar y sentarse, extendió maleza
espesa y encima tendió la piel de una hirsuta cabra salvaje, su propia yacija,
grande y peluda. Alegróse Odiseo porque lo había recibido así y le dijo su
palabra llamándolo por su nombre:
«Forastero, ¡que Zeus y
los demás dioses inmortales te concedan lo que más vivamente deseas, ya que me
has acogido con bondad!»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Forastero, no es santo
deshonrar a un extraño, ni aunque viniera uno más miserable que tú, que de Zeus
son los forasteros y mendigos todos. Nuestros dones son pequeños, pero
amistosos, pues la naturaleza de los siervos es tener siempre miedo cuando
dominan nuevos soberanos. En verdad, los dioses han impedido el regreso de
quien me habría estimado gentilmente y otorgado cuanto un dueño bondadoso suele
conceder a su siervo una casa, un lote
de tierra y una esposa solicitada , cuando éste se esfuerza por él y un dios
hace prosperar sus labores, como está haciendo prosperar el trabajo en el que
yo me mantengo activo. Por esto me habría beneficiado mucho mi soberano si
hubiera envejecido aquí, pero ha muerto
¡así pereciera por completo la raza de Helena, pues aflojó las rodillas
de muchos hombres! , pues también mi soberano marchó por causa del honor de
Agamenón a Ilión, de buenos potros, para combatir a los troyanos.»
Hablando así, sujetó
enseguida su túnica con el ceñidor y se puso en camino de las pocilgas donde
tenía encerradas las manadas de cochinillos. Tomó dos de allí y los sacrificó,
quemó, troceó y atravesó con asadores. Y, después de asar todos, se los ofreció
a Odiseo calientes en sus mismos asadores
y extendió blanca harina. Después mezcló vino agradable como la miel en
su cuenco y se sentó enfrente, y animándole decía:
«Come ahora, forastero,
lo que es dado comer a los siervos, cochinillo, que de los cebones se encargan
los pretendientes, sin miedo a la venganza divina ni compasión. No aman los
dioses felices las acciones impías, sino que honran la justicia y las obras
discretas de los hombres. Es cierto que son enemigos y hostiles quienes invaden
una tierra ajena, por más que Zeus les conceda el botín, pero cuando vuelven
repletos a las naves para regresar a su patria, incluso a éstos les sobreviene
un pesado temor a la venganza divina. Sin duda, los pretendientes deben
conocer porque quizá hayan oído la
palabra de algún dios la triste muerte
de Odiseo, pues no quieren cortejar con justicia ni volver a sus posesiones, y
con gusto devoran entre excesos la hacienda, despreocupadamente. Todas las
noches y días que nos manda Zeus sacrifïcan víctimas, no sólo una ni sólo dos
ovejas; y el vino... lo consumen a cántaros, sin mesura. Y es que la fortuna de
Odiseo era inmensa; ninguno de los héroes del oscuro continente ni de la misma
Itaca poseía tanta. Ni veinte hombres juntos tienen tanta abundancia. Te voy a
echar la cuenta: doce rebaños en el continente, otros tantos de ovejas, otros
tantos de cerdos y cabras apacientan para él pastores asalariados y sus propios
pastores. Aquí se alimentan en total once numerosos rebaños de cabras en el
extremo de la isla, pues se las vigilan hombres de bien. Todos los días, sin
excepción, cada uno de éstos lleva a los pretendientes un animal, la mejor de
sus gordas cabras. Y yo vigilo y protejo estos cerdos y les hago llegar el
mejor de ellos, eligiéndolo bien. »
Así habló mientras Odiseo
comía la carne y bebía el vino con voracidad, en silencio. Y estaba sembrando
la desgracia para los pretendientes.
Cuando acabó de almorzar
y saciar su apetito con la comida, le entregó Eumeo un cuenco repleto de vino
en el que solía él beber. Aquél lo recibió y se alegró en su interior y,
hablando, le dijo aladas palabras:
«Amigo, ¿quién te compró
con sus bienes, tan rico y poderoso como dices? Aseguras que ha perecido por
causa del honor de Agamenón; dime su nombre por si lo conozco ¡siendo como es!
Seguro que Zeus y los demás dioses inmortales saben si te puedo hablar de él
porque lo haya visto, pues he vagado mucho.»
Y le contestó el
porquero, caudillo de hombres:
«Anciano, ningún
caminante que viniera con noticias de él lograría persuadir a su esposa y
querido hijo, que los vagabundos suelen mentir por mor del sustento y no gustan
de decir verdad. Todo caminante que llega al pueblo de Itaca se llega a mi
dueña para decirle mentiras. Claro que ella lo acoge con amor y le pregunta
detalladamente, y las lágrimas se deslizan de sus mejillas lamentándose por él,
como es propio de mujer que ha perdido a su marido en tierra extraña.
«Puede que tú también,
anciano, inventes cualquier cuento con tal de que alguien te regale una túnica
y un manto. Pero seguro que los perros y las veloces aves están tratando de
arrancar la piel de sus huesos y su alma le ha abandonado, o puede que lo hayan
devorado los peces en el mar y sus huesos anden tirados por tierra, revueltos
entre la arena. Así es como ha muerto él, y a todos los suyos, y sobre todo a
mí, sólo nos queda tristeza para el futuro. Que no podré nunca encontrar a un
soberano tan bueno adonde quiera que vaya, ni aunque vuelva a casa de mi padre
y mi madre, donde un día nací y ellos me criaron. Y es que no es tan grande mi
dolor por ellos aunque mucho deseo
verlos en mi tierra patria como es la
añoranza que me ha invadido por Odiseo ausente. No me atrevo, forastero, a
nombrarlo incluso ausente ¡tanto me
estimaba y se preocupaba por mí! , pero lo llamo amigo aunque se encuentre
lejos.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«Amigo, puesto que lo niegas
por completo y crees que nunca volverá, tu corazón anda ya sin esperanza. Pero
yo lo voy a decir y no a tontas, sino
con jurameto que Odiseo viene de camino
hacia acá. Este será el don por mi buena nueva cuando haya llegado él: vestidme
con un manto y una túnica hermosas; no antes, pues no te aceptaría por más
necesitado que estuviera. Que para mí es más odioso que las puertas de Hades el
que por ceder a su pobreza cuenta mentiras. Sea testigo Zeus antes que ningún
otro dios y la mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable Odiseo al que
acabo de llegar. En verdad todo esto se cumplirá tal como anuncio: dentro de
este mismo año llegará Odiseo; cuando acabe este mes y entre otro, volverá a
casa y hará pagar a cuantos deshonran a su esposa a ilustre hijo.»
Y contestando le dijiste,
porquero Eumeo:
«Anciano, no te voy a
conceder ese don por tu buena nueva ni va a regresar ya Odiseo a casa, pero
bebe gustoso y volvamos nuestros recuerdos a otro lado; no me traigas esto a la
memoria, que mi ánimo se llena de dolor cada vez que alguien me recuerda a mi
fiel soberano.
«Dejemos, pues, el
juramento, aunque ¡ojalá vuelva Odiséo! como quiero yo y quieren Penélope, el
anciano Laertes y Telémaco, semejante a los dioses. También ahora me lamento
sin consuelo por el hijo que engendró Odiseo, por Telémaco. Cuando los dioses
lo criaron semejante a un retoño, ya decía yo que no sería en nada inferior,
entre los hombres, a su querido padre, admirable en cuerpo y aspecto; pero
alguno de los inmortales o quizá de los
hombres debe haberle dañado la bien
equilibrada mente, pues ha marchado a la divina Pilos en busca de noticias de
su padre, y los ilustres pretendientes lo acechan al volver a casa para que
desaparezca sin gloria de Itaca la progenie del divino Arcisio. Pero dejemos a
éste, ya sea sorprendido, ya escape porque el Cronida tienda su mano sobre él.
«Vamos, cuéntame ahora,
anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y
de dónde eres entre los hombres? Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?
¿En qué barco has llegado? ¿Cómo te han traído hasta Itaca los marineros y
quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado aquí a pie».
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo: .
«En verdad, te voy a
contestar con exactitud. Ni aunque tuviéramos por mucho tiempo comida y dulce
bebida para celebrar un festín dentro de tu cabaña mientras los demás continúan su labor podría yo fácilmente, ni siquiera en un año
entero, acabar la narración de cuantas penalidades ha soportado mi ánimo por
voluntad de los dioses. Mi raza procede de Creta lo digo bien alto y soy hijo de un hombre rico. Numerosos hijos
legítimos nacieron de su esposa en el palacio y fueron criados, pero a mí me
parió una madre comprada, una concubina, aunque mi padre, Cástor Hilacida, de
cuya rata me precio de ser, me estimaba igual que a sus legítimos. Como un dios
era venerado éste en el pueblo de Creta por su abundancia, riqueza y vigorosos
hijos. Pero las Keres de la muerte se lo llevaron a las moradas de Hades y sus
magnánimos hijos sortearon la hacienda y se la repartieron, entregándome a mí
una nonada y una casa. Caséme con mujer de casa rica por mis muchas virtudes,
que no era yo inútil ni temeroso de luchar. Pero ya se ha acabado todo, aunque
viendo la caña seca te darás cuenta, pues un gran infortunio me abruma.
«En verdad, Ares y Atenea
me concedieron audacia y hombría. Cada vez que elegía para el combate a hombres
sobresalientes, sembrando desgracias para el enemigo, jamás mi valeroso corazón
puso los ojos en la muerte, sino que, saltando el primero, solía matar con mi
lanza a cuantos enemigos no se igualaran a mis pies. Así era yo en el combate.
«En cambio, no me
agradaba la labor ni el cuidado de la hacienda que suele criar hijos
brillantes: siempre me gustaron las naves remeras, los combates, los bien
torneados venablos y las flechas, cosas funestas que suelen causar espanto en
los demás. Sin embargo, la divinidad puso en mi alma estos intereses, que cada
hombre se complace en un trabajo. Antes de que los hijos de los aqueos
desembarcaran en Troya, ya me había puesto nueve veces al frente de hombres y
naves de veloces proas contra gentes de otras tierras. Y conseguía mucho botín,
del que elegía lo mejor, y también me tocaba mucho en suerte. Así que
rápidamente prosperó mi casa y me convertí en un hombre temido y respetado en
Creta.
«Pero cuando Zeus, que ve
a lo ancho, dispuso la luctuosa expedición que iba a aflojar las rodillas de
muchos hombres, nos dieron órdenes a mí y al ilustre Idomeneo de capitanear las
naves que marchaban a Ilión. No había medio de negarse, nos lo impedían las
duras habladurías del pueblo. Allí combatimos nueve años los hijos de los
aqueos, pero al décimo destruimos la ciudad de Príamo y volvimos a casa en las
naves; y un dios dispersó a los aqueos. Entonces fue cuando el providence Zeus
meditó desgracias contra mí, miserable. Había permanecido sólo un mes
complaciéndome con mis hijos y legítima esposa, cuando mi ánimo me impulsó a
hacer una expedición a Egipto después de equipar bien mis naves en compañía de
mis divinos compañeros.
«Equipé nueve naves y
enseguida se congregó la dotación. Durante seis días comieron en mi casa mis
leales compañeros; les ofrecí numerosas víctimas para que las sacrificaran en
honor de los dioses y prepararan comida para sí. Conque el séptimo día zarpamos
tranquilamente de la extensa Creta impulsados por un Bóreas fresco, agradable,
como si navegáramos por una corriente. Ninguna nave se me dañó, nosotros
estábamos sanos y salvos, y a las naves las dirigían el viento y los pilotos.
«A los cinco días
llegamos al Egipto de buena corriente y atraqué mis bien equilibradas naves en
este río. Entonces ordené a mis leales compañeros que se quedaran junto a
ellas para vigilarlas y envié espías a lugares
de observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición
y dejándose arrastrar por sus impulsos, saquearon los hermosos campos de los
egipcios, se llevaron a las mujeres y niños y mataron a los hombres. Pronto
llegó el griterío a la ciudad, así que al escucharlo se presentaron al
despuntar la aurora. Llenóse la llanura toda de gentes de pie y a caballo y del
estruendo del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a
huir cobardemente y ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos
rodeaba la destrucción; allí mataron con agudo bronce a muchos de mis
compañeros y a otros se los llevaron vivos para forzarlos a trabajar sus
campos.
«Entonces Zeus puso en mi
mente el siguiente plan (¡ojalá hubiera muerto saliendo al encuentro de mi
destino allí en Egipto, pues todavía me tenía que tender sus brazos la
desgracia!): al punto quité de mi cabeza el bien trabajado yelmo y de mis
hombros el escudo y arrojé de mi brazo la lanza. Lleguéme frente al carro del rey
y besé sus rodillas. Él me protegió y se compadeció de mí y, sentándome en su
carro, me condujo a su palacio con lágrimas en mis ojos. Cierto que muchos
trataron de acosarme con sus lamas deseando matarme pues estaban muy enfurecidos , pero el rey me
protegió por temor a la cólera de Zeus Hospitalario, el que se irrita
sobremanera por las obras malvadas.
«Allí mé quedé siete años
y conseguí reunir mucha riqueza entre los egipcios pues todos me regalaban.
Pero cuando se acercó el octavo año cumpliendo su ciclo llegó un hombre fenicio
conocedor de mentiras, un laña que ya había causado perjuicios a muchos
hombres. Éste me convenció para marchar a Fenicia, donde tenía su casa y
posesiones. Allí permanecí durante un año completo junto a él, pero cuando pasaron
meses y días en el ciclo del año y pasaron las estaciones me envió a Libia en
una nave surcadora del ponto, tramando falacias para que llevara con él una
mercancía, pero en realidad con intención de venderme y cobrar inmensa fortuna.
Le seguía en la nave a la fuerza pues ya barruntaba yo algo. Ésta corría
impulsada por un Bóreas fresco, agradable, a la altura del centro de Creta. Y
Zeus nos preparaba la perdición.
«Cuando por fin dejamos
atrás Creta y no se veía tierra alguna, sino sólo cielo y mar, el Cronida puso
una oscura nube sobre la cóncava nave y bajo ella se oscureció el ponto. Y Zeus
comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave. Y esta se
revolvió toda sacudida por el rayo de Zeus y se Ilenó de azufre. Todos cayeron
fuera de la nave y, semejantes a las cornejas marinas eran arrastrados por las
olas en torno a la nave. Dios les había arrebatado el regreso. En cuanto a
mí..., afligido como estaba, el mismo Zeus puso entre mis manos el mástil
gigantesco de la nave de azuloscura proa para que escapara una vez más de la
perdición. Así que, trabado al mástil, me dejaba llevar de los funestos
vientos. Durante nueve días me dejé llevar y al décimo una gran ola rodante me
acercó era noche cerrada a la tierra de los tesprotos, donde me acogió
sin pagar precio el héroe Fidón, el rey de los tesprotos.
«Acercóseme su hijo
cuando ya estaba yo agotado por la imtemperie y el cansancio y me llevó a casa
sosteniéndome en su brazo hasta que llegó al palacio de su padre, donde me
vistió de manto y túnica.
«Allí fue donde supe de
Odiseo, pues el rey me dijo que estaba hospedándolo y agasajándolo a punto de
volver a su tierra patria. Además, me mostró cuantas riquezas había conseguido
Odiseo reunir bronce y oro y bien trabajado
hierro. En verdad, podrían éstas alimentar a otro hombre hasta la décima
generación: ¡tantos tesoros tenía depositados en el palacio del rey! Me dijo
que Odiseo había marchado a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que
habla desde la divina encina de elevada copa, para enterarse si debía volver a
las claras u ocultamente al próspero pueblo de Itaca, después de tantos años de
ausencia. Y juró ante mí, mientras hacía una libación en su palacio, que ya
tenía dispuesta una nave y compañeros que lo escoltarían hasta su tierra
patria. Pero a mí me despidió antes, pues resultó que una nave de tesprotos
estaba a punto de zarpar hacia Duliquia, rica en grano. Les ordenó que me
enviaran gentilmente al rey Acasto, pero les agradó más una malvada decisión
sobre mi persona, para que aún estuviera más cerca de la perdición. Así que
cuando la nave surcadora del ponto se había alejado bastante de tierra urdieron
contra mí la esclavitud; me despojaron de túnica y manto y echaron sobre mí
miserables andrajos y una mala túnica rasgada, lo que estás viendo ahora con
tus ojos.
«Llegaron al atardecer a
los campos de Itaca, hermosa al atardecer. Una vez allí, me ataron fuertemente
a la nave de buenos bancos con un bien torneado cable y descendiendo
precipitadamente a la ribera del mar se dispusieron a cenar. Pero los mismos
dioses, sin duda, aflojaron mis ligaduras fácilmente. Cubrí mi cabeza con los
andrajos y, deslizándome por el pulido timón hasta dar de pechos en el mar,
comencé a nadar con ambos brazos como si fueran remos, y pronto estuve fuera de
su alcance. Salí del agua por donde hay un bosque de verdeantes encinas y caí
desplomado. Los tesprotos me buscaron aquí y allá, dando grandes gritos, pero
como no les interesara molestarse más, embarcaron de nuevo en su cóncava nave.
Conque han sido los dioses mismos los que me han ocultado fácilmente y me han
hecho llegar al establo de un hombre prudente, pues mi destino es que viva
aún.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Ay, desdichado
forastero, de verdad que has conmovido mi ánimo al contarme detalladámente tus
sufrimientos y vagabundeos, pero no creo que sean razonables tus palabras y no
vas a convencerme de cuanto has dicho sobre Odiseo. ¿Por qué tienes que mentir
en vano siendo como eres? Yo mismo reconozco el regreso de mi soberano; muy
odioso debió de hacerse a los ojos de todos los dioses cuando no lo dejaron
morir entre los troyanos ni en brazos de los suyos, una vez que hubo concluido
la guerra. Entonces le habría construido una tumba el ejército panaqueo y
habría él cobrado gran fama para su hijo, pero ahora se lo han llevado las
Harpías sin gloria alguna. Así que yo ando solitario entre mis cerdos y no me
acerco a la ciudad, si no me ordena ir la prudente Penélope cuando llega alguna
noticia. Entonces todos se sientan a preguntar detalles, tanto los que sienten
dolor por la larga ausencia de su soberano como los que se alegran consumiendo
su hacienda sin pagar. Pero a mí no me agrada ir allá a preguntar desde que me
engañó con sus palabras un etolio que llegó a mi casa, vagabundo de muchas
tierras, tras haber dado muerte a un hombre. Yo le agasajé y él me aseguró que
lo había visto en casa de Idomeneo, en Creta, reparando las naves que le habían
quebrado los vendavales. También me aseguró que volvería para el verano o el
otoño con muchas riquezas en compañía de sus divinos compañeros.
«Conque no me halagues
con mentiras ni trates de encantarme también tú, anciano sufridor, una vez que
la divinidad lo ha traído junto a mí. Si lo respeto y agasajo no es por eso,
sino por veneración a Zeus Hospitalario y por compasión hacia ti.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
De verdad que tienes un
ánimo desconfiado cuando no consigo persuadirte y no logro convencerte ni
siquiera con juramento.
«Pero, vamos, hagamos un
pacto y que sean testigos los dioses que poseen el Olimpo: si vuelve tu
soberano a esta casa, vísteme con manto y túnica y envíame a Duliquio, donde
place a mi ánimo; pero si no vuelve tu soberano, como afirmo, ordena a las
esclavas que me despeñen desde una gran roca para que todo mendigo se guarde de
mentir.»
Y le contestó y dijo el
divino porquero:
«Forastero, ¡había yo de
tener a los ojos de los hombres buena fama y virtud ahora y para siempre, si
después de introducirte en mi cabaña y darte dones de hospitalidad te matara y
arrebatara la vida! ¡Con buenos sentimientos iba yo después a dirigir mis
plegarias a Zeus Cronida!
«Pero ya es hora de
cenar; pronto tendré dentro a mis compañeros para preparar en la cabaña sabrosa
comida.»
Esto se decían uno a otro,
cuando se acercaron cerdos y porqueros. Los encerraron para que se acostaran
por grupos y se levantó un inenarrable estruendo de cerdas acomodándose en las
pocilgas.
Después, el divino
porquero daba estas órdenes a sus compañeros:
«Traed el mejor cerdo
para que se lo sacrifique al forastero de lejanas tierras, que también nosotros
tendremos parte, los que ya llevamos tiempo soportando miserias por culpa de
los cerdos de blancos dientes, pues otros se comen nuestro esfuerzo sin
pagarlo.»
Así diciendo, partió leña
con su implacable bronce y ellos metieron un cerdo bien gordo de cinco años,
poniéndole junto al hogar. Y el porquero no se olvidó de los inmortales, pues
estaba dotado de noble corazón. Así que arrojó al fuego, como primicias, unos
pelos de la cabeza del cerdo de blancos dientes y oró a todos los dioses para
que volviera el prudence Odiseo a casa.
Luego levantó el cerdo y
lo golpeó con una rama de encina que había dejado al hacer leña. Y el alma
abandonó a éste. Así que lo degollaron, chamuscaron y trocearon, y el porquero
envolvió los trozos en gorda grasa, miembro por miembro, y arrojó algunos al
fuego rebozándolos en harina de cebada; después los partieron y atravesaron con
pinchos, los asaron con cuidado y sacaron y pusieron sobre la mesa de trinchar.
Levantóse el porquero para distribuirlos
pues su corazón conocía la equidad
y dividió todo en siete partes: una la ofreció, al tiempo que oraba, a
las Ninfas y a Hermes, el hijo de Maya, y las demás las distribuyó a cada uno.
Odiseo recibió contento con el alargado lomo del cerdo de blancos dientes, pues
éste fortaleció el ánimo del soberano, y dirigiéndose a Eumeo dijo el prudence
Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, seas tan
querido al padre Zeus como lo eres de mí, pues, siendo como soy, me has
distinguido con tus bienes.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Come, desdichado
forastero, y alégrate con todo lo que tienes a tu alcance, que dios te dará
unas cosas y otras las dejará pasar, según le cumpla a su ánimo, pues lo puede
todo.»
Así diciendo, ofreció las
primicias a los dioses que han nacido para siempre y, luego de libar, puso rojo
vino en manos de Odiseo, el destructor de ciudades, que se hallaba sentado
junto a su porción.
También les repartió pan
Mesaulio, a quien había adquirido el porquero mismo, una vez que se hubo
ausentado su soberano y se quedó sólo, lejos de su dueña y del anciano Laertes.
Se lo había comprado a los tafios con su propio dinero.
Y ellos echaron mano de
los alimentos que tenían delante y, cuando hubieron arrojado de sí el deseo de
comer y beber, les retiró Mesaulio el pan y se dispusieron a ir al lecho,
saciados de pan y carne.
Y llegó una noche
desapacible, noche sin luna, que Zeus estuvo lloviendo toda ella, pues soplaba
un fuerte Céfiro que siempre trae lluvia. Entonces se dirigió Odiseo a ellos
para poner a prueba al porquero, por ver si se quitaba el manto y se lo
entregaba o incitaba a uno de sus compañeros, ya que tanto se preocupaba de él:
«Escuchadme ahora, Eumeo
y todos vosotros, compañeros; os voy a decir mi palabra con una súplica, pues
me ha impulsado el perturbador vino, el que hace cantar y reír suavemente
incluso al más prudente, el que induce a danzar y hace soltar palabras que
estarían mejor no dichas. Pero ya que he empezado a hablar, no voy a
ocultároslo. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado como cuando
marchamos a poner una emboscada junto a Troya! Iban como jefes Odiseo y el
Atrida Menelao y junto a ellos mandaba yo como tercero, pues ellos me lo
ordenaron. Cuando ya habíamos llegado a la empinada muralla de la ciudad nos
apostamos entre espesos espinos, en un cañaveral bajo nuestras armas y se nos
vino una noche desapacible, glacial, pues caía el Bóreas. Así que se nos vino
de arriba una nieve helada, como escarcha, y el hielo se condensaba en nuestros
escudos. Todos tenían mantos y túnicas y dormían apaciblemente cubriendo sus
hombros con los escudos, pero yo había dejado al marchar mi manto a unos
compañeros por imprevisión, pues no creía que iría a tener frío en absoluto;
así que había partido sólo con mi escudo y una escarcela brillante. Cuando ya
estaba terciada la noche y los astros declinaban, me dirigí a Odiseo, que
estaba a mi lado, tocándolo con mi codo
y él enseguida prestó oidos "Laertiada de linaje divino, Odiseo
rico en ardides, ya no me contaré más entre los vivos pues me está doblegando
el temporal, que no tengo manto. Un dios me ha engañado para que viniera con
una sola túnica y ahora ya no hay escape posible."
«Así dije y él enseguida
echó mano a esta treta ¡cómo era el
hombre para decidir y combatir! y
hablando en voz baja me dijo su palabra: "Calla, no te oiga alguno de los
aqueos." Así diciendo se apoyó sobre el codo y levantando la cabeza dijo
su palabra: "Escuchadme, los míos: acaba de venirme un sueño divino
mientas dormía. Nos hemos alejado demasiado de las naves, que vaya alguien a
decir al Atrida Agamenón, pastor de su pueblo, si ordena que vengan más hombres
desde las naves." Así dijo y enseguida se levantó Toante, hijo de
Andremón, y dejando su rojo manto echó a correr hacia las naves. Así que yo me
acosté con alegría envuelto en su manto y se mostró Eos de trono de oro. ¡Ojalá
fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado, pues quizá alguno de los
porqueros me daría un manto en esta cuadra tanto por amor como por respeto a un
hombre valeroso!, que ahora me desprecian por tener mala ropa sobre mi cuerpo.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Anciano es una
irreprochable historia la que has contado y no creo que hayas dicho palabra inútil,
fuera de lugar. Por eso no vas a carecer de vestido ni de cosa alguna de la que
está bien que tengan los desdichados suplicantes que nos salen al encuentro;
pero cuando amanezca sacudirás tus andrajos, pues no hay aquí muchos mantos ni
túnicas de recambio para cubrirse, que cada hombre tiene sólo uno. Mas cuando
venga el querido hijo de Odiseo, él te dará un manto y una túnica y te enviará
a donde tu corazón lo empuje.»
Así diciendo, se levantó
y le tendió un camastro cerca del fuego y le puso encima pieles de ovejas y
cabras.
Echóse allí Odiseo y
sobre él arrojó Eumeo un manto grueso y grande que tenía de repuesto para
cuando se levantara terrible temporal.
Así que allí se acostó
Odiseo, y los jóvenes a su lado. Pero al porquero no le gustaba dormir lejos de
la piara, por lo que se aprestó a salir
y Odiseo se alegró por lo mucho que se cuidaba de su hacienda, aunque él
estaba lejos. Primero se echó a los fuertes hombros la aguda espada y luego se
vistió un grueso manto que le protegiera del viento; tomó la piel de un cabrón
bien gordo y un agudo venablo que le protegiera de perros y hombres; y se puso
en camino, deseando dormir, hacia el lugar donde dormían los machos, bajo una
cóncava roca, al abrigo del Bóreas.
CANTO XV
TELÉMACO REGRESA A ITACA
Entre tanto había
marchado Palas Atenea hacia la extensa Lacedemonia para sugerir el regreso al
ilustre hijo del magnánimo Odiseo y ordenarle que regresara.
Y encontró a Telémaco y
al brillante hijo de Néstor durmiendo en el pórtico del glorioso Menelao,
aunque en verdad sólo al hijo de Néstor dominaba el dulce sueño, que a Telémaco
no lo sujetaba el blando sueño y en la noche inmortal agitaba en su interior la
angustia por su padre. Se acercó Atenea, la de ojos brillantes y le dijo:
«Telémaco, no está bien
vagar más tiempo lejos de casa dejando allí tus bienes y a hombres tan
soberbios. ¡Cuidado, no vayan a repartirse y devorarlo todo mientras tú haces
un viaje baldío! Vamos, apremia a Menelao, de recia voz guerrera, para que te
despida, a fin de que encuentres a tu ilustre madre todavía en casa, que ya su
padre y hermanos andan empujándola a que se case con Eurímaco, pues éste
aventaja a todos los pretendientes en regalarla y en aumentar su dote. Guárdate
de que no se lleve de casa, contra tu voluntad, algún bien. Pues ya sabes cómo
es el alma de una mujer: está dispuesta a acrecentar la casa de quien la
despose olvidando y despreocupándose de sus primeros hijos y de su esposo, una
vez que ha muerto.
«Conque ponte en camino y
deja todo en manos de la esclava que te parezca la mejor, hasta que los dioses
te den una esposa ilustre.
«Te voy a decir algo más,
ponlo en tu interior: los más nobles de los pretendientes te han puesto
emboscada en el paso entre Itaca y la escarpada Same, deliberadamente, pues
desean matarte antes de que llegues a tu tierra patria. Pero no creo que esto
suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los pretendientes que se comen
tu hacienda. Así que aleja de las islas tu bien construida nave y navega por la
noche, pues te enviará viento favorable aquel de los inmortales que te custodia
y protege. Tan pronto como hayas llegado a la ribera de Itaca, envía la nave y
a tus compañeros a la ciudad y tú marcha primero junto al porquero, el que
vigila los cerdos y te es fiel. Pasa allí la noche y envíale a la ciudad para
que anuncie a la prudente Penélope que estás a salvo y has llegado de Pilos.»
Hablando asi marchó hacia
el lejano Olimpo. Despertó Telémaco al hijo de Néstor de su dulce sueño
empujándole con el pie y le dijo su palabra:
«Despierta, Pisístrato,
hijo de Néstor, unce al carro los caballos de una sola pezuña a fin de
apresurar nuestro viaje.»
Y le contestó Pisfstrato,
el hijo de Néstor:
«Telémaco, no es posible
conducir en la oscura noche, aunque estemos ansiosos de ponernos en camino.
Pronto despuntará la aurora. Esperemos a que el héroe Atrida Menelao, ilustre
por su lanza, nos traiga sus dones, los ponga en el carro y nos despida con
palabras amables; que un huésped se acuerda cada día del hombre que te ha acogido
si éste le ha ofrecido su amistad.»
Así habló y al punto
apareció Eos de trono de oro.
Y se les acercó Menelao,
de recia voz guerrera, levantándose del lecho de junto a Helena de lindas
trenzas.
Cuando lo vio el hijo de
Odiseo vistió apresuradamente sobre su cuerpo la brillante túnica, echó sobre
sus resplandecientes hombros un gran manto y se dirigió a la puerta. Y
colocándose a su lado le dijo el querido hijo de Odiseo:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, pastor de tu pueblo, despídeme ya a mi querida patria, pues mi ánimo
desea regresar.»
Y le contestó Menelao, de
recia voz guerrera:
«Telémaco, no te detendré
más tiempo si deseas volver, que también a mí me irrita quien recibe a ún
huésped y te ama en exceso o en exceso te aborrece. Todo es mejor si es
moderado. La misma bajeza comete quien anima a su huésped a que se vaya, cuando
éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide cuando lo desea. Hay que
agasajar al huésped cuando está en tu casa, pero también despedirlo si lo
desea. Mas espera a que traiga mis hermosos dones y los ponga en el carro,
dones hermosos lo verás con tus propios
ojos , y a que diga a las mujeres que preparen en palacio un almuerzo de cuanto
aquí abunda. Que es honor y gloria, al tiempo que provecho, el que os marchéis
por la tierra inmensa después de almorzar. Si deseas volver por la Hélade y el
centro de Argos, para que yo mismo te acompañe, unciré mis caballos y te
conduciré por las ciudades de los hombres. Nadie nos despedirá con las manos
vacías, sino que nos darán algo para llevarnos
un trípode de buen bronce, un jarrón o dos mulos o una copa de oro.»
Y Telémaco le contestó
con sensatez:
«Atrida Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de tu pueblo, quiero volver ya a mis cosas, pues no he dejado
al venir ningún vigilante de mis posesiones; no quiero que por buscar a mi
padre vaya a perderme yo, o que me desaparezca del palacio algún tesoro de
valor.»
Luego que le oyó Menelao,
de recia voz guerrera, ordenó a su esposa y esclavas que preparasen en palacio
un almuerzo de cuanto allí abundaba. Acercósele después Eteoneo, hijo de Boeto,
tras levantarse de la cama pues no
habitaba lejos , y le ordenó Menelao, de recia voz guerrera, que encendiera
fuego y asara carne. Y aquél no desobedeció.
Menelao ascendió a su
perfumado dormitorio, pero no sólo, que junto a él marchaban Helena y
Megapentes. Cuando habían llegado adonde tenía sus tesoros el Atrida Menelao,
tomó una copa de doble asa y ordenó a su hijo Megapentes que llevara una
crátera de plata. Helena habíase detenido junto a sus areas donde tenía peplos
multicolores que ella misma había bordado. Tomó uno de éstos y se lo llevó
Helena, divina entre las mujeres, el más hermoso por sus adornos y el más
grande brillaba como una estrella y estaba
encima de los demás.
Conque atravesaron el
palacio hasta que llegaron junto a Telémaco. Y le dijo el rubio Menelao:
«Telémaco, ¡ojalá Zeus,
el tronador esposo de Hera, lo lleve a término el regreso tal como tú tu
pretendes! En cuanto a los dones..., te voy a entregar el más hermoso y estimable
de cuantos tesoros tengo en casa. Te voy a dar una crátera trabajada, toda ella
de plata, con los bordes fundidos con oro, obra de Hefesto me la dió el héroe Fédimo, rey de los
sidonios, cuando su palacio me cobijó al regresar yo allí. Esto quiero
regalarte a ti.»
Hablando así, puso en sus
manos la copa de doble asa el héroe Atrida; luego el vigoroso Megapentes le
acercó una crátera de plata. También se le acercó Helena, de lindas mejillas,
con el peplo en sus manos, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«También yo, hijo mío, te
entrego este regalo, recuerdo de las manos de Helena, para que se lo lleves a
tu esposa en el momento de la deseada boda, y que permanezca junto a tu madre
en palacio hasta entonces. Que llegues feliz a tu bien edificada morada y a tu
tierra patria.»
Así diciendo lo puso en
sus manos y él lo recibió gozoso. Lo tomó después el héroe Pisístrato y lo puso
en la caja del carro, no sin admirarlo con toda su alma.
Después el rubio Menelao
los condujo hasta el salón y ambos se sentaron en sillas y sillones. Y una
esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra
de oro para que se lavaran y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y la
venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas
escogidas favoreciéndoles entre los que estaban presentes. El hijo de Boeto
repartía la carne y distribuía las porciones, y el hijo del ilustre Menelao
escanciaba el vino. Echaron ellos mano de los alimentos que tenían delante y,
cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, Telémaco y el brillante
hijo de Néstor uncieron los caballos, subieron al carro de variados colores y
lo condujeron fuera del portico y de la resonante galería. Y el rubio Menelao
salió tras ellos llevando en su mano derecha rojo vino en copa de oro, para que
marcharan después de hacer libación.
Se colocó delante de los
caballos y dijo como despedida:
«¡Salud, muchachos!, y
transmitid mis saludos a Néstor, pastor de su pueblo, pues fue conmigo tierno
como un padre mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Vástago de Zeus, de
verdad que al llegar comunicaremos a aquél todo, según nos lo has dicho. ¡Ojalá
al volver yo a Itaca encontrara a Odiseo en casa y pudiera decirle que vengo de
junto a ti y he ganado toda tu amistad!, pues llevo regalos hermosos y buenos.»
Mientras así hablaba le
voló un pájaro por la derecha, un halcón que llevaba entre sus garras a un
enorme ganso blanco, doméstico, de algún corral pues le seguían gritando hombres y mujeres ; y
el halcón se acercó a aquéllos y se lanzó por la derecha, frente a los
caballos. A1 verlo se llenaron de contento y alegróseles a todos el ánimo.
Y entre ellos comenzó a
hablar Pisfstrato, el hijo de Néstor:
«Piensa, Menelao, vástago
de Zeus, caudillo de tu pueblo, si es para nosotros o para ti para quien ha
mostrado el dios este presagio.»
Así dijo, y Menelao,
amado de Ares, se puso a cavilar para poder contestarle oportunamente después
de pensarlo.
Pero Helena, de largo
peplo, tomándole delantera dijo su palabra:
«Escuchadme, voy a hacer
una predicción tal como los inmortales me lo están poniendo en el pecho y como
creo que se va a cumplir. Del mismo modo que este halcón ha venido del monte y
arrebatado al ganso mientras se alimentaba en la casa donde está su progenie y
sus padres, así Odiseo, después de mucho sufrir y mucho vagar, llegará a casa y
los hará pagar, o quizá ya está en casa sembrando la muerte para todos los
pretendientes.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«¡Ojalá lo disponga así
Zeus, el tronante esposo de Hera! En este cáso te invocaría también allí como a
una diosa.»
Así dijo y sacudió con el
látigo a los caballos. Y éstos se lanzaron velozmente hacia la llanura
precipitándose por la ciudad.
Y arrastraron el yugo por
ambos lados durance todo el día. Se puso el sol y todos los caminos se llenaron
de sombra cuando llegaron a Feras, a casa de Diocles, hijo de Ortíloco, a quien
Alfeo engendró. Allí pasaron la noche y éste les entregó dones de hospitalidad.
Cuando se mostró Eos, la
que nace de la mañana, la de dedos de rosa, uncieron sus caballos y ascendieron
al carro de variados colores y lo condujeron fuera del pórtico y de la
resonante galería. Restalló el látigo para que partieran y los caballos se
lanzaron muy a gusto. Por fin llegaron a la elevada ciudad de Pilos y Telémaco
se dirigió al hijo de Néstor:
«Hijo de Néstor, ¿podrías
cumplir mi palabra si me haces una promesa?, ya que nos preciamos de tener
viejos lazos de hospitalidad por el amor de nuestros padres, además de ser de
la misma edad, y este viaje nos habrá de unir más. No me lleves más allá de la
nave, déjame aquí mismo, no sea que el anciano me retenga contra mi voluntad en
su palacio por mor de agasajarme. Y tengo que llegar pronto.»
Así habló y el hijo de
Néstor deliberó en su interior cómo cumpliría su palabra, como le correspondía.
Mientras así pensaba, parecióle mejor volver sus caballos hacia la rápida nave
y la ribera del mar. Así que puso en la popa los hermosísimos dones, vestidos y
oro, que Menelao le había dado y apremiándole decía aladas palabras:
«Embarca enseguida y
ordénaselo a tus compañeros antes que llegue yo a casa y se lo anuncie al
anciano; tal como tiene de irritable el ánimo no lo dejará ir, antes bien
vendrá él en persona a buscarte y te aseguro que no volvería de baldío, y se
irritaría sobremanera.»
Así hablando torció sus
caballos de hermosas crines hacia la ciudad de los Pilios y arribó enseguida a
casa.
Entretanto, Telémaco
apremiaba a sus compañeros con estas órdenes:
«Poned en orden los
aparejos, compañeros, en la negra nave, y embarquemos para acelerar el viaje.»
Así habló y ellos lo
escucharon y obedecieron. Conque embarcaron y se sentaron sobre los bancos.
Ocupábase él en esto, así
como en orar y hacer sacrificio a Atenea junto a la proa, cuando se le acercó
un forastero, uno que había huido de Argos por haber dado muerte a alguien, un
adivino. Por linaje era descendiente de Melampo, quien en otro tiempo vivió en
Pilos, criadora de ganados, habitando con extrema prosperidad un palacio entre
los pilios. Luego marchó a otras tierras huyendo de su patria y del magnánimo
Neleo, el más noble de los vivientes, quien le retuvo por la fuerza muchos
bienes durante un año completo. Todo este tiempo estuvo en el palacio de Fílaco
encadenado con dolorosas ligaduras, padeciendo grandes sufrimientos por causa
de la hija de Neleo y la pesada ceguera que puso en su mente Erinis, la diosa
horrenda.
Pero consiguió escapar de
la muerte y terminó llevándose a Pilos, desde Filace, sus mugidores bueyes. Así
que castigó al divino Neleo por su acción indigna y llevó a casa mujer para su
hermano. Y marchó luego a otras tierras, a Argos, criadora de caballos, pues su
destino era que habitara allí reinando sobre numerosos argivos. Allí tomó mujer
y construyó un palacio de elevado techo. Y engendró a Antifates y Mantio,
robustos hijos. Antifates engendró al magnánimo Oicleo, y Oicleo a su vez a
Anfiarao, salvador de su pueblo, a quien amó de corazón Zeus, portador de égida
y Apolo dispensó numerosas pruebas de amistad. Pero no llegó al umbral de la
vejez, sino que pereció en Tebas por la traición de una mujer. Y sus hijos
fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, por su parte, engendró a Polífides y a
Clito. Pero, ¡ay!, que a Clito se lo llevó Eos, de hermoso trono, por ser tan
bello, así que Apolo hizo adivino al magnánimo Polífides, el mejor de los
hombres, una vez que hubo muerto Anfiarao. Pero, irritado con su padre, emigró
a Hiperesia y, poniendo allí su morada, profetizaba para todos los hombres.
De éste era hijo el que
se acercó entonces a Telémaco y su nombre era Teoclímeno. Lo encontró haciendo
libación y súplicas sobre la rápida, negra nave, y le dirigió aladas palabras:
«Amigo, ya que te
encuentro sacrificando en este lugar, te ruego por las ofrendas y el dios, e
incluso por tu propia cabeza y la de los compañeros que te siguen, me digas la
verdad y nada ocultes a mis preguntas: ¿de dónde eres? ¿Dónde se encuentran tu
ciudad y tus padres?»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«En verdad, forastero, te
voy a hablar sinceramente. De origen soy itacense y mi padre es Odiseo si es que alguna vez ha existido; ahora,
desde luego, ha perecido con triste muerte. Por esto he tomado compañeros y una
negra nave para preguntar por mi padre, largo tiempo ausente.»
Y Teoclímeno, semejante a
los dioses, le dijo a su vez:
«Así estoy también yo,
huido de mi patria por matar a un hombre de mi propia tribu. Muchos son mis
hermanos y parientes en Argos, criadora de caballos, y mucho es su poder sobre
los aqueos. Por evitar la muerte y la negra Ker ando huyendo de éstos, que mi
destino es vagar entre los hombres. Conque admíteme en tu nave, ya que he
llegado a ti como suplicante; cuidado no me maten, pues creo que me andan persiguiendo.»
Y Telémaco a su vez le
contestó discretamente:
«No, no te rechazaré de
mi equilibrada nave si tanto lo deseas. Conque sígueme, te agasajaremos con lo
que tengamos.»
Así hablando, tomó de sus
manos la lanza de bronce y la tendió sobre la cubierta de la curvada nave, y
también él ascendió a la nave surcadora del ponto. Luego que se hubo sentado en
la proa, puso a Teoclímeno a su lado y soltaron amarras. Telémaco ordenó a sus
compañeros que se aplicaran a los aparejos y éstos le obedecieron con prontitud.
Así que levantaron el mástil de abeto y lo encajaron en el hueco travesaño, lo
amarraron con cables y extendieron las blancas velas con correas bien trenzadas
de piel de buey. Y la de ojos brillantes, Atenea, les envió un viento
favorable, que se abalanzó impetuoso por el éter, para que la nave recorriera
rápidamente en su carrera la salada agua del mar.
Pasaron bordeando Crunos
y el río Calcis, de hermosa corriente. Se puso el sol y todos los caminos se
llenaron de sombra, y la nave dio proa a Feas impulsada por el viento favorable
de Zeus y pasó junto a la divina Elide, donde dominan los epeos. Desde allí
enfiló Telémaco hacia las Islas Puntiagudas cavilando si conseguiría escapar o
sería sorprendido.
Entre tanto, Odiseo y el
divino porquero se daban a comer en la cabaña y junto a ellos comían otros
hombres. Cuando habían echado de sí el deseo de comer y beber, se dirigió a
ellos Odiseo tratando de probar si el porquero aún le seguiría agasajando
gentilmente y le ordenaba quedarse en la majada o si le despachaba a la ciudad:
«Escúchame, Eumeo, y
también vosotros, todos sus compañeros. Al amanecer deseo ponerme en camino
hasta la ciudad para mendigar. No quiero ser ya un peso para ti y los
compañeros. Pero dame indicaciones y un buen compañero que me guíe, que me
lleve hasta allí. En la ciudad vagaré por mi cuenta, por si alguien me larga un
vaso de vino y un mendrugo. También me presentaré en el palacio del divino
Odiseo para dar noticias a la prudente Penélope y quizás me acerque a los
soberbios pretendientes por si me dan de comer, que tienen alimentos en
abundancia. Con diligencia haría yo cuanto quisieran, porque te voy a decir una
cosa y tú ponla en tu mente y escúchame
: por la gracia de Hermes, el mensajero, el que da gracia y honor a las obras
de los hombres, ningún hombre podría competir conmigo en habilidad para remejer
el fuego y quemar leña seca, para trinchar, asar y escanciar; en fin, para
cuanto los plebeyos sirven a los nobles.»
Y tú, porquero Eumeo, le
dijiste irritado:
«Ay, forastero, ¿por qué
te ha venido a la mente ese proyecto? Lo que tú deseas en verdad es morir allí
si pretendes mezclarte con el grupo de los pretendientes, cuya soberbia y
violencia han llegado al férreo cielo. No son como tú los que sirven a
aquéllos; son jóvenes bien vestidos de manto y túnica, siempre brillantes de
cabeza y rostro quienes les sirven. Y las bien pulimentadas mesas están
repletas de pan y carne y de vino. Conque quédate aquí. Nadie te va a molestar
mientras estés conmigo, ni yo ni los compañeros que tengo. Y cuando llegue el
querido hijo de Odiseo te vestirá de manto y túnica y te despedirá a donde tu
corazón te empuje.»
Y le contestó a
continuación el sufridor, el divino Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, llegues a
ser tan amado del padre Zeus como tu eres de mí por librarme del vagabundeo y
de la miseria! Que no hay nada peor para el hombre que ser vagabundo; por culpa
del maldito estómago sufren pesares los hombres a quienes les llega el vagar,
la desgracia y el dolor. Pero ya que me retienes y aconsejas que aguarde a
aquél, háblame de la madre del divino Odiseo y de su padre, a quien aquél
abandonó cuando se acercaba al umbral de la vejez; dime si viven aún bajo los
rayos del sol o ya han muerto y están en la morada de Hades.»
Y le contestó el porquero,
caudillo de hombres:
«En verdad, huésped, te
voy a hablar con toda sinceridad. Laertes vive todavía, aunque todos los días
le pide a Zeus morir en su palacio, pues se lamenta terriblemente por su
ausente hijo y por su prudente esposa que le dejó afligido al morir y le puso
en la más cruel vejez. Ella murió de dolor por su ilustre hijo, de muerte
cruel ¡que nadie muera así de quienes
viviendo aquí conmigo me son amigos y obran como amigos! Mientras ella vivió,
aunque entre dolores, me agradaba hablarle y preguntarle, ya que ella me había
criado junto con Ctimena de luengo peplo, ilustre hija suya, a quien parió la
última de sus hijos. Junto con ésta me crié y poco menos que a ésta me quería
su madre. Pero cuando llegamos ambos a la amable juventud, entregaron a Ctimena
como esposa a alguien de Same, recibiendo una buena dote, y a mí me vistió de
hermosos túnica y manto y, dándome calzado para mis pies, me envió al campo. Y
me amaba de corazón. Ahora echo en falta todo aquello, pero con todo, los dioses
felices están haciendo prosperar la labor de la que me ocupo. De aquí como y
bebo a incluso doy a los necesitados, pero no me es dado oír las palabras ni
las obras de mi dueña desde que ha caído sobre el palacio esa peste de hombres
soberbios. Y eso que los siervos necesitamos mucho hablar con la dueña y
conocer todas las órdenes y comer y beber e, incluso, llevarnos algo al campo;
cosas, en fin, que alegran siempre el corazón de los siervos.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Ay, ay!, así que ya de
pequeño, porquero Eumeo, anduviste errante lejos de tu patria y de tus padres.
Vamos, dime –y cuéntame con verdad si
fue devastada la ciudad de amplias calles en que habitaban tu padre y tu
venerable madre, o si te capturaron hombres enemigos cuando te hallabas solo
junto a tus ovejas o bueyes y te trajeron en sus naves a venderte en casa de
este hombre, quien seguro que entregó un precio digno de ti.»
Y a su vez le contestó el
porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, ya que me
preguntas esto e inquieres, escucha en silencio, goza y recuéstate a beber
vino. Interminables son estas noches: hay para dormir y para escuchar
complacido. No tienes por qué acostarte antes de tiempo, que el mucho dormir es
dañino. De los demás, si a alguien le impulsa el corazón, que salga a acostarse
y al despuntar la aurora desayúnese y conduzca los cerdos del dueño. Pero
nosotros gocemos con nuestras tristes penas, recordándolas mientras bebemos y
comemos en mi cabaña, que también un hombre goza con sus penas cuando ya tiene
mucho sufrido y mucho trajinado. Así que te voy a contar lo que me preguntas.
«Hay una isla llamada
Siría no sé si la conoces de oídas por cima de Ortigia, donde el sol da la
vuelta; no es excesivamente populosa, pero es buena, cría buenos pastos y
buenos animales, abunda en vino y en trigo. La pobreza jamás se acerca al
pueblo y las odiosas enfermedades tampoco rondan a los mortales. Sólo cuando
envejecen sus habitantes en la ciudad se acerca Apolo, el del arco de plata,
junto con Artemis, y los matan acechándolos con sus suaves dardos. Allí hay dos
ciudades y todo está repartido entre ellas. Sobre las dos reinaba mi padre,
Ktesio Ormenida, semejante a los inmortales.
«Conque un día llegaron
allí unos fenicios, célebres por sus naves, unos lañas, llevando en su negra
nave muchas maravillas. Mi padre tenía en palacio una mujer fenicia, hermosa y
grande, conocedora de labores brillantes. Entonces los muy taimados fenicios la
sedujeron. Cuando estaba lavando, un fenicio se unió con ella en amor y lecho
junto a la cóncava nave, cosa que trastorna la mente de las hembras, incluso de
la que es laboriosa. Luego le preguntó quién era y de dónde procedía, y ella le
habló enseguida del palacio de elevado techo de su padre: "Me precio de
ser de Sidón, abundante en bronce, y soy hija del poderoso y rico Arybante,
pero me raptaron unos piratas de Tafos cuando volvía del campo y me trajeron a
casa de este hombre para venderme, y él pagó un precio digno de mí."
«Y le contestó el hombre
que se había unido a hurtadillas con ella: "Bien podrías volver con
nosotros a casa para que puedas ver el palacio de elevado techo de tu padre y
madre y a ellos mismos, que todavía viven y se los llama ricos." Y la
mujer se dirigió a él y le contestó con su palabra: "Bien podría ser así,
marineros, pero sólo si me queréis asegurar con juramento que me llevaréis
intacta a casa." Así dijo y todos juraron como ella les pidió.
«Conque cuando habían
concluido su juramento, de nuevo les dijo y contestó con su palabra:
"Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros me dirija la palabra si
me encuentra en la calle o junto a la fuente, no sea que alguien vaya a casa y
se lo cuente al viejo y éste lo barrunte y me sujete con dolorosas ligaduras y
a vosotros os prepare la muerte. Así que retened mis palabras en vuestra mente
y apresurad la compra de lo necesario para el viaje. Y cuando la nave se
encuentre llena de alimentos, que alguien venga al palacio con rapidez para
comunicármelo. Os traeré oro, cuanto halle a mano, y estoy dispuesta a daros
otras cosas como pasaje: en efecto, yo cuido en palacio del hijo de este
hombre, un crío ya muy despierto, pues corretea conmigo hasta la puerta. Podría
llevármelo a la nave y os produciría un buen precio si vais a venderlo a
cualquier parte en el extranjero." Así diciendo, marchó al hermoso
palacio.
«Los fenicios
permanecieron todo el año con nosotros y llenaron su negra nave con bienes
mercados. Y cuando su cóncava nave ya estaba cargada para volver, enviaron un
mensajero a la mujer para que les diera el recado. Llegó al palacio de mi padre
un hombre muy astuto con un collar de oro engastado con electro. Las esclavas
del palacio y mi venerable madre lo palpaban con sus manos y lo contemplaban
con sus ojos, prometiendo un buen precio. Y él hizo una seña a la mujer sin
decir palabra y luego marchó a la cóncava nave. Ella me tomó de la mano y me
sacó fuera. Encontró en el pórtico copas y mesas de unos convidados que
frecuentaban la casa de mi padre. Habíanse marchado éstos a la asamblea y al
lugar de reunión del pueblo, así que escondió tres copas en su regazo y se las
llevó y yo en mi inocencia la seguía. Se puso el sol y todos los caminos se
llenaron de sombra, cuando, marchando a buen paso, llegamos al ilustre puerto
donde estaba la veloz nave de los fenicios.
«Embarcaron haciéndonos
subir a los dos y navegaban los húmedos caminos. Y Zeus envió viento favorable.
«Durante seis días
navegamos sin parar, día y noche, y cuando el Cronida Zeus nos trajo el séptimo
día, Artemis Flechadora alcanzó a la mujer y ésta se desplomó con ruido sobre
la sentina como una gaviota del mar. Así que la arrojaron por la borda para que
fuera pasto de focas y peces y yo quedé solo acongojado en mi corazón.
«El viento que los
llevaba y el agua los impulsaron a Itaca, donde Laertes me compró con su
dinero. Así es como llegué a ver con mis ojos esta tierra.»
Y Odiseo, de linaje
divino, le contestó con su palabra:
«Eumeo, mucho en verdad
has conmovido mi corazón dentro del pecho al contar detalladamente cuánto has
sufrido, pero también Zeus te ha puesto un bien al lado de un mal, ya que
llegaste sufriendo mucho al palacio de un hombre bueno que te
proporciona gentilmente comida y bebida, y llevas una existencia agradable.
«En cambio, yo he llegado
aquí después de recorrer sin rumbo muchas ciudades de mortales.»
Esto es lo que se
contaban mutuamente y se echaron a dormir, pero no mucho tiempo, un poquito
sólo, porque enseguida se presentó Eos, de trono de oro.
En esto los compañeros de
Telémaco, ya en tierra, desataron las velas, quitaron el mástil rápidamente y
se dirigieron luego remando hacia el fondeadero. Arrojaron el ancla y amarraron
el cable; luego desembarcaron sobre la ribera del mar, se prepararon el
almuerzo y mezclaron rojo vino. Y cuando habían echado de sí el deseo de comer
y beber, comenzó Telémaco a hablarles con discreción:
«Llevad vosotros la negra
nave a la ciudad, que yo voy a inspeccionar los campos y los pastores. Por la
tarde bajaré a la ciudad después de ver mis labores. Y al amanecer os voy a ofrecer
un buen banquete de carnes y agradable vino como recompensa por el viaje.»
Y Teoclímeno, semejante a
los dioses, se dirigió a él:
«¿Adónde iré yo, hijo
mío? ¿A qué palacio voy a ir de los que dominan en la pedregosa Itaca? ¿Acaso
marcharé directamente a tu palacio y al de tu madre?»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«En otras circunstancias
te pediría que fueras a nuestro palacio
y no echarías en falta dones de hospitalidad , pero será peor para ti,
pues yo voy a estar ausente y mi madre no podrá verte, que no se deja ver a
menudo en la casa ante los pretendientes, sino que trabaja su telar lejos de
éstos en el piso de arriba. Así que te diré de un hombre a cuya casa podrías
ir: Eurímaco, hijo brillante del prudente Pólibo, a quien los itacenses miran
como a un dios, pues es con mucho el más excelente y quien más ambiciona casar
con mi madre y conseguir la dignidad de Odiseo. Pero sólo Zeus Olímpico, el que
habita en el éter, sabe si les va a proporcionar antes de las nupcias el día de
la destrucción.»
Cuando así hablaba le
sobrevoló un pájaro por la derecha, un halcón, veloz mensajero de Apolo.
Desplumaba entre sus patas una paloma y las plumas cayeron a tierra entre la
nave y el mismo Telémaco.
Conque Teoclímeno,
llamándolo aparte, lejos de sus compañeros, le tomó de la mano, le dijo su
palabra y le llamó por su nombre:
«Telémaco, este pájaro te
ha volado por la derecha no sin la voluntad del dios, pues al verlo de frente
me he percatado que era un ave agüeral. Así que no existe otra estirpe más
regia que la vuestra en el pueblo de Itaca. Siempre seréis dominadores.»
Y Telémaco le contestó a
su vez discretamente:
«Forastero, ¡ojalá se
cumpliera esa palabra! Pronto sabrías de mi afecto y mis muchos dones, de forma
que cualquiera que te encontrara te llamaría dichoso.»
Dijo, y se dirigió a
Pireo, fiel compañero:
«Pireo Clitida, tú eres
quien más me has obedecido de estos compañeros en lo demás; lleva también ahora
al forastero a tu casa y agasájale gentilmente y respétalo hasta que yo llegue.»
Y Pireo, famoso por su
lanza, le contestó:
« Telémaco, aunque te
quedes aquí mucho tiempo yo me llevaré a éste y no echará en falta dones de
hospitalidad.»
Así diciendo, subió a la
nave y apremió a los compañeros para que embarcaran también ellos y soltaran
amarras. Conque subieron y se sentaron sobre los bancos. Telémaco ató bajo sus
pies hermosas sandalias y tomó su ilustre lanza, aguzada con agudo bronce, de
la cubierta del navío. Los compañeros soltaron amarras y echando la nave al mar
enfilaron hacia la ciudad como se lo había ordenado Telémaco, el querido hijo
del divino Odiseo.
Y sus pies lo llevaban
veloz, dando grandes zancadas, hasta que llegó a la majada donde tenía las
innumerables cerdas, con las que pasaba la noche el porquero, que era noble,
que conocía la bondad hacia sus dueños.
CANTO XVI
TELÉMACO RECONOCE A
ODISEO
En esto Odiseo y el
divino porquero se preparaban el desayuno al despuntar la aurora dentro de la
cabaña, encendiendo fuego habían
despedido a los pastores junto con las manadas de cerdos. Cuando se acercaba
Telémaco, no ladraron los perros de incesantes ladridos, sino que meneaban la
cola.
Percatóse el divino
Odiseo de que los perros meneaban la cola, le vino un ruido de pasos y
enseguida dijo a Eumeo aladas palabras:
«Eumeo, sin duda se
acerca un compañero o conocido, pues los perros no ladran, sino que menean la
cola. Y oigo ruido de pasos.»
No había acabado de decir
toda su palabra, cuando su querido hijo puso pie en el umbral. Levantóse
sorprendido el porquero y de sus manos cayeron los cuencos con los que se
ocupaba de mezclar rojo vino. Salió al encuentro de su señor y besó su rostro,
sus dos hermosos ojos y sus manos; y le cayó un llanto abundante. Como un padre
acoge con amor a su hijo que vuelve de lejanas tierras después de diez años, a
su único hijo amado por quien sufriera indecibles pesares, así el divino
porquero besó a Telémaco, semejante a los inmortales, abrazando todo su cuerpo
como si hubiera escapado de la muerte. Y, entre lamentos, decía aladas
palabras:
«Has venido, Telémaco,
como dulce luz. Creía que ya no volvería a verte más cuando marchaste a Pilos
con tu nave. Vamos, entra, hijo mío, para que goce mi corazón contemplándote
recién llegado de otras tierras. Que no vienes a menudo al campo ni junto a los
pastores, sino que te quedas en la ciudad, pues es grato a tu ánimo contemplar
el odioso grupo de los pretendientes.»
Y Telémaco le contestó a
su vez discretamente:
«Así se hará, abuelo, que
yo he venido aquí por ti, para verte con mis ojos y oír de tus labios si mi
madre está todavía en palacio o ya la ha desposado algún hombre; que la cama de
Odiseo está llena de telarañas por falta de quien se acueste en ella.»
Y se dirigió a él el
porquero, caudillo de hombres:
«¡Claro que permanece ella
en tu palacio con ánimo paciente! Las noches se le consumen entre dolores y los
días entre lágrimas.»
Así diciendo, tomó de sus
manos la lanza de bronce. Entonces Telémaco se puso en camino y traspasó el
umbral de piedra, y cuando entraba, su padre le cedió el asiento. Pero Telémaco
le contuvo y dijo:
«Sientate, forastero, que
ya encontraremos asiento en otra parte de nuestra majada. Aquí está el hombre
que nos lo proporcionará.»
Así diciendo, volvió a
sentarse. El porquero le extendió ramas verdes y por encima unas pieles, donde
fue a sentarse el querido hijo de Odiseo. También les acercó el porquero
fuentes de carne asada que habían dejado de la comida del día anterior,
amontonó rápidamente pan en canastas y mezcló en un jarro vino agradable. Y luego
fue a sentarse frente al divino Odiseo.
Conque echaron mano de
los alimentos que tenían delante y cuando habían arrojado de sí el deseo de
comer y beber, Telémaco se dirigió al divino porquero:
«Abuelo, ¿de dónde ha
llegado este forastero? ¿Cómo le han traído hasta Itaca los marineros? ¿Quiénes
se preciaban de ser? Porque no creo que haya llegado a pie hasta aquí.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«En verdad, hijo, te voy
a contar toda la verdad. De origen se precia de ser de la vasta Creta y asegura
que ha recorrido errante muchas ciudades de mortales. Que así se lo ha hilado
el destino. Ahora ha llegado a mi majada huyendo de la nave de unos tesprotos y
yo te lo encomiendo a ti; obra como gustes, se precia de ser tu suplicante.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Eumeo, en verdad has
dicho una palabra dolorosa. ¿Cómo voy a recibir en mi casa a este huésped? En
cuanto a mí, soy joven y no confío en mis brazos para rechazar a un hombre si
alguien lo maltrata. Y en cuanto a mi madre, su ánimo anda cavilando en su
interior si permanecerá junto a mí y cuidará de su casa por vergüenza del lecho
de su esposo y de las habladurías del pueblo, o si se marchará ya en pos del
más excelente de los aqueos que la pretenda y le ofrezca más riquezas.
«Pero ya que ha llegado a
tu casa, vestiré al forastero con manto y túnica, hermosos vestidos, y le daré
afilada espada y sandalias para sus pies y le enviaré a donde su ánimo y su
corazón lo empujen. Pero si quieres, retenlo en la majada y cuídate de él, que
yo enviaré ropas y toda clase de comida para que no sea gravoso ni a ti ni a
tus compañeros. Sin embargo, yo no la dejaría ir adonde están los
pretendientes pues tienen una insolencia
en exceso insensata , no sea que le ultrajen y a mí me cause una pena terrible;
es difícil que un hombre, aunque fuerte, tenga éxito cuando está entre muchos,
pues éstos son, en verdad, más poderosos.»
Y le dijo el sufridor, el
divino Odiseo:
«Amigo puesto que me es permitido contestarte ,
mucho se me ha desgarrado el corazón al escuchar de vuestros labios cuántas
obras insolentes realizan los pretendientes en el palacio contra tu voluntad,
siendo como eres. Dime si te dejas dominar de buen grado o es que te odia la
gente del pueblo, siguiendo una inspiración de la divinidad, o si tienes algo
que reprochar a tus hermanos, en los que un hombre suele confiar cuando surge
una disputa por grande que sea. ¡Ojalá fuera yo así de joven con los impulsos que siento o fuera hijo del irreprochable Odiseo u
Odiseo en persona que vuelve después de andar errante! pues aún hay una parte de esperanza . ¡Que me
corte la cabeza un extranjero si no me convertía en azote de todos ellos,
presentándome en el megaron de Odiseo Laertíada! Pero si me dominaran por su
número, solo como estoy, preferiría morir en mi palacio asesinado antes que ver
continuamente estas acciones vergonzosas: maltratar a forasteros y arrastrar
por el palacio a las esclavas, sacar vino continuamente y comer el pan sin
motivo, en vano, para un acto que no va a tener cumplimiento».
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Forastero, te voy a
hablar sinceramente. No me es hostil todo el pueblo porque me odie, ni tengo
nada que reprochar a mis hermanos, en los que un hombre suele confiar cuando
surge una disputa, por grande que sea. Que el Cronida siempre dio hijos únicos
a nuestra familia: Arcisío engendró a Laertes, hijo único, y a Odiseo lo
engendró único su padre; a su vez Odiseo, después de engendrarme sólo a mí, me
dejó en el palacio sin poder disfrutarme.
«Ello es que cuantos
nobles dominan en las islas, Duliquio, Same y la Boscosa Zante, y cuantos
mandan en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi hacienda. Ella
no se niega a este odioso matrimonio ni es capaz de poner un término, así que
los pretendientes consumen mi casa y creo que pronto acabarán incluso conmigo
mismo. Pero en verdad esto está en las rodillas de los dioses.
«Abuelo, tú marcha rápido
y di a la prudente Penélope que estoy a salvo y he llegado de Pilos. Entre
tanto, yo permaneceré aquí y tú vuelve después de darle a ella sola la noticia;
que no se entere ninguno de los demás aqueos, pues son muchos los que maquinan
la muerte contra mí.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Lo sé, me doy cuenta, se
lo ordenas a quien lo comprende. Pero, vamos, vamos, dime y contéstame con verdad si hago el mismo camino para anunciárselo al
desdichado Laertes, quien mientras tanto ha estado vigilando entre lamentos la
labor de Odiseo y comía y bebía con los esclavos cuando su ánimo le empujaba a
ello. En cambio, ahora desde que tú marchaste a Pilos con la nave, dicen que ya
ni come ni bebe ni vigila la labor, sino que permanece sentado entre llantos y
se le seca la piel pegada a los huesos.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Es triste, pero lo
dejaremos aunque nos duela, que si todo dependiera de los mortales, primero
elegiríamos el día del regreso del padre. Conque marcha con la noticia y no
andes por los campos en busca de Laertes. Ahora bien, dirás a mi madre que
envíe a escondidas a la despensera y pronto, pues ésta se lo puede comunicar al
anciano.»
Así dijo y apremió al
porquero. Tomó éste las sandalias y atándolas a sus pies se dirigió hacia la
ciudad. No se le ocultó a Atenea que el porquero Eumeo había salido de la
majada y se acercó allí asemejándose a una mujer hermosa y grande, conocedora
de labores brillantes.
Se detuvo a la puerta de
la cabaña y se le apareció a Odiseo.
Telémaco no la vio ni se
percató pues los dioses no se hacen
visibles a todos los mortales , pero la vieron Odiseo y los perros, aunque no
ladraron, sino que huyeron espantados entre gruñidos a otra parte de la majada.
Atenea hizo señas con sus
cejas, diose cuenta el divino Odiseo y salió de la habitación junto a la larga
pared del patio. Se puso cerca de ella y Atenea le dijo:
«Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo rico en ardides; manifiesta ya tu palabra a tu hijo y no
se la ocultes más, a fin de que preparéis la muerte y Ker para los
pretendientes y marchéis a la ínclita ciudad. Tampoco yo estaré mucho tiempo
lejos de ellos, pues estoy ansiosa de luchar.»
Así dijo Atenea y lo tocó
con su varita de oro. Primero puso en su cuerpo un manto bien limpio y una
túnica, y aumentó su estatura y juventud. Luego volvió a tornarse moreno, sus
mandíbulas se extendieron y de su mentón nació negra barba.
Cuando hubo realizado
esto, marchó Atenea y Odiseo se encaminó a la cabaña. Su hijo se asombró al
verlo y volvió la vista a otro lado no fuera un dios, y hablándole dijo aladas
palabras:
«Forastero, ahora me
pareces distinto de antes; tienes otros vestidos y tu piel no es la misma. En
verdad eres un dios de los que poseen el vasto Olimpo. Sé benevolente para que
te entregue en agradecimiento objetos sagrados y dones de oro bien trabajado.
Cuídate de nosotros.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«No soy un dios ¿por qué me comparas con los inmortales? sino tu padre por quien sufres dolores sin
cuento soportando entre lamentos las acciones violentas de esos hombres.»
Así hablando besó a su
hijo y dejó que el llanto cayera a tierra de sus mejillas, pues antes lo estaba
conteniendo, siempre inconmovible.
Y Telémaco aún no podía creer que era su padre , le dijo
de nuevo contestándole:
«Tú no eres Odiseo, mi
padre, sino un demón que me hechiza para que me lamente con más dolores
todavía, pues un hombre no sería capaz con su propia mente de maquinar esto si
un dios en persona no viene y le hate a su gusto y fácilmente joven o viejo.
Que tú hace poco eras viejo y vestías ropas desastrosas, en cambio ahora
pareces un dios de los que poseen el vasto cielo.»
Y contestándole dijo
Odiseo rico en ardides:
« Telémaco, no está bien
que no te admires muy mucho ni te alegres de que tu padre esté en casa. Ningún
otro Odiseo te vendrá ya aquí, sino éste que soy yo, tal cual soy, sufridor de
males, muy asendereado, y he llegado a los veinte años a mi patria. En verdad
esto es obra de Atenea la Rapaz que me convierte en el hombre que ella
quiere pues puede : unas veces semejante
a un mendigo y otras a un hombre joven vestido de hermosas ropas, que es fácil
para los dioses que poseen el vasto cielo exaltar a un mortal o arruinarlo.»
Así hablando se sentó, y
Telémaco, abrazado a su padre, sollozaba derramando lágrimas. A los dos les
entró el deseo de llorar y lloraban agudamente, con más intensidad que los
pájaros pigargos o águilas de curvadas
garras , a quienes los campesinos han arrebatado las crías antes de que puedan
volar. Así derramaban ellos bajo sus párpados un llanto que daba lástima. Y se
hubiera puesto el sol mientras sollozaban, si Telémaco no se hubiera dirigido
enseguida a su padre:
«Padre mío, ¿en qué nave
te han traído a Itaca los marineros?, ¿quiénes se preciaban de ser?, pues no
creo que hayas llegado aquí a pie.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«Desde luego, hijo, te
voy a decir la verdad. Me han traído los feacios, célebres por sus naves,
quienes escoltan también a otros hombres que llegan hasta ellos. Me han traído
dormido sobre el ponto en rápida nave y me han depositado en Itaca, no sin
entregarme brillantes regalos bronce,
oro en abundancia y ropa tejida . Todo está en una gruta por la voluntad de los
dioses. Así que por fin he llegado aquí por consejo de Atenea, para que
decidamos sobre la muerte de mis enemigos. Conque, vamos, enumérame a los
pretendientes para que yo vea cuántos y quiénes son, que después de reflexionar
en mi irreprochable ánimo te diré si podemos enfrentarnos a ellos nosotros dos
sin ayuda, o buscamos a otros.»
Y Telérnaco le contestó
discretamente:
«Padre, siempre he oído
la fama que tienes de ser buen luchador con las manos y prudente en tus
resoluciones, pero has dicho algo extesivamente grande ¡me atenaza la admiración! , pues no sería
posible que dos hombres lucharan contra muchos y aguerridos.
»Respecto a los
pretendientes no son una decena ni sólo dos, sino muchas más. Enseguida sabrás
su número: de Duliquio son cincuenta y dos jóvenes selectos y le siguen seis escuderos ; de Same proceden
veinticuatro hombres, de Zante veinte hijos de aqueos y de Itaca misma doce,
todos excelentes, con quienes están el heraldo Medonte, el divino aedo y dos
siervos conocedores de los servicios del banquete. Si nos enfrentáramos a todos
ellos mientras están dentro, temo que no podrías castigar aunque hayas vuelto sus violencias en forma amarga y terrible.
»Pero si puedes pensar en
alguien que nos defienda, dímelo, alguien que con ánimo amigo nos sirva de
ayuda.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«Te to diré; ponlo en tu
pecho y escúchame. Piensa si Atenea en
unión del padre Zeus nos pueden defender
o tengo que pensar en otro aliado.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Excelentes en verdad son
los dos aliados de que me hablas, pues se apuestan arriba, entre las nubes, y
ambos dominan a los hombres y a los dioses inmortales.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«Sí, en verdad no estarán
mucho tiempo lejos de la fuerte lucha cuando la fuerza de Ares juzgue en mi
palacio entre los pretendientes y nosotros. Pero tú marcha a casa al despuntar
la aurora y reúnete con los soberbios pretendientes, que a mí me conducirá
después el porquero bajo el aspecto de un mendigo miserable y viejo.
«Si me deshonran en el
palacio, que tu corazón soporte el que yo reciba malos tratos, aunque me
arrastren por los pies hasta la puerta o incluso me arrojen sus dardos. Tú mira
y aguanta, pero ordénales, eso sí, que repriman sus insensateces dirigiéndote a
epos con palabras dulces. Aunque no te harán caso, pues ya tienen a su lado el
día de su destino. Te voy a decir otra cosa que has de poner en tus mientes:
cuando Atenea, de muchos pensamientos, lo ponga en mi interior, te haré señas
con la cabeza; tú entonces calcula cuántas arenas guerreras hay en el mégaron y
sube a depositarlas en lo más profundo de la habitación del piso de arriba.
Cuando te pregunten los pretendientes ansiosamente, contéstales con suaves
palabras: "Las he retirado del fuego, pues ya no se parecen a las que dejó
Odiseo cuando marchó a Troya, que están manchadas hasta donde las llega el
aliento del fuego. Además el Cronida ha puesto en mi pecho una razón más
importante: no sea que os llenéis de vino y levantando una disputa entre
vosotros, lleguéis a heriros mutuamente y a llenar de vergüenza el banquete y
vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro por sí sólo arrastra al
hombre." Luego deja sólo para nosotros dos un par de espadas y otro de
lamas y dos escudos para nuestros brazos, a fin de que los sorprendamos
echándonos sobre ellos. Te voy a decir otra cosa y tú ponla en tu interior : si de verdad eres
mío y de mi propia sangre, que nadie se entere de que Odiseo está en casa; que no lo sepa Laertes ni el
porquero, ni ninguno de los siervos ni siquiera la misma Penélope, sino solos
tú y yo. Conozcamos la actitud de las mujeres y pongamos a prueba a los
siervos, a ver quién nos honra y quién no se cuida y te deshonra, siendo quien
eres.»
Y contestándole dijo su
ilustre hijo:
«Padre, creo que de
verdad vas a conocer mi coraje y
enseguida , pues no es precisamente la irreflexión lo que me domina. Pero, con
todo, no creo que vayamos a sacar ganancia ninguno de los dos. Te insto a que
reflexiones, pues vas a recorrer en vano durante un tiempo los campos para
probar a cada hombre, mientras ellos devoran tranquilamente en palacio nuestros
bienes, insolentemente y sin cuidarse de nada. Te aconsejo, por el contrario,
que trates de conocer a las siervas, las que te deshonran y las que te son
inocentes. No me agradaría que fuéramos por las majadas poniendo a prueba a los
hombres; ocupémonos después de esto, si es que en verdad conoces algún presagio
de Zeus, portador de égida.»
Mientras así hablaban,
arribó a Itaca la bien trabajada nave que había traído de Pilos a Telémaco y
compañeros.
Cuando éstos entraron en
el profundo puerto, empujaron a la negra nave hacia el litoral y sus valientes
servidores les llevaron las armas. Luego llevaron a casa de Clitio los hermosos
dones y enviaron un heraldo al palacio de Odiseo para comunicar a Penélope que
Telémaco estaba en el campo y había ordenado llevar la nave a la ciudad para
que la ilustre reina no sintiera temor ni derramara tiernas lágrimas.
Encontráronse el heraldo
y el divino porquero para comunicar a la mujer el mismo recado y, cuando ya
habían llegado al palacio del divino rey, fue el heraldo quien habló en medio
de las esclavas.
«Reina, tu hijo ha
llegado.»
Luego el porquero se
acercó a Penélope y le dijo lo que su hijo le había ordenado decir. Cuando hubo
acabado todo su encargo, se puso en camino hacia los cerdos abandonando los
patios y el palacio.
Los pretendientes estaban
afligidos y abatidos en su corazón; salieron del mégaron a lo largo de la pared
del patio y se sentaron allí mismo, cerca de las puertas. Y Eurímaco, hijo de
Pólibo, comenzó a hablar entre ellos:
«Amigos, gran trabajo ha
realizado Telémaco con este viaje; ¡y decíamos que no lo llevaría a término!
Vamos, botemos una negra nave, la mejor, y reunamos remeros que vayan enseguida
a anunciar a aquéllos que ya está de vuelta en casa.»
No había terminado de
hablar, cuando Anfínomo volviéndose desde su sitio, vio a la nave dentro del
puerto y a los hombres amainando velas o sentados al remo. Y sonriendo
suavemente dijo a sus compañeros:
«No enviemos embajada
alguna; ya están aquí. O se lo ha manifestado un dios o ellos mismos han visto
pasar de largo a la nave y no han podido alcanzarla.»
Así dijo, y ellos se
levantaron para encaminarse a la ribera del mar. Enseguida empujaron la negra
nave hacia el litoral y sus valientes servidores les llevaron las armas.
Marcharon todos juntos a la plaza y no permitieron que nadie, joven o viejo, se
sentara a su lado. Y comenzó a hablar entre ellos Antínoo, hijo de Eupites:
«¡Ay, ay, cómo han
librado del mal los dioses a este hombre! Durante días nos hemos apostado
vigilantes sobre las ventosas cumbres, turnándonos continuamente. Al ponerse el
sol, nunca pasábamos la noche en tierra sino en el mar, esperando en la rápida
nave a la divina Eos, acechando a Telémaco para sorprenderlo y matarlo. Pero
entre tanto un dios le ha conducido a casa.
Con que meditemos una
triste muerte para Telémaco aquí mismo y que no se nos escape, pues no creo que
mientras él viva consigamos cumplir nuestro propósito, que él es hábil en sus
resoluciones y el pueblo no nos apoya del todo.
«Vamos, antes de que reúna
a los aqueos en asamblea..., pues no creo que se desentienda, sino que,
rebosante de cólera, se pondrá en pie para decir a todo el mundo que le hemos
trenzado la muerte y no le hemos alcanzado. Y el pueblo no aprobará estas malas
acciones cuando le escuche. ¡Cuidado, no vayan a causamos daño y nos arrojen de
nuestra tierra y tengamos que marchar a
país ajeno ! Conque apresurémonos a matarlo en el campo lejos de la ciudad, o
en el camino. Podríamos quedarnos con su bienes y posesiones repartiéndolas a partes
iguales entre nosotros y entregar el palacio a su madre y a quien case con
ella, para que se lo queden. Pero si estas palabras no os agradan, sino que
preferís que él viva y posea todos sus bienes patrios, no volvamos desde ahora
a reunirnos aquí para comer sus posesiones; que cada uno pretenda a Penélope
asediándola con regalos desde su palacio, y quizá luego case ella con quien le
entregue más y le venga destinado. »
Así habló y todos
quedaron en silencio. Entonces se levantó y les dijo Anfínomo, ilustre hijo de
Niso, el soberano hijo de Aretes (éste era de Duliquio, rica en trigo y pastos,
y capitaneaba a los pretendientes; era quien más agradaba a Penélope por sus
palabras, pues estaba dotado de buenas mientes)... Con sentimientos de amistad
hacia ellos se levantó y dijo:
«Amigos, yo al menos no
desearía acabar con Telémaco, pues la raza de los reyes es terrible de matar.
Así que conozcamos primero la decisión de los dioses. Si la voluntad del gran
Zeus lo aprueba, yo seré el primero en matarlo y os incitaré a los demás, pero
si los dioses tratan de impedirlo, os aconsejo que pongáis término.»
Así dijo Anfínomo y les
agradó su palabra. Se levantaron al punto y se encaminaron a casa de Odiseo y
llegados allí se sentaron en pulidos sillones.
Entonces Penélope decidió
mostrarse ante los pretendientes, poseedores de orgullosa insolencia, pues se
había enterado de que pretendían matar a su hijo en palacio se lo había dicho el heraldo Medonte, que
conocía su decisión. Se puso en camino hacia el mégaron junto con sus siervas y
cuando hubo llegado junto a los pretendientes, la divina entre las mujeres, se
detuvo junto a una columna del bien labrado techo, sosteniendo delante de sus
mejillas un grueso velo. Censuró a Antínoo, le dijo su palabra y le llamó por
su nombre:
«Antínoo, insolente,
malvado; dicen en Itaca que eres el mejor entre tus compañeros en pensamiento y
palabra, pero no eres tal. ¡Ambicioso!, por qué tramas la muerte y el destino
para Telémaco y no prestas atención a los suplicantes, cuyo testigo es Zeus? No
es justo tramar la muerte uno contra otro. ¿Es que no recuerdas cuando tu padre
vino aquí huyendo por terror al pueblo, pues éste rebosaba de ira porque tu
padre, siguiendo a unos piratas de Tafos, había causado daño a los tesprotos que
eran nuestros aliados? Querían matarlo y romperle el corazón y comerse su mucha
hacienda, pero Odiseo se lo impidió y los contuvo, deseosos como estaban. Ahora
tú te comes sin pagar la hacienda de Odiseo, pretendes a su mujer y tratas de
matar a su hijo, produciéndome un gran dolor. Te ordeno que pongas fin a esto y
se lo aconsejes a los demás.»
Y Eurímaco, hijo de
Pólibo, le contestó:
«Hija de Icario, prudente
Penélope, cobra ánimos. No te preocupes por esto. No existe ni existirá ni va a
nacer hombre que ponga sus manos sobre tu hijo Telémaco, al menos mientras yo
viva y vean mis ojos sobre la tierra. Además, te voy a decir otra cosa que se
cumplirá: pronto correría la sangre de ése por mi lanza pues también a mí
Odiseo, el destructor de ciudades, sentándome muchas veces sobre sus rodillas
me ponía en las manos carne asada y me ofrecía rojo vino. Por esto Telémaco es
para mí el más querido de los hombres y te ruego que no temas su muerte al
menos a manos de los pretendientes; en cuanto a la que procede de los dioses,
ésa es imposible evitarla.»
Así habló para animarla,
aunque también él tramaba la muerte contra Telémaco.
Entonces Penélope subió
al brillante piso de arriba y lloraba a Odiseo, su esposo, hasta que Atenea de
ojos brillantes le puso dulce sueño sobre los párpados.
El divino porquero llegó
al atardecer junto a Odiseo y su hijo cuando éstos se preparaban la cena,
después de sacrificar un cerdo de un año. Entonces Atenea se acercó a Odiseo
Laertíada y tocándole con su varita le hizo viejo de nuevo y vistió su cuerpo
de tristes ropas, para que el porquero no lo reconociera al verlo de frente y
fuera a comunicárselo a la prudente Penélope sin poder guardarlo para sí.
Telémaco fue el primero
en dirigirle su palabra:
«Ya has llegado, Eumeo:
¿qué se dice por la ciudad? ¿Han vuelto ya los arrogantes pretendientes de su
emboscada, o todavía esperan a que yo vuelva a casa?»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«No tenía yo que inquirir
ni preguntar eso al bajar a la ciudad. Mi ánimo me empujó a comunicar mi recado
y volver aquí de nuevo. Pero se encontró conmigo un veloz enviado de tus
compañeros, un heraldo que habló a tu madre antes que yo. También sé otra cosa,
pues la he visto con mis ojos: al volver para acá había ya atravesado la ciudad en el lugar donde está el cerro de
Hermes cuando vi entrar en nuestro
puerto una veloz nave; había en ella numerosos hombres y estaba cargada de
escudos y lanzas de doble punta. Pensé que eran ellos, pero no lo sé con
certeza.»
Así habló, y sonrió la
sagrada fuerza de Telémaco dirigiendo los ojos a su padre, evitando al
porquero. Cuando habían acabado del trajin de preparar la comida, cenaron y su
ánimo no se vio privado de un alimento proporcional. Y una vez que habían
arrojado de sí el deseo de comer y beber, volvieron su pensamiento al dormir y
recibieron el don del sueño.
CANTO XVII
ODISEO MENDIGA ENTRE LOS
PRETENDIENTES
Y cuando se mostró Eos,
la que nace de la mañana, la de los dedos de rosa, calzó Telémaco bajo sus pies
hermosas sandalias, el querido hijo del divino Odiseo, tomó la fuerte lanza que
se adaptaba bien a sus manos deseando marchar a la ciudad y dijo a su porquero:
«Abuelo, yo me voy a la
ciudad para que me vea mi madre, pues no creo que abandone los tristes lamentos
y los sollozos acompañados de lágrimas, hasta que me vea en persona. Así que te
voy a encomendar esto: lleva a la ciudad a este desdichado forastero para que
mendigue allí su pan el que quiera le
dará un mendrugo y un vaso de vino , pues yo no puedo hacerme cargo de todos
los hombres, afligido como estoy en mi corazón. Y si el forastero se
encoleriza, peor para él, que a mí me place decir verdad.»
Y contestándole dijo el
astuto Odiseo:
«Amigo, tampoco yo quiero
que me retengan. Para un pobre es mejor mendigar por la ciudad que por los
campos y me dará el que quiera , pues ya
no soy de edad para quedarme en las majadas y obedecer en todo a quien da las
órdenes y los encargos. Conque, marcha, que a mí me llevará este hombre, a
quien has ordenado, una vez que me haya calentado al fuego y haya solana. Tengo
unas ropas que son terriblemente malas y temo que me haga daño la escarcha
mañanera, pues decís que la ciudad está lejos.»
Así dijo, y Telémaco
cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la muerte para los
pretendientes.
Cuando llegó al palacio,
agradable para vivir, dejó la lanza que llevaba junto a una elevada columna y
entró en el interior, traspasando el umbral de piedra.
La primera en verlo fue
la nodriza Euriclea, que extendía cobertores sobre los bien trabajados sillones
y se dirigió llorando hacia él. A su alrededor se congregaron las demás siervas
del sufridor Odiseo y acariciándolo besaban su cabeza y hombros.
Salió del dormitorio la
prudente Penélope, semejante a Artemis o a la dorada Afrodita, y echó llorando
sus brazos a su querido hijo, le besó la cabeza y los dos hermosos ojos y,
entre lamentos, decía aladas palabras:
«Has llegado, Telémaco,
como dulce luz. Ya no creía que volvería a verte desde que marchaste en la nave
a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad, en busca de noticias de tu padre.
Vamos, cuéntame cómo has conseguido verlo.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Madre mía, no despiertes
mi llanto ni conmuevas mi corazón dentro del pecho, ya que he escapado de una
muerte terrible. Conque, báñate, viste tu cuerpo con ropa limpia, sube al piso
de arriba con tus esclavas y promete a todos los dioses realizar hecatombes
perfectas, por si Zeus quiere llevar a cabo obras de represalia.
«Yo marcharé al ágora
para invitar a un forastero que me ha acompañado cuando volvía de allí. Lo he
enviado por delante con mis divinos compañeros y he ordenado a Pireo que lo
lleve a su casa y lo agasaje gentilmente y honre hasta que yo llegue.»
Así habló, y a Penélope
se le quedaron sin alas las palabras. Así que se bañó, vistió su cuerpo con
ropa limpia y prometió a todos los dioses realizar hecatombes perfectas por si
Zeus quería llevar a cabo obras de represalia.
Entonces Telémaco
atravesó el mégaron portando su lanza y le acompañaban dos veloces lebreles.
Atenea derramó sobre él la gracia y todo el pueblo se admiraba al verlo
marchar. Y los arrogantes pretendientes le rodearon diciéndole buenas palabras,
pero en su interior meditaban secretas maldades. Telémaco entonces evitó a la
muchedumbre de éstos y fue a sentarse donde se sentaban Méntor, Antifo y
Haliterses, quienes desde el principio eran compañeros de su padre. Y éstos le
preguntaban por todo. Se les acercó Pireo, célebre por su lanza, llevando al
forastero a través de la ciudad hasta la plaza. Entonces Telémaco ya no estuvo
mucho tiempo lejos de su huésped, sino que se puso a su lado. Y Pireo le
dirigió primero aladas palabras:
«Telémaco, envía pronto
unas mujeres a mi casa para que te devuelva los regalos que te hizo Menelao.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Pireo, en verdad no
sabemos cómo resultará todo esto. Si los pretendientes me matan ocultamente en
palacio y se reparten todos los bienes de mi padre, prefiero que tú te quedes
con los regalos y los goces antes que alguno de ellos. Pero si consigo sembrar
para éstos la muerte y Ker, llévalos alegre a mi casa, que yo estaré alegre.»
Así diciendo condujo a
casa a su asendereado huésped. Cuando llegaron al palacio agradable para vivir,
dejaron sus mantos sobre sillas y sillones y se bañaron en bien pulimentadas
bañeras. Después que las esclavas les hubieron bañado, ungido con aceite y
puesto mantos de lana y túnicas, salieron de las bañeras y fueron a sentarse en
sillas. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en
hermosa jarra de oro para que se lavaran, y a su lado extendió una mesa
pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas, favoreciéndolas entre los que estaban presentes. Entonces la
madre se sentó frente a él, junto a una columna del mégaron, se reclinó en un
asiento y revolvía entre sus manos suaves copos de lana. Y ellos echaron mano
de los alimentos que tenían delante.
Cuando habían arrojado de
sí el deseo de comer y beber, comenzó a hablar entre ellos la prudente
Penélope:
«Telémaco, en verdad voy
a subir al piso de arriba y acostarme en el lecho que tengo regado de lágrimas
desde que Odiseo partió a Ilión con los Atridas. Y es que no has sido capaz,
antes de que los arrogantes pretendientes llegaran a esta casa, de hablarme
claramente del regreso de tu padre, si es que has oído algo.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Madre, te voy a contar
la verdad. Marchamos a Pilos junto a Néstor, pastor de su pueblo, quien me
recibió en su elevado palacio y me agasajó gentilmente, como un padre a su hijo
recién llegado de otras tierras después de largo tiempo. Así de amable me
recibió junto con sus ilustres hijos. Me dijo que no había oído nunca a ningún
humano hablar sobre Odiseo, vivo o muerto, pero me envió junto al Atrida
Menelao, famoso por su lanza, con caballos y un carro bien ajustado. Allí vi a
la argiva Helena, por quien troyanos y argivos sufrieron mucho por voluntad de
los dioses. Enseguida me preguntó Menelao, de recia voz guerrera, qué necesidad
me había llevado a la divina Lacedemonia y yo le conté toda la verdad.
«Entonces, contestándome
con su palabra, dijo: "¡Ay, ay! ¡Conque querían dormir en el lecho de un
hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva acuesta a sus dos recién
nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y mientras sale a pastar en
los hermosos valles, aquél regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a ambos,
así Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo,
ojalá que siendo como cuando en la bien construida Lesbos se levantó para
disputar y luchó con Filomeleides, lo derribó violentamente y todos los aqueos
se alegraron! Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo con los
pretendientes: corto el destino de todos sería y amargas sus nupcias. En cuanto
a lo que me preguntas y suplicas, no querría apartarme de la verdad y
engañarte. Conque no te ocultaré ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el
veraz anciano del mar. Este dijo que lo había visto sufriendo fuertes dolores
en el palacio de la ninfa Calipso, quien lo retenía por la fuerza, y que no
podía regresar a su tierra patria porque no tenía naves provistas de remos ni
compañeros que le acompañaran por el ancho lomo del mar. Así me dijo el Atrida
Menelao, famoso por su lanza, y luego de acabar su relato regresamos. Los
inmortales me concedieron un viento favorable y me escoltaron velozmente hasta
mi patria.»
Así habló y conmovió el
ánimo de Penélope.
Entonces Teoclímeno,
semejante a los dioses, comenzó a hablar entre ellos:
«Esposa venerable de
Odiseo Laertíada, en verdad él no sabe nada; escucha mi palabra, pues te voy a
profetizar con veracidad y no voy a ocultarte nada. ¡Sea testigo Zeus, antes
que los demás dioses, y la mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable
Odiseo, al que he llegado, de que en verdad Odiseo ya está en su tierra patria,
sentado o caminando, sabedor de estas malas acciones y sembrando la muerte para
todos los pretendientes. Este es el augurio que yo observé, y me hice oír de
Telémaco mientras estaba en la nave de buenos bancos».
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Forastero, ¡ojalá se
cumpliera esta tu palabra! Entonces conocerías mi amistad enseguida y numerosos
regalos de mí, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso.»
Así hablaban unos con
otros.
Los pretendientes, por su
parte, se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de Odiseo, en
el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia. Pero cuando fue
la hora de comer y les llegaron de todas partes del campo los animales que les
traían los de siempre, se dirigió a ellos Medonte (éste era quien más les
agradaba de los heraldos y solía acompañarlos al banquete):
«Mozos, una vez que todos
habéis complacido vuestro ánimo con los juegos, dirigíos al palacio para
preparar el almuerzo, que no es cosa mala yantar a su tiempo.»
Así habló y ellos se
pusieron en pie y marcharon obedeciendo su palabra. Cuando llegaron a la bien
edificada morada dejaron sus mantos en sillas y sillones y sacrificaron grandes
ovejas y gordas cabras; sacrificaron cebones y un toro del rebaño para preparar
su almuerzo.
Entre tanto Odiseo y el
divino porquero se disponían a marchar del campo a la ciudad y comenzó a hablar
el porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, puesto que
deseas marchar hoy mismo a la ciudad, como recomendó mi soberano (que yo, desde
luego, preferiría dejarte para vigilar la majada, pero tengo respeto por mi amo
y temo que me reprenda después y en verdad son duras las reprimendas de los amos),
marchemos ya, pues el día está avanzado y quizá sea peor esperar a la tarde.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se
lo dices a quien lo comprende. Conque marchemos y tú sé mi guía. Dame un
bastón si es que tienes uno cortado para que me apoye, pues decís que el camino
es muy resbaladizo.»
Así dijo y echó a sus
hombros el sucio zurrón desgarrado por muchas partes, en el que había una
correa retorcida. Entonces Eumeo le dio el deseado bastón y se pusieron los dos
en camino, quedando perros y pastores para guardar la majada.
Eumeo condujo hacia la
ciudad a su soberano, que se asemejaba a un miserable y viejo mendigo, que se
apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con vestidos que daban pena. Cuando en
su marcha por el empinado sendero se encontraban cerca de la ciudad y llegaron
a una fuente labrada de hermosa corriente, a donde iban por agua los ciudadanos
(la habían construido Itaco, Nerito y Polictor en el centro de un bosque de
álamos negros que crecían con su agua; era completamente redonda y de lo alto
de una piedra caía agua fría, y encima de ella había un altar de las Ninfas,
donde solían sacrificar todos los ciudadanos), allí se topó con ellos Melantio,
hijo de Dolio, que conducía las cabras, las que sobresalían entre todo el
ganado, para festín de los pretendientes; y con él marchaban dos pastores.
Cuando los vio 1es
reprendió de palabra y llamándolos por su nombre les dijo algo atroz e
inconveniente que hizo saltar el corazón de Odiseo:
«Vaya, vaya, un desgraciado
conduce a otro desgraciado; es claro que dios siempre lleva a la gente hacia
los de su calaña. ¿Adónde, miserable porquero, llevas a ese gorrón, a ese
mendigo pegajoso, a ese aguafiestas? Arrimará los hombros a muchas puertas para
rascarse mientras pide mendrugos, que no espadas ni calderos. Si me lo dieras a
mí para vigilante de mi majada, para mozo de cuadra y para llevar brezos a mis
chivos, quizá bebiendo leche de cabra echaría gordos muslos. Pero ahora que ha
aprendido esas malas artes no querrá ponerse a trabajar, que preferirá mendigar
por el pueblo y alimentar su insaciable estómago. Conque te voy a decir algo
que se va a cumplir: si se acerca a la casa del divino Odiseo, sus tortillas
van a romper muchas banquetas que lloverán sobre su cabeza desde las manos de
esos hombres, pues va a ser su blanco por la casa.»
Así habló, y al pasar a
su lado, el insensato dio una patada a Odiseo en la cadera, aunque no consiguió
echarlo fuera del camino, sino que éste se mantuvo firme. Entonces Odiseo
dudaba entre arrancarle la vida saltando tras él con el palo o levantarle y
tirarle de cabeza contra el suelo, pero se aguantó y se contuvo. El porquero, en cambio, se
encaró con él y le reprendió, y levantando las manor suplicó así:
«Ninfas de la fuente,
hijas de Zeus, si alguna vez Odiseo quemó en vuestro honor muslos de corderos o
cabritos cubriéndolos con gorda grasa, cumplidme este deseo: que vuelva este
hombre conducido por un dios. Seguro que él acabaría con toda la insolencia que
ahora pasea por la ciudad, mientras malos pastores acaban con los ganados.»
Y le contestó Melantio,
el cabrero:
«¡Ay, ay, qué cosa ha
dicho este perro urdidor de intrigas! Me lo voy a llevar algún día lejos de
Itaca en negra nave de Buenos bancos para que me entreguen por él un buen
precio, porque ¡ojalá Apolo, el de arco de plaza, alcance hoy mismo a Telémaco
dentro del palacio o sucumba a manos de los pretendientes, lo mismo que Odiseo
ha perdido en tierras lejanas el día de su regreso!»
Así diciendo, los dejó
caminando lentamente; en cambio, él se puso en camino y llegó enseguida a la
morada del rey. Entró y sentó entre los pretendientes, frente a Eurímaco, pues
a éste era a quien más estimaba. Pusieron junto a él una porción de carne los
que servían y la venerable ama de llaves le llevó pan y se lo dejó al lado para
que lo comiera.
Odiseo y el divino
porquero se detuvieron en su caminar; les llegaba el sonido de la sonora lira,
pues Femio se había puesto a cantar para ellos. Entonces Odiseo tomó de la mano
al porquero y le dijo:
«Eumeo, a lo que parece
ésta es la hermosa morada de Odiseo, pues se destaca tanto que se la puede ver
fácilmente entre otras muchas. Una estancia sigue a la otra, su patio está
cercado con muro y cornisa y sus puertas bien firmes son de doble hoja. Ningún
hombre podría rendirla por la fuerza. Me parece que muchos hombres se están
banqueteando dentro, pues se levanta un olor a grasa y resuena la lira, a la
que los dioses han hecho compañera del banquete.»
Y contestando le dijiste,
porquero Eumeo:
«Con facilidad lo has
percatado, que no eres sandio tampoco en lo demás. Pero, vamos, pensemos cómo
actuar. Entra tú primero en la agradable morada y mézclate con los
pretendientes, que yo me quedaré aquí; o, si quieres, quédate tú y entraré yo
primero. Pero no te quedes parado mucho tiempo, no sea que te vea alguien fuera
y te tire algo o te eche. Esto es to que te aconsejo que consideres.»
Y le contestó luego el
sufridor, el divino Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se
lo dices a quien comprende. Con que marcha tú primero y yo me quedaré aquí, que
ya sé lo que son golpes y pedradas. Mi ánimo es paciente, pues he sufrido
muchos males en el mar y la guerra; que venga esto después de aquello. Cuando
tiene apetito, no es posible acallar al maldito estómago que tantas desgracias
suele acarrear a los hombres; por culpa suya incluso las bien entabladas naves
se preparan para surcar el estéril mar portando la desgracia a hombres
enemigos.»
Así hablaban entre sí.
Entonces un perro que estaba tumbado enderezó la cabeza y las orejas, el perro
Argos, a quien el sufridor Odiseo había criado, aunque no pudo disfrutar de él,
pues antes se marchó a la divina Ilión. Al principio le solían llevar los
jóvenes a perseguir cabras montaraces, ciervos y liebres, pero ahora yacía despreciado una vez que se hubo ausentado Odiseo entre el estiércol de mulos y vacas que
estaba amontonado ante la puerta a fin de que los siervos de Odiseo se lo
llevaran para abonar sus extensos campos. Allí estaba tumbado el perro Argos,
lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo cerca, entonces sí que movió la cola y
dejó caer sus orejas, pero ya no podia acercarse a su amo. Entonces Odiseo, que
le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo y le
preguntó:
«Eumeo, es extraño que
este perro esté tumbado entre el estiércol. Su cuerpo es hermoso, aunque ignoro
si, además de hermoso, era rápido en la carrera o, por el contrario, era como
esos perros falderos que crían los señores por lujo.»
Y contestándole dijiste,
porquero Eumeo:
«Este perro era de un
hombre que ha muerto lejos de aquí. Si su cuerpo y obras fueron como cuando lo
dejó Odiseo al marchar a Troya, pronto lo admirarías al contemplar su rapidez y
vigor, que nunca salía huyendo de ninguna bestia en la profundidad del espeso
bosque cuando la perseguía pues también era muy diestro en seguir el rastro.
Pero ahora lo tiene vencido la desgracia, pues su amo ha perecido lejos de su
patria y las mujeres no se cuidan de él; que los siervos, cuando los amos ya no
mandan, no quieren hacer los trabajos que les corresponden, pues Zeus, que ve a
lo ancho, quita a un hombre la mitad de su valía cuando le alcanza el día de la
esclavitud.»
Así diciendo entró en la
morada, agradable para vivir, y se fue derecho por el mégaron en busca de los
ilustres pretendientes. Y a Argos le arrebató el destino de la negra muerte al
ver a Odiseo después de veinte años.
Telémaco, semejante a los
dioses, fue el primero en ver al porquero avanzar por la casa y enseguida le
hizo señas invitándole a ponerse a su lado. Eumeo echó una ojeada, tomó una
banqueta que estaba cerca (donde se solía sentar el trinchante para repartir
abundante carne entre los pretendientes cuando se banqueteaban en el palacio) y
llevándoselo lo puso junco a la mesa de Telémaco y se sentó. Entonces el
heraldo tomó una porción, sacó pan del canasto y se lo ofreció.
Enseguida, detrás de
Eumeo, entró en el patio Odiseo semejante a un miserable y viejo mendigo que se
apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con ropas que daban pena, sentóse sobre
el umbral de madera de fresno dentro de las puertas y se apoyó en la jamba de
madera de ciprés que un artesano había pulimentado hábilmente y enderezado con
la plomada. Telémaco llamó junto a sí al porquero y le dijo mientras cogía un
pan entero del hermoso canasto y cuanta carne le cupo en las manos:
«Lleva esto al forastero
y ofréceselo, y aconséjale que vaya recorriendo todos los pretendientes y les
pida, que no es buena la vergüenza para el hombre necesitado.»
Así dijo; echó a andar el
porquero cuando hubo oído su palabra y, poniéndose cerca, le dijo aladas
palabras:
«Forastero, Telémaco te
entrega esto y te aconseja que vayas recorriendo todos los pretendientes y les
pidas, que dice que no es buena la vergüenza para un hombre necesitado.»
Y contestándole dijo el
astuto Odiseo:
«Soberano Zeus, ¡que
Telémaco sea próspero entre los hombres y obtenga todo cuanto anhela en su
corazón!»
Así dijo; tomólo en sus
dos manos y lo puso a sus pies, sobre el sucio zurrón; y lo comió mientras
cantaba el aedo en el palacio.
Cuando lo había comido
terminó el divino aedo y los pretendientes comenzaron a alborotar en el
palacio.
Entonces Atenea se puso
cerca de Odiseo Laertíada y lo apremió a que recogiera mendrugos entre los
pretendientes y pudiera conocer quiénes eran rectos y quiénes injustos, aunque
ni aun así iba a librar a ninguno de la muerte. Así que se puso en marcha para
mendigar de izquierda a derecha a cada uno de ellos, extendiendo sus manos a
todas partes como si fuera un mendigo de siempre. Los pretendientes le daban
compadecidos, se admiraban de él y se preguntaban unos a otros quién podría ser
y de dónde vendría. Entonces habló entre ellos Melantio, el cabrero:
«Escuchadme,
pretendientes de la ilustre reina, sobre este forastero, pues yo lo he visto ya
antes. En realidad lo ha traído aquí el porquero, aunque no sé de cierto de
dónde se precia de ser su linaje.»
Así dijo, y Antínoo
reprendió al porquero:
«Porquero ilustre, ¿por
qué lo has traído a la ciudad? ¿Es que no tenemos suficientes vagabundos, mendigos
pegajosos, aguafiestas? ¿O es que te parecen pocos los que se reúnen aquí para
comer la hacienda de tu señor y has invitado también a éste?»
Y contestándole dijiste,
porquero Eumeo:
«Antínoo, con ser noble
no dices palabras justas. Pues ¿quién sale a traer de fuera un forastero como
no sea uno de los servidores del pueblo, un adivino, un curador de enfermedades
o un trabajador de la madera, o incluso un aedo inspirado que complazca con sus
cantos? Estos sí, éstos son los hombres a quienes se invita a venir sobre la
extensa tierra, pero nadie invitaría a un vagabundo a que le importune.
«Y es que tú has sido
siempre entre todos los pretendientes el más duro para con los siervos de
Odiseo, y en especial para conmigo. Ahora que a mí no me importa mientras me
viva en el palacio la prudente Penélope y Telémaco, semejante a los dioses.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Calla, no me contestes a
éste con tantas palabras. Antínoo acostumbra a provocar continuamente con
palabras duras e incluso incita a los demás.»
Así dijo, y dirigió a
Antínoo aladas palabras:
«Antínoo, en verdad tu
cuidas de mí como un padre de su hijo al aconsejarme que arroje del palacio al
forastero con palabra tajante; que no cumpla dios esto. Toma algo y dáselo; no
lo veo con malos ojos, sino que te ordeno que lo hagas. Y no tengas temor por
causa de mi madre ni de ninguno de los siervos que hay en la casa del divino
Odiseo. Aunque creo que es otro pensamiento el que albergas en tu pecho, pues
prefieres comer tú a destajo antes que dárselo a otro.»
Y Antínoo le contestó y
dijo:
«¡Telémaco fanfarrón,
incapaz de reprimir tu ira, qué cosa has dicho! Si todos los pretendientes le
dieran tanto como yo, su casa lo retendría durante tres meses lejos de aquí.»
Así dijo, y tomándolo de
debajo de la mesa, le enseñó el escabel sobre el que apoyaba sus brillantes
pies mientras se daba al banquete. Pero todos los demás le dieron y llenaron su
zurrón de pan y carne. Iba ya Odiseo por el pavimento a probar los regalos de
los aqueos, cuando se detuvo junto a Antínoo y le dijo su palabra:
«Dame, amigo, que no me
pareces el menos noble de los aqueos, sino el más excelente, pues te asemejas a
un rey. Por ello tienes que darme incluso más comida que los demás y yo diré tu
nombre por la infinita tierra. También yo habité en otro tiempo en casa rica y
daba a menudo a un vagabundo así, de cualquier ralea que fuera y cualquier cosa
que llegara precisando. Tenía miles de esclavos y otras muchas cosas con las
que los hombres viven bien y se les llama ricos. Pero Zeus Cronida me
arruinó pues debió de quererlo así
enviándome con unos errantes piratas a Egipto, camino largo, para que
pereciera. Atraqué mis cuvadas naves en el río Egipto. Entonces ordené a mis
leales compañeros que se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías
a puestos de observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su
ambición, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las
mujeres y tiernos niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la
ciudad, así que, al escucharlo, se presentaron al despuntar la aurora: llenóse
la llanura toda de gente de a pie y a caballo y del estruendo del bronce. Zeus,
el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y ninguno
se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción. Allí
mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron
vivos para forzarlos a trabajar sus campos, pero a mí me llevaron a Chipre y me
entregaron a un forastero que dio con nosotros, a Dmator Jasida, quien
gobernaba con fuerza en Chipre. Desde allí he llegado aquí después de sufrir
desgracias».
Y Antínoo le contestó y
dijo:
«¿Qué dios nos ha traído
aquí esta peste, esta ruina del banquete? Quédate ahí en medio, lejos de mi
mesa, no sea que tengas que volver enseguida al amargo Egipto y a Chipre, que
eres un mendigo audaz y desvergonzado. Te pones ante éstos, uno tras otro, y
todos te dan atolondradamente, pues no tienen moderación ni sienten compasión
al regalar cosas ajenas que tienen en abundancia a su disposición.»
Y le contestó retirándose
el astuto Odiseo:
«¡Ay, ay, que a tu
gallardía no se añade también la cordura! En verdad, no darías ni siquiera sal
de tu propia hacienda a quien se te acercara si, estando en casa ajena, no has
podido tomar un poco de pan para darme, y eso que tienes en abundancia a tu
disposición.»
Así habló; Antínoo se
irritó más aún en su corazón y mirándole torvamente le dirigió aladas palabras:
«Ahora es cuando creo que
no vas a retirarte con bien atravesando el mégaron, ya que estás injuriándome.»
Asi habló, y, tomando el
escabel, se lo tiró al hombro derecho, acertándole en el extremo de la espalda.
Odiseo se mantuvo en pie, firme como una roca, y el golpe de Antínoo no le hizo
perder pie, pero movió la cabeza en silencio meditando secretos males.
Se retiró para sentarse
en el umbral, dejó el bien lleno zurrón y comenzó a hablar a los pretendientes:
«Escuchadme,
pretendientes de la ilustre reina, para que os diga lo que mi ánimo me ordena
dentro del pecho. No es grande el dolor en las entrañas ni la pena cuando un
hombre es golpeado luchando por sus posesiones, sus toros o sus blancas ovejas.
Pero Antínoo me ha golpeado por causa del miserable estómago, el maldito
estómago que proporciona males sin cuento a los hombres. Conque, si en verdad
existen dioses y Erinis de los mendigos, que el término de la muerte alcance a
Antínoo antes de su matrimonio.»
Y Antínoo hijo de
Eupites, le replicó:
«Siéntate a comer
tranquilo, forastero, o lárgate a otra parte, no sea que los jóvenes te
arrastren por el palacio, por lo que dices, asiéndote del pie o del brazo y te
llenen todo de arañazos.»
Asi habló, y todos ellos
se indignaron sobremanera. Y uno de los jóvenes orgullosos decía así:
«Antínoo, cruel, no has
hecho bien en golpear al pobre vagabundo, si es que existe un dios en el cielo.
Que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo la forma de forasteros de
otras tierras y con otros mil aspectos, y vigilan la soberbia de los hombres o
su rectitud.»
Así le dijeron los
pretendientes, pero él no prestaba atención a sus palabras.
Telémaco hacía crecer en
su corazón un gran dolor por su padre golpeado, pero no dejó caer a tierra
lágrima alguna de sus párpados, sino que movió la cabeza en silencio, meditando
secretos males.
Cuando la prudente
Penélope oyó que el forastero había sidó golpeado en el palacio dijo a sus
siervas:
«¡Ojalá Apolo, de ilustre
arco, te alcance también a ti de esta forma!»
Y la despensera Eurínome
dijo:
«¡Ojalá se diera
cumplimiento a nuestras maldiciones! Ninguno de éstos llegaría vivo hasta la
aurora de hermoso trono.»
Y la prudente Penélope le
dijo:
«Tata, todos son
enemigos, pues maquinan maldades, pero Antínoo sobre todos se asemeja a una
negra Ker. Ese pobre forastero vaga por la casa pidiendo a los hombres, pues le
obliga la pobreza; todos han llenado su zurrón y le han dado, pero éste le ha
alcanzado con un escabel en el hombro derecho.»
Así hablaba ella con sus
esclavas, sentada en el dormitorio, mientras comía el divino Odiseo. Entonces
llamó junto a sí al divino porquero y le dijo:
«Ve, divino Eumeo, y
ordena al forastero que venga para saludarlo y preguntarle si ha oído hablar
sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con sus ojos pues parece un hombre muy
asendereado. »
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Reina, ojalá se callaran
los aqueos; este sí que hechizaría tu corazón con lo que cuenta. Yo lo he
tenido tres noches y tres días en mi cabaña (pues fue a mí a quien llegó
primero después de huir de una nave), pero todavía no ha terminado de contarme
sus desgracias. Como cuando un hombre contempla embelesado a un aedo que canta
inspirado por los dioses y conoce versos deseables para los hombres y éstos desean escucharle sin cesar siempre que
se pone a cantar , así me ha hechizado éste sentado en mi morada. Asegura que
es huésped de Odiseo por parte de padre y que habitaba en Creta, donde está el
linaje de Minos. Ha llegado de allí sufriendo penalidades, después de mucho
rodar, y afirma haber oído sobre Odiseo vivo y cercano, en el rico pueblo de
los tesprotos; y trae a casa numerosos tesoros.»
Y le dijo la prudente
Penélope:
«Marcha, invítalo a venir
aquí para que me lo cuente en persona. Que se diviertan éstos fuera o aquí en
la casa, puesto que su ánimo está alegre: y es que sus bienes están intactos en
su palacio; se los comen los siervos, en cambio ellos vienen todos los días a
nuestro palacio y, sacrificando toros y ovejas y gordas cabras, se banquetean y
beben el rojo vino sin mesura. Todo se está perdiendo, pues no hay un hombre
como Odiseo para apartar de su casa esta peste. Si Odiseo llegara a su sierra
patria haría pagar enseguida, junto con su hijo, las violencias de estos
hombres.»
Así habló, y Telémaco
lanzó un gran estornudo y toda la casa resonó espantosamente. Rióse Penélope y
dirigió a Eumeo aladas palabras:
«Marcha y haz venir
frente a mí al forastero. ¿No ves que mi hijo ha estornudado ante mis palabras?
Por esto no puede dejar de cumplirse la muerte para todos los pretendientes;
nadie podrá alejar de ellos la muerte y las Keres. Voy a decirte otra cosa que
has de poner en tu interior: si reconozco que todo lo que dice es cierto, le
vestiré de túnica y manto, hermosos vestidos.»
Así habló; marchó el
porquero luego que hubo escuchado su palabra y, poniéndose cerca, le dijo
aladas palabras:
«Padre forastero, te
llama la prudente Penélope, la madre de Telémaco. Su ánimo la impulsa a
preguntarte por su esposo, ya que ha sufrido muchas penas. Y si reconoce que
todo lo que le dices es cierto, te vestirá de túnica y manto, cosas que más
necesitas. También podrás alimentar tu vientre pidiendo comida por el pueblo, y
te dará quien lo desee.»
Y le contestó el
sufridor, el divino Odiseo:
«Eumeo, contaría
enseguida toda la verdad a la hija de Icario, a la prudente Penélope -pues sé
muy bien sobre aquél y hemos recibido un infortunio semejante , pero temo a la
multitud de los terribles pretendientes, cuya soberbia y violencia ha llegado
al férreo cielo. Además, cuando ese hombre me hizo daño golpeándome al cruzar
el salón y sin hacer yo nada malo , ni
Telémaco ni ningún otro me protegió. Por esto aconsejo a Penélope que se quede
en sus habitaciones por mucho que desee
salir hasta la puesta del sol.
Pregúnteme entonces sobre el día del regreso de su esposo, sentada muy cerca
del fuego, pues tengo unos vestidos que dan pena y bien lo sabes tú, que ya te
supliqué antes que a nadie.»
Así habló, y marchó el
porquero cuando hubo escuchado su palabra. Cuando atravesaba el umbral le dijo
Penélope:
« ¿No me lo traes, Eumeo?
¿Qué es lo que ha pensado el vagabundo? ¿Es que tiene mucho miedo de alguien o
se avergüenza por otros motivos de cruzar la casa? Malo es un vagabundo
vergonzoso.»
Y tú le contestaste,
porquero Eumeo, diciendo:
«Ha hablado como le
corresponde y dice lo que pensaría cualquier otro que quiere evitar la soberbia
de esos hombres altivos. Conque te aconseja que esperes hasta la puesta del
sol. Y es que será para ti mucho mejor, reina, que estés sola cuando dirijas tu
palabra al forastero o le escuches.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«No piensa como insensato
el forastero, sea como fuere, pues entre los mortales hombres no hay quienes
maquinen semejantes maldades, llenos de arrogancia.»
Así habló ella, y el
divino porquero marchó hacia la multitud de los pretendientes, una vez que le
hubo manifestado todo. Luego dirigió a Telémaco aladas palabras, manteniendo
cerca su cabeza para que no se enteraran los demás:
«Amigo, yo me marcho a
vigilar los cerdos y todo aquello, tu sustento y el mío. Ocúpate tú aquí de
todo. Antes que nada mira por tu seguridad y piensa la forma de que no te pase
nada, que muchos de los aqueos andan meditando males. ¡Ojalá los destruya Zeus
antes de que nos llegue la desgracia!»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Así será, abuelo.
Márchate después de merendar pero vuelve al amanecer y trae hermosas víctimas,
que yo y los inmortales nos cuidaremos de todo esto.»
Así habló; el porquero se
sentó de nuevo sobre la bien pulida banqueta y después de saciar su apetito con
comida y bebida se puso en marcha hacia los cerdos, abandonando el patio y el
mégaron lleno de comensales.
Y éstos gozaban con la
danza y el canto, pues ya había caído la tarde.
CANTO XVIII
LOS PRETENDIENTES VEJAN A
ODISEO
En esto llegó un mendigo
del pueblo que solía pedir por la ciudad de Itaca y sobresalía por su vientre
insaciable, por comer y beber sin parar. No tenía vigor ni fortaleza, pero su
cuerpo era grande al mirarlo. Su nombre era Arneo, que se lo puso su soberana
madre el día de su nacimiento, pero todos los jóvenes le llamaban Iro, porque
solía ir de correveidile cuando alguien se lo mandaba. Cuando llegó, empezó a
perseguir a Odiseo por su casa y le insultaba diciendo aladas palabras:
«Viejo, sal del pórtico,
no sea que te arrastre por el pie. ¿No has oído que todos me hacen guiños
incitándome a que te arrastre? Yo, sin embargo, siento vergüenza. Conque
levántate, no sea que nuestra disputa llegue a las manos.»
Y mirándole torvamente
dijo el muy astuto Odiseo:
«Desgraciado, ni te hago
daño alguno ni te dirijo la palabra, y no siento envidia de que alguien te dé,
aunque recojas muchas cosas. Este umbral tiene cabida para los dos y no tienes
por qué envidiar lo ajeno. Me pareces un vagabundo como yo y son los dioses los
que dan fortuna. Pero no me provoques a luchar, no sea que me irrites y, con
ser viejo, te empape de sangre el pecho y los labios. Así tendría más
tranquilidad para mañana, pues no creo que volvieras por segunda vez al palacio
de Odiseo Laertíada.»
Y el vagabundo Iro le
contestó airado:
«¡Ay, ay, qué deprisa
habla este gorrón que se parece a una vieja ennegrecida por el hollín! Y eso
que podría yo pensar en dañarle golpeándolo con las dos manos y arrancar todos
los dientes de sus mandíbulas, como los de un cerdo devorador de mieses, y
tirarlos al suelo. Ponte el ceñidor para que todos vean que luchamos; aunque
¿cómo podrías luchar con un hombre más joven?»
Así es como se iban
encolerizando sobre el pulimentado pavimento, delante de las elevadas puertas.
La sagrada fuerza de Antínoo oyó a los dos y sonriendo dulcemente dijo a los
pretendientes:
«Amigos, nunca hasta
ahora nos había tocado en suerte una diversión como la que dios nos ha traído a
esta casa. El forastero e Iro están incitándose mutuamente a llegar a las
manos. Así que empujémosles enseguida.»
Así dijo y todos
comenzaron a reírse; rodearon a los andrajosos mendigos y les dijo Antínoo,
hijo de Eupites:
« Escuchadme, ilustres
pretendientes, mientras os hablo. Hay en el fuego unos vientres de cabra, éstos
que hemos dejado para la cena llenándolos de grasa y de sangre. El que venza de
los dos y resulte más fuerte podrá levantarse él mismo y coger el que quiera.
Además, podrá participar siempre de nuestro banquete y no permitiremos que
ningún otro mendigo se nos acerque a pedir.»
Así dijo Antínoo y les
agradó su palabra. Entonces el astuto Odiseo les dijo con intenciones
engañosas:
«Amigos, no es posible
que un viejo luche con un hombre más joven, sobre todo si está abrumado por el
infortunio, pero el perverso vientre me empuja a que sucumba ante sus golpes.
Conque, vamos, juradme todos con firme juramento que nadie prestará ayuda a Iro
y me golpeará con mano pesada injustamente, haciéndome sucumbir ante éste por
la fuerza.»
Así dijo, y todos juraron
como les había pedido. Así que cuando habían completado su juramento dijo entre
ellos la sagrada fuerza de Telémaco:
«Forastero, si tu corazón
y tu valeroso ánimo te empujan a defenderte de éste, no temas a ninguno de los
aqueos, pues tendrá que luchar contra muchos más quien te mate. Yo soy quien te
hospeda y los dos reyes Antínoo y Eurímaco, ambos discretos, aprueban mis
palabras.»
Así dijo, y todos
asintieron. Así que Odiseo ciñó sus miembros con los andrajos y dejó al
descubierto unos muslos grandes y hermosos y al descubierto quedaron sus anchos
hombros, su torso y sus pesados brazos.
Entonces Atenea se puso a
su lado y fortaleció los miembros del pastor de su pueblo. Todos los
pretendientes se asombraron muy mucho y uno decía así al que tenía al lado:
«Pronto este Iro va a
dejar de ser Iro y tener la desgracia que se ha buscado; ¡menudos muslos deja
ver el viejo a través de sus andrajos!»
Así decían, y el corazón
le dio un vuelco a Iro de mala manera. Pero aun así los escuderos le ciñeron y
arrastraron a la fuerza atemorizado. Y sus carnes le temblaban en todo el
cuerpo. Entonces Antínoo le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«¡Ojalá no existieras,
fanfarrón, ni hubieras nacido si tanto tiemblas y temes a éste, a un viejo abrumado
por el infortunio que le ha alcanzado! Pero te voy a decir algo que se va a
cumplir: Si éste te vence y resulta más fuerte, te meteré en negra nave y te
enviaré al continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales, para que te
corte la nariz y las orejas con cruel bronce y arrancando tus miembros se los
arroje a los perros para que se los coman crudos.»
Así dijo, el temblor se
apoderó todavía más de sus miembros y lo arrastraron hacia el medio. Y los dos
extendieron sus brazos.
Entonces, el sufridor, el
divino Odiseo, dudó entre derribarlo de forma que su alma le abandonara al caer
o derribarlo suavemente y extenderlo en el suelo. Y mientras así dudaba le
pareció más ventajoso derribarlo suavemente para que los aqueos no sospecharan
nada. Así que levantando ambos los brazos, Iro golpeó a Odiseo en el hombro
derecho y Odiseo golpeó el cuello de Iro bajo la oreja y rompió por dentro sus
huesos. Al punto bajó por su boca la negra sangre y cayó al suelo gritando.
Pateaba contra el suelo y hacía rechinar sus dientes, y los ilustres
pretendientes levantaron sus manos y se morían de risa. Entonces Odiseo le asió
por el pie y lo arrastró a lo largo del pórtico hasta llegar al patio y las
puertas de la galería. Lo dejó sentado contra la cerca del patio, le puso el
bastón entre las manos y le dirigió aladas palabras:
«Quédate ahí sentado para
espantar a cerdos y perros, y no pretendas ser jefe de forasteros y mendigos,
miserable como eres, no sea que te busques un mal todavía mayor.»
Así diciendo echó a sus
hombros el sucio zurrón rasgado por muchas partes, en el que había una correa
retorcida, volvió al umbral y se sentó. Los pretendientes entraron riéndose
suavemente y le felicitaban con sus palabras, y uno de los jóvenes arrogantes
decía así:
«Forastero, que Zeus y
los demás dioses inmortales te concedan lo que más desees y sea caro a tu
corazón, pues has hecho que este insaciable deje de vagabundear por el pueblo.
Pronto lo llevaremos al continente, al rey Equeto, azote de todos los
mortales.»
Así decían y el divino
Odiseo se alegró con el presagio. Entonces Antínoo le puso al lado un gran
vientre lleno de grasa y sangre. También Anfínomo puso a su lado dos panes que
tomó de la cesta, le ofreció vino en copa de oro y dijo:
«Salud, padre forastero;
que seas rico y feliz en el futuro, pues ahora estás envuelto en numerosas
desgracias.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«Anfínomo, de verdad que
me pareces discreto, siendo hijo de tal padre, pues he oído la fama que tiene
Niso de Duliquia de ser gallardo y rico. Dicen que eres hijo de éste y pareces
hombre discreto. Por eso te voy a decir algo
préstame atención y escúchame : nada cría la tierra más endeble que el
hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella. Mientras los dioses le
prestan virtud y sus rodillas son ágiles, cree que nunca en el futuro va a
recibir desgracias; pero cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso
éstas tiene que soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad. Pues el
pensamiento de los hombres terrenos cambia con cada día que nos trae el padre
de hombres y dioses. También en otro tiempo yo estuve a punto de ser rico y
feliz entre los hombres, pero cometí numerosas violencias cediendo a mi fuerza
y poder por confiar en mi padre y mis hermanos. Por esto ningún hombre debe ser
nunca injusto, sino retener en silencio los dones que los dioses le hagan.
«Estoy viendo a los
pretendientes maquinar acciones semejantes, trasquilando los bienes y
deshonrando a la esposa de un hombre que, te aseguro, no estará ya mucho tiempo
lejos de los suyos y su patria, por el contrario, está cerca. Conque ¡ojalá un
dios te saque de aquí y lleve a casa para no tener que enfrentarte con aquél el
día que regrese a su tierra patria!; que creo no va a ser sin sangre la contienda
entre él y los pretendientes, cuando haya entrado en su hogar.»
Así habló, después de
hacer libación bebió el delicioso vino y volvió a depositar la copa en manos
del conductor de su pueblo. Éste marchó por el palacio acongojado en su corazón
moviendo la cabeza, pues ya veía en su interior la perdición. Pero ni aun así
consiguió escapar a la muerte, que también a éste sujetó Atenea bajo los brazos
de Telémaco para que sucumbiera con fuerza a su lanza.
Y volvió a sentarse en el
sillón de donde se había levantado.
Entonces la diosa de ojos
brillantes, Atenea, puso en la mente de la hija de Icario, la prudente
Penélope, la idea de aparecer ante los pretendientes, a fin de que ensanchara
aún más el corazón de éstos y resultara aún
más respetable que antes a los ojos de su esposo e hijo. Sonrió sin motivo,
dijo su palabra a la despensera y la llamó por su nombre:
«Eurínome, mi ánimo
desea, aunque nunca antes lo deseó, mostrarme ante los pretendientes por
odiosos que me sigan siendo. Voy a decir a mi hijo una palabra que quizá le
resulte provechosa: que no se mezcle con los pretendientes, quienes le hablan
bien, pero por detrás le piensan mal.»
Y Eurínome, la
despensera, le dirigió su palabra:
«Sí, todo esto lo dices
como te corresponde, hija. Conque ve y di a tu hijo tu palabra y nada le
ocultes, pero antes lava tu cuerpo y pinta tus mejillas. No vayas con el rostro
tan empapado de llanto, que es cosa mala andar siempre entre penas. Tu hijo es
ya tan grande como pedías a los inmortales verlo, cubierto de barba.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Eurínome, no digas, por
más que te cuides de mí, que lave mi cuerpo y unja mis mejillas con aceite, que
los dioses que ocupan el Olimpo me arrebataron la belleza el día que aquél se
marchó en las cóncavas naves. Pero dile a Autónoe e Hipodamia que vengan, a fin
de que me acompañen por el palacio. No quiero presentarme sola ante hombres,
pues siento vergüenza.»
Así dijo, y la anciana
atravesó el mégaron para dar el recado a las mujeres y apremiarlas a que
marcharan.
Entonces Atenea, la diosa
de ojos brillantes, concibió otra idea: derramó sobre la hija de Icario dulce
sueño y ésta echóse a dormir en la misma silla y todos los miembros se le
aflojaron. Entretanto, la divina entre las diosas le otorgó dones inmortales
para que los aqueos se admiraran al verla. En primer lugar limpió su hermoso
rostro con la belleza inmortal con que suele adornarse Citerea, de linda
corona, cuando comparte el deseable coro de las Gracias. También la hizo más
alta y más fuerte a la vista y la hizo más blanca que el marfil tallado.
Realizado esto, sè alejó la divina entre las diosas y llegaron del mégaron las
siervas de blancos brazos, acercándose con vocerío.
Entonces abandonó el
sueño a Penélope, frotóse las mejillas con sus manos y dijo:
«¡Qué blando letargo ha
cubierto mis sufrimientos! Ojalá la casta Artemis me proporcionara una muerte
así de blanda ahora mismo, para no seguir consumiendo mi vida con corazón
acongojado en la nostalgia de las muchas virtudes de mi marido, pues era el más
excelente de los aqueos.»
Así diciendo, abandonó el
brillante piso de arriba, pero no sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando
llegó juntó a los pretendientes la divina entre las mujeres se detuvo junto a
una columna del ricamente labrado techo, sosteniendo ante sus mejillas un
grueso velo. Y una diligente sierva se colocó a cada lado. Las rodillas de los
pretendientes se debilitaron allí mismo
pues había hechizado su corazón con el deseo y todos desearon acostarse junto a ella en
la cama.
Entonces se dirigió a
Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, ya no tienes
voluntad ni juicio firmes. Cuando eras niño regías tus intereses aún mejor que
ahora; en cambio, ahora que eres grande y has alcanzado la medida de la
juventud y eso que cualquiera pensaría
que eres hijo de un hombre rico mirando tu talla y hermosura, un ser de otro
sitio , y no tienes voluntad ni juicio como es debido. ¡Qué acción es esta que
se ha producido en el palacio...!, y tú que has permitido que se ultrajara a
este forastero... ¿Qué pasaría si un huésped alojado en nuestro palacio
recibiera este doloroso trato? Seguro que la vergüenza y el escarnio de las
gentes serían para ti.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Madre mía, no me voy a
indignar porque te irrites conmigo, que pienso en mi interior y sé muy bien
cada cosa, lo bueno y lo malo, aunque hasta ahora he sido todavía un niño. Pero
no puedo pensar en todo con discreción, pues me asustan éstos que se sientan a
mi lado maquinando maldades y yo no tengo quien me ayude. El altercado entre el
forastero e Iro se ha producido no por voluntad de los pretendientes, sino
porque aquél era más vigoroso.
«¡Ojalá por Zeus padre, Atenea y Apolo que los pretendientes inclinaran su cabeza
vencidos, en el patio los unos, dentro de la casa los otros, y se les aflojaran
los miembros de la misma forma que el desdichado Iro está ahora sentado con la
cabeza gacha, semejante a un borracho, sin poder tenerse en pie ni volver a
casa, pues sus miembros están flojos.»
Así se decían uno a otro.
Y Eurímaco se dirigió a Penélope con palabras:
« Hija de Icario,
prudente Penélope, si te contemplaran todos los aqueos de Argos de Yaso, serían
muchos más los pretendientes que se banquetearan desde el amanecer en vuestro
palacio, pues sobresales entre las mujeres por tu forma y talla y por el juicio
que tienes dentro bien equilibrado.»
Y le contestó luego la
prudente Penélope:
«Eurímaco, en verdad han
destruido los inmortales mis cualidades
forma y cuerpo , el día en que los aqueos se embarcaron para Ilión, y
con ellos estaba mi esposo Odiseo. Si al menos viniera él y cuidara mi vida,
mayor sería mi gloria y yo más bella, pero estoy afligida, pues son tantos los
males que la divinidad ha agitado contra mí. Cuando marchó Odiseo abandonando
su tierra patria, me tomó de la mano derecha por la muñeca y me dijo:
"Mujer, no creo que vuelvan incólumes de Troya todos los aqueos de buenas
grebas, que dicen que los troyanos son buenos luchadores, tanto lanzando el
venablo como las flechas o montando en veloces caballos, los cuales pueden
decidir rápidamente una gran contienda cuando está equilibrada. Por esto, no sé
si va a librarme dios o perecerá en la misma Troya. Cuida tú aquí de todo;
presta atención a mis padres en el palacio como ahora, o todavía más, cuando yo
esté lejos. Cuando veas que mi hijo ya tiene barba, cásate con quien desees y
abandona tu casa." Así dijo aquél y todo se está cumpliendo. Llegará la
noche en que el odioso matrimonio salga al encuentro de esta desgraciada a
quien Zeus ha quitado la felicidad. Pero me ha llegado al corazón esta terrible
aflicción: no suele ser así al menos
antes no lo era el comportamiento de los
pretendientes que quieren cortejar a una mujer noble, hija de un hombre rico,
rivalizando entre sí; suelen llevar vacas y rico ganado para festín de los
amigos de la novia y entregar a ésta brillantes presentes, pero no comerse sin
pagar una hacienda ajena.»
Así habló, y se llenó de
alegría el sufridor, el divino Odiseo porque trataba de arrancar regalos y
hechizar sus corazones con blandas palabras, mientras su mente revolvía otras
intenciones.
Entonces Antínoo, hijo de
Eupites, se dirigió a ella:
«Hija de Icario, prudente
Penélope, recibe los dones que quieran traerte los aqueos pues no es bueno rechazar un regalo , que
nosotros no iremos a trabajo ni a parte alguna hasta que te desposes con el
mejor de los aqueos.»
Así habló Antínoo y les
agradó su palabra. Así que cada uno envió a un heraldo para que trajera
presentes. A Antínoo le trajo su heraldo un gran peplo hermoso, bordado y con
doce broches todos de oro encajados en sus bien dobladas corchetas. A Eurímaco
le trajo enseguida un collar adornado de oro, engarzado con ámbar, como un sol.
Sus siervos le llevaron a Euridamente dos pendientes con tres perlas, grandes
como moras, que despedían una gracia sin cuento. De casa de Pisandro, el
soberano hijo de Polictor, trajo un siervo una gargantilla, hermoso adorno.
Cada uno de los aqueos llevó su hermoso regalo. Entonces subió la divina entre
las mujeres al piso superior y a su lado las siervas portaban los hermosísimos
presentes.
Los pretendientes se
entregaron a la danza y al deseable canto y esperaron a que llegara la tarde, y
cuando estaban gozando se les echó encima la oscura tarde. Entonces colocaron
tres parrillas en el palacio para que les alumbraran, y en ellas madera seca,
muy seca, reseca, recién cortada con el bronce, y la mezclaron con teas. Y las
siervas del sufridor Odiseo se alternaban para alumbrar. Entonces les dijo el
mismo hijo de los dioses, el muy astuto Odiseo:
«Siervas de Odiseo, señor
vuestro largo tiempo ausente, marchad a las habitaciones de la venerable reina
y moved la rueca junto a ella y divertidla sentadas en su estancia, o cardad
copos de lana en vuestras manos, que yo me quedaré aquí para ofrecer luz a
todos éstos. Aunque quieran aguardar a Eos, de hermoso trono, no me rendirán,
que tengo mucho aguante.»
Así dijo, y ellas se
echaron a reír mirándose unas a otras. Entonces empezó a censurarle con
palabras de reproche Melanto de lindas mejillas (la había engendrado Dolio,
pero la crió Penélope y la cuidaba como a una hija y le daba juguetes, pero ni
aun así sentía lástima en su corazón por Penélope, sino que solía acostarse y
hacer el amor con Eurímaco). Ésta, pues, reprendió a Odiseo con palabras
ultrajantes:
« Desgraciado forastero,
estás tocado en tus mientes; no quieres ir a dormir a casa del herrero ni al
albergue público, sino que te quedas aquí y hablas mucho con audacia, en medió
de tantos hombres, sin sentir miedo en tu corazón. Seguro que el vino se ha
apoderado de tus entrañas, o quizá siempre es así tu juicio y dices sandeces.
Acaso estás fuera de ti por vencer a Iro, el vagabundo? Cuidado, no se levante
contra ti alguien más fuerte que Iro y, golpeándote en la cabeza con pesadas
manos, te arrastre fuera del patio manchado de sangre.»
Y mirándola torvamente,
le dijo el muy astuto Odiseo:
«Perra, voy a ir a contar
a Telémaco lo que estás diciendo, para que te corte en pedazos.»
Así diciendo, espantó a
las mujeres con sus palabras y se pusieron en camino por el palacio, y sus
miembros estaban flojos por el terror, pues pensaban que había dicho la verdad.
Entonces Odiseo se puso junto a las parrillas ardientes para alumbrarlos y
dirigía su mirada a todos ellos, pero su corazón revolvía dentro del pecho lo
que no iba a quedar sin cumplimiento.
Y Atenea no permitió que
los esforzados pretendientes contuvieran del todo los escarnios que laceran el
corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo
Laertíada. Así que Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar ultrajando a
Odiseo y produjo risa a sus compañeros:
«Escuchadme,
pretendientes de la famosa reina, mientras os digo lo que mi corazón me ordena
dentro del pecho. Este hombre ha llegado a casa de Odiseo no sin la voluntad de
los dioses, que me parece que la luz de las antorchas sale de su misma cabeza,
pues no le queda ni un solo pelo.»
Así dijo, y luego se
dirigió a Odiseo, destructor de ciudades:
«Forastero, ¿querrías
servirme como jornalero, si te acepto, en el extremo del campo (y tu jornal
será suficiente), para construir cercas y plantar elevados árboles? Te
ofrecería comida todo el año y te daría ropa y calzado para tus pies. Aunque
ahora que has aprendido malas artes no querrás ponerte al trabajo, sino
mendigar por el pueblo para alimentar tu insaciable estómago.»
Y le contestó diciendo el
muy astuto Odiseo:
«Eurímaco, si tú y yo
rivalizáramos en el trabajo durante el verano, cuando los días son largos, en
la siega del heno y yo tuviera una bien curvada hoz y tú otra igual para
ponernos al trabajo sin comer hasta el crepúsculo y hubiera hierba , o si hubiera dos bueyes
que arrear, los mejores bueyes, rojizos y grandes, saciados ambos de heno, de
igual edad y peso, nada endebles de fortaleza, y hubiera un campo de cuatro
fanegas y cediera el terrón al arado..., entonces verías si soy capaz de tirar
un surco bien derecho.
«Lo mismo digo si hoy
mismo el Cronida moviera guerra en algún lado y tuviera yo escudo y un par de
lanzas y un yelmo de bronce bien ajustado a mis sienes; ibas a verme enzarzado
entre los primeros combatientes y no mentarías mi estómago para ultrajarme.
Pero eres arrogante y tu corazón es duro. Te crees grande y poderoso porque
frecuentas la compañía de gente pequeña y villana, pero si viniera Odiseo de
vuelta a su tierra patria, pronto estas puertas, con ser sobremanera anchas, te
iban a resultar estrechas cuando trataras de salir huyendo a través del
pórtico.»
Así dijo, y Eurímaco se
encolerizó más todavía, y mirándole torvamente le dirigió aladas palabras:
«Ah, desgraciado, pronto
voy a producirte daño por lo que dices en presencia de tantos hombres sin
sentir miedo en tu corazón. Seguro que el vino se ha apoderado de tus entrañas
o quizá siempre es así tu juicio y dices sandeces. ¿Acaso estás fuera de ti por
haber vencido a Iro, el vagabundo?»
Así diciendo, cogió el
escabel, pero Odiseo fue a sentarse junto a las rodillas de Anfínomo de
Duliquia por temor a Eurímaco, y éste alcanzó al escanciador en el brazo
derecho. La jarra cayó al suelo con estrépito y el copero se desplomó boca
arriba gritando.
Los pretendientes
alborotaron en el sombrío palacio y uno decía así al que tenía cerca:
«¡Ojalá el forastero éste
hubiera muerto en otra parte antes de venir! Así no habría organizado tal
alboroto. Ahora, en cambio, estamos peleándonos por culpa de unos mendigos y no
habrá placer en el magnífico festín, pues está venciendo lo peor.»
Y la divina fuerza de
Telémaco habló entre ellos:
« Desdichados, estáis
enloquecidos y ya no podéis ocultar más tiempo los efectos de la comida y
bebida. Sin duda os empuja un dios. Conque marchaos a casa a dormir ahora que
os habéis banqueteado bien, cuando os lo ordene el ánimo, que yo no empujaré a
nadie.»
Así dijo, y todos
clavaron los dientes en sus labios y se admiraban de Telémaco porque había
hablado audazmente. Entonces Anfínomo, ilustre hijo de Niso, el soberano hijo
de Aretes, se levantó entre ellos y dijo:
«Amigos, que nadie se
moleste por lo dicho tan justamente, tocándole con palabras contrarias. No
maltratéis tampoco al forastero ni a ninguno de los esclavos del palacio del
divino Odiseo. Conque, vamos, que el copero haga una primera libación, por
orden, en las copas, para que una vez realizada marchemos a casa a dormir. En
cuanto al forastero, dejémoslo en el palacio de Odiseo al cuidado de Telémaco,
ya que es a su casa donde ha llegado.»
Así dijo y a todos les
agradó su palabra. El héroe Mulio, heraldo de Duliquio, mezcló vino en la
crátera era siervo de Anfínomo y, puesto en pie, repartió vino a todos.
Éstos libaron en honor de los dioses felices con delicioso vino y, cuando
habían hecho la libación y bebido cuanto quiso su ánimo, se pusieron en camino,
cada uno a su casa, para dormir.
CANTO XIX
LA ESCLAVA EURICLEA
RECONOCE A ODISEO
En cambio, el divino
Odiseo se quedó en el palacio ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte contra
los pretendientes, y de súbito dijo a Telémaco aladas palabras:
«Telémaco, es preciso que
lleves adentro todas las armas y que, cuando los pretendientes las echen de
menos y pregunten, los engañes con estas suaves palabras: "Las he retirado
del fuego, pues ya no se parecen a las que dejó Odiseo cuando marchó a Troya,
que están ennegrecidas hasta donde les ha alcanzado el aliento del fuego.
Además, un demón ha puesto en mi interior una razón más poderosa: no sea que os
llenéis de vino y, levantando disputa entre vosotros, lleguéis a heriros unos a
otros y a llenar de vergüenza el convite y vuestras pretensiones de matrimonio;
que el hierro por sí solo arrastra al hombre"».
Así dijo; Telémaco
obedeció a su padre, y llamando a su nodriza Euriclea le dijo:
«Tata, reténme a las
mujeres dentro de las habitaciones del palacio mientras transporto a la
despensa las magníficas armas de mi padre a las que el humo ennegrece, pues
están descuidadas por la casa mientras mi padre está ausente; que yo era hasta
hoy un niño pequeño, pero ahora quiero transportarlas para que no les llegue el
aliento del fuego.»
Y le respondió su nodriza
Euriclea:
« Hijo, ¡ojalá hubieras
adquirido ya prudencia para cuidarte de la casa y guardar todas tus posesiones!
Pero ¿quién portará entonces la luz a tu lado?, pues no dejas salir a las
esclavas; quienes podrían alumbrarte.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«El forastero, éste, pues
no permitiré que esté ocioso el que toca mi vasija, aunque haya venido de
lejos.»
Así dijo, y a ella se le
quedaron sin alas las palabras. Así que cerró las puertas de las habitaciones,
agradables para vivir.
Entonces se apresuraron
Odiseo y su resplandeciente hijo a llevar adentro los cascos y los abollados
escudos y las agudas lanzas, y por delante Palas Atenea hacía una luz
hermosísima con una lámpara. Y Telémaco dijo de pronto a su padre:
«Padre, es una gran
maravilla esto que veo con mis ojos: las paredes del palacio y los hermosos
intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas que las soportan arriba se
muestran a mis ojos como si fueran de fuego encendido. Seguro que algún dios de
los que poseen el ancho cielo está dentro.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Calla y reténlo en tu
pensamiento, y no preguntes; ésta es la manera de obrar de los dioses que
poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo me quedaré aquí para provocar todavía
más a las esclavas y a tu madre; ella me preguntará sobre cada cosa entre
lamentos.»
Así dijo, y Telémaco,
iluminado por las brillantes antorchas, se puso en camino a través del palacio
hacia el dormitorio donde solía acostarse cuando le llegaba el dulce sueño.
También entonces se acostó allí y aguardaba a Eos divina. En cambio el divino
Odiseo se quedó en el mégaron ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte contra
los pretendientes.
Entonces salió de su
dormitorio la prudente Penélope semejante a Artemis o a la dorada Afrodita. Le
habían colocado junto al hogar el sillón bien labrado con marfil y plata donde
solía sentarse. Lo había fabricado en otro tiempo el artífice Icmalio y, unido
a él, había puesto para los pies un escabel sobre el que se echaba una gran
piel. Allí se sentó la discreta Penélope y llegaron del mégaron las esclavas de
blancos brazos; retiraron el abundance pan y las mesas y copas donde bebían los
arrogantes varones, y arrojaron al suelo el fuego de las parriIlas amontonando
sobre él mucha leña para que hubiera luz y para calentar. Entonces Melanto
reprendió a Odiseo por segunda vez:
«Forastero, ¿es que
incluso ahora, por la noche, vas a importunar dando vueltas por la casa y
espiar a las mujeres? Vete afuera, desdichado, y contente con la comida, o vas
a salir afuera enseguida, aunque sea alcanzado por un tizón.»
Y mirándola torvamente le
dijo el muy astuto Odiseo:
«Desdichada, ¿por qué te
diriges contra mí con ánimo irritado? ¿Acaso porque voy sucio y visto mi cuerpo
con ropa miserable y pido limosna por el pueblo? La necesidad me empuja; así
son los mendigos y los vagabundos. También yo en otro tiempo habitaba feliz mi
próspera casa entre los hombres y muchas veces daba a un vagabundo, de
cualquier ralea que fuese, cualquier cosa que precisara al llegar. Y eso que
tenía innumerables esclavos y muchas otras cosas con las que la gente vive bien
y se la llama rica. Pero Zeus Cronida me las arrebató, pues así lo quiso. Por
esto, ¿cuidado, mujer!, no sea que algún día también tú pierdas toda la
hermosura por la que ahora, desde luego, brillas entre las esclavas: no vaya a
ser que tu señora se irrite y enfurezca contigo, o llegue Odiseo, pues aún hay
una parte de esperanza. Y si éste ha perecido y no es posible que regrese, sin
embargo ya tiene, por voluntad de Apolo, un hijo como Telémaco a quien ninguna
de las mujeres del palacio le pasa inadvertida si es insensata, pues ya no es
tan joven.»
Así dijo: le escuchó la
prudence Penélope y respondió a la esclava, le habló y la llamó por su nombre:
«¡Atrevida, perra
desvergonzada!, no se me oculta que cometes una mala acción que pagarás con tu
cabeza. Sabías pues me lo has oído a mí
misma que iba a preguntar al forastero
en mis habitaciones acerca de mi esposo, pues estoy afligida intensamente.»
Así dijo, y luego se
dirigió a la despensera Eurínome:
«Eurínome, trae ya una
silla y sobre ella una piel para que se siente y diga su palabra el forastero y
escuche la mía. Quiero interrogarle.»
Así dijo; ésta llevó
enseguida una pulimentada silla y sobre ella extendió una piel donde se sentó
después el sufridor, el divino Odiseo. Y entre ellos comenzó a hablar la
prudente Penélope:
«Forastero, esto es lo
primero que quiero preguntarte: ¿quién de los hombres eres y de dónde? ¿Donde
están tu ciudad y tus padres?
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer, ninguno de los
mortales sobre la inmensa tierra podría censurarte, pues en verdad tu gloria
llega al ancho cielo como la de un irreprochable rey que, reinando con terror a
los dioses sobre muchos y valerosos hombres, sustenta la justicia y produce la
negra tierra trigo y cebada y se inclinan los árboles por el fruto, y las
ovejas paren robustas y el mar proporciona peces por su buen gobierno, y el
pueblo es próspero bajo su cetro. Con todo, hazme cualquier otra pregunta en tu
casa, pero no me preguntes por mi linaje y tierra patria, no sea que cargues
más mi espíritu de penas con el recuerdo. En verdad soy muy desgraciado, pero
no está bien sentarse en casa ajena a gemir y lamentarse que es cosa mala sufrir siempre sin descanso
, no sea que alguna de las esclavas se enoje contra mí o tú misma
y diga que derramo lágrimas por tener la mente pesada por el vino.»
Y le respondió la
prudente Penélope:
«Forastero, en verdad los
inmortales destruyeron mis cualidades
figura y cuerpo el día en que los
argivos se embarcaron para Ilión y entre ellos estaba mi esposo, Odiseo. Si al
menos volviera él y cuidara de mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella.
Pero ahora estoy afligida, pues son tantos los males que la divinidad ha agitado
contra mí; pues cuantos nobles dominan sobre las islas, en Duliquio y Same, y
la boscosa Zante, y los que habitan en la misma Itaca, hermosa al atardecer, me
pretenden contra mi voluntad y arruinan mi casa. Por esto no me cuido de los
huéspedes ni de los suplicantes y tampoco de los heraldos, los ministros
públicos, sino que en la nostalgia de Odiseo se consume mi corazón. Éstos
tratan de apresurar la boda, pero yo tramo engaños. Un dios me inspiró al
principio que me pusiera a tejer un velo, una tela sutil e inacabable, y
entonces les dije: "Jóvenes pretendientes míos, puesto que ha muerto el
divino Odiseo, aguardad mi boda hasta que acabe un velo no sea que se me destruyan inútiles los hilos
, un sudario para el héroe Laertes, para cuando le alcance el destino fatal de
la muerte de largos lamentos; no vaya a ser que alguna entre el pueblo de las
aqueas se irrite contra mí si es enterrado sin sudario el que tanto
poseyó." Así les dije, y su ánimo generoso se dejó persuadir. Entonces
hilaba sin parar durance el día la gran tela y la deshacía durante la noche,
poniendo antorchas a mi lado. Así engañé y persuadí a los aqueos durante tres
años, pero cuando llegó el cuarto y se sucedieron las estaciones en el
transcurrir de los meses y pasaron
muchos días , por fin me sorprendieron por culpa de mis esclavas ¡perras, que no se cuidan de mi! y me reprendieron con sus palabras. Así que
tuve que terminar el velo y no voluntariamente, sino por la fuerza.
«Ahora no puedo evitar la
boda ni encuentro ya otro ardid. Mis padres me impulsan a casarme y mi hijo se
indigna cuando devoran nuestra riqueza, pues se da cuenta, que ya es un hombre
muy capaz de guardar su casa y Zeus le da gloria. Pero, con todo, dime tu
linaje y de dónde eres, pues seguro que no has nacido de una encina de antigua
historia ni de un peñasco.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Venerable mujer de
Odiseo Laertíada, ¿no vas a dejar de preguntarme sobre mi linaje? Te lo voy a
contar aunque me vas a hacer un regalo de penas todavía más numerosas que las
que me cercan pues ésta es la costumbre
cuando un hombre está ausente de su patria durante tanto tiempo como yo,
errante por muchas ciudades de mortales soportando males, pero aun así te voy a
contestar a lo que me preguntas e inquieres. Creta es una tierra en medio del
ponto, rojo como el vino, hermosa y fértil, rodeada de mar. En ella hay
numerosos hombres, innumerables, y noventa ciudades en las que se mezclan unas
y otras lenguas. En ellas están los aqueos y los magnánimos eteocretenses, en
ellas los cidones y los dorios divididos en tres tribus, y los divinos
pelasgos. Entre estas ciudades está Cnossós, una gran urbe donde reinó durante
nueve años Minos, confidente del gran Zeus, padre de mi padre el magnánimo
Deucalión. Éste nos engendró a mí y al soberano Idomeneo, quien, juntamente con
los Atridas, marchó a Ilión en las corvas naves. Mi ilustre nombre es Etón y
soy el más joven, que él es mayor y más valiente. Allí fue donde vi a Odiseo y
le di los dones de hospitalidad, pues lo había llevado a Creta la fuerza del
viento cuando se dirigía hacia Troya, después de apartarlo de las Mareas. Había
atracado en Amniso, cerca de donde está la gruta de Ilitia, en un puerto
difícil, escapando a duras penas a las tormentas. Enseguida subió a la ciudad y
preguntó por Idomeneo, pues decía que era su huésped querido y respetado. Era
la décima o la undécima aurora desde que había partido con sus cóncavas naves
hacia Ilión. Yo lo llevé a palacio y le procuré digna hospitalidad; le honré
gentilmente con la abundancia de cosas que había en la casa y tanto a él como a
sus compañeros les di harina a expensas del pueblo y rojo vino que reuní, y
bueyes para sacrificar, a fin de que saciaran su apetito.
«Allí permanecieron doce
días los divinos aqueos, pues soplaba Bóreas, el viento impetuoso, y no dejaba
estar de pie sobre el suelo algún
funesto demón lo había levantado , pero al decimotercero cayó el viento y se
dieron a la mar.»
Amañaba muchas mentiras
al hablar, semejantes a verdades, y mientras ella le oía le corrían las
lágrimas y se le consumía el cuerpo. Lo mismo que en las altas montañas se
derrite la nieve a la que funde Euro después que Céfiro la hace caer y cuando está fundida los ríos aumentan su
curso , así se fundían sus hermosas mejillas vertiendo lágrimas por su marido,
que estaba a su lado.
Odiseo sentía piedad por
su mujer cuando sollozaba, pero los ojos se le mantuvieron firmes como si
fueran de cuerno o hierro, inmóviles en los párpados. Y ocultaba sus lágrimas
con engaño. De nuevo le contestó con palabras y dijo:
«Forastero, ahora quiero
probar si de verdad albergaste en tu palacio a mi esposo, como afirmas, junto
con sus compañeros, semejantes a los dioses. Dime cómo eran los vestidos que
cubrían su cuerpo y cómo era él mismo, y háblame de sus compañeros, los que le
seguían.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer, es difícil
decirlo después de tan larga separación, pues ya hace veinte años que marchó de
allí y dejó mi patria, pero aun así te lo diré como mi corazón me lo pinta. El
divino Odiseo tenía un manto purpúreo de lana, manto doble que sujetaba un
broche de oro con agujeros dobles y estaba bordado por delante: un perro
sujetaba entre las patas delanteras a un cervatillo moteado y lo miraba
fijamente forcejear. Y esto es lo que asombraba a todos, que, siendo de oro, el
uno miraba al cervatillo mientras lo ahogaba y el otro, deseando escapar,
forcejeaba con los pies. También vi alrededor de su cuerpo una túnica
resplandeciente y como binza de cebolla seca; ¡tan suave era y brillante como
el sol! Muchas mujeres la contemplaban con admiración. Pero te voy a decir una
cosa que has de poner en tu interior: no sé si Odiseo rodeaba su cuerpo con
ellas ya en casa o se las dio, al marchar sobre la veloz nave, alguno de sus
compañeros o tal vez incluso algún huésped (ya que Odiseo era amigo para
muchos), pues pocos entre los aqueos eran semejantes a él.
«También yo le di una
broncínea espada y un manto doble, hermoso, purpúreo, y una túnica orlada, y lo
despedí respetuosamente sobre su nave de sólidos bancos. Le acompañaba un
heraldo un poco mayor que él, de quien también te voy a decir cómo era
exactamente: caído de hombros, negra la tez, rizado el cabello y de nombre
Euribates. Odiseo le honraba por encima de sus otros compañeros porque le
concebía pensamientos ajustados.»
Así dijo, y a ella se le
levantó aún más el deseo de llorar al reconocer las señales que le había dicho
Odiseo con exactitud. Y luego que se hubo saciado del gemido de abundantes
lágrimas le respondió con palabras y dijo:
«Forastero, aunque ya
antes eras digno de compasión, ahora vas a ser querido y respetado en mi
palacio, pues yo misma le di esas vestiduras que dices las traje dobladas de la despensa y les puse
un broche resplandeciente para que fuera un adorno para él; pero ya no lo
recibiré nunca de vuelta en casa, pues con funesto destino marchó Odiseo en
cóncava nave para ver la maldita Ilión, que no hay que nombrar.»
Y la respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer venerada de Odiseo
Laertíada, ya no desfigures más tu hermoso cuerpo ni consumas tu espíritu
lamentando a tu esposo. Aunque en nada te he de reprender, pues cualquier mujer
se lamenta de haber perdido a su legítimo esposo con quien ha engendrado hijos
uniéndose en amor, aunque sea distinto de Odiseo, de quien dicen que era
semejante a los dioses. Pero deja de gemir y atiende a mi palabra, pues te voy
a hablar sinceramente y no lo voy a ocultar que ya he oído acerca del regreso
de Odiseo, que está cerca y vivo en el rico pueblo de los tesprotos. También
trae muchos y maravillosos bienes que ha mendigado por el pueblo, pero ha
perdido a sus leales compañeros y la cóncava nave en el ponto, rojo como el
vino, cuando venía de la isla de Trinaquía, pues estaban airados contra él Zeus
y Helios, porque sus compañeros había matado las vacas de éste. Así que todos
ellos perecieron en el alborotado ponto, pero a él lo empujó el oleaje sobre la
quilla de su nave hacia tierra firme, hacia la tierra de los feacios, que han
nacido cercanos a los dioses. Éstos le honraron de corazón como a un dios y le
dieron muchas cosas, y querían llevarlo ellos mismos a su patria sano y salvo.
Podría estar aquí Odiseo hace mucho tiempo, pero a su ánimo le pareció más
ventajoso marchar por tierra para reunir mucha riqueza. Así es como sobresale
Odiseo por su mucha astucia entre los mortales hombres y ningún otro mortal
podría rivalizar con él. Así me lo decía Fidón, el rey de los tesprotos, y juró
delante de mí mientras hacía libación en su casa, que había echado su nave al
mar y estaban dispuestos los compañeros que iban a llevarlo a su tierra patria,
pero a mí me envió antes, pues marchaba casualmente una nave de Tesprotos a
Duliquio, rica en trigo. Y me mostró cuantas riquezas había reunido Odiseo;
podrían alimentar a otro hombre hasta la décima generación: ¡tantos tesoros
tenía depositados en el palacio del rey! También me dijo que Odiseo había
marchado a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la
divina encina de elevada copa, para enterarse si debía volver a las claras u
ocultamente a su tierra patria, después de tantos años de ausencia. Así pues,
él está a salvo y vendrá muy pronto, no permaneciendo ya largo tiempo lejos de
los suyos y de su tierra patria.
«Sin embargo, te haré un
juramento: sea testigo Zeus antes que nadie, el más excelso y poderoso de los
dioses, y el Hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado, que todo esto
se cumplirá como yo digo; durante este mismo año vendrá Odiseo, cuando se haya
acabado este mes y comenzado el siguiente.»
Y se dirigió a él la
prudente Penélope:
«Forastero, ¡ojalá
llegara a cumplirse esa palabra! Rápidamente conocerías mi amistad y muchos
regalos de mi parte, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te
llamaría dichoso. Pero mis presentimientos son
y así sucederá precisamente que
ni Odiseo volverá ya a casa ni tú lograrás conseguir una escolta, puesto que no
hay en la casa jefes como era Odiseo entre los hombres si es que alguna vez existió para dar escolta
y recibir a sus venerables huéspedes. Vamos, siervas, lavadlo y ponedle un
lecho, mantas y sábanas resplandecientes, y así, bien caliente, le llegue Eos
de trono de oro. Al amanecer lavadle y ungidle y que se ocupe de comer sentado
en la sala junto a Telémaco. Será doloroso para aquel de los pretendientes que,
por envidia, llegara a molestarlo. Ninguna otra acción llevará a cabo aquí
dentro, aunque se irrite terriblemente. ¿Cómo podrías saber, forastero, que
aventajo a las demás mujeres en inteligencia y consejo si comieras en el
palacio sucio, vestido miserablemente? Los hombres son de corta vida; para
quien es cruel y tiene sentimientos crueles piden todos los mortales tristezas
en el futuro mientras viva, y una vez que está muerto todos le insultan. En
cambio, el que es irreprochable y tiene sentimientos irreprochables... la fama
de éste la llevan sus huéspedes a todos los hombres. Y muchos lo llaman noble.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer venerable de
Odiseo Laertíada, las mantas y las resplandecientes sábanas me disgustan desde
el día en que dejé los nevados montes de Creta marchando sobre la nave de
largos remos. Me voy a acostar como antes, cuando dormía noches insomnes, pues
ya he descansado muchas noches en lecho miserable aguardando a Eos, de hermoso trono.
Tampoco son agradables a mi ánimo los baños de pies; ninguna mujer tocará mi
pie de las que te son servidoras en el palacio, si no hay alguna muy anciana y
de sentimientos fieles que haya soportado en su ánimo tantas cosas como yo. A
ésa no le impediría tocar mis pies.»
Y se dirigió a él la
prudente Penélope:
«Huésped, amigo, pues
jamás ha Ilegado a mi casa ningún hombre tan sensato de entre los huéspedes de
lejanas tierras; con qué sabiduría dices todo, con qué discreción. Tengo una
anciana que alberga en su mente decisiones discretas, la que alimentó y crió a
aquel desdichado recibiéndolo en sus brazos cuando lo parió su madre. Ésta te
lavará los pies, aunque está muy débil. Conque, vamos, levántate enseguida,
prudente Euriclea, y lava al compañero en edad de tu soberano. También estarán
así los pies y manos de Odiseo, pues los mortales envejecen enseguida en medio
de la desgracia.»
Así dijo; la anciana se
ocultaba con las manos el rostro y derramaba calientes lágrimas, y dijo
lastimera palabra:
«¡Ay, hijo mío, que no
tenga yo remedios para ti...! Con tener el ánimo temeroso de los dioses, Zeus
to ha odiado más que a los demás hombres, que jamás mortal alguno quemó tantos
pingües muslos para Zeus, el que se alegra con el rayo, ni excelentes hecatombes
como tú le has ofrecido con la súplica de poder llegar a una ancianidad feliz y
poder alimentar a un hijo ilustre. En cambio sólo a ti to ha privado del
brillante día del regreso. Tal vez se burlen también así de aquél las esclavas
de hospedadores de lejanas tierras cuando llegue al magnífico palacio de
alguno, como se burlan de ti todas estas perras a las que no permites que te
laven para evitar el escarnio y numerosos oprobios. A mí, sin embargo, me lo
ordena la hija de Icario, la prudente Penélope, aunque no contra mi voluntad.
Por esto te lavaré los pies, por la propia Penélope y a la vez por ti mismo,
pues se me conmueve dentro el ánimo con tus penas. Pero, vamos, atiende ahora a
una palabra que to voy a decir: muchos forasteros infortunados han venido aquí,
pero creo que jamás he visto a ninguno tan parecido a Odiseo en el cuerpo, voz
y pies, como tú.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Anciana, así dicen
cuantos nos han visto con sus ojos, que somos parecidos el uno al otro, como tú
misma dices dándote cuenta.»
Así dijo; la anciana tomó
un caldero reluciente y le lavaba los pies; echó mucha agua fría y sobre ella
derramó caliente. Entonces Odiseo se sentó junto al hogar y se volvió
rápidamente hacia la oscuridad, pues sospechó enseguida que ésta, al cogerlo,
podría reconocer la cicatriz y sus planes se harían manifiestos. La anciana se
acercó a su soberano y lo lavaba. Y enseguida reconoció la cicatriz que en otro
tiempo le hiciera un jabalí con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso en
compañía de Autólico y sus hijos, el padre ilustre de su madre, que sobresalía
entre los hombres por el hurto y el juramento. Se lo había concedido el dios
Hermes, pues en su honor quemaba muslos de corderos y cabritos en
agradecimiento y éste le asistía benévolo. Cuando Autólico fue a la opulenta
población de Itaca, se encontró a un hijo recién nacido de su hija. Euriclea lo
puso sobre sus rodillas cuando había terminado de cenar y le habló y llamó por
su nombre:
«Autólico busca tú mismo
un nombre para el hijo de tu hija, pues muy deseado es para ti.»
Y a su vez respondió
Autólico y dijo:
«Yerno e hija mía,
ponedle el nombre que voy a decir. Ya que he llegado hasta aquí enfadado con
muchos hombres y mujeres a través de la fértil tierra, que su nombre epónimo
sea Odiseo. Y cuando en la plenitud de la juventud llegue a la gran casa
materna, al Parnaso donde tengo las riquezas, yo le daré de ellas y lo
despediré contento.»
Por esto había marchado
Odiseo, para que le diera espléndidos regalos. Autólico y los hijos de Autólico
le acogieron cariñosamente con las manos y con dulces palabras. Y la madre de
su madre, Anfitea, abrazó a Odiseo y le besó la cabeza y hermosos ojos.
Autólico ordenó a sus gloriosos hijos que dispusieran la comida y éstos
escucharon al que se lo mandaba. Enseguida llevaron un toro de cinco años, lo
desollaron, prepararon y dividieron todo; lo partieron habilidosamente, lo
clavaron en asadores y después de asarlo cuidadosamente distribuyeron los
panes. Así que comieron durante todo el día, hasta que se puso el sol, y nadie
carecía de un bien distribuido alimento. Y cuando el sol se puso y cayó la
noche, se acostaron y recibieron el don del sueño.
Tan pronto como se mostró
Eos, la hija de la mañana, la de dedos de rosa; salieron de cacería los perros
y los mismos hijos de Autólico, y entre ellos iba el divino Odiseo. Ascendieron
al elevado monte Parnaso, vestido de selva, y enseguida llegaron a los ventosos
valles. El sol caía sobre los campos cultivados recién salido de las plácidas y
profundas corrientes de Océano, cuando llegaron los cazadores a un valle.
Delante de ellos iban los perros buscando las huellas y detrás los hijos de
Autólico, y entre ellos marchaba el divino Odiseo blandiendo, cerca de los
perros, su lanza de larga sombra. Un enorme jabalí estaba tumbado en una densa
espesura a la que no atravesaba el húmedo soplo de los vientos al agitarse ni
golpeaba con sus rayos el resplandeciente Helios ni penetraba la lluvia por
completo ¡tan densa era! , y una gran
alfombra de hojas la cubría. Llegó al jabalí el ruido de los pies de hombres y
perros cuando marchaban cazando y desde la espesura, erizada la crin y
briIlando fuego sus ojos, se detuvo frente a ellos. Odiseo fue el primero en
acometerlo, levantando la lanza de larga sombra con su robusta mano deseando
herirlo. El jabalí se le adélantó y le atacó sobre la rodilla y, lanzándose
oblicuamente, desgarró con el colmillo mucha carne, pero no llegó al hueso del
mortal. En cambio Odiseo le hirió alcanzándole en la paletilla derecha y la
punta de la resplandeciente lanza lo atravesó de parte a parte y cayó en el
polvo dando chillidos, y escapó volando su ánimo. Enseguida le rodearon los
hijos de Autólico, vendaron sabiamente la herida del irreprochable Odiseo
semejante a un dios y con un conjuro retuvieron la negra sangre.
Pronto llegaron a casa de
su padre y Autólico y los hijos de Autólico lo curaron bien, le dieron
espléndidos regalos y, alegres, lo enviaron contento a su patria Itaca.
Su padre y venerable
madre se alegraron al verlo volver y le preguntaban detalladamente por la
cicatriz, qué le había pasado. Y él les contó con detalle cómo mientras cazaba,
le había herido un jabalí con su blanco colmillo al marchar al Parnaso con los
hijos de Autólico.
La anciana tomó entre las
palmas de sus manos esta cicatriz y la reconoció después de examinarla. Soltó
el pie para que se le cayera y la pierna cayó en el caldero. Resonó el bronce,
inclinóse él hacia atrás, hacia el lado opuesto, y el agua se derramó por el
suelo. El gozo y el dolor invadieron al mismo tiempo el corazón de la anciana y
sus dos ojos se llenaron de lágrimas, y su floreciente voz se le pegaba. Asió
de la barba a Odiseo y dijo:
«Sin duda eres Odiseo,
hijo mío: no te había reconocido antes de ahora, hasta tocar a todo mi señor.»
Así dijo e hizo señas a
Penélope con los ojos queriendo indicar que su esposo estaba dentro. Pero ésta
no pudo verla, aunque estaba enfrente, ni comprenderla, pues Atenea le había
distraído la atención. Entonces Odiseo acercó sus manos, la asió de la garganta
con la derecha y con la otra la atrajo hacia sí diciendo:
«Nodriza, ¿por qué
quieres perderme? Tú misma me criaste sobre tus pechos. Ya he llegado a la
tierra patria tras sufrir muchas penalidades, a los veinte años. Pero ya que te
has dado cuenta y un dios lo ha puesto en tu interior, calla, no vaya a ser que
se dé cuenta algún otro en el palacio; porque te voy a decir esto y ciertamente
se va a cumplir: si con la ayuda de un dios hiciese sucumbir a los ilustres
pretendientes, no te perdonaré ni a ti, con ser mi nodriza, cuando mate a las
otras esclavas en mi palacio.»
Y le contestó la prudente
Euriclea:
«Hijo mío, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! Sabes que mi ánimo es firme y no domable;
me mantendré como una sólida piedra o como el hierro. Te voy a decir otra cosa
que has de poner en tu interior: si por tu causa un dios hace sucumbir a los
ilustres pretendientes, entonces te hablaré minuciosamenre respecto a las
mujeres del palacio, quiénes te deshonran y quiénes son inocentes.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Nodriza, ¿por qué me las
vas a señalar tú? Yo mismo las observaré y conoceré a cada una, pero mantén en
silencio tus palabras y confía en los dioses.»
Así dijo, y la anciana
marchó a través del mégaron para traer agua de lavar los pies, pues la primera
se había derramado toda. Y después que lo lavó y ungió con espeso aceite, de
nuevo arrastró Odiseo la silla cerca del fuego para calentarse, y ocultó la
cicatriz con los andrajos.
Y la prudente Penélope
comenzó a hablar entre ellos:
«Forastero, sólo esto te
voy a preguntar, poco más, que va a ser pronto la hora de dormir para aquel de
quien el sueño se apodere dulcemente, aun estando afligido. A mí me ha dado un
dios una pena inmensa, pues durante el día, aunque me lamente y gima, me
complace atender a mis labores y las de las esclavas en el palacio, pero luego
que llega la noche y el sueño las invade a todas, yazco en el lecho mientras
agudas angustias inquietan sin cesar mi agitado corazón. Como cuando la hija de
Pandáreo, el amarillo Aedón, canta hermosamente recién entrada la primavera
sobre el tupido follaje de los árboles
cambia a menudo de tono y vierte su voz de múltiples ecos llorando a su
hijo Itilo, hijo del rey Zeto, a quien en otro tiempo mató con el bronce sin
darse cuenta , así también mi ánimo vacila entre permanecer junto a mi hijo y
guardar todo intacto, mis bienes y esclavas y la casa grande de elevada
techumbre, por vergüenza al lecho conyugal y a las habladurías del pueblo, o
seguir a aquel de los aqueos que sea el mejor y me pretenda en el palacio
entregándome innumerables presentes de boda. Porque mientras mi hijo era
todavía pequeño e irreflexivo no me permitía casarme y abandonar la casa de mi
esposo, pero ahora que es mayor y ha llegado al límite de la edad juvenil,
incluso desea que me marche del palacio, indignado por los bienes que le comen
los aqueos.
«Conque, vamos,
interprétame este sueño, escucha: veinte gansos comían en mi casa trigo
remojado con agua y yo me alegraba contemplándolos, pero vino desde el monte
una gran águila de corvo pico y a todos les rompió el cuello y los mató, y
ellos quedaron esparcidos por el palacio, todos juntos, mientras el águila
ascendía hacia el divino éter. Yo lloraba a gritos, aunque era un sueño, y se
reunieron en torno a mí las aqueas de lindas trenzas, mientras me lamentaba
quejumbrosamente de que el águila me hubiera matado a los gansos. Entonces
volvió ésta y se posó sobre la parte superior del palacio y, llamando con voz
humana, dijo: "Cobra ánimos, hija del muy celebrado Icario, que no es un
sueño, sino visión real y feliz que habrá de cumplirse. Los gansos son los
pretendientes y yo antes era el águila, pero ahora he regresado como esposo
tuyo, yo que voy a dar a todos los pretendientes un destino ignominioso."
Así dijo y luego me abandonó el dulce sueño. Cuando miré en derredor vi a los
gansos en el palacio comiendo trigo junto a la gamella en el mismo sitio de
costumbre.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer, no es posible en
modo alguno interpretar el sueño dándole otra intención, después que el mismo
Odiseo te ha manifestado cómo lo va a llevar a cabo. Clara parece la muerte
para los pretendientes, para todos en verdad; ninguno escapará a la muerte y a
las Keres.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Forastero, sin duda se
producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplen para
los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida
con cuerno, la otra con marfil. De éstos, unos llegan a través del bruñido
marfil, los que engañan portando palabras irrealizables; otros llegan a través
de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando
llega a verlos uno de los mortales. Y creo que a mí no me ha llegado de aquí el
terrible sueño, por grato que fuera para mí y para mi hijo.
«Te voy a decir otra cosa
que has de poner en tu interior: esta aurora llegará infausta, pues me va a
alejar de la casa de Odiseo. Voy a establecer un certamen, las hachas de
combate que aquél colocaba en línea recta como si fueran escoras, doce en
total. Él se colocaba muy lejos y hacía pasar el dardo una y otra vez a través
de ellas. Ahora voy a establecer este certamen para los pretendientes y el que
más fácilmente tienda el arco entre sus manos y haga pasar una flecha por todas
las doce hachas, a ése seguiré inmediatamente dejando esta casa legítima, muy
hermosa, llena de riquezas. Creo que algún día me acordaré de ella incluso en
sueños.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Mujer venerable de
Odiseo Laertíada, no difieras por más tiempo ese certamen en tu casa, pues el
muy astuto Odiseo llegará antes de que ellos toquen ese pulido arco, tiendan la
cuerda y atraviesen el hierro con la flecha.»
Y le dijo a su vez la
prudente Penélope:
«Si quisieras deleitarme,
forastero, sentado junto a mí en la sala, no se me vertería el sueño sobre los
párpados, pero no es posible que los hombres estén siempre sin dormir, que los
inmortales han establecido una porción para cada uno de los mortales sobre la
fértil tierra. Así que subiré al piso de arriba y me acostaré en el funesto
lecho, siempre regado por mis lágrimas desde que Odiseo marchó a la maldita
Ilión que no hay que nombrar. Allí me acostaré; tú acuéstate en esta estancia
extendiendo algo por el suelo, o que te pongan una cama.»
Así diciendo, subió al
resplandeciente piso superior; mas no sola, que con ella marchaban también las
otras esclavas.
Y cuando hubo subido al
piso superior con las esclavas, se puso a llorar a Odiseo, su esposo, hasta que
la de ojos brillantes le infundió sueño sobre los párpados, Atenea.
CANTO XX
LA ÚLTIMA CENA DE LOS
PRETENDIENTES
Entonces el divino Odiseo
comenzó a acostarse en el vestíbulo; extendió la piel no curtida de un buey y
sobre ella muchas pieles de ovejas que habían sacrificado los aqueos, y
Eurínome echó sobre él un manto cuando se hubo acostado.
Y mientras Odiseo yacía
allí desvelado, meditando males en su interior contra los pretendientes,
salieron del palacio riendo y chanceando unas con otras las mujeres que solían
acostarse con éstos. El ánimo de Odiseo se conmovía dentro del pecho y lo
meditaba en su mente y en su corazón si se lanzaría detrás y causaría la muerte
a cada una, o si todavía las iba a dejar unirse por última y postrera vez con
los orgullosos pretendientes. Y su corazón le ladraba dentro. Como la perra que
camina alrededor de sus tiernos cachorrillos ladra a un hombre y se lanza a
luchar con él si no lo conoce, así también le ladraba dentro el corazón indignado
por las malas acciones. Y se golpeó el pecho y reprendió a su corazón con estas
razones:
«¡Aguanta, corazón!, que
ya en otra ocasión tuviste que soportar algo más desvergonzado, el día en que
el Cíclope de furia incontenible comía a mis valerosos compañeros. Tú lo
soportaste hasta que, cuandó creías morir, la astucia te sacó de la cueva.»
Así dijo increpando a su
corazón y éste se mantuvo sufridor, pero él se revolvía aquí y allá. Como
cuando un hombre revuelve sobre abundante fuego un vientre lleno de grasa y
sangre, pues desea que se ase deprisa, así se revolvía él a uno y otro lado,
meditando cómo pondría las manos sobre los desvergonzados pretendientes, siendo
él solo contra muchos. Entonces Atenea bajó del cielo y se llegó a su lado semejante en su cuerpo a una mujer y colocándose sobre su cabeza le dijo esta
palabra:
«¿Por qué estás desvelado
todavía, desdichado, más que ningún mortal? Esta es tu casa y tu mujer está en
ella y tu hijo es como cualquiera desearía que fuese su hijo.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Sí, diosa, todo eso lo
dices con razón, pero lo que medita mi espíritu dentro del pecho es cómo
pondría mis manos sobre los desvergonzados pretendientes solo como estoy,
mientras que ellos están siempre dentro en grupo. También medito esto dentro
del pecho, lo más importante: si lograra matarlos por la voluntad de Zeus y de
ti misma, ¿a dónde podría refugiarme? Esto es lo que te invito a considerar.»
Y a su vez le dijo la
diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Desdichado, cualquiera
suele seguir el consejo de un compañero peor, aunque éste sea mortal y no
conciba muchas ideas, pero yo soy una diosa, la que constantemente te protege
en tus dificultades. Te voy a hablar claramente: aunque nos rodearan cincuenta
compañías de hombres de voz articulada, deseosos de matar por causa de Ares,
incluso a éstos podrías arrebatarles los bueyes y las pingües ovejas. Conque
procura coger el sueño; es locura mantenerse en vela y vigilar durante toda la
noche cuando ya vas a salir de tus desgracias.» ,
Así diciendo, le vertió
sueño sobre los párpados y se volvió al Olimpo la divina entre las diosas.
Cuando ya comenzaba a
vencerlo el sueño, el que desata las preocupaciones del espíritu y afloja los
miembros, despertó su fiel esposa y rompió a llorar sentada en el blando lecho.
Y luego que se hubo saciado de llorar la divina entre las mujeres, suplicó en
primer lugar a Artemis:
«Artemis, diosa soberana
hija de Zeus, ¡ojalá me quitaras la vida ahora mismo arrojando a mi pecho una
flecha, o que me arrebatara un huracán y me llevara sobre los brumosos caminos
arrojándome en la desembocadura del refluente Océano como cuando los huracanes se llevaron a las
hijas de Pandáreo!. Los dioses aniquilaron a sus padres y ellas quedaron
huérfanas en el palacio, pero la divina Afrodita las alimentó con queso y dulce
miel y con delicioso vino; Hera les otorgó una belleza y prudencia superior a
todas las mujeres; la casta Artemis les concedió gran estatura, y Atenea les
enseñó a realizar labores brillantes. Un día que Afrodita había subido al
elevado Olimpo a fin de pedir para ellas el cumplimiento de un floreciente
matrimonio a Zeus, que goza con el rayo (pues éste conoce todo, tanto la suerte
como el infortunio de los mortales hombres), las Harpías arrebataron a las
doncellas y se las entregaron a las odiosas Erinias para que fueran sus
criadas. ¡Así me mataran los que poseen mansiones en el Olimpo, o me alcanzara
con sus flechas Artemis, de lindas trenzas, para hundirme en la odiosa tierra y
ver a Odiseo y no tener que satisfacer los designios de un hombre inferior a
él! Que la desgracia es soportable cuando uno pasa los días llorando,
acongojado en su corazón, si por la noche se apodera de él el sueño (pues éste
hace olvidar lo bueno y lo malo cuando cubre los párpados), pero a mí la
divinidad incluso me envía malos sueños, pues esta noche ha vuelto a dormir a
mi lado un hombre igual a como era Odiseo cuando marchó con el ejército. Con
que mi corazón se llenó de alegría, pues no creía que era un sueño, sino
realidad.»
Así dijo, y enseguida
llegó Eos, de trono de oro. Mientras aquélla lloraba, escuchó su voz el divino
Odiseo y, meditando después, se le hacía que ella ya le había reconocido y
puesto a su cabecera. Así que recogió el manto y las pieles en que se había
acostado y las puso sobre una silla dentro del mégaron, pero la piel de buey se
la llevó afuera. Y suplicó a Zeus, levantando sus manos:
«Zeus padre, si por
vuestra voluntad me habéis traído a mi patria sobre lo seco y lo húmedo,
después de llenarme de males en exceso, que cualquiera de los hombres que se
despiertan dentro muestre un presagio, y que fuera se muestre otro prodigio de
Zeus.»
Así dijo suplicando y le
escuchó Zeus, el que ve a lo ancho. Al punto tronó desde el resplandeciente Olimpo,
desde lo alto de las nubes, y se alegró el divino Odiseo. El presagio lo envió
una molinera desde la casa, cerca de donde el pastor de su pueblo tenía las
muelas en las que se afanaban doce mujeres en total, fabricando harina de
cebada y trigo, médula de los hombres. Las demás mujeres dormían ya, una vez
que hubieron molido su trigo pero esta, que era la más débil, todavía no había
terminado. Entonces se puso en pie y dijo su palabra, señal para su amo:
«Zeus padre, que reinas
sobre dioses y hombres, has tronado fuertemente desde el cielo estrellado y en ninguna parte hay nubes . Como señal,
sin duda, se lo muestras a alguien. Cúmpleme ahora también a mí, desdichada, la
palabra que voy a decirte: que los pretendientes tomen su agradable comida hoy
por última y postrera vez en el palacio de Odiseo. Ellos son quienes con el
cansado trabajo han hecho flaquear mis rodillas mientras fabricaba harina; que
cenen ahora por última vez.»
Así dijo, y se alegró con
el presagio el divino Odiseo y con el trueno de Zeus, pues pensaba que
castigaría a los culpables.
Entonces se congregaron
las esclavas en el hermoso palacio de Odiseo y encendían en el hogar el
infatigable fuego. Telémaco se levantó del lecho, mortal igual a un dios,
después de vestir sus vestidos, se echó a los hombros la aguda espada, ató a
sus relucientes pies hermosas sandalias y, asiendo la fuerte lanza de punta de
bronce, se puso sobre el umbral y dijo a Euriclea:
«Tata, ¿habéis honrado al
huésped con lecho y comida, o yace descuidado?; pues así es mi madre, aun
siendo prudente: honra inconsideradamente al peor de los hombres de voz
articulada y, en cambio, al mejor lo despide sin haberlo honrado.»
Y a su vez le dijo la
prudente Euriclea:
«Hijo, no vayas ahora a
culpar a la inocente, pues mientras él quiso bebió vino y de comida aseguró que
ya no le apetecía más, que ella se lo preguntaba. Cuando, finalmente, se acordó
del lecho y del sueño, tu madre ordenó a las esclavas preparárselo, pero él no
quiso dormir en lecho y colchas, sino en el vestíbulo sobre una piel no curtida
de buey y pieles de ovejas, como alguien completamente mísero y desventurado. Y
nosotras le cubrimos con un manto.»
Así dijo; Telémaco salió
del mégaron sosteniendo la lanza a su
lado marchaban dos veloces lebreles , y echó a caminar hacia el ágora junto a
los aqueos de hermosas grebas.
Entonces la divina entre
las mujeres, Euriclea, hija de Ope Pisenórida, comenzó a dar órdenes a las
mujeres:
«Vamos, unas barred
diligentes y regad el palacio, y colocad en las labradas sillas tapetes
purpúreos; otras fregad con esponjas todas las mesas y limpiad las cráteras y
las labradas copas de doble asa; y otras marchad por agua a la fuente y volved
enseguida con ella, pues los pretendientes no estarán mucho tiempo lejos del
palacio, sino que volverán temprano, que hoy es para todos día de fiesta».
Así dijo, y ellas la
escucharon y obedecieron. Unas veinte marcharon hacia la fuente de aguas
profundas y otras trabajaban habilidosamente allí mismo, en la casa.
En esto entraron los nobles
sirvientes, quienes luego cortaron leña bien y con habilidad. Las mujeres
volvieron de la fuente y detrás llegó el porquero conduciendo tres cerdos los mejores entre todos ; los dejó paciendo
en el hermoso cercado y se dirigió a Odiseo con dulces palabras:
«Forastero ¿te ven mejor
los aqueos ahora, o te siguen ultrajando en el palacio, como antes?»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo,
castigaran ya los dioses el ultraje que éstos infieren con insolencia
ejecutando acciones inicuas en casa extraña y sin tener ni parte de vergüenza!»
Esto es lo que se decían
uno a otro cuando se les acertó Melantio, e1 cabrero, conduciendo junto con dos
pastores las cabras que sobresalían entre todo el rebaño para festín de los
pretendientes; las ató bajo el sonoro pórtico y se dirigió a Odiseo con
mordaces palabras:
«Forastero, ¿vas a seguir
importunando en el palacio pidiendo limosna a los hombres?; ¿es que no vas a
salir fuera? Creo que no nos vamos a separar sin que pruebes mis brazos, pues
tú no pides como se debe. También hay otros convites entre los aqueos.»
Así dijo, péro a éste no
le contestó el muy astuto Odiseo, sino que movió la cabeza en silencio,
meditando males. Después de éstos llegó tercero Filetio el caudillo de hombres,
llevando una vaca no paridera y pingues cabras para los pretendientes (los
habían pasado los barqueros, quienes también transportan a los demás hombres, a
cualquiera que les llegue): las ató bajo el sonoro pórtico e interrogaba al
porquero poniéndose a su lado:
«Porquero, ¿quién es este
forastero recién llegado a nuestra casa?, ¿de qué hombres se precia de ser?,
¿dónde están su familia y su tierra patria? ¡Infeliz!, desde luego parece por
su cuerpo un rey soberano. En verdad los dioses abruman con desgracia a los
hombres que vagan mucho, cuando incluso a los reyes otorgan infortunio.»
Así dijo y poniéndose a
su lado le saludó con la diestra y, hablándole, dijo aladas palabras:
«Bienvenido, padre
huésped, ¡ojalá tengas felicidad en el futuro, que lo que es ahora estás sujeto
por numerosos males! Padre Zeus, ningún otro de los dioses es más cruel que tú;
una vez que crea a los hombres no los compadece de que caigan en el infortunio
y los tristes dolores. ¡Cosa singular!, según lo vi los ojos me lloraban, pues
me acordé de Odiseo; que también aquél, creo yo, vaga entre los hombres con
tales andrajos, si es que de alguna manera vive aún y ve la luz del sol. Porque
si ya está muerto y en las mansiones de Hades... ¡ay de mí, irreprochable
Odiseo, el que me puso al frente de las vacas, siendo niño aún en el país de
los cefalenios! Ahora éstas son innumerables; de ninguna manera le podría
crecer más a un hombre la raza de vacunos de anchas frentes. Pero otros me
ordenan traerlas para comérselas ellos y no se cuidan de su hijo en el palacio
ni temen la venganza de los dioses, pues desean ya repartirse las posesiones
del señor, largo tiempo ausente. Y mi corazón revuelve esto dentro del pecho:
es cosa mala marchar mientras vive su hijo al pueblo de otros, emigrando con estas
vacas hacia hombres de un país extraño, pero todavía lo es más quedarme aquí
guardando las vacas para otros y soportar tristezas. Hace tiempo me habría
marchado huyendo junto a otros reyes poderosos, pues esto ya es insoportable,
pero aún espero que ese desdichado vuelva de algún sitio y haga dispersarse a
los pretendientes en el palacio.»
Y le respondió y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Boyero, puesto que no
pareces cobarde ni insensato sé bien que
la prudencia te ha llegado a la mente , te diré y juraré un gran juramento:
¡sea testigo Zeus antes que los demás dioses y la hospítalaria mesa y el Hogar
de Odiseo al que he llegado!; mientras estés tú mismo aquí dentro, vendrá a
casa Odiseo y con tus ojos podrás ver muertos, si quieres, a los pretendientes
que aquí mandan.»
Y el boyero le dijo:
«Forastero, ¡ojalá el
Cronida cumpliera de verdad esta tu palabra! Conocerías entonces cuál es mi
fuerza y qué brazos me acompañan.»
También Eumeo suplicaba a
todos los dioses que el prudente Odiseo volviera a casa. Y esto es lo que se
decían uno al otro.
Entre tanto los
pretendientes preparaban la muerte contra Telémaco. Se les acercó por el lado
izquierdo un pájaro, el águila que vuela alto, reteniendo a una temblorosa
paloma, y Anfínomo comenzó a hablar entre ellos y dijo:
«Amigos, no nos saldrá
bien la decisión de dar muerte a Telémaco, conque pensemos en la comida.»
Así dijo Anfínomo y a
ellos les agradó su palabra. Entraron en el palacio del divino Odiseo, pusieron
sus mantos sobre siIlas y sillones y comenzaron a sacrificar grandes ovejas y
pingües cabras, así como gordos cerdos y una vaca del rebaño. Luego asaron las
entrañas, las repartieron, mezclaron el vino en las cráteras y el porquero
distribuía las copas; Filetio, caudiIlo de hombres, les distribuía el pan en
hermosos canastos y Melantio vertía el vino. Y ellos echaron mano de los
alimentos que tenían delante.
Telémaco, pensando
astutamente, hizo sentar a Odiseo dentro del bien construido palacio, junto al
umbral de piedra, le puso una pobre silla y una mesa pequeña y le colocaba
parte de las asaduras y le vertía vino en copa de oro. Y le dijo estas
palabras:
«Siéntate aquí con los
hombres y bebe vino; yo mismo te libraré de las injurias y de las manos de
todos los pretendientes, pues esta casa no es del pueblo, sino de Odiseo, y la
adquirió para mí. En cuanto a vosotros, pretendientes, contened vuestras manos
para que nadie suscite disputa ni altercado.»
Así habló; todos ellos
clavaron los dientes en sus labios y admiraban a Telémaco, porque había hablado
audazmente. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:
«Por más dura que sea,
aceptemos, aqueos, la palabra de Telémaco quien mucho nos ha amenazado. No lo
quiso Zeus Cronida, si no ya le habríamos parado los pies en el palacio, aunque
sea sonoro hablador.»
Así dijo Anfínomo, pero
Telémaco no hizo caso de sus palabras.
Los heraldos iban
conduciendo a través de la ciudad la sagrada hecatombe de los dioses, mientras
los melenudos aqueos se congregaban bajo el sombrío bosque de Apolo, el que
hiere de lejos. Y después que hubieron asado la carne de las partes externas,
las retiraron, repartieron y celebraban un gran banquete. Y los que servían
pusieron junto a Odiseo una porción igual a las que había tocado en suerte a
ellos; así lo había ordenado Telémaco, el hijo del divino Odiseo.
Y Atenea no dejaba que
los arrogantes pretendientes contuvieran del todo los escarnios que laceran el
corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo
Laertíada. Había entre los pretendientes un hombre de pensamientos impíos.
Ctesipo era su nombre y en Same habitaba su casa. Éste pretendía a la esposa de
Odiseo, largo tiempo ausente, confiado en sus muchas posesiones. Y decía
entonces a los soberbios pretendientes:
«Escuchadme, ilustres
pretendientes, lo que voy a deciros. El forastero tiene una parte igual, como
es razonable, pues no es decoroso ni justo privar del festín a los huéspedes de
Telémaco, cualquiera que llegue a este palacio. Pero también yo voy a darle un
regalo de hospitalidad para que él mismo se lo entregue al bañero o a otro de
los esclavos que habitan el palacio del divino Odiseo.»
Así diciendo, cogió de
una bandeja una pata de buey y se la arrojó con robusta mano. Odiseo inclinó la
cabeza ligeramente, la esquivó y sonrió en su ánimo con sonrisa sardónica. La
pata dio en el bien construido muro y Telémaco reprendió a Ctesipo con su
palabra:
«Ctesipo, lo mejor para
tu vida ha sido no alcanzar al forastero, pues él ha evitado el golpe; en caso
contrario, yo te habría alcanzado de lleno con la agúda lanza, y en vez de
boda, tu padre se habría cuidado de tu funeral. Por esto, que ninguno muestre
sus insolencias en mi casa, pues ya comprendo y sé cada cosa, las buenas y las
malas. Hace poco aún era niño y toleraba, aun viéndolo, el degüello de ovejas
así como el vino que se bebía y la comida, pues es difícil que uno solo
contenga a muchos. Conque, vamos, no me causéis ya más daños como si fuerais
enemigos, aunque si me queréis matar con el bronce, sería mejor morir que ver
continuamente estas obras inicuas: a los huéspedes maltratados y a las esclavas
indignamente forzadas en mi hermoso palacio.»
Así dijo y todos ellos
enmudecieron en el silencio. Y más tarde dijo Agelao Damastórida:.
«Amigos. ninguno vaya a
irritarse contestando con razones contrarias a lo dicho con justicia. No
maltratéis al forastero ni a ningún otro de los esclavos que hay en la casa de
Odiseo, aunque yo diría una palabra dulce a Telémaco y a su madre, si ésta
fuera agradable a su corazón: mientras vuestro ánimo confiaba en que regresaría
a casa el prudente Odiseo, no os indignabais porque permanecieran los
pretendientes ni por retenerlos en la casa; incluso habría sido lo mejor si
Odiseo hubiese regresado a casa. Pero ya es evidente que no ha de volver de
ningún modo; conque, vamos, siéntate junto a tu madre y dile que case con quien
sea el mejor y le entregue más cosas, para que tú sigas poseyendo con alegría
todo lo de tu padre, comiendo y bebiendo, y ella cuide la casa de otro.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«¡No, por Zeus, Agelao, y
por las tristezas de mi padre quien puede que haya muerto o ande errante lejos
de Itaca! De ninguna manera trato de retrasar el casamiento de mi madre; por el
contrario, la exhorto a casarse con el que quiera e incluso le doy regalos
innumerables. Pero me avergüenzo de arrojarla del palacio contra su voluntad,
con palabra forzosa. ¡No permita la divinidad que esto suceda!»
Así dijo Telémaco, y
Palas Atenea levantó una risa inextinguible entre los pretendientes y les trastornó
la razón. Reían con mandíbulás ajenas y comían carne sanguinolenta; sus ojos se
llenaban de lágrimas y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces les habló
Teoclímeno, semejante a un dios:
«¡Ah, desdichados!, ¿qué mal es éste que
padecéis? En noche están envueltas vuestras cabezas y rostros y de vuestras
rodillas abajo. Se enciende el gemido y vuestras mejillas están llenas de
lágrimas. Con sangre están rociados los muros y los hermosos intercolumnios y
de fantasmas lleno el vestíbulo y lleno está el patio de los que marchan a
Erebo bajo la oscuridad. El sol ha desaparecido del cielo y se ha extendido
funesta niebla.»
Así dijo, y todos se
rieron de él dulcemente. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar entre
ellos:
«Está loco el forastero
recién llegado de tierra extraña. Vamos, jóvenes, llevadlo rápidamente fuera de
la casa; que marche al ágora, ya que piensa que aquí es de noche.»
Y le contestó Teoclímeno,
semejante a un dios:
«Eurímaco, no to he
pedido que me des acompañamiento, que tengo ojos, oídos y ambos pies y una
razón bien construida en mi pecho, en absoluto incongruente. Con éstos me voy
afuera, pues veo claro que la destrucción se os acerca, de la que no va a poder
huir ninguno de los pretendientes, los que en la casa de Odiseo, semejante a un
dios, insultáis a los hombres y ejecutáis acciones inicuas.»
Así diciendo salió del
palacio, agradable vivienda, y marchó a casa de Pireo, quien lo recibió
benévolo. Y los pretendientes se miraban unos a otros e irritaban a Telémaco,
burlándose de sus huéspedes. Así decía uno de los arrogantes jóvenes:
«Telémaco, nadie es más
desafortunado con los huéspedes que tú. Tienes uno como ese mendigo vagabundo
necesitado de comida y vino, en absoluto conocedor de hazañas ni de vigor, sino
un peso muerto de la tierra, y ese otro que se levantó a vaticinar; si me
hicieras caso, lo mejor sería que metiéramos a los forasteros en una nave de
muchos bancos y los enviáramos a Sicilia, donde te darían un precio
conveniente.»
Así dijeron los
pretendientes, pero Telémaco no hacía caso de sus palabras, sino que miraba a
su padre en silencio, aguardando siempre cuándo pondría las manos sobre los
desvergonzados pretendientes.
Y la hermosa hija de
Icario, la prudence Penélope, poniendo su sillón enfrente escuchaba las
palabras de cada uno de los hombres en el palacio. Así es como se prepararon,
entre risas, un almuerzo dulce y agradable, pues habían sacrificado en
abundancia. Pero ninguna otra cena podría ser más desgraciada como la que iban
a prepararles más tarde la diosa y el fuerte hombre, pues ellos fueron los
primeros en ejecutar acciones indignas.
CANTO XXI
EL CERTAMEN DEL ARCO
Entonces Atenea, la diosa
de ojos brillantes, inspiró en la mente de la hija de Icario, la prudente
Penélope, que dispusiera el arco y el ceniciento hierro en el palacio de Odiseo
para los pretendientes, como competición y para comienzo de la matanza. Subió a
la alta escalera de su casa y tomando en su vigorosa mano una bien curvada
llave, hermosa, de bronce y con mango de marfil, echó a andar con sus esclavas
hacia la última habitación donde se hallaban los objetos preciosos del
señor bronce, oro y labrado hierro. Allí
estaba también el flexible arco y el carcaj de las flechas con muchos y dolorosos
dardos que le había dado como regalo un huésped, Ifito Eurítida, semejante a
los inmortales, cuando lo encontró en Lacedemonia. Se encontraron los dos en
Mesenia, en casa del prudente Ortíloco. Odiseo había ido por una deuda que le
debía todo el pueblo: en efecto, unos mesenios se le habían llevado de Itaca
trescientas ovejas, con sus pastores, en naves de muchos bancos. A causa de
éstas, Odiseo caminó mucho camino seguido, aunque era joven, pues le habían
mandado su padre y otros ancianos. Ifito, por su parte, buscaba unos animales que
le habían desaparecido, doce yeguas y mulos pacientes en el trabajo. Éstas
serían después muérte y destrucción para él, cuando llegó junto al hijo de Zeus
de ánimo esforzado, junto al mortal Heracles concebidor de grandes empresas,
quien, aun siendo su huésped, lo mató en su casa. ¡Desdichado!, no temió la
venganza de los dioses ni respetó la mesa que le había puesto; y, después de
matarlo, retuvo a las yeguas de fuertes pezuñas en el palacio. Cuando buscaba a
éstas, se encontró con Odiseo y le dio el arco que usaba el gran Eurito y que
había legado a su hijo al morir en su elevado palacio.
Odiseo, por su parte, le
entregó aguda espada y fuerte lanza como inicio de una afectuosa amistad, pero
no llegaron a sentarse uno a la mesa del otro, pues antes el hijo de Zeus mató
a Ifito Eurítida, semejante a los inmortales, quien había dado el arco a
Odiseo. Éste lo llevaba en su patria, pero no lo tornó al marchar al combate
sobre las negras naves, sino que estaba en el palacio como recuerdo de su
huésped.
Cuando hubo llegado a la
habitación la divina entre las mujeres y puso el pie sobre el umbral de roble
(en otro tiempo lo había pulido sabiamente el artífice, había enderezado con la
plomada y levantado las jambas colocando sobre ella las resplandecientes puertas)
desató la correa del tirador, introdujo la llave apuntando de frente y corrió
los cerrojos de las puertas. Éstas resonarón como el toro que pace en la
pradera ¡tanto resonó la hermosa puerta
empujada por la llave! y se le abrieron
inmediatamente. Luego ascendió a la hermosa tarima donde estaban las arcas en
que yacían los perfumados vestidos. Extendió el brazo, tomó del clavo el arco
con su misma funda, el cual resplandecía, y sentada con él sobre sus rodillas,
rompió a llorar ruidosamente sin soltar el arco del rey. Luego que se hubo
saciado del gemido de muchas lágrimas, echó a andar hacia el mégaron en busca
de los ilustres pretendientes con el flexible arco entre sus manos y la aljaba
portadora de dardos con muchas y dolorosas saetas; y junto a ella las siervas
llevaban un arcón en que había mucho hierro y bronce, ¡los trofeos de un
soberano como él!
Cuando llegó a los
pretendientes, se detuvo junto a una columna del techo, sólidamente construido,
sosteniendo un grueso velo ante sus mejillas; y a uno y a otro lado de ella
estaba en pie una fiel doncella.
Al punto se dirigió a los
pretendientes y dijo:
«Escuchadme, ilustres
pretendientes que hacéis uso de esta casa para comer y beber sin cesar un
instante, la de un hombre que lleva ausente largo tiempo. Ningún otro pretexto
podéis poner sino que estáis deseosos de casaros conmigo y tomarme por mujer.
Conque, vamos, pretendientes, esto es lo que se os muestra como certamen:
colocaré el gran arco del divino Odiseo y aquel que lo tense más fácilmente y
haga pasar el dardo por las doce hachas, a éste seguiré inmediatamente
abandonando esta casa querida, muy hermosa, llena de riqueza, de la que un día,
creo, me acordaré incluso en sueños.»
Así dijo y ordenó a
Eumeo, el divino porquero, que ofreciera a los pretendientes el arco y el
ceniciento hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y al otro
lado lloraba el boyero cuando vio el arco del soberano. Y Antínoo les increpó,
les habló y llamó por su nombre:
«Necios campesinos, que
sólo pensáis en las cosas del día; cobardes, ¿por qué derramáis lágrimas y
conmovéis el ánimo de esta mujer? Dolorida está ya por otras razones, desde que
perdió a su esposo. Conque, vamos, sentaos a comer en silencio o marchaos
afuera a llorar y dejad ahí mismo el arco, certamen inofensivo para los
pretendientes. No creo que se tense fácilmente este bien pulido arco, pues no
hay entre todos éstos un hombre como era Odiseo. Le vi me acuerdo
siendo yo niño pequeño.»
Así dijo, y es que en su
interior esperaba tensar el arco y hacer pasar la flecha por el hierro. Pero en
verdad el irreprochable Odiseo, a quien entonces deshonraba en el palacio
incitaba a sus compañeros , iba a darle a probar, antes que a nadie, el dardo
despedido de sus manos.
Y entre ellos habló la sagrada
fuerza de Telémaco:
«No, no me ha hecho muy
prudente Zeus, el hijo de Crono; mi madre, prudente como es, me dice que va a
seguir a otro dejando esta casa y yo me río y alegro con ánimo insensato.
Conque apresuraos, pretendientes, que esta competición os la gane una mujer
cual no hay ya en la tierra aquea ni en la sagrada Pilos ni en Argos ni en
Micenas ni en la misma Itaca ni en el oscuro continente. Pero también vosotros
lo sabéis, ¿qué necesidad tengo de alabar a mi madre? Así que, vamos, no lo retraséis
con pretextos ni esperéis más tiempo a tender el arco para que os veamos.
También yo probaré este arco y, si logro tenderlo y traspasar el hierro con la
flecha, no dejaría, para dolor mío, esta casa mi venerable madre por seguir a
otro, ni me quedaría yo atrás cuando soy capaz de llevarme el hermoso trofeo de
mi padre.»
Así dijo, y quitándose el
manto purpúreo de los hombros, se puso en pie y descolgó de su hombro la aguda
espada. En primer lugar colocó las hachas abriendo para todas un largo surco,
las alineó a cuerda y puso tierra alrededor.
El asombro se apoderó de
todos los que veían cuán ordenadamente las había colocado nunca antes lo habían visto. Entonces fue a
ponerse sobre el umbral y probar el arco. Tres veces lo movió deseando tenderlo
y tres veces desistió de su ímpetu esperando en su interior tender la cuerda y
atravesar el hierro con una flecha. Y quizá lo habría tendido, tirando con
fuerza por cuarta vez, pero Odiseo le hizo señas de que no, aunque mucho lo
deseaba. Y habló de nuevo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:
«¡Ay, ay, creo que voy a
ser en adelante cobarde y débil!, o quizá es que soy demasiado joven y no puedo
confiar en mis brazos para rechazar a un hombre cuando alguien me ataca
primero. Pero, vamos; vosotros que sois superiores a mi en fuerzas, probad el
arco y acabemos el certamen.»
Así diciendo, dejó el
arco en él suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas
puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla y volvió a sentarse en la
silla de donde se había levantado. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de
Eupites:
«Compañeros, levantaos
todos, uno tras otro, comenzando por la derecha del lugar donde se escancia el
vino.»
Así dijo Antínoo, y les
agradó su palabra.
Levantóse el primero
Leodes, hijo de Enopo, el cual era su arúspice y se sentaba junto a una hermosa
crátera, siempre en el rincón más escondido; sólo a él eran odiosas las
iniquidades y estaba indignado contra todos los pretendientes. Entonces fue el
primero en tomar el arco y el agudo dardo y marchó a ponerse sobre el umbral.
Probó el arco y no pudo tenderlo, pues antes se cansó de tirar hacia atrás con
sus blandas, no encallecidas manos. Y dijo entre los pretendientes:
«Amigos, yo no puedo
tenderlo, que ló coja otro. Este arco privará de la vida y del alma a muchos
nobles. Aunque es preferible morir que no conseguir aquello por lo que estamos
reunidos siempre aquí, esperando todos los días. Ahora cualquiera espera y
desea en su ánimo casarse con Penélope, la esposa de Odiseo, pero una vez que
pruebe el arco y lo vea, que pretenda, buscando con regalos de boda, a alguna
otra de las aqueas de hermoso peplo, y aquélla rápidamente se casará con quien
más cosas le regale y le venga designado por el destino.»
Así diciendo, dejó el
arco en el suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas
puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla, y volvió a sentarse en
la silla de donde se había levantado.
Entonces le increpó
Antínoo, le habló y le llamó por su nombre:
«Leodes, ¡qué palabra
terrible e inaguantable me he irritado
al escucharla ha escapado del cerco de
tus dientes!; que este arco privará a los pretendientes de la vida y el alma
porque tú no puedes tenderlo. No, sólo a ti no te parió tu venerable madre para
ser tirador de arco y flechas, pero otros ilustres pretendientes lo tenderán
enseguida.»
Así dijo y ordenó a
Melantio el cabrero:
«Apresúrate a encender
fuego en el palacio, Melantio, y coloca al lado un sillón grande con pieles
encima; y trae un gran pan de sebo que hay dentro para que calentemos el arco,
lo untemos con grasa y lo probemos, para terminar de una vez el certamen.»
Así dijo; Melantio
encendió enseguida un fuego infatigable, acercóle un sillón, con pieles encima
y llevó un gran pan de sebo que había dentro. Los jóvenes calentaron el arco y
trataron de tenderlo, pero no podian., pues estaban muy faltos de fuerzas. Pero
todavía Antínoo estaba a la expectativa y Eurímaco semejante a un diós, jefes
de los pretendientes y señaladamente los mejores por su valor. Habían salido
del palacio, en mutua compañía, el boyero y el porquero del divino Odiseo. Y
les siguió él mismo, el divino Odiseo, desde la casa; y cuando ya estaban fuera
de las puertas y del patio les habló con suaves palabras:
«Boyero y tú, porquero,
Les diré alguna palabra o mejor la mantendré oculta? El ánimo me ordena
decirla. ¿Como seríais para defender a Odiseo si llegara de alguna parte, así
de repente, y alguna divinidad lo enviara? ¿Defenderíais a los pretendientes o
a Odiseo? Contestad como el corazón y el ánimo os lo ordenen.»
Y el boyero dijo:
«Zeus padre, ¡ojalá
cumplieras este deseo mío de que llegue aquel hombre conducido por alguna
divinidad! Conocerías cuál es mi fuerza y qué brazos me acompañan.»
Eumeo suplicaba a todos
los dioses de la misma manera que regresara a casa el prudente Odiseo.
Y una vez que éste
conoció su verdadero pensamiento, de nuevo les contestó con sus palabras y
dijo:
«Ya está él dentro; soy
yo mismo, que después de pasar muchas calamidades he llegado a los veinte años
a la tierra patria. También me doy cuenta que sólo vosotros dos entre los
esclavos deseabais mi llegada, que de los otros, a ninguno he oído que
suplicara para que yo regresara a casa. Así que a vosotros dos os diré la verdad
de lo que va a suceder: si por mi mano la divinidad hace sucumbir a los
ilustres pretendientes, os daré a ambos esposa y posesiones, y casas edificadas
cerca de la mía; y seréis, además, compañeros y hermanos de mi Telémaco.
Vamos, os voy a mostrar
otra señal manifiesfa para que me reconozcáis bien y confiéis en vuestro ánimo,
la cicatriz que en otro tiempo me infirió un jabalí con su blanco colmillo,
cuando marché al Parnaso con los hijos de Autólico.»
Así diciendo, apartó los
andrajos de la gran cicatriz y luego que éstos la vieron y examinaron bien cada
parte rompieron en llanto, echaron los brazos alrededor del prudente Odiseo y
le besaban y acariciaban la cabeza y los hombros. También él besaba sus cabezas
y manos y se les habría puesto la luz del sol mientras lloraban, si no los
hubieran calmado y hablado Odiseo mismo:
«Contened el llanto y el
gemido, no sea que alguien os vea si sale del pálacio y vaya adentro a decirlo.
Entrad uno tras otro, no juntos; primero yo y después vosotros. La señal será
la siguiente: todos los demás, cuantos son ilustres pretendientes no dejarán
que me sean entregados el arco y el carcaj, pero tú, divino Eumeo, llévalo a
través de la habitación para ponerlo en mi mano y di a las mujeres que cierren
las puertas del palacio ajustándolas fuertemente. En el caso de que alguna oiga
gemido o golpe de hombres entre nuestras paredes que no acuda a la puerta, que
se quede en silenció junto a su labor. En cuanto a ti, divino Filetio, te
encargo cerrar con llave las puertas del patio y poner enseguida una cadena.»
Así diciendo, entró en la
bien construida casa y se fue a sentar en la silla de donde se había levantado;
y después entraron los dos siervos del divino Odiseo.
Eurímaco ya estaba
moviendo el arco con las manos hacia uno y otro lado, calentándolo con el
brillo del fuego, pero ni aun así podía tenderlo y se afligía grandemente en su
noble corazón. Así que suspiró, dijo su palabra, habló y llamó por su nombre:
«¡Ay, ay, en verdad
siento pesar por mí mismo y por todos! Y no es que me lamente tanto por la
boda, aunque me duela pues hay muchas
otras aqueas, unas en la misma Itaca rodeada de mar y otras en las restantes
ciudades , como porque seamos tan débiles de fuerza comparados con el divino
Odiseo, que no podemos tender el arco. ¡Será una vergüenza que se enteren los
venideros!»
Y Antínoo, hijo de
Eupites, se dirigió luego a él:
«Eurímaco, nó será
así y lo sabes también tú . Ahora se
celebra en el pueblo la sagrada fiesta
del dios. ¿Quién podría tender el arco? Dejadle tranquilamente en el suelo y
las hachas de dóble filo dejémoslas ahí puestas, pues no creo que se las lleve
nadie que venga al palacio de Odiséo Laertíada. Con que vamos, que el cópero
haga una primera ofrenda, por orden, en las copas para que una vez realizada
dejemos el curvado arco. Ordenad a Melantió que traiga cabras al amanecer, las
que sobresalgan entre todas, para que probemos el arco y terminemos el certamen
de una vez, después de ofrecer muslos a Apolo, famoso por su arco.»
Así dijo Antínoo, y les
agradó su palabra. Así que los heraldos vertieron agua sobre sus manos y unos
jóvenes coronaban con vino las cráteras y lo distribuyeron entre todos haciendo
una primera ofrenda en las copas. Y después que hubieron hecho libación y
bebido cuanto quiso su apetito, les dijo meditando engaños el muy astuto
Odiseo:
«Escuchadme,
pretendientes de la ilustre reina, mientras os digo lo que el corazón me ordena
dentro del pecho. Me dirijo principalmente a Eurímaco y Antínoo, semejante a un
dios, puésto que él ha dicho oportunamente qué dejéis ahora el arco y os
volváis a los dioses, que al amanecer la divinidad dará fuerzas al que
quisiere. Vamos, dadme el pulimentado arco para que pueda probar con vosotros
mi fuerza y mis brazos, para ver si tengo todavía el vigor cual antes tenía en
mis flexibles miembros, o ya me lo han destruido la vida errante y la falta de
cuidados.»
Así dijo, y todos ellos
se indignaron sobremanera temiendo que lograse tender el pulido arco.
Entonces Antínoo le
increpó y llamó por su nombre:
«¡Ah, miserable entre los
forasteros, no tienes ni el más mínimo seso! ¿No te contentas con participar
tranquilamente del festín con nosotros, los poderosos, y que no se te prive de
nada del banquete, e incluso escuchar nuestras palabras y conversación? Ningún
otro forastero ni mendigo escucha nuestras palabras. Te trastorna el vino,
dulce como la miel, el que daña a quien lo arrebata con avidez y no lo bebe
comedidamente. El vino perdió también al ilustre centauro Euritión en el
palacio del muy noble Pirítoo cuando marchó al país de los Lapitas. Cuando
había dañado su mente con el vino, cometió enloquecido acciones indignas en la
casa de Pirítoo, pero la indignación se apoderó de los héroes y se arrojaron
sobre él, lo arrastraron afuera a través del vestíbulo y le cortaron orejas y
nariz con cruel bronce. Y él, dañado en su mente, se marchó soportando su
desgracia con ánimo demente. Por esto se produjo la contienda entre hombres y
Centauros, y aquél fue el primero que encontró el mal para sí mismo por haberse
cargado de vino.
«También a ti te anuncio
una gran desgracia si tiendes el arco, pues no encontrarás afabilidad en
nuestro pueblo y te enviaremos en negra nave al rey Equeto, azote de todos los
mortales, y de allí no podrás escapar a salvo. Así que bebe tranquito y no
trates de rivalizar con hombres más jóvenes»
Y la prudente Penélope se
dirigió luego a él:
«Antínoo, no es decoroso
ni justo ultrajar a los huéspedes de Telémaco, cualquiera que llegue a este
palacio. ¿Crees que si el huésped lograra tender el arco, confiado en sus manos
y fuerza, me llevaría a casa y haría su esposa? Ni siquiera él mismo alberga en
su pecho tal esperanza. Que ninguno de vosotros coma con corazón acongojado por
causa de éste, pues no parece cosa en modo alguno razonable.»
Y Eurímaco, hijo de
Pólibo, le contestó:
«Hija de Icario, prudente
Penélope, no creemos que éste te vaya a llevar, ni parece razonable, pero nos
llenan de vergüenza las murmuraciones de hombres y mujeres, no sea que alguna
vez el peor de los aqueos pueda decir: "En vérdad son hombres muy
inferiores los que pretenden a la esposa de un hombre irreprochable, pues no
son capaces de tender el pulido arco; en cambio un mendigo cualquiera que llegó
errante tendió fácilmente el arco y atravesó el hierro."
«Así dirá y tales
reproches serán para nosotros.»
Y la prudente Penélope se
dirigió a él:
«Eurímaco, no es posible
en modo alguno que tengan buena fama en el pueblo quienes deshonran la casa de
un varón principal y se la comen. ¿Por qué os hacéis merecedores de tales
oprobios? Este forastero es muy alto y vigoroso y afirma ser hijo de un padre
de noble linaje. Vamos, dadle el pulimentado arco, para que veamos. Os diré
algo que se va a cumplir: si lograra tenderlo y Apolo le diera gloria, le
vestiré de manto y túnica, hermosos vestidos, y le daré un agudo venablo para
protección contra perros y hombres y una espada de doble filo; también le daré
sandalias para sus pies y le enviaré a donde su corazón le empuje.»
Y Telémaco le habló
discretamente:
«Madre mía, ninguno de
los aqueos tiene más poder que yo para dar el arco o negárselo a quien yo
quiera, ni cuantos gobiernan sobre la áspera Itaca ni cuantos en las islas de
junto a la Elide, criadora de caballos. Ninguno de éstos me forzaría contra mi
voluntad si yo quisiera de una vez dar este arco al extranjero para llevárselo.
Conque, vamos, marcha a tu habitación y ocúpate de las labores que te son
propias, el telar y la rueca, y ordena a tus esclavas que se apliquen a las
suyas. El arco será cuestión de los hombres y principalmente de mi, de quien es
el poder en este palacio»"
Y ella volvió asombrada a
su habitación poniendo en su pecho la prudente palabra de su hijo. Y luego que
hubo subido al piso superior con sus siervas, rompió a llorar por Odiseo, su
esposo, hasta que Atenea, de ojos brillantes, le echó dulce sueño sobre los
párpados.
Entonces el divino
porquero tomó el curvado arco y se disponía a llevarlo, cuando los
pretendientes todos empezaron a amenazarlo en el palacio; y uno de los jóvenes
arrogantes decía así:
«¿Adónde llevas el
curvado arco, miserable porquero, insensato? Creo que bien pronto te van a
comer lejos de aquí los perros, junto a las marranas que tú cuidabas, si Apolo
y los demás dioses nos son propicios.»
Así dijeron, y éste dejó
el arco en el mismo sitio atemorizado porque todos, le amenazaban en el
palacio. Pero Telémaco le dijo entre amenazas desde el otro lado:
«Abuelo, sigue adelante
con el arco no creo que hagas bien en
obedecer a todos , no sea que yo, con ser más joven, te persiga hasta el campo
arrojándote piedras, pues soy más fuerte. ¡Ojalá fuera tan superior en manos y
vigor a cuantos pretendientes están en mi casa! Pronto despediría de mi palacio
a alguno para que se marchara vergonzosamente, pues maquinan maldades.»
Así dijo y todos los
pretendientes se rieron dulcemente de él y abandonaron su terrible cólera
contra Telémaco. El porquero llevó el arco por la habitación y poniéndose junto
al prudente Odiseo se lo entregó. Luego llamó a la nodriza Euriclea y le dijo:
«Prudente Euriclea,
Telémaco ordena que cierres bien las puertas del mégaron y que, si alguna de
las siervas oye gemidos o golpes de hombres dentro de nuestras paredes, que no
acuda a la puerta, que se quede en silencio junto a su labor.»
Así dijo; a Euriclea se
le quedaron sin alas las palabras y cerró enseguida las puertas del mégaron,
agradable para habitar.
Filetio salió
sigilosamente y cerró enseguida las puertas del bien cercado patio. Había bajo
el pórtico el cable de papiro de una curvada nave; con éste sujetó las puertas,
entró y fue a sentarse en la silla de la que se, había levantado mirando
directamente a Odiseo.
Éste ya estaba manejando
el arco, dándole vueltas probándolo por uno y otro lado no fuera que la carcoma
hubiera roído el cuerno mientras su dueño estaba ausente.
Y uno de los
pretendientes decía así, mirando al que tenía cerca:
«Desde luego es un hombre
conocedor y entendido en arcos. Quizá también él tiene de éstos en casa o
siente impulsos de construirlos, según lo mueve entre sus manos aquí y allá
este vagabundo conocedor de desgracias.»
Y otro de los jóvenes
arrogantes decía así:
«íOjalá consiguiera tanto
provecho como va a conseguir tender el arco!»
Así decían los
pretendientes. Entretanto el muy astuto Odiseo, luego que hubo palpado y
examinado por todas partes el gran arco... Como cuando un hombre entendido en
liras y canto consigue fácilmente tender la cuerda con una clavija nueva,
atando a uno y otro lado la bien retorcida tripa de una oveja, así tendió
Odiseo sin esfuerzo el gran arco. Luego lo tomó con su mano derecha, palpó la
cuerda y ésta resonó semejante al hermoso trino de una golondrina. Entonces les
entró gran pesar a los pretendientes y se les tornó el color. Zeus retumbó con
fuerza mostrando una señal y se llenó de alegría el sufridor, el divino Odiseo
porque el hijo de Crono, de torcidos pensamientos, le había enviado un
prodigio. Y tomó un agudo dardo que tenía suelto sobre la mesa, pues los otros
estaban dentro del cóncavo carcaj, los que iban a probar pronto los aqueos. Lo
acomodó en la encorvadura, tiró del nervio y de las barbas alli sentado, desde
su misma silla, disparó el dardo apuntando de frente y no marró ninguna de las
hachas desde el primer agujero, pues la flecha de pesado bronce salió atravesándolas.
Entonces dijo a Telémaco:
«Telémaco, este huésped
que tienes sentado en tu palacio no lo cubre de vergüenza, que no he errado el
blanco ni me he fatigado tratando de tender el arco. Todavía me queda vigor, no
como me echan en cara los pretendientes por deshonrarme. Pero ya es hora de que
los aqueos preparen su cena mientras haya luz y que luego se solacen con el
canto y la lira, pues éstos son complemento de un banquete.»
Así dijo, e hizo una
señal con las cejas. Telémaco se ciñó la aguda espada, el hijo del divino
Odiseo; puso su mano sobre la lanza y se quedó en pie junto a su mismo sillón,
armado de reluciente bronce.
CANTO XXII
LA VENGANZA
Entonces el muy astuto
Odiseo se despojó de sus andrajos, saltó al gran umbral con el arco y el carcaj
lleno de flechas y las derramó ante sus pies diciendo a los pretendientes:
«Ya terminó este
inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otro blanco que no ha alcanzado
ningún hombre y Apolo me concede gloria.»
Así dijo, y apuntó la
amarga saeta contra Antínoo. Levantaba éste una hermosa copa de oro de doble
asa y la tenía en sus manos para beber el vino. La muerte no se le había venido
a las mientes, pues ¿quién creería que, entre tantos convidados, uno, por
valiente que fuera, iba a causarle funesta muerte y negro destino? Pero Odiseo
le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en línea
recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la
mano al ser alcanzado y al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su
nariz. Rápidamente golpeó con el pie y apartó de sí la mesa, la comida cayó al
suelo y se mancharon el pan y la carne asada.
Los pretendientes
levantaron gran tumulto en el palacio al verlo caer, se levantaron de sus
asientos lanzándose por la sala y miraban por todas las bien construidas
paredes, pero no había en ellas escudo ni poderosa lanza que poder coger. E
increparon a Odiseo con coléricas palabras:
«Forastero, haces mal en
disparar el arco contra los hombres; ya no tendrás que afrontar más certámenes,
pues te espera terrible muerte. Has matado a uno que era el más excelente de.
los jóvenes de Itaca; te van a comer los buitres aquí mismo.»
Así lo imaginaban todos,
porque en verdad creían que lo había matado involuntariamente; los necios no se
daban cuenta de que también sobre ellos pendía el extremo de la muerte. Y
mirándolos torvamente les dijo el muy astuto Odiseo:
«Perros, no esperabais
que volviera del pueblo troyano cuando devastabais mi casa, forzabais a las
esclavas y, estando yo vivo tratabais de seducir a mi esposa sin temer a los
dioses que habitan el ancho cielo ni venganza alguna de los hombres. Ahora
pende sobre vosotros todos el extremo de la muerte.»
Así habló y se apoderó de
todos el pálido terror y buscaba cada uno por dónde escapar a la escabrosa
muerte. Eurímaco fue el único que le contestó diciendo:
«Si de verdad eres Odiseo
de Itaca que ha llegado, tienes razón en hablar así de las atrocidades que han
cometido los aqueos en el palacio y en el campo. Pero ya ha caído el causante
de todo, Antínoo; fue él quien tomó la iniciativa, no tanto por intentar el
matrimonio como por concebir otros proyectos que el Cronida no llevó a cabo:
reinar sobre el pueblo de la bien construida Itaca tratando de matar a tu hijo
con asechanzas. Ya ha muerto éste por su destino, perdona tú a tus
conciudadanos, que nosotros, para aplacarte públicamente, te compensaremos de
lo que se ha comido y bebido en el palacio estimándolo en veinte bueyes cada
uno por separado, y te devolveremos bronce y oro hasta que tu corazón se
satisfaga; antes de ello no se te puede reprochar que estés irritado.»
Y mirándole torvamente le
dijo el muy astuto Odiseo:
«Eurímaco, aunque me
dierais todos los bienes familiares y añadierais otros, ni aun así contendría
mis manos de matar hasta que los pretendientes paguéis toda vuestra insolencia.
Ahora sólo os queda luchar conmigo o huir, si es que alguno puede evitar la
muerte y las Keres, pero creo que nadie escapará a la escabrosa muerte.
Así habló y las rodillas
y el corazón de todos desfallecieron allí mismo. Eurímaco habló otra vez entre
ellos y dijo:
«Amigos, no contendrá
este hombre sus irresistibles manos, sino que una vez que ha cogido el pulido
arco y el carcaj lo disparará desde el pulido umbral hasta matarnos a todos.
Pensemos en luchar; sacad las espadas, defendeos con las mesas de los dardos
que causan rápida muerte. Unámonos todos contra él por si logramos arrojarlo
del umbral y las puertas, vayamos por la ciudad y que se promueva gran
alboroto: sería la última vez que manejara el arco.»
Así habló, y sacando la
aguda espada de bronce, de doble filo, se lanzó contra él con horribles gritos.
Al mismo tiempo le disparó una saeta el divino Odiseo, y acertándole en el
pecho, junto a la tetilla, le clavó la veloz flecha en el hígado. Se le cayó de
la mano al suelo la espada y doblándose se desplomó sobre la mesa y derribó por
tierra los manjares y la copa de doble asa. Golpeó el suelo con su frente, con
espíritu conturbado, y sacudió la silla con ambos pies, y una niebla se
esparció por sus ojos.
Anfínomo se fue derecho
contra el ilustre Odiseo y sacó la aguda espada por si podía arrojarlo de la
puerta, pero se le adelantó Telémaco y le clavó por detrás la lanza de bronce
entre los hombros y le atravesó el pecho. Cayó con estrépito y dio de bruces en
el suelo. Telémaco se retiró dejando su lanza de larga sombra allí, en
Anfínomo, por temor a que alguno de los aqueos le clavara la espada mientras él
arrancaba la lanza de larga sombra o le hiriera al estar agachado. Echó a
correr y llegó enseguida adonde estaba su padre y, poniéndose a su lado, le
dirigió aladas palabras: «Padre, voy a traerte un escudo y dos lanzas y un
casco todo de bronce que se ajuste a tu cabeza. De paso me pondré yo las armas
y daré otras al porquero y al boyero, que es mejor estar armados.»
Y le respondió el muy
astuto Odiseo:
«Tráelas corriendo
mientras tengo flechas para defenderme, no sea que me arrojen de la puerta al
estar solo.»
Así habló, y Telémaco
obedeció a su padre. Fue a la estancia donde estaban sus famosas armas y tomó
cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro cascos de bronce con crines de caballo,
los llevó y se puso enseguida al lado de su padre. Primero protegió él su
cuerpo con el bronce y, cuando los dos siervos se habían puesto hermosas
armaduras, se colocaron todos junto al prudente y astuto Odiseo.
Mientras tuvo flechas
para defenderse, fue hiriendo sin interrupción a los pretendientes en su propia
casa apuntando bien. Y caían uno tras otro. Pero cuando se le acabaron las
flechas al soberano, una vez que las hubo disparado, apoyó el arco contra una
columna del bien construido aposento, junto al muro reluciente, y se cubrió los
hombros con un escudo de cuatro pieles; en la robusta cabeza se colocó un
labrado casco el penacho de crines de
caballo ondeaba terrible en lo alto , y tomó dos poderosas lanzas guarnecidas
con bronce.
Había en la bien
construida pared un postigo y en el umbral extremo de la sólida estancia había
una salida hacia un corredor y estaba cerrado por batientes bien ajustados.
Mandó Odiseo que lo custodiara el divino porquero manteniéndose firme en él,
pues era la única. salida. Entonces Agelao les habló a todos con estas
palabras:
«Amigos, ¿no habrá nadie
que ascienda por el postigo, se lo diga a la gente y se produzca al punto un
tumulto? Sería la última vez que éste manejara el arco.»
Y le respondió el cabrero
Melantio:
«No es posible, Agelao de
linaje divino; está muy cerca la hermosa puerta del patio y es difícil la
salida al corredor; un solo hombre, que sea valiente, nos contendría a todos.
Pero, vamos, os traeré armas de la despensa, pues creo que allí, y no en otro
sitio, las colocaron Odiseo y su ilustre Hijo.»
Así diciendo, subió el
cabrero Melantio por una tronera del mégaron a la estancia de Odiseo, de donde
tomó doce escudos, otras tantas lanzas e igual número de cascos de bronce con
crines de caballo. Fue y se lo entregó rápidamente a los pretendientes.
Entonces sí que desfallecieron las rodillas y el corazón de Odiseo cuando vio
que se ponían las arenas y blandían en sus manos las largas lanzas, pues ahora
la empresa le parecía arriesgada. Y al punto dirigió a Telémaco aladas
palabras:
«Telémaco, alguna de las
mujeres del palacio, o Melantio, encienden contra nosotros combate funesto.»
Y le respondió Telémaco
discretamente:
«Padre, yo tuve la culpa
de ello, no hay otro culpable, que dejé abierta la bien ajustada puerta de la
habitación, y su espía ha sido más hábil. Pero vete, divino Eumeo, y cierra la
puerta de la despensa; y entérate de si quien hace esto es una mujer o
Melantio, el hijo de Dolio, como yo creo.»
Mientras así hablaban
entre sí, el cabrero Melantio volvió a la estancia para traer hermosas armas,
pero se dio cuenta el divino porquero y al punto dijo a Odiseo, que estaba
cerca:
«Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo rico en ardides,
aquel hombre desconocido del que sospechábamos ha vuelto al aposento. Dime
claramente si lo debo matar, en caso de vencerlo, o he de traértelo para que
pague las muchas insolencias que ha cometido en tu casa.»
Y le respondió el muy
astuto Odiseo:
«Yo y Telémaco
contendremos en esta sala a los nobles pretendientes, a pesar de su mucho
ardor. Vosotros ponedle atrás pies y manos y metedlo en la habitación, cerrad
la puerta y echándole una soga trenzada colgadlo de las vigas en lo alto de una
columna, para que viva largo tiempo sufriendo fuertes dolores.»
Así habló, y ellos dos le
escucharon y obedecieron, y, dirigiéndose a la estancia, le pasaron
inadvertidos a Melantio, que estaba dentro. Éste buscaba armas en lo más
recóndito de la habitación y ellos montaron guardia a uno y otro lado de las
jambas. Cuando atravesaba el umbral el cabrero Melantio, llevando en una mano
un hermoso casco y en la otra un ancho escudo viejo, cubierto de moho, que el
héroe Laertes solía llevar en su juventud y ahora se hallaba en el suelo con
las correas rotas, se le echaron encima y lo arrastraron adentro por los pelos;
lo echaron al suelo angustiado en su corazón y, poniéndole atrás pies y manos,
se las ataron con doloroso nudo, como había mandado el hijo de Laertes, el
divino y sufridor Odiseo; echaron a las vigas, en lo alto de una columna, la
soga trenzada y burlándote le dijiste, porquero Eumeo:
«Ahora velarás toda la
noche acostado en esta blanda cama que te mereces, y no te pasará inadvertida
la llegada de la que nace de la mañana, de trono de oro, desde las corrientes
de Océano, a la hora en que sueles traer las cabras a los pretendientes para
preparar el almuerzo.»
Así quedó, suspendido de
funesto nudo, y ellos dos se pusieron las arenas, cerraron la brillante puerta
y se dirigieron hacia el prudence y astuto Odiseo. Se detuvieron allí
respirando ardor y eran cuatro los del umbral y muchos y valientes los de
dentro. Y se les unió Atenea, la hija de Zeus, que tomó el aspecto y la voz de
Méntor. Odiseo se alegró al verla y le dijo:
«Méntor, aparta de
nosotros el infortunio, acuérdate del compañero amado que solía hacerte bien,
pues eres de mi edad.»
Así habló, aunque
sospechaba que era Atenea, la que empuja al combate. Y los pretendientes le
hacían reproches en la sala, siendo Agelao Damastórida el primero en hablar:
«Méntor, que no te
convenza Odiseo con sus palabras de luchar contra los pretendientes y ayudarle
a él, pues que se cumplirá nuestro intento de esta manera: una vez que hayamos
matado a éstos, al padre y al hijo, perecerás tú también por lo que tramas en el palacio y
pagarás con tu cabeza. Y cuando seguemos vuestra violencia con el hierro,
mezclaremos a los de Odiseo cuantos bienes posees dentro y fuera de tu palacio
y no permitiremos que tus hijos ni hijas vivan en el palacio, ni que tu fiel
esposa ande por la ciudad de Itaca. .
Así hablo, Atenea se
encolerizó más en su corazón y le hizo reproches a Odiseo con airadas palabras:
«Ya no hay en ti, Odiseo,
aquel vigor y fuerza de cuando luchabas con los troyanos por Helena de blancos
brazos, hija de ilustre padre, durante nueve años seguidos; diste muerte a
muchos hombres en combate cruel y por tu consejo se tomó la ciudad de Príamo,
de anchas calles. ¿Cómo es que ahora que has llegado a tu casa y posesiones
imploras ser valiente contra los pretendientes? Ven aquí, amigo, ponte firme
junto a mí y mira mis obras, para que veas cómo es Méntor Alcímida para
devolverte los favores entre tus enemigos.»
Así habló, y es que no
quería concederle todavía del todo la indecisa victoria antes de probar el
vigor.y la fuerza de Odiseo y su ilustre hijo. Conque se lanzó hacia arriba y
fue a posarse en una viga de la sala ennegrecida por el fuego, semejante a una
golondrina de frente.
Animaban a los
contendientes Agelao Damastórida Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro
Polictórida y el prudente Pólibo, pues eran los más valientes de cuantos
pretendientes vivían y luchaban por sus vidas. A los demás los había derribado
ya el arco y las numerosas flechas. A todos se dirigió Agelao con estas
palabras:
«Amigos, ahora contendrá
este hombre sus manos indómitas, puesto que se ha ido Méntor tras decirle
inútiles fanfarronadas y han quedado solos al pie de las puértas. Conque no
lancéis todos a una las largas lanzas; vamos, disparad primero los seis, por si
Zeus nos concede de alguna manera que Odiseo sea blanco de los disparos y
conseguir gloria. De los otros no habrá cuidado una vez que éste al menos haya
caído.»
Así dijo, y dispararon
todos como les ordenara, bien atentos, pero Atenea dejó sin efecto todos sus
disparos. De éstos, uno alcanzó la columna del bien construido mégaron, otro la
puerta sólidamente ajustada. De otro, la lanza de fresno, pesada por el bronce,
fue a estrellarse contra el muro. Y una vez que habían esquivado las lanzas de
los pretendientes comenzó a hablar entre ellos el sufridor, el divino Odiseo:
«Amigos, también yo ahora
quisiera deciros que disparemos contra la turba de los pretendientes, quienes,
además de los anteriores males, desean matarnos.»
Así dijo, y todos
dispararon las afiladas lanzas apuntando de frente. A Demoptólemo lo mató
Odiseo, a Eurfades Telémaco, a Elato el porquerizo y a Pisandro el que estaba
al cuidado de los bueyes. Así que luego todos a una mordieron el inmenso suelo
mientras los otros pretendientes se retiraron hacia el fondo del mégaron. Y
ellos se lanzaron sobre los cadáveres y les quítaron las lanzas.
De nuevo los
pretendientes dispararon las afiladas lanzas, bien atentos. Pero Atenea dejó
sin efecto todos sus disparos. De ellos, uno alcanzó la columna del bien
construido mégaron, otro la puerta sólidamente ajustada. De otro la lanza de
fresno, pesada por el bronce, fue a estrellarse contra el muro. Pero esta vez
Anfimedonte hirió a Telémaco en la muñeca, levemente, y el bronce le dañó la
superficie de la piel; Cresipo rasguñó el hombro de Eumeo con la larga lanza
por encima del escudo, y ésta, sobrevolando, cayó a tierra.
De nuevo los que rodeaban
al prudente y astuto Odiseo dispararon las afiladas lanzas contra la turba de
los pretendientes y de nuevo alcanzó a Euridamante, Odiseo, el destructor de
ciudades, a Anfimedonte, Telémaco, y a Pólibo, el porquero, y luego alcanzó en
el pecho a Ctesipo el que estaba al cuidado de los bueyes y jactándose le dijo:
«Politérsida, amigo de
insultar, no digas nunca nada altanero cediendo a tu insensatez, antes bien
cede la palabra a los dioses, puesto que en verdad son mejores con mucho. Este
será para ti el don de hospitalidad por la patada que diste a Odiseo, semejante
a un dios, cuando mendigaba por el palacio.»
Así dijo el que estaba al
cuidado de los cuenitorcidos bueyes. Después Odiseo hirió de cerca al
Damastórida con su larga lanza y Telémaco hirió de cerca con su lanza en medio
de la ijada a Leócrito Evenórida, y el bronce le atravesó de parte a parte.
Cayó de cabeza y dio de brutes en el suelo. Entonces Atenea levantó la égida,
destructora para los mortales, desde lo alto del techo y sus corazones
sintieron pánico. Así que los unos huían por el mégaron como vacas de rebaño a
las que persigue el movedizo tábano, lanzándose sobre ellas en la estación de
la primavera, cuando los días son largos.
En cambio, los otros,
como los buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan de los montes y caen
sobre las aves que, asustadas por la llanura, tratan de remontarse hacia las
nubes éstos se lanzan sobre las aves y
las matan, ya que no tienen defensa alguna ni posibilidad de huida y se alegran
los hombres de la captura , así golpeaban éstos a los pretendientes corriendo
en círculo por la sala.
Y eran horribles los
gemidos que se levantaban cuando las cabezas de los pretendientes golpeaban el
suelo y éste humeaba todo con sangre.
Fue entonces cuando
Leodes se arrojó a las rodillas de Odiseo y asiéndolas le suplicaba con aladas
palabras:
«Te suplico asido a tus
rodillas, Odiseo. Respétame y ten compasión de mí. Pues lo aseguro que nunca
dije ni hice nada insensato a mujer alguna en el palacio. Por el contrario,
solía hacer desistir a cualquiera de los pretendientes que tratara de hacerlas,
pero no me obedecían en alejar sus manos de la maldad. Por esto y por sus
insensateces han atraído hacia sí un destino indigno y yo, sin haber hecho
nada, yaceré con ellos por ser su arúspice, que no hay agradecimiento futuro
para los que obran bien.»
Y mirándole torvamente le
dijo el muy astuto Odiseo:
«Si te precias de ser el
arúspice de éstos, seguro que a menudo estabas pronto a suplicar en el palacio
que el fin de mi dulce regreso fuera lejano, para atraer hacia ti a mi querida
esposa y que te pariera hijos. Por esto no podrías escapar a la muerte de
largos lamentos.»
Así diciendo, tomó con su
ancha mano la espada que estaba en el suelo, la que Agelao había dejado caer al
sucumbir. Con ella le atravesó el cuello por el centro y mientras todavía
hablaba Leodes, su cabeza se mezcló con el polvo.
También el aedo Femio
Terpiada trataba de evitar la negra Ker, el que cantaba a la fuerza entre los
pretendientes. Estaba de pie sosteniendo entre sus manos la sonora lira junto
al portillo, y dudaba entre salir desapercibido del mégaron y sentarse junto al
altar del gran Zeus, protector del Hogar, donde Laertes y Odiseo habían quemado
muchos muslos de reses, o lanzarse a las rodillas de Odiseo y suplicarle. Y
mientras así pensaba, le pareció más ventajoso asirse a las rodillas de Odiseo
Laertíada. Así que dejó en el suelo la curvada lira, entre la crátera y el
sillón de clavos de plata, y se arrojó a las rodillas de Odiseo. Y asiéndolas,
le suplicaba con aladas palabras:
«Te suplico asido a tus
rodillas. Odiseo. Respétame y ten compasión de mí. Seguro que tendrás dolor en
el futuro si matas a un aedo, a mí, que canto a dioses y hombres. Yo he
aprendido por mí mismo, pero un dios ha soplado en mi mente toda clase de
cantos. Creo que puedo cantar junto a ti como si fuera un dios. Por esto no
trates de cortarme el cuello. También Telémaco, tu querido hijo, podría decirte
que yo no venía a tu casa ni de buen grado ni porque lo precisara, para cantar
junto a los pretendientes en sus banquetes; mas ellos me arrastraban por la
fuerza por ser más numerosos y fuertes.»
Así dijo, y la sagrada
fuerza de Telémaco le oyó; así que luego dijo a su padre que estaba cerca:
«Detente y no hieras con
el bronce a este inocente. También salvaremos al heraldo Medonte, que siempre,
mientras fui niño, se cuidaba de mí en nuestro palacio, si es que no lo han
matado ya Filetio o el porquero, o se ha enfrentado contigo cuando irrumpiste
en la sala.»
Así habló, y Medonte,
conocedor de pensamientos discretos, le oyó. Estaba tirado bajo.un sillón y le
cubría una piel recién cortada de buey, tratando de evitar la negra muerte.
Enseguida saltó de debajo del sillón, se despojó de la piel de buey y se arrojó
a las rodillas de Telémaco, y asiéndolas le suplicaba con aladas palabras:
«Amigo, ése soy yo;
detente y di a tu padre que no me dañe con el agudo bronce, poderoso como es,
irritado con los pretendientes quienes le consumieron los bienes en el palacio
y no te respetaban a ti, ¡necios!»
Y sonriendo le dijo el
muy astuto Odiseo:
«Cobra ánimos, ya que
éste te ha protegido y salvado, para que sepas
y se lo digas a cualquier otro
que es mucho mejor una buena acción que una acción malvada. Conque salid
del mégaron e id al patio alejándoos de la matanza tú y el afamado aedo,
mientras que yo llevo a cabo en la sala lo que es menester.
Así dijo, y ambos
salieron del mégaron y fueron a sentarse junto al altar del gran Zeus, mirando
asombrados a uno y otro lado, temiendo siempre la muerte.
Entonces Odiseo examinó
todo su palacio por si todavía quedaba vivo algún hombre tratando de evitar la
negra muerte. Pero los vio a todos derribados entre polvo y sangre, tan
numerosos como los peces a los que los pescadores sacan del canoso mar en su
red de muchas mallas y depositan en la cóncava orilla allí están todos sobre la arena añorando las
olas del mar y el brillante Helios les arrebata la vida ; así estaban los
pretendientes, hacinados uno sobre otro.
Entonces se dirigió a
Telémaco el muy astuto Odiseo:
«Telémaco, vamos, llámame
a la nodriza Euriclea para que le diga la palabra que tengo en mi interior.»
Así dijo; Telémaco
obedeció a su padre y marchando hacia la puerta, dijo a la nodriza Euriclea:
«Ven acá, anciana, tú
eres la vigilante de las esclavas en nuestro palacio; ven, te llama mi padre
para decirte algo.»
Así dijo, y a ella se le
quedó sin alas su palabra; abrió las puertas del mégaron, agradable para
habitar, y se puso en camino, y luego la condujo Telémaco.
Encontró a Odiseo entre
los cuerpos recién asesinados rociado de sangre ya coagulada, como un león que
va de camino luego de haber engullido un toro salvaje todo su pecho y su cara están manchados de
sangre por todas partes y es terrible al mirarlo de frente. Así de manchado
estaba Odiseo por sus brazos y piernas. Cuando la nodriza vio los cadáveres y
la sangre a borbotones, arrancó a gritar, pues había visto una obra grande,
pero Odiseo la contuvo y se lo impidió, por más que lo deseaba, y dirigiéndose
a ella le dijo aladas palabras:
«Alégrate, anciana, en lo
interior y no grites, que no es santo ufanarse ante hombres muertos. A éstos
los ha domeñado la Moira de los dioses y sus obras insensatas, pues no
respetaban a ninguno de los terrenos hombres, noble o del pueblo, que se
llegara a ellos. Por esto y por sus insensateces han arrastrado hacia sí un
destino vergonzoso. Conque, vamos, dime de las mujeres en el palacio quiénes me
deshonran y quiénes son inocentes.»
Y al punto le contestó la
nodriza Euriclea:
«Desde luego, hijo mío,
te diré la verdad. Tienes en el palacio cincuenta esclavas a quienes hemos
enseñado a realizar labores, a cardar lana y a soportar su esclavitud. Doce de
éstas han incurrido en desvergüenza y no me honran a mí ni a la misma Penélope.
Telémaco ha crecido sólo hace poco y su madre no le permitía dar órdenes a las
esclavas. Pero voy a subir al piso de arriba para comunicárselo a tu esposa, a
quien un dios ha infundido sueño.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«No la despiertes todavía.
Di a las mujeres que vengan aquí, a las que han realizado obras vergonzosas.»
Así dijo, y la anciana
atravesó el mégaron para comunicárselo a las mujeres y ordenarlas que vinieran.
Entonces Odiseo, llamando
hacia sí a Telémaco, al boyero y al porquero, les dirigió aladas palabras:
«Comenzad ya a llevar
cadáveres y dad órdenes a las mujeres para que luego limpien con agua y
agujereadas esponjas los hermosos sillones y las mesas. Cuando hayáis puesto en
orden todo el palacio sacad del sólido mégaron a las mujeres y matadlas con
largas espadas entre la rotonda y el hermoso cerco del patio, hasta que las
arranquéis a todas la vida, para que se olviden de Afrodita, a la que poseían
debajo de los pretendientes con quienes se unían en secreto.»
Así diciendo, llegaron
las esclavas, todas en grupo, lanzando tristes lamentos y derramando abundantes
lágrimas. Primero se llevaron los cadáveres y los pusieron bajo el pórtico del
bien cercado patio, apoyándolos bien unos en otros, pues así lo había ordenado
Odiseo que las apremiaba en persona. Y ellas los llevaban por la fuerza. Luego
limpiaron con agua y agujereadas esponjas los hermosos sillones y las mesas.
Entretanto, Telémaco, el boyero y el porquero rasparon bien con espátulas el
piso de la bien construida vivienda y las esclavas se lo llevaban y lo ponían
fuera. Cuando habían puesto en orden todo el palacio, sacaron del sólido
mégaron a las esclavas y las encerraron en un lugar estrecho, entre la rotonda
y el hermoso cerco del patio, de donde no había posibilidad de huir.
Entonces, Telémaco
comenzó entre ellos a hablar discretamente:
«No podría yo quitar la
vida con muerte rápida a éstas que han vertido tanta deshonra sobre mi cabeza y
la de mi padre cuando dormían con los pretendientes.»
Así diciendo, ató el
cable de una nave de azuloscura proa a una larga columna y rodeó con él la
rotonda tensándolo hacia arriba de forma que ninguna llegara al suelo con los
pies. Como cuando se precipitan los tordos de largas alas, o las palomas, hacia
una red que está puesta en un matorral cuando se dirigen al nido –y en realidad
las acoge un odioso lecho , así las esclavas tenían sus cabezas en fila y en torno a sus cuellos había lazos , para
que murieran de la forma más lamentable. Estuvieron agitando los pies entre convulsiones
un rato, no mucho tiempo.
También sacaron a
Melantio al vestíbulo y al patio, cortáronle la nariz y las orejas con cruel
bronce, le arrancaron las vergüenzas para que se las comieran crudas los
perros, y le cortaron manos y pies con ánimo irritado.
Luego que hubieron lavado
sus manos y pies, volvieron al palacio junto a Odiseo, pues su trabajo estaba
ya completo. Entonces dijo éste a su nodriza Euriclea:
«Tráeme azufre, anciana,
remedio contra el mal, y también fuego, para que rocíe con azufre el mégaron; y
luego ordena a Penélope que venga aquí en compañía de sus siervas. Ordena a
todas las esclavas del palacio que vengan.»
Y luego le dijo su
nodriza Euriclea:
«Sí, hijo mío, todo lo
has dicho como te corresponde. Vamos, voy a traerte ropa, una túnica y un
manto; no sigas en pie en el palacio cubriendo con harapos tus anchos hombros.
Sería indignante.»
Y contestándole dijo el
muy astuto Odiseo:
«Antes que nada he de
tener fuego en mi palacio.»
Así dijo, y su nodriza
Euriclea no le desobedeció. Llevó azufre y fuego y Odiseo roció por completo el
mégaron, la sala y el patio.
Entonces la anciana
atravesó el hermoso palacio de Odiseo para comunicárselo a las mujeres e
incitarlas a que volvieran. Estas salieron de la estancia llevando una antorcha
entre sus manos, rodearon y dieron la bienvenida a Odiseo y abrazándole besaban
su cabeza y hombros tomándole de las manos. Y a éste le entró un dulce deseo de
llorar y gemir, pues reconocía a todas en su corazón.
CANTO XXIII
PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO
Entonces la anciana subió
gozosa al piso de arriba para anunciar a la señora que estaba dentro su esposo,
y sus rodillas se llenaban de fuerza y sus pies se levantaban del suelo.
Se detuvo sobre su cabeza
y le dijo su palabra:
«Despierta, Penélope,
hija mía, para que veas con tus propios ojos lo que esperas todos los días. Ha
venido Odiseo, ha llegado a casa por fin, aunque tarde, y ha matado a los
ilustres pretendientes, a los que afligían su casa comiéndose los bienes y
haciendo de su hijo el objeto de sus violencias.»
Y se dirigió a ella la
prudente Penélope:
«Nodriza querida, te han
vuelto loca los dioses, los que pueden volver insensato a cualquiera, por muy
sensato que sea, y hacer entrar en razón al de mente estúpida. Ellos te han
dañado; antes eras equilibrada en tu mente.
«¿Por qué te burlas de
mí, si tengo el ánimo quebrantado por el dolor, diciéndome estos extravíos y me
despiertas del dulce sueño que me tenía encadenados los párpados? Jamás había
dormido de tal modo desde que Odiseo marchó a la madita Ilión que no hay que
nombrar.
«Pero vamos, baja ya y
vuelve al mégaron. Porque si cualquiera otra de las mujeres que están a mi
servicio hubiera venido a anunciarme esto y me hubiera despertado, seguro que
la habría hecho volver al mégaron con palabra violenta. A ti, en cambio, te
valdrá la vejez, por lo menos en esto.»
Y le contestó su nodriza
Euriclea:
«No me burlo de tí en
absoluto, hija mía, que en verdad ha llegado Odiseo, ha vuelto a casa como lo
anuncio y es el forastero a quien todos deshonraban en el mégaron. Telémaco
sabía hace tiempo que ya estaba dentro, pero ocultó con prudencia los proyectos
de su padre para que castigara la violencia de esos hombres altivos.»
Así dijo; invadió a
Penélope la alegría y, saltando del lecho, abrazó a la anciana, dejó correr el
llanto de sus párpados y hablándole dijo aladas palabras:
«Vamos, nodriza querida,
dime la verdad, dime si de verdad ha llegado a casa como anuncias; dime cómo ha
puesto sus manos sobre los pretendientes desvergonzados, solo como estaba,
mientras que ellos permanecían dentro siempre en grupo.»
Y le contestó su nodriza
Euriclea:
«No lo he visto, no me lo
han dicho, sólo he oído el ruido de los que caían muertos. Nosotras
permanecíamos asustadas en un rincón de la bien construida habitación y la cerraban bien ajustadas puertas hasta que tu hijo me llamó desde el mégaron,
Telémaco, pues su padre le había mandado que me llamara. Después encontré a
Odiseo en pie, entre los cuerpos recién asesinados que cubrían el firme suelo,
hacinados unos sobre otros. Habrías gozado en tu ánimo si lo hubieras visto
rociado de sangre y polvo como un león. Ahora ya están todos amontonados en la
puerta del patio mientas él rocía con azufre la hermosa sala, luego de encender
un gran fuego, y me ha mandado que te llame. Vamos, sígueme, para que vuestros
corazones alcancen la felicidad después de haber sufrido infinidad de pruebas.
Ahora ya se ha cumplido este tu mayor anhelo: él ha llegado vivo y está en su
hogar y te ha encontrado a ti y a su hijo en el palacio, y a los que le
ultrajaban, a los pretendientes, a todos los ha hecho pagar en su palacio.»
Y le respondió la
prudente Penélope:
«Nodriza querida, no
eleves todavía tus súplicas ni te alegres en exceso. Sabes bien cuán bienvenido
sería en el palacio para todos, y en especial para mí y para nuestro hijo, a
quien engendramos, pero no es verdadera esta noticia que me anuncias, sino que
uno de los inmortales ha dado muerte a los ilustres pretendientes, irritado por
su insolencia dolorosa y sus malvadas acciones; pues no respetaban a ninguno de
los hombres que pisan la tierra, ni al del pueblo ni al noble, cualquiera que
se llegara a ellos. Por esto, por su maldad, han sufrido la desgracia, que lo
que es Odiseo... éste ha perdido su regreso lejos de Acaya y ha perecido.»
Y le contestó su nodriza
Euriclea:
«Hija mía, ¡qué palabra
ha escapado del cerco de tus dientes! ¡Tú, que dices que no volverá jamás tu
esposo, cuando ya está dentro, junto al hogar! Tu corazón ha sido siempre
desconfiado, pero te voy a dar otra señal manifiesta: cuando le lavaba vi la
herida que una vez le hizo un jabalí con su blanco colmillo; quise decírtelo,
pero él me asió la boca con sus manos y no me lo permitió por la astucia de su
mente. Vamos, sígueme, que yo misma me ofrezco en prenda y, si te engaño,
mátame con la muerte más lamentable.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Nodriza querida, es
difícil que tú descubras los designios de los dioses, que han nacido para
siempre, por muy astuta que seas. Vayamos, pues, en busca de mi hijo para que
yo vea a los pretendientes muertos y a quien los mató.»
Así dijo, y descendió del
piso de arriba. Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría a su esposo
desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la
cabeza. Y cuando entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo
junto al resplandor del fuego, en la pared de enfrente. Él se sentaba junto a
una elevada columna con la vista baja esperando que le dijera algo su fuerte
esposa cuando lo viera con sus ojos, pero ella permaneció sentada en silencio
largo tiempo pues el estupor alcanzaba
su corazón. Unas veces le miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía
por llevar en su cuerpo miserables vestidos.
Entonces Telémaco la reprendió,
le dijo su palabra y la llamó por su nombre:
«Madre mía, mala madre,
que tienes un corazón tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan alejada de mi padre
y no te sientas junto a él para interrogarle y enterarte de todo? Ninguna otra
mujer se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su marido, cuando éste
después de pasar innumerables calamidades llega a su patria a los veinte años.
Pero tu corazón es siempre más duro que la piedra.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Hijo mío, tengo el
corazón pasmado dentro del pecho y no puedo pronunciar una sola palabra ni
interrogarle, ni mirarle siquiera a la cara. Si en verdad es Odiseo y ha
llegado a casa, nos reconoceremos mutuamente mejor, pues tenemos señales
secretas para los demás que sólo nosotros dos conocemos.»
Así habló y sonrió el
sufridor, el divino Odiseo, y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras:
«Telémaco, deja a tu
madre que me ponga a prueba en el palacio y así lo verá mejor. Como ahora estoy
sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos míseros, no me honra y todavía no cree
que yo sea aquél. Pero deliberemos antes de modo que resulte todo mejor, pues
cualquiera que mata en el pueblo incluso a un hombre que no deja atrás muchos
vengadores, se da a la fuga abandonando sus parientes y su tierra patria, pero
yo he matado a los defensores de la ciudad, a los más nobles mozos de Itaca. Te
invito a que consideres esto.»
Y le contestó Telémaco
discretamente:
«Considéralo tú mismo,
padre mío, pues dicen que tus decisiones son las mejores y ningún otro de los
mortales hombres osaría rivalizar contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos y
te aseguro que no nos faltará fuerza en cuanto esté de nuestra parte.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Te voy a decir lo que me
parece mejor. En primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y ordenad a
las esclavas en el palacio que elijan ropas para ellas mismas. Después, que el
divino aedo nos entone una alegre danza con su sonora lira, para que cualquiera
piense que hay boda si lo oye desde fuera, ya sea un caminante o uno de
nuestros vecinos; que no se extienda por la ciudad la noticia de la muerte de
los pretendientes antes de que salgamos en dirección a nuestra finca, abundante
en árboles. Una vez allí pensaremos qué cosa de provecho nos va a conceder el
Olímpico.»
Así habló, y al punto
todos le escucharon y obedecieron. En primer lugar se lavaron y vistieron las
túnicas, y las mujeres se adornaron. Luego, el divino aedo tomó su curvada lira
y excitó en ellos el deseo del dulce canto y la ilustre danza. Y la gran
mansión retumbaba con los pies de los hombres que danzaban y de las mujeres de
lindos ceñidores.
Y uno que lo oyó desde
fuera del palacio decía así:
Seguro que se ha
desposado ya alguien con la muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha tenido
valor para proteger con constancia la gran mansión de su legítimo esposo, hasta
que llegara.»
Así decía uno, pero no
sabían en verdad qué había pasado.
Después lavó a Odiseo, el
de gran corazón, el ama de llaves Eurínome y lo ungió con aceite y puso a su
alrededor una hermosa túnica y manto. Entonces derramó Atenea sobre su cabeza
abundante gracia para que pareciera más alto y más ancho e hizo que cayeran de
su cabeza ensortijados cabellos semejantes a la flor del jacinto. Como cuando
derrama oro sobre plata un hombre entendido a quien Hefesto y Palas Atenea han
enseñado toda clase de habilidad y lleva a término obras que agradan, así
derramó la gracia sobre éste, sobre su cabeza y hombro. Y salió de la bañera
semejante en cuerpo a los inmortales.
Fue a sentarse de nuevo
en el sillón, del que se había levantado, frente a su esposa, y le dirigió su
palabra:
«Querida mía, los que
tienen mansiones en el Olimpo te han puesto un corazón más inflexible que a las
demás mujeres. Ninguna otra se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su
marido cuando éste, después de pasar innumerables calamidades, llega a su
patria a los veinte años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para que también
yo me acueste, pues ésta tiene un corazón de hierro dentro del pecho.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Querido mío, no me tengo
en mucho ni en poco ni me admiro en exceso, pero sé muy bien cómo eras cuando
marchaste de Itaca en la nave de largos remos. Vamos, Euriclea, prepara el
labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que construyó él mismo. Y una vez que
hayáis puesto fuera el labrado lecho, disponed la cama pieles, mantas y
resplandecientes colchas.»
Así dijo poniendo a
prueba a su esposo. Entonces Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa:
«Mujer, esta palabra que
has dicho es dolorosa para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la cama en otro
sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en
persona y lo pusiera fácilmente en otro lugar; que de los hombres, ningún
mortal viviente, ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues
hay una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y nadie más. Había crecido
dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente,
ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo,
con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí puertas bien
ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del
olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y
habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie
de la cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo
pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro
unas correas de piel de buey que brillaban de púrpura.
«Esta es la señal que te
manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya lo ha
puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.»
Así dijo, y a ella se le
aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le había
manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando hacia él y echó sus brazos
alrededor del cuello de Odiseo; besó su cabeza y dijo:
«No te enojes conmigo,
Odiseo, que en lo demás eres más sensato que el resto de los hombres. Los
dioses nos han enviado el infortunio, ellos, que envidiaban que gozáramos de la
juventud y llegáramos al umbral de la vejez uno al lado del otro. Por esto no
te irrites ahora conmigo ni te enojes porque al principio, nada más verse, no te
acogiera con amor. Pues continuamente mi corazón se estremecía dentro del pecho
por temor a que alguno de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus
palabras, pues muchos conciben proyectos malvados para su provecho. Ni la
argiva Helena, del linaje de Zeus, se hubiera unido a un extranjero en amor y
cama, si hubiera sabido que los belicosos hijos de los aqueos habían de
llevarla de nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la impulsó a ejecutar
una acción vergonzosa, que antes no había puesto en su mente esta lamentable
ceguera por la que, por primera vez, se llegó a nosotros el dolor.
«Pero ahora que me has
manifestado claramente las señales de nuestro lecho, que ningún otro mortal
había visto sino sólo tú y yo y una sola
sierva, Actorís, la que me dio mi padre al venir yo aquí, la que nos vigilaba
las puertas del labrado dormitorio , ya tienes convencido a mi corazón, por muy
inflexible que sea.»
Así habló, y a él se le
levantó todavía más el deseo de llorar y lloraba abrazado a su deseada, a su
fiel esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan
(a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada
por el viento y el recio oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso mar
nadando hacia el litoral y cuajada su
piel de costras de sal consiguen llegar
a tierra bienvenidos, después de huir de la desgracia), así de bienvenido era
el esposo para Penélope, quien no dejaba de mirarlo y no acababa de soltar del
todo sus blancos brazos del cuello.
Y se les hubiera
aparecido Eos, de dedos de rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de ojos
brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro proyecto: contuvo a la noche en
el otro extremo al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono de oro, la
empujó de nuevo hacia Océano y no permitía que unciera sus caballos de veloces
pies, los que llevan la luz a los hombres, Lampo y Faetonte, los potros que
conducen a Eos.
Entonces se dirigió a su
esposa el muy astuto Odiseo:
«Mujer, no hemos llegado
todavía a la meta de las pruebas, que aún tendremos un trabajo desmedido y
difícil que es preciso que yo acabe del todo. Así me lo vaticinó el alma de
Tiresias el día en que descendí a la morada de Hades, para inquirir sobre el
regreso de mis compañeros y el mío propio. Pero vayamos a la cama, mujer, para
gozar ya del dulce sueño acostados.»
Y le contestó la prudente
Penélope:
«Estará en tus manos el
acostarte cuando así lo desee tu corazón, ahora que los dioses te han hecho
volver a tu bien edificado palacio y a tu tierra patria. Pero puesto que has
hecho una consideración y seguro que un
dios la ha puesto en tu mente , vamos, dime la prueba que te espera, puesto que
me voy a enterar después, creo yo, y no es peor que lo sepa ahora mismo.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Querida mía, ¿por qué me
apremias tanto a que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo ocultaré,
pero tu corazón no se sentirá feliz; tampoco yo me alegro, puesto que me ha
ordenado ir a muchas ciudades de mortales con un manejable remo entre mis
manos, hasta que llegue a los hombres que no conocen el mar ni comen alimentos
aderezados con sal; tampoco conocen estos hombres las naves de rojas mejillas
ni los manejables remos que son alas para las naves. Y me dio esta señal que no
te voy a ocultar: cuando un caminante, al encontrarse conmigo, diga que llevo
un bieldo sobre mi ilustre hombro, me ordenó que en ese momento clavara en
tierra el remo, ofreciera hermosos sacrificios al soberano Poseidón un cabrito, un toro y un verraco semental de
cerdas , que volviera a casa y ofreciera sagradas hecatombes a los dioses
inmortales, los que poseen el ancho cielo, a todos por orden. Y me sobrevendrá
una muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte que me destruya abrumado por la
vejez. Y a mi alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró que todo esto se va a
cumplir.»
Y se dirigió a él la
prudente Penélope:
«Si los dioses nos
conceden una vejez feliz, hay esperanza de que tendremos medios de escapar a la
desgracia.»
Así hablaban el uno con el
otro. Entretanto, Eurínome y la nodriza dispusieron la cama con ropa blanda
bajo la luz de las antorchas. Luego que hubieron preparado diligentemente el
labrado lecho, la anciana se marchó a dormir a su habitación y Eurínome, la
camarera, los condujo mientras se dirigían al lecho con una antorcha en sus
manos. Luego que los hubo conducido se volvió, y ellos llegaron de buen grado
al lugar de su antiguo lecho.
Después Telémaco, el
boyero y el porquero hicieron descansar a sus pies de la danza y fueron todos a
acostarse por el sombrío palacio.
Y cuando habían gozado
del amor placentero, se complacían los dos esposos contándose mutuamente, ella
cuánto había soportado en el palacio, la divina entre las mujeres; contemplando
la odiosa comparsa de los pretendientes que por causa de ella degollaban en
abundancia toros y gordas ovejas y sacaban de las tinajas gran cantidad de
vino; por su parte, Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades
había causado a los hombres y cuántas había padecido él mismo con fatiga.
Penélope gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre sus párpados hasta que le
contara todo. Comenzó narrando cómo había sometido a los cicones y llegado
después a la fértil tierra de los Lotófagos, y cuánto le hizo al Cíclope y cómo
se vengó del castigo de sus ilustres compañeros a quienes aquél se había comido
sin compasión, y cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió afablemente, pero
todavía no estaba decidido que llegara a su patria, sino que una tempestad lo
arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto, lleno de peces, entre profundos
lamentos; y cómo llegó a Telépilo de los Lestrígones, quienes destruyeron sus
naves y a todos sus compañeros de buenas grebas. Sólo Odiseo consiguió escapar
en la negra nave.
Le contó el engaño y la
destreza de Circe y cómo bajó a la sombría mansión de Hades para consultar al
alma del tebano Tiresias con su nave de muchas filas de remeros y vio a todos sus compañeros y a su madre que
lo había parido y criado de niño, y cómo oyó el rumor de las Sirenas de dulce
canto y llegó a las Rocas Errantes y a la terrible Caribdis y a Escila, a quien
jamás han evitado incólumes los hombres. Y cómo sus compañeros mataron las
vacas de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba, disparó contra la rápida
nave su humeante rayo y todos sus
compañeros perecieron juntos, pero él evitó a las funestas Keres. Y cómo llegó
a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo retuvo en cóncava cueva
deseando que fuera su esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal y sin
vejez para siempre, pero no persuadió a su corazón. Y cómo después de mucho
sufrir llegó a los feacios, quienes le honraron de todo corazón como a un dios
y lo condujeron en una nave a su tierra patria, después de regalarle bronce,
oro en abundancia y vestidos.
Esta fue la última
palabra que dijo cuando el dulce sueño, el que afloja los miembros, le asaltó
desatando las preocupaciones de su corazón.
Entonces proyectó otra
decisión Atenea, la diosa de ojos brillantes: cuando creyó que Odiseo ya había
gozado del lecho de su esposa y del sueño, al punto hizo salir de Océano a la
de trono de oro, a la que nace de la mañana, para que llevara la luz a los
hombres. Entonces se levantó Odiseo del blando lecho y dirigió la palabra a su
esposa:
«Mujer, ya estamos
saturados ambos de pruebas inumerables; tú, llorando aquí mi penoso regreso y
yo... a mí Zeus y los demás dioses me tenían encadenado con dolores lejos de
aquí, de mi tierra patria, pero ahora que los dos hemos llegado al deseable
lecho, tú has de cuidarme las riquezas que poseo en el palacio, que en cuanto a
las ovejas que los altivos pretendientes me degollaron, muchas se las robaré yo
mismo y otras me las darán los aqueos hasta que llenen mis establos. Mas ahora
parto hacia la finca de muchos árboles para ver a mi noble padre que me está
apenado. A ti, mujer, te encomiendo esto, ya que eres prudente: al levantarse
el sol correrá la noticia de la matanza de los pretendientes en el palacio;
sube al piso de arriba con las siervas y permanece allí, y no mires a nadie ni
preguntes.»
Así dijo y vistió
alrededor de sus hombros la hermosa armadura y apremió a Telémaco, al boyero y
al porquero, ordenándoles que tomaran en sus manos los instrumentos de guerra.
Éstos no le desobedecieron, se vistieron con el bronce, cerraron las puertas y
salieron. Y los conducía Odiseo. Ya había luz sobre la tierra, pero Atenea los
cubrió con la noche y los condujo rápidamente fuera de la ciudad.
CANTO XXIV
EL PACTO
Y Hermes llamaba a las
almas de los pretendientes, el Cilenio, y tenía entre sus manos el hermoso
caduceo de oro con el que hechiza los ojos de los hombres que quiere y de nuevo
los despierta cuando duermen. Con éste los puso en movimiento y los conducía, y
ellas le seguían estridiendo. Como cuando los murciélagos en lo más profundo de
una cueva infinita revolotean estridentes cuando se desprende uno de la cadena
y cae de la roca pues se adhieren unos a
otros así iban ellas estridiendo todas
juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por los sombríos senderos.
Traspusieron las corrientes de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron las
puertas de Helios y el pueblo de los Sueños, y pronto llegaron a un prado de
asfódelo donde habitan las almas, imágenes de los difuntos.
Allí encontraron el alma
del Pelida Aquiles y la de Patroclo y la del irreprochable Antíloco y la de
Ayáx, el más excelente en aspecto y cuerpo de los dánaos después del
irreprochable hijo de Peleo. Todos se iban congregando en torno a éste;
acercóse doliente el alma de Agamenón el Atrida y, a su alrededor, las de
cuantos murieron con él en casa de Egisto y cumplieron su destino.
A éste se dirigió en
primer lugar el alma del Pelida:
«Atrida, estábamos
convencidos de que tú eras querido por Zeus, el que goza con el rayo, por
encima de los demás héroes puesto que reinabas sobre muchos y fuertes hombres
en el pueblo de los troyanos, donde sufrimos penalidades los aqueos. Sin
embargo, también se había de poner a tu lado la luctuosa Moira, a la que nadie
evita de los que han nacido. ¡Ojalá hubieras obtenido muerte y destino en el
pueblo de los troyanos disfrutando de los honores con los que reinabas! Así te
hubiera levantado una tumba el ejército panaqueo y habrías cobrado gran gloria
también para tu hijo. Sin embargo, te había tocado en suerte perecer con la muerte
más lamentable.»
Y le contestó a su vez el
alma del Atrida:
«Dichoso hijo de Peleo,
semejante a los dioses, Aquiles, tú que pereciste en Troya, lejos de Argos y en
torno a ti sucumbían los mejores hijos de troyanos y aquéos luchando por tu
cadáver, mientras tú yacías en medio de un torbellino de polvo ocupando un gran
espacio, olvidado ya de conducir tu carro. Nosotros luchamos todo el día y no
habríamos cesado de luchar en absoluto, si Zeus no te hubiera impedido con una
témpestad. Después, cuando te sacamos de la batalla y te llevamos a las naves,
te pusimos en un lecho tras limpiar tu hermosa piel con agua tibia y con
aceite, y en torno a ti todos los dánaos derramaban muchas, calientes lágrimas
y se mesaban los cabellos.
«Entonces llegó tu madre
del mar con las inmortales diosas marinas, después de oír la noticia, y un
lamento inmenso se levantó sobre el ponto. El temblor se apoderó de todos los
aqueos y se habrían levantado para embarcarse en las cóncavas naves, si no los
hubiera contenido un hombre sabedor de cosas muchas y antiguas, Néstor, cuyo
consejo también antes parecía el mejor. Éste habló con buenos sentimientos
hacia ellos y dijo: "Conteneos, argivos, no huyáis, hijos de los aqueos.
Esta es su madre y viene del mar con las inmortales diosas marinas pára
encontrarse con su hijo muerto." Así habló y ellos contuvieron su huida
temerosa.
«Entonces lo rodearon
llorando las hijas del viejo del mar y, lamentándose, le pusieron vestidos
inmortales. Y las Musas, nueve en total, cantaban alternativamente un canto
funerario con hermosa voz. En ese momento no habrías visto a ninguno de los
argivos sin lágrimas: ¡tanto los conmovía la sonora Musa!
«Dieciocho noches lo
lloramos, e igualmente de día, los dioses inmortales y los mortales hombres. El
día décimoctavo lo entregamos al fuego y sacrificamos animales en torno tuyo,
bien alimentados rebaños y cuernitorcidos bueyes. Tú ardías envuelto en
vestiduras de dioses y en abundante aceite y dulce miel. Muchos héroes aqueos
circularon con sus armas alrededor de tu pira mientras ardías, a pie y a
caballo, y se levantaba un gran estrépito. Después, cuando te había quemado la
llama de Hefesto, al amanecer, recogimos tus blancos huesos, Aquiles,
envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite, pues tu madre nos donó una
ánfora de oro decía que era regalo de
Dioniso y obra del ilustre Hefesto. En ella están tus blancos huesos, ilustre
Aquiles, mezclados con los del cadáver de Patrocio, el hijo de Menetio, y,
separados, los de Antíloco a quien honrabas por encima de los demás compañeros,
aunque después de Patroclo, muerto también. Y levantamos sobre ellos un
monumento grande y perfecto el sagrado ejécito de los guerreros argivos, junto
al prominente litoral del vasto Helesponto. Así podrás ser visto de lejos,
desde el mar, por los hombres que ahora viven y por los que vivirán después.
«Tu madre, después de
pedírselo a los dioses, instituyó un muy hermoso certamen para los mejores de
los aqueos en medio de la concurrencia. Ya has asistido al funeral de muchos
héroes, cuando al morir un rey los jóvenes se ciñen las armas y se establecen
competiciones, pero serla sobre todo al ver aquel cuando habrías quedado
estupefacto: ¡qué hermosísimo certamen estableció la diosa en tu honor, la
diosa de los pies de plata, Tetis, pues eras muy querido de los dioses. Conque
ni aún al morir has perdido tu nombre, sino que tu fama de nobleza llegará
siempre a todos los hombres, Aquiles. En cambio a mí...!, ¿qué placer obtuve al
concluir la guerra? Zeus me preparó durante el regreso una penosa muerte a
manos de Egisto y de mi funesta esposa.»
Esto es lo que decían
entre sí.
Y se les acercó el
Mensajero, el Argifonte, conduciendo las almas de los pretendientes muertos a
manos de Odiseo. Ambos se admiraron al verlos y se fueron derechos a ellos, y
el alma de Agamenón, el Atrida, reconoció al querido hijo de Melaneo, el muy
ilustre Anfimedonte, pues era huésped suyo cuando habitaba su palacio de Itaca.
Así que se dirigió a éste en primer lugar el alma del Atrida:
«Anfimedonte, ¿qué os ha
pasado para que os hundáis en la sombría tierra, hombres selectos todos y de la
misma edad? Nadie que escogiera en la ciudad a los mejores hombres elegiría de
otra manera. ¿Es que os ha sometido Poseidón en las naves levantado crueles
vientos y enormes olas?; ¿o acaso os han destruido en tierra firme, en algún
sitio, hombres enemigos cuando intentabais llevaros sus bueyes o sus hermosos
rebaños de ovejas, o luchando por la ciudad y sus mujeres? Dímelo, puesto que
te pregunto y me precio de ser tu huésped. ¿O no te acuerdas cuando llegué a
vuestro palacio en compañía del divino Menelao para incitar a Odiseo a que nos
acompañara a Ilión sobre las naves de buenos bancos? Durante un mes recorrimos
el ancho mar y con dificultad convencimos a Odiseo, el destructor de ciudades».
Y le contestó el alma de
Anfimedonte:
«Atrida, el más ilustre
soberano de hombres, Agamenón, recuerdo todo eso tal como lo dices. Te voy a
narrar cabalmente y con exactitud el funesto término de nuestra muerte, cómo
fue urdido.
«Pretendíamos a la esposa
de odiseo, largo tiempo ausente, y ella ni se negaba al odiado matrimonio ni lo
realizaba –pues meditaba para nosotros la muerte y la negra Ker , sino que
urdió en su interior este otro engaño: puso en el palacio un gran telar e
hilaba, telar suave e inacabable. Y nos dijo a continuación: " Jóvenes
pretendientes míos, puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad, aunque
deseéis mi boda, hasta que acabe este manto
no sea que se me pierdan los hilos , este sudario para el héroe Laertes,
para cuando le arrebate la luctuosa Moira de la muerte de largos lamentos, no
sea que alguna de las aqueas en el pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario
el que poseyó mucho. Así habló y enseguida se convenció nuestro noble ánimo.
Conque allí hilaba su gran telar durante el día y por la noche lo destejía,
tras colocar antorchas a su lado. Así que su engaño pasó inadvertido durante
tres años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto año y
transcurrteron las estaciones, sucediéndose los meses, y se cumplieron muchos
días, nos lo dijo una de las mujeres –ella lo sabía bien y sorprendimos a ésta destejiendo su
brillante tela.
«Así fue como tuvo que
acabarla, y no voluntariamente sino por la fuerza. Y cuando nos mostró el
manto, tras haber hilado el gran telar, tras haberlo lavado, semejante al sol y
a la luna, fue entonces cuando un funesto demón trajo de algún lado a Odiseo
hasta los confines del campo donde habitaba su morada el porquero. Allí marchó
también el querido hijo del divino Odiseo cuando llegó de vuelta de la arenosa
Pilos en negra nave y entre los dos tramaron funesta muerte para los
pretendientes. Y llegaron a la muy ilustre ciudad, Odiseo el último, mientras
que Telémaco le precedía. El porquero llevó a aquél con miserables vestidos en
su cuerpo, semejante a un mendigo miserable y viejo apoyado en su bastón, y
rodeaban su cuerpo tristes vestidos. Ninguno de nosotros pudo reconocer que era
él al aparecer de repente, ni los que eran más mayores, sino que le
maltratábamos con palabras insultantes y con golpes. El entretanto soportaba
ser golpeado e injuriado en su propio palacio con ánimo paciente; pero cuando
le incitó la voluntad de Zeus, portador de égida, tomó las hermosas armas junto
con Telémaco, las ocultó en la despensa y echó los cerrojos; después mandó con
mucha astucia a su esposa que entregara a los pretendientes el arco y el
ceniciento hierro como competición para nosotros, hombres de triste destino, y
comienzo de la matanza.
«Ello fue que ninguno de
nosotros pudo tender la cuerda del poderoso arco; que éramos del todo
incapaces. Cuando el gran arco llegó a manos de Odiseo, todos nosotros
voceábamos al porquero que no se lo entregara ni aunque le rogara
insistentemente. Sólo Telémaco le animó y se lo ordenó. Así que le tomó en sus
manos el sufridor, el divino Odiseo y tendió el arco con facilidad, hizo pasar
la flecha por el hierro, fue a ponerse sobre el umbral y disparaba sus veloces
saetas mirando a uno y otro lado que daba miedo. Alcanzó al rey Antínoo y luego
iba lanzando sus funestos dardos a los demás, apuntando de frente, y ellos iban
cayendo hacinados.
«Era evidente que alguno
de los dioses les ayudaba, pues, cediendo a su ímpetu, nos mataban desde uno y
otro lado de la sala. Y se levantó un vergonzoso gemido cuando nuestras cabezas
golpeaban contra el pavimento y éste todo humeaba con sangre.
«Así perecimos, Agamenón,
y nuestros cuerpos yacen aún descuidados en el palacio de Odiseo, pues todavía
no lo saben nuestros parientes, quienes lavarían la sangre de nuestras heridas
y nos llorarían después de depositarnos, que éste es el honor que se tributa a
los que han muerto.»
Y le contestó el alma del
Atrida:
«¡Dichoso hijo de
Laertes, muy astuto Odiseo, por fin has recuperado a tu esposa con tu gran
valor! ¡Así de buenos eran los pensamientos de la irreprochable Penélope, la
hija de Icario! ¡Así de bien se acordaba de Odiseo, de su esposo legítimo! Por
eso la fama de su virtud no perecerá y los inmortales fabricarán un canto a los
terrenos hombres en honor de la prudente Penélope. No preparó acciones malvadas
como la hija de Tíndaro que mató a su esposo legítimo y un canto odioso correrá
entre los hombres; ha creado una fama funesta para las mujeres, incluso para
las que sean de buen obrar».
Esto era lo que hablaban
entre sí en la morada de Hades, bajo las cavernas de la tierra.
Entretanto, Odiseo y los
suyos bajaron de la ciudad y. enseguida llegaron al hermoso y bien cultivado
campo que Laertes mismo había adquirido en otro tiempo, después de haber
sufrido mucho. Allí tenía una mansión y, rodeándola por completo, corría un
cobertizo en el que comían, descansaban y pasaban la noche los esclavos
forzosos que le hacían la labor. También había una mujer, la anciana Sicele que
cuidaba gentilmente al anciano en el campo, lejos de la ciudad.
Entonces dijo Odiseo su
palabra a los esclavos y a su hijo:
«Vosotros entrad ya en la
bien edificada casa y sacrificad para la cena el mejor de los cerdos, que yo,
por mi parte, voy a poner a prueba a mi padre, a ver si me reconoce y distingue
con sus ojos o no me reconoce por llevar mucho tiempo lejos.»
Así dijo y entregó a los
esclavos sus armas, dignas de Ares. Estos entraron rápidamente en la casa,
mientras que Odiseo se acercaba a la viña abundante en frutos para probar
suerte. Y no encontró a Dolio al descender a la gran huerta ni a ninguno de los
esclavos ni de los hijos; habían marchado a recoger piedras para un muro que
sirviera de cercado a la viña y los conducía el anciano. Así que encontró solo
a su padre acollando un retoño en la bien cultivada viña. Vestía un manto
descolorido, zurcido, vergonzoso y alrededor de sus piernas tenía atadas unas
mal cosidas grebas para evitar los arañazos; en sus manos tenía unos guantes
por causa de las zarzas y sobre su cabeza una gorra de piel de cabra. Y hacía
crecer sus dolores.
Cuando el sufridor, el
divino Odiseo lo vio doblegado por la vejez y con una gran pena en su interior,
se puso bajo un elevado peral y derramaba lágrimas. Después dudó en su interior
entre besar y abrazar a su padre, y contarle detalladamente cómo había venido y
llegado por fin a su tierra patria, o preguntarle primero y probarle en cada
detalle. Y mientras meditaba, le pareció más ventajoso tentarle primero con
palabras mordaces; así que se fue derecho hacia él el divino Odiseo. En este
mómento el anciano mantenía la cabeza bàja y acollaba un retoño, y poniéndose a
su lado le dijo su ilustre hijo:
«Anciano, no eres
inexpertó en cultivar el huerto, que tiene un buen cultivo y nada en tu jardín
está descuidado, ni la planta ni la higuera ni la vid ni el olivo ni el peral
ni la legumbre. Pero te voy a decir otra cosa, no pongas la cólera en tu ánimo:
tu propio cuerpo no tiene un buen cultivo, sino una triste vejez al tiempo que
estás escuálido y vestido indecorosamente. No, por indolencia al menos no se
despreocupa de ti tu dueño y no hay nada de servil que sobresalga en ti al
mirar tu forma y estatura, pues más bien te pareces a un rey o a uno que duerme
muellemente después que se ha lavado y comido, que ésta es la costumbre de los
ancianos. Pero, vamos, dime esto e
infórmame con verdad : ¿de qué hombre eres esclavo?, ¿de quién es el huerto que
cultivas? Respóndeme también a esto con la verdad, para cerciorarme bien si
esta tierra, a la que he llegado, es Itaca como me ha dicho ese hombre con
quien me he encontrado al venir aquí (y no muy sensato, por cierto, que no se
atrevió a darme detalles ni a escuchar mi palabra cuando le preguntaba si mi
huésped vive en algún sitio, y aún existe, o ya ha muerto y está en la morada
de Hades). Voy a decirte algo, atiende y escúchame: en cierta ocasión acogí en
mi tierra a un hombre que había llegado a mí. Jamás otro mortal venido a mi
casa desde lejanas tierras me fue más querido que él. Afirmaba con orgullo que
su linaje procedía de Itaca y que su padre era Laertes, el hijo de Arcisio. Lo
conduje a mi casa y le acogí honrándole gentilmente, pues en ella había
abundantes bienes. Le ofrecí dones de hospitalidad, los que le eran propios: le
di siete talentos de oro bien trabajados, una crátera de plata adornada con
flores, doce cobertores simples, otras tantas alfombras y el mismo número de
hermosas túnicas y mantos. Aparte, le entregué cuatro mujeres conocedoras de
labores brillantes, muy hermosas, las que él quiso escoger.»
Y le contestó su padre
derramando lágrimas:
«Forastero, es cierto que
has llegado a la tierra por la que preguntas, pero la dominan hombres
insolentes a insensatos. Los dones que le ofreciste, con ser muchos, resultaron
vanos, pues si lo hubieras encontrado vivo en el pueblo de Itaca, te habría
devuelto a casa después de compensarte bien con regalos y con una buena
acogida; pues esto es lo establecido, quienquiera que sea el que empieza.
«Pero vamos, dime a
informame con verdad: ¿cuántos años hace que diste hospitalidad a aquel huésped
tuyo desgraciado, a mi hijo si es que
existió alguna vez , al malhadado a quien han devorado los peces en el mar,
lejos de los suyos y su tierra patria, o se ha convertido en presa de fieras y
aves en tierra firme? Que no lo ha llorado su madre después de amortajarlo ni
su padre, los que lo engendramos; ni su esposa de abundante dote, la prudente
Penélope, ha llorado como es debido a su esposo junto al lecho después de
cerrarle los ojos, pues éste es el honor que se tributa a los que han muerto.
«Dime ahora esto también
tú con vérdad para que yo lo sepa: ¿quién eres entre los hombres?, ¿dónde están
tu ciudad y tus padres?, ¿dónde está detenida tu rápida nave, la que te ha
conducido hasta aquí con tus divinos compañeros?; ¿o acaso has venido como
pasajero en nave ajena y ellos se han marchado después de dejarte en tierra?»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Te voy a contar todo con
detalle: soy de Alibante donde habito mi ilustre morada, hijo del rey Afidanto,
hijo de Polipemón, y mi nombre propio es Epérito. Ello es que un demón me ha
hecho llegar hasta aquí, aunque no quería, apartándome de Sicania; mi nave está
detenida junto al campo, lejos de la ciudad. Este es el quinto año desde que
Odiseo marchó de allí y abandonó mi patria, el malhadado. Desde luego las aves
le eran favorables cuando marchó, estaban a la derecha; con ellas yo me alegré
y le despedí y él estaba alegre al marchar. Nuestro ánimo confiaba en que
volveríamos a reunirnos en hospitalidad y entregarnos espléndidos presentes.»
Así habló y una negra
nube de dolor envolvió a Laertes, tomó polvo de cenicienta tierra y lo derramó
por su encanecida cabeza mientras gemía agitadamente. Entonces se conmovió el
espíritu de Odiseo, le salió por las narices un ímpetu violento al ver a su
padre y de un salto le abrazó y besó diciendo:
«Soy yo, padre, aquél por
quien preguntas, yo que he llegado a los veinte años a mi tierra patria. Pero
contento llanto y lamentos, pues te voy a decir una cosa y es preciso que nos apresuremos:- ya he
matado a los pretendientes en nuestro palacio vengando sus dolorosos ultrajes y
sus malvadas acciones.»
Y le contestó Laertes
diciendo:
«Si de verdad eres
Odiseo, mi hijo, que has llegado aquí, muéstrame una señal clara para que me
convenza.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Contempla con tus ojos,
en primer lugar, esta herida que me hizo un jabalí hundiéndome su blanco
colmillo cuando fui al Parnaso. Tú y mi venerable madre me enviasteis a
Autólico padre de mi madre, para recibir los dones que me prometió al venir
aquí afirmándolo con su cabeza. Es más, te voy a señalar los árboles de la bien
cultivada huerta que me regalaste en
cierta ocasión. Yo te pedía cada uno de ellos cuando era niño y te seguía por
el huerto; íbamos caminando entre ellos y tú me decías el nombre de cada uno.
Me diste trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras y designaste
cincuenta hileras de vides para dármelas, cada una de distinta sazón. Había en
ellas racimos de todas clases cuando las estaciones de Zeus caían de lo alto.»
Así habló y se
debilitaron las rodillas y el corazón de éste al reconocer las claras señales
que Odiseo le había mostrado; echó los brazos alrededor de su hijo, y el
sufridor, el divino Odiseo le atrajo hacia sí desmayado. Cuando de nuevo tomó
aliento y su ánimo se le congregó dentro, contestó con palabras y dijo:
«Padre Zeus, todavía
estáis los dioses en el Olimpo si los pretendientes han pagado de verdad su
orgullosa insolencia. Ahora, sin embargo, temo que los itacenses vengan aquí y
envíen mensajeros por todas partes a las ciudades de los cefalenios.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Cobra ánimos, no te
preocupes de esto, pero vamos ya a la mansión que está cerca del huerto. Ya he
enviado por delante a Telémaco con el boyero y el porquero para que preparen la
cena enseguida.»
Así hablando se
encaminaron a su hermosa mansión. Cuando llegaron a la casa, agradable para
habitar, encontraron a Telémaco con el boyero y el porquero cortando abundantes
carnes y mezclando rojo vino. Entre tanto la sierva Sicele lavó al magnánimo
Laertes, le ungió con aceite y le puso una hermosa túnica. Entonces Atenea se
puso a su lado y aumentó los miembros del pastor de su pueblo e hizo que
pareciera más grande y ancho que antes. Salió éste de su baño y se admiró su
hijo cuando lo vio frente a sí semejante a los dioses inmortales. Así que le
habló dirigiéndole aladas palabras:
«Padre, sin duda uno de
los dioses, que han nacido para siempre, lo ha hecho parecer superior en
belleza y estatura.»
Y le contestó Laertes
discretamente:
«¡Padre Zeus, Atenea y
Apolo! ¡Ojalá me hubiera enfrentado ayer con los pretendientes en mi palacio,
las armas sobre mis hombros, como cuando me apoderé de la bien edificada
ciudadela de Nérito, promontorio del continente acaudillando a los cefalenios!
Seguro que habría aflojado las rodillas de muchos de ellos en mi palacio y tú
habrías gozado en tu interior.» Esto es lo que se decían uno a otro. Y después
que habían terminado de preparar y tenían dispuesta la cena, se sentaron por
orden en sillas y sillones y echaron mano de la comida. Entonces se acercó el
anciano Dolio y con él sus hijos cansados de trabajar, que los salió a llamar
su madre, la vieja Sicele, quien los había alimentado y cuidaba gentilmente al
anciano, luego que le hubo alcanzado la vejez.
Cuando vieron a Odiseo y
lo reconocieron en su interior, se detuvieron embobados en la habitación.
Entonces Odiseo les dijo tocándoles con dulces palabras:
«Anciano, siéntate a la
cena y dejad ya de admiraros; que hace tiempo permanecemos en la sala, deseosos
de echar mano a los alimentos, por esperaros.»
Así habló; Dolio se fue
derecho a él extendiendo sus dos brazos, tomó la mano de Odiseo y se la besó
junto a la muñeca. Y se dirigió a él con aladas palabras:
«Amigo, puesto que has
vuelto a nosotros que mucho lo deseábamos, aunque no lo acabábamos de creer del
todo y los dioses mismos te han traído ,
¡salud!, seas bienvenido y que los dioses te concedan felicidad. Mas dime con
verdad, para que lo sepa, si está enterada la prudente Penélope de tu llegada o
le enviamos un mensajero.»
Y le contestó y dijo el
muy astuto Odiseo:
«Anciano, ya lo sabe,
¿qué necesidad hay de que tú te ocupes de esto?»
Así dijo y se sentó de
nuevo sobre su bien pulimentado asiento. De la misma forma también los hijos de
Dolio daban la bienvenida al ilustre Odiseo con sus palabras y le tomaban de la
mano, y luego se sentaron por orden junto a Dolio, su padre.
Así es como se ocupaban
de comer en la casa, mientras Fama recorría mensajera la ciudad anunciando por
todas partes la terrible muerte y Ker de los pretendientes. Luego que la oyeron
los ciudadanos, venían cada uno de un sitio con gritos y lamentos ante el
palacio de Odiseo, sacaban del palacio los cadáveres y cada uno enterraba a los
suyos: en cambio a los de otras ciudades los depositaban en rápidas naves y los
mandaban a los pescadores para que llevaran a cada uno a su casa.
Y luego marcharon todos
juntos al ágora, acongojado su corazón.
Cuando todos se habían
reunido y estaban ya congregados, se levantó entre ellos Eupites para
hablar pues había en su interior un
dolor imborrable por su hijo Antínoo, el primero a quien había matado el divino Odiseo ; derramando lágrimas por él
levantó su voz y dijo:
«Amigos, este hombre ha
llevado a cabo una gran maldad contra los aqueos: a unos se los llevó en las
naves, a muchos y buenos, perdiendo las cóncavas naves y a su pueblo; y a otros
los ha matado al llegar; a los mejores con mucho de los cefalenios. Conque,
vamos, antes que llegue rápidamente a Pilos o a la divina Elide, donde mandan
los epeos, vayamos nosotros, o estaremos avergonzados para siempre, pues esto
es un baldón incluso para los venideros si se enteran; porque si no castigamos
a los asesinos de nuestros hijos y hermanos, ya no me sería grato vivir, sino
que preferiría morir enseguida y tener trato con los muertos. Vamos, que no se
nos anticipen a atravesar el mar.»
Así habló derramando
lágrimas y la lástima se apoderó de todos los aqueos. Entonces se acercaron Medonte
y el divino aedo pues el sueño les había
abandonado , se detuvieron en medio de ellos y el estupor se apoderó de todos.
Y habló entre ellos Medonte, conocedor de consejos discretos:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses; Odiseo ha realizado estas acciones no sin la voluntad de los dioses.
Yo mismo vi a un dios inmortal apostado junto a Odiseo y era en todo parecido a
Méntor. El dios inmortal se mostraba unas veces ante Odiseo para animarle y
otras agitaba a los pretendientes y se lanzaba tras ellos por el mégaron, y
ellos caían hacinados.»
Así habló y se apoderó de
todos el pálido terror.
Entonces se levantó a
hablar el anciano héroe Haliterses, hijo de Mástor, pues sólo él veía el
presente y el futuro; éste habló con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí,
itacenses, lo que voy a deciros. Para nuestra desgracia se han realizado estos
hechos, pues ni a mí hicisteis caso ni a Méntor, pastor de su pueblo, para
poner coto a las locuras de vuestros hijos, quienes realizaban una gran maldad
con su funesta arrogancia, esquilmando las posesiones y deshonrando a la esposa
del hombre más notable, pues creían que ya no regresaría. También ahora
sucederá de esta forma, obedeced lo que os digo: no vayamos, no sea que alguien
encuentre la desgracia y la atraiga sobre sí.»
Así habló y se levantó
con gran tumulto más de la mitad de epos, pero los demás se quedaron allí, pues
no agradó a su ánimo la palabra, sino que obedecieron a Eupites. Y poco después
se precipitaban en busca de sus armas. Después, cuando habían vestido el
brillante bronce sobre su cuerpo, se congregaron delante de la ciudad de amplio
espacio, y los capitaneaba Eupites con estupidez: afirmaba que vengaría el
asesinato de su hijo y que no iba a volver sino a cumplir allí mismo su
destino.
Entonces Atenea se
dírigió a Zeus, el hijo de Cronos.
«Padre nuestro Cronida,
el más excelso de los poderosos, dime, ya que te pregunto, qué esconde ahora tu
mente. ¿Es que vas a levantar otra vez funesta guerra y terrible combate, o vas
a establecer la amistad entre ambas partes?»
Y Zeus, el que reúne las
nubes, le contestó:
«Hija mía, ¿por qué me
preguntas esto? ¿No has concebido tú misma la decisión de que Odiseo se vengara
de aquéllos al volver? Obra como quieras, aunque te voy a decir lo que más
conviene: una vez que el divino Odiseo ha castigado a los pretendientes, que
hagan juramento de fidelidad y que reine él para siempre. Por nuestra parte,
hagamos que se olviden del asesinato de sus hijos y hermanos. Que se amen
mutuamente y que haya paz y riqueza en abundancia.»
Así hablando, movió a
Atenea ya antes deseosa de bajar, y ésta descendió lanzándose de las cumbres
del Olimpo.
Y después que habían
echado de sí el deseo del dulce alimento, comenzó a hablar entre ellos el
sufridor, el divino Odiseo:
«Que salga alguien a ver,
no sea que ya vengan cerca.»
Así habló y salió un hijo
de Dolio, por cumplir lo mandado, y fue a ponerse sobre el umbral; vio a todos
los otros acercarse y dijo enseguida a Odiseo aladas palabras:
«Ya están cerca,
armémonos rápidamente.»
Así habló y se
levantaron, vistieron sus armaduras los cuatro que iban con Odiseo y los seis
hijos de Dolio. También Laertes y Dolio vistieron sus armas, guerreros a la
fuerza, aunque ya estaban canosos. Cuando ya habían puesto alrededor de su
cuerpo el brillante bronce, abrieron las puertas y salieron afuera, y los
capitaneaba Odiseo.
Entonces se les acercó la
hija de Zeus, Atenea, semejante a Méntor en cuerpo y voz; al verla se alegró el
divino Odiseo y al punto se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, recuerda esto
cuando salgas a luchar con los hombres donde se distinguen los mejores: que no
deshonres el linaje de tus padres, los que hemos sobresalido por toda la tierra
hasta ahora en vigor y hombría.»
Y Telémaco le contestó
discretamente:
«Verás si así lo desea tu
ánimo, querido padre, que no voy a avergonzar tu linaje, como dices.»
Así habló; Laertes se
alegró y dijo su palabra:
«¡Qué día éste para mí,
dioses míos! ¡Qué alegría, mi hijo y mi nieto rivalizan en valentía!»
Y poniéndose a su lado le
dijo la de ojos brillantes, Atenea:
«Arcisíada, el más amado
de todos tus compañeros, suplica a la joven de ojos brillantes y a Zeus, su
padre; blande tu lanza de larga sombra y arrójala.»
Así habló y le inculcó un
gran valor Palas Atenea. Suplicando después a la hija de Zeus, el Grande,
blandió y arrojó su lanza de larga sombra e hirió a Eupites a través del casco
de mejillas de bronce. El casco no detuvo a la lanza y ésta atravesó el bronce
de lado a lado; cayó aquél con gran estrépito y resonaron las armas sobre él.
Se lanzaron sobre los
primeros combatientes Odiseo y su brillante hijo y los golpeaban con sus
espadas; y habrían matado a todos y dejádolos sin retorno si Atenea, la hija de
Zeus portador de égida, no hubiera gritado con su voz y contenido a todo el
pueblo:
«Abandonad, itacenses, la
dura contienda, para que os separéis sin derramar sangre».
Así habló Atenea y el
pálido terror se apoderó de ellos; volaron las armas de sus manos,
aterrorizados como estaban, y cayeron al suelo al lanzar Atenea su voz. Y se
volvieron a la ciudad deseosos de vivir.
Gritó horriblemente el
sufridor, el divino Odiseo y se lanzó de un brinco como el águila que vuela
alto. Entonces el Cronida arrojó ardiente rayo que cayó delante de la de ojos
brillantes, la de poderoso padre, y ésta se dirigió a Odiseo:
«Hijo de Laertes, de
linaje divino, Odiseo rico en ardides, contente, abandona la lucha igual para
todos, no sea que el Cronida se irrite contigo, el que ve a lo ancho, Zeus.»
Así habló Atenea; él
obedeció y se alegró en su ánimo. Y Palas Atenea, la hija de Zeus, portador de
égida, estableció entre ellos un pacto para el futuro, semejante a Méntor en el
cuerpo y en la voz.
FIN