A Ana Grigorievna Dostoiewski
«En verdad, en verdad os digo que si el grano de
trigo caído en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce fruto.»
San Juan 12, 24‑25
INDICE
Prefacio.
PRIMERA PARTE
LIBRO PRIMERO
HISTORIA DE UNA FAMILIA
I.
Fiodor
Pavlovitch Karamazov
II.
Karamazov
se desembaraza de su primer hijo
III.
Nuevo
matrimonio y nuevos hijos
LIBRO II
UNA REUNIÓN FUERA DE LUGAR
I.
La
llegada al monasterio
II.
Un viejo
payaso
III.
Las
mujeres creyentes
IV.
Una dama
de poca fe
V.
¡Así
sea!
VI.
¿Por qué
existirá semejante hombre?
VII.
Un
seminarista ambicioso
VIII.
Un
escándalo
LIBRO III
LOS SENSUALES
I.
En la
antecámara
II.
Isabel
Smerdiachtchaia
III.
Confesión
de un corazón ardiente. En verso
IV.
Confesión
de un corazón ardiente. Anécdotas ...
V.
Confesión
de un corazón ardiente. La cabeza baja
VI.
Smerdiakov
VII.
Una controversia
VIII.
Tomando
el coñac .
IX.
Los
sensuales
X.
Las dos
juntas
XI.
Otra
honra perdida
SEGUNDA PARTE
LIBRO IV
ESCENAS
I.
El padre
Theraponte
II.
Aliocha
visita a su padre
III.
Encuentro
con un grupo de escolares
IV.
En casa
de Khokhlakov
V.
Escena
en el salón
VI.
Escena
en la isba
VII.
Al aire
libre
LIBRO V
PRO Y CONTRA
I.
Los
esponsales
II.
Smerdiakov
y su guitarra
III.
Los
hermanós se conocen
IV.
Rebeldía
V.
«El gran
inquisidor»
VI.
Todavía reina la oscuridad
VII.
Da gusto
conversar con un hombre inteligente
LIBRO VI
UN RELIGIOSO RUSO
I.
El
starets Zósimo y sus huéspedes
II.
Biografía
del starets Zósimo, que descansa
en el Señor, escrita, según sus propias
palabras,
por
Alexei Fiodorovitch Karamazov
III. Resumen de las conversaciones y la
doctrina del starets Zósimo
LIBRO VII
ALIOCHA
I.
El olor
nauseabundo
II.
El
momento decisivo
III.
La
cebolla
IV.
Las
bodasde Caná
LIBRO VIII
MITIA
I.
Kuzma
Samsonov
II.
Liagavi
366
III.
Las
minas de oro 372
IV.
Tinieblas 382 I.
V.
Una
resolución repentina
VI.
¡Aquíestoy
yo!
VII.
El de
antaño
VIII.
Delirio
LIBRO IX
LA INSTRUCCIÓN PREPARATORIA
I.
Los
comienzos del funcionario Perkhotine
II.
La
alarma
III.
Lastribulaciones
de un alma. Primers tribulación
IV.
Segunda
tribulación
V.
Tercera
tribulación
VI.
El
procurador confunde a Mitia
VII.
El gran
secreto de Mitia
VIII.
Declaran
los testigos. El «Pequeñuelo»
IX.
Se
llevan a Mitia
CUARTA PARTE
LIBRO X
LOS MUCHACHOS
I.
Kolia
Krasotkine
II.
Losrapaces
III.
El
colegial
IV.
Escarabajo
V.
Junto al
lecho de Iliucha
VI.
Desarrollo
precoz
VII.
Iliucha
LIBRO XI
IVÁN FIODOROVITCH
I.
En casa
de Gruchegnka
II.
II. El
pie hinchado
III.
III. Un
diablillo
IV.
IV. El himno y el secreto
V.
Esto no
es todo
VI.
Primera
entrevista con Smerdiakov
VII.
Segunda
entrevista con Smerdiakov
VIII.
Tercera
y última entrevista con Smerdiakov
IX.
El
diablo. Visiones de Iván Fiodorovitch
X.
«Él me
lo ha dicho»
LIBRO XII
UN ERROR JUDICIAL
I.
El día
fatal
II.
Declaraciones
adversas
III.
III. El
peritaje médico y una libra de avellanas
IV.
La
suerte sonríe a Mitia
V.
Desastre
repentino
VI.
El
informe de la acusación
VII.
Resumen
histórico
VIII.
Disertación
sobre Smerdiakov
IX.
La troika
desenfrenada
X.
La
defensa. Un arma de dos filos
XI.
Ni
dinero ni robo
XII.
No hubo
asesinato
XIII.
Un
sofísta
XIV.
El
jurado se mantiene firme
I.
Planes
de evasión
II.
Mentiras
sinceras
III.
El
entierro de Iliucha. Alocución junto a la peña
PREFACIO
Al abordar la biografía de mi héroe, Alexei
Fiodorovitch, experimento cierta perplejidad: aunque le llamo «mi héroe», sé
que no es un gran hombre. Por lo tanto, se me dirigirán sin duda preguntas
como éstas: «¿Qué hay de notable en Alexei Fiodorovitch para que lo haya elegido
usted como héroe? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y por qué? ¿Hay alguna razón
para que yo, lector, emplee mi tiempo en estudiar su vida?»
La última pregunta es la más embarazosa, pues la
única respuesta que puedo dar es ésta: «Tal vez. Eso lo verá usted leyendo la
novela. » ¿Pero y si, después de leerla, el lector no ve en mi héroe nada de
particular? Digo esto porque preveo que puede ocurrir así. A mis ojos, el
personaje es notable, pero no tengo ninguna confianza en convencer de ello al
lector. Es un hombre que procede con seguridad, pero de un modo vago y oscuro.
Sin embargo, resultaría sorprendente, en nuestra época, pedir a las personas
claridad. De lo que no hay duda es de que es un ser extraño, incluso original.
Pero estas características, lejos de conferir el derecho de atraer la atención,
representan un perjuicio, especialmente cuando todo el mundo se esfuerza en
coordinar las individualidades y extraer un sentido general del absurdo
colectivo. El hombre original es, en la mayoría de los casos, un individuo que
se aísla de los demás. ¿No es cierto?
Si alguien me contradice en este último punto
diciendo: «Eso no es verdad», o «Eso no es siempre verdad», ello me animará a
creer en el valor de mi héroe. Pues yo juzgo que el hombre original no solamente
no es siempre el individuo que se coloca aparte, sino que puede poseer la
quintaesencia del patrimonio común aunque sus contemporáneos lo repudien
durante cierto tiempo.
De buena gana habría prescindido de estas
explicaciones confusas y desprovistas de interés y habría empezado
sencillamente por el primer capítulo, sin preámbulo alguno, diciéndome: «Si mi
obra gusta, se leerá. » Pero lo malo es que presento una biografía en dos
novelas. La principal es la segunda, donde la actividad de mi héroe se
desarrolla en la época presente. La primera transcurre hace trece años. En
realidad, sólo se recogen en ella unos momentos de la primera juventud del
héroe; pero es indispensable, pues, de no existir esta primera novela, muchos
detalles de la segunda serían incomprensibles. Pero todo esto no hace sino
aumentar mi confusión. Si yo, como biógrafo, considero que una novela habría
bastado para presentar a un héroe tan modesto, tan poco definido, ¿cómo
justificar que lo presente en dos?
Como no
confío en poder resolver estos problemas, los dejo en suspenso. Ya sé que el
lector, con su perspicacia, advertirá que ésta era mi finalidad desde el
principio y me reprochará haber perdido el tiempo diciendo cosas inútiles. A
eso responderé que lo he hecho por cortesía, aunque también he procedido con
astucia, ya que he prevenido al lector. Por lo demás, me complace que mi novela
se haya dividido por sí misma en dos relatos, «sin perder su unidad». Una vez
que conozca el primero, el lector decidirá si vale la pena empezar el segundo.
Evidentemente, cada cual es dueño de sus actos, y el lector puede cerrar el
libro sin pasar de las primeras páginas del primer relato y no volverlo a
abrir. Pero hay lectores de espíritu delicado que quieren llegar hasta el fin
para no caer en la parcialidad. Entre ellos figuran todos los críticos rusos.
Uno se anima al verse frente a ellos. A pesar de su táctica metódica, les he
proporcionado un argumento de los más decisivos para dejar la lectura en el
primer episodio de la novela.
Con esto doy mi prefacio por terminado. Convengo en
que podría haber prescindido de él. Pero ya que está escrito, conservémoslo.
Y ahora, empecemos.
EL
AUTOR
HISTORIA DE UNA FAMILIA
CAPITULO PRIMERO
FIODOR PAVLOVITCH KARAMAZOV
Alexei Fiodorovitch
Karámazov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito llamado
Fiodor (Teodoro.) Pavlovitch, cuya trágica muerte, ocurrida trece años atrás,
había producido sensación entonces y todavía se recordaba. Ya hablaré de este
suceso más adelante. Ahora me limitaré a decir unas palabras sobre el «hacendado»,
como todo el mundo le llamaba, a pesar de que casi nunca había habitado en su
hacienda. Fiodor Pavlovitch era uno de esos hombres corrompidos que, al mismo
tiempo, son unos ineptos ‑tipo extraño, pero bastante frecuente‑ y
que lo único que saben es defender sus intereses. Este pequeño propietario
empezó con casi nada y pronto adquirió fama de gorrista. Pero a su muerte
poseía unos cien mil rublos de plata. Esto no le había impedido ser durante su
vida uno de los hombres más extravagantes de nuestro distrito. Digo
extravagante y no imbécil, porque esta clase de individuos suelen ser
inteligentes y astutos. La suya es una ineptitud específica, nacional.
Se casó dos veces y tuvo tres hijos; el mayor,
Dmitri, del primer matrimonio, y los otros dos, Iván y Alexei, del segundo. Su
primera esposa pertenecía a una familia noble, los Miusov, acaudalados
propietarios del mismo distrito. ¿Cómo aquella joven dotada, y además bonita,
despierta, de espíritu refinado ‑ese tipo que tanto abunda entre nuestras
contemporáneas‑, había podido casarse con semejante «calavera», como
llamaban a mi desgraciado personaje? No creo necesario extenderme en largas
explicaciones sobre este punto. Conocí a una joven de la penúltima generación
romántica que, despues de sentir durante varios años un amor misterioso por un
caballero con el que podía casarse sin impedimento alguno, se creó ella misma
una serie de obstáculos insuperables para esta unión. Una noche tempestuosa se
arrojó desde lo alto de un acantilado a un río rápido y profundo. Así pereció,
víctima de su imaginación, tan sólo por parecerse a la Ofelia de Shakespeare.
Si aquel acantilado por el que sentía un cariño especial hubiera sido menos pintoresco,
o una simple, baja y prosaica orilla, sin duda aquella desgraciada no se habría
suicidado. El hecho es verídico, y seguramente en las dos o tres últimas
generaciones rusas se han producido muchos casos semejantes. La resolución de
Adelaida Miusov fue también, sin duda, consecuencia de influencias ajenas, la
exasperación de un alma cautiva. Tal vez su deseo fue emanciparse, protestar
contra los convencionalismos sociales y el despotismo de su familia. Su
generosa imaginación le presentó momentáneamente a Fiodor Pavlovitch, a pesar
de su reputación de gorrista, como uno de los elementos más audaces y
maliciosos de aquella época que evolucionaba en sentido favorable, cuando no
era otra cosa que un bufón de mala fe. Lo más incitante de la aventura fue un
rapto que encantó a Adelaida Ivanovna. Fiodor Pavlovitch, debido a su
situación, estaba especialmente dispuesto a realizar tales golpes de mano:
quería abrirse camino a toda costa y le pareció una, excelente oportunidad
introducirse en una buena familia y embolsarse una bonita dote. En cuanto al
amor, no existía por ninguna de las dos partes, a pesar de la belleza de la
joven. Este episodio fue seguramente un caso único en la vida de Fiodor
Pavlovitch, que tenía verdadera debilidad por el bello sexo y estaba siempre
dispuesto a quedar prendido de unas faldas con tal que le gustasen. Pero la
raptada no ejercía sobre él ninguna atracción de tipo sensual.
Adelaida
Ivanovna advirtió muy pronto que su marido sólo le inspiraba desprecio. En
estas circunstancias, las desavenencias conyugales no se hicieron esperar. A
pesar de que la familia de la fugitiva aceptó el hecho consumado y envió su
dote a Adelaida Ivanovna, el hogar empezó a ser escenario de continuas riñas y
de una vida desordenada. Se dice que la joven se mostró mucho más noble y digna
que Fiodor Pavlovitch, el cual, como se supo más tarde, ocultó a su mujer el
capital que poseía: veinticinco mil rublos, de los que ella no oyó nunca
hablar. Además, estuvo mucho tiempo haciendo las necesarias gestiones para que
su mujer le transmitiera en buena y debida forma un caserío y una hermosa casa
que formaban parte de su dote. Lo consiguió porque sus peticiones insistentes y
desvergonzadas enojaban de tal modo a su mujer, que ésta acabó cediendo por cansancio.
Por fortuna, la familia intervino y puso freno a la rapacidad de Fiodor
Pavlovitch.
Se sabe que los esposos llegaban frecuentemente a las
manos, pero se dice que no era Fiodor Pavlovitch el que daba los golpes, sino
Adelaida Ivanovna, mujer morena, arrebatada, valerosa, irascible y dotada de
un asombroso vigor.
Ésta acabó por huir con un estudiante que se caía de
miseria, dejando en brazos de su marido un niño de tres años: Mitia [L1]. El esposo se apresuró a convertir su casa
en un harén y a organizar toda clase de francachelas. Además, recorrió la
provincia, lamentándose ante el primero que encontraba de la huida de Adelaida
Ivanovna, a lo que añadía una serie de detalles sorprendentes sobre su vida
conyugal. Se diría que gozaba representando ante todo el mundo el ridículo
papel de marido engañado y pintando su infortunio con vivos colores. «Tan
contento está usted a pesar de su desgracia, Fiodor Pavlovitch, que parece un
hombre que acaba de ascender en su carrera», le decían los bromistas. No pocos
afirmaban que se sentía feliz al mostrarse en su nuevo papel de bufón y que
para hacer reír más fingía no darse cuenta de su cómica situación. ¡Quién sabe
si procedía así por ingenuidad!
Al fin logró dar con la pista de la fugitiva. La
infeliz se hallaba en Petersburgo, donde había terminado de emanciparse. Fiodor
Pavlovitch empezó a prepararse para partir. ¿Con qué propósito? Ni él mismo lo
sabía. Tal vez estaba verdaderamente decidido a trasladarse a Petersburgo,
pero, una vez adoptada esta resolución, consideró que tenía derecho, a fin de
tomar ánimos, a emborracharse en toda regla. Entre tanto, la familia de su
mujer se enteró de que la desgraciada había muerto en un tugurio, según unos,
a consecuencia de unas fiebres tifoideas; según otros, de hambre. Fiodor
Pavlovitch estaba ebrio cuando le dieron la noticia de la muerte de su esposa,
y cuentan que echó a correr por las calles, levantando los brazos al cielo y
gritando alborozado: «Ahora, Señor, ya no retienes a tu siervo[L2]». Otros aseguran que lloraba como un niño,
hasta el punto de que daba pena verle, a pesar de la aversión que inspiraba. Es
muy posible que ambas versiones se ajustasen a la verdad, es decir, que se
alegrase de su liberación y que llorara a su liberadora. Las personas, incluso
las peores, suelen ser más cándidas, más simples, de lo que suponemos..., sin
excluirnos a nosotros.
CAPITULO II
KARAMAZOV SE DESEMBARAZA DE SU PRIMER HIJO
Cualquiera puede figurarse lo que sería aquel hombre
como padre y educador. Abandonó por completo al hijo que había tenido con
Adelaida Ivanovna, pero no por animosidad ni por rencor contra su esposa, sino
simplemente porque se olvidó de él. Mientras abrumaba a la gente con sus
lágrimas y sus lamentos y hacia de su casa un lugar de depravación, Grigori [L3], un fiel sirviente, recogía a Mitia. Si el
niño no hubiera hallado esta protección, seguramente no habría tenido a nadie
que le mudara la ropa. También su familia materna le había olvidado. Su abuelo
había muerto; su abuela, establecida en Moscú, estaba enferma; sus tías se
habían casado. Por todo lo cual, Mitia tuvo que pasar casi un año en el
pabellón donde habitaba Grigori. Y si su padre se acordaba de él
(verdaderamente era imposible que ignorase su existencia), habría terminado por
enviarlo al pabellón para poder entregarse libremente a su disipada vida.
Así las cosas, llegó de París un primo de la difunta
Adelaida Ivanovna, Piotr [L4] Alejandrovitch Miusov, que después pasaría
muchos años en el extranjero. A la sazón, era todavía muy joven y se distinguía
de su familia por su cultura y su exquisita educación. Entonces era un
occidentalista convencido, y en la última etapa de su vida sería un liberal del
tipo de los que hubo en los años 40 y 50. En el curso de su carrera se
relacionó con multitud de ultraliberales, tanto en Rusia como en el
extranjero, y conoció personalmente a Proudhon y a Bakunin. Le gustaba recordar
los tres días de febrero de 1848 en París y dejaba entrever que había estado a
punto de luchar en las barricadas. Éste era uno de los mejores recuerdos de su
juventud. Poseía una bonita fortuna: alrededor de mil almas, para contar a la
antigua. Su soberbia propiedad estaba a las puertas de nuestro pueblo y
limitaba con las tierras de nuestro famoso monasterio. Apenas entró en posesión
de su herencia, Piotr Alejandrovitch entabló un proceso interminable con los
monjes
para dilucidar ciertos derechos, no sé a punto fijo
si de pesca o de tala de bosques. El caso es que, como ciudadano esclarecido,
consideró un deber pléitear con el clero.
Cuando se enteró de la desgracia de Adelaida
Ivanovna, de la que guardaba buen recuerdo, y de la existencia de Mitia, se
interesó por el niño, a pesar del desprecio y de la indignación juvenil que
Fiodor Pavlovitch, al que entonces veía por primera vez, le inspiraba. Le
comunicó francamente su intención de encargarse de Mitia. Mucho tiempo después
contaba, como un rasgo característico de Fiodor Pavlovitch, que cuando le habló
de Mitia, estuvo un momento sin saber de qué niño se trataba, a incluso se asombró
de tener un hijo en el pabellón de su hacienda. Por exagerado que fuera este
relato, contenía sin duda una parte de verdad. A Fiodor PavIovitch le había
gustado siempre adoptar actitudes, representar papeles, a veces sin necesidad
a incluso en detrimento suyo, como en el caso presente. Esto mismo les sucede a
muchas personas, entre las que hay algunas que no son tontas ni mucho menos.
Piotr Alejandrovitch obró con presteza a incluso fue
nombrado tutor del niño (conjuntamente con Fiodor Pavlovitch), ya que su madre
había dejado tierras y una casa al morir. Mitia se trasladó a casa de su tío,
que no tenía familia. Cuando éste hubo de regresar a París, después de haber
arreglado sus asuntos y asegurado el cobro de sus rentas, confió el niño a una
de sus tías, residente en Moscú. Después, ya aclimatado en Francia, se olvidó
del niño, sobre todo cuando estalló la revolución de febrero, acontecimiento
que se grabó en su memoria para toda su vida. Fallecida la tía de Moscú, Mitia
fue recogido por una de las hijas casadas de la difunta. Al parecer, se
trasladó a un cuarto hogar, pero no quiero extenderme por el momento sobre este
punto, y menos teniendo que hablar más adelante largamente del primer vástago
de Fiodor Pavlovitch. Me limito a dar unos cuantos datos, los indispensables
para poder empezar mi novela.
De los tres hijos de Fiodor Pavlovitch, sólo Dmitri
creció con la idea de que poseía cierta fortuna y sería independiente cuando
llegase a la mayoría de edad. Su infancia y su juventud fueron muy agitadas.
Dejó el colegio antes de terminar sus estudios, ingresó en la academia militar,
se trasladó al Cáucaso, sirvió en el ejército, se le degradó por haberse batido
en duelo, volvió al servicio y gastó alegremente el dinero. Su padre no le dio
nada hasta que fue mayor de edad, cuando Mitia había contraído ya importantes
deudas. Hasta entonces, hasta que fue mayor de edad, no volvió a ver a su
padre. Fue a su tierra natal especialmente para informarse de la cuantía de su
fortuna. Su padre le desagradó desde el principio. Estuvo poco tiempo en su
casa: se marchó enseguida con algún dinero y después de haber concertado un
acuerdo para percibir las rentas de su propiedad.
Detalle curioso: no consiguió que su padre le
informara acerca del valor de su hacienda ni de lo que ésta rentaba. Fiodor
PavIovitch vio en seguida ‑es importante hacer constar este detalle que
Mitia tenía un concepto falso, exagerado, de su fortuna. El padre se alegró de
ello, considerando que era un beneficio para él. Dedujo que Mitia era un joven
aturdido, impulsivo, apasionado, y que si se le daba alguna pequeña suma para
que aplacara su afán de disipación, estaría libre de él durante algún tiempo.
Fiodor Pavlovitch supo sacar provecho de la
situación. Se limitó a desprenderse de vez en cuando de pequeñas cantidades, y
un día, cuatro años después, Mitia perdió la paciencia y reapareció en la
localidad para arreglar las cuentas definitivamente. Entonces se enteró, con
gran asombro, de que no le quedaba nada, que había recibido en especie de
Fiodor Pavlovitch el valor total de sus bienes y que incluso podía estar en
deuda con él, cosa que no sabía a ciencia cierta, pues las cuentas estaban
embrolladisimas. Según tal o cual convenio concertado en esta o aquella fecha,
Mitia no tenía derecho a reclamar nada, etcétera. Mitia se indignó, perdió los
estribos y estuvo a punto de perder la razón, al sospechar que todo aquello
era una superchería.
Éste fue el móvil de la tragedia que constituye el
fondo de mi primera novela, o, mejor dicho, su marco.
Pero antes de referir estos hechos, hay que hablar de
los otros dos hijos de Fiodor Pavlovitch y explicar su origen.
CAPITULO III
Después de haberse desembarazado de Mitia, Fiodor
PavIovitch contrajo un nuevo matrimonio que duró ocho años.
Su segunda esposa, joven como la primera, era de otra
provincia, a la que se había trasladado en compañía de un judío para tratar
de negocios. Aunque era un borracho y un perdido, no cesaba de velar por su
capital y realizaba excelentes aunque nada limpias operaciones.
Sofia
Ivanovna era hija de un humilde diácono y quedó huérfana en su infancia. Se
había educado en la opulenta mansión de su protectora, la viuda del general
Vorokhov, dama de gran prestigio en la sociedad, que, además de proporcionarle
una educación, había labrado su desgracia. Ignoro los detalles de este
infortunio, pero he oído decir que la muchacha, dulce, cándida, paciente, había
intentado ahorcarse colgándose de un clavo, en la despensa, tanto la torturaban
los continuos reproches y los caprichos de su vieja protectora, que no era mala
en el fondo, pero que, al estar todo el día ociosa, se ponía insoportable.
Fiodor Pavlovitch pidió su mano, pero fue rechazado
cuando se obtuvieron informes de él. Entonces propuso a la huérfana raptarla,
como había hecho con su primer matrimonio. Con toda seguridad, ella se habría
negado a ser su esposa si hubiese estado mejor informada acerca de él. Pero
esto sucedía en otra provincia. Además, ¿qué podía discernir una muchacha de
dieciséis años, como no fuera que era preferible arrojarse al agua que seguir
en casa de su protectora? Es decir, que la infortunada sustituyó a su
bienhechora por un bienhechor. Esta vez Fiodor Pavlovitch no recibió ni un
céntimo, pues la generala se enfureció de tal modo, que lo único que le dio fue
su maldición.
Pero Fiodor Pavlovitch no contaba con el dinero de su
nueva esposa. La extraordinaria belleza de la joven, y sobre todo su candor,
le habían cautivado, a él, un hombre todo voluptuosidad, que hasta entonces
sólo había sido sensible a los atractivos más groseros. «Sus ojos inocentes me
taladran el alma», decía con una sonrisa maligna. Pero aquel ser corrompido
sólo podía sentir una atracción de tipo sensual. Fiodor Pavlovitch no tuvo ningún
miramiento con su esposa. Considerando que estaba en deuda con él, ya que la
había salvado de una vida insoportable, y aprovechándose de su bondad y su
resignación inauditas, pisoteó la decencia conyugal más elemental. Su casa fue
escenario de orgías en las que tomaban parte mujeres de mal vivir. Un detalle
digno de mención es que Grigori, hombre taciturno, estúpido y obstinado, que
había odiado a su primera dueña, se puso de parte de la segunda, discutiendo
por ella con su amo de un modo inadmisible en un doméstico. Un día llegó a
despedir a las doncellas que rondaban a Fiodor Pavlovitch. Andando el tiempo,
la desdichada esposa, que había vivido desde su infancia en una perpetuo
terror, contrajo una enfermedad nerviosa corriente entre las lugareñas y que
vale a sus víctimas el calificativo de « endemoniadas». A veces la enferma,
presa de terribles crisis histéricas, perdía la razón. Sin embargo, dio a su
marido dos hijos: Iván [L5], que nació un año después de la boda, y
Alexei, que vino al mundo tres años más tarde. Cuando Sofía Ivanovna murió,
Alexei tenía cuatro años, y, por extraño que parezca, se acordó toda su vida de
su madre, aunque como a través de un sueño. Al fallecer Sofía Ivanovna, los dos
niños corrieron la misma suerte que el primero: el padre se olvidó de ellos,
los abandonó por completo, y Grigori se los llevó a su pabellón.
Allí los encontró la vieja generala, la misma que
había educado a la madre. Durante los ocho años en que Sofia Ivanovna fue la esposa
de Fiodor Pavlovitch, el rencor de la vieja dama hacia ella no había cedido.
Sabiendo la vida que llevaba la infeliz, enterada de que estaba enferma y de
los escándalos que tenía que soportar, la generala manifestó dos o tres veces a
los parásitos que la rodeaban: «Bien hecho. Dios la ha castigado por su
ingratitud.»
Exactamente tres meses después de la muerte de Sofia
Ivanovna, la anciana señora apareció en nuestro pueblo y se presentó en casa
de Fiodor Pavlovitch. Su visita sólo duró media hora, pero aprovechó el tiempo.
Era el atardecer. Fiodor Pavlovitch, al que no había visto desde hacía ocho
años, se presentó ante ella en completo estado de embriaguez. Se cuenta que,
apenas lo vio llegar, le dio dos sonoras bofetadas y a continuación tres
tirones de flequillo. Hecho esto y sin pronunciar palabra, se fue al pabellón
donde habitaban los niños. Estaban mal vestidos y sucios, viendo lo cual, la
irascible dama dio otra bofetada a Grigori y le dijo que se llevaba a los
niños. Tal como estaban, los envolvió en una manta, los puso en el coche y se
marchó. Grigori encajó el bofetón como un sirviente perfecto y se abstuvo de
emitir la menor protesta. Acompañó a la anciana a su coche y le dijo,
inclinándose ante ella profundamente:
‑Dios la recompensará por su buena acción.
‑Eres tonto de remate ‑respondió ella a
modo de adiós.
Después de analizar el asunto, Fiodor Pavlovitch se
declaró satisfecho y en seguida dio su consentimiento en regla para que los niños
fueran educados en casa de la generala. Hecho esto, se fue a la ciudad, a jactarse
de los bofetones recibidos.
Poco tiempo después murió la generala. Dejó mil
rublos a cada niño «para su instrucción». Este dinero se debía emplear íntegramente
en provecho de ellos y la testadora lo consideraba suficiente. Si otras
personas querian hacer algo más, eran muy libres, etcétera.
Aunque no leí el testamento, yo sabía que había en él
un pasaje extraño, hijo de la inclinación a lo original. El principal heredero
de la generala era, por fortuna, un hombre honrado, el mariscal de la nobleza
de nuestra provincia Eutimio Petrovitch Polienov. Éste cambió algunas cartas
con Fiodor Pavlovitch, el cual, sin rechazar sus proposiciones categóricamente,
iba alargando el asunto. Viendo que no conseguiría nada del padre de los
niños, Eutimio Petrovitch se interesó personalmente por ellos y tomó un cariño
especial al menor, que vivió largo tiempo en su casa.
Llamo la atención del lector sobre este punto: los
niños fueron educados por Eutimio Petrovitch, hombre de bondad nada común, el
cual conservó intacto el capital de los niños, que había ascendido a dos mil
rublos a su mayoría de edad, al acumularse los intereses. Eutimio Petrovitch
los educó a costa suya, lo que le representó un gasto de bastante más de mil
rublos por niño.
No haré un relato detallado de la infancia y la
juventud de los huérfanos: nie limitaré a exponer los detalles más importantes.
El mayor, Iván, fue en su adolescencia un ser taciturno, reconcentrado, pero
en modo alguno timido. Había comprendido que su hermano y él se educaban en
casa ajena y por misericordia, y que tenían por padre un hombre que era un
baldón para ellos. Este muchacho mostró desde su más tierna infancia (por lo
menos, según se cuenta) gran capacidad para el estudio. A la edad de trece años
dejó a la familia de Eutimio Petrovitch para estudiar en un colegio de Moscú
como pensionista en casa de un famoso pedagogo, amigo de la infancia de su
protector. Más tarde Iván decía que Eutimio Petrovitch había procedido
impulsado por su ardiente amor al bien y porque opinaba que un adolescente
excepcionalmente dotado debía ser educado por un pedagogo genial. Pero ni con
su educación ni con su protector pudo contar cuando ingresó en la universidad.
Eutimio Petrovitch no había sabido gestionar el asunto del testamento, y el
legado de la generala no había llegado aún a sus manos, a causa de las
formalidades y dilaciones que pesan sobre estos trámites en nuestro país. En
una palabra, que nuestro estudiante pasó verdaderos apuros en sus dos primeros
años de universidad y se vio obligado a ganarse el sustento a la vez que
estudiaba. Hay que hacer constar que no intentó en modo alguno ponerse en
relación con su padre. Tal vez procedió así por orgullo, por desprecio al autor
de sus días, o acaso su clarividencia le dijo que no podía esperar nada de
semejante hombre. Fuera como fuere, el chico no perdió los ánimos y encontró el
modo de ganarse la vida: primero lecciones a veinte copecs, después artículos
de diez líneas sobre escenas de la calle que publicaba en varios periódicos
con el seudónimo de «Un Testigo Ocular» . Dicen que estos artículos tuvieron
éxito porque eran siempre curiosos y agudos. Así, el joven reportero demostró
su superioridad, tanto en el sentido práctico como en el intelectual, sobre
los incontables estudiantes de ambos sexos, siempre necesitados, que en
Petersburgo y en Moscú asedian incesantemente las redacciones de los
periódicos en demanda de copias y traducciones del francés.
Una vez introducido en el mundo periodístico, Iván
Fiodorovitch ya no perdió el contacto con él. Durante sus últimos años de
universidad publicó informes sobre obras especiales y así se dio a conocer en
los medios literarios. Pero sólo cuando hubo terminado sus estudios consiguió
despertar la atención en un amplio círculo de lectores. Al salir de la
universidad, y cuando se disponía a dirigirse al extranjero con sus dos mil
rublos, publicó en un gran periódico un artículo singular que atrajo la
atención incluso de los profanos. El tema era para él desconocido, ya que había
seguido los cursos de la facultad de ciencias, y el artículo hablaba de
tribunales eclesiásticos, cuestión que entonces se debatía en todas partes. El
autor examinaba algunas opiniones ajenas y exponía sus puntos de vista personales.
Lo sorprendente del artículo era el tono y el modo de exponer las
conclusiones. El resultado fue que, a la vez que no pocos «clericales»
consideraron al autor como correligionario suyo, los «laicos», a incluso los
ateos, aplaudieron sus ideas. Si menciono este hecho es porque el eco del
artículo llegó a nuestro famoso monasterio, donde interesaba la cuestión de
los tribunales eclesiásticos y en el cual produjo gran perplejidad. El hecho de
que el autor hubiera nacido en nuestro pueblo y fuera hijo de «ese Fiodor
Pavióvitch» acrecentó el interés general. Y precisamente entonces apareció el
autor en persona.
¿Por qué vino Iván Fiodorovitch a casa de su padre?
Recuerdo que me hice esta pregunta con cierta inquietud. Esta visita fatal,
que tuvo tan graves consecuencias, fue para mí inexplicable durante mucho
tiempo. En verdad era inexplicable que un hombre tan inteligente y a la vez tan
orgulloso y reconcentrado se instalase, a la vista de todos, en una casa que
tan mala fama tenía. Fiodor Pavlovitch no había pensado nunca en él, y, aunque
por nada del mundo habría dado dinero a nadie, siempre estaba temiendo que sus
hijos se lo reclamaran. Y he aquí que lván Fiodorovitch se instala en casa de
su padre, pasa a su lado un mes, dos meses, y se entiende con él de maravilla.
No fui yo solo el que se asombró de esta buena
armonía. Piotr Alejandrovitch Miusov, del que ya hemos hablado y que, aunque
tenía su domicilio en París, estaba pasando una temporada en su propiedad, fue
el más sorprendido. Trabó conocimiento con el joven, con el cual rivalizaba en
erudición, y lo consideró sumamente interesante.
‑Es un hombre orgulloso ‑nos decía‑.
Se bastará siempre a sí mismo. Tiene lo suficiente para marcharse al
extranjero. ¿Qué demonios hace aquí? No hay duda de que no ha venido para sacar
dinero a su padre, al que, por otra parte, de ningún modo se lo sacaría. No le
gusta beber ni perseguir a las muchachas. Sin embargo, el viejo ya no puede
pasar sin él.
Era verdad: el hijo ejercía una visible influencia
sobre su padre, el cual, a pesar de su carácter caprichoso y obstinado, le daba
la razón muchas veces.
Más adelante se supo que Iván había llegado en parte
para resolver cuestiones de intereses que afectaban a su hermano mayor,
Dmitri, al que había visto por primera vez con este motivo, pero con el que
estaba ya ligado por un importante asunto, del que hablaremos con todo detalle
a su debido tiempo. Incluso cuando estuve al corriente de ello, seguía viendo
en Iván Fiodorovitch un ser enigmático, y en su estancia entre nosotros un
hecho dificil de explicar.
Añadiré que actuaba como árbitro y apaciguador entre
su padre y Mitia, entonces reñidos hasta el extremo de que este último,
Dmitri, había intentado recurrir a la justicia.
Por primera
vez se hallaba reunida esta familia, cuyos miembros no se habían visto jamás.
Sólo el menor de los hermanos, Alexei, se hallaba en la comarca desde hacía ya
un año. No es conveniente hablar de él en este preámbulo, es decir, antes de
que salga a escena en nuestra novela. Sin embargo, he de decir algunas cosas de
este personaje para aclarar un detalle singular, y es que mi héroe aparece
desde la primera escena con hábito de novicio. Desde hacía un año habitaba en
nuestro monasterio y se preparaba para pasar en él todo el resto de su vida.
CAPITULO IV
Tenía veinte años (sus hermanos Iván y Dmitri tenían
veinticuatro y veintiocho respectivamente). Debo advertir que Aliocha [L6] no era en modo alguno un fanático y ni
siquiera, a mi entender, un místico. Yo creo que era sencillamente un filántropo
precoz y que había adoptado la vida monástica porque era lo único que entonces
le atraía, y porque representaba para él la ascensión radiante de su alma
liberada de las tinieblas y de los odios de aquí abajo. Aquel camino le atraía
únicamente porque había hallado en él a un ser excepcional a su juicio, el
famoso starets [L7] Zósimo, al que se entregó con todo el fervor
insaciable de su corazón de novicio. Desde la cuna se había mostrado como un
ser distinto a los demás. Ya he dicho que habiendo perdido a su madre a los
cuatro años, se acordó toda su vida de su rostro y de sus caricias como se
recuerdan «los de un ser viviente». Estos recuerdos pueden persistir (todos lo
sabemos), aunque procedan de una edad más temprana, pero son tan sólo como
puntos luminosos en las tinieblas, como fragmentos de un inmenso cuadro
desaparecido. Éste era el caso de Aliocha. Se acordaba de un bello atardecer
estival en que por la abierta ventana penetraban los rayos oblicuos del sol
poniente. En un rincón de la estancia había una imagen con una vela encendida,
y ante la imagen estaba su madre, arrodillada, gimiendo y sollozando violentamente,
como en una crisis de nervios. La infeliz lo tenía en brazos, lo estrechaba en
ellos hasta casi ahogarlo y rogaba por él a la Santa Virgen. En un momento en
que la madre aflojó el abrazo para acercar el niño a la imagen, el ama,
aterrada, llegó corriendo y se lo quitó de los brazos.
Aliocha se acordaba del semblante de su madre lleno
de sublime exaltación, pero no le gustaba hablar de ello. En su infancia y en
su juventud se mostró concentrado a incluso taciturno, no por timidez ni por
adusta misantropía, sino por una especie de preocupación interior, tan
profunda que le hacia olvidarse de lo que lé rodeaba.
Sin embargo, amaba a sus semejantes, y sin que nadie
le tomara por tonto, tuvo fe en ellos durante toda su vida. Había en él algo
que revelaba que no quería erigirse en juez de los demás. Incluso parecía
admitirlo todo sin reprobación, aunque a veces con profunda tristeza. Desde su
juventud fue inaccesible al asombro y al temor.
Al cumplir los veinte años en casa de su padre, donde
reinaba el más bajo libertinaje, esta vida se hizo intolerable para su alma casta
y pura, y se retiró en silencio, sin censurar ni despreciar a nadie. Su padre,
especialmente sensible a las ofensas como buen viejo parásito, le había
dispensado una mala acogida. «Se calla, pero no por eso deja de pensar mal de
mí», decía. Pero no tardó en abrazarlo y prodigarle sus caricias. En verdad,
eran las suyas lágrimas y ternuras de borracho, pero era evidente que sentía
por él un amor sincero y profundo que hasta entonces no había sentido por
nadie.
Desde su infancia, Aliocha había contado con la
estimación de todo el mundo. La familia de su protector, Eutimio Petrovitch Polienov,
le tomó tanto cariño, que todos lo consideraban como el niño de la casa.
Aliocha había llegado a este hogar a edad tan temprana, que no podía conocer
la premeditación ni la astucia; a una edad en que se ignoran los artificios con
que uno puede atraerse el favor ajeno y en que se desconoce el arte de hacerse
querer. Por lo tanto, este don de atraerse las simpatías era en él algo
natural, espontáneo, ajeno a todo artificio. Lo mismo ocurrió en el colegio,
donde los niños como Aliocha suelen atraerse la desconfianza, las burlas a
incluso el odio de sus compañeros. Desde su infancia le gustó aislarse para
soñar, leer en un rincón. Sin embargo, durante sus años de colegial gozó de la
estimación de todos sus condiscípulos. No era travieso, ni siquiera alegre,
pero, al observarlo, se vela en seguida que no era un niño triste, sino que
poseía un humor apacible a invariable. No quería ser más que nadie; acaso por
esta razón a nadie temía. Y sus compañeros observaban que, lejos de envanecerse
de ello, procedía como si ignorase su valor y su resolución. Tampoco conocía
el rencor: una hora después de haber recibido una ofensa, dirigía la palabra
al ofensor con toda naturalidad, como si no hubiera pasado nada entre ellos. No
es que diera muestras de haber olvidado la ofensa, ni de haberla perdonado,
sino que no se consideraba ofendido, y con esto se captaba la estimación de
los niños.
Sólo un rasgo de su carácter incitaba a sus
compañeros a burlarse de él, aunque no por maldad, sino por diversión: Aliocha
era pudoroso y casto hasta lo inaudito. No podía soportar ciertas expresiones
ni ciertos comentarios sobre las mujeres, que, para desgracia nuestra, son
tradicionales en las escuelas rusas. Muchachos de alma y corazón puros, todavía
casi niños, se deleitan en conversaciones a imágenes que a veces repugnan
incluso a los más rudos soldados. Además, éstos saben menos de tales cuestiones
que los jovencitos de nuestra buena sociedad. No hay en ello ‑bien se ve‑
corrupción ni cinismo verdaderos, pero éstos existen en apariencia, y,
generalmente, esos muchachos ven en tal proceder algo delicado, exquisito,
digno de imitarse. Al ver que Aliocha Karamazov se tapaba los oídos cuando se
hablaba de estas cosas, sus compañeros le cercaban, le apartaban las manos a
viva fuerza y le decían obscenidades a gritos. Alexei se debatia, se tiraba al
suelo, se tapaba la cara, y soportaba la ofensa en silencio y sin enfadarse. Al
fin le dejaban en paz, cesaban de llamarle «jovencita» a incluso se compadecían
de él. Aliocha figuró siempre entre los mejores alumnos, pero nunca aspiró al
primer puesto.
Después de
la muerte de su protector, fue todavía dos años más al colegio. La viuda
emprendió muy pronto un viaje a Italia con toda la familia, que se componía tan
sólo de mujeres. Aliocha fue a vivir entonces a casa de dos parientas lejanas
del difunto, a las que no había visto jamás. No sabía en qué condiciones
habitaba en aquella casa. Era propio de él no preocuparse por el gasto que
pudiera reportar a las personas con quienes vivía. En este aspecto era el polo
opuesto a su hermano mayor, Iván, que había conocido la pobreza en sus dos
primeros años de universidad y para el que desde su infancia había sido un
tormento comer el pan de un protector. Pero no se podía juzgar severamente
este rasgo del carácter de Alexei, pues bastaba conocerle un poco para
convencerse de que era uno de esos bonachones capaces de dar toda su fortuna lo
mismo para una buena obra que para los manejos de un profesional de la estafa.
Desconocía el valor del dinero: cuando le daban algunas monedas, las llevaba en
el bolsillo varias semanas sin saber qué hacer de ellas, o las gastaba en un
abrir y cerrar de ojos. Cuando Piotr Alejandrovitch Miusov, sumamente
quisquilloso en lo concerniente a la honestidad burguesa, conoció más tarde a
Alexei, lo describió de este modo: «Es tal vez el único hombre del mundo que,
encontrándose sin recursos en una gran ciudad para él desconocida, no se
moriría de hambre ni de frío, pues en seguida acudiría alguien a alimentarle y
a ayudarle. De lo contrario, él mismo saldría del trance, sin inquietarse ni
sentirse humillado, y para la gente sería un placer prestarle un servicio.»
Un año antes de terminar sus estudios, dijo de pronto
a las dos damas que se iba a casa de su padre para llevar a cabo cierto propósito.
Ellas lo sintieron en el alma. No consintieron que empeñara el reloj que le
había regalado la familia de su protector antes de partir para el extranjero, y
le dieron ropa y dinero. De éste Aliocha les devolvió la mitad, diciendo que
quería viajar en tercera.
Cuando su padre le preguntó por qué no había
terminado los estudios, él no le contestó, pero quedóse más pensativo que de
costumbre. Pronto se supo que buscaba la tumba de su madre. Entonces Aliocha declaró
que sólo para esto había hecho el viaje. Pero, seguramente, no era ésta la
única causa. Sin duda, no habría podido explicar qué repentino impulso había
obedecido para emprender una ruta nueva a ignorada. Fiodor Pavlovitch no había
podido orientarle en la busca de la sepultura: habían transcurrido ya demasiados
años desde su muerte para que se acordase de dónde estaba.
Digamos dos palabras sobre Fiodor Pavlovitch. Había
estado ausente mucho tiempo. Tres o cuatro años después de la muerte de su segunda
esposa partió para el mediodía de Rusia y se estableció en Odesa, donde conoció
a toda clase de judíos y judías y terminó por tener entrada no sólo en los
hogares judíos, sino también en los hebreos. Sin duda, durante este tiempo
había perfeccionado su arte de acumular dinero y manejarlo. Reapareció en
nuestro pueblo tres años antes de la llegada de Aliocha. Sus antiguas amistades
lo vieron muy envejecido, para los años que tenía, que no eran muchos. Se
mostró más procaz que nunca. El antiguo bufón experimentaba ahora la necesidad
de reírse de sus semejantes. Se entregó a sus hábitos licenciosos de un modo
más repulsivo que antes y fomentó la apertura de nuevas tabernas en nuestro
distrito. Se le atribuía una fortuna de cien mil rubios o poco menos, y pronto
tuvo numerosos deudores que respondían de sus deudas con sólidas garantías.
Últimamente, su piel se había arrugado, su estado de ánimo cambiaba a cada
momento y Fiodor Pavlovitch perdía el dominio de si mismo. Era incapaz de
concentrarse, estaba como idiotizado y sus borracheras eran cada vez mayores.
De no contar con Grigori, que también había envejecido mucho y que le cuidaba a
veces como un ayo, la existencia de Fiodor Pavlovitch habría sido una sucesión
de dificultades. La llegada de Aliocha influyó considerablemente en su ánimo:
recuerdos que dormían desde hacía mucho tiempo en el alma de aquel anciano
prematuro despertaron entonces. «¿Sabes que te pareces a la “endemoniada”?», le
decía a su hijo, mirándolo. Así llamaba a su segunda esposa.
Grigori. indicó a Aliocha la tumba de la
«endemoniada». Lo condujo al cementerio y, en un apartado rincón, le mostró una
modesta lápida donde estaban grabados el nombre, la edad, la condición y la
fecha de la muerte de la difunta. Debajo había una cuarteta como las que
suelen verse en las tumbas de la gente de clase media. Lo notable es que la
lápida había sido idea de Grigori. La había hecho colocar él a su costa en la
tumba de la pobre «endemoniada», después de haber importunado a su dueño con
sus alusiones. Éste había partido al fin para Odesa, encogiéndose de hombros
con un gesto de indiferencia para la tumba y para todos sus recuerdos.
Ante la sepultura de su madre, Aliocha no demostró
emoción alguna: escuchó el relato que le hizo gravemente Grigori sobre la
colocación de la lápida, se reconcentró unos momentos y se retiró sin decir
palabra. Después, en todo un año no volvió al cementerio ni una sola vez.
El episodio de la lápida produjo en Fiodor Pavlovitch
un efecto inesperado: llevó al monasterio mil rublos para el descanso del alma
de su esposa, pero no de la segunda, la «endemoniada», sino de la primera, la
que le vapuleaba. Aquella misma tarde se emborrachó y empezó a hablar mal de
los monjes en presencia de Aliocha. Fiodor Pavlovitch era un alma dura que no
había puesto jamás un cirio ante una imagen. La sensibilidad y la imaginación
de semejantes individuos tienen a veces impulsos tan repentinos como extraños.
Ya he dicho que su rostro se había cubierto de
arrugas. Su fisonomía presentaba las huellas de la vida que había llevado. A
las bolsas que pendían bajo sus ojillos siempre procaces, retadores,
maliciosos; a las profundas arrugas que surcaban su carnoso rostro, había que
añadir un mentón puntiagudo y una nuez prominente que le daban un repugnante
aspecto de sensualidad. Completaban el cuadro una boca grande, de abultados
labios, que dejaba entrever los negros restos de sus dientes carcomidos y que
lanzaba al hablar salpicaduras de saliva. Sin embargo, le gustaba bromear
acerca de su cara, de la que estaba muy satisfecho, sobre todo de su nariz, no
demasiado grande, fina y aguileña.
‑Es una auténtica nariz romana ‑decía‑.
Con esta nariz y con mi nuez parezco un patricio de la decadencia del imperio.
Estaba verdaderamente orgulloso de bstos rasgos.
Algún tiempo después de haber visto la tumba de su
madre, Aliocha dijo a Fiodor Pavlovitch que quería ingresar en un monasterio,
donde los monjes estaban dispuestos a admitirlo como novicio. Añadió que lo
deseaba ardientemente y que imploraba su consentimiento. El viejo estaba
enterado de que el starets Zósimo había producido profunda impresión en
su bondadoso hijo.
‑Ese starets es, a buen seguro, el más
honesto de nuestros monjes ‑dijo después de haber escuchado a Aliocha,
silencioso y pensativo, y sin asombrarse de su petición‑. ¿Eso quieres
hacer, mi buen Aliocha?
Estaba algo bebido. Tuvo una sonrisa sutil y astuta,
de borracho.
‑Ya sabía yo que llegarías a eso... Bien, sea.
Tú tienes dos mil rublos: ésta será tu dote. Yo, ángel mío, no te abandonaré
nunca y pagaré por ti todo lo que sea necesario... si nos lo piden. Si no nos
piden nada, ¿para qué entrometernos? ¿No te parece? Tú necesitas tan poco
dinero como alpiste un canario... A propósito: conozco un caserío, próximo a
cierto monasterio, que está habitado exclusivamente por las «esposas de los
monjes» , como se las llama. Hay unas treinta... Yo he ido a esa aldea. Es
interesante, algo que se sale de lo corriente. Lo malo es que no hay allí más
que rusas; no se ve ni una sola francesa. Bien podría haber francesas, porque
los fondos no faltan. Cuando ellas lo sepan, acudirán... En nuestro monasterio
no hay mujeres; sólo doscientos monjes. Ayunan conscientemente, no lo dudo...
¿De modo que quieres abrazar la religión? Esto es una pena para mí, Aliocha.
Me había acostumbrado a tenerte conmigo... Sin embargo, esto significa para mi
una buena ocasión, ya que podrás rogar por nosotros, los pecadores que no
tenemos limpia la conciencia. Más de una vez me había preguntado: ¿quién
rogará por mí? Mi querido Aliocha, yo soy un ignorante sobre estas cuestiones.
No lo dudes: un ignorance en toda regla. Sin embargo, a pesar de mi estupidez,
reflexiono a veces y me digo que los demonios me arrastrarán con sus garfios
cuando me muera. Y me pregunto: ¿de dónde salen esos garfios? ¿Son de hierro?
¿Dónde los forjan? ¿Tendrán los demonios una fábrica?... Los religiosos están
seguros de que el infierno tiene techo. Yo creo de buen grado en el infierno,
pero en un infierno sin techo, como el de los luteranos. Esto resulta más fino,
y además es un infierno mejor iluminado. Tal vez me digas que qué importa que
tenga o no techo. Pues sí que importa, pues si no hay techo, no hay ganchos, y
entonces no me podrán colgar. Y si no me cuelgan, ¿dónde está la justicia del
otro mundo? Habría que inventar los ganchos para mí, sólo para mí. ¡Si tú
supieras, Aliocha, lo sinvergüenza que soy!
‑Allí no hay ganchos ‑dijo Aliocha en voz
baja y mirando a su padre gravemente.
‑Entonces habrá sombras de ganchos. Sí, ya sé. Un
francés describe así el infierno:
»He visto
la sombra de un cochero
que con la
sombra de un cepillo
frotaba la
somóra de una carroza [L8].
»¿Cómo sabes, querido, que allí no hay ganchos?
Cuando estés en el monasterio, entérate bien y ven a informarme. Me iré más
tranquilo al otro mundo cuando sepa lo que pasa allí. Será mejor para ti estar
con los monjes que conmigo, viejo borracho, rodeado de muchachas..., aunque tú
eres como un ángel y estás por encima de todo esto. Por eso lo dejo ir, aunque
pienso que tal vez allí ocurra lo mismo. En ese caso, como no eres tonto, tu
fervor se extinguirá y volverás curado. Y yo lo recibiré con los brazos
abiertos, pues eres el único que no me censuras, mi amado hijo. Y ante esto no
puedo menos de conmoverme.
Y empezó a
lloriquear. Estaba sentimental: con su maldad se había mezclado el
sentimentalismo.
CAPITULO V
LOS «STARTSY»
El
lector se imaginará tal vez a mi héroe como un ser pálido, soñador, enfermizo.
Por el contrario, Aliocha era un joven (diecinueve años) de buena figura y
desbordante de salud. Era alto, de cabellos castaños, rostro regular aunque un
tanto alargado, mejillas coloradas, ojos de un gris profundo, grandes,
brillantes, y expresión pensativa y serena. Se me dirá que tener las mejillas
coloradas no impide ser un místico fanático. Pues bien, me parece que Aliocha
era tan realista como el primero. Ciertamente, creía en los milagros, pero, a
mi modo de ver, los milagros no afectan al realista, pues no le llevan a
creer. El verdadero realista, si es incrédulo, halla siempre en sí mismo la
voluntad y la energía para no creer en el milagro, y si éste se le presenta
como un hecho incontrastable, dudará de sus sentidos antes que admitir el
hecho. Y si lo admite, lo considerará como un hecho natural que anteriormente
no conocía. Para el realista no es la fe lo que nace del milagro, sino el
milagro el que nace de la fe. Si el realista adquiere fe, ha de admitir también
el milagro, en virtud de su realismo. El apóstol Santo Tomás dijo que sólo
creía lo que veía, y después exclamó: «¡Señor
mío y Dios mío!»[L9] ¿Había sido el milagro lo
que le había obligado a creer? Probablemente, no. Creyó porque deseaba creer, y
tal vez llevaba ya una fe íntegra en los repliegues más ocultos de su corazón
cuando afirmaba que no creía nada que no hubiera visto.
Se dirá, sin duda, que Aliocha no estaba
completamente formado, puesto que no había terminado sus estudios. Esto es
verdad, pero sería una injusticia deducir de ello que el muchacho era obtuso o
necio. Repito que escogió este camino solamente porque entonces era el único
que le atraía, ya que representaba la ascensión hacia la luz, la liberación de
su alma de las tinieblas. Además, era un joven de nuestra época, es decir,
ávido de verdades, de esos que buscan la verdad con ardor y que, una vez que la
encuentran, se entregan a ella con todo el fervor de su alma, anhelantes de
realizaciones, y se muestran dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la vida,
por sus fines. Lo malo es que estos jóvenes no comprenden que suele ser más fácil sacrificar la vida que
dedicar cinco o seis años de su hermosa juventud al estudio, a la ciencia ‑aunque
sólo sea para multiplicar sus posibilidades de servir a la verdad y alcanzar el
fin deseado‑, lo que supone para ellos un esfuerzo del que no son capaces.
Aliocha había elegido el camino opuesto al de la
juventud en general, pero con el mismo afán de realidades inmediatas. Apenas se
hubo convencido, tras largas reflexiones, de que Dios y la inmortalidad del
alma existían, se dijo que quería vivir para alcanzar la inmortalidad. Del
mismo modo, si hubiera llegado a la conclusión de que no existían ni la
inmortalidad del alma ni Dios, se habría afiliado al socialismo y al ateismo.
Porque el socialismo no es sólo una doctrina obrera, sino que representa el
ateísmo en su forma contemporánea; es la cuestión de la torre de Babel, que se
construyó a espaldas de Dios no por alcanzar el cielo desde la tierra, sino
por bajar a la tierra el cielo.
A Aliocha le pareció imposible seguir viviendo como
habla vivido hasta entonces. Se dijo: «Si quieres ser perfecto, da todo lo que
tienes y sígueme[L10]». Y luego pensó: «No puedo dar sólo dos
rublos en vez de darlo todo, ni limitarme a ir a misa en vez de seguirle.»
Acaso entre los recuerdos de su infancia conservaba el del monasterio, adonde
su madre pudo llevarle para asistir a alguna función religiosa. Tal vez había
obedecido a la influencia de los rayos oblicuos del sol poniente, al recuerdo
de aquel atardecer en que se hallaba ante la imagen hacia la cual lo acercaba
su madre, la endemoniada. Llegó a nuestro pueblo pensativo, preguntándose si
aquí habría que darlo todo o solamente dos rublos, y se encontró en el
monasterio con el starets.
Me refiero al starets Zósimo, del que ya he
hablado antes. Convendría decir unas palabras del papel que desempeñan los startsy
en nuestros monasterios. Lamento no tener la competencia necesaria en esta
cuestión, pero intentaré tratar el asunto someramente. Los especialistas
competentes afirman que la institución apareció en los monasterios rusos en una
época reciente, hace menos de un siglo, siendo así que en todo el Oriente
ortodoxo, y sobre todo en el Sinaí y en el monte Athos, existe desde hace mil
años. Se dice que los startsy debían de existir en Rusia en una remota
antigüedad, pero que a consecuencia de una serie de calamidades y disensiones
que sobrevinieron, como la interrupción de las seculares relaciones con Oriente
y la caída de Constantinopla, esta institución desapareció en nuestro país.
Andando el tiempo resurgió por impulso de uno de nuestros más grandes ascetas,
Paisius Velitchkovski, y de sus discípulos; pero ha transcurrido ya un siglo y
aún no rige sino en un reducido número de monasterios. Además, no éstá libre de
persecuciones, por considerarla como una innovación en Rusia. Floreció
especialmente en el famoso monasterio de Kozelskaia Optyne. Ignoro cuándo y
por iniciativa de quién se implantó en nuestro monasterio, pero por él habían
pasado ya tres startsy: Zósimo era el último. Apenas tenía ya vida, tan
débil y enfermo estaba, y nadie sabía por quién sustituirle. Para nuestro monasterio,
esto constituía un grave problema. Era un monasterio que no se había
distinguido en nada. No tenía ni reliquias santas ni imágenes milagrosas; no
contaba con hechos histórícos ni con servicios prestados a la patria, pues
todas sus gloriosas tradiciones eran simples detalles de nuestra historia. Lo
único que le habían dado fama eran sus startsy, a los que los peregrinos
venían a ver y oír en grandes grupos desde todos los lugares del país, teniendo
a veces que recorrer millares de verstas.
¿Qué es un starets? Un starets es el
que absorbe nuestra alma y nuestra voluntad y hace que nos entreguemos a él,
obedeciéndole en todo y con absoluta resignación. El penitente se somete
voluntariamente a esta prueba, a este duro aprendizaje, con la esperanza de
conseguir, tras un largo período, tras toda una vida de obediencia, la
libertad ante si mismo, y evitar así la suerte de los que viven sin hacer jamás
el hallazgo de su propio ser.
La institución de los startsy procede de una
práctica milenaria oriental. Los deberes hacia el startsy son muy
distintos de la obediencia que ha existido siempre en los monasterios rusos.
La confesión del militante al starets es perpetua y el lazo que une al starets
confesor con el que se confiesa, indisoluble. Se cuenta que, en los primeros
tiempos del cristianismo, un novicio, después de haber faltado a un deber
prescrito por su starets, dejó su monasterio de Siria y se trasladó a
Egipto. Allí realizó actos sublimes, y al fin se le juzgó digno de sufrir el
martirio por la fe. Y cuando la Iglesia iba a enterrarlo, reverenciándolo ya
como un santo, y el diácono pronunció las palabras «que los catecúmenos
salgan», el ataúd que contenía el cuerpo del mártir se levantó de donde estaba
y fue lanzado al exterior del templo tres veces seguidas. Al fin se supo que
el santo mártir había dejado a su starets y faltado a la obediencia que
le debía, y que, por lo tanto, sólo de este último podía obtener el perdón, a
pesar de su vida sublime. Se llamó al starets, éste le desligó de la
obediencia que le había impuesto y entonces el mártir pudo ser enterrado sin
dificultad.
Sin duda, esto no es más que una antigua leyenda,
pero he aquí un hecho reciente:
Un religioso vivía retirado en el monte Athos, por el
que sentía verdadera adoración y en el que veía un santuario y un lugar de recogimiento.
Un día, su starets le ordenó que fuera a Jerusalén para conocer los
Santos Lugares y después se trasladara al norte, a un punto de Siberia.
‑Allí está tu puesto, no aquí ‑le dijo el
starets.
El monje, consternado, fue a visitar al patriarca de
Constantinopla y le suplicó que le relevara de la obediencia. El jefe de la
Iglesia le contestó que ni él ni nadie en el mundo, excepto el starets
del que dependía, podía eximirle de sus obligaciones.
Por lo tanto, en ciertos casos, los startsy
poseen una autoridad sin límites. Por eso en muchos de nuestros monasterios
esta institución se rechazó al principio. Pero el pueblo testimonió en seguida
una gran veneración a los startsy. La gentes más modestas y las personas
más distinguidas venían en masa a prosternarse ante los stortsy de nuestros
monasterios para exponerles sus dudas, sus pecados y sus cuitas y pedirles les
guiasen y aconsejaran. Ante esto, los adversarios de los startsy les
acusaban, entre otras cosas, de profanar arbitrariamente el sacramento de la
confesión, ya que las continuas confidencias del novicio o del laico al starets
no tienen en modo alguno carácter de un sacramento. Sea como fuere, la institución
de los startsy se ha mantenido y se va implantando gradualmente en los
monasterios rusos. Verdad es que este sistema ya milenario de regeneración
moral, mediante el cual pasa el hombre, al perfeccionarse, de la esclavitud a
la libertad, puede ser un arma de dos filos, ya que, en vez de la humildad y el
dominio de uno mismo, puede fomentar un orgullo satánico y hacer del hombre un
esclavo, no un ser libre.
El starets Zósimo tenía sesenta y cinco años.
Descendía de una familia de hacendados. En su juventud había servido en el
Cáucaso como oficial del Ejército. Sin duda, Aliocha se había sentido cautivado
por la distinción particular de que el starets le había hecho objeto al
permitirle que habitara en su misma celda, sin contar con la estimación que le
profesaba. Hay que advertir que Aliocha, aunque vivía en el monasterio, no se
había comprometido con ningún voto. Podía ir a donde se le antojara y pasar
fuera del monasterio días enteros. Si llevaba el hábito era por su propia
voluntad y porque no quería distinguirse de los demás habitantes del convento.
Es muy posible que en la imaginación juvenil de
Aliocha hubieran causado una impresión especialmente profunda la gloria y el
poder que rodeaban como una aureola al starets Zósimo. Se contaba del
famoso starets que, a fuerza de recibir, desde hacía muchos años, a los
numerosos peregrinos que acudían a él para expansionar su corazón ávido de
consejos y consuelo, había adquirido una singular perspicacia. Le bastaba mirar
a un desconocido para adivinar la razón de su visita, lo que necesitaba e
incluso lo que atormentaba su conciencia. El penitente quedaba sorprendido,
confundido, y a veces atemorizado, al verse descubierto antes de haber
pronunciado una sola palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían
por primera vez a hablar con el starets Zósimo llegaban con el temor y
la inquietud reflejados en el semblante y que después, al márcharse, la cara
antes más sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendia el
hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre
incluso jovial. Los monjes decían que tomaba afecto a los más grándes
pecadores y que los estimaba en proporción con sus pecados. Incluso entonces,
cuando estaba ya tan cerca del fin de su vida, Zósimo despertaba envidias y
tenía enemigos entre los monjes. El número de los enemigos disminuía, pero
entre ellos figuraba cierto anciano taciturno y riguroso ayunador, que gozaba
de gran prestigio, al que acompañaban otros religiosos destacados. Pero los
partidarios del starets formaban una mayoria abrumadora; éstos sentían
gran cariño por él y algunos le profesaban una adoración fanática. Sus adictos
decían en voz baja que era un santo, preveían su próximo fin y esperaban que
pronto haría grandes milagos que cubrirían de gloria al monasterio. Alexei
creía ciegamente en el poder milagroso de su starets, del mismo modo que
daba crédito a la leyenda del ataúd lanzado al exterior de la iglesia. Era
frecuente que se presentaran a Zósimo hijos o padres enfermos para que les
aplicara la mano o dijese una oración por ellos. Aliocha veía a muchos de los
portadores volver muy pronto, a veces al mismo día siguiente, para arrodillarse
ante el starets y darle las gracias por haber curado a sus enfermos.
¿Existía la curación o se trataba tan sólo de una mejoría natural? Aliocha ni
siquiera se hacía esta pregunta: creía ciegamente en la potencia espiritual
de su maestro y consideraba la gloria de éste como un triunfo propio. Su corazón
latía con violencia y su rostro se iluminaba cuando el starets salía a
la puerta del convento para recibir a la multitud de peregrinos que le
esperaba, compuesta principalmente por gentes sencillas que llegaban de todos
los lugares de Rusia para verle y recibir su bendición. Se arrodillaban ante
él, lloraban, besaban sus pies y el suelo que pisaba y, entre tanto, no
cesaban de proferir gritos. El starets les hablaba, recitaba una corta
oración, les daba la bendición y los despedía.
Últimamente estaba tan débil a causa de sus achaques,
que pocas veces podía salir de su celda, y los peregrinos, en algunas ocasiones,
esperaban su aparición días enteros. Aliocha no se preguntaba por qué le
querían tanto, por qué se arrodillaban ante él, derramando lágrimas de ternura.
Se daba perfecta cuenta de que para el alma resignada del sencillo pueblo ruso,
abrumada por el trabajo y los pesares, y sobre todo por la injusticia y el
pecado continuos ‑tanto los propios como los ajenos‑, no había
mayor necesidad ni consuelo más dulce que hallar un santuario o un santo ante
el cual caer de rodillas y adorarlo diciéndose: «El pecado, la mentira y la
tentación son nuestro patrimonio, pero hay en el mundo un hombre santo y
sublime que posee la verdad, que la conoce. Por lo tanto, la verdad descenderá
algún día sobre la tierra, como se nos ha prometido.»
Aliocha sabía que el pueblo siente a incluso razona
así, y estaba tan seguro como aquellos aldeanos y aquellas mujeres enfermas que
acudían con sus hijos de que el starets Zósimo era un santo y un
depositario de la verdad divina. El convencimiento de que el starets
proporcionaría después de su muerte una gloria extraordinaria al monasterio
era en él más profundo acaso que en los monjes. Desde hacía algún tiempo, su
corazón ardía, y esta llama interior era cada vez más poderosa. No le
sorprendía ver el aislamiento en que vivía el starets. «Eso no importa ‑se
decía‑. En su corazón se encierra el misterio de la renovación para
todos, ese poder que instaurará al fin la justicia en la tierra. Entonces todos
serán santos y todos se amarán entre sí. No habrá ricos ni pobres, personas
distinguidas ni seres humildes. Todos serán simples hijos de Dios y entonces
conoceremos el reinado de Cristo.» Así soñaba el corazón de~liocha.
En Alexèi había producido extraordinaria impresión la
llegada de sus dos hermanos. Había simpatizado más con Dmitri, aunque éste
había llegado más tarde. En cuanto a Iván, se interesaba mucho por él, pero no
congeniaban. Ya llevaban dos meses viéndose con frecuencia, y no existía entre
ellos ningún lazo de simpatía. Aliocha era un ser taciturno que parecía estar
siempre esperando no se sabía qué y tener vergüenza de algo. Al principio, Iván
lo miró con curiosidad, pero pronto dejó de prestarle atención. Aliocha quedó
entonces algo confuso, y atribuyó la actitud de su hermano a sus diferencias
de edad a instrucción. Pero también pensó que la indiferencia que le demostraba
Iván podía proceder de alguna causa que él ignoraba. Iván parecía absorto en
algún asunto importante, en algún propósito dificil. Esto justificaría la
falta de interés con que le trataba. Aliocha se preguntó igualmente si en la
actitud de su hermano no habría algo del desprecio natural en un sabio ateo
hacia un pobre novicio. Este desprecio, si existía, no le podía ofender, pero
Aliocha esperaba, con una vaga alarma que no lograba explicarse, el momento en
que su hermano pudiera intentar acercarse a él. Dmitri hablaba de Iván con un
profundo y sincero respeto. Explicó a Aliocha con todo detalle el importante
negocio que los había unido estrechamente. El entusiasmo con que Dmitri hablaba
de Iván impresionó profundamente a Aliocha, ya que Dmitri, comparado con su
hermano, era poco menos que un ignorante. Sus caracteres eran tan distintos,
que no podían existir dos seres más dispares.
Entonces se celebró en la celda del starets la
reunión de aquella familia tan poco unida, reunión que influyó en Aliocha
extraordinariamente. El pretexto que la motivó fue, en realidad, falso. El
desacuerdo entre Dmitri y su padre sobre la herencia de su madre había llegado
al colmo. Las relaciones entre padre a hijo se habían envenenado hasta resultar
insoportables. Fue Fiodor Pavlovitch el que sugirió, chanceándose, que se
reunieran todos en la celda del starets. Sin recurrir a la intervención
del religioso se habría podido llegar a un acuerdo más sincero, ya que la
autoridad y la influencia del starets podían imponer la reconciliación.
Dmitri, que no había estado nunca en el monasterio ni visto al starets
Zósimo, creyó que su padre le quería atemorizar, y aceptó el desafío. En ello
influyó tal vez el hecho de que se reprochaba a si mismo secretamente ciertas
brusquedades en su querella con Fiodor Pavlovitch. Hay que advertir que Dmitri
no vivía, como Iván, en casa de su padre, siho en el otro extremo de la
población.
A Piotr Alejandrovitch Miusov, que estaba pasando una
temporada en sus posesiones, le sedujo la idea. Este liberal a la moda de los
años cuarenta y cincuenta, librepensador y ateo, tomó parte activa en el
asunto, tal vez porque estaba aburrido y vio en ello una diversión. De súbito
le acometió el deseo de ver el convento y al «santo». Como su antiguo pleito
con el monasterio no había terminado aún ‑el litigio se basaba en la
delimitación de las tierras y en ciertos derechos de pesca y tala de árboles‑,
pudo utilizar el pretexto de que pretendia resolver el asunto amistosamente
con el padre abad. Un visitante animado de tan buenas intenciones podía ser
recibido en el monasterio con muchos más miramientos que un simple curioso.
Todo ello dio lugar a que se pidiera insistentemente al starets que
aceptara el arbitraje, aunque el buen viejo, debido a su enfermedad, ya no
salía nunca de su celda ni recibía a ningún visitante. El starets
Zósimo dio su consentimiento y fijó la fecha.
‑¿A quién se le ha ocurrido nombrarme juez en
este asunto? ‑se limitó a preguntar a Aliocha con una sonrisa.
Ante el anuncio de esta reunión, Aliocha se sintió
profundamente inquieto. El único de los asistentes que podía tomar en serio la
conferencia era Dmitri. Los demás acudirían para divertirse y su conducta podía
ser ofensiva para el starets. Aliocha estaba seguro de ello. Su hermano
Iván y Miusov irían al monasterio por pura curiosidad, y su padre para hacer
el payaso. Aunque Aliocha hablaba poco, conocía a su padre perfectamente, pues,
como ya he dicho, este muchacho no era tan cándido como se creía. Por eso
esperaba con inquietud el día señalado. No cabía duda de que sentía verdaderos
deseos de que cesara el desacuerdo en su familia, pero lo que más le preocupaba
era su starets. Temía por él, por su gloria; le desazonaba la idea de
las ofensas que pudieran causarle, especialmente las burlas de Miusov y las
reticencias del erudito Iván. Pensó incluso en prevenir al starets, en
hablarle de los visitantes circunsanciales que iba a recibir; pero reflexionó
y no le dijo nada.
La víspera del día señalado, Aliocha mandó a decir a
Dmitri que lo quería mucho y que esperaba que cumpliera su promesa. Dmitri, que
no se acordaba de haber prometido nada, le respondió ‑on una carta en la
que le decía que haría todo lo posible por no coneter ninguna « bajeza»; que
aunque sentía gran respeto por el starets y por Iván, veía en aquella
reunión una trampa o una farsa indigna. «Sin embargo, antes me tragaré la
lengua que cometer una falta de respeto contra ese hombre al que tú veneras»,
decía Dmitri finalmente.
Esta
carta no tranquilizó a Aliocha.
UNA REUNIÓN FUERA DE LUGAR
CAPITULO PRIMERO
LLEGADA AL MONASTERIO
Terminaba el mes de agosto. El tiempo era excelente:
temperatura agradable y cielo despejado. La reunión en la celda del starets
se tenía que celebrar inmediatamente después de la última misa, a las once y
media. Los conferenciantes llegaron a la hora fijada, en dos vehículos. El
primero, una elegante calesa tirada por dos magníficos caballos, lo ocupaban
Piotr Alejandrovitch Miusov y un pariente lejano suyo, Piotr Fomitch Kalganov.
Éste era un joven de veinte años que se preparaba para ingresar en la universidad.
Miusov, que lo tenía en su casa, le propuso llevarlo a Zurich o a Jena para que
completara sus estudios; pero él no se había decidido aún. Era un joven
pensativo y distraído, de fisonomía agradable, constitución robusta,
aventajada estatura y mirada impasible, como es propio de las personas que no
prestan atención a nada. Podía estar mirándonos durante largo rato sin vernos.
Era un ser taciturno que a veces, cuando dialogaba a solas con alguien, se
mostraba de pronto locuaz, vehemente, alborozado, sabe Dios por qué. Pero su
imaginación era como un relámpago, como un fuego que se encendía y apagaba en
un segundo. Vestía bien y con cierto atildamiento. Poseía una modesta fortuna y
tenía esperanzas de aumentarla. Sostenía con Aliocha amistosas relaciones.
Fiodor
Pavlovitch y su hijo llegaron en un coche de alquiler deteriorado, aunque
bastante espacioso, tirado por dos viejos caballos que seguían a la calesa a
una respetuosa distancia. A Dmitri se le había anunciado el día anterior la
hora de la reunión, pero aún no había llegado. Los visitantes dejaron sus
coches en la posada, inmediata a los muros del recinto, y cruzaron a pie la
gran puerta de entrada. Excepto Fiodor Pavlovitch, ninguno de ellos había visto
el monasterio. Miusov, que no había entrado en una iglesia desde hacía treinta
años, miraba a un lado y a otro con una mezcla de curiosidad y despreocupación.
Aparte la iglesia y las dependencias ‑y éstas eran bastante vulgares‑,
el monasterio no ofreció nada de particular a su espíritu observador. Los
últimos fieles que salían de la iglesia se descubrían y se santiguaban. Entre
la gente del pueblo había algunas personas de más altas esferas: dos o tres damas
y un viejo general, que habían dejado también sus coches en la posada.
Los mendigos rodeaban a los visitantes, pero nadie
les daba nada. Sólo Kalganov sacó diez copecs de su monedero y, turbado no se
sabía por qué, los entregó rápidamente a una buena mujer, a la que dijo en voz
baja:
‑Para que os lo repartáis.
Ninguno de sus compañeros hizo el menor comentario, y
esto aumentó su confusión.
Parecía lógico que alguien hubiera acudido a recibir
a nuestros visitantes, a incluso a testimoniarles cierta consideración. Uno de
ellos había entregado en fecha reciente mil rublos al monasterio; otro era un
rico propietario que tenía a los monjes bajo su dependencia en lo referente a
la pesca y a la tala de árboles, y los tendría hasta que se fallara el pleito.
Sin embargo, allí no había ningún elemento oficial para recibirlos.
Miusov miraba con expresión distraída las losas
sepulcrales diseminadas en torno de la iglesia. Estuvo a punto de hacer la
observación de que los ocupantes áè aquellas tumbas debían de haber pagado un
alto precio por el derecho de ser enterrados en un lugar tan santo, pero guardó
silencio: su irritación se había impuesto a su ironía habitual. Luego murmuró
como si hablara consigo mismo:
‑¿A quién diablos hay que dirigirse en esta
casa de tócame Roque? Necesitamos saberlo, porque el tiempo pasa.
De pronto se presentó ante ellos un personaje de unos
sesenta años, que llevaba una amplia vestidura estival, calvo, de mirada
amable. Con el sombrero en la mano, se presentó. Dijo ceceando que era el
terrateniente Maximov, de la provincia de Tula. Se había compadecido del
desconcierto de los visitantes.
‑El starets Zósimo habita en la ermita
que está a cuatrocientos metros de aquí, al otro lado del bosquecillo.
‑Ya lo sé ‑respondió Fiodor Pavlovitch‑,
pero hace tiempo que no he estado aquí y no me acuerdo del camino.
‑Salgan por esa puerta y atraviesen en línea
recta el bosquecillo. Permítanme que les acompañe. Yo también... Por aquí, por
aquí.
Salieron del recinto y se internaron en el bosque. El
hacendado Maximov avanzaba, mejor dicho, corría al lado del grupo, examinándolos
a todos con una curiosidad molesta. Al mirarlos, abría desmesuradamente los
ojos.
Miusov dijo friamente:
‑Hemos de ver al starets para un asunto
particular. Hemos obtenido, por decirlo así, audiencia de ese personaje. Por
lo tanto, y a pesar de lo muy agradecidos que le estamos a usted, no podemos
invitarle a que entre con nosotros.
‑Yo lo he visto ya ‑repuso el modesto
hidalgo‑. Un chevalier parfait.
‑¿Quién es ce
chevalier? ‑preguntó
Miusov.
‑El starets, el famoso starets
Zósimo, gloria y honor del monasterio. Ese starets...
Su locuacidad fue interrumpida por la llegada de un
monje con cogulla, bajito, pálido, débil. Fiodor Pavlovitch y Miusov se
detuvieron. El religioso los saludó con extrema cortesía y les dijo:
‑Caballeros, el padre abad les invita a
almorzar después de la visita de ustedes a la ermita. El almuerzo será
exactamente a la una. Usted también está invitado ‑dijo a Maximov.
‑Iré ‑afirmó Fiodor Pavlovitch, encantado
de la invitación‑. Me guardaré mucho de faltar. Ya sabe que todos hemos
prometido portarnos correctamente... ¿Usted vendrá, Piotr Alejandrovitch?
‑Desde luego. ¿Para qué estoy aquí sino para
observar las costumbres del monasterio? Lo único que lamento es estar en
compañía de usted.
‑Y Dmitri Fiodorovitch sin llegar.
‑Lo mejor que puede hacer es no venir. Ni usted
ni su pleito familiar me divierten.
Y añadió, dirigiéndose al monje:
‑Iremos a almorzar. Dé las gracias al padre
abad.
‑Perdone, pero he de conducirlos a presencia
del starets ‑dijo el monje.
‑En tal caso, yo voy a reunirme con el padre
abad ‑dijo Maximov‑. Sí, estaré con él hasta que ustedes vayan.
‑El padre abad está muy ocupado en estos
momentos ‑manifestó el monje, un tanto confundido‑, pero haga usted
lo que le parezca.
‑Este viejo es un plomo ‑dijo Miusov
cuando Maximov se hubo marchado camino del monasterio.
‑Se parece a Von Sohn ‑afirmó
inesperadamente Fiodor Pavlovitch.
‑¡Vaya una ocurrencia! ¿En qué se parece a Von
Sohn? Además, ¿acaso ha visto usted a Von Sohn?
‑Sí, en fotografía. Las facciones no son
iguales, pero tienen una semejanza oculta. Sí, es un segundo Von Sohn; basta
verle la cara para comprenderlo.
‑Es posible. Sin embargo, Fiodor Pavlovitch,
acaba usted de recordar que hemos prometido portarnos correctamente. ¿Lo ha
olvidado? Procure dominarse. Si le gusta hacer el payaso, a mi me molestaría
que se creyera que yo era igual que usted.
‑Ya está usted viendo cómo es este hombre. Me
inquieta presentarme con él ante personas respetables.
En los pálidos labios del monje apareció una leve
sonrisa impregnada de cierto matiz irónico. Pero el religioso no dijo palabra,
evidentemente por respeto a su propia dignidad.
Miusov frunció todavía más las cejas.
«¡Que el diablo se lleve a todos estos hombres de
cara modelada por los siglos y que sólo llevan dentro charlatanismo y
falsedad!», se dijo en su fuero interno.
‑¡He aquí la ermita! ‑exclamó Fiodor
Pavlovitch‑. ¡Hemos llegado!
Y empezó a hacer la señal de la cruz con desaforados
movimientos de brazo ante los santos pintados en la parte superior y a ambos
lados del portal.
‑Cada uno vive como le place ‑continuó‑.
Hay un proverbio ruso que dice atinadamente: «Al religioso de otra orden no se
le impone en modo alguno tu regla.» Aquí hay veinticinco padres que siguen el
camino de la salvación, comen coles y se miran los unos a los otros. Lo que me
sorprende es que ninguna mujer franquee estas puertas. Sin embargo, he oído
decir que el starets recibe mujeres. ¿Es cierto? ‑preguntó
dirigiéndose al monje.
‑Las mujeres del pueblo le esperan allí, junto
a la galería. Mírelas, allí están, sentadas en el suelo. Para las damas distinguidas
se han habilitado dos habitaciones en la galería, pero que quedan fuera del
recinto. Son aquellas ventanas que ve usted alli. El starets se traslada
a la galería por un pasillo interior, cuando su salud se lo permite. Ahora hay
en estas habitaciones una dama, la señora de Khokhlakov, propietaria de
Kharkhov, que quiere consultarle sobre una hija suya que está anémica. Sin
duda le ha prometido que irá, aunque en estos últimos tiempos está muy débil y
apenas se deja ver.
‑Por lo tanto, en la ermita hay una puerta
entreabierta a la parte de las damas. Me guardaré mucho de pensar mal, padre.
En el monte Athos..., usted debe de saberlo..., no solamente no se permiten
visitas femeninas, sino que no se admite ninguna clase de mujer ni de hembra,
ni gallina, ni pava, ni ternera.
‑Le dejo, Fiodor Pavlovitch. A usted le van a
echar: eso se lo digo yo.
‑¿Pero en qué le he molestado, Piotr
Alejandrovitch?
Y cuando entraron en el recinto, exclamó de súbito:
‑¡Mire, mire! Viven en un verdadero mar de
rosas.
No se veían rosas, porque entonces no las había, pero
sí gran difusión de flores de otoño, magníficas y raras. Sin duda las cuidaba
una mano experta. Había macizos alrededor de la iglesia y de las tumbas. También
estaba cercada de flores la casita de madera (una simple planta baja precedida
de una galería) donde se hallaba la celda del starets.
‑¿Estaba todo lo mismo en la época de
Barsanufe, el precedente starets? Dicen que era un hombre poco fino y
que, cuando se enfurecía, la emprendia a bastonazos incluso con las damas. ¿Es
esto verdad? ‑indagó Fiodor Pavlovitch mientras subían los escalones del
pórtico.
‑Barsanufe ‑repuso el monje‑ se
comportaba a veces como si hubiese perdido la razón, pero ¡cuántas falsedades
se cuentan de él! Nunca dio bastonazos a nadie... Ahora, caballeros, tengan la
bondad de esperar unos instantes. Voy a anunciarlos.
Entonces Miusov murmuró una vez más:
‑Se lo repito, Fiodor Pavlovitch: recuerde lo
convenido. Si no, allá usted.
‑Me gustaría saber qué es lo que le preocupa
tanto ‑dijo, burlón, Fiodor Pavlovitch‑. ¿Son sus pecados lo que le
inquietan? Dicen que el starets Zósimo lee en el alma de las personas
con sólo una mirada. Pero no comprendo que usted, un parisiense, un progresista,
haga caso de estas cosas. Me sorprende profundamente.
Miusov no pudo tener la satisfacción de contestar a
este mordaz comentario, pues en ese momento los invitaron a pasar.
Estaba
furioso, y, en su irritación, se decía:
«Sé que, con lo nervioso que soy, voy a discutir, a
acalorarme..., a rebajarme y a rebajar mis ideas.»
UN VIEJO PAYASO
Entraron casi al mismo tiempo que el starets,
el cual había salido de su dormitorio apenas llegaron los visitantes. Éstos
entraron en la celda precedidos por dos religiosos de la ermita: el padre
bibliotecario y el padre Pasius, hombre enfermizo a pesar de su edad poco
avanzada, pero notable por su erudición, según decían. Además, había allí un
joven que llevaba un redingote y que debía de frisar en los veintidós años. Era
un antiguo alumno del seminario, futuro teólogo, al que protegía el
monasterio. Era alto, de tez fresca, pómulos salientes y ojillos oscuros y
vivos. Su rostro expresaba cortesía, pero no servilísmo. No saludó a los
visitantes como un igual, sino como un subalterno, y permaneció de pie durante
toda la conferencia.
El starets Zósimo se presentó en compañía de
un novicio y de Aliocha. Los religiosos se pusieron en pie y le hicieron una
profunda reverencia, tocando el suelo con las puntas de los dedos. Después
recibieron la bendición del starets y le besaron la mano. El starets
les contestó con una reverencia igual ‑hasta tocar con los dedos el
suelo‑ y les pidió lo bendijesen. Esta ceremonia, revestida de grave
solemnidad y desprovista de la superficialidad de la etiqueta mundana, no
carecía de emoción. Sin embargo, Miusov, que estaba delante de sus compañeros,
la consideró premeditada. Cualesquiera que fuesen sus ideas, la simple
educación exigía que se acercara al starets para recibir su bendición,
aunque no le besara la mano. El día anterior había decidido hacerlo así, pero
ante aquel cambio de reverencias entre los monjes había variado de opinión. Se
limitó a hacer una grave y digna inclinación de hombre de mundo y fue a
sentarse. Fiodor Pavlovitch hizo exactamente lo mismo, o sea que imitó a Miusov
como un mono. El saludo de Iván Fiodorovitch fue cortés en extremo, pero el
joven mantuvo también los brazos pegados a las caderas. En lo concerniente a
Kalganov, estaba tan confundido, que incluso se olvidó de saludar. El starets
dejó caer la mano que había levantado para bendecirlos y los invitó a todos a
sentarse. La sangre afluyó a las mejillas de Aliocha. Estaba avergonzado: sus
temores se cumplían.
El starets se sentó en un viejo y antiquísimo
sofá de cuero a invitó a sus visitantes a instalarse frente a él, en cuatro
sillas de caoba guarnecidas de cuero lleno de desolladuras. Los religiosos se
colocaron uno junto a la puerta y el otro al lado de la ventana. El seminarista,
Aliocha y el novicio permanecieron de pie. La celda era poco espaciosa, y su
atmósfera, densa y viciada. Contenía lo más indispensable: algunos muebles y
objetos toscos y pobres; dos macetas en la ventana; en un ángulo, numerosos
cuadritos de imágenes y una gran Virgen, pintada, con toda seguridad, mucho
antes del raskol [L11]. Ante la imagen ardía una lamparilla. No
lejos de ella había otros dos iconos de brillantes vestiduras, dos querubines
esculpidos, huevos de porcelana, un crucifijo de marfil, al que abrazaba una Mater
dolorosa, y varios grabados extranjeros, reproducciones de obras de
pintores italianos famosos de siglos pasados.
Junto a estas obras de cierto valor se exhibían
vulgares litografías rusas: esos retratos de santos, de mártires, de prelados,
que se venden por unos cuantos copecs en todas las ferias.
Miusov paseó una rápida mirada por todas estas
imágenes y después observó al starets. Creía poseer una mirada
penetrante, debilidad excusable en un hombre que tenía ya cincuenta años,
mucho mundo y mucho dinero. Estos hombres lo toman todo demasiado en serio, a
veces sin darse cuenta.
Desde el primer momento, el starets le
desagradó. Ciertamente, había en él algo que podía despertar la antipatía no
sólo de Miusov, sino de otras personas. Era un hombrecillo encorvado, de
piernas débiles, que tenía sólo unos sesenta años, pero que parecía tener diez
más, a causa de sus achaques. Todo su rostro reseco estaba surcado de pequeñas
arrugas, especialmente alrededor de los ojos, que eran claros, pequeños, vivos
y brillantes como puntos luminosos. Sólo le quedaban unos mechones de cabello
gris sobre las sienes. Su barba, rala y de escasas dimensiones, terminaba en
punta. Sus labios, delgados como dos cordones, sonreían a cada momento. Su
puntiaguda nariz parecía el pico de un ave.
«Según todas las apariencias, es un hombre malvado,
mezquino, presuntuoso», pensó Miusov, que sentía una creciente aversión hacia
él.
Un pequeño reloj de péndulo dio doce campanadas, y
esto rompió el hielo.
‑Es la hora exacta ‑afirmó Fiodor
Pavlovitch‑, y mi hijo Dmitri Fiodorovitch no ha venido todavía. Le
presento mis excusas por él, santo starets.
Al oír estas dos últimas palabras, Aliocha se
estremeció.
‑Yo soy siempre puntual ‑continuó Fiodor
Pavlovitch‑.
Nunca me retraso más de un minuto, pues no olvido que
la exactitud es la cortesía de los reyes.
‑Pero usted no es rey, que yo sepa ‑gruñó
Miusov, incapaz de contenerse.
‑¡Pues es verdad! Y crea que lo sabía, Piotr
Alejandrovitch: le doy mi palabra. Pero, ¿qué quiere usted?, la lengua se me
va.
De pronto se encaró con el starets y exclamó
en un tono patético:
‑Reverendísimo padre, tiene usted ante sí un
payaso. Siempre hago así mi presentación. Es una antigua costumbre. Si digo a
veces despropósitos, lo hago con toda intención, a fin de hacer reir y ser
agradable. Hay que ser agradable, ¿no es cierto? Hace siete años fui a una
pequeña ciudad para tratar pequeños negocios que hacia a medias con pequeños
comerciantes. Fuimos a ver al ispravnik
[L12], al que teníamos que pedir algo a invitar a
una colación. Apareció el ispravnik. Era un hombre alto, grueso, rubio
y sombrío. Estos individuos son los más peligrosos en tales casos, pues la
bilis los envenena. Le dije con desenvoltura de hombre de mundo: «Señor ispravnik,
usted será, por decirlo así, nuestro Napravnik
[L13].» Él me contestó: «¿Qué Napravnik?» Vi inmediatamente,
por lo serio que se quedó, que no había comprendido. Expliqué: «Ha sido una
broma. Mi intención ha sido alegrar los ánimos. El señor Napravnik es un
director de orquesta conocido, y para la armonía de nuestra empresa necesitamos
precisamente una especie de director de orquesta...» Tanto la explicación como
la comparación eran razonables, ¿no le parece? Pero él dijo: «Perdón, yo soy ispravnik
y no permito que se hagan chistes sobre mi profesión.» Nos volvió la espalda.
Yo corrí tras él gritando: «Si, sí; usted es ispravnik y no Napravnik.»
Total, que se nos vino abajo el negocio. Siempre me pasa lo mismo. Ser
demasiado amable me perjudica. Otra vez, hace ya muchos años, dije a un
personaje importante: «Su esposa es una mujer muy cosquillosa.» Quise decir
que tenía una sensibilidad muy fina. Entonces él me preguntó: «¿Usted lo ha
comprobado?» Yo decidí ser amable y respondí: «Sí, señor: lo he comprobado.» Y
entonces las cosquillas me las hizo él a mi... Como hace de esto mucho tiempo,
no me importa contarlo. Así es como siempre me estoy perjudicando.
‑Es lo que está usted haciendo en este momento ‑dijo
Miusov, contrariado.
El starets los miró en silencio a los dos.
‑Le aseguro que lo sabía, Piotr Alejandrovitch
–repuso Fiodor Pavlovitch‑. Presentía que diría cosas como éstas apenas
abriese la boca, y también estaba seguro de que usted sería el primero en
llamarme la atención... Reverendísimo starets, al ver que mi broma no ha
tenido éxito me doy cuenta de que he llegado a la vejez. Esta costumbre de
hacer reír data de mi juventud, de cuando era un parásito entre la nobleza y
me ganaba el pan de este modo. Soy un payaso auténtico, innato, lo que equivale
a decir inocente. Reconozco que un espíritu impuro debe de alojarse en mí, pero
sin duda es muy modesto. Si fuera más importante, habría buscado otro
alojamiento. Pero no se habría refugiado en usted, Piotr Alejandrovitch, porque
usted no es una persona importante. Yo, en cambio, creo en Dios. Últimamente
tenía mis dudas, pero ahora sólo me falta oír una frase sublime. En esto me
parezco al filósofo Diderot. ¿Sabe usted, santísimo starets, cómo se
presentó al metropolitano Platón [L14], cuando reinaba la emperatriz Catalina?
Entra y dice sin preámbulos: «¡Dios no existe!» A lo que el alto prelado
responde: « ¡El insensato ha dicho de todo corazón que Dios no existe!»
Inmediatamente, Diderot se arroja a sus pies y exclama: «¡Creo y quiero
recibir el bautismo!» Y se le bautizó en el acto. La princesa Dachkhov [L15] fue la madrina, y Potemkin [L16], el padrino...
‑Esto es intolerable, Fiodor Pavlovitch ‑exclamó
Miusov con voz trémula, incapaz de contenerse‑. Está usted mintiendo. Y
sabe muy bien que esa estúpida anécdota es falsa. No se haga el picaro.
‑Siempre he creído que era una solemne mentira ‑aceptó
Fiodor Pavlovitch con vehemencia‑. Pero ahora, señores, les diré toda la
verdad. Eminente starets, perdóneme: el final, lo del bautismo de
Diderot, ha sido invención mía. Jamás me había pasado por la imaginación: se me
ha ocurrido para sazonar la anécdota. Si me hago el pícaro, Piotr
Alejandrovitch, es por gentileza. Bien es verdad que muchas veces ni yo mismo
sé por qué lo hago. En lo que concierne a Diderot, he oído contar repetidamente
eso de: «El insensato ha dicho... » Me lo decían en mi juventud los
terratenientes del pals en cuyas casas habitaba. Una de las personas que me lo
contaron, Piotr Alejandrovitch, fue su tía Mavra Fominichina. Hasta este
momento todo el mundo está convencido de que el impío Diderot visitó al
metropolitano‑para discutir sobre la existencia de Dios.
Miusov se puso en pie. Había llegado al límite de la
paciencia y estaba fuera de sí. Se sentía indignado y sabía que su indignación
lo ponía en ridículo. Lo que estaba ocurriendo en la celda del starets
era verdaderamente intolerable. Desde hacía cuarenta o cincuenta años, los
visitantes que entraban en ella se comportaban con profundo respeto. Casi
todos los que conseguían el permiso de entrada comprendían que se les otorgaba
un favor especialísimo. Muchos de ellos se arrodillaban y así permanecían
durante toda su estancia en la celda. Personas de elevada condición, eruditos,
a incluso librepensadores que visitaban el monasterio por curiosidad o por otra
causa cualquiera, consideraban un deber testimoniar al starets un
profundo respeto durante toda la entrevista, fuera pública o privada, y más no
tratándose de ningún asunto de dinero. Allí no existía más que el amor y la
bondad en presencia del arrepentimiento y del anhelo de resolver un problema
moral y complicado, una crisis de la vida sentimental. De aquí que las
payasadas de Fiodor Pavlovitch, impropias del lugar, hubieran provocado la
inquietud y el estupor de los testigos, por lo menos de la mayoría de ellos.
Los religiosos permanecían impasibles, pendientes de la respuesta del starets,
pero parecían dispuestos a levantarse como Miusov. Aliocha sentía deseos de
llorar y tenía la cabeza baja. Todas sus esperanzas se concentraban en su
hermano Iván, el único que tenía influencia sobre su padre, y le sorprendía
sobremanera verle inmóvil en su asiento, con los ojos bajos, esperando con
curiosidad el desenlace de la escena, como si fuese ajeno al debate por
completo.
Aliocha no se atrevía a mirar a Rakitine (el
seminarista), con el que tenía cierta intimidad. Él era el único del monasterio
que conocía sus pensamientos.
‑Perdóneme ‑dijo Miusov al levantarse,
dirigiéndose al starets‑ por participar, aunque sólo sea con mi
presencia, en estas bromas indignas. Me he equivocado al creer que incluso un
individuo de la índole de Fiodor Pavlovitch sabría comportarse como es debido
en presencia de una persona tan respetable como usted... Nunca creí que tendría
que excusarme por haber venido en su compañia.
Piotr Alejandrovitch no pudo continuar. En el colmo
de la confusión, se dispuso a dirigirse a la puerta.
‑No se inquiete, por favor ‑dijo el starets,
levantándose sobre sus débiles piernas.
Cogió a Piotr Alejandrovitch de las manos y le obligó
a sentarse de nuevo.
‑Cálmese. Es usted mi huésped.
Piotr Alejandrovitch hizo una reverencia y volvió a
sentarse.
‑Eminente starets ‑exclamó de
pronto Fiodor Pavlovitch‑, le ruego que me diga si, en mi vehemencia, le
he ofendido.
Y sus manos se aferraban a los brazos del sillón,
como si estuviese dispuesto a saltar si la respuesta era afirmativa.
‑También a usted le suplico que no se inquiete ‑dijo
el starets con acento y ademán majestuosos‑. Esté tranquilo, como
si estuviese en su casa. Y, sobre todo, no se avergüence de sí mismo, pues de
ahí viene todo el mal.
‑¿Que esté como en mi casa?, ¿que me muestre
como soy? Esto es demasiado; me conmueve usted con su amabilidad. Pero le
aconsejo, venerable starets, que no me anime a mostrarme al natural: es
un riesgo demasiado grande. No, no iré tan lejos. Le diré sólo lo necesario
para que sepa a qué atenerse; lo demás pertenece al reino de las tinieblas, de
lo desconocido, aunque algunos se anticipen a darme lecciones. Esto lo digo
por usted, Piotr Alejandrovitch. A usted, santa criatura ‑añadió,
dirigiéndose al starets‑, he aquí lo que le digo: Estoy
desbordante de entusiasmo ‑se levantó, alzó los brazos y exclamó‑:
¡Bendito sea el vientre que lo ha llevado dentro y los pechos que lo han
amamantado, los pechos sobre todo! Al decirme usted hace un momento: «No se
avergüence de sí mismo, pues todo el mal viene de ahí», su mirada me ha taladrado
y leído en el fondo de mi ser. Efectivamente, cúando me dirijo a alguien, me
parece que soy el más vil de los hombres y que todo el mundo ve en mi un
payaso. Entonces me digo: «Haré el payaso. ¿Qué me importa la opinión de la
gente, si desde el primero hasta el último son más viles que yo?» He aquí por
qué soy un payaso, eminente starets: por vergüenza, sólo por vergüenza.
No alardeo por timidez. Si estuviera seguro de que todo el mundo me había de
recibir como a un ser simpático y razonable, ¡Dios mío, qué bueno sería!
Se arrodilló ante el starets y preguntó:
‑Maestro, ¿qué hay que hacer para conseguir la
vida eterna?
Era difícil dilucidar si estaba bromeando o si
hablaba con emoción sincera.
El starets le miró y dijo sonriendo:
‑Hace mucho tiempo que usted mismo sabe lo que
hay que hacer, pues no le falta inteligencia: no se entregue a la bebida ni a
las intemperancias del lenguaje; no se deje llevar de la sensualidad y menos
del amor al dinero; cierre sus tabernas, por los menos dos o tres si no puede
cerrarlas todas. Y, sobre todo, no mienta.
‑¿Lo dice por lo que he contado de Diderot?
‑No, no lo digo por eso. Empiece por no mentirse
a si mismo. El que se miente a si mismo y escucha sus propias mentiras, llega a
no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el
respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y
para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se
entrega a las pasiones y a los placeres más bajos. Llega a la bestialidad en
sus vicios. Y todo ello procede de mentirse continuamente a sí mismo y a los
demás. El que se miente a si mismo, puede ser víctima de sus propias ofensas. A
veces se experimenta un placer en autoofenderse, ¿verdad? Un hombre sabe que
nadie le ha ofendido, sino que la ofensa es obra de su imagipación, que se ha
aferrado a una palabra sin importancia y ha hecho una montaña de un montículo;
sabe que es él mismo el que se ofende y que experimenta en ello una gran
satisfacción, y por esta causa llega al verdadero odio... Pero levántese y
vuelva a ocupar su asiento. Ese arranque también es falso.
‑¡Déjeme besar su mano, bienaventurado padre!
Y Fiodor Pavlovitch se levantó y posó sus labios en
la mano descarnada del starets.
‑Tiene usted razón ‑siguió diciendo‑.
Ofenderse a uno mismo es un placer. Nunca había oído decir eso tan
certeramente. Sí, durante toda mi vida ha sido para mí un placer ofenderme. Por
una cuestión de estética, pues recibir ofensas no sólo deleita, sino que, a
veces, es hermoso. Se ha olvidado usted de este detalle, eminente starets:
el de la belleza. Lo anotaré en mi carné. En cuanto a mentir, no he hecho otra
cosa en toda mi vida. He mentido diariamente y a todas horas. En cierto modo,
yo mismo soy una mentira y padre de la mentira. Pero no, no creo que pueda
llamarme padre de la mentira. ¡Me armo unos lios! Digamos que soy hijo de la
mentira: es más que suficiente... Pero mentir acerca de Diderot no perjudica a
nadie. En cambio, hay ciertas mentiras que hacen daño. Por ejemplo, eminente starets,
recuerdo que hace tres años me propuse venir aquí, pues deseaba ávidamente
conocer, descubrir la verdad. Le ruego que diga a Piotr Alejandrovitch que no
me interrumpa. Digame, reverendísimo padre: ¿es cierto que en los «Mensuales[L17]» se habla de un santo taumaturgo que sufrió
el martirio y, una vez decapitado, levantó su propia cabeza, la besó y la llevó
en brazos largo tiempo? ¿Es eso verdad, padres?
‑No, dijo el starets‑, eso no es
verdad.
‑No se cuenta nada semejante en ningún
«Mensual» ‑afirmó el padre bibliotecario‑. ¿A qué santo se aplica
eso?
‑No lo sé. Es una cuestión que desconozco. El
error viene de otros. Lo oí decir. ¿Y saben ustedes a quién? A este mismo Piotr
Alejandrovitch Miusov que acaba de enfui•ecerse por lo que he contado de
Diderot.
‑Yo no le he contado eso jamás, por la sencilla
razón de que nunca hablo con usted.
‑Cierto que usted no me lo ha contado a mi
directamente, pero lo dijo, hace cuatro años, a un grupo de personas en el que
yo figuraba. Si he recordado el hecho es porque usted quebrantó mi fe con este
relato cómico. Aunque no lo crea, volví a mi casa con la fe aniquilada. Desde
entonces, cada vez dudé más. Sí, Piotr Alejandrovitch, usted me hizo mucho
daño. Aquello fue muy distinto de mi invención sobre Diderot.
Fiodor Pavlovitch se exaltó patéticamente, aunque
todos se dieron cuenta de que de nuevo adoptaba una actitud teatral. Pero
Miusov se sentía herido en lo más vivo.
‑¡Qué absurdo! ‑exclamó‑. Tan
absurdo como todo lo demás que usted ha contado. Desde luego, yo no le dije
eso a usted. Lo ocurrido fue que yo oí en Paris contar a un francés que, en una
misa dicha en nuestro país, se leyó este episodio en los «Mensuales». El
francés era un erudito que permaneció largo tiempo en Rusia, dedicado
especialmente al estudio de cuestiones de estadística. En lo que a mí
concierne, no he leido los «Mensuales» ni los leeré nunca... En la mesa se dicen
muchas cosas. Y entonces estábamos comiendo.
‑Si ‑dijo Fiodor Pavlovitch para
mortificarle‑. Usted comía mientras yo perdía la fe.
«¿Qué me importa a mi su fe?», estuvo a punto de
exclamar Miusov.
Pero se contuvo y dijo con un gesto de desprecio:
‑Usted mancha todo lo que toca.
El starets se levantó de súbito.
‑Perdónenme, señores, que les deje solos unos
momentos ‑dijo, dirigiéndose a todos los visitantes‑, pero me
esperan desde antes de la llegada de ustedes.
Y añadió alegremente y dirigiéndose a Fiodor
Pavlovitch:
‑Y usted procure no mentir.
Se dirigió a la puerta. Aliocha y el novicio
corrieron tras él para ayudarle a bajar la escalera. Aliocha estaba sofocado.
Se sentía feliz ante la interrupción, y también al ver al starets
contento y no con cara de hombre ofendido.
El starets iba a trasladarse a la galería para
bendecir a las mujeres que allí le esperaban, pero Fiodor Pavlovitch lo detuvo
en la puerta de la celda.
‑Bienaventurado starets ‑exclamó,
conmovido‑, permítame que vuelva a besarle la mano. Con usted se puede
hablar y se puede vivir. Usted cree, sin duda, que yo miento continuamente y
que siempre estoy haciendo el payaso. Pues bien, sólo lo he hecho para ver si
se puede vivir a su lado, si hay un puesto para mi humildad junto a su elevada
posición. Certifico que es usted un hombre sociable. Durante su ausencia no
diré palabra. Permaneceré sentado y en silencio. Ahora, Piotr Alejandrovitch,
puede usted hablar cuanto quiera. Durante diez minutos será usted el personaje
principal de la reunión.
CAPITULO III
Al pie de la galería de madera que se abría en la
parte exterior del muro del recinto había unas veinte mujeres del pueblo. Se
les había anunciado que el starets iba al fin a salir, y se habían
agrupado para esperarle.
Las Khokhlakov le esperaban también, pero en una
habitación de la galería reservada para las visitantes de calidad. Eran dos: madre
a hija. La primera, rica propietaria, vestía con gusto. Tenía un aspecto
todavía sumamente agradable y unos ojos vivos y casi negros. Sólo contaba
treinta y tres áños y era viuda desde hacía cinco. Su hija, una jovencita de
catorce años, tenía las piernas paralizadas. La pobre criatura no andaba desde
hacía seis meses y había que tránsportarla en un sillón de ruedas. Tenía una
carita encantadora, un tanto enflaquecida por la enfermedad, pero alegre. Sus
grandes y oscuros ojos sombreados por largas pestañas brillaban con destellos
juguetones. Su madre estaba decidida desde la primavera a llevarla al
extranjero, pero ciertos trabajos emprendidos en sus dominios las retenían.
Hacía ocho días que estaban en el pueblo, más por cuestiones de negocios que
por devoción. Sin embargo, habían visitado ya al starets tres días
atrás. Ahora habían vuelto, aun sabiendo que el starets apenas salía de
su celda, para suplicar se les concediera «la dicha de ver al gran salvador de
enfermos». Durante la espera, la madre estaba sentada junto al sillón de su
hija. A dos pasos de ellas, de pie, había un viejo monje llegado de un monasterio
del norte para recibir la bendición del starets.
Pero éste, al parecer, avanzó hacia el grupo de
mujeres del pueblo. Las creyentes acudieron a la escalinata de tres escalones
que enlazaba la galería con el suelo. El starets se detuvo en el escalón
más alto. De sus hombros pendía la estola. Después de bendecir a las mujeres
que le rodeaban, atendió a una posesa que le presentaron. La sujetaban por las
dos manos. Cuando vio al starets fue acometida por un violento hipo y
comenzó a gemir, mientras su cuerpo era presa de espasmos y sacudidas, como si
sufriera un ataque epiléptico. El starets le cubrió la cabeza con la
estola, dijo una breve oración y la enferma se cálmó en el acto.
Ignoro lo que ocurre ahora, pero en mi infancia tuve
ocasión de ver y oír a estos posesos en las aldeas y en los monasterios. Cuando
las llevaban a misa emitían en la iglesia agudos chillidos, pero tan pronto
como tenían cerca el santo sacramento, el ataque «demoníaco» cesaba en el acto
y las enfermas se tranquilizaban y permanecían en calma algún tiempo.
Como yo era todavía un niño, esto me sorprendía y me
impresionaba profundamente. Respondiendo a mis preguntas, oí decir a algunos
hacendados y, sobre todo, a los profesores de la localidad, que aquello era una
ficción para no trabajar y que se podía reprimir tratando a los supuestos
enfermos con dureza. Y me explicaban diversos casos que lo demostraban. Pero
después me enteré, por boca de médicos y especialistas, de que no se trataba de
una simulación, sino de una grave enfermedad que demostraba las duras
condiciones en que vivía la mujer, sobre todo en Rusia. El mal procedía de
trabajos agotadores realizados después de curaciones incompletas y sin
intervención de la medicina, y también de la desesperación, los malos tratos,
etcétera, etcétera, vida que algunas naturalezas femeninas no pueden sufrir,
aunque la soporte la mayoria.
La curación súbita y sorprendente de las convulsas
endemoniadas, apenas se les acercaba algún objeto sagrado, lo cual se atribuía
a una ficción y, sobre todo, a ardides de los sacerdotes, era seguramente
también un fenómeno natural. Las mujeres que conducían a la enferma, y
especialmente la enferma misma, estaban completamente convencidas de que el
espíritu impuro que se había posesionado de ella no podría resistir la
presencia del santo sacramento, ante el cual inclinaban a la desgraciada.
Entonces, en la paciente de nervios enfermos, dominada por una afección
psíquica, se producía un trastorno profundo y general, ocasionado por la espera
del milagro de la curación y por la seguridad completa de que el milagro se
realizaría. Y, en efecto, se realizaba, aunque sólo fuera momentáneamente. Esto
es lo que ocurrió cuando el starets cubrió a la enferma con la estola.
Algunas de las mujeres que se apiñaban en torno de él
derramaban lágrimas de ternura y entusiasmo, otras se arrojaban sobre él para
besarle aunque sólo fuera el borde del hábito; otras, en fin, se lamentaban. Él
las bendecía a todas y charlaba con ellas. Conocía a la posesa, que vivía en
una aldea situada a legua y media del monasterio. No era la primera vez que se
la habían traído.
‑He aquí una que viene de lejos ‑dijo el starets,
señalando a úna mujer todavía joven, pero exhausta y muy delgada, y de rostro
tan curtido que parecía negro.
Esta mujer estaba arrodillada y fijaba en el starets
una mirada inmóvil. En sus ojos había un algo de extravío.
‑Sí, padre; vengo de lejos. Vivo a
cuatrocientas verstas de aquí. De lejos, padre, de muy lejos.
Dijo esto una y otra vez mientras balanceaba la
cabeza de derecha a izquierda, con la cara apoyada en la palma de la mano. Hablaba
como lamentándose.
En el pueblo hay un dolor silencioso y paciente, que
se concentra en sí mismo y enmudece. Pero también hay un dolor ruidoso, que
se traduce en lágrimas y lamentos, sobre todo en las mujeres.
Este dolor no es menos profundo que el silencioso.
Los lamentos sólo calman desgarrando el corazón. Este dolor no quiere consuelo:
se nutre de'la idea de que es inextinguible. Los lamentos no son sino el deseo de
abrir aún más la herida.
‑Usted es ciudadana, ¿verdad? ‑preguntó
el starets, mirándola con curiosidad.
‑Sí, padre: somos campesinos de nacimiento,
pero vivimos en la ciudad. He venido sólo para verte. Hemos oído hablar de ti,
padre mío. He enterrado a mi hijo, que era un niño pequeño: Para rogar a Dios,
he visitado tres monasterios, y me han dicho: «Ve allí, Nastasiuchka[L18]», es decir, a verle a usted, padre mío, a
verle a usted. Y vine. Ayer fui a la iglesia y hoy he venido aquí.
‑¿Por qué lloras?
‑Por mi hijo. Le faltaban tres meses para
cumplir tres años. El recuerdo de este hijo me atormenta. Era el menor. Nikituchka [L19] y yo hemos tenido cuatro, pero no nos ha
quedado ninguno, mi bienamado padre, ninguno. Enterré a los tres primeros y no
sentí tanta pena. Pero a este último no puedo olvidarlo. Me parece tenerlo
delante. No se va. Tengo el corazón destrozado. Contemplo su ropita, su camisa,
sus zapatitos y me echo a llorar. Pongo, una junto a otra, todas las cosas que
han quedado de él, las miro y lloro. Dije a Nikituchka, mi marido: «Oye, déjame
ir en peregrinación...» Es cochero, padre mío. Tenemos bienes. Los caballos y
los coches son nuestros. Pero ¿para qué los queremos ahora? Mi Nikituchka debe
de estar bebiendo desde que le dejé. Lo ha hecho otras veces: cuando lo dejo
pierde los ánimos. Pero ahora no pienso en él. Ya hace tres meses que he dejado
la casa, y lo he olvidado todo, y no quiero acordarme de nada. ¿Para qué me
sirve mi marido ahora? He terminado con él y con todos. No quiero volver a ver
mi casa ni mis bienes. Ojalá me hubiese muerto.
‑Oye ‑dijo el starets‑, un
gran santo de la antigüedad vio en el templo a una madre que lloraba como
lloras tú, porque el Señor se le había llevado a su hijito. Y el santo le dijo:
«Tú no sabes lo atrevidos que son estos niños ante el trono de Dios. En el
reino de los cielos no hay nadie que tenga el atrevimiento que tienen esas
criaturas. Le dicen a Dios que les ha dado la vida, pero que se la han vuelto a
quitar apenas han visto la luz. Y tanto insisten y reclaman, que el Señor los
hace ángeles. Por eso debes alegrarte en vez de llorar, ya que tu hijito está
ahora con el Señor, en el coro de ángeles.» Esto es lo que dijo en la
antigüedad un santo a una mujer que lloraba. Era un gran santo y lo que decía
era la pura verdad. Así, tu hijo está ante el trono del Señor, y se divierte y
ruega a Dios por ti. Llora si quieres, pero alégrate.
La mujer lo escuchaba con la cabeza inclinada y la
cara apoyada en la mano.
‑Lo mismo me decía mi Nikituchka para consolarme:
«No hay motivo para que llores. Seguro que nuestro hijo está cantando ahora en
el coro de ángeles ante el Señor.» Y mientras me decía esto, lloraba. Yo le
decía: « Sí, ya lo sé: está con el Señor, porque no puede estar en otra parte.
Pero no está aquí, cerca de nosotros, como estaba antes...» ¡Oh, si yo pudiera
volver a verlo una vez, aunque sólo fuera una vez, sin acercarme a él, sin
decirle nada, escondida en un rincón! ¡Si pudiera verle un instante, oírle
jugar y verle llegar de pronto, gritando con su vocecita: «¿Dónde estás,
mamá?», como hacía tantas veces! ¡Si yo pudiera oírle corretear por la
habitación, venir a mí corriendo, riendo y gritando, como recuerdo que solía
hacer! ¡Si pudiese aunque sólo fuera oírle! ¡Pero no está en la casa, padre mío,
y no podré oírle nunca más! Mira su cinturón. Pero él no está, no volverá a
estar nunca.
Sacó de su pecho un diminuto cinturón. Apenas lo vio,
empezó L sollozar, cubriéndose el rostro con las manos, entre cuyos dedos luían
las lágrimas a torrentes.
‑¡Mirad! ‑exclamó el starets‑.
Es la antigua Raquel que lloa a sus hijos, sin ue haya para ella consuelo,
porque ya no están en el mundo [L20]. Esta es la suerte que se reserva aquí abajo
a las madres. No te consueles, no hace falta que tengas consuelo. Llora. Pero
cada vez que llores, acuérdate que tu hijo es un ángel de Dios, que desde allá
arriba lo mira y lo ve, y que tus lágrimas le complacen y las muestra al
Señor. Derramarás lágrimas todavía mucho tiempo, pero, al fin, sentirás una
serena alegría, y las lágrimas que ahora son amargas serán entonces
purificadoras lágrimas de ternura que borran los pecados. Rogaré por el
descanso del alma de tu hijo. ¿Cómo se llamaba?
‑Alexei, padre mío.
‑Es un bonito nombre. Su patrón era el varón de
Dios Alexei, ¿verdad?
‑Sí, padre: Alexei, varón de Dios.
‑¡Qué gran santo! Rogaré por tu hijito: no
olvidaré tu aflicción en mis oraciones. Y también rogaré por la salud de tu
marido. Pero ten en cuenta que es un pecado abandonarle. Vuelve a su lado y
cuida de él. Desde allá arriba tu hijo ve que has abandonado a su padre, y esto
le aflige. ¿Por qué turbas su paz? Tu hijito vive, pues el alma tiene vida
eterna; no está en la casa, pero lo tienes cerca de ti, aunque no lo veas. Sin
embargo, no esperes que vaya a tu casa si te oye decir que la detestas. ¿Para
qué ha de ir, si en la casa no hay nadie, si en ella no puede encontrar a su
madre y a su padre juntos? Ahora llegaría, te vería atormentada y te enviaría
apacibles sueños. Vuelve hoy mismo al lado de tu esposo.
‑Te obedeceré, padre mío, iré. Has leído en mi
corazón. ¡Espérame, Nikituchka; espérame, querido!
La mujer continuó lamentándose, pero el starets
se había vuelto ya hacia una viejecita que no vestía de peregrina, sino que
llevaba un vestido de calle corriente. Se leía en sus ojos que tenía algo que
decir. Era viuda de un suboficial y habitaba en nuestro pueblo. Su hijo Vasili,
empleado en una comisaría, se había trasladado a Irkutsk (Siberia). Le había
escrito dos veces. Luego, desde hacía un año, no había dado señales de vida.
Había intentado informarse, pero no sabía adónde dirigirse.
‑El otro día, Estefanía Ilinichna Bedriaguine,
rica tendera, me dijo: «Lo que debes hacer, Prokhorovna, es escribir en un
papel el nombre de tu hijo. Entonces vas a la iglesia y encargas oraciones por
el descanso de su alma. Así, él se sentirá inquieto y te escribirá. Es un
procedimiento seguro que se ha empleado muchas veces.» Yo no me he atrevido a
hacerlo sin consultarte. Tú que en todo nos iluminas, dime: ¿está eso bien?
‑Te guardarás mucho de hacerlo. Sólo que lo
hayas preguntado es vergonzoso. Nadie puede orar por el descanso de un alma viviente,
y menos aún una madre. Eso es tan gran pecado como la hechicería. Sólo por tu
ignorancia se te puede perdonar. Ruega por su salud a la Reina de los Cielos,
rápida mediadora y auxiliadora de los pecadores, y pídele que perdone tu error.
Y entonces, Prokhorovna, verás como tu hijo, o regresa o te escribe. Ve
tranquila: tu hijo vive, te lo digo yo.
‑Que Dios te premie, padre bienamado, bienhechor
nuestro, que ruegas por nosotros, por la redención de nuestros pecados.
El starets miraba ya unos ojos ardientes que
se fijaban en él. Eran los ojos de una campesina todavía joven, pero extenuada
y con aspecto de enferma del pecho. Permanecía muda y, mientras dirigía al starets
una mirada de imploración, parecía temer aproximarse a él.
‑¿Qué deseas, querida?
‑Que alivies mi alma ‑murmuró con voz
ahogada. Se arrodilló lentamente a sus pies y añadió‑: He pecado, padre
mío, y esto me llena de temor.
El starets se sentó en el escalón más bajo. La
mujer se acercó a él, avanzando de rodillas.
‑Soy viuda desde hace tres años ‑empezó a
decir la mujer a media voz‑. La vida no era para mí agradable al lado de
mi marido, que estaba viejo y me azotaba duramente. Una vez que estaba en
cama, enfermo, yo pensé, mirándole: «Si se cura y se levanta de nuevo, ¿qué
será de mi?» Y esta idea ya no se apartó de mi pensamiento.
‑Espera ‑dijo el starets.
Acercó el oído a los labios de la mujer y ella
continuó con voz apenas perceptible. Pronto terminó.
El starets preguntó:
‑¿Hace tres años?
‑Sí, tres años. Al principio no pensaba en
ello, pero desde que me puse enferma, vivo en una angustia continua.
‑¿Vienes de muy lejos?
‑He hecho quinientas verstas de camino.
‑¿Te has confesado?
‑Dos veces.
‑¿Han accedido a recibir la comunión?
‑Sí... Tengo miedo, miedo a la muerte.
‑No temas nada; no tengas miedo ni te aflijas.
Con tal que el arrepentimiento subsista, Dios lo perdona todo. No hay pecado en
la tierra que Dios no perdone al que se arrepiente de corazón. No existe pecado
humano capaz de agotar el amor infinito de Dios. Porque ¿qué pecado puede
superar en magnitud el amor de Dios? Piensa siempre en tu arrepentimiento y
destierra todo temor. Tú no puedes imaginarte cómo te ama Dios, aunque tenga
que amarte como pecadora. En el cielo habrá más alegría por un pecador que se
arrepiente que por diez justos [L21]. No te aflijas por lo que puedan decir los
demás y no te irrites por sus injurias. Perdona de todo corazón al difunto las
ofensas que te infirió y reconcíliate con él de verdad. Si te arrepientes, es
que amas. Y si amas, estás en Dios. El amor todo lo redime, todo lo salva. Si
yo, pecador como tú, me he conmovido al oirte, con más razón tendrá el Señor
piedad de ti. El amor es un tesoro tan inestimable, que, a cambio de él, puedes
adquirir el mundo entero y redimir, no sólo tus pecados, sino los pecados de
los demás. Vete y no temas nada.
Hizo tres veces la señal de la cruz sobre la enferma,
se quitó una medalla que pendía de su cuello y la colgó en el de la pecadóra,
que se inclinó en silencio hasta tocar la tierra. El starets se levantó
y miró alegremente a una mujer bien parecida que llevaba en brazos un niño de
pecho.
‑Vengo de Vichegoria, padre mío.
‑Has recorrido casi dos leguas con tu hijito en
brazos. ¿Qué quieres?
‑He venido a verte. Pero no es la primera vez
que vengo, ¿lo has olvidado? Poca memoria tienes si no te acuerdas de mí. Oí decir
que estabas enfermo y entonces decidí venir a verte. Y ahora veo que no tienes
nada. Vivirás todavía veinte años: estoy segura. Tú no puedes ponerte enfermo,
habiendo tanta gente que ruega por ti.
‑Gracias de todo corazón, querida.
‑Ahora voy a pedirte un favor. Toma estos
sesenta copecs y dalos a otro que sea más pobre que yo. Por el camino venía pensando:
«Lo mejor será entregarlos a él, pues él sabrá a quién debe darlos.»
‑Gracias,
gracias, querida. Haré lo que deseas. Me gusta tu modo de ser. ¿Es una niña lo
que llevas en brazos?
‑Sí, una niña, padre mío. Se llama Elisabeth.
‑Que el Señor os bendiga a las dos, a ti y a tu
Elisabeth. Has alegrado mi corazón... Adiós, queridas hijas mías.
Las bendijo a todas y les hizo una profunda
reverencia.
CAPITULO IV
Durante esta conversación con las mujeres del pueblo,
la dama que esperaba en la habitación de la galería derramaba dulces lágrimas
que enjugaba con su pañuelo. Era una mujer de mundo, muy sensible y con
inclinaciones virtuosas. Cuando el starets le habló al fin, se desbordó
el entusiasmo de la dama:
‑¡Cómo me ha impresionado esta conmovedora
escena!
La emoción le cortó el habla, pero en seguida pudo
continuar:
‑Comprendo que el pueblo le adore. Yo también
amo al pueblo. ¿Cómo no amar a nuestro excelente pueblo ruso, tan ingenuo en
su grandeza?
‑¿Cómo está su hija? Usted ha enviado a decirme
que quería verme.
‑Sí, lo he pedido con insistencia lo he
implorado. Estaba dis‑, puesta a permanecer tres días de rodillas ante
sus ventanas para que usted me recibiera. Hemos venido a expresarle nuestro
entusiasta agradecimiento. Pues usted curó a Lise el jueves, la curó por completo,
orando ante ella y aplicándole las manos. Anhelábamos besarlas y testimoniarle
nuestra gratitud y nuestra veneración.
‑¿Dice usted que la he curado? ¡Pero si está
todavía en su sillón!
‑La fiebre nocturna ha desaparecido por
completo desde hace dos días, desde el jueves ‑repuso la dama con
nervioso apresuramiento‑. Y esto no es todo: sus piernas se han
fortalecido, sus ojos brillan, y mire usted el color de su cara. Antes lloraba
sin cesar; ahora está contenta y se rie a cada moménto. Hoy ha pedido que la
pusiéramos de pie y se ha sostenido un minuto sola, sin ninguna clase de
apoyo. Ha apostado conmigo a que dentro de quince días baila un rigodón. He
llamado al doctor Herzenstube y se ha quedado perplejo. «Es sorprendente; no te
comprendo en absoluto», ha dicho. ¿Cómo no íbamos a venir a molestarlo? ¿Cómo
no hablamos de apresurarnos a venir a darle las gracias? Lise, da las gracias.
La carita de Lise se puso sería repentinamente. La
enferma se levantó de su sillón tanto como pudo y, mirando al starets,
enlazó las manos. De pronto y sin poder contenerse se echó a reir.
‑Me río de ese joven ‑dijo señalando a
Aliocha.
Las mejillas de Aliocha, que estaba de pie detrás del
starets, se cubrieron de un súbito rubor. El joven bajó los ojos, que
habían brillado intensa a instantáneamente.
‑Tiene un encargo para usted, Alexei
Fiodorovitch ‑dijo la madre a Aliocha. Y le tendió la mano, elegantemente
enguantada‑. ¿Cómo está usted?
El starets se volvío y fijó su mirada en
Aliocha. El joven se acercó a Lise sonriendo torpemente. Lise volvió a ponerse
sería.
‑Catalina Ivanovna me ha rogado que le entregue
esto ‑dijo ofreciéndole una carta‑. Le ruega que vaya a verla lo
antes posible y sin falta.
‑¿Me ruega que vaya a verla? ¿Para qué? ‑preguntó
Aliocha, profundamente asombrado y con un gesto de preocupación.
‑Se trata de algo relacionado con Dmitri
Fiodorovitch y... con todos esos asuntos que ahora llevan ustedes entre manos ‑dijo
apresuradamente la madre‑. Catalina Ivanovna ha encontrado una solución,
mas, para ponerla en práctica, necesita verle imprescindiblemente. ¿Por qué?
Lo ignoro. El caso es que le ruega que vaya a verla lo antes posible. Y espero
que usted no dejará de ir: sus convicciones cristianas se lo impiden.
‑Sólo he visto a Catalina Ivanovna una vez ‑dijo
Aliocha, todavía perplejo.
‑¡Es una criatura tan noble, tan recta!... Lo
merece todo, aunque sólo sea por sus sufrimientos... ¿Usted sabe lo que ha pasado...,
y lo que está pasando .... y lo que le espera?... ¡Es horrible, horrible!...
‑Iré ‑dijo Aliocha después de haber
echado una ojeada a la nota, breve y enigmática, que no explicaba nada y que se
limitaba a pedirle encarecidamente que fuera.
‑¡Qué bueno es usted! ‑exclamó Lise,
animándose‑. Yo le decía a mi mamá: «No irá, porque está entregado
enteramente a Dios.» Es usted muy bueno. Siempre he pensado que es muy bueno, y
estoy muy satisfecha de podérselo decir ahora.
‑¡Lise! ‑la reprendió su madre, aunque
sonriendo‑. Nos tiene usted olvidadas, Alexei Fiodorovitch: nunca viene a
vernos. Y Lise me ha dicho más de una vez que sólo se siente bien cuando está a
su lado.
Aliocha levantó la cabeza, enrojeció de nuevo y
sonrió sin sabe¡ por qué.
El starets ya no le miraba. Estaba hablando
con el monje que le esperaba, como ya hemos dicho, junto al sillón de Lise. Era
un humilde religioso, obtuso y de ideas rígidas, pero con una fe que rayaba
en la obstinación. Dijo que vivía lejos, en el norte, cerca de Obdorsk [L22], en un pequeño monasterio que sólo tenía
nueve monjes. El starets le bendljo y le invitó a ir a su celda cuando
le pareciese.
‑¿Cómo puede usted conseguir estas cosas? ‑preguntó
el monje señalando gravemente a Lise. Aludía a su curación.
‑Es todavía demasiado pronto para hablar de eso.
Que se sienta aliviada no quiere decir que esté curada por completo. El alivio
puede obedecer a otras causas. En fin de cuentas, todo lo que haya pasado es
obra de la voluntad de Dios. Todo procede de Él... Venga a verme, padre. Algún
día me será imposible recibirle. Estoy enfermo y sé que tengo los días
contados.
‑¡Oh, no! ‑exclamó la dama‑. Dios
no nos lo quitará. Usted vivirá aún mucho tiempo, mucho tiempo. ¿Cómo puede
estar enfermo, con el buen aspecto que tiene? ¡Parece tan contento, tan feliz!
‑Hoy me siento mucho mejor que otros días, pero
yo sé que esto no durará mucho. Conozco bien mi enfermedad. Si mi aspecto es
alegre, no puede usted figurarse lo que me complace oírselo decir. Pues la
felicidad es el objetivo del ser humano. El que ha sido perfectamente feliz
tiene derecho a decir: «He cumplido la ley divina en la tierra.» Los justos,
los santos, los mártires han sido felices.
‑¡Qué palabras tan audaces, tan sublimes! ‑exclamó
la madre‑. Penetran a través de nuestro ser. Sin embargo, ¿dónde está la
felicidad? Ya que ha tenido usted la bondad de permitirnos verlo hoy, escuche
lo que no le dije en mi anterior visita, lo que no me atreví a decirle, lo que
me atormenta desde hace mucho tiempo. Pues me siento atormentada, si,
atormentada.
Y en un arranque de fervor enlazó las manos.
‑¿Cuál es su tormento?
‑No creer.
‑¿No creer en Dios?
‑¡Oh, no! En eso ni siquiera me atrevo a
pensar. ¡Pero qué enigma es la vida futura! Nadie sabe de ella una palabra.
Escúcheme, padre, usted que conoce el alma humana y el modo de curarla. No le
pido que me crea enteramente, pero le doy mi palabra de honor de que le hablo
con toda seriedad. La idea de la vida de ultratumba me conmueve hasta
atormentarme, hasta aterrarme. No sé a quién preguntar, ni me he atrevido a
hacerlo en toda mi vida... Ahora me permito dirigirme a usted... ¡Qué pensará
de mi, Dios mío!
Y se quedó mirándole, con las manos enlazadas.
‑No se preocupe por mi opinión ‑repuso el
starets‑. Creo en la sinceridad de su inquietud.
‑¡Cuánto se lo agradezco! Oiga: cierro los ojos
y pienso: «Todos creen. ¿Por qué?» Se dice que la religión tiene su origen en
el terror que inspiran ciertos fenómenos de la naturaleza, pero que todo es una
falsa apariencia. Y me digo que he creido toda la vida, que moriré y no
encontraré nada, que entonces «sólo la hierba crecerá sobre mi tumba», como
dice un escritor. Esto es horrible. ¿Cómo recobrar la fe? En mi infancia, yo
creí mecánicamente, sin pensar en nada. ¿Cómo convencerme? He venido a
inclinarme ante usted y a suplicarle que me ilumine. Si pierdo esta ocasión, ya
no encontraré a nadie que me responda. ¿Cómo convencerme? ¿Con qué pruebas?
¡Qué desgraciada soy! Las personas que me rodean no se preocupan de esto, y yo
sola no puedo soportar mis dudas. Estoy abrumada.
‑Lo comprendo. Pero estas cosas no pueden
probarse. Uno tiene que convencerse por sí mismo.
‑¿Cómo?
‑Por medio del amor, que es el que lo hace
todo. Procure amar al prójimo con un ardor inextinguible. A medida que vaya usted
progresando en el amor al prójimo, se irá convenciendo de la existencia de Dios
y de la inmortalidad del alma. Si alcanza la abnégación completa en su amor al
prójimo, creerá ciegamente y la duda no podrá siquiera rozar su alma. Esto está
demostrado por la experiencia.
‑¿El amor que lo hace todo? He aquí otro
problema..., ¡y qué problema! Mire: yo amo de tal modo a la humanidad, que,
aunque usted no lo crea, he pensado a veces en abandonarlo todo, incluso a
Lise, y convertirme en hermana de la Caridad. Cierro los ojos, pienso, sueño, y
en esos momentos me asiste una fuerza invencible. Ninguna herida, ninguna llaga
purulenta me inquietará: las lavaré con mis propias manos y seré una enfermera
presta a besar las úlceras de los pacientes.
‑No es poco que haya tenido tales pensamientos.
Algún día realizará usted, por obra del azar, una buena acción.
‑¿Pero podré soportar durante mucho tiempo
semejante vida? ‑siguió diciendo la dama con vehemencia‑. Ésta es
la cuestión más importante, la que más me atormenta. Cierro los ojos y me
pregunto: «¿Permanecerás mucho tiempo en este camino? Si el enfermo al que
lavas las úlceras lo paga con la ingratitud, si te atormenta con sus
caprichos, sin apreciar ni advertir siquiera tu devoción; si grita, se muestra
exigente a incluso presenta quejas sobre ti, como pueden hacer las personas
atormentadas por el sufrimiento, ¿perdurará tu amor?» Y sepa usted que yo me he
dicho ya con profunda desazón: «La ingratitud es lo único que puede enfriar, a
inmediatamente, mi amor activo por la humanidad.» En una palabra, que, al
amar, trabajo por un salario y exijo recibirlo inmediatamente en forma de
elogios y de un amor como el mío. De otro modo, no me es posible amar a nadie.
Después de haberse fustigado a si misma con este
arrebato de sinceridad, se quedó mirando al starets con una fijeza provocadora.
Y el starets repuso:
‑Eso mismo me dijo hace ya mucho tiempo un
médico amigo mío, hombre inteligente y de edad madura. Se expresaba tan francamente
como usted, aunque bromeando con cierta amargura. Me decía: «Amo a la
humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en
general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente.
Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez
incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario;
pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación:
lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento
limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar
ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo
en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas
me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos. Sin embargo,
cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la
humanidad.»
‑¿Qué hacer, qué hacer en tal caso? Hay para
desesperarse.
‑No. Basta con que se sienta usted desolada.
Haga todo cuanto pueda, y se le tendrá en cuenta. Usted ya ha hecho mucho por
conseguir conocerse a sí misma profundamente, tal como realmente es. Si me ha
hablado con tanta franqueza sólo para oír mis alabanzas a su sinceridad, no
conseguirá nada, seguramente, en los dominios del amor activo: todo quedará
reducido a un sueño, y como un sueño transcurrirá su vida. Entonces, claro es,
se olvidará de la vida futura y, en fin de cuentas, se tranquilizará de un modo
de otro.
‑Me abruma usted. Ahora me doy cuenta de que,
al hablarle de mi horror a la ingratitud, daba por descontados los elogios que
me valdría mi franqueza. Usted me ha llevado a leer en mí misma.
‑¿De veras? Pues bien, tras esta confesión,
creo que es usted buena y sincera. Aunque no alcance la felicidad, recuerde
siempre que está en el buen camino y procure no salir de él. Sobre todo, no
mienta, y menos aún a sí misma. Observe sus propias falsedades, examínelas
continuamente. Evite también la aversión hacia los demás y hacia sí misma. Lo
que le parezca malo en usted, queda purificado por el hecho de que haya visto
que es malo. Rechace también el temor, aunque éste sea únicamente la
consecuencia de la mentira. No tema jamás a su propia cobardía en la
persecución del amor. Tampoco debe asustarse de sus malas acciones en este
terreno. Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo,
comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor
contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención
general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se
prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las
miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio
de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia. Pues bien, le anuncio que
en el momento mismo en que vea, horrorizada, que, a pesar de sus esfuerzos, no
solamente no se ha acercado a su objetivo, sino que se ha alejado de él, en ese
momento habrá alcanzado su fin y verá sobre usted el poder misterioso del
Señor, que la habrá guiado con amor sin que usted se haya dado cuenta. Perdone
que no pueda dedicarle más tiempo: me esperan. Adiós.
La señora de Khokhlakov lloraba.
‑¿No se acuerda de Lise? ‑preguntó
ansiosamente‑. Bendígala.
‑No merece que se la quiera ‑repuso el starets
en broma‑. Ha estado muy juguetona mientras hablábamos. ¿Por qué te
burlas de Alexei?
En efecto, Lise había estado enfrascada en un curioso
juego. En la visita anterior había advertido que Aliocha se turbaba en su
presencia, y esto la divirtió sobremanera. La encantaba mirarlo fijamente y
ver como él, dominado por esa mirada persistente y como impulsado por una
fuerza irresistible, la miraba a su vez. Entonces Lise sonreía triunfalmente,
y esta sonrisa aumentaba el despecho y' la confusión de Aliocha. Al fin, el
joven eludió francamente las miradas de Lise, ocultándose detrás del starets.
Pero minutos después, como hipnotizado, asomó la cabeza para ver si ella lo miraba.
Lise, que estaba casi fuera del sillón, le observaba de soslayo y esperaba,
impaciente, que los ojos de Aliocha se levantaran y la mirasen, y al ver que
él, en efecto, volvió a mirarla, se echó a reír tan ruidosamente, que el starets
no pudo contenerse y le dijo:
‑¡Qué revoltosa eres! Te gusta ponerlo
colorado, ¿eh?
Lise enrojeció hasta las orejas. Sus ojos brillaron
intensamente. Su carita se puso sería. Y la enfermita, nerviosa, indignada, se
lamentó:
‑¿Por qué se olvida de todo? Cuando yo era una
niña pequeña, me llevaba en brazos y jugaba conmigo. Él me enseñó a leer. Hace
dos años, cuando se marchó, me dijo que no me olvidaría nunca, que éramos
amigos para siempre. Y ahora me tiene miedo como si me lo fuera a comer. ¿Por
qué no se acerca a mi? ¿Por qué no quiere hablarme? ¿Por qué no viene a vernos?
Usted no lo retiene, pues yo sé que puede ir a donde quiera. No estaría bien
que yo le invitara. Él debe ser el primero en acordarse de mi. Pero no: ¡el
señor hace vida de religioso! ¿Por qué le ha puesto ese hábito de largos
faldones? ¿No ve que caerá si tiene que correr?
De pronto, no pudiendo contenerse, se cubrió la cara
con la mano y prorrumpió en una risa nerviosa, reprimida, prolongada, que
saçudia todo su cuerpo.
El starets, que la había escuchado en
silencio, la bendijo. Ella le besó la mano, la apretó contra sus ojos y se echó
a llorar.
‑No se enfade conmigo. Soy una tonta; no sirvo
para nada. Aliocha tiene razón al no querer nada con una chica tan ridícula...
El starets la interrumpió:
‑Te lo
enviaré, te lo enviaré sin falta.
CAPITULO V
¡ASÍ SEA!
El starets había estado ausente unos
veinticinco minutos. Eran más de las doce y media, y aún no habfa llegado
Dmitri Fiodorovitch, por quien se había convocado la reunión. Ya casi se le
habla olvidado.
Cuando el starets reapareció en la celda
encontró a sus visitantes enzarzados en una conversación animadísima en la que
participaban especialmente Iván Fiodorovitch y los dos religiosos. Miusov
intervino con calor, pero con escaso éxito: permanecfa en un segundo plano y
apenas se le contestaba, lo que le producía una creciente indignación. Antes
habfa librado un combate de erudición con Iván Fiodorovitch y se rebelaba ante
cierta falta de consideración que habfa advertido en el joven. «Yo ‑se
decía‑ estoy al corriente de todo lo que hay de progresista en Europa,
pero esta nueva generación nos ignora por completo. »
Fiodor Pávlovitch, que se habfa jurado permanecer de
espectador sin decir nada, guardaba silencio, observando con una sonrisita
sarcástica a su vecino Piotr Alejandrovitch, cuya irritación le producía gran
regocijo. Hacía rato que acechaba el momento de desquitarse, y al fin encontró
la ocasión. Se inclinó ante el hombro de su vecino y le dijo a media voz:
‑¿Por qué no se ha marchado usted después de la
anécdota del santo, en vez de quedarse con esta ingrata compañia? Sin duda, usted,
sintiéndose ofendido y humillado, ha permanecido aquí para demostrar su
carácter, y no se irá sin demostrarlo.
‑No empiece otra vez, o me voy ahora mismo.
‑Usted será el último en marcharse ‑le
dijo Fiodor Paviovitch.
Fue en ese momento cuando llegó el starets.
La discusión se interrumpió, pero el starets,
después de volver a ocupar su puesto, paseó su mirada por los reunidos como
invitándoles a continuar. Aliocha, que leía en su rostro, comprendió que
estaba agotado. A causa de su enfermedad, su debilidad habfa llegado al
extremo de que últimamente le producía desmayos. La palidez que anunciaba
estos desvanecimientos cubría ahora su semblante. En sus labios tampoco había
color. Pero era evidente que no quería disolver la asamblea. ¿Qué cazones
tendría para ello? Aliocha lo observaba atentamente.
El padre bibliotecario dijo, señalando a Iván
Fiodorovitch:
‑Estábamos comentando un articulo sumamente
interesante de este señor. Tiene puntos de vista nuevos, pero la tesis parece
tender a dos fines. Es una réplica a un sacerdote que ha publicado una obra
sobre los tribunales eclesiásticos y la extensión de sus derechos.
‑Sintiéndolo mucho ‑maniféstó el starets
mirando atentamente a Iván Fiodorovitch‑, no he leido su artículo, pero
he oído hablar de él.
El padre bibliotecario continuó:
‑Este señor enfoca la cuestión desde un punto
de vista interesantísimo. Al parecer, rechaza la separación de la Iglesia y el
Estado en este terreno.
‑Muy interesante, en efecto ‑dijo el starets
a Iván Fiodorovitch‑. ¿Pero con qué argumentos defiende usted su
opinión?
Iván Fiodorovitch le respondió no con un aire
altanero y pedante, como el que Aliocha recordaba haberle oído emplear el mismo
día anterior, sino con un tono modesto, discreto, franco.
‑Yo parto del principio de que esta confusión
de los elementos esenciales de la Iglesia y el Estado, considerados
separadamente, subsistirá siempre, aunque afecte a algo irrealizable, ya que
descansa sobre una mentira. Un compromiso entre la Iglesia y el Estado en
ciertas cuestiones, como la justicia, por ejemplo, es, a mi juicio,
completamente imposible. El sacerdote al que respondo en mi articulo sostiene
que la Iglesia ocupa en el Estado un puesto determinado, definido. Yo le
contesto que la Iglesiay lejos de ocupar simplemente un lugar en el Estado,
debe absorber al Estado enteramente y que, si esto hoy es imposible, por lo
menos debería ser el objetivo principal del desenvolvimiento de la sociedad
cristiana.
‑Eso es perfectamente justo ‑declaró con
voz enérgica y nerviosa el padre Paisius, religioso erudito y taciturno.
‑Eso es ultramontanismo puro ‑exclamó
Miusov, poniendo una pierna sobre la otra con un movimiento de impaciencia.
‑No hay montes en nuestro país ‑dijo el
padre José dirigiéndose al starets‑. Este señor refuta los
principios fundamentales de su adversario, que, cosa digna de mención, es un
eclesiástico. He aquí esos principios. Primero: «Ninguna asociación pública
puede ni debe atribuirse el poder ni disponer de los derechos civiles y políticos
de sus miembros.» Segundo: «El poder en materia civil y criminal no debe
pertenecer a la Iglesia, pues es incompatible con su naturaleza de institución
divina y agrupación que persigue un fin religioso.» Y tercero: «La Iglesia no
es un reino de este mundo. »
‑Todo esto es un juego de palabras indigno de
un eclesiástico ‑dijo el padre Paisius sin poderse contener‑. He
leído la obra que usted refuta ‑añadió volviéndose hacia Iván
Fiodorovitch‑, y quedé sorprendido ante la afirmación de ese sacerdote de
que la Iglesia no es un reino de este mundo. Si no fuera de este mundo, no
podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, la expresión « no de este
mundo» está empleada en otro sentido. No se debe jugar con estas palabras.
Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El
reino de los cielos no es, desde luego, un reino de este mundo, pero en el
cielo sólo se entra por medio de la Iglesia, que está fundada en la tierra. Por
lo tanto, los juegos de palabras sobre estas cuestiones son inadmisibles a
indignos. La Iglesia es verdaderamente un reino. Su destino es reinar. Y, al
fin, este reino se extenderá por todo el universo: así se nos ha prometido.
Se detuvo de pronto, como conteniéndose. Iván
Fiodorovitch, después de haberle escuchado atenta y cortésmente y con toda calma,
continuó, dirigiéndose al starets, en el mismo tono sencillo de antes:
‑La idea esencial de mi artículo es que el
cristianismo, en los tres primeros siglos de su existencia, se condujo en el
mundo corno una Iglesia y, en realidad, no fue otra cosa. Cuando el Estado romano
pagano adoptó el cristianismo, se incorporó a la Iglesia, pero siguió siendo un
Estado pagano en multitud de atribuciones. En el fondo, esto era inevitable. El
Estado romano había heredado demasiadas cosas de la civilización y la
sagacidad paganas, entre ellas las bases y los fines mismos del Estado. Era
evidente que la Iglesia de Cristo, al introducirse en el Estado, no podía
suprimir nada de sus propias bases, de la piedra sobre la cual descansaba:
tenía que ir hacia sus fines, firmemente señalados y establecidos por Jesucristo.
Uno de estos fines era convertir en Iglesia, regenerándola, el mundo entero y,
en consecuencia, el Estado pagano antiguo. De este modo, y atendiendo a sus
planes para el futuro, la Iglesia no debe buscar un puesto determinado en el
Estado, como «toda asociación pública» o como «una agrupación que persigue
fines religiosos», para emplear los mismos términos del autor cuyas ideas
refuto, sino que todo el Estado terrestre debería convertirse en Iglesia o, por
lo menos, renunciar a todos sus fines incompatibles con los de la Iglesia. Esto
no humilla, no reduce el honor ni la gloria de níngún gran Estado, ni tampoco
la gloria de sus gobernantes, sino que los lleva a dejar el falso camino,
todavía pagano y erróneo, y seguir el camino justo, el único que conduce a
fines eternos. Por eso el autor del libro sobre las Bases de la justicia
eclesiástica hubiera procedido certeramente si, al exponer y proponer estas
bases, las hubiera considerado únicamente como un compromiso provisional,
todavía necesario en nuestra época pecadora a imperfecta. Pero desde el
momento en que el autor osa declarar que las bases que propone, alguna de las
cuales acaba de enumerar el padre José, son primordiales, inquebrantables,
permanentes, se opone al destino santo a inmutable de la Iglesia. Esto es lo
que expongo en mi artículo.
‑Dicho de otro modo ‑continuó el padre
Paisius, recalcando las palabras‑, que ciertas teorías que no se han
abierto paso hasta nuestro siglo diecinueve, afirman que la Iglesia debe
convertirse, regenerándose, en Estado, pasar de una posición inferior a otra superior,
dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de
la época, a la civilización. Si se niega a esto, sólo tendrá un papel
insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la
Europa de nuestros días. Por el contrario, según las concepciones y las
esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, pasando
de un plano inferior a otro superior, sino que es el Estado el que debe
mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia. ¡Así
sea! ¡Así sea!
‑Le
confieso que me ha reconfortado un poco ‑dijo Miusov sonriendo y volviendo
a cruzar las piernas‑. Por lo que he entendido, habla usted de la
realización de un ideal que no se cumplirá hasta fecha muy lejana, hasta la
vuelta de Cristo. Esto es todo lo que ustedes desean. La utopía de la
desaparición de las guerras, de la diplomacia, de las casas de banca, etcétera:
algo que se parece al socialismo. Yo creía que hablaban en serio, de cosas
inmediatas, que desde hoy mismo la Iglesia iba, por ejemplo, a juzgar a los
criminales, a condenarlos al látigo, al presidio a incluso a la pena de muerte.
Iván Fiodorovitch repuso pausadamente:
‑Si hubiera sólo tribunales eclesiásticos, la
Iglesia no enviaría a nadie a presidio ni a la horca. El crimen y el modo de
considerarlo se tendrían seguramente que modificar. Esto se habría de hacer
poco a poco, no de golpe, pero lo más rápidamente posible.
‑¿Habla usted en serio? ‑le preguntó
Miusov mirándole a la cara.
‑Si la Iglesia lo absorbiera todo, excomulgaría
al criminal y al desafecto ‑dijo Iván Fiodorovitch‑, pero no
cortaría cabezas. ¿Qué sería del excomulgado, me quiere usted decir? Pues no
quedaría separado solamente de los hombres, sino también de Cristo. Con su
crimen no se habría rebelado únicamente contra la humanidad, sino también
contra la Iglesia de Cristo. Bien mirado, así sucede ya. Lo que ocurre es que
la conciencia del criminal de hoy se desvía, diciéndose: «He robado, pero no me
he rebelado contra la Iglesia. Yo no soy enemigo de Cristo.» Esto es lo que
suele decirse el criminal de hoy. Pero cuando la Iglesia haya sustituido al
Estado, al criminal le será difícil hablar así, a menos de que vaya contra la
Iglesia imperante en todo el mundo. Entonces tendría que decir: «Todos están
equivocados, todos se han desviado del buen camino. Su Iglesia es falsa. Sólo
yo, ladrón y asesino, soy la verdadera Iglesia cristiana.» Es una posición
dificil de mantener, pues requiere condiciones extraordinarias, circunstancias
que sólo existen excepcionalmente. Por otra parte, ¿no hay un resto de
paganismo en el punto de vista actual de la Iglesia respecto al crimen? En vez
de preservar a la sociedad cercenando un miembro gangrénado, ¿no sería mejor
que acometiera francamente la regeneración y la salvación del culpable?
‑¿Qué quiere decir esto? ‑intervino
Miusov‑. De nuevo no le comprendo. Eso es otro sueño disparatado,
incomprensible. ¿Qué significa esa excomunión? Francamente, Iván Fiodorovitch:
parece que usted no habla en serio.
‑Observen ustedes ‑dijo el starets,
hacia el que todos se volvieron‑ que si la Iglesia de Cristo no
existiera, el criminal no tendría freno para sus fechorias ni recibiría un
verdadero castigo..., no un castigo mecánico que, como el señor acaba de
decir, sólo produce generalmente irritación, sino un castigo real, el único que
atemoriza y aplaca, el que consiste en la confesión que descarga la
conciencia.
‑Permitame que le pregunte cómo es eso posible ‑dijo
Miusov con viva curiosidad.
‑Se lo explicaré ‑respondió el starets‑.
Las condenas a trabajos forzados, agravadas años atrás con castigos corporales,
no enmiendan a nadie y, sobre todo, no atemorizan a casi ningún criminal.
Convenga usted en que cuanto más tiempo pasa, más aumenta el número de
crímenes. De ello resulta que la sociedad no queda preservada en modo alguno,
pues aunque el miembro nocivo sea cercenado mecánicamente y enviado muy lejos,
donde queda oculto a la vista de los demás, aparece otro criminal, o tal vez
dos, para cubrir el puesto vacío. Lo único que hasta ahora protege a la
sociedad, enmienda al criminal y lo convierte en otro hombre es la ley de
Cristo, expresada por la voz de la conciencia. Sólo después de haber reconocido
su falta como hijo de la sociedad de Cristo, es decir, de la Iglesia, el
criminal la reconocerá ante la sociedad misma. Así, sólo ante la Iglesia puede
reconocer su falta: no ante el Estado. Si la justicia dependiera de la sociedad
como Iglesia, sabría a quién relevar de la excomunión, a quién admitir en su
seno. Como hoy la Iglesia sólo puede condenar moralmente, renuncia castigar
materialmente al criminal. Y no lo excomulga: lo envuelve en sus paternales
métodos de curación. Es más, se esfuerza en mantener con el criminal todas las
relaciones que mantiene con el cristiano inocente: lo admite en los oficios, le
da la comunión, lo trata con caridad, más como a un extraviado que como a un
delincuente. ¿Qué sería de él, Señor, si la sociedad cristiana, es decir, la
Iglesia, lo rechazara, como lo rechaza y lo aisla la sociedad civil? ¿Qué sería
de él si la Iglesia lo excomulgara a la vez que se aplica la ley del Estado? No
existiría en el mundo mayor desesperación, por lo menos para los criminales
rusos, que conservan la fe. Por otra parte, podría ocurrir algo horrible: que
el corazón lacerado del criminal perdiera la fe. No, la Iglesia, como una
tierna madre, renuncia al castigo material, pues considera que el delincuente,
castigado con sobrada dureza por los tribunales seculares, necesita que alguien
se compadezca de él. Además, y sobre todo, renuncia a ello porque la justicia
de la Iglesia, única que conoce la verdad, no puede unirse, ni esencial ni
moralmente, a ninguna otra, aunque la unión sea provisional. No es posible
transigir sobre este punto.
»Según dicen, es muy raro que el criminal extranjero
se arrepienta, ya que las doctrinas contemporáneas confirman su idea de que el
crimen no es un crimen, sino un simple acto de rebeldía contra un poder que le
oprime injustamente. La sociedad lo excluye con una fuerza que se le impone de
un modo puramente mecánico, y a esta exclusión añade el odio. Así, por lo
menos, se cuenta que ocurre en Europa. Y además de añadir el.odio, lo acompaña
de la mayor indiferencia y de un olvido absoluto del destino ulterior del
culpable. Todo ocurre, pues, sin que la Iglesia dé muestra alguna de piedad,
pues en muchos casos allí ya ni siquiera hay Iglesia: sólo quedan eclesiásticos
y edificios magníficos. Aquellas Iglesias luchan desde hace tiempo por pasar
del plano inferior al superior: por convertirse en Estados. Así, por lo menos,
parece ocurrir en las zonas luteranas. En Roma, hace ya mil años que la Iglesia
se erigió en Estado. Con esto, el criminal no se considera miembro de la
Iglesia. Se ve excomulgado y cae en la desesperación. Si vuelve a la sociedad,
suele hacerlo con tal odio, que ella misma lo arroja de su seno. Ya pueden
ustedes suponer cómo termina esto. En la mayoría de los casos parece que ocurre
lo mismo en nuestro país, pero en realidad, en muchos de nuestros tribunales
contamos con la Iglesia, y esta Iglesia no pierde el contacto con el criminal,
que sigue siendo para ella un hijo querido. Además, existe, subsiste, aunque
sólo sea en teoría, la justicia de la Iglesia, que si ahora no es efectiva, lo
será en el porvenir, y que el criminal admite por un impulso instintivo de su
alma.
»Aqui se acaba de decir algo de cuya exactitud no hay
duda: que si la justicia de la Iglesia entrara en vigor, es decir, si la sociedad
en masa se convirtiese en Iglesia, no solamente la justicia de la Iglesia
influiría en la enmienda del criminal de modo muy distinto de como ocurre
ahora, sino que el número de crímenes disminuiría en proporciones
incalculables. Y no hay duda de que la Iglesia trataría en la mayoría de los
casos el crimen y a los criminales de un modo completamente distinto de como
lo hace actualmente: atraería a ella al excomulgado, prevendría los propósitos
criminales, regeneraría al caído.
Y el starets terminó, con una sonrisa:
‑Verdad es que la sociedad cristiana no está
todavía cerca de conseguir esa posición. Sólo reposa sobre siete justos. Pero
como éstos no desfallecen, esperan tranquilamente la transformación absoluta,
de asociación casi pagana, en la Iglesia única, universal y reinante. Así
ocurrirá, aunque dentro de muchos siglos, pues está predestinada a ello. No hay
que inquietarse por las dilaciones, ya que este proceso misterioso depende de
la sabiduría de Dios y de la presencia de su amor. Lo que para los ojos del
hombre parece muy lejano, está tal vez a punto de cumplirse para la
predestinación divina. ¡Así sea!
‑¡Así sea! ‑repitió respetuosamente el
padre Paisius.
‑Es extraño, sumamente extraño ‑dijo
Miusov en un tono de indignación reprimida.
‑¿Qué es lo que le parece extraño? ‑preguntó
el padre José.
‑Se lo diré francamente ‑exclamó Miusov,
con una agresividad repentina‑. ¿Qué significa todo esto? ¡Se elimina al
Estado para poner en su lugar a la Iglesia! Esto es ultramontanismo elevado al
cuadrado. ¡Ni Gregorio séptimo hubiera tenido una idea semejante!
‑Su interpretación es completamente errónea ‑observó
severamente el padre Paisius‑. No es la Iglesia la que se convierte en
Estado, fíjese bien. Esto es el sueño romano, la tercera tentación del demonio.
Por el contrario, es el Estado el que se convierte en Iglesia, el que se eleva
hasta ella y llega a ser una Iglesia sobre todo el mundo. Esto es diametralmente
opuesto a Roma, al ultramontanismo, a la interpretación de usted; esto es la
misión sublime reservada a la ortodoxia en el mundo entero. Esta estrella
empezará a resplandecer en Oriente.
Miusov guardó un silencio significativo. De toda su
persona emanaba un algo de extrema dignidad. En sus labios apareció una sonrisa
de indulgencia. Aliocha lo observaba con el corazón palpitante. La
conversación le había impresionado profundamente. Su mirada tropezó con
Rakitine, que permanecía inmóvil y escuchaba atentamente, con la cabeza baja.
Del vivo color de su tez, Aliocha dedujo que estaba tan impresionado como él, y
sabía el motivo.
‑Permítanme, señores, que les refiera una
anécdota ‑empezó a decir Miusov con una gravedad presuntuosa‑.
Hallándome en París, tuve ocasión, después del golpe de Estado de diciembre, de
visitar a uno de mis conocidos, personaje importante que entonces estaba en el
poder. Era un individuo sumamente curioso que, sin ser del cuerpo de policía,
dirigía una brigada de agentes políticos, puesto de gran importancia. Aproveché
la ocasión para hablar con él y satisfacer mi curiosidad. Fui recibido como
subalterno que presenta un informe, y, al ver que yo estaba en buenas
relaciones con su jefe, me trató con una franqueza relativa, es decir, con más
cortesía que franqueza, como es costumbre en los franceses, en lo que influyó
mi calidad de extranjero. Pero yo le comprendí perfectamente. Entonces se
perseguía a los socialistas revolucionarios. Prescindiendo del resto de la
conversación, les transmitiré una observación sumamente interesante que se le
escapó a aquel caballero: «No tememos demasiado a todos esos socialistas,
anarquistas, ateos y revolucionarios. Los vigilamos y estamos al corriente de
todos sus movimientos. Pero hay entre ellos un grupo especial, por fortuna
poco numeroso, que nos inquieta de verdad: el de los que creen en Dios a pesar
de ser socialistas. Es una agrupación francamente temible. El socialista
cristiano es mucho más peligroso que el socialista ateo.» Estas palabras me
impresionaron entonces, y ahora ustedes me las han recordado.
‑Es decir, que nos las aplica usted a nosotros
porque nos considera socialistas, ¿no es eso? ‑preguntó sin rodeos el
padre Paisius.
Pero antes de que Piotr Alejandrovitch acertara a
responder, la puerta se abrió y entró Dmitri Fiodorovitch, que llegaba con gran
retraso. Como ya no se le esperaba, su repentina aparición produjo cierta
sorpresa.
CAPITULO VI.
Dmitri Fiodorovitch era un joven de veintiocho años,
de estatura media y figura bien proporcionada, pero que parecía bastante mayor
de lo que era. Se deducía que su musculoso cuerpo estaba dotado de una fuerza
extraordinaria, pero su enjuto rostro, de carrillos hundidos, y su amarilla tez
le daban un aspecto de enfermo. Sus ojos, negros, algo saltones, tenían una
mirada vaga, aunque parecía obstinada. Cuando estaba agitado y hablaba con
indignación, su mirada no correspondia a su estado de ánimo. «Es muy dificil
saber lo que piensa», decían a veces sus interlocutores. Algunos días sus
risas inopinadas, que denotaban regocijo o pensamientos alegres, sorprendian a
los que, viendo sus ojos, le creían pensativo y triste. Por otra parte, era
natural que tuviera una expresión algo atormentada. Todo el mundo estaba al
corriente de los excesos a que se entregaba en los últimos tiempos, así como de
la indignación que se apoderaba de él en las dispùtas que sostenía con su padre
por cuestiones de dinero. Por la localidad circulaban anécdotas sobre este particular.
Verdaderamente, era un hombre irascible, «un alma oscura y extraña», como dijo
de él en una reunión el juez de paz Simón Ivanovitch Katchalnikov.
Iba irreprochable y elegantemente vestido: la levita
abrochada, guantes negros y el alto sombrero en la mano. Como oficial retirado
hacia poco, en su cara no se veía más pelo que el del bigote. Su cabello, corto
y peinado hacia delante, era de color castaño. Andaba a grandes pasos y con
aire resuelto.
Se detuvo un instante en el umbral, recorrió con la
mirada a los asistentes y se fue derecho al starets, comprendiendo que
era la figura principal de la reunión. Le saludó profundamente y le pidió que
le bendijera. El starets se puso en pie para bendecirle. Dmitri
Fiodorovitch le besó la mano respetuosamente y dijo con cierta irritación:
‑Perdóneme por haberle hecho esperar. Pregunté
repetidamente la hora de la conferencia a Smerdiakov, el criado que me envió
mi padre, y él me contestó dos veces y de modo categórico que se había fijado
para la una. Sin embargo, ahora veo...
‑No se preocupe ‑le interrumpió el starets‑.
Ha llegado un poco tarde, pero eso no tiene importancia.
‑Muy agradecido. No esperaba menos de su
bondad.
Dicho esto, Dmitri Fiodorovitch se inclinó
nuevamente, y después, volviéndose hacia su padre, le hizo un saludo
igualmente profundo y respetuoso. Se veía que tenía premeditado este saludo,
considerando un deber manifestar su cortesía y sus buenas intenciones. Fiodor
Pavlovitch, aunque no esperaba este saludo de su hijo, supo salir del paso,
levantándose y respondiéndole con una reverencia igual. Su semblante cobró una
expresión de imponente gravedad, pero sin perder su matiz maligno.
Después de haber correspondido en silencio a los
saludos de todos los asistentes, Dmitri Fiodorovitch se dirigió con su paso
firme a la ventana y ocupó el único asiento que había vacío, cerca de la silla
del padre Paisius. Se inclinó hacia delante y se dispuso a escuchar la
interrumpida conversación.
La entrada de Dmitri Fiodorovitch sólo había
distraído a los presentes durante dos o tres minutos. Luego se reanudó el
debate general. Pero Piotr Alejandrovitch no creyó necesario responder a la
pregunta apremiante a irritada del padre Paisius.
‑Dejemos este asunto ‑dijo con mundana
desenvoltura‑. Es demasiado delicado. Mire a Iván Fiodorovitch. Nos
observa y sonríe. Seguramente tiene algo interesante que decirnos.
‑No es nada de particular ‑repuso en el
acto Iván Fiodorovitch‑. Sólo quiero decirles que, desde hace mucho
tiempo, el liberalismo europeo en general, a incluso el diletantismo liberal
ruso, suelen confundir los objetivos del socialismo con los del cristianismo.
Esta absurda conclusión es un rasgo caracteristico de ellos. Por lo demás, no
son únicamente los liberales y los aficionados al liberalismo los que
confunden las doctrinas socialistas con las cristianas, sino que también hay
que incluir a los gendarmes, por lo menos en el extranjero. Su anécdota
parisiense es muy significativa a este respecto, Piotr Alejandrovitch.
‑Solicito de nuevo que dejemos este tema ‑dijo
Piotr Alejandrovitch‑. Pero antes permítame contar otra anécdota sumamente
típica a interesante, relacionada con Iván Fiodorovitch. Hace cinco días, en
una reunión en la que predominaba el elemento femenino, manifestó con toda
seriedad, en el curso de uria discusión, que ninguna ley del mundo obliga a las
personas a amar a sus semejantes, que ninguna ley natural impone al hombre el
amor a la humanidad, que si el amor había reinado en la tierra no se debía a
ninguna ley natural, sino a la creencia en la inmortalidad. Iván Fiodorovitch
añadió que ésta era la única ley natural; de modo que si se destruye en el
hombre la fe en su inmortalidad, no solamente desaparecerá en él el amor, sino
también la energía necesaria para seguir viviendo en este mundo. Además,
entonces no habría nada inmoral y todo. incluso la antropofagia. estaría
autorizado. Y esto no es todo; terminó afirmando que, para el individuo que no
cree en Dios ni en su propia inmortalidad, la ley moral de la naturaleza es el polo
opuesto de la ley religiosa; que, en este caso, el egoísmo, °incluso cuando
alcanza un grado de perversidad, debe no sólo ser autorizado, sino reconocido
como un desahogo necesario, lógico e incluso noble. Oida esta paradoja, pueden
juzgar lo demás, señores; pueden formar juicio sobre lo que nuestro
extravagante Iván Fiodorovitch se complace en proclamar, y acerca de sus
intenciones eventuales.
‑¿He entendido bien? ‑exclamó de súbito
Dmitri Fiodorovitch‑. «La maldad, para el ateo, no sálo está autorizada,
sino que se considera como una manifestación natural necesaria y razonable. »
¿Es esto?
‑Exactamente ‑dijo el padre Paisius.
‑Lo tendré presente.
Dicho esto, Dmitri Fiodorovitch enmudeció tan
repentinamente como se había mezclado en la conversación. Todos le miraron con
curiosidad.
‑¿Es posible que vea usted así las
consecuencias de la desaparición de la fe en la inmortalidad del alma? ‑preguntó
de súbito el starets a .Iván Fiodorovitch.
‑Sí, yo creo que no hay virtud sin
inmortalidad.
‑Si piensa usted de ese modo, es feliz, o tal
vez muy desgraciado.
‑¿Por qué desgraciado? ‑preguntó Iván
Fiodorovitch con una sonrisa.
‑Porque, según todas las apariencias, usted no
cree en la inmortalidad del alma ni en nada de lo que se ha escrito sobre la
Iglesia.
‑Tal vez tenga usted razón. Sin embargo, no he
hablado en broma ‑manifestó Iván Fiodorovitch enrojeciendo ante esta singular
declaración.
‑Cierto: usted no ha bromeado. Expone una idea
que todavía no se ha resuelto en su corazón y que le tortura. También al mártir
le gusta a veces recrearse en su desesperación. Por el momento, es la
desesperación lo que le lleva a usted a distraerse con artículos y
conversaciones de sociedad, sin creer en su propia dialéctica y sonriendo
dolorosamente en su interior. Esa cuestión no está todavía resuelta en usted, y
ello le atormenta porque redama urgentemente una solución.
‑¿Pero puede esa cuestión resolverse en mí,
resolverse en un sentimiento positivo? ‑preguntó Iván Fiodorovitch con
extraño acento y mirando al starets con una sonrisa inexplicable.
‑Si no se resuelve positivamente, tampoco se
resolverá nunca en un sentido negativo. Usted conoce esta propiedad de su corazón.
Esto es lo que le tortura. Pero dé gracias al Creador por haberle dotado de un
corazón sublime, capaz de atormentarse de ese modo, de pensar en las cosas del
cielo y de investigarlas, pues allí está nuestra morada. Que Dios le permita
encontrar la solución aquí abajo y que bendiga sus caminos.
El starets levantó la mano para hacer desde su
asiento la señal de la Cruz a Iván Fiodorovitch; pero éste se levantó, fue
hacia él, recibió su bendición, le besó la mano y volvió a su sitio sin decir
palabra. Su semblante expresaba gravedad y energía. Esta actitud y toda su
conversación anterior con el starets, que no se esperaban de él,
sorprendieron a todos, al percibir en ellas algo indefinable, enigmático y
solemne. Hubo un momento de silencio general. El rostro de Aliocha tenía una
expresión de inquietud que rayaba en el espanto. Miusov se encogió de hombros,
y en este momento se puso de pie Fiodor Pavlovitch.
‑Divino y Santo starets ‑exclamó
señalando a Iván Fiodorovitch‑, éste es mi hijo bienamado, la carne de
mi carne. Es, por decirlo así, mi reverente Karl Moor. Y aquí está mi otro
hijo, el que acaba de llegar, Dmitri Fiodorovitch, al que pido una explicación
en presencia de usted. Éste es el irreverente Frantz Moor. Los dos aparecen en Los
bandidos, de Schiller, y yo soy en esta ocasión el Regierender Graf von
Moor [L23]. Júzguenos y sálvenos. Necesitamos no sólo
sus oraciones, sino también sus pronósticos.
‑Empiece usted por ser razonable y no ofender a
las personas de su familia ‑respondió el starets con voz
desfallecida. Su fatiga iba en aumento y sus fuerzas decrecían visiblemente.
‑¡Esto es una indigna comedia! ‑exclamó
Dmitri Fiodorovitch, que se había levantado también‑. Me lo figuraba
cuando venía hacia aquí. Perdóneme, reverendo padre. Mi instrucción es escasa a
ignoro el tratamiento que hay que darle, pero debo decirle que le han
engañadti, abusando de su bondad. Usted no debió concedernos esta entrevista.
Mi padre sólo desea provocar un escándalo. ¿Con qué objeto? Lo ignoro, pero en
él todo es premeditado. Y ahora me parece comprender...
‑Todo el mundo me acusa ‑dijo Fiodor
Pavlovitch‑, sin excluir a Piotr Alejandrovitch. Sí, Piotr
Alejandrovitch, usted me acusa ‑dijo, volviéndose hacia Miusov, aunque
éste no tenía el menor propósito de contradecirle‑. Me acusan de haber
ocultado el dinero de mi hijo y no haberle dado un céntimo. Pero diganme
ustedes: ¿no existen los tribunales? Allí se te rendirán cuentas, Dmitri
Fiodorovitch. Con tus recibos, tus camas y toda clase de documentos a la
vista, se te dirá lo que tenías, lo que has gastado y lo que te queda. ¿Por qué
se calla, Piotr Alejandrovitch? Dmitri Fiodorovitch no es un extraño para
usted. Y es que todos van contra mi. Por eso Dmitri Fiodorovitch mantiene su
deuda conmigo, y no una pequeña deuda, sino una deuda de varios miles de
rublos, como puedo demostrar. Sus excesos son la comidilla de toda la ciudad.
Cuando estuvo en el ejército, gastó en diversas poblaciones más de mil rublos
para seducir a muchachas honestas. Esto, Dmitri Fiodorovitch, lo sé con todo
detalle, y puedo probarlo. Aunque a usted le parezca mentira, reverendo starets,
ha conseguido que se prende de él una joven distinguida y acomodada, la hija de
su antiguo jefe, bravo coronel que prestó extraordinarios servicios y al que
se impuso el collar de Santa Ana con espadas. Esta huérfana, con la que se ha
comprometido a casarse, habita ahora en nuestra localidad. Y aunque es su
prometida, Dmitri Fiodorovitch no se oculta de ella para visitar a cierta «
sirena». Ésta, aunque ha vivido ilicitamente con un hombre respetable, pero de
carácter independiente, es una fortaleza inexpugnable, pues, en el fondo, es
una mujer virtuosa... Sí, reverendos padres, es virtuosa. Pues bien, Dmitri
Fiodorovitch quiere abrir esta fortaleza con una llave de oro. Por eso se hace
ahora el bueno conmigo: quiere sacarme dinero. Ya ha gastado miles de rublos
por esa sirena. Esto explica que pida prestado sin cesar. ¿Y saben ustedes a
quién? ¿Lo digo, Mitia?
‑¡Calla! Espera a que me haya marchado. No
difames en mi presencia a la más honesta de las mujeres. ¡No lo consentiría!
Se ahogaba de furor.
‑¡Oh Mitia! ‑exclamó Fiodor Pavlovitch,
haciendo esfuerzos por llorar‑. ¿Es que te olvidas de la maldición
paterna? ¿Qué será de ti si te maldigo?
‑¡Miserable hipócrita! ‑rugió Dmitri
Fiodorovitch.
‑¡Ya ven ustedes cómo trata a su padre, a su
propio padre! ¿Qué hará con los demás? Escuchen, señores: hay un hombre pobre,
pero honorable; un capitán separado del ejército a consecuencia de una
desgracia, no de un juicio; un hombre honorable que tiena a su cargo una
familia numerosa. Pues bien, hace tres semanas, Dmitri Fiodorovitch lo cogió
de la barba en una taberna, lo sacó a rastras a la calle y lo golpeó delante de
todo el mundo, únicamente porque este hombre está encargado de mis intereses
en cierto asunto.
‑¡Todo eso es falso! ‑exclamó Dmitri
Fiodorovitch, temblando de cólera‑. La parte exterior es verdad, pero el
fondo es todo una mentira. No pretendo justificar mi conducta. Declaro que me
conduje brutalmente con ese capitán y que ahora lo lamento y me horrorizo de
mi brutalidad. Pero ese capitán, el encargado de tu negocio, visitó a esa mujer
que tú llamas «sirena» y le propuso en tu nombre endosar los pagarés firmados
por mi que tienes en tu poder, con objeto de perseguirme y hacerme detener, en
caso de que yo apretase demasiado en el arreglo de nuestras cuentas. Si quieres
verme en la cárcel, es sólo por celos, porque has rondado a esa mujer. Estoy al
corriente de todo: ella misma lo ha contado, burlándose de ti. Así es,
reverendos padres, este hombre, este padre que acusa a su hijo de proceder mal.
Ustedes son testigos. Perdonen mi cólera. Ya presentía yo que este pérfido
viejo nos había convocado aquí para provocar un escándalo. He venido con la
intención de perdonarlo si me hubiera tendido la mano, de perdonarlo y de
pedirle perdón. Pero como acaba de insultarme y de insultar a esa noble joven,
cuyo nombre, por respeto, no quiero pronunciar, puesto que no es necesario, he
decidido desenmascararlo públicamente, aunque sea mi padre.
No pudo continuar. Sus ojos centelleaban y respiraba
con dificultad. Todos los reunidos daban muestras de emoción, excepto el starets,
y todos se habían levantado nerviosamente. Los religiosos habían adoptado una
expresión severa, pero esperaban oír a su viejo maestro. Éste estaba pálido, no
de emoción, sino a causa de su enfermedad. Una sonrisa de súplica se dibujaba
en sus labios. A veces había levantado la mano para poner freno a la violencia
de la disputa. Hubiera podido poner fin a la escena con un solo gesto, pero,
con los ojos impávidos, parecía esforzarse en comprender algún detalle que no
veía claro. Al fin, Piotr Alejandrovitch se sintió definitivamente herido en su
dignidad.
‑Todos somos culpables de este escándalo ‑declaró
con vehemencia‑; pero yo no preveía esto cuando venía hacia aquí, aunque
sabía en compañía de quién estaba. Hay que terminar en seguida. Reverendo starets,
le aseguro que yo no conocía exactamente todos los detalles que aquí se han
revelado: no podía creer en ellos. El padre tiene celos del hijo a causa de una
mujer de mala vida, y procura entenderse con esta mujer para encarcelar al
hijo... ¡Y se me ha hecho venir aquí en compañia de semejante hombre...! Se me
ha engañado, lo mismo que se ha engañado a los demás.
‑Dmitri Fiodorovitch ‑gritó de pronto
Fiodor Pavlovitch con una voz que no parecía la suya‑, si no fueras mi
hijo, ahora mismo lo retaría a un duelo, a pistola, a tres pasos y a través de
un pañuelo, ¡si, a través de un pañuelol ‑repitió en el colmo del furor.
Los viejos farsantes que han mentido durante toda su
vida, se compenetran a veces de tal modo con su papel, que tiemblan y lloran
de emoción, aunque en el mismo momento, o inmediatamente después, puedan
decirse: «Estás mintiendo, viejo desvergonzado; sigues representando un papel,
a pesar de tu indignación sincera.»
Dmitri Fiodorovitch miró a su padre con un desprecio
indecible.
‑Mi propósito era ‑le dijo en voz baja‑
regresar a mi tierra natal con mi prometida, ese ángel, para alegrar los días
de tu vejez, y me encuentro con un viejo depravado y un vil farsante.
‑¡Nos batiremos! ‑gritó el viejo,
jadeando y babeando a cadá palabra‑. En cuanto a usted, Piotr
Alejandrovitch, ha de saber que en toda su genealogía no hay seguramente una
mujer más noble, más honesta..., ¿lo oye usted?, más honesta que esa a la que
se ha permitido llamar de «mala vida». Y tú, Dmitri Fiodorovitch, que has
reemplazado a tu novia por esa mujer, habrás podido comprobar que tu prometida
no le llega a la suela de los zapatos.
‑¡Es vergonzoso! ‑dijo el padre José.
‑¡Es una vergüenza y una infamia! ‑exclamó
una voz juvenil, trémula de emoción.
Era la voz de Kalganov, que hasta entonces había
guardado silencio y cuya cara había enrojecido de pronto.
‑¿Por qué existirá semejante hombre? ‑exclamó
sordamente Dmitri Fiodorovitch, al que la cólera trastornaba, y alzando los
hombros de tal modo que parecía jorobado‑. Diganme: ¿se le puede permitir
que siga deshonrando al mundo?
Y miró en torno de él, mientras señalaba a su padre
con el brazo extendido. Hablaba lentamente, con gran aplomo.
‑¿Lo oyen ustedes? ‑exclamó Fiodor
Pavlovitch mirando al padre José‑. Ahí tiene usted la respuesta a su
exclamación. «¡Es vergonzoso!» Esa mujer « de mala vida» es tal vez más santa
que todos ustedes, señores religiosos, que viven entregados a Dios. Cayó en su
juventud, víctima de su ambiente, pero ha amado mucho, y Jesucristo perdonó a
aquella mujer que había amado mucho [L24].
‑No fue un amor de ese género el que Jesucristo
perdonó ‑replicó, perdiendo la paciencia, el bondadoso padre José.
‑Sí, señores monjes. Ustedes, porque hacen vida
conventual y comen coles, se consideran sabios. También comen gobios, uno
diario, y creen que con estos pescados comprarán a Dios.
‑¡Esto es intolerable! ‑exclamaron varias
voces.
Pero esta ruidosa escena quedó interrumpida del modo
más inesperado. De súbito, el starets se levantó. Alexei, tan aterrado
que apenas podía mantenerse en pie, tuvo fuerzas, sin embargo, para sostener a
su anciano maestro, cogiéndole del brazo.
El starets se fue hacia Dmitri Fiodorovitch, y
cuando llegó ante él, se arrodilló. Aliocha creyó que había caído ya sin
fuerzas, pero no era así. Una vez arrodillado, el starets se inclinó
ante los pies de Dmitri Fiodorovitch. Fue un saludo profundo, consciente,
preciso, en el que su frente casi tocó el suelo. Aliocha se quedó tan atónito,
que ni siquiera le ayudó a levantarse. En los labios del starets se dibujaba
una débil sonrisa.
‑Perdónenme, perdónenme todos ‑dijo a sus
huéspedes, haciendo inclinaciones a derecha a izquierda.
Dmitri Fiodorovitch estuvo unos instantes
petrificado. ¡Prosternarse ante él! ¿Qué significaba esto...? Al fin, exclamó:
«¡Dios mio!» Se cubrió la cara con las manos y salió corriendo de la celda.
Todos sus compañeros le siguieron presurosos, y tan aturdidos, que ni siquiera
se acordaron de despedirse del jefe de la casa. Sólo los religiosos se
acercaron a él para recibir su bendición.
‑¿Por qué se habrá prosternado? ¿Será algún
acto simbólico?
Así intentó Fiodor Pavlovitch, que de súbito se había
calmado, reanudar la conversación. Pero no se atrevió a dirigirse a nadie particularmente.
En este momento cruzaban la puerta del recinto de la ermita.
‑No sé nada de esas locuras ‑repuso
inmediatamente y con aspereza Piotr Alejandrovitch‑. Lo que puedo
asegurarle, Fiodor Pavlovitch, es que me desligo de usted, y para siempre.
¿Dónde está ese monje que nos acompañaba?
El monje por el que preguntaba Piotr Alejandrovitch y
que les había invitado a comer con el padre abad no se hizo esperar. Se unió a
los visitantes en el momento en que éstos bajaban los escalones del pórtico.
Al parecer, los había estado esperando durante todo el tiempo que había durado
la reunión.
Piotr Alejandrovitch le dijo, sin ocultar su
irritación:
‑Tenga la bondad, reverendo padre, de
transmitir al padre abad la expresión de mi más profundo respeto y presentarle
mis excusas. Circunstancias imprevistas me impiden, muy a pesar mío, aceptar su
invitación.
‑La circunstancia imprevista soy yo ‑intervino
al punto Fiodor Pavlovitch‑. Oiga, padre: Piotr Alejandrovitch no quiere
estar conmigo; de lo contrario, habría ido de buena gana. Vaya usted, Piotr
Alejandrovitch, y buen provecho. Soy yo el que me voy. Vuelvo a mi casa, donde
podré comer, cosa que me sería imposible hacer aquí, mi querido pariente.
‑Yo no soy ni he sido jamás pariente suyo,
hombre despreciable.
‑Lo he dicho expresamente para irritarle,
porque sé que a usted le molesta este parentesco. Sin embargo, usted, a pesar
de sus arrogantes protestas, es pariente mío, y lo puedo probar con documentos...
Te enviaré el coche si quieres, Iván... Piotr Alejandrovitch,.su buena
educación le obliga a acudir a la mesa del padre abad, y no olvide que debe
excusarme de las tonterías que hemos cometido.
‑¿De veras se marcha usted? ¿No nos engaña?
‑¿Cree usted que puedo atreverme a bromear
después de lo que ha pasado? Me he dejado llevar de los nervios, señores; perdónenme.
Estoy confundido, avergonzado. Lo mismo se puede tener el corazón de Alejandro
de Macedonia que el de un perrito. Yo me parezco al chuchito Fidele. La
timidez se ha apoderado de mí. Después de lo ocurrido, no puedo comer los
guisos del monasterio. Estoy avergonzado. Perdónenme, pero no me es posible
acompañarles.
«¿No será todo una farsa? Sólo el diablo sabe de lo
que es capaz este hombre.»
Mientras se hacía esta reflexión, Miusov se detuvo y
siguió con la mirada perpleja al payaso que se alejaba. Éste se volvió y,
viendo que Piotr Alejandrovitch le observaba, le envió un beso con la mano.
‑¿Viene usted a comer con el padre abad? ‑preguntó
Miusov a Iván Fiodorovitch.
‑¿Por qué no? Estoy invitado personalmente
desde ayer.
‑Desgraciadamente, me siento obligado a asistir
a esa maldita comida ‑dijo Miusov con amarga irritación, sin preocuparse
de que el monjecillo le escuchaba‑. Por lo menos, tenemos que excusarnos
de lo que ha ocurrido y explicar que no ha sido cosa nuestra. ¿No le parece?
‑Sí, hay que explicar que no ha sido cosa
nuestra. Además, mi padre no asistirá ‑observó Iván Fiodorovitch.
‑¡Sólo faltaba que asistiera su padre! ¡Maldita
comida!
Sin embargo, todos iban hacia el monasterio. El
monjecillo escuchaba en silencio. Al atravesar el bosque, dijo que el padre
abad les esperaba desde hacía un buen rato, que ya llevaban más de media hora
de retraso. Nadie le contestó. Miusov observó a Iván Fiodorovitch con una
expresión de odio.
«Va a la
comida como si nada hubiese ocurrido ‑pensó‑. Cara de vaqueta y
conciencia de Karamazov.»
UN SEMINARISTA AMBICIOSO
Aliocha condujo al starets a su dormitorio y
lo sentó en su lecho. Era una reducida habitación sin más muebles que los
indispensables. La cama era estrecha, de hierro, y una simple manta hacia las
veces de colchón. En un rincón se veían varios iconos y un facistol en el que
descansaban la cruz y el Evangelio. El starets se dejó caer, exhausto.
Una vez sentado, miró fijamente a Aliocha, con gesto pensativo:
‑Vete, querido, vete. Con Porfirio tengo
suficiente ayuda. El padre abad lo necesita. Has de servir la mesa.
‑Permitame que me quede ‑dijo Aliocha con
voz suplicante.
‑Allí haces más falta. No hay paz entre ellos.
Servirás la mesa y serás útil. Si te asaltan los malos espíritus, reza. Has de
saber, hijo mío ‑al starets le gustaba llamarle así‑, que en
el futuro te puesto no estará aquí. Acuérdate de esto, muchacho. Cuando Dios me
haya juzgado digno de comparecer ante él, deja el monasterio, márchate en
seguida.
Aliocha se estremeció.
‑¿Qué te pasa? ‑le preguntó el starets‑.
Tu puesto no es éste por el momento. Tienes una gran misión que cumplir en el
mundo, y yo te bendigo y te envio a cumplirla. Peregrinarás durante mucho
tiempo. Tendrás que casarte: es preciso. Habrás de soportarlo todo hasta que
vuelvas. La empresa no será fácil, pero tengo confianza en ti. Sufrirás mucho
y, al mismo tiempo, serás feliz. Esta es tu vocación: buscar en el dolor la
felicidad. Lucha, lucha sin descanso. No olvides mis palabras. Todavía hablaré
otras veces contigo, pero mis días, a incluso mis horas, están contados.
El semblante de Aliocha reflejó una viva agitación.
Sus labios temblaban.
‑¿Qué te pasa? ‑le preguntó, sonriendo,
el stárets‑. Que las personas mundanas lloren a sus muertos. Aquí nos
alegramos cuando un padre agoniza. Nos alegramos y rogamos por él. Déjame.
Tengo que rezar. Vete, vete pronto. Debes estar al lado de tus hermanos; no
sólo de uno, sino de los dos.
El starets levantó la mano para bendecirle.
Aunque experimentaba grandes deseos de quedarse, Aliocha no se atrevió a hacer
ninguna objeción ni a preguntar lo que significaba la profunda inclinación
del starets ante su hermano Dmitri. Sabía que el starets se lo habría
explicado espontáneamente si hubiera podido. Si no se lo decía era porque no se
lo debía decir. Aquella prosternación haste tocar el suelo había dejado
estupefacto a Aliocha. Tenía alguna finalidad misteriosa. Misteriosa y a la
vez terrible. Cuando hubo salido del recinto de la ermita sintió oprimido el
corazón y tuvo que detenerse. Le parecía estar oyendo las palabras del starets
que predecían su próximo fin. Las predicciones minuciosas del starets
se cumplirían: Aliocha lo creía ciegamente. ¿Pero cómo podría vivir sin él, sin
verlo ni oírlo? ¿Y adónde iría? El starets le había ordenado que no
llorase y que dejara el monasterio. ¡Señor, Señor...! Hacía mucho tiempo que
Aliocha no había experimentado una angustia semejante.
Atravesó rápidamente el bosquecillo que separaba la
ermita del monasterio y, sintiéndose incapaz de soportar los pensamientos que
le abrumaban, se dedicó a contemplar los pines seculares que bordeaban el
sendero. El trayecto no era largo: quinientos pasos a lo sumo. A aquella hora
no solía haber nadie en el camino. Sin embargo, en el primer recodo Aliocha se
encontró con Rakitine. Evidentemente, éste esperaba a alguien.
‑¿Me esperas a mí? ‑le preguntó Aliocha
al llegar a su lade.
‑Sí ‑dijo Rakitine sonriendo‑. Vas
a la comida que da el padre abad: lo sé. Desde el día que recibió al obispo y
al general Pakhatov, ya recordarás, no había celebrado ningún festín. Yo no
estaré allí, pero tú sí, porque has de servir la mesa... Oye, Alexei: lo
esperaba para preguntarte qué significa ese misterio.
‑¿Qué misterio?
‑Ese de arrodillarse ante tu hermano Dmitri.
¡Vaya topetazo que ha dado el viejo!
‑¿Te refieres al padre Zósimo?
‑Sí.
‑¿Un topetazo?
‑Ya veo que me he expresado de un mode
irreverente. Pero no importa. ¿Qué significa ese misterio?
‑Ya sabía yo que no te lo explicaría. La cosa
no me sorprende. Estoy acostumbrado a las santas cuchufletas. Pero todo está
hecho con premeditación. Ahora las bocas van a tener trabajo en el pueblo, y
por toda la provincia correrá la pregunta: «¿Qué significa ese misterio?» A mí
me parece que el viejo, con su perspicacia, ha olfateado el crimen. Vuestra
casa apesta a eso.
‑¿Qué crimen?
Rakitine deseaba dar suelta a su lengua.
‑En vuestra familia habrá un crimen: entre tus
hermanos y tu acaudalado papá. Ahí tienes per qué el padre Zósimo ha tocado el
suelo con la frente. Así, después se dirá: «Eso lo predijo, lo profetizó el
santo ermitaño.» Sin embargo, ¿qué profecía puede haber en darse un golpe en la
frente? Otros dirán que es un acto simbólico, alegórico y sabe Dios cuántas
cosas más. El caso es que todo esto se divulgará y se recordará. Se dirá que
previó el crimen y señaló al criminal. Los « inocentes» obran así: hacen sobre
la taberna la señal de la cruz y lapidan el templo. Y así precede también tu starets:
para el sabio, bastonazos; para el asesino, reverencias.
-Pero ¿qué crimen?, ¿qué asesino? ¿De qué estás
hablando?
Aliocha se había quedado clavado en el sitio.
Rakitine se detuvo también.
‑¡Come si no lo supieras! Apostaría a que ya
habías pensado en ello. Oye, Aliocha; tú dices siempre la verdad, aunque
siempre estás sentado entre dos sillas. ¿Has pensado en eso? Contesta.
‑Sí, he pensado ‑dijo Aliocha en voz
baja.
Esta afirmación impresionó vivamente a Rakitine.
‑¿De modo que también tú lo habías pensado ya? ‑exclamó.
‑No, no es que lo haya pensado ‑murmuró
Aliocha‑; es que al oírte decir todas esas cosas raras que has dicho, me
ha parecido haberlo pensado.
‑Óyeme: hoy, viendo a tu padre y a tu hermano
Mitia, has pensado en un crimen, ¿verdad?
‑Vayamos‑por partes ‑replicó
Aliocha, turbado‑. ¿Qué es lo que te hace sospechar todo eso? Y, sobre
todo, ¿per qué te interesa tanto esta cuestión?
‑Dos preguntas muy distintas, pero muy lógicas.
Responderé a ellas per separado. ¿Qué es lo que me hace sospechar todo esto? Yo
no habría sospechado nada si hoy no hubiera comprendido, de pronto y
enteramente, cómo es tu hermano Dmitri Fiodorovitch en relación con cierta
línea. En las personas rectas, pero sensuales, hay una línea que no se debe
franquear. Por eso creo a Dmitri capaz de dar una cuchillada incluso a su
padre. Y como su padre es un alcohólico y un libertino desenfrenado que jamás
ha conocido la medida en nada, uno de los dos no podrá contenerse, y, ¡plaf!,
los dos a la fosa.
‑Si sólo te fundas en eso, Micha, respiro. Las
cosas no irán tan lejos.
‑Entonces, ¿por qué tiemblas? Te lo voy a
decir. Por recto que sea tu Mitia (pues es tonto, pero recto), es, ante todo,
un sensual. En esto se basa su naturaleza. Su padre le ha transmitido su
abyecta sensualidad... Oye, Aliocha, hay una cosa que no comprendo: ¿cómo
puedes ser virgen? Eres un Karamazov, y en tu familia la sensualidad llega al
frenesí... Tres Karamazov sensuales se espían con el cuchillo en el bolsillo.
¿Por qué no has de ser tú el cuarto?
‑Te equivocas en lo que concierne a esa mujer ‑dijo
Aliocha, estremeciéndose‑. Dmitri la desprecia.
‑¿Te refieres a Gruchegnka[L26]?. No, querido, tu hermano no ¡la desprecia.
Ha abandonado por ella a su prometida; de modo que ` no hay tal desprecio. En
todo esto, amigo mío, hay algo que tú no comprendes todavía. Si un hombre queda
prendado del cuerpo de una mujer, incluso solamente de una parte de su cuerpo
(un voluptuoso me comprendería en el acto), es capaz de entregar por ella a sus
propios hijos, de vender a su padre, a su madre y a su patria. Aunque sea
honrado, robará; aunque sea bueno, asesinará; aunque sea fiel, traicionará. El
cantor de los pies femeninos, Pushkin, los ha ensalzado en verso. Otros no los
cantan, pero no pueden mi‑ Írarlos con serenidad. ¡Y eso que sólo se
trata de los pies...! En estos casos, el desprecio no puede nada. Tu hermano
desprecia a Gruchegnka, pero no puede libertarse de ella.
‑Comprendo todo eso que dices ‑declaró
Aliocha súbitamente.
‑¿De veras? Para haberlo confesado tan
rápidamente es preciso que lo comprendas ‑dijo Rakitine con maligno
júbilo‑. Es una declaración preciosa, y más aún habiéndola hecho
impensadamente. Por lo tanto, la sensualidad es para ti cosa conocida: ¡ya has
pensado en ella! ¡Ah, la gatita muerta! Eres un santo, Aliocha, no cabe duda;
pero eres también una gata muerta, y sólo el diablo sabe lo que no has pensado
todavía y lo que dejas de saber. Eres k virgen, pero conoces el fondo de muchas
cosas. Hace tiempo que lo vengo observando. Eres un Karamazov, un Karamazov de
pies a cabeza. Por lo tanto, la raza y la selección significan algo. Tu padre
te ha legado la sensualidad y tu madre la inocencia. ¿Por qué tiemblas? Eso
prueba que tengo razón. ¿Sabes lo que me ha dicho Gruchegnka? «Tráemelo (se
refería a ti) y yo le arrancaré el hábito.» Y, ante su insistencia, me he
preguntado por qué sentiría tanta curiosidad por ti. Es una mujer
extraordinariá, ¿sabes?
‑Júrame que le dirás que no iré ‑dijo
Aliocha con una sonrisa forzada‑. Acaba de decirme.lo que tengas que
decir, Micha. En seguida te expondré yo mis ideas.
‑La cosa está tan clara que no necesita
explicación. Es como una vieja canción, querido. Si tú tienes un temperamento
sensual, ¿cómo no ha de tenerlo tu hermano Iván, que es hijo de la misma madre?
También él es un Karamazov, y todos los Karamazov son de naturaleza en extremo
sensual y algo dementes. Tu hermano Iván se entretiene ahora escribiendo
artículos de teología, con propósitos estúpidos, puesto que es ateo, bajeza
que confiesa. Por otra parte, se dedica a conquistar a la novia de su hermano
Mitia y, al parecer, está cerca de conseguirlo. ¿Cómo puede ser esto? Puede ser
porque tiene el consentimiento del propio Mitia, que le cede la novia con el
único fin de deshacerse de ella y poder unirse a Gruchegnka. Y todo esto,
obsérvalo, a pesar de su nobleza y de su desinterés. Estos individuos son los
más temibles, porque le desorientan a uno. Reconocen su vileza, pero no dejan
de conducirse vilmente. En fin, escucha lo que viene ahora. Un viejo se opone
a los planes de Mitia, y ese viejo es su propio padre. Pues éste está locamente
encaprichado de Gruchegnka: la boca se le hace agua cuando la mira. Ya ves el
escándalo que ha armado a causa de ella, sólo porque Miusov ha osado
calificarla de criatura depravada. Está más enamorado que un gato. Al
principio, Gruchegnka estaba sólo a su servicio en ciertos negocios sucios.
Después, tras haberla observado atentamente, se dio cuenta de que le gustaba,
y desde entonces no piensa más que en ella y no cesa de hacerle proposiciones,
deshonestas, por supuesto. Pues bien, aquí es donde chocan el padre y el hijo.
Pero Gruchegnka no se declara en favor ni del uno ni del otro; está vacilante y
mantiene a los dos en la inquietud; se pregunta cuál de los dos le conviene
más, pues si bien es verdad que al padre le puede sacar mucho dinero, éste no
se casará con ella jamás y tal vez llegue un momento.en que cierre su bolsa,
mientras que ese pobretón de Mitia puede ofrecérle su mano. Sí, es capaz de
eso. Abandonará a Cataiina Ivanovna, su prometida, una belleza incomparable,
rica, noble, hija de un coronel, por casarse con Gruchegnka, que hasta hace
poco fue la amante de Samsanov, viejo mercader, mujik depravado y
alcalde de la ciudad. No cabe duda de que todo esto puede provocar un conflicto
y un crimen. No espera otra cosa tu hermano Iván. Así matará dos pájaros de un
tiro: será dtieño de Catalina Ivanovna, de la que está enamorado, y se
embolsará una dote de sesenta mil rublos, cosa nada desdeñable para un pobre
farsante como él. Y observa una cosa: obrando así, no solamente no ofenderá a
Mitia, sino que éste le quedará agradecido para toda la vida. Sé de buena tinta
que la semana pasada, en un restaurante donde estaba borracho en compañía de
unos bohemios, Mitia dijo a voces que era indigno de Katineka, su prometida, y
que su hermano Iván, en cambio, era digno de ella. Catalina Ivanovna acabará
por aceptar a un hombre tan encantador como Iván Fiodorovitch. Ahora vacila
entre los dos hermanos. ¿Pero qué veis en ese Iván para quedaros con la boca
abierta ante él? Iván Fiodorovitch se rie de vosotros.
‑¿De dónde has sacado todo eso? ¿En qué te
fundas para hablar con esa seguridad? ‑preguntó Aliocha, de súbito y
frunciendo las cejas.
‑¿Y por qué me interrogas temiendo por
anticipado mi respuesta? Eso quiere decir que sabes que he dicho la verdad.
‑A ti no te es simpático Iván. A Iván no le
atrae el dinero.
‑¿De veras? ¿Y tampoco la belleza de Catalina
Ivanovna? No, no se trata únicamente de dinero, aunque sesenta mil rublos sea
una cifra seductora.
‑Iván tiene miras más altas. Los miles de
rublos no le deslumbran. No busca el dinero ni la tranquilidad: lo que sin
duda busca es el sufrimiento.
‑¡Otra fantasía! ¡Vivis en el limbo!
‑Micha, su alma es impetuosa y su espíritu está
cautivo. Hay en él una gran idea de la que todavía no ha encontrado la clave.
Es una de esas personas que no necesitan millones, sino la solución de su
pensamiento.
‑Eso es un plagio, Aliocha: repites las ideas
de tu starets. Iván os ha planteado un enigma ‑exclamó con visible
animosidad Rakitine, cuyo semblante se alteró mientras sus labios se contraían‑.
Un enigma estúpido en el que no hay nada que adivinar. Haz un pequeño esfuerzo
y lo comprenderás todo. Su artículo es ridículo y necio. Le he oído
perfectamente cuando ha desarrollado su absurda teoría. «Si no hay
inmortalidad del alma, no hay virtud, lo que quiere decir que todo está
permitido.» Recuerda que tu hermano Mitia ha dicho sobre esto que lo tendría
presente. Es una teoría seductora para los bribones... No; para los bribones,
no. Esta vehemencia me trastorna... Es seductora para esos fanfarrones dotados
de «una profundidad de pensamiento insondable». Es un charlatán, y su teoría,
una bobada. Por lo demás, aunque no crea en la inmortalidad del alma, la
humanidad hallará en si misma el vigor necesario para vivir virtuosamente. Esa
fuerza se la proporcionará su amor a la libertad, a la igualdad y a la
fraternidad.
Rakitine se había entusiasmado y apenas podía
contenerse. Pero, de pronto, se detuvo como si se acordara de algo.
‑¡Bueno, basta ya! ‑dijo con una sonrisa
forzada‑. ¿De qué te ries? ¿Crees que soy tonto?
‑No, eso ni siquiera me ha pasado por el
pensamiento. Eres inteligente, pero... En fin, dejemos esto. He sonreído
tontamente. Comprendo que te acalores, Micha. Tu vehemencia me ha hecho
comprender que Catalina Ivanovna te gusta. Ya hace tiempo que lo sospechaba.
Por eso Iván no te es simpático. Tienes celos.
‑Llega hasta el final; di que los celos se
deben también al dinero de ella.
‑No, Micha; no quiero ofenderte.
‑Lo creo, porque eres tú quien lo dice. Pero
que el diablo os lleve a ti y a tu hermano Iván. Ninguno de los dos comprendéis
que, dejando aparte a Catalina Ivanovna, Iván no es nada simpático. ¿Por qué
he de quererle, demonio? Él me insulta. ¿No tengo derecho a devolverle la
pelota?
‑Nunca le he oído hablar ni bien ni mal de ti.
‑¿No? Pues me han informado de que anteayer, en
casa de Catalina Ivanovna, habló mucho de mí, tanto interesa este amigo tuyo y
servidor. Después de esto, querido, no está claro quién está celoso de quién.
Dijo que si no me resignaba a la carrera de archimandrita, si no visto el
hábito muy pronto, partiré hacia Petersburgo, ingresaré en una gran revista como
critico y, al cabo de diez años, seré propietario del periódico. Entonces le
imprimiré una tendencia liberal y atea, a incluso cierto matiz socialista,
aunque tomando precauciones, es decir, nadando entre dos aguas y dando el pego
a los imbéciles. Y tu hermano siguió diciendo que, a pesar de este tinte de
socialismo, yo ingresaría mis beneficios en un Banco, especularía por mediación
de un judío cualquiera y, finalmente, me haría construir una casa que me
produjese una buena renta, además de servirme para instalar la redacción de mi
revista. Incluso señaló el sitio donde se levantaría el inmueble: cerca del
puente de piedra que se proyecta construir entre la avenida Litenaia y el
barrio de Wyborg.
‑¡Ah, Micha! ‑exclamó Aliocha, echándose
a reír alegremente sin poderlo remediar‑. A lo mejor, eso se cumple
punto por punto.
‑¡También tú te burlas, Alexei Fiodorovitch!
‑¡No, no; ha sido simplemente una broma!
Perdóname. Estaba pensando en otra cosa. Pero, oye: ¿quién te ha dado todos
esos detalles? Porque tú no estabas en casa de Catalina Ivanovna cuando mi
hermano habló de ti, ¿verdad?
‑No, no estaba. Pero Dmitri Fiodorovitch
refirió todo esto en casa de Gruchegnka y yo le oí desde el dormitorio, de
donde no podía salir mientras estuviera allí Mitia.
-Comprendido. Ya no me acordaba de que Gruchegnka es
parienta tuya.
‑¿Parienta mía? ¿Gruchegnka parienta mía? ‑exclamó
Rakitine, enrojeciendo hasta las orejas‑. ¿Has perdido el juicio? ¡No
sabes lo que dices!
‑¿Cómo? ¿No es parienta tuya? Pues lo he oído
decir.
‑¿Dónde? ¡Ah señores Karamazov! Tenéis humos de
alta y vieja nobleza, olvidándoos de que vuestro padre era un simple bufón en
mesas ajenas, donde se ganaba un plato de comida. Yo no soy sino el hijo de un
pope, nada a vuestro lado; pero no me insultéis con esos aires de alegre
desdén. Yo también tengo mi honor, Alexei Fiodorovitch, y me avergonzaría de
estar emparentado con una mujer pública.
Rakitine estaba excitadísimo.
‑Perdóname, te lo ruego ‑dijo Aliocha,
que se había puesto como la grana‑. Jamás habría creido que fuera una
mujer... así. Te repito que me dijeron que era pariente tuya. Vas con
frecuencia a su casa, y tú mismo me has dicho que no hay nada entre vosotros...
No me podía imaginar que la despreciaras tanto. ¿Lo merece verdaderamente?
‑Tengo
mis razones para ir con frecuencia a su casa: esto es todo lo que te puedo
decir. En cuanto al parentesco, es en tu familia en la que podría entrar por
medio de tu padre o de tu hermano. En fin, ya hemos llegado. Corre a la
cocina... Pero, ¿qué es esto?, ¿qué ha pasado? ¿Es posible que nos hayamos
retrasado tanto? No, no pueden haber terminado ya. A menos que los Karamazov
hayan hecho alguna de las suyas. Eso debe de ser. Mira: ahí viene tu padre. Y
tu hermano Iván le sigue. Han plantado al padre abad. ¿Ves al padre Isidoro en
la escalinata gritando a tu padre y a tu hermano? Y tu padre agita los brazos,
sin duda vomitando insultos. Mira a Miusov en su calesa, que acaba de arrancar.
Y Maximov corre como un desalmado. Ha sido un verdadero escándalo. La comida
no ha llegado a celebrarse. ¿Habrán sido capaces de pegarle al padre abad? ¿Los
habrán vapuleado a ellos? Lo tendrían bien merecido.
Rakitine había acertado. Acababa de producirse un
escándalo inaudito.
UN ESCÁNDALO
Cuando Miusov a Iván Fiodorovitch llegaron a las
habitaciones del padre abad, Piotr Alejandrovitch, que era un hombre bien
educado, estaba avergonzado de su reciente arrebato de cólera. Comprendía que,
en vez de exasperarse, debió apreciar en su justo valor al deleznable Fiodor
Pavlovitch y conservar enteramente su sangre fria.
«Nada se les puede reprochar a los monjes ‑se
dijo de pronto; mientras subía la escalinata que conducía al departamento del
padre abad‑. Puesto que hay aquí personas distinguidas (el padre Nicolás
y el abad pertenecen, según tengo entendido, a la nobleza), ¿por qué no me he
de mostrar amable con ellos? No discutiré, incluso les llevaré la corriente, y
me atraeré su simpatía. Así les demostraré que yo no tengo nada que ver con
ese Esopo, ese bufón, ese saltimbanqui, y que he sido engañado como ellos.»
Decidió cederles definitiva a inmediatamente los
derechos de tala y pesca, cosa que haría de mejor grado aún al tratarse de una
bagatela.
Estas buenas intenciones se afirmaron en el momento
en que los invitados entraban en el comedor del padre abad. Todo el departamento
consistía en sólo dos piezas, pero éstas eran más espaciosas y cómodas que las
del starets. En ellas no imperaba el lujo, ni mucho menos. Los muebles
eran de caoba y estaban tapizados de cuero, según la antigua moda del año 1820;
el suelo no estaba ni siquiera pintado. En compensación, todo resplandecía de
limpieza y en las ventanas abundaban las flores de precio. Pero el principal
detalle de elegancia consistía en aquel momento en la mesa, presentada incluso
con cierta suntuosidad. El mantel era inmaculado, la vajilla estaba
resplandeciente, en la mesa se veían tres clases de pan [L27], todas perfectamente cocidas, dos botellas
de vino, dos jarros de excelente aguamiel del monasterio y una gran garrafa llena
de un kvass [L28] famoso en toda la comarca. No había vodka.
Rakitine refirió después que la minuta constaba de cinco platos: una sopa con
trozos de pescado, un pescado en una salsa especial y deliciosa, un plato de
esturión, helados y compota, y, finalmente, kissel [L29].
Incapaz de contenerse, Rakitine había olfateado todo
esto y echado una mirada a la cocina del padre abad, donde tenía amigos. Los
tenía en todas partes: así se enteraba de todo lo que quería saber. Era un
alma atormentada y envidiosa. Tenía pleno conocimiento de sus dotes
indiscutibles y, llevado de su presunción, las exageraba. Sabía que estaba
destinado a desempeñar un papel importante. Pero Aliocha, que sentía por él
verdadero afecto, se afligía al ver que no tenía conciencia y que el
desgraciado no se daba cuenta de ello. Sabía que no se apoderaría jamás de un
dinero que tuviera a su alcance, y esto bastaba para que se considerase
perfectamente honrado. Respecto a este punto, ni Aliocha ni nadie habría podido
abrirle los ojos.
Rakitine era poco importante para participar en la
comida. En cambio, el padre José y el padre Paisius habían sido invitados, además
de otro religioso. Los tres esperaban ya en el comedor para recibir a sus
invitados. Era un viejo alto y delgado, todavía vigoroso, de cabello negro que
empezaba a cobrar un tono gris, y rostro alargado, enjuto y grave. Saludó a
sus huéspedes en silencio, y ellos se inclinaron, solicitando su bendición.
Miusov intentó incluso besarle la mano, pero el padre abad, advirtiéndolo, la
retiró. Iván Fiodorovitch y Kalganov llegaron al fin del saludo, besándole la
mano ruidosamente, al estilo de la gente del pueblo.
‑Todos tenemos que presentarle nuestras
excusas, reverendo padre ‑dijo Piotr Alejandrovitch con una fina sonrisa,
pero en tono grave y respetuoso‑, ya que llegamos solos, es decir, sin
nuestro compañero Fiodor Pavlovitch, a quien usted había invitado. Ha tenido
que renunciar a venir con nosotros, y no sin motivo. En la celda del padre
Zósimo acalorado por su desdichada querella con su hijo, ha pronunciado
algunas palabras totalmente fuera de lugar, en extremo inconvenientes..., de lo
cual debe de tener ya conocimiento su reverencia ‑añadió mirando de reojo
a los monjes‑. Fiodor Pavlovitch, consciente de su falta y lamentándola
sinceramente, se siente profundamente avergonzado y nos ha rogado, a su hijo
Iván y a mí, que le expresemos su pesar, su contrición y su arrepentimiento...
Espera repararlo todo inmediatamente. Por el momento, implora la bendición de
su reverencia y le ruega que olvide lo sucedido.
Al llegar al final de su discurso, Miusov se sintió
tan satisfecho de sí mismo, que incluso se olvidó de su reciente irritación.
Experimentó de nuevo un sincero y profundo amor por la humanidad.
El padre abad, que le había escuchado atentamente,
inclinó la cabeza y repuso:
‑Lamento vivamente su ausencia. Si hubiera
participado en esta comida, acaso nos habría tomado afecto, y nosotros a él. Señores,
tengan la bondad de ocupar sus puestos.
Se situó ante la imagen y empezó a orar. Todos se
inclinaron respetuosamente y Maximov incluso se colocó delante de los demás y
enlazó las manos con un gesto de profunda devoción.
Fue entonces cuando Fiodor Pavlovitch completó su
obra. Hay que advertir que su propósito de marcharse había sido sincero; que,
tras su vergonzosa conducta en las habitaciones del starets, había
comprendido que no debía ir a comer con el padre abad como si nada hubiera
pasado. No se sentía avergonzado, no se hacía amargos reproches, sino todo lo
contrario; pero consideraba que asistir a la comida era una inconveniencia.
Sin embargo, apenas su calesa de muelles chirriantes
avanzó hasta el pie de la escalinata de la hospedería, y cuando ya iba a subir
al coche, se detuvo. Se acordó de las palabras que había dicho al starets.
«Cuando voy a ver a otras personas, siempre me parece que soy el más vil de
todos, y que todos me miran como a un payaso. Entonces yo decido hacer de
veras el payaso, por considerar que todos, desde el primero hasta el último,
son más estúpidos y más viles que yo.»
Fiodor Pavlovitch quería vengarse de todo el mundo
por sus propias villanías. Se acordó de pronto de que un día alguien le preguntó:
«¿Por qué detesta usted tanto a ese hombre?» A lo que él había contestado en un
arranque de procacidad bufonesca: « No me ha hecho nada, pero yo le hice a él
una mala pasada y desde entonces empecé a detestarlo.» Este recuerdo le
arrancó una risita silenciosa y maligna. Con los ojos centelleantes y los
labios temblorosos, tuvo unos instantes de vacilación. Luego, de pronto, se
dijo resueltamente: «No podría rehabilitarme. Me mofaré de ellos hasta el
cinismo.»
Ordenó al cochero que esperase y volvió a grandes
pasos al monasterio. Iba derecho a las habitaciones del padre abad. Ignoraba
aún lo que haría, pero sabía que no era dueño de sí mismo, que al menor impulso
cometería cualquier acto indigno, incluso algun delito del que habría de
responder ante los tribunales. Hasta entonces, jamás había pasado de ciertos
límites, lo que no dejaba de sorprenderle.
Apareció en el comedor en el momento en que,
terminada la oración, todos iban a sentarse a la mesa. Se detuvo en el umbral,
observó a la concurrencia, mirándolos a todos fijamente a la cara, y estalló en
una risa larga y desvérgonzada.
‑¿Se creían que me había marchado? Pues aquí me
tienen ‑exclamó con voz sonora.
Todos los presentes le miraron en silencio, y, de
súbito, todos comprendieron que inevitablemente se iba a producir un escándalo.
Piotr Alejandrovitch pasó repentinamente de la calma a la contrariedad. Su
cólera volvió a inflamarse:
‑¡No lo puedo soportar! ‑gruñó‑. No
puedo, no puedo de ningún modo.
La sangre le afluyó a la cabeza, y notó que se
embarullaba, pero el momento no era para pensar en la dialéctica. Cogió el
sombrero.
‑¿Qué es lo que no puede soportar? ‑exclamó
Fiodor PavIovitch‑. ¿Puedo entrar, reverendo padre? ¿Me admite usted
como invitado?
‑Le ruego de todo corazón que pase ‑respondió
el padre abad, y añadió dirigiéndose a todos‑: Señores, les suplico que
olviden sus querellas y se reúnan con amor fraternal, implorando a Dios, en
torno de esta mesa.
‑¡No, no! Eso es imposible ‑exclamó Piotr
Alejandrovitch fuera de si.
‑Lo que es imposible para Piotr Alejandrovitch,
lo es también para mi. No me quedaré. He venido por estar con él. No me sepáraré
de usted ni un paso, Piotr Alejandrovitch: si usted se va, me voy yo; si usted
se queda, me quedo. Usted, padre abad, le ha herido al hablar de fraternidad:
le mortifica ser mi pariente... ¿No es verdad, Von Shon? Miren: ahí tienen a
Von Shon. ¡Buenas tardes, Von Shon!
‑¿Me dice usted a mi? ‑preguntó Maximov,
estupefacto.
‑Sí, a ti. Reverendo padre, ¿sabe usted quién
es Von Shon? El héroe de una causa célebre. Lo mataron en un lupanar, como creo
que llaman ustedes a esos lugares, y, una vez muerto, lo desvalijaron.
Después, a pesar de su respetable edad, lo metieron en un cajón y lo enviaron
de Petersburgo a Moscú en un furgón de equipajes con una etiqueta. Y mientras
lo embalaban, las rameras cantaban y tocaban el timpano, es decir, el piano.
Pues bien, ese hombre que ven ustedes ahí es Von Shon resucitado. ¿Verdad, Von Shon?
‑¿Qué dice este hombre? ‑exclamaron
varias voces entre los religiosos.
‑Vámonos ‑dijo Piotr Alejandrovitch a
Kalganov.
‑¡No, esperen! ‑gritó Fiodor Pavlovitch,
dando un paso hacia el interior‑. Déjenme terminar. En la celda del starets
me han acusado ustedes de haberme conducido irrespetuosamente, y todo porque he
hablado de gobios. A Piotr Alejandrovitch Miusov, mi pariente, le gusta que en
las peroraciones haya plus de noblesse que de sincérité; a mi, por el
contrario, me gusta que en mis discursos haya plus de sincérité que de
noblesse, ¡y que se fastidie! ¿No es verdad, Von Shon? Escúcheme, padre
abad: aunque yo sea un bufón y me mantenga en mi papel, soy un caballero de
honor y tengo que explicarme. Sí, yo soy un caballero de honor, mientras que en
Piotr Alejandrovitch no hay más que amor propio ofendido. He venido aquí para
ver lo que pasa y exponerle mi modo de pensar. Mi hijo Alexei hace el noviciado
en este monasterio. Soy su padre y mi obligación es preocuparme por su
porvenir. Mientras yo actuaba como en un teatro, lo escuchaba todo, lo miraba
todo con disimulo, y ahora quiero ofrecerle el último acto de la comedia.
Generalmente, aquí, el que cae se queda tendido para siempre. Pero yo quiero
levantarme. Padres, estoy indignado del modo de obrar de ustedes. La confesión
es un gran sacramento que merece mi veneración y ante el cual estoy presto a
prosternarme. Pues bien, allá abajo, en la ermita, todo el mundo se arrodilla y
se confiesa en voz alta. ¿Está permitido confesarse en voz alta? En los
tiempos más antiguos, los santos padres instituyeron la confesión secreta.
Porque, por ejemplo, ¿puedo yo explicar ante todo el mundo que yo hago esto y
lo otro y..., me comprende usted? A veces es una indecencia revelar ciertas
cosas. ¡Esto es un escándalo! Permaneciendo entre ustedes, uno puede ser
arrastrado a la secta de los Kblysty [L30]. En cuanto tenga ocasión, escribiré al
Sínodo. Entre tanto, retiro a mi hijo de este monasterio.
Como se ve, Fiodor Pavlovitch había oído campanas y
no sabía dónde. Según ciertos rumores malignos llegados no hacia mucho a oídos
de las autoridades eclesiásticas, en los monasterios donde subsistía la
institución de los startsy se testimoniaba a éstos un respeto
exagerado, en perjuicio de la dignidad del abad. Además, los startsy
abusaban del sacramento de la confesión, etcétera, etcétera. Estas acusaciones
infundadas no tuvieron éxito alguno en ninguna parte. Pero el demonio que
Fiodor Pavlovitch llevaba dentro y que le empujaba cada vez más hacia un abismo
de vergüenza le había inspirado esta acusación, de la que él, por cierto, no
comprendía una palabra. Ni siquiera había acertado a hacerla oportunamente, ya
que esta vez nadie se había arrodillado ni confesado en voz alta en la celda
del starets. Por lo tanto, Fiodor Pavlovitch no había podido ver nada
de lo que acababa de decir y se había limitado a repetir viejos comadreos que
sólo recordaba a medias. Apenas terminó de exponer estas necedades, Fiodor
Pavlovitch se dio cuenta de lo absurdo de sus palabras y experimentó en seguida
el deseo de demostrar a su auditorio, y sobre todo a si mismo, que no había en
ellas nada de absurdo. Y aunque sabía perfectamente que todo lo que dijera no
haría sino agravar las cosas, no se pudo contener y resbaló como por una
pendiente.
‑¡Qué villanía! ‑exclamó Piotr
Alejandrovitch.
‑Un momento ‑dijo de súbito el padre abad‑.
Antiguamente se dijo: «Se empieza a hablar demasiado de mi, a incluso a hablar
mal. Después de haberlo escuchado todo, me he dicho: esto es un remedio que me
envía Jesús para curar mi alma vanidosa.» Así, le damos humildemente las
gracias, querido huésped.
Y se inclinó profundamente ante Fiodor Pavlovitch.
‑¡Bah, bah! Todo eso son gazmoñerías, viejas
frases y viejos gestos, viejas mentiras y puros formulismos como el del saludo
hasta el suelo. Ya sabemos lo que son esos saludos. «Un beso en los labios y
una puñalada al corazón», como en Los bandidos de Schiller. No me gusta
la falsedad, padres míos; lo que quiero son verdades. Pero la verdad no está
en los gobios, como ya he proclamado. ¿Por qué ayunan ustedes? ¿Por qué esperan
una recompensa en el cielo? Por obtener esa recompensa, también ayunaría yo.
No, santos monjes: sed virtuosos en la vida; servid a la sociedad sin encerraros
en un monasterio, donde todo lo tenéis pagado, y sin esperar recompensa alguna.
Esto sería más meritorio. Como ve usted, padre abad, yo sé también hacer
frases... ¿Qué veo aquí? ‑añadió acercándose a la mesa‑. Viejo
oporto comprado en Fartori y otro exquisito vino procedente de los Hermanos Ielisseiev [L31]. ¡Caramba, caramba, reverendos padres! Esto
no se parece en nada a los gobios. ¡Y esas otras botellas! ¡Je, je! ¿Quién os
ha dado todo esto? El campesino ruso, el trabajador que os trae sus ofrendas
con sus manos callosas, quitándoselas a su familia y a las necesidades del
Estado. Ustedes explotan al pueblo, reverendos padres.
‑¡Eso es una falsedad indigna! ‑dijo el
padre José.
El padre Paisius guardaba un obstinado silencio.
Miusov salió del comedor precipitadamente, seguido de Kalganov.
‑Bueno, mis reverendos padres; me voy en pos de
Piotr Alejandrovitch. No volveré nunca, aunque me lo pidan ustedes de rodillas.
¡Nunca, jamás! Les envié mil rublos, y hay que ver cómo abrirían ustedes los
ojos. ¡Je, je! Pero a este donativo no añadiré absolutamente nada. Quiero
vengarme de las humillaciones que recibí de ustedes en mi juventud.
Dio un puñetazo en la mesa con fingida indignación y
continuó:
‑Este monasterio ha desempeñado un gran papel
en mi vida. ¡Cuántas y cuán amargas lágrimas he derramado por culpa de él!
Ustedes consiguieron que se volviera contra mí mi esposa, la endemoniada. Me
cubrieron de maldiciones y me desacreditaron ante el vecindario. ¡Basta ya,
reverendos padres! Vivimos en la época del ferrocarril y de los buques de
vapor. No recibirán nada más de mi: ni mil rublos, ni cien, ni siquiera uno.
Observemos que el monasterio no había hecho nunca
nada contra él y que Fiodor Pavlovitch no había tenido que derramar amargas
lágrimas por culpa del convento. Sin embargo, Fiodor PavIovitch se había
indignado de tal modo ante estas supuestas lágrimas, que casi llegó a
convencerse de que las había derramado. Incluso estuvo a punto de echarse a
llorar. Pero comprendió que había llegado el momento de retirarse.
Por toda respuesta a su odiosa mentira, el padre abad
inclinó la cabeza y dijo gravemente:
‑También está escrito que hay que soportar
pacientemente la calumnia y, sin dejarse turbar por ella, no detestar al
calumniador. Así obraremos nosotros.
‑¡Bonito galimatías! Ahí se quedan, padres
míos: yo me voy. Me llevaré para siempre a mi hijo Alexei, haciendo use de mi
autoridad paterna. Iván Fiodorovitch, mi amabilísimo hijo, permíteme que te
ordene que me sigas. Von Shon, ¿para qué te has de quedar en esta casa? Ven a
la mía, que sólo está a una versta de aquí. No lo pasarás mal. En vez de aceite
de lino, te daré un cochinillo relleno de alforfón, coñac y otros licores, a
incluso habrá allí una bonita muchacha. Vamos, Von Shon; no desprecies tanta
feficidad.
Y salió lanzando.gritos y agitando los brazos. En
este momento fue cuando lo vio Rakitine y se lo señaló a Aliocha.
‑¡Alexei ‑gritó a éste su padre desde
lejos‑, desde hoy vivirás en mi casa! ¡Coge tu almohada y tu colchón!
¡Que no quede nada tuyo aquí!
Aliocha se detuvo, petrificado, mirando a su padre
atentamente y sin decir palabra.
Fiodor Pavlovitch subió a la calesa seguido de Iván
Fiodorovitch, que, silencioso y sombrío, ni siquiera se volvió para saludar a
su hermano.
Para que nada le faltase, se produjo una escena
cómica y sorprendente. Maximov llegó corriendo y jadeante. En su impaciencia,
puso un pie en el estribo, donde estaba todavía el de Iván Fiodorovitch, y,
aferrándose al coche, trató de subir.
‑¡Yo también voy! ‑exclamó con alegre
risa y gesto beatífico‑. Llévenme.
‑¿Ves? ‑dijo Fiodor Pavlovitch, encantado‑.
¿No decía yo que es Von Shon resucitado? ¿Cómo te las has arreglado para salir
de allí? ¿Qué te propones? ¿Cómo es posible que hayas renunciado a la comida?
Para proceder así hace falta tener una cara de bronce. Yo la tengo, pero me
asombra que la tengas también tú, amigo mío. Sube, sube. Déjalo subir, Iván:
nos divertiremos. Se sentará a nuestros pies, ¿no es verdad, Von Shon? ¿O
prefieres instalarte en el pescante, junto al cochero? Sube al pescante, Von
Shon.
Pero Iván Fiodorovitch, que se había sentado ya sin
decir palabra, lo rechazó, dándole un fuerte golpe en el pecho que le hizo
retroceder un par de metros. Maximov no llegó a caer por verdadero milagro.
‑¡En marcha! ‑gritó Iván ásperamente al
cochero.
‑¿Pero por qué le tratas así? ‑censuró
Fiodor Pavlovitch.
La calesa había partido ya. Iván no contestó.
‑No te comprendo ‑dijo Fiodor Pavlovitch
tras un largo silencio y mirando de reojo a su hijo‑. Fue idea tuya
hacer esta visita al monasterio; tú la provocaste y te parecía muy bien. ¿Por
qué te enfurruñas ahora?
‑¡Basta de insensateces! ‑replicó
rudamente Iván‑. Descansa un poco.
Fiodor Pavlovitch volvió a estar callado unos
minutos. Al fin dijo con acento sentencioso:
‑Un vasito de coñac me hará bien.
Iván no contestó.
‑También tú tomarás una copa en cuanto
lleguemos, ¿verdad?
Iván no dijo palabra.
Fiodor Pavlovitch volvió a esperar un par de minutos.
‑Por mucho que te contraríe, amabilísimo Karl
von Moor, reTiré a Aliocha del monasterio.
Iván se encogió de hombros desdeñosamente, volvió la
cabeza y Se absorbió en la contemplación del camino.
No volvieron a pronunciar palabra hasta que llegaron.
LOS SENSUALES
CAPITULO PRIMERO
EN LA ANTECÁMARA
Fiodor Pavlovitch vivía bastante lejos del centro de
la población, en una casa un tanto vieja pero todavía sólida. El edificio estaba
pintado de gris y cubierto con un tejado metálico de color'rojo. Era espacioso
y cómodo. Tenía planta baja, entresuelo y numerosas escalerillas y rincones
ocultos. Las ratas pululaban en él, pero Fiodor Pavlovitch no sentía ninguna
aversión hacia ellas.
‑Gracias a las ratas ‑decía‑, las
noches no son tan tediosas cuando uno está solo.
Y es que tenía la costumbre de enviar a los
domésticos a dormir en el pabellón, quedándose él encerrado en la casa. Este
pabellón estaba en el patio y era vasto y sólido. Fiodor Pavlovitch había hecho
instalar la cocina en él: no le gustaba el olor a guisos. Así, tanto en verano
como en invierno, había que transportar los platos de comida a través del
patio.
Era una casa construida para una gran familia. Habría
podido albergar un número de dueños y servidores cinco veces superior al que a
la sazón la habitaba. En la época de nuestro relato, el cuerpo del ediflcio
principal estaba ocupado exclusivamente por Fiodor Pavlovitch y su hijo Iván, y
el pabellón, por tres domésticos: el viejo Grigori, su mujer ‑Marta‑
y un criado joven: Smerdiakov. Hemos de hablar con cierto detenimiento de
estos tres personajes.
Ya conocemos a Grigori Vasilievitch Kutuzov. Era un
hombre de firmeza inflexible, que marchaba hacia su fin con obstinada rectitud,
con tal que ese fin le pareciera, aunque fuese por razones completamente
ilógicas, un deber ineludible. Era un hombre incorruptible, en una palabra.
Su mujer, aunque había vivido siempre ciegamente
sometida a su voluntad, le atormentaba, desde la abolición de la esclavitud,
con el empeño de dejar a Fiodor Pavlovitch a irse a Moscú para abrir una
modesta tienda, pues tenían sus ahorros. Grigori consideró con una resolución
definitiva que su mujer estaba equivocada y que todas las mujeres pecaban
entonces de deslealtad. No debían dejar a su amo de ningún modo, porque éste
era su deber.
‑¿Sabes lo que es el deber? ‑preguntó a
Marta Ignatievna.
‑Lo sé, Grigori Vasilievitch. Lo que no
comprendo es por qué tenemos el deber de permanecer aquí ‑repuso
firmemente Marta Ignatievna.
‑Lo comprendas o no, aquí nos quedaremos. Por
lo tanto, que no se hable más del asunto.
Y no se habló. Se quedaron, y Fiodor Pavlovitch les
asignó un módico salario que les pagaba puntualmente.
Grigori sabía que ejercía sobre su dueño una
influencia incontestable. Fiodor Pavlovitch era un payaso astuto y obstinado,
de carácter de hierro para algunas cosas, como él mismo decía, pero pusilánime
en otras, lo cual le producía verdadero asombro. En ciertos casos necesitaba un
freno y, por lo tanto, un hombre de confianza a su lado. Pues bien, Grigori era
de una fidelidad incorruptible. En más de una ocasión, Fiodor Pavlovitch había
estado a punto de ser vapuleado, a incluso cruelmente. Y siempre había sido
Grigori el que le había sacado del apuro, sin que nunca dejara de hacerle una
serie de advertencias. Pero no eran los golpes lo que inquietaba a Fiodor
Pavlovitch. Había otras cosas más graves, más delicadas, más complicadas, que,
sin que él supiera la razón, le hacían desear tener una persona de confianza a
su lado. Eran situaciones casi patológicas. Profundamente corrompido y
lujurioso hasta la crueldad como un insecto pernicioso, Fiodor Pavlovitch, en
los momentos de embriaguez, experimentaba una angustia atroz. «Entonces me
parece que el alma me palpita en la garganta», decía a veces. En esos trances
deseaba tener a su lado, o cerca de él, un hombre leal, enérgico, puro, que,
aunque conociera su mala conducta y todos sus secretos, lo tolerase por
devoción, sin hacerle reproches ni amenazarle con ningún castigo, en este mundo
ni en el otro, y que le defendiese si era necesario. ¿Contra quién? Contra un
ente desconocido pero temible. Necesitaba a toda costa tener cerca otro hombre,
fiel desde hacía largo tiempo, al que poder llamar en aquellos momentos de
angustia, aunque sólo fuera para contemplar su rostro o cambiar con él algunas
palabras, por insignificantes que fueran. Si le veía de buen humor, se sentía
aliviado; en el caso contrario, su tristeza aumentaba. A veces, aunque muy
pocas, Fiodor Pavlovitch iba por las noches a despertar a Grigori para que
fuera a sus habitaciones a hacerle compañia unos momentos. Cuando el criado
llegaba, Fiodor Pavlovitch le hablaba de cosas sin importancia y luego, entre
risas y bromas, lo despedía. Entonces él se metía en la cama y se quedaba
dormido con el sueño de los justos.
Algo parecido ocurrió a la llegada de Aliocha. El
joven lo veía todo y no censuraba nada. Es más, lejos de demostrar a su padre
el menor desprecio, lo trataba con una afabilidad invariable y le daba
continuas pruebas de sincero afecto. Esto pareció inaudito al viejo depravado y
le traspasó el corazón. Al marcharse Aliocha al monasterio, Fiodor Pavlovitch
hubo de confesarse que había comprendido algo que hasta entonces no había
querido comprender.
Ya he dicho al principio de mi relato que Grigori
había tomado ojeriza a Adelaida Ivanovna, la primera mujer de Fiodor PavIovitch
y madre del primer hijo de éste, Dmitri, y que, en cambio, había defendido a la
segunda esposa, la endemoniada, Sofía Ivanovna, incluso frente a su dueño, y desde
luego frente a cualquiera que osara pronunciar contra ella una sola palabra
desconsiderada o malévola. Su simpatía por esta infeliz había llegado a ser
algo sagrado, tanto, que veinte años después no habría tolerado la menor
alusión irónica a esta cuestión.
Grigori era un hombre grave, frío y poco hablador,
que sólo pronunciaba las palabras precisas y no se apartaba jamás del tono
austero. A primera vista, uno no podía ver si quería o no a su esposa, aunque
lo cierto era que amaba sinceramente a aquella bondadosa criatura y que ella
lo sabía muy bien.
Marta Ignatievna era tal vez más inteligente que su
marido, por lo menos más juiciosa en las cuestiones de la vida. Sin embargo, se
sometía a él ciegamente y lo respetaba sin reservas por su elevación moral. Hay
que advertir que los esposos sólo cambiaban las palabras indispensables. El
grave y majestuoso Grigori resolvía siempre solo sus asuntos y sus
preocupaciones, y Marta Ignatievna había comprendido que sus consejos lo
importunarían. Marta Ignatievna notaba que su marido le agradecía su silencio
y que veía en él una prueba de agudeza.
Grigori no le había pegado a su esposa más que una
vez y sin ninguna dureza. Durante el primer año de matrimonio de Adelaida
Ivanovna y Fiodor Pavlovitch, cuando estaban en el campo, las muchachas y las
mujeres del lugar, que entonces eran todavía siervas, se reunieron en el patio
de la casa de sus dueños para bailar y cantar. Se entonó la canción «En esos
prados, en esos bellos prados verdes...», y, de súbito, Marta Ignatievna, que
entonces era joven, se colocó delante del coro y ejecutó la danza rusa; pero
no como se bailaba allí, al estilo rústico, sino como la ejecutaba ella cuando
servía en casa de los acaudalados Miusov, en el teatro de la finca, donde un
maestro de baile procedente de Moscú enseñaba a los que tenían que aparecer en
el escenario. Grigori lo había visto todo, y una hora después, de regreso en el
pabellón, la sacudió un poco, cogiéndola por el pelo. A esto se redujo todo, y
nunca más volvió a pegarle. Por su parte, Marta Ignatievna se prometió no
volver a danzar en su vida.
Dios no les había dado hijos. Es decir, les dio uno
que murió a edad temprana. Grigori adoraba a los niños y no se avergonzaba de
demostrárlo. Cuando Adelaida Ivanovna huyó, Grigori recogió a Dmitri, que
entonces tenía tres años, y durante un año lo cuidó como una madre,
encargándose incluso de lavarlo y de peinarlo. Años después tomó a su cuidado a
Iván y a Alexei, lo que le valió un bofetón, como he referido ya. Su propio hijo
sólo le proporcionó la alegría de la espera durante el embarazo de Marta Ignatievna.
Apenas vio al recién nacido, se sintió apenado y horrorizado, pues la criatura
tenía seis dedos. Grigori guardó silencio hasta el día del bautizo. Para no
decir nada, se fue al jardín, donde estuvo tres días cavando. Cuando llegó el
momento del bautizo, algo había pasado por su imaginación. Entró en el pabellón
donde se habían reunido el sacerdote, los invitados y Fiodor Pavlovitch, que
era el padrino, y manifestó que en modo alguno debía bautizarse al niño. Lo
dijo en voz baja, lentamente y mirando al sacerdote con expresión estúpida.
‑¿Por qué? ‑preguntó el religioso, entre
asombrado y divertido.
‑Porque... es un dragón ‑balbuceó
Grigori.
‑¿Cómo un dragón?
Grigori estuvo unos momentos callado.
‑La naturaleza ha sufrido una confusión ‑murmuró
vagamente pero con acento firme, para demostrar que no quería extenderse en
explicaciones.
Hubo risas y, naturalmente, el niño fue bautizado.
Grigori oró con fervor junto a la pila bautismal, pero mantuvo su opinión acerca
del recién nacido. Aunque no se opuso a nada, durante las dos semanas que vivió
la enfermiza criatura, él apenas la miró: afectaba no verla y estaba siempre
fuera de la casa. Pero cuando el niño murió a consecuencia de un afta, él mismo
lo colocó en el ataúd y lo contempló con profunda angustia. Luego, cuando la
fosa volvió a quedar llena de tierra, se arrodilló y se inclinó hasta el suelo.
Jamás volvió a hablar del difunto, y Marta Ignatievna sólo lo nombraba cuando
su marido estaba ausente.
La mujer observó que, tras la muerte del niño,
Grigori se interesaba por las cosas divinas. Leía Las argucias con
frecuencia, solo y en silencio, después de ponerse sus grandes gafas de plata.
Raras veces, en la Cuaresma a lo sumo, leía en voz alta. Tenía predilección
por el libro de Job. Se procuró una recopilación de las homilías y los sermones
del santo padre Isaac el Sirio y los leyó obstinadamente durante varios años.
No logró comprenderlos, pero seguramente por esta razón los admiraba más.
Últimamente prestó oído a la doctrina de los Kblysty y se informó a fondo sobre
ella preguntando al vecindario. Le impresionó profundamente, pero no se decidió
a adoptar la nueva fe. Como es natural, todas estas lecturas piadosas
aumentaban la gravedad de su fisonomía.
Tal vez era
un hombre inclinado al misticismo. Como hecho expresamente, la llegada al mundo
y la muerte de su hijo de seis dedos coincidieron con otro hecho sobremanera
insólito a inesperado que dejó en él «un recuerdo imborrable», según su propia
expresión. La noche que siguió al entierro del niño, Marta Ignatievna se
despertó y creyó oír el llanto de un recién nacido. Tuvo miedo y despertó a su
marido. Grigori prestó atención y dijo que más bien parecían «gemidos de
mujer». Se levantó y se vistió. Era una tibia noche de mayo. Salió al pórtico y
advirtió que los gémidos llegaban del jardín. Pero por la noche el jardín
estaba cerrado con llave por el lado del patio y sólo se podía entrar en él por
allí, ya que estaba rodeado por una alta y sólida empalizada. Grigori volvió a
la casa, encendió una linterna, cogió la llave y, sin hacer caso del terror histérico
de su mujer, seguro de que su hijo le llamaba, pasó en silencio al jardín. Una
vez allí se dio cuenta de que los lamentos partían del invernadero que había no
lejos de la entrada. Abrió la puerta y quedó atónito ante el espectáculo que se
ofrecía a su vista: una idiota del pueblo que vagaba por las calles y a la que
todo el mundo conocía por el sobrenombre de Isabel Smerdiachtchaia acababa de
dar a luz en el invernadero y se moría al lado de su hijo. La mujer no dijo
nada, por la sencilla razón de que no sabía hablar... Pero todo esto requiere
una explicación.
ISABEL SMERDIACHTCHAIA
Había en todo esto algo especial que impresionó
profundamente a Grigori y acabó de confirmarle una sospecha repugnante que
había concebido. Isabel era una muchacha bajita, de apenas un metro cuarenta de
talla, como recordaban enternecidas, después de su muerte, las viejas de buen
corazón de la localidad. Su rostro de veinte años, ancho, rojo y sano, tenía la
expresión de la idiotez y una mirada fija y desagradable, aunque plácida. Tanto
en verano como en invierno, iba siempre descalza y sólo llevaba sobre su cuerpo
una camisa de cáñamo. Sus cabellos, extraordinariamente espesos y rizados como
la lana de las ovejas, daban sobre su cabeza la impresión de un gorro.
Generalmente estaban llenos de tierra y mezclados con hojas, ramitas y virutas,
pues Isabel dormía siempre en el suelo, y a veces sobre el barro. Su padre,
Ilia, hombre sin domicilio, viejo, pobre y dominado por la bebida, trabajaba
como peón desde hacía mucho tiempo en la propiedad de unos burgueses . de la
población. Su madre había muerto hacia ya muchos años, Siempre enfermo y
amargado, Ilia vapuleaba sin piedad a su hila cada vez que aparecía en la casa.
Pero Isabel iba pocas veces, ya que en cualquier hogar de la población la
socorrían al ver que era una enferma mental que no tenia más ayuda que la de
Dios.
Los amos de Ilia y otras muchas personas caritativas,
comerciantes especialmente, habían intentado repetidas veces vestir a Isabel
con decencia. Un invierno, incluso le pusieron una pelliza y unas botas. Ella
se dejaba vestir dócilmente, pero después, en cualquier parte, con preferencia
en el porche de la iglesia, se quitaba lo que le habían regalado ‑fuera
un chal, una falda, una pelliza, un par de botas‑, lo dejaba allí mismo y
se iba, descalza y sin más ropa que la camisa, como siempre había ido.
Un nuevo gobernador, al inspeccionar nuestra
localidad, quedó desagradablemente impresionado al ver a Isabel y, aunque se
dio cuenta de que era una criatura inocente ‑y además así se le dijo‑,
declaró que una joven que iba por la calle en camisa era un atentado contra la
decencia y que había que poner fin a aquello. Pero el gobernador se fue a
Isabel siguió viviendo como vivía.
Murió su padre, y entonces, al quedar huérfana, todas
las personas piadosas de la ciudad redoblaron sus atenciones hacia ella.
Incluso los chiquillos, ralea sumamente agresiva en nuestro pais, sobre todo si
son escolares, no la zaherian ni maltrataban. Entraba en casas que no la
conocían y nadie la echaba: por el contrario, todos la recibían amablemente y
le daban medio copec. Ella se llevaba estas monedas y, sin pérdida de tiempo,
las echaba en algún cepillo, en la iglesia o en la cárcel. Si le daban en el
mercado un panecillo, lo regalaba al primer niño que vela o detenía a
cualquier gran señora para ofrecérselo. Y la dama lo aceptaba con sincera
alegria. Vo se alimentaba más que de pan y agua. Si entraba en una tienda
mportante donde había dinero y mercancías de valor, los dueños iunca
desconfiaban de ella: sabían que no cogería un solo copec aunque tuviera miles
de rublos al alcance de su mano.
Iba pocas veces a la iglesia. Dormía en los pórticos
o en un huerto cualquiera, después de haber franqueado la valla, pues en
nuestro país hay todavía muchas vallas que hacen las veces de muros. Una vez a
la semana en verano, y todos los días en invierno iba a la casa de los amos de
su difunto padre, pero sólo por la noche, que pasaba en el vestíbulo o en el
establo. La gente s asombraba de que pudiera soportar semejante vida, pero se
había acostumbrado. Pese a su escasa talla, poseía una constitución
excepcionalmente robusta. Algunos decían que obraba así por orgullo, pero esta
afirmación era insostenible. No sabía hablar; a lo sumo podía mover la lengua y
emitir algún sonido. ¿Cómo podía tener orgullo una persona así?
Una noche de septiembre clara y cálida, en que la
luna brillaba en el cielo, a una hora avanzada, un grupo de cinco o seis
alegres trasnochadores embriagados regresaban del club a sus casas por el
camino más corto. La callejuela que seguían estaba bordeada a ambos lados por
una valla tras la cual se extendían las huertas de la: casas ribereñas.
Desembocaba en un pontón tendido sobre una
de esas balsas alargadas a infectas a las que en nuestro país se da el
nombre de rios. Allí durmiendo entre las ortigas, estaba Isabel Los trasnochadores
la vieron, se detuvieron cerca de ella y empezaron a reír y bromear con el
mayor cinismo. Un muchacho que figuraba en el grupo hizo esta singular
pregunta:
‑¿Se puede considerar como mujer a semejante
monstruo?
Todos contestaron negativamente con un gesto de
sincera aprensión. Pero Fiodor Pavlovitch, que formaba parte de la pandilla,
manifestó que se podía ver en ella una mujer perfectamente, y que incluso tenía
el excitante atractivo de la novedad y otras cosas parecidas. En aquella época,
Fiodor Pavlovitch se complacía en desempeñar su papel de bufón y le gustaba
divertir a los ricos como un verdadero payaso, aunque aparentemente era igual a
ellos. Con un crespón en el sombrero, pues acababa de enterarse de la muerte de
su primera esposa, llevaba una vida tan disipada, que incluso los libertinos
más curtidos se sentían cohibidos ante él. La paradójica opinión de Fiodor
Pavlovitch provocó la hilaridad del grupo. Uno de sus compañeros empezó a
incitarle; otros mostraron una mayor aprensión todavía, aunque siempre con
grandes risas. Al fin, todos siguieron su camino.
Más adelante, Fiodor Pavlovitch juró que se había
marchado con los demás. Tal vez decía la verdad, pues nadie supo jamás quién
estuvo allí. Cinco o seis meses después, el embarazo de Isabel provocó la
indignación general y se buscó al que hubiera podido ultrajar a la pobre
criatura. Pronto circularon rumores que acusaban a Fiodor Pavlovitch. ¿De
dónde salió este rumor? Del alegre grupo sólo quedaba entonces en la ciudad un
hombre de edad madura, respetable consejero de Estado, que tenía hijas mayores
y que nunca habría contado nada aunque aquella noche hubiera ocurrido algo
importante. Los demás se habían dispersado. Sin embargo, los rumores insistían
en acusar a Fiodor Pavlovitch. Él no se mostró ofendido y no se dignó responder
a los tenderos y a los burgueses. Entonces era un hombre orgulloso que sólo
dirigía la palabra a los funcionarios y a los nobles que eran sus compañeros
asiduos y a los que tanto divertía.
Grigori se puso de parte de su amo y procedió con
toda energía: no sólo le defendió contra cualquier insinuación, sino que
disputó acaloradamente y consiguió hacer cambiar de opinión a muchos.
‑La falta ha sido de ella ‑decía‑,
y su seductor fue Karp.
Así se llamaba un delincuente peligrosísimo que se
había fugado de la cárcel del distrito y que se había refugiado en nuestra
ciudad.
La suposición pareció lógica a todos. Se recordaba
que Karp había rondado por la población aquellas noches y desvalijado a tres
personas.
Esta aventura y estos rumores, lejos de desviar de la
pobre idiota las simpatías de la población, le atrajeron una más viva
solicitud. Una tendera rica, la viuda de Kondratiev, decidió tenerla en su casa
a fines de abril, para que diera a luz. La vigilaban estrechamente. A pesar de
ello, una tarde, la del día del parto, Isabel se escapó de casa de su
protectora y fue a parar al jardín de Fiodor Pavlovitch. ¿Cómo había podido, en
el estado en que se hallaba, saltar la alta empalizada? Esto fue siempre un
enigma. Unos aseguraban que alguien la había llevado allí; otros veían en ello
la intervención de un poder sobrenatural.
Al parecer, esto ocurrió de un modo natural, aunque
el ingenio ayudó a la infeliz. Isabel, acostumbrada a salvar los vallados para
entrar en las huertas donde pasaba las noches, consiguió trepar a lo alto de la
empalizada y desde allí saltar al jardín, aunque hiriéndose.
Al ver a Isabel en el invernadero, Grigori corrió en
busca de su mujer para que le prestara los primeros cuidados, y después fue a
llamar a una comadrona que vivía cerca. El niño se salvó, pero la madre murió
al amanecer. Grigori cogió en brazos al recién nacido, lo llevó al pabellón y
lo depositó en el regazo de su mujer.
‑He aquí ‑le dijo‑ un hijo de Dios,
un huérfano que nos tendrá a nosotros por padres. Es nuestro difunto hijo quien
nos lo envía. Ha nacido de Satanás y de una mujer justa. Aliméntalo y no llores
más.
Marta crió al niño. Fue bautizado con el nombre de Pavel [L32], al que todo el mundo, empezando por sus
padres adoptivos, añadió Fiodorovitch como patronímico. Fiodor Pavlovitch no
puso obstáculos, a incluso le pareció agradable todo esto, aunque desmintió
enérgicamente su paternidad. Se aprobó que hubiera acogido al huérfano, al
cual dio más adelante, como nombre de familia, el de Smerdiakov, derivado del
sobrenombre de su madre. Al principio de nuestro relato, Smerdiakov servía a
Fiodor Pavlovitch como criado de segunda y habitaba en el pabellón, al lado del
viejo Grigori y de la vieja Marta. Tenía el empleo de cocinero. Merecería que
le dedicara un capítulo entero, pero no me atrevo a contener demasiado tiempo
la atención del lector sobre los sirvientes y continúo mi narración, con la
esperanza de que en el curso de ella el tema Smerdiakov vuelva a presentarse de
un modo natural.
CAPITULO III
Al oír la orden que le había dado a gritos su padre
desde la calesa en el momento de partir del monasterio, Aliocha estuvo unos
instantes inmóvil y profundamente perplejo. Al fin, sobreponiéndose a su
turbación, se dirigió a la cocina del padre abad para procurar enterarse de la
conducta de Fiodor Pavlovitch. Después se puso en camino, con la esperanza de
resolver durante el trayecto un problema que le atormentaba. Digámoslo en seguida:
los gritos de su padre ordenándole que dejara el monasterio llevándose el
colchón y las almohadas no le inspiraban inquietud alguna. Comprendía
perfectamente que esta orden, proferida a gritos y haciendo grandes ademanes,
era hija de un arrebato y que su padre se la habla dado para la galería, por
decirlo así. Era el mismo caso de uno de nuestros conciudadanos que, no hacía
mucho, al celebrar su cumpleaños y excederse en la bebida, se enfureció porque
no querían darle más vodka y, en presencia de sus invitados, empezó a destrozar
la vajilla, a rasgar sus ropas y las de su mujer, a romper muebles y cristales.
Obró para la galería, y al día siguiente, una vez curado de su embriaguez, se
arrepintió amargamente a la vista de las tazas y los platos rotos. Aliocha
estaba seguro de que su padre le dejaría regresar al monasterio tal vez aquel
mismo día. Es más, tenía el convencimiento de que el buen hombre no le
ofendería jamás; de que ni él ni nadie en el mundo no sólo no querrían ofenderle,
sino que no podrían. Esto era para él un axioma definitivamente admitido y
sobre el cual no cabía la menor duda.
Pero en aquellos momentos le mortificaba otro temor
de un orden completamente distinto, un temor agravado por el hecho de que se
sentía incapaz de definirlo: el temor a una mujer, a aquella Catalina Ivanovna,
que en la carta que le había enviado aquella mañana por medio de la señora de
Khokhlakov tanto insistía en que fuera a verla. Esta petición y la necesidad de
acatarla le producían una impresión dolorosa, que se había intensificado sin
cesar en las primeras horas de la tarde, a pesar de las escenas desarrolladas
en el monasterio. Su temor no procedía de que ignoraba lo que aquella mujer
quería de él. No era la mujer lo que temía en ella. Desde luego, conocía poco a
las mujeres, pero había vivido entre ellas desde su más tierna infancia hasta
su llegada al monasterio. Sin embargo, desde su primera entrevista había
experimentado una especie de terror al encontrarse frente a aquella mujer. La
había visto dos o tres veces a lo sumo y sólo había cambiado con ella unas
cuantas palabras. La recordaba comb una bella muchacha imperiosa y llena de
orgullo. No era su belleza lo que le atormentaba, sino otra cosa que no podía
definir, y esta impotencia para explicarse su terror lo acrecentaba. El fin
que ella perseguía era sin duda de los más nobles: se proponía salvar a Dmitri,
que había cometido una falta con ella, y procedía así por pura generosidad.
Pero, a pesar de la admiración que despertaba en él esta nobleza de
sentimientos, notaba como una corriente de hielo en la espalda mientras se iba
acercando a casa de la joven.
Se dijo que no encontraría con ella a Iván, su intimo
amigo, entonces retenido por su padre. Tampoco Dmitri podía estar en casa de
Catalina Ivanovna, por razones que presentía. Por lo tanto, conversarían a
solas. Aliocha habría deseado ver antes a Dmitri, para cambiar con él algunas
palabras sin mostrarle la carta. Pero Dmitri vivía lejos y, sin duda, no estaba
en su casa en aquel momento. Tras unos instantes de reflexión y una señal de
la cruz prematura, sonrió misteriosamente y se dirigió con resolución a casa
de la temida joven.
Conocía esta casa. Pero, pasando por la Gran Vía para
después atravesar la plaza, etcétera, habría tardado demasiado en ilegar. Sin
ser una gran población, nuestra ciudad estaba muy dispersa y las distancias
eran considerables. Además, su padre se acordaría seguramente de la orden que
le había dado y, si tardaba en aparecer, sería capaz de hacer de las suyas. Por
lo tanto, había que apresurarse. En vista de ello, Aliocha decidió abreviar,
yendo por atajos. Conocía perfectamente todos aquellos pasos. Atajar significaba
pasar junto a cercados desiertos, franquear algunas vallas, atravesar patios
donde se encontraría con conocidos que le saludarían. Así podría ahorrar la
mitad del tiempo. Llegó un momento en que tuvo que pasar cerca de la casa
paterna, junto al jardín contiguo al de su padre, jardín que pertenecía a una
casita de cuatro ventanas, bastante deteriorada a inclinada hacia un lado. Esta
casucha pertenecía a una vieja desvalida, que la habitaba con su hija. Hasta no
hacía mucho, la joven había estado sirviendo como camarera en la capital, en
casa de una encopetada familia. Había vuelto al hogar hacía un año, a causa de
la enfermedad de su madre, luciendo elegantes vestidos. Estas dos mujeres
habían quedado en la mayor miseria a iban diariamente, como vecinas, en busca
de pan y sopa a la cocina de Fiodor Pavlovitch. Marta Ignatievna las recibía
amablemente. Lo chocante era que la joven, a pesar de tener que ir a pedir un
plato de sopa, no había vendido ninguno de sus vestidos. Uno de ellos, incluso
tenía una larga cola. Aliocha estaba enterado de esto por su amigo Rakitine,
al que no se le escapaba nada de lo que ocurría en nuestra pequeña ciudad. Pero
Aliocha lo había olvidado en seguida. Ahora, al llegar ante aquel jardín, se
acordó del vestido de cola y levantó al punto la cabeza, pues iba pensativo y
con la vista en el suelo. Entonces vio lo que menos esperaba ver. Detrás de la
valla, de pie sobre un montículo y mostrando su busto, estaba su hermano
Dmitri, que trataba de atraer su atención con grandes ademanes. Dmitri
procuraba no sólo no gritar, sino ni siquiera decir palabra, por temor de que
le oyeran. Aliocha corrió hacia la valla.
‑Por suerte, has levantado la cabeza. De lo
contrario, me habría visto obligado a gritar ‑murmuró alegremente Dmitri‑.
Salta en seguida esta valla. ¡Qué oportuno llegas! Estaba pensando en ti.
Aliocha se alegró tanto como su hermano. Pero no
sabía cómo franquear la valla. Dmitri le cogió por el codo con su atlética mano
y le ayudó a saltar, cosa que Aliocha hizo recogiéndose el hábito y con la
agilidad de un chiquillo.
‑Ahora, vamos ‑murmuró Dmitri,
alborozado.
‑¿Adónde? ‑preguntó Aliocha mirando en
todas direcciones y viendo que estaban en un jardín donde no había más personas
que ellos.
El jardín no era muy espacioso, pero la casa estaba a
unos cincuenta pasos. Aliocha hizo una nueva pregunta:
‑¿Por qué hablas en voz baja si aquí.no hay
nadie?
‑¡Que el diablo me lleve si lo sé! ‑exclamó
Dmitri, hablando de pronto en voz alta‑. ¡Qué cosas tan absurdas hacemos
a veces! Estoy aquí para intentar desentrañar un secreto, del que ya te
hablaré, y, bajo la influencia del misterio, he empezado a hablar
misteriosamente, susurrando como un tonto, sin motivo alguno. Bueno, ven y
calla. Pero antes quiero abrazarte.
»Gloria al Eterno sobre la tierra.
Gloria al Eterno en mí.
»He aquí lo que me repetía hace un momento, sentado
en este sitio.
El jardín sólo tenía árboles en su contorno,
bordeando la cerca. Se veían manzanos, arces, tilos y abedules, zarzales,
groselleros y frambuesos. El centro formaba una especie de pequeño prado, donde
se recolectaba heno en verano. La propietaria alquilaba este jardín por unos
cuantos rublos a partir de la primavera. El huerto, cultivado desde hacía poco,
estaba cerca de la casa. Dmitri condujo a su hermano al rincón más apartado
del jardín. Allí, entre tilos que crecían muy cerca unos de otros, viejos
macizos de groselleros, de sauces, de bolas de nieve y de lilas, había un
ruinoso pabellón verde, de muros ennegrecidos y abombados, con tragaluces, y
que conservaba el tejado, por lo que ofrecía un abrigo contra la lluvia. Se
contaba que este pabellón había sido construido cincuenta años atrás por
Alejandro Karlovitch von Schmidt, teniente coronel retirado y antiguo
propietario de aquellas tierras. Todo se deshacía en polvo; el suelo estaba
podrido y la madera olía a humedad. Había una mesa de madera pintada de verde y
hundida en el suelo. Estaba rodeada de bancos que todavía podían utilizarse.
Aliocha había observado el ardor con que su hermano hablaba. Al entrar en el
pabellón vio sobre la mesa una botella de medio litro y un vaso pequeño.
‑¡Es coñac! ‑exclamó Mitia echándose a
reir‑. Tú pensarás que sigo bebiendo, pero no te fíes de las apariencias.
»No creas a la muchedumbre vana y embustera, renuncia
a tus sospechas...
»Yo no me emborracho, yo “paladeo”, como dice tu
amigo, ese cerdo de Rakitine. Y todavía lo dirá cuando sea consejero de Estado.
Siéntate, Aliocha. Quisiera estrecharte entre mis brazos, estrujarte, pues,
créeme, te lo digo de veras, ¡de veras!, para mi, sólo hay una persona querida
en el mundo, y esa persona eres tú.
Estas últimas palabras las pronunció con una especie
de frenesí.
‑También ‑‑continuó‑ estoy,
por desgracia, enamoriscado de una bribona. Pero enamoriscarse no es amar. Uno
puede enamoriscarse y odiar: acuérdate de esto. Hasta ahora he hablado
alegremente. Siéntate a la mesa, cerca de mí, para que yo pueda verte. Tú me
escucharás en silencio y yo te lo contaré todo, pues el momento de hablar ha
llegado. Pero óyeme: he pensado que aquí hay que hablar en voz baja, porque tal
vez anda cerca alguien con el oído águzado. Lo sabrás todo: ya te lo he dicho.
Oye, Aliocha, ¿por qué desde que me instalé aquí, hace cinco días, tenía tantas
ganas de verte? Porque te necesito... Sólo a ti te lo contaré todo. Mañana
terminará una vida para mi y empezará otra. ¿Has tenido alguna vez en sueños la
impresión de que caías por un precipicio? Pues mira, yo he caído de veras... No
te asustes... Yo no tengo miedo..., es decir, sí que tengo miedo, pero es un
miedo dulce que tiene algo de embriaguez... Además, ¡a mí, qué! Carácter
fuerte, carácter débil, carácter de mujer, ¿qué importa? Loemos a la naturaleza.
Mira qué sol tan hermoso, qué cielo tan puro. Por todaspartes frondas verdes.
Todavía estamos en verano, no cabe duda. Son las cuatro de la tarde. Reina la
calma. ¿Adónde ibas?
‑A casa de nuestro padre. Y, de paso, quería
ver a Catalina Ivanovna.
‑¡A ver al viejo y a ver a Catalina Ivanovna!
¡Qué coincidencia! ¿Sabes para qué te he llamado? ¿Sabes por qué deseaba verte
con toda la vehemencia de mi corazón y todas las fibras de mi ser? Precisamente
para mandarte a casa del viejo y a casa de Catalina Ivanovna, a fin de terminar
con uno y con otra. ¡Poder enviar a un ángel! Podría haber mandado a
cualquiera, pero necesitaba un ángel. Y he aquí que tú ibas a ir por tu propia
voluntad.
‑¿De veras querias enviarme? ‑preguntó
Aliocha con un gesto de dolor.
‑Ya veo que lo sabías, que lo has comprendido
todo. Pero calla: no me compadezcas, no llores.
Dmitri se levantó con semblante pensativo.
‑Seguro que ella te ha llamado, que te ha
escrito. De lo contrario, tú no habrías pensado en ir.
‑Aquí tienes su carta ‑dijo Aliocha
sacándola del bolsillo. y Dmitri la leyó rápidamente.
‑Y tú has seguido el camino más corto. ¡Oh
dioses! Gracias por haberlo dirigido hacia aquí, por habérmelo traído, como el
pescadito de oro del cuento [L33] que va hacia el viejo pescador... Escucha,
Aliocha; óyeme, hermano mío. He decidido decírtelo todo. Necesito desahogarme.
Después de haberme confesado con un ángel del cielo, voy a confesarme con un
ángel de la tierra. Pues tú eres un ángel. Tú me escucharás y me perdonarás.
Necesito que me absuelva un ser más noble que yo. Escucha. Supongamos que dos
hombres se liberan de la servidumbre terrestre y se elevan a regiones
superiores, o, por lo menos, que se eleva uno de ellos. Supongamos que éste,
antes de emprender el vuelo, de desaparecer, se acerca al otro y le dice: «Haz
por mí esto o aquello...», cosas que no es corriente pedir, que sólo se piden
en el lecho de muerte. Si el que se queda es un amigo o un hermano, ¿rechazará
la petición?
‑Haré lo que me pides, pero dime en seguida de
qué se trata.
‑En seguida, en seguida... No, Aliocha, no te
apresures: apresurarse es atormentarse. En este caso, las prisas no sirven
para nada. El mundo entra en una era nueva. Es lástima, Aliocha, que no te
entusiasmes nunca. ¿Pero qué digo? Es a mi a quien le falta entusiasmo. Soy un
tonto.
»¿De quién es ese verso?
Aliocha decidió esperar. Había comprendido que este
asunto absorbería toda su creatividad. Dmitri permaneció un momento pensativo,
acodado en la mesa y la frente en la mano. Los dos callaban.
‑Aliocha, sólo tú puedes escucharme sin reírte.
Quisiera empezar mi confesión con un himno a la vida, como el «An die
Freude» de Schiller. Yo no sé alemán, pero sé cómo es la poesía «An die
Freude»... No creas que estoy parloteando bajo los efectos de la
embriaguez. Necesito beberme dos botellas de coñac para emborracharme
»...como el bermejo Sileno
sobre su asno vacilante,
»y yo no me he bebido sino un cuarto de botella.
Además, no soy Sileno. No, no soy Sileno, sino Hércules, ya que he tomado una
resolución heroica. Perdóname esta comparación de mal gusto. Hoy tendrás que
perdonarme muchas cosas. No te inquietes, que no parloteo: hablo seriamente y
voy al grano. No seré tacaño como un judío. ¿Pero cómo es la poesía? Espera.
Levantó la cabeza, reflexionó y empezó a declamar
apasionadamente:
‑Tímido,
salvaje y desnudo se ocultaba
el troglodita
en las cavernas;
el nómada erraba por los campos
y los devastaba;
el cazador temible, con su lanza y sus
flechas,
recorría los bosques.
¡Desgraciado del náufrago arrojado por las
olas
a aquellas inhóspitas riberas!
Desde las alturas del Olimpo
desciende una madre, Ceres, en busca
de Proserpina,
a su amor arrebatada.
El mundo se le muestra con todo su horror.
Ningún asilo, ninguna ofrenda
se ofrecen a la deidad.
Aquí se ignora el culto a los dioses
y no hay ningún templo.
Los frutos de los campos, los dulces racimos,
no embellecen ningún festín;
los restos de las víctimas humean solos
en los altares ensangrentados.
Y por todas partes donde Ceres
pasea su desconsolada vista
sólo percibe
al hombre sumido en honda humillación.
Los sollozos se escaparon del pecho de Mitia, que
cogió la mano de Aliocha:
‑Sí, Aliocha, en la humillación. Así ocurre
también en nuestros días. El hombre sufre sobre la tierra males sin cuento. No
creas que soy solamente un fantoche vestido de oficial, que lo único que sabe
es beber y hacer el crápula. La humillación, herencia del hombre: tal es casi
el único objeto de mi pensamiento. Dios me preserva de mentir y de envanecerme.
Pienso en ese hombre humillado, porque soy yo mismo.
»Para que el
hombre pueda salir de su abyección
mediante el
impulso de su alma,
ha de
establecer una alianza eterna
con su antigua
madre: la tierra.
»¿Pero cómo establecer esta alianza eterna? Yo no
fecundo a la tierra abriendo su seno, porque no soy labrador. Tampoco soy
pastor. Avanzo sin saber hacia dónde: si hacia la luz radiante o hacia la más
denigrante vileza. Esto es lo malo: todo es denigrante en este mundo. Cada vez
que me he hundido en la más baja degradación, cosa que ha sido casi constante,
he releído estos versos sobre Ceres y la miseria del hombre. ¿Pero han servido
para corregirme? No. Porque soy un Karamazov; porque cuando caigo al abismo,
caigo de cabeza. Y te advierto que me gusta caer así: este modo de caer tiene
cierta belleza a mis ojos. Y desde el seno de la abyección entono un himno. Soy
un hombre maldito, vil y degradado, pero beso el borde de la túnica de Dios.
Sigo el camino diabólico, pero sin dejar de ser tu hijo, Señor, y te amo, y
siento esa alegría sin la cual el mundo no podría subsistir.
»La alegrla eterna anima
el alma de la
creación.
Transmite la llama de la vida
mediante la fuerza misteriosa de los gérmenes;
ella es la que ha hecho brotar la hierba
y convertido el caos en soles
dispersos en los espacios
insumiso al astrónomo.
Todo lo que respira
extrae la alegrla del seno de la naturaleza;
arrastra en pos de ella a los hombres y a los
pueblos;
ella nos ha dado amigos en la adversidad,
el jugo de los racimos, las coronas de las Gracias;
a los insectos la sensualidad...
Y el ángel se mantiene ante Dios.
»Pero basta
de versos. Déjame llorar, Que todos menos tú se rían de mi tontería. Veo
brillar tus ojos. Basta de versos. Ahora quiero hablarte de los «insectos», de
esos a los que Dios ha obsequiado con la sensualidad. Yo mismo soy uno de
ellos. Nosotros, los Karamazov, somos todos así. Ese insecto vive en ti,
levantando tempestades. Pues la sensualidad es una tormenta, y a veces más que
una tormenta. La belleza es algo espantoso. Espantoso porque es indefinible, y
no se puede definir porque Dios sólo ha creado enigmas. Los extremos se tocan;
las contradicciones se emparejan. Mi instrucción es escasa, hermano mío, pero
he pensado mucho emestas cosas. ¡Cuántos misterios abruman al hombre! Penetra
en ellos y sale intacto. Penetra en la belleza, por ejemplo. No puedo soportar
que un hombre de gran corazón y de elevada inteligencia empiece por el ideal de
la Virgen y termine por el de Sodoma. Pero lo más horrible es que, llevando en
su corazón el ideal de Sodoma, no repudie el de la Virgen y se abrase en él
como en los años de su juventud inocente. El espíritu del hombre es demasiado
vasto: me gustaría reducirlo. Así no hay medio de que nos conozcamos. El
corazón humano, el de la mayoría de los hombres, halla la belleza incluso en
actos vergonzosos como el ideal de Sodoma. Es el duelo entre Dios y el diablo:
el corazón humano es el cameo de batalla. Además, se habla del sufrimiento...
Pero vayamos al asunto.
CAPITULO IV
‑Yo llevaba una vida disipada, y nuestro padre
se escudó en ello para afirmar que despilfarraba miles de rublos en la seducción
de doncellas. Es una idea muy propia de un puerco. Mentía, pues mis conquistas
no me han costado jamás un céntimo. Para mí, el dinero es sólo una cosa
accesoria, la mise en scène. Hoy era el amante de una gran dama; mañana,
el de una mujer de la calle. Yo las distraía a las dos, tirando el dinero a
manos llenas, con música de tzigánes. Si necesitaban dinero, se lo daba,
pues, ciertamente, el dinero no les desagrada: te dan las gracias cuando lo
reciben. No todas las damiselas se me rendían, pero sí muchas. Yo adoraba las
callejas, las encrucijadas desiertas y sombrías, que son escenario de aventuras
y sorpresas y, a veces, de perlas en el barro. Te hablo con imágenes, hermano:
esas callejuelas no existen sino en un sentido figurado. Si tú te parecieras a
mí, me comprenderías. Yo adoraba el libertinaje por su misma abyección; yo
adoraba la crueldad. ¿No soy un ser corrompido, un insecto pernicioso, es
decir, un Karamazov? Una vez organizamos una comida en el cameo y salimos en
siete troikas [L35]. Era invierno y el tiempo estaba muy oscuro.
Durante el viaje cubrí de besos a mi vecina de asiento en el trineo, la hija
de un funcionario sin fortuna, encantadora y tímida, y en la oscuridad me
toleró caricias de un atrevimiento extraordinario. La pobrecilla se imaginaba
que al día siguiente iría a pedir su mano, pues me tenía por novio suyo; pero
pasaron cinco meses sin que le dijera nada. A veces, cuando nos encontrábamos
en algún baile, la veía en un rincón de la sala, siguiéndome con una mirada
entre indignada y tierna. Este juego excitaba mi perversa sensualidad. A los
cinco meses se casó con un funcionario y desapareció, furiosa y tal vez
amándome todavía. Ahora el matrimonio vive feliz. Te advierto que nadie sabe
nada de esto y que su reputación está incólume: a pesar de mis viles instintos
y de mi amor a la bajeza, no soy descortés. Enrojeces; tus ojos centellean. Lo
comprendo: es que te da náuseas tanto lodo. Tengo un buen álbum de recuerdos,
hermano mío. ¡Que Dios guarde a todas esas encantadoras criaturas! En el
momento de la ruptura evité siempre las discusiones. Yo no traicioné ni
comprometí a ninguna. Pero basta de este tema. No creas que te he llamado
solamente para explicarte esta sarta de horrores. Te he llamado para contarte
algo más interesante. Y es que no siento vergüenza ante ti; por el contrario,
estoy a mis anchas.
Aliocha manifestó de pronto:
‑Has hablado de mi rubor. Pues bien, no son tus
palabras ni tus actos lo que me ha hecho enrojecer. Me sonrojo porque me parezco
a ti.
‑¿Tú? Exageras, Aliocha.
‑¡No, no exagero! ‑exclamó con
vehemencia.
Era evidente que hablaba de algo que sentía desde
hacia tiempo. Continuó:
‑La escala del vicio es la misma para todos. Yo
estoy en el primer escalón; tú estás más arriba, en el escalón trece o cosa así.
Yo creo que esto es igual: una vez se ha puesto el pie en el primero, se suben
todos los escalones.
‑Lo mejor es resistir.
‑Desde luego, pero no siempre es esto posible.
‑¿Para ti lo es?
‑Creo que no.
‑¡Calla, Aliocha; calla, querido! Me dan ganas
de besarte la mano. ¡Esa bribona de Gruchegnka conoce a los hombres! Una vez me
dijo que un día a otro se te zampará... Bueno, me callo. Y dejemos este terreno
manchado por las moscas y hablemos de mi tragedia, en la que también pululan
las moscas, es decir, toda clase de degradaciones. Aunque el viejo mintió
cuando dijo que yo despilfarraba el dinero persiguiendo a las doncellas, esto
ocurrió una vez, una sola. Pero él, que me acusaba de faltas inexistentes, no
sabía ni sabe nada de este caso. No se lo he contado a nadie. Tú eres el
primero que lo vas a saber..., mejor dicho, el segundo, pues si que se lo he
contado a otro, hace ya mucho tiempo: a Iván. Pero Iván permanecerá mudo como
una tumba.
‑¿Como una tumba?
‑Sí.
Aliocha escuchó más atentamente.
‑Aunque era abanderado de un batallón destacado
en una pequeña ciudad, se me vigilaba como si fuera un deportado. Pero fui
bien acogido en la localidad. Despilfarraba el dinero; se me tenía por rico y
yo creía serlo. Ademas, debía de ser grato a aquella gente por otras razones.
Aunque sacudiendo la cabeza ante mis calaveradas, se me tenía afecto.
»Mi teniente coronel, que era ya un viejo, me tomó
ojeriza. Empezó a perseguirme, pero yo no me dormí y toda la ciudad se puso a
mi favor, por lo cual no podía hacerme mucho daño. Mi falta consistía en que,
llevado de mi orgullo, no le rendia los honores a los que tenía derecho. El
obstinado viejo era una buena persona en el fondo, un hombre hospitalario. Se
había casado dos veces y era viudo. Su primera esposa, mujer de baja condición,
le había dado una hija tan vulgar como ella. La joven tenía entonces veinticuatro
años y vivía con su padre y una tía materna. Lejos de tener la candidez
silenciosa de su tía, la suya iba acompañada de una gran vivacidad. Jamás he
conocido un carácter de mujer tan encantador. Se llamaba nada menos que Ágata,
Ágata Ivanovna. Era bonita para el gusto ruso, alta, con buenas carnes y unos
hermosos ojos, aunque de expresión un poco vulgar. Permanecía soltera a pesar
de haber tenido dos peticiones de matrimonio, y conservaba su carácter alegre.
Trabé amistad con ella, pero con toda castidad y todo honor, pues has de saber
que he tenido más de una amistad femenina perfectamente pura.
»Tenía con ella las más atrevidas conversaciones, y
ella no hacia más que reírse. A muchas mujeres les encanta esta libertad de
lenguaje, obsérvalo. Esto era sumamente divertido tratándose de una muchacha
como ella. Otro rasgo: no se la podía calificar de señorita. Tanto su tía como
ella vivían en una especie de estado de humildad voluntario, sin igualarse con
el resto de la sociedad. Todo el mundo la quería y alababa su habilidad
costurera, trabajo que hacía gratis, como un obsequio a las amigas, aunque no
rechazaba el dinero que se le ofrecía.
»En cuanto al teniente coronel, era una de las
personalidades del lugar. Llevaba una vida de hombre distinguido. Toda la población
era recibida en su casa, donde los invitados cenaban y bailaban. Cuando
ingresé en el batallón, en la ciudad sólo se hablaba de la próxima llegada de
la segunda hija.del teniente coronel. Se la consideraba una belleza y estaba a
punto de salir de un pensionado aristocrático de la capital. Esta joven era
Catalina Ivanovna, hija de la segunda esposa del teniente coronel, mujer noble,
perteneciente a una casa ilustre, pero que no había aportado al matrimonio
dote alguna: lo sé de buena tinta. Promesas, tal vez, pero nada en efectivo.
Sin embargo, cuando llegó la joven, toda la población se puso en movimiento,
como galvanizada. Las damas más distinguidas, entre las que figuraban dos
excelencias, una de ellas coronela, se la disputaban. Se daban fiestas en su
honor, era la reina de los bailes y de las comidas campestres, se organizaban
representaciones de cuadros vivientes a beneficio de no sé qué instituciones.
»En lo que a mi concierne, no decía palabra y
continuaba mi alegre vida. Entonces hice una jugada de mi estilo, que dio que
hablar a toda la población. Una noche, en casa del comandante de la batería,
Catalina Ivanovna me miró de arriba abajo. Yo no me acerqué a ella: desprecié
la ocasión de conocerla. Algún tiempo después, en otra velada, la abordé, y
ella apenas se dignó mirarme con una mueca desdeñosa. “¡Ah!, ¿sí? ‑me
dije‑. Me vengaré.” Yo era entonces especialista en abatir arrogancias.
Me di cuenta de que Katineka, lejos de ser una ingenua colegiala, tenía
carácter, orgullo, virtud y, sobre todo, inteligencia a instrucción, que era
lo que a mi me faltaba por completo. ¿Crees que quería pedir su mano? Nada de
eso. Solamente quería vengarme de su indiferencia. Entonces me corrí una gran
juerga, y el viejo teniente coronel me impuso tres días de arresto. Durante
esos días, el viejo me envió seis mil rublos a cambio de la renuncia en toda
regla a mis derechos y aspiraciones sobre la fortuna de mi madre. Yo no
entendía nada de esto entonces. Hasta mi llegada aquí, hasta estos últimos días
y tal vez hasta ahora mismo, yo no he comprendido nada de estos asuntos de
dinero entre mi padre y yo. ¡Pero que se vaya todo esto al diablo! Ya
hablaremos de ello más adelante. El caso es que, cuando ya había recibido yo
los seis mil rublos, un amigo me enteró por carta de algo sumamente
interesante: estaban descontentos del teniente coronel sospechoso de
malversación de fondos, y sus enemigos le preparaban una sorpresa. Así fue: el
jefe de la división se presentó y le reprendió duramente. Poco después, el
teniente coronel hubo de dimitir. No contaré todos los detalles de este
asunto. En él inflüyó desde luego, la acción de sus enemigos. La población
entera mostró una súbita frialdad hacia la familia del teniente coronel. Todo
el mundo se apartaba de ella. Entonces hice mi primera jugada. Al encontrarme
un día con Ágata Ivanovna, de la que seguía siendo amigo, le dije:
»‑A su padre le faltan cuatro mil quinientos
rublos en la caja.
»‑¿Cómo es posible? Cuando vino el general,
hace poco, no faltaba nada.
»‑Entonces no faltaba, pero ahora sí.
»Ágata Ivanovna se estremeció:
»‑No me asuste. ¿De dónde ha sacado usted eso?
»‑Tranquilicese ‑repuse‑. No diré
nada a nadie. Para estas cosas soy mudo como una tumba. Sólo le he dicho esto
para que esté prevenida. Cuando reclamen a su padre esos cuatro mil quinientos
rublos que faltan en la caja, no espere a que, a su edad, lo lleven a los
tribunales: envíeme a su hermana en secreto. Acabo de recibir dinero. Le
entregaré los cuatro mil quinientos rublos y nadie se enterará de nada.
»‑¡Qué villano es usted! ¡Qué miserable
villano! ¿Cómo tiene valor para proponer esas cosas?
»Se fue, roja de indignación, y yo le dije a voces que
todo quedaría en el mayor secreto.
»Ágata y su tía eran dos verdaderos ángeles. Adoraban
a la altiva Katia y la servían humildemente. Ágata informó a su hermana de
nuestra conversación, como supe en seguida. Era precisamente lo que yo deseaba.
»Entre tanto, llegó un nuevo jefe de división. El
viejo teniente coronel se puso enfermo. Hubo de guardar cama durante dos días y
no presentó las cuentas. El doctor Kravtchenko aseguró que la enfermedad no fue
simulada. Pero yo sabía a ciencia cierta y desde hacía tiempo lo siguiente:
después de las inspecciones de estos jefes, el teniente coronel retiraba
cierta cantidad de la caja: así lo venía haciendo desde cuatro años atrás. Esta
suma la prestaba a un hombre de confianza llamado Trifinov, que era viudo y
barbudo y usaba lentes de oro. Éste negociaba con el dinero en las ferias y lo
devolvía en seguida al militar, acompañado de una buena comisión y de un
regalo. Pero esta vez, al regresar de la feria, Trifinov no había devuelto
nada, de lo cual me enteré casualmente por un hijo suyo, un mozalbete que era
un ejemplar de perversión. El teniente coronel fue a pedirle el dinero, y el
muy bribón le contestó que no había recibido nunca nada de él. Mi desgraciado
jefe se encerró en su casa, abrumado. Llevaba la frente vendada y las tres
mujeres le aplicaban hielo en el cráneo. En esto recibió la orden de entregar
la caja al término de dos horas. Él firmó: lo sé porque vi más tarde su firma
en el registro. Se puso en pie, dijo que iba a ponerse el uniforme y entró en
su dormitorio. Una vez allí, cogió su rifle de caza y lo cargó, descalzó su pie
derecho, apoyó el cañón del arma en su pecho y empezó a tantear con el pie en
busca del gatillo. Pero Ágata, que se acordaba de lo que yo le había dicho,
sospechó algo y le acechaba. Se arrojó sobre él, lo rodeó con sus brazos por la
espalda y el disparo se perdió en el aire sin herir a nadie. Las otras dos mujeres
acudieron y le quitaron el arma.
»Yo estaba entonces en mi casa, a punto de marcharme.
Era el atardecer. Me había acabado de vestir. Estaba peinado y me había
perfumado el pañuelo. Incluso había cogido la gorra... De pronto se abrió la
puerta y vi entrar a Catalina Ivanovna.
»A veces ocurrén cosas extrañas. Nadie se había
fijado en ella en la calle cuando venía a mi casa; nadie la había conocido. Yo
vivía entonces en casa de dos mujeres de edad, esposas de funcionarios,
serviciales y atentas conmigo, y que, a petición mía, guardaron sobre este
asunto un secreto absolúto.
»Cuando vi a Katia comprendí al instante lo que pretendía.
Entró con la mirada fija en mí. Sus sombríos ojos expresaban resolución,
incluso audacia, pero la mueca de sus labios revelaba perplejidad.
»‑Mi hermana me ha dicho que usted me daría
cuatro mil quinientos rublos si venía a buscarlos yo misma. Pues bien, aquí estoy:
déme el dinero.
»El temor la ahogaba; su voz era apenas perceptible;
sus labios temblaban... Aliocha, ¿me escuchas o estás durmiendo?
‑Dime toda la verdad, Dmitri ‑dijo
Aliocha con profunda emoción.
‑Cuenta con ello: seré franco. Mi primer
pensamiento fue el propio de un Karamazov. Un día, hermano mío, me picó un ciempiés
y tuve que guardar cama durante quince días, con fiebre. Pues bien, en aquel
momento sentí en mi corazón la picadura de un ciempiés; un mal bicho, ¿sabes?
Miré a Katia de pies a cabeza. ¿La has visto? Es una beldad. Pero entonces
estaba hermosa por la nobleza de su corazón, por su grandeza de alma y su
devoción filial, junto a mí, que soy una persona vil y repugnante. En aquel
momento ella dependía de mí enteramente, en cuerpo y alma. Te confieso que el
pensamiento inspirado por el ciempiés se apoderó de mi corazón con tal
intensidad, que creí morir de angustia. No me parecía posible luchar: no veía
más solución que conducirme vilmente, como una maligna tarántula, sin sombra de
piedad... Desde luego, al día siguiente habría ido a pedir su mano, para goner
un fin noble a mi proceder, y nadie se habría enterado de nada. Púes aunque
tengo bajos instintos, soy una persona cortés. Pero, de pronto, oigo murmurar a
mi oído: «Mañana, cuando vayas a pedir su mano, ella no querrá verte y te hará
echar por el cochero. Dirá que no le importa que vayas pregonanado su deshonor
por toda la ciudad.» La miré para ver si esta voz decía la verdad, y advertí
que la expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas: me echarían a la calle.
La cólera se apoderó de mi. Sentí el deseo de proceder con ella del modo más
vil, de jugarle una mala pasada de tendero, de mirarla irónicamente mientras
permanecía plantada ante mí y decirle con ese tono que sólo saben emplear los
tenderos:
»‑¿Cuatro mil quinientos rublos? Fue una broma.
Usted ha contado con ellos demasiado pronto, señorita. Doscientos rublos,
bueno: se los daría en seguida y de buen grado. Pero cuatro mil quinientos es
demasiado dinero, una cifra que no se da así como así. Se ha tomado usted una
molestia inútil.
»Desde luego, lo habría perdido todo, porque ella
habría salido huyendo; pero esta venganza diabólica habría sido para mí una
compensación más que suficiente. Le habría hecho esta jugada aunque después
hubiera tenido que lamentarla toda la vida.
»En semejantes circunstancias, puedes creerlo, yo no
he mirado nunca a una mujer, fuera de la índole que fuere, con odio. Pues bien,
lo juro sobre la cruz que durante unos segundos miré a Katia con un odio
intenso, con ese odio que sólo por un cabello está separado del amor más
ardiente.
»Me acerqué a la ventana y apoyé la frente en el
cristal helado. Recuerdo que aquel frío me produjo el efecto de una quemadura.
Tranquilízate: no la retuve mucho tiempo. Me acerqué a mi mesa, abrí un cajón y
saqué una obligación de cinco mil rublos al portador, que estaba entre las
páginas de mi diccionario de francés. Sin decir palabra, se la mostré, la doblé
y se la di. Luego abrí la puerta y me incliné profundamente. Ella se estremeció
de pies a cabeza, me miró fijamente unos instantes, se puso blanca como un
lienzo y, sin despegar los labios, sin ninguna brusquedad, sino con dulce y
suave ternura, se prosternó a mis pies hasta tocar el suelo con la frente, no
como una señorita educada en un pensionado, sino al estilo ruso. Después se
levantó y huyó.
»Cuando se hubo marchado, saqué mi espada y estuve a
punto de clavármela. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez en un arranque de entusiasmo.
Desde luego, habría sido un acto absurdo. ¿Comprendes que un hombre se pueda
matar de alegría...? Pero me limité a besar la hoja y la introduje de nuevo en
la funda...
»Podría haberme callado todo esto. Por otra parte, me
parece que me he extendido demasiado, jactanciosamente, al explicarte las
luchas de mi conciencia. ¡Pero qué importa! ¡Al diablo todos los espías del
corazón humano! He aquí mi aventura con Catalina Ivanovna. Sólo tú a Iván la
conocéis.
Dmitri se levantó, dio unos pasos vacilantes, sacó el
pañuelo, se enjugó la frente y se volvió a sentar, pero en otro sitio, en el
banco que corría junto a la otra pared, de modo que Aliocha tuvo que volverse
por completo para poder mirarlo.
CONFESIÓN DE UN CORAZÓN ARDIENTE.
LA CABEZA BAJA
‑Bien ‑dijo Aliocha‑; ya conozco la
primera parte de la historia.
‑Es decir, un drama que ocurrió allá lejos. La
segunda parte será una tragedia y se desarrollará aquí.
‑No comprendo en absoluto lo que puede ser esa
segunda parte.
‑¿Crees que yo comprendo algo?
‑Oye, Dmitri, hay en esto un punto importante:
¿eres todavía su novio?
‑Yo no
me puse en relaciones con ella en seguida, sino tres meses después. Al día
siguiente, me dije que el asunto estaba liquidado, que no tendría
continuación. Ir a pedirla en matrimonio me pareció una bajeza. Ella, por su
parte, no dio señales de vida en las seis semanas que todavía pasó en nuestra
ciudad. Sólo al día siguiente de su visita, su doncella vino a mi casa y, sin
decir palabra, me entregó un sobre dirigido a mí. Lo abrí y vi que contenía el
sobrante de los cinco mil rublos. Se habían restituido los cuatro mil
quinientos, y las pérdidas en la venta de la obligación rebasaban los
doscientos. Me devolvió... creo que doscientos sesenta, no lo recuerdo
exactamente, y sin una sola palabra explicativa. Busqué en el sobre un signo
cualquiera, una señal en lápiz, pero no había nada. Me gasté alegremente las
sobras de mi dinero, tan alegremente, que el nuevo jefe del batallón me tuvo
que reprender. El teniente coronel había presentado la caja intacta, ante el
estupor general, pues nadie creía que esto fuera posible. Después cayó enfermo,
estuvo tres semanas en cama y, finalmente, murió en cinco días a causa de un
reblandecimiento cerebral. Se le enterró con todos los honores militares, pues
aún no se le había retirado. Diez días después de los funerales, Catalina
Ivanovna se fue a Moscú con su hermana y con su tia. Yo no había vuelto a ver a
ninguna de ellas. El día de la partida recibí un billete azul, con esta única
línea escrita en lápiz:
» “Le escribiré. Espere. C.”
»En Moscú se le arreglaron las cosas de un modo
rápido a inesperado, como en un cuento de Las mil y una noches. La
principal pariente de Catalina Ivanovna, una generala, perdió en una sola semana,
a consecuencia de la viruela, a dos sobrinas que eran sus herederas más
próximas. Trastornada por el dolor, empezó a tratar a Katia como si fuera su
propia hija, viendo en ella su única esperanza. Rehizo el testamento en su
favor y le entregó en mano ochenta mil rublos como dote, para que dispusiera de
ellos a su antojo. Es una mujer histérica: tuve ocasión de observarla más
adelante en Moscú.
»Una mañana recibí por correo cuatro mil quinientos
rublos, lo que me sorprendió sobremanera, como puedes suponer. Tres días
después llegó la carta prometida. Todavía la tengo y la conservaré mientras
viva. ¿Quieres que te la enseñe? No dejes de leerla. Katia se ofrece
espontáneamente a compartir mi vida.
»Te amo locamente, me dice. Si tú no me amas, no me
importa: me basta con que seas mi marido. No temas, que no te causaré molestia
alguna. Seré uno de tus muebles, la alfombra que pisas. Quiero amarte
eternamente y salvarte de ti mismo.
»Aliocha ‑continuó
Dmitri‑, no soy digno de transmitirte estas líneas en mi vil lenguaje y
en el tono del que jamás he podido corregirme. Desde entonces esta carta no ha
cesado de traspasarme el corazón, y ni siquiera hoy me siento tranquilo. Le
contesté en seguida, pues me era imposible trasladarme entonces a Moscú. Le escribí
con lágrimas. Me avergonzaré eternamente de haberle dicho que entonces ella era
rica y yo estaba sin recursos. Debí contenerme, pero mi pluma me arrastró.
Escribí también a Iván, que entonces estaba en Moscú, y le expliqué todo lo
que me fue posible en una carta de seis páginas, en la que le pedía que fuera a
verla. ¿Por qué me miras? Ya sé que Iván se enamoró de Katia y que sigue enamorado
de ella. Hice una tontería desde el punto de vista de la gente, pero tal vez
esa tontería nos salve a todos. ¿No ves que ella le admira y le aprecia? ¿Crees
que ahora que nos ha comparado puede querer a un hombre como yo, y menos
después de lo que pasó aquí?
‑Estoy seguro ‑dijo Aliocha‑ de que
es a ti a quien ella debe amar, y no a un hombre como Iván.
‑Es a su propia virtud a quien ella ama y no a
mí ‑dijo Dmitri como a pesar suyo, irritado.
Se echó a reir y sus ojos empezaron a brillar de
súbito. Enrojeció y descargó en la mesa un fuerte puñetazo.
‑¡Te lo juro, Aliocha! ‑exclamó en un
arrebato de sincero furor contra si mismo‑. Puedes creerme o no creerme,
pero, tan verdad como Dios es santo y Cristo es Dios, y aunque yo me haya
burlado de sus nobles sentimientos..., tan verdad como esto es que yo no dudo
de su angelical sinceridad, y que sé que mi alma es un millón de veces más vil
que la suya. En esta certidumbre estriba la tragedia. Una bella desgracia que
se presta al tono declamatorio. Yo declamo y, sin embargo, soy completamente
sincero. En cuanto a Iván, tan inteligente, creo que debe de estar maldiciendo
a la naturaleza... ¿Quién ha sido el preferido? Un monstruo como yo, que no he
podido corregirme del libertinaje, siendo el blanco de todas las miradas, y
cuando sabía que mi propia prometida lo observaba todo. Sí yo he sido el
preferido. ¿Por qué? ¡Porque esa joven, llevada de su gratitud, quiere
sacrificarse a mí para toda su vida! Esto es absurdo. Yo no he hablado nunca de
esto a Iván, y él tampoco ha hecho a ello la menor alusión. Pero el destino se
cumplirá. Cada cual tendrá lo que merece: el réprobo se hundirá definitivamente
en el cieno que le atrae. Estoy diciendo muchos desatinos, mis palabras no
responden a mis pensamientos, pero lo que pienso se realizará: yo me hundiré en
el lodo y Katia se casará con Iván.
‑Escucha, Dmitri ‑dijo Aliocha en un
estado de agitación extraordinario‑. Hay un punto que tú no me has
explicado todavía. Sigues siendo su prometido. ¿Cómo puedes romper si ella se
opone?
‑Cierto que soy su prometido. Ya hemos recibido
la bendición oficial en Moscú, con gran ceremonia, ante los iconos. La generala
nos bendijo a inclusó felicitó a Katia. «Has elegido bien ‑le dijo‑.
Leo en su corazón.» Iván no le fue simpático: no le dirigió ningún cumplido. En
Moscú tuve largas conversaciones con Katia. Me describía a mi mismo tal como
era, con toda sinceridad. Ella me escuchó atentamente.
»Fue una turbación encantadora.
hubo tiernas
palabras...
»También hubo palabras altivas. Me arrancó la promesa
de que me corregiría. Y a esto se redujo todo.
‑Bueno, ¿y ahora qué?
‑Acuérdate de que lo he llamado y lo he traído
aquí para enviarte hoy mismo a casa de Catalina Ivanovna y...
‑¿Para qué?
‑Para decirle que no volveré a ir a verla nunca
y la saludes de mi parte.
‑¿Es posible?
‑No, es imposible: me es imposible ir yo mismo.
Por eso te ruego que vayas tú en mi lugar.
‑¿Y tú adónde irás?
‑Volveré a mi cenagal.
‑¡Es decir, a Gruchegnka! ‑exclamó
tristemente Aliocha, enlazando las manos‑. O sea, que Rakitine tenía
razón. ¡Y yo que creia que esto era solamente un capricho pasajero!
‑¡Un prometido tener un enredo! ¿Es esto
posible, siendo la novia quien es, y a la vista de todo el mundo? No he perdido
todo el honor. Desde el momento en que me uní a Gruchegnka dejé de ser novio y
hombre honesto: me di de ello perfecta cuenta. ¿Por qué me miras? La primera
vez que fui a su casa iba con el propósito de pagarle. Me había enterado, y
ahora sé positivamente que era verdad, de que aquel capitán que representaba a
mi padre había enviado a Gruchegnka un pagaré firmado por mí. Pretendían perseguirme
judicialmente, con la esperanza de asustarme y obtener mi renuncia. Yo ya sabía
algo de Gruchegnka. Es una mujer que no impresiona desde el primer momento.
Conozco la historia de ese viejo mercader que es su amante. No vivirá mucho
tiempo y le dejará una bonita suma. Yo sabía que era codiciosa, que prestaba
dinero con usura, que era una trapacera y una bribona sin corazón. Fui, pues,
a su casa con ánimo de darle su merecido... y me quedé. Esa mujer es la peste.
Yo me he contaminado de ella y siento como si la llevara en la piel. Todo ha
terminado para mí; no tengo otro camino. El ciclo del tiempo está trastornado.
Ya ves mi situación. Como hecho expresamente, yo tenía entonces tres mil rublos
en el bolsillo. Nos fuimos a Mokroie, que está a veinticinco verstas de aquí.
Llamé a una orquesta y obsequié con champán a los campesinos y a todas las
mujeres del lugar. Tres días después no me quedaba un céntimo. ¿Crees que
obtuve alguna compensación de ella? Ninguna. Es una mujer todo repliegues,
palabra. ¡La muy bribona! Su cuerpo recuerda el de una culebra. Hasta el dedo
meñique de su pie izquierdo lleva este sello. Lo vi y lo besé, pero esto fue
todo, te lo juro. Entonces ella me dijo: «¿Quieres que me case contigo porque
eres pobre? Pues bien, si me prometes no pegarme y dejarme hacer todo lo que
quiera, tal vez me decida.» Y se echó a reír. Hoy todavía se ríe.
Dmitri Fiodorovitch se puso en pie, presa de una
especie de desesperación. Tenía el aspectó de estar bebido. Sus ojos estaban
rojos de sangre.
‑En serio, ¿estás decidido a casarte con ella?
‑Si accede, me casaré en seguida; si me
rechaza, seguiré con ella, aunque sea como criado. En cuanto a ti, Aliocha...
Se detuvo ante él, lo cogió por los hombros y empezó
a sacurdirlo violentamente.
‑En cuanto a ti, has de saber que todo esto es
una locura que ha de terminar en tragedia. Oye, Aliocha, yo soy un hombre perdido,
de bajas pasiones; pero yo, Dmitri Karamazov, no seré nunca un estafador ni un
vulgar ratero. Pues bien, Aliocha, he sido una vez un estafador, un vulgar
ratero. Cuando me disponía a ir a casa de Gruchegnka para vapulearla, Catalina
Ivanovna me llamó y me pidió secretamente, aunque no sé por qué, que fuera a la
capital del distrito y enviara tres mil rublos a su hermana, que estaba en Moscú.
En la localidad nadie debía saberlo. Me fui a casa de Gruchegnka con los tres
mil rublos en el bolsillo, y me sirvieron para pagar nuestra excursión a
Mokroie. Después fingí que me trasladaba a la capital del distrito. En cuanto
al recibo, «me olvidé» de llevárselo, a pesar de que se lo había prometido. ¿Qué
te parece? ¿Tú irás a decirle:
» ‑Un saludo de parte de mi hermano.
»Ella te preguntará:
»‑¿Envió el dinero?
»Y tú le contestarás:
»‑Es un hombre vil, sensual, incapaz de
contenerse. En vez de mandar su dinero, no pudo resistir la tentación de
malgastarlo.
»Si tú pudieras añadir:
»‑Pero Dmitri Fiodorovitch no es un ladrón y le
devuelve los tres mil rublos. Envíelos usted misma a Ágata Ivanovna y reciba
las gracias de mi hermano...
»Si pudieras decirle esto, el mal no sería tan grave.
En cambio, si ella te pregunta:
»‑¿Dónde está el dinero?
Aliocha le interrumpió:
‑Dmitri, has tenido una desgracia, pero no tan
irremediable como crees. No te desesperes.
‑¿Crees acaso que me voy a levantar la tapa de
los sesos si no logro devolver esos tres mil rublos? De ningún modo: no tengo
la resolución necesaria para hacer una cosa así. Más adelante, tal vez. Pero,
por el momento, voy a casa de Gruchegnka, donde me dejaré hasta la piel.
‑¿Pero qué harás allí?
‑Hacerla mi esposa si ella quiere. Y cuando
lleguen sus amantes, pasaré a la habitación de al lado. Estaré en la casa para
dar cera a sus botas, para preparar el samovar, para hacer los recados...
‑Catalina Ivanovna lo comprenderá todo ‑afirmó
gravemente Aliocha‑. Comprenderá tu profundo pesar y te perdonará. Es un
alma generosa y verá que no hay en el mundo ser más desgraciado que tú.
‑No me perdonará: he hecho algo que ninguna
mujer perdona. ‑¿Sabes qué sería lo mejor?
‑¿Qué? ‑Que devolvieras los tres mil
rublos.
‑¿Pero de dónde los puedo sacar?
‑Escucha: yo tengo dos mil. Iván te dará mil, y
habrás reunido la cantidad completa.
‑¿Cuándo tendría en mi poder el dinero? Eres
todavía un chiquillo... Aliocha, es preciso que rompas con ella en mi nombre
hoy mismo, pueda o no pueda yo devolver el dinero. A tal extremo han llegado
las cosas, que esa ruptura no admite retraso. Mañana sería demasiado tarde. Ve
a casa del viejo.
‑¿De nuestro padre?
‑Sí, ve primero a verle a él y pídele los tres
mil rublos.
‑Nunca te los dará, Dmitri.
‑Ya lo sé. ¿Pero sabes tú lo que es la desesperación?
‑Sí.
‑Escucha:
legalmente, el viejo no me debe nada. He recibido ya mi parte, bien lo sé.
¿Pero acaso no tiene una deuda moral conmigo? Los veintiocho mil rublos de mi
madre le sirvieron para ganar cien mil. Que me dé tres mil rublos, nada más
que tres mil, y habrá salvado mi alma del infierno, y a él se le perdonarán
muchos pecados. Te juro que me conformaré con esta cantidad y que el viejo ya
no volverá a oír hablar de mí. Le ofrezco por última vez la oportunidad de ser
un padre. En realidad, es Dios quien se la ofrece: díselo así.
‑Dmitri, de ningún modo te dará ese dinero.
‑Ya lo sé, estoy seguro. Y menos ahora. Estos
días se ha enterado por primera vez en serio (fíjate bien en
esta palabra) de que Gruchegnka no bromeaba cuando dejó entrever que podía
volverle la espalda y casarse conmigo. Conoce muy bien el carácter de esa gata.
¿Cómo puede darme un dinero que favorecería mis planes, estando él loco por
ella? Y esto no es todo. Escucha: hace cinco días que tiene apartados tres mil
rublos en billetes de cien en un gran sobre lacrado con cinco sellos y atado
con una cinta de color de rosa. Ya ves que estoy bien enterado. En el sobre hay
esta inscripción: «Para Gruchegnka, mi ángel, si se decide a venir a mi casa.»
Él mismo ha garabateado estas palabras a escondidas, y nadie sabe nada de este
dinero, excepto Smerdiakov, su sirviente, del que está tan seguro como de si
mismo. Ya hace tres o cuatro días que espera que Gruchegnka acuda a buscar el
sobre. Ella le ha dicho que tal vez vaya. Y si Gruchegnka va a casa del viejo,
yo no podré casarme con ella. ¿Comprendes ahora por qué me oculto aquí y a
quién acecho?
‑¿A ella?
‑Sí. Esas desgraciadas han cedido un cuartucho
a Foma [L36], que fue soldado de mi batallón. Foma está
al servicio de ellas: monta guardia por la noche y tira a los gallos silvestres
durante el día. Yo soy su huésped. Tanto él como esas mujeres ignoran mi secreto,
o sea, que estoy aquí para vigilar.
‑¿Lo sabe Smerdiakov?
‑Sí. Y me advertirá si Gruchegnka visita al
viejo.
‑Lo del sobre, ¿lo sabes por Smerdiakov?
‑Sí. Pero esto es un gran secreto. Ni siquiera
Iván lo sabe. El viejo va a enviar a nuestro hermano a Tchermachnia para dos o
tres días. Le ha salido un comprador para el bosque y le ofrece ocho mil
rublos. El viejo ha pedido a Iván que le ayude, que vaya a ver al comprador en
su nombre. Lo que en realidad desea es alejarlo para recibir a Gruchegnka.
‑¿La espera hoy?
‑No, hay ciertos indicios de que hoy no vendrá ‑repuso
Dmitri‑. Así lo cree también Smerdiakov. El viejo está ahora en la mesa,
bebiendo en compañía de Iván. Ve a pedirle los tres mil rublos, Alexei.
Aliocha se levantó de un salto al ver el semblante
extraviado de Dmitri. En el primer momento creyó que su hermano se había vuelto
loco.
‑¿Qué te pasa, Mitia?
‑Nada. No creas que he perdido el juicio ‑respondió
Dmitri, mirándole grave y fijamente‑. No temas: sé muy bien lo que digo.
Creo en los milagros, Aliocha.
‑¿En los milagros?
‑Sí, en los milagros de la Providencia. Dios
lee en mi corazón, ve que estoy desesperado. ¿Crees que puede consentir que se
realice tal monstruosidad? Ve, Aliocha. Creo en los milagros.
‑Iré. ¿Me esperarás aquí?
‑Sí. Sin duda, tardarás. No se puede abordar la
cuestión de buenas a primeras. Ahora está bebido. Esperaré aquí tres, cuatro, cinco
horas. Pero te advierto que hoy mismo, aunque sea a medianoche, has de ir a
casa de Catalina Ivanovna, con el dinero o sin él, para decirle: «Dmitri
Fiodorovitch me ha rogado que la salude en su nombre. » Deseo que repitas estas
palabras exactamente.
‑Oye, Mitia: ¿qué piensas hacer si Gruchegnka
viene hoy, o mañana, o pasado mañana?
‑¿Si viene Gruchegnka? Como vigilo, la veré.
Entonces forzaré la puerta a impediré que el viejo se salga con la suya.
‑Pero si él...
‑Entonces mataré: no lo podré resistir.
‑¿A quién matarás?
‑Al viejo. A ella ni siquiera la tocaré.
‑¿Qué dices, Mitia?
‑No lo sé, no lo sé. Quizá la mate, quizá no.
Pero temo no poder soportar la expresión de su cara en esos momentos. Odio su
nuez, su nariz, sus ojos, su sonrisa impúdica. Todo eso me repugna. Ésta es la
razón de mi inquietud: temo no poder contenerme.
‑Voy a verlo, Mitia. Creo que Dios lo arreglará
todo lo mejor posible y nos evitará todos estos horrores.
‑Yo espero un milagro. Pero si no se produce...
Aliocha se dirigió, pensativo, a casa de su padre.
CAPITULO VI
Aliocha encontró a Fiodor Pavlovitch todavía en la
mesa. Como de costumbre, la comida se había servido en el salón y no en el
comedor. Era la pieza mayor de la casa y estaba amueblada con cierta presunción
de estilo añejo. Los muebles, muy antiguos, eran de madera blanca y estaban
tapizados con una tela roja, mezcla de seda y algodón. Se veían entrepaños con
marcos ostentosos, esculpidos a la moda antigua y de tonos blancos y dorados.
En los muros, cuyo blanco empapelado presentaba desgarrones aquí y allá, había
dos grandes retratos: uno de un antiguo gobernador de la provincia, y otro de
un prelado, fallecido hacia ya mucho tiempo. En el rincón que quedaba enfrente
de la puerta de entrada había varios iconos, ante los cuales ardía una
lamparilla durante la noche, menos por devoción que por dar luz a la estancia.
Fiodor Pavlovitch se acostaba muy tarde, a las tres o
a las cuatro de la madrugada. Hasta entonces se paseaba por la casa o se absorbía
en sus meditaciones, sentado en su sillón. Esto se había convertido en un
hábito. Pasaba muchas noches solo, después de haber despedido a los criados,
pero esta soledad era relativa, pues Smerdiakov, su sirviente, solía dormir en
la antesala, echado sobre un largo arcón.
Al presentarse Aliocha, la comida llegaba a su fin:
se habían servido ya los dulces y el café. A Fiodor Pavlovitch le gustaban las
golosinas, acompañadas de coñac, después de las comidas.
En aquel momento, Iván estaba tomando el café con su
padre. Los sirvientes Grigori y Smerdiakov permanecían al lado de la mesa.
Señores y criados estaban, visiblemente, de excelente humor. Fiodor Ravlovitch
reía a carcajadas. Desde el vestíbulo, Aliocha reconoció aquella risa
estridente que le era tan familiar. Y se dijo que su padre, aunque todavía no
estaba ebrio, se hallaba en excelente disposición de ánimo.
‑¡Al fin ha llegado! ‑exclamó Fiodor
Pavlovitch, encantado de la presencia de Aliocha‑. Ven y siéntate con
nosotros. ¿Quieres café? Está hirviendo y es exquisito. No te ofrezco coñac
porque sé que eres abstemio. Sin embargo, si quieres... No, te daré un licor
estupendo. Smerdiakov, ve al aparador. Lo encontrarás en el segundo anaquel, a
la derecha. Toma las llaves. ¡Hala!
Aliocha rechazó el licor.
‑Bueno, si tú no quieres, lo servirán para
nosotros. Dime: ¿has comido?
Aliocha contestó que sí. En efecto, había comido un
trozo de pan y bebido un vaso de kvass en la cocina del padre abad.
‑Tomaré una taza de café.
‑¡El muy bribónl El café no lo rechaza. ¿Hay
que calentarlo? No: está todavía hirviendo. Es el famoso café de Smerdiakbv. Es
un maestro para el café, la sopa de pescado y las tortas. Has de venir un día
a comer sopa de pescado con nosotros. Avísame antes. Pero, ahora que caigo, ¿no
te he dicho que trajeras el colchón y las almohadas hoy mismo? ¿Dónde están?
‑No los he traído ‑repuso Aliocha,
sonriendo.
‑¡Ah! Has tenido miedo; confiesa que has tenido
miedo. ¿Es posible que me mires con temor, querido?... Oye, Iván, cuando me
mira a los ojos sonriendo, no lo puedo resistir. Sólo de verlo, la alegría
dilata mi corazón. ¡Lo quiero! Aliocha, ven a a recibir mi bendición.
Aliocha se puso en pie, pero Fiodor Pavlovitch había
cambiado de opinión.
‑No. Me limitaré a hacer la señal de la cruz.
Así. Anda, ve a sentarte. Oye, te voy a dar una alegría: la burra de Balaam ha
trablado sóbre cosas que a ti te llegan al corazón. Escúchalo un poco y te
reirás.
La burra de
Balaam era el sirviente Smerdiakov, joven de veinticuatro años, insociable,
taciturno, arrogante y que parecía despreciar a todo el mundo. Ha llegado el
momento de decir algunas palabras de este personaje. Criado por Marta
Ignatievna y Grigori Vasilievitch, el rapaz ‑«naturaleza ingrata», según
la expresión de Grigori‑ había crecido como un salvaje en su rincón. Le
gustaba colgar a los gatos y enterrarlos con gran ceremonia: se echaba encima
una sábana a guisa de casulla y cantaba, agitando un supuesto incensario sobre
el cadáver, todo ello con el mayor misterio. Grigori lo sorprendió un día y le
azotó duramente. Durante una semana el chiquillo estuvo acurrucado en un
rincón, mirando de reojo.
‑Este monstruo no nos quiere ‑decía
Grigori a Marta‑. Es más, no quiere a nadie.
Y un día dijo a Smerdiakov:
‑¿Eres verdaderamente un ser humano? No, has
nacido de la humedad del invernadero.
Smerdiakov, como se verá después, no le perdonó nunca
estas palabras.
Grigori le enseñó a leer y le dio lecciones de
historia sagrada desde que tuvo doce años. Fue un intento inútil. Un día, en
una de las primeras lecciones, el rapaz se echó a reír.
‑¿Qué te pasa? ‑le preguntó Grigori,
mirándolo por encima de los lentes.
‑Nada. Que si Dios creó el mundo el primer día,
y el cuarto hizo el Sol, la Luna y las estrellas, ¿de dónde salía luz el
primer día?
Grigori se quedó perplejo. El chiquillo miraba a su
maestro con un gesto lleno de ironía. Incluso parecía provocarlo con la mirada.
Grigori no pudo contenerse.
‑Ahora verás de dónde salía ‑exclamó. Y
le dio una fuerte bofetada.
El niño no protestó, pero estuvo de nuevo en su
rincón varios días. Una semana después tuvo su primer ataque de epilepsia, enfermedad
que ya no le dejó en toda su vida. Fiodor Pavlovitch modificó inmediatamente
su conducta con el chico. Hasta entonces le había mirado con indiferencia,
aunque nunca le reñía y le daba un copec cada vez que se encontraba con él.
Cuando estaba de buen humor, le enviaba postres de su mesa. La enfermedad del
niño provocó su solicitud. Llamó a un médico y Smerdiakov siguió un tratamiento,
pero su mal era incurable. Sufría un ataque al mes, por término medio y con
intervalos regulares. Estas crisis eran de intensidad variable: unas ligeras,
otras violentas. Fiodor Pavlovitch prohibió terminantemente a Grigori que le
pegara y permitió al enfermo entrar en,sus,habitaciones. Le prohibió también
el estudio hasta nueva orden.Un día ‑Smerdiakov tenía entonces quince
años‑, Fiodor Pavlovitch lo sorprendió leyendo los títulos de su
biblioteca a través de los cristales. Fiodor Pavlovitch tenía un centenar de
volúmenes, pero nadie le había visto nunca con ninguno en la mano. En seguida
dio las llaves de su biblioteca a Smerdiakov.
‑Toma ‑le dijo‑, tú serás mi
bibliotecario. Siéntate y lee. Esto será para ti mejor que estar sin hacer nada
en el patio. Empieza por éste.
Y Fiodor Pavlovitch le entregó el libro Las tardes
en la quinta próxima a Dikaneka [L37].
Esta obra no gustó al muchacho. La terminó con un
gesto de desagrado y sin haberse reído ni una sola vez.
‑¿Qué? ¿No te ha hecho gracia? ‑le
preguntó Fiodor PavIovitch.
Smerdiakov guardó silencio.
‑¡Responde, imbécil!
‑Aquí no se cuenta más que mentiras ‑gruñó
Smerdiakov sonriendo.
‑¡Vete al diablo, cretino! Mira, aquí tienes la
Historia universal de Smaragdov. Todo lo que aquí se dice es verdad.
Pero Smerdiakov no leyó más de diez páginas. La
historia le pareció pesada. No había que pensar en la biblioteca. Poco tiempo
después, Marta y Grigori informaron a Fiodor Pavlovitch de que Smerdiakov se
había vuelto muy quisquilloso. Cuando le ponían delante el plato de sopa, la
examinaba atentamente, llenaba la cuchara y la miraba a la luz.
‑¿Algún gusano? ‑preguntaba a veces
Grigori.
‑¿O tal vez una mosca? ‑insinuaba Marta
Ignatievna.
El escrupuloso joven no contestaba, pero hacia lo
mismo con el pan, la carne y toda la comida. Pinchaba un trozo con el tenedor,
lo examinaba a la luz como si lo mirara con el microscopio, y, tras un momento
de meditación, se decidía a llevárselo a la boca.
‑Como si fuera el hijo de un personaje ‑murmuraba
Grigori, mirándole.
Cuando
se enteró de semejante manía, Fiodor Pavlovitch afirmó al punto que Smerdiakov
tenía vocación de cocinero y lo envió a Moscú para que aprendiera el arte
culinario. Pasó allí varios años, y, cuando volvió, su aspecto había cambiado
mucho. Estaba prematuramente envejecido. Su piel aparecía arrugada, amarilla.
Semejaba un skopets[L38]. En el aspecto moral, era
casi el mismo que antes de su marcha: un salvaje que huía de la gente. Más
tarde se supo que en Moscú apenas había despegado los labios. La ciudad le
había interesado muy poco. Fue una noche al teatro y no le gustó. Su ropa,
tanto la exterior como la interior, no presentaba la menor señal de
negligencia. Cepillaba cuidadosamente su traje dos veces al día y lustraba sus
elegantes botas de piel de becerro con un betún inglés especial que les daba un
brillo de espejo. Se reveló como un excelente cocinero. Fiodor Pavlovitch le
asignó un saiario que él invertía casi enteramente en ropa, pomadas, perfumes,
etcésera. Hacia tan poco caso de las mujeres como de los hombres. Se mostraba con
ellas huraño a inabordable.
Fiodor Pavlovitch empezó a mirarlo desde un punto de
vista algo distinto. Sus ataques eran más frecuentes. Marta Ignatievna tenía
que sustituirlo en la cocina, y esto no convenía en modo alguno a su dueño.
‑¿Por qué tus ataques son ahora más frecuentes
que antes? ‑preguntó al nuevo cocinero, mirándole de hito en hito‑.
Debes casarte. ¿Quieres que te busque esposa?
Pero Smerdiakov, pálido de enojo, no contestó a esta
pregunta. Fiodor Pavlovitch se encogió de hombros y se fue. Sabía que era
honrado a carta cabal, incapaz de quitar a nadie un alfiler, y esto era para él
lo más importante. Una vez, Fiodor Pavlovitch, estando embriagado, había
perdido en el patio tres billetes de cien rublos que acababa de recibir. Hasta
el día siguiente no se dio cuenta de la pérdida, y cuando estaba buscando en
sus bolsillos, los vio encima de la mesa. El día anterior, Smerdiakov los había
encontrado y se los había puesto allí.
‑No he visto jamás nada semejante, mi buen
Smerdiakov ‑dijo simplemente Fiodor Pavlovitch. Y le regaló diez rublos.
Hay que decir que, además de estimar su honradez, le
tenía afecto, aunque él lo tratara con tan poca amabilidad como a todos. Quien
lo observara y se preguntase: «¿Qué es lo que interesa a este hombre? ¿Cuáles son
sus principales preocupaciones?», no habría sabido qué contestarse. Sin
embargo, Smerdiakov permanecía a veces, estuviera en la casa, en el patio o en
la calle, sumido en sus pensamientos durante diez minutos. En estos momentos,
su semblante no habría revelado nada al mejor fisonomista. Por lo menos, éste
no habría leído en él pensamiento alguno; solamente habría observado que
Smerdiakov se hallaba en una especie de estado contemplativo. Hay un notable
cuadro de Kramskoi [L39] titulado El contemplativo. Un bosque
en invierno. En el camino hay un hombre del campo que lleva una hopalanda
deshilachada y unas viejas botas, y que parece estar reflexionando. En
realidad, no piensa: lo que hace es contemplar algo. Si lo tocarais, se
estremecería y os miraría como si saliera de un sueño, sin comprender nada. Se
tranquilizaría en seguida, pero si le preguntaseis en qué pensaba, seguramente
no se acordaría, aunque volviera a experimentar las impresiones recibidas
durante su estado contemplativo. Estas impresiones son para él valiosísimas y
se van acumulando en su ser, sin que él se dé cuenta ni sepa con qué fin. Y
puede ocurrir que un día, tras haberlas almacenado durante años, lo deje todo y
se vaya a Jerusalén a salvar su alma, o que prenda fuego a su pueblo natal.
También es posible que haga las dos cosas. Hay muchos contemplativos de esta
índole en nuestro país. Smerdiakov era evidentemente un tipo de este género:
almacenaba sus impresiones sin saber para qué.
UNA CONTROVERSIA
Pues bien, la burra de Balaam empezó a hablar de
pronto, cuando se comentaba un suceso extraordinario.
Por la
mañana, hallándose en la tienda de Lukianov, Grigori había oído referir al
comerciante lo siguiente: un soldado ruso había caído prisionero en un lugar
lejano de Asia, y el enemigo quiso obligarle, bajo la amenaza de la tortura y
de la muerte, a abjurar del cristianismo y abrazar la religión del islam. El
soldado se negó a traicionar a su fe y sufrió el martirio: se dejó despellejar
y murió glorificando a Cristo. Este acto heroico se relataba en el periódico
recibido aquella misma mañana. Grigori lo comentó en la sobremesa de Fiodor
Pavlovitch. A éste le gustaba charlar y bromear en tales momentos, incluso con
Grigori. En esta ocasión, Fiodor PavIovitch se hallaba de un humor excelente y
experimentaba una despreocupación sumamente agradable. Después de haber
escuchado a Grigori, saboreando su copa de coñac, dijo que se debería canonizar
al soldado y enviar su piel a un monasterio.
‑El pueblo la cubriría de dinero.
Grigori frunció las cejas al ver que, lejos de
enmendarse, Fiodor Pavlovitch seguía burlándose de las cosas santas.
En este momento, Smerdiakov, que estaba cerca de la
puerta, sonrió. Ya hacia tiempo que se le admitía en el comedor en el momento
de los postres, y, desde la llegada de Iván Fiodorovitch, no faltaba casi
ningún día.
‑¿Qué te pasa? ‑le preguntó Fiodor
Pavlovitch, comprendiendo que su sonrisa iba dirigida a Grigori.
Y Smerdiakov dijo de pronto, levantando la voz:
‑Estoy pensando en ese valiente soldado. Su
heroísmo es sublime, pero, a mi modo de ver, no habría cometido ningún pecado
si, en un caso como éste, hubiese renegado del nombre de Cristo y del bautismo,
para salvar la vida y poder dedicarse a hacer buenas obras, que le redimirían
de su momentánea debilidad.
‑¿De modo que crees que eso no sería pecado? ‑replicó
Fiodor Pavlovitch‑. Irás al infierno y te asarán como a un cordero.
En ese momento apareció Aliocha, lo que, como se ha
visto, produjo gran satisfacción a Fiodor Paviovitch.
‑Estamos hablando de tu tema favorito ‑dijo
el padre tras una alegre risita. E hizo sentar a Aliocha.
‑Eso son tonterías ‑replicó Smerdiakov‑.
No tendré ningún castigo. No puedo tenerlo, porque sería injusto.
‑¿Cómo injusto? ‑exclamó Fiodor
Pavlovitch con redoblado regocijo y tocando a Aliocha con la rodilla.
‑¡Es un granuja! ‑exclamó Grigori,
dirigiendo a Smerdiakov una mirada colérica.
‑¿Un granuja? ‑replicó Smerdiakov sin
perder la sangre fría‑. Reflexione. Si caigo en poder de unos hombres que
torturan a los cristianos y se me exige que maldiga el nombre de Dios y reniegue
de mi bautismo, mi razón me autoriza plenamente a hacerlo, pues no puede haber
en ello ningún pecado.
‑Eso ya lo has dicho ‑exclamó Fiodor
Pavlovitch‑. No lo repitas: pruébalo.
‑¡Marmitón! ‑murmuró Grigori en un tono
de desprecio.
‑Tan marmitón como usted quiera, Grigori
Vasilievitch; pero, en vez de insultar, piense en esto. Apenas digo a los
verdugos: «Yo no soy cristiano y maldigo al verdadero Dios», quedo excomulgado
por la justicia divina, apartado de la santa Iglesia, como un pagano. Y no
sólo en el momento de pronunciar estas palabras, sino antes, cuando tomo la
decisión de decirlas. ¿Es esto verdad o no lo es, Grigori Vasilievitch?
Smerdiakov se dirigía a Grigori con satisfacción
evidente aunque contestaba a las palabras de Fiodor Pavlovitch. Fingía creer
que era Grigori el que había hablado, aunque sabía perfectamente que era
Fiodor Pavlovitch.
Éste pidió a Iván que se inclinara hacia él y le
susurró al oído:
‑Habla para ti. Busca tus elogios. Complácelo.
Iván escuchó gravemente la observación de su padre.
‑Espera un momento, Smerdiakov ‑dijo
Fiodor Paviovitch‑. Iván, acerca el oído otra vez.
Iván obedeció, conservando la seriedad.
‑No creas que no te quiero ‑le dijo su padre‑.
Te quiero tanto como a Aliocha. ¿Un poco de coñac?
‑Sí, gracias.
Y se preguntó en su fuero interno, mirando fijamente
a su padre: «¿Qué querrá de mí?»
Luego observó a Smerdiakov con profunda curiosidad.
‑¡Tú estás ya excomulgado! ‑estalló
Grigori‑. ¿Cómo te atreves a discutir, cretino?
‑No insultes, Grigori. Cálmate ‑dijo
Fiodor Pavlovitch.
‑Tenga un poco de paciencia, Grigori
Vasilievitch, pues no he terminado todavía. En el momento en que reniego de
Dios, en ese mismo instante, me convierto en una especie de pagano. Mi bautismo
se borra, queda sin efecto. ¿No es así?.
‑Termina pronto, muchacho ‑le dijó Fiodor
Pavlovitch mientras paladeaba con fruición un sorbo de coñac.
‑Cuando contesto a la pregunta de los verdugos
diciendo que ya no soy cristiano, yo no miento, pues ya estoy
«descristianizado» por el mismo Dios, que me ha excomulgado apenas he pensado
decir que no soy cristiano. Por lo tanto, ¿con qué derecho se me pedirían
cuentas en el otro mundo como cristiano, por haber abjurado de Cristo, si en
el momento de abjurar ya no era cristiano? Si no soy cristiano, no puedo
abjurar de Cristo, puesto que ya lo he hecho anteriormente. ¿Quién, incluso
desde el cielo, puede reprochar a un pagano no haber nacido cristiano a
intentar castigarlo? ¿No dice el proverbio que no se puede desollar dos veces
al mismo toro? Si el Todopoderoso pide cuentas a un pagano a su muerte, supongo
que, ya que no lo puede absolver del todo, lo castigará ligeramente, pues no
sé cómo puede acusarle de ser pagano habiendo nacido de padres paganos. ¿Puede
el Señor coger a un pagano y obligarle a ser cristiano aunque no lo sienta?
Esto sería contrario a la verdad, y no es posible que el que reina sobre los
cielos y la tierra diga la mentira más insignificante.
Grigori se quedó mirando al orador con ojos
desorbitados y expresión estúpida. Aunque no comprendía del todo lo dicho por
Smerdiakov, había captado una parte de aquel galimatías y tenia el gesto del
hombre que acaba de dar una cabezada contra la pared. Fiodor Pavlovitch apuró
su copa y se echó a reír ruidosamente.
‑¡Qué hombre, Aliocha, qué hombre! Es un
casuista. Sin duda tiene tratos frecuentes con jesuitas, ¿verdad, Iván? Hueles
a jesuita, Smerdiakov. ¿Quién te ha enseñado esas cosas? Pero mientes
desvergonzadamente, casuista; mientes y divagas. No te áflijas, Grigori: lo
vamos a hacer polvo. Responde a esto, burro: admito que no faltas ante los
verdugos, pero has abjurado interiormente y tú mismo has reconocido que al
instante ha caído sobre ti la excomunión. Pues bien, no creo que en el
infierno acaricien la cabeza a un excomulgado. ¿Qué dices a eso, mi buen padre
jesuita?
‑Es indudable que he abjurado desde el fondo de
mi corazón; sin embargo, si hay pecado en ello, el pecado es muy venial.
‑¡Eso es falso, maldito! ‑dijo Grigori.
‑Escúcheme y juzgue por usted mismo, Grigori
Vasilievitch ‑continuó Smerdiakov impertérrito, consciente de su
victoria, pero como mostrándose generoso con un adversario vencido‑.
Juzgue por usted mismo. En las Escrituras se dice que si uno tiene fe, aunque
sea por el valor de un grano, y ordena a una montaña que se precipite en el
mar, la montaña obedecerá sin la menor vacilación. Pues bien, Grigori
Vasilievitch, ya que yo no soy creyente y usted cree serlo hasta tal punto de
insultarme sin cesar, pruebe a decir a una montaña que se arroje, no ya al mar,
que está muy lejos de aquí, sino simplemente a ese río infecto que pasa por
detrás de nuestro jardín, y verá usted como la montaña no se mueve ni se
produce el menor cambio en ella, por mucho que usted grite. Esto quiere decir,
Grigori Vasilievitch, que usted no tiene verdadera fe y que, para desquitarse,
abruma a su prójimo con sus invectivas. Supongamos que nadie en nuestra época,
nadie absolutamente, desde la persona de más elevada posición hasta el último
patán, puede arrojar las montañas al mar, exceptuando a uno o dos hombres que
hacen vida de santos en los desiertos de Egipto, donde no se les puede
encontrar. Si es así, si todos los demás carecen de verdadera fe, ¿es posible
que éstos, es decir, la población del mundo entero, excepto los dos anacoretas,
reciban la maldición del Señor? ¿Es posible que el Señor no perdone a ninguno
de ellos, a pesar de su misericordia infinita? No es posible, ¿verdad? Por lo
tanto, espero que se me perdonen mis dudas cuando derrame lágrimas de arrepentimiento.
‑¿De modo ‑exclamó Pavlovitch en el colmo
del entusiasmo‑ que tú crees que hay dos hombres capaces de mover las
montañas? Observa este detalle, Iván: toda Rusia está con él.
‑Exacto: es un rasgo característico de la fe
popular de nuestro país ‑dijo Iván Fiodorovitch con una sonrisa de
aprobación.
‑Si estás de acuerdo conmigo, eso prueba que mi
observación es exacta. ¿Verdad, Aliocha? Eso se ajusta perfectamente a la fe
rusa.
‑No, Smerdiakov no posee la fe rusa ‑repuso
Aliocha con acento grave y firme.
‑No me refiero a su fe, sino a ese detalle, a
esos dos anacoretas. ¿No es un detalle muy ruso?
‑Sí, ese detalle es completamente ruso ‑concedió
Aliocha sonriendo.
‑Esa observación merece una moneda de oro,
burra de Balaam, y hoy mismo te la enviaré. Pero todo lo demás que has dicho
es falso. Has de saber, imbécil, que si nosotros no tenemos más fe es por pura
frivolidad: los negocios nos absorben; los días no tienen más que veinticuatro
horas; uno no tiene tiempo no ya para arrepentirse, sino ni para dormir sus
libaciones. Pero tú has abjurado ante los verdugos, cuando lo único que tenías
que hacer era pensar en la fe y en el momento que era preciso demostrarla. Me
parece, joven, que esto constituye un pecado, ¿no?
‑Sí, pero un pecado venial. Juzgue por usted
mismo, Grigori Vasilievitch. Si yo hubiese creido entonces de verdad, tal como
se debe creer, hubiera cometido un verdadero pecado al no querer sufrir el
martirio y preferir convertirme a la maldita religión de Mahoma. Pero si
hubiese tenido verdadera fe, tampoco habría sufrido el martirio, pues me habría
bastado decir a una montaña que avanzara y aplastase al verdugo, para que ella
se hubiera puesto al punto en movimiento y hubiese dejado a mis enemigos como
viles gusanos pisoteados. Y entonces yo me habría marchado como si nada
hubiera ocurrido, glorificando y loando a Dios. Pero si lo hubiese intentado,
si hubiese gritado a la montaña que aplastara al verdugo y ella no lo hubiese
hecho, ¿cómo habría sido posible impedir que me asaltara la duda en aquel
momento de espanto mortal? En tal caso, yo sabría ya que no iba a ir al reino
de los cielos, puesto que la montaña no había obedecido a mi voz, lo que
demostraba que mi fe no gozaba de gran crédito allá arriba y que la recompensa
que me esperaba en el otro mundo no era demasiado importante. ¿Y quiere usted
que, sabiendo esto, me dejara despellejar? La montaña no habría obedecido a
mis gritos ni siquiera cuando estuviese despellejado hasta media espalda. En
tales momentos, no sólo puede asaltarnos la duda, sino que el terror puede
volvernos locos. En consecuencia, ¿puedo sentirme culpable si, no viendo por
ninguna parte provecho ni recompensa, decido salvar al menos la vida? He aquí
por qué, confiando en la misericordia divina, espero que se me perdone.
TOMANDO EL COÑAC
La discusión
había terminado, pero ‑cosa extraña‑ Fiodor Pavlovitch, tan alegre
hasta entonces, se puso de pronto de mal humor. Se bebió una nueva copa que ya
estaba de más.
‑¡Marchaos, jesuitas; fuera de aquí! ‑gritó
a los sirvientes‑. Vete, Smerdiakov; recibirás la moneda de oro que te he
prometido. No te aflijas, Grigori. Ve a reunirte con Marta; ella te consolará y
te cuidará.
Y cuando los sirvientes se fueron, añadió:
‑Estos canallas no le dejan a uno tranquilo.
Smerdiakov viene ahora todos los días después de comer. Eres tú quien lo
atraes. Alguna carantoña le habrás hecho.
‑Nada de eso ‑repuso Iván Fiodor
Pavlovitch‑. Es que le ha dado por respetarme. Es un granuja. Formará
parte de la vanguardia cuando llegue el momento.
‑¿De la vanguardia?
‑Sí. Habrá otros mejores, pero también muchos
como él.
‑¿Cuándo llegará ese momento?
‑El cohete arderá, pero no hasta el fin. Por
ahora, el pueblo no presta atención a estos marmitones.
‑Desde
luego, esta burra de Balaam no cesa de pensar, y sabe Dios adónde le llevarán
sus pensamientos.
‑Almacena ideas ‑observó Iván sonriendo.
‑Oye: yo sé que no me puede soportar. Ni a mí
ni a nadie. Y a ti tampoco, aunque creas que le ha dado por respetarte. A
Aliocha lo desprecia. Pero no es un ladrón ni un chismoso. No va contando por
ahí lo que aquí ocurre. Además, hace unas excelentes tortas de pescado... ¡En
fin, que se vaya al diablo! No vale la pena hablar de él.
‑Desde luego.
‑Yo siempre he creído que el mujik
necesita ser azotado. Es un truhán que no merece compasión, y conviene pegarle
de vez en cuando. El abedul ha dado fuerza al suelo ruso; cuando perezcan los
bosques, perecerá él. Me gustan las personas de ingenio. Por liberalismo,
hemos dejado de vapulear a los mujiks, pero siguen azotándose ellos
mismos. Hacen bien. «Se usará con vosotros la misma medida que vosotros uséis[L40]». Es así, ¿verdad?... Mi querido Iván, ¡si
tú supieras cómo odio a Rusia!... Bueno, no a Rusia precisamente, sino a todos
sus vicios..., y acaso también a Rusia. Tout cela, c'est de la
cochonnerie. ¿Sabes lo que me encanta?
El ingenio.
‑Te
has bebido otra copa. ¿No crees que ya es demasiado?
‑Oye, voy a beberme otra, y otra después, y se
acabó. ¿Por qué me has interrumpido? Hace poco, hallándome de paso en Mokroie,
estuve charlando con un viejo. «Lo que más me gusta ‑me dijo‑ es
condenar a las muchachas al látigo. Encargamos a los jóvenes ejecutar la
sentencia, y éstos, invariablemente, se casan con las azotadas.» ¡Qué sádicas!,
¿eh? Por mucho que digas, esto es ingenioso. Podríamos ir a verlo, ¿no te
parece?... ¿Enrojeces, Aliocha? No te ruborices, hijo. ¡Lástima que no me haya
quedado hoy a comer con el padre abad! Habría hablado a los monjes de las muchachas
de Mokroie. Aliocha, no me guardes rencor por haber ofendido al padre abad.
Estoy indignado. Pues si verdaderamente hay Dios, no cabe duda de que soy
culpable y tendré que responder de mi conducta: pero si Dios no existe, habría
que cortarles la cabeza, y aún no sería suficiente el castigo, ya que se oponen
al progreso. Te aseguro, Iván, que esta cuestión me atormenta. Pero tú no lo
crees: lo leo en tus ojos. Tú crees lo que se dice de mi: que soy un bufón. ¿Tú
lo crees, Aliocha?
‑No, yo no lo creo.
‑Estoy seguro de que hablas sinceramente y ves
las cosas como son. No es éste el caso de Iván. Iván es un presuntuoso... Sin
embargo, me gustaría terminar de una vez con tu monasterio. Habría de suprimir
de golpe a esa casta mística en toda la tierra: sería el único modo de devolver
a los imbéciles la razón. ¡Cuánta plata y cuánto oro afluiría entonces a la
Casa de la Moneda!
‑¿Pero para qué quieres suprimir los
monasterios? ‑preguntó Iván.
‑Para que la verdad resplandezca.
‑Cuando la verdad replandezca, primero
te lo quitarán todo y después lo matarán.
‑Tal vez tengas razón ‑dijo Fiodor
Pavlovitch. Y añadió, rascándose la frente‑: ¡Soy un verdadero asno! Si
es así, ¡paz a tu monasterio, Aliocha! Nosotros, las personas inteligentes,
permaneceremos en habitaciones abrigadas y beberemos coñac. Tal es, sin duda,
la voluntad de Dios. Dime, Iván: ¿hay Dios o no lo hay? Respóndeme en serio.
¿De qué te ríes?
‑Me acuerdo de tu aguda observación sobre la fe
de Smerdiakov: cree en la existencia de dos ermitaños que pueden mover las
montañas.
‑¿Eso he dicho yo?
‑Exactamente.
‑¡Ah! Es que yo soy también muy ruso. Y también
lo eres tú, filósofo. Se te pueden escapar observaciones del mismo género... Te
apuesto lo que quieras a que te pillaré diciendo algo así. La apuesta entrará
en vigor mañana. Pero contesta a lo que te he preguntado: ¿hay Dios o no lo
hay? Te agradeceré que me hables en serio.
‑No, no hay Dios.
‑¿Hay Dios, Aliocha?
‑Sí, hay Dios.
‑Iván: ¿existe la inmortalidad, por poca que
sea?
‑No, no hay inmortalidad.
‑¿En absoluto?
‑En absoluto.
‑O sea, cero. ¿Cero o una partícula?
‑Cero.
‑Aliocha, ¿hay inmortalidad?
‑Sí.
‑¿Dios
e inmortalidad en una sola pieza?
‑Sí: la inmortalidad descansa en Dios.
‑¡Hum! Debe de ser Iván quien tiene razón.
Señor, ¡cuando uno piensa en la cantidad de fe y de energía que esta quimera ha
costado al hombre, sin compensación ninguna, desde hace miles de años! ¿Quién
se burla así de la humanidad? Por última vez lo pregunto categóricamente: ¿hay
Dios o no lo hay?
‑Pues, por última vez, no.
‑Entonces, ¿quién se burla del mundo, Iván?
‑El diablo, sin duda ‑repuso Iván con una
risita sarcástica.
‑Así, el diablo existe.
‑No, no existe.
‑Lo siento. No sé lo que haría al primer
fanático que inventó a Dios. Ahorcarlo me parece poco.
‑Sin esa invención, la civilización no
existiría.
‑¿De veras?
‑De veras. Tampoco existiría el coñac. Por
cierto, que vamos a tener que quitártelo.
‑Espera, una copita más... He ofendido a
Aliocha. ¿Me guardas rencor, hijito.
‑No, no te guardo rencor. Sé muy bien cómo
piensas. Tu corazón vale más que tus pensamientos.
‑¡Mi corazón vale más que mis pensamientos! ¡Y
eres tú quien lo dice!... Iván, ¿quieres a Aliocha?
‑Sí, le quiero.
‑Quiérele.
Y Fiodor Pavlovitch, cada vez más borracho, dijo a
Aliocha:
‑Oye: he sido grosero con tu starets,
pero estaba exaltado. Es un hombre inteligente. ¿Tú qué crees, Iván?
‑Que tal vez lo sea.
‑Ciertamente, il y a du
Piron là dedans. Es un
jesuita ruso. La necesidad de representar una farsa, de llevar una máscara de
santidad, le indigna in petto, pues es un hombre de carácter noble.
‑Pero
cree en Dios.
‑No está muy convencido. ¿No lo sabías? Lo dice
a todo el mundo o, por lo menos, a todas las personas inteligentes que lo
visitan. Al gobernador Schultz le dijo sin rodeos: «Credo, pero no sé en
qué.»
‑¿De
veras?
‑Textual. Pero le aprecio. Hay en él algo de
Mefistófeles o, mejor aún, de Héroe de nuestro tiempo. Su nombre es Arbenine [L41], ¿verdad?... Es un sensual, tan sensual que
yo no estaría tranquilo si mi mujer o una hija mía fueran a confesarse con él.
No puedes imaginarte las cosas que dice cuando se pone a contar anécdotas.
Hace tres años nos invitó a tomar el té..., con licores, pues las damas le
envían licores. Empezó a referirnos su vida de antaño, y uno se partía de risa.
Fue a curar a una dama de sus males del alma, y se enamoró de ella. Luego nos
dijo que, si no le hubiesen dolido las piernas, habría ejecutado cierta
danza... ¡Qué divertido!, ¿eh? «Yo también he llevado una vida alegre»,
añadió... Ha estafado sesenta mil rublos a Demidov, el comerciante.
‑¿Estafado?
‑Este se los confió, no dudando de su honradez.
«Guárdemelos ‑le dijo‑. Mañana vendrán a inspeccionar mi casa.» El
santo varón se embolsó los sesenta mil rublos y le dijo: «Se los has dado a la
Iglesia.» Yo le dije que era un bribón, y él me contestó que no era tal cosa,
sino un hombre de ideas amplias... Pero ahora caigo en que todo esto lo hizo
otro. He sufrido una confusión... Otra copita y ya no bebo más. Trae la
botella, Iván. ¿Por qué no me has detenido cuando he empezado a mentir?
‑Porque sabía que te detendrías tú mismo.
‑Eso
no es cierto. No me has dicho nada por maldad. En el fondo, me desprecias. Has
venido a mi casa para demostrarme tu desprecio.
‑Me voy. El coñac se te empieza a subir a la
cabeza.
‑Te he rogado insistentemente que fueras a
Tchermachnia para uno o dos días, y no has ido.
‑Partiré mañana, ya que tanto te interesa.
‑No lo creo. Tú quieres estar aquí para
espiarme.
El viejo no se calmaba; había llegado a ese punto de
la embriaguez en que los bebedores, incluso los más pacíficos, sienten de
pronto el deseo de poner de manifiesto sus cosas malas.
‑¿Por qué me miras así? Tus ojos me están
diciendo: «¡Despreciable borracho!» Tu mirada está llena de desconfianza y
desprecio. Eres astuto como tú solo. La mirada de Alexei es radiante: él no me
desprecia. Alexei, guárdate de querer a Iván.
‑No
te enojes con mi hermano. Le has ofendido ‑dijo Aliocha firmemente.
‑Está bien. ¡Ah, qué dolor de cabeza tengo!
Iván, dame el coñac: te lo he dicho ya tres veces.
Quedó pensativo y de pronto sonrió astutamente.
‑No te enfades con un pobre viejo, Iván. Tú no
me quieres, lo sé. Lo que no sé es por qué no me quieres. Pero no te enfades. Has de ir a
Tchermachnia. Te diré dónde
puedes ver a una muchachita con la que bromeo hace tiempo. Va todavía descalza;
pero eso no debe preocuparte. No hay que hacer aspavientos ante las jovencitas
descalzas: son perlas.
Se dio un beso en la mano y en seguida se animó, como
si su tema favorito le curase de su embriaguez.
‑¡Ah, hijos míos! ‑continuó‑. Mis
cochinillos... Yo..., a mí, ninguna mujer me parece fea. Es un don,
¿comprendéis? No, no podéis comprenderme. No es sangre, sino leche, lo que
corre por vuestras venas. Todavía no habéis salido del cascarón. A mi juicio,
todas las mujeres tienen alguna peculiaridad interesante: el quid está en saber
descubrirla. Para ello hace falta un talento especial. A mí, ninguna me parece
fea. El sexo por si solo hace mucho... Pero esto está por encima de vuestra
comprensión. Incluso las solteronas viejas tienen a veces tales encantos, que
uno no puede menos de decirse que los hombres son unos imbéciles, ya que las
han dejado envejecer sin descubrir sus atractivos. A las muchachitas descalzas
hay que empezar por impresionarlas, ¿no lo sabíais? Es preciso que la infeliz
se sienta maravillada y confusa al ver que todo un señor se ha enamorado de una
pobrecita como ella. Por fortuna, ha habido y habrá siempre señores que se
atreven a todo y sirvientes que los obedecen. ¡Esto asegura la felicidad de la
existencia! A propósito, Aliocha, yo siempre conseguí impresionar a tu madre,
aunque de otro modo. A veces, después de haberla tenido algún tiempo privada
de mis caricias, me mostraba de pronto apasionado, arrodillándome ante ella y
besándole los pies. Entonces ella, invariablemente, lanzaba una risita
convulsiva y aguda, pero apagada. No se reía nunca de otro modo. Yo sabía que
su crisis empezaba siempre así, que al día siguiente gritaría como una
poseída, que aquella risita sólo expresaba la apariencia de un arrebato; pero
siempre ocurría de este modo. Hay que saber cómo conducirse en todo momento.
Un día, un hombre llamado Bielavski, guapo y rico, que le hacía la corte y
frecuentaba nuestra casa, me abofeteó en su presencia. Creí que tu madre, dulce
como una ovejita, me iba a pegar. Exclamó: « ¡Te ha pegádo, te ha abofeteado!
¡Querias venderme a él! De lo contrario, ¿cómo se habría atrevido a abofetearte
delante de mí? No quiero volver a verte hasta que le hayas desafiado.» Yo la
conduje entonces al monasterio, donde se oró para calmarla. Pero lo juro por
Dios, Aliocha, que no ofendí jamás a mi pequeña endemoniada. Mejor dicho, sólo
la ofendí una vez. Fue en el primer año de nuestro matrimonio. Tu madre rezaba
demasiado, observaba rigurosamente las fiestas de la Virgen y no me permitía
entrar en su habitación. Me propuse curarla de su misticismo. «¿Ves esa imagen
que tú consideras milagrosa? ‑le dije‑. Pues le voy a escupir en tu
presencia, y verás como no sufro ningún castigo.» Creí que iba a matarme, pero
se limitó a estremecerse. Luego se cubrió el rostro con las manos, empezó a
temblar y se desplomó... Aliocha, ¡Aliocha! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?
El viejo se puso en pie, aterrado. Desde que había
empezado a hablar de la madre de Aliocha, el rostro del joven se había ido alterando
progresivamente. Aliocha enrojeció, sus ojos centellearon y sus labios
empezaron a temblar. El viejo no se dio cuenta de nada hasta el momento en que
Aliocha sufrió un ataque que reproducía punto por punto el que él acababa de
describir. De súbito, terminado el relato, se levantó exactamente como su
madre, se cubrió el rostro con las manos y se dejó caer en su asiento, sacudido
de pies a cabeza por una crisis histérica acompañada de lágrimas silenciosas.
‑¡Pronto, Iván, trae agua! ¡Es lo mismo que su
madre! Trae agua y le rociaremos la cara, que era lo que hacía yo con su madre.
Y añadió en voz baja:
‑Lo ha heredado de ella, lo ha heredado de
ella.
Iván le respondió, con una mueca de desprecio:
‑Su madre fue también la mía, ¿no?
Su fulgurante mirada sacudió al viejo, que, aunque
parezca extraño, se había olvidado en aquellos momentos de que la madre de
Aliocha había sido también la de Iván.
‑¿También tu madre? ‑murmuró Fiodor
Pavlovitch sin comprender‑. ¿Qué dices?... ¡Diablo, pues es verdad! Su
madre fue también la tuya... ¿Dónde tenía la cabeza?... Perdóname, Iván,
pero... ¡Je, je!
Enmudeció con una estúpida sonrisa de borracho. En
ese momento se oyeron en el vestíbulo fuertes ruidos y gritos furiosos. Un
instante después, la puerta se abrió y Dmitri Fiodorovitch irrumpió en la
estancia. El viejo, aterrado, se arrojó sobre Iván y se aferró a él.
‑¡Viene a matarme! ¡Defiéndeme!
CAPÍTULO IX
Grigori y Smerdiakov aparecieron en pos de Dmitri.
Habían luchado con él en el vestíbulo para impedirle la entrada, cumpliendo
las órdenes que Fiodor Pavlovitch les había dado días atrás. Aprovechando un
momento en que Dmitri se detuvo para orientarse, Grigori dio un rodeo a la
mesa, cerró las dos hojas de la puerta que conducía a las habitaciones del
fondo y se colocó ante ella con los brazos en cruz, dispuesto a defender la
entrada hasta agotar sus fuerzas. Al ver esto, Dmitri lanzó un grito que fue
más bien un rugido y se arrojó sobre Grigori.
‑¡Eso quiere decir que ella está aquí, que se
oculta en esas habitaciones! ¡Aparta, cretino!
E intentó apartarlo con sus manos, pero Grigori lo
rechazó. Ciego de rabia, Dmitri levantó el puño y golpeó al criado con todas
sus fuerzas. El viejo se desplomó como una planta segada. Dmitri saltó por
encima de su cuerpo y abrió la puerta. Smerdiakov había permanecido, pálido y
tembloroso, al otro lado de la mesa, junto a Fiodor Pavlovitch.
‑¡Gruchegnka está aquí! ‑exclamó Dmitri‑.
Acabo de verla llegar, pero no he podido alcanzarla. ¿Dónde está, dónde está?
El grito de «¡Gruchegnka está aquí!» produjo en
Fiodor Pavlovitch un efecto inexplicable: su terror desapareció súbitamente.
‑¡Detenedlo, detenedlo! ‑gritó, echando a
correr en pos de Dmitri.
Grigori se había levantado, pero estaba aún aturdido.
Iván y Aliocha salieron corriendo también, para alcanzar y detener a su padre.
En la habitación contigua se oyó el ruido de un objeto que caía y se hacía
pedazos. Era un jarrón de escaso valor, colocado sobre un pedestal de mármol, con
el que había tropezado Dmitri.
‑¡Socorro! ‑gritó el viejo.
Iván y Aliocha lo alcanzaron y, a viva fuerza, lo
hicieron volver al comedor.
‑¿Por qué lo has perseguido? ‑dijo Iván,
colérico‑. ¿No ves que es capaz de matarte?
‑¡Iván, Aliocha: Gruchegnka está aquí! Dice que
la ha visto entrar.
Fiodor Pavlovitch jadeaba. No esperaba a Gruchegnka
aquella tarde, y la repentina noticia de que había llegado trastornaba su razón.
Estaba temblando; parecía haber perdido el juicio.
‑Eso no puede ser verdad ‑dijo Iván‑.
Si hubiese venido, la habríamos visto.
‑Tal vez ha entrado por la otra puerta.
‑La otra puerta está cerrada con llave y la
llave la tienes tú.
Dmitri reapareció en el comedor. Había encontrado
cerrada aquella puerta y no le cabía duda de que la (lave estaba en el bolsillo
de su padre. No había ninguna ventana abierta. Por lo tanto, Gruchegnka no
había podido entrar ni salir por ninguna parte.
‑¡Detenedlo! ‑gritó Fiodor Pavlovitch
apenas volvió a ver a Dmitri‑. ¡Ha robado el dinero de mi dormitorio!
Y desprendiéndose de las manos de Iván, se arrojó
sobre Dmitri. Éste levantó las manos, cogió al viejo por los dos únicos
mechones de pelo que le quedaban en la cabeza, uno a cada lado, sobre las
sienes, lo zarandeó y lo arrojó violentamente contra el suelo. El viejo lanzó
un agudo gemido. Iván, aunque más débil que Dmitri, lo cogió por los brazos y
lo apartó de su padre, ayudado por Aliocha, que empujaba al agresor por el
pecho con todas sus fuerzas.
‑¡Lo has matado, loco! ‑gritó Iván.
‑¡Es lo que merece! ‑exclamó Dmitri,
jadeante‑. Si no lo he matado, volveré para acabar con él, y vosotros no
lo podréis salvar.
‑¡Fuera de aquí en seguida, Dmitri! ‑le
dijo imperiosamente Aliocha.
‑Alexei, sólo en ti tengo confianza. Dime si
Gruchegnka estaba aquí hace un momento. La he visto. Iba pegada a la cerca y
ha desaparecido en esta dirección. La he llamado y ha huido.
‑Te juro que no ha venido y que aquí nadie la
esperaba.
‑Pues yo la he visto... O sea que... En seguida
sabré dónde está... Adiós, Alexei. Ni una palabra a Esopo sobre los tres mil
rublos. Ve en seguida a casa de Catalina Ivanovna y dile: «Vengo a saludarla de
su parte, a transmitirle sus más atentos saludos.» Y descríbele la escena que
acabas de presenciar.
Entre tanto, Iván y Grigori habían levantado al viejo
y lo habían depositado en un sillón. Su cara estaba cubierta de sangre, pero el
herido conservaba el conocimiento. Seguía creyendo que Gruchegnka estaba
escondida en la casa. Dmitri le dirigió una mirada de odio al marcharse.
‑No me arrepiento de haber derramado tu sangre ‑le
dijo‑. Ten cuidado, vejestorio: domina tus sueños, porque también sueño
yo. Te maldigo y reniego de ti para siempre.
Salió presuroso de la habitación.
‑¡Está aquí, Gruchegnka está aquí! ‑murmuró
el viejo con voz apenas perceptible. E hizo una seña a Smerdiakov.
‑¡No está aquí, viejo loco! ‑dijo Iván,
ciego de ira‑. ¡Lo que faltaba! ¡Se ha desvanecido! ¡Agua, una toalla!
¡Pronto, Smerdiakov!
Smerdiakov salió corriendo en busca del agua. Se
desnudó al viejo y se le llevó a la cama. Le envolvieron la cabeza con una
toalla húmeda. El coñac, las emociones violentas y los golpes lo habían
debilitado. Fiodor Pavlovitch cerró los ojos y quedó amodorrado apenas puso la
cabeza en la almohada. Iván y Aliocha volvieron al salón‑comedor. Smerdiakov
recogió los restos del jarrón roto. Grigori permanecía junto a la mesa,
sombrío el semblante y la cabeza baja.
‑Tú también debes ponerte un trapo mojado en la
cabeza y acostarte ‑le dijo Aliocha‑. El golpe que te ha dado mi
hermano ha sido muy fuerte.
‑Se ha atrevido a pegarme ‑dijo Grigori
amargamente.
‑Hasta a su padre ha golpeado ‑observó
Iván con los labios contraídos.
‑Cuando era niño, lo lavaba. ¡Y me ha levantado
la mano! ‑dijo Grigori.
‑Si no lo hubiese contenido ‑susurró Iván
a Aliocha‑, lo habría matado. Esopo tiene poca resistencia.
‑Que Dios le guarde ‑dijo Aliocha.
‑¿Por qué? ‑replicó Iván sin cambiar de
acento y con el semblante contraído por el odio‑. El destino de los
reptiles es devorarse unos a otros.
Aliocha se estremeció.
‑Desde luego ‑añadió Iván‑, no
permitiré que lo mate. Quédate aquí, Aliocha. Voy a dar un paseo por el patio.
Empieza a dolerme la cabeza.
Aliocha entró en el dormitorio y estuvo una hora
junto al lecho de su padre, detrás del biombo. De pronto, el viejo abrió los
ojos y le miró largamente, en silencio. Era evidente que se esforzaba por
recordar. Su semblance reflejaba una extraordinaria agitación interna.
‑Aliocha ‑murmuró el viejo, receloso‑,
¿dónde está Iván?
‑En el patio. Tiene dolor de cabeza. Vigila.
‑Dame un espejo.
Aliocha le entregó un espejito ovalado que había
sobre la cómoda. Fiodor Pavlovitch se miró en él. Tenía la nariz hinchada y un
cardenal en la frente, sobre la ceja izquierda.
‑¿Qué dice Iván? Aliocha, mi querido Aliocha,
mi único hijo: Iván me da miedo, más miedo que el otro. Tú eres el único a
quien no temo.
‑No temas tampoco a Iván. Se enfada, pero te
defiende.
‑¿Y el otro? ¿Se ha ido a casa de Gruchegnka?
Dime la verdad, hijo mío: ¿estaba Gruchegnka aquí?
‑No, ha sido una visión de Dmitri. Gruchegnka
no ha estado aquí.
‑¿Sabes que Dmitri quiere casarse con ella?
‑Ella no querrá.
‑No, ella no querrá ‑dijo el viejo,
temblando de alegría, como si hubiese oído lo más agradable que podía oír.
Dejándose llevar de su entusiasmo, se apoderó de la
mano de Aliocha y la apretó contra su corazón. Incluso se llenaron de lágrimas
sus ojos.
‑Coge esa imagen de la Virgen de que te he
hablado hace un momento ‑continuó‑ y llévatela. Te permito que
vuelvas al monasterio. Hablaba en broma cuando te dije que lo dejaras. No te
enfades conmigo. Me duele la cabeza... Aliocha, tranquilízame, sé mi ángel
bueno y dime la verdad.
‑¡Qué obsesión! ‑dijo tristemente
Aliocha.
‑Te creo, Aliocha, te creo. Pero oye: ve a casa
de Gruchegnka, procura verla y enterarte de sus propósitos. Pregúntale a quién
prefiere: si a él o a mí. ¿Lo harás?
‑Si la veo, se lo preguntaré ‑murmuró
Aliocha, confuso.
‑No, ella no te dirá la verdad ‑dijo el
viejo‑. Es una mujer temible. Empezará por abrazarte y te dirá que es a
ti a quien quiere. Es falsa y desvergonzada. No, no debes ir a verla.
‑Desde luego, padre, no creo prudente
visitarla.
‑¿Adónde te ha enviado Dmitri? Cuando se ha
marchado, le he oído decir que fueras a alguna parte.
‑A casa de Catalina Ivanovna.
‑¿Para pedirle dinero?
‑No.
‑No tiene un céntimo. Escucha, Aliocha:
reflexionaré durante la noche. Ve a ver a esa joven. Tal vez la encuentres en
casa. Ven mañana por la mañana sin falta. Tengo algo que decirte. ¿Vendrás?
‑Si.
‑Debes aparentar que vienes a enterarte de cómo
estoy. No digas a nadie que te he rogado que vinieses. Y menos a Iván.
‑Entendido.
‑Adiós, hijo mío. Has salido en mi defensa hace
un momento: nunca lo olvidaré. Mañana te diré una cosa. Antes tengo que reflexionar.
‑¿Cómo te sientes ahora?
‑Mañana estaré levantado, completamente
restablecido, gozando de perfecta salud.
Cuando llegó al patio, Aliocha vio a Iván sentado en
un banco, escribiendo con lápiz en su cuaderno de notas. Aliocha dijo a su
hermano que el viejo había recobrado el conocimiento y le permitía pasar la
noche en el monasterio.
‑Aliocha, me gustaría que nos viéramos mañana
por la mañana ‑dijo Iván con una amabilidad que sorprendió a su hermano.
‑Mañana he de ir a ver a la señora de
Khokhlakov y a su hija, y tal vez tenga que visitar también a Catalina
Ivanovna, pues podría ser que no la encontrase ahora en su casa.
‑¿Vas a ir a pesar de lo ocurrido? Para
«transmitirle sus más atentos saludos», ¿no? ‑dijo Iván con una sonrisa.
Aliocha se turbó.
‑De las exclamaciones de Dmitri ‑continuó
Iván‑ creo haber deducido lo que se propone. Te ha rogado que vayas a
ver a Catalina Ivanovna para decirle... Bueno, en una palabra, para dejarla.
Aliocha exclamó:
‑Iván, ¿cómo terminará esta pesadilla que están
viviendo nuestro padre y Dmitri?
‑Es difícil preverlo. Tal vez no pase nada. Esa
mujer es un monstruo. Desde luego, hay que evitar que el viejo salga de casa y
que Dmitri ponga los pies aquí.
‑Otra pregunta, Iván: ¿crees que cualquiera
tiene derecho a juzgar a sus semejantes y a decidir quién merece vivir y quién
no?
‑En eso no tiene ningún papel la apreciación de
los méritos. Para resolver semejante cuestión, el corazón humano no se funda en
los méritos, sino en otras razones más naturales. En cuanto al derecho, ¿quién
no lo tiene a desear una cosa?
‑Pero no la muerte de otro.
‑¿Por qué? ¿Qué razón hay para que uno se
mienta a sí mismo cuando todos viven así y sin duda no pueden vivir de otro
modo? Tú estás pensando en mi frase de hace un momento: «el destino de los
reptiles es devorarse los unos a los otros». ¿Crees tú que soy capaz, como
Dmitri, de derramar la sangre de Esopo, en una palabra, de matarlo?
‑¿Qué dices, Iván? Jamás he pensado en eso. Es
más, no creo que Dmitri...
‑Gracias ‑dijo Iván sonriendo‑. Has
de saber que defenderé siempre a nuestro padre. Pero en este caso especial dejo
el campo libre a mis deseos.
Y añadió:
‑Hasta mañana. No me tengas por un malvado.
Se
estrecharon la mano más cordialmente que nunca. Aliocha comprendió que su
hermano deseaba atraérselo con alguna intención secreta.
CAPITULO X
Aliocha salió de la casa de su padre más abatido que
a su llegada. Sus ideas eran fragmentarias, confusas, pero temía reunirlas y
sacar una conclusión general de las dolorosas contradicciones de la jornada.
Experimentaba un sentimiento muy próximo a la
desesperación, y esto no le había ocurrido jamás. Una duda, fatídica a insondable,
se imponía a todas las demás: ¿qué sería de su padre y de su hermano Dmitri
frente a aquella temible mujer? Estaban enamorados. El único desgraciado era
su hermano Dmitri: la fatalidad le acechaba. Otras personas estaban mezcladas
en todo esto y tal vez más de lo que él había creído antes. Había en ello algo
enigmático. Iván le había anticipado algunas cosas, sospechadas desde hacía
mucho tiempo, y ahora se sentía como atado por ellas.
Otra cosa extraña: hacía un momento iba en busca de
Catalina Ivanovna presa de extraordinaria turbación, y ahora la turbación había
desaparecido por completo. Incluso aceleraba el paso como si esperase recibir
de ella alguna revelación. Sin embargo, su misión era ahora más penosa que
cuando se la había confiado Dmitri. La posibilidad de devolver los tres mil
rublos se había desvanecido, y Dmitri, al ver perdido su honor definitivamente,
se hundiría cada vez más en el lodo. Además, Aliocha tenía que explicar a
Catalina Ivanovna la escena que se acababa de desarrollar en casa de su padre.
Eran las siete y anochecía cuando Aliocha llegó a
casa de Catalina Ivanovna, que habitaba en un magnífico piso de la Gran Vía.
Aliocha estaba enterado de que vivía con dos tías. Una era la tía de Ágata„
aquella mujer silenciosa que cuidaba de ella desde que había salido del
pensionado. La otra era una señora de Moscú, distinguida pero sin fortuna. Las
dos se sometían enteramente a la voluntad de Catalina Ivanovna y si
permanecían a su lado era sólo para guardar las formas. Catalina Ivanovna
dependía por entero de su protectora, la generala, retenida por falta de salud
en Moscú y a quien la joven tenía la obligación de escribir dos detalladas cartas
todas las semanas.
Cuando Aliocha entró en el vestíbulo y dijo a la
doncella que le había abierto la puerta que le anunciara, le pareció que en el
salón ya se sabía que había llegado. Tal vez le habían visto desde una ventana.
El caso es que oyó pasos presurosos, acompañados de un rumor de faldas: era
evidente que dos o tres mujeres huían. A Aliocha le sorprendió que su llegada
produjera tanta agitación. Le condujeron al salón en seguida. Éste era amplio
y estaba amueblado con una elegancia que no tenía nada de provinciana: canapés
y chaises longues, mesas y veladores, cuadros en las paredes, jarrones y
lámparas, abundancia de flores, y hasta un acuario al lado de la ventana. Las
sombras del crepúsculo lo invadían todo. Aliocha vio una mantilla de seda
abandonada en un canapé, y sobre una mesa dos tazas con restos de chocolate,
bizcochos, una copa de cristal con pasas y otra de bombones. Al ver todo esto,
Aliocha dedujo que había invitados y frunció las cejas. En ese momento se
abrió una puerta y apareció Catalina Ivanovna, que avanzó hacia él con las
manos tendidas y una alegre sonrisa en los labios. Al mismo tiempo entró una
sirvienta con dos bujías encendidas y las colocó en la mesa.
‑¡Alabado sea Dios! ¡Al fin ha venido usted!
Todo el día he estado pidiendo a Dios que viniera. Siéntese.
La belleza de Catalina Ivanovna había impresionado a
Aliocha cuando, hacía tres semanas, Dmitri lo había llevado a casa de su novia
para presentarlo, al mostrar ella vivos deseos de conocerle. Aliocha y Catalina
Ivanovna apenas habían hablado en aquella entrevista. Advirtiendo que Aliocha
estaba cohibido, la joven no quiso turbarlo más y sólo conversó con Dmitri.
Aliocha guardó silencio y observó muchas cosas. El noble continente, la
arrogante desenvoltura, la firme serenidad de la altiva joven le impresionaron.
Sus ojos, grandes, negros, brillantes, le parecieron en perfecta armonía con la
palidez mate de su ovalado rostro. Pero aquellos ojos negros, aquellos labios
palpitantes, por muy capaces que fueran de avivar el amor de su hermano, tal
vez no pudiesen retenerlo mucho tiempo. Aliocha abrió su corazón a Dmitri
cuando éste, después de la visita, le rogó insistentemente que le expusiera con
toda sinceridad la impresión que le había producido su prometida.
‑Serás feliz con ella ‑dijo Aliocha‑;
pero seguramente no habrá calma en tu felicidad.
‑Hermano mío, todas las mujeres son iguales: no
se resignan ante el destino. Así, ¿crees que no la amaré siempre?
‑No es eso: creo que nunca dejarás de amarla,
pero que acaso no seas siempre feliz con ella.
Al expresar esta opinión, Aliocha enrojeció,
avergonzado de haber expuesto, cediendo a los ruegos de Dmitri, una idea tan necia:
así la consideró él mismo apenas la hubo expresado. Le parecía vergonzoso haber
juzgado tan categóricamente a una mujer.
Ahora, en su nueva visita, su sorpresa fue
extraordinaria al advertir desde el primer momento que seguramente se había
equivocado en sus juicios. Esta vez, el semblante de Catalina Ivanovna
irradiaba una bondad ingenua, una sinceridad ardiente. De aquel orgullo, de
aquella altivez que tanto habían impresionado a Aliocha sólo quedaba una noble
energía, una serena confianza en sí misma. Ante sus primeras miradas y sus
primeras palabras, Aliocha comprendió que se daba perfecta cuenta de lo
dramático de su situación frente al hombre amado. Tal vez lo sabía todo. Sin embargo,
su rostro radiante expresaba una gran fe en el porvenir. Aliocha se sintió
culpable ante ella, vencido y cautivado a la vez. Además, advirtió desde el primer
momento que la dominaba una agitación tal vez insólita, que rayaba en la
exaltación.
‑Le esperaba porque sé que en estos momentos
sólo por usted puedo conocer la verdad.
‑He venido ‑balbuceó Aliocha‑
para... porque me ha enviado él.
‑¡Ah!, ¿sí? ‑dijo Catalina Ivanovna con
ojos fulgurantes‑. Lo suponía. ¡Lo sé todo, absolutamente todo! Oiga,
Alexei Fiodorovitch; voy a decirle por qué tenía tantos deseos de verle. Sé
seguramente más que usted: no son, pues, noticias lo que le pido. Lo que deseo
es conocer sus últimas impresiones sobre Dmitri. Quiero que me exponga
francamente, lo más rudamente posible, con toda sinceridad, lo que piensa de él
y de su situación después de la entrevista que han tenido ustedes. Prefiero
esto a tener una entrevista con él, ya que él no quiere venir a verme. ¿Ha
comprendido lo que deseo de usted? Dígame ante todo por qué le ha enviado y
hable con franqueza, sin medir las palabras.
‑Me ha encargado que... la salude..., que le
diga que no volverá y que la saluda.
‑¿Que me saluda? ¿Lo ha dicho así, así
exactamente?
‑Si.
‑Seguramente se ha equivocado o no ha
encontrado la palabra precisa.
‑No se ha equivocado; ha insistido en que le
transmitiera su «saludo». Tres veces me lo ha recomendado.
La sangre afluyó al rostro de Catalina Ivanovna.
‑Ayúdeme, Alexei Fiodorovitch. Le necesito.
Escuche lo que yo pienso y dígame si tengo razón o no. Si él le hubiera dado a
la ligera el encargo de saludarme, sin insistir en que me dijera precisamente
esta palabra, todo habría terminado. Pero si ha subrayado con empeño este
término, si ha insistido en que me transmitiera su «saludo», esto demuestra que
estaba sobreexcitado, fuera de sí. Sin duda le ha sobrecogido su propia
resolución. No ha obrado con plena voluntad al romper conmigo: ha resbalado por
la pendiente. La insistencia sobre la plabra «saludar» tiene todo el aspecto de
una bravata.
‑Eso es, eso es ‑dijo Aliocha‑.
Comparto su opinión.
‑Por lo tanto, no está todo perdido. Dmitri
está desesperado, y todavía lo puedo salvar. ¿No le ha hablado de dinero, de
tres mil rublos?
‑No sólo me ha hablado, sino que he visto que
es esto lo que más le mortifica ‑repuso Aliocha sintiendo renacer su
esperanza al entrever la posibilidad de salvar a su hermano‑. Me ha dicho
que todo le es indiferente desde que ha perdido el honor. ¿Sabe usted qué ha
hecho de ese dinero? ‑añadió, y se contuvo de pronto.
‑Lo sé desde hace tiempo. Telegrafié a Moscú y
me enteré de que no lo habían recibido. Sé que no lo ha enviado, pero no he
dicho nada. La semana pasada me enteré de que no tenía un céntimo... Lo único
que persigo es que sepa a quién debe dirigirse, dónde puede encontrar una
amistad verdadera. Pero él se obstina en no ver que su más fiel amigo soy yo.
Toda la semana me he estado atormentando con la pregunta de qué podría hacer
para que Dmitri no se sonrojara ante mí por haber gastado esos tres mil rublos.
Bien que se avergüence ante todos y ante sí mismo, pero no ante mí. No
comprendo que ignore todavía lo que soy capaz de soportar por él. ¿Cómo es posible
que no me conozca después de lo que ha pasado? Quiero salvarlo para siempre.
¡Que deje de ver en mí su prometida! Ante mí se siente deshonrado, pero con
usted no vacila en franquearse, Alexei Fiodorovitch. No he conseguido su confianza...
Las lágrimas bañaron sus ojos mientras pronunciaba
estas últimas palabras.
‑He de decirle ‑manifestó Aliocha con voz
trémula‑ que Dmitri acaba de tener una escena espantosa con mi padre.
Se lo contó todo: que Dmitri lo había enviado a
pedirle dinero, que de pronto había entrado en la casa y agredido a Fiodor
PavIovitch y que, hecho esto, le había pedido con insistencia que fuera a «
saludarla».
‑Ha ido a ver a esa mujer ‑añadió Aliocha
en voz baja.
‑¿Cree usted que yo no puedo soportar sus
relaciones con esa mujer? ‑dijo Catalina Ivanovna con una risita nerviosa‑.
Lo mismo cree él. Sin embargo, no se casará con ella. Los Karamazov se abrasan
en un ardor perpetuo. Lo que él siente es un arrebato, no amor. Nunca se casará
con ella, porque ella no quiere casarse con él ‑terminó, con la misma
risita extraña.
‑Es capaz de casarse ‑dijo Aliocha
tristemente, con la cabeza baja.
‑¡Le digo que no se casará! ‑exclamó
Catalina Ivanovna con vehemencia‑. Esa muchacha es un ángel, ¿sabe usted?
Es la más encantadora de las mujeres. Tiene el don de seducir, desde luego,
pero posee un carácter noble y bondadoso. ¿Por qué me mira de ese modo, Alexei
Fiodorovitch? Mis palabras le han dejado atónito. No me cree usted, ¿verdad?
¡Agrafena Alejandrovna! ‑llamó de pronto, volviendo la vista hacia la
puerta‑. Venga, querida. Este joven está al corriente de todos nuestros
asuntos. Quiero que la vea.
‑Estaba esperando que me llamase ‑dijo
una voz dulce, incluso empalagosa.
La puerta se abrió y apareció... Gruchegnka en
persona, gozosa, sonriendo. Aliocha se estremeció. Miraba fijamente a la
recién llegada, y sentía como si no pudiera apartar de ella los ojos. «Ahí está
esa mujer temible, ese monstruo, como Iván la ha llamado hace media hora», se
dijo. Sin embargo, tenía ante él a un ser corriente, incluso sencillo a
primera vista, una mujer encantadora, de expresión bondadosa, bonita, verdad
es, pero semejante a todas las mujeres bonitas de tipo ordinario. En verdad,
era incluso hermosa, muy hermosa, con esa belleza rusa que inspira tantas
pasiones; de no escasa talla, aunque sin igualar a Catalina Ivanovna, que era
alta y fuerte; movimientos suaves y silenciosos, de una suavidad que estaba en
armonía con la dulzura de su voz. Avanzó, no con paso firme y seguro como el de
Catalina Ivanovna, sino sin ruido: no se la oía andar.
Se dejó caer en un sillón, con un suave rumor de su
elegante vestido de seda negra, y, friolera, cubrió con un chal de lana su
cuello, blanco como la nieve, y sus anchos hombros. Su cara indicaba
exactamente su edad: veintidós años. Su piel era blanquísima, con tonalidades
de un rosa pálido; el óvalo de su rostro, un poco anchor la mandíbula inferior,
un tanto saliente; el labio superior era delgado; el inferior, prominente, como
hinchado y mucho más enérgico. A esto había que añadir una magnífica y
abundante cabellera de color castaño, unas cejas oscuras y unos ojos admirables,
de un gris azulado, protegidos por largas pestañas. El hombre más indiferente,
más distraído, el más extraviado entre la multitud durante el paseo, no habría
dejado de detenerse ante este rostro y no habría podido olvidarlo en mucho
tiempo.
Lo que más impresionó a Aliocha fue su expresión
infantil a ingenua. Tenía miradas y alegrías de niña. Se acercó a la mesa,
alborozada, alegre, impaciente y curiosa, como si esperase algo. Su mirada
alegraba el alma. Aliocha lo notó. Además, había en ella un algo que no se
sabía lo que era, pero que se percibía: aquella suavidad de movimientos,
aquella ligereza felina de cuerpo, que, no obstante, era poderoso y robusto.
Bajo su chal se dibujaban unos hombros llenos y unos senos firmes de mujer
joven. En aquel cuerpo se presumían las formas de la Venus de Milo, pero con
proporciones un tanto excesivas.
Los conocedores de la belleza rusa que hubieran
contemplado a Gruchegnka, habrían predicho con plena convicción que cuando
frisara en los treinta, aquella belleza, fresca aún, perdería la armonía:
desaparecería la nitidez de sus facciones, se formarían rápidamente arrugas en
la frente y alrededor de los ojos; el cutis se marchitaría, enrojecería tal
vez. En una palabra, que Gruchegnka tenía esa belleza que parece otorgar el
diablo, esa hermosura efímera tan frecuente en las mujeres rusas.
Aliocha, naturalmente, no pensaba en estas cosas,
pero, aunque encantado, se preguntaba contrariado y como a pesar suyo: «¿Por
qué arrastrará de ese modo las palabras y no hablará con naturalidad?»
A Gruchegnka le parecía sin duda bonito arrastrar las
sílabas y darles una entonación cantarina. Sin embargo, esto no era sino un
hábito de mal tono, que revelaba una educación deficiente y una falsa noción de
las normas sociales.
Este modo de hablar afectado parecía a Aliocha
incompatible con aquella expresión ingenua y radiante, con el alegre a infantil
centelleo de aquellos ojos.
Catalina Ivanovna la hizo sentar frente a Aliocha y
besó más de una vez los labios sonrientes de aquella joven como si estuviese
enamorada de ella.
‑Es la primera vez que nos vemos ‑explicó,
y añadió ilusionada‑: Alexei Fiodorovitch, yo quería verla, conocerla, y
estaba dispuesta a ir en su busca, pero ella ha acudido a mi primera llamada.
Tenía la seguridad de que lo arreglaríamos todo; lo presentía. Me rogaron que
renunciara a dar este paso, pero yo preveía el resultado y no me equivoqué.
Gruchegnka me ha explicado sus intenciones con todo detalle. Ha venido a mí
como un ángel bueno y me ha traído la paz y la alegría.
‑Lo que ocurre es que usted no me ha
despreciado, mi querida señorita ‑dijo Gruchegnka con su dulce sonrisa y
en tono humilde.
‑¡No diga esas cosas, mi encantadora amiga!
¿Despreciarla yo? Voy a besar otra vez
ese labio tan lindo. Parece hinchado, pero yo haré que lo parezca más aún...
Mire cómo se ríe, Alexei Fiodorovitch. Se le alegra a uno el corazón mirando a
este ángel.
Aliocha enrojeció y se estremeció ligeramente.
‑Es usted muy generosa, mi querida señorita,
pero yo no creo merecer estas muestras de cariño.
‑¡No cree merecerlas! ‑exclamó con la
misma vehemencia Catalina Ivanovna‑. Ha de saber, Alexei Fiodorovitch,
que tiene ideas fantásticas, independientes, pero también un corazón digno,
dignisimo. Es noble y generosa, ¿sabe usted, Alexei Fiodorovitch? Pero tuvo una
desgracia, se apresuró a sacrificarse a un hombre tal vez indigno, o, por lo
menos, ligero. Amaba a un oficial y le entregó todo su ser. De esto hace ya
mucho tiempo, cinco años. Y el oficial la olvidó y se casó con otra. Se quedó
viudo y entonces le escribió y se puso en camino. Sepa usted que es al único
hombre que ha amado. Llega, y de nuevo Gruchegnka es feliz, después de cinco
años de sufrimiento. ¿Qué se le puede reprochar, quién puede envanecerse de
haber obtenido sus favores? Ese comerciante, ese viejo impotente, era para ella
un amigo, un protector. La encontró desesperada, atormentada, abandonada.
Quería arrojarse al agua y ese viejo la salvó.
‑Me defiende usted con demasiado calor, mi
querida señorita; se excede usted un poco ‑se humilló de nuevo
Gruchegnka.
‑¿Que yo la defiendo? ¿Quién soy yo para
defenderla y qué necesidad de defensa tiene usted? Gruchegnka, querida Gruchegnka,
déme su mano. Mire esta manita gordezuela, esta mano deliciosa, Alexei
Fiodorovitch. Ella me ha traído la felicidad, ella me ha resucitado. Voy a
besarla... Así, así...
Besó tres veces, como enajenada, aquella mano,
verdaderamente encantadora pero tal vez demasiado gordezuela. Gruchegnka se
dejaba mimar, riendo nerviosamente y sin dejar de observar a su «querida
señorita».
«Se exalta demasiado», pensó Aliocha. Y enrojeció.
Estaba intranquilo.
‑Usted, mi querida señorita, quiere avergonzarme:
por eso me besa la mano delante de Alexei Fiodorovitch.
‑¿Yo avergonzarla? ‑dijo Catalina
Ivanovna con cierto estupor‑. ¡Ah, querida! ¡Qué poco me conoce usted!
‑Tampoco usted me conoce a mi, mi querida
señorita. Soy peor de lo que usted supone. No tengo corazón; soy caprichosa. He
conquistado a Dmitri Fiodorovitch sólo para burlarme de él.
‑Pero usted irá a salvarlo: me lo ha prometido.
Usted le dirá francamente que desde hace mucho tiempo ama a otro hombre que
está dispuesto a casarse con usted...
‑¡Ah, no! Yo no le he prometido nada de eso. Es
usted quien lo ha dicho, no yo.
‑Habré entendido mal ‑murmuró Catalina
Ivanovna, palideciendo ligeramente‑. Usted me ha prometido...
‑No, no, mi angelical señorita ‑la
interrumpió Gruchegnka con su invariable expresión alegre, placentera, inocente‑,
yo no le he prometido nada. Ya ve, mi honorable señorita, como soy mala y
voluntariosa. Todo lo que me gusta hacer, lo hago. Tal vez es verdad que hace
un momento le he hecho la promesa que usted dice, y ahora me pregunto: «¿Y si
Mitia volviera a gustarme?» Pues una vez me gustó durante una hora. Acaso vaya
a decirle que se quede en mi casa desde hoy... Ya ve si soy inconstante.
‑Hace unos momentos hablaba usted de otro modo ‑dijo
Catalina Ivanovna.
‑Sí, pero soy una tonta; mi corazón es débil.
¿Qué pasaría si lo compadeciera sólo al pensar lo mucho que lo he hecho sufrir?
‑No esperaba que...
‑¡Ah, señorita! ¡Cómo resplandece su bondad y
su nobleza a mi lado!... Acaso ahora, al conocer mi carácter, deje de quererme.
Déme su mano ‑le pidió cariñosamente, y se la llevó a los labios, con
gesto respetuoso‑. Voy a besarle la mano, señorita, como usted me la ha
besado a mi. Usted me ha dado tres besos. Yo habría de darle trescientos para
saldar la cuenta. Así lo haré, y después, sea lo que Dios quiera. Tal vez seré
su esclava y la complaceré en todo, aunque no exista ningún convenio ni
promesa. Déme su mano, déme su linda mano, mi querida señorita.
Se llevó lentamente la mano a los labios con el
propósito de «saldar la cuenta». Catalina Ivanovna no retiró la mano. Había
concebido cierta esperanza ante la promesa de Gruchegnka ‑a pesar de lo
vagamente que la había expresado‑ de «complacerla en todo». La miraba a
los ojos con ansiedad y vela en ellos una invariable expresión ingenua y
confiada, una alegría serena... «Acaso sea demasiado ingenua», se dijo Catalina
Ivanovna al sentir aquella sombra de esperanza. Pero Gruchegnka, después de
llevarse lentamente la «linda manecita» a los labios, ni siquiera la rozó con
ellos y quedó pensativa, reteniéndola entre las suyas.
De pronto, arrastrando las palabras y con su voz
melosa, dijo:
‑Lo he pensado bien, ángel mío, y he decidido
no besarle la mano.
Y lanzó una alegre risita.
‑Como usted quiera ‑dijo Catalina
Ivanovna, estremeciéndose‑. ¿Pero qué ha pasado?
‑Acuérdese bien de esto: usted me ha besado la
mano y yo no se la he besado a usted.
Sus ojos fulguraban. Miraba a Catalina Ivanovna con
obstinada fijeza.
‑¡Insolente! ‑exclamó Catalina Ivanovna.
Lo había comprendido todo en un instante. Se levantó,
ciega de ira. Gruchegnka se puso también en pie, aunque sin apresurarse.
‑Contaré a Mitia que usted me ha besado la mano
y que yo no he querido besarle la suya. ¡Cómo se va a reír!
‑¡Fuera de aquí, bribona!
‑¡Qué vergüenza! Una señorita como usted no
debería emplear semejantes expresiones.
‑¡Fuera de aquí, mujer de la calle! ‑gritó
Catalina Ivanovna, convulsa, temblando.
‑¿Yo mujer de la calle? ¡Eso usted, que va en
busca del dinero de los hombres jóvenes y trafica con sus encantos! Lo sé todo.
Catalina Ivanovna lanzó un grito y fue a arrojarse
sobre ella, pero Aliocha la detuvo, poniendo en ello todas sus fuerzas.
‑¡Quieta! ¡No le conteste! Se marchará por su
propia voluntad.
Las dos tías de Catalina Ivanovna y la doncella acudieron
al oír sus gritos y se precipitaron sobre ella.
‑Bueno, ya me voy ‑dijo Gruchegnka,
cogiendo su Mantilla‑. Aliocha, querido, acompáñame.
‑¡Váyase, váyase en seguida! ‑imploró
Aliocha, con las manos enlazadas.
‑Aliocha, querido, acompáñame. Por el camino te
diré algo que te encantará. Sólo por ti he hecho todo esto. Ven conmigo y no te
arrepentirás.
Aliocha le volvió la espalda, retorciéndose las
manos. Gruchegnka huyó, corriendo y riéndose con risa sonora.
Catalina Ivanovna sufrió un ataque de nervios. Gemía,
se ahogaba entre espasmos. La rodearon solícitamente.
‑Ya te lo advertí ‑dijo la tía de más
edad‑. Te has precipitado. No debiste exponerte a dar un paso así. No
conoces a estas mujeres. Y dicen que ésta es la peor de todas. Siempre has de
hacer lo que se te mete entre ceja y ceja.
‑¡Es una tigresa! ‑vociferó Catalina
Ivanovna‑. ¿Por qué me ha sujetado, Alexei Fiodorovitch? ¡Le habría dado
su merecido! ¡Sí, su merecido!
Sin duda, pretendía contenerse ante Alexei, pero no
lo conseguía.
‑¡Merece que un verdugo la azote públicamente!
Alexei se dirigió a la puerta.
‑¡Dios mío! ‑exclamó Catalina Ivanovna‑.
No esperaba esto de él. No podía imaginarme que fuera tan innoble, tan
inhumano. Pues sólo él puede haberle contado a esa mujer lo que ocurrió aquel
día funesto y mil veces maldito. Me ha dicho que trafico con mis encantos.
Luego lo sabe todo. Su hermano es un hombre despreciable, Alexei Fiodorovitch.
Aliocha intentó decir algo, pero no encontró las
palabras. Sentía en el corazón una opresión dolorosa.
‑¡Váyase, Alexei Fiodorovitch! ¡Esto es
espantoso! ¡Estoy avergonzada! Venga mañana: se lo pido de rodillas. No me
juzgue mal. Perdóneme. Ni yo misma sé lo que haría.
Aliocha
se marchó con paso vacilante. Sentía deseos de llorar como Catalina Ivanovna.
La doncella le alcanzó.
‑La señorita se ha olvidado de entregarle esta
carta de la señora de Khokhlakov. La tiene desde después de comer.
Aliocha cogió el sobre de color de rosa y se lo
guardó en el bolsillo con un movimiento casi inconsciente.
CAPÍTULO XI
OTRA HONRA PERDIDA
De la población al monasterio no había mucho más de
una versta. Aliocha avanzaba rápidamente por el camino, desierto a aquella
hora. Era ya casi de noche y la visualidad no alcanzaba treinta pasos. A medio
camino, en una encrucijada, se alzaba un sauce solitario, y debajo de él se
percibía una silueta humana. Apenas llegó Aliocha a la encrucijada, la silueta
dejó el árbol y se precipitó sobre el caminante.
‑¡La bolsa o la vida! ‑gritó.
‑¿Pero eres tú, Mitia? ‑exclamó Aliocha,
profundamente impresionado.
‑No esperabas encontrarme aquí, ¿verdad? No
sabía dónde esperarte. ¿Cerca de la casa? De allí parten tres caminos, y no
podía vigilarlos todos. Al fin, se me ha ocurrido esperarte aquí, por donde
forzosamente tenías que pasar, ya que no hay otro camino para ir al
monasterio... Bueno, habla. Dime toda la verdad. Aplástame como a un gusano.
¿Pero qué tienes?
‑Nada: es el miedo. Y además, Dmitri, la sangre
de nuestro padre...
Aliocha se echó a llorar. Hacía rato que lo deseaba. Le
parecía que algo se desgarraba dentro de él.
‑Casi lo matas ‑añadió‑. Lo has
maldecido. Y ahora... bromeas.
‑Es verdad. Esto es innoble; no es propio de la
situación.
‑Lo digo porque...
‑Un momento. Observa esta noche sombría, esas
nubes, ese viento que se ha levantado. Cuando te esperaba debajo del sauce, me
he dicho de pronto (Dios es testigo): « ¿Para qué seguir sufriendo? ¿Para qué
esperar? He aquí un sauce. Con el pañuelo y la camisa, pronto habré trenzado
una cuerda. Además, tengo los tirantes. Voy a quitar la tierra de mi vista.»
De pronto oí tus pasos. Fue como si un rayo me iluminara. «Sin embargo, hay en
el mundo un hombre al que quiero. Aqui viene. Es ese hombrecito, mi hermano
menor. Lo quiero más que a nadie en el mundo; es el único a quien quiero.» Tan
vivo ha sido mi afecto por ti en ese instante, que he estado a punto de
arrojarme a tu cuello. Pero, de pronto, he tenido una ocurrencia estúpida: «Voy
a darle un susto. Así lo divertiré.» Y he gritado como un imbécil: «¡La bolsa o
la vida!» Perdóname esta tonteria. Esto ha sido un disparate, pero te aseguro
que en el fondo soy una persona sensata... Bueno, habla. ¿Qué ha ocurrido en
casa de Catalina Ivanovna? ¿Qué ha dicho? ¡Aplástame, aniquílame sin
miramientos! ¿Está desesperada?
‑Nada de eso, Mitia. Las he visto a las dos.
‑¿A qué dos?
‑Gruchegnka estaba en casa de Catalina
Ivanovna.
Dmitri se quedó pasmado.
‑Eso no es posible. Tú deliras. ¡Gruchegnka en
su casa!
En un relato inhábil, pero claro, Aliocha explicó a
Dmitri lo más esencial de lo ocurrido en casa de Catalina Ivanovna, y añadió a
ello sus impresiones personales. Su hermano lo escuchaba en silencio, mirándole
impasible, y Aliocha veía claramente que todo lo comprendía, que se daba
perfecta cuenta de lo sucedido. A medida que avanzaba el relato, su semblante
iba cobrando una expresión amenazadora. Tenía las cejas fruncidas, los dientes
apretados, la mirada cada vez más terrible en su obstinada fijeza. De súbito,
se operó un inesperado cambio en aquellas facciones contraídas por la indignación.
Sus crispados labios se desplegaron, y Dmitri estalló en una risa franca,
irreprimible, que durante un rato le impidió hablar.
‑¿De modo que no le ha besado la mano, que se
ha marchado sin besarle la mano? ‑exclamó en un transporte morboso, que
habría podido calificarse de insolente si no hubiera sido ingenuo‑. ¿Y
Catalina Ivanovna la ha llamado tigresa? Desde luego lo es. Merece el
patíbulo. Ésta es la opinión que tengo de ella desde hace mucho tiempo. En ese
acto de no besar la mano de Catalina Ivanovna se ha mostrado enteramente tal
como es esa criatura infernal, esa princesa, esa reina de todas las furias.
Algo hechicero en cierto modo. ¿Se ha ido a su casa? Pues ahora mismo... ahora
mismo voy en su busca. No me censures, Aliocha; convengo en que ahogarla sería
poco.
‑¿Y Catalina Ivanovna? ‑dijo Aliocha
tristemente.
‑También a ella la comprendo, y mejor que
nunca. Sería capaz de lanzarse al descubrimiento de las cuatro partes del
mundo; digo, de las cinco. ¡Atreverse a dar semejante paso! Es la Katineka de
siempre, la pensionista que no teme ir a ver a un oficial malcriado, con el
noble propósito de salvar a su padre, exponiéndose a sufrir la más grave de las
afrentas. ¡Ah, ese orgullo, esa sed de peligros, ese reto al destino llevado al
límite! ¿Has dicho que su tía ha intentado disuadirla? Es una mujer despótica,
hermana de esa generala de Moscú. Galleaba mucho, pero su marido hubo de confesarse
culpable de malversación de fondos y su arrogante esposa tuvo que bajar la
cabeza. ¿De modo que esa mujer ha intentado retener a Katia, pero ella no le
ha hecho caso? Es que Katia pensaba: «Yo puedo vencerlo todo, todo está
sometido a mi voluntad; hechizaré a Gruchegnka si me lo propongo.» Estaba
convencida de ello y ha ido más allá del límite de sus posibilidades. ¿De quién
es la culpa? ¿Crees que, al adelantarse a besar la mano de Gruchegnka, ha
obedecido al cálculo, a la astucia? No, se sentía realmente prendada de ella,
mejor dicho, no de ella, sino de su propio sueño, de su propio anhelo, tan sólo
porque este sueño y este anhelo eran suyos. Aliocha, ¿cómo has podido librarte
de esas mujeres? Habrás tenido que huir recogiéndote el hábito, ¿no? ¡Ja, ja,
ja!
‑Dmitri, sin duda no has pensado en la ofensa
que has inferido a Catalina Ivanovna al contar a Gruchegnka la visita que te
hizo. Gruchegnka ha dicho en la cara a Katia que iba a traficar furtivamente
con sus encantos. ¿Puede haber un insulto peor?
La creencia de que su hermano se reía de la
humillación sufrida por Catalina Ivanovna atormentaba a Aliocha, aunque estaba
completamente equivocado.
‑Es verdad ‑dijo Dmitri, frunciendo las
cejas y dándose una palmada en la frente.
Hasta ese
instante no había pensado en ello, aunque Aliocha se lo había contado todo: el
insulto y el grito de Catalina Ivanovna dirigido a Aliocha, al calificar a
Dmitri de hombre despreciable.
‑Sí, es verdad ‑dijo Dmitri‑; debí
de hablar a Gruchegnka de lo ocurrido aquel «día fatal», como ha dicho Katia.
Sí, se lo conté todo: ahora me acuerdo. Fue en Mokroie, mientras cantaban los tziganes.
Yo estaba ebrio. Pero lloraba y me humillaba ante la imagen de Katia.
Gruchegnka me comprendía y lloraba también... ¿Cómo no había de llorar? Pero
entonces lloró y ahora clava un puñal en el corazón. Así son las mujeres.
Y quedó pensativo, con la cabeza baja.
‑Sí, soy un miserable ‑dijo de súbito,
tristemente‑. Aunque lo contara llorando, el asunto es el mismo. Dile que
acepto su apelativo si esto puede consolarla. En fin, dejemos esto. El tema no
es precisamente alegre. Sigamos cada cual nuestro camino. No quiero volver a
verte hasta que llegue el último momento. Adiós, Alexei.
Estrechó la mano de Aliocha y, sin levantar la
cabeza, como un fugitivo, se dirigió a la ciudad a largos pasos. Aliocha le
siguió con la mirada. No podía creer que se marchara de veras. En efecto,
pronto se detuvo y volvió sobre sus pasos.
‑Espera, Alexei: tengo que decirte algo más,
algo que sólo tú debes saber. Mírame a la cara. Oye: aquí, aquí, se está
fraguando una infamia, algo execrable.
Y al decir « aquí», Dmitri se golpeaba el pecho con
expresión extraña, como si la infamia anidara en su corazón o pendiera de su
cuello.
‑Tú ya me conoces, ya sabes que soy un bribón
consumado. Pues bien, te aseguro que por mucho que haya hecho y por mucho que
pueda hacer, nada iguala en villanía a la infamia que llevo ahora dentro de mi
pecho. La podría reprimir, pero no lo haré: ya lo sabes. Prefiero cometerla. Te
lo había contado todo excepto esto. No me atrevía. Podría detenerme y, así,
recobrar el día de mañana la mitad de mi honor, pero no renunciaré: se cumplirá
mi negro destino. Tú eres testigo de que hablo por anticipado y con plena
lucidez. ¡Perdición y tinieblas! ¿Para qué explicártelo? Ya lo sabrás a su
tiempo. El lodo es como una furia. Adiós. No reces por mí: ni te merezco ni te
necesito. Apártate de mi camino.
Y se alejó, esta vez definitivamente.
Aliocha se dirigió al monasterio... «¿Qué ha dicho?
¿Que no le veré más?» ¡Qué extraño le parecía todo aquello!... «Tendré que ir
mañana a buscarlo. ¿Qué habrá querido decir?»
Contorneando el monasterio, se dirigió a la ermita.
Le abrieron la puerta aunque no se dejaba entrar a nadie a aquellas horas.
Entró en la celda del starets con el corazón palpitante. ¿Por qué se
habría marchado? ¿Por qué lo habrían lanzado al mundo? En la ermita todo era
paz y santidad; allá abajo sólo había agitación y esas tinieblas donde el
hombre se extravía.
En la celda estaban el novicio Porfirio y el padre
Paisius. Éste había ido a enterarse del estado del padre Zósimo, que empeoraba
por momentos, como supo Aliocha con verdadero espanto. La charla nocturna no se
había podido celebrar. Ordinariamente, después del oficio, antes de entregarse
al descanso, la comunidad se reunía en las habitaciones del starets. Los
religiosos le iban exponiendo en voz alta las faltas cometidas durante el día,
sus malos pensamientos, sus tentaciones, incluso sus disputas con otros monjes
si las habían tenido. Algunos hacían sus confesiones arrodillados. El starets
absolvía, calmaba, aleccionaba, imponía penitencias, bendecía y daba licencia
para marcharse. Los enemigos del starets se alzaban contra estas
confesiones fraternales: veían en ellas una profanación del sacramento de la
confesión, casi un sacrilegio, aunque, en realidad, eran otras cosas. Se argumentaba
ante las autoridades diocesanas que tales reuniones, lejos de alcanzar sus
fines, eran una fuente de pecados, de tentaciones. Algunos elementos de la
comunidad iban a disgusto a estas charlas, y si acudían, era para que no se les
tuviera por orgullosos o por rebeldes. Se contaba que algunos monjes se ponían
de acuerdo anticipadamente. «Yo diré que me he disgustado contigo esta mañana
y tú lo confirmarás.» Procedían así para tener algo que decir y salir del paso.
Aliocha sabía que, a veces, las cosas ocurrían de este modo. También sabía que
muchos estaban indignados por la costumbre de que las cartas, incluso las de
los padres, que llegaban a los religiosos, se entregaran primero al starets,
el cual las abría y leía antes que sus destinatarios. Pero entiéndase, esta
práctica era voluntaria: los religiosos eran muy dueños de no acatarla o de someterse
a ella con humildad edificante. Ciertamente, no estaba exenta de cierta
hipocresía. Pero los religiosos más convencidos, los de más edad y experiencia,
afirmaban que aquellos que entraban en el monasterio para entregarse
sinceramente a Dios hallaban en esta obediencia, en esta abdicación, un
provecho saludable, y que los que murmuraban contra tal proceder no tenían
vocación y habría sido mejor que se quedaran en el mundo.
‑Se debilita, se adormece ‑murmuró el
padre Paisius al oído de Aliocha‑. No nos atrevemos a despertarlo.
Además, ¿para qué lo hemos de despertar? Ha estado despierto cinco minutos y ha
pedido que transmita su bendición a la comunidad, con la súplica de que ruegue
a Dios por él. Tiene el propósito de volver a comulgar mañana por la mañana. Se
ha acordado de ti, Alexei. Ha preguntado dónde estabas y le hemos dicho que te
habías marchado a la ciudad. «Lo bendigo ‑ha murmurado‑. Su puesto
está allí, no aquí.» Cuentas con su amor y su solicitud. ¿Comprendes el honor
que esto significa para ti? ¿Por qué te asignará un sitio en el mundo? Sin
duda, algo presiente en tu destino. Si vuelves al mundo, Alexei, ha de ser para
cumplir una misión impuesta por tu starets y no para entregarte a la
agitación y a las vanidades de la vida mundana.
El padre Paisius se marchó. Alexei no dudaba de que
el fin del starets estaba próximo, aunque aún pudiese vivir un día o
dos. Se juró que, a pesar de los compromisos contraídos por su padre, la señora
y la señorita Khokhlakov, su hermano y Catalina Ivanovna, no dejaría el
monasterio hasta el último momento de la vida del starets. Su corazón
ardía de amor, y Aliocha se reprochaba amargamente haber olvidado, mientras
permanecía en la ciudad, a aquel ser que había dejado en su lecho de muerte y a
quien veneraba por encima de todo. Pasó al dormitorio, se arrodilló y se
prosternó junto al lecho. El starets estaba sumido en un apacible
reposo; apenas se percibía su respiración; su rostro tenía una expresión
serena.
Aliocha volvió a la pieza inmediata, donde aquella
mañana se había celebrado la reunión familiar en presencia del starets.
Se limitó a quitarse las botas y se tendió sobre el duro sofá de cuero, donde
acostumbraba dormir, utilizando sólo una almohada. Hacía mucho tiempo que había
renunciado al use del colchón, aquel colchón mencionado por su padre. Además
de las botas, sólo se quitaba el hábito, que le servía de cubierta. Antes de
acostarse se arrodilló y pidió a Dios, en una ferviente plegaria, que le
iluminase; ansiaba volver a sentir la paz interior que experimentaba
invariablemente después de haber loado y glorificado al Todopoderoso, cosa que
hacía siempre en sus oraciones de la noche. La alegría que entonces se
apoderaba de él le proporcionaba un sueño apacible. Mientras rezaba, notó en el
bolsillo el sobre de color de rosa que le había entregado la doncella de
Catalina Ivanovna cuando corrió tras él hasta alcanzarle. Se sintió turbado,
pero ello no le impidió llegar al fin de sus rezos. Cuando hubo terminado,
abrió el sobre no sin cierta vacilación. Contenía una carta dirigida a él y
firmada por Lise, la hija de la señora de Khokhlakov, la muchacha que se había
burlado de él aquella mañana en presencia del starets:
Alexei
Fiodorovitch, le escribo a escondidas de todos, incluso de mi madre. Ya sé que
esto no está bien, pero no puedo seguir viviendo sin decirle lo que ha nacido
en mi corazón. Aparte nosotros dos, nadie debe saber nada de esto hasta nueva
orden. Se dice que las cartas no ruborizan. ¡Qué error! Estoy segura de que en
este momento tanto usted como yo estamos como la grana. Querido Aliocha, le
amo, le amo desde mi infancia, desde Moscú, desde cuando usted era muy
diferente de como ahora es. Mi corazón lo ha elegido para que nos unamos y
acabemos juntos nuestros días. Pero es condición precisa que deje usted el
monasterio. Respecto a nuestra edad, esperaremos el tiempo que la ley exige.
Transcurridos estos años, yo ya estaré curada y bailaré. Sobre esta cuestión
no hay la menor duda.
Ya ve que lo tengo todo pensado, pero hay algo que no
me puedo imaginar: lo que usted pensará de mí al leer estas líneas. Esta mañana
me he reído y he bromeado hasta enojarle, pero le aseguro que antes de coger la
pluma he orado ante la imagen de la Virgen y ha faltado poco para que me echara
a llorar.
Mi secreto está en sus manos. Cuando usted venga
mañana a verme, no sé si me atreveré a mirarle. Dígame, Alexei Fiodorovitch:
¿qué pasará si, al verle, no puedo contener la risa como me ha sucedido esta
mañana? Me tomará usted por una burlona despiadada y dudará de la sinceridad
de mi carta. Por eso le ruego, querido, que no me mire demasiado directamente a
la cara cuando venga: podría echarme a reír al verle metido en ese hábito tan
largo. Sólo de pensarlo se me hiela el corazón. Le ruego que al principio
dirija usted la vista a mi madre y a la ventana.
Ya
ve usted: le he escrito una carta de amor. ¿Qué he hecho, Dios mío? Aliocha, no
me desprecie. Si he obrado mal y le causo algún trastorno, perdóneme. Ahora mi
reputación, tal vez perdida, está en sus manos.
Seguro que hoy lloraré. Adiós, hasta nuestra terrible
entrevista.
LISE.
P. D.: Aliocha, no deje de venir, no falte.
Aliocha leyó dos veces esta carta sin salir de su
sorpresa. Se quedó pensativo. Al fin sonrió dulcemente. Se estremeció: esta
sonrisa le pareció una falta. Pero un momento después apareció de nuevo en sus
labios la sonrisa de felicidad. Guardó la carta en el sobre, hizo la señal de
la cruz y se acostó. En su alma había renacido la calma.
«Señor, perdónalos a todos. Protege a esos
desgraciados, a esos seres inquietos. Guíalos, manténlos en el buen camino. Tú
que eres el Amor, concédeles a todos la alegria.»
Y Aliocha se sumió en un sueño apacible.
CAPITULO PRIMERO
EL PADRE THERAPONTE
Aliocha se despertó antes del alba. El starets
ya no dormia y se sentía muy débil. Sin embargo, quiso levantarse y sentarse en
un sillón. Conservaba la lucidez. Su rostro, aunque consumido, reflejaba un
gozo sereno; su mirada alegre, bondadosa, atraía.
‑Tal vez no vea el final de hoy.
Quiso confesarse y comulgar en seguida. Su confesor
habitual era el padre Paisius. Después le administraron la extremaunción.
Acudieron los religiosos. La celda se fue llenando poco a poco. Había
amanecido. Después del oficio, el starets quiso despedirse de todos y a
todos los abrazó. Como la celda era tan poco espaciosa, los que llegaban
primero tenían que salir para que pudieran entrar los otros. El starets
volvió a sentarse y Aliocha permaneció a su lado. Hablaba a instruía en la
medida que le permitían sus fuerzas. Su voz, aunque débil, era todavía muy
clara.
‑Después de instruiros con mis palabras durante
años, esto se ha convertido en mí en una costumbre tan inveterada, que, a pesar
de lo débil que estoy, mis queridos padres, callar sería para mi más penoso que
hablaros.
Así bromeaba el starets, mirando con ternura a
los que se apiñaban en torno de él. Aliocha se acordó en seguida de algunas de
sus palabras. Aunque la voz del padre Zósimo conservaba la claridad y cierta
firmeza, su discurso resultó bastante deshilvanado. Habló mucho, como si en
aquellos últimos momentos quisiera manifestar todo lo que no había podido
decir durante su vida. Su propósito era no sólo instruir, sino compartir con
todos su alegría y las delicias de su éxtasis, y expansionar por última vez su
corazón.
‑Amaos los unos a los otros, padres míos ‑decía
(según los recuerdos de Aliocha)‑. Amad al pueblo cristiano. Nosotros no
somos más santos que los laicos por el mero hecho de haber venido a encerrarnos
entre estos muros; al contrario, todos los que están aquí demuestran, por el
mero hecho de su presencia, y así deben reconocerlo, que son peores que los
demás hombres... Y cuanto más viva el religioso en su retiro, más claramente
habrá de ver esta verdad. De otro modo, no valdría la pena que hubiera venido
aquí. Cuando comprenda que no sólo es peor que todos los laicos, sino culpable
de todo y hacia todos, culpable de todos los pecados colectivos a
individuales, cuando esto suceda, y solamente cuando suceda, habremos
conseguido la finalidad de nuestra unión. Pues han de saber, padres míos, que
nosotros, seguramente, somos culpables aquí abajo de todo y hacia todos, no
solamente a través de la falta colectiva de la humanidad, sino también de las
faltas de cada hombre frente a todos sus semejantes. Este conocimiento de
nuestra culpa es la coronación de la carrera religiosa, como es, por lo demás,
la de todas las carreras humanas. Pues el religioso no es un ser aparte, sino
la imagen de lo que deberían ser todos los hombres. Sólo cuando tengáis
conciencia de ello, vuestro corazón se sentirá penetrado de un amor infinito,
universal, insaciable. Entonces cada uno de vosotros será capaz de conquistar
el mundo entero con su amor y de borrar los pecados con sus lágrimas. Que cada
cual penetre en sí mismo y se confiese incansablemente. No temáis por vuestro
pecado, por convencidos que estéis de él, con tal que os arrepintáis..., pero
no pongáis condiciones a Dios. Os digo una vez más que no os enorgullezcáis
ante los pequeños ni ante los grandes. No odiéis a los que os rechazan y os
deshonran, os insultan y os calumnian. No odiéis a los ateos, a los maestros
del mal, a los materialistas; no odiéis ni a los peores de ellos, pues muchos
son buenos, sobre todo en vuestra época. Acordaos de ellos en vuestras
oraciones: Decid: «Salva, Señor, a esos por los que nadie ruega; salva a esos
que no quieren rogar por Ti.» Y añadid: «No te dirijo este ruego por orgullo,
Señor, pues yo soy tan vil como todos ellos...» Amad al pueblo cristiano, no
abandonéis vuestro rebaño a gentes extrañas, pues si os adormecéis en vuestros
afanes, de todas partes vendrán a robar vuestro ganado. No os canséis de
explicar al pueblo el Evangelio. No os entreguéis a la avaricia. No os dejéis
seducir por el oro y la plata. Tened fe, mantened en alto y con mano firme
vuestro estandarte...
El starets no se expresó exactamente así, sino
de un modo más confuso. La exposición anterior se basa en las notas que Aliocha
tomó acto seguido. A veces, el padre Zósimo se detenía como para tomar fuerzas.
Jadeaba y permanecía en una especie de éxtasis. Todos le escuchaban con
afecto, aunque a algunos les sorprendieran sus palabras y les parecieran
oscuras. Después, todos las recordaron.
Aliocha dejó la celda por un momento y quedó
sorprendido ante la agitación general, ante la actitud de espera de toda la
comunidad hacinada en la celda del starets y en torno de ella. Esta
espera era en algunos ansiosa y en otros grave y serena. Todos daban por seguro
que se produciría algún prodigio inmediatamente después de la muerte del starets.
Aunque esta creencia tenía un algo de frivolidad, incluso los monjes más
severos participaban en ella. El semblante más grave era el del padre Paisius.
Aliocha había salido de la celda porque un monje le
dijo de parte de Rakitine que éste le traía una carta de la señora de Khokhlakov.
En ella la dama daba una noticia que llegaba con gran oportunidad. El día
anterior, entre las mujeres del pueblo que habían acudido a rendir homenaje al
starets y recibir su bendición, figuraba una viejecita de la localidad,
Prokhorovna, viuda de un suboficial, que había preguntado al starets si
se podía incluir en los rezos por los difuntos a su hijo Vasili, que se había
trasladado a Siberia, a Irkutsk, por asuntos del servicio, y del que no tenía
noticias desde hacía un año. El starets se lo había prohibido
severamente, diciéndole que semejante proceder sería poco menos que un acto de
brujería. Pero, indulgente ante la ignorancia de la pobre vieja, había añadido
unas palabras de consuelo «como si leyera en el libro del porvenir» ‑así
se expresaba la señora de Khokhlakov‑. El starets había dicho a la
viejecita que su hijo vivía, que no tardaría en llegar o en escribirle, y que
ella, por lo tanto, no tenía más que esperarle en su casa. «Y la profecía se ha
cumplido al pie de la letra», añadía en su carta, entusiasmada, la señora de
Khokhlakov. Apenas entró en su casa la buena mujer, se le entregó una carta que
se había recibido de Siberia. Y en esta carta, escrita desde Iekaterinburg,
Vasili decía que iba a regresar a Rusia en compañía de un funcionario, y que,
transcurridas dos o tres semanas, podría abrazar a su madre.
La señora de Khokhlakov rogaba encarecidamente a
Aliocha que comunicara « el nuevo milagro de la predicción» al padre abad y a
toda la comunidad. «Deben saberlo todos», decía al final de la carta, escrita
rápidamente y en la que la emoción se reflejaba en todas las líneas. Pero
Aliocha no tuvo nada que comunicar a la comunidad, porque todos estaban ya al
corriente de lo ocurrido. Rakitine, al enviar el recado a Aliocha, había dicho
al mismo monje que se lo llevaba, que comunicara respetuosamente al reverendo
padre Paisius que tenía que informarle sin pérdida de tiempo de un asunto
importantisimo, y que le rogaba humildemente que perdonase su atrevimiento.
Como el monje emisario había empezado por transmitir al padre Paisius la
petición de Rakitine, Aliocha, una vez leida la carta, tuvo que limitarse a
presentarla al padre como prueba documental. Este hombre rudo y desconfiado, al
leer con las cejas fruncidas la noticia del «milagro», no pudo disimular su
profunda emoción. Sus ojos brillaron y en sus labios apareció una sonrisa
grave, penetrante.
‑Y no será esto lo único que veremos ‑dijo
sin poder contenerse.
‑No, no será lo único ‑convinieron los
monjes.
Entonces el padre Paisius frunció de nuevo las cejas
y rogó a los religiosos que no hablaran del asunto a nadie hasta que obtuvieran
la confirmación, pues las noticias del mundo pecaban siempre de ligereza, y el
hecho podía haberse producido naturalmente. Así habló, como para descargar su
conciencia, pero sin que él mismo creyese en su reserva, cosa que observaron
sus oyentes.
Entre tanto, la noticia del «milagro» había corrido
por todo el monasterio, a incluso llegó a oídos de algunos laicos que habían
acudido a la misa. El más impresionado parecía aquel monje que había llegado el
día anterior de San Silvestre, pequeño monasterio situado en el lejano norte,
en las proximidades de Obdorsk; que había rendido homenaje al starets al
lado de la señora Khokhlakov, y que había preguntado al padre Zósimo mientras
le dirigía una mirada penetrante y señalaba a la hija de la dama:
‑¿Cómo puede usted hacer estas cosas?
No sabía qué creer, estaba perplejo. La tarde
anterior había visitado al padre Theraponte en su celda privada, que se
hallaba detrás del colmenar, y esta visita le había producido enorme impresión.
El padre Theraponte era aquel viejo monje, silencioso y gran ayunador, que ya
hemos citado como adversario del starets Zósimo y especialmente del
staretismo, al que consideraba como una novedad nociva. Aunque no hablaba casi
con nadie, era un adversario temible por la sincera simpatía que le
testimoniaban casi todos los religiosos. También entre los laicos había muchos
que le veneraban, viendo en él un hombre justo y un asceta, aunque lo tenían
por loco. Y es que su locura cautivaba. El padre Theraponte no iba nunca a las
habitaciones del starets Zósimo. Aunque habitaba en el recinto de la
ermita, no se le imponían rigurosamente las reglas del monasterio, en atención
a su simplicidad. Tenía setenta y cinco años, o tal vez más, y vivía a espaldas
del colmenar, en un rincón que formaban los muros. Había allí un pabellón de
madera que se caía de viejo. Se había construido hacia muchos años, en el siglo
pasado, para otro gran ayunador y taciturno, el padre Jonás, que había vivido
ciento cinco años y cuyas proezas se referían aún en el monasterio y sus
alrededores. El padre Theraponte había conseguido que se le permitiera
instalarse en esta casucha aislada, que parecía una capilla por la gran
cantidad de imágenes que había en ella, acompañadas de lámparas que ardían
continuamente. Estas imágenes eran donaciones recibidas por el monasterio, y el
padre Theraponte estaba encargado de su vigilancia. Su único alimento eran dos
libras de pan cada tres días, cantidad que nunca rebasaba. El pan se lo traía el
guardián del colmenar, con quien casi nunca cruzaba una palabra. El padre abad
le enviaba regularmente el alimento para toda la semana: cuatro libras de pan,
más el pan bendito de los domingos. Todos los días se renovaba el agua de su
cántaro. Asistía raras veces al oficio. Sus admiradores le habían visto en más
de una ocasión pasar un día entero de rodillas, orando y sin mirar en torno de
él. Si hablaba con ellos, se mostraba reticente, lacónico, extraño y muchas
veces grosero. En algunos casos, muy poco frecuentes, se dignaba responder a
sus visitantes, pero generalmente se limitaba a pronunciar una o dos palabras
incomprensibles, que despertaban la curiosidad de sus interlocutores y que no
explicaba nunca, por mucho que se le rogase. Jamás había sido ordenado
sacerdote. Según un rumor extraño que circulaba, bien es verdad que entre las
gentes más ignorantes, el padre Theraponte estaba en relación con los
espíritus celestes y sólo con ellos hablaba, lo que explicaba su silencio ante
los demás.
El monje de Obdorsk entró en el colmenar con el
permiso del guardián, que también era un religioso lúgubre y taciturno, y se dirigió
a la casucha del padre Theraponte.
El guardián le previno:
‑Tal vez consigas que hable contigo, ya que
eres forastero, pero también puede ser que no logres arrancarle una palabra.
El monje forastero se acercó, como confesó después,
francamente atemorizado. Era ya tarde. El padre Theraponte estaba sentado en
un banco que había a la puerta del pabellón. Un olmo viejo y enorme movía
suavemente sus ramas sobre la cabeza del anciano. Se notaba el fresco del
atardecer. El visitante se arrodilló ante su colega y le pidió su bendición.
‑Levántate ‑dijo el padre Theraponte‑
si no quieres que me arrodille yo también ante ti.
El monje se levantó.
‑Siéntate aquí, hermano que recibes y las
bendiciones. ¿De dónde vienes?
Lo que más sorprendió al forastero fue que el padre
Theraponte, pese a su avanzada edad y a sus prolongados ayunos, tenía el
aspecto de un viejo vigoroso de aventajada estatura y de complexión atlética.
Su rostro, aunque demacrado, se conservaba fresco; tenía la barba y el cabello
frondosos y todavía negros en algunos puntos; sus ojos eran grandes, salientes,
de un azul luminoso. Hablaba acentuando con fuerza la letra «o». Su
indumentaria consistía en un blusón rojizo de burdo paño, semejante al de los
presos, con un trozo de cuerda a guisa de cinturón. Llevaba el cuello y el
escote desnudos. Bajo el blusón se veía una camisa gruesa, casi negra, que no
se había quitado desde hacia meses. Se decía que llevaba sobre su cuerpo
treinta libras de cadenas. Calzaba unos zapatos destrozados.
‑Vengo de San Silvestre, el pequeño monasterio
de Obdorsk ‑repuso humildemente el visitante observando al asceta con sus
ojos vivos y llenos de curiosidad, aunque algo inquieto.
‑Conozco tu monasterio; he vivido en él. ¿Cómo
os van las cosas?
El visitante se turbó.
‑Sois gente sobria ‑dijo el padre
Theraponte‑. ¿Qué ayuno observáis?
‑Nuestra alimentación se ajusta a las antiguas
costumbres ascéticas. Durante la cuaresma no tomamos ningún alimento los lunes,
miércoles y viernes. Los martes y los jueves comemos pan blanco, una tisana con
miel, moras silvestres, coles saladas y harina de avena. Los sábados, sopa de
coles, fideos con guisantes y alforfón con aceite de cañamones. El domingo se
añade a esto sopa de pescado seco y alforfón. Durante la Semana Santa, desde el
lunes hasta el sábado, solamente pan, agua y una cantidad moderada de legumbres
sin cocer. Entonces no comemos aún todos los días, sino que seguimos las normas
de la primera semana. El Viernes Santo, ayuno completo; el sábado, ayuno hasta
las tres, hora en que se puede comer un poco de pan y beber agua y un vasito de
vino. El Jueves Santo tomamos alimentos cocidos sin manteca, bebemos vino y
observamos la verofagia. El concilio de Laodicea nos dice respecto al Jueves
Santo: « No conviene interrumpir el ayuno el jueves de la última semana, con lo
que se deshonra toda la cuaresma.» Así nos alimentamos en nuestro monasterio.
Y el humilde monje, animándose, continuó:
‑¿Pero qué es esto comparado con lo que usted
hace, eminente padre? Usted en todo el año, incluso en las Pascuas, no se alimenta
más que de agua y pan. El pan que nosotros consumimos en dos días, a usted le
basta para toda una semana. Su abstinencia es verdaderamente maravillosa.
‑¿Y los agáricos? ‑preguntó de pronto el
padre Theraponte.
‑¿Los agáricos? ‑dijo el visitante,
estupefacto.
‑Sí. Yo pasaría sin pan; no lo necesito para
nada. Si fuese necesario, me retiraría a los bosques y me alimentaría de
agáricos o de bayas. Pero ellos no pueden pasar sin pan: están aliados con el
demonio. Hoy los incrédulos afirman que el ayuno riguroso no conduce a nada.
Es un modo de razonar impío.
‑Es verdad ‑suspiró el monje de Obdorsk.
‑¿Has visto los diablos en ellos? ‑preguntó
el padre Theraponte.
‑¿En quién? ‑preguntó el forastero
tímidamente.
‑El año pasado, en Pentecostés, fui a las
habitaciones del padre abad, y ya no he vuelto. Durante mi visita vi un diablo
escondido en el pecho del monje, debajo del hábito: sólo le asomaban los
cuernos. Otro monje llevaba uno en el bolsillo, desde donde acechaba con sus
vivos ojos, porque yo le daba miedo. Otro religioso daba asilo en sus entrañas
impuras a un tercer diablillo. Y; en fin, vi otro suspendido del cuello de un
monje, que lo llevaba así sin advertirlo.
‑¿De veras los vio usted? ‑preguntó el
forastero.
‑Sí, te lo aseguro: los vi con mis propios
ojos. Al salir de las habitaciones del padre abad vi otro diablo que se
ocultaba de mí detrás de la puerta. Era un mocetón de más de un metro, con un
rabo grueso y leonado, cuya punta se había encajado en la rendija de la puerta.
Yo cerré el batiente con fuerza y le pillé la punta de la cola. El diablo
empezó a gemir y a debatirse. Yo le hice tres veces la señal de la cruz y él
reventó como una araña aplastada por un pie. Debe de estar pudriéndose en un
rincón; sin duda, apesta; pero ellos ni lo ven ni perciben el olor. Ya hace un
año que no voy por allí. Sólo a ti, que eres forastero, te revelo estas cosas.
‑Todo eso es horrible. Dígame, bienaventurado y
eminente padre: se dice en tierras lejanas que usted está en relación permanente
con el Santo Espíritu. ¿Es esto verdad?
‑A veces desciende hasta mí.
‑¿Bajo qué forma?
‑Bajo la forma de un pájaro.
‑¿De una paloma?
‑No, el que se presenta así es el Espíritu
Santo. Yo me refiero al Santo Espíritu, que es diferente. Éste puede descender
a la tierra en forma de golondrina, de jilguero, de paro...
‑¿Cómo puede usted reconocerlo?
‑Lo reconozco cuando habla.
‑¿Qué lenguaje emplea?
‑El de los hombres.
‑¿Y qué le dice?
‑Hoy me ha anunciado la visita de un imbécil
que me haría una sarta de preguntas tontas. Eres muy curioso, hermano. ‑Sus
palabras son inquietantes, bienaventurado y venerado padre.
El monje de Obdorsk asintió con un movimiento de
cabeza, pero en sus ojos, llenos de temor, había aparecido la desconfianza.
‑¿Ves ese árbol? ‑preguntó el padre
Theraponte tras una pausa.
‑Lo veo, bienaventurado padre.
‑Para ti es un olmo, pero para mí es otra cosa.
‑¿Qué es? ‑preguntó el monje con
ansiedad.
‑¿Ves esas dos ramas? Pues por la noche suelen
convertirse en los brazos de Cristo que se tienden hacia mí y me buscan. Yo los
veo claramente, y entonces empiezo a temblar. ¡Es algo espantoso!
‑¿Espantoso Cristo?
‑Una noche me apresará y se me llevará.
‑¿Vivo?
‑Tú no sabes nada de la gloria de Elías. Se
apodera de uno y se lo lleva.
Después de esta conversación, el monje de Obdorsk
volvió a la celda que se le había asignado. Estaba perplejo, pero su corazón se
inclinaba más hacia el padre Theraponte que hacia el padre Zósimo. Estimaba el
ayuno por encima de todo, y no le extrañaba que un ayunador tan extraordinario
como el padre Theraponte viera maravillas. Sus palabras parecían absurdas ‑esto
era evidente‑, pero Dios sabía lo que significaban. A veces, los más
inocentes, inspirados por su amor a Cristo, hablan y obran de un modo todavía
más extraño. Le complacía creer sinceramente en el diablo y en su cola
apresada, y no como algo alegórico, sino como en una forma material. Además,
desde su llegada al monasterio tenía gran prevención contra el staretismo, por
considerarlo, como tantos otros, como una innovación nociva. Durante el día que
había pasado en el monasterio había escuchado las secretas murmuraciones de
ciertos monjes de ideas ligeras que se oponían al staretismo. Además,
era un carácter fisgón que sentía una ávida curiosidad por todo. La noticia del
nuevo milagro del padre Zósimo le sumió en una profunda perplejidad. Más tarde,
Aliocha recordó las continuas apariciones de este curioso huésped entre los
religiosos que rodeaban al starets y a su celda, de este monje que se
introducia en todas partes, lo escuchaba todo a interrogaba a todo el mundo.
Aliocha no le prestó demasiada atención en aquellos momentos, porque tenía
otras cosas en qué pensar. El starets, que había tenido que acostarse de
nuevo debido a su extrema debilidad, se acordó de pronto de Alexei y reclamó su
presencia. Aliocha acudió a toda prisa. Alrededor del enfermo sólo estaban
entonces el padre Paisius, el padre José y el novicio Porfirio. El viejo fijó
en Aliocha sus fatigados ojos y le preguntó:
‑¿Te esperan los tuyos, hijo mío?
Aliocha se turbó.
‑¿No lo necesitan? ¿Has prometido a alguno de
ellos ir a verlo hoy?
‑He prometido ir a ver a mi padre, a mi
hermano... y a otras personas.
‑Pues vete, vete en seguida y no te preocupes
por mi. No moriré sin haber pronunciado ante ti mis últimas palabras. Te las
dirigiré a ti, hijo mío, porque sé que tú me quieres. Ve, ve a cumplir tu
palabra.
Aliocha se dispuso a obedecer inmediatamente, aunque
le dolía alejarse. La promesa de oír las últimas palabras de su maestro, de
recibirlas como un legado, le enajenaba de alegría. Se dio prisa, a fin de
poder regresar cuanto antes, una vez cumplidos sus compromisos. Cuando salió
de la celda, el padre Paisius, que le acompañaba, le dirigió sin preámbulo
alguno unas palabras que le impresionaron profundamente:
‑Acuérdate siempre, muchacho, de que la ciencia
del mundo, que se ha desarrollado extraordinariamente en este siglo, ha disecado
nuestros libros santos y, tras un análisis implacable, no ha dejado en ellos
nada en pie. Pero los sabios, enfrascados en la labor de disecar las partes,
han perdido de vista el conjunto, con una ceguera realmente asombrosa. El
conjunto se alza ante ellos tan inquebrantable como antes y el infierno no
prevalecerá frente a él. El Evangelio cuenta con diecinueve siglos de
existencia y vive tanto en las almas de los hombres como en los movimientos de
las masas. Incluso subsiste, siempre inquebrantable, en las almas de los ateos
destructores de todas las creencias. Pues esos que reniegan del cristianismo y
se revuelven contra él permanecen, en el fondo, fieles a la imagen de Cristo,
ya que ni su inteligencia ni su pasión han podido crear para el hombre una
pauta superior a la trazada por Cristo. Toda tentativa en este sentido ha
fracasado vergonzosamente. Acuérdate de esto, joven, ahora que tu starets
te envía al mundo desde su lecho de muerte. Tal vez recordando este gran
momento no olvides las palabras que te acabo de dirigir para bien tuyo, pues
eres joven, y fuertes las tentaciones del mundo, tan fuertes que acaso tú no
tengas la resistencia necesaria para hacerles frente. Y ahora márchate, pobre
huérfano.
Dicho esto, el padre Paisius lo bendijo.
Reflexionando sobre estos inesperados consejos, Aliocha comprendió que había
hallado un nuevo amigo y un guía indulgente en aquel padre que hasta entonces
le había tratado con rudo rigor. Sin duda, el starets, al sentirse a las
puertas de la muerte, había encargado al padre Paisius el cuidado espiritual de
su joven amigo. Aquella homilía atestiguaba el celo con que el religioso
cumplía el encargo. El padre Paisius se había apresurado a armar al joven
espíritu para la lucha contra las tentaciones, a preservar al alma joven que se
le transmitía como un legado, levantando en torno de ella la muralla más sólida
que le era posible construir.
CAPITULO II
Aliocha empezó por ir a casa de su padre. Por el camino
recordó que Fiodor Pavlovitch le había recomendado el día anterior que
procurase entrar sin que Iván le viera.
«¿Por qué? ‑se preguntó‑. Aunque me
quiera hacer alguna confidencia, esto no explica que yo haya de entrar
furtivamente. Sin duda alguna quería decirme otra cosa, ¡pero estaba tan
trastornado! ... »
No obstante, se alegró cuando Marta Ignatievna, que
le abrió la puerta del jardín (Grigori estaba enfermo, en cama), le dijo que
Iván había salido hacía dos horas.
‑¿Y mi padre?
‑Se ha levantado y está tomando el café ‑repuso
la vieja.
Aliocha entró en la casa. Su padre, sentado ante la
mesa, en zapatillas y con una chaqueta vieja, examinaba sus cuentas para
distraerse y sin poner en ello gran interés. Su atención estaba en otra parte.
Lo habían dejado solo en la casa, pues tampoco estaba Smerdiakov: se había ido
a comprar lo que necesitaba para la cocina. Aunque se había levantado temprano
y se hacia el valiente, era indudable que se sentía débil y fatigado. Su
frente, en la que habían aparecido varios morados, estaba ceñida por un pañuelo
rojo. La gran hinchazón de la nariz daba a su rostro una expresión agria y
perversa, y Fiodor Pavlovitch se daba cuenta de ello. Al notar la presencia de
su hijo le dirigió una mirada nada amistosa.
‑El café está frío ‑dijo secamente‑;
por eso no te ofrezco. Hoy, querido, sólo comeré una sopa de pescado, y no
invito a nadie. ¿A qué has venido?
‑Quería saber cómo estabas.
‑Claro. Además, yo te rogué ayer que vinieras.
Fue una tontería. Te has molestado en balde... Estaba seguro de que vendrías.
Sus palabras reflejaban los peores sentimientos. Se
acercó al espejo y se miró la nariz, seguramente por cuadragésima vez desde
que se había levantado. Luego se arregló con coquetería el pañuelo rojo que
protegía su frente.
‑El rojo me sienta mejor que el blanco ‑dijo
con acento sentencioso‑. El blanco es un color de hospital. Bueno, ¿qué
hay de nuevo? ¿Cómo va tu starets?
‑Está muy mal. Tal vez no pase de hoy ‑dijo
Aliocha.
Pero su padre ya no le prestaba atención.
‑Iván se ha marchado ‑dijo de pronto
Fiodor Pavlovitch, y añadió agriamente, con los labios contraídos y mirando a
Aliocha‑: Quiere birlar la novia a Mitia. Por eso se ha instalado aquí.
‑¿Te lo ha dicho él?
‑Sí, hace ya tres semanas. Por lo tanto, no ha
venido para asesinarme disimuladamente: busca otra cosa.
‑¿Por qué me dices eso? ‑preguntó
Aliocha, aterrado.
‑No me pide dinero, verdad es. Por lo demás,
aunque me lo pidiera, no se lo daría. Toma nota de esto, mi querido Alexei
Fiodorovitch: tengo intención de vivir lo más largamente posible. Por lo tanto,
necesito mi dinero. Y cuantos más años tenga, más lo necesitaré.
Fiodor Pavlovitch hablaba con las manos hundidas en
los bolsillos de su chaqueta amarilla, llena de manchas.
‑A los cincuenta y cinco años ‑siguió
diciendo‑, conservo la virilidad y espero que esto dure veinte años más.
Pero envejeceré, mi aspecto será cada vez más repelente, las mujeres no vendrán
a mí de buen grado y habré de atraérmelas por medio del dinero. Por eso quiero
reunir mucho dinero y para mí solo, mi querido hijo Alexei Fiodorovitch. Te lo
digo claramente: quiero llevar una vida de libertinaje hasta el fin de mis
días. No hay nada comparable a ese modo de vivir. Todo el mundo lo censura,
pero todos lo adoptan, aunque a escondidas. Yo, en cambio, llevo esta vida a
la vista de todos. Esta franqueza explica que todos los bribones hayan caído
sobre mí. En cuanto a tu paraíso, Alexei Fiodorovitch, has de saber que no
quiero nada de él. Aun admitiendo que exista, no conviene en modo alguno a un
hombre de hábitos normales. Allí se duerme uno y ya no se despierta. Haz decir
una misa por mí si quieres; si no, vete al diablo. Ésta es mi filosofía. Ayer
Iván habló de esto, pero entonces estábamos borrachos. Es un charlatán sin
erudición. No es muy instruido, ¿sabes? Aunque no lo dice, se ríe de vosotros:
a esto se reduce su talento.
Aliocha escuchaba sin despegar los labios. Fiodor Pavlovitch
continuó:
‑¿Por qué no me habla sinceramente? Cuando me
habla, se hace el malo. Tu Iván es un miserable. Si quisiera, se casaría con
Gruchegnka en seguida. Pues, teniendo dinero, Alexei Fiodorovitch, tiene uno
todo lo que quiere. Esto es lo que le da miedo a Iván. Me vigila y, para
impedir que me case, incita a Mitia a que se me anticipe. Obra así para librarme
de Gruchegnka, pues sabe que perdería su posible herencia si me casara. Por
otra parte, si Mitia la hace su esposa, Iván podrá quedarse con su acaudalada
prometida. Éstos son sus planes. Es un miserable tu Iván.
‑Estás irritado ‑dijo Aliocha‑. Son
las consecuencias de lo ocurrido ayer. Debes acostarte.
‑Tus palabras no me molestan ‑declaró el
viejo‑. En cambio, si vinieran de Iván, me habrían sacado de mis
casillas. Sólo contigo tengo momentos buenos. Fuera de ellos, soy un hombre
malo.
‑No es que seas malo, es que tienes trastornado
el espíritu ‑dijo Aliocha sonriendo.
‑Pensaba hacer detener a ese bandido de Mitia,
y ahora estoy indeciso. Sin duda, hoy se considera un prejuicio respetar a los
padres. Sin embargo, la ley no autoriza a coger a un padre por los pelos y
patearle la cara en su propia casa. Tampoco permite amenazarle ante testigos de
volver para acabar con él. Si quisiera, podría hacer que lo detuviesen por la
escena de ayer.
‑Entonces, ¿no piensas denunciarlo?
‑Iván me ha disuadido. A mí, Iván me tiene sin
cuidado, pero me ha dicho algo interesante.
Se inclinó sobre Aliocha y continuó en tono
confidencial:
‑Si hago detener a ese granuja, ella se
enterará y correrá hacia él. En cambio, cuando ella sepa que Dmitri me ha
agredido, a mí, viejo y débil, y que ha estado a punto de matarme, tal vez lo
abandone y venga a mi. Tal es su carácter; es un espíritu de contradicción.
La conozco muy bien... ¿No quieres un poco de coñac? Entonces toma café frío.
Le añadiré un chorrito de coñac, la cuarta parte de una copita, y verás qué
bien sabe.
‑No, gracias ‑dijo Aliocha‑.
Prefiero llevarme ese panecillo, si me lo permites. ‑Y mientras se
guardaba el blando panecillo en el bolsillo de su hábito, añadió, mirando
tímidamente a su padre‑: No debes beber.
‑Tienes razón. El coñac me irrita. Pero sólo un
vasito.
Abrió el aparador, llenó el vasito, volvió a cerrar
el mueble y se guardó la llave en el bolsillo.
‑Con esto me basta. Por un vasito no voy a
morirme.
‑Te veo mejor.
‑Aliocha, a ti te quiero incluso sin haber
bebido coñac. En cambio, para los canallas soy un canalla. Iván no va a
Tchermachnia. Se queda para espiarme. Quiere saber cuánto le doy a Gruchegnka
si viene. Son todos unos miserables. Además, reniego de Iván: no lo comprendo.
¿De dónde ha salido? Su alma no es como la nuestra. Cuenta con mi herencia,
pero te voy a decir una cosa: no dejaré testamento. A Mitia de buena gana le
aplastaría como a un gusano. Todas las noches trituro algunos con mis zapatillas:
a tu Mitia le pasará lo mismo. Digo «tu» Mitia porque sé que tú le quieres.
Pero esto no me inquieta. Si le quisiera Iván, no estaría tranquilo. Pero Iván
no quiere a nadie. No es de los nuestros. Los hombres como él, querido, no se
parecen a nosotros: son como el polvo. Cuando el viento sopla, el polvo se
dispersa... Ayer te dije que vinieras porque tuve una ocurrencia disparatada.
Quería hacer una proposición a Mitia por mediación tuya. Mi deseo era saber si
ese miserable, ese truhán, se avendría, a cambio de mil o dos mil rublos, a
marcharse de aquí para cinco años, o, mejor aún, para treinta y cinco, y a
renunciar a Gruchegnka...
‑Se lo preguntaré ‑murmuró Aliocha‑.
Yo creo que por tres mil rublos, Dmitri...
‑No, no; ya no has de preguntarle nada. Lo he
pensado mejor. Fue una locura que tuve ayer. No le daré nada, ni un céntimo.
El dinero lo necesito para mí ‑repitió Fiodor Pavlovitch con expresivo
ademán‑. De todas formas, le aplastaré como a un gusano. No, no le digas
nada. Y como aquí ya no tienes nada que hacer, vete. Oye: ¿tú crees que
Catalina Ivanovna, esa novia que Dmitri me ha ocultado siempre con tanto temor,
se casará con él? Ayer fuiste a verla, ¿verdad?
‑No quiere dejarle de ningún modo.
‑Tales son los hombres de que se enamoran esas
ingenuas damiselas: los libertinos, los bribones. Esas pálidas criaturas son
unas infelices. Si yo tuviera la juventud de Mitia y la presencia que tenía de
joven, no la suya, pues a los veintiocho años yo valía más que él vale ahora,
tendría el mismo éxito... ¡El muy canalla! Pero no tendrá a Gruchegnka, no la
tendrá. Lo aniquilaré.
Otra vez perdió el humor.
‑Y tú vete ‑dijo a Aliocha secamente‑.
Hoy no tienes nada que hacer en mi casa.
Aliocha se acercó a él para despedirse y le dio un
beso en el hombro.
‑¿Qué significa eso? ‑preguntó Fiodor Pavlovitch,
sorprendido‑. ¿Crees acaso que no nos vamos a ver más?
‑No, no; lo he hecho sin pensar en nada.
‑Yo también he hablado por hablar ‑dijo
el viejo mirándole. Y gritó a sus espaldas‑: ¡Oye, oye; vuelve pronto!
¡Te daré una sopa de pescado estupenda, no como la de hoy! Ven mañana, ¿oyes?
Apenas se hubo marchado Aliocha, volvió al aparador y
se bebió medio vaso de coñac.
‑¡Basta ya! ‑gruñó entre resoplidos.
Cerró el aparador y se guardó la llave en el
bolsillo. Después, ya en el límite de sus fuerzas, se fue a la cama y en
seguida se durmió.
CAPÍTULO III
«Ha sido una suerte que mi padre no me haya hecho
ninguna pregunta sobre Gruchegnka ‑se decía Aliocha mientras se dirigía a
casa de la señora de Khokhlakov‑. Si me hubiese preguntado, no habría
tenido más remedio que contarle lo que pasó ayer.»
Juzgaba, no sin pesar, que durante la noche los
adversarios habrían tomado fuerzas y sus corazones se habrían endurecido.
«Mi padre es irascible y malo. Continúa aferrado a su
idea. Dmitri es también un intransigente y debe de tener algún plan. Es
necesario que lo vea hoy mismo.»
Pero las reflexiones de Aliocha fueron interrumpidas
por un incidente que, a pesar de su poca importancia, no dejó de impresionarle.
Cuando estaba cerca de la calle de San Miguel, paralela a la Gran Vía, de la
que está separada por un riachuelo ‑nuestra ciudad está llena de
riachuelos‑, distinguió en la parte baja, junto al puentecillo, un
pequeño grupo de escolares de nueve a doce años como máximo. Regresaban a sus
casas después de las clases. Unos llevaban la cartera en bandolera y otros a la
espalda a modo de mochila; algunos llevaban abrigo; otros, una simple chaqueta.
No faltaban los que llevaban botas con vueltas, esas botas que a los padres acomodados
les gusta que exhiban sus mimados hijos. El grupo discutía acaloradamente, al
parecer reunido en consejo. A Aliocha le habían encantado siempre los niños ‑como
había demostrado en Moscú‑, y aunque sus preferidos eran los pequeñuelos
de no más de tres años, los escolares de diez a once también le atraían. De
aquí que, a pesar de sus preocupaciones, decidiera abordarlos y entablar
conversación con ellos. Al acercarse vio que tenían las caras congestionadas y
una o dos piedras en la mano cada uno. Al otro lado del riachuelo, que se
hallaba a unos treinta pasos, apoyada la espalda en una cerca, había otro
colegial, con la cartera al costado. Tendría diez años a lo sumo. En su pálido
semblante había una expresión de odio. Sus negros ojos llameaban. No apartaba
la vista de sus camaradas ‑el grupo de seis escolares‑, con los
cuales estaba evidentemente enojado. Aliocha se acercó al grupo y,
dirigiéndose a un muchacho de pelo rubio y rizado y cara colorada, que llevaba
una chaqueta negra, le dijo:
‑Cuando yo iba al colegio llevaba la cartera en
el lado izquierdo. Así la podía abrir y cerrar con la mano derecha.Tú la
llevas en el lado derecho, lo que me parece una incomodidad. Aliocha, aunque
sin pensarlo, había iniciado la conversación con esta alusión a un detalle
práctico. No debe proceder de otro modo el adulto que desee atraerse la
confianza de un niño, y especialmente de un grupo de niños. Instintivamente,
Aliocha había comprendido que había que hablar con toda seriedad y de cosas
corrientes, a fin de colocarse en un plano de igualdad con aquellos muchachos.
‑Es que es zurdo ‑contestó inmediatamente
otro, que debía de frisar en los once años y cuya mirada expresaba resolución.
Los otros cinco miraron a Aliocha.
‑Tira
las piedras con la mano izquierda ‑observó un tercero.
En este momento pasó una piedra junto a los niños,
rozando al zurdo. Afortunadamente, aunque arrojada con destreza y vigor, no
había dado en el blanco. La había lanzado el niño que estaba al otro lado del
riachuelo.
‑¡Hala, Smurov! ‑gritaron todos‑.
¡A él!
El zurdo no necesitó más para replicar al agresor
debidamente. Su piedra fue a dar en el suelo, lejos del objetivo. El adversario
respondió con un guijarro que alcanzó a Aliocha en un hombro. A pesar de que
el chiquillo estaba a treinta pasos de distancia, se veía que llevaba llenos de
piedras los bolsillos de su gabán.
‑Le ha tirado a usted porque usted es un
Karamazov –dijeron los del grupo echándose a reír‑. ¡Todos a la vez!
¡Fuego!
Volaron seis piedras al mismo tiempo. Alcanzado en la
cabeza por una de ellas, el chiquillo cayó, pero se levantó al punto y
respondió furiosamente. El bombardeo fue continuo por ambas partes. Casi todos
los del grupo llevaban también los bolsillos llenos de piedras.
‑¿No os da vergüenza, muchachos? ‑exclamó
Aliocha‑. ¡Seis contra uno! Lo vais a matar.
Y corrió a situarse delante del grupo, exponiéndose a
los proyectiles, con objeto de proteger al muchacho del otro lado del río. Tres
o cuatro suspendieron el combate momentáneamente.
‑¡Es él quien ha empezado! ‑gritó
agriamente el chico que llevaba una blusa roja‑. Hace un rato, cuando
estábamos en clase, ha herido a Krasotkine con un cortaplumas. Le ha hecho
sangre. Krasotkine no ha querido decírselo al profesor. Hay que darle una
paliza.
‑¿Por qué, si a vosotros no os ha hecho nada?
‑Además, le ha dado a usted una pedrada en el
hombro ‑gritó uno de los niños‑. Ahora le está mirando a usted para
tirarle una piedra. ¡Hula! Todos contra él. ¡No falles, Smurov!
El bombardeo se reanudó, esta vez implacable. El
combatiente solitario recibió una pedrada en el pecho. Lanzó un grito, se echó
a llorar y huyó cuesta arriba, hacia la calle de San Miguel. Uno del grupo
gritó:
‑¡«Barbas de Estropajo» ha tenido miedo y ha
echado a correr!
‑Usted no sabe, Karamazov, lo traidor que es.
Matarlo sería poco.
‑¿Es un soplón?
Los chicos cambiaron miradas burlonas.
‑Si va usted por la calle de San Miguel ‑continuó
el mismo muchacho‑, atrápelo. Mire: se ha parado y le está mirando. Le espera.
‑Sí, le está mirando ‑dijeron los demás.
‑Pregúntele si le gustan los estropajos de
cáñamo. No deje de preguntárselo.
Todos los chicos se echaron a reír. Aliocha se quedó
mirándolos y los niños lo miraron a él.
‑No vaya; le hará algo malo ‑dijo
noblemente Smurov.
‑Amigos míos, no le hablaré de estropajos de
cáñamo, pues sin duda es lo que vosotros le decís para mortificarlo. Lo que
haré es procurar enterarme por él mismo de por qué le odiáis tanto.
‑¡Entérese, entérese! ‑gritaron los niños
entre risas.
Aliocha cruzó el riachuelo por el puentecillo y subió
la cuesta bordeando la empalizada, en direción al detestado colegial.
‑¡Cuidado! ‑le gritó uno de los del grupo‑.
¡Mire que no le teme! ¡Le atacará a traición como a Krasotkine!
El chico le esperaba sin moverse. Cuando llegó cerca
de él, Aliocha se encontró ante un niño de nueve años, débil, endeble, de
rostro ovalado, pálido y enjuto, cuyos ojos, oscuros y grandes, le miraban con
odio. Llevaba un viejo abrigo que se le había quedado corto. Parte de sus
brazos sobresalían de las mangas. En su pantalón, a la altura de la rodilla,
había un gran remiendo, y en su zapato derecho, sobre el dedo pulgar, un
agujero disimulado con tinta. Los bolsillos del abrigo reventaban de piedras.
Aliocha se detuvo a dos pasos de él y le miró con expresión interrogadora. El
rapaz, deduciendo de la mirada de Aliocha que éste no tenía intención de pegarle,
se envalentonó y fue el primero en hablar.
‑¡Yo solo contra seis! ‑exclamó con ojos
centelleantes‑. ¡Les zumbaré a todos!
‑Has recibido una pedrada que debe de haberte
hecho daño ‑dijo Aliocha.
‑También yo le he acertado a Smurov en la
cabeza ‑replicó el chiquillo.
‑Me han dicho que tú me conoces y que la
pedrada que me has dado la has dirigido adrede contra mi.
El niño le miraba con expresión huraña.
‑Yo no lo conozco ‑siguió diciendo
Aliocha‑. ¿Me conoces tú acaso?
‑¡Déjame en paz! ‑exclamó de pronto el
niño, con voz áspera y mirada hostil.
Pero no se movía del sitio. Parecía esperar algo.
‑Bien. Ya me voy ‑dijo Aliocha‑.
Pero conste que no lo conozco y que no lo quiero molestar, aunque me sería
fácil, porque tus compañeros me han explicado cómo lo podría hacer.
‑¡Vete al diablo con tus sotanas! ‑gritó
el niño, siguiendo a Aliocha con su mirada provocativa y llena de odio.
Acto seguido se puso a la defensiva, creyendo que el
novicio se iba a arrojar sobre él. Pero Aliocha se volvió, lo miró y siguió su
camino. Aún no había dado tres pasos cuando recibió en la espalda la piedra más
grande que el niño había encontrado en el bolsillo de su gabán.
‑Conque por la espalda, ¿eh? Ya veo que es
verdad lo que me han dicho: que atacas a traición.
Aliocha, que se había vuelto hacia el niño, vio que
éste le arrojaba una piedra apuntándole a la cara. Hizo un rápido movimiento
para eludir el disparo y la piedra le dio en el codo.
‑¿No te da vergüenza? ‑gritó‑. ¿Qué
te he hecho yo?
El rapaz esperaba, silencioso y con gesto agresivo,
seguro de que esta vez Aliocha iba a contestarle. Pero viendo que su víctima no
se movía, se enfureció y se lanzó sobre él. Antes de que Aliocha pudiera hacer
el menor movimiento, la fierecilla se había apoderado de su mano izquierda y
le había clavado los dientes en un dedo. Aliocha profirió un grito de dolor y
trató de retirar la mano. El chiquillo le soltó al fin y volvió al sitio donde
antes estaba. El mordisco, próximo a la uña, era profundo. Brotaba la sangre.
Aliocha sacó su pañuelo y se envolvió fuertemente la mano herida.
En esto empleó cerca de un minuto. Sin embargo, el
bribonzuelo seguía esperando. Aliocha le miró con sus apacibles ojos.
‑Bueno ‑dijo‑, ya ves la dentellada
que me has dado. Creo que es suficiente, ¿no? Ahora dime qué te he hecho yo.
El niño le miró asombrado. Aliocha continuó con su
calma de siempre:
‑Yo no lo conozco: es la primera vez que lo
veo. Pero sin duda te he molestado en algo: no es posible que me hayas agredido
sin ninguna razón. Anda, dime qué es lo que te he hecho, qué falta he cometido
contigo.
Por toda
respuesta, el niño se echó a llorar y huyó. Aliocha le siguió lentamente por la
calle de San Miguel y pudo ver que corrió un buen trecho sin cesar de llorar y
sin volverse.
Se prometió a sí mismo buscar a aquel chiquillo
cuando tuviera tiempo, a fin de aclarar el enigma.
EN CASA DE LOS KHOKHLAKOV
Aliocha no tardó en llegar a casa de la señora de Khokhlakov.
Esta casa, de piedra y de dos pisos, era una de las mejores de nuestra ciudad.
La señora de Khokhlakov habitaba con más frecuencia una finca que poseía en
otro distrito o en su casa de Moscú. La que tenía en nuestra población era una
antigua propiedad de familia. Por lo demás, la mayor de sus tres haciendas
estaba en nuestro distrito, pero la propietaria la había visitado muy pocas veces
hasta entonces. Corrió al encuentro de Aliocha en el vestíbulo.
‑¿Ha recibido usted la carta en que le explico
el nuevo milagro? ‑preguntó nerviosamente.
‑Sí, la he recibido.
‑¿Ha hecho correr la noticia? ¡Ha devuelto un
hijo a su madre!
‑Seguramente morirá hoy ‑dijo Aliocha.
‑Ya lo sé. Estaba deseando hablar de esto con
usted o con otro... No, con usted, con usted... ¡Qué contrariedad! ¡No poder ir
a verlo!... Toda la ciudad está en tensión, esperando... Oiga, ¿sabe usted que
Catalina Ivanovna está aquí, en nuestra casa?
‑¡Me alegro! ‑exclamó Aliocha‑.
Tenía que ir a verla hoy.
‑Lo sé, lo sé. Me han contado detalladamente lo
que ocurrió ayer en su casa..., la horrible escena con esa... mujer. C'est
tragique. En su lugar, yo no sé lo que habría hecho. Y su hermano Dmitri...,
¡qué hombre, Dios mío! ¡Oh Alexei Fiodorovitch, estoy aturdida! No le he dicho
que su hermano está aquí. No me refiero a ese hombre terrible, sino al otro, a
Iván. Está hablando de cosas importantes con Catalina Ivanovna... ¡Si usted
supiera lo que les sucede a los dos! ¡Es espantoso, desgarrador, increíble! ¡Se
atormentan a conciencia! Lo saben, pero encuentran en ello una acerba
satisfacción. Le esperaba a usted, estaba sedienta de su presencia. No puedo
seguir soportando esta situación. Se lo voy a contar todo... ¡Ah! Me olvidaba
de lo más importante. Lise sufre una crisis nerviosa. ¿Por qué? Está así desde
que ha sabido que ha llegado usted.
‑Eres tú la que tiene los nervios de punta,
mamá; no yo ‑dijo de pronto la voz de Lise desde la habitación vecina, a
través de la estrecha abertura de la puerta.
Era una voz aguda que al parecer ocultaba un violento
deseo de reír. Aliocha había visto aquella rendija y supuesto que por ella le
observaba Lise desde su sillón.
‑Desde
luego, tus caprichos podrían ocasionarme un ataque de nervios. Lo cierto es,
Alexei Fiodorovitch, que ha estado enferma toda la noche... Fiebre, gemidos
y... ¡qué sé yo! ¡Con qué impaciencia he esperado que se hiciera de día y
viniese el doctor Herzenstube! El doctor ha dicho que no sabe lo que tiene y
que hay que esperar. Siempre dice lo mismo. Cuando usted ha llegado, Lise ha
lanzado un grito y ha dicho que la llevaran a su habitación.
‑Mamá, yo no sabía que había venido Alexei
Fiodorovitch. Si he dicho que me llevaran a mi habitación no ha sido para huir
de él.
‑Eso no es verdad, Lise. Julia estaba espiando
y se ha apresurado a anunciarte la llegada de Alexei Fiodorovitch.
‑No está bien que digas eso, mamaíta. Mejor
sería que le dijeses a nuestro amable visitante que ha demostrado tener muy
poca cabeza viniendo a esta casa después de lo ocurrido ayer. Todo el mundo se burló
de él.
‑Te estás pasando de la raya, Lise. Te aseguro
que tomaré medidas rigurosas. Nadie se burla de Alexei Fiodorovitch. Y me
alegro de veras de que haya venido, pues no sólo lo necesito, sino que me es
indispensable. ¡Oh Alexei Fiodorovitch! ¡Qué
desgraciada soy!
‑¿Por qué, mamaíta? ¿Qué te pasa?
‑Me están matando tus caprichos, tu
inconstancia, tu enfermedad, tus horribles noches de fiebre, ese espantoso
doctor Herzenstube que siempre dice lo mismo..., en fin, todo, todo... Además,
ese milagro... ¡Cómo me ha impresionado, mi querido Alexei Fiodorovitch! ¡Cómo
me ha conmovido!... ¡Y esa tragedia que se ha desarrollado en el salón...,
mejor dicho, esa comedia!... Dígame: ¿cree que el starets Zósimo vivirá
todavía mañana?... ¿Pero qué me ocurre, Dios mío? A cada momento cierro los
ojos y me digo que esto es absurdo, completamente absurdo...
‑Le agradeceré ‑dijo de pronto Aliocha‑
que me dé un trapito para envolverme este dedo. Me he herido y me hace mucho
daño.
Aliocha descubrió su dedo mordido y dejó ver el
pañuelo manchado de sangre. La señora de Khokhlakov profirió un grito y cerró
los ojos.
‑¡Dios santo, qué herida tan espantosa!
Apenas vio el dedo de Aliocha por la rendija, Lise
abrió la puerta por completo.
‑¡Venga aquí! ‑le ordenó‑. ¡Basta ya
de tonterías! ¿Por qué ha tardado usted tanto en decirlo? Habría podido
desangrarse, mamá... ¿Cómo se ha hecho eso?... Ante todo hay que traer agua
para lavar la herida. Meterá el dedo en agua fría para calmar el dolor y lo
tendrá dentro del agua un buen rato... ¡Pronto, mamá: agua en una taza!
¡Pronto, pronto!
Hablaba con nerviosa celeridad. La herida de Aliocha
la había impresionado profundamente.
‑¿Y si enviáramos en busca del doctor
Herzenstube? ‑preguntó la señora de Khokhlakov.
‑¡Acabarás conmigo, mamá! ¿Para qué quieres que
venga el doctor? ¿Para que diga que no comprende nada? ¡El agua, mamá; el agua,
por el amor de Dios! Ve a ver qué hace Julia que no la trae. Esa mujer nunca
llega a tiempo. ¡Corre, mamá!
‑¡Pero si no es nada! ‑dijo Aliocha,
asustado ante la inquietud de Lise y su madre.
Llegó Julia con el agua. Aliocha sumergió el dedo.
‑¡Por favor, mamá; trae hilas y esa agua turbia
que usamos para los cortes! No recuerdo cómo se llama. ¡Tenemos, mamá, tenemos!
¿Sabes dónde está? En tu dormitorio, en el armario, a la derecha. Allí hay un
gran frasco. Y también están las hilas.
‑Ya voy, Lise, ya voy. Pero no grites, no te
exaltes. Observa la serenidad con que Alexei Fiodorovitch soporta el dolor.
¿Cómo se ha hecho eso, Alexei Fiodorovitch?
Y se marchó sin esperar la respuesta. Lise no deseaba
otra cosa.
‑Ante todo ‑dijo la joven rápidamente‑,
contésteme a esta pregunta: ¿dónde se ha herido? Después hablaremos de otras cosas.
¡Hable!
Aliocha comprendió que no había tiempo que perder, a
hizo un relato exacto, aunque resumido, de su encuentro con los colegiales.
Lise le escuchó sin interrumpirle. Luego enlazó las manos.
‑¿Cómo
se le ha ocurrido, y más vistiendo ese hábito, mezclarse con unos chiquillos? ‑exclamó,
indignada, como si tuviera algún derecho sobre él‑. Me ha demostrado
usted que es más chiquillo que ellos. Sin embargo, no deje de enterarse de
quién es ese rapaz de malos instintos y cuéntemelo todo después. Ahí debe de
haber algún secreto. Ahora, a otra cosa. ¿Puede usted hablar cuerdamente de
nimiedades a pesar del dolor?
‑¡Claro que sí! Además, el dolor no es muy
fuerte.
‑Porque tiene usted el dedo en el agua. Por
cierto, que hay que cambiarla en seguida, antes de que se caliente. Julia, ve a
buscar un poco de hielo a la cueva y otro tazón de agua... Ya se ha marchado.
Voy a decirle lo que le quería decir. Mi querido Alexei Fiodorovitch, hágame el
favor de devolverme inmediatamente mi carta. Mi madre volverá de un momento a
otro y no quiero que...
‑No la llevo encima.
‑Eso no es verdad; sí que la lleva. Sabía que
me daría usted esa contestación. Toda la noche he estado arrepintiéndome de mi
estúpida broma. Devuélvame la carta en seguida. ¡Devuélvamela!
‑Me la he dejado en mi habitación.
‑Sin duda, después de la tontería que he
cometido, usted habrá pensado que soy una niña. Perdóneme. Y devuélvame la
carta. Si es de verdad que no la lleva encima, tráigamela hoy mismo.
‑Hoy me es imposible, pues he de volver al
monasterio y quedarme allí. No podré venir a verla de nuevo hasta dentro de
dos, de tres o tal vez de cuatro días. El starets Zósimo...
‑¿Cuatro días? ¡Qué disparate! Dígame: ¿se ha
reído mucho de mí?
‑Nada absolutamente.
‑¿Por qué?
‑Porque creo ciegamente lo que me dice en la
carta.
‑Me ofende usted.
‑Apenas la leí, me dije que todos sus deseos se
realizarían. Cuando el starets Zósimo muera, tendré que dejar el
monasterio. Luego acabaré mis estudios, me examinaré y, cuando tengamos la edad
que señala la ley, nos casaremos. La querré mucho. Aunque no he tenido tiempo
de pensar en ello, he comprendido que nunca hallaré una esposa mejor que usted.
Tengo que casarme porque el starets me lo ha ordenado.
‑Soy una persona anormal, un monstruo ‑objetó
Lise riendo y con las mejillas arreboladas‑. Han de llevarme en un sillón
de ruedas.
‑Yo mismo empujaré el sillón. Pero estoy seguro
de que entonces ya estará usted completamente bien.
‑¿Está usted loco? ‑exclamó Lise
nerviosamente‑. ¡Forjar planes sobre una simple broma!... Aquí llega
mamá. Oportunamente, por cierto... ¿Cómo has tardado tanto, mamá? Y aquí tenemos
también a Julia con el agua.
‑¡Por todos los santos, Lise, no grites! La
cabeza me va a estallar... La culpa de que haya tardado tanto es tuya: has
cambiado de sitio las hilas... He estado mucho tiempo buscándolas... Sin duda
lo has hecho expresamente.
‑¿Expresamente? ¿Es que yo sabía que Alexei
vendría con un mordisco en un dedo? ¡Qué cosas tan chocantes dices, mamá!
‑Admito que sean chocantes; pero te aseguro que
hablo con el corazón, al ver ese dedo de Alexei Fiodorovitch y todo lo demás
que aquí está sucediendo. Mi querido Alexei Fiodorovitch, no son los detalles
por separado lo que me trastorna, no es ese Herzenstube por si solo el que me
inquieta, sino el conjunto. Esto es lo que no puedo soportar.
‑Deja en paz a Herzenstube, mamá ‑dijo
Lise riendo alegremente‑, y dame el agua y las hilas. Esto es agua
blanca, Alexei Fiodorovitch: ahora me acuerdo del nombre. ¡Un excelente remedio!
Mamá, ¿sabes lo que ha hecho?: pelearse con unos chiquillos en la calle. Uno
de ellos le ha mordido. ¿No te parece que esto demuestra que también él es un
chiquillo? ¿Y crees que un joven que hace estas cosas puede casarse? Pues se
quiere casar, ¿sabes? ¡Alexei casado! ¡Es para morirse de risa!
Y Lise reía con su risita nerviosa, mientras miraba a
Aliocha maliciosamente.
‑¿Qué dices, Lise? No debes hablar así. Y menos
teniendo en cuenta que ese bribonzuelo que le ha mordido puede estar rabioso.
‑¡Como si hubiera niños rabiosos!
‑¡Pues claro que los hay! A ese muchacho puede
haberle mordido un perro rabioso. Entonces él ha contraído la rabia y ha mordido
como el perro... ¡Qué bien lo ha curado mi hija, Alexei Fiodorovitch! Yo no
habría sabido hacerlo como ella. ¿Le duele?
‑Muy poco.
‑¿No le da miedo el agua? ‑preguntó la
joven.
‑¡Pero Lise! Porque se me ha ocurrido, sin duda
imprudentemente, recordar que existe la hidrofobia, al hablar de ese muchacho,
sólo Dios sabe lo que has supuesto... Oiga, Alexei Fiodorovitch: Catalina
Ivanovna se ha enterado de su llegada y tiene gran interés en verle.
‑¡Oh mamá! Ve tú sola. Él no puede: le duele
mucho la herida.
‑No me duele en absoluto ‑protestó
Aliocha‑. Puedo ir perfectamente.
‑¿Conque quiere marcharse? Está bien.
‑Cuando haya terminado con ella, volveré y
charlaremos cuanto le plazca. Quiero ver en seguida a Catalina Ivanovna, porque
así podré regresar antes al monasterio.
‑¡Llévatelo, mamá! Alexei Fiodorovitch, no se
moleste en venir a verme después de haber hablado con Catalina Ivanovna. Váyase
en seguida al monasterio, pues allí está su vocación. Además, estoy deseando
irme a dormir: no he pegado los ojos en toda la noche.
‑Ya veo que no hablas en serio, Lise ‑dijo
su madre‑. Sin embargo, te convendría dormir un poco.
‑Si usted quiere ‑balbuceó Aliocha‑,
me estaré aquí tres o cuatro minutos más, hasta cinco.
‑¡Llévatelo en seguida, mamá! ¡Es un monstruo!
‑¡Lise! ¿Has perdido el juicio? Vámonos, Alexei
Fiodorovitch. Hoy está demasiado nerviosa y no quiero que se acalore más. Una
mujer nerviosa es una verdadera desgracia... Pero acaso sea verdad que quiere
dormir. Ha sido una suerte que su presencia haya bastado para que sienta sueño.
‑Eres muy amable, mamá. Te mando un beso por lo
que acabas de decir.
‑Te lo devuelvo, Lise.
Y murmuró a Aliocha con acento misterioso, mientras
se alejaban:
‑Alexei
Fiodorovitch, no quiero anticiparle nada para no influir en usted. Usted mismo
lo verá: es algo espantoso, el drama más desgarrador que se puede concebir.
Catalina Ivanovna está enamorada de su hermano Iván y quiere convencerse a sí
misma de que ama a Dmitri. Le acompañaré y, si me lo permiten, me quedaré.
ESCENA EN EL SALÓN
En el salón había terminado la conferencia. Catalina
Ivanovna estaba agitadísima, pero conservaba su actitud resuelta. Cuando
Aliocha y la señora Khokhlakov aparecieron, Iván Fiodorovitch se puso en pie
para marcharse. Estaba un poco pálido. Su hermano le miró, inquieto. Acababa de
hallar la solución de un enigma que le atormentaba desde hacia algún tiempo. En
el mes último le habían insinuado varias veces que su hermano Iván estaba
enamorado de Catalina Ivanovna y, sobre todo, decidido a « birlar» la novia a
Mitia. Al principio, esto pareció a Aliocha una monstruosidad y le inquietó
profundamente. Quería a sus dos hermanos y le intranquilizaba su rivalidad.
Sin embargo, Dmitri le había dicho el día anterior que Iván le hacia un gran
favor siendo su rival y que esta oposición le hacía feliz. ¿Por qué? ¿Porque se
podría casar con Gruchegnka? Esto era un anhelo desesperado. Además, hasta la
tarde anterior, Aliocha había creido firmemente en el amor vehemente y
obstinado de Catalina Ivanovna por Dmitri. Juzgaba que Catalina Ivanovna no
podía querer a un hombre como Iván y que amaba a Dmitri tal como era, a pesar
de lo que este amor tenía de extraño. Pero a raíz de su escena con Gruchegnka
había cambiado de opinión.
La señora de Khokhlakov había empleado la expresión
«drama desgarrador», y Aliocha se estremeció al oírla, pues aquella mañana, al
despertarse cuando amanecía, él había pronunciado dos veces la palabra
«desgarradora» , seguramente obsesionado por sus sueños de aquella noche, que
habían girado alrededor de la escena provocada por Gruchegnka. La afirmación
categórica de la dama de que Catalina Ivanovna amaba a Iván y que su amor por
Dmitri no era sino una ilusión, un penoso deber que se imponía a sí misma por
gratitud había impresionado profundamente a Aliocha, que se decía que tal vez
fuera verdad. Pero, entonces, ¿en qué situación quedaba Iván? Aliocha se decía
que una mujer del carácter de Catalina Ivanovna necesitaba dominar, y este
dominio lo podía ejercer sobre Dmitri, pero no sobre Iván. Dmitri podría
someterse algún día a ella por su propia felicidad, y Aliocha deseaba que así
fuese. En cambio, Iván, ni se sometería, ni esta sumisión podía hacerle feliz,
según el concepto que Aliocha tenía de él.
Aliocha entró en el salón acosado por estos
pensamientos. De súbito acudió a su mente otra idea: ¿y si Catalina Ivanovna no
quisiera a ninguno de los dos? Hagamos constar que Aliocha se avergonzaba de
estos pensamientos, que le asaltaban de vez en cuando desde hacía unas semanas.
«¿Cómo puedo hacer estas deducciones no entendiendo nada del amor ni de las
mujeres?», se decía cada vez que pensaba en ello. Sin embargo, la reflexión se
imponía, y Aliocha comprendía que su rivalidad tenía una importancia capital
en el destino de sus dos hermanos. «Los reptiles se devoran unos a otros»,
había dicho Iván el día anterior en un momento de irritación, refiriéndose a
su padre y a su hermano. Así, tal vez desde hacía mucho tiempo, Dmitri era un
reptil para Iván. ¿No habría nacido en él esta idea cuando conoció a Catalina
Ivanovna? Sin duda, la frase se le había escapado, pero esto aumentaba su
gravedad. En estas condiciones, ¿qué paz podía haber en la familia cuando
surgieran nuevos motivos de odio? ¿Y a quién podía compadecer? Los quería a
todos por igual, ¿pero qué podía desear a cada uno de ellos en aquel laberinto
de contradicciones? Aliocha se perdía en aquel dédalo y su corazón no podía
soportar la incertidumbre que lo agitaba, pues su amor tenía siempre un carácter
activo. Al ser incapaz de querer pasivamente, su cariño se traducía siempre en
ayuda. Mas para prestar esta ayuda era necesario tener una finalidad, saber lo
que convenía a cada cual y obrar en consecuencia. Y él no podía encontrar
ningún fin en medio de aquella confusión. Le habían hablado del afán de
torturarse uno mismo. Pero tampoco esto lo comprendía. Decididamente, la clave
del enigma no estaba a su alcance.
Al ver a Aliocha, Catalina Ivanovna dijo vivamente a
Iván Fiodorovitch, que se había levantado para marcharse:
‑¡Un momento! Quiero conocer la opinión de su
hermano, en quien tengo plena confianza. Catalina Osipovna ‑añadió
dirigiéndose a la señora de Khokhlakov‑, quédese usted también.
Ésta se situó al lado de Iván Fiodorovitch, y Aliocha
enfrente, junto a Catalina Ivanovna.
‑Ustedes son amigos míos, los únicos que tengo
en el mundo ‑empezó a decir la joven con voz ardiente, empañada de un
dolor sincero que le atrajo de nuevo las simpatías de Aliocha‑. Usted,
Alexei Fiodorovitch, presenció ayer aquella escena horrible. Ignoro lo que
habrá pensado de mí, pero sé que si tal situación se repitiera, mi conducta y
mis palabras serían las mismas. Usted recordará que tuvo que contenerme ‑y
al decir esto enrojeció y brillaron sus ojos‑. Le confieso, Alexei
Fiodorovitch, que estoy en un mar de confusiones. ¿Le quiero? Lo ignoro. Le
compadezco, y esto es un mal indicio para el amor. Si todavía le amara, no
sería piedad lo que ahora sentiría por él, sino odio.
Su voz temblaba; las lágrimas brillaban en sus
pestañas. Aliocha estaba emocionado. «Esta muchacha es noble, sincera ‑se
decía‑, y no quiere a Dmitri.»
‑Exacto, exacto ‑exclamó la señora de
Khokhlakov.
‑Un momento, mi querida Catalina Osipovna. Aún
no le he dicho lo más importante: la resolución que he tomado esta noche. Me
doy cuenta de que esta decisión puede ser terrible para mí, pero advierto
también que no la modificaré por nada del mundo. Iván Fiodorovitch, que es para
mí un generoso y amable consejero, un confidente y el mejor amigo, ha aprobado
enteramente y alabado mi resolución.
‑Sí, la apruebo ‑dijo Iván Fiodorovitch
en voz baja pero firme.
‑No obstante, quiero que Aliocha..., ¡oh,
perdone que le haya llamado así!..., quiero que Alexei Fiodorovitch me diga
delante de ustedes si obro bien o mal.
Y exaltada, cogiendo con su ardiente mano la fría del
joven, añadió:
‑Estoy segura, Aliocha, hermano mío (pues un
hermano es usted para mí), de que su juicio, su aprobación, me tranquilizará,
que sus palabras me traerán la calma y la resignación.
‑No sé lo que usted me pregunta ‑respondió
Aliocha enrojeciendo‑. Lo único que puedo decirle es que cuenta usted con
mi estimación y que deseo para usted más felicidad que para mi. Pero le
advierto que no entiendo de esas cosas ‑se apresuró a decir sin saber por
qué.
‑Lo principal en todo esto es el honor y el
deber y también algo más elevado que supera tal vez al deber mismo. Mi corazón
me ha impuesto un sentimiento pavoroso que me arrastra irresistiblemente. En
una palabra, que he tomado una resolución irrevocable. Aunque se case con
esa... mujer, a la que yo no podré perdonar nunca, no le abandonaré. ¡No, no
le abandonaré jamás! ‑exclamó, presa de una exaltación morbosa‑.
Pero no crean ustedes que tengo la intención de perseguirle, de imponerle mi
presencia, de importunarle. ¡No, de ningún modo! Me iré a otra parte, a otra
población cualquiera, y desde allí no dejaré de interesarme por él. Cuando sea
desgraciado con la otra, cosa que no tardará en ocurrir, podrá volver a mi
lado y encontrará en mí una amiga, una hermana... Sí, sólo una hermana, y para
toda la vida, una hermana que le querrá y sacrificará por él su existencia
entera. A fuerza de perseverancia, conseguiré que al fin me tenga afecto y me
lo cuente todo sin sonrojarse.
Y exclamó como en un delirio:
‑Seré para él como Dios y me dirigirá sus
oraciones. Es lo mejor que puede hacer para compensarme de su traición y de lo
que tuve que soportar ayer por su culpa. Y verá que, a pesar de su traición,
yo permaneceré fiel a mi palabra. No seré para él sino el medio, el
instrumento que le asegurará la felicidad para toda la vida, ¡para toda la
vida! Ésta es mi resolución. Iván Fiodorovitch la aprueba sin reservas.
Se ahogaba. Sin duda, su deseo había sido expresar su
pensamiento más dignamente y con más naturalidad, pero lo había hecho
precipitadamente y sin el menor disimulo. Hubo en sus palabras mucha
excitación juvenil, algo de la irritación que le había producido la escena de
la tarde anterior y cierta necesidad de mos asombró a Aliocha. La desdichada y
herida joven que lloraba con el corazón desgarrado cedió en un instante su
puesto a una mujer completamente dueña de sí misma y, además, tan satisfecha
como si acabara de recibir una gran alegría.
‑No es su marcha lo que me alegra, desde luego ‑advirtió
con una encantadora sonrisa de mujer mundana‑. Un amigo como usted no
puede creer tal cosa. Por el contrario, su partida me apena de veras.
Se arrojó sobre Iván Fiodorovitch, se apoderó de sus
manos y las estrechó calurosamente.
‑Lo que me alegra –continuó ‑es que podrá
usted exponer a mi tia y a Ágata mi situación con todos sus horrores. A Ágata
puede hablarle usted con toda franqueza, pero con mi querida tia sea más
prudente. Usted sabe mejor que nadie cómo se hacen estas cosas. No puede usted
imaginarse hasta qué punto me he torturado el cerebro ayer y esta mañana,
tratando de hallar el modo de darles esta espantosa noticia. Su viaje me
soluciona el problema, ya que usted podrá visitarlas y explicarles todo lo
ocurrido. ¡Oh, qué feliz soy! Pero sólo por esta circunstancia, se lo repito,
pues su presencia es para mí indispensable... Voy a escribir una carta ‑terminó,
dando un paso hacia la puerta.
‑Se olvida usted de Aliocha ‑exclamó la
señora de KhokhIakov en un tono en que el sarcasmo se mezclaba con la
irritación‑. Usted ha dicho que anhelaba conocer la opinión de Alexei
Fiodorovitch.
‑No lo he olvidado ‑repuso Catalina
Ivanovna deteniéndose‑. ¿Pero por qué es usted tan dura conmigo en un
momento como éste, Catalina Osipovna? ‑añadió en un tono de amargo
reproche‑. Mantengo lo dicho: necesito conocer su opinión, mejor dicho,
su decisión. La aceptaré como una ley. Esto, Alexei Fiodorovitch, le demostrará
hasta qué extremo tengo sed de sus palabras... ¿Pero qué le pasa?
‑Nunca lo hubiera creído, de ningún modo me lo
podía imaginar ‑dijo Aliocha, consternado.
‑¿Qué es lo que le sorprende?
‑Le dice que se va a Moscú y usted se muestra
alborozada. Luego explica que no es su marcha lo que le alegra y que, por el
contrario, su viaje la apena, porque pierde usted... un amigo. Pero esto es una
ficción.
‑¿Una ficción? ¿Qué dice usted? ‑exclamó
Catalina Ivanovna, atónita. Y enrojeció, frunciendo las cejas.
‑Aunque usted afirma que echará de menos a su
amigo, ha dicho claramente que su partida la hacía feliz.
Aliocha, de pie junto a la mesa, jadeaba de emoción.
‑¿Qué quiere usted decir? No lo comprendo.
‑Ni yo mismo lo sé. Esto ha sido como un
repentino relámpago de lucidez... Bien sé que no tengo facilidad de palabra,
pero hablaré a pesar de todo ‑afirmó con voz trémula y entrecortada‑.
Seguramente, usted no ha querido nunca a Dmitri... Él tampoco la ha amado a
usted, creo yo; lo único que ha sentido por usted ha sido simple estimación...
No sé cómo me atrevo a hablar de este modo. Pero alguien ha de decir aquí la
verdad, ya que nadie se atreve a hacerlo.
‑¿Qué verdad? ‑exclamó Catalina Ivanovna,
fuera de sí.
‑Lo que usted debe hacer ‑dijo Aliocha,
con una resolución que para él fue como arrojarse al vacío‑ es enviar en
busca de Dmitri. Yo lo encontraré si usted quiere. Que venga para coger la mano
de usted y la de mi hermano Iván, y unirlas. Usted hace sufrir a mi hermano
Iván porque lo quiere. Su amor por Dmitri es una dolorosa mentira en la que
usted quiere creer a toda costa.
Aliocha se detuvo en seco.
‑Usted está loco, ¡loco! ‑exclamó
Catalina Ivanovna, pálida y con los labios crispados.
Iván Fiodorovitch se levantó con su sombrero en la
mano.
‑Estás en un error, mi querido Aliocha ‑dijo
con una expresión que su hermano no había visto en él jamás, una expresión de
sinceridad juvenil, de arrolladora franqueza‑. Catalina Ivanovna no me ha
querido nunca. Sabe que yo la amo, y desde hace mucho tiempo, aunque no se lo
he dicho, y no me ha correspondido jamás. Tampoco me ha considerado como un
amigo en ningún momento: es demasiado orgullosa para necesitar mi amistad. Me
retenía a su lado para vengarse en mí de las continuas ofensas que le infligía
Dmitri, empezando por la de su primer encuentro, pues esta escena ha quedado
grabada en su corazón como una ofensa. Mi papel junto a ella ha consistido
simplemente en oír hablar de su amor por él... Me voy, Catalina Ivanovna. No le
quepa duda: usted le ama a él y sólo a él. Y su amor está en proporción con
sus ofensas. Esto es lo que la atormenta. Usted le ama tal como es, con su mal
comportamiento. Si se enmendara, dejaría de amarlo inmediatamente y lo
abandonaría. Usted lo necesita para contemplar en él su propia lealtad heroica
y reprocharle su traición. Todo esto es orgullo. Se siente usted humillada,
pero la culpa es de su orgullo. Soy demasiado joven y la amaba demasiado. Sé
que no he debido hablar así, que mi cónducta habría sido más digna si me
hubiera limitado a dejarla a usted. Esto la habría herido menos. Pero me voy
lejos y no volveré nunca. No quiero respirar esta atmósfera de exageraciones.
Por otra parte, no tengo nada más que decirle... Adiós, Catalina Ivanovna. No
me guarde rencor, pues mi castigo es cien veces más duro que el suyo, ya que
consiste en no voverla a ver. Adiós. No quiero estrechar su mano. Me ha hecho
usted sufrir demasiado y a sabiendas, para que ahora pueda perdonarla. Más adelante,
tal vez; pero ahora no quiero su mano. Den Dank, Dame, begerh'ich nicht[L42] ‑añadió, demostrando que podía citar a
Schiller de memoria, cosa que Aliocha nunca hubiera creído.
Y se marchó sin ni siquiera saludar a la dueña de la
casa. Aliocha enlazó las manos con gesto suplicante.
‑¡Iván! ‑le llamó, desesperado‑.
¡Iván!... No, ya no volverá. ¡Por nada del mundo! ‑exclamó, presa de un
amargo presentimiento‑. ¡La culpa ha sido mía! Yo he sido el primero en
hablar de esa cuestión, Iván no ha dicho lo que siente: ha hablado bajo el
imperio de la cólera. ¡Es necesario que venga! ‑gritó como si hubiera
perdido la razón.
Catalina Ivanovna pasó a una habitación vecina.
La señora de Khokhlakov murmuró calurosamente,
dirigiéndose a Aliocha:
‑No tiene usted nada que reprocharse. Se ha
conducido usted como un ángel. Haré todo lo posible para impedir que se vaya
Iván Fiodorovitch.
La alegría iluminaba su semblante, lo que mortificaba
cruelmente a Aliocha. Catalina Ivanovna reapareció de súbito con dos billetes
de cien rublos en la mano.
‑Tengo que pedirle un gran favor, Alexei
Fiodorovitch ‑dijo con perfecta calma, como si nada hubiera sucedido‑.
Hace alrededor de ocho días, Dmitri Fiodorovitch cometió, sin poder contenerse,
un acto injusto y escandaloso. En una taberna de mala fama se encontró con ese
oficial de la reserva, ese capitán que el padre de ustedes utilizaba para
ciertos asuntos. Indignado contra este oficial, fuera por lo que fuere, Dmitri
Fiodorovitch lo cogió por la barba y lo arrastró hasta la calle, donde estuvo
un buen rato zarandeándolo. Me han dicho que el hijo de este desgraciado, un
colegial todavía, acudió llorando, pidió clemencia y rogó a los transeúntes que
defendieran a su padre, pero que lo único que hizo la gente fue reírse.
Perdóneme, Alexei Fiodorovitch, pero no puedo recordar sin indignación este
acto vergonzoso del que sólo Dmitri Fiodorovitch es capaz cuando le ciegan la
cólera y la pasión. No puedo darle detalles del suceso. Es una acción que me
duele y me confunde. He pedido informes de ese desgraciado y he sabido que es
muy pobre y que le llaman Snieguiriov. Cometió una falta en el servicio y lo
destituyeron. Tampoco sobre esto puedo darle detalles. Lo que sé es que ahora,
con toda su infortunada familia, con sus hijos enfermos y su mujer loca, según
parece, ha caído en la más profunda miseria. Vive en esta ciudad desde hace
mucho tiempo. Tenía un empleo de copista y lo ha perdido. He puesto los ojos en
usted..., mejor dicho, he pensado que... ¡Ah, cómo me confunde este asunto!...
Quería rogarle, mi querido Alexei Fiodorovitch, que fuera a casa de ese hombre
con un pretexto cualquiera, y, delicadamente, prudentemente, como sólo usted es
capaz de hacerlo ‑al oír esto Aliocha enrojeció‑, le entregara este
donativo, estos doscientos rublos... Sin duda, los aceptará, pero, si se
resiste, usted debe convencerle de que los tome. Sepa usted que esto no es una
indemnización para evitar que él denuncie el caso..., cosa que quería hacer,
según tengo entendido. Esto es simplemente una demostración de simpatía, el
deseo de acudir en su ayuda. Los debe entregar usted en mi nombre, como
prometida a Dmitri Fiodorovitch, y no en nombre de su hermano... Hubiera ido yo
misma, pero he pensado que usted lo hará mejor que yo. Vive en la calle del
Lago, en casa de la señora de Kalmykov. Por el amor de Dios, Alexei Fiodorovitch,
hágame este favor... Estoy un poco... fatigada. Adiós.
Y desapareció tan rápidamente detrás de una puerta,
que Aliocha no tuvo tiempo de decirle ni una palabra. Hubiera querido pedirle
perdón, acusarse a sí mismo, pues su corazón rebosaba de arrepentimiento y él
no quería marcharse así. Pero la señora Khokhlakov lo cogió del brazo y se lo
llevó. Ya en el vestíbulo, lo detuvo.
‑Es orgullosa ‑dijo a media voz‑,
lucha contra sí misma, pero en el fondo es buena, amable, generosa. Cada vez la
quiero más; la alegría ha vuelto a mí. Querido Alexei Fiodorovitch, ¿sabe usted
que todas nosotras, sus dos tías, yo a incluso Lise, sólo tenemos un deseo
desde hace un mes? No cesamos de rogarle que deje a su hermano preferido, a
Dmitri, que no la quiere en absoluto, y se case con Iván, ese excelente a
instruido joven que la mira como a un ídolo. Hemos urdido un verdadero complot,
y tal vez es el único motivo de que permanezca todavía aquí.
‑Pero ella ha llorado; se siente todavía
ofendida ‑exclamó Aliocha.
‑No crea en las lágrimas de las mujeres, Alexei
Fiodorovitch. En esto me pongo enfrente de las mujeres y al lado de los
hombres.
La vocecita un tanto agria de Lise se oyó detrás de
la puerta.
‑¡Lo mimas demasiado, mamá!
‑Yo he sido la causa de todo; he cometido una
gran falta ‑dijo Aliocha cubriéndose la cara con las manos, dolorosamente
averponzado de su reciente intervención.
‑Por el contrario, ha obrado usted como un
ángel; estoy dispuesta a repetirlo mil veces.
‑¿En qué ha obrado como un ángel, mamá? ‑preguntó
de nuevo Lise.
‑Yo creía, no sé por qué ‑prosiguió
Aliocha, como si no hubiera oído la voz de Lise‑, que ella quería a
Iván, y he dicho esa tontería. ¿Qué ocurrirá ahora?
‑¿De qué habláis, mamá? ‑preguntó Lise‑.
¡Oh, mamá! ¡Me estás matando! Te pregunto y no me contestas.
En ese momento llegó la doncella a toda prisa.
‑Catalina Ivanovna está llorando. Tiene un
ataque de nervios.
‑¿Qué pasa, mamá? ‑preguntó Lise,
alarmada‑. ¡Ah! ¡A mí sí que me va a dar un ataque!
‑No grites, Lise, por el amor de Dios. Eres tú
la que va a matarme a mí. Una muchacha de tu edad no puede saberlo todo como
las personas mayores. Cuando vuelva, te contaré lo que te pueda contar. ¡Voy
corriendo, Dios mío! Un ataque es buena señal, Alexei Fiodorovitch, muy buena
señal. En estos casos voy siempre contra las mujeres, sus ataques y sus
lágrimas. Julia, ve a decirle que ya voy. Si Iván Fiodorovitch se ha marchado,
la culpa es de ella. Pero no se habrá marchado... ¡Lise, no grites, por el amor
de Dios! ¿Pero qué digo? No eres tú la que gritas, sino yo. Perdona a tu madre.
¡Estoy encantada, entusiasmada! ¿Ha visto usted, Alexei Fiodorovitch, la
desenvoltura con que ha salido su hermano de la habitación después de haberle
dicho lo que le tenía que decir? ¡Un intelectual hablar con tanto calor, con
una franqueza tan juvenil, con una inexperiencia tan encantadora! Todo esto es
adorable... ¡Y ese verso alemán que ha citado! Me voy corriendo, Alexei
Fiodorovitch. Cumpla el encargo de Catalina Ivanovna con la mayor rapidez
posible y vuelva cuanto antes... ¿No necesitas nada, Lise? Por lo que más
quieras, no retengas a Alexei Fiodorovitch. Volverá en seguida.
La señora de Khokhlakov se fue, al fin. Antes de
marcharse, Aliocha fue a abrir la puerta que ocultaba a Lise.
‑¡No quiero verle, Alexei Fiodorovitch! ‑gritó
la joven‑. ¡No, por nada del mundo! Hábleme a través de la puerta. ¿En
qué se ha portado usted como un ángel? Esto es lo único que quiero saber.
‑¡He cometido una gran estupidez, Lise! Adiós.
‑¡Haga el favor de no marcharse así!
‑¡Lise, tengo un grave pesar! Volveré en
seguida. Estoy profundamente apenado.
Y salió del vestíbulo corriendo.
CAPÍTULO VI
Aliocha no había experimentado casi nunca una pena
tan honda. Jamás debió cometer la torpeza de intervenir en un asunto sentimental.
«¿Qué sé yo de estas cosas? La vergüenza que siento es un castigo merecido. Lo
peor es que voy a ser la causa de nuevas calamidades... ¡Y pensar que el starets
me ha enviado aquí para conciliar y aunar voluntades! ¿Es así como se une a las
personas?» Entonces se acordó de que había hablado de «unir» las manos de Iván
y Catalina Ivanovna, y otra vez se sonrojó. «Aunque haya obrado de buena fe,
habrá que proceder con más inteligencia en el futuro», concluyó, sin ni
siquiera sonreír ante la sutileza.
El encargo de Catalina Ivanovna lo condujo a la calle
del Lago, y su hermano vivía precisamente en una callejuela vecina. Aliocha
decidió pasar primero por casa de Dmitri, aunque presumía que estaría ausente.
Sospechaba que su hermano huía de él, pero se dijo que había que encontrarlo a
toda costa. El tiempo pasaba. La idea de que el starets se estaba
muriendo no se había apartado de él ni un instante desde que había salido del
monasterio.
En el relato de Catalina Ivanovna había un detalle
que le interesaba extraordinariamente. Cuando la joven había hablado de un
colegial, hijo del capitán, que había acudido llorando al lado de su padre,
Aliocha había tenido repentinamente la ocurrencia de que este muchacho era el
mismo que le había mordido en un dedo cuando él le preguntó en qué le había
ofendido. Ahora estaba casi seguro de que no se equivocaba, aunque ignoraba por
qué. Estas preocupaciones inexplicables desviaron su atención, y Aliocha decidió
no volver a pensar en el mal que acababa de hacer y obrar en vez de
atormentarse con el arrepentimiento. Esta idea le devolvió el coraje. Al entrar
en la calleja donde vivía Dmitri notó que tenía apetito y sacó del bolsillo el
panecillo que había tomado de la mesa de su padre. Se lo comió sin dejar de
andar y se sintió reconfortado.
Dmitri no estaba. Los dueños de la casita ‑un
viejo carpintero, su mujer y su hijo‑ miraron a Aliocha con
desconfianza.
‑Hace ya tres días que pasa las noches fuera de
casa ‑dijo el carpintero respondiendo a las preguntas de Alexei‑.
No debe de estar en la ciudad.
Aliocha comprendió que el carpintero se había
limitado a repetir lo que Dmitri le había pedido que dijese. Con deliberada
franqueza, Alexei preguntó si Dmitri no estaría en casa de Gruchegnka o
escondido en la de Foma, y observó que todos le miraban con inquietud.
Entonces pensó: «Lo quieren, puesto que lo ayudan. Más vale así.»
Al fin encontró en la calle del Lago la casa de la
señora de Kalmykov, pequeño edificio que se caía de viejo, con tres ventanas
que daban a la calle y un patio sucio, por el que se paseaba una vaca. Del
patio se pasaba al vestíbulo. A la izquierda habitaba la vieja propietaria con
su hija, también entrada en años. Las dos eran sordas, como Alexei pudo
comprobar. Cuando Aliocha hubo repetido varias veces la pregunta de dónde vivía
el capitán, una de las mujeres comprendió al fin que el joven preguntaba por
los inquilinos y le señaló con el dedo una puerta que daba paso a la mejor
habitación de. la isba. En esta pieza consistía toda la vivienda del capitán.
Ya iba a abrir Aliocha la puerta, cuando se detuvo, sorprendido por el gran
silencio que reinaba en el interior. Sin embargo, el capitán tenía familia,
según le había explicado Catalina Ivanovna. Alexei pensó: «Sin duda, están
todos durmiendo. También puede ser que me hayan oído y estén esperando que abra
la puerta. Será mejor que llame antes.» Llamó y, al cabo de unos diez
segundos, se oyó una áspera voz varonil.
‑¿Quién es?
Aliocha abrió la puerta, franqueó el umbral y se
encontró en una sala bastante espaciosa pero obstruida por un crecido número de
personas y de trapos. A la izquierda, en primer término, había una gran estufa
rusa. De ésta a la ventana de la izquierda habían tendido una cuerda que
cruzaba toda la habitación y de la que pendían una serie de andrajos. A cada
lado de la habitación había una cama con cubiertas de punto. Sobre una de
ellas, la de la izquierda, se veían cuatro almohadas sobrepuestas, cada una
más pequeña que la de abajo. En la cama de la derecha sólo había una almohada
de escasas dimensiones. Más allá, una cortina ‑una simple tela‑
que colgaba de una cuerda tendida en el ángulo, aislaba el reducido espacio de
un rincón. Detrás de esta cortina había un banco y una silla que hacían las
veces de cama. Cerca de la ventana central había una mesa rústica, de forma
cuadrada. Las tres ventanas, de vidrios empañados y revestidos de un moho
verdoso, estaban cerradas herméticamente, y la atmósfera era asfixiante en la
habitación sumida en la penumbra. En la mesa había una sartén con restos de
huevos fritos, una rebanada de pan a la que faltaba un trozo y una botella de
medio litro en la que quedaba un poco de aguardiente.
Al lado de la cama de la izquierda, sentada en una
silla, había una mujer de aspecto distinguido, que llevaba un vestido de indiana.
Era delgada en extremo y su rostro enjuto y pálido evidenciaba la falta de
salud. Pero lo que más sorprendió a Aliocha de ella fue la mirada de sus
grandes y oscuros ojos, interrogadora y arrogante a la vez. De pie al lado de
la ventana de la izquierda había una joven de rostro antipático y cabellos
ralos y rojos, que vestía pobremente aunque con gran pulcritud. Esta muchacha
se había limitado a dirigir a Aliocha una mirada rápida y despectiva. A la
derecha, sentada cerca de la cama, había otra mujer joven, una pobre criatura
de unos veinte años, jorobada a inválida, de pies inertes, como le explicaron
en seguida a Aliocha. Se veían sus muletas en un rincón, entre la cama y la
pared. Los magníficos ojos de la pobre muchacha se posaron dulcemente en Aliocha.
Sentado a la mesa y dando fin a una tortilla había un
hombre de unos cuarenta y cinco años, de pequeña talla y débil constitución,
delgado, de pelo rojo y cuya barba rala tenía gran semejanza con un estropajo.
Esta comparación, y sobre todo la palabra «estropajo», acudieron a la mente de
Aliocha apenas fijó la vista en el comensal. Sin duda, era él quien había
contestado a la llamada de Aliocha, pues no había otro hombre en la habitación.
Cuando Alexei entró, el personaje se levantó de súbito, se limpió la boca con
una servilleta agujereada y fue al encuentro del visitante.
‑Un monje que pide para su monasterio. ¡A buen
sitio viene! ‑dijo la muchacha que estaba en el rincón de la izquierda.
El hombre que había avanzado hacia Aliocha giró sobre
sus talones y replicó con voz contenida:
‑No, Varvara Nicolaievna; no viene a eso; te
has equivocado. ‑Y volviéndose de nuevo hacia el visitante, le preguntó‑:
¿Qué le trae a este retiro?
Aliocha le observó atentamente. Este hombre al que
vela por primera vez tenía un algo de punzante irritación. Estaba ligeramente
bebido. Su rostro reflejaba un descaro connatural y, al mismo tiempo ‑cosa
extraña‑, una evidente cobardía. Se veía en él al hombre que vivía desde
hacía mucho tiempo en una sujeción forzosa y estaba ávido de hacer de las
suyas, o, mejor todavía, a un hombre que ardía en deseos de golpearnos, aunque
temiendo nuestros golpes. En sus expresiones y en el tono hiriente de su voz se
percibía un humor extraño, unas veces maligno, otras tímido, intermitente y
desigual. Había pronunciado la palabra «retiro» temblando, con los ojos muy
abiertos y acercándose tanto a Aliocha, que éste dio maquinalmente un paso
atrás. Llevaba un abrigo de algodón, de color oscuro, en pésimo estado, lleno
de manchas y remiendos. Sus pantalones a cuadros, de un color muy claro en
desuso desde hacía mucho tiempo, de una tela delgadísima y arrugada en los
bajos, se le habían encogido de tal modo, que le daban el aspecto de un
muchacho que había crecido.
‑Soy Alexei Karamazov ‑repuso Aliocha.
‑Ya lo sé ‑dijo el extraño individuo,
demostrando que conocía la identidad del visitante‑. Yo soy el capitán
Snieguiriov. Pero lo importante es saber a qué ha venido.
‑No he venido para nada importante... Pero
tengo algo que decirle. De modo, que si usted me lo permite...
‑Aquí tiene una silla. Tenga la bondad de
sentarse, como se decía en las comedias antiguas.
Con rápido movimiento, el capitán cogió una silla,
una simple silla con asiento de madera, y la colocó casi en el centro de la habitación.
Cogió otra para él y se sentó ante Aliocha. De nuevo se acercó tanto, que las
rodillas de uno y otro casi se tocaban.
‑Soy Nicolás Ilitch Snieguiriov, ex capitán de
segunda de la infantería rusa, envilecido por sus vicios, pero capitán al fin y
al cabo.
Describió entre chistes y juegos de palabras su
modesta posición y siguió diciendo:
‑Pero no ceso de preguntarme en qué he podido
excitar su curiosidad. Como ve, mi modo de vivir no me permite recibir
visitas.
‑He venido para tratar de cierto asunto que...
‑¿Qué asunto? ‑le interrumpió el capitán,
impaciente.
‑Se trata de su encuentro con mi hermano Dmitri
‑repuso Aliocha, cohibido.
‑¿Qué encuentro? ¿No se referirá usted a
«Barbas de Estropajo»?
Y esta vez avanzó tanto, que sus rodillas tocaron las
de Aliocha. Sus labios apretados formaban una delgada línea.
‑¿Qué «Barbas de Estropajo» ? ‑murmuró
Aliocha.
‑Ha venido a quejarse de mí, papá ‑dijo
una voz detrás de la cortina, una voz que no era desconocida para Aliocha, la
del niño con el que se había encontrado en la calle‑. Le he mordido en un
dedo.
La cortina se apartó y Aliocha vio a su enemigo en el
rincón, bajo los iconos, sobre un lecho improvisado con un banco y una silla.
El niño estaba echado y envuelto en su corto gabán y en una cubierta
acolchada. A juzgar por sus ojos enrojecidos, debía de tener fiebre. Miraba
osadamente a Aliocha, como diciéndole: «Aquí no puedes hacerme nada.»
‑¿Qué dice? ‑exclamó el capitán‑.
¿A quién le ha mordido en un dedo? ¿A usted?
‑Sí, a mí. Hace un. rato estaba peleando a
pedradas con sus compañeros de colegio. Iban seis contra él. Yo me he acercado
y él me ha tirado una piedra. Después me ha tirado otra apuntando a la cabeza.
Y cuando le he preguntado qué le había hecho, se ha arrojado sobre mí y me ha
mordido en este dedo, sin que yo sepa por qué.
El capitán se levantó de un salto.
‑¡Le voy a azotar! ‑exclamó.
‑¡Pero si yo no me quejo! Le cuento lo que ha
pasado, y nada más. No quiero que lo azote. Además, parece que está enfermo.
‑¿Cree usted que lo he dicho en serio? ¿Que iba
a coger a Iliucha [L43] y a azotarlo en su presencia? ¿Acaso
pretende usted que lo haga?
El capitán miraba a Aliocha con gesto amenazador,
como si fuera a arrojarse sobre él.
‑Lamento lo de su dedo, señor, pero acaso
prefiera usted que, antes de azotar a Iliucha, me corte cuatro dedos ante sus
propios ojos con este cuchillo, para satisfacción suya. Yo creo que con cuatro
dedos tendrá suficiente, pero tal vez me reclame usted el quinto para aplacar
su sed de venganza.
Se detuvo de pronto, jadeante. Todas sus facciones se
agitaban y se contraían. Su mirada era provocadora. Parecía un enajenado.
‑Ahora lo comprendo todo ‑dijo Aliocha
triste y dulcemente, sin levantarse‑. Usted tiene un buen hijo, un hijo
que ama a su padre y se ha arrojado sobre mí porque soy el hermano del hombre
que le ha ofendido a usted. Sí, ahora lo comprendo todo ‑repitió,
pensativo‑. Pero mi hermano Dmitri está arrepentido, no me cabe duda, y
si pudiera venir aquí, o, mejor aún, si pudiera verle en el sitio del incidente,
le pediría perdón delante de todo el mundo..., si así lo deseara usted.
‑O sea que, después de haberme tirado de la
barba, me presenta sus excusas. ¿Cree que con eso es suficiente para que me dé
por satisfecho?
‑No, no. Él hará todo lo que usted desee y como
usted desee que lo haga.
‑¿De modo que si yo digo a Su Alteza Real que
se arrodille ante mí en la misma taberna donde me atacó, esa taberna que se
llama de la «Capital», o en medio de la calle, él lo hará?
‑Sí, lo hará.
‑Eso me conmueve hasta casi hacerme llorar. La
generosidad de su hermano me confunde. Permitame que le presente a mi familia:
mis dos hijas y mi hijo, es decir, mi camada. ¿Quién los querrá si yo me muero?
Y, mientras yo viva, ¿quién sino ellos me querrán, con todos mis defectos? El
Señor ha hecho bien las cosas al hacer la especie humana, pues incluso un
hombre de mi condición cuenta con el amor de algún otro ser humano.
‑Eso es una gran verdad ‑dijo Aliocha.
‑¡Basta de payasadas! ‑exclamó de pronto
la joven que estaba en pie junto a la ventana, mientras dirigía a su padre una
mirada de desprecio‑. Nos pones en ridículo ante el primer imbécil que
llega.
Su padre la miró con un gesto de aprobación, pero le
dijo con acento imperioso:
‑Un
momento, Varvara Nicolaievna; permíteme que siga desarrollando mi idea. ‑Y
añadió volviéndose hacia Aliocha‑: Es su carácter.
»Y en toda la naturaleza
nada quería él bendecir
[L44]»
Claro que habría que ponerlo en femenino. «Nada
quería ella bendecir»... Y ahora permítame que le presente a mi esposa: anda,
pero muy poco. Es de baja condición. Irene Petrovna, lo presento a Alexei
Fiodorovitch Karamazov. Levántese, Alexei Fiodorovitch.
Cogió por un brazo a Aliocha y, con una fuerza que
parecía imposible en él, lo levantó.
‑Se le va a presentar a una dama; por lo tanto,
hay que ponerse en pie. Oye, esposa mía, este Karamazov no es aquel que...,
bueno, ya me entiendes. Es su hermano, un ser rebosante de virtudes pacíficas.
Permíteme, Irene Petrovna, permíteme, amor mío, que ante todo te bese la mano.
Besó la mano de su esposa con respeto, incluso con
ternura. La joven que estaba junto a la ventana se volvió de espaldas con un
gesto de indignación para no ver esta escena. El semblante altivo e
interrogador de Irene Petrovna expresó de pronto gran afabilidad.
‑Tanto gusto ‑dijo‑. Siéntese
usted, señor Tchernomazov.
‑Karamazov, querida, Karamazov... Somos de baja
condición ‑murmuró de nuevo.
‑No me importa que sea Karamazov. Yo digo y
diré siempre Tchernomazov... Siéntese. ¿Por qué se ha levantado? ¿Por una dama
sin pies, como él dice? Tengo pies, pero están tan hinchados, que parecen dos
cubos. Y yo estoy tan seca como una varilla. Antes estaba muy gruesa, pero
ahora...
‑Sonros de baja condición, de muy baja
condición ‑repitió el capitán.
‑¡Por Dios, papá! ‑exclamó de súbito la
jorobadita, que hasta entonces había guardado silencio, y se llevó el pañuelo a
los ojos.
‑¡Payaso! ‑exclamó la joven que estaba
junto a la ventana.
‑Ya ve lo que pasa en nuestra casa ‑dijo
Irene Petrovna, señalando a sus hijas‑. Son como las nubes que pasan.
Pasan las nubes y vuelve a oirse nuestra música. Antes, cuando éramos militares
en activo, venían a vernos muchos visitantes como usted. No hago comparaciones,
señor; creo que hay que querer a todo el mundo. A veces viene a vernos la mujer
del diácono y dice:
«‑Alejandro Alejandrovitch es una buena
persona, pero Anastasia Petrovna está a las órdenes de Satanás.
»‑Eso depende ‑respondo yo‑ de las
simpatías de cada cual. En cambio, tú eres para todos un gusano infecto.
»‑A ti te falta un tornillo ‑dice ella.
»‑¡Pues mira que a ti...!
»‑Yo dejo entrar en mi casa el aire puro ‑me
contesta‑. Y esta atmósfera está corrompida.
»‑Pregunta a los señores oficiales si la
atmósfera está corrompida en mi casa ‑le digo yo.
»Cuando estoy pensando en todo esto con el corazón
oprimido, y sentada aquí mismo, como estoy ahora, veo entrar a ese general que
vino a pasar en nuestra ciudad las Pascuas.
»‑Oiga, excelencia ‑le digo‑. ¿Debe
dejar entrar en su casa el aire de la calle una dama noble?
» ‑Sí ‑me responde‑. Debe usted
abrir la puerta y las ventanas, pues la atmósfera de esta casa está
enrarecida.
»Todos son iguales. ¿Por qué han de odiar a mi
atmósfera? Peor huelen los muertos... No quiero corromper el aire de la casa.
Me compraré unos zapatos y me iré. Hijos míos, no detestéis a vuestra madre.
Nicolás Ilitch, esposo mío, ¿es que ya no te gusto? Sólo me queda el cariño de
Iliucha cuando vuelve del colegio. Ayer me trajo una manzana. Perdonad a
vuestra madre, hijos míos, perdonad a este ser abandonado. ¿Qué hay de malo en
mi atmósfera?
Y la pobre loca estalló en sollozos. Estaba bañada en
lágrimas. El capitán corrió hacia ella.
‑¡Basta, querida, basta! Tú no estás
abandonada. Todos te quieren, todos te adoran.
Otra vez empezó a besarle las manos y a acariciarle
la cara. Le enjugaba las lágrimas con una servilleta. También él tenía los ojos
húmedos. Así, por lo menos, le pareció a Aliocha, hacia el que se volvió de
súbito para decirle, indignado y señalando a la pobre loca:
‑¿Ha visto y comprendido usted?
‑Veo y comprendo.
‑¡Déjalo ya, papá, déjalo ya! ‑gritó el
muchacho, incorporándose en su lecho y mirándole con ojos ardientes.
‑¡No hagas más el payaso! ‑gritó desde su
rincón Varvara Nicolaievna, exasperada, incluso golpeando el suelo con la planta
del pie‑. ¡Deja esas tonterías que no conducen a nada!
‑Esta vez comprendo tu indignación, Varvara
Nicolaievna, y voy a procurar no seguir irritándote. Cúbrase, Alexei Fiodorovitch;
yo también me pongo la gorra. Vámonos; tengo que hablarle en serio, pero no
quiero hacerlo aquí... Esa joven que está sentada es mi hija Nina Nicolaievna.
Se me ha olvidado presentársela. Un ángel encarnado que ha descendido a la
tierra..., si es que usted puede comprender esto.
-¡Mirenlo! ¡Qué sacudidas! ¡Qué convulsiones! ‑dijo
Varvara Nicolaievna, todavía encolerizada.
‑Y esa que ha golpeado el suelo con el pie y me
ha llamado payaso es también un ángel encarnado. Me ha dado el nombre que
merezco. Vamos, Alexei Fiodorovitch: pongamos fin a este asunto.
Y, cogiendo a Aliocha del brazo, lo condujo a la
calle.
CAPÍTULO VII
‑Aquí el aire es puro. En cambio, en nuestra
habitación no lo es, en ningún concepto. Andemos un poco, señor. Me encantaría
atraerme su interés.
‑Tengo algo importante que decirle ‑manifestó
Aliocha‑. Pero no sé cómo empezar.
‑Lo sospechaba. No era lógico que hubiera
venido usted únicamente para quejarse de mi hijo. A propósito: en casa no he
querido describirle la escena y voy a hacerlo ahora. Verá usted. Hace ocho
días, el «estropajo» estaba más poblado. Me refiero a mi barba; la llaman así,
sobre todo los chiquillos. Pues bien, cuando su hermano me cogió de la barba y
me arrastró hasta en medio de la calle y allí siguió zarandeándome, todo por
una nimiedad, era precisamente la hora en que los niños salían del colégio, y
con ellos iba Iliucha. Apenas me vio en una situación tan desdichada, vino
hacia mí gritando: « ¡Papá, papá! » Se abraza a mí, me aprieta, pretende
libertarme, grita a mi agresor: « ¡Déjelo, déjelo! ¡Es mi padre! ¡Perdónelo!» Y
lo rodeó con sus bracitos y le besó la mano, la misma mano que... Jamás
olvidaré la expresión que tenía su carita en aquel momento.
‑Le aseguro ‑exclamó Aliocha‑ que
mi hermano le expresará su arrepentimiento con toda sinceridad. Si es preciso,
se arrodillará en el mismo lugar de la agresión. Le obligaré a ello. Si no lo
quiere hacer, dejará de ser mi hermano.
‑¡Bah, bah! Eso no es más que un buen deseo. No
ha salido de él, sino de usted, que es noble y generoso. Usted debió decírselo
en seguida. Ahora permítame que le explique el espíritu caballeresco que su
hermano demostró aquel día. Soltando mi barba, dejó de arrastrarme y me dijo:
«Tú eres oficial y yo también. Si puedes encontrar como testigo un caballero,
envíamelo. Me batiré contigo, aunque seas un bribón.» Ya lo ve: un espíritu
verdaderamente caballeresco, ¿no? Iliucha y yo nos marchamos, y esta escena
quedó grabada para siempre en la memoria del pobre niño. ¿De qué nos sirve
pertenecer a la nobleza? Por otra parte, juzgue usted mismo. Acaba usted de
salir de mi casa. ¿Qué ha visto usted en ella? Tres mujeres, de las que una
está impedida y ha perdido el juicio; otra, inválida y jorobada, y la tercera,
que está completamente sana, es demasiado inteligente: es estudiante y está
deseando volver a Petersburgo para descubrir en las orillas del Neva los
derechos de la mujer rusa. Y no hablemos de Iliucha. No tiene más que nueve
años, y si yo muriese quedaría completamente solo, pues dígame usted qué sería
de mi hogar si yo faltase. ¿Qué ocurriría si me batiera con su hermano y él me
matara? ¿Qué sería de toda mi familia? Y si me dejara solamente lisiado, sería
aún peor, pues yo no podría trabajar y no tendríamos qué comer. ¿Quién me
alimentaría? ¿Quién nos alimentaría a todos? En vez de mandar a Iliucha a un
colegio, tendríamos que enviarlo a pedir limosna. He aquí, señor, lo que para
mí significaría batirme con su hermano. Sería un verdadero disparate.
‑Le pedirá perdón, se arrojará a sus pies en
medio de la calle ‑exclamó una vez más Aliocha con ardiente vehemencia.
‑Pensé denunciarlo ‑continuó el capitán‑,
pero abra usted nuestro código y dígame si puedo esperar una justa satisfacción
de mi agresor. Además, Agrafena Alejandrovna me amenazó así: «Si lo denuncias,
no pararé hasta que todo el mundo sepa que te castigó por la granujada que le
hiciste. Y entonces serás tú el perseguido por la justicia.» Sólo Dios sabe
quién fue el verdadero autor de esa granujada; sólo Dios sabe que obré por
orden de ella y de Fiodor Pavlovitch. Aún me dirigió nuevas amenazas Agrafena
Alejandrovna. «Además, te despediré y ya no podrás ganarte nada trabajando
para mí. Y también te despedirá mi comerciante (así llama a su viejo), porque
yo se lo diré.» Y si ella y su comerciante dejan de darme trabajo, ¿cómo me
ganaré la vida? Son los dos únicos protectores que me quedan, ya que Fiodor
Pavlovitch me ha retirado su confianza por otro motivo, a incluso pretende
requerirme judicialmente, presentando mis recibos. Por estas razones no he dado
ningún paso y me he quedado quieto en mi retiro, ese retiro que usted acaba de
ver. Ahora digame: ¿le ha hecho mucho daño Iliucha con su mordisco? No he
querido hacerle esta pregunta en su presencia.
‑Sí, me ha hecho mucho daño. Estaba
indignadísimo. Ahora comprendo perfectamente que se ha vengado en mí, un Karamazov,
de la agresión de otro Karamazov contra usted. ¡Si lo hubiera visto usted
batirse a pedradas con sus compañeros...! Estas pedreas son muy peligrosas. Los
niños no saben lo que hacen. Una pedrada en la cabeza puede ser fatal.
‑Él ha recibido una, si no en la cabeza, en el
pecho, encima del corazón. Ha entrado en casa gimiendo y llorando y, como ha
visto usted, está enfermo.
‑Ha sido el primero en atacar. Lo que le ha
ocurrido a usted lo ha impulsado al mal. Sus compañeros me han dicho que ha
herido en un costado con un cortaplumas a un niño llamado Krasotkine.
‑Ya lo sé. Su padre sirvió aquí como
funcionario, y esto puede traernos complicaciones.
‑Le aconsejo ‑dijo Aliocha con vehemencia‑
que no lo envíe al colegio en una temporada..., hasta que se tranquilice, hasta
que le pase el arrebato de ira.
‑Usted lo ha dicho ‑manifestó el capitán‑:
ha sido un arrebato de ira, un ataque de tremenda cólera en un pequeño ser...
Usted no lo sabe todo. Permítame que se lo explique detalladamente. Después
del suceso, sus compañeros empezaron a zaherirle, a llamarle « Barbas de
Estropajo». Los niños de esta edad son despiadados. Tratados individualmente
son unos ángeles, pero cuando se reúnen son crueles, sobre todo en el colegio.
Iliucha, al verse perseguido, notó que se despertaba en él un noble
sentimiento. Un chico corriente, siendo débil como es él, se habría resignado,
se habría avergonzado de la humillación sufrida por su padre. Pero él se irguió
contra todos para defender a su padre, a la justicia, a la verdad. Lo que ese
muchacho ha sufrido desde que besó la mano de su hermano gritándole: «¡Perdone
a mi padre, perdone a mi padre! », sólo Dios y yo lo sabemos. Así es como
nuestros hijos, no los de ustedes; los nuestros, los de las personas
indigentes, pero de noble corazón, descubren la verdad a la edad de nueve años.
¿Cómo pueden descubrirla los ricos? Los ricos no penetran nunca tan
profundamente. En cambio, mi Iliucha ha sondeado la verdad en toda su magnitud
en el momento en que besaba la mano que me estaba golpeando. Esta verdad ha
penetrado en él y ha dejado en su alma una impresión imborrable ‑exclamó
el capitán con vehemencia y semblante extraviado, mientras se golpeaba la mano
izquierda con el puño derecho, como si quisiera dar una prueba material del
impacto que la verdad había producido en Iliucha‑. Aquel día tuvo fiebre
y deliró por la noche. Guardó silencio durante toda la jornada. Observé que me
miraba desde su rincón. Fingía estar estudiando, pero su pensamiento estaba
lejos del estudio. Al día siguiente, yo me sentíà tan triste, que me olvidé de
muchas cosas. Mi mujer, a la que tanto quiero, empezó a llorar como de
costumbre. Entonces fue tanto mi dolor, que me emborraché con mis últimas
monedas. No me desprecie, señor. En Rusia, los peores borrachos son las mejores
personas, y viceversa. Yo estaba acostado y no pensaba en Iliucha, pero aquel
día los chiquillos estuvieron divirtiéndose a costa de él desde por la mañana.
«¡Eh, “Barba de Estropajo”! ‑le dijo uno‑. Cogieron a tu padre de
la barba y lo sacaron a rastras de la taberna. Y tú corrías alrededor de él
pidiendo clemencia.» Tres días después volvió del colegio pálido y abatido.
«¿Qué tienes?» , le pregunté. Él no me contestó. No podíamos hablar en casa. Su
madre y sus hermanas se habrían mezclado en la conversación en seguida. Las
chicas se habían enterado de todo poco después de haber ocurrido. Varvara
Nicolaievna empezó a gruñir:
» ‑¡Bufones, payasos! Sois incapaces de
portaros decentemente.
»‑Es verdad, Varvara Nikolaievna: somos
incapaces de portarnos decentemente.
»Esta vez logré salir del paso. Al atardecer me fui a
pasear con el niño. Ha de saber que desde hace algún tiempo salimos a pasear
todas las tardes por este mismo camino y llegamos hasta aquella enorme y
solitaria roca que hay allá lejos, junto al seto donde empiezan los pastos
comunales. Es un lugar desierto y encantador. Ibamos cogidos de la mano como de
costumbre. Tiene unas manos pequeñas, de dedos delgados y fríos, pues sufre del
pecho.
»‑Papá ‑me dijo‑. Papá...
»‑¿Qué? ‑le pregunté. Sus ojos llameaban.
»‑¡Cómo te trató!
»‑¿Qué le vamos a hacer, Iliucha?
»‑No hagas las paces con él, papá; no las
hagas. Mis compañeros dicen que te ha dado diez rublos para que calles.
»‑No, hijo mío. Por nada del mundo aceptaré
dinero de él ahora.
»Él empezó a temblar. Cogió mi mano entre las suyas y
me abrazó...
»‑Papá, desafíalo. En el colegio me dicen que
eres un cobarde, que no te batirás con él, que aceptarás sus diez rublos.
»‑No puedo desafiarlo, Iliucha ‑le
respondi.
»Y le expliqué en cuatro palabras lo que acabo de
decirle a usted sobre esto. Él me escuchó hasta el fin.
»‑De todos modos, papá, no hagas las paces con
ese hombre. Cuando yo sea mayor, lo desafiaré y lo mataré.
»En sus ojos había un resplandor intenso. Sin
embargo, soy su padre y tuve que decirle la verdad.
»‑Matar, incluso en duelo, es un pecado,
Iliucha.
»‑Papá, cuando yo sea un hombre, lo tiraré al
suelo, lo desarmaré, me arrojaré sobre él con el sable en alto y le diré:
“Podría matarte, pero lo perdono.”
»Ya ve usted, señor, lo que ha absorbido ese espíritu
infantil durante estos días. No hace más que pensar en la venganza, y sin duda
ha hablado de ella durante su delirio. Anteayer, cuando volvió del colegio con
las huellas de haber sido cruelmente golpeado, me enteré de todo. Tiene usted
razón. No volverá nunca al colegio. Se enfrenta con todos los alumnos, a todos
los desafía. Está desesperado. Su corazón arde de odio. Temo por él.
Reanudamos nuestro paseo.
»‑Papá ‑me dijo‑, ¿son los ricos
las personas más poderosas del mundo?
»‑Sí, Iliucha: no hay nada más poderoso que un
rico.
»‑Pues yo me haré rico, papá. Seré oficial y
venceré a todos los enemigos. El zar me recompensará, y entonces vendré a
reunirme contigo y ya nadie se atreverá a...
»Guardó silencio unos instantes. Después, con los
labios temblorosos como hacía un momento, dijo:
»‑Papá, ¡qué vil es nuestra ciudad!
»‑Sí, Iliucha, es una ciudad vil.
»‑Vámonos a vivir a otra parte, papá. A donde
nadie nos conozca.
»‑Eso me parece bien, Iliucha. Pero necesitamos
dinero.
»Me complacía poder distraerlo así de sus sombríos
pensamientos. Empezamos a hacer cábalas sobre nuestro traslado a otra ciudad.
Tendríamos que comprar un caballo y un carro.
»‑Tu madre y tus hermanas irán en el carro. Las
taparemos bien y nosotros iremos a pie al lado. De vez en cuando, tú subirás al
carro, pero yo seguiré yendo a pie, pues no hay que cansar al caballo. Así
viajaremos.
ȃl estaba encantado, sobre todo de tener un caballo.
Como usted sabe muy bien, para un. muchacho ruso no hay nada mejor que un
caballo. “Alabado sea Dios ‑pensé‑. Lo has distraído y lo has
consolado.” Pero ayer volvió del colegio más abatido que nunca. Por la tarde,
durante el paseo, no despegaba los labios. Hacía viento, el sol se ocultó. Se
percibía el otoño en la penumbra que nos rodeaba. Los dos estábamos tristes.
»‑Bueno, muchacho; vamos a hacer los
preparativos para el viaje.
»Intentaba reanudar la charla del día anterior. Él no
dijo ni una palabra, pero su menuda mano temblaba en la mía. “Malo ‑me
dije‑. Algo nuevo ha ocurrido.” Llegamos hasta esta piedra que ahora
estamos viendo. Yo me senté en ella. En el aire se veían lo menos treinta
cometas que el viento azotaba sonoramente. Es ahora el tiempo de remontarlas.
»‑También nosotros podríamos hacer volar las
cometas del año pasado, Iliucha. Las repararé. ¿Qué has hecho de ellas?
»Él seguía mudo y volvía la cara para no mirarme. De
pronto, el viento empezó a zumbar, levantando nubes de tierra. Iliucha se
arrojó sobre mí, me rodeó el cuello con los brazos y me estrechó entre ellos.
Así suele ocurrir, señor. El niño taciturno y orgulloso retiene largo tiempo
sus lágrimas, pero cuando, al fin, la fuerza del dolor las hace brotar, corren
en torrentes. Sus lágrimas ardientes inundaron mi rostro. Sollozaba entre
convulsiones, me apretaba contra su pecho.
»‑¡Papá ‑exclamó‑, mi querido papá!
¡Cómo te humilló ese hombre!
» Entonces yo también me eché a llorar, y los dos
sollozamos abrazados sobre esta gran piedra. Nadie nos vela: sólo Dios. Tal vez
me lo tenga en cuenta. Dé las gracias a su hermano, Alexei Fiodorovitch. No, no
azotaré a mi hijo por el mal que le ha hecho a usted.
Así terminó su extraña y enrevesada confidencia.
Aliocha, tan conmovido que sus ojos estaban húmedos de lágrimas, comprendía que
aquel hombre tenía confianza en él y que no se habría franqueado con
cualquiera.
‑¡Cómo me gustaría hacer las paces con su hijo!
‑exclamó‑. Si usted quisiera intervenir...
‑Lo haré ‑murmuró el capitán.
‑Pero no es eso lo que nos interesa ahora.
Escuche. Tengo un encargo para usted. Mi hermano Dmitri ha ofendido también a
su novia, una muchacha noble de la que usted debe de haber oído hablar. Tengo
derecho a revelarle esta afrenta; es más, tengo el deber de hacerlo, pues esa
joven, al enterarse de la humillación sufrida por usted, me ha encargado hace
un momento... de entregarle un dinero de su parte, no en nombre de Dmitri, que
la ha abandonado, ni de mí, su hermano, ni de nadie; de ella y únicamente de
ella. Le suplica a usted que acepte su ayuda... A los dos los ha ofendido la
misma persona. Esa joven ha pensado en usted únicamente porque ella ha
recibido una afrenta tan grave como la que usted ha sufrido. Es como una
hermana que acude en ayuda de su hermano. Me ha pedido que le convenza a usted
de que acepte estos doscientos rublos de su parte, como los aceptaría de una
hermana que conociera su desdichada situación. Nadie se enterará; no tiene
usted que temer a las murmuraciones de los malintencionados. He aquí los
doscientos rublos. Acéptelos, créame. De lo contrario, habría que admitir que
en el mundo sólo tenemos enemigos. Y eso no es verdad: hay también hermanos...
Usted debe comprenderlo porque tiene un alma noble.
Y Aliocha le ofreció dos billetes de cien rublos
completamente nuevos. El capitán y él estaban entonces precisamente junto a la
gran roca cercana al seto. No había nadie en torno a ellos. Los billetes
produjeron en el capitán profunda impresión. Se estremeció, aunque al
principio el estremecimiento fue sólo de sorpresa: de ningún modo esperaba que
el suceso tuviera semejante desenlace; jamás había ni siquiera soñado que
pudiera recibir ayuda alguna. Cogió los billetes y durante casi un minuto fue
incapaz de responder. Una expresión nueva apareció en su rostro.
‑¡Doscientos rublos! ¿Es para mí todo este
dinero? ¡Dios Santo! Hacía cuatro años que no veía doscientos rubios juntos.
Ha dicho que es como una hermana mía. ¡Vaya si lo es!
‑Le juro que todo lo que le he dicho es la pura
verdad ‑afirmó Aliocha.
El capitán enrojeció.
‑Escuche, señor, escuche: si acepto, ¿no seré
un cobarde, no se lo pareceré a usted? Escuche, escuche ‑repetía a cada
momento, tocando a Aliocha‑: usted me pide que acepte el dinero, ya que
es una «hermana» quien me lo envía; pero si lo tomo, ¿no me despreciará usted,
aunque no lo manifieste?
‑¡No y mil veces no! ¡Se lo juro por la
salvación de mi alma! Además, esto no lo sabrá nadie nunca, nadie más que
nosotros: usted, ella, yo... y una dama que es gran amiga suya.
‑Todo eso importa muy poco. Óigame, Alexei
Fiodorovitch; es indispensable que me oiga. Usted no puede comprender lo que
representan para mí estos doscientos rublos ‑continuó el infortunado
capitán, del que se había ido apoderando poco a poco una tremenda exaltación y
que se expresaba con la impaciencia del que teme que no le dejen decir todo lo
que desea‑. Dejando aparte el hecho de que este dinero es de procedencia
limpia, ya que viene de una respetable «hermana», ha de saber usted que ahora
podré cuidar a mi esposa y a Nina, mi angelical jorobadita. El doctor
Herzenstube vino a mi casa desinteresadamente, impulsado por la bondad de su
corazón; la estuvo reconociendo durante una hora y me dijo: «No comprendo nada
en absoluto.» Sin embargo, el agua mineral que recetó a mi mujer la alivia
mucho. También le prescribió baños de pies con ciertos remedios. Las botellas
de agua mineral valen treinta copecs cada una, y se ha de beber unas cuarenta.
Yo cogí la receta y la puse en la mesita que hay debajo del icono. Allí está. A
Nina le ordenó baños calientes en una solución especial, dos veces al día,
mañana y tarde. ¿Cómo es posible seguir semejante tratamiento viviendo
realquilados y sin servidumbre, sin agua, sin los utensilios necesarios y sin
la ayuda de nadie? La pobre Nina está imposibilitada por el reumatismo. No se
lo había dicho todavía, ¿verdad? Por las noches siente fuertes dolores en todo
un costado y sufre horriblemente, pero disimula para no inquietarnos, y, para
que no nos despertemos, de sus labios no se escapa la menor queja. Comemos lo
que buenamente llega a nuestras manos. Pues bien, ella se queda con el último
bocado, algo que ni los perros querrían. Es como si dijera: «Ni siquiera este
bocado merezco, pues os privo de él a vosotros, a cuya costa vivo.» Eso dice
con su mirada de ángel. La atendemos, y ello le pesa. « No merezco estos
cuidados. Soy una persona inútil.» ¡No merecerlos ella, cuya dulzura angelical
es una bendición para todos! Sin su dulce presencia, nuestra casa sería un
infierno. Ha conseguido incluso suavizar el carácter de Varvara. No condene a
Varvara. Es también un ángel, un ser desgraciado. Llegó a casa el verano
pasado con dieciséis rublos que había ganado dando lecciones y estaban
destinados a pagar su regreso a Petersburgo en el mes de septiembre, es decir,
ahora. Pero nos hemos comido su dinero y no podía marcharse: ésta es la causa
de su mal humor. Por otra parte, no se podía ir, porque está tan ocupada en la
casa, que parece una condenada a trabajos forzados. Hemos hecho de ella una
acémila. Se ocupa en todo: remienda, lava, barre, acuesta a su madre. Y su
madre es caprichosa y llorona, en fin, una perturbada... Ahora, con estos
doscientos rublos, podremos tener una sirvienta y no faltarán cuidados a esos
dos seres a los que tanto quiero. Enviaré a Varvara a Petersburgo, compraré
carne, estableceré un nuevo régimen de vida. ¡Señor, si esto parece un sueño!
Aliocha estaba encantado de haber sido portador de
tanta felicidad y de ver que aquel pobre diablo admitía aquel medio de ser
feliz.
‑Espere, Alexei Fiodorovitch, espere ‑continuó
el capitán, aferrándose a un nuevo sueño‑. Sepa que Iliucha y yo podremos
llevar a cabo nuestro proyecto. Compraremos un caballo y un carro; un caballo
negro, pues así lo quiere él, y nos marcharemos, como decidimos anteayer los
dos. Conozco a un abogado en la provincia de K..., un amigo de la infancia. Me
he enterado por una persona digna de crédito de que, si me presentara allí, me
daría una plaza de secretario. A lo mejor, es verdad que me la da... Mi mujer y
Nina irían dentro del carro, Iliucha conduciría y yo iría a pie. Así
viajaríamos toda la familia. ¡Señor! Si yo supiera que iba a tener una
credencial, esto bastaría para que hiciéramos el viaje.
‑¡Lo harán, lo harán! ‑exclamó Aliocha‑.
Catalina Ivanovna le enviará más dinero, tanto como usted quiera. Yo también
tengo dinero. Acepte lo que le haga falta. Se lo ofrezco como se lo ofrecería a
un hermano, a un amigo. Ya me lo devolverá, pues usted se hará rico. No se le
ha podido ocurrir nada mejor que este viaje. Será la salvación de ustedes,
sobre todo la de su hijo. Deben marcharse en seguida, antes del invierno, antes
de los fríos. Ya nos escribirá desde allí; seguiremos siendo hermanos... ¡No,
esto no es un sueño!
Aliocha estaba tan contento, que de buena gana habría
abrazado al capitán. Pero al fijar la vista en él, quedó paralizado. El capitán,
con el cuello estirado y la boca saliente, pálido y lleno de exaltación el
semblante, movía los labios, como si quisiera hablar, pero sin emitir ningún
sonido.
‑¿Qué le ocurre? ‑preguntó Aliocra con un
repentino estremecimiento.
‑Alexei Fiodorovitch..., le voy a... ‑balbuceó
el capitán mirando a Aliocha con un gesto extraño y feroz, el gesto del hombre
que va a lanzarse al vacío, al mismo tiempo que sus labios plasmaban una
sonrisa‑. Le voy a... ¿Quiere usted que le haga un juego de manos? ‑murmuró
acto seguido, con acento firme y como obedeciendo a una súbita resolución.
‑¿Un juego de manos?
‑Ahora verá ‑dijo el capitán, crispados
los labios, guiñando el ojo izquierdo y taladrando a Aliocha con la mirada.
‑¿Qué le pasa? ‑exclamó Alexei,
francamente aterrado‑. ¿Qué dice usted de juegos de manos?
‑¡Mire! ‑gritó el capitán.
Le mostró los dos billetes, que mientras hablaba
había sostenido entre los dedos pulgar a índice, y de pronto los estrujó
cerrando el puño.
‑¿Ve usted, ve usted? ‑exclamó, pálido,
frenético. Levantó la mano y, con todas sus fuerzas, arrojó los estrujados
billetes al suelo.- ¿Ve usted? ‑vociferó nuevamente, señalándolos con el
dedo‑‑. ¡Ahí los tiene!
Empezó a pisotearlos con furor salvaje. Jadeaba y
exclamaba a cada pisotón:
‑Mire lo que yo hago con su dinero. ¡Mire,
mire!
De súbito dio un salto atrás y se irguió mirando a
Aliocha. De todo su cuerpo emanaba un orgullo indecible.
‑¡Vaya a decir a los que le han enviado que el
«Barbas de Estropajo» no vende su honor! ‑exclamó con el brazo extendido.
Después giró rápidamente sobre sus talones y echó a
correr. Cuando había recorrido unos cinco pasos se volvió y dijo adiós a
Aliocha con la mano. Avanzó cinco pasos más y se detuvo de nuevo. Esta vez su
rostro no estaba crispado por la risa, sino sacudido por el llanto. En un tono
gimiente, entrecortado, farfulló:
‑¿Qué habría dicho a mi hijo si hubiese
aceptado el pago de nuestra vergüenza?
Dicho esto, echó a correr de nuevo, ya sin volverse.
Aliocha le siguió con una mirada llena de profunda tristeza. Comprendió que
hasta el último momento el desgraciado no supo que estrujaría y arrojaría los
billetes. Aliocha no quiso perseguirlo ni llamarlo. Cuando perdió de vista al
capitán, cogió los billetes, arrugados y hundidos en la tierra, pero intactos
todavía. Incluso crujieron cuando Aliocha los alisó. Luego los dobló, se los
guardó en el bolsillo y fue a dar cuenta a Catalina Ivanovna del resultado de
su gestión.
PRO Y CONTRA
CAPÍTULO PRIMERO
LOS ESPONSALES
Esta vez, Aliocha fue recibido por la señora
Khokhlakov, que estaba atareadisima. La crisis de Catalina Ivanovna había
terminado con un desvanecimiento, seguido de una profunda extenuación. En aquel
momento estaba delirando, presa de alta fiebre. Se había enviado en busca de
sus tías y el doctor Herzenstube. Éstas habían llegado ya. La enferma yacia sin
conocimiento. En torno de ella reinaba una ansiosa expectación.
Mientras explicaba todo esto, la dama tenía una
expresión grave a inquieta. «Es algo serio; esta vez es algo serio», repetía a
cada palabra, como si nada de lo que había ocurrido anteriormente tuviera
importancia alguna. Aliocha la escuchaba con visible pesar. Quiso contarle su
aventura con el capitán, pero ella le interrumpió en seguida. No podía
escucharle; se tenía que marchar. Le rogó que, entre tanto, hiciera compañia a
Lise.
‑Mi querido Alexei Fiodorovitch ‑le
murmuró casi al oído‑, hace un momento, Lise me ha sorprendido y enternecido.
Por eso, porque me enternece, mi corazón se lo perdona todo. Apenas se ha
marchado usted, ha empezado a lamentarse sinceramente de haberle hecho blanco
de sus burlas ayer y hoy. Sin embargo, sólo han sido bromas inocentes. Incluso
lloraba, cosa que me ha sorprendido de veras. Nunca se había arrepentido de
veras de sus burlas, de las que soy su víctima a cada momento. Pero ahora habla
en serio. Su opinión le importa mucho, Alexei Fiodorovitch. Trátela con
solicitud, si le es posible, y no le guarde rencor. Yo tengo con ella toda
clase de miramientos. ¡Es tan inteligente! Hace un momento me decía que usted
es su mejor amigo de la infancia. Tiene sentimientos y recuerdos conmovedores,
frases, expresiones que surgen cuando menos se espera. Hace un momento ha dicho
una verdadera sutileza a propósito de un pino. Cuando ella era muy pequeña
todavía, había un pino en nuestro jardín. Pero sin duda aún está allí: no sé
por qué hablo de él como de una cosa del pasado. Los pinos no son como las
personas; viven mucho tiempo sin hacer ningún cambio. «Mamá ‑me ha dicho‑,
me acuerdo de ese pino como en sueños, sosna kak so sna[L45]...». Pero no, debe de haber dicho otra cosa,
porque esto no tiene sentido. Estoy segura de que ha dicho algo original a
ingenioso que yo no he sabido interpretar. Además, no me acuerdo de lo que ha
dicho... Bueno, adiós; esto es para perder la cabeza. Sepa usted, Alexei
Fiodorovitch, que he estado loca dos veces y me han curado. Vaya al lado de
Lise. Reconfórtela como sólo usted sabe hacerlo. ¡Lise ‑gritó
acercándose a la puerta‑, lo envío a tu víctima Alexei Fiodorovitch! No
está enojado contigo, palabra. Por el contrario, le sorprende que hayas podido
creer eso de él.
‑Merci, maman. Pase, Alexei
Fiodorovitch.
Aliocha
entró. Lise le miró, confusa, y enrojeció hasta las orejas. Como suele hacerse
en casos semejantes, empezó por abordar un tema que le era indiferente, pero
por el que fingió gran interés.
‑Mamá acaba de explicarme, Alexei Fiodorovitch,
la historia de los doscientos rublos y la misión que le han confiado a usted
respecto a ese pobre capitán... Me ha contado la humillante y horrible escena
de la taberna, y aunque mamá cuenta muy mal las cosas, de un modo deshilvanado,
me ha hecho llorar. Bueno, explíqueme: ¿qué ha hecho ese desgraciado al ver el
dinero?
‑No se lo ha quedado ‑repuso Aliocha‑.
Ha ocurrido algo extraordinario.
Alexei Fiodorovitch simulaba también tener
concentrado su interés en este asunto. Sin embargo, Lise leía en su mirada que
su pensamiento estaba en otra parte.
Aliocha se sentó y empezó su relato. Apenas pronunció
las primeras palabras, dejó de sentirse cohibido y logró cautivar a Lise.
Hallándose aún bajo la influencia de las emociones que acababa de experimentar,
refirió su visita con gran número de detalles impresionantes. En Moscú, cuando
Lise era todavía una niña, a él le encantaba ir a verla para contarle su
última aventura, algo que había leído y le había impresionado, o para recordar
algún episodio de la infancia. A veces soñaban al unísono y componían
verdaderas novelas, generalmente alegres. En aquel momento estaban reviviendo
escenas de su vida de dos años atrás. Lise se sintió profundamente impresionada
ante el relato de Aliocha. Éste pintó a Iliucha con vigorosos rasgos, y cuando
le describió con todo detalle la escena en que el desgraciado había pisoteado
los billetes, Lise enlazó las manos y exclamó:
‑Entonces, ¿no le ha dado el dinero, lo ha
dejado usted que se fuera? Debió usted correr detrás de él, alcanzarlo...
‑No, Lise: es mejor que haya ocurrido así ‑replicó
Aliocha levantándose y empezando a pasear por la estancia con un gesto de
preocupación.
‑¿Cómo puede haber sido mejor? ¿Por qué? Se van
a morir de hambre.
‑No, no se morirán, pues tendrán los doscientos
rublos. Ese hombre los aceptará mañana.
Aliocha se detuvo de pronto ante la joven.
‑He cometido un error ‑dijo‑, pero
esta equivocación ha tenido felices consecuencias.
‑¿Por qué?
‑Ahora mismo se lo voy decir. Ese hombre es un
cobarde, un ser débil, un corazón agotado. No ceso de preguntarme por qué razón
se ha sulfurado tan de repente. Pues estoy seguro de que hasta el último
momento no le ha pasado por la imaginación pisotear el dinero. Pues bien, creo
haber descubierto más de una explicación a su conducta. Ante todo, no ha sabido
disimular la alegría que ha sentido al ver el dinero. Si hubiera hecho
remilgos, como es corriente en tales casos, al fin se habría resignado a
aceptarlo; pero después de haber manifestado tan francamente su alegría, no ha
podido menos de dar un respingo. Como ve usted, en tales casos la sinceridad no
tiene utilidad alguna. El infeliz hablaba con voz tan débil y con tal rapidez,
que daba la impresión de estar llorando sin cesar. Ciertamente, ha llorado de
alegría... Me ha hablado de sus hijas, de cierto empleo que podrían darle en
otra ciudad, y, después de haberse expansionado, ha sentido una repentina
vergüenza de haber mostrado su alma al desnudo. Inmediatamente me ha detestado.
Es uno de esos seres que se avergüenzan de cualquier cosa, pero que tienen un
orgullo excesivo. Sobre todo, le ha mortificado el hecho de haberme considerado
en seguida como amigo. Después de haberse arrojado sobre mi para intimidarme,
me ha abrazado y cubierto de amabilidades al ver los billetes. Y cuando,
pensando en esto, se sentía profundamente humillado, yo he cometido un grave
error: le he dicho que si no tenía bastante dinero para trasladarse a otra
ciudad, le darían más y que yo mismo contribuiría a ello con mis propios
recursos. Esto le ha herido. ¿Por qué acudía yo también en su socorro? Pues ha
de saber, Lise, que nada hay más molesto para un desgraciado que ver que todos
sus semejantes se consideran bienhechores. Se lo he oído decir al starets.
No sé qué explicación puede tener esto, pero lo he observado muchas veces, e
incluso yo mismo lo siento. Aunque él ha ignorado hasta el último momento que
pisotearía los billetes, lo presentía. Y esto acrecentaba su júbilo. Pero, por
enojoso que esto parezca, es lo mejor que ha podido ocurrir.
‑Esto es incomprensible ‑exclamó Lise
mirando a Aliocha con gesto de estupor.
‑Oiga, Lise: si en vez de pisotear los billetes
los hubiera aceptado, es casi seguro que una hora después, al llegar a casa,
habría llorado de humillación. Y mañana hubiese venido a arrojármelos a la cara,
y tal vez los habría pisoteado como acaba de hacer. Ahora, en cambio, se ha
marchado triunfalmente, aun sabiendo que va a su perdición. Pues bien, nada es
más fácil en estos momentos que obligarle a aceptar esos doscientos rublos, y
mañana mismo, no más tarde, pues ha satisfecho su honor pisoteando el dinero.
Necesita urgentemente esta cantidad y, por orgulloso que sea, no dejará de
pensar en la ayuda de que él mismo se ha privado. Sobre todo, pensará en ello,
a incluso lo soñará, esta noche. Tal vez mañana por la mañana venga a verme y a
excusarse. Entonces yo le diré: «Es usted un hombre digno, bien lo ha
demostrado. Ahora acepte el dinero y perdónenos.» Y él lo aceptará.
Aliocha pronunció estas últimas palabras ‑«y él
lo aceptará»‑ con una especie de embriaguez. Lise batió palmas.
‑¡Es verdad! ¡Lo he comprendido todo de golpe!
¿Cómo sabe usted esas cosas, Aliocha? Tan joven, y ya conoce el corazón humano.
Nunca lo hubiera creído.
‑Hay que convencerle de que está en un plano de
igualdad con nosotros aunque acepte el dinero ‑dijo Aliocha, exaltado‑.
Y no sólo en un plano de igualdad, sino de superioridád.
‑¡Un plano de superioridad! ¡Eso es encantador,
Alexei Fiodorovitch! ¡Continúe, continúe!
‑No, no me he expresado bien... Eso del
plano... Pero no importa, pues...
‑¡Claro que no importa! No importa lo más
mínimo. Perdóneme, querido Aliocha. Hasta ahora no había sentido el menor respeto
por usted. Mejor dicho, lo respetaba, pero no en un plano de igualdad. De ahora
en adelante le respetaré, situándole en un plano de superioridad. ¡Ah, mi
querido Aliocha! No se enfade si me hago la ingeniosa ‑exclamó con
vehemencia‑. Soy un poco burlona, pero usted... Oiga, Alexei
Fiodorovitch, ¿no hay en nosotros cierto desdén hacia ese desgraciado? Estamos
analizando su alma con cierta presunción, ¿no le parece?
‑No, Lise, no hay ningún desdén ‑repuso
Aliocha con tanta firmeza que parecía tener prevista esta pregunta‑. Ya
he pensado en ello cuando venía hacia aquí. ¿Cómo podemos desdeñarlo cuando
somos como él? Pues nosotros no valemos más. Aunque fuéramos mejores, seríamos
iguales si estuviéramos en su situación. Ignoro lo que usted creerá, Lise,
pero yo juzgo que tengo un alma mezquina para muchas cosas. Su alma no es
mezquina, sino delicada en extremo. No, Lise; mi starets me dijo una
vez: «Muchas veces hay que tratar a las personas como si fueran niños, y en
ciertos casos como se trata a los enfermos.»
‑Mi querido Alexei Fiodorovitch, ¿quiere usted
que tratemos a las personas como se trata a los enfermos?
‑Estoy dispuesto, Lise, pero no del todo. A
veces peco de impaciente y no me detengo a observar bien las cosas. Usted no es
así.
‑Eso creo. Alexei Fiodorovitch, ¡qué feliz soy!
‑¡Cuánto me complace oírselo decir, Lise!
‑Alexei Fiodorovitch, es usted un hombre de una
bondad extraordinaria, pero a veces parece un tanto pedante. Sin embargo, se ve
que no lo es. Vaya sin hacer ruido a abrir la puerta y vea si mamá está
escuchando ‑musitó rápidamente.
Aliocha hizo lo que Lise le pedía y dijo que nadie
los escuchaba.
‑Venga, Alexei Fiodorovitch ‑dijo Lise
con un rubor que crecia por momentos‑. Déme su mano. Así. Escuche, he de
hacerle una importante confesión. Lo que le dije ayer en mi carta no fue una
broma, lo dije en serio.
Se cubrió los ojos con una mano. Era evidente que la
declaración le costaba un gran esfuerzo. De súbito se llevó la mano de Aliocha
a los labios y estampó en ella tres fuertes besos.
‑¡Magnífico, Lise! ‑exclamó Aliocha
gozosamente‑. Ya sabía yo que lo había dicho en serio.
‑¡El muy presuntuoso!
Alejó de si la mano de Aliocha, aunque sin soltarla,
enrojeció y tuvo una risita de felicidad.
‑Le beso la mano y esto le parece magnífico.
Pero el reproche no era justo: Aliocha estaba también
profundamente turbado.
‑Yo quisiera serle siempre agradable, Lise ‑murmuró
Alexei enrojeciendo‑, pero no sé qué hacer para conseguirlo.
‑Mi querido Aliocha, es usted un hombre frio y
presuntuoso. ¡Habráse visto! Se ha dignado elegirme por esposa y está tan
tranquilo. El hombre estaba seguro de que le había hablado en serio en mi
carta. Eso es presunción.
‑¿Habré hecho mal en sentirme seguro? ‑exclamó
Aliocha riendo.
‑No, todo lo contrario.
Lise le miró con ternura. Aliocha retenía la mano de
ella en la suya. De pronto, Alexei se inclinó y la besó en la boca.
‑¿Qué es eso? ¿Qué hace usted? ‑exclamó
Lise.
Aliocha estaba visiblemente trastornado.
‑Perdóneme... He hecho una tontería... Usted me
ha acusado de ser frio, y por eso la he besado... He sido un estúpido.
Lise se echó a reír y se cubrió la cara con las
manos.
‑¡Lo que parece con ese hábito!
Pero de pronto se detuvo y se puso sería.
‑No, Aliocha; dejemos los besos para más
adelante. Ni usted ni yo sabemos todavía nada de estas cosas. Hay que esperar
aún mucho tiempo. Ante todo, dígame por qué ha escogido por esposa a una
muchacha ridícula y enferma como yo, siendo usted un hombre tan inteligente, de
tanta penetración y tan aficionado a meditar. Aliocha, soy muy feliz, porque
estoy indignada con usted.
‑No, Lise; no se enoje conmigo. Pronto dejaré
el monasterio. Y cuando vuelva al mundo, tendré que casarme. Lo haré, porque el
starets me lo ha ordenado. ¿A quién puedo encontrar que sea mejor que
usted y que me acepte como usted me acepta? Ya he pensado en todo esto. Ante
todo, usted me conoce desde la infancia. Además, usted tiene muchas cualidades
que me faltan a mi. Usted es más alegre que yo, y sobre todo más ingenua, pues
yo he penetrado ya en muchas cosas... ¡Ah, hay algo que no sabe, y es que soy
un Karamazov! ¿Qué importa que usted se ría y se burle, aunque la víctima sea
yo...? Usted se rie como una niña ingenua, pero se atormenta pensando.
‑¿Que yo me atormento? ¿Qué quiere usted decir?
‑Sí, Lise; se atormenta. Usted me ha preguntado
hace un momento si no es un acto de desdén hacia ese desgraciado analizar su
alma a fondo, y ésta es una pregunta dolorosa... No sé explicar el motivo, pero
los que se hacen esas preguntas son propicios al sufrimiento. Usted debe de
pensar mucho en su sillón.
‑Aliocha, déme la mano. ¿Por qué la ha
retirado? ‑murmuró Lise con voz ahogada por la felicidad‑. Oiga:
¿cómo se vestirá cuando deje el monasterio? No se ría. Tampoco quiero que se
enfade. Esto es muy importante para mí.
‑No he pensado en eso todavía. Pero me vestiré
como usted prefiera.
‑Me gustaría que llevara una chaqueta de
terciopelo azul oscuro, un chaleco de piqué blanco y un sombrero de fieltro
gris... Dígame: hace un rato, cuando le he dicho que no era verdad lo que le
dije en mi carta de ayer, ¿ha creído usted que no le amaba?
‑No, no lo he creído.
‑Es usted insoportable, incorregible.
‑Yo sabía que usted me amaba, pero he fingido
creer lo contrario para complacerla.
‑Eso es peor todavía... Peor y mejor...
Aliocha, le adoro. Antes de que usted llegara, me he dicho: «Le pedirás la
carta que le enviaste ayer, y si te la da, como es propio de él, esto te
demostrará que no lo quiere, que es insensible, que es una criatura, un tonto,
y entonces estarás perdida.» Pero usted se ha dejado la carta en su celda, y
esto me ha animado. ¿No lo ha hecho porque esperaba que se la pidiese y quería
tener un pretexto para no devolvérmela?
‑Pues no, Lise, ya que llevo la carta encima y
la llevaba cuando usted me la ha pedido. La llevo en este bolsillo. Mírela.
Aliocha sacó la carta y se la mostró, riendo y manteniéndola fuera de su alcance.
‑Pero no se la daré. Se tendrá que conformar
con mirarla.
‑¿De modo que ha mentido usted, un monje?
‑Sí, he mentido, pero lo he hecho para no
devolverle la carta.
Volvió a enrojecer y añadió con vehemencia:
‑¡Y no se la entregaré a nadie!
Lise le miró embelesada.
‑Aliocha ‑susurró‑, vaya a ver si
mamá nos está escuchando.
‑Bien, Lise; lo veré. ¿Pero no sería preferible
no hacerlo?
¿Cómo puede sospechar que su madre sea capaz de
semejante bajeza?
‑Yo no veo en ello ninguna bajeza. Mi madre
tiene derecho a velar por su hija. Le aseguro, Alexei Fiodorovitch, que cuando
yo sea madre y tenga una hija como yo, también la vigilaré.
‑Pues eso no está bien.
‑¿Pero qué mal puede haber en ello, Dios mío?
Escuchar una conversación de otros sería una vileza, pero se trata de una hija
que está hablando a solas con un joven... Sepa usted, Aliocha, que le vigilaré
cuando nos casemos. Abriré todas las cartas para leerlas... Ya le he avisado.
‑Si tanto le importa... Pero no estará bien.
‑Aliocha, querido, no empecemos a discutir ya.
Sin embargo, prefiero hablarle francamente. Sé que está mal escuchar detrás de
las puertas; usted tiene razón y yo no la tengo; pero esto ng me impedirá
escuchar.
‑Puede hacerlo, pero le aseguro que no me
atrapará ‑dijo Aliocha riendo.
‑Otra cosa: ¿me obedecerá usted en todo? Esto
también hay que decidirlo por anticipado.
‑Le obedeceré de buen grado, Lise, pero no en
las cosas fundamentales. En este caso, aunque usted no esté de acuerdo conmigo,
sólo me someteré a mi conciencia.
‑Así debe ser. Sepa usted que yo estoy decidida
a obedecerle, no sólo en los casos graves, sino en todo. Se lo juro: en todo y
siempre ‑exclamó Lise apasionadamente‑. Y lo haré con alegría.
También le juro que no escucharé nunca detrás de las puertas ni leeré sus cartas,
pues comprendo que time usted razón. Por mucha que sea mi curiosidad, me
contendré, ya que a usted le parece una vileza. Desde ahora será usted mi
providencia... Oiga, Alexei Fiodorovitch: ¿por qué está usted tan triste estos
días? Yo sé que time usted ciertos pesares, pero, además, observo en usted una
tristeza oculta.
‑Sí, Lise: tengo una tristeza oculta. Ya veo
que me ama: que lo haya adivinado es una buena prueba de ello.
‑¿Y cuál es la causa de esa tristeza, si puede
saberse? ‑preguntó tímidamente Lise.
Aliocha se turbó.
‑Ya se la diré más adelante, Lise. Ahora no lo
comprendería. Y vo no sabría explicarme.
‑Sé también que sufre usted a causa de sus
hermanos y de su padre.
‑Sí, mis hermanos... ‑murmuró Aliocha,
pensativo.
‑A mí no me es simpático su hermano Iván.
Esta observación sorprendió a Aliocha, pero no lo
manifestó.
‑Mis hermanos se perderán ‑continuó‑,
y mi padre también. Y arrastrarán a otros tras eplls. Es la «fuerza de la
tierra», algo característico de los Karamazov, según dice el padre Paisius; una
fuerza violenta y bruta... Ni siquiera sé si el espíritu de Dios domina esa
fuerza... Yo sólo sé que soy también un Karamazov... Soy un monje, un monje...
Usted ha dicho hace un momento que soy un monje.
‑Sí, lo he dicho.
‑Pues bien, no sé si creo en Dios.
‑¿Qué dice usted? ¿Cómo es posible? ‑murmuró
Lise.
Aliocha no respondió. En sus inauditas palabras había
un algo misterioso, demasiado subjetivo tal vez, que ni él mismo comprendía y
que le atormentaba.
‑Además ‑dijo al fin‑, mi amigo se
está muriendo. El más eminente de los hombres va a dejar este mundo. ¡Si
supiera usted, Lise, los lazos que me unen a ese hombre! Voy a quedarme
solo... Volveré a venir a verla, Lise... Desde ahora estaremos siempre juntos.
‑Sí, juntos, juntos. Desde ahora y para toda la
vida. Béseme, se lo permito.
Aliocha le dio un beso.
‑Ahora váyase ‑dijo Lise‑. ¡Que
Dios no le abandone! ‑e hizo la señal de la cruz‑. Vaya a ver a su
amigo, ya que todavía hay tiempo. No he debido retenerle: he sido despiadada.
Hoy rogaré por él y por usted. Aliocha, ¿verdad que seremos felices?
‑Yo creo que si, Lise.
Aliocha no tenía intención de ver a la señora de
Khokhlakov al dejar a Lise, pero se encontró con ella en la escalera. Apenas
empezó ésta a hablar, el joven comprendió que la dama le estaba esperando.
‑Eso es horrible, Alexei Fiodorovitch: un
infanticidio y una necedad. Confío en que usted no se hará ilusiones...
¡Tonterías y nada más que tonterías! ‑exclamó, irritada.
‑Pero no se lo diga a ella. La trastornaría, le
haría daño.
‑Así habla un joven prudente y razonable. ¿Debo
entender que usted le ha llevado la corriente sólo por compasión, porque está
enferma, por no irritarla al contradecirla?
‑Nada de eso: le he hablado sinceramente ‑repuso
Aliocha con firmeza.
‑¿Sinceramente? Pues será inútil. Primero le
cerraré la puerta de mi casa; después me la llevaré lejos de aquí.
‑¿Por qué? ‑exclamó Aliocha‑.
Piense que hay que esperar mucho tiempo, año y medio tal vez.
‑Es verdad, Alexei Fiodorovitch. En año y medio
pueden reñir ustedes mil veces. ¡Pero soy tan desgraciada! Esto son estupideces,
de acuerdo; pero estoy consternada. Me siento como Famusov en la última escena
de la comedia de Griboidov. Usted es Tchatski, y ella, Sofia. He venido aquí
para encontrarme con usted. En la comedia también ocurre todo en la escalera.
Lo he oído y no sé cómo he podido contenerme. Así se explican sus malas noches
y las recientes crisis nerviosas. El amor por la hija, la muerte para la
madre. Ahora otro punto importante. ¿Qué carta es esa que Lise le ha escrito?
Enséñemela en seguida.
‑No, ¿para qué? ¿Cómo está Catalina Ivanovna?
Me interesa mucho saberlo.
‑Sigue delirando y no ha recobrado el
conocimiento. Sus tías han venido y no han cesado de lamentarse ni de hacer
aspavientos. Herzenstube ha venido y se ha asustado tanto, que yo no sabía qué
hacer. Incluso he pensado en enviar en busca de otro médico. Se la han llevado
en mi coche. Y para colmo de desdichas, esa carta. Verdad es que en año y medio
pueden ocurrir muchas cosas. Alexei Fiodorovitch, en nombre de lo más sagrado,
en nombre de su starets que se está muriendo, enséñeme la carta, a mí,
que soy su madre. Téngala en sus manos si quiere. Yo la leeré sin tocarla.
‑No, no se la puedo enseñar, Catalina Osipovna.
Aunque ella me lo permitiese, no se la enseñaría. Volveré mañana, y entonces
hablaremos si usted quiere. Ahora, adiós.
Y Aliocha se marchó precipitadamente.
CAPÍTULO II
No había
tiempo que perder. Al despedirse de Lise, una idea había acudido a su imaginación.
¿Cómo componérselas para encontrar en seguida a su hermano Dmitri, que parecía
huir de él? Eran ya las tres de la tarde. Aliocha estaba ansioso de regresar al
monasterio para ver al ilustre moribundo, pero el deseo de ver a Dmitri fue más
fuerte: el presentimiento de que iba a ocurrir muy pronto una catástrofe tomaba
cuerpo en su alma. ¿Qué catástrofe era ésta y qué quería él decir a su hermano?
No lo sabía exactamente. «Es lamentable que mi bienhechor muera sin que yo
esté a su lado; pero, por lo menos, no tendré que estar reprochándome toda la
vida no haber procurado salvar un alma cuando tenía la oportunidad de hacerlo,
haber desperdiciado esta oportunidad, en mi prisa por regresar al monasterio.
Por otra parte, obrando así cumplo su voluntad...»
Su plan era sorprender a Dmitri con su presencia.
Escalaría la valla como el día anterior, entraría en el jardín y se instalaría
en el pabellón. «Si él no está alli, permaneceré oculto, sin decir nada a Foma
ni a las propietarias, hasta la noche. Si Dmitri está aún al acecho de la
llegada de Gruchegnka, vendrá al pabellón...» Aliocha no se detuvo a estudiar
detenidamente los detalles del plan, pero decidió ponerlo en ejecución aunque
no pudiera regresar aquella tarde al monasterio.
Todo se desarrolló sin obstáculos. Aliocha franqueó
la valla casi por el mismo sitio que el día anterior y se dirigió furtivamente
al pabellón. No quería que le viesen. Tanto la propietaria como Foma podían
estar de parte de su hermano y seguir sus instrucciones, en cuyo caso, o le
expulsarían o advertirían de su presencia a Dmitri apenas le viesen llegar.
Se sentó en el mismo sitio que el día anterior y
esperó. El día era igualmente hermoso, pero el pabellón le pareció más
destartalado que la víspera. El vasito de coñac había dejado una señal redonda
en la mesa verde. A su mente empezaron a acudir ideas extrañas, como ocurre
siempre en el tedio de las esperas. ¿Por qué se había sentado en el mismo sitio
que el día anterior y no en otro cualquiera? Se apoderó de él una vaga inquietud.
Llevaba no más de un cuarto de hora, cuando, desde el matorral que había a unos
veinte pasos del pabellón, llegaron a él los acordes de una guitarra. Aliocha
se acordó de que el día anterior había visto cerca de la valla, a la izquierda,
un banco rústico. De él salían los sonidos musicales. Acompañándose con los
acordes de la guitarra, una voz de tenorino cantó con floreos de gañán:
‑Una fuerza implacable
me ata a mi bienamada.
Señor, ten
piedad
de ella y de mí,
de ella y de mí.
El cantante enmudeció. Otra voz, ésta de mujer,
acariciadora y tímida, murmuró:
‑¿Cómo es que le vemos tan poco, Pavel
Fiodorovitch? Nos tiene usted olvidadas.
‑Eso no ‑repuso la voz de hombre, firme
pero cortésmente.
Se vela que era el hombre el que dominaba y que la
mujer se sometía gustosa a este dominio.
«Debe de ser Smerdiakov ‑pensó Aliocha‑.
Por lo menos, ésa es su voz. La mujer es sin duda la hija de la propietaria,
esa que ha vuelto de Moscú y va con vestido de cola a buscar sopa a casa de
Marta Ignatievna.»
‑Los versos me encantan cuando son armoniosos ‑prosiguió
la voz de mujer‑. Continúe.
La voz del tenor siguió cantando:
‑La corona no me importa
si mi amiga se porta bien.
Señor, ten piedad
de ella y de mí,
de ella y de mí.
‑Estaría mejor ‑opinó la mujer‑
decir, después de eso de la corona, «si mi amada se porta bien». Resultaría más
tierno.
‑Los versos son verdaderas simplezas ‑afirmó
Smerdiakov.
‑¡Oh,
no! Yo adoro los versos.
‑No hay nada más tonto. En seguida me dará la
razón. ¿Acaso nosotros hablamos en rimas? Si las autoridades nos obligaran a
hablar en verso, ¿duraría esto mucho? Los versos no son cosa sería, María
Kondratievna.
‑¡Qué inteligente es usted! ¿Dónde ha aprendido
todo eso? ‑dijo la voz de mujer con acento cada vez más acariciador.
‑Pues aún sabría mucho más si la suerte no me
hubiera sido adversa. Y, en este caso, habría matado en duelo a todo el que me
llamara desgraciado por no tener padre y haber nacido de una mujer hedionda.
Esto me lo echaron en cara en Moscú, donde lo sabían por Grigori Vasilievitch.
Grigori me reprocha que me rebele contra mi nacimiento. «Destrozaste las
entrañas a tu madre.» Cierto, pero habría preferido morir en su vientre que
venir al mundo. En el mercado se decía, como me ha contado su madre con su
falta de delicadeza, que la mía era una tiñosa que apenas medía metro y medio
de altura... Odio a Rusia, María Kondratievna.
‑Si fuese usted húsar, no hablaría así, sino
que desenvainaría su sable para defender a Rusia.
‑No solamente no quiero ser húsar, María Kondratievna,
sino que deseo la supresión de todo el ejército.
‑Y si viene el enemigo, ¿quién nos defenderá?
‑¿Para qué queremos que nos defiendan? En mil
ochocientos doce, Rusia fue víctima de la gran invasión de Napoleón primero,
el padre del actual. Fue una lástima que los franceses no nos conquistasen, que
una nación inteligente no sojuzgara a un pueblo estúpido. Si nos hubiesen
conquistado, ¡qué distinto habría sido todo!
‑¿O sea que valen más que nosotros? Pues yo no
cambiaría uno de nuestros buenos mozos por tres ingleses ‑dijo María
Kondratievna con voz dulce y sin duda acompañando sus palabras de la mirada más
lánguida.
‑Eso va en gustos.
‑Usted es como un extranjero entre nosotros, el
más noble de los extranjeros: no me da vergüenza decírselo.
‑Verdaderamente, en la maldad, la gente de allí
y de aquí se parece. Todos son unos granujas, con la diferencia de que el bribón
extranjero lleva botas lustradas y el bribón ruso vive sumergido en la miseria
sin lamentarse. Convendría fustigar al pueblo ruso, como decía ayer Fiodor
Pavlovitch, con sobrada razón, aunque esté tan loco como sus hijos.
‑Sin embargo, a usted le infunde un gran
respeto Iván Fiodorovitch: usted mismo me lo ha dicho.
‑No obstante, me ha llamado ganapán maloliente.
Me considera un revolucionario, pero está equivocado. Si yo tuviese dinero,
haría tiempo que me habría marchado de Rusia. Dmitri Fiodorovitch se conduce
peor que un lacayo, es un manirroto, un inútil. Sin embargo, todo el mundo se
inclina ante él. Yo no soy más que un marmitón, desde luego, pero, con un poco
de suerte, podría abrir un restaurante en Moscú, en la calle de San Pedro. Yo
guiso platos a la carta, y en Moscú eso sólo lo saben hacer los extranjeros.
Dmitri Fiodorovitch es un desharrapado, pero si desafía a un conde, éste
acudirá al campo del honor. Pues bien, ¿qué tiene ese hombre que no tenga yo?
El es mucho más ignorante. ¡Cuánto dinero ha despilfarrada!
‑¡Un duelo! ¡Qué interesante! ‑observó
María Kondratievna.
‑¿Por qué?
‑Es impresionante tanta bravura, sobre todo si
se enfrentan dos oficiales jóvenes, pistola en mano, por una mujer hermosa.
¡Qué cuadro! Si se permitiera asistir a las mujeres, yo no faltaría.
‑Para mirarlo no está mal, pero cuando el
blanco es la cabeza de uno, el espectáculo carece de atractivo. Usted echaría a
correr, María Kondratievna.
‑¿Y usted? ¿Saldría corriendo?
Smerdiakov no se dignó contestar. Tras una pausa, se
oyó un nuevo acorde y la voz de falsete entonó la última copla.
‑Aunque me pese,
me voy a ir de aguí
para gozar de la vida.
Me estableceré en la capital
y no me lamentaré,
no, no me
lamentaré.
En este momento se produjo un incidente. Aliocha
estornudó. En el banco se hizo el silencio. Alexei se levantó y fue hacia la
pareja. Entonces pudo ver que, en efecto, el cantante era Smerdiakov. Iba
vestido de punta en blanco, con el pelo abrillantado, a incluso rizado, al
parecer, y relucientes las botas. María Kondratievna, la hija de la
propietaria, no era fea, pero tenía la cara redonda y sembrada de pecas.
Llevaba un vestido azul claro con una cola que no se acababa nunca.
‑¿Vendrá pronto mi hermano Dmitri? ‑preguntó
Aliocha con toda la calma que pudo aparentar.
Smerdiakov se levantó lentamente. Su compañera hizo
lo mismo.
‑Yo no estoy enterado de las idas y venidas de Dmitri
Fiodorovitch, porque no soy su guardián ‑repuso Smerdiakov con gran
aplomo y cierto matiz de desdén.
‑Lo he preguntado por si acaso usted lo sabía ‑dijo
Aliocha.
‑Ni sé dónde está ni quiero saberlo.
‑Mi hermano me ha dicho que usted le informa de
todo lo que sucede en la casa y que, además, le ha prometido avisarle si llega
Agrafena Alejandrovna.
Smerdiakov, impasible, alzó la vista y la fijó en
Aliocha.
‑¿Cómo se las ha arreglado usted para entrar?
Hace una hora que el cerrojo está echado.
‑He saltado la valla. Perdóneme, María
Kondratievna. Deseo ver a mi hermano cuanto antes.
‑¿Habrá alguien capaz de quererle mal? ‑murmuró
la joven, halagada‑. Así suele introducirse Dmitri Fiodorovitch en el
pabellón. Cuando uno lo ve, ya está instalado.
‑Voy en su busca. Necesito verle. ¿No podrían
decirme dónde está en este momento? Se trata de un asunto importante y que le
interesa.
‑Nunca nos dice adónde va ‑balbuceó María
Kondratievna.
‑Incluso aquí, en esta casa amiga, su hermano
me acosa con sus preguntas sobre mi amo. Qué pasa en su casa, quién viene,
quién sale, si hay alguna novedad... Dos veces me ha amenazado de muerte.
‑¿Es posible? ‑exclamó Aliocha, atónito.
‑Un hombre de su carácter no se detiene ante
nada. ¡Si lo hubiese oído ayer! «Si Agafrena Alejandrovna logra burlarme y
pasar la noche en casa con el viejo, no respondo de tu vida», me dijo. Me da
tanto miedo su hermano, que si me atreviera lo denunciaría. Es capaz de todo.
‑El otro día ‑añadió María Kondratievna‑
le dijo: «Te machacaré en un mortero.»
‑Eso es hablar por hablar ‑respondió
Aliocha‑. Si pudiera verle, le diría algo sobre esto.
‑Le voy a decir lo que sé ‑dijo
Smerdiakov, después dé reflexionar un momento‑. Vengo aquí con
frecuencia como vecino. No hay ningún mal en ello. Iván Fiodorbvitch me ha
enviado hoy, a primera hora, a casa de Dmitri Fiodorovitch, calle del Lago,
para decirle que acudiese sin falta a la taberna de la plaza, donde comerian
juntos. He ido, pero ya no le he encontrado. Eran las ocho. Su patrón me ha
dicho textualmente: «Ha venido y se ha marchado.» Cualquiera diría que están de
acuerdo. En este momento tal vez esté en la taberna con Iván Fiodorovitch, que
no ha venido a comer a casa. Fiodor Pavlovitch hace ya una hora que ha comido y
ahora está durmiendo la siesta. Pero le ruego encarecidamente que no diga nada
de esto. Es capaz de matarme por cualquier nimiedad.
‑¿De modo ‑dijo Aliocha‑ que mi
hermano Iván ha citado a Dmitri en la taberna?
‑Sí.
‑¿En esa taberna que hay en la plaza y que se
llama «La Capital »?
‑Exactamente.
Aliocha daba muestras de gran agitación.
‑Gracias, Smerdiakov. La noticia es
importantísima. Voy ahora mismo a la taberna.
‑No me descubra.
‑Descuide. Me presentaré allí como por
casualidad.
‑¿Adónde va por ahí? ‑exclamó María
Kondratievna‑. Voy a abrirle la puerta.
‑No, por aquí es más corto el camino. Saltaré
la valla.
Impresionado por la noticia de la cita, Aliocha
corrió a la taberna. No le parecía prudente entrar tal como iba vestido;
preguntaría en la escalera por sus hermanos y los haría salir. Cuando se acercaba
a la taberna, se abrió una ventana y desde ella le gritó Iván:
‑¡Aliocha!, ¿puedes venir para estar conmigo un
rato? Te lo agradeceré de veras.
‑No sé si con este hábito...
‑Estoy en un comedor particular. Entra en la
escalera. Voy a tu encuentro.
Un momento después, Aliocha estaba sentado a la mesa
en que Iván comía solo.
CAPITULO III
El comedor particular consistía simplemente en que la
mesa de Iván, próxima a la ventana, estaba protegida por un. biombo de las
miradas indiscretas. Se hallaba al lado del mostrador, en la primera sala, por
la que circulaban los camareros continuamente. El único cliente era un viejo
militar que tomaba el té en un rincón. De las otras salas llegaba el rumoreo
propio de esta clase de establecimientos: llamadas, estámpidos de botellas al
descorcharse, el choque de las bolas en las mesas de billar. Se oía un
organillo. Aliocha sabía que a su hermano no le gustaban estos locales, y no
iba a ellos casi nunca. Por lo tanto, su presencia allí no tenía más
explicación que la cita que había dado a Dmitri.
‑Voy a decir que traigan una sopa de pescado a
otra cosa. No vas a vivir de té solamente ‑dijo Iván, que parecía
encantado de la presencia de Aliocha. Había terminado ya de comer y estaba tomando
el té.
‑De acuerdo. Y después de la sopa, té ‑dijo
alegremente Aliocha‑. Tengo apetito.
‑Y cerezas en dulce, ¿no? ¿Te acuerdas de cómo
te gustaban cuando eras niño y estabas en casa de Polienov?
‑¿Conque te acuerdas? Sí, quiero cerezas: todavía
me gustan.
Iván llamó al camarero y pidió una sopa de pescado,
té y cerezas en dulce.
‑Me acuerdo de todo, Aliocha. Entonces tú
tenías once años y yo quince. A esta edad, y con cuatro años de diferencia, la
camaradería entre los hermanos es imposible. Ni siquiera sé si te quería.
Durante los primeros años de mi estancia en Moscú no pensaba en ti. Luego,
cuando tú llegaste, creo que sólo nos vimos una vez. Y ahora, en los tres meses
que llevo aquí, hemos hablado muy poco. Mañana me voy, y hace un momento estaba
pensando cómo podría verte para decirte adiós. O sea que has llegado
oportunamente.
‑¿De veras deseabas verme?
‑Lo anhelaba. Quiero que nos conozcamos
mutuamente. Pronto nos separaremos. A mi juicio, conviene que tú me conozcas a
mí y yo a ti antes de separarnos. Durante estos tres meses no has cesado de
observarme. En tus ojos leía una físcalización continua, y esto es lo que me
mantenía a distancia. Al fin, comprendía que merecías mi estimación. He aquí un
hombrecito de carácter firme, pensé. Te advierto que, aunque me ría, hablo muy
seriamente. Me gustan los que demuestran poseer un carácter firme, sea como fuere,
a incluso teniendo tu edad. Al fin, tu mirada escudriñadora dejó de
contrariarme, a incluso me resultó agradable. Cualquiera diría que me tienes
afecto, Aliocha. ¿Es así?
‑Así es, Iván. Dmitri dice que eres una tumba;
a mí me pareces un enigma. Incluso ahora me lo pareces. Sin embargo, esta
mañana te he empezado a comprender.
‑¿Qué quieres decir? ‑preguntó Iván entre
risas.
‑¿No te enfadarás si te lo digo? ‑preguntó
a su vez, y también riendo, Aliocha.
‑Habla.
‑Pues bien, he advertido que tú eres un joven
semejante a todos los que andan por los veintitrés años, que son los que tú
tienes; un muchacho rebosante de simpática ingenuidad. ¿De veras no te hieren
mis palabras?
‑Nada de eso ‑exclamó Iván con calor‑.
Por el contrario, veo en ello una sorprendente coincidencia. Desde nuestra
entrevista de esta mañana, sólo pienso en la candidez de mis veintitrés años,
y ahora esto es lo primero que me dices, como si hubieras adivinado mi
pensamiento. ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera
perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y
estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito,
por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de
haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado.
A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la
hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de
que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor
a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si
existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí
este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo
hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas
desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed
de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los
Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay
mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliocha. Uno quiere vivir y yo vivo
incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los
tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé
por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero te sigo
admirando por costumbre... Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho.
Aquí la hacen muy bien... Oye, Aliocha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo
encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan
ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble
ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la
ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando,
íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un
cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi
propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo
azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el
corazón el que ama..., es el vientre... Amamos las primeras fuerzas de nuestra
juventud... ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliocha? ‑terminó con una
carcajada.
‑Lo comprendo todo perfectamente, Iván:
desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección.
Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por
encima de todo.
‑¿Incluso más que al sentido de la vida?
‑Desde luego. Hay que amarla antes de razonar,
sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido. He
aquí lo que hace ya mucho tiempo que he entrevisto. La mitad de tu misión está
cumplida, Iván: ya amas la vida. Dedícate a realizar la segunda parte: en ella
está tu salvación.
‑No te apresures tanto a salvarme. Acaso no
esté todavía perdido. ¿En qué consiste esa segunda parte?
‑En resucitar a tus muertos, que acaso tienen
aún algo de vida. Dame una taza de té. Me encantada esta conversación, Iván.
‑Veo que estás hablador. Me seducen estas
professions de foi en un novicio. Eres un carácter enérgico, Alexei. ¿Es verdad
que te propones dejar el monasterio?
‑Sí, mi starets me ha enviado al mundo.
‑Entonces, no nos volveremos a ver hasta que yo
tenga treinta años y empiece a dejar la copa. Nuestro padre no quiere privarse
de ella hasta que tenga setenta a ochenta años. Lo ha dicho con toda seriedad,
aunque sea un payaso. Está aferrado a su sensualidad como a una roca.
Ciertamente, acaso la vida no tenga otro atractivo para él desde hace treinta
años, pero es una vileza que un hombre siga entregado a la sensualidad a los
setenta. Es preferible poner término a ello a los treinta. Así se conserva una
apariencia de dignidad, aunque uno se engañe a sí mismo. ¿No has visto a Dmitri
hoy?
‑No, pero he visto a Smerdiakov.
Y Aliocha hizo a su hermano un relato detallado de su
encuentro con el sirviente.
Iván le escuchó pensativo y se hizo repetir algunos
detalles.
‑Me ha pedido ‑añadió Aliocha‑ que
no cuente a Dmitri lo que me ha dicho de él.
Iván frunció las cejas: estaba visiblemente
preocupado.
‑¿Es Smerdiakov quien te preocupa?
‑Sí. ¡Que se lo lleve el diablo! Quería ver a
Dmitri ‑dijo Iván, y añadió contra su voluntad‑: Pero ya es inútil.
‑¿De veras te vas en seguida?
‑Sí.
‑¿Cómo terminará la querella entre Dmitri y
nuestro padre? ‑preguntó Aliocha, inquieto.
‑Esa idea te tiene obsesionado ‑replicó
Iván sin ocultar su irritación‑. ¿Qué puedo hacer en este asunto? ¿Acaso
soy el guardián de Dmitri? ‑sonrió amargamente y añadió‑: Es la
respuesta de Caín a Dios. Esto estabas pensando, ¿verdad? Pero, ¡qué diablo!,
yo no puedo quedarme aquí para vigilarlos. He terminado mis asuntos y me voy.
Supongo que no creerás que envidio la suerte de Dmitri, ni que he estado
intentando quitarle la novia durante estos tres meses. No, no; yo tenía aquí
mis asuntos. Los he terminado y me voy. ¿Te has fijado en lo que ha ocurrido?
‑¿Con Catalina Ivanovna?
‑Sí. Me he deshecho de ella en un momento. No
he tenido que preocuparme por Dmitri, porque esto no le afecta lo más mínimo.
Yo tenía asuntos personales con Catalina Ivanovna. Ya sabe que Dmitri se ha
conducido como si estuviera en connivencia conmigo. Yo no le he pedido nada. El
mismo Dmitri me la cedió con su bendición. Es algo que mueve a risa. Tengo la
sensación de que me han quitado un peso de encima. He estado a punto de pedir
una botella de champán para celebrar estos primeros momentos de libertad. Casi
seis meses de esclavitud, y de pronto me veo libre. Ayer no me imaginaba que
fuera tan fácil terminar.
‑¿Te refieres a tu amor, Iván?
‑Llamémosle amor si quieres. La verdad es que
me enamorisqué de una pensionista y esto representaba un sufrimiento para ella
y para mí. Yo sólo pensaba en ella, y, de pronto, todo se viene abajo. Hace un
rato he hablado con grave exaltación, pero te aseguro que después me reía a
carcajadas. Ésta es la pura verdad.
‑Todavía estás alborozado ‑dijo Aliocha,
mirando el semblante de Iván.
‑¿Cómo podía yo saber que no la quería? Sin
embargo, así era. Pero es lo cierto que ayer, cuando pensaba en ella, me gustaba.
E incluso ahora me gusta. Sin embargo, la dejo alegremente. ¿Crees que hablo
así por jactancia?
‑No; lo que creo es que tú no estabas
enamorado.
Iván se echó a reír.
‑Aliocha, no razones sobre el amor. Eso no te
conviene. ¡Cómo saliste en mi defensa! Te mereces un abrazo. Ella me atormentaba,
era para mí una verdadera tortura. Y es que sabía que me cautivaba. Es a mí y
no a Dmitri a quien quiere ‑afirmó alegremente Iván‑. Dmitri sólo
le da disgustos. Lo que le dije es la pura verdad. Pero tal vez necesite quince
o veinte años para darse cuenta de que me quiere a mí y no a Dmitri. A lo
mejor, no lo comprende nunca, a pesar de la elección de hoy. Es lo mejor que ha
podido suceder. La he dejado para siempre. A propósito, ¿qué ha ocurrido
después de marcharme yo?
Aliocha le explicó que Catalina Ivanovna había
sufrido un ataque de nervios y que estaba delirando.
‑¿No mentirá la señora de Khokhlakov?
‑No lo creo.
‑Tenemos que enterarnos de cómo está. Nadie
muere de una crisis nerviosa. Dios ha sido demasiado generoso con la mujer al
dotarla de sus encantos. No iré a verla. ¿Para qué?
‑Sin embargo, le has dicho que no te ha amado
nunca.
‑Lo he hecho deliberadamente, Aliocha. Voy a
pedir champán. Bebamos por mi libertad. ¡Si supieras lo contento que estoy!
‑No, Iván; no bebamos. Estoy triste.
‑Sí, ya lo he observado: hace tiempo que estás
triste.
‑Entonces, ¿estás decidido a marcharte mañana
por la mañana?
‑Me marcharé mañana, pero no he dicho que me
vaya a ir por la mañana... No obstante, puede ser que me vaya por la mañana.
Aunque te cueste creerlo, hoy he comido aquí solamente para no ver al viejo,
tan ingrata me es su compañía. Si estuviera él solo aquí, ya hace tiempo que me
habría marchado. ¿Por qué te inquieta tanto que me vaya? Todavía nos queda
mucho tiempo, casi una eternidad.
‑¿Una eternidad, marchándote mañana?
‑Eso no importa. Nos sobrará tiempo para tratar
del asunto que nos interesa. ¿Por qué me miras con esa cara de asombro? Respóndeme
a esto: ¿para qué nos hemos reunido aquí? ¿Para hablar del amor de Catalina
Ivanovna, del viejo o de Dmitri? ¿Para hacer comentarios sobre la política
extranjera, la desastrosa situación de Rusia, o el emperador francés? ¿Nos
hemos reunido para esto?
‑No.
‑Entonces ya sabes para qué nos hemos reunido.
Somos dos candorosos jovenzuelos cuya única finalidad es resolver las cuestiones
eternas. Actualmente, toda la juventud rusa se dedica a disertar sobre estos
temas, mientras los viejos se limitan a tratar de cuestiones prácticas. ¿Para
qué me has estado observando durante tres meses sino para preguntarme si tenía
fe o no? Esto es lo que decían tus miradas, Alexei Fiodorovitch, ¿verdad?
‑Bien podría ser ‑dijo Aliocha sonriendo‑.
Pero oye: ¿no te estás burlando de mí?
‑¿Burlarme de ti? Por nada del mundo causaría
un pesar a un hermano que me ha estado escudriñando ansiosamente durante tres
meses. Aliocha, mírame a los ojos. Soy un jovenzuelo como tú. La única
diferencia es que tú eres novicio y yo no. ¿Cómo procede la juventud rusa o,
por lo menos, buena parte de ella? Va a un cafetucho caliente, como éste, y se
agrupa en un rincón. Estos jóvenes no se habían visto antes y estarán cuarenta
años sin volverse a ver. ¿De qué hablan en el rato que pasan juntos? Sólo de
cuestiones importantes: de si Dios existe, de si el alma es inmortal. Los que
no creen en Dios hablan del socialismo, de la anarquía, de la renovación de la
humanidad, o sea, de las mismas cuestiones enfocadas desde otros puntos de
vista. Buena parte de la juventud rusa, la más singular, está fascinada por
estas cuestiones, ¿no es verdad?
‑Sí; para los verdaderos rusos, la existencia
de Dios, la inmortalidad del alma, o, como tú has dicho, estas mismas
cuestiones enfocadas desde otros puntos de vista, están en primer término.
Afortunadamente.
Y al decir esto, Aliocha miraba a su hermano escrutadoramente
y le sonreía.
‑Aliocha, ser ruso no significa siempre ser
inteligente. No hay nada más necio que las ocupaciones actuales de la juventud
rusa. Sin embargo, hay un adolescente ruso que merece todo mi afecto.
‑¡Qué bien has expuesto la cuestión! ‑dijo
Aliocha riendo.
‑Bien, dime por dónde debemos empezar. ¿Por la
existencia de Dios?
‑Como quieras. También puedes empezar por el
otro punto de vista. Ayer afirmaste que Dios no existe.
Y Aliocha fijó su mirada en la de su hermano.
‑Lo dije para irritarte. Vi como relampagueaban
tus ojos. Pero ahora estoy dispuesto a hablar en serio contigo, pues no tengo
amigos y quiero tener uno.
Iván se echó a reír y añadió:
‑Admito que es posible que Dios exista. No lo
esperabas, ¿verdad?
‑Desde luego. A menos que hables en broma.
‑Nada de eso. Aunque ayer, al reunirnos con el starets,
se creyera que no hablaba en serio. Oye, querido Aliocha: en el siglo dieciocho
hubo un pecador que dijo: Si Dieu n'existait pas, il faudrait l’inventer.
En efecto, es el hombre el que ha inventado a Dios. Lo asombroso es, no que
Dios exista, sino que esta idea de la necesidad de Dios acuda al espíritu de
un animal perverso y feroz como el hombre. Es una idea santa, conmovedora,
llena de sagacidad y que hace gran honor al hombre. En lo que a mí concierne,
ya hace tiempo que he dejado de preguntarme si es Dios el que ha creado al
hombre o el hombre el que ha creado a Dios. Desde luego, no pasaré revista a
todos los axiomas que los adolescentes rusos han deducido de las hipótesis europeas,
pues lo que en Europa es una hipótesis se convierte en seguida en axioma para
nuestros jovencitos, y no sólo para ellos, sino también para sus profesores,
que suelen parecerse a los alumnos. Así, yo renuncio a todas las hipótesis y
me pregunto cuál es nuestro verdadero designio. El mío es explicar lo más
rápidamente posible la esencia de mi ser, mi fe y mis experiencias. Por eso me
limito a declarar que admito la existencia de Dios. Sin embargo, hay que
advertir que si Dios existe, si verdaderamente ha creado la tierra, la ha
hecho, como es sabido, de acuerdo con la geometría de Euclides, puesto que ha
dado a la mente humana la noción de las tres dimensiones, y nada más que tres,
del espacio. Sin embargo, ha habido, y los hay todavía, geómetras y filósofos,
algunos incluso eminentes, que dudan de que todo el universo, todos los
mundos, estén creados siguiendo únicamente los principios de Euclides. Incluso
tienen la audacia de suponer que dos paralelas, que según las leyes de
Euclides no pueden encontrarse en la tierra, se pueden reunir en otra parte, en
el infinito. En vista de que ni siquiera esto soy capaz de comprender, he
decidido no intentar comprender a Dios. Confieso humildemente mi incapacidad
para resolver estas cuestiones. En esencia, mi mentalidad es la de Euclides:
una mentalidad terrestre. ¿Para qué intentar resolver cosas que no son de este
mundo? Te aconsejo que no te tortures el cerebro tratando de resolver estas
cuestiones, y menos aún el problema de la existencia de Dios. ¿Existe o no
existe? Estos puntos están fuera del alcance de la inteligencia humana, que
sólo tiene la noción de las tres dimensiones. Por eso yo admito sin razonar no
sólo la existencia de Dios, sino también su sabiduría y su finalidad para
nosotros incomprensible. Creo en el orden y el sentido de la vida, en la
armonía eterna, donde nos dicen que nos fundiremos algún día. Creo en el Verbo
hacia el que tiende el universo que está en Dios, que es el mismo Dios; creo en
el infinito. ¿Voy por el buen camino? Imagínate que, en definitiva, no admita
este mundo de Dios, aunque sepa que existe. Observa que no es a Dios a quien
rechazo, sino a la creación: esto y sólo esto es lo que me niego a aceptar. Me
explicaré: puedo admitir ciegamente, como un niño, que el dolor desaparecerá
del mundo, que la irritante comedia de las contradicciones humanas se
desvanecerá como un miserable espejismo, como una vil manifestación de una
impotencia mezquina, como un átomo de la mente de Euclides; que al final del
drama, cuando aparezca la armonía eterna, se producirá una revelación tan
hermosa que conmoverá a todos los corazones, calmará todos los grados de la
indignación y absolverá de todos los crímenes y de la sangre derramada. De modo
que se podrá no sólo perdonar, sino justificar todo lo que ha ocurrido en la
tierra. Todo esto podrá suceder, pero yo no lo admito, no quiero admitirlo. Si
las paralelas se encontraran ante mi vista, yo diría que se habían encontrado,
pero mi razón se negaría a admitirlo. Ésta es mi tesis, Aliocha. He comenzado
expresamente nuestra conversación del modo más tontó posible, pero la he
conducido a mi confesión, pues sé que es esto lo que tú esperas. No es el tema
de Dios lo que te interesa, sino la vida espiritual de tu querido hermano.
lván acabó su discurso con una emoción singular,
inesperada. ‑¿Por qué has empezado «del modo más tonto posible»: ‑preguntó
Aliocha, mirándolo pensativo.
‑En primer lugar, por dar a la charla un tono
típicamente ruso. En Rusia las conversaciones sobre este tema se inician
siempre tontamente. Pero muy pronto la tontería llega al fin y desemboca en la
claridad. La tontería deja la astucia y adquiere concisión, mientras que el
ingenio empieza a dar rodeos y se esconde. El ingenio es innoble; en la
tontería hay honradez. Cuanto más estúpidamente confiese la desesperación que
me abruma, mejor para mí.
‑¿Quieres explicarme por qué « no admites el
mundo»?
‑Desde
luego. Esto no es ningún secreto, y te lo iba a explicar. Hermanito, mi
propósito no es pervertirte ni quebrantar tu fe. Al contrario, lo que deseo es
purificarme con tu contacto.
Iván dijo esto con una sonrisa infantil. Aliocha no
le había visto nunca sonreír de este modo.
CAPITULO IV
‑Voy a hacerte una confesión ‑empezó a
decir Iván‑. Yo no he comprendido jamás cómo se puede amar al prójimo. A
mi juicio es precisamente al prójimo a quien no se puede amar. Por lo menos,
sólo se le puede querer a distancia. No sé dónde, he leído que «San Juan el
Misericordioso», al que un viajero famélico y aterido suplicó un día que le
diera calor, se echó sobre él, lo rodeó con sus brazos y empezó a expeler su
aliento en la boca del desgraciado, infecta, purulenta por efecto de una
horrible enfermedad. Estoy convencido de que el santo tuvo que hacer un
esfuerzo para obrar así, que se engañó a sí mismo al aceptar como amor un
sentimiento dictado por el deber, por el espíritu de sacrificio. Para que uno
pueda amar a un hombre, es preciso que este hombre permanezca oculto. Apenas ve
uno su rostro, el amor se desvanece.
‑El starets Zósimo ha hablado muchas
veces de eso ‑dijo Aliocha‑. Decía que las almas inexpertas
hallaban en el rostro del hombre un obstáculo para el amor. Sin embargo, hay
mucho amor en la humanidad, un amor que se parece algo al de Cristo. Lo sé por
experiencia, Iván.
‑Pues yo no lo conozco todavía y no lo puedo
comprender. Hay muchos en el mismo caso que yo. Hay que dilucidar si esto
procede de una mala tendencia o si es algo inseparable de la naturaleza
humana. A mi juicio, el amor de Cristo a los hombres es una especie de milagro
que no puede existir en la tierra. Él era Dios y nosotros no somos dioses.
Supongamos, para poner un ejemplo, que yo sufro horriblemente. Los demás no
pueden saber cuán profundo es mi sufrimiento, puesto que no son ellos los que
lo sufren, sino yo. Es muy raro que un individuo se preste a reconocer el
sufrimiento de otro, pues el sufrimiento no es precisamente una dignidad. ¿Por
qué ocurre así? ¿Tú qué opinas? Tal vez sea que el que sufre huele mal o tiene
cara de hombre estúpido. Por otra parte, hay varias clases de dolor. Mi
bienhechor admitirá el sufrimiento que humilla, el hambre por ejemplo, pero si
mi sufrimiento es elevado, como el que procede de una idea, sólo por excepción
creerá en él, pues, al observarme, verá que mi cara no es la que su imaginación
atribuye a un hombre que sufre por una idea. Entonces dejará de protegerme, y
no por maldad. Los mendigos, sobre todo los que no carecen de cierta nobleza,
deberían pedir limosna sin dejarse ver, por medio de los periódicos. En
teoría, y siempre de lejos, uno puede amar a su prójimo; pero de cerca es casi
imposible. Si las cosas ocurrieran como en los escenarios, en los ballets,
donde los pobres, vestidos con andrajos de seda y jirones de blonda, mendigan
danzando graciosamente, los podríamos admirar. Admirar, pero no amar...
»Basta ya de esta cuestión. Sólo pretendía exponerte
mi punto de vista. Te iba a hablar de los dolores de la humanidad en general,
pero será preferible que me refiera exclusivamente al dolor de los niños. Mi
argumentación quedará reducida a una décima parte, pero vale más así. Desde
luego, salgo perdiendo. En primer lugar, porque a los niños se les puede querer
aunque vayan sucios y sean feos (dejando aparte que a mí ningún niño me parece
feo). En segundo lugar, porque si no hablo de los adultos, no es únicamente
porque repelen y no merecen que se les ame, sino porque tienen una
compensación: han probado el fruto prohibido, han conocido el bien y el mal y
se han convertido en seres “semejantes a Dios”. Y siguen comiendo el fruto.
Pero los niños pequeños no han probado ese fruto y son inocentes. Tú quieres a
los niños, Aliocha. Sí, tú quieres a los niños, y, como los quieres,
comprenderás por qué prefiero hablar sólo de ellos. Ellos también sufren, y
mucho, sin duda para expiar la falta de sus padres, que han comido el fruto
prohibido... Pero estos razonamientos son de otro mundo que el corazón humano
no puede comprender desde aquí abajo. Un ser inocente no es capaz de sufrir por
otro, y menos una tierna criatura. Aunque te sorprenda, Aliocha, yo también
adoro a los niños. Observa que entre los hombres crueles, dotados de
bárbaras pasiones, como los Karamazov, abundan los que quieren a los niños.
Hasta los siete años, los niños se diferencian extraordinariamente de los
hombres. Son como seres distintos, de distinta naturaleza. Conocí un bandido,
un presidiario, que había asesinado a familias enteras, sin excluir a los
niños, cuando se introducia por las noches en las casas para desvalijarlas, y
que en el penal sentía un amor incomprensible por los niños. Observaba a los
que jugaban en el patio y se hizo muy amigo de uno de ellos, que solía
acercarse a su ventana... ¿Sabes por qué digo todo esto, Aliocha? Porque me
duele la cabeza y estoy triste.
‑Tienes un aspecto extraño ‑dijo el
novicio, inquieto‑. Tu estado no es el normal.
‑Por cierto ‑dijo Iván como si no hubiera
oído a su hermano‑, que un búlgaro me ha contado hace poco en Moscú las
atrocidades que los turcos y los cherqueses cometen en su país. Temiendo un
levantamiento general de los eslavos, incendian, estrangulan, violan a las
mujeres y a los niños. Clavan a los prisioneros por las orejas en las
empalizadas y así los tienen toda la noche. A la mañana siguiente los cuelgan.
A veces, se compara la crueldad del hombre con la de las fieras, y esto es
injuriar a las fieras. Porque las fieras no alcanzan nunca el refinamiento de
los hombres. El tigre se limita a destrozar a su presa y a devorarla. Nunca se
le ocurriría clavar a las personas por las orejas, aunque pudiera hacerlo. Los
turcos torturan a los niños con sádica satisfacción; los arrancan del regazo
materno y los arrojan al aire para recibirlos en las puntas de sus bayonetas, a
la vista de las madres, cuya presencia se considera como el principal atractivo
del espectáculo. He aquí otra escena que me horrorizó: un niño de pecho en
brazos de su temblorosa madre y, en torno de ambos, los turcos. A éstos se les
ocurre una broma. Empiezan a hacer carantoñas al bebé hasta que consiguen hacerle
reír. Entonces uno de los soldados le encañona de cerca con su revólver. El
niño intenta coger el «juguete» con sus manitas, y, en este momento, el
refinado bromista aprieta el gatillo y le destroza la cabeza. Dicen que los
turcos aman los placeres.
‑¿Para qué hablar de eso, hermano?
‑Mi opinión es que si el diablo no existe, si
ha sido creado por el hombre, éste lo ha hecho a su imagen y semejanza.
‑¿Como a Dios?
‑¡Qué bien sabes «devolver las palabras»!, como
dice Polonio en Hamlet ‑dijo Iván riendo‑. Te has
aprovechado de las mías. Ciertamente, tu Dios es bello, aunque el hombre lo
haya hecho a su imagen y semejanza. Me has preguntado hace un momento que por
qué hablo de estas cosas. Te lo diré: me encanta coleccionar hechos y
anécdotas. Los recojo en los periódicos, anoto lo que otros cuentan, y tengo
una bonita colección. Naturalmente, los turcos no faltan en ella, y tampoco
otros extranjeros, pero he anotado también casos nacionales que superan a
todos. En Rusia, las vergas y el látigo ocupan un puesto de honor. No clavamos
a las personas por las orejas, desde luego, porque somos europeos, pero tenemos
la experiencia de azotar: en esto nadie nos aventaja. En el extranjero estos
sistemas de castigo han desaparecido casi por completo a consecuencia de una
mejora en las costumbres, o porque las leyes naturales impiden a un hombre
azotar a su prójimo. En cambio, existe en ciertos paises un hábito tan
peculiar, que aunque se ha implantado también aquí, es impropio de Rusia,
especialmente después del movimiento religioso que se ha producido en la alta
sociedad. Poseo un interesante folleto traducido del francés, en el que se
refiere la ejecución, realizada en Ginebra hace cinco años, de un asesino
llamado Ricardo, que se convirtió al cristianismo antes de morir. Tenía
entonces veinticuatro años y era un hijo natural al que, cuando tenía seis
años, habían entregado sus padres a unos pastores suizos, que lo criaron con
vistas a la explotación. El niño creció como un salvaje, sin estudiar ni
aprender nada. Cuando tenía siete años lo enviaron a apacentar el ganado bajo
el frio y la humedad, medio desnudo y hambriento. Sus protectores no
experimentaban ningún remordimiento por tratarlo así. Por el contrario, creían
ejercer un derecho, ya que les habían dado a Ricardo como quien da un objeto.
Ni siquiera consideraban un deber alimentarlo. El mismo Ricardo declaró que de
buena gana se habría comido entonces el amasijo que daban a los cerdos para
engordarlos, lo mismo que el hijo pródigo del Evangelio, pero que no lo podía
hacer porque se lo tenían prohibido y le pegaban si se atrevía a robar la comida
de los animales. Así pasó su infancia y su juventud, y cuando fue hombre se
dedicó al robo. Este salvaje se ganaba la vida en Ginebra como jornalero, se
bebía el jornal, vivía como un monstruo y acabó por asesinar a un viejo para
desvalijarlo. Lo detuvieron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte. En Ginebra
no se andan con sentimentalismos. En la prisión se ve en seguida rodeado de
pastores protestantes, miembros de asociaciones religiosas y damas de
patronatos. Entonces aprende a leer y escribir, le explican el Evangelio y, a
fuerza de adoctrinarlo y catequizarlo, acaban por conseguir que confiese
solemnemente su crimen. Dirigió al tribunal una carta en la que decía que era
un monstruo, pero que el Señor se había, dignado iluminarlo y enviarle su
gracia. Toda Ginebra se conmovió, toda la Ginebra filantrópica y santurrona.
Todo lo que había de noble y recto en la capital acudió a la prisión. Lo abrazaban,
lo estrujaban.
»‑Eres nuestro hermano. Dios te ha concedido la
gracia.
»Ricardo llora, enternecido.
»‑Sí, Dios me ha iluminado. En mi infancia y en
mi juventud deseaba la comida de los cerdos. Ahora se me ha otorgado la gracia
y muero en el Señor.
»‑Sí, Ricardo: has derramado sangre y debes
morir. No es tuya la culpa si ignorabas la existencia de Dios cuando robabas la
comida de los cerdos y te pegaban por obrar así (sin embargo, no procedías
bien, pues está prohibido robar); pero has derramado sangre y debes morir.
» Llega el último día. Ricardo, abatido, llora y no
cesa de repetir:
»‑Hoy es el día más hermoso de mi vida, pues me
voy al lado de Dios.
»‑¡Sí ‑exclaman los religiosos y las
damas de los patronatos‑, es el día más bello de tu vida, pues vas a
reunirte con Dios!
»La multitud se dirige al patíbulo, siguiendo al
carro que transporta a Ricardo ignominiosamente. Todos llegan al lugar del suplicio.
»‑¡Muere, hermano! ‑gritan a Ricardo‑.
¡Muere en el Señor! ¡Su gracia está contigo!
»Y Ricardo sube al patíbulo entre besos. Lo tienden y
cae su cabeza en nombre de la gracia divina.
»Es un suceso típico. Los luteranos de la alta
sociedad han traducido el folleto al ruso y lo distribuyen como suplemento
gratuito para instruir al pueblo.
»La aventura de Ricardo es interesante como rasgo
nacional. En Rusia resultaría absurdo decapitar a un hermano por la única razón
de que se ha convertido en uno de los nuestros, al haberle concedido el Señor
la gracia, pero tenemos también nuestras cosas. En nuestro país, torturar
golpeando constituye una tradición histórica, un placer que puede satisfacerse
en el acto. Nekrasov nos habla en uno de sus poemas [L46] de un mujik que fustiga a su caballo
en los ojos. Todos hemos visto esto, pues es una costumbre muy rusa. El poeta
nos describe un caballo que tira de un carro cargado excesivamente y que se ha
atascado, sin que el animal pueda sacarlo del atolladero. El mujik lo
azota con encarnizamiento, sin darse cuenta de lo que hace, prodigando los
latigazos en una especie de embriaguez. “Aunque no puedas tirar, tirarás.
Muérete, pero tira.” El indefenso animal se debate desesperadamente, mientras
su dueño fustiga sus dos ojos, de los que brotan las lágrimas. Al fin, logra
salir del atolladero y avanza tembloroso, sin aliento, con paso vacilante,
lamentable, premioso. En el poema de Nekrasov esto resulta verdaderamente
horrible. Sin embargo, se trata solamente de un caballo, y ¿acaso Dios no ha
creado a los caballos para que se les fustigue? Así piensan los que nos han
legado el knut. Sin embargo, también se puede fustigar a las personas.
He aquí un caso: cierto señor culto y su esposa se deleitan azotando a una hija
suya que sólo tiene siete años. Al papá le complace que la verga tenga espinas.
“Asl le hará más daño”, dice. Hay personas que se enardecen hasta el sadismo a
medida que van dando golpes. Pegaban a la niña durante un minuto y seguían
pegándole durante dos, durante cinco, durante diez, cada vez más fuerte. Al
fin, la niña, agotadas sus fuerzas, con voz sofocada, grita: “¡Clemencia, papá!
¡Clemencia, papaíto!” El suceso se convierte en escándalo público y llega a
los tribunales de justicia. Los padres entregan el asunto a un abogado, a esas
“conciencias que se alquilan”. El letrado defiende a su cliente.
»‑El asunto no puede estar más claro. Es una
escena de familia como tantas otras que se ven a diario. Un padre que azota a
una hija. Es vergonzoso perseguir a un hombre por obrar así.
»El jurado acepta la tesis del defensor. Se retira y
emite un veredicto negativo. El público se alegra al ver que dejan en libertad
a semejante verdugo. Yo no presencié el juicio. De haber estado allí, habría
propuesto hacer una recolecta en honor de aquel buen padre de familia... Es un
hermoso cuadro. Sin embargo, Aliocha, puedo ofrecerte otros mejores, también
relacionados con los niños rusos. He aquí uno de ellos. Se refiere a una niñita
de cinco años a la que sus padres detestan, sus padres, que son “honorables
funcionarios instruidos y bien educados”. Hay muchas personas mayores que se
complacen en torturar a los niños, pero sólo a los niños. Con los adultos,
tales individuos se muestran cariñosos y amables, como europeos cultos y
humanitarios, pero experimentan un placer especial en hacer sufrir a los
niños: es su modo de amarlos. La confianza angelical de estas indefensas
criaturas seduce a las personas crueles. Estas personas no saben adónde ir ni a
quién dirigirse, y ello excita sus malos instintos. Todos los hombres llevan un
demonio en su interior, hijo de un carácter colérico, del sadismo, de un
desencadenamiento de pasiones innobles, de enfermedades contraídas en un
régimen de libertinaje, de la gota, del mal funcionamiento del hígado... Pues
bien, aquellos cultos padres desahogaban de varios modos su crueldad sobre la
pobre criatura. La azotaban, la golpeaban sin motivo. Su cuerpo estaba lleno de
cardenales. Y aún extremaron más su crueldad: en las noches glaciales de
invierno, encerraban a la niña en el retrete, con el pretexto de que no pedía a
tiempo que se la sacara de la cama para llevarla allí, sin hacerse cargo de que
una niña de esta edad que está profundamente dormida, nunca puede pedir estas
cosas a tiempo. Le embadurnaban la cara con sus excrementos y su misma madre
la obligaba a que se los comiera. Y esta madre dormía tranquilamente, sin
conmoverse ante los gritos de la pobre niña encerrada en un lugar tan
repugnante. ¿Te imaginas a esa infeliz criatura, a merced del frio y la
oscuridad, sin saber lo que le ocurre, golpeándose con los puños el pecho
anhelante, derramando inocentes lágrimas y pidiendo a Dios que la socorra?
¿Comprendes este absurdo? ¿Puede tener todo esto algún fin? Contéstame,
hermano; respóndeme, piadoso novicio. Se dice que todo esto es indispensable
para que en la mente del hombre se establezca la distinción entre el bien y el
mal. ¿Pero para qué queremos esta distinción diabólica pagada a tan alto
precio? Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de
los niños. No hablo de los dolores morales de los adultos, porque los adultos
han saboreado el fruto prohibido. ¡Que el diablo se los lleve! ¡Pero los
niños...! Veo en tu cara que te estoy hiriendo, Aliocha. ¿Quieres que me calle?
‑No, yo también quiero sufrir. Continúa.
‑Te voy a presentar otro cuadro típico. Lo he
leído en los «Archivos Rusos» o en «La Antigüedad Rusa»: no puédo precisar en
cuál de estas dos revistas. Fue en la época más triste de la esclavitud, en
los comienzos del siglo diecinueve. ¡Viva el zar liberador[L47]!. Un antiguo general, rico terrateniente que
tenía poderosas relaciones, vivía en uno de sus dominios, que contaba con dos
mil almas. Era uno de esos hombres (a decir verdad, ya poco numerosos en aquel
tiempo) que, una vez retirados del servicio, creían tener derecho a disponer
de la vida y la muerte de sus siervos. Siempre malhumorado, trataba con altivo
desdén a sus humildes vecinos, considerándolos como parásitos o bufones a su
servicio. Tenía un centenar de monteros, todos uniformados, y varios cientos
de lebreles. Un día, el hijo de una de sus siervas, un niño de ocho años, que
se entretenía tirando piedras, hirió en la pata a uno de sus lebreles
favoritos. Al ver que el perro cojeaba, el general inquirió el motivo y se le
explicó todo, señalándole al culpable. Inmediatamente, el general ordenó que
encerraran al niño, al que arrancaron de los brazos de su madre y que pasó la
noche en el calabozo. Al día siguiente, al amanecer, se pone su uniforme de
gala, monta a caballo y se va de caza, rodeado de sus parásitos, monteros y
lebreles. Se reúne a toda la servidumbre para dar un ejemplo y se conduce al
lugar de la reunión al chiquillo con su madre. Era una mañana de otoño, brumosa
y fría, excelente para la caza. El general ordena que se desnude completamente
al niño, lo que se hace al punto. El rapaz tiembla, muerto de miedo, sin
atreverse a pronunciar palabra.
»‑¡Hacedlo correr! ‑ordena el general.
»‑¡Hala! ¡Corre! ‑le dicen los monteros.
»El niño echa a correr.
»El general profiere el grito con que acostumbra
lanzar a la jauría en pos de las presas, y los perros se arrojan sobre el niño
y lo destrozan ante los ojos de su madre.
»Al parecer, el general fue sometido a vigilancia.
¿Qué crees tú que merecía? ¿Se le debía fusilar? Habla, Aliocha.
‑Si ‑respondió Aliocha a media voz,
pálido, con una sonrisa crispada.
‑¡Bravo! ‑exclamó Iván, encantado‑.
Cuando tú lo dices... ¡Ah, el asceta! En tu corazón hay un diablillo, Aliocha
Karamazov.
‑He dicho una tontería, pero...
‑Sí, pero... Has de saber, novicio, que las
tonterías son indispensables en el mundo, que está fundado sobre ellas. Si no
se hicieran tonterías, no pasaría nada aquí abajo. Cada cual sabe lo suyo.
‑¿Qué sabes tú?
‑No comprendo nada de lo que te he dicho ‑dijo
Iván como soñando‑. Y no quiero comprender nada: me atengo a los hechos.
Si los analizo, los transformo.
‑¿Por qué me atormentas? ‑se lamentó
Aliocha‑. ¿Quieres declrmelo de una vez?
‑Sí, te lo voy a decir. Te quiero demasiado
para abandonarte en manos del starets Zósimo.
Iván se detuvo. En su semblante había aparecido de
pronto una sombra de tristeza.
‑Oye, Aliocha: me he limitado a hablar de los
niños para ser más claro. No he hablado de las lágrimas humanas que saturan la
tierra, para ser más breve. Confieso humildemente que no comprendo la razón de
este estado de cosas. La culpa es sólo de los hombres. Se les dio el paraíso y
codiciaron la libertad, aun sabiendo que serían desgraciados. Por lo tanto, no
merecen piedad alguna. Mi pobre mente terrenal me permite comprender solamente
que el dolor existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa
y se equilibra. Éstas son las pataratas de Euclides, y yo no puedo vivir
apoyándome en ellas. ¿En qué me puede satisfacer todo esto? Lo que necesito es
una compensación; de lo contrario, desapareceré. Y no una compensación en
cualquier parte, en el infinito, sino aquí abajo, una compensación que yo pueda
ver. Yo he creído, y quiero ser testigo del resultado, y si entonces ya he
muerto, que me resuciten. Sería muy triste que todo ocurriese sin que yo lo
percibiera. No quiero que mi cuerpo, con sus sufrimientos y sus faltas, sirva
tan sólo para contribuir a la armonía futura en beneficio de no sé quién.
Quiero ver con mis propios ojos a la cierva durmiendo junto al león, a la
víctima besando a su verdugo. Sobre este deseo reposan todas las religiones, y
yo tengo fe. Quiero estar presente cuando todos se enteren del porqué de las
cosas. ¿Pero qué papel tienen en todo esto los niños? No puedo resolver esta
cuestión. Todos han de contribuir con su sufrimiento a la armonía eterna,
¿pero por qué han de participar en ello los niños? No se comprende por qué
también ellos han de padecer para cooperar al logro de esa armonía, por qué
han de servir de material para prepararla. Comprendo la solidaridad entre el
pecado y el castigo, pero ésta no puede aplicarse a un niño inocente. Que éste
sea culpable de las faltas de sus padres es una cuestión que no pertenece a
nuestro mundo y que yo no comprendo. El malintencionado afirmará que los niños
irán creciendo y llegarán a la edad de los pecados, pero el chiquillo que
murió destrozado por los perros no tuvo tiempo de crecer... No estoy
blasfemando, Aliocha. Comprendo cómo se estremecerá el universo cuando el
cielo y la tierra se unan en un grito de alegría, cuando todo lo que vive o
haya vivido exclame: « ¡Tienes razón, Señor! ¡Se nos han revelado tus
caminos!»; cuando el verdugo, la madre y el niño se abracen y digan con
lágrimas en los ojos: «¡Tienes razón, Señor!» Sin duda, entonces se hará la luz
y todo se explicará. Lo malo es que yo no puedo admitir semejante solución. Y
procedo en consecuencia durante mi estancia en este mundo. Créeme, Aliocha:
acaso viva hasta ese momento o resucite entonces, tal vez grite con todos los
demás, cuando la madre abrace al verdugo de su hijo: «¡Tienes razón, Señor!»,
pero lo haré contra mi voluntad. Ahora que puedo, me niego a aceptar esta
armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de niño, una lágrima de
esa pobre criatura que se golpeaba el pecho y rogaba a Dios en su rincón infecto.
Sí, esa armonía vale menos que estas lágrimas que no se han pagado. Mientras
sea así, no se puede hablar de armonía. Borrar esas lágrimas es imposible.
«Los verdugos padecerán en el infierno», me dirás. ¿Pero qué valor puede tener
este castigo, cuando los niños han tenido también su infierno? Por otra parte,
¿qué armonía es esa que requiere el infierno? Yo deseo el perdón, el beso
universal, la supresión del dolor. Y si el tormento de los niños ha de
contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad,
afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto. No
quiero que la madre perdone al verdugo: no tiene derecho a hacerlo. Le puede
perdonar su dolor de madre, pero no el de su hijo, despedazado por los perros.
Aunque su hijo concediera el perdón, ella no tiene derecho a concederlo. Y si
el derecho de perdonar no existe, ¿adónde va a parar la armonía eterna? ¿Hay en
el mundo algún ser que tenga tal derecho? Mi amor a la humanidad me impide
desear esa armonía. Prefiero conservar mis dolores y mi indignación no
rescatados, ¡aunque me equivoque! Además, se ha enrarecido la armonía eterna.
Cuesta demasiado la entrada. Prefiero devolver la mía. Como hombre honrado,
estoy dispuesto a devolverla inmediatamente. Ésta es mi posición. No niego la
existencia de Dios, pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada.
‑Eso es rebelarse ‑dijo Aliocha con suave
acento y la cabeza baja.
‑¿Rebelarse? Habría preferido no oirte
pronunciar esa palabra. ¿Acaso se puede vivir sin rebeldía? Y yo quiero vivir.
Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus
manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la
paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa
niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas
la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente.
‑No, no me prestaría.
‑Eso significa que no admites que los hombres
acepten la felicidad pagada con la sangre de un pequeño mártir.
‑Efectivamente, hermano mío, yo no estoy de
acuerdo con eso ‑dijo Aliocha con ojos fulgurantes‑. Antes has
preguntado si hay en el mundo un solo ser que tenga el derecho de perdonar.
Pues si, ese ser existe. Él puede perdonarlo todo y puede perdonar a todos,
pues ha vertido su sangre inocente por todos y para todos. Te has olvidado de
Él, es Ése al que se grita: «¡Tienes razón, Señor! ¡Tus caminos se nos han
revelado!»
‑¡Ah, sí! El único libre de pecado, el que ha
vertido su sangre... No, no lo había olvidado. Es más, me sorprendia que no lo
hubieras sacado ya a relucir, pues vosotros soléis empezar vuestras
discusiones mencionándolo... No te rías. ¿Sabes que compuse un poema el año
pasado? Si me concedes diez minutos más, te contaré el asunto.
‑¿Cómo? ¿Tú has escrito un poema?
Iván se echó a reír.
‑¡Oh, no! En mi vida he escrito dos versos
seguidos. Pero compuse con la imaginación ese poema, y lo recuerdo. Tú serás mi
primer lector, mejor dicho, mi primer oyente. Quiero aprovecharme de tu
presencia. ¿Me lo permites?
‑Soy
todo oídos.
‑Mi poema se titula «El Gran Inquisidor». Es
disparatado, pero quiero que lo conozcas.
«EL GRAN INQUISIDOR»
‑Desde el punto de vista literario, es
indispensable un preámbulo. La acción se desarrolla en el siglo dieciséis,
época en que, como sabes, existía la costumbre de hacer intervenir en los
poemas a los poderes celestiales. No me refiero a Dante. En Francia, los cleros
de la basoche [L48] y los monjes daban representaciones teatrales
en las que aparecían la Virgen, los ángeles, los santos, Cristo y Dios Padre.
Estos espectáculos eran por demás ingenuos. Según nos cuenta Victor Hugo en su Notre‑Dame
de Paris, durante el reinado de Luis XI, para celebrar el nacimiento del
delfín, se ofreció en Paris una representación gratuita del misterio Le bon
jugement de la tres sainte et gracieuse Vierge Marie. En esta obra aparece
la Virgen y emite su bon jugement. En Moscú se daban de vez en cuando
representaciones de este tipo, tomadas especialmente del Antiguo Testamento,
antes de Pedro el Grande [L49]. Además, circulaban una serie de relatos y
poemas en los que aparecían los santos, los ángeles y todo el ejército
celestial. En nuestros monasterios se traducían y se copiaban esos poemas, a
incluso se componían algunos originales, todo ello durante la dominación
tártara. Uno de tales poemas, sin duda traducido del griego, es «La Virgen
entre los condenados[L50]», que nos ofrece escenas de una audacia
dantesca. La Virgen visita el infierno, conducida por el arcángel San Miguel.
La Virgen ve a los condenados y sus tormentos. Le llama la atención una
categoría de pecadores muy interesante que está en un lago de fuego. Algunos se
hunden en este lago y no vuelven a aparecer. «Éstos son los olvidados incluso
por Dios»: he aquí una frase profunda y vigorosa. La Virgen, desconsolada, cae
de rodillas ante el trono de Dios y pide gracia para todos los pecadores sin
distinción que ha visto en el infierno. Su diálogo con Dios es interesantísimo.
La Virgen implora, insiste, y cuando Dios le muestra los pies y las manos de su
Hijo horadados por los clavos y le pregunta: « ¿Cómo puedo perdonar a esos
verdugos?», la Virgen ordena a todos los santos, a todos los mártires y a todos
los ángeles que se arrodillen como ella a imploren la gracia para todos los pecadores.
Al fin consigue que cesen los tormentos todos los años desde el Viernes Santo a
Pentecostés, y los condenados dan las gracias a Dios desde las profundidades
del infierno y exclaman: «¡Señor, tu sentencia es justa!»... Mi poema habría
sido algo así si lo hubiese concebido en aquella época. Dios aparecería y se
limitaría a pasar sin decir nada. Han transcurrido quince siglos desde que
prometió volver a su reinado, desde que su profeta escribió: «Volveré pronto.
El día y la hora ni siquiera el Hijo la sabe, sólo mi Padre que está en los cielos[L51]», repitiendo las palabras de Cristo en la
tierra. Y la humanidad le espera con la misma fe de antaño, una fe más ardiente
todavía, pues hace ya quince siglos que el cielo no ha cesado de conceder gajes
al hombre.
‑Cree lo que te dicte tu corazón,
pues los
cielos ya no dan gajes[L52].
»Verdad es que se producían entonces numerosos
milagros: los santos realizaban curaciones maravillosas, la Reina de los Cielos
visitaba a ciertos justos, según cuentan los libros. Pero el diablo no dormía:
la humanidad empezaba a dudar de la autenticidad de tales prodigios. Entonces
nació en Alemania una terrible herejía que negaba los milagros. «Una gran
estrella, ardiente como una antorcha (la Iglesia, sin duda), cayó sobre los
manantiales a hizo amargas sus aguas[L53]». Con ello se acrecentó la fe de los fieles.
Las lágrimas de la humanidad se elevaban a Dios como en otras épocas: se le
esperaba, se le quería, se cifraban en Él todas las esperanzas como en otros
tiempos... Hace tantos siglos que la humanidad ruega con fervor: «Señor,
dígnate aparecer ante nosotros», tantos siglos que dirige a Él sus voces, que
Él, en su misericordia infinita, accede a descender al lado de sus fieles. Antes
había visitado ya a justos y mártires, a santos anacoretas, según cuentan los
libros. En nuestro país, Tiutchev, que creía ciegamente en sus palabras, ha
proclamado que
»Abrumado
bajo el peso de su cruz,
el Rey de
los Cielos, bajo una humilde apariencia,
te ha
recorrido, tierra natal,
en toda tu
extensión, bendiciéndote.
»Pero he aquí que Él ha querido mostrarse, aunque
sólo por un momento, al pueblo doliente y miserable, al pueblo corrompido por
el pecado, pero al que Él ama ingenuamente. La acción se desarrolla en España,
en Sevilla, en la época más terrible de la Inquisición, cuando a diario se
encendían las piras y
»En magníficos autos de fe
se quemaban
horrendos herejes [L54]
»No es así
como Él prometió venir, al final del tiempo, en toda su gloria celestial,
súbitamente, « como el relámpago que brilla desde Oriente hasta Occidente[L55]» . No, no ha venido así; ha venido a ver a
sus niños, precisamente en los lugares donde crepitan las hogueras encendidas
para los herejes. En su misericordia infinita, desciende a mezclarse con los
hombres bajo la forma que tuvo durante los tres años de su vida pública. Vedlo
en las calles radiantes de la ciudad meridional, donde precisamente el día
anterior el gran inquisidor ha hecho quemar un centenar de herejes ad
majorem Dei gloriam, en presencia del rey, de los cortesanos y los caballeros,
de los cardenales y las más encantadoras damas de la corte. Ha aparecido
discretamente, procurando que nadie lo vea, y, cosa extraña, todos lo
reconocen. Explicar esto habría sido uno de los más bellos pasajes de mi poema.
Atraído por una fuerza irresistible, el pueblo se apiña en torno de Él y sigue
sus pasos. El Señor se desliza en silencio entre la muchedumbre, con una
sonrisa de infinita piedad. Su corazón se abrasa de amor, en sus ojos
resplandecen la luz, la sabiduría, la fuerza. Su mirada, radiante de amor,
despierta el amor en los corazones. El Señor tiende los brazos hacia la
multitud y la bendice. El contacto con su cuerpo, incluso con sus ropas, cura
todos los males. Un anciano que está ciego desde su infancia grita entre la
muchedumbre: «¡Señor: cúrame, y así podré verte!» Entonces cae de sus ojos una
especie de escama, y el ciego ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa
el suelo que Él va pisando. Los niños arrojan flores en su camino. Se oyen
cantos y gritos de «¡Hosanna!» . La multitud exclama: «¡Es Él, no puede
ser nadie más que Él!» Se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla, y en
este momento llega un grupo de gente que transporta un pequeño ataúd blanco
donde descansa una niña de siete años, hija única de un personaje. La muerta
está cubierta de flores.
»De la
multitud sale una voz que dice a la afligida madre:
» ‑¡Él resucitará a tu hija!.
»El sacerdote precede al ataúd y mira hacia la muchedumbre,
perplejo y con las cejas fruncidas. De pronto, la madre lanza un grito y se
arroja a los pies del Señor.
»‑¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
»Y le tiende los brazos.
»El cortejo se detiene y depositan el ataúd en las
losas. El Señor le dirige una mirada llena de piedad y otra vez dice
dulcemente: “Talitha koum.” Y la muchacha se levanta [L56]. La muerta, después de incorporarse, queda
sentada y mira alrededor, sonriendo con un gesto de asombro. En su mano se ve
el ramo de rosas blancas que han depositado en su ataúd. Entre la multitud se
ven rostros pasmados y se oyen llantos y gritos.
»En este momento pasa por la plaza el cardenal que
ostenta el cargo de gran inquisidor. Es un anciano de casi noventa años, rostro
enjuto y ojos hundidos, pero en los que se percibe todavía una chispa de luz.
Ya no lleva la suntuosa vestidura con que se pavoneaba ante el pueblo cuando
se quemaba a los enemigos de la Iglesia romana: vuelve a vestir su viejo y
burdo hábito. A cierta distancia le siguen sus sombríos ayudantes y la guardia
del Santo Oficio. Se detiene y se queda mirando desde lejós el lugar de la
escena. Lo ha visto todo: el ataúd depositado ante El, la resurrección de la
muchacha... Su semblante cobra una expresión sombría, se fruncen sus pobladas
cejas y sus ojos despiden uña luz siniestra. Señala con el dedo al que está
ante el ataúd y ordena a su escolta que lo detenga. Tanto es su poder y tan
acostumbrado está el pueblo a someterse a su autoridad, a obedecerle
temblando, que la muchedumbre se aparta para dejar paso a los esbirros. En
medio de un silencio de muerte, los guardias del Santo Oficio prenden al Señor
y se lo llevan.
»Como un solo hombre, el pueblo se inclina hasta
tocar el suelo ante el anciano inquisidor, que lo bendice sin pronunciar palabra
y continúa su camino. Se conduce al prisionero a la vieja y sombría casa del
Santo Oficio y se le encierra en una estrecha celda abovedada. Se acaba el
día, llega la noche, una noche de Sevilla, cálida, bochornosa. El aire está
saturado de aromas de laureles y limoneros. En las tinieblas se abre de súbito
la puerta de hierro del calabozo y aparece el gran inquisidor con una antorcha
en la mano. Llega solo. La puerta se cierra tras él. Se detiene junto al
umbral, contempla largamente la Santa Faz. Al fin se acerca a Él, deja la antorcha
sobre la mesa y dice:
»‑¿Eres Tú, eres verdaderamente Tú?
»No recibe respuesta. Añade inmediatamente:
»‑No digas nada; cállate. Por otra parte, ¿qué
podrías decir? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra
a lo que ya dijiste en otro tiempo. ¿Por qué has venido a trastornarnos?
Porque tu llegada es para nosotros un trastorno, bien lo sabes. ¿Qué ocurrirá
mañana? Ignoro quién eres. ¿Eres Tú o solamente su imagen? No quiero saberlo.
Mañana te condenaré y morirás en la hoguera como el peor de los herejes. Y los
mismos que hoy te han besado los pies, mañana, a la menor indicación mía, se
aprestarán a alimentar la pira encendida para ti. ¿Lo sabes?... Tal vez lo
sepas.
»Y el anciano queda pensativo, con la mirada fija en
el preso.
‑No acabo de comprender lo que eso significa,
Iván ‑dijo Aliocha, que le había escuchado en silencio‑. ¿Es una
fantasía, un error del anciano, un quid pro quo extravagante?
Iván se echó a reír.
‑Quédate con esta última suposición si el
idealismo moderno te ha hecho tan refractario a lo sobrenatural. Puedes elegir
la solución que quieras. Verdad es que mi inquisidor tiene noventa años y que
sus ideas han podido trastornarle hace ya tiempo. Tal vez es un simple
desvarío, una quimera de viejo próximo a su fin y cuya imaginación está
exacerbada por su último auto de fe. Pero que sea quid pro quo o
fantasía poco importa. Lo importante es que el inquisidor revele al fin su
pensamiento, que manifieste lo que ha callado durante toda su carrera.
‑¿Y el prisionero no dice nada? ¿Se contenta
con mirarlo?
‑Sí,
lo único que puede hacer es callar. El anciano es el primero en advertirle que
no tiene derecho a añadir una sola palabra a las que pronunció en tiempos ya
remotos. Éste es tal vez, a mi humilde juicio, el rasgo fundamental del
catolicismo romano: «Todo lo transmitiste al papa: todo, pues, depende ahora
del papa. No vengas a molestarnos, por lo menos antes de que llegue el momento
oportuno.» Tal es su doctrina, especialmente la de los jesuitas. Yo la he leído
en sus teólogos.
»‑¿Tienes derecho a revelarnos uno solo de los
secretos del mundo de que vienes? ‑pregunta el anciano, y responde por Él‑:
No, no tienes este derecho, pues tu revelación de ahora se añadiría a la de
otros tiempos, y esto equivaldría a retirar a los hombres la libertad que Tú
defendías con tanto ahínco sobre la tierra. Todas tus nuevas revelaciones
supondrían un ataque a la libertad de la fe, ya que parecerían milagrosas. Y
Tú, hace quince siglos, ponías por encima de todo esta libertad, la de la fe.
¿No has dicho muchas veces: “Quiero que seáis libres”? Pues bien ‑añadió
el viejo, sarcástico‑, ya ves lo que son los hombres libres. Sí, esa
libertad nos ha costado cara ‑continúa el anciano, mirando a su interlocutor
severamente‑, pero al fin hemos conseguido completar la obra en tu
nombre. Nuestro trabajo ha sido rudo y ha durado quince siglos, pero al fin
hemos logrado instaurar la libertad como convenía hacerlo. ¿No lo crees? Me
miras con dulzura y ni siquiera me haces el honor de indignarte. Pues has de
saber que jamás se han creído los hombres tan libres como ahora, aun habiendo
depositado humildemente su libertad a nuestros pies. En realidad, esto ha sido
obra nuestra. ¿Es ésta la libertad que Tú soñabas?
‑Tampoco esto lo comprendo ‑dijo Aliocha‑.
¿Habla irónicamente, se burla?
‑Nada de eso. El anciano se jacta de haber
conseguido, en unión de los suyos, suprimir la libertad para hacer a los
hombres felices. «Pues hasta ahora no se ha podido pensar en la libertad de los
hombres, dice el cardenal, pensando evidentemente en la Inquisición. Y añade:
«Los hombres, como es natural, se han rebelado. ¿Y acaso los rebeldes pueden
ser felices? Se te advirtió, los consejos no te faltaron; pero Tú no hiciste
caso: rechazaste el único medio de hacer felices a los hombres.
Afortunadamente, al marcharte dejaste en nuestra mano tu obra. Nos concediste
solemnemente el derecho de hacer y deshacer. Supongo que no pretenderás
retirárnoslo ahora. ¿Por qué has venido a molestarnos?»
‑¿Qué significa eso de que «se te advirtió, los
consejos no te faltaron» ? ‑preguntó Aliocha.
‑Es el punto capital del discurso del anciano,
que sigue diciendo:
»‑El terrible Espíritu de las profundidades, el
Espíritu de la destrucción y de la nada, te habló en el desierto, y la Sagrada
Escritura dice que te tentó. No se podía decir nada más agudo que lo que se te
dijo en las tres cuestiones o, para usar el lenguaje de las Escrituras, tres
tentaciones que Tú rechazaste. No ha habido en la tierra milagro tan auténtico
y magnífico como el de estas tres tentaciones. El simple hecho de plantearlas
constituye un milagro. Supongamos que hubieran desaparecido de las Escrituras
y que fuera necesario reconstituirlas, idearlas de nuevo para llenar este
vacío. Supongamos que con este fin se reúnen todos los sabios de la tierra
(hombres de Estado, prelados, filósofos, poetas) y se les dice: “Idead y
redactad tres cuestiones que no solamente correspondan a la importancia del
acontecimiento, sino que expresen en tres frases toda la historia de la
humanidad futura.” ¿Crees que este areópago de la sabiduría humana lograría
discurrir nada tan fuerte y profundo como las tres cuestiones que te planteó
en tus tiempos el poderoso Espíritu? Estas tres proposiciones bastan para
demostrar que te hallabas ante el Espíritu eterno y absoluto y no ante un
espíritu humano y transitorio. Pues en ellas se resume y se predice toda la
historia futura de la humanidad. En estas tres tentaciones están condensadas
todas las contradicciones indisolubles de la naturaleza humana. Entonces no era
posible advertirlo, ya que el porvenir era un misterio; pero ahora, quince
siglos después, vemos que todo se ha realizado hasta el extremo de que es
imposible añadirles ni quitarles una sola palabra. Ya me dirás quién tiene
razón, si Tú o el que te interrogaba. Acuérdate de la primera tentación, no de
las palabras, sino del sentido. Quieres ir por el mundo con las manos vacías,
predicando una libertad que los hombres, en su estupidez y su ignominia
naturales, no pueden comprender; una libertad que los atemoriza, pues no hay ni
ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser
libres. ¿Ves esas piedras en ese árido desierto? Conviértelas en panes y la
humanidad seguirá tus pasos como un rebaño dócil y agradecido, pero, al mismo
tiempo, temeroso de que retires la mano y se acaben los panes. No quisiste
privar al hombre de libertad y rechazaste la proposición, considerando que era
incompatible con la obediencia comprada con los panes. Respondiste que no sólo
de pan vive el hombre; pero has de saber que por este pan de la tierra el
espíritu terrestre se revolverá contra ti, luchará y te vencerá; que todos le
seguirán, gritando: "¡Nos prometió la luz del cielo y no nos la ha
dado!" Pasarán los siglos, y la humanidad proclamará por boca de sus
sabios que no se cometen crímenes y, en consecuencia, que no hay pecados, que
lo único que hay es hambrientos. “¡Aliméntalos y entonces podrás exigirles que
sean virtuosos!”: he aquí la inscripción que figurará en el estandarte de la
revuelta que derribará tu templo. En su lugar se levantará un nuevo edificio,
una segunda torre de Babel, que sin duda no se terminará, como no se terminó la
primera. Habrías podido evitar a los hombres esta nueva tentativa y miles de
años de sufrimiento. Después de haber luchado durante mil años para edificar
su torre, vendrán a vernos. Nos buscarán bajo tierra, en las catacumbas, como
antaño, donde estaremos ocultos (porque otra vez se nos perseguirá) y nos
dirán: “Dadnos de comer, pues los que nos prometieron la luz del cielo no nos
la han dado.” Entonces terminarán su torre, pues para ello sólo hace falta
alimentarlos, y nosotros los alimentaremos, haciéndoles creer que hablamos en
tu nombre. Sin nuestra ayuda, siempre estarían hambrientos. No existe ninguna
ciencia que les dé pan mientras permanezcan libres; por eso acabarán por poner
su libertad a nuestros pies diciendo: “Hacednos vuestros esclavos, pero dadnos
de comer.” Habrán comprendido al fin que la libertad no se puede conciliar con
el pan de la tierra, porque jamás sabrán repartírselo. Y, al mismo tiempo, se
convencerán de su impotencia para vivir libremente, por su debilidad, su
nulidad, su depravación y su propensión a la rebeldía. Tú les prometías el pan
del cielo. Y vuelvo a preguntar si este pan se puede comparar con el de la
tierra a los ojos de la débil raza humana, eternamente ingrata y depravada.
Millares, decenas de millares de almas te seguirán para obtener ese pan, ¿pero
qué será de los millones de seres que no tengan el valor necesario para
preferir el pan del cielo al de la tierra? Porque supongo que Tú no querrás
sólo a los grandes y a los fuertes, a quienes los otros, la muchedumbre
innumerable, que es tan débil pero que te venera, sólo serviría de materia
explotable. También los débiles merecen nuestro cariño. Aunque sean depravados
y rebeldes, se nos someterán dócilmente al fin. Se asombrarán, nos creerán
dioses, por habernos puesto al frente de ellos para consolidar la libertad que
les inquietaba, por haberlos sometido a nosotros: a este extremo habrá llegado
el terror de ser libres. Nosotros les diremos que somos tus discípulos, que
reinamos en tu nombre. Esto supondrá un nuevo engaño, ya que no te permitiremos
que te acerques a nosotros. Esta impostura será nuestro tormento, puesto que
nos habrá obligado a mentir. Tal es el sentido de la primera tentación que
escuchaste en el desierto. Y Tú la rechazaste por salvar la libertad que
ponías por encima de todo. Sin embargo, en ella se ocultaba el secreto del
mundo. Si te hubieras prestado a realizar el milagro de los panes, habrías
calmado la inquietud eterna de la humanidad ‑individual y colectivamente‑,
esa inquietud nacida del deseo de saber ante quién tiene uno que inclinarse.
Pues no hay para el hombre libre cuidado más continuo y acuciante que el de
hallar a un ser al que prestar acatamiento. Pero el hombre sólo quiere
doblegarse ante un poder indiscutible, al que respeten todos los seres humanos
con absoluta unanimidad. Esas pobres criaturas se atormentan buscando un culto
que no se limite a reunir a unos cuantos fieles, sino en el que comulguen todas
las almas, unidas por una misma fe. Este deseo de comunidad en la adoración es
el mayor tormento, tanto individual como colectivo, de la humanidad entera
desde el comienzo de los siglos. Para realizar este sueño, los hombres se han
exterminado unos a otros. Los pueblos crearon sus propios dioses y se dijeron
en son de desafío: “¡Suprimid vuestros dioses y adorad a los nuestros! Si no lo
hacéis, malditos seáis vosotros y vuestros dioses.” Y así ocurrirá hasta el fin
del mundo, pues cuando los dioses hayan desaparecido, los hombres se
arrodillarán ante los ídolos. Tú no ignorabas, no podías ignorar, este rasgo
fundamental de la naturaleza humana. Sin embargo, rechazaste la única bandera
infalible que se te ofrecía, la que habría movido a todos los hombres a
inclinarse ante ti sin rechistar: la bandera del pan de la tierra. La
rechazaste por el pan del cielo y por la libertad del hombre. Ya ves el
resultado de haber defendido esta libertad. Te lo repito: no hay para el hombre
deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la
libertad que, por desgracia, se adquiere con el nacimiento. Mas para disponer
de la libertad de los hombres hay que darles la tranquilidad de conciencia. El
pan te aseguraba el éxito: el hombre se inclina ante quien se lo da (de esto no
cabe duda); pero si otro se adueña de su conciencia, el hombre desdeñará
incluso tu pan para seguir al que ha cautivado su razón. En esto acertaste,
pues el secreto de la existencia humana no consiste sólo en poseer la vida,
sino también en tener un motivo para vivir. El hombre que no tenga una idea
clara de la finalidad de la vida, preferirá renunciar a ella aunque esté rodeado
de montones de pan y se destruirá a si mismo antes que permanecer en este
mundo. ¿Pero qué hiciste? En vez de apoderarte de la libertad humana, la
extendiste. ¿Olvidaste que el hombre prefiere la paz a incluso la muerte a la
libertad para discernir el bien y el mal? No hay nada más seductor para el
hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso. En vez de
principios sólidos que tranquilizaran para siempre la conciencia humana,
ofreciste nociones vagas, extrañas, enigmáticas, algo que superaba las
posibilidades de los hombres. Procediste, pues, como si no quisieras a los
seres humanos, Tú que viniste a dar la vida por ellos. Aumentaste la libertad
humana en vez de confiscarla, y así impusiste para siempre a los espíritus el
terror de esta libertad. Deseabas que se te amara libremente, que los hombres
te siguieran por su propia voluntad, fascinados. En vez de someterse a las
duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir
libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no
previste que al fin rechazaría, a incluso pondría en duda, tu imagen y tu
verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad de escoger. Al fin
exclamaron que la verdad no estaba en ti, ya que sólo así se explicaba que
hubieras podido dejarlos en una incertidumbre tan angustiosa, con tantos
cuidados y problemas insolubles. Así llevaste a la ruina tu reinado; por lo
tanto, no acuses a nadie de ella. ¿Acaso fue esto lo que se te propuso? Sólo
hay tres fuerzas capaces de subyugar para siempre la conciencia de esos débiles
revoltosos: el milagro, el misterio y la autoridad. Tú rechazaste las tres
para dar un ejemplo. El Espíritu terrible y profundo lo transportó a la cúspide
del templo y dijo: “¿Quieres saber si eres el hijo de Dios? Arrójate desde
aquí, pues está escrito que los ángeles deben sostenerlo y llevárselo, de modo
que no sufrirá el menor daño. Entonces sabrás que eres el hijo de Dios y,
además, demostrarás que tienes fe en tu Padre.” Pero Tú rechazaste esta proposición:
no te quisiste arrojar. Demostraste entonces una arrogancia sublime, divina;
pero los hombres son seres débiles y rebeldes, no dioses. Tú sábías que al dar
un paso, al hacer el menor movimiento para lanzarte, habrías tentado al Señor
y perdido la fe en Él. Te habrías estrellado, para regocijo de tu tentador,
sobre esta misma tierra que venias a salvar. ¿Pero hay muchos como Tú? ¿Puedes
tener la más remota sospecha de que los hombres tendrían la entereza necesaria
para hacer frente a semejante tentación? ¿Es propio de la naturaleza humana
rechazar el milagro y en los momentos críticos de la vida, ante las cuestiones
capitales, atenerse al libre impulso del corazón? ¡Ah! Tú sabías que tu
entereza de ánimo se describiría en las Sagradas Escrituras, subsistiría a
través de las edades y llegaría a las regiones más lejanas, y esperabas que, siguiendo
tu ejemplo, el hombre no necesitara el milagro para amar a Dios. Ignorabas que
el hombre no puede admitir a Dios sin el milagro, pues es sobre todo el
milagro lo que busca. Y como no puede pasar sin él, se forja sus propios
milagros y se inclina ante los prodigios de un mago o los sortilegios de una
hechicera, aunque sea un rebelde, un hereje, un impío recalcitrante. No
descendiste de' la cruz cuando se burlaban de ti y te gritaban entre risas:
“¡Baja de la cruz y creeremos en ti!” No lo hiciste porque de nuevo te negaste
a subyugar al hombre por medio de un milagro. Deseabas una fe libre y no
inspirada por lo maravilloso; querías un amor libre y no los serviles
transportes de unos esclavos aterrorizados. Otra vez te forjaste una idea
demasiado elevada del hombre, pues los hombres son esclavos aunque hayan nacido
rebeldes. Examina los hechos y juzga. Después de quince siglos largos, ¿a quién
has elevado hasta ti? Te aseguro que el hombre es más débil y más vil de lo que
creías. En modo alguno puede hacer lo que Tú hiciste. El gran aprecio en que le
tenías ha sido un perjuicio para la piedad. Has exigido demasiado de él, a
pesar de que le amabas más que a ti mismo. Si le hubieses querido menos, le
habrías impuesto una carga más ligera, más en consonancia con tu amor. El
hombre es débil y cobarde. No importa que ahora se levante en todas partes
contra nuestra autoridad y se sienta orgulloso de su rebeldía. Es el orgullo
de los escolares amotinados que han apresado al profesor. La alegría de estos
rapaces se extinguirá y la pagarán cara. Derribarán los templos e inundarán la
tierra de sangre; pero esos niños estúpidos advertirán que su debilidad les
impide mantenerse en rebeldía durante mucho tiempo. Llorarán como necios y
comprenderán que el Creador, haciéndolos rebeldes, quiso tal vez burlarse de
ellos. Entonces protestarán, sin poder contener su desesperación, y esta
blasfemia les hará aún más desgraciados, pues la naturaleza humana no soporta
la blasfemia y acaba siempre por vengarse. Así, las consecuencias de tu amarga
lucha por la libertad humana fue la inquietud, la agitación y la desgracia
para los hombres. Tu eminente profeta, en su versión simbólica, dice que vio a
todos los seres de la primera resurrección y que había doce mil de cada tribu [L57]. A pesar de ser tan numerosos, eran más que
hombres, casi dioses. Habían llevado tu cruz y soportado la vida en el desierto,
donde se alimentaban de saltamontes y raíces. Ciertamente, puedes estar
orgulloso de esos hijos de la libertad, del amor sin coacciones, de su sublime
sacrificio en tu nombre. Pero ten presente que eran sólo unos millares, y casi
dioses. ¿Y los demás qué? ¿Es culpa de ellos, de esos débiles seres humanos, no
haber podido soportar lo que soportan los fuertes? El alma débil no es
culpable de no poseer prendas tan extraordinarias. ¿Viniste al mundo sólo para
los elegidos? Esto es un misterio para nosotros, y tenemos derecho a decirlo
así a los hombres, a enseñarles que no es la libre decisión ni el amor lo que
importa, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso contra lo
que les dicte su conciencia. Esto es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu
obra, fundándola en el milagro, el misterio y la autoridad. Y los hombres se
alegran de verse otra vez conducidos como un rebaño y libres del don abrumador
que los atormentaba. Dime: ¿no hemos hecho bien? ¿Acaso no es una prueba de
amor a los hombres comprender su debilidad, aligerar su carga, incluso tolerar
el pecado, teniendo en cuenta su flaqueza, siempre que lo hagan con nuestro
permiso? Por lo tanto, no has debido venir a entorpecer nuestra obra. ¿Por qué
callas, fijando en mi tu mirada tierna y penetrante? Prefiero que te enojes; no
quiero tu amor, porque yo no te amo. No hay razón para que te lo oculte. Sé muy
bien con quién estoy hablando, pues leo en tus ojos que sabes lo que voy a
decirte. No tengo por qué ocultarte nuestro secreto. Tal vez quieras oirlo de
mis labios. Pues lo vas a oír. Hace ya mucho tiempo que no estamos contigo,
sino con él. Hace exactamente ocho siglos que hemos recibido de él aquel
último don que Tú rechazaste indignado cuando él te mostró todos los
reinos de la tierra. Aceptamos Roma y la espada de César, y nos proclamamos
reyes únicos de la tierra, aunque hasta ahora no hayamos tenido tiempo de
acabar nuestra obra. ¿Pero de quién es la culpa? La empresa está aún en su
principio, su fin está todavía muy lejos, y la tierra tiene ante sí aún muchos
padecimientos; pero alcanzaremos nuestro fin, seremos Césares, y entonces
podremos pensar en la felicidad del mundo. Tú habrías podido empuñar la espada
de César. ¿Por qué rechazaste este último don? Si hubieras seguido este tercer
consejo del poderoso Espíritu, habrías dado a los hombres todo lo que buscan
sobre la tierra: un dueño ante el que inclinarse, un guardián de su conciencia
y el medio de unirse al fin cordialmente en un hormiguero común, pues la necesidad
de la unión universal es el tercero y último tormento de la raza humana. La
humanidad ha tendido siempre a organizarse sobre una base universal. En la
historia ha habido grandes pueblos que, a medida que han ido progresando, han
sufrido más y han experimentado más profundamente que los otros la necesidad
de la unión universal. Los grandes conquistadores, como Tamerlán y Gengis‑Kan,
que recorrieron la tierra como un huracán, encarnaban también, sin darse cuenta
de ello, la aspiración unitaria de los pueblos. Si hubieses aceptado la púrpura
de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. ¿Pues
quién mejor para someter al hombre que aquel que domina su conciencia y dispone
de su pan? Nosotros hemos empuñado la espada de César y, al empuñarla, te
hemos abandonado para unirnos a él. Aún transcurrirán algunos siglos de licencia
intelectual, de vanos esfuerzos científicos y de antropofagia, pues en esto
caerán los hombres cuando hayan terminado su torre de Babel sin contar con
nosotros. Entonces la bestia se acercará, arrastrándose, a nuestros pies, los
lamerá y los empapará de lágrimas de sangre. Y nosotros cabalgaremos sobre
ella y levantaremos una copa en la que habrá grabada la palabra «Misterio».
Sólo entonces. la paz y la felicidad reinarán sobre los hombres. Estás
orgulloso de tus elegidos, pero éstos son sólo unos cuantos. En cambio,
nosotros daremos la tranquilidad a todos los hombres. Además, entre los
fuertes destinados a figurar en el grupo de los elegidos, ¡cuántos han llevado
y cuántos llevarán todavía a otra parte las fuerzas de su espíritu y el ardor
de su corazón! ¡Y cuántos acabarán por levantarse contra ti fundándose en la
libertad que tú les diste! Nosotros haremos felices a todos los hombres, y las
revueltas y matanzas inseparables de tu libertad cesarán. Ya nos cuidaremos de
persuadirles de que no serán verdaderamente libres hasta que pongan su libertad
en nuestras manos. ¿Será esto verdad o una mentira nuestra? Ellos verán que les
decimos la verdad, pues recordarán la servidumbre y el malestar en que tu
libertad los tuvo sumidos. La independencia, la libertad de pensamiento, la
ciencia, los habrá extraviado en tal laberinto, colocado en presencia de tales
prodigios y tales enigmas, que los rebeldes furiosos se destruirán entre sí, y
los otros, los rebeldes débiles, turba cobarde y miserable, se arrastrarán a
nuestros pies gritando: “¡Tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto.
Volvemos a vuestro lado. Salvadnos de nosotros mismos.” Sin duda, al recibir de
nuestras manos los panes, verán que nosotros tomamos los suyos ganados con su
trabajo y que luego los distribuimos, sin realizar milagro alguno. Se darán
perfecta cuenta de que no hemos convertido las piedras en panes, pero recibir
el pan de nuestras manos les producirá más alegría que el simple hecho de
recibir el pan. Pues se acordarán de que antaño el mismo pan, fruto de su
trabajo, se les convertía en piedra, y verán que, al volver a nosotros, la
piedra se transforma en pan. Entonces comprenderán el valor de la sumisión
definitiva. Y mientras no lo comprendan serán desgraciados. ¿Quién ha
contribuido más a esta incomprensión? ¿Quién ha dispersado el rebaño y lo ha enviado
por caminos desconocidos? Pero el rebaño volverá a reunirse, volverá a la obediencia
y para siempre. Entonces nosotros daremos a los hombres una felicidad dulce y
humilde, adaptada a débiles criaturas como ellos. Y los convenceremos de que
no deben enorgullecerse, cosa que les enseñaste tú al ennoblecerlos. Nosotros
les demostraremos que son débiles, que son infelices criaturas y, al mismo
tiempo, que la felicidad infantil es la más deliciosa. Entonces se mostrarán
tímidos, no nos perderán de vista y se apiñarán en torno de nosotros
amedrentados, como una tierna nidada bajo el ala de la madre. Experimentarán
una mezcla de asombro y temor y admirarán la energía y la inteligencia que
habremos demostrado al subyugar a la multitud innumerable de rebeldes. Nuestra
cólera los hará temblar, los invadirá la timidez, sus ojos se llenarán de
lágrimas como los de los niños y las mujeres, pero bastará que les hagamos una
seña para que su pesar se convierta en un instante en alborozo infantil. Desde
luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las
horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas inocentes. Incluso les
permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un
amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con
nuestro permiso, que les permitimos pecar porque los queremos y que cargaremos
nosotros con el castigo. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos
hacemos responsables de sus pecados ante Dios. Y ya nunca tendrán secretos
para nosotros. Según su grado de obediencia, nosotros les permitiremos o les
prohibiremos vivir con sus mujeres o con sus amantes, tener o no tener hijos, y
ellos nos obedecerán con alegría. Nos expondrán las dudas más secretas y
penosas de su conciencia, y nosotros les daremos la solución, sea el caso que
fuere. Ellos aceptarán nuestro fallo de buen grado, al pensar que les evita la
grave obligación de escoger libremente. Y millones de seres humanos serán
felices. Sólo no lo serán unos cien mil, sus directores; es decir, nosotros,
los depositarios de su secreto. Los hombres felices serán millones y habrá cien
mil mártires abrumados por el maldito conocimiento del bien y del mal. Morirán
en paz, se extinguirán dulcemente, pensando en ti. Y en el más allá sólo
encontrarán la muerte. Pues si hubiera otra vida, es indudable que no se
concedería a los seres como ellos. Pero nosotros los mantendremos en la
ignorancia sobre este punto, los arrullaremos, prometiéndoles, para su felicidad,
una recompensa eterna en el cielo... Se prófetiza que volverás para vencer de nuevo,
rodeado de tus poderosos y arrogantes elegidos. Nosotros diremos a los hombres
que los tuyos sólo se han salvado a sí mismos, mientras que nosotros hemos
salvado a todo el mundo. Se afirma que la ramera, que cabalga sobre la bestia y
tiene en sus manos la copa del misterio, será envilecida, que los débiles se
levantarán de nuevo, desgarrarán su púrpura y dejarán al descubieto su cuerpo impuro[L58]. Entonces yo me levantaré y te mostraré a
los millares de seres felices que no han pecado. Yo, que por bien de ellos he
cargado con sus faltas, me erguiré ante ti, diciendo: “No te temo. También yo
he vivido en el desierto, alimentándome de saltamontes y raíces, también yo
bendije la libertad con que Tú obsequiabas a los hombres, y me preparé para
figurar entre tus elegidos, entre los fuertes, ardiendo en deseos de completar
su número. Pero volví en mi y no quise servir a una causa insensata. Entonces
me reuní con los que han corregido tu obra. Dejé a los orgullosos y vine al
lado de los humildes para darles la felicidad. Lo que te he dicho se cumplirá,
y entonces habremos construido nuestro imperio. Te lo repito: mañana, a una
señal mía, verás a ese dócil rebaño traer los leños ardientes a la pira sobre
la que te pondremos por haber venido a entorpecer nuestra obra. Pues nadie ha
merecido más que Tú la hoguera. Mañana lo quemaré. Dixi.”
Iván se
detuvo. Se había ido exaltando en el curso de su narración. Cuando hubo
terminado, en sus labios apareció una sonrisa.
Aliocha había escuchado en silencio, con viva
emoción. Varias veces había estado a punto de interrumpir a su hermano.
‑¡Todo eso es absurdo! ‑exclamó
enrojeciendo‑. Tu poema es un elogio de Jesús y no una censura como tú
pretendes. ¿Quién creerá lo que dices de la libertad? ¿Es así como hay que considerarla?
¿Es ése el concepto que tiene de ella la Iglesia ortodoxa? No, lo tiene Roma,y
no toda ella, sino los peores elementos del catolicismo, los inquisidores, los
jesuitas... No hay personaje más fantástico que tu inquisidor. ¿Qué significa
eso de cargar con los pecados de los otros? ¿Dónde están esos detentores del
misterio que se atraen la maldición del cielo por el bien de la Humanidad?
¿Cuándo se ha visto todo eso? Conocemos a los jesuitas, se habla muy mal de
ellos, pero no se parecen en nada a los tuyos. Tú te has imaginado un ejército
romano como instrumento de futura dominación universal, un ejército dirigido
por un emperador: el Sumo Pontífice. Éste, y sólo éste, es el ideal que tú
imaginas. No hay en él ningún misterio, ninguna tristeza sublime, sino la sed
de reinar, la vulgar codicia de los bienes terrenales; en suma, una especie de
servidumbre futura en la que ellos serán los terratenientes. Quizás esos
hombres no crean en Dios. Tu inquisidor es un personaje ficticio.
‑¡Cálmate, cálmate! ‑exclamó Iván,
echándose a reír‑. ¡Cómo te acaloras! ¿Has dicho un personaje ficticio?
De acuerdo. Sin embargo, ¿de veras crees que todo el movimiento católico de los
últimos siglos no se ha inspirado exclusivamente en la sed de poder, sin
perseguir otro objetivo que los bienes terrenales? Esto es lo que te enseña el
padre Paisius, ¿no?
‑No, no; al contrario. El padre Paisius dijo
una vez algo semejante, pero no exactamente lo mismo.
‑¡Bravo! He aquí una revelación interesante a
pesar de ese «no exactamente lo mismo» . ¿Pero por qué los jesuitas y los
inquisidores se han de aliar únicamente con vistas a la felicidad terrena?
¿Acaso no es posible encontrar entre ellos un mártir dominado por un noble
sentimiento y que ame la humanidad? Supón que entre esos seres sedientos de
bienes materiales hay solamente uno semejante a mi viejo inquisidor, que se ha
alimentado sólo de raíces en el desierto, para ahogar el impulso de sus
sentidos y alcanzar la libertad y, con ella, la perfección. Sin embargo, ese hombre
ama a la humanidad. De pronto, ve las cosas claramente y se da cuenta de que
conseguir una libertad perfecta representa una pobre felicidad cuando millones
de criaturas siguen siendo desgraciadas al ser demasiado débiles para
aprovecharse de su libertad, que estos pobres rebeldes no podrán acabar nunca
su torre y que el gran idealista no ha concebido su armonía para semejantes
estúpidos. Después de haber comprendido esto, mi inquisidor se vuelve atrás y
se reúne con las personas de carácter. ¿Acaso es esto imposible?
‑¿Qué personas con carácter son ésas? ‑exclamó
Aliocha con cierto enojo‑. Las personas a que tú te refieres no tienen
carácter, no constituyen ningún misterio, no poseen ningún secreto... El
ateísmo: ése es su secreto. Tu inquisidor no cree en Dios.
‑Perfectamente. Es eso, no hay más secreto que
ése; ¿pero no significa esto un tormento, cuando menos para un hombre como él,
que ha sacrificado su vida a su ideal en el desierto y no ha cesado de amar a
la humanidad? Al final de su vida ve claramente que sólo los consejos del
terrible y poderoso Espíritu pueden hacer soportable la existencia de los
rebeldes impotentes, de «esos seres abortados y creados para irrisión de sus
semejantes». Mi inquisidor comprende que hay que escuchar al Espíritu de las
profundidades, a ese espíritu que lleva consigo la muerte y la ruina, y para
ello admitir la mentira y el fraude y llevar a los hombres deliberadamente a
la ruina y a la muerte, engañándolos por el camino para que no se enteren de
adónde los lleva, para que esos pobres ciegos tengan la ilusión de que van
hacia la felicidad. Observa este detalle: el fraude se realiza en nombre de
quien el viejo ha creído fervorosamente durante toda su vida. ¿No es esto una
desgracia? Si se encuentra un hombre así, uno solo, al frente de ese ejército
«ávido de poder y que sólo persigue los bienes terrenales», ¿no es esto
suficiente para provocar una tragedia? Es más, basta un jefe así para encarnar
la verdadera idea directriz del catolicismo romano, con sus ejércitos y sus
jesuitas. Francamente, Aliocha, estoy convencido de que ese tipo único no ha
faltado jamás entre los que encabezaban el movimiento de que estamos hablando.
Y a lo mejor, algunos de esos hombres figuran en la lista de los Romanos
Pontífices. Tal vez existan todavía varios ejemplares de ese maldito viejo que
ama tan profundamente, aunque a su modo, a la humanidad, y no por azar, sino
bajo la forma de un convenio, de una liga secreta organizada hace mucho tiempo
y cuyo objetivo es mantener el misterio, a fin de que no conozcan la verdad los
desgraciados y los débiles, y así sean felices. Así tiene que ser; esto es
fatal. Incluso me imagino que los francmasones tienen un misterio análogo en la
base de su doctrina, y que por eso los católicos odian a los francmasones: ven
en ellos a los competidores de su idea de que debe haber un solo rebaño bajo
un solo pastor... Pero dejemos eso. Defendiendo mis ideas, adopto la actitud
del autor que no soporta la critica.
‑Tal vez tú mismo eres un francmasón ‑dijo
Aliocha‑. Tú no crees en Dios ‑añadió con profunda tristeza.
Además, le parecía que su hermano le miraba con
expresión burlona.
‑¿Cómo termina tu poema? ‑preguntó con la
cabeza baja‑. ¿O acaso ya no ocurre nada más?
‑Sí que ocurre. He aquí el final que me
proponía darle. El inquisidor se calla y espera un instante la respuesta del
Preso. Éste guarda silencio, un silencio que pesa en el inquisidor. El Cautivo
le ha escuchado con el evidente propósito de no responderle, sin apartar de él
sus ojos penetrantes y tranquilos. El viejo habría preferido que Él dijera
algo, aunque sólo fueran algunas palabras amargas y terribles. De pronto, el
Preso se acerca en silencio al nonagenario y le da un beso en los labios
exangües. Ésta es su respuesta. El viejo se estremece, mueve los labios sin
pronunciar palabra. Luego se dirige a la puerta, la abre y dice: « ¡Vete y no
vuelvas nunca, nunca!» Y lo deja salir a la ciudad en tinieblas. El Preso se
marcha.
‑¿Y qué hace el viejo?
‑El beso le abrasa el corazón, pero persiste en
su idea.
‑¡Y tú estás con él! ‑exclamó amargamente
Aliocha.
‑¡Qué absurdo, Aliocha! Esto no es más que un
poema sin sentido, la obra de un estudiante ingenuo que no ha escrito versos
jamás. ¿Crees que pretendo unirme a los jesuitas, a los que han corregido su
obra? Nada de eso me importa. Ya te lo he dicho: espero cumplir los treinta
años; entonces haré trizas mi copa.
‑¿Y los tiernos brotes, las tumbas queridas, el
cielo azul, la mujer amada? ¿Cómo vivirás sin tu amor por ellos? ‑exclamó
Aliocha con profundo pesar‑. ¿Se puede vivir con un infierno en el
corazón y en la mente? Volverás a ellos o te suicidarás, ya en el límite de tus
fuerzas.
‑Hay en mí una fuerza que hace frente a todo ‑dijo
Iván con una fria sonrisa.
‑¿Qué fuerza?
‑La de los Karamazov, la fuerza que nuestra
familia extrae de su bajeza.
‑Y que consiste en hundirse en la corrupción,
en pervertir el alma propia, ¿no es así?
‑Tal vez me libre de todo eso hasta los treinta
años, y después...
‑¿Cómo puedes librarte? Con tus ideas, no podrás.
‑Podré obrando como un Karamazov.
‑O sea, que «todo está permitido». ¿No es eso?
Iván frunció las cejas y en su rostro apareció una
palidez extraña.
‑Ya veo que ayer cogiste al vuelo esta
expresión que tan profundamente hirió a Miusov y que Dmitri repitió tan
ingenuamente. Bien; ya que lo he dicho, no me retracto: «todo está permitido».
Además, Mitia ha dejado esto bien sentado.
Aliocha le miró en silencio.
‑En vísperas de mi marcha, hermano ‑continuó
Iván‑, creía que no tenía en el mundo a nadie más que a ti; pero ahora
veo, mi querido hermano, que ni siquiera en tu corazón hay un hueco para mí.
Como no reniegue del concepto «todo está permitido», tú renegarás de mi, ¿no es
así?
Aliocha fue hacia él y le besó en los labios.
‑¡Eso es un plagio! ‑exclamó Iván‑.
Ese gesto lo has tomado de mi poema. Sin embargo, te lo agradezco. Ha llegado
el momento de marcharnos, Aliocha.
Salieron y se detuvieron en la escalinata.
‑Oye, Aliocha ‑dijo Iván firmemente‑,
si sigo amando los brotes primaverales, lo deberé a tu recuerdo. Me bastará
saber que tú estás aquí, en cualquier parte, para sentir nuevamente la alegría
de vivir. ¿Estás contento? Puedes considerar esto, si quieres, como una
declaración de amor fraternal. Ahora vamos cada cual por nuestro lado. Y basta
ya de este asunto, ¿me entiendes? Quiero decir que si yo no me fuera mañana,
cosa que es muy probable, y nos encontráranios de nuevo, ni una palabra sobre
esta cuestión. Te lo pido en serio. Y te ruego que no vuelvas a hablarme nunca
de Dmitri. El tema está agotado, ¿no? En compensación, te prometo que cuando
tenga treinta años y sienta el deseo de arrojar mi copa, vendré a hablar
contigo, estés donde estés y aunque yo resida en América. Entonces me
interesará mucho saber lo que ha sido de ti. Te hago esta promesa solemne: nos
decimos adiós tal vez por diez años. Ve a reunirte con tu seráfico padre; se
está muriendo, y si se muriera no estando tú a su lado, me acusarías de haberte
retenido. Adiós. Dame otro beso. Ahora, vete.
Iván se marchó sin volverse. Así se había marchado
también Dmitri el día anterior, bien es verdad que en condiciones distintas.
Esta singular observación atravesó como una flecha el contristado espíritu de
Aliocha. El novicio permaneció unos instantes siguiendo con la vista la figura
de su hermano que se alejaba. De súbito, observó por primera vez que Iván
avanzaba contoneándose y que, visto de espaldas, tenía el hombro derecho más
bajo que el izquierdo.
Aliocha dio media vuelta y se dirigió al monasterio.
Caía la noche. Le asaltó un presentimiento indefinible. Como el día anterior,
se levantó el viento y los pinos centenarios empezaron a zumbar lúgubremente
cuando Aliocha entró en el bosque de la ermita.
«Mi seráfico padre... ¿De dónde habrá sacado este
nombre?... Iván, mi pobre Iván, ¿cuándo te volveré a ver?... He aquí la ermita...
Sí, mi seráfico padre me salvará de él para siempre... »
Más adelante se asombró muchas veces de haberse
olvidado por completo de su hermano mayor tras la marcha de Iván, de Dmitri, a
quien aquella misma mañana se había prometido buscar y encontrar aunque
tuviese que pasar la noche fuera del monasterio.
CAPITULO VI
Después de haber dejado a Aliocha, Iván Fiodorovitch
se dirigió a casa de su padre. De pronto ‑cosa extraña‑, empezó a
sentir una viva inquietud que iba en aumento a medida que se acercaba a la
casa. Esta sensación le llenaba de estupor, pero no por sí misma, sino por la
imposibilidad de definirla. Conocía la ansiedad por experiencia y no le
sorprendía sentirla en aquellos momentos en que había roto con todo lo que le
ligaba a aquella ciudad a iba a emprender un camino nuevo y desconocido, solo
como siempre, lleno de una esperanza indeterminada, de una excesiva confianza
en la vida, pero incapaz de precisar lo que de la vida esperaba. Sin embargo,
no era la sensación de hallarse frente a lo desconocido lo que le
atormentaba... «¿No será el disgusto que me inspira la casa de mi padre?», se
dijo. Y añadió: «Es verdad, bien podría ser, hasta tal extremo me repugna, aunque
hoy vaya a entrar en ella por última vez... Pero no, no es esto. La causa es
los adioses de Aliocha después de nuestra conversación. ¡He estado tanto tiempo
callado, sin dignarme hablar, y total para acumular una serie de absurdos...!»
En verdad, todo podía deberse al despecho propio de su inexperiencia y de su
vanidad juveniles, despecho de no haber revelado su pensamiento ante un ser
como Aliocha, del que él, en su fuero interno, esperaba mucho. Sin duda, este
despecho existía, tenía que existir, pero había también otra cosa. «Siento una
ansiedad que llega a producirme náuseas y no puedo precisar lo que quiero. Tal
vez lo mejor es no pensar...»
Iván Fiodorovitch intentó no pensar, pero no
consiguió nada. Lo que le irritaba sobre todo era que su ansiedad tenía una
causa fortuita, exterior: lo sentía. Algún ser o algún objeto le obsesionaban
vagamente, del mismo modo que a veces tenemos ante nuestros ojos, durante un
trabajo o una conversación animada, algo que nos está mortificando
profundamente hasta que se nos ocurre apartar de nuestra mente el objeto
enojoso y que no es sino una bagatela: un pañuelo caído en el suelo, un libro
que no está bien colocado, etcétera, etcétera.
Iván llegó a la casa paterna de pésimo humor. Cuando
estaba a unos quince pasos de la puerta, levantó la vista y comprendió inmediatamente
el motivo de su turbación.
Smerdiakov, el sirviente, tomaba el fresco cerca del
portal, sentado en un banco. Iván se dio cuenta en el acto de que aquel hombre
le desagradaba hasta el punto de no poder soportarlo. Esto fue para él como un
rayo de luz. Hacia un momento, cuando Aliocha le explicó su encuentro con
Smerdiakov, había experimentado una sombría repulsión no exenta de animosidad.
Después, mientras seguía conversando con su hermano, no volvio‑ a pensar
en él, pero cuando quedó solo, la sensación olvidada surgió de su inconsciente.
«¿Es posible que ese miserable me inquiete hasta tal
punto?» , se dijo, desesperado.
Desde hacía poco, especialmente desde hacía unos
días, Iván Fiodorovitch sentía una profunda aversión hacia aquel hombre. Él
mismo había terminado por advertir esta antipatía creciente, tal vez agravada
por el hecho de que al principio Iván Fiodorovitch sentía por Smerdiakov una
especie de simpatía. Éste había empezado por parecerle original y había
conversado con frecuencia con él, a pesar de considerarlo como un ser un poco
limitado, además de inquieto, y sin comprender lo que podía atormentar
continuamente a aquel «contemplador». Hablaban a veces de cuestiones filosóficas,
preguntándose incluso cómo era posible que hubiera luz el primer día, cuando
el sol, la luna y las estrellas no se crearon hasta el cuarto, y tratando de
hallar la solución de este problema. Pero pronto se convenció Iván Fiodorovitch
de que Smerdiakov sentía un interés muy limitado por los astros y que tenía
otras preocupaciones. Adolecia de un exagerado amor propio de hombre ofendido.
Esto desagradó profundamente a Iván y engendró su aversión. Después
sobrevinieron incidentes enojosos: la aparición de Gruchegnka, las querellas
de Dmitri con su padre, verdaderos escándalos. Aunque Smerdiakov hablaba
siempre de ello con agitación, no era posible deducir lo que deseaba para él
mismo. Algunos de sus deseos, cuando los exponía involuntariamente, sorprendian
por su incoherencia. Consistian siempre en preguntas, en simples alusiones que
no explicaba nunca: se callaba o empezaba a hablar de otra cosa en el momento
de mayor animación. Pero lo que más molestaba a Iván y había acabado por
hacerle ver en Smerdiakov un ser antipático, era la chocante familiaridad con
que el sirviente le trataba y que iba en continuo aumento. No era descortés,
sino todo lo contrario; pero Smerdiakov había llegado, Dios sabía por qué, a
creer que existía cierta solidaridad entre él a Iván Fiodorovitch: se expresaba
como si hubiese entre ellos una inteligencia conocida e incomprensible para los
que les rodeaban. Iván Fiodorovitch tardó mucho tiempo en comprender la causa
de su creciente repulsión: hasta últimamente no la había comprendido.
Ahora, su propósito era pasar por el lado de
Smerdiakov con gesto huraño y desdeñoso, sin decirle nada; pero Smerdiakov se
puso en pie de un modo que hizo comprender a Iván Fiodorovitch que el criado
deseaba hablarle confidencialmente. Iván le miró y se detuvo. Y el hecho de
proceder así en vez de pasar de largo como era su propósito le produjo gran
turbación. Dirigió una mirada llena de repulsión y cólera a aquella figura de
eunuco, con el cabello recogido sobre las sienes y un enhiesto mechón central.
Guiñaba el ojo izquierdo como diciendo:
«No pasarás. Sabes muy bien que nosotros, personas
inteligentes, tenemos que hablar.»
Iván Fiodorovitch se estremeció.
«¡Atrás, miserable! ¿Qué hay de común entre tú y yo,
imbécil?», quiso decirle. Pero en vez de esto, y para asombro suyo, dijo otra
cosa completamente distinta.
‑¿Está durmiendo mi padre todavía? ‑preguntó
en un tono resignado, y, sin darse apenas cuenta, se sentó en el banco. Hubo un
momento en que casi sintió miedo: se acordó de ello más tarde. Smerdiakov, con
las manos en la espalda, le miraba con un gesto de seguridad en sí mismo, casi
severamente.
‑Sí, todavía está durmiendo ‑repuso con
parsimonia, mientras pensaba: «Ha sido él el primero en hablar»‑. Me
asombra usted ‑añadió tras una pausa, bajando la vista con un gesto de
afectación, avanzando el pie derecho y jugueteando con la punta de su lustrado
borceguí.
‑¿Qué es lo que te asombra? ‑preguntó
secamente Iván Fiodorovitch, esforzándose por contenerse a indignado contra si
mismo al notar que sentía una viva curiosidad y la quería satisfacer a toda
costa.
‑¿Por qué no va usted a Tchermachnia? ‑preguntó
Smerdiakov con una sonrisa llena de familiaridad. Y su ojo izquierdo parecía
decir: «Si eres un hombre inteligente, comprenderás esta sonrisa. »
‑¿A santo de qué tengo que ir a Tchermachnia? ‑preguntó
asombrado Iván Fiodorovitch.
Hubo un silencio.
‑Fiodor Pavlovitch se lo ha rogado
encarecidamente ‑dijo Smerdiakov al fin, sin apresurarse, como si no
diese ninguna importancia a su respuesta, algo así como si dijese: «Te indico
un motivo de tercer orden, solamente por decir algo.»
‑¡Habla con claridad, demonio! ¿Qué es lo que
quieres? ‑exclamó Iván Fiodorovitch, que cuando se irritaba era grosero.
Smerdiakov volvió a poner el pie derecho al lado del
izquierdo y levantó la cabeza, conservando su flemática sonrisa.
‑No tiene importancia: he hablado por hablar.
Nuevo silencio. Iván Fiodorovitch comprendia que
debía levantarse, enfadarse. Smerdiakov permanecía ante él en actitud de espera.
« Bueno, ¿te vas a enfadar o no?», parecía decir. Por lo menos, esta impresión
le producía a Iván. Éste se dispuso al fin a levantarse. Smerdiakov aprovechó
la situación para decir:
‑¡Horrible situación la mia! No sé cómo salir
del apuro.
Dijo esto resueltamente. Luego suspiró. Iván no
terminó de levantarse.
‑Los dos parecen haber perdido la cabeza ‑añadió
Smerdiakov‑. Parecen niños. Me refiero a su padre y a su hermano Dmitri
Fiodorovitch. Fiodor Pavlovitch se levantará dentro de un momento y empezará a
preguntarme: «¿Por qué no ha venido?» Y no parará de hacerme esta pregunta
hasta medianoche a incluso hasta más tarde. Si Agrafena Alejandrovna no viene
(y yo creo que no tiene el propósito de venir), mañana por la mañana volverá a
atosigarme. «¿Por qué no ha venido? ¿Cuándo vendrá?» ¡Cómo si yo tuviera la
culpa! Por el otro lado, la misma historia. Al caer la noche, a veces antes, se
presenta su hermano, siempre armado. «¡Mucho ojo, granuja, marmitón: si la
dejas pasar sin advertirme, te mataré!» Y por la mañana sigue martirizándome,
de tal modo, que se diría que, como Fiodor Pavlovitch, me considera culpable
de que su dama no haya venido. Su cólera aumenta de día en día, y esto me tiene
tan atemorizado, que a veces pienso incluso en quitarme la vida. No espero nada
bueno.
‑¿Por qué te has mezclado en esto? ¿Por qué
espías a Dmitri?
‑No he tenido más remedio. Yo no me mezclé en
nada por mi gusto, sépalo. Al principio callaba: no me atrevía ni siquiera a
responder. Dmitri Fiodorovitch me ha convertido en un criado suyo. Además, no
ha cesado de amenazarme. «¡Te mataré, bribón, si la dejas pasar!» Estoy seguro
de que mañana me dará un largo ataque.
‑¿Un ataque?
‑Sí, un largo ataque. Me durará varias horas,
tal vez un día o dos. Uno me duró tres días, y los tres estuve sin
conocimiento. Caí de lo alto del granero. Fiodor Pavlovitch envió a buscar a
Herzenstube, que me prescribió hielo en la cabeza y otra cosa. Estuve a dos
dedos de la muerte.
‑Dicen que es imposible prever los ataques de
epilepsia. ¿Cómo puedes saber que tendrás uno mañana? ‑preguntó Iván
Fiodorovitch con una curiosidad en la que había algo de cólera.
‑Tiene usted razón.
‑Además, aquella vez caíste desde el granero.
‑También puedo caer mañana, pues subo a él
todos los días. Y si no es en el granero, puede ser en el sótano, pues también
bajo al sótano todos los días.
Iván lo observó largamente.
‑Tú estás tramando algo que no acabo de
comprender ‑dijo en voz baja y en tono amenazador‑. ¿Te propones
acaso simular un ataque de tres días?
‑Si
lo hiciera..., esto es un juego de niños cuando uno tiene experiencia..., si
lo hiciera, tendría perfecto derecho a recurrir a este medio de salvar la vida.
Hallándome en ese estado, su hermano no me pediría cuentas en el caso de que
Agrafena Alejandrovna viniese, pues no se pueden pedir cuentas a un enfermo.
Se avergonzaría de hacer una cosa así.
Iván Fiodorovitch exclamó, con las facciones
contraídas por la cólera:
‑¿Por qué demonio has de estar temiendo siempre
por tu vida? Las amenazas de Dmitri son las de un hombre enfurecido y nada más.
Es posible que mate a alguien, pero no a ti.
‑Me matará a mí antes que a nadie, como se mata
a una mosca... Pero aún me gustaría menos que me creyeran su cómplice si
atacara como un loco a su padre.
‑¿Por qué te han de acusar de complicidad?
‑Porque yo le he revelado en secreto las
contraseñas.
‑¿Qué contraseñas? ¿Quieres hablar claro,
demonio?
‑Sepa usted ‑silabeó Smerdiakov con
acento doctoral‑ que Fiodor Pavlovitch y yo tenemos un secreto. Usted
sabe sin duda que, desde hace unos días, se encierra apenas llega la noche. Usted
acostumbra regresar pronto y sube en seguida a su habitación. Ayer ni siquiera
salió. Así, usted tal vez ignore el cuidado con que se atrinchera. Si viniera
Grigori Vasilievitch, él no le abriría hasta que reconociera su voz. Pero
Grigori Vasilievitch no viene ya, porque ahora estoy yo solo a su servicio en
su departamento. Así lo ha decidido desde que tiene ese enredo con Agrafena
Alejandrovna. Cumpliendo sus instrucciones, paso la noche en el pabellón.
Hasta medianoche he de estar de guardia, vigilando el patio, por si ella viene.
Después de varios días de espera, esta inquietud lo tiene loco. He aquí cómo
razona: «Dicen que ella le tiene miedo (a Dmitri Fiodorovitch, se entiende);
por lo tanto, vendrá de noche y entrará en el patio. Acecha hasta pasada
medianoche. Apenas la veas, corre a golpear la puerta o la ventana que da al
jardín, dos veces despacito, así, y después tres veces más de prisa: pam, pam,
pam. Entonces yo comprenderé que es ella y te abriré la puerta sin ruido. » Me
ha dado otra contraseña para los casos extraordinarios: primero dos golpes
rápidos, pam, pam; después, tras una pausa, un golpe fuerte. Así comprenderá
que hay novedades y me abrirá. Y yo le explicaré lo que haya. Esta llamada la
reservamos para el caso de que venga alguien de parte de Agrafena Alejandrovna
o de que se acerque Dmitri Fiodorovitch. Fiodor Pavlovitch tiene mucho miedo a
su hermano, y me ha ordenado que le informe de su proximidad aun en el caso de
que esté encerrado con Agrafena Alejandrovna. Cuando esto ocurra habré de dar
tres golpes. O sea que la primera contraseña, consistente en cinco golpes,
quiere decir: « Ha llegado Agrafena Alejandrovna.» La segunda, tres golpes:
«Noticia urgente. » Me ha hecho la demostración varias veces. Y como nadie en
el mundo, excepto él y yo, conoce estas contraseñas, cuando las oiga abrirá sin
vacilar ni preguntar: sin preguntar, porque no quiere hacer el menor ruido...
Pues bien, Dmitri Fiodorovitch está al corriente de estas señales convenidas.
‑¿Cómo? ¿Es que tú se las has dicho? ¿Cómo te
has atrevido?
‑Tengo miedo. No he podido guardar el secreto.
Dmitri Fiodorovitch me decía todos los días: «Me engañas, me ocultas algo. Te
voy a partir la cabeza.» Yo he procurado convencerlo de mi lealtad, de que no
lo engaño, sino todo lo contrario...
‑Bien; si tú crees que quiere entrar utilizando
la contraseña, impídeselo.
‑¿Cómo se lo podré impedir si me da el ataque?
Eso suponiendo que me atreva. ¡Es tan violento!
‑¡Vete al diablo! ¿Cómo puedes saber con tanta
seguridad que mañana te va a dar un ataque? Te estás burlando de mí.
‑Nunca me atrevería. Además, el momento no se
presta a las burlas. Presiento que sufriré un ataque y que el miedo lo provocará.
‑Si tú estás en cama, se encargará de vigilar
Grigori. Ponle al corriente de todo y él le impedirá entrar.
‑Sin el permiso de mi señor, no me atrevo a
revelarle las contraseñas a Grigori Vasilievitch. Además, Grigori Vasilievitch
está enfermo desde ayer y Marta Ignatievna se dispone a cuidarlo. Es algo
curioso. Esa mujer tiene el secreto, y lo guarda, de una infusión muy fuerte
que hace con cierta hierba. Tres veces al año administra este remedio a
Grigori Vasilievitch cuando sufre sus ataques de lumbago y queda casi paralizado.
Empapa un trapo en esta infusión y está frotándole la espalda durante media
hora, hasta que la piel se enrojece a incluso se hincha. Lo que sobra se lo
hace beber mientras murmura una plegaria. Marta Ignatievna bebe también un
poco, y como ninguno de los dos está acostumbrado a beber, caen inmediatamente
en un profundo y largo sueño. Cuando se despiertan, Grigori Vasilievitch suele
estar curado. En cambio, su esposa tiene jaqueca. De modo que si mañana Marta
Ignatievna hace use del remedio y llega Dmitri Fiodorovitch, no lo oirán, porque
estarán dormidos, y lo dejarán entrar.
Iván Fiodorovitch frunció las cejas.
‑Comprendo tus intenciones ‑exclamó‑.
Todo se arreglará a medida de tus deseos: tú habrás sufrido un ataque y ellos
estarán dormidos. Todo eso es un plan que te has forjado.
‑¿Cómo podría combinar todas esas cosas?
Además, ¿con qué objeto, siendo así que todo depende exclusivamente de Dmitri
Fiodorovitch...? Si él quiere hacer algo, lo hará. Si no quiere, seré yo el
que vaya a buscarlo para que venga a casa de su padre.
‑¿Pero por qué ha de venir, y además a
escondidas, si, como tú mismo dices, Agrafena Alejandrovna no viene? –prosiguió
Iván Fiodorovitch pálido de cólera‑. Yo siempre he creido que esto era
una fantasía del viejo, que esa joven no vendría nunca aquí. ¿Por qué, pues, ha
de venir Dmitri a forzar la puerta? Habla; quiero conocer tu pensamiento.
‑Usted sabe perfectamente por qué vendrá. ¿Qué
le importa lo que yo piense? Vendrá por animosidad o por desconfianza. Vendría,
sin duda, si yo estuviera enfermo. Dejándose llevar de sus Judas, querrá
explorar las habitaciones de Fiodor Pavlovitch como hizo ayer, para ver si ella
ha entrado sin que él lo haya advertido. Dmitri Fiodorovitch sabe también que
su padre ha puesto tres mil rublos en un gran sobre que ha sellado con tres
sellos y atado con una cinta. Y en el sobre ha escrito de su puño y letra:
«Para Gruchegnka, mi ángel, si viene.» Tres días después añadió: «Para mi
paloma. »
‑¡Qué absurdo! ‑exclamó Iván Fiodorovitch
fuera de sí‑. Dmitri no vendrá a matar a su padre para robarle. Ayer lo
pudo matar, porque estaba loco a causa de Gruchegnka, pero no lo hará para
robarle.
‑Está muy necesitado de dinero, Iván
Fiodorovitch ‑dijo Smerdiakov con perfecta calma y gran claridad‑.
Usted no sabe hasta qué punto lo necesita. Además, considera que esos tres mil
rublos le pertenecen. « Mi padre me debe exactamente tres mil rublos», me ha
dicho. Además, Iván Fiodorovitch, piense en esto: su hermano está casi seguro
de que Agrafena Alejandrovna, si así lo desea, obligará a su padre a casarse
con ella. Por eso yo creo que no vendrá, pero que es muy posible que quiera
convertirse en una dama. Sé que su amante, el especulador Sarnsonov, le ha
dicho francamente que este matrimonio no sería un mal negocio. Gruchegnka no
es tonta y no puede ver ninguna razón para casarse con un hombre arruinado como
Dmitri Fiodorovitch. Si Agrafena Alejandrovna se casa con su padre, Iván
Fiodorovitch, lo hará para ponerlo todo a su nombre, y en este caso, ni usted ni
sus hermanos heredarán un solo rublo. En cambio, si su padre muriese ahora, recibirían
ustedes cuarenta mil rublos cada uno, sin excluir a Dmitri Fiodorovitch, a
quien él tanto detesta, pues todavía no ha hecho testamento... Dmitri
Fiodorovitch está al corriente de todo esto.
Las facciones de Iván se crisparon; su rostro
enrojeció.
‑¿Por qué ‑preguntó agriamente‑ me
has aconsejado que me fuera a Tchermachnia? ¿En qué estabas pensando? Después
de mi marcha, podría suceder algo aquí...
Se detuvo jadeante.
‑Precisamente por eso ‑dijo pausadamente
Smerdiakov, sin apartar la vista de Iván Fiodorovitch.
‑¿Cómo precisamente por eso? ‑exclamó
Iván Fiodorovitch, tratando de contenerse y con una expresión amenazadora en la
mirada.
‑He dicho eso porque deseo su bien ‑repuso
Smerdiakov con desenfado‑. Si yo estuviera en su lugar, procuraría
apartarme de este mal asunto.
Los dos guardaron silencio.
‑Tienes el aspecto de un perfecto imbécil y de
un granuja.
Iván Fiodorovitch se levantó de un salto y se dirigió
a la puerta, pero se detuvo y volvió hacia Smerdiakov. Entonces ocurrió algo
extraño: Iván Fiodorovitch se mordió los labios, apretó los puños y faltó muy
poco para que se arrojara sobre Smerdiakov. Éste se dio cuenta a tiempo, se
estremeció y se echó atrás. Pero no ocurrió nada desagradable. Iván
Fiodorovitch, silencioso y perplejo, se dirigió de nuevo a la puerta.
‑Mañana salgo para Moscú, ¿oyes?; mañana por la
mañana ‑gruñó, y se sorprendió en el acto de haber dicho esto a Smerdiakov.
‑Bien pensado ‑respondió el sirviente
como si esperase esta declaración‑. No obstante, estando usted en Moscú,
se le podría llamar por telégrafo si ocurriese algo.
Iván Fiodorovitch dio de nuevo media vuelta. En
Smerdiakov se había operado un cambio súbito. Su negligente familiaridad había
desaparecido. Su semblante expresaba una profunda atención y una ávida espera,
aunque conservaba una timidez servil. En su mirada fija en Iván se leía esta
pregunta: «Bueno, ¿no tienes nada más que decir?»
‑¿Es que no me llamarían igualmente a Tchermachnia
si sucediera algo? ‑preguntó Iván Fiodorovitch, levantando la voz sin
saber por qué.
‑Sí, también le llamarían a Tchermachnia ‑murmuró
Smerdiakov sin apartar la vista de los ojos de Iván.
‑Claro que Moscú está lejos y Tchermachnia
cerca. ¿Pretendes que me vaya a Tchermachnia para ahorrarme gastos de viaje y
no tener que dar una gran vuelta?
‑Exactamente ‑dijo Smerdiakov con voz
insegura y sonrisa servil, mientras se disponía a saltar hacia atrás
nuevamente.
Pero, para
sorpresa suya, Iván Fiodorovitch se echó a reir a carcajadas. Después de cruzar
la puerta, aún se reía. Nadie que lo estuviera observando habría atribuido su
risa al alborozo. Ni él mismo habría podido explicar lo que sentía. Andaba
maquinalmente.
DA GUSTO CONVERSAR CON UN HOMBRE INTELIGENTE
Incluso iba hablando a solas. Al ver a Fiodor
Pavlovitch en el salón, le gritó: « ¡No entro: me voy a mi habitación! ¡Adiós!»
Y pasó de largo, sin mirar a su padre. Sin duda, se habla dejado llevar de la
aversión que el viejo le inspiraba, y esta animosidad expresada con tanta
insolencia sorprendió a Fiodor Pavlovitch. Éste tenía que decir algo urgente a
su hijo, y con esta intención había ido a su encuentro. Ante la inesperada
acogida de Iván, se detuvo y le siguió con una mirada irónica hasta que hubo
desaparecido.
‑¿Qué le pasa? ‑preguntó a Smerdiakov,
que llegó en ese momento.
‑Está enojado, Dios sabe por qué ‑repuso
Smerdiakov, evasivo.
‑¡Que se vaya al diablo con su enfurruñamiento!
Ve a prepararle el samovar y vuelve. ¿Alguna novedad?
Entonces vinieron las preguntas referentes a la
visitante esperada, de que Smerdiakov acababa de quejarse a Iván Fiodorovitch.
No hace falta que las repitamos.
Media hora después, las puertas estaban cerradas, y
el trastornado viejo iba de un lado a otro, con el corazón palpitante, esperando
la señal convenida. A veces miraba por las oscuras ventanas, pero sólo veía las
sombras de la noche.
Era ya muy tarde a Iván Fiodorovitch aún no se habla
dormido. Meditaba y no se acostó hasta las dos. No expondremos aquí sus
pensamientos: no ha llegado el momento de penetrar en el alma de este hombre.
Ya llegará la ocasión. La empresa no será fácil, pues no eran ideas lo que le
inquietaban, sino una especie de vaga agitación. Él era el primero en darse
cuenta de que no pisaba terreno firme. Extraños deseos le atormentaban. A
medianoche experimentó el de bajar, abrir la puerta, ir al pabellón y dar una
paliza a Smerdiakov, y si le hubieran preguntado por qué, no habría podido señalar
ningún motivo razonable: solamente el de que odiaba a aquel bellaco como si
hubiera recibido de él la más grave ofensa del mundo.
Por otra parte, una timidez inexplicable, humillante,
le asaltó varias veces, dejándolo exhausto. La cabeza le daba vueltas, le hostigaba
una sensación de odio, un deseo de vengarse de alguien. Detestaba incluso a
Aliocha, al acordarse de su reciente conversación con él, y en algunos momentos
se odiaba a sí mismo. Se había olvidado de Catalina Ivanovna y se asombraba de
ello al recordar que el día anterior, cuando se jactaba ante ella de partir al
día siguiente para Moscú, se decía a sí mismo: «¡Qué disparate! No te marcharás:
no romperás tan fácilmente con ella, fanfarrón.»
Mucho tiempo después, Iván Fiodorovitch recordó con
repugnancia que aquella noche iba sin hacer ruido, como si temiera que lo
oyesen, hacia la puerta, la abría, salía al rellano de la escalera y escuchaba
cómo su padre iba y venía en la planta baja. Estaba un buen rato escuchando con
una extraña curiosidad, conteniendo la respiración y el corazón latiéndole con
violencia. Él era el primero en no saber por qué obraba así. Durante toda su
vida calificó este proceder de indigno, considerándolo en el fondo de su alma
como el acto más vil de que se podía acusar. En aquella ocasión no sentía
ningún odio por Fiodor Pavlovitch, sino solamente una viva curiosidad. ¿Qué
haría allá abajo? Lo veía mirando por las ventanas oscuras, deteniéndose de
pronto en medio de la habitación con el oído atento, por si alguien llamaba.
Iván Fiodorovitch salió dos veces al rellano para
acechar. A eso de las dos, cuando todo estaba en calma, se acostó con un ávido
deseo de dormirse, pues estaba extenuado. Se durmió profundamente, sin
ensueños, y cuando despertó ya era de día. Al abrir los ojos se sorprendió de
sentir una energía extraordinaria, se levantó, se vistió rápidamente y empezó a
hacer la maleta. Precisamente la lavandera le había traído la ropa lavada.
Sonrió al pensar que nada se oponía a su repentina marcha. Bien podía
calificarse de repentina. Aunque Iván Fiodorovitch hubiera dicho el día
anterior a Catalina Ivanovna, Aliocha y Smerdiakov que saldría al día
siguiente para Moscú, recordaba que, al acostarse, no tenía el propósito de
partir; por lo menos, no sospechaba que al levantarse empezaría inmediatamente
a hacer la maleta. Al fin, tanto ésta como su maletín estuvieron listos. Eran
ya las nueve cuando apareció Marta Ignatievna para preguntarle como de
costumbre:
‑¿Toma usted el té aquí o abajo?
Bajó casi alegremente, aunque sus palabras y sus
ademanes denunciaban cierta agitación. Saludó afablemente a su padre, incluso
le preguntó por su salud, pero, sin esperar su respuesta, le manifestó que
partiría al cabo de una hora para Moscú, y le rogó que hiciera preparar los
caballos. El viejo le oyó sin la menor muestra de asombro, sin ni siquiera
adoptar, por cumplido, un aire de pesar. En cambio, recordó, no sin placer,
cierto importante asunto que podía encargarle.
‑¡Qué raro eres! Ayer no me dijiste nada. Pero
no importa, todavía hay tiempo. Hazme un gran favor: pasa por Tchermachnia. No
tienes más que doblar a la izquierda en la estación de Volovia. Recorres una
docena de verstas a lo sumo, y ya estás allí.
‑Perdona, pero no puedo. De aquí a la estación
hay ochenta verstas; el tren de Moscú sale a las siete; tengo el tiempo justo.
‑Tiempo tendrás de ir a Moscú. Hoy ve a
Tchermachnia. ¿Qué te cuesta tranquilizar a tu padre? Si yo no estuviera
ocupado, habría ido ya, pues el asunto es urgente. Pero... no puedo ausentarme
ahora... Óyeme, tengo dos porciones de bosque, una en Begutchev y otra en
Diatchkino, en las landas. Los traficantes Maslov, padre a hijo, sólo ofrecen
ocho mil rublos por la tala. El año pasado se presentó un comprador que daba
doce mil. Pero no era de aquí: observa este detalle. Aquí no hay compradores de
bosques. Los Maslov tienen centenares de miles de rublos y son los que hacen
la ley. Hay que aceptar sus condiciones: nadie se atreve a pujar sus ofertas.
Pues bien, el padre Ilinski me anunció el jueves pasado la llegada de
Gorstkine, otro traficante. Lo conozco. Tiene la ventaja de no ser de aquí,
sino de Pogrebov, por lo que no teme a los Maslov. Ofrece once mil rublos,
¿comprendes? Estará allí una semana a lo sumo, según me dice el pope en su
carta. Tú arreglarás el asunto con él.
‑Escribe al pope diciéndole que se encargue de
ello.
‑No lo haría bien: no entiende de estas cosas.
Vale su peso en oro, yo le confiaría veinte mil rublos sin recibo; pero no
tiene olfato; se diría que es un niño. Sin embargo, es nada menos que un erudito.
El tal Gorstkine tiene el aspecto de un mendigo, lleva una mísera blusa azul;
pero es un pícaro redomado. Miente, y a veces hasta tal punto, que no se
comprende la razón de tales mentiras. Una vez dijo que su mujer había muerto y
que él se había vuelto a casar. Y no había ni una palabra de verdad en esto: su
mujer vive todavía y él la zurra regularmente. Ahora la cuestión es averiguar
si está verdaderamente dispuesto a dar por la tala once mil rublos.
‑Es que tampoco yo entiendo de esos negocios.
‑Tú saldrás adelante. Escucha: te voy a
describir a ese Gorstkine. Tengo relaciones comerciales con él desde hace
tiempo. Óyeme: has de observar su barba, que es roja y vil. Cuando Gorstkine
se exalta hablando y su barba se agita, la cosa va bien: entonces ese hombre
dice la verdad y quiere llegar a un acuerdo. Pero si se acaricia la barba con
la mano izquierda y a la vez sonríe, es que quiere enredarte. Inútil mirar sus
ojos: son como agua turbia. Has de mirar su barba. Su verdadero nombre no es
Gorstkine, sino Liagavi [L59]. Pero no le llames así, porque se
molestaría. Si ves que el negocio puede cerrarse, escríbeme dos letras. Mantén
el precio de once mil rublos. En último término, puedes bajar mil, pero no más.
Observa que entre ocho mil y once mil hay tres mil de diferencia. Esto
representaría para mí un dinero que no esperaba recibir y del que tengo gran
necesidad. Si me dices que los tratos van en serio, yo encontraré el tiempo
preciso para ir a cerrarlos. ¿Para qué ir ahora, no sabiendo si el pope se ha
equivocado? Bueno, ¿vas a ir o no?
‑Perdona, pero no tengo tiempo.
‑Haz este favor a tu padre y toda la vida te lo
estaré agradeciendo. Sois todos unos desalmados. ¿Qué significan para ti un
día o dos? ¿Adónde vas tú ahora, a Venecia? No temas que desaparezca del mapa.
Habría enviado a Aliocha; ¿pero qué sabe él de esto? En cambio, tú eres astuto:
se ve a la legua. Tú no eres traficante en bosques, pero sabes ver las cosas.
Lo importante ahora es averiguar si ese hombre habla en serio. Te lo repito: tú
mira su barba, y si ves que se agita, habla en serio.
‑Es decir, que tú mismo me obligas a ir a esa
maldita Tchermachnia ‑dijo Iván con una sonrisa sarcástica.
Fiodor Pavlovitch no observó o no quiso observar el
sarcasmo y se fijó sólo en la sonrisa.
‑¿De modo que irás? He de darte un billete.
‑No sé si iré. Lo decidiré por el camino.
‑¿Por qué por el camino? Decídelo ahora. Una
vez arreglado el asunto, ponme dos líneas. Entrégaselas al pope: él se
encargará de remitirme tu carta. Después podrás partir libremente para Venecia.
El pope te llevará en coche a la estación de Volovia.
El viejo estaba radiante de alegría. Escribió el
billete y envió en busca de un coche. Se sirvió un ligero almuerzo y coñac. El
júbilo solía hacer expansivo a Fiodor Pavlovitch, pero esta vez el viejo se
contenía. Ni una palabra acerca de Dmitri. La separación no le afectaba lo más
mínimo y no sabía qué decir. Iván Fiodorovitch se sintió herido. «Le
molestaba», pensó. Fiodor Pavlovitch acompañó a su hijo hasta el pórtico. Hubo
un momento en que pareció que iba a besarle, pero Iván Fiodorovitch se apresuró
a tenderle la mano, con el evidente propósito de evitar el beso. El viejo lo
comprendió y se detuvo. Estaban en la escalinata.
‑Que Dios te guarde. Supongo que volverás
aunque sólo sea una vez. Verte será siempre un placer para mí. Que el Señor te
acompañe.
Iván Fiodorovitch subió en el tarantass[L60].
‑¡Adiós, Iván! ¡No me guardes rencor! ‑le
gritó su padre finalmente.
Smerdiakov, Marta y Grigori habían acudido para
decirle adiós. Iván les dio diez rublos a cada uno. Smerdiakov se acercó al
coche para arreglar la alfombra.
‑¿Ves? Voy a Tchermachnia ‑dijo de pronto
Iván, a pesar suyo y con una risita nerviosa. Y se acordó mucho tiempo de esto.
‑Entonces es verdad, como se dice, que da gusto
conversar con un hombre inteligente ‑repuso Smerdiakov, dirigiendo a Iván
una mirada penetrante.
El tarantass partió al galope. El viajero
estaba preocupado, pero miraba ávidamente los campos, los ribazos, una bandada
de patos salvajes que volaba a gran altura bajo el claro cielo... De pronto
experimentó una sensación de bienestar. Intentó charlar con el cochero y se
interesó vivamente por una de sus respuestas, pero en seguida se dio cuenta de
que su atención estaba en otra parte. Se calló y respiró con placer el aire
fresco y puro. El recuerdo de Aliocha y de Catalina Ivanovna cruzó su mente.
Sonrió dulcemente y de un soplo desvaneció los queridos fantasmas.
«Más adelante», se dijo.
Llegaron pronto al puesto de relevo, donde se
engancharon nuevos caballos para continuar el viaje a Volovia.
«¿Por qué habrá dicho que da gusto conversar con un
hombre inteligente? ‑se preguntó de súbito‑. ¿Qué estaría pensando
al decir esto? ¿Y por qué le habré dicho yo que iba a Tchermachnia?»
Cuando llegaron a Volovia, Iván bajó del coche y
varios cocheros le rodearon. Concertó el precio para la visita a Tchermachnia:
doce verstas por un camino vecinal. Ordenó que engancharan, entró en el local,
miró a la encargada y volvió a salir al pórtico.
‑No voy a Tchermachnia. ¿Puedo llegar a las
siete a la estación, muchachos?
‑A sus órdenes. ¿Hay que enganchar?
‑Ahora mismo. ¿Va mañana a la ciudad alguno de
vosotros?
‑Sí, Dmitri ha de ir.
‑¿Quieres hacerme un favor, Dmitri? Se trata de
ir a casa de mi padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, y decirle que no he ido a
Tchermachnia,
‑Lo haré. Conocemos a Fiodor Pavlovitch desde
hace mucho tiempo.
‑Toma la propina, pues no hay que esperar que
él te la dé‑ dijo alegremente Iván Fiodorovitch.
‑Desde luego ‑exclamó Dmitri, echándose a
reír‑. Gracias, señor. Cumpliré su encargo.
A las siete de la tarde, Iván subió al tren de Moscú.
«¡Olvidemos todo el pasado! Olvidémoslo para siempre. No quiero volver a oír
hablar de él. Voy hacia un nuevo mundo, hacia nuevas tierras, sin volver la
vista atrás.»
Pero, de súbito, una nube envolvió su alma y una
tristeza tan profunda como nunca había sentido le oprimió el corazón. Estuvo
toda la noche pensativo. Hasta la mañana siguiente, a su llegada a Moscú, no se
recobró.
«Soy un miserable», se dijo.
Después de marcharse su hijo, Fiodor Pavlovitch
respiró. Durante dos horas, con ayuda del coñac, se sintió poco menos que feliz.
Pero entonces se produjo un incidente enojoso que lo consternó. Smerdiakov, al
bajar al sótano, resbaló en el primer escalón de la escalera. Marta Ignatievna,
que estaba en el patio, no vio la caída, pero oyó el grito extraño del
epiléptico presa de un ataque: conocía bien este grito. Si el ataque le había
acometido en el momento de poner el pie en la escalera y había sido la causa
de que cayera rodando hasta abajo, o si había sido la caída y la conmoción
consiguiente lo que había provocado el ataque, no era posible saberlo. Lo
cierto es que lo encontraron en el sótano presa de horribles convulsiones y
echando espuma por la boca. Al principio se creyó que estaba herido, que se
había roto algún miembro; pero «el Señor lo había protegido», según dijo Marta
Ignatievna. Estaba indemne.
Sin embargo, no fue cosa fácil llevarlo arriba. Se
consiguió con la ayuda de algunos vecinos. Fiodor Pavlovitch, que presenciaba
la operación, echó una mano. Estaba trastornado.
El enfermo había perdido el conocimiento. Habían
cesado las sacudidas, pero pronto empezaron de nuevo. Se llegó a la conclusión
de que el ataque era como el del año anterior, cuando se cayó del granero.
Entonces se le puso hielo en la cabeza. Esta vez Marta Ignatievna volvió a
aplicar el remedio, pues encontró un poco de hielo en la bodega.
Al atardecer, Fiodor Pavlovitch envió en busca del
doctor Herzenstube, que acudió sin pérdida de tiempo. Después de haber
examinado al enfermo atentamente (era el médico más minucioso de la comarca, un
viejecito respetable), dijo que el ataque no era de los corrientes, «que podía
tener complicaciones», que no veía la cosa clara y que al día siguiente, si la
medicación prescrita no había producido efecto, probaría otro tratamiento.
Se acostó al enfermo en el pabellón, en un cuartito
inmediato al de Grigori. A continuación, Fiodor Pavlovitch empezó a sufrir una
serie de contrariedades. El cocido hecho por Marta Ignatievna resultó una
especie de agua sucia comparado con el de costumbre. La gallina, reseca, no se
podía comer. A los amargos y justificados reproches de su amo, Marta Ignatievna
contestó que la gallina era vieja y que ella no era una cocinera profesional.
Al anochecer, Fiodor Pavlovitch recibió un nuevo
disgusto: Grigori, que se sentía mal desde hacía dos días, se había tenido que
meter en la cama, a causa de su lumbago. Se apresuró a tomar el té y se encerró
en sus habitaciones, agitadísimo. Estaba casi seguro de que precisamente
aquella noche se presentaría Gruchegnka. Por lo menos, Smerdiakov le había
anunciado aquella mañana que la joven lo había prometido.
El incorregible viejo notaba el violento palpitar de
su corazón mientras iba y venía por las vacías habitaciones aguzando el oído.
Había que vigilar; a lo mejor, Dmitri estaba espiando por los alrededores; por
lo tanto, apenas oyese llamar a la ventana (Smerdiakov le había dicho que
Gruchegnka conocía las señales), debía abrir, para evitar que la visitante
sintiera miedo al verse sola en el vestíbulo y se diera a la fuga.
Fiodor Pavlovitch era presa de una profunda
agitación, pero, al mismo tiempo, jamás una esperanza tan dulce había mecido su
alma: estaba seguro de que esta vez acudiría Gruchegnka.
UN RELIGIOSO RUSO
EL STARETS ZÓSIMO Y SUS HUÉSPEDES
Cuando Aliocha entró ansiosamente en la celda del starets,
su sorpresa fue extraordinaria. Esperaba encontrarlo agonizante, tal vez sin
conocimiento, y lo vio sentado en un sillón, débil, pero con semblante alegre y
animoso, rodeado de varios visitantes con los que conversaba apaciblemente. El
anciano se había levantado un cuarto de hora antes a lo sumo de la llegada de
Aliocha. Los visitantes, reunidos en la celda, habían esperado el momento en
que el starets despertara, pues el padre Paisius les había asegurado que
«el maestro se levantaría, sin duda alguna, para hablar una vez más con las
personas que contaban con su cariño, como había prometido aquella mañana». El
padre Paisius creía tan firmemente en esta promesa ‑como en todo lo que
el starets decía‑, que si lo hubiera visto sin conocimiento, a
incluso sin respiración, habría dudado de su muerte y esperado a que volviera
en sí para cumplir su palabra. Aquella misma mañana, el starets Zósimo
les había dicho al irse a descansar:
‑No moriré sin hablar una vez más con vosotros,
mis queridos amigos. Quiero tener el placer de volver a veros, aunque sea por
última vez.
Los que se habían reunido en la celda para aquella
última conversación eran los mejores amigos del starets desde hacía
muchos años. Estos amigos eran cuatro, tres de ellos padres: José, Paisius y
Miguel. Este último era un hombre de edad avanzada, menos inteligente que los
otros, de modesta condición, carácter firme, enérgico y cándido a la vez.
Tenía aspecto de hombre rudo, pero su corazón era tierno, aunque él disimulara
poderosamente esta ternura.
El cuarto era el hermano Antimio, simple monje, ya
viejo, hijo de unos pobres campesinos, de escasa instrucción, taciturno y bondadoso,
el más humilde entre los humildes, que parecía en todo momento sobrecogido por
un profundo terror. Este hombre temeroso era muy querido por el starets
Zósimo: siempre había sentido gran estimación por él, aunque habían cambiado
muy pocas palabras. A pesar de este silencio, habían viajado juntos durante
años enteros por la Rusia santa. De esto hacía cuatro años. Entonces el starets
comenzaba su apostolado, y a poco de entrar en el oscuro y pobre monasterio de
la provincia de Kostroma, acompañó al hermano Antimio en sus colectas en
provecho del monasterio.
Los visitantes se hallaban en el dormitorio del starets,
sumamente reducido como hemos dicho ya, de modo que había el espacio justo para
el starets, los cuatro religiosos mencionados, sentados alrededor de su
sillón, y el novicio Porfirio, que permanecía de pie. Anochecía. La habitación
estaba iluminada por las lamparillas y los cirios que ardían ante los iconos.
Al ver a Aliocha, que se detuvo tímidamente en el
umbral, el starets sonrió gozoso y le tendió la mano.
‑Buenas tardes, amigo mío. Ya sabía yo que
vendrías.
Aliocha se acercó a él, se prosternó hasta tocar el
suelo y se echó a llorar. Sentía el corazón oprimido, se estremecía todo él interiormente,
los sollozos le estrangulaban.
‑Espera, no me llores todavía ‑dijo el starets,
bendiciéndolo‑. Como ves, estoy aquí sentado, hablando tranquilamente.
Acaso viva todavía veinte años, como me deseó aquella buena mujer de
Vichegoria, que vino a verme con su hija Elisabeth. ¡Acuérdate de ellas,
Señor! ‑y se santiguó‑. Porfirio, ¿has llevado la ofrenda de esa
mujer adonde te he dicho?
La limosna consistía en sesenta copecs. La buena
mujer los había entregado alegremente para que se le dieran a otra persona más
pobre que ella. Estas ofrendas son penitencias que uno se impone
voluntariamente, y es necesario que el donante las haya obtenido con su
trabajo. El starets había enviado a Porfirio a casa de una pobre viuda,
reducida a la mendicidad con sus hijos, a consecuencia de un incendio. El
novicio respondió al punto que había cumplido el encargo, entregando el
donativo «de parte de una donante anónima», como se le había ordenado.
‑Levántate, mi querido Alexei ‑dijo el starets‑,
que yo pueda verte. ¿Has visitado a tu familia, has visto a tu hermano?
A Aliocha le sorprendió que le preguntara por uno de
sus hermanos, aunque no sabía por cuál. Acaso era este hermano el motivo de
que le hubiera enviado dos veces a la ciudad.
‑He visto a uno de ellos ‑repuso Aliocha.
‑Me refiero al mayor, a ese ante el que ayer me
prosterné.
‑Lo vi ayer; pero hoy no me ha sido posible dar
con él.
‑Procura verlo y vuelve mañana, una vez
terminado este asunto. Tal vez tengas tiempo de evitar una espantosa desgracia.
Ayer me incline ante su horrible sufrimiento futuro.
Calló de pronto y quedó pensativo. Estas palabras
eran incomprensibles. El padre José, testigo de la escena del día anterior,
cambió una mirada con el padre Paisius. Aliocha no pudo contenerse.
‑Padre y maestro mío ‑dijo, presa de gran
agitación‑, no comprendo sus palabras. ¿Qué sufrimiento espera a mi
hermano?
‑No seas curioso. Ayer tuve una impresión
horrible. Me pareció leer todo su destino. Vi en él una mirada que me
estremeció al hacerme comprender la suerte que ese hombre se está labrando. Una
o dos veces en mi vida he visto una expresión semejante en un rostro humano,
una expresión que me pareció una revelación del destino de esas personas, y el
destino que creía ver se cumplió. Te he enviado hacia él, Alexei, por creer que
tu presencia le tranquilizaría. Pero todo depende del Señor: es Él el que traza
nuestros destinos. «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda
solo, pero si muere da mucho fruto.» No lo olvides.
Y el starets añadió con una dulce sonrisa:
‑A ti, Alexei, te he dado mi bendición muchas
veces con el pensamiento por tu modo de ser. He aquí lo que pienso de ti: dejarás
este recinto y vivirás en el mundo como religioso. Tendrás muchos adversarios,
pero hasta tus enemigos te querrán. La vida te traerá muchas penas, pero tú
encontrarás la felicidad incluso en el infortunio. Bendecirás la vida y, lo que
es más importante, obligarás a los demás a bendecirla.
Dirigió una amable sonrisa a sus huéspedes y
continuó:
‑Padres míos, yo no he dicho nunca, ni siquiera
a este joven, por qué su rostro ha despertado en mí tan gran afecto. Ha sido
para mí como un recuerdo y como un presagio. En la aurora de mi vida, yo tenía
un hermano que murió ante mis ojos apenas cumplió los diecisiete años. Después,
en el curso del tiempo, me fui convenciendo poco a poco de que este hermano
fue en mi destino como una indicación, como un decreto de la providencia, pues
estoy seguro de que sin él yo no habría sido religioso, no habría emprendido
esta preciosa ruta. Aquella primera revelación se produjo en mi infancia, y
ahora, en el término de mi carrera, me parece estar presenciando una
repetición de aquel hecho. Lo notable es, padres míos, que, sin que exista
entre Aliocha y mi hermano un verdadero parecido de cara, la semejanza
espiritual llega al extremo de que más de una vez he creido que Alexei era mi
hermano mismo, que venía a verme al final de mi carrera para recordar el
pasado. Y esta extraña ilusión ha sido tan vivida, que incluso a mí me ha llenado
de asombro.
Se volvió hacia el novicio que le servía y continuó:
‑¿Comprendes, Porfirio? Más de una vez te he
visto apenado por mi evidente preferencia por Aliocha. Ya conoces el motivo.
Pero también a ti te quiero, puedes creerme, y tu pena me ha apenado a mi.
Quiero hablaros, mis buenos amigos, de este hermano mío, pues en mi vida no ha
habido nada más significativo ni más conmovedor. En este momento veo toda mi
existencia como si la reviviese.
Debo advertir que esta última conversación del starets
con sus visitantes el día de su muerte, se conservó en parte por escrito. Alexei
Fiodorovitch Karamazov la escribió de memoria algún tiempo después. Ignoro si
Aliocha se limitó a reproducir lo dicho en aquella conversación por el starets
o si tomó algo de otras charlas con su maestro. Por otra parte, en el
manuscrito de Aliocha, el discurso del starets es continuo, sólo él
habla contando a sus amigos su vida, siendo así que, según referencias
posteriores, la charla fue general y sus colegas le interrumpieron con sus
intervenciones, para exponer sus propios recuerdos. Además, el discurso no pudo
ser ininterrumpido, ya que el starets se ahogaba a veces y perdía la
voz. Entonces tenía que echarse en la cama para descansar, aunque permanecía
despierto, mientras los visitantes no se movían de donde estaban. En estos
intervalos, el padre Paisius leyó dos veces el Evangelio.
Detalle curioso: nadie esperaba que el starets
muriese aquella noche. Después de haber pasado el día durmiendo profundamente,
parecía haber extraído de su propio cuerpo una energía que le sostuvo durante
esta larga conversación con sus amigos. Pero esta animación sorprendente
debida a la emoción fue pasajera: el starets se extinguió de pronto.
He preferido no entrar en detalles y limitarme a
reproducir el relato del starets según el manuscrito de Alexei
Fiodorovitch Karamazov. Así será más breve y menos fatigoso, aunque, como ya
he dicho, tal vez Aliocha tomó muchas cosas de conversaciones anteriores.
CAPITULO II
BIOGRAFÍA DEL STARETS ZÓSIMO, QUE
DESCANSA EN EL SEÑOR, ESCRITA, SEGÚN SUS PROPIAS PALABRAS, POR ALEXEI
FIODOROVITCH KARAMAZOV
a) El hermano del starets Zósimo
Mis queridos padres: nací en una lejana provincia del
norte, en V... Mi padre era noble, pero de condición modesta. Como murió
cuando yo tenía dos años, no me acuerdo de él. Dejó a mi madre una casa de
madera y un capital suficiente para vivir con sus hijos sin estrechez. Los
hijos éramos dos: mi hermano mayor, Marcel, y yo, Zenob. Marcel tenía ocho
años más que yo y era un joven impulsivo, irascible, pero bondadoso, sin
ninguna malicia, extrañamente taciturno, sobre todo cuando estaba en casa con
mi madre, los sirvientes y yo. En el colegio era buen alumno. No alternaba con
sus compañeros, pero tampoco reñía con ellos, según me decía mi madre. Seis
meses antes de cumplir los diecisiete años, edad en la que entregó su alma a
Dios, empezó a tratar a un deportado de Moscú, desterrado a nuestra ciudad por
sus ideas liberales. Era éste un sabio, un filósofo que gozaba de gran
prestigio en el mundillo universitario. Tomó afecto a Marcel y lo recibía de
buen grado en su casa. Mi hermano pasó largas veladas en su compañía. Esto duró
todo el invierno, hasta que el deportado, que había solicitado un cargo
oficial en Petersburgo, donde tenía protectores, lo obtuvo.
Al llegar la Cuaresma, Marcel se negó a ayunar. De su
boca salían frases de burla como ésta:
‑Todo eso es absurdo. Dios no existe.
Mi madre se estremecía al oírlo. Y también los
criados, a incluso yo, pues, aunque era un niño de nueve años, estas ideas me
aterraban. Teníamos cuatro criados, todos siervos, que compramos a un
terrateniente amigo nuestro. Recuerdo que mi madre vendió por sesenta rublos
uno de ellos, la cocinera, que era vieja y coja, y tomó para sustituirla a una
sirvienta libre. En la Semana Santa, mi hermano se sintió de pronto peor. Era
un muchacho propenso a la tuberculosis, de talla media, delgado y débil,
aunque en su rostro había un sello de distinción. Se enfrió y, poco después, el
médico dijo en voz baja a mi madre que Marcel sufría una tisis galopante y que
no pasaría de la primavera. Mi madre se echó a llorar y, con grandes
precauciones, rogó a mi hermano que cumpliera con la Iglesia, pues Marcel
estaba en pie todavía. Al oír esto, mi hermano se enfadó y empezó a despotricar
contra la Iglesia; pero, al mismo tiempo, comprendió que estaba enfermo de
gravedad y que ésta era la causa de que mi madre le enviara a cumplir con la religión.
Él sabía desde hacía mucho tiempo que estaba
condenado a muerte. Hacía un. año, nos había dicho una vez en la mesa:
‑Mi destino no es convivir con vosotros en este
mundo. Tal vez no dure ni siquiera un año.
Fue como una profecía. Al año siguiente, tres días
después de haberle dicho mi madre que cumpliera con sus deberes religiosos,
empezó la Semana Santa. Desde el martes, mi hermano fue a la iglesia.
‑Hago esto por ti, madre ‑le dijo‑:
quiero tranquilizarte y verte contenta.
Mi madre lloró de alegría y de pesar a la vez. «Para
que se haya producido en él semejante cambio ‑pensó‑ es necesario
que su fin esté próximo.»
Pronto hubo de guardar cama, de modo que confesó y
comulgó en casa. Los días eran claros y serenos; el aire estaba cargado de
perfumes. La Pascua había caído demasiado tarde aquel año.
Mi hermano se pasaba la noche tosiendo. Apenas
dormía. Por las mañanas se vestía y probaba a estar sentado en un sillón. Me
parece estar viéndole en su butaca, sonriente, lleno de paz y dulzura,
enfermo, pero con el semblante alegre. Había cambiado por completo: era aquélla
una transformación sorprendente. La vieja sirvienta entraba en la habitación.
‑Déjeme encender la lámpara de la imagen,
querido.
‑Enciéndela. Antes te lo prohibía porque era un
monstruo. Lo que tú haces, lo mismo que la alegría que yo siento, es como una
plegaria. Por lo tanto, los dos oramos al mismo Dios.
Estas palabras eran incomprensibles. Mi madre se fue
a llorar a su habitación. Al volver junto a mi hermano, se enjugó las lágrimas.
‑No llores, madre mía ‑decía a veces‑.
Viviré todavía mucho tiempo, y tú y yo nos divertiremos juntos. ¡Es tan alegre
la vida!
‑¿Alegre? ¿Cómo puedes decir eso cuando pasas
las noches con fiebre y tosiendo con una tos que parece que el pecho se te va a
romper?
‑No llores, mamá. La vida es un paraíso. Lo que
pasa es que no queremos verlo. Si quisiéramos verlo, la tierra entera sería un
paraíso para todos.
Estas palabras sorprendieron a cuantos las
escucharon, por su extraño sentido y su acento de resolución. Los oyentes
estaban tan conmovidos, que les faltaba poco para echarse a llorar.
Nuestras amistades venían a casa.
-Mis queridos amigos ‑les decía mi hermano‑,
¿qué he hecho yo para merecer vuestro afecto? ¿Cómo podéis quererme tal como
soy? Antes yo ignoraba vuestra estimación: no sabía apreciarla.
A los sirvientes que entraban en su habitación les
decía:
‑Amigos míos, ¿por qué me servís? Si Dios me
concediera la gracia de vivir, os serviría yo a vosotros, pues todos debemos
servirnos mutuamente.
Mi madre, al oírle, movía la cabeza.
‑Es tu enfermedad, hijo mío, lo que te hace
hablar de esta manera.
‑Mi querida madre, ya sé que ha de haber amos y
servidores, pero yo quiero servir a mis criados como ellos me sirven a mi. Y
aún te diré más, madre mía: todos somos culpables ante los demás por todos y
por todo, y yo más que nadie.
Al oír esto, mi madre sonrió a través de sus
lágrimas.
‑¿Cómo puedes tener tú más culpa que todos ante
los demás? Hay asesinos, bandidos... ¿Qué pecados has cometido tú que sean más
graves que los de todos tus semejantes?
‑Mi querida mamá, mi adorada madrecita ‑solía
decir entonces estas cosas dulces, inesperadas‑, te aseguro que todos
somos culpables ante todos y por todo. No sé explicarme bien, pero veo
claramente que es así, y esto me atormenta. ¿Cómo se puede vivir sin comprender
esta verdad?
Cada día se despertaba más enternecido, más feliz,
más vibrante de amor. El doctor Eisenschmidt, un viejo alemán, lo visitaba.
‑Dígame, doctor ‑bromeaba a veces‑,
¿viviré un día más?
‑Vivirá usted mucho más de un día ‑respondía
el médico‑: vivirá meses, años...
Y él exclamaba:
‑¿Meses, años? Al hombre le basta un día para
conocer la felicidad... Mis queridos y buenos amigos: ¿por qué hemos de reñir,
por qué guardarnos rencor? Vamos al jardín a paseac, a solazarnos.
Bendeciremos la vida y nos abrazaremos.
‑Su hijo no puede vivir ‑decía el médico
a mi madre cuando ella le acompañaba a la puerta‑. La enfermedad le hace
desvariar.
Su habitación daba al jardín, donde crecían árboles
añosos. Los retoños habían brotado; llegaban bandadas de pájaros; algunos
cantaban ante su ventana, y para él era un placer contemplarlos. Un día empezó
a pedirles perdón también a ellos.
‑Pájaros de Dios, alegres pájaros: perdonadme,
pues también contra vosotros he pecado.
Nosotros no lo comprendimos. Él lloraba de alegría.
‑La gloria de Dios me rodeaba: los pájaros, los
árboles, los prados, el cielo... Y yo llevaba una vida vergonzosa, insultando a
la creación, sin ver su belleza ni su gloria.
‑Exageras tus pecados ‑suspiraba a veces
su madre.
‑Mi querida madre, lloro de alegría, no de
pesar. Quiero ser culpable ante ellos... No sé cómo explicártelo... Si he
pecado contra todos, todos me perdonarán, y esto será el paraíso. ¿Acaso no
estoy ya en él?
Y aún dijo muchas cosas más que he olvidado. Recuerdo
que un día entré solo en su habitación. Era el atardecer; el sol poniente
iluminaba el aposento con sus rayos oblicuos. Me dijo por señas que me
acercara, apoyó sus manos en mis hombros, estuvo mirándome en silencio durante
un minuto y al fin dijo:
‑Ahora vete a jugar. Vive por mí.
Yo salí de la habitación y me fui a jugar. Andando el
tiempo, me acordé muchas veces de estas palabras llorando. Todavía dijo muchas
más cosas desconcertantes, admirables, que no pudimos comprender entonces.
Murió tres semanas después de Pascua, con todo el conocimiento, y aunque
últimamente ya no hablaba, siguió siendo el mismo hasta el fin. La alegría
brillaba en sus ojos, nos buscaba con ellos, nos sonreía, nos llamaba. Incluso
en la ciudad se habló mucho de su muerte. Yo era un niño entonces, pero todo
esto dejó en mi corazón una huella imborrable que se había de manifestar
posteriormente.
b) Las Sagradas Escrituras en la vida del starets Zósimo
Mi madre y yo quedamos solos. Buenos amigos de casa
le hicieron ver que debía enviarme a Petersburgo, que si me retenía a su lado
entorpecería mi carrera. Le aconsejaron mi ingreso en el cuerpo de cadetes, a
fin de que pudiera entrar en seguida en la guardia. Mi madre dudó largamente;
no se decidía a separarse de su único hijo. Al fin se avino a ello, por considerar
que obraba en beneficio mío, pero no sin derramar abundantes lágrimas. Me llevó
a Petersburgo y consiguió para mí el puesto que le habían dicho. No la volví a
ver: murió después de tres años de tristeza y ansiedad.
Sólo recuerdos excelentes conservo de la casa
paterna. Estos recuerdos son los más preciosos para el hombre, con tal que un
mínimo de amor y concordia hayan reinado en la familia. Es más: puede
conservarse un buen recuerdo de la peor familia, siempre que se tenga un alma
sensible. Entre estos recuerdos ocupan un puesto importante las historias
santas, que me interesaban extraordinariamente a pesar de mis pocos años.
Poseía entonces un libro de magníficos grabados titulado Ciento cuatro
historias santas extraídas del Antiguo Testamento y del Nuevo. Este libro,
en el que aprendí a leer, lo conservo todavía como una reliquia. Pero aun antes
de saber leer, cuando sólo tenía ocho años, experimentaba ‑lo recuerdo
perfectamente‑ cierta sensación de las cosas espirituales. El Lunes
Santo, mi madre me llevó a misa. Era un día despejado. Me parece estar viendo
aún el incienso que subía leritamente hacia la bóveda, mientras a través de
una ventana que había en la cúpula bajaban hasta nosotros los rayos del sol,
que parecían fundirse con las nubes de incienso. Yo lo miraba todo enternecido,
y por primera vez mi alma recibió conscientemente la semilla de la palabra
divina. .
Un adolescente avanzó hasta el centro del templo con
un gran libro; tan grande era, que me pareció que al chico le costaba trabajo
transportarlo. Lo colocó en el facistol, lo abrió, empezó a leer..., y yo
comprendí que la lectura se realizaba en un templo consagrado a Dios.
Había en el país de Hus un hombre justo y piadoso que
poseía cuantiosas riquezas: infinidad de camellos, ovejas y asnos. Sus hijos
se solazaban; él los quería mucho y rogaba a Dios por ellos, pensando que tal
vez en sus juegos pecaran. Y he aquí que el diablo subió hasta Dios al mismo
tiempo que los hijos de Dios y le dijo que había recorrido la tierra de un
extremo a otro.
‑¿Has visto a mi siervo Job? ‑preguntó el
Señor.
E hizo ante el diablo un gran elogio de su noble
siervo. El diablo sonrió al oírle.
‑Entrégamelo y verás como tu siervo murmura
contra ti y maldice tu nombre.
Entonces Dios entregó a Satán a aquel hombre justo y
amado por Él. El diablo cayó sobre los hijos de Job y aniquiló sus riquezas en
un abrir y cerrar de ojos. Entonces Job desgarró sus vestidos, se echó de
bruces al suelo y gritó:
‑Salí desnudo del vientre de mi madre, y
desnudo volveré a la tierra. Dios me lo había dado todo; Dios todo me lo ha
quitado. ¡Bendito sea su nombre ahora y siempre!
Padres míos, perdonadme estas lágrimas, pero toda mi
infancia resurge ahora ante mí. Me parece que vuelvo a tener ocho años y que,
como entonces, estoy asombrado, turbado, pensativo. Los camellos se grabaron en
mi imaginación, y me impresionó profundamente que Satán hablase a Dios como le
habló, y que Dios permitiera la ruina de su siervo, y que éste exclamara:
«¡Bendito sea tu nombre, a pesar de tu rigor!» Y también los dulces y suaves
cánticos que después se elevaron en el templo... «¡Escucha mi ruego, Señor!» Y
otra vez el incienso y los rezos de rodillas.
Desde entonces ‑y esto me ocurrió ayer mismo‑
no puedo leer esta historia santa sin echarme a llorar. ¡Qué grandeza, qué
misterio tan profundo hay en ella! He oído decir a los detractores y a esos que
de todo se burlan:
‑¿Cómo pudo entregar el Señor al diablo a un
hombre justo y querido por Él, quitarle los hijos, cubrirle de llagas, reducirlo
a limpiar sus úlceras con un cascote, todo ello para decir vanidosamente a
Satán: «Ahi tienes lo que es capaz de soportar por mí un hombre santo»?
Pero en esto estriba precisamente la grandeza del
drama: en el misterio, en que la apariencia terrenal se confronta con la verdad
eterna y aquélla ve como ésta se cumple. El Creador, aprobando su obra como en
los primeros días de la Creación, mira a Job y se enorgullece de nuevo de su
fiel criatura. Y Job, al alabarlo, presta un servicio no sólo al Señor, sino a
la Creación entera, generación tras generación y siglo tras siglo. Y es que era
un predestinado. ¡Qué libro, qué lecciones, Señor! ¡Qué fuerza milagrosa dan al
hombre las Escrituras! Son como una representación del mundo, del ser humano y
de su carácter. ¡Cuántos misterios se resuelven y se desvelan en ellas! Dios
vuelve a proteger a Job y le restituye sus riquezas. Pasan los años. Job tiene
más hijos y los quiere... ¿Cómo podía amar a estos nuevos hijos después de
haber perdido a los primeros? ¿Podía ser completamente feliz recordando a
aquéllos, por mucho que amase a éstos?... Pues si, podía ser feliz. El antiguo
dolor se convierte poco a poco, misteriosamente, en una dulce alegría; al
ímpetu juvenil sucede la serenidad de la vejez. Bendigo todos los días la
salida del sol y mi corazón le canta un himno como antaño; pero prefiero el sol
poniente, con sus rayos oblicuos, evocadores de dulces y tiernos recuerdos, de
queridas imágenes de mi larga y venturosa vida. Y, por encima de todo, la
verdad divina que calma, reconcilia y absuelve. Estoy en el término de mi
existencia, lo sé, y día tras día noto como mi vida terrenal se va enlazando
con la vida eterna, desconocida, pero muy cercana, tanto que, al percibirla,
vibra mi alma de entusiasmo, se ilumina mi pensamiento y se enternece mi
corazón...
Amigos y maestros, he oído decir, y ahora se afirma
con más insistencia que nunca, que los sacerdotes, sobre todo los del campo,
se quejan de su estrechez, de la insuficiencia de su sueldo. Incluso dicen que
no pueden explicar a gusto las Escrituras al pueblo debido a sus escasos
recursos, pues si llegan los luteranos y estos heréticos empiezan a
combatirlos, ellos no podrán defenderse por carecer de medios para luchar. Su
queja está justificada, y yo deseo que Dios les conceda el sueldo que tan
importante es para ellos, ¿pero no tenemos nosotros nuestra parte de culpa en
este estado de cosas? Aun admitiendo que el sacerdote tenga razón, que esté
abrumado de trabajo y también bajo la responsabilidad de su ministerio, bien
tendrá una hora libre a la semana para acordarse de Dios. Además, no está
ocupado todo el año. Una vez por semana, al atardecer, puede reunir en su casa
primero a los niños. Pronto se enterarán sus padres y acudirán también. No
hace falta tener un local especial para esto: el sacerdote puede recibirlos a
todos en su casa. No se la ensuciarán por estar una hora en ella.
Leedles la Biblia sin fruncir el ceño ni adoptar
actitudes doctorales, con amable sencillez, con la alegría de ser comprendidos
y escuchados, haciendo una pausa cuando convenga explicar un término oscuro
para las gentes incultas. Podéis estar seguros de que acabarán por
comprenderos, pues los corazones ortodoxos todo lo comprenden. Leedles la vida
de Abraham y de Sara, de Isaac y de Rebeca; leedles el episodio de Jacob, que
fue a casa de Labán y luchó en sueños con el Señor, al que dijo: «Este sitio es
horrible.» Y así llegaréis al corazón piadoso del pueblo. Contad, sobre todo a
los niños, que José, futuro intérprete de sueños y gran profeta, fue vendido
por sus hermanos, que mostraron sus ropas ensangrentadas a su padre y le
dijeron que lo había destrozado una fiera. Explicadles que después los
impostores fueron a Egipto en busca de trigo, y que José, al que no
reconocieron y que desempeñaba allí un alto cargo, los persiguió, los acusó de
robo y retuvo a su hermano Benjamín, pues recordaba que sus hermanos le habían
vendido a unos mercaderes junto a un pozo, en el desierto ardiente, a pesar de
que él lloraba y les suplicaba, enlazando las manos, que no le vendieran como
esclavo en tierra extranjera. Al verlos tantos años después, de nuevo sintió
por ellos un profundo amor fraternal, pero, a pesar de quererlos, los persiguió
y los mortificó. Se retiró al fin, incapaz de seguir conteniéndose, se arrojó
sobre su lecho y rompió a llorar. Después se secó las lágrimas, volvió al lado
de ellos y les dijo, alborozado:
‑Soy vuestro hermano José.
¡Qué alegría la del viejo Jacob al enterarse de que
su querido hijo vivía! Se fue a Egipto, abandonando a su patria, y murió en
tierra extranjera, legando al mundo una gran noticia que, con el mayor
misterio, había llevado guardada durante toda su vida en su tímido corazón. Y
este secreto era que sabía que de su raza, de la tribu de Judá, saldría la
esperanza del mundo, el Reconciliador, el Salvador.
Padres y maestros, perdonadme que os cuente como un
niño lo que vosotros me podríais explicar con mucho más arte. El entusiasmo me
hace hablar así. Perdonad mis lágrimas. ¡Es tanto mi amor por la Biblia! Si el
sacerdote derrama lágrimas también, verá que sus oyentes comparten su emoción.
La semilla más insignificante produce su efecto: una vez sembrada en el alma de
las personas sencillas, ya no pérece, sino que vive hasta el fin entre las
tinieblas y la podredumbre del pecado, como un punto luminoso y un sublime
recuerdo. Nada de largos comentarios ni de homilías: si habláis con sencillez,
vuestros oyentes lo comprenderán todo. ¿Lo dudáis? Leedles la conmovedora
historia de la hermosa Ester y de la orgullosa Vasti, o el maravilloso
episodio de Jonás en el vientre de la ballena. No os olvidéis de las parábolas
del Señor, sobre todo de las que nos relata el evangelio de San Lucas, que son
las que yo he preferido siempre, ni la conversión de Saúl (esto sobre todo),
que se refiere en los Hechos de los Apóstoles. Y tampoco debéis olvidar las
vidas del santo varón Alexis y la sublime mártir María Egipcíaca. Estos
ingenuos relatos llegarán al corazón del pueblo y sólo habréis de dedicarles
una hora a la semana. Entonces el sacerdote advertirá que nuestro piadoso
pueblo, reconocido, le devuelve centuplicados los bienes recibidos de él.
Recordando el celo y las palabras emocionadas de su pastor, le ayudará en su
campo y en su casa, lo respetará más que antes, y con ello aumentarán sus emolumentos.
Esto es una verdad tan evidente, que a veces no se atreve uno a exponerla por
temor a las burlas. El que no cree en Dios, no cree en su pueblo. Quien cree en
el pueblo de Dios, verá su santuario, aunque antes no haya creído. Sólo el
pueblo y su fuerza espiritual futura pueden convertir a nuestros ateos
separados de su tierra natal. Además, ¿qué es la palabra de Cristo sin el
ejemplo? Sin la palabra de Dios, el pueblo perecerá, pues su alma anhela esta
palabra y toda noble idea.
En mi juventud ‑pronto hará de esto cuarenta
años‑, el hermano Antimio y yo recorrimos Rusia pidiendo limosna para
nuestro monasterio. En cierta ocasión, pasamos la noche con unos pescadores a
la orilla de un gran río navegable. Un joven campesino de mirada dulce y
límpida, que era un buen mozo y tenía unos dieciocho años, vino a sentarse a
nuestro lado. Había de llegar a la mañana siguiente a su puesto, donde tenía
que halar una barca mercante. Era una hermosa noche de julio, apacible y cálida.
Las emanaciones del río nos refrescaban. De vez en cuando, un pez aparecía en
la superficie. Los pájaros habían enmudecido y en torno de nosotros todo era
como una plegaria llena de paz.
El joven campesino y yo éramos los únicos que no
dormíamos. Hablábamos de la belleza y del misterio del mundo. Las hierbas, los
insectos, la hormiga, la dorada abeja, todos conocen su camino con asombrosa
seguridad, por instinto; todos atestiguan el misterio divino y lo cumplen
continuamente. Vi que el corazón de aquel joven se inflamaba. Me dijo que
adoraba los bosques y los pájaros que los habitan. Era pajarero y distinguía
los cantos de todas las aves. Además, sabía atraerlas.
‑Nada vale tanto como la vida en el bosque ‑dijo‑,
aunque a mi entender todo es perfecto.
‑Cierto ‑le respondí‑; todo es
perfecto y magnífico, pues todo es verdad. Observa al caballo, noble animal que
convive con el hombre; o al buey, que lo alimenta y trabaja para él, encorvado,
pensativo. Mira su cara; ¡qué dulzura hay en ella, qué fidelidad a su dueño, a
pesar de que éste le pega sin piedad; qué mansedumbre, qué conflanza, qué
belleza! Es conmovedor saber que están libres de pecado, pues todo es
perfecto, inocente, excepto el hombre. Y Jesucristo es el primero que está con
los animales.
‑¿Es posible ‑pregunta el adolescente‑
que Cristo esté también con los animales?
‑¿Cómo no ha de estar? ‑repuse yo‑.
El Verbo es para todos. Todas las criaturas, hasta la más insignificante hoja,
aspiran el Verbo y cantan la gloria de Dios, y se lamentan inconscientemente
ante Cristo. Éste es el misterio de su existencia sin pecado. Allá en el bosque
habita un oso terrible, feroz, amenazador. Sin embargo, está libre de culpa.
Y le conté que un gran santo que tenía su celda en el
bosque recibió un día la visita de un oso. El ermitaño se enterneció al ver al
animal, lo abordó sin temor alguno y le dio un trozo de pan. «Vete ‑le
dijo‑ y que Dios te acompañe.» Y el animal se retiró dócilmente, sin
hacerle ningún daño.
El joven se conmovió al saber que el ermitaño salió
indemne del encuentro y que Jesús estaba también con los osos.
‑¡Todas las obras de Dios son buenas y
maravillosas!
Y se sumió en una dulce meditación. Advertí que había
comprendido. Y se durmió a mi lado con un sueño ligero a inocente. ¡Que Dios
bendiga a la juventud! Rogué por mi joven amigo antes de que se durmiera.
¡Señor, envía la paz y la luz a los tuyos!
c) Recuerdos de juventud del starets Zósimo. El duelo
Pasé casi
ocho años en Petersburgo, en el Cuerpo de Cadetes. Esta nueva educación ahogó en
mi muchas impresiones de la infancia, pero sin hacérmelas olvidar. En cambio,
adquirí un tropel de costumbres y opiniones nuevas que hicieron de mí un
individuo casi salvaje, cruel y ridículo. Adquirí un barniz de cortesía y modales
mundanos, al mismo tiempo que el conocimiento del francés, lo que no impedia
que considerásemos a los soldados que nos servían en el Cuerpo como verdaderos
animales, y yo más que mis compañeros, pues era el más impresionable de todos.
Desde que fuimos oficiales estuvimos dispuestos a verter nuestra sangre por el
honor del regimiento. Pero ninguno de nosotros tenía la más remota idea de lo
que era el verdadero honor, y si hubiésemos adquirido esta noción de pronto,
nos habríamos reído de él. Nos enorgullecíamos de nuestro libertinaje, de
nuestro impudor, de nuestras borracheras. No es que fuéramos unos pervertidos.
Todos teníamos buen fondo. Sin embargo, nos portábamos mal, y yo peor que
todos. Como me hallaba en posesión de mi fortuna, me entregaba a la fantasía
con todo el ardor de la juventud, sin freno alguno. Navegaba a toda vela. Pero
me ocurría algo asombroso: a veces leía, y con verdadero placer; no abría la
Biblia casi nunca, pero no me separaba de ella en ningún momento; la llevaba
conmigo a todas partes; aun sin darme cuenta de ello, conservaba este libro
«para el día y la hora, para el mes y el año» precisos. Cuando llevaba cuatro
años en el ejército, llegué a la ciudad de K..., donde se estableció mi
regimiento para guarnecer la plaza. La sociedad de la población era variada,
divertida, acogedora y rica. Fui bien recibido en todas partes, a causa de mi
carácter alegre. Además, se me consideraba hombre acaudalado, lo que nunca es
un perjuicio para relacionarse con el gran mundo. Entonces ocurrió algo que fue
el punto de partida de todo lo demás. Me sentí atraído hacia una muchacha
encantadora, inteligente, distinguida y de noble carácter. Sus padres, ricos
a influyentes, me dispensaron una buena acogida. Me pareció que esta joven
sentía cierta inclinación hacia mí, y ante esta idea mi corazón se inflamaba.
Pero pronto me dije que seguramente, más que verdadero amor, lo que yo
experimentaba por ella era la respetuosa admiración que forzosamente tenía que
inspirarme la grandeza de su espíritu. Un sentimiento de egoísmo me impidió
pedir su mano. Yo no quería renunciar a los placeres de la disipación, a mi
independencia de soltero joven y rico. Deslicé algunas insinuaciones sobre el
particular, pero dejé para más adelante dar el paso decisivo. Entonces me
enviaron con una misión especial a otro distrito. Al regresar, tras dos meses
de ausencia, me enteré de que la muchacha se había casado con un rico hacendado
de los alrededores. Este caballero tenía más edad que yo, pero era todavía
joven y estaba relacionado con lo mejor de la sociedad, cosa que yo no podía
decir. Era un hombre fuerte, amable a instruido, cualídades que yo no poseía
tampoco. Tan inesperado desenlace me consternó hasta el punto de trastornarme
profundamente, y más cuando supe que aquel hombre era novio de mi adorable
amiga desde hacía tiempo. Me había encontrado muchas veces con él en la casa y
no me había dado cuenta del noviazgo: la fatuidad me ponía una venda en los
ojos. Esto fue lo que más me mortificó. ¿Cómo se explicaba que yo no estuviese enterado
de una cosa que sabía todo el mundo? De pronto me asaltó un pensamiento
intolerable. Rojo de cólera, recordé que más de una vez había declarado, o poco
menos, mi amor a aquella joven, y como ella, ni me había prevenido, ni había
hecho nada por detenerme, llegué a la conclusión de que se había burlado de mi.
Después, como es natural, me di cuenta de mi error, al recordar que la joven
cortaba, bromeando, tales temas de conversación; pero los primeros días fui
incapaz de razonar y ardía en deseos de venganza. Ahora recuerdo, sorprendido,
que mi animosidad y mi cólera me repugnaban, pues mi carácter ligero no me
permitía estar enojado con una persona durante mucho tiempo. Sin embargo, me
enfurecía superficialmente hasta la extravagancia. Esperé la ocasión, y un día
conseguí ofender a mi rival ante numerosa concurrencia, sin razón alguna,
riéndome de su opinión sobre ciertos sucesos entonces importantes [L61] ‑era el año –1826- y burlándome de él
con palabras que me parecieron ingeniosas. Acto seguido le exigí una
explicación por sus manifestaciones, y lo hice tan groseramente, que él me
arrojó el guante, a pesar de que yo era más joven que él, insignificante y de
clase inferior. Algún tiempo después supe de buena fuente que aceptó mi
provocación, en parte, por celos. Mis relaciones anteriores con la mujer que ya
era su esposa le habían molestado, y ahora, ante mi provocación, se dijo que si
su mujer se enteraba de que no había replicado debidamente a mis insultos, le
despreciaría, aun sin quererlo, y que su amor hacia él sufriría grave
quebranto. Pronto encontré un padrino, un compañero de regimiento que tenía el
grado de teniente. Aunque los duelos estaban prohibidos entonces, tenían entre
los militares el auge de una moda, de tal modo arraigan y se desarrollan los
prejuicios más absurdos. El mes de junio llegaba a su fin. El encuentro se fijó
para el día siguiente a las siete de la mañana, en las afueras de la capital.
Pero antes me ocurrió algo verdaderamente fatidico. Por la noche, al regresar
con un humor de perros, me enfurecí con mi ordenanza, Atanasio, y lo golpeé con
tal violencia, que su cara empezó a sangrar. Hacía poco que estaba a mi
servicio y ya le había maltratado otras veces, pero nunca de un modo tan
salvaje. Pueden creerme, mis queridos amigos: han pasado cuarenta años desde
entonces y todavía recuerdo esta escena con vergüenza y dolor. Me acosté, y
cuando desperté, al cabo de tres horas, ya era de día. Como no tenía sueño, me
levanté. Me asomé a la ventana, que daba a un jardín. El sol había salido, era
un día hermoso, trinaban los pájaros... «¿Qué me pasa? ‑me pregunté‑.
Tengo la sensación de que soy un infame, un ser vil. ¿Se deberá esto a que me
dispongo a derramar sangre? No, no es eso. ¿Será el temor a la muerte, el temor
a que me maten? No, de ningún modo...» Y de pronto advertí que el motivo de mi
inquietud eran los golpes que había dado a Atanasio la noche anterior.
Mentalmente reviví la escena como si en realidad se repitiese. Vi al pobre
muchacho de pie ante mí, en posición de firmes, mientras yo lanzaba mi puño
contra su rostro con todas mis fuerzas. Mantenía la cabeza en alto, los ojos
muy abiertos, y, aunque se estremecía a cada golpe, ni siquiera levantaba el
brazo para cubrirse. ¡Que un hombre permaneciera así mientras le pegaba otro
hombre! Esto era sencillamente un crimen. Sentí como si una aguja me traspasara
el alma. Estaba como loco mientras el sol brillaba, el ramaje alegraba la vista
y los pájaros loaban al Señor. Me cubrí el rostro con las manos, me arrojé
sobre el lecho y estallé en sollozos. Me acordé de mi hermano Marcel y de las
últimas palabras que dirigió a la servidumbre: «Amigos míos, ¿por qué me
servís, por qué me queréis? ¿Merezco que me sirváis?» Y me dije de pronto: «Si,
¿merezco que me sirvan?» Ciertamente, ¿a título de qué merecía yo que me
sirviera otro hombre, creado, como yo, a imagen y semejanza de Dios? Fue la
primera vez que este pensamiento atravesó mi mente. «Madre querida, en verdad,
cada uno de nosotros es culpable ante todos y por todos. Pero los hombres lo
ignoran. Si lo supieran, el mundo sería un paraíso.» Y me dije llorando:
«Señor, yo soy el más culpable de todos los hombres, el peor que existe.» Y de
súbito apareció en mi imaginación, con toda claridad y todo su horror, lo que
iba a hacer: iba a matar a un hombre de bien, de corazón noble, inteligente,
sin que hubiera recibido de él la menor ofensa. Y, por mi culpa, su mujer sería
desgraciada para siempre, viviría en una incesante tortura, moriría... Me hallaba
tendido de bruces, con la cara en la almohada, y había perdido toda noción del
tiempo. De pronto entró mi compañero, el teniente, que venía a buscarme con
las pistolas. «Me alegro de que estés ya despierto ‑dijo‑, pues es
la hora. Vamos.» Me sentí trastornado, confundido. Pero seguí a mi padrino y
nos encaminamos al coche. «Espera un momento ‑le dije‑. Vengo en
seguida. Se me ha olvidado el portamonedas.» Volví a todo correr a mi alojamiento
y entré en la habitación de mi asistente. «Atanasio, ayer te di dos tremendos
golpes en la cara. ¡Perdóname!» Él se estremeció; parecía asustado. Yo
consideré que mis palabras no eran suficientes y me arrodillé a sus pies y
volví a pedirle perdón. Mi asistente se quedó petrificado. «¿Cree usted que
merezco tanto, señor...?» Y se echó a llorar, como me había echado yo hacía un
momento. Se cubrió la cara con las manos y se volvió hacia la ventana, sacudido
por los sollozos. Corrí a reunirme con mi compañero y el coche se puso en
marcha.
‑¡Mírame, amigo! ‑exclamé‑. Tienes
ante ti a un vencedor.
Me sentía alborozado. Hablaba continuamente, no sé de
qué. El teniente me miraba.
‑¡Bravo, camarada! Eres un valiente. Ya veo que
mantendrás el honor del uniforme.
Llegamos al terreno del desafio, donde ya nos
esperaban. Nos colocaron a doce pasos uno de otro. Mi adversario dispararía primero.
Yo permanecía frente a él, alegremente, sin parpadear y dirigiéndole una
mirada afectuosa. Tiró, y el disparo no tuvo más consecuencia que levantarme
la piel de la mejilla y la oreja.
‑¡Alabado sea Dios! ‑exclamé‑. No
ha matado usted a un hombre.
Acto seguido arrojé al suelo mi pistola y dije a mi
adversario:
‑Caballero, perdone a este estúpido joven que
lo ha ofendido y obligado a disparar contra él. Es usted superior a mí. Repita
estas palabras a la persona que usted respeta más que a ninguna otra en el
mundo.
Apenas hube terminado de hablar, mi adversario y los
dos padrinos empezaron a lanzar exclamaciones.
‑Oiga ‑dijo mi rival, indignado‑:
si no quería usted batirse, nos podríamos haber ahorrado todas estas molestias.
Le respondí alegremente:
‑Es que ayer era un necio. Hoy soy más
razonable.
‑Creo lo de ayer. En cuanto a lo de hoy, me es
más difícil admitirlo.
‑¡Bravo! ‑exclamé; aplaudiendo‑.
Estoy completamente de acuerdo con usted. Merezco lo que me ha dicho.
‑Oiga, señor: ¿quiere disparar o no quiere
disparar?
‑No lo haré. Vuelva usted a tirar si quiere.
Pero será mejor que no lo haga.
Los padrinos empezaron a vociferar. El mío sobre
todo:
‑¡Deshonrar a su regimiento pidiendo perdón
sobre el terreno! ¡Si yo lo hubiese sabido...!
Yo dije entonces gravemente y dirigiéndome a todos:
‑Pero, señores, ¿tan asombroso resulta en
nuestra época encontrar a un hombre que se arrepienta de su necedad y
reconozca públicamente sus errores?
‑No es asombroso, pero eso no debe hacerse en
el terreno del desaîío ‑dijo mi compañero de regimiento.
‑Mi deber era pedir perdón apenas llegamos
aquí, antes de que mi adversario disparase, para evitar que pudiera incurrir en
pecado mortal. Pero nuestros hábitos son tan absurdos, que no me era posible
obrar de ese modo. Mis palabras sólo podían tener valor para ese caballero
dichas después de su disparo a doce pasos de distancia. Si las hubiese
pronunciado antes, él me habría creído un cobarde indigno de ser escuchado.
Y exclamé con todo mi corazón:
‑¡Contemplen las obras de Dios! El cielo es
claro; el aire, puro; la hierba, tierna; los pájaros cantan en la naturaleza
magnífica e inocente. Sólo nosotros, impíos y estúpidos, no comprendemos que la
vida es un paraíso. Bastaría que lo quisiéramos comprender para que este
paraíso apareciera ante nosotros. Y entonces nos abrazaríamos los unos a los
otros llorando...
Mi propósito era seguir hablando, pero no pude: la
respiración me faltaba; jamás había sentido una felicidad tan grande.
‑Discretas y piadosas palabras ‑dijo mi
adversario‑. Desde luego, es usted un hombre original.
‑¿Se burla usted? ‑pregunté sonriendo‑.
Algún día me alabará.
‑Lo alabo ahora mismo y le ofrezco mi mano,
pues me parece usted verdaderamente sincero.
‑No, no me dé la mano ahora; ya lo hará más
adelante, cuando yo sea mejor y me haya ganado su respeto. Entonces hará bien
en estrechármela.
Volvimos a casa. Mi padrino no cesaba de gruñir, y yo
lo abrazaba. Mis compañeros fueron informados aquel mismo día de todo y se
reunieron para juzgarme.
‑Ha deshonrado el uniforme. Debe dimitir.
Algunos me defendieron.
‑Ha esperado a que disparasen contra él.
‑Sí, pero no ha tenido valor para exponerse a
nuevos disparos y ha pedido perdón sobre el terreno.
‑Si le hubiese faltado valor ‑dijo uno de
mis defensores‑, habría disparado antes de perdir perdón. Lejos de
hacerlo, arrojó al suelo la pistola cargada. No, no ha sido falta de valor. Ha
ocurrido algo que no comprendemos.
Yo los escuchaba y los miraba regocijado.
‑Queridos amigos y compañeros: no os preocupéis
por mi dimisión, pues ya la he presentado. Sí, la he presentado esta mañana,
y, cuando se me admita, ingresaré en un convento. Sólo con este fin he
dimitido.
Al oír estas palabras, todos se echaron a reír.
‑¡Haber empezado por ahí! Así todo se
comprende. No se puede juzgar a un monje.
No cesaban de reír, pero sin burlarse, con una
alegría bondadosa. Todos, sin excluir a mis más implacables acusadores, me
miraban con afecto. Luego, durante todo el mes, hasta que pasé a la reserva,
me pareció que me paseaban en triunfo.
‑¡Mirad a nuestro monje!
Todos tenían para mí palabras amables. Trataban de
disuadirme, incluso me compadecían.
‑¿Sabes lo que vas a hacer?
Otro decía:
‑Es un valiente. Habían disparado contra él y
él podía disparar, pero no lo hizo porque la noche anterior había tenido un
sueño que le impulsó a ingresar en un convento. Ésta es la clave del enigma.
Algo parecido ocurrió en la sociedad local. Hasta
entonces no se me había prestado en ella demasiada atención: me recibían cordialmente
y nada más. Ahora todos querían trabar amistad conmigo a invitarme. Se reían
de mí, pero con afecto. Aunque se hablaba sin reservas de nuestro duelo, la
cosa no había tenido consecuencias, pues mi adversario era pariente próximo de
nuestro general, y como no se había derramado sangre y yo había dimitido, se
tomó todo a broma. Entonces empecé a hablar en voz muy alta y sin temor
alguno, a pesar de las risas que mis palabras levantaban, ya que no había en
ellas malicia alguna. Conversaba especialmente con las damas, pues me
escuchaban con gusto y obligaban a los hombres a escucharme.
‑¿Cómo puedo yo ser culpable ante todos? ‑me
preguntaban, riéndose en mis narices‑. Dígame: ¿soy culpable ante usted,
por ejemplo?
‑Es muy natural que no pueda responderse usted
a esas preguntas ‑les contestaba yo‑, pues el mundo entero avanza
desde hace tiempo por un camino de perdición. Nos parece verdad la mentira y
exigimos a los demás que acepten nuestro modo de ver las cosas. Por primera vez
he decidido obrar sinceramente, y ustedes me han tomado por loco. Me tienen
simpatía, pero se burlan de mí.
‑¿Cómo no sentir simpatía hacia usted? ‑dijo
la dueña de la casa riendo con amable franqueza.
La concurrencia era numerosa. De pronto vi que se
levantaba la mujer causante de mi duelo y a la que yo había pretendido hasta
hacía poco. No me había dado cuenta de su llegada. Vino hacia mí y me tendió la
mano.
‑Permítame decirle ‑declaró‑ que,
lejos de reírme de usted, le estoy verdaderamente agradecida y que me inspira
respeto su modo de proceder.
Su marido se acercó a mí, y todas las miradas se
concentraron en mi persona. Se me mimaba y yo me sentía feliz. En este momento
me abordó un señor de edad madura, que atrajo toda mi atención. Sólo le
conocía de nombre: nunca había hablado con él.
d) El visitante misterioso
Era
funcionario y ocupaba desde hacia mucho tiempo un puesto importante en nuestra
sociedad local. Gozaba del respeto de todos, era rico y tenía fama de
altruista. Había hecho donación de una importante cantidad al hospicio y al
orfanato y realizaba en secreto otras muchas obras de caridad, cosa que se supo
después de su muerte. Contaba unos cincuenta años, tenía un aspecto severo y
hablaba poco. Se había casado hacía diez años con una mujer todavía joven y
tenía tres hijos de corta edad. Al día siguiente por la tarde, cuando me
hallaba en mi casa, la puerta se abrió y entró el caballero que acabo de
describir.
Debo advertir que mi alojamiento no era ya el de
antes. Tan pronto como se aceptó mi dimisión me instalé en casa de una señora
de edad, viuda de un funcionario, cuya doméstica me servía, pues el mismo día
de mi desafio había enviado a Atanasio a su compañía, sin atreverme a mirarle a
la cara después de lo sucedido, lo que demuestra que el laico desprovisto de
preparación religiosa puede avergonzarse de los actos más justos.
‑Hace ya varios días ‑me dijo al entrar‑
que le escucho con gran curiosidad. Deseo que me honre usted con su amistad y
que conversemos detenidamente. ¿Quiere usted hacerme ese gran favor?
‑Con mucho gusto ‑le respondí‑.
Será para mí un verdadero honor.
De tal modo me impresionó aquel hombre desde el
primer momento, que me sentía un tanto atemorizado. Aunque todos me escuchaban
con curiosidad, nadie me había mirado con una expresión tan grave. Además,
había venido a mi casa para hablar conmigo.
Después de sentarse continuó:
‑He observado que es usted un hombre de
carácter, ya que no vaciló en decir la verdad en una cuestión en que su
franqueza podía atraerle el desprecio general.
‑Sus elogios son exagerados.
‑Nada de eso. Lo que usted hizo requiere mucha
más resolución de la que usted supone. Esto es lo que me impresionó y por eso
he venido a verle. Tal vez mi curiosidad le parezca indiscreta, pero quisiera
que me describiera usted sus sensaciones, en caso de que las recuerde, al
decidir pedir perdón a su adversario en el terreno del duelo. No atribuya usted
mi pregunta a ligereza. Es todo lo contrario. Se la hago con un fin secreto que
seguramente le explicaré muy pronto, si Dios quiere que se entable entre
nosotros una verdadera amistad.
Yo lo escuchaba mirándolo fijamente. De pronto sentí
hacia él una confianza absoluta, al mismo tiempo que una viva curiosidad, pues
percibí que su alma guardaba un secreto.
‑Desea usted conocer mis sensaciones en el
momento en que pedí perdón a mi adversario ‑dije‑, pero será
preferible que antes le refiera ciertos hechos que no he revelado a nadie.
Le describí mi escena con Atanasio y le dije que
finalmente me había arrodillado ante él.
‑Esto le permitirá comprender ‑terminé‑
que durante el duelo mi estado de ánimo había mejorado mucho. En mi casa había
empezado a recorrer un nuevo camino y seguía adelante, no sólo libre de toda
preocupación, sino alegremente.
El visitante me escuchó con atención y simpatía.
‑Todo esto es muy curioso ‑dijo‑.
Volveré a visitarle.
Desde entonces vino a verme casi todas las tardes. En
seguida habríamos trabado estrecha amistad si mi visitante me hubiera hablado
de sí mismo. Pero se limitaba a hacerme preguntas sobre mí. No obstante, le
tomé afecto y le abrí mi corazón. Me decía en mi fuero interno: «No necesito
que me confíe sus secretos para estar persuadido de que es un hombre justo.
Además, hay que tener en cuenta que es una persona sería y que viene a verme, a
escucharme, a pesar de que tiene bastante más edad que yo.»
Aprendí mucho de él. Era un hombre de gran
inteligencia.
‑Yo también creo desde hace mucho tiempo que la
vida es un paraíso ‑me dijo un día, mirándome y sonriendo‑. Estoy
incluso más convencido que usted, como le demostraré cuando llegue el momento.
Entonces me dije: « No cabe duda: tiene que hacerme
una revelación. »
‑Todos ‑continuó‑ llevamos un
paraíso en el fondo de nuestro ser. En este momento yo llevo el mío dentro dé
mí y, si quisiera, mañana mismo podría convertirlo en realidad para toda mi
vida.
Me hablaba afectuosamente, mirándome con una
expresión enigmática, como si me interrogase.
‑En cuanto a la culpabilidad de cada hombre
ante todos, no sólo por sus pecados, sino por todo, sus juicios son justos. Es
asombroso que haya podido concebir esta idea con tanta amplitud. Comprenderla
supondrá para los hombres el advenimiento del reino de los cielos, no como un
sueño, sino como una auténtica realidad.
‑¿Pero cuándo llegará ese día? ‑exclamé,
apenado‑. Acaso esa idea no pase nunca de ser un sueño.
‑¿Cómo es posible que no crea usted lo que
predica? Ha de saber que ese sueño se realizará, pero no ahora, cuando todo
está regido por leyes. Es un fenómeno moral, psicológico. Para que el mundo se
renueve es preciso que los hombres cambien de rumbo. Mientras cada ser humano
no se sienta verdaderamente hermano de su prójimo, no habrá fraternidad.
Guiándose por la ciencia y el interés, los hombres no sabrán nunca repartir
entre ellos la propiedad y los derechos; nadie se sentirá satisfecho y todos
murmurarán, se envidiarán, se exterminarán... Usted se pregunta cuándo se
realizará su ideal. Pues bien, se realizará cuando termine la etapa del
aislamiento humano.
‑¿El aislamiento humano? ‑pregunté.
‑Sí. Hoy reina en todas partes y no ha llegado
aún la hora de su fin. Hoy todos aspiran a separar su personalidad de las demás
personalidades, gozar individualmente de la plenitud de la vida. Sin embargo,
los esfuerzos de los hombres, lejos de alcanzar sus fines, conducen a un
suicidio total, ya que, en vez de conseguir la plena afirmación de su
personalidad, los seres humanos caen en la soledad más coinpleta. En nuestro
siglo, todos los hombres se han fraccionado en unidades. Cada cual se aisla en
su agujero, se aparta de los demás, se oculta con sus bienes, se aleja de sus
semejantes y aleja a sus semejantes. Amasa riquezas él solo, se felicita de su
poder y de su opulencia, y el insensato ignora que cuantas más riquezas reúne,
más se hunde en una impotencia fatal. Porque se ha habituado a contar sólo
consigo mismo y se ha desligado de la colectividad; se ha acostumbrado a no
creer en la ayuda mutua, ni en su prójimo, ni en la humanidad, y tiembla ante
la sola idea de perder su fortuna y los derechos que ésta le otorga. Hoy el
espíritu humano empieza a perder de vista en todas partes, cosa ridícula, que
la verdadera garantia del individuo radica no en su esfuerzo personal aislado,
sino en su solidaridad. Este terrible aislamiento terminará algún día, y
entonces todos los hombres comprenderán que su separación es contraria a todas
las leyes de la naturaleza, y se asombrarán de haber permanecido tanto tiempo
en las tinieblas, sin ver la luz. Y en ese momento aparecerá en el cielo el
signo del Hijo del Hombre... Pero hasta entonces habrá que tener guardado el
estandarte y predicar con el ejemplo, aun siendo uno solo el que lo haga. Ese
uno deberá salir de su aislamiento y acercarse a sus hermanos, sin detenerse
ante el riesgo de que le tomen por loco. Hay que proceder de este modo para
evitar que se extinga una gran idea.
Estas conversaciones apasionantes ocupaban
enteramente nuestras vidas. Incluso abandoné a la sociedad, a la que sólo acudía
de tarde en tarde. Por otra parte, empecé a pasar de moda. No lo digo en son de
queja, pues todos seguían demostrándome afecto y mirándome con buenos ojos;
pero no cabe duda de que la moda desempeña un papel preponderante en el mundo.
Acabé por sentirme entusiasmado ante mi misterioso visitante: su inteligencia
me seducía. Además, mi intuición me decía que aquel hombre tenía algún
proyecto, que se preparaba para realizar algún acto heroico. Sin duda, sabía
que yo no tenía el propósito de desvelar su secreto, y que ni siquiera aludiría
a él. Finalmente, adverti que le atormentaba el deseo de hacerme una
confidencia. Esto ocurrió al cabo de un mes aproximadamente.
‑¿Sabe usted ‑me preguntó un día‑
que somos el blanco de la curiosidad general? Mis frecuentes visitas a esta
casa han atraído la atención de la gente... En fin, pronto se explicará todo.
A veces, le asaltaba repentinamente una agitación
extraordinaria. Entonces casi siempre se levantaba y se iba. En otras
ocasiones, fijaba en mí una mirada larga y penetrante. Yo me decía: «Ahora va a
hablar.» Pero se arrepentía y empezaba a comentar algún hecho sin importancia.
Se quejaba de dolores de cabeza. Un día, tras una
charla larga y vehemente, vi que palidecía de pronto. Sus facciones se contrajeron
y me miró con gesto huraño.
‑¿Qué le ocurre? ‑le pregunté‑. ¿Se
siente mal?
‑No, es que yo... es que yo... he cometido un
asesinato.
Hablaba sonriendo. Estaba blanco como la cal. Antes
de que en mi pensamiento se restableciera el orden, una pregunta atravesó mi
cerebro. «¿Por qué sonreirá?» Y también yo palidecí.
‑¿Habla en serio? ‑‑exclamé.
Mi visitante seguía sonriendo tristemente.
‑Me ha costado empezar, pero continuar no me
será difícil.
Al principio no lo creí. Sólo le di crédito al cabo
de tres días, cuando me lo hubo contado todo detalladamente. Empecé creyendo
que estaba loco; después, con dolor y sorpresa, me convencí de que decía la
verdad.
Hacía catorce años había asesinado a una dama rica,
joven y encantadora, viuda de un terrateniente, que poseía una finca en los
alrededores de nuestra ciudad. Se enamoró de ella apasionadamente, le declaró
su amor y le pidió que se casara con él. Pero ella había entregado ya su
corazón a otro, a un distinguido oficial que estaba en campaña y que había de
regresar muy pronto. Rechazó la petición del pretendiente y le rogó que dejara
de visitarla. El despechado conocía la disposición de la casa, y una noche se
introdujo en ella. Atravesó el jardín y subió al tejado, con una audacia
increíble, exponiéndose a que lo descubrieran. Pero suele ocurrir que los crímenes
más audaces son los que más éxito tienen. Entró en el granero por un tragaluz
y bajó a las habitaciones por una escalerilla, sabiendo que los sirvientes no
cerraban siempre con llave la puerta de comunicación. Contó ‑y acertó‑
con la negligencia de los criados. A través de las sombras, se dirigió al
dormitorio, donde ardía una lamparilla. Como hecho adrede, las dos doncellas
habían salido a escondidas para asistir a una fiesta en casa de una amiga. Los
demás domésticos estaban acostados en la planta baja. Al ver dormida a la
dama, su pasión se despertó; después, los celos y el deseo de venganza se
adueñaron de él y lo llevaron a clavarle un cuchillo en el corazón. Ella ni
siquiera pudo gritar.
Con infernal astucia, hizo todo lo necesario para que
las sospechas recayeran en los sirvientes. Se apoderó del monedero de la
víctima, abrió la cómoda con las llaves que encontró bajo la almohada y robó,
como un criado ignorante, el dinero y las joyas, eligiendo éstas por su
volumen: desdeñó las más preciosas y tampoco tocó los valores. Se llevó también
algunos recuerdos de los que hablaré más adelante. Realizada la fechoría,
salió de la casa por el mismo camino que había seguido para entrar. Ni. al día
siguiente, cuando se conoció el hecho, ni más adelante tuvo nadie la menor idea
de quién era el verdadero culpable. Se ignoraba su pasión por la víctima, pues
era un hombre taciturno, encerrado en sí mismo y que no tenía amistades. Se le
consideraba simplemente como conocido de la muerta, a la que, por cierto, no
había visto desde hacía quince días. Se sospechó inmediatamente de un criado
llamado Pedro, y todas las circunstancias contribuyeron a confirmar estas
sospechas, pues el tal Pedro sabía que la dueña del lugar estaba decidida a
incluirlo entre los reclutas que debía entregar, ya que era soltero y de mala
conducta. Estando ebrio, había amenazado de muerte a una persona en la taberna.
Dos días antes del asesinato había desaparecido y, al siguiente, lo encontraron
en las cercanías de la ciudad, junto a la carretera, borracho perdido. Llevaba
un cuchillo encima y en su mano derecha había manchas de sangre. Dijo que había
sufrido un derrame nasal, pero no lo creyeron. Las doncellas declararon que
habían salido y que habían dejado la puerta exterior abierta para poder entrar
cuando regresaran. Se acumularon otros indicios análogos, que provocaron la
detención del criado inocente. Se instruyó un proceso, pero, transcurrida una
semana, el procesado contrajo unas fiebres y murió en el hospital sin haber
recobrado. el conocimiento. El sumario se archivó, se puso la causa en manos de
Dios, y todos, jueces, autoridades y público, quedaron convencidos de que el
autor del crimen había sido el difunto sirviente.
Entonces empezó el castigo. El misterioso visitante,
ya unido a mí por lazos de amistad, me explicó que al principio no había sentido
el menor remordimiento. Se limitaba a lamentar haber matado a una mujer
querida, ya que, al darle muerte, había matado a su propio amor, un amor
apasionado que hacía circular por sus venas una corriente de fuego. Casi se
olvidaba de que había derramado sangre inocente, de que había dado muerte a un
ser humano. No podía tolerar la idea de que su víctima hubiera sido la esposa
de otro. Así, estuvo mucho tiempo convencido de que había obrado como tenía que
obrar. La detención del criado le inquietó en el primer momento, pero su
enfermedad y su muerte le tranquilizaron, ya que el desgraciado había muerto no
a causa de la acusación que pesaba sobre él, sino por efecto de una pulmonía,
contraída al permanecer toda una noche tendido sobre la tierra húmeda. El robo
de joyas y dinero no le inquietaba, puesto que no había obrado por codicia,
sino para alejar de si las sospechas. La cantidad era insignificante. Además,
pronto entregó una suma mayor a un hospicio que se había fundado en nuestra
ciudad. Hizo esto para descargar su conciencia, y lo consiguió ‑cosa
notable‑ para mucho tiempo. Por su propia conveniencia, redobló sus
actividades. Consiguió que le confiasen una ardua misión que duró dos años, y,
gracias a la entereza de su cárácter, casi se olvidó de su delito. A ello le
ayudó su empeño de apartar de su mente la ingrata idea. Se dedicó a las buenas
obras a hizo muchas en nuestra localidad. Su fama de filántropo llegó a las
capitales, y en Petersburgo y en Moscú fue nombrado miembro de varias
instituciones benéficas.
Al fin, se sintió dominado por vagas y dolorosas
preocupaciones que eran superiores a sus fuerzas. Entonces se prendó de una
encantadora muchacha con la que se casó muy pronto, con la esperanza de que el
matrímonio, al poner fin a su soledad, disiparía sus angustias, y de que, al
entregarse de lleno a sus deberes de esposo y de padre, desterraría los malos
recuerdos. Pero sucedió todo lo contrario de lo que él esperaba. Desde el
primer mes de matrimonio empezó a obsesionarle una idea atormentadora. «Mi
mujer me quiere, pero ¿qué sucedería si lo supiera todo?» Cuando su esposa le
anunció que estaba encinta de su primer hijo, él se turbó. «Yo que he quitado
la vida, ahora la doy.» Cuando ya tenía más de un hijo, se preguntó: «¿Cómo
puedo atreverme a quererlos, a educarlos, a hablarles de la virtud, yo que he
matado?» Sus hijos eran hermosos. Anhelaba acariciarlos. «No puedo mirar sus
caras inocentes; no soy digno de mirarlas.» Finalmente tuvo una visión siniestra
y amenazadora de la sangre de su víctima, que clamaba venganza; de la vida
joven que había aniquilado. Empezó a tener horribles pesadillas. Su entereza de
ánimo le permitió resistir largo tiempo este suplicio. «Este sufrimiento
secreto es la expiación de mi crimen.» Pero esta idea era una vana esperanza:
su sufrimiento iba aumentando a medida que pasaba el tiempo. La gente lo respetaba
por sus actividades filantrópicas, aunque su cara sombría y su carácter severo
inspiraban temor. Pero cuanto más crecía este general respeto, más intolerable
le resultaba. Me confesó que había pensado en el suicidio. Otra idea empezó a
torturarle, una idea que al principio le pareció descabellada y absurda, pero
que acabó por formar parte de su ser hasta el punto de no poder expulsarla.
Esta idea fue la de confesar públicamente su crimen. Pasó tres años presa de
esta obsesión que se presentaba de diversas formas. Al fin, creyó con toda
sinceridad que esta confesión descargaría su conciencia y le devolvería la paz
interior para siempre. Pero, pese a esta seguridad, se sintió atemorizado.
¿Cómo lo haría? Entonces se produjo el incidente de mi desafio.
‑Ante su conducta ‑me dijo‑, he
decidido no retrasar mi confesión.
‑¿Cómo es posible ‑exclamé juntando las
manos‑ que un suceso tan insignificante haya engendrado semejante
determinación?
‑La tengo tomada desde hace tres años. Su
conducta sólo ha servido para darle impulso.
Añadió rudamente:
‑Al conocerlo a usted, me he colmado a mí mismo
de reproches y le he envidiado.
‑Pero han pasado ya catorce años: nadie le
creerá.
‑Tengo pruebas abrumadoras. Las exhibiré.
Me eché a llorar y lo abracé.
‑Sólo quiero que me aconseje sobre un punto ‑me
dijo como si todo dependiera de mi‑. ¡Mi mujer, mis hijos...! Ella acaso
muera de pesar. Mis hijos conservarán su categoría social, su fortuna; pero
siempre serán los hijos de un presidiario. Y ya puede usted suponer el recuerdo
que esos niños guardarán de mí.
Yo no respondí.
‑Además, me resisto a separarme de ellos, a
dejarlos para siempre...
Yo decía mentalmente una oración. Al fin, me levanté,
aterrado.
‑Contésteme ‑me dijo, mirándome
fijamente.
‑Haga su confesión pública ‑repuse‑.
Todo pasa; sólo la verdad permanece. Cuando sean mayores, sus hijos comprenderán
la nobleza de su acto.
Al marcharse, no daba la menor muestra de
irresolución. Sin embargo, estuvo quince días viniendo a verme todas las
noches. Se preparaba para cumplir su propósito, pero no se decidía. Sus palabras
me llenaban de angustia. A veces llegaba con un gesto de resolución y me
decía, enternecido:
‑Estoy seguro de que cuando lo haya confesado
todo, me parecerá vivir en un paraíso. Durante catorce años he vivido en un infierno.
Quiero sufrir. Cuando acepte este sufrimiento, empezaré a vivir. Ahora no me
atrevo a amar al prójimo, no me atrevo a amar ni siquiera a mis hijos. Señor,
estos niños se percatarán de lo mucho que he sufrido y no me censurarán.
‑Todos comprenderán su proceder, si no ahora,
más adelante, pues usted habrá rendido un servicio a la verdad, a la verdad
superior, que no es la verdad de este mundo.
Se marchaba aparentemente consolado, pero volvía al
día siguiente con semblante huraño, pálido y expresándose con amarga ironía.
‑Cada vez que entro aquí, usted me observa con
curiosidad. «¿Todavía no ha dicho nada?», parece preguntarme. Tenga calma y no
me desprecie. No es tan fácil como usted supone. A lo mejor, no hago mi
confesión nunca. Usted no me denunciará, ¿eh?
¡Denunciarle yo, que, lejos de sentir una curiosidad maligna,
ni siquiera me atrevía a mirarle! Me sentía afligido, atormentado, con el alma
llena de lágrimas. Por las noches no podía dormir.
‑Hace un momento estaba con mi mujer. ¿Sabe
usted lo que es una esposa? Al marcharme, me han gritado los niños: «Adiós,
papá. Vuelve pronto para darnos clase de lectura.» No, usted no puede
comprender esto. Las desgracias ajenas no nos instruyen.
Sus ojos centelleaban, temblaban sus labios. De
pronto, aquel hombre tan reposado dio un fuerte puñetazo en la mesa. Todo lo que
había sobre ella tembló.
‑¿Debo denunciarme a mí mismo? ¿Es necesario
que lo haga? No se ha condenado a nadie por mi crimen, no se ha enviado a nadie
a presidio. El criado murió de enfermedad. He expiado con mis sufrimientos la
sangre vertida. Por otra parte, no se me creerá, no se dará crédito a mis
pruebas. ¿Debo confesar? Estoy dispuesto a expiar mi crimen hasta el fin con
tal que no repercuta en mi mujer y mis hijos. ¿Es justo que los haga partícipes
de mi perdición? ¿No sería esto un delito? ¿Dónde está la verdad? ¿Es capaz la
gente de reconocerla, de apreciarla?
Yo me dije: «¡Pensar en la opinión ajena en estos
momentos... ! »
Me inspiraba tanta compasión, que de buena gana
habría compartido su suerte sólo por aliviarlo. El pobre estaba profundamente
trastornado. Me estremecí, pues lo comprendía y me daba perfecta cuenta de lo
que para él suponía tomar semejante determinación.
‑¡Dígame lo que debo hacer! ‑exclamó.
‑Vaya a entregarse ‑murmuré con acento
firme, aunque me faltaba la voz.
Cogí de la mesa la Biblia y le mostré el evangelio de
San Juan, señalándole el versículo 24 del capítulo 12, que dice:
«En verdad, en verdad os digo que si el grano de
trigo caído en la tierra no muere, quedará solo; pero si muere, producirá mucho
fruto.»
Cuando él llegó, yo acababa de leer este versículo.
Él lo leyó también.
‑Es una gran verdad ‑dijo con una amarga
sonrisa. Y añadió tras una pausa‑: Es tremendo lo que dicen estos libros.
Se le pueden poner a uno ante las narices. ¿Es posible que los escribieran los
hombres?
‑Todo fue obra del Espíritu Santo.
‑Es muy fácil hablar ‑dijo, sonriendo de
nuevo, pero casi con odio.
Volví a coger el libro, lo abrí por otra página y le
mostré la Epístola a los Hebreos, capítulo 10, versículo 31.
«Es terrible caer en las manos de Dios viviente.»
Apartó de sí el libro, temblando.
‑Es un versículo aterrador. ¡Bien ha sabido
usted escogerlo!
Se levantó.
‑Bueno, adiós. Acaso ya no vuelva a venir. Ya
nos veremos en el paraíso. Sí, hace ya catorce años que «caí en manos de Dios
viviente». Mañana suplicaré a estas manos que me suelten.
Mi deseo era abrazarlo, besarlo, pero no me atrevía.
Daba pena ver sus facciones contraídas. Se marchó.
«¡Señor! ‑me dije‑. ¿Adónde irá?»
Caí de rodillas ante el icono y rogué por él a la
Santa Madre de Dios, mediadora y auxiliadora. Pasé una media hora entre
lágrimas y rezos. Era ya tarde, casi medianoche. De pronto, se abrió la puerta.
Era él. No pude ocultar mi sorpresa.
‑¿Usted? ‑exclamé.
‑Creo que me he dejado aquí el pañuelo... Pero
eso poco importa: aunque no me lo hubiera dejado, permítame que me siente.
Se sentó. Yo permanecí en pie ante él.
‑Siéntese usted también.
Lo hice. Estuvimos así dos largos minutos. Él me
miraba fijamente. De pronto, sonrió. Después me estrechó entre sus brazos y me
besó.
‑Acuérdate de que he venido sólo para volver a
verte. ¿Entiendes? Acuérdate.
Era la primera vez que me tuteaba. Se marchó. Yo me
dije: «Mañana...» Y acerté. Como no me había movido de casa en los últimos
días, ignoraba que al siguiente se celebraba su cumpleaños. Asistió toda la
ciudad y la fiesta transcurrió como todas las de este género. Después del
banquete, se situó en medio de la sala, entre sus invitados. Tenía en sus manos
un escrito dirigido a sus superiores, que estaban presentes. Empezó a leer
para toda la concurrencia. El escrito era un relato detallado de su crimen.
Sus últimas palabras fueron: «Como corresponde a un monstruo, me separo de la
sociedad. Dios me ha visitado. Quiero sufrir. » Seguidamente depositó sobre la
mesa las pruebas guardadas durante catorce años: las jóyas robadas a la víctima
para desviar las sospechas, un medallón y una cruz que la muerta llevaba al
cuello, su cuaderno de notas y dos cartas, una de su prometido, en la que le
anunciaba su próxima llegada, y la de respuesta que ella había empezado con el
propósito de cursarla al día siguiente. ¿Por qué se había apoderado de estas
dos cartas y las había conservado durante catorce años, en vez de destruirlas,
para presentarlas como pruebas? ¿Qué significaba esto? Todos se estremecieron
de asombro y horror, pero no lo creyó nadie. Se le escuchó con extraordinaria
curiosidad, como se escucha a un enfermo. Días después, todo el mundo había
convenido que aquel hombre estaba loco.
Sus superiores y la justicia se vieron obligados a
llevar adelante el asunto, pero pronto se archivó el proceso. Aunque las cartas
y objetos presentados eran dignos de tenerse en cuenta, se estimó que, aun
suponiendo que estas pruebas fuesen auténticas, no podían servir de base para
una acusación en toda regla. La misma difunta podía habérselas confiado. Supe
que su autenticidad había sido confirmada por numerosas amistades de la
víctima. Pero tampoco esta vez llegaría el asunto a su fin. Cinco días después
se supo que el infortunado estaba enfermo y que se temía por su vida. De su
enfermedad sólo sé que se atribuía a trastornos cardíacos. A petición de su
esposa, los médicos examinaron su estado mental y llegaron a la conclusión de
que estaba loco. Yo no presencié ninguno de estos hechos. Sin embargo, me
abrumaban a preguntas. Intenté visitarlo, pero se me negó la entrada. Esta
prohibición duró largo tiempo, especialmente por la voluntad de su esposa.
‑Ha sido usted ‑me dijo ésta‑ el
que ha provocado su ruina moral. Mi marido fue siempre un hombre
taciturno. En este último año su agitación y su extraña conducta han
sorprendido a todo el mundo. Ha sido usted el causante de su perdición. Durante
el mes pasado no ha cesado usted de inculcarle sus ideas. Mi esposo le ha
visitado a diario.
No era sólo su mujer la que me acusaba, sino también
todos los habitantes de la ciudad.
‑La culpa es suya ‑me decían.
Yo callaba, con el corazón lleno de gozo por esta
manifestación de la misericordia divina ante un hombre que se había condenado a
sí mismo. No creí en su locura. Al fin me permitieron entrar en su casa. Él lo
había pedido insistentemente, con el deseo de despedirse de mí. En seguida vi
que sus días estaban contados. Era visible su agotamiento. Tenía la tez
amarilla y las manos temblorosas. Respiraba con dificultad. Sin embargo, su
mirada estaba saturada de emoción y de alegría.
‑Ya está hecho ‑me dijo‑. Hace
tiempo que deseaba verte. ¿Por qué no has venido?
No quise decirlé que no me habían permitido entrar.
‑Dios se ha compadecido de mí y me llama a su
lado. Sé que voy a morir, pero me siento feliz y tranquilo por primera vez
desde hace muchos años. Después de mi confesión me sentí como en un paraíso.
Ahora ya me atrevo a querer a mis hijos y a abrazarlos. Nadie me cree, nadie me
ha creído; ni mi esposa ni los jueces. Mis hijos no lo creerán nunca. Veo en
ello una prueba de la misericordia divina hacia esas criaturas. Heredarán un
nombre sin tacha. Ahora presiento a Dios. Mi corazón rebosa de gozo... He
cumplido con mi deber.
Estuvo unos momentos jadeante, sin poder hablar. Me
estrechaba las manos, me miraba con un brillo de exaltación en los ojos. Pero
no pudimos seguir hablando mucho tiempo. Su mujer nos vigilaba furtivamente.
No obstante, mi amigo pudo murmurar:
‑¿Te acuerdas de aquella vez que volví a tu
casa a medianoche? ¿Te acuerdas de que te dije que no lo olvidaras? Pues bien,
¿sabes por qué volví? Porque había decidido matarte.
Me estremecí.
‑Después de dejarte, empecé a vagar en la
oscuridad, luchando conmigo mismo. De pronto, sentí un odio intolerable hacia
ti. Pensé: «Estoy en sus manos. Es mi juez. Estoy obligado a entregarme a la
justicia, pues lo sabe todo.» No es que temiera que me denunciases. Ni siquiera
pensé en ello. Es que me decía: «No me atreveré a mirarle si no confieso.» Aunque
hubieras estado en los antípodas, la sola idea de que existías, lo sabías todo
y me juzgabas, me habría sido insoportable. Sentí un odio a muerte hacia ti;
te consideraba culpable de todo. Volví a tu casa al recordar que había visto
un puñal en la mesa. Me senté y te pedí que te sentaras. Estuve un minuto
reflexionando. Si te mataba, me perdería aunque no confesara mi crimen
anterior. Pero yo no pensaba, no quería pensar en ello en aquel momento. Te
odiaba y ardía en deseos de vengarme de ti. Pero el Señor triunfó en mi corazón
sobre el diablo. Sin embargo, te aseguro que nunca has estado tan cerca de la
muerte como entonces.
Murió una semana después. Toda la ciudad fue al
cementerio tras su ataúd. El sacerdote pronunció una alocución conmovedora, lamentándose
de la cruel enfermedad que había puesto fin a los días del difunto. Pero,
después del entierro, todo el mundo se volvió contra mí. Incluso se negaban a
recibirme. Sin embargo, algunos ‑y su número fue creciendo‑
admitieron la veracidad de la confesión. Más de uno vino a interrogarme con
maligna curiosidad, pues la caída y el deshonor de los justos suele causar
satisfacción. Pero yo guardé silencio y pronto me marché de la ciudad. Cinco
meses después, el Señor me consideró digno de entrar en el buen camino y yo le
bendije por haberme guiado de un modo tan manifiesto. En cuanto al infortunado
Miguel, lo incluyo todos los días en mis oraciones.
RESUMEN DE LAS CONVERSACIONES Y LA DOCTRINA
DEL STARETS ZÓSIMO
e) El religioso ruso y su posible papel
Padres y maestro, ¿qué es un religioso? En la
actualidad, las gentes más esclarecidas pronuncian esta palabra con ironía y, a
veces, incluso como una injuria. El mal va en aumento. Verdad es, ¡ay!, que
entre los monjes no faltan los holgazanes, los sensuales, los vagabundos
desvergonzados. «No sois más que unos vagos, miembros inútiles de la sociedad,
que vivis del trabajo ajeno; unos mendigos sin escrúpulos. » Sin embargo,
¡cuántos hay que son dulces y humildes, que buscan la soledad para entregarse
a sus fervientes oraciones! De éstos apenas se habla; algunos ni siquiera los
nombran. Por eso muchos se asombrarán si les digo que, en caso de que vuelva a
salvarse la tierra rusa, a ellos se deberá. Pues están verdaderamente separados
para «el día y la hora, el mes y el año». En su soledad, estos monjes conservan
la imagen de Cristo espléndida a intacta, en toda la pureza de la verdad
divina, legada por los padres de la Iglesia, los apóstoles y los mártires, y
cuando llegue la hora, la revelarán a este resquebrajado mundo. Es una idea
grandiosa. Esta estrella brillará en Oriente.
He aquí lo que yo pienso de los religiosos. Tal vez
sea una simple suposición mía; tal vez me equivoque. Pero observad a esa gente
que se eleva por encima del pueblo cristiano. ¿No han alterado la imagen de
Dios y su verdad? Esos hombres poseen la ciencia, pero una ciencia supeditada a
los sentidos. Al mundo espiritual, la mitad superior del género humano, se le
rechaza alegremente, incluso con odio. Sobre todo en estos últimos años, el
mundo ha proclamado la libertad. ¿Pero qué signiîica esta libertad? La
esclavitud y el suicidio. Pues se dice: «Tienes necesidades: satisfácelas.
Posees los mismos derechos que los grandes y los ricos. No temas satisfacer
tus necesidades. Incluso las puedes aumentar. » Éstas son las enseñanzas que
se dan ahora. Así interpretan la libertad. ¿Y qué consecuencias tiene este
derecho a aumentar las necesidades? En los ricos, la soledad y el suicidio
espirituales; en los pobres, la envidia y el crimen, pues se conceden derechos,
pero no se indican los medios para satisfacer las necesidades. Se dice que la
humanidad, acortando las distancias y transmitiéndose los pensamientos por el
espacio, se unirá cada vez más estrechamente, y que reinará la fraternidad.
Pero no creáis en esta unión de los hombres. Al considerar la libertad como el
aumento de las necesidades y su pronta saturación, se altera su sentido, pues
la consecuencia de ello es un aluvión de deseos insensatos, de costumbres a
ilusiones absurdas. Esos hombres sólo viven para envidiarse mutuamente, para la
sensualidad y la ostentación. Ofrecer banquetes, viajar, poseer objetos valiosos,
grados, sirvientes, se considera como ùna necesidad a la que se sacrifica el
honor, el amor al prójimo a incluso la vida, pues, al no poder satisfacerla,
habrá quien llegue al suicidio. Lo mismo ocurre a los que no son ricos ni
pobres. En cuanto a estos últimos, ahogan por el momento en la embriaguez la
insatisfacción de las necesidades y la envidia. Pero pronto no se embriagarán
de vino, sino de sangre: éste es el fin al que se les lleva. ¿Pueden considerarse
libres estos hombres? Un campeón de esta doctrina me contó un día que, estando
preso, se encontró sin tabaco y que esta privación le resultó tan insoportable,
que estuvo a punto de hacer traición a sus ideas para fumar. Pues bien, este
individuo pretendía luchar por la humanidad. ¿De qué podía ser capaz? A lo
sumo, de un esfuerzo momentáneo, de escasa duración. No es sorprendente que
los hombres hayan encontrado la servidumbre en vez de la libertad, y que lejos
de alcanzar la fraternidad y la unión, hayan caído en la desunión y la soledad,
como me dijo antaño mi visitante misterioso. La idea de la devoción a la
humanidad, de la fraternidad, de la solidaridad, va desapareciendo gradualmente
en el mundo. En realidad, se la recibe incluso con escarnio, pues ¿quién puede
desprenderse de sus hábitos? ¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y
ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le
preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han
aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del religioso es muy diferente. Hay quien se
burla de la obediencia, del ayuno, de la oración... Sin embargo, ése es el
único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas,
domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así,
con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría
espiritual. ¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su
servicio, el rico aislado espiritualmente o el religioso que se ha liberado de
la tiranía de las costumbres? Se censura al religioso su aislamiento. «Al
retirarte a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa
fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad.
Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos
no se den cuenta.
De nuestro medio salieron antaño los hombres de
acción del pueblo. ¿Por qué no ha de suceder hoy lo mismo? Esos ayunadores,
esos seres taciturnos, bondadosos y humildes, se levantarán por una causa
noble. El pueblo será el salvador de Rusia, y los monasterios rusos estuvieron
siempre al lado del pueblo. El pueblo está aislado, nosotros lo estamos
también. El pueblo comparte nuestra fe. Los políticos sin fe nunca harán nada
en Rusia, aunque sean sinceros y geniales: no olviden esto. El pueblo acabará
con el ateismo, y Rusia se unificará en la ortodoxia. Preservad al pueblo y
velad por su corazón. Instruidlo acerca de la paz. Ésta es vuestra misión de
religiosos. Nuestro pueblo lleva a Dios consigo.
f)
¿Pueden
llegar a ser hermanos en espiritu amos y servidores?
Hay que confesar que el pueblo es también víctima del
pecado. La corrupción aumenta visiblemente de día en día. El mal del aislamiento
invade al pueblo; aparecen los acaparadores y las sanguijuelas. El comerciante
experimenta una avidez creciente de honores. Pretende mostrar una instrucción
que no posee, y lo hace desdeñando los usos antiguos y avergonzándose de la fe
de sus padres. Va a casa de los príncipes, aunque no es más que un mujik
depravado. El pueblo ha perdido la moral por efecto del alcohol y no puede
dejar este vicio. ¡Cuántas crueldades han de sufrir las esposas y los hijos
por culpa de la bebida! Yo he visto en las fábricas niños de nueve años,
débiles, atrofiados, hundido el pecho y ya corrompidos. Un local asfixiante,
el fragor de las máquinas, el trabajo incesante, la obscenidad, las bebidas...
¿Es esto lo que conviene al alma de un muchacho? El niño necesita sol, los
juegos propios de su edad, buenos ejemplos y un poco de simpatía. Es preciso
que esto termine. Religiosos, hermanos míos, hay que poner fin a los
sufrimientos de los niños. Orad para que así sea.
Pero Dios salvará a Rusia, pues el bajo pueblo,
aunque pervertido y agrupado en torno al pecado, sabe que el pecado repugna a
Dios y se siente culpable ante Él. Así, nuestro pueblo no ha cesado de creer en
la verdad: admite a Dios y derrama ante Él lá rimas de ternura. No ocurre lo
mismo entre los privilegiados. Éstos son adictos a la ciencia y quieren
organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón, prescindiendo de
Cristo. Ya han proclamado que no existe el pecado ni el crimen. Desde su punto
de vista tienen razón, pues, si no hay Dios, ¿cómo puede existir el delito? En
Europa, el pueblo se levanta ya contra los ricos. En todas partes, sus jefes
lo incitan al crimen y le dicen que su cólera es justa. Pero «maldita sea su
cólera por ser cruel. El Señor salvará a Rusia, como la ha salvado tantas
veces. La salvación vendrá del pueblo, de su fe, de su humildad. Padres míos,
preservad la fe del pueblo. No estoy soñando. Siempre me ha impresionado la
noble dignidad de nuestro gran pueblo. He visto esa dignidad y puedo
atestiguarla. Nuestro pueblo no es servil, aun habiendo sufrido dos siglos de
esclavitud. Es desenvuelto en su porte y en sus ademanes, pero sin ofender a
nadie con esta desenvoltura. No es ni vengativo ni envidioso. Piensa: «Eres
distinguido, rico, inteligente... Que Dios te bendiga. Te respeto, pero has de
saber que también yo soy un hombre. El hecho de que te respete sin envidiarte
te revelará mi dignidad humana.» El pueblo no lo dice así (todavía no sabe decirlo),
pero obra de este modo. Lo he visto, lo he experimentado. Creedme: cuanto más
pobre y humilde es el ruso, más claramente se observa en él esta noble verdad,
pues los ricos, los acaparadores, por lo menos en su mayoría, han caído en la
inmoralidad, y nuestra negligencia, nuestra indiferencia han contribuido a ello
en buena parte. Pero Dios salvará a los suyos, porque Rusia es grande, y su
grandeza es hija de su humildad. Pienso en nuestro porvenir y me parece estar
viendo lo que ocurrirá. El rico más depravado acabará por avergonzarse de su
riqueza ante el pobre, y el pobre, conmovido por este rasgo de humildad, será
comprensivo y responderá generosamente, amistosamente, a semejante prueba de
noble confusión. No les quepa duda de que ocurrirá así, pues se progresa en esa
dirección. La igualdad sólo existe en la dignidad espiritual, y esto únicamente
nosotros lo comprenderemos. Cuando haya hermanos, reinará la fraternidad, y sin
fraternidad, jamás podremos compartir nuestros bienes. Conservamos la imagen
de Cristo, que resplandecerá a los ojos del mundo entero como un magnífico
diamante... ¡Así sea!
Padres y maestros, una vez me sucedió algo
emocionente. Durante mis peregrinaciones, y cuando ya llevaba ocho años
separado de mi antiguo asistente Atanasio, me encontré con él en la ciudad de
K... Esto ocurrió en el mercado. Al verme, me reconoció y corrió hacia mi lleno
de alegría. «¿Pero es usted, padre? ¡Qué feliz encuentro! » Me llevó a su casa.
Al terminar el servicio se había casado y tenía ya dos niños pequeños. Su
mujer y él vivían de una pequeña industria de cestería. Su vivienda era pobre,
pero alegre y limpia. Me obligó a sentarme, preparó el samovar y envió en busca
de su esposa, como si mi visita fuese una solemnidad. Me presentó a sus dos hijos.
‑Bendígalos, padre.
‑No soy quién para bendecirlos ‑repuse‑,
pues sólo soy un humilde religioso. Lo que haré es orar por ellos. A ti,
Atanasio Paulovitch, te he tenido siempre presente en mis oraciones desde aquel
día inolvidable, pues tú fuiste la causa de todo.
Le expliqué lo ocurrido. Él me miraba como si no
pudiese creer que su antiguo dueño, un oficial, estuviera ante él vestido de
monje. Incluso lloraba.
‑¿Por qué lloras? ‑le pregunté‑.
¿No te he dicho que no puedo olvidarte? Alégrate conmigo, querido, pues mi
camino está lleno de luz de felicidad.
Él no hablaba apenas, pero suspiraba y movía la
cabeza enternecido.
‑¿Qué ha hecho usted de su fortuna?
‑La he entregado al monasterio: vivimos en
comunidad.
Después del té me despedí de ellos. Atanasio me
entregó cincuenta copecs para el monasterio y luego me puso otros cincuenta en
la mano.
‑Es para usted ‑me dijo‑. Usted
viaja y puede necesitarlo, padre.
Acepté la limosna, me despedí del matrimonio y me fui
con el alma llena de alegría. Por el camino iba pensando: «Sin duda, él está
haciendo en su casa lo que yo hago en el camino: suspirar y reír lleno de
júbilo. Somos felices al recordar que Dios hizo que nos encontrásemos. Yo era
su dueño, él era mi servidor, y ahora, al abrazarnos llenos de emoción, un
noble lazo nos ha unido.»
No le he vuelto a ver jamás, pero me he acordado
muchas veces de todo esto, y ahora me digo que no es imposible que esta profunda
y franca unión se llegue a realizar en todas partes entre los rusos. Yo creo
que se realizará, y muy pronto.
Ya que hablamos de los servidores, voy a añadir algo
acerca de ellos. Cuando era joven, me irritaba frecuentemente contra los de mi
casa. Que si la cocinera había servido la comida demasiado caliente, que si el
ayuda de cámara no me había cepillado el traje... Pero mucho tiempo después, el
recuerdo de unas palabras que oí pronunciar a mi hermano cuando era niño me
abrieron los ojos. «¿Soy digno de que otros hombres me sirvan? ¿Tengo derecho a
explotar su miseria y su ignorancia?» Entonces me asombré de que ideas tan
sencillas y claras tardaran tanto en llegar a nuestra comprensión. No se puede
pasar sin servidores en este mundo, pero tratadlos de modo que se sientan
moralmente incluso más libres que si no fueran servidores. ¿Por qué no he de
ser yo el servidor del mío? ¿Por qué no ha de ver él este gesto sin
desconfianza y sin considerarlo hijo de mi superioridad y mi altivez? ¿Por qué
no he de mirar a mi servidor como a un pariente que se admite con alegría en el
seno de la familia? Esto es ya realizable y servirá de base para la magnífica
unión que se cumplirá en el porvenir, cuando el hombre no pretenda convertir en
servidores a sus semejantes, como ocurre ahora, sino que desee ardientemente
ser el servidor de todos los demás, como nos enseñan los Evangelios. ¿Por qué
ha de ser un sueño creer que, al fin, el hombre se sentirá feliz de realizar
las obras que nos dictan la caridad y la cultura, y no, como sucede en nuestros
días, al dar satisfacción a instintos brutales, a la glotonería, la
fornicación, el orgullo, la jactancia, el afán, hijo de los celos, del dominio
sobre los demás? Estoy seguro de que esto no es un sueño y se realizará muy
pronto. Algunos se rien y preguntan: « ¿Cuándo sucederá esto? ¿Es posible que
suceda? » Yo creo que realizaremos esta obra con la ayuda de Cristo. En la
historia de la humanidad, ¡cuántas ideas que parecían irrealizables diez años
antes, se cumplieron de pronto, al llegar su misterioso término, y se difundieron
por toda la tierra! Así ocurrirá en nuestro suelo. Nuestro pueblo resplandecerá
ante el mundo y todos dirán: «La piedra que los arquitectos desecharon se ha
convertido en la piedra angular.» A los que nos dicen que soñamos podríamos
preguntarles si no es un sueño la realización de su propia obra, el propósito
de organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón y prescindiendo
de Cristo. Afirman que aspiran también a la unión, pero esto sólo pueden
creerlo los más cándidos, aquellos cuya ingenuidad llega a los limites más
inauditos. En realidad, hay más fantasía en sus cabezas que en las nuestras.
Esos hombres pueden organizarse de acuerdo con la justicia, pero, al haberse
separado de Cristo, inundarán el mundo de sangre, pues la sangre llama a la
sangre, y el que ha desenvainado la espada, por herida de espada morirá. Sin la
creencia en Cristo se exterminarán hasta quedar sólo dos. Y estos dos,
dejándose llevar por su soberbia, lucharán hasta que uno de ellos elimine al
otro, y luego, muy pronto, desaparecerá él mismo. Esto es lo que sucederá si no
se cree en la promesa de Cristo de evitar esta lucha por amor a la bondad y a
la humildad.
Después de mi duelo, cuando llevaba todavía el
uniforme, tuve ocasión de hablar en sociedad de los servidores. Recuerdo que
asombré a todo el mundo.
‑Según usted ‑dijo uno‑, habrá que
sentar a nuestros sirvientes en un sillón y servirles el té.
‑¿Por qué no? Sólo habría que hacerlo alguna
que otra vez.
Todos se echaron a reír. La pregunta había sido
ligera y mi respuesta no fue clara. Pero creo que en esta contestación había
algo de verdad.
g) La oración,
el amor y el contacto con los otros mundos
Joven, no olvides la oración. Toda oración, si es
sincera, expresa un nuevo sentimiento; es la fuente de una idea nueva que
ignorabas y que te reconfortará. Entonces comprenderás que el rezo es un medio
de educación. Acuérdate, además, de repetir todos los días y tantas veces como
puedas estas palabras: «Señor, ten piedad de todos los que comparecen ante
Ti.» Pues, hora tras hora, termina la existencia terrestre de algunos de los
seres humanos de más alta valía espiritual y sus almas llegan ante Dios.
¡Cuántos de ellos han dejado este mundo en la soledad más completa, ignorados
por todos, tristes y amargados de la indiferencia general! Y tal vez, aunque
no conozcas al que muere, porque vive en el otro extremo del mundo, el Señor
oiga tu plegaria. El alma temerosa que llega a la presencia de Dios se
conmoverá al saber que hay sobre la tierra alguien que le ama a intercede por
ella. Y Dios os mirará a los dos con más misericordia, pues si tú te compadeces
del alma de otro, Él se compadecerá mucho más, pues su caudal de piedad y amor
es inagotable. Así, Él perdonará por ti.
Hermanos míos, no temáis al pecado; amad al hombre
aunque sea un pecador, pues así seguiréis el ejemplo del amor divino, al que no
se puede comparar ningún amor de la tierra.
Amad a toda la creación en conjunto y a cada uno de
sus elementos: amad a cada hoja del ramaje, a cada rayo de luz, a los animales,
a las plantas... Amando a las cosas comprenderéis el misterio divino de todas
ellas. Y una vez comprendido, penetraréis en esta comprensión cada vez más. Y
terminaréis por amar al mundo entero con un amor universal. Amad a los
animales, ya que Dios les ha dado un principio de pensamiento y una alegría
apacible. No los molestéis, no los atormentéis quitándoles esta alegría, pues
ello sería oponerse a los propósitos de Dios. Hombre, no hagas sentir tu
superioridad a los animales, que están exentos de pecado, mientras tú manchas
la tierra, dejando a tus espaldas un rastro de podredumbre. Así proceden casi
todos los hombres, por desgracia. Amad sobre todo a los niños, pues también
ellos desconocen el pecado, como los ángeles. Están en el mundo para llegarnos
al corazón y purificarlo. Son para nosotros como un aviso. ¡Maldito sea el que
ofenda a estas criaturas! El hermano Antimio me ha enseñado a amarlas. Sin
decir palabra, empleaba los copecs que nos daban de limosna para comprar
golosinas y regalarlas a los niños. Se conmovía cuando estaba junto a ellos.
A veces, sobre todo en presencia del pecado, nos
preguntamos: «¿Hay que recurrir a la fuerza o a la humildad del amor?» Emplead
siempre el amor: con él podréis dominar al mundo entero. El ser humano lleno de
amor es una fuerza temible con la que ninguna otra se puede igualar. No os
descuidéis en ningún momento de guardar una actitud digna. Suponed que pasáis
por el lado de un niño presas de cólera y blasfemando. Vosotros no habéis visto
al niño, pero él os ha visto a vosotros, y es muy probable que conserve el
recuerdo de vuestra baja actitud. Sin saberlo habréis sembrado un mal germen
en el alma de ese niño, un germen que puede desarrollarse, y todo por haber
cometido un olvido ante ese muchacho, por no haber cultivado en vuestro ser el
amor activo, hijo de la reflexión. Hermanos míos, el amor es un buen maestro,
pero hay que saber adquirirlo, pues no se obtiene fácilmente, sino a costa de
largos esfuerzos. Hay que amar no momentáneamente, sino hasta el fin. Hasta el
más detestable malvado es capaz de sentir un amor circunstancial.
Mi hermano pedía perdón a los pájaros. Esto parece
absurdo, pero tiene su lógica, pues todas las cosas se parecen al océano, donde
todo resbala y se comunica. Se toca en un punto y el toque repercute en el otro
extremo del mundo. Admitamos que sea una locura pedir perdón a los pájaros.
Sin embargo, lo mismo los niños que los pájaros y que todos los animales que
nos rodean vivirán más a sus anchas si vosotros os comportáis dignamente.
Entonces rogaréis a los pájaros. Entregados enteramente al amor, en una especie
de éxtasis, les pediréis que os perdonen vuestros pecados. Alabad este éxtasis,
por muy absurdo que parezca a los hombres.
Amigos míos, pedid a Dios alegría; sed tan alegres
como los niños, como los pájaros bajo el cielo. No permitáis que el pecado
obstruya vuestra acción; no temáis que empañe vuestra obra y os impida
cumplirla. No digáis: «El pecado, la impiedad, el mal ejemplo son poderosos, y
nosotros, en cambio, somos débiles y estamos solos. El mal triunfará sobre el
bien.» No os descorazonéis, hijos míos. No hay más que un medio de hallar la
salvación: el de cargar con todos los pecados de los hombres. Desde el momento
en que respondáis por todos y por todo, veréis que es justo que obréis así, ya
que sois culpables por todos y por todo. En cambio, si arrojáis vuestra pereza
y vuestra debilidad sobre vuestros semejantes, acabaréis por entregaros a un
orgullo satánico y murmuraréis contra Dios. He aquí lo que yo pienso de este
orgullo: es difícil comprenderlo aquí abajo, y por eso caemos en él tan fácil y
erróneamente, creyendo que realizamos alguna obra noble a importante. Entre
los sentimientos y los impulsos más violentos de nuestra naturaleza hay muchos
que no podemos comprender aquí abajo, pero no creas, hermano, que esto pueda
servirte siempre de justificación, pues el Juez soberano te pedirá cuentas de
todo lo que puedes comprender, aunque no te las pida de lo demás. Vamos
errantes por la tierra y, si no tuviésemos como guía la preciosa imagen de
Cristo, nos extraviaríamos, como ya sucedió al género humano antes del
diluvio, y acabaríamos por sucumbir. En este mundo somos ciegos para muchas
cosas. En cambio, tenemos la sensación misteriosa del lazo de vida que nos
liga al mundo de los cielos. Las raíces de nuestras ideas y de nuestros
sentimientos no están aquí, sino allí. Por eso los filósofos dicen que en la
tierra es imposible comprender la esencia de las cosas. Dios ha tomado
semillas de los otros mundos y las ha sembrado aquí abajo para tener en la
tierra su jardín. Lo ha formado con todo lo que podía crecer, pero nosotros
somos plantas que sólo vivimos por la sensación del contacto con esos mundos.
Cuando esta sensación se debilita o se extingue, lo que había brotado en
nosotros perece. Llega un momento en que la vida nos es indiferente a incluso
la miramos con aversión. Por lo menos, así me parece.
h) ¿Podemos ser jueces de nuestros semejantes? La fe
verdadera
Recuerda siempre que no puedes ser juez de nadie, ya
que, antes de juzgar a un criminal, el juez debe tener presente que él es tan
criminal como el acusado, y tal vez más culpable de su crimen que todos. Cuando
haya comprendido esto, podrá ser juez: es una gran verdad, por absurdo que
parezca. Pues si yo soy un hombre justo, nadie será un criminal ante mi. Si
puedes cargar con el crimen del acusado al que juzgas, hazlo inmediatamente,
sufre por él y déjalo marcharse sin hacerle ningún reproche. Incluso si eres
juez de profesión, haz todo lo posible por desempeñar tu cargo con este
criterio, pues, una vez que se haya marchado, el culpable se condenará a sí
mismo más severamente que podría hacerlo ningún tribunal de justicia. Si se va
sin que tu conducta le haya producido efecto y burlándose de ti, no te
desanimes: ese hombre obra así porque todavía no ha llegado para él el momento
de la revelación; pero ya llegará. En el caso contrario, el acusado
comprenderá, sufrirá, se condenará a si mismo: se le habrá revelado la verdad.
Cree en esto firmemente: es la base de la esperanza y de la fe de los santos.
Que tu actividad sea continua. Si por la noche, antes
de dormirte, te acuerdas de que has dejado de cumplir algún deber, levántate
en el acto y cúmplelo. Si los que te rodean se niegan a escucharte, por malicia
o por indiferencia, arrodíllate y pídeles perdón, pues en realidad tuya es la
culpa de que no quieran escucharte. Si se niegan a oírte los irascibles,
sírvelos en silencio y humildemente, sin perder jamás la esperanza. Si todos se
apartan de ti y algunos te rechazan con violencia, permanece solo, arrodíllate,
besa la tierra, riégala con tus lágrimas, aunque nadie te vea ni te oiga. Estas
lágrimas darán fruto. Cree hasta el fin, incluso en el caso de que todos los
hombres se hubieran descarriado y fueses tú el único que permanecieras fiel.
Aporta tu ofrenda y alaba a Dios por haberte permitido conservar la fe en tu
aislamiento. Y si te reúnes con otro hombre como tú, obtendrás la plenitud del
amor vivo. Daos entonces un fuerte abrazo y alabad al Señor por haberos permitido,
aunque sólo a vosotros dos, cumplir la verdad de su palabra.
Si has pecado y la aflicción te abruma, alégrate por
otro que sea justo, alégrate de que éste, al contrario que tú, haya permanecido
fiel y no haya pecado.
Si la maldad de los hombres te produce tanta amargura
a indignación que despierta en ti un deseo de venganza, rechaza este sentimiento
por encima de todo: impónte a ti mismo idéntica pena que si la falta la
hubieses cometido tú. Acepta este dolor, súfrelo y tu corazón se calmará, pues
comprenderás que también tú eres culpable, ya que, aunque hubieras sido el
único hombre justo, habrías podido hacer entrar en razón a ese malvado con tu
buen ejemplo. Si hubieses iluminado su mente, él habría visto otro camino, y el
criminal acaso no habría cometido su crimen al obtener gracias a ti la
clarividencia. Si los hombres permanecen insensibles a esta luz mental a pesar
de tus esfuerzos y desprecian su salvación, manténte firme y no dudes del poder
de la luz celestial: puedes estar seguro de que si no se han salvado todavía,
se salvarán en adelante. Y si no se salvan ellos, se salvarán sus hijos, pues
su luz no se apagará nunca, ni aun después de tu muerte. La humanidad se salvó
después de la muerte del Salvador. El género humano rechaza a sus profetas, los
aniquila, pero los hombres aman a sus mártires, veneran a quienes han dado
muerte ellos mismos. Trabajas para la colectividad, obras para el porvenir. No
busques recompensas, pues ya tienes una, y muy grande, en la tierra: tu alegría
espiritual, de la que sólo pueden participar los justos. No temas a los grandes
ni a los poderosos, no te excedas en nada; instrúyete sobre esto. Retirate a la
soledad y reza. Prostérnate con amor y besa la tierra. Ama incansablemente,
insaciablemente, a todos y a todo; procura alcanzar este éxtasis, esta
exaltación. Riega la tierra con lágrimas de alegría y ama estas lágrimas. No
te avergüences de este éxtasis, adóralo, pues es un gran don que Dios sólo
concede a los elegidos.
i)
El
infierno y el fuego eterno. Reflexiones místicas
Padres míos, ¿qué es el infierno? Yo lo defino como
el sufrimiento de no poder amar. En un punto, en un instante del espacio y del
tiempo infinitos, un ser espiritual tiene la posibilidad, mediante su
aparición en la tierra, de decirse: «Existo y amo.» Sólo por una vez se le ha
concedido un momento de amor activo y viviente. Para este fin se le ha dado la
vida terrestre, de tiempo limitado. Pues bien, este ser feliz ha rechazado el
inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto: lo observa irónicamente
y permanece insensible ante él. Este ser, cuando deja la tierra, ve el seno de
Abraham, charla con él como se refiere en la parábola de Lázaro y del rico de
mal corazón; contempla el paraíso y puede elevarse hasta el Señor. Pero le
atormenta la idea de llegar sin haber amado, de entrar en contacto con los que
han prodigado su amor, habiéndolo desdeñado él. Ahora ve las cosas claramente y
se dice: «En este momento poseo la clarividencia y comprendo que, pese a mi sed
de amor, mi amor no tendrá valor alguno, ya que no representará ningún
sacrificio, por haber terminado mi vida terrestre. Abraham no vendrá a calmar,
ni siquiera con una gota de agua, mi sed ardiente de amor espiritual, este amor
que ahora me abrasa, después de haberlo desdeñado en la tierra. La vida y el
tiempo han terminado. Ahora daría de buena gana mi vida por los demás, pero
esto es imposible, pues la vida que yo quisiera sacrificar al amor ya ha pasado
y entre ella y mi existencia actual hay un abismo.»
Se habla del fuego del infierno tomando la expresión
en su sentido literal. No me atrevo a sondear este misterio, pero me parece
que si hubiese verdaderas llamas, los condenados se regocijarían, pues el
tormento físico les haría olvidar, aunque sólo fuera por un instante, la
tortura moral, mucho más horrible que la del cuerpo. Es imposible librarlos de
este dolor, pues está dentro de ellos, no fuera. Pero yo creo que si se les
pudiera librar del sufrimiento físico, se sentirían aún más desgraciados. Pues
aunque los justos del paraíso los perdonaran al advertir su tormento y,
llevados de su amor infinito, los llamaran a su lado, sólo conseguirían
aumentar el mal, avivando en ellos la sed ardiente de un amor activo, que
corresponde a otro y lo agradece, amor que ya no es posible en esos
desgraciados. Yo creo, sin embargo, que el convencimiento de esta imposibilidad
acabará por descargar sus conciencias, pues, al aceptar el amor de los justos
sin poder corresponderles, sentirán una humilde sumisión que creará una especie
de imagen, de imitación del amor activo que desdeñaron en la tierra... Me
parece, hermanos y amigos, que no he podido expresar claramente estos pensamientos.
Pero malditos sean aquellos que se han destruido a si mismos, malditos sean
esos suicidas. No creo que haya seres más desdichados que ellos. Se dice que
es un pecado rogar a Dios por estas almas, y, al parecer, la Iglesia los
repudia, pero yo creo que se puede orar por ellas también. El amor no puede
irritar en ningún caso a Cristo. Toda mi vida he rogado desde el fondo de mi
corazón por esos infortunados, y les confieso, padres, que sigo haciéndolo
todavía.
En el infierno hay seres que permanecen altivos y
hostiles a pesar de haber adquirido la claridad de pensamiento y de tener ante
sus ojos la verdad incontestable. Algunos de ellos son verdaderos monstruos
entregados enteramente a Satanás y a su orgullo, mártires voluntarios que no
se sacian de infierno, que se han maldecido a sí mismos,por haber maldecido a
Dios y a la vida. Se alimentan de su feroz soberbia, comb el hambriento
caminante del desierto se bebe su propia sangre. Pero son y serán siempre
insaciables y rechazan el perdón. Maldicen a Dios, que les llama. Y querrían
que Dios y toda su Creación desaparecieran. Arderán eternamente en el incendio
de su cólera y siempre tendrán sed de muerte y de exterminio...
Aquí termina el manuscrito de Alexei Fiodorovitch
Karamazov. Repito que es incompleto y fragmentario. Por ejemplo, los datos
biográficos sólo abarcan la primera juventud del starets. Para resumir
sus enseñanzas y sus opiniones se han reunido manifestaciones hechas por él en
épocas y ocasiones diversas. La alocución del starets en sus últimas
horas es imprecisa: para comprender el espíritu y el fondo de esta exposición
hay que recurrir a los extractos de otras lecciones que figuran en el
manuscrito de Alexei Fiodorovitch.
El fin del starets sobrevino inesperadamente,
pues, aunque todos los que estaban con él se daban cuenta de que se acercaba
su fin, nadie se podía imaginar que muriera tan repentinamente. Por el
contrario, como ya hemos dicho, viéndole tan animado, tan locuaz, creyeron en
una notable mejoría, aunque fuese pasajera. Cinco minutos antes de su muerte,
nadie podía prever lo que iba a ocurrir. Sintió de pronto un dolor agudo en el
pecho y se llevó las manos a él. Todos se apresuraron a socorrerlo. Sonriendo a
pesar de su dolor, se deslizó de su sillón, quedó de rodillas y se inclinó
hasta tocar el suelo con la frente. Después, como en éxtasis, abrió los brazos,
besó la tierra murmurando una oración (eran sus propias enseñanzas) y entregó
su alma a Dios alegremente, dulcemente...
La noticia de su muerte se extendió con gran rapidez
por el recinto de la ermita y llegó al monasterio. Los íntimos del difunto y
los que por su jerarquía eclesiástica estaban obligados a ello, lo amortajaron
de acuerdo con los ritos tradicionales. La comunidad se reunió en la iglesia.
Antes de la salida del sol, la nueva llegó a la ciudad y fue el tema de todas
las conversaciones. Gran número de vecinos acudió al monasterio. Ya hablaremos
de esto en el libro siguiente. Ahora nos limitaremos a decir que aquel día se
produjo un acontecimiento'inaudito que causó gran impresión entre los monjes y
los habitantes de la ciudad, un acontecimiento tan extraño y desconcertante,
que todavía, después de tantos años, se conserva en nuestra localidad un vivido
recuerdo de aquella jornada llena de emociones...
TERCERA PARTE
ALIOCHA
CAPÍTULO PRIMERO
EL OLOR NAUSEABUNDO
El cuerpo del padre Zósimo fue preparado para la
inhumación ¿e acuerdo con el rito establecido. Sabido es que a los monjes y a
los ascetas que mueren no se les baña. El Gran Ritual dice: «Cuando un monje
recibe la llamada del Señor, el hermano designado por la comunidad frota su
cuerpo con agua tibia, después de trazar con una esponja una cruz en su frente,
otra en su pecho, una en cada mano, otras dos en sus pies y dos también en sus
rodillas. Y nada más. a El padre Paisius se encargó de esta operación. Después
puso al difunto el hábito monástico y otra vestidura ritual, rasgándola, como
está prescrito, en forma de cruz. En la cabeza se le ajustó un capuchón en cuya
cúspide había una cruz de ocho brazos, se cubrió su cara con un velo negro y
se le puso en las manos una imagen del Salvador. Una vez vestido así el
cadáver, se le colocó, aquella misma mañana, en un féretro que estaba
construido desde hacia mucho tiempo. Se decidió dejarlo todo el día en la gran
cámara que se utilizaba como salón. Como el difunto tenía la categoría ieroskhimonakh [L62], había que leer no el salterio, sino el
Evangelio. Después de la ceremonia fúnebre, el padre José empezó la lectura. El
padre Paisius, que quería sustituirle en seguida para el resto de la jornada y
para toda la noche, estaba en aquel momento tan atareado como el superior de la
ermita.
Entre los monjes y los laicos que acudieron en masa
se advirtió una agitación inaudita, incluso inconveniente, una actitud de espera
febril. El superior y el padre Paisius hacían todo lo posible para calmar los
espíritus sobreexcitados. Cuando la claridad del día lo permitió, se vio llegar
a los fieles, transportando a sus enfermos, casi todos niños. Esperaban una
curación inmediata, y su fe les decía que el milagro iba a producirse sin duda
alguna. Entonces se vio hasta qué punto había considerado la gente como un
verdadero santo al starets. No todos los que formaban aquella
muchedumbre, ni mucho menos, pertenecían a las clases inferiores. La ávida a impaciente
espera de aquellos creyentes, exhibida sin reserva alguna, rebasaba las
previsiones del padre Paisius y lo escandalizaba. Al encontrarse con otros
monjes, todos profundamente conmovidos, les dijo:
‑Esta espera frívola a inmediata de grandes
acontecimientos sólo es posible entre los laicos. A nosotros no nos puede
afectar.
Pero apenas lo escuchaban, cosa que el padre Paisius
advirtió con inquietud, y más al observar que él mismo, a pesar de su aversión
a las esperanzas de realización inmediata, a su juicio cosas propias de
personas ligeras y frívolas, las compartía secretamente y con la misma
vehemencia que los demás. Sin embargo, ciertos encuentros lo contrariaban
profundamente y despertaban en él grandes dudas. Entre la multitud que se
hacinaba en el salón advirtió con repugnancia (y en seguida se reprochó este
sentimiento) la presencia de Rakitine y del monje de Obdorsk, que no se
decidía a dejar el monasterio. Los dos parecieron repentinamente sospechosos
al padre Paisius, y no eran los únicos que despertaban sus sospechas. En medio
de la agitación general, el monje de Obdorsk era el más bullicioso. Se le veía
en todas panes haciendo preguntas, aguzando el oído y hablando en voz baja, con
aire de misterio. Se mostraba impaciente y como irritado a causa de que el
milagro esperado tanto tiempo no se hubiera producido.
Rakitine había llegado a la ermita muy temprano,
cumpliendo las instrucciones de la señora de Khokhlakov, como se supo más
tarde. Cuando esta dama, de buen corazón pero desprovista de carácter, que no
tenía acceso al monasterio, se despertó y se enteró de la noticia, sintió tal
curiosidad, que envió en seguida a Rakitine con el encargo de transmitirle cada
media hora un informe escrito de todo lo que iba sucediendo. Consideraba a
Rakitine como un joven ejemplarmente piadoso, tan insinuante era y tal arte
tenía para hacerse valer a los ojos de las personas que le interesaban por
algún motivo.
El día era hermoso. Multitud de fieles se agrupaban
alrededor de las tumbas, la mayoría de las cuales estaban en la vecindad de la
iglesia, hallándose las demás diseminadas una aquí y otra allá. El padre
Paisius, que daba una vuelta por el monasterio para inspeccionarlo todo, pensó
de pronto en Aliocha, al que hacía mucho tiempo que no había visto, y en este
preciso momento lo distinguió en un rincón lejano, cerca del muro que limitaba
el recinto, sentado en la tumba de un monje fallecido hacía muchos años y que
había alcanzado fama por su abnegación ascética. Aliocha estaba de espaldas a
la ermita, dando la cara al muro y casi oculto por la tumba. Al acercarse a él,
el padre Paisius vio que se cubría el rostro con las manos y que los sollozos
sacudían su cuerpo. Estuvo un momento mirándolo.
‑No llores más, hijo mío ‑le dijo al fin
con afecto y simpatía‑; basta de lágrimas. ¿Qué razón hay para que
llores? Por el contrario, debes alegrarte. ¿Acaso ignoras que hoy es un día
sublime para él? Piensa en el lugar donde se halla ahora, en este momento.
Aliocha miró al monje, descubriendo su cara hinchada
por el llanto, lo que le daba un aspecto infantil. Pero en seguida se volvió de
espaldas y de nuevo ocultó su rostro entre las manos.
‑Tal vez hagas bien en llorar ‑dijo el
padre Paisius, pensativo‑. Estas lágrimas te las envía el Señor. «Tus
sentidas lágrimas darán descanso a tu alma y aliviarán tu corazón.»
Dijo esto último para sí, observando con afecto a
Aliocha, y se apresuró a marcharse, notando que acabaría por echarse a llorar
también si seguía mirándolo.
Pasaban las horas, los ritos fúnebres se sucedían. El
padre Paisius sustituyó al padre José al lado del ataúd y continuó la lectura
de los Evangelios.
Antes de las tres de la tarde se produjo el hecho de
que he hablado al final del libro anterior, acontecimiento tan inesperado, tan
contrario a lo que todos esperaban, que ‑lo repito‑ todavía se
recuerda en la ciudad y en toda la comarca. Debo añadir que casi me repugna
hablar de este suceso escandaloso, trivial y corriente en el fondo, y que lo
habría pasado por alto si no hubiera influido decisivamente en el alma y el
corazón del principal aunque futuro héroe de mi relato, Aliocha, provocando en
él una especie de revolución íntima que agitó su pensamiento, pero que lo
afirmó en el camino que conducía a determinado fin.
Antes de la salida del sol, cuando el cuerpo del starets
se colocó en el ataúd y se transportó el féretro a la espaciosa cámara, alguien
preguntó si se debían abrir las ventanas. Pero la pregunta quedó sin respuesta,
pues pasó inadvertida para la mayoría de los presentes. Sólo la oyeron algunos,
y éstos no podían concebir que semejante cadáver se corrompiera y oliese mal.
La idea les pareció absurda y enojosa, y también cómica, por la frivolidad y
falta de fe que encerraba. Todo el mundo esperaba precisamente lo contrario. A
primera hora de la tarde empezó a percibirse algo extraordinario. Los primeros
que lo notaron fueron los que entraban a cada momento en la gran cámara, pero
guardaron silencio, pues ninguno se atrevía a participar su preocupación a los
otros. A eso de las tres, el hecho fue tan evidente, que la noticia corrió por
la ermita y se extendió por todo el monasterio, sorprendiendo a la comunidad
entera.
Pronto llegó a la ciudad, causando honda impresión a
creyentes e incrédulos. Estos se alegraron, y algunos de los creyentes se regocijaron
más todavía, pues «la caída y afrenta del justo suele producir satisfacción»,
como había dicho el difunto en una de sus lecciones.
Lo sucedido fue que del ataúd empezó a salir un olor
nauseabundo y cada vez más insoportable. Sería inútil buscar en los anales de
nuestro monasterio un escándalo semejante al que se produjo entre los mismos
religiosos cuando el hecho se comprobó y que en modo alguno se habría producido
en otras circunstancias. Muchos años después, algunos monjes, recordando los
incidentes de aquel día, se preguntaban horrorizados cómo había podido alcanzar
el escándalo semejantes dimensiones. Pues anteriormente habían fallecido
religiosos irreprochables y de reconocida sinceridad y de sus cuerpos había
emanado el natural y repulsivo olor que se desprende de todos los cadáveres,
sin que ello produjera el menor escándalo ni emoción.
Según la tradición, los restos de ciertos religiosos
muertos en épocas anteriores se habían librado de la corrupción, misterio del
que la comunidad guardaba un recuerdo impregnado de emoción, viendo en ello un
hecho milagroso y la promesa de una gloria más alta, ya que procedía de la
tumba, por la voluntad divina. Se recordaba sobre todo el caso del starets
Job, famoso asceta y gran ayunador, fallecido en 1810 a la edad de ciento
cinco años, cuya tumba se mostraba con unción a los fieles que llegaban por
primera vez al monasterio, unción acompañada de alusiones llenas de misterio a
las grandes esperanzas que despertaba aquella sepultura. Ésta era la tumba
donde el padre Paisius había visto a Aliocha aquella tarde.
También se hablaba del padre Barsanufe, el starets
al que había sucedido el padre Zósimo. Cuando vivía, todos los fieles que
visitaban el monasterio lo consideraban como un «inocente». Según la
tradición, estos dos monjes parecían seres vivos al ser colocados en sus
ataúdes, se les había inhumado intactos a incluso emanaba cierta luz de sus
rostros. Otros decían y repetían que sus cuerpos exhalaban un suave perfume.
Pero estos sugeridores recuerdos no bastaban para justificar que se hubiera
desarrollado una escena tan absurda, tan inaudita, junto al féretro del padre
Zósimo.
Yo atribuyo esta escena a la acción conjunta de
diversas causas. Una de ellas era el odio inveterado que muchos monjes
profesaban al staretismo, por considerarlo como una innovación perniciosa. Otra
causa importantísima era la envidia que despertaba la santidad del difunto,
tan sólidamente cimentada durante la vida del starets, que no se
admitía la discusión sobre este punto. Pues si bien el padre Zósimo se había
captado gran número de corazones con su amor más que con sus milagros, y había
formado una fuerte falange con los que amaba, también, y por esta razón, había
despertado la envidia en muchos que llegaron a ser sus enemigos, tanto en el
monasterio como entre los laicos. Aunque no había hecho ningún mal a nadie,
algunos decían: «No sé en qué se fundan para considerarlo un santo.» Y estas
palabras, a fuerza de repetirse, habían engendrado un odio implacable contra
él. Por eso creo que muchos se alegraron al enterarse de que su cuerpo apestaba
cuando aún no hacia veinticuatro horas que se había producido el fallecimiento.
En cambio, ciertos partidarios del starets que lo habían reverenciado
hasta entonces vieron en tal corrupción poco menos que un ultraje.
He aquí cómo se sucedieron los acontecimientos.
Apenas se inició la descomposición, la simple actitud de los religiosos que penetraban
en la cámara mortuoria dejaba entrever los motivos de la visita. El visitante
salía inmediatamente y confirmaba la noticia al grupo que esperaba fuera.
Entonces algunos monjes movían la cabeza tristemente, y otros no podían
disimular su satisfacción: en sus ojos brillaba una maligna alegría. Nadie
dirigía a éstos el menor reproche, nadie salía en defensa del difunto, cosa
verdaderamente extraña siendo los partidarios del starets mayoría en el
monasterio. Y es que éstos consideraban que el Señor había resuelto permitir a
la minoria triunfar provisionalmente. Pronto aparecieron en la capilla
ardiente los laicos. Todos eran hombres cultos, enviados como emisarios. Éstos
no representaban a las clases humildes, que se limitaban a hacinarse junto al
recinto de la ermita. Se vio claramente que la afluencia de laicos aumentó en
gran medida después de las tres de la tarde, a causa de la sensacional noticia.
Personas ‑algunas de elevada posición‑ que no tenían el propósito
de visitar el monasterio aquel día, se acercaban a sus puertas.
Pero la discreción, las buenas formas, no se habían
alterado todavía, y el padre Paisius seguía leyendo los Evangelios con
semblante severo y voz firme, como si no se hubiera dado cuenta de lo que
sucedía, aunque ya había advertido que estaba ocurriendo algo extraordinario.
Pero pronto empezaron a llegar hasta él voces, primero tímidas y luego progresivamente
más firmes y seguras.
‑Así, pues, el juicio de Dios no coincide con
el de los hombres.
Esta frase fue pronunciada primero por un laico,
funcionario que trabajaba en la ciudad, hombre de edad madura y reconocida
ortodoxia. Este caballero no hizo más que repetir en voz alta lo que los
religiosos llevaban ya horas diciéndose al oído. Lo peor era que los monjes
pronunciaban estas palabras con satisfacción creciente. Pronto se prescindió
del disimulo y todos obraron como basándose en un derecho.
Algunos decían, al principio como lamentándolo:
‑Es incomprensible. No era un hombre
voluminoso. Estaba en la piel y el hueso. Es inexplicable que huela mal.
‑Es una advertencia de Dios ‑se
apresuraron a decir otros, cuya opinión prevaleció‑, pues si el hedor
hubiera sido natural, como el de todos los pecadores, se habría percibido más
tarde, veinticuatro horas después por lo menos. Esta vez se ha adelantado y,
por lo tanto, hay que ver en ello la mano de Dios.
El padre José, el bibliotecario y favorito del
difunto, replicó a los murmuradores que la incorruptibilidad del cuerpo de los
justos no era un dogma de la ortodoxia, sino sólo una opinión, y que en las
regiones más ortodoxas, en el monte Athos, por ejemplo, se le da poca
importancia.
‑No es la incorruptibilidad física lo que se
considera allí como el signo principal de la glorificación de los justos, sino
el color que toman los huesos después de haber permanecido muchos años en la
tierra. Si los huesos son entonces amarillos como la cera, esto es indicio de
que el Señor ha glorificado a un justo; pero si están negros, ello prueba que
el Señor no ha considerado digno al difunto. Así se procede en el monte Athos,
santuario donde se conservan en toda su pureza las tradiciones de la ortodoxia.
Pero las palabras del humilde padre José no causaron
impresión, a incluso provocaron réplicas irónicas. Los monjes se dijeron unos
a otros:
‑Todo eso es pura erudición, innovaciones que
no vale la pena escuchar.
Algunos añadian:
‑Nosotros nos atenemos a los usos antiguos. No
podemos admitir todas las novedades que vayan apareciendo.
Y los más irónicos manifestaban:
‑Nosotros tenemos tantos santos como ellos. El
monte Athos está bajo el yugo turco, y allí todo se ha olvidado. Hace tiempo
que la ortodoxia se ha alterado en el Athos. Allí no hay ni campanas.
El padre José renunció al debate, apenado. Había
expresado su opinión sin ninguna seguridad y con poca fe. En medio de su
turbación, preveía una escena violenta y un principio de rebeldía. Poco a poco,
siguiendo al padre José, todos los monjes razonables enmudecieron. Como si se
hubiesen puesto de acuerdo, todos los que habían querido al difunto y aceptado
con sentida sumisión la institución del staretismo se sintieron aterrados, y
desde este momento se limitaron a cambiar tímidas miradas cuando se
encontraban.
En cambio, los enemigos del staretismo, los que lo
rechazaban por considerarlo una novedad, levantaban la cabeza con un gesto de
orgullo y recordaban con maligna satisfacción:
‑El padre Barsanufe no sólo no olía mal, sino
que despedía un suave perfume. Esto justificó sus méritos, no su jerarquía
religiosa.
A ello se sumaron las censuras, las acusaciones. Los
más rutinarios decían:
‑Afirmaba que la vida es un gran placer y no
una humillación dolorosa.
Otros aún más obtusos añadían:
‑Aceptaba las nuevas ideas: no creía en el
fuego material del infierno.
Y las acusaciones se multiplicaban entre los
envidiosos:
‑Como ayunador dejaba mucho que desear. Amaba
las golosinas. Acompañaba el té con dulce de cerezas. Le gustaba mucho, y las
damas se lo enviaban. ¿Es propio de un asceta tomar té?
Los más maliciosos recordaban, implacables:
‑El orgullo lo cegaba. Se creía un santo. La
gente se arrodillaba en su presencia y él lo aceptaba como cosa natural.
‑Abusaba del sacramento de la confesión ‑murmuraban
los más recalcitrantes adversarios del staretismo, entre los que abundaban los
religiosos de más edad, inflexibles en su devoción, taciturnos y grandes
ayunadores, que habían guardado silencio mientras el padre Zósimo vivía, pero
que ahora no cesaban de hablar, con efectos perniciosos, pues sus palabras
influían profundamente en los religiosos jóvenes y todavia vacilantes.
El monje de San Silvestre de Obdorsk era todo oídos.
Suspiraba profundamente y movía la cabeza. «El padre Teraponte tenía razón
ayer», se dijo. Y precisamente en este momento, como para aumentar su
confusión, apareció el padre Teraponte.
Ya hemos dicho que este religioso apenas salía de su
celda del colmenar, que incluso estaba mucho tiempo sin ir a la iglesia y que
se le permitía esta conducta antirreglamentaria por considerar que estaba un
poco trastocado. En verdad, era merecedor de esta tolerancia. Habría sido
injusto imponer inflexiblemente la regla a un monje que observaba el ayuno y el
silencio con tanto rigor como el padre Teraponte, que oraba noche y día, hasta
el punto que más de una vez se había quedado dormido de rodillas. Los
religiosos opinaban:
‑Es más santo que todos nosotros. Su austeridad
rebasa la regla. Si no va a la iglesia es porque sabe cuándo debe ir. Tiene su
propia regla.
Había otra razón para dejar tranquilo al padre
Teraponte: la de evitar un escándalo.
A la celda de este monje, que, como todos sabían, era
enemigo acérrimo del padre Zósimo, llegó la noticia de que «el juicio de Dios
no estaba de acuerdo con el de los hombres, ya que el Altísimo había adelantado
la corrupción del difunto». Es muy posible que el religioso de Obdorsk, al
enterarse, horrorizado, de lo ocurrido, se hubiera apresurado a ir a
comunicárselo al padre Teraponte.
Ya he dicho que el padre Paisius leía impasible los
Evangelios al lado del cadáver, sin ver ni oír lo que ocurría fuera, pero que
presintió lo principal, pues conocía a fondo el ambiente en que vivía. No
experimentaba la menor turbación y, dispuesto a todo, observaba con mirada
penetrante aquella agitación, cuyo resultado no se le ocultaba.
De pronto oyó en el vestíbulo un ruido insólito que
hirió sus tímpanos. Era que la puerta se había abierto de par en par. El padre
Teraponte apareció inmediatamente en el umbral.
Desde la celda se vela perfectamente al nutrido grupo
de monjes que le había acompañado y a los laicos que se habían unido a los
religiosos. Todos se aglomeraban al pie de la escalinata. No entraron, sino que
esperaron el resultado de la visita del padre Teraponte, con el temor, pese a
la audacia que estaban demostrando, de que el visitante no haría nada eficaz.
El padre Teraponte se detuvo en el umbral y levantó los brazos, dejando al
descubierto los penetrantes ojos del monje de Obdorsk, que, incapaz de contener
su curiosidad, había subido tras el gran ayunador. En cambio, los demás, apenas
se abrió la puerta estrepitosamente, retrocedieron, presas de un súbito temor.
Con los brazos en alto, el padre Teraponte vociferó:
‑¡Vengo a expulsar a los demonios!
En seguida empezó a hacer la señal de la cruz,
mirando, uno tras otro, a los cuatro rincones de la celda. Los que le acompañaban
comprendieron perfectamente su conducta, pues sabían que, fuera a donde fuese,
antes de sentarse para conversar ahuyentaba a los demonios.
‑¡Fuera de aquí, Satán! ‑exclamaba cada
vez que hacía la señal de la cruz. Y gritó de nuevo‑: ¡Vengo a expulsar a
los demonios!
Una cuerda ceñía a su cintura su burdo hábito. Su
camisa de cáñamo dejaba ver su velludo pecho. Iba descalzo. Apenas agitó los
brazos tintinearon las pesadas cadenas que llevaba bajo el hábito.
El padre Paisius suspendió la lectura, dio unos pasos
y se detuvo ante el padre Teraponte en actitud de espera.
‑¿Por qué has venido, reverendo padre? ¿Por qué
alteras el orden? ¿Por qué agitas al humilde rebaño? ‑exclamó al fin severamente.
‑¿Que por qué he venido? ‑respondió el
padre Teraponte con cara de perturbado‑. ¿Tú me lo preguntas? He venido a
ahuyentar a tus huéspedes, a los demonios impuros. Ya veremos los que has
albergado durante mi ausencia. Voy a barrerlos.
‑Quieres luchar contra el diablo ‑dijo
intrépidamente el padre Paisius‑, y lo que haces, tal vez, es servirlo.
¿Quién puede decir de sí mismo que es un santo? ¿Acaso tú?
‑Yo soy un pobre pecador y no un santo ‑bramó
el padre Teraponte‑. Yo, ni me siento en un sillón ni quiero que se me
adore como a un ídolo. Hoy los hombres arruinan la fe.
Se volvió hacia la multitud y añadió:
‑El difunto, su santo, ahuyentaba a los
demonios. Tenía una droga contra ellos. Y he aquí que pululan alrededor de él
como arañas en los rincones. Ahora su cuerpo apesta, y nosotros vemos en ello
una advertencia del Señor.
Esto era una alusión a un hecho real. Tiempo atrás,
el demonio se había aparecido a uno de los monjes, primero en sueños y otro día
estando el religioso despierto. Este, aterrado, se apresuró a consultar al
padre Zósimo, el cual le prescribió ayuno riguroso y rezos fervientes. Como
esto no diera resultado, el starets le dio una poción, que debía tomar
sin interrumpir las prácticas piadosas. No pocos monjes se sorprendieron de
esta prescripción y la comentaron moviendo la cabeza con semblante sombrío.
Uno de los principales murmuradores fue el padre Teraponte, al que ciertos
detractores del padre Zósimo se habían apresurado a notificar la insólita
medida.
‑¡Vete! ‑dijo enérgicamente el padre
Paisius‑. No somos los hombres los llamados a juzgar, sino Dios. Tal vez
sea esto una advertencia, pero ni tú, ni yo, ni nadie, somos capaces de comprenderla.
¡Vete, padre Teraponte, y no agites más al rebaño!
‑No observaba el ayuno prescrito a los
profesos. Ésa es la causa de la advertencia. La cosa está clara, y es un pecado
disimular lo que se está viendo.
El fanático monje, dejándose llevar de su celo
extravagante, continuó:
‑Adoraba las golosinas. Las damas se las traían
en sus bolsillos. Lo sacrificaba todo a su estómago. Llenaba su cuerpo de
bombones y su espíritu de arrogancias. Por eso ha sufrido esta ignominia.
‑Todo eso son futilezas, padre Teraponte.
Admiro tu ascetismo, pero tus palabras son trivialidades semejantes a las que
dicen en el mundo los jóvenes inconstantes y aturdidos. Vete, padre:
te lo ordeno.
El padre Paisius dijo esto último con acento
imperioso. El padre Teraponte, un tanto desconcertado pero conservando su irritación,
repuso:
‑Ya me voy. Te envaneces de tu sabiduría ante
mi ignorancia. Llegué aquí con una instrucción muy escasa y olvidé lo poco que
sabía. Pero el Señor ha preservado a este pobre ignorante de tu sabiduría.
El padre Paisius permanecía ante él, inmóvil a
inflexible.
El padre Teraponte guardó silencio unos instantes. De
pronto se entristeció, se llevó la mano derecha a la mejilla y dijo con voz
gimiente, mientras fijaba la vista en el ataúd del starets:
‑Mañana se cantará para él el glorioso himno
«Ayuda y protección». En cambio, cuando muera yo, se me cantará solamente el
modesto versículo « ¡Qué venturosa vida[L63]!»
Y rugió como un loco:
‑¡Os habéis engreído! ¡Este lugar está
desierto!
Después agitó los brazos, dio rápidamente media
vuelta y bajó corriendo la escalinata. EI grupo que le esperaba tuvo un momento
de vacilación. Algunos le siguieron inmediatamente; otros demostraron menos
prisa. El padre Paisius había salido al pórtico y allí permanecía inmóvil,
contemplando la escena. Pero el viejo fanático no había terminado aún. Habría
dado unos veinte pasos cuando se volvió hacia el sol del atardecer, levantó los
brazos y se desplomó, como la planta segada por la hoz, gritando:
‑¡Mi Señor ha vencido! ¡Cristo ha vencido al
sol del ocaso!
Sus gritos eran desaforados. Dirigía los brazos al
sol y su frente tocaba la tierra. Luego se echó a llorar como un niño. Los
sollozos sacudían su cuerpo; barría con los brazos la tierra.
Todos acudieron a auxiliarle. Se oyeron llantos,
exclamaciones... Una especie de delirio se había apoderado de aquellos hombres.
‑¡Es un justo, un santo! ‑gritaron
algunos como desafiando a los que pudieran oírles.
Y otros exclamaban:
‑¡Merece ser starets!
Pero no faltó quien replicara:
‑No querrá serlo. Si lo nombran, no aceptará...
No puede prestarse a una innovación maldita; nunca será cómplice de esas locuras.
No era fácil prever lo que habría ocurrido si en ese
preciso momento la campana no hubiese anunciado el comienzo del servicio divino.
Todos se santiguaron. El padre Teraponte se levantó,
se santiguó también y se dirigió a su celda sin volverse y murmurando palabras
incoherentes. Algunos le siguieron, pero la mayoría se dirigió a la iglesia. El
padre Paisius cedió su puesto al padre José y se marchó. Los clamores de los
fanáticos no hacían mella en su ánimo, pero de pronto sintió que una gran
tristeza invadía su corazón. Se dijo que este pesar procedía, por lo menos en
apariencia, de una causa insignificante. Esta causa era que entre la agitada
multitud que momentos antes se agrupaba ante el pórtico había distinguido a
Aliocha, y recordaba que, al verlo, había sentido cierta amargura.
«No sabía que ocupaba un puesto tan importante en mi
corazón», se dijo, sorprendido.
En este momento, Aliocha pasó por su lado. Iba de
prisa. ¿Hacia dónde? El padre Paisius lo ignoraba, pero era evidente que no
iba a la iglesia. Las miradas de ambos se encontraron. Aliocha volvió la
cabeza y bajó la vista. Al padre Paisius le bastó ver su semblante para
comprender el profundo cambio que se había operado en él.
‑¿También a ti te han embaucado? ‑preguntó
el padre. Y añadió tristemente‑: ¿Te has unido a los hombres de poca fe?
Aliocha se detuvo, lo miró inexpresivamente y en
seguida volvió la cabeza de nuevo y bajó los ojos. El padre Paisius lo observaba
atentamente.
‑¿Adónde vas tan de prisa? Las campanas han
sonado llamando al oficio.
Aliocha no respondió.
‑¿Piensas dejar la ermita sin pedir permiso? ‑volvió
a preguntar el padre Paisius‑. ¿Vas a marcharte sin recibir la bendición?
De pronto, Aliocha sonrió levemente y dirigió una
extraña mirada al padre que lo estaba interrogando. A él lo había confiado,
antes de su muerte, el que había sido su director y el dueño de su corazón y de
su alma: su venerado starets. Después, y todavía sin contestar, agitó la
mano como si aquellas atenciones no le importasen y se dirigió a paso rápido a
la salida de la ermita.
‑Volverás ‑murmuró el padre Paisius,
siguiéndole con una mirada en la que se reflejaba una dolorosa sorpresa.
CAPITULO II
El padre Paisius no se equivocó al decir que su
«querido muchacho» volvería. Sin duda había sospechado, ya que no comprendido,
el verdadero estado de ánimo de Aliocha. Sin embargo, cohfieso que me sería
extraordinariamente difícil definir con exáctitud aquel extraño momento de la
vida de mi joven y simpático héroe. A la pregunta que el padre Paisius dirigió,
tristemente, a Aliocha ‑«¿Te has unido a los hombres de poca fe?»‑,
yo podría contestar sin temor a equivocarme: «No, no se ha unido a ellos. »
Era precisamente todo lo contrario: el trastorno intimo que se había apoderado
en él procedia de la pureza y el fervor de su fe. Sin embargo, el trastorno
existía, y era tan cruel, que mucho tiempo después Aliocha consideraba aún
aquella jornada como una de las más amargas y funestas de su vida. Si me
preguntaran: «¿Es posible que experimentara tanta angustia y turbación
únicamente porque el cuerpo de su starets, en vez de producir
curaciones, se había descompuesto con tanta rapidez?», mi respuesta sería
inmediata. «Sí, eso fue. »
Ruego al lector que no se precipite a reirse de la
simplicidad de nuestro joven. No solamente no considero que haya que pedir perdón
por la ingenuidad de su fe, debida a su juventud, a los escasos progresos
realizados en sus estudios y a otras causas parecidas, sino que declaro que su
modo de sentir me infunde respeto. Es muy posible que otro joven, acogiendo
con reservas los impulsos de su corazón, tibio y no ardiente en sus afectos,
leal pero demasiado juicioso para sus años, es muy posible que este joven no
hubiera hecho lo que hizo el mío. Pero en ciertos casos es más digno dejarse
llevar de un impulso ciego, provocado por un gran amor, que oponerse a él. Y
especialmente cuando se trata de la juventud, pues yo creo que un joven
juicioso en todo momento no vale gran cosa.
‑Pero ‑razonarán los más sensatos‑
no todos los jóvenes deben tener tales prejuicios. El suyo no es un modelo para
los demás.
A lo que yo respondo:
‑Mi joven posee una fe total, profunda. No
pediré perdón para él.
A pesar de que acabo de declarar (acaso con excesiva
precipitación) que mi héroe no necesita excusas ni justificaciones, advierto
que se impone una explicación para que se comprendan ciertos hechos futuros de
mi relato. Aliocha no esperaba con frívola impaciencia que se produjeran
milagros. No los necesitaba para afirmar sus convicciones, ni para el triunfo
de ninguna idea preconcebida sobre otra. No, de ningún modo. Ante todo,
aparecía a su vista, en primer plano, la figura de su amado starets, de
aquel justo al que profesaba verdadera devoción. Sobre él se concentraba a
veces, y con sus más vivos impulsos, todo el amor que llevaba en su corazón
joven «hacia todos y hacia todo». En verdad, este ser encarnaba a sus ojos
desde hacía tiempo su ideal, que aspiraba a imitarle con todo su anhelo
juvenil, y este afán le absorbía hasta el punto de que a veces se olvidaba de
«todos y de todo». (Entonces se acordó de que en aquel funesto día se había
olvidado de su hermano Dmitri, que tanto le había preocupado el día anterior,
y también de llevarle los doscientos rublos al padre de Iliucha, como había
prometido.) No era que echaba de menos los milagros, sino sólo la «justicia
suprema», que a su juicio había sido violada, lo que llenaba su alma de
aflicción. ¿Qué importa que esta justicia que Aliocha esperaba tomase, debido
a las circunstancias, la forma de un milagro a través de los restos mortales
del que había sido su idolatrado director espiritual? En el monasterio, todos
pensaban en estos milagros y los esperaban; todos, incluso aquellos a los que
él reverenciaba, como el padre Paisius. Aliocha conservaba intacta su fe, pero
compartia las esperanzas de los demás. Un año de vida monástica lo había habituado
a pensar así, a permanecer en aquella actitud de espera. Pero no tenía sed de
milagros, sino de justicia. Aquel de quien él esperaba que se elevara por
encima de todos, estaba humillado y cubierto de vergüenza. ¿Por qué? ¿Quiénes
eran ellos para juzgar lo sucedido? Estas preguntas atormentaban a su alma
inocente. Se sentía ofendido a indignado al ver al más justo de los justos
entre las risas malignas de seres frivolos muy inferiores a él. Que no se
hubiera producido ningún milagro, que hubieran sufrido una decepción los que
esperaban, podía pasar. ¿Pero por qué aquella vergüenza, aquella
descomposición, tan rápida que se había adelantado a la naturaleza, como decían
los malos monjes? ¿Por qué aquella «advertencia» que representaba un triunfo
para el padre Teraponte y sus seguidores? ¿Por qué se creían autorizados a
exteriorizar semejante actitud? ¿Dónde estaba la Providencia? ¿Por qué se había
retirado en el momento decisivo, como sometiéndose a las leyes ciegas a
implacables de la naturaleza?
El corazón de Aliocha sangraba. Como ya hemos dicho,
el starets Zósimo era el ser al que nuestro héroe más queria en el
mundo. Y ahora lo veía ultrajado y difamado. Las lamentaciones de Aliocha eran
triviales y absurdas, pero ‑lo repito por tercera vez y confieso que
acaso demasiado ligeramente‑ me complace que mi protagonista no se
mostrara juicioso en aquel momento, pues el juicio llega a su tiempo, a menos
que el hombre sea tonto. En cambio, ¿cuándo llegará el amor si no existe en un
corazón joven en ciertas ocasiones excepcionales? No obstante, hay que
mencionar un fenómeno extraño, aunque pasajero, que se manifestó en el ánimo
de Aliocha en aquel momento critico. A veces se revelaba como una impresión
dolorosa, a consecuencia de la conversación que había mantenido el día anterior
con su hermano Iván y que ahora lo obsesionaba. Sus creencias fundamentales
estaban incólumes. A pesar de sus quejas, amaba a Dios y creía firmemente en
Él. Sin embargo, en su alma surgió un confuso y penoso sentimiento de aversión
que trataba de imponerse con fuerza creciente.
Al anochecer, Rakitine, cuando se dirigía al
monasterio a través del bosque de pinos, vio a Aliocha, echado de bruces debajo
de un árbol. Estaba inmóvil; parecía dormido. Rakitine se acercó a él y le preguntó:
‑¿Eres tú, Alexei? ¿Pero es posible que...?
No terminó la pregunta. Quería decir: «¿Es posible
que estés aquí?» Aliocha no volvió la cabeza, pero hizo un movimiento que
indicó a Rakitine que el joven lo oía y lo comprendía.
‑¿Qué te pasa? ‑siguió preguntando en un
tono de sorpresa. Pero en seguida apareció en sus labios una sonrisa irónica‑.
Oye, te estoy buscando desde hace dos horas. Has desaparecido repentinamente.
¿Qué haces aquí? Mirame al menos.
Aliocha levantó la cabeza. Luego se sentó, apoyando
la espalda en el tronco del árbol. No lloraba, pero en su semblante había una
expresión de sufrimiento y en sus ojos se leía la indignación. No miraba a
Rakitine, sino hacia un lado.
‑Tu cara no es la de siempre. Tu famosa dulzura
ha desaparecido. ¿Estás enojado con alguien? ¿Has sufrido alguna afrenta?
‑¡Déjame! ‑dijo de pronto Aliocha,
todavía sin mirarlo y con un gesto de hastío.
‑¡Hay que ver! ¡Un ángel gritando como un
simple mortal! Con toda franqueza, Aliocha, estoy asombrado. Yo, que no me asombro
de nada. Te creía más cortés.
Aliocha le miró al fin, pero distraídamente, como si
no lo comprendiera.
‑Y todo ‑dijo Rakitine, sinceramente
sorprendido‑, porque lo viejo huele mal. ¿De veras creías que podía hacer
milagros?
‑Creía, creo y siempre creeré ‑respondió
Aliocha, indignado‑. ¿Qué más quieres?
‑Nada, querido. Sólo decirte que ni los
colegiales creen lo que crees tú. Estás furioso; te rebelas contra Dios... El
caballero no ha recibido ningún ascenso, ninguna condecoración. ¡Qué ignominia!
Aliocha lo observó largamente con los ojos
entornados. Por ellos pasó un relámpago. Pero no de cólera contra Rakitine.
‑Yo no me rebelo contra Dios ‑dijo con un
esbozo de sonrisa‑. Es que no acepto su universo.
‑¿Que no aceptas su universo? ‑preguntó
Rakitine tras un instante de reflexión‑. ¿Qué galimatías es ése?
Aliocha no contestó.
‑Bueno, dejemos estas naderías y vamos a lo
positivo. ¿Has comido hoy?
‑No me acuerdo. Creo que sí.
‑Tienes que recobrarte. Estás agotado. Da pena
verte. Por lo visto, no has dormido en toda la noche. Además, esa agitación,
esa tensión... Estoy seguro de que llevas muchas horas sin probar un solo
bocado. Tengo en el bolsillo un salchichón que me he comprado en la ciudad,
por lo que pudiera ocurrir. Pero me parece que tú no querrás.
‑Sí que quiero.
‑¡Caramba! ¡Esto es la guerra abierta, las
barricadas! Bien, hermano; no hay tiempo que perder... De buena gana me beberé
un vaso de vodka para tomar fuerzas. Tú no quieres vodka, ¿verdad?
‑Sí, dame también.
‑¡Esto es extraordinario! ‑exclamó
Rakitine, dirigiéndole una mirada de estupor‑. En verdad, pase lo que
pase, ni el salchichón ni el vodka son dos cosas despreciables.
Aliocha se levantó sin pronunciar palabra y echó a
andar en pos de Rakitine.
‑Si tu hermano Iván te viera, se quedaría
boqúiabierto. A propósito, ¿sabes que ha salido esta mañana para Moscú?
‑Sí, lo sé ‑dijo Aliocha en tono
indiferente.
De pronto, la imagen de Dmitri surgió en su mente por
un instante. Entonces recordó vagamente que tenía cierto asunto urgente, cierto
deber que cumplir. Pero este recuerdo no le produjo ninguna impresión, apenas
rozó su pensamiento, se esfumó inmediatamente. Tiempo después, permanecería
largamente en su memoria.
«Tu hermano Iván ‑se dijo Rakitine en su fuero
interno‑ me llamó una vez “estúpido liberal”. Tú mismo me diste a
entender un día que yo era una persona sin escrúpulos... Bien; ahora veremos
hasta dónde llega vuestro talento y vuestra honestidad.»
Y dijo en voz alta:
‑Oye, no vayamos al monasterio. Este camino nos
lleva derechos a la ciudad... Tengo que pasar por casa de la Khokhlakov. Le he
escrito explicándole los acontecimientos, y ella, que se pirra por escribir, me
ha enviado una nota a lápiz en la que dice textualmente: «No esperaba que un starets
tan respetable como el padre Zósimo se condujera así.» Como ves, también ella
está indignada. Todos sois iguales... Oye, Aliocha.
Se había detenido de pronto, apoyando la mano en el
hombro del joven. Su acento era insinuante y le miraba a los ojos. Era evidente
que se hallaba bajo la impresión de una idea súbita que no se atrevía a
expresar, pese a su ligereza, tanto le costaba creer en la nueva actitud de
Aliocha.
‑¿Sabes adónde podríamos ir?
‑No me importa. Iré adonde tú quieras.
‑Pues podríamos ir a ver a Gruchegnka, ¿no te
parece?
Rakitine esperó la respuesta, temblando de emoción.
Aliocha contestó tranquilamente:
‑Ya te he dicho que iré adonde quieras.
Poco faltó para que Rakitine diera un salto atrás,
tan inesperada le pareció la respuesta de Aliocha.
«iMagnífico!» , estuvo a punto de exclamar. Pero no
lo hizo. Se limitó a coger a su amigo del brazo y a llevárselo rápidamente, temiendo
que cambiara de opinión.
Fueron un buen rato en silencio. Rakitine no se
atrevía a hablar.
« Se alegrará mucho», iba a decir, pero se contuvo a
tiempo.
No era cierto que Rakitine pensara en dar una alegría
a Gruchegnka al llevarle a Aliocha. Los hombres como él sólo obran por
interés. Perseguía un doble fin: en primer lugar, presenciar la probable caída
de Aliocha, del santo convertido en pecador, lo que le producía un placer
anticipado. En segundo lugar, perseguía una ventaja material de la que
hablaremos más adelante.
«No hay que perder esta oportunidad», se decía con
perverso júbilo.
CAPÍTULO III
Gruchegnka vivía en el barrio más animado de la
ciudad, cerca de plaza de la Iglesia, en casa de la viuda del comerciante
Morozov, en cuyo patio ocupaba un reducido pabellón de madera. El edificio
Morozov era una construcción de piedra de dos pisos, vieja y fea. Su propietaria
era una mujer de edad que vivía con dos sobrinas solteras y ya entradas en
años. No tenía necesidad de alquilar ninguna habitación, pero había admitido a
Gruchegnka como inquilina (cuatro años atrás) para complacer al comerciante
Samsonov, pariente suyo y protector oficial de la muchacha.
Se decía que el celoso viejo había instalado allí a
su protegida para que la viuda de Morozov vigilara su conducta. Pero esta vigilancia
fue muy pronto inútil, ya que la viuda no veía casi nunca a Gruchegnka; de aquí
que dejase de importunarla con su espionaje.
Cuatro años habían transcurrido ya desde que el viejo
había sacado de la capital del distrito a aquella muchacha de dieciocho años,
tímida, delicada, flacucha, pensativa y triste, y desde entonces había pasado
mucha agua por debajo de los puentes. En nuestra ciudad no se sabía nada de
ella con exactitud,y siguió sin saberse, a pesar de que muchos empezaron a
interesarse por la espléndida belleza de la mujer en que se había convertido
Agrafena Alejandrovna. Se contaba que a los diecisiete años había sido
seducida por un oficial que la había abandonado en seguida para casarse,
dejando a la desgraciada con su vergüenza y su miseria. También se decía que
Gruchegnka procedía de una familia honorable y de profundo espíritu religioso.
Era hija de un diácono que no ejercía, o algo parecido. En cuatro años, la
desgraciada, timida y enfermiza se había convertido en una belleza rusa,
espléndida y sonrosada; en una persona de carácter enérgico, altivo, audaz; en
una mujer avara y astuta que manejaba con habilidad el dinero y había conseguido
reunir cierto capital con más o menos escrúpulos. De lo que no había ninguna
duda era de que Gruchegnka se mantenía inexpugnable, de que, aparte el viejo,
nadie había podido envanecerse durante aquellos cuatro años de haber conseguido
sus favores. El hecho era indudable. Sobre todo en los dos últimos años, había
tenido muchos galanteadores, pero todos fracasaron, y algunos hubieron de
batirse en retirada, envueltos en el ridículo, ante la resistencia de la
enérgica joven.
Se sabía también que se dedicaba a los negocios,
especialmente desde hacía un año, y que demostraba tal aptitud para este
trabajo, que algunos habían llegado a tacharla de judía. No prestaba dinero con
usura, pero se sabía que durante algún tiempo se había dedicado, en compañia
de Fiodor Pavlovitch Karamazov, a comprar pagarés por un precio
insignificante, incluso por la décima parte de su valor, y que había conseguido
cobrar algunos por la totalidad al cabo de poco tiempo. Desde hacia un año, el
viejo Samsonov apenas se sostenía sobre sus hinchados pies. Era viudo y
trataba tiránicamente a sus hijos, que eran ya hombres hechos y derechos.
Poseía una fortuna y la avaricia le cegaba. Sin embargo, había caído bajo el
dominio de su protegida, a la que al principio pasaba una cantidad irrisoria,
tanto que algunos bromistas decían que la tenía a pan y agua. Gruchegnka había
conseguido emanciparse sin dejar de inspirarle una confianza sin limites acerca
de su fidelidad. Este viejo y consumado hombre de negocios poseía un carácter
inflexible. En su avaricia, era duro como la piedra. A pesar de que estaba
subyugado por Gruchegnka hasta el punto de que no podía pasar sin ella, nunca
le había dado sumas de dinero importantes. Aunque su amada protegida le hubiera
amenazado con dejarlo, él no se habría ablandado. Al fin, le entregó ocho mil
rublos, cosa que sorprendió a todo el que lo supo.
‑No eres tonta ‑le dijo‑. Negocia
con este dinero. Pero te prevengo que de ahora en adelante sólo recibirás la
asignación anual de siempre y no herederás de mí un solo céntimo.
Y mantuvo su palabra. Cuando murió, sus hijos, a los
que había tenido siempre en su casa con sus mujeres y sus niños, se repartieron
toda la herencia. A Gruchegnka no se la mencionó para nada en el testamento.
Para la joven fueron de gran valor los consejos que
le dio Samsonov acerca del modo de sacar provecho de sus ocho mil rublos. El
viejo incluso le recomendó ciertos «negocios».
Cuando Fiodor Pavlovitch Karamazov, que había
conocido a Gruchegnka con motivo de una de sus operaciones comerciales, se
enamoró de ella hasta el punto de perder la razón, Samsonov, que tenía ya un
pie en la tumba, se echó a reír de buena gana. Pero cuando apareció en escena
Dmitri Fiodorovitch se le cortó la risa.
‑Si has de escoger entre los dos ‑dijo,
muy serio, a la joven‑, quédate con el padre; pero siempre que este
viejo granuja se case contigo y, antes de hacerlo, te asigne cierto capital. No
hagas caso al capitán. Si lo eliges a él, no obtendrás ningún provecho.
Así habló el viejo libertino, presintiendo su próximo
fin. No se equivocaba, pues murió al cabo de cinco meses. Digamos de paso que,
aunque la grotesca y absurda rivalidad entre Dmitri y su padre no fue ningún
secreto para buena parte de los habitantes de la ciudad, muy pocos sabían la
clase de relaciones que padre a hijo sostenían con Gruchegnka. Incluso las
sirvientas (tras el drama de que hablaremos) atestiguaron, como era justo, que
Agrafena Alejandrovna recibía a Dmitri Fiodorovitch sólo por temor, ya que él
la había amenazado de muerte. Las domésticas eran dos: una cocinera de edad
avanzada, que estaba desde hacía mucho tiempo al servicio de la familia, mujer
llena de achaques y sorda, y la nieta de ésta, avispada doncella de veinte
años.
Gruchegnka habitaba en un modesto interior compuesto
de tres piezas, en las que todos los muebles eran de caoba y de estilo 1820.
Cuando llegaron Rakitine y Aliocha, era ya casi de noche, pero aún no se había
encendido ninguna luz en la casa. La joven estaba en la salita, tendida en su
canapé de cabecera de caoba forrada de un cuero ya desgastado y agujereado, y
apoyada la cabeza en dos almohadas. Echada boca arriba y con las manos en la
nuca, permanecía inmóvil. Llevaba una bata de seda negra y en la cabeza un
gorro de encajes que le sentaba a maravilla. Cubría sus hombros con un pañuelo
sujeto por un broche de oro macizo. Esperaba a alguien con visible
impaciencia, pálida la tez, los labios y los ojos ardientes, y golpeando con
su piececito el canapé como para medir el tiempo. Al oír entrar a los
visitantes, saltó al suelo, a la vez que profería un grito de terror.
‑¿Quién es?
La doncella se apresuró a tranquilizarla.
‑No es él; no se asuste.
«¿Qué le habrá pasado?», se dijo Rakitine, mientras
cogía del brazo a Aliocha y lo conducía a la sala.
Gruchegnka permanecía de pie. Aún quedaba un gesto de
pánico en su semblante. Un grueso mechón de su cabello castaño se había
escapado del gorro y le caía sobre el hombro derecho; pero ella ni lo advirtió
ni volvió él mechón a su sitio hasta que reconoció a sus visitantes.
‑¡Ah! ¿Eres tú, Rakitka? ¡Qué susto me has
dado! ¿Con quién vienes...? ¡Válgame Dios! ‑exclamó al ver a Aliocha.
‑Di que enciendan la luz ‑dispuso
Rakitine, con el acento de quien es de casa y tiene derecho a dar órdenes.
‑Ahora mismo. Fenia, trae una bujía. Ahora ya
puedes ir por ella.
Saludó a Aliocha con un movimiento de la cabeza y se
arregló el pelo en el espejo. Parecía contrariada.
‑¿He sido inoportuno? ‑preguntó Rakitine,
sintiéndose de pronto ofendido.
‑Me has asustado, Rikitka: eso es todo.
Gruchegnka se volvió hacia Aliocha. Sonreía.
‑No me tengas miedo, querido Aliocha. Estoy
encantada de tu inesperada visita. Creí que era Mitia; me pareció que quería
entrar a la fuerza. Lo he engañado; me ha jurado que me creía y yo le he
mentido. Le he dicho que iba a la casa del viejo Kuzma Kuzmitch para ayudarle a
hacer sus cuentas y que estaría con él toda la tarde. En efecto, voy una vez
por semana. Cerramos con llave y él hace números y yo escribo en los libros. No
se fía de nadie más que de mi. Me extraña que Fenia os haya dejado entrar.
Fenia, ve a la puerta de la calle y mira si el capitán ronda por aquí. Puede
estar escondido, espiándonos. Estoy muerta de miedo.
‑No hay nadie cerca de la casa, Agrafena
Alejandrovna. Lo he mirado todo bien. Voy a cada momento a atisbar por las
rendijas. Yo también tengo miedo.
‑¿Están cerrados los postigos? Fenia, corre las
cortinas para que no pueda ver que hay luz en la casa. Hoy tengo verdadero pánico
a tu hermano Mitia, Aliocha.
Gruchegnka hablaba con voz estridente. Estaba
inquieta, nerviosa.
‑¿A qué viene ese pánico? ‑preguntó
Rakitine‑. Nunca has temido a Mitia. Lo tienes dominado.
‑Hoy espero algo que lo hará cambiar todo.
Estoy segura de que Mitia no cree que me haya quedado en casa de Kuzma Kuzmitch.
Ahora debe de estar al acecho en el jardín de Fiodor PavIovitch. Bien mirado,
esto es una suerte, pues, mientras vigile, no pensará en venir. He ido a casa
del viejo, y Mitia lo sabe, porque me ha acompañado. Le he dicho que fuera a
buscarme a la medianoche y él me lo ha prometido. Diez minutos después, salí
de la casa y vine aquí corriendo. Temblaba sólo de pensar que podía encontrarme
con él.
‑¿Por qué estás tan arreglada? Llevas un gorro
curiosísimo.
‑Más curioso eres tú, Rakitka. Te repito que
estoy esperando algo. Apenas lo reciba, saldré como un rayo y ya no me volverás
a ver. Por eso estoy arreglada.
‑¿Adónde piensas ir?
‑Si alguien te lo pregunta, le contestarás que
no lo sabes.
‑¡Qué alegre eres! Nunca te había visto así.
Estás tan compuesta como si tuvieras que ir a un baile.
Mientras hablaba así, Rakitine la miraba
boquiabierto.
‑¿De modo que sabes lo que son los bailes?
‑¿Tú no?
‑Sólo he visto uno. De esto hace tres años. Fue
cuando se casó un hijo de Kuzma Kuzmitch. Yo asisti como espectadora... Pero no
sé por qué demonio estoy hablando contigo cuando tengo un príncipe en mi
casa... Querido Aliocha, no puedo creer lo que veo. Me parece mentira que hayas
venido. Francamente, no lo esperaba: nunca creí que vinieras. Has elegido un
mal momento. Sin embargo, estoy muy satisfecha de verte aquí. Siéntate en el
canapé, querido... Aún no he salido de mi sorpresa... ¡Ah, Rakitka! ¿Por qué no
lo trajiste ayer o anteayer...? En fin, el caso es que me alegro de verte
aquí... y tal vez sea mejor que hayas llegado en este momento...
Se sentó al lado de Aliocha y se quedó mirándole con
una expresión de éxtasis. No mentía: estaba verdaderamente contenta. Sus ojos
fulguraban y en sus labios había una sonrisa llena de bondad. Aliocha no
esperaba que Gruchegnka le recibiera con aquella bondadosá simpatía. Tenía de
ella un pésimo concepto. Dos días atrás, la terrible réplica de Gruchegnka a
Catalina Ivanovna le había producido una ingrata impresión. Estaba asombrado al
verla tan distinta. Aun sin querer, y pese a las penas que lo abrumaban, la
observó atentamente. Sus maneras habían mejorado. Las palabras dulzonas y los
movimientos indolentes habían desaparecido casi por completo, cediendo su
puesto a la simpatía, a los gestos espontáneos y sinceros. Sin embargo, era
presa de gran excitación.
‑¡Qué cosas tan extrañas me pasan hoy! ¿Por qué
me hace tan feliz tu presencia, Aliocha? Lo ignoro.
‑¿De veras? ‑dijo Rakitine, sonriendo‑.
Pues antes no cesabas de insistir en que te lo trajera. Para algo querrias
verle.
‑Sí, pero el motivo ya no existe. Ha pasado el
momento. Ahora voy a darte el buen trato que mereces. Soy mejor de lo que era,
Rakitka. Siéntate. Pero ya no es posible rectificar. Ya lo ves, Aliocha: está
resentido porque no le he invitado a sentarse antes que a ti. Es muy
susceptible. No te enfades, Rakitka. Ya te he dicho que ahora soy buena. ¿Por
qué estás triste, Aliocha? ¿Me tienes miedo?
Gruchegnka sonreía maliciosamente, mirándole a los
ojos.
‑Está apenadísimo. Ha sufrido una decepción.
‑¿Una decepción?
‑Sí; su starets huele mal.
‑Tú siempre con tus bromas. Aliocha, deja que
me siente en tus rodillas. Así.
Se sentó. Como una gata mimosa, rodeó el cuello de
Aliocha con su brazo derecho.
‑Ya verás como consigo hacerte reír, mi piadoso
amigo.
¿Puedo seguir sentada en tus rodillas? ¿No te
disgusta? Si te molesta, no tienes más que decirlo y me levanto en seguida.
Aliocha guardaba silencio. Permanecía inmóvil y no
respondía a las palabras de Gruchegnka. Pero sus sentimientos no eran los que
suponía Rakitine, que lo observaba con ojos suspicaces. Su profunda aflicción
ahogaba todas las demás sensaciones. Si le hubiera sido posible analizar las
cosas, habría advertido que estaba acorazado contra las tentaciones.
A pesar de la insensibilidad en que le tenía sumido
su abrumadora tristeza, experimentó una sensación extraña que le produjo gran
asombro: aquella desenvuelta joven no le inspiraba el temor que en su alma iba
siempre unido a la imagen de la mujer; por el contrario tenerla sentada en sus
rodillas y rodeándole el cuello con el brazo despertaba en él un sentimiento
inesperado, una cándida curiosidad que no tenía relación alguna con el temor.
Esto era lo que le sorprendía.
‑¡Bueno, basta de hablar por hablar! ‑exclamó
Rakitine‑. Ahora venga el champán. Me lo prometiste.
‑Es verdad, Aliocha: le prometi invitarle a
champán si te traía... Fenia, trae la botella que nos ha dejado Mitia. Date
prisa. Aunque no soy despilfarradora, los invitaré. No lo hago por ti, Rakitine,
pues tú sólo eres un pobre diablo, sino por Aliocha. No tengo humor para nada,
pero beberé con vosotros.
‑¿Qué es lo que esperas, si puede saberse? ‑preguntó
Rakitine, como si no advirtiese la mordacidad de Gruchegnka.
‑Es un secreto, pero tú estás al corriente ‑repuso
Gruchegnka, preocupada‑. Mi oficial está a punto de llegar.
‑Eso he oído decir. ¿Está ya cerca de aquí?
‑En Mokroie. Desde allí me enviará un
mensajero. Acabo de recibir una carta suya y espero su mensaje.
‑¿Y qué hace en Mokroie?
‑La explicación es larga. Confórmate con lo que
te he dicho.
‑¿Lo sabe Mitia?
‑No sabe ni una palabra. Si lo supiera, me
mataría. Por lo demás, ya no le tengo miedo. Bueno, Rakitka; no quiero oír
hablar de Mitia. Me ha hecho demasiado daño. Preflero dedicar todos mis
pensamientos y miradas a Aliocha... Sonríe, querido; no pongas esa cara de mal
humor... ¡Oh! Ha sonreido. ¡Y con qué dulzura me mira! Yo creía que me
detestabas por mi escena de ayer con esa... esa señorita. Estuve muy grosera.
En fin, eso ya ha pasado ‑añadió Gruchegnka pensativa y con una
sonrisita perversa‑. Mitia me ha dicho que esa joven gritaba: «¡Merecería
que la azotasen!» La ofendí gravemente. Quiso seducirme con sus golosinas... En
fin, sucedió lo mejor que podía suceder.
Volvió a sonreír.
‑Lo que sentiría es haberte disgustado a ti.
‑Ya lo ves, Aliocha ‑dijo Rakitine,
sinceramente sorprendido‑. Te teme, teme a un tierno polluelo como tú.
‑Como un tierno polluelo lo tratarás tú, que no
tienes conciencia. Yo lo quiero. Créelo, Aliocha: te quiero con toda mi alma.
‑¿Has visto qué desvergonzada? Se te ha
declarado, Aliocha.
‑Bueno, ¿y qué? Lo quiero.
‑¿Y el oficial? ¿Y esa feliz noticia que
esperas de Mokroie?
‑Son cosas muy distintas.
‑Ésta es la lógica de las mujeres.
‑No seas pesado, Rakitine. Ya te he dicho que
son cosas diferentes. Quiero a Aliocha de otro modo. Te confieso, Aliocha, que
no me eras simpático. Soy mala y violenta. Pero, a veces, veía en ti mi
conciencia. En ciertos momentos, me decía: «¡Cómo debe de despreciarme! » Esto
es lo que pensaba cuando salí de casa de esa señorita. Hace mucho tiempo que me
fijé en ti, Aliocha. Mitia lo sabe y me comprende. Te aseguro que a veces me
avergüenzo al mirarte. ¿Cuándo y por qué empecé a pensar en ti? No lo sé.
En esto apareció Fenia y depositó en la mesa una
bandeja con una botella descorchada y tres vasos llenos.
‑¡Ha llegado el champán! ‑exclamó
Rakitine‑. Estás excitada, Agrafena Alejandrovna. Cuando bebas,
empezarás a bailar.
Luego exclamó:
‑¡Qué contrariedad! Las copas están llenas y el
champán se ha calentado. Además, la botella no tiene tapón.
Vació su vaso de un trago y lo volvió a llenar.
‑¡Hay que aprovechar las ocasiones! ‑dijo,
limpiándose los labios‑. ¡Hala, Aliocha; coge tu vaso y bebe! ¿Pero por
quién o por qué brindaremos? Levanta tu vaso, Grucha, y bebamos a las puertas
del paraíso.
‑¿Qué paraíso?
Alzó su vaso. Aliocha hizo lo mismo; pero tomó un
sorbo y volvió a depositar el vaso en una bandeja.
‑Prefiero no beber ‑dijo con una dulce sonrisa.
‑Entonces, tu resolución de antes ha sido pura
jactancia ‑exclamó Rakitine.
‑Si no bebe Aliocha, tampoco yo beberé. Puedes
acabar con la botella, Rakitka.
‑Empiezan las efusiones ‑dijo Rakitine
con sorna‑. ¡Y la niña, sentada en sus rodillas! Él está afligido, y es
natural; ¿pero a ti qué te pasa? Aliocha se ha rebelado contra Dios: ¡iba a
comer salchichón!
‑¿Por qué?
‑Porque su starets, el viejo Zósimo, el
santo, ha muerto.
‑¿Ha muerto? ‑exclamó Gruchegnka,
santiguándose‑. ¡Dios mío! ¡Y yo sentada aquí!
Se levantó de un salto y se sentó en el canapé.
Aliocha la miró sorprendido. Su semblante se iluminó.
‑No me irrites, Rakitine ‑dijo
enérgicamente‑. Yo no me he rebelado contra Dios. Yo no tengo ninguna
animosidad contra ti. Sé más comprensivo; correspóndeme. He sufrido una pérdida
que me afecta profundamente y tú no eres quién para juzgarme en estos momentos.
Toma ejemplo de Gruchegnka. Ya ves lo noble que ha sido conmigo. Yo, dejándome
llevar de mis peores sentimientos, he venido aquí convencido de que me
enfrentaría con un alma perversa, y me he encontrado con un ser lleno de
bondad, con una verdadera hermana... A ti me refiero, Agrafena Alejandrovna.
Has regenerado mi alma.
Aliocha hubo de detenerse: estaba tan conmovido, que
le temblaban los labios.
‑Cualquiera diría que Gruchegnka te ha salvado ‑dijo
Rakitine con una sonrisa burlona‑. ¿Pero sabes que quería perderte?
‑¡Basta, Rakitka! ¡Silencio los dos! Te lo digo
a ti, Aliocha, porque tus palabras me sonrojan: me crees buena y soy mala. Y quiero
que tú te calles, Rakitka, porque mientes. Yo me había propuesto perderlo,
pero eso ya há pasado. ¡No quiero volverte a oír hablar así, Rakitka!
Gruchegnka se había expresado con viva emoción.
‑Están furiosos ‑murmuró Rakitine,
mirándolos, perplejo‑. Esto parece un manicomio. Pronto se echarán a
llorar, no me cabe duda.
‑Sí, lloraré ‑dijo Gruchegnka‑. Me
ha llamado hermana, y eso nunca lo podré olvidar. A pesar de lo mala que soy,
Rakitka, he dado una cebolla.
‑¿Una cebolla? ¡Demonio, están locos de verdad!
La exaltación de sus dos amigos asombraba a Rakitine.
Sin embargo, era evidente que en áquellos momentos todo contribuía a
impresionarlos mucho más de lo normal, cosa que Rakitine debía haber advertido.
Pero Rakitine, que poseía gran agudeza para interpretar sus propios
sentimientos y sensaciones, era incapaz de descubrir los ajenos, tanto por
egoísmo como por inexperiencia juvenil.
‑¿Has oído, Aliocha? ‑continuó
Gruchegnka, con una risita nerviosa‑. Me he jactado ante Rakitine de
haber dado una cebolla. Voy a explicaros esto con toda humildad. Se trata de
una leyenda que la cocinera me contaba cuando yo era niña... Había una mala
mujer que murió sin dejar a su espalda la menor sombra de virtud. El demonio se
apoderó de ella y la arrojó al lago de fuego. Su ángel guardián se devanaba los
sesos para recordar alguna buena obra de la condenada y poder referírsela a
Dios. Al fin, se acordó de una y le dijo al Señor: «Arrancó una cebolla de su
campo para dársela a un mendigo.» Dios le contestó. «Toma esta cebolla y
tiéndesela a la mujer del lago para que se aferre a ella. Si consigues
sacarla, irá al paraíso; si la cebolla se rompe, la pecadora se quedará donde
está.» El ángel corrió hacia el lago y le tendió la cebolla a la mujer. « Toma
‑le dijo‑. Cógete fuerte.» Empezó a tirar con cuidado y pronto
estuvo la mujer casi fuera. Los demás pecadores, al ver que sacaban a la mujer
del lago, se aferraron a ella para aprovecharse de su suerte. Pero la mujer, en
su maldad, empezó a darles puntapiés. «Es a mi a quien sacan y no a vosotros;
la cebolla es mía y no vuestra.» En este momento, el tallo de la cebolla se
rompió y la mujer volvió a caer en el ardiente lago, donde está todavía. El
ángel se marchó llorando... Ésta es la leyenda, Aliocha. No me creas buena; soy
todo lo contrario. Tus elogios me sonrojan. Deseaba tanto que vinieras, que
prometi veinticinco rublos a Rakitka si te traía. Perdona un momento.
Fue a abrir un cajón, sacó su portamonedas y extrajo
de él un billete de veinticinco rublos.
‑No hagas tonterías ‑dijo Rakitine,
avergonzado.
‑Toma, Rakitka, quiero quedar en paz contigo.
No rechaces lo que me pediste.
Y le arrojó el billete.
‑De acuerdo ‑dijo Rakitine, tratando de
ocultar su confusión‑. Los tontos existen para provecho de los listos.
‑Cállate ya, Rakitka. Lo que tengo que decir no
te interesa. Tú no nos quieres.
‑¿Por qué he de quereros? ‑repuso
Rakitine brutalmente.
Confiaba en que Gruchegnka le pagase sin que lo viese
Aliocha. La presencia del joven lo abochornaba y lo irritaba. Hasta entonces,
por pura conveniencia, había aceptado la actitud dominadora de Gruchegnka, a
pesar de sus ironías. Pero ya no podía sobreponerse a su cólera.
‑Se quiere por alguna razón. ¿Qué habéis hecho
vosotros por mí?
‑Se puede amar por nada, como hace Aliocha.
‑¿De modo que él te ama? ¡Es chocante!
Gruchegnka estaba de pie en medio de la sala. Se
expresaba con calor, con exaltación.
‑¡Calla, Rakitka! Tú no comprendes nuestros
sentimientos. Y no me tutees; te lo prohíbo. Siéntate en un rincón y no abras
la boca. Ahora, Aliocha, voy a confesarme a ti, a ti solo, para que sepas
quién soy. Yo quería perderte. Tanto lo deseaba, que compré a Rakitine para que
te trajera. ¿Por qué tenía yo este deseo? Tú, ni sabías nada ni querías nada
conmigo. Cuando pasabas por mi lado, bajabas los ojos. Yo preguntaba a la gente
por ti. Tu imagen me perseguía. Yo pensaba: «Me desprecia. Ni siquiera quiere
mirarme. Al fin, me pregunté, sorprendida: « ¿Por qué temer a ese jovenzuelo?
Haré de él lo que se me antoje.» Nadie podía faltarme al respeto, porque no
tenía a nadie: sólo a ese viejo al que me vendí. No cabe duda de que fue Satán
el que me unió a él. Estaba decidida a que fueses mi presa. Lo tomaba como un
juego. Ya ves a qué detestable criatura has llamado hermana. Mi seductor ha
llegado. Espero noticias suyas. Hace cinco años, cuando Kuzma me trajo aquí,
el hombre que me sedujo lo era todo para mí. A veces me ocultaba para que nadie
me viera ni me oyese. Lloraba como una tonta, me pasaba las noches en vela,
diciéndome: «¿Dónde estará el monstruo? Debe de estar con otra, riéndose de mí.
¡Ah, si lo encuentro! Mi venganza será terrible.» Lloraba en la oscuridad, con
la cabeza en la almohada, complaciéndome en torturarme. «¡Me las pagará!»,
gritaba. Y al pensar en mi impotencia, en que él se burlaba de mí, en que acaso
me había olvidado por completo, saltaba del lecho y bañada en lágrimas, presa
de una crisis nerviosa, empezaba a ir y venir por la habitación. Todo el mundo
se me hizo odioso. Luego amasé un capital, me endurecí, engordé. Creerás que
entonces era más comprensiva. Pues no. Aunque nadie lo sabe, muchas noches,
como hace cinco años, rechino los dientes y exclamo entre sollozos: «¡Me
vengaré!»... Ya lo sabes todo. ¿Qué piensas de mi? Hace un mes recibí una carta
de él, anunciándome su llegada. Se ha quedado viudo y quiere verme. Esto me
trastornó. ¡Dios mío, va a venir! Me llamará y yo acudiré, arrastrándome como
un perro azotado, como quien ha cometido una falta. Pero ni yo misma estoy
segura de que obraré así. ¿Cometeré la bajeza de correr hacia él? Ultimamente
he sentido contra mí misma una cólera más violenta que la que sentí hace cinco
años. Ya ves lo desesperada que estoy, Aliocha. Te lo he confesado todo. Mitia
sólo era para mi una diversión... Calla, Rakitka. Tú no eres quién para juzgarme.
Antes de vuestra llegada, yo os estaba esperando y pensaba en mi porvenir.
Nunca podréis imaginar cuál era mi estado de ánimo. Aliocha, dile a esa joven
que no me tenga en cuenta lo que le dije. Nadie sabe lo que pasaba por mí
entonces... A lo mejor, voy a verlo armada con un cuchillo. Aún no estoy
segura.
Incapaz de poner freno a su emoción, Gruchegnka se
detuvo, se cubrió el rostro con las manos y se desplomó en el canapé, llorando
como un niño. Aliocha se levantó y se acercó a Rakitine.
‑Micha ‑le dijo‑, te ha dicho cosas
muy duras, pero no te enfades. Ya la has oído. No se puede pedir demasiado a
las almas. Hay que ser misericordiosos.
Aliocha pronunció estas palabras dejándose llevar de
un impulso irresistible. Tenía necesidad de expansionarse y las habría dicho
aunque hubiera estado solo. Pero Rakitine lo miró irónicamente y Aliocha
enmudeció:
‑Alexei, varón de Dios ‑dijo Rakitine con
una sonrisa de odio‑, tienes la cabeza llena de las ideas de tu starets
y me hablas como me hablaría él.
‑No te burles de ese santo, Rakitine ‑dijo
Aliocha con profundo pesar‑. Era superior a todos en la tierra. No te
hablo como un juez, sino como el último de los acusados. Yo no soy nadie ante
esta joven. Yo he venido aquí con viles propósitos, para perderme. Pero a
ella, aun después de cinco años de sufrimiento, le ha bastado oír unas palabras
sinceras para perdonar, olvidarlo todo y llorar. Su seductor ha vuelto, la ha
llamado, y ella, que lo ha perdonado, correrá hacia él alegremente, sin ningún
cuchillo. Yo no soy así, Micha, a ignoro si tú lo eres. He recibido una
lección. Gruchegnka es superior a nosotros. ¿Sabías lo que me acaba de contar?
Estoy seguro de que no, pues, si lo hubieras sabido, te habrías mostrado
comprensivo con ella desde hace tiempo. También la perdonará la joven que ha
sido ofendida por ella cuando lo sepa todo. Es un alma que no se ha
reconciliado con Dios todavía. Hay que guiarla. En ella hay tal vez un tesoro.
Aliocha se detuvo, falto de aliento. A despecho de su
irritación, Rakitine lo miraba con un gesto de sorpresa. No esperaba semejante
perorata del apacible Aliocha.
‑Eres un gran abogado ‑exclamó entre
insolentes carcajadas‑. ¿Te habrás enamorado de ella? Agrafena
Alejandrovna, has vuelto del revés el alma de nuestro asceta.
Gruchegnka levantó la cabeza y sonrió dulcemente a
Aliocha. Tenía el rostro hinchado todavía por las lágrimas que acababa de
derramar.
‑Déjalo, Aliocha. Es un hombre mezquino. No
merece que se le hable. Mikhail Ossipovitch, iba a pedirte perdón, pero me
vuelvo atrás. Aliocha, ven a sentarte aquí.
Lo cogió de la mano mientras le dirigía una mirada
radiante.
‑Dime: ¿amo a mi seductor o no lo amo? Antes me
estaba haciendo esta pregunta en la oscuridad. Ilumina mi pensamiento. Haré lo
que tú me digas. ¿Debo perdonarlo?
‑Lo has perdonado ya.
‑Es verdad ‑dijo Gruchegnka, pensativa‑.
Soy cobarde. Voy a beber por mi cobardía.
Cogió un vaso, se lo bebió de un trago y después lo
arrojó al suelo. Sonreía cruelmente.
‑Tal vez no haya perdonado todavía ‑dijo
con acento amenazador, los ojos bajos, y como hablando consigo misma‑.
Tal vez sea solamente que sueño con perdonar. Aliocha, eran mis cinco años de
sufrimiento lo que me enternecía; mi dolor, no él.
‑No quisiera estar en su pellejo ‑dijo
Rakitine.
‑No podrías estar nunca, Rakitka. Sólo puedes
servirme para limpiarme los zapatos. Una mujer como yo no está hecha para ti. Y
acaso tampoco para él.
‑Entonces, ¿por qué te has compuesto tanto?
‑No te burles de mi vestido, Rakitka. Tú no me conoces;
tú no sabes por qué me lo he puesto. He pensado que podría ir a decirle: «¿Me
has visto alguna vez tan hermosa?» Cuando me dejó, yo era una chiquilla de
diecisiete años, enfermiza y llorona. Lo adularé y lo enardeceré. «Ya ves cómo
soy ahora, querido. Bueno, basta de charla. Si esto te ha abierto el apetito,
ve a saciarlo en otra parte.» Ya sabes, Rakitka, para lo que pueden servir
todas estas galas... Estoy ciega de ira, Aliocha. Soy capaz de desgarrar este
vestido, de desfigurarme a ir por las calles a mendigar. Soy capaz de quedarme
en casa, de devolverle a Kuzma su dinero y sus regalos y ponerme a trabajar por
un jornal. ¿Crees que no tendría valor para obrar así, Rakitka? Pues bastaría
que me lo propusiera... Al otro lo despreciaré, me burlaré de él.
Después de referir estas palabras con vehemencia, se
cubrió la cara con las manos y volvió a arrojarse sobre los cojines, llorando
convulsivamente.
Rakitine se levantó.
‑Es ya tarde. Nos exponemos a que no nos dejen
entrar en el monasterio.
Gruchegnka se sobresaltó.
‑¡Oh, Aliocha! ¿Vas a dejarme? ‑exclamó
con amarga sorpresa‑. Piensa en mi situación. Me has trastornado, y
ahora que llega la noche me quedaré sola.
‑No puede pasar la noche en tu casa ‑dijo
Rakitine con maligna intención‑. Pero si quiere quedarse, me iré solo.
‑¡Calla, miserable! ‑exclamó Gruchegnka‑.
Tú no me has hablado jamás como él acaba de hablarme.
‑No ha dicho nada extraordinario.
‑No sé si ha dicho algo extraordinario o no,
pero lo cierto es que me ha llegado al corazón... Ha sido el primero, el único,
que me há compadecido. ¿Por qué no viniste antes, querido?
Y, en un arrebato de fervor, cayó de rodillas ante
Aliocha.
‑Toda la vida he estado esperando que alguien
como tú me
trajera el perdón. Siempre he creído que se me podía querer
a pesar de mi deshonor.
‑¿Pero qué he hecho yo por ti? ‑dijo
Aliocha, inclinándose hacia ella y cogiéndole las manos‑. Te he tendido
una cebolla y de las más pequeñas: esto es todo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. En ese momento
se oyó un ruido. Alguien había entrado en la casa. Gruchegnka se puso en pie,
atemorizada. Fenia irrumpió en la sala.
‑¡Señora, señora mía ‑dijo alegremente,
con respiración anhelante‑, ha llegado la diligencia de Mokroie,
conducida por Timoteo! Van a cambiar los caballos. ¡Ha traído esta carta,
señora!
Y blandía el sobre. Gruchegnka se apoderó de él y lo
acercó a la luz. Dentro había un lacónico billete. Gruchegnka lo leyó en un
instante.
‑¡Me llama! ‑exclamó.
Estaba pálida. En sus labios crispados había una
sonrisa morbosa.
‑¡Me ha silbado! El perro acudirá
arrastrándose.
Estuvo un momento indecisa. De pronto, su rostro enrojeció.
‑¡Me voy! ¡Adiós, mis cinco años de tormento!
Adiós, Aliocha. La suerte está echada. ¡Apartad, marchaos todos! ¡No quiero
volver a veros! Gruchegnka corre hacia una nueva vida... No me' guardes rencor,
Rakitka. Tal vez vaya hacia la muerte. ¡Oh, estoy como ebria!
Entró apresuradamente en su dormitorio.
‑Ahora ya no nos necesita ‑gruñó Rakitine‑.
Vámonos. La monserga podría empezar de nuevo, y ya estoy de ella hasta la coronilla.
Aliocha se dejó conducir maquinalmente.
En el patio, todo eran idas y venidas a la luz de una
linterna. Se estaba cambiando el tiro de tres caballos. Apenas habían salido
los dos jóvenes, se abrió la ventana del dormitorio y se oyó la voz sonora de
Gruchegnka.
‑Aliocha, saluda de mi parte a tu hermano
Mitia. Dile que no guarde mal recuerdo de mi. Repitele estas palabras:
«Gruchegnka se ha ido con un hombre vil en vez de quedarse contigo, que eres
una persona honorable.» Añade que le he querido durante una hora, sólo durante
una hora; pero que se acuerde siempre de esta hora. Y que en lo sucesivo
Gruchegnka... mandará en su pensamiento...
Los sollozos le impidieron continuar. Gruchegnka
cerró la ventana.
Rakitine se echó a reír.
‑Deja a Mitia hecho un guiñapo y quiere que la
recuerde toda la vida. ¡Qué ferocidad!
Aliocha no dio muestra alguna de haberle oído.
Avanzaba a paso rápido al lado de su compañero. En su semblante se leía una
profunda confusión.
Rakitine tenía la sensación de que le hurgaban en una
llaga: al conducir a Aliocha a casa de Gruchegnka, esperaba un resultado muy
distinto. Estaba profundamente decepcionado.
‑El oficial de Gruchegnka es polaco. Ahora ya
no es oficial. Estaba empleado en la aduana de Siberia, en la frontera china.
Debe de ser un pobre diablo. Dicen que ha perdido el empleo. Sin duda, se ha
enterado de que Gruchegnka tiene sus ahorros y por eso ha venido. Esto lo
explica todo.
Alioçha seguía, al parecer, sin comprender nada.
Rakitine continuó:
‑Has convertido a una pecadora; has encauzado
por el buen camino a una mujer descarriada. Has expulsado a los demonios. O
sea, que los milagros que esperábamos se han cumplido.
‑¡Basta, Rakitine! ‑exclamó Aliocha, con
el alma dolorida.
‑Me desprecias por los veinticinco rublos que
me ha dado Gruchegnka. He vendido a un amigo. Pero ni tú eres Cristo ni yo soy
Judas.
‑Te aseguro que no pensaba en eso. Lo había
olvidado y me lo has recordado tú.
Pero Rakitine estaba furioso.
‑¡Que
el diablo se os lleve a todos! ‑exclamó‑. No sé por qué demonio he
hecho amistad contigo. De ahora en adelante, como si no nos conociéramos.
Adiós; ya conoces el camino.
Dobló por una callejuela y Aliocha quedó solo en la
oscuridad de la noche. Pero siguió adelante, salió de la ciudad y se dirigió al
monasterio a campo traviesa.
CANTULO IV
Era ya tarde, para el régimen del monasterio, cuando
Aliocha llegó al recinto de la ermita. El hermano portero abrió una puertecilla
lateral. Habían sonado las nueve: la hora del descanso tras un día tan agitado.
Aliocha abrió timidamente la puerta y entró en la
celda donde estaba el cuerpo del starets en su
ataúd. Sólo había una persona en la celda: el padre Paisius, que leía los
Evangelios junto al cadáver. Porfirio, el joven novicio, agotado por la conferencia
de la noche anterior y las emociones de la jornada, dormía con el sueño
profundo de la juventud echado en el suelo de la habitación vecina. El padre
Paisius había oído entrar a Aliocha, pero ni siquiera volvió la cabeza. Aliocha
se arrodilló en un rincón y empezó a rezar. Su alma estaba llena de
sensaciones confusas que se perseguían unas a otras con una especie de
movimiento giratorio uniforme. Experimentaba un extraño sentimiento de
bienestar, que no le causaba ningún asombro. Contempló una vez más el cadáver
de su querido starets, pero ya no sentía el pesar doloroso y sin consuelo
que le había oprimido por la mañana. Al entrar, había caído de rodillas ante el
féretro como se habría arrodillado ante un altar. Sin embargo, su alma estaba
rebosante de alegría. Por la ventana abierta entraba un aire fresco. Aliocha
pensó: «Han abierto la ventana porque el hedor ha aumentado.» Pero la idea de
la corrupción ya no lo inquietaba ni lo irritaba. Oraba dulcemente. Pronto
advirtió que lo hacía de un modo maquinal. En su cerebro surgían fragmentos
de ideas semejantes a fuegos fatuos. En cambio, en su alma reinaba una
certidumbre, una pasión de la que se daba perfecta cuenta. Oraba
fervorosamente, lleno de gratitud y amor, pero pronto se desviaba su
pensamiento, se entregaba a otras meditaciones, y al fin olvidaba las
plegarias y las ideas que las habían interrumpido.
Prestó atención a la lectura del padre Paisius, pero
la fatiga acabó por rendirlo y empezó a dormitar.
‑Tres
días después se celebró una boda en Caná, Galilea, y la madre de Jesús estaba
allí.
Y
Jesús fue también invitado a la boda, con sus discípulos.
Boda... Esta idea trastornó el alma de Aliocha.
« Gruchegnka es también feliz... Ha ido a un
festín... Desde luego, no ha pensado en el cuchillo. Esto ha sido solamente un
grito de rabia. Hay que perdonar a quienes lanzan esos gritos. Son un
desahogo, un consuelo. El dolor sería insoportable si no se profirieran...
Rakitine se ha ido por la callejuela. Mientras se sienta agraviado, irá por
callejuelas... Pero al fin está la gran avenida recta, clara, resplandeciente,
llena de sol... ¿Qué está leyendo el padre Paisius? »
‑...
Y el vino se terminó. La madre de Jesús le dijo: Ya no tienen vino...
«¡Ah, sí! No he oído el principio, y lo siento. Me
gusta este pasaje: las bodas de Caná, el primer milagro... ¡Qué milagro tan
hermoso! Se dedicó a la alegría, no al dolor... “El que ama a los hombres, ama
también su alegría.” El starets repetía estas palabras a cada momento;
era una de sus ideas fundamentales. “No se puede vivir sin alegría”, asegura
Mitia. Todo lo que lleva consigo la verdad y la belleza, lleva también el
perdón. Ésta era otra de las ideas del padre Zósimo.»
‑...Jesús le dijo: Mujer, ¿qué hay entre tú y
yo? Aún no ha llegado mi hora.
»Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que
él os diga.
«Quería que alegrara a aquella pobre gente. Muy pobre
tenía que ser para que faltara vino en una boda. Los historiadores cuentan que
en torno del lago de Genezareth habitaba la población más pobre que imaginarse
pueda. Y la madre de Jesús, con su gran corazón, sabía que su hijo no estaba
allí solamente para cumplir su sublime misión, sino también para compartir la
ingenua alegría de las sencillas a ignorantes personas que le habían invitado a
sus humildes bodas. “Aún no ha llegado mi hora.” Lo dijo con una dulce
sonrisa... Sí, debió de sonreírle tiernamente al hablarle... Verdaderamente,
no se concibe que viniese a la tierra para multiplicar el vino en unas bodas
pobres. Pero hizo lo que su madre le pidió que hiciera.
‑...Jesús les dijo: Llenad de agua esas
vasijas. Yellos las llenaron hasta los bordes.
»Entonces Jesús les dijo: Sacad un poco de agua y
llevadla al mayordomo. Y ellos se la llevaron.
»Cuando el mayordomo probó el agua convertida en
vino, no sabiendo de dónde había salido este vino, aunque los servidores que
habían sacado el agua lo sabían muy bien, llamó al esposo.
»Y le dijo: Todos los hombres sirven primero el vino
bueno, y después, cuando ya se ha bebido bastante, sirven el vino menos bueno.
Pero tú has reservado el buen vino para ahora.
«¿Pero qué sucede? ¿Por qué oscila la habitación...?
¡Ah, sí! Las bodas, la fiesta... No cabe duda de que a esto se debe todo... Ahí
están los invitados, los jóvenes esposos, la alegre multitud. Pero, ¿dónde está
el mayordomo...? ¿Qué pasa? La habitación oscila de nuevo... ¿Quién se levanta
de la gran mesa? ¿Cómo? ¿También él está aquí? ¡Pero si estaba en el ataúd...!
Se ha levantado, me ha visto, viene hacia mí... ¡Dios mío...!»
Sí, el viejecito seco, de rostro surcado de arrugas,
se acerca a Aliocha, sonriendo dulcemente. El ataúd ha desaparecido. El starets
va vestido como el día anterior, cuando estaba reunido con sus visitantes.
Tiene la cara descubierta, sus ojos brillan. ¿Es posible que también él tome
parte en el festín, que le hayan invitado a las bodas de Caná?
El padre Zósimo dice con su dulce voz:
‑Estás
invitado, querido, en toda regla. No tienes por qué permanecer en este rincón
donde nadie te ve... Ven a nuestro lado.
Es su voz, la voz del starets Zósimo. ¿Cómo no
ha de ir Aliocha con él, cuando él se lo dice? El starets le coge la
mano y Aliocha se levanta.
‑Alegrémonos ‑prosigue el anciano‑.
Bebamos el vino nuevo, el vino de la alegría. Mira a los invitados. Ahí tienes
al novio y a la novia. Y al experto mayordomo que ha probado el vino nuevo.
¿Por qué te sorprende verme? He dado una cebolla y aquí estoy. La mayor parte
de los que aquí ves, sólo han dado una cebolla, una diminuta cebolla. Éstas
son nuestras obras hoy: dar una cebolla a un hambriento... Empieza tu obra,
querido... ¿Ves nuestro sol? ¿Lo distingues?
‑No me atrevo a mirarlo ‑balbuceó Aliocha‑
Tengo miedo.
‑No le temas. Su majestad es terrible; su
grandeza, abrumadora; pero su misericordia no tiene límites. Por amor se ha
hecho semejante a nosotros y se divierte con nosotros. Convierte el agua en
vino para que no cese la alegría entre los invitados. Especa a otros; los llama
continuamente desde hace siglos... Mira, ya traen vino nuevo; ahí están las
vasijas.
Aliocha sintió que el corazón se le inflamaba, que lo
tenía colmado hasta el punto de parecerle que le iba a estallar. De sus ojos
brotaron lágrimas de alegría. Tendió los brazos, profirió un grito y
despertó...
Allí estaba el ataúd, la ventana abierta. Seguía la
lectura lenta, grave, ritmica, del Evangelio. Se había dormido de rodillas y ‑cosa
inaudita‑ se había despertado de pie. De pronto, como si le empujaran, se
acercó al ataúd en tres rápidos pasos. Incluso dio un golpe con el hombro al
padre Paisius sin advertirlo. El monje levantó la cabeza, pero en seguida
volvió a la lectura. Había observado que el estado de Aliocha no era normal.
El joven estuvo un momento con la vista fija en el ataúd, en el cadáver
tendido en su interior, en el rostro cubierto, en el icono que el difunto
tenía sobre el pecho, en la capucha rematada por la cruz de ocho brazos. Acababa
de oír su voz: todavía resonaba en sus oídos. Prestó atención, esperó... De
pronto dio media vuelta y salió de la celda.
Bajó los escalones del pórtico sin detenerse. Su alma
tenía sed de espacio, de libertad. Sobre su cabeza, la bóveda celeste se extendía
hasta el infinito. Las estrellas parpadeaban. La Vía Láctea destacaba con
nitidez desde el cenit hasta el horizonte. La tierra estaba sumergida en la
serenidad de la noche. Las torres blancas y las cúpulas doradas se recortaban
en el zafiro del cielo. Alrededor de la casa, las magníficas flores de otoño se
habían dormido para no despertar hasta el amanecer. Tengo despertar hasta el
amanecer. La calma de la tierra se confundía con la del cielo. El misterio
terrestre confinaba con el de las estrellas. Aliocha contemplaba todo esto
inmóvil. De pronto, como segadas sus piernas por una hoz, cayó de rodillas.
Sin saber por qué, sentía un deseo irresistible de
estrechar entre sus brazos a toda la tierra. La besó sollozando, empapándola de
lágrimas, y se prometió a sí mismo, con ferviente exaltación, amarla siempre.
«Riega la tierra con lágrimas de alegría y ámala.» Estas palabras resonaban
dentro de él todavía. ¿Por quién lloraba? En su exaltación, lloraba incluso por
las estrellas que temblaban en el cielo. Y se entregaba a esta emoción sin
rubor alguno. Anhelaba perdonar a todos y por todo, y pedir perdón, no para él,
sino para todos los demás y por todo. « Los demás pedirán el perdón para mí.»
También acudieron a su memoria estas palabras. Con claridad creciente, de un
modo casi tangible, advertía que un sentimiento firme, inquebrantable,
penetraba en su alma; que de su mente se apoderaba una idea que no le
abandonaría jamás. Al caer de rodillas, era un débil adolescente; se levantó
convertido en un hombre resuelto a luchar durante todo el resto de su vida.
Entonces tuvo conocimiento de su crisis. Y no olvidaría jamás este momento. «Mi
alma recibió en este instante la visita reveladora», decía más tarde, con
absoluta seguridad.
Tres días después, dejó el monasterio, de acuerdo con
la voluntad del starets, que le había ordenado «permanecer en el
mundo».
MITIA
CAPITULO PRIMERO
KUZMA SAMSONOV
Dmitri Fiodorovitch, al que Gruchegnka había enviado
su último adiós cuando partió para una nueva vida, con el deseo de que se
acordara siempre de una hora de amor, estaba en aquellos momentos luchando con
graves dificultades. Como él mismo dijo más tarde, pasó dos días bajo la
amenaza de una congestión cerebral. Aliocha no había conseguido verle el día
anterior, y Dmitri no había acudido a la cita que tenía con Iván en la taberna.
Cumpliendo sus instrucciones, los dueños del piso donde se hospedaba guardaron
silencio. Durante los dos días que precedieron a la catástrofe, su estado fue
francamente crítico. Según sus propias palabras, «luchó con su destino por su
salvación». Incluso estuvo ausente de la ciudad varias horas para resolver un
asunto inaplazable, a pesar de su temor a dejar a Gruchegnka sin vigilancia.
Las investigaciones posteriores determinaron con exactitud cómo había empleado
el tiempo. Nosotros nos limitaremos a registrar los hechos esenciales.
Aunque le hubiera amado durante una hora, Gruchegnka
lo atormentaba despiadadamente. Al principio no pudo saber nada sobre sus
propósitos. No los podía averiguar ni por medio de la dulzura ni mediante la
violencia. Si hubiera utilizado uno de esos dos procedimientos, ella se habría
enojado y apartado de él inmediatamente. Mitia sospechaba que Gruchegnka se
debatía en la incertidumbre, sin conseguir tomar una resolución. Suponía, no
sin razón, que ella lo detestaba a veces, y no sólo a él, sino también a su
amor apasionado. Tal vez era así, pero Mitia no podía comprender exactamente de
dónde procedía la ansiedad de Gruchegnka. En realidad, todas sus inquietudes
quedaban dentro de esta alternativa: él o Fiodor Pavlovitch.
Al llegar a este punto, es conveniente anotar un
hecho indudable. Dmitri estaba seguro de que su padre ofrecería el matrimonio
a Gruchegnka ‑si no se lo había ofrecido ya‑ y ni por pienso creía
que el viejo libertino confiara en arreglarlo todo con sólo tres mil rublos.
Conocía el carácter de Gruchegnka. Por eso consideraba que su inquietud
procedía de que no sabía por qué lado inclinarse, al ignorar en cuál de los
dos hallaría más ventajas.
En el próximo regreso del «oficial», del hombre que
había desempeñado un papel tan implacable en la vida de Gruchegnka, regreso que
la joven esperaba con una mezcla de alegría y temor, Mitia ‑cosa extraña‑
no pensaba lo más mínimo. Verdad es que Gruchegnka había guardado silencio
sobre este punto los últimos días. Sin embargo, Mitia estaba enterado de que,
hacía un mes, su pretendida había recibido una carta de su seductor a incluso
había leído parte de ella. Gruchegnka se la había enseñado en un momento de
indignación, y quedó sorprendida al ver que él no le daba importancia. No es
fácil comprender el motivo de esta indiferencia. Acaso era simplemente que,
abrumado por la rivalidad con su padre, no podía imaginarse que hubiese nada
peor en aquellos momentos. No acababa de creer en un novio salido de no se
sabía dónde, después de cinco años de ausencia, ni en su próxima llegada,
anunciada en términos muy vagos. La carta era confusa, enfática, sentimental, y
Gruchegnka le había ocultado las últimas líneas, que hablaban más claramente
del regreso. Además, Mitia recordó después la actitud desdeñosa con que
Gruchegnka había recibido este comunicado de Siberia. La joven no había
explicado nada más acerca de este nuevo rival. No es, pues, extraño que Mitia
acabara por olvidarlo.
Mitia sólo creía en la inminencia de un conflicto con
Fiodor Pavlovitch. En el colmo de la ansiedad, esperaba a cada momento la
resolución de Gruchegnka, y opinaba que surgiría pronto, como una inspiración.
Si Gruchegnka se presentaba a él y le decía: «Aquí me tienes; soy tuya para
siempre», todo habría terminado. Se la llevaría lo más lejos posible, si no al
fin del mundo, sí al fin de Rusia. Se casarían y vivirían donde nadie les
conociera, ignorados de todos. Entonces él empezaría una nueva vida, virtuosa,
de regeneración, sueño que acariciaba ávidamente. El cenagal en que se había
hundido voluntariamente le producía verdadero horror y, como tantos otros de
los que están en su caso, deseaba sobre todo cambiar de ambiente. Alejarse de
la gente que lo rodeaba, de la atmósfera en que vivía, perder de vista aquel
lugar maldito, sería una renovación completa, una existencia transformada. He
aquí los pensamientos que le absorbían.
El caso tenía otra solución posible, otro desenlace,
éste espantoso para él. Si ella le decía de pronto: «Vete. He escogido a
Fiodor Pavlovitch. Me casaré con él. No te necesito...», entonces..., entonces...
Mitia ignoraba lo que entonces podría suceder. Y lo ignoró hasta el último
momento; hay que reconocerlo, hay que hacerle justicia. No tenía ningún
propósito definido: el crimen no fue premeditado. Se conformaba con acechar,
con espiar. Se atormentaba, pero preveía un feliz desenlace. Todas las demás
ideas las rechazaba. Entonces empezó una nueva tortura, entonces surgió una
nueva circunstancia, secundaria, pero fatídica, insoluble...
En caso de que Gruchegnka le dijese: «Soy para ti.
Llévame contigo», ¿cómo se las compondría para llevársela? Las rentas que
obtenía de las entregas que regularmente le hacía su padre se habían agotado.
Cierto que Gruchegnka tenía dinero, pero, sobre este particular, Mitia era de
un amor propio inflexible. Quería llevársela y empezar una nueva vida con sus
propios recursos, no con los de su amada. La simple idea de recurrir al capital
de Gruchegnka le producía un profundo malestar. No me extenderé sobre este
hecho, no lo analizaré: me limito a anotarlo para que se sepa cuál era su
estado de ánimo en aquellos momentos.
Este estado de ánimo podía proceder del secreto
remordimiento que experimentaba por haberse apropiado del dinero de Catalina
Ivanovna. « Para Catalina soy un miserable ‑se decía‑. También lo
seré para Gruchegnka.» Así lo confesó más tarde. « Si Gruchegnka se entera ‑añadía
para su fuero interno‑, no querrá saber nada de un individuo como yo.
Por lo tanto, he de obtener ese dinero. ¿Pero de dónde lo sacaré? Si no lo
consigo, me hundiré en el fracaso. ¡Qué vergüenza!»
Tal vez sabía dónde podía encontrar el dinero. Por
ahora no diré nada más sobre este punto. Todo se aclarará cuando llegue el
momento. Lo que sí quiero explicar, aunque sea en un breve resumen, es en qué
consistía para él la peor dificultad. Para procurarse los recursos que
necesitaba, para tener derecho a apropiárselos, lo primero que tenía que hacer
era devolver a Catalina Ivanovna sus tres mil rublos. «De lo contrario seré un
estafador, un bribón, y no quiero empezar así mi nueva vida.» Y decidió alterar
todos sus planes si era necesario, con tal de poder restituir a Catalina
Ivanovna la cantidad que le debía. Tomó esta decisión en las últimas horas de
su vida, después de la conversación que había tenido con su hermano Aliocha en
la calle. Cuando éste le explicó los insultos que Gruchegnka había dirigido a
su prometida, Dmitri reconoció que era un miserable y rogó a Aliocha que se lo
dijera así a Catalina «si consideraba que esto la podía consolar». Aquella
misma noche se dijo, en su delirio, que sería preferible matar y desvalijar a
cualquiera que no dejar de pagar a Katia lo que le debía. «Prefiero ser un
asesino y un ladrón para todo el mundo, prefiero ir a Siberia, a que Katia
pueda decir que le he robado para huir con Gruchegnka y empezar una nueva
vida.» Así razonaba Mitia rechinando los dientes. Estaba a punto de sufrir una
congestión cerebral, pero no abandonaba la lucha.
En esta tenacidad había algo curioso. Lo lógico era
que, habiendo tomado semejante resolución, se sintiera desesperado. ¿Pues de
dónde podía sacar aquella suma un pobre diablo como él? Sin embargo, esperó
hasta el último momento procurarse aquellos tres mil rublos. Estaba en la
creencia de que caerían en sus manos de un modo o de otro, incluso llovidos del
cielo. Así ocurre a los que, como Dmitri, sólo saben despilfarrar su
patrimonio, sin tener la menor idea de cómo se adquiere el dinero.
Desde su encuentro con Aliocha, sus ideas se
embrollaban, como si en su cerebro se hubiera desencadenado una tormenta. Se
comprende que empezara por la tentativa más extraña, pues suele ocurrir que en
tales casos y a tales hombres parecen realizables las empresas más insólitas.
Decidió ir a visitar a Samsonov, el protector de Gruchegnka, para proponerle
un plan del que formaba parte el préstamo de la suma deseada. Estaba seguro de
su proyecto desde el punto de vista comercial; su única duda era cómo acogería
Samsonov el paso que iba a dar. Mitia sólo conocía de vista al comerciante; jamás
había hablado con él. Pero tenía la convicción, desde hacía mucho tiempo, de
que aquel viejo libertino, cuya vida se estaba acabando, no se opondría a que
Gruchegnka rehiciera la suya casándose con un hombre enérgico, y que incluso
desearía que esto sucediera. Es más, confiaba en que facilitaría las cosas si
se presentaba la oportunidad de hacerlo. Ciertos rumores llegados a sus oídos y
que coincidían con algunas insinuaciones de Gruchegnka le permitían deducir
que Samsonov le prefería a Fiodor Pavíovitch para marido de Gruchegnka.
La mayoría de nuestros lectores considerarán un acto
de cinismo que Dmitri Fiodorovitch esperase semejante ayuda y se aviniera a
recibir una esposa de manos de su amante. Respecto a este punto, sólo diré que
el pasado de Gruchegnka era para Mitia algo olvidado. Pensaba en él con un
sentimiento de piedad, y, en el ardor de su pasión, juzgaba que tan pronto como
Gruchegnka le dijese que lo amaba y que iba a casarse con él, los dos quedarían
regenerados. Entonces se perdonarían mutuamente sus faltas y empezarían una
nueva existencia. En cuanto a Samsonov, Mitia veía en él un ser fatidico en la
vida de Gruchegnka, a la que jamás había amado; un ser que ya había pasado y al
que no se debía tener en cuenta para nada. Aquel viejo débil, cuyas relaciones
con Gruchegnka eran puramente paternales, por decirlo así, desde hacia ya casi
un año, no podía hacer la menor sombra a Mitia. Fuera como fuese, Dmitri
demostraba una gran ingenuidad, pues, a pesar de sus muchos vicios, era un hombre
ingenuo. Llevado de esta candidez, creía que Samsonov, al ver que su fin estaba
próximo, experimentaba un sincero arrepentimiento por su conducta con
Gruchegnka, que no tenía en el mundo amigo ni protector más devoto que él,
hombre decrépito a inofensivo.
Al día siguiente de su conversación con Aliocha,
Mitia, que apenas había dormido, se presentó a las diez de la mañana en casa de
Samsonov y se hizo anunciar. La casa era vieja, hostil, espaciosa. Tenía
varias dependencias y un pabellón. En la planta baja habitaban los dos hijos
casados de Samsonov, su hija y su hermana, mujer de avanzada edad. En el
pabellón vivían dos empleados de escritorio, uno de ellos con una familia
numerosa. Toda esta gente estaba falta de espacio; en cambio, el viejo vivía solo
en el primer piso. No quería que habitara en él ni siquiera su hija, a pesar
de que le cuidaba y tenía que subir la escalera, luchando con su incurable
asma, cada vez que él la necesitaba.
El primer piso se componía de grandes y ostentosas
habitaciones, amuebladas según la vieja usanza de los comerciantes, con
interminables hileras de pesados sillones y sillas de caoba a lo largo de los
muros, lámparas de cristal enfundadas y grandes espejos. Estas habitaciones
estaban desocupadas, pues el viejo se pasaba el día en su reducido dormitorio,
que estaba a un extremo del piso. Allí le servían una vieja doméstica, siempre
cubierta con una cofia, y un muchacho que utilizaba como banco un arcón que
había en el vestíbulo.
Como sus hinchadas piernas casi no le permitían
andar, el viejo se levantaba muy pocas veces de su sillón para dar una vuelta
por el cuarto, sostenido por la vieja sirvienta. Incluso con ella se mostraba
Samsonov severo y poco comunicativo.
Cuando le anunciaron al «capitán», Samsonov se negó a
recibirlo. Mitia insistió, y entonces el viejo preguntó qué aspecto tenía el
visitante, si había bebido y si era uno de esos tipos alborotadores.
‑No, señor ‑repuso el muchacho‑. Es
sólo que no quiere marcharse.
Tras una nueva negativa, Mitia, que lo tenía todo
previsto, escribió con lápiz en un papel: «Para un asunto urgente relacionado
con Agrafena Alejandrovna.» Y envió la nota al viejo.
Éste, después de reflexionar un momento, ordenó que
hicieran pasar al visitante al salón y que dijeran a su hijo menor que subiera
inmediatamente. En seguida llegó este joven alto y hercúleo, vestido y
rasurado a la europea (el viejo Samsonov era hombre de caftán y barba). Como
sus hermanos, temblaba al verse en presencia de su padre. Éste lo había llamado
no porque temiera al capitán, pues no conocía el miedo, sino para que la
conversación tuviera un testigo, por lo que pudiera ocurrir.
Acompañado de su hijo, que le rodeaba los hombros con
un brazo, y del joven sirviente, Samsonov llegó al salón poco menos que a rastras.
Es de suponer que sentía gran curiosidad.
La pieza donde esperaba Mitia era inmensa y lúgubre.
Había en ella una galería, sus paredes eran de mármol de imitación y tenía tres
enormes espejos enfundados.
Mitia, sentado cerca de la puerta principal, esperaba
con impaciencia, preguntándose cuál sería su suerte. Cuando el viejo apareció
por el extremo opuesto del salón, a unos veinte metros de distancia, Dmitri se
levantó inmediatamente y fue a su encuentro, a largos pasos marciales. Mitia
iba correctamente vestido. Llevaba abrochada la levita, el sombrero en la mano,
las manos enfundadas por unos guantes negros, como dos días atrás, cuando se
presentó en el monasterio para entrevistarse con su padre y sus hermanos en
presencia del starets.
El viejo le esperaba de pie, con un gesto lleno de
gravedad, y Mitia notó que lo observaba atentamente. Su rostro hinchado ‑esta
hinchazón había aumentado últimamente‑ y su labio inferior colgante
impresionaron a Dmitri. Saludó en silencio y gravemente al visitante, le
indicó una silla y, apoyado en el brazo de su hijo, fue a sentarse, entre
gemidos, en un sofá, exactamente frente a Mitia. Éste, al advertir sus
dolorosos esfuerzos, sintió remordimiento, y también cierta turbación, en su
insignificancia frente al importante personaje cuya tranquilidad había turbado.
Una vez se hubo sentado, el viejo preguntó con acento
frío pero cortés:
‑¿Qué desea?
Mitia se estremeció, se levantó y volvió a sentarse
en seguida. Empezó a hablar en voz muy alta, con vivos ademanes, palabra rápida
y tono exaltado. Se vela que estaba desesperado y buscaba una salida, y también
que deseaba terminar cuanto antes si fracasaba. Samsonov debió de advertir
todo esto inmediatamente, aunque su semblante impasible no lo dejó entrever.
‑Usted, respetable señor, ha oído hablar más de
una vez de mis querellas con mi padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, relacionadas
con la herencia de mi madre. Esto justifica todas las habladurías. A la gente
le gusta intervenir en los asuntos que no le incumben... También es posible que
le haya informado a usted Gruchegnka..., ¡oh, perdone!..., Agrafena
Alejandrovna, la honorable y respetable Agrafena Alejandrovna...
Así empezó Mitia, que se embrolló desde sus primeras
palabras. Pero no repetiremos exactamente lo que dijo: nos limitaremos a resumirlo.
El caso es que, tres meses atrás, Mitia había conferenciado en la capital del
distrito con un abogado..., «un abogado famoso, Pavel Pavlovitch Korneplodov,
del que usted debe de haber oído hablar... Frente despejada, talento
comparable al de un hombre de Estado... Le conoce a usted..., tuvo para usted
grandes alabanzas...». Otra vez se desvió del tema principal, pero no se detuvo
por tan poca cosa, sino que siguió con ardor por el nuevo camino. Después de
oír las explicaciones de Dmitri y de examinar los documentos (Mitia volvió, sin
advertirlo, al tema que había dejado), el abogado opinó que se podía entablar
un proceso acerca de la aldea de Tchermachnia, heredada por Dmitri de su madre,
con objeto de bajar los humos al viejo energúmeno, ya que «no todos los caminos
están cerrados y la justicia siempre encuentra alguna salida». En resumen, que
se podía sacar a Fiodor Pavlovitch un suplemento de seis mil a siete mil
rublos, «pues Tchermachnia vale lo menos veinticinco mil..., ¿qué digo
veinticinco mil?..., veintiocho o treinta mil, señor Samsonov, y ese verdugo
me ha dado menos de diecisiete mil. Dejé este asunto, por parecerme demasiado
complicado, y, al llegar aquí, vi que se me había dirigido una reconvención ‑al
llegar a este punto, Mitia volvió a armarse un lío y pasó a otra cosa‑.
En fin, respetable señor Samsonov, que estoy dispuesto a cederle todos mis
derechos sobre ese monstruo sólo por tres mil rublos. ¿Acepta? Piense que no
arriesga usted nada, nada absolutamente: se lo juro por mi honor. Usted
percibirá seis mil o siete mil rublos por los tres mil desembolsados... Lo que
más me interesa es terminar este asunto hoy mismo. Iremos a la notaría, o... En
fin estoy dispuesto a todo. Le puedo entregar cuantos documentos desee,
firmaré todo lo que usted quiera. Esta misma mañana formalizamos el convenio y
usted me entrega los tres mil rublos. Bien puede hacerlo, ya que es uno de los
hombres más acaudalados de la localidad. Así me salvará y, a la vez, me permitirá
realizar un acto sublime..., pues abrigo los más nobles sentimientos acerca de
una persona que usted conoce perfectamente y a la que usted rodea de una
solicitud paternal. De lo contrario, no habría venido. Podemos decir que se han
encontrado tres frentes, pues el destino es algo terrible, señor Samsonov. Pero
como usted está fuera de combate desde hace tiempo, quedamos sólo dos frentes.
Acaso no me expreso bien, pero tenga en cuenta que no soy literato. Los dos
frentes son el mío y el de ese monstruo. Por lo tanto, escoja usted: el
monstruo o yo. Todo está ahora en sus manos: tres destinos, dos frentes...
Perdóneme: me he armado un lío. Pero usted me entiende..., leo en sus ojos que
me ha comprendido... De lo contrario, ahora mismo me marcharía. Esto es todo».
Con estas palabras, Mitia cortó en seco su
extravagante discurso. Se levantó y esperó una respuesta a su absurda
proposición. Al pronunciar su última frase tuvo la sensación de que había
fracasado y, sobre todo, de que' su exposición había sido un verdadero
galimatías. «Es extraño: vine aquí completamente seguro de mí mismo, y no he
dado pie con bola.» Mientras él hablaba, el viejo había permanecido impasible,
observándole con gesto glacial. Transcurrido un minuto, Samsonov dijo con una
firmeza descorazonadora:
‑Perdone. Los negocios de ese género no nos
interesan.
Mitia sintió como si las piernas se le escaparan de
debajo del cuerpo.
‑¿Qué será de mí, señor Samsonov? ‑murmuró
con una amarga sonrisa‑. Estoy perdido.
‑Perdone, pero...
Mitia, que permanecía de pie a inmóvil, observó un
cambio en el rostro del viejo y se estremeció.
‑Verá usted, señor ‑dijo el anciano‑,
esos negocios son peligrosos. Veo un proceso, abogado, el diablo y su corte.
Pero hay una persona a la que se puede dirigir.
‑¡Dios mío! ‑balbuceó Mitia‑.
¿Quién es esa persona? Me devuelve usted la vida.
‑Esa persona no está aquí en este momento. Es
un campesino, un traficante de madera llamado Liagavi. Lleva ya un año tratando
de llegar a un acuerdo con Fiodor Pavlovitch para la compra del bosque de
Tchermachnia. No se han entendido. Seguramente habrá oído usted hablar de esos
tratos. Precisamente ahora está Liagavi allí. Se hospeda en casa del padre
Ilinski, en la aldea de este nombre, a doce verstas de la estación de Volovia.
Me ha escrito hablándome de este asunto y pidiéndome consejo. Fiodor PavIovitch
quiere ir a verlo. Si usted va antes y hace a Liagavi la proposición que me ha
hecho a mí, tal vez...
‑¡Una idea genial! ‑exclamó Mitia,
entusiasmado‑. Es precisamente lo que necesita ese hombre. Quiere
comprar, considera que el precio es excesivo, y con el documento que yo firme
puede considerarse propietario del bosque. ¡Esto es magnífico!
Y‑Mitia lanzó una carcajada seca, inesperada,
que sorprendió a Samsonov.
‑¡No sé cómo agradecérselo, Kuzma Kuzmitch!
‑No tiene usted que agradecerme nada ‑repuso
Samsonov con una inclinación de cabeza.
‑¡Pero si me ha salvado usted! La Providencia
me ha traído aquí... Iré a visitar a ese pope.
‑Le repito que no tiene usted por qué darme las
gracias.
‑Iré a ver a Liagavi sin pérdida de tiempo...
No quiero molestarle más... Nunca olvidaré el servicio que me ha hecho.
Palabra de ruso que no lo olvidaré.
Intentó apoderarse de la mano del viejo para
estrecharla, pero Samsonov le miró de tal modo, que Mitia retiró la mano,
aunque en seguida se reprochó a sí mismo su desconfianza, diciéndose: «Debe de
estar fatigado.»
‑Lo hago por ella, señor Samsonov, sólo por
ella ‑dijo con énfasis.
Luego se inclinó, dio media vuelta y se dirigió a la
puerta a grandes zancadas. Temblaba de entusiasmo. Pensaba: «Todo parecía
perdido, pero mi ángel guardián me ha salvado. Cuando un hombre de negocios
como Samsonov (¡qué noble es!, ¡qué empaque tiene!) me ha indicado este
camino, no cabe duda de que tengo el éxito asegurado. Hay que obrar con
rapidez. Volveré esta misma noche con la partida ganada... ¿Se habrá burlado de
mí ese viejo?»
Así monologaba Mitia al volver a su casa. No veía más
que estas dos posibilidades: o había recibido un buen consejo de un hombre
experimentado que conocía a Liagavi (¡qué nombre tan chusco!), o el anciano se
había burlado de él. Por desgracia, la última hipótesis era la verdadera.
Mucho tiempo después de haberse producido el drama, Samsonov confesó entre
risas que se había mofado del «capitán». Era un hombre burlón y de malos
instintos, propenso a las aversiones morbosas. No sé lo que le indujo a obrar
así, si el hecho de que Mitia hubiera creído, como se deducía de su entusiasmo,
que él había tomado en serio un plan tan absurdo, o los celos que sintió al
pedirle aquel loco tres mil rublos para llevarse a Gruchegnka. Pero lo cierto
es que cuando Mitia permanecía ante él con las piernas temblorosas y diciendo
estúpidamente que estaba perdido, él lo miró con un gesto de maldad y decidió
hacerle una mala jugada.
Cuando Mitia se hubo marchado, Samsonov, pálido de
cólera, se encaró con su hijo y le ordenó que tomase las medidas necesarias
para que aquel bribón no volviera a poner los pies en la casa. De lo
contario...
No terminó la amenaza, pero su hijo le había visto
enojado muchas veces y tembló de miedo. Una hora después, el anciano estaba
todavía dominado por la cólera. Al atardecer se sintió indispuesto y mandó
llamar al curandero.
CAPÍTULO II
LIAGAVI
Pero había que «galopar», y Mitia no tenía dinero
para el viaje: todo lo que le quedaba de su época de prosperidad eran veinte copecs.
Tenía un viejo reloj de plata que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Un
relojero judío que tenía una tienda en el mercado le dio siete rublos. «¡No lo
esperaba!», exclamó Mitia, encantado (continuaba su euforia). Se fue en
seguida a su casa, y allí completó la suma pidiendo prestados tres rublos a sus
patrones, que se los dieron de buen grado aunque se quedaron sin nada, tan
sincero era el afecto que sentían por su huésped. En su exaltación, Mitia les
dijo que su suerte iba a decidirse y les explicó ‑en cuatro palabras,
claro es‑ casi todo el plan que acababa de exponer a Samsonov, el consejo
que éste le había dado, sus futuras esperanzas, etcétera. Sus patrones ya
habían recibido de él muchas confidencias; lo consideraban como de la familia
y como un noble nada orgulloso. Mitia envió por caballos de posta para
trasladarse a la estación de Volovia. De este modo se pudo comprobar, y se
recordó más tarde, que veinticuatro horas antes de que se produjera cierto
acontecimiento, Mitia no tenía dinero y que, para procurárselo, había tenido
que vender su reloj y pedir prestados tres rublos a sus patrones, todo ello
ante testigos.
Pronto se comprenderá por qué anoto estos hechos.
Mientras el coche le conducía a Volovia, Mitia se
sentía feliz ante la idea de que al fin iba a resolver sus embrollados asuntos,
pero también temblaba de inquietud, preguntándose qué haría Gruchegnka durante
su ausencia. ¿Decidiría ir a reunirse con Fiodor Pavlovitch? Por eso se había
puesto en camino sin avisarla y, además, había recomendado a sus patrones que
no dijeran nada del viaje si alguien iba a preguntar por él.
«Es necesario que regrese esta misma noche ‑se
repetía entre los vaivenes del carricoche‑ y que me traiga a Liagavi para
que quede firmada el acta.» Pero sus deseos, ¡ay!, no se cumplirían.
En primer lugar, empleó más tiempo que el previsto en
el camino vecinal de Volovia, pues el recorrido no era de doce verstas, sino de
dieciocho. Luego no encontró en su casa al padre Ilinski: se había marchado a
la aldea vecina. Ya casi de noche y con los caballos agotados, Mitia partió en
busca del pope.
El sacerdote, hombrecillo tímido y endeble, le
explicó que Liagavi, al que, en efecto, había tenido hospedado en su casa, estaba
entonces en Sukhoi Posielok y pasaría la noche en la isba del guardabosques,
pues también traficaba en aquel lugar. Mitia le rogó insistentemente que lo
condujera al lado del traficante sin pérdida de tiempo, añadiendo que de ello
dependía su salvación, y el pope, tras vacilar un momento (y sintiendo cierta
curiosidad), decidió acompañarlo a Sukhoi Posielok. Para desgracia suya, le
aconsejó que fueran a pie, ya que no había sino poco más de una versta de
camino. Mitia aceptó en el acto y, como era costumbre en él, echó a andar a
largos pasos, lo que obligó al pobre padre Ilinski a hacer grandes esfuerzos
para seguirlo.
El sacerdote
era joven todavía y muy reservado. Mitia empezó inmediatamente a hablar de sus
planes, y su boca no se cerró en todo el camino. No cesó de pedir consejos
acerca de Liagavi, farfullando nerviosamente, pero el pope se limitaba a
escucharle con atención, sin darle los consejos que Dmitri deseaba. Sus
respuestas eran elusivas: «De eso no sé nada... ¿Cómo puedo saberlo?...» Cuando
Mitia le habló de sus disputas con su padre acerca de la herencia, el
sacerdote no pudo ocultar su inquietud, pues dependia en cierto modo de Fiodor
Pavlovitch. Le sorprendió que Mitia llamara Liagavi al campesino Gorstkine, y
le explicó que, aunque su nombre era efectivamente Liagavi, le hería
profundamente que le llamaran así. «Habrá de llamarle Gorstkine si quiere que
le escuche y desea obtener algo de él.»
Esto causó cierta sorpresa a Mitia, el cual explicó
que Samsonov le había llamado Liagavi. Al saber esto, el pope cambió de
conversación, no queriendo participar sus sospechas a Dmitri, sospechas
consistentes en que el detalle de que Samsonov hubiera enviado a Mitia a ver
al mujik, llamando a éste Liagavi, indicaba alguna mala intención
oculta. Sin embargo, Mitia no tenía tiempo para detenerse en semejantes
bagatelas. Seguía su camino, y hasta que llegó a Sukhoi Posielok no se dio
cuenta de que había recorrido tres verstas en vez de poco más de una. No
manifestó su contrariedad. Entraron en la isba. El guardabosques conocía al
padre Ilinski. Ocupaba la mitad de la casa; en la otra mitad, separada de la
primera por el vestíbulo, vivía el forastero. Se dirigieron a la habitación de
éste alumbrándose con una bujía. La isba estaba excesivamente caldeada por la
calefacción. En una mesa de pino había un samovar apagado, una bandeja con
varias tazas, una botella de ron vacía, una garrafita de aguardiente en la que
quedaba muy poco liquido y un pan blanco. El forastero descansaba en un banco,
con una prenda de vestir enrollada debajo de la cabeza a modo de almohada.
Roncaba; su sueño era pesado. Mitia se quedó perplejo mirándole.
‑Tendré que despertarlo ‑murmuró,
inquieto‑. Es un asunto importante el que me ha traído aqúí, y he venido
a toda prisa porque quiero regresar hoy mismo.
Se acercó a Liagavi y lo zarandeó, pero sin conseguir
despertarlo.
‑Está ebrio ‑dijo Mitia‑. ¿Qué
hacer, Dios mío, qué hacer?
Impaciente, empezó a tirarle de las manos, de los pies,
a incorporarlo, a sentarlo en el banco; pero tras estas tentativas sólo consiguió
oír sordos gruñidos y enérgicas aunque confusas invectivas.
‑Lo mejor que puede usted hacer ‑dijo el
sacerdote‑ es esperar. Ahora no logrará que le atienda.
‑Se ha pasado el día bebiendo ‑dijo el
guardabosques.
‑¡Si supieran ustedes la situación en que estoy
y la necesidad que tengo de hablar con él! ‑exclamó Mitia.
‑Le aconsejo que espere a mañana para hablarle ‑insistió
el pope.
‑¿Hasta mañana? ¡Imposible!
Desazonado, se dispuso a seguir sacudiendo al
traficante, pero no llegó a hacerlo, al comprender que sería inútil. El
sacerdote permanecía mudo; el guardabosques se caía de sueño y su semblante
era sombrío.
‑¡Qué tragedias nos reserva la vida! ‑exclamó
Mitia, desesperado.
El sudor corría por su rostro. El sacerdote aprovechó
un momento en que le vio calmado para hacerle comprender que, aunque
consiguiera despertar al traficante, éste, debido a su embriaguez, no estaría
en condiciones de hacer ningún trato.
‑Ya que el asunto que le ha traído aquí es tan
importante, mejor será que lo deje tranquilo hasta mañana.
Mitia aceptó la sugerencia.
‑Me quedaré aqui„padre; esperaré hasta mañana.
Apenas se despierte hablaré con él...
Dirigiéndose al guardabosques, añadió:
‑Ya te pagaré la bujía y mi estancia de una
noche en tu casa. No olvidarás a Dmitri Karamazov... ¿Pero usted dónde se
acostará, padre?
‑No se preocupe por mí. Regresaré a mi casa en
el asno de este amigo ‑y señalaba al guardabosques‑. O sea que
adiós y mucha suerte.
El sacerdote hizo lo que había dicho. Montó en el
asno y se puso en camino, feliz de haberse librado de Mitia, pero vagamente
inquieto, preguntándose si no debería informar al día siguiente a Fiodor
Pavlovitch del singular asunto.
«Si no le digo nada, se enojará cuando se entere y me
retirará su protección.»
El guardabosques, después de haberse rascado la
cabeza, dio media vuelta y, sin decir palabra, se retiró a su dormitorio.
Mitia se sentó en el banco « para esperar la
ocasión», según se dijo en su fuero interno. Una profunda angustia, semejante a
una densa niebla, lo envolvía. Reflexionaba, pero no conseguía enlazar sus
ideas. El cirio ardía, un grillo cantaba, el exceso de calefacción hacia la
atmósfera irrespirable. De pronto vio con la imaginación el jardín y la puerta
de la casa de su padre. La puerta se abría misteriosamente y Gruchegnka
entraba corriendo.
Mitia se levantó de un salto.
‑¡Maldita sea...! ‑murmuró rechinando los
dientes.
Luego se acercó maquinalmente al hombre dormido y lo
examinó. Era un mujik esquelético, todavía joven, de cabello rizado y
perilla roja. Llevaba una blusa de indiana y un chaleco negro, cruzado por la
cadena de plata de un reloj oculto en uno de sus bolsillos. Mitia observó
aquella cara con verdadero odio. Lo que más le exasperaba era los rizos, sabe
Dios por qué. Le humillaba permanecer ante aquel hombre, con su negocio
urgente, al que todo lo había sacrificado, mientras él, aquel holgazán, del que
dependia su suerte, roncaba como si nada sucediera, como si acabara de llegar
de otro mundo.
Mitia perdió la cabeza y se arrojó de nuevo sobre el
borracho para intentar sacarlo de su sopor. Lo zarandeó con frenesí a incluso
llegó a golpearlo, pero al cabo de unos minutos, viendo que todo era inútil,
volvió a sentarse con una amarga sensación de impotencia.
‑¡Qué calamidad! ¡Qué desagradable es todo
esto!
Empezaba a dolerle la cabeza.
‑¿Debo renunciar a todo y volver a la
ciudad...? No, permaneceré aquí hasta mañana por la mañana... ¿Por qué habré
venido? No sé cómo me las arreglaré para regresar... ¡Qué absurdo es todo
esto...!
Su dolor de cabeza aumentaba. Mitia permanecía
inmóvil. El sueño se iba apoderando de él insensiblemente. Al fin se durmió
sentado. Dos horas después le despertó un dolor de cabeza intolerable. Las
sienes le latían con violencia.
Tardó mucho en volver a la realidad y darse cuenta de
lo que ocurría. Al fin comprendió que su mal consistía en un principio de
asfixia debido a las emanaciones de la estufa y que había estado a punto de
morir. El mujik seguía roncando. Del cirio quedaba ya muy poco. Mitia
profirió un grito y, tambaleándose, corrió hacia el dormitorio del
guardabosques. Éste se despertó en seguida y, al enterarse de lo sucedido, se
dispuso a cumplir con su deber, pero con una calma que sorprendió y molestó a
Mitia.
‑¡Está muerto! ‑exclamó‑. ¡Está
muerto! ¡Qué complicación!
Abrieron las ventanas y desembozaron el tubo de la
estufa. Mitia fue por un cubo de agua y se remojó la cabeza. Seguidamente
empapó un trapo y lo aplicó a la frente de Liagavi. El guardabosques seguía
mostrando una indiferencia desdeñosa. Después de abrir la ventana, dijo con
acento huraño: « Todo arreglado.» Y volvió a su dormitorio, dejando a Mitia una
linterna encendida. Durante media hora, Dmitri estuvo al cuidado del
alcohólico. Le renovaba las compresas y estaba dispuesto a velarlo durante toda
la noche. Al fin, agotadas sus fuerzas, hubo de sentarse a descansar. Los ojos
se le cerraron. Inconscientemente, se echó en el banco y en seguida se sumergió
en un profundo sueño.
Se despertó muy tarde, alrededor de las nueve. El sol
entraba por las dos ventanas de la isba. El mujik de cabello rizado
estaba sentado ante un samovar hirviente y ante otra garrafita de cuyo
contenido ya había consumido más de la mitad. Mitia se levantó de un salto y
advirtió que el traficante se había vuelto a embriagar. Estuvo un instante
mirándolo con los ojos muy abiertos. El bebedor le miraba a su vez, con
expresión astuta, flemática a incluso ‑así se lo pareció a Mitia‑
arrogante. Dmitri se arrojó sobre él.
‑¡Perdone!... ¡Escuche!... Ya le habrá dicho el
guardabosques que soy el teniente Dmitri Karamazov, hijo del viejo con el que
está usted en tratos para talar un bosque.
‑Todo eso... es mentira... ‑repuso
inmediatamente el borracho.
‑¿Mentira? Usted conoce a Fiodor Pavlovitch,
¿no?
‑Yo no conozco a ningún Fiodor Pavlovitch ‑balbuceó
Liangavi.
‑Usted quiere comprarle la tala de un bosque.
Acuérdese, vuelva en sí. Me ha traído aquí el padre Pavel Ilinski. Usted ha
escrito a Samsonov y él me ha aconsejado que viniera a verle.
Mitia jadeaba.
‑Todo eso... es mentira... ‑repitió
Liangavi tartamudeando.
Mitia sintió que perdía las fuerzas.
‑Oiga, hablo en serio. Usted está bebido, pero
puede hablar, razonar... Si no lo hace, seré yo el que acabará por no
comprender nada.
‑Tú eres... tintorero.
‑No, no. Yo soy Karamazov, Dmitri Karamazov...
Quiero hacerle una proposición, una proposición ventajosísima sobre la tala del
bosque.
El beodo se mesaba la barba con un gesto de hombre
importante.
‑Tú eres un bribón... Quieres... engañarme.
‑¡Está usted equivocado! ‑gritó Mitia
retorciéndose las manos.
El campesino seguía acariciándose la barba. De pronto
hizo un guiño y dijo con sorna:
‑Cítame una ley que... permita cometer
villanías... Eres un bribón..., un redomado granuja.
Mitia retrocedió con la tristeza reflejada en el
rostro. Tuvo la sensación de que había recibido an golpe en la frente, como él
mismo dijo más tarde.
De súbito, todo lo vio con claridad. Inmóvil,
aturdido, se preguntó cómo un hombre sensato como él había podido creer tantas
sinrazones, lanzarse a una aventura tan disparatada, cuidar con tanto afán a
Liangavi, ponerle compresas en la frente...
«Este patán está borracho y así estará toda la
semana. ¿Para qué he de quedarme esperando? ¿Se habrá burlado de mí Samsonov?
Y, a lo mejor, ella... Dios mío, ¿qué he hecho?»
El palurdo le miraba riéndose interiormente. En otras
circunstancias, Mitia, incapaz de contener su furor, habría vapuleado a aquel
imbécil; pero en aquellos momentos se sentía débil como un niño. Sin pronunciar
palabra, cogió su abrigo del banco, se lo puso y pasó a la habitación
inmediata. En ella no había nadie. Dmitri dejó sobre la mesa cincuenta copecs
por la noche de hospedaje, la bujía y las molestias que había causado. Salió
de la isba y se encontró en seguida en pleno bosque. Echó a andar a la ventura,
pues ni siquiera se acordaba de si había llegado por el lado derecho o por el
izquierdo: estaba tan preocupado, que no había reparado en este detalle.
No sentía ningún deseo de venganza, ni siquiera hacia
Samsonov. Avanzaba por el estrecho sendero, trastornada la mente y sin prestar
atención al camino que seguía. Un niño lo habría podido derribar, tal era su
extenuación. Sin embargo, logró salir del bosque. Los campos segados,
desnudos, se extendían hasta perderse de vista.
«Por todas partes la desesperación, la muerte», se
dijo y se repitió mientras caminaba.
La suerte quiso que se encontrara en la carretera con
un viejo mercader que se dirigía en coche a la estación de Volovia. Le pidió
que lo llevara, y el comerciante accedió. En Volovia contrató los caballos que
necesitaba para trasladarse a la ciudad. Advirtió que estaba hambriento.
Mientras enganchaban los caballos le hicieron una tortilla, que devoró, además
de una salchicha y un gran trozo de pan. Después se bebió tres vasitos de
aguardiente.
Una vez repuesto, recobró las energías y la lucidez.
Los caballos galopaban. Mitia no cesaba de apremiar al cochero mientras imaginaba
un nuevo plan «infalible» para procurarse aquel mismo día «el maldito dinero».
‑¡A quien se diga que el destino de un hombre
puede depender de tres mil miserables rublos...! ‑exclamó desdeñosamente‑.
¡Todo quedará resuelto hoy!
Si el recuerdo continuo a inquietante de Gruchegnka no
se hubiera adueñado de él, incluso se habría sentido feliz. Pero ese recuerdo
lo apuñalaba a cada instante.
Al fin llegó a la ciudad y corrió a casa de
Gruchegnka.
CAPITULO III
LAS MINAS DE ORO
Ésta era la visita de que Gruchegnka había hablado a
Rakitine con tanto temor. La joven esperaba un mensaje y se alegraba de que
Mitia estuviese ausente, confiando en que éste no regresaría antes de que ella
hubiera partido. Y he aquí que de pronto apareció. Ya sabemos todo lo demás. A
fin de desorientarlo había ido a casa de Samsonov acompañada por él, con el
pretexto de que tenía que hacer unas cuentas al viejo. Y, al despedirse de
Mitia, le había hecho prometer que volvería por ella a medianoche. Esto
tranquilizó a Dmitri, que se dijo: «Si está en casa de Samsonov, no irá a
reunirse con Fiodor Pavlovitch.» Pero añadió en seguida: «A menos que me haya
mentido. »
Mitia la creía sincera, pero, cuando estaba lejos de
ella, los celos le llevaban a imaginarse que le hacia toda clase de
«traiciones». Cuando volvía a su lado estaba trastornado, convencido de su
desgracia; pero apenas veía el bello rostro de su amada, se operaba en él un
profundo cambio, olvidaba sus sospechas y se avergonzaba de sus celos.
Volvió presuroso a su alojamiento. ¡Tenía tantas
cosas que hacer...! Se sentía más animado.
«He de enterarme por Smerdiakov de lo que ocurrió
ayer por la noche. ¿Iría Gruchegnka a casa de mi padre? Esto sería horrible.»
Así, aún no había llegado a su casa y ya apuntaban
los celos en su inquieto corazón.
¡Los celos!... «Otelo no era celoso; era un hombre
confiado», ha dicho Pushkin [L64]Esta observación atestigua la profundidad de
nuestro gran poeta. Otelo cree enloquecer cuando ve fracasado su ideal. Pero no
acecha escondido, no escucha tras las puertas. Es un hombre confiado. Ha sido
necesario que le abran los ojos, que le hablen de la traición con insistencia
para que él crea en ella. El verdadero celoso no es así. Es increíble la
degradación en que se puede hundir un celoso sin que se lo reproche su
conciencia. Y no son siempre almas viles las que proceden de este modo, sino
que personas de altos sentimientos y que sienten un amor puro y fervoroso son
capaces de acechar desde un escondrijo, comprar miserables espías y entregarse
ellas mismas al más innoble espionaje.
Otelo no se habría resignado jamás a sufrir la
traición ‑no digo que hubiera perdonado, sino que no se habría resignado‑,
aunque era inocente y bueno como un niño.
El verdadero celoso es muy diferente. Es dificil
imaginar los extremos de indulgencia a que llegan estos hombres. Los celosos
son los que más fácilmente perdonan, bien lo saben las mujeres. Son capaces de
perdonar (tras una escena violenta, cierto) la traición casi flagrante, los
abrazos y los besos que han visto por sus propios ojos, con tal que sea la
última vez, que el rival desaparezca, yéndose al fin del mundo, o que ellos
puedan irse con la mujer amada a un lugar donde el otro no pueda encontrarlos.
Naturalmente, la reconciliación dura poco, pues, desaparecido el verdadero
rival, el celoso inventará otro. ¿Qué valor tiene un amor que obliga a una
vigilancia incesante? Ninguno. Pero esto no lo comprenderá jamás el típico
celoso.
Como hemos dicho, entre los celosos hay hombres de
gran sensibilidad, y lo más sorprendente es que, mientras permanecen al
acecho, aun comprendiendo lo vergonzoso de su conducta, no se sienten
avergonzados. Cuando se encontraba ante Gruchegnka, Mitia dejaba de ser un
hombre celoso y se convertía en un ser noble y confiado, llegando incluso a
reprocharse sus mezquinos sentimientos. Esto significaba, sencillamente, que
Gruchegnka le inspiraba un amor más puro de lo que él creía, un amor en el que
había algo más que sensualidad, algo más que la atracción carnal de que había
hablado a Aliocha. Pero apenas se separaba de ella, Dmitri volvía a creerla
capaz de cometer las mayores vilezas, las más perversas traiciones, sin sentir
el menor remordimiento.
O sea que los celos le atormentaban nuevamente. Por
otra parte, no podía perder ni un minuto. Ante todo tenía que procurarse algún
dinero, pues los nueve rublos reunidos el día anterior se los había gastado en
el viaje, y todos sabemos que sin dinero no se va a ninguna parte. Mitia había
pensado en esto cuando regresaba en el carricoche, al mismo tiempo que forjaba
su propio plan. Tenía dos excelentes pistolas que nunca había empeñado, por ser
objetos de su predilección. En la taberna «La Capital» había trabado conocimiento
con un funcionario joven, soltero, hombre acomodado y aficionadísimo a las
armas. Compraba pistolas, revólveres, puñales y formaba con ellos panoplias que
mostraba con orgullo, mientras explicaba el sistema de algún revólver o
pistola, el modo de cargarlo, de disparar, etcétera.
Mitia fue a proponerle el empeño de las pistolas por
diez rublos. El funcionario quedó encantado al verlas a intentó comprárselas,
pero Mitia se opuso a venderlas. Entonces el funcionario le entregó los diez
rublos y le anunció que no le cobraría ningún interés. Se separaron como dos
buenos amigos. Mitia se apresuró a trasladarse al pabellón que estaba detrás de
la casa de Fiodor Pavlovitch, con el propósito de hablar con Smerdiakov. Pero
todo esto sirvió para que se pudiera comprobar nuevamente que tres o cuatro
horas antes de producirse cierto suceso del que hablaremos oportunamente, Mitia
no tenía dinero, como demostró empeñando sus preciadas pistolas, y que, después
de ocurrir el hecho, estaba en posesión de miles de rublos... Pero no nos
anticipemos.
Cuando llegó a casa de María Kondratievna, la vecina
de Fiodor Pavlovitch, se enteró, consternado, de la enfermedad de Smerdiakov.
Le explicaron su caída en el sótano, la crisis que siguió, la visita del
médico, la solicitud de Fiodor Pavlovitch... Le informaron también de que su
hermano Iván había salido para Moscú aquella misma mañana. Dmitri se dijo que
Iván debía de haber pasado por Volovia antes que él. El caso de Smerdiakov lo
inquietaba. ¿Qué haría? ¿A quién encargaría que vigilara para informarle?
Preguntó ávidamente a las mujeres de la casa si habían observado algo anormal
el día anterior. Ellas comprendieron perfectamente lo que quería decir y lo
tranquilizaron. «No, no ha ocurrido nada extraordinario.»
Mitia reflexionó: «Hoy convendría vigilar también.
¿Pero dónde: aquí o en casa de Samsonov?» Por su gusto, habría espiado en las
dos partes. Además tenía que ejecutar sin pérdida de tiempo el plan «infalible»
que había imaginado por el camino. Mitia decidió dedicarle una hora. «En una
hora te aclararé todo. Iré a casa de Samsonov para averiguar si Gruchegnka está
allí. Después volveré, estaré aquí hasta las once y de nuevo iré a casa de
Samsonov para recoger a Gruchegnka.»
Corrió a su casa y, después de haberse arreglado, fue
a visitar a la señora de Khokhlakov. Éste era su gran plan. Había decidido pedir
prestados tres mil rublos a esta distinguida dama, y estaba seguro de que ella
no se los negaría. El lector se asombrará, sin duda, de que Dmitri no hubiera
empezado por dirigirse a esta señora de su esfera, en vez de ir a visitar a
Samsonov, con el que no había tenido ningún trato jamás. Pero es que, un mes
atrás, casi había roto con ella. Además, la conocía poco y sabía que no podía
sufrir que él fuese prometido de Catalina Ivanovna. Habría dado cualquier cosa
a cambio de que la joven lo dejara y se uniese en matrimonio con Iván
Fiodorovitch, «tan instruido y de tan finos modales». Las maneras de Mitia no
le gustaban en absoluto. Dmitri se burlaba de ella. Una vez había dicho que la
señora de Khokhlakov era tan vivaz y desenvuelta como inculta. Aquella mañana,
en el carricoche, había tenido un chispazo de lucidez.
«Esa señora se opone a mi matrimonio con Catalina
Ivanovna. En esto se muestra irreductible. Por tanto, no me negará un dinero
que me permitirá dejar a Katia a irme de la ciudad para siempre. Cuando a una
de esas grandes damas acostumbradas a satisfacer todos sus caprichos se les
mete una idea entre ceja y ceja, no se detiene ante nada para lograr sus
fines. Además, ¡es tan rica...!»
En el fondo, el plan era el mismo que el anterior, ya
que consistía en la renuncia a sus derechos sobre Tchermachnia, no con fines
comerciales como en la oferta hecha a Samsonov, no para tentar a la dama con un
buen negocio que podía reportarle miles de rublos, sino simplemente como
garantía de la deuda. Al concebir esta nueva idea, Mitia se entusiasmó, como le
ocurría siempre en el momento en que planeaba una empresa o tomaba una
decisión. Todos los proyectos lo apasionaban en el instante en que se le
ocurrían.
Sin embargo, al llegar a la escalinata del pórtico
sintió un súbito estremecimiento. En este momento comprendió con claridad meridiana
que se jugaba su última carta, que un fracaso le dejaría sin más salida que la
de «estrangular a alguien para desvalijarlo». Eran las siete y media cuando
llamó a la puerta.
Al principio, todo ocurrió a medida de sus deseos.
Fue recibido inmediatamente. «Se diría que me esperaba» , pensó. Fue introducido
en el salón. La dama apareció en el acto y le dijo que lo estaba esperando.
‑No sabía que tenía usted que venir, por
supuesto; pero lo esperaba. Admire mi instinto, Dmitri Fiodorovitch. Contaba
con que viniera usted hoy.
‑Es verdaderamente increíble, señora ‑dijo
Mitia sentándose torpemente‑. He venido para un asunto muy importante;
sí, de extraordinaria importancia..., por lo menos para mí... Verá usted...
‑Todo eso lo sé, Dmitri Fiodorovitch. No se
trata de un presentimiento, de una anticuada creencia en los milagros... ¿Ha
oído hablar de lo ocurrido al starets Zósimo?... Esta visita era inevitable;
usted tenía que venir después de su comportamiento con Catalina Ivanovna.
‑Es un modo de pensar realista, señora... Pero
permítame que le explique...
‑Usted lo ha dicho, Dmitri Fiodorovitch: un
modo de pensar realista. El realismo es lo único que ahora tiene valor para mí.
He perdido la fe en los milagros. ¿Se ha enterado usted de la muerte del starets
Zósimo?
‑No, señora, no sabía nada de este asunto ‑repuso
Mitia con gesto de sorpresa. Y en seguida pensó en Aliocha.
‑Ha muerto la noche pasada...
‑Señora ‑le interrumpió Mitia‑, yo
sólo sé que estoy en una situación desesperada y que, si usted no me ayuda,
todo se irá abajo, y yo seré el primero en hundirme. Perdone la vulgaridad de
la expresión, pero la fiebre me abrasa.
‑Sí ya sé que está usted como en ascuas. No
puede ser de otro modo. Todo lo que usted pueda decirme ya lo sé. Hace tiempo
que pienso en su destino, Dmitri Fiodorovitch, que lo observo, que lo estudio.
Soy una experimentada doctora en medicina, créame.
‑No lo dudo, señora ‑dijo Mitia,
esforzándose en ser amable‑. En cambio, yo soy un enfermo experimentado,
y creo que si es cierto que usted observa mi destino con tanto interés, no
consentirá que sucumba... En fin permítame que le exponga mi plan..., lo que
espero de usted... He venido, señora...
‑Esas explicaciones son innecesarias, carecen
de importancia. No será usted el primero que ha recibido mi ayuda, Dmitri Fiodorovitch.
¿Ha oído usted hablar de mi prima Belmessov? Su esposo estaba en la ruina. Pues
bien; le aconsejé que se dedicara a la cría de caballos y ahora tiene un
próspero negocio. ¿Conoce usted la cría de caballos, Dmitri Fiodorovitch?
‑No, señora; en absoluto ‑exclamó Dmitri
levantándose, sin poder reprimir su impaciencia‑. Le suplico que me
escuche, señora. Permítame hablar sólo dos minutos para explicarle mi proyecto.
Y viendo que la impulsiva dama se disponía a
intervenir de nuevo, Mitia añadió, levantando la voz cuanto pudo, a fin de ahogar
la de su interlocutora:
‑¡Estoy desesperado! He venido a pedirle
prestados tres mil rublos. Con garantía, con una garantía segura...
‑Ya hablaremos de eso después ‑dijo la
señora de Khokhlakov levantando la mano‑. Sé todo lo que va a decirme.
Usted me pide tres mil rublos. Yo le daré mucho más, yo lo salvaré, Dmitri
Fiodorovitch. Pero tendrá que obedecerme.
Mitia se estremeció.
‑¿De veras hará eso por mi? ‑exclamó,
temblando de emoción‑. ¡Dios mío! Ha salvado usted a un hombre de la muerte,
del suicidio... Le estaré agradecido eternamente.
‑Le daré mucho más de tres mil rublos ‑repitió
la señora de Khokhlakov, sonriendo ante el entusiasmo de Mitia.
‑No me hace falta más. Me basta con la fatídica
suma de tres mil rublos. Se lo agradezco en el alma y le ofrezco una sólida
garantía. Mi plan es...
‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch! ‑le
interrumpió la dama con modestia triunfante de bienhechora‑. Le he
prometido salvarle, y lo salvaré como salvé a Belmessov. ¿Qué opina usted de
las minas de oro?
‑¿De las minas de oro? Jamás he pensado en eso.
‑Pero aquí estoy yo, que he pensado por usted.
Hace un mes que lo vengo observando. Cada vez que le he visto pasar me he
dicho: «He aquí un hombre enérgico, cuyo puesto está en las minas.» Me he
fijado incluso en su modo de andar, y estoy convencida de que usted descubrirá
algún filón.
‑¿Sólo por mi modo de andar, señora?
‑Pues sí. ¿Acaso no cree que se puede deducir
el carácter de una persona por su manera de andar? Las ciencias naturales demuestran
este hecho. Ya le he dicho que ahora sólo me atengo a la realidad. Desde que me
he enterado de lo sucedido en el monasterio (suceso que me ha afectado
profundamente), he adoptado el realismo. Desde ahora, siempre procederé con un
sentido práctico. Estoy curada del mal del misticismo. «Basta», como ha dicho Turgueniev[L65].
‑Bien, señora; ¿pero qué me dice de esos tres
mil rublos que usted me ha ofrecido tan generosamente?...
‑No tiene nada que temer; es como si los
tuviera en el bolsillo. Usted tendrá no tres mil, sino tres millones, y muy
pronto. Le voy a exponer mi pensamiento. Usted descubrirá una Mitia, ganará
millones y cuando regrese, será un hombre de acción capaz de guiarnos hacia el
bien. ¡No debemos abandonarlo todo a los judíos! Usted construirá edificios,
fundará empresas y se ganará la bendición de los pobres socorriéndolos. Estamos
en el siglo del ferrocarril. Usted se atraerá la atención del Ministerio de
Hacienda, que, como nadie ignora, está en situación apuradísima. La baja de
nuestra moneda me quita el sueño, Dmitri Fiodorovitch. Usted no sabe lo que me
preocupan estas cosas.
‑Oiga, señora ‑dijo Mitia, inquieto‑.
Seguramente seguiré su prudente consejo... Iré allá lejos..., a las minas de
oro..., y cuando vuelva hablaremos... Pero ahora necesito esos tres mil rubios
que usted tan generosamente me ha prometido. De ellos depende mi salvación. He
de tenerlos hoy mismo. No puedo perder ni siquiera una hora.
‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch basta! Una
pregunta: ¿está dispuesto a ir a las minas de oro o no? Respóndame
categóricamente.
‑Iré, señora, iré. Iré a donde usted quiera.
Pero ahora...
‑Espere.
Se dirigió a una elegante mesa de despacho y empezó a
buscar en los cajones.
«¡Los tres mil rublos! ‑pensó Mitia, incapaz de
contener su excitación‑. Y me los va a dar ahora mismo, sin ningún
docuinento, sin ninguna formalidad... ¡Qué grandeza de alma!... Es una mujer
excelente. Su único defecto es que habla demasiado...»
‑¡Ya lo tengo! ‑exclamó la dama
triunfante, mientras volvía al lado de Mitia‑. ¡Ya tengo lo que buscaba!
Era una medallita de plata, con un cordón, de esas
que suelen llevarse debajo de la ropa.
‑Me la han mandado de Kiev ‑dijo en un
tono de veneración la señora de Khokhlakov‑. Ha tocado las reliquias de
Santa Bárbara, la megalomártir. Permitame que cuelgue yo misma esta medalla
en su cuello y que lo bendiga en el momento de emprender una vida nueva.
Después de pasarle el cordón por la cabeza, la dama
se consideró en el deber de colocar la medalla en el punto debido. Mitia, un
tanto molesto, decidió ayudarla. Al fin, la medalla quedó en su sitio.
‑Ahora ya se puede marchar ‑dijo la dama
con acento triunfal, y mientras volvía a sentarse.
‑Señora, estoy emocionado... No sé cómo
agradecerle tanta atención. Pero... ¡tengo tanta prisa...! Esa suma que usted
me ha ofrecido...
En este momento Mitia tuvo una inspiración.
‑Ya que es usted tan buena, señora, permítame
que le diga algo que, a lo mejor, ya sabe usted... Amo a cierta joven. He traicionado
a Katia, digo, a Catalina Ivanovna. He sido inhumano, innoble... Amo a otra, a
una mujer que seguramente usted desprecia, pues la conoce, pero no puedo
dejarla. Así, esos tres mil rubios... ‑Abandónelo todo, Dmitri
Fiodorovitch ‑le interrumpió, tajante, la dama‑. Y especialmente a
las mujeres. Su objetivo son las minas. En ellas no tienen ningún papel las
mujeres. Más adelante, cuando usted vuelva célebre y rico, hallará una buena
amiga en la más alta sociedad, una compañera joven, moderna, rica y sin
prejuicios. Pues entonces el feminismo ya habrá triunfado y la mujer nueva
habrá aparecido...
‑Bien, señora; pero no es eso, no es eso lo
que... ‑empezó a decir Dmitri, uniendo las palmas de las manos con un
gesto de súplica.
‑Sí, Dmitri Fiodorovitch; eso es precisamente
lo que usted necesita, lo que le trastorna sin que usted se dé cuenta. A mí me
interesa mucho el feminismo. Mi ideal se cifra en el progreso de la mujer, a
incluso en su papel político en un porvenir inmediato. Tengo una hija, Dmitri
Fiodorovitch, cosa que todos parecen olvidar. Una vez escribí a Chtchedrine
hablándole del problema feminista. Este escritor me ha abierto tan amplios
horizontes acerca de la misión de la mujer en la vida, que el año pasado le
dirigí estas dos líneas: «Le estrecho contra mi corazón y le beso en nombre de
la mujer moderna. ¡Adelante!» Y firmé: «Una madre.» Estuve a punto de firmar:
«Una madre contemporánea», pero vacilé, y al fin me limité a escribir: «Una
madre.» Resultaba más serio, Dmitri Fiodorovitch. Además, la palabra
«contemporánea» habría podido recordarle El Contemporáneo, cosa desagradable,
dado el rigor de la censura actual[L66]. Pero, por Dios, ¿qué le sucede?
De pie y con las manos enlazadas, Mitia suplicó:
‑Señora, si no quiere que me eche a llorar,
entrégueme ya lo que tan generosamente...
‑¡Llore, Dmitri
Fiodorovitch, llore! Las
lágrimas le allanarán el camino que le espera. El llanto es un agradable
desahogo. Más adelante, cuando vuelva de Siberia, reiremos juntos...
‑¡Oiga! ‑bramó Mitia‑. Le suplico
por última vez que me diga si puede entregarme hoy mismo la cantidad prometida,
o cuándo he de venir a buscarla.
‑¿Qué cantidad, Dmitri Fiodorovitch?
‑Los tres mil rublos que tan generosamente se
ha comprometido a prestarme.
‑¿Prestarle tres mil rublos? ¡Yo no le he hecho
tal promesa! ‑exclamó la dama, sorprendida.
‑¿Cómo que no? Usted me ha dicho que podía
considerar que ya los tenía en el bolsillo.
‑¡Ah, ya caigo! Usted no ha comprendido, Dmitri
Fiodorovitch. Me refería al producto de las minas. Le he prometido mucho más
de tres mil rublos, pero sólo pensaba en las minas.
‑Entonces, ¿no puedo contar con los tres mil
rublos?
‑No dispongo de esa cantidad. Ando muy mal de
dinero; Dmitri Fiodorovitch. Incluso tengo ciertas dificultades con mi administrador.
Me he visto obligada a pedir un préstamo de quinientos rublos a Miusov.
Además, aunque los tuviera, no se los prestaría. Mi norma es no prestar dinero
a nadie. Quien tiene deudores, tiene guerra. Y a usted, menos que a nadie le
dejaría dinero, porque le aprecio y deseo salvarlo. Su salvación está en las
minas, y sólo en las minas.
‑¡Al diablo! ‑aulló Mitia, dando un
tremendo puñetazo en la mesa.
‑¡Dios mío! ‑exclamó la señora de Khokhlakov,
corriendo a refugiarse en el otro extremo del salón.
En un arranque de despecho, Mitia escupió y salió
precipitadamente de la casa. Iba a través de las tinieblas como un loco, golpeándose
el pecho en el mismo punto en que se lo había golpeado dos días atrás, cuando
se encontró con Aliocha en el camino. ¿A qué venían estos golpes idénticos y en
el mismo sitio? ¿Qué significaban? Mitia no había revelado a nadie, ni
siquiera a Aliocha, su secreto, que implicaba el deshonor, la perdición, a
incluso el suicidio, ya que Dmitri había resuelto quitarse la vida si no encontraba
los tres mil rublos que debía a Catalina Ivanovna, y si no podía saldar esta
deuda, arrancando de su pecho, de aquel lugar de su pecho, el deshonor que
gravitaba en él y torturaba su conciencia.
Todo esto se aclarará muy pronto. Fracasada su última
esperanza, aquel hombre fuerte y enérgico se echó a llorar como un niño.
Caminaba inconsciente secándose las lágrimas con el puño, cuando tropezó con
alguien. Una vieja se tambaleó por efecto del choque, lanzando un grito agudo.
‑¡Lleve cuidado, hombre de Dios! Casi me mata.
Mitia, tras observar a la vieja en la oscuridad,
exclamó:
‑¡Ah! ¿Es usted?
Era la sirvienta de Samsonov, la vieja a la que
Dmitri había conocido el día anterior.
La buena mujer cambió de tono.
‑¿Y usted quién es, señor?
‑¿No sirve usted en casa del señor Samsonov?
‑Sí, pero no recuerdo quién es usted.
‑Oiga: ¿está en este momento en casa de su
señor Agrafena Alejandrovna? Yo mismo la he llevado allí.
‑Ha ido, señor, pero se ha marchado en seguida.
‑¿Que se ha marchado?
‑Sí, ha estado poco tiempo. Ha divertido al
señor Samsonov con uno de sus cuentos y se ha ido.
‑¡Mientes, arpía! ‑exclamó Mitia.
‑¡Señor! Yo... ‑balbuceó la vieja.
Pero Mitia había desaparecido ya. Corrió como un rayo
a casa de Gruchegnka. Ésta había partido para Mokroie hacía un cuarto de hora.
Fenia estaba en la cocina con la cocinera cuando llegó el «capitán». Al verle,
Fenia lanzó un grito.
‑¿Por qué gritas? ‑preguntó Mitia‑.
¿Dónde está tu dueña?
Y sin esperar la respuesta de Fenia, que estaba
paralizada por el terror, cayó de rodillas a sus pies.
‑¡Fenia, por Dios, por nuestro Señor
Jesucristo, dime dónde está tu ama!
‑No lo sé, querido Dmitri Fiodorovitch; no lo
sé en absoluto. Aunque me matara usted, no podría decírselo, porque no lo sé.
Usted salió con ella de aquí...
‑Pero ha vuelto.
‑No, no ha vuelto: se lo juro por todos los
santos.
‑¡Mientes! ‑rugió Mitia‑. Me basta
verte temblar, para saber dónde está.
Y echó a correr. Fenia, que aún temblaba de espanto,
se felicitó de haber salido tan bien librada, pues comprendía que la cosa
habría sido mucho peor para ella si Mitia hubiera dispuesto de tiempo.
Cuando Dmitri se marchó, hizo algo que asombró a las
dos mujeres. En la mesa había un mortero con su mano de cobre. Mitia, cuando
ya había abierto la puerta, cogió la mano y se la guardó en el bolsillo.
Fenia gimió:
‑¡Dios mío! Ese hombre va a matar a alguien.
CAPITULO IV
TINIEBLAS
¿Hacia
dónde corria? No es dificil suponerlo.
‑¿Adónde puede haber ido sino a casa del viejo?
Es evidente que desde el domicilio de Samsonov se ha trasladado al de mi padre.
Toda esta intriga salta a la vista.
Las ideas entrechocaban en su mente. No pasó por el
patio de María Kondratievna.
‑No conviene sembrar la alarma. Esa mujer debe
de ser cómplice, lo mismo que Smerdiakov. ¡Todos están comprados!
Había tomado una resolución y no se volvería atrás.
Dio un gran rodeo, pasó por el puentecillo y desembocó en una callejuela de la
parte posterior. La calleja, deshabitada y desierta, estaba limitada por un
lado por la cerca de un campo de cereales, y por el otro, por la empalizada que
rodeaba el jardín de Fiodor Pavlovitch.
Para escalar esta empalizada, Mitia escogió el mismo
sitio que había utilizado muchos años atrás, según se contaba, Elisabeth
Smerdiachtchaia.
‑Si ella pudo saltar por aquí ‑se dijo
Mitia‑, ¿por qué no he de poder yo?
De un salto, consiguió aferrarse a lo alto de la
empalizada. Trepó y pronto se vio sentado a horcajadas sobre las maderas.
Cerca estaban las estufas, pero Mitia sólo observaba
las ventanas iluminadas de la casa.
‑Hay luz en el dormitorio del viejo. Gruchegnka
está alli.
Y saltó al jardín. Sabía que Grigori y Smerdiakov
estaban enfermos, que nadie podía oírlo. Sin embargo, con instintivo impulso
permaneció inmóvil y aguzó el oído. Un silencio de muerte le rodeaba. La calma
era absoluta; no se movía ni una hoja... «Sólo se oye el silencio...» Este
verso acudió a su memoria. Luego se dijo:
‑Con tal que no me haya oído nadie... Creo que,
en efecto, nadie me ha oído.
Se deslizó por el césped con paso felino, aguzando el
oído, sorteando los árboles y la maleza. Se acordó de que había debajo de las
ventanas densos macizos de saúcos y viburnos. La puerta que daba acceso al
jardín por el lado izquierdo estaba cerrada: lo comprobó al pasar. Al fin,
llegó a los macizos y allí se escondió. Contenía la respiración. «Hay que
esperar. Si me han oído, estarán escuchando. Quiera Dios que no me entren ganas
de toser o estornudar. »
Esperó un par de minutos. El corazón le latía con
violencia. Respiraba con dificultad.
‑Estas palpitaciones no cesarán. No puedo
seguir esperando.
Permanecía en la sombra, tras un macizo iluminado a
medias.
‑¡Qué rojas son las bayas de los viburnos! ‑murmuró
maquinalmente.
Deslizándose como un lobo, se acercó a la ventana y
se levantó sobre las puntas de los pies. Entonces pudo ver el dormitorio de
Fiodor Pavlovitch. Era una habitación pequeña y dividida en dos por biombos
rojos, «chinos», como les llamaba su propietario.
«Gruchegnka está detrás de los biombos», pensó Mitia.
Y se dedicó a observar a su padre. Éste llevaba una
bata que Dmitri no había visto nunca. Era de seda, listada, y de su cintura
pendían cordones rematados por borlas. El cuello, doblado y abierto, dejaba ver
una elegante camisa de fina holanda y botones de oro. En la cabeza llevaba el
pañuelo rojo con el que le había visto Aliocha. Mitia pensó: «Se ha puesto
guapo.» Fiodor Pavlovitch estaba cerca de la ventana, pensativo. De pronto, se
acercó a la mesa, se sirvió medio vaso de coñac y se lo bebió. Después lanzó un
hondo suspiro y otra vez estuvo inmóvil unos instantes. Después se acercó,
distraído, al espejo, y levantó el pañuelo para examinar los cardenales y las
costras que tenía en la cabeza.
«Seguramente está solo.»
Fiodor Pavlovitch se separó del espejo y se acercó de
nuevo a la ventana. Mitia retrocedió para refugiarse en la oscuridad.
«¿Estará Gruchegnka durmiendo detrás de los biombos?»
Fiodor Pavlovitch se retiró de la ventana.
«La espera a ella ‑se dijo Mitia‑. No hay
razón para que aceche en la oscuridad. O sea, que ella no está aquí. La
impaciencia devora al viejo.»
Mitia volvió a mirar por la ventana. Fiodor
Pavlovitch estaba sentado ante la mesa. Su tristeza era evidente. Apoyó el codo
en la mesa y la cara en la mano. Mitia lo observaba ávidamente.
«Está solo, completamente solo. Si Gruchegnka
estuviera aquí, no estaría tan triste.»
Y, aunque parezca mentira, le molestó que Gruchegnka
no estuviera allí.
«No es su ausencia lo que me inquieta ‑se explicó
a sí mismo‑, sino no saber qué hacer.»
Posteriormente, Mitia recordó que discurría con
perfecta lucidez en aquellos momentos y que se daba cuenta de todo.
Su ansiedad procedia de la incertidumbre que se había
apoderado de él y que iba en continuo aumento.
« ¿Está aquí o no está?»
De pronto, tomó una resolución. Extendió el brazo y
dio unos golpes en la ventana: primero dos golpes espaciados, después tres
golpes que se sucedieron rápidamente: era la señal convenida con Smerdiakov
para que éste anunciara al viejo la llegada de Gruchegnka. Fiodor Pavlovitch
se estremeció, levantó la cabeza y corrió a la ventana. Mitia volvió a
ocultarse en las sombras. Fiodor Pavlovitch abrió la ventana y se asomó.
‑Gruchegnka, ¿eres tú? ‑preguntó con voz
alterada‑. ¿Dónde estás, querida, ángel mío? ¿Dónde estás?
Jadeaba de emoción. «Está solo», se dijo Mitia.
‑¿Dónde estás? ‑repitió el viejo, con
todo el busto fuera de la ventana para poder mirar en todas direcciones‑.
Ven. Tengo un regalo para ti. Ven y lo verás.
«El sobre con los tres mil rublos», pensó Dmitri.
‑¿Pero dónde estás? ¿Acaso en la puerta? Voy a
abrir.
Fiodor Pavlovitch estuvo a punto de caer al exterior
al mirar hacia la puerta que daba al jardín. Escrutaba las tinieblas. Se dispuso
a ir a abrir sin esperar la respuesta de Gruchegnka. Mitia no vaciló. La luz
interior permitía ver claramente el perfil detestado del viejo, con su
prominente nuez, su nariz curvada, sus labios que sonreían en una espera
voluptuosa. Una cólera infernal hirvió de pronto en el corazón de Mitia. «He
aquí mi rival, mi verdugo.» Sintió un impulso irresistible: el arrebato de que
le había hablado a Aliocha cuando conversaron en el pabellón.
‑¿Pero serías capaz de matar a tu padre? ‑había
preguntado Aliocha.
‑No lo sé ‑había contestado Mitia‑.
Tal vez lo mate, tal vez no. Temo no poder soportar la visión de su cara en
algún momento. Detesto su nuez, su nariz, sus ojos, su sonrisa impúdica. Me repugnan.
Esto es lo que me inquieta. No podré contenerme.
La repugnancia llegó a lo intolerable. Mitia, fuera
de si, sacó del bolsillo la mano de cobre del mortero.
«Dios me salvó en aquel momento», dijo más tarde
Mitia. Y así fue, pues en aquel preciso instante el dolor despertó a Grigori.
Antes de acostarse se había aplicado el remedio de que Smerdiakov hablara a
Iván Fiodorovitch. Después de haberse frotado, ayudado por su mujer, con una
mezcla de aguardiente y una infusión secreta fortísima, se bebió el resto del
brebaje mientras Marta Ignatievna murmuraba una oración. Ella también tomó algunos
sorbos, y, como no tenía costumbre de beber, se durmió profundamente al lado
de su marido. De pronto, éste se despertó, estuvo pensativo un momento y,
aunque sentía un dolor agudo en los riñones, se levantó y se vistió a toda
prisa. Tal vez le parecía vergonzoso estar durmiendo cuando la casa no tenía
guardián en «momentos de peligro». Smerdiakov permanecía inmóvil, agotado. «No
tiene ninguna resistencia», pensó Grigori mientras le dirigía una mirada. Y,
gimiendo, salió al soportal. Sólo quería echar una mirada desde allí, pues no
tenía fuerzas para ir más lejos, a causa del tremendo dolor que sentía en los
riñones y en la pierna derecha. De pronto, se acordó de que no había cerrado
con llave la puertecilla del jardín. Era un hombre minucioso, esclavo del orden
establecido y de los hábitos inveterados. Cojeando y entre contorsiones de
dolor, bajó las gradas del porche y se dirigió al jardín. La puerta estaba
abierta de par en par. Entró maquinalmente. Había creído oír o ver a alguien.
Pero miró a la izquierda y sólo vio la ventana abierta: en ella no había
nadie. «¿Por qué la habrá dejado abierta? No estamos en verano», pensó Grigori.
En este momento vio frente a él, a unos cuarenta
pasos, una sombra que corría velozmente. Alguien huía en la oscuridad. Grigori
lanzó una exclamación y, olvidándose de su lumbago, emprendió la persecución
del fugitivo. Como conocía el jardín mejor que el intruso, pudo ganar tiempo
atajando. Mitia se dirigió a las estufas, las contorneó y llegó a la
empalizada. Grigori, que no lo había perdido de vista, lo alcanzó en el momento
en que empezaba a trepar por la cerca. Fuera de sí, Grigori profirió un grito
y se aferró a una pierna de Dmitri. Su presentimiento se había cumplido. Reconoció
al intruso en el acto: era él, el «miserable parricida».
‑¡Parricida! ‑gritó el viejo.
Pero no pudo decir nada más: un certero golpe, y
Grigori se desplomó como fulminado. Mitia saltó de nuevo al jardín y se inclinó
sobre el cuerpo inerte. Maquinalmente, se deshizo de la mano del mortero, que
arrojó cayera donde cayese, y que quedó a dos pasos de él, en el sendero,
expuesto a la vista de todos.
Grigori tenía la cabeza llena de sangre. Mitia le
palpó el cráneo, preguntándose con ansiedad si se lo habría roto, o si el viejo
sufriría una simple conmoción. La sangre tibia fluía, impregnando los dedos
temblorosos del agresor. Mitia sacó del bolsillo el inmaculado pañuelo que
había cogido para ir a visitar a la señora de Khokhlakov y lo aplicó a la
herida con la insensata esperanza de contener la sangre. El pañuelo se empapó
en seguida. «Bueno, ¿y qué? ¡Cualquiera sabe lo que tiene! Pero eso poco
importa ahora... Desde luego, lleva lo suyo. Si lo he matado, peor para él.»
Dijo esto en voz alta. Acto seguido, trepó por la
empalizada y saltó a la callejuela. Echó a correr, al mismo tiempo que se
guardaba en el bolsillo de la levita el pañuelo ensangrentado que llevaba en
su mano derecha. Algunos transeúntes recordaron más tarde que aquella noche se
habían cruzado con un hombre que corría como alma que lleva el diablo.
Se dirigió de nuevo a casa de la señora de Morozov.
Cuando se había marchado después de su primera visita, Fenia se había apresurado
a hablar con el portero, Nazario Ivanovitch, para suplicarle que no dejara
entrar a Dmitri ni aquel día ni el siguiente. Una vez enterado de todo, el
portero prometió hacer lo que se le decía, pero hubo de subir a casa del
propietario, que en aquel momento le llamó. Dejó al cuidado de la portería a
un sobrino suyo, muchacho de veinte años, recién llegado del campo, pero se le
olvidó advertirle que no debía permitir la entrada al capitán. El muchacho, que
guardaba buen recuerdo de las propinas de Mitia, lo reconoció y le abrió la
puerta. Con amable sonrisa, se apresuró a informarle de que Agrafena Alejandrovna
no estaba en casa. Mitia se quedó clavado en el suelo.
‑Entonces, ¿dónde está?
‑Pronto hará unas dos horas que ha partido para
Mokroie con Timoteo.
‑¿Para Mokroie? ‑exclamó Mitia‑. ¿Y
a qué ha ido a Mokroie?
‑No lo sé exactamente, pero creo que a reunirse
con un oficial que le ha enviado un coche.
Mitia irrumpió en la casa como un loco.
CAPÍTULO V
Fenia estaba
en la cocina con su abuela. Las dos se disponían a acostarse. Confiando en el
portero, no habían cerrado la puerta del piso. Apenas entró, Mitia cogió a
Fenia del cuello.
‑¡Dime en seguida con quién está ella en
Mokroie! ‑rugió. Las dos mujeres lanzaron un grito.
‑Se lo diré todo, querido Dmitri Fiodorovitch;
se lo diré todo ‑farfulló Fenia, aterrada‑. No le ocultaré nada. La
señorita ha ido a ver a un oficial.
‑¿A qué oficial?
‑Al que la abandonó hace cinco años.
Dmitri soltó a Fenia. Estaba pálido como un muerto y
se había quedado sin voz. Las pocas palabras de Fenia habían sido suficientes
para que lo comprendiera todo, para que adivinara incluso el menor detalle. La
pobre Fenia era incapaz de darse cuenta de nada. Se había sentado en un cajón y
alli permanecía temblorosa, con los brazos tendidos como para defenderse, sin
hacer el menor movimiento. Con las pupilas dilatadas por el espanto, miraba a
Mitia y a sus manos manchadas de sangre. Por el camino debía de habérselas
llevado a la cara para limpiarse el sudor, pues tenía manchas de sangre en la
frente y en el carrillo derecho. Fenia estaba a punto de sufrir un ataque de
nervios. La vieja cocinera parecía que iba a perder el conocimiento. Tenía los
ojos desorbitados como una loca. Dmitri se sentó maquinalmente al lado de
Fenia.
Estaba sumido en una especie de estupor. Sus
pensamientos erraban. Pero todo estaba claro para él. La misma Gruchegnka le
había hablado de aquel oficial y de la carta suya que había recibido un mes
atrás. Así, desde hacía un mes, la intriga amorosa se había urdido sin que él
se diera cuenta. El oficial había llegado antes de que él le hubiera vuelto a
dedicar un solo pensamiento. ¿Cómo se explicaba esto? La pregunta surgió ante
él como un monstruo y lo dejó helado de espanto.
De pronto, olvidándose de que acababa de maltratar y
horrorizar a Fenia, empezó a hablarle con gran amabilidad, a interrogarla con
una precisión impropia del estado de turbación en que se hallaba. Aunque
miraba con estupor las manos ensangrentadas del capitán, Fenia respondió a sus
preguntas sin vacilar. Poco a poco, fue sintiendo cierta satisfacción al darle
toda clase de detalles, y no para aumentar su pena, sino porque sentía un
sincero deseo de prestarle un servicio. Le habló de la visita de Rakitine y
Aliocha, mientras ella vigilaba, y le repitió el saludo que su dueña le había
enviado a él, a Mitia, por medio de su hermano menor. «Dile que no olvide nunca
que lo he querido durante una hora.»
Mitia sonrió. Sus mejillas se tiñeron de rojo. Fenia,
en la que el temor había cedido el puesto a la curiosidad, se aventuró a
decirle:
‑Tiene las manos manchadas de sangre, Dmitri
Fiodorovitch.
‑Sí ‑dijo Mitia, mirándose las manos
distraídamente.
Hubo un largo silencio. Mitia ya no estaba asustado.
Acababa de tomar una resolución irrevocable. Se levantó, pensativo.
‑¿Qué le ha pasado, señor? ‑insistió
Fenia, señalando las ensangrentadas manos.
La joven hablaba con acento compasivo, como le habría
hablado una persona de la familia que compartiera su pesar.
‑Es sangre, Fenia, sangre humana... ¿Por qué la
habré derramado, Dios mío?... Allí hay una barrera ‑dijo, mirando a la
muchacha como si le planteara un enigma‑, una barrera alta y temible.
Pero mañana, al salir el sol, Mitia la franqueará. Tú no sabes, Fenia, de qué
barrera te hablo. No importa. Mañana lo sabrás todo. Ahora, adiós. No seré un
obstáculo para ella: sé retirarme a tiempo... ¡Vive, adorada mía! Me has amado
durante una hora. Acuérdate siempre de Mitia Karamazov.
Salió como un rayo, dejando a Fenia más asustada que
poco antes, cuando se había arrojado sobre ella.
Diez minutos después estaba en casa de Piotr Ilitch
Perkhotine, el funcionario al que había empeñado las pistolas por diez rubios.
Eran ya las ocho y media, y Piotr Ilitch, después de haber tomado el té,
acababa de ponerse la levita para ir a jugar una partida de billar. Al ver a
Mitia con la cara manchada de sangre, exclamó:
‑¡Dios mío! ¿Qué quiere usted?
‑Se lo diré en dos palabras ‑farfulló
Dmitri‑. He venido a desempeñar mis pistolas. Gracias. Démelas en
seguida, Piotr Ilitch. Tengo mucha prisa.
Piotr Ilitch estaba cada vez más asombrado. Mitia
tenía en su mano derecha un fajo de billetes. Lo hacía de un modo insólito, con
el brazo extendido, como para mostrarlo a todo el mundo. Sin duda, lo había
llevado así por la calle. Esto se deducía de lo dicho después por la joven
sirvienta que le había abierto la puerta. Los billetes que exhibía con sus
dedos ensangrentados eran de cien rublos. Piotr Ilitch explicó algún tiempo
después a los curiosos que no pudo calcular con una simple ojeada cuántos
billetes eran, que la suma lo mismo podía ser de mil que de tres mil rublos. Y
de Dmitri dijo que «aunque no bebido, no se hallaba en estado normal. Daba
muestras de agitación y estaba distraído, absorto, como si tratase de resolver
algún problema sin conseguirlo. Todo lo hacía apresuradamente y sus respuestas
eran rápidas y extrañas. En ciertos momentos no mostraba la menor aflicción,
sino que, por el contrario, su semblante irradiaba alegría.»
‑¿Pero qué le ha pasado? ‑repitió Piotr
Ilitch, que seguía mirándole con estupor‑. ¿Cómo se ha ensuciado de ese
modo? ¿Se ha caído? Mire cómo va.
Lo llevó ante un espejo. Al ver su sucio rostro, se
estremeció y frunció el entrecejo.
‑¡Esto me faltaba!
Pasó los billetes de su mano derecha a la izquierda y
sacó el pañuelo. La sangre se había coagulado y pegado, de modo que el pañuelo
era una bola compacta. Mitia lo arrojó al suelo.
‑¿Puede darme un trapo para que me limpie la
cara?
‑¿De modo que no está herido? Lo mejor que
puede hacer es lavarse. Venga; le daré agua.
‑Buena idea. ¿Pero dónde dejo esto?
Y señalaba, turbado, el fajo de billetes, como si
Piotr Ilitch tuviera la obligación de decirle dónde debía ponerlos.
‑Guárdeselos en el bolsillo. O déjelos en la
mesa. Nadie los tocará.
‑¿En el bolsillo? Es verdad... En fin, esto no
tiene importancia. Ante todo, terminemos el asunto de las pistolas. Devuélvamelas:
aquí tiene el dinero. Las necesito. Y tengo mucha prisa.
Separó del fajo el primer billete y se lo ofreció.
‑No tengo cambio ‑dijo Piotr Ilitch‑.
¿No lleva los diez rubios sueltos?
‑No.
Pero, de pronto, tuvo un gesto de duda y empezó a
repasar los billetes del fajo.
‑Todos son iguales ‑dijo mientras dirigía
a Piotr Ilitch una mirada interrogadora.
‑¿De dónde ha sacado usted esa fortuna? ‑preguntó
el funcionario. Y añadió‑: Enviaré al muchacho a casa de los Plotnikov.
Cierran tarde. Allí nos darán cambio. ¡Micha! ‑llamó, dirigiendo su voz
al vestíbulo.
Mitia exclamó:
‑¡Buena idea! ¡A casa de los Plotnikov!
Y, encarándose con el muchacho, que acababa de
llegar, continuó:
‑Mitia, corre a casa de los Plotnikov. Diles
que Dmitri Fiodorovitch les envía un saludo a irá en seguida. Otra cosa. Di
que me preparen champán, tres docenas de botellas, embaladas como la otra vez,
cuando partí para Mokroie... Entonces me llevé cuatro docenas ‑continuó,
dirigiéndose a Piotr Ilitch‑. De modo que ellos están al corriente,
Micha. Que pongan también queso, pastas de Estrasburgo, tímalos ahumados,
jamón, caviar y, en fin, todo lo que tengan. Un paquete de cien o ciento veinte
rublos. Que no se olviden de poner bombones, peras, dos o tres sandías..., no,
con una habrá bastante...; chocolate, caramelos...; en fin, como la otra vez.
Todo esto y el champán debe de subir unos trescientos rublos... No te olvides
de nada, Micha... Se llama Micha, ¿verdad? ‑preguntó a Piotr Ilitch.
‑Oiga ‑dijo el funcionario, inquieto‑,
será mejor que vaya usted mismo a hacer esos encargos. Micha se armará un lío.
‑Tengo miedo... ¡Micha, te ganarás una buena
propina! Si me haces bien el encargo, te daré diez rublos... Anda, ve en
seguida... Que no se olviden del champán y que pongan también coñac, vino tinto
y vino blanco..., en fin, todo como la última vez... Ellos ya saben lo que
pusieron.
‑Escuche ‑dijo Piotr Ilitch, perdida la
paciencia‑: el muchacho irá sólo a cambiar y a decir que no cierren. Después
irá usted a hacer. sus encargos. Déle el billete. ¡Anda, Micha; ve a cambiarlo!
Piotr Ilitch tenía prisa en que se marchara, pues el
muchacho miraba a Mitia con la boca abierta y los ojos más abiertos aún, al ver
las manchas de sangre y el fajo de billetes en las manos temblorosas de
Dmitri. Seguramente, apenas había comprendido las instrucciones de Mitia.
‑Y ahora va usted a lavarse ‑dijo
enérgicamente Piotr Ilitch‑. Deje el dinero en la mesa o guárdeselo en el
bolsillo... Asi. Quítese la levita.
Le ayudó a quitársela y exclamó:
‑¡Mire! Su levita está manchada de sangre.
‑¡Bah! Una manchita en la manga y otra aquí, en
el sitio del pañuelo. La sangre habrá atravesado el forro del bolsillo; al
sentarme en casa de Fenia. Sin duda, me he sentado sobre el pañuelo.
Mitia hablaba en tono confiado. Piotr Ilitch lo
escuchaba, ceñudo.
‑Pronto se le ha pasado a usted el disgusto.
Porque ha habido pelea, ¿verdad? ‑preguntó el funcionario.
Tenía en la mano un jarro de agua que iba vertiendo
poco a poco. Mitia se lavaba precipitadamente y mal. Sus manos temblaban.
Piotr Ilitch le dijo que se volviera a enjabonar y que se frotara bien. Había
cobrado sobre Mitia un ascendiente que aumentaba por momentos. Debemos advertir
que el funcionario no tenía temor a nada ni a nadie.
‑Lávese bien las uñas... Y ahora la cara...
Aquí, cerca de la sien... Y la oreja... ¿Con esa camisa va a salir a la calle?
Tiene manchada toda la manga derecha.
‑Es verdad ‑dijo Mitia, mirándola.
‑Póngase otra.
‑No tengo tiempo... Pero verá lo que voy a
hacer.
Dmitri hablaba en el mismo tono confiado. Se secó y
se puso la levita.
‑Me doblaré el puño... Así. ¿Ve usted? Ya no se
ve la mancha.
‑Ahora dígame qué le ha pasado. ¿Se ha vuelto a
pelear en la taberna? ¿Ha vuelto a pegarle al capitán?
Piotr Ilitch dijo esto último en un tono de reproche.
Añadió:
‑¿A quién ha vapuleado ahora?... ¿O ha
matado?...
‑Eso no tiene importancia.
‑¿Usted cree?
Mitia se echó a reir.
‑No vale la pena. Acabo de liquidar a una
vieja.
‑¿A una vieja? ¿Dice usted que la ha...
liquidado?
‑No, a un viejo ‑rectificó Mitia, que
miraba a Piotr Ilitch, riendo y gritando como si hablara con un sordo.
‑Sea viejo o vieja, el caso es que ha matado
usted a una persona.
‑Después de luchar, nos hemos reconciliado.
Hemos quedado buenos amigos... ¡Qué imbécil! Seguramente, a estas horas me ha
perdonado. Si se hubiera vuelto a levantar, no me habría perdonado nunca.
Mitia guiñó un ojo y exclamó:
‑¡Que se vaya al diablo! ¿Oye, Piotr Ilitch?
Y terminó con acento tajante:
‑Dejemos esto. No quiero hablar por ahora de
este asunto.
‑Permitame que le diga que usted está siempre
dispuesto a pelearse con cualquiera, como se peleó aquella vez, por cosas
insignificantes, con el capitán. Acaba usted de librar una de sus batallas, y
sólo piensa en pasar una noche de jarana. Eso lo retrata... ¡Tres docenas de
botellas de champán! ¿Para qué tanta bebida?
‑¡Bueno! Déme usted las pistolas. El tiempo
apremia. Me encanta hablar con usted, querido, pero se me ha echado el tiempo
encima... ¿Dónde he dejado el dinero, qué he hecho de él?
Se registraba los bolsillos.
‑Lo ha dejado en la mesa. ¿Ya no se acuerda?
¡Qué poca atención presta usted al dinero! Aquí tiene sus pistolas. Es
extraño: a las cinco las empeña por diez rublos, y ahora tiene en su poder dos
o tres mil.
‑Tres mil ‑dijo Mitia riendo. Y se guardó
los billetes en un bolsillo.
‑Si los lleva ahí, los perderá. ¿Acaso ha
encontrado usted una Mitia de oro?
‑¿Una Mitia de oro? ‑exclamó Dmitri,
echándose a reír‑. ¿Quiere ir a las minas? Conozco a una dama que le dará
tres mil rubios sólo por eso, por ir a las minas. A mi me los ha dado: ya ve
usted hasta qué punto está chiflada por los filones. ¿La conoce usted? Es la
señora de Khokhlakov.
‑Sólo la conozco de vista. Pero me han hablado
mucho de ella. ¿De modo que esos tres mil rublos se los ha dado, sin más ni
más, esa señora? ‑preguntó Piotr Ilitch, mirando a Mitia con un gesto de
incredulidad.
‑Mañana, cuando salga el sol, cuando
resplandezca el eternamente joven Febo, vaya, alabando a Dios, a casa de esa
señora y pregúntele si me ha dado este dinero o no me lo ha dado. Así se
convencerá.
‑Ignoro las relaciones que tiene usted con
ella. Pero habla con tanta seguridad, que le creo... Ahora tiene usted dinero;
no es, pues, fácil que Siberia le atraiga. Hablando en serio, ¿adónde va usted?
‑A Mokroie.
‑¿A Mokroie? ¡Pero si ya es de noche!
‑Lo tenía todo y ya no tengo nada ‑dijo
Mitia con un repentino impulso.
‑¿Cómo que no tiene nada? Tiene miles de
rublos. ¿A eso llama nada?
‑No hablo del dinero. El dinero me importa un
comino. Me refiero a las mujeres... «Las mujeres son crédulas, versátiles,
depravadas», dijo Ulises. Y tenía razón.
‑No le comprendo.
‑¿Acaso estoy borracho?
‑Su mal es más grave.
‑Hablo de la embriaguez moral, Piotr Ilitch, de
la embriaguez moral... En fin, dejemos esto.
‑¿Pero qué hace? ¿Va a cargar esa pistola?
‑Sí, voy a cargarla.
Y así lo hizo. Abrió la caja y llenó de pólvora un
cartucho. Antes de poner la bala en el cañón, la examinó a la luz de la bujía.
‑¿Por qué mira la bala? ‑preguntó Piotr
Ilitch, sin poder contener su curiosidad.
‑Porque si. Se me ha ocurrido de pronto... ¿Es
que usted, si fuera a alojarse una bala en los sesos, no la miraría antes de ponerla
en la pistola?
‑No, ¿para qué?
‑Como me ha de atravesar el cráneo, me interesa
ver cómo está hecha... Pero todo esto son tonterías... Ya está ‑añadió,
después de colocar la bala y calzarla con estopa‑. ¡Qué absurdo es todo
esto, Piotr Ilitch!... Déme un trozo de papel.
‑Aquí lo tiene.
‑No, un papel blanco: es para escribir... Éste
va bien.
Mitia cogió una pluma y escribió dos líneas
rápidamente. Después dobló y volvió a doblar el papel y se lo guardó en un
bolsillo del chaleco. Luego colocó las pistolas en la caja y cerró ésta con llave.
Con la caja en la mano, se quedó mirando a Piotr Ilitch, risueño y pensativo.
‑Vamos ‑dijo.
‑¿Adónde? No, espere.
Y preguntó, inquieto:
‑¿De modo que piensa usted alojarse esa bala en
el cráneo?
‑¡Oh, no! ¡Qué tontería! Quiero vivir, adoro la
vida. Adoro al dorado Febo y a su cálida luz... Mi querido Piotr Ilitch, ¿eres
capaz de apartarte?
‑¿De apartarme?
‑Sí, de dejar el camino libre, tanto al ser
querido como al odiado, y decirle: «Que Dios os guarde. Pasad. Yo...»
‑¿Usted qué?
‑Basta. Vamos.
‑Le aseguro que lo contaré todo para que no lo
dejen salir de la ciudad ‑dijo Piotr Ilitch, mirándole fijamente‑.
¿A qué va a Mokroie?
‑A ver a una mujer... Y ya no puedo decirte
más, Piotr hitch.
‑Oiga, aunque es usted un poco salvaje, me ha
sido simpático y estoy inquieto.
‑Gracias, hermano. Dices que soy un salvaje, y
es verdad. No ceso de repetírmelo: « ¡Salvaje, salvaje! »... ¡Hombre, aquí está
Micha! Ya no me acordaba de él.
Micha llegó corriendo. Tenía en la mano un fajo de
billetes pequeños y dijo que todo iba bien en casa de los Plotnikov. Se estaban
embalando las botellas, el pescado, el té. Todo lo encontraría listo Dmitri
Fiodorovitch. Éste entregó un billete de diez rublos al funcionario y ofreció
otro a Micha.
‑No, no haga eso en mi casa. No hay que
acostumbrar mal a la servidumbre. Administre bien su dinero. Si lo malgasta,
mañana volverá a pedirme diez rublos prestados. ¿Por qué se los pone en ese
bolsillo? ¿No ve que los va a perder?
‑Oye, querido; acompáñame a Mokroie.
‑No tengo nada que hacer en Mokroie.
‑¡Vamos a vaciar una botella, a beber por la
vida! ¡Tengo sed de beber contigo! Nunca hemos bebido juntos.
‑De acuerdo. Vamos a la taberna.
‑Vamos. Pero a casa de los Plotnikov, a la
trastienda. ¿Quieres que te plantee un enigma?
‑Bueno.
Mitia sacó del bolsillo del chaleco el papel que
había escrito y lo mostró al funcionario. En él se leía claramente: « Me
castigo: he de expiar mi vida entera.»
‑Desde luego, lo contaré a alguien ‑dijo
Piotr hitch.
‑No tendrás tiempo, querido. Anda, vamos a
beber.
El establecimiento de los Plotnikov ‑ricos
comerciantes‑ estaba cerca de casa de Piotr Ilitch, en una esquina de la
misma calle. Era la mejor tienda de comestibles de la localidad. En ella había
de todo, como en los grandes comercios de la capital: vino de las bodegas de
los Hermanos leliseiev, fruta de todas las clases, tabaco, té, café, etcétera.
Contaba con tres empleados y dos chicos para transportar los pedidos. Nuestra
comarca se empobrecía, los propietarios se dispersaban, el comercio
languidecía, pero la tienda de los Plotnikov no cesaba de prosperar, ya que sus
productos eran indispensables para el público.
Estaban esperando a Mitia con impaciencia, pues se
acordaban de que tres o cuatro semanas atrás había hecho compras por valor de
varios centenares de rublos (al contado: a crédito no le habrían vendido
nada). Aquella vez, como ésta, tenía en la mano un grueso fajo de billetes
grandes que repartía a derecha a izquierda sin ajustar precios ni preocuparse
por la importancia de las compras. En la ciudad se decía que en aquel viaje a
Mokroie con Gruchegnka había despilfarrado tres mil rublos en veinticuatro
horas y que había regresado sin un céntimo. Contrató a una orquesta de cíngaros
que tenían su campamento en los alrededores de la ciudad, y los músicos se
aprovecharon de su embriaguez para sacarle el dinero y beber sin tasa vinos de
los mejores. Entre risas se contaba que en Mokroie había obsequiado con champán
a los campesinos, y con bombones y pastas a las campesinas. Estos alegres
comentarios se hacían sobre todo en la taberna, pero siempre en ausencia de
Mitia, medida prudente, pues se recordaba que, según dijo el propio Dmitri, la
única compensación que había obtenido de esta escapada con Gruchegnka había
sido que ella «le permitiese besarle los pies».
Cuando Mitia y Piotr Ilitch llegaron al
establecimiento, ya esperaba ante la puerta un coche tirado por tres caballos.
Éstos llevaban collares de cascabeles y el coche estaba alfombrado. Lo
conducía un cochero llamado Andrés. Ya se había llenado una caja de
comestibles, y sólo se esperaba que llegase el comprador para cerrarla y
cargarla en el coche.
Piotr Ilitch exclamó, asombrado:
‑¿Cómo es que está aquí esta troika?
‑Cuando iba a tu casa, me he encontrado con
Andrés y le he dicho que viniera directamente aquí. No hay tiempo que perder.
El viaje anterior lo hice con Timoteo, pero esta vez Timoteo ha partido ya con
una maravillosa viajera. ¿Crees que nos llevan mucha delantera, Andrés?
‑Una hora a lo sumo ‑se apresuró a
contestar Andrés, un hombre seco, de cabello rojo y que estaba en la plenitud
de la edad‑. Sé cómo va Timoteo y le aseguro, Dmitri Fiodorovitch, que lo
llevaré a la velocidad necesaria para que la ventaja no aumente.
‑Te daré cincuenta rublos de propina si
llegamos sólo una hora después que Timoteo.
‑Le respondo de ello, Dmitri Fiodorovitch.
Mitia daba órdenes con visibles muestras de
agitación, de un modo extraño a incongruente. Piotr Ilitch se preparó para
intervenir en el momento oportuno.
‑Por valor de cuatrocientos rublos, como la vez
pasada ‑dispuso Dmitri‑. Cuatro docenas de botellas de champán. Ni
una menos.
‑¿Para qué tantas? ‑preguntó Piotr Ilitch‑.
¡Un momento! ‑exclamó seguidamente‑. ¿Qué hay en esa caja? No es
posible que eso valga cuatrocientos rublos.
Los empleados lo rodearon deshaciéndose en
amabilidades y le explicaron que en aquella primera caja sólo había «lo
necesario para empezar»: media docena de botellas de champán, entremeses,
bombones, etc. La parte principal del pedido se enviaría aparte, como la otra
vez, en un coche de tres caballos que llegaría a Mokroie una hora después, a
lo sumo, que Dmitri Fiodorovitch.
‑Que no pase más de una hora ‑dijo Mitia‑.
Y pongan bombones y caramelos a discreción. A las muchachas de Mokroie les
gustan mucho.
‑De acuerdo en que pongan una buena cantidad de
caramelos. ¿Pero por qué cuatro docenas de botellas? Una habría sido suficiente.
El funcionario dijo esto un tanto enfurecido. Después
empezó a regatear y exigió que se extendiera una factura. Sin embargo, sólo
logró salvar un centenar de rublos. Los vendedores reconocieron que la
mercancía comprada no valía más de trescientos rublos.
De pronto, pareció cambiar de opinión.
‑¿Pero a mí qué me importa todo esto? ‑exclamó‑.
¡Vete al diablo! ¡Derrocha esos billetes que has ganado sin ningún esfuerzo!
‑¡No te enfades, hombre! No hay que ser tan
tacaño ‑dijo Mitia, llevándoselo a la trastienda‑. Vamos a beber.
Me encantan los buenos chicos como tú.
Mitia se sentó ante una mesita cubierta por un mantel
no del todo limpio. Piotr Ilitch se sentó frente a él y le sirvieron champán .
Les preguntaron si querían ostras, las primeras que habían recibido. Estaban
recién cogidas.
‑¡Al diablo las ostras! ‑exclamó
groseramente Piotr Ilitch‑. No quiero ostras; no quiero nada.
‑No hay tiempo para comer ostras ‑dijo Mitia‑.
Por otra parte, no tengo apetito. Ya sabes, amigo mío, que nunca me ha gustado
el desorden.
‑¿Ah, no? ¡Válgame Dios! Tres docenas de
botellas de champán para los vagabundos. ¡Eso es una locura!
‑No me refiero a ese orden, sino al orden
superior. Un orden que en mí no existe... En fin, como todo ha terminado, no
hay que preocuparse. Es demasiado tarde. Toda mi vida ha sido desordenada; ya
es hora de que la ordene. Como ve, domino el retruécano.
‑Lo que veo es que estás divagando.
‑«¡Gloria al Altísimo en el mundo! ¡Gloria al
Altísimo en mí!»... Estos versos, mejor dicho, estas lágrimas, se escaparon de
mi alma un día. Sí, los compuse yo, pero no cuando arrastraba al capitán
tirando de su barba.
‑¿A qué viene nombrar ahora al capitán?
‑No lo sé. ¡Pero qué importa! Cuando todo
termina, todo va a parar al mismo total.
‑Tus pistolas me tienen preocupado.
‑¡Bah! Bebe y no pienses en nada. Amo la vida,
y la he amado mucho, hasta el hastío. Bebamos por la vida, querido... ¿Cómo
puedo estar contento? Soy vil, mi vileza me atormenta, y, sin embargo, estoy
contento. Bendigo la creación, estoy dispuesto a bendecir a Dios y a sus
obras, pero... he de destruir en mi un mal insecto que ataca a las vidas
ajenas. ¡Bebamos por la vida, hermano! ¿Hay algo más hermoso? Bebamos también
por la reina de las reinas.
‑Bien. Bebamos por la vida y por tu reina.
Vaciaron un vaso. Mitia, pese a su exaltación, estaba
triste. Parecía presa de una abrumadora preocupación.
‑¡Micha! ¡Mira, es Micha! ¡Eh, ven aquí! Toma,
querido. Bébete este vaso por Febo, el de los cabellos de oro, que aparecerá
en el cielo mañana.
‑¡No tienes por qué invitarlo! ‑exclamó
Piotr Ilitch, irritado.
‑Déjame, quiero hacerlo.
El funcionario gruñó. Micha bebió, saludó y se fue.
‑Así se acordará más tiempo de mí... ¡Amo a una
mujer! ¿Qué es la mujer? La reina de la tierra. Estoy triste, Piotr Ilitch.
Acuérdate de Hamlet. «Estoy triste, muy triste, Horacio... ¡Ay, pobre Yorick! »
Tal vez yo sea Yorick. Sí, ahora soy Yorick, y muy pronto seré un cráneo.
Piotr Ilitch lo escuchaba en silencio. Mitia
enmudeció también.
De pronto, Dmitri vio en un rincón un pequeño sabueso
de ojos negros y preguntó distraídamente a un empleado:
‑¿Qué hace aquel perro allí?
‑Es el sabueso de Varvara Alexeievna, nuestra
patrona ‑repuso el empleado‑. Se lo ha dejado aquí por olvido.
Habrá que llevárselo a su casa.
‑Yo vi uno muy parecido en el cuartel ‑dijo
Mitia, absorto‑. Pero aquél tenía rota una de las patas traseras... Oye,
Piotr Ilitch; quiero hacerte una pregunta: ¿has robado alguna vez?
‑¿A qué viene eso?
‑Me refiero al dinero que se quita a otro, no
al Tesoro Público, al que todo el mundo defrauda lo que puede, y tú el
primero, sin duda...
‑¡Vete al diablo!
‑Dime: ¿has quitado el monedero del bolsillo a
alguien?
‑No; lo que hice una vez fue quitar veinte
copecs a mi madre. Entonces yo tenía nueve años. Estaban sobre la mesa. Los
cogí disimuladamente y cerré la mano con todas mis fuerzas.
‑¿Y qué pasó?
‑Nadie había visto nada. Los tuve tres días.
Después, avergonzado, lo confesé todo y los devolví.
‑¿Y entonces...?
‑Me dieron una paliza, naturalmente... Pero
oye: ¿es que tú has robado?
‑Sí ‑dijo Mitia guiñando un ojo con
expresión maligna.
‑¿Qué has robado?
‑Veinte copecs a mi madre. Yo tenía entonces
nueve años. Los devolvítres días después.
Y se levantó.
‑Dmitri Fiodorovitch, dése prisa ‑gritó
Andrés desde la puerta de la tienda.
‑¿Ya está todo preparado? Pues vámonos... Pero
antes denle a Andrés un vaso de vodka. ¡En seguida! Y después coñac... Esta
caja, la de las pistolas, hay que ponerla en el asiento... Adiós, Piotr Ilitch.
No guardes mal recuerdo de mi.
‑¿Volverás mañana?
‑Sí, sin falta.
‑¿Quiere pagar, señor? ‑preguntó un
empleado.
‑¿Pagar? ¡Claro que si!
Volvió a sacar del bolsillo el fajo de billetes, echó
tres sobre el mostrador y salió. Todos lo acompañaron hasta la puerta para decirle
adiós y desearle un buen viaje. Andrés, con la voz enronquecida por el coñac
que acababa de beber, subió al pescante. Cuando el viajero iba a poner el pie
en el estribo, apareció Fenia corriendo, jadeante. La joven enlazó las manos y
se arrojó a los pies de Mitia.
‑¡Por Dios, Dmitri Fiodorovitch, no pierda a
Agrafena Alejandrovna! ¡Y pensar que he sido yo la que se lo ha contado
todo!... No haga ningún daño a ese hombre. Es su primer amor.
Ha vuelto de Siberia para casarse con ella. No
destroce una vida. ‑Ahora lo comprendo todo ‑murmuró Piotr Ilitch‑.
Va a haber jaleo en Mokroie. Dmitri Fiodorovitch, dame en seguida esas
pistolas; demuéstrame que eres un hombre.
‑¿Las pistolas? No te preocupes. Las arrojaré a
un charco por el camino... Fenia, levántate; no quiero verte a mis pies. Desde
hoy, Mitia, ese necio, no volverá a hacer daño a nadie.
Subió al coche y, ya sentado, exclamó:
‑Te he ofendido hace unos momentos, Fenia.
Perdóname. Y si no quieres perdonarme, alla tú... ¡A mi qué!... ¡En marcha, Andrés!
Restalló el látigo. Los cascabeles empezaron a sonar.
‑¡Hasta la vuelta, Piotr Ilitch! ¡Para ti mi
última lágrima!
Piotr Ilitch se dijo en su fuero interno:
«No está borracho. Sin embargo, ¡qué tonterías dice!»
Tenía el propósito de permanecer allí para vigilar el
envío del resto de las provisiones, sospechando que querian engañar a Dmitri;
pero, de pronto, se indignó contra si mismo, escupió en un arranque de rabia y
se fue a jugar al billar.
«Es un imbécil, pero, en el fondo, un buen muchacho ‑se
iba diciendo por el camino‑. Ya he oído hablar de ese oficial de Gruchegnka.
Si en verdad ha llegado... ¡Ah, esas pistolas!... ¿Pero qué diablo me importa a
mi? ¿Acaso soy su ayo? ¡Que haga lo que quiera! Además, no pasará nada. Esos
bravucones no hacen más que vociferar. Se pegarán cuando estén borrachos y
luego harán las paces. ¡Vaya unos hombres de acción!... ¿Qué querrá decir eso
de “apartarse” y de “castigarse”?... No, no hará nada. Estando bebido en la
taberna, ha dicho mil veces cosas parecidas. Ahora está “embriagado
moralmente”... ¿Acaso soy yo su mentor? Sin duda, se ha pegado con alguien.
Tenía la cara manchada de sangre. ¿Con quién se habrá peleado?... Y aún estaba
más manchado su pañuelo..., ese asqueroso pañuelo que ha estado en el suelo de
mi habitación... ¡Puf!»
Llegó al café de pésimo humor. Empezó en seguida una
partida de billar y esto le alegró un poco. Jugó otra partida y contó que
Dmitri Fiodorovitch Karamazov volvía a tener dinero, que le había visto en las
manos tres mil rublos, que Mitia se había ido por segunda vez a Mokroie para
divertirse con Gruchegnka. Sus amigos le escucharon con gesto de grave
curiosidad. Incluso interrumpieron el juego.
‑¿Tres mil rublos? ¿De dónde los habrá sacado?
Contestando a las preguntas de sus camaradas, dijo
que el dinero se lo había dado la señora de Khokhlakov, cosa que no creyó
nadie.
‑¿No habrá desvalijado a su padre?
‑¡Tres mil rublos! Eso es muy sospechoso.
‑Una vez dijo en voz alta que mataría a su
padre. Todos los que estábamos aquí lo oímos. Y entonces habló de tres mil
rublos.
Piotr Ilitch se mostró lacónico desde este momento.
No dijo nada de la sangre que manchaba la cara y las manos de Mitia, aunque
tuvo la intención de hablar de ello cuando se dirigía al café. Empezó la
tercera partida. Poco a poco fueron cesando los comentarios sobre Mitia.
Cuando esta partida terminó, Piotr Ilitch dijo que ya estaba cansado de jugar.
Dejó el taco en su sitio y se marchó sin cenac, aunque había llegado decidido a
hacerlo.
Cuando estuvo en la calle, se quedó perplejo. ¿Debía
ir a casa de Fiodor Pavlovitch para enterarse de si había ocurrido algo? «No ‑decidió‑,
no iré a despertar a la gente y a armar escándalo por una tontería como ésta.
¡Yo no soy al ayo de Dmitri, demonio!
Ya se dirigía a su casa, de muy mal humor por cierto,
cuando se acordó de Fenia.
‑¡Qué tonto he sido! ‑exclamó mentalmente‑.
Debí interrogarla. Así ya lo sabría todo.
Y experimentó un deseo tan vivo de ver a Fenia, de
hablar con ella, de informarse de todo, que a medio camino cambió de rumbo y se
dirigió a casa de la señora de Morozov, donde vivía Gruchegnka. Al llamar a la
puerta, el golpe resonó en el silencio de la noche, lo que le produjo cierta
irritación. Nadie contestó; todos los habitantes de la casa dormían
profundamente.
‑Voy a alarmar a todo el barrio ‑se dijo.
Esta idea le desagradó; pero Piotr Ilitch, lejos de
marcharse, siguió llamando. Los golpes resonaban en toda la calle.
‑¡Me han de abrir! ‑exclamó, indignado
contra sí mismo y mientras repetía las llamadas con creciente violencia.
CAPITULO VI
¡AQUÍ ESTOY YO!
Entre tanto, Dmitri Fiodorovitch volaba hacia
Mokroie. La distancia era de unas veinte verstas, y la troika de Andrés
avanzaba tan velozmente, que no tardaría más de hora y cuarto en llegar al
término de su viaje. La rapidez de la carrera tonificó a Mitia.
Soplaba un fresco vientecillo. El cielo estaba
estrellado. Era la misma noche y tal vez la misma hora en que Aliocha,
tendiendo los brazos sobre la tierra, juraba, exaltado, amarla siempre.
Mitia sentía una profunda turbación y una viva
ansiedad. Sin embargo, en aquellos momentos sólo pensaba en su ídolo, al que
quería ver por última vez. No tuvo un instante de duda. Parecerá mentira que
aquel celoso no sintiera celos de aquel personaje recién llegado, de aquel
rival surgido repentinamente. Tal vez no le habría ocurrido lo mismo con otro
rival cualquiera, tal vez la sangre de éste habría manchado sus manos; pero por
aquel primer amante no sentía odio, celos ni animosidad de ninguna especie.
Verdad es que aún no lo había visto.
«Los dos tienen derecho a amarse, un derecho que
nadie les puede discutir. Es el primer amor de Gruchegnka. Han transcurrido
cinco años y ella no lo ha olvidado. Por lo tanto, durante este tiempo,
Gruchegnka sólo lo ha amado a él. ¿Por qué habré venido a interponerme entre
ellos?... ¡Apártate, Mitia! ¡Deja el camino libre! Por otra parte, todo ha
terminado ya, todo habría terminado aunque ese oflcial no hubiera existido.»
En estos términos había expresado sus sensaciones si
hubiera podido razonar. Pero no estaba en condiciones de discurrir. Su resolución
había sido espontánea. La había concebido y adoptado con todas sus
consecuencias cuando Fenia había empezado a explicarle lo sucedido. Sin
embargo, experimentaba una turbación dolorosa: aquella resolución no le había
devuelto la calma. Lo atormentaban demasiados recuerdos. En algunos momentos
esto le parecía incomprensible. Él mismo había escrito su sentencia: «Me castigo,
expío» ... El papel estaba en un bolsillo de su chaleco; la pistola, cargada.
Había decidido terminar al día siguiente, cuando los primeros rayos de «Febo,
el de los cabellos de oro», iluminaran la tierra. Pero no podía borrar su
abrumador pasado, y esta idea lo desesperaba. Hubo un momento en que tuvo la
tentación de detener el coche, bajar, sacar la pistola y acabar de una vez,
sin esperar a que llegase el día. Pero fue una idea fugaz. La troika devoraba
kilómetros, y cuanto más se acercaba al final del viaje, más enteramente se
apoderaba del corazón de Mitia el recuerdo de Gruchegnka, desterrando de su
mente todos los pensamientos tristes. Anhelaba verla aunque fuese desde lejos.
«Veré ‑se decía‑ cómo se porta ahora con
él, con su primer ampr. No necesito más.»
Nunca había amado tanto a aquella mujer fatal. Era un
sentimiento riuevo, jamás experimentado, que iba desde la imploración, hasta
el deseo de desaparecer ante ella.
‑¡Y desapareceré! ‑profirió de pronto,
como soñando.
Hacia ya una hora que habían partido. Mitia callaba.
Andrés, aunque era hablador, no había dicho palabra. Se limitaba a estimular a
sus caballos bayos, flacos, pero animosos.
De pronto, Mitia exclamó, profundamente inquieto:
‑¿Y si están durmiendo, Andrés?
No había pensado en esta posibilidad.
‑No sería extraño, Dmitri Fiodorovitch.
Mitia frunció el ceño. Mientras él viajaba con los
más nobles sentimientos, los otros dormían tranquilamente... Incluso ella...,
y, a lo mejor, con él. La cólera hervía en su corazón.
‑¡Corre, Andrés! ¡Fustiga a los caballos!
‑Podría ser que no se hubieran acostado todavía
‑dijo Andrés tras una pausa‑. Hace un momento, Timoteo ha dicho
que había allí mucha gente.
‑¿En la posta?
‑No, en el parador de los Plastunov.
‑Mucha gente. ¿Pero qué gente?
La inesperada noticia había afectado profundamente a
Mitia. ‑Según Timoteo, todos son señores. Dos de la ciudad, que no sé
quiénes son; dos forasteros, y me parece que otro. Creo que están jugado a las
cartas.
‑¿A las cartas?
‑Por eso le digo tal vez que estén despiertos.
No deben de ser más de las once.
‑¡Fustiga, Andrés, fustiga! ‑insistió
Mitia, nervioso.
Nuevo silencio. Al fin, dijo Andrés:
‑Quisiera hacerle una pregunta, señor. Pero
temo que se moleste.
‑Habla.
‑Hace un momento, Fedosia Marcovna le ha pedido
de rodillas que no haga ningún daño a su señorita ni a otra persona; pero veo
que no me parece usted muy dispuesto a hacer lo que Fedosia desea. Perdóneme,
señor, si mi conciencia me ha llevado a decir una tontería.
Mitia lo aferró con violencia por los hombros.
‑Tú eres el cochero, ¿no?
‑Sí.
‑Entonces debes saber que es necesario dejar el
camino libre. Porque sea uno cochero y quiera pasar, no tiene ningún derecho a
atropellar a la gente. No, cochero, no hay que atropellar a nadie, no hay que
destrozar las vidas ajenas. Si tú lo has hecho, si tú has roto la vida de
alguien, castígate a ti mismo, ¡vete de este mundo!
Mitia hablaba con exaltación inaudita. A pesar de su
asombro, Andrés siguió conversando.
‑Tiene usted toda la razón, Dmitri Fiodorovitch.
No hay que hacer daño a nadie. Y tampoco a los animales, ya que también son
criaturas de Dios. Pongamos los caballos como ejemplo. Hay cocheros que los
maltratan brutalmente. No hay freno para su crueldad. Llevan una marcha
infernal.
‑¡Infernal! ‑exclamó Mitia lanzando una
repentina carcajada, y, cogiendo de nuevo al cochero por los hombros, añadió‑:
Dime, Andrés, alma sencilla: ¿crees que Dmitri Fiodorovitch Karamazov irá al
infierno?
‑No lo sé. Eso depende de usted... Oiga, señor:
cuando murió el Hijo de Dios en la cruz, se fue derecho al infierno y libertó a
todos los condenados. Y el demonio gimió ante la idea de que ya no iría al
infierno ningún pecador. Entonces Nuestro Señor le dijo: «No te lamentes;
albergarás grandes señores, políticos de altura, jueces, personas opulentas.
Como siempre. Y así será hasta que Yo vuelva.» Éstas fueron sus palabras.
‑Bonita leyenda popular. ¡Fustiga al caballo de
la izquierda!
‑Ya sabe, señor, quiénes están destinados al
infierno. A usted le miramos como a un niño pequeño. Es usted un hombre
violento, pero Dios le perdonará por su simplicidad.
‑¿Me perdonarás también tú, Andrés?
‑¿Yo? Usted no me ha hecho nada.
‑No me entiendes. Digo que si me perdonas tú
solo en nombre de todos..., ahora, en el camino... Contesta, alma sencilla.
‑¡Oh señor; qué cosas tan raras dice! Me da
usted miedo.
Mitia ni siquiera lo oyó. Exaltado, siguió diciendo:
‑Señor, recíbeme con toda mi iniquidad; no me
juzgues. Permíteme pasar sin juicio, pues ya me he condenado yo mismo; no me
juzgues, Dios mío, porque te amo. Soy vil, pero te amo. Incluso desde el
infierno, si me envías allí, proclamaré este amor eternamente. Pero déjame
terminar de querer aquí abajo..., sólo durante cinco horas más, hasta la salida
de tu sol... Adoro a la reina de mi alma; es un amor que no puedo acallar. Tú
me ves enteramente, tal como soy. Caeré de rodillas ante ella y le diré:
«Tienes razón en querer seguir tu camino. Adiós; olvida a tu víctima; no te
inquietes lo más mínimo por mí.»
‑¡Makroie! ‑gritó Andrés señalando el
pueblo con el látigo.
En medio de la oscuridad de la noche se percibía la
masa negra de las casas, que ocupaban una extensión considerable. Makroie tenía
dos mil habitantes, pero a aquella hora el pueblo dormía. Sólo algunas luces
dispersas taladraban las sombras.
‑¡De prisa, Andrés; estamos llegando! ‑exclamó
Mitia, defirante.
Andrés señaló el parador de los Plastunov, situado a
la entrada del pueblo y cuyas seis ventanas, que daban a la calle, estaban iluminadas.
‑Allí hay gente despierta ‑dijo.
‑¡Sí, gente despierta! ‑afirmó Mitia,
cada vez más excitado‑. ¡Haz mucho ruido, Andrés! ¡A galope! ¡Que se
oigan los cascabeles! ¡Que todo el mundo sepa que llego yo! ¡Yo, yo en persona!
Acuciado por Andrés, la troika empezó a galopar y
llegó con gran ruido al pie del pórtico del parador, donde el cochero detuvo a
los rendidos caballos.
Mitia se apeó de un salto. En este preciso momento,
el dueño del parador, que iba a acostarse, se asomó para ver quién llegaba con
tanta prisa.
Aunque había amasado ya una fortuna, Trifón Borisytch
se aprovechaba de la alegre generosidad de los diáipadores. Recordaba que el
mes anterior había ganado en un solo día trescientos rublos gracias a una de
las francachelas de Dmitri Fiodorovitch con Gruchegnka. De aquí que ahora lo
recibiera con alegría y servil amabilidad: presentía un nuevo negocio al ver la
resolución con que Mitia se había dirigido a la entrada del parador.
‑Dígame, Dmitri Fiodorovitch, ¿a qué se debe el
honor de tenerlo de nuevo entre nosotros?
‑Un momento, Trifón Borisytch. Ante todo quiero
saber dónde está ella.
Trifón le dirigió una mirada penetrante. Comprendió
la pregunta.
‑Se refiere a Agrafena Alejandrovna, ¿verdad?
Está aquí.
‑¿Con quién?
‑Con varios viajeros... Uno de ellos es un
funcionario polaco. Se deduce de su modo de hablar. Éste debe de haber sido el
que la ha hecho venir. Hay otro que, al parecer, es su compañero de viaje. Son
todos muy correctos.
‑¿Es gente rica? ¿Están de francachela?
‑No, Dmitri Fiodorovitch.
‑¿Quiénes son los demás?
‑Dos señores de la ciudad, que se han detenido
aquí al regresar de Tchernaia. El más joven es pariente del señor Miusov. No
me acuerdo de su nombre. Al otro debe de conocerlo usted. Es el señor Maximov,
ese propietario que fue en peregrinación al monasterio de la localidad en que
usted vive.
‑¿Eso es todo?
‑Eso es todo.
‑No necesito más, Trifón Borisytch. Ahora
dígame: ¿qué hace ella?
‑Acaba de llegar y está con ellos.
‑¿Está contenta? ¿Se ríe?
‑No; más que contenta, parece aburrida... Hace
un momento acariciaba el pelo del más joven.
‑¿Del polaco? ¿Del oficial?
‑Ese no es joven ni oficial. No, no me refiero
a él, sino al sobrino de Miusov. No recuerdo cómo se llama.
‑¿Kalganov?
‑Eso es: Kalganov.
‑Bien, ya veremos lo que hago. ¿Están jugando a
las cartas?
‑Han jugado. Después han tomado té. El
funcionario ha pedido licores.
‑Con eso basta, Trifón Borisytch; con eso
basta, querido. Ya veré lo que decido. ¿Hay cíngaros?
‑No se ven por ninguna parte, Dmitri
Fiodorovitch. Las autoridades los han expulsado. Pero hay judíos que tocan la
cítara y el violin. Aunque es tarde, los puedo llamar.
‑Eso: hazlos venir. Y que se levanten las
chicas. Sobre todo, María, pero también Irene y Stepanide. Hay doscientos
rublos para el coro.
‑Por doscientos rublos sería yo capaz de traerle
al pueblo entero, aunque todo el mundo está durmiendo a estas horas. Pero no
vale la pena malgastar el dinero por semejantes brutos. Usted repartió
cigarros entre nuestros mozos, y ahora apestan, los muy bribones. En cuanto a
las muchachas, están llenas de piojos. Prefiero hacer levantar gratis a las
mías, que acaban de acostarse. Las despertaré a puntapiés, y ellas le contarán
todo lo que usted quiera. ¡A quien se le diga que dio champán a los
mendigos...!
Trifón Borisytch no tenía queja de Mitia. La vez
anterior le había escamoteado media docena de botellas de champán y se guardó
un billete de cien rublos que vio abandonado sobre la mesa.
‑¿Recuerda, Trifón Borisytch, que la otra vez
me gasté más de mil rublos?
‑¿Cómo no me he de acordar? Contando todas las
visitas, usted se ha dejado aquí lo menos tres mil rublos.
‑Pues bien, con una cantidad igual vengo esta
vez. Mira.
Y puso ante los ojos de Trifón Borisytch su fajo de
billetes de banco.
‑Y oye lo que voy a decirte: dentro de una hora
llegarán toda clase de provisiones, vinos y golosinas. Tendrás que llevar todo
esto arriba. En el coche traigo una caja. La abriremos en seguida, para que
todo el mundo beba champán. Y, sobre todo, que no falten las chicas. María es
la primera que debe venir.
Sacó de debajo del asiento del coche la caja de las
pistolas.
‑Aquí tienes tu dinero, Andrés: quince rublos
por el viaje y cincuenta de propina por tu buen servicio. Así te acordarás
siempre del infantil Karamazov.
‑Me da miedo, señor. Cinco rublos de propina
son más que suficientes. No tomaré ni un céntimo más. Trifón Borisytch será
testigo. Perdóneme estas necias palabras, pero...
‑¿De qué tienes miedo? ‑le dijo Mitia
mirándolo de pies a cabeza‑. ¡Bien, ya que así lo quieres, toma y vete al
diablo!
Le arrojó cinco rublos.
‑Y ahora, Trifón Borisytch, llévame a un sitio
desde donde pueda ver sin que me vean. ¿Dónde están? ¿En la habitación azul?
Trifón Borisytch miró a Mitia con inquietud, pero al
fin decidió obedecerle. Lo condujo al vestlbulo, luego entró solo en una habitación
inmediata a la que ocupaban sus clientes y retiró la bujía. Hecho esto,
introdujo a Mitia y lo colocó en un rincón, desde donde podía observar al
grupo sin ser visto. Pero a Mitia no le fue posible estar observando mucho
tiempo. Apenas vio a Gruchegnka, su corazón se desbocó y se nubló su vista. La
joven estaba sentada en un sillón cerca de la mesa. A su lado, en el canapé, el
joven y encantador Kalganov. Gruchegnka tenía en la suya la mano de Kalganov
y reía, mientras él hablaba, sin mirarla, con Maxilnov, que ocupaba otro
asiento frente a la joven. En el canapé estaba él, y a su lado, en una silla,
había otro hombre. El del canapé fumaba en pipa. Era de escasa estatura, pero
fornido, de cara ancha y semblante adusto. Su compañero pareció a Dmitri un
hombre de altura considerable... Pero Mitia no pudo seguir mirando. Le faltaba
la respiración. No estuvo en su rincón más de un minuto. Dejó la caja de las
pistolas sobre la cómoda y, con el corazón destrozado, pasó a la habitación azul.
Gruchegnka profirió un grito ahogado. Fue la primera
que lo vio.
CAPITULO VII
Mitiá se acercó a la mesa a grandes zancadas.
‑Señores ‑empezó a decir en voz muy alta,
pero tartamudeando a cada palabra‑, yo... Bueno, no pasará nada; no tengan
miedo.
Se volvió hacia Gruchegnka, que se había inclinado
sobre Kalganov, aferrándose a su brazo, y repitió:
‑Nada, no pasará nada... Voy de viaje... Me
marcharé mañana, apenas se levante el día... Señores, ¿me permiten ustedes que
permanezca en esta habitación, haciéndoles compañía; sólo hasta mañana por la
mañana?
Dirigió estas últimas palabras al personaje sentado
en el canapé. Éste retiró lentamente la pipa de su boca y dijo con grave expresión:
‑Panie [L67], esto es una reunión particular. Hay otras
habitaciones.
‑¡Pero
si es Dmitri Fiodorovitch! ‑exclamó Kalganov‑. ¡Bien venido!
¡Siéntese!
‑¡Buenas noches, mi querido amigo! ‑dijo
Mitia al punto, rebosante de alegría y tendiéndole la mano por encima de la
mesa‑. ¡Siempre he sentido por usted la más profunda estimación!
Kalganov profirió un «¡Ay!» y exclamó riendo:
‑¡Me ha hecho usted polvo los dedos!
‑Así debe estrecharse la mano ‑dijo
Gruchegnka con un esbozo de sonrisa.
La joven había deducido de la actitud de Mitia que
éste no armaría escándalo, y lo observaba con una curiosidad no exenta de
inquietud. Había en él algo que la sorprendia. Nunca habría creido que se
condujera de aquel modo.
‑Buenas noches ‑dijo con empalagosa
amabilidad el terrateniente Maximov.
Mitia se volvió hacia él.
‑¿Usted aquí? ¡Encantado de verle!...
Escúchenme, señores...
Se dirigía otra vez al pan de la pipa, por
considerarlo el principal personaje de la reunión.
‑Señores, quiero pasar mis últimas horas en
esta habitación, donde he adorado a mi reina... ¡Perdóneme, panie!...
Vengo aquí después de haber hecho un juramento... No teman. Es mi última
noche... ¡Bebamos amistosamente, panie!... Nos traerán vino. Yo he
traído esto...
Sacó el fajo de billetes.
‑¡Quiero música, ruido...! Como la otra vez...
El gusano inútil que se arrastra por el suelo va a desaparecer... ¡No olvidaré
este momento de alegría en mi última noche!...
Se ahogaba. Su deseo era decir muchas cosas, pero
sólo profería extrañas exclamaciones. El pan, impasible, miraba alternativamente
a Mitia con su fajo de billetes y a Gruchegnka. Estaba perplejo. Empezó a
decir:
‑Jezeli powolit moja Krôlowa[L68]....
Pero Gruchegnka lo atajó:
‑Me crispa los nervios oír esa jerga...
Siéntate, Mitia. ¿Qué cuentas? Te suplico que no me asustes. ¿Me lo
prometes? ¿Si? Entonces me
alegro de verte.
‑¿Yo asustarte? ‑exclamó Mitia levantando
los brazos‑. Tienes el paso libre. No quiero ser un obstáculo para ti.
De pronto, inesperadamente, se dejó caer en una silla
y se echó a llorar, de cara a la pared y asido al respaldo.
‑¿Otra vez la misma canción? ‑dijo
Gruchegnka en son de reproche‑. Así se presentaba en mi casa, y me
dirigía discursos en los que yo no entendía nada. Ahora vuelve a las andadas...
¡Qué vergüenza! Si hubiera motivo...
Dijo estas últimas palabras subrayándolas y en un
tono enigmático.
‑¡Pero si no lloro! ‑exclamó Mitia‑.
¡Buenas noches, señores! ‑añadió volviendo la cabeza. Y se echó a reír;
pero no con su risa habitual, sino con una amplia risa nerviosa y que lo
sacudía de pies a cabeza.
‑Quiero verte contento ‑dijo Gruchegnka‑.
Me alegro de que hayas venido. ¿Oyes, Mitia? Me alegro mucho. ‑Y añadió
imperiosamente, dirigiéndose al personaje que estaba en el canapé‑:
Quiero que se quede con nosotros; lo quiero, y si él se marcha, me marcharé yo
también ‑terminó con ojos centelleantes.
‑Los deseos de mi reina son órdenes para mí ‑declaró
el pan besando la mano de Gruchegnka. Y añadió gentilmente, dirigiéndose a
Mitia‑: Ruego al pan que permanezca con nosotros.
Dmitri estuvo a punto de soltar una nueva parrafada,
pero se contuvo y dijo solamente:
‑¡Bebamos, panie!
Todos se echaron a reir.
‑Creí que nos iba a enjaretar un nuevo discurso
‑dijo Gruchegnka‑. Oye, Mitia; quiero que estés tranquilo. Has
hecho bien en traer champán. Yo beberé. Detesto los licores. Pero todavía has
hecho mejor en venir en persona, pues esto es un funeral. ¿Has venido
dispuesto a divertirte?... Guárdate el dinero en el bolsillo. ¿De dónde lo has
sacado?
Los estrujados billetes que Mitia tenía en la mano
llamaban la atención, sobre todo a los polacos. Se los guardó rápidamente en el
bolsillo y enrojeció. En este momento apareció Trifón Borisytch con una bandeja
en la que había una botella descorchada y varios vasos. Mitia cogió la botella,
pero estaba tan confundido, que no supo qué hacer. Kalganov llenó por él los
vasos.
‑¡Otra botella! ‑gritó Mitia a Trifón
Borisytch.
Y olvidándose de chocar su vaso con el del pan,
al que tan solemnemente había invitado a beber, se lo llevó a la boca y lo
vació. Su semblante cambió inmediatamente: de solemne y trágico se convirtió
en infantil. Mitia se humillaba, se rebajaba. Miraba a todos con timida
alegría, con risitas nerviosas, con la gratitud de un perro que ha obtenido el
perdón tras una falta. Parecía haberlo olvidado todo y reía continuamente, con los
ojos fijos en Gruchegnka, a la que se había acercado. Después observó a los dos
polacos. El del canapé lo sorprendió por su aire digno, su acento y ‑esto
sobre todo‑ por su pipa. «Bueno, ¿qué tiene de particuar que fume en
pipa?», pensó. Y le parecieron naturales el rostro un tanto arrugado del pan,
ya casi cuadragenario, y su minúscula naricilla encuadrada por un fino y
alargado bigote teñido que le daba una expresión impertinente. Ni siquiera dio
importancia a la peluca confeccionada torpemente en Siberia y que le cubría
grotescamente las sienes. «Sin duda es la peluca que necesita», se dijo.
El otro pan era más joven. Sentado cerca de la
pared, los miraba a todos con semblante provocativo y escuchaba las conversaciones
con desdeñoso silencio. Éste sólo sorprendió a Mitia por su elevada talla, que
contrastaba con la del pan sentado en el canapé. Dmitri se dijo que este
gigante debía de ser amigo y acólito del pan de la pipa, algo así como su
guardaespaldas, y que el pequeño mandaba en el mayor. El « perro» no sentía ni
sombra de celos. Aunque no había comprendido el tono enigmático empleado por
Gruchegnka, notaba que lo había perdonado, ya que lo trataba amablemente. Al
verla beber, se asombraba alegremente de su resistencia. El silencio general lo
sorprendió. Paseé una mirada interrogadora por toda la concurrencia. «¿Qué
esperamos? ¿Por qué estamos sin hacer nada?», parecía preguntar.
‑Este viejo chocho nos divierte ‑dijo de
pronto Kalganov señalando a Maximóv, como si leyera el pensamiento de Mitia.
Dmitri los miró a los dos. Después se echó a reir con
su risa seca y entrecortada.
‑¿De veras?
‑Palabra. Pretende que todos nuestros
caballeros de los «años veinte» se casaron con polacas. Es absurdo, ¿verdad?
‑¿Con polacas? ‑dijo Mitia, encantado.
Kalganov no tenía la menor duda acerca de las
relaciones de Mitia con Gruchegnka y adivinaba las del pan; pero esto no
le interesaba lo más mínimo. Todo su interés se concentraba en Maximov. Había
llegado al parador casualmente y en él había trabado conocimiento con los
polacos. Estuvo en una ocasión en casa de Gruchegnka, a la que no fue
simpático. Aquella noche, la joven se había mostrado cariñosa con él antes de
la llegada de Mitta, pero sin conseguir interesarlo.
Kalganov tenía veinte años, vestía con elegancia y su
cara era simpática y agradable. Poseía un hermoso cabello rubio y unos bellos
ojos azules, de expresión pensativa, a veces impropia de su edad, aunque su
conducta podía calificarse de infantil en más de una ocasión, cosa que, por
cierto, no le inquietaba. Era un muchacho un tanto extraño y caprichoso, pero
siempre amable. A veces, su semblante adquiría una expresión de
ensimismamiento; escuchaba y miraba al que hablaba con él como absorto en
profundas meditaciones. Tan pronto se mostraba débil a indolente como se
excitaba por la causa más fútil.
‑Lo llevo a remolque desde hace cuatro días ‑continuó
Kalganov, recalcando las palabras, pero sin la menor fatuidad‑. Desde
que su hermano, el de usted, no le permitió subir al coche. ¿Se acuerda? Me
interesé por él y lo traje al campo. Pero no dice más que tonterías. Sólo de
oírlo se avergüenza uno. Voy a devolverlo...
‑Pan polskiej pani nie widzial[L69], y dice cosas que no son ciertas ‑dijo
el pan de la pipa.
‑Pero
he tenido una esposa polaca ‑replicó Maximov echándose a reír.
‑Lo importante es que sepamos si ha servido en
la caballería ‑dijo Kalganov‑. De eso debe usted hablar.
‑Tiene razón. ¡Diga, diga si ha servido en la
caballería! ‑exclamó Mitia, que era todo oídos y miraba a los
interlocutores como si esperase que de sus labios salieran palabras
maravillosas.
‑No, no ‑dijo Maximov volviéndose hacia
él‑; yo quiero hablar de esas panienki que, apenas bailan una
mazurca con un ulano, se sientan en sus rodillas como gatas blancas, con el
consentimiento de sus padres. AI día siguiente, el ulano va a pedir la mano de
la joven, y ya está hecha la jugarreta. ¡Ja, ja!
‑Pan lajdak [L70]‑gruñó el pan de alta estatura cruzando
las piernas.
Mitia sólo se fijó en su enorme y bruñida bóta de
suela gruesa y sucia. Los dos polacos tenían aspecto de ser poco limpios.
‑¡Llamarle miserable! ‑exclamó Gruchegnka
irritada‑. ¿Es que no saben hablar sin insultar?
‑Pan¡ Agrippina, este pan sólo ha conocido en
Polonia muchachas de baja condición, no señoritas nobles.
‑Mozesz a to rachowac [L71]‑dijo despectivamente el pan de largas
piernas.
‑¿Otra vez? ‑exclamó Gruchegnka‑.
Déjenle hablar. Dice cosas que tienen gracia.
‑Yo no impido hablar a nadie, pani ‑dijo
el pan de la peluca, acompañando sus palabras de una mirada expresiva.
Y siguió fumando.
Kalganov se acaloró de nuevo, como si se estuviera
tratando de un asunto importante.
‑El pan tiene razón. ¿Cómo puede hablar
Maximov no habiendo estado en Polonia? Porque usted no se casó en Polonia,
¿verdad?
‑No. Me casé en la provincia de Esmolensco. Mi
prometida había llegado antes que yo, conducida por un ulano y acompañada de
su madre, una tía y otro pariente que tenía un hijo ya crecido. Todos eran
polacos de pura cepa. El ulano me la cedió. Era un oficial joven y gallardo.
Había estado a punto de casarse con ella, pero se volvió atrás al advertir que
la joven era coja.
‑Entonces, ¿se casó usted con una coja? ‑exclamó
Kalganov.
‑Si. Los dos me ocultaron el defecto. Yo creía
que andaba a saltitos llevada de su alegría.
‑¿De su alegría de casarse? ‑preguntó
Kalganov.
‑Si. Pero los saltitos obedecían a otras
razones muy diferentes. Tan pronto como nos hubimos casado, aquella misma
tarde, me lo confesó todo y me pidió perdón. Al saltar un charco siendo niña,
se cayó y se quedó coja. ¡Ji, ji!
Kalganov se echó a reír como un niño, dejándose caer
en el canapé. Gruchegnka se reía también de buena gana. Mitia estaba alborozado.
‑Ahora no miente ‑dijo Kalganov a Mitia‑.
Se ha casado dos veces y lo que ha contado se refiere a la primera mujer. La segunda
huyó y todavía vive. ¿Lo sabía usted?
‑¿Es verdad eso? ‑dijo Mitia, volviéndose
hacia Maximov con un gesto de sorpresa.
‑Sí, tuve ese disgusto. Se escapó con un
moussié. Antes había conseguido que pusiera mis bienes a su nombre. Me dijo
que yo era un hombre instruido y que me sería fácil hallar el modo de ganarme
la vida. Y entonces me plantó. Un respetable eclesiástico me dijo un día,
hablando de esto: «Tu primera mujer cojeaba; la segunda tenía los pies
demasiado ligeros.» ¡Ji, ji!
‑Sepan ustedes ‑dijo Kalganov con
vehemencia‑ que si miente lo hace únicamente para divertir a los que le
escuchan. No hay en ello ningún bajo interés. A veces incluso lo aprecio. Es un
botarate, pero también un hombre franco. Tengan esto en cuenta. Otros se envilecen
por interés; él lo hace espontáneamente... Les citaré un ejemplo. Pretende ser un personaje de Almas muertas,
de Gogol. Como ustedes recordarán, en esa obra aparece el terrateniente
Maximov, que es azotado por Nozdriov, el cual es acusado «de agresión con
vergajos al propietario Maximov, en estado de embriaguez». Dice que se trata de
él y que lo azotaron. Pero esto no es ptisible. Tchitchikov [L72]viajaba en mil ochocientos treinta a lo sumo.
De modo que las fechas no concuerdan. En esa época no pudo ser azotado Maximov.
La inexplicable exaltación de Kalganov era sincera.
Mitia, también con toda franqueza, opinó:
‑De todos modos, si lo azotaron...
Se echó a reir.
‑No es que me azotaran en realidad ‑dijo
Maximov‑. Pero fue como si me azotasen.
‑¿Qué quiere usted decir? ¿Lo azotaron o no?
‑Ktora godzina, panie[L73]? ‑preguntó con un gesto de hastío el pan de la pipa al pan de
largas piernas.
Éste se encogió de hombros. Ninguno de los reunidos
llevaba reloj.
‑Dejen hablar a los demás ‑dijo
Gruchegnka en tono agresivo‑. Que ustedes no quieran decir nada no es
razón para que pretendan hacer callar a los otros.
Mitia empezaba a comprender. El pan repuso,
esta vez con franca irritación:
‑Pani, ja nic nie mowie przeciw, nic nie powiedzilem[L74].
‑Bien. Continúe ‑dijo el joven a Maximov‑.
¿Por qué se detiene?
‑¡Pero
si no tengo nada que decir! ‑exclamó Maximov, halagado y fingiendo una
modestia que estaba muy lejos de sentir‑. Son tonterías. En Gogol, todo
es alegórico, y los nombres, falsos. Nozdriov no se llama así, sino Nossov.
Kuvchinnikov tiene un nombre que no se parece en nada al suyo, que es
Chkvorniez. Fenardi se llama así, pero no es italiano, sino ruso. La señorita
Fenardi está encantadora con sus mallas y su faldita de lentejuelas, y, desde
luego, hace muchas piruetas, pero no durante cuatro horas, sino durante cuatro
minutos... ¡Y todo el mundo encantado!
Kalganov bramó:
‑¿Pero por qué lo azotaron?
‑Por culpa de Piron ‑repuso Maximov.
‑¿Qué Piron? ‑preguntó Mitia.
‑El famoso escritor francés. Bebimos con otros
hombres en una taberna. Me habían invitado y empecé a recordar epigramas.
«¡Hola, Boileau! ¡Qué traje tan raro llevas!» Boileau responde que va a un
baile de máscaras, es decir, al baño, ¡ji, ji!, y mis oyentes tomaron esto como
una alusión. Me apresuré a citar otro pasaje, mordaz y que todas las personas
instruidas conocen:
»Tú eres Safo y yo Faon, desde luego,
pero, y a fe que me pesa,
del mar ignoras el camino[L75].
»Entonces se sintieron aún más ofendidos y empezaron
a decirme estupideces. Lo peor fue que yo, queriendo arreglar las cosas, les
conté que Piron, que no había conseguido que lo nombraran miembro de la
Academia, hizo grabar en la losa de su tumba, para vengarse, este epitafio:
»Aquí yace Piron, que no fue nada,
»Entonces fue cuando me azotaron.
‑¿Pero por qué?
‑Por lo mucho que sé. Hay numerosos motivos
para azotar a un hombre ‑terminó Maximov, sentencioso.
‑Basta de tonterías ‑dijo Gruchegnka‑.
Estoy ya harta. ¡Y yo que creía que iba a divertirme!
Mitia, asustado, dejó de reír. El pan de las piernas
largas se levantó y empezó a ir y venir por la habitación, con la arrogancia
del hombre que se aburre con una compañía que no es de su agrado.
‑¡Qué modo de andar! ‑comentó Gruchegnka
despectivamente.
Mitia se sintió inquieto. Además, había observado que
el pan de la pipa lo observaba con un gesto de irritación.
‑¡Panie, bebamos! ‑exclamó.
Invitó también al que paseaba y llenó de champán tres
vasos.
‑¡Por Polonia, panowie[L77]; bebo por vuestra Polonia!
‑Bardzo mi to milo, panie, wypijem [L78]‑dijo el pan de la pipa,
jactancioso pero amable.
‑Que beba también el otro pan. ¿Cómo se
llama? Toma un vaso, Jasnie Wielmozny [L79].
‑Pan Wrublewski ‑dijo el otro.
Pan
Wrubleski se acercó a la mesa contoneándose.
‑¡Por Polonia, panowie! ¡Hurra! ‑exclamó
Mitia levantando su vaso.
Bebieron y Mitia llenó de nuevo los tres vasos.
‑Ahora por Rusia, panowie, y
considerémonos hermanos.
‑Dame un vaso ‑dijo Gruchengka‑.
Quiero beber por Rusia.
‑Y yo también ‑intervino Maximov‑.
Yo también quiero beber por la abuelita.
‑Beberemos todos a su salud ‑exclamó
Mitia‑. ¡Hostelero, otra botella!
Éste trajo las tres botellas que quedaban.
‑¡Por Rusia! ¡Hurra!
Todos bebieron menos los panowie. Gruchegnka
vació su vaso de un trago.
‑¿Qué hacen ustedes, panowie?
Pan
Wrublewski levantó su vaso y dijo con voz aguda:
‑¡Por Rusia en sus límites de mil setecientos
setenta y dos!
‑O te bardzo picknie[L80]! ‑aprobó el otro pan.
Bebieron los dos.
‑¡Son
ustedes unos imbéciles, panowie! ‑estalló Mitia.
‑Panie! ‑exclamaron los dos
polacos irguiéndose como gallos.
El más indignado era pan Wrublewski.
‑Ale nie moznomice
slabosc do swego kraju[L81]?.
‑¡Silencio! ¡No quiero riñas! ‑exclamó
enérgicamente Gruchegnka dando con el pie en el suelo.
Tenía la cara encendida y los ojos llameantes. La
bebida había hecho efecto. Mitia se asustó.
‑Perdónenme, panowie. Toda la culpa es
mía. Pan Wrublewski, no lo volveré a hacer.
‑¡Calla y siéntate, imbécil! ‑ordenó
Gruchegnka.
Todos se sentaron y se estuvieron quietos.
‑Señores ‑dijo Mitia, que no había
comprendido la salida de Gruchegnka‑, yo he sido el culpable de todo...
Bueno, ¿qué vamos a hacer para divertirnos?
‑Verdaderamente, esto es un aburrimiento ‑dijo
Kalganov con un gesto de hastio.
‑¿Y si volviéramos a jugar a las cartas? ¡Ji,
ji!
‑Bien pensado ‑dijo Mitia‑. Si les
parece bien a los panowie...
‑Pozno, panie [L82]‑repuso, fastidiado, el pan de la pipa.
‑Tiene razón ‑apoyó pan
Wrublewski.
‑¡Qué compañeros tan fúnebres! ‑exclamó
Gruchegnka‑. Emanan aburrimiento y quieren imponerlo a los demás. Antes
de tu llegada, Mitia, no han despegado los labios. Lo único que hacían era
darse importancia.
‑Mi diosa ‑repuso el pan de la
pipa‑, co mowisz to sie stanie. Widze nielaskie, jestem smutny[L83].
Y dijo a Mitia:
‑Empecemos, panie ‑dijo Dmitri
sacando el fajo de billetes y separando de él dos de cien rublos que depositó
en la mesa‑. Quiero que gane usted mucho dinero. Tome las cartas: usted
tiene la banca.
‑Debemos jugar con la baraja de la casa ‑dijo
el pan de escasa estatura.
‑To najlepsz y sposob [L85]‑aprobó el pan Wrublewski.
‑De
acuerdo, con la baraja de la casa. Eso está bien pensado, panowie. ¡Un
juego de cartas, Trifón Borisytch!
Éste trajo una baraja, empaquetada y sellada, y
anunció a Mitia que habían llegado varias chicas, que los judíos estaban a
punto de llegar, pero que del coche de las provisiones no se tenía noticia.
Mitia se apresuró a pasar a la habitación vecina para dar las órdenes. Sólo
habían llegado tres muchachas, entre las que no figuraba María. Aturdido, sin
saber qué hacer, dijo que se repartieran entre las chicas las golosinas de la
caja.
‑¡Y déle vodka a Andrés! ‑añadió‑.
Lo he ofendido.
Maximov, que lo había seguido, lo tocó en el hombro y
murmuró:
‑Présteme cinco rubios. Quiero jugar. ¡Ji, ji!
‑Bien. Toma diez. Si pierdes, vuelve a recurrir
a mí.
‑De
acuerdo ‑murmuró alegremente Maximov dirigiéndose a la sala.
Mitia llegó poco después, excusándose de haberse
hecho esperar. Los panowie se habían sentado ya y habían abierto el
paquete de las cartas. Tenían un aspecto más amable y alegre. El pan de baja
estatura había vuelto a cargar su pipa y se disponía a barajar. En su rostro
habja un algo solemne.
‑Na miejsca, panowie[L86]! ‑exclamó el pan Wrublewski.
‑Yo no juego ‑dijo Kalganov‑. Antes
he perdido cincuenta rublos.
‑El pan ha tenido mala suerte ‑dijo
el pan de la pipa‑, pero su fortuna puede cambiar.
‑¿Cuánto hay en la banca? ‑preguntó
Mitia.
‑Slucham, panie, moze sto, moze dwiescie[L87]; en fin, todo lo que usted quiera jugarse.
‑¡Un millón! ‑exclamó Mitia echándose a reír.
‑Sin duda, el capitán ha oído hablar del pan
Podwysocki.
‑¿De qué Podwysocki?
‑Una casa de juego en Varsovia. La banca acepta
todas las apuestas. Llega Podwysocki. Ve miles de monedas de oro. Se dispone a
jugar. El banquero le dice:
»‑Panie Podwysocki, ¿va a jugar con oro
o na honor[L88]?
»‑Na honor, panie ‑responde
Podwysocki.
»‑Mejor.
»Empieza el juego. Podwysocki gana y empieza a
recoger las monedas de oro.
»‑Espere, panie ‑dice el banquero.
»Abre un cajón y entrega un millón a Podwysocki.
»‑Tenga. Esto es lo que ha ganado.
»La banca era de un millón.
»‑No sabía lo que había en la banca ‑dice
Podwysocki.
»‑Panie Podwysocki: los dos hemos jugado
na honor.
»Y Podwysocki toma el millón.
‑Eso no es verdad ‑dijo Kalganov.
‑Panie Kalganov, w slachetnoj kompanji
tak mowic nieprzystoi[L89].
‑Un jugador polaco no da un millón así como así
‑dijo Mitia. Pero rectificó en seguida‑: Perdón, panie. De
nuevo he dicho una tontería. Desde luego que dará un millón na honor,
por el honor polaco. Diez rublos a la sota.
‑Y yo un rublo a la dama de copas, la pequeña y
linda panienka ‑dijo Maximov, y, acercándose a la mesa, hizo
disimuladamente la señal de la cruz.
Mitia ganó; Maximov también.
‑¡Doblo!
‑exclamó Dmitri.
‑Y yo me juego otro rublo, otro insignificante
rublo ‑dijo en voz baja y con acento satisfecho Maximov, tras haber
ganado.
‑¡Pierdo! ‑exclamó Mitia‑. ¡Doblo
otra vez!
Y perdió de nuevo.
‑¡No juegue más! ‑dijo de pronto
Kalganov.
Pero Mitia siguió doblando y perdiendo. En cambio, el
de los «insignificantes rublos» ganaba siempre.
‑Ha perdido usted doscientos rublos ‑dijo
el pan de la pipa‑. ¿Sigue jugando?
‑¿Cómo? ¿Doscientos rublos ya? Bueno, van otros
doscientos.
Mitia iba a poner los billetes sobre la dama, pero
Kalganov cubrió la carta con la mano.
‑¡Basta! ‑exclamó con su potente voz.
‑¿Qué le pasa? ‑preguntó Mitia.
‑¡No lo consiento! ¡No jugará usted más!
‑¿Por qué?
‑¡Déjelo ya y váyase! ¡No le permitiré que siga
jugando!
Mitia lo miró asombrado.
‑Sí, Mitia ‑intervino Gruchegnka en un
tono extraño‑. Kalganov tiene razón: has perdido demasiado.
Los dos panowie se pusieron en pie,
visiblemente ofendidos.
‑Zartujesz, panie[L90]? ‑dijo el pan de menos estatura mirando severamente a
Kalganov.
‑Jak pan smisz to robic[L91]? ‑preguntó, también indignado,
Wrublewski.
‑¡No griten, no griten! ‑exclamó
Gruchegnka‑. ¡Parecen gallos de pelea!
Mitia los miró a todos, uno a uno. El semblante de
Gruchegnka tenía una expresión que lo sorprendió. Al mismo tiempo, una idea
nueva y extraña acudió a su pensamiento.
‑Pani Agrippina! ‑exclamó el pan de la pipa, rojo de cólera.
Mitia, obedeciendo a una idea repentina, se acercó a
él y le dio un golpecito en el hombro.
‑Jasnie
Wielmozny, ¿quiere escucharme un segundo?
‑Pasemos
a la antesala. Quiero decirle algo que le gustará.
El
pan rechoncho miró a Mitia con una mezcla de asombro a inquietud. Sin
embargo, aceptó al punto, con la condición de que el pan Wrublewski le
acompañara.
‑¿Es
tu guardaespaldas? Bien, que venga. Además, su presencia es necesaria. ¿Vamos,
panowie?
Gruchegnka, inquieta, preguntó:
‑¿Adónde van?
‑Volveremos en seguida ‑repuso Dmitri.
En su rostro se leía la resolución y el coraje. Tenía
un aspecto muy distinto del que ofrecía al llegar hacia una hora. Condujo a los
panowie no a la habitación de la derecha, donde estaban las muchachas,
sino a un dormitorio en el que había dos grandes camas, montones de almohadas
y multitud de maletas y baúles. En un rincón, sobre una mesita, ardía una vela.
El pan de la pipa y Mitia se sentaron frente a frente. El pan
Wrublewski se situó junto a ellos, con las manos en la espalda. Los dos polacos
estaban serios y sus semblantes tenían una expresión de curiosidad.
‑Czem mogie panu slut yo[L93]? ‑preguntó el pan de escasa estatura.
‑Seré breve, panie. Mire este dinero ‑y
exhibió el fajo de billetes‑. Si quiere tres mil rublos, tómelos y
váyase.
El pan lo miró fijamente.
Cambió una mirada con Wrublewski.
‑Tres mil, panowie, tres mil. Escuche,
usted es un hombre inteligente. Acepte los tres mil rublos y váyase al diablo
con Wrublewski. Pero en seguida, ahora mismo y para siempre. Saldrá usted por
esta puerta. Yo le traeré su abrigo o su pelliza. Engancharán una troika
para usted, y buenas noches.
Mitia esperaba la respuesta, seguro de lo que iba a
oír. El rostro del pan cobró una expresión resuelta.
‑¿Dónde está el dinero?
‑Aquí, panie. Le daré quinientos rublos
por adelantado, y los dos mil quinientos restantes, mañana, en la ciudad. Le
doy mi palabra de honor de que mañana tendrá ese dinero, aunque fuera preciso
sacarlo de debajo de la tierra.
Los polacos cambiaron una nueva mirada. El rostro del
más bajo cobró una expresión hostil.
‑Setecientos, setecientos ahora mismo ‑dijo
Mitia advirtiendo que la cosa no iba bien‑. ¿No se fia de mi, panie?
No le puedo dar los tres mil rublos de una vez. Volvería a su lado mañana mismo.
Por otra parte, no los llevo encima.
Empezó a balbucear. Perdía el valor por momentos.
‑Los tengo en la ciudad, palabra; en un
escondrijo...
En el rostro del pan de la pipa resplandeció
un sentimiento de orgullo.
‑Czynie potrzebujesz jeszcze czego[L95]? ‑preguntó irónicamente‑. ¡Qué vergüenza!
Escupió, asqueado. El pan Wrublewski hizo lo
mismo.
‑Escupes, panie ‑dijo Mitia,
amargado por su fracaso‑, porque crees que vas a sacar más de Gruchegnka.
¡Sois idiotas los dos!
‑Jestem do z ywego dotkniety[L96]? ‑dijo el pan de la pipa, rojo
como un cangrejo.
Y salió de la habitación, indignadísimo, con
Wrublewski, que andaba contoneándose. Mitia los siguió, confuso. Temía a Gruchegnka,
presintiendo que el pan iba a quejarse a ella. Así ocurrió. En actitud
teatral, el pan se plantó ante Gruchegnka y repitió:
‑Pani Agrippina,
jestem do z ywego dotkniety!
Gruchegnka se sintió herida en lo más vivo, perdió la
paciencia y exclamó, roja de ira:
‑¡Habla en ruso! ¡No me fastidies con tu
polaco! Hace cinco años hablabas en ruso. ¿Tan pronto lo has olvidado?
‑Pani Agrippina...
‑Me llamo Agrafena. Soy Gruchegnka. Habla en
ruso si quieres que te escuche.
Sofocado, con una indignación que le hacía farfullar,
el pan exclamó:
‑Pani Agrafena, he venido para olvidar
el pasado y perdonarlo todo hasta el día de hoy.
‑¿Qué hablas de perdonar? ¿Has venido a
perdonarme? ‑exclamó Gruchegnka irguiéndose.
‑Sí, pani. Soy generoso. Pero ja
bylem sdiwiony [L97]del proceder de tus amantes. El pan
Mitia me ha ofrecido tres mil rublos para que me vaya. He escupido al oír esta
proposición.
‑¿Cómo? ¿Te ha ofrecido dinero por mí? ¿Es eso
verdad, Mitia? ¿Has tenido la osadía de considerarme como una cosa que se
vende?
‑Panie, panie! ‑exclamó
Mitia‑. Gruchegnka es pura
y yo no he sido su amante jamás. Ha mentido usted...
‑¡Qué valor tienes! ¡Defenderme ante él! No me
he conservado pura por virtud ni por temor a Kuzma, sino sólo para poder llamar
miserable a este hombre. ¿De veras ha rechazado el dinero que le has ofrecido?
‑Al contrario: lo ha aceptado. Pero quería los
tres mil rublos en el acto, y yo sólo le he ofrecido un adelanto de
setecientos.
‑La cosa está clara: se ha enterado de que
tengo dinero, y por eso quiere casarse conmigo.
‑Pani Agrippina, soy un caballero, un
szlachcic polaco y no un lajdak. He venido para casarme contigo,
pero no he encontrado a la misma pani. La que ahora veo es uparty [L98]y procaz.
‑¡Vete por donde has venido! Diré que te
arrojen de aquí. He cometido una estupidez al torturarme durante cinco años...
Pero no es que me atormentara por él, sino que acariciaba mi rencor. Por otra
parte, mi amante no era como es ahora. Ahora parece el padre de aquél. ¿Dónde
te han hecho esa peluca? Aquél reía, cantaba y era un ciclón; tú eres
solamente un pobre hombre. ¡Y pensar que he pasado por ti cinco años bañada en
lágrimas! ¡Qué necia he sido!
Se desplomó en el sillón y se cubrió el rostro con
las manos. En este momento, en la habitación vecina, el coro de muchachas, reunido
al fin, empezó a entonar una atrevida canción de danza.
‑¡Esto es detestable! ‑exclamó pan
Wrublewski‑. ¡Hostelero, despida a esas desvergonzadas!
Trifón Borisytch, que estaba al acecho desde hacía
rato, al sospechar por los gritos que sus clientes disputaban, apareció en el
acto.
‑¿Qué voces son ésas? ‑preguntó a
Wrublewski.
‑¡Calla, bruto!
‑¿Bruto? Dime con qué cartas has jugado. Yo he
traído una baraja nueva. ¿Qué has hecho de ella? Has hecho el juego con cartas
señaladas. ¿Sabes que por esto te podrían mandar a Siberia? Lo que has hecho es
lo mismo que fabricar moneda falsa.
Se dirigió al canapé, introdujo la mano entre el
respaldo y un cojín y sacó el juego de cartas sellado.
‑Vean mi juego. Está intacto.
Levantó el brazo para que todos vieran la baraja.
‑He visto a este hombre cambiar sus cartas por
las mías. Tú eres un bribón y no un pan.
‑Y yo lo he visto hacer trampa dos veces ‑dijo
Kalganov.
Gruchegnka
enrojeció.
‑¡Cómo se ha envilecido, Señor! ¡Qué vergüenza!
‑Ya lo sospechaba ‑dijo Mitia.
Entonces, el pan Wrublewski, confundido y
exasperado, gritó a Gruchegnka, amenazándola con el puño:
‑¡Prostituta!
Mitia se arrojó sobre él, lo cogió por la cintura, lo
levantó y se lo llevó a la habitación donde habían estado poco antes. Pronto
regresó, y dijo jadeante:
‑Lo he dejado tendido en el suelo. El muy
canalla se debate, pero no podrá volver.
Cerró una de las hojas de la puerta y, con la mano en
la otra, dijo al pan rechoncho:
‑Jasnie Wielmozny, le ruego que vaya a
reunirse con él.
‑Dmitri Fiodorovitch ‑dijo Trífón
Borisytch‑, recobre su dinero. Se lo han robado.
Kalganov declaró:
‑Yo les regalo mis cincuenta rublos.
‑Y yo mis doscientos. Que tengan algún
consuelo.
‑¡Bravo, Mitia! ¡Tienes un gran corazón! ‑exclamó
Gruchegnka en un tono que dejaba traslucir una viva indignación.
El pan de la pipa, rojo de cólera pero
conservando toda su arrogancia, se dirigió a la puerta. De pronto se detuvo y
dijo a Gruchegnka:
‑Panie, jezeli chec pojsc za mno, idzmy,
jezeli nie, bywaj sdrowa[L99].
Herido en su orgullo, salió de la pieza a paso lento
y grave. Su extremada vanidad le hacia esperar, incluso después de lo sucedido,
que la pani lo seguiría. Mitia cerró la puerta.
‑Dé la vuelta a la llave ‑le dijo
Kalganov.
Pero la cerradura rechinó por la parte interior: los
polacos se habían encerrado ellos mismos.
‑¡Perfectamente! ‑exclamó Gruchegnka,
implacable‑. ¡Ellos lo han querido!
DELIRIO
Entonces
empezó una fiesta desenfrenada, que rayaba en la orgia. Gruchegnka fue la
primera en pedir bebida.
‑Quiero embriagarme como la otra vez. ¿Te
acuerdas, Mitia? Fue cuando nos conocimos.
Mitia era presa de una especie de delirio. Presentía
su felicidad. Gruchegnka lo enviaba a la habitación vecina a cada momento.
‑Ve a divertirte. Diles que bailen y que se diviertan
ellas también. Como la otra vez.
Estaba excitadísima. En la habitación de al lado se
oía el coro. La pieza donde estaban era exigua, y una cortina de indiana la
dividía en dos. Tras la cortina había una cama con un edredón y una montaña de
almohadas. Todas las habitaciones importantes de la casa tenían un lecho.
Gruchegnka se instaló junto a la puerta. Desde allí estuvo viendo bailar y
cantar al coro en la primera fiesta. Ahora estaban allí las mismas muchachas;
los judíos habían llegado con sus violines y sus citaras, y también el
carricoche de las provisiones. Mitia iba y venía entre la concurrencia.
Llegaban hombres y mujeres que se habían despertado y esperaban ser obsequiados
espléndidamente como la vez anterior. Mitia invitaba a beber a todos los que
iban llegando y saludaba y abrazaba a los conocidos. Las muchachas preferían
champán; los mozos, ron o coñac, y sobre todo ponche. Dmitri dispuso que se
hiciera chocolate para las mujeres y que se mantuvieran hirviendo toda la noche
samovares para dar a los hombres tanto té y tanto ponche como quisieran. En
suma, que fue un jolgorio extravagante.
Mitia estaba en su elemento y se animaba cada vez más
a medida que aumentaba el desorden. Si alguno de los clientes le hubiese
pedido dinero, él habría sacado el fajo y repartido billetes a derecha a
izquierda. A esto se debía indudablemente que Trifón Borisytch, que no se
había acostado, no se separase de él. El fondista bebió muy poco, un vaso de
ponche como total de todas sus libaciones, para poder velar, a su modo, por
los intereses de Mitia. Cuando era necesario, lo frenaba, zalamero y
obsequioso, y lo sermoneaba, aconsejándole que no repartiera cigarros y vinos
del Rin, y menos dinero, entre los desharrapados, como había hecho la otra vez.
Se indignaba al ver a las muchachas comiendo golosinas y sa boreando licores.
‑Están minadas de piojos, Dmitri Fiodorovitch.
Si les diera un puntapié en cierta parte, aún les haría un honor.
Mitia se acordó de Andrés y dijo que le llevaran
ponche.
‑Lo he ofendido ‑repitió apenado.
Kalganov, al principio, no quiso beber y las
canciones del coro le desagradaron; pero cuando se había bebido dos vasos de
champán sintió una alegría desbordante y todo le pareció magnífico, tanto los
cantos como la música.
Maximov, beatífico y achispado, no se movía de su
sitio. A Gruchegnka se le había subido el vino a la cabeza. Señalando a
Kalganov, dijo a Mitia:
‑¡Qué muchacho tan gentil!
Y Mitia corrió a abrazar a los dos hombres.
Dmitri presentía muchas cosas, pero Gruchegnka no le
había dicho nada aún: retrasaba el momento de las confesiones. De vez en cuando
le dirigía una mirada ardiente. De pronto, Gruchegnka lo cogió de la mano y lo
hizo sentar junto a ella.
‑¡Si vieras cómo has entrado aquí! Me has
asustado. ¿De veras te conformas a que lo prefiera a él?
‑No quiero turbar tu felicidad.
Gruchegnka ya no lo escuchaba.
‑Ve a divertirte. No llores. Después volveré a
llamarte.
Dmitri se fue. Gruchegnka se dedicó de nuevo a
escuchar las canciones y ver las danzas, pero sin dejar de observar a Mitia. Al
cabo de un cuarto de hora lo llamó.
‑Siéntate aquí y cuéntame cómo te has enterado
de mi marcha. ¿Quién te ha dado la noticia?
Mitia empezó a contarlo todo. Su relato era
incoherente. A veces fruncía el entrecejo y callaba.
‑¿Qué te pasa? ‑le preguntaba Gruchegnka.
‑Nada. He dejado allí un enfermo. Por su salud,
por saber que sanará, daría diez años de vida.
‑No pienses en ese enfermo. ¿De modo que
querías suicidarte mañana? ¡Qué tontería! ¿Por qué? Me gustan los calaveras
como tú ‑dijo con cierta dificultad‑. ¿De modo que estabas
dispuesto a todo por mí?... ¿De veras querías terminar mañana?... Espera; tal
vez te diga algo agradable... No hoy, mañana... Ya sé que preferirías que te lo
dijera hoy, pero no quiero decírtelo hasta mañana. Anda, ve a divertirte.
Una de las veces lo llamó con semblante preocupado.
‑¿Por qué estás triste, Mitia? ‑le
preguntó mirándole a los ojos‑. Pues tú estás triste. Por mucho que
abraces a los mujiks y vayas de un lado a otro, advierto tu tristeza. Ya
que yo estoy contenta, debes estarlo tú también. Amo a uno de los que están
aquí. ¿Sabes a quién? Mira, el pobre se ha dormido. Se le ha subido el alcohol
a la cabeza.
Se refería a Kalganov, que dormitaba en el canapé,
bajo las brumas de la embriaguez y presa de una angustia indefinible. Las
canciones de las muchachas, más lascivas y desvergonzadas a medida que las
cantantes iban bebiendo, acabaron por repugnarle. Y lo mismo le ocurrió con las
danzas. Dos jóvenes disfrazadas de oso actuaban bajo el mando de Stepanide, una
fornida moza armada de tnt bastón.
‑¡Hala, María! ¡Si no, pobre de ti!
l.os dos osos rodaron por el suelo, adoptando
posturas indecentes, entre las risas del grosero público.
‑¡Que se diviertan, que se diviertan! ‑dijo
Gruchegnka sentenciosamente y en una especie de éxtasis‑. Es su día.
¿Por qué no se han de divertir?
Kalganov dirigió al coro una mirada de desagrado.
‑‑‑ ¡Qué bajas son las costumbres
populares! ‑dijo apartándosé de is puerta.
Le llamó sobre todo la atención una canción «nueva»,
que tenía un estribillo alegre.
ti;t señor que iba de viaje pregunta a las chicas:
‑El señor preguntó a las muchachas:
Me queréis, me queréis, jovencitas?
Estas
consíderan que no lo pueden querer.
‑El señor me azotará.
Yo no lo puedo amar.
Después aparece un cíngaro, que no tiene más éxito.
El
cíngaro robará.
Y yo me hartaré de llorar.
Desfilan
otros personajes, haciendo la misma pregunta. Incluso un soldado, que es
rechazado con desprecio.
-El soldado llevará el saco.
Y yo, detrás de él...
Seguía a esto un verso soez, cantado con impúdica
franqueza, que hizo furor en el auditorio. Finalmente aparece el comerciante.
‑El mercader pregunta a las muchachas:
¿Me queréis, me queréis, jovencitas?
Y ellas dicen que lo adoran, porque
‑El mercader traficará.
Y yo seré el ama.
Kalganov
no disimuló su enojo:
‑Es una canción reciente. ¿Quién demonios la
habrá enseñado a esas chicas? Sólo falta en ella un judío o un contratista de
ferrocarriles. Los dos habrían ganado a todos los demás.
Francamente contrariado, manifestó su aversión, se
echó en el canapé y quedó dormido. Su bello rostro, un poco pálido, reposaba
en un cojín.
‑Mira, Mitia, qué guapo es ‑dijo
Gruchegnka‑. Le he pasado la mano por el cabello. Parece lino...
Se inclinó hacia Kalganov en un impulso de ternura y
lo besó en la frente. Kalganov abrió en seguida los ojos, la miró, se levantó y
preguntó, preocupado:
‑¿Dónde está Maximov?
‑¡Lo echa de menos! ‑dijo Gruchegnka
entre risas‑. Quédate un poco conmigo. Mitia irá a buscar a tu Maximov.
Maximov sólo se separaba de las muchachas del coro
para ir a beberse una copa. Se había tomado dos tazas de chocolate. Se presentó
con la nariz enrojecida, los ojos húmedos, la mirada dulce, y dijo que iba a
bailar la danza de los zuecos.
‑En mi infancia me enseñaron esos bailes
mundanos.
‑Vete con él, Mitia. Yo os veré bailar desde
aquí.
‑Yo voy con ellos para verlos de cerca ‑dijo
Kalganov, rechazando ingenuamente la invitación de Gruchegnka a que se quedara
a su lado.
Todos pasaron a la estancia contigua. Maximov bailó,
como había prometido, pero con escaso éxito. Sólo Mitia lo aplaudió. La danza
consistió en una serie de saltos, con abundantes contorsiones y levantando los
pies hasta enseñar las suelas, en las que daba una palmada a cada salto. A
Kalganov no le gustó el baile. Mitia, en cambio, abrazó al bailarín.
‑Gracias por tu exhibición. Debes de estar
fatigado. ¿Quieres alguna golosina? ¿Prefieres un cigarro?
‑Un cigarrillo.
‑¿Y nada de beber?
‑Ya he bebido licores. ¿Hay bombones?
‑Encontrarás un montón en la mesa. Y de los
mejores, querido.
‑Prefiero los de vainilla. Ya sabes que los
viejos... ¡Ji, ji!
‑De ésos no hay, hermano.
‑Oye ‑dijo el viejo acercando su boca al
oído de Mitia‑: quisiera conocer a esa joven llamada María... ¡Ji, ji!...
Si fueras tan amable que...
‑¿Habráse visto?... ¿Hablas en serio, amigo?
‑No creo que haya en ello ningún mal para nadie
‑murmuró tímidamente Maximov.
‑De acuerdo. Aquí todos nos conformamos con el
canto y el baile; pero el corazón te manda otra cosa... Entre tanto, recréate,
diviértete, bebe... ¿Necesitas dinero?
‑Tal vez luego... ‑murmuró Maximov con
una sonrisita.
‑Está bien.
A Mitia le echaba fuego la cabeza. Salió a la galería
que rodeaba parte del edificio. El aire fresco lo despejó. Ya solo y en la
oscuridad, se oprimió la cabeza con las manos. Sus ideas dispersas se agruparon
de pronto y la luz se hizo en su mente con un fulgor espantoso...
«Si me he de matar ‑se dijo‑, ahora o
nunca.»
Podía cargar una de sus pistolas y poner fin a todo
en aquel rincón envuelto en sombras. Estuvo vacilante durante uno o dos minutos.
Había llegado a Mokroie con un peso en la conciencia: el robo que había
cometido, la sangre que había derramado. Sin embargo, experimentaba cierto
alivio ante la idea de que todo había terminado, de que Gruchegnka pertenecía a
otro y ya no existía para él. No le había sido difícil tomar esta resolución.
Además, no podía hacer otra cosa. ¿Para qué, pues, seguir viviendo? Pero la situación
había cambiado. Aquel horrible fantasma, aquel hombre fatal, el antiguo amante,
había desaparecido sin dejar rastro. La horripilante aparición se había
convertido en un títere irrisorio al que se encerraba bajo llave. Gruchegnka
estaba avergonzada y él leía en sus ojos hacia quién iba su amor. Bastaba poder
vivir, pero esto, ¡maldición!, ya no era posible. «Señor ‑rogaba
mentalmente‑, resucita al que yace junto al muro del jardín. Líbrame de
este amargo cáliz. Tú has hecho milagros por otros pecadores como yo... ¿Y si
el viejo viviera todavía? ¡Oh! Entonces lavaría la vergüenza que pesa sobre mí,
devolvería el dinero robado, aunque hubiera de sacarlo del fondo de la tierra.
Así, la infamia sólo habría dejado huellas en mi corazón, aunque fuera para
siempre... Pero no, esto es un sueño irrealizable. ¡Maldición!»
Sin embargo, en las tinieblas apareció un rayo de
esperanza. Volvió precipitadamente a la habitación. Iba hacia ella, hacia la
que sería su reina eternamente.
«Una hora, un minuto de su amor valen más que todo el
resto de mi vida, aunque esta vida haya de transcurrir bajo la tortura de la
vergüenza... ¡Verla, oírla, no pensar en nada, olvidarlo todo, aunque sólo sea
esta noche, durante una hora, por un solo instante... ! »
Al entrar se encontró con el dueño de la casa, que
estaba triste y preocupado.
‑¿Me buscabas, Trifón?
Éste se mostró un tanto confuso.
‑No. ¿Por qué lo había de buscar? ¿Dónde estaba
usted?
‑¿Qué significa esa cara de pocos amigos?
¿Estás enojado? Mira, puedes ir a acostarte. ¿Qué hora es?
‑Más de las tres.
‑Ya terminamos, ya terminamos...
‑Eso no tiene importancia. Diviértase tanto
como quiera.
«¿Qué le pasa a este hombre?», se dijo Mitia mientras
corria a la sala de baile.
Gruchegnka no estaba allí. En el cuarto azul,
Kalganov dormitaba en el canapé. Mitia miró detrás de la cortina. Allí estaba
Gruchegnka, sentada en un cofre, con la cabeza apoyada en el lecho, derramando
lágrimas y haciendo esfuerzos para ahogar los sollozos. Por señas dijo a Mitia
que se acercara y se apoderó de su mano.
‑¡Mitia, Mitia, yo lo amaba! No he dejado de
quererlo durante estos cinco años. ¿Era amor o rencor? Era amor, amor por él.
¡He mentido al decir lo contrario!... Mitia, yo tenía diecisiete años entonces.
Él era cariñoso, alegre y me cantaba canciones... ¿O era que yo, chiquilla
ilusa, lo veía así?... Ahora es muy distinto. Ha cambiado tanto, que, al
entrar, no lo he reconocido. Durante mi viaje hacia aquí no he cesado de
pensar: «¿Cómo lo abordaré? ¿Qué le diré? ¿Cómo nos miraremos?» Desfallecía. Y, al verlo, he sentido como si
arrojasen sobre mí un cubo de agua sucia. Me ha producido la impresión de un
pedante maestro de escuela. Me he quedado sin saber qué decir. AI principio me
he preguntado si la presencia de su compañero, ese tipo larguirucho, lo
cohibiría. Mirándolos a los dos, me decía: «¿Cómo es posible que no sepas de
qué hablarle?»... Sin duda, lo echó a perder su esposa, aquella mujer por la
que me abandonó. Lo cambió por completo. ¡Qué vergüenza, Mitia! ¡Toda la vida
me durará este bochorno! ¡Malditos sean estos cinco años!
Se echó a llorar de nuevo, sin soltar la mano de
Mitia.
‑No te vayas, Mitia, mi querido Mitia ‑murmuró
levantando la cabeza‑. Quiero preguntarte algo. Dime: ¿a quién amo? Yo
quiero a alguien que está aquí. ¿Quién es?...
Una sonrisa iluminó su rostro, hinchado por el
llanto.
‑Cuando te he visto entrar, he sentido un dulce
desfallecimiento. Y mi corazón me ha dicho: «Ahí tienes al que amas.» Has
aparecido tú y todo se ha iluminado. «¿A quién teme?», me he preguntado. Pues
tenías miedo; no podías hablar. «No son ellos los que lo asustan, pues ningún
hombre puede atemorizarlo. Soy yo, sólo yo. » Fenia, la muy simple, te habrá
contado que yo he dicho a voces a Aliocha desde la ventana: «Amé a Mitia
durante una hora. Me voy porque amo a otro.» ¡Oh Mitia! ¿Cómo he podido creer
que amaría a otro después de haberte amado a ti? ¿Me perdonas, Mitia? ¿Me
quieres? ¿Me quieres?
Se levantó y le puso las manos en los hombros. Mitia,
mudo de felicidad, contempló los ojos y la sonrisa de Gruchegnka. De pronto la
estrechó en sus brazos. Ella exclamó:
‑¿Me perdonas por haberte hecho sufrir? Os
torturaba a todos por maldad. Por maldad enloquecí al viejo. ¿Te acuerdas del
vaso que rompiste en mi casa? Hoy me he acordado, porque he hecho lo mismo, al
beber « por mi vil corazón»... ¿Por qué dejas de besarme, Mitia? Después de
darme un beso te quedas mirándome, escuchándome. ¿Por qué! Bésame más fuerte.
Así. No hay que amar a medias. Desde ahora seré tu esclava. ¡Bésame! ¡Hazme
sufrir! ¡Haz de mí lo que quieras! ¡Hazme sufrir! ¡Espera!... ¡Quieto!...
Después...
Lo apartó de sí con repentino impulso.
‑Vete, Mitia. Voy a beber; quiero embriagarme;
quiero bailar ebria... ¡Lo deseo, lo deseo!...
Se desprendió de los brazos de Dmitri y se fue. Mitia
la siguió, vacilante. «Cualquiera que sea el final ‑se decía‑,
daría el mundo entero por este instante.» Gruchegnka se bebió de una vez un
vaso de champán. En seguida le produjo efecto. Se sentó en un sillón. Sonreía
feliz. Sus mejillas se colorearon y su vista se nubló. Su mirada llena de
pasión fascinaba. Incluso Kalganov, incapaz de hacer frente al hechizo, se
acercó a ella.
‑¿Has sentido el beso que te he dado hace un
momento mientras dormías? ‑murmuró Gruchegnka‑. Ahora estoy ebria.
¿Y tú? Oye, Mitia, ¿por qué no bebes? Yo ya he bebido...
‑Ya estoy embriagado... de ti, y quiero estarlo
de bebida.
Apuró un vaso y, para sorpresa suya, se emborrachó
inmediatamente, él que había resistido hasta entonces. Desde este momento,
todo empezó a darle vueltas. Le pareció que estaba delirando. Iba de un lado a
otro, reía, hablaba con todo el mundo, no se daba cuenta de nada. Como recordó
más tarde, sólo se percataba de que una sensación de ardor crecía en su
interior por momentos, hasta el punto de que creía tener brasas en el alma.
Se acercó a Gruchegnka. La contempló, la escuchó...
Gruchegnka estaba en extremo locuaz. Llamaba a alguna de las muchachas del
coro, la besaba, le hacia a veces la señal de la cruz y la despedía. Estaba al
borde de echarse a llorar. El «viejecito», como llamaba a Maximov, la divertía
extraordinariamente. A cada momento iba a besarle la mano, y terminó por
ponerse a danzar de nuevo, al ritmo de una vieja canción de gracioso
estribillo:
‑El cerdo, gron, gron, gron;
la ternera, mu, mu, mu;
el pato, cuau, cuau, cuau;
la oca, croc, croc, croc.
El polluelo corrla por la habitación
y se iba cantando: pío, pío, pío.
»Dale algo, Mitia. Es pobre. ¡Oh los pobres, los
ofendidos! ¿Sabes una cosa, Mitia? Voy a entrar en un convento. Te lo digo en
serio. Me acordaré toda la vida de lo que me ha dicho hoy Aliocha. Ahora
bailemos. Mañana, el convento; hoy, el baile. Voy a hacer locuras, amigos míos.
Dios me perdonará. Si yo fuera Dios, perdonaría a todo el mundo. «Mis queridos
pecadores, os concedo el perdón a todos.» Os imploro que me perdonéis. Perdonad
a esta ignorante, buena gente. Soy una fiera, una fiera y sólo una fiera...
Quiero rezar. Una miserable como yo quiere orar... Mitia, no les impidas que
bailen. Todo el mundo es bueno, ¿sabes?, todo el mundo. La vida es hermosa. Por
malo que uno sea, le gusta vivir. Somos buenos y malos a la vez... Por favor,
Mitia, dime: ¿por qué soy tan buena? Pues yo soy muy buena...
Así divagaba Gruchegnka, presa de una embriaguez
creciente. Repitió que quería bailar y se levantó vacilando.
‑Mitia, no me des más vino aunque te lo pida.
El vino me trastorna. Todo me da vueltas, hasta la estufa. Pero quiero bailar.
Vais a ver lo bien que bailo.
Estaba
decidida a hacerlo. Sacó un pañuelo de batista, que cogió por una punta, para
agitarlo mientras danzaba. Mitia se apresuró a colocarse en primera fila. Las
muchachas enmudecieron, dispuestas a entonar, a la primera señal, las notas de
una danza rusa.
Maximov,
al enterarse de que Gruchegnka iba a bailar, lanzó un grito de alegría y
empezó a saltar delante de ella mientras cantaba:
‑Piernas finas, curvas laterales,
cola en forma de trompeta.
Gruchegnka lo apartó de si, golpeándolo con el
pañuelo.
‑¡Silencio! ¡Que todo el mundo venga a
verme!... Mitia, ve a llamar a los de la habitación cerrada. ¿Por qué han de
estar encerrados? Diles que voy a bailar, que vengan a verme...
Mitia golpeó fuertemente la puerta de la habitación
donde estaban los polacos.
‑¡Eh!... Podwysocki. Salid. Gruchegnka va a
bailar y os llama.
‑Lajdak ‑rugió uno de los polacos.
‑¡Tú sí que eres un miserable! ¡Canalla!
‑No ultrajes a Polonia ‑gruñó Kalganov,
que estaba también embriagado.
‑¡Oye, muchacho! Lo que he hecho no va contra
Polonia. Un miserable no puede representarla. De modo que cállate y come
bombones.
‑¡Qué hombres! ‑murmuró Gruchegnka‑.
No quieren hacer las paces.
Avanzó hasta el centro de la sala para bailar. El
coro inició el canto. Gruchegnka entreabrió los labios„agitó el pañuelo, dobló
la cabeza y se detuvo.
‑No tengo fuerzas ‑murmuró con voz
desfallecida‑. Perdónenme. No puedo. Perdón...
Saludó al coro; hizo reverencias a derecha a
izquierda.
Una voz dijo:
‑La hermosa señorita ha bebido demasiado.
‑Ha cogido una curda ‑dijo Maximov, con
una sonrisa picaresca, a las chicas del coro.
‑Mitia, ayúdame... Sosténme...
Mitia la rodeó con sus brazos, la levantó y fue a
depositar su preciosa carga en el lecho. «Yo me voy», pensó Kalganov. Y salió,
cerrando a sus espaldas la puerta de la habitación azul.
Pero la fiesta continuó ruidosamente. Una vez
acostada Gruchegnka, Mitia puso su boca sobre la de su amada.
‑¡Déjame! ‑suplicó la joven‑. No me
toques antes de que sea tuya... Ya te he dicho que seré tuya... Perdóname...
Cerca de él no puedo... Sería horrible.
‑Tranquilízate. Ni siquiera te faltaré con el
pensamiento. Amarnos aquí es una idea que me repugna.
Manteniendo sus brazos en torno a ella, se arrodilló
junto al lecho.
‑Aunque eres un salvaje, tienes un corazón
noble... Tenemos que vivir decentemente de hoy en adelante... Seamos honestos y
nobles; no imitemos a los animales... Llévame lejos de aquí, ¿oyes? No quiero
estar en esta tierra; quiero irme lejos, muy lejos...
‑Si ‑dijo Mitia estrechándola entre sus
brazos‑, te llevaré muy lejos, nos marcharemos de aquí... ¡Oh Gruchegnka!
Daría toda mi vida por estar sólo un año contigo... y por saber si esa
sangre...
‑¿Qué sangre?
‑No, nada ‑dijo Mitia rechinando los
dientes‑. Grucha, quieres que vivamos honestamente, y yo soy un ladrón.
He robado a Katka. ¡Qué vergüenza!...
‑¿A Katka? ¿A esa señorita? No, no le has
robado nada. Devuélvele lo que le debes. Tómalo de mi dinero... ¿Por qué te
pones así? Todo lo mío es tuyo. ¿Qué importa el dinero? Somos despilfarradores
por naturaleza. Pronto iremos a trabajar la tierra. Hay que trabajar, ¿oyes? Me
lo ha ordenado Aliocha. No seré tu amante, sino tu esposa, tu esclava.
Trabajaré para ti. Iremos a saludar a esa señorita, le pediremos perdón y nos
marcharemos. Si se enoja, peor para ella. Devuélvele su dinero y ámame.
Olvídala. Si la amas todavía, la estrangularé, le vaciaré los ojos con una
aguja...
‑Es a ti a quien amo, sólo a ti. Te amaré en
Siberia.
‑¿Por qué en Siberia?... En fin, si quieres que
sea en Siberia, allí será... Trabajaremos... En Siberia hay mucha nieve... Me
gusta viajar por la nieve... Me encanta el tintineo de las campanillas...
¿Oyes? Ahora suena una... ¿Dónde?... Pasan viajeros... Ya ha dejado de sonar.
Cerró los ojos y quedó como dormida. En efecto, se
había oído una campanilla a lo lejos. Mitia apoyó la cabeza en el pecho de
Gruchegnka. No advirtió que el tintineo dejó de oírse y que en la casa sucedió
un silencio de muerte al bullicio y a los cantos. Gruchegnka abrió los ojos.
‑¿Qué ha pasado? ¿Me he dormido?... ¡Ah, sí! La
campanilla... He empezado a pensar que viajaba por la nieve, mientras la
campanilla tintineaba, y me he dormido... Íbamos los dos a un lugar lejano...
Yo te besaba, me apretaba contra ti. Tenía frio, brillaba la nieve... No me
parecía estar sobre la tierra... Y ahora me despierto y veo a mi amado junto a
mí. ¡Qué felicidad!
‑¡Junto a ti! ‑murmuró Mitia cubriendo de
besos el pecho y las manos de Gruchegnka.
De pronto, Mitia observó que Gruchegnka miraba fija y
extrañamente por encima de su cabeza. Su rostro expresaba sorpresa y temor.
‑Mitia, ¿quién es ese que nos mira?‑‑preguntó
la joven en voz baja.
Mitia se volvió y vio la cara de alguien que había
apartado la cortina y los observaba. Se levantó y avanzó a paso rápido hacia el
indiscreto.
‑Venga conmigo, se lo ruego ‑dijo una voz
enérgica.
Mitia pasó al otro lado de la cortina y se detuvo al
ver la habitación llena de personas que acababan de llegar. Se estremeció al
reconocerlos a todos. Aquel viejo de aventajada estatura, que llevaba abrigo
y ostentaba una escarapela en su gorra de uniforme, era el ispravnik Mikhail
Markarovitch. Aquel petimetre «tuberculoso, de botas irreprochables», era el
suplente. «Tiene un cronómetro de cuatrocientos rublos. Me lo ha enseñado.» De
aquel otro, bajito y con lentes, Mitia había olvidado el nombre, pero le
conocía de vista: era el juez de instrucción recién salido de la Escuela de
Derecho. También estaba allí el stanovoi
[L100]Mavriki
[L101]Mavrikievitch, al que conocía. ¿Qué hacía
allí toda aquella gente que lucía insignias de metal? Además, había varios
campesinos. Y en el fondo, junto a la puerta, estaban Kalganov y Trifón
Borisytch...
‑¿Qué ocurre, señores? ‑empezó por
preguntar Mitia. Y añadió en seguida con voz sonora‑: ¡Ya comprendo!
El joven de los lentes avanzó hacia él y le dijo con
un aire de superioridad y un tono de impaciencia:
‑Tenemos que decirle dos palabras. Tenga la
bondad de acercarse al canapé.
‑¡El viejo! ‑exclamó Mitia, enloquecido‑.
¡El viejo ensangrentado! Ahora comprendo...
Y se dejó caer en una silla.
‑¿De modo que comprendes? ‑exclamó el ispravnik
acercándose a Mitia. Fuera de si, enrojecido el semblante, temblando de
cólera, añadió‑: ¡Parricida, monstruo! ¡La sangre de tu anciano padre
clama contra ti!
‑Pero eso es imposible ‑dijo el petimetre‑.
¡Jamás habría esperado, Mikhail Makarovitch, que fuera usted capaz de proceder
de este modo!
‑¡Esto es el delirio, señores, el delirio! ‑continuó
el ispravnik‑. Miradlo: ebrio y manchado de la sangre de su padre,
pasa la noche con una mujer alegre. ¡Esto es el delirio!
‑Le ruego encarecidamente, mi querido Mikhail
Makarovitch ‑dijo el hombrecillo «tuberculoso»‑, que ponga freno a
sus sentimientos. De lo contrario, me veré obligado a...
Interrumpiéndole, el joven juez de instrucción dijo
con acento firme y grave:
‑Señor teniente de la reserva Karamazov, debo
advertirle que está usted acusado de ser el autor del asesinato de Fiodor PavIovitch,
cometido esta noche.
Dijo algo más. El suplente habló también. Pero Mitia
no los comprendió: los miró a todos con una expresión de extravío.
LA INSTRUCCIÓN
PREPARATORIA
CAPÍTULO PRIMERO
LOS COMIENZOS DEL FUNCIONARIO PERKHOTINE
Piotr Ilich Perkhotine, a quien dejamos golpeando con
todas sus fuerzas la puerta principal de la casa Mozorov, acabó, como es
lógico, por conseguir que le abriesen. Al oír semejante alboroto, Fenia,
todavía horrorizada, estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Aunque
había visto a Dmitri Fiodorovitch emprender el viaje, creyó que era él, que
había vuelto, por juzgar que sólo un hombre como Mitia podía llamar de un modo
tan insolente. Fenia corrió a ver al portero, al que el estrépito había
despertado, y le suplicó que no abriese. Pero el portero, al oír el nombre del
visitante y saber que deseaba hablar con Fedosia Marcovna de un asunto
importante, decidió dejarlo pasar.
Piotr Ilitch empezó a interrogar a la joven y obtuvo
en seguida el dato más importante: al salir en busca de Gruchegnka, Dmitri
Fiodorovitch se había llevado una mano de mortero, y había vuelto con las manos
vacías y manchadas de sangre.
‑La sangre goteaba ‑dijo Fenia,
recordando, en medio de su turbación, este horripilante detalle.
Piotr Ilitch había visto las manos ensangrentadas de
Mitia y le había ayudado a lavárselas. A Piotr Ilitch no le importaba saber si
se le habían secado rápidamente; lo importante para él era averiguar si Dmitri
Fiodorovitch había ido a casa de su padre con la mano de mortero. Piotr hitch
insistió sobre este punto, y aunque no logró obtener aclaraciones precisas,
quedó casi convencido de que Dmitri Fiodorovitch había visitado la casa paterna
y, por consiguiente, de que algo debía de haber pasado en ella.
Fenia añadió:
‑Cuando volvió, yo se lo conté todo y le
pregunté: «¿Por qué tiene las manos manchadas de sangre, Dmitri Fiodorovitch?»
Él me respondió que la sangre era humana, que acababa de matar a una persona, y
se fue corriendo como un loco. Yo pensé: «¿Adónde irá?» Y me respondí que sin
duda se dirigiría a Makroie para matar a la señorita. Entonces salí corriendo
en su busca para suplicarle que la perdonara. Al pasar ante la casa de los
Plotnikov lo vi. Estaba preparado para partir y tenía las manos limpias...
La abuela confirmó el relato de la nieta. Piotr
Ilitch salió de la casa todavía más confundido que cuando había entrado.
Lo más lógico era dirigirse inmediatamente a casa de
Fiodor Pavlovitch para enterarse de si había ocurrido algo, y luego, sabiendo
ya a qué atenerse, ir a visitar al ispravnik. Piotr Ilitch estaba
decidido a proceder de este modo. Pero la noche era oscura, y la puerta de la
casa, gruesa y maciza. No conocía apenas a Fiodor Pavlovitch. Si, a fuerza de
dar golpes, conseguía que le abriesen y resultaba que no había ocurrido nada
anormal, al día siguiente el malicioso Fiodor Pavlovitch iría contando por toda
la ciudad ‑como quien cuenta una anécdota graciosa‑ que, a
medianoche, el funcionario Perkhotine, al que no conocía, había llamado a su
puerta para averiguar si lo habían matado. Sería un escándalo, y no había nada
en el mundo que Piotr Ilitch detestara tanto como los escándalos. Sin embargo,
los sentimientos que lo dominaban eran tan imperiosos, que, después de haber
golpeado el suelo con la planta del pie para desahogar su cólera y de haberse
insultado a sí mismo, se lanzó en otra dirección, hacia la casa de la señora de
Khokhlakov. Si ésta, respondiendo a sus preguntas, decía que no había entregado
tres mil rublos a Dmitri Fiodorovitch a hora tan intempestiva, él, Perkhotine
iría a ver al ispravnik sin pasar por la casa de Fiodor Pavlovitch. De
lo contrario, lo dejaría todo para el día siguiente y se volvería a casa. Salta
a la vista que la resolución del joven funcionario de presentarse a las once de
la noche en casa de una mujer mundana a la que conocía, haciéndola, tal vez,
levantar de la cama, para interrogarla sobre un asunto tan singular, podía
motivar un escándalo semejante al que trataba de eludir. Pero es frecuente que
las personas más flemáticas adopten en tales casos resoluciones parecidas. No
obstante, en aquel momento, Piotr llitch no se parecía en nada a un hombre
flemático. Recordó durante toda su vida que la turbación insoportable que se
había apoderado de él llegó a tener carácter de verdadero suplicio y lo llevó a
obrar contra su voluntad. Por el camino no cesó de hacerse reproches por el
estúpido paso que iba a dar. «¡Pero iré hasta el fin!», se dijo una y otra vez,
rechinando los dientes. Y cumplió su palabra.
Estaban dando las once cuando llegó a casa de la
señora de Khokhlakov. Le fue fácil entrar en el patio, pero el portero no pudo
decirle con certeza si la señora estaba ya acostada, aunque era su costumbre
estarlo a aquella hora.
‑Hágase anunciar, y ya verá si lo recibe o no.
Piotr Ilitch subió al piso, y entonces empezaron las
dificultades. El criado no quería anunciarlo. Acabó por llamar a la doncella.
Cortés pero firmemente, Piotr Ilitch rogó a la joven que dijera a su señora que
el funcionario Perkhotine deseaba hablarle de un asunto importantísimo, tan
importante, que justificaba que se permitiera molestarla a aquellas horas.
‑Anúncieme en estos términos ‑concluyó.
Esperó en el vestíbulo. La señora de Khokhlakov estaba
ya en su dormitorio. La visita de Mitia la había trastornado, y presentía una
noche de jaqueca, como solía ocurrirle en casos semejantes. Se opuso, irritada,
a recibir al joven funcionario, aunque la llegada de aquel desconocido
despertaba su curiosidad femenina. Pero Piotr Ilitch se obstinó como un mulo.
Al recibir la negativa, insistió imperiosamente, solicitando que se dijera a
la señora, palabra por palabra, «que el asunto podía calificarse de grave y
que era muy posible que la señora se arrepintiera de no haberle recibido». La
doncella lo miró, asombrada, y fue a dar el recado. La señora de Khokhlakov se
quedó estupefacta, reflexionó un momento y preguntó qué aspecto tenía el
visitante. Así se enteró de que «era un hombre de buena presencia, joven y muy
fino». Digamos de paso que Piotr Ilitch no carecía de belleza varonil y que él
lo sabía. La señora de Khokhlakov se decidió a dejarse ver. Iba en bata y zapatillas
y se había echado un pañuelo negro sobre los hombros. Se rogó al funcionario que
pasara al salón. Apareció la señora. Miró al visitante con expresión
interrogadora y, sin hacerlo sentar, le invitó a que dijera lo que tenía que
decir.
‑Me he permitido molestarla, señora ‑empezó
Perkhotine‑, para hablarle de una persona a la que los dos conocemos. Me
refiero a Dmitri Fiodorovitch Karamazov...
Apenas hubo pronunciado este nombre, el semblante de
su interlocutora reflejó una viva indignación. La dama ahogó un grito y lo
interrumpió, iracunda:
‑¡No me hable de ese horrible sujeto! Sólo oír
su nombre es un tormento para mí. ¿Cómo se ha atrevido usted a molestar a estas
horas a una dama a la que no conoce para hablarle de un individuo que hace tres
horas y aquí mismo ha intentado asesinarme, ha pateado el suelo furiosamente y
se ha marchado dando voces? Le advierto, señor, que presentaré una denuncia
contra usted. ¡Salga de aquí inmediatamente! Soy madre y...
‑¿De modo que quería matarla a usted también?
‑¿Acaso ha matado ya a alguien? ‑preguntó
en el acto la dama.
‑Concédame unos minutos de atención, señora, y
se lo explicaré todo ‑repuso en tono firme Perkhotine‑. Hoy, a las
cinco de la tarde, el señor Karamazov me ha pedido prestados diez rublos, y sé
positivamente que en aquel momento no tenía un solo copec. Y a las nueve ha
vuelto a mi casa con un fajo de billetes en la mano. Debía de llevar dos mil o
tres mil rublos. Tenía el aspecto de un loco. Sus manos y su cara estaban
manchadas de sangre. Le pregunté de dónde había sacado tanto dinero, y me
contestó que se lo había dado usted, que usted le había adelantado la suma de
tres mil rublos para que se fuera a las minas de oro. Éstas fueron sus palabras.
El semblante de la señora de Khokhlakov expresó una
emoción súbita.
‑¡Dios mío! ‑exclamó enlazando las manos‑.
¡No cabe duda de que ha matado a su padre! ¡Yo no le he dado ningún dinero!
¡Corra, corra! ¡No diga nada más! ¡Vaya a casa del viejo! ¡Salve su alma!
‑Escuche, señora: ¿está usted segura de no
haber entregado a Dmitri Fiodorovitch ningún dinero?
‑¡Ninguno, ninguno! No se lo he querido dar al
ver que él no apreciaba mis sentimientos. Se ha marchado hecho una furia. Se ha
arrojado sobre mí; he tenido que retroceder. ¿Sabe usted lo que ha hecho? Se lo
digo porque no quiero ocultarle nada. ¡Me ha escupido!... Pero no esté de pie.
Siéntese... Perdóneme que... ¿O prefiere usted ir a intentar salvar al viejo
de una muerte espantosa?
‑Pero si ya lo han matado...
‑Cierto, Dios mío. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué le
parece a usted que hagamos?
Lo había obligado a sentarse y se había instalado
frente a él. Piotr Ilitch le refirió brevemente los hechos de que había sido
testigo; le habló de su reciente visita a Fenia y mencionó la mano de mortero.
Estos detalles trastornaron a la dama, que profirió un grito y se cubrió los
ojos con la mano.
‑Sepa usted que he presentido todo esto. Tengo
este don. Todos mis presentimientos se cumplen. ¡Cuántas veces he observado a
ese hombre temible pensando: «Terminará por matarme»! Y al fin se han cumplido
mis temores. Y si no me ha matado todavía comb a su padre ha sido porque Dios
se ha dignado protegerme. Además, la vergüenza lo ha frenado, pues yo le había
colgado del cuello, aquí mismo, una medalla que pertenece a las reliquias de
Santa Bárbara mártir... ¡Qué cerca estuve entonces de la muerte! Me acerqué a
él para que me ofreciera su cuello. Mire usted, Piotr Ilitch (ha dicho usted
que se llama así, ¿verdad?), yo no creo en los milagros; pero esa imagen...,
ese prodigio evidente en mi favor, me ha impesionado y me inclina a renunciar a
mi incredulidad... ¿Ha oído hablar del starets Zósimo?... ¡Ay, no sé
dónde tengo la cabeza! Ese mal hombre me ha escupido aun llevando la medalla
pendiente del cuello... Pero sólo me ha escupido, no me ha matado. Y luego ha
echado a correr. ¿Qué hacemos? Dígame: ¿qué hacemos?
Piotr Ilitch se levantó y dijo que iba a contárselo
todo al ispravnik para que éste procediera como creyese conveniente.
‑Lo conozco. Es una excelente persona. Vaya en
seguida a verlo. ¡Qué inteligencia tiene usted, Piotr Ilitch! A mí no se me hubiera
ocurrido nunca esa solución.
‑Estoy en buenas relaciones con él, y esto es
una ventaja ‑dijo Piotr Ilitch, visiblemente deseoso de librarse de
aquella dama que hablaba por los codos y no le dejaba marcharse.
‑Oiga, venga a contarme todo lo que averigüe:
las pruebas que se obtengan, lo que puedan hacer al culpable... ¿Verdad que la
pena de muerte no existe en nuestro país? No deje de venir aunque sea a las
tres o las cuatro de la mañana... Diga que me despierten, que me zarandeen si
es preciso... Pero no creo que haga falta, porque estaré levantada. ¿Y si fuera
con usted?
‑No, eso no. Pero si declarase por escrito que
no ha entregado ningún dinero a Dmitri Fiodorovitch, esta declaración podría
ser útil...
‑¡Ahora mismo! ‑dijo la señora de
Khokhlakov corriendo hacia su mesa de escribir‑. Tiene usted un ingenio
que me confunde. ¿Desempeña usted su cargo en nuestra ciudad? Me alegro de
veras.
Sin dejar de hablar y a toda prisa había trazado unas
líneas en gruesos caracteres.
Declaro
que no he prestado jamás, ni hoy ni antes, tres mil rublos a Dmitri
Fiodorovitch Karamazov. Lo juro por lo más sagrado.
KHOKHLAKOV.
‑Mire; ya está ‑dija volviendo al lado de
Piotr Ilitch‑. ¡Vaya, vaya a salvar su alma! Cumplirá usted una gran
misión.
Hizo tres veces la señal de la cruz sobre él y lo
condujo de nuevo al vestíbulo.
‑¡Qué agradecida le estoy! ¡No puede usted
imaginarse cuánto le agradezco que haya venido a verme antes que a nadie!
Siento de veras que no nos hayamos conocido hasta hoy. De ahora en adelante le
agradeceré que me visite. He comprobado con satisfacción que cumple usted sus
obligaciones con una exactitud y una inteligencia extraordinarias. Por eso
nadie puede dejar de comprenderlo, de estimarlo, y le aseguro que todo lo que
yo pueda hacer por usted... ¡Oh! Adoro a la juventud, me tiene robada el
alma... Los jóvenes son la esperanza de nuestra infortunada Rusia... ¡Vaya,
corra!...
Piotr Ilitch se había marchado ya. De lo contrario,
la señora de Khokhlakov no le habría dejado ir tan pronto.
Sin embargo, la viuda había producido a Piotr Ilitch
excelente impresión, tan excelente, que incluso amortiguaba la contrariedad que
le causaba haberse mezclado en un asunto tan complicado y desagradable. Todos
sabemos que sobre gustos no hay nada escrito. «No es vieja ni muchísimo menos ‑se
dijo‑. Por el contrario, al verla, yo creí que era su hija.»
En cuanto a la señora de Khokhlakov, estaba en la
gloria. «Un hombre tan joven, ¡y qué experiencia de la vida, qué formalidad!...
Y, además, su finura, sus modales... Se dice que la juventud de hoy no sirve
para nada. He aquí una prueba de que eso no es verdad.» Y seguía enumerando
cualidades. Tanto, que llegó a olvidarse del espantoso acontecimiento. Ya
acostada, recordó vagamente que había estado a punto de morir y murmuró: «¡Es
horrible, horrible!...» Pero esto no le impidió dormirse profundamente.
Quiero hacer constar que no me habría entretenido en
referir estos detalles insignifjcantes si tan singular encuentro del funcionario
con una viuda todavía joven no hubiera influido en la carrera del metódico
Piotr Ilitch. En nuestra ciudad todavía se recuerdan con asombro estos hechos,
de los que tat vez digamos algo más al final de esta larga historia de los
hermanos Karamazov.
CAPITULO II
El ispravnik
Mikhail Makarovitch, teniente coronet retirado que había pasado a ser consejero
de la corte[L102], era una buena persona, y ya gozaba de las
simpatías de todos por su tendencia a reunir a los elementos de la buena
sociedad. Siempre tenía invitados en su casa, aunque sólo fuera un par de
comensales en su mesa. Sin esto no habría podido vivir. Sus invitaciones se
fundaban en los pretextos más diversos. La comida no era exquisita, pero sí copiosa;
las tortas de pescado, excelentes; la abundancia de los vinos compensaba todas
las deficiencias.
En la primera habitación había una mesa de billar, y
en sus paredes, grabados de cameras inglesas con marcos negros, la que, como
es sabido, constituye el ornamento de todas las salas de billar de los pisos de
soltero.
Todas las tardes se jugaba a las cartas; pero lo
corriente era que las clases distinguidas de nuestra localidad se reunieran en
casa del consejero para entregarse al pasatiempo del baffle. Las madres acudían
con las hijas. Mikhail Makarovitch, aunque era viudo, vivía en familia, con una
hija mayor, que era viuda también, y dos hijas menores. Éstas habían terminado
ya sus estudios, y eran tan simpáticas y alegres, que, a pesar de no tener
dote, atraían a su casa a la juventud distinguida de la ciudad.
Aunque su inteligencia era limitada y escasa su
instrucción, Mikhail Makarovitch desempeñaba sus funciones tan bien como el
primero. Cierto que se equivocaba al juzgar ciertas reformas del reinado de la época[L103], pero esto se debía más a la indolencia que
a la incapacidad, pues no las había estudiado. «Tengo alma de militar más que
de paisano», decía. Aunque poseía tierras en el campo, no tenía una idea clam
de la reforma agraria, y la iba comprendiendo poco a poco, por sus resultados y
contra su voluntad.
Piotr Ilitch estaba seguro de que se encontraría en
casa del consejero con más de un invitado, y, en efecto, allí estaban el
procurador, que había ido a jugar una partida, y el doctor Varvinski, perteneciente
al zemstvo [L104]y que era un joven recién llegado de la
Academia de Medicina de Petersburgo, donde había obtenido uno de los primeros
puestos.
Hipólito Kirillovitch, el procurador ‑en
realidad era el suplente, pero todos lo llamaban así‑, era un hombre de
personalidad poco corriente, todavía joven ‑treinta y cinco años‑,
predispuesto a la tuberculosis, que estaba casado con una mujer obesa y estéril,
orgullosa a irascible, pero que poseía también excelentes cualidades. Para
desgracia suya, se hacía demasiadas ilusiones respecto a sus méritos, lo que le
mantenía en una inquietud constante. Tenía inclinaciones artísticas y cierta
penetración psicológica respecto a los criminales y al crimen. Por eso estaba
convencido de que no estimaban su valía en las altas esferas y consideraba que
era víctima de una injusticia. En los momentos de decepción decía que iba a
dedicarse a la abogacía criminalista. El asunto Karamazov lo galvanizó de pies
a cabeza. Se dijo que era un caso que podía apasionar a toda Rusia... Pero no
nos anticipemos.
En la habitación inmediata estaban las señoritas y el
joven juez de instrucción Nicolás Parthenovitch Neliudov, llegado de Petersburgo
hacía dos meses. Más tarde llamó la atención que los personajes citados
estuvieran reunidos, como si lo hubiesen hecho adrede, en casa del poder
ejecutivo la noche del crimen. Sin embargo, la reunión no podía ser más
natural. La esposa de Hipólito Kirillovitch padecía desde el día anterior un
fuerte dolor de muelas, y el procurador, para librarse de sus lamentos, se
había ido a casa del ispravnik. El médico sólo pasaba a gusto las
veladas ante una mesa de juego. Y Neliudov había decidido visitar aquella noche
a Mikhail Makarovitch, fingiendo que lo hacía casualmente, a fin de sorprender
a la hija menor del ispravnik, Olga Mikhailovna, que cumplía años aquel
día, lo que mantenía en secreto, a juicio de Neliudov, para no verse obligada
a ofrecer un baile: no quería revelar su edad, ya que era demasiado joven, y
temía que la fiesta transcurriera entre alusiones burlonas. Y al día siguiente
se hablaría de ello en toda la ciudad.
El apuesto Neliudov era un libertino. Así lo
calificaban nuestras damas, sin que él se molestase. Pertenecía a la buena sociedad,
a una familia honorable; se comportaba siempre con la mayor corrección, y, a
pesar de su inclinación a los placeres, era completamente inofensivo. En sus
frágiles dedos llevaba varias gruesas sortijas; era bajito y de complexión
delicada. En el ejercicio de su cargo se comportaba con extrema gravedad, pues
tenía un alto concepto de su misión y de sus obligaciones. Tenía la especialidad
de confundir a los asesinos y malhechores de baja estofa en sus interrogatorios
y provocaba en ellos cierto estupor, ya que no respeto a su persona.
Al llegar a casa del ispravnik, Piotr Ilitch
advirtió que todo el mundo estaba al corriente de lo sucedido, lo que le
sorprendió sobremanera. Se había suspendido el juego y se había entablado una
discusión general sobre el suceso. Nicolás Parthenovitch mostraba una actitud
belicosa. Piotr Ilitch se enteró, con profundo estupor, de que Fiodor
Pavlovitch había sido asesinado aquella misma noche en su casa, asesinado y
desvalijado. He aquí cómo se descubrió el trágico suceso.
Marta Ignatievna, la esposa de Grigori, se despertó
de pronto de su profundo sueño, sin duda al oír los gritos de Smerdiakov, que
se hallaba en la reducida habitación vecina. No había podido acostumbrarse a
los gritos del epiléptico, aquellos gritos aterradores que precedían a los
ataques. Todavía no despierta del todo, se levantó y entró en el cuarto de
Smerdiakov. En la oscuridad, el enfermo respiraba penosamente y se debatía.
Marta se asustó y llamó a su marido, pero en esto se acordó de que Grigori no
estaba a su lado al despertar ella. Volvió a su habitación, tanteó el lecho y
vio que estaba vacío. Corrió al soportal y llamó tímidamente a su esposo. La
única respuesta que obtuvo fueron unos gemidos lejanos en el silencio de la
noche. Aguzó el oído. Nuevos lamentos. Procedian del jardín... «¡Señor, parecen
las quejas de Isabel Smerdiachtchaia! »
Bajó los escalones y vio que la puertecilla del
jardín estaba abierta. «Por aquí debe de estar, el pobre.» Siguió avanzando y
oyó claramente las llamadas de Grigori: «¡Marta, Marta!» Su voz era débil y
estaba impregnada de dolor. «¡Ayúdame, Señor!», murmuró Marta Ignatievna mientras
corría en busca de Grigori.
Lo encontró a unos veinte pasos del muro del jardín.
Allí había caído. Al volver en sí, debió de ir arrastrándose largo trecho y perder
el conocimiento varias veces. Marta se dio cuenta de pronto de que su marido
estaba manchado de sangre y empezó a gritar. Grigori murmuró débilmente, con
voz entrecortada: «Ha matado... matado a su padre... No grites:.. Corre,
avisa...» Marta Ignatievna no se calmaba. En esto vio la ventana de la
habitación de su dueño abierta a iluminada. Dirigió una mirada al interior de
la habitación y descubrió un horrendo espectáculo: Fiodor Pavlovitch estaba
tendido de espaldas, inerte. Su bata y su blanca camisa estaban impregnadas de
sangre. La bujía que ardía sobre una mesa iluminaba la cara del muerto. Marta
Ignatievna, enloquecida, salió corriendo del jardín, abrió la puerta principal
y se dirigió como un rayo a casa de María Kondratievna. Las dos vecinas, madre
a hija, estaban durmiendo. Los fuertes golpes dados en la ventana por la esposa
de Grigori las despertaron. Con palabra incoherente, Marta Ignatievna les
explicó lo ocurrido y les pidió ayuda. Foma, que tenía hábitos de vagabundo,
dormía aquella noche en casa de las dos mujeres. Se le hizo levantar
inmediatamente y todos se trasladaron al lugar del crimen.
Por el camino, María Kondratievna recordó haber oído,
a eso de las nueve, un grito agudo. Este grito fue el de « ¡Parricida! » proferido
por Grigori en el momento de coger la pierna de Dmitri Fiodorovitch, que ya
estaba en lo alto del muro.
Cuando llegaron junto a Grigori, lo levantaron entre
las dos mujeres y Foma y lo transportaron al pabellón. Al encender la luz
vieron que Smerdiakov seguía presa de su ataque, los ojos en blanco y la boca
llena de espuma. Lavaron la cabeza del herido con agua y vinagre, y esto lo
reanimó en seguida. Lo primero que preguntó fue si Fiodor Pavlovitch estaba
todavía vivo. Las dos mujeres y el soldado volvieron al jardín y vieron que no
sólo la ventana, sino también la puerta de la casa, estaba abierta de par en
par, siendo así que, desde hacía una semana, el barine se encerraba por las
noches con dos vueltas de llave y no permitía ni siquiera a Grigori que le
llamara bajo pretexto alguno. No se atrevieron a entrar, por temor «a las
complicaciones». Por orden de Grigori, María Kondratievna corrió a casa del ispravnik
para dar la voz de alarma. Llegó cinco minutos antes que Piotr Ilitch, de modo
que éste, al aparecer, fue como un testigo de cargo que confirmó con sus declaraciones
las sospechas contra el presunto autor del crimen, al que el funcionario se
había resistido a considerar culpable.
Se decidió obrar con energía. Las autoridades
judiciales se trasladaron al lugar de los hechos y realizaron una investigación
en toda regla. El doctor del zemstvo, principiante en el ejercicio de su
cargo, se ofreció a acompañarlos. Voy a resumir los hechos. Fiodor Pavlovitch
tenía la cabeza abierta. ¿Pero qué arma había empleado el agresor? Seguramente
la misma que había servido poco después para abatir a Grigori. Éste, una vez
recibidos los primeros cuidados, hizo, a pesar de su debilidad, un relato
coherente de lo que le había sucedido. Se buscó con una linterna en las
cercanías del muro del jardín, y se encontró la mano de mortero de cobre en
medio de una avenida. En la habitación de Fiodor PavIovitch todo estaba en
orden, pero detrás del biombo, cerca del lecho, se encontró un gran sobre de
papel fuerte, con esta inscripción: «Tres mil rublos para Gruchegnka, mi
ángel, si viene.» Y Fiodor Pavlovitch había añadido más abajo: «Para mi
pichoncito.» El sobre tenía tres grandes sellos de lacre, pero estaba abierto y
vacío. También se encontró en el suelo la cinta de color de rosa con que había
estado atado.
Del relato de Piotr Ilitch, lo que más llamó la
atención a los magistrados fue la sospecha de que Dmitri Fiodorovitch se iba a
suicidar a la mañana siguiente, según él mismo había declarado y como parecían
confirmar la pistola cargada, la nota que Mitia había escrito y otros detalles.
Piotr Ilitch añadió que le amenazó con denunciarlo para evitar que se
suicidase, y que Dmitri le respondió con una sonrisa: « No tendrás tiempo.» Por
lo tanto, había que dirigirse a toda prisa a Mokroie para detener al asesino
antes de que se quitara la vida.
‑¡La cosa está clara, clarísima! ‑exclamó
el procurador, acalorado‑. Todos esos locos proceden así: se divierten
antes de poner fin a sus días.
Al enterarse de las compras que había hecho Dmitri,
se enardeció más todavía.
‑Acuérdense, señores, del asesino del
traficante Olsufiev, que robó a su víctima mil quinientos rublos. Lo primero
que hizo fue rizarse el pelo. Después se dedicó a divertirse con las chicas y
no se preocupó de ocultar el dinero.
Pero las formalidades de la investigación requerían
tiempo. Se envió a Mokroie al isprvvnik Mavriki Mavrikievitch Chmertsoy, que
habia llegaao a la ciudad para cobrar su sueldo. Se le encargó la vigilancia
del «asesino» hasta que llegasen las autoridades competentes. Debía procurarse
la ayuda necesaria, etc., etc. Ocultando que obraba oficialmente, enteró de
parte del asunto a Trifón Borisytch, conocido suyo desde hacía mucho tiempo.
Entonces fue cuando Mitia, al dejar la galería, se encontró con el dueño del
parador, que lo buscaba, y observó un cambio en su semblante y en su modo de
hablar.
Mitia y sus compañeros ignoraban la vigilancia de que
eran objeto. En cuanto a la caja de las pistolas, hacía rato que Trifón la
había escondido en lugar seguro.
Nasta las cinco, o sea casi al amanecer, no llegaron
las autoridades. Ocupaban dos coches. El médico se había quedado en casa de
Fiodor Pavlovitch para hacerle la autopsia y, sobre todo, porque el estado de
Smerdiakov le interesaba extraordinariamente.
‑Un ataque de epilepsia tan violento y largo
como éste, que ya dura dos días, es sumamente raro a interesante desde el punto
de vista cientíîico ‑dijo a sus compañeros cuando los vio partir.
Y todos lo felicitaron, entre risas, por la
oportunidad que se le había presentado inesperadamente. El médico afirmó que
Smerdiakov no llegaría con vida a la mañana siguiente.
Tras esta digresión un tanto extensa, pero necesaria,
reanudamos nuestra historia en el punto en que la dejamos.
CAPITULO III
Mitia paseó por todos los presentes una mirada atónita,
sin comprender lo que decían. De pronto se irguió, levantó los brazos al cielo
y exclamó:
‑¡Yo no soy culpable de ese crimen! ¡Yo no he
derramado la sangre de mi padre! Quería matarlo, pero soy inocente. ¡No he sido
yo!
Apenas habla terminado de decir esto, Gruchegnka
salió de detrás de la cortina y se arrojó a los pies del ispravnik.
‑¡Soy yo la culpable! ‑exclamó tendiendo
hacia él los brazos y bañada en lágrimas‑. Lo ha matado por culpa mía. He
torturado a ese pobre viejo que ya no existe. Soy yo la principal culpable.
‑¡Sí, criminal: tuya es la culpa! ‑vociferó
el ispravnik amenazándola con el puño‑ ¡Eres una mala mujer, una
libertina!
Lo hicieron callar en seguida. El procurador incluso
lo cogió por la cintura para contenerlo.
‑¡Su actitud está fuera de toda regla, Mikhail
Makarovitch! ¡Está usted dificultando la investigación! ¡Lo echa todo a perder!
La indignación lo ahogaba.
‑¡Hay que tomar medidas, hay que tomar medidas!
‑exclamó Nicolás Parthenovitch‑. ¡Esto no se puede tolerar!
‑¡Juzgadnos juntos! ‑continuó Gruchegnka,
que seguía arrodillada‑. ¡Ejecutadnos juntos! ¡Estoy dispuesta a morir
con él!
‑¡Grucha! ¡Mi vida, mi corazón, mi tesoro! ‑dijo
Mitia arrodillándose junto a ella y rodeándola con sus brazos‑. ¡No la
crean! ¡Es inocente!
Los separaron a viva fuerza y se llevaron a la joven.
Mitia perdió el conocimiento y, cuando lo recobró, se vio sentado ante una
mesa y rodeado de personas que ostentaban placas de metal[L105]. Frente a él, sentado en el diván, estaba
Nicolás Parthenovitch, el juez de instrucción, que le invitaba con toda
cortesía a beber un poco de agua.
‑El agua lo refrescará y lo calmará. No se
inquiete. No tiene nada que temer.
A Mîtia le interesaron extraordinariamente las
gruesas sortijas del juez, adornadas una con una amatista y la otra con una
piedra de un amarillo claro, de hermosos destellos. Mucho tiempo después
recordaría con estupor que estas sortijas lo fascinaban en medio de las
torturas del interrogatorio, hasta el extremo de que no podía apartar los ojos
de ellas. A la izquierda de Mitia estaba sentado el procurador; a la derecha,
un joven que llevaba una chaqueta de cazador bastante deteriorada y que tenía
delante un tintero y papel: era el escribano del juez de instrucción. En el
otro extremo de la habitación, junto a la ventana, estaban el ispravnik
y Kalganov.
‑Beba un poco ‑dijo por enésima vez y
amablemente el juez de instrucción.
‑Ya he bebido, señores, ya he bebido. ‑Y
añadió, mirándolos fijamente‑: ¡Aplástenme, condénenme, decidan mi
suerte!...
‑¿De modo que sostiene usted que no ha matado a
su padre, Fiodor Pavlovitch?
‑Lo sostengo. He derramado la sangre de otro
viejo, pero no la de mi padre. Estoy apenado. He matado, pero es muy duro para
mí verme acusado de un crimen horrible que no he cometido. Esta terrible
acusación, señores, me produce el efecto de un mazazo. ¿Pero quién ha matado a
mi padre? ¿Quién ha podido matarlo sino yo? Es algo inaudito, increíble.
‑Debe usted saber... ‑empezó a decir el
juez.
Pero el procurador, después de cambiar una mirada con
él, dijo a Mitia:
‑Deseche su preocupación por el viejo criado
Grigori Vasilev. Está vivo. Ha recobrado el conocimiento y, a pesar del
tremendo golpe que usted le ha asestado... (y digo tremendo fundándome en las
declaraciones de la víctima y de usted), puede darse por seguro que se curará.
Por lo menos, ésta es la opinión del médico.
‑¿Vivo? ¿Está vivo? ‑exclamó Mitia con el
rostro resplandeciente y enlazando las manos‑. ¡Señor, gracias por tu
magnífico milagro en favor de este malvado, de este pecador! ¡Gracias por
haber escuchado mis oraciones! ¡Toda la noche he estado rezando!
Se santiguó tres veces. El procurador continuó:
‑Pero ese Grigori ha hecho una declaración que
le compromete a usted gravemente; tanto le compromete, que...
Mitia le interrumpió, levantándose:
‑¡Por favor, señores; un momento, sólo un
momento! ¡He de hablar con ella!...
‑Perdone, pero no puede marcharse ahora ‑dijo
Nicolás Parthenovitch levantándose también.
Los testigos sujetaron a Mitia, que volvió a sentarse
sin protestar.
‑¡Qué lástima! ¡Sólo quería que ella supiese
que no soy un asesino, que la sangre cuyo recuerdo me ha torturado toda la
noche está lavada! Señores, es mi prometida ‑dijo mirando a todos los
presentes con gesto grave y respetuoso‑. Estoy muy agradecido a ustedes.
Me han devuelto la vida... Ese viejo me llevó en brazos y me lavó en una artesa
cuando yo tenía tres años y vivía en el mayor abandono. Hizo conmigo las veces
de padre...
‑Pues resulta que... ‑continuó el juez.
‑Un minuto más, señores ‑le interrumpió
Mitia acodándose en la mesa y cubriéndose la cara con las manos‑.
¡Déjenme reconcentrarme, respirar un poco!... Estoy trastornado. Golpear a un
hombre no es golpear un tambor.
‑Beba un poco de agua.
Mitia descubrió su cara y sonrió. En sus ojos había
un brillo vivaz; parecía transformado. También habían cambiado sus modales.
Se volvía a sentir al mismo nivel que aquellos hombres que le rodeaban, todos
antiguos conocidos suyos. Tenía la impresión de haberse encontrado con ellos en
una fiesta de sociedad el día anterior, antes del suceso. Hay que advertir que
Mitia había tenido relaciones cordiales con el ispravnik. Con el
tiempo, este trato amistoso se había ido enfriando, y en el mes último apenas
se habían visto. Cuando se encontraba con Mitia en la calle, el ispravnik
arrugaba las cejas y lo saludaba sólo por pura fórmula, cosa que Dmitri no
dejaba de notar. Al procurador lo conocía menos, pero a veces visitaba, sin
saber por qué, a su esposa, mujer nerviosa y antojadiza. Ésta lo recibía siempre
con amabilidad a interés. En cuanto al juez, sus relaciones con él se limitaban
a haber sostenido un par de conversaciones sobre mujeres.
‑Usted,
Nicolás Parthenovitch ‑dijo Mitia alegremente‑, es un juez de
instrucción muy hábil, y yo lo voy a ayudar. Señores, me siento resucitado. No
se molesten ante mi franqueza. Además, les confieso que estoy un poco bebido.
Me parece, Nicolás Parthenovitch, que ya tuve el honor, el honor y el placer,
de saludarlo en casa de mi pariente Miusov. Señores, yo no pretendo que me
traten como a un igual. Comprendo mi situación ante ustedes. Según la acusación
de Grigori, pesa sobre mí una culpa horrenda. Comprendo perfectamente mi
situación. Pero estoy dispuesto a facilitarles el trabajo, y pronto habremos
terminado. Como estoy seguro de mi inocencia, esto abreviará las cosas. ¿No les
parece?
Dmitri hablaba de prisa, con toda franqueza, como si
sus auditores fueran sus mejores amigos.
‑De momento ‑dijo gravemente Nicolás
Parthenovitch‑, anotaremos que usted rechaza formalmente la acusación de
asesinato.
Y a media voz dictó al escribano lo procedente.
‑¿Va usted a anotarlo? ¿Quiere anotar eso? De
acuerdo; tienen mi pleno consentimiento, señores... Pero yo quisiera... Escriba
esto también «Es culpable de graves violencias, de haber golpeado brutalmente
a un pobre viejo.» Además, en mi fuero interno, en el fondo de mi corazón, yo
siento esta culpa. Pero esto no hay que anotarlo, porque son secretos
íntimos... Respecto al asesinato de mi padre, afirmo mi inocencia. Es una idea
monstruosa. Lo probaré; pronto se convencerán ustedes. Incluso se reirán de sus
sospechas.
‑Cálmese, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo el
juez‑. Antes de proseguir el interrogatorio, quisiera que me confirmara
usted un hecho. Usted no quería a su difunto padre. Al parecer, tenía usted
continuas querellas con él. Usted mismo ha manifestado hace un cuarto de hora,
en esta habitación, que tenía la intención de matarlô. Ha dicho usted: «No lo
he matado, pero he sentido el deseo de hacerlo.»
‑¿Yo he dicho eso? No me extraña, pues, en
efecto, y desgraciadamente, he deseado matarlo.
‑¿De modo que lo ha deseado? ¿Quiere
explicarnos los motivos de ese odio a muerte contra su padre?
‑¿Qué necesidad hay de explicar eso, señores? ‑dijo
Mitia con semblante sombrío y encogiéndose de hombros‑. No he ocultado
mis sentimientos; toda la ciudad los conoce. Hace poco, los expuse en el
monasterio, en la celda del starets Zósimo. La noche de aquel mismo día
golpeé a mi padre hasta dejarlo sin sentido, y juré ante testigos que lo
mataría. Testigos no faltan. Llevo un mes diciendo a voces lo mismo... El hecho
es patente, pero los sentimientos son otra cosa. Señores, yo estimo que no
tienen derecho ustedes a interrogarme sobre esta cuestión. Pese a la autoridad
de que están ustedes investidos, se trata de un asunto íntimo que sólo me
concierne a mí. Pero, ya que no he ocultado anteriormente mis sentimientos, ya
que incluso los pregoné en la taberna, no quiero mantenerlos , en secreto
ahora. Escúchenme, señores: reconozco que hay contra mí cargos abrumadores;
dije públicamente que lo mataría, y he aquí que lo han matado. ¿Cómo no he de
parecer yo el culnable? Los excuso, señores; los comprendo perfectamente.
Estoy estupefacto. ¿Quién puede ser el asesino en
este caso, sino yo? ¿Verdad? Si no soy yo, ¿quién puede ser? Señores, quiero saber,
les exijo que me digan, dónde lo han matado, cómo, con qué arma...
Miró fijamente al juez y al procurador.
‑Lo hemos encontrado tendido en el suelo, en su
despacho, con la cabeza abierta ‑repuso el procurador.
‑¡Es horrible!
Mitia se estremeció, apoyó en la mesa los codos y se
cubrió la cara con la mano derecha.
‑Continuemos ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑.
¿Por qué motivo odiaba usted a su padre? Tengo entendido que usted ha dicho
públicamente que la causa eran los celos.
‑Los celos y algo más.
‑¿Asunto de dinero?
‑Sí, el dinero ha sido también un motivo.
‑Creo que había en juego tres mil rublos de su
herencia, que usted no recibió.
‑¿Cómo tres mil? Mucho más. Seis mil..., diez
mil tal vez... Lo he dicho a todo el mundo, lo he pregonado por todas partes.
Pero estaba resuelto, para terminar de una vez, a conformarme con tres mil
rublos. Los necesitaba a toda costa. Yo consideraba como cosa propia, como algo
que me habían robado, que era mío y sólo mío, el sobre destinado a Gruchegnka y
escondido bajo una almohada.
El procurador cambió con el juez una mirada
significativa.
‑Ya volveremos sobre este punto ‑dijo
inmediatamente el juez‑. Ahora permítame registrar que usted consideraba
ese sobre como cosa propia.
‑Escriban, señores, escriban. Comprendo que
esto es un nuevo cargo contra mí, pero no siento ningún terror. Ya ven ustedes
que empiezo por acusarme yo mismo; yo mismo, señores... Caballeros ‑añadió
amargamente‑, ustedes tienen de mí un concepto completamente equivocado.
El hombre que está ante ustedes posee un corazón noble; ha cometido muchas
villanías, pero ha conservado la nobleza en el fondo de su ser... No sé cómo
explicarlo... La sed de nobleza me ha atormentado siempre. La buscaba con la
linterna de Diógenes. Sin embargo, sólo he cometido villanías. Como todos
nosotros... ¿Pero qué digo? Como todos no, pues yo soy único en mi género...
Señores, me duele la cabeza... Todo cuanto había en ese hombre me parecía
detestable. Me repugnaban su aspecto, su grosería, su jactancia, sus
payasadas, su desprecio hacia todo lo sagrado, su ateísmo... Pero ahora está ya
muerto y pienso de otro modo.
‑¿Qué quiere decir con eso?
‑Realmente, no es que haya cambiado de modo de
pensar. Lo que ocurre es que lamento haberlo odiado tanto.
‑¿Remordimiento?
‑No, no es remordimiento. Esto no lo anoten. Yo
mismo, señores, no me distingo ni por mi bondad ni por mi belleza. Por lo
tanto, no tenía ningún derecho a considerarlo repugnante. Esto lo pueden
anotar.
Después de hablar así, Mitia cayó en una profunda
tristeza que fue en aumento a medida que el juez prolongó su interrogatorio. En
esto, se produjo una escena inesperada. Aunque se habían llevado a Gruchegnka,
la habían dejado en la habitación inmediata. La acompañaba Maximov, que,
abatido y aterrado, se aferraba a ella como a una tabla de salvación. Uno de
los testigos de la placa metálica guardaba la puerta. Gruchegnka lloraba. De
pronto, incapaz de sobreponerse a su desesperación, gritó: «¡Qué desgracia,
qué desgracia!», y corrió a la habitación inmediata, hacia su amado, tan
repentinamente, que nadie pudo detenerla. Mitia la oyó, se estremeció y fue
precipitadamente a su encuentro. Pero les impidieron que volvieran a reunirse.
Cogieron a Mitia del brazo y éste empezó a debatirse tan furiosamente, que
hubieron de acudir tres o cuatro hombres para sujetarlo. Se llevaron también a
Gruchegnka y él vio como le tendía los brazos mientras la arrastraban. Terminado
el incidence, Mitia se vio en el sitio donde antes estaba, enfrente del juez.
‑¿Por qué la han de hacer sufrir? ‑exclamó‑.
Es inocente.
El procurador y el juez hicieron todo lo posible por
calmarlo. Asi transcurrieron diez minutos.
Mikhail Makarovitch, que había salido, volvió y dijo,
emocionado:
‑La han llevado abajo. ¿Me permiten ustedes,
señores, decide dos palabras a este desgraciado? Desde luego, en presencia de
ustedes.
‑Puede hacerlo, Mikhail Makarovitch ‑repuso
el juez‑. No vemos en ello ningún inconveniente.
‑Escuche, Dmitri Fiodorovitch, mi desgraciado
amigo ‑dijo el buen hombre, cuyo semblante expresaba una compasión casi
paternal‑. Agrafena Alejandrovna está abajo, con las hijas de Trifón
Borisytch. Maximov no se separa de ella. La he tranquilizado, le he hecho
comprender que tenía usted que justificarse, que necesitaba estar sereno para
no agravar la acusación que pesa sobre usted. ¿Comprende?... Ella se ha hecho
cargo. Es inteligente y buena. A petición de ella vengo a tranquilizarlo.
Conviene que diga a esa joven que usted no se inquieta por ella. Por lo tanto
debe calmarse. He cometido una injusticia con Agrafena Alejandrovna. Es un
alma tierna a inocente. ¿Puedo asegurarle, Dmitri Fiodorovitch, que no perderá
usted la serenidad?
El buen hombre estaba conmovido por el pesar de
Gruchegnka. Las lágrimas asomaban a sus ojos. Mitia se arrojó sobre él.
‑¡Perdón, señores! Permítanme esta
interrupción. ¡Es usted un Santo, Mikhail Makarovitch! Muchas gracias. Estaré
tranquilo y contento. Tenga la bondad de decírselo. Hasta me voy a echar a reír
tanta es mi alegría al saber que usted vela por ella. Pronto pondré fin a esto
y, apenas quede libre, correré a su encuentro. Que tenga un poco de paciencia.
Señores, les voy a abrir mi corazón. Vamos a terminar este asunto alegremente.
Acabaremos por reír todos juntos. Caballeros, esa mujer es la reina de mi alma.
¡Oh, permítanme decirlo! Yo creo que todos ustedes son hombres de nobles
sentimientos. Esa joven ilumina y ennoblece mi vida. Si ustedes supieran... Ya
han oído ustedes lo que ha dicho: «¡Iré contigo a la muerte!» ¿Qué puedo
haberle dado yo, que no tengo nada para que me ame así? ¿Soy digno yo, un ser
tan vil, de que ella me adore hasta el punto de estar dispuesta a seguirme al
presidio? Hace un momento se arrastraba a los pies de ustedes por mí, a pesar
de su orgullo y de su inocencia. ¿Cómo no venerarla, cómó no comer hacia ella?
Perdónenme, señores. Ahora me siento consolado.
Se desplomó en una silla y, cubriéndose el rostro con
las manos, rompió a llorar. Pero sus lágrimas eran de alegría. El viejo ispravnik
estaba emocionado; los jueces, también. Advertían que el interrogatorio había
entrado en una nueva fase. Cuando el ispravnik se hubo marchado, Mitia
dijo alegremente:
‑Bien, señores; ahora estoy enteramente a su
disposición. Si no entramos en detalles, nos entenderemos en seguida. Repito
que estoy a la disposición de ustedes. Pero es preciso que refine entre
nosotros una confianza mutua. De lo contrario, no terminaríamos nunca. Lo digo
por ustedes. A los hechos, señores, a los hechos. Y, sobre todo, no hurguen en
mi alma, no me torturen con bagatelas. Limítense a lo esencial, y les aseguro
que quedarán satisfechos de mis respuestas. ¡Al diablo los detalles!
Así habló Mitia. Acto seguido, se reanudó el
interrogatorio.
SEGUNDA TRIBULACIÓN
‑No puede usted imaginarse, Dmitri Fiodorovitch
‑dijo Nicolás Parthenovitch, cuyos ojos, de un gris claro, ojos de
miope, brillaban de satisfacción‑, hasta qué punto nos complace su buena
voluntad. Acepto su opinión de que una confianza mutua es indispensable en
asuntos tan importantes como éste, cuando el inculpado desea, espera y puede
justificarse. Por nuestra pane, haremos todo cuanto nos sea posible. Ya ha
visto usted cómo llevamos este asunto. ¿Está usted de acuerdo, Hipólito
Kirillovitch?
‑Desde luego ‑aprobó el procurador,
aunque en un tono un tanto seco.
Hay que advertir que Nicolás Parthenovitch, desde su
reciente entrada en funciones, miraba al procurador con simpatía y respeto. Era
casi el único que creía ciegamente en el talento psicológico y oratorio de
Hipólito Kirillovitch, del que había oído hablar en Petersburgo. En
compensación, el joven Nicolás Parthenovitch era el único hombre en el mundo
que contaba con el afecto sincero de nuestro infortunado procurador. Por el
camino se habían puesto de acuerdo acerca del asunto en que iban a intervenir,
y, durante el interrogatorio, la aguda percepción del juez cazaba al vuelo cualquier
señal o gesto, por insignificantes que fuesen, de su colega.
‑Señores ‑dijo Mitia‑, permítanme
referir las cosas sin interrumpirme con trivialidades. Les aseguro que seré
breve.
‑De acuerdo. Pero antes de escuchar su relato,
le ruego que explique un detalle sumamente interesante para nosotros. Ayer por
la tarde, a las cinco, usted tomó en préstamo diez rublos de su amigo Piotr
Ilitch Perkhotine, dejando en prenda dos pistolas.
‑Cierto, señores; empeñé mis pistolas por diez
rublos al regresar de mi viaje. ¿Qué más?
‑¿Al regresar de su viaje? ¿De modo que había
salido usted de la ciudad?
‑Sí. Fue un viaje de cuarenta verstas, señores.
¿No lo sabían?
El procurador y el juez cambiaron una mirada.
‑Convendría que nos relatara usted
metódicamente todo cuanto hizo ayer desde que empezó la jornada. Por ejemplo,
¿quiere usted decirnos por qué se marchó, y a qué hora, y cuánto tiempo estuvo
ausente?
Mitia se echó a reír.
‑Ya veo que eso es para ustedes un asunto
urgente. Si quieren, empezaré mi relato a partir de anteayer. Entonces
comprenderán el porqué de mis idas y venidas. Aquel día, por la mañana, fui a
visitar al traficante Samsonov para pedirle prestados tres mil rublos,
ofreciéndole sólidas garantías. Necesitaba urgentemente esta suma.
‑Perdone un momento ‑le dijo cortésmente
el procurador‑. ¿Para qué necesitaba usted con tanta urgencia esa sums?
‑¡Detalles y más detalles! Cómo, cuándo, por
qué..., y por qué precisamente esa cantidad y no otra... Todo eso no es más que
palabrería. Si seguimos ese procedimiento, no tendríamos suficiente ni con
tres volúmenes, y aún habríamos de añadir un epílogo.
Mitia hablaba con el acento familiar del hombre
animado de las mejores intenciones y deseoso de decir toda la verdad.
‑Señores ‑continuó‑, les ruego que
perdonen mi brusquedad. Pueden tener la seguridad de que me inspiran un
profundo respeto. No estoy ya borracho. Comprendo que entre ustedes y yo media
cierta distancia. Para ustedes soy un criminal al que deben vigilar. Ya sé que
no me pueden perdonar lo que he hecho a Grigori: no se golpea impunemente a un
pobre viejo. Esto me costará de seis meses a un año de prisión, pero sin
perjuicio para mis derechos civiles. ¿No es así señor procurador? Comprendo
todo esto; pero comprendan también ustedes que desconcertarían al mismo Dios
con sus preguntas. ¿Adónde has ido, cómo, cuándo, por qué? Así sólo lograrán
confundirme. Tomarán nota y, ¿qué resultará? Que no han averiguado nada.
Además, si yo hubiera empezado mintiendo, seguiría diciendo mentiras hasta el
final, y ustedes me lo perdonarían dadas su cultura y la nobleza de sus
sentimientos. Les ruego que renuncien a esos procedimientos oficiales que
consisten en hacer preguntas insignificantes. «¿Cómo te has levantado? ¿Qué has
comido? ¿Dónde has escupido?» Y cuando el acusado está aturdido, acabarlo de
trastornar preguntándole: «¿A quién has matado? ¿A quién has robado?» ¡Ja, ja!
Éste es el sistema clásico de ustedes. En él se funda toda la astucia de los
jueces. Empleen ese procedimiento con los vagabundos, pero no conmigo. Yo he
vivido mucho y tengo experiencia de la vida. No se enfaden conmigo, señores, y
perdónenme mi insolencia.
Los miró a todos con una extraña amabilidad y añadió:
‑Mitia Karamazov merece más indulgencia que un
sabio.
El juez se echó a reír. El procurador estaba muy
serio y no apartaba los ojos de Dmitri: observaba atentamente sus menores gestos,
los más insignificantes movimientos de su fisonomía.
‑Sin embargo ‑dijo Nicolás Parthenovitch
sin cesar de reír‑, nosotros no le hemos molestado con preguntas sobre su
manera de levantarse ni para saber lo que comió. Hemos ido derechos al final.
‑Comprendo y me complace la bondad de ustedes.
Los tres somos hombres de buena fe. Debe reinar entre nosotros la confianza
recíproca de los hombres de mundo ligados por la lealtad y el honor. Sea como
fuere, permítanme que les mire como se mira a los buenos amigos en estas
penosas circunstancias. ¿Les ofenden mis palabras, señores?
‑Nada de eso, Dmitri Fiodorovitch ‑repuso
el juez‑. Creo que tiene usted razón.
‑Y demos de lado a los detalles ‑exclamó
Mitia, acalorado‑, prescindamos de los procedimientos quisquillosos. De
lo contrario, no iremos a ninguna parte.
‑Tiene usted toda la razón ‑dijo el
procurador‑, pero mantengo mi pregunta. Necesitamos saber para qué
necesitaba usted los tres mil rublos.
‑¿Qué importa que los necesitara para una cosa
o para otra?... Los necesitaba para pagar una deuda.
‑¿A quién?
‑Me niego rotundamente a decirlo, señores. No
lo hago por terror ni por cortedad, pues se trata de un detalle insignificante,
sino por principio. Es una cuestión que atañe a mi vida privada y no permitiré
a nadie intervenir en ella. Su pregunta no afecta a nuestro asunto, pues
pertenece, como le he dicho, a mi vida privada. Les diré que mi deseo era
pagar una deuda de honor, pero no mencionaré el nombre de la persona con la que
tenía contraída la deuda.
‑Permítame anotar eso ‑dijo el
procurador.
‑Sí, escriba usted que me opongo a mencionar el
nombre del acreedor, por estimar que sería indigno hacerlo. Bien se ve, señor
procurador, que no le falta tiempo para escribir.
‑Permítame recordarle, señor, o decirle, si
usted lo ignora ‑replicó severamente el procurador‑, que time usted
perfecto derecho a no responder a nuestras preguntas, y que, por otra parte,
nosotros no podemos en modo alguno exigirle que nos responda en los casos que
usted juzgue conveniente no hacerlo. Pero debemos llamarle la atención sobre
los perjuicios que puede causarse a sí mismo negándose a hablar. Ahora, puede
seguir hablando.
‑Señores ‑farfulló Mitia un poco confuso
ante esta observación‑, no crean ustedes que estoy enojado... Yo...
Verán. Me dirigía a casa de Samsonov y...
Como es lógico, no reproduciremos detalladamente su
relato, en el que se exponen los hechos que ya conocen nuestros lectores. En su
impaciencia, Dmitri quería contarlo todo con detalle y rápidamente. A veces,
era preciso detenerlo. Dmitri Fiodorovitch se resignó a ello, renegando.
«¡Señores, esto es para desesperar al mismo Dios!» «¡Caballeros, me están
ustedes mortificando sin motivo!» Pero, a pesar de estas exclamaciones,
conservaba su locuacidad. Explicó que Samsonov lo había engañado (ahora se
daba cuenta). La venta del reloj por seis rublos, a fin de tener el dinero que
necesitaba para el viaje, interesó vivamente a los magistrados, que ignoraban
todavía esta operación. Ante la indignación de Mitia, se consideró necesario
consignar detalladamente este hecho, que evidenciaba que el dfa anterior Dmitri
estaba ya sin un céntimo. Poco a poco, Mitia se iba enfurruñando. Habló de su
visita de la noche anterior a Liagavi en su isba, donde había estado a punto de
asfixiarse; de su vuelta a la ciudad y de los celos que entonces empezaron a
atormentarle a causa de Gruchegnka. Los magistrados le escuchaban atentamente
y en silencio, y tomaron nota sobre todo del hecho de que, desde hacía macho
tiempo, Mitia tenía un puesto de observación en el jardín de María
Kondratievna, para ver si Gruchegnka iba a casa de Fiodor Pavlovitch, y que
Smerdiakov lo informaba sobre este asunto. Esto fue mencionado en el momento
oportuno. Habló largamente de sus celos, a pesar de la vergüenza que le
producía exponer sus sentimientos más íntimos «al deshonor público», por
decirlo así. Para ser verídico, se sobreponía a este bochorno.
La impasible severidad de las miradas fijas en él
durante su relato acabó por producirle una profunda turbación. Pensó tristemente:
«Este jovenzuelo con el que yo hablaba de mujeres hace unos días y este
procurador enfermizo no merecen que les cuente todo esto. ¡Qué vergüenza!» Y
concluyó para tomar ánimos: «Soporta, resígnate, cállate[L106]».
Cuando empezó a relatar su visita a la señora de
Khokhlakov, recobró la alegría. Incluso trató de referir una anécdota reciente
acerca de ella. Pero la anécdota no venía a cuento, y el juez lo interrumpió,
invitándole a ceñirse al asunto. Acto seguido, habló de la desesperación que le
dominaba en el momento de salir de casa de dicha señora. Tan desesperado estaba
‑así lo dijo‑, que incluso pensó en estrangular a alguien para
procurarse los ties mil rublos. Inmediatamente lo detuvieron para registrar la
declaración. Finalmente explicó cómo se había enterado de la mentira de Gruchegnka,
que había salido enseguida de casa de Samsonov, después de haber dicho que
estaría al lado del viejo hasta medianoche.
‑Si no maté entonces a Fenia, señores ‑dijo
sin poder contenerse‑, fue porque no tenía tiempo.
También este detalle se anotó. Mitia esperó con gesto
sombrío, y ya iba a explicar cómo había entrado en el jardín de su padre,
cuando el juez lo interrumpió y, abriendo una gran camera que tenía cerca de
él, en el diván, sacó de eila una mano de mortero de cobre.
‑¿Conoce usted este objeto?
‑¡Oh, sí! ¿Cómo no? Démelo: quiero verlo...
Pero no. ¿Para qué?
‑¿Por qué no ha hablado usted de él?
‑Ha sido un olvido. ¿Cree que quería
ocultárselo?
‑Haga el favor de explicar cómo se procuró esta
arma.
‑Con macho gusto, señores.
Mitia explicó cómo se había apoderado de la mano de
mortero, para salir corriendo con ella.
‑¿Con qué intención cogió usted este
instrumento?
‑Con ninguna. Lo cogí y eché a correr.
‑¿Por qué salió corriendo si no tenía usted
ningún propósito?
Mitia estaba cada vez más indignado. Miraba al
«chiquillo» con una sonrisita sarcástica y se arrepentía de la franqueza con
que había hablado a aquellos hombres de sus celos por Gruchegnka.
‑Lo de la mano de mortero no tiene impomancia.
‑Sin embargo...
‑La cogí para defenderme de los perros. Era ya
de noche.
‑¿Siempre temió usted tanto a la oscuridad?
¿Siempre lleva un arma cuando sale de noche?
‑¡Por favor, señores! ¡No hay modo de hablar
con ustedes!
La cólera le cegaba. Añadió, dirigiéndose al
escribano:
‑¡Haga el favor de escribir esto! «Se apoderó
de la mano de mortero para matar a su padre, para abrirle la cabeza.» ¿Están ustedes
satisfechos? ‑terminó en un tono de desafío.
‑No podemos tener en cuenta esas palabras
dictadas por la cólera ‑dijo secamente el procurador‑. Nuestras
preguntas le parecen fútiles y lo irritan. Sin embargo, son sumamente
interesantes.
‑¡Por favor, señores...! Yo cogí la mano de
mortero... ¿Por qué se ha de coger nada en un caso como éste? Lo ignoro. El hecho
es que la cogí y salí corriendo. Y nada más... Esto es bochornoso, señores.
Passons; de lo contrario, les aseguro que no diré ni una palabra más.
Apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano.
Estaba sentado de lado a sus interrogadores, y tenía la mirada fija en la
pared, esforzándose en sobreponerse a los malos sentimientos que lo asaltaban.
Experimentaba un ávido deseo de levantarse y manifestar que no diría ni una
palabra, aunque lo sometieran a tortura.
‑Óiganme, señores. Ahora, escuchándoles a
ustedes, me parece estar bajo los efectos de una alucinación, semejante a las
que he tenido otras veces... Con frecuencia tengo la impresión de que alguien
me persigue, alguien que me inspira verdadero terror y que me acecha en las
tinieblas. Entonces me escondo vergonzosamente detrás de una puerta o de un
armario. Mi desconocido perseguidor sabe perfectamente dónde estoy escondido,
pero finge ignorarlo, con objeto de prolongar mi tortura, de gozar de mi
espanto... ¡Es lo que ustedes están haciendo ahora!
‑¿De modo que tiene usted alucinaciones? ‑inquirió
el procurador.
‑Sí, las tengo... ¿Va usted a tomar nota?
‑No, pero debo decirle que esas alucinaciones
son sumamente extrañas.
‑Pero lo de ahora no es una alucinación,
señores, sino una realidad, un hecho de la vida. Yo soy el lobo y ustedes los
cazadores.
‑La comparación es injusta ‑dijo el juez
amablemente.
‑¡No lo es, señores! ‑replicó Mitia,
iracundo aunque su explosión de cólera le había aliviado‑. Ustedes
pueden resistirse a creer a un criminal o a un acusado al que torturan con sus
preguntas, pero no a un hombre animado de nobles sentimientos. Perdonen mi
osadía, pero ustedes no tienen derecho a obrar así. Sin embargo,
»Silencio, corazón mío.
Soporta, resígnate, cállate...
»¿Hay que continuar todavía? ‑preguntó
rudamente. ‑Sí; se lo ruego ‑repuso el juez.
CAPÍTULO V
Mientras hablaba y refunfuñaba, Mitia parecía aún más
deseoso que antes de no omitir ningún detalle. Explicó cómo había escalado el
muro, cómo se había acercado a la ventana y todo lo que entonces había ocurrido
dentro de él. Con precisión y claridad, expuso los sentimientos que lo
agitaban cuando ardía en deseos de saber si Gruchegnka estaba o no en casa de
su padre.
El juez y el procurador lo escuchaban con extrema
reserva y semblante sombrío, y ‑cosa extraña‑ muy pocas veces le
interrumpieron con sus preguntas. Mitia no podía esperar nada de la expresión
de sus rostros. Pensó: «Se sienten irritados y ofendidos. Peor para ellos.»
Cuando dijo que había hecho a su padre la señal que anunciaba la llegada de
Gruchegnka, los magistrados no prestaron la menor atención a la palabra
«señal», como si no viesen la importancia que podía leper en circunstancias
semejantes. Mitia observó este detalle. Cuando llegó, en su relato, al momento
en que había visto a su padre con todo el torso fuera de la ventana, y declaró
que, con un estremecimiento de odio, había sacado del bolsillo la mano de
mortero, se detuvo súbitamente y como si lo hiciera a propósito. Miraba a la pared
y sentía fijos en él los ojos de los magistrados.
‑Bien ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑.
Sacó usted el arma y... ¿qué hizo después?
‑¿Después? Cometí el crimen..., di a mi padre
un fuerte golpe con la mano de mortero, que le partió el cráneo... Según ustedes,
esto fue lo que hice, ¿no?
Sus ojos fulguraban; su apaciguada cólera se
recrudecía hasta alcanzar una extrema violencia.
‑¿Según nosotros? Eso no imports. Lo importante
es saber lo que ocurrió, según usted.
Mitia bajó los ojos a hizo una pausa.
‑Según yo, señores, según yo ‑continuó
lentamente‑, he aquí lo que ocurrió. Mi madre rogaba a Dios por mí. Un
espíritu celestial me besó en la frente en el momento crítico. No sé bien lo
que sucedió, pero es lo cierto que el diablo fue vencido. Me alejé de la ventana;
corrí hacia el muro del jardín. Entonces me vio mi padre y, lanzando un grito,
retrocedió rápidamente: lo recuerdo muy bien... Cuando ya me encontraba en lo
alto del muro, Grigori me atrapó...
Mitia levantó los ojos y vio que sus oyentes le
miraban impasibles. Tuvo un estremecimiento de indignación.
‑¡Ustedes se burlan de mí!
‑¿De dónde ha sacado usted eso? ‑preguntó
Nicolás Parthenovitch.
‑Ustedes no creen una sola de mis palabras.
Comprendo que hemos llegado al punto fundamental del asunto. El viejo yace con
la cabeza abierta, y yo he dicho que he sentido el deseo de matarlo y que ya
había sacado la mano de mortero, cuando de pronto me he alejado de la
ventana... Un buen tema para escribirlo en verso. Se puede creer en la palabra
de un hombre tan sincero. ¡Son ustedes el colmo!
Se volvió rápidamente y la silla crujió.
‑Cuando se alejó usted de la ventana ‑dijo
el procurador, simulando no advertir la agitación de Mitia‑, ¿no observó
usted que la puerta que da al jardín estaba abierta?
‑No, no estaba abierta.
‑¿Seguro?
‑Al contrario, estaba cerrada. ¿Quién podía
haberla abierto? Pero... ¡Espere! ‑Fue como si de pronto volviese en sí y
se recobrara‑. ¿Han encontrado ustedes la puerta abierta?
‑Sí.
‑A menos que la abrieran ustedes, ¿quién pudo
hacerlo?
‑La puerta estaba abierta y por ella entró y
salió el asesino de su padre ‑dijo el procurador, subrayando las palabras‑.
Esto está perfectamente claro para nosotros. Es evidente que el asesinato se
ha cometido estando el agresor dentro de la habitación y no en la ventana. Esto
se deduce del examen realizado en el lugar del suceso y de la posición del
cadáver. Sobre este punto no existe la menor duda.
Mitia estaba confundido.
‑No lo
comprendo, señores ‑exclamó, en su desconcierto‑. Les puedo
asegurar que yo no entré y que la puerta estuvo cerrada durante todo el tiempo
que permanecí en el jardín, y después, mientras corría hacia el muro... Yo
estaba junto a la ventana y sólo vi a mi padre desde fuera... Recuerdo estos
detalles perfectamente y hasta el último momento. Y aunque no me acordara,
sería igual, pues sólo Smerdiakov, el difunto y yo conocíamos la contraseña, y
si la llamada no hubiera sido la convenida, mi padre no habría abierto la
puerta a nadie.
‑¿A qué contraseña se refiere? ‑preguntó
con ávida curiosidad el procurador, cuya reserva desapareció repentinamente.
Pero también se percibió en su pregunta cierta vacilación, al presenter que se
hallaba ante un hecho importante y que Mitia podía negarse a explicarlo.
‑¿De modo que no lo sabe? ‑preguntó Mitia
con una sonrisa irónica y guiñándole el ojo‑. ¿Y si yo no quisiera
contestar? ¿Quién le daría a usted la explicación que desea? El difunto, Semerdiakov
y yo somos los únicos depositarios del secreto. Dios también lo conoce, pero no
espere usted que Él se lo diga. Es una situación curiosa. Se pueden imaginar
mil soluciones sobre esta cuestión... Pero tranquilícense, señores: lo voy a
contar todo. Ustedes no saber con quién están hablando. El acusado declara
contra sí mismo. Pues yo soy todo un caballero, y ustedes no pueden decir lo
mismo.
Tal era su deseo de oír las explicaciones de Dmitri,
que el procurador se tragó estas píldoras sin rechistar. Mitia describió
detalladamente la contraseña ideada por Smerdiakov, cómo eran los golpes que
había que dar en la ventana. Incluso los reprodujo en la mesa. Nicolás
Parthenovitch le preguntó si él había dado aquellos golpes que podían hacer
creer a su padre que llegaba Gruchegnka, y Mitia respondió afirmativamente.
‑Ahora construya sobre eso una hipótesis ‑añadió
secamente, y le volvió la espalda con un gesto de desdén.
‑¿De modo que sólo conocían esa contraseña su
difunto padre, el sirviente Smerdiakov y usted? ‑preguntó el juez.
‑Sí. Y Dios: tome nota de esto. También tendrá
que recurrir a Dios.
Se tomó nota, por supuesto. El procurador dijo, como
obedeciendo a una idea repentina:
‑Ya que usted afirma que es inocente, ¿no habrá
sido Smerdiakov el que ha conseguido que su padre le haya abierto la puerta,
haciendo la señal convenida, para cometer el asesinato?
Mitia le dirigió una mirada cargada de ironía y de
odio. Y esta mirada fue tan persistente, que el procurador bajó los ojos.
‑Otra vez ha creído usted que iba a cazar el
zorro, después de pisarle la cola. Usted esperaba que yo me aferrase a su insinuación
y me apresurase a gritar: «¡Sí, ha sido Smerdiakov el asesino!» Confiese que lo
esperaba. Confiéselo y entonces continuaré.
El procurador no dijo nada. Esperó en silencio.
‑Pues se ha equivocado usted ‑dijo Mitia‑:
no acuso a Smerdiakov.
‑¿Y no sospecha de él?
‑¿Es que usted sospecha?
‑Sí, también lo consideramos sospechoso.
Mitia bajó los ojos.
‑Basta de bromas. Escuchen. Desde el primer
momento, apenas he salido de detrás de la cortina, he tenido esta idea: «¡Ha
sido Smerdiakov!» Después, cuando ya he estado sentado ante esta mesa, la
imagen de Smerdiakov me ha obsesionado. Ahora he vuelto a pensar en él, a
inmediatamente me he dicho: «No, no puede ser Smerdiakov.» Ese hombre no puede
haberlo asesinado, señores.
‑Si no ha sido él, ¿quién puede haber sido? ‑preguntó
cautelosamente Nicolás Parthenovitch.
‑No lo sé. Pero estoy convencido de que no ha
sido Smerdiakov ‑dijo Mitia con firmeza.
‑¿Por qué está usted tan seguro de que no ha
sido él?
‑Por convicción: porque Smerdiakov es un ser
vil y cobarde; mejor dicho, el conjunto de todas las miserias que andan sobre
dos pies. Es hijo de una ramera. Cuando me habla, tiembla de esparto, creyendo
que le voy a matar, cuando ni siquiera levanto la mano. Se arroja a mis pies
llorando y me besa las botas, y me suplica que no lo asuste. Incluso he
intentado obsequiarle. Es un pobre epiléptico un espíritu débil. Lo podría
azotar un niño de ocho años. No, no ha sido Smerdiakov. No le atrae el dinero;
ha despreciado mis regalos... No hay razón para que haya matado al viejo.
¿Saben ustedes que tal vez sea hijo natural de mi padre?
‑Sí, ya conocemos ese rumor. Pero usted es
también hijo de Fiodor Pavlovitch, y ha dicho públicamente que quería matarlo.
‑Otro dato contra mí. ¡Esto es detestable! Pero
no tengo miedo. Señores, deberían avergonzarse de decirme eso en la cara. Pues
he sido yo el primero en hablar de ello. No sólo he querido matarlo, sino que
he podido y he estado a punto de hacerlo. Pero mi ángel guardián me ha salvado
del crimen. Esto es lo que ustedes parecen no querer comprender. Eso no es
noble, ¡no es noble! Pues yo no he matado, ¡no he matado! ¿Oye usted,
procurador? ¡No he matado!
Se ahogaba. En ningún momento del interrogatorio
había demostrado una agitación tan profunda. Tras una pausa, preguntó:
‑¿Qué les ha dicho Smerdiakov, si puede
saberse?
‑Usted puede interrogarnos acerca de todo
cuanto concierna a los hechos ‑dijo fríamente el procurador‑ y
nosotros tenemos que responder a sus preguntas. Hemos encontrado a Smerdiakov
en la cama, sin conocimiento, presa de un fuerte ataque de epilepsia, el
décimo tal vez desde ayer. El médico que nos ha acompañado ha dicho, después
de haber reconocido al enfermo, que, a lo mejor, no pasa de esta noche.
‑Entonces ha sido el diablo el que ha dado
muerte a mi padre ‑dijo Mitia, como si todas las dudas hubieran
desaparecido de pronto.
‑Ya volveremos sobre este punto ‑dijo
Nicolás Parthenovitch‑. Tenga la bondad de continuar su declaración.
Mitia solicitó una tregua para descansar y se le
concedió con toda cortesía. Después reanudó su relato, pero con visible esfuerzo.
Se sentía débil, herido, destrozado moralmente. Además, el procurador, como si
lo hiciera adrede, lo irritaba a cada momento, deteniéndose en «minucias».
Mitia explicó que, cuando estaba montado a horcajadas en el muro, golpeó con la
mano de mortero la cabeza de Grigori, ya que éste se había asido a su pierna
izquierda, y que después bajó y se acercó al herido. Entonces el procurador
lo interrumpió para pedirle que explicara con más detalle cuál era su posición
sobre el muro. Mitia lo miró asombrado.
‑Ya lo he dicho: estaba a horcajadas, con una
pierna a cada lado.
‑¿Y qué me dice de la mano de mortero?
‑La tenía en la mano.
‑¿No la tenía en el bolsillo? ¿Recuerda bien
este detálle? Usted tuvo que asestar el golpe desde arriba.
‑Seguramente. ¿A qué viene esa observación?
‑¿Quiere usted sentarse en la silla como estaba
sentado entonces en el muro, para demostrarnos con toda claridad cómo y por
qué lado dio usted el golpe?
‑¿Se burla usted de mí? ‑preguntó Mitia,
midiendo con la mirada a su interlocutor.
Pero éste no replicó. Dmitri se sentó a caballo en la
silla y levantó el brazo.
‑Así fue cómo golpeé, ¡cómo maté! ¿Está usted
satisfecho?
‑Gracias. ¿Quiere usted explicarnos ahora por
qué saltó nuevamente al jardín, con qué intención?
‑Pues... ¡no lo sé, demonio!... Para ver al
herido.
‑¿Aun estando tan trastornado y deseoso de
huir?
‑Sí, aun estando tan trastornado y deseoso de
huir.
‑¿Pretendía prestarle ayuda?
‑Creo que sí. No lo recuerdo.
‑¿Acaso no se daba cuenta de sus actos?
‑Me daba perfecta cuenta. Lo recuerdo todo con
los menores detalles. Salté, lo miré y le limpié la sangre con mi pañuelo.
‑Ya hemos visto su pañuelo. ¿Esperaba usted
volverlo en sí?
‑Simplemente, quería saber si vivía.
‑¿Lo averiguó?
‑No soy médico y no pude juzgar. Creí que lo
había matado y huí.
‑Bien; muchas gracias. Necesitaba conocer estos
detalles. Haga el favor de continuar.
Aunque se acordaba perfectamente de que había bajado
del muro impulsado por un sentimiento de piedad, y de que había pronunciado
palabras de compasión ante la víctima ‑«El viejo ya lleva lo suyo. Por
lo menos, que viva.»‑, ni siquiera le pasó por la imaginación decirlo. El
procurador concluyó que el acusado había bajado del muro, a pesar de su
turbación, sólo para saber si el único testigo de su crimen vivía. Ello
demostraba hasta dónde llegaban la energía, la resolución, la sangre fría dé
aquel hombre, etcétera. El procurador estaba satisfecho. «He irritado a este
joven nervioso con minucias, y ha dicho lo que quería callar.»
Mitia continuó penosamene. Esta vez fue Nicolás
Parthenovitch quien lo interrumpió.
‑¿Cómo se atrevió usted a ir a la casa de la
sirvienta Fedosia Marcovna con las manos y la cara manchadas de sangre?
‑Yo no sabía que las llevaba manchadas.
‑Es muy posible ‑dijo el procurador,
cambiando una mirada con Nicolás Parthenovitch‑. Eso suele suceder.
‑Estamos de acuerdo, procurador ‑aprobó
Mitia.
Y pasó inmediatamente a hablar de su propósito de
apartarse y «dejar el camino libre a los amantes».
Pero no se decidió, como poco antes, a exhibir sus
sentimientos, a hablar de la reina de su corazón. Le repugnaba hacerlo ante
aquellos hombres impasibles. A sus insistentes preguntas, respondió
lacónicamente:
‑Estaba resuelto a suicidarme. ¿Para qué vivir?
El antigua amante de Gruchegnka, su seductor, había llegado, al cabo de cinco
años, para reparar su falta casándose con ella. Entonces me dije que todo había
terminado para mí... A mis espaldas quedaba la vergüenza y esa sangre, la
sangre de Grigori. ¿Para qué vivir? Fui a recobrar mis pistolas, decidido a
alojarme una bala en la cabeza al amanecer.
‑Y esta noche, fiesta por todo lo alto.
‑Exacto. ¡Bueno, señores; terminemos cuanto
antes! Estaba resuelto a suicidarme en las afueras de la ciudad a las cinco de
la mañana. Incluso tengo en mi bolsillo una nota escrita en casa de Perkhotine,
después de cargar mi pistola. Aquí la tienen; léanla; convénzanse de que no
miento.
Dicho esto con acento desdeñoso, arrojó el billete
sobre la mesa. Los jueces lo leyeron con ávida curiosidad y, ¿cómo no?, lo
unieron al expediente.
‑¿Y no se le ocurrió lavarse las manos antes de
ir a casa del señor Perkhotine? ¿No temía despertar sospechas?
‑¿Sospechas? ¿Qué me importaban a mí las
sospechas7 Iba a suicidarme a las cinco de la mañana, antes de que se me
pudiese detener. Si mi padre no hubiera sido asesinado, ustedes no habrían
sabido nada y no estarían aquí. Todo ha sido obra del diablo. Él ha matado a mi
padre; él les ha informado a ustedes tan pronto. ¿Cómo han podido llegar tan
rápidamente? ¡Es increíble!
‑El señor Perkhotine nos ha contado que usted
ha entrado en su casa con una gran cantidad, un grueso fajo de billetes de cien
rublos, en las manos..., en las manos manchadas de sangre. Su sirvienta
también lo ha visto.
‑Eso es cierto, señores: lo recuerdo
perfectamente.
‑Una pregunta ‑dijo con extrema
amabilidad Nicolás Parthenovitch‑., ¿Puede usted decirnos de dónde sacó
ese dinero, siendo evidence que no tuvo usted tiempo de ir a su casa?
El procurador frunció las cejas ante esta pregunta
hecha tan directamente, pero no interrumpió a Nicolás Parthenovitch.
‑Desde luego, no fui a mi casa ‑dijo
Mitia con toda calma, pero bajando lós ojos.
‑Siendo así, permítame repetir la pregunta ‑dijo
el juez‑. ¿De dónde sacó usted ese dinero en unos momentos en que, según
sus propias palabras, había decidido que a las cinco de la mañana...?
‑Necesitaba diez rublos y empeñé mis pistolas
al señor Perkhotine. Después fui a casa de la señora de Khokhlakov para pedirle
prestados tres mil rublos que ella no me quiso dar, etc., etc. Pues sí,
caballeros; estaba sin recursos, y, de pronto, se vio en mis manos un grueso
fajo de billetes de cien. Sé muy bien, señores, que están ustedes inquietos.
Ustedes se preguntan: «¿Qué sucederá si no quiere explicarnos la procedencia
del dinero?» Pues bien, no la explicaré. Esta vez han acertado ustedes: no lo
sabrán.
Mitia dijo esto último recalcando las palabras.
Nicolás Parthenovitch replicó, amable y sereno:
‑Comprenda usted, señor Karamazov, que es
importantísimo para nosotros conocer ese punto.
‑Lo comprendo, pero no lo conocerán.
El procurador recordó al acusado que podía no
responder a las preguntas que le hacían, si tal era su deseo; pero que debía
tener en cuenta el perjuicio que se causaba a sí mismo con el silencio, especialmente
cuando las preguntas que se le hacían eran tan importantes, que...
‑¡Ya lo sé, señores, ya lo sé! ¡Estoy harto de
esa cantinela! Comprendo la gravedad del asunto, comprendo que ése es el punto
capital de la cuestión. Pero no hablaré.
‑Eso no puede afectarnos a nosotros ‑dijo,
nervioso, Nicolás Parthenovitch‑. El mal se lo hace usted a sí mismo.
‑¡Basta de palabras vanas, señores! Desde el
principio he sospechado que chocaríamos al llegar a este punto. Pero cuando he
empezado mi declaración, todo en mi cerebro era vago y brumoso, e incluso he
caído en la candidez de proponerles una confianza mutua. Ahora veo que este
intercambio de confianza es imposible, ya que teníamos que llegar a la maldita
barrera en que estamos en este momento. Pero no les reprocho nada: comprendo
que ustedes no pueden creerme simplemente bajo palabra.
Mitia se detuvo, cabizbajo.
‑Aun sin renunciar a su resolución de guardar
silencio sobre lo esencial, ¿querría usted explicarnos cuáles son los motivos,
indudablemente muy poderosos, que le impulsan a encerrarse en el silencio en
un momento tan crítico?
Mitia sonrió tristemente.
‑Como soy mejor que ustedes, señores, les
expondré estos motivos, aunque no lo merecen. Me callo por pudor. La respuesta
a la pregunta sobre la procedencia del dinero implicaría para mí una vergüenza
mayor que si hubiera asesinado a mi padre para robarle. Ya saben ustedes por
qué me callo. ¿Qué, señores; quieren anotar esto?
‑Si, vamos a anotarlo ‑farfulló Nicolás
Parthenovitch.
‑No deben mencionar eso de la vergüenza. Si les
he hablado de ello, pudiendo callarme, ha sido sólo por complacerlos... En fin,
escriban ustedes lo que quieran ‑terminó Mitia, malhumorado‑.
Conservo mi orgullo ante ustedes.
‑¿Quiere explicarnos de qué tipo es esa
vergüenza? ‑preguntó tímidamente Nicolás Pamhenovitch.
Una vez más, el procurador frunció el entrecejo.
‑N‑i‑ni‑, c’est fini;
no insistan. No vale la pena envilecerse. Ya me he envilecido por el contacto
con ustedes. Ustedes no merecen que yo les hable sinceramente; ni ustedes ni
nadie. Ya lo saben, señores: no diré nada más sobre este punto.
La respuesta era tan categórica, que Nicolás
Parthenovitch no insistió. Pero el juez leyó en los ojos de Hipólito
Kirillovitch que éste no había perdido las esperanzas.
‑¿Puede usted decir al menos, el dinero que
tenía cuando llegó a casa del señor Perkhotine?
‑No, no puedo decirlo.
‑Usted ha hablado al señor Perkhotine de tres
mil rublos recibidos en préstamo de la señora de Kokhlakov.
‑Es posible. No insistan, señores; no diré la
cifra.
‑Bien. ¿Podemos preguntarle cómo ha venido a
Mokroie y qué ha hecho usted desde su llegada?
‑Para saber eso les bastaría preguntar a las
personas que hay aquí. Sin embargo, lo voy a explicar.
No reproduciremos su relato, rápido y seco. Pasó por
alto la embriaguez de Gruchegnka y dijo que había renunciado a suicidarse, por
«haber cambiado las circunstancias». Narraba sin exponer los motivos ni entrar
en detalles. Los magistrados le hicieron pocas preguntas. El relato de Mitia
tenía para ellos escaso interés.
‑Volveremos a esta cuestión cuando depongan los
testigos, por supuesto en presencia de usted ‑dijo Nicolás Parthenovitch,
dando por terminado el interrogatorio‑. Ahora, ¿quiere depositar en la mesa
todo lo que lleva encima, y especialmente el dinero?
‑¿El dinero? Por supuesto, señores. A sus
órdenes. Comprendo que es necesario. Me sorprende que no hayan pensado antes
en ello. Aquí lo tienen. Cuenten, cuenten... Me parece que ya está todo.
Vació sus bolsillos de billetes y monedas y,
finalmente, sacó dos piezas de diez copecs que le quedaban en uno de los
bolsillos del chaleco. Se contó el dinero. Había en total ochocientos treinta y
seis rublos y cuarenta copecs.
‑¿Ya está todo? ‑preguntó el juez.
‑Todo.
‑Según ha dicho usted, ha gastado trescientos
rublos en «Plotnikov», y ha dado diez rublos a Perkhotine y veinte al cochero.
Además, ha perdido doscientos jugando a las camas.
Nicolás Pamhenovitch hizo las cuentas con ayuda de
Mitia. Se contó hasta el último copec.
‑Si a lo gastado añadimos estos ochocientos,
resultará que usted debía de tener unos mil quinientos rublos.
‑Exacto.
‑Sin embargo, todos dicen que tenía mucho más.
‑Son dueños de pensar lo que quieran.
‑Y usted también.
‑Sí, yo también.
‑Las declaraciones de los testigos nos servirán
para comprobar todo esto. Esté usted tranquilo respecto a su dinero. Se depositará
en sitio seguro y se le devolverá cuando todo haya terminado..., si se
demuestra que usted tiene derecho a ello. Ahora...
Nicolás Pamhenovitch se levantó y dijo a Mitia que
estaba obligado a prestarse a una inspección completa de sus ropas y de todo
él.
‑Bien, señores. Me volveré los bolsillos del
revés si ustedes quieren.
Y así lo hizo.
‑Se ha de quitar la ropa.
‑¿Desnudarme? ¿Para qué, demonio? ¿No pueden
registrarme vestido?
‑No, Dmitri Fiodorovitch. Es necesario que se
quite usted la ropa.
‑Como ustedes quieran ‑accedió Mitia,
contrariado‑. Pero no aquí, por favor: detrás de la comma. ¿Quién me
registrará?
‑Desde
luego, la inspección se llevará a cabo detrás de la cortina ‑aprobó
Nicolás Parthenovitch, cuyo pequeño rostro tenía una expresión de profunda
gravedad, acompañando sus palabras con un movimiento afirmativo de la cabeza.
CAPITULO VI
Entonces se desarrolló una escena que Mitia no
esperaba. Diez minutos antes, no habría sospechado ni remotamente que nadie
osara tratarle a él, a Mitia Karamazov, de aquel modo. Se sintió humillado,
expuesto a dejarse llevar de la arrogancia y el desdén. No le importó quitarse
la levita, pero se le rogó que se desnudara por completo. Mejor dicho, se le
ordenó. Mitia se dio perfecta cuenta de ello. Se sometió en silencio, con
orgullo desdeñoso.
Al pasar al otro lado de la cortina, además de los
jueces, le habían seguido varios patanes. «Sin duda, para prestar ayuda ‑pensó‑.
O tal vez para algo más. »
‑¿He de quitarme también la camisa? ‑preguntó
Mitia, de pronto.
Pero Nicolás Parthenovitch no le contestó. Tanto él
como el procurador estaban enfrascados y vivamente interesados en el examen de
la levita, de los pantalones, del chaleco y del gorro.
«¡Qué desfachatez! No observan ni siquiera la
corrección reglamentaria. »
‑Les vuelvo a preguntar si he de quitarme la
camisa ‑dijo Mitia, irritado.
‑No se inquiete por eso: ya le diremos si se la
tiene que quitar ‑repuso Nicolás Parthenovitch en un tono que pareció
autoritario a Dmitri.
El procurador y el juez hablaban a media voz. La
levita presentaba, sobre todo el faldón izquierdo, grandes manchas de sangre
coagulada, y lo mismo el pantalón. Además, Nicolás Parthenovitch examinó, en
presencia de los testigos de la placa metálica, el cuello, las vueltas, las costuras, para
cerciorarse de que no había en ellos dinero escondido. Esto hizo comprender a
Mitia que se le consideraba capaz de todo. «Me tratan como a un ladrón, no
como a un oficial», gruñó para sí.
Cambiaban impresiones en su presencia con toda
franqueza. El escribano, que estaba también detrás de la corona, llamó la
atención a Nicolás Parthenovitch sobre el gorro, que se examinó igualmente.
‑Acuérdese del escribiente Gridenka. En el
verano fue a recoger los sueldos de todos los empleados de la cancillería, y,
al regresar, dijo que se había embriagado y había perdido el dinero. ¿Dónde
se encontró? En el ribete del gorro. Allí cosió, después de enrollarlos, los
billetes de cien rublos.
El juez y el procurador se acordaron perfectamente de
este hecho y sometieron el gorro a un examen tan minucioso como el que habían
realizado en otras prendas.
‑Un momento ‑exclamó de pronto Nicolás
Parthenovitch, al ver el puño de la manga derecha de la camisa de Mitia, vuelto
hacia arriba y manchado de sangre‑. ¿Es sangre esto?
‑Sí.
‑¿De quién? ¿Y por qué está vuelta su manga?
Mitia explicó que se la había manchado al atender a
Grigori, y que se había vuelto la manga en casa de Perkhotine, para lavarse las
manos.
‑Tendrá que quitarse también la camisa. Puede
ser una prueba importante.
Mitia enrojeció y gruñó:
‑Entonces tendré que quedarme desnudo.
‑No se preocupe por eso. Todo se arreglará.
Tendrá que quitarse también los calcetines.
‑¿Habla en serio? ¿Es indispensable?
‑Hablo completamente en serio ‑replicó
severamente Nicolás Parthenovitch.
‑Bien, bien. Si es necesario... ‑murmuró
Mitia.
Se sentó en la cama y empezó a quitarse los
calcetines. Estaba confuso y ‑cosa extraña‑, al permanecer desnudo,
se sentía como culpable ante aquellos hombres vestidos. Incluso le parecía que
tenían derecho a despreciarlo como a un ser inferior.
«La desnudez ‑pensó‑ no tiene nada de
particular. La vergüenza nace del contraste. Esto parece un sueño; yo he
tenido a veces, en sueños, sensaciones de esta índole. »
Se sonrojó al quitarse los calcetines, bastante
sucios, como su ropa interior, cosa que todo el mundo estaba viendo. Nunca le
habían gustado sus pies; siempre le habían parecido deformes sus pulgares,
especialmente el derecho, aplanado y con la uña encorvada, y todo el mundo los
estaba viendo. La vergüenza acrecentó su grosería. Se quitó la camisa con
rabia.
‑¿No quieren ustedes mirar en otra parte, si no
les da vergüenza?
‑No; por ahora no hace falta.
‑Entonces, ¿he de estar así, desnudo?
‑Sí; es necesario. Tenga la bondad de sentarse
y esperar. Puede envolverse en la cubierta de la cama. Tengo que llevarma esta
ropa.
Ya vistas las prendas de vestir y demás efectos por
los testigos, y redactado el proceso verbal de su examen, el juez y el
procurador salieron del dormitorio. Se llevaron las ropas y Mitia se quedó en
compañía de varios campesinos que no apartaban de él los ojos. Tenía frío y se
envolvió en la cubierta, que era demasiado corta para cubrirle los pies.
Nicolás Parthenovitch tardó en volver.
«Me trata como a un pilluelo ‑dijo para sí
Mitia, rechinando los dientes‑. Ese zoquete de procurador se ha marchado
porque le repugnaba verme desnudo.»
Mitia creía que le devolverían las ropas después de
examinarlas, pero vio, en el colmo de la indignación, que, siguiendo a Nicolás
Parthenovitch, aparecía un mendigo que llevaba en las manos prendas de vestir
que no eran las suyas.
‑Aquí tiene un traje y una camisa limpia ‑dijo
el juez con desenvoltura y visiblemente satisfecho de su hallazgo‑. Se
los presta el señor Kalganov, que, por fortuna, tiene ropa de repuesto. Puede
volver a ponerse los calcetines.
‑No quiero ropas de los demás ‑exclamó
Mitia, indignado‑. ¡Devuélvame las mías!
‑No puede ser.
‑¡Déme mi ropa! ¡Al diablo Kalganov y su traje!
No fue fácil hacerle entrar en razón. Se le explicó,
mal que bien, que las prendas manchadas de sangre eran pruebas que los jueces debían
retener. «En vista del cariz que ha tornado el asunto, no podemos permitirnos
devolvérselas.»
Mitia acabó por comprenderlo, se calló y se vistió a
toda prisa. Se limitó a observar que el traje que le prestaban era mejor que el
suyo y que le sabía mal aprovecharse.
‑Además, es tan estrecho, que me da un aspecto
ridículo. ¿Pretenden ustedes que vaya vestido como un payaso para divertirlos?
Le replicaron que exageraba. Cierto que el pantalón
era un poco largo, pero la levita se le ajustaba a los hombros.
‑¡Uf! ¡Qué difícil es abrocharse! ‑refunfuñó
Mitia‑. Hagan el favor de decir al señor Kalganov que yo no he pedido
este traje y que me han disfrazado de bufón.
‑Él lo comprende y lo lamenta ‑dijo
Nicolás Parthenovitch‑. Pero no es lo del traje lo que lamenta, sino lo
sucedido.
‑No me importa que lo lamente o lo deje de
lamentar. ¿Adónde hemos de ir ahora? ¿Hemos de quedarnos aquí?
Se le rogó que pasara al otro lado de la pieza. Mitia
salió del dormitorio con el semblante sombrío y esforzandose por no mirar a
nadie. Vestido de aquel modo extravagante se sentía humillado incluso ante los
rudos campesinos y Trifón Borisytch, que acababa de aparecer en la puerta.
«Viene para verme vestido de este modo», pensó Mitia. Se sentó en el mismo
sitio de antes. Creía estar soñando; le parecía no hallarse en su estado
normal.
‑Ahora dispongan que me hagan azotar. Es lo
único que les falta.
Dijo esto al procurador. No quería mirar a Nicolás
Parthenovitch, y menos dirigirle la palabra. « Ha inspeccionado minuciosamente
mis calcetines, a incluso los ha vuelto del revés para que todos vieran que
están sucios. Es un monstruo.»
‑Ahora hay que escuchar a los testigos ‑dijo
el juez replicando a la ironía de Dmitri.
‑Sí ‑aprobó el procurador, absorto.
‑Dinitri Fiodorovitch, hemos hecho todo lo
posible por usted ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑; pero como usted se
ha negado categóricamente a explicarnos la procedencia del dinero que se encontró
en su poder, nos vemos obligados a...
‑¿Qué clase de piedra es la de esa sortija? ‑le
interrumpió Mitia, como saliendo de un sueño y señalando una de las sortijas
que adornaban la mano de Nicolás Parthenovitch.
‑ ¿Qué sortija?
‑Esa, la mayor, la de la piedra veteada ‑dijo
Mitia en un tono de niño terco.
‑Esta piedra es un topacio ahumado ‑repuso
el juez sonriendo‑. Si quiere usted verla mejor, me la quitaré.
‑No, no se la quite ‑exclamó Mitia,
cambiando de opinión e indignado contra sí mismo‑. ¿Para qué se la ha de
quitar? ¡Al diablo su sortija!... ¡Señores, ustedes me ofenden! ¿Creen que si
hubiese matado a mi padre lo disimularía, que recurriría a la mentira y a la
astucia? No, yo no soy así. Si fuese culpable, les aseguro que no habría
esperado la llegada de ustedes. No me habría suicidado a la salida del sol,
como era mi propósito, sino antes del amanecer. Ahora me doy clara cuenta de
ello. En esta noche maldita he aprendido más que en veinte años... Además,
¿estaría como estoy, sentado cerca de ustedes, y hablaría como lo estoy
haciendo, con los mismos ademanes y las mismas miradas, si fuera realmente un
parricida, cuando la supuesta muerte de Grigori me ha atormentado durante toda
la noche, y no por terror, por el solo terror del castigo? ¡Qué vergüenza!
¿Pretenden ustedes, hipócritas, que no ven nada ni creen en nada, que están ciegos
como topos, que yo revele una nueva bajeza, un nuevo acto vergonzoso, aunque
sea para justificarme? Prefiero ir a presidio. El que ha abierto la puerta para
entrar en casa de mi padre es el asesino y el ladrón. ¿Quién es? En vano
pretendo hallar la respuesta: lo único que puedo afirmar es que el asesino no
es Dmitri Karamazov. Ya lo saben; no puedo decirles más. No insistan...
Mándenme a un penal o al patíbulo, pero no me atormenten más. Ahora me callo.
Llamen a los testigos.
El procurador había observado a Mitia mientras
hablaba. De pronto le dijo con toda calma y refiriéndose al hecho más natural:
‑Respecto a esa puerta abierta que acaba usted
de mencionar, hemos obtenido una declaración sumamente importante del viejo
Grigori Vasiliev. Ese hombre asegura que cuando oyó el ruido y entró en el
jardín por la puertecilla que estaba abierta, vio a su izquierda, también
abiertas, la puerta y la ventana de la casa. Usted, en cambio, afirma que esa
puerta estuvo cerrada todo el tiempo que permaneció en el jardín. Grigori no le
había visto todavía en el momento en que usted, según ha declarado, se alejó de
la ventana por la que estaba observando a su padre, para dirigirse al muro del
jardín. No quiero ocultarle que Vasiliev está firme en su creencia de que usted
salió por la puerta, aunque él no presenció este detalle. Grigori le vio a
cierta distancia cuando usted corría ya junto al muro.
Mitia se levantó.
‑Eso es una vil mentira. Grigori no pudo ver la
puerta abierta, porque estaba cerrada. Ese hombre ha mentido.
‑Me considero obligado a repetirle que la
declaración de Grigori Vasiliev ha sido categórica a insistente. Lo hemos
interrogado varias veces.
‑Cierto ‑confirmó Nicolás Parthenovitch‑.
Del interrogatorio me he encargado yo.
‑¡Es falso falso! ¡Una calumnia o la visión de un loco! Creerá
haber visto todo eso bajo los efectos del delirio cuando yacía herido en el
sendero.
‑En el momento en que vio la puerta abierta aún
no estaba herido: acababa de entrar en el jardín.
‑¡No es verdad, no puede serlo! ‑dijo
Mitia, jadeante‑. Es una calumnia. Habla así por maldad. No ha podido
verme salir por esa puerta porque no he salido.
El procurador se volvió hacia Nicolás Parthenovitch y
le dijo:
‑Muéstreselo.
‑¿Sabe usted qué es esto? ‑preguntó el
juez, depositando en la mesa un gran sobre en el que se veían aún tres sellos
de lacre. Estaba vacío y abierto por un lado.
Mitia abrió los ojos desmesuradamente.
‑Es el sobre de mi padre, el que contenía los
tres mil rublos... Vean si lo escrito en él es esto: «Para mi pichoncito.» Y
añade: «Tres mil rublos.» ¿Verdad que dice « tres mil rublos»?
‑Sí, lo dice. Pero no hemos encontrado el
dinero. El sobre estaba en el suelo, detrás del biombo.
Mitia estuvo un instante perplejo.
‑¡Ha sido Smerdiakov! ‑exclamó de pronto
con todas sus fuerzas‑. ¡Él ha matado a mi padre! ¡Él le ha robado! Sólo
él sabía dónde guardaba ese sobre el viejo. ¡Ha sido él: no me cabe duda!
‑Pero usted sabía también que ese sobre estaba
escondido debajo de la almohada.
‑Yo no sabía nada. Es la primera vez que veo
ese sobre, del que únicamente sabía lo que me había contado Smerdiakov. Sólo
ese hombre conocía el escondrijo del viejo. Yo lo ignoraba.
‑Sin embargo, usted ha declarado hace un
momento que el sobre estaba bajo la almohada del difunto, « bajo la almohada».
Luego usted lo sabía.
‑Lo hemos anotado ‑confirmó Nicolás
Parthenovitch.
‑¡Eso es absurdo! Lo ignoraba por completo.
Además, tal vez no estuviera debajo de la almohada... Lo he dicho al azar...
¿Qué dice Smerdiakov? ¿Lo han interrogado ustedes? ¿Que dice? Eso es lo
principal... Yo hablaba en broma cuando he dicho que estaba bajo la almohada. Y
ahora ustedes... Ustedes saben muy bien que uno dice a veces inexactitudes.
Sóla Smerdiakov sabía dónde estaba el dinero; sólo él y nadie más que él... Y
Smerdiakov ha guardado el secreto sobre el escondite. Es él, no cabe duda de
que es él el asesino. Esto es para mí de una claridad meridiana ‑exclamó
Mitia con exaltación creciente‑. Apresúrense a detenerlo. Cometió el
crimen mientras yo huía y Grigori yacía sin conocimiento. Esto es evidente...
Hizo la señal y mi padre le abrió la puerta. Pues sólo él conoce la contraseña,
y, sin la contraseña, mi padre no le habría abierto.
‑Vuelve usted a olvidar ‑observó el
procurador sin perder la calma y con gesto triunfante‑ que no había
necesidad de hacer señal alguna, porque la puerta estaba abierta cuando usted
se hallaba aún en el jardín.
‑La puerta, la puerta... ‑murmuró Mitia
mirando fijamente al procurador.
Se dejó caer en la silla y, tras una pausa, exclamó
con una expresión de ferocidad en la mirada:
‑Sí, la puerta... ¡Es como un fantasma! ...
Dios está contra mí.
‑Hágase usted cargo ‑dijo gravemente el
procurador‑. Juzgue usted mismo, Dmitri Fiodorovitch. Por una pane, la
declaración de Grigori, abrumadora para usted, sobre esa puerta abierta
utilizada por usted para salir; por otra, su silencio incomprensible obstinado,
relativo a la procedencia del dinero que tenía usted en su poder a las tres
horas de haberse visto obligado a pedir diez rublos prestados con la garantía
de sus pistolas. En estas condiciones, juzgue usted mismo a qué conclusión nos
hemos visto obligados a llegar. No nos acuse de ser unos hombres fríos,
cínicos, burlones, incapaces de comprender los nobles impulsos de su alma,
Póngase en nuestro lugar.
Mitia experimentaba una emoción indescriptible. Palideció.
‑Bien ‑exclamó de pronto‑; voy a
revelarles mi secreto, a decirles de dónde procede ese dinero... Me expendré a
la vergüenza pública para que ni ustedes puedan acusarme a mí ni yo pueda acusarles
a ustedes.
‑Le
aseguro, Dmitri Fiodorovitch ‑se apresuró a decir, con, visible
satisfacción, Nicolás Parthenovitch‑, que una confesión sincera y
completa en estos momentos puede mejorar considerablemente su situación actual
a incluso...
El procurador le tocó con el pie por debajo de la
mesa, y el juez se detuvo. Pero era igual: Mitia no prestaba atención a Nicolás
Parthenovitch.
CAPITULO VII
‑Señores ‑empezó a decir emocionado‑,
ese dinero... Voy a contarlo todo... Ese dinero era mío.
El juez y el procurador se irguieron: esta revelación
era la que menos esperaban.
‑¿Cómo podía ser suyo ‑dijo Nicolás
Parthenovitch‑, cuando a las cinco de la tarde, según usted mismo ha
declarado...?
‑¡Al diablo esas cinco de la tarde, al diablo
mi propia declaración! Todo eso poco importa... El dinero era mío... Bueno, no
lo era, porque lo robé... Siempre llevaba encima mil quinientos rublos.
‑¿De dónde los había cogido?
‑Los llevaba en el pecho señores, en una
bolsita pendiente de mi cuello. Desde hacía bastante tiempo, lo menos un mes,
los llevaba conmigo como un testimonio de mi infamia.
‑¿Pero
de quién era ese dinero que usted se apropió?
‑Usted quiere decir «robó». Dígalo francamente.
Sí, no cabe duda de que es como si lo hubiera robado. Pero si usted prefiere la
otra expresión, le diré que, en efecto, me los había «apropiado». Ayer por la
tarde los robé definitivamente.
‑¿Ayer por la tarde? Pero si acaba usted de
decir que hacía un mes que... que se los había procurado...
‑Sí. Pero tranquilícense: no se los robé a mi
padre, sino a ella. No me interrumpan: déjenme contarlo todo. Es una vergüenza.
Verán ustedes. Hace un mes, Catalina Ivanovna Verkhovtsev, mi ex prometida, me
llamó... Ya la conocen ustedes.
‑¿Qué dice usted?
‑Estoy seguro de que la conocen. Un alma noble
a carta cabal. Pero me odia desde hace mucho tiempo, y no sin razón.
‑¿Ha dicho usted Catalina Ivanovna? ‑preguntó
el juez, estupefacto.
El procurador daba muestras también de profunda
sorpresa.
‑No pronuncien su nombre en vano. He cometido
una vileza al mencionar a esa mujer... Sí, hace ya tiempo que me di cuenta de
que me odiaba; lo advertí la primera vez que Catalina vino a mi casa... Pero no
diré nada más sobre esto: ustedes no merecen saberlo. ¿Para qué? Sólo les diré
que hace un mes me entregó tres mil rublos para que se los enviara a una
hermana suya y a otro pariente que vivían en Moscú. ¡Como si no hubiera podido
hacerlo ella misma! Y yo me hallaba en un momento fatal de mi vida, pues... En
una palabra, acababa de enamorarme de otra, de ella, de Gruchegnka, la joven
que está en esta casa. La traje aquí, a Mokroie, y dilapidé en dos días la
mitad de ese maldito dinero. El resto me lo guardé. Este resto, mil quinientos
rublos, es lo que llevaba en el pecho como un amuleto. Ayer abrí la bolsita y
empecé a gastar. Los ochocientos rublos que quedan están en poder de ustedes.
‑Perdone. Hace tres meses, usted despilfarró
aquí tres míl rublos y no mil quinientos: todo el mundo lo sabe.
‑¿Usted cree que hay alguien que lo sabe?
¿Quién ha contado mi dinero?
‑Usted mismo ha dicho que gastó en aquella
ocasión tres mil rublos.
‑Cierto: lo dije a todo el que me hablaba de
ello, la noticia corrió y toda la ciudad aceptó la cifra. Sin embargo, sólo
gasté mil quinientos rublos, y los otros mil quinientos los puse en una bolsita
que me colgué del cuello. Ya saben ustedes de dónde procede el dinero que
empecé a gastar ayer.
‑Todo eso es muy extraño ‑murmuró Nicolás
Parthenovitch.
‑¿No habló a nadie de eso, de esos mil quinientos
rublos restantes? ‑preguntó el procurador.
‑No, no hablé a nadie.
‑Es extraño. ¿De veras no lo dijo a nadie, a
nadie en absoluto?
‑A nadie en absoluto.
‑¿Por qué ese silencio? ¿Qué razón le llevó a
envolver este asunto en el misterio? Aunque a usted le parezca que cometió un
acto vergonzoso, esa apropiación temporal de tres mil rublos es, a mi entender,
un pecadillo de escasa importancia si tenemos en cuenta el carácter de usted.
Admito que su proceder sea censurable, pero no vergonzoso... Por lo demás,
muchos han sospechado la procedencia de esos tres mil rublos, aunque no la
hayan revelado. Incluso yo he oído hablar de ello, y también Mikhail Makarovitch...
En una palabra, es el secreto de Polichinela. Además, hay ciertos indicios,
desde luego posiblemente erróneos, de que usted dijo a alguien que esos tres
mil rublos procedían de la señorita Verkhovtsev. Por eso es incomprensible que
envuelva usted en el misterio y que le produzca tanto horror haberse reservado
una parte de esa cantidad. Cuesta creer que le sea tan penoso revelar este
secreto. Usted acaba de exclamar: «¡Antes el presidio!»
El procurador se detuvo. Se había acalorado y lo
reconocía, pero sin creer que había obrado mal.
‑No son esos mil quinientos rublos la causa de
mi vergüenza, sino el hecho de haber dividido la suma ‑exclamó Mitia en
un arrebato de orgullo.
‑Pero dígame ‑replicó, irritado, el
procurador‑: ¿cómo puede usted considerar vergonzoso haber hecho dos
partes de esos tres mil rublos que se quedó usted indebidamente? Lo que importa
es que se haya apropiado esta cantidad y no el use que haya hecho de ella. Y ya
que hablamos de esto, ¿quiere decirme por qué hizo esta división? ¿Qué es lo
que perseguía? ¿Puede usted explicárnoslo?
‑Caballeros, lo que importa es la intención. Dividí
en dos partes el dinero por vileza, o sea por cálculo; porque el cálculo en
este caso es una vileza. Y esta vileza ha durado todo un mes.
‑Es incomprensible.
‑Me asombra que no lo comprenda. En fin, se lo
explicaré. Acaso sea una realidad incomprensible. Escúcheme atentamente. Vamos
a suponer que me apropio de tres mil rublos que se me entregan confiando en mi
honor. Dilapido la cantidad entera entre jarana y jarana. A la mañana siguiente
voy a casa de ella y le digo: «Perdón, Katia: me he gastado tus tres mil
rublos.» ¿Está esto bien? No, es una vileza, el acto de un monstruo, de un
hombre incapaz de dominar sus malos instintos. Pero esto no es un robo;
convengan ustedes en que no es un robo directo. Yo he dilapidado el dinero,
pero no lo he robado. Ahora hablemos de un caso todavía más perdonable. Presten
mucha atención, pues la cabeza me da vueltas. Dilapido solamente mil quinientos
rublos de los tres mil. A la mañana siguiente voy a casa de Katia para
entregarle el resto. «Katia, soy un miserable. Toma estos mil quinientos
rublos. Los otros mil quinientos los he despilfarrado, y éstos los
despilfarraría igualmente. Líbrame de la tentación.» ¿Qué soy en este caso? Un
malvado, un monstruo, todo lo que ustedes quieran; pero no un verdadero ladrón,
pues un ladrón no habría devuelto el resto de la cantidad, sino que se la
habría quedado. Ella vería, además, que, del mismo modo que le devolvía la
mitad del dinero, procuraría devolverle todo lo demás, aunque para ello tuviera
que trabajar hasta el fin de mis días. En este caso seré un sinvergüenza, pero
no un ladrón.
‑Admitamos que existe cierta diferencia ‑dijo
el procurador con una fría sonrisa‑. Pero es extraño que dé usted a esta
diferencia una importancia tan extraordinaria.
‑Sí, veo una diferencia extraordinaria. Se
puede ser un hombre sin escrúpulos, yo incluso creo que todos lo somos; pero
para robar hay que ser un redomado bribón. Mi pensamiento se pierde en estas
sutilezas. Desde luego, el robo es el cohno del deshonor. Piensen en esto: hace
un mes que llevo encima este dinero. Podía haberlo devuelto cualquier día, y
habría cambiado mi situación. Pero no me decidf a proceder de este modo, a
pesar de que no pasaba día sin que me exhortara a mí mismo a hacerlo. Así ha
pasado un mes. ¿Green ustedes que está bien esto?
‑Admito que no está bien; eso no se lo discuto.
Pero dejemos de polemizar sobre estas diferencias sutiles. Le ruego que vayamos
a los hechos. Todavía no nos ha explicado usted los motivos que le han llevado
a dividir en dos partes los tres mil rublos. ¿Con qué objeto ocultó usted la
mitad? ¿Qué destino pensaba darle? Insisto en ello, Dmitri Fiodorovitch.
‑¡Es verdad! ‑exclamó Mitia, dándose una
palmada en la frente‑. Perdónenme por haberlos tenido en tensión en vez
de explicarles lo principal. De haberlo hecho, ustedes lo habrían comprendido
todo en seguida, pues es la finalidad de mi proceder la causa de mi vergilenza.
Miren ustedes, mi difunto padre no cesaba de acosar a Agrafena Alejandrovna.
Yo tenía celos; creía que ella vacilaba entre mi padre y yo. Yo pensaba a
diario: «¿Y si ella toma una resolución y me dice de pronto: “Te amo a ti;
llévame al otro extremo del mundo”?» Yo no tenía más que veinte copecs. ¿Cómo
llevarla a ninguna parte? ¿Qué podía hacer? Me veía perdido. Pues no la
conocía aún y creía que no me perdonaría mi pobreza. Entonces aparté la mitad
de los tres mil rublos, conté el dinero con calma, premeditadamente, lo guardé
en la bolsita que cosí y colgué de mi cuello y me fui a gastar alegremente los
otros mil quinientos rublos. Esto es innoble. ¿Lo comprenden ya?
Los jueces se echaron a reír. Nicolás Parthenovitch
dijo:
‑A mi entender, no gastándolo todo, dio usted
una prueba de moderación y moralidad. No considero que la cosa sea tan grave
como usted dice.
‑La gravedad está en que he robado. Es
lamentable que no lo comprendan ustedes. Desde que colgué los mil quinientos
rublos de mi cuello, me decía a diario: «Eres un ladrón, un ladrón.» Este
sentimiento ha sido la fuente de todas las violencias que he cometido durante
este mes. Por eso vapuleé al capitán en la taberna y por eso golpeé a mi padre.
Ni siquiera me atreví a revelar este secreto a mi hermano Aliocha; ello prueba
hasta qué punto me consideraba un malvado y un bribón. Sin embargo, pensaba:
«Dmitri Fiodorovitch, no eres todavía un ladrón, ya que puedes ir mañana mismo
a devolver los mil quinientos rublos a Katia.» Y ayer por la tarde tomé la
decisión de rasgar la bolsita. En ese momento me convertí indudablemente en un
ladrón. ¿Por qué? Porque, al mismo tiempo que mi bolsita, destruí mi sueño de
ir a decir a Katia: «Soy un sinvergüenza, pero no un ladrón.» ¿Lo comprenden
ya?
‑¿Y por qué tomó esa resolución precisamente
ayer por la tarde? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch.
‑¡Qué pregunta tan tonta! La tomé porque me
había condenado a muerte: me suicidaría a las cinco de la mañana, aquí mismo,
a la luz del alba. Yo me decía: «¿Qué importa morir con honra o deshonra?» Pero
vi que no era lo mismo. Créanme, señores, que lo que esta noche me ha torturado
sobre todo no ha sido la muerte de Grigori ni el terror de ir a Siberia
precisamente cuando sentía el triunfo de mi amor y el cielo se abría de nuevo
ante mí. Desde luego, esto me ha atormentado, pero menos que la idea de haber
sacado de mi pecho ese dinero maldito para dilapidarlo y haberme convertido así
en un verdadero ladrón. Lo repito, señores: he aprendido mucho esta noche. He
aprendido que no sólo es muy difícil vivir con el conocimiento de ser un hombre
sin honor, sino también morir con semejante sentimiento... Es preciso ser
honrado para afrontar la muerte.
Mitia estaba pálido.
‑Empiezo a comprenderlo, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo
el procurador amablemente‑; pero, la verdad, yo creo que todo eso es de
origen nervioso. Usted está enfermo de los nervios. ¿Por qué razón, para goner
fin a sus sufrimientos, no fue a devolver esos mil quinientos rublos a la
persona que se los había confiado y a explicarle todo lo sucedido? Y luego,
dada su desesperada situación, ¿por qué no dio un paso que parece sumamente
natural? Después de haber confesado noblemente sus faltas, pudo pedirle la
cantidad que era para usted tan necesaria. Dada la generosidad de la persona
perjudicada y el grave conflicto en que se hallaba usted, estoy seguro de que
esa señorita le habría hecho el préstamo deseado, sobre todo si usted le
hubiera ofrecido las mismas garantías que al comerciante Samsonov y a la
señora de Khokhlakov. ¿Acaso no considera usted que esa garantía sigue
teniendo el mismo valor que antes?
Mitia enrojeció.
‑¿Tan vil me cree usted? ¡Usted no puede hablar
en serio! ‑exclamó, indignado.
‑Hablo completamente en serio ‑dijo el
procurador, no menos sorprendido que Dmitri‑. ¿Por qué lo duda usted?
‑Porque eso sería innoble. ¡Me están ustedes
atormentando! En fin, lo diré todo, les revelaré hasta el fondo de mi
pensamiento demoníaco, y entonces se sonrojarán ustedes al ver hasta dónde
pueden descender los sentimientos humanos. Sepa que también yo pensé en la
solución que usted me propone, señor procurador. Sí, señores: estaba casi decidido
a ir a casa de Katia: hasta ese extremo llegó mi ruindad. Pero piense usted en
lo que significaba ir a anunciarle mi traición y pedirle dinero para los
gastos que esta traición imponía; pedírselo a ella, a Katia, y huir
inmediatamente con su rival, con la mujer que la odiaba y la había ofendido...
¿Está usted loco, señor procurador?
‑No estoy loco ‑dijo el procurador
sonriendo‑. Lo que ocurre es que no había pensado que pudieran existir
esos celos de mujer... Si realmente existen, como usted afirma, podría, en efecto,
haber algo de lo que usted dice.
‑¡Habría sido una bajeza incalificable! ‑bramó
Mitia golpeando la mesa con el puño‑. Ella me habría dado el dinero por
venganza, para testimoniarme su desprecio, pues también ella tiene un alma pronta
a estallar en una cólera infernal. Yo habría tomado el dinero, seguro que lo
habría tomado, y entonces habría estado toda la vida... ¡Dios mío! Perdónenme,
señores, que hable en voz tan alta... No hace mucho que pensaba en esa
posibilidad. Pensé la otra noche, mientras cuidaba a Liagavi, y durante todo el
día de ayer (lo recuerdo perfectamente) hasta que se produjo el suceso.
‑¿Qué suceso? ‑preguntó Nicolás
Parthenovitch.
Pero Mitia no le escuchó.
‑Les he confesado algo tremendo. Sepan
apreciarlo, señores; compréndanlo en todo su valor. Pero si ustedes son
incapaces de comprenderme, eso significará que me desprecian, y yo me moriré de
vergüenza por haber abierto mi corazón a personas como ustedes. Sí, moriré...
Ya veo que no me creen...
‑¿Cómo? ¿Van a tomar nota de esto?
‑Sí ‑repuso Nicolás Parthenovitch,
sorprendido‑. Consignaremos que hasta el último momento pensó usted en
ir a casa de la señorita Verkhovtsev para pedirle esos mil quinientos rublos.
Esta declaración es importantísima para nosotros, Dmitri Fiodorovitch..., y
más aún para usted.
‑¡Dios mío, señores: tengan al menos el pudor
de no consignar eso! Les muestro mi alma al desnudo, y ustedes me corresponden
rebuscando en eila. ¡Dios santo!
Se cubrió el rostro con las manos.
‑No se preocupe por eso, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo
el procurador‑. Se le leerá todo lo que se ha escrito y se modificará el
texto en aquellos puntos en que usted no esté de acuerdo con lo consignado.
Ahora le pregunto por tercera vez: ¿es verdad que nadie, ni una sola persona,
ha oído hablar de ese dinero guardado en una bolsita?
‑Nadie, nadie. Ya lo he dicho. ¿Es que no me
entiende? ¡Déjeme en paz!
‑De acuerdo. Pero este punto habrá de
aclararse. Reflexione. Tenemos una decena de testigos que afirman que usted
mismo ha dicho que iba a dilapidar tres mil rublos y no mil quinientos. Y al
llegar usted aquí, muchos le han oído decir que tenía tres mil rublos para
gastar.
‑Puede usted contar con centenares de
testimonios análogos: un millar de personas me lo han oído decir.
‑O sea que todo el mundo está de acuerdo. Esto
de «todo el mundo» significa algo, ¿no?
‑No significa absolutamente nada. He mentido, y
todo el mundo ha repetido mi mentira.
‑¿Y por qué ha mentido?
‑¡Sabe Dios! Por jactancia seguramente, por
conseguir la mezquina gloria de haber dilapidado una cantidad importante. O tal
vez por olvidarme del dinero que me había apartado... Sí, por eso fue... ¡Y
basta ya! ¿Cuántas veces me ha hecho usted esa pregunta? He mentido y no he
querido rectificar: esto es todo... ¿Por qué mentiremos a veces?
‑Eso es fácil de explicar, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo
gravemente el procurador‑. Pero dígame: esa bolsita, como usted la
llama, ¿era muy pequeña?
‑Bastante.
‑¿Qué tamaño tenía, aproximadamente?
‑Pues... el tamaño de medio billete de cien
rublos.
‑Lo mejor será que nos muestre la bolsita hecha
jirones. Supongo que la llevará usted encima.
‑¡Qué disparate! Ni siquiera sé dónde está.
‑Permítame una pregunta: ¿dónde y cuándo se la
quitó del cuello? Usted ha declarado que no volvió a su casa.
‑Después de hablar con Fenia, me dirigí a casa
de Perkhotine. Entonces desgarré la bolsita para sacar el dinero.
‑¿En la oscuridad?
‑No hacía falta ni la luz de una bujía: me fue
fácil desgarrar la tela.
‑¿Sin tijeras y en medio de la calle?
‑Creo que estaba en la plaza.
‑¿Qué hizo de la bolsita?
‑La tiré.
‑¿Dónde?
‑¿Qué sé yo? En algún lugar de la plaza. ¿Qué
importancia puede tener?
‑Tiene mucha importancia, Dmitri Fiodorovitch.
Es una prueba en favor de usted. ¿No lo comprende? ¿Quién le cosió la bolsita
hace un mes?
‑Nadie: la cosí yo mismo.
‑¿Sabe usted coser?
‑El que ha sido soldado tiene que saber. Por
otra parte, no hay que ser un experto en el manejo de la aguja para hacer un
cosido así.
‑¿De dónde sacó usted la tela, mejor dicho, el
trozo de tela?
‑¿Está usted bromeando?
‑Nada de eso, Dmitri Fiodorovitch. Nuestro
trabajo no nos permite bromear.
‑Pues no recuerdo de dónde lo tomé.
‑¿Cómo se explica que lo haya olvidado?
‑Le aseguro que no me acuerdo. Tal vez corté un
trozo de mi ropa interior.
‑Es un dato interesante. Mañana se podrá
encontrar en su casa la pieza, la camisa, de donde usted cortó el trozo. ¿De
qué era ese jirón: de algodón o de hilo?
‑¿Qué sé yo?... Oigan: me parece que no corté
nada. Creo que el género era algodón. Es posible que cosiera un resto del gorro
de mi patrona.
‑¿Del gorro de su patrona?
‑Sí, se lo robé.
‑¿Se lo robó?
‑Sí; recuerdo que una vez robé un gorro para
hacerlo pedazos con los que poder secar las plumas. Me apoderé de él
furtivamente y sin ningún reparo, porque era un pingajo sin valor. Aproveché
uno de esos trozos para hacer la bolsita, que cosí después de haber introducido
en ella los mil quinientos rublos... Sí, creo que era un trozo de algodón viejo
y lavado mil veces.
‑¿Está usted seguro?
‑Seguro no. Sólo me parece. Pero me da lo mismo
una cosa que otra.
‑Piense que su patrona puede haber advertido la
falta de ese trozo de tela.
‑No, no lo habría notado. Era un viejo andrajo
que no valía ni un copes.
‑¿Y de dónde sacó la aguja y el hilo?
‑¡Basta! No diré nada más sobre eso ‑gruño
Mitia.
‑Es extraño que no recuerde usted en qué lugar
de la plaza tiró la bolsita.
‑Hagan barrer la plaza y tal vez la encuentren ‑replicó
Mitia, y exclamó, abrumado‑: ¡Basta ya, señores, basta ya! Ustedes no
creen ni una palabra de lo que les digo: lo estoy viendo. La culpa es mía y no
de ustedes. No debí dejarme llevar por mis impulsos. ¿Por qué me habré rebajado
a revelarles mi secreto? Esto les parece chusco; lo leo en sus ojos. Es usted
el que me ha incitado, señor procurador. ¡Goce de su triunfo! ¡Malditos Sean,
verdugos!
Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las
manos. El procurador y el juez se callaron. Transcurrió un minuto. Mitia
levantó la cabeza y los miró, inconsciente. Su rostro expresaba una desesperación
extrema.
Era preciso terminar; había que proceder al
interrogatorio de los testigos. Eran las ocho de la mañana; hacía un buen rato
que se habían apagado las bujías. Mikhail Makarovitch y Kalganov, que no habían
cesado de entrar y salir durante el interrogatorio, no estaban en aquel
momento en la habitación. El procurador y el juez daban muestras de fatiga.
Hacía mal tiempo; el cielo estaba oscuro y caía una lluvia torrential. Mitia,
desde su asiento, miraba absorto a través de los cristales.
‑¿Puedo acercarme a la ventana? ‑preguntó
a Nicolás Parthenovitch.
‑Naturalmente ‑repuso el juez.
Dmitri se levantó y se acercó a la ventana. La Iluvia
azotaba los pequeños vidrios verdosos. A través de ellos se veía el camino
lleno de barro, y más lejos las hileras de isbas, míseras y oscuras, que bajo
la Iluvia parecían aún más pobres. Mitia se acordó de «Febo, el de los cabellos
de oro», y de su propósito de suicidarse bajo los primeros rayos del astro del
día. Mejor habría sido este amanecer. Sonrió amargamente y se volvió hacia sus
«verdugos».
‑Señores, ya veo que estoy perdido. ¿Pero y
ella? ¿Ha de correr la misma suerte que yo? Les suplico que me lo digan. Es
inocente. Ayer, cuando se declaró culpable, había perdido la cabeza. No time
cúlpa alguna. Después de esta noche de angustia, les ruego que me digan qué van
a hacer con ella.
El procurador se apresuró a responder:
‑Tranquilícese, Dmitri Fiodorovitch. Por ahora
no tenemos ninguna razón para molestar a esa persona que tanto le interesa. Y
creo que lo mismo ocurrirá en lo sucesivo. Haremos cuanto nos sea posible en
favor de esa joven.
‑Gracias, señores. Nunca he puesto en duda la
honradez ni el espíritu de justicia de ustedes. Me han quitado un peso de
encima... ¿Qué van a hacer ahora?
‑Hay que proceder sin pérdida de tiempo al
interrogatorio de los testigos, lo cual, como ya le hemos dicho, debe
efectuarse en presencia de usted.
‑¿Y si tomáramos un poco de té? ‑dijo
Nicolás Parthenovitch‑. Creo que nos lo hemos ganado.
Decidieron tomar un vaso de té, permaneciendo donde
estaban, sin interrumpir la investigación. Esperarían un momento más propicio
para desayunarse.
Mitia, que
en el primer momento había rechazado el vaso que le ofrecía Nicolás
Parthenovitch, luego se apoderó de él y se lo bebió ávidamente. Parecía hallarse
en el límite del agotamiento. Su robusta constitución parecía permitirle una
noche de jolgorio, incluso acompañada de las más intensas emociones. Sin
embargo, apenas se sostenía en su asiento, y a veces crefa ver que todo le daba
vueltas. «Estoy muy cerca de la inconsciencia y el delirio», pensaba.
CAPÍTULO VIII
Empezó el interrogatorio de los testigos. Pero
debemos advertir que no proseguiremos nuestro relato tan detalladamente como lo
hemos hecho hasta ahora. Dejaremos a un lado la fórmula con que Nicolás
Parthenovitch iba llamando a los testigos para decirles que debían exponer la
verdad de acuerdo con su conciencia y repetir después su declaración bajo
juramento, etc., etc. Nos limitaremos a decir que lo esencial para los jueces
era averiguar si Dmitri Fiodorovitch había dilapidado tres mil rublos o sólo
mil quinientos en su primera visita a Mokroie hacía un mes, a igualmente el día
anterior.
Todas, absolutamente todas las declaraciones fueron
desfavorables para Mitia. Algunos testigos incluso aportaron datos nuevos que
apoyaban sus palabras y que constituían pruebas abrumadoras. El primero en
declarar fue Trifón Borisytch. Compareció sin terror alguno y pletórico de
indignación contra el acusado, lo que le confirió un aire de sinceridad y
dignidad. Habló poco y con cierta reserva, esperando que le preguntaran y
respondiendo con firmeza después de reflexionar. Dijo sin rodeos que, hacfa un
mes, el acusado había gastado alegremente lo menos tres mil rublos y que los
campesinos afirmaban haber oído decir a Dmitri Fiodorovitch: «¡Cuanto dinero me
han costado los músicos y las chicas! Pasa de los mil rublos.»
‑No les di ni siquiera quinientos ‑replicó
Mitia‑. Lo que ocurrió fue que no los podía contar, porque estaba bebido.
Fue una desgracia.
Dmitri escuchaba a los testigos con un gesto de pesar
y fatiga. Parecía decir: «Contad lo que queráis: me es indiferente.»
Trifón Borisytch dijo:
‑Los cíngaros le costaron más de mil rublos,
Dmitri Fiodorovitch. Usted tiraba el dinero sin contarlo y ellos lo recogían.
Es una casta de bribones. Roban caballos. Si no los hubiese echado de aquí, tat
vez habrían declarado a cuánto ascendían sus ganancias. Yo vi el fajo de
billetes que llevaba ústed en la mano. No me lo dio usted a contar, pero a
simple vista calculé que había bastante más de mil quinientos rublos... Yo
también manejo dinero.
En cuanto a la sums del día anterior, Dmitri
Fiodorovitch había declarado a su llegada que llevaba encima tres mil rublos.
‑¿De veras dije que tenía tres mil rublos,
Trifón Borisytch?
‑Sí, Dmitri Fiodorovitch; lo dijo usted delante
de Andrés. Todavía está aquí; puede usted llamarlo. Y cuando estaba obsequiando
a las chicas del coro, dijo usted a voces que estaba gastando su sexto billete
de mil rublos, incluida la vez anterior, desde luego. Esteban y Simón lo
oyeron. Piotr Fomitch Kalganov estaba entonces a su lado. Tal vez lo recuerde
también.
La declaración de que gastaba el sexto billete de mil
impresionó a los jueces y les encantó por su claridad. Tres mil la primera y
tres mil la segunda sumaban seis mil.
Se interrogó a Esteban, a Simón y al cochero Andrés,
y éstos confirmaron la declaración de Trifón Borisytch. Además, se tomó nota de
la conversación que Mitia había tenido con Andrés, al que preguntó si iría al
cielo o al infierno y si lo perdonarían en el otro mundo. El «psicólogo»
Hipólito Kirillovitch, que había escuchado sonriendo, recomendó que se uniera
esta declaración al expediente.
Cuando le tocó el turno a Kalganov, éste se presentó
de mala gana, con semblante sombrío, y habló con el procurador y con Nicolás
Parthenovitch como si fuese la primera vez que los veía, siendo así que los
conocía desde hacía mucho tiempo. Empezó por decir que «no sabía nada y nada
quería saber». Pero reconoció que había oído hablar a Mitia del sexto billete
de mil y que estaba a su lado cuando le oyó decir esto. Ignoraba la cantidad
que Dmitri podía tener y afirmó que los polacos habían hecho trampas jugando a
las camas. Contestando a insistentes preguntas, dijo que expulsaron a los
polacos de la sala y que entonces Mitia se había captado la admiración y el
amor de Agrafena Alejandrovna, cosa que ésta había confesado. Al hablar de la
joven se expresó en términos corteses, como si se tratara de una dama de la
mejor sociedad, y ni una sola vez la llamó Gruchegnka. A pesar de la evidence
aversión que Kalganov mostraba a declarar, Hipólito Kirillovitch lo retuvo
largo rato, para tomar de sus palabras solamente aquello que constituía, por
decirlo así, la novela de Mitia durante aquella noche. Dmitri no le interrumpió
ni una sots vez, y Kalganov se retiró sin disimular su indignación.
Se hizo pasar a los polacos. Éstos se habían acostado
en su reducida habitación, pero no habían conseguido pegar los ojos. Cuando
llegaron las autoridades, se vistieron rápidamente, comprendiendo que los iban
a llamar. Se presentaron con arrogancia, pero también con cierta inquietud. El
pequeño pan, el más importante, era un funcionario de duodécima clase
retirado. Había servido como veterinario en Siberia y se llamaba Musalowicz. El
pan Wrublewski era dentista. Al principio, cuando les preguntaba Nicolás
Parthenovitch, contestaban dirigiéndose a Mikhail Makarovitch, al que
consideraban como el personaje más importante. Le llamaban pan pulkownik [L107]y repetían la expresión a cads frase. Al fin
los sacaron de su error. Hablaban correctamente el ruso, fallando únicamente en
la pronunciación de ciertas palabras. Al explicar sus relaciones con
Gruchegnka, el pan Musalowicz se expresó con una seguridad y un ardor que
exasperaron a Mitia hasta el punto de hacerle exclamar que no permitía a un
«granuja» hablar así en su presencia. El pan Musalowicz protestó del
calificativo y rogó que esta palabra se hiciera constar en el proceso. Mitia
hervía de cólera.
‑¡Sí, un granuja! ‑exclamó‑. Pueden
ustedes anotarlo. Esto no me impedirá repetir que es un granuja.
Nicolás
Parthenovitch dio pruebas de un facto extraordinario en este enojoso incidente.
Tras una severa amonestación a Mitia, renunció a hacer preguntas sobre la parte
novelesca del asunto y se dedicó enteramente a lo esencial.
Los jueces mostraron gran interés al declarar los
polacos que Mitia había ofrecido tres mil rublos al pan Musalowicz para
que renunciara a Gruchegnka. De esta cantidad entregaría inmediatamente
setecientos rublos, y el resto al día siguiente en la ciudad. Afirmó bajo
palabra de honor que en aquel momento no poseía toda la suma.
Mitia replicó a esto que no había prometido pagar el
resto al día siguiente, pero el pan Wrublewski confirmó lo dicho por su
compatriota, y Dmitri, tras reflexionar un instante, aceptó que podía haber
hecho tal promesa en un momento de exaltación.
El procurador dio gran importancia a estas palabras.
La acusación podía deducir de ellas que parte de los tres mil rublos que Mitia
había tenido en su poder estaba oculta en la ciudad o tal vez en el mismo
Mokroie. Con ello quedaba explicado un punto que ponía en un aprieto a la
acusación: el de que se hubieran hallado solamente ochocientos en poder de
Mitia. Hasta entonces, ésta había sido la única prueba favorable, por poco que
fuera, a Dmitri. Esta única prueba se había desvanecido. El procurador le preguntó:
‑¿De dónde pensaba usted sacar los dos mil
trescientos rublos que prometió bajo palabra de honor entregar al pan al día
siguiente, siendo así que usted mismo afirmó que sólo poseía quinientos en
aquel instante?
A ello repuso Mitia que su intención era proponerle
al pan transferirle ante notario sus derechos de propiedad sobre Tchermachnia,
en vez de entregarle el dinero, oferta que ya había hecho a Samsonov y a la
señora de Khokhlakov. El procurador sonrió ante «la ingenuidad del subterfugio»
‑¿Y cree usted que él habría aceptado esos
«derechos» en sustitución de los dos mil trescientos rublos?
‑No me cabe duda. Pues habría recibido no dos
mil, sino cuatro mil o seis mil. Sus abogados judíos y polacos habrían obligado
al viejo a entregar el dinero.
Como es natural, la declaración del pan se
consignó por escrito in extenso, tras lo cual los dos polacos pudieron
retirarse. El detalle de que habían hecho trampas en el juego pasó por alto.
Nicolás Parthenovitch les estaba agradecido y no quería molestarlos por una
insignificancia, pues consideraba que todo se había reducido simplemente a una
querella entre jugadores bebidos. Además, todo había sido escandaloso aquella
noche. En resumidas cuentas, que los doscientos rublos se quedaron en los bolsillos
de los polacos.
Acto seguido se llamó al viejo Maximov, que entró en
la sala tímidamente, a pasitos cortos, con las ropas en desorden y el semblante
triste. Durante los interrogatorios había permanecido sentado junto a
Gruchegnka, en silencio, «lloriqueando y secándose los ojos con su pañuelo a
cuadros» ‑así lo dijo Mikhail Makarovitch‑, hasta el punto de que
era ella la que tenía que calmarlo y consolarlo. Con lágrimas en los ojos, el
pobre viejo se excusó por haber pedido diez rublos prestados a Dmitri
Fiodorovitch, obligado por su pobreza, y manifestó que estaba dispuesto a
devolvérselos. Nicolás Parthenovitch le preguntó cuánta dinero tenía, a su
juicio, Dmitri Fiodorovitch, ya que él debía de haberlo visto de cerca al
pedirle prestados los diez rublos. Y Maximov repuso:
‑Veinte mil rublos.
‑¿Ha visto usted alguna vez veinte mil rublos
reunidos? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch sonriendo.
‑¡Claro que los he visto!... Bueno, veinte mil
no: siete mil. Vi esta suma cuando mi esposa hipotecó mi propiedad. Si he de
serle franco, sólo me los enseñó de lejos. Formaban un grueso fajo de billetes
de cien. Los billetes de Dmitri Fiodorovitch también eran de cien rublos.
No lo
retuvieron mucho tiempo. Al fin llegó el turno a Gruchegnka. Los jueces
estaban inquietos ante la impresión que la llegada de la joven pudiera
producir a Dmitri, y Nicolás Parthenovitch le dirigió algunas palabras de
exhortación, a las que respondió Mitia con un movimiento de cabeza que
equivalía a asegurar que se comportaría correctamente.
Gruchegnka apareció acompañada por Mikhail
Makarovitch. Sus facciones estaban rígidas, y su semblante, triste pero sereno.
Se sentó frente a Nicolás Parthenovitch. Estaba pálida y parecía tener frío,
pues envolvía sus hombros con un elegante chal negro. En efecto, recorrían su
cuerpo los escalofríos de la fiebre, principio de la larga enfermedad que
contrajo aquella noche. Su rigidez, su mirada franca y sería, sus ademanes
pausados produjeron una impresión en extremo favorable. Nicolás Parthenovitch
incluso se sintió cautivado. Algún tiempo después dijo que hasta entonces no se
había dado cuenta de lo encantadora que era aquella mujer, en la que antes sólo
había visto «una ramera de comisaría».
‑Tiene la finura de las personas de la mejor
sociedad ‑dijo un día con entusiasmo en un círculo de damas.
La indignación fue general. Lo llamaron calavera,
cosa que le encantó.
Gruchegnka, al entrar, dirigió a Mitia una mirada
furtiva. Él la miró también, con un gesto de inquietud; pero su aspecto lo tranquilizó.
Tras las preguntas consabidas, Nicolás Parthenovitch vaciló un momento y la
interrogó con toda cortesía:
‑¿Qué clase de relaciones tenía usted con el
teniente retirado Dmitri Fiodorovitch Karamazov?
‑Relaciones simplemente amistosas. Como amigo
lo he recibido durante todo este mes último.
En respuesta a otras preguntas declaró francamente
que entonces no amaba a Mitia, aunque le gustara «a veces». Lo había seducido
llevada de su maldad: la encantaba jugar con aquel hombre de buen corazón. Los
celos que tenía Mitia de Fiodor Pavlovitch y de todos los hombres la divertían.
Jamás había pensado ir a casa de Fiodor Pavlovitch, que sólo era para ella un
objeto de burla.
‑Durante todo este mes apenas he pensado en
ellos. Esperaba a otro, al causante de mis males... Les ruego que no me
pregunten sobre esto, porque no les contestaría. Mi vida privada no les incumbe.
Nicolás Parthenovitch dejó inmediatamente a un lado
los detalles novelescos y abordó la cuestión principal: los tres mil rublos.
Gruchegnka repuso que ésta era la cantidad que había gastado Dmitri hacía un
mes en Mokroie, según él había dicho, pues ella no había contado el dinero.
‑¿Eso se lo dijo a usted en privado o en
presencia de testigos? ¿O acaso lo ha oído usted decir a otras personas? ‑preguntó
inmediatamente el procurador.
Gruchegnka contestó afirmativamente a las tres preguntas.
‑¿Se lo dijo particularmente una vez o varias?
Gruchegnka repuso que varias.
Hipólito Kirillovitch quedó sumamente satisfecho de
esta declaración. Inmediatamente dedujo de ella que Gruchegnka sabía que el
dinero procedía de Catalina Ivanovna.
‑¿No ha oído usted decir que Dmitri
Fiodorovitch gastó entonces la mitad de los tres mil rublos y se guardó la otra
mitad?
‑No, nunca he oído decir eso.
Y añadió que, por el contrario, durante el mes
último, Mitia le había dicho varias veces que no tenía dinero.
‑Esperaba recibirlo de su padre ‑concluyó.
Nicolás Parthenovitch preguntó de pronto:
‑¿No dijo nunca delante de usted, por descuido
o en un momento de irritación, que se proponía atentar contra la vida de su
padre?
‑Sí, se lo oí decir.
‑¿Una vez o varias?
‑Varias. Y siempre en arrebatos de cólera.
‑¿Usted creía que llevaría a cabo este
propósito?
‑Jamás lo creí ‑repuso Gruchegnka con
absoluta convicción‑. Siempre tuve en cuenta la nobleza de sus
sentimientos.
‑Un momento ‑exclamó Mitia‑.
Permítanme decir en presencia de ustedes sólo unas palabras a Agrafena
Alejandrovna.
‑Puede hacerlo ‑aceptó Nicolás
Parthenovitch.
Mitia se levantó y dijo:
‑Agrafena Alejandrovna, lo juro en presencia de
Dios que soy inocente de la muerte de mi padre.
Mitia se volvió a sentar. Gruchegnka se levantó y se
santiguó devotamente ante el icono.
‑¡Alabado sea Dios! ‑exclamó
fervorosamente. Y añadió, dirigiéndose a Nicolás Parthenovitch‑: Créalo.
Lo conozco bien. Es capaz de decir cualquier cosa en broma o por obstinación; pero
no habla nunca en contra de su conciencia. Ha dicho la verdad, no les quepa
duda.
‑Gracias, Agrafena Alejandrovna ‑dijo
Dmitri, y la voz le temblaba‑. Tus palabras me han dado valor.
Respecto al dinero del día anterior, Gruchegnka dijo
que no sabía a cuánto ascendía la cantidad, pero que había oído decir a Dmitri
repetidas veces que estaba gastando tres mil rublos. En cuanto a la procedencia
de este dinero, Gruchegnka declaró que Mitia le había dicho confidencialmente
que lo había robado a Catalina Ivanovna, a lo que ella había respondido que
aquello no era un robo y que había que devolver el dinero al mismo día siguiente.
El procurador quiso dejar bien sentado que Dmitri, al decir dinero robado, se
refería al del día anterior y no al de un mes atrás, y Gruchegnka repitió que
aludía al de las últimas veinticuatro horas.
Terminado el interrogatorio, Nicolás Parthenovitch se
apresuró a decir a Gruchegnka que podía volver a la ciudad si así lo deseaba y
que, si podía serle útil en algo ‑por ejemplo, en buscarle un tiro de
caballos o en procurarle un acompañante‑, haría todo lo posible para...
‑Gracias ‑dijo Gruchegnka‑. Me
acompañará el viejo propietario de esta casa. Pero si ustedes me lo permiten,
permaneceré aquí hasta que hayan fallado el asunto de Dmitri Fiodorovitch.
Gruchegnka salió de la sala. Mitia se mostraba sereno
y reconfortado. Pero esto sólo duró un instante. Un extraño desfallecimiento
se apoderó de él y fue acrecentándose progresivamente. Sus ojos se cerraban a
pesar suyo. El interrogatorio de los testigos terminó al fin. Se procedió a la
redacción definitiva del acta. Mitia se levantó y fue a tenderse en un rincón,
sobre un cofre tapizado. Se durmió en seguida y tuvo un sueño extraño,
totalmente ajeno a las circunstancias.
Viaja por la estepa, por una región que ya había
cruzado cuando estaba de servicio. Un campesino lo conduce en una carreta a
través de la llanura cubierta de lodo. Hace frío. Es un día de principios de
noviembre. La nieve cae en gruesos copos que se funden rápidamente. El
carretero fustiga a sus caballos. Luce una larga barbs roja. Es un hombre de
unos cincuenta años y lleva un deslucido caftán gris. Se acercan a una aldes
donde se ven isbas negras, muy negras. La mitad se han quemado. De ellas sólo
quedan postes carbonizados que se mantienen aún erguidos. En la carretera, a
la entrada del pueblo, se ven largas hileras de mujeres esqueléticas y de
rostros curtidos. Entre ellas se destaca una, alta y escuálida. Representa
cuarenta años y, a lo mejor, no tiene más que veinte. Su alargado rostro time
una expresión de angustia. Lleva en brazos a un niño pequeño que llora sin
cesar y tiende sus bracitos desnudos, cuyas manitas cerradas están amoratadas
por el frío.
‑¿Por qué llora? ‑pregunta Mitia cuando
la carreta pasa velozmente.
‑Es un pequeñuelo ‑responde el carretero.
Mitia advierte que el carretero ha dicho
«pequeñuelo», como es costumbre entre los campesinos, y no «pequeño». Esto le
complace: el apelativo le parece más cariñoso.
‑¿Pero por qué llora? ‑vuelve a preguntar
Mitia‑. ¿Por qué están desnudos sus bracitos, por qué no se los tapan?
‑Sus ropas están heladas y no le abrigarían.
‑¿Cómo es posible? ‑insiste Mitia, sin
comprender aún.
‑Son muy pobres y sus isbas se han quemado. Esa
gente no tiene pan.
‑No es posible, no es posible ‑repite
Mitia en el mismo tono de incomprensión‑. Dime por qué están aquí estas
desventuradas, por qué han de sufrir esa miseria tan espantosa, por qué llora
ese pobre niño por qué ha de ser tan árida la estepa, por qué esas gentes no
se abrazan y cantan alegres canciones, por qué tienen la piel tan negra, por
qué no dan de comer al pequeñuelo...
Mitia sabe muy bien que sus preguntas son absurdas,
pero también sabe que tiene razón, y no puede menos de preguntar. Además,
advierte que una honda pens se va apoderando de él, que está a punto de echarse
a llorar. Siente un vivo deseo de consolar al niño que llora y a la madre de
senos exangües; anhela enjugar las lágrimas de todo el mundo y en seguida, sin
detenerse ante nada, con todo el ímpetu de los Karamazov.
‑Estoy a tu lado y nunca me separaré de ti ‑le
dice tiernamente Gruchegnka.
Su corazón se inflama y vibra frente a una luz
lejana. Quiere vivir, avanzar por el camino que conduce a esta luz nueva, a
esta luz que lo llama...
‑¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ‑exclamó
abriendo los ojos.
Con una sonrisa radiante se incorporó sobre el cofre
tapizado. Tenía la impresión de salir de un desmayo. Ante él estaba Nicolás
Parthenovitch, que le invitó a escuchar la lectura del acts y a firmarla.
Mitia se dio cuenta de que había estado durmiendo más
de una hora, pero no prestaba atención al juez. Le sorprendía haber encontrado
bajo su cabeza un cojín que no estaba cuando se había echado, rendido, sobre el
cofre.
‑¿Quién ha puesto aquí este cojín? ¿Quién ha
tenido este rasgo de bondad? ‑exclamó con vehemencia, con voz henchida
de emoción, como si se tratara de un acto de altruismo inestimable.
El ser magnánimo que había tenido esta atención
permaneció en el anonimato, pero Mitia llegó a llorar de emoción. Se acercó a
la mesa y dijo que firmaría todo lo que le pidiesen que firmara.
‑He tenido un hermoso sueño, señores ‑dijo
con voz extraña y el semblante resplandeciente de alegría.
CAPÍTULO IX
SE LLEVAN A MITIA
Una
vez firmada el acts, Nicolás Parthenovitch leyó solemnemente al acusado una
«disposición» en la que se decía que el juez de instrucción había interrogado
al detenido, y se citaban las principales acusaciones. Luego se explicaba que,
aunque el acusado se declaraba inocente del crimen que se le imputaba, no había
hecho nada por justificarse; que los testigos y las circunstancias le presentaban
como culpable, y que, en vista de ello y ateniéndose a los artículos del código
penal, ordenaba el encarcelamiento del presunto culpable, a fin de que no
pudiera eludir el proceso ni el juicio. Se hablaba también de dar copia de la
disposición al sustituto, etcétera. En una palabra: se declaró que Mitia debía
permanecer detenido desde aquel momento y que se le iba a conducir a la
ciudad, donde se le designaría un lugar de residencia nada agradable. Mitia se
encogió de hombros.
‑Está bien, señores. Acato sus órdenes sin
rencor alguno, Comprendo que ustedes no han podido obrar de otro modo.
Nicolás Parthenovitch le explicó que lo conduciría
Mavriki Mavrikievitch, que ya esperaba a la puerta.
Con un impulso irresistible, Mitia interrumpió al
juez y dijo a los presentes:
‑Señores, todos nosotros somos crueles,
verdaderos monstruos. Hacemos llorar a las madres y a los niños. Pero yo soy
el peor de los hombres. Todos los días me golpeaba el pecho y me juraba
enmendarme, y todos los días cometía las mismas vilezas. Ahora comprendo que a
los hombres como yo les hace falta el azote del destino y un lazo, una fuerza
exterior que los sujete. Jamás habría podido volver a levantarme sin esta
ayuda. El rayo ha caído. Acepto las torturas de la acusación y de la vergüenza
pública. Quiero sufrir y redimirme con el sufrimiento. Tal vez lo consiga, ¿no
les parece, señores? Oigan esto por última vez: yo no he derramado la sangre
de mi padre. Acepto el castigo no por haberlo matado, sino por haberme
propuesto matarlo y porque tal vez lo habría hecho. Sin embargo, estoy decidido
a luchar contra ustedes: no lo oculto. Lucharé hasta el final, y luego será lo
que Dios quiera. Adiós, señores. Perdónenme que me haya acalorado durante el
interrogatorio. Entonces aún no estaba en mi juicio. Dentro de unos instantes
seré un preso. Por última vez, Dmitri Karamazov les tiende su mano como hombre
libre. Al decirles adiós, me despido del mundo.
La voz le temblaba. En efecto, había tendido su mano.
Pero Nicolás Parthenovitch, que era el más próximo a él, ocultó la suya con un
movimiento convulsivo. Mitia lo advirtió y se estremeció. Dejó caer el brazo.
‑La investigación no ha terminado ‑dijo
el juez, un poco confuso‑, sino que va a continuar en la ciudad. Por mi
parte, le deseo que consiga justificarse. Yo, personalmente, Dmitri Fiodorovitch,
lo he considerado siempre más infortunado que culpable. Todos los que estamos
aquí..., pues me atrevo a hablar en nambre de todos..., vemos en usted un joven
noble en el fondo, pero que se deja arrastrar por las pasiones excesivamente.
Estas últimas palabras fueron pronunciadas por el
pequeño juez con gran empaque. A Mitia le pareció que aquel chiquillo iba a
cogerle del brazo para llevarlo a un rincón y continuar su última charla sobre
jovencitas. Es chocante las cosas absurdas que se piensan a veces, incluso los
criminales que van camino del suplicio.
‑Señores, ustedes son buenos, humanos. ¿Me permiten
que le diga adiós por última vez?
‑Desde luego, pero en nuestra presencia.
‑De acuerdo.
Se trajo a Gruchegnka, pero el adiós fue lacónico y
defraudó a Nicolás Parthenovitch. Gruchegnka, profundamente emocionada, dijo a
Mitia:
‑Soy tuya, te pertenezco para siempre y te
seguiré a todas partes. Sin ser culpable, lo has perdido. Adiós.
Lloraba; temblaban sus labios.
‑Perdóname, Grucha, por amarte, por haberte
perdido con mi amor.
Mitia iba a decir algo más, pero se contuvo y salió
de la estancia. Inmediatamente se vio rodeado de hombres que no lo perdían de
vista. Al pie del pórtico, en el mismo sitio al que Mitia había llegado con
tanto alboroto la noche anterior en la troika de Andrés, esperaban dos
carretas. El rechoncho y atlético Mavriki Mavrikievitch, de rostro curtido,
lanzaba gritos de desesperación a causa de un contratiempo inesperado. Con
agrio acento, invitó a Dmitri Fiodorovitch a subir a la carreta. Mitia se dijo:
«Antes, cuando te invitaba a beber en la taberna, este hombre me hablaba de un
modo muy distinto.»
Trifón Borisytch bajó las gradas del pórtico. Ante la
puerta de la casa se apiñaban mujeres andrajosas, arrieros y campesinos que
miraban a Mitia.
‑¡Adiós, amigos míos! ‑les gritó Dmitri
desde la carreta.
‑Adiós ‑respondieron dos o tres voces.
‑Adiós, Trifón Borisytch.
Éste estaba demasiado ocupado para volverse. Iba de
un lado a otro profiriendo gritos.
El hombre designado para conducir la segunda carreta,
donde tenía que viajar la escolta, decía a voces, mientras se ponía el caftán,
que no era él quien debía partir, sino Akim. Y Akim no había llegado. Salieron
en su busca a toda prisa. El campesino insistía, suplicaba que esperasen a
Akim.
Trifón Borisytch exclamó:
‑¡Qué gente tan desvergonzada, Mavriki
Mavrikievitch! Hace tres días, Akim te dio veinticinco copecs y te los bebiste.
Ahora gritas. Me asombra tu gentileza con esos alegres mozos.
‑¿Qué necesidad tenemos de que nos acompañe
otra troika? ‑dijo Mitia‑. Podemos viajar con esta sola, Mavriki
Mavrikievitch. Te aseguro que no intentaré huir. ¿Para qué quieres escolta?
‑A mí no me hable así ‑gruñó Mavriki
Mavrikievitch, satisfecho de poder desahogar su mal humor‑. No le admito
que me tutee ni que me dé consejos.
Mitia enmudeció y enrojeció. Poco después sintió
frío. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes y el
viento le azotaba el rostro. «Tengo escalofríos», pensó Mitia, ovillándose. Al
fin, subió al vehículo Mavriki Mavrikievitch, atropellando a Mitia y fingiendo
no advertirlo. La verdad es que no le gustaba lo mas mínimo la misión que le
habían confiado.
‑¡Adiós, Trifón Borisytch! ‑gritó de
nuevo Dmitri, dándose cuenta de que esta vez, y a pesar suyo, el grito no era
amistoso, sino de cólera.
El posadero, con gesto arrogante y las manos en la
espalda, dirigió a Mitia una severa mirada y no le contestó. Pero de pronto se
oyó una voz.
‑¡Adiós, Dmitri Fiodorovitch!
Era Kalganov, que corría hacia la carreta con la
cabeza descubierta. Tendió la mano a Mitia. Dmitri aún tuvo tiempo de estrecharla.
‑¡Adiós, amigo mío! ‑exclamó
calurosamente‑. ¡Nunca olvidaré esta prueba de generosidad!
Pero la carreta partió y las manos de los dos amigos
hubieron de desprenderse. Resonaban los cascabeles de los caballos. Se llevaban
a Mitia.
Kalganov volvió corriendo al vestíbulo, se sentó en
un rincón, inclinó la cabeza, ocultó el rostro entre las manos y lloró amargamente,
como un nido. Estaba casi seguro de la culpabilidad de Mitia.
‑Esto demuestra que no valemos nada ‑murmuró
amargamente.
Ni siquiera sentía el deseo de vivir.
‑¿Acaso vale la pena? ‑exclamó,
desesperado.
LOS MUCHACHOS
CAPITULO PRIMERO
KOLIA KRASOTKINE
Uno de los primeros días de noviembre. El tiempo es
frío: es la época de la escarcha. Durante la noche ha caído un poco de nieve,
que el viento seco y punzante ha barrido y levantado a lo largo de las calles
tristes de nuestra pequeña ciudad, y especialmente en la plaza del mercado. Es
una mañana oscura, pero la nevada ha cesado.
No lejos de la plaza, cerca de la tienda de Plotnikov,
está la casita, limpísima tanto por fuera como por dentro, de la señora de
Krasotkine, viuda de un funcionario. Pronto hará catorce años que murió el
secretario de gobierno [L108] Krasotkine. Su viuda, aún de buen ver y en
la treintena, vive de sus rentas en su casita. Es alegre y cariñosa y lleva
una vida digna y modesta. Quedó viuda a los dieciocho años, con un hijo que
acababa de nacer, Kolia[L109], a cuya educación se dedicó en cuerpo y
alma. Tanto lo adoraba, que el niño le causó más penas que alegrías. La viuda
vivía en continuo terror de que enfermara, de que se enfriase, de que se
hiriera jugando, de que cometiera alguna locura... Cuando Kolia fue al
colegio, su madre estudió todas las asignaturas, con objeto de poder ayudarlo
en los deberes; trabó conocimiento con los profesores y sus esposas, a incluso
procuró simpatizar con los compañeros de su hijo para evitar que se burlasen de
él o le pegaran. A tal extremo llegó en esta táctica, que los alumnos empezaron
a burlarse de Kolia, a zaherirle con frases como «el pequeñín mimado por su
mamá». Pero Kolia supo hacerse respetar. Era un chico audaz y pronto se le
consideró como uno de los más fuertes del colegio. Además, era inteligente,
tenaz, resuelto y emprendedor. Un buen alumno. Incluso se rumoreaba que
aventajaba a Dardanelov, su maestro. Pero Kolia, aunque afectaba un aire de
superioridad, no era orgulloso y sí un buen camarada. Aceptaba como cosa
natural el respeto de sus compañeros y los trataba amistosamente. Tenía sobre
todo el sentido de la medida, sabía contenerse cuando era necesario y no
rebasaba jamás ante los profesores ese límite en que la travesura se convierte
en insubordinación y falta de respeto, por lo que no se puede tolerar. Sin
embargo, estaba siempre dispuesto a participar en las granujadas de la
chiquillería, si la oportunidad se presentaba; mejor dicho a desempeñar el
papel de pilluelo para impresionar a la galería. Llevado de su excesivo amor
propio, había conseguido imponerse a su madre, que sufría desde hacía tiempo
su despotismo. La sola idea de que su hijo la quería poco era insoportable
para la señora de Krasotkine. Consideraba que Kolia se mostraba insensible con
ella, y a veces, bañada en lágrimas, le reprochaba su frialdad. Esto
desagradaba al muchacho, que se mostraba más evasivo cuanta más efusión se le
exigía. Era un efecto de su carácter y no de su voluntad. Su madre estaba en
un error. Kolia la quería. Lo que sucedía era que detestaba las «ternuras
borreguiles», como decía en su lenguaje escolar.
Su padre había dejado una biblioteca al morir, y
Kolia, que adoraba la lectura, pasaba a veces, para sorpresa de su madre, horas
enteras enfrascado en los libros, en vez de irse a jugar. Leyó obras impropias
de su edad. Últimamente, sus travesuras ‑sin llegar a ser perversas‑
asustaban a su madre por su extravagancia. En Julio, durante las vacaciones,
madre a hijo fueron a pasar ocho días en casa de unos parientes. El cabeza de
familia era empleado de ferrocarriles en la estación más próxima a nuestra
ciudad. Esta estación estaba a sesenta verstas de la localidad. En ella había
tornado el tren hacía un mes Iván Fiodorovitch Karamazov para dirigirse a
Moscú.
Kolia empezó por examinar minuciosamente el
ferrocarril y su funcionamiento, a fin de poder deslumbrar a sus camaradas con
sus nuevos conocimientos. Entre tanto, se unió a un grupo de seis o siete
chiquillos de doce a quince años, dos de ellos procedentes de la ciudad y los
demás del pueblo. La alegre banda se dedicaba a toda suerte de travesuras y
pronto surgió en ella la idea de hacer una apuesta verdaderamente estúpida en
la que la cantidad apostada eran dos rublos. Kolia, que era uno de los más
jóvenes del grupo, en un alarde de amor propio o de temeridad, apostó a que
permanecería echado entre los raíles, sin moverse, mientras el tren de las once
de la noche pasaba sobre él a toda marcha. Verdaderamente, un examen previo le
había permitido comprobar que una persona podía aplanarse sobre el suelo, entre
los raíles, sin que el tren ni siquiera rozara su cuerpo. ¡Pero qué momento tan
terrible pasaría! Kolia juró hacerlo. Se burlaron de él y le llamaron fanfarrón,
lo que lo excitó más todavía. Aquellos muchachos de quince años se mostraban
verdaderamente arrogantes. Al principio, incluso se habían resistido a considerarle
como un camarada. Fue una ofensa intolerable.
Una noche sin luna se fueron a una versta de la
estación, donde el tren habría tornado ya velocidad. A dicha hora Kolia se echó
entre los raíles. Los cinco que habían apostado contra él se colocaron al pie
del talud, entre la maleza, y allí esperaron, con el corazón latiéndoles con
violencia, y pronto atenazados por el espanto y el remordimiento. No tardaron
en oír que el tren se ponía en marcha. Dos luces rojas aparecieron en las
tinieblas. El monstruo de hierro se acercaba ruidosamente.
‑¡Huye! ¡Huye! ‑gritaron los cinco
espectadores, aterrados.
Pero ya no había tiempo. El tren pasó y desapareció.
Los cinco muchachos corrieron hacia Kolia. Lo encontraron exánime y empezaron
a sacudirlo y a levantarlo. De pronto, Kolia se puso en pie y dijo que había
fingido un desvanecimiento para asustarlos. Sin embargo, era verdad que se
había desvanecido, como él mismo confesó días después a su madre.
Esta proeza cimentó definitivamente su fama de héroe.
Volvió a su casa blanco como la cal. Al día siguiente tuvo fiebre, a consecuencia
de su excitación nerviosa. Sin embargo, estaba contento. El suceso se divulgó
en la ciudad y llegó a conocimiento de las autoridades escolares. La madre de
Kolia fue a pedirles que perdonaran a su hijo. Al fin, un profesor estimado a
influyente, Dardanelov, salió en su defensa y ganó la causa. El asunto no tuvo
consecuencias. Este Dardanelov, soltero y todavía joven, estaba enamorado
desde hacía largo tiempo de la señora de Krasotkine. Hacía un año, temblando de
emoción, se había atrevido a ofrecerle su mano, pero ella lo rechazó, pues
casarse en segundas nupcias le parecía cometer una traición contra su hijo. Sin
embargo, ciertos indicios permitían al pretendiente decirse que no era del todo
antipático a aquella viuda encantadora, aunque exageradamente casta y delicada.
La loca temeridad de Kolia rompió el hielo, pues tras la intervención de
Dardanelov, éste advirtió que podía alimentar ciertas esperanzas. No obstante,
como él era también un ejemplo de castidad y delicadeza, se conformó con esta
esperanza remota que le hacía feliz. Quería al muchacho, pero consideraba una
humillación adularlo, y se mostraba con él severo y exigente.
Kolia también mantenía a su profesor a distancia. Hacía
perfectamente sus deberes, ocupaba el segundo puesto y todos sus compañeros
estaban convencidos de que en historia universal aventajaba al mismo
Dardanelov. Esto quedó demostrado una vez que Kolia preguntó al profesor quién
había fundado Troya. El profesor repuso con una serie de consideraciones acerca
de los pueblos y sus emigraciones, la noche de los tiempos y las leyendas, pero
no pudo responder concretamente a la pregunta sobre la fundación de Troya.
Incluso llegó a decir que la cuestión carecía de importancia. Los alumnos
quedaron convencidos de que el profesor ignoraba por completo quién había
fundado la famosa ciudad. Kolia se había informado de este acontecimiento en
una obra de Smagaradov que figuraba en la biblioteca de su padre. Todos acabaron
por interesarse en la fundación de Troya, pero Kolia Krasotkine guardó su
secreto. Su prestigio quedó intacto.
Tras el incidente del ferrocarril, se produjo un
cambio en la actitud de Kolia hacia su madre. Cuando Ana Fiodorovna se enteró
de la proeza de su hijo, estuvo a punto de perder la razón. Durante varios días
sufrió fuertes ataques de nervios. Kolia se asustó hasta el punto de que le
prometió, bajo palabra de honor, no cometer de nuevo semejante locura. Lo juró
de rodillas ante el icono y por la memoria de su padre, tal como la señora de
Krasotkine le exigió. La escena fue tan emocionante, que el intrépido Kolia
lloró como un niño de seis años. Madre a hijo pasaron el día arrojándose el uno
en brazos del otro y derramando lágrimas.
Al día siguiente, Kolia volvió a mostrarse
«insensible», pero se había convertido en un muchacho más silencioso, más
reflexivo, más modesto. Mes y medio más tarde reincidió, y en el asunto intervino
el juez de paz. Pero esta vez se trataba de una granujada diferente, ridícula
a incluso estúpida, cometida por otros y de la que él era únicamente cómplice.
Ya volveremos a hablar de esto.
La madre volvió a sus temblores y tormentos, y las
esperanzas de Dardanelov aumentaban con las lágrimas de la viuda. Hay que
advertir que Kolia conocía las aspiraciones de Dardanelov, al que detestaba
profundamente por estos sentimientos. Anteriormente incluso cometía la
indelicadeza de expresar ante su madre su desprecio hacia el profesor,
haciendo vagas alusiones a los propósitos del enamorado. Pero después del
incidente del ferrocarril, su actitud cambió también con respecto a este
punto, pues no hacía alusiones molestas a Dardanelov y hablaba con más respeto
de él ante su madre. La sensitiva Ana Fiodorovna notó al punto este cambio y lo
agradeció infinito. No obstante, a la menor alusión a Dardanelov en presencia
de Kolia, aunque la hiciera un extraño, la viuda se ponía roja como la grana.
En estas ocasiones, Kolia miraba por la ventana con el ceño fruncido, o se
contemplaba los zapatos, o llamaba con acento iracundo a Carillón, un
perrazo feo y de larga pelambre, que había recogido hacía un mes y del que no
había dicho una palabra a sus amigos. Kolia se comportaba con el animal como un
tirano. Le enseñó a hacer muchas cosas. Así, el pobre Carillón, que
aullaba cuando Kolia se iba al colegio, al verlo volver ladraba alegremente,
saltaba como un loco, se pavoneaba, se hacía el muerto, etc., etc.; en una
palabra, hacía cuanto Kolia le había enseñado, pero no porque éste se lo ordenara,
sino espontáneamente, por el gran cariño que profesaba a su dueño.
Ahora caigo
en que me he olvidado decir que Kolia Krasotkine fue el muchacho al que
Iliucha, ya conocido por nuestros lectores, hijo del capitán retirado
Snieguiriov, había herido con su cortaplumas al salir en defensa de su padre,
del que sus compañeros de clase se burlaban llamándole «Barba de Estropajo».
LOS RAPACES
Aquella mañana glacial y brumosa de noviembre se
quedó en casa Kolia Krasotkine. Era domingo y no tenía clase. No obstante,
acababan de dar las once y necesitaba salir «para un asunto importantísimo».
Pero había el inconveniente de que estaba solo en la casa y no la podía
abandonar. Las personas mayores habían tenido que marcharse al producirse un
acontecimiento imprevisto. La viuda de Krasotkine tenía alquilado un
departamento de dos piezas ‑el único que había en la casa‑ a la
esposa de un médico que era madre de dos hijos pequeños. Esta señora era gran
amiga de Ana Fiodorovna y tenía la misma edad que ella. El médico se había
marchado a Orenburgo, y de allí a Tachkent. Hacía seis meses que la esposa no
recibía noticias del marido, de modo que la infortunada se habría pasado el
tiempo llorando si no hubiera tenido el consuelo de la amistad de Ana Fiodorovna.
Para colmo de desdichas, Catalina, la única sirvienta de la doctora, había
comunicado repentinamente a la doctora, ya de noche, que notaba que iba a dar
a luz a la mañana siguiente. Aunque parezca mentira, nadie se había dado cuenta
del estado de la joven. En medio de su estupor, la doctora decidió, puesto que
aún había tiempo, trasladar a Catalina a casa de una comadrona que admitía
futuras madres a pensión. Come tenía gran cariño a esta sirvienta, puso
inmediatamente en práctica este proyecto a incluso se quedó al lado de la
internada. A la mañana siguiente hubo que recurrir a la ayuda de la señora de
Krasotkine para que hiciera cierta diligencia y adoptara su protección. Por lo
tanto, las dos damas estaban ausentes, así come Ágata, la sirvienta de la
viuda de Krasotkine, que se había ido al mercado, y Kolia se había quedado
como guardián de los pequeñuelos, el niño y la piña de la doctora.
La vigilancia de la casa no inquietaba a Kolia, y
menos teniendo a su lado a Carillón. Éste había recibido la orden de
echarse debajo de un banco del vestíbulo y estar allí sin moverse. Cada vez que
veía pasar a su dueño, el perro levantaba la cabeza y golpeaba el suelo con la
cola, mientras dirigía a Kolia una mirada suplicante. Pero, ¡ay!, sus ruegos
eran inútiles. En respuesta a ellos, Kolia miraba severamente al infortunado
animal, que volvía a su inmovilidad de estatua.
A Kolia sólo le preocupaban los pequeñuelos. La
aventura de Catalina le inspiraba un profundo desprecio. Le encantaban aquellos
niños y ya les había dado un divertido libro infantil para que se distrajeran.
Nastia, la mayor, tenía ocho años y sabía leer; Kostia [L110] tenía siete y escuchaba con gusto a su
hermanita. Kolia habría podido entretenerlos jugando con ellos a los soldados o
al escondite per toda la casa, y no le importaba hacerlo cuando se presentaba
la ocasión, a pesar de que en el colegio se rumoreaba que Krasotkine jugaba en
su casa a las troikas con los niños de la inquilina, y que hacía el
caballo y galopaba con la cabeza baja. Kolia rechazaba indignado esta
acusación, diciendo que se habría avergonzado, «en nuestra época», de jugar a
los caballos con chicos de su edad, pero que él lo hacía per los niños, porque
los quería, y que nadie tenía derecho a pedirle cuentas de sus sentimientos.
En
compensación, los dos pequeñuelos lo adoraban. Pero aquella mañana Kolia no
estaba para juegos. Tenía un compromiso importante a incluso un tanto
misterioso. Pero el tiempo pasaba, y Ágata, a la que se podían confiar los
niños, no volvía de la compra. Kolia había cruzado el vestíbulo varias veces,
abierto la puerta del departamento de la inquilina y echado una mirada cariñosa
a los niños, que estaban leyendo, como él les había indicado. Cada vez que
Kolia aparecía, los niños le obsequiaban con una larga sonrisa, que era una
clara invitación a que pasara para hacer algo que los divirtiera. Pero Kolia
estaba preocupado y no entraba.
Cuando dieron las once, Krasotkine se dijo
resueltamente que si, transcurridos diez minutes, la «maldita» Ágata no había
vuelto, se marcharía sin esperar más, claro que no sin antes advertir a los
niños y hacerles prometer que no tendrían miedo durante su ausencia, que no
llorarían ni harían diabluras.
Se puso, pues, su gabancito acolchado, se echó un
talego al hombre, y aunque su madre le había dicho más de una vez que no
saliera a la calle sin ponerse los chanclos cuando hiciese tanto frío come
aquella mañana, Kolia se limitó a dirigirles una mirada de desdén al pasar per
el vestíbulo. Carillón, al verlo vestido para salir, empezó a mover todo
su cuerpo mientras golpeaba el suelo con la cola, a incluso llegó a soltar un
aullido quejumbroso. Kolia juzgó que esta entusiasta demostración de áfecto
era contraria a la disciplina, y tuvo al perro todavía un minuto debajo del banco;
no le silbó hasta que abrió la puerta del vestíbulo. Entonces Carillón
se lanzó hacia él como una flecha y empezó a saltar alegremente.
El muchacho fue a echar una mirada a los niños.
Habían dejado el libro y discutían acaloradamente, cosa que hacían con frecuencia.
Nastia, por ser mayor que su hermano, solía triunfar en la polémica, pero, a
veces, Kostia no se sometía y llamaba a Kolia Krasotkine para que fallara,
fallo que admitían las dos partes sin rechistar.
Esta vez, la discusión de los dos niños interesó a
Kolia, que se quedó en el umbral escuchando. Los pequeñuelos, al verle, redoblaron
el ardor de su disputa.
‑Nunca he creído ‑decía, convencida,
Nastia‑ que las comadronas encuentren a los niños en las coles. Estamos
en invierno y no hay coles. De modo que la comadrona no puede haber encontrado
en esas plantas una nena para Catalina.
‑¡Basta! ‑exclamó Kolia.
‑De alguna parte traen a los niños ‑dijo
Nastia‑, pero sólo a las que están casadas.
Kostia, que había escuchado gravemente a su hermana,
la miró fijamente, pensativo.
‑Eres una tonta, Nastia ‑dijo al fin, con
toda calma‑. Catalina no está casada. ¿Cómo se puede tener un hijo?
Nastia se indignó.
‑No entiendes nada. A lo mejor está casada y
tiene al marido en la cárcel.
‑Así, ¿tiene un marido en la cárcel? ‑preguntó
el práctico Kostia.
Nastia abandonó su hipótesis y exclamó con su ímpetu
habitual:
‑También puede ser que no esté casada, como tú
dices. Así que tienes razón. Pero quiere casarse, y a fuerza de pensar y pensar
en tener un marido, ha terminado por tener un niño.
‑Puede ser ‑admitió Kostia‑. Pero
yo no podía saber eso, porque tú no me lo habías dicho.
Kolia avanzó hacia ellos.
‑Por lo que veo, renacuajos, sois temibles.
‑¡Si está contigo Carillón! ‑exclamó
alegremente Kostia, que empezó a chascar los dedos y a llamarlo.
‑Amiguitos, estoy en un apuro ‑empezó a
decir Kolia solemnemente‑. ¿Queréis ayudarme? Ágata debe de haberse roto
una pierna, puesto que no ha regresado. No cabe duda de que se la ha roto.
Tengo que marcharme. ¿Me permitís que me vaya?
Los niños se miraron. Sus rostros sonrientes tenían
una expresión de inquietud. No acababan de comprender lo que Kolia les pedía.
‑¿Me prometéis no hacer ninguna diablura
durante mi ausencia? ¿No subiros al armario para exponeros a romperos una pierna?
¿No llorar de miedo al veros solos?
En las dos caritas se reflejó la angustia.
‑Si os portáis bien os enseñaré una cosa: un
cañoncito de acero que se carga con pólvora de verdad.
Las dos caritas se iluminaron.
‑Enséñanos el cañón ‑dijo Kostia,
radiante.
Krasotkine sacó de su talego un cañoncito que
depositó en la mesa.
‑Mirad, tiene ruedas ‑dijo, haciéndolo
rodar‑. Se puede cargar con perdigones y disparar.
‑¿Y puede matar?
‑Puede matar a cualquiera. Basta apuntar bien.
Kolia explicó cómo había que poner la pólvora y los
perdigones, señaló la ranura por la que se prendía fuego a la carga y dijo que
el cañón tenía retroceso. Los niños lo escuchaban con ávida curiosidad. Lo del
retroceso es lo que más les impresionó.
Nastia preguntó:
‑¿Tienes pólvora?
‑Sí.
‑A verla ‑imploró la niña, sonriendo.
Krasotkine extrajo del talego un frasquito que
contenía un poco de auténtica pólvora y unos cuantos perdigones envueltos en un
papel. Destapó el frasquito y echó un poco de pólvora en la palma de su mano.
‑Miradla. ¡Pero cuidado con acercarla al fuego!
‑dijo para asustarlos‑. Se produciría una explosión y moriríamos
todos.
Los niños examinaron la pólvora con un terror que
avivaba su entusiasmo. A Kostia le encantaron especialmente los granos de
plomo.
‑¿Se inflaman los perdigones? ‑preguntó.
‑No.
‑Dame unos cuantos ‑dijo en tono
suplicante.
‑Aquí los tienes. Pero no se los enseñes a tu
madre antes de que yo vuelva. Creerá que estallan como la pólvora, se asustará
y os pegará.
‑Mamá no nos pega nunca ‑dijo Nastia.
‑Ya lo sé: lo he dicho para hacer una frase. No
mintáis nunca a vuestra madre, salvo en esta ocasión y sólo hasta que yo
vuelva. Bueno, amiguitos, ¿me puedo marchar? ¿No lloraréis de miedo mientras no
estoy aquí?
‑Sí que lloraremos ‑dijo lentamente
Kostia mientras se disponía a hacerlo.
‑Seguro que lloraremos ‑confirmó Nastia,
atemorizada.
‑¡Qué niños éstos! ¡Estáis en la peor edad! Ya
veo que no puedo hacer nada. Tendré que quedarme con vosotros hasta Dios sabe
cuándo. ¡Con lo que vale el tiempo!
‑Dile a Carillón que haga el muerto ‑solicitó
Kostia.
‑Bien; recurramos a Carillón. ¡Aquí, Carillón!
Kolia ordenó
al can que exhibiera sus habilidades. Era un perro de pelo largo, de color gris
violáceo, del tamaño de un mastín corriente, tuerto del ojo derecho y que
tenía partida la oreja izquierda. Se pavoneaba, andaba sobre las patas
traseras, se echaba boca arriba y permanecía inmóvil, como muerto...
Durante este último ejercicio se abrió la puerta y
apareció Ágata, la sirvienta, mujer obesa, picada de viruelas, de unos
cuarenta años, que, con la red de la compra en la mano, se detuvo en el umbral
para presenciar el espectáculo. Kolia, a pesar de la prisa que tenía, no
interrumpió la representación. Al fin, emitió un silbido, y el animal se
levantó y empezó a saltar con gran alegría de haber cumplido con su deber.
‑¡Eso es un perro! ‑exclamó Ágata.
‑¿Se puede saber por qué has tardado tanto? ‑preguntó
severamente Kolia.
‑¡A mí no me hables así, mocoso!
‑¿Mocoso?
‑Sí, mocoso. No te metas en lo que no te
importa. He tardado porque ha sido preciso.
Ágata dijo esto mientras empezaba a trajinar en la
cocina. No hablaba con irritación, sino que parecía sentirse feliz de poder enfrentarse
otra vez con aquel señorito tan gracioso.
‑Óyeme, vieja loca: me vas a jurar por lo más
sagrado que vigilarás a estos pequeñuelos durante mi ausencia. Tengo que marcharme.
‑Nada de juramentos ‑repuso Ágata,
echándose a reír‑. Los vigilaré y basta.
‑No basta; quiero que me lo jures por tu eterna
salvación. Si no me lo juras, no me marcho.
‑Allá tú. A mí me da lo mismo. Está helando. Lo
mejor que puedes hacer es quedarte en casita.
‑Oíd, rapazuelos. Esta mujer os hará compañía
hasta que yo vuelva o hasta que venga vuestra madre, que ya no puede tardar. Si
tarda, Ágata os dará el almuerzo. ¿No es así, Ágata?
‑Nada tan fácil.
‑Hasta la vuelta, hijitos. Me voy con toda
tranquilidad.
Y al pasar por el lado de la sirvienta le dijo, en
serio y en voz baja.
‑Cuidado, abuela, con empezar a explicarles lo
de Catalina. Hay que respetar su inocencia... ¡Vamos, Carillón!
Esta vez Ágata se indignó de verdad.
‑¿Quieres callarte? ¡Merecerías que te azotasen
por decir esas cosas!
CAPÍTULO III
Pero Kolia ya no la oía. Al fin estaba libre. Al
salir a la calle hundió momentáneamente la cabeza entre los hombros y exclamó:
«¡Vaya frío!», y tomó el camino de la plaza del Mercado. Antes de llegar a la
plaza se detuvo ante un edificio, sacó del bolsillo un silbato y lo hizo sonar
con todas sus fuerzas. Sin duda, era una señal convenida. Un minutó después
salió de su casa un niño de once años, de tez colorada y protegido, como Kolia,
por un recio y elegante gabán. Este muchacho era Smurov, alumno de la clase
preparatoria (Kolia estaba ya en la sexta) a hijo de un funcionario acomodado,
al que sus padres habían prohibido que fuera con Krasotkine, cuya conducta les
parecía vergonzosa; de modo que Smurov había tenido que salir de su casa
furtivamente.
Como el lector recordará, Smurov formaba parte del
grupo que había apedreado a Iliucha hacía dos meses, y él fue el que habló con
Aliocha Karamazov.
‑He estado una hora esperándote, Krasotkine ‑dijo
sin rodeos Smurov.
Los dos chicos siguieron el camino de la plaza.
‑Si me he retrasado ‑repuso Kolia‑,
la culpa no ha sido mía, sino de las circunstancias. ¿No te azotarán por
haberte reunido conmigo?
‑¡Qué ocurrencia! A mí no me azotan nunca... Ya
veo que está aquí Carillón.
‑Sí, lo he traído.
‑¿Para que nos acompañe hasta la casa?
‑Sí.
‑¡Lástima que no sea Escarabajo!
‑Escarabajo no puede ser, porque ha desaparecido. Nadie debe
saber dónde está.
Smurov se detuvo de pronto.
‑Oye, Kolia: Iliucha dice que Escarabajo
tenía el pelo largo y de un gris violáceo, o sea como el de Carillón. ¿Y
si le dijéramos que Carillón es Escarabajo? A lo mejor, lo creía.
‑Escucha, colegial: detesta la mentira, incluso
la mentira piadosa... Supongo que no le habrás dicho ni una palabra de mi visita.
‑A Dios gracias, sé lo que debo hacer ‑dijo
Smurov, y añadió con un suspiro‑: No creo que Carillón pueda consolarlo.
Su padre, el capitán, nos ha dicho que hoy le regalará un cachorro de moloso
auténtico, con el hocico negro. Cree que este animalito consolará a Iliucha,
pero yo no opino así.
‑¿Cómo está Iliucha?
‑Mal, muy mal. A mí me parece que está tísico.
Conserva todo el conocimiento, pero respira con gran dificultad. El otro día
pidió que lo llevaran a dar un paseo, le pusieron los zapatos, y el pobre cayó
después de dar unos pasos. «Ya te dije, papá, que estos zapatos no me venían
bien. Siempre he tenido dificultad para andar con ellos.» Creyó que se había
caído por culpa de los zapatos, y era la debilidad lo que le había hecho caer.
No creo que viva toda esta semana. Herzenstube lo visita. Vuelven a tener dinero en abundancia.
‑¡Los muy canallas!
‑¿Quiénes?
‑Los
médicos, toda esa chusma doctoral, individual y colectivamente. Detesto la
medicina; no sirve para nada. En fin, ya estudiaré a fondo esta cuestión. Oye,
os habéis vuelto muy sentimentales los de tu clase: creo que vais todos los
días a visitar al enfermo. ‑Todos no. Somos unos diez los que lo vamos a
ver todos los días.
‑Lo que más me sorprende es la conducta de
Alexei Karamazov. Mañana o pasado se va a juzgar a su hermano por un crimen
espantoso y esto no le impide ponerse sentimental con los colegiales.
‑Aquí nadie se pone sentimental. Piensa que tú
mismo vas a reconciliarte con Iliucha.
‑¿A reconciliarme? Es una palabra que me
repugna. Por otra parte, no permito a nadie que analice mil actos.
‑Ya verás qué contento se pone Iliucha al
verte. No sabe nada de tu visita. ¿Por qué has tardado tanto en decidirte? ‑exclamó
con vehemencia Smurov.
‑Eso es cosa mía y no tuya. Yo voy por mi
propia voluntad; vosotros, en cambio, vais porque os llevó Alexei Karamazov. De
modo que no es lo mismo. Además, tú no sabes por qué voy yo. A lo mejor, no
pretendo reconciliarme. ¡Qué expresión tan estúpida!
‑Karamazov no está allí. Desde luego, al
principio fuimos con él, pero después nos acostumbramos a ir solos, primero uno
y después otro, y todo con la mayor naturalidad, sin sentimentalismos. Su
padre se conmovió al vernos. Perderá la razón cuando Iliucha se muera. Se da
cuenta de que no time salvación. No puedes figurarte lo que se alegró al ver
que nos reconciliábamos con Iliucha. Éste ha preguntado por ti, pero no ha
dicho nada más. Su padre acabará loco o se ahorcará. Antes ya tenía el aspecto
de un demente. Es un buen hombre, ¿sabes?, que ha sido víctima de un error. Ese
parricida no debió maltratarlo como lo hizo dias atrás en la taberna.
‑Dmitri Karamazov es para mí un enigma. Hace
tiempo que podía haber hecho amistad con él, pero hay momentos en que me alegro
de haberlo mantenido a distancia. Además, tengo de él un concepto que quiero
comprobar.
Dicho esto, Kolia se sumió en un grave silencio, que
compartió su amigo. Smurov respetaba a Kolia Krasotkine y no osaba, ni mucho
menos, compararse con él. Kolia había despertado su curiosidad al decir que
iba a ver a Iliucha espontáneamente. Sin duda, había una razón misteriosa para
que Krasotkine hubiera adoptado de pronto esta resolución.
Iban por la plaza del Mercado, sorteando carros y
aves de corral. Bajo los sobradillos de las tiendas había mujeres que vendían
tortas, hilos y otros muchos géneros. En nuestra ciudad llaman ingenuamente
ferias a estos mercadillos domingueros que se celebran en gran número durante
el año.
Carillón corría alegremente, desviándose de continuo a derecha e izquierda para
olfatear algo. Y cuando se encontraba con algún congénere, le oliscaba también
del mejor grado, según las reglas en use entre los perros.
‑Me gusta observar la realidad, Smurov ‑dijo
de pronto Kolia‑. ¿Te has fijado en que los perros se olfatean cuando se
encuentran? Esto es entre ellos una ley natural.
‑Una ley ridícula.
‑Pues
no, te equivocas. No hay nada ridículo en la Naturaleza, aunque el hombre, con
sus prejuicios, crea lo contrario. Si los perros pudieran razonar y criticar,
verían en nosotros tantas cosas ridículas como nosotros vemos en ellos, tantas
o más, pues estoy convencido de que son numerosísimas en las relaciones
humanas. Esta idea es de Rakitine y me parece acertadísima. Soy socialista,
Smurov.
‑¿Qué es el socialismo? ‑preguntó Smurov.
‑La igualdad para todos, la comunidad de
opiniones, la supresión del matrimonio, la libertad de observar la religión y
las leyes que a uno le convengan, etc., etc. Tú eres todavía demasiado joven
para comprender estas colas... Hace frío, ¿verdad?
‑Sí, doce bajo cero: mi padre acaba de verlo en
el termómetro.
‑¿Has observado que en pleno invierno, cuando
estamos a quince a incluso a dieciocho grados bajo cero, el frío es más soportable
que ahora, al principio, cuando hay todavía poca nieve y hiela de pronto a los
doce grados? Esto sucede porque las personas no están todavía habituadas al
frío. En nosotros todo es un hábito, incluso la política. Mira qué tipo tan
gracioso.
Kolia señalaba a un campesino de considerable
estatura, enfundado en una pelliza de piel de cordero, de aire bonachón, que,
al lado de su carreta, se calentaba las manos, protegidas por mitones, dando
fuertes palmadas. Su barba estaba cubierta de escarcha.
‑Tienes la barba helada, amigo ‑dijo
Kolia levantando la voz y en un tonillo mordaz cuando pasó por su lado.
‑Hay muchas barbas heladas ‑replicó el
campesino sentenciosamente.
‑No te molestes ‑suplicó Smurov.
‑No temas, no se enfadará. Es un buen hombre.
¡Adiós, Mateo!
‑Adiós.
‑¿De veras te llamas Mateo? ‑Sí. ¿No lo
sabías?
‑No. He dicho el nombre al azar.
‑¡Qué casualidad! ¿Eres estudiante?
‑Exacto.
‑¿Te azotan?
‑Sí.
‑¿Fuerte?
‑A veces.
‑La vida es dura ‑suspiró el buen hombre.
‑Adiós, Mateo.
‑Adiós. Eres un muchacho simpático.
Los dos colegiales continuaron su camino.
‑Es una buena persona ‑dijo Koila‑.
Me gusta hablar con la gente del pueblo. Hacerle justicia.
‑¿Por qué le has dicho que nos azotan? ‑preguntó
Smurov. ‑Para darle gusto.
‑No lo entiendo.
‑Oye, Smurov: no me gusta dialogar con los que
no me comprenden desde un principio. Hay cosas imposibles de explicar. A ese
hombre se le ha metido en la cabeza que a los colegiales hay que azotarlos, que
el colegial que no recibe este castigo no es colegial. Si yo le hubiera dicho
que no me azotan, lo habría confundido. En fin, tú no puedes comprender estas
cosas. Hay que saber hablar al pueblo.
‑Pero nada de burlas, te lo ruego.
‑¿Times miedo?
‑Sí, Kolia; tengo miedo. Mi padre se pondría
furioso si se enterase de estas bromas. Me ha prohibido que vaya contigo.
‑No temas: esta vez no ocurrirá nada. ¡Buenos
días, Natacha ‑gritó a una vendedora.
La mujer, todavía joven, respondió a grandes voces:
‑¡Yo no me llamo Natacha, sino María!
‑¡Bonito nombre! ¡Adiós, María!
‑¡El muy granuja! No es más alto que una bola
de montar y ya se mete con la gente.
‑No tengo tiempo de escucharte. Ya me lo
contarás el próximo domingo ‑dijo Kolia braceando y como si fuera ella
la que hubiese empezado a importunarle.
‑¡Yo no tengo nada que contarte el domingo
próximo! ¡Eres tú el que me ha tirado de la lengua, mocoso! ¡Una buena azotaina
es lo que necesitas! ¡Ya te conozco, bribón!
Las vendedoras que estaban cerca de María se echaron
a reír a coro. De pronto, salió de una arcada un hombre que daba muestras de
gran agitación. Tenía el aspecto de un dependiente de comercio y no era de
nuestra ciudad. Usaba gorra y llevaba un caftán de largos faldones. Era todavía
joven, tenía el cabello castaño y ensortijado, y el rostro pálido y picado de
viruelas. Muy excitado, no se sabía por qué, empezó a amenazar a Kolia con el
puño.
‑¡Te conozco! ‑gritó‑. ¡Te conozco!
Kolia lo miró atentamente. No se acordaba de haber
disputado con aquel hombre. Por otra parte, sus altercados en la calle eran
demasiado frecuentes para que pudiera acdrdarse de todos.
‑¿De modo que me conoces? ‑preguntó
irónicamente.
‑Sí, te conozco ‑repitió el forastero.
‑Es una suerte para ti. Bueno, adiós. Tengo prisa.
‑Eres un insolente. Ya te he dicho que te
conozco.
‑Si soy un insolente, amigo, esto no es cuenta
tuya ‑dijo Kolia deteniéndose y mirando fijamente al desconocido.
‑¡Ah! ¿Sí?
‑Sí.
‑Entonces, ¿de quién es cuenta?
‑De Trifón Nikititch.
‑¿De quién?
El forastero, todavía acalorado, miraba a Kolia con
cara estúpida. El muchacho le respondió midiéndolo gravemente con la mirada.
‑¿Has ido á la iglesia de la Ascensión? ‑preguntó
Kolia enérgicamente.
‑¿Yo? ¿Para qué? ‑repuso el forastero,
desconcertado‑. No, no he ido.
‑¿Conoces a Sabaniev? ‑preguntó Kolia con
la misma energía.
‑¿A Sabaniev? No, no lo conozco.
‑Entonces, vete al diablo ‑dijo Kolia. Y,
desviándose hacia la derecha, se alejó con paso rápido, como si no se dignase
hablar con un hombre tan tonto que ni siquiera conocía a Sabaniev.
‑Espera ‑dijo el forastero, volviendo a
ponerse nervioso‑. ¿A qué Sabaniev te refieres?
Y preguntó a las vendedoras, mirándolas
estúpidamente:
‑¿De qué Sabaniev habla?
Las mujeres se echaron a reír.
‑Ese rapaz es un tunante ‑dijo una de
ellas.
‑¿Pero de qué Sabaniev habla? ‑volvió a
preguntar el del pelo rizado, haciendo grandes aspavientos.
‑Debe de referirse al Sabaniev que trabajaba en
casa de Kuzmitchev ‑conjeturó una de las vendedoras‑. Sí, ése debe
de ser.
El forastero la miró, perplejo.
‑¿Kuzmitchev? ‑dijo otra‑. Entonces
no se llama Trifón, sino Kuzma. Y ese chico ha hablado de Trifón Nikititch. O
sea que no es él.
‑No, no es Trifón, y tampoco Sabaniev, sino
Tchijov –dijo una tercera vendedora que había escuchado con toda seriedad‑.
Sí, es Alexei Ivanovitch Tchijov.
El forastero miraba, aturdido, tan pronto a una como
a otra.
‑Entonces, ¿por qué me ha hecho esa pregunta? ‑exclamó
desesperado‑. Díganme, amigas mias, ¿por qué me ha preguntado ese chico
si conozco a Sabaniev?
‑¡Qué cabeza tan dura tienes! Te hemos dicho
que no es Sabaniev, sino Tchijov, Alexei Ivanovitch Tchijov.
‑Es alto y lleva el cabello largo. Este verano
se le vio mucho por esta plaza.
‑¿Pero para qué quiero yo a ese Tchijov?
‑¿A mí me lo preguntas?
‑¿Cómo podemos nosotras saber para qué lo
quíeres, si no lo sabes tú? ‑dijo otra‑. ¿Tanto gritar y no lo
sabes? Te hablaban a ti y no a nosotras, cabeza dura. ¿Lo conoces?
‑¿A quién?
‑A Tchijov.
‑¡Que el diablo se lleve a ese Tchijov y a ti!
¡Le daré una paliza, palabra! ¡Se ha burlado de mí!
‑¿Tú pegarle a Tchijov? ¡Él sí que te dará una
paliza a ti!
‑No me refiero a Tchijov, carcoma, sino a ese
rapaz que se ha burlado de mí. ¡Que me lo traigan, que me lo traigan!
Las mujeres se echaron a reír. Kolia estaba ya lejos
y seguía avanzando con humos de vencedor. Smúrov se volvió varias veces para
observar al grupo vociferante. También él se divertía, a pesar de su terror a
mezclarse en una aventura de Kolia.
‑¿A qué Sabaniev te has referido? ‑preguntó,
sospechando lo que Kolia le iba a contestar.
‑A ninguno. Ahora van a estar disputando hasta
la noche. Me gusta burlarme de los imbéciles, cualquiera que sea su condición
social. Ese hombre es un bobo de remate. Dicen que «no hay peor tonto que un
tonto francés», pero hay rusos que no se quedan atrás. Mira la cara de ese
infeliz. ¿No lleva escrito en ella que es un imbécil?
‑Déjalo tranquilo, Kolia. Sigamos nuestro
camino.
‑¡Bah!... ¡Buenos días, buen mozo!
Se dirigía a un hombre robusto, de cara redonda a
ingenua y barba gris, que parecía bebido. Levantó la cabeza y miró al colegial.
‑Buenos días, si no bromeas ‑respondió
con calma.
‑¿Y si bromeo? ‑preguntó Kolia echándose
a reír.
‑Bromea si tal es tu deseo. Siempre se puede
bromear. Con eso no se hace mal a nadie.
‑Perdóname, pero estoy bromeando.
‑Entonces, que Dios te perdone.
‑¿Y tú, me perdonas?
‑De todo corazón. Sigue tu camino.
‑No tienes aspecto de tonto.
‑Desde luego, lo soy menos que tú ‑repuso
el desconocido con perfecta seriedad.
‑Lo dudo ‑dijo Kolia, un tanto
desconcertado.
‑Sin embargo, es la pura verdad.
‑Al fin y al cabo, es muy posible.
‑Sé lo que digo.
‑Adiós, buen mozo.
‑Adiós.
‑Hay mentecatos de muchas clases ‑dijo
Kolia a Smurov tras una pausa‑. Yo no me podía imaginar que había
tropezado con un hombre inteligente.
Dieron las doce en el reloj de la iglesia. Los
colegiales aceleraron el paso y ya no hablaron apenas, aunque todavía tuvieron
que andar un buen rato.
Cuando estuvieron a unos veinte pasos de la casa,
Kolia se detuvo y dijo a Smurov que fuera delante y llamara a Karamazov.
‑Hay que informarse primero ‑dijo.
‑¿Para qué hacer venir a Karamazov? ‑replicó
Smurov‑. Entremos en la casa. Te recibirán encantados. ¿A Santo de qué
trabar conocimiento con una persona en la calle, haciendo tanto frío?
‑Yo ya sé por qué lo hago venir a pesar del
frío ‑dijo Kolia en el tono despótico que solía emplear con los
«pequeños».
Smurov corrió a ejecutar la orden de Krasotkine.
ESCARABAJO
Adoptando una actitud de hombre importante, Kolia se apoyó
de espaldas en la empalizada, y así esperó la llegada de Aliocha Había oído
hablar mucho de él a sus compañeros, y siempre los había escuchado con una
indiferencia despectiva. Sin embargo, interiormente anhelaba conocerlo. ¡Había
tantos detalles simpático en la conducta de este Karamazov!
El paso que iba a dar tenía gran importancia para
Kolia. Juzgaba que debía mostrarse digno y evidenciar su independencia. «De lo
contrario, creerá que soy una criatura, como todos estos compañeros míos de
colegio. ¿Qué concepto tendrá de estos chiquillos? Se lo preguntaré cuando nos
conozcamos. ¡Qué lástima que yo sea un chico bajo! Tuzikov tiene menos edad que
yo y me lleva la mitad de la cabeza. No soy guapo, sino que mi cara bien puede
calificarse de fea; pero soy inteligente. No debo mostrarme demasiado
expansivo: si me arrojara en seguida en sus brazos, creería que... ¡Qué
vergüenza si lo creyera!»
Así se inquietaba Kolia, aunque se esforzaba por
mostrar un aire de despreocupación. Su falta de estatura lo atormentaba más
todavía que su supuesta fealdad. Desde hacía un año, cada dos meses marcaba
con una raya de lápiz su altura en una de las paredes de la casa y, con el
corazón palpitante, comprobaba lo que había crecido. El crecimiento, ¡ay!, era
tan lento, que Kolia se desesperaba. Su rostro no era feo, como él decía, sino
todo lo contrario: tenía un encanto singular. Su pálida tez estaba salpicada
de pecas. Sus ojos, grises y vivos, miraban francamente, y a veces brillaban de
emoción. Tenía los pómulos un poco anchos; los labios, pequeños y delgados,
pero muy rojos; la nariz, respingona. « ¡Completamente chata!», murmuraba
Kolia cuando se miraba al espejo y se. retiraba indignado. «Ni siquiera debo de
tener el aspecto de persona inteligente», se decía a veces, dudando incluso de
esto. Pero sería un error creer que la preocupación por su cara y su escasa
estatura lo absorbía por completo. Por el contrario, por muy humillado que se
sintiera al mirarse al espejo, olvidaba pronto la humillación para «dedicarse
por entero a sus ideas y a la vida real, como él mismo definía sus actividades.
Pronto apareció Aliocha y avanzó rápidamente hacia
Kolia. Éste advirtió desde lejos que el rostro de Karamazov tenía una expresión
radiante.
«¿Es posible que se alegre tanto de verme?», se dijo
Kolia con profunda satisfacción.
Digamos de paso que Aliocha había cambiado mucho
desde que lo vimos por última vez. Había suprimido el hábito y llevaba una
levita de buen corte, un sombrero de fieltro gris y el cabello corto. Había ganado
mucho con el cambio. Entonces era un apuesto joven. Su simpático semblante
irradiaba siempre alegría, una alegría apacible, dulce. Kolia se sorprendió al
verle sin abrigo. Siri duda, había salido de la casa precipitadamente. Tendió
la mano al colegial.
‑¡Al fin has venido! ‑exclamó‑. Te
esperábamos con impaciencia.
‑Ya te explicaré las causas de mi retraso ‑dijo
Kolia un poco cohibido‑. Desde luego, estoy encantado de conocerte.
Esperaba esta ocasión. Me han hablado mucho de ti.
‑De todas formas, habríamos terminado por
conocernos. También yo he oído hablar de ti. Has tardado demasiado en venir.
‑Dime: ¿cómo van las cosas por aquí?
‑Iliucha está muy mal. No saldrá de ésta.
‑¡Es horrible! ‑exclamó Kolia indignado‑.
No me negarás que la medicina es una ciencia infame.
‑Iliucha te ha nombrado muchas veces, incluso
en sus momentos de delirio. Por lo visto, te quería mucho antes del incidente
del cortaplumas. Además de este incidente, debe de haber existido otra causa...
¿Es tuyo este perro?
‑Sí. Es Carillón.
Aliocha miró tristemente a Kolia.
‑¿Entonces, es verdad que Escarabajo ha
desaparecido?
Kolia Tespondió con una sonrisa enigmática:
‑Ya sé que quisierais tener a Escarabajo:
Me lo han contado todo... Escucha, Karamazov: te voy a explicar muchas cosas.
Precisamente te he hecho venir, antes de entrar en la casa, para darte estas
explicaciones. La primavera pasada ‑continuó Kolia con gran animación‑
ingresó Iliucha en el preparatorio. Ya sabes lo que son los alumnos de esta
clase: verdaderos críos. En seguida empezaron a mortificarlo. Yo les
aventajaba en dos clases y, naturalmente, los mantenía a distancia, aunque no
dejaba de observarlos. Así vi que Iliucha, un muchachito endeble, no se
acobardaba, sino que daba la cara y combatía. Es orgulloso. Sus ojos fulguran.
Esta clase de personas me gustan.
«Sus compañeros lo zaherían cada vez más. Él llevaba
entonces un traje que daba pena verlo. Lo peor era el pantalón, que le venía
muy corto, y unos zapatos llenos de agujeros. Otro motivo para burlarse de él.
Esto me soliviantó y salí en su defensa. Di a los otros una buena lección.
Pues, ¿sabes una cosa, Karamazov? Les pego y ellos me adoran...
Kolia dijo esto con orgullo y vehemente franqueza.
‑La verdad es ‑continuó‑ que me
gustan los críos. Ahora acabo de tener dos en mis brazos, por decirlo así.
Ellos han tenido la culpa de mi retraso... Bueno, el caso es que tomé bajo mi
protección a Iliucha y dejaron de molestarlo. Desde luego, es un chico orgulloso,
pero acabó por tratarme con una devoción servil. Acataba todas mis órdenes, me
obedecía como a Dios y hacía todo lo posible por imitarme. En los ratos de
recreo venía a reunirse conmigo y paseábamos juntos. Los domingos, igual. Los
alumnos de nuestro colegio se burlan de los chicos mayores que alternan con los
pequeños, pero esto son prejuicios. A mí me complacía y no tenía por qué dar
explicaciones a nadie. ¿No te parece?
»Oye, Karamazov: tú te has aliado con todos estos
rapazuelos para influir en la nueva generación, para formarla, y, de este modo,
prestar un servicio a la humanidad. ¿No es así? Te confieso que este rasgo de
tu carácter, que sólo conozco por referencias, me ha interesado más que ningún
otro... Pero vayamos a lo principal. Observé que ese muchacho se iba
convirtiendo en un ser cada vez más sensible, más sentimental, y yo, por
naturaleza, detesto los sentimentalismos, las “ternuras de cordero”. Por otra
parte, su conducta era contradictoria. Unas veces me demostraba una servil
adhesión; otras, discrepaba de mis opiniones, discutía, se enojaba, y sus ojos
echaban fuego. Yo veía claramente que no era que rechazara mis ideas, sino que
se revolvía contra mi persona porque respondía a sus ternuras con la frialdad.
A fin de fotalecerlo, cuanto más tierno se mostraba él, más frío me mostraba
yo. Lo hacía con pleno convencimiento de que mi plan daría resultado. Mi
propósito era formar su carácter, igualarlo, hacer de él un hombre... En fin,
ya me comprendes. De pronto, varios días después lo vi pensativo y
consternado, pero no por motivos sentimentales, sino por alguna otra causa más
poderosa. “¿Qué le habrá ocurrido?”, me preguntaba. Estrechándolo a preguntas,
me enteré de todo. Iliucha había trabado amistad con Smerdiakov, el criado de
tu difunto padre, que entonces aún vivía. Smerdiakov le enseñó una broma
estúpida, cruel y ruin. Se trataba de coger una miga de pan, introducir en ella
un alfiler y arrojar el pan a uno de esos perros hambrientos que tragan sin
masticar, para ver lo que sucedía. Prepararon, pues, la miga y la echaron a Escarabajo,
un perro vagabundo al que nadie alimentaba y que se pasaba el día ladrando al
viento. ¿No te molestan esos estúpidos ladridos, Karamazov? Yo no los puedo
sufrir... Pues bien, el animal se arrojó sobre la miga de pan, se la tragó,
lanzó un gemido, dio varias vueltas, y al fin echó a comer. “Corría aullando y
siguió corriendo hasta desaparecer”, me explicó Iliucha. Lloraba, se apretaba
contra mí, lo sacudían los sollozos. “¡Corría y gemía!”, repetía una y otra
vez, tanto le había impresionado la cruel escena. Tenía remordimiento. Yo tomé
la cosa en serio. Mi intención era enseñarle a vivir, prepararlo para su
conducta ulterior. Empleé la astucia, lo confieso, y fingí una indignación que
estaba muy lejos de sentir. “Has cometido una acción indigna ‑le dije‑.
Eres un miserable. No contaré a nadie lo que has hecho, pero por ahora suspendo
mis relaciones contigo. Reflexionaré y, por medio de Smurov (el chico que me ha
acompañado hasta aquí y que tiene por mí verdadera devoción), te diré cuál es
mi actitud definitiva.” Iliucha estaba consternado. Me di cuenta de que había
ido demasiado lejos, pero ya no podía volverme atrás. Al día siguiente le envié
a Smurov con el recado de que “no le hablaría más”, que es la expresión
corriente entre nosotros cuando rompemos con un compañero. Mi propósito secreto
era tenerlo varios días a distancia y después, en vista de su arrepentimiento,
tenderle la mano. Pero he aquí que, al oír a Smurov, sus ojos centellearon y
exclamó: “¡Dile a Krasotkine de mi parte que ahora echaré migas de pan con
alfileres a todos los perros que vea! ¡A todos, a todos!” Yo me dije: “Es un
insolente. Hay que corregirlo.” Y empecé a demostrarle el mayor desprecio, a
volver la cabeza o sonreír irónicamente cuando me encontraba con él. Entonces
se produjo el incidente de tu hermano con su padre, el capitán: ya debes de
saber quién es. Así se comprende que Iliucha estuviera desesperado. Al ver que
yo me apartaba de él, sus compañeros empezaron a asediarlo. Entonces
comenzaron las riñas, que yo lamentaba de veras, y creo que una vez lo molieron
a golpes. En cierta ocasión Iliucha se arrojó contra sus enemigos al salir del
colegio. Yo estaba a unos diez pasos de él y lo miraba. No recuerdo haberme
reído entonces. Seguramente no lo hice, porque el pobre me daba pena, tanta,
que estuve a punto de intervenir en su favor. Su mirada se encontró con la mía.
Ignoro lo que se imaginaría. El caso es que sacó su cortaplumas, se arrojó
sobre mí y me lo clavó en la pierna derecha. Yo ni me moví siquiera. Cuando se
presenta la ocasión, sé no hacer el ridículo. Me limité a mirarle con desprecio,
como diciéndole: “¿Quieres repetir tu hazaña en recuerdo de nuestra amistad?
Estoy a tu disposición.” Pero él no me volvió a agredir, no pudo mantener su
actitud, sintió miedo, arrojó el cortaplumas y huyó llorando. Desde luego, no
lo denuncié, y dije a todos que se callaran para que el incidente no llegara a
oídos de los profesores. Tampoco dije nada a mi madre hasta que la herida estuvo
cicatrizada y tenía el aspecto de un simple arañazo. Pronto me enteré de que el
mismo día había sostenido un combate a pedradas y lo había mordido un dedo. Ese
mordisco lo demostrará el estado en que se hallaba. Cuando cayó enfermo, cometí
el error de no ir a perdonarle, mejor dicho, a reconciliarme con él. Ahora lo
lamento. Pero entonces se me ocurrió cierta idea... Bueno, ya lo he contado
todo... Conste que reconozco que he cometido un error.
Aliocha estaba visiblemente impresionado.
‑Es una verdadera lástima ‑manifestó‑
que no haya conocido antes tus relaciones con Iliucha. De haberlo sabido, hace
tiempo que te habría rogado que vinieras a verlo. Incluso cuando delira a causa
de la fiebre, habla de ti. Yo no sabía que te quería tanto. No puedo creer que
no hayas intentado encontrar a ese Escarabajo. El padre y los compañeros
de Iliucha lo han buscado por todas partes. Créeme: desde que está enfermo,
Iliucha ha repetido tres veces delante de mí y llorando: «Estoy enfermo por
haber matado a Escarabajo. Esto es un castigo de Dios.» No hay medio de
quitarle esta idea de la cabeza. Si le hubieras traído a Escarabajo, si
él hubiera visto que el pobre animal vivía, creo que la alegría le habría
devuelto la salud. Todos contábamos contigo para esto.
‑¿Por qué esperabais que fuera yo el que encontrase
a Escarabajo? ‑preguntó Kolia con anhelante curiosidad‑.
¿Por qué habéis contado conmigo y no con otro?
‑Porque ha corrido el rumor de que lo buscabas
y lo traerías. Así lo dijo Smurov. Todos nos hemos esforzado en hacer creer a
Iliucha que Escarabajo está vivo, que lo han visto. Sus compañeros le
trajeron una liebre. Él la miró con una débil sonrisa y pidió que la soltaran.
Así lo hicimos. Su padre acaba de traerle un cachorro de moloso. Creía que esto
sería un consuelo para Iliucha, pero a mí me parece que ha sido todo lo
contrario...
‑Oye, Karamazov: ¿qué clase de hombre es su
padre? Yo lo conozco, pero quiero saber lo que opinas tú de él. ¿Es un payaso?
‑¡Oh, no! Es una de esas personas de buen
corazón que están abrumadas por su mala suerte. Sus payasadas son una especie
de mordaz ironía hacia aquellos a los que no se atreve a decir la verdad a la
cara a causa de la timidez y la humillación que lo mortifica desde hace largo
tiempo. Créeme, Krasotkine: esas payasadas suelen ser extremadamente trágicas.
Ahora Iliucha lo es todo para ese hombre, y si su hijo se muere, él perderá la
razón o se matará. Me basta ver su cara para estar convencido de que su final
será éste.
‑Comprendido, Karamazov: ya veo que conoces a
ese hombre.
‑Al verte con un perro, he creído que era
Escarabajo.
‑Escucha, Karamazov; tal vez encontremos a Escarabajo,
pero éste es Carillón. Voy a hacerlo entrar; tal vez le guste más a
Iliucha que el cachorro de moloso... Oye, Karamazov; te voy a decir una
cosa...
Pero de pronto exclamó:
‑¡Dios mío! ¿En qué estaba yo pensando? Hace
frío, no llevas gabán y te estoy reteniendo en la calle. Soy un egoísta. Todos
somos unos egoístas, Karamazov.
‑No te preocupes. Hace frío, pero yo no soy
friolero. Sin embargo, vamos a la casa. Oye, ¿cuál es tu nombre? Yo sólo sé
que te llamas Kolia.
‑Nicolás, Nicolás Ivanovitch Krasotkine, o,
como se dice en el lenguaje administrativo, Krasotkine hijo.
Kolia sonrió y añadió:
‑Excuso decirte que me es odioso mi nombre de
pila.
‑¿Por qué?
‑Por su vulgaridad.
‑Tienes trece años, ¿verdad? ‑preguntó
Aliocha.
‑Cumpliré catorce dentro de quince días. Voy a
empezar por confesarte una debilidad de mi carácter para que comprendas enteramente
mi manera de ser: no me gusta que me pregunten qué edad tengo... Se me ha calumniado
haciendo correr el rumor de que la semana pasada jugué a los ladrones con los
pequeños del preparatorio. Ciertamente jugué, pero no porque me gustara, como
se pretende: en esto estriba la calumnia. Tengo motivos para creer que estás
enterado de esto. Pues bien, te aseguro que no lo hice por mí, sino por ellos,
porque no son capaces de idear nada sin mí... Aquí sólo se oyen tonterías: es
la ciudad de los chismes.
‑Y aunque hubieras jugado porque te gustase,
¿qué importaría?
‑¿Es que tú jugarías a los caballos?
Aliocha replicó en el acto:
‑Ten presente que las personas mayores van al
teatro, donde se representan las aventuras más diversas, en las que los héroes
lo mismo pueden ser guerreros que bandidos. ¿No es esto algo parecido a lo que
vemos en los juegos infantiles? Cuando los niños juegan durante el recreo, se
entregan a un arte naciente, a una necesidad artística que germina en sus
almas jóvenes. Y a veces estos juegos aventajan artísticamente a las
representaciones teatrales. La única diferencia entre unos y otras es que en el
teatro los actores representan un papel, mientras que los niños representan el
papel de los actores. Esto último es mucho más natural.
‑¿Tú crees? ¿Estás seguro? ‑preguntó
Kolia, mirándolo fijamente‑. Es una idea muy interesante. Pensaré en
todo eso cuando esté solo.
Y añadió con expansiva sinceridad:
‑Ya sabía yo que de ti se pueden aprender
muchas cosas. Precisamente por eso he venido: quiero aprender cosas de ti.
‑Y yo de ti.
Aliocha sonrió y le estrechó la mano. Kolia estaba
encantado. Lo que más le seducía era sentirse como un igual ante aquel joven
que le hablaba como si se dirigiera a una persona mayor.
‑Ahora verás una escena teatral, Karamazov, una
representación ‑dijo Kolia con una risita nerviosa‑. A eso he
venido.
‑Primero entraremos en las habitaciones de la
izquierda, las del propietario. En ellas han dejado sus abrigos tus compañeros,
pues en la habitación de Iliucha hay poco espacio y hace calor.
‑Como estaré poco tiempo, no me quitaré el
abrigo. Carillón me
esperará en el vestíbulo. ¡Aquí, Carillón; échate y no te muevas! ¿Ves?
Está inmóvil como un muerto. Yo entraré en la habitación y, cuando llegue el
momento, le silbaré. «¡Aquí, Carillón!» Y verás como entra corriendo.
Pero es necesario que Smurov no se olvide de abrir la puerta en ese instante.
Le daré instrucciones y presenciarás una escena curiosa.
CAPITULO V
Aquel día había muy poco espacio libre en el
departamento del capitán Snieguiriov. Aunque los muchachos que estaban allí habrían
negado, y Smurov el primero, que Aliocha los había reconciliado con Iliucha
después de conducirlos a su casa, era lo cierto que así había sucedido. Aliocha
había empleado la hábil táctica de ir llevándolos uno a uno a casa del enfermo
sin recurrir al sentimentalismo, como por casualidad. Esto había atenuado en
gran medida los sufrimientos de Iliucha. El afecto que le demostraban los que
habían sido sus enemigos lo conmovió profundamente. Sólo faltaba Krasotkine,
su defensor y único amigo, al que había herido con su cortaplumas.
Smurov comprendió esta amargura. Era un muchacho
inteligente y había sido el primero en ir a reconciliarse con Iliucha. Pero
Krasotkine, al que Sínurov había insinuado vagamente que Aliocha deseaba verlo
para tratar de cierto asunto, había puesto fin al intento de un modo tajante,
enviando a Karamazov la respuesta de que él ya sabía lo que tenía que hacer, no
necesitaba consejos de nadie y, si visitaba a un enfermo, lo haría por su
propio impulso y en cumplimiento de sus propios planes. Esto sucedió quince
días antes de aquel domingo. He aquí por qué Aliocha no había ido en busca de
Krasotkine, aunque había pensado hacerlo. Sin embargo, mientras esperaba,
Karamazov había enviado a Krasotkine dos nuevos recados por medio de Smurov, y
las dos veces había obtenido una respuesta seca y negativa: si iba a buscarlo,
no iría nunca a casa de Iliucha, y le rogaba que lo dejase en paz.
Incluso Smurov había ignorado hasta el último momento
que Kolia había decidido ir a casa de Iliucha. El día anterior, al separarse,
Kolia le había dicho de pronto que lo esperase en su casa a la mañana
siguiente, pues pensaba acompañarle a casa del capitán Snieguiriov, pero que no
dijera a nadie ni una palabra de su visita, pues quería dar a Iliucha una
sorpresa. Smurov obedeció. Tenía la esperanza de que Krasotkine se presentase
con el desaparecido Escarabajo, ya que un día le había dicho que eran
todos unos asnos si Escarabajo vivía y no lo habían sabido encontrar.
Pero Smurov aludió tímidamente una vez a esta posibilidad hablando con Kolia, y
éste había enrojecido de ira. «¿Cómo crees que puedo cometer la necedad de ir a
buscar por las calles un perro teniendo a Carillón? Por otra parte,
¿quién puede confiar en que viva un animal que se ha tragado un alfiler? Todo
esto no es más que sentimentalismo borreguil.» Iliucha llevaba dos semanas sin
levantarse apenas de su camita, que estaba en un rincón cerca de varias
imágenes. No había vuelto a clase desde el día en que mordiera un dedo a Aliocha.
De entonces databa su enfermedad. Sin embargo, durante el primer mes pudo
levantarse de vez en cuando para ir por la habitación y el vestíbulo. Al fin,
las fuerzas lo abandonaron y ya le fue imposible dar un paso sin la ayuda de su
padre. Éste estaba desesperado por la enfermedad de Iliucha. Incluso dejó de
beber. El terror de perder a su hijo lo volvía loco, y a veces, después de
haberle ayudado a dar unos pasos por la habitación, huía al vestíbulo. Allí se
refugiaba en un rincón oscuro, apoyaba la frente en la pared y ahogaba
convulsivamente los sollozos para que no le oyese el enfermito.
Después volvía a la habitación de su adorado hijo y
se dedicaba a distraerlo y divertirlo, contándole cuentos y anécdotas cómicas,
parodiando a tipos graciosos conocidos a incluso imitando los gritos de los
animales. Pero las muecas y payasadas de su padre de sagradaban profundamente
a Iliucha. Aunque procuraba disimular la pena que ello le producía, se daba
cuenta, con el corazón oprimido, de que su padre era tratado con desprecio por
la sociedad, y el recuerdo de la espantosa escena en que el capitán fue
arrastrado y vapuleado lo obsesionaba. La hermana inválida de Iliucha, la dulce
Nina, detestaba también las payasadas de su padre. Varvara Nicolaievna estaba
estudiando en Petersburgo desde hacía tiempo. Sólo la madre, la infeliz
perturbada, se divertía y reía de buena gana las contorsiones y muecas
grotescas de. su esposo. Éste era su único consuelo. Transcurridos estos
instantes de alegría, no hacía más que llorar y lamentarse de que todos la tuviesen
olvidada, nadie se cuidase de ella, etc., etc.
Pero últimamente pareció cambiar. Observaba con
frecuencia a Iliucha y después quedaba pensativa. Empezó a mostrarse más
reposada y silenciosa. Cuando lloraba, lo hacía quedamente, para que nadie la
oyera. El capitán advirtió este cambio con dolorosa perplejidad, pero, poco a
poco, los gritos y las diversiones de los niños fueron divirtiéndola a ella
también y terminaron por encantarla hasta el extremo de que no habría podido
pasar sin ellos. Viéndolos jugar, reía, aplaudía y llamaba a algunos para abrazarlos.
Al que más quería era a Smurov.
Al capitán, las visitas de los niños le causaban
profunda alegría. Incluso le inspiraron la esperanza de que su hijito dejaría
de sufrir y se pondría bien muy pronto. A pesar de su inquietud, hasta los
últimos días estuvo convencido de que su hijo recobraría la salud. Acogió a los
muchachos con respeto y se puso a su servicio. Incluso empezó a llevarlos a
caballo sobre su espalda. Pero estos juegos no gustaron a Iliucha y cesaron muy
pronto. Les compraba golosinas, pan de especias y nueces y les daba té con
tostadas. Debemos advertir que el dinero no le faltaba. Como Aliocha había
previsto, había aceptado los doscientos rublos de Catalina Ivanovna. La generosa
joven se informó más exactamente de la situación de la familia y de la
enfermedad de Iliucha y fue a visitarlos y a conocerlos a todos, incluso a la
pobre demente, que quedó encantada de su visita. Desde entonces, la ayuda de
la magnánima joven fue continua. El capitán, aterrado ante la idea de perder a
su hijo, ya no era el hombre orgulloso de antes y admitía humildemente la
caridad de su protectora.
El doctor Herzenstube visitaba cada dos días al
enfermo a instancias de Catalina Ivanovna, y aunque atiborraba al paciente de
medicamentos, los resultados dejaban mucho que desear. Aquel domingo, el
capitán esperaba la visita de un nuevo médico procedente de Moscú, donde había
alcanzado gran renombre. Catalina le había rogado que se pusiera en camino, con
todos los gastos pagados, por motivos de los que hablaremos más adelante. De
paso, el famoso doctor visitaría a Iliucha, de lo que ya estaba advertido el
capitán. Éste ignoraba por completo que iba a recibir también la visita de
Krasotkine. Hacía mucho tiempo que el capitán anhelaba que Kolia los visitara,
al advertir lo mucho que su ausencia atormentaba al enfermo.
Cuando Kolia entró en la habitación, todos los
colegiales estaban alrededor del lecho contemplando a un minúsculo moloso nacido
el día anterior. El capitán tenía concertada la compra del cachorro desde hacía
una semana. Creía que este regalo distraería y consolaría a Iliucha, ya que el
enfermito estaba amargamente obsesionado por la desaparición de Escarabajo,
al que daba por muerto. Iliucha estaba enterado desde hacía tres días de que
le iban a regalar un moloso auténtico (este último detalle era muy importante),
y aunque sus nobles sentimientos le llevaron a decir que el regalo le
encantaba, su padre y sus amigos advirtieron que el cachorrito despertaba en
él el recuerdo del pobre Escarabajo, al que tanto había hecho sufrir. La
bestezuela rebullía a su lado y él la acariciaba con su blanquísima mano. El
perrito le gustaba ‑de esto no cabía duda‑. ¡Pero no era Escarabajo!
Si hubiera tenido a los dos juntos, habría sido completamente feliz.
‑¡Krasotkine! ‑exclamó el primer muchacho
que vio aparecer a Kolia.
La impresión fue general. Los chicos se apartaron a
ambos lados de la cama, permitiendo que el recién llegado viera perfectamente
al enfermo. El capitán corrió hacia el visitante.
‑¡Bienvenido a esta casa! ¡Iliucha, Krasotkine
viene a verte!
Krasotkine le tendió la mano y demostró seguidamente
su buena educación. Primero se volvió hacia la esposa del capitán, como siempre
sentada en su sillón ‑renegando de que los niños, al rodear la cama de
Iliucha, le impidieran ver al perrito‑, y le hizo una gentil reverencia.
Después dirigió a Nina un saludo igual. Esta cortesía impresionó a la
perturbada.
‑¡En seguida se ve que es un chico bien
educado! ‑exclamó abriendo los brazos‑. Es muy distinto de los
demás: éstos entran el uno sobre el otro.
El capitán exclamó un tanto inquieto:
‑¿El uno sobre el otro? ¿Qué quieres decir?
‑Lo que he dicho. Se detienen en el vestíbulo,
el uno se monta en los hombros del otro y de este modo se presentan a una
familia honorable. ¿Te parece bonito?
‑¿Pero quién ha entrado así, mamá?
‑Mira, aquél es uno de los que ha llevado a
caballo a otro, y también aquellos dos...
Kolia estaba ya junto al lecho de Iliucha. El enfermo
palideció, se irguió y miró fijamente a Kolia. Éste, que no había visto a
Iliucha desde hacía dos meses, apenas pudo disimular su consternación. No
esperaba ver un rostro tan pálido, tan demacrado; ni unos ojos tan ardientes,
tan agrandados por la fiebre; ni unas manos tan frágiles. Con dolorosa sorpresa
advirtió que la respiración de Iliucha era dificil y precipitada y que sus
labios estaban resecos. Le tendió la mano y le preguntó con cierta turbación:
‑¿Qué hay, querido? ¿Cómo va eso?
Su voz se apagó, sus facciones se contrajeron, sus
labiós temblaron ligeramente. Kolia le pasó la mano por la cabeza.
‑Bastante bien ‑repuso Iliucha
maquinalmente.
Los dos estuvieron callados unos instantes.
‑¿De modo que tienes un perro? ‑preguntó
Kolia con indiferencia.
‑Sí ‑repuso Iliucha jadeante.
‑Tiene el hocico negro. Es una prueba de que
será malo.
Hablaba gravemente, como si se tratara de una cosa de
extraordinaria importancia. Hácía grandes esfuerzos para dominar su emoción y
no echarse a llorar como un chiquillo. Lo consiguió.
‑Cuando sea mayor, habrá que ponerle una
cadena, no cabe duda.
‑¡Será un perrazo! ‑exclamó uno de los
niños.
‑Desde luego: los molosos llegan a ser casi tan
grandes como terneros.
‑Si ‑ápoyó el capitán‑, como
verdaderos terneros. Yo he escogido uno de ésos, aunque ya sé que será muy
malo. Sus padres son también enormes y feroces... Siéntate en la cama de
Iliucha, o en el banco si lo prefieres. Bienvenido a esta casa. Hace tiempo que
lo esperábamos. ¿Has venido con Alexei Fiodorovitch?
Krasotkine
se sentó en la cama, junto a los pies de Iliucha.
Por el camino había preparado el modo de iniciar la
conversación, pero ahora no sabía cómo hacerlo.
‑No; he venido con Carillón. Tengo un
perro que se llama así. Me espera en el vestíbulo. Le silbo y acude
inmediatamente. Sí, yo también tengo un perro.
Se volvió hacia Iliucha y le preguntó a quemarropa:
‑¿Te acuerdas de Escarabajo, querido?
La carita de Iliucha se alteró. El enfermo miró a
Kolia con una expresión de angustia. Aliocha, que estaba cerca de la puerta,
frunció el ceño y, por señas y disimuladamente, dijo a Kolia que no hablara a
Iliucha de Escarabajo. Pero Krasotkine no lo comprendió o fingió no
comprenderlo.
‑¿Dónde está Escarabajo? ‑preguntó
Iliucha amargamente.
‑¡Ah, mi querido Iliucha! Tu Escarabajo
ha desaparecido.
Iliucha no dijo nada y miró otra vez a Kolia
fijamente. Aliocha hizo nuevas señas a Krasotkine, pero éste volvió la cabeza,
simulando no comprenderlo.
‑Escarabajo huyó sin dejar rastro ‑dijo
Kolia, implacable, aunque jadeaba también de emoción‑. No se podía
esperar otra cosa después de haberse tragado aquella miga de pan. Pero aquí
tienes a Carillón.
‑No me interesa ‑dijo Iliucha.
‑Pues has de verlo. Esto te distraerá. Por eso
lo he traído. Tiene el pelo largo como el otro.
Y, presa de una agitación extraña, preguntó a la
señora de Snieguiriov:
‑¿Me permite que llame a mi perro?
‑¡No! ‑gritó Iliucha con voz desgarrada‑.
No vale la pena.
Sus ojos tenían una expresión de reproche.
El capitán se levantó de pronto del baúl, arrimado a
la pared, en que estaba sentado, a intervino:
‑Debiste esperar...
Pero Kolia,
inflexible, gritó a Smurov:
‑¡Abre la puerta!
Apenas la hubo abierto Smurov, Kolia emitió un
silbido y Carillón entró en el dormitorio.
‑¡En pie, Carillón! ‑ordenó Kolia.
El perro se levantó sobre sus patas traseras y así
permaneció junto al lecho de Iliucha. Entonces ocurrió algo imprevisto: Iliucha
se estremeció, se inclinó sobre Carillón con gran esfuerzo y lo examinó,
extenuado.
‑¡Es Escarabajo! ‑exclamó con una
mezcla de dolor y alegría.
‑¿Quién te creías que era? ‑gritó
Krasotkine, triunfante.
Rodeó con un brazo al perro y lo levantó.
‑Mira, querido: le falta un ojo y tiene la
oreja izquierda partida. Éstas son las señas que me diste y que me han servido
para buscarlo. Encontrarlo no fue difícil. No tiene dueño. Se había refugiado
en casa de los Fedotov, en el patinillo que hay detrás del patio, y nadie le
daba de comer. Es un perro vagabundo, fugitivo de algún pueblo próximo... Como
ves, amigo Iliucha, no se tragó la miga de pan; si se la hubiera tragado, no
estaría vivo. Debió de vomitarla sin que tú lo vieras. Tiene una herida en la
lengua y esto explica sus lamentos. Echó a correr aullando y tú creíste que se
había tragado la miga de pan. Al clavársele la aguja en la lengua, debió de
sentir un dolor muy vivo, pues los perros tienen la boca muy delicada, más
sensible que la del hombre.
Kolia hablaba en voz muy alta, enardecido y radiante
de felicidad. Iliucha no podía decir nada; estaba blanco como la cal y miraba
a Kolia con sus grandes ojos desmesuradamente abiertos. Si Kolia hubiera
sabido el daño que podía hacer al enfermo recibir una impresión tan violenta,
se habría abstenido de preparar y llevar a cabo aquella escena teatral. Pero en
la habitación sólo había una persona capaz de darse cuenta de esto: Aliocha. El
capitán se comportaba como un niño. Saltando de alegría, exclamó:
‑¡Escarabajo! ¡Es Escarabajo!
¡Iliucha, es Escarabajo, tu Escarabajo!
Y dirigiéndose a su esposa, repitió:
‑¡Es Escarabajo!
Poco le faltaba para echarse a llorar.
‑¡Y yo sin ni siquiera sospecharlo! ‑se
lamentó Smurov‑. Yo sabía que Krasotkine encontraría a Escarabajo.
Ha cumplido su palabra.
‑¡Sí,
ha cumplido su palabra! ‑dijo una voz entusiasta.
‑¡Bravo, Krasotkine! ‑exclamó un tercero.
‑¡Bravo, Krasotkine! ‑repitieron todos
los niños, prorrumpiendo en aplausos.
‑¡Un momento! ‑exclamó Krasotkine, y
añadió tan pronto como cesó el alboroto‑: Os voy a contar cómo he hecho
las cosas. Cuando encontré a Escarabajo, me lo llevé a casa y lo oculté
a las miradas de todos. Smurov fue el único que lo vio. Esto ocurrió hace
quince días. Yo le hice creer que era otro perro, Carillón, y él se
tragó el anzuelo. Me dediqué a amaestrar a Escarabajo. Ahora vais a ver
las cosas que sabe hacer. Quería traértelo amaestrado, Iliucha. ¿No tenéis un
trocito de carne cocida? Si lo tenéis, os hará un juego que os moriréis de
risa.
El capitán echó a correr hacia las habitaciones de
los propietarios de la casa, donde estaban haciendo la comida. Sin esperar su
regreso, Kolia llamó a Carillón y le ordenó que hiciera el muerto. El
perro empezó a dar vueltas, se echó, se puso patas arriba y se quedó tan
inmóvil como si fuese de piedra. Los niños se echaron a reír. Iliucha miraba al
animal con una sonrisa dolorosa. La más feliz era «mamá», que lanzó una
carcajada y empezó a llamar a Carillón chascando los dedos.
‑¡Carillón!
¡Carillón!
‑Por nada del mundo se levantará ‑dijo
Kolia en tono triunfal y con justificado orgullo‑. Ni aunque lo
llamarais todos a la vez. En cambio, a una voz mía, se pondrá en pie en el
acto. Ahora van a verlo. ¡Aquí, Carillón!
El. perro se levantó y empezó a saltar y ladrar
alegremente. El capitán volvió con el trocito de carne cocida.
‑¿No estará caliente? ‑preguntó Kolia con
acento de persona experta en la cuestión‑. No, está bien. A los perros no
les gusta la comida caliente... Bueno, mirad todos. Y tú también, Iliucha. ¿En
qué estás pensando? ¡Lo he traído por él y no lo mira!
El nuevo juego consistió en colocar la carne sobre el
hocico del perro, el cual debía sostenerla en equilibrio y sin moverse todo el
tiempo que su amo quisiera, aunque fuese media hora. Esta vez la prueba sólo
duró un minuto.
‑¡Hala! ‑gritó Kolia. Y en un abrir y
cerrar de ojos la carne pasó del hocico a la garganta del perro.
Como es natural, el público mostró una viva
admiración.
‑¿Es posible que hayas tardado en venir sólo
para traer a Carillón amaestrado? ‑preguntó Aliocha en un tono de
reproche involuntario.
‑Así ha sido ‑dijo Kolia francamente‑.
Quería traer un perro que causara asombro.
‑¡Carillón! ‑le llamó Iliucha,
chascando sus frágiles deditos. ‑No hace falta que lo llames. Verás como
se sube a la cama de un salto. ¡Aquí, Carillón!
Kolia dio
una palmada en el lecho, y el perro se lanzó como una flecha sobre Ihucha. Éste
le cogió la cabeza con las dos manos, a lo que Carillón correspondió lamiéndole
la cara. Ihucha lo estrechó en sus brazos, volvió a tenderse en la cama y su
carita desapareció entre la espesa pelambre.
‑¡Dios mío! ‑exclamó el capitán.
Kolia se volvió a sentar en la cama de Iliucha.
‑Ahora te voy a enseñar otra cosa, Iliucha. Te
he traído un cañón. ¿Te acuerdas de que te hablé una vez de un cañoncito y tú
me dijiste que te encantaría verlo? Pues bien, te lo he traído.
Kolia se apresuró a sacar de su bolsa el cañoncito de
acero. Esta prisa se debía a que también él se sentía feliz. En otra ocasión habría
esperado a que pasara el efecto producido por las exhibiciones de Carillón,
pero lo devoraba la impaciencia. «¿Eres feliz? Pues toma, más felicidad
todavía.» Él mismo se sentía dichoso.
‑Hace tiempo que había echado el ojo a ese
juguete que estaba en casa de Morozov. Le había echado el ojo pensando en ti,
querido, en ti. Para Morozov no tenía ninguna utilidad. Antes había sido de su
hermano. Yo se lo cambié por un libro de la biblioteca de mi padre: Le
cousin de Mahomet ou la folie salutaire[L111]. Es una obra libertina de hace cien años,
cuando aún no había censura en Moscú. A Morozov le gustan estas cosas. Incluso
me dio las gracias.
Kofia levantó el cañoncito de modo que todos lo
pudieran ver y admirar. Iliucha se incorporó y, aunque seguía reteniendo a Carillón
con la mano derecha, contempló embelesado el juguete. El efecto llegó a su
punto culminante cuando Kolia manifestó que el cañoncito podía disparar, si las
damas no se asustaban, pues tenía también un poco de pólvora. «Mamá» pidió que
le dejaran ver el juguete de cerca, y se le entregó en el acto. El cañoncito,
con sus ruedas, la entusiasmó de tal modo, que empezó a hacerlo rodar sobre
sus rodillas. Se le pidió permiso para dispararlo y ella accedió sin vacilar,
aunque no tenía la menor idea de lo que iba a ver. Kolia mostró la pólvora y
los perdigones. El capitán, con su experiencia de militar, se encargó de
cargarlo. Tomó un poco de pólvora y dijo que se dejara la metralla para otra
ocasión. Luego colocó el cañoncito en el suelo, apuntando a un espacio libre,
introdujo la pólvora y le prendió fuego con una cerilla. La descarga fue
perfecta. « Mamá» se sobresaltó, pero en seguida se echó a reír. Los niños
guardaban un silencio solemne. El capitán dirigía a Iliucha una mirada de
entusiasta agradecimiento. Kolia recogió el juguete y, con la pólvora y los
perdigones, se lo ofreció al enfermo.
‑Es para ti ‑le dijo, rebosante de
felicidad‑. Hace tiempo que pensaba regalártelo.
‑¡No, es para mi! ¡Dámelo! ‑exclamó de
pronto « mamá» con voz de niña caprichosa.
Estaba inquieta, como esperando una negativa. Kolia
se quedó perplejo, sin saber qué hacer. El capitán perdió la calma.
‑Oye, madrecita: el cañón es tuyo, pero lo
guardará Iliucha, ya que se lo han dado a él. ¿Qué más da que lo tengáis él o
tú? Iliucha lo dejará jugar con él siempre que quieras. Será de los dos.
‑No, no quiero que sea de los dos; quiero que
sea sólo mío ‑replicó la infeliz, a punto de echarse a llorar.
‑Tómalo, mamá; aquí lo tienes ‑dijo
Iliucha‑. ¿Puedo dárselo a mi madre, Krasotkine? ‑preguntó a éste
en tono suplicante y temiendo ofenderlo al traspasar el regalo que él le había
hecho.
‑¡Pues claro que puedes! ‑repuso en el
acto Kolia.
Y él mismo cogió el paquete de manos de Iliucha y se
lo entregó a «mamá» con una gentil reverencia. Ella se conmovió tanto, que se
echó a llorar. Luego exclamó en un arranque de ternura:
‑¡Cuánto me quiere mi querido Iliucha!
Y de nuevo empezó a rodar el cañoncito sobre sus
rodillas.
‑Quiero besarte la mano, «mamá» ‑dijo el
esposo, uniendo la acción a la palabra.
‑El más amable de todos es ese simpático
muchacho ‑dijo la agradecida dama señalando a Krasotkine.
‑En cuanto a la pólvora, Iliucha ‑le
advirtió Kolia‑, puedo traerte tanta como quieras. La fabricamos nosotros
mismos. Borovikov conoce la fórmula. Se toman veinticuatro partes de salitre,
diez de azufre y seis de carbón de abedul; se pone todo junto, se echa agua y
se amasa. Esta pasta se hace pasar por un tamiz de piel de asno. Y ya está
hecha la pólvora.
‑Ya me dijo Smurov que hacías así la pólvora ‑declaró
Iliucha‑. Pero mi padre dice que la verdadera no se hace así.
Kolia enrojeció.
‑¿La verdadera? La nuestra arde. Claro que...
‑Eso no tiene importancia ‑dijo el
capitán, un tanto turbado‑. En efecto, dije que la fórmula de la
verdadera pólvora es distinta, pero también se puede hacer como tú dices.
‑Usted sabe de esto más que yo; pero le advierto
que pusimos un poco de nuestra pólvora en un tarro de piedra, le prendimos
fuego y sólo quedó un insignificante residuo de hollín. E hicimos la prueba con
la pasta; de modo que si la hubiéramos tamizado... En fin, repito que usted
sabe de esto más que yo.
Y se volvió hacia Iliucha.
‑Oye, ¿sabes que a Bulkine le pegó su padre por
culpa de nuestra pólvora?
‑Lo he oído decir ‑repuso Iliucha, que
prestaba gran atención a Kolia.
‑Fabricamos pólvora, la pusimos en un frasco y
Bulkine escondió el frasco debajo de su cama. Su padre lo vio, dijo que podía
haberse producido una explosión y dio una tunda a su hijo sin pérdida de
tiempo. Me amenazó con ir a contar el caso al director del colegio. Ahora no
permite a su hijo que venga conmigo. En el mismo caso está Smurov, y tantos
otros...
Sonrió despectivamente y añadió:
‑Tengo fama de influir perniciosamente en mis
compañeros. Esto empezó a raíz de la aventura del ferrocarril.
‑Los rumores de tu proeza han llegado a
nuestros oídos ‑dijo el capitán‑. ¿De veras no tuviste miedo cuando
el tren pasó por encima de ti? Debió de ser algo espantoso.
El capitán se las ingeniaba para halagar a Kolia.
‑No hubo tal espanto ‑repuso Krasotkine
con un tonillo displicente‑. Fue sobre todo aquel maldito ganso el
culpable de mi mala reputación ‑añadió, dirigiéndose a Iliucha.
Pero, aunque procuraba mostrarse indiferente, no era
dueño de sí mismo y no conseguía expresarse en el tono que deseaba.
‑También he oído hablar de ese ganso ‑dijo
Ihucha riendo‑. Me lo contaron todo, pero algunas cosas no las
comprendí. ¿De veras tuviste que ir al juzgado?
‑Fue una tontería, una pequeñez de la que se ha
hecho una montaña, como suele ocurrir en nuestra ciudad ‑empezó a explicar
Kolia con desenvoltura‑. Yo cruzaba la plaza, cuando vi llegar una manada
de gansos. Un tal Vichniakov, mozo de reparto en casa de los Plotnikov, me
mira y me pregunta: « ¿Qué tienen esos gansos para que te pares a mirarlos?» Yo
lo observo. Tiene la cara redonda y bobalicona, anda por los veinte años. Ya
sabéis que yo nunca rechazo a la gente del pueblo, sino todo lo contrario: me
gusta alternar con ella... El pueblo nos ha dejado a sus espaldas: esto no es
un axioma... Te entran ganas de reir, ¿no, Karamazov?
‑De ningún modo: te escucho con interés ‑dijo
Aliocha con evidente franqueza.
El suspicaz Kolia cobró ánimos inmediatamente.
‑Mi teoría, Karamazov, es clara y simple. Creo
en el pueblo y me complace hacerle justicia, pero sin adularlo. Es el sine
qua... Pero estábamos hablando de un ganso. Contesté al bobalicón:
»‑Me estoy preguntando en qué pensará ese
ganso.
ȃl me mira boquiabierto.
»‑¿En qué pensará?
»‑Observa ese carro cargado de avena. La avena
asoma por la boca del saco, y el ganso, para picar el grano, alarga el cuello
hasta ponerlo casi debajo de la rueda.
» ‑Ya lo veo.
» ‑Pues bien ‑le dije‑; si hacemos
avanzar un poco a ese carro, la rueda pasará por encima del cuello del ganso,
¿no es así?
»‑Seguro que la rueda le cortará el cuello ‑dijo.
Y una amplia sonrisa ensanchó su rostro.
»‑Bien, muchacho: vamos a hacerlo.
»‑Vamos a hacerlo ‑repitió él.
» La cosa fue fácil. Él se colocó junto a la brida
como por casualidad, y yo al lado del ganso para dirigirlo. En este momento,
el carretero estaba lejos, charlando; de modo que no pudo intervenir. El ganso
alargó el cuello para picar la avena, junto a la rueda, por la parte de abajo.
Hice una seña al joven, él tiró de la brida y, ¡crac!, la rueda partió el
cuello del animal. Por desgracia, otros hombres nos vieron y empezaron a
gritar:
»‑¡Lo has hecho adrede!
»‑¡Eso no es verdad! ‑repuso el mozo de
reparto.
»‑Sí, lo has hecho adrede.
»‑¡Al juez de paz! ‑dijo otro.
»Me llevaron a mi también.
»‑Tú estabas de acuerdo con él. Aquí, en el
mercado, todos te conocemos.
»En efecto, soy muy conocido en el mercado ‑siguió
explicando Kolia, con arrogancia, en el cuarto de Iliucha‑. Fuimos todos
al juzgado, cargados con el cadáver del ganso. Y he aquí que, de pronto, mi
compañero se asusta y empieza a gritar y a llorar como una mujer. El carretero
vociferaba:
»‑¡Asi se pueden matar tantos gansos como uno
quiera!
»Como es natural, nos seguían los testigos. El juez
pronunció en seguida su fallo. El mozo se quedaría con el ganso a indemnizaría
al carretero con un rublo. La broma no debía repetirse.
»El mozo no cesaba de lamentarse.
»‑¡La culpa no ha sido mía! ¡Ese chico me ha
dicho que lo hiciera!
»Yo contesté sin inmutarme que no le había incitado a
hacer nada, sino que había expresado una idea general, un plan de acción
posible. El juez Nielfidov sonrió, aunque se arrepintió en seguida.
»‑Enviaré
un informe al director de su colegio ‑me dijo‑ para que de ahora en
adelante no se dedique usted a exponer posibles planes de acción en vez de
estudiar.
»No cumplió su amenaza, pero la aventura se divulgó y
llegó a oídos de la dirección del colegio, que, como todos sabemos, tiene unas
orejas de gran tamaño. El profesor Kolbasnikov fue el que más se enfureció
contra mi. En cambio, Dardanelov volvió a salir en mi defensa. Kolbasnikov está
indignado con todos nosotros. Ya habrás oído decir, Iliucha, que se ha casado.
La esposa, hija de los Mikhailov, ha puesto en sus manos mil rublos de dote,
pero es fea como un demonio. Los alumnos del tercero han compuesto un epigrama
con este motivo. Los versos son graciosos; ya te los traeré. De Dardanelov sólo
puedo hablar bien. Es un hombre que tiene valiosas amistades. Las personas
como él me infunden respeto. Y conste que no lo digo porque me haya defendido.
‑Sin embargo, lo pusiste en un brete con
aquello de la fundación de Troya ‑observó Smurov, que estaba orgulloso
de Krasotkine y al que la aventura del ganso había divertido en extremo.
‑Fue increíble ‑intervino el capitán,
adulador‑. Porque os referís a la pregunta de Krasotkine sobre la
fundación de Troya, ¿verdad? Ya estábamos enterados de eso. Iliucha nos lo
contó.
‑Lo sabe todo, papá. En todo el colegio no hay
ningún alumno que sepa tanto como él. Habla como si fuera uno de tantos, pero
es y ha sido siempre el número uno.
Y el enfermo miraba a Kolia con una expresión de
infinita felicidad.
‑¡Bah! Fue una tontería. No tenía ninguna
importancia ‑dijo Kolia con un orgullo disfrazado de modestia.
Al fin había conseguido expresarse en el tono que
deseaba, aunque estaba un poco turbado. Advertía que había referido la aventura
del ganso con excesiva vehemencia y que Aliocha no había dicho palabra durante
el relato. Su amor propio lo llevó a preguntarse si Karamazov lo despreciaría
por parecerle que él, Kolia, hablaba para la galería, para conseguir un éxito,
y esta idea lo irritó. «Si pensara así, yo...»
‑Sí, una futileza ‑repitió Krasotkine con
altivez.
‑Yo sé quién fundó Troya ‑dijo
repentinamente Kartáchov, gentil muchachito de once años, que permanecía junto
a la puerta, tímido y silencioso.
Kolia lo miró sorprendido. La fundación de Troya era
un secreto para todo el colegio. Sólo podía conocerla el que hubiera leído a
Smaragdov, y únicamente Krasotkine poseía la obra de este autor. Sin embargo,
un día, aprovechando una ausencia de Kolia, Kartachov había visto el volumen de
Smaragdov entre los libros de su compañero, lo abrió y tuvo la suerte de
encontrar en seguida el pasaje que hablaba de la fundación de Troya. Hacía ya
tiempo que Kartachov había tenido esta oportunidad, pero nunca se atrevió a
decir que estaba en el secreto, por temor a que Kolia lo confundiese. Esta vez
no había podido reprimir el deseo que desde hacía tiempo lo acuciaba.
‑Bien; dilo si lo sabes ‑dijo Kolia
dirigiéndole una mirada de superioridad.
En el semblante de Kartachov leyó que lo sabía, y se
dispuso a afrontar las consecuencias. La emoción fue general.
‑Troya fue fundada por Teucer, Dardanus, Ilius
y Tros ‑dijo Kartachov de rutina y enrojeciendo de tal modo que daba pena
verlo. Sus compañeros lo escucharon sin apartar la vista de él. Después, sus
ojos se volvieron hacia Kolia, que seguía mirando al audaz con una frialdad
despectiva.
‑Bien ‑se dignó decir al fin‑,
¿pero cómo lo hicieron? Y, generalizando, ¿cómo se funda una ciudad o un
estado? ¿Acaso esos hombres se dedicaron a colocar ladrillos?
Se oyó un coro de risas. La cara del temerario pasó
del rosa al púrpura. Kartachov no despegaba los labios; estaba a punto de
echarse a llorar. Kolia lo tuvo así más de un minuto.
‑Para interpretar los acontecimientos
históricos, la fundación de un país, por ejemplo, hay que comprender lo que
esto significa ‑dijo Krasotkine en tono doctoral‑. Pero les
advierto que yo no doy demasiada importancia a esos cuentos de vieja ‑y
añadió displicente‑: En conjunto, la historia universal no merece mi
estimación.
‑¿Es posible? ‑exclamó el capitán,
escandalizado.
‑Sí: no es más que el estudio de las
estupideces de la humanidad. A mí sólo me interesan las matemáticas y las
ciencias naturales.
Kolia dijo esto en un tono lleno de presunción y
mirando a Aliocha a hurtadillas: su opinión era la única que le importaba. Pero
Aliocha permanecía grave y silencioso. Si Karamazov hubiera hablado, las cosas
habrían quedado en el punto en que estaban; pero no decía palabra, y Kolia
pensaba, irritado, que su silencio podía ser desdeñoso.
‑De nuevo se nos impone el estudio de las
lenguas muertas. Esto es una verdadera locura. ¿No estás de acuerdo conmigo, Karamazov?
‑No ‑repuso Aliocha, reprimiendo una
sonrisa.
‑Mi opinión es que las lenguas muertas son una
medida de policía. Ésta es su única razón de ser.
La respiración de Kolia volvía a ser jadeante.
‑Si se las ha incluido en los programas de
estudio es por lo tediosas que son y por lo que embrutecen. ¿Qué se podía
hacer para aumentar la ceguera y la estupidez reinantes? Ésta es la función de
las lenguas muertas. Así pienso y espero pensar siempre.
Enrojeció ligeramente.
‑Tienes razón ‑aprobó, convencido,
Smurov, que había escuchado atentamente.
‑Es el primero en latín ‑dijo uno de los
colegiales.
‑Sí, papá ‑confirmó lliucha‑;
aunque hable de ese modo, es el primero de la clase de latín.
Aunque el elogio lo halagó, Kolia consideró necesario
defenderse.
‑Bueno, ¿y qué? Estudio con empeño el latín
porque es preciso. He prometido a mi madre acabar mis estudios, y yo creo que
cuando emprendemos algo hay que llegar hasta el fin. Pero en mi fuero interno
siento un profundo desprecio por los estudios clásicos y toda esa bajeza.
¿Estás de acuerdo conmigo, Karamazov?
‑¿Qué hay en eso de bajeza? ‑preguntó
Aliocha con una sonrisa.
‑Te lo explicaré. Como todos los clásicos se
han traducido a todos los idiomas, no hace falta aprender el latín para
estudiarlo. Es una medida de policía destinada a embotar los cerebros. ¿No es
esto una bajeza?
‑¿Pero quién te ha imbuido esas ideas? ‑exclamó
Aliocha, sorprendido.
‑En primer lugar, debes saber que soy capaz de
comprender las cosas sin que nadie me las enseñe; en segundo, te diré que lo
que acabo de explicar sobre las traducciones de los clásicos lo dijo delante
de todos los alumnos de la tercera clase el profesor Koibasnikov.
‑Ya está aquí el doctor ‑dijo Ninotchka,
que había guardado silencio hasta entonces.
Efectivamente, acababa de detenerse ante la puerta un
coche de la señora de Khokhlakov. El capitán, que había estado toda la mañana
pendiente de la llegada del médico, corrió a su encuentro. «Mamá» adoptó un
aire de gran dama para recibirlo. Aliocha se acercó a la cama del enfermo y
arregló la almohada. Desde su sillón, Ninotchka observaba a Iliucha con
visible inquietud. Los colegiales se marcharon a toda prisa, algunos
prometiendo que volverían por la tarde. Kolia llamó a Carillón, que bajó
en seguida de la cama.
‑Yo me quedo ‑dijo precipitadamente a
Aliocha‑. Esperaré en el vestíbulo con Carillón y volveremos los
dos cuando el doctor se haya márchado.
Entró el
médico. Su aspecto era el de un hombre importante. Abrigo de pieles, largas
patillas y mentón perfectamente rasurado.
Después de
haber franqueado el umbral, se detuvo de pronto, desconcertado. ¿Se habría
equivocado de casa? «¿Dónde estoy?», preguntó sin quitarse el abrigo ni el
gorro de piel. El aspecto de los habitantes de la casa, la pobreza de la
habitación, la ropa tendida en una cuerda lo sorprendieron desagradablemente.
El capitán le hizo una profunda reverencia.
‑No se ha equivocado, señor ‑le dijo con
obsequiosa humildad‑. Yo soy la persona a quien usted busca.
‑Entonces, ¿usted es Snieguiriov, el señor
Snieguiriov? ‑preguntó con grave acento.
‑Sí, señor.
‑¡Ah!
El doctor
paseó una nueva mirada de desagrado por la habitación y se quitó el abrigo. El
distintivo de un cuerpo oficial brillaba en su pecho. El capitán cargó con el
abrigo. El médico se quitó también el gorro.
‑¿Dónde está el paciente? ‑preguntó como
quien da una orden.
CAPÍTULO VI
‑¿Qué dirá el doctor? ‑preguntó Kolia‑.
Tiene una cara repelente, ¿verdad? La medicina es algo que no puedo sufrir.
‑Mucha no tiene salvación: esto es lo que estoy
temiendo que diga el doctor ‑repuso Aliocha con profunda tristeza.
‑Los médicos son unos charlatanes... Oye, Karamazov:
me alegro de haberte conocido; hace mucho tiempo que lo deseaba. Lo que me
apena es que esta amistad haya empezado en circunstancias tan tristes.
Kolia habría deseado decir algo más expresivo, más
afectuoso, pero estaba un poco turbado. Aliocha lo advirtió y le tendió la
mano.
‑Hace tiempo que te considero como un ser raro,
pero respetable ‑siguió diciendo Kolia, aturdido‑. Me han dicho
que eres un místico, que has vivido en un monasterio. Pero esto no me importa.
El contacto con la realidad te curará. Así les ocurre siempre a los que son
como tú.
‑¿A qué llamas un místico? ¿De qué me he de
curar? ‑preguntó Aliocha un tanto sorprendido.
‑Pues te has de curar de Dios y... de todo eso.
‑¿Es que tú no crees en Dios?
‑No tengo nada contra Él. En verdad, Dios no es
más que una hipótesis. Sin embargo, reconozco que... que es necesario para ordenar
la vida... y para otras cosas... Tanto ‑terminó Kolia, empezando a
enrojecer‑, que si Dios no existiera, habría que inventarlo.
De pronto, pensó que Aliocha podía creer que hablaba
para darse importancia, para exhibir su erudición. «Sin embargo ‑se dijo,
irritado‑, nada más lejos de mi ánimo que alardear de cultura ante él.»
Se sentía profundamente contrariado.
‑Estas discusiones me repugnan ‑declaró‑.
Se puede amar a la humanidad sin creer en Dios. ¿Lo dudas? Voltaire no creía en
Dios y amaba a la humanidad.
Y pensó: «¡Otra vez, otra vez!»
‑Voltaire creía en Dios, aunque un poco
friamente. Y, al parecer, del mismo modo amaba a la humanidad ‑repuso
Aliocha con toda naturalidad, como si hablara con una persona que tuviera la
misma edad que él, o incluso que fuera mayor.
A Kolia le impresionó la falta de seguridad que
demostraba Aliocha en su juicio sobre Voltaire, y también le llamó la atención
que dejara en manos de él, que no era más que un muchacho, la solución de un
asunto tan importante.
‑Por lo visto ‑dijo Aliocha‑, has
leído a Voltaire.
‑Sí, pero... sólo Candide traducido al
ruso... Una traducción antigua, pésima...
«¡Otra vez, otra vez!»...
‑¿Lo entendiste?
‑¡Pues claro! Lo comprendí todo... ¿Por qué
dudas de que lo comprendiera? Hay pasajes graciosos... Puedes estar seguro de
que soy capaz de entender una novela filosófica escrita para exponer una
idea... Soy socialista, Karamazov ‑dijo de pronto, embrollándose
definitivamente‑, un socialista recalcitrante.
Aliocha se echó a reír.
‑¿Socialista? ¿De dónde has sacado el tiempo
para estudiar y adoptar el socialismo? Sólo tienes trece años.
Estas palabras hirieron a Kolia.
‑En primer lugar, no tengo trece años, sino que
dentro de quince días cumpliré los catorce ‑dijo impetuosamente‑.
Además, no comprendo qué relación tiene mi edad con lo que estamos
discutiendo. Son mis convicciones y no mi edad lo que importa. ¿No es así?
‑Cuando seas mayor verás la influencia que
tiene la edad en las ideas. Eso no puede haber salido de ti.
Aliocha dijo esto con toda
calma. Kolia, en cambio, le contestó, nervioso:
‑Óyeme, tú eres
partidario de la obediencia y del misticismo. No me negarás que el cristianismo
sólo ha sido útil a los acaudalados, a los poderosos, para mantener a las
clases inferiores en la eselavitud.
‑Ya sé dónde has
leido eso, ya sé quién te lo ha enseñado.
‑¿Por qué crees
necesario que lo haya leido? Nadie me ha inculcado estas ideas. Tengo
capacidad para juzgar por mí mismo... Y te advierto que no soy enemigo de
Cristo. Cristo tenía una personalidad enteramente humana. Si hubiera existido
en nuestra época, estaría al lado de los revolucionarios y habría desempeñado
un papel visible. De esto no cabe duda.
‑¿Pero de dónde te
has sacado todo eso? ¿A qué imbécil has escuchado? ‑exclamó Aliocha.
‑No se puede ocultar
la verdad. He tenido más de una ocasión para charlar con Rakitine. Y se dice
que esta idea la ha expresado también el viejo Bielinski.
‑¿Bielinski? No lo
recuerdo. Desde luego, no lo ha escrito en ninguna parte.
‑Tal vez no lo haya
escrito, pero lo ha manifestado. Se lo he oído decir a... Bueno, eso no
importa.
‑¿Has leído a
Bielinski?
‑No, en verdad no lo
he leido, ya que sólo conozco de él el pasaje en que comenta por qué Tatiana
no parte con Onieguine[L112].
‑¿Por qué no parte
con Onieguine? ¿Acaso lo has comprendido?
‑Perdona, pero creo
que me tomas por un chiquillo como Smurov ‑observó Kolia con una
sonrisita que era una mueca de irritación‑. Además, no vayas a creer que
soy un gran revolucionario. A veces no estoy de acuerdo con Rakitine. No soy
partidario de la emancipación de la mujer. Reconozco que la mujer es una
criatura inferior nacida para la obediencia. Les femmes tricotent, dijo Napoleón, y por lo menos en este punto ‑Kolia
sonrió- comparto la opinión del seudo gran hombre. También considero que es
una cobardía emigrar a América, y más que una cobardía: una estupidez. ¿Para
qué irnos a América cuando podemos trabajar en nuestra casa por el bien de la
humanidad? Sobre todo ahora, tenemos a nuestra disposición un amplio campo de
fecunda actividad. Esto es lo que respondí.
‑¿Lo que respondiste?
¿A quién? ¿Es que alguien te ha propuesto ir a América?
‑Sí, me lo han
propuesto, pero yo no he aceptado. Te lo digo confidencialmente, Karamazov. Ni
una palabra a nadie, ¿entiendes? Sólo tú lo sabes. No tengo el menor deseo de
caer en las garras de la Tercera Sección para aprender las lecciones que se dan
en el puente de las Cadenas[L113].
»
Te acordarás del edificio
próximo
al puente de las Cadenas.
»¿Te acuerdas? ¡Es
magnífico! ¿De qué te ríes? Supongo que no creerás que estoy hablando en broma.
Y Kolia se estremeció al
pensar: « ¡Si se enterase de que éste es el único número de La Campana
[L114]que tengo y no
he leido ningún otro ... !»
‑ ¡Oh, no, no me río!
‑respuso Aliocha‑. Y no puedo pensar que me hayas mentido, por la
sencilla razón de que sé que lo que me has dicho es la pura verdad... Dime:
¿has leído «Eugenia Onieguine», el poema de Pushkin? Has hablado de Tatiana.
‑No, aún no lo he
leido, pero quiero leerlo. No tengo prejuicios, Karamazov; lo miraré por las
dos caras. ¿Por qué me lo preguntas?
‑Por nada.
Kolia se irguió ante
Aliocha. Quería saber a qué atenerse.
‑Dime, Karamazov: ¿me
desprecias? Te agradeceré que me hables con franqueza.
Aliocha lo miró
estupefacto.
‑¿Despreciarte? ¿Por
qué? No, no; me limito a lamentar que un chico que vale tanto como tú y que
está en la aurora de la vida, se haya dejado descarriar, dando crédito a
semejantes disparates.
‑Dejemos a un lado mi
valía ‑replicó Kolia con cierta arrogancia‑. Soy suspicaz,
estúpida y groseramente suspicaz. Hace un momento, me ha parecido que tu
sonrisa...
‑¡Bah! He sonreído
por otra cosa. Te voy a explicar el motivo. No hace mucho leí la opinión de un
extranjero, de un alemán establecido en Rusia, sobre la juventud actual. Este
hombre ha escrito: «Si prestáis a un colegial ruso un mapa del firmamento, él,
aunque sea el primero que ha visto en su vida, os lo devolverá al día siguiente corregido.» Ningún
conocimiento y una presunción sin límites: esto es lo que el alemán reprocha a
nuestros estudiantes.
‑¡Es verdad! ‑exclamó Kolia echándose a
reír‑. ¡La pura verdad! ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, ese cabeza
cuadrada no se ha detenido a observar el lado favorable de nuestra conducta.
¿No lo ves tú así? Admito nuestra presunción, ya que es propia de la juventud.
Pero esto se corrige, si verdaderamente hay que corregirlo. En compensación,
ahí está el espíritu de independencia desde la más tierna infancia, la audacia
de las ideas y las convicciones en vez del servilismo rastrero ante la
autoridad de toda índole. No cabe duda de que el alemán ha dicho la verdad.
¡Bravo por el alemán! Sin embargo, hay que apretar los tornillos a los
alemanes. Aunque sean unos sabios en las cuestiones científicas, hay que
apretarles los tornillos.
‑¿Por qué? ‑preguntó Aliocha con una
sonrisa.
‑Admito que soy un osado, una especie de enfant
terrible, que no me detengo ante nada cuando una cosa me gusta y que digo las
mayores tonterías... Pero, oye: estamos charlando desde hace un buen rato y ese
doctor no termina su visita. A lo mejor, está reconociendo también a «mamá» y
a Nina. Te confieso que Nina me ha encantado. Cuando he pasado junto a ella al
salir de la habitación, me ha susurrado en un tono de reproche: «¿Por qué no
has venido antes?» Me ha parecido que esa chica es toda bondad.
‑Desde luego, tiene un gran corazón. Como desde
ahora vendrás con frecuencia, ya la conocerás a fondo. Necesitas conocer
personas así para aprender muchas cosas que sólo su compañía te puede enseñar.
Y Aliocha añadió calurosamente:
‑No hay medio mejor para que te transformes.
‑¡Qué arrepentido estoy de no haber venido
antes! ‑exclamó Kolia amargamente.
‑Sí, ha sido un error. Ya has visto la alegría
que le has dado al pobre Iliucha. No puedes imaginarte cómo lo consumía el
deseo de que vinieras.
‑Calla: no aumentes mi pena... Pero lo tengo
bien merecido. No he venido antes por culpa de mi orgullo, de mi egoísmo, de un
bajo despotismo que nunca he podido acallar, pese a mi empeño en dominarlo.
Ahora me convenzo de que soy un miserable en muchos aspectos.
‑Nada de eso; posees excelentes prendas, pero
las disfrazas ‑dijo Aliocha con calurosa franqueza‑. Comprendo que
hayas influido tan profundamente en ese muchacho de noble corazón y
sensibilidad enfermiza.
‑No esperaba oírte decir eso ‑declaró
Kolia‑. Desde que he llegado aquí, he pensado más de una vez que me
despreciabas. Si supieras lo mucho que me importa tu opinión...
‑¿Cómo es posible que seas tan desconfiado a tu
edad? Hace un momento, viéndote y oyéndote hablar, me decía precisamente que
debías de ser muy desconfiado.
‑Lo creo. ¡Eres tan sagaz! Sin duda, ha sido
cuando estaba refiriendo lo del ganso. Entonces me he dicho que debías de
despreciarme profundamente al notar que me esforzaba por aparecer como un
desalmado. Entonces te he detestado y he empezado a discursear. Después,
cuando ya estábamos aquí y he dicho que si Dios no existía habría que
inventarlo, me ha parecido que mi exhibición de cultura ha sido demasiado
precipitada, ya que he leído esta frase en alguna parte. Pero te aseguro que no
me ha impulsado la vanidad; lo he hecho no sé por qué, dejándome llevar de mi
alegría... Sí, creo que mi alegría ha sido la culpable de todo. Claro que no es
correcto molestar a las personas porque uno esté contento; esto ya lo sé. Pero
también sé, y esto es una compensación para mí, que no me desprecias, que mis
temores han sido falsos. ¡Oh, Karamazov! Soy profundamente desgraciado. A veces
me imagino, sabe Dios por qué, que todo el mundo se burla de mi, y entonces me
siento impulsado a trastornarlo todo.
‑Y atormentas a los que te rodean ‑dijo
Aliocha sin dejar de sonreír.
‑Cierto, y sobre todo a mi madre. ¿Verdad,
Karamazov, que te parezco ridículo?
‑¡Eso ni pensarlo! ‑exclamó Aliocha‑.
Además, ¿qué es el ridículo? Nadie sabe cuándo un hombre es ridículo o lo
parece. Además, actualmente casi todas las personas capacitadas temen demasiado
al ridículo, y este temor las hace desgraciadas. Pero me asombra que tú
padezcas de este mal que observo desde hace mucho tiempo sobre todo en los
adolescentes. Es una especie de locura. El diablo se ha transformado en amor
propio para apoderarse de la generación actual. Sí, el diablo ‑repitió
Aliocha sin ironía, aunque Kolia, que lo miraba fijamente, creyó lo contrario‑.
Tú eres como todos, mejor dicho, como la mayoría. Y no hay que ser como todos.
‑Pero si todos son así...
‑Aunque todos sean así, tú debes procurar no
ser como ellos. Bien mirado, tú no eres como todos, ya que no has vacilado en
confesar un defecto, incluso un defecto ridículo. ¿Quién es hoy capaz de eso?
Nadie, porque nadie siente la necesidad de condenarse a sí mismo. No seas como
nosotros, aunque te quedes solo.
‑Así lo haré... Te juzgué certeramente: sabes
consolar. ¡Si supieras hasta . qué punto me sentía atraído hacia ti, Karamazov!
Hacía mucho tiempo que deseaba conocerte. ¿De veras deseabas también tú
conocerme a mí? Hace un momento lo has dicho.
‑Sí, oía hablar de ti y pensaba en ti... Y si
es el amor propio el que te ha llevado a hacer esa pregunta, no importa.
‑¿No has observado, Karamazov, que estas
explicaciones parecen una declaración de amor? ‑preguntó Kolia en voz
baja y como avergonzado‑. ¿No es esto ridículo?
‑De ningún modo ‑repuso Aliocha
firmemente y con una radiante sonrisa‑. Y aunque fuera ridículo no
importaría, puesto que estamos obrando bien.
‑Reconoce, Karamazov, que también tú estás un
poco avergonzado. Lo veo en tus ojos.
Kolia sonreía, ladino y feliz.
‑No sé por qué he de avergonzarme ‑dijo
Aliocha.
‑Sin embargo, has enrojecido.
‑¡Porque tú me has hecho enrojecer! ‑exclamó
Aliocha riendo y, en efecto, sonrojado. Un tanto aturdido, añadió‑: En
verdad, estoy un poco avergonzado, pero no sé por qué...
‑En este momento te aprecio y te quiero mucho
más ‑exclamó Kolia con vehemencia‑, precisamente porque te
sonrojas como yo, porque eres como yo.
Sus mejillas echaban fuego; sus ojos centelleaban.
‑Oye, Kolia ‑dijo de pronto Aliocha‑,vas
a ser muy desgraciado en la vida.
‑Lo sé, lo sé ‑respondió Kolia en el acto‑.
Todo lo adivinas.
‑Sin embargo, la vida, el conjunto de la vida,
merecerá tu bendición.
‑¡De acuerdo! ¡Magnífico! ¡Eres un profeta!
¡Qué bien vamos a entendernos, Karamazov! ¿Sabes lo que más me gusta de ti? Que
me trates como a un igual. Sin embargo, no somos iguales: tú eres superior a
mí. Pero nos entenderemos. Hace un mes que me venía diciendo: «O nos haremos
amigos en seguida y para siempre, o nos separaremos como enemigos para toda la
vida.»
‑Pensabas así porque ya me querias.
‑Sí,
sentía un gran afecto por ti, hasta soñaba contigo. Todo, todo lo adivinas...
Mira, ya viene el doctor. Está diciendo algo al capitán. ¡Dios mío, qué cara
pone!
CAPITULO VII
ILIUCHA
El doctor se dirigió a la puerta de la isba, bien
envuelto en su abrigo y con el gorro encasquetado. En su semblante se reflejaba
una contrariedad que estaba muy cerca de la indignación. Se diría que temía
mancharse.
Paseó una mirada por el vestíbulo y la detuvo un
momento, severamente, sobre Kolia y Aliocha. Éste hizo una seña al cochero,
que acercó el coche a la puerta.
El capitán salió, presuroso, detrás del médico y,
doblando la espalda, murmurando excusas, lo detuvo para hacerle las últimas
preguntas. El infeliz estaba profundamente abatido; en su mirada se leía la
desesperación.
‑¿Es posible, excelencia, es posible?
No pudo continuar. Había enlazado las manos con un
gesto de imploración y fijaba en el médico una mirada de súplica, como si una
palabra de éste bastase para cambiar la suerte de su pobre hijo.
‑Yo no puedo hacer nada ‑repuso el
doctor, indiferente y con su habitual gravedad‑. Yo no soy Dios.
‑Doctor..., excelencia..., ¿será muy pronto?
‑Esté preparado para todo ‑respondió el
doctor, recalcando las palabras.
Después bajó los ojos y se dispuso a franquear el
umbral para subir al coche. El capitán, aterrado, volvió a detenerlo.
‑Por Dios, excelencia. ¿De verdad no se puede
hacer nada, absolutamente nada, para salvarlo?
‑Eso no depende de mí ‑contestó el
doctor, impaciente. De pronto se detuvo y añadió‑: Sin embargo, si usted
pudiera enviar al enfermo inmediatamente a Siracusa... ‑el capitán se
estremeció ante el tono, casi colérico, en que el doctor pronunció estas
últimas palabras‑. En tal caso, gracias al clima excelente del país,
podría producirse un...
‑¿A Siracusa? ‑preguntó el capitán como
si no comprendiera.
‑Siracusa está en Sicilia ‑dijo Kolia
levantando la voz.
El doctor lo miró.
‑¿En Sicilia? ‑exclamó el capitán,
aterrado‑. Pero su excelencia puede ver...
Sin separar las manos, el capitán se dirigía al
interior de su hogar.
‑¿Y mi mujer? ¿Y mi familia?
‑Su familia no irá a Sicilia, sino al Cáucaso,
en primavera; y cuando su esposa haya tomado allí las aguas para curarse del
reumatismo, habrá que enviarla a Paris sin pérdida de tiempo, a la clínica de
Lepelletier, especialista en enfermedades mentales, a quien la puedo
recomendar... Si procede usted de este modo, podrá producirse...
‑Pero, doctor; ya ve usted que...
El capitán mostró de nuevo, con un gesto de
desesperación, las desnudas paredes del vestíbulo.
‑Eso no es de mi incumbencia ‑manifestó
el doctor con una sonrisa‑. Me he limitado a decirle lo único que puede
responder la ciencia a su pregunta de si se puede hacer algo más. Lamentándolo
mucho, los demás problemas que pueda usted tener...
‑No tema, «curandero», mi perro no le morderá ‑dijo
Kolia, volviendo a levantar la voz, al ver que el médico miraba con recelo a Carillón,
echado en el umbral. Su acento era mordaz. Poco después, Kolia manifestó que
había llamado «curandero» al doctor porque sabía que esto era para él un
insulto.
‑¿Qué dices? ‑preguntó el médico, mirando
a Kolia sorprendido‑. ¿Quién es? ‑inquirió dirigiéndose a Aliocha
en el tono del que pide cuentas.
‑Soy el dueño de Carillón, curandero. Mi
identidad no importa.
‑¿Carillón? ‑preguntó el doctor
sin comprender.
‑Adiós, curandero. Ya nos veremos en Siracusa.
‑¿Pero quién es éste? ‑exclamó el doctor,
iracundo.
‑Es un colegial, doctor ‑dijo Aliocha,
malhumorado‑, un chico travieso. No le haga caso... ¡Silencio, Kolia! ‑Y
volvió a decir al doctor, sin disimular su enojo‑: No le haga caso.
‑Merece
que lo azoten, ¡que lo azoten! ‑exclamó el doctor, furioso.
‑Le advierto, curandero, que Carillón
podría morderlo ‑dijo Kolia, pálido, con voz trémula y ojos centelleantes‑.
¡Aquí, Carillón!
‑¡Kolia! ‑gritó Aliocha‑. Si dices
una palabra más, rompo contigo para siempre.
‑Curandero,
sólo hay una persona en el mundo que puede mandar a Nicolás Krasotkine: aquí
está ‑dijo señalando a Aliocha‑. Me someto. Adiós.
Abrió la puerta y volvió a entrar en la habitación. Carillón
se lanzó en pos de él. El doctor estuvo un instante petrificado, miró a
Aliocha, escupió y exclamó:
‑¡Es intolerable!
El capitán lo siguió servilmente. Aliocha entró
también en la habitación. Kolia estaba ya al lado del enfermo. Éste le tenía
cogido de la mano y llamaba a su padre. El capitán volvió en seguida.
‑Papá, papá, ven aquí ‑dijo Iliucha,
agitado‑. Yo...
Pero no tuvo fuerzas para continuar. Tendió sus
esqueléticos bracitos, rodeó con ellos a Kolia y a su padre y, uniéndolos a los
dos en un solo abrazo, los estrechó contra su pecho. El capitán fue sacudido
por un llanto silencioso. Kolia estaba a punto de echarse a llorar.
‑¡Qué pena me das, papá! ‑gimió Iliucha.
‑Iliucha, mi querido Iliucha... El doctor ha
dicho... que te curarás... ¡Qué felices vamos a ser!
‑Papá, sé muy bien lo que el doctor ha dicho de
mí ‑declaró Iliucha‑. Lo he visto en su cara.
Lo apretó de nuevo con todas sus fuerzas y escondió
la cara en el hombro de su padre.
‑No llores, papá. Cuando me muera, adopta a
otro niño. Que sea un buen chico. El mejor que encuentres. Llámale Iliucha y
quiérelo como me quieres a mí.
‑¡Cállate!
‑ordenó Krasotkine bruscamente‑. ¡Te curarás!
‑Pero a mí no me olvides nunca, papá ‑continuó
Iliucha‑. Ven a mi tumba. Entiérrame cerca de nuestra gran piedra, la que
visitábamos en nuestros paseos, y ve allí por las tardes con Krasotkine y Carillón...
Os esperaré, papá.
Su voz se apagó. Los tres permanecieron abrazados,
sin decir nada. Nina lloraba silenciosamente en su sillón, y «mamá», viendo que
todos lloraban, empezó a sollozar también.
‑¡Iliucha! ¡Iliucha! ‑gritaba.
Krasotkine
se desprendió del brazo de Iliucha.
‑Adiós, muchacho; mi madre me está esperando
para almorzar ‑dijo atropelladamente‑. Es una lástima que no la
haya advertido. Ya estará inquieta por mi tardanza. Después de almorzar
volveré, y estaré contigo toda la tarde. Te contaré muchas cosas. Traeré a Carillón.
Ahora me lo llevo, porque si lo dejara, al no verme, empezaría a aullar y lo
molestaría. Hasta luego.
Salió corriendo al vestíbulo. No quería llorar, pero
al fin no pudo contenerse. Llorando lo encontró Aliocha.
‑Kolia ‑encareció Karamazov‑. Has
de hacer honor a tu palabra y volver esta tarde. Si no vienes, le darás un gran
disgusto.
‑¡Claro que vendré! ‑murmuró Kolia sin
ocultar sus lágrimas‑. ¡Qué arrepentido estoy de no haber venido antes!
En este
momento apareció el capitán. Cerró la puerta de la habitación a sus espaldas.
En sus ojos había una expresión de desvarío; sus labios temblaban. Se detuvo
ante los dos jóvenes y levantó los brazos.
‑No quiero ningún buen chico, no quiero ningún
otro ‑murmuró, desesperado, con acento feroz‑. «Si lo olvido,
Jerusalén, que la lengua se me pegue al paladar...»
No pudo seguir, le faltó la voz y se echó de bruces
en un banco de madera que tenía a su lado. Con la cabeza entre los puños empezó
a sollozar y gemir, ahogando sus lamentos para que no llegaran a la habitación
de Iliucha. Kolia corrió hacia la puerta.
‑¡Adiós, Karamazov! ‑dijo rudamente‑.
¿Vendrás tú también?
‑Al atardecer, sin falta.
‑¿Qué ha dicho de Jerusalén?
‑Es una frase inspirada en la Biblia. «Si lo
olvido, Jerusalén[L115]...». Ha querido decir que si olvida lo que
más ama, se le castigue con la muerte.
‑Comprendido. No dejes de venir. ¡Vamos, Carillón!
‑ordenó, furioso, a su perro.
Y se alejó a
largos pasos.
IVÁN FIODOROVITCH
CAPITULO PRIMERO
EN CASA DE GRUCHEGNKA
Aliocha se dirigió a la plaza de la Iglesia, donde
vivía Gruchegnka, que aquella mañana le había enviado a Fenia para rogarle que
fuera a verla lo antes posible. Aliocha supo por la sirvienta que Gruchegnka
estaba agitadísima desde el día amterior.
Durante los dos meses que llevaba Mitia detenido,
Aliocha había visitado con frecuencia la casa de Morozov, unas veces por
impulso propio y otras atendiendo a los deseos de su hermano. Tres días después
del drama, Gruchegnka cayó enferma de gravedad y hubo de guardar cama durante
cinco semanas, la primera sin conocimiento.
Gruchegnka había cambiado mucho. Estaba más delgada y
había perdido el color. Hasta quince días después de haberse puesto enferma no
pudo salir a la calle. Para Aliocha, Gruchegnka estaba entonces más seductora.
Durante sus conversaciones con ella, le encantaba que las miradas de los dos se
cruzasen. Los ojos de la enferma habían cobrado un matiz de resolución, una
expresión serena pero inflexible, que se manifestaba en todo su ser. Entre sus
cejas había aparecido un ligero pliegue vertical que daba a su hermoso rostro
una expresión reconcentrada y algo severa a primera vista. De su reciente
frivolidad no quedaba el menor rastro.
Para asombro de Aliocha, Gruchegnka conservaba la
alegría de siempre, a pesar de su infortunio ‑su compromiso matrimonial
con un hombre al que momentos después detendrían como presunto culpable de un
crimen horrendo‑ y pese también a su enfermedad y a que la condena del
acusado parecía segura. De su mirada había desaparecido la altivez, para ceder
su puesto a una especie de brillante dulzura a la que a veces se mezclaban
maléficos resplandores. Esto ocurría cuando la asaltaba cierta inquietud, que,
lejos de calmarse, se avivaba en su corazón. La causante del mal era Catalina
Ivanovna, a la que Gruchegnka nombraba durante su enfermedad, en los momentos
de delirio. Aliocha comprendió que la enferma estaba celosa, aunque Catalina
no había visitado ni una sola vez a Mitia en la cárcel, cosa que podía haber
hecho perfectamente. Todo esto ponía a Aliocha en un verdadero compromiso. Gruchegnka
le confiaba todos sus problemas, cosa que no hacía con nadie, y le pedía
consejo tras consejo. A veces, él no sabía qué decirle.
Aliocha llegó a casa de Gruchegnka visiblemente
preocupado. Hacía media hora que la joven había vuelto de la prisión, y a él le
bastó ver la prisa con que ella se levantaba a iba a su encuentro para deducir
que lo estaba esperando con impaciencia.
En la mesa había una baraja y en el diván de cuero
arreglado para servir de cama estaba recostado Maximov, enfermo, desfallecido,
pero sonriente. Este viejo sin hogar había llegado hacía dos meses de Mokroie
con Gruchegnka y no se había separado de ella desde entonces. Después del viaje
sobre el barro y bajo la lluvia, se había sentado en el diván, petrificado por
el frío y el miedo. Luego había dirigido a Gruchegnka una mirada silenciosa,
acompañada de una sonrisa de imploración. La joven, abrumada por el pesar y por
la fiebre que ya se había apoderado de ella y dominada por otras
preocupaciones, no le hizo caso al principio; pero después, de pronto, le miró
fijamente, y él le correspondió con un gesto de turbación y una sonrisa
lastimosa. Gruchegnka llamó a Fenia y le dijo que le diera de comer. Durante
todo el día, Maximov guardó una inmovilidad casi completa. Al anochecer, Fenia cerró
las ventanas y preguntó a su ama:
‑¿Ha de quedarse a dormir este señor?
‑Sí ‑respondió Gruchegnka‑; hazle
la cama en el diván.
Por las respuestas que recibió a sus preguntas,
Gruchegnka comprendió que Maximov no tenía adónde ir.
‑El señor Kalganov, mi protector, me ha dicho
francamente que no volverá a recibirme. Y me ha dado cinco rublos.
‑¡Qué le vamos a hacer! ‑exclamó
Gruchegnka con una sonrisa de compasión.
Esta sonrisa conmovió al viejo, cuyos labios
temblaron de emoción. Así fue como Maximov se quedó en casa de Gruchegnka en
calidad de parásito. Ni siquiera durante la enfermedad de la joven dejó la
casa. Fenia y su abuela ‑la cocinera‑ no lo echaron, sino que
siguieron dándole de comer y haciéndole la cama en el diván. Gruchegnka se
acostumbró a él, y cuando volvía de visitar a Mitia, al que había empezado a ir
a ver apenas se repuso de su enfermedad, se entretenía comentando nimiedades
con «Maximuchka» para olvidar sus penas. Resultó que el viejo tenía cierto
talento narrativo; así que incluso llegó a no poder pasar sin él. Aparte
Aliocha, cuyas visitas eran siempre breves, Gruchegnka apenas recibía a nadie.
El viejo comerciante Samsonov estaba gravemente enfermo, «se iba», según la
expresión que circulaba por la ciudad. Efectivamente, falleció tres días
después de verse la causa contra Mitia.
Tres semanas antes de su muerte, presintiendo su
próximo fin, Samsonov llamó a sus hijos, que acudieron con sus familias, y les
pidió a todos que no se separasen de su lado. Seguidamente ordenó a los domésticos
que no permitiesen la entrada a Gruchegnka, en caso de que se presentara con la
intención de verle, y que le dijeran de su parte que le deseaba muchos años de
vida feliz y que no lo olvidara por completo.
Pero Gruchegnka se limitaba a enviar casi todos los
días a preguntar por él.
‑¡Al fin has llegado! ‑exclamó la joven
alegremente al ver aparecer a Aliocha‑. Maximuchka me ha asustado
diciéndome que no vendrías más. No te puedes figurar la falta que me haces.
Siéntate. ¿Quieres café?
‑Desde luego ‑repuso Aliocha sentándose‑.
Estoy hambriento.
‑¡Fenia, Fenia; café! Hace rato que está
hecho... ¡Trae también empanadillas calientes...! Tengo que contarte algo
sobre estas empanadillas, Aliocha. Se las he llevado a Mitia a la cárcel, y las
ha rechazado. Incluso ha pisoteado una. Yo le he dicho: « Se las dejo a tu
guardián. Si no las aceptas, habrás de alimentarte de tu maldad.» Luego me he
marchado. Una vez más hemos reñido: cada visita una riña.
Gruchegnka hablaba con agitación. Maximov bajó los
ojos, sonriendo tímidamente.
‑¿Pero cuál ha sido la causa de la riña de hoy?
‑preguntó Aliocha.
‑Algo completamente inesperado para mí. ¡Está
celoso de mi primer amor! Me ha dicho que no sabe por qué he de alimentarlo, de
gastar dinero con él. ¡Siempre está celoso! La semana pasada lo estuvo hasta de
Kuzma.
‑Pero mi hermano conoce al polaco.
‑Claro que lo conoce. Está enterado de nuestras
relaciones desde el principio. Hoy me ha insultado. Me da vergüenza repetir sus
palabras. ¡El muy imbécil! Rakitka se marchaba cuando yo he llegado. Él debe de
haber sido el causante de su excitación. ¿No lo crees también tú?
‑Te ama y ha perdido el dominio de sus nervios.
‑¿Cómo podía conservarlo sabiendo que lo van a
juzgar mañana? Precisamente he ido a darle ánimos. Pues lo confieso, Aliocha,
que me aterra pensar lo que mañana puede ocurrir. Dices que está nervioso.
¡También lo estoy yo! ¡Pensar en el polaco! ¡Qué imbecilidad! ¡Menos mal que
Maximuchka no tiene celos!
‑También mi mujer estaba celosa ‑observó
Maximov.
Gruchegnka se echó a reír sin poder contenerse.
‑¿Celosa de ti? ¿Y de quién tenía celos?
‑De las sirvientas.
‑¡Calla, Maximuchka! No tengo humor para
bromas. Y no mires las empanadillas: te podrían sentar mal. Mi casa se ha convertido
en un hospital.
Gruchegnka dijo esto sonriendo. Maximov lloriqueó:
‑No merezco sus cuidados; soy un ser
insignificante. Dedique sus atenciones a quien pueda serle más necesario que
yo.
‑¡Calla, Maximuchka! ¡Todos somos necesarios!
Pero es muy dificil saber quién lo es más y quién lo es menos. ¡Si no existiera
ese polaco...! También él dice que hoy está enfermo. He ido a visitarlo. Le
mandaré empanadillas. Nunca lo había hecho, pero ya que Mitia me ha acusado de
hacerlo, lo haré. Aquí viene Fenia con una carta. Será de los polacos; volverán
a pedirme dinero.
Era el pan Musalowizc, en efecto, el que le
escribía. En una larga y ampulosa carta le rogaba que le prestase tres rublos.
Con la carta le enviaba un recibo en el que se comprometía a devolver en el
plazo de tres meses la cantidad solicitada. El pan Wrublewski firmaba
también. Gruchegnka había recibido ya de Musalowizc muchas cartas con
reconocimientos de deuda semejante. Las peticiones habían empezado hacía dos
semanas, al iniciarse la convalecencia de Gruchegnka. Ésta sabía que los dos panowie
se habían presentado en la casa para preguntar por ella durante su enfermedad.
La primera carta fue escrita en una hoja de gran tamaño y en ella figuraba un
sello familiar. Era larga y prolija. Gruchegnka sólo leyó la mitad y la tiró
sin haberla comprendido. Acabó por reirse de estas cartas. A la primera siguió
otra un día después, en la que el pan Musalowizc pedía un préstamo de
dos mil rublos. Gruchegnka la dejó, como la anterior, sin respuesta. A
continuación recibió una serie de misivas en las que la suma solicitada iba
disminuyendo gradualmente. De cien rublos bajó a veinticinco, y de veinticinco
a diez. Finalmente, Gruchegnka recibió una carta en la que los panowie mendigaban
un rublo y le enviaban un recibo firmado por los dos. La joven se compadeció de
pronto y, al atardecer, fue a casa de los polacos. Los encontró en la más negra
miseria: hambrientos, sin fuego, sin tabaco y en deuda con la patrona. Los
doscientos rublos ganados a Mitia se habían esfumado rápidamente. Sin embargo,
Gruchegnka fue recibida por los panowie ‑cosa que le sorprendió,
como es natural‑ con gentil arrogancia. Esto le hizo gracia. Dio diez
rublos a su «ex amor» y, entre risas, se lo contó todo a Mitia, que no demostró
ni sombra de celos. Desde entonces, los panowie no dieron tregua a
Gruchegnka: la bombardearon a diario con sus demandas de dinero, y ella siempre
les enviaba algo. Y he aquí que, inesperadamente, Mitia se había mostrado ferozmente
celoso.
Gruchegnka continuó, trivial y voluble:
‑Como
una tonta, he pasado por casa de Musalowizc al saber que estaba enfermo, y
luego se lo he contado entre risas a Mitia. «Mi polaco ‑le he dicho‑
me ha cantado, acompañándose con la guitarra, las mismas canciones que me
cantaba en otro tiempo. Por lo visto, quería enternecerme.» Y entonces Mitia ha
empezado a insultarme... Por eso voy a mandar ahora mismo empanadillas a los
polacos... Fenia, da tres rublos a la muchacha que han enviado y entrégale
también una docena de empanadillas envueltas en un papel. Y tú, Aliocha, ya le
contarás esto a Mitia.
‑¡Eso nunca! ‑dijo Aliocha sonriendo.
‑¿Crees que le importa? ‑exclamó
Gruchegnka, amargada‑. Se finge celoso, pero en el fondo se burla de mí.
‑¿De modo que sus celos te parecen una ficción?
‑¡Pues claro! ¡Qué ingenuo eres, Aliocha! Con
todo tu talento, no comprendes nada. Sus celos no me ofenderían; lo que me
ofende es que no los tenga. Yo soy así. Admito los celos, porque yo misma soy
celosa. Lo que me molesta es que no me ame y, sin embargo, quiera darme celos.
¿Crees que soy ciega? No hace más que alabar a Katia en mi presencia: que si ha
hecho venir de Moscú a un especialista famoso, que si ha llamado al mejor
abogado de Petersburgo para que lo defienda... Estos elogios en mi presencia
demuestran que la ama. Se siente culpable ante mí y se anticipa a acusarme
para ocultar su culpa. «Has tenido relaciones con el polaco antes que conmigo.
Por lo tanto, bien puedo tenerlas yo ahora con Katia.» No es más que esto.
Quiere echar toda la culpa sobre mí. Por eso me insulta. Y yo...
No pudo continuar. Se llevó el pañuelo a los ojos y
se echó a llorar.
‑Mitia no quiere a Catalina Ivanovna ‑dijo
Aliocha firmemente.
‑Pronto sabré si la quiere o no ‑replicó
Gruchegnka con voz amenazadora.
Su rostro se transfiguró. Ante su gesto de sombría
indignación, Aliocha se sintió profundamente apenado.
‑¡No más tonterías! ‑exclamó Gruchegnka
de pronto‑. No te he hecho venir para que soportes mis lágrimas. ¿Qué
pasará mañana, mi querido Aliocha? Esto es lo que me inquieta. Estoy sola. Los
demás no piensan en el juicio de Mitia: no les interesa. Pero a ti si que debe
interesarte. ¿Cuál será el resultado, Señor? El asesino es ese lacayo. ¿Es
posible que se permita condenar a Mitia, que nadie salga en su defensa? ¿Se ha
pensado en Smerdiakov?
‑Lo han interrogado largamente, y todos han
llegado a la conclusión de que no es el culpable. Desde que tuvo los últimos
ataques está gravemente enfermo.
‑¡Dios mío! Debes ir a ver al abogado a
informarlo de todo. Creo que ha costado tres mil rublos hacerlo venir de
Petersburgo.
‑Sí, eso se le ha pagado. Entre Iván, Catalina
Ivanovna y yo hemos reunido los tres mil rublos. Al especialista lo ha hecho
venir Katia por su exclusiva cuenta, lo que le ha supuesto un gasto de dos mil
rublos. El abogado, Fetiukovitch, habría pedido más si este asunto no se
hubiera divulgado por toda Rusia; ha aceptado más por la gloria que por el
dinero. Ayer fui a visitarlo.
‑¡Ah!, ¿sí? ¿Y qué te dijo?
‑Me escuchó en silencio. Luego me hizo saber
que ya tiene formada su propia opinión, pero me prometió que tendría en cuenta
cuanto le había dicho.
‑¡Que tendría en cuenta! ¡Qué cretinos!
Perderán a tu hermano. ¿Para qué ha traído Katia al especialista?
‑Para que intervenga como perito. Pretenden
demostrar ‑Aliocha sonrió tristemente‑ que Mitia está loco y que
cometió el crimen en un ataque de demencia. Pero mi hermano no aceptará esta
solución.
‑Eso podría admitirse si fuera él el asesino.
Tu hermano estaba loco entonces, completamente loco... ¡Y todo por culpa mía!
¡Soy una infame!... Pero Mitia no es el asesino aunque todo el mundo lo crea.
Incluso Fenia ha hecho una declaración que parece presentar a tu hermano como
culpable. Y también le acusan los de la tienda, y ese funcionario, y los
clientes de la taberna, que fueron los primeros en oír sus bravatas.
‑Sí ‑dijo Aliocha, amargado‑. Las
declaraciones adversas son numerosas.
‑Y Grigori Vasilitch insiste en que la puerta
estaba abierta y afirma que la vio. No hay medio de sacarlo de su ofuscación.
He ido a hablar con él, a incluso me ha insultado.
‑Ciertamente, esa declaración es la que más
perjudica a mi hermano ‑dijo Aliocha.
‑Yo creo que Mitia está verdaderamente
trastornado ‑declaró Gruchegnka, preocupada y en un tono misterioso‑.
Hace tiempo que quería decirtelo, Aliocha. Voy a verlo todos los días y esto
desconcertada. Dime qué te parece a ti, qué significan esas cosa raras que
ahora dice y repite. Al principio creí que se trataba d algo profundo y que
estaba fuera de mis alcances, pero hoy ha sido distinto: me ha hablado de un
«pequeñuelo». «¿Por qué es pobr esa criaturita? Por ella voy a ir a Siberia. Yo
no he matado a nadie pero es preciso que vaya a Siberia.» ¿A qué criaturita se
refiere. ¿Qué habrá querido decir? No he comprendido absolutament nada. Me he
echado a llorar, y él ha llorado conmigo. Hemos llora do los dos, y él me ha
besado y hecho sobre mí la señal de la cruz
¿Qué significa esto, Aliocha? ¿Quién es esa «criaturita»?
‑Rakitine lo visita casi a diario ‑dijo
Aliocha sonriendo. Pero esto no es cosa de Rakitine. Ayer no fui a ver a
Mitia. Iré hoy.
‑El que lo trastorna no es Rakitka, sino Iván
Fiodorovitch Ha ido a visitarlo y...
Gruchegnka enmudeció repentinamente. Aliocha la miró,
sorprendido.
‑¿Cómo? ¿Iván va a verlo? Mitia me ha dicho que
no lo ha visto ni una sola vez.
‑¡Qué tonta soy! ‑exclamó Gruchegnka,
enrojeciendo‑. Se me ha ido la lengua... En fin, Aliocha, ya que he
empezado, te lo voy a contar todo. Iván ha ido dos veces a verle; la primera,
apena volvió de Moscú, y la segunda, hace ocho días. Lo ha visitado a
escondidas y ha prohibido a Mitia que te lo dijera.
Aliocha estuvo un momento pensativo. La noticia lo
había impresionado profundamente.
‑Iván no me ha dicho nada de Mitia. Bien es
verdad que hablo poco con él. Cuando iba a verlo, tenía la impresión de que no
me recibía a gusto; por eso no he ido a visitarlo desde hace tres semanas...
¿Dices que lo ha visto hace ocho días?... Pues hace precisamente una semana que
Mitia ha cambiado.
‑Sí ‑dijo con vehemencia Gruchegnka‑.
Tienen un secreto Mitia me lo ha dicho. Es un secreto que lo atormenta. Antes
estaba siempre contento. Ahora sigue estándolo, pero cuando empieza mover la
cabeza, a ir de un lado a otro, a retorcerse el pelo de la sienes, puedo decir
con toda seguridad que está agitado. Por otra parte, incluso hoy estaba a ratos
contento.
‑¿Has dicho que a veces está agitado?
‑Sí;
unas veces agitado y otras contento. Francamente, Aliocha, tu hermano me
sorprende. Sabiendo lo que le espera, se echa reír a veces por cualquier
minucia. Se diría que es un niño.
‑¿De modo que te ha prohibido hablar con Iván?
‑Sí, pero a quien teme Mitia es a ti. Tienen un
secreto: él mismo me lo ha dicho... Aliocha, mi querido Aliocha: procura saber
qué secreto es ése y ven a decirmelo, para que yo conozca mi maldita suerte.
Para eso lo he llamado.
‑¿Crees que ese secreto te afecta? Si fuera
así, no te habría hablado de él.
‑Acaso no se atreve a decirmelo, y tampoco
quiere dejar de advertirme. Lo cierto es que tiene un secreto.
‑En resumen, ¿tú qué opinas?
‑Yo creo que todo ha terminado para mi. Tres
personas se han aliado en contra de mí. Katia forma parte del complot; es el
elemento principal. Mitia me previene con alusiones. Piensa abandonarme: éste
es el secreto. Mis tres enemigos son Mitia, Katia a Iván Fiodorovitch. Hace
ocho días, Mitia me dijo que Iván está enamorado de Katia y que por eso va con
tanta frecuencia a su casa. ¿Es esto verdad, Aliocha? Contéstame con franqueza.
‑Iván no ama a Catalina Ivanovna. Créeme; nunca
te engañaré.
‑Eso mismo pensé yo en seguida. Mitia miente
descaradamente. Y se muestra celoso para poder acusarme cuando llegue el momento.
Pero es demasiado imbécil, y también demasiado franco, para saber disimular...
¡Me las pagará!.. «¡Crees que yo soy el asesino!» Hasta esto se atreve a reprocharme.
¡Que Dios lo perdone! Esa Katia se las verá conmigo ante los jueces. ¡Lo
contaré todo! ¡No me callaré nada!
Se echó a llorar.
‑Lo que te puedo asegurar, Gruchegnka ‑dijo
Aliocha levantándose‑, es que Mitia te ama más que a nada en el mundo. Y
te ama sólo a ti. Puedes creerme; estoy completamente seguro. Y ahora te
advierto que no trataré de arrancarle su secreto, y, si él me lo revela, le
diré que te he prometido ponerte al corriente a ti. En este caso, volveré hoy
mismo para informarte. Me parece que Catalina Ivanovna no tiene ninguna
relación con este asunto; el secreto debe de referirse a otra cosa. Ya
veremos. Adiós.
Aliocha le estrechó la mano. Gruchegnka seguía
llorando. Aliocha advirtió que su amiga no creía en sus palabras de consuelo,
pero lo cierto era que había conseguido aliviarla con su efusiva sinceridad.
Le daba pena dejarla en aquel estado, pero se le hacía tarde: tenía aún muchas
cosas que hacer.
CAPITULO II
Aliocha quería ir primero a casa de la señora de Khokhlakov
y terminar cuanto antes para no retrasar demasiado su visita a Mitia. La señora
de Khokhlakov estaba indispuesta desde hacía una semana. Tenía un pie hinchado
y, si bien no guardaba cama, pasaba el día en su gabinete, echada en una
meridiana, envuelta en una elegante pero decorosa bata casera. Aliocha había
observado, con una sonrisa inocente, que la señora de Khokhlakov coqueteaba, a
pesar de su enfermedad: lucía lazos, cintas y otros vistosos adornos. Desde
hacía dos meses, el joven Perkhotine la visitaba con frecuencia. Aliocha no
había ido a verla desde hacía cuatro días. Al llegar se dirigió a las
habitaciones de Lise, que el día anterior había enviado a decirle que fuera a
verla sin pérdida de tiempo para tratar de un «asunto de gran importancia».
Esta visita interesaba a Aliocha por ciertas razones. Pero mientras la doncella
iba a anunciarlo, la señora de Khokhlakov, enterada de su llegada, lo requirió
«sólo para un minuto». Aliocha consideró que lo mejor era atender en seguida a
la madre, ya que, de lo contrario, estaría mandándole recados a cada momento.
Tendida en la meridiana, vestida como para una fiesta, daba muestras de viva
agitación. Acogió a Aliocha con gritos de entusiasmo.
‑¡Hace un siglo que no lo veo! ¡Una semana
entera! ¡Ah! Sé que vino usted hace cuatro días, el miércoles pasado. Ahora va
usted a ver a Lise. Estoy segura de que habrá entrado de puntillas para que yo
no le oyese. ¡Si supiera usted lo inquieta que estoy por ella, mi querido
Alexei Fiodorovitch! Esto es lo principal, pero ya hablaremos de ello después.
Le confío enteramente a mi Lise. Desaparecido el starets Zósimo, que
descanse en paz ‑y se santiguó‑, usted es para mí un asceta, aunque
le sienta muy bien su nueva ropa. ¿Cómo ha podido encontrar un sastre tan bueno
en nuestra localidad? Ya hablaremos de esto después; es un asunto sin
importancia. Perdóneme que me permita llámarlo de vez en cuando, Aliocha. A
una vieja como yo, todo se le puede consentir.
Sonrió, coqueta, y continuó:
‑Pero dejemos también esto para después. Lo que
más me interesa es no olvidarme de lo principal. Le ruego que me avise si
divago. Desde el momento en que Lise ha retirado su promesa..., una promesa
infantil, Alexei Fiodorovitch..., de casarse con usted, habrá comprendido que
su palabra fue un capricho de muchacha enferma, de jovencita que ha permanecido
largo tiempo en un sillón. Gracias a Dios, ahora ya puede andar. El nuevo
médico que Katia ha hecho venir de Moscú para el asunto de su infortunado
hermano, al que mañana... ¿Qué pasará mañana? Sólo de pensarlo, me siento
morir. Sobre todo, de curiosidad... El caso es que ese doctor vino ayer a ver a
Lise... Le pagué cincuenta rublos por la visita. Pero esto no importa ahora.
Como ve, me he armado un lío. No sé por qué he de apresurarme. Ya no me acuerdo
de dónde estaba. Lo veo todo como una enredada madeja. Temo enojarlo y que
usted se vaya. No hablo con nadie más que con usted... ¿Dónde tengo la cabeza,
Dios santo? Ante todo, hemos de tomar café. ¡Trae café, Julia!
Aliocha se apresuró a darle las gracias y a decirle
que acababa de tomarlo.
‑¿Dónde?
‑En casa de Agrafena Alejandrovna.
‑¿Ha tomado café con esa mujer? Ella es la
causante de todo. Bien es verdad que he oído decir que su conducta actual es
irreprochable; pero ya es un poco tarde. Esa conducta debió seguirla antes,
cuando pudo serle de provecho. Ahora ya no le sirve para nada. Cállese, Alexei
Fiodorovitch, pues tengo tantas cosas que decirle, que acabaré no diciendo
ninguna... ¡Ese horrible proceso!... Yo iré sin falta; estoy dispuesta. Me
llevarán en un sillón; puedo estar sentada. Ya sabe que estoy citada como
testigo. ¿Qué diré? Lo ignoro. Hay que prestar juramento, ¿verdad?
‑Sí, pero me parece que no podrá usted ir.
‑Ya le he dicho que puedo estar sentada. ¡Oh,
usted me aturde! Ese proceso, ese acto salvaje, esas personas que se van a
Siberia, esas otras que se casan... ¡Y todo de prisa, de prisa! Y al fin todo
el mundo envejece y mira hacia la tumba... ¡Ay, qué fatigada me siento! Esa
Katia, cette charmante personne, me ha decepcionado. Se marchará con
uno de sus hermanos a Siberia; el otro la seguirá y se instalará en la ciudad
más próxima. Y todos ellos se amargarán la vida mutuamente. Todo esto me tiene
trastornada. Pero lo que más me preocupa es la publicidad que se le ha dado. Se
ha hablado del asunto miles de veces en los periódicos de Petersburgo y Moscú.
E incluso se ha mezclado mi nombre con el de los protagonistas del suceso. Se
ha dicho que yo era... una «buena amiga» de su hermano..., y digo «buena amiga»
para no repetir el vil calificativo que se me ha aplicado.
‑¡Es increíble! ¿Dónde se ha publicado eso?
‑Lo va usted a ver. Ha aparecido en un
periódico de Petersburgo que recibí ayer. Se titula Sloukhi, Rumores... Estos
Rumores empezaron a publicarse hace meses. Como a mi me encanta la
murmuración, me suscribí. Y ya lo ve: he quedado bien servida de rumores...
Mire; aquí lo tiene; lea...
Entregó a Aliocha un periódico que sacó de debajo de
la almohada.
La señora de Khokhlakov no estaba indignada, sino
abatida. Como ella misma había dicho, en su cerebro reinaba la más completa
confusión. El suelto era un buen ejemplo de murmuración periodística, y se
comprendía que la hubiera impresionado. Pero, afortunadamente, en aquel momento
era incapaz de concentrarse en nada; podía incluso olvidarse del periódico y
pasar a otra cosa.
Aliocha estaba al corriente desde hacía tiempo de la
resonancia que había adquirido el asunto en toda Rusia, y sólo Dios sabe las
noticias imaginarias que, entre otras verídicas, había tenido ocasión de leer
en los dos meses últimos sobre su hermano, sobre todos los Karamazov y acerca
de él mismo. Un periódico incluso llegó a decir que Aliocha, aterrado por el
crimen de su hermano, se había recluido en un convento. Otro desmentía este
rumor y afirmaba que, en alianza con el starets Zósimo, había fracturado
la caja del monasterio, tras lo cual se había dado a la fuga.
El suelto publicado en Sloukhi se titulaba: «Noticias
de Skotoprigonievsk (éste es el nombre, que hemos ocultado hasta ahora, de la
localidad en cuestión) sobre el proceso Karamazov.» La noticia era breve y el
nombre de la señora de Khokhlakov no figuraba en ella. Se decía simplemente que
el criminal al que se estaba a punto de juzgar con tanta ceremonia era un
capitán retirado, insolente, holgazán y partidario de la esclavitud; que tenía
enredos amorosos y contaba con la influencia de « ciertas damas a las que
pesaba su soledad». Una de ellas, «viuda abrumada por el tedio» y que pretendía
ser joven aunque tenía una hija mayor se había encaprichado de él hasta el
extremo de ofrecerle, dos horas antes del crimen, tres mil rublos para partir
en su compañía hacia las minas de oro. Pero el desalmado había preferido
procurarse los tres mil rublos matando a su padre ‑contaba con la
impunidad‑ que pasear por Siberia los encantos cuadragenarios de la
dama. El alegre suelto terminaba, ¿cómo no?, con palabras de noble indignación
contra la inmoralidad del parricida y de la servidumbre. Después de haber leído
la noticia atentamente, Aliocha dobló el periódico y se lo devolvió a la señora
de Khokhlakov.
‑Como usted ve ‑dijo la dama‑, el
corresponsal se refiere a mí. En efecto, poco antes del crimen le aconsejé que
se fuera a las minas de oro. ¿Pero quiere esto decir que le ofreciera mis
«encantos cuadragenarios», como afirma ese informador? ¡Que el Juez Soberano
le perdone esta calumnia como se la perdono yo! ¿Pero sabe usted de dónde ha
salido todo esto? De su amigo Rakitine.
‑Es posible ‑convino Aliocha‑. Pero
yo no he oído decir nada sobre ello.
‑No me cabe duda de que todo ha sido cosa suya.
Por algo le eché de mi casa. ¿Está usted enterado de esto?
‑Sé que usted rogó que dejara de visitarla,
pero los motivos exactos los ignoro. Por lo menos, no los sé por usted.
‑Entonces, lo sabe por él. Por lo visto, va
hablando mal de mí.
‑En efecto; pero hay que tener en cuenta que él
habla mal de todo el mundo. Rakitine no me ha dicho por qué lo echó usted de
casa. Hablo con él raras veces. No somos amigos.
‑Bien. Se lo voy a contar todo. Hay un punto
sobre el que estoy arrepentida, porque me siento culpable. ¡Claro que es un detalle
insignificante!
La señora de Khokhlakov adoptó un aire juvenil y dejó
escapar una sonrisa enigmática.
‑Yo sospecho que... Le advierto que le hablo
como una madre... No, no; todo lo contrario: le hablo como una hija, pues una
madre no pinta nada aquí... Mejor dicho, le hablo como le hablaría al starets
Zósimo en confesión. La comparación es exacta, ya que acabo de llamarle
asceta... Pues bien, he aquí que ese pobre muchacho... ¡Ah, no puedo enojarme
con él!... En fin, en una palabra, ese atolondrado creyó..., por lo menos así
me parece..., enamorarse de mí. Yo no me di cuenta de ello hasta algún tiempo
después, hasta hace un mes aproximadamente. Entonces fue cuando empezó a
visitarme con frecuencia. Antes ya nos conocíamos. Total, que yo no sospechaba
nada, y de pronto tuve como un relámpago de clarividencia... Ya sabe usted que
hace unos dos meses empecé a recibir en mi casa a Piotr Ilitch Perkhotine, ese
hombre joven, cortés y modesto que es funcionario y desempeña su cargo en
nuestra localidad. Usted se ha encontrado con él más de una vez. ¿Verdad que es
un hombre inteligente y que va siempre bien vestido? A mí me encanta la
juventud, Aliocha, cuando en ella se reúnen las dos cualidades de talento y
modestia, como en usted... Perkhotine es poco menos que un hombre de Estado;
hay que ver cómo habla. Lo recomendaría a cualquiera sin vacilar. Es un futuro
diplomático. Aquel fatidico día casi me salvó la vida al venir a verme por la
noche. En cambio, Rakitine va siempre arrastrando sus pesados zapatos por las
alfombras... Bueno, el caso es que un día empezó a hacer ciertas alusiones. Una
vez, mientras charlábamos, me apretó la mano con fuerza. Desde entonces tengo
el pie malo. Ya se había encontrado con Piotr Ilitch én mi casa, y siempre, no
sé por qué, sin motivo alguno, hablaba mal de él, lo censuraba implacablemente.
Yo me limitaba a observarlos a los dos, riendo para mis adentros y
preguntándome cómo terminaría la cosa. Un día en que me hallaba sola, más que
sentada, echada, Mikhail Ivanovitch vino a verme, ¿y sabe usted lo que me
trajo? Unos versos. Eran muy cortos y se referían a la enfermedad de mi pie.
Escuche... ¿Cómo eran?... Me parece que...
»Ese piececito encantador
está un poco
hinchado...
»o algo parecido. No me acuerdo bien. Los tengo allí;
ya se los enseñaré. Son muy bonitos. No hablan de mi pie solamente. Son muy
decentes y tienen un algo delicioso que en este momento no recuerdo. En fin,
que son dignos de figurar en un álbum. Naturalmente, le di las gracias, y él se
sintió halagado. Aún no había terminado de dárselas, cuando entró Piotr Ilitch.
Mikhail Ivanovitch se puso tan sombrío como la noche. Adverti que Piotr Ilitch
le molestaba. Mikhail Ivanovitch quería decirme algo, no cabía duda, después de
leerme los versos..., sí, lo presentí, y he aquí que en ese momento entra Piotr
Ilitch. Yo mostré a éste los versos sin decir de quién eran, pero él lo supuso
en el acto, estoy segura, aunque lo ha negado siempre. Piotr Ilitch se echó a
reir y empezó a criticar. Los versos eran malos; parecían escritos por un
seminarista audaz. Entonces su amigo, en vez de echarse a reír, se encolerizó.
¡Dios mío, creí que iban a llegar a las manos!
»‑Son míos ‑dijo el autor‑. Los he
escrito por puro entretenimiento, pues a mí me parece ridículo escribir
versos... Pero éstos son buenos. Se quiere levantar una estatua a Pushkin por
haber cantado los pies de las mujeres[L116]. Mis versos tienen un matiz moral. Usted,
en cambio, no es más que un reaccionario, un ser refractario al progreso de la
humanidad, ajeno a la evolución de las ideas, un burócrata que toma propinas.
»Entonces yo empecé a gritar, a suplicarles que se
reportaran. Piotr Ilitch, bien lo sabe usted, no es un hombre asustadizo. Adoptó
una actitud digna, lo miró irónicamente y le presentó excusas.
»‑Ignoraba que fuera usted el autor ‑le
dijo‑. De lo contrario, me habría expresado de otro modo: habría alabado
sus versos. Sé que los poetas son personas irascibles.
»En resumen, ironías expresadas con toda seriedad. Él
mismo me confesó más tarde que ironizaba, pero yo me dejé engañar. Entonces yo
estaba echada como estoy ahora y pensaba: “¿Debo poner en la calle a Mikhail
Ivanovitch por las palabras groseras que , ha dirigido a un amigo mío en mi
casa?” Puede creerme: estaba echada, con los ojos cerrados y sin conseguir
tomar una decisión. Estaba desesperada, mi corazón latía con violencia. ¿Debía
gritar o no debía gritar? Una voz me decía: “Grita.” Y otra me aconsejaba: “No
grites.” Apenas oí esta segunda voz, empecé a gritar. Después perdí el
conocimiento. Naturalmente, fue una escena espantosa. De pronto me levanté y
dije a Mikhail Ivanovitch:
»‑Lo lamento mucho, pero no quiero volver a
verlo en mi casa.
ȃstas fueron las palabras con que lo puse en la
calle. ¡Oh,
Alexei Fiodorovitch! Sé muy
bien que obré mal. Mentí: yo no estaba enojada contra él. Le despedí porque me
pareció que la escena era muy apropiada a la situación... Desde luego, fue una
escena muy natural, pues yo lloraba de veras, a incluso estuve varios días llorando.
Al fin, un día después del desayuno me olvidé de todo. Hacía dos semanas que
su amigo había dejado de visitarme. Yo me preguntaba: “¿Será posible que no
vuelve más?” Esto fue ayer. Y he aquí que ayer mismo, por la tarde, recibí este
ejemplar de Rumores. Lo leí y me quedé boquiabierta. ¿De dónde habría salido
la noticia?... ¡De él! Apenas volvió a su casa, escribió esto y lo mandó al
periódico. Reconozco que hablo átolondradamente, Aliocha; pero no lo puedo
remediar...
‑Se me va a hacer tarde para ir a ver a mi
hermano ‑balbució Aliocha.
‑Eso me recuerda una pregunta que quería
hacerle. Digame: ¿qué es la obsesión?
‑¿A qué obsesión se refiere? ‑preguntó
Aliocha, sorprendido.
‑A la obsesión judicial, esa obsesión que da
lugar a que todo se perdone. Cualquiera que sea el delito que uno comete, se le
perdona.
‑¿Por qué me hace esa pregunta?
‑Se lo explicaré. Esa Katia es una criatura
encantadora, pero ignoro de quién está enamorada. Estuvo aquí el otro día y no
lo pude averiguar. Se limita a hablar en términos generales y especialmente de
mi salud. Incluso adopta cierto tonillo afectado. Y yo me he dicho: «¡Alabado
sea Dios!»... Bueno, volvamos a la obsesión. Ya sabe que ha venido de Moscú un
doctor. Tiene que saberlo, puesto que lo ha traído usted... No, no: lo ha
traído Katia. ¡Ah, siempre esa Katia! Bueno, a lo que íbamos. Un hombre es
normal, pero de pronto sufre una obsesión; su lucidez era completa, se daba
perfecta cuenta de sus actos, pero sufre una obsesión. Pues bien, esto es
seguramente lo que le ha ocurrido a Dmitri Fiodorovitch. Es un descubrimiento
y una ventaja de la nueva justicia. Ese doctor vino a visitarme y me hizo una
serie de preguntas relacionadas con la noche fatídica, o sea sobre las minas
de oro. «¿Cómo estaba entonces el acusado?» Yo le dije que no cabía duda de
que estaba bajo los efectos de una obsesión. Esto era seguro, pues gritaba: «
¡Quiero dinero, quiero dinero! ¡Déme tres mil rublos!» Y después se marchó y
cometió el asesinato. « ¡No quiero matar! ¡No quiero matar!», decía. Y, sin
embargo, mató. Pero, aunque tratara, se le perdonará por su deseo de no matar.
‑Es que él no mató ‑replicó en el acto
Aliocha, cuya agitación a impaciencia iban en aumento.
‑Ya lo sé. El asesino fue el viejo Grigori.
‑¿Grigori?
‑Sí, fue Grigori. Estuvo un rato sin
conocimiento a causa del golpe que le propinó Dmitri Fiodorovitch.
‑¿Pero por qué?
‑Obró bajo el imperativo de una obsesión. Al
volver en sí después de haber recibido el golpe en la cabeza, la obsesión le
impulsó a cometer el crimen. Él dice que no lo cometió, pero puede ser que lo
cometiera y no se acuerde... Pero, bien mirado, sería preferible que lo hubiera
cometido Dmitri Fiodorovitch... Sí, aunque estoy acusando a Grigori,
seguramente fue Dmitri el autor del delito, y esto es mejor, mucho mejor. Esto
no quiere decir que yo apruebe que los hijos maten a sus padres. Por el
contrario, creo que los hijos deben respetar a los autores de sus días. Pero
es preferible que el culpable sea Dmitri, ya que en este caso no tendrá usted
que preocuparse, puesto que habrá cometido el crimen inconscientemente, o tal
vez conscientemente, pero sin saber por qué razón... Se le debe absolver,
sería un acto humanitario, un ejemplo de los beneficios que se desprenden de
la nueva justicia. Yo no sabía nada de esto. Me han dicho que es cosa antigua,
pero yo no me enteré hasta ayer. Y me sentí tan impresionada, que de buena gana
habría enviado en su busca en seguida. Si se le absuelve, lo invitaré a comer
sin pérdida de tiempo, invitaré también a todas mis amistades y beberemos a la
salud de los nuevos jueces. No creo que Dmitri sea peligroso; además, seremos
tantos, que se le podría meter en cintura fácilmente si intentara cometer
alguna locura. Andando el tiempo, podrá ser juez de paz o algo parecido, ya que
los mejores magistrados son aquellos que han sufrido adversidades. El caso es
que hoy en día no hay nadie que no tenga obsesiones. Las tiene usted, las tengo
yo, y tantos y tantos otros... Un individuo se dispone a cantar una canción. De
pronto, ve algo que lo enoja, empuña una pistola y mata al primero que llega.
A este individuo se le absuelve. Lo he leído hace poco, y todos los doctores lo
han confirmado. Ahora lo confirman todo. También Lise tiene obsesiones. Me hizo
llorar ayer y anteayer. Hoy he comprendido que todo se debía a una simple
obsesión... ¡Oh! Lise me preocupa mucho. A veces creo que ha perdido la razón.
¿Para qué le ha hecho venir? ¿O acaso ha venido por propia iniciativa?
‑Lise me ha llamado y voy a ver qué quiere ‑dijo
Aliocha resueltamente y poniéndose en pie.
La señora de Khokhlakov se echó a llorar.
‑Hemos llegado al punto principal, mi querido
Alexei Fiodorovitch. Bien sabe Dios que le confío sinceramente a Lise, y no me
importa que le haya llamado a usted sin decirmelo. En cambio, a su hermano
Iván..., usted me perdonará, pero no puedo confiarle así a mi hija, aunque lo
considero como un ejemplo de caballerosidad entre los jóvenes de hoy. ¿Sabe
usted que vino a ver a Lise sin que yo me enterase?
‑¿Es posible? ¿Cuándo? ‑exclamó Aliocha,
estupefacto.
‑Se lo voy a contar todo. Aunque no me acuerdo
bien, creo que por esto le he hecho venir. Iván Fiodorovitch me había visitado
dos veces desde que llegó de Moscú. Primero vino simplemente para saludarme. La
segunda visita ha sido reciente. Katia estaba aqui y él lo supo. Le advierto
que yo no deseaba ver en mi casa con
frecuencia a un hombre que tiene tan graves problemas con su hermano, vous
comprenez, cette affaire et la mort terrible de votre papa. Pero, de
pronto, supe que había venido nuevamente. Vino hace seis días, y no a verme a
mi, sino a ver a Lise, con la que estuvo cinco minutos. Me enteré tres días
después por una de mis sirvientas. La noticia me impresionó. Llamé en seguida
a Lise, que se echó a reír.
»‑Creyó que estabas durmiendo ‑me explicó‑.
Vino a preguntar por ti.
»Seguro que dijo la verdad. ¡Pero qué pena me da
Lise, Dios mío! Hace cuatro días, por la noche, después de verlo a usted, tuvo
un ataque de nervios. Gritaba, gemía... ¿Por qué no tendré yo nunca ataques de
nervios? Al día siguiente y al otro se repitieron los ataques. Y ayer, la
obsesión de que le he hablado. De pronto, empezó a gritar:
»‑¡Detesto a Iván Fiodorovitch! ¡Te exijo que
no lo vuelvas a recibir, que le prohíbas la entrada en esta casa!
»Yo le contesté, estupefacta:
»‑¿Por qué tratar así a un joven que reúne
tantos méritos, tan culto y además, tan desgraciado?
»Pues todas estas complicaciones son una desgracia más
que otra cosa, ¿no le parece? Ella se echó a reír al oír mis palabras, se echó
a reír con risa hiriente. Yo me alegré: creí que la había divertido y que los
ataques cesarían. Por otra parte, yo había pensado poner, por mi propia
iniciativa, punto final a las extrañas visitas que Iván Fiodorovitch había
iniciado sin mi permiso. También me había propuesto pedirle explicaciones.
Esta mañana, al despertar, Lise se ha enojado con Julia hasta el extremo de
abofetearla. Comprenderá usted que esto es monstruoso. Yo trato de “usted” a
mis sirvientas. Media hora después, mi hija abrazaba a Julia y le besaba los
pies. Me envió a decir que no la esperase, que nunca más vendría a verme, y
cuando fui, poco menos que arrastrándome, a sus habitaciones, se echó a llorar
y me cubrió de besos. Después me empujó hacia la puerta sin decir palabra, de
modo que no pude enterarme de nada. Ahora, querido Alexei Fiodorovitch, pongo
todas mis esperanzas en usted. Mi destino está en sus manos. Le ruego que vaya
a ver a Lise y aclare todo esto, como sólo usted sabe hacerlo, y luego haga el
favor de venir a contármelo a mi, a la madre. Pues le aseguro a usted que si
esto continúa me moriré o dejaré esta casa. No puedo más. Tengo mucha
paciencia, pero podría perderla, y si la perdiese..., si la perdiese..., ¡ah,
sería terrible!
De pronto, al ver entrar a Piotr Ilitch Perkhotine,
exclamó radiante de alegría:
‑¡Gracias a Dios que llega usted, Piotr Ilitch!
Se ha retrasado bastante... Bueno, siéntese y hable.. ¿Qué dice nuestro abogado?...
¿Adónde va, Alexei Fiodorovitch?
‑A ver a Lise.
‑¡Ah, si! Le suplico que no se olvide de mi
encargo. Está en juego mi destino.
‑No lo olvidaré... Es decir, si es posible,
pues voy a ver a su hija con gran retraso ‑murmuró Aliocha mientras se
alejaba.
‑No admito ese «si es posible» ; ha de venir
sin falta ‑gritó a su espaldas la señora de Khokhlakov‑. ¡Si no
viene, me moriré!
Pero Aliocha había desaparecido ya.
UN DIABLILLO
Encontró a
Lise recostada en el sillón en que la transportaban cuando no podía andar. Lise
no se levantó al verlo aparecer, pero lo taladró con una mirada penetrante y
ardiente. Aliocha se asombró del cambio que se había operado en ella desde que
la había visto por última vez tres días atrás. Había adelgazado. Lise no le
tendió la mano. Aliocha rozó con la suya los frágiles dedos, inmóviles sobre
el vestido, y se sentó frente a ella sin decir palabra.
‑Ya sé que tiene usted prisa ‑dijo de
súbito Lise‑. Ha de ir a la cárcel y mi madre lo ha retenido durante dos
horas. Le ha hablado de Julia y de mí.
‑¿Cómo lo sabe?
‑Lo he escuchado. ¿Por qué me mira usted así?
Cuando quiero, escucho, pues no hay ningún mal en ello. No voy a pedir perdón
por tan poca cosa.
‑¿Está molesta por algo?
‑Nada de eso: me siento perfectamente bien.
Hace un momento estaba pensando por enésima vez lo acertada que estuve al retirar
la palabra de matrimonio que le di. Usted no me conviene como marido. Si me
casara con usted y le pidiera que llevara una misiva a un pretendiente mío,
usted lo haría, e incluso me traería la respuesta. Y, cuando tuviera cuarenta
años, seguiría sirviéndome de cartero para cartas de esta índole.
Y se echó a reír.
‑Hay en usted algo maligno a la vez que ingenuo
‑dijo Aliocha sonriendo.
‑Precisamente porque soy ingenua no siento
vergüenza ante usted. No sólo no siento vergüenza, sino que no quiero sentirla.
Oiga, Aliocha: ¿por qué no lo respetaré a usted? Lo aprecio mucho, pero no lo
respeto. Si lo respetara, no le podría hablar sin avergonzarme, ¿no le parece?
‑Sí.
‑Entonces, ¿cree usted que su persona no me
inspira vergüenza?
‑No, no lo creo.
Lise se volvió a echar a reír nerviosamente. Hablaba
muy de prisa.
‑He enviado unos bombones a su hermano Dmitri,
a la cárcel. ¡Oh, Aliocha! ¡Qué amable es usted! Siempre le querré por haberme
permitido con tanta facilidad dejar de quererlo.
‑¿Para qué me ha hecho venir?
‑Para hablarle de un deseo que se ha adueñado
de mí. Ansío que alguien me haga sufrir; que se case conmigo, me torture, me
engañe y, al fin, me abandone. No quiero ser feliz.
‑¿Está enamorada del desorden?
‑Sí, me gusta el desorden. Quisiera prender
fuego a la casa. Me parece estar viendo la escena. Le prendo fuego
disimuladamente, sin que nadie lo advierta. Se lucha por apagar el incendio.
La casa arde. Yo sé por qué arde, pero me callo. ¡Ah, qué estupidez! ¡Y qué
horror!
Hizo un gesto de repugnancia.
‑Usted vive como una persona rica ‑dijo
Aliocha en voz baja.
‑¿Acaso es mejor vivir como pobre?
‑Si.
‑Eso se lo dijo su difunto starets,
¿verdad? Aunque sólo yo fuera rica y todos los demás pobres, comería golosinas,
bebería licores y no invitaría a nadie. ¡No, no hable; no diga nada! ‑exclamó
levantando la mano, aunque Aliocha no había abierto la boca‑. Eso ya me
lo ha dicho muchas veces; lo sé de memoria... ¡Qué fastidio! Si yo fuera pobre,
mataría a alguien..., y acaso mate siendo rica... ¡No se mortifique!... Quiero
segar, segar campos de trigo... Seré su esposa y usted se convertirá en un
campesino, en un verdadero campesino... Y tendremos un caballo, ¿no le parece?
¿Conoce usted a Kalganov?
‑Sí.
‑Sueña despierto. Dice: «¿Para qué vivir? Es
preferible soñar.» Se pueden soñar las cosas más alegres; la vida, en cambio,
es un fastidio... Pronto se casará. A mí también se me ha declarado. ¿Usted
sabe hacer bailar una peonza?
‑Sí.
‑Pues él es como una peonza. Hay que ponerlo en
movimiento, lanzarlo y no dejarlo parar. Si me caso con él, lo estaré haciendo
bailar toda la vida. ¿Le da vergüenza estar conmigo?
‑No.
‑Usted está disgustado conmigo porque no hablo
de cosas santas. Yo no quiero ser santa. ¿Cómo se castiga en el otro mundo el
pecado más grave? Usted ha de estar bien enterado.
‑Dios condena ‑dijo Aliocha, mirándola
fijamente.
‑Eso es lo que quiero. Llegaré, me condenarán y
me echaré a reír en la cara de todos. Quiero, deseo vivamente prender fuego a
la casa, Aliocha, ¡a mi casa! ¿No me cree usted?
‑¿Por qué no he de
creerla? Hay niños que a los doce años sienten la necesidad de prender fuego a
algo y lo prenden. Es una
especie de enfermedad.
‑No es cierto, no es cierto. Hay muchos niños
así, pero el motivo es otro.
‑Usted confunde el mal con el bien. Es un
estado anormal pasajero, que procede sin duda de su reciente enfermedad.
‑Usted me menosprecia. Yo no quiero hacer
ningún bien, sencillamente; quiero obrar mal. No hay ninguna enfermedad en
esto.
‑¿Qué adelantará usted obrando mal?
‑Destruirlo todo. ¡Cómo me gustaría destruirlo
todo! Huya, Aliocha. A veces me acomete el deseo de hacer grandes males, las
cosas más viles, durante largo tiempo, a escondidas... De pronto, todos se
enterarán, me rodearán y me señalarán con el dedo. Y yo los miraré a la cara.
Será muy agradable. ¿Por qué me será tan agradable, Aliocha?
‑A veces se siente la necesidad de destruir
algo bueno, de prender fuego a algo, como usted acaba de decir. Sí, eso suele
suceder.
‑No me contentaré con decirlo: lo haré.
‑Lo creo.
‑¡Ah, cuánto le agradezco esas palabras! uLo
creo»... Y estoy segura de que lo cree, porque usted no miente nunca. Pero
acaso suponga que digo todo esto con el único fin de mortificarlo.
‑No, no he pensado en ello..., aunque reconozco
que es usted capaz de sentir esa necesidad.
‑Hasta cierto punto, la siento ‑y añadió
con un vivo resplandor en la mirada‑: A usted no le miento nunca.
Lo que más impresionaba a Aliocha era la seriedad con
que hablaba Lise. No había la menor sombra de malicia ni de burla en su
rostro, siendo así que otras veces, incluso en los momentos más graves,
conservaba la alegría.
‑Hay momentos en que el hombre se siente
atraído hacia el crimen ‑dijo Aliocha, pensativo.
‑Cierto; yo pienso como usted. Todo el mundo se
siente inclinado al crimen, pero no sólo en algunos momentos, sino siempre. A
mí me parece que debió de celebrarse alguna vez una asamblea general para
tratar de este asunto, y se llegó al acuerdo de mentir. Desde entonces todos
mienten: dicen que odian el mal, y lo quieren en sí mismos.
‑Usted sigue leyendo malos libros.
‑Si. Mi madre se los esconde debajo de la
almohada, pero yo se los quito.
‑¿No se da usted cuenta de que se está destruyendo
a si misma?
‑Quiero destruirme. En nuestra ciudad hay un
chico que se echó entre los raíles y esperó a que le pasara un tren por encima.
Lo envidio. Escuche: se va a juzgar a su hermano por haber matado a su padre.
Pues bien, todo el mundo está contento de que lo haya matado.
‑¿Contento de que haya matado a su padre?
‑Sí, todos están contentos. Dicen que es
espantoso, pero en el fondo están contentísimos. Y yo la primera.
‑En sus palabras hay algo de verdad ‑dijo
lentamente Aliocha.
‑¡Oh, qué ideas tan magníficas tiene usted! ‑exclamó
Lise, entusiasmada‑. ¡Y el que habla así es un monje! ¡No sabe usted
cuánto lo respeto, Aliocha! ¡Usted no miente jamás! Oiga, quiero contarle algo
ridículo: a veces, en sueños, veo a los demonios. Es de noche. Estoy sola en mi
habitación, donde arde una vela. De pronto, salen los diablos de todos los
rincones y de debajo de la mesa. Abren la puerta. Allí hay muchos más, que
desean entrar para apresarme. Ya avanzan, ya se arrojan sobre mí. Pero me santiguo,
y todos retroceden aterrados. No se van, se quedan en los rincones y en la
puerta. De pronto, siento un irresistible deseo de blasfemar; empiezo a hacerlo
y ellos avanzan en masa, alegremente. De nuevo ponen sus manos sobre mi; pero
yo vuelvo a santiguarme y todos vuelven a retroceder. Es tan divertido, tan
emocionante, que pierdo la respiración.
‑Yo también he tenido ese sueño ‑dijo
Aliocha.
‑¿Es posible? ‑exclamó Lise, asombrada‑.
Oiga, Aliocha; no bromee; esto es muy importante. ¿Puede ser que dos personas
tengan un mismo sueño?
‑Sí, puede ser.
‑Le repito que esto es muy serio, Aliocha ‑dijo
Lise en el colmo de la sorpresa‑. No es el sueño lo que importa, sino el
hecho de que usted haya tenido el mismo sueño que yo. Usted que no miente
nunca, no miente ahora. ¿Habla en serio? ¿No bromea?
‑Hablo completamente en serio.
Lise estaba atónita. Guardó silencio un instante.
‑Aliocha ‑dijo en tono suplicante‑,
venga a verme con más frecuencia.
‑Vendré siempre, toda la vida ‑respondió
firmemente Aliocha.
‑No puedo confiar en nadie más que en usted;
usted es la única persona del mundo en quien puedo confiar. Le hablo con más
sinceridad que a mí misma. No siento ninguna vergüenza ante usted, Aliocha,
ninguna. ¿Por qué será? Aliocha, ¿es verdad que los judíos roban y estrangulan
niños en las Pascuas?
‑No lo sé.
‑Yo tengo un libro donde se explica un proceso
contra un judío que, después de cortar los dedos a un niño de cuatro años, lo
clavó, lo crucificó en una pared. El culpable declaró ante el tribunal que el
niño murió rápidamente, al cabo de cuatro horas. En verdad, es una muerte
rápida. El niño no cesaba de gemir, mientras el asesino permanecía ante él,
contemplándolo. ¡Esto está bien!
‑¿Bien?
‑Sí. A veces me imagino que soy yo quien lo ha
crucificado. El niño gime. Yo me siento ante él y me pongo a comer compota de
piña. Es un dulce que me gusta mucho. ¿A usted no?
Aliocha la miraba en silencio. De pronto, el rostro,
de un amarillo pálido, de Lise se transfiguró y sus ojos llamearon.
‑Después de haber leido esa historia, me pasé
llorando toda la noche. Creía oír los gritos y los lamentos del niño. ¿Cómo no
había de gritar si sólo tenía cuatro años? Y la idea de la compota no se
apartaba de mi pensamiento. A la mañana siguiente envié una carta a cierta
persona, rogándole que viniera a verme sin falta. Vino y le conté todo lo
referente al niño y a la compota, absolutamente todo. Luego le dije: « Esto
está bien.» Él se echó a reír. Le pareció que, en efecto, estaba bien. Luego,
al cabo de cinco minutos, se marchó. ¿Obró así porque me despreciaba? Diga,
Aliocha: ¿cree usted que me despreciaba?
Se irguió en su sillón. Sus ojos centelleaban.
Perdiendo la calma, Aliocha preguntó:
‑¿De modo que usted llamó a esa «cierta
persona»?
‑Sí.
‑¿Le envió la carta?
‑Sí.
‑¿Lo hizo venir para contarle lo del niño?
‑No precisamente para eso pero cuando lo vi
entrar se lo conté. Él se echó a reír y luego se fue.
‑Obró sinceramente ‑dijo Aliocha con
calma.
‑¿Pero cree usted que me despreció? Ya le he
dicho que se echó a reír.
‑No la despreció. A lo mejor, también él admite
lo de la compota de piña. Está muy enfermo, Lise.
‑Sí, admite lo de la compota ‑afirmó Lise
con ojos fulgurantes.
‑No desprecia a nadie ‑dijo Aliocha‑.
Pero tampoco confía en nadie. Y yo me digo que si no confía, desprecia.
‑¿También a mí?
‑También a usted.
‑En eso hay un bien ‑exclamó Lise,
furiosa‑. Cuando se marchó riéndose, advertí que en el desprecio había
algo bueno. Tener los dedos cortados como ese niño es un bien; ser despreciado
es igualmente un bien.
Miró a Aliocha con una sonrisita aviesa.
‑Oiga, Aliocha, yo querría... ¡Oh, sálveme!
Se irguió, se inclinó hacia él, lo estrechó en sus
brazos.
‑¡Sálveme! ‑gimió‑. ¡A nadie le he
dicho lo que acabo de decirle a usted! ¡He dicho la verdad, la pura verdad!
Todo me es ingrato. ¡Me mataré, no quiero vivir! ¡Todo me inspira aversión,
todo! ¡Oh Aliocha! ¿Por qué no me quiere usted? ¿Por qué no me quiere ni
siquiera un poco?
‑¡Pero si yo la quiero! ‑dijo Aliocha con
vehemencia.
‑¿Me llorará usted?
‑Sí.
‑¿Pero no sólo porque no he querido casarme con
usted, sino por todo?
‑Sí.
‑Gracias. Me basta con sus lágrimas. Y que
todos, absolutamente todos los demás, me torturen y me pisoteen. No quiero a
nadie. ¿Lo oye? ¡A nadie! Por el contrario, los odio a todos... Y ahora
váyase a ver a su hermano. Ya es hora de que se vaya.
Se retiró; ya no lo aprisionaba con sus brazos.
‑No puedo dejarla en ese estado ‑dijo
Aliocha, inquieto.
‑Vaya a ver a su hermano. Se le hace tarde; no
lo van a dejar entrar. Aquí tiene su sombrero. ¡Váyase, váyase! Dé un beso a Mitia
de mi parte.
Empujó a Aliocha hacia la puerta. Él la miraba,
apenado y perplejo. En esto notó que Lise ponía en su mano un papel doblado.
Vio que era un sobre cerrado y leyó este nombre en él: «Iván Fiodorovitch
Karamazov.» Luego dirigió una rápida mirada a Lise. Y vio que en su semblante
había una sombra de amenaza.
‑¡No deje de entregárselo! ‑exclamó con
una exaltación que la hacía temblar‑. ¡Lo ha de recibir hoy mismo, en
seguida! ¡Si no lo recibe, me envenenaré! Por eso lo he hecho venir.
Y le echó la puerta a la cara. Aliocha se guardó la
carta en el bolsillo y se dirigió a la salida, sin despedirse de la señora de
Khokhlákov, de la que ni siquiera se acordaba.
Cuando Aliocha hubo desaparecido, Lise entreabrió la
puerta, puso un dedo en la abertura y volvió a cerrar con todas sus fuerzas.
Luego retiró la mano, y, lentamente, fue a sentarse en su sillón. Se miró el
dedo ennegrecido y manchado de la sangre que salía de debajo de la uña. Los
labios le temblaban. Se dijo a sí misma una y otra vez:
‑Vil, vil, vil...
EL HIMNO Y EL
SECRETO
Era ya tarde (y los días son cortos en noviembre)
cuando Aliocha llamó a la puerta de la cárcel. Anochecía, pero él estaba
seguro de que le permitirían entrar. En nuestra pequeña ciudad ocurría lo que
ocurre en todas. Al principio, una vez instruido el sumario, las entrevistas de
Mitia, tanto con sus familiares como con los demás visitantes, se celebraban
con arreglo a las normas establecidas. Pero pronto se exceptuaron de estas
formalidades a algunos de los que iban a verlo asiduamente. Éstos llegaron a
poder conversar con el preso sin trabas de ninguna índole. Bien es verdad que
eran sólo tres los que gozaban de estas licencias: Gruchegnka, Aliocha y Rakitine.
El ispravnik Mikhail Makarovitch miraba con
buenos ojos a Gruchegnka. Estaba arrepentido de la dureza con que le había
hablado en Mokroie. Después, cuando estuvo bien informado de todo, su juicio
sobre la joven había cambiado por completo. Por otra parte, aunque parezca
extraño, aun estando seguro de que Mitia era culpable, lo trataba con cierta
indulgencia desde que estaba encarcelado. Se decía: «Tal vez no tenga mal
fondo; puede ser que el alcohol y la disipación lo hayan perdido.» En su alma
había sucedido la piedad al horror. El ispravnik tenía gran afecto a
Aliocha, al que conocía desde hacia mucho tiempo. Rakitine, otro de los que
visitaban con frecuencia al preso, tenía gran amistad con las «señoritas del ispravnik»,
como él las llamaba. Además, daba lecciones en casa del inspector de la cárcel,
viejo bonachón, aunque militar riguroso. Aliocha conocía desde hacía tiempo a
este inspector, para el que no había nada mejor que él acerca de la «suprema
sabiduría». El viejo respetaba, a incluso temía, a Iván Fiodorovitch, y especialmente
a sus razonamientos, aunque también él era un gran filósofo... a su manera. Por
Aliocha sentía una simpatía profunda. Llevaba un año estudiando los Evangelios
apócrifos y daba cuenta de sus impresiones a su joven amigo. Cuando Aliocha
estaba en el monasterio, iba a verle y estaba horas enteras conversando con él
y con los religiosos. O sea, que si Aliocha llegaba demasiado tarde a la
cárcel, pasaba antes por casa del inspector, y todo arreglado. Por otra parte,
todo el personal, hasta el último guardián, estaba acostumbrado a verlo. El
centinela, por supuesto, no le ponía ninguna dificultad: sabía que tenía el
pase reglamentario, y esto le bastaba. Cuando alguien preguntaba por Mitia,
éste bajaba al locutorio.
Al entrar en esta pieza, Aliocha vio que Rakitine se
estaba despidiendo de su hermano. Los dos hablaban en voz alta. Mitia se reía
y el otro parecía malhumorado. Sobre todo últimamente a Rakitine le
desagradaba encontrarse con Aliocha. Hablaba poco con él a incluso lo saludaba
con cierta frialdad. Al verlo entrar, frunció el entrecejo, desvió la vista y
fingió absorberse en la tarea de abrocharse el abrigo de cuello de piel.
Después empezó a buscar su paraguas.
‑No sé si se me olvida algo ‑dijo, no
sabiendo qué decir.
‑No debes olvidar nada, con tal que sea tuyo ‑dijo
Mitia, echándose a reír.
Rakitine se enfureció.
‑¡Eso recomiéndaselo a los Karamazov, familia
de explotadores! ‑exclamó, temblando de cólera.
‑No te pongas así. Ha sido una broma.
Y añadió, dirigiéndose a Aliocha y señalando a
Rakitine, que se dirigía a la puerta a toda prisa:
‑Todos son iguales. Se reía, estaba contento,
y, de pronto, ya ves cómo se pone... Ni siquiera te ha saludado. ¿Estáis reñidos?...
¿Por qué has tardado tanto? Te he estado esperando todo el día con impaciencia.
Pero no importa: ahora nos desquitaremos.
‑¿Por qué viene a verte con tanta frecuencia
Rakitine? ¿Os habéis asociado?
‑No. Es un bribón. Y me cree un miserable. No
comprende las bromas. No hay nada en su alma; me recuerda las paredes de esta
cárcel cuando las vi por primera vez. Pero no es tonto... Oye, Alexei: ¡estoy
perdido!
Se sentó en un banco a invitó a Aliocha a que se
sentara a su lado.
‑Te comprendo, Mitia. Mañana se celebrará el
juicio. ¿De veras no tienes ninguna esperanza?
‑¿El juicio? ‑preguntó Dmitri como si no
comprendiera‑.
¡Ah, sí; el juicio! ¡Bah, eso no tiene importancia!
Hablemos de lo que importa. Aunque me juzguen mañana, no pensaba en eso cuando
he dicho que estoy perdido. No temo por mi cabeza, sino por lo que hay dentro.
¿Por qué me miras con ese gesto de desaprobación?
‑No sé lo que has querido decir, Mitia.
‑Me he referido a las ideas, si, a las ideas...
¡La ética! ¿Qué es la ética, Aliocha?
Alexei miró a Dmitri, desconcertado.
‑¿La ética?
‑Sí; sé que es una ciencia, ¿pero qué ciencia?
‑Desde luego, hay una ciencia que lleva ese
nombre. Pero te confieso que no puedo decirte de ella nada más.
‑Rakitine sí que la conoce. Ese granuja es un
sabio. No profesará. Piensa irse a Petersburgo y dedicarse a la crítica, una
crítica de tendencia moral... Puede hacerse valer, llegar a ser alguien. ¡Con
lo ambicioso que es!... Bueno, ¡al diablo la ética!... ¡Estoy perdido, Alexei,
varón de Dios! Te quiero como no te quiere nadie; cuando pienso en ti, mi
corazón se acelera... Oye, ¿quién es Carlos Bernard?
‑¿Carlos Bernard?
‑No; Carlos, no: Claudio, Claudio Bernard. Es
quimico, ¿no?
‑He oído decir que es un sabio, pero esto es
todo lo que sé de él.
‑Yo tampoco sé nada. ¡Que se vaya al diablo!
Seguramente está en la miseria. Todos los sabios están en la miseria. Pero
Rakitine irá muy lejos. Se mete en todas partes. Es un Bernard en su género.
Estos Bernard abundan.
‑¿Pero qué tienes que ver con Rakitine?
‑Pretende hacer su presentación como escritor
con un articulo sobre mí. Por eso viene a verme: él mismo me lo ha dicho. Un
artículo de tesis. «Tenía que matar: es una víctima del medio...», etcétera.
Según me ha dicho, escribirá con cierta tendencia socialista. Me tiene sin
cuidado. Detesta a Iván. Y tú no le eres simpático. Yo lo soporto porque tiene
ingenio. ¡Pero qué orgulloso es! Hace un momento le he dicho: «Los Karamazov no
somos cualquier cosa; somos filósofos, como todos los verdaderos rusos. Sin embargo,
tú, con todo tu saber, no eres un filósofo, sino un patán.» Él ha sonreído, sarcástico.
Y yo he añadido: De opinionibus non est disputandum. También yo conozco
a los clásicos ‑terminó, echándose a reír.
‑¿Pero por qué dices que estás perdido?
‑Pues...,
en el fondo..., observando el hecho en su conjunto, porque siento la falta de Dios.
‑No sé lo que quieres decir.
‑¿No? Verás. En la cabeza, mejor dicho, en el
cerebro, hay nervios... Estos nervios tienen fibras, y cuando estas fibras
vibran... Oye, cuando miro una cosa, las fibras empiezan a vibrar, y, apenas
vibran, se forma una imagen. Bueno, no se forma en seguida, sino al cabo de un
momento, de un segundo... Entonces aparece en la imaginación un momento..., no
un momento, ¡qué disparates digo!..., aparece un objeto, una escena. Así se
realiza la percepción. Y no podemos menos de decirnos que esto ocurre porque
tenemos fibras, y no porque tenemos alma y estamos hechos a imagen y semejanza
de Dios... Ayer mismo me habló de esto Mikhail. Y desde entonces me tortura
esta idea. ¡La ciencia es magnífica, Alexei! El hombre progresa; esto es
natural... Sin embargo, echo de menos a Dios.
‑Eso es bueno ‑dijo Aliocha.
‑¿Que eche de menos a Dios? ¡La química,
hermano, la química! Perdóneme su reverencia, pero tendrá que apartarse un poco
para dejar el paso libre a la química... Rakitine no ama a Dios; no, no lo ama.
A todos los que son como él les ocurre lo mismo; pero lo disimulan, mienten.
«¿Expondrás esas ideas en tus artículos?», le he preguntado. Y él me ha
respondido, riendo: «No, no me lo permitirían.» Entonces yo le he dicho: « ¿Qué
será del hombre sin Dios y sin inmortalidad? Se dirá que, como todo se tolera,
todo es licito.» Y él me ha contestado: «Al hombre inteligente, todo se le
permite. ¿No lo sabías? Con su inteligencia, sale siempre del paso. En cambio,
a ti, por haber matado, lo prendieron y ahora estás pudriéndote en una cárcel.»
Esto me ha disho ese villano. Antes, a semejantes cerdos los mandaba al diablo;
ahora los escucho. Además, Rakitine dice cosas acertadas y escribe bien. Hace
ocho días me leyó un artículo suyo y anoté tres líneas. Las tengo aquí. Voy a
leértelas.
Mitia sacó del bolsillo un papel y leyó:
‑«Para resolver esta cuestión hay que poner la
propia persona frente a la propia actividad.»
»¿Comprendes esto? ‑preguntó Mitia.
‑No, no lo comprendo.
Aliocha escuchaba atentamente a su hermano y lo
miraba con curiosidad.
‑Yo tampoco lo entiendo ‑dijo Dmitri‑.
No está claro. Pero es ingenioso. Él dice que todos escriben así ahora, que
este modo de escribir es un producto del medio. También compone versos. Ha
cantado los pies de la señora de Khokhlakov. ¡Ja, ja!
‑Lo había oído decir.
‑¿Conoces los versos?
‑No.
‑Te los leeré; los tengo aquí. Alrededor de
esto hay una historia interesante. ¡El muy canalla! Hace tres semanas me dijo
para mortificarme: «Te has hecho encarcelar como un imbécil por tres mil
rublos, y yo voy a tener ciento cincuenta mil. Estoy dando pasos para casarme
con una viuda. Compraré una casa en Petersburgo. » Me explicó que hacía la
corte a la señora de Khokhlakov, de la que dijo que en su juventud tenía poca
cabeza y que a los cuarenta años la había perdido por completo. «Es muy
sensible; de esto me valdré para conquistarla. Me casaré con ella, nos iremos a
Petersburgo y alli fundaré un periódico.» Se relamia de gusto, claro que no
porque iba a ser dueño de la señora de Khokhlakov, sino porque iba a disponer
de sus ciento cincuenta mil rublos. Estaba muy seguro de si mismo. Venía a
verme todos los días. «Su resistencia se va debilitando», me decía radiante. Y
de pronto le echan de la casa. Perkhotine le puso una zancadilla. ¡Bien hecho!
De buena gana daría un abrazo a esa viuda tonta por haberle puesto en la
puerta. Entonces escribió la poesía. Me dijo: «Por primera vez me rebajo a
componer versos para cautivar a una mujer, pero lo hago con una finalidad útil.
Una vez en posesión de la fortuna de esa cabeza vacía, podré ser útil a la
sociedad.» La utilidad pública es un buen pretexto para esos tipos. También me
dijo que escribía mejor que Pushkin, ya que sabía expresar «en versos alegres
su tristéza civica». Comprendo que censure a Pushkin, pues, si verdaderamente
tenía talento, no debió limitarse a describir los pies. ¡Qué orgulloso estaba
de sus versos ese perfecto truhán! ¡El amor ropio de los poetas! «Por la
curación del pie del objeto amado.» Éste es el título que puso a sus versos ese
loco de Rakitine. Escúchalos:
»Le produce gran dolor
su encantador piececito.
Aumentan el sufrimiento
los doctores
que pretenden curarlo.
No me dan lástima los pies,
aunque los cante Pushkin;
son las cabezas las que compadezco,
las cabezas rebeldes a las ideas.
Ella empezaba a comprender
cuando el pie la distrajo.
¡Que sane pronto ese pie,
ya que entonces la cabeza comprenderá!
Rakitine es un villano, pero estos versos tienen
gracia. Y, en verdad, ha mezclado con el humor una tristeza «cívica». Estaba
furioso; sus dientes rechinaban.
‑Ya se ha vengado ‑dijo Aliocha‑.
Ha publicado un articulo contra la señora de Khokhlakov.
Y puso a Mitia al corriente de la noticia aparecida
en el periódico Rumores.
‑Ha sido él ‑dijo Mitia, ceñudo‑.
¡Seguro que ha sido él! Esas informaciones... ¡Cuántas infamias ha escrito! Contra Gruchegnka...,
contra Katia...
Iba y venía por la habitación con semblante sombrío.
‑Dmitri ‑dijo Aliocha tras una pausa‑,
no puedo estar más tiempo contigo. Mañana es un día de gran importancia para
ti. Se cumplirá el juicio de Dios. Por eso me asombra que, en vez de hablar de
cosas serias, hables de nimiedades.
‑Pues no te debía sorprender. ¿Para qué hablar
del asesino, de ese perro sarnoso? Ya he hablado bastante de él. No quiero oír
nombrar a Smerdiakov, ese hijo hediondo de una mujer hedionda. ¡Dios lo
castigará! Ya verás como lo castiga.
Se acercó a Aliocha y lo abrazó. Su emoción era
sincera; sus ojos llameaban.
‑Rakitine no comprendía esto, pero tú sí que lo
comprenderás. Por eso lo esperaba con tanta impaciencia. Hace tiempo que
quería decirte muchos cosas entre estas inhóspitas paredes; pero cada vez que
he hablado contigo me he callado lo principal, por parecerme que no había
llegado aún el momento de sincerarme. He esperado hasta el último día para
abrirte mi corazón. En este encierro, hermano mío, he sentido nacer en mí un
nuevo ser. En mí existía un hombre nuevo que sólo podía manifestarse bajo el
azote del infortunio. ¿Qué puede importarme trabajar hasta la extenuación en
las minas durante veinte años? Esto no me asusta; lo que temo es otra cosa: que
el hombre que acaba de nacer en mí me abandone... En las minas, en un forzado,
en un asesino, podemos encontrar un hombre de corazón con el que entendernos;
sí, también allá lejos podemos amar, vivir y sufrir; despertar el corazón
dormido de un forzado y cuidarlo con solicitud; sacar de su oscura guarida y
llevar a la luz a un alma grande regenerada por el sufrimiento; resucitar a un
héroe. Hay centenares de seres así y todos somos culpables ante ellos. No soñé
en vano con el «pequeñuelo»: fue una profecía. Por él iré a presidio. Todos
somos culpables ante todos. Son muchos los niños desgraciados como aquél,
aunque unos sean realmente niños y otros personas mayores. Iré a presidio por
ellos; es necesario que se sacrifique uno por todos. No he matado a mi padre,
pero acepto la expiación. Hasta que no he estado aquí, entre estas degradantes
paredes, no me he dado cuenta de lo que te acabo de revelar. En el mundo hay
centenares de hombres que empuñan el martillo. Nosotros viviremos encadenados,
privados de libertad, pero, por obra de nuestro dolor, resucitaremos a la
alegría, esa alegría sin la que el hombre no puede vivir ni Dios existir, ya
que es Él quien nos la da, porque éste es su sublime privilegio. Señor, que el
hombre se dedique a la oración en alma y vida. ¿Cómo podría yo vivir sin Dios
en las profundas galerías de las minas? Rakitine miente. Si echan a Dios de la
tierra, nosotros lo encontraremos bajo tierra. El hombre libre no puede pasar
sin Dios; el forzado, menos aún. Los hombres subterráneos elevaremos un himno
trágico a Dios y a su alegría. ¡Viva Dios y la alegría divina! ¡Amo a Dios!
Después de este extraño discurso, Mitia jadeaba.
Estaba pálido, los labios le temblaban, las lágrimas fluían de sus ojos.
‑Todo está lleno de vida; la vida es
desbordante incluso bajo tierra... No puedes figurarte, Alexei, cómo anhelo la
vida ahora, hasta qué extremo se ha apoderado de mí la sed de vivir, precisamente
desde que estoy encerrado entre estas siniestras paredes. Rakitine no
comprende esto; sólo piensa en construir una casa y llenarla de inquilinos.
Pero yo te esperaba a ti. ¿El sufrimiento? No le temo, por cruel que sea. Antes
le temía, pero ahora no le temo. Tal vez mañana no diga nada ante el tribunal.
Siento en mí una energía que me permitirá hacer frente a todos los
sufrimientos, con tal que pueda decirme a cada momento: «¡Existo!» Incluso en
el tormento, aun en las convulsiones de la tortura, existo. Y atado a la picota,
sigo existiendo; veo el sol, y si no lo veo, sé que brilla. Y saber esto es
vivir plenamente. ¡Oh Aliocha, mi buen Aliocha; la filosofía es mi perdición!
¡Al diablo la filosofía! Nuestro hermano Iván...
Aliocha trató de cortar su discurso, pero Mitia no
pareció oirlo y prosiguió:
‑Antes no me asaltaban estas dudas. Las tenía
bien encerradas en mi interior. Y tal vez precisamente por eso, porque dentro
de mí hervían ideas ignoradas, me embriagaba, reñía con todos, me encolerizaba:
era un modo de acallar esas ideas, de aplastarlas... Iván no es como Rakitine;
Iván oculta sus pensamientos, no despega los labios, es una esfinge... Dios
llena mi pensamiento, y esta idea me atormenta. ¿Qué ocurriría si Dios no
existiera, si, como afirma Rakitine, fuera sólo un concepto creado por la
humanidad? En este caso el hombre sería el rey de la tierra, del universo.
Perfectamente. ¿Pero puede ser el hombre virtuoso sin Dios? ¿A quién amará? ¿A
quién cantará himnos de agradecimiento? Rakitine se ríe de esto; dice que se
puede amar a la humanidad sin Dios. Pero esto es algo que yo no puedo comprender.
La vida es fácil para Rakitine. Hoy me ha dicho: «Lucha por la extensión de los
derechos cívicos o por impedir que se eleve el precio de la carne. De este modo
demostrarás más amor a la humanidad y le prestarás mejores servicios que con
toda la filosofía.» A lo que yo he replicado: «Tú, al no creer en Dios,
elevarás el precio de la carne y, si se te presenta la ocasión, ganarás un
rublo por un copec.» Él se ha enojado. Pero dime, Alexei: ¿qué es la virtud? Yo
no la concibo como los chinos. ¿Es una cosa relativa? Contesta: ¿lo es o no lo
es? Es una pregunta inquietante. Te puedo asegurar que me ha quitado el sueño
las dos noches últimas. No creo que se pueda vivir sin pensar en ello... Para
Iván no hay Dios. Esta negación se funda en una idea que está fuera de mi
alcance. Pero él no me dice qué idea es. Debe de ser masón. Se lo he preguntado
y no me ha respondido. Me habría gustado poder beber en la fuente de su
pensamiento, pero él lo oculta, se calla. Sólo una vez habló.
‑¿Qué dijo?
‑Yo le pregunté: «Entonces, ¿todo está
permitido?» Y él me contestó: «Nuestro padre, Fiodor Pavlovitch, era un
inmoral, pero también un hombre justo en sus razonamientos.» Éstas fueron sus
palabras. Sin duda, es más franco que Rakitine.
‑Cierto ‑dijo Aliocha amargamente‑.
¿Cuándo
vino?
‑Ya hablaremos de eso. Hasta ahora apenas había
mencionado a Iván ante ti. Ya te lo contaré todo cuando haya terminado el
juicio y se haya pronunciado el fallo. Hay en esto algo terrible que tendrás
que juzgar tú. Pero ahora, ni una palabra sobre esto. Me has hablado del juicio
de mañana. Aunque te parezca mentira, no sé nada de él.
‑Pero habrás hablado con tu abogado defensor.
‑Sí, y no he adelantado nada. Es un fino bribón
de capital, un Bernard. Supone que soy culpable; esto se ve a la legua. «Entonces,
¿por qué se ha encargado usted de mi defensa?», le he preguntado. Me gusta
zaherir a estos tipos. Los médicos quieren hacerme pasar por loco, pero yo no
lo permitiré. Catalina Ivanovna se propone cumplir con su deber hasta el fin.
Es inflexible. ‑Mitia sonrió amargamente‑. Es cruel como una gata.
Sabe que dije en Mokroie que es propensa a los arrebatos de cólera. Alguien se
lo ha contado. Las declaraciones se han multiplicado hasta el infinito. Grigori
mantiene la suya. Es honrado, pero tonto. Hay muchas personas que son honradas
por necedad. Así lo ha dicho Rakitine. Grigori va en contra de mí. En cambio,
esa mujer quiere demostrarme su amistad y yo preferiría tenerla por enemiga.
Me refiero a Catalina Ivanovna. Temo que explique en el juicio que se inclinó
ante mí hasta casi besar el suelo cuando le presté los cuatro mil quinientos
rublos. Querrá pagarme hasta el último céntimo. No quiero ver sus sacrificios.
Me avergonzará en la sala de la audiencia. Ve a verla, Aliocha, y suplícale
que no diga nada sobre esto. Tal vez no lo consigamos, pero entonces pasaré el
bochorno y allá ella... El ladrón recibirá su merecido. Haré un discurso digno
de escucharse, Alexei... ‑De nuevo sonrió amargamente‑. ¡Pero en
todo esto, Señor, está mezclada Gruchegnka! ¡No merece sufrir como está
sufriendo! ¡No puedo pensar en ella sin sentirme morir!
Dmitri tenía los ojos llenos de lágrimas.
‑Estaba aquí hace un momento.
‑Ya lo sé ‑dijo Aliocha‑. Ella
misma me lo ha contado. Estaba muy apenada.
‑Sí, y la culpa ha sido mía, de mi maldito
carácter. Le he hecho una escena de celos. Cuando se ha marchado, me he arrepentido.
Le he dado un beso, pero no le he pedido perdón.
‑¿Por qué?
Mitia se echó a reír alegremente.
‑Que Dios te guarde, querido Alexei, de pedir
perdón a la mujer amada. Por muy mal que te hayas portado con ella, no le
pidas perdón. Tú no sabes cómo son las mujeres. Yo sí que lo sé. Si reconoces
tus errores y les dices: «Pérdóname; me he equivocado», en el acto recibirás
una granizada de reproches. Nunca obtendrás el perdón sencilla y francamente.
Primero, la mujer te humillará, te reprochará faltas que no has cometido, y
sólo entonces te dará el perdón. La mejor de ellas no pasará por alto tus más
insignificantes errores. Hasta ese extremo llega la ferocidad de las mujeres,
de todas de todos esos ángeles sin los cuales no podemos vivir. Oye, querido;
no olvides esto: todo hombre decente ha de vivir bajo la zapatilla de una
mujer. Estoy convencido de ello, mejor dicho, siento que es así. El hombre ha
de ser generoso. Esto no es humillante ni siquiera para un héroe de la altura
de César. Pero no pidas nunca perdón a una mujer; ¡nunca, por ningún pretexto!
Recuerda siempre este consejo de tu hermano Mitia, al que han perdido las
mujeres. Repararé los errores que he cometido con Gruchegnka, pero no le
pediré perdón. La venero, Alexei, aunque ella no sabe verlo. A su juicio, nunca
la quiero lo suficiente. Su amor es para mí un sufrimiento. Antes me
atormentaban sus pérfidos desvíos. Ahora tenemos una sola alma para los dos y,
gracias a ella, soy un hombre de verdad. ¿Permaneceremos unidos? Si nos separamos,
me moriré de celos... ¿Qué te ha dicho de mí?
Aliocha le repitió las palabras de Gruchegnka. Mitia
lo escuchó atentamente y quedó satisfecho.
‑¿O sea, que no se ha enfadado por mis celos?
Así son las mujeres. Gruchegnka te ha querido demostrar que también ella sabe
ser dura. Me gustan estos caracteres, áunque los celos me amargan la vida. Tal
vez lleguemos a las manos, pero siempre la querré... ¿Se permite casarse a los
presidiarios, Aliocha? Hermano mío, no puedo vivir sin ella.
Mitia iba y venía por el locutorio, con un pliegue
entre las cejas. De pronto, se mostró inquieto.
‑¿De modo que Grucha te ha dicho que en todo
esto hay un secreto, una conspiración contra ella, de «Katka» y otras dos personas?
Pues no es así. Gruchegnka se ha equivocado como una tonta... Aliocha, mi
querido Aliocha, voy a revelarte nuestro secreto.
Mitia miró en todas direcciones, se acercó a su
hermano y empezó a hablar, a susurrar, aunque nadie podía oírlos. El viejo
guardián dormitaba en un banco y los soldados de servicio estaban demasiado
lejos.
‑Sí, voy a revelarte nuestro secreto ‑dijo,
hablando precipitadamente‑. Estaba deseando hacerlo, pues no puedo tomar
una resolución sin que tú me aconsejes. Tú lo eres todo para mí. Iván es
superior a nosotros, pero tú eres mejor que él. E incluso es posible que seas
superior a Iván. Quiero que la decisión sea sólo tuya. Es un caso de
conciencia, un problema tan importante, que no puedo resolverlo sin tu ayuda.
Sin embargo, no es todavía el momento de que dictamines. Mañana, inmediatamente
después del juicio, decidiré mi suerte. Te voy a exponer únicamente la idea;
prescindiré de los detalles. Pero ni preguntas ni gestos, ¿entendido? ¡Ah!, me
olvidaba de tus ojos: aunque no hables, leeré en ellos tu decisión... ¡Oh
Aliocha; estoy asustado! Escucha: Iván me ha propuesto huir. Como te he dicho,
prescindo de los detalles. El caso es que todo está previsto y el proyecto se
puede realizar. Calla. Se trata de huir a América, con Grucha, ya que no puedo
vivir sin ella... Hay que pensar en que tal vez no le permitan que me siga al
penal. ¿Pueden casarse los forzados? Iván dice que no. ¿Qué haría yo sin Grucha
bajo tierra y con el pico en la mano? El pico sólo me serviría para abrirme la
cabeza... Pero frente a todo esto está la conciencia. Eludiría el sufrimiento,
me alejaría del camino purificador que se me ofrece. Iván dice que un hombre de
buena voluntad puede ser más útil en América que trabajando en las minas. ¿Pero
qué será entonces de nuestro himno subterráneo? América es también vanidad, la
huida a América es un acto innoble, porque significa renunciar a la expiación.
He aquí, Aliocha, por qué lo he dicho que sólo tú me podías comprender.
Cualquier otro me hubiera mirado como a un loco o a un necio cuando le hubiera
hablado del himno subterráneo. Y no soy un loco ni un imbécil. Estoy seguro de
que Iván si que comprende lo del himno, pero no cree en él y se calla. No, no
digas nada. Ya veo en tus ojos que has tomado una decisión. Perdóname, pero no
puedo vivir sin Gruchegnka. Espera hasta después del juicio.
Cuando terminó, Mitia tenía una expresión de extravío
en la mirada. Había apoyado las manos en los hombros de Aliocha y lo miraba
ávidamente.
‑¿Pueden casarse los forzados? ‑le
preguntó una vez más, con acento suplicante.
Aliocha estaba sorprendido a impresionado.
‑Dime, Dmitri: ¿insiste Iván en que huyas? ¿De
quién ha sido esta idea?
‑Suya, y no cesa de repetirme que debo huir.
Llevaba mucho tiempo sin verlo. Hace ocho días, se presentó aquí y empezó por
hablarme de la fuga. No propone, ordena. Está seguro de que lo obedeceré,
aunque le he abierto mi corazón y le he hablado del himno. Me ha expuesto su
plan. Volveremos a hablar de esto. Desea ardientemente que huya. Incluso me
ofrece una suma considerable: diez mil rublos para huir y veinte mil cuando
esté en América. Dice que con diez mil rublos se puede organizar una huida perfecta.
‑¿Te ha pedido que no me hables de esto?
‑Sí, me ha dicho que no le hable a nadie, y
menos a ti. Teme que puedas ser algo así como la encarnación de mi conciencia.
Te ruego que no le digas que te lo he contado todo.
‑Has dicho bien: no se puede tomar ninguna
decisión antes de qué se pronuncie la sentencia. Cuando conozcas el fallo,
habrá en ti un hombre nuevo capaz de tomar por sí mismo la determinación más
conveniente.
‑Un hombre nuevo o tal vez Bernard que tomará
la decisión propia de un Bernard.
Y añadió con una amarga sonrisa:
‑Me parece que también yo soy un vil Bernard.
Aliocha preguntó:
‑¿Cómo es posible que no esperes justificarte
mañana?
Mitia movió la cabeza negativamente. De pronto, dijo:
‑Aliocha, es hora de que te vayas. Oigo los
pasos del inspector en el patio. Pronto estará aquí y verá que hemos faltado al
reglamento, ya que a estas horas están prohibidas las visitas. Despídete de mi
ahora mismo. Dame un beso y haz ante mí la señal de la cruz para que me sea
posible hacer frente al calvario de mañana.
Se abrazaron y se besaron.
‑Incluso Iván, que me propone huir, cree que he
cometido el crimen.
Mitia sonreía tristemente.
‑¿Se lo has preguntado? ‑dijo Aliocha.
‑No; me propuse hacerlo, pero no me atreví. Lo
sé porque lo he leido en sus ojos. Bueno, adiós.
Se besaron de nuevo. Cuando Aliocha se dirigía a la
puerta, Mitia lo llamó.
‑Ponte ante mí; así.
Volvió a apoyar las manos en los hombros de Aliocha.
Su cara se cubrió de una palidez mortal, sus labios se contrajeron, su mirada
sondeó la de su hermano.
‑Dime la verdad, Aliocha; habla como si
estuvieras ante Dios. ¿Crees que he cometido el crimen? No mientas; quiero
saber la verdad.
Aliocha vacilaba. Sentía como si le estrujasen el
corazón. Tan impresionado estaba, que apenas pudo murmurar:
‑Pero..., ¿qué dices?
‑¡Dime toda la verdad; no mientas!
‑Jamás, en ningún momento he creído que seas un
asesino ‑respondió Aliocha, levantando la mano como si tomara a Dios por
testigo.
El semblante de Mitia reflejó una infinita felicidad.
‑Gracias ‑dijo, suspirando profundamente.
Y añadió‑: Me has vuelto a la vida. Incluso a ti, ¡a ti!, temía hacerte
esta pregunta. ¡Vete, vete ya! Me has dado fuerzas para mañana. Que Dios te
bendiga. ¡Vete!... ¡Y quiere a Iván!
Aliocha se marchó con los ojos llenos de lágrimas. La
desconfianza de Mitia, incluso hacia él, revelaba que su desgraciado hermano
era presa de una desesperación sin límites. Una infinita compasión se apoderó
de él... «¡Quiere a Iván!» De pronto, acudieron a su memoria estas palabras de
Mitia. Precisamente iba a casa de Iván, al que todo el día había estado
deseando ver. Iván le inquietaba tanto como Mitia, y más ahora, después de su
entrevista con Dmitri.
CANTULO V
Para ir a casa de su hermano tenía que pasar ante la
de Catalina Ivanovna. Vio luz en las ventanas y se detuvo, decidido a entrar,
no sólo porque hacia más de una semana que no había visto a la joven, sino
porque se dijo que tal vez Iván estuviera con ella, ya que al día siguiente se
tenía que juzgar a Dmitri. En la escalera, débilmente iluminada por una lámpara
china, se cruzó con un hombre en el que reconoció a Iván.
‑¡Ah! ¿Eres tú? ‑dijo Iván Fiodorovitch
secamente‑. ¿Vas a su casa?
‑Sí.
‑Yo de ti no iría. Está muy agitada y tu visita
la trastornará más aún.
‑¡No no se vaya, Alexei Fiodorovitch! ‑gritó
una voz desde lo alto de la escalera‑. ¿Viene usted de verlo?
‑Sí, lo acabo de ver.
‑¿Y tiene algo que decirme de su parte? Suba,
Aliocha. Y usted también, Iván Fiodorovitch. ¿Oye?
La voz de Katia era tan imperiosa, que Iván, tras un
instante de vacilación, decidió volver a subir con Alexei.
‑Estaba escuchando ‑murmuró Iván para sí.
Pero Aliocha lo oyó.
Y al entrar en el salón, Iván dijo en voz alta:
‑Permítame que no me quite el abrigo. Sólo
estaré con ustedes un minuto.
‑Siéntese, Alexei Fiodorovitch ‑dijo
Catalina Ivanovna, permaneciendo de pie.
No había cambiado mucho. En sus oscuros ojos brillaba
una luz maligna. Aliocha recordó más tarde que la joven le había parecido
extraordinariamente hermosa en aquellos momentos.
‑¿Qué me tiene usted que decir de su parte?
‑Sólo esto ‑dijo Aliocha, mirándola a los
ojos‑: que se domine usted y no hable en la audiencia de lo que... pasó
entre ustedes cuando se vieron por primera vez.
‑¡Ah! De mi profunda reverencia para darle las
gracias por el dinero ‑dijo Catalina Ivanovna, riendo amargamente‑.
¿Teme por él o por mí? Conteste, Alexei Fiodorovitch.
Aliocha la miró atentamente. Trataba de comprenderla.
‑Por los dos: por usted y por él.
Catalina Ivanovna enrojeció.
‑Usted no me conoce todavía, Alexei
Fiodorovitch. Bien es verdad que tampoco yo me conozco a mí misma. Acaso me
deteste usted mañana después de mi declaración como testigo.
‑Estoy seguro de que declarará usted lealmente ‑dijo
Aliocha‑. No hace falta más.
‑Las mujeres no somos siempre leales. Hace una
hora temía encontrarme con ese monstruo, con ese reptil. Sin embargo, sigue
siendo para mi un ser humano... ¿Pero es un asesino? ‑exclamó volviéndose
hacia Iván.
Aliocha comprendió en el acto que, antes de su
llegada, Catalina había hecho esta pregunta una y otra vez a su hermano, y que
habían terminado discutiendo.
‑He ido a ver a Smerdiakov ‑continuó
Catalina Ivanovna‑. Me convenciste de que es un parricida. Te creí.
Iván sonrió un poco turbado. Aliocha se estremeció al
oír el tuteo. No sospechaba que existiera entre ellos tal intimidad.
‑¡Bueno, basta! ‑exclamó Iván‑. Me
voy. Hasta mañana.
Salió de la habitación y se dirigió a la escalera.
Catalina Ivanovna se apoderó de las manos de Aliocha.
‑¡Sígalo! ¡Déle alcance! No lo deje un momento
solo. Está loco. ¿No sabe que se ha vuelto loco? Me lo ha dicho el médico.
¡Corra!
Aliocha corrió hasta alcanzar a Iván, que sólo había
recorrido unos cincuenta pasos.
‑¿Qué quieres? ‑preguntó Iván volviéndose
hacia Aliocha‑. Te ha dicho ella que me sigas porque estoy loco, ¿verdad?
¡Lo sé! ¡Estoy seguro! ‑añadió, irritado.
‑En eso se equivoca, desde luego; pero no cabe
duda de que estás enfermo. Hace un momento te miraba, Iván, y me horrorizaba
de ver la mala cara que tienes.
Iván no se había detenido. Aliocha iba a su lado.
‑¿Cómo se vuelve loco uno, Alexei Fiodorovitch?
¿Lo sabes? ‑preguntó Iván.
Hablaba con calma y en su voz había un matiz de
curiosidad.
‑No, no lo sé. Pero creo que hay muchas clases
de locura.
‑¿Puede notar uno mismo que se vuelve loco?
‑Pues ‑repuso Aliocha un poco
desconcertado‑ yo creo que uno no puede observarse a sí mismo en tales
casos.
Iván estuvo callado un momento. De pronto, dijo:
‑Si quieres hablar conmigo, habremos de cambiar
de conversación.
‑¡Ah, se me olvidaba! ‑dijo Aliocha
tímidamente, entregando a su hermano la carta de Lise‑. Tengo esta carta
para ti.
Estaban cerca de un farol. Iván reconoció la letra de
Lise.
‑¡Demonio de chica!
Con una sonrisa maligna, hizo pedazos la carta sin
abrir el sobre. El viento dispersó los trocitos de papel.
‑Aún no tiene dieciséis años, y ya se ofrece ‑dijo
en un tono de desprecio.
‑¿Se ofrece? ¿Qué quieres decir?
‑¡Lo que he dicho, diablo: que se ofrece como
una cualquiera!
‑¡No digas eso, Iván! ‑protestó Aliocha,
profundamente apenado‑. ¡Es una niña; estás insultando a una niña! Esa
muchacha está también muy enferma; acaso se vuelva loca. Yo tenía que
entregarte su carta. Quiero salvarla y esperaba que tú me explicases...
‑No tengo nada que explicarte. Si ella es una
niña, yo no soy su nodriza. ¡No, no insistas, Alexei! No quiero ni siquiera
pensar en ella.
Hubo un nuevo silencio. Iván lo interrumpió,
sarcástico:
‑Se pasará la noche rezando a la Virgen para
saber lo que ha de hacer mañana.
‑¿Te refieres a Catalina Ivanovna?
‑Sí. ¿Salvará a Mitia con su declaración, o lo
perderá? Pedirá a Dios que la ilumine. Aún no sabe lo que tiene que hacer; no
ha tenido tiempo para prepararse. ¡Otra que me ha tomado por su nodriza!
¡Quiere que la meza en mis brazos!
Aliocha dijo tristemente:
‑Catalina Ivanovna te ama, hermano.
‑Es posible. Pero a mí no me gusta ella.
Aliocha replicó tímidamente:
‑Está atormentada... ¿Por qué le has dicho a
veces cosas esperanzadoras? Sé que lo has hecho. Perdona que lo hable así.
‑¡Ya sé que debería hablarle francamente y
romper con ella!‑exclamó Iván, arrebatado‑. Pero no puedo hacerlo.
Hay que esperar a que juzguen al asesino. Si rompiera con ella ahora, mañana,
por venganza, perdería a ese miserable. Lo odia y sabe que lo odia. Estamos
representando una farsa. Mientras conserve la esperanza, Katia no perderá a
ese monstruo, ya que sabe que yo quiero salvarlo. ¡Ansío que se pronuncie esa
maldita sentencia!
Las palabras «asesino» y «monstruo» impresionaron a
Aliocha profundamente.
‑¿Pero qué puede perder a nuestro hermano
Mitia? ¿Qué puede haber de malo en su declaración?
‑Mucho. Posee una carta de Mitia que prueba su
culpabilidad.
‑¡No es posible! ‑exclamó Aliocha.
‑¡Ah!, ¿no? La he leido con mis propios ojos.
‑Esa carta no puede existir ‑exclamó
Aliocha con vehemencia‑, por la sencilla razón de que Mitia no es el
asesino. Mitia no ha matado a nuestro padre.
‑Entonces, ¿quién crees que lo ha matado? ‑preguntó
friamente, con arrogancia.
‑Tú lo sabes perfectamente ‑dijo Aliocha,
recalcando las palabras.
‑¿También tú crees en la fábula que circula
sobre ese idiota, ese epiléptico de Srnerdiakov?
‑Lo sabes perfectamente ‑repitió Aliocha
en el término de sus fuerzas, temblando, jadeando
‑¿Pero quién ha sido? ¡Dilo!
Iván estaba ciego de rabia; no era dueño de sí mismo.
‑Yo sólo sé ‑dijo Aliocha en voz baja‑
que tú no has matado a nuestro padre.
‑¿Que yo no lo he matado? No lo entiendo.
‑No, tú no lo has matado ‑repitió Aliocha
con firmeza.
Hubo una pausa.
‑¡Pues claro que no! ¡Eso ya lo sé!
Iván estaba pálido y miraba a Aliocha con una sonrisa
que tenía mucho de mueca. De nuevo se hallaban bajo la luz de un farol.
‑Eso no es cierto, Iván. Tú lo has dicho muchas
veces que eres el asesino.
‑¿Yo? ‑exclamó Iván impresionado‑.
¿Cuándo he dicho eso? Yo estaba en Moscú. Contesta. ¿Cuándo he dicho eso?
‑Te lo has repetido infinidad de veces, estando
solo, durante estos dos meses horribles.
Aliocha parecía hablar a la fuerza, como obedeciendo
a una orden imperiosa.
‑Te has acusado ‑continuó‑. Has
reconocido que el asesino no ha sido nadie más que tú. Pero estás equivocado.
No has sido tú, ¿oyes?, no has sido tú. Dios me ha enviado a decírtelo.
Los dos guardaron silencio durante unos instantes.
Estaban pálidos y se miraban a los ojos. De pronto, Iván se estremeció y cogió
a Aliocha por los hombros.
‑Tú estabas en mi casa ‑murmuró con los
dientes apretados‑, tú estabas en mi casa la noche en que «él» vino... ¿Lo viste?
‑No sé de quién me hablas ‑dijo Aliocha,
sin comprender‑. ¿Te refieres a Mitia?
‑No, no me refiero a ese monstruo. ¡Que se vaya
al diablo! ‑vociferó Iván‑. Dime: ¿cómo has sabido que «él» viene a
verme?
‑¿Pero quién es «él»? ‑preguntó Aliocha,
aterrado‑. No sé de quién me hablas.
‑Si que lo sabes. De lo contrario no sabrías
que...
Se detuvo. Permaneció un momento pénsativo. Una
extraña sonrisa plegaba sus labios.
‑Iván ‑dijo Aliocha con una voz que la
emoción hacía temblar‑, te he hablado así porque sé que me crees. Te lo
digo y te lo repetiré toda la vida: ¡No has sido tú! ¿Oyes? ¡No has
sido tú! Dios me ha inspirado estas palabras, y te las digo, aun a costa de
atraerme tu odio eterno.
Iván volvía a ser dueño de sí mismo.
‑Alexei Fiodorovitch ‑dijo, sonriendo
fríamente‑, bien sabes que no me gustan los profetas ni los epilépticos,
y menos aún los enviados de Dios. En este momento rompo contigo, y para
siempre. Te agradeceré que me dejes en esta esquina. Te vendrá bien, pues esta
calle conduce a casa. Y sobre todo, oye esto bien: no quiero volver a verte
hoy.
Dio media vuelta y se alejó con paso firme, sin
volverse.
‑¡Iván!
‑gritó Aliocha‑. ¡Si hoy te pasa algo, piensa en mí!
Iván no le contestó. Aliocha permaneció en la
esquina, cerca del farol, hasta que su hermano desapareció en la oscuridad.
Luego echó a andar lentamente, camino de su casa. Ni Iván ni él habían querido
vivir en la mansión solitaria de su padre. Aliocha había alquilado una
habitación amueblada en una casa particular. Iván ocupaba un departamento,
espacioso y cómodo, en casa de una dama de edad, viuda de un funcionario. Lo
servía una vieja sorda y reumática, que se levantaba a las seis de la mañana y
se acostaba a las seis de la tarde. Desde hacía dos meses, Iván Fiodorovitch se
mostraba muy poco exigente. Además, le gustaba estar solo. Se arreglaba él
mismo la habitación y era muy raro que saliera a las otras.
Al llegar al
portal de casa, Iván cogió el cordón de la campanilla, pero no la hizo sonar.
Había experimentado un repentino estremecimiento de cólera. Soltó el cordón en
un arrebato de despecho y echó a andar hacia el otro extremo de la ciudad,
hacia una casita de techo bajo que estaba a una media legua de distancia. En
ella habitaba María Kondratievna, la antigua vecina de Fiodor PavIovitch, que
solía ir a casa de éste a pedir un plato de sopa y a oír las canciones con que
la obsequiaba Smerdiakov acompañándose de su guitarra. María Kondratievna había
vendido su casa y vivía con su madre en una especie de isba. Smerdiakov, ya tan
enfermo que parecía estar al borde de la muerte, se había ido a vivir con
ellas. A esta casucha se dirigió Iván Fiodorovitch, obedeciendo a un impulso
repentino, irresistible.
PRIMERA ENTREVISTA CON SMERDIAKOV
Era la tercera vez que Iván Fiodorovitch iba a hablar
con Smerdiakov desde su regreso de Moscú. Lo había visto el mismo día de su
llegada, después del drama, y lo había vuelto a ver dos semanas más tarde. Pero
aquella noche hacía más de un mes que no había hablado con Smerdiakov ni sabía
nada de él.
Iván Fiodorovitch había regresado de Moscú sólo cinco
días después de la muerte de su padre y al siguiente de su entierro. Aliocha
ignoraba la dirección de su hermano en Moscú y, para darle la noticia, había
recurrido a Catalina Ivanovna, la cual había telefoneado a sus padres,
creyendo que Iván Fiodorovitch los habría ido a visitar el mismo día de su
llegada. Pero Iván no fue a verlos hasta cuatro días después. Entonces había
leído el telegrama y regresado a toda prisa. Con el primero que habló del
crimen fue con Aliocha, y se asombró de oírle decir que Mitia era inocente y
que el asesino era Smerdiakov, afirmación contraria a la opinión general. Después
visitó al ispravnik, y cuando se hubo informado con todo detalle de los
interrogatorios y de los motivos en que se basaba la acusación, le pareció aún
más inexacta la opinión de Aliocha y la atribuyó a un exceso de cariño
fraternal. Expliquemos de una vez los sentimientos que experimentaba Iván por
su hermano Dmitri. No sentía por él el menor afecto; la compasión que le
inspiraba tenía algo de desprecio a incluso de aversión. Mitia le era en
extremo antipático, incluso físicamente. Ante el amor de Catalina Ivanovna por
este pobre diablo, Iván sentía verdadera indignación. Había visitado a Mitia
inmediatamente después de su regreso de Moscú, y esta visita había reforzado su
convicción. Dmitri se hallaba bajo los efectos de una agitación morbosa;
hablaba mucho, pero con cierta incoherencia y sin prestar atención a lo que
decía. Se expresaba con brusquedad, acusaba a Smerdiakov y se embrollaba.
Repetía que el difunto le había robado tres mil rublos. «Este dinero me
pertenecía ‑afirmaba‑. Aunque se lo hubiera robado, no se me habría
podido tachar de injusto.» Apenas hablaba de los cargos que se le hacían, y
cuando se refería a los hechos favorables, a su inculpabilidad, lo hacía
confusa y torpemente, como si no quisiera justificarse ante Iván. Se enojaba,
desdeñaba las acusaciones, se enfurecía, profería insultos. Se reía de que
Grigori afirmara que la puerta estaba abierta. «¡La debió de abrir el diablo!»,
exclamaba. Pero no podía explicar satisfactoriamente este detalle. Incluso
había ofendido a Iván al hablar de ello en su primera entrevista, diciendo de
pronto que quienes sostenían que todo estaba permitido no tenían derecho a
sospechar de él ni de interrogarlo. En resumidas cuentas, que había tratado a
Iván sin la menor consideración.
Éste, después de su diálogo con Mitia, había ido a
visitar a Smerdiakov. En el tren que le traía de Moscú no había cesado de
pensar en este sirviente epiléptico y en la conversación que había tenido con
él la víspera del día de su marcha. Recordó muchos detalles de la conducta de
Smerdiakov que le parecían sospechosos. Pero, al declarar ante el juez de
instrucción, Iván no había hecho la menor alusión a ellos. Antes de tocar esos
puntos quería ver a Smerdiakov, que entonces estaba en el hospital. Herzenstube
y el doctor Varvinski, médico del hospital, dijeron categóricamente a Iván,
contestando a sus preguntas, que no cabía duda de que Smerdiakov era un
epiléptico. Incluso se sorprendieron de que Iván les preguntase si el enfermo
podía haber fingido el ataque que sufrió el día del drama. Le contestaron que
el ataque había sido violentisimo y que se había repetido en los días siguientes,
poniendo en peligro la vida del enfermo. Gracias a las medidas que se habían
tomado, se podía afirmar que había pasado el peligro de muerte, pero el doctor
Herzenstube añadió que el paciente tendría la razón trastornada durante mucho
tiempo y que este trastorno podía ser incluso definitivo. Iván Fiodorovitch
preguntó si había perdido la razón por completo, y le contestaron que no podía
decirle si estaba loco, pero que presentaba ciertos síntomas de locura. Iván
decidió entonces observar su estado directamente y obtuvo permiso para
visitarlo. Smerdiakov estaba acostado en una habitación de dos camas. El otro
lecho lo ocupaba un enfermo de hidropesía que no podía durar más de cuarenta y
ocho horas. Por lo tanto, este desgraciado no podía ser un obstáculo para la
conversación de Iván con Smerdiakov. Éste sonrió con desconfianza e incluso
mostró cierta inquietud al ver a Iván Fiodorovitch. Por lo menos, ésta fue la
impresión del visitante. Pero el paciente cambió de actitud en seguida, tanto,
que Iván Fiodorovitch incluso se asombró de su serenidad. La evidente gravedad
de su estado impresionó profundamente a Iván. Smerdiakov estaba exhausto,
hablaba lentamente, con gran dificultad, había adelgazado mucho y su palidez
era extrema. Durante los veinte minutos que duró la conversación se quejó sin
cesar de que le dolían la cabeza y todos los miembros. Su cara de eunuco se
había reducido. El cabello le caía revuelto sobre las sienes. Sólo un delgado
mechón se levantaba a modo de tupé. Únicamente los continuos y nerviosos guiños
del ojo izquierdo recordaban al Smerdiakov de siempre. Iván se acordó
inmediatamente de su frase «da gusto hablar con un hombre inteligente». Se
sentó en un taburete, junto a los pies de la cama. Smerdiakov se movió un poco
entre gemidos, pero guardó silencio. No demostraba la menor curiosidad.
‑¿Podemos hablar? No te molestaré mucho tiempo.
‑Claro que podemos hablar ‑repuso
Smerdiakov con voz débil‑. ¿Hace mucho que ha llegado? ‑añadió como
para animar al visitante, que estaba algo cohibido.
‑He llegado hoy mismo... He venido para aclarar
ciertas cosas.
Smerdiakov lanzó un suspiro.
‑¿Por qué suspiras? ‑preguntó Iván‑.
¿Sabes a qué me refiero?
‑¿Cómo no lo he de saber? ‑repuso
Smerdiakov tras una pausa‑. Se veía claramente que la cosa terminaría
mal, pero no se podía prever que acabara así.
‑Nada de subterfugios. Dijiste que te daría un
ataque en cuanto bajaras a la bodega. Mencionaste la bodega claramente.
‑¿Lo ha dicho usted en su declaración? ‑preguntó
Smerdiakov, impasible.
‑Todavía no, pero lo diré. Me debes ciertas
explicaciones, querido, y te aseguro que no permitiré que te burles de mí.
‑¿Burlarme de usted? ¡Pero si sólo confío en
usted, si confío en usted lo mismo que en Dios! ‑replicó Smerdiakov,
inconmovible.
‑Hay un hecho indiscutible, y es que nadie
puede prever un ataque de epilepsia. Me he informado; es inútil que pretendas
engañarme. ¿Cómo pudiste, pues, predecir el día, la hora a incluso el lugar?
¿Cómo pudiste saber que sufrirías un ataque precisamente en la bodega?
‑Yo tenía que ir a la bodega varias veces al
día ‑replicó lentamente Smerdiakov‑. También me caí del granero
hace un año. Desde luego, no se puede prever el día y la hora de un ataque,
pero uno puede tener un presentimiento.
‑¡Tú predijiste el día y la hora!
‑En lo que concierne a mi enfermedad, señor,
acuda a los médicos. Ellos le dirán si es verdadera o fingida. Yo de esto no
sé nada.
‑¿Pero cómo pudiste prever que sufrirías un
ataque en la bodega?
‑La bodega lo obsesiona, señor. Cuando empecé a
bajar la escalera, el miedo y la desconfianza se apoderaron de mi. Mi miedo se
debía a que usted se había marchado y en la casa no quedaba nadie que me
defendiera. Yo pensaba: «Te va a dar un ataque, vas a caer.» Esta misma aprensión
formó un nudo en mi garganta. Y caí rodando por la escalera... Todo esto, así
como la conversación que tuve con usted el día anterior, en el portal de la
casa, cuando le comuniqué mis temores, sin dejar de mencionar la bodega, lo
expliqué detalladamente al doctor Herzenstube y al juez de instrucción Nicolás
Parthenovitch, que lo hizo anotar en el expediente. El médico del hospital, el
doctor Varvinski, dijo que la simple aprensión podía haber provocado el ataque,
y también esto se consignó en las actas.
Smerdiakov daba muestras de agotamiento y respiraba
con dificultad.
‑¿De modo que ya has declarado todo eso? ‑preguntó
Iván Fiodorovitch, un tanto desconcertado.
Iván pretendía atemorizar a Smerdiakov amenazándole
con explicar la conversación que había tenido con él, pero el enfermo se le
había anticipado.
‑¿Por qué no lo había de declarar? ‑dijo
Smerdiakov, imperturbable‑. No tengo nada que temer y la verdad debe saberse.
‑¿Repetiste exactamente nuestra conversación en
el portal?
‑Exactamente, no.
‑¿Dijiste que eres capaz de simular un ataque,
como me confesaste a mí dándote importancia?
‑No.
‑Otra cosa. ¿Por qué tenías tanto interés en
que me fuera a Tchermachnia?
‑No quería que se marchara usted a Moscú.
Tchermachnia está más cerca.
‑Mientes. Lo que tú deseabas era alejarme.
«Apártese del pecado», me dijiste.
‑Lo hice por amistad, por el afecto que le
tengo. Presentía una desgracia y quería advertirle. Pero mi seguridad era para
mí primero que usted. Por eso le dije: «Apártese del pecado.» Con esto quería
darle a entender que iba a ocurrir algo grave y que usted debía quedarse aquí
para defender a su padre.
‑¡Debiste hablarme con franqueza, imbécil!
‑¿Acaso podía? Yo estaba atemorizado. Además,
pensé que usted podía enojarse. Se podía temer que Dmitri Fiodorovitch provocase
un escándalo y se llevara ese dinero que él consideraba suyo, ¿pero quién iba a
figurarse que cometería un asesinato? Yo creía que Dmitri Fiodorovitch se
limitaría a apoderarse del sobre que contenía los tres mil rublos y que estaba
escondido debajo del colchón. Pero no se conformó con robar, sino que asesinó.
Esto no se podía prever.
‑En este caso, ¿cómo iba a preverlo yo y a
quedarme? Esto no está claro.
‑Usted debió comprender por qué le pedí que
fuera a Tchermachnia y no a Moscú.
‑Eso no prueba nada.
Smerdiakov hubo de hacer una nueva pausa. Parecía en
el límite de sus fuerzas.
‑Usted debió comprender que si yo insistía en
que fuera a Tchermachnia era porque deseaba tenerlo cerca, ya que Moscú está
muy lejos. Sabiendo que estaba usted a dos pasos de aquí, Dmitri Fiodorovitch
tal vez no se habría atrevido a hacer lo que hizo. Y, en caso necesario, usted
habría acudido en mi ayuda, y más habiéndole advertido que Grigori
Vasilievitch estaba enfermo y que yo temía que me diera un ataque. Además, le
expliqué que, utilizando ciertas señales, se podía entrar en casa de Fiodor
Pavlovitch, y que Dmitri Fiodorovitch conocía esta contraseña porque yo se la
había revelado. Esto era otra razón para que yo creyese que usted, temiendo que
su hermano se dejase llevar de su carácter violento, no se fuera ni siquiera a
Tchermachnia, sino que se quedase aquí.
Iván se dijo: «Habla en serio, aunque balbucea. No
comprendo por qué Herzenstube dice que tiene perturbado el juicio.»
‑¡No eres sincero, canalla! ‑exclamó.
‑Lo soy ‑dijo Smerdiakov con firmeza‑.
Francamente, en aquel momento creí que usted me había comprendido.
‑Si te hubiera comprendido, me habría quedado.
‑¡Y yo que pensé que usted se marchaba porque
tenía miedo!
‑Por lo visto, crees que todos son tan cobardes
como tú.
‑Perdóneme por haber creído que usted era como
yo.
‑Desde luego, debo ser más previsor. Por otra
parte, temí que cometieras alguna villanía. ‑De pronto tuvo un recuerdo
que le hizo exclamar‑: ¡Mientes, mientes otra vez! Recuerdo que, cuando
me despedí de ti, me dijiste: «Da gusto hablar con una persona inteligente.»
Esa amabilidad era buena prueba de que te alegrabas de que me marchase.
Smerdiakov suspiró varias veces y pareció sentirse
abochornado.
‑Yo me alegré ‑dijo haciendo un gran
esfuerzo‑ de que decidiera usted ir a Tchermachnia y no a Moscú.
Tchermachnia está más cerca. Pero mis palabras no eran de agradecimiento, sino
de reproche. Usted no me comprendió.
‑¿Por qué eran de reproche?
‑Porque, aun presintiendo una desgracia,
abandonaba usted a su padre. Además, me dejaba a mí indefenso, pues se me podía
atribuir el robo de los tres mil rubios.
‑¡Vete al diablo! ¡Ah! Una pregunta: ¿hablaste
a los jueces de la contraseña, de los golpes de llamada?
‑Sí, lo expliqué con todo detalle.
Iván Fiodorovitch tuvo de nuevo un gesto de asombro.
‑Lo único que pensé al marcharme fue que
cometerlas alguna infamia. Creía a Dmitri capaz de matar, pero no de robar.
¿Por qué me dijiste que sabías fingir un ataque?
‑Fue una chiquillada. Jamás he simulado un
ataque. Lo dije por presumir. Entonces lo quería a usted mucho y le hablaba con
ingenuidad infantil.
‑Mi hermano te acusa. Dice que fuiste tú el que
cometiste el robo y el crimen.
‑¿Él qué ha de decir? ‑replicó Smerdiakov
con una amarga sonrisa‑. ¿Pero quién lo creerá, sabiéndose los cargos que
pesan sobre él? Grigori Vasilievitch vio la puerta abierta. Es una prueba
decisiva. En fin, que Dios le perdone. Tiene miedo y trata de salvarse.
Reflexionó un momento y añadió:
‑Es lo de siempre. Quiere descargar sobre mí la
culpa del crimen. Ya lo había oído decir. ¿Pero le habría dicho yo a usted que
podía simular un ataque de epilepsia si hubiese tenido el propósito de matar a
su padre? ¿Habría cometido la necedad de ofrecer por anticipado semejante
prueba y nada menos que al hijo de la víctima? ¿Es esto verosímil? Nadie,
excepto Dios, está escuchando esta conversación, pero si usted la transmitiera
al procurador y a Nicolás Parthenovitch, esto me favorecería, pues no es
posible que un desalmado obre con tanta ingenuidad. Todo el mundo razonará de
este modo.
‑Óyeme ‑dijo Iván Fiodorovitch
levantándose, impresionado por este último argumento‑. No sospecho de
ti. Sería una necedad acusarte. Incluso te agradezco que me hayas
tranquilizado. Ya volveré, pero ahora me voy. Adiós; que te mejores. ¿Necesitas
algo?
‑Gracias. Marta Ignatievna no me olvida, y como
es tan buena, viene en mi ayuda siempre que me hace falta. Todos los días
vienen a verme buenos amigos.
‑Hasta más ver. No diré que dijiste que sabías
simular un ataque. Te aconsejo que tampoco tú vuelvas a hablar de ello ‑dijo
Iván, sin saber por qué.
‑De acuerdo. Si usted no dice lo de la
simulación, tampoco yo diré nada de nuestra charla en el portal.
Iván Fiodorovitch salió de la habitación. Cuando
había dado unos diez pasos por el corredor se dio cuenta de que la última frase
de Smerdiakov tenía algo de ofensivo para él. Por un momento pensó volver
atrás, pero cambió de opinión, se encogió de hombros y salió del hospital.
Se había tranquilizado al saber que el culpable no
era Smerdiakov, como parecía lógico suponer, sino Mitia. ¿Por qué había
cometido su hermano el crimen? No intentó dilucidarlo; le repugnaban estos
análisis psíquicos. Anhelaba olvidar. En los siguientes días acabó de convencerse
de la culpabilidad de Mitia, al estudiar a fondo las pruebas que se acumulaban
contra él. Personas tan humildes como Fenia y su madre habían hecho
declaraciones abrumadoras. Y no hablemos de Perkhotine, los clientes de la
taberna, los comerciantes Plotnikov y los testigos de Mokroie. Había detalles
que eran cargos decisivos. El de la llamada mediante una serie de golpes
convenida había impresionado al juez y al procurador casi tanto como la
afirmación de Grigori de que la puerta estaba abierta. Marta Ignatievna, al
interrogarla Iván Fiodorovitch, dijo que Smerdiakov había pasado la noche muy
cerca de su lecho, al otro lado del tabique, y que más de una vez se había
despertado al oír los gemidos del enfermo. «Se lamentaba sin cesar.» Iván habló
también con el doctor Herzenstube y le expuso sus dudas acerca de la demencia
de Smerdiakov, que a él le había parecido simplemente un hombre extenuado.
‑¿Sabe usted en qué se ocupa ahora? Escribe
palabras francesas con caracteres rusos en un cuaderno y se las aprende de memoria.
Al fin desaparecieron hasta las últimas dudas de
Iván. Ya no podía pensar en Dmitri sin experimentar cierta aversión. Sin embargo,
le sorprendía la persistencia con que Aliocha afirmaba que el asesino no era
Dmitri y que había «muchas probabilidades» de que fuera Smerdiakov. Iván había
respetado siempre las opiniones de Aliocha, y ésta, la referente a la
culpabilidad del epiléptico, lo desconcertaba. Otro detalle sorprendía a Iván:
Aliocha no era nunca el primero en hablar de Mitia, sino que se limitaba a
contestar a las preguntas que él le hacia sobre Dmitri. Además de éstas, Iván
tenía otra preocupación: desde que había regresado de Moscú estaba locamente
enamorado de Catalina Ivanovna.
No es éste el lugar a propósito para describir la
gran pasión de Iván Fiodorovitch, una pasión que influyó decisivamente en su
vida. En ella hay materia para una obra aparte, que tal vez escriba algún día.
Me limitaré, pues, a hacer constar que cuando Iván dijo a Aliocha, al salir de
casa de Catalina Ivanovna, que ésta no le gustaba, se mentía a si mismo. Iván
sentía por ella un amor inmenso, aunque a veces la odiaba hasta el extremo de
experimentar el deseo de matarla.
Esta pasión había nacido por diversas causas.
Trastornada por la tragedia, Catalina Ivanovna se había arrojado sobre Iván
Fiodorovitch como se arroja sobre su salvador el que está perdido. Se sentía
ofendida y humillada, y he aquí que en esto veía aparecer al hombre que tanto
la había amado ‑estaba segura de ello‑ y cuya inteligencia y
sentimientos había apreciado siempre. Pero ella, inflexible en el cumplimiento
de sus compromisos, no le había entregado enteramente su corazón, a pesar del
ímpetu pasional, propio de un Karamazov, de su pretendiente y de la fascinación
que ejercía sobre ella. Además, se reprochaba constantemente haber traicionado
a Mitia, y así se lo decía a Iván, con toda franqueza, en sus frecuentes
disputas. A esto se refería Iván cuando, hablando con Aliocha, había dicho que
todo era una farsa entre ellos. Efectivamente había mucho de farsa en sus
relaciones, lo que exasperaba a Iván Fiodorovitch. Pero no nos anticipemos.
Durante algún tiempo, Iván casi se olvidó de
Smerdiakov. Sin embargo, quince días después de su primera visita al enfermo
volvieron a atormentarle extrañas ideas. Se preguntaba con frecuencia por qué
la última noche que pasó en casa de Fiodor Pavlovitch, antes de emprender el
viaje, había salido en silencio, como un ladrón, a la escalera, para oír lo que
hacia su padre en la planta baja. A la mañana siguiente, cuando se acercaba a
Moscú se había acordado de esto, había sentido una repentina angustia y se
había dicho: «Soy un miserable.» ¿Por qué se acusaba a si mismo?
Un día en que estaba dando vueltas en su imaginación
a estos ingratos recuerdos y se decía que eran capaces de hacerle olvidar a
Catalina Ivanovna, se encontró con Aliocha. Inmediatamente le preguntó:
‑¿Te acuerdas de aquella tarde en que llegó de
pronto Dmitri y golpeó a nuestro padre? Después, en el patio, te dije que me
reservaba «el derecho de desear». Dime: ¿pensaste entonces que yo deseaba la
muerte de nuestro padre?
‑Si ‑repuso sencillamente Aliocha.
‑Verdaderamente, no era dificil deducirlo.
¿Pero pensaste también que yo deseaba que los reptiles se devorasen entre sí, o
sea que Dmitri matara a nuestro padre? ¿Que yo incluso estaba dispuesto a ser
su cómplice?
Aliocha palideció y fijó su mirada en los ojos de
Iván.
‑¡Habla! ‑gritó Iván‑. ¡Quiero
conocer tu pensamiento! ¡Necesito saber toda la verdad!
Jadeaba, miraba a su hermano con anticipada
hostilidad.
‑Perdóname, pero también pensé eso ‑murmuró
Aliocha, sin añadir ninguna palabra atenuante.
‑Gracias ‑dijo secamente Iván. Y continuó
su camino.
Desde entonces, Aliocha observó que su hermano lo
miraba con aversión y rehuía su trato, por lo que decidió no volver a visitarlo.
Inmediatamente después de su encuentro con Aliocha,
Iván fue a ver de nuevo a Smerdiakov.
CAPITULO VII
Smerdiakov
había salido ya del hospital. Vivía en aquella casita de techo bajo habitada
por María Kondratievna. La vivienda tenía dos habitaciones, y entre ellas un
vestíbulo. María Kondratievna y su madre ocupaban una de las habitaciones, y la
otra Smerdiakov. Nadie sabía exactamente con qué títulos habitaba el epiléptico
en aquella casa. Al fin se supuso que era el prometido de María Kondratievna y
que no pagaba alquiler alguno. Tanto la madre como la hija le tenían gran
afecto y lo consideraban superior a ellas.
Cuando le abrieron la puerta, Iván, siguiendo las
indicaciones de María Kondratievna, se dirigió a la habitación de la izquierda,
que era la ocupada por Smerdiakov. Una estufa de barro despedía un calor
sofocante. Las paredes estaban cubiertas de un papel azul lleno de desgarrones
y bajo el cual corrían las cucarachas con un rumoreo continuo. El mobiliario
era muy simple: dos bancos a ras de las paredes y dos sillas junto a la mesa,
sencilla y cubierta por un mantel rameado de color de rosa. Geranios en las
ventanas: en un rincón, imágenes santas. En la mesa había un abollado samovar
de cobre, una bandeja y dos tazas. El samovar estaba apagado; Smerdiakov se
había tomado ya el té. Estaba sentado en un banco, escribiendo en un cuaderno.
A su lado había un frasquito de tinta y una bujía en un candelero de metal. Al
ver a Smerdiakov, Iván tuvo la impresión de que estaba completamente
restablecido. Tenía la cara más llena y más lozana; el cabello, lustroso y bien
peinado. Llevaba una bata de vivos colores, acolchada y no muy vieja. Usaba
lentes, y este detalle irritó a Iván Fiodorovitch, que lo ignoraba. «¡Llevar
lentes ese desgraciado!»
Smerdiakov levantó la cabeza, miró al visitante y se
quitó los lentes. Después se puso en pie sin apresurarse, menos por respeto que
por observar las reglas de la urbanidad. Iván advirtió al punto estos detalles
y, sobre todo, la hostilidad y altivez que había en su mirada. «¿A qué vienes? ‑parecía
decir‑. Tú y yo ya nos pusimos de acuerdo.» Iván Fiodorovitch apenas
podía contenerse.
‑¡Qué calor hace aquí! ‑dijo
desabrochándose el abrigo.
‑Quíteselo ‑sugirió Smerdiakov.
Iván Fiodorovitch se lo quitó. Después, con manos
temblorosas, retiró un poco una de las sillas que había junto a la mesa y se
sentó. Smerdiakov había ocupado ya su asiento.
‑Ante todo, una pregunta ‑dijo Iván‑.
¿Pueden oirnos?
‑No; ya habrá visto usted que entre esta
habitación y la otra hay un vestíbulo.
‑Bien, escucha. Cuando me despedí de ti en el
hospital, me dijiste que si yo no hablaba de tu habilidad para fingir ataques,
tú no explicarías nuestra conversación en el portal. ¿Qué querias decir? ¿Era
una amenaza? ¿Crees que existe un pacto entre nosotros? ¿Supones acaso que te
temo?
Iván Fiodorovitch hablaba con indignación. Daba a
entender claramente que detestaba los subterfugios y que le gustaba el juego
limpio. Por la mirada de Smerdiakov pasó una nube maligna. Su ojo izquierdo
empezó a parpadear nerviosamente. Parecía decirse: «¿Quieres que hablemos
claro? Pues te voy a complacer.»
‑Lo que entonces quise decir fue que usted, aun
previendo el asesinato de su padre, se marchó, dejándolo sin defensa. Y le
prometí callar para evitar juicios desfavorables sobre sus sentimientos... y
sobre otras cosas.
Smerdiakov pronunció estas palabras sin precipitarse,
en el tono del que es dueño de sí mismo, pero también con provocativa aspereza.
Luego se quedó mirando a Iván Fiodorovitch con insolencia.
‑¿Qué dices? ¿Estás en tu juicio?
‑Sí, por completo.
‑¿De modo que, según tú, yo sabía que se iba a
asesinar a mi padre? ‑exclamó Iván dando un formidable puñetazo sobre la
mesa‑. ¿Qué significa eso de «sobre otras cosas»? ¡Habla, miserable!
Smerdiakov enmudeció. Seguía mirando a Iván con
insolencia.
‑¿Qué otras cosas son ésas, canalla?
‑Pues bien son... que usted tal vez deseara,
anhelara, la muerte de su padre.
Iván Fiodorovitch se levantó y lanzó su puño con
violencia contra un hombro de Smerdiakov. Este retrocedió hasta la pared
tambaleándose, mientras las lágrimas bañaban su rostro.
‑¡Eso no está bien, señor! ¡Agredir a.un hombre
que no puede defenderse!
Se cubrió el rostro con su sucio pañuelo a cuadros y
empezó a sollozar.
‑¡Basta! ‑dijo Iván volviendo a sentarse‑.
¡Deja ya de llorar y no me saques de quicio!
Smerdiakov apartó el pañuelo de sus ojos. Su rígido
semblante expresaba un profundo rencor.
‑¿De modo, miserable, que tú crees que yo
deseaba ponerme de acuerdo con Dmitri para matar a mi padre?
‑Yo no sabía lo que usted pensaba, y
precisamente para sondearlo me detuve a hablar con usted.
‑¿Para sondearme? ¿Qué pretendías averiguar?
‑Sus intenciones respecto a su padre, es decir,
si usted deseaba su inmediata muerte.
Lo que más irritaba a Iván Fiodorovitch era el tono
impertinente de Smerdiakov.
‑¡Fuiste tú quien lo mató! ‑exclamó de
pronto.
Smerdiakov sonrió desdeñosamente.
‑Usted sabe perfectamente que no fui yo. Y me
extraña que un hombre inteligente como usted insista en semejante acusación.
‑¿Por qué sospechaste de mí?
‑Ya lo sabe usted: por miedo. Yo, debido a mi
estado, desconfiaba de todo el mundo, y quería sondearlo a usted para saber si
estaba de acuerdo con su hermano, ya que entonces me quedaría sin protección.
‑Hace quince días no hablabas así.
‑Pero le di a entender lo mismo con medias
palabras, creyendo que usted prefería esto a que habláramos francamente.
‑¡Es el colmo!... Insisto en que me aclares una
cosa: ¿cómo pudo tu alma vil concebir esas innobles sospechas?
‑Usted era incapaz de matar a su padre con sus
propias manos, pero podía desear que otro lo hiciera.
‑¡Con qué aplomo hablas! ¿Pero por qué había de
sentir yo ese deseo?
‑¿Cómo que por qué? ‑exclamó Smerdiakov
pérfidamente‑. Por la herencia. La muerte de su padre suponía para cada
uno de ustedes cuarenta mil rublos o más. En cambio, si daban tiempo a que
Fiodor Pavlovitch se casara con Agrafena Alejandrovna, ésta, que no tiene un
pelo de tonta, se habría apresurado a poner el dinero de su padre a su nombre,
y no habría quedado nada para ustedes tres. Esto estuvo a punto de ocurrir.
Habría bastado una palabra de Agrafena Alejandrovna para que Fiodor Pavlovitch
la hubiese llevado al altar.
Iván Fiodorovitch tenía que hacer grandes esfuerzos
para contenerse.
‑Bien ‑dijo al fin‑. Como ves, ni
te he pegado ni te he matado. Por lo tanto, puedes continuar. ¿De modo que,
según tú, yo contaba con mi hermano Dmitri y le había encargado ese trabajo?
‑Sí. Al ser un asesino, perdería todo sus
derechos, se le degradaría y se le deportaría. Entonces su hermano Alexei Fiodorovitch
y usted heredarían su parte, y ya no serían cuarenta mil rublos, sino sesenta
mil, lo que les tocaría a cada uno. Es, pues, muy natural que usted pensara en
Dmitri Fiodorovitch.
‑¡No sé cómo puedo contenerme! Óyeme, cretino:
si yo hubiese tenido que contar con alguien, habría contado contigo, no con
Dmitri. Y lo juro que presentí que cometerías alguna infamia: recuerdo que tuve
esta impresión.
‑También yo pensé que usted contaba conmigo ‑dijo
irónicamente Smerdiakov‑. O sea que cada vez se desenmascara usted más.
Pues si usted se marchó a pesar de tener este presentimiento, esto equivalía a
decir: «Puedes matar a mi padre: no me opongo.»
‑¡Miserable! ¿Eso creíste?
‑Razonemos. Usted quería marcharse a Moscú, y,
a pesar de los ruegos de su padre, se negaba a ir a Tchermachnia. Pero de
pronto, accediendo a mis ruegos, decide ir a ese lugar cercano. Para proceder
de este modo era necesario que esperase usted algo de mí.
‑¡Eso no! ¡Lo juro! ‑gritó lván,
rechinando los dientes.
‑¿Cómo que eso no? Usted era el hijo del dueño
de la casa. En vez de atender a mis ruegos, debió entregarme a la policía,
hacerme azotar o pegarme usted mismo en el acto. Pero usted ni siquiera se
enfadó. Y se marchó, en vez de quedarse para defender a su padre. ¿Qué podía yo
deducir de este proceder?
Iván tenía el semblante sombrío y los puños crispados
sobre las rodillas.
‑Desde luego, siento no haberte dado una paliza
‑dijo con una sonrisa amarga‑. No me era posible llevarte a la
policía, pues no me habrían creido sin pruebas. Pero fue un error no molerte a
golpes; aunque esté prohibido que uno se tome la justicia por su mano, debí
hacerte trizas la cara.
Smerdiakov le observó con visible deleite.
‑En los casos corrientes ‑dijo con
evidente satisfacción y en un tono doctoral, como cuando hablaba de cuestiones
religiosas con Grigori Vasilievitch‑, tomarse la justicia por las propias
manos está vedado por la ley. Sí, se han terminado estas brutalidades. Pero en
los casos excepcionales, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo,
incluso en la República Francesa, se siguen empleando los puños, como en los
tiempos de Adán y Eva. Y siempre será así. Pero usted, ni siquiera en uno de
estos casos excepcionales se atrevió a hacer use de la acción directa.
‑¿Esto es lo que aprendes de las frases
francesas que escribes ahí? ‑preguntó Iván señalando el cuaderno que
estaba sobre la mesa.
‑¿Por qué no? Estoy completando mi instrución.
Pienso que tal vez tenga que visitar algún día los hermosos países de Europa.
‑Escucha, monstruo ‑dijo Iván, temblando
de cólera‑, me tienen sin cuidado tus acusaciones. Declara contra mí todo
lo que quieras. Si no te he dado ya una paliza es porque sospecho que eres un
asesino y voy a entregarte a la justicia. Lo haré cuando consiga
desenmascararte.
‑Yo creo que será mejor para usted callarse.
¿Qué puede usted decir contra un inocente? ¿Y quién lo creería? Además, si
usted me acusa, yo lo contaré todo. Tengo que defenderme.
‑¿Crees acaso que te temo?
‑Aun admitiendo que la justicia no me crea, el
público si que me creerá, y esto no será nada agradable para usted.
‑Ahora comprendo por qué dijiste que da gusto
hablar con un hombre inteligente ‑dijo Iván, apretando las mandíbulas.
‑Sí, y usted debe demostrar su inteligencia.
Iván Fiodorovitch se levantó temblando de
indignación, se puso el abrigo y, sin contestar a Smerdiakov, sin ni siquiera
mirarlo, salió a toda prisa de la casa. El aire fresco de la noche lo despejó.
Brillaba la luna. Las ideas y las sensaciones hervían en él. «¿Debo ir a
denunciar a Smerdiakov? ¿Para qué, si es inocente? Si lo hiciera, sería él
quien me acusaría a mi. ¿Cómo justificar mi viaje a Tchermachnia? Sin duda tiene
razón: yo esperaba algo.» Por enésima vez se acordó de que la última noche que
pasó en casa de su padre salió a la escalera para acechar, y esto le produjo
una sensación tan dolorosa, que se detuvo en seco, como paralizado por una
puñalada. «Sí, yo esperaba que ocurriera lo que ocurrió. ¡Ésta es la verdad!
¡Yo deseaba que se cometiera el asesinato!... Bueno, no sé lo que deseaba...
¡Es preciso que mate a Smerdiakov! ¡Si no tengo valor para hacerlo, no merezco
vivir!»
Iván se fue derecho a casa de Catalina Ivanovna, que
se asustó al ver su trastornado semblante. Iván le refirió, palabra por palabra,
toda su conversación con Smerdiakov. Aunque Katia trataba de calmarlo, él iba
y venía por la habitación, murmurando palabras incoherentes. Al fin se sentó,
apoyó los codos en la mesa y la cabeza en las manos a hizo esta extraña
reflexión:
‑Si no fue Dmitri, sino Smerdiakov, yo soy su
cómplice, puesto que lo impulsé a cometer el crimen. ¿Pero lo impulsé
verdaderamente? No lo sé todavía... Sin embargo, si es él el culpable y no
Dmitri, también yo soy un asesino.
Al oír estas palabras, Catalina Ivanovna se levantó
en silencio, se dirigió a su escritorio y sacó de una arquilla un papel que
colocó ante Iván. Era la carta de que éste había hablado a Aliocha, diciéndole
que era una prueba decisiva contra Dmitri. Mitia la había escrito en estado de
embriaguez la tarde en que se encontró con Aliocha, cuando éste volvía del
monasterio después de la escena en que Gruchegnka había insultado a su rival.
Apenas se separó de Aliocha, Mitia corrió a casa de Gruchegnka. Ignoramos si la
vio, pero lo cierto es que terminó la velada en la taberna «La Capital», donde
bebió hasta emborracharse. En este estado, pidió pluma y papel y escribió una
carta prolija, incoherente, digna de un borracho. Era como el hombre que llega
a su casa cargado de alcohol y empieza a contar a su mujer y a cuantos la
rodean que se ha encontrado con un canalla que le ha insultado, a él que es tan
correcto, y que el atrevido sujeto se las pagará. El bebedor no cesa de hablar,
reforzando su incoherente discurso con una serie de puñetazos en la mesa y
llorando de emoción.
El papel de cartas que dieron a Mitia en la taberna
era una hoja áspera y sucia, con operaciones aritméticas en el dorso. Como no
tenía espacio suficiente para su palabrería de borracho, Mitia había tenido que
llenar los márgenes y escribir las últimas líneas cruzadas sobre el texto. He
aquí lo que decía la carta:
Fatal Katia: Mañana tendré dinero y te devolveré los
tres mil rublos que te debo. Adiós, mujer iracunda. Y otro adiós para mi amor.
¡Hemos terminado! Mañana pediré dinero a todo el mundo. Y si nadie me lo da,
palabra de honor que iré en busca de mi padre, le abriré la cabeza y le quitaré
el dinero que tiene escondido debajo de la almohada. Así lo haré si Iván ha
salido de viaje. ¡Iré a presidio, pero te devolveré tus tres mil rublos!
¡Adiós! Me inclino ante ti hasta besar el suelo. Soy un miserable. Perdóname.
Pero no, no me perdones. Si no me perdonas, viviremos más a gusto los dos. Prefiero
el presidio a tu amor, pues amo a otra. La has conocido hoy. No, no puedes
perdonarme. ¡Mataré al que me ha robado! Os dejaré a todos para irme a
Oriente. No quiero ver a nadie, ni siquiera a ella, pues no eres tú sola la que
me hace sufrir. ¡Adiós!
Tu esclavo y enemigo,
D. KARAMAZOV.
P. D. ‑ Te maldigo, pero te adoro. Siento latir
mi corazón. En él queda una cuerda que vibra por ti. ¡Ah, que estalle cuanto
antes! Me mataré, pero antes mataré al monstruo. Le quitaré los tres mil rublos
y te los devolveré. Me podrás mirar como a un miserable, pero no como a un
ladrón. Te daré los tres mil rublos. Están en casa de ese maldito perro. Los
tiene debajo de! colchón, atados con una cinta de color de rosa. No se me
podrá acusar de ladrón, pees mataré at hombre que me ha robado. No me
desprecies, Katia: Dmitri será un asesino, pero no un ladrón. Dmitri matará a
su padre y se perderá porque no puede soportar tu altivez. Y para no tener que
amarte.
P. D. ‑ Te beso los pies. ¡Adiós!
P.
D. ‑ Katia, pide a Dios que alguien me dé el dinero. Si me lo dan, no
tendré que derramar sangre. Si no me lo dan, la derramaré.
Después de haber leído esta carta, Iván quedó
convencido de que había sido su hermano y no Smerdiakov el que había cometido
el crimen. Y si no había sido Smerdiakov, tampoco había sido él. Iván vio en
este documento una prueba irrefutable: ya no tenía la menor duda de que el
asesino había sido Mitia. Y como no podía admitir la complicidad entre Dmitri y
Smerdiakov, ya que no estaba de acuerdo con los hechos, su tranquilidad fue
completa. Al día siguiente, el recuerdo de Smerdiakov y sus ironías le producía
un profundo desprecio. Transcurridos varios días, incluso se extrañó de haberse
sentido tan mortificado por las sospechas del epiléptico. Y decidió no volver a
pensar en él.
Así pasó un mes. Entonces Iván se enteró de que
Smerdiakov estaba enfermo de cuerpo y de espíritu.
‑Este hombre se volverá loco ‑había dicho
el doctor Varvinski.
En los últimos días de aquel mes, Iván se sintió también
muy mal y consultó al médico que Catalina Ivanovna había traído de Moscú. Las
relaciones entre Katia a Iván se habían agriado extraordinariamente. Eran como
dos enemigos enamorados el uno del otro. Los « retornos» de Catalina Ivanovna a
Mitia, pasajeros pero violentos, exasperaban a Iván. Aunque parezca extraño,
Iván no había oído durante todo el mes una palabra de duda en labios de
Catalina Ivanovna respecto a la culpabilidad de Mitia, a pesar de aquellos
«retornos» que tanto le mortificaban. Estas dudas sólo las había expresado en
la última escena que ambos tuvieron con Aliocha cuando éste regresaba de su
visita a la cárcel. Otro detalle curioso era que Iván, cuyo odio hacia Mitia
crecía sin cesar, se daba perfecta cuenta de que detestaba a su hermano no por
los «retornos» de Catalina Ivanovna, sino por haber matado a su padre.
A pesar de este odio, diez días antes del juicio
había ido a visitar a Mitia y le había propuesto un plan de evasión
evidentemente estudiado hacía mucho tiempo. Este proceder se debía en parte al
deseo de desmentir la insinuación de Smerdiakov de que él, Iván, tenía interés
en que condenaran a su hermano, ya que así su parte en la herencia, lo mismo
que la de Aliocha, aumentaría en veinte mil rublos. Y había decidido gastar
treinta mil para facilitar la huida de Dmitri. Tras su visita a la cárcel, Iván
estaba triste y amargado. Tuvo la súbita impresión de que no deseaba la
evasión de Mitia solamente para salir al paso de la acusación de Smerdiakov.
«¿Será también ‑se preguntó‑ porque, en el fondo, soy un asesino?»
Se sentía vagamente inquieto y amargado. Durante aquel mes, su orgullo había
recibido fuertes embates... Pero ya hablaremos de esto.
Cuando Iván Fiodorovitch, después de su conversación
con Aliocha y ya a la puerta de su casa, decidió de pronto ir a ver a
Smerdiakov por tercera vez, obedeció a una indignación repentina. Se acababa de
acordar de que Catalina Ivanovna había exclamado en presencia de Aliocha: «¡Tú
me has convencido de que el asesino es Mitia!» Al recordar esto, Iván se quedó
petrificado. No sólo no había dicho jamás a Catalina Ivanovna que el culpable
era Mitia, sino que se había acusado a si mismo en presencia de ella al volver
de casa de Smerdiakov. Y había sido ella la que le habla demostrado a él la
culpabilidad de Mitia poniendo ante sus ojos la carta comprometedora. Luego
Katia dijo que había ido a visitar a Smerdiakov. ¿Cuándo? Iván no sabía nada
de esta visita, que demostraba que la convicción de Catalina Ivanovna no era
muy firme. ¿Qué le habría dicho Smerdiakov? Iván tuvo un arrebato de ira. No
comprendia cómo, hacia media hora, había podido oír las palabras de Katia sin
replicar violentamente. Soltó el cordón de la campanilla y se dirigió a casa
de Smerdiakov.
«¡Esta vez puedo llegar incluso a matarlo!», se iba
diciendo por el camino.
TERCERA Y ÚLTIMA ENTREVISTA CON SMERDIAKOV
Se levantó un fuerte viento, idéntico al que había
soplado por la mañana, acompañado de una nevada fina, abundante y seca. La
nieve caía sin adherirse al suelo, el viento la arremolinaba; pronto se
desencadenó una verdadera tormenta. En la parte de la ciudad donde habitaba
Smerdiakov apenas había faroles. Iván avanzaba en la oscuridad, guiándose por
el instinto. Le dolía la cabeza, las sienes le latían, su pulso se había
acelerado. Poco antes de llegar a la casita de María Kondratievna se encontró
con un borracho que llevaba un caftán remendado. Iba haciendo eses y lanzando
juramentos. A veces dejaba de vociferar para cantar con voz ronca:
‑Para Piter
[L117]ha partido Vanka;
ya no lo
esperaré.
Invariablemente, después del segundo verso
interrumpía el canto y reanudaba las invectivas. Poco después, Iván
Fiodorovitch sintió, sin saber por qué, un odio profundo hacia aquel hombre.
Se dio cuenta de ello de pronto. Inmediatamente le asaltó un deseo irresistible
de golpearlo. Precisamente en ese momento estaban el uno al lado del otro. El
borracho, en uno de sus vaivenes, tropezó violentamente con Iván, y éste
respondió con un furioso empujón. El del caftán cayó de espaldas sobre la
helada tierra, donde, tras proferir un gemido, quedó mudo, inmóvil,
inconsciente. «¡Se helará!», pensó Iván mientras reanudaba su camino.
Acudió a abrirle María Kondratievna con una bujía en
la mano. Ya en el vestíbulo, María le dijo en voz baja que Pavel Fiodorovitch ‑es
decir, Smerdiakov‑ estaba muy enfermo. Incluso había rechazado el té.
‑Supongo que no cesará de vociferar ‑dijo
Iván.
‑Al contrario: nunca ha estado más tranquilo.
No le entretenga demasiado.
Iván entró en la habitación.
Estaba tan caldeada como de costumbre, pero se
observaban en ella algunos cambios: uno de los bancos había sido sustituido por
un gran canapé de imitación a caoba, guarnecido de cuero y convertido en cama,
con almohadas perfectamente limpias. Smerdiakov, vestido con su vieja bata,
estaba sentado en el canapé, ante la mesa, trasladada allí. Estos cambios
habían reducido el espacio libre. Sobre la mesa se veía un gran libro de tapas
amarillas. Smerdiakov recibió a Iván con una mirada larga y silenciosa y no demostró
la menor sorpresa al verlo. También su aspecto había cambiado, y mucho: tenía
el rostro pálido y enjuto; los ojos, hundidos; los párpados inferiores,
amoratados.
‑¿Estás verdaderamente enfermo? ‑inquirió
Iván Fiodorovitch‑. No te molestaré mucho tiempo. Ni siquiera me quito
el ábrigo. ¿Dónde puedo sentarme?
Acercó una silla a la mesa y se sentó.
‑¿Por qué estás tan callado? Sólo tengo que
hacerte una pregunta. Pero te advierto que no me marcharé sin que me
contestes. ¿Ha venido a verte Catalina Ivanovna?
Smerdiakov respondió con un ademán indolente y volvió
la cabeza.
‑¿Qué quieres decir?
‑Nada.
‑¿Cómo que nada?
‑¡Bueno, pues sí: Catalina Ivanovna ha venido a
verme! ¿Y qué? ¡Déjeme en paz!
‑Eso no lo esperes. Di: ¿cuándo vino?
‑No me acuerdo.
Smerdiakov dijo esto con una sonrisita desdeñosa. De
pronto, ahora. se encaró con Iván y le dirigió una mirada cargada de odio, como
la que le había dirigido hacia un mes.
‑También usted está muy enfermo ‑dijo‑.
Tiene la cara chupada, y su aspecto es el de un hombre agotado.
‑No te preocupes por mi salud y responde a mi
pregunta.
‑Tiene los ojos amarillos. No cabe duda de que
algo le atormenta.
Tuvo una risita sarcástica. Iván exclamó, irritado:
‑¡Ya lo he dicho que no me marcharé sin una
respuesta!
‑No comprendo su insistencia ‑dijo
Smerdiakov‑. ¿Por qué se obstina en torturarme?
‑¡Lo que a ti te ocurra no me importa lo más
mínimo! Contesta a mi pregunta y me voy.
‑No tengo ninguna respuesta.
‑Te advierto que te obligaré a contestar.
‑¿Por qué está tan inquieto? ‑preguntó
Smerdiakov, mirando a Iván con más contrariedad que desdén‑. ¿Porque
mañana se verá la causa contra su hermano? Esto no significa ninguna amenaza
contra usted. De modo que cálmese. Váyase usted a su casa y duerma tranquilo. No
tiene nada que temer.
‑No te comprendo ‑dijo Iván, sorprendido
y repentinamente aterrado‑. ¿Por qué he de temer al juicio de mañana?
Smerdiakov lo miró de pies a cabeza.
‑¿De veras no me comprende? ¡Lo incomprensible
es que un hombre inteligente finja como usted está fingiendo!
Iván lo miró en silencio. La arrogancia con que le
hablaba su antiguo criado era algo inaudito.
‑Le repito que no tiene nada que temer. No hay
pruebas y no declararé contra usted... Sus manos tiemblan. ¿Por qué? Vuelva a
su casa. Usted no es el asesino.
Iván se estremeció y se acordó de Aliocha.
‑Ya sé que no lo soy ‑murmuró.
‑¿De veras lo sabe?
Iván se levantó y cogió a Smerdiakov por un hombro.
‑¡Habla, víbora! ¡Dilo todo!
Smerdiakov no se asustó lo más mínimo, sino que miró
a Iván con un odio feroz.
‑Pues bien; ya que lo desea, se lo diré ‑repuso,
furioso‑. Usted mató a Fiodor Pavlovitch.
Iván volvió a sentarse y quedó pensativo. Al fin,
tuvo una sonrisa maligna.
‑¿Es el mismo cuento que la otra vez?
‑Sí, y usted lo comprendió entonces, como lo
comprende ahora.
‑Lo único que comprendo es que estás loco.
‑Aquí estamos solos usted y yo. ¿Para qué
fingir? ¿Para qué tratar de engañarnos? ¿Pretende usted cargarme a mí toda la
culpa? Usted fue el autor del crimen, el principal culpable. Yo no fui más que
su auxiliar, su dócil instrumento. Usted sugirió y yo cumplí.
‑¿Cumpliste? Entonces..., ¡eres tú el
asesino!,..
Sintió como un estallido en la cabeza; le pareció que
una corriente helada recorría todo su cuerpo. Smerdiakov lo contemplaba
asombrado, impresionado por el efecto, evidentemente real, que habían producido
en Iván sus palabras.
‑¿De modo que no lo sabía? ‑preguntó,
receloso.
Iván lo seguía mirando fijamente. Parecía haber
perdido el don de la palabra. De pronto, le pareció oír:
Para Piter ha partido Vanka;
ya no lo esperaré.
‑¿Sabes que te temo como a un fantasma? ‑murmuró.
‑Aquí
no hay más fantasmas que usted, yo y... un tercero. Un tercero que sin duda
está presente ahora.
‑¿Cómo? ¿Un tercer fantasma? ‑exclamó
Iván, aterrado, mirando en todas direcciones.
‑El tercer fantasma es Dios, la Providencia.
Está aquí. Pero es inútil que lo busque: no lo encontrará.
‑¡Has mentido! ‑rugió Iván‑. ¡Tú no
eres el asesino! ¡Estás loco o te complaces en irritarme, como la otra vez!
Smerdiakov no experimentaba terror alguno: se
limitaba a observar a su interlocutor atentamente; con visible desconfianza.
Creía que Iván lo sabía todo y fingía ignorarlo, con objeto de que toda la
culpa recayera sobre él.
‑Espere un momento ‑dijo al fin, en voz
baja.
Sacó la pierna de debajo de la cama y se subió el
pantalón. Llevaba medias blancas y zapatillas. Con toda la parsimonia, se
quitó las ligas a introdujo la mano en la media. Iván Fiodorovitch tuvo un
repentino estremecimiento de pánico.
‑¡Estás loco! ‑gritó.
Y, levantándose de un salto, retrocedió hasta
tropezar con la pared, donde se quedó como clavado en el suelo, mirando fijamente
a Smerdiakov. Éste, sin inmutarse, siguió rebuscando en su media. Al fin, Iván
le vio sacar un paquete que depositó en la mesa.
‑Ahí tiene ‑dijo en voz baja.
‑¿Qué es eso?
‑Mírelo.
Iván se acercó a la mesa y empezó a deshacer el
paquete. De pronto, retiró las manos como si hubiera tocado un reptil repugnante
y temible.
‑Le tiemblan las manos ‑dijo Smerdiakov.
Y él mismo deshizo el envoltorio. Entonces
aparecieron tres fajos de billetes de cien rublos.
‑Están los tres mil rublos; no hace falta
contarlos.
Y añadió, señalando los billetes:
‑Tome los que quiera.
Iván se dejó caer en la silla. Estaba blanco como un
cadáver.
‑Me has asustado cuando has empezado a buscar
en tu media ‑dijo con una extraña sonrisa.
‑¿De veras no lo sabía usted?
‑De veras. Yo creía que había sido Dmitri...,
¡mi hermano, mi hermano!
Ocultó la cara entre las manos y añadió:
‑¿Lo hiciste sólo tú? ¿No te ayudó mi hermano?
‑Lo hice sólo con usted. Dmitri Fiodorovitch es
inocente.
‑Bien bien; en seguida hablaremos de mí... No
sé por qué tiemblo. Ni siquiera puedo articular las palabras.
‑Antes era usted un hombre audaz. «Todo está
permitido», decía. Y ahora tiembla de miedo. ¿Quiere una limonada? La voy a
pedir. Pero antes tendremos que ocultar esto.
Se refería a los billetes. Se acercó a la puerta,
llamó a María Kondratievna y le dijo que trajera limonada. Luego trató de esconder
el dinero. Empezó por sacar el pañuelo, pero, al observar lo sucio que estaba,
cogió el gran libro de tapas amarillas que Iván había visto al entrar en la
habitación y que se titulaba Sermones de nuestro santo padre Isaac el Sirio,
y lo puso sobre los billetes.
‑No quiero limonada ‑dijo Iván‑.
Siéntate y habla. ¿Cómo lo hiciste? Cuéntamelo todo.
‑Le aconsejo que se quite el abrigo. Si no lo
hace; pronto estará bañado en sudor.
Iván Fiodorovitch se quitó el abrigo y, sin
levantarse de su asiento, lo arrojó al banco.
‑¡Habla, por favor, habla!
Se había serenado. Estaba seguro de que Smerdiakov se
lo iba a contar todo.
‑¿Que cómo lo hice? ‑dijo Smerdiakov, con
un suspiro‑. Del modo más natural. Según sus propias palabras...
‑Ya hablaremos de mis palabras ‑le atajó
Iván, pero esta vez sin irritarse, como si fuera enteramente dueño de sí mismo‑.
Ahora limítate a referir, con todo detalle y en orden, cómo cometiste el
crimen. No olvides los detalles, te lo ruego.
‑Usted había salido de viaje. Yo me desplomé en
la bodega.
‑¿Fue un verdadero ataque, o lo fingiste?
‑Lo fingí. Bajé tranquilamente la escalera, me
tendí en el suelo y empecé a gritar. Y, mientras me llevaban en brazos, simulé
algunas convulsiones.
‑¿También fingías en el hospital?
‑No. A la mañana siguiente, cuando estaba todavía
en casa, tuve un verdadero ataque, el más fuerte que he sufrido desde hace
años. Estuve dos días sin conocimiento.
‑Bien. Continúa.
‑Desde la bodega, me trasladaron al pabellón y
me acostaron en un catre detrás del tabique, cosa que yo esperaba, pues siempre
que estaba enfermo, Marta Ignatievna me llevaba allí. Desde que nací ha sido
buena conmigo. Durante la noche proferí leves gemidos de vez en cuando.
Esperaba que llegase Dmitri Fiodorovitch.
‑¿Esperabas que fuera a verte?
‑No, esperaba que fuera a la casa; estaba
seguro de que iría aquella misma noche, ya que no sabía nada de mí. Y tendría
que entrar escalando la tapia.
‑¿Y si no hubiera ido?
‑Entonces no habría ocurrido nada, porque yo
nada habría hecho sin él.
‑Bien, habla con calma, y, sobre todo, no pases
por alto ningún detalle.
‑Yo estaba seguro de que su hermano mataría a
Fiodor Paviovitch, pues lo había preparado para hacerlo, y, esto sobre todo,
conocía la contraseña para que Fiodor Pavlovitch le abriese la puerta. Dado su
carácter desconfiado y arrebatado, no cabía duda de que entraría en la casa. Yo
contaba con ello.
‑Un momento. Si él hubiera matado a mi padre,
se habría apoderado del dinero, cosa que sin duda comprendiste tú. O sea, que
no habrías obtenido ningún beneficio... No veo esto claro.
‑Dmitri Fiodorovitch no podía encontrar el
dinero. Yo le dije que estaba debajo del colchón y no era verdad. Primero estaba
en una arquilla. Después dije a Fiodor Pavlovitch que lo escondiera detrás de
los iconos, donde a nadie se le ocurriría buscarlo, y menos en un momento de
prisa. Su padre no se fiaba de nadie más que de mí, y me hizo caso porque la
idea le gustó. Guardar el dinero en una cajita, cerrar ésta con llave y
esconderla debajo del colchón, habría sido una vulgar estupidez; pero precisamente
por ser vulgar y estúpido lo ha creído todo el mundo. Una vez cometido el
asesinato, Dmitri Fiodorovitch habría huido al menor indicio de alarma, como
hacen todos los asesinos, o lo habrían sorprendido y apresado. Y yo habría
podido ir al día siguiente, o aquella misma noche, a coger el dinero. El robo
se habría achacado al asesino.
‑Pero, ¿y si Dmitri lo hubiera herido
únicamente?
‑Si lo hubiera herido sin dejarlo inconsciente,
no me habría apoderado del dinero. Pero yo contaba con que Dmitri Fiodorovitch
golpearía a la víctima hasta dejarla sin conocimiento. Y en este caso podía
llevarme los billetes y decir después a Fiodor PavIovitch que el ladrón había
sido el mismo que le había golpeado.
‑Escucha, hay algo que no entiendo. ¿Es Dmitrí
el asesino y tú solamente el ladrón?
‑No, el asesino no fue Dmitri. Podría achacarle
el crimen, puesto que usted me ha demostrado que no sabe la verdad, aunque se
empeña en cargar toda la culpa sobre mí; pero no quiero mentir. No mentiré,
porque el culpable es usted. Usted sabía que se iba a cometer el crimen; es
más, usted me encargó de su ejecución, y, sin embargo, usted se fue de viaje.
Estoy dispuesto a demostrarle que el asesino principal, el único, fue usted y
no yo, aunque fui yo el que mató a su padre. En justicia, el asesino es usted.
‑¿Por qué? ¿Por qué soy el asesino? ‑no
pudo menos de exclamar Iván Fiodorovitch, olvidando su resolución de no hablar
de sí mismo hasta el final de la disputa‑. ¿Lo dices porque me marché a
Tchermachnia? ¡Alto! Interpretaste mi viaje como un consentimiento. Pero,
¿quieres decirme para qué necesitabas mi consentimiento? ¿Qué explicación tiene
esto?
‑Contando con su consentimiento, yo sabía que
usted, cuando regresara, no armaría ruido sobre la desaparición de los tres mil
rubios, si la justicia sospechaba de mí y no de Dmitri Fiodorovitch, o me
creía cómplice de él. Por el contrario, usted habría salido en mi defensa.
Además, podría darme una buena recompensa por haber heredado gracias a mí, ya
que si su padre se hubiera casado con Agrafena Alejandrovna, usted se habría
quedado sin nada.
‑¿De modo que tu propósito era tenerme
atormentado toda la vida? ‑exclamó Iván con los dientes apretados‑.
¿Y si yo, en vez de marcharme, te hubiera denunciado?
‑¿Qué habría podido usted decir: que yo le
había aconsejado que fuera a Tchermachnia? ¡Vaya acusación! Por otra parte, si
usted no se hubiera marchado, no habría ocurrido nada: yo lo habría
interpretado como una negativa y no habría hecho lo que hice. Pero se marchó, y
entonces me convencí de que no me denunciaría y cerraría los ojos ante la
desaparición de los tres mil rublos. Además, usted no habría podido
perseguirme, pues ya habría dicho a los jueces, no que había cometido el crimen
y el robo, sino que usted me había invitado a cometerlos y yo me había negado.
Usted, falto de pruebas, no habría podido hacerme ningún mal. En cambio, yo
habría revelado la avidez con que usted deseaba la muerte de su padre, y no le
quepa duda de que todo el mundo me habría creído.
‑¿De modo que, según tú, yo deseaba la muerte
de mi padre? ‑Sí, y su silencio me autorizaba a obrar.
Smerdiakov estaba muy débil; apenas tenía fuerzas
para hablar. Pero una energía interior lo galvanizaba. Iván presentía que
abrigaba algún propósito oculto.
‑Continúa.
‑Continúo. Cuando ya me habían acostado, oí
gritar a su padre. Grigori había salido hacía un momento y, de pronto, empezó
a dar voces. Después volvió a reinar la calma. Esperé inmóvil. El corazón me
latía violentamente. Al fin, no me pude contener; me levanté y salí del
pabellón. Vi a la izquierda la ventana de Fiodor Pavlovitch, que estaba
abierta, me acerqué a escuchar y oí a su padre suspirar y moverse. «Está
vivo», me dije... Me acerco a la ventana y lo llamo. «Soy yo.» Él me responde:
«¡Dmitri ha venido y ha matado a Grigori!» Le pregunto dónde y me señala un
rincón del jardín. «Voy a buscarlo. Ya vuelvo», le digo. Voy a explorar el
rincón y, cerca de la tapia, tropiezo con el cuerpo de Grigori. Está cubierto
de sangre a inconsciente. Entonces me digo que es verdad que nos ha visitado
Dmitri Fiodorovitch, y resuelvo terminar cuanto antes. Grigori no verá nada
aunque viva, ya que está sin conocimiento. El único peligro era que Marta
Ignatievna se despertase. Me pareció oírla, pero me sentía tan frenético, que
apenas podía respirar. Volví a la ventana.
»‑Agrafena Alejandrovna está allí y quiere
entrar.
»Fiodor Pavlovitch se estremeció.
»‑¿Dónde?
»No me creía. Lanzó un suspiro.
»Allí ‑repetí‑. ¡Abra la puerta!
»El viejo miraba por la ventana, indeciso, sin
atreverse a abrir.
» “¡Malo! ‑me dije‑ Me teme.”
»Entonces se me ocurrió dar la señal de la llegada de
Gruchegnka. Su padre no me creía, pero cuando oyó los golpes que di en la
ventana, ante sus propios ojos, corrió a abrir la puerta.
»Yo intenté entrar, pero él me cortaba el paso. ‑¿Dónde
está, dónde está?
»Me miraba atemorizado. Su miedo hacia mi me
inquietaba. Las piernas apenas podían sostenerme. Temia que no me dejara
entrar, que empezara de pronto a dar gritos o que se presentase Marta Ignatievna.
No recuerdo bien aquellos instantes, pero tengo la seguridad de que estaba muy
pálido. Murmuré:
»‑Gruchegnka está allí, bajo la ventana. ¿Cómo
es posible que no la haya visto?
»‑¡Tráela, tráela aquí!
»‑Tiene miedo. Sus gritos la han asustado. Está
escondida en un macizo. Llámela usted mismo desde su habitación.
»Corrió a su cuarto y acercó la bujía a la ventana.
»‑¡Gruchegnka,
Gruchegnka! ¿Estás ahí?
»No quería asomarse, temía darme la espalda.
»‑Está ahí ‑le dije‑, en el macizo.
Le sonrie. ¿No la ve usted?
»Me creyó de
pronto y empezó a temblar de emoción. Sacó todo el busto por la ventana para
mirar. Yo cogí entonces el pisapapeles de metal que tenía en su mesa. Ya lo
conoce usted; pesa sus buenas tres libras. Lo cogí y, poniéndolo de canto, le di
un golpe en la cabeza con todas mis fuerzas. Cayó fulminado, sin un grito. Le
di dos golpes más y noté que tenía el cráneo destrozado. Había caído boca
arriba. Estaba bañado en sangre. Inspeccioné mis ropas y vi que no tenía ni una
salpicadura. Limpié el pisapapeles y lo volví a poner en su sitio. Después cogí
el sobre que estaba detrás de los iconos, saqué el dinero y arrojé al suelo el
sobre y la cinta de color de rosa. Salí al jardín, temblando, y me fui derecho
al manzano de tronco vacío que usted ya conoce. Yo había guardado allí un trozo
de papel y una tira de tela. Empaqueté los billetes y puse el envoltorio en la
cavidad. Allí estuvo quince días, hasta que salí del hospital. Una vez
escondido el paquete, volví al pabellón y me acosté. Pensé, aterrado: «Si
Grigori está muerto, puedo verme en un compromiso. Si vuelve en si, podrá
favorecerme atestiguando que ha estado aquí Dmitri Fiodorovitch y afirmando que
ha sido él el autor del crimen y del robo.» Tan inquieto me sentía, que empecé
a gemir para despertar a Marta Ignatievna. Marta se levantó al fin, vino a ver
qué me ocurría y, al advertir la ausencia de Grigori, fue a buscarlo al jardín.
Al oírla gritar, recobré la calma.
Smerdiakov enmudeció. Iván lo había escuchado sin
decir palabra, sin hacer el menor movimiento, sin apartar de él la vista.
Smerdiakov miraba a Iván de vez en cuando, pero no de frente, sino de reojo. Al
terminar su relato, estaba emocionado, respiraba con dificultad y tenía el
rostro cubierto de sudor. No era posible deducir si sentía remordimiento.
‑Pero, ¿qué me dices de la puerta? ‑preguntó
Iván Fiodorovitch tras reflexionar un momento‑. Si mi padre la abrió
cuando tú se lo dijiste, ¿cómo es posible que Grigori la viera abierta antes?
Iván hizo estas preguntas con toda calma. Si alguien
los hubiera estado observando desde el umbral en aquel momento, habría creído
que charlaban tranquilamente de cosas sin importancia.
‑Grigori dice que vio la puerta abierta ‑respondió
Smerdiakov con una sonrisa‑, pero no la pudo ver: fue sencillamente una
alucinación. Es un hombre obstinado. Creyó ver la puerta abierta y nadie
conseguirá sacarlo de ahí. Fue una suerte para nosotros que tuviera esa falsa
visión, pues, al declarar ante los jueces, ha terminado de hundir a Dmitri
Fiodorovitch.
‑Escucha,
escucha ‑dijo Iván, que parecía nuevamente confundido‑. Tenía
muchas cosas que preguntarte, pero se me han olvidado... ¡Ahora me acuerdo de
una! ¿Por qué abriste el sobre y lo tiraste al suelo? ¿Por qué no te lo
llevaste tal como estaba, con los billetes dentro? De lo relato he deducido que
obraste así intencionadamente, pero no comprendo por qué lo hiciste.
‑Tenía mis motivos. Un hombre que, como yo,
pudo haber introducido el dinero en el sobre y visto como su amo lo cerraba y
escribía en él, no tenía por qué abrir el sobre una vez cometido el crimen, ya
que sabía muy bien lo que contenía. Lo natural era que se lo echara al bolsillo
y se fuera a toda prisa. En cambio, Dmitri Fiodorovitch debía proceder de otro
modo: al conocer el sobre sólo de oidas, lo lógico era que se apresurase a
abrirlo para ver si efectivamente contenía los billetes, y después, que lo
echara al suelo, sin caer en la cuenta de que sería una prueba contra él,
descuido muy propio de un ladrón no profesional. Esta conducta estaba de acuerdo
con su propósito, manifestado públicamente, de ir a casa de Fiodor Pavlovitch,
no a robar, sino a recobrar lo que era suyo, es decir, a tomarse la justicia
por su mano. En mi declaración, sugeri esta idea al procurador, y lo hice con
tanta habilidad, que creyó que la idea era suya, lo que le produjo gran
satisfacción.
Iván Fiodorovitch lo miraba, atónito y de nuevo
atemorizado.
‑¿Es posible ‑exclamó‑ que se te
ocurriera todo eso sobre el terreno, en unos instantes?
‑¡Por favor! ¿Cómo puede usted creer que se
piensen tantas cosas en un momento? Lo tenía todo planeado de antemano.
‑Bien, bien. Sin duda, te ayudó el diablo. No
eres tonto; ere mucho más inteligente de lo que yo me imaginaba.
Se puso en pie para dar un paseo por la habitación;
pero como apenas se podía pasar entre la mesa y la pared, dio media vuelta y se
volvió a sentar. Sin duda, esto lo irritó, pues empezó a vociferar
‑¡Oye, miserable, monstruosa criatura! ¿No
comprendes que, si no lo he matado todavía, es porque quiero que mañana respondas
a las preguntas de los jueces?
Levantó la mano y añadió:
‑Dios es testigo. Tal vez yo sea culpable, tal
vez haya deseado secretamente la muerte de mi padre; pero juro que no lo he
inducido a cometer el crimen. ¡No y mil veces no! Sin embargo, estoy decidido
a confesar mañana a la justicia mi parte de culpa. Lo diré todo. Pero tú
vendrás conmigo. Acepto de antemano todo lo que puedas declarar contra mí, a
incluso lo confirmaré. Pero también tú tendrás que confesarlo todo. ¡Vendrás
conmigo y dirás la verdad, toda la verdad!
Iván se expresaba con tanta energía y gravedad, que
bastaba mirarlo a los ojos para comprender que mantenía su palabra.
‑Usted está enfermo, muy enfermo: bien se ve ‑dijo
Smerdiakov sin ironía, compadeciéndolo‑. Tiene los ojos amarillos.
‑¡Iremos juntos! ‑insistió Iván‑. Y
si no me acompañas, iré solo y lo explicaré todo.
Smerdiakov reflexionó un momento. Luego dijo
categóricamente:
‑No, usted no irá.
‑¡Iré!
‑Confesarlo todo sería una gran bochorno para
usted. Por otra parte, su declaración sería inútil, pues yo negaría haber mantenido
esta conversación. Diría que obraba usted así impulsado por su evidente
enfermedad, o porque, compadecido de su hermano, quería sacrificarse por él...
y sacrificarme a mí, que jamás he sido nada para usted. Además, no lo creerían;
no tiene usted ninguna prueba.
‑¿Qué mejor prueba que ese dinero que tú mismo
has puesto ante mis ojos para convencerme?
Smerdiakov retiró el libro y dejó al descubierto los
billetes.
‑Tómelo ‑dijo suspirando.
‑¡Claro que lo tomaré!
Pero en seguida añadió, mirándolo con un gesto de
extrañeza:
‑Lo que no comprendo es que me lo entregues,
habiendo matado para apoderarte de él.
‑Ya no lo necesito ‑repuso Smerdiakov, y
su voz temblaba‑. Al principio sí que lo quería. Tenía el propósito de
establecerme en Moscú o en el extranjero. Éste era mi sueño, nacido de la idea
de que, como usted decía, «todo está autorizado». Usted me enseñó a pensar así.
Si Dios no existe, tampoco existe la virtud o, por lo menos, no sirve para nada.
He aquí el razonamiento que me hacía.
‑Has llegado a esa conclusión por tu propia
cuenta ‑dijo Iván un tanto turbado.
‑Bajo la influencia de usted.
‑¿Por qué devuelves el dinero? ¿Es que ahora
crees en Dios?
‑No, no creo ‑repuso Smerdiakov.
‑Entonces, ¿por qué lo devuelves?
‑Dejemos eso ‑dijo Smerdiakov con un
gesto de hastio‑. Usted se ha cansado de repetir que todo se permite en
la vida. ¿Por qué está tan inquieto ahora? Pretende incluso entregarse a la
justicia. Pero no hay peligro de que lo haga. No, no lo hará.
‑Verás como si.
‑No, no se entregará. Usted es demasiado
inteligente. Adora el dinero y los honores. Es orgulloso y está loco por las
mujeres. Y, sobre todo, es una enamorado de la vida independiente y cómoda.
Usted no se amargará la existencia con esa confesión bochornosa. De todos los
hijos de Fiodor Pavlovitch, es usted el que más se parece a él: sus almas son
idénticas.
‑Desde luego, no eres tonto ‑repitió Iván
con el mismo estupor que antes y enrojeciendo‑. Yo creía que lo eras.
‑Se lo hacía creer su orgullo. Tome el dinero.
Iván cogió los billetes y, sin contarlos, se los
guardó en el bolsillo.
‑Los entregaré mañana al tribunal ‑afirmó.
‑Nadie lo creerá. Todo el mundo sabe que tiene
usted dinero. Pensarán que lo ha sacado de su caja.
Iván se puso en pie.
‑¡Te repito que no te he matado ya porque
mañana te necesito! ¡No lo olvides!
‑¡Máteme! ¿Por qué no me mata? ‑exclamó
Smerdiakov, mirándolo con un gesto extraño. Y añadió, sonriendo amargamente‑:
¡No se atreve! ¡Ahora no se atreve a nada! ¡Tan valiente como era antes!
‑Hasta mañana.
Se dirigió a la puerta. Smerdiakov lo detuvo.
‑Espere. Enséñeme el dinero por última vez.
Iván sacó los billetes. Smerdiakov los contemplo
durante unos segundos.
‑Bien; ya se puede ir.
Pero de nuevo lo detuvo.
‑¡Iván Fiodorovitch!
Iván, que yá iba a salir, se volvió.
‑¿Qué quieres?
‑Nada. Adiós.
‑Hasta mañana.
Iván salió a la calle. Continuaba la tormenta. Echó a
andar con paso seguro, pero pronto empezó a tambalearse. «Esto es puramente
físico», pensó sonriendo. Experimentaba una intima alegría. Sentía una
resolución inquebrantable. Las vacilaciones que últimamente le habían
atormentado, habían desaparecido. «Mi decisión es irrevocable», se decía,
feliz. En este momento tropezó con algo y estuvo a punto de caer. Se detuvo y
vio a sus pies al borracho que había derribado al llegar. Estaba aún en la
misma postura, inerte. La nieve le cubría casi todo el rostro. Iván lo levantó
y se lo cargó a la espalda. En esto vio luz en una casa próxima. Se acercó a la
ventana, llamó y, cuando le contestaron, ofreció tres rublos por ayudarle a
transportar al borracho a la comisaría. No referiré detalladamente cómo Iván
Fiodorovitch consiguió su propósito a hizo reconocer al desgraciado por un
médico, al que pagó generosamente la consulta. Diré solamente que hasta una
hora después no quedó libre. Pero estaba satisfecho. Sus ideas se aclaraban.
«Si no hubiera tomado una resolución tan firme para
mañana ‑pensó de pronto con profunda complacencia‑, no habría perdido
una hora atendiendo a un borracho: habría pasado junto a él sin detenerme... He
aquí la prueba de que puedo observarme a mí mismo. ¡Eso para que digan que me
estoy volviendo loco!»
Cuando se acercaba a su casa, se detuvo.
«¿No sería mejor que fuera ahora mismo a ver al
procurador y le revelara la verdad?... No, no; mañana lo haré todo de una vez.»
Cosa extraña: de pronto, se desvaneció su alegría.
Cuando entró en su habitación, se apoderó de él una sensación extraña, glacial.
Fue como si recordara algo penoso o repugnante, que había estado en su cuarto
anteriormente y que volvía a estar. Se echó en un diván. La vieja doméstica le
trajo un samovar y le hizo el té. Pero él no se lo tomó y despidió a la
sirvienta hasta el día siguiente. Tenía vértigos, se sentía extenuado. El sueño
se apoderaba dé él, pero empezó a pasear para ahuyentarlo. Tenía la sensación
de que estaba desvariando. Cuando se recobró, empezó a mirar en todas
direcciones como si buscara algo. Al fin, su mirada se fijó en un punto.
Sonrió, pero enrojeciendo de cólera. Permanéció largo rato inmóvil, con la
cabeza entre las manos, sin apartar la vista de aquello que estaba en el diván
de enfrente. No cabía duda de que allí había algo que le inquietaba y le
irritaba.
CAPITULO IX
Al llegar a este punto, creo necesario, aunque no soy
médico, dar algunas explicaciones sobre la enfermedad de Iván, Fiodorovitch.
Digamos ante todo que estaba en vísperas de un grave trastorno mental: el mal
acabó por imponerse a su organismo debilitado. Aun sin conocer los secretos de
la medicina, me atrevo a exponer la hipótesis de que, mediante un
extraordinario esfuerzo de voluntad, había conseguido retrasar la explosión del
mal, con la esperanza, desde luego, de vencerlo definitivamente. Sabía que estaba
enfermo, pero no quería entregarse a su enfermedad en aquellos días decisivos
en que debía obrar y hablar resueltamente, «justificándose a sus propios
ojos». Había visitado al médico traído de Moscú por Catalina Ivanovna. Éste,
después de escucharlo y reconocerlo, diagnosticó un trastorno cerebral, y no
se sorprendió de cierta confesión que el paciente le hizo contra su voluntad.
‑Las alucinaciones ‑dijo el doctor‑
son muy posibles en su estado, pero hay que controlarlas. Además, debe cuidarse
mucho. De lo contrario, se agravará.
Pero Iván Fiodorovitch desoyó este prudente consejo.
«Todavía tengo fuerzas para andar ‑se dijo‑. Cuando caiga, que me
cuide quien quiera.»
Dándose cuenta, aunque de un modo vago, de que sufría
una alucinación, miraba con obstinada fijeza aquello que estaba en el diván de
enfrente. Era un hombre que había aparecido de pronto. Sólo Dios sabía cómo y
por dónde había entrado, pues no estaba allí al llegar Iván después de su
visita a Smerdiakov. Era un señor, un caballero ruso qui frisait la
cinquantaine, de cabello largo y espeso que empezaba a encanecer y barba
puntiaguda. Llevaba una chaqueta de color castaño, de buen corte, pero
anticuada: hacia tres años que había pasado de moda. La camisa blanca, su largo
pañuelo de seda, y todo en él hacía pensar en el hombre distinguido y elegante.
Pero la camisa, vista de cerca, no aparecía tan limpia como vista a distancia,
y el pañuelo estaba bastante desgastado por el uso. El pantalón a cuadros le
sentaba bien, pero era demasiado claro y estrecho, o sea pasado también de
moda. Lo mismo podía decirse de su sombrero de fieltro, blanco a pesar de la
estación. Su aspecto, en fin, era el de un hombre distinguido, pero falto de
desenvoltura. Parecía ser uno de aquellos terratenientes que prosperaban en los
tiempos de la servidumbre. Entonces, nuestro caballero debió de vivir en el
gran mundo. Después habría ido perdiendo su fortuna por obra de los
despilfarros de la juventud y la suspensión de la servidumbre. Ya pobre, se
habría convertido en un simpático parásito al que recibían sus antiguas
amistades por su buen carácter y por ser un hombre bien educado, al que se
puede reservar un puesto, aunque modesto, en la mesa. Estos parásitos, de
carácter atrayente, que saben conversar y jugar a las cartas ‑y a los que
molestan los encargos que con frecuencia les hacen‑, son generalmente
viudos o solterones. Los viudos pueden tener hijos, que se han educado lejos de
ellos, en casa de alguna tía, a la que el parásito, como si se avergonzara de
estar emparentado con ella, no menciona nunca cuando está con sus buenas
amistades. Poco a poco, el arruinado caballero se va desentendiendo de los
hijos, que acaban por escribirle solamente el día de su santo o en las
Navidades cartas de felicitación a las que el padre responde a veces.
Aquel inesperado visitante parecía más cortés que
bondadoso, un hombre presto a ser amable si así lo exigían las circunstancias.
No llevaba reloj, pero si unos lentes de concha sujetos con una cinto negra.
El dedo cordial de su mano derecha ostentaba una sortija de oro macizo con un
ópalo barato. Iván Fiodorovitch callaba, evidentemente dispuesto a no abrir
conversación. El visitante esperaba, como el parásito que llega a la hora del
té a una casa para hacer compañía a su dueño y encuentra a éste pensativo y
preocupado. El parásito está dispuesto a entablar una amable charla, pero
siempre que sea el dueño de la casa el que la inicie. De pronto, su semblante
se ensombreció.
‑Óyeme ‑dijo‑. Perdona, pero quiero
recordarte que has ido a casa de Smerdiakov para informarte de la visita de
Catalina Ivanovna y lo has marchado sin averiguar nada. Seguramente te has
olvidado.
‑¡Ah, sí! ‑exclamó Iván, preocupado‑.
Lo olvidé... Pero no importa: lo dejaré todo para mañana.
De pronto, se encaró con el visitante y le dijo,
irritado:
‑A propósito: hace un momento me ha inquietado
esa idea. Ahora que te veo, comprendo que me la has sugerido tú.
‑No lo creas ‑dijo el caballero,
sonriendo amablemente‑. La fe no se puede inculcar a la fuerza. En este
terreno, incluso las pruebas materiales son ineficaces. Santo Tomás creyó
porque quería creer, y no porque vio a Cristo resucitado. Algo así hacen los
espiritistas. Yo les tengo verdadera estimación. Creen hacer un servicio a la
fe, porque de vez en cuando el diablo les muestra sus cuernos. «He aquí una
prueba material de la existencia del otro mundo», se dicen. ¡El otro mundo en
estado material!: peregrina idea. En fin de cuentas, esto demostraría la
existencia del diablo y no la de Dios. He pensado introducirme en una sociedad
idealista para oponerme a sus teorías.
‑Escucha ‑dijo Iván Fiodorovitch,
poniéndose en pie‑, me parece que estoy delirando. Di lo que quieras,
pues no me importa lo que digas. No me irritarás tanto como la otra vez. Lo
único que siento ahora es vergüenza... Voy a pasear por la habitación... A veces,
no te veo ni te oigo, pero percibo todo lo que tú quieres decir, pues soy yo el
que habla y no tú... No sé si la vez anterior te vi en realidad, o en sueños,
por haberme dormido... Voy a ponerme en la cabeza un paño húmedo para ver si
desapareces.
Iván buscó un paño a hizo lo que había dicho. Después
empezó a pasear.
‑Estoy encantado de que nos tuteemos ‑dijo
el visitante.
‑¿Esperabas
que te hablara de usted, imbécil? Estoy dispuesto a conversar... El único
inconveniente es que me duele la cabeza... Pero no te pongas a filosofar como
la otra vez. Si no quieres marcharte, lo menos que puedes hacer es hablar de
cosas alegres. Cuéntame chismes, ya que no eres más que un parásito... ¡Tenaz
pesadilla!... Pero no te temo. Lograré imponerme a ti. ¡No me encerrarán en un
manicomio!
‑«¡Parásito!» C'est
charmant. En efecto, lo soy.
Un parásito de la sociedad... Pero oye: estoy asombrado de oírte. Empiezas a
ver en mí un ser real y no un producto de tu imaginación, como afirmabas la
última vez.
‑¡Nunca te he considerado como un ser real! ‑exclamó
Iván, furioso‑. Eres un fantasma, una visión de mi mente enferma. Pero no
sé cómo deshacerme de ti. Ya veo que tendré que soportarte algún tiempo. Eres
una alucinación, la encarnación de una parte de mi ser; la parte más vil de mis
pensamientos y mis sentimientos. Si pudiera dedicarte algún tiempo, incluso
podrías llegar a interesarme a pesar de tu condición.
El caballero replicó, con una sonrisa:
‑Te voy a confundir. Hace un rato, cuando
estabas con Aliocha junto al farol, le has dicho: «¿Cómo sabes que viene a
verme? Sólo por él puedes haberte enterado.» Te referías a mí. Por lo tanto,
hablabas de mí como de un ser real.
‑Fue un momento de ofuscación. No puedo creer
en ti. Acaso la última vez te vi solamente en sueños.
‑¿Por qué has sido tan duro con Aliocha? Es un
muchacho encantador. He cometido alguna torpeza con él por culpa del starets
Zósimo.
‑¿Cómo te atreves a hablar de Aliocha, canalla?
‑dijo Iván entre risas.
‑Me insultas alegremente. Buena señal. Desde
luego, eres más amable conmigo que la vez anterior. Comprendo el motivo: tu noble
resolución...
‑No me hables de eso ‑exclamó Iván,
indignado.
‑Ya sé, ya sé... C'est noble, cest
charmant. Mañana defenderás a tu
hermano; lo sacrificarás. C'est chevaleresque...
‑O te callas o te echo a puntapiés.
‑En cierto modo, eso no me disgustaría, pues
procediendo así, demostrarías que ves en mí un ser real, ya que no se dan
puntapiés a los fantasmas... ¡Bueno, basta de bromas! Tienes derecho a insultarme,
pero no estaría de más que me trataras con un poco de cortesía. ¡Que soy un
imbécil, que soy un canalla! ¡Qué palabrotas!
‑Cuando te insulto, me insulto, pues tú eres
yo, yo mismo bajo un aspecto diferente. Expresas mis propios pensamientos. Por
lo tanto, no puedes decirme nada que yo no sepa.
‑Esta coincidencia mental es un honor para mí ‑dijo
el caballero.
‑Pero escoges mis peores pensamientos. Eres
estúpido y trivial. No puedo soportarte. No sé qué hacer ‑dijo
finalmente Iván, como hablando consigo mismo.
‑Amigo mío, quiero seguir siendo un caballero y
que se me trate como tal ‑dijo el visitante, herido en su amor propio,
aunque con acento bondadoso y conciliador‑. Soy pobre, pero..., no, no
puedo decir que sea honrado. Sin embargo, se admite generalmente como un
axioma que soy un ángel caído. Confieso que no puedo imaginarme a mí mismo como
ángel. Si realmente lo fui, ha pasado ya tanto tiempo, que no es raro que lo
haya olvidado. Actualmente, lo único que me preocupa es mi reputación de
hombre bien educado. Vivo de la generosidad ajena; por lo tanto, he de procurar
ser agradable. Quiero de veras a los hombres. Me han calumniado mucho. Cuando
vengo a la tierra, mi vida cobra una apariencia de realidad, y esto es una
delicia para mí. Lo fantástico me inquieta tanto como a ti. Adoro la realidad
terrestre. Aquí todo es concreto. Fórmulas..., geometría... Entre nosotros, en
cambio, todo son ecuaciones indeterminadas... Aquí paseo, sueño... sí, me gusta
soñar... Y me vuelvo supersticioso. No te rías: la superstición me encanta
también. Adopto todas vuestras costumbres. Me complace ir a los baños públicos
y mezclarme con los mercaderes y los popes. Mi sueño es encarnarme definitivamente
en algún comerciante obeso y compartir todas sus creencias. Mi mayor anhelo es
ir a la iglesia para encender un cirio. Lo haré de todo corazón, palabra.
Entonces terminarán mis sufrimientos. También admiro vuestros medicamentos. La
primavera pasada hubo una epidemia de viruela. Fui a vacunarme, y no puedes
imaginarte la alegría que esto me produjo. Di diez rublos para «nuestros
hermanos eslavos»... No me escuchas. Hoy no te sientes bien.
El caballero hizo una pausa.
‑Sé que ayer fuiste a consultar con ese médico
famoso. ¿Qué te dijo?
‑¡Imbécil!
‑Ánimo no te falta. Otra vez los insultos. Mi
pregunta no ha tenido ninguna segunda intención. Eres muy dueño de no contestarla.
¡Ay! Vuelve a torturarme el reuma.
‑¡Imbécil!
‑Tú padeces de reuma. Todavía me acuerdo de los
ataques del año pasado.
‑¿Reuma el diablo?
‑¿Por qué no? Me he encarnado y he de sufrir
todas las consecuencias. Satanas sum et nihil humani a me alienum puto.
‑¿Cómo? Satanas sum et nihil humani... Eso no es una tontería... para haberlo dicho el
diablo.
‑Me alegro de haber conseguido al fin tu
aprobación en algo.
‑Eso no ha sido cosa mía. Jamás he tenido ese
pensamiento. Es extraño...
‑C'est du nouveau, nest ce
pas? Esta vez voy a proceder lealmente y a
explicártelo todo. Óyeme. En los sueños, sobre todo en esas pesadillas que
proceden de un trastorno gástrico o de otra causa cualquiera, el hombre tiene a
veces visiones tan bellas, presencia escenas de la vida tan complicadas, es
testigo de una sucesión tan extraordinaria de acontecimientos y peripecias, de
hechos de gran importancia y sucesos vulgares, que ni el mismo León Tolstoi
las podría imaginar. Sin embargo, estos sueños los tienen no los grandes
escritores, sino las personas corrientes: los funcionarios, los folletinistas,
los popes... Un ministro me ha confesado que las mejores ideas acuden a él
cuando sueña. Asi ocurre ahora. Estoy diciendo cosas originales, que nunca han
pasado por tu imaginación y que en este momento capta tu imaginación como a
través de una pesadilla. Ten presente que yo soy sólo una alucinación tuya.
‑Estás desvariando. Tú mismo dices que eres un
sueño, y pretendes convencerme de que existes.
‑Amigo
mío, hoy he adoptado un método especial. Ya te lo explicaré... ¿Qué iba a
decirte? ¡Ah, sí! Me he enfriado, pero no aquí, sino... allá.
Iván, desesperado, exclamó:
‑¿Allá? ¿Dónde?... Oye, ¿tardarás todavía mucho
tiempo en marcharte?
Se sentó de nuevo en el diván y se cogió la cabeza
con las manos. Luego se quitó el paño húmedo y lo tiró con ademán despectivo.
‑¡Qué mal tienes los nervios! ‑dijo el gentleman,
con cierta insolencia, pero en tono amistoso‑. Estás indignado conmigo
porque me he enfriado. Pero no lo he podido evitar. Tenia que acudir a una
velada diplomática que se celebraba en casa de una gran dama de Petersburgo y a
la que habían de asistir ministros vestidos de etiqueta, con guantes y corbata
blanca. Pero entonces estaba... muy lejos y, para llegar a la tierra, tenía que
cruzar el espacio. Desde luego, esto es para mí cuestión de un instante, aunque
la luz del sol tarda ocho minutos. Sin embargo, mi levita y mi chaleco
escotado abrigaban poco. Los espíritus no se hielan, pero como yo estoy
encarnado... En una palabra, que he obrado a la ligera. En él espacio, en el
éter, en el agua, hace tanto frío, que llamarle frío es poco. ¡Ciento
cincuenta grados bajo cero! Todo el mundo conoce la broma de las lugareñas.
Cuando la temperatura es de treinta grados bajo cero, las aldeanas proponen a
algún bobalicón que lama un hacha. La lengua se hiela instantáneamente y se
deja la piel en el hacha. ¡Eso sólo a treinta grados bajo cero! A ciento
cincuenta, bastaría, sin duda, tocar un hacha con un dedo para que éste
desapareciera... Claro que para eso sería preciso que hubiera un hacha en el
espacio...
‑¿Pero es posible eso? ‑preguntó Iván
Fiodorovitch, que luchaba con todas sus fuerzas para hacer frente a su delirio
y no dejarse arrastrar a la locura.
‑¿A qué te refieres? ‑dijo el visitante,
sorprendido‑. ¿A que haya un hacha en el espacio?
‑Sí, ¿qué le pasaría a ese hacha si estuviera
allí? ‑insistió Iván, obstinado y furioso.
‑¡Un hacha en el espacio! Quelle idée!
Si estuviera a la distancia debida, creo que empezaría a dar vueltas alrededor
del planeta como un satélite. Los astrónomos calcularían las horas de su
salida y de su puesta, y Gatsouk [L118]la registraría en su almanaque.
‑¡Eso es una necedad, una tremenda necedad! Di
mentiras más ingeniosas o dejaré de escucharte. Quieres vencerme con procedimientos
realistas, convenciéndome de que existes. ¡Pero yo no lo creo!
‑Sin
embargo, no miento; te estoy diciendo la pura verdad. Por desgracia, la verdad
no es casi nunca ingeniosa. Advierto que esperas de mi cosas grandes, tal vez
hermosas. Lo siento, pero yo sólo doy lo que puedo dar.
‑¡Basta de filosofías, asno!
‑¿Crees que puedo filosofar teniendo todo el
costado derecho casi paralizado por el reuma? He ido a la consulta de la
facultad de medicina. Allí hay médicos que dan magníficos diagnósticos y
explican perfectamente las enfermedades, pero son incapaces de curar. Un
estudiante entusiasta me dijo: «Si se muere, sabrá usted con exactitud cuál es
la enfermedad que padece.» Tienen la mania de enviar a los enfermos a los
especialistas. «Nosotros nos limitamos a diagnosticar. Vaya a ver a Fulano y
él lo curará.» Ya no se encuentran médicos que traten todas las enfermedades,
como los que había antes. Ahora sólo hay especialistas que utilizan la publicidad.
Si uno está enfermo de la nariz, te envían a un gran especialista de la
capital francesa. Éste le examina la nariz y le dice: «Sólo le puedo curar la
fosa nasal derecha, pues las fosas nasales izquierdas no entran en mi
especialidad. Vaya a Viena, donde hay un especialista de fosas nasales
izquierdas.» En vista de ello, he recurrido a los remedios de vieja. Un médico
alemán me aconsejó que, después del baño, me frotara con una mezcla de miel y
sal. Cuando iba a los baños por puro placer, me embadurnaba. El tratamiento
fue inútil. Desesperado, escribí al conde Mattei, de Milán, el cual me envió
un libro y unas píldoras. ¡Que Dios lo perdone! Al fin, me curé con el
extracto de malta de Hoff. Lo compré al azar, tomé frasco y medio, y sané
completamente. Por gratitud, decidí hacer público este éxito, pero esto fue
harina de otro costal: ningún periódico quería insertar mi escrito. En uno me
dijeron: «Esto es demasiado reaccionario. Nadie lo creerá, ya que le diable
n'existe point. Publíquelo sin firma.» Pero, ¿qué fuerza puede tener un
escrito anónimo? Bromeé con los empleados. «En nuestra época ‑dije‑,
lo reaccionario es creer en Dios. Yo soy el diablo.» «Desde luego, todo el
mundo se cree el diablo, pero lo que usted nos propone podría ser un perjuicio
para nuestro programa. A menos que usted diera al asunto un tono humorístico.»
Pero yo me dije que proceder así sería una indelicadeza. Y mi testimonio no se
hizo público. Uno de los mejores sentimientos, el de la gratitud, quedaba
anulado por una posición social.
‑Vuelves a caer en la filosofía ‑dijo
Iván, indignado.
‑¡Dios
me libre! Lo que ocurre es que, a veces, uno no puede menos de quejarse. Se me
calumnia. Me estás llamando imbécil a cada momento. Bien se ve que eres joven.
Amigo mío, en todo esto no hay más que humor. La naturaleza me ha proporcionado
un corazón bondadoso y alegre. « Yo también he escrito vodeviles[L119]». Yo creo que me tomas por
un viejo Klestakov, pero mi destino es mucho más serio. Por una especie de
decreto incomprensible, tengo la misión de negar. Sin embargo, soy bueno a
inepto para la negación. Me dicen: «Es preciso que niegues. Sin negación no
hay crítica y, ¿qué sería de las revistas sin la crítica? Sólo quedaría de
ellas un hosanna. Pero en la vida esto no es suficiente; es necesario
que este hosanna pase por el crisol de la duda, etc., etc.» Por otra
parte, yo no tengo ninguna responsabilidad en todo esto; yo no he inventado la
critica. Fui un simple emisario; se me obligó a hacer crítica, y la vida empezó
entonces. Pero yo, que comprendo esta comedia, deseo desaparecer. «No ‑me
replican‑; es necesario que vivas, pues sin ti nada existiría. Si todo
fuera buen juicio en la tierra, no pasaría nada. Sin tu intervención no se
producirían acontecimientos, y los acontecimientos son necesarios.» Por eso,
aun contra mi voluntad, cumplí mi misión de producir acontecimientos, y
obedezco la orden de ir contra la razón. La gente toma esta comedia en serio, a
pesar de su evidente humorismo. Para la gente es una tragedia. El sufrimiento
de esos seres es indudable. En compensación, viven una vida real, no
imaginaria, pues el sufrimiento es la vida. ¿Qué placer podría ofrecernos la
vida si el sufrimiento no existiera? Parecería un tedéum interminable. Esto es
santo, pero tedioso. Yo, en cambio, sufro, pero no vivo. Soy la X de una
ecuación desconocida, el espectro de la vida que ha perdido la noción de las
cosas y olvida hasta su nombre. ¿Te ríes? No, no te ríes, estás enojado, como
de costumbre. Siempre te faltará el humor. Pues bien, te lo repito: daría toda
mi vida sideral, todos los grados y todos los honores, por encarnar en el alma
de un comerciante obeso a ir a encender cirios en las iglesias.
‑Tú tampoco crees en Dios ‑dijo Iván, con
una sonrisita de odio.
‑¿Hablas en serio?
‑¡Contesta! ‑exclamó Iván, furioso‑.
¿Existe Dios, o no existe?
‑Ya veo que hablas en serio. Amigo mío, Dios es
testigo de que de eso no sé nada. Es todo lo que puedo decirte.
‑¡Tú si que no existes! ¡Eres yo mismo y nada
más! ¡Eres una quimera!
‑Reconozco que mi filosofía es la misma que la
tuya. Je
pense, donc je suis. Pero,
respecto a los demás, a esos otros mundos..., a Dios, al mismo Satán, no tengo
ninguna prueba. ¿Poseen una existencia propia o son únicamente una emanación
de mi ser, una expansión de mi yo, que existe temporalmente como persona?... No
sigo, porque veo en lo cara que sientes deseos de pegarme.
‑Será preferible que me cuentes una anécdota.
‑Precisamente tengo una que se ajusta
perfectamente al tema de nuestra conversación, pues es más una leyenda que una
anécdota. Me reprochas mi incredulidad, pero no soy el único incrédulo. En mi
mundo todos están trastornados a causa del progreso de vuestras ciencias.
Cuando sólo se habla de átomos, de los cinco sentidos, de los cuatro elementos,
la cosa podía pasar. Los átomos ya eran conocidos en la antigüedad. Pero
últimamente habéis descubierto la molécula química, el protoplasma, y sabe el
diablo cuántas cosas más. Al enterarse de todo esto, los nuestros se asustaron
y hubo una verdadera epidemia de chismes y supersticiones. Tuvimos tantos como
vosotros o más. Tampoco faltaron las delaciones. Y organizamos una sección de
investigaciones secretas, en la que eran bien recibidas las informaciones de
los particulares. Pues bien, esta leyenda de nuestra época medieval, de la
nuestra, no de la vuestra, sólo halla algún crédito entre los comerciantes poderosos,
los nuestros, no los vuestros. Todo lo que existe entre vosotros, lo tenemos
nosotros también. Te revelo este secreto por amistad, rompiendo una rigurosa
prohibición. La leyenda se refiere al paraiso. En la tierra había cierto
filósofo que lo negaba todo: las leyes, la conciencia, la fe y, esto
especialmente, la vida futura. Cuando murió, creyó que se iba a encontrar en
las tinieblas de la nada, y he aquí que se vio ante la vida futura. Se asombró
y se indignó. «Esto va contra mis convicciones», dijo. Y se le condenó por
estas palabras... Perdóname, pero te lo cuento como me lo contaron a mi... Se
le condenó a recorrer en las tinieblas un cuatrillón de kilómetros (también
nosotros medimos por kilómetros ahora). Y cuando haya acabado este recorrido,
las puertas del paraíso se le abrirán y se le perdonará todo.
‑¿Qué tormentos hay en el otro mundo además del
«cuatrillón»? ‑preguntó Iván con una animación extraña.
‑¡No me hables! Antes los había para todos los
gustos; ahora se recurre cada vez más al sistema de las torturas morales, al
remordimiento y otras trivialidades por el estilo. Esto es lo que debemos a
vuestra ocurrencia de suavizar las costumbres. ¿Quién se beneficia de ello?
Sólo los que no tienen conciencia, ya que se rien del remordimiento. En
cambio, las personas rectas, las que poseen el sentimiento del honor, padecen.
Éste es el resultado de esas reformas realizadas sin la debida preparación y
copiadas de instituciones extranjeras. Es un sistema sencillamente lamentable.
Era preferible el fuego de antaño. Pues bien, el condenado al «cuatrillón»
mira en todas direcciones y luego se echa en el camino. « Por principio, me
niego a andar.» Toma el alma de un ateo ruso esclarecido, mézclala con la del
profeta Jonás, que estuvo tres días y tres noches gruñendo en el vientre de una
ballena, y obtendrás el tipo de nuestro recalcitrante pensador.
‑¿Sobre qué se echó?
‑Puedes estar seguro de que encontró algo en
donde echarse.
‑¡Bien! ‑exclamó Iván, que seguía muy
animado y escuchaba con inusitada curiosidad‑. ¿Y estará siempre echado?
‑No. Mil años después, se levantó y echó a
andar.
‑¡Qué tonto!
Sonrió nervioso, y quedó pensativo.
‑¿Acaso no es igual estar echado eternamente
que recorrer un cuatrillón de kilómetros? En esto se tardaría un billón de
años.
‑Tal vez más. Si tuviéramos lápiz y papel,
podríamos calcularlo. Terminó su viaje hace ya mucho tiempo. Y aquí empieza la
anécdota.
‑¿Pero cómo ha podido llegar? ¿De dónde ha
sacado el billón de años?
‑Hablas como si sólo hubiera existido la tierra
actual. La tierra se ha reproducido lo menos un millón de veces. Se heló, se
agrietó, se disgregó, se descompuso en sus elementos y de nuevo la cubrieron
las aguas. Después volvió a ser un cometa, y luego un sol, de donde salió el
globo. Este ciclo se ha repetido infinidad de veces del mismo modo, con todos
sus detalles. Esto es horriblemente tedioso...
‑Bueno, ¿qué ocurrió cuando el pensador hubo
recorrido el cuatrillón de kilómetros?
‑Entró en el paraíso, y apenas habían
transcurrido dos segundos, reloj en mano (aunque creo que su reloj se
descompondría en sus elementos durante el viaje), exclamó que por aquellos dos
segundos se podían recorrer no sólo un cuatrillón de kilómetros, sino un
cuatrillón de cuatrillones. En una palabra, que cantó el hosannu y exageró
hasta el punto de que los pensadores más austeros le negaron el saludo durante
algún tiempo. Se había pasado al conservadurismo con demasiada rapidez. Así es
el temperamento ruso. Te repito que esto es una leyenda. Ya ves las ideas que
corren sobre esas materias en nuestro país.
‑¡Ya
te tengo! ‑exclamó Iván con alegría infantil y como si recobrase de
pronto la memoria‑. ¡Esa leyenda del cuatrillón de kilómetros la ideé yo
mismo! Entonces tenía diecisiete años y se me ocurrió en el colegio. En Moscú se
la conté a un camarada llamado Korovkine. Es una leyenda muy característica. La
había olvidado, pero la he recordado inconscientemente. No ha salido de ti.
Algo semejante ocurre a los que van al suplicio y a los que sueñan: un aluvión
de hechos pasados acude a su memoria. Tú eres sólo un sueño.
‑La violencia de tus negaciones prueba que
crees en mi ‑dijo el caballero alegremente.
‑¡De ningún modo! ¡No te concedo ni una
centésima de crédito!
‑¿Tampoco
una milésima? Las dosis homeopáticas son a veces muy fuertes. Confiesa que me
concedes, por los menos, una diezmilésima.
‑¡No! ‑replicó Iván, irritado‑. Sin
embargo, quisiera creer en ti.
‑¡Eso es toda una confesión! Como soy generoso,
voy a ayudarte. Yo sí que te tengo a ti. Te he contado esta leyenda para desengañarte
definitivamente respecto a mí.
‑Mientes. La finalidad de tu aparición ha sido
convencerme de tu existencia.
‑Precisamente. Pero las vacilaciones, las
inquietudes, la lucha entre la duda y la fe suelen ser tan atormentadoras, que
pueden llegar a hacer desear la muerte a un hombre tan escrupuloso como tú. Al
saber que crees un poco en mi, te he contado esta leyenda para sumirte
definitivamente en la duda. Tengo mis motivos para hacerte oscilar entre la
incredulidad y la fe. Es un nuevo método que he adoptado. Te conozco y sé que
cuando dejes de creer en mi por completo, empezarás a decir que no soy un
sueño, que existo verdaderamente. Entonces habré alcanzado mi objetivo. Un
objetivo noble, pues depositaré en ti un minúsculo germen de fe, del que nacerá
una encina, una encina tan grande que será tu refugio. Entonces cumplirás tu
vivo y secreto deseo de ser un anacoreta. Y vivirás en el desierto y te
dedicarás de lleno a la salvación de tu alma.
‑¿Tú interesarte por mi salvación, miserable?
‑Hay que hacer alguna buena obra de vez en
cuando. ¿Acaso te molesta?
‑¡Eres un bufón! ¿Pretendes hacerme creer que
has tentado alguna vez a los que oran diecisiete años en el desierto, se
alimentan de saltamontes y se cubren de musgo?
‑No he hecho otra cosa en mi vida. Uno se
olvida de todo cuando se encuentra ante una de esas almas que son verdaderos
tesoros, estrellas que valen por constelaciones enteras. También nosotros
tenemos nuestra aritmética. Triunfar en estos casos es una gran victoria.
Aunque no lo creas, algunos de esos solitarios te aventajan en intelecto.
Pueden contemplar simultáneamente tales abismos de fe y de duda, que están a
punto de sucumbir.
‑Pero tenías que retirarte con un palmo de
narices.
‑Amigo mío ‑replicó sentenciosamente el
visitante‑, más vale tener las narices largas que no tener nariz. Así lo
decía recientemente un marqués enfermo (sin duda, estaba en manos de un
especialista) al confesarse con un padre jesuita. Yo presencié la confesión.
Fue muy divertido. «Devuélveme la nariz», decía el marqués, golpeándose el
pecho. «Hijo mío ‑repuso el padre‑, todo está regulado por los
decretos insondables de la providencia. Un mal visible conduce a veces a un
bien oculto. Un destino cruel lo ha privado de su nariz, pero esto supone para
usted la ventaja de que nadie podrá decirle que tiene la nariz demasiado
larga.» El marqués repuso, desesperado: « ¡Eso no es un consuelo, padre mío!
Por el contrario, me encantaría tener las narices largas, con tal que no me
faltasen.» El padre suspiró y dijo: «Hijo mío, no se pueden pedir todos los
bienes a la vez. Ha murmurado de la providencia, y ella, ni aun así lo ha
abandonado, pues si usted desea, como acaba de decir, tener una nariz larga, su
deseo se ha cumplido indirectamente, ya que, por el hecho mismo de carecer de
nariz, tiene largas las narices...»
‑¡Eso es una estúpida incongruencia! ‑exclamó
Iván.
‑Amigo mío, sólo pretendía hacerte reir. Te
aseguro que ésta es la casuística de los jesuitas y que todo lo que te he
contado es verdad. El caso, como te he dicho, es reciente, y me causó muchas
preocupaciones. Ya en su casa, el desgraciado marqués estuvo toda la noche
torturándose el cerebro, y yo no te abandoné hasta el último instante... Los
confesionarios de los jesuitas son para mí una grata distracción en los
momentos de pesar. He aquí una anécdota de estos últimos días. Una joven
normanda, rubia, de veinte años, se presenta a un viejo padre para confesarse.
La muchacha es una belleza y tiene un cuerpo magnífico. Se arrodilla, y, a
través del enrejado, confiesa su pecado en voz baja. El padre exclama: «¿Cómo
has podido volver a caer, hija mía? ¡Y con otro, Virgen santa! ¿Hasta cuándo va
a durar esto? ¿No te da vergüenza?» Y la pecadora responde entre lágrimas: «Ah, mon
pére, ça lui a fait tant de plaisir et a moi si peu de peine!» Analiza esta respuesta. Es un grito de la
naturaleza y vale más que la inocencia más pura. Le dio la absolución, y ya me
disponía a marcharme, cuando oí que citaba a la joven para aquella misma noche.
Cualquiera que fuese su resistencia al pecado, el viejo había cedido a la
tentación. La naturaleza, la verdad, se vengaron. ¿Por qué pones esa cara?
¿Todavía estás enojado? No sé qué hacer para serte agradable.
‑Déjame. Me obsesionas como una pesadilla ‑exclamó
Iván vencido por su alucinación‑. Me aburres y me atormentas. Daría
cualquier cosa por poder alejarte de mi.
‑Ten calma ‑dijo el caballero, con acento
cautivador‑. Modera tus exigencias, no me pidas nada grande ni hermoso, y
verás como llegamos a ser buenos amigos. Sin duda, te molesta que me haya
presentado a ti como lo he hecho: no he aparecido envuelto en una luz roja,
entre truenos y relámpagos, y con unas alas de color de fuego, sino
modestamente vestido. Esto ha sido una ofensa, primero para tus gustos
estéticos y después para tu orgullo. ¡Un gran hombre como tú recibir la visita
de un diablo tan vulgar! Posees esa fibra romántica que ha ridiculizado
Bielinski. ¡Qué le vamos a hacer! Hace un momento, viniendo hacia aquí, se me
ha ocurrido, por puro pasatiempo, presentarme bajo la apariencia de un
consejero de estado retirado. Me proponía lucir las condecoraciones de las
órdenes del León y del Sol en vez de las medallas de la estrella Polar o de
Sirio! Continuamente me estás llamando tonto. Desde luego, no pretendo tener tu
inteligencia. Mefistófeles, al aparecerse a Fausto, afirma que desea el mal y
sólo hace el bien. A mí me ocurre lo contrario. Yo soy tal vez el único ser en
el mundo que ama la verdad y desea sinceramente el bien. Yo estaba presente
cuando el Verbo crucificado subió al cielo, llevándose el alma del buen ladrón.
Oí las aclamaciones gozosas de los querubines que cantaban el hosanna y
los himnos de los serafines que hacían temblar el universo. Pues bien; te juro
por lo más sagrado que de buena gana me habría unido a los coros y gritado «Hosanna!»
Poco faltó para que lo hiciera. Ya sabes que soy muy sensible, a impresionable
desde el punto de vista estético. Pero el buen sentido, que es la más
desdichada de mis cualidades, me contuvo, y no aproveché el momento propicio. Y
es que pensé qué sucedería si yo cantaba el hosanna. Todo se extinguiría
en el mundo; nunca volvería a pasar nada. He aquí como los deberes de mi cargo
y mi posición social me obligaron a rechazar un noble impulso y a continuar
sumergido en la infamia. Otros se atribuyen todo el honor del bien; a mí sólo
me dejan la infamia. Pero no envidio el honor de vivir a expensas del prójimo.
No soy ambicioso. ¿Por qué he de ser yo la única criatura condenada a recibir
las maldiciones de las personas honorables a incluso sus puntapiés, ya que, al
haberme encarnado, he de sufrir reveses de esta índole? En esto hay un
misterio. Nadie me lo quiere revelar por temor a que entone el hosanna,
lo que motivaría que las indispensables imperfecciones desaparecieran. Esto
significaría el fin de todo, incluso de los periódicos y revistas, que se
quedarían sin abonados. Sé perfectamente que al fin me reconciliaré, recorreré
el cuatrillón de kilómetros y se me revelará el secreto. Pero, entre tanto,
cumplo, gruñendo y contra mi voluntad, mi misión de perder a miles de hombres
para salvar a uno solo. Por ejemplo, ¡cuántas almas fue necesario perder y
cuántas reputaciones hubo que manchar para obtener aquel hombre justo que se
llamó Job y que utilizaron tan malignamente para atraparme, hace ya mucho
tiempo! Hasta que se me revele el secreto, sólo habrá para mí dos verdades: la
de allá lejos, la luz, que ignoro por completo, y la mía. Ya veremos cuál es la
más pura... ¿Te has dormido?
‑No ‑gimió Iván‑. Estoy pensando
que todo lo malo que hay en mí, todo lo que hace ya mucho tiempo digerí y
eliminé como un excremento, tú me lo presentas como una novedad.
‑Entonces, he fracasado. Pretendía cautivarte
con mi elocuencia. Lo del hosanna en el cielo no está del todo mal. ¿Y
qué me dices de mi sarcasmo a lo Heine?
‑Yo no he tenido jamás espíritu de lacayo. No
comprendo cómo ha podido producir mi alma un ser tan vil como tú.
‑Amigo mío, conozco a un simpático joven ruso,
amante de la literatura y el arte, que ha escrito un prometedor poema titulado El
Gran Inquisidor. A ese joven me dirigía.
‑¡Te
prohíbo que hables de El Gran Inquisidor! ‑exclamó Iván, rojo de
vergüenza.
‑Y el cataclismo geológico... ¿Te acuerdas?
‑¡Calla o te mato!
‑No, no me mates antes de que te explique
algunas cosas. Precisamente he venido para procurarme este placer. ¡Oh, cómo
me seducen los sueños de mis amigos jóvenes, fogosos, sedientos de vida! La
primavera pasada, cuando te disponías a venir aquí, decías: «Allí viven
hombres nuevos que lo quieren destruir todo y volver a la antropofagia. Esos
necios no me han consultado. A mi juicio, lo único que hay que destruir es la
idea de Dios en la mente del hombre. Por aquí hay que empezar. ¡Qué ciegos son!
¡No comprenden nada! Cuando la humanidad entera prefiere el ateismo (yo creo
que esta era llegará a su debido tiempo, lo mismo que fueron llegando las
épocas geológicas), desaparecerá, sin que haya que pasar por la antropofagia,
la antigua concepción del mundo y, sobre todo, la antigua moral. Los hombres se
unirán para extraer de la vida todos los goces posibles, pero sólo goces de
este mundo. El espíritu humano se elevará hasta alcanzar un orgullo titánico:
será como una humanidad divinizada. El triunfo continuo y grandioso y de la
naturaleza, mediante la ciencia y la energía, constituirá para el hombre una
alegría tan incesante a intensa, que sustituirá sobradamente en él a las
alegrías del cielo. Todos sabrán que son perecederos sin esperanza de
resurrección, y se resignarán a morir, con sereno orgullo, como dioses. Por
dignidad, se abstendrían de murmurar de la brevedad de la vida y amarán al
prójimo desinteresadamente. El amor sólo proporcionará una satisfacción
limitada, pero el mismo sentimiento de su limitación reforzará su intensidad,
tanto como ahora se debilita al diseminarse en la esperanza de un amor eterno,
de ultratumba...» Etc., etc. ¡Era magnífico!
Iván se había tapado los oídos, miraba al suelo y
temblaba de pies a cabeza. El visitante continuó:
‑El joven pensador seguía diciendo: «Pero nos
preguntamos si esta época llegará. En caso afirmativo, todo quedará resuelto, y
la humanidad se organizará definitivamente. Pero como, dada la necedad
inveterada de la especie humana, esto tal vez no se realice hasta dentro de
miles de años, todo hombre consciente de la verdad tiene derecho a reglamentar
su vida como le plazca, ajustándola a los nuevos principios. Admitido esto,
habrá que admitir también que ese hombre tiene derecho a todo. Es más: incluso
aunque esta época no haya de llegar nunca, el hombre nuevo, sabiendo que Dios y
la inmortalidad no existen, puede convertirse en un hombredios, aun en el caso
de que sea el único que viva así. Ese hombre podría hacer caso omiso, sin la
menor preocupación, de las reglas tradicionales de la moral, esas reglas a las
que el ser humano está sujeto como un esclavo. Para Dios no hay leyes. En
cualquier parte en que se encuentre, está en su sitio. En cualquier parte donde
yo esté, me encontraré en el primer puesto... En una palabra: tengo derecho a
todo.» Es un razonamiento encantador. Claro que si uno quiere trampear, ¿para
qué necesita la verdad? Pero el ruso contemporáneo es así: adora de tal modo
la verdad, que no se decide a utilizar el engaño como no pueda apoyarse en
ella...
Arrastrado por su elocuencia, el visitante levantaba
cada vez más la voz y miraba irónicamente a Iván Fiodorovitch. Pero no pudo
continuar: Iván cogió de pronto un vaso que había sobre la mesa y se lo arrojó
al orador.
‑Ah, mais c'est bête
enfin! ‑exclamó éste, levantándose de un salto
y secándose las ropas salpicadas de té‑. Sin duda, te has acordado del
tintero de Martín Lutero. Pretendes ver en mi un sueño, pero esto no te impide
arrojarme un vaso. Es un acto propio de una mujer. Ya me parecía a mi que
fingías taparte los oídos y que, en realidad, me estabas escuchando.
En este
momento alguien llamó a la ventana insistentemente. Iván Fiodorovitch se
levantó.
‑¿Oyes? ‑dijo el visitante‑. Abre.
Es tu hermano Aliocha, que viene a darte una noticia inesperada. Créeme.
‑¡Calla, impostor! ‑exclamó Iván‑.
Sabía que era Aliocha el que llamaba. No necesitaba que me lo dijeses. Lo
presentía, y es natural que traiga alguna noticia: no va a venir por nada.
‑Entonces, ve a abrirle. Es tu hermano y está
nevando. Monsieur sait‑il le temps qu'il fait? C'est à ne pas mettre un chien
dehors...
Seguían llamando. Iván quería correr hacia la
ventana, pero seguía paralizado. Hacía grandes esfuerzos para romper las
ligaduras que lo inmovilizaban; no lo conseguía. Los golpes en la ventana eran
cada vez más fuertes. Al fin, las ligaduras se rompieron a Iván Fiodorovitch
quedó en libertad.
Las dos
bujias estaban llegando a su fin. El vaso que había arrojado al visitante
volvía a estar sobre la mesa. En el diván de enfrente no había nadie. Se oían
aún los golpes en la ventana, pero no tan fuertes como antes le habían parecido
a Iván. Incluso podían calificarse de discretos.
‑¡No ha sido un sueño! ¡No, no ha sido un
sueño! Todo ha sucedido realmente.
Corrió hacia la ventana y la abrió.
Al ver a su hermano, le gritó, furioso:
‑¿Por qué has venido, Aliocha? ¡Te prohibí que
vinieras! Dime en dos palabras qué quieres. En dos palabras, ¿oyes?
‑Smerdiakov se ha ahorcado ‑dijo Aliocha.
‑Ve
a la puerta. Voy a abrir.
Y salió corriendo de la habitación.
CAPÍTULO X
«ÉL
ME LO HA DICHO»
Aliocha explicó a Iván que, hacia aproximadamente una
hora, María Kondratievna se había presentado en su casa para decirle que
Smerdiakov se acababa de suicidar. Al entrar en su habitación con el samovar,
lo había visto colgado de un clavo. Aliocha le preguntó si había denunciado el
hecho, y ella le respondió que no había hablado con nadie antes de verle a él.
Temblaba como una hoja. Aliocha la acompañó a su casa y vio a Smerdiakov
colgado del clavo. En la mesa había un papel con estas palabras: «Pongo fin a
mi vida por mi propia voluntad. Que no se culpe a nadie de mi muerte.» Aliocha
dejó el papel en la mesa y se dirigió a casa del ispravnik.
‑Y de allí he venido aquí ‑terminó,
mirando a Iván fijamente.
La expresión del rostro de su hermano le preocupaba.
De pronto dijo:
‑Tú estás enfermo, Iván. Me miras como si no
comprendieras lo que te estoy diciendo.
‑Has hecho bien en venir ‑dijo Iván,
pensativo y como si no hubiera oído las últimas palabras de Aliocha‑.
Sabía que Smerdiakov se había ahorcado.
‑¿Por quién lo has sabido?
‑No lo sé, pero lo cierto es que lo sabía...
¡Ah, ya sé por quién lo he sabido! Me lo ha dicho él. Sí, él me lo acaba de
decir.
Iván estaba en medio de la habitación, abstraído, con
la vista en el suelo.
‑¿Quién es él? ‑preguntó Aliocha,
mirando involuntariamente en todas direcciones.
‑Se ha ido.
Iván levantó la cabeza y sonrió dulcemente.
‑Ha huido de ti porque te teme. Eres un
querubín. Así te llama Dmitri: querubín. ¡Ah, el grito ensordecedor de los
serafines!... ¿Qué es un serafin? Tal vez toda una constelación. Y una
constelación acaso no sea más que una molécula química... Oye, ¿sabes si
existen las constelaciones del León y del Sol?
‑Siéntate, Iván ‑dijo Aliocha, inquieto‑,
siéntate en el diván, haz el favor. Estás delirando. Échate y apoya la cabeza
en el cojín. Así. ¿Quieres que te ponga una toalla húmeda en la cabeza? Esto te
aliviará.
‑Dame el paño que hay en la silla. Lo he echado
hace un momento.
‑Aquí no hay nada. Pero no te preocupes, que
aquí veo uno.
Aliocha se refería a un paño limpio y seco que había
visto junto al lavabo.
Iván lo cogió y lo observó atentamente, con una
extraña expresión en los ojos. De pronto dijo, incorporándose:
‑Hace un rato me he puesto en la cabeza este
paño humedecido. Después lo he echado allí. ¿Cómo se explica que esté seco? No
había otro.
‑¿Estás seguro de que te has puesto este paño
en la cabeza?
‑Sí, y me he paseado por la habitación. ¿Cómo
es que se han consumido las bujias? ¿Qué hora es?
‑Pronto serán las doce.
‑¡No,
no ha sido un sueño! ‑exclamó Iván‑. Estaba aquí, en ese diván.
Cuando tú has llamado a la ventana, le he arrojado un vaso, ese mismo que está
en la mesa. Escucha, no ha sido la primera vez. Pero no son sueños, es
realidad. Aunque estoy como dormido, ando, hablo, veo... Él estaba aquí, en ese
diván... ¡Qué tonto es, Aliocha! ¡Es tonto de remate!
Iván se echó a reir y empezó a pasear por la
habitación.
‑¿Quién es ese tonto? ‑preguntó
ansiosamente Aliocha‑. ¿De quién hablas?
‑Del diablo. Viene a verme. Ha venido ya dos o
tres veces. Está molesto conmigo. Cree que yo le desprecio por ser un simple
diablo y no Satanás, el de las alas rojas, que aparece entre truenos y
relámpagos. No es más que un impostor, un diablo de ínfima categoría. Va a los
baños. Estoy seguro de que, si lo desnudaramos, le veríamos una cola leonada
de un metro de largo y tan pelada como la de un perro danés... Estás helado,
Aliocha; la nieve ha caído sobre ti. ¿Quieres un poco de té? Está frío; voy a
preparar el samovar... C'est à ne pas mettre un chien dehors...
Aliocha mojó el paño en el lavabo a toda prisa,
convenció a Iván de que volviera a sentarse y le puso el paño en la cabeza.
Luego se sentó a su lado.
‑¿Qué
me decías hace un rato de Lise? ‑preguntó Iván, cuya locuacidad aumentaba
por momentos‑. Lise me gusta. Pienso en mañana con temor, sobre todo por
Katia, por el porvenir. Mañana me aplastará y me abandonará. Cree que voy a
perder a Mitia por celos. Lo cree, pero no es verdad. Mañana habrá una cruz, no
una horca. No, no me ahorcaré. Bien sabes, Aliocha, que yo no me ahorcaré
jamás. ¿Por cobardía? No; no soy un cobarde. No me mataré porque amo la vida.
¿Cómo sabía yo que Smerdiakov se había ahorcado? ¡Ah, sí; me lo ha dicho él!
‑¿Estás seguro de que ha venido alguien aquí?
‑Sí; estaba sentado en ese diván. Sin duda, lo
has echado tú. Sí, tú lo has hecho huir: ha desaparecido cuando tú has
llegado... Me gusta tu cara, Aliocha. ¿Lo sabías?... Oye, él soy yo, yo
mismo; él es todo lo que hay en mí de despreciable, de mezquino, de
vil. Él sabe que soy un romántico; me lo dice como un insulto. Tiene la
cabeza vacía; pero por eso mismo triunfa. Es astuto, brutalmente astuto, y
sabe sacarme de mis casillas. Me ha herido diciéndome que creo en él, y así ha
conseguido que lo escuchen. Me ha engañado como a un niño. Sin embargo, ha
dicho por mi muchas verdades cosas que yo no me atreví a decirme a mí mismo
jamás.
Iván bajó la voz y terminó, confidencialmente:
‑Quisiera que fuese realmente él y no
yo.
‑Te ha
fatigado ‑dijo Aliocha, compadecido.
‑Me ha molestado con gran habilidad. Ha dicho:
«¿Qué es la conciencia? La conciencia la he inventado yo. ¿Por qué se siente
remordimiento? Por costumbre, una costumbre que tiene la humanidad desde hace
siete mil años. Librémonos de esta costumbre y seremos dioses.» Así lo ha
dicho.
‑¡Pero no lo has dicho tú, no lo has dicho tú! ‑exclamó
Aliocha con ojos resplandecientes‑. En fin, no pienses en eso, olvídalo.
¡Que se lleve consigo todo lo que ahora estás maldiciendo y que no vuelva más!
‑Es perverso ‑dijo Iván, estremeciéndose
al recordar la ofensa‑. Me ha calumniado de mil modos. Me ha calumniado
en mi propia cara. «Vas a realizar una noble acción ‑me ha dicho‑;
vas a declarar que has sido tú el culpable del asesinato, que Smerdiakov mató
a tu padre instigado por ti...»
‑¡Cálmate, Iván! Eso no es cierto. Tú no eres
culpable.
‑Lo ha dicho él, y él lo sabe. «Vas a realizar
una acción virtuosa y, sin embargo, no crees en la virtud: esto es lo que lo
irrita y lo atormenta.» Así lo ha dicho.
‑Lo has dicho tú y no él. Estás delirando.
‑No, ha sido él, y él sabe lo que dice. «El
orgullo va a dictar tus palabras. Dirás: “He sido yo quien lo ha matado.
Ustedes mienten porque están horrorizados. Pero a mi no me importa la opinión
de ustedes y me río de su horror”.» También me ha dicho: «Quieres atraerte la
admiración pública, quieres que se diga: “Es un asesino, pero ¡qué nobleza de
sentimientos la suya! Por salvar a su hermano se acusa a sí mismo”.» ¡Y eso no
es verdad, Aliocha! ‑exclamó Iván con ojos centelleantes‑. No
quiero la admiración del vulgo. Te aseguro que ha mentido. ¡Por eso le he
arrojado el vaso a la cara!
‑¡Cálmate, cálmate!
Pero Iván continuó, como si no le hubiera oído:
‑Es cruel y experto en el arte de torturar.
Apenas lo he visto, he comprendido sus intenciones. Me ha dicho que iba a
declararme culpable por orgullo, pero con la esperanza de que Smerdiakov fuera
desenmascarado y enviado a presidio, de que Mitia quedara en libertad y de que
a mí me condenaran unos, pero sólo moralmente, y otros me admirasen. Y al
decir esto se reía. « Pero Smerdiakov se ha suicidado ‑ha añadido‑.
Te has quedado solo. ¿Quién te creerá ahora? Sin embargo, irás al juicio, has
decidido ir. ¿Con qué fin, después de lo ocurrido?» ¡Qué extraño es todo esto,
Aliocha! No puedo soportar semejantes preguntas...
‑Óyeme, Iván ‑le interrumpió Aliocha,
aterrado aunque sin perder la esperanza de que su hermano volviera a la razón‑.
¿Cómo es posible que él te haya hablado de la muerte de Smerdiakov antes de mi
llegada, cuando nadie lo sabía aún y él no había tenido tiempo de enterarse?
‑¡Me ha hablado de ello, a incluso ha
insistido! ‑afirmó Iván‑. También ha repetido que yo no creía en la
virtud, pero que obraría así por principio. «Eres un puerco que te mofas de la
virtud, como se mofaba Fiodor Pavlovitch. ¿Para qué te has de sacrificar si
tu sacrificio va a ser inútil? Es algo que ignoras tú mismo y que darías
cualquier cosa por saber. Al parecer, estás decidido, pero no es así: pasarás
la noche sopesando el pro y el contra. Sin embargo, irás, bien lo sabes, y
también sabes que cualquier resolución que tomes no saldrá de ti. Irás porque
no te atreves a obrar de otro modo. ¿Por qué no te atreverás? Adivínalo: es un
enigma.» Entonces has llegado tú y él se ha marchado. Me ha llamado cobarde,
Aliocha. Le mot de l’énigme es que soy un cobarde. Lo mismo me dijo
Smerdiakov. Hay que matar a ese ser extraño. Katia me desprecia; hace un mes
que lo noto. Lise empieza a despreciarme. «Irás para que te admiren...» ¡Es una
detestable mentira! Y tú también me desprecias, Aliocha. Vuelvo a odiarte. Y
también odio a ese monstruo. ¡Que se pudra en presidio! Iré mañana a escupirles
en la cara a todos.
Iván se levantó, furioso, se quitó el paño húmedo de
la cabeza y empezó a ir y venir por la habitación. Aliocha se acordó de que,
hacía un momento, el enfermo le había dicho que a veces le parecía dormir
despierto. «Ando, hablo, veo y, sin embargo, estoy dormido.» Poco después,
Iván desvariaba por completo. Hablaba sin cesar. Se expresaba con incoherencia
y articulaba mal las palabras. De pronto, su cuerpo vaciló, pero Aliocha llegó
a tiempo para sostenerlo. Después de desnudar a su hermano mal que bien, lo
metió en la cama. Iván se sumergió en un profundo sueño. La respiración era
regular. Aliocha estuvo dos horas a su lado; luego cogió una almohada y se
echó en el diván sin desnudarse. Antes de dormirse oró por sus hermanos. Empezó
a comprender la enfermedad de Iván. «Son los tormentos de una resolución
altiva, de una conciencia exaltada.» Iván no creía en Dios, pero la verdad
divina se había impuesto en su corazón, todavia rebelde. « Muerto Smerdiakov,
nadie creerá a Iván. Sin embargo, irá a declararse culpable: Dios vencerá ‑se
dijo Aliocha con una dulce sonrisa. Y añadió amargamente‑: Iván tiene
dos caminos: o elevarse a la luz de la verdad, o sucumbir al odio, vengándose
de si mismo y de los demás por haber servido a una causa en la que no creía.»
Y rezó de nuevo por Iván.
UN ERROR JUDICIAL
CAPÍTULO PRIMERO
EL DÍA FATAL
A las diez de la mañana del día siguiente empezó la
vista de la causa contra Dmitri Fiodorovitch.
Ante todo, advertiré que me es imposible relatar los
hechos con todo detalle. Semejante exposición requeriría un grueso volumen.
Ruego, pues, que no se me reproche que me limite a referir lo que me ha
parecido más interesante. Tal vez haya tomado detalles secundarios por
importantes y acaso haya suprimido algunos de éstos... Pero no tengo por qué
excusarme: mi intención es hacer las cosas lo mejor posible, y estoy seguro de
que los lectores lo advertirán.
Antes de entrar en la sala mencionaremos ciertos
hechos que llamaron la atención de todos. Se sabía el interés que había despertado
este juicio, la impaciencia con que se le esperaba, las discusiones y
conjeturas que venía provocando desde hacia dos meses. No se ignoraba tampoco
que el asunto era conocido en toda Rusia. Pero nadie esperaba que hubiera
despertado un interés tan extraordinario fuera de nuestra localidad. Llegó
gente no sólo de la capital del distrito, sino de otras ciudades, a incluso de
Moscú y Petersburgo: juristas, personalidades de todas clases, damas... Las
tarjetas de entrada se agotaron rápidamente. Para los visitantes de categoría
se reservaron asientos, sillones detrás de la mesa del tribunal, cosa nunca
vista. El elemento femenino era muy numeroso: lo menos la mitad del público
estaba formado por damas. Los juristas abundaban también de tal modo, que no
se sabía dónde colocarlos. Había sido necesario construir a toda prisa para
ellos una especie de tribuna en el fondo de la sala, detrás del estrado. Algunos
no tenían asiento, pero se felicitaban de haber podido entrar. Y lo mismo podía
decirse del público que, en masa compacta, permanecía de pie en la sala, de la
que se habían retirado todas las sillas, con objeto de que hubiera más espacio.
Algunas damas aparecían en las tribunas ataviadas como para una ceremonia. Este
caso se daba especialmente entre los forasteros. Pero la mayoría de ellas no se
habían preocupado en absoluto por su atavío. En sus semblantes se leía una
ávida curiosidad. Una de las particularidades más notables de este público
femenino, particularidad que se evidenció en el curso de los debates, era la
simpatía que la mayoría de las damas sentían por Dmitri, simpatía fundada, sin
duda, por el éxito que el acusado había tenido siempre con las mujeres. El deseo
general de las damas era que le declarasen inocente.
Se daba por segura la presencia de las dos rivales.
Especialmente Catalina Ivanovna había despertado un interés general. Se decían
cosas extraordinarias de ella, de su pasión avasalladora por Mitia aun después
del crimen. Se hablaba de su orgullo (no visitaba a nadie) y de sus relaciones
con el gran mundo. Se rumoreaba que Katia tenía el propósito de pedir al
gobierno autorización para acompañar al criminal a presidio y casarse con él
bajo tierra, en las minas. La aparición de Gruchegnka se esperaba con no menos
interés. El encuentro de las dos rivales ‑la joven distinguida y la
ramera‑ en la audiencia había despertado verdadera curiosidad. Las
mujeres conocían mejor a Gruchegnka, que «había perdido a Fiodor Pavlovitch y a
su hijo», y casi todos se extrañaban de que «una mujer tan ordinaria a incluso
nada bonita» hubiera podido subyugar al padre y al hijo. Sé positivamente que
en nuestra localidad se produjeron graves querellas familiares a causa de
Mitia. Más de una mujer había disputado con su marido sobre el lamentable
suceso, y es natural que estos esposos acudieran a la audiencia como enemigos
del acusado. Hablando en términos generales, puede decirse que los hombres
miraban al inculpado con hostilidad. Se veían rostros varoniles severos,
ceñudos a incluso irritados. Y estos semblantes eran mayoría. Mitia había
insultado a muchos hombres durante su estancia entre nosotros. No cabía duda de
que algunos espectadores no sólo eran indiferentes a la suerte de Mitia, sino
que se alegraban de verlo comprometido, aun estando interesados en el
desenlace del asunto. La mayoría de ellos deseaban que se castigase al acusado,
exceptuando a los juristas, que miraban el proceso desde el punto de vista
jurídico, sin interesarse por el aspecto moral. La llegada del famoso
Fetiukovitch causó sensación. No era la primera vez que iba a provincias para
tomar parte en un proceso criminal resonante, de esos que no se olvidan
fácilmente. Circulaban anécdotas sobre el procurador y el presidente del tribunal.
Se decía que el procurador temía encontrarse con Fetiukovitch, con el que
había tenido ciertas diferencias en Petersburgo al principio de su carrera. El
susceptible Hipólito Kirillovitch, que se sentía mortificado porque no
apreciaban debidamente su mérito, había cobrado nuevos ánimos al enfrentarse
con el caso Karamazov y soñaba con fortalecer su debilitada reputación. Pero
temía a Fetiukovitch. Estos rumores no eran del todo exactos. El procurador no
era uno de esos hombres que se desalientan ante el peligro, sino todo lo
contrario: ante el peligro, su amor propio aumentaba y le daba nuevos bríos.
Era demasiado vehemente, demasiado impresionable. A veces ponía toda su alma
en un asunto, como si de él dependieran su suerte y su fortuna. Este defecto
hacía sonreír a sus compañeros del mundillo judicial, pero, gracias a él,
nuestro procurador había adquirido una notoriedad superior a la que
correspondía a su modesta posición en la magistratura. Lo que más hilaridad
causaba era su pasión por la psicología. A mi entender, todos se equivocaban;
su carácter era mucho más firme y serio de lo que se suponía. Lo que ocurría
era que aquel hombre enfermizo no había sabido ponerse en su lugar ni al
principio de su carrera ni después.
El presidente del tribunal era un hombre culto,
humano, de espíritu abierto a las ideas más modernas. Toda su ambición se
cifraba en que se le considerase como progresista. Estaba bien relacionado y
era hombre rico. Pronto se advirtió que el caso Karamazov le interesaba
vivamente, pero en líneas generales. Lo miraba como un fenómeno de nuestro
régimen social, como una característica de la mentalidad rusa... El carácter
particular del asunto, la personalidad de sus protagonistas, empezando por la
del acusado, tenían para él un interés vago, abstracto..., cosa que, bien,
mirado, tal vez convenía.
Desde mucho antes de comenzar la vista, la sala
estaba repleta de público. Esta sala es la mejor de la localidad: la más
espaciosa y bella, la de techo más alto y mejores condiciones acústicas. A la
derecha de la plataforma del tribunal se habían colocado una mesa y dos
hileras de sillas para el jurado. A la izquierda estaban los asientos del
acusado y del defensor. En el centro, ante los jueces, había una mesa, en la
que se exhibían los cuerpos del delito: la bata Blanca de seda, manchada de
sangre, de Fiodor Pavlovitch; la mano de mortero de cobre, presunto instrumento
del crimen; la camisa y la levita de Mitia, también manchadas de sangre, sobre
todo la levita, en las proximidades del bolsillo en que Dmitri había guardado
el pañuelo; este pañuelo, empapado de sangre que se había secado formando una
costra; la pistola cargada por Mitia en casa de Perkhotine para suicidarse y
que Trifón Borisytch le había quitado, sin que él se diera cuenta, en Mokroie;
el sobre que había contenido los tres mil rublos destinados a Gruchegnka; la
cinta rosa con que el sobre estuvo atado, y otros objetos que no puedo recordar.
Más lejos, en el fondo de la sala, se habían colocado sillones para los
testigos que debían quedarse después de declarar.
A las diez entró en la sala el tribunal, compuesto
del presidente, un asesor y un juez de paz honorario. El fiscal, que no era
sino nuestro procurador, llegó inmediatamente. El presidente era un hombre
robusto, aunque de baja estatura. Tenía unos cincuenta años, congestionado el
rostro y gris el cabello. Lucía varias condecoraciones. A todos les sorprendió
la palidez del fiscal. Su cara era verdosa. A mí me pareció que había
adelgazado súbitamente, pues lo había visto el día anterior.
El presidente preguntó al ujier si estaban presentes
todos los jurados... Pero me es imposible continuar esta exposición minuciosa
de los hechos, no sólo porque no recuerdo todos los detalles, sino también y
principalmente porque no tengo tiempo ni espacio para hacer un relato detallado
a integro. Diré solamente que la defensa y la acusación admitieron a casi todos
los jurados. Éstos eran cuatro funcionarios, dos comerciantes y seis hombres
más, entre campesinos y pequeños burgueses de nuestra localidad. Recuerdo que
mucho tiempo antes de que se celebrase la vista, la formación del jurado se
comentaba en las reuniones de sociedad y que, sobre todo las damas, decían: «Es
inexplicable que un asunto de tanta complicación psicológica se someta a la
resolución de simples funcionarios y personas de baja condición. ¿Qué criterio
pueden tener?» Ciertamente, los cuatro funcionarios eran personas sin
categoría y de edad madura ‑excepto uno‑, poco conocidas en nuestra
sociedad y que habían vegetado con un sueldo mezquino. Sin duda, tenían esposas
viejas que no gustaban de exhibir y un enjambre de hijos que tal vez fueran
descalzos. Su pasatiempo preferido eran los naipes, y jamás habían leído nada.
Los dos comerciantes tenían aspecto de hombres sosegados, pero siempre estaban
inmóviles y pensativos. Uno iba rasurado y vestido a la europea; el otro
ostentaba una barba gris, y de su cuello pendia una medalla. Y no hablemos de
los pequeños burgueses y campesinos de Skotoprigonievsk. Los primeros se
parecían a los segundos y trabajaban tan rudamente como ellos. Dos de estos
seis jurados iban vestidos a la europea, con lo que parecían más sucios y
descuidados que los otros. De aquí que, al verlos, uno no pudiera menos de
preguntarse: «¿Cómo pueden comprender esos hombres un asunto como éste?» Sin
embargo, sus rígidos y huraños rostros tenían una expresión imponente.
Al fin, el presidente anunció el comienzo de la vista
y ordenó que se introdujera en la sala al acusado. Se hizo un silencio tan profundo,
que se habría podido oír el vuelo de una mosca. Mitia me produjo una impresión
sumamente desfavorable. Se presentó como un dandy. Llevaba un traje nuevo, una
camisa finísima y unos guantes flamantes. Después supe que, expresamente para
esta ocasión, había encargado una levita nueva a un sastre de Moscú, a su
sastre de siempre, que tenía sus medidas. Avanzó a largos pasos, el cuerpo rígido,
mirando hacia enfrente, se sentó y permaneció inmóvil. Acto seguido apareció
el defensor, el famoso Fetiukovitch. Un discreto murmullo recorrió la sala. Era
un hombre alto y seco, de piernas delgadas, dedos largos y finos, cabello
corto, cara lampiña, cuyos labios se torcían a veces en una sonrisa
sarcástica. Aparentaba unos cuarenta años. Su rostro habría sido agradable si
no lo hubieran afeado sus ojos, inexpresivos y demasiado juntos sobre la nariz,
larga y delgada. En una palabra, una cara de pájaro. Iba de levita y corbata
blanca. Recuerdo perfectamente el interrogatorio de identificación. Mitia
contestó en voz tan alta, que sorprendió al presidente. Después se dio lectura
a la lista de testigos y peritos. Faltaban cuatro: Miusov, que había regresado
a Paris, pero cuya declaración figuraba en el expediente; la señora de KhokhIakov
y el terrateniente Maximov, que estaban enfermos, y Smerdiakov, fallecido
repentinamente, según informe de la policía. La noticia de la muerte de
Smerdiakov produjo sensación, pues muchos ignoraban aún que se había suicidado.
Lo que más sorprendió a todos fue la exclamación de Mitia cuando se reveló el
fallecimiento del sirviente:
‑¡Los perros mueren como perros!
El defensor lo hizo callar. El presidente le amenazó
con tomar las más severas medidas si persistía en su actitud irrespetuosa. Mitia
dijo varias veces a su abogado, aunque sin mostrar el menor arrepentimiento:
‑No lo volveré a hacer. No he podido
contenerme. Le aseguro que no lo volveré a hacer.
Este incidente no le favoreció a los ojos del público
ni de los jurados. Era una muestra de su carácter. En este ambiente, el
secretario empezó a leer el acta de acusación. Era muy concisa y se limitaba
a exponer los principales cargos que pesaban sobre Dmitri. Sin embargo, a mí me
impresionó profundamente. El secretario leyó con voz clara y sonora. A través
del acta, la tragedia aparecía con todo su relieve, como si se proyectara sobre
ella una luz implacable. Después el presidente preguntó a Mitia:
‑¿Reconoce el acusado que es culpable?
Mitia se puso en pie.
‑Reconozco que soy culpable de embriaguez, de
disipación, de holgazanería ‑repuso, exaltado‑. En el momento en
que la adversidad se ensañó en mí estaba decidido a corregirme para siempre.
Pero soy inocente de la muerte de ese viejo que era mi padre y mi enemigo.
Tampoco le robé: soy incapaz de un acto semejante. Dmitri Fiodorovitch puede
ser un libertino, pero no un ladrón.
Se sentó temblando. El presidente le dijo que debía
limitarse a responder a las preguntas. Acto seguido se llamó a los testigos
para que prestaran juramento, formalidad de la que se dispensó a los hermanos
del acusado. Tras las exhortaciones del sacerdote y el presidente se hizo salir
a los testigos. Ya se les iría llamando por turno.
CAPÍTULO II
Ignoro si
los testigos de cargo y descargo habían sido agrupados por el presidente y si
se había decidido hacerlos comparecer por un orden determinado. Probablemente,
así fue. El caso es que los primeros en declarar fueron los testigos de la
acusación.
He de repetir que no tengo el propósito de reproducir
in extenso los debates. Por otra parte, no hay necesidad de ello, ya que los
discursos del fiscal y de la defensa y las declaraciones de los testigos
resumieron claramente los hechos. Anoté íntegramente algunos pasajes de estos
dos notables discursos, que ofreceré al lector oportunamente, y también
referiré un hecho inesperado que indudablemente influyó en la fatídica
sentencia.
Todos advirtieron desde el principio la solidez de la
acusación y la debilidad de la defensa. Se vio como los hechos se agrupaban, se
acumulaban, y como el crimen, con todo su horror, iba surgiendo a la luz. Era
evidente que la causa estaba ya fallada, que no había la menor duda acerca del
resultado, que la culpa del acusado estaba archidemostrada y que la vista se
celebraba por pura fórmula. Yo creo que incluso aquellas damas que esperaban
con tanta impaciencia la absolución del interesante reo estaban convencidas de
su culpabilidad. Es más, me parece que habrían lamentado que esta culpa fuera
menos evidente, ya que ello habría aminorado el efecto del desenlace. Aunque
parezca extraño, todas las mujeres creyeron hasta el último instante que se
declararía inocente a Mitia. «Es culpable ‑se decían‑, pero se le
absolverá por humanidad, por respeto a las nuevas ideas. » Ésta era la razón de
que hubieran acudido con el interés reflejado en el rostro.
A los hombres les interesaba especialmente la lucha
entre el fiscal y el famoso Fetiukovitch. Todos se preguntaban qué podría hacer
este letrado, a pesar de su fama, en una causa perdida de antemano. De aquí
que fuera el centro de la atención general. Pero Fetiukovitch fue hasta el
final un enigma. Los expertos presentían que se había trazado un plan, que perseguía
un fin, pero no era posible deducir en qué consistía su estrategia. Su
seguridad en sí mismo era evidente. Además, se observó con satisfacción que
durante su breve estancia en nuestra ciudad se había puesto al corriente del
asunto y lo había estudiado en todos sus detalles. Pronto pudo admirarse la
habilidad con que desacreditó a los testigos de la acusación. Los desconcertó
hasta el máximo y causó graves daños en su reputación moral y, por lo tanto, en
sus declaraciones. Además, se suponía que esta táctica tenía algo de
pasatiempo, de coquetería jurídica, por decirlo así, del deseo de exhibir todos
sus recursos de abogado, pues nadie ignoraba, y él debía ser el primero en
comprenderlo, que estos ataques no le proporcionaban ninguna ventaja positiva.
Debía de tener alguna idea oculta, algún arma secreta que se proponía utilizar
en el momento oportuno. En espera de este momento, se divertía, consciente de
su fuerza.
Cuando se interrogó a Grigori Vasilievitch, el viejo
sirviente de Fiodor Pavlovitch, que afirmaba haber visto abierta la puerta de
la casa, el defensor aprovechó bien su turno, dirigiéndole una serie de
preguntas extraordinariamente hábiles. Grigori Vasilievitch estaba
perfectamente sereno; ni la majestad del tribunal ni la abundancia de público
lo turbaban. Prestó su declaración con la misma naturalidad que si estuviera
charlando con su mujer, sólo que más respetuosamente. No parecía posible
confundirlo. El fiscal le hizo numerosas preguntas sobre la familia Karamazov.
Las respuestas de Grigori interesaron a todos. Se veía claramente que el
testigo era sincero a imparcial. A pesar del respeto que le inspiraba su
difunto dueño, declaró que éste había sido injusto con Mitia. «No educaba a sus
hijos como buen padre. Sin mis cuidados ‑añadió recordando la infancia
del reo‑, Dmitri Fiodorovitch habría sido una criatura harapienta y
piojosa. Además, lo perjudicó en el reparto de los bienes legados por la
madre.» El fiscal le preguntó en qué se fundaba para afirmar que Fiodor
Pavlovitch había perjudicado a su hijo en la transmisión de la herencia
materna, y el testigo, ante el asombro general, no aportó ningún argumento
convincente. Pero insistió en su afirmación de que el padre había sido injusto,
ya que Mitia debía haber recibido «algunos miles de rublos más». El fiscal
interrogó sobre este punto, con especial insistencia, a todos los testigos que
podían estar enterados de la cuestión, sin excluir a los hermanos de Mitia, y
ninguno de ellos pudo dar informes precisos: afirmaban que era verdad lo dicho
por Grigori, pero no podían apoyar sus palabras con la más leve prueba.
El relato de la escena en que Dmitri apareció de
pronto y golpeó a su padre, amenazándolo luego con volver para matarlo, produjo
sensación. En ello influyó sin duda la calma y concisión con que el viejo
criado relató el suceso y también su pintoresco lenguaje, que produjo gran
efecto. Después manifestó que había perdonado hacía tiempo la agresión de
Mitia, que entonces lo abofeteó y derribó. De Smerdiakov ‑nombre que
pronunció santiguándose‑ dijo que tenía excelentes cualidades, pero que
estaba deprimido por su enfermedad y que su mayor defecto era ser un impío, lo
que se debía a la influencia de Fiodor Pavlovitch y de su hijo mayor. Defendió
calurosamente su honradez, y refirió el episodio del dinero hallado y devuelto
por Smerdiakov a su dueño, lo que le valió una moneda de oro y la confianza de
éste. Mantuvo obstinadamente su declaración de que estaba abierta la puerta que
daba al jardín. Se le hicieron muchas preguntas más, pero fueron tantas, que no
puedo acordarme de todas. Al fin le tocó el turno a la defensa, que empezó por
hablar del sobre en que, «según se decía», Fiodor PavIovitch había guardado
tres mil rublos « para cierta persona». Y preguntó:
‑¿Vio usted ese sobre? Usted lo pudo ver, ya
que gozaba de la confianza de su dueño y estaba en continuo contacto con él.
Grigori repuso que no se enteró de la existencia de
aquellos tres mil rublos «hasta que todo el mundo empezó a hablar de ellos».
Fetiukovitch preguntó a todos los testigos por este
sobre con el mismo interés que el fiscal había demostrado en la aclaración del
reparto de la herencia materna. Todos respondieron que no habían visto el
sobre, aunque la mayoría habían oído hablar de él.
Fetiukovitch siguió preguntando a Grigori:
‑¿Puede usted decirme de qué se componía aquel
bálsamo, mejor dicho, aquella infusión con que se frotó los riñones al acostarse
la noche del crimen, según se lee en el sumario?
Grigori miró al abogado como si no comprendiera y, tras
unos instantes de silencio, murmuró:
‑En la mezcla había una planta llamada salvia.
‑¿Nada más?
‑Y otra planta:llantén.
‑Y pimienta, seguramente.
‑Sí, también había pimienta.
‑¿Y todo disuelto en vodka?
‑No, en alcohol.
Se oyeron risas en la sala.
‑¿De modo que no le faltaba alcohol? Y, después
de frotarse la espalda, se bebió lo que quedaba en la botella, mientras su esposa
murmuraba una oración que sólo ella conoce, ¿no es así?
‑Así es.
‑¿Bebió usted mucho? ¿Una copita, dos copitas?
‑Un vaso, aproximadamente.
‑¡Un vaso! Y a lo mejor fue vaso y medio.
Grigori no contestó. Empezaba a darse cuenta del
significado de aquellas preguntas.
‑¡Vaso y medio de alcohol puro no es cualquier
cosa! ¿No cree usted? Con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, uno puede ver
abiertas todas las puertas, incluso las del paraíso.
Grigori siguió guardando silencio. En la sala se
oyeron nuevas risas. El presidente se agitó en su sillón.
‑‑¿Podría decirme ‑siguió
preguntando Fetiukovitch‑ si estaba usted dormido cuando vio abierta la
puerta del jardín?
‑Estaba levantado.
‑Eso no demuestra que no estuviera usted como
dormido.
Nuevas risas.
‑Si le hubieran preguntado en aquel momento en
qué año estábamos, ¿habría usted podido contestar?
‑No lo sé.
‑Bien. Diga ahora en qué año estamos, a partir
del nacimiento de Cristo. ¿Lo sabe?
Grigori estaba aturdido y miraba fijamente a su
verdugo. Que ignorase el año en que vivía causó general sorpresa.
‑Por lo menos, sabrá usted cuántos dedos tiene
en las manos, ¿no?
‑Estoy acostumbrado a obedecer ‑dijo
Grigori súbitamente‑. Si las autoridades quieren burlarse de mí, sé
soportarlo.
Esta inesperada contestación desconcertó un poco a
Fetiukovitch. El presidente le recordó que sus preguntas debían limitarse al
asunto que se debatía. El abogado respondió respetuosamente que no tenía nada
más que preguntar. Sin duda, la declaración de un hombre «que habría podido ver
abiertas las puertas del paraíso» y que no sabía en qué año estaba despertó
general desconfianza; por lo tanto, la defensa había logrado su objetivo.
El interrogatorio de Grigori Vasilievitch terminó con
un incidente. El presidente preguntó al acusado si tenía que hacer alguna
observación, y Mitia repuso:
‑Salvo en lo concerniente a la puerta del
jardín, el testigo ha dicho la verdad. Le agradezco que me cuidara y que haya
olvidado mis golpes. Este viejo fue siempre honrado con mi padre y le sirvió
como un perro fiel.
‑¡Emplee el acusado un lenguaje más correcto! ‑le
ordenó el presidente.
‑Yo no soy un perro ‑gruñó Grigori.
‑Entonces, el perro soy yo ‑exclamó Mitia‑.
Si esto es una ofensa, la vuelvo contra mí. He sido brutal con él. Y también
con Esopo.
‑¿Quién es Esopo? ‑preguntó con acento
severo el presidente.
‑¿Quién ha de ser? Pierrot, mi padre, Fiodor
Pavlovitch...
El presidente volvió a invitar a Mitia a expresarse
en términos más correctos.
‑Hablar de ese modo no le favorecerá en el
ánimo de los jueces.
El abogado
defensor interrogó también con gran habilidad a Rakitine, uno de los testigos
más importantes, especialmente para el fiscal. Rakitine sabía muchas cosas, lo
había visto todo, hablado con mucha gente interesada en el asunto, y conocía a
fondo la vida de Fiodor Pavlovitch y de todos los Karamazov. Declaró que solamente
a Mitia había oído hablar de los tres mil rublos, pero, en compensación,
describió detalladamente los actos y violencias de Dmitri en la taberna «La
Capital». Repitió las palabras comprometedoras que Mitia había pronunciado
allí y refirió el incidente de que fue víctima el capitán Snieguiriov. De lo
que Fiodor Pavlovitch podía adeudar a su hijo, Rakitine no sabía nada; al
hablar de ello, salió del paso con unas cuantas frases despreciativas como
ésta: «No es fácil saber quién tenía razón. En el lodazal de los Karamazov es
imposible orientarse.» Dijo que el crimen era una consecuencia del atraso y el
desorden en que vivía Rusia, al carecer de las instituciones necesarias. Se le
permitió discursear. Después del proceso empezó a adquirir renombre y a
atraerse la atención del público. El fiscal sabía que el testigo preparaba un
articulo sobre el crimen para cierta revista, y, como veremos más adelante,
citó de él varios párrafos en su informe. La declaración del testigo fue francamente
despiadada y trató de favorecer a la acusación. En general, la exposición de
Rakitine fue del agrado del público por la independencia y la nobleza de sus
ideas. Incluso se oyeron algunos aplausos cuando habló de la servidumbre y del
desorden que reinaba en Rusia. Pero Rakitine, joven e impetuoso, cometió un
error del que la defensa supo aprovecharse. Al preguntársele por Gruchegnka,
el testigo, embriagado por su éxito y por el tono elevado de su oratoria, habló
de Agrafena Alejandrovna con cierto desdén, diciendo que era «la amante del
comerciante Samsonov». Pronto habría dado cualquier cosa por retirar esta
acusación, ya que de ella se valió Fetiukovitch para atacarlo. Nunca habría
creido Rakitine que el abogado pudiera enterarse en tan poco tiempo de detalles
tan íntimos.
‑Permitame una pregunta ‑dijo el
defensor, sonriendo amablemente‑. ¿Verdad que es usted el autor de ese
folleto, editado por las autoridades eclesiásticas, que se titula Vida del
bienaventurado padre Zósimo? Lo he leido hace poco con verdadero interés.
Es una obrita edificante y rica en profundas ideas religiosas.
Rakitine murmuró, un poco desconcertado:
‑No la escribí para que se publicara. Apareció
sin que me lo advirtieran.
‑Está muy bien. Un pensador como usted debe
interesarse por los fenómenos sociales. Su folleto, gracias a la alta
protección de que gozaba, se ha difundido ampliamente y ha prestado un excelente
servicio... Pero lo que me interesa saber es si usted, como ha dejado entrever
en su declaración, conocía íntimamente a la señorita Svietlov.
(Nota bene: Éste era el apellido de Gruchegnka,
cosa que ignoré hasta entonces.)
Rakitine
enrojeció.
‑No puedo responder de todas las personas a las
que conozco. Soy demasiado joven. Por otra parte, creo que nadie, cualesquiera
que sea su edad, puede responder de todas sus amistades.
‑Lo comprendo, lo comprendo perfectamente ‑dijo
Fetiukovitch fingiéndose confuso y en el tono del que presenta excusas‑.
Podía darse el caso de que usted, como cualquier hombre, estuviera interesado
por una mujer joven y bonita que recibía en su casa a la flor de la juventud
local. Mi propósito era puramente informativo. Sabemos que, hace dos meses, la
señorita Svietlov mostró deseos de conocer al menor de los hermanos Karamazov:
Alexei Fiodorovitch. Esa joven ofreció a usted veinticinco rublos si le llevaba
a Alexei vestido con su hábito conventual. La visita se efectuó la noche misma
del crimen que en este momento se está juzgando. ¿Puede usted decirme si ha
recibido los veinticinco rublos de recompensa que le prometió la señorita
Svietlov?
‑Fue una broma... No sé qué interés puede tener
esto... Tomé los veinticinco rublos para devolverlos después.
‑O sea que usted los tomó. Tengo entendido que
todavía no los ha devuelto. ¿Me equivoco?
‑Eso no tiene importancia ‑murmuró
Rakitine‑. Desde luego, los devolveré.
El presidente intervino una vez más, pero el defensor
dijo que ya no tenía que hacer más preguntas al señor Rakitine. Éste se retiró
cabizbajo. Su prestigio había sufrido un rudo golpe. Fetiukovitch le siguió
con la mirada, como diciendo al público: «Ya vea ustedes el valor que tienen
las palabras de los acusadores.»
Mitia, indignado por el desprecio con que Rakitine
había hablado de Gruchegnka, le gritó desde el asiento:
‑¡Bernard !
Y cuando el presidente le preguntó si tenía algo que
decir, exclamó:
‑¡Ese hombre venía a visitarme a la cárcel para
sacarme dinero! ¡Es un miserable, un ateo! ¡Engañó al padre Zósimo!
Naturalmente, Mitia fue llamado al orden. Pero
Rakitine se había hundido ya. Aunque por causas distintas, la declaración del
capitán Snieguiriov no tuvo más éxito. Se presentó andrajoso y sucio, y
embriagado, a pesar del reconocimiento previo y de las medidas que se habían
tomado para evitar que bebiera. Cuando se le habló de la ofensa que le había
inferido Mitia, no quiso contestar,
‑Iliucha me lo ha prohibido ‑declaró‑.
¡Que Dios perdonea ese hombre! Ya hallaré la recompensa en el cielo.
‑¿Quién dice usted que le ha prohibido hablar?
‑Iliucha, mi hijito. «¡Oh papá! ¡Cómo te ha
humillado!» Esto lo dijo ya al borde de la tumba. Se ha muerto.
Dicho esto, el capitán prorrumpió en sollozos y cayó
de rodillas a los pies del presidente. En seguida se lo llevaron, entre las
risas del público. Así, tampoco este testigo produjo el efecto que esperaba el
fiscal.
El abogado defensor siguió utilizando todos sus recursos
y asombrando al auditorio con su conocimiento del asunto hasta en sus menores
detalles. La declaración de Trifón Borisytch produjo profunda emoción,
naturalmente desfavorable al acusado. Dijo que Mitia, en su primera visita a
Mokroie, despilfarró lo menos tres mil rublos.
‑Sólo entre los cingaros repartió qué sé yo
cuánto dinero. Y a los mendigos no les dio unos copecs, sino lo menos
veinticinco rublos. Además, sabe Dios lo que le robarían. Imposible identificar
a los ladrones, que, naturalmente, no pregonaron sus hazañas. Estaba rodeado
de bribones, de personas sin conciencia. Y muchachas que en su vida habían
tenido un céntimo tienen ahora el bolsillo lleno.
En una palabra, que se acordaba de todo a hizo una
exposición detallada de los gastos de Mitia en su primera estancia en Mokroie.
Esto destruyó la hipótesis de que sólo había gastado mil quinientos rublos y se
había guardado en una bolsita los mil quinientos restantes.
‑Vi los tres mil rublos en sus manos, los vi
con mis propios ojos. Dmitri Fiodorovitch y yo nos conocíamos bien.
Sin intentar refutar al fondista en su declaración,
Fetiukovitch le recordó que el cochero Timoteo y el campesino Akim se habían
encontrado en el vestíbulo de su fonda un billete de cien rublos perdido por
Mitia en su primer viaje a Mokroie. Dmitri estaba ebrio, y Akim y Timoteo le
habían entregado el billete a él, a Trifón Borisytch, que les dio un rublo a
cada uno.
‑¿Devolvió usted esos cien rublos a Dmitri
Karamazov? ‑preguntó el abogado.
Trifón
Borisytch empezó por insinuar que no sabía nada de tal pérdida, pero una vez se
hubo interrogado al cochero y al campesino, afirmó que había devuelto los cien
rublos a Dmitri Fiodorovitch, como es propio de un hombre honrado, pero «que
era muy probable que el señor Karamazov no lo recordara, ya que en aquellos
momentos estaba embriagado». No obstante, como antes había negado el hallazgo
de los cien rublos. su declaración de que los había devuelto fue acogida con
desconfianza. Así, pues, uno de los testigos de cargo más temidos quedó
eliminado.
Lo mismo sucedió a los polacos. Se presentaron con
gran desenvoltura, afirmando que «habían servido a la Corona» y que «el pan
Mitia les había ofrecido tres mil rublos a cambio de su honor». El pan
Musalowicz intercalaba en sus frases términos polacos y, al advertir que con
ello se atraía la consideración del presidente y del fiscal, se enardeció y
empezó a hablar en polaco. Pero Fetiukovitch lo cogió en sus propias redes.
Trifón Borisytch fue llamado de nuevo a declarar y, tras una serie de
vacilaciones y rodeos, reconoció que el pan Wrublewski había cambiado
la baraja de la casa por otra de su propiedad y que el pan Musalowicz,
que era el banquero, hacía trampas. Esto fue confirmado por Kalganov, al que
se interrogó seguidamente, y los panowie se retiraron avergonzados,
entre las risas del público.
La misma
suerte corrieron los demás testigos importantes de la acusación: Fetiukovitch
consiguió desacreditarlos a todos sacando a relucir sus faltas. Despertó la
admiración tanto en los profesionales de la ciencia jurídica como en los
simples aficionados, aunque unos y otros se preguntaban qué provecho podría
obtener de semejante táctica, ya que la culpa del acusado aparecía con
creciente evidencia. Pero el tono en que hablaba el «mago del foro» denotaba
una calma y una seguridad en sí mismo que hacían esperar algo. No se concebía
que hubiera hecho el viaje desde Petersburgo por nada y que se resignara a
regresar sin ningún resultado positivo.
CAPÍTULO III
El informe de los peritos médicos no fue favorable al
acusado. Pero se veía claramente que Fetiukovitch no había depositado en él la
menor esperanza. Este peritaje se verificó únicamente por haberlo solicitado
Catalina Ivanovna, que había traído de Moscú a un médico eminente. La defensa,
si bien no esperaba nada de este informe, también sabía que nada podía perder.
El desacuerdo entre los médicos motivó un incidente
cómico. Los peritos eran el famoso especialista de que hemos hablado; el doctor
Herzenstube, que ejercía en nuestra localidad, y el joven Varvinski. Los dos
últimos estaban, además, citados como testigos por el fiscal. Primero se llamó
al doctor Herzenstube, septuagenario canoso y casi calvo, de mediana estatura
y robusta constitución. Era un hombre de conciencia, que gozaba de la
estimación general, un corazón excelente, una especie de hermano moravo. Hacia
mucho tiempo que vivía en nuestra ciudad. Era persona austera e inclinada a la
filantropía. Visitaba a los pobres y a los campesinos en sus chozas, y no sólo
no les cobraba nada, sino que les daba dinero para medicinas. En cambio, era
testarudo como una mula: cuando se aferraba a una idea, no había medio humano
de hacerle renunciar a ella. En la ciudad se sabía que el famoso especialista
llegado de Moscú hacía poco se había permitido hacer observaciones francamente
molestas sobre la capacidad del doctor Herzenstube. Aunque el doctor de Moscú
no cobraba menos de veinticinco rublos por visita, no pocos aprovecharon su
estancia en nuestra localidad para consultarlo. Los consultantes eran clientes
del doctor Herzenstube, y el renombrado especialista criticó ante ellos los
métodos curativos del doctor local. Llegó al extremo de preguntar a los
pacientes apenas aparecía: «¿Quién lo ha engañado? ¿Herzenstube? ¡Ja, ja!»
Como es natural, Herzenstube se enteró de esto.
Los tres médicos citados comparecieron como peritos.
El doctor Herzenstube dijo que saltaba a la vista que el acusado «era un
anormal». Después de exponer sus argumentos, añadió que esta anormalidad se
evidenciaba no sólo en la conducta anterior del acusado, sino también en su
actitud presente, y cuando se le rogó que se explicara, el viejo doctor declaró
ingenuamente que Dmitri Fiodorovitch, al entrar en la sala, no tenía un aspecto
adecuado a las circunstancias. «Avanzaba como un soldado, mirando hacia e
frente, sin volver la vista a la izquierda, donde estaban las damas, cuya
opinión debía preocuparle, ya que era un gran amante de bello sexo».
Herzenstube se expresaba en ruso, pero con acento alemán, cosa que no le
preocupaba. Siempre había creído que hablaba un ruso excelente, mejor que el de
los mismos rusos. Le encantaba citar proverbios, y cada vez que mencionaba uno
afirmaba que los proverbios rusos eran singularmente expresivos. Cuando
conversaba con alguien, olvidaba a veces las palabras más vulgares. Las conocía
perfectamente, pero huían de su memoria de pronto. Esto le sucedia tanto si
hablaba en ruso como en alemán. Entonces agitaba la mano ante su rostro, como
para atrapar la palabra perdida, y nadie en el mundo habría logrado que
continuar si no daba con ella. El viejo contaba con la estimación de nuestra
damas: sabían que aquel hombre que había permanecido soltero era piadoso y
honesto en sus costumbres y consideraba a las mujeres como seres ideales y
superiores. Sus inesperadas observacione parecieron extravagantes y divirtieron
a la concurrencia.
El especialista de Moscú declaró categóricamente que
el acusado padecía una aguda perturbación mental. Se extendió en sabía
consideraciones sobre la obsesión y la manía, y concluyó que, según todos los
datos recogidos, en los días que precedieron a su detención, Dmitri
Fiodorovitch sufría, sin duda alguna, una de la obsesiones que había descrito.
Si había cometido el crimen, habrí obrado involuntariamente, como arrastrado
por una fuerza desconocida. Pero el doctor no había observado en el acusado
únicamente el mal de la obsesión, sino también el de la manía, lo que
constituía, a su entender, el primer paso hacia la demencia.
(N. B.: Refiero todo esto en lenguaje corriente. El doctor se expresaba con
los tecnicismos propios de los sabios.)
‑Todos sus actos son contrarios a la lógica y
al buen sentido ‑prosiguió‑. Sin hablar de lo que no he visto, es
decir, del crimen y todo el drama que lo rodea, anteayer estuve hablando con el
acusado y vi que tenía la mirada fija y extraña. Se echaba a reír
repen-tinamente y sin motivo y era presa de una irritación continua
inexplicable. Decía cosas extrañas, como «Bernard, la ética y otra cosas
innecesarias».
El doctor vio un indicio de manía sobre todo en el
hecho de qu el acusado no pudiera hablar sin indignación de los tres mil rublos
que a su juicio le habían robado, mientras conservaba la calma a recordar otras
ofensas y otros fracasos.
‑Al parecer, siempre se ha enfurecido ante la
menor alusión esos tres mil rublos. Sin embargo, se sabe que no es interesado
ni codicioso. En cuanto a la opinión de mi eminente colega ‑terminó
irónicamente el as de la medicina‑, según la cual el acusado debió mirar
a las damas al entrar, es una nota graciosa, pero también un error. Estoy de
acuerdo en que el acusado, al entrar en la sala donde se va a decidir su
suerte, no debió mirar hacia delante fijamente y que esto puede révelar un
trastorno mental, pero también afirmo que debió dirigir la vista no a la
izquierda, donde están las damas, sino a la derecha, buscando la mirada de su
defensor, del que depende su suerte.
El especialista se había expresado en tono firme y
enérgico. El desacuerdo entre este perito y el doctor Herzenstube adquirió un
matiz cómico al exponer el doctor Varvinski una tesis inesperada. Según él, el
acusado había sido y seguía siendo un hombre perfectamente normal. El hecho de
que antes de su detención hubiera dado pruebas de una excitación extraordinaria
no quería decir nada, ya que tal estado podía proceder de causas tan evidentes
como los celos, la cólera, la embriaguez continua... Desde luego, esta
excitación nerviosa no tenía nada que ver con la obsesión de que acababa de
hablar el doctor forastero.
‑En cuanto a la dirección en que debía mirar el
acusado, mi humilde opinión es que debía hacerlo como lo ha hecho, es decir,
hacia el frente, donde están los jueces de los que depende su futuro. Por lo
tanto, Dmitri Fiódorovitch ha dado una prueba de que su estado es perfectamente
normal.
‑¡Muy bien dicho, matasanos! ‑exclamó
Mitia.
Se le hizo callar inmediatamente. Pero la opinión de
Varvinski tuvo una influencia decisiva en el público y en el tribunal, como se
verá muy pronto.
El doctor Herzenstube, al declarar como testigo,
prestó un inesperado apoyo a Mitia. Al ser antiguó habitante de la localidad
conocía a fondo a la familia Karamazov. Empezó por dar de ella informes de los
que se aprovechó el fiscal; pero añadió:
‑Sin embargo, este desdichado merecía mejor
suerte, pues tenía buen corazón, tanto cuando era niño como en su adolescencia:
lo puedo asegurar. Un proverbio ruso dice: «Si tienes inteligencia, puedes
estar satisfecho, y si un hombre inteligente se une a ti, tu satisfacción debe
ser mayor, pues entonces sois dos inteligencias en vez de una...»
‑¡Claro! Dos pensamientos valen más que uno
solo ‑exclamó el fiscal, perdiendo la paciencia, pues sabía que el viejo
Herzenstube, enamorado de su abrumadora facundia germánica, hablaba con lenta
prolijidad, sin importarle hacer esperar a sus oyentes.
‑Eso mismo digo yo ‑continuó Herzenstube
obstinadamente‑. Dos inteligencias valen más que una. Pero él permaneció
solo y perdió la suya... ¿Dónde la perdió? Pues... Se me ha olvidado la palabra
‑dijo agitando la mano ante sus ojos‑. ¡Ah, sí! Spazieren...
‑¿Paseando?
‑Eso
quería decir. Su inteligencia empezó a vagabundear y se perdió. Sin embargo,
era un joven agradecido y de fina sensibilidad. Me acuerdo perfectamente de
cuando era un niño pequeño y correteaba por las cercanías de la casa de su
padre, en el mayor abandono, descalzo y con un solo botón en los pantalones.
La voz del viejo se empañó de emoción. Fetiukovitch
se estremeció como presintiendo que iba a ocurrir algo.
‑Entonces yo era todavía joven; tenía treinta y
cinco años y acababa de llegar aquí. Me compadecí del niño y me dije: «Le voy a
comprar una libra de...» Ahora no me acuerdo del nombre. Es ese fruto que gusta
tanto a los niños y que se coge de cierto árbol...
El doctor volvía a agitar la mano ante sus ojos.
‑¿Manzanas? ‑le preguntaron.
‑No, las manzanas se venden por docenas, y lo
que yo quiero decir se vende por libras. Es una cosa pequeña que se mete en la
boca, y ¡crac!...
‑¿Avellanas?
‑Exacto, avellanas; no me ha dado usted tiempo
a decirlo ‑aprobó el doctor imperturbable, como si no hubiera hecho ningún
esfuerzo por buscar la palabra‑. Le llevé al niño una libra de avellanas.
Nunca le había regalado ni una sola. Levanté el dedo y le dije:
»‑Hijo mío, Gott der Vater.
»Él se echó a reír y repitió:
»‑Gott der Vater.
»‑Gott der Sohn.
»De nuevo se echó a reír y murmuró:
»‑Gott der Sohn.
»‑Gott der heilige Geist[L120].
»Al día siguiente, al verme pasar, me gritó:
»‑¡Señor, Gott der
Vater, Gott der Sohn!
»Se
había olvidado de Gott der heilige Geist. Pero yo se lo recordé, y otra
vez lo compadecí. Se lo llevaron y ya no lo volví a ver. Veintitrés años
después, cuando mi cabeza está ya cubierta de canas, apareció de pronto ante
mi, en mi sala de consulta, un joven en la flor de la vida, al que no pude
reconocer. El visitante levantó el dedo y dijo, echándose a reir:
»‑Gott der Vater,
Gott der Sohn and Gott der hellige Geist!
Acabo de llegar y quiero darle las gracias por la
libra de avellanas. Fueron las primeras que me regalaron.
»Entonces me acordé de mi feliz juventud y del pobre
niño de pies descalzos. Y le dije:
»‑Eres una persona agradecida, ya que no has
olvidado la libra de avellanas que te regalé cuando eras niño.
»Lo estreché en mis brazos y lo bendije, llorando. Él
se reía, pues los rusos se rien a veces cuando tienen ganas de llorar. Pero
acabó llorando también: yo lo vi. Y ahora, ya ven ustedes...
‑¡Y ahora ‑exclamó Mitia‑ estoy
llorando, alemán! ¡Si, santo varón: ahora estoy llorando!
Este relato produjo una impresión favorable; pero lo
que más favoreció al acusado fue la declaración de Catalina Ivanovna, de la que
hablaré oportunamente. En general, la suerte sonrió a Dmitri cuando
comparecieron los testigos à décharge, cosa que sorprendió a la misma
defensa. Pero antes que a Catalina Ivanovna, se interrogó a Aliocha, el cual,
por cierto, se acordó de pronto de un hecho que, al parecer, refutaba uno de
los puntos clave de la acusación.
CAPITULO IV
El hecho acudió a su memoria de improviso. Aliocha no
prestó juramento y, desde el principio de su declaración, los dos bandos le
demostraron una viva simpatía. Era evidente que la fama de sus excelentes
cualidades le había precedido. Se mostró reservado y modesto, pero su afecto
por su desgraciado hermano se percibió a través de sus palabras. Dijo que
Mitia era sin duda una persona de carácter violento, que se dejaba arrastrar
por las pasiones, pero también un hombre noble y generoso, capaz de cualquier
sacrificio que se le pidiera. Además, reconoció que, últimamente, la pasión de
Mitia por Gruchegnka y su rivalidad con su padre le habían llevado a una
tension de ánimo intolerable. Admitió que aquellos tres mil rublos habían
acabado por constituir una obsesión para Dmitri, que no podía hablar de ellos
sin enfurecerse, por considerar que su padre se los había apropiado
fraudulentamente, ya que pertenecían a su herencia materna; pero rechazó
indignado la hipótesis de que Dmitri hubiera podido cometer un parricidio para
robar. Respecto a aquella rivalidad que había reconocido, respondió al fiscal
con vaguedades, a incluso se negó a responder a algunas preguntas.
‑¿Le dijo su hermano que tenía el propósito de
matar a su padre? ‑inquirió el fiscal. Y añadió‑: Puede usted
dejar de contestar a esta pregunta si lo cree conveniente.
‑Directamente, nunca me lo dijo.
‑Entonces, ¿se lo dijo indirectamente?
‑Me habló una vez de su odio por nuestro padre,
y de que temía llegar a matarlo en un momento de desesperación.
‑¿Y usted lo creyó?
‑No me atrevo a afirmarlo. Siempre creí que un
alto sentimiento lo salvaría en el momento decisivo. Y así ocurrió, ya que no
fue él quien mató a mi padre.
Aliocha dijo esto con seguridad y energía. El fiscal
se estremeció como un caballo de batalla cuando la trompeta da la señal de
ataque.
‑Le aseguro ‑dijo el acusador‑ que
no pongo en duda su sinceridad ni que su declaración sea un acto independiente
de su afecto fraternal por ese desdichado. El sumario nos ha informado ya de su
opinion sobre el trágico episodio ocurrido en su familia. Pero no puedo menos
de hacer constar que esta opinión de usted es única y está en contradicción con
las declaraciones de los demás testigos. Por lo tanto, considero necesario
rogarle que me diga en qué se funda para estar tan convencido de la inocencia
de su hermano y de la culpabilidad de otra persona a la que mencionó usted en
la instrucción del sumario.
‑Entonces me limité a responder a las preguntas
que se me hacían ‑dijo Aliocha con calma‑. No acusé a Smerdiakov.
‑Sin embargo, lo nombró usted.
‑Repitiendo las palabras de mi hermano. Yo
sabía que Dmitri, cuando lo detuvieron, acusó a Smerdiakov. Estoy convencido de
la inocencia de mi hermano. Y si mi hermano es inocente...
‑El culpable es Smerdiakov. ¿Verdad que es eso
lo que quiere decir? ¿Por qué acusa usted a Smerdiakov? ¿Y por qué está tan
convencido de la inocencia de su hermano?
‑No puedo dudar de él. Sé que no miente. Leí en
su rostro que me decía la verdad.
‑¿De modo que solo se funda en lo que leyó en
su rostro? ¿No tiene más prueba que ésa?
‑No tengo ninguna más.
‑¿Tampoco de la culpabilidad de Smerdiakov
tiene más pruebas que las palabras y la expresión del rostro de su hermano?
‑Tampoco.
El fiscal no insistió. Las respuestas de Aliocha
defraudaron profundamente al público. Habían corrido rumores de que Aliocha
podía demostrar la inocencia de su hermano y la culpabilidad de Smerdiakov...
Sin embargo, no presentaba prueba alguna, sino una convicción de tipo moral que
no podía ser más lógica en un hermano del acusado. Cuando le tocó el turno a la
defensa, Fetiukovitch preguntó a Aliocha en qué momento le había hablado
Dmitri Fiodorovitch de su odio a su padre y de sus absurdas tentaciones de
matarlo.
‑¿Fue acaso en la última entrevista que
tuvieron ustedes?
Aliocha se estremeció como si de pronto se acordara
de algo.
‑Ahora recuerdo un detalle que había olvidado
por completo. Entonces no lo vi claro, pero ahora...
Y Aliocha refirió con palabra vehemente que cuando
vio a su hermano por última vez, ya de noche y debajo de un árbol, al regresar
al monasterio, Mitia le había dicho, golpeándose el pecho, que disponía de un
medio para salvar su honor, y que este medio estaba allí, en su pecho.
‑Entonces creí que se refería a su corazón, a
la energía que podría desarrollar para librarse de una espantosa vergüenza que
le amenazaba y que no se atrevía a confesarme. A decir verdad, al principio
creí que aludía a nuestro padre, que se estremecía de horror al pensar que
podía cometer algún acto de violencia contra él. Pero después adverti que se
daba los golpes no en el corazón, sino más arriba, cerca del cuello, y entonces
pensé que se refería a algó que llevaba sobre el pecho y que este algo podía
ser la bolsita de cuero donde guardaba los mil quinientos rublos.
‑¡Exacto, Aliocha! ‑exclamó Mitia‑.
Era la bolsita de cuero lo que yo señalaba.
Fetiukovitch le rogó que se calmase y volvió a
dirigirse a Aliocha, que, enardecido por el inesperado recuerdo, expuso con
vehemencia la hipótesis de que la vergüenza de su hermano procedía de que,
pudiendo restituir aquellos mil quinientos rublos a Catalina Ivanovna para
saldar la mitad de su deuda, había decidido compartirlos con Gruchegnka si
ésta lo aceptaba.
‑¡Eso fue, eso fue! ‑exclamó Aliocha con
creciente ardor‑. Mi hermano me dijo que podría borrar la mitad de su
vergüenza..., así lo dijo: «la mitad». Lo repitió varias veces..., y añadió que
la debilidad de su carácter se lo impedia... ¡Sabía de antemano que era incapaz
de semejante acción!
Fetiukovitch le preguntó:
‑¿Está usted seguro de que se golpeaba la parte
superior del pecho?
‑Segurísimo, pues me pregunté por qué se daría
los golpes cerca del cuello, siendo así que el corazón estaba más abajo... Lo
recuerdo perfectamente. No comprendo cómo he podido olvidarlo. Mi hermano
señalaba su bolsita de cuero, los mil quinientos rublos que no se decidía a
devolver. Por eso, cuando lo detuvieron en Mokroie, exclamó, según me han
dicho, que el acto más bochornoso de su vida había sido quedarse aquellos mil
quinientos rublos, prefiriendo aparecer como un ladrón a los ojos de Catalina
Ivanovna que pagarle la mitad..., precisamente la mitad..., de lo que le debe.
‑¡Cómo le atormentaba esta deuda!
Naturalmente, el fiscal intervino. Rogó a Aliocha que
describiera de nuevo la escena y le preguntó si verdaderamente Mitia parecía
señalar algún objeto al golpearse el pecho.
‑Tal vez lo hiciera al azar, sin dirigir el
puño hacia ningún punto determinado.
‑No se daba los golpes con el puño ‑replicó
Aliocha‑, sino con los dedos, señalando aquí, muy arriba... ¡No comprendo
cómo me he podido olvidar de este detalle!
El presidente preguntó al acusado si tenía algo que
decir sobre esta declaración, y Mitia confirmó que señalaba la bolsita de cuero
que contenía los mil quinientos rublos, y que la posesión de este dinero
constituía para él una vergüenza.
‑¡Sí, una vergüenza, el acto más vil de mi
vida! Pude devolver aquellos mil quinientos rublos, y no lo hice. Preferí que
ella viese en mi un ladrón. Y lo peor es que yo sabía de antemano que
procedería de este modo. ¡Has dicho la pura verdad, Aliocha! ¡Gracias!
Así terminó la declaración de Aliocha, que aportó un
indicio de prueba de la existencia de la bolsita que contenía los mil
quinientos rublos, y de que el acusado decía la verdad al declarar en Mokroie
que hacía tiempo que poseía este dinero.
Aliocha estaba radiante de satisfacción. Sus mejillas
se habían coloreado. Mientras ocupaba el asiento que se le indicó, se preguntaba:
«¿Cómo se explica que me olvidara de este detalle? Es incomprensible que no me
haya acordado hasta ahora.»
Seguidamente se llamó a Catalina Ivanovna. Su entrada
en la sala produjo sensación. Algunas damas levantaron sus gemelos; los hombres
se agitaron, y algunos incluso se pusieron en pie para ver mejor a la joven.
Mitia palideció. Iba vestida de negro. Avanzó hasta la barandilla en actitud
modesta, casi tímida. Su cara no revelaba ninguna emoción, pero la resolución
brillaba en sus ojos oscuros. En aquellos momentos estaba muy hermosa. Habló
sin levantar la voz, pero con gran claridad y serenamente, aunque tal vez se
esforzara por aparecer serena. El presidente la interrogó con suma prudencia,
como si temiese tocar alguna fibra sensible. Catalina Ivanovna empezó por
manifestar que había sido la prometida del acusado hasta el momento en que éste
la abandonó. Cuando se le preguntó por los tres mil rublos entregados a Mitia
para que los enviara por correo a los padres de Catalina Ivanovna, ésta respondió
con firmeza:
‑No le entregué esa cantidad para que la
enviase inmediatamente. Sabía que Dmitri estaba entonces algo apurado. Le
entregué los tres mil rublos para que los mandara a Moscú, si le parecía, en
el espacio de un mes. No ha debido atormentarse por esta deuda.
Debo advertir que no reproduzco las preguntas y las
respuestas textualmente, sino que me limito a exponer lo esencial.
‑Estaba segura ‑continuó‑ de que
haría llegar esa suma a su destino tan pronto como la recibiera de su padre. He
tenido siempre absoluta confianza en su honradez, para los asuntos de dinero.
Dmitri Fiodorovitch contaba con que su padre le entregara esos tres mil rublos,
según me dijo más de una vez. Yo sabía que estaban desavenidos y siempre creí
que Fiodor Pavlovitch lo había perjudicado. No recuerdo que profiriese
amenazas contra su padre, por lo menos en mi presencia. Si Dmitri Fiodorovitch
hubiera venido a verme, lo habría tranquilizado respecto a esos malditos tres
mil rublos. Pero no volvió, y yo... yo no podía llamarlo. Mi situación no me
lo permitía... Por otra parte, no tenía ningún derecho a mostrarme exigente
respecto a esta deuda, puesto que recibí de él un día una cantidad superior, y
la tomé sin saber cuándo podría devolverla.
En su acento había algo de desafío. Entonces llegó
para Fetiukovitch el momento de interrogarla.
‑Pero eso debió de ser al principio de sus
relaciones, ¿no? ‑preguntó el abogado defensor, presintiendo que iba a
ocurrir algo favorable a su cliente.
(Entre paréntesis, el abogado de Petersburgo, aunque
llamado por Catalina Ivanovna, ignoraba el episodio de los cinco mil rublos
entregados por Mitia y el detalle de la «profunda reverencia». Catalina se lo
había ocultado, inexplicablemente. Parece lógico suponer que la joven esperaba
alguna inspiración y que por eso no se atrevió a hablar hasta el último
instante.)
Jamás olvidaré aquel momento. Catalina Ivanovna lo
contó todo, relató enteramente los hechos referidos por Mitia a Aliocha, el
detalle de la profunda reverencia y sus causas, el papel que en esto había
desempeñado su padre... No hizo la menor alusión al detalle de que Dmitri
pidió que fuera ella misma a recoger el dinero. Guardó sobre este punto un
silencio magnánimo y dijo que había ido por su propio impulso a casa del
oficial, aunque esperaba que no le entregaría el dinero sin ninguna
compensación, sin bien no sabía en qué podía consistir ésta. Fue algo
emocionante. Yo me estremecí al oirla; el público era todo oídos. En la
conducta de Catalina Ivanovna había algo inaudito. Nunca se podía esperar, ni
siquiera de una muchacha tan enérgica y altiva como ella, tanta franqueza y
un sacrificio tan extraordinario.
¿Y por qué todo esto? Por salvar al hombre que la
había traicionado y ofendido, por contribuir a sacarlo del atolladero, presentando
una imagen favorable de él. En efecto, la figura de aquel oficial que
entregaba cinco mil rublos, todo lo que poseía, a la inocente muchacha y se
inclinaba respetuosamente ante ella, resultaba simpática en extremo.
Pero no pude menos de experimentar una profunda
inquietud. Temi que este sacrificio fuera terreno abonado para la calumnia, y
mis temores se cumplieron. Con perversa ironía, se hizo correr por la ciudad la
opinión de que el relato de Catalina Ivanovna no podía ser exacto en cierto
punto: el de que el oficial le permitiera marcharse con sólo un respetuoso saludo.
Se afirmaba que aquí había una laguna. «Aunque todo hubiera ocurrido así ‑decían
las más respetables de nuestras damas‑, no podría considerarse prudente
la conducta de esa joven. Ni siquiera el propósito de salvar a un padre puede
justificar semejante proceder.»
¿Es posible que Catalina Ivanovna, pese a su
enfermiza perspicacia, no hubiera presentido estas habladurías? No, Catalina
Ivanovna sabía lo que iba a suceder y, sin embargo, lo contó todo. Naturalmente,
estas insultantes dudas sobre la veracidad del relato de Catalina Ivanovna no
surgieron hasta más tarde: en el primer momento, la emoción fue general. Los
magistrados escucharon la declaración con un silencio respetuoso. El fiscal no
se permitió dirigir ni una sola pregunta sobre esta cuestión. Fetiukovitch se
inclinó con reverencia ante Catalina. El defensor se sentía triunfante. Pretender
que un hombre que, en un arranque de generosidad, se había desprendido de sus
últimos cinco mil rublos, hubiera matado después a su padre para robarle tres
mil, no tenía pies ni cabeza. Ahora Fetiukovitch podría, por lo menos, eliminar
la acusación de robo. Las cosas tomaban un nuevo rumbo. Las simpatías se concentraban
en Dmitri. Durante la declaración de Catalina Ivanovna, Mitia había intentado
levantarse, pero, apenas iniciado el movimiento, había vuelto a dejarse caer
en el banquillo, cubriéndose el rostro con las manos. Cuando la testigo
terminó, Mitia exclamó tendiendo los brazos hacia ella:
‑¿Por qúé me has perdido, Katia?
Prorrumpió en sollozos, pero se recobró en seguida y
añadió: ‑¡Ahora estoy irremisiblemente condenado!
Y desde este instante permaneció rígido en su
asiento, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados.
Catalina Ivanovna se quedó en la sala de la
audiencia. Estaba pálida y su mirada se fijaba en el suelo. Los que se hallaban
a su alrededor contaron más tarde que temblaba como si tuviera fiebre. Le tocó
el turno a Gruchegnka.
Ya explicaré por qué tenía razón Mitia al decir que
estaba perdido. No me cabe duda ‑y todos los juristas acabaron por estar
de acuerdo conmigo‑ que, de no haberse producido los incidentes que
acabamos de referir, el culpable habría obtenido el beneficio de ciertas
circunstancias atenuantes. Pero dejemos esto para más adelante; ahora hemos de
hablar de Gruchegnka.
Se presentó también vestida de negro y con los
hombros cubiertos por su magnífico chal. Avanzó hacia la barandilla con su
paso silencioso y con un leve contoneo. Su mirada estaba fija en el presidente.
A mi juicio, su aspecto era excelente y no estaba pálida, como dijeron las
damas después. Se dijo también que tenía una expresión reconcentrada y
maligna. A mi entender, sólo estaba molesta al sentir concentradas sobre ella
las miradas despectivas y curiosas de un público ávido de escándalo. Era uno
de esos caracteres altivos que no pueden sufrir el desdén ajeno y se dejan
llevar de la cólera y el espíritu de resistencia apenas se ven despreciados.
También había en ella, seguramente, algo de timidez y de la vergüenza de ser
tímida, lo que explica la irregularidad de su voz, que oscilaba entre la
irritación y el grosero desdén, y en la que a veces, cuando Gruchegnka se
acusaba a sí misma, había una nota de sinceridad. En algunos momentos hablaba
sin preocuparse por las consecuencias. «No me importa lo que venga después ‑pensaba‑.
Diré lo que tengo que decir.» Al referirse a sus relaciones con Fiodor
Pavlovitch, observó con acento tajante:
‑Eso son tonterías. Si se enamoró de mí, yo no
tengo la culpa.
Y un momento después añadió:
‑La culpa fue mía. Me burlaba del viejo y de su
hijo; les hice perder la cabeza a los dos. Yo he sido la causante de todo.
Cuando se le habló de Samsonov, replicó
violentamente:
‑¡Eso no le importa a nadie! Ese hombre fue mi
bienhechor. Él me recogió cuando los míos me echaron de casa y me encontré en
la miseria.
El presidente le recordó que debía limitarse a
responder a las preguntas que se le hicieran, sin entrar en detalles
superfluos. Gruchegnka enrojeció y sus ojos relampaguearon. Luego declaró que
no había visto el sobre de los tres mil rublos y que sólo sabía de él lo que le
había dicho aquel «malvado».
‑¡Pero eso es una estupidez! ¡Ni por todo el
oro del mundo habría ido a casa de Fiodor Pavlovitch!
‑¿A quién se refiere usted al decir «aquel
malvado»? ‑preguntó el fiscal.
‑A Smerdiakov, ese lacayo que mató a su dueño y
se ahorcó ayer.
Naturalmente, se apresuraron a preguntarle en qué se
fundaba para formular una acusación tan categórica, pero resultó que tampoco
ella sabía nada en concreto.
‑Me lo dijo Dmitri Fiodorovitch ‑repuso‑,
y pueden ustedes creerle. Esa mujer lo perdió ‑añadió temblando de odio‑.
Ella es la culpable de todo.
Se le preguntó a quién se refería y Gruchegnka
contestó:
‑A Catalina Ivanovna. Me hizo ir a su casa y me
obsequió con golosinas para seducirme. Es una sinvergüenza.
El presidente le rogó que se expresara con más
moderación. Pero Gruchegnka no tenía freno: los celos la cegaban.
‑Cuando se detuvo a Dmitri Fiodorovitch en
Mokroie ‑dijo el fiscal‑, usted llegó de la habitación inmediata gritando:
«¡Yo soy la culpable de todo! ¡Iremos juntos a presidio!» Por lo tanto, en
aquel momento usted creía que el acusado era culpable.
‑No recuerdo lo que pensaba entonces. Lo único
que sé es que, al ver que todos lo acusaban, me sentí culpable, creyendo que
Dmitri había cometido el crimen por mí. Pero cuando él me aseguró que era
inocente, lo creí. Y siempre lo creeré. Dmitri Fiodorovitch no miente nunca.
Seguidamente, se concedió la palabra a Fetiukovitch,
que interrogó a Gruchegnka sobre Rakitine y los veinticinco rublos de recompensa
que le había ofrecido si llevaba a Alexei Fiodorovitch Karamazov.
Gruchegnka sonrió despectivamente.
‑Eso no tiene nada de particular ‑repuso‑.
Venía a pedirme dinero con frecuencia. Algunos meses me sacó hasta treinta
rublos. Y no por necesidad, pues no le faltaba para comer ni beber.
‑¿Por qué era usted tan generosa con el señor
Rakitine? ‑preguntó Fetiukovitch, sin importarle la mirada de reprobación
que le dirigió el presidente.
‑Porque somos primos. Nuestras madres eran
hermanas. No lo dije nunca a nadie porque él me lo suplicó. Se avergonzaba de
mí.
Esta revelación sorprendió a todo el mundo. Nadie, ni
en la ciudad ni en el monasterio, tenía la menor idea de este parentesco.
Rakitine enrojeció. Gruchegnka lo detestaba por haber declarado contra Mitia.
La elocuencia de Rakitine, su fraseología sobre la servidumbre y el desorden
cívico de Rusia perdieron todo su crédito en la opinion. Fetiukovitch estaba
satisfechísimo: el cielo acudía en su ayuda. No se retuvo mucho tiempo a
Gruchegnka, ya que pronto se vio que no podía hacer más revelaciones
importantes. La testigo dejó en el público una impresión sumamente
desfavorable. Multitud de miradas despectivas se fijaron en ella cuando,
después de su declaración, fue a sentarse lejos de Catalina Ivanovna. Durante
el interrogatorio de Gruchegnka, Mitia había permanecido en silencio, inmóvil,
con la cabeza baja.
Compareció un nuevo testigo... Iván Fiodorovitch.
DESASTRE REPENTINO
Se le había llamado antes que a Aliocha, pero el
ujier dijo al presidente que una súbita indisposición impedía comparecer al testigo,
y que tan pronto como se hubiera repuesto acudiría a declarar. Su llegada pasó
casi inadvertida; se le prestó muy poca atención. Los principales testigos, y
especialmente las dos rivales, habían declarado ya, y la curiosidad había
desaparecido casi por completo: no se esperaba nada nuevo de los demás
testigos.
Iván avanzó con lentitud extraña, sin mirar a nadie,
absorto y con la cabeza baja. Iba bien vestido. En su rostro se percibían las
huellas de su enfermedad; su tez, de un matiz terroso, hacía pensar en las de
los moribundos. Levantó la cabeza y paseó por la sala una mirada llena de
turbación. Aliocha se levantó y lanzó una exclamación de la que nadie hizo
caso.
El presidente recordó al testigo que no tenía que
prestar juramento y que podía dejar sin respuesta aquellas preguntas que considerase
conveniente no contestar, pero que debía prestar declaración de acuerdo con su
conciencia. Iván lo miraba distraídamente. De pronto, una sonrisa iluminó su
semblante y cuando el presidente, visiblemente sorprendido por este cambio,
terminó de hablar, Iván se echó a reír.
‑¿Y qué más? ‑preguntó levantando la voz.
Silencio en la sala. El presidente tuvo un gesto de
inquietud.
‑¿Se siente indispuesto todavía? ‑le
preguntó, mientras buscaba con la suya la mirada del ujier.
‑Tranquilícese, señor ‑repuso Iván con
calma‑. Estoy perfectamente y puedo referirle algo curioso.
‑¿O sea que tiene usted que decir algo importante?
‑preguntó el presidente, incrédulo.
Iván Fiodorovitch bajó la cabeza, guardó silencio
durante unos segundos y respondió:
‑No, no tengo nada importante que decir.
Lo interrogaron. Contestó lacónicamente y con
creciente resistencia, aunque sus respuestas fueron perfectamente sensatas.
Ignoraba, según dijo, muchas de las cosas que le preguntaron, entre ellas las
referentes a las cuentas de su padre con Dmitri.
‑Era un asunto que no me importaba lo más
mínimo ‑dijo.
Declaró que había oído las amenazas del acusado
contra su padre y que estaba enterado de la existencia del sobre por Smerdiakov.
De pronto, exclamó con un gesto de fatiga:
‑¡Siempre lo mismo! ¡No puedo decir nada más al
tribunal!
‑Veo que está usted todavía trastornado y lo
comprendo ‑dijo el presidente.
Y ya iba a preguntar al fiscal y al defensor si
querían interrogar al testigo, cuando Iván dijo, extenuado:
‑Permítame su señoría que me retire: no me
siento bien.
Dicho esto, y sin esperar la autorización del
presidente, se dirigió a la salida. Pero, después de dar algunos pasos, se
detuvo, quedó un momento pensativo, sonrió y volvió atrás.
‑Me parezco a esa joven campesina que decía:
«Iré si quiero, pero si no quiero, no iré.» La vistieron para llevarla al altar
y ella repitió lo que acababa de decir... Es una anécdota popular...
‑¿Qué significa eso? ‑preguntó con
severidad el presidente.
En vez de responder a esta pregunta, Iván sacó un
fajo de billetes y lo exhibió ante el tribunal.
‑¡Miren, miren! Son los billetes que estaban en
ese sobre ‑dijo, señalando la mesa donde se hallaban los cuerpos del delito‑,
los billetes por los que mataron a mi padre. ¿Dónde hay que depositarlos? Señor
ujier, ¿quiere usted entregar este dinero a quien corresponda?
El ujier cogió el fajo y lo entregó al presidente.
Éste preguntó, sorprendido:
‑¿Cómo se explica que haya traído usted este
dinero..., si verdaderamente es el que estaba en el sobre?
‑Me lo entregó ayer Smerdiakov, el asesino.
Estuve en su casa antes de que se ahorcase. Fue él quien mató a mi padre, no mi
hermano. Él lo mató y yo lo instigué a matarlo... ¿Quién no desea la muerte de
su padre?
‑¿Está usted en su juicio? ‑exclamó el
presidente.
‑Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el
de ustedes, y como el de todos esos... papanatas.
Se había vuelto hacia el público al decir esto.
Irritado y despectivo, añadió:
‑A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora
se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes!
Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros...
Si de pronto supieran que aquí no ha habido parricidio, se marcharían,
defraudados y furiosos. Panem et circenses!.. Pero yo no me quedo corto... ¿Tienen agua? ¡Por Dios,
denme un vaso!
Hundió la cabeza entre las manos. El ujier se acercó
a él, presuroso. Aliocha se puso en pie y gritó:
‑¡No lo crean! ¡Está enfermo! ¡Desvaría!
Catalina Ivanovna se había levantado también
precipitadamente y miraba a Iván Fiodorovitch, aterrada a inmóvil. Mitia, con
una sonrisa que más parecía una mueca, escuchaba ansiosamente a su hermano.
‑Tranquilícese ‑dijo Iván‑. No
estoy loco. He cometido un crimen, y no se puede pedir elocuencia a un asesino ‑añadió,
sonriendo.
El fiscal, visiblemente nervioso, habló en voz baja
al presidente. Los magistrados cambiaban comentarios también en susurros.
Fetiukovitch aguzó el oído. El público esperaba con ansiedad. El presidente se
tranquilizó.
‑Debo advertirle ‑dijo‑ que se
expresa usted en términos incomprensibles y que aquí no se pueden tolerar.
Cálmese y hable..., si verdaderamente tiene algo que decir. ¿Podría usted
demostrar todo lo que ha dicho, y así convencernos de que no está delirando?
‑El caso es que no tengo testigos. Ese
miserable de Smerdiakov no les enviará a ustedes una declaración desde el otro
mundo... dentro de un sobre. Ustedes desearían recibir más sobres: no les
basta con uno... No, no tengo testigos... Aunque, bien mirado, tal vez tenga
uno.
Quedó ensimismado, sonriendo.
‑¿Quién es ese testigo? ‑le preguntó el
presidente.
‑Tiene rabo. Es algo que está al margen de toda
la regla. Le diable n’existe point.
De pronto, dejó de reir y dijo en tono confidencial:
‑No
le hagan caso: es un diablejo sin importancia. Debe de estar aquí, en la sala.
Seguramente en la mesa de los cuerpos del delito. ¿En qué otra parte puede
estar?... Yo le he dicho que no me callaría
y él me ha hablado de un cataclismo geológico y de otras tonterías
semejantes... Dejen al monstruo en libertad. Ha cantado un himno alegremente;
es un ser optimista..., una especie de bribón borracho. «Para Piter ha partido
Vanka», vocifera. Y yo, por sólo dos segundos de alegría, daría un cuatrillón
de cuatrillones. Ustedes no me conocen. ¡Todo es necio entre ustedes!... En
fin, deténganme. Para algo he venido... ¡Ah, cuánta estupidez hay en el mundo!
De nuevo paseó su mirada por la sala, como soñando.
La emoción era general. Aliocha corrió hacia él. Pero el ujier había cogido ya
a Iván del brazo.
‑¡Suélteme! ‑gritó éste, mirando
fijamente al ujier.
De pronto, lo cogió por los hombros y lo derribó. Los
guardias acudieron rápidamente. Lo sujetaron. Iván empezó a vociferar como un
energúmeno. Mientras se lo llevaban, no cesó de proferir palabras incoherentes.
El tumulto fue extraordinario. No recuerdo bien los
detalles, pues la emoción me impedía ser un observador atento, pero puedo
afirmar que, una vez restablecida la calma, el ujier recibió una reprimenda, a
pesar de que explicó a las autoridades que el testigo parecía hallarse
perfectamente después de haberlo reconocido el médico hacía una hora, cuando se
sintió indispuesto. Hasta el momento de comparecer, se había expresado con la
más completa cordura, de modo que no podía preverse lo ocurrido. Pero antes de
que los ánimos se hubieran apaciguado se produjo un nuevo incidente: Catalina Ivanovna
sufrió un ataque de nervios. Gemía y sollozaba, y no quería marcharse; se
debatía y suplicaba que la dejaran permanecer en la sala. De pronto, exclamó,
dirigiéndose al presidente:
‑¡Tengo algo más que decir! ¡Y quiero decirlo
ahora mismo!... ¡Lean esta carta, léanla! ¡La escribió ese monstruo! ‑señalaba
a Mitia‑. ¡Es el asesino de su padre! ¡En esta carta confiesa su
propósito de matarlo! Iván Fiodorovitch está enfermo; hace tres días que no
cesa de desvariar.
El ujier cogió la carta y se la entregó al
presidente. Catalina Ivanovna se dejó caer en el asiento, se cubrió el rostro
con las manos y empezó a llorar en silencio, ahogando los sollozos por terror a
que la expulsaran. La carta era la escrita por Dmitri en la taberna «La
Capital», aquella carta que Iván consideraba como una prueba categórica. Y
así, ¡ay!, se consideró. De no haberse presentado esta carta ante el tribunal,
seguramente Mitia no habría sido condenado, o, por lo menos, la sentencia
hubiera sido más benigna.
He de decir una vez más que no puedo describir esta
situación detalladamente. Incluso ahora estas escenas acuden a mi memoria sin
orden ni concierto. El presidente debió de poner en conocimiento de ambas
partes y del juez el contenido de esta carta. Luego preguntó a Catalina
Ivanovna si se había repuesto y ella contestó resueltamente:
‑Sí, ya estoy serena: puedo responder a sus
preguntas.
Temía que no se la escuchara con la debida atención.
Le rogaron que explicara detalladamente cuándo y cómo había recibido la carta
de Dmitri Fiodorovitch.
‑La recibi el día anterior al del crimen. Como
ven, está escrita en la taberna, en el reverso de una factura. Dmitri me odiaba
entonces porque me debía tres mil rublos y porque había cometido la vileza de
seguir a esa mujer. Su deuda y su villanía lo abochornaban. Les diré
exactamente lo que ocurrió. Les ruego que me escuchen atentamente. Tres
semanas antes de dar muerte a su padre, se presentó en mi casa. Yo sabía que
necesitaba dinero y que lo quería para atraerse a esa mujer y retenerla a su
lado. Yo sabía que me traicionaba, que tenía el propósito de abandonarme, y,
sin embargo, le di ese dinero con el pretexto de que lo enviase a mi familia.
Cuando se lo entregué, le dije, mirándole a los ojos, que podría mandarlo
cuando quisiera, «aunque tardara un mes». Es extraño que él no comprendiera que
esto equivalía a decirle: «¿Necesitas dinero para traicionarme? Aquí lo
tienes; yo misma te lo doy. Tómalo si no te da vergüenza.» Mi intención era
confundirlo, pero él se llevó el dinero y lo dilapidó en una sola noche con esa
mujer. Sin embargo, Dmitri Fiodorovitch se había dado cuenta de que yo lo había
comprendido todo y le ofrecía el dinero sólo para probarlo, para ver si cometía
la infamia de admitirlo. Nuestras miradas se cruzaron, él me comprendió, y, no
obstante, tomó el dinero y se fue.
‑¡Todo eso es verdad, Katia! ‑exclamó
Mitia‑. Comprendí por qué me ofrecias ese dinero y, sin embargo, lo tomé.
¡Despreciadme todos! ¡Lo merezco porque soy un miserable!
El presidente lo amenazó con expulsarlo de la sala si
decía una palabra más.
‑Ese dinero fue un tormento para él ‑continuó
Katia precipitadamente‑. Quería devolvérmelo, pero lo retenía porque lo
necesitaba para esa mujer. Aunque mató a su padre para pagarme, no me dio ni
un céntimo: se fue con su amiga a Mokroie para gastárselo alegremente. Un día
antes de cometerse el crimen me escribió esta carta, estando ebrio, cosa que
deduje en seguida, y ciego de cólera. Era evidente que estaba seguro de que yo
no se la enseñaría a nadie, aunque cometiera el crimen, pues, de lo contrario,
no la habría escrito. Léanla, léanla con atención. Verán ustedes cómo se
explica por anticipado todo lo que ha de suceder: cómo matará a su padre, dónde
está escondido el dinero... Observen sobre tocto que dice que cometerá el
crimen apenas parta Iván. Por lo tanto, fue un crimen premeditado.
Catalina Ivanovna dijo esto pérfidamente. Se veía que
había estudiado detalle por detalle la fatídica carta.
‑Estando despejado, no me la habría escrito,
pero es evidente que la carta revela un plan.
En su exaltación, despreciaba las consecuencias
posibles de sus palabras, actitud muy diferente de la de un mes atrás, cuando
se preguntaba, temblando de ira, si debía entregar al tribunal la carta
reveladora. Al fin, había quemado las naves.
El secretario leyó la carta, que produjo una
impresión tremenda. Se preguntó a Mitia si la reconocía.
‑Sí, yo la escribí, aunque no la habría escrito
si no hubiera bebido más de la cuenta... ¡Tú y yo, Katia, nos odiábamos por muchas
razones; pero yo te amaba a pesar de mi odio, y tú a mí no!
Se había levantado y volvió a dejarse caer en el
banquillo, retorciéndose las manos.
Tanto el fiscal como el defensor preguntaron a
Catalina Ivanovna por qué no había hablado de aquella carta en su reciente
declaración y a qué obedecía su cambio de actitud respecto al acusado.
‑Tienen ustedes razón: he mentido, faltando a
mi honor y a mi conciencia. He obrado así porque quería salvarlo, y quería salvarlo
porque me odiaba y me despreciaba. Sí, me despreciaba; me despreció siempre,
desde que me incliné ante él para darle las gracias por el dinero que me
entregó. Me di cuenta de ese desprecio en seguida, pero tardé mucho tiempo en
convencerme. ¡Cuántas veces he leído en sus ojos estas frase: «Viniste en
persona a mi casa»! No me comprendió, no fue capaz de deducir por qué fui a
verlo. En su mente sólo cabe la vileza. Juzga a los demás a través de sí
mismo...
Katia había llegado al colmo de la exaltación. La ira
la cegaba.
‑Quería casarse conmigo ‑siguió diciendo‑
por el dinero, sólo por el dinero. Es un desalmado. Estaba seguro de que siempre,
durante toda mi vida, me sentiría avergonzada ante él, y él podría manejarme a
su antojo. Por eso quería casarse conmigo. Les estoy diciendo la pura verdad.
Intenté vencerlo a fuerza de cariño, incluso estaba dispuesta a olvidar su
traición; pero él no me comprendió, no comprendía nada. Es un monstruo. Recibí
su carta al día siguiente por la tarde; hasta entonces no me la trajeron de la
taberna. Pues bien, aquella misma mañana estaba dispuesta a perdonárselo todo,
¡incluso su traición!
El fiscal y el presidente procuraron calmarla. Estoy
seguro de que les daba vergüenza aprovecharse de la exaltación de Katia para
obtener las importantes declaraciones que estaban oyendo. Decían: «Comprendemos
su pesar y lo compartimos.» Pero ello no les impedía escuchar las revelaciones
de una mujer que había perdido el dominio de sus nervios. Finalmente, con una
lucidez extraordinaria, como es frecuente en estos casos, explicó cómo se
había trastornado en los dos meses últimos la razón de Iván Fiodorovitch,
obsesionado por la idea de salvar a su hermano, el monstruo, el parricida.
‑Estaba atormentado. Pretendía atenuar la falta
de su hermano diciéndome que él tampoco quería a su padre y que incluso deseaba
su muerte. Tiene un exceso de conciencia, y ésta es la causa de sus
sufrimientos. No tenía secretos para mí. Venía a verme a diario, porque soy su
única amiga. Sí, tengo el honor de ser su única amiga ‑repitió en un
tono de reto, con los ojos brillantes‑. Fue dos veces a visitar a
Smerdiakov. Un día me dijo: «Si no fue mi hermano quien mató a mi padre si fue
Smerdiakov, acaso sea tambien yo el culpable, pues Smerdiakov sabía que yo no
quería a mi padre y acaso supusiera que deseaba su muerte.» Entonces le mostré
esta carta y él quedó completamente convencido de la culpa de su hermano.
Estaba aterrado; no podía soportar la idea de que su propio hermano fuera un
parricida. Desde hace una semana está trastornado por estas inquietudes.
Desvaría, le han oído hablar solo por la calle. El doctor que traje de Moscú lo
reconoció anteayer y me dijo que estaba al borde de una grave perturbación mental.
¡Y todo por culpa de ese monstruo! El suicidio de Smerdiakov ha sido para él el
golpe de gracia. ¡Todo a causa de ese mal hombre al que pretende salvar!
Generalmente, sólo se habla así una vez en la vida,
cuando se está al borde de la muerte, al subir al cadalso, por ejemplo. Pero
esta conducta estaba de acuerdo con el carácter de Katia. La Katia de aquel
momento era la misma muchacha impulsiva que había corrido a casa de un joven
libertino para salvar a su padre; la misma muchacha casta y altiva que hacía
unos instantes había sacrificado su pudor virginal, refiriendo públicamente el «noble
acto de Mitia», con el único fin de atenuar la suerte que le esperaba. Y ahora
hacía el mismo sacrificio por otro al que tal vez hasta aquel momento no se
había dado cuenta de que profesaba un profundo afecto. Se sacrificaba por él
porque, de pronto, se había imaginado, aterrada, que lo había perdido con su
declaración, al revelar que él, Iván, creía ser responsable de la muerte de su
padre, en vez de serlo su hermano; se sacrificaba por Iván y por su reputación.
Una pregunta la atormentaba. ¿Había calumniado a
Mitia al hablar del principio de sus relaciones con él? No, ella estaba convencida
de que no mentía al decir que Dmitri la despreciaba por su profunda reverencia;
creía sinceramente que Mitia la había adorado hasta aquel momento y que después
su adoración se había convertido en burla y desprecio. Entonces se había
sentido ligada a él por un amor que tenía algo de vanidad herida y que se
parecía mucho a la venganza. Tal vez este falso amor se habría transformado en
amor verdadero; tal vez Katia lo deseara; pero Mitia la había herido
profundamente con su traición, y el alma de Katia no era de las que perdonan.
De súbito, había llegado el momento de la venganza, y todo el rencor
dolorosamente acumulado en el corazón de la mujer ofendida había hecho
explosión en un instante. Acusando a Mitia, se acusaba a sí misma. Cuando hubo
terminado, perdió el dominio de sus nervios, y una profunda vergüenza la
invadió. Hubo que sacarla de la sala, presa de un nuevo ataque de nervios.
Mientras se la llevaban, Gruchegnka corrió hacia Mitia gritando. Fue tan rápida
su carrera, que no la pudieron contener.
‑¡Esa víbora lo ha perdido, Mitia! ¡Ya lo han
visto ustedes! ‑exclamó, dirigiéndose al tribunal.
A una señal del presidente, la sujetaron y la
condujeron hacia la puerta. Gruchegnka se debatía, tendiendo los brazos hacia
Dmitri. Éste lanzó un grito a intentó correr hacia ella. Fue fácil detenerlo.
Estoy seguro de que las espectadoras quedaron
satisfechas. El espectáculo fue realmente apasionante. El médico de Moscú, al
que el presidente había mandado llamar para que asistiera a Iván Fiodorovitch,
presentó su informe. Dijo que el enfermo atravesaba una grave crisis y que
convenía llevarlo a su domicilio sin pérdida de tiempo. Dos días atrás, el
paciente había ido a consultarlo, pero no había seguido el tratamiento, a
pesar de la gravedad de su estado.
‑Me dijo que tenía alucinaciones, que se
encontraba en la calle con personas fallecidas y que Satanás lo visitaba todas
las noches.
La carta recibida por Catalina Ivanovna se añadió a
la pieza de autos. Después de deliberar, el tribunal decidió proseguir los debates
y hacer constar en las actas las inesperadas declaraciones de Catalina
Ivanovna y de Iván Fiodorovitch.
Las declaraciones de los últimos testigos confirmaron
las anteriores, añadiéndoles, además, ciertos detalles significativos. En el
informe del fiscal, que vamos a oír a continuación, se habla de todo lo dicho.
Los incidentes que se acababan de producir habían
puesto los ánimos en tensión. Se esperaban con impaciencia los discursos de la
acusación y la defensa, y el veredicto. La declaración de Catalina Ivanovna
había sobrecogido a Fetiukovitch. El fiscal, en cambio, se sentía triunfante.
La vista se suspendió para reanudarse una hora
después. Eran las ocho de la noche cuando empezó a informar el fiscal.
CAPITULO VI
Cuando
empezó su discurso, Hipólito Kirillovitch era presa de un temblor nervioso,
tenía la frente y la sienes bañadas en frio sudor y lo sacudian frecuentes
escalofríos, como él mismo confesó después. Consideraba este discurso como su chef‑d'oeuvre,
su chant du cygne, cosa que justificó muriendo tuberculoso nueve meses
después. Puso en este informe toda su alma y toda su inteligencia, revelando
un sentido cívico inesperado y un vivo interés por las cuestiones
sensacionales. Lo que más cautivó a su auditorio fue su sinceridad. Creía
realmente que Mitia era culpable, y no obraba solamente por cumplir su deber,
sino también llevado del deseo de salvar a la sociedad. Incluso las damas,
generalmente hostiles a Hipólito Kirillovitch, admitieron que había causado
excelente impresión. Empezó con cierta inseguridad, pero su voz se afirmó muy
pronto y se hizo tan potente que llegó incluso al rincón más apartado de la
sala. Pero apenas terminó, estuvo a punto de desvanecerse. Éste fue su
discurso:
‑Señores del jurado: este asunto ha tenido
resonancia en toda Rusia. Pero, bien mirado, no hay razón para que nos
sorprendamos ni nos asustemos. ¿Acaso no estamos habituados a estos hechos?
Ya casi no nos conmueven. Lo que nos debe inquietar es esta indiferencia y no
la perversidad de tal o cual individuo. ¿A qué se debe que permanezcamos poco
menos que insensibles ante estos hechos que nos presagian un sombrío porvenir?
¿Hay que atribuir esta indiferencia a la osadía, al agotamiento prematuro de la
inteligencia y la imaginación de nuestra sociedad, joven todavía, pero ya
débil; al relajamiento de nuestros principios morales o la ausencia total de
tales principios? Dejo sin contestar estas preguntas que requieren la atención
de todos los ciudadanos. Nuestra prensa, pese a su timidez, ha prestado buenos
servicios a la sociedad, ya que, gracias a ella, todo el mundo está enterado
de la inmoralidad y el desenfreno que reinan en nuestro país; todo el mundo y
no sólo los que acuden a presenciar las audiencias, que han abierto sus puertas
al público en el presente reinado. ¿Qué es lo que nos cuentan los periódicos?
Atrocidades ante las cuales el asunto que nos ocupa palidece y resulta poco
menos que una nimiedad. La mayoría de nuestras causas criminales demuestran una
especie de perversidad general, un azote que se ha introducido en nuestras
costumbres y que es sumamente difícil combatir. Aquí vemos a un joven y admirado
oficial de la mejor sociedad, que asesina sin remordimiento alguno a un modesto
funcionario, con el que está en deuda, y a su muchacha de servicio, para
recobrar un pagaré. Y, además, roba el dinero que encuentra, para gastárselo
alegremente. Después de cometer este doble crimen, pone una almohada debajo de
la cabeza de cada una de sus víctimas y se marcha. En otro lugar, un héroe,
joven también y de cuya bravura dan cuenta sus condecoraciones, estrangula, en
una carretera, ni más ni menos que como un bandido, a la madre de su jefe,
después de haber dicho a sus cómplices, para tranquilizarlos, que la buena
señora no tomará ninguna precaución, ya que lo quiere como a un hijo y confía
en él ciegamente. Estos asesinos, verdaderos monstruos, no son casos aislados.
Otros no llegan a cometer crímenes, pero piensan como los criminales y, en su
fuero interno, no son menos infames que ellos. Cuando se enfrentan con su
conciencia, se preguntan: «¿Acaso no es un prejuicio el honor?» Tal vez se me
objete que calumnio a nuestra sociedad, que desvarío, que exagero. Ojalá sea
así; quiera Dios que me equivoque. No me creáis, miradme como se mira a un
enfermo; pero no olvidéis mis palabras. Aunque no diga ni la vigésima parte de
la verdad, esta pequeña parte es suficiente para que nos echemos a temblar.
Observad cómo abundan los suicidas entre la gente joven. Y se matan sin
preguntarse, como Hamlet, qué vendrá después. La inmortalidad del alma, la
vida futura, no existe para ellos. Observad también nuestra corrupción. Fiodor
Pavlovitch, la desdichada víctima de nuestro caso, es un niño inocente
comparado con ellos. Todos lo conocíamos, porque vivía en esta población... Sin
duda, la psicología del crimen en Rusia será estudiada algún día por hombres
eminentes, tanto de nuestro país como de Europa, pues el tema es de gran
importancia. Pero este estudio se realizará cuando todo haya pasado y se pueda
proceder con calma, cuando la trágica incoherencia del momento actual no sea
más que un recuerdo y pueda analizarse con una imparcialidad que hoy es imposible.
Ahora nos horrorizamos o fingimos horrorizarnos, pero, al mismo tiempo, nos
complacen las fuertes sensaciones que sacuden nuestro ocio; o, como los niños,
escondemos la cabeza debajo de la almohada al ver pasar esos horribles
espectros, y luego, en la inconsciencia de nuestras alegrías y nuestros
placeres, los olvidamos. Pero un día a otro reflexionaremos, haremos examen de
conciencia y nos daremos cuenta del estado de nuestra sociedad. Al final de una
de sus obras maestras, un gran escritor de la generación pasada comparaba a
Rusia con una impetuosa troika que galopaba hacia una meta desconocida,
y exclamaba: «¡Ah, troika veloz como un ave! ¿Quién te ha inventado?» A
continuación, decía en una explosion de entusiasmo que ante aquella troika sin
freno todos los pueblos se apartaban respetuosamente[L121]. Admito, señores, que esto es admirable,
pero, en mi humilde opinión, el genial poeta, o se dejó llevar de un ingenuo
idealismo o temió a la censura de la época, pues tirando de la troika
caballos tan poderosos como Sabakevitch, Nozdriov y Tchitchikov, sabe
Dios adónde iríamos a parar, cualquiera que fuese el conductor. Y estamos
hablando de corceles de otro tiempo. Ahora los tenemos mejores.
En este punto, el discurso de Hipólito Kirillovitch
fue interrumpido por los aplausos. El liberalismo del símbolo de la troika
gustó a la concurrencia. Pero los aplausos no fueron nutridos, por lo que el
presidente no juzgó necesario amenazar al público con hacer evacuar la sala. No
obstante, Hipólito Kirillovitch se sintió reconfortado. Nunca lo habían
aplaudido; incluso se habían negado a escucharlo durante varios años. Y, de
pronto, advertía que se iba a atraer la atención de Rusia entera.
‑Hablemos ahora de la familia Karamazov, de esa
familia que ha adquirido repentinamente una triste celebridad. Tal vez exagere,
pero creo que en ella se resumen ciertos rasgos de nuestra sociedad
contemporánea. Se trata de un resumen microscópico, como el de una gota de agua
respecto al sol. Observemos a ese viejo libertino, a ese padre de familia que
ha tenido un fin tan lamentable. Era hijo de padres nobles, pero en los
comienzos de su vida no fue más que un mísero parásito. Un matrimonio
inesperado le proporciona algún dinero, pero sigue siendo un bribón, un payaso
obsequioso y, sobre todo, un usurero. Andando el tiempo y a medida que su fortuna
va aumentando, lo vemos conducirse con más seguridad en si mismo. Luego deja de
ser un adulador rastrero y ya solo queda en él una cínica maldad y la tendencia
a la burla y al libertinaje. No tiene el menor principio moral: sólo una sed de
vida inagotable. Aparte los placeres sensuales, nada existe para él: he aquí la
enseñanza que da a sus hijos. Como padre, no se considera obligado a nada; se
rie de sus deberes paternos, deja a sus hijos en manos de los criados y se
alegra cuando se los llevan. Incluso llega a olvidarlos por completo. Su
concepto de la moral se resume en esta frase: aprés moi, le déluge! Es
todo lo contrario de un ciudadano: se aísla en la sociedad. «Perezca el mundo
con tal que yo esté bien.» Y está bien; es feliz y desea llevar esta vida
durante treinta años más. Estafa a su hijo, quedándose con parte de su herencia
materna, y además de quitarle el dinero pretende arrebatarle la amante. No
quiero dejar la defensa del acusado enteramente en manos del eminente abogado
que ha venido de Petersbugo. También yo diré la verdad; también yo comprendo la
indignación acumulada en el alma de ese hijo. Pero no hablemos más del
infortunado viejo. Ya ha pagado su deuda. Pensemos, sin embargo, que era un
padre, un padre moderno. ¿Es calumniar a la sociedad decir que hay muchos
padres como él? La mayoría de ellos no se expresan con tanto cinismo, pues
tienen más educación y más cultura, pero, en el fondo, piensan como pensaba
Fiodor Pavlovitch. Perdonadme si soy demasiado pesimista. No me creáis, pero
permitidme que os exponga mi pensamiento. Estoy seguro de que os acordaréis de
lo que acabo de decir.
»Hablemos ahora de los hijos de ese hombre. Uno de
ellos está ante nosotros, en el banquillo de los acusados. Me referiré brevemente
a los otros dos. El mayor de éstos, o sea el segundo de los tres hijos, es un
joven moderno, de gran cultura a inteligencia, pero que no cree en nada y ha
renegado ya de muchas cosas, como su padre. Todos lo hemos oído. Fue recibido
amistosamente en nuestra sociedad. No ocultaba sus opiniones, sino todo lo
contrario. Por eso hablaré francamente, aunque sólo lo considere como miembro
de la familia Karamazov.
»Ayer, lejos de aquí, en el límite de la ciudad, se
suicidó un pobre idiota complicado en este asunto, sirviente y tal vez un hijo
natural de Fiodor Pavlovitch: Smerdiakov. Este hombre me dijo entre lágrimas,
al instruirse el sumario, que Iván Fiodorovitch lo horrorizaba con su
nihilismo moral, que afirmaba que no había nada prohibido para el hombre. Esta
doctrina debió de acabar de trastornar la mente del pobre idiota, ya afectada,
sin duda, por su enfermedad y por el drama que se había desarrollado en casa
de los Karamazov. Pero este desgraciado hizo una observación digna de una
persona inteligente, y ésta es la razón de que hable de el. «De los tres hijos
de Fiodor Pavlovitch ‑me dijo‑, el que más se parece a su padre
por su carácter es Iván Fiodorovitch.» Por delicadeza pongo fin a mis
consideraciones sobre este Karamazov. Nada más lejos de mi ánimo que extraer
conclusiones de cuanto acabo de decir, para pronosticar la ruina de este
inteligente joven. Ya hemos visto que el sentimiento de la verdad es todavía
muy potente en su corazón y que los afectos familiares no han naufragado aún en
la irreligión y el cinismo mental inspirados más por la ley de la herencia que
por el dolor moral.
»El más joven de los hermanos, adolescente todavía,
es modesto y piadoso. En oposición con las siniestras y disolventes ideas de
su hermano, las suyas son de acercamiento a los «principios populares», como
se dice en los medios intelectuales. Vivió en nuestro monasterio, donde estuvo
a punto de profesar. A mi juicio, encarna inconscientemente la fatal
desesperación que impulsa a infinidad de individuos de nuestra desgraciada
sociedad ‑por temor a la corrupción y porque atribuyen erróneamente todos
nuestros males a la cultura occidental‑ a volver, como ellos dicen, «al
suelo natal, para arrojarse en los brazos de esta tierra nativa, como los niños
aterrados por los fantasmas se refugian en el agotado seno materno para dormir
en paz y librarse de las visiones que los atormentan. Mis mejores votos para
este joven dotado de tan excelentes cualidades; le deseo que sus nobles
sentimientos y sus aspiraciones respecto a los principios populares no
degeneren, como ha ocurrido más de una vez, en un sombrío misticismo por el
lado moral, y en un necio patrioterismo por la parte cívica, ideales ambos que
amenazan a nuestro país con males tal vez más graves que esa perversión precoz
nacida de un falso concepto de la cultura occidental, de que adolece Iván
Fiodorovitch.
Sus alusiones al patrioterismo y al misticismo fueron
acogidas con aplausos. Sin duda, Hipólito Kirillovitch se había dejado
arrastrar por su entusiasmo, divagando sobre cuestiones que apenas tenían
relación con el asunto que se debatía; pero el amargado tuberculoso anhelaba
hacer oír su voz por lo menos una vez en su vida. Después se dijo que la
sombría descripción que hizo de Iván Fiodorovitch obedecía a un propósito poco
elegante; que lo movía un deseo de venganza, ya que el testigo le había vencido
dos o tres veces en disputas en público. Ignoro si esta afirmación estaba justificada.
Lo cierto es que todo esto era una especie de preámbulo para entrar en materia.
‑El otro hijo de esta familia moderna es el que
está en el banquillo de los acusados. Su vida y sus hazañas no son un secreto
para nadie. Ha llegado la hora en que todo salga a relucir. Sus dos hermanos
son, el uno, un «occidentalista» y el otro, un «populista»; él representa a
Rusia, a nuestra amada madrecita; la vemos, la sentimos, la oímos en él. Hay en
nosotros una asombrosa mezcla de bien y de mal. Admiramos a Schiller y a la
civilización y nos vamos a la taberna a beber, a divertirnos y a arrastrar,
cogiéndolos por la barba, a nuestros compañeros de embriaguez. Perseguimos con
entusiasmo los más nobles ideales con tal que podamos alcanzarlos fácilmente y
sin molestias. No nos gusta pagar, pero nos encanta recibir. Dadnos felicidad
y libertad y veréis qué amables somos. No somos codiciosos: dadnos una
respetable cantidad de dinero y veréis con qué desprecio por el vil metal lo
dilapidamos en una noche de orgía. Y si no se nos da dinero, demostraremos que
sabemos procurarnos todo el que nos haga falta.
»Pero procedamos con orden. Primero es un niño
andrajoso, abandonado, según ha dicho nuestro compatriota forastero. De nuevo
no dejo enteramente en manos ajenas la defensa del acusado. Soy al mismo
tiempo fiscal y abogado defensor. Somos seres humanos y sabemos perfectamente
la influencia que ejercen en el carácter las primeras impresiones.
»Cuando el niño se hace hombre, lo vemos luciendo el
uniforme de oficial. A causa de sus violencias y de un duelo, se le confina en
una ciudad fronteriza. Como es propio de él, dilapida alegremente cuanto
posee. Entonces surge la necesidad de dinero y, tras largas discusiones, se
pone de acuerdo con su padre para recibir seis mil rublos por saldo de la
herencia materna. Hay que tener en cuenta que este convenio consta en una carta
firmada por Dmitri Fiodorovitch. Entonces conoce a una muchacha culta y de
noble carácter. No necesito dar más detalles sobre este punto, pues la propia
interesada nos los acaba de dar. Son unas relaciones en las que intervienen el
honor y la abnegación. Por eso mismo me siento obligado a no decir nada más
sobre este punto. La imagen del joven libertino que se inclina ante un alma
noble y unas ideas superiores a las que él sustenta, se ha captado nuestra
simpatía. Pero pronto hemos visto el reverso de la moneda. No quiero dejarme
llevar de las conjeturas ni analizar las causas. Pero es evidente que estas
causas existen. La misma testigo que nos ha mostrado la simpática imagen de
Dmitri Fiodorovitch nos ha revelado, entre lágrimas de indignación reprimidas
durante mucho tiempo, que su prometido la despreció por su acto noble y
generoso, aunque tal vez impulsivo hasta la imprudencia... Cuando Dmitri se
había comprometido ya a casarse con ella, la miraba con una sonrisa de burla
que nuestra testigo habría podido soportar de cualquier otra persona, pero no
de él. Aun sabiendo que él la traiciona (Dmitri Fiodorovitch creía que en el
futuro tendría derecho a todo, incluso a la traición), le entrega tres mil
rublos, dándole a entender claramente cuáles son sus intenciones. «¿Te
atreverás a tomarlos?», le dice con su mirada penetrante. Él lee claramente en
su pensamiento (lo ha confesado ante ustedes) y, sin embargo, toma los tres mil
rublos para gastárselos en dos días con su nuevo amor. ¿A qué carta debemos
quedarnos? ¿A la primera, la del generoso sacrificio de sus últimos recursos,
en homenaje a la virtud, o a la segunda, al reverso de la moneda, a la vileza
de aceptar el dinero para irse con otra? En los casos corrientes hay que buscar
la verdad en el término medio, pero nuestro asunto está fuera de lo ordinario.
Sin duda, Dmitri Fiodorovitch se ha mostrado tan noble la primera vez como vil
la segunda. ¿Por qué? Porque es un alma de gran amplitud, un alma de Karamazov
(he aquí el punto clave de la cuestión), capaz de todos los contrastes, de
contemplar a la vez dos abismos: el de arriba, es decir, el de los ideales
sublimes, y el de abajo, el abismo de la más innoble degradación. Recuerden
ustedes la brillante idea expuesta hace un momento por el señor Rakitine,
agudo observador que ha estudiado de cerca a toda la familia Karamazov. «Para
estos temperamentos desenfrenados, la degradación es tan indispensable como
la nobleza de sentimientos.» Es una gran verdad: esos espíritus necesitan en
todo momento esta mezcla extraordinaria. No están satisfechos, sienten que les
falta algo si no ven al mismo tiempo los dos abismos. Son almas tan amplias
como nuestra madre Rusia y se acomodan a todo.
»Señores del jurado: voy a permitirme hacer unos
comentarios sobre los tres mil rublos. Dmitri Fiodorovitch afirma que después
de haber recibido este dinero, que supone para él la mayor vergüenza y la más
profunda humillación, guardó la mitad en una bolsita y la llevó un mes entero
encima, sobreponiéndose a todas las tentaciones. Ni en sus orgías, ni cuando se
ausentó de la ciudad en busca del dinero que necesitaba para librar a su amada
del acoso de su padre y rival, osó abrir la bolsita. Lo lógico habría sido que
la abriera para no dejar a su amiga expuesta a los planes de seducción del
viejo, del que estaba tan celoso; que emplease el dinero para mover a su amada
a decirle: «Soy tuya», y entonces llevársela lejos de aquí. Pero no procedió
así. ¿Por qué? ¿Con qué pretexto? Con dos. El primero, según él, es que debía
reservar el dinero para el momento en que su amiga le dijera que estaba
dispuesta a marcharse con él. El segundo pretexto es que el acusado (así nos
lo había dicho él mismo) considera que mientras llevara encima los mil
quinientos rublos sería un miserable, pero no un ladrón, ya que podría
presentarse ante su prometida para devolverle la mitad de la suma que se había
apropiado vergonzosamente, y decirle: «Como ves, he malgastado la mitad de tu
dinero, lo que prueba que soy un hombre débil y sin conciencia, un miserable
(para emplear los mismos términos que el acusado); pero no soy un ladrón, pues
si fuese un ladrón, no te devolvería esa mitad, sino que me la habría gastado
como la otra.» ¡Singular justificación! ¡Un hombre de temperamento impetuoso,
sin carácter, que no ha podido resistir la tentación de aceptar tres mil
rublos en condiciones deshonrosas, demuestra de pronto una energía estoica y
lleva mil quinientos rublos pendientes de su cuello, absteniéndose de tocarlos!
¿Está esto de acuerdo con el carácter de Dmitri Fiodorovitch? No. Permitidme
que os explique la conducta lógica del acusado, admitiendo que, verdaderamente,
llevara encima esa suma. Para complacer a su amada, con la que había gastado ya
la mitad del dinero, habría cedido a la primera tentación, abriendo la bolsita
y sacando de ella, por ejemplo, cien rublos, pues, así lo pensaría, no era
necesario guardar exactamente la mitad, sino que bastarían mil cuatrocientos
rublos. Se diría: «Soy un miserable, pero no un ladrón, pues un ladrón se lo
habría quedado todo, en vez de devolver mil cuatrocientos rublos, como voy a
hacer yo.» Algún tiempo después habría sacado de la bolsita el segundo billete
para dejar uno solo. Entonces se habría hecho esta reflexión: «Soy un
miserable, pero no un ladrón. Me he gastado veintinueve billetes, pero
devolveré uno. Un ladrón no procediría asi.» Sin embargo, al fin, miraría el
último billete y se diría: «¡Bah! No vale la pena guardar un solo billete.
Gastémoslo como los otros.» Así habría obrado el Dmitri Karamazov que
conocemos. El cuento de la bolsita está en completa oposición con la realidad.
Cualquier suposición es admisible menos ésta. Ya volveremos a hablar de esto.
Hipólito Kirillovitch expuso a continuación todo
cuanto constaba en el sumario respecto a las relaciones de padre a hijo y a
sus disputas sobre intereses, llegando a la conclusión de que era imposible
determinar quién había perjudicado a quién en el reparto de la herencia.
Finalmente, el fiscal mencionó aquellos tres mil rublos que se habían
convertido en una obsesión para Mitia y habló del peritaje médico.
CAPITULO VII
‑Los peritos‑médicos pretenden
demostrarnos que el acusado no está en su cabal juicio. Yo sostengo lo
contrario, pero lo considero una desgracia para él, pues si no hubiera estado
cuerdo, habría procedido de un modo menos disparatado. Acepto que sea un
maníaco; pero sólo sobre un punto de los señalados por el peritaje: el de su
furor cuando piensa en los tres mil rublos que, según él, le ha quitado su
padre. Sin embargo, este furor puede tener una explicación mucho más lógica que
la de la propensión a la locura. Comparto enteramente la opinión del más joven
de los doctores, el cual afirma que el acusado goza y ha gozado siempre de sus
facultades mentales y no es más que un hombre amargado y exasperado. Considero
que su continua excitación no procedía sólo de la supuesta pérdida de tres mil
rublos, sino que tenía otra causa: los celos.
Al llegar a este punto, el fiscal habló extensamente
de la fatal pasión del acusado por Gruchegnka. Empezó su relato por el momento
en que Dmitri Fiodor Pavlovitch se presentó en casa de Gruchegnka «con ánimo
de pegarle», según sus propias palabras. Pero, en vez de maltratarla, cayó a
sus pies.
‑Tal fue el comienzo de este amor ‑continuó
el fiscal‑. Casi al mismo tiempo, el padre del acusado se prenda de
Agrafena Alejandrovna. Coincidencia fatidica, y sorprendente, ya que los dos
la habían conocido hacía algún tiempo. Los dos corazones se inflamaban de
pasión, como es propio de los Karamazov. Nuestra joven ha dicho que se burlaba
de uno y otro. De pronto se le ocurrió divertirse así y acabó por subyugarlos a
los dos. El viejo, a pesar de su pasión por el dinero, decide entregar tres mil
rublos a su amada si acude a su casa, y pronto cifra su felicidad en casarse
con ella. Varios testigos nos han confirmado este anhelo. En cuanto al amor del
acusado, todos sabemos lo que esta pasión le hizo sufrir. Era lo que ella
deseaba. Nuestra sirena no dio ninguna esperanza a su infortunado pretendiente
hasta el último momento, hasta que lo vio de rodillas ante ella y tendiéndole
los brazos la noche en que lo detuvieron. Entonces exclamó sinceramente
arrepentida: « ¡Llevadme a presidio con él! ¡Mía es la culpa! ¡Yo lo he
empujado al mal!» El señor Rakitine, ese inteligente joven que ya he citado y
que ha descrito el drama que es objeto de nuestra atención, nos ha presentado
en pocas y certeras palabras el carácter de la heroina. «Un desengaño
prematuro, la traición del novio que la seduce y la abandona, la miseria, la
maldición de su familia, y, finalmente, la protección de un viejo rico al que
todavía considera su bienhechor... En ese corazón joven, tal vez inclinado al
bien, se acumula la cólera y se despierta el deseo de atesorar dinero. Es una
mujer calculadora que odia a la sociedad y se mofa de ella.» Esto explica que
Agrafena Alejandrovna se burlara del padre y del hijo por pura maldad. Durante
todo un mes, Dmitri Fiodorovitch está enloquecido por una serie de
contrariedades: su amor sin esperanza, el sentimiento de su traición y de su
deshonra, y los celos que le inspira su padre. Para colmo de desdichas, el
insensato viejo trata de atraerse a su amada por medio de los tres mil rublos
que le reclama su hijo como parte de su herencia materna. Convengo en que todo
esto es demasiado duro, que el acusado tenía sobrados motivos para enloquecer.
No era el dinero en si lo que lo trastornaba, sino el repugnante cinismo con
que su padre utilizaba ese dinero para destruir su felicidad.
A continuación, Hipólito Kirillovitch, basándose en
los hechos, abordó la gestación del crimen en el espíritu del acusado.
‑Durante todo un mes se dedica a vociferar por
las tabernas y a expresar cuantas ideas pasan por su imaginación, incluso las
más subversivas. Es un hombre expansivo, pero, no se sabe por qué, exige que
sus oyentes le testimonien una simpatía sin reservas, participando en sus penas,
haciéndole coro, no contradiciéndole en nada. ¡Pobre del que le contradiga!
Refirió el incidente con el capitán Snieguiriov y
prosiguió:
‑Los que vieron con frecuencia al acusado
durante este mes, acabaron por convencerse de que no se limitaría a proferir
amenazas contra su padre, sino que las cumpliría en un momento de desesperación.
Seguidamente describió la reunión familiar en el
monasterio, las conversaciones de Mitia con Aliocha y la escandalosa escena que
había provocado Dmitri en casa de Fiodor Pavlovitch, donde había penetrado
impetuosamente después de la comida.
‑No estoy seguro ‑continuó‑ de que,
antes de esta escena, el acusado estuviera ya decidido a matar a su padre; pero
no cabe duda de que había pensado en ello: los hechos, los testigos y su propia
declaración lo demuestran. Confieso, señores del jurado, que hasta hoy no he
creído enteramente en la agravante de premeditación. Estaba convencido de que
el acusado se había enfrentado mentalmente más de una vez con el acto del
crimen, pero sin precisar la fecha ni el modo de ejecutarlo. Mis dudas han
desaparecido ante ese documento abrumador que la señorita Verkhovtsev ha entregado
hoy al tribunal. Se trata de una carta escrita en estado de embriaguez por el
acusado, en la que se expone «el plan del crimen» , como ha dicho (ya lo
habéis oído) la señorita Verkhovtsev. Es indudable que esta carta demuestra la
existencia de la premeditación. Está escrita dos días antes del crimen y por
ella sabemos que el acusado, cuarenta y ocho horas antes de la realización de
su espantoso proyecto, juró que, si no conseguía un préstamo al día siguiente,
mataría a su padre para apoderarse del dinero que el viejo tenía debajo de la
almohada, en un sobre atado con una cinta de color de rosa, y precisó que lo
haría cuando Iván se hubiera marchado. O sea, que lo tenía previsto, ya que
todo ocurrió tal como se decía en su carta. Por lo tanto, no hay la menor duda
de que existe la premeditación. El móvil del crimen fue el robo. Dmitri
Fiodorovitch lo confiesa por escrito y con su firma. El acusado no ha negado
que la firma sea suya. Tal vez se me diga que la carta está escrita por un
hombre ebrio. Pero esto no importa. Ese hombre escribió borracho lo que pensó
en perfecto estado de lucidez. De lo contario, esa carta no tendría fundamento.
Otra objeción que se me puede hacer es la de que Dmitri Fiodorovitch iba
pregonando sus planes por las tabernas, cosa que no es propia del hombre que
va a cometer un acto delictivo con premeditación, el cual se calla y guarda en
secreto. Esto es verdad; pero hay que tener en cuenta que entonces el plan
estaba en gestación en la mente del acusado: no había madurado todavía.
Después, Dmitri Fiodorovitch se mostró más reservado. Una vez hubo escrito esa
carta en la taberna «La Capital», en estado de embriaguez, permaneció silencioso
y aislado, sin jugar al billar. Lo único que hizo fue zarandear a un empleado
de la casa, pero inconscientemente, cediendo a una costumbre inveterada. Cierto
que cuando se decidió a obrar debió de advertir que había cometido un error al
pregonar sus intenciones, ya que su imprudencia sería una prueba contra él
tras la ejecución de su criminal proyecto. Pero, ¿qué le iba a hacer? No podía
retirar sus palabras. Sin embargo, confió en que su suerte lo sacaría del
apuro. Esta confianza es corriente en el ser humano, señores.
»Hay que reconocer que el acusado hizo grandes
esfuerzos para evitar el parricidio. «Pediré dinero a todo el mundo ‑escribe
con su estilo pintoresco‑ y, si no me lo dan, correrá la sangre.» Y, en
efecto, lo que dice estando borracho, lo cumple cuando la lucidez es completa.
Hipólito Kirillovitch describió entonces con todo
detalle las tentativas de Mitia para procurarse dinero y no verse obligado a
cometer el crimen. Refirió sus visitas a Samsonov y a Liagavi.
‑Al fin, regresa. Está desfallecido,
defraudado, hambriento. Ha vendido su reloj para poder atender a los gastos del
viaje (aunque lleva encima, según dice, mil quinientos rublos) y le atormentan
los celos, pues teme que su amada, a la que ha dejado en la ciudad, haya ido,
aprovechando su ausencia, a reunirse con Fiodor Pavlovitch. Se siente feliz al
ver que su pretendida no ha ido a ver a su padre y la acompaña a casa de
Samsonov, su protector y amante, sin sentir celos (observen ustedes este
extraño detalle). Después se dirige a su puesto de observación y se entera de
que Smerdiakov está en cama, presa de un ataque de epilepsia, y de que también
el otro criado está enfermo. Tiene, pues, el campo libre. Conoce la contraseña
que le permitirá entrar en la casa. ¡Qué tentación! Pero consigue sobreponerse
a ella y se dirige a casa de una dama que todos respetamos: la señora de
Khokhlakov. Esta señora, que lo compadece desde hace tiempo, lo aconseja
prudentemente: debe renunciar a sus calaveradas, a su vergonzoso amor, a sus
visitas a las tabernas, donde despilfarra inútilmente sus energías juveniles, y
partir para las minas de oro de Siberia. Le dice que allí encontrará una
válvula de escape para los impulsos que hierven en su ánimo, para su carácter
novelesco y ávido de aventuras.
Después de explicar el resultado de la conversación,
el momento en que el acusado supo que Gruchegnka no estaba en casa de
Samsonov, y el furor que se apoderó del celoso Dmitri ante la idea de que su amada
Grucha lo engañaba y estaba en casa de Fiodor Pavlovitch, Hipólito Kirillovitch
continuó:
‑Si la doncella hubiera tenido tiempo de
decirle que su adorado tormento estaba en Mokroie con su primer amante, nada
habría ocurrido. Pero la pobre chica estaba trastornada, y si Dmitri Fiodorovitch
no la mató, fue porque se lanzó inmediatamente en busca de la infiel. Pero
observen ustedes este detalle: a pesar de estar fuera de sí, se apodera, al
pasar, de una mano de mortero. Esto sólo puede hacerlo el que lleva muchos días
planeando una agresión y sabe qué objetos puede utilizar como armas. O sea,
que el acusado sabía muy bien lo que hacía al coger la mano de mortero.
»Ya está en casa de su padre, en el jardín. Nada se
opone a sus planes: no hay testigos, una profunda oscuridad lo rodea. Los celos
lo devoran; sospecha que ella está en la casa, en brazos de su rival. La
sospecha se convierte en convencimiento: ya no le cabe duda de que ella está
allí, detrás del biombo. El desgraciado se acerca a la ventana, dirige una
mirada al interior, se resigna al infortunio y se aleja prudentemente, huyendo
de la violencia, a fin de no cometer un disparate... ¡He aquí lo que pretende
hacernos creer, a nosotros que conocemos el carácter del acusado y el estado de
ánimo en que se hallaba en aquellos momentos, a nosotros que sabemos que
conocía la contraseña que le permitiría entrar en la casa sin ningún
impedimento!
Al llegar a este punto, el fiscal hizo un paréntesis
en la acusación para hablar de Smerdiakov y terminar de una vez con las sospechas
que recaían en el epiléptico. No se olvidó de ningún detalle, y, precisamente
por esta minuciosidad, comprendió todo el mundo que daba gran importancia a la
hipótesis que refutaba con aparente desdén.
CAPÍTULO VIII
DISERTACIÓN SOBRE SMERDIAKOV
‑Veamos ante todo de dónde proceden tales
sospechas. El primero que denunció a Smerdiakov fue el acusado, el día en que
lo detuvieron. Antes de este día no había hecho la menor alusión a la
posibilidad de que el sirviente de su padre fuera culpable. Otras tres personas
han confirmado esta opinión: los dos hermanos del acusado y Agrafena
Alejandrovna Svietlov. Pero Iván Fiodorovitch no ha hablado de estas sospechas
hasta hoy y bajo los efectos de un evidente ataque de demencia. Antes estaba
convencido de que el autor del crimen era su hermano, y ni siquiera le pasó por
la imaginación combatir esta idea. Ya volveremos a tocar este punto. El
hermano menor ha declarado que no tiene ninguna prueba de la culpabilidad de
Smerdiakov y que se basa únicamente en las palabras del acusado y en «la
expresión de su semblante». Dos veces ha expuesto este argumento
extraordinario.
» La señorita Svietlov se ha expresado de un modo
todavía más extraño: ha dicho que debíamos creer al acusado porque es un hombre
«incapaz.de mentir» . Esto es todo lo que han alegado contra Smerdiakov estas
tres personas evidentemente interesadas en la suerte del acusado. Sin embargo,
la acusación contra Smerdiakov ha circulado persistentemente. ¿Podemos, en
verdad, darle crédito?
Al llegar a este punto, el fiscal juzgó conveniente
esbozar el carácter de Smerdiakov, del que dijo que había puesto fin a sus
días en un ataque de locura. Manifestó que era un ser débil, de escasa cultura,
trastornado por ideas filosóficas que no estaban a su alcance, aterrado por
ciertas doctrinas modernas que le inculcaban, en la práctica, el ejemplo de la
vida desordenada de Fiodor PavIovitch, su amo y tal vez su padre, y, en
teoría, las extrañas disertaciones filosóficas de Iván Fiodorovitch, al que
estas charlas servían de entretenimiento y diversión.
‑Él mismo me describió su estado de ánimo
durante los últimos días que pasó en casa de su dueño, y otras personas que lo
conocían perfectamente han atestiguado la verdad de sus palabras. Estas
personas son el acusado, un hermano de éste y el sirviente Grigori. Además,
padecía de epilepsia y era cobarde como una gallina. «Caía a mis pies y los
besaba», nos dijo el acusado cuando aún no comprendía el daño que podía hacerle
esta declaración. «Es una gallina epiléptica», añadió con su pintoresco
lenguaje. Y he aquí que Dmitri Fiodorovitch, según su propia declaración, hace
de él su hombre de confianza y lo intimida de tal modo, que consigue que sea
su espía y su confidente. Smerdiakov, como buen soplón, traiciona a su dueño y
revela al acusado la existencia del sobre repleto de billetes y la llamada que
le permitirá entrar en la casa. ¿Pero acaso podía obrar de otro modo? «Me
matará: estoy seguro», decía temblando, al declarar para la instrucción del
sumario, cuando su verdugo estaba ya detenido y, por lo tanto, no podía
molestarle. «Desconfiaba de mi, y yo, muerto de miedo, me apresuraba a aplacar
su cólera comunicándole todos los secretos, a probarle mi buena fe para evitar
que me matara.» Éstas fueron sus palabras: las anoté. También me confesó que,
cuando oía gritar a Dmitri Fiodorovitch, solía arrojarse a sus pies.
»Gozaba de la confianza de su dueño, a quien había
demostrado su honradez devolviéndole cierta cantidad de dinero que había perdido.
Sin duda, el desdichado Smerdiakov se arrepintió amargámente de haber
traicionado a su querido bienhechor.
»Psiquiatras eminentes han observado que los enfermos
afectados de epilepsia tienen la manía de acusarse a si mismos. Una sensación
de culpabilidad los atormenta, experimentan remordimientos injustificados,
exageran sus faltas a incluso se achacan delitos imaginarios. A veces llegan al
extremo de cometer crimenes bajo la influencia del miedo. Por otra parte,
Smerdiakov presentía una desgracia. Cuando Iván Fiodorovitch iba a partir para
Moscú el mismo día del drama, él le suplicó que se quedase, pero sin atreverse
(ya hemos dicho que era un cobarde) a participarle sus temores con toda
claridad. Se limitó a expresarse con alusiones que no fueran comprendidas. Hay
que advertir que Iván Fiodorovitch representaba para Smerdiakov una defensa,
una garantía de que nada enojoso podía ocurrirle mientras lo tuviera cerca.
Recuerden ustedes la frase de Dmitri Fiodorovitch en la carta que escribió bajo
los efectos del alcohol: «Mataré al viejo cuando Iván se vaya.» De modo que la
presencia de Iván Fiodorovitch representaba para todos los habitantes de la
casa la calma y el orden.
»Se marcha Iván y, una hora después aproximadamente,
Smerdiakov sufre un ataque, por cierto muy comprensible. Hemos de hacer
constar que durante aquellos días Smerdiakov, presa de la desesperación y el
miedo, presentía que iba a ser víctima de un ataque, ya que le acometían
siempre en momentos de ansiedad y viva emoción. Es evidente que nadie puede
prever el día y la hora en que va a sufrir un ataque, pero no es menos cierto
que el epiléptico puede reconocer los síntomas que lo anuncian. Así lo dicen
los médicos.
»Poco después de haberse marchado Iván Fiodorovitch,
Smerdiakov, sintiéndose abandonado a indefenso, se dirige a la bodega y, al
bajar la escalera, se le ocurre pensar que puede sufrir un ataque. Y
precisamente este temor, este estado de ánimo provocan el espasmo de la
garganta precursor del accidente. Smerdiakov rueda por la escalera sin
conocimiento. Se ha pretendido ver en este ataque una simulación. Pero no
puedo menos de preguntarme: ¿por qué fingió?, ¿qué adelantaba fingiendo?...
Prescindo de la medicina. Me dirán que la ciencia se equivoca, que los médicos
no saben distinguir la verdad de la simulación en estos casos. De acuerdo. Pero
respondedme a esta pregunta: ¿qué motivo tenía Smerdiakov para fingir? ¿Puede
admitirse que pretendiera atraer la atención sobre él, suponiendo que tuviera
el propósito de cometer un asesinato...? Señores del jurado: había cinco
personas en casa de Fiodor Pavlovitch, que, evidentemente, no fue el autor de
su propia muerte; la segunda persona era el criado Grigori, que fue gravemente
herido; la tercera, la esposa de Grigori, Marta Ignatievna, de la que sería
disparatado sospechar. Sólo nos quedan dos: Smerdiakov y el acusado. Y como el
acusado asegura que no es el asesino, forzosamente se ha de achacar la culpa a
Smerdiakov, ya que no tenemos ninguna otra persona a la que culpar. He aquí
todo el fundamento de la inaudita acusación dirigida contra el infeliz idiota
que se suicidó ayer. No se tenía a nadie más a mano. Si hubiera existido una
sexta persona a la que poder atribuir el más leve indicio de culpa, estoy
seguro de que el acusado no se habría atrevido a culpar a Srnerdiakov, sino
que habría dirigido su acusación contra esa sexta persona, ya que no cabe duda
de que es perfectamente absurdo achacar el crimen a Smerdiakov.
»Señores: dejemos a un lado la psicología, la medicina
a incluso la lógica; atengámonos a los hechos, exclusivamente a los hechos, y
guiémonos por lo que éstos nos dicen. Admitamos que Smerdiakov ha matado. ¿Pero
cómo? ¿Solo o en complicidad con el acusado? Empecemos por examinar el primer
caso, es decir, el del asesinato cometido únicamente por Smerdiakov.
Evidentemente, el crimen debe tener un móvil; pero como no puede ser ninguno de
los que impulsan al acusado, es decir, el odio, los celos, etcétera, Smerdiakov
solamente puede haber cometido el crimen para robar, para apoderarse de los
tres mil rublos que su dueño había guardado en un sobre en su presencia. Y he
aquí que, una vez decidido a cometer el crimen, comunica a otra persona,
precisamente a la más interesada en el asunto, el acusado, todo lo concerniente
al dinero (el sitio donde está escondido, la inscripción que hay en el sobre,
el detalle de que está atado con una cinta de color de rosa) y, lo que es más
importante, la contraseña que le permitirá entrar en la casa. ¿Por qué obra
así? No podemos pensar que quiera traicionarse a si mismo. ¿Acaso para
procurarse un cómplice que comparta sus deseos de apoderarse del sobre? Se me
dirá que procedió así impulsado por el miedo. ¿Pero es eso posible? ¿Se
comprende que un hombre capaz de concebir un acto tan audaz, tan feroz, y de
cometerlo, haga semejantes revelaciones, que sólo él conoce y que nadie puede
adivinar? No; por cobarde que sea, ese hombre, una vez dispuesto a cometer el
crimen, no hablará a nadie del sobre ni de la contraseña, ya que ello equivale
a traicionarse a si mismo. Si se ve obligado a dar algún informe, lo inventará:
de ningún modo será sincero. Si no hubiera dicho nada del dinero y se lo
hubiera apropiado después de cometer el crimen, nadie habría podido acusarlo de
haber asesinado para robar, ya que él era el único que estaba enterado de la
existencia de ese dinero. Aun en el caso de que se le hubiera atribuido el
crimen, se habría pensado en un móvil distinto. Pero nadie habría sospechado
que era él el asesino, puesto que todos sabían que gozaba del afecto y la
confianza de su amo. Las sospechas habrían recaído en un hombre que tenía
motivos para vengarse y que, lejos de mantener en secreto sus propósitos, los
había pregonado jactanciosamente; en una palabra, se habría sospechado de
Dmitri Fiodorovitch. Para Smerdiakov, asesino y ladrón, habría sido una ventaja
que acusaran a Dmitri Fiodorovitch, ¿no es así? Pues bien, es precisamente a
este hombre a quien Smerdiakov, después de haber planeado su crimen, habla del
dinero, del sobre, de la contraseña... ¿Es esto lógico, tiene algún viso de
realidad?
»Es el día del crimen. Smerdiakov, que lo tiene todo
bien planeado, finge un ataque y cae por la escalerilla de la bodega. ¿Con qué
objeto obra así? Veamos cuáles pueden ser las consecuencias de su simulación.
Grigori, que tenía el propósito de acostarse, renuncia a hacerlo, en vista de
que la casa queda sin vigilancia y debe vigilarla él. Fiodor Pavlovitch,
viéndose abandonado y temiendo que se presente su hijo, cosa que ha confesado,
siente crecer su desconfianza y redobla sus precauciones. Además, se
transporta inmediatamente a Smerdiakov, desde un lugar donde está solo, a la
habitación inmediata a la de Grigori y su esposa, piezas separadas sólo por un
tabique, como se hace siempre que el sirviente es víctima de un ataque de
epilepsia, porque así lo ha indicado el dueño de la casa, con la aprobación de
la compasiva Marta Ignatievna. Una vez en esta habitación, Smerdiakov, para
que no se dude de que está enfermo, se pasa la noche gimiendo y despertando a
cada momento a Marta Ignatievna y a Grigori. ¿Es esto propio de un hombre que
pretende levantarse furtivamente a ir a matar a su dueño?
» Tal vez se me diga que fingió el ataque
precisamente para alejar de él las sospechas, y que reveló al acusado los
secretos del sobre y la contraseña para impulsarlo a cometer el crimen. Bien.
Ya está el crimen cometido. El acusado se retira con el dinero, y he aquí que
entonces se levanta Smerdiakov para... ¿Para qué, señores? ¿Para asesinar de
nuevo a Fiodor Pavlovitch y volverle a robar el dinero que ya le han robado?
¿Puede mantenerse una tesis tan disparatada? Sin embargo, esto es lo que afirma
el acusado. Dmitri Fiodorovitch sostiene que, cuando ya se había marchado, tras
haber abatido a Grigori y sembrado la alarma, Smerdiakov se levantó para
asesinar y robar. Prescindamos de que Smerdiakov no podía calcular el
desarrollo de los acontecimientos, la llegada de ese hijo desesperado pero que
se limita a mirar respetuosamente por la ventana y se retira, abandonando la
presa al sirviente, a pesar de que conoce la contraseña. Me limito a preguntar
en qué momento cometió el crimen Smerdiakov. Y si no me contestan ustedes,
habrán de admitir que la acusación contra el suicida no tiene ningún fundamento.
»Supongamos que el ataque no fue fingido. El enfermo
recobra el conocimiento, oye un grito y sale del pabellón. ¿Qué hace entonces?
Se da cuenta de que el momento no puede ser más propicio y se dice: «Voy a
matar a mi amo.» ¿Pero cómo puede darse cuenta de la situación si hasta hace
unos instantes ha estado sin conocimiento? ¡La fantasía tiene sus límites,
señores!
» Los más suspicaces pueden creer que tal vez
estuvieran los dos de acuerdo, que fueran cómplices y se repartieran el dinero
una vez cometido el crimen.
»¿Tiene algún viso de realidad esta suposición? El
acusado se encarga de todo, de matar y de robar, mientras Smerdiakov permanece
en cama, presa de un ataque que siembra la alarma en la casa y quita el sueño a
Grigori y a la víctima. Nos preguntamos qué razón podían tener los dos
cómplices para urdir un plan tan absurdo.
»Examinemos ahora la hipótesis de que la complicidad
de Smerdiakov fuera enteramente pasiva. El sirviente, atemorizado, se limita a
no poner obstáculos al asesino y, presintiendo que se le acusará de haber
consentido el asesinato, de no haber hecho nada por defender a su dueño,
consigue que Dmitri Karamazov le permita permanecer en cama, simulando un
ataque. Su posición equivale a decir: «Mátalo si quieres. Eso a mí no me
importa. » Pero Dmitri Fiodorovitch sabía que el ataque pondría en estado de
alarma a toda la casa y, por lo tanto, no pudo aceptar semejante convenio.
Pero, aun suponiendo que aceptara, el acusado no deja de ser el asesino y
Smerdiakov un simple y pasivo cómplice, un cómplice que, contra su voluntad y
por temor, permite actuar al criminal.
» Veamos lo que ocurre después. Cuando lo detienen,
el acusado echa todas las culpas a Smerdiakov: dice que ha cometido el crimen
él solo; o sea, que no lo acusa de complicidad, sino de haber robado y matado
con sus propias manos. ¿Habéis visto alguna vez que los cómplices se ataquen
desde el primer momento? Observad el riesgo que corre Karamazov. Es él el
asesino, el principal culpable, y, sin embargo, arremete contra su cómplice,
que se ha limitado a permitirle obrar. Smerdiakov pudo enojarse y decir toda
la verdad, aunque sólo fuera por instinto de conservación; pudo haber
declarado: «Los dos somos culpables; pero yo no he cometido el crimen: yo me he
limitado, por temor, a permitírselo cometer a él.» Smerdiakov pudo hacer esta
declaración, no dudando de que la justicia determinaría fácilmente cuál era su
grado de responsabilidad y le aplicaría un castigo mucho menos riguroso que el
que aplicase al verdadero asesino. Además, Dmitri Karamazov se habría visto
obligado a decir la verdad. Pero Smerdiakov no dice ni una palabra de su
complicidad, a pesar de que el asesino lo señala insistentemente como el único
autor del crimen.
»Por otra parte, al instruirse el sumario, Smerdiakov
declaró espontáneamente que había hablado al acusado del sobre que contenía el
dinero y de la contraseña que le podía abrir la puerta de la casa, y que, si no
le hubiera hecho estas revelaciones, Dmitri Fiodorovitch no habría conocido
tales secretos jamás.
»Y digo yo: ¿habría hablado así Smerdiakov, por su
propia voluntad, si verdaderamente hubiera sido cómplice del asesino? No,
habría hablado de modo muy distinto, habría falseado o atenuado los hechos. Es
decir, que sólo un inocente que no teme ser acusado de complicidad pudo
expresarse como lo hizo Smerdiakov.
»Trastornado por su reciente ataque de epilepsia y
por el drama ocurrido en la casa donde vivía, Smerdiakov se ahorcó ayer, dejando
escrita una nota que decía: « Pongo fin a mi vida voluntariamente. Que no se
culpe a nadie de mi muerte. » ¿Qué le costaba haber añadido: «Soy yo el
asesino, y no Karamazov?» Pero no añadió ni una palabra: tenía la conciencia
tranquila.
»Hace unos momentos, uno de los testigos ha traído
cierta cantidad de dinero al tribunal y ha declarado: «Estos billetes son los
que estaban en ese sobre que perteneció a Fiodor Pavlovitch. Me los entregó
ayer Smerdiakov.» Pero ya han presenciado ustedes, señores del jurado, la
triste escena. No volveré a describir los detalles; me limitaré a recordar dos
o tres de los más insignificantes para evitar que se olviden. Desde luego, fue
el remordimiento lo que ayer impulsó a Smerdiakov a devolver el dinero y a
ahorcarse: sólo así se explica que obrase de este modo. Es evidente que hasta
ayer no confesó a nadie su crimen, como ha declarado Iván Fiodorovitch. Si
éste hubiera recibido antes la confidencia, no se comprendería que se hubiese
callado hasta hoy. Lo cierto es que Smerdiakov confesó. Y vuelvo a preguntarme
por qué no diría toda la verdad en su última nota, sabiendo que veinticuatro
horas después se había de juzgar a un inocente. El dinero solo no constituye
ninguna prueba. Hace ocho días me enteré casualmente, a la vez que dos
personas que están en esta sala, de que Iván Fiodorovitch cambió en la capital
del distrito dos obligaciones al cinco por ciento de cinco mil rublos cada una,
con lo que obtuvo diez mil rublos en total. Digo esto para demostrar que es
posible procurarse dinero para una fecha determinada y que los tres mil rublos
que se han entregado al tribunal pueden no ser los mismos que estaban en el
interior del sobre. Otro detalle digno de mención es que Iván Fiodorovitch,
aunque recibió ayer la confesión del verdadero asesino, después de oírla se fue
a casa. ¿Por qué no denunció el hecho inmediatamente? ¿Por qué ha esperado
hasta hoy? No es dificil deducir el motivo. Estaba enfermo desde hacia una
semana, había confesado al médico que sufría alucinaciones y se encontraba en
la calle con personas que habían fallecido; estaba, en fin, amenazado por la
locura que se le ha declarado hoy. De pronto, se entera del suicidio de
Smerdiakov y se hace este razonamiento: «Como Smerdiakov ha muerto, lo puedo
acusar impunemente, y así salvaré a mi hermano. Tengo dinero. Presentaré al
tribunal un fajo de billetes y diré que me los entregó Smerdiakov antes de
morir.» Diréis que no es ninguna falta mentir para salvar a un hermano, y
menos cargando la culpa a una persona que ha muerto. De acuerdo. Pero pensad que
puede haber mentido inconscientemente, que su mente trastornada por la muerte
repentina de Smerdiakov puede haber tomado por realidad lo que ha sido pura
imaginación. Ya habéis visto el estado en que se hallaba ese hombre. Se
mantenía de pie, hablaba; ¿pero dónde estaba su razón?
»A la declaración de Iván Fiodorovitch ha seguido la
carta del acusado a la señorita Verkhotsev, escrita dos días antes del suceso y
en la que se exponía un plan detallado del crimen. Huelga hablar de ese plan y
de sus autores. Todo ocurrió como se anunciaba en la carta y hubo un solo
autor. Sí, señores del jurado: todo sucedió tal como el acusado dijo por
escrito que sucedería. Dmitri Fiodorovitch no se apartó respetuosamente de la
ventana de la habitación donde suponía que estaba su amada con su padre. No,
esto es absurdo, inverosímil. El acusado entró y llegó hasta el fin. Sin duda,
al ver a su rival, se arrojó sobre él ciego de cólera, enarbolando la mano de
mortero, y lo mató de un solo golpe. Pero después registra minuciosamente la
habitación y, una vez convencido de que su amada no está allí, introduce la
mano debajo de la almohada y se apodera de ese sobre, ahora abierto y vacío,
que vemos entre los cuerpos del delito.
» Hablo de este sobre para que observen ustedes cierto
detalle importante. Un asesino experto, sereno, que sólo pensara en el robo, no
lo habría dejado en el suelo, cerca del cadáver. Incluso Smerdiakov se habría
llevado el sobre cerrado, sin entretenerse en abrirlo junto a su vétima, ya que
estaría seguro de que dentro estaba el dinero, puesto que los billetes se
habían introducido en él, y éste escondido en su presencia. Señores del jurado,
convengan conmigo en que Smerdiakov no se habría dejado el sobre en el suelo.
Esta conducta sólo es propia de un asesino incapaz de reflexionar, que no ha
robado nunca y que se apodera del dinero, no como un vulgar malhechor, sino
como el que recobra lo que cree que le pertenece, que es lo que ocurre con
esos tres mil rublos que obsesionaban a Dmitri Fiodorovitch.
»El acusado, al tener en sus manos el sobre que ve
por primera vez, lo abre para cerciorarse de que contiene el dinero, saca los
billetes y huye con ellos, después de arrojar al suelo el sobre, sin sospechar
que deja a sus espaldas una prueba abrumadora. Pues el culpable no es
Smerdiakov, sino Karamazov, que ni reflexionaba ni en aquel momento tenía
tiempo para reflexionar. El asesino huye, oye un grito de Grigori, el criado lo
alcanza y lo sujeta, pero en seguida cae, al recibir un fuerte golpe con la mano
de mortero. El acusado salta al suelo desde lo alto de la tapia. Según dice, lo
hizo por compasión, para ver si podía hacer algo por el herido. ¿Pero es lógico
que se enterneciera? No; Dmitri Fiodorovitch bajó de la tapia para ver si el
único testigo de su crimen vivía aún. Ningún otro motivo, ningún otro
sentimiento tendrían explicación. Se inclina sobre Grigori, le limpia la cabeza
con el pañuelo, cree que está muerto, y entonces, trastornado, manchado de
sangre, corre de nuevo a casa de su amada. ¿Cómo no se le ocurrió pensar que
mostrarse en aquel estado era como denunciarse a sí mismo? El propio acusado
nos ha dicho que en aquellos momentos no se daba cuenta de nada. Esto es
natural, a todos los criminales les ocurre. Por una parte, el asesino pierde la
facultad de razonar; por otra, está ofuscado por un complejo de ideas
infernales. En aquel momento, Dmitri Fiodorovitch se hacía una sola pregunta:
“¿Dónde estará Gruchegnka?” Ansioso de averiguarlo, corre a su casa y allí
recibe una noticia imprevista y abrumadora: ella se ha ido a Mokroie para
reunirse con su primer amante.
CAPITULO IX
LA TROIKA DESENFRENADA
Hipólito
Kirillovitch había escogido, evidentemente, el método de exposición
rigurosamente histórica preferido por todos los oradores nerviosos, los cuales
procuran desenvolverse en ámbitos limitados a fin de poner freno a su
fogosidad. Al llegar a este punto de su discurso, habló extensamente del primer
amante, «cuyo derecho es indiscutible», y expuso una serie de ideas
interesantes. Karamazov, celoso de todos hasta la ferocidad, se retira y
desaparece ante el primer amante, «el indiscutible».
‑Esto es sumamente extraño, sobre todo si
tenemos en cuenta que antes no había prestado atención al peligro que para él
suponía este poderoso rival. Ello se debe a que el acusado vela este peligro
como algo remoto, y a él sólo le preocupan las cosas presentes. Sin duda, lo
consideraba como una cosa irreal. Pero, de pronto, comprende que el reciente
engaño de su amada procede del hecho de que el nuevo rival no es un mero
capricho para ella, sino toda su esperanza y toda su vida, y entonces, al
comprender esto, se resigna. Señores del jurado: no puedo dejar de mencionar
esta actitud inesperada de Dmitri Fiodorovitch Karamazov, que experimenta de
pronto una sed de verdad, la necesidad imperiosa de respetar a la mujer amada y
reconocer los derechos de su corazón, precisamente en el momento en que por
ella acababa de mancharse las manos con la sangre de su padre. Verdad es que
esta sangre clamaba ya venganza, que el asesino, viendo perdida su alma y
aniquilada su vida terrenal, debía de preguntarse en aquel momento: «¿Qué puedo
ser ya para ella, para esa criatura a la que quiero más que a nada en el mundo,
comparado con ese primer a "indiscutible" amante; con ese hombre que
vuelve arrepentido al lado de la mujer seducida por él antaño; que vuelve con
un nuevo amor, con propósitos nobles, con la promesa de una vida nueva y
feliz?»
»Karamazov comprendió que su crimen le cerraba el
paso, que era un asesino, que no se libraría del castigo y no merecía vivir.
Esta idea lo abruma, lo aniquila. De pronto, se aferra a un plan insensato
que, dado su carácter, le parece la única salida posible a su insoportable
situación: el suicidio. Inmediatamente, se dirige a casa del señor Perkhotine
para desempeñar sus pistolas y, por el camino, saca del bolsillo el dinero por
cuya posesión se ha manchado las manos con la sangre de su padre. Nunca ha
necesitado tanto el dinero como ahora. Va a morir, se va a matar y lo hará de
modo que todo el mundo se acuerde de él. No en vano es un poeta, no en vano ha
quemado su vida como una vela encendida por los dos extremos. Irá a reunirse
con Gruchegnka y organizará una fiesta por todo lo alto, una fiesta nunca
vista, que se recuerde siempre y de la que se hable durante mucho tiempo. Entre
gritos salvajes, locas canciones y danzas de cíngaros, levantará su copa por la
nueva felicidad de su amada, y ante ella, a sus pies, se matará de un tiro en
la cabeza para expiar sus faltas. Así, Gruchegnka se acordará siempre de Mitia
Karamazov, comprenderá lo mucho que la ama y se compadecerá de él. Está en
plena exaltación novelesca; volvemos a hallarnos ante la sensualidad y el
ímpetu salvaje de los Karamazov. Pero hay algo más, señores del jurado, algo
que es como un mortal veneno: la conciencia, el remordimiento, el juicio que se
avecina. Pero la pistola lo resuelve todo, es la única salida. En cuanto al más
allá, ignoro si Dmitri Karamazov piensa en él, si es capaz de pensar como
Hamlet. Pero no lo creo, señores del jurado: Hamlet es un ser de un pals
lejano; aquí no tenemos todavía más que hombres como Karamazov.
Al llegar a este punto, Hipólito Kirillovitch
presentó un cuadro detallado de las hazañas de Mitia. Describió sus escenas en
casa de Perkhotine, en la tienda, con los cocheros; refirió una serie de conversaciones
confirmadas por testigos, y convenció al auditorio. El conjunto de los hechos
era impresionante. La culpa de aquel ser desorientado, al que no preocupaba su
seguridad personal, saltaba a la vista.
‑¿Qué le importaba ser prudente? ‑confirmó
el fiscal‑. Dos o tres veces estuvo a punto de confesarlo todo, a incluso
empezó a hacerlo con alusiones, según han declarado varios testigos. Llegó al
extremo de decirle al cochero por el camino: «¿Sabes que llevas en tu coche a
un asesino?» Pero no podía decirlo todo: tenía que llegar a Mokroie y poner
fin a su poema. No sabemos lo que esperaba encontrar en Mokroie. Lo cierto es
que, al llegar a esta población, se da cuenta de que su rival no es un hombre
irresistible. En fin, ya sabemos lo que ocurrió entonces, señores del jurado.
El triunfo de Dmitri Fiodorovitch sobre su adversario es completo. Y entonces
empezó para él una situación espantosa, la más horrible que ha conocido en su
vida. No cabe duda, señores del jurado, de que las heridas morales constituyen
un castigo más duro que todos los que pueda aplicar la justicia humana. Por
otra parte, las penas que ésta impone alivian el sufrimiento que ocasionan las
otras, y, a veces, incluso son necesarias para salvar de la desesperación al
criminal. Pues no puedo imaginarme el horror y la desesperación de Karamazov
al enterarse de que ella lo quería, de que rechazaba por él a su antiguo
amante, de que lo invitaba a una vida honrada y feliz, cuando todo había
terminado para él, cuando ya nada era posible.
»He aquí un detalle que explica el estado de ánimo
del acusado en aquel momento: la mujer que era objeto de su amor se mantuvo
inaccesible para él, aun dándose cuenta de la vehemencia con que la amaba su
pretendiente, hasta el final, es decir, hasta el momento eri que Karamazov fue
detenido. ¿Por qué no se había suicidado Dmitri Fiodorovitch cuando se veía
despreciado por su amada? ¿Por qué había renunciado a este propósito a incluso
se había olvidado de su pistola? Su ávida sed de amor y la esperanza de
saciarla en seguida lo frenaron. En la embriaguez de la gesta, se aferra a su
amada, que se divierte con él, más seductora que nunca. No la deja ni un
momento y la admira tanto, que se deja eclipsar por ella. Esta pasión pudo
incluso ahogar por un instante su remordimiento y el temor de ser detenido.
¡Pero sólo por un instante! En mi imaginación veo el estado de ánimo del
criminal bajo el dominio de tres elementos de los que no puede liberarse. Uno
es la embriaguez, las nubes de alcohol mezcladas con el bullicio de la danza y
los cantos; otro ella, con la tez encendida por las libaciones, sonriéndole,
cantando y bailando, ebria también; y, en fin, la idea consoladora de que el
fatal desenlace está todavía lejos, que no lo prenderán hasta la mañana
siguiente. Varias horas de tregua es mucho. En este tiempo pueden ocurrir
infinidad de cosas. Sin duda, experimenta la sensación del condenado al que
conducen al patíbulo. Hay que recorrer lentamente una larga calle ante
millares de espectadores. De esta calle se ha de pasar a otra, al final de la
cual está la plaza fatidica. Al principio del trayecto, el reo, en la
ignominiosa carreta, se figura que aún le queda mucho tiempo de vida. Las
casas se suceden, la carreta avanza; pero ¿qué importa? El patíbulo está
todavía lejos, en la última esquina de la segunda calle. Mira con arrogancia a
derecha a izquierda, a los miles de espectadores que lo observan con
indiferencia, y le parece que es una persona como cualquiera de las que lo
están mirando. La carreta entra en la segunda calle, pero el condenado no se
inquieta: todavía falta un buen trecho para llegar. Ve desfilar las casas, pero
se repite que el final está todavía lejos. Y ésta es su actitud hasta que llega
a la plaza donde está preparada su ejecución. Esto es, sin duda, lo que experimenta
Karamazov. Se dice: «Todavía no han descubierto el crimen. Aún tengo tiempo
para urdir un plan de defensa. Ahora, ¡viva la vida! ¡Es tan deliciosa!...»
»Está trastornado a inquieto. Sin embargo, puede
apartar la mirada de los tres mil rublos que ha robado de debajo de la almohada
de su padre. Ya en Mokroie, adonde ha ido a divertirse, entra en una vieja casa
de madera, de la que conoce todos los rincones. A mi juicio, poco antes de que
lo detuvieran debió de ocultar esa parte de su dinero en alguna grieta, bajo
una tabla del entarimado, en algún rincón, en cualquier lugar de la casa. Se
me preguntará qué motivos tenía para obrar así. He aquí mi respuesta. Se
avecina una catástrofe; no hemos pensado en afrontarla, por falta de tiempo;
las sienes nos laten con violencia; ella nos atrae como un imán... Pero el
dinero siempre es necesario; uno es siempre alguien si tiene dinero. Esta
previsión en tales momentos tal vez les parezca a ustedes extraña; pero piensen
que el propio acusado ha dicho que un mes atrás, en circunstancias igualmente
criticas, apartó y guardó en una bolsita la mitad de tres mil rublos. Aunque
esto sea una invención, como en seguida demostraré, es lo cierto que Karamazov
lo ha pensado y se ha familiarizado con este pensamiento. Es más, al manifestar
al juez de instrucción que había escondido mil quinientos rublos en una bolsita
(que nunca ha existido), tal vez improvisó esta mentira precisamente porque
hacía dos horas había ocultado la mitad de lo que poseía en algún lugar de la
fonda de Mokroie, obedeciendo a una inspiración súbita, para no llevarlos
encima, y pensando recogerlos a la mañana siguiente. Recuerden, señores del
jurado, que Karamazov puede contemplar dos abismos a la vez.
»Hemos registrado inútilmente la fonda de Mokroie. Es
posible que el dinero esté allí todavía; acaso desapareció al día siguiente y
el acusado lo tenga ya en su poder. Lo cierto es que, cuando se le detuvo, estaba
de rodillas al lado de su amante, que se había echado en un sofá. Dmitri
Karamazov se había olvidado de todo hasta el punto de que no oyó a los que
llegaban para detenerlo. Lo cogieron desprevenido y no tuvo tiempo de inventar
ninguna respuesta.
»Y ahora vedlo ante sus jueces, ante los que van a
decidir su futuro. Señores del jurado: en el ejercicio de nuestras funciones
hay momentos en que incluso a nosotros nos da miedo la humanidad. Esto nos
ocurre cuando advertimos el temor animal del culpable, que se ve perdido, pero
que no cesa de luchar; esto nos sucede cuando se despierta en el criminal el
instinto de conservación, y el desgraciado fija en nosotros una mirada
penetrante, llena de ansiedad y angustia, tratando de leer en nuestro
semblante, en nuestro pensamiento, y preguntándose desde qué punto partirá el
ataque. En medio de su confusión, urde en un instante mil respuestas, pero no
se atreve a dar ninguna: teme delatarse. Estos momentos de cruel humillación
para el alma humana, este calvario, esta avidez irracional de salvación es algo
verdaderamente espantoso, algo que hace temblar a veces a los miembros de un
tribunal de justicia y despierta su compasión.
»Primero, aturdido y aterrado, deja escapar unas
palabras comprometedoras. «¡Sangre! ¡Merezco este castigo!» Pero en seguida se
contiene. No sabe todavía qué decir y sólo puede responder con una vana
negativa: «¡No soy culpable de la muerte de mi padre!» Es el primer parapeto.
Tras esta defensa, abre nuevas trincheras el acusado. Sin esperar a que se lo
preguntemos, trata de explicar sus primeras exclamaciones comprometedoras,
diciendo que sólo se considera culpable de la muerte del viejo criado Grigori.
«He agredido a Grigori, pero ¿quién ha matado a mi padre?, ¿quién ha cometido
este crimen que no he cometido yo?» Observen el detalle. Nos dirige esta
pregunta a nosotros, que estamos aquí precisamente para hacérsela a él.
¿Comprenden el motivo de que se anticipe a decir que no es el autor del crimen?
Es una trapacería, una ingenuidad, un acto de impaciencia digno de un Karamazov.
Con ello pretende alejar de nosotros la creencia de que el culpable es él.
Luego se apresura a manifestar: «Deseaba matarlo, señores, pero no lo he hecho:
soy inocente.» Confiesa que deseaba cometer el crimen. Pero ¿con qué fin hace
esta confesión? Con el de convencernos de que es sincero, ya que, si nos
convence, habremos de creer en su inocencia. En estos casos, el criminal suele
demostrar un aturdimiento y una candidez inauditos. Cuando se instruyó el
sumario, se le hizo, con aparente indiferencia, esta pregunta: «¿No será
Smerdiakov el asesino?» Y sucedió lo que esperábamos: el acusado se enojó al
ver que nos habíamos adelantado a sus planes, cogiéndolo desprevenido y no
dándole tiempo a elegir el momento más favorable para acusar a Smerdiakov. Su
temperamento le lieva en el acto a adoptar una actitud extrema y afirma
enérgicamente que Smerdiakov es incapaz de cometer un asesinato. Sin embargo,
no hay que creerlo: es sólo una astucia. El acusado no renuncia a acusar a
Smerdiakov, puesto que no hay otro al que poder achacar el crimen; pero lo hará
más adelante, ya que por el momento su plan ha fracasado. Al día siguiente, o
varios días después, dirá: «Ya saben ustedes que yo fui el primero en negar
que el asesino fuera Smerdiakov. Ahora no tengo más remedio que aceptar que no
puede haber sido nadie más que él.»
»Por el momento se limita a negar con vehemencia, y
la cólera y la excitación nerviosa le sugieren las explicaciones más absurdas.
Dice que observó a su padre a través de la ventana y que luego se alejó
prudentemente. Ignoraba la importante declaración que iba a hacer Grigori.
Cuando inspeccionamos sus ropas, esta operación lo exaspera, pero se
tranquiliza al ver que sólo se encuentran mil quinientos de los tres mil
rublos. Entonces, en estos momentos de indignación reprimida, acude a su mente
por primera vez la idea de la bolsita. Sin duda, se da cuenta de la
inverosimilitud de su revelación y trata de hacerla más aceptable inventando
una novela que tenga más visos de realidad. En estos casos los magistrados no
deben dar al culpable tiempo para reponerse; deben lanzar inmediatamente
sobre él una serie de rápidos ataques: sólo así conseguirán que revele sus
pensamientos más íntimos. El mejor procedimiento para hacer hablar a un
criminal es revelarle de pronto, y como sin intención alguna, un hecho de
extrema importancia que para él resulte una novedad por no haberlo advertido.
Nosotros teníamos preparado un hecho de esta índole: la declaración del criado
Grigori respecto a la puerta abierta por donde acababa de salir el acusado.
Él se había olvidado de esta puerta por completo y no creía que Grigori se
hubiera fijado en elia. El efecto de la alusión a la puerta fue extraordinario.
Karamazov se levantó en el acto y exclamó: «¡Es Smerdiakov el asesino! ¡Estoy
seguro de que es Smerdiakov!» Así expresa un íntimo pensamiento nacido del
deseo de salvarse, idea absurda, pues no cae en la cuenta de que Smerdiakov,
para cometer el crimen, tenía que haber esperado a que él abatiera a Grigori
y huyese. Esto explica que Karamazov quedara paralizado de espanto cuando supo
que Grigori había visto la puerta abierta antes de que él lo agrediera, y que
el criado, al levantarse de la cama, había oído a Smerdiakov gemir al otro lado
del tabique. Mi colega, el honorable a inteligente Nicolás Parthenovitch, me ha
contado que en aquel momento su emoción fue tan profunda, que le faltó poco
para echarse a llorar.
»Entonces, para salir del apuro, el acusado nos
cuenta la historia de la famosa bolsita. Señores del jurado: ya he explicado a
ustedes por qué esta historia me parece completamente absurda, la más
extravagante que se pueda concebir en el caso que nos ocupa. Ni siquiera en
una competición para premiar al joven que tuviera la idea más disparatada,
habría surgido una idea como ésta. En estos momentos se puede confundir al
triunfal narrador con los detalles, esos detalles que la realidad nos ofrece a
montones y que el involuntario y desdichado farsante desdeña siempre, porque
los cree inútiles a insignificantes. No cabe duda de que piensa así. Él tiene
planes grandiosos y se le refutan con bagatelas. Pues bien; éste es el punto
débil de la coraza. Se pregunta al acusado:
»‑¿De dónde sacó usted el material para la bolsita
y quién se la cosió?
»‑Me la cosí yo mismo.
»‑Pero ¿de dónde sacó la tela?
»Esto molesta al acusado hasta el punto de que le es
dificil disimularlo. Sí, se siente realmente ofendido. En estos casos todos
son iguales.
» ‑Corté un trozo de una de mis camisas.
»‑Perfectamente. Por lo tanto, mañana
encontraremos entre su ropa interior esa camisa a la que le falta un trozo de
tela.
»Desde luego, señores del jurado, si se encontraba
esta camisa, ello constituiría una prueba decisiva de la exactitúd de la declaración
del acusado, ya que si decía la verdad, la camisa tenía que estar en su cómoda
o en su maleta. Pero él no se da cuenta de este detalle.
»‑Es que no recuerdo bien si corté el trozo de
tela de una de mis camisas o de una cofia de mi patrona.
»‑¿De una cofia?
»‑Sí; la encontré abandonada como un trapo
viejo.
»‑¿Está usted seguro?
»‑No, seguro no estoy.
»Y de nuevo se enoja. Sin embargo, ¿cómo es posible
que no recuerde este detalle? Es uno de esos detalles que no se olvidan ni en
los momentos más angustiosos, ni siquiera cuando le llevan a uno al patibulo.
Un reo puede olvidarlo todo, pero un tejado verde o un pájaro sobre una cruz
vistos al pasar no se borran de su memoria. Dmitri Karamazov hizo la bolsita
ocultándose de todos los demás habitantes de la casa. Debería recordar este
temor de ser sorprendido las muchas veces que, con la aguja en la mano, debió
de correr, al oír que alguien se acercaba, a esconderse detrás del biombo que
dividía en dos su habitación... ¿Saben, señores del jurado, por qué me
entretengo en dar estos detalles? Porque el acusado sigue manteniendo su
absurda declaración. Durante los dos meses que han transcurrido desde aquella
noche fatal, Karamazov no ha explicado sus fantásticas manifestaciones ni
aportado ninguna prueba de que dijo la verdad. Dice que esto son nimiedades y
que debemos creer en su palabra de honor. Ojalá pudiéramos creerlo; nuestro
mayor deseo es dar crédito a su palabra de honor, pues no somos chacales
sedientos de sangre humana. Que se nos indique un solo hecho en favor del
acusado y lo acogeremos con alegría; pero un hecho real, una prueba tangible, y
no las deducciones de su hermano, fundadas en la expresión del semblante y en
el hecho de que Dmitri Fiodorovitch se golpeara el pecho con la mano, señalando,
a juicio del declarante, la bolsita que aquél llevaba pendiente del cuello.
Pueden creernos cuando decimos que nos alegraríamos de recibir esa prueba. En
el acto retiraríamos nuestra acusación. Pero nos debemos a la justicia, y los
hechos nos obligan a mantener nuestra acusación sin atenuarla lo más mínimo.
De aquí, el fiscal pasó a la peroración. Tenía
fiebre. Con voz vibrante evocó la sangre vertida, el padre asesinado por el
hijo «con el vil objeto de robarle». E insistió en la trágica y demostrativa
ilación de los hechos.
‑Sean cuales fueren las palabras del célebre
defensor del acusado, de ese hombre que con su patética elocuencia sabrá
pulsar vuestra sensibilidad, no olvidéis que estáis en el santuario de la justicia.
Pensad en todo momento que sois los defensores del derecho, la muralla
protectora de nuestra santa Rusia, de los principios, de la familia, de todo lo
que hay de sagrado en nuestra nación. Sí, en este momento representáis a Rusia.
No sólo en esta sala se oirá vuestro veredicto; el país entero os escuchará,
porque os considera sus defensores y sus jueces, y se sentirá reconfortado o
consternado por la sentencia que vais a emitir. No lo defraudéis. Nuestra troika
corre sin freno tal vez hacia el abismo. Hace ya mucho tiempo que multitud de
rusos levantan los brazos con el deseo de detener esta loca carrera. Si otros
pueblos no se apartan de la desenfrenada troika, no es por temor, como
se imagina el poeta, sino por un sentimiento de horror y aversión: no lo
olvidéis. Es una suerte para nosotros que se aparten. Peor sería que levantaran
una sólida muralla en el camino de esa troika fantasmal para poner
freno a nuestra licenciosa carrera, y así preservarse ellos y preservar a la civilización.
En Europa empiezan ya a oírse voces de alarma; ya han llegado a nosotros.
Guardaos de provocar a los occidentales, de alimentar su creciente odio
mediante un veredicto de absolución en favor de un parricida.
En resumen, que Hipólito Kirillovitch se entusiasmó,
terminó con un párrafo patético y produjo gran impresión. Se apresuró a salir
de la sala y, al llegar a la pieza vecina, estuvo a punto de desvanecerse. El
público no aplaudió, pero las personas serias estaban satisfechas. Las damas no
lo estaban tanto. Sin embargo, las sedujo la elocuencia del fiscal, y más no
temiendo a las consecuencias del discurso, ya que estaban seguras del éxito de
Fetiukovitch. «Ahora va a tomar la palabra. Triunfará.»
Mitia era el centro de todas las miradas. Durante el
discurso del fiscal permaneció mudo, con los dientes apretados y la mirada en
el suelo. De vez en cuando levantaba la cabeza y prestaba atención. Así lo hizo
cuando se habló de Gruchegnka. Al oír la alusión del fiscal a la opinión que
Rakitine tenía de ella, Mitia sonrió desdeñosamente y exclamó de modo que
todos lo oyeran: «¡Bernardo!» Cuando Hipólito Kirillovitch explicó cómo la
había estrechado a preguntas en Mokroie, Mitia levantó la cabeza y escuchó con
viva curiosidad. Llegó un momento en que estuvo a punto de levantarse para
decir algo, pero se contuvo y se limitó a encogerse de hombros con un gesto
despectivo. Las hazañas del fiscal en Mokroie provocaron los más diversos
comentarios, en su mayoría irónicos. Se consideraba, en general, que no había
podido resistir a la tentación de darse importancia.
La vista se suspendió para reanudarse un cuarto de
hora o veinte minutos después, tiempo que aproveché para tomar nota de algunos
comentarios que hizo el público.
‑Ha sido un discurso importante ‑dijo un
señor en un grupo, frunciendo las cejas.
‑Demasiada psicología ‑dijo otro.
‑Pero ha dicho la verdad.
‑Ha estado muy hábil.
‑Ha puesto las cartas boca arriba.
‑También se ha referido a nosotros. Ha sido al
principio, ¿recuerdan ustedes? Ha dicho que todos nos parecemos a Fiodor
Pavlovitch.
‑También lo ha dicho al final, pero es mentira.
‑Se ha exaltado.
‑Pues eso no está bien.
‑No podía hacer otra cosa. Llevaba tres años
esperando la ocasión de hablar y al fin se le ha presentado. ¡Je, je!
‑Ahora veremos lo que dice el defensor.
Y en otro grupo...
‑Ha cometido un error al atacar a Fetiukovitch
diciendo que pulsaría nuestra sensibilidad. ¿Recuerdan ustedes?
‑Sí, ha sido una pifia.
‑Ha ido demasiado lejos.
‑Se ha dejado llevar de los nervios, ¿no les
parece?
‑Nosotros nos reímos, pero habrá que ver cómo
estará el acusado.
‑Sí, habrá que verlo.
‑¿Qué dirá el defensor?
Tercer grupo:
‑¿Quién es esa gruesa dama que está sentada en
un rincón y usa lentes de teatro?
‑Es la esposa divorciada de un general. La
conozco.
‑Se comprende que use lentes.
‑Es un modo de llamar la atención.
‑Cerca de ella hay una rubita que está muy
bien.
‑Nuestro fiscal hizo un buen trabajo en
Mokroie.
‑Desde luego. ¡Qué hablador ha estado! ¡Como si
no hubiera hablado bastante en sociedad!
‑No ha podido contenerse. El afán de lucimiento.
‑Ha estado desconocido.
‑Mucha retórica y mucha ampulosidad.
‑Sí. Y observen ustedes que ha querido
asustarnos. ¿Se acuerdan de eso de la troika? «Hamlet es de un país
lejano. Nosotros tenemos que contentarnos con los Karamazov.» Eso no ha estado
mal.
‑Ha sido una concesión a los liberales. Ese
hombre tiene miedo.
‑También teme al defensor.
‑Es verdad. Veremos lo que dice Fetiukovitch.
‑Desde luego, no hablará como un palurdo.
‑Eso creo yo.
Y en el cuarto grupo...
‑La parrafada sobre la troika ha estado
muy bien.
‑En eso de que en el extranjero están perdiendo
la paciencia tiene razón.
‑¿Usted cree?
‑Estoy
seguro. La semana pasada, un miembro del Parlamento inglés interpeló al
gobierno sobre los nihilistas. «¿No les parece que ya es hora ‑dijo‑
de que prestemos atención a esa nación bárbara y procuremos enterarnos de lo
que ocurre en ella?» A eso se ha referido Hipólito Kirillovitch. No me cabe
duda, porque la semana pasada habló de ello.
‑Los ingleses no pueden hacer nada.
‑¿Por qué?
‑Porque
si les cerramos el puerto de Cronstadt y no les damos trigo, no tendrán de
dónde sacarlo.
‑Ahora también hay trigo en América.
‑¡Qué ha de haber!
En esto sonó la campanilla y cada cual volvió a su
sitio. Fetiukovitch tenía la palabra.
CAPITULO X
LA DEFENSA. UN ARMA DE DOS FILOS
Cuando empezó su discurso el famoso abogado, se hizo
un silencio absoluto en la sala y todas las miradas se concentraron en él. Al
principio se expresó con una simplicidad persuasiva, sin la menor suficiencia,
sin pretensión alguna por ser elocuente ni patético. Se diría que estaba
charlando con unos cuantos amigos íntimos. Tenía una voz fuerte y agradable, en
la que se percibían la sinceridad y la espontaneidad. Pero todos los oyentes
advirtieron al punto que podía alcanzar el grado más alto de patetismo y hacer
latir los corazones con violencia extraordinaria. Hablaba menos correctamente
que Hipólito Kirillovitch, pero con más precisión y frases más breves. Hubo en
él algo que no gustó a las damas: el detalle de que se inclinaba, sobre todo
al principio de su discurso, pero no como el que saluda a su auditorio, sino
como el que se dispone a arrojarse sobre él. Su larga espalda parecía tener una
bisagra en la parte central, que permitía al orador doblarse hasta casi formar
un ángulo recto. Al iniciar su discurso, habló sin plan alguno, refiriendo los
hechos al azar, para formar finalmente un todo. Su discurso se dividió en dos
partes. La primera constituyó una crítica, una refutación al discurso del
fiscal, a veces mordaz y sarcástica. En la segunda parte, el defensor cambió
de tono y de actitud y se elevó repentinamente hasta alcanzar el más intenso
patetismo. La sala, que parecía esperar este cambio, se estremeció de emoción.
Entonces
Fetiukovitch abordó francamente el asunto, diciendo que, si bien estaba
establecido en Petersburgo, se trasladaba con frecuencia a las provincias para
defender a acusados cuya inocencia le parecía segura o probable.
‑Así he procedido esta vez ‑siguió
diciendo‑. Apenas leí la prensa, adverti un detalle que favorecía sin
duda alguna al acusado. Lo que me llamó la atención fue un hecho corriente en
la práctica de la justicia, pero que jamás se había producido con tanta evidencia,
con particularidades tan características. No debería mencionar este hecho
hasta el final de mi discurso, pero quiero exponer francamente mi pensamiento
desde el principio, abordar ahora mismo y directamente el asunto, sin pensar en
el efecto que esta táctica pueda producir ni tratar de dirigir las impresiones
del auditorio. Esto tal vez sea una imprudencia, pero no cabe duda de que es
un acto de sinceridad. El camino que me ha conducido aquí es el que voy a
exponer. Primero observé que existía una serie de cargos abrumadores contra el
acusado, cargos tan decisivos que ninguno, examinado aisladamente, podía, al
parecer, hacer frente a la crítica. Los rumores y los periódicos me afirmaban
cada vez más en mi opinión. Y en esto recibo la proposición de encargarme de la
defensa del acusado. Acepté en el acto, ya completamente convencido de la
inocencia de Dmitri Kararnazov. Acepté porque estoy seguro de destruir ese
fatídico encadenamiento de los indicios de culpabilidad y también de demostrar
la falta de consistencia de cada uno de ellos considerado aisladamente.
Tras este exordio, Fetiukovitch prosiguió.
‑Señores del jurado: yo soy aquí un forastero
accesible a todas las impresiones y libre de todo prejuicio. El acusado, pese a
su carácter violento y a sus desenfrenadas pasiones, no me ha ofendido hasta
ahora, aunque otras muchas personas de esta ciudad han sido víctimas de sus
violencias, lo que justifica la atmósfera de prevención que reina en torno de
él. Sí, reconozco que la indignación que ha despertado es justa. El acusado es
un hombre violento, incorregible. Sin embargo, se le recibía en todas partes.
Incluso se le agasajaba en el hogar de mi ilustre oponente.
Se oyeron en el público risas que se reprimieron muy
pronto. Todos sabían que el fiscal recibía a Mitia en su casa sólo por
complacer a su esposa, mujer honesta a carta cabal, pero un tanto fuera de la
realidad y que a veces se complacía en llevar la contraria a su marido, sobre
todo en cuestiones de poca importancia. Por lo demás, Mitia iba a casa del
fiscal muy raras veces.
‑Sin embargo ‑prosiguió Fetiukovitch‑,
me atrevo a suponer que incluso un hombre tan inteligente y justo como mi
adversario puede haber concebido una prevención errónea contra mi cliente.
Desde luego, esto sería lógico, pues el desgraciado bien lo merece. El sentido
moral, y especialmente el sentido estético, son a veces inexorables. El
elocuente discurso del fiscal nos ha expuesto un riguroso análisis del carácter
y de los actos del acusado, desde un punto de vista rigurosamente crítico. Este
discurso evidencia una penetración psicológica que mi ilustre oponente no había
podido alcanzar si hubiera abrigado el menor prejuicio contra la personalidad
de Dmitri Karamazov. Pero en estos casos hay cosas peores que la hostilidad
preconcebida. Así ocurre, por ejemplo, cuando nos obsesiona un afán de creación
artística, de invención novelesca, cosa que ocurre especialmente al que posee
dotes extraordinarias de psicólogo. Antes de salir de Petersburgo me
previnieron, aunque no hacía falta, pues yo ya lo sabía, que al llegar aquí
habría de enfrentame a un psicólogo profundo y sutil, conocido desde hacia
mucho tiempo en el mundo judicial. Pero la psicología, señores míos, aun siendo
una ciencia admirable, es como un arma de dos filos. He aquí un ejemplo tomado
al azar del discurso de acusación. El acusado huye a través del jardín, bajo
la noche, trata de saltar la tapia y derriba, golpeándolo con una mano de
mortero, al criado Grigori, que lo sujeta por una pierna. Inmediatamente vuelve
a bajar al jardín y permanece unos minutos junto a la víctima para averiguar si
vive o está muerta. El acusador no cree en modo alguno la afirmación del
acusado de que obró así por pura compasión. «Este sentimiento de piedad ‑dice‑
es inadmisible, está en contradicción con la conducta de Dmitri Karamazov en
aquellos momentos. Él sólo quería averiguar si el único testigo de su crimen
vivía aún, deseo que demostraba que había cometido el asesinato.» He aquí el
resultado de los razonamientos psicológicos. Apliquémoslos tambien nosotros,
pero por el lado contrario, y los resultados serán igualmente verosímiles. El
asesino salta al jardín para averiguar si vive el único testigo de su crimen.
Sin embargo, acaba de dejar en la habitación de su padre, según afirma el
propio ministerio público, una prueba abrumadora, el sobre rasgado con una
anotación que demuestra que contenía tres mil rublos. « Si el culpable se
hubiera llevado el sobre, nadie se habría enterado de la existencia de esos
tres mil rublos, ni, por lo tanto, del robo cometido por el acusado.» Así se
ha expresado la acusación. Admitamos sus palabras. La psicología está llena de
sutiles posibilidades. Ahora nos atribuye la ferocidad y la percepción del
águila, y un instante después la ceguedad y la timidez del topo. Pero si se
considera que tenemos la crueldad y la sangre fría necesarias para volver a
bajar el muro con el exclusivo fin de comprobar si el único testigo de nuestro
crimen vive todavía, ¿qué razón puede haber para que perdamos cinco minutos al
lado de nuestra víctima, exponiéndonos a atraer la atención de nuevos testigos?
¿Y por qué tratar de contener con nuestro pañuelo la sangre que brota de la
herida, no pudiendo ignorar que este pañuelo se ha de convertir en una prueba
decisiva contra nosotros? ¿No habría sido más lógico seguir golpeando con la
mano de mortero al único testigo de nuestro crimen hasta sellar sus labios
definitivamente? Por añadidura, mi cliente deja otra prueba en el lugar donde
ha abatido a su segunda víctima: la mano de mortero cogida en presencia de dos
mujeres que pueden atestiguar que se ha apoderado de este objeto. Además, el
presunto culpable no deja caer esta arma distraídamente, en su aturdimiento,
en el lugar de la agresión, sino que la arroja a cinco metros de distancia.
¿Por qué procedió así?, nos preguntamos. Sólo cabe una explicación: Dmitri
Karamazov sintió un profundo remordimiento al creer que había matado al viejo
criado Grigori, y, con un gesto de desesperación, arrojó la mano de mortero
lejos de si. Y si mi cliente pudo experimentar esta sensación de remordimiento,
con ello demostró que no había matado a su padre. Un parricida, en vez de
acercarse a su nueva víctima por compasión, sólo habría pensado en salvarse, y
no hubiese intentado contener la hemorragia, sino que habría terminado de
destrozar con la mano de mortero la cabeza herida. La piedad y los buenos
sentimientos no pueden experimentarse si falta la tranquilidad de conciencia.
»He aquí, señores del jurado, otro resultado del
método de deducción psicológica. He recurrido a esta ciencia con toda intención
a fin de demostrar que este tipo de deducciones puede conducirnos a todas
partes. El resultado depende de los propósitos de la persona que haga use del
sistema. Permítanme ustedes, señores del jurado, hablarles del abuso que se
hace de la psicología y de las consecuencias de tales abusos.
Se oyeron de nuevo risas de aprobación en el público.
Pero no reproduciré íntegramente el discurso de la
defensa. Me limitaré a reproducir los puntos más importantes.
CAPÍTULO XI
NI DINERO NI ROBO
Hubo un
pasaje en el informe de la defensa que sorprendió a todos: aquél en que el
abogado negó la existencia de los tres mil rublos y, por lo tanto, la
posibilidad de que se hubiera cometido el robo.
‑Señores del jurado, lo más sorprendente de
este caso es la acusación de robo, a la vez que la imposibilidad absoluta de
indicar a ciencia cierta lo que se ha robado. Se dice que han desaparecido tres
mil rublos, pero nadie sabe si este dinero ha existido realmente. Juzguen
ustedes. Ante todo, ¿cómo nos hemos enterado de la existencia de esos tres mil
rublos y quién los ha visto? Sólo sabemos lo que nos ha dicho el sirviente
Smerdiakov: que estaban en un sobre en el que se habían escrito unas palabras.
Smerdiakov habló de este sobre, antes del suceso, al acusado y a Iván Fiodorovitch.
También informó a la señorita Svietlov. Pero ninguna de estas tres personas ha
visto el dinero. De aquí que no podamos menos de preguntarnos: si este dinero
ha existido verdaderamente, y, si Smerdiakov lo había visto, cuándo lo vio por
última vez. Además, ¿no pudo ocurrir que Fiodor Pavlovitch, sin decírselo a su
criado, retirase los billetes de su cama y los volviera a guardar en la cajita
donde los tenía habitualmente? Observen ustedes que, según Smerdiakov, el sobre
estaba escondido debajo del colchón. Por lo tanto, el ladrón tuvo que sacarlo
de allí. Sin embargo, la cama estaba intacta, según se testifica en el
sumario. ¿Cómo se explica esto? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que unas manos
ensangrentadas se introdujeran debajo del colchón sin manchar las finas a
inmaculadas sábanas que se habían puesto en la cama aquella noche? «Pero el
sobre estaba en el suelo», se me dirá. Hablemos de este sobre; vale la pena.
Hace un momento, nuestro eminente acusador, al pretender demostrar que es
absurdo achacar el asesinato a Smerdiakov, ha dicho estas palabras que han
causado no poca sorpresa: «Si el culpable se hubiera llevado el sobre, nadie
se habría enterado de la existencia de esos tres mil rublos ni, por lo tanto,
del robo cometido por el acusado.» Así, pues, según reconoce el propio
ministerio público, ese trozo de papel desgarrado y escrito es la única base de
la acusación de robo formulada contra mi cliente. Y yo me pregunto si el simple
hecho de que ese sobre estuviera tirado en el suelo de la habitación es
suficiente para demostrar que contenía el dinero y que este dinero fue robado.
«Smerdiakov vio los billetes en el sobre», se me objetará. Pero yo me pregunto:
¿cuándo los vio por última vez? Hablé con Smerdiakov, le hice esta pregunta y
él me contestó que había visto el dinero en el sobre dos días antes del drama.
Por lo tanto, no hay ningún inconveniente en suponer que el viejo Fiodor
Pavlovitch, en su febril impaciencia mientras esperaba a su amada, sacó el
sobre de su escondite y lo abrió. « Gruchegnka tal vez no me crea, pero cuando
le enseñe el fajo de treinta billetes, el efecto será inmediato: se sentirá
fascinada.» Y rasga el sobre y lo tira al suelo, después de sacar el dinero,
naturalmente sin temor alguno a comprometerse. Señores del jurado, esta
hipótesis es tan admisible como cualquier otra. Y si la admitimos, el móvil del
robo deja de existir, ya que si no hay dinero, no hay robo. Se dice que el
sobre abierto encontrado en el suelo de la habitación prueba la existencia del
dinero; pero a mi nada me impide afirmar que el sobre estaba vacío antes de que
lo viese el presunto ladrón, por haber sacado ya los billetes su propio dueño.
«¿Pero adónde fue a parar ese dinero? ‑se me preguntará‑. Se hizo
un registro y no se encontró.» En primer lugar, se encontró una parte de él en
la cajita; en segundo, Fiodor Pavlovitch pudo retirarlo a la mañana siguiente
de haberlo visto Smerdiakov, a incluso más tarde, para gastarlo o enviarlo a
alguna parte. En una palabra, pudo cambiar de idea sin juzgar necesario dar
cuenta de ello a su sirviente. Por poco verosimil que sea esta hipótesis,
¿acaso tiene más fundamento acusar a mi defendido categóricamente de asesinato
seguido de robo? Esto pertenece a los dominios de la novela. Para afirmar que se
ha robado una cosa, hay que señalar la cosa robada o, cuando menos, demostrar
claramente que ha existido. Pero resulta que nadie ha visto los tres mil
rublos. Recientemente, en Petersburgo, un vendedor ambulante de dieciocho años
entró en el establecimiento de un cambista, mató a éste a hachazos con una
audacia extraordinaria, y se llevó mil quinientos rublos. Cinco horas después
fue detenido y se encontró en su poder toda la cantidad robada: sólo faltaban
quince rublos que se había gastado. Además, el empleado de la víctima, que en
el momento del crimen estaba ausente, indicó a la policía no sólo el importe de
lo robado, sino el valor y el número de billetes y de monedas de oro que
integraban la suma. Todo se encontró en poder del asesino, el cual, por añadidura,
confesó de plano. A esto llamo yo una prueba, señores del jurado. Allí estaba
el dinero; se podía tocar; nadie podía negar que existiese. ¿Ocurre lo mismo en
el caso que estamos debatiendo? No. Sin embargo, de nuestro debate depende la
suerte de un hombre. « De acuerdo –se me puede decir‑, pero el acusado
pasó la noche de jarana y tiró el dinero. Todavía se le encontraron encima mil
quinientos rublos. ¿De dónde los había sacado?» La respuesta es que
precisamente el hecho de que sólo tuviera en su poder mil quinientos rublos, o
sea la mitad de los tres mil, puede ser una prueba de que el dinero no procedía
del sobre. Al instruirse el sumario se hicieron cálculos precisos de tiempo y
se determinó que el acusado, después de su visita a las dos domésticas, se fue
derechamente a casa del señor Perkhotine y que luego no estuvo solo un
instante. Por lo tanto, no pudo ocultar en ninguna parte de la ciudad la otra
mitad de los tres mil rublos. La acusación supone que el dinero está oculto en
Mokroie, pero ¿por qué no sospechar que está en el castillo de Udolphe[L122]? La suposición del señor fiscal es realmente
fantástica, novelesca. Sin embargo, señores del jurado, basta prescindir de
esta hipótesis para que la acusación de robo se venga abajo. ¿Qué se ha hecho
de esos mil quinientos rublos? ¿Cómo se explica que hayan desaparecido si se
tienen pruebas de que el acusado no fue a ninguna parte? ¿Son suficientes estas
deducciones novelescas para que estemos dispuestos a destrozar la vida de un
hombre? Se me replicará que Dmitri Fiodorovitch no pudo explicar la procedencia
del dinero que se le encontró encima y que todo el mundo sabía que antes de
aquella noche no tenía ni un solo rublo. ¿Pero podemos aceptar que lo sabía
todo el mundo? El acusado explicó con toda claridad de dónde procedía el dinero
que estaba en su poder, y a mi juicio, señores del jurado, la explicación es
perfectamente lógica y está de acuerdo con el carácter de mi cliente. La
acusación se aferra a su propia novela. Dice que un hombre tan débil de
carácter que se humilla a aceptar tres mil rublos de su prometida, no es
lógico que retire la mitad de este dinero y lo conserve. Por el contrario, lo
natural es que abra la bolsita cada dos días para sacar cien rublos, de modo
que, al cabo de un mes, no quedará nada. Como recordarán ustedes, todo esto ha
sido dicho en tono determinante. Pero si las cosas hubieran ocurrido de otro
modo, el personaje creado por el señor fiscal sería falso. Así ha ocurrido. No
faltará quien objete: «Hay testigos de que el acusado dilapidó de una vez en
Mokroie los tres mil rublos que le prestó la señorita Verkhovtsev. Por lo
tanto, no puede ser cierto que se guardara la mitad.» ¿Pero qué testigos son
éstos? Ya hemos visto el crédito que se les puede prestar. Además, un pastel
en manos ajenas parece siempre mayor de lo que es en realidad. Ninguno de estos
testigos contó los billetes: todos cálcularon la cantidad a simple vista. El
testigo Maximov asegura que el acusado tenía en la mano veinte mil rublos. Como
ustedes ven, señores del jurado, la psicología es un arma de dos filos.
Permítanme que utilice el filo contrario: ya verán ustedes lo que resulta.
»Un mes antes del drama, la señorita Verkhovtsev
entrega al acusado tres mil rublos para que los envíe por correo, ¿pero hace la
entrega en condiciones tan humillantes como se ha dicho aquí hace unos
momentos? La primera declaración de la señorita Verkhovtsev sobre este punto
fue muy distinta de la segunda. En ésta se percibía la cólera, el afán de
venganza, un odio largo tiempo disimulado. La acusación no ha mencionado este
cambio novelesco; yo no lo comentaré tampoco. Sin embargo, me permitiré
observar que si una persona tan honorable como la señorita Verkhovtsev es capaz
de prestar en la audiencia una declaración completamente distinta de la que
hizo al instruirse el sumario, con el propósito evidente de perjudicar al
acusado, no es menos evidente que sus declaraciones pecan de parcialidad. No
se puede negar que una mujer ávida de venganza está predispuesta a exagerar
las cosas, y especialmente las condiciones humillantes en que fue entregado el
dinero. Esta entrega debió de hacerse, por el contrario, del modo más
aceptable, sobre todo para un hombre tan irreflexivo como nuestro cliente y que
además, confiaba en recibir de su padre los tres mil rublos que le
correspondían en el ajuste de cuentas. Esto era problemático, pero el acusado,
con su alegre confianza, estaba seguro de que recibiría los tres mil rublos y
podría devolver a la señorita Verkhovtsev la cantidad que le había prestado.
»Pero la acusación rechaza la versión de la bolsita.
« Estos sentimientos son incompatibles con el carácter del acusado.» Sin embargo,
el propio señor fiscal ha hablado de los dos abismos que Karamazov puede ver
al mismo tiempo. En efecto, su carácter de dos caras puede llevarle a detenerse
en medio de la más desenfrenada disipación, a causa de otra influencia. Y esta
otra influencia existe en nuestro caso: fue el amor, un amor que se inflamó
como la pólvora y para el que necesitaba dinero, más dinero aún que para divertirse
con su amada. Si ella le dice: «Soy tuya: no quiero a Fiodor Pavlovitch» esto
le bastará para entregarse totalmente a ella y desear llevársela lejos, cosa
que no podrá hacer con los bolsillos vacíos. Así sucedió antes de que
comenzara el jolgorio de aquella noche. Karamazov pensó que podía
presentársele este problema, y este pensamiento fue lo que le llevó, por
absurdo que parezca, a reservarse mil quinientos rublos. Pero pasa el tiempo y
Fiodor PavIovitch no da al acusado los tres mil rublos. Por el contrario,
corre el rumor de que los destina precisamente a seducir a la señorita
Svietlov. El acusado piensa: «Si Fiodor Pavlovitch no me da el dinero, Catalina
Ivanovna podrá decir que soy un ladrón.» Así nace en él la idea de ir a
devolver a la señorita Verkhovtsev los mil quinientos rublos que sigue llevando
en la bolsita pendiente de su cuello. Si procede de este modo podrá decirse:
«Soy un miserable, pero no un ladrón.» He aquí una doble razón para que conserve
ese dinero como algo precioso, en vez de abrir la bolsa a ir sacando billete
tras billete. ¿Por qué negar al acusado el sentimiento del honor? Este
sentimiento existe en él, tal vez mal comprendido, acaso erróneo, pero real y
vehemente: Dmitri Fiodorovitch lo ha demostrado.
»La situación se complica, la tortura de los celos
alcanza el paroxismo, y los dos problemas, siempre los mismos, obsesionan con
fuerza creciente la imaginación del acusado. «Si devuelvo el dinero a Catalina
Ivanovna, ¿cómo me podré llevar a Gruchegnka?» Si desde entonces no cesó de
embriagarse y de alborotar en las tabernas fue precisamente porque se sentía
amargado y no tenía valor para hacer frente a esta amargura. Aquellos dos
problemas acabaron por ser para él tan irritantes, que le llevaron a la
desesperación. Había enviado a su hermano menor a pedir por última vez los tres
mil rublos a su padre, pero, sin esperar a recibir la respuesta, irrumpió en
casa de Fiodor Pavlovitch y lo agredió ante testigos. Después de esto, ya nada
podía esperar de su padre. Aquella misma noche se golpea el pecho, exactamente
en el punto donde está su bolsita, y dice a su hermano que tiene un medio de
borrar su vergüenza, pero que no lo utilizará, pues la debilidad de su
carácter le impedirá dar ese paso. ¿Por qué se niega la acusación a aceptar la
declaración de Alexei Karamazov, tan sincera, tan espontánea, tan lógica? ¿Por
qué se obstina en imponer la versión del dinero oculto en una grieta de los
sótanos del castillo de Udolphe?
»La noche misma
de su conversación con su hermano, el acusado escribe la fatídica carta en que
se basa principalmente la acusación de robo. En ella dice que pedirá el dinero
a todo el mundo y que, si nadie se lo quiere dar, matará a su padre cuando Iván
se haya marchado y se apoderará del sobre atado con una cinta de color de
rosa, que Fiodor Pavlovitch tiene escondido en su cama. Refiriéndose a esta
carta, el señor fiscal ha exclamado: «¡Aquí está el plan completo del
asesinato! Todo ocurrió de acuerdo con lo que aquí se anuncia.» Pero, en primer
lugar, hay que tener en cuenta que esta carta está escrita bajo los efectos del
alcohol y de una desesperación extrema; en segundo, que habla del sobre sin
haberlo visto, basándose sólo en las referencias de Smerdiakov; y, en fin, que
aunque la carta exista, no puede probarse que lo que se dice en ella
corresponda a los hechos que se produjeron después. ¿Encontró el acusado el
sobre debajo del colchón? ¿Contenía este sobre el dinero? Además, ¿era el
dinero lo que atraía al acusado? No, Dmitri Fiodorovitch no corrió como un loco
para robar, sino para enterarse de dónde estaba la mujer que le había hecho
perder la cabeza. No obró de acuerdo con un plan premeditado, sino impensadamente,
en un arrebato de celos. «Sí, pero, después del asesinato, se apoderó del
dinero. » ¿Después del asesinato? ¿Es que realmente lo cometió? Rechazo con
indignación la hipótesis del robo, porque es evidente que no se puede hacer
esta acusación sin señalar el objeto robado. ¿Pero hay pruebas de que el
acusado cometiera el crimen, aunque no robase? ¿No será también esto una
novela?
CAPÍTULO XII
NO HUBO ASESINATO
‑No
olviden, señores del jurado, que está en juego la vida de un hombre y, por lo
tanto, debemos obrar con prudencia. Hasta hoy el ministerio público no se había
atrevido a admitir la premeditación. Para admitirla ha necesitado de esa
fatídica carta escrita en estado de embriaguez que se ha presentado hoy al
tribunal. «Todo sucedió tal como el acusado anunció por escrito.» Pero repito
que Dmitri Fiodorovitch sólo fue a casa de su padre para saber si estaba allí
su amada. Esto es indudable. Si el acusado hubiera hallado a la señorita
Svietlov en su propia casa, no habría dado ningún paso más. Fue a casa de
Fiodor Pavlovitch sin más propósito que el de buscar a su amada, tal vez sin
acordarse de la carta que había escrito. «Pero cogió una mano de mortero.»
Efectivamente, cogió este objeto que como ustedes saben, ha dado lugar a
deducciones psicológicas. Sin embargo, acude a mi mente esta simple idea: si
la mano de mortero, en vez de estar al alcance del acusado, hubiera estado
guardada en uno de los armarios de la cocina, Dmitri Fiodorovitch, al no
verla, habría salido de allí con las manos vacías y no habría podido agredir a
nadie. ¿Se puede deducir de esta conducta la premeditación? Ciertamente, el
acusado había proferido en las tabernás amenazas de muerte contra su padre, y
dos días antes del drama, la misma noche en que escribió su famosa carta, no
daba muestras de excitación: sólo discutió con un empleado, « cediendo a una
costumbre inveterada». A esto se puede contestar que si el acusado hubiera
tenido el propósito de matar, de cometer un crimen de acuerdo con un plan
trazado por él mismo, habría evitado esta discusión y, seguramente, ni siquiera
hubiese ido a la taberna. En estos casos se desea la calma y la soledad, no se
quiere llamar la atención, no sólo por cálculo, sino también por instinto.
»Señores del jurado, quiero decir una vez más que la
psicología es un árma de dos filos y que también yo sé manejarla. Las amenazas
proferidas a gritos en las tabernas durante un mes, no significan nada. ¡A
cuántos niños y a cuántos borrachos les oímos lanzar gritos semejantes en sus
disputas, sin que la cosa pase de ahí! Esa carta fatal, ¿no es también un
producto de la embriaguez y de la cólera, el grito de un borracho que anuncia
con voz amenazadora que va a cometer una atrocidad? ¿Por qué no ha de ser así?
¿Qué razón hay para que esa carta sea forzosamente fatal y no grotesca? La
razón es que se encontró asesinado a Fiodor Pavlovitch, que una persona vio al
acusado huyendo por el jardín y que esta persona fue agredida y derribada por
mi cliente. De esto se deduce que todo sucedió tal como Dmitri Fiodorovitch
había anunciado por escrito y éste es el motivo de que la carta no se considere
grotesca, sino fatídica. AI fin, gracias a Dios, hemos llegado al punto
crítico. «El acusado estaba en el jardín; por lo tanto, él fue el que cometió
el crimen.» En la acusación abundan los «por lo tanto». ¿Pero y si éstos fueran
infundados, pese a las apariencias de realidad? Desde luego, la trabazón de los
hechos, las coincidencias, son elocuentes. Pero consideren ustedes los hechos
por separado, sin dejarse impresionar por su conjunto. ¿Por qué la acusación
se niega terminantemente a aceptar la declaración de mi cliente de que se
alejó de la ventana de la habitación de su padre? Recuerden ustedes el sarcasmo
con que el ministerio fiscal ha acogido la suposición de que ha habido
prudencia y piedad en la conducta del acusado. ¿Pero por qué es imposible que
mi cliente haya experimentado estos sentimientos? «Sin duda, mi madre rogó por
mí en aquellos instantes», declaró Dmitri Fiodorovitch al instruirse el
sumario. Se fue al comprobar que la señorita Svietlov no estaba en casa de su
padre. El señor fiscal afirma que el acusado no pudo hacer tal comprobación
desde la ventana. Pero yo no comparto esta opinión. La ventana se ha abierto al
llamar en ella mi cliente de acuerdo con las instrucciones de Smerdiakov.
Fiodor Pavlovitch puedé lanzar un grito, decir algo que revela la ausencia de
la señorita Svietlov. ¿Por qué aferrarnos a una hipótesis surgida de nuestra
imaginación? Mil detalles pueden eludir la observación del novelista más
sutil. «Pero Grigori vio la puerta abierta. Por lo tanto, el acusado debió de
entrar en la casa, y si entró, cometió el crimen.» Hablemos de esta puerta,
señores del jurado. Sobre ella no tenemos más testimonio que el de un hombre
cuyo estado le impedía ver las cosas con claridad. Pero admitamos que la puerta
estaba abierta y que la negativa del acusado sea una falsedad dictada por el
lógico deseo de defenderse; admitamos que entró en la casa; ¿pero por qué el
hecho de que entrase ha de implicar necesariamente que cometiera el crimen?
Pudo entrar, recorrer las habitaciones, incluso golpear a su padre, y luego,
una vez convencido de que la señorita Svietlov no estaba allí, marcharse,
alegrándose de no haberla encontrado, ya que encontrarla habría significado
para él la tentación de cometer un crimen. Si después volvió a bajar de la
tapia para acercarse a Grigori, víctima de su furor, fue porque era capaz de
compadecerse, porque, al haber triunfado de la tentación, le animaba esa alegría
que sólo pueden sentir las almas puras. Con seductora elocuencia el señor
fiscal nos ha descrito las emociones del acusado en Mokroie, cuando el amor
aparece ante él, llamándolo a una vida nueva, precisamente en un momento en que
ya no era posible amar, por tener a sus espaldas el cadáver ensangrentado de su
padre y ante él la perspectiva del castigo. O sea, que el ministerio público
admite el amor, aunque explicándolo a su manera: el estado de embriaguez, la
tregua de alegría proporcionada al criminal, etcétera, etcétera. Pero insisto
en mi pregunta, señor fiscal: ¿no ha creado usted un falso personaje? ¿Tan
desalmado es mi cliente que en aquellos momentos y teniendo sobre su conciencia
la sangre de su padre, pudo pensar en el amor y sentir alegría? ¡No y mil veces
no! Si el acusado hubiera tenido realmente sobre su conciencia la sangre de su
padre, estoy convencido de que, al saber que ella lo amaba y le ofrecía la
felicidad, habría experimentado una necesidad imperiosa de suicidarse y se
habría quitado la vida. No me cabe duda de que habría recordado dónde estaban
las pistolas. Conozco bien al acusado y puedo afirmar que la brutal
insensibilidad que se le atribuye no está de acuerdo con su carácter. Se habría
matado: estoy seguro. Si no lo hizo, fue precisamente porque no había matado a
su padre («su madre rogaba por él»). Aquella noche, en Mokroie, el acusado
estaba atormentado únicamente por el recuerdo del viejo criado al que había
herido, y pedía a Dios los librara, a Grigori de la muerte y a él del castigo.
¿Por qué no admitir esta versión? ¿Qué prueba tenemos de que el acusado
miente? Otra razón que se nos da para atribuirle la muerte de su padre consiste
en esta pregunta: si él huyó sin matar a Fiodor Pavlovitch, ¿quién puede ser el
asesino?
»Otra vez nos enfrentamos con la lógica de la
acusación: si no ha sido él, ¿quién ha cometido el crimen? No se puede
sospechar de nadie más. Señores del jurado, ¿es esto cierto? ¿De veras no
existe ningún otro posible asesino? El ministerio público ha citado a todos
los que estaban, o estuvieron de paso, en la casa del crimen aquella noche.
Éstos fueron cinco. Tres de las cinco personas deben quedar al margen de toda
sospecha, lo reconozco: la víctima, el viejo Grigori y la esposa de éste. Por
lo tanto, sólo quedan Karamazov y Smerdiakov. El señor fiscal ha exclamado
patéticamente que el acusado ha denunciado a Smerdiakov como ultimo recurso, y
que si hubiera existido una sexta persona, o solamente la sombra de ella, mi
cliente se habría apresurado a acusarla. ¿Pero qué nos priva, señores del jurado,
de razonar a la inversa? Tenemos enfrentados a dos individuos: el acusado y
Smerdiakov. ¿Qué me impide afirmar que se acusa a mi cliente como último
recurso? Pues se le acusa porque se ha excluido por anticipado a Smerdiakov de
toda sospecha. En verdad, los únicos que han señalado a Smerdiakov como posible
culpable han sido el acusado, sus dos hermanos y la señorita Svietlov. Pero hay
otros testigos: la confusa emoción suscitada en la sociedad por ciertas
sospechas, un vago rumor, una especie de ansiosa espera. Y también la
coincidencia de ciertos hechos. Primero ese ataque de epilepsia que sufre Smerdiakov
precisamente el día del crimen y que el ministerio público ha tenido que
detenerse a justificar. Después el repentino suicidio de este sirviente el día
antes de celebrarse el juicio. Y, en fin, la declaración, no menos inesperada,
del hermano del acusado, que.considera a éste culpable y, de pronto, trae los
tres mil rublos y afirma que el asesino es Smerdiakov. Estoy convencido,
señores del jurado, de que Iván Fiodorovitch es en estos momentos un enfermo
mental, y sé que su declaración puede ser una tentativa desesperada, concebida
en un momento de delirio, de salvar a su hermano, achacando las culpas a un
difunto. Sin embargo, el nombre de Smerdiakov se ha pronunciado en esta sala y
de nuevo tenemos la impresión de hallarnos ante un enigma. Se diría, señores
del jurado, que aquí hay algo indefinido, que no se ha terminado de expresar.
Tal vez se haga la luz al fin, pero no nos anticipemos.
»Ahora voy a permitirme oponer ciertos reparos a la
descripción que del carácter de Smerdiakov ha hecho el señor fiscal con una
sutileza muy propia de su talento. Pero, aun reconociendo que la descripción ha
sido admirable, no puedo suscribirla en sus rasgos esenciales. Vi a
Srnerdiakov, hablé con él, y creo que es muy distinto de como nos lo ha
presentado la acusación. Cierto que era débil de cuerpo, pero no lo era de
carácter. No, no era el ser débil que nos ha descrito el señor fiscal. Sobre
todo, carecía de esa timidez que le ha achacado el ministerio público. No
existía en él la ingenuidad, sino una extrema desconfianza disfrazada de
candidez y una mente capaz de todas las premeditaciones. El ingenuo ha sido
nuestro acusador al ver en Smerdiakov un hombre débil de espíritu. A mí me
produjo una impresión clara y terminante; tuve el convencimiento de que me
hallaba ante un ser lleno de maldad, insaciable en sus ambiciones, envidioso y
vengativo. Además, indagué sobre su vida. Le avergonzaba su origen, no podía
recordar sin un gesto de despecho que era hijo de una cualquiera. No respetaba
al viejo Grigori ni a su esposa, a pesar de que lo habían tenido a su cuidado
desde su infancia. Maldecía a Rusia, se burlaba de su patria y soñaba con
trasladarse a Francia y nacionalizarse francés. Antes del crimen, dijo muchas
veces que sentía no poder llevar a cabo sus planes por falta de recursos. Creo
que se consideraba un ser superior y que no sentía estimación por nadie,
excepto por sí mismo... Un buen traje, una camisa limpia y botas relucientes
constituían para él la fórmula de la cultura. Creía ser (hay pruebas de ello)
hijo natural de Fiodor Pavlovitch. Esto pudo llevarle a considerar irritante su
situación frente a la de los hijos legítimos de su dueño, ya que para ellos
eran todos los derechos y sería toda la herencia, mientras que él no pasaba de
ser el cocinero de la casa. Me contó que había ayudado a Fiodor Pavlovitch a
guardar los tres mil rublos en el sobre. No cabe duda de que lo mortificó el
destino que se daba a esta suma que le habría bastado para hacer su soñado
viaje. Además, vio los tres mil rublos formando un fajo de flamantes billetes.
Lo sé porque se lo sonsaqué intencionadamente. No enseñéis nunca a un hombre
orgulloso y propenso a la envidia una importante cantidad de dinero. Era la
primera vez que Smerdiakov veía tantos billetes juntos. Esta visión pudo dejar
en su mente huellas profundas, aunque en el primer momento la impresión no
tuviera consecuencias.
»Mi eminente contradictor ha expuesto con notable
sutileza una serie de hipótesis, en favor y en contra, de la acusación de asesinato
contra Smerdiakov, y finalmente ha preguntado: «¿Qué interés podía tener
Smerdiakov en fingir un ataque?» A esto respondo que el ataque pudo no ser
fingido, que Smerdiakov pudo sufrirlo realmente y más tarde volver en sí.
Aunque no del todo, como suele ocurrir a los epilépticos, pudo recobrar la
razón. «¿En qué momento cometió el crimen?», preguntará la acusación. Es una
pregunta muy fácil de contestar. Smerdiakov pudo volver en sí y levantarse
después de un sueño profundo (los epilépticos suelen dormir profundamente tras
los ataques), exactamente en el momento en que el viejo Grigori cogió al
acusado por la pierna cuando éste cabalgaba ya sobre la tapia y gritó:
«¡Parricida!» Este grito proferido en el silencio de la noche pudo despertar a
Smerdiakov, cuyo sueño era ya, seguramente, más ligero. Entonces se levanta y,
todavía medio dormido, va a ver qué ha pasado. Llega al jardín, se acerca a la
ventana iluminada y se entera de lo ocurrido por boca de su amo, que se alegra
de tenerlo junto a él. Fiodor Pavlovitch se lo cuenta todo detalladamente, y en
la mente, aún no despejada, de Smerdiakov, surge una idea que va tomando
cuerpo. Es una idea horrible, pero subyugadora y de una lógica irrefutable:
matar, apoderarse de los tres mil rublos y dejar que todo el mundo culpe al
hijo de la víctima. ¿Quién puede sospechar de él? ¿A quién se puede acusar sino
a Dmitri Karamazov? Existen pruebas: están en el lugar donde se va a producir
el hecho. La codicia y la confianza en la impunidad lo han dominado al mismo
tiempo. La tentación de matar se presenta a veces de improviso, como una
ráfaga. En resumen, que Smerdiakov pudo entrar en la casa y cometer el crimen.
¿Con qué arma? ¡Bah! Con la primera piedra que encontrara en el jardín. ¿Pero
por qué? ¿Qué fin perseguía? Tres mil rublos son una fortuna, ¿no? Alguien
pensará que me contradigo, pero no es así. El dinero pudo existir. Y acaso era
Smerdiakov el único que sabía dónde lo podía encontrar. «¿Pero y ese sobre
abierto abandonado en el suelo de la habitación?» Hace un momento, al decir el
señor fiscal sutilmente que sólo un ladrón sin experiencia, precisamente como
Karamazov, podía obrar así, y que Smerdiakov no habría dejado jamás tras él
semejante prueba de culpa; hace un momento, repito, he recordado que este
argumento no era una novedad para mi. La hipótesis de que sólo un hombre como
Karamazov podía haber arrojado el sobre al suelo ya la había oído dos días
antes de labios de Smerdiakov, cosa que, por cierto, me sorprendió
extraordinariamente. Tuve la impresión de que Smerdiakov se hacía el ingenuo
para inculcarme esta idea y que yo llegara a la misma conclusión por
inspiración suya. ¿No procedería del mismo modo en la instrucción del sumario,
consiguiendo imponer esta hipótesis al eminente representante del ministerio
público? «¿Y la mujer de Grigori?», se me preguntará. «Estuvo oyendo gemir al
enfermo toda la noche.» En efecto, así lo ha atestiguado ella. Pero este
argumento es sumamente frágil. Un día, una señora amiga mía se quejaba de no
haber podido dormir en toda la noche a causa de los ladridos de un perro. Sin
embargo, el pobre animal, como pudo comprobarse, sólo había ladrado dos o tres
veces. Estos errores son naturales. Una persona está durmiendo; oye gemir y se
despierta renegando, para volver a dormirse en seguida. Dos horas después,
nuevo gemido, otra vez se despierta y otra vez se duerme. Esto se repite dos
horas más tarde. En total, ha ocurrido tres veces. Pero esa persona se levanta
por la mañana quejándose de no haber dormido en toda la noche y diciendo que
los gemidos han sido incesantes. Sin duda, esa persona cree sinceramente que
ha sido así. Los intervalos de dos horas de sueño no se pueden recordar; sólo
los minutos de vigilia se fijan en la memoria, dando la impresión de que las
interrupciones del descanso han sido continuas.
»«¿Pero por qué ‑replica la acusación‑ no
confesó Smerdiakov su crimen en la nota que dejó escrita antes de suicidarse?
¿Acaso su conciencia no llegaba a tanto?» Permítanme una observación. La
conciencia va unida al arrepentimiento. Tal vez el suicida no estaba
arrepentido, sino solamente desesperado. Son dos cosas muy diferentes. A la
desesperación puede ir unida la maldad, y no es necesario que el desesperado
sienta el deseo de reconciliarse con Dios. Es posible que el suicida, en sus
últimos momentos, odiase más que nunca a aquellos a quienes había envidiado
toda la vida.
»Señores del jurado, procuren no cometer un error
judicial. ¿Hay algo inverosímil en mi tesis? Traten de encontrar un error, un
detalle imposible, un hecho absurdo, y si no lo hallan, si consideran que en
mis suposiciones hay un poco de verosimilitud, por insignificante que este
poco sea, obren con prudencia. Les juro por lo más sagrado que creo con
absoluta sinceridad en la versión del crimen que acabo de exponer. Lo que me
inquieta es que entre el cúmulo de hechos contra mi cliente que nos ha ofrecido
la acusación, no exista ni uno solo cuya exactitud y evidencia no puedan
ponerse en duda. Ciertamente, el conjunto de los hechos es abrumador para el
acusado: esa sangre que gotea de sus manos y que mancha sus ropas, el grito de
«¡Parricida!» que resuena en la oscuridad de la noche, el hecho de que la
persona que ha lanzado este grito se desplome con la cabeza abierta, y, además,
el cúmulo de palabras, de declaraciones, de exclamaciones que se han oído
aquí... Todo esto, señores del jurado, puede torcer una convicción, pero no la
de ustedes. No olviden que se les ha conferido un poder ilimitado, que pueden
hacer y deshacer. Pero cuanto mayor es el poder que se tiene, mayor debe ser el
cuidado con que se ejerza. Mantengo firmemente todo lo que acabo de decir; pero
voy a convenir por un momento con la acusación de que mi desventurado cliente
se ha manchado las manos con la sangre de su padre. Esto no es más que una
suposición, pues repito una vez más que no tengo la menor duda de que el
acusado es inocente. Sin embargo, les ruego que me escuchen aunque adopte esta
actitud. Tengo que decirles todavía algunas cosas que considero útiles para
hacer frente al violento combate que se está librando ‑ésta es mi
creencia‑ en sus corazones... Perdónenme esta alusión, señores del
jurado; pero quiero ser sincero hasta el fin. ¡Seamos sinceros todos!
En este punto de su discurso, el abogado defensor fue
interrumpido por una salva de aplausos. Fue tanta la emoción con que pronunció
sus últimas palabras, que todos creyeron que verdaderamente tenía algo, y muy importante,
que decir.
El presidente amenazó con hacer evacuar la sala si se
repetían semejantes manifestaciones. Dicho esto, se dispuso a escuchar y
Fetiukovitch reanudó la defensa con un acento de convicción muy distinto del
que había empleado hasta aquel momento.
CAPITULO XIII
UN SOFISTA
‑No es solamente el conjunto de los hechos lo
que abruma a mi cliente, señores del jurado; lo que más le perjudica es el
hechc de que la víctima sea su padre. Si se tratara de un crimen corriente,
ustedes, dada la duda que se cierne sobre este asunto cuando consideramos los
hechos aisladamente, no mantendrían una actitud acusadora o, por lo menos,
vacilarían en condenar a un hombre exclusivamente porque ocupe, con sobrados
motivos, por cierto, el banquillo de los acusados. Pero estamos en presencia
de un parricida. Esta palabra impone de tal modo, que fortalece, incluso en el
ánimo más objetivo, los puntos fundamentales de la acusación. ¿Cómo perdonar a
un hombre de un crimen tan horrendo? Si fuera verdaderamente culpable y quedara
sin castigo... Éste es el sentimiento instintivo de todos. En verdad, es algo
espantoso matar a un padre, al hombre que nos ha engendrado y amado, que no ha
rehuido ningún sacrificio por nosotros, que nos ha atendido con angustia en las
enfermedades de nuestra infancia, que ha sufridc para darnos la felicidad y
sólo ha vivido para nuestras alegrías y nuestros éxitos. No, no se concibe que
se pueda asesinar a un padre así. Señores del jurado, ¡qué grandeza encierrá la
palabra padre cuando se trata de un padre verdadero! Acabamos de dar una idea
de lo que es un verdadero padre. Pero en nuestro caso, en este doloroso
asunto, tenemos un padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, que no se parecía en
nada al que acabo de describir. Pues hay ciertos padres que son una verdadera
vergüenza. Analicemos las cosa, átentamente; no debemos detenernos ante nada,
en vista de la gravedad de la decisión que hemos de tomar. No debemos tener
miedo ni eludir ciertas ideas, «como si fuéramos niños o débiles mujeres»,
según la feliz expresión del eminente representante del ministerio público. Mi
honorable adversario, en el curso de su ardoroso informe, ha exclamado varias
veces: «No dejaré en manos de nadie la defensa del acusado: yo soy a la vez su
acusador y su defensor.» Sin embargo, se ha olvidado de mencionar el detalle de
que el abominable acusado ha conservado durante veintitrés años la gratitud
por una libra de avellanas, la única golosina que saboreó en la casa paterna, y
que, por lo tanto, mi cliente debe de recordar también que correteaba por la
casa de su padre descalzo y con los pantalones abrochados por un solo botón,
según nos ha revelado un hombre de tan buenos sentimientos como el doctor
Herzenstube.
»Señores del jurado, no nos detengamos en los detalles
de esta lamentable paternidad, ya que todo el mundo la conoce. ¿Qué ha
encontrado mi cliente al llegar a casa de su padre? ¿Hay razón para que se le
presente como un hombre sin corazón, como un ser egoísta, como un monstruo? Es
impulsivo, violento como un salvaje: así se le considera. ¿Pero quién es el
culpable de que sea de este modo si, a pesar de su inclinación al bien y de su
corazón sensible y abierto a la gratitud, se ha hecho hombre en un ambiente tan
monstruoso? ¿Le ha ayudado alguien a cultivar su razón, se ha cuidado alguien
de educarlo, recibió algún afecto en su infancia? Mi cliente se ha desarrollado
a la buena de Dios, como un animal selvático. Tal vez ardía en deseos de ver a
su padre después de tantos años de separación; tal vez, acordándose de su
infancia como a través de un sueño, apartó muchas veces de su corazón los
odiosos fantasmas del pasado y deseó con toda su alma absolver y abrazar a su
padre. ¿Pero qué ocurrió cuando volvió a verlo? Que lo recibió con cínicas
sonrisas, con desconfianza, con ironías acerca de la herencia de su madre. Sólo
oye palabras ofensivas, y, para que nada le falte, ve que su padre pretende
arrebatarle la mujer amada, ofreciéndole el dinero que le pertenece a él.
Señores del jurado: reconozcan que esto es atroz, repugnante. Además, este
padre se queja ante todo el mundo de la falta de respeto y la violencia de su
hijo, lo calumnia, pone en su camino toda clase de obstáculos, compra sus
pagarés con el propósito de llevarlo a la cárcel. Hay hombres que parecen
desalmados, violentos, impetuosos, como mi cliente, y son en realidad
bondadosos; si parecen distintos es porque no han tenido ocasión de demostrar
su bondad. No tomen a broma esta idea. El señor fiscal se ha burlado de mi
cliente por considerarlo un apasionado de Schiller. Yo, en su lugar, no me
habría burlado. Estos seres, permíitidme defenderlos, suelen estar sedientos
de ternura, de belleza, de justicia, precisamente porque, sin que ellos lo
sospechen, estos sentimientos contrastan con la violencia y la dureza de su
conducta. Por muy desalmados que parezcan, son capaces de amar hasta el
sufrimiento, de sentir por una mujer un amor espiritual y profundo. Y esto es,
créanme ustedes, lo que suele ocurrirles. Sin embargo, no pueden disimular su
impetuosa rudeza, que es lo único que vemos de ellos, ya que su interior
permanece oculto. Las pasiones de estos seres se apaciguan con facilidad.
Cuando se ven ante una persona de sentimientos elevados, sus almas,
aparentemente rudas y violentas, tratan de regenerarse, de corregirse, de ser
nobles, rectas, «sublimes», por desacreditada que esté esta expresión.
»He dicho hace unos momentos que no comentaría las
relaciones de mi cliente con la señorita Verkhovtsev. Sin embargo, puedo decir
algo de este asunto. Hemos oído de sus labios no una declaración, sino el grito
de una mujer exaltada que comete un acto de venganza. Esa mujer no tiene ningún
derecho a acusar a mi cliente de traición, pues ha sido ella la que lo ha
traicionado. Si hubiera podido reflexioilar, no habría hecho semejante
declaración. No la creáis. Mi cliente no es un monstruo, como ella lo ha llamado.
El Crucificado, que amaba a los hombres, dijo en las angustias de la Pasión:
«Soy el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas; ninguna perecerá[L123]». No perdamos a un alma humana. Me he
preguntado qué es un buen padre y he respondido que esta expresión designa
algo noble y magnífico. Pero hay que aplicar el calificativo con exactitud,
señores del jurado; hay que llamar a las cosas por su verdadero nombre. Un
padre como el viejo Karamazov no merece llamarse padre. El amor filial
injustificado es absurdo. No puede suscitar amor el que no da nada; sólo Dios
puede sacar de la nada algo. «Padres, no irritéis a vuestros hijos[L124]», escribe el apóstol con el corazón
inflamado de amor. Recuerdo estas santas palabras, no sólo por el padre de mi
cliente, sino por todos los padres. ¿Quién me ha dado autoridad para
aleccionarlos? Nadie. Pero yo me dirijo a ellos como hombre y como ciudadano:
vivos voco[L125]. Permanecemos poco tiempo en la tierra.
Nuestro actos y nuestras palabras suelen ser malos. Por lo tanto, debemos aprovechar
los momentos en que nos reunimos para decirnos algo bueno. Esto es lo que hago
yo: aprovechar la ocasión que se me ofrece. No es que la suprema autoridad me
haya concedido esta tribuna, pero pienso que toda Rusia me está escuchando. No
me dirijo únicamente a los padres que están en esta sala, sino a todos los
padres. A todos les digo: «Padres, no provoquéis la ira de vuestros hijos.»
Empecemos por cumplir los preceptos de Cristo: sólo así podremos exigir algo a
los seres que hemos traído al mundo. Si no procedemos de este modo, no seremos
sus padres, sino sus enemigos, y ellos verán en nosotros sus enemigos y no sus
padres. Y la culpa será nuestra. «Con la medida que midáis se os medirá a vosotros[L126]». Esto no lo digo yo, sino los Evangelios.
Medid con la misma medida con que se os mida. No podemos reprochar a nuestros
hijos que hagan con nosotros lo que nosotros hacemos con ellos.
»Hace poco, en Finlandia, se acusó a una muchacha de
haber dado a luz clandestinamente. La vigilaron y encontraron en el granero,
oculta en un montón de ladrillos, su maleta y, dentro de esta maleta, el
cadáver de un recién nacido. La propia madre era la autora del crimen. Se
descubrieron los esqueletos de otros dos niños, a los que la misma madre había
dado muerte después de haberlos traído al mundo, según confesó la propia
culpable. ¿Es esto una madre, señores del jurado? Tuvo hijos, pero ¿puede haber
alguien que se atreva a aplicarle el santo nombre de madre? Seamos audaces,
señores, seamos incluso temerarios. En este momento tenemos el deber de serlo.
No debemos temer a ciertas expresiones ni a ciertas ideas; no imitemos a los
mercaderes de Moscú, que temen a las palabras «metal» y «azufre». Demostremos
que el progreso de los últimos años ha influido en nosotros y digamos francamente:
no basta engendrar para ser padre, hace falta además merecer este nombre. Sin
duda, se da otro significado a la palabra padre, ya que se llama así al que ha
engendrado hijos, aunque sea un monstruo y un enemigo declarado de ellos. Pero
este significado es puramente místico, por decirlo así, choca con la
inteligencia y sólo puede admitirse como artículo de fe. Lo mismo ocurre con
otras muchas cosas incomprensibles en las que se cree porque la religión lo
ordena. Pero en este caso, las cosas no pertenecen al dominio de la vida real.
Dentro de este dominio, donde existen no solamente derechos, sino también
importantes deberes, si queremos ser humanos, cristianos, tenemos que hacer
use exclusivamente de las ideas justificadas por la razón y la experiencia y
pasadas por el tamiz del análisis; tenemos, en una palabra, que proceder
sensatamente y no de un modo extravagante, como en sueños o delirando, para no
perjudicar al prójimo. Entonces obraremos como cristianos y no solamente como
místicos, y realizaremos una labor racional y verdaderamente altruista...
En este momento se oyeron aplausos en varios puntos
de la sala, pero Fetiukovitch hizo un ademán con el que dio a entender que
suplicaba que no lo interrumpieran. Al punto se restableció el silencio y el
orador continuó:
‑¿Creen ustedes, señores del jurado, que estas
cuestiones pueden pasar inadvertidas a los hijos que llegan a la edad de reflexionar?
No, de ningún modo. Y no debemos pedirles que se abstengan de lo que no se
pueden abstener. Un padre indigno ‑indignidad que se puede advertir
fácilmente si se compara a este padre con los padres de los amigos o los
compañeros de colegio‑ inspira al muchacho, aunque no lo quiera, una
serie de preguntas dolorosas. A estas preguntas se le responde
superficialmente: «Te ha engendrado, llevas su sangre en tus venas. Por lo
tanto, debes quererlo.» Cada vez más sorprendido, el muchacho se pregunta a
pesar suyo: «¿Acaso me quería cuando me engendró? Entonces no me conocía, ni
siquiera sabía cuál era mi sexo. En aquel momento de pasión tal vez estaba
enardecido por el alcohol. Y yo he recibido como herencia la inclinación a la
bebida: esto es todo lo que le debo. ¿Por qué tengo que amarlo? ¿Sólo porque me
ha engendrado y a pesar de que él no me ha querido nunca?» Estas preguntas les
parecerán a ustedes despiadadas, crueles, pero no se puede pedir demasiado a
una inteligencia que empieza a despertar. Arrojad lo lógico y natural por la
puerta, y lo veréis entrar por la ventana. Pero, sobre todo, no temamos al
«metal» y al «azufre»; resolvamos esta cuestión de acuerdo con la razón y los
sentimientos humanos, y no encerrándonos en ideas místicas. Que el hijo vaya a
preguntar seriamente a su padre: «¿Por qué tengo que quererte? Demuéstrame
que esto es un deber.» Si este padre es capaz de contestarle y darle la prueba
que le pide, nos hallamos en presencia de una familia normal, verdadera, que no
descansa solamente en prejuicios místicos, sino también en una base racional y
rigurosamente humana. Pero si el padre no demuestra al hijo que debe amarlo, la
familia no existe, el padre no es tal padre y el hijo queda en libertad y con
derecho a considerar al autor de sus días como un extraño e incluso como un
enemigo. ¡Nuestra tribuna, señores del jurado, debe ser la escuela de la verdad
y de las ideas sanas!
Una salva de aplausos interrumpió al orador. No eran
unánimes, pero no menos de la mitad de la sala aplaudía, y en esta mitad había
padres y madres. De las tribunas ocupadas por las damas salieron gritos
entusiastas. Incluso se agitaron pañuelos. El presidente hizo sonar la
campanilla con todas sus fuerzas. Era evidente su enojo ante el escándalo, pero
no se atrevió a cumplir su amenaza de hacer evacuar la sala. Incluso las
autoridades y los viejos aplaudieron al orador. De aquí que, una vez calmados
los ánimos, el presidente se limitase a repetir la amenaza que no había
cumplido. Emocionado y triunfante, Fetiukovitch reanudó su discurso.
‑Recuerden ustedes, señores del jurado, aquella
horrible noche de la que tanto se ha hablado aquí, aquella noche en que el
hijo saltó la tapia del jardín de su padre y se encontró frente a frente con el
enemigo que le había dado la vida. Insisto en que no fue el dinero lo que le
atrajo allí; la acusación de robo es absurda por las razones que ya he
expuesto. Tampoco era su intención matar. Si hubiera abrigado tal propósito, se
habría provisto de una verdadera arma y no de una mano de mortero de la que se
apoderó con un movimiento instintivo, sin saber por qué. Admitamos por unos
momentos que engañó a su padre llamando con los golpes convenidos y que entró
en la casa. Ya he dicho que no creo en esta fantasía, pero supongamos
momentáneamente que ocurrió así. En este caso, señores del jurado, estoy
completamente seguro de que si el rival de Dmitri Karamazov, en vez de ser su
padre, hubiera sido un extraño, el acusado, después de comprobar que su amada
no estaba allí, se habría apresurado a marcharse, sin hacer el menor daño o, a
lo sumo, después de zarandearlo o golpearlo, ya que lo único que le interesaba
era encontrar a Gruchegnka. Pero el rival era su padre, el que lo ha abandonado
en su infancia, el monstruo al que considera como su peor enemigo. Al verlo, el
odio lo ciega y anula su razón. Todas las ofensas recibidas acuden en tropel a
su memoria. Es como un arrebato de locura, pero también un impulso natural,
inconsciente, contra la transgresión de las leyes eternas. En este caso no se
puede acusar al homicida de ser un verdadero criminal. No, no se le puede
acusar. El supuesto asesino se ha limitado a,levantar la mano de mortero en un
impulso de indignación, de contrariedad, sin el propósito de matar, sin darse
cuenta de que puede dar muerte a su enemigo. Si no hubiera tenido en sus manos
esa fatídica mano de mortero, es posible que hubiera golpeado a su padre, pero
no lo habría matado. Cuando huye, ignora si ha dado muerte al viejo que ha
dejado tendido en el suelo. Un crimen así no puede llamarse crimen, no puede
llamarse parricidio. La muerte de un padre como Fiodor Pavlovitch sólo pueden
calificarla de parricidio aquellas personas a las que ciegan los prejuicios.
»¿Pero se ha cometido realmente este crimen que
acabamos de describir, que acabamos de aceptar sin creer en él? Señores del jurado,
si condenamos al acusado, él se dirá: «Estas personas no han hecho nada por mí,
por educarme, por instruirme, por mejorar mi modo de ser, por hacerme hombre; me
han negado su ayuda. Y ahora quieren enviarme a presidio. Estamos, pues, en
paz: no debo nada a nadie. Son crueles; también lo seré yo.» Esto es lo que se
dirá, señores del jurado. Les aseguro que, si lo declaran culpable, sólo
conseguirán descargar su conciencia y procurarle una satisfacción, ya que,
lejos de sentir remordimiento, maldecirá a la víctima de su crimen. Con este
proceder, haréis imposible la remisión del culpable, que conservará su maldad y
su ceguera hasta el fln de sus días. En cambio, si quieren ustedes infligirle
el más duro castigo que puedan imaginar y al mismo tiempo regenerarlo para
siempre, descarguen sobre él todo el peso de su clemencia. Entonces lo verán
estremecerse y le oirán preguntarse: «¿Merezco esta ayuda, esta estimación?»
Porque en el alma inculta de ese hombre, señores del jurado, hay un fondo de
nobleza. Se inclinará ante vuestra bondad, anhela realizar una gran
demostración de afecto. Su corazón se inflamará y su resurrección será
definitiva. Hay almas tan mezquinas que acusan a todo el mundo. Pero colmad
estas almas de misericordia, demostradles amor, y maldecirán sus obras, pues
los gérmenes del bien abundan en ellas. El alma del acusado se abrirá como una
flor ante la indulgencia divina, la bondad y la justicia de los hombres. Se
sentirá arrepentido y le abrumará la inmensidad de la deuda contraída. Entonces
no dirá que no debe nada a nadie, sino que es culpable ante todos y el más
indigno de todos. Bañado en lágrimas de ternura, exclamará: «Hay hombres que
valen mucho más que yo, pues podían perderme y me han salvado.» Os será fácil
ser clementes, ya que, al no tener pruebas decisivas contra él, os resultaría
penoso dar un veredicto de culpabilidad. Vale más dejar en libertad a diez
culpables que condenar a un inocente. Nc olvidéis la voz poderosa que resonó el
siglo pasado en nuestro pals y que engrandeció nuestra historia. ¿Quién soy yo,
pobre de mí, para recordaros que la justicia rusa no tiene como único fin castigar,
sino también salvar a los seres perdidos? Que los demás pueblos observen la
letra de la ley; observemos nosotros su espíritu y su esencia para la
regeneración de los caídos. Si procedemos así, Rusia irá hacia adelante. No
sintáis temor ante esas troikas desenfrenadas de las que otros pueblos
se apartan con aversión. Ahora no se trata de una troika desbocada, sino
de un carruaje majestuoso que avanza con solemne impasibilidad hacia su fin. Él
destino de mi cliente, y también el del derecho ruso, está en vuestras manos.
Para salvar y defender este derecho debéis mostraros a la altura de vuestra
misión.
CAPITULO XIV
EL JURADO SE MANTIENE FIRME
Así terminó
Fetiukovitch su discurso. El entusiasmo de sus oyentes no tuvo límites. No
había que pensar en reprimirlo. Las mujeres lloraban; también derramaban
lágrimas algunos hombres, entre ellos los dignatarios. El presidente se resignó
y esperó unos momentos para hacer sonar la campanilla. Ante esta actitud, una
de las damas comentó:
‑Interrumpir esta explosión de entusiasmo
habría sido una profanación.
Incluso el orador estaba sinceramente emocionado.
Entonces se levantó Hipólito Kirillovitch para
replicar. Se concentraron en él miradas de odio.
‑¿Cómo se atreve a contestar? ‑murmuraron
las damas.
Pero ni estos rumores ni los de todas las damas del
mundo, sin excluir a su esposa, habrían podido contener al fiscal. Estaba pálido
y temblaba de emoción. Sus primeras palabras fueron incomprensibles. Jadeaba,
se le trababa la lengua, no conseguía expresarse con claridad. Pero este
segundo discurso fue breve. Me limitaré a citar algunos de sus párrafos.
‑...Se me acusa de que en mi discurso hay mucho
de novela; ¿pero acaso no peca de lo mismo el informe del abogado defensor?
Sólo le ha faltado hablar en verso. Fiodor Pavlovitch, mientras espera a su
amada, rasga el sobre y lo arroja al suelo. La defensa incluso cita las
palabras que el viejo pronuncia en este momento. ¿No es esto un poema? ¿Qué
prueba hay de que sacó el dinero? ¿Quién oyó lo que dijo? Y ese imbécil de
Smerdiakov convertidó en una especie de héroe romántico que odia a la sociedad
por su condición de hijo ilegítimo, ¿no es un poema a lo Byron? El caso del
hijo que entra en casa de su padre y lo mata sin matarlo, no es ya una novela
ni un poema, sino un enigma planteado por una esfinge, que tal vez ni ella
misma puede resolver. Si ha matado, ha matado. ¿Se puede admitir que no sea un
criminal habiendo cometido un crimen? Después de haber dicho que nuestra
tribuna debe ser la escuela de la verdad y de las ideas sanas, la defensa
afirma que sólo por prejuicio se puede calificar de parricidio el asesinato de
un padre. Si el parricidio es un prejuicio, si cualquier hijo puede preguntar
a su padre por qué tiene el deber de quererlo, ¿qué será de la familia y de
las bases de la sociedad? El parricida es el «azufre» de los mercaderes
moscovitas. La defensa ha desnaturalizado las más nobles tradiciones de la
justicia rusa, únicamente para conseguir la absolución de algo que no se puede
perdonar. El defensor nos pide que colmemos de clemencia al criminal, pues esto
es lo que necesita, y nos asegura que pronto veríamos el buen resultado de
este proceder. Sin duda, ha sido muy modesto al contentarse con pedir la
absolución del acusado. Podía haber solicitado la creación de un fondo para
inmortalizar las hazañas de los parricidas y presentarlas como ejemplo de la
juventud actual. El señor Fetiukovitch ha rectificado el Evangelio y la
religión. « ¡Todo eso es misticismo! Sólo yo poseo la verdad del cristianismo,
de acuerdo con el análisis, la razón y las ideas sanas.» Incluso nos ha
presentado una falsa image de Cristo. «Te medirán con la misma medida que midas
tú. » A esto le llama él proclamar la verdad. Ha leído el Evangelio el día
antes de pronunciar su discurso, para exhibir una interpretación original y brillante
en el momento en que más efecto ha podido producir. Sin embargo, Cristo nos
prohíbe proceder de este modo que induce a la maldad. Lo que nos ordena que
hagamos es no devolver mal por mal, sino ofrecer la mejilla y perdonar a los
que nos ofenden. Esto es lo que nos enseña Dios y no que sea un prejuicio
prohibir a los hijos que maten a sus padres. Guardémonos de corregir desde la
tribuna el Evangelio de Dios, al que el señor Fetiukovitch solo llama «el
Crucificado que ama a los hombres», enfrentándose con toda la Rusia ortodoxa
que, cuando lo invoca, proclama: «¡Tú ere nuestro Dios!»...
En este momento intervino el presidente para rogar al
orador que no exagerase, que permaneciera en los justos límites, etc., como
todos los presidentes suelen hacer en estos casos. La sala era como un mar
tormentoso. El público agitábase y profería exclamaciones de indignación.
Fetiukovitch no contestó; se limitó a llevarse las manos ál corazón y a
pronunciar en un tono de hombre ofendido algunas palabras llenas de dignidad.
De nuevo aludió con ironía a la psicología y a la novela, y halló la
oportunidad de lanzar esta pulla: «Júpiter, te has equivocado, puesto que te
enojas», lo que hizo reír al público, ya que Hipólito Kirillovitch no tenía la
menor semejanza con Júpiter. Como respuesta a la acusación de permitir el
parricidio, manifestó dignamente que no quería responder. Respecto a lo de la
«falsa imagen de Cristo» y al detalle de que no se había dignado llamarle Dios,
sino solamente «el Crucificado que amaba a los hombres, lo que era contrario a
la ortodoxia, Fetiukovitch contestó dando a entender que había llegado con la
creencia de que en aquella sala estaría a salvo de acusaciones «que eran una
amenaza contra un ciudadano recto y leal que...» . Pero el presidente cortó en
este punto su réplica y Fetiukovitch se inclinó entre murmullos de aprobación.
A juicio de las damas, Hipólito Kirillovitch había sido aplastado.
A continuación se le concedió la palabra a Mitia.
Éste se levantó, pero apenas dijo nada. Había llegado al limite de sus fuerzas
físicas y morales. La resolución y energía con que había entrado en la sala se
habían desvanecido casi por completo. Durante aquella jornada parecía haber
pasado una crisis decisiva que le había hecho comprender algo muy importante
hasta entonces no comprendido. Habló con voz débil. En sus palabras se percibió
la resignación y el abatimiento de la derrota.
‑¿Qué puedo decir, señores del jurado? Se me va
a juzgar. Siento sobre mí la mano de Dios. Ha terminado mi vida de desorden.
Como si me confesara ante Dios, os digo que no he vertido la sangre de mi
padre. No, no fui yo quien lo mató. Yo era un libertino, pero me atraía el
bien. Siempre deseé corregirme. He vivido como un animal salvaje. Doy las
gracias al señor fiscal. Ha dicho de mí cosas que yo ignoraba; pero se ha
equivocado al afirmar que he matado a mi padre. Doy las gracias también a mi
defensor; su discurso me ha hecho llorar de emoción. Pero no ha debido admitir,
ni siquiera como suposición, que yo haya podido matar a mi padre, porque esto
es totalmente falso. No creáis a los médicos: conservo toda mi razón; mi único
mal es que estoy agotado. Si me perdonáis, si me devolvéis la libertad, oraré
por vosotros y seré un hombre mejor: os doy mi palabra, os lo juro ante Dios.
Si me condenáis, yo mismo romperé mi espada y besaré los pedazos. Pero
perdonadme, no me privéis de Dios, porque me conozco y sé que acabaré por
rebelarme contra mi destino... Estoy aniquilado, señores. ¡Perdónenme!
Se desplomó en su asiento. Su voz se había quebrado;
su última frase había sido un murmullo ininteligible. Acto seguido, el tribunal
redactó las preguntas para el jurado y pidió las conclusiones a las dos partes.
Momentos después, el jurado se dispuso a retirarse para deliberar. El presidente,
que estaba extenuado, se limitó a decir: «Sean imparciales, no se dejen
influir por la elocuencia de la defensa; pero mediten bien su decisión; no
olviden la alta misión que se les ha confiado.»
Se retiró el jurado y se suspendió la vista. Los concurrentes
pudieron dar una vuelta por el edificio, cambiar impresiones, restaurar sus
fuerzas en el bar. Era ya muy tarde, alrededor de la una de la madrugada, pero
nadie se fue. La tensión nerviosa no permitía pensar en el descanso. Todos
esperaban el veredicto con la ansiedad de la duda. Sólo las damas estaban
seguras del resultado que esperaban con impaciencia febril. «No cabe duda de
que lo absolverán», afirmaban. Y se preparaban para el momento emocionante del
entusiasmo general. También eran mayoría los hombres que estaban seguros de la
absolución. Algunos se mostraban satisfechos, pero otros no disimulaban su
contrariedad, prueba evidente de que consideraban culpable al acusado.
Fetiukovitch estaba seguro de su éxito. Le rodeaba un grupo de admiradores que
lo felicitaban efusivamente.
‑Hay ‑decía el famoso abogado, y sus
palabras se divulgaron inmediatamente‑ una serie de hilos invisibles que
unen al defensor con los miembros del jurado. Estos enlaces se establecen
durante el discurso de la defensa. Sé que existen, porque los he sentido.
Pueden estar tranquilos: tenemos ganada la causa.
Un señor grueso y picado de viruelas, de semblante
ceñudo, propietario de los alrededores de la ciudad, se acercó a otro grupo y
exclamó:
‑Veremos lo que deciden esos palurdos.
‑No todos son palurdos: hay cuatro
funcionarios.
‑Sí, cuatro funcionarios ‑dijo un miembro
del Zemstvo.
‑Oiga, Prochor Ivanovitch: ¿conoce usted a
Nazarev, ese comerciante al que concedieron una medalla? Pues es uno de los
miembros del jurado.
‑¿Y qué?
‑Es una de las lumbreras de la corporación.
‑Pero nunca despega los labios.
‑Mejor que mejor. Ningún petersburgués puede
darle lecciones. Tiene nada menos que doce hijos.
En otro grupo preguntó uno de nuestros jóvenes
funcionarios:
‑¿Creen ustedes posible que no lo absuelvan?
‑Estoy seguro de que lo absolverán ‑dijo
otra voz en tono resuelto.
‑¡Sería vergonzoso que no lo absolvieran! ‑exclamó
el funcionario‑. Aun admitiendo que haya cometido el homicidio, hay que
tener en cuenta cómo era el padre al que dio muerte. Además, estaba enajenado.
Pudo darle un golpe, uno solo, con la mano de mortero, y ser esto suficiente
para que la víctima se desplomara... Creo que ha sido un error mezclar a
Smerdiakov en el asunto. Ha sido una nota grotesca. Si yo hubiera estado en
lugar del defensor, habría dicho simplemente: «Ha matado a su padre, ¡pero está
libre de culpa, caramba! »
‑Pues eso ha hecho. La única diferencia es que
no ha dicho «caramba».
‑No lo ha dicho, pero le ha faltado muy poco ‑intervino
un tercero.
‑Oigan, señores; en la cuaresma se absolvió a
una actriz que le había cortado el cuello a la mujer de su amante.
‑Sí, pero no se lo cortó del todo.
‑Eso es igual; el caso es que había empezado.
‑Lo que ha dicho de los hijos ha sido
admirable.
‑Desde luego.
‑¿Y qué les ha parecido lo del misticismo?
‑Dejen en paz al misticismo ‑dijo otra
vbz‑ y piensen en lo que le espera a Hipólito Kirillovitch. Su esposa se
va a vengar de lo que le ha hecho a Mitia.
‑¿Pero está aquí su mujer?
‑Por lo menos estaba. Ella es la que manda en
la casa. ¡Y tiene un genio!
En otro grupo se comentaba:
‑Tal vez lo absuelvan.
‑Tal vez. Y mañana arrasará «La Capital» y
cogerá una borrachera que le durará diez días.
‑Es un verdadero demonio.
‑Ya que nombra usted al demonio, observen que
no hemos podido pasar sin él. En verdad, su presencia aquí está muy indicada.
‑Señores, la elocuencia es algo hermoso. Pero
no se puede romperle la cabeza a un padre impunemente. ¿Adónde iríamos a parar?
‑El carruaje, ¿recuerdan ustedes?
‑Sí, ha hecho un carruaje de un carretón.
‑Mañana volverá a ser carretón el carruaje, si
así lo exigen las circunstancias.
‑La gente se va volviendo desconfiada. ¿Es que
ya no existe la verdad en Rusia?
Pero en esto se oyó la campanilla. El jurado había
estado deliberando una hora exactamente. El público volvió a ocupar sus
puestos y en la sala se hizo un silencio absoluto. Siempre recordaré la
aparición del jurado. No citaré todas las preguntas, porque algunas se me han
ido de la memoria. Lo que recuerdo perfectamente es la respuesta a la primera,
que era la principal, pero cuyo texto exacto he olvidado también. La pregunta
venía a ser: «¿Ha matado el acusado para robar y ha obrado con premeditación?»
A lo que el funcionario que era presidente y el miembro más joven del jurado
respondió con voz clara, en medio de un silencio de muerte:
‑Sí.
Y la misma respuesta se dio a todas las preguntas,
sin la menor atenuante.
Nadie esperaba tanto rigor; todos contaban con que el
jurado mostraría por lo menos cierta indulgencia.
Continuaba el silencio. El auditorio, tanto los
partidarios de la condena como los de la absolución, estaban petrificados. Pero
esta calma sólo duró unos minutos. Después se desencadenó un espantoso
tumulto. Entre los hombres, algunos estaban tan satisfechos, que incluso se
frotaban las manos. Los disconformes daban muestras de abatimiento; se encogian
de hombros y murmuraban sin darse cuenta de lo que decían. La conducta de las
damas fue muy diferente: creí que se iban a amotinar. Primero se quedaron
perplejas, sin dar crédito a sus oídos. Luego, de pronto, empezaron a proferir
exclamaciones. «¿Es posible?» « ¡Esto es inaudito!» Se levantaban a iban de un
lado a otro. Sin duda, creían que se podía rectificar, empezar de nuevo. En
este momento Mitia se puso en pie y exclamó con voz desgarrada y tendiendo los
brazos hacia delante:
‑¡Juro ante Dios y en espera del Juicio Final,
que no he matado a mi padre! ¡Katia, te perdono! ¡Hermanos, amigos, absolved a
la otra!
No pudo continuar: se lo impidieron los sollozos. Su
voz había cambiado; se diría que era la de otra persona; tenía un sonido
extraño, venido de Dios sabía dónde. En las tribunas, en uno de los rincones
más invisibles, resonó un grito agudo. El grito era de Gruchegnka. Había
suplicado que la dejaran pasar y había entrado en la sala momentos antes de que
la defensa empezara su informe.
Se llevaron a Mitia. La sentencia se dejó para el día
siguiente. Los que tenían asiento se pusieron en pie. Todos murmuraban, pero yo
ya no prestaba atención. Sólo recuerdo algunos comentarios que se hicieron en
el pórtico.
‑Lo condenarán lo menos a veinte años de
trabajos forzados en las minas.
‑Eso como mínimo.
‑Los palurdos del jurado se han mantenido
firmes.
‑Y han ajustado las cuentas a Mitia.
EPÍLOGO
CAPÍTUI.O PRIMERO
PLANES DE EVASIÓN
A los cinco días de verse la causa contra Mitia,
Aliocha fue a casa de Catalina Ivanovna a las ocho de la mañana con el
propósito de llegar a un acuerdo definitivo sobre cierto asunto importante.
Además, le hablan hecho un encargo. La joven estaba en el mismo salón en que
habla recibido a Gruchegnka. En la habitación vecina yacía Iván, todavía sin
conocimiento. Al darle el ataque en la audiencia, Catalina Ivanovna habla
ordenado que lo trasladaran a su domicilio, sin que le importaran las
murmuraciones que esta conducta había de provocar. Una de las dos parientas que
vivían con ella habla salido para Moscú; la otra se habla quedado. Pero aunque
se hubieran marchado las dos, ello no habría influido en la decisión de
Catalina Ivanovna de cuidar al enfermo noche y día. Lo asistían los doctores
Varvinski y Herzenstube. El especialista de Moscú se habla marchado sin querer
comprometerse a dar su opinión acerca del término de la enfermedad. Los otros
dos médicos hacían insinuaciones tranquilizadoras, pero se negaban a expresar
con firmeza sus esperanzas.
Aliocha visitaba a su hermano dos veces al día; mas
esta vez tenía que resolver un asunto especialmente delicado que no sabía cómo
abordar. Sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo, por considerarlo un deber
ineludible.
Llevaban un cuarto de hora hablando. Catalina
Ivanovna, pálida, extenuada, presa de una inquietud enfermiza, presentía el
objeto de la visita de Aliocha.
‑No se preocupe ‑dijo de pronto la joven,
con absoluta convicción‑. De un modo a otro, Iván logrará que Dmitri se
evada. Este infortunado héroe del honor y de la conciencia (no me refiero al
condenado, sino al enfermo que está en esta casa y se ha sacrificado por su
hermano) ‑añadió Katia con ojos centelleantes‑ me confió, hace ya
tiempo, sus planes de evasión. Incluso ha dado ya ciertos pasos. La huida está
preparada para la tercera etapa del viaje del convoy a Siberia. O sea que aún
falta mucho tiempo. Iván Fiodorovitch ha ido a ver al jefe de la tercera etapa.
Pero todavía no se sabe quién tendrá el mando del convoy: esto se oculta hasta
el último momento. Mañana verá usted el plan detallado de la evasión; me lo
dejó Iván el día antes de verse la causa, por lo que pudiera ocurrir...
¿Recuerda que estábamos disputando aquel día que vino a vernos y se encontraron
ustedes en la escalera? Yo, al verle a usted, le obligué a volver a subir, ¿se
acuerda? Pues bien, ¿sabe usted por qué discutíamos?
‑No.
‑Ya veo que no se lo contó. La disputa estaba
relacionada con el plan de evasión de que le he hablado. Tres días antes Iván
me había explicado lo esencial del proyecto, y esto dio lugar a que no cesáramos
de discutir durante aquellos tres días. Le explicaré el motivo. Cuando me
reveló que si condenaban a su hermano, éste huiría al extranjero con Agrafena
Alejandrovna, yo me puse furiosa. ¿Por qué? No se lo puedo decir, porque ni yo
misma lo sé. Sin duda, la causa de mi enojo fue el hecho de que esa joven
acompañara a Dmitri en su huida ‑exclamó Katia con un temblor de cólera
en los labios‑ Mi indignación contra esa muchacha hizo creer a Iván que
tenía celos de ella y, por lo tanto, que seguía enamorada de Dmitri. Ésta fue
la causa de nuestro primer disgusto. Yo no quise excusarme ni darle
explicaciones; me mortificaba que Iván sospechase que yo podía seguir
queriendo a ese... Sobre todo, después de haberle confesado hacía ya tiempo,
con toda franqueza, que no quería a Dmitri, sino a él y sólo a él. Mi
animosidad contra esa muchacha fue la causa de todo. Tres días después,
precisamente la noche en que usted vino aquí, Iván me entregó un sobre cerrado,
advirtiéndome que debía abrirlo si le ocurría algo. ¡Ya presentía su
enfermedad! Me explicó que el sobre contenía el plan detallado de la evasión, y
que si él moría o contraía una grave enfermedad, tendría que salvar a Mitia yo
sola. Me entregó también dinero, casi diez mil rublos, o sea la cantidad que
citó el fiscal en su informe. Me sorprendió profundamente que Iván, a pesar de
sus celos y de creer que yo amaba a Dmitri, no hubiera renunciado a salvar a su
hermano y se fiara de mí. ¡Era un sacrificio sublime! Usted, Alexei
Fiodorovitch, no puede comprender la grandeza de esta abnegación. Estuve a
punto de arrojarme a sus pies, pero no lo hice porque comprendí de pronto que
Iván atribuiría este gesto exclusivamente a mi alegría de saber que Mitia iba a
salvarse. Entonces, la simple idea de que podía ser víctima de tal injusticia
me irritó hasta el extremo de que, en vez de arrojarme a sus pies, le hice una
nueva escena. ¡Qué desgraciada soy! ¡Qué carácter tan horrible tengo! Ya verá
usted como, con mi conducta, lo obligo a dejarme por otra con la que la vida le
sea más grata, como me ocurrió con Dmitri... Pero esta vez no lo podré
soportar. ¡Me mataré! Aquella noche en que llegó usted y yo le dije a Iván que
subiera, la mirada de odio y desprecio que su hermano me dirigió al entrar me
produjo una cólera insufrible. Entonces, como usted recordará, empecé a decir
a gritos que Iván me había asegurado que el asesino era Dmitri. No era verdad,
lo calumniaba con el único fin de herirlo una vez más. Iván nunca me dijo tal
cosa. La violencia de mi carácter es la causa de todo. Ya vio la detestable
escena que provoqué ante el tribunal. Iván quería demostrarme la nobleza de sus
sentimientos, darme una prueba de que, a pesar de creer que yo amaba a su
hermano, no lo perdería por celos, por venganza. Y ha hecho la declaración que
usted ya conoce... Yo soy la culpable de todo. ¡Sólo yo!
Era la primera vez que Aliocha oía de Katia una confésión
como ésta, y comprendió que Catalina Ivanovna había llegado a ese grado de
sufrimiento que no se puede tolerar y en el que el corazón más altivo abdica
de su orgullo y se declara vencido por el dolor. Aliocha sabía que la
desesperación de Katia tenía un segundo motivo, aunque lo disimulaba, desde que
Mitia había sido condenado. Este motivo era su traición en la audiencia, y
Aliocha presentia que que era su conciencia lo que la impulsaba a acusarse
ante él como el pecador arrepentido que llora y golpea el suelo con la frente.
Aliocha temía este instante y deseaba aplacar aquel dolor. Pero esta situación
hacia su cometido más difícil. Empezó a hablar de Mitia.
‑No se inquiete por él ‑le interrumpió
Katia obstinadamente‑. Su resolución es pasajera; le aseguro que
aceptará la proposición de huir. Tenga en cuenta que no ha de hacerlo ahora.
Tendrá tiempo suficiente para pensarlo y decidirse. Entonces su hermano Iván
estará curado y se encargará de todo, evitándome a mí tener que mezclarme en el
asunto. Le repito que no debe preocuparse, que Dmitri aceptará la evasión. No
puede renunciar a esa muchacha, y como no la admitirán en el presidio, no
tendrá más remedio que huir. A usted le respeta, teme sus censuras. Por lo
tanto, debe permitirle generosamente que huya, ya que su sanción es tan
necesaria.
Dijo esto último con un tonillo irónico. Después
guardó silencio unos segundos, sonrió y continuó:
‑Habla de himnos, de soportar el peso de la
cruz, de cierto deber... Lo sé porque su hermano Iván me lo contó... ¡Ah! ¡Si
usted supiera con qué vehemencia me lo explicaba! ‑exclamó de pronto
Katia como arrastrada por un impulso irresistible‑. ¡Si usted supiera el
efecto que demostraba por ese desgraciado cuando me estaba hablando de él! Y,
acaso, ¡hasta qué punto le odiaba al mismo tiempo! Y yo, escuchándolo, lo veía
llorar y sonreía altivamente... ¡Soy un alma vil! Mía es la culpa de que se
haya vuelto loco. Pero el otro, el condenado ‑añadió Katia en un tono de
indignación‑, ¿está dispuesto a sufrir; es capaz de soportar el
sufrimiento? ¡Los hombres como él no saben lo que es sufrir!
Sus palabras estaban impregnadas de odio y de
irritación. Sin embargo, Katia había traicionado a Dmitri. «Tal vez le odia momentáneamente
porque se siente culpable ante él», se dijo Aliocha. Y es que deseaba que este
odio fuese pasajero. Había percibido un reto en las últimas palabras de Katia.
Sin embargo, fingió no haberlo advertido.
‑Le he rogado que viniera aquí para que me
prometa convencerlo. Pero ahora me digo que la huida tal vez le parezca a
usted una vileza, una falta, un acto anticristiano.
El acento de Katia era cada vez más provocativo.
‑Nada de eso ‑murmuró Aliocha‑.
Procuraré convencerlo... Tengo que hacerle un ruego de su parte ‑añadió
resueltamente‑. Desea que vaya usted a verle hoy mismo.
La miraba a los ojos. Katia se estremeció, palideció
a hizo un leve movimiento de retroceso.
‑No, no puedo.
‑Puede y debe ‑replicó Aliocha con
firmeza‑. La necesita más que nunca. Si no estuviera seguro de que es
así, no se lo habría dicho a usted, sabiendo que esto tenía que atormentarla.
Está enfermo, parece haber perdido el juicio, no cesa de llamarla. No es que
quiera reconciliarse con usted; lo que desea es sencillamente verla a la
puerta de su habitación. Ha cambiado mucho desde aquel día fatal: ahora
comprende los errores que ha cometido con usted. Pero no desea su perdón. « No
se me puede perdonar», dice. Lo que quiere es simplemente verla en el umbral
de su cuarto.
Katia bulbuceó:
‑¡Oh! No sé qué decirle... No esperaba una
petición así en este momento... Sin embargo, sabía que vendría usted a
pedírmelo, que él lo enviaría para que me lo pidiera... Pero... no puedo ir, no
puedo ir.
‑Aunque crea que no puede, vaya. Piense que es
la primera vez que está arrepentido de lo injusto que ha sido con usted. Nunca
se había dado cuenta de sus errores. Dice que si usted no va a verlo, será un
desgraciado durante todo el resto de su vida. Fíjese en lo que esto significa:
un hombre condenado a veinte años de presidio piensa aún en la felicidad. ¿No
le da pena? Tenga en cuenta ‑añadió Aliocha en un tono de desafío‑
que Dmitri es inocente. Sus manos están limpias de sangre. Por los muchos
sufrimientos que le esperan, le ruego que vaya a verlo. Condúzcalo a través de
las tinieblas. Tiene usted el deber de hacerlo.
Aliocha dijo esto enérgicamente y subrayando la
palabra «deber».
‑Debo, pero no puedo ‑gimió Katia‑.
Me mirará a los ojos. ¡No, no puedo!
‑Los dos deben mirarse a los ojos. No podrá
usted vivir si no lo hace.
‑Prefiero sufrir durante toda mi vida.
Pero Aliocha insistió tenazmente:
‑Es preciso que vaya, es preciso.
‑¿Pero por qué he de ir en seguida? Hoy me es
imposible: no puedo dejar solo a Iván.
‑Estará solo poco tiempo; pronto volverá usted.
Si no va a verle, esta noche se pondrá enfermo. Le estoy diciendo la verdad.
Compadézcase de él.
‑Compadézcame usted a mí ‑replicó
amargamente Katia. Y se echó a llorar.
‑Ya veo que irá ‑dijo Aliocha, seguro de
ello ante aquellas lágrimas‑. Voy a decírselo.
‑¡No, no se lo diga! ‑exclamó Katia,
aterrada‑. Iré, pero no se lo diga. A lo mejor, no me atrevo a pasar de
la puerta... Aún no estoy decidida...
Su voz se apagó. Katia respiraba con dificultad.
Aliocha se levantó y se dispuso a marcharse.
‑Podría encontrarme con alguien ‑dijo
Katia de pronto, volviendo a palidecer.
‑Por eso debe usted ir en seguida. Ahora no hay
gente. La esperamos.
Dicho esto en tono firme, se marchó.
CAPITULO II
MENTIRAS SINCERAS
Aliocha se dirigió a toda prisa al hospital donde
estaba Mitia. Dos días después de celebrarse el juicio se había puesto enfermo
y lo habían llevado al departamento de detenidos del hospital. El doctor
Varvinski, a ruegos de Aliocha, de la señora Khokhlakov, de Lise y de otras
personas, había hecho trasladar al enfermo a una habitación independiente, la
misma que había ocupado Smerdiakov hacia poco. En el fondo del corredor había
un centinela y la ventana estaba obstruida por barrotes de hierro. Por lo
tanto, Varvinski no tenía nada que temer de las posibles consecuencias de su acto
de protección un tanto ilegal. Era un hombre de buenos sentimientos que
comprendia lo duro que habría sido para Dmitri entrar sin transición en el
mundo de la delincuencia, y decidió habituarlo gradualmente. Aunque las
visitas estaban autorizadas bajo mano por el doctor, el guardián a incluso el ispravnik,
sólo Aliocha y Gruchegnka iban a ver a Mitia. Rakitine había intentado
visitarlo dos veces, pero el enfermo había suplicado a Varvinski que no le
permitieran entrar.
Aliocha encontró a su hermano sentado en la cama,
envuelto en una bata y llevando en la cabeza, a modo de turbante, una toalla
empapada de agua y vinagre. El enfermo tenía un poco de fiebre. Dirigió a
Aliocha una vaga mirada en la que se percibía cierta inquietud.
Desde que lo habían condenado, Mitia estaba casi
siempre pensativo. A veces, cuando conversaba con Aliocha, estaba un rato sin
decir palabra. Sus meditaciones eran tan dolorosas y profundas, que incluso se
olvidaba de su interlocutor. Y cuando salía de su abstracción, su vuelta a la
realidad era tan repentina, tan imprevista para él, que empezaba a hablar de
cosas que no tenían ninguna relación con el tema del diálogo. A veces miraba a
su hermano como si lo compadeciera, y parecía estar menos a sus anchas con él
que con Gruchegnka. No se mostraba muy hablador con ella, pero, apenas la vela
entrar, su semblante se iluminaba.
Aliocha se
sentó a su lado en silencio. Dmitri lo había esperado con impaciencia, pero no
se atrevió a preguntarle sobre lo que tanto deseaba saber. Le parecía imposible
que Katia hubiera aceptado su petición de que fuera a verle. Sin embargo,
estaba seguro de que su dolor sería intolerable si se negaba a visitarlo.
Aliocha adivinaba los sentimientos que agitaban el alma de su hermano.
‑Trifón Borysitch ‑dijo febrilmente Mitia‑
casi ha echado abajo su fonda. Ha levantado todas las tablas del entarimado y
ha destruido enteramente la galería, con la esperanza de encontrar el tesoro,
esos mil quinientos rublos que el fiscal cree que escondí allí. Apenas regresó
a Mokroie empezó a trabajar. No se merece nada mejor ese granuja. Todo esto me
lo contó ayer un guardián que vive en Mokroie.
‑Oye ‑dijo Aliocha‑, Katia vendrá,
pero no sé cuándo. Lo mismo puede venir hoy, que mañana, que dentro de unos
días, pero vendrá, estoy seguro.
Mitia se estremeció. Estuvo a punto de contestar,
pero se contuvo. La noticia lo había trastornado. Era evidente que, aunque
deseaba conocer los detalles de la conversación de su hermano con Katia, no se
atrevía a hacer preguntas. En aquel momento, una palabra cruel o desdeñosa de
Katia habría sido para él como una puñalada.
‑Entre otras cosas, me ha dicho que
tranquilizara tu conciencia respecto a la evasión. Si Iván sigue enfermo, ella
se encargará de todo.
‑Eso ya me lo habías dicho ‑observó
Mitia.
‑¿Se lo has contado a Gruchegnka?
‑Sí ‑repuso Dmitri, mirando tímidamente a
su hermano‑. Gruchegnka no vendrá hasta el atardecer. Cuando le hablé de
la ayuda de Katia, estuvo un momento callada, con los labios apretados.
Después exclamó: «¡Está bien!» Sin duda comprendió la importancia del asunto.
Yo no me atreví a hacerle ninguna pregunta. Creo que está ya convencida de que
Katia no me quiere a mí, sino a Iván.
‑¿Tú crees?
‑Tal vez me equivoque. Pero lo cierto es que
Gruchegnka no vendrá esta mañana. Le he hecho un encargo... Oye, Aliocha: Iván
es un hombre de inteligencia superior. Merece la vida más que nosotros. Estoy
seguro de que se curará.
‑Katia no duda tampoco de que Iván sanará. Sin
embargo, llora.
‑Entonces es que cree que morirá. Su convicción
de que se curará es hija de su propio terror.
‑Iván es fuerte. Yo también tengo esperanzas ‑dijo
Aliocha.
‑Aunque así sea, Katia está convencida de que
morirá. Debe de sufrir mucho.
Hubo unos segundos de silencio. Era evidente que
alguna grave preocupación atormentaba a Mitia.
‑Aliocha ‑dijo de pronto Dmitri con voz
temblorosa a impregnada de lágrimas‑, quiero con delirio a Gruchegnka.
‑Por eso debes pensar que no le permitirán que
te acompañe al presidio.
‑Tengo que decirte algo más ‑continuó
Mitia con voz enérgica‑. Si me azotan por el camino o en el penal, no lo
podré sufrir. Mataré y me fusilarán. Además, estoy condenado a ¡veinte años!
Los guardianes de aquí ya me tutean. Toda la noche he estado pensando en esto,
y me he dado cuenta de que no lo puedo soportar. Es superior a mis fuerzas. Yo
que pretendia cantar un himno, no puedo sufrir que los guardianes me tuteen.
Por amor a Gruchegnka. habría podido soportarlo todo..., menos los azotes...;
pero como no le permitirán venir conmigo...
Aliocha tuvo una de sus bondadosas sonrisas.
‑Escucha, Mitia. Te voy a dar mi opinión sobre
este asunto. Ya sabes que yo no miento nunca. Tú no estás preparado para llevar
esa cruz: es demasiado pesada para ti. Además, no hay razón ninguna para que
sufras semejante castigo. Si hubieras matado a tu padre, yo sería el primero en
lamentar que eludieras la expiación. Pero eres inocente, y la cruz demasiado
pesada para un hombre como tú. Querías sufrir para redimirte. Pues bien, ten
siempre presente este deseo de regeneración, y eso bastará. El hecho de que hayas
eludido la terrible prueba avivará en ti este afán, y este sentimiento
contribuirá más a tu regeneración que si fueras a presidio. No, no soportarías
los sufrimientos del penal. Protestarías y acabarías por decir a gritos que
tienes derecho a ser libre. Tu defensor ha dicho la verdad cuando ha hablado
de esto. No todos son capaces de soportar pesadas cargas: algunos sucumben...
Querías conocer mi opinión; ya sabes cuál es. Si tu huida hubiera de costar
cara a algunos oficiales y soldados del convoy, «no lo permitiría» ‑Aliocha
sonrió de nuevo‑ que te escaparas. Pero el mismo jefe de la etapa ha
dicho que si se hacen bien las cosas no habrá sanciones graves y que todos
saldrán bien librados. Cierto que es una falta corromper las conciencias,
incluso en un caso como éste, pero me guardaré mucho de juzgarte, pues si Iván
y Katia me hubieran cónfiado un papel en este asunto, no habría vacilado en
hacer use de la corrupción: te lo confieso porque quiero decirte toda la verdad.
De modo que no soy quién para juzgar tu manera de proceder. Pero quiero que
sepas que no te condenaré jamás. Además, ¿cómo puedo ser tu juez en este
asunto? En fin, creo que ya he examinado todos los puntos de la cuestión.
‑Tú no me condenarás ‑exclamó Mitia‑,
pero me condenaré yo mismo. Huiré; esto es cosa decidida. ¿Acaso Mitia Karamazov
puede obrar de otro modo? Pero me condenaré y pasaré el resto de mi vida
expiando esta falta... Creo que estamos hablando como hablan los jesuitas.
‑Exacto ‑dijo alegremente Aliocha.
‑Te quiero porque me dices siempre la verdad
sin ocultarme nada ‑exclamó Mitia, radiante‑. Así, pues, he
sorprendido a mi hermano Aliocha en flagrante delito de jesuitismo. ¡Me dan
ganas de abrazarte! En fin, ‑sigue escuchándome: quiero terminar de esplayarme.
Te voy a explicar todo lo que tengo planeado. Si consigo huir con dinero y
pasaporte a América, me consolará la idea de que no obro para conseguir la
felicidad, sino para vivir tal vez peor que en el presidio. Te aseguro, Alexei,
que estoy convencido de ello. ¡Odio a esa América del diablo! Cierto que
Gruchegnka me acompañará; pero mirala bien y dime si tiene aspecto de
americana. Es rusa, rusa hasta la médula de los huesos; sentirá la nostalgia de
su país, y yo la veré sufrir continuamente por mi culpa; la veré cargada con
una cruz que no merece. Tampoco yo podré soportar a aquella gente, aunque todos
valgan más que yo. Detesto a los americanos. Podrán ser grandes técnicos y
todo lo que se quiera, pero no son los míos. Quiero a mi patria, Alexei; aunque
soy un bribón, quiero al Dios ruso. ¡No podré soportar aquella vida!
La voz le temblaba y sus ojos empezaron de pronto a
relampaguear. Cuando se hubo calmado, continuó:
‑Bueno, Alexei; verás lo que tengo planeado.
Tan pronto como llegue allí con Gruchegnka, los dos nos dedicaremos a trabajar
la tierra en algún lugar solitario y lejano, entre animales salvajes. También
allí hay rincones perdidos. Dicen que aún quedan pieles rojas. Bien, pues a
esta región iremos; viviremos con los últimos mohicanos. Inmediatamente
empezaremos a estudiar gramática inglesa, y al cabo de tres años conoceremos
el inglés a fondo. Entonces diremos adiós a América y volveremos a Rusia como
ciudadanos norteamericanos. No temas, que no vendremos a esta pequeña ciudad;
nos ocultaremos en algún lugar del norte o del sur. Yo habré cambiado y ella
también. Me compraré una barba postiza antes de salir de América, o me saltaré
un ojo, o me dejaré crecer mi propia barba, que será gris, porque los
sufrimientos hacen envejecer de prisa. De modo que no será fácil que nadie me
reconozca. Y si me reconocen, ¡qué le vamos a hacer! Me deportarán y aceptaré
mi destino... También aquí, en Rusia, trabajaremos la tierra en un rincón
perdido, y yo me haré pasar por norteamericano. Así podremos morir en nuestra
patria. Ésta es mi decisión irrevocable. ¿La apruebas?
‑Si ‑repuso Aliocha, que no quería
llevarle la contraria.
Mitia permaneció un instante en silencio. De pronto
exclamó:
‑¡Buena me la han hecho en la audiencia! Los
prejuicios los han cegado.
Aliocha lanzó un suspiro.
‑Aunque no hubiera sido así, lo habrían
condenado.
‑Sí, están hartos de mi ‑se lamentó Mitia‑.
Que Dios los perdone. Pero esto es muy duro.
Nuevo silencio.
‑Aliocha, dime la verdad, por amarga que sea.
¿Vendrá Katia o no vendrá? ¡Habla! ¿Qué lo ha dicho?
‑Me ha prometido venir, pero no sé si vendrá
hoy. Es un paso violento para ella.
Aliocha miraba timidamente a su hermano.
‑Ya lo sé, Aliocha, ya lo sé. Me voy a volver
loco. Gruchegnka no cesa de observarme. Advierte mi inquietud. ¡Dios mío,
tranquilízame! ¿Acaso sé lo que deseo? Quiero ver a Katia, pero ¿para qué? ¡Es
el ímpetu de los Karamazov! No, no puedo soportar el sufrimiento. ¡Soy un
miserable!
‑¡Ahí viene! ‑exclamó Aliocha.
Katia apareció en el umbral. Se detuvo un instante y
fijó en Mitia una mirada indefinible. Dmitri se levantó inmediatamente. Estaba
pálido y en su semblante había una expresión de terror. Pero pronto se dibujó
en sus labios una sonrisa tímida y suplicante, y de súbito, con un impulso
irresistible, tendió los brazos a Katia. Ella corrió hacia él, le cogió de las
manos, lo obligó a volverse a sentar en la cama y se sentó junto a él, sin
soltarle las manos y apretándolas convulsivamente. Los dos intentaron varias
veces hablar, pero no dijeron nada: se quedaron mirándose en silencio, con una
extraña sonrisa. Así pasaron dos minutos.
‑¿Me has perdonado? ‑preguntó al fin
Mitia. Y volviéndose hacia Aliocha, le gritó triunfalmente‑: ¿Has oído lo
que le he preguntado? ¿Has oído?
‑Te quiero ‑dijo Katia‑ por la
generosidad de tu corazón. Ni tú necesitas que yo te perdone, ni yo necesito
que me perdones tú. Me perdones o no, nuestro mutuo recuerdo será una llaga en
nuestras almas. Así debe ser.
Se detuvo. Le faltaba la respiración. De pronto
prosiguió, vehemente y exaltada:
‑¿Sabes para qué he venido? Para besarte los
pies, para estrujarte las manos hasta hacerte daño. Como en Moscú, ¿te
acuerdas? He venido a decirte una vez más que eres mi dios, mi alegría, que te
amo locamente...
Dijo esto último en un sollozo. Aplicó ávidamente sus
labios a la mano de Mitia y sus lágrimas fluyeron. Aliocha guardó silencio,
desconcertado: no esperaba esta escena.
‑Nuestro amor se ha desvanecido, Mitia ‑continuó
Katia‑; pero amo con dolor nuestro pasado. No olvides esto.
Sonrió extrañamente, miró a Mitia con un fulgor de
alegría en los ojos y continuó:
‑Imaginémonos por un instante que es verdad lo
que, aunque no lo sea, habría podido serlo. Ahora nuestro amor va hacia otros. Sin
embargo, lo seguiré amando siempre y tú me seguirás amando a mí. ¿Lo sabías?
Óyelo bien: ¡quiéreme siempre!
En su voz trémula había un algo de amenaza.
‑Sí, Katia ‑balbució Mitia penosamente, y
añadió, deteniéndose después de pronunciar cada palabra‑. Te querré
siempre... Hace cinco días..., aquella tarde en que caíste desvanecida en la
audiencia... y se lo llevaron..., lo quería... Y así será siempre... Toda la
vida lo querré.
Así era su diálogo. Cambiaban palabras absurdas,
exaltadas, incluso mentían; pero eran sinceros y se creían el uno al otro sin
reservas.
‑Oye, Katia ‑exclamó Mitia de pronto‑.
¿Crees que soy un asesino? No, ahora no lo crees, lo sé; pero ¿lo creías
entonces, cuando lo dijiste ante el tribunal?
‑No, nunca lo creí. Entonces te detestaba y
conseguí convencerme momentáneamente de que eras culpable. Pero, apenas hube
dicho al tribunal mi última palabra, dejé de creer en tu culpa.
Hizo una pausa y, de pronto, dijo en un tono que no
tenía la menor semejanza con el acento cariñoso empleado hasta entonces:
‑Me olvidaba de que he venido aquí para
excusarme dignamente.
‑Yo veo lo duro que es esto para ti.
‑¡Basta ya! ‑exclamó Katia‑.
Volveré. Ahora no puedo más.
Se había puesto en pie. De pronto lanzó un grito y
dio un paso atrás. Repentinamente, sin producir el menor ruido, cuando nadie la
esperaba, Gruchegnka había entrado en la habitación. Katia corrió hacia la
puerta, pero se detuvo ante la recién llegada y, pálida como la cera, musitó:
‑¡Perdóneme!
Gruchegnka la miró a los ojos, guardó silencio un
instante y exclamó con voz impregnada de amargura y de odio:
‑Las dos somos malas. No nos podemos perdonar
la una a la otra. Sin embargo, si lo salva, toda la vida oraré por usted.
‑¿Cómo puedes negarte a perdonarla? ‑le
reprochó Mitia vivamente.
‑Tranquilícese: lo salvaré ‑dijo Katia. Y
se marchó.
‑¡Te ha pedido perdón y se lo has negado! ‑exclamó
Mitia amargamente.
Aliocha se apresuró a intervenir.
‑No puedes reprocharle nada, Mitia: no tienes
ningún derecho.
‑Es su orgullo y no su corazón el que habla ‑dijo
Gruchegnka, despechada‑. Que lo salve y se lo perdonaré todo.
Calló. Aún no se había repuesto de su sorpresa. Se
había presentado casualmente, sin sospechar, ni mucho menos, que pudiera
encontrarse con Katia.
‑¡Corre tras ella, Aliocha! ‑dijo Mitia‑.
Dile lo que te parezca, pero no la dejes marcharse así.
‑¡Volveré esta tarde! ‑gritó Aliocha,
echando a correr para que Katia no se le escapase.
La alcanzó fuera del recinto del hospital. Katia
tenía prisa. Dijo precipitadamente:
‑No, no puedo humillarme ante esa mujer. Le he
pedido perdón, porque quería apurar el cáliz. Ella me lo ha negado. Se lo
agradezco.
Hablaba con voz anhelante y en sus ojos brillaba un
odio feroz.
‑Mi hermano ‑balbuceó Aliocha‑ no
esperaba que se encontrasen ustedes. Estaba seguro de que esa joven no vendría
esta mañana.
‑Lo creo... Pero dejemos eso ‑dijo
resueltamente‑. Oiga: no puedo ir con usted al entierro. He enviado
flores a la familia. Aún deben de tener dinero. Dígales que no los abandonaré
nunca. Ahora le ruego que me deje. Se le va a hacer tarde. Ya suenan las
campanas para la misa. Por favor, váyase.
CANTULO III
EL ENTIERRO DE ILIUCHA. ALOCUCIÓN JUNTO A LA
PEÑA
En efecto,
llegó con retraso. Lo esperaban y ya habían decidido llevar sin él a la
iglesia el ataúd ornado de flores. El ataúd era el de Iliucha. El pobre
muchacho había muerto dos días después de pronunciarse la sentencia contra
Mitia. Aliocha fue recibido en la puerta de la calle por los compañeros de
Iliucha. Eran doce y todos llevaban sus carteras en la espalda. «Mi padre
llorará. Hacedle compañía», les había dicho Iliucha en el momento de morir. Y
sus camaradas no lo habían olvidado. Al frente de ellos estaba Kolia
Krasotkine.
‑¡Cuánto me alegro de que hayas venido! ‑dijo
éste, tendiendo la mano a Aliocha‑. Es horrible lo que ocurre ahí
dentro. Da pena ver a esta familia. Snieguiriov no ha bebido hoy, estamos todos
seguros. Sin embargo, parece estar ebrio. Yo conservo la firmeza de siempre,
pero esto es espantoso. Karamazov, si no te importa, quisiera hacerte una
pregunta antes de que entre en la casa.
‑Tú dirás, Kolia.
‑¿Es inocente o culpable tu hermano? ¿Quién
mató a tu padre: él o el criado? Creeré lo que tú me digas. He estado cuatro
noches sin dormir, haciéndome esta pregunta.
‑Fue Smerdiakov el asesino ‑repuso
Aliocha‑. Mi hermano es inocente.
‑Es lo que yo creía ‑exclamó Smurov.
‑¿De modo que es una víctima inocente que se
sacrifica por la verdad? ‑exclamó Kolia‑. ¡Qué sacrificio tan
bello! ¡Lo envidio!
‑¿De veras? ‑exclamó Aliocha, sorprendido.
‑Sí. ¡Oh, si yo pudiera sacrificarme por la
verdad! ‑dijo Kolia, exaltado.
‑Pero no en un asunto como éste, no en
circunstancias tan horribles, tan denigrantes...
‑Pues si; yo quisiera morir por la humanidad.
La vergüenza pública no me afectaría. Perecen sólo nuestros nombres. Tu hermano
me inspira respeto.
‑¡Y a mí! ‑exclamó el muchacho que días
atrás había dicho que sabía quiénes eran los fundadores de Troya. Y, lo mismo
que entonces, se puso en seguida tan colorado como una amapola.
Aliocha entró en la casa. Iliucha estaba en un
féretro azul orlado de una cinta blanca de encaje. Tenía las manos enlazadas y
los ojos cerrados. Las facciones de su enjuto rostro apenas habían cambiado y,
cosa extraña, el cadáver casi no olía. Su semblante tenía la expresión
pensativa y grave. Sus manos, bellísimas, parecían talladas en marfil.
Abundaban las flores. Todo el féretro estaba ornado de flores por dentro y por
fuera. Las había enviado de buena mañana Lise Khokhlakov. En los últimos
momentos habían llegado más flores: las de Catalina Ivanovna. Cuando Aliocha
abrió la puerta, el capitán las estaba esparciendo sobre el cuerpo de su hijo.
Las sacaba de una cesta con manos temblorosas.
Snieguiriov apenas miró a Aliocha. No era extraño,
puesto que no prestaba atención a nadie, ni siquiera a su mujer, a «mamá», la
loca que, bañada en lágrimas, se esforzaba por levantarse sobre sus piernas
inertes para ver más de cerca a su hijo muerto. Nina estaba en su sillón al
lado del ataúd. La habían transportado los compañeros de Iliucha y tenía la
cabeza apoyada en el féretro. Sin duda, lloraba en silencio.
Snieguiriov estaba animado, pero, al mismo tiempo, se
leía en su semblante una mezcla de perplejidad y desesperación. Había un algo
de demencia en sus gestos, en las palabras que se le escapaban. «¡Hijo mío, mi
adorado hijito!», decía a cada momento, fijando su mirada en Iliucha.
‑Yo también quiero flores ‑dijo la pobre
loca a su marido‑; dame esa flor blanca que Iliucha tiene en las manos.
Tal vez la flor le gustara y se hubiera encaprichado
de ella; acaso quisiera guardarla como recuerdo de su hijo. Lo cierto es que
tendía las manos hacia ella, presa de gran agitación.
‑No daré ninguna flor a nadie ‑dijo
ásperamente el capitán‑. Estas flores son suyas, no tuyas. ¡Todo es
suyo, todo!
‑Papá, dale una flor a mamá ‑dijo Nina,
mostrando su rostro bañado en lágrimas.
‑¡No daré nada a nadie, y menos a ella! Ella no
lo quería: le quitó el cañón.
Y el capitán se echó a llorar al acordarse de la
escena en que Iliucha había cedido el diminuto cañón a su madre.
La pobre loca prorrumpió en sollozos y ocultó la cara
en sus manos.
Los colegiales, viendo que Snieguiriov no se apartaba
del féretro y que ya era la hora dé transportar al cadáver a la iglesia, rodearon
el ataúd y empezaron a levantarlo.
Entonces Snieguiriov empezó a vociferar:
‑¡No quiero que lo entierren en el cementerio!
¡Lo enterraré cerca de la peña, de nuestra peña! Así me lo pidió Iliucha. No
permitiré que os lo llevéis.
Hacía tres días que Snieguiriov no cesaba de repetir
que enterraría a su hijo junto a la peña. Para disuadirlo intervinieron Aliocha
y Krasotkine, la patrona, su hermana y todos los compañeros de Iliucha. La
patrona argumentó:
‑No comprendo que quiera usted enterrar a su
hijo en un lugar impuro, como si fuera un excomulgado. La tierra del cementerio
está bendita. Si lo entierran en ella, el nombre de Iliucha se mencionará en
las plegarias. Desde el cementerio se oyen los cantos de la iglesia: el diácono
tiene una voz potente. Así, los cantos llegarán a él como si se entonaran
junto a su tumba.
El capitán tuvo un gesto de desaliento que equivalía
a decir: «¡Hagan lo que quieran!» Entonces, los muchachos levantaron el ataúd y
se dirigieron a la puerta. Pero, al pasar junto a la madre, se detuvieron un
momento para que pudiera dar su último adiós a Iliucha. La pobre demente, al
ver de cerca el querido rostro que desde hacia tres días sólo había podido ver
desde lejos, empezó a mover de un lado a otro la canosa cabeza.
‑Mamá ‑le dijo Nina‑, dale un beso
y bendicelo.
Pero la madre siguió moviendo la cabeza como una
autómata, sin decir palabra, con el rostro transfigurado por el dolor y golpeándose
el pecho con el puño.
Los portadores del ataúd continuaron su camino hacia
la puerta. Nina dio su último beso a su hermano. Aliocha, después de cruzar
el umbral, suplicó a la patrona que velara por las dos mujeres. Ella le
contestó, sin dejarlo terminar:
‑Conocemos nuestros deberes. Nosotras también
somos cristianas. No nos separaremos de ellas.
Al decir esto, la pobre vieja lloraba.
La iglesia estaba cerca, a no más de trescientos
pasos. Era un dia despejado, de temperatura soportable: la nieve apenas se
había helado. Seguían sonando las campanas. Snieguiriov iba detrás del féretro,
nervioso y desorientado, con su sombrero de anchas alas en la mano y envuelto
en su viejo abrigo, demasiado ligero para andar por la nieve. Era presa de
extraña inquietud. Unas veces iba al lado del féretro; otras se situaba delante
de él y trataba de ayudar a los porteadores, consiguiendo únicamente
entorpecerlos. Cayó una flor en la nieve y se apresuró a recogerla, como si se
tratara de un objeto de gran valor.
‑¡El pan! ‑exclamó de pronto, aterrado‑.
¡Nos hemos olvidado del pan!
Pero los niños le recordaron que antes de salir de su
casa había cogido un trozo de pan y se lo había guardado en el bolsillo. El capitán
lo sacó y se tranquilizó al verlo.
‑Es un deseo de Iliucha ‑explicó a
Aliocha‑. Una noche que estaba al lado de su cama, velándolo, me dijo de
pronto: «Papá, cuando me entierren, echa migas de pan sobre mi sepultura. Así
acudirán los gorriones, yo los oiré y será un consuelo para mi saber que no
estoy solo.»
‑Lo comprendo ‑dijo Aliocha‑.
Habremos de llevar con frecuencia migas de pan a su sepultura.
‑¡Todos los días, todos los días! ‑exclamó
el capitán, animándose.
Llegaron al fin a la iglesia y se colocó el ataúd en
el centro. Los niños lo rodearon y observaron una actitud ejemplar durante la
ceremonia. La iglesia era vieja y pobre. La mayoría de los iconos carecían de
marco. Una de esas iglesias humildes en que los fieles se sienten más a sus
anchas y son más sinceros en sus oraciones. Durante la misa, Snieguiriov se
mostró más sereno; pero, de vez en cuando, le acometían sus preocupaciones
inconscientes y se acercaba al ataúd para arreglar el patio mortuorio o el vientchik[L127], o para volver a colocar en su sitio un
cirio que se había caído de su candelero. Al fin, se calmó por completo y
permaneció en la presidencia del duelo, perplejo y preocupado. Después de la
epistola, dijo en voz baja a Aliocha que no se había leido comme il faut,
aunque no explicó por qué. Empezó a cantar el himno de los querubines. Después,
antes de terminar, se prosternó, se inclinó hasta apoyar la frente en el suelo,
y permaneció así largo rato. Al fin, se dijo el responso y se distribuyeron los
cirios. El capitán estuvo a punto de ceder a nuevos arrebatos, pero la
majestad del canto fúnebre lo paralizó. Con la cabeza doblada sobre el pecho,
empezó a llorar, primero ahogando los sollozos, después ruidosamente. En el
momento de las despedidas, cuando se iba a cerrar definitivamente el ataúd, el
capitán rodeó con sus brazos el cuerpo de su hijo y cubrió su rostro de besos.
Se lo llevaron; pero de pronto volvió atrás y cogió algunas flores del ataúd.
Al contemplarlas, surgió en su mente una nueva idea que le hizo olvidar todo lo
demás por unos instantes. Poco a poco, fue quedando ensimismado. No opuso
ninguna resistencia cuando se llevaron el féretro.
La sepultura
estaba situada cerca de la iglesia y su precio era considerable. La había
pagado Catalina Ivanovna. Después de los ritos habituales, los sepultureros
introdujeron el ataúd en la fosa. Snieguiriov, con las flores en la mano, se
inclinó tanto hacia delante en el borde de la cavidad, que los muchachos,
asustados, se aferraron a su abrigo y tiraron de él hasta conseguir que el
capitán retrocediera. Éste no parecía darse cuenta de lo que pasaba. Cuando
rellenaron la fosa, señaló la tierra que se iba amontonando sobre ella y empezó
a decir cosas ininteligibles. Pronto se calló. Entonces, alguien le recordó
que había que desmigar el pan. El capitán se apresuró a sacarlo del bolsillo y
desmenuzarlo sobre la sepultura, mientras murmuraba: «¡Acudid, pajarillos;
venid, preciosos gorriones!» Uno de los muchachos le dijo que las flores le
estorbaban y que debía confiárselas a alguien. Pero él no las quiso soltar,
como si temiera que se las robaran. Y cuando observó que todo había terminado
y que había desmigado todo el pan, echó a andar hacia su casa, primero con paso
normal, después con prisa creciente. Los muchachos y Aliocha lo siguieron de
cerca.
‑¡Flores para «mamá», flores para «mamá»! ‑exclamó
de pronto‑. La hemos ofendido.
Alguien le dijo que se pusiera el sombrero; pues
hacía frío. Pero él, como irritado por esta advertencia, lo arrojó a la nieve.
‑¡No lo quiero, no lo quiero! ‑gritó.
Smurov recogió el sombrero. Todos los niños lloraban,
especialmente Kolia y el descubridor de Troya.
El llanto no impidió a Smurov encontrar entre la
nieve una piedra para arrojarla a una bandada de gorriones que venía hacia
ellos. Naturalmente, erró el tiro y, sin dejar de llorar, corrió para alcanzar
al grupo.
A medio camino, Snieguiriov se detuvo de pronto, como
si se acordara de algo. Se volvió hacia la iglesia y echó a andar hacia la
sepultura abandonada. Pero los niños corrieron hacia él, lo rodearon y lo
sujetaron. El capitán rodó por la nieve tras una lucha agotadora y empezó a
llorar, a debatirse, a gritar:
‑¡Iliucha, hijo mío!
Kolia y Aliocha lo levantaron y procuraron calmarlo.
‑¡Basta, capitán! ‑dijo Kolia‑. Un
hombre valeroso como usted debe soportarlo todo.
‑Está
aplastando las flores ‑dijo Aliocha‑. Tenga en cuenta que las
espera su esposa. Está llorando porque usted no le ha querido dar ninguna flor
de Iliucha. Todavía está allí la cama de su hijo.
‑Sí, vamos a ver a «mamá» ‑dijo de pronto
Snieguiriov‑. ¡Se pueden llevar la cama! ‑añadió, convencido de que
se la podian llevar.
Se levantó y echó a correr hacia la casa. Como
estaban cerca, todos llegaron pronto y al mismo tiempo. Snieguiriov abrió la
puerta vivamente. Estaba arrepentido de haberse mostrado tan duro con su
esposa.
‑¡Toma, «mamá» ! ¡Estas flores te las envía
Iliucha!
Y le entregó las aplastadas flores, que había revolcado
con su cuerpo por la nieve.
En este momento vio los zapatos de Iliucha en un
rincón, cerca de la cama. La patrona acababa de ponerlos allí al arreglar la habitación.
Eran unos zapatos viejos, remendados. Al verlos, el capitán levantó los
brazos, echó a correr y cayó de rodillas junto a ellos. Cogió uno de los
zapatos y lo cubrió de besos mientrás gritaba:
‑¡Iliucha, mi querido Iliucha! ¿Dónde están tus
pies?
‑¿Adónde lo has llevado, adónde lo has llevado?
‑preguntó la loca, desesperada.
Nina se echó a llorar. Kolia se apresuró a salir de
la casa. Sus compañeros le siguieron, y Aliocha también.
‑Dejémoslos llorar ‑dijo Alexei a Kolia‑.
No podríamos consolarlos. Después volveremos.
‑Tienes razón: no podemos hacer nada ‑convino
Kolia. Y añadió bajando la voz para que sólo Aliocha lo oyese‑: ¡Qué pena
tengo, Karamazov! ¡No sé lo que daría por verlo de nuevo con vida!
‑Yo también ‑dijo Aliocha.
‑¿Crees que debemos volver esta tarde? Ese
hombre se emborrachará.
‑Seguramente. Vendremos sólo tú y yo y estaremos
un rato con Nina y su madre. Si viniéramos todos, le recordaríamos estos
tristes momentos.
‑La patrona está preparando la mesa para la
comida de funerales. Vendrá el pope. ¿Crees que debemos asistir, Karamazov?
‑Si.
‑No lo comprendo, Alexei. En horas tan amargas,
reunirse para comer tortas. ¡Qué cosas tan extrañas tiene nuestra religión!
‑Habrá salmón ‑dijo de pronto el muchacho
que había descubierto Troya.
Kolia lo miró, indignado.
‑Oye, Kartachov: te agradeceré que no molestes
con tus tonterías, y menos a quien no te dirige la palabra a incluso desea olvidarse
de que existes.
Kartachov enrojeció y no dijo nada. Pero poco
después, cuando el grupo avanzaba por el camino, exclamó de pronto:
‑¡Mirad! ¡La peña de Ihucha! Ahí quería
enterrarlo el capitán.
Todos se detuvieron junto a la roca. Nadie se atrevía
a hablar. Aliocha la contempló y en este momento acudió a su memoria algo que
Snieguiriov le había referido hacía poco. Se trataba de la escena en que
Iliucha había abrazado a su padre llorando y le había dicho: «¡Cómo te ha
humillado, papá!» Este recuerdo conmovió profundamente a Aliocha. Después de
recorrer con la mirada las caras inocentes de sus amiguitos, exclamó:
‑¡Muchachos, quiero deciros unas palabras en
este lugar!
Los niños le rodearon y concentraron en él sus
miradas.
‑Amigos míos, vamos a separarnos. Permaneceré
todavía algún tiempo con mis hermanos. Uno de ellos partirá pronto en un
convoy de deportados; el otro morirá, sin duda. Yo me marcharé de esta ciudad,
seguramente para mucho tiempo. O sea que vamos a separarnos. Convengamos aquí,
junto a la peña de Iliucha, no olvidarlo jamás y acordarnos siempre unos de
otros. Aunque estemos veinte años sin vernos y cualquiera que sea nuestro
futuro, debemos recordar el momento en que hemos enterrado a nuestro querido
Iliúcha, a ese compañero al que apedreasteis un día y después disteis todo
vuestro afecto. Era un muchacho magnífico, un corazón bondadoso y valiente, que
tenía el sentimiento del honor y se rebeló valerosamente contra la ofensa inferida
a su padre. Debemos recordarlo toda la vida; tanto si alcanzamos una alta
posición y se nos tributan grandes honores, como si caemos en el más triste
infortunio. En ningún caso debemos olvidar este momento en que hemos otorgado
nuestro amor a un ser ejemplar..., este momento en que tal vez nos hemos
mostrado mejores de lo que somos...
»Oídme, palomas... Permitidme que os llame así, pues
todos os parecéis a esas bellas y delicadas aves... Oídme, encantadores amiguitos.
Tal vez no comprendáis ahora lo que os voy a decir, porque acaso no consiga
expresarme con claridad; pero estoy seguro de que más adelante, cuando
recordéis mis palabras, me daréis la razón. Sabed que no hay nada más noble,
más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo
cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de
vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la
infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para
su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único
recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. Tal vez lleguemos a ser malos,
incapaces de abstenernos de cometer malas acciones; tal vez nos riamos de las
lágrimas de nuestros semejantes, de los que dicen, como Kolia acaba de decir:
«Quiero sufrir por toda la humanidad.» Pero, por malos que podamos llegar a
ser..., ¡aunque Dios nos libre de la maldad!..., por malos que podamos llegar a
ser, cuando recordemos estos instantes en que hemos enterrado a Iliucha, y lo
mucho que lo hemos querido estos días, y las palabras que hemos cambiado junto
a esta peña, ni el más cruel y burlón de nosotros osará reírse en su fuero
interno de los buenos sentimientos que han llenado su alma en este instante. Es
más, tal vez este recuerdo le impida obrar mal, tal vez se detenga y se diga:
«Entonces fui bueno, sincero y honrado. » Y si se ríe, poco importa: es
frecuente que nos riamos sin reflexionar, por ligereza. Os aseguro que, después
de reírse, se dirá desde el fondo de su corazón: «Me he equivocado. No debo
reírme de estas cosas. »
‑Te comprendo, Karamazov ‑exclamó Kolia,
fíjando en él una mirada fulgurante‑. Así ocurrirá.
Los demás niños se mostraron también impresionados y
se dispusieron a expresar sus sentimientos, pero no se atrevieron a decir
nada: se limitaron a concentrar en Aliocha sus miradas resplandecientes de
emoción.
Alexei continuó:
‑He dicho todo esto por si algún día llegamos a
ser malos. Pero ¿por qué hemos de serlo? ¿No os parece, amigos míos, que no hay
ninguna razón para que lo seamos? Seremos buenos, honrados y no nos olvidaremos
unos a otros. Yo os doy mi palabra de que no olvidaré a ninguno de vosotros; de
que siempre, por muchos años que pasen, me acordaré de estas caras que me miran
ahora. Hace un momento, Kolia ha dicho a Kartachov que queríamos ignorar que
existía. Pues bien, aunque me olvide de que Kartachov existe y de que se pone
colorado por cualquier cosa, como cuando dijo que sabía quién había descubierto
Troya, no podré olvidar esos ojos suyos que ahora me miran alegremente...
Queridos amigos: seamos todos generosos y valientes como Iliucha; bravos,
nobles a inteligentes como Kolia (inteligencia que con el tiempo irá
aumentando) y modestos y amables como Kartachov. Pero no hay razón para que me
refiera únicamente a Kartachov y a Kolia. A todos os quiero y os querré siempre
igual. Y ya que nunca os faltará un lugar en mi corazón, puedo pediros que me
llevéis toda la vida en el vuestro. ¿Quién nos ha unido en este hermoso sentimiento
que deseamos conservar siempre en la memoria? Ihucha, ese bondadoso y gentil
muchacho al que no dejaremos nunca de querer. ¡Nunca, nunca lo olvidaremos!
¡Será un bello recuerdo que llevaremos eternamente en nuestros corazones!
‑¡Sí, eternamente! ‑gritaron con emoción
todos los niños.
‑Nos acordaremos de su cara, de su traje, de
sus viejos zapatitos, de su ataúd, de su desdichado padre, al que él defendió
solo contra toda la clase.
‑¡No lo olvidaremos! ¡Era bueno y valiente!
‑¡Cuánto lo quería! ‑exclamó Kolia.
‑Queridos muchachos, amigos míos, ¡no temáis a
la vida! ¡Es tan hermosa cuando se practica el bien y se es fiel a la verdad!
‑¡Sí, sí! ‑gritaron entusiasmados los
niños.
‑¡Te queremos, Karamazov! ‑dijo una voz,
sin duda la de Kartachov.
‑¡Te queremos, te queremos! ‑repitieron
todos. Y en los ojos de algunos brillaban las lágrimas.
‑¡Viva Karamazov! ‑gritó Kolia.
‑¡Conservemos eternamente el recuerdo de
nuestro pobre amiguito! ‑repitió Aliocha, profundamente conmovido.
‑¡Eternamente!
‑Karamazov ‑dijo Kolia‑, ¿es verdad
eso que dice la religión de que resucitaremos después de morir y nos
volveremos a ver todos? Si es así, nos encontraremos de nuevo con Iliucha.
‑Sí, es cierto; todos resucitaremos y nos
volveremos a ver ‑respondió Aliocha, sonriendo y rebosante de fe‑.
Y entonces hablaremos alegremente de las cosas pasadas.
‑¡Eso será magnífico! ‑exclamó Kolia.
‑Bueno, se acabó la charla ‑dijo Aliocha
sin dejar de sonreír‑. Ahora hemos de ir a la comida de funerales. No
debemos extrañarnos de que se coman tortas en estas circunstancias. Es una
antigua tradición que tiene su lado bueno. ¡Vamos ya, cogidos de la mano!
‑¡Siempre iremos así: cogidos de la mano! ‑dijo
Kolia. Y volvió a gritar con todas sus fuerzas‑: ¡Viva Karamazov!
‑¡Viva! ‑corearon todos los niños.
FIN
[L1]Diminutivo de Dmitri, Demetrio
[L2]San Lucas, 2, 29.
[L3]Gregorio.
[L4]Pedro.
[L5]Juan.
[L6]Diminutivo de Alexei.
[L7]En el capítulo siguiente se explica el significado de esta palabra.
[L8]Estos versos aparecen en francés en el original ruso. Pertenecen a una parodia de la Eneida escrita por los hermanos Perrault en el año 1641.
[L9]San Juan, 20, 28.
[L10]San Mateo, 19, 21.
[L11]Cisma que se produjo en la Iglesia rusa a mediados del siglo XVII.
[L12]Jefe de policía de distrito.
[L13]Compositor y director de orquesta famoso.
[L14]Metropolitano de Moscú en la época de Catalina II.
[L15]Ilustre y culta dama amiga de Catalina II.
[L16]Célebre favorito de Catalina II.
[L17]Libro litúrgico que habla de los oficios de ciertas fiestas fijas.
[L18]Forma familiar y cariñosa de Anastasia
[L19]Forma familiar y cariñosa de Nikita.
[L20]San Mateo, 2, 18.
[L21]En el Evangelio de San Lucas (15, 7) se dice «...que por noventa y nueve justos que no necesiten penitencia».
[L22]Pequeña población de Siberia occidental.
[L23]Como dice Fiodor Pavlovitch, estos tres Moor son personajes de la obra de Schiller, autor por el que Dostoiewski tuvo predilección desde niño
[L24]San Lucas, 7, 47.
[L25]Diminutivo de Mikhail (Miguel).
[L26]Diminutivo de Agrafena (Agripina).
[L27]Era corriente ver en las mesas rusas tres clases de pan: blanco, moreno y negro.
[L28]Bebida fermentada que se hace con malta, pan negro y otros ingredientes.
[L29]Papilla hecha con patatas.
[L30]Secta que apareció en Rusia en el siglo XVII y que se entregaba a ciertos ritos secretos y frenéticos.
[L31]Famosos establecimientos de comestibles.
[L32]Pablo
[L33]Inspirándose en una narración popular rusa, Pushkin escribió una
pequefta obra maestra: el Cuento de pescador y del pescado.
[L34]Primer verso de una célebre poesía de Goethe: «El Divino».
[L35]Tiro de tres caballos
[L36]Tomás.
[L37]Primera recopilación de las novelas de Gogol.
[L38]Miembro de una secta de eunucos.
[L39]Famoso pintor de temas religiosos. Murió en el año 1887.
[L40]San Marcos, 4, 24.
[L41]El protagonista de El héroe de nuestro tiempo, famosa novela de Lermontov, es Petchorine. Arbenine es el héroe de Baile de máscaras, drama del mismo autor.
[L42]No necesito su agradecimiento, señora. (Verso de la obra de Schiller El guante.)
[L43]Diminutivo de Ilia (Elías)
[L44]Versos de la obra El demonio, de Lermontov.
[L45]Sosna, pino; so sna, sueños.
[L46]El titulado «Reflexiones sobre la temperatura».
[L47]Alejandro II, que abolió la esclavitud.
[L48]Un error de Dostoiewski: eran los confrères de la Passion los que organizaban estas representaciones.
[L49]Las primeras representaciones de este género fueron organizadas en Moscú por el pastor luterano Gregory.
[L50]Poema extraído de los evangelios apócrifos. Dio origen a numerosos cantos populares rusos.
[L51]San Mateo, 24, 36.
[L52]Schiller, Sehnsucht.
[L53]San Juan, El Apocalipsis.
[L54]Polejaiev, Coroliano.
[L55]San Mateo, 24, 27
[L56]San Marcos, 5, 41
[L57]San Juan, El Apocalipsis, 7, 4‑8.
[L58]De El Apocalipsis, 17, 18.
[L59]Palabra rusa que significa «perro echado».
[L60]Cierto tipo de coche de viaje.
[L61]La revolución de diciembre de 1825.
[L62]Cierto grado de religioso profeso.
[L63]Cuando muere un simple monje y su cuerpo se traslada de la celda a la iglesia, así como al llevarlo, después de las honras fúnebres, de la iglesia al cementerio, se canta el versículo « ¡Qué venturosa vida! » Si el difunto es un religioso profeso de segundo grado se canta el himno «Ayuda y protección».
[L64]En una breve nota que se encontró entre sus papeles.
[L65]Basta es el título de una novela de Iván Turgueniev
[L66]El escritor satírico Chtchedrine, fallecido en 1889, dirigi6 durante algún tiempo, con Nekrasov, la revista liberal El Contemporáneo, que más de una vez tuvo graves conflictos con la censura.
[L67]Vocativo de pan, «señor» en polaco.
[L68]«Si mi reina lo consiente...»
[L69]«Este señor no ha visto a ninguna polaca.»
[L70]«Este señor es un miserable.»
[L71]«Puedes estar seguro.»
[L72]Protagonista del famoso poema de Gogol
[L73]«¿Qué hora es, caballero?»
[L74]«Yo no me opongo. Yo no he dicho nada.»
[L75]«Madrigal a una nueva Safo», por Batiuchkov.
[L76]Estos versos aparecen en francés en el original.
[L77]«Señores.»
[L78]«Encantado, señor. Bebamos.»
[L79]«Ilustrísimo.»
[L80]«Muy bien dicho.»
[L81]«¿Cómo no ha de amar uno a su patria?»
[L82]«Es demasiado tarde, señor.»
[L83]«Tienes razón. Pero es su frialdad la que me entristece.»
[L84]«Estoy dispuesto.»
[L85]«Es lo mejor.»
[L86]«Siéntense, señores.»
[L87]«Cien rublos, doscientos rublos...»
[L88]« Bajo palabra de honor.»
[L89]«Entre amigos no se habla en ese tono.»
[L90]«¿Es una broma?»
[L91]«¿Qué derecho tiene usted a hablar así?»
[L92]« ¿Qué quiere?»
[L93]«¿En qué puedo servirle, señor?»
[L94]«¿Tres mil, señor?»
[L95]«¿Eso es todo?»
[L96]«Me siento profundamente ofendido.»
[L97]« Estoy asombrado.»
[L98]Obstinada.
[L99]«Si quieres seguirme, ven; si no, adiós.»
[L100]Comisario de policía de distrito.
[L101]Mauricio.
[L102]Grado de la jerarquia civil que equivale a la de teniente coronel.
[L103]Las grandes reformas sociales, judiciales y administrativas de Alejandro II.
[L104]Consejo de distrito que se encargaba del mantenimiento de los hospitales, las escuelas, etc.
[L105]Testigos reclutados entre los habitantes de la población.
[L106]De Silentium, poesía de Tiutchev.
[L107]Señor coronel.
[L108]Funcionario de duodécima clase.
[L109]Diminutivo de Nikolai: Nicolás.
[L110]Nastia, diminutive de Anastasia; Kostia, diminutive de Constantino.
[L111]Novela de Fromaget traducida al ruso en 1785
[L112]Entre los estudios del gran crítico ruso Bielinski sobre Pushkin destaca el del poema «Eugenia Onieguine», del que es protagonista Tatiana.
[L113]La «Tercera Sección», policía secreta para asuntos políticos, tenía su sede cerca del puente de las Cadenas.
[L114]Famosa revista que se editaba en Londres y se introducía clandestinamente en Rusia.
[L115]Salmo 137, versículos 5 y 6.
[L116]Especialmente en su poema «Eugenia Onieguine», Pushkin canta la belleza de los pies femeninos.
[L117]Nombre familiar de Petersburgo.
[L118]Alejandro Gatsouk, editor de periódicos y almanaques.
[L119]Palabras de Mestakov, personaje de El Revisor, de Gogol.
[L120]En alemán, «Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espiritu Santo».
[L121]Gogol, Almas muertas.
[L122]Este castillo aparece en una novela titulada Los misterios de Udolphe, de Ann Radcliffe (1794), que tuvo gran éxito en toda Europa.
[L123]San Juan, 10, 11.
[L124]San Pablo. Epístola a los Efesios, 6, 4.
[L125]Alusión a un epígrafe de La Campana, de Schiller.
[L126]San Mateo, 7, 2; San Marcos, 4, 7.4.
[L127]Banda de tela o de papel con imágenes que se coloca en torno de la cabeza de los difuntos.