Fedor
Dostoiewski
Crimen y Castigo
Revisado
por: Carlos J. J.
PRIMERA PARTE
I
Una tarde
extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida
habitación que tenía alquilada en la callejuela de S... y, con paso lento e
indeciso, se dirigió al puente K...
Había
tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
Su
cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más
que una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había
alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de
abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar
por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y estaba casi siempre
abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente una
sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba a su semblante una
expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía
encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la
vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de
irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había
habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía
encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes.
La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de
ser para él un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones
diarias, a todo trabajo.
En
el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera
abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y
vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con
evasivas, excusas, embustes... No, más valía deslizarse por la escalera como un
gato para pasar inadvertido y desaparecer.
Aquella
tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora
le llenó de asombro cuando se vio en la calle.
«¡Que
me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan
audaz! ‑pensó con una sonrisa extraña‑. Sí, el hombre lo tiene todo
al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus
mismas narices... Esto es ya un axioma... Es chocante que lo que más temor
inspira a los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Sí, eso es
lo que más los altera... ¡Pero esto ya es demasiado divagar! Mientras divago,
no hago nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo que me lleva a
divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de
pasar días enteros echado en mi rincón, pensando... Tonterías... Porque ¿qué
necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer...
"eso"? ¿Es que, por lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo:
todo ha sido un juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte... Un
juego, sí; nada más que un juego.»
El
calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los
andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor
especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para
alquilar una casa en el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios,
ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas,
abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a
pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una
expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho
sea de paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la
media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos
oscuros. Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de
embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver
nada de lo que le rodeaba.
De
tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de
monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las
ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
Iba
tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo
vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejantes
andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que
nuestro joven habitaba.
La
vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en
aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponían en el cuadro
tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la
atención.
Por
otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia
todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibía sus harapos
sin rubor alguno. Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado con alguna
persona conocida o algún viejo camarada, cosa que procuraba evitar.
Sin
embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando
un borracho al que transportaban, no se sabe adónde ni por qué, en una carreta
vacía que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
‑¡Eh,
tú, sombrerero alemán[L1]!
Era
un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado,
cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo,
no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se
había apoderado del joven.
‑Lo
sabía ‑murmuró en su turbación‑, lo presentía. Nada hay peor que
esto. Una nadería, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. Sí,
este sombrero llama la atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que
va vestido con estos pingajos necesita una gorra, por vieja que sea; no esta
cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una
versta a la redonda. Te recordarán. Esto es lo importante: se acordarán de él,
andando el tiempo, y será una pista... Lo cierto es que hay que llamar la
atención lo menos posible. Los pequeños detalles... Ahí está el quid. Eso es lo
que acaba por perderle a uno...
No
tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que
dar desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los había
contado un día, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente.
Entonces ni él mismo creía en su realización. Su ilusoria audacia, a la vez
sugestiva y monstruosa, sólo servía para excitar sus nervios. Ahora,
transcurrido un mes, empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus
enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución, se
iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a aquella
fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría llevar a cabo, aunque
siguiera dudando de sí mismo.
Aquel
día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que
daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor
nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al
canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños
departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres,
cerrajeros... Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de
ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través de las puertas y
de los dos patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro porteros, pero
nuestro joven tuvo la satisfacción de no encontrarse con ninguno.
Franqueó
el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como
era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a
nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no
había que temer a las miradas de los curiosos.
«Si
tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de
verdad el "negocio"?», pensó involuntariamente al llegar al cuarto
piso.
Allí
le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y
estaban sacando los muebles de un departamento ocupado ‑el joven lo sabía‑
por un funcionario alemán casado.
«Ya
que este alemán se muda -se dijo el joven‑, en este rellano no habrá
durante algún tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más que bien.»
Llamó
a la puerta de la vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que
era de hojalata y no de cobre. Así eran las campanillas de los pequeños
departamentos en todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven
se había olvidado ya de este detalle, y el tintineo de la campanilla debió de
despertar claramente en él algún viejo recuerdo, pues se estremeció. La
debilidad de sus nervios era extrema.
Transcurrido
un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina
observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veían sus ojillos
brillando en la sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y
abrió la puerta. El joven franqueó el umbral y entró en un vestíbulo oscuro,
dividido en dos por un tabique, tras el cual había una minúscula cocina. La
vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta
años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia. Llevaba la
cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo algunas
hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba
su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor,
llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía
a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo
extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.
‑Raskolnikof,
estudiante. Vine a su casa hace un mes ‑barbotó rápidamente, inclinándose
a medias, pues se había dicho que debía mostrarse muy amable.
‑Lo
recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente ‑articuló la vieja, sin
dejar de mirarlo con una expresión de recelo.
‑Bien;
pues he venido para un negocillo como aquél ‑dijo Raskolnikof, un tanto
turbado y sorprendido por aquella desconfianza.
«Tal
vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez», pensó,
desagradablemente impresionado.
La
vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta
de su habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
‑Entre,
muchacho.
La
reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas
de papel amarillo. Cortinas de muselina pendían ante sus ventanas, adornadas
con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la
habitación.
«Entonces
‑se dijo de súbito Raskolnikof‑, también, seguramente lucirá un sol
como éste.»
Y
paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor
detalle en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de particular. El
mobiliario, decrépito, de madera clara, se componía de un sofá enorme, de
respaldo curvado, una mesa ovalada colocada ante el sofá, un tocador con
espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún
valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano.
Esto era todo.
En
un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de
limpieza.
«Esto
es obra de Lisbeth», pensó el joven.
Nadie
habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.
«Sólo
en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza
semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con curiosidad y al soslayo, una
mirada a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación,
también sumamente reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en
la que él no había puesto los pies jamás. Ya no había más piezas en el
departamento.
‑¿Qué
desea usted? ‑preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en
la habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
‑Vengo
a empeñar esto.
Y
sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que
representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
‑¡Pero
si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace
tres días.
‑Le
pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.
‑¡Soy
yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto
empeñado, jovencito!
‑¿Me
dará una buena cantidad por el reloj, Alena
[L2]Ivanovna?
‑¡Pero
si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez
pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en
una joyería por sólo rublo y medio.
‑Deme
cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de
un momento a otro.
‑Rublo
y medio, y le descontaré los intereses.
‑¡Rublo
y medió! ‑exclamó el joven.
‑Si
no le parece bien, se lo lleva.
Y
la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado;
pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su último
recurso y de que había ido allí para otra cosa.
‑Venga
el dinero‑ dijo secamente.
La
vieja sacó unas llaves del bolsillo y pasó a la habitación inmediata.
Al
quedar a solas, el joven empezó a reflexionar, mientras aguzaba el oído. Hacía
deducciones. Oyó abrir la cómoda.
«Sin
duda, el cajón de arriba ‑dedujo‑. Lleva las llaves en el bolsillo
derecho. Un manojo de llaves en un anillo de acero. Hay una mayor que las otras
y que tiene el paletón dentado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo tanto,
hay una caja, tal vez una caja de caudales. Las llaves de las cajas de caudales
suelen tener esa forma... ¡Ah, qué innoble es todo esto!»
La
vieja reapareció.
‑Aquí
tiene, amigo mío. A diez kopeks [L3]por
rublo y por mes, los intereses del rublo y medio son quince kopeks, que cobro
por adelantado. Además, por los dos rublos del préstamo anterior he de
descontar veinte kopeks para el mes que empieza, lo que hace un total de
treinta y cinco kopeks. Por lo tanto, usted ha de recibir por su reloj un rublo
y quince kopeks. Aquí los tiene.
‑Así,
¿todo ha quedado reducido a un rublo y quince kopeks?
‑Exactamente.
El
joven cogió el dinero. No quería discutir. Miraba a la vieja y no mostraba
ninguna prisa por marcharse. Parecía deseoso de hacer o decir algo, aunque ni
él mismo sabía exactamente qué.
‑Es
posible, Alena Ivanovna, que le traiga muy pronto otro objeto de plata... Una
bonita pitillera que le presté a un amigo. En cuanto me la devuelva...
Se
detuvo, turbado.
‑Ya
hablaremos cuando la traiga, amigo mío.
‑Entonces,
adiós... ¿Está usted siempre sola aquí? ¿No está nunca su hermana con usted? ‑preguntó
en el tono más indiferente que le fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.
‑¿A
usted qué le importa?
‑No
lo he dicho con ninguna intención... Usted en seguida... Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikof
salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se
detuvo varias veces, dominado por repentinas emociones. Al fin, ya en la calle,
exclamó:
‑¡Qué
repugnante es todo esto, Dios mío! ¿Cómo es posible que yo...? No, todo ha sido
una necedad, un absurdo ‑afirmó resueltamente‑. ¿Cómo ha podido
llegar a mi espíritu una cosa tan atroz? No me creía tan miserable. Todo esto
es repugnante, innoble, horrible. ¡Y yo he sido capaz de estar todo un mes
pen...!
Pero
ni palabras ni exclamaciones bastaban para expresar su turbación. La sensación
de profundo disgusto que le oprimía y le ahogaba cuando se dirigía a casa de la
vieja era ahora sencillamente insoportable. No sabía cómo librarse de la
angustia que le torturaba. Iba por la acera como embriagado: no veía a nadie y
tropezaba con todos. No se recobró hasta que estuvo en otra calle. Al levantar
la mirada vio que estaba a la puerta de una taberna. De la acera partía una
escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al establecimiento. De él
salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el
otro e injuriándose. Raskolnikof bajó la escalera sin vacilar. No había entrado
nunca en una taberna, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la sed le
abrasaba. Le dominaba el deseo de beber cerveza fresca, en parte para llenar su
vacío estómago, ya que atribuía al hambre su estado. Se sentó en un rincón
oscuro y sucio, ante una pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un vaso con
avidez.
Al
punto experimentó una impresión de profundo alivio. Sus ideas parecieron
aclararse.
«Todo
esto son necedades ‑se dijo, reconfortado‑. No había motivo para
perder la cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un vaso de cerveza, un
trozo de galleta, y ya está firme el espíritu, y el pensamiento se aclara, y la
voluntad renace. ¡Cuánta nimiedad!»
Sin
embargo, a despecho de esta amarga conclusión, estaba contento como el hombre
que se ha librado de pronto de una carga espantosa, y recorrió con una mirada
amistosa a las personas que le rodeaban. Pero en lo más hondo de su ser
presentía que su animación, aquel resurgir de su esperanza, era algo enfermizo
y ficticio. La taberna estaba casi vacía. Detrás de los dos borrachos con que
se había cruzado Raskolnikof había salido un grupo de cinco personas, entre
ellas una muchacha. Llevaban una armónica. Después de su marcha, el local quedó
en calma y pareció más amplio.
En
la taberna sólo había tres hombres más. Uno de ellos era un individuo algo
embriagado, un pequeño burgués a juzgar por su apariencia, que estaba
tranquilamente sentado ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al lado, un
hombre alto y grueso, de barba gris, que dormitaba en el banco, completamente
ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno sueño, abría los brazos, empezaba a
castañetear los dedos, mientras movía el busto sin levantarse de su asiento, y
comenzaba a canturrear una burda tonadilla, haciendo esfuerzos para recordar
las palabras.
Durante un año entero acaricié a mi mujer...
Duran...te un año entero a...ca...ricié a mi mu...jer.
O:
En la Podiatcheskaia [L4]
me he vuelto a encontrar con mi antigua...
Pero
nadie daba muestras de compartir su buen humor. Su taciturno compañero
observaba estas explosiones de alegría con gesto desconfiado y casi hostil.
El
tercer cliente tenía la apariencia de un funcionario retirado. Estaba sentado
aparte, ante un vaso que se llevaba de vez en cuando a la boca, mientras
lanzaba una mirada en torno de él. También este hombre parecía presa de cierta
agitación interna.
II
Raskolnikof
no estaba acostumbrado al trato con la gente y, como ya hemos dicho últimamente
incluso huía de sus semejantes. Pero ahora se sintió de pronto atraído hacia
ellos. En su ánimo acababa de producirse una especie de revolución.
Experimentaba la necesidad de ver seres humanos. Estaba tan hastiado de las
angustias y la sombría exaltación de aquel largo mes que acababa de vivir en la
más completa soledad, que sentía la necesidad de tonificarse en otro mundo,
cualquiera que fuese y aunque sólo fuera por unos instantes. Por eso estaba a
gusto en aquella taberna, a pesar de la suciedad que en ella reinaba. El
tabernero estaba en otra dependencia, pero hacía frecuentes apariciones en la
sala. Cuando bajaba los escalones, eran sus botas, sus elegantes botas bien
lustradas y con anchas vueltas rojas, lo que primero se veía. Llevaba una blusa
y un chaleco de satén negro lleno de mugre, e iba sin corbata. Su rostro
parecía tan cubierto de aceite como un candado. Un muchacho de catorce años
estaba sentado detrás del mostrador; otro más joven aún servía a los clientes.
Trozos de cohombro, panecillos negros y rodajas de pescado se exhibían en una
vitrina que despedía un olor infecto. El calor era insoportable. La atmósfera
estaba tan cargada de vapores de alcohol, que daba la impresión de poder
embriagar a un hombre en cinco minutos.
A
veces nos ocurre que personas a las que no conocemos nos inspiran un interés
súbito cuando las vemos por primera vez, incluso antes de cruzar una palabra
con ellas. Esta impresión produjo en Raskolnikof el cliente que permanecía
aparte y que tenía aspecto de funcionario retirado. Algún tiempo después, cada
vez que se acordaba de esta primera impresión, Raskolnikof la atribuía a una
especie de presentimiento. Él no quitaba ojo al supuesto funcionario, y éste no
sólo no cesaba de mirarle, sino que parecía ansioso de entablar conversación
con él. A las demás personas que estaban en la taberna, sin excluir al
tabernero, las miraba con un gesto de desagrado, con una especie de altivo desdén,
como a personas que considerase de una esfera y de una educación demasiado
inferiores para que mereciesen que él les dirigiera la palabra.
Era
un hombre que había rebasado los cincuenta, robusto y de talla media. Sus
escasos y grises cabellos coronaban un rostro de un amarillo verdoso, hinchado
por el alcohol. Entre sus abultados párpados fulguraban dos ojillos
encarnizados pero llenos de vivacidad. Lo que más asombraba de aquella
fisonomía era la vehemencia que expresaba ‑y acaso también cierta finura
y un resplandor de inteligencia‑, pero por su mirada pasaban relámpagos
de locura. Llevaba un viejo y desgarrado frac, del que sólo quedaba un botón,
que mantenía abrochado, sin duda con el deseo de guardar las formas. Un chaleco
de nanquín dejaba ver un plastrón ajado y lleno de manchas. No llevaba barba,
esa barba característica del funcionario, pero no se había afeitado hacía
tiempo, y una capa de pelo recio y azulado invadía su mentón y sus carrillos.
Sus ademanes tenían una gravedad burocrática, pero parecía profundamente
agitado. Con los codos apoyados en la grasienta mesa, introducía los dedos en
su cabello, lo despeinaba y se oprimía la cabeza con ambas manos, dando
visibles muestras de angustia. Al fin miró a Raskolnikof directamente y dijo,
en voz alta y firme:
‑Señor:
¿puedo permitirme dirigirme a usted para conversar en buena forma? A pesar de
la sencillez de su aspecto, mi experiencia me induce a ver en usted un hombre
culto y no uno de esos individuos que van de taberna en taberna. Yo he respetado
siempre la cultura unida a las cualidades del corazón. Soy consejero titular[L5]:
Marmeladof, consejero titular. ¿Puedo preguntarle si también usted pertenece a
la administración del Estado?
‑No:
estoy estudiando ‑repuso el joven, un tanto sorprendido por aquel
lenguaje ampuloso y también al verse abordado tan directamente, tan a
quemarropa, por un desconocido. A pesar de sus recientes deseos de compañía
humana, fuera cual fuere, a la primera palabra que Marmeladof le había dirigido
había experimentado su habitual y desagradable sentimiento de irritación y
repugnancia hacia toda persona extraña que intentaba ponerse en relación con
él.
‑Es
decir, que es usted estudiante, o tal vez lo ha sido ‑exclamó
vivamente el funcionario‑. Exactamente lo que me había figurado. He aquí
el resultado de mi experiencia, señor, de mi larga experiencia.
Se
llevó la mano a la frente con un gesto de alabanza para sus prendas
intelectuales.
‑Usted
es hombre de estudios... Pero permítame...
Se
levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a sentarse al lado del joven. Aunque
embriagado, hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de vez en cuando se le
trababa la lengua y decía cosas incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente
sobre Raskolnikof, cualquiera habría dicho que también él llevaba un mes sin
desplegar los labios.
‑Señor
‑siguió diciendo en tono solemne‑, la pobreza no es un vicio: esto
es una verdad incuestionable. Pero también es cierto que la embriaguez no es
una virtud, cosa que lamento. Ahora bien, señor; la miseria sí que es un vicio.
En la pobreza, uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la
indigencia, nadie puede conservar nada noble. Con el indigente no se emplea el
bastón, sino la escoba, pues así se le humilla más, para arrojarlo de la
sociedad humana. Y esto es justo, porque el indigente se ultraja a sí mismo. He
aquí el origen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el señor Lebeziatnikof
golpeó a mi mujer, y mi mujer, señor, no es como yo en modo alguno. ¿Comprende?
Permítame hacerle una pregunta. Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna
noche en el Neva, en una barca de heno?
‑No,
nunca me he visto en un trance así ‑repuso Raskolnikof.
‑Pues
bien, yo sí que me he visto. Ya llevo cinco noches durmiendo en el Neva.
Llenó
su vaso, lo vació y quedó en una actitud soñadora. En efecto, briznas de heno
se veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en sus cabellos. A juzgar por las
apariencias, no se había desnudado ni lavado desde hacía cinco días. Sus manos,
gruesas, rojas, de uñas negras, estaban cargadas de suciedad. Todos los
presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia. Los chicos se reían
detrás del mostrador. El tabernero había bajado expresamente para oír a aquel
tipo. Se sentó un poco aparte, bostezando con indolencia, pero con aire de
persona importante. Al parecer, Marmeladof era muy conocido en la casa. Ello se
debía, sin duda, a su costumbre de trabar conversación con cualquier
desconocido que encontraba en la taberna, hábito que se convierte en verdadera
necesidad, especialmente en los alcohólicos que se ven juzgados severamente, e
incluso maltratados, en su propia casa. Así, tratan de justificarse ante sus
compañeros de orgía y, de paso, atraerse su consideración.
‑Pero
di, so fantoche ‑exclamó el patrón, con voz potente‑. ¿Por qué no
trabajas? Si eres funcionario, ¿por qué no estás en una oficina del Estado?
‑¿Que
por qué no estoy en una oficina, señor?‑dijo Marmeladof, dirigiéndose a
Raskolnikof, como si la pregunta la hubiera hecho éste‑ ¿Dice usted que
por qué no trabajo en una oficina? ¿Cree usted que esta impotencia no es un
sufrimiento para mí? ¿Cree usted que no sufrí cuando el señor Lebeziatnikof
golpeó a mi mujer el mes pasado, en un momento en que yo estaba borracho
perdido? Dígame, joven: ¿no se ha visto usted en el caso... en el caso de tener
que pedir un préstamo sin esperanza?
‑Sí...
Pero ¿qué quiere usted decir con eso de «sin esperanza»?
‑Pues,
al decir «sin esperanza», quiero decir «sabiendo que va uno a un fracaso». Por
ejemplo, usted está convencido por anticipado de que cierto señor, un ciudadano
íntegro y útil a su país, no le prestará dinero nunca y por nada del mundo...
¿Por qué se lo ha de prestar, dígame? El sabe perfectamente que yo no se lo
devolvería jamás. ¿Por compasión? El señor Lebeziatnikof, que está siempre al
corriente de las ideas nuevas, decía el otro día que la compasión está vedada a
los hombres incluso para la ciencia, y que así ocurre en Inglaterra, donde
impera la economía política. ¿Cómo es posible, dígame, que este hombre me
preste dinero? Pues bien, aun sabiendo que no se le puede sacar nada, uno se
pone en camino y...
‑Pero
¿por qué se pone en camino? ‑le
interrumpió Raskolnikof.
‑Porque
uno no tiene adónde ir, ni a nadie a quien dirigirse. Todos los hombres
necesitan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega un momento en que uno siente
la necesidad de ir a alguna parte, a cualquier parte. Por eso, cuando mi hija
única fue por primera vez a la policía para inscribirse, yo la acompañé...
(porque mi hija está registrada como...) ‑añadió entre paréntesis,
mirando al joven con expresión un tanto inquieta‑. Eso no me importa,
señor ‑se apresuró a decir cuando los dos muchachos se echaron a reír
detrás del mostrador, e incluso el tabernero no pudo menos de sonreír‑.
Eso no me importa. Los gestos de desaprobación no pueden turbarme, pues esto lo
sabe todo el mundo, y no hay misterio que no acabe por descubrirse. Y yo miro
estas cosas no con desprecio, sino con resignación... ¡Sea, sea, pues! Ecce
Homo. Óigame, joven: ¿podría usted...? No, hay que buscar otra expresión más
fuerte, más significativa. ¿Se atrevería usted a afirmar, mirándome a los ojos,
que no soy un puerco?
El
joven no contestó.
‑Bien
‑dijo el orador, y esperó con un aire sosegado y digno el fin de las
risas que acababan de estallar nuevamente‑. Bien, yo soy un puerco y ella
una dama. Yo parezco una bestia, y Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona
bien educada, hija de un oficial superior. Demos por sentado que yo soy un
granuja y que ella posee un gran corazón, sentimientos elevados y una educación
perfecta. Sin embargo... ¡Ah, si ella se hubiera compadecido de mí! Y es que
los hombres tenemos necesidad de ser compadecidos por alguien. Pues bien,
Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es injusta..., aunque yo
comprendo perfectamente que cuando me tira del pelo lo hace por mi bien. Te
repito sin vergüenza, joven; ella me tira del pelo ‑insistió en un tono
más digno aún, al oír nuevas risas‑. ¡Ah, Dios mío! Si ella, solamente
una vez... Pero, ¡bah!, vanas palabras... No hablemos más de esto... Pues es lo
cierto que mi deseo se ha visto satisfecho más de una vez; sí, más de una vez
me han compadecido. Pero mi carácter... Soy un bruto rematado.
‑De
acuerdo ‑observó el tabernero, bostezando.
Marmeladof
dio un fuerte puñetazo en la mesa.
‑Sí,
un bruto... Sepa usted, señor, que me he bebido hasta sus medias. No los
zapatos, entiéndame, pues, en medio de todo, esto sería una cosa en cierto modo
natural; no los zapatos, sino las medias. Y también me he bebido su esclavina
de piel de cabra, que era de su propiedad, pues se la habían regalado antes de
nuestro casamiento. Entonces vivíamos en un helado cuchitril. Es invierno; ella
se enfría; empieza a toser y a escupir sangre. Tenemos tres niños pequeños, y
Catalina Ivanovna trabaja de sol a sol. Friega, lava la ropa, lava a los niños.
Está acostumbrada a la limpieza desde su más tierna infancia... Todo esto con
un pecho delicado, con una predisposición a la tisis. Yo lo siento de veras.
¿Creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más,
para sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.
Inclinó
la cabeza con un gesto de desesperación.
‑Joven
‑continuó mientras volvía a erguirse‑, creo leer en su semblante la
expresión de un dolor. Apenas le he visto entrar, he tenido esta impresión. Por
eso le he dirigido la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para
divertir a estos ociosos, que, además, ya la conocen, sino porque deseo que me
escuche un hombre instruido. Sepa usted, pues, que mi esposa se educó en un
pensionado aristocrático provincial, y que el día en que salió bailó la danza
del chal ante el gobernador de la provincia y otras altas personalidades. Fue
premiada con una medalla de oro y un diploma. La medalla... se vendió hace
tiempo. En cuanto al diploma, mi esposa lo tiene guardado en su baúl.
Últimamente se lo enseñaba a nuestra patrona. Aunque estaba a matar con esta
mujer, lo hacía porque experimentaba la necesidad de vanagloriarse ante alguien
de sus éxitos pasados y de evocar sus tiempos felices. Yo no se lo censuro,
pues lo único que tiene son estos recuerdos: todo lo demás se ha desvanecido...
Sí, es una dama enérgica, orgullosa, intratable. Se friega ella misma el suelo
y come pan negro, pero no toleraría de nadie la menor falta de respeto. Aquí
tiene usted explicado por qué no consintió las groserías de Lebeziatnikof; y
cuando éste, para vengarse, le pegó ella tuvo que guardar cama, no a causa de
los golpes recibidos, sino por razones de orden sentimental. Cuando me casé con
ella, era viuda y tenía tres hijos de corta edad. Su primer matrimonio había
sido de amor. El marido era un oficial de infantería con el que huyó de la casa
paterna. Catalina adoraba a su marido, pero él se entregó al juego, tuvo
asuntos con la justicia y murió. En los últimos tiempos, él le pegaba. Ella no
se lo perdonó, lo sé positivamente; sin embargo, incluso ahora llora cuando lo
recuerda, y establece entre él y yo comparaciones nada halagadoras para mi amor
propio; pero yo la dejo, porque así ella se imagina, al menos, que ha sido
algún día feliz. Después de la muerte de su marido, quedó sola con sus tres
hijitos en una región lejana y salvaje, donde yo me encontraba entonces. Vivía
en una miseria tan espantosa, que yo, que he visto los cuadros más tristes, no
me siento capaz de describirla. Todos sus parientes la habían abandonado. Era
orgullosa, demasiado orgullosa. Fue entonces, señor, entonces, como ya le he
dicho, cuando yo, viudo también y con una hija de catorce años, le ofrecí mi
mano, pues no podía verla sufrir de aquel modo. El hecho de que siendo una
mujer instruida y de una familia excelente aceptara casarse conmigo, le
permitirá comprender a qué extremo llegaba su miseria. Aceptó llorando,
sollozando, retorciéndose las manos; pero aceptó. Y es que no tenía adónde ir.
¿Se da usted cuenta, señor, se da usted cuenta exacta de lo que significa no
tener dónde ir? No, usted no lo puede comprender todavía... Durante un año
entero cumplí con mi deber honestamente, santamente, sin probar eso ‑y
señalaba con el dedo la media botella que tenía delante‑, pues yo soy un
hombre de sentimientos. Pero no conseguí atraérmela. Entre tanto, quedé
cesante, no por culpa mía, sino a causa de ciertos cambios burocráticos.
Entonces me entregué a la bebida... Ya hace año y medio que, tras mil
sinsabores y peregrinaciones continuas, nos instalamos en esta capital
magnífica, embellecida por incontables monumentos. Aquí encontré un empleo,
pero pronto lo perdí. ¿Comprende, señor? Esta vez fui yo el culpable: ya me dominaba
el vicio de la bebida. Ahora vivimos en un rincón que nos tiene alquilado
Amalia Ivanovna Lipevechsel. Pero ¿cómo vivimos, cómo pagamos el alquiler? Eso
lo ignoro. En la casa hay otros muchos inquilinos: aquello es un verdadero
infierno. Entre tanto, la hija que tuve de mi primera mujer ha crecido. En
cuanto a lo que su madrastra la ha hecho sufrir, prefiero pasarlo por alto.
Pues Catalina Ivanovna, a pesar de sus sentimientos magnánimos, es una mujer
irascible e incapaz de contener sus impulsos... Sí, así es. Pero ¿a qué
mencionar estas cosas? Ya comprenderá usted que Sonia no ha recibido una
educación esmerada. Hace muchos años intenté enseñarle geografía e historia
universal, pero como yo no estaba muy fuerte en estas materias y, además, no
teníamos buenos libros, pues los libros que hubiéramos podido tener...,
pues..., ¡bueno, ya no los teníamos!, se acabaron las lecciones. Nos quedamos
en Ciro, rey de los persas. Después leyó algunas novelas, y últimamente
Lebeziatnikof le prestó La Fisiología, de Lewis. Conoce usted esta obra,
¿verdad? A ella le pareció muy interesante, e incluso nos leyó algunos pasajes
en voz alta. A esto se reduce su cultura intelectual. Ahora, señor, me dirijo a
usted, por mi propia iniciativa, para hacerle una pregunta de orden privado.
Una muchacha pobre pero honesta, ¿puede ganarse bien la vida con un trabajo
honesto? No ganará ni quince kopeks al día, señor mío, y eso trabajando hasta
la extenuación, si es honesta y no posee ningún talento. Hay más: el consejero
de Estado Klopstock Iván Ivanovitch..., ¿ha oído usted hablar de él...?, no
solamente no ha pagado a Sonia media docena de camisas de Holanda que le
encargó, sino que la despidió ferozmente con el pretexto de que le había tomado
mal las medidas y el cuello le quedaba torcido.
»Y
los niños, hambrientos...
»Catalina
Ivanovna va y viene por la habitación, retorciéndose las manos, las mejillas
teñidas de manchas rojas, como es propio de la enfermedad que padece. Exclama:
»‑En
esta casa comes, bebes, estás bien abrigado, y lo único que haces es
holgazanear.
»Y
yo le pregunto: ¿qué podía beber ni comer, cuando incluso los niños llevaban
más de tres días sin probar bocado? En aquel momento, yo estaba acostado y, no
me importa decirlo, borracho. Pude oír una de las respuestas que mi hija
(tímida, voz dulce, rubia, delgada, pálida carita) daba a su madrastra.
»‑Yo
no puedo hacer eso, Catalina Ivanovna.
»Ha
de saber que Daría Frantzevna, una mala mujer a la que la policía conoce
perfectamente, había venido tres veces a hacerle proposiciones por medio de la
dueña de la casa.
»‑Yo
no puedo hacer eso ‑repitió, remedándola, Catalina Ivanovna‑. ¡Vaya
un tesoro para que lo guardes con tanto cuidado!
»Pero
no la acuse, señor. No se daba cuenta del alcance de sus palabras. Estaba
trastornada, enferma. Oía los gritos de los niños hambrientos y, además, su
deseo era mortificar a Sonia, no inducirla... Catalina Ivanovna es así. Cuando
oye llorar a los niños, aunque sea de hambre, se irrita y les pega.
»Eran
cerca de las cinco cuando, de pronto, vi que Sonetchka se levantaba, se ponía
un pañuelo en la cabeza, cogía un chal y salía de la habitación. Eran más de
las ocho cuando regresó. Entró, se fue derecha a Catalina Ivanovna y, sin
desplegar los labios, depositó ante ella, en la mesa, treinta rublos. No
pronunció ni una palabra, ¿sabe usted?, no miró a nadie; se limitó a coger
nuestro gran chal de paño verde (tenemos un gran chal de paño verde que es
propiedad común), a cubrirse con él la cabeza y el rostro y a echarse en la
cama, de cara a la pared. Leves estremecimientos recorrían sus frágiles hombros
y todo su cuerpo... Y yo seguía acostado, ebrio todavía. De pronto, joven, de
pronto vi que Catalina Ivanovna, también en silencio, se acercaba a la cama de
Sonetchka. Le besó los pies, los abrazó y así pasó toda la noche, sin querer
levantarse. Al fin se durmieron, las dos, las dos se durmieron juntas,
enlazadas... Ahí tiene usted... Y yo... yo estaba borracho.
Marmeladof
se detuvo como si se hubiese quedado sin voz. Tras una pausa, llenó el vaso
súbitamente, lo vació y continuó su relato.
‑Desde
entonces, señor, a causa del desgraciado hecho que le acabo de referir, y por
efecto de una denuncia procedente de personas malvadas (Daría Frantzevna ha
tomado parte activa en ello, pues dice que la hemos engañado), desde entonces,
mi hija Sonia Simonovna figura en el registro de la policía y se ha visto
obligada a dejarnos. La dueña de la casa, Amalia Feodorovna[L6],
no hubiera tolerado su presencia, puesto que ayudaba a Daría Frantzevna en sus
manejos. Y en lo que concierne al señor Lebeziatnikof..., pues... sólo le diré
que su incidente con Catalina Ivanovna se produjo a causa de Sonia. Al
principio no cesaba de perseguir a Sonetchka. DespUés, de repente, salió a
relucir su amor propio herido. «Un hombre de mi condición no puede vivir en la
misma casa que una mujer de esa especie.» Catalina Ivanovna salió entonces en
defensa de Sonia, y la cosa acabó como usted sabe. Ahora Sonia suele venir a
vernos al atardecer y trae algún dinero a Catalina Ivanovna. Tiene alquilada
una habitación en casa del sastre Kapernaumof. Este hombre es cojo y tartamudo,
y toda su numerosa familia tartamudea... Su mujer es tan tartamuda como él.
Toda la familia vive amontonada en una habitación, y la de Sonia está separada
de ésta por un tabique... ¡Gente miserable y tartamuda...! Una mañana me
levanto, me pongo mis harapos, levanto los brazos al cielo y voy a visitar a su
excelencia Iván Afanassievitch. ¿Conoce usted a su excelencia Iván
Afanassievitch? ¿No? Entonces no conoce usted al santo más santo. Es un cirio,
un cirio que se funde ante la imagen del Señor... Sus ojos estaban llenos de
lágrimas después de escuchar mi relato desde el principio hasta el fin.
»‑Bien,
Marmeladof ‑me dijo‑. Has defraudado una vez las esperanzas que
había depositado en ti. Voy a tomarte de nuevo bajo mi protección.
ȃstas
fueron sus palabras.
»‑Procura
no olvidarlo ‑añadió‑. Puedes retirarte.
»Yo
besé el polvo de sus botas..., pero sólo mentalmente, pues él, alto funcionario
y hombre imbuido de ideas modernas y esclarecidas, no me habría permitido que
se las besara de verdad. Volví a casa, y no puedo describirle el efecto que
produjo mi noticia de que iba a volver al servicio activo y a cobrar un sueldo.
Marmeladof
hizo una nueva pausa, profundamente conmovido. En ese momento invadió la
taberna un grupo de bebedores en los que ya había hecho efecto la bebida. En la
puerta del establecimiento resonaron las notas de un organillo, y una voz de
niño, frágil y trémula, entonó la Petite Ferme[L7].
La sala se llenó de ruidos. El tabernero y los dos muchachos acudieron
presurosos a servir a los recién llegados. Marmeladof continuó su relato sin
prestarles atención. Parecía muy débil, pero, a medida que crecía su
embriaguez, se iba mostrando más expansivo. El recuerdo de su último éxito, el
nuevo empleo que había conseguido, le había reanimado y daba a su semblante una
especie de resplandor. Raskolnikof le escuchaba atentamente.
‑De
esto hace cinco semanas. Pues sí, cuando Catalina Ivanovna y Sonetchka se
enteraron de lo de mi empleo, me sentí como transportado al paraíso. Antes,
cuando tenía que permanecer acostado, se me miraba como a una bestia y no oía
más que injurias; ahora andaban de puntillas y hacían callar a los niños.
«¡Silencio! Simón Zaharevitch ha trabajado mucho y está cansado. Hay que
dejarlo descansar.» Me daban café antes de salir para el despacho, e incluso
nata. Compraban nata de verdad, ¿sabe usted? lo que no comprendo es de dónde
pudieron sacar los once rublos y medio que se gastaron en aprovisionar mi
guardarropa. Botas, soberbios puños, todo un uniforme en perfecto estado, por
once rublos y cincuenta kopeks. En mi primera jornada de trabajo, al volver a
casa al mediodía, ¿qué es lo que vieron mis ojos? Catalina Ivanovna había
preparado dos platos: sopa y lechón en salsa, manjar del que ni siquiera
teníamos idea. Vestidos no tiene, ni siquiera uno. Sin embargo, se había
compuesto como para ir de visita. Aun no teniendo ropa, se había arreglado.
Ellas saben arreglarse con nada. Un peinado gracioso, un cuello blanco y muy
limpio, unos puños, y parecía otra; estaba más joven y más bonita. Sonetchka,
mi paloma, sólo pensaba en ayudarnos con su dinero, pero nos dijo: «Me parece
que ahora no es conveniente qué os venga a ver con frecuencia. Vendré alguna
vez de noche, cuando nadie pueda verme.» ¿Comprende, comprende usted? Después
de comer me fui a acostar, y entonces Catalina Ivanovna no pudo contenerse.
Hacía apenas una semana había tenido una violenta disputa con Amalia Ivanovna,
la dueña de la casa; sin embargo, la invitó a tomar café. Estuvieron dos horas
charlando en voz baja.
»‑Simón
Zaharevitch ‑dijo Catalina Ivanovna‑ tiene ahora un empleo y recibe
un sueldo. Se ha presentado a su excelencia, y su excelencia ha salido de su
despacho, ha tendido la mano a Simón Zaharevitch, ha dicho a todos los demás
que esperasen y lo ha hecho pasar delante de todos. ¿Comprende, comprende
usted? "Naturalmente ‑le ha dicho su excelencia‑, me acuerdo
de sus servicios, Simón Zaharevitch, y, aunque usted no se portó como es
debido, su promesa de no reincidir y, por otra parte, el hecho de que aquí ha
ido todo mal durante su ausencia (¿se da usted cuenta de lo que esto
significa?), me induce a creer en su palabra."
»Huelga
decir ‑continuó Marmeladof‑ que todo esto lo inventó mi mujer, pero
no por ligereza, ni para darse importancia. Es que ella misma lo creía y se
consolaba con sus propias invenciones, palabra de honor. Yo no se lo reprocho,
no se lo puedo reprochar. Y cuando, hace seis días, le entregué íntegro mi primer
sueldo, veintitrés rublos y cuarenta kopeks, me llamó cariñito. "¡Cariñito
mío!", me dijo, y tuvimos un íntimo coloquio, ¿comprende? Y dígame, se lo
ruego: ¿qué encanto puedo tener yo y qué papel puedo hacer como esposo? Sin
embargo, ella me pellizcó la cara y me llamó cariñito.
Marmeladof
se detuvo. Intentó sonreír, pero su barbilla empezó a temblar. Sin embargo,
logró contenerse. Aquella taberna, aquel rostro de hombre acabado, las cinco
noches pasadas en las barcas de heno, aquella botella y, unido a esto, la
ternura enfermiza de aquel hombre por su esposa y su familia, tenían perplejo a
su interlocutor. Raskolnikof estaba pendiente de sus labios, pero experimentaba
una sensación penosa y se arrepentía de haber entrado en aquel lugar.
‑¡Ah,
señor, mi querido señor! ‑exclamó Marmeladof, algo repuesto‑. Tal
vez a usted le parezca todo esto tan cómico como a todos los demás; tal vez le
esté fastidiando con todos estos pequeños detalles, miserables y estúpidos, de
mi vida doméstica. Pero le aseguro que yo no tengo ganas de reír, pues siento
todo esto. Todo aquel día inolvidable y toda aquella noche estuve urdiendo en
mi mente los sueños más fantásticos: soñaba en cómo reorganizaría nuestra vida,
en los vestidos que pondrían a los niños, en la tranquilidad que iba a tener mi
esposa, en que arrancaría a mi hija de la vida de oprobio que llevaba y la
restituiría al seno de la familia... Y todavía soñé muchas cosas más... Pero he
aquí, caballero ‑y Marmeladof se estremeció de súbito, levantó la cabeza
y miró fijamente a su interlocutor‑, he aquí que al mismo día siguiente a
aquel en que acaricié todos estos sueños (de esto hace exactamente cinco días),
por la noche, inventé una mentira y, como un ladrón nocturno, robé la llave del
baúl de Catalina Ivanovna y me apoderé del resto del dinero que le había
entregado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo. Pero... ¡miradme todos! Hace cinco
días que no he puesto los pies en mi casa, y los míos me buscan, y he perdido
mi empleo. El uniforme lo cambié por este traje en una taberna del puente de
Egipto. Todo ha terminado.
Se
dio un puñetazo en la cabeza, apretó los dientes, cerró los ojos y se acodó en
la mesa pesadamente. Poco después, su semblante se transformó y, mirando a
Raskolnikof con una especie de malicia intencionada, de cinismo fingido, se
echó a reír y exclamó:
‑Hoy
he estado en casa de Sonia. He ido a pedirle dinero para beber.¡Ja, ja, ja!
‑¿Y
ella te lo ha dado? ‑preguntó uno de los que habían entrado últimamente,
echándose también a reír.
‑Esta
media botella que ve usted aquí está pagada con su dinero ‑continuó
Marmeladof, dirigiéndose exclusivamente a Raskolnikof‑. Me ha dado
treinta kopeks, los últimos, todo lo que tenía: lo he visto con mis propios
ojos. Ella no me ha dicho nada; se ha limitado a mirarme en silencio... Ha sido
una mirada que no pertenecía a la tierra, sino al cielo. Sólo allá arriba se
puede sufrir así por los hombres y llorar por ellos sin condenarlos. Sí, sin
condenarlos... Pero es todavía más amargo que no se nos condene. Treinta
kopeks... ¿Acaso ella no los necesita? ¿No le parece a usted, mi querido señor,
que ella ha de conservar una limpieza atrayente? Esta limpieza cuesta dinero;
es una limpieza especial. ¿No le parece? Hacen falta cremas, enaguas
almidonadas, elegantes zapatos que embellezcan el pie en el momento de saltar
sobre un charco. ¿Comprende, comprende usted la importancia de esta limpieza?
Pues bien; he aquí que yo, su propio padre, le he arrancado los treinta kopeks
que tenía. Y me los bebo, ya me los he bebido. Dígame usted: ¿quién puede
apiadarse de un hombre como yo? Dígame, señor: ¿tiene usted piedad de mí o no
la tiene? Con franqueza, señor: ¿me compadece o no me compadece? ¡Ja, ja, ja!
Intentó
llenarse el vaso, pero la botella estaba vacía.
‑Pero
¿por qué te han de compadecer? ‑preguntó el tabernero, acercándose a
Marmeladof.
La
sala se llenó de risas mezcladas con insultos. Los primeros en reír e insultar
fueron los que escuchaban al funcionario. Los otros, los que no habían prestado
atención, les hicieron coro, pues les bastaba ver la cara del charlatán.
‑¿Compadecerme?
¿Por qué me han de compadecer? ‑bramó de pronto Marmeladof, levantándose,
abriendo los brazos con un gesto de exaltación, como si sólo esperase este
momento‑. ¿Por qué me han de compadecer?, me preguntas. Tienes razón: no
merezco que nadie me compadezca; lo que merezco es que me crucifiquen. ¡Sí, la
cruz, no la compasión...! ¡Crucifícame, juez! ¡Hazlo y, al crucificarme, ten
piedad del crucificado! Yo mismo me encaminaré al suplicio, pues tengo sed de
dolor y de lágrimas, no de alegría. ¿Crees acaso, comerciante, que la media
botella me ha proporcionado algún placer? Sólo dolor, dolor y lágrimas he
buscado en el fondo de este frasco... Sí, dolor y lágrimas... Y los he
encontrado, y los he saboreado. Pero nosotros no podemos recibir la piedad sino
de Aquel que ha sido piadoso con todos los hombres; de Aquel que todo lo
comprende, del único, de nuestro único Juez. Él vendrá el día del Juicio y
preguntará: «¿Dónde está esa joven que se ha sacrificado por una madrastra tísica
y cruel y por unos niños que no son sus hermanos? ¿Dónde está esa joven que ha
tenido piedad de su padre y no ha vuelto la cara con horror ante ese bebedor
despreciable?» Y dirá a Sonia: «Ven. Yo te perdoné..., te perdoné..., y ahora
te redimo de todos tus pecados, porque tú has amado mucho.» Sí, Él perdonará a
mi Sonia, El la perdonará, yo sé que Él la perdonará. Lo he sentido en mi
corazón hace unas horas, cuando estaba en su casa... Todos seremos juzgados por
Él, los buenos y los malos. Y nosotros oiremos también su verbo. Él nos dirá:
«Acercaos, acercaos también vosotros, los bebedores; acercaos, débiles y
desvergonzadas criaturas.» Y todos avanzaremos sin temor y nos detendremos ante
Él. Y Él dirá: «¡Sois unos cerdos, lleváis el sello de la bestia y como bestias
sois, pero venid conmigo también!» Entonces, los inteligentes y los austeros se
volverán hacia Él y exclamarán: «Señor, ¿por qué recibes a éstos?» Y Él
responderá: «Los recibo, ¡oh sabios!, los recibo, ¡oh personas sensatas!,
porque ninguno de ellos se ha considerado jamás digno de este favor.» Y Él nos
tenderá sus divinos brazos y nosotros nos arrojaremos en ellos, deshechos en
lágrimas..., y lo comprenderemos todo, entonces lo comprenderemos todo..., y
entonces todos comprenderán... También comprenderá Catalina Ivanovna... ¡Señor,
venga a nos el reino!
Se
dejó caer en un asiento, agotado, sin mirar a nadie, como si, en la profundidad
de su delirio, se hubiera olvidado de todo lo que le rodeaba.
Sus
palabras habían producido cierta impresión. Hubo unos instantes de silencio.
Pero pronto estallaron las risas y las invectivas.
‑¿Habéis
oído?
¡Viejo
chocho!
‑¡Burócrata!
Y
otras cosas parecidas.
‑¡Vámonos,
señor! ‑exclamó de súbito Marmeladof, levantando la cabeza y dirigiéndose
a Raskolnikof‑. Lléveme a mi casa... El edificio Kozel... Déjeme en el
patio... Ya es hora de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.
Hacía
un rato que Raskolnikof había pensado marcharse, otorgando a Marmeladof su
compañía y su sostén. Marmeladof tenía las piernas menos firmes que la voz y se
apoyaba pesadamente en el joven. Tenían que recorrer de doscientos a
trescientos pasos. La turbación y el temor del alcohólico iban en aumento a
medida que se acercaban a la casa.
‑No
es a Catalina Ivanovna a quien temo ‑balbuceaba, en medio de su inquietud‑.
No es la perspectiva de los tirones de pelo lo que me inquieta. ¿Qué es un
tirón de pelos? Nada absolutamente. No le quepa duda de que no es nada. Hasta
prefiero que me dé unos cuantos tirones. No, no es eso lo que temo. Lo que me
da miedo es su mirada..., sí, sus ojos... Y también las manchas rojas de sus
mejillas. Y su jadeo... ¿Ha observado cómo respiran estos enfermos cuando los
conmueve una emoción violenta...? También me inquieta la idea de que voy a
encontrar llorando a los niños, pues si Sonia no les ha dado de comer, no
sé..., yo no sé cómo habrán podido..., no sé, no sé... Pero los golpes no me
dan miedo... Le aseguro, señor, que los golpes no sólo no me hacen daño, sino
que me proporcionan un placer... No podría pasar sin ellos. Lo mejor es que me
pegue... Así se desahoga... Sí, prefiero que me pegue... Hemos llegado...
Edificio Kozel... Kozel es un cerrajero alemán, un hombre rico... Lléveme a mi
habitación.
Cruzaron
el patio y empezaron a subir hacia el cuarto piso. La escalera estaba cada vez
más oscura. Eran las once de la noche, y aunque en aquella época del año no
hubiera, por decirlo así, noche en Petersburgo, es lo cierto que la parte alta
de la escalera estaba sumida en la más profunda oscuridad.
La
ahumada puertecilla que daba al último rellano estaba abierta. Un cabo de vela
iluminaba una habitación miserable que medía unos diez pasos de longitud. Desde
el vestíbulo se la podía abarcar con una sola mirada. En ella reinaba el mayor
desorden. Por todas partes colgaban cosas, especialmente ropas de niño. Una
cortina agujereada ocultaba uno de los dos rincones más distantes de la puerta.
Sin duda, tras la cortina había una cama. En el resto de la habitación sólo se
veían dos sillas y un viejo sofá cubierto por un hule hecho jirones. Ante él
había una mesa de cocina, de madera blanca y no menos vieja.
Sobre
esta mesa, en una palmatoria de hierro, ardía el cabo de vela. Marmeladof
tenía, pues, alquilada una habitación. entera y no un simple rincón[L8],
pero comunicaba con otras habitaciones y era como un pasillo. La puerta que
daba a las habitaciones, mejor dicho, a las jaulas, del piso de Amalia
Lipevechsel, estaba entreabierta. Se oían voces y ruidos diversos. Las risas
estallaban a cada momento. Sin duda, había allí gente que jugaba a las cartas y
tomaba el té. A la habitación de Marmeladof llegaban a veces fragmentos de
frases groseras.
Raskolnikof
reconoció inmediatamente a Catalina Ivanovna. Era una mujer horriblemente
delgada, fina, alta y esbelta, con un cabello castaño, bello todavía. Como
había dicho Marmeladof, sus pómulos estaban cubiertos de manchas rojas. Con los
labios secos, la respiración rápida e irregular y oprimiéndose el pecho
convulsivamente con las manos, se paseaba por la habitación. En sus ojos había
un brillo de fiebre y su mirada tenía una dura fijeza. Aquel rostro trastornado
de tísica producía una penosa impresión a la luz vacilante y mortecina del cabo
de vela casi consumido.
Raskolnikof
calculó que tenía unos treinta años y que la edad de Marmeladof superaba
bastante a la de su mujer. Ella no advirtió la presencia de los dos hombres.
Parecía sumida en un estado de aturdimiento que le impedía ver y oír.
La
atmósfera de la habitación era irrespirable, pero la ventana estaba cerrada. De
la escalera llegaban olores nauseabundos, pero la puerta del piso estaba
abierta. En fin, la puerta interior, solamente entreabierta, dejaba pasar
espesas nubes de humo de tabaco que hacían toser a Catalina Ivanovna; pero ella
no se había preocupado de cerrar esta puerta.
El
hijo menor, una niña de seis años, dormía sentada en el suelo, con el cuerpo
torcido y la cabeza apoyada en el sofá. Su hermanito, que tenía un año más que
ella, lloraba en un rincón y los sollozos sacudían todo su cuerpo. Seguramente
su madre le acababa de pegar. La mayor, una niña de nueve años, alta y delgada
como una cerilla, llevaba una camisa llena de agujeros y, sobre los desnudos
hombros, una capa de paño, que sin duda le venía bien dos años atrás, pero que
ahora apenas le llegaba a las rodillas. Estaba al lado de su hermanito y le
rodeaba el cuello con su descarnado brazo. Al mismo tiempo, seguía a su madre
con una mirada temerosa de sus oscuros y grandes ojos, que parecían aún mayores
en su pequeña y enjuta carita.
Marmeladof
no entró en el piso: se arrodilló ante el umbral y empujó a Raskolnikof hacia
el interior. Catalina Ivanovna se detuvo distraídamente al ver ante ella a
aquel desconocido y, volviendo momentáneamente a la realidad, parecía
preguntarse: ¿Qué hace aquí este hombre? Pero sin duda se imaginó en seguida
que iba a atravesar la habitación para dirigirse a otra. Entonces fue a cerrar
la puerta de entrada y lanzó un grito al ver a su marido arrodillado en el
umbral.
‑¿Ya
estás aquí? ‑exclamó, furiosa‑. ¿Ya has vuelto? ¿Dónde está el
dinero? ¡Canalla, monstruo! ¿Qué te queda en los bolsillos? ¡Éste no es el
traje! ¿Qué has hecho de él? ¿Dónde está el dinero? ¡Habla!
Empezó
a registrarle ávidamente. Marmeladof abrió al punto los brazos, dócilmente,
para facilitar la tarea de buscar en sus bolsillos. No llevaba encima ni un
kopek.
‑¿Dónde
está el dinero? ‑siguió vociferando la mujer‑. ¡Señor! ¿Es posible
que se lo haya bebido todo? ¡Quedaban doce rublos en el baúl!
En
un arrebato de ira, cogió a su marido por los cabellos y le obligó a entrar a
fuerza de tirones. Marmeladof procuraba aminorar su esfuerzo arrastrándose
humildemente tras ella, de rodillas.
‑¡Es
un placer para mí, no un dolor! ¡Un placer, amigo mío! ‑exclamaba
mientras su mujer le tiraba del pelo y lo sacudía.
Al
fin su frente fue a dar contra el entarimado. La niña que dormía en el suelo se
despertó y rompió a llorar. El niño, de pie en su rincón, no pudo soportar la
escena: de nuevo empezó a temblar, a gritar, y se arrojó en brazos de su
hermana, convulso y aterrado. La niña mayor temblaba como una hoja.
‑¡Todo,
todo se lo ha bebido! ‑gritaba, desesperada, la pobre mujer‑. ¡Y
estas ropas no son las suyas! ¡Están hambrientos! ‑señalaba a los niños,
se retorcía los brazos‑. ¡Maldita vida!
De
pronto se encaró con Raskolnikof.
‑¿Y
a ti no te da vergüenza? ¡Vienes de la taberna! ¡Has bebido con él! ¡Fuera de
aquí!
El
joven, sin decir nada, se apresuró a marcharse. La puerta interior acababa de
abrirse e iban asomando caras cínicas y burlonas, bajo el gorro encasquetado y
con el cigarrillo o la pipa en la boca. Unos vestían batas caseras; otros,
ropas de verano ligeras hasta la indecencia. Algunos llevaban las cartas en la
mano. Se echaron a reír de buena gana al oír decir a Marmeladof que los tirones
de pelo eran para él una delicia. Algunos entraron en la habitación. Al fin se
oyó una voz silbante, de mal agüero. Era Amalia Ivanovna Lipevechsel en
persona, que se abrió paso entre los curiosos, para restablecer el orden a su
manera y apremiar por centésima vez a la desdichada mujer, brutalmente y con
palabras injuriosas, a dejar la habitación al mismo día siguiente.
Antes
de salir, Raskolnikof había tenido tiempo de Ilevarse la mano al bolsillo,
coger las monedas que le quedaban del rublo que había cambiado en la taberna y
dejarlo, sin que le viesen, en el alféizar de la ventana. Después, cuando
estuvo en la escalera, se arrepintió de su generosidad y estuvo a punto de
volver a subir.
«¡Qué
estupidez he cometido! ‑pensó‑. Ellos tienen a Sonia, y yo no tengo
quien me ayude.»
Luego
se dijo que ya no podía volver a recoger el dinero y que, aunque hubiese
podido, no lo habría hecho, y decidió volverse a casa.
«Sonia
necesita cremas ‑siguió diciéndose, con una risita sarcástica, mientras
iba por la calle‑. Es una limpieza que cuesta dinero. A lo mejor, Sonia
está ahora sin un kopek, pues esta caza de hombres, como la de los animales,
depende de la suerte. Sin mi dinero, tendrían que apretarse el cinturón. Lo
mismo les ocurre con Sonia. En ella han encontrado una verdadera mina. Y se
aprovechan... Sí, se aprovechan. Se han acostumbrado. Al principio derramaron
unas lagrimitas, pero después se acostumbraron. ¡Miseria humana! A todo se
acostumbra uno.»
Quedó
ensimismado. De pronto, involuntariamente, exclamó:
‑Pero
¿y si esto no es verdad? ¿Y si el hombre no es un ser miserable, o, por lo
menos, todos los hombres? Entonces habría que admitir que nos dominan los
prejuicios, los temores vanos, y que uno no debe detenerse ante nada ni ante
nadie. ¡Obrar: es lo que hay que hacer!
III
Al día
siguiente se despertó tarde, después de un sueño intranquilo que no le había
procurado descanso alguno. Se despertó de pésimo humor y paseó por su
buhardilla una mirada hostil. La habitación no tenía más de seis pasos de largo
y ofrecía el aspecto más miserable, con su papel amarillo y polvoriento,
despegado a trozos, y tan baja de techo, que un hombre que rebasara sólo en
unos centímetros la estatura media no habría estado allí a sus anchas, pues le
habría cohibido el temor de dar con la cabeza en el techo. Los muebles estaban
en armonía con el local. Consistían en tres sillas viejas, más o menos cojas;
una mesa pintada, que estaba en un rincón y sobre la cual se veían, como
tirados, algunos cuadernos y libros tan cubiertos de polvo que bastaba verlos
para deducir que no los habían tocado hacía mucho tiempo, y, en fin, un largo y
extraño diván que ocupaba casi toda la longitud y la mitad de la anchura de la
pieza y que estaba tapizado de una indiana hecha jirones. Éste era el lecho de
Raskolnikof, que solía acostarse completamente vestido y sin más mantas que su
vieja capa de estudiante. Como almohada utilizaba un pequeño cojín, bajo el
cual colocaba, para hacerlo un poco más alto, toda su ropa blanca, tanto la
limpia como la sucia. Ante el diván había una mesita.
No
era difícil imaginar una pobreza mayor y un mayor abandono; pero Raskolnikof,
dado su estado de espíritu, se sentía feliz en aquel antro. Se había aislado de
todo el mundo y vivía como una tortuga en su concha. La simple presencia de la
sirvienta de la casa, que de vez en cuando echaba a su habitación una ojeada,
le ponía fuera de sí. Así suele ocurrir a los enfermos mentales dominados por
ideas fijas.
Hacía
quince días que su patrona no le enviaba la comida, y ni siquiera le había
pasado por la imaginación ir a pedirle explicaciones, aunque se quedaba sin
comer. Nastasia, la cocinera y única sirvienta de la casa, estaba encantada con
la actitud del inquilino, cuya habitación había dejado de barrer y limpiar
hacía tiempo. Sólo por excepción entraba en la buhardilla a pasar la escoba.
Ella fue la que lo despertó aquella mañana.
‑¡Vamos!
¡Levántate ya! ‑le gritó‑. ¿Piensas pasarte la vida durmiendo? Son
ya las nueve... Te he traído té. ¿Quieres una taza? Pareces un muerto.
El
huésped abrió los ojos, se estremeció ligeramente y reconoció a la sirvienta.
‑¿Me
lo envía la patrona? ‑preguntó, incorporándose penosamente.
‑¿Cómo
se le ha ocurrido ese disparate?
Y
puso ante él una rajada tetera en la que quedaba todavía un poco de té, y dos
terrones de azúcar amarillento.
‑Oye,
Nastasia; hazme un favor ‑dijo Raskolnikof, sacando de un bolsillo un
puñado de calderilla, cosa que pudo hacer porque, como de costumbre, se había
acostado vestido‑. Toma y ve a comprarme un panecillo blanco y un poco de
salchichón del más barato.
‑El
panecillo blanco te lo traeré en seguida pero el salchichón... ¿No prefieres un
plato de chtchis[L9]?
Es de ayer y está riquísimo. Te lo guardé, pero viniste demasiado tarde.
Palabra que está muy bueno.
Cuando
trajo la sopa y Raskolnikof se puso a comer, Nastasia se sentó a su lado, en el
diván, y empezó a charlar. Era una campesina que hablaba por los codos y que
había llegado a la capital directamente de su aldea.
‑Praskovia
Pavlovna quiere denunciarte a la policía ‑dijo.
El
frunció las cejas.
‑¿A
la policía? ¿Por qué?
‑Porque
ni le pagas ni lo vas a hacer: la cosa no puede estar más clara.
‑Es
lo único que me faltaba ‑murmuró el joven, apretando los dientes‑.
En estos momentos, esa denuncia sería un trastorno para mí. ¡Esa mujer es
tonta! ‑añadió en voz alta‑. Hoy iré a hablar con ella.
‑Desde
luego, es tonta. Tanto como yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te
pasas el día echado así como un saco? Y no se sabe ni siquiera qué color tiene
el dinero. Dices que antes dabas lecciones a los niños. ¿Por qué ahora no haces
nada?
‑Hago
algo ‑replicó Raskolnikof secamente, como hablando a la fuerza.
‑¿Qué
es lo que haces?
‑Un
trabajo.
‑¿Qué
trabajo?
‑Medito
‑respondió el joven gravemente, tras un silencio.
Nastasia
empezó a retorcerse. Era un temperamento alegre y, cuando la hacían reír, se
retorcía en silencio, mientras todo su cuerpo era sacudido por las mudas
carcajadas.
‑¿Has
ganado mucho con tus meditaciones? ‑preguntó cuando al fin pudo hablar.
‑No
se pueden dar lecciones cuando no se tienen botas. Además, odio las lecciones:
de buena gana les escupiría.
‑No
escupas tanto: el salivazo podría caer sobre ti.
‑¡Para
lo que se paga por las lecciones! ¡Unos cuantos kopeks! ¿Qué haría yo con eso?
Seguía
hablando como a la fuerza y parecía responder a sus propios pensamientos.
‑Entonces,
¿pretendes ganar una fortuna de una vez?
Raskolnikof
le dirigió una mirada extraña.
‑Sí,
una fortuna ‑respondió firmemente tras una pausa.
‑Bueno,
bueno; no pongas esa cara tan terrible... ¿Y qué me dices del panecillo blanco?
¿Hay que ir a buscarlo, o no?
‑Haz
lo que quieras.
‑¡Ah,
se me olvidaba! Llegó una carta para ti cuando no estabas en casa.
‑¿Una
carta para mí? ¿De quién?
‑Eso
no lo sé. Lo que sé es que le di al cartero tres kopeks. Espero que me los
devolverás.
‑¡Tráela,
por el amor de Dios! ¡Trae esa carta! ‑exclamó Raskolnikof, profundamente
agitado‑. ¡Señor...! ¡Señor...!
Un
minuto después tenía la carta en la mano. Como había supuesto, era de su madre,
pues procedía del distrito de R. Estaba pálido. Hacía mucho tiempo que no había
recibido ninguna carta; pero la emoción que agitaba su corazón en aquel momento
obedecía a otra causa.
‑¡Vete,
Nastasia! ¡Vete, por el amor de Dios! Toma tus tres kopeks, pero vete en
seguida; te lo ruego.
La
carta temblaba en sus manos. No quería abrirla en presencia de la sirvienta;
deseaba quedarse solo para leerla. Cuando Nastasia salió, el joven se llevó el
sobre a sus labios y lo besó. Después estuvo unos momentos contemplando la
dirección y observando la caligrafía, aquella escritura fina y un poco
inclinada que tan familiar y querida le era; la letra de su madre, a la que él
mismo había enseñado a leer y escribir hacía tiempo. Retrasaba el momento de
abrirla: parecía experimentar cierto temor. Al fin rasgó el sobre. La carta era
larga. La letra, apretada, ocupaba dos grandes hojas de papel por los dos
lados.
«Mi
querido Rodia ‑decía la carta‑: hace ya dos meses que no te he
escrito y esto ha sido para mí tan penoso, que incluso me ha quitado el sueño
muchas noches. Perdóname este silencio involuntario. Ya sabes cuánto te quiero.
Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti; tú lo eres todo para nosotras: toda
nuestra esperanza, toda nuestra confianza en el porvenir. Sólo Dios sabe lo que
sentí cuando me dijiste que habías tenido que dejar la universidad hacía ya
varios meses por falta de dinero y que habías perdido las lecciones y no tenías
ningún medio de vida. ¿Cómo puedo ayudarte yo, con mis ciento veinte rublos
anuales de pensión? Los quince rublos que te envié hace cuatro meses, los pedí
prestados, con la garantía de mi pensión, a un comerciante de esta ciudad
Ilamado Vakruchine. Es una buena persona y fue amigo de tu padre; pero como yo
le había autorizado por escrito a cobrar por mi cuenta la pensión, tenía que
procurar devolverle el dinero, cosa que acabo de hacer. Ya sabes por qué no he
podido enviarte nada en estos últimos meses.
»Pero
ahora, gracias a Dios, creo que te podré mandar algo. Por otra parte, en estos
momentos no podemos quejarnos de nuestra suerte, por el motivo que me apresuro
a participarte. Ante todo, querido Rodia, tú no sabes que hace ya seis semanas
que tu hermana vive conmigo y que ya no tendremos que volver a separarnos.
Gracias a Dios, han terminado sus sufrimientos. Pero vayamos por orden: así
sabrás todo lo ocurrido, todo lo que hasta ahora te hemos ocultado.
»Cuando
hace dos meses me escribiste diciéndome que te habías enterado de que Dunia
había caído en desgracia en casa de los Svidrigailof, que la trataban
desconsideradamente, y me pedías que te lo explicara todo, no me pareció
conveniente hacerlo. Si te hubiese contado la verdad, lo habrías dejado todo
para venir, aunque hubieras tenido que hacer el mismo camino a pie, pues
conozco tu carácter y tus sentimientos y sé que no habrías consentido que insultaran
a tu hermana.
»Yo
estaba desesperada, pero ¿qué podía hacer? Por otra parte, yo no sabía toda la
verdad. El mal estaba en que Dunetchka, al entrar el año pasado en casa de los
Svidrigailof como institutriz, había pedido por adelantado la importante cantidad
de cien rublos, comprometiéndose a devolverlos con sus honorarios. Por lo
tanto, no podía dejar la plaza hasta haber saldado la deuda. Dunia (ahora ya
puedo explicártelo todo, mi querido Rodia) había pedido esta suma especialmente
para poder enviarte los sesenta rublos que entonces necesitabas con tanta
urgencia y que, efectivamente, te mandamos el año pasado. Entonces te engañamos
diciéndote que el dinero lo tenía ahorrado Dunia. No era verdad; la verdad es
la que te voy a contar ahora, en primer lugar porque nuestra suerte ha cambiado
de pronto por la voluntad de Dios, y también porque así tendrás una prueba de
lo mucho que te quiere tu hermana y de la grandeza de su corazón.
»El
señor Svidrigailof empezó por mostrarse grosero con ella, dirigiéndole toda
clase de burlas y expresiones molestas, sobre todo cuando estaban en la mesa...
Pero no quiero extenderme sobre estos desagradables detalles: no conseguiría
otra cosa que irritarte inútilmente, ahora que ya ha pasado todo.
»En
resumidas cuentas, que la vida de Dunetchka era un martirio, a pesar de que
recibía un trato amable y bondadoso de Marfa Petrovna, la esposa del señor
Svidrigailof, y de todas las personas de la casa. La situación de Dunia era aún
más penosa cuando el señor Svidrigailof bebía más de la cuenta, cediendo a los
hábitos adquiridos en el ejército.
»Y
esto fue poco comparado con lo que al fin supimos. Figúrate que Svidrigailof,
el muy insensato, sentía desde hacía tiempo por Dunia una pasión que ocultaba
bajo su actitud grosera y despectiva. Tal vez estaba avergonzado y atemorizado
ante la idea de alimentar, él, un hombre ya maduro, un padre de familia,
aquellas esperanzas licenciosas e involuntarias hacia Dunia; tal vez sus
groserías y sus sarcasmos no tenían más objeto que ocultar su pasión a los ojos
de su familia. Al fin no pudo contenerse y, con toda claridad, le hizo
proposiciones deshonestas. Le prometió cuanto puedas imaginarte, incluso
abandonar a los suyos y marcharse con ella a una ciudad lejana, o al extranjero
si lo prefería. Ya puedes suponer lo que esto significó para tu hermana. Dunia
no podía dejar su puesto, no sólo porque no había pagado su deuda, sino por
temor a que Marfa Petrovna sospechara la verdad, lo que habría introducido la
discordia en la familia. Además, incluso ella habría sufrido las consecuencias
del escándalo, pues demostrar la verdad no habría sido cosa fácil.
»Aún
había otras razones para que Dunia no pudiera dejar la casa hasta seis semanas
después. Ya conoces a Dunia, ya sabes que es una mujer inteligente y de
carácter firme. Puede soportar las peores situaciones y encontrar en su ánimo
la entereza necesaria para conservar la serenidad. Aunque nos escribíamos con
frecuencia, ella no me había dicho nada de todo esto para no apenarme. El
desenlace sobrevino inesperadamente. Marfa Petrovna sorprendió un día en el
jardín, por pura casualidad, a su marido en el momento en que acosaba a Dunia,
y lo interpretó todo al revés, achacando la culpa a tu hermana. A esto siguió
una violenta escena en el mismo jardín. Marfa Petrovna llegó incluso a golpear
a Dunia: no quiso escucharla y estuvo vociferando durante más de una hora. Al
fin la envió a mi casa en una simple carreta, a la que fueron arrojados en
desorden sus vestidos, su ropa blanca y todas sus cosas: ni siquiera le
permitió hacer el equipaje. Para colmo de desdichas, en aquel momento empezó a
diluviar, y Dunia, después de haber sufrido las más crueles afrentas, tuvo que
recorrer diecisiete verstas [L10]en
una carreta sin toldo y en compañía de un mujik. Dime ahora qué podía yo
contestar a tu carta, qué podía contarte de esta historia.
»Estaba
desesperada. No me atrevía a decirte la verdad, ya que con ello sólo habría
conseguido apenarte y desatar tu indignación. Además, ¿qué podías hacer tú?
Perderte: esto es lo único. Por otra parte, Dunetchka me lo había prohibido. En
cuanto a llenar una carta de palabras insulsas cuando mi alma estaba henchida
de dolor, no me sentía capaz de hacerlo.
»Desde
que se supo todo esto, fuimos el tema preferido por los murmuradores de la
ciudad, y la cosa duró un mes entero. No nos atrevíamos ni siquiera a ir a
cumplir con nuestros deberes religiosos, pues nuestra presencia era acogida con
cuchicheos, miradas desdeñosas e incluso comentarios en voz alta. Nuestros
amigos se apartaron de nosotras, nadie nos saludaba, e incluso sé de buena
tinta que un grupo de empleadillos proyectaba contra nosotras la mayor afrenta:
embadurnar con brea la puerta de nuestra casa[L11].
Por cierto que el casero nos había exigido que la desalojáramos.
»Y
todo por culpa de Marfa Petrovna, que se había apresurado a difamar a Dunia por
toda la ciudad. Venía casi a diario a esta población, en la que conoce a todo
el mundo. Es una charlatana que se complace en contar historias de familia ante
el primero que llega, y, sobre todo, en censurar a su marido públicamente, cosa
que no me parece ni medio bien. Así, no es extraño que le faltara el tiempo
para ir pregonando el caso de Dunia, no sólo por la ciudad, sino por toda la
comarca.
»Caí
enferma. Tu hermana fue más fuerte que yo. ¡Si hubieras visto la entereza con
que soportaba su desgracia y procuraba consolarme y darme ánimos! Es un
ángel...
»Pero
la misericordia divina ha puesto fin a nuestro infortunio.
»El
señor Svidrigailof ha recobrado la lucidez. Torturado por el remordimiento y
compadecido sin duda de la suerte de tu hermana, ha presentado a Marfa Petrovna
las pruebas más convincentes de la inocencia de Dunia: una carta que Dunetchka
le había escrito antes de que la esposa los sorprendiera en el jardín, para
evitar las explicaciones de palabra y demostrarle que no quería tener ninguna
entrevista con él. En esta carta, que quedó en poder del señor Svidrigailof al
salir de la casa Dunetchka, ésta le reprochaba vivamente y con sincera
indignación la vileza de su conducta para con Marfa Petrovna, le recordaba que
era un hombre casado y padre de familia y le hacía ver la indignidad que
cometía persiguiendo a una joven desgraciada e indefensa. En una palabra,
querido Rodia, que esta carta respira tal nobleza de sentimientos y está
escrita en términos tan conmovedores, que lloré cuando la leí, e incluso hoy no
puedo releerla sin derramar unas lágrimas. Además, Dunia pudo contar al fin con
el testimonio de los sirvientes, que sabían más de lo que el señor Svidrigailof
suponía.
»María
Petrovna quedó por segunda vez estupefacta, como herida por un rayo, según su
propia expresión, pero no dudó ni un momento de la inocencia de Dunia, y al día
siguiente, que era domingo, lo primero que hizo fue ir a la iglesia e implorar
a la Santa Virgen le diera fuerzas para soportar su nueva desgracia y cumplir
con su deber. Acto seguido vino a nuestra casa y nos refirió todo lo ocurrido,
llorando amargamente. En un arranque de remordimiento, se arrojó en los brazos
de Dunia y le suplicó que la perdonara. Después, sin pérdida de tiempo,
recorrió las casas de la ciudad, y en todas partes, entre sollozos y en los
términos más halagadores, rendía homenaje a la inocencia, a la nobleza de
sentimientos y a la integridad de la conducta de Dunia. No contenta con esto,
mostraba y leía a todo el mundo la carta escrita por Dunetchka al señor
Svidrigailof. E incluso dejaba sacar copias, cosa que me parece una
exageración. Recorrió las casas de todas sus amistades, en lo cual empleó
varios días. Ello dio lugar a que algunas de sus relaciones se molestaran al
ver que daba preferencia a otros, lo que consideraban una injusticia. Al fin se
determinó con toda exactitud el orden de las visitas, de modo que cada uno pudo
saber de antemano el día que le tocaba el turno. En toda la ciudad se sabía
dónde tenía que leer Marfa Petrovna la carta tal o cual día, y el vecindario
adquirió la costumbre de reunirse en la casa favorecida, sin excluir aquellas
familias que ya habían escuchado la lectura en su propio hogar y en el de otras
familias amigas. Yo creo que en todo esto hay mucha exageración, pero así es el
carácter de Marfa Petrovna. Por otra parte, es lo cierto que ella ha
rehabilitado por completo a Dunetchka. Toda la vergüenza de esta historia ha
caído sobre el señor Svidrigailof, a quien ella presenta como único culpable, y
tan inflexiblemente, que incluso siento compasión de él. A mi juicio, la gente
es demasiado severa con este insensato.
»Inmediatamente
llovieron sobre Dunia ofertas para dar lecciones, pero ella las ha rechazado
todas. Todo el mundo se ha apresurado a testimoniarle su consideración. Yo creo
que a esto hay que atribuir principalmente el acontecimiento inesperado que va
a cambiar, por decirlo así, nuestra vida. Has de saber, querido Rodia, que
Dunia ha recibido una solicitud de matrimonio y la ha aceptado, lo que me
apresuro a comunicarte. Aunque esto se ha hecho sin consultarte, espero que nos
perdonarás, pues ya comprenderás que no podíamos retrasar nuestra decisión
hasta que recibiéramos tu respuesta. Por otra parte, no habrías podido juzgar
con acierto las cosas desde tan lejos.
»He
aquí cómo ha ocurrido todo:
»El
prometido de tu hermana, Piotr Petrovitch Lujine, es consejero de los
Tribunales y pariente lejano de Marfa Petrovna. Por mediación de ella, y
después de intervenir activamente en este asunto, nos transmitió su deseo de
entablar conocimiento con nosotras. Le recibimos cortésmente, tomamos café y,
al día siguiente mismo, nos envió una carta en la que nos hacía su petición con
finas expresiones y solicitaba una respuesta rápida y categórica. Es un hombre
activo y que está siempre ocupadísimo. Ha de partir cuanto antes para
Petersburgo y debe aprovechar el tiempo.
»Al
principio, como comprenderás, nos quedamos atónitas, pues no esperábamos en modo
alguno una solicitud de esta índole, y tu hermana y yo nos pasamos el día
reflexionando sobre la cuestión. Es un hombre digno y bien situado. Presta
servicios en dos departamentos y posee una pequeña fortuna. Verdad es que tiene
ya cuarenta y cinco años, pero su presencia es tan agradable, que estoy segura
de que todavía gusta a las mujeres. Es austero y sosegado, aunque tal vez un
poco altivo. Pero es muy posible que esto último sea tan sólo una apariencia
engañosa.
»Ahora
una advertencia, querido Rodia: cuando lo veas en Petersburgo, cosa que
ocurrirá muy pronto, no te precipites a condenarlo duramente, siguiendo tu
costumbre, si ves en él algo que te disguste. Te digo esto en un exceso de
previsión, pues estoy segura de que producirá en ti una impresión favorable.
Por lo demás, para conocer a una persona, hay que verla y observarla
atentamente durante mucho tiempo, so pena de dejarte llevar de prejuicios y
cometer errores que después no se reparan fácilmente.
»Todo
induce a creer que Piotr Petrovitch es un hombre respetable a carta cabal. En
su primera visita nos dijo que era un espíritu realista, que compartía en
muchos puntos la opinión de las nuevas generaciones y que detestaba los
prejuicios. Habló de otras muchas cosas, pues parece un poco vanidoso y le
gusta que le escuchen, lo cual no es un crimen, ni mucho menos. Yo,
naturalmente, no comprendí sino una pequeña parte de sus comentarios, pero
Dunia me ha dicho que, aunque su instrucción es mediana, parece bueno e
inteligente. Ya conoces a tu hermana, Rodia: es una muchacha enérgica,
razonable, paciente y generosa, aunque posee (de esto estoy convencida) un
corazón apasionado. Indudablemente, el motivo de este matrimonio no es, por
ninguna de las dos partes, un gran amor; pero Dunia, además de inteligente, es
una mujer de corazón noble, un verdadero ángel, y se impondrá el deber de hacer
feliz a su marido, el cual, por su parte, procurará corresponderle, cosa que,
hasta el momento, no tenemos motivo para poner en duda, pese a que el
matrimonio, hay que confesarlo, se ha concretado con cierta precipitación. Por
otra parte, siendo él tan inteligente y perspicaz, comprenderá que su felicidad
conyugal dependerá de la que proporcione a Dunetchka.
»En
lo que concierne a ciertas disparidades de genio, de costumbres arraigadas, de
opiniones (cosas que se ven en los hogares más felices), Dunetchka me ha dicho
que está segura de que podrá evitar que ello sea motivo de discordia, que no
hay que inquietarse por tal cosa, pues ella se siente capaz de soportar todas las
pequeñas discrepancias, con tal que las relaciones matrimoniales sean sinceras
y justas. Además, las apariencias son engañosas muchas veces. A primera vista,
me ha parecido un tanto brusco y seco; pero esto puede proceder precisamente de
su rectitud y sólo de su rectitud.
»En
su segunda visita, cuando ya su petición había sido aceptada, nos dijo, en el
curso de la conversación, que antes de conocer a Dunia ya había resuelto
casarse con una muchacha honesta y pobre que tuviera experiencia de las
dificultades de la vida, pues considera que el marido no debe sentirse en
ningún caso deudor de la mujer y que, en cambio, es muy conveniente que ella
vea en él un bienhechor. Sin duda, no me expreso con la amabilidad y delicadeza
con que él se expresó, pues sólo he retenido la idea, no las palabras. Además,
habló sin premeditación alguna, dejándose llevar del calor de la conversación,
tanto, que él mismo trató después de suavizar el sentido de sus palabras. Sin
embargo, a mí me parecieron un tanto duras, y así se lo dije a Dunetchka; pero
ella me contestó con cierta irritación que una cosa es decir y otra hacer, lo
que sin duda es verdad. Dunia no pudo pegar ojo la noche que precedió a su
respuesta y, creyendo que yo estaba dormida, se levantó y estuvo varias horas paseando
por la habitación. Finalmente se arrodilló delante del icono y oró
fervorosamente. Por la mañana me dijo que ya había decidido lo que tenía que
hacer.
»Ya
te he dicho que Piotr Petrovitch se trasladará muy pronto a Petersburgo, adonde
le llaman intereses importantísimos, pues quiere establecerse allí como
abogado. Hace ya mucho tiempo que ejerce y acaba de ganar una causa importante.
Si ha de trasladarse inmediatamente a Petersburgo es porque ha de seguir
atendiendo en el senado a cierto trascendental asunto. Por todo esto, querido
Rodia, este señor será para ti sumamente útil, y Dunia y yo hemos pensado que
puedes comenzar en seguida tu carrera y considerar tu porvenir asegurado. ¡Oh,
si esto llegara a realizarse! Sería una felicidad tan grande, que sólo la
podríamos atribuir a un favor especial de la Providencia. Dunia sólo piensa en
esto. Ya hemos insinuado algo a Piotr Petrovitch. El, mostrando una prudente
reserva, ha dicho que, no pudiendo estar sin secretario, preferiría,
naturalmente, confiar este empleo a un pariente que a un extraño, siempre y
cuando aquél fuera capaz de desempeñarlo. (¿Cómo no has de ser capaz de
desempeñarlo tú?) Sin embargo, manifestó al mismo tiempo el temor de que,
debido a tus estudios, no dispusieras del tiempo necesario para trabajar en su
bufete. Así quedó la cosa por el momento, pero Dunia sólo piensa en este
asunto. Vive desde hace algunos días en un estado febril y ha forjado ya sus
planes para el futuro. Te ve trabajando con Piotr Petrovitch e incluso llegando
a ser su socio, y eso sin dejar tus estudios de Derecho. Yo estoy de acuerdo en
todo con ella, Rodia, y comparto sus proyectos y sus esperanzas, pues la cosa
me parece perfectamente realizable, a pesar de las evasivas de Piotr
Petrovitch, muy explicables, ya que él todavía no te conoce.
»Dunia
está segura de que conseguirá lo que se propone, gracias a su influencia sobre
su futuro esposo, influencia que no le cabe duda de que llegará a tener. Nos
hemos guardado mucho de dejar traslucir nuestras esperanzas ante Piotr
Petrovitch, sobre todo la de que llegues a ser su socio algún día. Es un hombre
práctico y no le habría parecido nada bien lo que habría juzgado como un vano
ensueño. Tampoco le hemos dicho ni una palabra de nuestra firme esperanza de
que te ayude materialmente cuando estés en la universidad, y ello por dos
razones. La primera es que a él mismo se le ocurrirá hacerlo, y lo hará del
modo más sencillo, sin frases altisonantes. Sólo faltaría que hiciera un feo
sobre esta cuestión a Dunetchka, y más aún teniendo en cuenta que tú puedes
llegar a ser su colaborador, su brazo derecho, por decirlo así, y recibir esta
ayuda no como una limosna, sino como un anticipo por tu trabajo. Así es como
Dunetchka desea que se desarrolle este asunto, y yo comparto enteramente su
parecer.
»La
segunda razón que nos ha movido a guardar silencio sobre este punto es que
deseo que puedas mirarle de igual a igual en vuestra próxima entrevista. Dunia
le ha hablado de ti con entusiasmo, y él ha respondido que a los hombres hay que
conocerlos antes de juzgarlos, y que no formará su opinión sobre ti hasta que
te haya tratado.
»Ahora
te voy a decir una cosa, mi querido Rodia. A mí me parece, por ciertas razones
(que desde luego no tienen nada que ver con el carácter de Piotr Petrovitch y
que tal vez son solamente caprichos de vieja), a mí me parece, repito, que lo
mejor sería que, después del casamiento, yo siguiera viviendo sola en vez de
instalarme en casa de ellos. Estoy completamente segura de que él tendrá la
generosidad y la delicadeza de invitarme a no vivir separada de mi hija, y sé
muy bien que, si todavía no ha dicho nada, es porque lo considera natural; pero
yo no aceptaré. He observado en más de una ocasión que los yernos no suelen
tener cariño a sus suegras, y yo no sólo no quiero ser una carga para nadie,
sino que deseo vivir completamente libre mientras me queden algunos recursos y
tenga hijos como Dunetchka y tú.
»Procuraré
vivir cerca de vosotros, pues aún tengo que decirte lo más agradable, Rodia.
Precisamente por serlo lo he dejado para el final de la carta. Has de saber,
querido hijo, que seguramente nos volveremos a reunir los tres muy pronto, y
podremos abrazarnos tras una separación de tres años. Está completamente
decidido que Dunia y yo nos traslademos a Petersburgo. No puedo decirte la
fecha exacta de nuestra salida, pero puedo asegurarte que está muy próxima: tal
vez no tardemos más de ocho días en partir. Todo depende de Piotr Petrovitch,
que nos avisará cuando tenga casa. Por ciertas razones, desea que la boda se
celebre cuanto antes, lo más tarde antes de la cuaresma de la Asunción[L12].
»¡Qué
feliz seré cuando pueda estrecharte contra mi corazón! Dunia está loca de
alegría ante la idea de volver a verte. Me ha dicho (en broma, claro es) que
esto habría sido motivo suficiente para decidirla a casarse con Piotr
Petrovitch. Es un ángel.
»No
quiere añadir nada a mi carta, pues tiene tantas y tantas cosas que decirte,
que no siente el deseo de empuñar la pluma, ya que escribir sólo unas líneas
sería en este caso completamente inútil. Me encarga te envíe mil abrazos.
»Aunque
estemos en vísperas de reunirnos, uno de estos días te enviaré algún dinero, la
mayor cantidad que pueda. Ahora que todos saben por aquí que Dunetchka se va a
casar con Piotr Petrovitch, nuestro crédito se ha reafirmado de súbito, y puedo
asegurarte que Atanasio Ivanovitch está dispuesto a prestarme hasta setenta y
cinco rublos, que devolveré con mi pensión. Por lo tanto, te podré mandar
veinticinco o, tal vez treinta. Y aún te enviaría más si no temiese que me
faltara para el viaje. Aunque Piotr Petrovitch haya tenido la bondad de
encargarse de algunos de los gastos del traslado (de nuestro equipaje, incluido
el gran baúl, que enviará por medio de sus amigos, supongo), tenemos que pensar
en nuestra llegada a Petersburgo, donde no podemos presentarnos sin algún
dinero para atender a nuestras necesidades, cuando menos durante los primeros
días.
»Dunia
y yo lo tenemos ya todo calculado al céntimo. El billete no nos resultará caro.
De nuestra casa a la estación de ferrocarril más próxima sólo hay noventa
verstas, y ya nos hemos puesto de acuerdo con un mujik que nos llevará
en su carro. Después nos instalaremos alegremente en un departamento de
tercera. Yo creo que podré mandarte, no veinticinco, sino treinta rublos.
»Basta
ya. He llenado dos hojas y no dispongo de más espacio. Ya te lo he contado
todo, ya estás informado del cúmulo de acontecimientos de estos últimos meses.
Y ahora, mi querido Rodia, te abrazo mientras espero que nos volvamos a ver y
te envío mi bendición maternal. Quiere a Dunia, quiere a tu hermana, Rodia,
quiérela como ella te quiere a ti; ella, cuya ternura es infinita; ella, que te
ama más que a sí misma. Es un ángel, y tú, toda nuestra vida, toda nuestra
esperanza y toda nuestra fe en el porvenir. Si tú eres feliz, lo seremos
nosotras también. ¿Sigues rogando a Dios, Rodia, crees en la misericordia de
nuestro Creador y de nuestro Salvador? Sentiría en el alma que te hubieras
contaminado de esa enfermedad de moda que se llama ateísmo. Si es así, piensa
que ruego por ti. Acuérdate, querido, de cuando eras niño; entonces, en
presencia de tu padre, que aún vivía, tú balbuceabas tus oraciones sentado en
mis rodillas. Y todos éramos felices.
»Hasta pronto. Te envío mil abrazos.
»Te querrá mientras viva
»
PULQUERIA RASKOLNIKOVA.»
Durante
la lectura de esta carta, las lágrimas bañaron más de una vez el rostro de
Raskolnikof, y cuando hubo terminado estaba pálido, tenía las facciones
contraídas y en sus labios se percibía una sonrisa densa, amarga, cruel. Apoyó
la cabeza en su mezquina almohada y estuvo largo tiempo pensando. Su corazón
latía con violencia, su espíritu estaba lleno de turbación. Al fin sintió que
se ahogaba en aquel cuartucho amarillo que más que habitación parecía un baúl o
una alacena. Sus ojos y su cerebro reclamaban espacio libre. Cogió su sombrero
y salió. Esta vez no temía encontrarse con la patrona en la escalera. Había
olvidado todos sus problemas. Tomó el bulevar V., camino de Vasilievski Ostrof[L13].
Avanzaba con paso rápido, como apremiado por un negocio urgente. Como de
costumbre, no veía nada ni a nadie y susurraba palabras sueltas,
ininteligibles. Los transeúntes se volvían a mirarle. Y se decían: Está
bebido.»
IV
La carta de
su madre le había trastornado, pero Raskolnikof no había vacilado un instante,
ni siquiera durante la lectura, sobre el punto principal. Acerca de esta
cuestión, ya había tornado una decisión irrevocable: «Ese matrimonio no se
llevará a cabo mientras yo viva. ¡Al diablo ese señor Lujine!»
«La
cosa no puede estar más clara ‑pensaba, sonriendo con aire triunfal y
malicioso, como si estuviese seguro de su éxito‑. No, mamá; no, Dunia; no
conseguiréis engañarme... Y todavía se disculpan de haber decidido la cosa por
su propia cuenta y sin pedirme consejo. ¡Claro que no me lo han pedido! Creen
que es demasiado tarde para romper el compromiso. Ya veremos si se puede romper
o no. ¡Buen pretexto alegan! Piotr Petrovitch está siempre tan ocupado, que
sólo puede casarse a toda velocidad, como un ferrocarril en marcha. No,
Dunetchka, lo veo todo claro; sé muy bien qué cosas son esas que me tienes que
decir, y también lo que pensabas aquella noche en que ibas y venias por la
habitación, y lo que confiaste, arrodillada ante la imagen que siempre ha
estado en el dormitorio de mamá: la de la Virgen de Kazán[L14].
La subida del Gólgota es dura, muy dura... Decís que el asunto está
definitivamente concertado. Tú, Avdotia [L15]Romanovna,
has decidido casarte con un hombre de negocios, un hombre práctico que posee
cierto capital (que ha amasado ya cierta fortuna: esto suena mejor e impone más
respeto). Trabaja en dos departamentos del Estado y comparte las ideas de las
nuevas generaciones (como dice mamá), y, según Dunetchka, parece un hombre
bueno. Este parece es lo mejor: Dunetchka se casa impulsada por esta simple
apariencia. ¡Magnifico, verdaderamente magnifico!
»...
Me gustaría saber por qué me habla mamá de las nuevas generaciones. ¿Lo habrá
hecho sencillamente para caracterizar al personaje o con la segunda intención
de que me sea simpático el señor Lujine...? ¡Las muy astutas! Otra cosa que me
gustaría aclarar es hasta qué punto han sido francas una con otra aquel día
decisivo, aquella noche y después de aquella noche. ¿Hablarían claramente o
comprenderían las dos, sin necesidad de decírselo, que tanto una como otra
tenían una sola idea, un solo sentimiento y que las palabras eran inútiles? Me
inclino por esta última hipótesis: es la que la carta deja entrever.
»A
mamá le pareció un poco seco, y la pobre mujer, en su ingenuidad, se apresuró a
decírselo a Dunia. Y Dunia, naturalmente, se enfadó y respondió con cierta
brusquedad. Es lógico. ¿Cómo no perder la calma ante estas ingenuidades cuando
la cosa está perfectamente clara y ya no es posible retroceder? ¿Y por qué me dirá:
quiere a Dunia, Rodia, porque ella te quiere a ti más que a su propia vida? ¿No
será que la tortura secretamente el remordimiento por haber sacrificado su hija
a su hijo? "Tú eres toda nuestra vida, toda nuestra esperanza para el
porvenir." ¡Oh mama...!»
Su
irritación crecía por momentos. Si se hubiera encontrado en aquel instante con
el señor Lujine, estaba seguro de que lo habría matado.
«Cierto
‑prosiguió, cazando al vuelo los pensamientos que cruzaban su imaginación‑,
cierto que para conocer a un hombre es preciso observarlo largo tiempo y de
cerca, pero el carácter del señor Lujine es fácil de descifrar. Lo que más me
ha gustado es el calificativo de hombre de negocios y eso de que parece bueno.
¡Vaya si lo es! ¡Encargarse de los gastos de transporte del equipaje, incluso
el gran baúl...! ¡Qué generosidad! Y ellas, la prometida y la madre, se ponen
de acuerdo con un mujik para trasladarse a la estación en una carreta
cubierta (también yo he viajado así). Esto no tiene importancia: total, de la
casa a la estación sólo hay noventa verstas. Después se instalarán alegremente
en un vagón de tercera para recorrer un millar de verstas. Esto me parece muy
natural, porque cada cual procede de acuerdo con los medios de que dispone.
Pero usted, señor Lujine, ¿qué piensa de todo esto? Ella es su prometida, ¿no?
Sin embargo, no se ha enterado usted de que la madre ha pedido un préstamo con
la garantía de su pensión para atender a los gastos del viaje. Sin duda, usted
ha considerado el asunto como un simple convenio comercial establecido a medias
con otra persona y en el que, por lo tanto, cada socio debe aportar la parte
que le corresponde. Ya lo dice el proverbio: "El pan y la sal, por partes
iguales; los beneficios, cada uno los suyos. Pero usted sólo ha pensado en
barrer hacia dentro: los billetes son bastante más caros que el transporte del
equipaje, y es muy posible que usted no tenga que pagar nada por enviarlo. ¿Es
que no ven ellas estas cosas o es que no quieren ver nada? ¡Y dicen que están
contentas! ¡Cuando pienso que esto no es sino la flor del árbol y que el fruto
ha de madurar todavía! Porque lo peor de todo no es la cicatería, la avaricia
que demuestra la conducta de ese hombre, sino el carácter general del asunto.
Su proceder da una idea de lo que será el marido, una idea clara...
»¡Como
si mama tuviera el dinero para arrojarlo por la ventana! ¿Con qué llegará a
Petersburgo? Con tres rublos, o dos pequeños billetes, como los que mencionaba
el otro día la vieja usurera... ¿Cómo cree que podrá vivir en Petersburgo? Pues
es el caso que ha visto ya, por ciertos indicios, que le será imposible estar
en casa de Dunia, ni siquiera los primeros días después de la boda. Ese hombre
encantador habrá dejado escapar alguna palabrita que debe de haber abierto los
ojos a mamá, a pesar de que ella se niegue a reconocerlo con todas sus fuerzas.
Ella misma ha dicho que no quiere vivir con ellos. Pero ¿con qué cuenta?
¿Pretende acaso mantenerse con los ciento veinte rublos de la pensión, de los
que hay que deducir el préstamo de Atanasio Ivanovitch? En nuestra pequeña
ciudad desgasta la poca vista que le queda tejiendo prendas de lana y bordando
puños, pero yo sé que esto no añade más de veinte rublos al año a los ciento
veinte de la pensión; lo sé positivamente. Por lo tanto, y a pesar de todo,
ellas fundan sus esperanzas en los sentimientos generosos del señor Lujine.
Creen que él mismo les ofrecerá su apoyo y les suplicará que lo acepten. ¡Sí,
si...! Esto es muy propio de dos almas románticas y hermosas. Os presentan
hasta el último momento un hombre con plumas de pavo real y no quieren ver más
que el bien, nunca el mal, aunque esas plumas no sean sino el reverso de la
medalla; no quieren llamar a las cosas por su nombre por adelantado; la sola
idea de hacerlo les resulta insoportable. Rechazan la verdad con todas sus
fuerzas hasta el momento en que el hombre por ellas idealizado les da un
puñetazo en la cara. Me gustaría saber si el señor Lujine está condecorado.
Estoy seguro de que posee la cruz de Santa Ana y se adorna con ella en los
banquetes ofrecidos por los hombres de empresa y los grandes comerciantes.
También la lucirá en la boda, no me cabe duda... En fin, ¡que se vaya al
diablo!
»Esto
tiene un pase en mamá, que es así, pero en Dunia es inexplicable. Te conozco
bien, mi querida Dunetchka. Tenías casi veinte años cuando te vi por última
vez, y sé perfectamente cómo es tu carácter. Mamá dice en su carta que
Dunetchka posee tal entereza, que es capaz de soportarlo todo. Esto ya lo sabía
yo: hace dos años y medio que sé que Dunetchka es capaz de soportarlo todo. El
hecho de que haya podido soportar al señor Svidrigailof y todas las
complicaciones que este hombre le ha ocasionado demuestra que, en efecto, es
una mujer de gran entereza. Y ahora se imagina, lo mismo que mamá, que podrá
soportar igualmente a ese señor Lujine que sustenta la teoría de la
superioridad de las esposas tomadas en la miseria y para las que el marido
aparece como un bienhechor, cosa que expone (es un detalle que no hay que
olvidar) en su primera entrevista. Admitamos que las palabras se le han
escapado, a pesar de ser un hombre razonable (seguramente no se le escaparon,
ni mucho menos, aunque él lo dejara entrever así en las explicaciones que se
apresuró a dar). Pero ¿qué se propone Dunia? Se ha dado cuenta de cómo es este
hombre y sabe que habrá de compartir su vida con él, si se casa. Sin embargo,
es una mujer que viviría de pan duro y agua, antes que vender su alma y su
libertad moral: no las sacrificaría a las comodidades, no las cambiaría por todo
el oro del mundo, y mucho menos, naturalmente, por el señor Lujine. No, la
Dunia que yo conozco es distinta a la de la carta, y estoy seguro de que no ha
cambiado. En verdad, su vida era dura en casa de Svidrigailof; no es nada grato
pasar la existencia entera sirviendo de institutriz por doscientos rublos al
año; pero estoy convencido de que mi hermana preferiría trabajar con los negros
de un hacendado o con los sirvientes letones de un alemán del Báltico, que
envilecerse y perder la dignidad encadenando su vida por cuestiones de interés
con un hombre al que no quiere y con el que no tiene nada en común. Aunque el
señor Lujine estuviera hecho de oro puro y brillantes, Dunia no se avendría a
ser su concubina legítima. ¿Por qué, pues, lo ha aceptado?
»¿Qué
misterio es éste? ¿Dónde está la clave del enigma? La cosa no puede estar más
clara: ella no se vendería jamás por sí misma, por su bienestar, ni siquiera
por librarse de la muerte. Pero lo hace por otro; se vende por un ser querido.
He aquí explicado el misterio: se dispone a venderse por su madre y por su
hermano... Cuando se llega a esto, incluso violentamos nuestras más puras
convicciones. La persona pone en venta su libertad, su tranquilidad, su
conciencia. "Perezca yo con tal que mis seres queridos sean felices."
Es más, nos elaboramos una casuística sutil y pronto nos convencemos a nosotros
mismos de que nuestra conducta es inmejorable, de que era necesaria, de que la
excelencia del fin justifica nuestro proceder. Así somos. La cosa está clara como
la luz.
»Es evidente que en este caso sólo se trata
de Rodion Romanovitch Raskolnikof: él ocupa el primer plano. ¿Cómo
proporcionarle la felicidad, permitirle continuar los estudios universitarios,
asociarlo con un hombre bien situado, asegurar su porvenir? Andando el tiempo,
tal vez llegue a ser un hombre rico, respetado, cubierto de honores, e incluso
puede terminar su vida en plena celebridad... ¿Qué dice la madre? ¿Qué ha de
decir? Se trata de Rodia, del incomparable Rodia, del primogénito. ¿Cómo no ha
de sacrificar al hijo mayor la hija, aunque esta hija sea una Dunia? ¡Oh
adorados e injustos seres! Aceptarían sin duda incluso la suerte de Sonetchka,
Sonetchka Marmeladova, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
Pero ¿habéis medido bien la magnitud del sacrificio? ¿Sabéis lo que significa?
¿No es demasiado duro para vosotras? ¿Es útil? ¿Es razonable? Has de saber,
Dunetchka, que la suerte de Sonia no es más terrible que la vida al lado del
señor Lujine. Mamá ha dicho que no es éste un matrimonio de amor. ¿Y qué
ocurrirá si, además de no haber amor, tampoco hay estimación, pues, por el
contrario, ya existe la antipatía, el horror, el desprecio? ¿Qué me dices a
esto...? Habrá que conservar la "limpieza". Sí, eso es. ¿Comprendéis
lo que esta limpieza significa? ¿Sabéis que para Lujine esta limpieza no
difiere en nada de la de Sonetchka? E incluso es peor, pues, bien mirado, en tu
caso, Dunetchka, hay cierta esperanza de comodidades, de cosas superfluas,
cierta compensación, en fin, mientras que en el caso de Sonetchka se trata
simplemente de no morirse de hambre. Esta "limpieza" cuesta cara,
Dunetchka, muy cara. ¿Y qué sucederá si el sacrificio es superior a tus
fuerzas, si te arrepientes de lo que has hecho? Entonces todo serán lágrimas derramadas
en secreto, maldiciones y una amargura infinita, porque, en fin de cuentas, tú
no eres una Marfa Petrovna. ¿Y qué será de mamá entonces? Ten presente que ya
se siente inquieta y atormentada. ¿Qué será cuando vea las cosas con toda
claridad? ¿Y yo? ¿Qué será de mí? Porque, en realidad, no habéis pensado en mí.
¿Por qué? Yo no quiero vuestro sacrificio, Dunetchka; no lo quiero, mamá. Esta
boda no se llevará a cabo mientras yo viva. ¡No, no lo consentiré!»
De
pronto volvió a la realidad y se detuvo.
«Dices
que la boda no se celebrará, pero ¿qué harás para impedirla? Y ¿con qué derecho
te opondrás? Tú les dedicarás toda tu vida, todo tu porvenir, pero cuando hayas
terminado los estudios y estés situado. Ya sabemos lo que eso significa: no son
más que castillos en el aire... Ahora, inmediatamente, ¿qué harás? Pues es
ahora cuando has de hacer algo, ¿no comprendes? ¿Y qué es lo que haces? Las
arruinas, pues si te han podido mandar dinero ha sido porque una ha pedido un
préstamo sobre su pensión y la otra un anticipo en sus honorarios. ¿Cómo las
librarás de los Atanasio Ivanovitch y de los Svidrigailof, tú, futuro
millonario de imaginación, Zeus de fantasía que te irrogas el derecho de
disponer de su destino? En diez años, tu madre habrá tenido tiempo para perder
la vista haciendo labores y llorando, y la salud a fuerza de privaciones. ¿Y
qué me dices de tu hermana? ¡Vamos, trata de imaginarte lo que será tu hermana
dentro de diez años o en el transcurso de estos diez años! ¿Has comprendido?»
Se
torturaba haciéndose estas preguntas y, al mismo tiempo, experimentaba una
especie de placer. No podían sorprenderle, porque no eran nuevas para él: eran
viejas cuestiones familiares que ya le habían hecho sufrir cruelmente, tanto,
que su corazón estaba hecho jirones. Hacía ya tiempo que había germinado en su
alma esta angustia que le torturaba. Luego había ido creciendo, amasándose,
desarrollándose, y últimamente parecía haberse abierto como una flor y adoptado
la forma de una espantosa, fantástica y brutal interrogación que le atormentaba
sin descanso y le exigía imperiosamente una respuesta.
La
carta de su madre había caído sobre él como un rayo. Era evidente que ya no
había tiempo para lamentaciones ni penas estériles. No era ocasión de ponerse a
razonar sobre su impotencia, sino que debía obrar inmediatamente y con la mayor
rapidez posible. Había que tomar una determinación, una cualquiera, costara lo
que costase. Había que hacer esto o...
‑¡Renunciar
a la verdadera vida! ‑exclamó en una especie de delirio‑. Aceptar
el destino con resignación, aceptarlo tal como es y para siempre, ahogar todas
las aspiraciones, abdicar definitivamente el derecho de obrar, de vivir, de
amar...
«¿Comprende
usted lo que significa no tener adónde ir?» Éstas habían sido las palabras
pronunciadas por Marmeladof la víspera y de las que Raskolnikof se había
acordado súbitamente, porque «todo hombre debe tener un lugar adonde ir».
De
pronto se estremeció. Una idea que había cruzado su mente el día anterior
acababa de acudir nuevamente a su cerebro. Pero no era la vuelta de este
pensamiento lo que le había sacudido. Sabía que la idea tenía que volver, lo
presentía, lo esperaba. No obstante, no era exactamente la misma que la de la
víspera. La diferencia consistía en que la del día anterior, idéntica a la de
todo el mes último, no era más que un sueño, mientras que ahora... ahora se le
presentaba bajo una forma nueva, amenazadora, misteriosa. Se daba perfecta
cuenta de ello. Sintió como un golpe en la cabeza; una nube se extendió ante
sus ojos.
Dirigió
una rápida mirada en torno de él como si buscase algo. Experimentaba la
necesidad de sentarse. Su vista erraba en busca de un banco. Estaba en aquel
momento en el bulevar K..., y el banco se ofreció a sus ojos, a unos cien pasos
de distancia. Aceleró el paso cuanto le fue posible, pero por el camino le
ocurrió una pequeña aventura que absorbió su atención durante unos minutos.
Estaba mirando el banco desde lejos, cuando advirtió que a unos veinte pasos
delante de él había una mujer a la que empezó por no prestar más atención que a
todas las demás cosas que había visto hasta aquel momento en su camino.
¡Cuántas veces entraba en su casa sin acordarse ni siquiera de las calles que
había recorrido! Incluso se había acostumbrado a ir por la calle sin ver nada.
Pero en aquella mujer había algo extraño que sorprendía desde el primer
momento, y poco a poco se fue captando la atención de Raskolnikof. Al
principio, esto ocurrió contra su voluntad e incluso le puso de mal humor, pero
en seguida la impresión que le había dominado empezó a cobrar una fuerza
creciente. De súbito le acometió el deseo de descubrir lo que hacia tan extraña
a aquella mujer.
Desde
luego, a juzgar por las apariencias, debía de ser una muchacha, una
adolescente. Iba con la cabeza descubierta, sin sombrilla, a pesar del fuerte
sol, y sin guantes, y balanceaba grotescamente los brazos al andar. Llevaba un
ligero vestido de seda, mal ajustado al cuerpo, abrochado a medias y con un
desgarrón en lo alto de la falda, en el talle. Un jirón de tela ondulaba a su
espalda. Llevaba sobre los hombros una pañoleta y avanzaba con paso inseguro y
vacilante.
Este
encuentro acabó por despertar enteramente la atención de Raskolnikof. Alcanzó a
la muchacha cuando llegaron al banco, donde ella, más que sentarse, se dejó caer
y, echando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos como si estuviera rendida de
fatiga. Al observarla de cerca, advirtió que su estado obedecía a un exceso de
alcohol. Esto era tan extraño, que Raskolnikof se preguntó en el primer momento
si no se habría equivocado. Estaba viendo una carita casi infantil, de unos
dieciséis años, tal vez quince, una carita orlada de cabellos rubios, bonita,
pero algo hinchada y congestionada. La chiquilla parecía estar por completo
inconsciente; había cruzado las piernas, adoptando una actitud desvergonzada, y
todo parecía indicar que no se daba cuenta de que estaba en la calle.
Raskolnikof
no se sentó, pero tampoco quería marcharse. Permanecía de pie ante ella,
indeciso.
Aquel
bulevar, poco frecuentado siempre, estaba completamente desierto a aquella
hora: alrededor de la una de la tarde. Sin embargo, a unos cuantos pasos de
allí, en el borde de la calzada, había un hombre que parecía sentir un vivo
deseo de acercarse a la muchacha, por un motivo a otro. Sin duda había visto
también a la joven antes de que llegara al banco y la había seguido, pero
Raskolnikof le había impedido llevar a cabo sus planes. Dirigía al joven
miradas furiosas, aunque a hurtadillas, de modo que Raskolnikof no se dio
cuenta, y esperaba con impaciencia el momento en que el desharrapado joven le
dejara el campo libre.
Todo
estaba perfectamente claro. Aquel señor era un hombre de unos treinta años,
bien vestido, grueso y fuerte, de tez
roja y boca pequeña y encarnada, coronada por un fino bigote.
Al
verle, Raskolnikof experimentó una violenta cólera. De súbito le acometió el
deseo de insultar a aquel fatuo.
‑Diga,
Svidrigailof: ¿qué busca usted aquí? ‑exclamó cerrando los puños y con
una sonrisa mordaz.
‑¿Qué
significa esto? ‑exclamó el interpelado con arrogancia, frunciendo las
cejas y mientras su semblante adquiría una expresión de asombro y disgusto.
‑¡Largo
de aquí! Esto es lo que significa.
‑¿Cómo
te atreves, miserable...?
Levantó
su fusta. Raskolnikof se arrojó sobre él con los puños cerrados, sin pensar en
que su adversario podía deshacerse sin dificultad de dos hombres como él. Pero
en este momento alguien le sujetó fuertemente por la espalda. Un agente de
policía se interpuso entre los dos rivales.
‑¡Calma,
señores! No se admiten riñas en los lugares públicos.
Y
preguntó a Raskolnikof, al reparar en su destrozado traje:
‑¿Qué
le ocurre a usted? ¿Cómo se llama?
Raskolnikof
lo examinó atentamente. El policía tenía una noble cara de soldado y lucía
mostachos y grandes patillas. Su mirada parecía llena de inteligencia.
‑Precisamente
es usted el hombre que necesito ‑gritó el joven cogiéndole del brazo‑.
Soy Raskolnikof, antiguo estudiante... Digo que lo necesito por usted ‑añadió
dirigiéndose al otro‑ Venga, guardia; quiero que vea una cosa...
Y
sin soltar el brazo del policía lo condujo al banco.
‑Venga...
Mire... Está completamente embriagada. Hace un momento se paseaba por el
bulevar. Sabe Dios lo que será, pero desde luego, no tiene aspecto de mujer
alegre profesional. Yo creo que la han hecho beber y se han aprovechado de su
embriaguez para abusar de ella. ¿Comprende usted? Después la han dejado libre
en este estado. Observe que sus ropas están desgarradas y mal puestas. No se ha
vestido ella misma, sino que la han vestido. Esto es obra de unas manos inexpertas,
de unas manos de hombre; se ve claramente. Y ahora mire para ese lado. Ese
señor con el que he estado a punto de llegar a las manos hace un momento es un
desconocido para mí: es la primera vez que le veo. Él la ha visto como yo, hace
unos instantes, en su camino, se ha dado cuenta de que estaba bebida,
inconsciente, y ha sentido un vivo deseo de acercarse a ella y, aprovechándose
de su estado, llevársela Dios sabe adónde. Estoy seguro de no equivocarme. No
me equivoco, créame. He visto cómo la acechaba. Yo he desbaratado sus planes, y
ahora sólo espera que me vaya. Mire: se ha retirado un poco y, para disimular,
está haciendo un cigarrillo. ¿Cómo podríamos librar de él a esta pobre chica y
llevarla a su casa? Piense a ver si se le ocurre algo.
El agente
comprendió al punto la situación y se puso a reflexionar. Los propósitos del
grueso caballero saltaban a la vista; pero había que conocer los de la
muchacha. El agente se inclinó sobre ella para examinar su rostro desde más
cerca y experimentó una sincera compasión.
‑¡Qué
pena! ‑exclamó, sacudiendo la cabeza‑. Es una niña. Le han tendido
un lazo, no cabe duda... Oiga, señorita, ¿dónde vive?
La
muchacha levantó sus pesados párpados, miró con una expresión de aturdimiento a
los dos hombres a hizo un gesto como para rechazar sus preguntas.
‑Oiga,
guardia ‑dijo Raskolnikof, buscando en sus bolsillos, de donde extrajo
veinte kopeks‑. Aquí tiene dinero. Tome un coche y llévela a su casa. ¡Si
pudiéramos averiguar su dirección...!
‑Señorita
‑volvió a decir el agente, cogiendo el dinero‑: voy a parar un
coche y la acompañaré a su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive?
‑¡Dejadme
en paz! ¡Qué pelmas! ‑exclamó la muchacha, repitiendo el gesto de
rechazar a alguien.
‑Es
lamentable. ¡Qué vergüenza! ‑se dolió el agente, sacudiendo la cabeza
nuevamente con un gesto de reproche, de piedad y de indignación‑. Ahí
está la dificultad ‑añadió, dirigiéndose a Raskolnikof y echándole por
segunda vez una rápida mirada de arriba abajo. Sin duda le extrañaba que aquel
joven andrajoso diera dinero‑. ¿La ha encontrado usted lejos de aquí? ‑le
preguntó.
‑Ya
le he dicho que ella iba delante de mí por el bulevar. Se tambaleaba y, apenas
ha llegado al banco, se ha dejado caer.
‑¡Qué
cosas tan vergonzosas se ven hoy en este mundo, Señor! ¡Tan joven, y ya bebida!
No cabe duda de que la han engañado. Mire: sus ropas están llenas de
desgarrones. ¡Ah, cuánto vicio hay hoy por el mundo! A lo mejor es hija de casa
noble venida a menos. Esto es muy corriente en nuestros tiempos. Parece una
muchacha de buena familia.
De
nuevo se inclinó sobre ella. Tal vez él mismo era padre de jóvenes bien
educadas que habrían podido pasar por señoritas de buena familia y finos
modales.
‑Lo
más importante ‑exclamó Raskolnikof, agitado‑, lo más importante es
no permitir que caiga en manos de ese malvado. La ultrajaría por segunda vez;
sus pretensiones son claras como el agua. ¡Mírelo! El muy granuja no se va.
Hablaba
en voz alta y señalaba al desconocido con el dedo. Éste lo oyó y pareció que
iba a dejarse llevar de la cólera, pero se contuvo y se limitó a dirigirle una
mirada desdeñosa. Luego se alejó lentamente una docena de pasos y se detuvo de
nuevo.
‑No
permitir que caiga en sus manos ‑repitió el agente, pensativo‑.
Desde luego, eso se podría conseguir. Pero tenemos que averiguar su dirección.
De lo contrario... Oiga, señorita. Dígame...
Se
había inclinado de nuevo sobre ella. De súbito, la muchacha abrió los ojos por
completo, miró a los dos hombres atentamente y, como si la luz se hiciera
repentinamente en su cerebro, se levantó del banco y emprendió a la inversa el
camino por donde había venido.
‑¡Los
muy insolentes! ‑murmuró‑. ¡No me los puedo quitar de encima!
Y
agitó de nuevo los brazos con el gesto del que quiere rechazar algo. Iba con
paso rápido y todavía inseguro. El elegante desconocido continuó la
persecución, pero por el otro lado de la calzada y sin perderla de vista.
‑No
se inquiete ‑dijo resueltamente el policía, ajustando su paso al de la
muchacha‑: ese hombre no la molestará. ¡Ah, cuánto vicio hay por el
mundo! ‑repitió, y lanzó un suspiro.
En
ese momento, Raskolnikof se sintió asaltado por un impulso incomprensible.
‑¡Oiga!
‑gritó al noble bigotudo.
El
policía se volvió.
‑¡Déjela!
¿A usted qué? ¡Deje que se divierta! ‑y señalaba al perseguidor‑.
¿A usted qué?
El
agente no comprendía. Le miraba con los ojos muy abiertos.
Raskolnikof
se echó a reír.
‑¡Bah!
‑exclamó el agente mientras sacudía la mano con ademán desdeñoso.
Y
continuó la persecución del elegante señor y de la muchacha.
Sin
duda había tomado a Raskolnikof por un loco o por algo peor.
Cuando
el joven se vio solo se dijo, indignado:
«Se
lleva mis veinte kopeks. Ahora hará que el otro le pague también y le dejará la
muchacha: así terminará la cosa. ¿Quién me ha mandado meterme a socorrerla?
¿Acaso esto es cosa mía? Sólo piensan en comerse vivos unos a otros. ¿A mí qué
me importa? Tampoco sé cómo me he atrevido a dar esos veinte kopeks. ¡Como si
fueran míos...!»
A
pesar de estas extrañas palabras, tenía el corazón oprimido. Se sentó en el
banco abandonado. Sus pensamientos eran incoherentes. Por otra parte, pensar,
fuera en lo que fuere, era para él un martirio en aquel momento. Hubiera
deseado olvidarlo todo, dormirse, después despertar y empezar una nueva vida.
«¡Pobre
muchacha! ‑se dijo mirando el pico del banco donde había estado sentada‑.
Cuando vuelva en sí, llorará y su madre se enterará de todo. Primero, su madre
le pegará, después la azotará cruelmente, como a un ser vil, y acto seguido, a
lo mejor, la echará a la calle. Aunque no la eche, una Daría Frantzevna
cualquiera acabará por olfatear la presa, y ya tenemos a la pobre muchacha
rodando de un lado a otro... Después el hospital (así ocurre siempre a las que
tienen madres honestas y se ven obligadas a hacer las cosas discretamente), y
después... después... otra vez al hospital. Dos o tres años de esta vida, y ya
es un ser acabado; sí, a los dieciocho o diecinueve años, ya es una mujer
agotada... ¡Cuántas he visto así! ¡Cuántas han llegado a eso! Sí, todas
empiezan como ésta... Pero ¡qué me importa a mí! Un tanto por ciento al año ha
de terminar así y desaparecer. Dios sabe dónde..., en el infierno, sin duda,
para garantizar la tranquilidad de los demás... ¡Un tanto por ciento! ¡Qué
expresiones tan finas, tan tranquilizadoras, tan técnicas, emplea la gente...!
Un tanto por ciento; no hay, pues, razón, para inquietarse... Si se dijera de
otro modo, la cosa cambiaria..., la preocupación sería mayor...
»¿Y
si Dunetchka se viera englobada en este tanto por ciento, si no el año que corre,
el que viene?
»Pero,
a todo esto, ¿adónde voy?‑pensó de súbito‑. ¡Qué raro! Yo he salido
de casa para ir a alguna parte; apenas he terminado de leer, he salido para...
¡Ahora me acuerdo: iba a Vasilievski Ostrof, a casa de Rasumikhine! Pero ¿para
qué? ¿A santo de qué se me ha ocurrido ir a ver a Rasumikhine? ¡Qué cosa tan
extraordinaria!»
Ni
él mismo comprendía sus actos. Rasumikhine era uno de sus antiguos compañeros
de universidad. Hay que advertir que Raskolnikof, cuando estudiaba, vivía
aparte de los demás alumnos, aislado, sin ir a casa de ninguno de ellos ni
admitir sus visitas. Sus compañeros le habían vuelto pronto la espalda. No
tomaba parte en las reuniones, en las polémicas ni en las diversiones de sus
condiscípulos. Estudiaba con un ahínco, con un ardor que le había atraído la
admiración de todos, pero ninguno le tenía afecto. Era pobre en extremo,
orgulloso, altivo, y vivía encerrado en si mismo como si guardara un secreto.
Algunos de sus compañeros juzgaban que los consideraba como niños a los que
superaba en cultura y conocimientos y cuyas ideas e intereses eran muy
inferiores a los suyos.
Sin
embargo, había hecho amistad con Rasumikhine. Por lo menos, se mostraba con él
más comunicativo, más franco que con los demás. Y es que era imposible comportarse
con Rasumikhine de otro modo. Era un muchacho alegre, expansivo y de una bondad
que rayaba en el candor. Pero este candor no excluía los sentimientos profundos
ni la perfecta dignidad. Sus amigos lo sabían, y por eso lo estimaban todos.
Estaba muy lejos de ser torpe, aunque a veces se mostraba demasiado ingenuo.
Tenía una cara expresiva; era alto y delgado, de cabello negro, e iba siempre
mal afeitado. Hacía sus calaveradas cuando se presentaba la ocasión, y se le
tenía por un hércules. Una noche que recorría las calles en compañía de sus
camaradas había derribado de un solo puñetazo a un gendarme que media como
mínimo uno noventa de estatura. Del mismo modo que podía beber sin tasa, era
capaz de observar la sobriedad más estricta. Unas veces cometía locuras
imperdonables; otras mostraba una prudencia ejemplar.
Rasumikhine
tenía otra característica notable: ninguna contrariedad le turbaba; ningún
revés le abatía. Podría haber vivido sobre un tejado, soportar el hambre más
atroz y los fríos más crueles. Era extremadamente pobre, tenía que vivir de sus
propios recursos y nunca le faltaba un medio a otro de ganarse la vida. Conocía
infinidad de lugares donde procurarse dinero..., trabajando, naturalmente.
Se
le había visto pasar todo un invierno sin fuego, y él decía que esto era
agradable, ya que se duerme mejor cuando se tiene frió. Había tenido también
que dejar la universidad por falta de recursos, pero confiaba en poder reanudar
sus estudios muy pronto, y procuraba por todos los medios mejorar su situación
pecuniaria.
Hacía
cuatro meses que Raskolnikof no había ido a casa de Rasumikhine. Y Rasumikhine
ni siquiera conocía la dirección de su amigo. Un día, hacía unos dos meses, se
habían encontrado en la calle, pero Raskolnikof se había desviado e incluso
había pasado a la otra acera. Rasumikhine, aunque había reconocido
perfectamente a su amigo, había fingido no verle, a fin de no avergonzarle.
V
No hace
mucho ‑pensó‑ me propuse, en efecto, ir a pedir a Rasumikhine que
me proporcionara trabajo (lecciones a otra cosa cualquiera); pero ahora ¿qué
puede hacer por mí? Admitamos que me encuentre algunas lecciones e incluso que
se reparta conmigo sus últimos kopeks, si tiene alguno, de modo que yo no pueda
comprarme unas botas y adecentar mi traje, pues no voy a presentarme así a dar
lecciones. Pero ¿qué haré después con unos cuantos kopeks? ¿Es esto acaso lo
que yo necesito ahora? ¡Es sencillamente ridículo que vaya a casa de
Rasumikhine!»
La
cuestión de averiguar por qué se dirigía a casa de Rasumikhine le atormentaba
más de lo que se confesaba a sí mismo. Buscaba afanosamente un sentido
siniestro a aquel acto aparentemente tan anodino.
«¿Se
puede admitir que me haya figurado que podría arreglarlo todo con la exclusiva
ayuda de Rasumikhine, que en él podía hallar la solución de todos mis graves
problemas?», se preguntó sorprendido.
Reflexionaba,
se frotaba la frente. Y he aquí que de pronto ‑cosa inexplicable‑,
después de estar torturándose la mente durante largo rato, una idea
extraordinaria surgió en su cerebro.
«Iré
a casa de Rasumikhine ‑se dijo entonces con toda calma, como el que ha
tomado una resolución irrevocable‑; iré a casa de Rasumikhine, cierto,
pero no ahora...; iré a su casa al día siguiente del hecho, cuando todo haya
terminado y todo haya cambiado para mí.»
Repentinamente,
Raskolnikof volvió en sí.
«Después
del hecho ‑se dijo con un sobresalto‑. Pero este hecho ¿se llevará
a cabo, se realizará verdaderamente?»
Se
levantó del banco y echó a andar con paso rápido. Casi corría, con la intención
de volver a su casa. Pero al pensar en su habitación experimentó una impresión
desagradable. Era en su habitación, en aquel miserable tabuco, donde había
madurado la «cosa», hacía ya más de un mes. Raskolnikof dio media vuelta y
continuó su marcha a la ventura.
Un
febril temblor nervioso se había apoderado de él. Se estremecía. Tenía frío a
pesar de que el calor era insoportable. Cediendo a una especie de necesidad
interior y casi inconsciente, hizo un gran esfuerzo para fijar su atención en
las diversas cosas que veía, con objeto de librarse de sus pensamientos; pero
el empeño fue vano: a cada momento volvía a caer en su delirio. Estaba absorto
unos instantes, se estremecía, levantaba la cabeza, paseaba la mirada a su
alrededor y ya no se acordaba de lo que estaba pensando hacía unos segundos. Ni
siquiera reconocía las calles que iba recorriendo. Así atravesó toda la isla
Vasilievski, llegó ante el Pequeño Neva, pasó el puente y desembocó en las
islas menores.
En
el primer momento, el verdor y la frescura del paisaje alegraron sus cansados
ojos, habituados al polvo de las calles, a la blancura de la cal, a los enormes
y aplastantes edificios. Aquí la atmósfera no era irrespirable ni pestilente.
No se veía ni una sola taberna... Pero pronto estas nuevas sensaciones
perdieron su encanto para él, que otra vez cayó en un malestar enfermizo.
A
veces se detenía ante alguno de aquellos chalés graciosamente incrustados en la
verde vegetación. Miraba por la verja y veía a lo lejos, en balcones y
terrazas, mujeres elegantemente compuestas y niños que correteaban por el
jardín. Lo que más le interesaba, lo que atraía especialmente sus miradas, eran
las flores. De vez en cuando veía pasar elegantes jinetes, amazonas, magníficos
carruajes. Los seguía atentamente con la mirada y los olvidaba antes de que
hubieran desaparecido.
De
pronto se detuvo y contó su dinero. Le quedaban treinta kopeks... «Veinte al
agente de policía, tres a Nastasia por la carta. Por lo tanto, ayer dejé en
casa de los Marmeladof de cuarenta y siete a cincuenta...» Sin duda había hecho
estos cálculos por algún motivo, pero lo olvidó apenas sacó el dinero del
bolsillo y no volvió a recordarlo hasta que, al pasar poco después ante una
tienda de comestibles, un tabernucho más bien, notó que estaba hambriento.
Entró
en el figón, se bebió una copa de vodka y dio algunos bocados a un pastel que
se llevó para darle fin mientras continuaba su paseo. Hacía mucho tiempo que no
había probado el vodka, y la copita que se acababa de tomar le produjo un
efecto fulminante. Las piernas le pesaban y el sueño le rendía. Se propuso
volver a casa, pero, al llegar a la isla Petrovski[L16],
hubo de detenerse: estaba completamente agotado.
Salió,
pues, del camino, se internó en los sotos, se dejó caer en la hierba y se quedó
dormido en el acto.
Los
sueños de un hombre enfermo suelen tener una nitidez extraordinaria y se
asemejan a la realidad hasta confundirse con ella. Los sucesos que se
desarrollan son a veces monstruosos, pero el escenario y toda la trama son tan
verosímiles y están llenos de detalles tan imprevistos, tan ingeniosos, tan
logrados, que el durmiente no podría imaginar nada semejante estando despierto,
aunque fuera un artista de la talla de Pushkin o Turgueniev. Estos sueños no se
olvidan con facilidad, sino que dejan una impresión profunda en el desbaratado
organismo y el excitado sistema nervioso del enfermo.
Raskolnikof
tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia
cuando era niño[L17].
Tiene siete años y pasea con su padre por los alrededores de la pequeña
población, ya en pleno campo. Está nublado, el calor es bochornoso, el paisaje
es exactamente igual al que él conserva en la memoria. Es más, su sueño le
muestra detalles que ya había olvidado. El panorama del pueblo se ofrece enteramente
a la vista. Ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco en los contornos.
Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los confines del cielo, por decirlo
así, se ve la mancha oscura de un bosque.
A
unos cuantos pasos del último jardín de la población hay una taberna, una gran
taberna que impresionaba desagradablemente al niño, e incluso lo atemorizaba,
cuando pasaba ante ella con su padre. Estaba siempre llena de clientes que
vociferaban, reían, se insultaban, cantaban horriblemente, con voces desgarradas,
y llegaban muchas veces a las manos. En las cercanías de la taberna vagaban
siempre hombres borrachos de caras espantosas. Cuando el niño los veía, se
apretaba convulsivamente contra su padre y temblaba de pies a cabeza. No lejos
de allí pasaba un estrecho camino eternamente polvoriento. ¡Qué negro era aquel
polvo! El camino era tortuoso y, a unos trescientos pasos de la taberna, se
desviaba hacia la derecha y contorneaba el cementerio.
En
medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño
la visitaba dos veces al año en compañía de su padre y de su madre para oír la
misa que se celebraba por el descanso de su abuela, muerta hacía ya mucho
tiempo y a la que no había conocido. La familia llevaba siempre, en un plato
envuelto con una servilleta, el pastel de los muertos[L18],
sobre el que había una cruz formada con pasas. Raskolnikof adoraba esta
iglesia, sus viejas imágenes desprovistas de adornos, y también a su viejo
sacerdote de cabeza temblorosa. Cerca de la lápida de su abuela había una
pequeña tumba, la de su hermano menor, muerto a los seis meses y del que no
podía acordarse porque no lo había conocido. Si sabía que había tenido un
hermano era porque se lo habían dicho. Y cada vez que iba al cementerio, se
santiguaba piadosamente ante la pequeña tumba, se inclinaba con respeto y la
besaba.
Y
ahora he aquí el sueño.
Va
con su padre por el camino que conduce al cementerio. Pasan por delante de la
taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige una mirada de horror al
establecimiento. Ve una multitud de burguesas endomingadas, campesinas con sus
maridos, y toda clase de gente del pueblo. Todos están ebrios; todos cantan.
Ante la puerta hay un raro vehículo, una de esas enormes carretas de las que
suelen tirar robustos caballos y que se utilizan para el transporte de barriles
de vino y toda clase de mercancías. Raskolnikof se deleitaba contemplando estas
hermosas bestias de largas crines y recias patas, que, con paso mesurado y
natural y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas montañas de carga. Incluso
se diría que andaban más fácilmente enganchados a estos enormes vehículos que
libres.
Pero
ahora ‑cosa extraña‑ la pesada carreta tiene entre sus varas
un caballejo de una delgadez lastimosa, uno de esos rocines de aldeano que él
ha visto muchas veces arrastrando grandes carretadas de madera o de heno y que
los mujiks desloman a golpes, llegando a pegarles incluso en la boca y en los
ojos cuando los pobres animales se esfuerzan en vano por sacar al vehículo de
un atolladero. Este espectáculo llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y
lo presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a
retirarlo.
De
pronto se oye gran algazara en la taberna, de donde se ve salir, entre cantos y
gritos, un grupo de corpulentos mujiks embriagados, luciendo camisas rojas y
azules, con la balalaika en la mano y la casaca colgada descuidadamente en el
hombro.
‑¡Subid,
subid todos! ‑grita un hombre todavía joven, de grueso cuello, cara
mofletuda y tez de un rojo de zanahoria‑. Os llevaré a todos. ¡Subid!
Estas
palabras provocan exclamaciones y risas.
‑¿Creéis
que podrá con nosotros ese esmirriado rocín?
‑¿Has
perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta!
‑¿No
os parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años?
‑¡Subid!
¡Os llevaré a todos! ‑vuelve a gritar Mikolka.
Y
es el primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala
en el pescante.
‑El
caballo bayo ‑dice a grandes voces‑ se lo llevó hace poco Mathiev,
y esta bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra
de honor. No se gana el pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os
aseguro que lo haré galopar.
Empuña
el látigo y se dispone, con evidente placer, a fustigar al animalito.
‑Ya
lo oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! ‑exclamó una voz
burlona entre la multitud.
‑¿Galopar?
Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado.
‑Por
lo menos, os llevará a buena marcha.
‑¡No
lo compadezcáis, amigos! ¡Coged cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es
lo que necesita esta calamidad!
Todos
suben a la carreta de Mikolka entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y
todavía queda espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de
cara rubicunda, con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores
en el tocado. No cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas.
La
muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no
reírse ante la idea de que tan escuálido animal pueda llevar al galope
semejante carga? Dos de los jóvenes que están en la carreta se proveen de
látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el grito de U ¡Arre! y el caballo tira
con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que apenas logra
avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada de latigazos.
Las risas redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir. Mikolka
se enfurece y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar.
‑¡Dejadme
subir también a mí, hermanos! ‑grita un joven, seducido por el alegre
espectáculo.
‑¡Sube!
¡Subid! ‑grita Mikolka‑. ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a
fuerza de golpes... ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!
La
rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué pegarle para
hacerle más daño.
‑Papá,
papaíto ‑exclama Rodia‑. ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a
ese pobre caballito?
‑Vámonos,
vámonos
‑responde
el padre‑. Están borrachos... Así se divierten, los muy imbéciles...
Vámonos..., no mires...
E
intenta llevárselo. Pero el niño se desprende de su mano y, fuera de si, corre
hacia la carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego
empieza a tirar nuevamente... Está a punto de caer.
‑¡Pegadle
hasta matarlo! ‑ruge Mikolka‑. ¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os
ayudo!
‑¡Tú
no eres cristiano: eres un demonio! ‑grita un viejo entre la multitud.
Y
otra voz añade:
‑¿Dónde
se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?
‑¡Lo
vas a matar! ‑vocifera un tercero.
‑¡Id
al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid,
subid todos! ¡He de hacerlo galopar!
De
súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio
muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear.
Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En
verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene
sobre sus patas...!
Dos
mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y
empiezan a golpear al pobre animal, uno por la derecha y otro por la izquierda.
‑Pegadle
en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! ‑vocifera Mikolka.
‑¡Cantemos
una canción, camaradas! ‑dice una voz en la carreta‑. El estribillo
tenéis que repetirlo todos.
Los
mujiks entonan una canción grosera acompañados por un tamboril. El estribillo
se silba. La campesina sigue partiendo avellanas y riendo con sorna.
Rodia
se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver cómo le pegan en
los ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se le contrae. Ruedan sus
lágrimas. Uno de los verdugos le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se
da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia el viejo de barba blanca,
que sacude la cabeza y parece condenar el espectáculo. Una mujer lo coge de la
mano y se lo quiere llevar. Pero él se escapa y vuelve al lado del caballo,
que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta aún cocear.
‑¡El
diablo te lleve! ‑vocifera Mikolka, ciego de ira.
Arroja
el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo.
Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el
lomo de la víctima.
‑¡Lo
vas a matar! ‑grita uno de los espectadores.
‑Seguro
que lo mata ‑dice otro.
‑¿Acaso
no es mío? ‑ruge Mikolka.
Y
golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.
‑¡Sigue!
¡Sigue! ¿Qué esperas? ‑gritan varias voces entre la multitud.
Mikolka
vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre
bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del
golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas.
Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos
de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego
por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido
acabar con el caballo de un solo golpe.
‑¡Es
duro de pelar! ‑exclama uno de los espectadores.
‑Ya
veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora ‑dice otro de los
curiosos.
‑¡Coge
un hacha! ‑sugiere un tercero‑. ¡Hay que acabar de una vez!
‑¡No
decís más que tonterías! ‑brama Mikolka‑. ¡Dejadme pasar!
Arroja
el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone
derecho, se ve en sus manos una barra de hierro.
‑¡Cuidado!
‑exclama.
Y,
con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El
caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la
barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se
desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.
‑¡Acabemos
con él! ‑ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta.
Varios
jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que
encuentran ‑látigos, palos, estacas‑ y se arrojan sobre el
caballejo agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla
con la barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y
muere.
‑¡Ya
está! ‑dice una voz entre la multitud.
‑Se
había empeñado en no galopar.
‑¡Es
mío! ‑exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y
como lamentándose de no tener otra victima a la que golpear.
‑Desde
luego, tú no crees en Dios ‑dicen algunos de los que han presenciado la
escena.
El
pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se abre paso entre la gente y se
acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa;
besa sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo
los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se
lo lleva.
‑Ven,
ven ‑le dice‑. Vámonos a casa.
‑Papá,
¿por qué han matado a ese pobre caballito? ‑gime Rodia. Alteradas por su
entrecortada respiración, sus palabras salen como gritos roncos de su contraída
garganta.
‑Están
borrachos ‑responde el padre‑. Así se divierten. Pero vámonos: aquí
no tenemos nada que hacer.
Rodia
le rodea con sus brazos. Siente una opresión horrible en el pecho. Hace un
esfuerzo por recobrar la respiración, intenta gritar... Se despierta.
Raskolnikof
se despertó sudoroso: todo su cuerpo estaba húmedo, empapados sus cabellos. Se
levantó horrorizado, jadeante...
‑¡Bendito
sea Dios! ‑exclamó‑. No ha sido más que un sueño.
Se
sentó al pie de un árbol y respiró profundamente.
«Pero
¿qué me ocurre? Debo de tener fiebre. Este sueño horrible lo demuestra.»
Tenía
el cuerpo acartonado; en su alma todo era oscuridad y turbación. Apoyó los
codos en las rodillas y hundió la cabeza entre las manos.
«¿Es
posible, Señor, es realmente posible que yo coja un hacha y la golpee con ella
hasta partirle el cráneo? ¿Es posible que me deslice sobre la sangre tibia y
viscosa, para forzar la cerradura, robar y ocultarme con el hacha, temblando,
ensangrentado? ¿Es posible, Señor?»
Temblaba
como una hoja...
«Pero
¿a qué pensar en esto? ‑prosiguió, profundamente sorprendido‑. Ya
estaba convencido de que no sería capaz de hacerlo. ¿Por qué, pues,
atormentarme así...? Ayer mismo, cuando hice el... ensayo, comprendí
perfectamente que esto era superior a mis fuerzas. ¿Qué necesidad tengo de
volver e interrogarme? Ayer, cuando bajaba aquella escalera, me decía que el
proyecto era vil, horrendo, odioso. Sólo de pensar en él me sentía aterrado,
con el corazón oprimido... No, no tendría valor; no lo tendría aunque supiera
que mis cálculos son perfectos, que todo el plan forjado este último mes tiene
la claridad de la luz y la exactitud de la aritmética... Nunca, nunca tendría
valor... ¿Para qué, pues, seguir pensando en ello?»
Se
levantó, lanzó una mirada de asombro en todas direcciones, como sorprendido de
verse allí, y se dirigió al puente. Estaba pálido y sus ojos brillaban. Sentía
todo el cuerpo dolorido, pero empezaba a respirar más fácilmente. Notaba que se
había librado de la espantosa carga que durante tanto tiempo le había abrumado.
Su alma se había aligerado y la paz reinaba en ella.
«Señor
‑imploró‑, indícame el camino que debo seguir y renunciaré a ese
maldito sueño.»
Al
pasar por el puente contempló el Neva y la puesta del sol, hermosa y flamígera.
Pese a su debilidad, no sentía fatiga alguna. Se diría que el temor que durante
el mes último se había ido formando poco a poco en su corazón se había
reventado de pronto. Se sentía libre, ¡libre! Se había roto el embrujo, la
acción del maleficio había cesado.
Más
adelante, cuando Raskolnikof recordaba este período de su vida y todo lo sucedido
durante él, minuto por minuto, punto por punto, sentía una mezcla de asombro e
inquietud supersticiosa ante un detalle que no tenía nada de extraordinario,
pero que había influido decisivamente en su destino.
He
aquí el hecho que fue siempre un enigma para él.
¿Por
qué, aun sintiéndose fatigado tan extenuado, que debió regresar a casa por el
camino más corto y más directo, había dado un rodeo por la plaza del Mercado
Central, donde no tenía nada que hacer? Desde luego, esta vuelta no alargaba
demasiado su camino, pero era completamente inútil. Cierto que infinidad de
veces había regresado a su casa sin saber las calles que había recorrido; pero
¿por qué aquel encuentro tan importante para él, a la vez que tan casual, que
había tenido en la plaza del Mercado (donde no tenía nada que hacer), se había
producido entonces, a aquella hora, en aquel minuto de su vida y en tales
circunstancias que todo ello había de ejercer la influencia más grave y
decisiva en su destino? Era para creer que el propio destino lo había preparado
todo de antemano.
Eran
cerca de las nueve cuando llegó a la plaza del Mercado Central. Los vendedores
ambulantes, los comerciantes que tenían sus puestos al aire libre, los
tenderos, los almacenistas, recogían sus cosas o cerraban sus establecimientos.
Unos vaciaban sus cestas, otros sus mesas y todos guardaban sus mercancías y se
disponían a volver a sus casas, a la vez que se dispersaban los clientes. Ante
los bodegones que ocupaban los sótanos de los sucios y nauseabundos inmuebles
de la plaza, y especialmente a las puertas de las tabernas, hormigueaba una
multitud de pequeños traficantes y vagabundos.
Cuando
salía de casa sin rumbo fijo, Raskolnikof frecuentaba esta plaza y las callejas
de los alrededores. Sus andrajos no atraían miradas desdeñosas: allí podía
presentarse uno vestido de cualquier modo, sin temor a llamar la atención. En
la esquina del callejón K., un matrimonio de comerciantes vendía artículos de
mercería expuestos en dos mesas: carretes de hilo, ovillos de algodón, pañuelos
de indiana... También se estaban preparando para marcharse. Su retraso se debía
a que se habían entretenido hablando con una conocida que se había acercado al
puesto. Esta conocida era Elisabeth Ivanovna, o Lisbeth, como la solían llamar,
hermana de Alena Ivanovna, viuda de un registrador, la vieja Alena, la usurera
cuya casa había visitado Raskolnikof el día anterior para empeñar su reloj y
hacer un «ensayo». Hacía tiempo que tenía noticias de esta Lisbeth, y también
ella conocía un poco a Raskolnikof.
Era
una doncella de treinta y cinco años, desgarbada, y tan tímida y bondadosa que
rayaba en la idiotez. Temblaba ante su hermana mayor, que la tenía esclavizada;
la hacía trabajar noche y día, e incluso llegaba a pegarle.
Plantada
ante el comerciante y su esposa, con un paquete en la mano, los escuchaba con
atención y parecía mostrarse indecisa. Ellos le hablaban con gran animación.
Cuando Raskolnikof vio a Lisbeth experimentó un sentimiento extraño, una
especie de profundo asombro, aunque el encuentro no tenía nada de sorprendente.
‑Usted
y nadie más que usted, Lisbeth Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer ‑decía
el comerciante en voz alta‑. Venga mañana a eso de las siete. Ellos
vendrán también.
‑¿Mañana?
‑dijo Lisbeth lentamente y con aire pensativo, como si no se atreviera a
comprometerse.
‑¡Qué
miedo le tiene a Alena Ivanovna! ‑exclamó la esposa del comerciante, que
era una mujer de gran desenvoltura y voz chillona‑. Cuando la veo ponerse
así, me parece estar mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo, esa mujer
que la tiene en un puño no es más que su medio hermana.
‑Le
aconsejo que no diga nada a su hermana ‑continuó el marido‑.
Créame. Venga a casa sin pedirle permiso. La cosa vale la pena. Su hermana
tendrá que reconocerlo.
‑Tal
vez venga.
‑De
seis a siete. Los vendedores enviarán a alguien y usted resolverá.
‑Le
daremos una taza de té ‑prometió la vendedora.
‑Bien,
vendré ‑repuso Lisbeth, aunque todavía vacilante.
Y
empezó a despedirse con su calma característica.
Raskolnikof
había dejado ya tan atrás al matrimonio y su amiga, que no pudo oír ni una
palabra más. Había acortado el paso insensiblemente y había procurado no perder
una sola sílaba de la conversación. A la sorpresa del primer momento había
sucedido gradualmente un horror que le produjo escalofríos. Se había enterado,
de súbito y del modo más inesperado, de que al día siguiente, exactamente a las
siete, Lisbeth, la hermana de la vieja, la única persona que la acompañaba,
habría salido y, por lo tanto, que a las siete del día siguiente la vieja
¡estaría sola en la casa!
Raskolnikof
estaba cerca de la suya. Entró en ella como un condenado a muerte. No intentó
razonar. Además, no habría podido.
Sin
embargo, sintió súbitamente y con todo su ser, que su libre albedrío y su
voluntad ya no existían, que todo acababa de decidirse irrevocablemente.
Aunque
hubiera esperado durante años enteros una ocasión favorable, aunque hubiera
intentado provocarla, no habría podido hallar una mejor y que ofreciese más
probabilidades de éxito que la que tan inesperadamente acababa de venírsele a
las manos.
Y
aún era menos indudable que el día anterior no le habría sido fácil averiguar,
sin hacer preguntas sospechosas y arriesgadas, que al día siguiente, a una hora
determinada, la vieja contra la que planeaba un atentado estaría completamente
sola en su casa.
VI
Raskolnikof
se enteró algún tiempo después, por pura casualidad, de por qué el matrimonio
de comerciantes había invitado a Lisbeth a ir a su casa. El asunto no podía ser
más sencillo e inocente. Una familia extranjera venida a menos quería vender
varios vestidos. Como esto no podía hacerse con provecho en el mercado,
buscaban una vendedora a domicilio. Lisbeth se dedicaba a este trabajo y tenía
una clientela numerosa, pues procedía con la mayor honradez: ponía siempre el
precio más limitado, de modo que con ella no había lugar a regateos. Hablaba
poco y, como ya hemos dicho, era humilde y tímida.
Pero,
desde hacía algún tiempo, Raskolnikof era un hombre dominado por las
supersticiones. Incluso era fácil descubrir en él los signos indelebles de esta
debilidad. En el asunto que tanto le preocupaba se sentía especialmente
inclinado a ver coincidencias sorprendentes, fuerzas extrañas y misteriosas. El
invierno anterior, un estudiante amigo suyo llamado Pokorev le había dado, poco
antes de regresar a Karkov, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, por si
tenía que empeñar algo. Pasó mucho tiempo sin que tuviera necesidad de ir a
visitarla, pues con sus lecciones podía ir viviendo mal que bien. Pero, hacía
seis semanas, había acudido a su memoria la dirección de la vieja. Tenía dos
cosas para empeñar: un viejo reloj de plata de su padre y un anillo con tres
piedrecillas rojas que su hermana le había entregado en el momento de
separarse, para que tuviera un recuerdo de ella. Decidió empeñar el anillo.
Cuando vio a Alena Ivanovna, aunque no sabía nada de ella, sintió una
repugnancia invencible.
Después
de recibir dos pequeños billetes, Raskolnikof entró en una taberna que encontró
en el camino. Se sentó, pidió té y empezó a reflexionar. Acababa de acudir a su
mente, aunque en estado embrionario, como el polluelo en el huevo, una idea que
le interesó extraordinariamente.
Una
mesa casi vecina a la suya estaba ocupada por un estudiante al que no recordaba
haber visto nunca y por un joven oficial. Habían estado jugando al billar y se
disponían a tomar el té. De improviso, Raskolnikof oyó que el estudiante daba
al oficial la dirección de Alena Ivanovna y empezaba a hablarle de ella. Esto
le llamó la atención: hacía sólo un momento que la había dejado, y ya estaba
oyendo hablar de la vieja. Sin duda, esto no era sino una simple coincidencia,
pero su ánimo estaba dispuesto a entregarse a una impresión obsesionante y no
le faltó ayuda para ello. El estudiante empezó a dar a su amigo detalles acerca
de Alena Ivanovna.
‑Es
una mujer única. En su casa siempre puede uno procurarse dinero. Es rica como
un judío y podría prestar cinco mil rublos de una vez. Sin embargo, no
desprecia las operaciones de un rublo. Casi todos los estudiantes tenemos
tratos con ella. Pero ¡qué miserable es!
Y
empezó a darle detalles de su maldad. Bastaba que uno dejara pasar un día
después del vencimiento, para que se quedara con el objeto empeñado.
‑Da
por la prenda la cuarta parte de su valor y cobra el cinco y hasta el seis por
ciento de interés mensual.
El
estudiante, que estaba hablador, dijo también que la usurera tenía una hermana,
Lisbeth, y que la menuda y horrible vieja la vapuleaba sin ningún miramiento, a
pesar de que Lisbeth medía aproximadamente un metro ochenta de altura.
‑¡Una
mujer fenomenal! ‑exclamó el estudiante, echándose a reír.
Desde
este momento, el tema de la charla fue Lisbeth. El estudiante hablaba de ella
con un placer especial y sin dejar de reír. El oficial, que le escuchaba atentamente,
le rogó que le enviara a Lisbeth para comprarle alguna ropa interior que
necesitaba.
Raskolnikof
no perdió una sola palabra de la conversación y se enteró de ciertas cosas:
Lisbeth era medio hermana de Alena (tuvieron madres diferentes) y mucho más
joven que ella, pues tenía treinta y cinco años. La vieja la hacía trabajar
noche y día. Además de que guisaba y lavaba la ropa para su hermana y ella,
cosía y fregaba suelos fuera de casa, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
Alena. No se atrevía a aceptar ningún encargo, ningún trabajo, sin la
autorización de la vieja. Sin embargo, Alena ‑Lisbeth lo sabía‑
había hecho ya testamento y, según él, su hermana sólo heredaba los muebles.
Dinero, ni un céntimo: lo legaba todo a un monasterio del distrito de N. para
pagar una serie perpetua de oraciones por el descanso de su alma.
Lisbeth
procedía de la pequeña burguesía del tchin[L19].
Era una mujer desgalichada, de talla desmedida, de piernas largas y torcidas y
pies enormes, como toda su persona, siempre calzados con zapatos ligeros. Lo
que más asombraba y divertía al estudiante era que Lisbeth estaba continuamente
encinta.
‑Pero
¿no has dicho que no vale nada? ‑inquirió el oficial.
‑Tiene
la piel negruzca y parece un soldado disfrazado de mujer, pero no puede decirse
que sea fea. Su cara no está mal, y menos sus ojos. La prueba es que gusta
mucho. Es tan dulce, tan humilde, tan resignada... La pobre no sabe decir a
nada que no: hace todo lo que le piden... ¿Y su sonrisa? ¡Ah, su sonrisa es
encantadora!
‑Ya
veo que a ti también te gusta ‑dijo el oficial, echándose a reír.
‑Por
su extravagancia. En cambio, a esa maldita vieja, la mataría y le robaría sin
ningún remordimiento, ¡palabra! ‑exclamó con vehemencia el estudiante.
El
oficial lanzó una nueva carcajada, y Raskolnikof se estremeció. ¡Qué extraño
era todo aquello!
‑Oye
‑dijo el estudiante, cada vez más acalorado‑, quiero exponerte una
cuestión seria. Naturalmente, he hablado en broma, pero escucha. Por un lado
tenemos una mujer imbécil, vieja, enferma, mezquina, perversa, que no es útil a
nadie, sino que, por el contrario, es toda maldad y ni ella misma sabe por qué
vive. Mañana morirá de muerte natural... ¿Me sigues? ¿Comprendes?
‑Sí
‑afirmó el oficial, observando atentamente a su entusiasmado amigo.
‑Continúo.
Por otro lado tenemos fuerzas frescas, jóvenes, que se pierden, faltas de
sostén, por todas partes, a miles. Cien, mil obras útiles se podrían mantener y
mejorar con el dinero que esa vieja destina a un monasterio. Centenares, tal
vez millares de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de
familias se podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la
muerte, de los hospitales para enfermedades venéreas..., todo con el dinero de
esa mujer. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien
de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría
ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A
cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola
muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética. Además, ¿qué puede
pesar en la balanza social la vida de una anciana esmirriada, estúpida y cruel?
No más que la vida de un piojo o de una cucaracha. Y yo diría que menos, pues
esa vieja es un ser nocivo, lleno de maldad, que mina la vida de otros seres.
Hace poco le mordió un dedo a Lisbeth y casi se lo arranca.
‑Sin
duda -admitió el oficial‑, no merece vivir. Pero la Naturaleza tiene sus
derechos.
‑¡Alto!
A la Naturaleza se la corrige, se la dirige. De lo contrario, los prejuicios
nos aplastarían. No tendríamos ni siquiera un solo gran hombre. Se habla del
deber, de la conciencia, y no tengo nada que decir en contra, pero me pregunto
qué concepto tenemos de ellos. Ahora voy a hacerte otra pregunta.
‑No,
perdona; ahora me toca a mí; yo también tengo algo que preguntarte.
‑Te
escucho.
‑Pues
bien, la pregunta es ésta. Has hablado con elocuencia, pero dime: ¿serías capaz
de matar a esa vieja con tus propias manos?
‑¡Claro
que no! Estoy hablando en nombre de la justicia. No se trata de mí.
‑Pues
yo creo que si tú no te atreves a hacerlo, no puedes hablar de justicia...
Ahora vamos a jugar otra partida.
Raskolnikof
se sentía profundamente agitado. Ciertamente, aquello no eran más que palabras,
una conversación de las más corrientes sostenida por gente joven. Más de una
vez había oído charlas análogas, con algunas variantes y sobre temas distintos.
Pero ¿por qué había oído expresar tales pensamientos en el momento mismo en que
ideas idénticas habían germinado en su cerebro? ¿Y por qué, cuando acababa de
salir de casa de Alena Ivanovna con aquella idea embrionaria en su mente, había
ido a sentarse al lado de unas personas que estaban hablando de la vieja?
Esta
coincidencia le parecía siempre extraña. La insignificante conversación de café
ejerció una influencia extraordinaria sobre él durante todo el desarrollo del
plan. Ciertamente, pareció haber intervenido en todo ello la fuerza del
destino.
Al
regresar de la plaza se dejó caer en el diván y estuvo inmóvil una hora entera.
Entre tanto, la oscuridad había invadido la habitación. No tenía velas. Por
otra parte, ni siquiera pensó en encender una luz. Más adelante, nunca pudo
recordar si había pensado algo en aquellos momentos. Finalmente, sintió de
nuevo escalofríos de fiebre y pensó con satisfacción que podía acostarse en el
diván sin tener que quitarse la ropa. Pronto se sumió en un sueño pesado como
el plomo.
Durmió
largamente y casi sin soñar. A las diez de la mañana siguiente, Nastasia entró
en la habitación. No conseguía despertarlo. Le llevaba pan y un poco de té en
su propia tetera, como el día anterior.
‑¡Eh!
¿Todavía acostado? ‑gritó, indignada‑. ¡No haces más que dormir!
Raskolnikof
se levantó con un gran esfuerzo. Le dolía la cabeza. Dio una vuelta por el
cuarto y volvió a echarse en el diván.
‑¿Otra
vez a dormir? ‑exclamó Nastasia‑. ¿Es que estás enfermo?
Raskolnikof
no contestó.
‑¿Quieres
té?
‑Más
tarde ‑repuso el joven penosamente. Luego cerró los ojos y se volvió de
cara a la pared.
Nastasia
estuvo un momento contemplándolo.
‑A
lo mejor está enfermo de verdad -murmuró mientras se marchaba.
A
las dos volvió a aparecer con la sopa. Él estaba todavía acostado y no había
probado el té. Nastasia se sintió incluso ofendida y empezó a zarandearlo.
‑¿A
qué viene tanta modorra? ‑gruñó, mirándole con desprecio.
Él
se sentó en el diván, pero no pronunció ni una palabra. Permaneció con la
mirada fija en el suelo.
‑¡Bueno!
Pero ¿estás enfermo o qué? ‑preguntó Nastasia.
Esta
segunda pregunta quedó tan sin respuesta como la primera.
‑Debes
salir ‑dijo Nastasia tras un silencio‑. Te conviene tomar un poco
el aire. Comerás, ¿verdad?
‑Más
tarde ‑balbuceó débilmente Raskolnikof‑. Ahora vete.
Y
reforzó estas palabras con un ademán.
Ella
permaneció todavía un momento en el cuarto, mirándolo con un gesto de
compasión. Luego se fue.
Minutos
después, Raskolnikof abrió los ojos, contempló largamente la sopa y el té,
cogió la cuchara y empezó a comer.
Dio tres o
cuatro cucharadas, sin apetito, maquinalmente. Se le había calmado el dolor de
cabeza. Cuando terminó de comer se echó de nuevo en el diván. Pero no pudo
dormir y se quedó inmóvil, de bruces, con la cabeza hundida en la almohada.
Soñaba, y su sueño era extraño. Se imaginaba estar en África, en Egipto... La
caravana con la que iba se había detenido en un oasis. Los camellos estaban
echados, descansando. Las palmeras que los rodeaban balanceaban sus tupidos
penachos. Los viajeros se disponían a comer, pero Raskolnikof prefería beber
agua de un riachuelo que corría cerca de él con un rumoreo cantarín. El aire
era deliciosamente fresco. El agua, fría y de un azul maravilloso, corría sobre
un lecho de piedras multicolores y arena blanca con reflejos dorados...
De
súbito, las campanadas de un reloj resonaron claramente en su oído. Se
estremeció, volvió a la realidad, levantó la cabeza y miró hacia la ventana.
Entonces recobró por completo la lucidez y se levantó precipitadamente, como si
lo arrancaran del diván. Se acercó a la puerta de puntillas, la entreabrió
cautelosamente y aguzó el oído, tratando de percibir cualquier ruido que
pudiera llegar de la escalera.
Su
corazón latía con violencia. En la escalera reinaba la calma más absoluta; la
casa entera parecía dormir... La idea de que había estado sumido desde el día
anterior en un profundo sueño, sin haber hecho nada, sin haber preparado nada,
le sorprendió: su proceder era absurdo, incomprensible. Sin duda, eran las
campanadas de las seis las que acababa de ofr... Súbitamente, a su embotamiento
y a su inercia sucedió una actividad extraordinaria, desatinada y febril. Sin
embargo, los preparativos eran fáciles y no exigían mucho tiempo. Raskolnikof
procuraba pensar en todo, no olvidarse de nada. Su corazón seguía latiendo con
tal violencia, que dificultaba su respiración. Ante todo, había que preparar un
nudo corredizo y coserlo en el forro del gabán. Trabajo de un minuto. Introdujo
la mano debajo de la almohada, sacó la ropa interior que había puesto allí y
eligió una camisa sucia y hecha jirones. Con varias tiras formó un cordón de
unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de largo. Lo dobló en dos, se
quitó el gabán de verano, de un tejido de algodón tupido y sólido (el único
sobretodo que tenla) y empezó a coser el extremo del cordón debajo del sobaco
izquierdo. Sus manos temblaban. Sin embargo, su trabajo resultó tan perfecto,
que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía por la parte exterior el menor
indicio de costura. El hilo y la aguja se los había procurado hacía tiempo y
los guardaba, envueltos en un papel, en el cajón de su mesa. Aquel nudo
corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un ingenioso detalle de su
plan. No era cosa de ir por la calle con un hacha en la mano. Por otra parte,
si se hubiese limitado a esconder el hacha debajo del gabán, sosteniéndola por
fuera, se habría visto obligado a mantener continuamente la mano en el mismo
sitio, lo cual habría llamado la atención. El nudo corredizo le permitía llevar
colgada el hacha y recorrer así todo el camino, sin riesgo alguno de que se le
cayera. Además, llevando la mano en el bolsillo del gabán, podría sujetar por
un extremo el mango del hacha e impedir su balanceo. Dada la amplitud de la
prenda, que era un verdadero saco, no había peligro de que desde el exterior se
viera lo que estaba haciendo aquella mano.
Terminada
esta operación, Raskolnikof introdujo los dedos en una pequeña hendidura que
había entre el diván turco y el entarimado y extrajo un menudo objeto que desde
hacía tiempo tenía allí escondido. No se trataba de ningún objeto de valor,
sino simplemente de un trocito de madera pulida del tamaño de una pitillera. Lo
había encontrado casualmente un día, durante uno de sus paseos, en un patio
contiguo a un taller. Después le añadió una planchita de hierro, delgada y
pulida de tamaño un poco menor, que también, y aquel mismo día, se había
encontrado en la calle. Juntó ambas cosas, las ató firmemente con un hilo y las
envolvió en un papel blanco, dando al paquetito el aspecto más elegante posible
y procurando que las ligaduras no se pudieran deshacer sin dificultad. Así
apartaría la atención de la vieja de su persona por unos instantes, y él podría
aprovechar la ocasión. La planchita de hierro no tenía más misión que aumentar
el peso del envoltorio, de modo que la usurera no pudiera sospechar, aunque
sólo fuera por unos momentos, que la supuesta prenda de empeño era un simple
trozo de madera. Raskolnikof lo había guardado todo debajo del diván,
diciéndose que ya lo retiraría cuando lo necesitara.
Poco
después oyó voces en el patio.
‑¡Ya
son más de las seis!
‑¡Dios
mío, cómo pasa el tiempo!
Corrió
a la puerta, escuchó, cogió su sombrero y empezó a bajar la escalera
cautelosamente, con paso silencioso, felino... Le faltaba la operación más
importante: robar el hacha de la cocina. Hacía ya tiempo que había elegido el
hacha como instrumento. Él tenía una especie de podadera, pero esta herramienta
no le inspiraba confianza, y todavía desconfiaba más de sus fuerzas. Por eso
había escogido definitivamente el hacha.
Respecto
a estas resoluciones, hemos de observar un hecho sorprendente: a medida que se
afirmaban, le parecían más absurdas y monstruosas. A pesar de la lucha
espantosa que se estaba librando en su alma, Raskolnikof no podía admitir en
modo alguno que sus proyectos llegaran a realizarse.
Es
más, si todo hubiese quedado de pronto resuelto, si todas las dudas se hubiesen
desvanecido y todas las dificultades se hubiesen allanado, él, seguramente,
habría renunciado en el acto a su proyecto, por considerarlo disparatado,
monstruoso. Pero quedaban aún infinidad de puntos por dilucidar, numerosos
problemas por resolver. Procurarse el hacha era un detalle insignificante que
no le inquietaba lo más mínimo. ¡Si todo fuera tan fácil! Al atardecer,
Nastasia no estaba nunca en casa: o pasaba a la de algún vecino o bajaba a las
tiendas. Y siempre se dejaba la puerta abierta. Estas ausencias eran la causa
de las continuas amonestaciones que recibía de su dueña. Así, bastaría entrar
silenciosamente en la cocina y coger el hacha; y después, una hora más tarde, cuando
todo hubiera terminado, volver a dejarla en su sitio. Pero esto último tal vez
no fuera tan fácil. Podía ocurrir que cuando él volviera y fuese a dejar el
hacha en su sitio, Nastasia estuviera ya en la casa. Naturalmente, en este
caso, él tendría que subir a su aposento y esperar una nueva ocasión. Pero ¿y
si ella, entre tanto, advertía la desaparición del hacha y la buscaba primero y
después empezaba a dar gritos? He aquí cómo nacen las sospechas o, cuando
menos, cómo pueden nacer.
Sin
embargo, esto no eran sino pequeños detalles en los que no quería pensar. Por
otra parte, no tenía tiempo. Sólo pensaba en la esencia del asunto: los puntos
secundarios los dejaba para el momento en que se dispusiera a obrar. Pero esto
último le parecía completamente imposible. No concebía que pudiera dar por
terminadas sus reflexiones, levantarse y dirigirse a aquella casa. Incluso en
su reciente «ensayo» (es decir, la visita que había hecho a la vieja para
efectuar un reconocimiento definitivo en el lugar de la acción) distó mucho de
creer que obraba en serio. Se había dicho: «Vamos a ver. Hagamos un ensayo, en
vez de limitarnos a dejar correr la imaginación.» Pero no había podido
desempeñar su papel hasta el último momento: habíase indignado contra sí mismo.
No obstante, parecía que desde el punto de vista moral se podía dar por
resuelto el asunto. Su casuística, cortante como una navaja de afeitar, había
segado todas las objeciones. Pero cuando ya no pudo encontrarlas dentro de él,
en su espíritu, empezó a buscarlas fuera, con la obstinación propia de su
esclavitud mental, deseoso de hallar un garfio que lo retuviera.
Los
imprevistos y decisivos acontecimientos del día anterior lo gobernaban de un
modo poco menos que automático. Era como si alguien le llevara de la mano y le
arrastrara con una fuerza irresistible, ciega, sobrehumana; como si un pico de
sus ropas hubiera quedado prendido en un engranaje y él sintiera que su propio
cuerpo iba a ser atrapado por las ruedas dentadas.
Al
principio ‑de esto hacía ya bastante tiempo‑, lo que más le
preocupaba era el motivo de que todos los crímenes se descubrieran fácilmente,
de que la pista del culpable se hallara sin ninguna dificultad. Raskolnikof
llegó a diversas y curiosas conclusiones. Según él, la razón de todo ello estaba
en la personalidad del criminal más que en la imposibilidad material de ocultar
el crimen.
En
el momento de cometer el crimen, el culpable estaba afectado de una pérdida de
voluntad y raciocinio, a los que sustituía una especie de inconsciencia
infantil, verdaderamente monstruosa, precisamente en el momento en que la
prudencia y la cordura le eran más necesarias. Atribuía este eclipse del juicio
y esta pérdida de la voluntad a una enfermedad que se desarrollaba lentamente,
alcanzaba su máxima intensidad poco antes de la perpetración del crimen, se
mantenía en un estado estacionario durante su ejecución y hasta algún tiempo
después (el plazo dependía del individuo), y terminaba al fin, como terminan
todas las enfermedades.
Raskolnikof
se preguntaba si era esta enfermedad la que motivaba el crimen, o si el crimen,
por su misma naturaleza, llevaba consigo fenómenos que se confundían con los
síntomas patológicos. Pero era incapaz de resolver este problema.
Después
de razonar de este modo, se dijo que él estaba a salvo de semejantes trastornos
morbosos y que conservaría toda su inteligencia y toda su voluntad durante la
ejecución del plan, por la sencilla razón de que este plan no era un crimen. No
expondremos la serie de reflexiones que le Ilevaron a esta conclusión. Sólo
diremos que las dificultades puramente materiales, el lado práctico del asunto,
le preocupaba muy poco.
«Bastaría
‑se decía‑ que conserve toda mi fuerza de voluntad y toda mi
lucidez en el momento de llevar la empresa a la práctica. Entonces es cuando
habrá que analizar incluso los detalles más ínfimos.»
Pero
este momento no llegaba nunca, por la sencilla razón de que Raskolnikof no se
sentía capaz de tomar una resolución definitiva. Así, cuando sonó la hora de
obrar, todo le pareció extraordinario, imprevisto como un producto del azar.
Antes
de que terminara de bajar la escalera, ya le había desconcertado un detalle
insignificante. Al llegar al rellano donde se hallaba la cocina de su patrona,
cuya puerta estaba abierta como de costumbre, dirigió una mirada furtiva al
interior y se preguntó si, aunque Nastasia estuviera ausente, no estaría en la
cocina la patrona. Y aunque no estuviera en la cocina, sino en su habitación,
¿tendría la puerta bien cerrada? Si no era así, podría verle en el momento en
que él cogía el hacha.
Tras
estas conjeturas, se quedó petrificado al ver que Nastasia estaba en la cocina
y, además, ocupada. Iba sacando ropa de un cesto y tendiéndola en una cuerda.
Al aparecer Raskolnikof, la sirvienta se volvió y le siguió con la vista hasta
que hubo desaparecido. Él pasó fingiendo no haberse dado cuenta de nada. No
cabía duda: se había quedado sin hacha. Este contratiempo le abatió
profundamente.
«¿De
dónde me había sacado yo -me preguntaba mientras bajaba los últimos escalones‑
que era seguro que Nastasia se abría marchado a esta hora?» Estaba anonadado;
incluso experimentaba un sentimiento de humillación. Su furor le llevaba a
mofarse de sí mismo. Una cólera sorda, salvaje, hervía en él.
Al
llegar a la entrada se detuvo indeciso. La idea de irse a pasear sin rumbo no
le seducía; la de volver a su habitación, todavía menos. «¡Haber perdido una
ocasión tan magnífica!», murmuró, todavía inmóvil y vacilante, ante la oscura
garita del portero, cuya puerta estaba abierta. De pronto se estremeció. En el
interior de la garita, a dos pasos de él, debajo de un banco que había a la
izquierda, brillaba un objeto... Raskolnikof miró en torno de él. Nadie. Se
acercó a la puerta andando de puntillas, bajó los dos escalones que había en el
umbral y llamó al portero con voz apagada.
«No
está. Pero no debe de andar muy lejos, puesto que ha dejado la puerta abierta.»
Se
arrojó sobre el hacha (pues era un hacha el brillante objeto), la sacó de
debajo del banco, donde estaba entre dos leños, la colgó inmediatamente en el
nudo corredizo, introdujo las manos en los bolsillos del gabán y salió de la
garita. Nadie le había visto.
«No
es mi inteligencia la que me ayuda, sino el diablo», se dijo con una sonrisa
extraña.
Esta
feliz casualidad le enardeció extraordinariamente. Ya en la calle, echó a andar
tranquilamente, sin apresurarse, con objeto de no despertar sospechas. Apenas
miraba a los transeúntes y, desde luego, no fijaba su vista en ninguno; su
deseo era pasar lo más inadvertido posible.
De
súbito se acordó de que su sombrero atraía las miradas de la gente.
«¡Qué
estúpido he sido! Anteayer tenía dinero: habría podido comprarme una gorra.»
Y
añadió una imprecación que le salió de lo más hondo.
Su
mirada se dirigió casualmente al interior de una tienda y vio un reloj que
señalaba las siete y diez minutos. No había tiempo que perder. Sin embargo,
tenía que dar un rodeo, pues quería entrar en la casa por la parte posterior.
Cuando
últimamente pensaba en la situación en que se hallaba en aquel momento, se
figuraba que se sentiría aterrado. Pero ahora veía que no era así: no
experimentaba miedo alguno. Por su mente desfilaban pensamientos, breves,
fugitivos, que no tenían nada que ver con su empresa. Cuando pasó ante los
jardines Iusupof[L20],
se dijo que en sus plazas se debían construir fuentes monumentales para
refrescar la atmósfera, y seguidamente empezó a conjeturar que si el Jardín de
Verano se extendiera hasta el Campo de Marte e incluso se uniera al parque
Miguel, la ciudad ganaría mucho con ello. Luego se hizo una pregunta sumamente
interesante: ¿por qué los habitantes de las grandes poblaciones tienen la
tendencia, incluso cuando no los obliga la necesidad, a vivir en los barrios
desprovistos de jardines y fuentes, sucios, llenos de inmundicias y, en consecuencia,
de malos olores? Entonces recordó sus propios paseos por la plaza del Mercado y
volvió momentáneamente a la realidad.
«¡Qué
cosas tan absurdas se le ocurren a uno! lo mejor es no pensar en nada.»
Sin
embargo, seguidamente, como en un relámpago de lucidez, se dijo:
«Así
les ocurre, sin duda, a los condenados a muerte: cuando los llevan al lugar de
la ejecución, se aferran mentalmente a todo lo que ven en su camino[L21]».
Pero
rechazó inmediatamente esta idea.
Ya
estaba cerca. Ya veía la casa. Allí estaba su gran puerta cochera...
En
esto, un reloj dio una campanada.
«¿Las
siete y media ya? Imposible. Ese reloj va adelantado.»
Pero
también esta vez tuvo suerte. Como si la cosa fuera intencionada, en el momento
en que él llegó ante la casa penetraba por la gran puerta un carro cargado de
heno. Raskolnikof se acercó a su lado derecho y pudo entrar sin que nadie lo
viese. Al otro lado del carro había gente que disputaba: oyó sus voces. Pero ni
nadie le vio a él ni él vio a nadie. Algunas de las ventanas que daban al gran
patio estaban abiertas, pero él no levantó la vista: no se atrevió... La
escalera que conducía a casa de Alena Ivanovna estaba a la derecha de la
puerta. Raskolnikof se dirigió a ella y se detuvo, con la mano en el corazón,
como si quisiera frenar sus latidos. Aseguró el hacha en el nudo corredizo,
aguzó el oído y empezó a subir, paso a paso sigilosamente. No había nadie. Las
puertas estaban cerradas. Pero al llegar al segundo piso, vio una abierta de
par en par. Pertenecía a un departamento deshabitado, en el que trabajaban unos
pintores. Estos hombres ni siquiera vieron a Raskolnikof. Pero él se detuvo un
momento y se dijo: «Aunque hay dos pisos sobre éste, habría sido preferible que
no estuvieran aquí esos hombres.»
Continuó
en seguida la ascensión y llegó al cuarto piso. Allí estaba la puerta de las
habitaciones de la prestamista. El departamento de enfrente seguía
desalquilado, a juzgar por las apariencias, y el que estaba debajo mismo del de
la vieja, en el tercero, también debía de estar vacío, ya que de su puerta
había desaparecido la tarjeta que Raskolnikof había visto en su visita
anterior. Sin duda, los inquilinos se habían mudado.
Raskolnikof
jadeaba. Estuvo un momento vacilando. «¿No será mejor que me vaya?» Pero ni
siquiera se dio respuesta a esta pregunta. Aplicó el oído a la puerta y no oyó
nada: en el departamento de Alena Ivanovna reinaba un silencio de muerte. Su
atención se desvió entonces hacia la escalera: permaneció un momento inmóvil,
atento al menor ruido que pudiera llegar desde abajo...
Luego
miró en todas direcciones y comprobó que el hacha estaba en su sitio.
Seguidamente se preguntó: «¿No estaré demasiado pálido..., demasiado
trastornado? ¡Es tan desconfiada esa vieja! Tal vez me convendría esperar hasta
tranquilizarme un poco.» Pero los latidos de su corazón, lejos de normalizarse,
eran cada vez más violentos... Ya no pudo contenerse: tendió lentamente la mano
hacia el cordón de la campanilla y tiró. Un momento después insistió con
violencia.
No
obtuvo respuesta, pero no volvió a llamar: además de no conducir a nada, habría
sido una torpeza. No cabía duda de que la vieja estaba en casa; pero era
suspicaz y debía de estar sola. Empezaba a conocer sus costumbres...
Aplicó
de nuevo el oído a la puerta y... ¿Sería que sus sentidos se habían agudizado
en aquellos momentos (cosa muy poco probable), o el ruido que oyó fue
perfectamente perceptible? De lo que no le cupo duda es de que percibió que una
mano se apoyaba en el pestillo, mientras el borde de un vestido rozaba la puerta.
Era evidente que alguien hacía al otro lado de la puerta lo mismo que él estaba
haciendo por la parte exterior. Para no dar la impresión de que quería
esconderse, Raskolnikof movió los pies y refunfuñó unas palabras. Luego tiró
del cordón de la campanilla por tercera vez, sin violencia alguna,
discretamente, con objeto de no dejar traslucir la menor impaciencia. Este
momento dejaría en él un recuerdo imborrable. Y cuando, más tarde, acudía a su
imaginación con perfecta nitidez, no comprendía cómo había podido desplegar
tanta astucia en aquel momento en que su inteligencia parecía extinguirse y su
cuerpo paralizarse... Un instante después oyó que descorrían el cerrojo.
VII
Como en su
visita anterior, Raskolnikof vio que la puerta se entreabría y que en la estrecha
abertura aparecían dos ojos penetrantes que le miraban con desconfianza desde
la sombra.
En
este momento, el joven perdió la sangre fría y cometió una imprudencia que
estuvo a punto de echarlo todo a perder.
Temiendo
que la vieja, atemorizada ante la idea de verse a solas con un hombre cuyo
aspecto no tenía nada de tranquilizador, intentara cerrar la puerta,
Raskolnikof lo impidió mediante un fuerte tirón. La usurera quedó paralizada,
pero no soltó el pestillo aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después,
viendo que la vieja permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el
paso libre, él se fue derecho a ella. Alena Ivanovna, aterrada, dio un salto
atrás e intentó decir algo. Pero no pudo pronunciar una sola palabra y se quedó
mirando al joven con los ojos muy abiertos.
‑Buenas
tardes, Alena Ivanovna ‑empezó a decir en el tono más indiferente que le
fue posible adoptar. Pero sus esfuerzos fueron inútiles: hablaba con voz
entrecortada, le temblaban las manos‑. Le traigo..., le traigo... una
cosa para empeñar... Pero entremos: quiero que la vea a la luz.
Y
entró en el piso sin esperar a que la vieja lo invitara. Ella corrió tras él,
dando suelta a su lengua.
‑¡Oiga!
¿Quién es usted? ¿Qué desea?
‑Ya
me conoce usted, Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof... Tenga; aquí tiene aquello
de que le hablé el otro día.
Le
ofrecía el paquetito. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero
inmediatamente cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó en el intruso. Lo
observó con mirada penetrante, con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó
un minuto. Raskolnikof incluso creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos
ojillos, como si la vieja lo hubiese adivinado todo.
Notó
que perdía la calma, que tenía miedo, tanto, que habría huido si aquel mudo
examen se hubiese prolongado medio minuto más.
‑¿Por
qué me mira así, como si no me conociera? ‑exclamó Raskolnikof de pronto,
indignado también‑. Si le conviene este objeto, lo toma; si no, me
dirigiré a otra parte. No tengo por qué perder el tiempo.
Dijo
esto sin poder contenerse, a pesar suyo, pero su actitud resuelta pareció
ahuyentar los recelos de Alena Ivanovna.
‑¡Es
que lo has presentado de un modo!
Y,
mirando el paquetito, preguntó:
‑¿Qué
me traes?
‑Una
pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí.
Alena
Ivanovna tendió la mano.
‑Pero,
¿qué te ocurre? Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?
‑Tengo
fiebre ‑repuso Raskolnikof con voz anhelante. Y añadió, con un visible
esfuerzo‑: ¿Cómo no ha de estar uno pálido cuando no come?
Las
fuerzas volvían a abandonarle, pero su contestación pareció sincera. La usurera
le quitó el paquetito de las manos.
‑Pero
¿qué es esto? ‑volvió a preguntar, sopesándolo y dirigiendo nuevamente a
Raskolnikof una larga y penetrante mirada.
‑Una
pitillera... de plata... Véala.
‑Pues
no parece que esto sea de plata... ¡Sí que la has atado bien!
Se
acercó a la lámpara (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor
asfixiante) y empezó a luchar por deshacer los nudos, dando la espalda a
Raskolnikof y olvidándose de él momentáneamente.
Raskolnikof
se desabrochó el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo
debajo del abrigo, empuñándola con la mano derecha. En las dos manos sentía una
tremenda debilidad y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se
le cayese. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas.
‑Pero
¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! ‑exclamó la vieja,
volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof.
No
había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó
con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó
caer sobre la cabeza de la vieja.
Raskolnikof
creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las
recuperaba después de haber dado el hachazo.
La
vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises,
ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar
en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la
nuca. Como era de escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de
la cabeza. La víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que
tuvo tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas
tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos
hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un
recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó
definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó
sobre la cara de la vieja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que
parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro
estaban rígidos y desfigurados por las convulsiones de la agonía.
Raskolnikof
dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando
no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había
visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba
plenamente la lucidez; no estaba aturdido; no sentía vértigos. Más adelante
recordó que en aquellos momentos había procedido con gran atención y prudencia,
que incluso había sido capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de
sangre... Pronto encontró las llaves, agrupadas en aquel llavero de acero que
él ya había visto.
Corrió
con las llaves al dormitorio. Era una pieza de medianas dimensiones. A un lado
había una gran vitrina llena de figuras de santos; al otro, un gran lecho,
perfectamente limpio y protegido por una cubierta acolchada confeccionada con
trozos de seda de tamaño y color diferentes. Adosada a otra pared había una
cómoda. Al acercarse a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a probar las
llaves para intentar abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación
de dejarlo todo y marcharse le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones sólo
duraron unos instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía,
extrañado de haber tenido semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea
realmente inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja
no hubiese muerto, que tal vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda y
corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó..., pero no llegó a
dejarla caer: era indudable que la vieja estaba muerta.
Se
inclinó sobre el cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo
abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión: esta prueba era
innecesaria.
Sobre
el entarimado se había formado un charco de sangre. En esto, Raskolnikof vio un
cordón en el cuello de la vieja y empezó a tirar de él; pero era demasiado
resistente y no se rompía. Además, estaba resbaladizo, impregnado de sangre...
Intentó sacarlo por la cabeza de la víctima; tampoco lo consiguió: se enganchaba
en alguna parte. Perdiendo la paciencia, pensó utilizar el hacha: partiría el
cordón descargando un hachazo sobre el cadáver. Pero no se decidió a cometer
esta atrocidad. Al fin, tras dos minutos de tanteos, logró cortarlo,
manchándose las manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Un
instante después, el cordón estaba en sus manos.
Como
había supuesto, era una bolsita lo que pendía del cuello de la vieja. También
colgaban del cordón una medallita esmaltada y dos cruces, una de madera de ciprés
y otra de cobre. La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba
repleta de dinero. Raskolnikof se la guardó en el bolsillo sin abrirla. Arrojó
las cruces sobre el cuerpo de la vieja y, esta vez cogiendo el hacha, volvió
precipitadamente al dormitorio.
Una
impaciencia febril le impulsaba. Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus
tentativas de abrir los cajones fueron infructuosas, no tanto a causa del
temblor de sus manos como de los continuos errores que cometía. Veía, por
ejemplo, que una llave no se adaptaba a una cerradura, y se obstinaba en
introducirla. De pronto se dijo que aquella gran llave dentada que estaba con
las otras pequeñas en el llavero no debía de ser de la cómoda (se acordaba de
que ya lo había pensado en su visita anterior), sino de algún cofrecillo, donde
tal vez guardaba la vieja todos sus tesoros.
Se
separó, pues, de la cómoda y se echó en el suelo para mirar debajo de la cama,
pues sabía que era allí donde las viejas solían guardar sus riquezas. En
efecto, vio un arca bastante grande ‑de más de un metro de longitud‑,
tapizada de tafilete rojo. La llave dentada se ajustaba perfectamente a la
cerradura.
Abierta
el arca, apareció un paño blanco que cubría todo el contenido. Debajo del paño
había una pelliza de piel de liebre con forro rojo. Bajo la piel, un vestido de
seda, y debajo de éste, un chal. Más abajo sólo había, al parecer, trozos de
tela.
Se
limpió la sangre de las manos en el forro rojo.
«Como
la sangre es roja, se verá menos sobre el rojo.»
De
pronto cambió de expresión y se dijo, aterrado:
«¡Qué
insensatez, Señor! ¿Acabaré volviéndome loco?»
Pero
cuando empezó a revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un
reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo
aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados
todavía: pulseras, cadenas, pendientes, alfileres de corbata... Algunas de
estas joyas estaban en sus estuches; otras, cuidadosamente envueltas en papel
de periódico en doble, y el envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo:
introdujo la mano y empezó a llenar los bolsillos de su pantalón y de su gabán
sin abrir los paquetes ni los estuches.
Pero
de pronto hubo de suspender el trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pasos
en la habitación inmediata. Se quedó inmóvil, helado de espanto... No, todo
estaba en calma; sin duda, su oído le había engañado. Pero de súbito percibió
un débil grito, o, mejor, un gemido sordo, entrecortado, que se apagó en
seguida. De nuevo y durante un minuto reinó un silencio de muerte. Raskolnikof,
en cuclillas ante el arca, esperó, respirando apenas. De pronto se levantó
empuñó el hacha y corrió a la habitación vecina. En esta habitación estaba
Lisbeth. Tenía en las manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver
de su hermana. Estaba pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para
gritar. Al ver aparecer a Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja y su
rostro se contrajo convulsivamente. Probó a levantar los brazos y no pudo;
abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno. Lentamente fue
retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de mirar a Raskolnikof en silencio,
aquel silencio que no tenía fuerzas para romper. Él se arrojó sobre ella con el
hacha en la mano. Los labios de la infeliz se torcieron con una de esas muecas
que solemos observar en los niños pequeños cuando ven algo que les asusta y
empiezan a gritar sin apartar la vista de lo que causa su terror.
Era
tan cándida la pobre Lisbeth y estaba tan aturdida por el pánico, que ni
siquiera hizo el movimiento instintivo de levantar las manos para proteger su
cabeza: se limitó a dirigir el brazo izquierdo hacia el asesino, como si
quisiera apartarlo. El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte
superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio. Lisbeth se desplomó.
Raskolnikof perdió por completo la cabeza, se apoderó del envoltorio, después
lo dejó caer y corrió al vestíbulo.
Su
terror iba en aumento, sobre todo después de aquel segundo crimen que no había
proyectado, y sólo pensaba en huir. Si en aquel momento hubiese sido capaz de
ver las cosas más claramente, de advertir las dificultades, el horror y lo
absurdo de su situación; si hubiese sido capaz de prever los obstáculos que
tenía que salvar y los crímenes que aún habría podido cometer para salir de
aquella casa y volver a la suya, acaso habría renunciado a la lucha y se habría
entregado, pero no por cobardía, sino por el horror que le inspiraban sus
crímenes. Esta sensación de horror aumentaba por momentos. Por nada del mundo
habría vuelto al lado del arca, y ni siquiera a las dos habitaciones
interiores.
Sin
embargo, poco a poco iban acudiendo a su mente otros pensamientos. Incluso
llegó a caer en una especie de delirio. A veces se olvidaba de las cosas
esenciales y fijaba su atención en los detalles más superfluos. Sin embargo,
como dirigiera una mirada a la cocina y viese que debajo de un banco había un
cubo con agua, se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. Sus manos
estaban manchadas de sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cubo; después
cogió un trozo de jabón que había en un plato agrietado sobre el alféizar de la
ventana y se lavó.
Seguidamente
sacó el hacha del cubo, limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos
frotando el mango, que había recibido salpicaduras de sangre. Lo secó todo con
un trapo puesto a secar en una cuerda tendida a través de la cocina, y luego
examinó detenidamente el hacha junto a la ventana. Las huellas acusadoras
habían desaparecido, pero el mango estaba todavía húmedo.
Después
de colgar el hacha del nudo corredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus
pantalones, su americana, sus botas, tan minuciosamente como le permitió la
escasa luz que había en la cocina.
A
simple vista, su indumentaria no presentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las
botas estaban manchadas de sangre. Mojó un trapo y las lavó. Pero sabía que no
veía bien y que tal vez no percibía manchas perfectamente visibles.
Luego
quedó indeciso en medio de la cocina, presa de un pensamiento angustioso: se
decía que tal vez se había vuelto loco, que no se hablaba en disposición de
razonar ni de defenderse, que sólo podía ocuparse en cosas que le conducían a
la perdición.
«¡Señor!
¡Dios mío! Es preciso huir, huir...» Y corrió al vestíbulo. Entonces sintió el
terror más profundo que había sentido en toda su vida. Permaneció un momento
inmóvil, como si no pudiera dar crédito a sus ojos: la puerta del piso, la que
daba a la escalera, aquella a la que había llamado hacía unos momentos, la
puerta por la cual había entrado, estaba entreabierta, y así había estado
durante toda su estancia en el piso... Sí, había estado abierta. La vieja se
había olvidado de cerrarla, o tal vez no fue olvido, sino precaución... Lo
chocante era que él había visto a Lisbeth dentro del piso... ¿Cómo no se le
ocurrió pensar que si había entrado sin llamar, la puerta tenía que estar
abierta? ¡No iba a haber entrado filtrándose por la pared!
Se
arrojó sobre la puerta y echó el cerrojo.
«Acabo
de hacer otra tontería. Hay que huir, hay que huir...»
Descorrió
el cerrojo, abrió la puerta y aguzó el oído. Así estuvo un buen rato. Se oían
gritos lejanos. Sin duda llegaban del portal. Dos fuertes voces cambiaban
injurias.
«¿Qué
hará ahí esa gente?»
Esperó.
Al fin las voces dejaron de oírse, cesaron de pronto. Los que disputaban debían
de haberse marchado.
Ya
se disponía a salir, cuando la puerta del piso inferior se abrió
estrepitosamente, y alguien empezó a bajar la escalera canturreando.
«Pero
¿por qué harán tanto ruido?», pensó.
Cerró
de nuevo la puerta, y de nuevo esperó. Al fin todo quedó sumido en un profundo
silencio. No se oía ni el rumor más leve. Pero ya iba a bajar, cuando percibió
ruido de pasos. El ruido venía de lejos, del principio de la escalera
seguramente. Andando el tiempo, Raskolnikof recordó perfectamente que, apenas
oyó estos pasos, tuvo el presentimiento de que terminarían en el cuarto piso,
de que aquel hombre se dirigía a casa de la vieja. ¿De dónde nació este
presentimiento? ¿Acaso el ruido de aquellos pasos tenía alguna particularidad
significativa? Eran lentos, pesados, regulares...
Los
pasos llegaron al primer piso. Siguieron subiendo. Eran cada vez más
perceptibles. Llegó un momento en que incluso se oyó un jadeo asmático... Ya
estaba en el tercer piso... «¡Viene aquí, viene aquí...!» Raskolnikof quedó
petrificado.. Le parecía estar viviendo una de esas pesadillas en que nos vemos
perseguidos por enemigos implacables que están a punto de alcanzarnos y
asesinarnos, mientras nosotros nos sentimos como clavados en el suelo, sin
poder hacer movimiento alguno para defendernos.
Las
pisadas se oían ya en el tramo que terminaba en el cuarto piso. De pronto,
Raskolnikof salió de aquel pasmo que le tenía inmóvil, volvió al interior del
departamento con paso rápido y seguro, cerró la puerta y echó el cerrojo, todo
procurando no hacer ruido.
El
instinto lo guiaba. Una vez bien cerrada la puerta, se quedó junto a ella,
encogido, conteniendo la respiración.
El
desconocido estaba ya en el rellano. Se encontraba frente a Raskolnikof, en el
mismo sitio desde donde el joven había tratado de percibir los ruidos del
interior hacía un rato, cuando sólo la puerta lo separaba de la vieja.
El
visitante respiró varias veces profundamente.
«Debe
de ser un hombre alto y grueso», pensó Raskolnikof llevando la mano al mango
del hacha. Verdaderamente, todo aquello parecía un mal sueño. El desconocido
tiró violentamente del cordón de la campanilla.
Cuando
vibró el sonido metálico, al visitante le pareció oír que algo se movía dentro
del piso, y durante unos segundos escuchó atentamente. Volvió a llamar, volvió
a escuchar y, de pronto, sin poder contener su impaciencia, empezó a sacudir la
puerta, asiendo firmemente el tirador.
Raskolnikof
miraba aterrado el cerrojo, que se agitaba dentro de la hembrilla, dando la
impresión de que iba a saltar de un momento a otro. Un siniestro horror se
apoderó de él.
Tan
violentas eran las sacudidas, que se comprendían los temores de Raskolnikof.
Momentáneamente concibió la idea de sujetar el cerrojo, y con él la puerta,
pero desistió al comprender que el otro podía advertirlo. Perdió por completo
la serenidad; la cabeza volvía a darle vueltas. «Voy a caer», se dijo. Pero en
aquel momento oyó que el desconocido empezaba a hablar, y esto le devolvió la
calma.
‑¿Estarán
durmiendo o las habrán estrangulado? ‑murmuró‑. ¡El diablo las
lleve! A las dos: a Alena Ivanovna, la vieja bruja, y a Lisbeth Ivanovna, la
belleza idiota... ¡Abrid de una vez, mujerucas...! Están durmiendo, no me cabe
duda.
Estaba
desesperado. Tiró del cordón lo menos diez veces más y tan fuerte como pudo. Se
veía claramente que era un hombre enérgico y que conocía la casa.
En
este momento se oyeron, ya muy cerca, unos pasos suaves y rápidos.
Evidentemente, otra persona se dirigía al piso cuarto. Raskolnikof no oyó al
nuevo visitante hasta que estaban llegando al descansillo.
‑No
es posible que no haya nadie ‑dijo el recién llegado con voz sonora y
alegre, dirigiéndose al primer visitante, que seguía haciendo sonar la
campanilla‑. Buenas tardes, Koch.
«Un
hombre joven, a juzgar por su voz», se dijo Raskolnikof inmediatamente.
‑No
sé qué demonios ocurre ‑repuso Koch‑. Hace un momento casi echo
abajo la puerta... ¿Y usted de qué me conoce?
‑¡Qué
mala memoria! Anteayer le gané tres partidas do billar, una tras otra, en el
Gambrinus.
‑¡Ah,
sí!
‑¿Y
dice usted que no están? ¡Qué raro! Hasta me pared imposible. ¿Adónde puede
haber ido esa vieja? Tengo que hablar con ella.
‑Yo
también tengo que hablarle, amigo mío.
‑¡Qué
le vamos a hacer! ‑exclamó el joven‑. Nos tendremos que ir por
donde hemos venido. ¡Y yo que creía que saldría de aquí con dinero!
‑¡Claro
que nos tendremos que marchar! Pero ¿por qué me citó? Ella misma me dijo que
viniera a esta hora. ¡Con la caminata que me he dado para venir de mi casa
aquí! ¿Dónde diablo estará? No lo comprendo. Esta bruja decrépita no se mueve
nunca de casa, porque apenas puede andar. ¡Y, de pronto, se le ocurre marcharse
a dar un paseo!
‑¿Y
si preguntáramos al portero?
‑¿Para
qué?
‑Para
saber si está en casa o cuándo volverá.
‑¡Preguntar,
preguntar...! ¡Pero si no sale nunca!
Volvió
a sacudir la puerta.
‑¡Es
inútil! ¡No hay más solución que marcharse!
‑¡Oiga!
‑exclamó de pronto el joven‑. ¡Fíjese bien! La puerta cede un poco
cuando se tira.
‑Bueno,
¿y qué?
‑Esto
demuestra que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¿Lo oye resonar
cuando se mueve la puerta?
‑¿Y
qué?
‑Pero
¿no comprende? Esto prueba que una de ellas está en la casa. Si hubieran salido
las dos, habrían cerrado con llave por fuera; de ningún modo habrían podido
echar el cerrojo por dentro... ¿Lo oye,
lo oye? Hay que estar en casa para poder echar el cerrojo, ¿no
comprende? En fin, que están y no quieren abrir.
‑¡Sí!
¡Claro! ¡No cabe duda! ‑exclamó Koch, asombrado‑. Pero ¿qué demonio
estarán haciendo?
Y
empezó a sacudir la puerta furiosamente.
‑¡Déjelo!
Es inútil ‑dijo el joven‑. Hay algo raro en todo esto. Ha llamado
usted muchas veces, ha sacudido violentamente la puerta, y no abren. Esto puede
significar que las dos están desvanecidas o...
‑¿O
qué?
‑Lo
mejor es que vayamos a avisar al portero para que vea lo que ocurre.
‑Buena
idea.
Los
dos se dispusieron a bajar.
‑No
‑dijo el joven‑; usted quédese aquí. Iré yo a buscar al portero.
‑¿Por
qué he de quedarme?
‑Nunca
se sabe lo que puede ocurrir.
‑Bien,
me quedaré.
‑Óigame:
estoy estudiando para juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro;
esto es evidente..., ¡evidente!
Después
de decir esto en un tono lleno de vehemencia, el joven empezó a bajar la
escalera a grandes zancadas.
Cuando
se quedó solo, Koch llamó una vez más, discretamente, y luego, pensativo,
empezó a sacudir la puerta para convencerse de que el cerrojo estaba echado.
Seguidamente se inclinó, jadeante, y aplicó el ojo a la cerradura. Pero no pudo
ver nada, porque la llave estaba puesta por dentro.
En
pie ante la puerta, Raskolnikof asía fuertemente el mango del hacha. Era presa
de una especie de delirio. Estaba dispuesto a luchar con aquellos hombres si
conseguían entrar en el departamento. Al oír sus golpes y sus comentarios, más
de una vez había estado a punto de poner término a la situación hablándoles a
través de la puerta. A veces le dominaba la tentación de insultarlos, de
burlarse de ellos, e incluso deseaba que entrasen en el piso. «¡Que acaben de
una vez! p, pensaba.
‑Pero
¿dónde se habrá metido ese hombre? ‑murmuró el de fuera.
Habían
pasado ya varios minutos y nadie subía. Koch empezaba a perder la calma.
‑Pero
¿dónde se habrá metido ese hombre? ‑gruñó.
Al
fin, agotada su paciencia, se fue escaleras abajo con su paso lento, pesado,
ruidoso.
«¿Qué
hacer, Dios mío
Raskolnikof
descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. No se percibía el menor ruido. Sin
más vacilaciones, salió, cerró la puerta lo mejor que pudo y empezó a bajar.
Inmediatamente ‑sólo había bajado tres escalones‑ oyó gran alboroto
más abajo. ¿Qué hacer? No había ningún sitio donde esconderse... Volvió a subir
a toda prisa.
‑¡Eh,
tú! ¡Espera!
El
que profería estos gritos acababa de salir de uno de los pisos inferiores y
corría escaleras abajo, no ya al galope, sino en tromba.
‑¡Mitri, Mitri, Miiitri! ‑vociferaba
hasta desgañitarse‑. ¿Te has vuelto loco? ¡Así vayas a parar al infierno!
Los
gritos se apagaron; los últimos habían llegado ya de la entrada. Todo volvió a
quedar en silencio. Pero, transcurridos apenas unos segundos, varios hombres
que conversaban a grandes voces empezaron a subir tumultuosamente la escalera.
Eran tres o cuatro. Raskolnikof reconoció la sonora voz del joven de antes.
Comprendiendo
que no los podía eludir, se fue resueltamente a su encuentro.
«¡Sea
lo que Dios quiera! Si me paran, estoy perdido, y si S me dejan pasar, también,
pues luego se acordarán de mí.»
El
encuentro parecía inevitable. Ya sólo les separaba un piso. Pero, de pronto...,
¡la salvación! Unos escalones más abajo, a su derecha, vio un piso abierto y
vacío. Era el departamento del segundo, donde trabajaban los pintores. Como si
lo hubiesen hecho adrede, acababan de salir. Seguramente fueron ellos los que
bajaron la escalera corriendo y alborotando. Los techos estaban recién
pintados. En medio de una de las habitaciones había todavía una cubeta, un bote
de pintura y un pincel. Raskolnikof se introdujo en el piso furtivamente y se
escondió en un rincón. Tuvo el tiempo justo. Los hombres estaban ya en el
descansillo. No se detuvieron: siguieron subiendo hacia el cuarto sin dejar de
hablar a voces. Raskolnikof esperó un momento. Después salió de puntillas y se
lanzó velozmente escaleras abajo.
Nadie
en la. escalera; nadie en el portal. Salió rápidamente y dobló hacia la
izquierda.
Sabía
perfectamente que aquellos hombres estarían ya en el departamento de la vieja,
que les habría sorprendido encontrar abierta la puerta que hacía unos momentos
estaba cerrada; que estarían examinando los cadáveres; que en seguida habrían
deducido que el criminal se hallaba en el piso cuando ellos llamaron, y que
acababa de huir. Y tal vez incluso sospechaban que se había ocultado en el
departamento vacío cuando ellos subían.
Sin
embargo, Raskolnikof no se atrevía a apresurar el paso; no se atrevía aunque
tendría que recorrer aún un centenar de metros para llegar a la primera
esquina.
«Si
entrara en un portal ‑se decía‑ y me escondiese en la escalera...
No, sería una equivocación... ¿Debo tirar el hacha? ¿Y si tomara un coche?
¡Tampoco, tampoco...!»
Las
ideas se le embrollaban en el cerebro. Al fin vio una callejuela y penetró en
ella más muerto que vivo. Era evidente que estaba casi salvado. Allí corría
menos riesgo de infundir sospechas. Además, la estrecha calle estaba llena de
transeúntes, entre los que él era como un grano de arena,
Pero
la tensión de ánimo le había debilitado de tal modo que apenas podía andar.
Gruesas gotas de sudor resbalaban por su semblante; su cuello estaba empapado.
‑¡Vaya
merluza, amigo! ‑le gritó una voz cuando desembocaba en el canal.
Había
perdido por completo la cabeza; cuanto más andaba, más turbado se sentía.
Al
llegar al malecón y verlo casi vacío, el miedo de llamar la atención le
sobrecogió, y volvió a la callejuela. Aunque estaba a punto de caer
desfallecido, dio un rodeo para llegar a su casa.
Cuando
cruzó la puerta, aún no había recobrado la presencia de ánimo. Ya en la
escalera, se acordó del hacha. Aún tenía que hacer algo importantísimo: dejar
el hacha en su sitio sin llamar la atención.
Raskolnikof
no estaba en situación de comprender que, en vez de dejar el hacha en el lugar
de donde la había cogido, era preferible deshacerse de ella, arrojándola, por
ejemplo, al patio de cualquier casa.
Sin
embargo, todo salió a pedir de boca. La puerta de la garita estaba cerrada,
pero no con llave. Esto parecía indicar que el portero estaba allí. Sin
embargo, Raskolnikof había perdido hasta tal punto la facultad de razonar, que
se fue hacia la garita y abrió la puerta.
Si
en aquel momento hubiese aparecido el portero y le hubiera preguntado: «¿Qué
desea?», él, seguramente, le habría devuelto el hacha con el gesto más natural.
Pero
la garita estaba vacía como la vez anterior, y Raskolnikof pudo dejar el hacha
debajo del banco, entre los leños, exactamente como la encontró.
Inmediatamente
subió a su habitación, sin encontrar a nadie en la escalera. La puerta del
departamento de la patrona estaba cerrada.
Ya
en su aposento, se echó vestido en el diván y quedó sumido en una especie de
inconsciencia que no era la del sueño. Si alguien hubiese entrado entonces en
el aposento, Raskolnikof, sin duda, se habría sobresaltado y habría proferido
un grito. Su cabeza era un hervidero de retazos de ideas, pero él no podía
captar ninguno, por mucho que se empeñaba en ello.
SEGUNDA PARTE
I
Raskolnikof
permaneció largo tiempo acostado. A veces, salía a medias de su letargo y se
percataba de que la noche estaba muy avanzada, pero no pensaba en levantarse.
Cuando el día apuntó, él seguía tendido de bruces en el diván, sin haber
logrado sacudir aquel sopor que se había adueñado de todo su ser.
De
la calle llegaron a su oído gritos estridentes y aullidos ensordecedores.
Estaba acostumbrado a oírlos bajo su ventana todas las noches a eso de las dos.
Esta vez el escándalo lo despertó. «Ya salen los borrachos de las tabernas ‑se
dijo‑ Deben de ser más de las dos.»
Y
dio tal salto, que parecía que le habían arrancado del diván.
«¿Ya
las dos? ¿Es posible?»
Se
sentó y, de pronto, acudió a su memoria todo lo ocurrido.
En
los primeros momentos creyó volverse loco. Sentía un frío glacial, pero esta
sensación procedía de la fiebre que se había apoderado de él durante el sueño.
Su temblor era tan intenso, que en la habitación resonaba el castañeteo de sus
dientes. Un vértigo horrible le invadió. Abrió la puerta y estuvo un momento
escuchando. Todo dormía en la casa. Paseó una mirada de asombro sobre sí mismo
y por todo cuanto le rodeaba. Había algo que no comprendía. ¿Cómo era posible
que se le hubiera olvidado pasar el pestillo de la puerta? Además, se había
acostado vestido e incluso con el sombrero, que se le había caído y estaba
allí, en el suelo, al lado de su almohada.
«Si
alguien entrara, creería que estoy borracho, pero...»
Corrió
a la ventana. Había bastante claridad. Se inspeccionó cuidadosamente de pies a
cabeza. Miró y remiró sus ropas. ¿Ninguna huella? No, así no podía verse. Se
desnudó, aunque seguía temblando por efecto de la fiebre, y volvió a examinar
sus ropas con gran atención. Pieza por pieza, las miraba por el derecho y por
el revés, temeroso de que le hubiera pasado algo por alto. Todas las prendas,
hasta la más insignificante, las examinó tres veces.
Lo
único que vio fue unas gotas de sangre coagulada en los desflecados bordes de
los bajos del pantalón. Con un cortaplumas cortó estos flecos.
Se
dijo que ya no tenía nada más que hacer. Pero de pronto se acordó de que la
bolsita y todos los objetos que la tarde anterior había cogido del arca de la
vieja estaban todavía en sus bolsillos. Aún no había pensado en sacarlos para
esconderlos; no se le había ocurrido ni siquiera cuando había examinado las
ropas.
En
fin, manos a la obra. En un abrir y cerrar de ojos vació los bolsillos sobre la
mesa y luego los volvió del revés para convencerse de que no había quedado nada
en ellos. Acto seguido se lo llevó todo a un rincón del cuarto, donde el papel
estaba roto y despegado a trechos de la pared. En una de las bolsas que el
papel formaba introdujo el montón de menudos paquetes. «Todo arreglado» , se
dijo alegremente. Y se quedó mirando con gesto estúpido la grieta del papel,
que se había abierto todavía más.
De
súbito se estremeció de pies a cabeza.
‑¡Señor!
¡Dios mío! ‑murmuró, desesperado‑. ¿Qué he hecho? ¿Qué me ocurre?
¿Es eso un escondite? ¿Es así como se ocultan las cosas?
Sin
embargo, hay que tener en cuenta que Raskolnikof no había pensado para nada en
aquellas joyas. Creía que sólo se apoderaría de dinero, y esto explica que no
tuviera preparado ningún escondrijo. «¿Pero por qué me he alegrado?‑se
preguntó‑. ¿No es un disparate esconder así las cosas? No cabe duda de
que estoy perdiendo la razón.»
Sintiéndose
en el límite de sus fuerzas, se sentó en el diván. Otra vez recorrieron su
cuerpo los escalofríos de la fiebre. Maquinalmente se apoderó de su destrozado
abrigo de estudiante, que tenía al alcance de la mano, en una silla, y se cubrió
con él. Pronto cayó en un sueño que tenía algo de delirio.
Perdió
por completo la noción de las cosas; pero al cabo de cinco minutos se despertó,
se levantó de un salto y se arrojó con un gesto de angustia sobre sus ropas.
«¿Cómo
puedo haberme dormido sin haber hecho nada? El nudo corredizo está todavía en
el sitio en que lo cosí. ¡Haber olvidado un detalle tan importante, una prueba
tan evidente!» Arrancó el cordón, lo deshizo e introdujo las tiras de tela
debajo de su almohada, entre su ropa interior.
«Me
parece que esos trozos de tela no pueden infundir sospechas a nadie. Por lo
menos, así lo creo», se dijo de pie en medio de la habitación.
Después,
con una atención tan tensa que resultaba dolorosa, empezó a mirar en todas
direcciones para asegurarse de que no se le había olvidado nada. Ya se sentía
torturado por la convicción de que todo le abandonaba, desde la memoria a la
más simple facultad de razonar.
«¿Es
esto el comienzo del suplicio? Sí, lo es.»
Los
flecos que había cortado de los bajos del pantalón estaban todavía en el suelo,
en medio del cuarto, expuestos a las miradas del primero que llegase.
‑Pero
¿qué me pasa? ‑exclamó, confundido.
En
este momento le asaltó una idea extraña: pensó que acaso sus ropas estaban
llenas de manchas de sangre y que él no podía verlas debido a la merma de sus
facultades. De pronto se acordó de que la bolsita estaba manchada también.
«Hasta en mi bolsillo debe de haber sangre, ya que estaba húmeda cuando me la
guardé.» Inmediatamente volvió del revés el bolsillo y vio que, en efecto,
había algunas manchas en el forro. Un suspiro de alivio salió de lo más hondo
de su pecho y pensó, triunfante: «La razón no me ha abandonado completamente:
no he perdido la memoria ni la facultad de reflexionar, puesto que he caído en
este detalle. Ha sido sólo un momento de debilidad mental producido por la
fiebre.» Y arrancó todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón.
En
este momento, un rayo de sol iluminó su bota izquierda, y Raskolnikof
descubrió, a través de un agujero del calzado, una mancha acusadora en el
calcetín. Se quitó la bota y comprobó que, en efecto, era una mancha de sangre:
toda la puntera del calcetín estaba manchada... «Pero ¿qué hacer? ¿Dónde tirar
los calcetines, los flecos, el bolsillo...?»
En
pie en medio de la habitación, con aquellas piezas acusadoras en las manos, se
preguntaba:
«¿Debo
de echarlo todo en la estufa? No hay que olvidar que las investigaciones
empiezan siempre por las estufas. ¿Y si lo quemara aquí mismo...? Pero ¿cómo,
si no tengo cerillas? lo mejor es que me lo lleve y lo tire en cualquier parte.
Sí, en cualquier parte y ahora mismo.» Y mientras hacía mentalmente esta
afirmación, se sentó de nuevo en el diván. Luego, en vez de poner en práctica
sus propósitos, dejó caer la cabeza en la almohada. Volvía a sentir
escalofríos. Estaba helado. De nuevo se echó encima su abrigo de estudiante.
Varias
horas estuvo tendido en el diván. De vez en cuando pensaba: «Sí, hay que ir a
tirar todo esto en cualquier parte, para no pensar más en ello. Hay que ir inmediatamente.»
Y más de una vez se agitó en el diván con el propósito de levantarse, pero no
le fue posible. Al fin un golpe violento dado en la puerta le sacó de su
marasmo.
‑¡Abre
si no te has muerto! ‑gritó Nastasia sin dejar de golpear la puerta con el
puño‑. Siempre está tumbado. Se pasa el día durmiendo como un perro.
¡Como lo que es! ¡Abre ya! ¡Son más de las diez!
‑Tal
vez no esté ‑dijo una voz de hombre.
«La
voz del portero ‑se dijo al punto Raskolnikof‑. ¿Qué querrá de mí?»
Se
levantó de un salto y quedó sentado en el diván. El corazón le latía tan
violentamente, que le hacía daño.
‑Y
echado el pestillo ‑observó Nastasia‑. Por lo visto, tiene miedo de
que se lo lleven... ¿Quieres levantarte y abrir de una vez?
«¿Qué
querrán? ¿Qué hace aquí el portero? ¡Se ha descubierto todo, no cabe duda!
¿Debo abrir o hacerme el sordo? ¡Así cojan la peste!»
Se
levantó a medias, tendió el brazo y tiró del pestillo. La habitación era tan
estrecha, que podía abrir la puerta sin dejar el diván.
No
se había equivocado: eran Nastasia y el portero.
La
sirvienta le dirigió una mirada extraña. Raskolnikof miraba al portero con
desesperada osadía. Éste presentaba al joven un papel gris, doblado y
burdamente lacrado.
‑Esto
han traído de la comisaría.
‑¿De
qué comisaría?
‑De
la comisaría de policía. ¿De qué comisaría ha de ser?
‑Pero
¿qué quiere de mí la policía?
‑¿Yo
qué sé? Es una citación y tiene que ir.
Miró
fijamente a Raskolnikof, pasó una mirada por el aposento y se dispuso a
marcharse.
‑Tienes
cara de enfermo ‑dijo Nastasia, que no quitaba ojo a Raskolnikof. Al oír
estas palabras, el portero volvió la cabeza, y la sirvienta le dijo‑:
Tiene fiebre desde ayer.
Raskolnikof
no contestó. Tenía aún el pliego en la mano, sin abrirlo.
‑Quédate
acostado ‑dijo Nastasia, compadecida, al ver que Raskolnikof se disponía
a levantarse‑. Si estás enfermo, no vayas. No hay prisa.
Tras
una pausa, preguntó:
‑¿Qué
tienes en la mano?
Raskolnikof
siguió la mirada de la sirvienta y vio en su mano derecha los flecos del
pantalón, los calcetines y el bolsillo. Había dormido así. Más tarde recordó
que en las vagas vigilias que interrumpían su sueño febril apretaba todo
aquello fuertemente con la mano y que volvía a dormirse sin abrirla.
‑¡Recoges
unos pingajos y duermes con ellos como si fueran un tesoro!
Se
echó a reír con su risa histérica. Raskolnikof se apresuró a esconder debajo
del gabán el triple cuerpo del delito y fijó en la doméstica una mirada
retadora.
Aunque
en aquellos momentos fuera incapaz de discurrir con lucidez, se dio cuenta de
que estaba recibiendo un trato muy distinto al que se da a una persona a la que
van a detener.
Pero...
¿por qué le citaba la policía?
‑Debes
tomar un poco de té. Voy a traértelo. ¿Quieres? Ha sobrado.
‑No,
no quiero té ‑balbuceó‑. Voy a ver qué quiere la policía. Ahora
mismo voy a presentarme.
‑¡Pero
si no podrás ni bajar la escalera!
‑He
dicho que voy.
‑Allá
tú.
Salió
detrás del portero. Inmediatamente, Raskolnikof se acercó a la ventana y
examinó a la luz del día los calcetines y los flecos.
«Las
manchas están, pero apenas se ven: el barro y el roce de la bota las ha
esfumado. El que no lo sepa, no las verá. Por lo tanto y afortunadamente,
Nastasia no las ha podido ver: estaba demasiado lejos.»
Entonces
abrió el pliego con mano temblorosa. Hubo de leerlo y releerlo varias veces
para comprender lo que decía. Era una citación redactada en la forma corriente,
en la que se le indicaba que debía presentarse aquel mismo día, a las nueve y
media, en la comisaría del distrito.
«¡Qué
cosa más rara! ‑se dijo mientras se apoderaba de él una dolorosa ansiedad‑.
No tengo nada que ver con la policía, y me cita precisamente hoy. ¡Señor, que
termine esto cuanto antes!»
Iba
a arrodillarse para rezar, pero, en vez de hacerlo, se echó a reír. No se reía
de los rezos, sino de sí mismo. Empezó a vestirse rápidamente.
«Si
he de morir, ¿qué le vamos a hacer?»
Y
se dijo inmediatamente:
«He
de ponerme los calcetines. El polvo de las calles cubrirá las manchas.»
Apenas
se hubo puesto el calcetín ensangrentado, se lo quitó con un gesto de horror e
inquietud. Pero en seguida recordó que no tenía otros, y se lo volvió a poner,
echándose de nuevo a reír.
«¡Bah!
esto no son más que prejuicios. Todo es relativo en este mundo: los hábitos,
las apariencias..., todo, en fin.»
Sin
embargo, temblaba de pies a cabeza.
«Ya
está; ya lo tengo puesto y bien puesto.»
Pronto
pasó de la hilaridad a la desesperación.
«¡Esto
es superior a mis fuerzas!»
Las
piernas le temblaban.
‑¿De
miedo? ‑barbotó.
Todo
le daba vueltas; le dolía la cabeza a consecuencia de la fiebre.
«¡Esto
es una celada! Quieren atraerme, cogerme desprevenido ‑pensó mientras se
dirigía a la escalera‑. Lo peor es que estoy aturdido, que puedo decir lo
que no debo.»
Ya
en la escalera, recordó que las joyas robadas estaban aún donde las había
puesto, detrás del papel despegado y roto de la pared de la habitación.
«Tal
vez hagan un registro aprovechando mi ausencia.»
Se
detuvo un momento, pero era tal la desesperación que le dominaba, era su
desesperación. Tan cínica, tan profunda, que hizo un gesto de impotencia y
continuó su camino.
«¡Con
tal que todo termine rápidamente...!»
El
calor era tan insoportable como en los días anteriores. Hacía tiempo que no
había caído ni una gota de agua. Siempre aquel polvo aquellos montones de cal y
de ladrillos que obstruían las calles. Y el hedor de las tiendas llenas de
suciedad, y de las tabernas, y aquel hervidero de borrachos, buhoneros, coches
de alquiler...
El
fuerte sol le cegó y le produjo vértigos. Los ojos le dolían hasta el extremo
de que no podía abrirlos. (Así les ocurre en los días de sol a todos los que
tienen fiebre.)
Al
llegar a la esquina de la calle que había tomado el día anterior dirigió una
mirada furtiva y angustiosa a la casa... y volvió enseguida los ojos.
«Si
me interrogan, tal vez confiese», pensaba mientras se iba acercando a la
comisaría.
La
comisaría se había trasladado al cuarto piso de una casa nueva situada a unos
trescientos metros de su alojamiento. Raskolnikof había ido una vez al antiguo
local de la policía, pero de esto hacía mucho tiempo.
Al
cruzar la puerta vio a la derecha una escalera, por la que bajaba un mujik
con un cuaderno en la mano.
«Debe
de ser un ordenanza. Por lo tanto, esa escalera conduce a la comisaría.»
‑
Y, aunque no estaba seguro de ello, empezó a subir. No quería preguntar a
nadie.
«Entraré,
me pondré de rodillas y lo confesaré todo», pensaba mientras se iba acercando
al cuarto piso.
La
escalera, pina y dura, rezumaba suciedad. Las cocinas de los cuatro pisos daban
a ella y sus puertas estaban todo el día abiertas de par en par. El calor era
asfixiante. Se veían subir y bajar ordenanzas con sus carpetas debajo del
brazo, agentes y toda suerte de individuos de ambos sexos que tenían algún
asunto en la comisaría. La puerta de las oficinas estaba abierta. Raskolnikof
entró y se detuvo en la antesala, donde había varios mujiks. El calor era allí
tan insoportable como en la escalera. Además, el local estaba recién pintado y
se desprendía de él un olor que daba náuseas.
Después
de haber esperado un momento, el joven pasó a la pieza contigua. Todas las
habitaciones eran reducidas y bajas de techo. La impaciencia le impedía seguir
esperando y le impulsaba a avanzar. Nadie le prestaba la menor atención. En la
segunda dependencia trabajaban varios escribientes que no iban mucho mejor
vestidos que él. Todos tenían un aspecto extraño. Raskolnikof se dirigió a uno
de ellos.
‑¿Qué
quieres?
El
joven le mostró la citación.
‑¿Es
usted estudiante? ‑preguntó otro, tras haber echado una ojeada al papel.
‑Sí,
estudiaba.
El
escribiente lo observó sin ningún interés. Era un hombre de cabellos
enmarañados y mirada vaga. Parecía dominado por una idea fija.
«Por
este hombre no me enteraré de nada. Todo le es indiferente», pensó Raskolnikof.
‑Vaya
usted al secretario ‑dijo el escribiente, señalando con el dedo la
habitación del fondo.
Raskolnikof
se dirigió a ella. Esta pieza, la cuarta, era sumamente reducida y estaba llena
de gente. Las personas que había en ella iban un poco mejor vestidas que las
que el joven acababa de ver. Entre ellas había dos mujeres. Una iba de luto y
vestía pobremente. Estaba sentada ante el secretario y escribía lo que él le
dictaba. La otra era de formas opulentas y cara colorada. Vestía ricamente y
llevaba en el pecho un broche de gran tamaño. Estaba aparte y parecía esperar
algo. Raskolnikof presentó el papel al secretario. Éste le dirigió una ojeada y
dijo:
‑¡Espere!
Después
siguió dictando a la dama enlutada.
El
joven respiró. «No me han llamado por lo que yo creía», se dijo. Y fue
recobrándose poco a poco.
Luego
pensó: «La menor torpeza, la menor imprudencia puede perderme... Es lástima que
no circule más aire aquí. Uno se ahoga. La cabeza me da más vueltas que nunca y
soy incapaz de discurrir.»
Sentía
un profundo malestar y temía no poder vencerlo. Trataba de fijar su pensamiento
en cuestiones indiferentes, pero no lo conseguía. Sin embargo, el secretario le
interesaba vivamente. Se dedicó a estudiar su fisonomía. Era un joven de unos
veintidós años, pero su rostro, cetrino y lleno de movilidad, le hacía parecer
menos joven. Iba vestido a la última moda. Una raya que era una obra de arte
dividía en dos sus cabellos, brillantes de cosmético. Sus dedos, blancos y
perfectamente cuidados, estaban cargados de sortijas. En su chaleco pendían
varias cadenas de oro. Con gran desenvoltura, cambió unas palabras en francés
con un extranjero que se hallaba cerca de él.
‑Siéntese,
Luisa Ivanovna ‑dijo después a la gruesa, colorada y ricamente ataviada
señora, que permanecía en pie, como si no se atreviera a sentarse, aunque tenía
una silla a su lado.
‑Ich
danke [L22]‑respondió
Luisa lvanovna en voz baja.
Se
sentó con un frufrú de sedas. Su vestido, azul pálido guarnecido de blancos
encajes, se hinchó en torno de ella como un globo y llenó casi la mitad de la
pieza, a la vez que un exquisito perfume se esparcía por la habitación. Pero
ella parecía avergonzada de ocupar tanto espacio y oler tan bien. Sonreía con
una expresión de temor y timidez y daba muestras de intranquilidad.
Al
fin la dama enlutada se levantó, terminado el asunto que la había llevado allí.
En
este momento entró ruidosamente un oficial, con aire resuelto y moviendo los
hombros a cada paso. Echó sobre la mesa su gorra, adornada con una escarapela,
y se sentó en un sillón. La dama lujosamente ataviada se apresuró a levantarse
apenas le vio, y empezó a saludarle con un ardor extraordinario, y aunque él no
le prestó la menor atención, ella no osó volver a sentarse en su presencia.
Este personaje era el ayudante del comisario de policía. Ostentaba unos grandes
bigotes rojizos que sobresalían horizontalmente por los dos lados de su cara.
Sus facciones, extremadamente finas, sólo expresaban cierto descaro.
Miró
a Raskolnikof al soslayo e incluso con una especie de indignación. Su aspecto
era por demás miserable, pero su actitud no tenía nada de modesta.
Raskolnikof
cometió la imprudencia de sostener con tanta osadía aquella mirada, que el
funcionario se sintió ofendido.
‑¿Qué
haces aquí tú? ‑exclamó éste, asombrado sin duda de que semejante
desharrapado no bajara los ojos ante su mirada fulgurante.
‑He
venido porque me han llamado ‑repuso Raskolnikof‑. He recibido una
citación.
‑Es
ese estudiante al que se reclama el pago de una deuda ‑se apresuró a
decir el secretario, levantando la cabeza de sus papeles‑. Aquí está ‑y
presentó un cuaderno a Raskolnikof, señalándole lo que debía leer.
«¿Una
deuda...? ¿Qué deuda? ‑pensó Raskolnikof‑. El caso es que ya estoy
seguro de que no se me llama por... aquello.»
Se
estremeció de alegría. De súbito experimentó un alivio inmenso, indecible, un
bienestar inefable.
‑Pero
¿a qué hora le han dicho que viniera? ‑le gritó el ayudante, cuyo mal
humor había ido en aumento‑. Le han citado a las nueve y media, y son ya
más de las once.
‑No
me han entregado la citación hasta hace un cuarto de hora ‑repuso
Raskolnikof en voz no menos alta. Se había apoderado de él una cólera repentina
y se entregaba a ella con cierto placer‑. ¡Bastante he hecho con venir
enfermo y con fiebre!
‑¡No
grite, no grite!
‑Yo
no grito; estoy hablando como debo. Usted es el que grita. Soy estudiante y no
tengo por qué tolerar que se dirijan a mí en ese tono.
Esta
respuesta irritó de tal modo al oficial, que no pudo contestar en seguida: sólo
sonidos inarticulados salieron de sus contraídos labios. Después saltó de su
asiento.
‑¡Silencio!
¡Está usted en la comisaría! Aquí no se admiten insolencias.
‑¡También
usted está en la comisaría! ‑replicó Raskolnikof‑, y, no contento
con proferir esos gritos, está fumando, lo que es una falta de respeto hacia
todos nosotros.
Al
pronunciar estas palabras experimentaba un placer indescriptible.
El
secretario presenciaba la escena con una sonrisa. El fogoso ayudante pareció
dudar un momento.
‑¡Eso
no le incumbe a usted! ‑respondió al fin con afectados gritos‑. Lo
que ha de hacer es prestar la declaración que se le pide. Enséñele el
documento, Alejandro Grigorevitch. Se ha presentado una denuncia contra usted.
¡Usted no paga sus deudas! ¡Buen pájaro está hecho!
Pero
Raskolnikof ya no le escuchaba: se había apoderado ávidamente del papel y trataba,
con visible impaciencia, de hallar la clave del enigma. Una y otra vez leyó el
documento, sin conseguir entender ni una palabra.
‑Pero
¿qué es esto? ‑preguntó al secretario.
‑Un
efecto comercial cuyo pago se le reclama. Ha de entregar usted el importe de la
deuda, más las costas, la multa, etcétera, o declarar por escrito en qué fecha
podrá hacerlo. Al mismo tiempo, habrá de comprometerse a no salir de la
capital, y también a no vender ni empeñar nada de lo que posee hasta que haya
pagado su deuda. Su acreedor, en cambio, tiene entera libertad para poner en
venta los bienes de usted y solicitar la aplicación de la ley.
‑¡Pero
si yo no debo nada a nadie!
‑Ese
punto no es de nuestra incumbencia. A nosotros se nos ha remitido un efecto
protestado de ciento quince rublos, firmado por usted hace nueve meses en favor
de la señora Zarnitzine, viuda de un asesor escolar, efecto que esta señora ha
enviado al consejero Tchebarof en pago de una cuenta. En vista de ello,
nosotros le hemos citado a usted para tomarle declaración.
‑¡Pero
si esa señora es mi patrona!
‑¡Y
eso qué importa!
El
secretario le miraba con una sonrisa de superioridad e indulgencia, como a un
novicio que empieza a aprender a costa suya lo que significa ser deudor. Era
como si le dijese: «¿Eh? ¿Qué te ha parecido?»
Pero
¿qué importaban en aquel momento a Raskolnikof las reclamaciones de su patrona?
¿Valía la pena que se inquietara por semejante asunto, y ni siquiera que le
prestara la menor atención? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo, incluso
preguntando, pero todo lo hacía maquinalmente. Todo su ser estaba lleno de la
felicidad de sentirse a salvo, de haberse librado del temor que hacía unos
instantes lo sobrecogía. Por el momento, había expulsado de su mente el
análisis de su situación, todas las preocupaciones y previsiones temerosas. Fue
un momento de alegría absoluta, animal.
Pero
de pronto se desencadenó una tormenta en el despacho. El ayudante del
comisario, todavía bajo los efectos de la afrenta que acababa de sufrir y
deseoso de resarcirse, empezó de improviso a poner de vuelta y media a la dama
del lujoso vestido, la cual, desde que le había visto entrar, no cesaba de
mirarle con una sonrisa estúpida.
‑Y
tú, bribona ‑le gritó a pleno pulmón, después de comprobar que la señora
de luto se había marchado ya‑, ¿qué ha pasado en tu casa esta noche?
Dime: ¿qué ha pasado? Habéis despertado a todos los vecinos con vuestros
gritos, vuestras risas y vuestras borracheras. Por lo visto, te has empeñado en
ir a la cárcel. Te lo ha advertido lo menos diez veces. La próxima vez te lo
diré de otro modo. ¡No haces caso! ¡Eres una ramera incorregible!
Raskolnikof
se quedó tan estupefacto al ver tratar de aquel modo a la elegante dama, que se
le cayó el papel que tenía en la mano. Sin embargo, no tardó en comprender el
porqué de todo aquello, y la cosa le pareció sobremanera divertida. Desde este
momento escuchó con interés y haciendo esfuerzos por contener la risa. Su
tensión nerviosa era extraordinaria.
‑Bueno,
bueno, Ilia Petrovitch... ‑empezó a decir el secretario, pero enseguida
se dio cuenta de que su intervención sería inútil: sabía por experiencia que
cuando el impetuoso oficial se disparaba, no había medio humano de detenerle.
En
cuanto a la bella dama, la tempestad que se había desencadenado sobre ella
empezó por hacerla temblar, pero ‑cosa extraña‑ a medida que las
invectivas iban lloviendo sobre su cabeza, su cara iba mostrándose más amable,
y más encantadora la sonrisa que dirigía al oficial. Multiplicaba las
reverencias y esperaba impaciente el momento en que su censor le permitiera
hablar.
‑En
mi casa no hay escándalos ni pendencias, señor capitán ‑se apresuró a
decir tan pronto como le fue posible (hablaba el ruso fácilmente, pero con
notorio acento alemán)‑. Ni el menor escándalo ‑ella decía
«echkándalo»‑. Lo que ocurrió fue que un caballero llegó embriagado a mi
casa... Se lo voy a contar todo, señor capitán. La culpa no fue mía. Mi casa es
una casa seria, tan seria como yo, señor capitán. Yo no quería «echkándalos»...
Él vino como una cuba y pidió tres botellas ‑la alemana decía «potellas»‑.
Después levantó las piernas y empezó a tocar el piano con los pies, cosa que
está fuera de lugar en una casa seria como la mía. Y acabó por romper el piano,
lo cual no me parece ni medio bien. Así se lo dije, y él cogió la botella y
empezó a repartir botellazos a derecha e izquierda. Entonces llamé al portero,
y cuando Karl llegó, él se fue hacia Karl y le dio un puñetazo en un ojo.
También recibió Enriqueta. En cuanto a mí, me dio cinco bofetadas. En vista de
esta forma de conducirse, tan impropia de una casa seria, señor capitán, yo
empecé a protestar a gritos, y él abrió la ventana que da al canal y empezó a
gruñir como un cerdo. ¿Comprende, señor capitán? ¡Se puso a hacer el cerdo en
la ventana! Entonces, Karl empezó a tirarle de los faldones del frac para
apartarlo de la ventana y..., se lo confieso, señor capitán..., se le quedó un
faldón en las manos. Entonces empezó a gritar diciendo que man mouss [L23]pagarle
quince rublos de indemnización, y yo, señor capitán, le di cinco rublos por
seis Rock[L24].
Como usted ve, no es un cliente deseable. Le doy mi palabra, señor capitán, de
que todo el escándalo lo armó él. Y, además, me amenazó con contar en los
periódicos toda la historia de mi vida.
‑Entonces,
¿es escritor?
‑Sí,
señor, y un cliente sin escrúpulos que se permite, aun sabiendo que está en una
casa digna...
‑Bueno,
bueno; siéntate. Ya te he dicho mil veces...
‑Ilia
Petrovitch... ‑repitió el secretario, con acento significativo.
El
ayudante del comisario le dirigió una rápida mirada y vio que sacudía
ligeramente la cabeza.
‑En
fin, mi respetable Luisa Ivanovna ‑continuó el oficial‑, he aquí mi
última palabra en lo que a ti concierne. Como se produzca un nuevo escándalo en
lu digna casa, te haré enchiquerar, como soléis decir los de tu noble clase.
¿Has entendido...? ¿De modo que el escritor, el literato, aceptó cinco rublos
por su faldón en tu digna casa? ¡Bien por los escritores! ‑dirigió a
Raskolnikof una mirada despectiva‑. Hace dos días, un señor literato
comió en una taberna y pretendió no pagar. Dijo al tabernero que le compensaría
hablando de él en su próxima sátira. Y también hace poco, en un barco de
recreo, otro escritor insultó groseramente a la respetable familia, madre a
hija, de un consejero de Estado. Y a otro lo echaron a puntapiés de una
pastelería. Así son todos esos escritores, esos estudiantes, esos
charlatanes... En fin, Luisa Ivanovna, ya puedes marcharte. Pero ten cuidado,
porque no te perderé de vista. ¿Entiendes?
Luisa
Ivanovna empezó a saludar a derecha e izquierda calurosamente, y así, haciendo
reverencias, retrocedió hasta la puerta. Allí tropezó con un gallardo oficial,
de cara franca y simpática, encuadrada por dos soberbias patillas, espesas y
rubias. Era el comisario en persona: Nikodim Fomitch. Al verle, Luisa Ivanovna
se apresuró a inclinarse por última vez hasta casi tocar el suelo y salió del
despacho con paso corto y saltarín.
‑Eres
el rayo, el trueno, el relámpago, la tromba, el huracán ‑dijo el
comisario dirigiéndose amistosamente a su ayudante‑. Te han puesto
nervioso y tú te has dejado llevar de los nervios. Desde la escalera lo he
oído.
‑No
es para menos ‑replicó en tono indiferente Ilia Petrovitch llevándose sus
papeles a otra mesa, con su característico balanceo de hombros‑. Juzgue
usted mismo. Ese señor escritor, mejor dicho, estudiante, es decir, antiguo
estudiante, no paga sus deudas, firma pagarés y se niega a dejar la habitación
que tiene alquilada. Por todo ello se le denuncia, y he aquí que este señor se
molesta porque enciendo un cigarrillo en su presencia. ¡Él, que sólo comete
villanías! Ahí lo tiene usted. Mírelo; mire qué aspecto tan respetable tiene.
‑La
pobreza no es un vicio, mi buen amigo ‑respondió el comisario‑.
Todos sabemos que eres inflamable como la pólvora. Algo en su modo de ser te
habrá ofendido y no has podido contenerte. Y usted tampoco ‑añadió
dirigiéndose amablemente a Raskolnikof‑. Pero usted no le conoce. Es un
hombre excelente, créame, aunque explosivo como la pólvora. Sí, una verdadera pólvora:
se enciende, se inflama, arde y todo pasa: entonces sólo queda un corazón de
oro. En el regimiento le llamaban el «teniente Pólvora».
‑¡Ah,
qué regimiento aquél! ‑exclamó Ilia Petrovitch, conmovido por los halagos
de su jefe aunque seguía enojado.
Raskolnikof
experimentó de súbito el deseo de decir a todos algo desagradable.
‑Escúcheme,
capitán ‑dijo con la mayor desenvoltura, dirigiéndose al comisario‑.
Póngase en mi lugar. Estoy dispuesto a presentarle mis excusas si en algo le he
ofendido, pero hágase cargo: soy un estudiante enfermo y pobre, abrumado por la
miseria ‑así lo dijo: «abrumado»‑. Tuve que dejar la universidad,
porque no podía atender a mis necesidades. Pero he de recibir dinero: me lo
enviarán mi madre y mi hermana, que residen en el distrito de ... Entonces
pagaré. Mi patrona es una buena mujer, pero está tan indignada al ver que he
perdido los alumnos que tenía y que no le pago desde hace cuatro meses, que ni
siquiera me da mi ración de comida. En cuanto a su reclamación, no la comprendo.
Me exige que le pague en seguida. ¿Acaso puedo hacerlo? Juzguen ustedes mismos.
‑Todo
eso no nos incumbe ‑volvió a decir el secretario.
‑Permítame,
permítame. Estoy completamente de acuerdo con usted, pero permítame que les dé
ciertas explicaciones.
Raskolnikof
seguía dirigiéndose al comisario y no al secretario. También procuraba atraerse
la atención de Ilia Petrovitch, que, afectando una actitud desdeñosa, pretendía
demostrarle que no le escuchaba, sino que estaba absorto en el examen de sus
papeles.
‑Permítame
explicarle que hace tres años, desde que llegué de mi provincia, soy huésped de
esa señora, y que al principio..., no tengo por qué ocultarlo..., al principio
le prometí casarme con su hija. Fue una promesa simplemente verbal. Yo no
estaba enamorado, pero la muchacha no me disgustaba... Yo era entonces
demasiado joven... Mi patrona me abrió un amplio crédito, y empecé a llevar una
vida... No tenía la cabeza bien sentada.
‑Nadie
le ha dicho que refiera esos detalles íntimos, señor ‑le interrumpió
secamente Ilia Petrovitch, con una satisfacción mal disimulada‑. Además,
no tenemos tiempo para escucharlos.
Para
Raskolnikof fue muy difícil seguir hablando, pero lo hizo fogosamente.
‑Permítame,
permítame explicar, sólo a grandes rasgos, cómo ha ocurrido todo esto, aunque
esté de acuerdo con usted en que mis palabras son inútiles... Hace un año murió
del tifus la muchacha y yo seguí hospedándome en casa de la señora Zarnitzine.‑
Y cuando mi patrona se trasladó a la casa donde ahora habita, me dijo amistosamente
que tenía entera confianza en mí; pero que desearía que le firmase un pagaré de
ciento quince rublos, cantidad que, según mis cálculos, le debía...
Permítame... Ella me aseguró que, una vez en posesión del documento, seguiría
concediéndome un crédito ilimitado y que jamás, jamás..., repito sus
palabras..., pondría el pagaré en circulación. Y ahora que no tengo lecciones
ni dinero para comer, me exige que le pague... Es inexplicable.
‑Esos
detalles patéticos no nos interesan, señor ‑dijo Ilia Petrovitch con ruda
franqueza‑. Usted ha de limitarse a prestar la declaración y a firmar el
compromiso escrito que se le exige. La historia de sus amores y todas esas
tragedias y lugares comunes no nos conciernen en absoluto.
‑No
hay que ser tan duro ‑murmuró el comisario, yendo a sentarse en su mesa y
empezando a firmar papeles. Parecía un poco avergonzado.
‑Escriba
usted ‑dijo el secretario a Raskolnikof.
‑¿Qué
he de escribir? ‑preguntó ásperamente el denunciado.
‑Lo
que yo le dicte.
Raskolnikof
creyó advertir que el joven secretario se mostraba más desdeñoso con él después
de su confesión; pero, cosa extraña, a él ya no le importaban lo más mínimo los
juicios ajenos sobre su persona. Este cambio de actitud se había producido en
Raskolnikof súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos. Si hubiese reflexionado,
aunque sólo hubiera sido un minuto, se habría asombrado, sin duda, de haber
podido hablar como lo había hecho con aquellos funcionarios, a los que incluso
obligó a escuchar sus confidencias. ¿A qué se debería su nuevo y repentino
estado de ánimo? Si en aquel momento apareciese la habitación llena no de
empleados de la policía, sino de sus amigos más íntimos, no habría sabido qué
decirles, no habría encontrado una sola palabra sincera y amistosa en el gran vacío
que se había hecho en su alma. Le había invadido una lúgubre impresión de
infinito y terrible aislamiento. No era el bochorno de haberse entregado a tan
efusivas confidencias ante Ilia Petrovitch, ni la actitud jactanciosa y
triunfante del oficial, lo que había producido semejante revolución en su
ánimo. ¡Qué le importaba ya su bajeza! ¡Qué le importaban las arrogancias, los
oficiales, las alemanas, las diligencias, las comisarías...! Aunque le hubiesen
condenado a morir en la hoguera, no se habría inmutado. Es más: apenas habría
escuchado la sentencia. Algo nuevo, jamás sentido y que no habría sabido
definir, se había producido en su interior. Comprendía, sentía con todo su ser
que ya no podría conversar sinceramente con nadie, hacer confidencia alguna, no
sólo a los empleados de la comisaría, sino ni siquiera a sus parientes más
próximos: a su madre, a su hermana... Nunca había experimentado una sensación
tan extraña ni tan cruel, y el hecho de que él se diera cuenta de que no se
trataba de un sentimiento razonado, sino de una sensación, la más espantosa y
torturante que había tenido en su vida, aumentaba su tormento.
El
secretario de la comisaría empezó a dictarle la fórmula de declaración
utilizada en tales casos. «No siéndome posible pagar ahora, prometo saldar mi
deuda en... (tal fecha). Igualmente, me comprometo a no salir de la capital, a
no vender mis bienes, a no regalarlos...»
‑¿Qué
le pasa que apenas puede escribir? La pluma se le cae de las manos ‑dijo
el secretario, observando a Raskolnikof atentamente‑. ¿Está usted
enfermo?
‑Si...
Me ha dado un mareo... Continúe.
‑Ya
está. Puede firmar.
El
secretario tomó la hoja de manos de Raskolnikof y se volvió hacia los que
esperaban.
Raskolnikof
entregó la pluma, pero, en vez de levantarse, apoyó los codos en la mesa y
hundió la cabeza entre las manos. Tenía la sensación de que le estaban
barrenando el cerebro. De súbito le acometió un pensamiento incomprensible:
levantarse, acercarse al comisario y referirle con todo detalle el episodio de
la vieja; luego llevárselo a su habitación y mostrarle las joyas escondidas
detrás del papel de la pared. Tan fuerte fue este impulso que se levantó
dispuesto a llevar a cabo el propósito, pero de pronto se dijo: «¿No será mejor
que lo piense un poco, aunque sea un minuto...? No, lo mejor es no pensarlo y
quitarse de encima cuanto antes esta carga.
Pero
se detuvo en seco y quedó clavado en el sitio. El comisario hablaba
acaloradamente con Ilia Petrovitch. Raskolnikof le oyó decir:
‑Es
absurdo. Habrá que ponerlos en libertad a los dos. Todo contradice semejante
acusación. Si hubiesen cometido el crimen, ¿con qué fin habrían ido a buscar al
portero? ¿Para delatarse a sí mismos? ¿Para desorientar? No, es un ardid
demasiado peligroso. Además, a Pestriakof, el estudiante, le vieron los dos
porteros y una tendera ante la puerta en el momento en que llegó. Iba
acompañado de tres amigos que le dejaron pero en cuya presencia preguntó al
portero en qué piso vivía la vieja. ¿Habría hecho esta pregunta si hubiera ido
a la casa con el propósito que se le atribuye? En cuanto a Koch, estuvo media
hora en la orfebrería de la planta baja antes de subir a casa de la vieja. Eran
exactamente las ocho menos cuarto cuando subió. Reflexionemos...
‑Permítame.
¿Qué explicación puede darse a la contradicción en que han incurrido? Afirman
que llamaron, que la puerta estaba cerrada. Sin embargo, tres minutos después,
cuando vuelven a subir con el portero, la puerta está abierta.
‑Ésa
es la cuestión principal. No cabe duda de que el asesino estaba en el piso y
había echado el cerrojo. Seguro que lo habrían atrapado si Koch no hubiese
cometido la tontería de abandonar la guardia para bajar en busca de su amigo.
El asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera y escapar ante
sus mismas narices. Koch está aterrado; no cesa de santiguarse y decir que si
se hubiese quedado junto a la puerta del piso, el asesino se habría arrojado
sobre él y le habría abierto la cabeza de un hachazo. Va a hacer cantar un
Tedeum...
‑¿Y
nadie ha visto al asesino?
‑¿Cómo
quiere usted que lo vieran? ‑dijo el secretario, que desde su puesto
estaba atento a la conversación‑. Esa casa es un arca de Noé.
‑La
cosa no puede estar más clara ‑dijo el comisario, en un tono de
convicción.
‑Por
el contrario, está oscurísima ‑replicó Ilia Petrovitch.
Raskolnikof
cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Pero no llegó a ella...
Cuando
volvió en sí, se vio sentado en una silla. Alguien le sostenía por el lado
derecho. A su izquierda, otro hombre le presentaba un vaso amarillento lleno de
un líquido del mismo color. El comisario, Nikodim Fomitch, de pie ante él, le
miraba fijamente. Raskolnikof se levantó.
‑¿Qué
le ha pasado? ¿Está enfermo? ‑le preguntó el comisario secamente.
‑Apenas
podía sostener la pluma hace un momento, cuando escribía su declaración ‑observó
el secretario, volviendo a sentarse y empezando de nuevo a hojear papeles.
‑¿Hace
mucho tiempo que está usted enfermo? ‑gritó Ilia Petrovitch desde su
mesa, donde también estaba hojeando papeles. Se había acercado como todos los
demás, a Raskolnikof y le había examinado durante su desvanecimiento. Cuando
vio que volvía en sí, se apresuró a regresar a su puesto.
‑Desde
anteayer ‑balbuceó Raskolnikof.
‑¿Salió
usted ayer?
‑Sí.
‑¿Aun
estando enfermo?
‑Sí.
‑¿A
qué hora?
‑De
siete a ocho.
‑Permítame
que le pregunte dónde estuvo.
‑En
la calle.
‑He
aquí una contestación clara y breve.
Raskolnikof
había dado estas respuestas con voz dura y entrecortada. Estaba pálido como un
lienzo. Sus grandes ojos, negros y ardientes, no se abatían ante la mirada de
Ilia Petrovitch.
‑Apenas
puede tenerse en pie, y tú todavía... ‑empezó a decir el comisario.
‑No
se preocupe ‑repuso Ilia Petrovitch con acento enigmático.
Nikodim
Fomitch iba a decir algo más, pero su mirada se encontró casualmente con la del
secretario, que estaba fija en él, y esto fue suficiente para que se callara.
Se hizo un silencio general, repentino y extraño.
‑Ya
no le necesitamos ‑dijo al fin Ilia Petrovitch‑. Puede usted
marcharse.
Raskolnikof
se fue. Apenas hubo salido, la conversación se reanudó entre los policías con
gran vivacidad. La voz del comisario se oía más que las de sus compañeros.
Parecía hacer preguntas.
Ya
en la calle, Raskolnikof recobró por completo la calma.
«Sin
duda, van a hacer un registro, y en seguida ‑se decía mientras se
encaminaba a su alojamiento‑. ¡Los muy canallas! Sospechan de mí.»
Y
el terror que le dominaba poco antes volvió a apoderarse de él enteramente.
II
Y si el
registro se ha efectuado ya? También podría ser que me encontrase con la
policía en casa.»
Pero en su
habitación todo estaba en orden y no había nadie. Nastasia no había tocado
nada.
«Señor,
¿cómo habré podido dejar las joyas ahí?»
Corrió
al rincón, introdujo la mano detrás del papel, retiró todos los objetos y fue
echándolos en sus bolsillos. En total eran ocho piezas: dos cajitas que
contenían pendientes o algo parecido (no se detuvo a mirarlo); cuatro pequeños
estuches de tafilete; una cadena de reloj envuelta en un trozo de papel de
periódico, y otro envoltorio igual que, al parecer, contenía una condecoración.
Raskolnikof repartió todo esto por sus bolsillos, procurando que no abultara
demasiado, cogió también la bolsita y salió de la habitación, dejando la puerta
abierta de par en par.
Avanzaba
con paso rápido y firme. Estaba rendido, pero conservaba la lucidez mental.
Temía que la policía estuviera ya tomando medidas contra él; que al cabo de
media hora, o tal vez sólo de un cuarto, hubiera decidido seguirle. Por lo
tanto, había que apresurarse a hacer desaparecer aquellos objetos reveladores.
No debía cejar en este propósito mientras le quedara el menor residuo de
fuerzas y de sangre fría... ¿Adónde ir...? Este punto estaba ya resuelto.
«Arrojaré las cosas al canal y el agua se las tragará, de modo que no quedará
ni rastro de este asunto.» Así lo había decidido la noche anterior, en medio de
su delirio, e incluso había intentado varias veces levantarse para llevar a
cabo cuanto antes la idea.
Sin
embargo, la ejecución de este plan presentaba grandes dificultades. Durante más
de media hora se limitó a errar por el malecón del canal, inspeccionando todas
las escaleras que conducían al agua. En ninguna podía llevar a la práctica su
propósito. Aquí había un lavadero lleno de lavanderas, allí varias barcas
amarradas a la orilla. Además, el malecón estaba repleto de transeúntes. Se le
podía ver desde todas partes, y a quien lo viera le extrañaría que un hombre
bajara las escaleras expresamente para echar una cosa al agua. Por añadidura,
los estuches podían quedar flotando, y entonces todo el mundo los vería. Lo
peor era que las personas con que se cruzaba le miraban de un modo singular,
como si él fuera lo único que les interesara. «¿Por qué me mirarán así? ‑se
decía‑. ¿O todo será obra de mi imaginación?»
Al
fin pensó que acaso sería preferible que se dirigiera al Neva. En sus malecones
había menos gente. Allí llamaría menos la atención, le sería más fácil tirar
las joyas y ‑detalle importantísimo‑ estaría más lejos de su
barrio.
De
pronto se preguntó, asombrado, por qué habría estado errando durante media hora
ansiosamente por lugares peligrosos, cuando se le ofrecía una solución tan
clara. Había perdido media hora entera tratando de poner en práctica un plan
insensato forjado en un momento de desvarío. Cada vez era más propenso a
distraerse, su memoria vacilaba, y él se daba cuenta de ello. Había que
apresurarse.
Se
dirigió al Neva por la avenida V. Pero por el camino tuvo otra idea. ¿Por qué
ir al Neva? ¿Por qué arrojar los objetos al agua? ¿No era preferible ir a
cualquier lugar lejano, a las islas, por ejemplo, buscar un sitio solitario en
el interior de un bosque y enterrar las cosas al pie de un árbol, anotando
cuidadosamente el lugar donde se hallaba el escondite? Aunque sabía que en
aquel momento era incapaz de razonar lógicamente, la idea le pareció sumamente
práctica.
Pero
estaba escrito que no había de llegar a las islas. Al desembocar en la plaza
que hay al final de la avenida V. vio a su izquierda la entrada de un gran
patio protegido por altos muros. A la derecha había una pared que parecía no
haber estado pintada nunca y que pertenecía a una casa de altura considerable.
A la izquierda, paralela a esta pared, corría una valla de madera que penetraba
derechamente unos veinte pasos en el patio y luego se desviaba hacia la
izquierda. Esta empalizada limitaba un terreno desierto y cubierto de
materiales. Al fondo del patio había un cobertizo cuyo techo rebasaba la altura
de la valla. Este cobertizo debía de ser un taller de carpintería, de
guarnicionería o algo similar. Todo el suelo del patio estaba cubierto de un
negro polvillo de carbón.
«He
aquí un buen sitio para tirar las joyas ‑pensó‑. Después se va uno,
y asunto concluido.»
Advirtiendo
que no había nadie, penetró en el patio. Cerca de la puerta, ante la
empalizada, había uno de esos canalillos que suelen verse en los edificios
donde hay talleres. En la valla, sobre el canal, alguien había escrito con tiza
y con las faltas de rigor: «Proivido acer aguas menores.» Desde luego,
Raskolnikof no pensaba llamar la atención deteniéndose allí. Pensó: «Podría
tirarlo todo aquí, en cualquier parte, y marcharme.
Miró
nuevamente en todas direcciones y se llevó la mano al bolsillo. Pero en ese
momento vio cerca del muro exterior, entre la puerta y el pequeño canal, una
enorme piedra sin labrar, que debía de pesar treinta kilos largos. Del otro
lado del muro, de la calle, llegaba el rumor de la gente, siempre abundante en
aquel lugar. Desde fuera nadie podía verle, a menos que se asomara al patio.
Sin embargo, esto podía suceder; por lo tanto, había que obrar rápidamente.
Se
inclinó sobre la piedra, la cogió con ambas manos por la parte de arriba,
reunió todas sus fuerzas y consiguió darle la vuelta. En el suelo apareció una
cavidad. Raskolnikof vació en ella todo lo que llevaba en los bolsillos. La
bolsita fue lo último que depositó. Sólo el fondo de la cavidad quedó ocupado.
Volvió a rodar la piedra y ésta quedó en el sitio donde antes estaba. Ahora
sobresalía un poco más; pero Raskolnikof arrastró hasta ella un poco de tierra
con el pie y todo quedó como si no se hubiera tocado.
Salió
y se dirigió a la plaza. De nuevo una alegría inmensa, casi insoportable, se
apoderó momentáneamente de él. No había quedado ni rastro. «¿Quién podrá pensar
en esa piedra? ¿A quién se le ocurrirá buscar debajo? Seguramente está ahí
desde que construyeron la casa, y Dios sabe el tiempo que permanecerá en ese
sitio todavía. Además, aunque se encontraran las joyas, ¿quién pensaría en mí?
Todo ha terminado. Ha desaparecido hasta la última prueba.» Se echó a reír. Sí,
más tarde recordó que se echó a reír con una risita nerviosa, muda,
persistente. Aún se reía cuando atravesó la plaza. Pero su hilaridad cesó
repentinamente cuando llegó al bulevar donde días atrás había encontrado a la
jovencita embriagada.
Otros
pensamientos acudieron a su mente. Le aterraba la idea de pasar ante el banco
donde se había sentado a reflexionar cuando se marchó la muchacha. El mismo
temor le infundía un posible nuevo encuentro con el gendarme bigotudo al que
había entregado veinte kopeks. «¡El diablo se lo lleve!
Siguió
su camino, lanzando en todas direcciones miradas coléricas y distraídas. Todos
sus pensamientos giraban en torno a un solo punto, cuya importancia reconocía.
Se daba perfecta cuenta de que por primera vez desde hacía dos meses se
enfrentaba a solas y abiertamente con el asunto.
«¡Que
se vaya todo al diablo! ‑se dijo de pronto, en un arrebato de cólera‑.
El vino está escanciado y hay que beberlo. El demonio se lleve a la vieja y a
la nueva vida... ¡Qué estúpido es todo esto, Señor! ¡Cuántas mentiras he dicho
hoy! ¡Y cuántas bajezas he cometido! ¡En qué miserables vulgaridades he
incurrido para atraerme la benevolencia del detestable Ilia Petrovitch! Pero,
¡bah!, qué importa. Me río de toda esa gente y de las torpezas que yo haya podido
cometer. No es esto lo que debo pensar ahora...»
De
súbito se detuvo; acababa de planteársele un nuevo problema, tan inesperado
como sencillo, que le dejó atónito. «Si, como crees, has procedido en todo este
asunto como un hombre inteligente y no como un imbécil, si perseguías una
finalidad claramente determinada, ¿cómo se explica que no hayas dirigido ni
siquiera una ojeada al interior de la bolsita, que no te hayas preocupado de
averiguar lo que ha producido ese acto por el que has tenido que afrontar toda
suerte de peligros y horrores? Hace un momento estabas dispuesto a arrojar al
agua esa bolsa, esas joyas que ni siquiera has mirado... ¿Qué explicación
puedes dar a esto?»
Todas
estas preguntas tenían un sólido fundamento. Lo sabia desde antes de hacérselas.
La noche en que había resuelto tirarlo todo al agua había tomado esta decisión
sin vacilar, como si hubiese sido imposible obrar de otro modo. Sí, sabía todas
estas cosas y recordaba hasta los menores detalles. Sabía que todo había de
ocurrir como estaba ocurriendo; lo sabía desde el momento mismo en que había
sacado los estuches del arca sobre la cual estaba inclinado... Sí, lo sabía
perfectamente.
«La
causa de todo es que estoy muy enfermo ‑se dijo al fin sombríamente‑.
Me torturo y me hiero a mí mismo. Soy incapaz de dirigir mis actos. Ayer,
anteayer y todos estos días no he hecho más que martirizarme... Cuando esté
curado, ya no me atormentaré. Pero ¿y si no me curo nunca? ¡Señor, qué harto
estoy de toda esta historia...!»
Mientras
así reflexionaba, proseguía su camino. Anhelaba librarse de estas
preocupaciones, pero no sabía cómo podría conseguirlo. Una sensación nueva se
apoderó de él con fuerza irresistible, y su intensidad aumentaba por momentos.
Era un desagrado casi físico, un desagrado pertinaz, rencoroso, por todo lo que
encontraba en su camino, por todas las cosas y todas las personas que lo
rodeaban. Le repugnaban los transeúntes, sus caras, su modo de andar, sus
menores movimientos. Sentía deseos de escupirles a la cara, estaba dispuesto a
morder a cualquiera que le hablase.
Al
llegar al malecón del Pequeño Neva, en Vasilievski Ostrof, se detuvo en seco
cerca del puente.
«May
vive en esa casa ‑pensó‑. Pero ¿qué significa esto? Mis pies me han
traído maquinalmente a la vivienda de
Rasumikhine.
Lo mismo me ocurrió el otro día. Esto es verdaderamente chocante. ¿He venido
expresamente o estoy agua por obra del azar? Pero esto poco importa. El caso es
que dije que vendría a casa de Rasumikhine "al día siguiente". Pues
bien, ya he venido. ¿Acaso tiene algo de particular que le haga una visita?»
Subió
al quinto piso. En él habitaba Rasumikhine.
Se
hallaba éste escribiendo en su habitación. Él mismo fue a abrir. No se habían
visto desde hacía cuatro meses. Llevaba una bata vieja, casi hecha jirones. Sus
pies sólo estaban protegidos por unas pantuflas. Tenía revuelto el cabello. No
se había afeitado ni lavado. Se mostró asombrado al ver a Raskolnikof.
‑¿De
dónde sales? ‑exclamó mirando a su amigo de pies a cabeza. Después lanzó
un silbido‑. ¿Tan mal te van las cosas? Evidentemente, hermano, nos
aventajas a todos en elegancia ‑añadió, observando los andrajos de su
camarada‑. Siéntate; pareces cansado.
Y
cuando Raskolnikof se dejó caer en el diván turco, tapizado de una tela vieja y
rozada (un diván, entre paréntesis, peor que el suyo), Rasumikhine advirtió que
su amigo parecía no encontrarse bien.
‑Tú
estás enfermo, muy enfermo. ¿Te has dado cuenta?
Intentó
tomarle el pulso, pero Raskolnikof retiró la mano.
‑¡Bah!
¿Para qué? ‑dijo‑ He venido porque... me he quedado sin
lecciones..., y yo quisiera... No, no me hacen falta para nada las lecciones.
Rasumikhine
le observaba atentamente.
‑¿Sabes
una cosa, amigo? Estás delirando.
‑Nada
de eso; yo no deliro ‑replicó Raskolnikof levantándose.
Al
subir a casa de Rasumikhine no había tenido en cuenta que iba a verse frente a
frente con su amigo, y una entrevista, con quienquiera que fuese, le parecía en
aquellos momentos lo más odioso del mundo. Apenas hubo franqueado la puerta del
piso, sintió una cólera ciega contra Rasumikhine.
‑¡Adiós!
‑exclamó dirigiéndose a la puerta.
‑¡Espera,
hombre, espera! ¿Estás loco?
‑¡Déjame!
‑dijo Raskolnikof retirando bruscamente la mano que su amigo le había
cogido.
‑Entonces,
¿a qué diablos has venido? Has perdido el juicio. Esto es una ofensa para mí.
No consentiré que te vayas así.
‑Bien,
escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti para que me
ayude a volver a empezar. Tú eres mejor que todos los demás, es decir, más
inteligente, más comprensivo... Pero ahora veo que no necesito nada,
¿entiendes?, absolutamente nada... No me hacen falta los servicios ni la
simpatía de los demás... Estoy solo y me basto a mí mismo... Esto es todo.
Déjame en paz.
‑¡Pero
escucha un momento, botarate! ¿Es que te has vuelto loco? Puedes hacer lo que
quieras, pero yo tampoco tengo lecciones y me río de eso. Estoy en tratos con
el librero Kheruvimof, que es una magnífica lección en su género. Yo no lo
cambiaría por cinco lecciones en familias de comerciantes. Ese hombre publica libritos
sobre ciencias naturales, pues esto se vende como el pan. Basta buscar buenos
títulos. Me has llamado imbécil más de una vez, pero estoy seguro de que hay
otros más tontos que yo. Mi editor, que es poco menos que analfabeto, quiere
seguir la corriente de la moda, y yo, naturalmente, le animo... Mira, aquí hay
dos pliegos y medio de texto alemán. Puro charlatanismo, a mi juicio. Dicho en
dos palabras, la cuestión que estudia el autor es la de si la mujer es un ser
humano. Naturalmente, él opina que sí y su labor consiste en demostrarlo
elocuentemente. Kheruvimof considera que este folleto es de actualidad en estos
momentos en que el feminismo está de moda, y yo me encargo de traducirlo. Podrá
convertir en seis los dos pliegos y medio de texto alemán. Le pondremos un
título ampuloso que llene media página y se venderá a cincuenta kopeks el
ejemplar. Será un buen negocio. Se me paga la traducción a seis rublos el
pliego, o sea quince rublos por todo el trabajo. Ya he cobrado seis por
adelantado. Cuando terminemos este folleto traduciremos un libro sobre las
ballenas, y para después ya hemos elegido unos cuantos chismes de Les
Confessions. También los traduciremos. Alguien ha dicho a Kheruvimof que
Rousseau es una especie de Radiscev[L25].
Naturalmente, yo no he protestado. ¡Que se vayan al diablo...! Bueno, ¿quieres
traducir el segundo pliego del folleto Es la mujer un ser humano? Si
quieres, coge inmediatamente el pliego, plumas, papel (todos estos gastos van a
cargo del editor), y aquí tienes tres rublos: como yo he recibido seis
adelantados por toda la traducción, a ti te corresponden tres. Cuando hayas
traducido el pliego, recibirás otros tres. Pero que te conste que no tienes
nada que agradecerme. Por el contrario, apenas te he visto entrar, he pensado
en tu ayuda. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía, y en
segundo, mis conocimientos del alemán son más que deficientes. Por eso me veo
obligado con frecuencia a inventar, aunque me consuelo pensando que la obra ha
de ganar con ello. Es posible que me equivoque... Bueno,¿aceptas?
Raskolnikof
cogió en silencio el pliego de texto alemán y los tres rublos y se marchó sin
pronunciar palabra. Rasumikhine le siguió con una mirada de asombro. Cuando
llegó a la primera esquina, Raskolnikof volvió repentinamente sobre sus pasos y
subió de nuevo al alojamiento de su amigo. Ya en la habitación, dejó el pliego
y los tres rublos en la mesa y volvió a marcharse, sin desplegar los labios.
Rasumikhine
perdió al fin la paciencia.
‑¡Decididamente,
te has vuelto loco! ‑vociferó‑. ¿Qué significa esta comedia?
¿Quieres volverme la cabeza del revés? ¿Para qué demonio has venido?
‑No
necesito traducciones ‑murmuró Raskolnikof sin dejar de bajar la
escalera.
‑Entonces,
¿qué es lo que necesitas? ‑le gritó Rasumikhine desde el rellano.
Raskolnikof
siguió bajando en silencio.
‑Oye,
¿dónde vives?
No
obtuvo respuesta.
‑¡Vete
al mismísimo infierno!
Pero
Raskolnikof estaba ya en la calle. Iba por el puente de Nicolás, cuando una
aventura desagradable le hizo volver en sí momentáneamente. Un cochero cuyos
caballos estuvieron a punto de arrollarlo le dio un fuerte latigazo en la
espalda después de haberle dicho a gritos tres o cuatro veces que se apartase.
Este latigazo despertó en él una ira ciega. Saltó hacia el pretil (sólo Dios sabe
por qué hasta entonces había ido por medio de la calzada) rechinando los
dientes. Todos los que estaban cerca se echaron a reír.
‑¡Bien
hecho!
‑¡Estos
granujas!
‑Conozco
a estos bribones. Se hacen el borracho, se meten bajo las ruedas y uno tiene
que pagar daños y perjuicios.
‑Algunos
viven de eso.
Aún
estaba apoyado en el pretil, frotándose la espalda, ardiendo de ira, siguiendo
con la mirada el coche que se alejaba, cuando notó que alguien le ponía una
moneda en la mano. Volvió la cabeza y vio a una vieja cubierta con un gorro y
calzada con borceguíes de piel de cabra, acompañada de una joven ‑su hija
sin duda‑ que llevaba sombrero y una sombrilla verde.
‑Toma
esto, hermano, en nombre de Cristo.
Él
tomó la moneda y ellas continuaron su camino. Era una pieza de veinte kopeks.
Se comprendía que, al ver su aspecto y su indumentaria, le hubieran tomado por
un mendigo. La generosa ofrenda de los veinte kopeks se debía, sin duda, a que
el latigazo había despertado la compasión de las dos mujeres.
Apretando
la moneda con la mano, dio una veintena de pasos más y se detuvo de cara al río
y al Palacio de Invierno. En el cielo no había ni una nube, y el agua del Neva ‑cosa
extraordinaria‑ era casi azul. La cúpula de la catedral de San Isaac [L26](aquél
era precisamente el punto de la ciudad desde donde mejor se veía) lanzaba vivos
reflejos. En el transparente aire se distinguían hasta los menores detalles de
la ornamentación de la fachada.
El
dolor del latigazo iba desapareciendo, y Raskolnikof, olvidándose de la humillación
sufrida. Una idea, vaga pero inquietante, le dominaba. Permanecía inmóvil, con
la mirada fija en la lejanía. Aquel sitio le era familiar. Cuando iba a la
universidad tenía la costumbre de detenerse allí, sobre todo al regresar (lo
había hecho más de cien veces), para contemplar el maravilloso panorama. En
aquellos momentos experimentaba una sensación imprecisa y confusa que le
llenaba de asombro. Aquel cuadro esplendoroso se le mostraba frío, algo así
como ciego y sordo a la agitación de la vida... Esta triste y misteriosa
impresión que invariablemente recibía le desconcertaba, pero no se detenía a
analizarla: siempre dejaba para más adelante la tarea de buscarle una
explicación...
Ahora
recordaba aquellas incertidumbres, aquellas vagas sensaciones, y este recuerdo,
a su juicio, no era puramente casual. El simple hecho de haberse detenido en el
mismo sitio que antaño, como si hubiese creído que podía tener los mismos
pensamientos e interesarse por los mismos espectáculos que entonces, e incluso
que hacía poco, le parecía absurdo, extravagante y hasta algo cómico, a pesar
de que la amargura oprimía su corazón. Tenía la impresión de que todo este
pasado, sus antiguos pensamientos e intenciones, los fines que había
perseguido, el esplendor de aquel paisaje que tan bien conocía, se había
hundido hasta desaparecer en un abismo abierto a sus pies... Le parecía haber
echado a volar y ver desde el espacio como todo aquello se esfumaba.
Al
hacer un movimiento maquinal, notó que aún tenía en su mano cerrada la pieza de
veinte kopeks. Abrió la mano, estuvo un momento mirando fijamente la moneda y
luego levantó el brazo y la arrojó al río.
Inmediatamente
emprendió el regreso a su casa. Tenía la impresión de que había cortado, tan
limpiamente como con unas tijeras, todos los lazos que le unían a la humanidad,
a la vida...
Caía
la noche cuando llegó a su alojamiento. Por lo tanto, había estado vagando
durante más de seis horas. Sin embargo, ni siquiera recordaba por qué calles
había pasado. Se sentía tan fatigado como un caballo después de una carrera. Se
desnudó, se tendió en el diván, se echó encima su viejo sobretodo y se quedó
dormido inmediatamente.
La
oscuridad era ya completa cuando le despertó un grito espantoso. ¡Qué grito,
Señor...! Y después... Jamás había oído Raskolnikof gemidos, aullidos,
sollozos, rechinar de dientes, golpes, como los que entonces oyó. Nunca habría
podido imaginarse un furor tan bestial.
Se
levantó aterrado y se sentó en el diván, trastornado por el horror y el miedo.
Pero los golpes, los lamentos, las invectivas eran cada vez más violentos. De
súbito, con profundo asombro, reconoció la voz de su patrona. La viuda lanzaba
ayes y alaridos. Las palabras salían de su boca anhelantes; debía de suplicar
que no le pegasen más, pues seguían golpeándola brutalmente. Esto sucedía en la
escalera. La voz del verdugo no era sino un ronquido furioso; hablaba con la
misma rapidez, y sus palabras, presurosas y ahogadas, eran igualmente
ininteligibles.
De
pronto, Raskolnikof empezó a temblar como una hoja. Acababa de reconocer
aquella voz. Era la de Ilia Petrovitch. Ilia Petrovitch estaba allí tundiendo a
la patrona. La golpeaba con los pies, y su cabeza iba a dar contra los
escalones; esto se deducía claramente del sonido de los golpes y de los gritos
de la víctima.
Todo
el mundo se conducía de un modo extraño. La gente acudía a la escalera, atraída
por el escándalo, y allí se aglomeraba. Salían vecinos de todos los pisos. Se
oían exclamaciones, ruidos de pasos que subían o bajaban, portazos...
«¿Pero
por qué le pegan de ese modo? ¿Y por qué lo consienten los que lo ven?», se
preguntó Raskolnikof, creyendo haberse vuelto loco.
Pero
no, no se había vuelto loco, ya que era capaz de distinguir los diversos
ruidos...
Por
lo tanto, pronto subirían a su habitación. «Porque, seguramente, todo esto es
por lo de ayer... ¡Señor, Señor...!»
Intentó
pasar el pestillo de la puerta, pero no tuvo fuerzas para levantar el brazo.
Por otra parte, ¿para qué? El terror helaba su alma, la paralizaba... Al fin,
aquel escándalo que había durado diez largos minutos se extinguió poco a poco.
La patrona gemía débilmente. Ilia Petrovitch seguía profiriendo juramentos y
amenazas. Después, también él enmudeció y ya no se le volvió a oír.
«¡Señor!
¿Se habrá marchado? No, ahora se va. Y la patrona también, gimiendo, hecha un
mar de lágrimas...»
Un
portazo. Los inquilinos van regresando a sus habitaciones. Primero lanzan
exclamaciones, discuten, se interpelan a gritos; después sólo cambian
murmullos. Debían de ser muy numerosos; la casa entera debía de haber acudido.
¿Qué
significa todo esto, Señor? ¿Para qué, en nombre del cielo, habrá venido este
hombre aquí?»
Raskolnikof,
extenuado, volvió a echarse en el diván. Pero no consiguió dormirse. Habría
transcurrido una media hora, y era presa de un horror que no había
experimentado jamás, cuando, de pronto, se abrió la puerta y una luz iluminó el
aposento. Apareció Nastasia con una bujía y un plato de sopa en las manos. La
sirvienta lo miró atentamente y, una vez segura de que no estaba dormido, depositó
la bujía en la mesa y luego fue dejando todo lo demás: el pan, la sal, la
cuchara, el plato.
‑Seguramente
no has comido desde ayer. Te has pasado el día en la calle aunque ardías de
fiebre.
‑Oye,
Nastasia: ¿por qué le han pegado a la patrona?
Ella
lo miró fijamente.
‑¿Quién
le ha pegado?
‑Ha
sido hace poco..., cosa de una media hora... En la escalera... Ilia Petrovitch,
el ayudante del comisario de policía, le ha pegado. ¿Por qué? ¿A qué ha
venido...?
Nastasia
frunció las cejas y le observó en silencio largamente. Su inquisitiva mirada
turbó a Raskolnikof e incluso llegó a atemorizarle.
‑¿Por
qué no me contestas, Nastasia? ‑preguntó con voz débil y acento tímido.
‑Esto
es la sangre ‑murmuró al fin la sirvienta, como hablando consigo misma.
‑¿La
sangre? ¿Qué sangre? ‑balbuceó él, palideciendo y retrocediendo hacia la
pared.
Nastasia
seguía observándole.
‑Nadie
le ha pegado a la patrona ‑lijo con voz firme y severa.
Él
se quedó mirándola, sin respirar apenas.
‑Lo
he oído perfectamente ‑murmuró con mayor apocamiento aún‑. No
estaba dormido; estaba sentado en el diván, aquí mismo... lo he estado oyendo
un buen rato... El ayudante del comisario ha venido... Todos los vecinos han
salido a la escalera...
‑Aquí
no ha venido nadie. Es la sangre lo que te ha trastornado. Cuando la sangre no
circula bien, se cuaja en el hígado y uno delira... Bueno, ¿vas a comer o no?
Raskolnikof
no contestó. Nastasia, inclinada sobre él, seguía observándole atentamente y no
se marchaba.
‑Dame
agua, Nastasiuchka.
Ella
se fue y reapareció al cabo de dos minutos con un cantarillo. Pero en este
punto se interrumpieron los pensamientos de Raskolnikof. Pasado algún tiempo,
se acordó solamente de que había tomado un sorbo de agua fresca y luego vertido
un poco sobre su pecho. Inmediatamente perdió el conocimiento.
III
Sin
embargo, no estuvo por completo inconsciente durante su enfermedad: era el suyo
un estado febril en el que cierta lucidez se mezclaba con el delirio. Andando
el tiempo, recordó perfectamente los detalles de este período. A veces le
parecía ver varias personas reunidas alrededor de él. Se lo querían llevar.
Hablaban de él y disputaban acaloradamente. Después se veía solo: inspiraba
horror y todo el mundo le había dejado. De vez en cuando, alguien se atrevía a
entreabrir la puerta y le miraba y le amenazaba. Estaba rodeado de enemigos que
le despreciaban y se mofaban de él. Reconocía a Nastasia y veía a otra persona
a la que estaba seguro de conocer, pero que no recordaba quién era, lo que le
llenaba de angustia hasta el punto de hacerle llorar. A veces le parecía estar
postrado desde hacía un mes; otras, creía que sólo llevaba enfermo un día. Pero
el... suceso lo había olvidado completamente. Sin embargo, se decía a cada
momento que había olvidado algo muy importante que debería recordar, y se
atormentaba haciendo desesperados esfuerzos de memoria. Pasaba de los arrebatos
de cólera a los de terror. Se incorporaba en su lecho y trataba de huir, pero
siempre había alguien cerca que le sujetaba vigorosamente. Entonces él caía nuevamente
en el diván, agotado, inconsciente. Al fin volvió en sí.
Eran
las diez de la mañana. El sol, como siempre que hacía buen tiempo, entraba a
aquella hora en la habitación, trazaba una larga franja luminosa en la pared de
la derecha e iluminaba el rincón inmediato a la puerta. Nastasia estaba a su
cabecera. Cerca de ella había un individuo al que Raskolnikof no conocía y que
le observaba atentamente. Era un mozo que tenía aspecto de cobrador. La patrona
echó una mirada al interior por la entreabierta puerta. Raskolnikof se
incorporó.
‑¿Quién
es, Nastasia? ‑preguntó, señalando al mozo.
‑¡Ya
ha vuelto en sí! ‑exclamó la sirvienta.
‑¡Ya
ha vuelto en sí! ‑repitió el desconocido.
Al
oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. Era tímida y procuraba
evitar los diálogos y las explicaciones. Tenía unos cuarenta años, era gruesa y
fuerte, de ojos oscuros, cejas negras y aspecto agradable. Mostraba esa bondad
propia de las personas gruesas y perezosas y era exageradamente pudorosa.
‑¿Quién
es usted?‑preguntó Raskolnikof al supuesto cobrador.
Pero
en este momento la puerta se abrió y dio paso a Rasumikhine, que entró en la
habitación inclinándose un poco, por exigencia de su considerable estatura.
‑¡Esto
es un camarote! ‑exclamó‑. Estoy harto de dar cabezadas al techo.
¡Y a esto llaman habitación...! ¡Bueno, querido; ya has recobrado la razón,
según me ha dicho Pachenka!
‑Acaba
de recobrarla ‑dijo la sirvienta.
‑Acaba
de recobrarla ‑repitió el mozo como un eco, con cara risueña.
‑¿Y
usted quién es? ‑le preguntó rudamente Rasumikhine‑. Yo me llamo
Vrasumivkine y no Rasumikhine, como me llama todo el mundo. Soy estudiante,
hijo de gentilhombre, y este señor es amigo mío. Ahora diga quién es usted.
‑Soy
un empleado de la casa Chelopaief y he venido para cierto asunto.
‑Entonces,
siéntese.
Al
decir esto, Rasumikhine cogió una silla y se sentó al otro lado de la mesa.
‑Has
hecho bien en volver en ti ‑siguió diciendo‑. Hace ya cuatro días
que no te alimentas: lo único que has tomado ha sido unas cucharadas de té. Te
he mandado a Zosimof dos veces. ¿Te acuerdas de Zosimof? Te ha reconocido
detenidamente y ha dicho que no tienes nada grave: sólo un trastorno nervioso a
consecuencia de una alimentación deficiente. «Falta de comida ‑dijo‑.
Esto es lo único que tiene. Todo se arreglará.» Está hecho un tío ese Zosimof.
Es ya un médico excelente... Bueno ‑dijo dirigiéndose al mozo‑, no
quiero hacerle perder más tiempo. Haga el favor de explicarme el motivo de su
visita... Has de saber, Rodia, que es la segunda vez que la casa Chelopaief
envía un empleado. Pero la visita anterior la hizo otro. ¿Quién es el que vino
antes que usted?
‑Sin
duda, usted se refiere al que vino anteayer. Se llama Alexis Simonovitch y, en
efecto, es otro empleado de la casa.
‑Es
un poco más comunicativo que usted, ¿no le parece?
‑Desde
luego, y tiene más capacidad que yo.
‑¡Laudable
modestia! Bien; usted dirá.
‑Se
trata ‑dijo el empleado, dirigiéndose a Raskolnikof‑ de que,
atendiendo a los deseos de su madre, Atanasio Ivanovitch Vakhruchine, de quien
usted, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, le ha enviado cierta
cantidad por mediación de nuestra oficina. Si está usted en posesión de su
pleno juicio le entregaré treinta y cinco rublos que nuestra casa ha recibido
de Atanasio Ivanovitch, el cual ha efectuado el envío por indicación de su
madre. Sin duda, ya estaría usted informado de esto.
‑Sí,
sí..., ya recuerdo... Vakhruchine... ‑murmuró Raskolnikof, pensativo.
‑¿Oye
usted? ‑‑exclamó Rasumikhine‑. Conoce a Vakhruchine. Por lo
tanto, está en su cabal juicio. Por otra parte, advierto que también usted es
un hombre capacitado. Continúe. Da gusto oír hablar con sensatez.
‑Pues
sí, ese Vakhruchine que usted recuerda es Atanasio Ivanovitch, el mismo que ya
otra vez, atendiendo a los deseos de su madre, le envió dinero de este mismo
modo. Atanasio Ivanovitch no se ha negado a prestarle este servicio y ha
informado del asunto a Simón Simonovitch, rogándole le haga entrega de treinta
y cinco rublos. Aquí están.
‑Emplea
usted expresiones muy acertadas. Yo adoro también a esa madre. Y ahora juzgue
usted mismo: ¿está o no en posesión de sus facultades mentales?
‑Le
advierto que eso está fuera de mi incumbencia. Aquí se trata de que me eche una
firma.
‑Se
la echará. ¿Es un libro donde ha de firmar?
‑Sí,
aquí lo tiene.
‑Traiga...
Vamos, Rodia; un pequeño esfuerzo. Incorpórate; yo te sostendré. Coge la pluma
y pon tu nombre. En nuestros días, el dinero es la más dulce de las mieles.
‑No
vale la pena ‑dijo Raskolnikof rechazando la pluma.
‑¿Qué
es lo que no vale la pena?
‑Firmar.
No quiero firmar.
‑¡Ésa
es buena! En este caso, la firma es necesaria.
‑Yo
no necesito dinero.
‑¿Que
no necesitas dinero? Hermano, eso es una solemne mentira. Sé muy bien que el
dinero te hace falta... Le ruego que tenga un poco de paciencia. Esto no es
nada... Tiene sueños de grandeza. Estas cosas le ocurren incluso cuando su
salud es perfecta. Usted es un hombre de buen sentido. Entre los dos le
ayudaremos, es decir, le llevaremos la mano, y firmará. ¡Hala, vamos!
‑Puedo
volver a venir.
‑No,
no. ¿Para qué tanta molestia...? ¡Usted es un hombre de buen sentido...!
¡Vamos, Rodia; no entretengas a este señor! ¡Ya ves que está esperando!
Y
se dispuso a coger la mano de su amigo.
‑Deja
‑dijo Raskolnikof‑. Firmaré.
Cogió
la pluma y firmó en el libro. El empleado entregó el dinero y se marchó.
‑¡Bravo!
Y ahora, amigo, ¿quieres comer?
‑Sí.
‑¿Hay
sopa, Nastasia?
‑Sí;
ayer sobró.
‑¿Está
hecha con pasta de sopa y patatas?
‑Sí.
‑Lo
sabía. Tráenos también té.
‑Bien.
Raskolnikof
contemplaba esta escena con profunda sorpresa y una especie de inconsciente
pavor. Decidió guardar silencio y esperar el desarrollo de los acontecimientos.
«Me
parece que no deliro ‑pensó‑. Todo esto tiene el aspecto de ser
real. p
Dos
minutos después llegó Nastasia con la sopa y anunció que en seguida les
serviría el té. Con la sopa había traído no sólo dos cucharas y dos platos,
sino, cosa que no ocurría desde hacía mucho tiempo, el cubierto completo, con
sal, pimienta, mostaza para la carne... Hasta estaba limpio el mantel.
‑Nastasiuchka,
Prascovia Pavlovna nos haría un bien si nos mandara dos botellitas de cerveza.
Sería un buen final.
‑¡Sabes
cuidarte! ‑rezongó la sirvienta. Y salió a cumplir el encargo.
Raskolnikof
seguía observando lo que ocurría en su presencia, con inquieta atención y
fuerte tensión de ánimo. Entre tanto, Rasumikhine se había instalado en el
diván, junto a él. Le rodeó el cuello con su brazo izquierdo tan torpemente
como lo habría hecho un oso y, aunque tal ayuda era innecesaria, empezó a
llevar a la boca de Raskolnikof, con la mano derecha, cucharadas de sopa,
después de soplar sobre ellas para enfriarlas. Sin embargo, la sopa estaba
apenas tibia. Raskolnikof sorbió ávidamente una, dos, tres cucharadas.
Entonces, súbitamente, Rasumikhine se detuvo y dijo que, para darle más, tenía
que consultar a Zosimof.
En
esto llegó Nastasia con las dos botellas de cerveza.
‑¿Quieres
té, Rodia? ‑preguntó Rasumikhine.
‑Sí.
‑Corre
en busca del té, Nastasia; pues, en lo que concierne a esta pócima, me parece
que podemos pasar por alto las reglas de la facultad... ¡Ah! ¡Llegó la cerveza!
Se
sentó a la mesa, acercó a él la sopa y el plato de carne y empezó a devorar con
tanto apetito como si no hubiera comido en tres días.
‑Ahora,
amigo Rodia, como aquí, en tu habitación, todos los días ‑masculló con la
boca llena‑. Ha sido cosa de Pachenka, tu amable patrona. Yo, como es
natural, no le llevo la contraria. Pero aquí llega Nastasia con el té. ¡Qué
lista es esta muchacha! ¿Quieres cerveza, Nastenka?
‑No
gaste bromas.
‑¿Y
té?
‑¡Hombre,
eso...!
‑Sírvete...
No, espera. Voy a servirte yo. Déjalo todo en la mesa.
Inmediatamente
se posesionó de su papel de anfitrión y llenó primero una taza y después otra.
Seguidamente dejó su almuerzo y fue a sentarse de nuevo en el diván. Otra vez
rodeó la cabeza del enfermo con un brazo, la levantó y empezó a dar a su amigo
cucharaditas de té, sin olvidarse de soplar en ellas con tanto esmero como si
fuera éste el punto esencial y salvador del tratamiento.
Raskolnikof
aceptaba en silencio estas solicitudes. Se sentía lo bastante fuerte para
incorporarse, sentarse en el diván, sostener la cucharilla y la taza, e incluso
andar, sin ayuda de nadie; pero, llevado de una especie de astucia, misteriosa
e instintiva, se fingía débil, e incluso algo idiotizado, sin dejar de tener
bien agudizados la vista y el oído.
Pero
llegó un momento en que no pudo contener su mal humor: después de haber tomado
una decena de cucharaditas de té, libertó su cabeza con un brusco movimiento,
rechazó la cucharilla y dejó caer la cabeza en la almohada (ahora dormía con
verdaderas almohadas rellenas de plumón y cuyas fundas eran de una blancura
inmaculada). Raskolnikof observó este detalle y se sintió vivamente interesado.
‑Es
necesario que Pachenka nos envíe hoy mismo la frambuesa en dulce para
prepararle un jarabe ‑dijo Rasumikhine volviendo a la mesa y reanudando
su interrumpido almuerzo.
‑¿Pero
de dónde sacará las frambuesas? ‑preguntó Nastasia, que mantenía un
platillo sobre la palma de su mano, con todos los dedos abiertos, y vertía el
té en su boca, gota a gota haciéndolo pasar por un terrón de azúcar que
sujetaba con los labios.
‑Pues
las sacará, sencillamente, de la frutería, mi querida Nastasia... No puedes
figurarte, Rodia, las cosas que han pasado aquí durante tu enfermedad. Cuando
saliste corriendo de mi casa como un ladrón, sin decirme dónde vivías, decidí
buscarte hasta dar contigo, para vengarme. En seguida empecé las
investigaciones. ¡Lo que corrí, lo que interrogué...! No me acordaba de tu
dirección actual, o tal vez, y esto es lo más probable, nunca la supe. De tu
antiguo domicilio, lo único que recordaba era que estaba en el edificio
Kharlamof, en las Cinco Esquinas... ¡Me harté de buscar! Y al fin resultó que
no estaba en el edificio Kharlamof, sino en la casa Buch. ¡Nos armamos a veces
unos líos con los nombres...! Estaba furioso. Al día siguiente se me ocurrió ir
a las oficinas de empadronamiento, y cuál no sería mi sorpresa al ver que al
cabo de dos minutos me daban tu dirección actual. Estás inscrito.
‑¿Inscrito
yo?
‑¡Claro!
En cambio, no pudieron dar las señas del general Kobelev, que solicitaron
mientras yo estaba allí. En fin, abreviemos. Apenas llegué allí, se me informó
de todo lo que te había ocurrido, de todo absolutamente. Sí, lo sé todo. Se lo
puedes preguntar a Nastasia. He trabado conocimiento con el comisario Nikodim
Fomitch, me han presentado a Ilia Petrovitch, y conozco al portero, y al
secretario Alejandro Grigorevitch Zamiotof. Finalmente, cuento con la amistad
de Pachenka. Nastasia es testigo.
‑La
has engatusado.
Y,
al decir esto, la sirvienta sonreía maliciosamente.
‑Debes
echar el azúcar en el té en vez de beberlo así, Nastasia Nikiphorovna.
‑¡Oye,
mal educado[L27]! ‑replicó
Nastasia. Pero en seguida se echó a reír de buena gana. Cuando se hubo calmado
continuó‑: Soy Petrovna y no Nikiphorovna.
‑Lo
tendré presente... Pues bien, amigo Rodia, dicho en dos palabras, yo me propuse
cortar de cuajo, utilizando medios heroicos, cuantos prejuicios existían acerca
de mi persona, pues es el caso que Pachenka tuvo conocimiento de mis
veleidades... Por eso no esperaba que fuese tan... complaciente. ¿Qué opinas tú
de todo esto?
Raskolnikof
no contestó: se limitó a seguir fijando en él una mirada llena de angustia.
‑Sí,
está incluso demasiado bien informada ‑dijo Rasumikhine, sin que le
afectara el silencio de Raskolnikof y como si asintiera a una respuesta de su
amigo‑. Conoce todos los detalles.
‑¡Qué
frescura! ‑exclamó Nastasia, que se retorcía de risa oyendo las
genialidades de Rasumikhine.
‑El
mal está, querido Rodia, en que desde el principio seguiste una conducta
equivocada. Procediste con ella con gran torpeza. Esa mujer tiene un carácter
lleno de imprevistos. En fin, ya hablaremos de esto en mejor ocasión. Pero es
incomprensible que hayas llegado a obligarla a retirarte la comida... ¿Y qué
decir del pagaré? Sólo no estando en te juicio pudiste firmarlo. ¡Y ese
proyecto de matrimonio con Natalia Egorovna...! Ya ves que estoy al corriente
de todo... Pero advierto que estoy tocando un punto delicado... Perdóname; soy
un asno... Y, ya que hablamos de esto, ¿no opinas que Prascovia Pavlovna es
menos necia de lo que parece a primera vista?
‑Sí
‑respondió Raskolnikof entre dientes y volviendo la cabeza, pues había
comprendido que era más prudente dar la impresión de que aceptaba el diálogo.
‑¿Verdad
que sí? ‑exclamó Rasumikhine, feliz ante el hecho de que Raskolnikof le
hubiera contestado‑. Pero esto no quiere decir que sea inteligente. No,
ni mucho menos. Tiene un carácter verdaderamente raro. A mí me desorienta a
veces, palabra. No cabe duda de que ya ha cumplido los cuarenta, y dice que
tiene treinta y seis, aunque bien es verdad que su aspecto autoriza el embuste.
Por lo demás, te juro que yo sólo puedo juzgarla desde un punto de vista
intelectual, puramente metafísico, por decirlo así. Pues nuestras relaciones
son las más singulares del mundo. Yo no las comprendo... En fin, volvamos a
nuestro asunto. Cuando ella vio que dejabas la universidad, que no dabas
lecciones, que ibas mal vestido, y, por otra parte, cuando ya no te pudo
considerar como persona de la familia, puesto que su hija había muerto, la
inquietud se apoderó de ella. Y tú, para acabar de echarlo a perder, empezaste
a vivir retirado en tu rincón. Entonces ella decidió que te fueras de su casa.
Ya hacía tiempo que esta idea rondaba su imaginación. Y te hizo firmar ese
pagaré que, según le aseguraste, pagaría tu madre...
‑Esto
fue una vileza mía ‑declaró Raskolnikof con voz clara y vibrante‑.
Mi madre está poco menos que en la miseria. Mentí para que siguiera dándome
habitación y comida.
‑Es
un proceder muy razonable. Lo que te echó todo a perder fue la conducta del
señor Tchebarof, consejero y hombre de negocios. Sin su intervención, Pachenka
no habría dado ningún paso contra ti: es demasiado tímida para eso. Pero el
hombre de negocios no conoce la timidez, y lo primero que hizo fue preguntar:
«¿Es solvente el firmante del efecto?» Contestación: «Sí, pues tiene una madre
que con su pensión de ciento veinte rublos pagará la deuda de su Rodienka,
aunque para ello haya de quedarse sin comer; y también tiene una hermana que se
vendería como esclava por él.» En esto se basó el señor Tchebarof... Pero ¿por
qué te alteras? Conozco toda la historia. Comprendo que te expansionaras con
Prascovia Pavlovna cuando veías en ella a tu futura suegra, pero..., te lo digo
amistosamente, ahí está el quid de la cuestión. El hombre honrado y sensible se
entrega fácilmente a las confidencias, y el hombre de negocios las recoge para
aprovecharse. En una palabra, ella endosó el pagaré a Tchebarof, y éste no
vaciló en exigir el pago. Cuando me enteré de todo esto, me propuse,
obedeciendo a la voz de mi conciencia, arreglar el asunto un poco a mi modo,
pero, entre tanto, se estableció entre Pachenka y yo una corriente de buena armonía,
y he puesto fin al asunto atacándolo en sus raíces, por decirlo así. Hemos
hecho venir a Tchebarof, le hemos tapado la boca con una pieza de diez rublos y
él nos ha devuelto el pagaré. Aquí lo tienes; tengo el honor de devolvértelo.
Ahora solamente eres deudor de palabra. Tómalo.
Rasumikhine
depositó el documento en la mesa. Raskolnikof le dirigió una mirada y volvió la
cabeza sin desplegar los labios. Rasumikhine se molestó.
‑Ya
veo, querido Rodia, que vuelves a las andadas. Confiaba en distraerte y divertirte
con mi charla, y veo que no consigo sino irritarte.
‑¿Eres
tú el que no conseguía reconocer durante mi delirio?‑preguntó
Raskolnikof, tras un breve silencio y sin volver la cabeza.
‑Sí,
mi presencia incluso te horrorizaba. El día que vine acompañado de Zamiotof te
produjo verdadero espanto.
‑¿Zamiotof,
el secretario de la comisaría? ¿Por qué lo trajiste?
Para
hacer estas preguntas, Raskolnikof se había vuelto con vivo impulso hacia
Rasumikhine y le miraba fijamente.
‑Pero
¿qué te pasa? Te has turbado. Deseaba conocerte. ¡Habíamos hablado tanto de ti!
Por él he sabido todas las cosas que te he contado. Es un excelente muchacho,
Rodia, y más que excelente..., dentro de su género, claro es. Ahora somos muy
amigos; nos vemos casi todos los días. Porque, ¿sabes una cosa? Me he mudado a
este barrio. Hace poco. Oye, ¿te acuerdas de Luisa Ivanovna?
‑¿He
hablado durante mi delirio?
‑¡Ya
lo creo!
‑¿Y
qué decía?
‑Pues
ya lo puedes suponer: esas cosas que dice uno cuando no está en su juicio...
Pero no perdamos tiempo. Hablemos de nuestro asunto.
Se
levantó y cogió su gorra.
‑¿Qué
decía?
‑¡Mira
que eres testarudo! ¿Acaso temes haber revelado algún secreto? Tranquilízate:
no has dicho ni una palabra de tu condesa. Has hablado mucho de un bulldog, de
pendientes, de cadenas de reloj, de la isla Krestovsky, de un portero...
Nikodim Fomitch a Ilia Petrovitch estaban también con frecuencia en tus labios.
Además, parecías muy preocupado por una de tus botas, seriamente preocupado. No
cesabas de repetir, gimoteando: «Dádmela; la quiero. El mismo Zamiotof empezó a
buscarla por todas partes, y no le importó traerte esa porquería con sus manos,
blancas, perfumadas y llenas de sortijas. Cuando recibiste esa asquerosa bota
te calmaste. La tuviste en tus manos durante veinticuatro horas. No fue posible
quitártela. Todavía debe de estar en el revoltijo de tu ropa de cama. También
reclamabas unos bajos de pantalón deshilachados. ¡Y en qué tono tan lastimero
los pedías! Había que oírte. Hicimos todo lo posible por averiguar de qué bajos
se trataba. Pero no hubo medio de entenderte... Y vamos ya a nuestro asunto.
Aquí tienes tus treinta y cinco rublos. Tomo diez, y dentro de un par de horas
estaré de vuelta y te explicaré lo que he hecho con ellos. He de pasar por casa
de Zosimof. Hace rato que debería haber venido, pues son más de las once... Y
tú, Nastenka, no te olvides de subir frecuentemente durante mi ausencia, para
ver si quiere agua o alguna otra cosa. El caso es que no le falte nada... A
Pachenka ya le daré las instrucciones oportunas al pasar.
‑Siempre
le llama Pachenka, el muy bribón ‑dijo Nastasia apenas hubo salido el
estudiante.
Acto
seguido abrió la puerta y se puso a escuchar. Pero muy pronto, sin poder
contenerse, se fue a toda prisa escaleras abajo. Sentía gran curiosidad por
saber lo que Rasumikhine decía a la patrona. Pero lo cierto era que el joven
parecía haberla subyugado.
Apenas
cerró Nastasia la puerta y se fue, el enfermo echó a sus pies la cubierta y
saltó al suelo. Había esperado con impaciencia angustiosa, casi convulsiva, el
momento de quedarse solo para poder hacer lo que deseaba. Pero ¿qué era lo que
deseaba hacer? No conseguía acordarse.
«Señor:
sólo quisiera saber una cosa. ¿Lo saben todo o lo ignoran todavía? Tal vez
están aleccionados y no dan a entender nada porque estoy enfermo. Acaso me
reserven la sorpresa de aparecer un día y decirme que lo saben todo desde hace
tiempo y que sólo callaban porque... Pero ¿qué iba yo a hacer? Lo he olvidado.
Parece hecho adrede. Lo he olvidado por completo. Sin embargo, estaba pensando
en ello hace apenas un minuto...»
Permanecía
en pie en medio de la habitación y miraba a su alrededor con un gesto de
angustia. Luego se acercó a la puerta, la abrió, aguzó el oído... No, aquello
no estaba allí... De súbito creyó acordarse y, corriendo al rincón donde el
papel de la pared estaba desgarrado, introdujo su mano en el hueco y hurgó...
Tampoco estaba allí. Entonces se fue derecho a la estufa, la abrió y buscó
entre las cenizas.
¡Allí
estaban los bajos deshilachados del pantalón y los retales del forro del
bolsillo! Por lo tanto, nadie había buscado en la estufa. Entonces se acordó de
la bota de que Rasumikhine acababa de hablarle. Ciertamente estaba allí, en el
diván, cubierta apenas por la colcha, pero era tan vieja y estaba tan sucia de
barro, que Zamiotof no podía haber visto nada sospechoso en ella.
«Zamiotof...,
la comisaría... ¿Por qué me habrán citado? ¿Dónde está la citación...? Pero
¿qué digo? ¡Si fue el otro día cuando tuve que ir...! También entonces examiné
la bota... ¿Para qué habrá venido Zamiotof? ¿Por qué lo habrá traído
Rasumikhine?»
Estaba
extenuado. Volvió a sentarse en el diván.
«¿Pero
qué me sucede? ¿Estoy delirando todavía o todo esto es realidad? Yo creo que es
realidad... ¡Ahora me acuerdo de una cosa! ¡Huir, hay que huir, y cuanto
antes...! Pero ¿adónde? Además ¿dónde está mi ropa? No tengo botas tampoco...
Ya sé: me las han quitado, las han escondido... Pero ahí está mi abrigo. Sin
duda se ha librado de las investigaciones... Y el dinero está sobre la mesa,
afortunadamente... ¡Y el pagaré...! Cogeré el dinero y me iré a alquilar otra
habitación, donde no puedan encontrarme... Sí, pero ¿y la oficina de
empadronamiento? Me descubrirán. Rasumikhine daría conmigo... Es mejor irse
lejos, fuera del país, a América... Desde allí me reiré de ellos... Cogeré el
pagaré: en América me será útil... ¿Qué más me llevaré...? Creen que estoy
enfermo y que no me puedo marchar... ¡Ja, ja, ja...! He leído en sus ojos que
lo saben todo... Lo que me inquieta es tener que bajar esta escalera... Porque
puede estar vigilada la salida, y entonces me daría de manos a boca con los
agentes... Pero ¿qué hay allí? ¡Caramba,
té! ¡Y cerveza, media botella de cerveza fresca!»
Cogió
la botella, que contenía aún un buen vaso de cerveza, y se la bebió de un
trago. Experimentó una sensación deliciosa, pues el pecho le ardía. Pero un
minuto después ya se le había subido la bebida a la cabeza. Un ligero y no
desagradable estremecimiento le recorrió la espalda. Se echó en el diván y se
cubrió con la colcha. Sus pensamientos, ya confusos e incoherentes, se
enmarañaban cada vez más. Pronto se apoderó de él una dulce somnolencia. Apoyó
voluptuosamente la cabeza en la almohada, se envolvió con la colcha que había
sustituido a la vieja y destrozada manta, lanzó un débil suspiro y se sumió en
un profundo y saludable sueño.
Le
despertó un ruido de pasos, abrió los ojos y vio a Rasumikhine, que acababa de
abrir la puerta y se había detenido en el umbral, vacilante. Raskolnikof se
levantó inmediatamente y se quedó mirándole con la expresión del que trata de
recordar algo. Rasumikhine exclamó:
‑¡Ya
veo que estás despierto...! Bueno, aquí me tienes...
Y
gritó, asomándose a la escalera:
‑¡Nastasia,
sube el paquete!
Luego
añadió, dirigiéndose a Raskolnikof:
‑Te
voy a presentar las cuentas.
‑¿Qué
hora es? ‑preguntó el enfermo, paseando a su alrededor una mirada
inquieta.
‑Has
echado un buen sueño, amigo. Deben de ser las seis de la tarde. Has dormido más
de seis horas.
‑¡Seis
horas durmiendo, Señor...!
‑No
hay ningún mal en ello. Por el contrario, el sueño es beneficioso. ¿Acaso
tenías algún negocio urgente? ¿Una cita? Para eso siempre hay tiempo. Hace ya
tres horas que estoy esperando que té despiertes. He pasado dos veces por aquí
y seguías durmiendo. También he ido dos veces a casa de Zosimof. No estaba...
Pero no importa: ya vendrá... Además, he tenido que hacer algunas cosillas. Hoy
me he mudado de domicilio, Ilevándome a mi tío con todo lo demás..., pues has
de saber que tengo a mi tío en casa. Bueno, ya hemos hablado bastante de cosas
inútiles. Vamos a lo que interesa. Trae el paquete, Nastasia... ¿Y tú cómo
estás, amigo mío?
‑Me
siento perfectamente. Ya no estoy enfermo... Oye, Rasumikhine: ¿hace mucho
tiempo que estás aquí?
‑Ya
té he dicho que hace tres horas que estoy esperando que té despiertes.
‑No,
me refiero a antes.
‑¿Cómo
a antes?
‑¿Desde
cuándo vienes aquí?
‑Ya
te lo he dicho. ¿Lo has olvidado?
Raskolnikof
quedó pensativo. Los acontecimientos de la jornada se le mostraban como a
través de un sueño. Todos sus esfuerzos de memoria resultaban infructuosos.
Interrogó a Rasumikhine con la mirada.
‑Sí,
lo has olvidado ‑dijo Rasumikhine‑. Ya me había parecido a mí que
no estabas en tus cabales cuando te hablé de eso... Pero el sueño té ha hecho
bien. De veras: tienes mejor cara. Ya verás como recobras la memoria en
seguida. Entre tanto, echa una mirada aquí, grande hombre.
Y
empezó a deshacer aquel paquete que, al parecer, era para él cosa importante.
‑Te
aseguro, mi fraternal amigo, que era esto lo que más me interesaba. Pues es
preciso convertirte en lo que se llama un hombre. Empecemos por arriba. ¿Ves
esta gorra? ‑preguntó sacando del paquete una bastante bonita, pero
ordinaria y que no debía de haberle costado mucho‑. Permíteme que te la
pruebe.
‑No,
ahora no; después ‑rechazó Raskolnikof, apartando a su amigo con un gesto
de impaciencia.
‑No,
amigo Rodia; debes obedecer; después sería demasiado tarde. Ten en cuenta que,
como la he comprado a ojo, no podría dormir esta noche preguntándome si te
vendría bien o no.
Se
la probó y lanzó un grito triunfal.
‑¡Te
está perfectamente! Cualquiera diría que está hecha a la medida. El
cubrecabezas, amigo mío, es lo más importante de la vestimenta. Mi amigo
Tolstakof se descubre cada vez que entra en un lugar público donde todo el
mundo permanece cubierto. La gente atribuye este proceder a sentimientos
serviles, cuando lo único cierto es que está avergonzado de su sombrero, que es
un nido de polvo. ¡Es un hombre tan tímido...! Oye, Nastenka, mira estos dos
cubrecabezas y dime cuál prefieres, si este palmón ‑cogió de un rincón el
deformado sombrero de su amigo, al que llamaba palmón por una causa que sólo él
conocía‑ o esta joya... ¿Sabes lo que me ha costado, Rodia? A ver si lo
aciertas... ¿A ti qué te parece, Nastasiuchka? ‑preguntó a la sirvienta,
en vista de que su amigo no contestaba.
‑Pues
no creo que te haya costado menos de veinte kopeks.
‑¿Veinte
kopeks, calamidad? ‑exclamó Rasumikhine, indignado‑. Hoy por veinte
kopeks ni siquiera a ti se lo podría comprar... ¡Ochenta kopeks...! Pero la he
comprado con una condición: la de que el año que viene, cuando ya esté vieja,
te darán otra gratis. Palabra de honor que éste ha sido el trato... Bueno,
pasemos ahora a los Estados Unidos, como Ilamábamos a esta prenda en el colegio.
He de advertirte que estoy profundamente orgulloso del pantalón.
Y
extendió ante Raskolnikof unos pantalones grises de una frágil tela estival.
‑Ni
una mancha, ni un boquete; aunque usados, están nuevos. El chaleco hace juego
con el pantalón, como exige la moda. Bien mirado, debemos felicitamos de que
estas prendas no sean nuevas, pues así son más suaves, más flexibles... Ahora
otra cosa, amigo Rodia. A mi juicio, para abrirse paso en el mundo hay que
observar las exigencias de las estaciones. Si uno no pide espárragos en
invierno, ahorra unos cuantos rublos. Y lo mismo pasa con la ropa. Estamos en
pleno verano: por eso he comprado prendas estivales. Cuando llegue el otoño
necesitarás ropa de más abrigo. Por lo tanto, habrás de dejar ésta, que, por otra
parte, estará hecha jirones... Bueno, adivina lo que han costado estas prendas.
¿Cuánto te parece? ¡Dos rublos y veinticinco kopeks! Además, no lo olvides, en
las mismas condiciones que la gorra: el año próximo te lo cambiarán
gratuitamente. El trapero Fediaev no vende de otro modo. Dice que el que va a
comprarle una vez no ha de volver jamás, pues lo que compra le dura toda la
vida... Ahora vamos con las botas. ¿Qué té parecen? Ya se ve que están usadas,
pero durarán todavía lo menos dos meses. Están confeccionadas en el extranjero.
Un secretario de la Embajada de Inglaterra se deshizo de ellas la semana pasada
en el mercado. Sólo las había llevado seis días, pero necesitaba dinero. He
dado por ellas un rublo y medio. No son caras, ¿verdad?
‑Pero
¿y si no le vienen bien?‑preguntó Nastasia.
‑¿No
venirle bien estas botas? Entonces, ¿para qué me he llevado esto? ‑replicó
Rasumikhine, sacando del bolsillo una agujereada y sucia bota de Raskolnikof‑.
He tomado mis precauciones. Las he medido con esta porquería. He procedido en
todo concienzudamente. En cuanto a la ropa interior, me he entendido con la
patrona. Ante todo, aquí tienes tres camisas de algodón con el plastrón de
moda... Bueno, ahora hagamos cuentas: ochenta kopeks por la gorra, dos rublos
veinticinco por los pantalones y el chaleco, unos cincuenta por las botas,
cinco por la ropa interior (me ha hecho un precio por todo, sin detallar), dan
un total de nueve rublos y cincuenta y cinco kopeks. O sea que tengo que
devolverte cuarenta y cinco kopeks. Y ya estás completamente equipado, querido
Rodia, pues tu gabán no sólo está en buen use todavía, sino que conserva un
sello de distinción. ¡He aquí la ventaja de vestirse en Charmar[L28]!.
En lo que concierne a los calcetines, tú mismo te los comprarás. Todavía nos
quedan veinticinco buenos rublos. De Pachenka y de tu hospedaje no te has de
preocupar: tienes un crédito ilimitado. Y ahora, querido, habrás de permitirnos
que te mudemos la ropa interior. Esto es indispensable, pues en tu camisa puede
cobijarse el microbio de la enfermedad.
‑Déjame ‑le rechazó Raskolnikof. Seguía
encerrado en una actitud sombría y había escuchado con repugnancia el alegre
relato de su amigo.
‑Es
preciso, amigo Rodia ‑insistió Rasumikhine‑. No pretendas que haya
gastado en balde las suelas de mis zapatos... Y tú, Nastasiuchka, no te hagas
la pudorosa y ven a ayudarme.
Y,
a pesar de la resistencia de Raskolnikof, consiguió mudarle la ropa.
El
enfermo dejó caer la cabeza en la almohada y guardó silencio durante más de dos
minutos. «No quieren dejarme en paz, pensaba.
Al
fin, con la mirada fija en la pared, preguntó:
‑¿Con
qué dinero has comprado todo eso?
‑¿Que
con qué dinero? ¡Vaya una pregunta! Pues con el tuyo. Un empleado de una casa
comercial de aquí ha venido a entregártelo hoy, por orden de Vakhruchine. Es tu
madre quien te lo ha enviado. ¿Tampoco de esto te acuerdas?
‑Sí,
ahora me acuerdo ‑repuso Raskolnikof tras un largo silencio de sombría
meditación.
Rasumikhine
le observó con una expresión de inquietud.
En
este momento se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre alto y
fornido. Su modo de presentarse evidenciaba que no era la primera vez que
visitaba a Raskolnikof.
‑¡Al
fin tenemos aquí a Zosimof! ‑exclamó Rasumikhine.
IV
Zosimof
era, como ya hemos dicho, alto y grueso. Tenía veintisiete años, una cara
pálida, carnosa y cuidadosamente rasurada, y el cabello liso. Llevaba lentes y
en uno de sus dedos, hinchados de grasa, un anillo de oro. Vestía un amplio,
elegante y ligero abrigo y un pantalón de verano. Toda la ropa que llevaba
tenía un sello de elegancia y era cómoda y de superior calidad. Su camisa era
de una blancura irreprochable, y la cadena de su reloj, gruesa y maciza. En sus
maneras había cierta flemática lentitud y una desenvoltura que parecía
afectada. Ejercía una tenaz vigilancia sobre sí mismo, pero su presunción
hallaba a cada momento el modo de delatarse. Entre sus conocidos cundía la
opinión de que era un hombre difícil de tratar, pero todos reconocían su
capacidad como médico.
‑He
pasado dos veces por tu casa, querido Zosimof ‑‑exclamó Rasumikhine‑.
Como ves, el enfermo ha vuelto en sí.
‑Ya
lo veo, ya lo veo ‑dijo Zosimof. Y preguntó a Raskolnikof, mirándole
atentamente‑: ¿Qué, cómo van esos ánimos?
Acto
seguido se sentó en el diván, a los pies del enfermo, mejor dicho, se recostó
cómodamente.
‑Continúa
con su melancolía ‑dijo Rasumikhine‑. Hace un momento le ha faltado
poco para echarse a llorar sólo porque le hemos mudado la ropa interior.
‑Me
parece muy natural, si no tenía ganas de mudarse. La muda podía esperar... El
pulso es completamente normal... Un poco de dolor de cabeza, ¿eh?
‑Estoy
bien, estoy perfectamente ‑repuso Raskolnikof, irritado.
Al
decir esto se había incorporado repentinamente, con los ojos centelleantes.
Pero pronto volvió a dejar caer la cabeza en la almohada, quedando de cara a la
pared. Zosimof le observaba con mirada atenta.
‑Muy
bien, la cosa va muy bien ‑dijo en tono negligente‑. ¿Ha comido
algo hoy?
Rasumikhine
le explicó lo que había comido y le preguntó qué se le podía dar.
‑Eso
tiene poca importancia... Té, sopa... Nada de setas ni de cohombros, por
supuesto... Ni carnes fuertes...
Cambió
una mirada con Rasumikhine y continuó:
‑Pero,
como ya he dicho, eso tiene poca importancia... Nada de pociones, nada de
medicamentos. Ya veremos si mañana... El caso es que hoy hubiéramos podido...
En fin, lo importante es que todo va bien.
‑Mañana
por la tarde me lo llevaré a dar un paseo ‑dijo Rasumikhine‑.
Iremos a los jardines Iusupof y luego al Palacio de Cristal.
‑Mañana
tal vez no convenga todavía... Aunque un paseo cortito... En fin, ya veremos.
‑Lo
que me contraría es que hoy estreno un nuevo alojamiento cerca de aquí y
quisiera que estuviese con nosotros, aunque fuera echado en un diván... Tú sí
que vendrás, ¿eh? ‑preguntó de improviso a Zosimof‑. No lo olvides;
tienes que venir.
‑Procuraré
ir, pero hasta última hora me será imposible. ¿Has organizado una fiesta?
‑No,
simplemente una reunión íntima. Habrá arenques, vodka, té, un pastel.
‑¿Quién
asistirá?
‑Camaradas,
gente joven, nuevas amistades en su mayoría. También estará un tío mío, ya
viejo, que ha venido por asuntos de negocio a Petersburgo. Nos vemos una vez
cada cinco años.
‑¿A
qué se dedica?
‑Ha
pasado su vida vegetando como jefe de correos en una pequeña población. Tiene
una modesta remuneración y ha cumplido ya los sesenta y cinco. No vale la pena
hablar de él, aunque té aseguro que lo aprecio. También vendrá Porfirio Simonovitch[L29],
juez de instrucción y antiguo alumno de la Escuela de Derecho[L30].
Creo que tú lo conoces.
‑¿Es
también pariente tuyo?
‑¡Bah,
muy lejano...! Pero ¿qué te pasa? Pareces disgustado. ¿Serás capaz de no venir
porque un día disputaste con él?
‑Eso
me importa muy poco.
‑¡Mejor
que mejor! También asistirán algunos estudiantes, un profesor, un funcionario,
un músico, un oficial, Zamiotof...
‑¿Zamiotof?
Te agradeceré que me digas lo que tú o él ‑indicó al enfermo con un
movimiento de cabeza‑ tenéis que ver con ese Zamiotof.
‑¡Ya
salió aquello! Los principios... Tú estás sentado sobre tus principios como
sobre muelles, y no té atreves a hacer el menor movimiento. Mi principio es que
todo depende del modo de ser del hombre. Lo demás me importa un comino. Y
Zamiotof es un excelente muchacho.
‑Pero
no demasiado escrupuloso en cuanto a los medios para enriquecerse.
‑Admitamos
que sea así. Eso a mí no me importa. ¿Qué importancia tiene? ‑exclamó
Rasumikhine con una especie de afectada indignación‑. ¿Acaso he alabado
yo este rasgo suyo? Yo sólo digo que es un buen hombre en su género. Además, si
vamos a juzgar a los hombres aplicándoles las reglas generales, ¿cuántos
quedarían verdaderamente puros? Apostaría cualquier cosa a que si se mostraran
tan exigentes conmigo, resultaría que no valgo un bledo... ni aunque té
englobaran a ti con mi persona.
‑No
exageres: yo daría dos bledos por ti.
‑Pues
a mí me parece que tú no vales más de uno... Bueno, continúo. Zamiotof no es
todavía más que un muchacho, y yo le tiro de las orejas. Siempre es mejor tirar
que rechazar. Si rechazas a un hombre, no podrás obligarlo a enmendarse, y menos
si se trata de un muchacho. Debemos ser muy comprensivos con estos
mozalbetes... Pero vosotros, estúpidos progresistas, vivís en las nubes.
Despreciáis a la gente y no veis que así os perjudicáis a vosotros mismos... Y
té voy a decir una cosa: Zamiotof y yo tenemos entre manos un asunto que nos
interesa a los dos por igual.
‑Me
gustaría saber qué asunto es ése.
‑Se
trata del pintor, de ese pintor de brocha gorda. Conseguiremos que lo pongan en
libertad. No será difícil, porque el asunto está clarísimo. Nos bastará
presionar un poco para que quede la cosa resuelta.
‑No
sé a qué pintor té refieres.
‑¿No?
¿Es posible que no té haya hablado de esto...? Se trata de la muerte de la
vieja usurera. Hay un pintor mezclado en el suceso.
‑Ya
tenía noticias de ese asunto. Me enteré por los periódicos. Por eso sólo me
interesó hasta cierto punto. Bueno, explícame.
‑También
asesinaron a Lisbeth ‑dijo de pronto Nastasia dirigiéndose a Raskolnikof.
(Se había quedado en la habitación, apoyada en la pared, escuchando el diálogo.)
‑¿Lisbeth?
‑murmuró Raskolnikof, con voz apenas perceptible.
‑Sí,
Lisbeth, la vendedora de ropas usadas. ¿No la conocías? Venía a esta casa.
Incluso arregló una de tus camisas.
Raskolnikof
se volvió hacia la pared. Escogió del empapelado, de un amarillo sucio, una de
las numerosas florecillas aureoladas de rayitas oscuras que había en él y se
dedicó a examinarla atentamente. Observó los pétalos. ¿Cuántos había? Y todos
los trazos, hasta los menores dentículos de la corola. Sus miembros se
entumecían, pero él no hacía el menor movimiento. Su mirada permanecía
obstinadamente fija en la menuda flor.
‑Bueno,
¿qué me estabas diciendo de ese pintor? ‑preguntó Zosimof, interrumpiendo
con viva impaciencia la palabrería de Nastasia, que suspiró y se detuvo.
‑Que
se sospecha que es el autor del asesinato ‑dijo Rasumikhine, acalorado.
‑¿Hay
cargos contra él?
‑Sí,
y, fundándose en ellos, se le ha detenido. Pero, en realidad, estos cargos no
son tales cargos, y esto es lo que pretendemos demostrar. La policía sigue
ahora una falsa pista, como la siguió al principio con..., ¿cómo se llaman...?
Koch y Pestriakof... Por muy poco que le afecte a uno el asunto, uno no puede
menos de sublevarse ante una investigación conducida tan torpemente. Es posible
que Pestriakof pase dentro de un rato por mi casa... A propósito, Rodia. Tú
debes de estar enterado de todo esto, pues ocurrió antes de tu enfermedad,
precisamente la víspera del día en que té desmayaste en la comisaría cuando se
estaba hablando de ello.
‑¿Quieres
que te diga una cosa, Rasumikhine? ‑dijo Zosimof‑. Te estoy
observando desde hace un momento y veo que té alteras con una facilidad
asombrosa.
‑¡Qué
importa! Eso no cambia en nada la cuestión ‑exclamó Rasumikhine dando un
puñetazo en la mesa‑. Lo más indignante de este asunto no son los errores
de esa gente: uno puede equivocarse; las equivocaciones conducen a la verdad.
Lo que me saca de mis casillas es que, aún equivocándose, se creen infalibles.
Yo aprecio a Porfirio, pero... ¿Sabes lo que les desorientó al principio? Que
la puerta estaba cerrada, y cuando Koch y Pestriakof volvieron a subir con el
portero, la encontraron abierta. Entonces dedujeron que Pestriakof y Koch eran
los asesinos de la vieja. Así razonan.
‑No
té acalores. Tenían que detenerlos... De ese Koch tengo noticias. Al parecer,
compraba a la vieja los objetos que no se desempeñaban.
‑No
es un sujeto recomendable. También compraba pagarés. ¡Que el diablo se lo
lleve! lo que me pone fuera de mí es la rutina, la anticuada e innoble rutina
de esa gente. Éste era el momento de renunciar a los viejos procedimientos y
seguir nuevos sistemas. Los datos psicológicos bastarían para darles una nueva
pista. Pero ellos dicen: «Nos atenemos a los hechos.» Sin embargo, los hechos
no son lo único que interesa. El modo de interpretarlos influye en un cincuenta
por ciento como mínimo en el éxito de las investigaciones.
‑¿Y
tú sabes interpretar los hechos?
‑Lo
que té puedo decir es que cuando uno tiene la íntima convicción de que podría
ayudar al esclarecimiento de la verdad, le es imposible contenerse... ¿Conoces
los detalles del suceso?
‑Estoy
esperando todavía la historia de ese pintor de paredes.
‑¡Ah,
sí! Pues escucha. Al día siguiente del crimen, por la mañana, cuando la policía
sólo pensaba aún en Koch y Pestriakof (a pesar de que éstos habían dado toda
clase de explicaciones convincentes sobre sus pasos), he aquí que se produce un
hecho inesperado. Un campesino llamado Duchkhine, que tiene una taberna frente
a la casa del crimen, se presentó en la comisaría y entrega un estuche que
contiene un par de pendientes de oro. A continuación refiere la siguiente
historia:
«‑Anteayer,
un poco después de las ocho de la noche (hora que coincide con la del suceso),
Mikolai, un pintor de oficio que frecuenta mi establecimiento, me trajo estos
pendientes y me pidió que le prestara dos rublos, dejándome la joya en prenda.
»‑¿De
dónde has sacado esto? ‑le pregunté.
ȃl
me contestó que se los había encontrado en la calle, y yo no le hice más
preguntas. Le di un rublo. Pensé que
si yo no hacia la operación, se aprovecharía otro, que Mikolai se bebería el
dinero de todas formas y que era preferible que la joya quedara en mis manos,
pues estaba decidido a entregarla a la policía si me enteraba de que era un
objeto robado, al venir alguien a reclamarla.»
‑Naturalmente
‑dijo Rasumikhine‑, esto era un cuento tártaro. Duchkhine mentía
descaradamente, pues le conozco y sé que cuando aceptó de Mikolai esos
pendientes que valen treinta rublos no fue precisamente para entregarlos a la
policía. Si lo hizo fue por miedo. Pero esto poco importa. Dejemos que
Duchkhine siga hablando.
«Conozco
a Mikolai Demetiev desde mi infancia, pues nació, como yo, en el distrito de
Zaraisk, gobierno de Riazán. No es un alcohólico, pero le gusta beber a veces.
Yo sabía que él estaba pintando unas habitaciones en la casa de enfrente, con
Mitri, que es paisano suyo. Apenas tuvo en sus manos el rublo, se bebió dos
vasitos, pagó, se echó el cambio al bolsillo y se fue. Mitri no estaba con él
entonces. A la mañana siguiente me enteré de que Alena Ivanovna y su hermana
Lisbeth habían sido asesinadas a hachazos. Las conocía y sabia que la vieja
prestaba dinero sobre los objetos de valor. Por eso tuve ciertas sospechas
acerca de estos pendientes. Entonces me dirigí a la casa y empecé a investigar
con el mayor disimulo, como si no me importara la cosa. Lo primero que hice fue
preguntar:
»‑¿Está
Mikolai?
»Y
Mitri me explicó que Mikolai no había ido al trabajo, que había vuelto a su
casa bebido al amanecer, que había estado en ella no más de diez minutos y que
habia vuelto a marcharse. Mitri no le había vuelto a ver y estaba terminando
solo el trabajo.
»El
departamento donde trabajaban los dos pintores está en el segundo piso y da a
la misma escalera que las habitaciones de las victimas.
»Hechas
estas averiguaciones y sin decir ni una palabra a nadie, reuní cuantos datos me
fue posible acerca del asesinato y volví a mi casa sin que mis sospechas se
hubieran desvanecido.
»A
la mañana siguiente, o sea dos después del crimen ‑continuó Duchkhine‑,
apareció Mikolai en mi establecimiento. Había bebido, pero no demasiado, de
modo que podía comprender lo que se le decía. Se sentó en un banco sin
pronunciar palabra. En aquel momento sólo habia en la taberna otro cliente, que
dormía en un banco, y mis dos muchachos.
»‑¿Has
visto a Mitri? ‑pregunté a Mikolai.
»‑No,
no lo he visto ‑repuso.
»‑Entonces,
¿no has venido por aquí?
»‑No,
no he venido desde anteayer.
»‑¿Dónde
has pasado esta noche?
»‑En
las Arenas, en casa de los Kolomensky.
»Entonces
le pregunté:
»‑¿De
dónde sacaste los pendientes que me trajiste anteanoche?
»‑Me
los encontré en la acera ‑respondió con un tonillo sarcástico y sin
mirarme.
»‑¿Te
has enterado de que aquella noche y a aquella hora ocurrió tal y tal cosa en la
casa donde trabajabas?
»‑No,
no sabía nada de eso.
»Había
escuchado mis últimas palabras con los ojos muy abiertos. De pronto se pone
blanco como la cal, coge su gorro, se levanta... Yo intento detenerle.
»‑Espera,
Mikolai. ¿No quieres tomar nada?
»Y
digo por señas a uno de mis muchachos que se sitúe en la puerta. Yo, entre
tanto, salgo de detrás del mostrador. Pero él adivina mis intenciones y se
planta de un salto en la calle. Inmediatamente echa a correr y desaparece tras
la primera esquina. Desde este momento, ya no me cupo duda de que era
culpable.»
‑Lo
mismo creo yo ‑dijo Zosimof.
‑Espera,
escucha el final... Naturalmente, la policía empezó a buscar a Mikolai por
todas partes. Se detuvo a Duchkhine y se registró su casa. En la vivienda de
Mitri y en casa de los Kolomensky no quedó nada por mirar y revolver. Al fin,
anteayer se detuvo a Mikolai en una posada próxima a la Barrera. Al llegar a la
posada, Mikolai se había quitado una cruz de plata que colgaba de su cuello y
la había entregado al dueño de la posada para que se la cambiara por vodka. Se
le dio la bebida. Unos minutos después, una campesina que volvía de ordeñar a
las vacas vio en una cochera vecina, mirando por una rendija, a un hombre que
evidentemente iba a ahorcarse. Habla colgado una cuerda del techo y, después de
hacer un nudo corredizo en el otro extremo, se había subido a un montón de leña
y se disponía a pasar la cabeza por el nudo corredizo. La mujer empezó a gritar
con todas sus fuerzas y acudió gente.
»‑¡Vaya
unos pasatiempos que té buscas!
»‑Llevadme
a la comisaría. Allí lo contaré todo.
»Se
atendió a su demanda y se le condujo a la comisaría correspondiente, que es la
de nuestro barrio. En seguida empezó el interrogatorio de rigor.
»‑¿Quién
es usted y qué edad tiene?
»‑Tengo
veintidós años y soy..., etcétera.
»Pregunta:
»‑Mientras
trabajaba usted con Mitri en tal casa, ¿no vio a nadie en la escalera a tal
hora?
»Respuesta:
»‑Subía
y bajaba bastante gente, pero yo no me fijé en nadie.
»‑¿Y
no oyó usted ningún ruido?
»‑No
oí nada de particular.
»‑¿Sabía
usted que tal día y a tal hora mataron y desvalijaron a la vieja del cuarto
piso y a su hermana?
»‑No
lo sabía en absoluto. Me lo dijo Atanasio Pavlovitch anteayer en su taberna.
»‑¿De
dónde sacó los pendientes?
»‑Me
los encontré en la calle.
»‑¿Por
qué no fue a trabajar al día siguiente con su compañero Mitri?
»‑Tenía
ganas de divertirme.
»‑¿Adónde
fue?
»‑De
un lado a otro.
»‑¿Por
qué huyó usted de la taberna de Duchkhine?
»‑Tenía
miedo.
»‑¿De
qué?
»‑De
que me condenaran.
»‑¿Cómo
explica usted ese temor si tenía la conciencia tranquila?
»Aunque
parezca mentira, Zosimof ‑continuó Rasumikhine‑, se le hizo esta
pregunta y con estas mismas palabras. Lo sé de buena fuente... ¿Qué té parece?
Dime: ¿qué té parece?
‑Las
pruebas son abrumadoras.
‑Yo
no té hablo de las pruebas, sino de la pregunta que se le hizo, del concepto
que tiene de su deber esa gente, esos policías... En fin, dejemos esto... Desde
luego, presionaron al detenido de tal modo, que acabó por declarar:
«‑No
fue en la calle donde encontré los pendientes, sino en el piso donde trabajaba
con Mitri.
»‑¿Cómo
se produjo el hallazgo?
»‑Lo
voy a explicar. Mitri y yo estuvimos todo el día trabajando y, cuando nos
íbamos a marchar, Mitri cogió un pincel empapado de pintura y me lo pasó por la
cara. Después echó a correr escaleras abajo y yo fui tras él, bajando los
escalones de cuatro en cuatro y lanzando juramentos. Cuando llegué a la
entrada, tropecé con el portero y con unos señores que estaban con él y que no
recuerdo cómo eran. El portero empezó a insultarme, el segundo portero hizo lo
mismo; luego salió de la garita la mujer del primer portero y se sumó a los
insultos. Finalmente, un caballero que en aquel momento entraba en la casa
acompañado de una señora nos puso también de vuelta y media porque no los
dejábamos pasar. Cogí a Mitri del pelo, lo derribé y empecé a atizarle. El,
aunque estaba debajo, consiguió también asirme por el pelo y noté que me
devolvía los golpes. Pero todo era broma. Al fin, Mitri consiguió libertarse y
echó a correr por la calle. Yo le perseguí, pero, al ver que no le podía
alcanzar, volví al piso donde trabajábamos para poner en orden las cosas que
habíamos dejado de cualquier modo. Mientras las arreglaba, esperaba a Mitri.
Creía que volvería de un momento a otro. De pronto, en un rincón del vestíbulo,
detrás de la puerta, piso una cosa. La recojo, quito el papel que la envuelve y
veo un estuche, y en el estuche los pendientes.
‑¿Detrás
de la puerta? ¿Has dicho detrás de la puerta? ‑preguntó de súbito
Raskolnikof, fijando en Rasumikhine una mirada llena de espanto. Seguidamente,
haciendo un gran esfuerzo, se incorporó y apoyó el codo en el diván.
‑Sí,
¿y qué? ¿Por qué té pones así? ¿Qué té ha pasado? preguntó Rasumikhine
levantándose de su asiento.
‑No,
nada ‑balbuceó Raskolnikof penosamente, dejando caer la cabeza en la
almohada y volviéndose de nuevo hacia la pared.
Hubo
un momento de silencio.
‑Debía
de estar medio dormido, ¿verdad? ‑preguntó Rasumikhine, dirigiendo a
Zosimof una mirada interrogadora.
El
doctor movió negativamente la cabeza.
Bueno
‑dijo‑, continúa. ¿Qué ocurrió después?
‑¿Después?
Pues ocurrió que, apenas vio los pendientes, se olvidó de su trabajo y de
Mitri, cogió su gorro y corrió a la taberna de Duchkhine. Éste le dio, como ya
sabemos, un rublo, y Mikolai le mintió diciendo que se había encontrado los
pendientes en la calle. Luego se fue a divertirse. En lo que concierne al
crimen, mantiene sus primeras declaraciones.»‑Yo no sabía nada ‑insiste‑,
no supe nada hasta dos días después.
»‑¿Y
por qué se ocultó?
»‑Por
miedo.
»‑¿Por
qué quería ahorcarse?
»‑Por
temor.
»‑¿Temor
de qué?
»‑De
que me condenaran.
»Y
esto es todo ‑terminó Rasumikhine‑. ¿Qué conclusiones crees que han
sacado?
‑No
sé qué decirte. Existe una sospecha, discutible tal vez pero fundada. No podían
dejar en libertad a tu pintor de fachadas.
‑¡Pero
es que le atribuyen el asesinato! ¡No les cabe la menor duda!
‑Óyeme.
No te acalores. Has de convenir que si el día y a la hora del crimen, unos
pendientes que estaban en el arca de la víctima pasaron a manos de Nicolás[L31],
es natural que se le pregunte cómo se los procuró. Es un detalle importante
para la instrucción del sumario.
‑¿Que
cómo se los procuró? ‑‑‑exclamó Rasumikhine‑. Pero ¿es
posible que tú, doctor en medicina y, por lo tanto, más obligado que nadie a
estudiar la naturaleza humana, y que has podido profundizar en ella gracias a
tu profesión, no hayas comprendido el carácter de Nicolás basándote en los
datos que te he dado? ¿Es posible que no estés convencido de que sus
declaraciones en los interrogatorios que ha sufrido son la pura verdad? Los
pendientes llegaron a sus manos exactamente como él ha dicho: pisó el estuche y
lo recogió.
‑Podrá
decir la pura verdad; pero él mismo ha reconocido que mintió la primera vez.
‑Oye,
escúchame con atención. El portero, Koch, Pestriakof, el segundo portero, la
mujer del primero, otra mujer que estaba en aquel momento en la portería con la
portera, el consejero Krukof, que acababa de bajar de un coche y entraba en la
casa con una dama cogida a su brazo; todas estas personas, es decir, ocho,
afirman que Nicolás tiró a Mitri al suelo y lo mantuvo debajo de él,
golpeándole, mientras Mitri cogía a su camarada por el pelo y le devolvía los
golpes con creces. Están ante la puerta y dificultan el paso. Se les insulta
desde todas partes, y ellos, como dos chiquillos (éstas son las palabras de los
testigos), gritan, disputan, lanzan carcajadas, se hacen guiños y se persiguen
por la calle. Como verdaderos chiquillos, ¿comprendes? Ten en cuenta que arriba
hay dos cadáveres que todavía conservan calor en el cuerpo; sí, calor; no
estaban todavía fríos cuando los encontraron... Supongamos que los autores del
crimen son los dos pintores, o que sólo lo ha cometido Nicolás, y que han
robado, forzando la cerradura del arca, o simplemente participado en el robo.
Ahora, admitido esto, permíteme una pregunta. ¿Se puede concebir la
indiferencia, la tranquilidad de espíritu que demuestran esos gritos, esas
risas, esa riña infantil en personas que acaban de cometer un crimen y están ante
la misma casa en que lo han cometido? ¿Es esta conducta compatible con el
hacha, la sangre, la astucia criminal y la prudencia que forzosamente han de
acompañar a semejante acto? Cinco o diez minutos después de haber cometido el
asesinato (no puede haber transcurrido más tiempo, ya que los cuerpos no se han
enfriado todavía), salen del piso, dejando la puerta abierta y, aun sabiendo
que sube gente a casa de la vieja, se ponen a juguetear ante la puerta de la
casa, en vez de huir a toda prisa, y ríen y llaman la atención de la gente,
cosa que confirman ocho testigos... ¡Qué absurdo!
‑Sin
duda, todo esto es extraño, incluso parece imposible, pero...
‑¡No
hay pero que valga! Yo reconozco que el hecho de que se encontraran los
pendientes en manos de Nicolás poco después de cometerse el crimen constituye
un grave cargo contra él. Sin embargo, este hecho queda explicado de un modo
plausible en las declaraciones del acusado y, por lo tanto, es discutible.
Además, hay que tener en cuenta los hechos que son favorables a Nicolás, y más
aún cuando se da el caso de que estos hechos están fuera de duda. ¿Tú qué
crees? Dado el carácter de nuestra jurisprudencia, ¿son capaces los jueces de
considerar que un hecho fundado únicamente en una imposibilidad psicológica, en
un estado de alma, por decirlo así, puede aceptarse como indiscutible y
suficiente para destruir todos los cargos materiales, sean cuales fueren? No,
no lo admitirán jamás. Han encontrado el estuche en sus manos y él quería
ahorcarse, cosa que, a su juicio, no habría ocurrido si él no se hubiera
sentido culpable... Ésta es la cuestión fundamental; esto es lo que me indigna,
¿comprendes?
‑Sí,
ya veo que estás indignado. Pero oye, tengo que hacerte una pregunta. ¿Hay
pruebas de que esos pendientes se sacaron del arca de la vieja?
‑Sí
‑repuso Rasumikhine frunciendo las cejas‑. Koch reconoció la joya y
dijo quién la había empeñado. Esta persona confirmó que los pendientes le
pertenecían.
‑Lamentable.
Otra pregunta. ¿Nadie vio a Nicolás mientras Koch y Pestriakof subían al cuarto
piso, con lo que quedaría probada la coartada?
‑Desgraciadamente,
nadie lo vio ‑repuso Rasumikhine, malhumorado‑. Ni siquiera Koch y
Pestriakof los vieron al subir. Claro que su testimonio no valdría ya gran
cosa. «Vimos ‑dicen‑ que el piso estaba abierto y nos pareció que
trabajaban en él, pero no prestamos atención a este detalle y no podríamos
decir si los pintores estaban o no allí en aquel momento.»
‑¿Así,
la inculpabilidad de Nicolás descansa enteramente en las risas y en los golpes
que cambió con su camarada...? En fin, admitamos que esto constituye una prueba
importante en su favor. Pero dime: ¿cómo puedes explicar el proceso del
hallazgo de los pendientes, si admites que el acusado dice la verdad, o sea que
los encontró en el departamento donde trabajaba?
‑¿Que
cómo puedo explicarlo? Del modo más sencillo. La cosa está perfectamente clara.
Por lo menos, el camino que hay que seguir para llegar a la verdad se nos
muestra con toda claridad, y es precisamente esa joya la que lo indica. Los
pendientes se le cayeron al verdadero culpable. Éste estaba arriba, en el piso
de la vieja, mientras Koch y Pestriakof llamaban a la puerta. Koch cometió la
tontería de bajar a la entrada poco después que su compañero. Entonces el
asesino sale del piso y empieza a bajar la escalera, ya que no tiene otro
camino para huir. A fin de no encontrarse con el portero, Koch y Pestriakof, ha
de esconderse en el piso vacío que Nicolás y Mitri acaban de abandonar.
Permanece oculto detrás de la puerta mientras los otros suben al piso de las
víctimas, y, cuando el ruido de los pasos se aleja, sale de su escondite y baja
tranquilamente. Es el momento en que Mitri y Nicolás echan a correr por la
calle. Todos los que estaban ante la puerta se han dispersado. Tal vez alguien
le viera, pero nadie se fijó en él. ¡Entraba y salía tanta gente por aquella
puerta! El estuche se le cayó del bolsillo cuando estaba oculto detrás de la
puerta, y él no lo advirtió porque tenía otras muchas cosas en que pensar en
aquel momento. Que el estuche estuviera allí demuestra que el asesino se
escondió en el piso vacío. He aquí explicado todo el misterio.
‑Ingenioso,
amigo Rasumikhine, diabólicamente ingenioso, incluso demasiado ingenioso.
‑¿Por
qué demasiado?
‑Porque
todo es tan perfecto, porque los detalles están tan bien trabados, que uno cree
hallarse ante una obra teatral.
Rasumikhine
abrió la boca para protestar, pero en este momento se abrió la puerta, y los
jóvenes vieron aparecer a un visitante al que ninguno de ellos conocía.
V
Era un caballero
de cierta edad, movimientos pausados y fisonomía reservada y severa. Se detuvo
en el umbral y paseó a su alrededor una mirada de sorpresa que no trataba de
disimular y que resultaba un tanto descortés. «¿Dónde me he metido?», parecía
preguntarse. Observaba la habitación, estrecha y baja de techo como un
camarote, con un gesto de desconfianza y una especie de afectado terror.
Su
mirada conservó su expresión de asombro al fijarse en Raskolnikof, que seguía
echado en el mísero diván, vestido con ropas no menos miserables, y que le
miraba como los demás.
Después
el visitante observó atentamente la barba inculta, los cabellos enmarañados y
toda la desaliñada figura de Rasumikhine, que, a su vez y sin moverse de su
sitio, le miraba con una curiosidad impertinente.
Durante
más de un minuto reinó en la estancia un penoso silencio, pero al fin, como es
lógico, la cosa cambió.
Comprendiendo
sin duda ‑pues ello saltaba a la vista que su arrogancia no imponía a
nadie en aquella especie de camarote de trasatlántico, el caballero se dignó
humanizarse un poco y se dirigió a Zosimof cortésmente pero con cierta rigidez.
‑Busco
a Rodion Romanovitch Raskolnikof, estudiante o ex estudiante ‑dijo,
articulando las palabras sílaba a sílaba.
Zosimof
inició un lento ademán, sin duda para responder, pero Rasumikhine, aunque la
pregunta no iba dirigida a él, se anticipó.
‑Ahí
lo tiene usted, en el diván ‑dijo‑. ¿Y usted qué desea?
La
naturalidad con que estas palabras fueron pronunciadas pareció ablandar al
presuntuoso caballero, que incluso se volvió hacia Rasumikhine. Pero en seguida
se contuvo y, con un rápido movimiento, fijó de nuevo la mirada en Zosimof.
‑Ahí
tiene usted a Raskolnikof ‑repuso el doctor, indicando al enfermo con un
movimiento de cabeza. Después lanzó un gran bostezo y, seguidamente y con gran
lentitud, sacó del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de oro, que consultó
y volvió a guardarse, con la misma calma.
Raskolnikof,
que en aquel momento estaba echado boca arriba, no quitaba ojo al recién
llegado y seguía encerrado en su silencio. Ahora se veía su semblante, pues ya
no contemplaba la florecilla del empapelado. Estaba pálido y en su expresión se
leía un extraordinario sufrimiento. Era como si el enfermo acabara de salir de
una operación o de experimentar terribles torturas... Sin embargo, el visitante
desconocido le inspiraba un interés creciente, que primero fue sorpresa, en
seguida desconfianza y finalmente temor.
Cuando
Zosimof dijo: «Ahí tiene usted a Raskolnikof, éste se levantó con un movimiento
tan repentino, que tuvo algo de salto, y manifestó, con voz débil y
entrecortada pero agresiva:
‑Si,
yo soy Raskolnikof. ¿Qué desea usted?
El
visitante le observó atentamente y repuso, en un tono lleno de dignidad:
‑Soy
Piotr Petrovitch Lujine. Tengo motivos para creer que mi nombre no le será
enteramente desconocido.
Pero
Raskolnikof, que esperaba otra cosa, se limitó a mirar a su interlocutor con
gesto pensativo y estúpido, sin contestarle y como si aquélla fuera la primera
vez que oía semejante nombre.
‑¿Es
posible que todavía no le hayan hablado de mí? ‑exclamó Piotr Petrovitch,
un tanto desconcertado.
Por
toda respuesta, Raskolnikof se dejó caer poco a poco sobre la almohada. Enlazó
sus manos debajo de la nuca y fijó su mirada en el techo. Lujine dio ciertas
muestras de inquietud. Zosimof y Rasumikhine le observaban con una curiosidad
creciente que acabó de desconcertarle.
‑Yo
creía..., yo suponía...‑balbuceó‑ que una carta que se cursó hace
diez días, tal vez quince...
‑Pero
oiga, ¿por qué se queda en la puerta?‑le interrumpió Rasumikhine‑.
Si tiene usted algo que decir, entre y siéntese. Nastasia y usted no caben en
el umbral. Nastasiuchka, apártate y deja pasar al señor. Entre; aquí tiene una
silla; pase por aquí.
Echó
atrás su silla de modo que entre sus rodillas y la mesa quedó un estrecho
pasillo, y, en una postura bastante incómoda, esperó a que pasara el visitante.
Lujine comprendió que no podía rehusar y llegó, no sin dificultad, al asiento
que se le ofrecía. Cuando estuvo sentado, fijó en Rasumikhine una mirada llena
de inquietud.
‑No
esté usted violento ‑dijo éste levantando la voz‑. Hace cinco días
que Rodia está enfermo. Durante tres ha estado delirando. Hoy ha recobrado el
conocimiento y ha comido con apetito. Aquí tiene usted a su médico, que lo
acaba de reconocer. Yo soy un camarada suyo, un ex estudiante como él, y ahora
hago el papel de enfermero. Por lo tanto, no haga caso de nosotros: siga usted
conversando con él como si no estuviéramos.
‑Muy
agradecido, pero ¿no le parece a usted ‑se dirigía a Zosimof‑ que
mi conversación y mi presencia pueden fatigar al enfermo?
‑No,
‑repuso Zosimof‑. Por el contrario, su charla le distraerá.
Y
volvió a lanzar un bostezo.
‑¡Oh!
Hace ya bastante tiempo que ha vuelto en sí: esta mañana ‑dijo
Rasumikhine, cuya familiaridad respiraba tanta franqueza y simpatía, que Piotr
Petrovitch empezó a sentirse menos cohibido. Además, hay que tener presente que
el impertinente y desharrapado joven se había presentado como estudiante.
‑Su
madre... ‑comenzó a decir Lujine.
Rasumikhine
lanzó un ruidoso gruñido. Lujine le miró con gesto interrogante.
‑No,
no es nada. Continúe.
‑Su
madre empezó a escribirle antes de que yo me pusiera en camino. Ya en
Petersburgo, he retrasado adrede unos cuantos días mi visita para asegurarme de
que usted estaría al corriente de todo. Y ahora veo, con la natural sorpresa...
‑Ya
estoy enterado, ya estoy enterado ‑replicó de súbito Raskolnikof, cuyo
semblante expresaba viva irritación‑. Es usted el novio, ¿verdad? Bien,
pues ya ve que lo sé.
Piotr
Petrovitch se sintió profundamente herido por la aspereza de Raskolnikof, pero
no lo dejó entrever. Se preguntaba a qué obedecía aquella actitud. Hubo una
pausa que duró no menos de un minuto. Raskolnikof, que para contestarle se
había vuelto ligeramente hacia él, empezó de súbito a examinarlo fijamente, con
cierta curiosidad, como si no hubiese tenido todavía tiempo de verle o como si
de pronto hubiese descubierto en él algo que le llamara la atención. Incluso se
incorporó en el diván para poder observarlo mejor.
Sin
duda, el aspecto de Piotr Petrovitch tenía un algo que justificaba el
calificativo de novio que acababa de aplicársele tan gentilmente. Desde luego,
se veía claramente, e incluso demasiado, que Piotr Petrovitch había aprovechado
los días que llevaba en la capital para embellecerse, en previsión de la
llegada de su novia, cosa tan inocente como natural. La satisfacción, acaso
algo excesiva, que experimentaba ante su feliz transformación podía
perdonársele en atención a las circunstancias. El traje del señor Lujine
acababa de salir de la sastrería. Su elegancia era perfecta, y sólo en un punto
permitía la crítica: el de ser demasiado nuevo. Todo en su indumentaria se
ajustaba al plan establecido, desde el elegante y flamante sombrero, al que él prodigaba
toda suerte de cuidados y tenía entre sus manos con mil precauciones, hasta los
maravillosos guantes de color lila, que no llevaba puestos, sino que se
contentaba con tenerlos en la mano. En su vestimenta predominaban los tonos
suaves y claros. Llevaba una ligera y coquetona americana habanera, pantalones
claros, un chaleco del mismo color, una fina camisa recién salida de la tienda
y una encantadora y pequeña corbata de batista con listas de color de rosa. Lo
más asombroso era que esta elegancia le sentaba perfectamente. Su fisonomía,
fresca e incluso hermosa, no representaba los cuarenta y cinco años que ya
habían pasado por ella. La encuadraban dos negras patillas que se extendían
elegantemente a ambos lados del mentón, rasurado cuidadosamente y de una
blancura deslumbrante. Su cabello se mantenía casi enteramente libre de canas,
y un hábil peluquero había conseguido rizarlo sin darle, como suele ocurrir en
estos casos, el ridículo aspecto de una cabeza de marido alemán. Lo que pudiera
haber de desagradable y antipático en aquella fisonomía grave y hermosa no
estaba en el exterior.
Después
de haber examinado a Lujine con impertinencia, Raskolnikof sonrió amargamente,
dejó caer la cabeza sobre la almohada y continuó contemplando el techo.
Pero
el señor Lujine parecía haber decidido tener paciencia y fingía no advertir las
rarezas de Raskolnikof.
‑Lamento
profundamente encontrarle en este estado ‑dijo para reanudar la
conversación‑. Si lo hubiese sabido, habría venido antes a verle. Pero
usted no puede imaginarse las cosas que tengo que hacer. Además, he de
intervenir en un debate importante del Senado. Y no hablemos de esas
ocupaciones cuya índole puede usted deducir: espero a su familia, es decir, a
su madre y a su hermana, de un momento a otro.
Raskolnikof
hizo un movimiento y pareció que iba a decir algo. Su semblante dejó entrever
cierta agitación. Piotr Petrovitch se detuvo y esperó un momento, pero, viendo
que Raskolnikof no desplegaba los labios, continuó:
‑Sí,
las espero de un momento a otro. Ya les he encontrado un alojamiento
provisional.
‑¿Dónde?
‑preguntó Raskolnikof con voz débil.
‑Cerca
de aquí, en el edificio Bakaleev.
‑Eso
está en el bulevar Vosnesensky ‑interrumpió Rasumikhine‑. El
comerciante Iuchine alquila dos pisos amueblados. Yo he ido a verlos.
‑Sí,
son departamentos amueblados...
‑Aquello
es un verdadero infierno, sucio, pestilente y, además, un lugar nada
recomendable. Allí han ocurrido las cosas más viles. Sólo el diablo sabe qué
vecindario es aquél. Yo mismo fui allí atraído por un asunto escandaloso. Por
lo demás, los departamentos se alquilan a buen precio.
‑Como
es natural, yo no pude procurarme todos esos informes, pues acababa de llegar a
Petersburgo ‑dijo Piotr Petrovitch, un tanto molesto‑; pero, sea
como fuere, las dos habitaciones que he alquilado son muy limpias. Además, hay
que tener en cuenta que todo esto es provisional... Yo tengo ya contratado
nuestro definitivo..., mejor dicho, nuestro futuro hogar ‑añadió
volviéndose hacia Raskolnikof‑. Sólo falta arreglarlo, y ya lo estoy
haciendo. Yo mismo tengo ahora una habitación amueblada bastante reducida. Está
a dos pasos de aquí, en casa de la señora de Lipevechsel. Vivo con un joven que
es amigo mío: Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Él es precisamente el que me ha
indicado la casa Bakaleev.
‑¿Lebeziatnikof?
‑preguntó Raskolnikof, pensativo, como si este nombre le hubiese
recordado algo.
‑Sí,
Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Está empleado en un ministerio. ¿Le conoce
usted?
‑No...,
no ‑repuso Raskolnikof.
‑Perdone,
pero su exclamación me ha hecho suponer que lo conocía. Fui tutor suyo hace ya
tiempo. Es un joven simpatiquísimo, que está al corriente de todas las ideas. A
mí me gusta tratar con gente joven. Así se entera uno de las novedades que
corren por el mundo.
Piotr
Petrovitch miró a sus oyentes con la esperanza de percibir en sus semblantes un
signo de aprobación.
‑¿A
qué clase de novedades se refiere? ‑preguntó Rasumikhine.
‑Alas
de tipo más serio, es decir, más fundamental ‑repuso Piotr Petrovitch, al
que el tema parecía encantar‑. Hacía ya diez años que no habia venido a
Petersburgo. Todas las reformas sociales, todas las nuevas ideas han llegado a
provincias, pero para darse exacta cuenta de estas cosas, para verlo todo, hay
que estar en Petersburgo. Yo creo que el mejor modo de informarse de estas
cuestiones es observar a las generaciones jóvenes... Y créame que estoy
encantado.
‑¿De
qué?
‑Es
algo muy complejo. Puedo equivocarme, pero creo haber observado una visión más
clara, un espíritu más critico, por decirlo así, una actividad más razonada.
‑Es
verdad ‑dijo Zosimof entre dientes.
‑No
digas tonterías ‑replicó Rasumikhine‑. El sentido de los negocios
no nos llueve del cielo, sino que sólo lo podemos adquirir mediante un difícil
aprendizaje. Y nosotros hace ya doscientos años que hemos perdido el hábito de
la actividad... De las ideas ‑continuó, dirigiéndose a Piotr Petrovitch‑
puede decirse que flotan aquí y allá. Tenemos cierto amor al bien, aunque este
amor sea, confesémoslo, un tanto infantil. También existe la honradez, aunque
desde hace algún tiempo estemos plagados de bandidos. Pero actividad, ninguna
en absoluto.
‑No
estoy de acuerdo con usted ‑dijo Lujine, visiblemente encantado‑.
Cierto que algunos se entusiasman y cometen errores, pero debemos ser indulgentes
con ellos. Esos arrebatos y esas faltas demuestran el ardor con que se lanzan
al empeño, y también las dificultades, puramente materiales, verdad es, con que
tropiezan. Los resultados son modestos, pero no debemos olvidar que los
esfuerzos han empezado hace poco. Y no hablemos de los medios que han podido
utilizar. A mi juicio, no obstante, se han obtenido ya ciertos resultados. Se
han difundido ideas nuevas que son excelentes; obras desconocidas aún, pero de
gran utilidad, sustituyen a las antiguas producciones de tipo romántico y
sentimental. La literatura cobra un carácter de madurez. Prejuicios
verdaderamente perjudiciales han caído en el ridículo, han muerto... En una
palabra, hemos roto definitivamente con el pasado, y esto, a mi juicio, constituye
un éxito.
‑Ha
dado suelta a la lengua sólo para lucirse ‑gruñó inesperadamente
Raskolnikof.
‑¿Cómo?
‑preguntó Lujine, que no había entendido.
Pero
Raskolnikof no le contestó.
‑Todo
eso es exacto ‑se apresuró a decir Zosimof.
‑¿Verdad?
‑‑exclamó Piotr Petrovitch dirigiendo al doctor una mirada amable.
Después se volvió hacia Rasumikhine con un gesto de triunfo y superioridad
(sólo faltaba que le llamase «joven») y le dijo‑: Convenga usted que todo
se ha perfeccionado, o, si se prefiere llamarlo así, que todo ha progresado,
por lo menos en los terrenos de las ciencias y la economía.
‑Eso
es un lugar común.
‑No,
no es un lugar común. Le voy a poner un ejemplo. Hasta ahora se nos ha dicho:
«Ama a tu prójimo.» Pues bien, si pongo este precepto en práctica, ¿qué
resultará? ‑Piotr Petrovitch hablaba precipitadamente‑. Pues
resultará que dividiré mi capa en dos mitades, daré una mitad a mi prójimo y
los dos nos quedaremos medio desnudos. Un proverbio ruso dice que el que
persigue varias liebres a la vez no caza ninguna. La ciencia me ordena amar a
mi propia persona más que a nada en el mundo, ya que aquí abajo todo descansa
en el interés personal. Si te amas a ti mismo, harás buenos negocios y
conservarás tu capa entera. La economía política añade que cuanto más se elevan
las fortunas privadas en una sociedad o, dicho en otros términos, más capas
enteras se ven, más sólida es su base y mejor su organización. Por lo tanto,
trabajando para mí solo, trabajo, en realidad, para todo el mundo, pues
contribuyo a que mi prójimo reciba algo más que la mitad de mi capa, y no por
un acto de generosidad individual y privada, sino a consecuencia del progreso
general. La idea no puede ser más sencilla. No creo que haga falta mucha
inteligencia para comprenderla. Sin embargo, ha necesitado mucho tiempo para
abrirse camino entre los sueños y las quimeras que la ahogaban.
‑Perdóneme ‑le interrumpió Rasumikhine‑.
Yo pertenezco a la categoría de los imbéciles. Dejemos ese
asunto. Mi intención al dirigirle la palabra no era despertar su locuacidad.
Tengo los oídos tan llenos de toda esa palabrería que no ceso de escuchar desde
hace tres años, de todas esas trivialidades, de todos esos lugares comunes, que
me sonroja no sólo hablar de ello, sino también que se hable delante de mi.
Usted se ha apresurado a alardear ante nosotros de sus teorías, y no se lo
censuro. Yo sólo deseaba saber quién es usted, pues en estos últimos tiempos se
han introducido en los negocios públicos tantos intrigantes, y esos
desaprensivos han ensuciado de tal modo cuanto ha pasado por sus manos, que han
formado a su alrededor un verdadero lodazal. Y no hablemos más de este asunto.
‑Caballero
‑exclamó Lujine, herido en lo más vivo y adoptando una actitud llena de
dignidad‑, ¿quiere usted decir con eso que también yo...?
‑¡De
ningún modo! ¿Cómo podría yo permitirme...? En fin, basta ya...
Y
después de cortar así el diálogo, Rasumikhine se apresuró a reanudar con
Zosimof la conversación que había interrumpido la entrada de Piotr Petrovitch.
Éste
tuvo el buen sentido de aceptar la explicación del estudiante, y adoptó la
firme resolución de marcharse al cabo de dos minutos.
‑Ya
hemos trabado conocimiento ‑dijo a Raskolnikof‑. Espero que, una
vez esté curado, nuestras relaciones serán más íntimas, debido a las
circunstancias que ya conoce usted. Le deseo un rápido restablecimiento.
Raskolnikof
ni siquiera dio muestras de haberle oído, y Piotr Petrovitch se puso en pie.
‑Seguramente
‑dijo Zosimof a Rasumikhine‑, el asesino es uno de sus deudores.
‑Seguramente
‑repitió Rasumikhine‑. Porfirio no revela a nadie sus pensamientos
pero sólo interroga a los que tenían algo empeñado en casa de la vieja.
‑¿Los
interroga?‑exclamó Raskolnikof.
‑Sí,
¿por qué?
‑No,
por nada.
‑Pero
¿cómo sabe quiénes son? ‑preguntó Zosimof.
‑Koch
ha indicado algunos. Los nombres de otros figuraban en los papeles que
envolvían los objetos, y otros, en fin, se han presentado espontáneamente al
enterarse de lo ocurrido.
‑El
culpable debe de ser un profesional de gran experiencia. ¡Qué resolución, qué
audacia!
‑Pues
no ‑replicó Rasumikhine‑. En eso, tú y todo el mundo estáis
equivocados. Yo estoy seguro de que es un inexperto de que éste es su primer
crimen. Si nos imaginamos un plan bien urdido y un criminal experimentado, nada
tiene explicación. Para que la tenga, hay que suponer que es un principiante y
admitir que sólo la suerte le ha permitido escapar. ¿Qué no podrá hacer el
azar? Es muy posible que no previera ningún obstáculo. ¿Y cómo lleva a cabo el
robo? Busca en la caja donde la vieja guardaba sus trapos, coge unos cuantos
objetos que no valen más de treinta rublos y se llena con ellos los bolsillos.
Sin embargo, en el cajón superior de la cómoda se ha encontrado una caja que
contenía más de mil quinientos rublos en metálico y cierta cantidad de
billetes. Ni siquiera supo robar. Lo único que supo hacer fue matar. ¡Lo dicho:
un principiante! Perdió la cabeza, y si no Lo han descubierto no Lo debe a su
destreza, sino al azar.
‑¿Hablan
ustedes del asesinato de esa vieja prestamista? ‑intervino Lujine,
dirigiéndose a Zosimof. Con el sombrero en las manos se disponía a despedirse,
pero deseaba decir todavía algunas cosas profundas. Quería dejar buen recuerdo
en aquellos jóvenes. La vanidad podía en él más que la razón.
‑Sí.
¿Ha oído usted hablar de ese crimen?
‑¿Cómo
no? Ha ocurrido en las cercanías de la casa donde me hospedo.
‑¿Conoce
usted los detalles?
‑Los
detalles, no, pero este asunto me interesa por la cuestión general que plantea.
Dejemos a un lado el aumento incesante de la criminalidad durante los últimos
cinco años en las clases bajas. No hablemos tampoco de la sucesión
ininterrumpida de incendios provocados y actos de pillaje. Lo que me asombra es
que la criminalidad crezca de modo parecido en las clases superiores. Un día
nos enteramos de que un ex estudiante ha asaltado el coche de correos en la
carretera. Otro, que hombres cuya posición los sitúa en las altas esferas
fabrican moneda falsa. En Moscú se descubre una banda de falsificadores de
billetes de la lotería, uno de cuyos jefes era un profesor de historia
universal. Además, se da muerte a un secretario de embajada por una oscura
cuestión de dinero... Si la vieja usurera ha sido asesinada por un hombre de la
clase media (los mujiks no tienen el hábito de empeñar joyas), ¿cómo explicar
este relajamiento moral en la clase más culta de nuestra ciudad?
‑Los
fenómenos económicos han producido transformaciones que... ‑comenzó a
decir Zosimof.
‑¿Cómo
explicarlo? ‑le interrumpió Rasumikhine‑. Pues precisamente por esa
falta de actividad razonada.
‑¿Qué
quiere usted decir?
‑¿Qué
respondió ese profesor de historia universal cuando le interrogaron? «Cada cual
se enriquece a su modo. Yo también he querido enriquecerme Lo más rápidamente
posible.» No recuerdo las palabras que empleó, pero sé que quiso decir «ganar
dinero rápidamente y sin esfuerzo». El hombre se acostumbra a vivir sin
esfuerzo, a andar por el camino llano, a que le pongan la comida en la boca.
Hoy cada uno se muestra como realmente es.
‑Pero
la moral, las leyes...
‑¿Qué
le sorprende? ‑preguntó repentinamente Raskolnikof‑. Todo esto es
la aplicación de sus teorías.
‑¿De
mis teorías?
‑Sí,
la conclusión lógica de los principios que acaba usted de exponer es que se
puede incluso asesinar.
‑Un
momento, un momento... ‑exclamó Lujine.
‑No
estoy de acuerdo ‑dijo Zosimof.
Raskolnikof
estaba pálido y respiraba con dificultad. Su labio superior temblaba
convulsivamente.
‑Todo
tiene su medida ‑dijo Lujine con arrogancia‑. Una idea económica no
ha sido nunca una incitación al crimen, y suponiendo...
‑¿Acaso
no es cierto ‑le interrumpió Raskolnikof con voz trémula de cólera, pero
llena a la vez de un júbilo hostil que usted dijo a su novia, en el momento en
que acababa de aceptar su petición, que lo que más le complacía de ella era su
pobreza, pues Lo mejor es casarse con una mujer pobre para poder dominarla y
recordarle el bien que se le ha hecho?
‑Pero...
‑exclamó Lujine, trastornado por la cólera‑. ¡Oh, qué modo de
desnaturalizar mi pensamiento! Perdóneme, pero puedo asegurarle que las
noticias que han llegado a usted sobre este punto no tienen la menor sombra de
fundamento. Ya sé dónde está el origen del mal... Por Lo menos, Lo supongo...
Se Lo diré francamente. Me pareció que su madre, pese a sus excelentes prendas,
poseía un espíritu un tanto exaltado y propenso a las novelerías. Sin embargo,
estaba muy lejos de creer que pudiera interpretar mis palabras con tanta
inexactitud y que, al citarlas, alterase de tal modo su sentido. Además...
‑¡Óigame!
‑bramó el joven, levantando la cabeza de la almohada y fijando en Lujine
una mirada ardiente‑. ¡Escuche!
‑Usted
dirá.
Lujine
pronunció estas palabras en un tono de reto. A ellas siguió un silencio que
duró varios segundos.
‑Pues
lo que quiero que sepa es que si usted se permite decir una palabra más contra
mi madre, lo echo escaleras abajo.
‑¡Pero
Rodia! ‑exclamó Rasumikhine.
‑¡Si,
escaleras abajo!
Lujine
había palidecido y se mordía los labios.
‑Óigame,
señor ‑comenzó a decir, haciendo un gran esfuerzo por dominarse‑:
la acogida que usted me ha dispensado me ha demostrado claramente y desde el
primer momento su enemistad hacia mí, y si he prolongado la visita ha sido
solamente para acabar de cerciorarme. Habría perdonado muchas cosas a un
enfermo, a un pariente; pero, después de lo ocurrido, ¡ni pensarlo!
‑¡Yo
no estoy enfermo! ‑exclamó Raskolnikof.
‑¡Peor
que peor!
‑¡Váyase
al diablo!
Lujine
no había esperado esta invitación. Se deslizaba ya entre la silla y la mesa.
Esta vez, Rasumikhine se levantó para dejarlo pasar. Lujine no se dignó mirarle
y salió sin ni siquiera saludar a Zosimof, que desde hacía unos momentos le
estaba diciendo por señas que dejara al enfermo tranquilo. Al verle alejarse
con la cabeza baja, era fácil comprender que no olvidaría la terrible ofensa
recibida.
‑¡Vaya
un modo de conducirse! ‑dijo Rasumikhine al enfermo, sacudiendo la cabeza
con un gesto de preocupación.
‑¡Déjame!
¡Dejadme todos! ‑gritó Raskolnikof en un arrebato de ira‑. ¿Me
dejaréis de una vez, verdugos? No creáis que os temo. Ahora ya no temo a nadie,
¡a nadie! ¡Marchaos! ¡Quiero estar solo! ¿Lo oís? ¡Solo!
‑Vámonos
‑dijo Zosimof a Rasumikhine.
‑Pero
¿lo vamos a dejar así?
‑Vámonos.
Rasumikhine
reflexionó un momento. Después siguió a Zosimof.
Cuando
estuvieron en la escalera, el doctor dijo:
‑Si
no le hubiésemos obedecido, habría sido peor. No hay que irritarlo.
‑Pero
¿qué tiene?
‑Le
convendría una impresión fuerte que le sacara de sus pensamientos. Ahora habría
sido capaz de todo... Algo le preocupa profundamente. Es una obsesión que te
corroe y te exaspera. Eso es lo que más me inquieta.
‑Tal
vez este señor Piotr Petrovitch tenga algo que ver con ello. De la conversación
que ha sostenido con él se desprende que se va a casar con la hermana de Rodia
y que nuestro amigo se ha enterado de ello poco antes de su enfermedad.
‑Sí,
es el diablo el que lo ha traído, pues su visita lo ha echado todo a perder. Y
¿has observado que, aunque parece indiferente a todo, hay una cosa que le saca
de su mutismo? Ese crimen... Oír hablar de él le pone fuera de sí.
‑Lo
he notado en seguida ‑respondió Rasumikhine‑. Presta atención y se
inquieta. Precisamente se puso enfermo el día en que oyó hablar de ese asunto
en la comisaría. Incluso se desvaneció.
‑Ven
esta noche a mi casa. Quiero que me cuentes detalladamente todo eso. Me
interesa mucho. Yo también tengo algo que contarte. Volveré a verle dentro de
media hora. Por el momento no hay que temer ningún trastorno cerebral grave.
‑Gracias
por todo. Ahora voy a ver a Pachenka. Diré a Nastasia que lo vigile.
Cuando
sus amigos se fueron, Raskolnikof dirigió una mirada llena de angustiosa
impaciencia hasta Nastasia, pero ella no parecía dispuesta a marcharse.
‑¿Te
traigo ya el té? ‑preguntó.
‑Después.
Ahora quiero dormir. Vete.
Se
volvió hacia la pared con un movimiento convulsivo, y Nastasia salió del
aposento.
VI
Apenas Se
hubo marchado la sirvienta, Raskolnikof se levantó, echó el cerrojo, deshizo el
paquete de las prendas de vestir comprado por Rasumikhine y empezó a
ponérselas. Aunque parezca extraño, se había serenado de súbito. La frenética
excitación que hacía unos momentos le dominaba y el pánico de los últimos días
habían desaparecido. Era éste su primer momento de calma, de una calma extraña
y repentina. Sus movimientos, seguros y precisos, revelaban una firme
resolución. «Hoy, de hoy no pasa», murmuró.
Se
daba cuenta de su estado de debilidad, pero la extrema tensión de ánimo a la
que debía su serenidad le comunicaba una gran serenidad en sí mismo y parecía
darle fuerzas. Por lo demás, no temía caerse en la calle. Cuando estuvo
enteramente vestido con sus ropas nuevas, permaneció un momento contemplando el
dinero que Rasumikhine había dejado en la mesa. Tras unos segundos de
reflexión, se lo echó al bolsillo. La cantidad ascendía a veinticinco rublos.
Cogió también lo que a su amigo le había sobrado de los diez rublos destinados
a la compra de las prendas de vestir y, acto seguido, descorrió el cerrojo.
Salió de la habitación y empezó a bajar la escalera. Al pasar por el piso de la
patrona dirigió una mirada a la cocina, cuya puerta estaba abierta. Nastasia
daba la espalda a la escalera, ocupada en avivar el fuego del samovar. No oyó
nada. En lo que menos pensaba era en aquella fuga.
Momentos
después ya estaba en la calle. Eran alrededor de las ocho y el sol se había
puesto. La atmósfera era asfixiante, pero él aspiró ávidamente el polvoriento
aire, envenenado por las emanaciones pestilentes de la ciudad. Sintió un ligero
vértigo, pero sus ardientes ojos y todo su rostro, descarnado y lívido,
expresaron de súbito una energía salvaje. No llevaba rumbo fijo, y ni siquiera
pensaba en ello. Sólo pensaba en una cosa: que era preciso poner fin a todo
aquello inmediatamente y de un modo definitivo, y que si no lo conseguía no
volvería a su casa, pues no quería seguir viviendo así. Pero ¿cómo lograrlo?
Del modo de «terminar», como él decía, no tenía la menor idea. Sin embargo,
procuraba no pensar en ello; es más, rechazaba este pensamiento, porque le
torturaba. Sólo tenía un sentimiento y una idea: que era necesario que todo
cambiara, fuera como fuere y costara lo que costase. «Sí, cueste lo que
cueste», repetía con una energía desesperada, con una firmeza indómita.
Dejándose
llevar de una arraigada costumbre, tomó maquinalmente el camino de sus paseos
habituales y se dirigió a la plaza del Mercado Central. A medio camino, ante la
puerta de una tienda, en la calzada, vio a un joven que ejecutaba en un pequeño
órgano una melodía sentimental. Acompañaba a una jovencita de unos quince años,
que estaba de pie junto a él, en la acera, y que vestía como una damisela.
Llevaba miriñaque, guantes, mantilla y un sombrero de paja con una pluma de un
rojo de fuego, todo ello viejo y ajado. Estaba cantando una romanza con una voz
cascada, pero fuerte y agradable, con la esperanza de que le arrojaran desde la
tienda una moneda de dos kopeks. Raskolnikof se detuvo junto a los dos o tres
papanatas que formaban el público, escuchó un momento, sacó del bolsillo una
moneda de cinco kopeks y la puso en la mano de la muchacha. Ésta interrumpió su
nota más aguda y patética como si le hubiesen cortado la voz.
‑¡Basta!
‑gritó a su compañero. Y los dos se trasladaron a la tienda siguiente.
‑¿Le
gustan las canciones callejeras? ‑preguntó de súbito Raskolnikof a un
transeúnte de cierta edad que había escuchado a los músicos ambulantes y tenía
aspecto de paseante desocupado.
El
desconocido le miró con un gesto de asombro.
‑A
mí ‑continuó Raskolnikof, que parecía hablar de cualquier cosa menos de
canciones‑ me gusta oír cantar al son del órgano en un atardecer otoñal,
frío, sombrío y húmedo, húmedo sobre todo; uno de esos atardeceres en que todos
los transeúntes tienen el rostro verdoso y triste, y especialmente cuando cae
una nieve aguda y vertical que el viento no desvía. ¿Comprende? A través de la
nieve se percibe la luz de los faroles de gas...
‑No
sé..., no sé... Perdone ‑balbuceó el paseante, tan alarmado por las
extrañas palabras de Raskolnikof como por su aspecto. Y se apresuró a pasar a
la otra acera.
El
joven continuó su camino y desembocó en la plaza del Mercado, precisamente por
el punto donde días atrás el matrimonio de comerciantes hablaba con Lisbeth.
Pero la pareja no estaba. Raskolnikof se detuvo al reconocer el lugar, miró en
todas direcciones y se acercó a un joven que llevaba una camisa roja y
bostezaba a la puerta de un almacén de harina.
‑En
esa esquina montan su puesto un comerciante y su mujer, que tiene aspecto de
campesina, ¿verdad?
‑Aquí
vienen muchos comerciantes ‑respondió el joven, midiendo a Raskolnikof
con una mirada de desdén.
‑¿Cómo
se llama?
‑Como
le pusieron al bautizarlo.
‑¿Eres
tal vez de Zaraisk? ¿De qué provincia?
El
mozo volvió a mirar a Raskolnikof.
‑Alteza,
mi familia no es de ninguna provincia, sino de un distrito. Mi hermano, que es
el que viaja, entiende de esas cosas. Pero yo, como tengo que quedarme aquí, no
sé nada. Espero de la misericordia de su alteza que me perdone.
‑¿Es
un figón lo que hay allí arriba?
‑Una
taberna. Hay un billar e incluso algunas princesas. Es un lugar muy chic.
Raskolnikof
atravesó la plaza. En uno de sus ángulos se apiñaba una multitud de mujiks. Se
introdujo en lo más denso del grupo y empezó a mirar atentamente las caras de
unos y otros. Pero los campesinos no le prestaban la menor atención. Todos
hablaban a gritos, divididos en pequeños grupos.
Después
de reflexionar un momento, prosiguió su camino en dirección al bulevar V.
Pronto dejó la plaza y se internó en una calleja que, formando un recodo,
conduce a la calle de Sadovaia. Había recorrido muchas veces aquella
callejuela. Desde hacía algún tiempo, una fuerza misteriosa le impulsaba a
deambular por estos lugares cuando la tristeza le dominaba, con lo que se ponía
más triste aún. Esta vez entró en la callejuela inconscientemente. Llegó ante
un gran edificio donde todo eran figones y establecimientos de bebidas. De
ellos salían continuamente mujeres destocadas y vestidas con negligencia (como
quien no ha de alejarse de su casa), y formaban grupos aquí y allá, en la
acera, y especialmente al borde de las escaleras que conducían a los tugurios
de mala fama del subsuelo.
En uno de
estos antros reinaba un estruendo ensordecedor. Se tocaba la guitarra, se
cantaba y todo el mundo parecía divertirse. Ante la entrada había un nutrido
grupo de mujeres. Unas estaban sentadas en los escalones, otras en la acera y
otras, en fin, permanecían de pie ante la puerta, charlando. Un soldado,
bebido, con el cigarrillo en la boca, erraba en torno de ellas, lanzando
juramentos. Al parecer no se acordaba del sitio adonde quería dirigirse. Dos
individuos desarrapados cambiaban insultos. Y, en fin, se veía un borracho
tendido cuan largo era en medio de la calle.
Raskolnikof
se detuvo junto al grupo principal de mujeres. Éstas platicaban con voces
desgarradas. Vestían ropas de Indiana, Ilevaban la cabeza descubierta y calzado
de cabritilla. Unas pasaban de los cuarenta; otras apenas habían cumplido los
diecisiete. Todas tenían los ojos hinchados.
El
canto y todos los ruidos que salían del tugurio subterráneo cautivaron a
Raskolnikof. Entre las carcajadas y el alegre bullicio se oía una fina voz de
falsete que entonaba una bella melodía, mientras alguien danzaba furiosamente
al son de una guitarra, marcando el compás con los talones. Raskolnikof,
inclinado hacia el sótano, escuchaba, con semblante triste y soñador.
Mi hombre, amor mío,
no me pegues sin razón,
cantaba la voz aguda. El
oyente mostraba un deseo tan ávido de captar hasta la última sílaba de esta
canción, que se diría que aquello era para él cuestión de vida o muerte.
«¿Y
si entrase? ‑pensó‑. Se ríen. Es la embriaguez. ¿Y si yo me
embriagase también?»
‑¿No
entra usted, caballero? ‑le preguntó una de las mujeres.
Su
voz era clara y todavía fresca. Parecía joven y era la única del grupo que no
inspiraba repugnancia.
Raskolnikof
levantó la cabeza y exclamó mientras la miraba:
‑¡Qué
bonita eres!
Ella
sonrió. El cumplido la había emocionado.
‑Usted
también es un guapo mozo ‑dijo.
‑Demasiado
delgado ‑dijo otra de aquellas mujeres, con voz cavernosa‑. Seguro
que acaba de salir del hospital.
‑Parecen
damas de la alta sociedad, pero esto no les impide tener la nariz chata ‑dijo
de súbito un alegre mujik que pasaba por allí con la blusa desabrochada
y el rostro ensanchado por una sonrisa‑. ¡Esto alegra el corazón!
‑En
vez de hablar tanto, entra.
‑Te
obedezco, amor mío.
Dicho
esto, entró..., y se fue rodando escaleras abajo.
Raskolnikof
continuó su camino.
‑¡Oiga,
señor! ‑le gritó la muchacha apenas vio que echaba a andar.
‑¿Qué?
Ella
se turbó.
‑Me
encantaría pasar unas horas con usted, caballero; pero me siento cohibida en su
presencia. Déme seis kopeks para beberme un vaso, amable señor.
Raskolnikof
buscó en su bolsillo y sacó todo lo que había en él: tres monedas de cinco
kopeks.
‑¡Oh!
¡Qué príncipe tan generoso!
‑¿Cómo
te llamas?
‑Llámame
Duklida.
‑¡Es
vergonzoso! ‑exclamó una de las mujeres del grupo, sacudiendo la cabeza
con un gesto de desesperación‑. No comprendo cómo se puede mendigar de
este modo. Sólo de pensarlo, me muero de vergüenza.
Raskolnikof
miró con curiosidad a la mujer que había hablado así. Representaba unos treinta
años. Estaba picada de viruelas y salpicada de equimosis. Tenía el labio
superior un poco hinchado. Había expresado su desaprobación en un tono de grave
serenidad.
«¿Dónde
he leído yo ‑pensaba Raskolnikof al alejarse que un condenado a muerte
decía, una hora antes de la ejecución de la sentencia, que antes que morir
preferiría pasar la vida en una cumbre, en una roca escarpada donde tuviera el
espacio justo para colocar los pies, una roca rodeada de precipicios o perdida
en medio del océano sin fin, en una perpetua soledad, aunque esta vida durara
mil años o fuera eterna? Vivir, vivir sea como fuere. El caso es vivir... ‑y
añadió al cabo de un momento‑: El hombre es cobarde, y cobarde el que le
reprocha esta cobardía.»
Desembocó
en otra calle.
«¡Mira,
el Palacio de Cristal! Rasumikhine me hablaba de él no hace mucho. Pero ¿qué es
lo que yo quería hacer? ¡Ah, sí! Leer... Zosimof ha dicho que leyó en la
prensa...»
‑¿Me
dará los periódicos? ‑preguntó entrando en un salón de té espacioso,
bastante limpio y que estaba casi vacío.
Sólo
había dos o tres clientes tomando el té y, en un departamento algo lejano, un
grupo de cuatro personas que bebían champán. Raskolnikof creyó reconocer a
Zamiotof entre ellas, pero la distancia le impedía asegurar que fuese él.
«¡Bah,
qué importa!», pensó.
‑¿Quiere
usted vodka? ‑preguntó el camarero.
‑Tráeme
té y los periódicos, los atrasados, los de estos últimos cinco días. Te daré
propina.
‑Gracias,
señor. Aquí tiene los de hoy, de momento. ¿Quiere vodka también?
El
camarero le trajo el té y los demás periódicos. Raskolnikof se sentó y empezó a
leer los títulos... Izler... Izler... Los Aztecas... Izler... Bartola...
Massimo... Los Aztecas... Izler. Ojeó los sucesos: un hombre que se había
caído por una escalera, un comerciante ebrio que había muerto abrasado, un incendio
en el barrio de las Arenas, otro incendio en el nuevo barrio de Petersburgo,
otro en este mismo barrio... Izler...
Izler... Massimo...
«¡Aquí
está!»
Había
encontrado al fin lo que buscaba, y empezó a leer. Las líneas danzaban ante sus
ojos. Sin embargo, leyó el suceso hasta el fin de la información y buscó nuevas
noticias sobre el hecho en los números siguientes. Sus manos temblaban de
impaciencia al pasar las páginas...
De
pronto, alguien se sentó a su lado y él le dirigió una mirada. Era Zamiotof,
Zamiotof en persona, con la misma indumentaria que llevaba en la comisaría.
Lucía sus anillos, sus cadenas, sus cabellos negros, rizados, abrillantados y
partidos por una raya perfecta. Llevaba su maravilloso chaleco, su americana un
tanto gastada y su camisa no del todo nueva. Parecía de excelente humor, pues
sonreía afectuosamente. El champán había coloreado su cetrino rostro.
‑Pero
¿usted aquí? ‑dijo con un gesto de asombro y con el tono que habría
adoptado para dirigirse a un viejo camarada‑. Pero si Rasumikhine me dijo
ayer que estaba usted todavía delirando. ¡Qué cosa tan rara! ¿Sabe que estuve
en su casa?
Raskolnikof
había presentido que el secretario de la comisaría se acercaría a él. Dejó los
periódicos y se encaró con Zamiotof. En sus labios se percibía una sonrisa
irónica que dejaba traslucir cierta irritación.
‑Ya
sé que vino usted ‑respondió‑; ya me lo han dicho... Usted me buscó
la bota... ¿Sabe que tiene subyugado a Rasumikhine? Dice que estuvieron ustedes
dos en casa de Luisa Ivanovna, aquella a la que usted intentaba defender el
otro día. Ya sabe lo que quiero decir. Usted hacía señas al «teniente Pólvora»
y él no lo entendía. ¿Se acuerda usted? Sin embargo, no hacía falta ser un
lince para comprenderlo. La cosa no podía estar más clara.
‑¡Qué
charlatán!
‑¿Se
refiere al «teniente Pólvora»?
‑No,
a su amigo Rasumikhine.
‑¡Vaya,
vaya, señor Zamiotof! ¡Para usted es la vida! Usted tiene entrada libre y
gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha invitado a champán ahora mismo?
‑¿Invitado...?
Hemos bebido champán. Pero ¿a santo de qué tenían que invitarme?
‑Para
corresponder a algún favor. Ustedes sacan provecho de todo.
Raskolnikof
se echó a reír.
‑No
se enfade, no se enfade ‑añadió, dándole una palmada en la espalda‑.
Se lo digo sin malicia alguna, amistosamente, por pura diversión, como decía de
los puñetazos que dio a Mitri el pintor que detuvieron ustedes por el asunto de
la vieja.
‑¿Cómo
sabe usted que dijo eso?
‑Yo
sé muchas cosas, tal vez más que usted, sobre ese asunto...
‑¡Qué
raro está usted...! No me cabe duda de que está todavía enfermo. No debió salir
de casa.
‑¿De
modo que le parece que estoy raro?
‑Sí.
¿Qué estaba leyendo?
‑Los
periódicos.
‑Sólo
hablan de incendios.
‑Yo
no leía los incendios.
Miró
a Zamiotof con una expresión extraña. Una sonrisa irónica volvió a torcer sus
labios.
‑No
‑repitió‑, yo no leía las noticias de los incendios ‑y
añadió, guiñándole un ojo‑: Confiese, querido amigo, que arde usted en
deseos de saber lo que estaba leyendo.
‑Se
equivoca usted. Le he hecho esa pregunta por decir algo. ¿Es que no puede uno
preguntar...? Pero ¿qué le sucede?
‑Óigame:
usted es un hombre culto, ¿verdad? Usted debe de haber leído mucho.
‑He
seguido seis cursos en el Instituto ‑repuso Zamiotof, un tanto orgulloso.
‑¡Seis
cursos! ¡Ah, querido amigo! Lleva una raya perfecta, sortijas..., en fin, que
es usted un hombre rico... ¡Y qué linda presencia!
Raskolnikof
soltó una carcajada en la misma cara de su interlocutor, el cual retrocedió, no
porque se sintiera ofendido, sino a causa de la sorpresa.
‑¡Qué
extraño está usted! ‑dijo, muy serio, Zamiotof‑. Yo creo que aún
desvaría.
‑¿Desvariar
yo? Te equivocas, hijito... Así, ¿cree usted que estoy extraño? Y se pregunta
usted por qué, ¿no?
‑Sí.
‑Y
desea usted saber lo que he leído, lo que he buscado en estos periódicos...
Mire, mire cuántos números he pedido... Esto es sospechoso, ¿verdad?
‑Pero
¿qué dice usted?
‑Usted
cree que ha atrapado al pájaro en el nido.
‑¿Qué
pájaro?
‑Después
se lo diré. Ahora le voy a participar..., mejor dicho, a confesar..., no,
tampoco..., ahora voy a prestar declaración y usted tomará nota. ¡Ésta es la
expresión! Pues bien, declaro que he estado buscando y rebuscando... ‑hizo
un guiño, seguido de una pausa‑ que he venido aquí a leer los detalles
relacionados con la muerte de la vieja usurera.
Las
últimas palabras las dijo en un susurro y acercando tanto su cara a la de
Zamiotof, que casi llegó a tocarla.
El
secretario se quedó mirándole fijamente, sin moverse y sin retirar la cabeza.
Más tarde, al recordar este momento, Zamiotof se preguntaba, extrañado, cómo
podían haber estado mirándose así, sin decirse nada, durante un minuto.
‑¿Qué
me importa a mí lo que usted estuviera leyendo? ‑exclamó de pronto,
desconcertado y molesto por aquella extraña actitud‑. ¿Por qué cree usted
que me ha de importar? ¿Qué tiene de particular que usted estuviera leyendo ese
suceso?
Pero
Raskolnikof, en voz baja como antes y sin hacer caso de las exclamaciones de
Zamiotof, siguió diciendo:
‑Me
refiero a esa vieja de la que hablaban ustedes en la comisaría, ¿se acuerda?,
cuando me desmayé... ¿Comprende usted ya?
‑Pero
¿qué he de comprender? ¿Qué quiere usted decir? ‑preguntó Zamiotof,
inquieto.
El
semblante grave e inmóvil de Raskolnikof cambió de expresión repentinamente, y
el ex estudiante se echó a reír con la misma risa nerviosa e incontenible que
le había acometido momentos antes. De súbito le pareció que volvía a vivir
intensamente las escenas turbadoras del crimen... Estaba detrás de la puerta
con el hacha en la mano; el cerrojo se movía ruidosamente; al otro lado de la
puerta, dos hombres la sacudían, tratando de forzarla y lanzando juramentos; y
él se sentía dominado por el deseo de insultarlos, de hacerles hablar, de
mofarse de ellos, de echarse a reír, con risa estrepitosa a grandes carcajadas...
‑O
está usted loco, o... ‑dijo Zamiotof.
Se
detuvo ante la idea que de súbito le había asaltado.
‑¿O
qué...? Acabe, dígalo.
‑No
‑replicó Zamiotof‑. ¡Es tan absurdo...!
Los
dos guardaron silencio. Raskolnikof, tras su repentino arrebato de hilaridad,
quedó triste y pensativo. Se acodó en la mesa y apoyó la cabeza en las manos.
Parecía haberse olvidado de la presencia de Zamiotof. Hubo un largo silencio.
‑¿Por
qué no se toma el té? ‑dijo Zamiotof‑. Se va a enfriar
‑¿Qué...?
¿El té...? ¡Ah, sí!
Raskolnikof
tomó un sorbo, se echó a la boca un trozo de pan, fijó la mirada en Zamiotof y
pareció ahuyentar sus preocupaciones. Su semblante recobró la expresión burlona
que tenía hacía un momento. Después, Raskolnikof siguió tomándose el té.
‑Actualmente,
los crímenes se multiplican ‑dijo Zamiotof‑. Hace poco leí en las
Noticias de Moscú que habían detenido en esta ciudad a una banda de monederos
falsos. Era una detestable organización que se dedicaba a fabricar billetes de
Banco.
‑Ese
asunto ya es viejo ‑repuso con toda calma Raskolnikof‑. Hace ya más
de un mes que lo leí en la prensa. Así, ¿usted cree que esos falsificadores son
unos bandidos?
‑A
la fuerza han de serlo.
‑¡Bah!
Son criaturas, chiquillos inconscientes, no verdaderos bandidos. Se reúnen cincuenta
para un negocio. Esto es un disparate. Aunque no fueran más que tres, cada uno
de ellos habría de tener más confianza en los otros que en si mismo, pues
bastaría que cualquiera de ellos diera suelta a la lengua en un momento de
embriaguez, para que todo se fuera abajo. ¡Chiquillos inconscientes, no lo
dude! Envían a cualquiera a cambiar los billetes en los bancos. ¡Confiar una
operación de esta importancia al primero que llega! Además, admitamos que esos
muchachos hayan tenido suerte y que hayan logrado ganar un millón cada uno. ¿Y
después? ¡Toda la vida dependiendo unos de otros! ¡Es preferible ahorcarse! Esa
banda ni siquiera supo poner en circulación los billetes. Uno va a cambiar
billetes grandes en un banco. Le entregan cinco mil rublos y él los recibe con
manos temblorosas. Cuenta cuatro mil, y el quinto millar se lo echa al bolsillo
tal como se lo han dado, a toda prisa, pensando solamente en huir cuanto antes.
Así da lugar a que sospechen de él. Y todo el negocio se va abajo por culpa de
ese imbécil. ¡Es increíble!
‑¿Increíble
que sus manos temblaran? Pues yo lo comprendo perfectamente; me parece muy
natural. Uno no es siempre dueño de sí mismo. Hay cosas que están por encima de
las fuerzas humanas.
‑Pero
¡temblar sólo por eso!
‑¿De
modo que usted se cree capaz de hacer frente con serenidad a una situación así?
Pues yo no lo seria. ¡Por ganarse cien rublos ir a cambiar billetes falsos! ¿Y
adónde? A un banco, cuyo personal es gente experta en el descubrimiento de toda
clase de ardides. No, yo habría perdido la cabeza. ¿Usted no?
Raskolnikof
volvió a sentir el deseo de tirar de la lengua al secretario de la comisaría.
Una especie de escalofrió le recorría la espalda.
‑Yo
habría procedido de modo distinto ‑manifestó‑. Le voy a explicar
cómo me habría comportado al cambiar el dinero. Yo habría contado los mil
primeros rublos lo menos cuatro veces, examinando los billetes por todas
partes. Después, el segundo fajo. De éste habría contado la mitad y entonces me
habría detenido. Del montón habría sacado un billete de cincuenta rublos y lo
habría mirado al trasluz, y después, antes de volver a colocarlo en el fajo, lo
habría vuelto a examinar de cerca, como si temiese que fuera falso. Entonces
habría empezado a contar una historia. «Tengo miedo, ¿sabe? Un pariente mío ha
perdido de este modo el otro día veinticinco rublos.» Ya con el tercer millar
en la mano, diría: «Perdone: me parece que no he contado bien el segundo fajo,
que me he equivocado al llegar a la séptima centena.» Después de haber vuelto a
contar el segundo millar, contaría el tercero con la misma calma, y luego los
otros dos. Cuando ya los hubiera contado todos, habría sacado un billete del
segundo millar y otro del quinto, por ejemplo, y habría rogado que me los
cambiasen. Habría fastidiado al empleado de tal modo, que él sólo habría
pensado en librarse de mí. Finalmente, me habría dirigido a la salida. Pero, al
abrir la puerta... «¡Ah, perdone!» y habría vuelto sobre mis pasos para hacer
una pregunta. Así habría procedido yo.
‑¡Es
usted terrible! ‑exclamó Zamiotof entre risas‑. Afortunadamente,
eso no son más que palabras. Si usted se hubiera visto en el trance, habría
obrado de modo muy distinto a como dice. Créame: no sólo usted o yo, sino ni el
más ducho y valeroso aventurero habría sido dueño de sí en tales
circunstancias. Pero no hay que ir tan lejos. Tenemos un ejemplo en el caso de
la vieja asesinada en nuestro barrio. El autor del hecho ha de ser un bribón
lleno de coraje, ya que ha cometido el crimen durante el día, y puede decirse
que ha sido un milagro que no lo hayan detenido. Pues bien, sus manos
temblaron. No pudo consumar el robo. Perdió la calma: los hechos lo demuestran.
Raskolnikof
se sintió herido.
‑¿De
modo que los hechos lo demuestran? Pues bien, pruebe a atraparlo -dijo con mordaz
ironía.
‑No
le quepa duda de que daremos con él.
‑¿Ustedes?
¿Que ustedes darán con él? ¡Ustedes qué han de dar! Ustedes sólo se preocupan
de averiguar si alguien derrocha el dinero. Un hombre que no tenía un cuarto
empieza de pronto a tirar el dinero por la ventana. ¿Cómo no ha de ser el
culpable? Teniendo esto en cuenta, un niño podría engañarlos por poco que se lo
propusiera.
‑El
caso es que todos hacen lo mismo ‑repuso Zamiotof‑. Después de
haber demostrado tanta destreza como astucia al cometer el crimen, se dejan
coger en la taberna. Y es que no todos son tan listos como usted. Usted,
naturalmente, no iría a una taberna.
Raskolnikof
frunció las cejas y miró a su interlocutor fijamente.
‑¡Oh
usted es insaciable! ‑dijo, malhumorado‑. Usted quiere saber cómo
obraría yo si me viese en un caso así.
‑Exacto
‑repuso Zamiotof en un tono lleno de gravedad y firmeza. Desde hacía unos
momentos, su semblante revelaba una profunda seriedad.
‑¿Es
muy grande ese deseo?
‑Mucho.
‑Pues
bien, he aquí cómo habría procedido yo.
Al
decir esto, Raskolnikof acercó nuevamente su cara a la de Zamiotof y le miró
tan fijamente, que esta vez el secretario no pudo evitar un estremecimiento.
‑He
aquí cómo habría procedido yo. Habría cogido las joyas y el dinero y, apenas
hubiera dejado la casa, me habría dirigido a un lugar apartado, cercado de
muros y desierto; un solar o algo parecido. Ante todo, habría buscado una
piedra de gran tamaño, de unas cuarenta libras por lo menos, una de esas
piedras que, terminada la construcción de un edificio, suelen quedar en algún
rincón, junto a una pared. Habría levantado la piedra y entonces habría quedado
al descubierto un hoyo. En este hoyo habría depositado las joyas y el dinero;
luego habría vuelto a poner la piedra en su sitio y acercado un poco de tierra
con el pie en torno alrededor. Luego me habría marchado y habría estado un año,
o dos, o tres, sin volver por allí... ¡Y ya podrían ustedes buscar al culpable!
‑¡Está
usted loco! ‑exclamó Zamiotof.
Lo había
dicho también en voz baja y se había apartado de Raskolnikof. Éste palideció
horriblemente y sus ojos fulguraban. Su labio superior temblaba
convulsivamente. Se acercó a Zamiotof tanto como le fue posible y empezó a
mover los labios sin pronunciar palabra. Así estuvo treinta segundos. Se daba
perfecta cuenta de lo que hacía, pero no podía dominarse. La terrible confesión
temblaba en sus labios, como días atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a
punto de escapársele.
‑¿Y
si yo fuera el asesino de la vieja y de Lisbeth? ‑preguntó, e inmediatamente
volvió a la realidad.
Zamiotof
le miró con ojos extraviados y se puso blanco como un lienzo. Esbozó una
sonrisa.
‑¿Es
posible? ‑preguntó en un imperceptible susurro.
Raskolnikof
fijó en él una mirada venenosa.
‑Confiese
que se lo ha creído ‑dijo en un tono frío y burlón‑. ¿Verdad que
sí? ¡Confiéselo!
‑Nada
de eso ‑replicó vivamente Zamiotof‑. No lo creo en absoluto. Y
ahora menos que nunca.
‑¡Ha
caído usted, muchacho! ¡Ya le tengo! Usted no ha dejado de creerlo, por poco
que sea, puesto que dice que ahora lo cree moins que jamais.
‑No,
no ‑exclamó Zamiotof, visiblemente confundido‑. Yo no lo he creído
nunca. Ha sido usted, confiéselo, el que me ha atemorizado para inculcarme esta
idea.
‑Entonces,
¿no lo cree usted? ¿Es que no se acuerda de lo que hablaron ustedes cuando salí
de la comisaría? Además, ¿por qué el «teniente Pólvora» me interrogó cuando
recobré el conocimiento?
Se
levantó, cogió su gorra y gritó al camarero:
‑¡Eh!
¿Cuánto le debo?
‑Treinta
kopeks ‑dijo el muchacho, que acudió a toda prisa.
‑Toma.
Y veinte de propina. ¡Mire, mire cuánto dinero! ‑continuó, mostrando a
Zamiotof su temblorosa mano, llena de billetes‑. Billetes rojos y azules,
veinticinco rublos en billetes. ¿De dónde los he sacado? Y estas ropas nuevas,
¿cómo han llegado a mi poder? Usted sabe muy bien que yo no tenía un kopek. Lo
sabe porque ha interrogado a la patrona. De esto no me cabe duda. ¿Verdad que
la ha interrogado...? En fin, basta de charla... ¡Hasta más ver...! ¡Encantado!
Y
salió del establecimiento, presa de una sensación nerviosa y extraña, en la que
había cierto placer desesperado. Por otra parte, estaba profundamente abatido y
su semblante tenía una expresión sombría. Parecía hallarse bajo los efectos de
una crisis reciente. Una fatiga creciente le iba agotando. A veces recobraba de
súbito las fuerzas por obra de una violenta excitación, pero las perdía
inmediatamente, tan pronto como pasaba la acción de este estimulante ficticio.
Al
quedarse solo, Zamiotof no se movió de su asiento. Allí estuvo largo rato, pensativo.
Raskolnikof había trastornado inesperadamente todas sus ideas sobre cierto
punto y fijado definitivamente su opinión.
Ilia
Petrovitch es un imbécil», se dijo.
Apenas
puso los pies en la calle, Raskolnikof se dio de manos a boca con Rasumikhine,
que se disponía a entrar en el salón de té. Estaban a un paso de distancia el
uno del otro, y aún no se habían visto. Cuando al fin se vieron, se miraron de
pies a cabeza. Rasumikhine estaba estupefacto. Pero, de súbito, la ira, una ira
ciega, brilló en sus ojos.
‑¿Conque
estabas aquí? ‑vociferó‑. ¡El hombre ha saltado de la cama y se ha
escapado! ¡Y yo buscándote! ¡Hasta debajo del diván, hasta en el granero! He
estado a punto de pegarle a Nastasia por culpa tuya... ¡Y miren ustedes de
dónde sale...! Rodia, ¿qué quiere decir esto? Di la verdad.
‑Pues
esto quiere decir que estoy harto de todos vosotros, que quiero estar solo ‑repuso
con toda calma Raskolnikof.
‑¡Pero
si apenas puedes tenerte en pie, tienes los labios blancos como la cal y ni
fuerzas te quedan para respirar! ¡Estúpido! ¿Qué haces en el Palacio de
Cristal? ¡Dímelo!
‑Déjame
en paz ‑dijo Raskolnikof, tratando de pasar por el lado de su amigo.
Esta
tentativa enfureció a Rasumikhine, que apresó por un hombro a Raskolnikof.
‑¿Que
te deje después de lo que has hecho? No sé cómo te atreves a decir una cosa
así. ¿Sabes lo que voy a hacer? A cogerte debajo del brazo como un paquete,
llevarte a casa y encerrarte.
‑Óyeme,
Rasumikhine ‑empezó a decir Raskolnikof en voz baja y con perfecta calma‑:
¿es que no te das cuenta de que tu protección me fastidia? ¿Qué interés tienes
en sacrificarte por una persona a la que molestan tus sacrificios e incluso se
burla de ellos? Dime: ¿por qué viniste a buscarme cuando me puse enfermo? ¡Pero
si entonces la muerte habría sido una felicidad para mí! ¿No lo he demostrado
ya claramente que tu ayuda es para mí un martirio, que ya estoy harto? No sé
qué placer se puede sentir torturando a la gente. Y te aseguro que todo esto
perjudica a mi curación, pues estoy continuamente irritado. Hace poco, Zosimof
se ha marchado para no mortificarme. ¡Déjame tú también, por el amor de Dios!
¿Con qué derecho pretendes retenerme a la fuerza? ¿No ves que ya he recobrado
la razón por completo? Te agradeceré que me digas cómo he de suplicarte, para
que me entiendas, que me dejes tranquilo, que no te sacrifiques por mí. ¡Dime
que soy un ingrato, un ser vil, pero déjame en paz, déjame, por el amor de
Dios!
Había
pronunciado las primeras palabras en voz baja, feliz ante la idea del veneno
que iba a derramar sobre su amigo, pero acabó por expresarse con una especie de
delirante frenesí. Se ahogaba como en su reciente escena con Lujine.
Rasumikhine
estuvo un momento pensativo. Después soltó el brazo de su amigo.
‑¡Vete
al diablo! ‑dijo con un gesto de preocupación.
Se
había colmado su paciencia. Pero, apenas dio un paso Raskolnikof, le llamó, en
un arranque repentino.
‑¡Espera!
¡Escucha! Quiero decirte que tú y todos los de tu calaña, desde el primero
hasta el último, sois unos vanidosos y unos charlatanes. Cuando sufrís una
desgracia a os acecha un peligro, lo incubáis como incuba la gallina sus
huevos, y ni siquiera en este caso os encontráis a vosotros mismos. No hay un
átomo de vida personal, original, en vosotros. Es agua clara, no sangre, lo que
corre por vuestras venas. Ninguno de vosotros me inspiráis confianza. Lo
primero que os preocupa en todas las circunstancias es no pareceros a ningún
otro ser humano.
Raskolnikof
se dispuso a girar sobre sus talones. Rasumikhine le gritó, más indignado
todavía:
‑¡Escúchame
hasta el final! Ya sabes que hoy estreno una nueva habitación. Mis invitados
deben de estar ya en casa, pero he dejado allí a mi tío para que los atienda.
Pues bien, si tú no fueras un imbécil, un verdadero imbécil, un idiota de marca
mayor, un simple imitador de gentes extranjeras... Oye, Rodia; yo reconozco que
eres una persona inteligente, pero idiota a pesar de todo... Pues, si no fueses
un imbécil, vendrías a pasar la velada en nuestra compañía en vez de gastar las
suelas de tus botas yendo por las calles de un lado a otro. Ya que has salido
sin deber, sigue fuera de casa... Tendrás un buen sillón; se lo pediré a la
patrona... Un té modesto... Compañía agradable... Si lo prefieres, podrás estar
echado en el diván: no por eso dejarás de estar con nosotros. Zosimof está
invitado. ¿Vendrás?
‑No.
‑¡No
lo creo! ‑gritó Rasumikhine, impaciente‑. Tú no puedes saber que no
irás. No puedes responder de tus actos y, además, no entiendes nada... Yo he
renegado de la sociedad mil veces y luego he vuelto a ella a toda prisa... Te
sentirás avergonzado de tu conducta y volverás al lado de tus semejantes...
Edificio Potchinkof, tercer piso. ¡No lo olvides!
‑Si
continúas así, un día te dejarás azotar por pura caridad.
‑¿Yo?
Le cortaré las orejas al que muestre tales intenciones. Edificio Potchinkof,
número cuarenta y siete, departamento del funcionario Babuchkhine...
‑No
iré, Rasumikhine.
Y
Raskolnikof dio media vuelta y empezó a alejarse.
‑Pues
yo creo que sí que vendrás, porque lo conozco... ¡Oye! ¿Está aquí Zamiotof?
‑Sí.
‑¿Habéis
hablado?
‑Sí.
‑¿De
qué...? ¡Bueno, no me lo digas si no quieres! ¡Vete al diablo! Potchinkof,
cuarenta y siete, Babuchkhine. ¡No lo olvides!
Raskolnikof
llegó a la Sadovia[L32],
dobló la esquina y desapareció. Rasumikhine le había seguido con la vista.
Estaba pensativo. Al fin se encogió de hombros y entró en el establecimiento.
Ya en la escalera, se detuvo.
‑¡Que
se vaya al diablo! ‑murmuró‑. Habla como un hombre cuerdo y, sin
embargo... Pero ¡qué imbécil soy! ¿Acaso los locos no suelen hablar como
personas sensatas?
Esto es lo
que me parece que teme Zosimof ‑y se llevó el dedo a la sien‑ ¿Y
qué ocurrirá si...? No se le puede dejar solo. Es capaz de tirarse al río... He
hecho una tontería: no debí dejarlo.
Echó
a correr en busca de Raskolnikof. Pero éste había desaparecido sin dejar
rastro. Rasumikhine regresó al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes
a Zamiotof.
Raskolnikof
se había dirigido al puente de... Se internó en él, se acodó en el pretil y su
mirada se perdió en la lejanía. Estaba tan débil, que le había costado gran
trabajo llegar hasta allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de tenderse en
medio de la calle. Inclinado sobre el pretil, miraba distraído los reflejos
sonrosados del sol poniente, las hileras de casas oscurecidas por las sombras
crepusculares y a la orilla izquierda del río, el tragaluz de una lejana
buhardilla, incendiado por un último rayo de sol. Luego fijó la vista en las
aguas negras del canal y quedó absorto, en atenta contemplación. De pronto, una
serie de círculos rojos empezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los
transeúntes, los malecones, empezaron también a danzar y girar. De súbito se
estremeció. Una figura insólita, horrible, que acababa de aparecer ante él, le
impresionó de tal modo, que no llegó a desvanecerse. Había notado que alguien
acababa de detenerse cerca de él, a su derecha. Se volvió y vio una mujer con
un pañuelo en la cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, aparecía hinchado
por la embriaguez. Sus hundidos ojos le miraron fijamente, pero, sin duda, no
le vieron, porque no veían nada ni a nadie. De improviso, puso en el pretil el
brazo derecho, levantó la pierna del mismo lado, saltó la baranda y se arrojó
al canal.
El
agua sucia se agitó y cubrió el cuerpo de la suicida, pero sólo
momentáneamente, pues en seguida reapareció y empezó a deslizarse al suave
impulso de la corriente. Su cabeza y sus piernas estaban sumergidas: únicamente
su espalda permanecía a flote, con la blusa hinchada sobre ella como una
almohada.
‑¡Se
ha ahogado! ¡Se ha ahogado! ‑gritaban de todas partes.
Acudía
la gente; las dos orillas se llenaron de espectadores; la multitud de curiosos
aumentaba en torno a Raskolnikof y le prensaba contra el pretil.
‑¡Señor,
pero si es Afrosiniuchka! ‑dijo una voz quejumbrosa‑. ¡Señor,
sálvala! ¡Hermanos, almas generosas, salvadla!
‑¡Una
barca! ¡Una barca! ‑gritó otra voz entre la muchedumbre.
Pero
no fue necesario. Un agente de la policía bajó corriendo las escaleras que
conducían al canal, se quitó el uniforme y las botas y se arrojó al agua. Su
tarea no fue difícil. El cuerpo de la mujer, arrastrado por la corriente, había
llegado tan cerca de la escalera, que el policía pudo asir sus ropas con la
mano derecha y con la izquierda aferrarse a un palo que le tendía un compañero.
Sacaron
del canal a la víctima y la depositaron en las gradas de piedra. La mujer
volvió muy pronto en sí. Se levantó, lanzó varios estornudos y empezó a
escurrir sus ropas, con gesto estúpido y sin pronunciar palabra.
‑¡Virgen
Santa! ‑gimoteó la misma voz de antes, esta vez al lado de Afrosiniuchka‑.
Se ha puesto a beber, a beber... Hace poco intentó ahorcarse, pero la
descolgaron a tiempo. Hoy me he ido a hacer mis cosas, encargando a mi hija de
vigilarla, y ya ven ustedes lo que ha ocurrido. Es vecina nuestra, ¿saben?,
vecina nuestra. Vive aquí mismo, dos casas después de la esquina...
La
multitud se fue dispersando. Los agentes siguieron atendiendo a la víctima. Uno
de ellos mencionó la comisaría.
Raskolnikof
asistía a esta escena con una extraña sensación de indiferencia, de
embrutecimiento. Hizo una mueca de desaprobación y empezó a gruñir:
‑Esto
es repugnante... Arrojarse al agua no vale la pena... No pasará nada... Es
tonto ir a la comisaría... Zamiotof no está allí. ¿Por qué...? Las comisarías
están abiertas hasta las diez.
Se
volvió de espaldas al pretil, se apoyó en él y lanzó una mirada en todas
direcciones.
«¡Bueno,
vayamos!», se dijo. Y, dejando el puente, se dirigió a la comisaría. Tenía la
sensación de que su corazón estaba vacío, y no quería reflexionar. Ya ni
siquiera sentía angustia: un estado de apatía había reemplazado a la exaltación
con que había salido de casa resuelto a terminar de una vez.
«Desde
luego, esto es una solución ‑se decía, mientras avanzaba lentamente por
la calzada que bordeaba el canal‑. Sí, terminaré porque quiero
terminar... Pero ¿es esto, realmente, una solución...? El espacio justo para
poner los pies... ¡Vaya un final! Además, ¿se puede decir que esto sea un
verdadero final...? ¿Debo contarlo todo o no...? ¡Demonio, qué rendido estoy!
¡Si pudiese sentarme o echarme aquí mismo...! Pero ¡qué vergüenza hacer una
cosa así! ¡Se le ocurre a uno cada estupidez...!»
Para
dirigirse a la comisaría tenía que avanzar derechamente y doblar a la izquierda
por la segunda travesía. Inmediatamente encontraría lo que buscaba. Pero, al
llegar a la primera esquina, se detuvo, reflexionó un momento y se internó en
la callejuela. Luego recorrió dos calles más, sin rumbo fijo, con el deseo
inconsciente de ganar unos minutos. Iba con la mirada fija en el suelo. De
súbito experimentó la misma sensación que si alguien le hubiera murmurado unas
palabras al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba a la puerta de
«aquella» casa, la casa a la que no había vuelto desde «aquella» tarde.
Un
deseo enigmático e irresistible se apoderó de él. Raskolnikof cruzó la entrada
y se creyó obligado a subir al cuarto piso del primer cuerpo de edificio,
situado a la derecha. La escalera era estrecha, empinada y oscura. Raskolnikof
se detenía en todos los rellanos y miraba con curiosidad a su alrededor. Al
llegar al primero, vio que en la ventana faltaba un cristal. «Entonces estaba»,
se dijo. Y poco después: «Éste es el departamento del segundo donde trabajaban
Nikolachka y Mitri. Ahora está cerrado y la puerta pintada. Sin duda ya está
habitado.» Luego el tercer piso, y en seguida el cuarto... «¡Éste es!»
Raskolnikof tuvo un gesto de estupor: la puerta del piso estaba abierta y en el
interior había gente, pues se oían voces. Esto era lo que menos esperaba. El
joven vaciló un momento; después subió los últimos escalones y entró en el
piso.
Lo
estaban remozando, como habían hecho con el segundo. En él había dos
empapeladores trabajando, cosa que le sorprendió sobremanera. No podría
explicar el motivo, pero se había imaginado que encontraría el piso como lo
dejó aquella tarde. Incluso esperaba, aunque de un modo impreciso, encontrar
los cadáveres en el entarimado. Pero, en vez de esto, veía paredes desnudas,
habitaciones vacías y sin muebles... Cruzó la habitación y se sentó en la
ventana.
Los
dos obreros eran jóvenes, pero uno mayor que el otro. Estaban pegando en las
paredes papeles nuevos, blancos y con florecillas de color malva, para
sustituir al empapelado anterior, sucio, amarillento y lleno de desgarrones. Esto
desagradó profundamente a Raskolnikof. Miraba los nuevos papeles con gesto
hostil: era evidente que aquellos cambios le contrariaban. Al parecer, los
empapeladores se habían retrasado. De aquí que se apresurasen a enrollar los
restos del papel para volver a sus casas. Sin prestar apenas atención a la
entrada de Raskolnikof, siguieron conversando. Él se cruzó de brazos y se
dispuso a escucharlos.
El
de más edad estaba diciendo:
‑Vino
a mi casa al amanecer, cuando estaba clareando, ¿comprendes?, y llevaba el
vestido de los domingos. «¿A qué vienen esas miradas tiernas?, le pregunté. Y
ella me contestó: «Quiero estar sometida a tu voluntad desde este momento, Tite
Ivanovitch...» Ya ves. Y, como te digo, iba la mar de emperifollada: parecía un
grabado de revista de modas.
‑¿Y
qué es una revista de modas? ‑preguntó el más joven, con el deseo de que
su compañero le instruyera.
‑Pues
una revista de modas, hijito, es una serie de figuras pintadas. Todas las
semanas las reciben del extranjero nuestros sastres. Vienen por correo y sirven
para saber cómo hay que vestir a las personas, tanto a las del sexo masculino
como a las del sexo femenino. El caso es que son dibujos, ¿entiendes?
‑¡Dios
mío, qué cosas se ven en este Piter[L33]! ‑exclamó
el joven, entusiasmado‑. Excepto a Dios, aquí se encuentra todo.
‑Todo,
excepto eso, amigo ‑terminó el mayor con acento sentencioso.
Raskolnikof
se levantó y pasó a la habitación contigua, aquella en donde había estado el
arca, la cama y la cómoda. Sin muebles le pareció ridículamente pequeña. El
papel de las paredes era el mismo. En un rincón se veía el lugar ocupado
anteriormente por las imágenes santas. Después de echar una ojeada por toda la
pieza, volvió a la ventana. El obrero de más edad se quedó mirándole.
‑¿Qué
desea usted? ‑le preguntó de pronto.
En
vez de contestarle, Raskolnikof se levantó, pasó al vestíbulo y empezó a tirar
del cordón de la campanilla. Era la misma; la reconoció por su sonido de
hojalata. Tiró del cordón otra vez, y otra, aguzó el oído mientras trataba de recordar.
La atroz impresión recibida el día del crimen volvió a él con intensidad
creciente. Se estremecía cada vez que tiraba del cordón, y hallaba en ello un
placer cuya violencia iba en aumento.
‑Pero
¿qué quiere usted? ¿Y quién es? ‑le preguntó el empapelador de más edad,
yendo hacia él.
Raskolnikof
volvió a la habitación.
‑Quiero
alquilar este departamento ‑repuso‑, y es natural que desee verlo.
‑De
noche no se miran los pisos. Además, ha de subir acompañado del portero.
‑Veo
que han lavado el suelo. ¿Van a pintarlo? ¿Queda alguna mancha de sangre?
‑¿De
qué sangre?
‑Aquí
mataron a la vieja y a su hermana. Allí había un charco de sangre.
‑Pero
¿quién es usted? ‑exclamó, ya inquieto, el empapelador.
‑¿Yo?
‑Sí.
‑¿Quieres
saberlo? Ven conmigo a la comisaría. Allí lo diré.
Los
dos trabajadores se miraron con expresión interrogante.
‑Ya
es hora de que nos vayamos ‑dijo el mayor‑. Incluso nos hemos
retrasado. Vámonos, Aliochka. Tenemos que cerrar.
‑Entonces,
vamos ‑dijo Raskolnikof con un gesto de indiferencia.
Fue
el primero en salir. Después empezó a bajar lentamente la escalera.
‑¡Hola,
portero! ‑exclamó cuando llegó a la entrada.
En
la puerta había varias personas mirando a la gente que pasaba: los dos
porteros, una mujer, un burgués en bata y otros individuos. Raskolnikof se fue
derecho a ellos.
‑¿Qué
desea? ‑le preguntó uno de los porteros.
‑¿Has
estado en la comisaría?
‑De
allí vengo. ¿Qué desea usted?
‑¿Están
todavía los empleados?
‑Sí.
‑¿Está
el ayudante del comisario?
‑Hace
un momento estaba. Pero ¿qué desea?
Raskolnikof
no contestó; quedó pensativo.
‑Ha
venido a ver el piso ‑dijo el empapelador de más edad.
‑¿Qué
piso?
‑El
que nosotros estamos empapelando. Ha dicho que por qué han lavado la sangre,
que allí se ha cometido un crimen y que él ha venido para alquilar una
habitación. Casi rompe el cordón de la campanilla a fuerza de tirones. Después
ha dicho: «Vamos a la comisaría; allí lo contaré todo.» Y ha bajado con
nosotros.
El
portero miró atentamente a Raskolnikof. En sus ojos había una mezcla de curiosidad
y recelo.
‑Bueno,
pero ¿quién es usted?
‑Soy
Rodion Romanovitch Raskolnikof, ex estudiante, y vivo en la calle vecina,
edificio Schill, departamento catorce. Pregunta al portero: me conoce.
Raskolnikof
hablaba con indiferencia y estaba pensativo. Miraba obstinadamente la oscura
calle, y ni una sola vez dirigió la vista a su interlocutor.
‑Diga:
¿para qué ha subido al piso?
‑Quería
verlo.
‑Pero
si en él no hay nada que ver...
‑Lo
más prudente sería llevarlo a la comisaría ‑dijo de pronto el burgués.
Raskolnikof
le miró por encima del hombro, lo observó atentamente y dijo, sin perder la
calma ni salir de su indiferencia:
‑Vamos.
‑Sí,
hay que llevarlo ‑insistió el burgués con vehemencia‑. ¿A qué ha
ido allá arriba? No cabe duda de que tiene algún peso en la conciencia.
‑A
lo mejor dice esas cosas porque está bebido ‑dijo el empapelador en voz
baja.
‑Pero
¿qué quiere usted? ‑exclamó de nuevo el portero, que empezaba a enfadarse
de verdad‑. ¿Con qué derecho viene usted a molestarnos?
‑¿Es
que tienes miedo de ir a la comisaría? ‑le preguntó Raskolnikof en son de
burla.
‑Es
un vagabundo ‑opinó la mujer.
‑¿Para
qué discutir? ‑dijo el otro portero, un corpulento mujik que
llevaba la blusa desabrochada y un manojo de llaves pendiente de la cintura‑.
¡Hala, fuera de aquí...! Desde luego, es un vagabundo... ¿Has oído? ¡Largo!
Y
cogiendo a Raskolnikof por un hombro, lo echó a la calle.
Raskolnikof
se tambaleó, pero no llegó a caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio, los
miró a todos en silencio y continuó su camino.
‑Es
un bribón ‑dijo el empapelador.
‑Hoy
cualquiera se puede convertir en un bribón ‑dijo la mujer.
‑Aunque
no sea nada más que un granuja, debimos llevarlo a la comisaría.
‑Lo
mejor es no mezclarse en estas cosas ‑opinó el corpulento mujik‑.
Desde luego, es un granuja. Estos tipos le enredan a uno de modo que luego no
sabe cómo salir.
«¿Voy
o no voy?», se preguntó Raskolnikof deteniéndose en medio de una callejuela y
mirando a un lado y a otro, como si esperase un consejo.
Pero
ninguna voz turbó el profundo silencio que le rodeaba. La ciudad parecía tan
muerta como las piedras que pisaba, pero muerta solamente para él, solamente
para él...
De
súbito, distinguió a lo lejos, a unos doscientos metros aproximadamente, al
final de una calle, un grupo de gente que vociferaba. En medio de la multitud
había un coche del que partía una luz mortecina.
«¿Qué
será?»
Dobló
a la derecha y se dirigió al grupo. Se aferraba al menor incidente que pudiera
retrasar la ejecución de su propósito, y, al darse cuenta de ello, sonrió. Su
decisión era irrevocable: transcurridos unos momentos, todo aquello habría
terminado para él.
VII
En medio de
la calle había una elegante calesa con un tronco de dos vivos caballos grises
de pura sangre. El carruaje estaba vacío. Incluso el cochero había dejado el
pescante y estaba en pie junto al coche, sujetando a los caballos por el freno.
Una nutrida multitud se apiñaba alrededor del vehículo, contenida por agentes
de la policía. Uno de éstos tenía en la mano una linterna encendida y dirigía la
luz hacia abajo para iluminar algo que había en el suelo, ante las ruedas.
Todos hablaban a la vez. Se oían suspiros y fuertes voces. El cochero,
aturdido, no cesaba de repetir:
‑¡Qué
desgracia, Señor, qué desgracia!
Raskolnikof
se abrió paso entre la gente, y entonces pudo ver lo que provocaba tanto
alboroto y curiosidad. En la calzada yacía un hombre ensangrentado y sin
conocimiento. Acababa de ser arrollado por los caballos. Aunque iba
miserablemente vestido, llevaba ropas de burgués. La sangre fluía de su cabeza
y de su rostro, que estaba hinchado y lleno de morados y heridas.
Evidentemente, el accidente era grave.
‑¡Señor!
‑se lamentaba el cochero‑. ¡Bien sabe Dios que no he podido
evitarlo! Si hubiese ido demasiado de prisa..., si no hubiese gritado... Pero
iba poco a poco, a una marcha regular: todo el mundo lo ha visto. Y es que un
hombre borracho no ve nada: esto lo sabemos todos. Lo veo cruzar la calle
vacilando. Parece que va a caer. Le grito una vez, dos veces, tres veces.
Después retengo los caballos, y él viene a caer precisamente bajo las
herraduras. ¿Lo ha hecho expresamente o estaba borracho de verdad? Los caballos
son jóvenes, espantadizos, y han echado a correr. Él ha empezado a gritar, y
ellos se han lanzado a una carrera aún más desenfrenada. Así ha ocurrido la
desgracia.
‑Es
verdad que el cochero ha gritado más de una vez y muy fuerte ‑dijo una
voz.
‑Tres
veces exactamente ‑dijo otro‑. Todo el mundo le ha oído.
Por
otra parte, el cochero no parecía muy preocupado por las consecuencias del
accidente. El elegante coche pertenecía sin duda a un señor importante y rico
que debía de estar esperándolo en alguna parte. Esta circunstancia había
provocado la solicitud de los agentes. Era preciso conducir al herido al
hospital, pero nadie sabía su nombre.
Raskolnikof
consiguió situarse en primer término. Se inclinó hacia delante y su rostro se
iluminó súbitamente: había reconocido a la víctima.
‑¡Yo
lo conozco! ¡Yo lo conozco! ‑exclamó, abriéndose paso a codazos entre los
que estaban delante de él‑. Es un antiguo funcionario: el consejero
titular Marmeladof. Vive cerca de aquí, en el edificio Kozel. ¡Llamen en
seguida a un médico! Yo lo pago. ¡Miren!
Sacó
dinero del bolsillo y lo mostró a un agente. Era presa de una agitación
extraordinaria.
Los
agentes se alegraron de conocer la identidad de la víctima. Raskolnikof dio su
nombre y su dirección e insistió con vehemencia en que transportaran al herido
a su domicilio. No habría mostrado más interés si el atropellado hubiera sido
su padre.
‑El
edificio Kozel ‑dijo‑ está aquí mismo, tres casas más abajo. Kozel
es un acaudalado alemán. Sin duda estaba bebido y trataba de llegar a su casa.
Es un alcohólico... Tiene familia: mujer, hijos... Llevarlo al hospital sería
una complicación. En el edificio Kozel debe de haber algún médico. ¡Yo lo
pagaré! ¡Yo lo pagaré! En su casa le cuidarán. Si le llevan al hospital, morirá
por el camino.
Incluso
deslizó con disimulo unas monedas en la mano de uno de los agentes. Por otra
parte, lo que él pedía era muy explicable y completamente legal. Había que
proceder rápidamente. Se levantó al herido y almas caritativas se ofrecieron
para transportarlo. El edificio Kozel estaba a unos treinta pasos del lugar
donde se habia producido el accidente. Raskolnikof cerraba la marcha e indicaba
el camino, mientras sostenía la cabeza del herido con grandes precauciones.
‑¡Por
aquí! ¡Por aquí! Hay que llevar mucho cuidado cuando subamos la escalera. Hemos
de procurar que su cabeza se mantenga siempre alta. Viren un poco... ¡Eso
es...! ¡Yo pagaré...! No soy un ingrato...
En
esos momentos, Catalina Ivanovna se entregaba a su costumbre, como siempre que
disponía de un momento libre, de ir y venir por su reducida habitación, con los
brazos cruzados sobre el pecho, tosiendo y hablando en voz alta.
Desde
hacía algún tiempo, le gustaba cada vez más hablar con su hija mayor, Polenka,
niña de diez años que, aunque incapaz de comprender muchas cosas, se daba
perfecta cuenta de que su madre tenía gran necesidad de expansionarse. Por eso
fijaba en ella sus grandes e inteligentes ojos y se esforzaba por aparentar que
todo lo comprendía. En aquel momento, la niña se dedicaba a desnudar a su
hermanito, que había estado malucho todo el día, para acostarlo. El niño estaba
sentado en una silla, muy serio, esperando que le quitaran la camisa para
lavarla durante la noche. Silencioso e inmóvil, había juntado y estirado sus
piernecitas y, con los pies levantados, exhibiendo los talones, escuchaba lo
que decían su madre y su hermana. Tenía los labios proyectados hacia fuera y
los ojos muy abiertos. Su gesto de atención e inmovilidad era el propio de un
niño bueno cuando se le está desnudando para acostarlo. Una niña menor que él,
vestida con auténticos andrajos, esperaba su turno de pie junto al biombo. La
puerta que daba a la escalera estaba abierta para dejar salir el humo de tabaco
que llegaba de las habitaciones vecinas y que a cada momento provocaba en la
pobre tísica largos y penosos accesos de tos. Catalina Ivanovna parecía haber
adelgazado sólo en unos días, y las siniestras manchas rojas de sus mejillas
parecían arder con un fuego más vivo.
‑Tal
vez no me creas, Polenka ‑decía mientras medía con sus pasos la
habitación‑, pero no puedes imaginarte la atmósfera de lujo y
magnificencia que habia en casa de mis padres y hasta qué extremo este borracho
me ha hundido en la miseria. También a vosotros os perderá. Mi padre tenía en
el servicio civil un grado que correspondía al de coronel. Era ya casi
gobernador; sólo tenía que dar un paso para llegar a serlo, y todo el mundo le
decía: «Nosotros le consideramos ya como nuestro gobernador, Iván
Mikhailovitch.» Cuando... ‑empezó a toser‑. ¡Maldita sea! ‑exclamó
después de escupir y llevándose al pecho las crispadas manos‑. Pues
cuando... Bueno, en el último baile ofrecido por el mariscal de la nobleza, la
princesa Bezemelny, al verme... (ella fue la que me bendijo más tarde, en mi
matrimonio con tu papá, Polia), pues bien, la princesa preguntó: «¿No es ésa la
encantadora muchacha que bailó la danza del chal en la fiesta de clausura del
Instituto...?» Hay que coser esta tela, Polenka. Mira qué boquete. Debiste
coger la aguja y zurcirlo como yo te he enseñado, pues si se deja para
mañana... ‑de nuevo tosió‑, mañana... ‑volvió a toser‑,
¡mañana el agujero será mayor! ‑gritó, a punto de ahogarse‑. El
paje, el príncipe Chtchegolskoi, acababa de llegar de Petersburgo... Había
bailado la mazurca conmigo y estaba dispuesto a pedir mi mano al día siguiente.
Pero yo, después de darle las gracias en términos expresivos, le dije que mi
corazón pertenecía desde hacía tiempo a otro. Este otro era tu padre, Polia. El
mío estaba furioso... ¿Ya está? Dame esa camisa. ¿Y las medias...? Lida ‑dijo
dirigiéndose a la niña más pequeña‑, esta noche dormirás sin camisa...
Pon con ella las medias: lo lavaremos todo a la vez... ¡Y ese desharrapado, ese
borracho, sin llegar! Su camisa está sucia y destrozada... Preferiría lavarlo
todo junto, para no fatigarme dos noches seguidas... ¡Señor! ¿Más todavía? ‑exclamó,
volviendo a toser y viendo que el vestíbulo estaba lleno de gente y que varias
personas entraban en la habitación, transportando una especie de fardo‑.
¿Qué es eso, Señor? ¿Qué traen ahí?
‑¿Dónde
lo ponemos? ‑preguntó el agente, dirigiendo una mirada en torno de él,
cuando introdujeron en la pieza a Marmeladof, ensangrentado e inanimado.
‑En
el diván; ponedlo en el diván ‑dijo Raskolnikof‑. Aquí. La cabeza a
este lado.
‑¡Él
ha tenido la culpa! ¡Estaba borracho! ‑gritó una voz entre la multitud.
Catalina
Ivanovna estaba pálida como una muerta y respiraba con dificultad. La diminuta
Lidotchka lanzó un grito, se arrojó en brazos de Polenka y se apretó contra
ella con un temblor convulsivo.
Después
de haber acostado a Marmeladof, Raskolnikof corrió hacia Catalina Ivanovna.
‑¡Por
el amor de Dios, cálmese! ‑dijo con vehemencia‑. ¡No se asuste!
Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado. No se inquiete; pronto
volverá en sí. Lo han traído aquí porque lo he dicho yo. Yo estuve ya una vez
en esta casa, ¿recuerda? ¡Volverá en sí! ¡Yo lo pagaré todo!
¡Esto
tenía que pasar! ‑exclamó Catalina Ivanovna, desesperada y abalanzándose
sobre su marido.
Raskolnikof
se dio cuenta en seguida de que aquella mujer no era de las que se desmayan por
cualquier cosa. En un abrir y cerrar de ojos apareció una almohada debajo de la
cabeza de la víctima, detalle en el que nadie había pensado. Catalina Ivanovna
empezó a quitar ropa a su marido y a examinar las heridas. Sus manos se movían
presurosas, pero conservaba la serenidad y se había olvidado de sí misma. Se
mordía los trémulos labios para contener los gritos que pugnaban por salir de
su boca.
Entre
tanto, Raskolnikof envió en busca de un médico. Le habían dicho que vivía uno
en la casa de al lado.
‑He
enviado a buscar un médico ‑dijo a Catalina Ivanovna‑. No se
inquiete usted; yo lo pago. ¿No tiene agua? Déme también una servilleta, una
toalla, cualquier cosa, pero pronto. Nosotros no podemos juzgar hasta qué
extremo son graves las heridas... Está herido, pero no muerto; se lo aseguro...
Ya veremos qué dice el doctor.
Catalina
Ivanovna corrió hacia la ventana. Allí había una silla desvencijada y, sobre
ella, una cubeta de barro llena de agua. La había preparado para lavar por la
noche la ropa interior de su marido y de sus hijos. Este trabajo nocturno lo
hacía Catalina Ivanovna dos veces por semana cuando menos, e incluso con más
frecuencia, pues la familia había llegado a tal grado de miseria, que ninguno
de sus miembros tenía más de una muda. Y es que Catalina Ivanovna no podía
sufrir la suciedad y, antes que verla en su casa, prefería trabajar hasta más
allá del límite de sus fuerzas. Lavaba mientras todo el mundo dormía. Así podía
tender la ropa y entregarla seca y limpia a la mañana siguiente a su esposo y a
sus hijos.
Levantó
la cubeta para llevársela a Raskolnikof, pero las fuerzas le fallaron y poco
faltó para que cayera. Entre tanto, Raskolnikof había encontrado un trapo y,
después de sumergirlo en el agua de la cubeta, lavó la ensangrentada cara de
Marmeladof. Catalina Ivanovna permanecía de pie a su lado, respirando con
dificultad. Se oprimía el pecho con las crispadas manos.
También
ella tenía gran necesidad de cuidarse. Raskolnikof empezaba a decirse que tal
vez había sido un error llevar al herido a su casa.
‑Polia
‑exclamó Catalina Ivanovna‑, corre a casa de Sonia y dile que a su
padre le ha atropellado un coche y que venga en seguida. Si no estuviese en
casa, dejas el recado a los Kapernaumof para que se lo den tan pronto como
llegue. Anda, ve. Toma; ponte este pañuelo en la cabeza.
Entre
tanto, la habitación se había ido llenando de curiosos de tal modo, que ya no
cabía en ella ni un alfiler. Los agentes se habían marchado. Sólo había quedado
uno que trataba de hacer retroceder al público hasta el rellano de la escalera.
Pero, al mismo tiempo, los inquilinos de la señora Lipevechsel habían dejado
sus habitaciones para aglomerarse en el umbral de la puerta interior y, al fin,
irrumpieron en masa en la habitación del herido.
Catalina
Ivanovna se enfureció.
‑¿Es
que ni siquiera podéis dejar morir en paz a una persona? ‑gritó a la
muchedumbre de curiosos‑. Esto es para vosotros un espectáculo, ¿verdad?
¡Y venís con el cigarrillo en la boca! ‑exclamó mientras empezaba a toser‑.
Sólo os falta haber venido con el sombrero puesto... ¡Allí veo uno que lo
lleva! ¡Respetad la muerte! ¡Es lo menos que podéis hacer!
La
tos ahogó sus palabras, pero lo que ya había dicho produjo su efecto. Por lo
visto, los habitantes de la casa la temían. Los vecinos se marcharon uno tras
otro con ese extraño sentimiento de íntima satisfacción que ni siquiera el
hombre más compasivo puede menos de experimentar ante la desgracia ajena,
incluso cuando la víctima es un amigo estimado.
Una
vez habían salido todos, se oyó decir a uno de ellos, tras la puerta ya
cerrada, que para estos casos estaban los hospitales y que no había derecho a
turbar la tranquilidad de una casa.
‑¡Pretender
que no hay derecho a morir! ‑exclamó Catalina Ivanovna.
Y
corrió hacia la puerta con ánimo de fulminar con su cólera a sus convecinos.
Pero en el umbral se dio de manos a boca con la dueña de la casa en persona, la
señora Lipevechsel, que acababa de enterarse de la desgracia y acudía para
restablecer el orden en el departamento. Esta señora era una alemana que
siempre andaba con enredos y chismes.
‑¡Ah,
Señor! ¡Dios mío! ‑exclamó golpeando sus manos una contra otra‑. Su
marido borracho. Atropellamiento por caballo. Al hospital, al hospital. Lo digo
yo, la propietaria.
‑¡Óigame,
Amalia Ludwigovna! Debe usted pensar las cosas antes de decirlas ‑comenzó
Catalina Ivanovna con altivez (le hablaba siempre en este tono, con objeto de
que aquella mujer no olvidara en ningún momento su elevada condición, y ni
siquiera ahora pudo privarse de semejante placer)‑. Sí, Amalia
Ludwigovna...
‑Ya
le he dicho más de una vez que no me llamo Amalia Ludwigovna. Yo soy Amal Iván.
‑Usted
no es Amal Iván, sino Amalia Ludwigovna, y como yo no formo parte de su corte
de viles aduladores, tales como el señor Lebeziatnikof, que en este momento se
está riendo detrás de la puerta ‑se oyó, en efecto, una risita socarrona
detrás de la puerta y una voz que decía: «Se van a agarrar de las greñas‑,
la seguiré llamando Amalia Ludwigovna. Por otra parte, a decir verdad, no sé
por qué razón le molesta que le den este nombre. Ya ve usted lo que le ha
sucedido a Simón Zaharevitch. Está muriéndose. Le ruego que cierre esa puerta y
no deje entrar a nadie. Que le permitan tan sólo morir en paz. De lo contrario,
yo le aseguro que mañana mismo el gobernador general estará informado de su
conducta. El príncipe me conoce desde casi mi infancia y se acuerda
perfectamente de Simón Zaharevitch, al que ha hecho muchos favores. Todo el
mundo sabe que Simón Zaharevitch ha tenido numerosos amigos y protectores. Él
mismo, consciente de su debilidad y cediendo a un sentimiento de noble orgullo,
se ha apartado de sus amistades. Sin embargo, hemos encontrado apoyo en este
magnánimo joven ‑señalaba a Raskolnikof‑, que posee fortuna y
excelentes relaciones y al que Simón Zaharevitch conocía desde su infancia. Y
le aseguro a usted, Amalia Ludwigovna...
Todo
esto fue dicho con precipitación creciente, pero un acceso de tos puso de
pronto fin a la elocuencia de Catalina Ivanovna. En este momento, el moribundo
recobró el conocimiento y lanzó un gemido. Su esposa corrió hacia él.
Marmeladof había abierto los ojos y miraba con expresión inconsciente a
Raskolnikof, que estaba inclinado sobre él. Su respiración era lenta y penosa;
la sangre teñía las comisuras de sus labios, y su frente estaba cubierta de
sudor. No reconoció al joven; sus ojos empezaron a errar febrilmente por toda
la estancia. Catalina Ivanovna le dirigió una mirada triste y severa, y las
lágrimas fluyeron de sus ojos.
‑¡Señor,
tiene el pecho hundido! ¡Cuánta sangre! ¡Cuánta sangre! ‑exclamó en un
tono de desesperación‑. Hay que quitarle las ropas. Vuélvete un poco,
Simón Zaharevitch, si te es posible.
Marmeladof
la reconoció.
‑Un
sacerdote ‑pidió con voz ronca.
Catalina
Ivanovna se fue hacia la ventana, apoyó la frente en el cristal y exclamó,
desesperada:
‑¡Ah,
vida tres veces maldita!
‑Un
sacerdote ‑repitió el moribundo, tras una breve pausa.
‑¡Silencio!
‑le dijo Catalina Ivanovna.
Él,
obediente, se calló. Sus ojos buscaron a su mujer con una expresión tímida y
ansiosa. Ella había vuelto junto a él y estaba a su cabecera. El herido se
calmó, pero sólo momentáneamente. Pronto sus ojos se fijaron en la pequeña
Lidotchka, su preferida, que temblaba convulsivamente en un rincón y le miraba
sin pestañear, con una expresión de asombro en sus grandes ojos.
Marmeladof
emitió unos sonidos imperceptibles mientras señalaba a la niña, visiblemente
inquieto. Era evidente que quería decir algo.
‑¿Qué
quieres? ‑le preguntó Catalina Ivanovna.
‑Va
descalza, va descalza ‑murmuró el herido, fijando su mirada casi
inconsciente en los desnudos piececitos de la niña.
‑¡Calla!
‑gritó Catalina Ivanovna, irritada‑. Bien sabes por qué va
descalza.
‑¡Bendito
sea Dios! ¡Aquí está el médico! ‑exclamó Raskolnikof alegremente.
Entró
el doctor, un viejecito alemán, pulcramente vestido, que dirigió en torno de él
una mirada de desconfianza. Se acercó al herido, le tomó el pulso, examinó
atentamente su cabeza y después, con ayuda de Catalina Ivanovna, le desabrochó
la camisa, empapada en sangre. Al descubrir su pecho, pudo verse que estaba
todo magullado y lleno de heridas. A la derecha tenía varias costillas rotas; a
la izquierda, en el lugar del corazón, se veía una extensa mancha de color
amarillo negruzco y aspecto horrible. Esta mancha era la huella de una violenta
patada del caballo. El semblante del médico se ensombreció. El agente de
policía le había explicado ya que aquel hombre había quedado prendido a la
rueda de un coche y que el vehículo le había llevado a rastras unos treinta
pasos.
‑Es
inexplicable ‑dijo el médico en voz baja a Raskolnikof‑ que no haya
quedado muerto en el acto.
‑En
definitiva, ¿cuál es su opinión?
‑Morirá
dentro de unos instantes.
‑Entonces,
¿no hay esperanza?
‑Ni
la más mínima... Está a punto de lanzar su último suspiro... Tiene en la cabeza
una herida gravísima... Se podría intentar una sangría, pero, ¿para qué, si no
ha de servir de nada? Dentro de cinco o seis minutos como máximo, habrá muerto.
‑Le
ruego que pruebe a sangrarlo.
‑Lo
haré, pero ya le he dicho que no producirá ningún efecto, absolutamente
ninguno.
En
esto se oyó un nuevo ruido de pasos. La multitud que llenaba el vestíbulo se
apartó y apareció un sacerdote de cabellos blancos. Venía a dar la
extremaunción al moribundo. Le seguía un agente de la policía. El doctor le
cedió su puesto, después de haber cambiado con él una mirada significativa.
Raskolnikof rogó al médico que no se marchara todavía. El doctor accedió,
encogiéndose de hombros.
Se
apartaron todos del herido. La confesión fue breve. El moribundo no podía
comprender nada. Lo único que podía hacer era emitir confusos e inarticulados
sonidos.
Catalina
Ivanovna se llevó a Lidotchka y al niño a un rincón ‑el de la estufa‑
y allí se arrodilló con ellos. La niña no hacía más que temblar. El pequeñuelo,
descansando con la mayor tranquilidad sobre sus desnudas rodillitas, levantaba
su diminuta mano y hacía grandes signos de la cruz y profundas reverencias.
Catalina Ivanovna se mordía los labios y contenía las lágrimas. Ella también
rezaba y entre tanto, arreglaba de vez en cuando la camisa de su hijito. Luego
echó sobre los desnudos hombros de la niña un pañuelo que sacó de la cómoda sin
moverse de donde estaba.
Los
curiosos habían abierto de nuevo las puertas de comunicación. En el vestíbulo
se hacinaba una multitud cada vez más compacta de espectadores. Todos los
habitantes de la casa estaban allí reunidos, pero ninguno pasaba del umbral. La
escena no recibía más luz que la de un cabo de vela.
En
este momento, Polenka, la niña que había ido en busca de su hermana, se abrió
paso entre la multitud. Entró en la habitación, jadeando a causa de su carrera,
se quitó el pañuelo de la cabeza, buscó a su madre con la vista, se acercó a
ella y le dijo:
‑Ya
viene. La he encontrado en la calle.
Su
madre la hizo arrodillar a su lado.
En
esto, una muchacha se deslizó tímidamente y sin ruido a través de la
muchedumbre. Su aparición en la estancia, entre la miseria, los harapos, la
muerte y la desesperación, ofreció un extraño contraste. Iba vestida
pobremente, pero en su barata vestimenta había ese algo de elegancia chillona
propio de cierta clase de mujeres y que revela a primera vista su condición.
Sonia
se detuvo en el umbral y, con los ojos desorbitados, empezó a pasear su mirada
por la habitación. Su semblante tenía la expresión de la persona que no se da
cuenta de nada. No pensaba en que su vestido de seda, procedente de una casa de
compraventa, estaba fuera de lugar en aquella habitación, con su cola
desmesurada, su enorme miriñaque, que ocupaba toda la anchura de la puerta, y
sus llamativos colores. No pensaba en sus botines, de un tono claro, ni en su
sombrilla, que había cogido a pesar de que en la oscuridad de la noche no tenía
utilidad alguna, ni en su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma de
un rojo vivo. Bajo este sombrero, ladinamente inclinado, se percibía una carita
pálida, enfermiza, asustada, con la boca entreabierta y los ojos inmovilizados
por el terror.
Sonia
tenía dieciocho años. Era menuda, delgada, rubia y muy bonita; sus azules ojos
eran maravillosos. Miraba fijamente el lecho del herido y al sacerdote, sin
alientos, como su hermanita, a causa de la carrera. Al fin algunas palabras
murmuradas por los curiosos debieron de sacarla de su estupor. Entonces bajó
los ojos, cruzó el umbral y se detuvo cerca de la puerta.
El
moribundo acababa de recibir la extremaunción. Catalina Ivanovna se acercó al
lecho de su esposo. El sacerdote se apartó y antes de retirarse se creyó en el
deber de dirigir unas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.
‑¿Qué
será de estas criaturas? ‑le interrumpió ella, con un gesto de desesperación,
mostrándole a sus hijos.
‑Dios
es misericordioso. Confíe usted en la ayuda del Altísimo.
‑¡Sí,
sí! Misericordioso, pero no para nosotros.
‑Es
un pecado hablar así, señora, un gran pecado ‑dijo el pope sacudiendo la
cabeza.
‑¿Y
esto no es un pecado? ‑exclamó Catalina Ivanovna, señalando al
agonizante.
‑Acaso
los que involuntariamente han causado su muerte ofrezcan a usted una
indemnización, para reparar, cuando menos, los perjuicios materiales que le han
ocasionado al privarla de su sostén.
‑¡No
me comprende usted! ‑exclamó Catalina Ivanovna con una mezcla de
irritación y desaliento‑. ¿Por qué me han de indemnizar? Ha sido él el
que, en su inconsciencia de borracho, se ha arrojado bajo las patas de los
caballos. Por otra parte, ¿de qué sostén habla usted? Él no era un sostén para
nosotros, sino una tortura. Se lo bebía todo. Se llevaba el dinero de la casa
para malgastarlo en la taberna. Se bebía nuestra sangre. Su muerte ha sido para
nosotros una ventura, una economía.
‑Hay
que perdonar al que muere. Esos sentimientos son un pecado, señora, un gran
pecado.
Mientras
hablaba con el pope, Catalina Ivanovna no cesaba de atender a su marido. Le
enjugaba el sudor y la sangre que manaban de su cabeza, le arreglaba las
almohadas, le daba de beber, todo ello sin dirigir ni una mirada a su
interlocutor. La última frase del sacerdote la llenó de ira.
‑Padre,
eso son palabras y nada más que palabras... ¡Perdonar...! Si no le hubiesen
atropellado, esta noche habría vuelto borracho, llevando sobre su cuerpo la
única camisa que tiene, esa camisa vieja y sucia, y se habría echado en la cama
bonitamente para roncar, mientras yo habría tenido que estar trajinando toda la
noche. Habría tenido que lavar sus harapos y los de los niños; después,
ponerlos a secar en la ventana, y, finalmente, apenas apuntara el día, los
habría tenido que remendar. ¡Así habría pasado yo la noche! No, no quiero oír
hablar de perdón... Además, ya le he perdonado.
Un
violento ataque de tos le impidió continuar. Escupió en su pañuelo y se lo
mostró al sacerdote con una mano mientras con la otra se apretaba el pecho
convulsivamente. El pañuelo estaba manchado de sangre.
EL
sacerdote bajó la cabeza y nada dijo.
Marmeladof
agonizaba. No apartaba los ojos de Catalina Ivanovna, que se había inclinado
nuevamente sobre él. El moribundo quería decir algo a su esposa y movía la
lengua, pero de su boca no salían sino sonidos inarticulados. Catalina
Ivanovna, comprendiendo que quería pedirle perdón, le gritó con acento
imperioso:
‑¡Calla!
No hace falta que digas nada. Ya sé lo que quieres decirme.
El
agonizante renunció a hablar, pero en este momento su errante mirada se dirigió
a la puerta y descubrió a Sonia. Marmeladof no había advertido aún su
presencia, pues la joven estaba arrodillada en un rincón oscuro.
‑¿Quién
es? ¿Quién es? ‑preguntó ansiosamente, con voz ahogada y ronca, indicando
con los ojos, que expresaban una especie de horror, la puerta donde se hallaba
su hija. Al mismo tiempo intentó incorporarse.
‑¡Quieto!
¡Quieto! ‑exclamó Catalina Ivanovna.
Pero
él, con un esfuerzo sobrehumano, consiguió incorporarse y permanecer unos
momentos apoyado sobre sus manos. Entonces observó a su hija con amarga
expresión, fijos y muy abiertos los ojos. Parecía no reconocerla. Jamás la
había visto vestida de aquel modo. Allí estaba Sonia, insignificante,
desesperada, avergonzada bajo sus oropeles, esperando humildemente que le
llegara el turno de decir adiós a su padre. De súbito, el rostro de Marmeladof
expresó un dolor infinito.
‑¡Sonia,
hija mía, perdóname! ‑exclamó.
Y
al intentar tender sus brazos hacia ella, perdió su punto de apoyo y cayó
pesadamente del diván, quedando con la faz contra el suelo. Todos se
apresuraron a recogerlo y a depositarlo nuevamente en el diván. Pero aquello
era ya el fin. Sonia lanzó un débil grito, abrazó a su padre y quedó como
petrificada, con el cuerpo inanimado entre sus brazos. Así murió Marmeladof.
‑¡Tenía
que suceder! ‑exclamó Catalina Ivanovna mirando al cadáver de su marido‑.
¿Qué haré ahora? ¿Cómo te enterraré? ¿Y cómo daré de comer mañana a mis hijos?
Raskolnikof
se acercó a ella.
‑Catalina
Ivanovna ‑le dijo‑, la semana pasada, su difunto esposo me contó la
historia de su vida y todos los detalles de su situación. Le aseguro que
hablaba de usted con la veneración más entusiasta. Desde aquella noche en que
vi cómo les quería a todos ustedes, a pesar de sus flaquezas, y, sobre todo,
cómo la respetaba y la amaba a usted, Catalina Ivanovna, me consideré amigo
suyo. Permítame, pues, que ahora la ayude a cumplir sus últimos deberes con mi
difunto amigo. Tenga..., veinticinco rublos. Tal vez este dinero pueda serle
útil... Y yo..., en fin, ya volveré... Sí, volveré seguramente mañana... Adiós.
Ya nos veremos.
Salió
a toda prisa de la habitación, se abrió paso vivamente entre la multitud que
obstruía el rellano de la escalera, y se dio de manos a boca con Nikodim
Fomitch, que había sido informado del accidente y había decidido realizar
personalmente las diligencias de rigor. No se habían visto desde la visita de
Raskolnikof a la comisaría, pero Nikodim Fomitch lo reconoció al punto.
‑¿Usted
aquí?‑exclamó.
‑Sí
‑repuso Raskolnikof‑. Han venido un médico y un sacerdote. No le ha
faltado nada. No moleste demasiado a la pobre viuda: está enferma del pecho.
Reconfórtela si le es posible... Usted tiene buenos sentimientos, no me cabe
duda ‑y, al decir esto, le miraba irónicamente.
‑Va
usted manchado de sangre ‑dijo Nikodim Fomitch, al ver, a la luz del
mechero de gas, varias manchas frescas en el chaleco de Raskolnikof.
‑Sí,
la sangre ha corrido sobre mí. Todo mi cuerpo está cubierto de sangre.
Dijo
esto con un aire un tanto extraño. Después sonrió, saludó y empezó a bajar la
escalera.
Iba
lentamente, sin apresurarse, inconsciente de la fiebre que le abrasaba, poseído
de una única e infinita sensación de nueva y potente vida que fluía por todo su
ser. Aquella sensación sólo podía compararse con la que experimenta un
condenado a muerte que recibe de pronto el indulto.
Al
llegar a la mitad de la escalera fue alcanzado por el pope, que iba a entrar en
su casa. Raskolnikof se apartó para dejarlo pasar. Cambiaron un saludo en
silencio. Cuando llegaba a los últimos escalones, Raskolnikof oyó unos pasos
apresurados a sus espaldas. Alguien trataba de darle alcance. Era Polenka. La
niña corría tras él y le gritaba:
‑¡Oiga,
oiga!
Raskolnikof
se volvió. Polenka siguió bajando y se detuvo cuando sólo la separaba de él un
escalón. Un rayo de luz mortecina llegaba del patio. Raskolnikof observó la
escuálida pero linda carita que le sonreía y le miraba con alegría infantil.
Era evidente que cumplía encantada la comisión que le habían encomendado.
‑Escuche:
¿cómo se llama usted...? ¡Ah!, ¿y dónde vive? ‑preguntó precipitadamente,
con voz entrecortada.
Él
apoyó sus manos en los hombros de la niña y la miró con una expresión de
felicidad. Ni él mismo sabía por qué se sentía tan profundamente complacido al
contemplar a Polenka así.
‑¿Quién
te ha enviado?
‑Mi
hermana Sonia ‑respondió la niña, sonriendo más alegremente aún que
antes.
‑Lo
sabía, estaba seguro de que te había mandado Sonia.
‑Y
mamá también. Cuando mi hermana me estaba dando el recado, mamá se ha acercado
y me ha dicho: «¡Corre, Polenka!
‑¿Quieres
mucho a Sonia?
‑La
quiero más que a nadie ‑repuso la niña con gran firmeza. Y su sonrisa
cobró cierta gravedad.
‑¿Y
a mí? ¿Me querrás?
La
niña, en vez de contestarle, acercó a él su carita, contrayendo y adelantando
los labios para darle un beso. De súbito, aquellos bracitos delgados como
cerillas rodearon el cuello de Raskolnikof fuertemente, muy fuertemente, y
Polenka, apoyando su infantil cabecita en el hombro del joven, rompió a llorar,
apretándose cada vez más contra él.
‑¡Pobre
papá! ‑exclamó poco después, alzando su rostro bañado en lágrimas, que
secaba con sus manos‑. No se ven más que desgracias ‑añadió
inesperadamente, con ese aire especialmente grave que adoptan los niños cuando
quieren hablar como las personas mayores.
‑¿Os
quería vuestro padre?
‑A
la que más quería era a Lidotchka ‑dijo Polenka con la misma gravedad y
ya sin sonreír‑, porque es la más pequeña y está siempre enferma. A ella
le traía regalos y a nosotras nos enseñaba a leer, y también la gramática y el
catecismo ‑añadió con cierta arrogancia‑. Mamá no decía nada, pero
nosotros sabíamos que esto le gustaba, y papá también lo sabía; y ahora mamá quiere
que aprenda francés, porque dice que ya tengo edad para empezar a estudiar.
‑¿Y
las oraciones? ¿Las sabéis?
‑¡Claro!
Hace ya mucho tiempo. Yo, como soy ya mayor, rezo bajito y sola, y Kolia y
Lidotchka rezan en voz alta con mamá. Primero dicen la oración a la Virgen,
después otra: «Señor, perdona a nuestro otro papá y bendícelo.» Porque nuestro
primer papá se murió, y éste era el segundo, y nosotros rezábamos también por
el primero.
‑Poletchka,
yo me llamo Rodion. Nómbrame también alguna vez en tus oraciones... «Y también
a tu siervo Rodion...» Basta con esto.
‑Toda
mi vida rezaré por usted ‑respondió calurosamente la niña.
Y
de pronto se echó a reír, se arrojó sobre Raskolnikof y otra vez le rodeó el
cuello con los brazos.
Raskolnikof
le dio su nombre y su dirección y le prometió volver al día siguiente. La niña
se separó de él entusiasmada. Ya eran más de las diez cuando el joven salió de
la casa. Cinco minutos después se hallaba en el puente, en el lugar desde donde
la mujer se había arrojado al agua.
«¡Basta!
‑se dijo en tono solemne y enérgico‑. ¡Atrás los espejismos, los
vanos terrores, los espectros...! La vida está conmigo... ¿Acaso no la he
sentido hace un momento? Mi vida no ha terminado con la de la vieja. Que Dios
la tenga en la gloria. ¡Ya era hora de que descansara! Hoy empieza el reinado
de la razón, de la luz, de la voluntad, de la energía... Pronto se verá...»
Lanzó
esta exclamación con arrogancia, como desafiando a algún poder oculto y
maléfico.
«¡Y
pensar que estaba dispuesto a contentarme con la plataforma rocosa rodeada de
abismos!
»Estoy
muy débil, pero me siento curado... Yo sabía que esto había de suceder, lo he
sabido desde el momento en que he salido de casa... A propósito: el edificio
Potchinkof está a dos pasos de aquí. Iré a casa de Rasumikhine. Habría ido
aunque hubiese tenido que andar mucho más... Dejémosle ganar la apuesta y
divertirse. ¿Qué importa eso...? ¡Ah!, hay que tener fuerzas, fuerzas... Sin
fuerzas no puede uno hacer nada. Y estas fuerzas hay que conseguirlas por la
fuerza. Esto es lo que ellos no saben.»
Pronunció
estas últimas palabras con un gesto de resolución, pero arrastrando penosamente
los pies. Su orgullo crecía por momentos. Un gran cambio en el modo de ver las
cosas se estaba operando en el fondo de su ser. Pero ¿qué había ocurrido? Sólo
un suceso extraordinario había podido producir en su alma, sin que él lo
advirtiera, semejante cambio. Era como el náufrago que se aferra a la más
endeble rama flotante. Estaba convencido de que podía vivir, de que «su vida no
había terminado con la de la vieja». Era un juicio tal vez prematuro, pero él
no se daba cuenta.
«Sin
embargo ‑recordó de pronto‑, he encargado que recen por el siervo
Rodion. Es una medida de precaución muy atinada.»
Y
se echó a reír ante semejante puerilidad. Estaba de un humor excelente.
Le
fue fácil encontrar la habitación de Rasumikhine, pues el nuevo inquilino ya
era conocido en la casa y el portero le indicó inmediatamente dónde estaba el
departamento de su amigo. Aún no había llegado a la mitad de la escalera y ya
oyó el bullicio de una reunión numerosa y animada. La puerta del piso estaba
abierta y a oídos de Raskolnikof llegaron fuertes voces de gente que discutía.
La habitación de Rasumikhine era espaciosa. En ella había unas quince personas.
Raskolnikof se detuvo en el vestíbulo. Dos sirvientes de la patrona estaban muy
atareados junto a dos grandes samovares rodeados de botellas, fuentes y platos
llenos de entremeses y pastelillos procedentes de casa de la dueña del piso.
Raskolnikof preguntó por Rasumikhine, que acudió al punto con gran alegría. Se
veía inmediatamente que Rasumikhine había bebido sin tasa y, aunque de
ordinario no había medio de embriagarle, era evidente que ahora estaba algo
mareado.
‑Escucha
‑le dijo con vehemencia Raskolnikof‑. He venido a decirte que has
ganado la apuesta y que, en efecto, nadie puede predecir lo que hará. En cuanto
a entrar, no me es posible: estoy tan débil, que me parece que voy a caer de un
momento a otro. Por lo tanto, adiós. Ven a verme mañana.
‑¿Sabes
lo que voy a hacer? Acompañarte a tu casa. Cuando tú dices que estás débil...
‑¿Y
tus invitados...? Oye, ¿quién es ese de cabello rizado que acaba de asomar la
cabeza?
‑¿Ése?
¡Cualquiera sabe! Tal vez un amigo de mi tío... O alguien que ha venido sin invitación...
Dejaré a los invitados con mi tío. Es un hombre extraordinario. Es una pena que
no puedas conocerle... Además, ¡que se vayan todos al diablo! Ahora se burlan
de mí. Necesito refrescarme. Has llegado oportunamente, querido. Si tardas diez
minutos más, me pego con alguien, palabra de honor. ¡Qué cosas tan absurdas
dicen! No te puedes imaginar lo que es capaz de inventar la mente humana. Pero
ahora pienso que sí que te lo puedes imaginar. ¿Acaso no mentimos nosotros?
Dejémoslos que mientan: no acabarán con las mentiras... Espera un momento: voy
a traerte a Zosimof.
Zosimof
se precipitó sobre Raskolnikof ávidamente. Su rostro expresaba una profunda
curiosidad, pero esta expresión se desvaneció muy pronto.
‑Debe
ir a acostarse inmediatamente ‑dijo, después de haber examinado a su
paciente‑, y tomará usted, antes de irse a la cama, uno de estos sellos
que le he preparado. ¿Lo tomará?
‑Como
si quiere usted que tome dos.
El
sello fue ingerido en el acto.
‑Haces
bien en acompañarlo a casa ‑dijo Zosimof a Rasumikhine‑. Ya veremos
cómo va la cosa mañana. Pero por hoy no estoy descontento. Observo una gran
mejoría. Esto demuestra que no hay mejor maestro que la experiencia.
‑¿Sabes
lo que me ha dicho Zosimof en voz baja ahora mismo, cuando salíamos? ‑murmuró
Rasumikhine apenas estuvieron en la calle‑. No te lo diré todo, querido:
son cosas de imbéciles... Pues Zosimof me ha dicho que charlase contigo por el
camino y te tirase de la lengua para después contárselo a él todo. Cree que
tú... que tú estás loco, o que te falta poco para estarlo. ¿Te has fijado? En
primer lugar, tú eres tres veces más inteligente que él; en segundo, como no
estás loco, puedes burlarte de esta idea disparatada, y, finalmente, ese fardo
de carne especializado en cirugía está obsesionad desde hace algún tiempo por
las enfermedades mentales. Pero algo le ha hecho cambiar radicalmente el juicio
que había formado sobre ti, y es la conversación que has tenido con Zamiotof.
‑Por
lo visto, Zamiotof te lo ha contado todo.
‑Todo.
Y ha hecho bien. Esto me ha aclarado muchas cosas. Y a Zamiotof también... Sí,
Rodia..., el caso es... Hay que reconocer que estoy un poco chispa..., ¡pero no
importa...! El caso es que... Tenían cierta sospecha, ¿comprendes...?, y
ninguno de ellos se atrevía a expresarla, ¿comprendes...?, porque era demasiado
absurda... Y cuando han detenido a ese pintor de paredes, todo se ha disipado
definitivamente. ¿Por qué serán tan estúpidos...? Por poco le pego a Zamiotof
aquel día... Pero que quede esto entre nosotros, querido; no dejes ni siquiera
entrever que sabes nada del incidente. He observado que es muy susceptible. La
cosa ocurrió en casa de Luisa... Pero hoy..., hoy todo está aclarado. El
principal responsable de este absurdo fue Ilia Petrovitch, que no hacía más que
hablar de tu desmayo en la comisaría. Pero ahora está avergonzado de su
suposición, pues yo sé que...
Raskolnikof
escuchaba con avidez. Rasumikhine hablaba más de lo prudente bajo la influencia
del alcohol.
‑Yo
me desmayé ‑dijo Raskolnikof‑ porque no pude resistir el calor
asfixiante que hacía allí, ni el olor a pintura.
‑No
hace falta buscar explicaciones. ¡Qué importa el olor a pintura! Tú llevabas
enfermo todo un mes; Zosimof así lo afirma... ¡Ah! No puedes imaginarte la
confusión de ese bobo de Zamiotof. Yo no valgo ‑ha dicho‑ ni el
dedo meñique de ese hombre.» Es decir, del tuyo. Ya sabes, querido, que él da a
veces pruebas de buenos sentimientos. La lección que ha recibido hoy en el
Palacio de Cristal ha sido el colmo de la maestría. Tú has empezado por atemorizarlo,
pero atemorizarlo hasta producirle escalofríos. Le has llevado casi a admitir
de nuevo esa monstruosa estupidez, y luego, de pronto, le has sacado la
lengua... Ha sido perfecto. Ahora se siente apabullado, pulverizado. Eres un
maestro, palabra, y ellos han recibido lo que merecen. ¡Qué lástima que yo no
haya estado allí! Ahora él te estaba esperando en mi casa con ávida
impaciencia. Porfirio también está deseoso de conocerte.
‑‑¿También
Porfirio...? Pero dime: ¿por qué me han creído loco?
‑Tanto
como loco, no... Yo creo, querido, que he hablado demasiado... A él le llamó la
atención que a ti sólo te interesara este asunto... Ahora ya comprende la razón
de este interés... porque conoce las circunstancias... y el motivo de que
entonces te irritara. Y ello, unido a ese principio de enfermedad... Estoy un
poco borracho, querido, pero el diablo sabe que a Zosimof le ronda una idea por
la cabeza... Te repito que sólo piensa en enfermedades mentales... Tú no debes
hacerle caso.
Los
dos permanecieron en silencio durante unos segundos.
‑Óyeme,
Rasumikhine ‑dijo Raskolnikof‑: quiero hablarte francamente. Vengo
de casa de un difunto, que era funcionario... He dado a la familia todo mi
dinero. Además, me ha besado una criatura de un modo que, aunque verdaderamente
hubiera matado yo a alguien... Y también he visto a otra criatura que llevaba
una pluma de un rojo de fuego... Pero estoy divagando... Me siento muy débil...
Sostenme... Ya llegamos.
‑¿Qué
te pasa? ¿Qué tienes? ‑preguntó Rasumikhine, inquieto.
‑La
cabeza se me va un poco, pero no se trata de esto. Es que me siento triste, muy
triste..., sí, como una damisela... ¡Mira! ¿Qué es eso? ¡Mira, mira...!
‑¿Adónde?
‑Pero
¿no lo ves? ¡Hay luz en mi habitación! ¿No la ves por la rendija?
Estaban
en el penúltimo tramo, ante la puerta de la patrona, y desde allí se podía ver,
en efecto, que en la habitación de Raskolnikof había luz. .
‑¡Qué
raro! ¿Será Nastasia?‑dijo Rasumikhine.
‑Nunca
sube a mi habitación a estas horas. Seguro que hace ya un buen rato que está
durmiendo... Pero no me importa lo más mínimo. Adiós; buenas noches.
‑¿Cómo
se te ha ocurrido que pueda dejarte? Te acompañaré hasta tu habitación.
Entraremos juntos.
‑Eso
ya lo sé. Pero quiero estrecharte aquí la mano y decirte adiós. Vamos, dame la
mano y digámonos adiós.
‑Pero
¿qué demonios te pasa, Rodia?
‑Nada.
Vamos. Lo verás por tus propios ojos.
Empezaron
a subir los últimos escalones, mientras Rasumikhine no podía menos de pensar
que Zosimof tenía tal vez razón.
«A
lo mejor, lo he trastornado con mi charla se dijo.
Ya
estaban cerca de la puerta, cuando, de súbito, oyeron voces en la habitación.
‑Pero
¿qué pasa? ‑exclamó Rasumikhine.
Raskolnikof
cogió el picaporte y abrió la puerta de par en par. Y cuando hubo abierto, se
quedó petrificado. Su madre y su hermana estaban sentadas en el diván. Le
esperaban desde hacía hora y media. ¿Cómo se explicaba que Raskolnikof no
hubiera pensado ni remotamente que podía encontrarse con ellas, siendo así que
aquel mismo día le habían anunciado dos veces su inminente llegada a
Petersburgo?
Durante
la hora y media de espera, las dos mujeres no habían cesado de hacer preguntas
a Nastasia, que estaba aún ante ellas y las había informado de todo cuanto
sabía acerca de Raskolnikof. Estaban aterradas desde que la sirvienta les había
dicho que el huésped había salido de casa enfermo y seguramente bajo los
efectos del delirio.
‑Señor...,
¿qué será de él?
Y
lloraban las dos. Habían sufrido lo indecible durante la larga espera.
Un
grito de alegría acogió a Raskolnikof. Las dos mujeres se arrojaron sobre él.
Pero él permanecía inmóvil, petrificado, como si repentinamente le hubieran
arrancado la vida. Un pensamiento súbito, insoportable, lo había fulminado.
Raskolnikof no podía levantar los brazos para estrecharlas entre ellos. No podía,
le era materialmente imposible.
Su
madre y su hermana, en cambio, no cesaban de abrazarlo, de estrujarlo, de
llorar, de reír... Él dio un paso, vaciló y rodó por el suelo, desvanecido.
Gran
alarma, gritos de horror, gemidos. Rasumikhine, que se había quedado en el
umbral, entró presuroso en la habitación, levantó al enfermo con sus atléticos
brazos y, en un abrir y cerrar de ojos, lo depositó en el diván.
‑¡No
es nada, no es nada! ‑gritaba a la hermana y a la madre‑. Un simple
mareo. El médico acaba de decir que está muy mejorado y que se curará por
completo... Traigan un poco de agua... Miren, ya recobra el conocimiento.
Atenazó
la mano de Dunetchka tan vigorosamente como si pretendiera triturársela y
obligó a la joven a inclinarse para comprobar que, efectivamente, su hermano
volvía en sí.
Tanto
la hermana como la madre miraban a Rasumikhine con tierna gratitud, como si
tuviesen ante sí a la misma Providencia. Sabían por Nastasia lo que había sido
para Rodia, durante toda la enfermedad, aquel «avispado joven», como Pulqueria
Alejandrovna Raskolnikof le llamó aquella misma noche en una conversación
íntima que sostuvo con su hija Dunia.
TERCERA PARTE
I
Raskolnikof
se levantó y quedó sentado en el diván. Con un leve gesto indicó a Rasumikhine
que suspendiera el torrente de su elocuencia desordenada y las frases de
consuelo que dirigía a su hermana y a su madre. Después, cogiendo a las dos
mujeres de la mano, las observó en silencio, alternativamente, por espacio de
dos minutos cuando menos. Esta mirada inquietó profundamente a la madre: había
en ella una sensibilidad tan fuerte, que resultaba dolorosa. Pero, al mismo
tiempo, había en aquellos ojos una fijeza de insensatez. Pulqueria Alejandrovna
se echó a llorar. Avdotia Romanovna estaba pálida y su mano temblaba en la de
Rodia.
‑Volved
a vuestro alojamiento... con él ‑dijo Raskolnikof con voz entrecortada y
señalando a Rasumikhine‑. Ya hablaremos mañana. ¿Hace mucho que habéis
llegado?
‑Esta
tarde, Rodia ‑repuso Pulqueria Alejandrovna‑. El tren se ha retrasado.
Pero oye, Rodia: no te dejaré por nada del mundo; pasaré la noche aquí, cerca
de...
‑¡No
me atormentéis! ‑la interrumpió el enfermo, irritado.
‑Yo
me quedaré con él ‑dijo al punto Rasumikhine‑, y no te dejaré solo
ni un segundo. Que se vayan al diablo mis invitados. No me importa que les sepa
mal. Allí estará mi tío para atenderlos.
‑¿Cómo
podré agradecérselo? ‑empezó a decir Pulqueria Alejandrovna estrechando
las manos de Rasumikhine.
Pero
su hijo la interrumpió:
‑¡Basta,
basta! No me martiricéis. No puedo más.
‑Vámonos,
mamá. Salgamos aunque sólo sea un momento ‑murmuró Dunia, asustada‑.
No cabe duda de que nuestra presencia te mortifica.
‑¡Que
no pueda quedarme a su lado después de tres años de separación! ‑gimió
Pulqueria Alejandrovna, bañada en lágrimas.
‑Esperad
un momento ‑dijo Raskolnikof‑. Como me interrumpís, pierdo el hilo
de mis ideas. ¿Habéis visto a Lujine?
‑No,
Rodia; pero ya sabe que hemos llegado. Ya nos hemos enterado de que Piotr
Petrovitch ha tenido la atención de venir a verte hoy ‑dijo con cierta
cortedad Pulqueria Alejandrovna.
‑Sí,
ha sido muy amable... Oye, Dunia, he dicho a ese hombre que lo iba a tirar por
la escalera y lo he mandado al diablo.
‑¡Oh
Rodia! ¿Por qué has hecho eso? Seguramente tú... No creerás que... ‑balbuceó
Pulqueria Alejandrovna, aterrada.
Pero
una mirada dirigida a Dunia le hizo comprender que no debía continuar. Avdotia
Romanovna miraba fijamente a su hermano y esperaba sus explicaciones. Las dos
mujeres estaban enteradas del incidente por Nastasia, que lo había contado a su
modo, y se hallaban sumidas en una amarga perplejidad.
‑Dunia
‑dijo Raskolnikof, haciendo un gran esfuerzo‑, no quiero que se
lleve a cabo ese matrimonio. Debes romper mañana mismo con Lujine y que no
vuelva a hablarse de él.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
‑Piensa
lo que dices, Rodia; =replicó Avdotia Romanovna, con una cólera que consiguió
ahogar en seguida‑. Sin duda, tu estado no lo permite... Estás fatigado ‑terminó
con acento cariñoso.
‑¿Crees
que deliro? No: tú te quieres casar con Lujine por mí. Y yo no acepto tu
sacrificio. Por lo tanto, escríbele una carta diciéndole que rompes con él.
Dámela a leer mañana, y asunto concluido.
‑Yo
no puedo hacer eso ‑replicó la joven, ofendida‑. ¿Con qué
derecho...?
‑Tú
también pierdes la calma, Dunetchka ‑dijo la madre, aterrada y tratando
de hacer callar a su hija‑. Mañana hablaremos. Ahora lo que debemos hacer
es marcharnos.
‑No
estaba en su juicio ‑exclamó Rasumikhine con una voz que denunciaba su
embriaguez‑. De lo contrario, no se habría atrevido a hacer una cosa así.
Mañana habrá recobrado la razón. Pero hoy lo ha echado de aquí. El otro, como
es natural, se ha indignado... Estaba aquí discurseando y exhibiendo su
sabiduría y se ha marchado con el rabo entre piernas.
‑O
sea ¿que es verdad? ‑dijo Dunia, afligida‑. Vamos, mamá... Buenas
noches, Rodia.
‑No
olvides lo que te he dicho, Dunia ‑dijo Raskolnikof reuniendo sus últimas
fuerzas‑. Yo no deliro. Ese matrimonio es una villanía. Yo puedo ser un
infame, pero tú no debes serlo. Basta con que haya uno. Pero, por infame que yo
sea, renegaría de ti. O Lujine o yo... Ya os podéis marchar.
‑O
estás loco o eres un déspota ‑gruñó Rasumikhine.
Raskolnikof
no le contestó, acaso porque ya no le quedaban fuerzas.
Se
había echado en el diván y se había vuelto de cara a la pared, completamente
extenuado. Avdotia Romanovna miró atentamente a Rasumikhine. Sus negros ojos
centellearon, y Rasumikhine se estremeció bajo aquella mirada. Pulqueria
Alejandrovna estaba perpleja.
‑No
puedo marcharme ‑murmuró a Rasumikhine, desesperada‑. Me quedaré
aquí, en cualquier rincón. Acompañe a Dunia.
‑Con
eso no hará sino empeorar las cosas ‑respondió Rasumikhine, también en
voz baja y fuera de sí‑. Salgamos a la escalera. Nastasia, alúmbranos. Le
juro ‑continuó a media voz cuando hubieron salido‑ que ha estado a
punto de pegarnos al doctor y a mí. ¿Comprende usted? ¡Incluso al doctor! Éste
ha cedido por no irritarle, y se ha marchado. Yo me he ido al piso de abajo, a
fin de vigilarle desde allí. Pero él ha procedido con gran habilidad y ha
logrado salir sin que yo le viese. Y si ahora se empeña usted en seguir
irritándole, se irá igualmente, o intentará suicidarse.
‑¡Oh!
¿Qué dice usted?
‑Por
otra parte, Avdotia Romanovna no puede permanecer sola en ese fonducho donde se
hospedan ustedes. Piense que están en uno de los lugares más bajos de la
ciudad. Ese bribón de Piotr Petrovitch podía haberles buscado un alojamiento
más conveniente... ¡Ah! Estoy un poco achispado, ¿sabe? Por eso empleo palabras
demasiado... expresivas. No haga usted demasiado caso.
‑Iré
a ver a la patrona ‑dijo Pulqueria Alejandrovna‑ y le suplicaré que
nos dé a Dunia y a mí un rincón cualquiera para pasar la noche. No puedo
dejarlo así, no puedo.
Hablaban
en el rellano, ante la misma puerta de la patrona. Nastasia permanecía en el
último escalón, con una luz en la mano. Rasumikhine daba muestras de gran
agitación. Media hora antes, cuando acompañaba a Raskolnikof, estaba muy
hablador (se daba perfecta cuenta de ello), pero fresco y despejado, a pesar de
lo mucho que había bebido. Ahora sentía una especie de exaltación: el vino
ingerido parecía actuar de nuevo en él, y con redoblado efecto. Había cogido a
las dos mujeres de la mano y les hablaba con una vehemencia y una desenvoltura
extraordinarias. Casi a cada palabra, sin duda para mostrarse más convincente,
les apretaba la mano hasta hacerles daño, y devoraba a Avdotia Romanovna con
los ojos del modo más impúdico. A veces, sin poder soportar el dolor, las dos
mujeres libraban sus dedos de la presión de las enormes y huesudas manos; pero
él no se daba cuenta y seguía martirizándolas con sus apretones. Si en aquel
momento ellas le hubieran pedido que se arrojara de cabeza por la escalera, él
lo habría hecho sin discutir ni vacilar. Pulqueria Alejandrovna no dejaba de
advertir que Rasumikhine era un hombre algo extravagante y que le apretaba
demasiado enérgicamente la mano, pero la actitud y el estado de su hijo la
tenían tan trastornada, que no quería prestar atención a los extraños modales
de aquel joven que había sido para ella la Providencia en persona.
Avdotia
Romanovna, aun compartiendo las inquietudes de su madre respecto a Rodia, y
aunque no fuera de temperamento asustadizo, estaba sorprendida e incluso
atemorizada al ver fijarse en ella las miradas ardorosas del amigo de su
hermano, y sólo la confianza sin límites que le habían infundido los relatos de
Nastasia acerca de aquel joven le permitía resistir a la tentación de huir
arrastrando con ella a su madre.
Además,
comprendía que no podían hacer tal cosa en aquellas circunstancias. Y, por otra
parte, su intranquilidad desapareció al cabo de diez minutos. Rasumikhine,
fuera cual fuere el estado en que se encontrase, se manifestaba tal cual era
desde el primer momento, de modo que quien lo trataba sabía en el acto a qué
atenerse.
‑De
ningún modo deben ustedes ir a ver a la patrona ‑‑exclamó
Rasumikhine dirigiéndose a Pulqueria Alejandrovna‑. Lo que usted pretende
es un disparate. Por muy madre de él que usted sea, lo exasperaría quedándose
aquí, y sabe Dios las consecuencias que eso podría tener. Escuchen; he aquí lo
que he pensado hacer: Nastasia se quedará con él un momento, mientras yo las
llevo a ustedes a su casa, pues dos mujeres no pueden atravesar solas las
calles de Petersburgo... En seguida, en una carrera, volveré aquí, y un cuarto
de hora después les doy mi palabra de honor más sagrada de que iré a
informarlas de cómo va la cosa, de si duerme, de cómo está, etcétera... Luego,
óiganme bien, iré en un abrir y cerrar de ojos de la casa de ustedes a la mía,
donde he dejado algunos invitados, todos borrachos, por cierto. Entonces cojo a
Zosimof, que es el doctor que asiste a Rodia y que ahora está en mi casa...
Pero él no está bebido. Nunca está bebido. Lo traeré a ver a Rodia, y de aquí
lo llevaré inmediatamente a casa de ustedes. Así, ustedes recibirán noticias
dos veces en el espacio de una hora: primero noticias mías y después noticias
del doctor en persona. ¡Del doctor! ¿Qué más pueden pedir? Si la cosa va mal,
yo les juro que voy a buscarlas y las traigo aquí; si la cosa va bien, ustedes
se acuestan y ¡a dormir se ha dicho...! Yo pasaré la noche aquí, en el
vestíbulo. Él no se enterará. Y haré que Zosimof se quede a dormir en casa de
la patrona: así lo tendremos a mano... Porque, díganme: ¿a quién necesita más
Rodia en estos momentos: a ustedes o al doctor? No cabe duda de que el doctor
es más útil para él, mucho más útil... Por lo tanto, vuélvanse a casa. Además,
ustedes no pueden quedarse en el piso de la patrona. Yo puedo, pero ustedes no:
ella no lo querrá, porque... porque es una necia. Tendría celos de Avdotia
Romanovna, celos a causa de mi persona, ya lo saben. Y, a lo mejor, también
tendría celos de usted, Pulqueria Alejandrovna. Pero de su hija no me cabe la
menor duda de que los tendría. Es una mujer muy rara... Bien es verdad que
también yo soy un estúpido... ¡Pero no me importa...! Bueno, vamos. Porque me
creen, ¿verdad? Díganme: ¿me creen o no me creen?
‑Vamos,
mamá ‑dijo Avdotia Romanovna‑. Hará lo que dice. Es el salvador de
Rodia, y si el doctor ha prometido pasar aquí la noche, ¿qué más podemos pedir?
‑¡Ah!
Usted me comprende porque es un ángel ‑exclamó Rasumikhine en una
explosión de entusiasmo‑. Vámonos. Nastasia, entra en la habitación con
la luz y no te muevas de su lado. Dentro de un cuarto de hora estoy de vuelta.
Pulqueria
Alejandrovna, aunque no del todo convencida, no hizo la menor objeción.
Rasumikhine las cogió a las dos del brazo y se las llevó escaleras abajo. La
madre de Rodia no estaba muy segura de que el joven cumpliera lo prometido.
«Sin duda es listo y tiene buenos sentimientos. Pero ¿se puede confiar en la
palabra de un hombre que se halla en semejante estado?
‑Ya
entiendo: ustedes creen que estoy bebido ‑dijo el joven, adivinando los
pensamientos de las dos mujeres y mientras daba tales zancadas por la acera,
que ellas a duras penas podían seguirle, cosa que él no advertía‑. Eso es
absurdo... Quiero decir que, aunque esté borracho perdido, esto no importa en
absoluto. Estoy borracho, sí, pero no de bebida. Lo que me ha trastornado ha
sido la llegada de ustedes: me ha producido el mismo efecto que si me dieran un
golpe en la cabeza... Sin embargo, esto no excluye mi responsabilidad... No me
hagan caso, pues soy indigno de ustedes completamente indigno... Y tan pronto
como las haya dejado en casa, me acercaré al canal y me echaré dos cubos de
agua en la cabeza. Entonces se me pasará todo... ¡Si ustedes supieran cuánto
las quiero a las dos! No se enfaden, no se rían... De la última persona de
quien deben ustedes burlarse es de mí. Yo soy amigo de él. Tenía el
presentimiento de que sucedería lo que ha sucedido. El año pasado ya lo
presentí... Pero no, no pude presentirlo el año pasado, porque, al verlas a
ustedes, he tenido la impresión de que me caían del cielo... Yo no dormiré esta
noche... Ese Zosimof temía que Rodia perdiera la razón. Por eso les he dicho
que no deben contrariarle.
‑Pero
¿qué dice usted? ‑exclamó la madre.
‑¿De
veras ha dicho eso el doctor? ‑preguntó Avdotia Romanovna, aterrada.
‑Lo
ha dicho, pero no es verdad. No, no lo es. Incluso le ha dado unos sellos; yo
lo he visto. Cuando se los daba, ya debían de haber llegado ustedes... Por
cierto que habría sido preferible que llegasen mañana... Hemos hecho bien en
marcharnos... Dentro de una hora, como les he dicho, el mismo Zosimof irá a
darles noticias... Y él no estará bebido, y yo tampoco lo estaré entonces...
Pero ¿saben por qué he bebido tanto? Porque esos malditos me han obligado a
discutir... ¡Y eso que me había jurado a mí mismo no tomar parte jamás en
discusiones...! Pero ¡dicen unas cosas tan absurdas...! He estado a punto de
pegarles. He dejado a mi tío en mi lugar para que los atienda... Aunque no lo
crean ustedes, son partidarios de la impersonalidad. No hay que ser jamás uno
mismo. Y a esto lo consideran el colmo del progreso. Si los disparates que
dicen fueran al menos originales... Pero no...
‑Óigame
‑dijo tímidamente Pulqueria Alejandrovna. Pero con esta interrupción no
consiguió sino enardecer más todavía a Rasumikhine.
‑No,
no son originales ‑prosiguió el joven, levantando más aún la voz‑.
¿Y qué creen ustedes: que yo les detesto porque dicen esos absurdos? Pues no:
me gusta que se equivoquen. En esto radica la superioridad del hombre sobre los
demás organismos. Así llega uno a la verdad. Yo soy un hombre, y lo soy
precisamente porque me equivoco. Nadie llega a una verdad sin haberse
equivocado catorce veces, o ciento catorce, y esto es, acaso, un honor para el
género humano. Pero no sabemos ser originales ni siquiera para equivocarnos. Un
error original acaso valga más que una verdad insignificante. La verdad siempre
se encuentra; en cambio, la vida puede enterrarse para siempre[L34].
Tenemos abundantes ejemplos de ello. ¿Qué hacemos nosotros en la actualidad?
Todos, todos sin excepción, nos hallamos, en lo que concierne a la ciencia, la
cultura, el pensamiento, la invención, el ideal, los deseos, el liberalismo, la
razón, la experiencia y todo lo demás, en una clase preparatoria del instituto,
y nos contentamos con vivir con el espíritu ajeno... ¿Tengo razón o no la
tengo? Díganme: ¿tengo razón?
Rasumikhine
dijo esto a grandes voces, sacudiendo y apretando las manos de las dos mujeres.
‑¿Qué
sé yo, Dios mío? ‑exclamó la pobre Pulqueria Alejandrovna.
Y
Avdotia Romanovna repuso gravemente:
‑Ha
dicho usted muchas verdades, pero yo no estoy de acuerdo con usted en todos los
puntos.
Apenas
había terminado de pronunciar estas palabras, lanzó un grito de dolor provocado
por un apretón de manos demasiado enérgico.
Rasumilchine
exclamó, en el colmo del entusiasmo:
‑¡Ha
reconocido usted que tengo razón! Después de esto, no puedo menos de declarar
que es usted un manantial de bondad, de buen juicio, de pureza y de perfección.
Déme su mano, ¡démela...! Y usted deme también la suya. Quiero besarlas. Ahora
mismo y de rodillas.
Y
se arrodilló en medio de la acera, afortunadamente desierta a aquella hora.
‑¡Basta,
por favor! ¿Qué hace usted? ‑exclamó, alarmada, Pulqueria Alejandrovna.
‑¡Levántese,
levántese! ‑dijo Dunia, entre divertida e inquieta.
‑Por
nada del mundo me levantaré si no me dan ustedes la mano... Así. Esto es
suficiente. Ahora ya puedo levantarme. Sigamos nuestro camino... Yo soy un
pobre idiota indigno de ustedes, un miserable borracho. Pero inclinarse ante
ustedes constituye un deber para todo hombre que no sea un bruto rematado. Por
eso me he inclinado yo... Bueno, aquí tienen su casa. Después de ver esto, uno
ha de pensar que Rodion ha hecho bien en poner a Piotr Petrovitch en la calle.
¿Cómo se habrá atrevido a traerlas a un sitio semejante? ¡Es bochornoso!
Ustedes no saben la gentuza que vive aquí. Sin embargo, usted es su prometida.
¿Verdad que es su prometida? Pues bien, después de haber visto esto, yo me
atrevo a decirle que su prometido es un granuja.
‑Escuche,
señor Rasumikhine ‑‑comenzó a decir Pulqueria Alejandrovna‑.
Se olvida usted...
‑Sí,
sí; tiene usted razón ‑se excusó el estudiante‑; me he olvidado de
algo que no debí olvidar, y estoy verdaderamente avergonzado. Pero usted no
debe guardarme rencor porque haya hablado así, pues he sido franco. No crea que
lo he dicho por... No, no; eso sería una vileza... Yo no lo he dicho para...
No, no me atrevo a decirlo... Cuando ese hombre vino a ver a Rodia,
comprendimos muy pronto que no era de los nuestros. Y no porque se había hecho
rizar el pelo en la peluquería, ni porque alardeaba de sus buenas relaciones,
sino porque es mezquino e interesado, porque es falso y avaro como un judío.
¿Creen ustedes que es inteligente? Pues se equivocan: es un necio de pies a
cabeza. ¿Acaso es ése el marido que le conviene...? ¡Dios santo! Óiganme ‑dijo,
deteniéndose de pronto, cuando subían la escalera‑: en mi casa todos
están borrachos, pero son personas de nobles sentimientos, y, a pesar de los
absurdos que decimos (pues yo los digo también), llegaremos un día a la verdad,
porque vamos por el buen camino. En cambio, Piotr Petrovitch..., en fin, su
camino es diferente. Hace un momento he insultado a mis amigos, pero los
aprecio. Los aprecio a todos, incluso a Zamiotof. No es que sienta por él un
gran cariño, pero sí cierto afecto: es una criatura. Y también aprecio a esa
mole de Zosimof, pues es honrado y conoce su oficio... En fin, basta de esta
cuestión. El caso es que allí todo se dice y todo se perdona. ¿Estoy yo también
perdonado aquí? ¿Sí? Pues adelante... Este pasillo lo conozco yo. He estado
aquí otras veces. Allí, en el número tres, hubo un día un escándalo. ¿Dónde se
alojan ustedes? ¿En el número ocho? Pues cierren bien la puerta y no abran a
nadie... Volveré dentro de un cuarto de hora con noticias, y dentro de media
hora con Zosimof. Bueno, me voy. Buenas noches.
‑Dios
mío, ¿adónde hemos venido a parar? ‑preguntó, ya en la habitación,
Pulqueria Alejandrovna a su hija.
‑Tranquilízate,
mamá ‑repuso Dunia, quitándose el sombrero y la mantilla‑. Dios nos
ha enviado a este hombre, aunque lo haya sacado de una orgía. Se puede confiar
en él, te lo aseguro. Además, ¡ha hecho ya tanto por mi hermano!
‑¡Ay,
Dunetchka! Sabe Dios si volverá. No sé cómo he podido dejar a Rodia... Nunca
habría creído que lo encontraría en tal estado. Cualquiera diría que no se ha
alegrado de vernos.
Las
lágrimas llenaban sus ojos.
‑Eso
no, mamá. No has podido verlo bien, porque no hacías más que llorar. Lo que
ocurre es que está agotado por una grave enfermedad. Eso explica su conducta.
‑¡Esa
enfermedad, Dios mío...! ¿Cómo terminará todo esto...? Y ¡en qué tono te ha
hablado!
Al
decir esto, la madre buscaba tímidamente la mirada de su hija, deseosa de leer
en su pensamiento. Sin embargo, la tranquilizaba la idea de que Dunia defendía
a su hermano, lo que demostraba que te había perdonado.
‑Estoy
segura de que mañana será otro ‑añadió para ver qué contestaba su hija.
‑Pues
a mí no me cabe duda ‑afirmó Dunia‑ de que mañana pensará lo mismo
que hoy.
Pulqueria
Alejandrovna renunció a continuar el diálogo: la cuestión le parecía demasiado
delicada.
Dunia
se acercó a su madre y la rodeó con sus brazos. Y la madre estrechó
apasionadamente a la hija contra su pecho.
Después,
Pulqueria Alejandrovna se sentó y desde este momento esperó febrilmente la
vuelta de Rasumikhine. Entre tanto observaba a su hija, que, pensativa y con
los brazos cruzados, iba de un lado a otro del aposento. Así procedía siempre
Avdotia Romanovna cuando tenía alguna preocupación. Y su madre jamás turbaba
sus meditaciones.
No
cabía duda de que Rasumikhine se había comportado ridículamente al mostrar
aquella súbita pasión de borracho ante la aparición de Dunia, pero los que
vieran a la joven ir y venir por la habitación con paso maquinal, cruzados los
brazos, triste y pensativa, habrían disculpado fácilmente al estudiante.
Avdotia
Romanovna era extraordinariamente hermosa, alta, esbelta, pero sin que esta
esbeltez estuviera reñida con el vigor físico. Todos sus movimientos
evidenciaban una firmeza que no afectaba lo más mínimo a su gracia femenina. Se
parecía a su hermano. Su cabello era de un castaño claro; su tez, pálida, pero
no de una palidez enfermiza, sino todo lo contrario; su figura irradiaba
lozanía y juventud; su boca, demasiado pequeña y cuyo labio inferior, de un
rojo vivo, sobresalía, lo mismo que su mentón, era el único defecto de aquel
maravilloso rostro, pero este defecto daba al conjunto de la fisonomía cierta
original expresión de energía y arrogancia. Su semblante era, por regla
general, más grave que alegre, pero, en compensación, adquiría un encanto
incomparable las contadas veces que Dunia sonreía, o reía con una risa
despreocupada, juvenil, gozosa...
No
era extraño que el fogoso, honesto y sencillo Rasumikhine, aquel gigante
accidentalmente borracho, hubiera perdido la cabeza apenas vio a aquella mujer
superior a todas las que había visto hasta entonces. Además, el azar había
querido que viera por primera vez a Dunia en un momento en que la angustia, por
un lado, y la alegría de reunirse con su hermano, por otro, la transfiguraban.
Todo esto explica que, al advertir que el labio de Avdotia Romanovna temblaba
de indignación ante las acusaciones de Rodia, Rasumikhine hubiera mentido en
defensa de la joven.
El
estudiante no había mentido al decir, en el curso de su extravagante charla de
borracho, que la patrona de Raskolnikof, Praskovia Pavlovna, tendría celos de
Dunia y, seguramente, también de Pulqueria Alejandrovna, la cual, pese a sus
cuarenta y tres años, no había perdido su extraordinaria belleza. Por otra parte,
parecía más joven de lo que era, como suele ocurrir a las mujeres que saben
conservar hasta las proximidades de la vejez un alma pura, un espíritu lúcido y
un corazón inocente y lleno de ternura. Digamos entre paréntesis que no hay
otro medio de conservarse hermosa hasta una edad avanzada. Su cabello empezaba
a encanecer y a aclararse; hacía tiempo que sus ojos estaban cercados de
arrugas; sus mejillas se habían hundido a causa de los desvelos y los
sufrimientos, pero esto no empañaba la belleza extraordinaria de aquella
fisonomía. Su rostro era una copia del de Dunia, sólo que con veinte años más y
sin el rasgo del labio inferior saliente. Pulqueria Alejandrovna tenía un
corazón tierno, pero su sensibilidad no era en modo alguno sensiblería. Tímida
por naturaleza, se sentía inclinada a ceder, pero hasta cierto punto: podía
admitir muchas cosas opuestas a sus convicciones, mas había un punto de honor y
de principios en los que ninguna circunstancia podía impulsarla a transigir.
Veinte
minutos después de haberse marchado Rasumikhine se oyeron en la puerta dos
discretos y rápidos golpes. Era el estudiante, que estaba de vuelta.
‑No
entro, pues el tiempo apremia ‑dijo apresuradamente cuando le abrieron‑.
Duerme a pierna suelta y con perfecta tranquilidad. Quiera Dios que su sueño
dure diez horas. Nastasia está a su lado y le he ordenado que no lo deje hasta
que yo vuelva. Ahora voy por Zosimof para que le eche un vistazo. Luego vendrá
a informarlas y ustedes podrán acostarse, cosa que buena falta les hace, pues
bien se ve que están agotadas.
Y
se fue corriendo por el pasillo.
‑¡Qué
joven tan avispado... y tan amable! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna,
complacida.
‑Yo
creo que es una excelente persona ‑dijo Dunia calurosamente y reanudando
sus paseos por la habitación.
Alrededor
de una hora después, volvieron a oírse pasos en el corredor y de nuevo
golpearon la puerta. Esta vez las dos mujeres habían esperado con absoluta
confianza la segunda visita de Rasumikhine, cuya palabra ya no ponían en duda.
En efecto, era él y le acompañaba Zosimof. Éste no había vacilado en dejar la
reunión para ir a ver al enfermo. Sin embargo, Rasumikhine había tenido que
insistir para que accediera a visitar a las dos mujeres: no se fiaba de su
amigo, cuyo estado de embriaguez era evidente. Pero pronto se tranquilizó, e
incluso se sintió halagado, al ver que, en efecto, se le esperaba como a un
oráculo. Durante los diez minutos que duró su visita consiguió devolver la
confianza a Pulqueria Alejandrovna. Mostró gran interés por el enfermo, pero
habló en un tono reservado y austero, muy propio de un médico de veintisiete
años llamado a una consulta de extrema gravedad. Ni se permitió la menor
digresión, ni mostró deseo alguno de entablar relaciones más íntimas y
amistosas con las dos mujeres. Como apenas entró advirtiera la belleza
deslumbrante de Avdotia Romanovna, procuró no prestarle la menor atención y
dirigirse exclusivamente a la madre. Todo esto le proporcionaba una
extraordinaria satisfacción.
Manifestó
que había encontrado al enfermo en un estado francamente satisfactorio. Según
sus observaciones, la enfermedad se debía no sólo a las condiciones materiales
en que su paciente había vivido durante mucho tiempo, sino a otras causas de
índole moral. Se trataba, por decirlo así, del complejo resultado de diversas
influencias: inquietudes, cuidados, ideas, etc. Al advertir, sin demostrarlo,
que Avdotia Romanovna le escuchaba con suma atención, Zosimof se extendió sobre
el tema con profunda complacencia. Pulqueria Alejandrovna le preguntó, inquieta,
por «ciertos síntomas de locura» y el doctor repuso, con una sonrisa llena de
franqueza y serenidad que se había exagerado el sentido de sus palabras. Sin
duda, el enfermo daba muestras de estar dominado por una idea fija, algo así
como una monomanía. Él, Zosimof, estaba entonces enfrascado en el estudio de
esta rama de la medicina.
‑Pero
no debemos olvidar ‑añadió‑ que el enfermo ha estado hasta hoy bajo
los efectos del delirio... La llegada de su familia ejercerá sobre él,
seguramente, una influencia saludable, siempre que se tenga en cuenta que hay
que evitarle nuevas emociones.
Con
estas palabras, dichas en un tono significativo, dio por terminada su visita.
Acto seguido se levantó, se despidió con una mezcla de circunspección y
cordialidad y se retiró acompañado de un raudal de bendiciones, acciones de
gracias y efusivas manifestaciones de gratitud. Avdotia Romanovna incluso le
tendió su delicada mano, sin que él hubiera hecho nada por provocar este gesto,
y el doctor salió, encantado de la visita y más encantado aún de sí mismo.
‑Mañana
hablaremos. Ahora acuéstense inmediatamente ‑ordenó Rasumikhine mientras
se iba con Zosimof‑. Mañana, a primera hora, vendré a darles noticias.
‑¡Qué
encantadora muchacha esa Avdotia Romanovna! ‑dijo calurosamente Zosimof
cuando estuvieron en la calle.
Al
oír esto, Rasumikhine se arrojó repentinamente sobre Zosimof y le atenazó el
cuello con las manos.
‑¿Encantadora?
¿Has dicho encantadora? Como te atrevas a... ¿Comprendes...? ¿Comprendes lo que
quiero decir...? ¿Me has entendido...?
Y
lo echó contra la pared, sin dejar de zarandearle.
‑¡Déjame
demonio...! ¡Maldito borracho! ‑gritó Zosimof debatiéndose.
Y
cuando Rasumikhine le hubo soltado, se quedó mirándole fijamente y lanzó una
carcajada. Rasumikhine permaneció ante él, con los brazos caídos y el semblante
pensativo y triste.
‑Desde
luego, soy un asno ‑dijo con trágico acento‑. Pero tú eres tan asno
como yo.
‑Eso
no, amigo; yo no soy un asno: yo no pienso en tonterías como tú.
Continuaron
su camino en silencio, y ya estaban cerca de la morada de Raskolnikof, cuando
Rasumikhine, que daba muestras de gran preocupación, rompió el silencio.
‑Escucha
‑dijo a Zosimof‑, tú no eres una mala persona, pero tienes una
hermosa colección de defectos. Estás corrompido. Eres débil, sensual, comodón,
y no sabes privarte de nada. Es un camino lamentable que conduce al cieno. Eres
tan blando, tan afeminado, que no comprendo cómo has podido llegar a ser médico
y, sobre todo, un médico que cumple con su deber. ¡Un doctor que duerme en
lecho de plumas y se levanta por la noche para ir a visitar a un enfermo...!
Dentro de dos o tres años no harás tales sacrificios... Pero, en fin, esto poco
importa. Lo que quiero decirte es lo siguiente: tú dormirás esta noche en el
departamento de la patrona (he obtenido, no sin trabajo, su consentimiento) y
yo en la cocina. Esto es para ti una ocasión de trabar más estrecho
conocimiento con ella... No, no pienses mal. No quiero decir eso, ni
remotamente...
‑¡Pero
si yo no pienso nada!
‑Esa
mujer, querido, es el pudor personificado; una mezcla de discretos silencios,
timidez, castidad invencible y, al mismo tiempo, hondos suspiros. Su
sensibilidad es tal, que se funde como la cera. ¡Líbrame de ella, por lo que
más quieras, Zosimof! Es bastante agraciada. Me harías un favor que te lo
agradecería con toda el alma. ¡Te juro que te lo agradecería!
Zosimof
se echó a reír de buena gana.
‑Pero
¿para qué la quiero yo?
‑Te
aseguro que no te ocasionará ninguna molestia. Lo único que tienes que hacer es
hablarle, sea de lo que sea: te sientas a su lado y hablas. Como eres médico,
puedes empezar por curarla de una enfermedad cualquiera. Te juro que no te
arrepentirás... Esa mujer tiene un clavicordio. Yo sé un poco de música y
conozco esa cancioncilla rusa que dice «Derramo lágrimas amargas». Ella adora
las canciones sentimentales. Así empezó la cosa. Tú eres un maestro del
teclado, un Rubinstein. Te aseguro que no te arrepentirás.
‑Pero
oye: ¿le has hecho alguna promesa...?, ¿le has firmado algún papel...?, ¿le has
propuesto el matrimonio?
‑Nada
de eso, nada en absoluto... No, esa mujer no es lo que tú crees. Porque
Tchebarof ha intentado...
‑Entonces,
la plantas y en paz.
‑Imposible.
‑¿Por
qué?
‑Pues...
porque es imposible, sencillamente... Uno se siente atado, ¿no comprendes?
‑Lo
que no entiendo es tu empeño en atraértela, en ligarla a ti.
‑Yo
no he intentado tal cosa, ni mucho menos. Es ella la que me ha puesto las
ligaduras, aprovechándose de mi estupidez. Sin embargo, le da lo mismo que el
ligado sea yo o seas tú: el caso es tener a su lado un pretendiente... Es...
es... No sé cómo explicarte... Mira; yo sé que tú dominas las matemáticas. Pues
bien; háblale del cálculo integral. Te doy mi palabra de que no lo digo en
broma; te juro que el tema le es indiferente. Ella te mirará y suspirará. Yo le
he estado hablando durante dos días del Parlamento prusiano (llega un momento
en que no sabe uno de qué hablarle), y lo único que ella hacía era suspirar y
sudar. Pero no le hables de amor, pues podría acometerla una crisis de timidez.
Limítate a hacerle creer que no puedes separarte de ella. Esto será
suficiente... Estarás como en tu casa, exactamente como en tu casa; leerás, te
echarás, escribirás... Incluso podrás arriesgarte a darle un beso..., pero un
beso discreto.
‑Pero
¿a santo de qué he de hacer yo todo eso?
‑¡Nada,
que no consigo que me entiendas...! Oye: vosotros formáis una pareja
perfectamente armónica. Hace ya tiempo que lo vengo pensando... Y si tu fin ha
de ser éste, ¿qué importa que llegue antes o después? Te parecerá que vives
sobre plumas; es ésta una vida que se apodera de uno y te subyuga; es el fin
del mundo, el ancla, el puerto, el centro de la tierra, el paraíso. Crêpes [L35]
suculentos, sabrosos pasteles de pescado, el samovar por la tarde, tiernos
suspiros, tibios batines y buenos calentadores. Es como si estuvieses muerto y,
al mismo tiempo, vivo, lo que representa una doble ventaja. Bueno, amigo mío;
empiezo a decir cosas absurdas. Ya es hora de irse a dormir. Escucha: yo me
despierto varias veces por la noche. Cuando me despierte, iré a echar un
vistazo a Rodia. Por lo tanto, no te alarmes si me oyes subir. Sin embargo, si
el corazón te lo manda, puedes ir a echarle una miradita. Y si vieras algo
anormal..., delirio o fiebre, por ejemplo..., debes despertarme. Pero esto no
sucederá.
II
A la mañana
siguiente eran más de las siete cuando Rasumikhine se despertó. En su vida
había estado tan preocupado y sombrío. Su primer sentimiento fue de profunda
perplejidad. Jamás había podido suponer que se despertaría un día de semejante
humor. Recordaba hasta los más ínfimos detalles de los incidentes de la noche
pasada y se daba cuenta de que le había sucedido algo extraordinario, de que
había recibido una impresión muy diferente de las que le eran familiares.
Además, comprendía que el sueño que se había forjado era completamente
irrealizable, tanto, que se sintió avergonzado de haberle dado cabida en su
mente, y se apresuró a expulsarlo de ella, para dedicar su pensamiento a otros
asuntos, a los deberes más razonables que le había legado, por decirlo así, la
maldita jornada anterior.
Lo
que más le abochornaba era recordar hasta qué extremo se había mostrado
innoble, pues, además de estar ebrio, se había aprovechado de la situación de
la muchacha para criticar ante ella llevado de un sentimiento de celos torpe y
mezquino, al hombre que era su prometido, ignorando los lazos de afecto que
existían entre ellos y, en realidad, sin saber nada de aquel hombre. Por otra
parte, ¿con qué derecho se había permitido juzgarle y quién le había pedido que
se erigiera en juez? ¿Acaso una criatura como Avdotia Romanovna podía
entregarse a un hombre indigno sólo por el dinero? No, no cabía duda de que
Piotr Petrovitch poseía alguna cualidad. ¿El alojamiento? Él no podía saber lo
que era aquella casa. Les había buscado hospedaje; por lo tanto, había cumplido
su deber. ¡Ah, qué miserable era todo aquello, y qué inadmisible la razón con
que intentaba justificarse: su estado de embriaguez! Esta excusa le envilecía
más aún. La verdad está en la bebida; por lo tanto, bajo la influencia del
alcohol, él había revelado toda la vileza de su corazón deleznable y celoso.
¿Podía
permitirse un hombre como él concebir tales sueños? ¿Qué era él, en comparación
con una joven como Avdotia Romanovna? ¿Cómo podía compararse con ella el
borracho charlatán y grosero de la noche anterior? Imposible imaginar nada más
vergonzoso y cómico a la vez que una unión entre dos seres tan dispares.
Rasumikhine
enrojeció ante estas ideas. Y, de pronto, como hecho adrede, se acordó de que
la noche pasada había dicho en el rellano de la escalera que la patrona tendría
celos de Avdotia Romanovna... Este pensamiento le resultó tan intolerable, que
dio un fuerte puñetazo en la estufa de la cocina. Tan violento fue el golpe,
que se hizo daño en la mano y arrancó un ladrillo.
‑Ciertamente
‑balbuceó a media voz un minuto después profundamente avergonzado‑,
estas torpezas ya no se pueden evitar ni reparar. Por lo tanto, es inútil
pensar en ello... Lo más prudente será que me presente en silencio, cumpla mis
deberes sin desplegar los labios y... que me excuse con el mutismo...
Naturalmente, todo está perdido.
Sin
embargo, dedicó un cuidado especial a su indumentaria. Examinó su traje. No
tenía más que uno, pero se lo habría puesto aunque tuviera otros. Sí, se lo
habría puesto expresamente. Sin embargo, exhibir cínicamente una descuidada
suciedad habría sido un acto de mal gusto. No tenía derecho a mortificar con su
aspecto a otras personas, y menos a unas personas que le necesitaban y le habían
rogado que fuera a verlas.
Cepilló
cuidadosamente su traje. Su ropa interior estaba presentable, como de costumbre
(Rasumikhine era intransigente en cuanto a la limpieza de la ropa interior).
Procedió a lavarse concienzudamente. Nastasia le dio jabón y él lo utilizó para
el cuello, la cabeza y ‑esto sobre todo‑ las manos. Pero cuando
llegó el momento de decidir si debía afeitarse (Praskovia Pavlovna poseía
excelentes navajas de afeitar heredadas de su difunto esposo, el señor
Zarnitzine), se dijo que no lo haría, y se lo dijo incluso con cierta aspereza.
«No,
me mostraré tal cual soy. Podrían suponer que me he afeitado para... Sí, seguro
que lo pensarían... No, no me afeitaré por nada del mundo. Y menos teniendo el
convencimiento de que soy un grosero, un mal educado, un... Admitamos que me
considero, cosa que en cierto modo es verdad, un hombre honrado, o poco menos.
¿Puedo enorgullecerme de esta honradez? Todo el mundo debe ser honrado y más
que honrado... Además (bien lo recuerdo), yo tuve aquellas cosillas..., no
deshonrosas, desde luego, pero... ¡Y qué ideas me asaltan a veces...! ¿Cómo
poner al lado de todo esto a Avdotia Romanovna...? ¡Bueno, que se vaya al
diablo...! Me importa un comino... Haré cuanto esté en mi mano para mostrarme
tan grosero y desagradable como me sea posible, y no me importa lo que puedan
pensar.» _
En
esto apareció Zosimof. Había pasado la noche en el salón de Praskovia Pavlovna
y se disponía a volver a su casa. Rasumikhine le dijo que Raskolnikof dormía a
pierna suelta. Zosimof dispuso que no se le despertara y prometió volver a las
once.
‑Pero
veremos si lo encuentro aquí ‑añadió‑. ¡Demonio de hombre! ¡Un
paciente que no obedece al médico! ¡Estudie usted una carrera para esto! ¿Sabes
si irá a ver a su madre y a su hermana, o si ellas vendrán aquí?
‑Creo
que vendrán ellas ‑repuso Rasumikhine, que había comprendido la finalidad
de la pregunta‑. Sin duda, tendrán que hablar de asuntos de familia. Por
lo cual, me marcharé. Tú, como eres el médico, tienes más derechos que yo.
‑Yo
soy el médico, pero no el confesor. Vendré sólo un momento. No puedo dedicarme
exclusivamente a ellas: tengo mucho trabajo.
‑Estoy
preocupado por una cosa ‑dijo Rasumikhine pensativo y con cara sombría‑.
Ayer, como estaba bebido, no pude poner freno a mi lengua y dije mil
estupideces. Una de ellas fue que tú temías que los síntomas que Rodion
presentaba fueran un anuncio de... demencia. Así se lo manifesté al mismo
Rodia.
‑Y
también a su hermana y a su madre, ¿no?
‑Sí...
Yo sé que esto fue una idiotez y que merecería que me abofetearan. Pero, entre
nosotros, ¿has pensado en ello seriamente?
‑¡Seriamente...
seriamente...! Tú mismo me lo describiste como un maniático cuando me trajiste
a su casa... Y ayer lo trastornamos con nuestra conversación sobre el pintor de
paredes. ¡Buen tema para tratarlo con un hombre cuya locura puede haber sido
provocada por este suceso...! Si hubiese sabido exactamente lo que había pasado
en la comisaría, si hubiese estado enterado del detalle de que un canalla le
había herido con sus sospechas, habría evitado semejante conversación. Estos
maníacos hacen un océano de una gota de agua y toman por realidades los
disparates que imaginan. Ahora, gracias a lo que nos contó anoche en tu casa
Zamiotof, ya comprendo muchas cosas. Sí. Conozco el caso de un hombre de
cuarenta años, afectado de hipocondría, que un día no pudo soportar las
travesuras cotidianas de un niño de ocho años y lo estranguló. Y ahora nos
enfrentamos con un hombre reducido a la miseria y que se ve en el trance de
sufrir las insolencias de un policía. Añadamos a esto la enfermedad que le
minaba y el efecto de la grave sospecha. Piensa que se trata de un caso de
hipocondría en último grado, de un sujeto orgulloso en extremo: ahí tenemos la
base del mal... ¡Bueno, que se vaya todo al diablo! ¡Ah!, a propósito: ese
Zamiotof es un gran muchacho, pero ha cometido una torpeza contando todo esto.
Es un charlatán incorregible.
‑Pero
¿a quién lo ha contado? A ti y a mí.
‑Y
a Porfirio.
‑¡Bah!
No hay ningún mal en que Porfirio lo sepa.
‑Oye:
¿tienes alguna influencia sobre la madre y la hermana? Habría que recomendarles
que hoy fueran prudentes con él.
‑Ya
se las arreglarán ‑repuso Rasumikhine, visiblemente contrariado.
‑¿Por
qué atacaría tan furiosamente a ese Lujine? Es un hombre acomodado y que no
parece desagradar a las mujeres... No andan bien de dinero, ¿verdad?
‑¡Esto
es todo un interrogatorio! ‑exclamó Rasumikhine fuera de sí‑. ¿Cómo
puedo yo saber lo que ellos tienen en el pensamiento? Pregúntaselo a ellas: tal
vez te lo digan.
‑¡Qué
arranques de brutalidad tienes a veces! Por lo visto, todavía no se te ha
pasado del todo la borrachera. Adiós. Da las gracias de mi parte a Praskovia
Pavlovna por su hospitalidad. Se ha encerrado en su habitación y no ha
respondido a mis buenos días. Esta mañana se ha levantado a las siete y ha
hecho que le entraran el samovar al dormitorio. No he tenido el honor de verla.
A
las nueve en punto llegó Rasumikhine a la pensión Bakaleev. Las dos mujeres le
esperaban desde hacía un buen rato con impaciencia febril. Se habían levantado
a las siete y media. El estudiante entró en la casa con cara sombría, saludó
torpemente y esta torpeza le hizo enrojecer. Pero ocurrió algo que no tenía
previsto. Pulqueria Alejandrovna se arrojó sobre él, le cogió las manos y poco
faltó para que se las besara. Rasumikhine dirigió una tímida mirada a Avdotia
Romanovna. Pero aquel altivo rostro expresaba un reconocimiento tan profundo y
una simpatía tan afectuosa (en vez de las miradas burlonas y llenas de un
desprecio mal disimulado que esperaba recibir), que su confusión no tuvo
límites. Sin duda se habría sentido menos violento si le hubieran acogido con
reproches. Afortunadamente, tenía un tema de conversación obligado y se
apresuró a echar mano de él.
Cuando
se enteró de que su hijo seguía durmiendo y las cosas no podían ir mejor,
Pulqueria Alejandrovna manifestó que lo celebraba de veras, pues deseaba
conferenciar con Rasumikhine sobre cuestiones urgentes antes de ir a ver a
Rodia.
Acto
seguido preguntó al visitante si había tomado el té, y, ante su respuesta
negativa, la madre y la hija le invitaron a tomarlo con ellas, ya que le habían
esperado para desayunarse.
Avdotia
Romanovna hizo sonar la campanilla y acudió un desastrado sirviente. Se le
encargó el té, y cómo lo serviría, que las dos mujeres se sonrojaron.
Rasumikhine estuvo a punto de echar pestes de la pensión, pero se acordó de
Lujine, se sintió avergonzado y nada dijo. Incluso se alegró cuando las
preguntas de Pulqueria Alejandrovna empezaron a caer sobre él como una
granizada. Interrogado e interrumpido a cada momento, estuvo tres cuartos de
hora dando explicaciones. Contó cuanto sabía de la vida de Rodion Romanovitch
durante el año último, y terminó con un relato detallado de la enfermedad de su
amigo. Pasó por alto todo aquello que no convenía referir, como, por ejemplo,
la escena de la comisaría, con todas sus consecuencias. Las dos mujeres le
escucharon con ávida atención. Sin embargo, cuando él creyó que había dado
todos los detalles susceptibles de interesarlas y, por lo tanto, consideraba
cumplida su misión, advirtió que ellas no opinaban así y que habían escuchado
su largo relato simplemente como un preámbulo.
‑Dígame
‑dijo vivamente Pulqueria Alejandrovna‑, ¿qué juzga usted...? ¡Oh,
perdón...! No conozco todavía su nombre.
‑Dmitri
Prokofitch.
‑Pues
bien, Dmitri Prokofitch; yo quisiera saber... cuáles son las opiniones de
Rodia, sus ideas, en estos momentos... Es decir..., compréndame... ¡Oh!, no sé
cómo decírselo... Mire, yo quisiera saber qué es lo que le gusta y lo que no le
gusta..., y si siempre está tan irritado como anoche..., y cuáles son sus
deseos, mejor dicho, sus sueños y ambiciones..., y qué es lo que más influye en
su ánimo en estos momentos... En una palabra, yo quisiera saber...
‑Pero,
mamá ‑le interrumpió Dunia‑, ¿quién puede responder a ese torrente
de preguntas?
‑¡Es
verdad, Dios mío! ¡Es que estaba tan lejos de esperar encontrarlo así!
‑Sin
embargo ‑dijo Rasumikhine‑, esos cambios son muy naturales. Yo no
tengo madre, pero sí un tío que viene todos los años a verme. Y siempre me
encuentra transformado, incluso físicamente... Bueno, lo importante es que han
ocurrido muchas cosas durante los tres años que han estado ustedes sin ver a
Rodion. Yo lo conozco desde hace año y medio. Ha sido siempre un hombre
taciturno, sombrío y soberbio. Últimamente (o tal vez esto empezó antes de lo
que suponemos) se ha convertido en un ser receloso y neurasténico. No es amigo
de revelar sus sentimientos: prefiere mortificar a sus semejantes a mostrarse
amable y expansivo con ellos. A veces se limita a aparecer frío e insensible,
pero hasta tal extremo, que resulta inhumano. Es como si poseyese dos
caracteres distintos y los fuera alternando. En ciertos momentos se muestra
profundamente taciturno. Da la impresión de estar siempre atareado, lo que, de
ser verdad, explicaría que todo el mundo le moleste, pero es lo cierto que está
horas y horas acostado y sin hacer nada. No le gustan las ironías, y no porque
carezca de mordacidad, sino porque sin duda le parece que no puede perder el
tiempo en semejantes frivolidades. Lo que interesa a los demás, a él le es
indiferente. Tiene una elevada opinión de sí mismo, a mi entender no sin
razón... ¿Qué más...? ¡Ah, sí! Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él
una acción saludable.
‑¡Quiera
Dios que sea así! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna, consternada por las
revelaciones de Rasumikhine acerca del carácter de su Rodia.
Al
fin el joven osó mirar más francamente a Avdotia Romanovna. Mientras hablaba,
le había dirigido miradas al soslayo, pero rápidas y furtivas. A veces, la
joven permanecía sentada ante la mesa, escuchándolo atentamente; a veces, se
levantaba y empezaba a dar sus acostumbrados paseos por la habitación, con los
brazos cruzados, cerrada la boca, pensativa, haciendo de vez en cuando una
pregunta, pero sin detenerse. También ella tenía la costumbre de no escuchar
hasta el final a quien le hablaba. Llevaba un vestido sencillo y ligero, y en
el cuello un pañuelo blanco. Rasumikhine dedujo de diversos detalles que tanto
ella como su madre vivían en la mayor pobreza. Si Avdotia Romanovna hubiese ido
ataviada como una reina, es muy probable que Rasumikhine no se hubiera sentido
cohibido ante ella. Sin embargo, tal vez porque la veía tan modestamente
vestida y se imaginaba su vida de privaciones, estaba atemorizado y vigilaba
atentamente sus propios gestos y palabras, lo que aumentaba su timidez de
hombre que desconfía de sí mismo.
‑Nos
ha dado usted ‑dijo Avdotia Romanovna con una sonrisa‑ interesantes
detalles acerca del carácter de mi hermano, y lo ha hecho con toda
imparcialidad. Eso está muy bien; pero yo creía que usted lo admiraba... Sin
duda, como usted supone, debe de haber alguna mujer en todo esto ‑añadió,
pensativa.
‑Yo
no he dicho tal cosa..., aunque tal vez tenga usted razón. Sin embargo...
‑¿Qué?
‑Que
él no ama a nadie y tal vez no sienta amor jamás ‑afirmó Rasumikhine.
‑Es
decir, que lo considera usted incapaz de amar.
‑¿Sabe
usted, Avdotia Romanovna, que se parece extraordinariamente, e incluso me
atrevería a decir que en todo, a su hermano? ‑dijo Rasumikhine sin
pensarlo.
Pero
en seguida se acordó del juicio que acababa de expresar sobre tal hermano, y
enrojeció hasta las orejas. La joven no pudo menos de echarse a reír al
advertirlo.
‑Es
muy posible que estéis los dos equivocados en vuestro juicio sobre Rodia ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna, un tanto ofendida‑. No hablo del presente,
Dunetchka. Lo que Piotr Petrovitch nos dice en su carta y lo que tú y yo hemos
sospechado acaso no sea verdad; pero usted, Dmitri Prokofitch, no puede
imaginarse hasta qué extremo llega Rodia en sus fantasías y en sus caprichos...
No he tenido con él un momento de tranquilidad, ni cuando era un chiquillo de
quince años. Todavía le creo capaz de hacer algo que a nadie puede pasarle por
la imaginación... Sin ir más lejos, hace año y medio me dio un disgusto de
muerte con su decisión de casarse con la hija de su patrona, esa señora...,
¿cómo se llama...?, Zarnitzine.
‑¿Conoce
usted los detalles de esa historia? ‑preguntó Avdotia Romanovna.
‑¿Cree
usted ‑continuó con vehemencia Pulqueria Alejandrovna‑ que habrían
podido detenerle mis lágrimas, mis súplicas, mi falta de salud, mi muerte,
nuestra miseria, en fin? No, él habría pasado sobre todos los obstáculos con la
mayor tranquilidad del mundo.
‑Él
no me ha dicho ni una sola palabra sobre este asunto ‑dijo prudentemente
Rasumikhine‑, pero yo he sabido algo por la viuda de Zarnitzine, la cual
por cierto no es nada habladora. Y lo que esa señora me ha dicho es bastante
extraño.
‑¿Qué
le ha dicho? ‑preguntaron las dos mujeres a la vez.
‑¡Oh!
Nada de particular. Lo que he sabido es que ese matrimonio, que estaba
irrevocablemente decidido y que sólo la muerte de la prometida pudo impedir, no
era del agrado de la señora Zarnitzine... Supe, además, que la novia era una
mujer fea y enfermiza..., una joven extraña, aunque dotada de ciertas prendas.
Sin duda, las debía de poseer, pues, de otro modo, no se habría comprendido que
Rodia... Además, la muchacha no tenía dote... Sin embargo, él no se habría
casado por interés... Es muy difícil formular un juicio.
‑Estoy
segura de que esa joven tenía alguna cualidad ‑observó lacónicamente
Avdotia Romanovna.
‑Que
Dios me perdone, pero me alegré de su muerte, pues no sé para cuál de los dos
habría sido más funesto ese matrimonio ‑dijo Pulqueria Alejandrovna.
Acto
seguido, tímidamente, con visibles vacilaciones y dirigiendo furtivas miradas a
Dunia, que no ocultaba su descontento, empezó a interrogar al joven sobre la
escena que se había desarrollado el día anterior entre Rodia y Lujine. Este
incidente parecía causarle profunda inquietud, e incluso verdadero terror.
Rasumikhine
refirió detalladamente la disputa, añadiendo sus propios comentarios. Acusó sin
rodeos a Raskolnikof de haber insultado a Piotr Petrovitch deliberadamente y no
mencionó el detalle de que la enfermedad que padecía su amigo podía disculpar
su conducta.
‑Había
planeado todo esto antes de su enfermedad ‑‑concluyó.
‑Yo
pienso como usted ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, desesperada.
Pero,
al mismo tiempo, estaba profundamente sorprendida al ver que aquella mañana
Rasumikhine hablaba de Piotr Petrovitch con la mayor moderación e incluso con
cierto respeto. Avdotia Romanovna parecía no menos asombrada por este hecho.
Pulqueria Alejandrovna no pudo contenerse.
‑Así,
¿es ésa su opinión sobre Piotr Petrovitch?
‑No
puedo tener otra del futuro esposo de su hija ‑respondió Rasumikhine con
calurosa firmeza‑. Y no lo digo por pura cortesía sino porque... porque
la mejor recomendación para ese hombre es que Avdotia Romanovna lo haya elegido
por esposo... Si ayer llegué a injuriarle fue porque estaba ignominiosamente
embriagado... y como loco; sí, como loco, completamente fuera de mí... Y hoy me
siento profundamente avergonzado.
Enrojeció
y se detuvo. Avdotia Romanovna se ruborizó también, pero no dijo nada. No había
pronunciado una sola palabra desde que había empezado a oír hablar de Lujine.
Pero
Pulqueria Alejandrovna se sentía un tanto desconcertada al faltarle la ayuda de
su hija. Finalmente, manifestó, vacilando y dirigiendo continuas miradas a la
joven, que había ocurrido algo que la trastornaba profundamente.
‑Verá
usted, Dmitri Prokofitch ‑comenzó a decir. Pero se detuvo y preguntó a su
hija‑: Debo hablar con toda franqueza a Dmitri Prokofitch, ¿verdad, Dunetchka?
‑Desde
luego, mamá ‑respondió sin vacilar Avdotia Romanovna.
‑Pues
es el caso... ‑continuó inmediatamente Pulqueria Alejandrovna,
como si le hubiesen quitado una montaña de encima al autorizarla a participar
su dolor‑. En las primeras horas de esta mañana hemos recibido un carta
de Piotr Petrovitch, en respuesta a la que le enviamos nosotras ayer
anunciándole nuestra llegada. Él nos había prometido acudir a la estación a
recibirnos, pero no le fue posible y nos envió a una especie de criado que nos
condujo aquí. Este hombre nos dijo que Piotr Petrovitch vendría a vernos esta
mañana. Pero, en vez de venir, nos ha enviado esta carta... Lo mejor será que
la lea usted. Hay en ella un punto que me preocupa especialmente. Usted mismo
verá de qué punto se trata, Dmitri Prokofitch, y me dará su sincera opinión.
Usted conoce mejor que nosotros el carácter de Rodia y podrá aconsejarnos. Le
advierto que Dunetchka tomó una decisión inmediatamente, pero yo no sé todavía
qué hacer. Por eso le estaba esperando.
Rasumikhine
desdobló la carta. Vio que estaba fechada el día anterior y leyó lo siguiente:
«Señora:
deseo informarle de que razones imprevistas me han impedido ir a recibirlas a
la estación. Ésta es la razón de que les enviara en mi lugar a un hombre que
por su desenvoltura, me pareció indicado para el caso. Los asuntos que exigen
mi presencia en el Senado me privarán igualmente del honor de visitarlas mañana
por la mañana. Por otra parte, no quiero poner ninguna traba a la entrevista
que habrán de celebrar, usted con su hijo, y Avdotia Romanovna con su hermano.
Por lo tanto, no tendré el honor de visitarlas hasta mañana, a las ocho en
punto de la noche, y les ruego encarecidamente que me eviten encontrarme con
Rodion Romanovitch, que me insultó del modo más grosero cuando ayer, al saber
que estaba enfermo, fui a visitarle. Esto aparte, es indispensable que hable
con usted, con toda seriedad, de cierto punto sobre el que deseo conocer su
opinión. Me permito advertirla de que si, a pesar de mi ruego, encuentro a
Rodion Romanovitch al lado de ustedes, me veré obligado a marcharme
inmediatamente y que en este caso la responsabilidad será exclusivamente de
usted. Si le digo esto es porque sé positivamente que Rodion Romanovitch está
en disposición de salir a la calle y,
por lo tanto, puede ir a casa de ustedes. Sí, sé que su hijo, que tan enfermo
parecía cuando le visité, dos horas después recobró repentinamente la salud. Y
puedo asegurarlo porque lo vi con mis propios ojos en casa de un borracho que
acababa de ser atropellado por un coche y que murió poco después. Por cierto
que Rodion Romanovitch entregó veinticinco rublos "para el entierro"
a la hija del difunto, joven cuya mala conducta es del dominio público. Esto me
sorprendió sobremanera, pues no ignoro lo mucho que le ha costado a usted
conseguir ese dinero.
»Le
ruego que salude en mi nombre, con toda devoción, a Avdotia Romanovna y que
acepte el respeto más sincero de su fiel servidor.
»LUJINE.»
‑¿Qué
debo hacer, Dmitri Prokofitch?‑exclamó Pulqueria Alejandrovna casi con
lágrimas en los ojos‑ ¿Cómo voy a decir a Rodia que no venga? Él nos
pidió insistentemente que rompiéramos con Piotr Petrovitch, y he aquí ahora que
Piotr Petrovitch me prohíbe que vea a mi hijo... Pero si yo le digo a Rodia
esto, él es capaz de venir ex profeso. ¿Y qué ocurrirá entonces?
‑Haga
usted lo que Avdotia Romanovna juzgue más conveniente ‑repuso Rasumikhine
en el acto y sin la menor vacilación.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó la madre. ¡Cualquiera sabe lo que ella opina! Dice lo que
hay que hacer, pero sin explicar el motivo. Su parecer es que conviene..., no
que conviene, sino que es indispensable... que Rodia venga a las ocho y se
encuentre con Piotr Petrovitch... Mi intención era no decirle nada de esta
carta y procurar, con la ayuda de usted, evitar que viniese... ¡Se irrita tan
fácilmente...! En lo referente a ese alcohólico que ha muerto, no sé de quién
se trata, y tampoco quién es esa hija a la que Rodia ha entregado un dinero
que...
‑Que
has logrado a costa de tantos sacrificios ‑terminó Avdotia Romanovna.
‑Ayer
su estado no era normal ‑dijo Rasumikhine, pensativo‑. Sería
interesante saber lo que hizo ayer en la taberna... En efecto, me habló de un
muerto y de una joven, cuando le acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una
palabra. Ayer también estaba yo...
‑Lo
mejor, mamá, será que vayamos ahora mismo a casa de Rodia. Allí veremos lo que
conviene hacer. Además, ya es Zora de que nos marchemos. ¡Más de las diez! ‑exclamó
la joven después de echar una ojeada al precioso reloj de oro guarnecido de
esmaltes que pendía de su cuello, prendido a una fina cadena de estilo
veneciano. Esta joya contrastaba singularmente con el resto de su atavío. «Un
regalo de su prometido», pensó Rasumikhine.
‑Sí,
Dunetchka, ya es hora ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, aturdida e inquieta‑;
ya es hora de que nos vayamos. Al ver que no llegamos, podría creer que estamos
disgustadas con él por la escena de anoche. ¡Dios mío, Dios mío...!
Mientras
hablaba se ponía apresuradamente el sombrero y la mantilla. Dunetchka se
compuso también. Sus guantes estaban no solamente desgastados, sino
agujereados, como pudo ver Rasumikhine. Sin embargo, esta evidente pobreza daba
a las dos damas un aire de especial dignidad, como es corriente en las personas
que saben llevar vestidos humildes. Rasumikhine contemplaba a Avdotia Romanovna
con veneración y se sentía orgulloso ante la idea de acompañarla. Y pensaba que
la reina que se arreglaba las medias en la prisión debía de tener más majestad
en ese momento que cuando aparecía en espléndidas fiestas y magníficos
desfiles.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. Nunca me habría imaginado
que pudiera causarme temor una entrevista con mi hijo, con mi querido Rodia.
Pues la temo, Dmitri Prokofitch ‑añadió, dirigiendo al joven una tímida
mirada.
‑No
debes inquietarte, mamá ‑dijo Dunia, abrazándola‑. Ten confianza en
él como la tengo yo.
‑Confianza
en él no me falta, hija ‑dijo la pobre mujer‑. Pero no he dormido
en toda la noche.
Salieron
de la casa.
‑¿Sabes
lo que me ha pasado, Dunetchka? Que esta mañana, cuando empezaba, al fin, a
quedarme dormida, la difunta Marfa Petrovna se me ha aparecido en sueños. Iba
vestida de blanco. Se ha acercado a mí, me ha cogido de la mano y ha sacudido
la cabeza con aire severo, como censurándome... ¿No te parece que esto es un
mal presagio? ¡Dios mío! ¡Dios mío...! Oiga, Dmitri Prokofitch: ¿sabía usted
que Marfa Petrovna murió?
‑¿Marfa
Petrovna? No sé quién es.
‑Pues
sí, murió de repente. Y figúrese que...
‑‑¡Pero,
mamá; si te ha dicho que no sabe quién es!
‑¿De
modo que no lo sabe? ¡Y yo que creía que estaba al corriente de todo!
Perdóneme, Dmitri Prokofitch. Ando trastornada estos días. Le considero a usted
como nuestra Providencia; por eso le creía informado de todo lo que nos
concierne. Usted es para mí como una persona de la familia... No se enfade si
le digo algo que no le guste... ¡Santo Dios! ¿Qué tiene usted en la mano
derecha? ¡Está herido!
‑Sí
‑gruñó Rasumikhine en un tono de íntima satisfacción.
‑Soy
tan expansiva a veces, que Dunia ha de frenarme. Pero, ¡Dios mío, en qué tabuco
vive! ¿Se habrá despertado ya? Y esa mujer, su patrona, llama habitación a
semejante tugurio... Oiga: ¿dice usted que no le gusta que le hablen demasiado?
Entonces, tal vez le moleste yo, que... ¿Quiere darme algunos consejos, Dmitri
Prokofitch? ¿Cómo debo comportarme con él? Ya ve usted que estoy completamente
desorientada.
‑No
le haga demasiadas preguntas si lo ve usted triste. Y, sobre todo, no le hable
de su salud: esto le molesta.
‑¡Ah,
Dmitri Prokofitch; qué duro es a veces ser madre! Ya entramos en la escalera...
¡Qué cosa tan horrible!
‑Mamá,
estás pálida. Cálmate ‑le dijo Dunia, acariciándola‑. Te atormentas
en balde, pues para él será una gran alegría volverte a ver ‑añadió con
ojos resplandecientes.
‑Iré
yo delante ‑dijo Rasumikhine‑, para asegurarme de que está
despierto.
Las dos damas subieron lentamente detrás de
Rasumikhine. Cuando llegaron al cuarto piso advirtieron que la puerta del
departamento de la patrona estaba entreabierta y que a través de la abertura,
desde la sombra, las miraban dos ojos negros. Cuando estos ojos se encontraron
con los de ellas, la puerta se cerró tan ruidosamente, que Pulqueria
Alejandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de terror.
III
Está mejor ‑les
dijo Zosimof apenas las vio entrar. Zosimof estaba allí desde hacía diez
minutos, sentado en el mismo ángulo del diván que ocupaba la víspera.
Raskolnikof estaba sentado en el ángulo opuesto. Se hallaba completamente
vestido, e incluso se había lavado y peinado, cosa que no había hecho desde
hacía mucho tiempo.
El
cuarto era tan reducido, que quedó lleno cuando entraron los visitantes. Pero
esto no impidió a Nastasia deslizarse tras ellos para escuchar.
Raskolnikof
tenía buen aspecto en comparación con el de la víspera. Pero estaba muy pálido
y su semblante expresaba un sombrío ensimismamiento. Su aspecto recordaba el de
un herido o el de un hombre que acabara de experimentar un profundo dolor
físico. Tenía las cejas fruncidas; los labios, contraídos; los ojos, ardientes.
Hablaba poco y de mala gana, como a la fuerza, y sus gestos expresaban a veces
una especie de inquietud febril. Sólo le faltaba un vendaje para parecer
enteramente un herido.
Este
sombrío y pálido semblante se iluminó momentáneamente al entrar la madre y la hermana.
Pero la luz se extinguió muy pronto y sólo quedó el dolor. Zosimof, que
examinaba a su paciente con un interés de médico joven, observó con asombro que
desde la entrada de las dos mujeres el semblante del enfermo expresaba no
alegría, sino una especie de estoicismo resignado. Raskolnikof daba la
impresión de estar haciendo acopio de energías para soportar durante una o dos
horas una tortura que no podía eludir. Cada palabra de la conversación que
sostuvo seguidamente pareció ahondar una herida abierta en su alma. Pero, al
mismo tiempo, mostró una sangre fría que asombró a Zosimof: el loco furioso de
la víspera era dueño de sí mismo hasta el punto de poder disimular sus
sentimientos.
‑Sí;
ya me doy cuenta de que estoy casi curado ‑lijo Raskolnikof, abrazando
cariñosamente a su madre y a su hermana, lo que llenó de alegría a Pulqueria
Alejandrovna‑. Y no digo esto como te dije ayer ‑añadió,
dirigiéndose a Rasumikhine, mientras le estrechaba la mano afectuosamente.
‑Estoy
incluso asombrado ‑dijo Zosimof alegremente, pues, en sus diez minutos de
charla con el enfermo, éste había llegado a desconcertarle con su lucidez‑.
Si la cosa continúa así, dentro de tres o cuatro días estará curado por
completo y habrá vuelto a su estado normal de un mes atrás..., o tal vez de dos
o tres, pues hace mucho tiempo que llevaba la enfermedad en incubación... ¿No
es así? Confiéselo. Y confiese también que tenía algún motivo para estar
enfermo ‑añadió con una prudente sonrisa, como si temiera irritarlo.
‑Es
posible ‑respondió fríamente Raskolnikof.
‑Digo
esto ‑continuó Zosimof, cuya animación iba en aumento‑ porque su
curación depende en gran parte de usted. Ahora que podemos hablar, desearía
hacerle comprender que es indispensable que expulse usted, por decirlo así, las
causas principales del mal. Sólo procediendo de este modo podrá usted curarse;
en el caso contrario, las cosas irán de mal en peor. Cuáles son esas causas, lo
ignoro; pero usted debe conocerlas. Usted es un hombre inteligente y puede
observarse a sí mismo. Me parece que el principio de su enfermedad coincide con
el término de sus actividades universitarias. Usted no es de los que pueden
vivir sin ocupación: usted necesita trabajar, tener un objetivo y perseguirlo
tenazmente.
‑Sí,
sí; tiene usted razón. Volveré a inscribirme en la universidad cuanto antes y
entonces todo irá como sobre ruedas.
Zosimof,
cuyos prudentes consejos obedecían al deseo de lucirse ante las damas, quedó
profundamente decepcionado cuando, terminado su discurso, dirigió una mirada a
su paciente y advirtió que su rostro expresaba una franca burla. Pero esta
decepción se desvaneció muy pronto: Pulqueria Alejandrovna empezó a abrumar al
doctor con sus expresiones de gratitud, especialmente por su visita nocturna.
‑¿Cómo?
¿Ha ido a veros esta noche? ‑exclamó Raskolnikof, visiblemente agitado‑.
Entonces, no habréis dormido, no habréis descansado después del viaje...
‑Eso
no, Rodia: sólo estuvimos levantadas hasta las dos. Cuando estamos en casa,
Dunia y yo no nos acostamos nunca más temprano.
‑Yo
tampoco sé cómo darle las gracias ‑dijo Raskolnikof a Zosimof, con
semblante sombrío y bajando la cabeza‑. Dejando aparte la cuestión de los
honorarios, y perdone que aluda a este punto, no sé a qué debo ese especial
interés que usted me demuestra. Francamente, no lo comprendo, y por eso..., por
eso su bondad me abruma. Ya ve que le hablo con toda sinceridad.
‑No
se preocupe usted ‑repuso Zosimof sonriendo afectuosamente‑.
Imagínese que es mi primer paciente. Los médicos que empiezan sienten por sus
primeros enfermos tanto afecto como si fuesen sus propios hijos. Algunos
incluso los adoran. Y yo no tengo todavía una clientela abundante.
‑Y
no hablemos de ése ‑dijo Raskolnikof, señalando a Rasumikhine‑. No
ha recibido de mí sino insultos y molestias, y...
‑¡Qué
tonterías dices! ‑exclamó Rasumikhine‑. Por lo visto, hoy te has
levantado sentimental.
Si
hubiese sido más perspicaz, habría advertido que su amigo no estaba
sentimental, sino todo lo contrario. Avdotia Romanovna, en cambio, se dio
perfecta cuenta de ello. La joven observaba a su hermano con ávida atención.
‑De
ti, mamá, no quiero ni siquiera hablar ‑continuó
Raskolnikof
en el tono del que recita una lección aprendida aquella mañana‑. Hoy
puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta
habitación.
Dicho
esto, sonrió y tendió repentinamente la mano a su hermana, sin desplegar los
labios. Esta vez su sonrisa expresaba un sentimiento profundo y sincero.
Dunia,
feliz y agradecida, se apoderó al punto de la mano de Rodia y la estrechó
tiernamente. Era la primera demostración de afecto que recibía de él después de
la querella de la noche anterior. El semblante de la madre se iluminó ante esta
reconciliación muda pero sincera de sus hijos.
‑Ésta
es la razón de que le aprecie tanto ‑exclamó Rasumikhine con su
inclinación a exagerar las cosas‑. ¡Tiene unos gestos...!
«Posee
un arte especial para hacer bien las cosas ‑pensó la madre‑. Y
¡cuán nobles son sus impulsos! ¡Con qué sencillez y delicadeza ha puesto fin al
incidente de ayer con su hermana! Le ha bastado tenderle la mano mientras le
miraba afectuosamente... ¡Qué ojos tiene! Todo su rostro es hermoso. Incluso
más que el de Dunetchka. ¡Pero, Dios mío, qué miserablemente vestido va! Vaska,
el empleado de Atanasio Ivanovitch, viste mejor que él... ¡Ah, qué a gusto me
arrojaría sobre él, lo abrazaría... y lloraría! Pero me da miedo..., sí, miedo.
¡Está tan extraño! ¡Tan finamente como habla, y yo me siento sobrecogida! Pero,
en fin de cuentas, ¿qué es lo que temo de él?»
‑¡Ah,
Rodia! ‑dijo, respondiendo a las palabras de su hijo‑ No te puedes
imaginar cuánto sufrimos Dunia y yo ayer. Ahora que todo ha terminado y la
felicidad ha vuelto a nosotros, puedo decirlo. Figúrate que vinimos aquí a toda
prisa apenas dejamos el tren, para verte y abrazarte, y esa mujer... ¡Ah, mira,
aquí está! Buenos días, Nastasia... Pues bien, Nastasia nos contó que tú
estabas en cama, con alta fiebre; que acababas de marcharte, inconsciente,
delirando, y que habían salido en tu busca. Ya puedes imaginarte nuestra angustia.
Yo me acordé de la trágica muerte del teniente Potantchikof, un amigo de tu
padre al que tú no has conocido. Huyó como tú, en un acceso de fiebre, y cayó
en el pozo del patio. No se le pudo sacar hasta el día siguiente. El peligro
que corrías se nos antojaba mucho mayor de lo que era en realidad. Estuvimos a
punto de ir en busca de Piotr Petrovitch para pedirle ayuda..., pues estábamos
solas, completamente solas ‑terminó con acento quejumbroso.
Se
había detenido ante la idea de que todavía era peligroso hablar de Piotr
Petrovitch, aunque todo estuviera ya arreglado felizmente.
‑Sí,
todo eso es muy enojoso ‑dijo Raskolnikof en un tono tan distraído e
indiferente, que Dunetchka le miró sorprendida‑. ¿Qué otra cosa quería
deciros? ‑continuó, esforzándose por recordar‑. ¡Ah, si! No creas,
mamá, ni tú, Dunetchka, que yo no quería ir a veros sin que antes vinierais
vosotras.
‑¡Qué
ocurrencia, Rodia! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna, asombrada.
«Nos
habla como por pura cortesía ‑pensó Dunetchka‑. Hace las paces y
presenta sus excusas como si cumpliera una simple formalidad o dijese una
lección aprendida de memoria.»
‑Acabo
de levantarme y me preparaba para ir a veros, pero el estado de mi traje me lo
ha impedido. Ayer me olvidé de decir a Nastasia que limpiara las manchas de
sangre, y ahora mismo acabo de vestirme.
‑¿Manchas
de sangre? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna, aterrada.
‑No
tiene importancia, mamá; no te alarmes. Ayer, cuando salí de aquí delirando, me
encontré de pronto ante un hombre que acababa de ser víctima de un atropello...
Un funcionario. Por eso mis ropas estaban manchadas de sangre.
‑¿Cuando
estabas delirando? ‑dijo Rasumikhine‑. Pues te acuerdas de todo.
‑Es
cierto ‑convino Raskolnikof, presa de una singular preocupación‑.
Me acuerdo de todo, y con los detalles más insignificantes. Sin embargo, no
consigo explicarme por qué fui allí, ni por qué obré y hablé como lo hice.
‑El
fenómeno es conocido ‑observó Zosimof‑. El acto se cumple a veces
con una destreza y una habilidad extraordinarias, pero el principio que lo
motiva adolece de cierta alteración y depende de diversas impresiones morbosas.
Es algo así como un sueño.
«Al
fin y al cabo, debo felicitarme de que me tomen por loco, pensó Raskolnikof.
‑Pero
las personas perfectamente sanas están en el mismo caso ‑observó
Dunetchka, mirando a Zosimof con inquietud.
‑La
observación es muy justa ‑respondió el médico‑. En este aspecto,
todos solemos parecernos a los alienados. La única diferencia es que los
verdaderos enfermos están un poco más enfermos que nosotros. Sólo sobre esta
base podemos establecer distinciones. Hombres perfectamente sanos,
perfectamente equilibrados, si usted prefiere llamarlos así, la verdad es que
casi no existen: no se podría encontrar más de uno entre centenares de miles de
individuos, e incluso este uno resultaría un modelo bastante imperfecto.
La
palabra «alienado», lanzada imprudentemente por Zosimof en el calor de sus
comentarios sobre su tema favorito, recorrió como una ráfaga glacial toda la
estancia. Raskolnikof se mostraba absorto y distraído. En sus pálidos labios
había una sonrisa extraña. Al parecer, seguía reflexionando sobre aquel punto
que le tenía perplejo.
‑Bueno,
pero ¿ese hombre atropellado? ‑se apresuró a decir Rasumikhine‑. Te
he interrumpido cuando estabas hablando de él.
Raskolnikof
se sobresaltó, como si lo despertasen repentinamente de un sueño.
‑¿Cómo...?
¡Ah, sí! Me manché de sangre al ayudar a transportarlo a su casa... A
propósito, mamá: cometí un acto imperdonable. Estaba loco, sencillamente. Todo el
dinero que me enviaste lo di a la viuda para el entierro. Está enferma del
pecho... Una verdadera desgracia... Tres huérfanos de corta edad...
Hambrientos... No hay nada en la casa... Ha dejado otra hija... Yo creo que
también tú les habrías dado el dinero si hubieses visto el cuadro... Reconozco
que yo no tenía ningún derecho a obrar así, y menos sabiendo los sacrificios
que has tenido que hacer para enviarme ese dinero. Está bien que se socorra a
la gente. Pero hay que tener derecho a hacerlo. De lo contrario, Crevez chiens, si vous n'étes pas contents.
Lanzó
una carcajada.
‑¿Verdad,
Dunia?
‑No
‑repuso enérgicamente la joven.
‑¡Bah!
También tú estás llena de buenas intenciones ‑murmuró con sonrisa burlona
y acento casi rencoroso‑. Debí comprenderlo... Desde luego, eso es
hermoso y tiene más valor... Si llegas a un punto que no te atreves a
franquear, serás desgraciada, y si lo franqueas, tal vez más desgraciada
todavía. Pero todo esto es pura palabrería ‑añadió, lamentando no haber
sabido contenerse‑. Yo sólo quería disculparme ante ti, mamá ‑terminó
con voz entrecortada y tono tajante.
‑No
te preocupes, Rodia; estoy segura de que todo lo que tú haces está bien hecho ‑repuso
la madre alegremente.
‑No
estés tan segura ‑repuso él, esbozando una sonrisa.
Se hizo
el silencio. Toda esta conversación, con sus pausas, el perdón concedido y la
reconciliación, se había desarrollado en una atmósfera no desprovista de
violencia, y todos se habían dado cuenta de ello.
«Se
diría que me temen», pensó Raskolnikof mirando furtivamente a su madre y a su
hermana.
Efectivamente,
Pulqueria Alejandrovna parecía sentirse más y más atemorizada a medida que se
prolongaba el silencio.
«¡Tanto
como creía amarlas desde lejos!», pensó Raskolnikof repentinamente.
‑¿Sabes
que Marfa Petrovna ha muerto, Rodia? ‑preguntó de pronto Pulqueria
Alejandrovna.
‑¿Qué
Marfa Petrovna?
‑¿Es
posible que no lo sepas? Marfa Petrovna Svidrigailova. ¡Tanto como te he
hablado de ella en mis cartas!
¡Ah,
sí! Ahora me acuerdo ‑dijo como si despertara de un sueño‑. ¿De
modo que ha muerto? ¿Cómo?
Esta
muestra de curiosidad alentó a Pulqueria Alejandrovna, que respondió vivamente:
‑Fue
una muerte repentina. La desgracia ocurrió el mismo día en que te envié mi
última carta. Su marido, ese monstruo, ha sido sin duda el culpable. Dicen que
le dio una tremenda paliza.
‑¿Eran
frecuentes esas escenas entre ellos? ‑preguntó Raskolnikof dirigiéndose a
su hermana.
‑No,
al contrario: él se mostraba paciente, e incluso amable con ella. En algunos
casos era hasta demasiado indulgente. Así vivieron durante siete años. Hasta
que un día, de pronto, perdió la paciencia.
‑O
sea que ese hombre no era tan terrible. De serlo, no habría podido comportarse
con tanta prudencia durante siete años. Me parece, Dunetchka, que tú piensas
así y lo disculpas.
‑¡Oh,
no! Es verdaderamente un hombre despiadado. No puedo imaginarme nada más
horrible ‑repuso la joven con un ligero estremecimiento.
Luego
frunció las cejas y quedó absorta.
‑La
escena tuvo lugar por la mañana ‑prosiguió precipitadamente Pulqueria
Alejandrovna‑. Después, Marfa Petrovna ordenó que le preparasen el coche,
a fin de trasladarse a la ciudad después de comer, como hacía siempre en estos
casos. Dicen que comió con excelente apetito.
‑¿A
pesar de los golpes?
‑Ya
se iba acostumbrando... Apenas terminó de comer, fue a bañarse; así se podría
marchar en seguida... Seguía un tratamiento hidroterápico. En la finca hay un
manantial de agua fría y ella se bañaba en él todos los días con regularidad.
Apenas entró en el agua, sufrió un ataque de apoplejía.
‑No
es nada extraño ‑observó Zosimof.
‑¿Y
dices que la paliza había sido brutal?
‑Eso
no influyó ‑dijo Dunia.
Raskolnikof
exclamó, súbitamente irritado:
‑No
sé, mamá, por qué nos has contado todas esas tonterías.
‑Es
que no sabía de qué hablar, hijo mío ‑se le escapó decir a Pulqueria
Alejandrovna.
‑¿Es
posible que todos me temáis? ‑dijo Raskolnikof, esbozando una sonrisa.
‑Sí,
te tememos ‑respondió Dunia con expresión severa y mirándole fijamente a
los ojos‑. Mamá incluso se ha santiguado cuando subíamos la escalera.
El
semblante de Raskolnikof se alteró profundamente: parecía reflejar una
agitación convulsiva.
Pulqueria
Alejandrovna intervino, visiblemente aturdida:
‑Pero
¿qué dices, Dunia? No te enfades, Rodia, te lo suplico... Bien es verdad que,
desde que partimos, no cesé de pensar en la dicha de volver a verte y charlar
contigo... Tan feliz me sentía con este pensamiento, que el largo viaje me
pareció corto... Pero ¿qué digo? Ahora me siento verdaderamente feliz... Te
equivocas, Dunia... Y mi alegría se debe a que te vuelvo a ver, Rodia.
‑Basta,
mamá ‑dijo él, molesto por tanta locuacidad, estrechando las manos de su
madre, pero sin mirarla‑. Ya habrá tiempo de charlar y comunicarnos
nuestra alegría.
Pero
al pronunciar estas palabras se turbó y palideció. Se sentía invadido por un
frío de muerte al evocar cierta reciente impresión. De nuevo tuvo que
confesarse que había dicho una gran mentira, pues sabía muy bien que no
solamente no volvería a hablar a su madre ni a su hermana con el corazón en la
mano, sino que ya no pronunciaría jamás una sola palabra espontánea ante nadie.
La impresión que le produjo esta idea fue tan violenta, que casi perdió la
conciencia de las cosas momentáneamente, y se levantó y se dirigió a la puerta
sin mirar a nadie.
‑Pero
¿qué te pasa?‑le dijo Rasumikhine cogiéndole del brazo.
Raskolnikof
se volvió a sentar y paseó una silenciosa mirada por la habitación. Todos le
contemplaban con un gesto de estupor.
‑Pero
¿qué os pasa que estáis tan fúnebres? ‑exclamó de súbito‑. ¡Decid
algo! ¿Vamos a estar mucho tiempo así? ¡Ea, hablad! ¡Charlemos todos! No nos
hemos reunido para estar mudos. ¡Vamos, hablemos!
‑¡Bendito
sea Dios! ¡Y yo que creía que no se repetiría el arrebato de ayer! ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna santiguándose.
‑¿Qué
te ha pasado, Rodia? ‑preguntó Avdotia Romanovna con un gesto de
desconfianza.
‑Nada
‑respondió el joven‑: que me he acordado de una tontería.
Y
se echó a reír.
‑Si
es una tontería, lo celebro ‑dijo Zosimof levantándose‑. Pues hasta
a mí me ha parecido... Bueno, me tengo que marchar. Vendré más tarde... Supongo
que le encontraré aquí.
Saludó
y se fue.
‑Es
un hombre excelente ‑dijo Pulqueria Alejandrovna.
‑Sí,
un hombre excelente, instruido, perfecto ‑exclamó Raskolnikof
precipitadamente y animándose de súbito‑. No recuerdo dónde lo vi antes
de mi enfermedad, pero sin duda lo vi en alguna parte... Y ahí tenéis otro
hombre excelente ‑añadió señalando a Rasumikhine‑. ¿Te ha sido
simpático, Dunia? ‑preguntó de pronto. Y se echó a reír sin razón alguna.
‑Mucho
‑respondió Dunia.
‑¡No
seas imbécil! ‑exclamó Rasumikhine poniéndose colorado y levantándose.
Pulqueria
Alejandrovna sonrió y Raskolnikof soltó la carcajada.
‑Pero
¿adónde vas?
‑Tengo
que hacer.
‑Tú
no tienes nada que hacer. De modo que te has de quedar. Tú te quieres marchar
porque se ha ido Zosimof. Quédate... ¿Qué hora es, a todo esto? ¡Qué
preciosidad de reloj, Dunia! ¿Queréis decirme por qué seguís tan callados? El
único que habla aquí soy yo.
‑Es
un regalo de Marfa Petrovna‑‑dijo Dunia.
‑Un
regalo de alto precio ‑añadió Pulqueria Alejandrovna.
‑Pero
es demasiado grande. Parece un reloj de hombre.
‑Me
gusta así.
«No
es un regalo de su prometido», pensó Rasumikhine, alborozado.
‑Yo
creía que era un regalo de Lujine ‑dijo Raskolnikof. ‑No, Lujine
todavía no le ha regalado nada.
‑¡Ah!,
¿no...? ¿Te acuerdas, mamá, de que estuve enamorado y quería casarme? ‑preguntó
de pronto, mirando a su madre, que se quedó asombrada ante el giro imprevisto
que Rodia había dado a la conversación, y también ante el tono que había
empleado.
‑Sí,
me acuerdo perfectamente.
Y
cambió una mirada con Dunia y otra con Rasumikhine.
‑¡Bah!
Hablando sinceramente, ya lo he olvidado todo. Era una muchacha enfermiza ‑añadió,
pensativo y bajando la cabeza‑ y, además, muy pobre. También era muy
piadosa: soñaba con la vida conventual. Un día, incluso se echó a llorar al
hablarme de esto... Sí, sí; lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente... Era
fea... En realidad, no sé qué atractivo veía en ella... Yo creo que si hubiese
sido jorobada o coja, la habría querido todavía más.
Quedó
pensativo, sonriendo, y terminó:
‑Aquello
no tuvo importancia: fue una locura pasajera...
‑No,
no fue simplemente una locura pasajera ‑dijo Dunetchka, convencida.
Raskolnikof
miró a su hermana atentamente, como si no hubiese comprendido sus palabras.
Acaso ni siquiera las había oído. Luego se levantó, todavía absorto, fue a
abrazar a su madre y volvió a su sitio.
‑¿La
amas aún? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna, enternecida.
‑¿A
ella? ¿Ahora...? Sí... Pero... No, no. Me parece que todo eso pasó en otro
mundo... ¡Hace ya tanto tiempo que ocurrió...! Por otra parte, la misma
impresión me produce todo cuanto me rodea.
Y
los miró a todos atentamente.
‑Vosotros
sois un ejemplo: me parece estar viéndoos a una distancia de mil verstas...
Pero ¿para qué diablos hablamos de estas cosas...? ¿Y por qué me interrogáis? ‑exclamó,
irritado.
Después
empezó a roerse las uñas y volvió a abismarse en sus pensamientos.
‑¡Qué
habitación tan mísera tienes, Rodia! Parece una tumba ‑dijo de súbito
Pulqueria Alejandrovna para romper el penoso silencio‑. Estoy segura de
que este cuartucho tiene por lo menos la mitad de culpa de tu neurastenia.
‑¿Esta
habitación? ‑dijo Raskolnikof, distraído‑. Sí, ha contribuido
mucho. He reflexionado en ello... Pero ¡qué idea tan extraña acabas de tener,
mamá! ‑añadió con una singular sonrisa.
Se
daba cuenta de que aquella compañía, aquella madre y aquella hermana a las que
volvía a ver después de tres años de separación, y aquel tono familiar, íntimo,
de la conversación que mantenían, cuando su deseo era no pronunciar una sola
palabra, estaban a punto de serle por completo insoportables.
Sin
embargo, había un asunto cuya discusión no admitía dilaciones. Así acababa de
decidirlo, levantándose. De un modo o de otro, debía quedar resuelto
inmediatamente. Y experimentó cierta satisfacción al hallar un modo de salir de
la violenta situación en que se encontraba.
‑Tengo
algo que decirte, Dunia ‑manifestó secamente y con grave semblante‑.
Te ruego que me excuses por la escena de ayer, pero considero un deber
recordarte que mantengo los términos de mi dilema: Lujine o yo. Yo puedo ser un
infame, pero no quiero que tú lo seas. Con un miserable hay suficiente. De modo
que si te casas con Lujine, dejaré de considerarte hermana mía.
‑¡Pero
Rodia! ¿Otra vez. Las ideas de anoche? ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑.
¿Por qué lo crees infame? No puedo soportarlo. Lo mismo dijiste ayer.
‑Óyeme,
Rodia ‑repuso Dunetchka firmemente y en un tono tan seco como el de su
hermano‑, la discrepancia que nos separa procede de un error tuyo. He
reflexionado sobre ello esta noche y he descubierto ese error. La causa de todo
es que tú supones que yo me sacrifico por alguien. Ésa es tu equivocación. Yo
me caso por mí, porque la vida me parece demasiado difícil. Desde luego, seré
muy feliz si puedo ser útil a los míos, pero no es éste el motivo principal de
mi determinación.
«Miente
‑se dijo Raskolnikof, mordiéndose los labios en un arranque de rabia‑.
¡La muy orgullosa...! No quiere confesar su propósito de ser mi bienhechora.
¡Qué caracteres tan viles! Su amor se parece al odio. ¡Cómo los detesto a
todos!»
‑En
una palabra ‑continuó Dunia‑, me caso con Piotr Petrovitch porque
de dos males he escogido el menor. Tengo la intención de cumplir lealmente todo
lo que él espera de mí; por lo tanto, no te engaño. ¿Por qué sonríes?
Dunia
enrojeció y un relámpago de cólera brilló en sus ojos.
‑¿Dices
que lo cumplirás todo? ‑preguntó Raskolnikof con aviesa sonrisa.
‑Hasta
cierto punto, Piotr Petrovitch ha pedido mi mano de un modo que me ha revelado
claramente lo que espera de mí. Ciertamente, tiene una alta opinión de sí
mismo, acaso demasiado alta; pero confío en que sabrá apreciarme a mí
igualmente... ¿Por qué vuelves a reírte?
‑¿Y
tú por qué te sonrojas? Tú mientes, Dunia; mientes por obstinación femenina,
para que no pueda parecer que te has dejado convencer por mí... Tú no puedes
estimar a Lujine. Lo he visto, he hablado con él. Por lo tanto, te casas por
interés, te vendes. De cualquier modo que la mires, tu decisión es una vileza.
Me siento feliz de ver que todavía eres capaz de enrojecer.
‑¡Eso
no es verdad! ¡Yo no miento! ‑exclamó Dunetchka, perdiendo por completo
la calma‑. No me casaría con él si no estuviera convencida de que me
aprecia; no me casaría sin estar segura de que es digno de mi estimación.
Afortunadamente, tengo la oportunidad de comprobarlo muy pronto, hoy mismo.
Este matrimonio no es una vileza como tú dices... Por otra parte, si tuvieses
razón, si yo hubiese decidido cometer una bajeza de esta índole, ¿no sería una
crueldad tu actitud? ¿Cómo puedes exigir de mí un heroísmo del que tú
seguramente no eres capaz? Eso es despotismo, tiranía. Si yo causo la pérdida
de alguien, no será sino de mí misma... Todavía no he matado a nadie... ¿Por qué
me miras de ese modo...? ¡Estás pálido...! ¿Qué te pasa, Rodia...? ¡Rodia,
querido Rodia!
‑¡Señor!
¡Se ha desmayado! Tú tienes la culpa ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
‑No,
no..., no ha sido nada... Se me ha ido un poco la cabeza, pero no me he desmayado...
No piensas más que en eso... ¿Qué es lo que yo quería decir...? ¡Ah, sí! ¿De
modo que esperas convencerte hoy mismo de que él te aprecia y es digno de tu
estimación? ¿Es esto, no? ¿Es esto lo que has dicho...? ¿O acaso he entendido
mal?
‑Mamá,
da a leer a Rodia la carta de Piotr Petrovitch ‑dijo Dunetchka.
Pulqueria
Alejandrovna le entregó la carta con mano temblorosa. Raskolnikof se apoderó de
ella con un gesto de viva curiosidad. Pero antes de abrirla dirigió a su
hermana una mirada de estupor y dijo lentamente, como obedeciendo a una idea
que le hubiera asaltado de súbito:
‑No
sé por qué me ha de preocupar este asunto... Cásate con quien quieras.
Parecía
hablar consigo mismo, pero había levantado la voz y miraba a su hermana con un
gesto de preocupación. Al fin, y sin que su semblante perdiera su expresión de
estupor, desplegó la carta y la leyó dos veces atentamente. Pulqueria
Alejandrovna estaba profundamente inquieta y todos esperaban algo parecido a
una explosión.
‑No
comprendo absolutamente nada ‑dijo Rodia, pensativo, devolviendo la carta
a su madre y sin dirigirse a nadie en particular‑. Sabe pleitear, como es
propio de un abogado, y cuando habla te hace bastante bien. Pero escribiendo es
un iletrado, un ignorante.
Sus
palabras causaron general estupefacción. No era éste, ni mucho menos, el
comentario que se esperaba.
‑Todos
los hombres de su profesión escriben así ‑dijo Rasumikhine con voz
alterada por la emoción.
‑¿Es
que has leído la carta?
‑Sí.
‑Tenemos
buenos informes de él, Rodia ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, inquieta y
confusa‑. Nos los han dado personas respetables.
‑Es
el lenguaje de los leguleyos ‑dijo Rasumikhine‑. Todos los
documentos judiciales están escritos en ese estilo.
‑Dices
bien: es el estilo de los hombres de leyes, y también de los hombres de
negocios. No es un estilo de persona iletrada, pero tampoco demasiado
literario... En una palabra, es un estilo propio de los negocios.
‑Piotr
Petrovitch no oculta su falta de estudios ‑dijo Avdotia Romanovna, herida
por el tono en que hablaba su hermano‑. Es más: se enorgullece de deberlo
todo a sí mismo.
‑Desde
luego, tiene motivos para estar orgulloso; no digo lo contrario. Al parecer, te
ha molestado que esa carta me haya inspirado solamente una observación poco
seria, y crees que persisto en esta actitud sólo para mortificarte. Por el
contrario, en relación con este estilo he tenido una idea que me parece de
cierta importancia para el caso presente. Me refiero a la frase con que Piotr
Petrovitch advierte a nuestra madre que la responsabilidad será exclusivamente
suya si desatiende su ruego. Estas palabras, en extremo significativas,
contienen una amenaza. Lujine ha decidido marcharse si estoy yo presente. Esto
quiere decir que, si no le obedecéis, está dispuesto a abandonaros a las dos
después de haceros venir a Petersburgo. ¿Qué dices a esto? Estas palabras de
Lujine ¿te ofenden como si vinieran de Rasumikhine, Zosimof o, en fin, de
cualquiera de nosotros?
‑No
‑repuso Dunetchka vivamente‑, porque comprendo que se ha expresado
con ingenuidad casi infantil y que es poco hábil en el manejo de la pluma. Tu
observación es muy aguda, Rodia. Te confieso que ni siquiera la esperaba.
‑Teniendo
en cuenta que es un hombre de leyes, se comprende que no haya sabido decirlo de
otro modo y haya demostrado una grosería que estaba lejos de su ánimo. Sin
embargo, me veo obligado a desengañarte. Hay en esa carta otra frase que es una
calumnia contra mí, y una calumnia de las más viles. Yo entregué ayer el dinero
a esa viuda tísica y desesperada, no «con el pretexto de pagar el entierro»,
como él dice, sino realmente para pagar el entierro, y no a la hija, «cuya mala
conducta es del dominio público» (yo la vi ayer por primera vez en mi vida),
sino a la viuda en persona. En todo esto yo no veo sino el deseo de envilecerme
a vuestros ojos a indisponerme con vosotras. Este pasaje está escrito también
en lenguaje jurídico, por lo que revela claramente el fin perseguido y una
avidez bastante cándida. Es un hombre inteligente, pero no basta ser
inteligente para conducirse con prudencia... La verdad, no creo que ese hombre
sepa apreciar tus prendas. Y conste que lo digo por tu bien, que deseo con toda
sinceridad.
Dunetchka
nada repuso. Ya había tomado su decisión: esperaría que llegase la noche.
‑¿Qué
piensas hacer, Rodia? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna, inquieta ante el
tono reposado y grave que había adoptado su hijo.
‑¿A
qué te refieres?
‑Ya
has visto que Piotr Petrovitch dice que no quiere verte en nuestra casa esta
noche, y que se marchará si... si lo encuentra allí. ¿Qué harás, Rodia: vendrás
o no?
‑Eso
no soy yo el que tiene que decirlo, sino vosotras. Lo primero que debéis hacer
es preguntaros si esa exigencia de Piotr Petrovitch no os parece insultante.
Sobre todo, es Dunia la que habrá de decidir si se siente o no ofendida. Yo ‑terminó
secamente‑ haré lo que vosotras me digáis.
‑Dunetchka
ha resuelto ya la cuestión, y yo soy enteramente de su parecer ‑respondió
al punto Pulqueria Alejandrovna.
‑Lo
que he decidido, Rodia, es rogarte encarecidamente que asistas a la entrevista
de esta noche ‑dijo Dunia‑. ¿Vendrás?
‑Iré.
‑También
a usted le ruego que venga ‑añadió Dunetchka dirigiéndose a Rasumikhine‑.
¿Has oído, mamá? He invitado a Dmitri
Prokofitch.
‑Me
parece muy bien. Que todo se haga de acuerdo con tus deseos. Celebro tu
resolución, porque detesto la ficción y la mentira. Que el asunto se ventile
con toda franqueza. Y si Piotr Petrovitch se molesta, allá él.
IV
En ese
momento, la puerta se abrió sin ruido y apareció una joven que paseó una tímida
mirada por la habitación. Todos los ojos se fijaron en ella con tanta sorpresa
como curiosidad. Raskolnikof no la reconoció en seguida. Era Sonia Simonovna
Marmeladova. La había visto el día anterior ‑por primera vez‑, pero
en circunstancias y con un atavío que habían dejado en su memoria una imagen
completamente distinta de ella. Ahora iba modestamente, incluso pobremente
vestida y parecía muy joven, una muchachita de modales honestos y reservados y
carita inocente y temerosa. Llevaba un vestido sumamente sencillo y un sombrero
viejo y pasado de moda. Su mano empuñaba su sombrilla, único vestigio de su
atavío del día anterior. Fue tal su confusión al ver la habitación llena de
gente, que perdió por completo la cabeza, como si fuera verdaderamente una
niña, y se dispuso a marcharse.
‑¡Ah!
¿Es usted? ‑exclamó Raskolnikof, en el colmo de la sorpresa. Y de pronto
también él se sintió turbado.
Recordó
que su madre y su hermana habían leído en la carta de Lujine la alusión a una
joven cuya mala conducta era del dominio público. Cuando acababa de protestar
de la calumnia de Lujine contra él y de recordar que el día anterior había
visto por primera vez a la muchacha, he aquí que ella misma se presentaba en su
habitación. Se acordó igualmente de que no había pronunciado ni una sola
palabra de protesta contra la expresión «cuya mala conducta es del dominio
público». Todos estos pensamientos cruzaron su mente en plena confusión y con
rapidez vertiginosa, y al mirar atentamente a aquella pobre y ultrajada
criatura, la vio tan avergonzada, que se compadeció de ella. Y cuando la
muchacha se dirigió a la puerta con el propósito de huir, en su ánimo se
produjo súbitamente una especie de revolución.
‑Estaba
muy lejos de esperarla ‑le dijo vivamente, deteniéndola con una mirada‑.
Haga el favor de sentarse. Usted viene sin duda de parte de Catalina Ivanovna.
No, ahí no; siéntese aquí, tenga la bondad.
Al
entrar Sonia, Rasumikhine, que ocupaba una de las tres sillas que había en la
habitación, se había levantado para dejarla pasar. Raskolnikof había empezado
por indicar a la joven el extremo del diván que Zosimof había ocupado hacía un
momento, pero al pensar en el carácter íntimo de este mueble que le servía de
lecho cambió de opinión y ofreció a Sonia la silla de Rasumikhine.
‑Y
tú siéntate ahí ‑dijo a su amigo, señalándole el extremo del diván.
Sonia
se sentó casi temblando y dirigió una tímida mirada a las dos mujeres. Se veía
claramente que ni ella misma podía comprender de dónde había sacado la audacia
necesaria para sentarse cerca de ellas. Y este pensamiento le produjo una
emoción tan violenta, que se levantó repentinamente y, sumida en el mayor
desconcierto, dijo a Raskolnikof, balbuceando:
‑Sólo...
sólo un momento. Perdóneme si he venido a molestarle. Vengo de parte de
Catalina Ivanovna. No ha podido enviar a nadie más que a mí. Catalina Ivanovna
le ruega encarecidamente que asista mañana a los funerales que se celebrarán en
San Mitrofan... y que después venga a casa, a su casa, para la comida... Le
suplica que le conceda este honor.
Dicho
esto, perdió por completo la serenidad y enmudeció.
‑Haré
todo lo posible por... No, no faltaré ‑repuso Raskolnikof, levantándose y
tartamudeando también‑. Tenga la bondad de sentarse ‑dijo de pronto‑.
He de hablarle, si me lo permite. Ya veo que tiene usted prisa, pero le ruego
que me conceda dos minutos.
Le
acercó la silla, y Sonia se volvió a sentar. De nuevo la joven dirigió una
mirada llena de angustiosa timidez a las dos señoras y seguidamente bajó los
ojos. El pálido rostro de Raskolnikof se había teñido de púrpura. Sus facciones
se habían contraído y sus ojos llameaban.
‑Mamá
‑lijo con voz firme y vibrante‑, es Sonia Simonovna
Marmeladova, la hija de ese infortunado señor Marmeladof que ayer fue
atropellado por un coche... Ya os he contado...
Pulqueria
Alejandrovna miró a Sonia, entornando levemente los ojos con un gesto
despectivo. A pesar del temor que le inspiraba la mirada fija y retadora de su
hijo, no pudo privarse de esta satisfacción. Dunetchka se volvió hacia la pobre
muchacha y la observó con grave estupor.
Al
oír que Raskolnikof la presentaba, Sonia levantó los ojos, logrando tan sólo
que su turbación aumentase.
‑Quería
preguntarle ‑dijo Rodia precipitadamente- cómo han ido hoy las cosas en
su casa. ¿Las han molestado mucho? ¿Les ha interrogado la policía?
‑No,
todo se ha arreglado sin dificultad. No había duda sobre las causas de la
muerte. Nos han dejado tranquilas. Sólo los vecinos nos han molestado con sus
protestas.
‑¿Sus
protestas?
‑Sí,
el cadáver llevaba demasiado tiempo en casa y, con este calor, empezaba a oler.
Hoy, a la hora de vísperas, lo trasladarán a la capilla del cementerio.
Catalina Ivanovna se oponía al principio, pero al fin ha comprendido que había
que hacerlo.
‑¿O
sea que hoy se lo llevarán?
‑Sí,
pero las exequias se celebrarán mañana. Catalina Ivanovna le suplica que asista
a ellas y que luego vaya a su casa para participar en la comida de funerales.
‑¡Hasta
comida de funerales...!
‑Una
sencilla colación. También me ha encargado que le dé las gracias por la ayuda que
nos ha prestado. Sin ella, nos habría sido imposible enterrar a mi padre.
Sus
labios y su barbilla empezaron a temblar de súbito, pero contuvo el llanto y
bajó nuevamente los ojos.
Mientras
hablaba con ella, Raskolnikof la observaba atentamente. Era menuda y delgada,
muy delgada, y pálida, de facciones irregulares y un poco angulosas, nariz
pequeña y afilada y mentón puntiagudo. No podía decirse que fuera bonita, pero,
en compensación, sus azules ojos eran tan límpidos y, al animarse, le daban tal
expresión de candor y de bondad, que uno no podía menos de sentirse cautivado.
Otro detalle característico de su rostro y de toda ella era que representaba
menos edad aún de la que tenía. Parecía una niña, a pesar de sus dieciocho
años, infantilidad que se reflejaba, de un modo casi cómico, en algunos de sus
gestos.
‑No
comprendo cómo Catalina Ivanovna ha podido arreglarlo todo con tan escasos
recursos, y menos, que todavía le haya sobrado para dar una colación ‑dijo
Raskolnikof, deseoso de que la conversación no se interrumpiera.
‑El
ataúd es de los más modestos y toda la ceremonia será sumamente sencilla... O
sea, que no le costará mucho. Entre ella y yo lo hemos calculado todo
exactamente; por eso sabemos que quedará lo suficiente para dar la colación de
funerales. Esto es muy importante para Catalina Ivanovna y no se la debe
contrariar... Es un consuelo para ella... Ya sabe usted cómo es...
‑Comprendo,
comprendo... También mi habitación es muy pobre. Mi madre dice que parece una
tumba.
‑¡Y
ayer nos entregó usted hasta su última moneda! ‑murmuró Sonetchka bajando
de nuevo los ojos.
Otra
vez sus labios y su barbilla empezaron a temblar. Apenas había entrado, le
había llamado la atención la pobreza del aposento de Raskolnikof. Lo que
acababa de decir se le había escapado involuntariamente.
Hubo
un silencio. La mirada de Dunetchka se aclaró y Pulqueria Alejandrovna se
volvió hacia Sonia con expresión afable.
‑Como
es natural, Rodia ‑dijo la madre, poniéndose en pie‑, comeremos
juntos... Vámonos, Dunetchka. Y tú, Rodia, deberías ir a dar un paseo, después
descansar un rato y luego venir a reunirte con nosotras... lo antes posible.
Sin duda te hemos fatigado.
‑Iré,
iré ‑se apresuró a contestar Raskolnikof, levantándose‑. Además,
tengo cosas que hacer.
‑¿Qué
quieres decir con eso? ‑exclamó Rasumikhine, mirando fijamente a
Raskolnikof‑. Supongo que no se te habrá pasado por la cabeza comer solo.
Dime: ¿qué piensas hacer?
‑Te
aseguro que iré. Y tú quédate aquí un momento... ¿Podéis dejármelo para un
rato, mamá? ¿Verdad que no lo necesitáis?
‑¡No,
no! Puede quedarse... Pero le ruego, Dmitri Prokofitch, que venga usted también
a comer con nosotros.
‑Yo
también se lo ruego ‑dijo Dunia.
Rasumikhine
asintió haciendo una reverencia. Estaba radiante. Durante un momento, todos
parecieron dominados por una violencia extraña.
‑Adiós,
Rodia. Es decir, hasta luego: no me gusta decir adiós... Adiós, Nastasia. ¡Otra
vez se me ha escapado!
Pulqueria
Alejandrovna tenía intención de saludar a Sonia, pero no supo cómo hacerlo y
salió de la habitación precipitadamente.
En
cambio, Avdotia Romanovna, que parecía haber estado esperando su vez, al pasar
ante Sonia detrás de su madre la saludó amable y gentilmente. Sonetchka perdió
la calma y se inclinó con temeroso apresuramiento. Por su semblante pasó una
sombra de amargura, como si la cortesía y la afabilidad de Avdotia Romanovna le
hubieran producido una impresión dolorosa.
‑Adiós,
Dunia ‑dijo Raskolnikof, que había salido al vestíbulo tras ella‑.
Dame la mano.
‑¡Pero
si ya te la he dado! ¿No lo recuerdas? ‑dijo la joven, volviéndose hacia
él, entre desconcertada y afectuosa.
‑Es
que quiero que me la vuelvas a dar.
Rodia
estrechó fuertemente la mano de su hermana. Dunetchka le sonrió, enrojeció,
libertó con un rápido movimiento su mano y siguió a su madre. También ella se
sentía feliz.
‑¡Todo
ha salido a pedir de boca! ‑dijo Raskolnikof, volviendo al lado de Sonia,
que se había quedado en el aposento, y mirándola con un gesto de perfecta
calma, añadió‑: Que el Señor dé paz a los muertos y deje vivir a los
vivos. ¿No te parece, no te parece? Di, ¿no te parece?
Sonia
advirtió, sorprendida, que el semblante de Raskolnikof se iluminaba
súbitamente. Durante unos segundos, el joven la observó en silencio y
atentamente. Todo lo que su difunto padre le había contado de ella acudió de
pronto a su memoria...
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna apenas llegó con su hija a la calle‑.
¡A quien se le diga que me alegro de haber salido de esta casa...! ¡He
respirado, Dunetchka! ¡Quién me había de decir, cuando estaba en el tren, que
me alegraría de separarme de mi hijo!
‑Piensa
que está enfermo, mamá. ¿No lo ves? Acaso ha perdido la salud a fuerza de
sufrir por nosotras. Hemos de ser indulgentes con él. Se le pueden perdonar
muchas cosas, muchas cosas...
‑Sin
embargo, tú no has sido comprensiva ‑dijo amargamente Pulqueria
Alejandrovna‑. Hace un momento os observaba a los dos. Os parecéis como
dos gotas de agua, y no tanto en lo físico como en lo moral. Los dos sois
severos e irascibles, pero también arrogantes y nobles. Porque él no es
egoísta, ¿verdad, Dunetchka...? Cuando pienso en lo que puede ocurrir esta
noche en casa, se me hiela el corazón.
‑No
te preocupes, mamá: sólo sucederá lo que haya de suceder.
‑Piensa
en nuestra situación, Dunetchka. ¿Qué ocurrirá si Piotr Petrovitch renuncia a
ese matrimonio? ‑preguntó indiscretamente.
‑Sólo
un hombre despreciable puede ser capaz de semejante acción ‑repuso
Dunetchka con gesto brusco y desdeñoso.
Pulqueria
Alejandrovna siguió hablando con su acostumbrada volubilidad.
‑Hemos
hecho bien en marcharnos. Rodia tenía que acudir urgentemente a una cita de
negocios. Le hará bien dar un paseo, respirar el aire libre. En su habitación
hay una atmósfera asfixiante. Pero ¿es posible encontrar aire respirable en
esta ciudad? Las calles son como habitaciones sin ventana. ¡Qué ciudad, Dios
mío! ¡Cuidado no te atropellen...! Mira, transportan un piano... Aquí la gente
anda empujándose... Esa muchacha me inquieta.
‑¿Qué
muchacha?
‑Esa
Sonia Simonovna.
‑¿Por
qué te inquieta?
‑Tengo
un presentimiento, Dunia. ¿Me creerás si te digo que, apenas la he visto
entrar, he sentido que es la causa principal de todo?
‑¡Eso
es absurdo! ‑‑exclamó Dunia, indignada‑. Para los
presentimientos eres única. Ayer la vio por primera vez. Ni siquiera la ha
reconocido en el primer momento.
‑Ya
veremos quién tiene razón... Desde luego, esa joven me inquieta... He sentido
verdadero miedo cuando me ha mirado con sus extraños ojos. He tenido que hacer
un esfuerzo para no huir... ¡Y nos la ha presentado! Esto es muy significativo.
Después de lo que Piotr Petrovitch nos dice de ella en la carta, nos la
presenta... No me cabe duda de que está enamorado de ella.
‑No
hagas caso de lo que diga Lujine. También se ha hablado y escrito mucho sobre
nosotras. ¿Es que lo has olvidado...? Estoy segura de que es una buena chica y
de que todo lo que se cuenta de ella son estúpidas habladurías.
‑¡Ojalá
sea así!
‑Y
Piotr Petrovitch es un chismoso ‑exclamó súbitamente Dunetchka.
Pulqueria
Alejandrovna se contuvo y en este punto terminó la conversación.
‑Ven;
tenemos que hablar ‑dijo Raskolnikof a Rasumikhine, llevándoselo junto a
la ventana.
‑Ya
diré a Catalina Ivanovna que vendrá usted a los funerales ‑dijo Sonia
precipitadamente y disponiéndose a marcharse.
‑Un
momento, Sonia Simonovna. No se trata de ningún secreto; de modo que usted no
nos molesta lo más mínimo... Todavía tengo algo que decirle.
Se
volvió de nuevo hacia Rasumikhine y continuó:
‑Quiero
hablarte de ése..., ¿cómo se llama...? ¡Ah, sí! Porfirio Petrovitch... Tú le conoces,
¿verdad?
‑¿Cómo
no lo he de conocer si somos parientes? Bueno, ¿de qué se trata? ‑preguntó
con viva curiosidad.
‑Creo
que es él el que instruye el sumario de... de ese asesinato que comentabais
ayer. ¿No?
‑Sí,
¿y qué? ‑preguntó Rasumikhine, abriendo exageradamente los ojos.
‑Tengo
entendido que ha interrogado a todos los que tenían algún objeto empeñado en
casa de la vieja. Yo también tenía algo empeñado..., muy poca cosa..., una
sortija que me dio mi hermana cuando me vine a Petersburgo, y el reloj de plata
de mi padre. Las dos cosas juntas sólo valen cinco o seis rublos, pero como
recuerdos tienen un gran valor para mí. ¿Qué te parece que haga? No quisiera
perder esos objetos, especialmente el reloj de mi padre. Hace un momento,
temblaba al pensar que mi madre podía decirme que quería verlo, sobre todo
cuando estábamos hablando del reloj de Dunetchka. Es el único objeto que nos
queda de mi padre. Si lo perdiéramos, a mi madre le costaría una enfermedad. Ya
Sabes cómo son las mujeres. Dime, ¿qué debo hacer? Ya sé que hay que ir a la
comisaría para prestar declaración. Pero si pudiera hablar directamente con
Porfirio... ¿Qué te parece...? Así se solucionaría más rápidamente el asunto...
Ya verás como, apenas nos sentemos a la mesa, mi madre me habla del reloj.
Rasumikhine
dio muestras de una emoción extraordinaria.
‑No
tienes que ir a la policía para nada. Porfirio lo solucionará todo... Me has
dado una verdadera alegría... Y ¿para qué esperar? Podemos ir inmediatamente.
Lo tenemos a dos pasos de aquí. Estoy seguro de que lo encontraremos.
‑De
acuerdo: vamos.
‑Se
alegrará mucho de conocerte. ¡Le he hablado tantas veces de ti...! Ayer mismo
te nombramos... ¿De modo que conocías a la vieja? ¡Estupendo...! ¡Ah! Nos
habíamos olvidado de que está aquí Sonia Ivanovna.
‑Sonia
Simonovna ‑rectificó Raskolnikof‑. Éste es mi amigo Rasumikhine,
Sonia Simonovna; un buen muchacho...
‑Si
se han de marchar ustedes... ‑comenzó a decir Sonia, cuya confusión había
aumentado al presentarle Rodia a Rasumikhine, hasta el punto de que no se
atrevía a levantar los ojos hacia él.
‑Vamos
‑decidió Raskolnikof‑. Hoy mismo pasaré por su casa, Sonia
Simonovna. Haga el favor de darme su dirección.
Dijo
esto con desenvoltura pero precipitadamente y sin mirarla. Sonia le dio su
dirección, no sin ruborizarse, y salieron los tres.
‑No
has cerrado la puerta ‑dijo Rasumikhine cuando empezaban a bajar la
escalera.
‑No
la cierro nunca... Además, no puedo. Hace dos años que quiero comprar una
cerradura.
Había
dicho esto con aire de despreocupación. Luego exclamó, echándose a reír y
dirigiéndose a Sonia:
‑¡Feliz
el hombre que no tiene nada que guardar bajo llave! ¿No cree usted?
Al
llegar a la puerta se detuvieron.
‑Usted
va hacia la derecha, ¿verdad, Sonia Simonovna...? ¡Ah, oiga! ¿Cómo ha podido encontrarme?
‑preguntó en el tono del que dice una cosa muy distinta de la que iba a
decir. Ansiaba mirar aquellos ojos tranquilos y puros, pero no se atrevía.
‑Ayer
dio usted su dirección a Poletchka.
‑¿Poletchka?
¡Ah, sí; su hermanita! ¿Dice usted que le di mi dirección?
‑Sí,
¿no se acuerda?
‑Sí,
sí; ya recuerdo.
‑Yo
había oído ya hablar de usted al difunto, pero no sabía su nombre. Creo que
incluso mi padre lo ignoraba. Pero ayer lo supe, y hoy, al venir aquí, he
podido preguntar por «el señor Raskolnikof». Yo no sabía que también usted
vivía en una pensión. Adiós. Ya diré a Catalina Ivanovna...
Se
sintió feliz al poderse marchar y se alejó a paso ligero y con la cabeza baja.
Anhelaba llegar a la primera travesía para quedar al fin sola, libre de la
mirada de los dos jóvenes, y poder reflexionar, avanzando lentamente y la
mirada perdida en la lejanía, en todos los detalles, hasta los más mínimos, de
su reciente visita. También deseaba repasar cada una de las palabras que había
pronunciado. No había experimentado jamás nada parecido. Todo un mundo ignorado
surgía confusamente en su alma.
De
pronto se acordó de que Raskolnikof le había anunciado su intención de ir a
verla aquel mismo día, y pensó que tal vez fuera aquella misma mañana.
‑Si
al menos no viniera hoy... ‑murmuró, con el corazón palpitante como un
niño asustado‑. ¡Señor! ¡Venir a mi casa, a mi habitación...! Allí
verá...
Iba
demasiado preocupada para darse cuenta de que la seguía un desconocido.
En
el momento en que Raskolnikof, Rasumikhine y Sonia se habían detenido ante la
puerta de la casa, conversando, el desconocido pasó cerca de ellos y se
estremeció al cazar al vuelo casualmente estas palabras de Sonia:
‑...
he podido preguntar por el señor Raskolnikof.
Entonces
dirigió a los tres, y especialmente a Raskolnikof, al que se había dirigido
Sonia, una rápida pero atenta mirada, y después levantó la vista y anotó el
número de la casa. Hizo todo esto en un abrir y cerrar de ojos y de modo que no
fue advertido por nadie. Luego se alejó y fue acortando el paso, como quien
quiere dar tiempo a que otro lo alcance. Había visto que Sonia se despedía de
sus dos amigos y dedujo que se encaminaría a su casa.
«¿Dónde
vivirá? ‑pensó‑. Yo he visto a esta muchacha en alguna parte.
Procuraré recordar.»
Cuando
llegó a la primera bocacalle, pasó a la esquina de enfrente y se volvió,
pudiendo advertir que la muchacha había seguido la misma dirección que él sin
darse cuenta de que la espiaban. La joven llegó a la travesía y se internó por
ella, sin cruzar la calzada. El desconocido continuó su persecución por la
acera opuesta, sin perder de vista a Sonia, y cuando habían recorrido unos
cincuenta pasos, él cruzó la calle y la siguió por la misma acera, a unos cinco
pasos de distancia.
Era
un hombre corpulento, que representaba unos cincuenta años y cuya estatura
superaba a la normal. Sus anchos y macizos hombros le daban el aspecto de un
hombre cargado de espaldas. Iba vestido con una elegancia natural que, como
todo su continente, denunciaba al gentilhombre. Llevaba un bonito bastón que
resonaba en la acera a cada paso y unos guantes nuevos. Su amplio rostro, de
pómulos salientes, tenía una expresión simpática, y su fresca tez evidenciaba
que aquel hombre no residía en una ciudad. Sus tupidos cabellos, de un rubio
claro, apenas empezaban a encanecer. Su poblada y hendida barba, todavía más
clara que sus cabellos; sus azules ojos, de mirada fija y pensativa, y sus
rojos labios, indicaban que era un hombre superiormente conservado y que
parecía más joven de lo que era en realidad.
Cuando
Sonia desembocó en el malecón, quedaron los dos solos en la acera. El
desconocido había tenido tiempo sobrado para observar que la joven iba
ensimismada. Sonia llegó a la casa en que vivía y cruzó el portal. Él entró
tras ella un tanto asombrado. La joven se internó en el patio y luego en la
escalera de la derecha, que era la que conducía a su habitación. El desconocido
lanzó una exclamación de sorpresa y empezó a subir la misma escalera que Sonia.
Sólo en este momento se dio cuenta la joven de que la seguían.
Sonia
llegó al tercer piso, entró en un corredor y llamó en una puerta que ostentaba
el número 9 y dos palabras escritas con tiza: «Kapernaumof, sastre.»
‑¡Qué
casualidad! ‑exclamó el desconocido.
Y
llamó a la puerta vecina, la señalada con el número 8. Entre ambas puertas
había una distancia de unos seis pasos.
‑¿De
modo que vive usted en casa de Kapernaumof? ‑dijo el caballero
alegremente‑. Ayer me arregló un chaleco. Además, soy vecino de usted:
vivo en casa de la señora Resslich Gertrudis Pavlovna. El mundo es un pañuelo.
Sonia
le miró fijamente.
‑Sí,
somos vecinos ‑continuó el caballero, con desbordante jovialidad‑.
Estoy en Petersburgo desde hace sólo dos días. Para mí será un placer volver a
verla.
Sonia
no contestó. En este momento le abrieron la puerta, y entró en su habitación.
Estaba avergonzada y atemorizada.
Rasumikhine
daba muestras de gran agitación cuando iba en busca de Porfirio Petrovitch,
acompañado de Rodia.
‑Has
tenido una gran idea, querido, una gran idea ‑dijo varias veces‑. Y
créeme que me alegro, que me alegro de veras.
«¿Por
qué se ha de alegrar?», se preguntó Raskolnikof.
‑No
sabía que tú también empeñabas cosas en casa de la vieja. ¿Hace mucho tiempo de
eso? Quiero decir que si hace mucho tiempo que has estado en esa casa por
última vez.
«Es
muy listo, pero también muy ingenuo», se dijo Raskolnikof.
‑¿Cuándo
estuve por última vez? ‑preguntó, deteniéndose como para recordar mejor‑.
Me parece que fue tres días antes del crimen... Te advierto que no quiero
recoger los objetos en seguida ‑se apresuró a aclarar, como si este punto
le preocupara especialmente‑, pues no me queda más que un rublo después
del maldito «desvarío» de ayer.
Y
subrayó de un modo especial la palabra «desvarío».
‑¡Comprendido,
comprendido! ‑exclamó con vehemencia Rasumikhine y sin que se pudiera
saber exactamente qué era lo que comprendía con tanto entusiasmo‑. Esto
explica que te mostraras entonces tan... impresionado... E incluso en tu
delirio nombrabas sortijas y cadenas... Todo aclarado; ya se ha aclarado
todo...
«Ya
salió aquello. Están dominados por esta idea. Incluso este hombre que seria
capaz de dejarse matar por mi se siente feliz al poder explicarse por qué
hablaba yo de sortijas en mi delirio. Todo esto los ha confirmado en sus
suposiciones.»
‑¿Crees
que encontraremos a Porfirio? ‑preguntó Raskolnikof en voz alta.
‑¡Claro
que lo encontraremos! ‑repuso vivamente Rasumikhine‑. Ya verás qué
tipo tan interesante. Un poco brusco, eso sí, a pesar de ser un hombre de
mundo. Bien es verdad que yo no le considero brusco porque carezca de
mundología. Es inteligente, muy inteligente. Está muy lejos de ser un grosero,
a pesar de su carácter especial. Es desconfiado, escéptico, cínico. Le gusta
engañar, chasquear a la gente, y es fiel al viejo sistema de las pruebas
materiales... Sin embargo, conoce a fondo su oficio. El año pasado desembrolló
un caso de asesinato del que sólo existían ligeros indicios. Tiene grandes
deseos de conocerte.
‑¿Grandes
deseos? ¿Por qué?
‑Bueno,
tal vez he exagerado... Oye; últimamente, es decir, desde que te pusiste
enfermo, le he hablado mucho de ti. Naturalmente, él me escuchaba. Y cuando le
dije que eras estudiante de Derecho y que no podías terminar tus estudios por
falta de dinero, exclamó: «¡Es lamentable!» De esto deduzco... Mejor dicho, del
conjunto de todos estos detalles... Ayer, Zamiotof... Oye, Rodia, cuando te
llevé ayer a tu casa estaba embriagado y dije una porción de tonterías.
Lamentaría que hubieras tomado demasiado en serio mis palabras.
‑¿A
qué te refieres? ¿A la sospecha de esos hombres de que estoy loco? Pues bien,
tal vez no se equivoquen.
Y
se echó a reír forzadamente.
‑Si,
si... ¡digo, no...! Lo cierto es que todo lo que dije anoche sobre esa cuestión
y sobre todas eran divagaciones de borracho.
‑Entonces,
¿para qué excusarse? ¡Si supieras cómo me fastidian todas estas cosas! ‑exclamó
Raskolnikof con una irritación fingida en parte.
‑Lo
sé, lo sé. Lo comprendo perfectamente; te aseguro que lo comprendo. Incluso me
da vergüenza hablar de ello.
‑Si
te da vergüenza, cállate.
Los
dos enmudecieron. Rasumikhine estaba encantado, y Raskolnikof se dio cuenta de
ello con una especie de horror. Lo que su amigo acababa de decirle acerca de
Porfirio Petrovitch no dejaba de inquietarle.
«Otro
que me compadece ‑pensó, con el corazón agitado y palideciendo‑.
Ante éste tendré que fingir mejor y con más naturalidad que ante Rasumikhine.
Lo más natural sería no decir nada, absolutamente nada... No, no; esto también
podría parecer poco natural... En fin, dejémonos llevar de los
acontecimientos... En seguida veremos lo que sucede... ¿He hecho bien en venir
o no? La mariposa se arroja a la llama ella misma... El corazón me late con
violencia... Mala cosa.»
‑Es
esa casa gris ‑lijo Rasumikhine.
«Es
de gran importancia saber si Porfirio está enterado de que estuve ayer en casa
de esa bruja y de las preguntas que hice sobre la sangre. Es necesario que yo
sepa esto inmediatamente, que yo lea la verdad en su semblante apenas entre en
el despacho, al primer paso que dé. De lo contrario, no sabré cómo proceder, y
ya puedo darme por perdido.»
‑¿Sabes
lo que te digo? ‑preguntó de pronto a Rasumikhine con una sonrisa maligna‑.
Que he observado que toda la mañana te domina una gran agitación. De veras.
‑¿Agitación?
Nada de eso ‑repuso, mortificado, Rasumikhine.
‑No
lo niegues. Eso se ve a la legua. Hace un rato estabas sentado en el borde de
la silla, cosa que no haces nunca, y parecías tener calambres en las piernas. A
cada momento te sobresaltabas sin motivo, y unas veces tenías cara de hombre
amargado y otras eras un puro almíbar. Te has sonrojado varias veces y te has
puesto como la púrpura cuando te han invitado a comer.
‑Todo
eso son invenciones tuyas. ¿Qué quieres decir?
‑A
veces eres tímido como un colegial. Ahora mismo te has puesto colorado.
‑¡Imbécil!
‑Pero
¿a qué viene esa confusión? ¡Eres un Romeo! Ya contaré todo esto en cierto
sitio. ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo voy a hacer reír a mi madre! ¡Y a otra persona!
‑Oye,
oye... Hablemos en serio... Quiero saber... ‑balbuceó Rasumikhine,
aterrado‑. ¿Qué piensas contarles? Oye, querido... ¡Eres un majadero!
‑Estás
hecho una rosa de primavera... ¡Si vieras lo bien que esto te sienta! ¡Un Romeo
de tan aventajada estatura! ¡Y cómo te has lavado hoy! Incluso te has limpiado
las uñas. ¿Cuándo habías hecho cosa semejante? Que Dios me perdone, pero me
parece que hasta te has puesto pomada en el pelo. A ver: baja un poco la
cabeza.
‑¡Imbécil!
Raskolnikof
se reía de tal modo, que parecía no poder cesar de reír. La hilaridad le duraba
todavía cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Esto era lo que él
quería. Así, desde el despacho le oyeron entrar en la casa riendo, y siguieron
oyendo estas risas cuando los dos amigos llegaron a la antesala.
‑¡Ojo
con decir aquí una sola palabra, porque te hago papilla! ‑dijo
Rasumikhine fuera de sí y atenazando con su mano el hombro de su amigo.
V
Raskolnikof
entró en el despacho con el gesto del hombre que hace descomunales esfuerzos
para no reventar de risa. Le seguía Rasumikhine, rojo como la grana, cohibido,
torpe y transfigurado por el furor del semblante. Su cara y su figura tenían en
aquellos momentos un aspecto cómico que justificaba la hilaridad de su amigo.
Raskolnikof, sin esperar a ser presentado, se inclinó ante el dueño de la casa,
que estaba de pie en medio del despacho, mirándolos con expresión
interrogadora, y cambió con él un apretón de manos. Pareciendo todavía que
hacía un violento esfuerzo para no echarse a reír, dijo quién era y cómo se
llamaba. Pero apenas se había mantenido serio mientras murmuraba algunas
palabras, sus ojos miraron casualmente a Rasumikhine. Entonces ya no pudo
contenerse y lanzó una carcajada que, por efecto de la anterior represión,
resultó más estrepitosa que las precedentes.
El
extraordinario furor que esta risa loca despertó en Rasumikhine prestó, sin que
éste lo advirtiera, un buen servicio a Raskolnikof.
‑¡Demonio
de hombre! ‑gruñó Rasumikhine, con un ademán tan violento que dio un
involuntario manotazo a un velador sobre el que había un vaso de té vacío. Por
efecto del golpe, todo rodó por el suelo ruidosamente.
‑No
hay que romper los muebles, señores míos ‑exclamó Porfirio Petrovitch
alegremente‑. Esto es un perjuicio para el Estado.
Raskolnikof
seguía riendo, y de tal modo, que se olvidó de que su mano estaba en la de
Porfirio Petrovitch. Sin embargo, consciente de que todo tiene su medida,
aprovechó un momento propicio para recobrar la seriedad lo más naturalmente
posible. Rasumikhine, al que el accidente que su conducta acababa de provocar
había sumido en el colmo de la confusión, miró un momento con expresión sombría
los trozos de vidrio, después escupió, volvió la espalda a Porfirio y a
Raskolnikof, se acercó a la ventana y, aunque no veía, hizo como si mirase al
exterior. Porfirio Petrovitch reía por educación, pero se veía claramente que
esperaba le explicasen el motivo de aquella visita.
En
un rincón estaba Zamiotof sentado en una silla. Al aparecer los visitantes se
había levantado, esbozando una sonrisa. Contemplaba la escena con una expresión
en que el asombro se mezclaba con la desconfianza, y observaba a Raskolnikof
incluso con una especie de turbación. La aparición inesperada de Zamiotof
sorprendió desagradablemente al joven, que se dijo:
«Otra
cosa en que hay que pensar.»
Y
manifestó en voz alta, con una confusión fingida:
‑Le
ruego que me perdone...
‑Pero
¿qué dice usted? ¡Si estoy encantado! Ha entrado usted de un modo tan
agradable... ‑repuso Porfirio Petrovitch, y añadió, indicando a
Rasumikhine con un movimiento de cabeza‑. Ése, en cambio, ni siquiera me
ha dado los Buenos días.
‑Se
ha indignado conmigo no sé por qué. Por el camino le he dicho que se parecía a
Romeo y le he demostrado que mi comparación era justa. Esto es todo lo que ha
habido entre nosotros.
‑¡Imbécil!
‑exclamó Rasumikhine sin volver la cabeza.
‑Debe
de tener sus motivos para tomar en serio una broma tan inofensiva ‑‑comentó
Porfirio echándose a reír.
‑Oye,
juez de instrucción... ‑empezó a decir Rasumikhine‑. ¡Bah! ¡Que el
diablo os lleve a todos!
Y
se echó a reír de buena gana: había recobrado de súbito su habitual buen humor.
‑¡Basta
de tonterías! ‑dijo, acercándose alegremente a Porfirio Petrovitch‑.
Sois todos unos imbéciles... Bueno, vamos a lo que interesa. Te presento a mi
amigo Rodion Romanovitch Raskolnikof, que ha oído hablar mucho de ti y deseaba
conocerte. Además, quiere hablar contigo de cierto asuntillo... ¡Hombre,
Zamiotof! ¿Cómo es que estás aquí? Esto prueba que conoces a Porfirio
Petrovitch. ¿Desde cuándo?
«¿Qué
significa todo esto?, se dijo, inquieto, Raskolnikof.
Zamiotof
se sentía un poco violento.
‑Nos
conocimos anoche en tu casa ‑respondió.
‑No
cabe duda de que Dios está en todas partes. Imagínate, Porfirio, que la semana
pasada me rogó insistentemente que te lo presentase, y vosotros habéis trabado
conocimiento prescindiendo de mí. ¿Dónde tienes el tabaco?
Porfirio
Petrovitch iba vestido con ropa de casa: bata, camisa blanquísima y unas
zapatillas viejas. Era un hombre de treinta y cinco años, de talla superior a
la media, bastante grueso e incluso con algo de vientre. Iba perfectamente
afeitado y no llevaba bigote ni patillas. Su cabello, cortado al rape, coronaba
una cabeza grande, esférica y de abultada nuca. Su cara era redonda, abotagada
y un poco achatada; su tez, de un amarillo fuerte, enfermizo. Sin embargo,
aquel rostro denunciaba un humor agudo y un tanto burlón. Habría sido una cara
incluso simpática si no lo hubieran impedido sus ojos, que brillaban
extrañamente, cercados por unas pestañas casi blancas y unos párpados que
pestañeaban de continuo. La expresión de esta mirada contrastaba extrañamente
con el resto de aquella fisonomía casi afeminada y le prestaba una seriedad que
no se percibía en el primer momento.
Apenas
supo que Raskolnikof tenía que tratar cierto asunto con él, Porfirio Petrovitch
le invitó a sentarse en el sofá. Luego se sentó él en el extremo opuesto al
ocupado por Raskolnikof y le miró fijamente, en espera de que le expusiera la
anunciada cuestión. Le miraba con esa atención tensa y esa gravedad extremada
que pueden turbar a un hombre, especialmente cuando ese hombre es casi un
desconocido y sabe que el asunto que ha de tratar está muy lejos de merecer la
atención exagerada y aparatosa que se le presta. Sin embargo, Raskolnikof le
puso al corriente del asunto con pocas y precisas palabras. Luego, satisfecho
de si mismo, halló la serenidad necesaria para observar atentamente a su
interlocutor. Porfirio Petrovitch no apartó de él los ojos en ningún momento
del diálogo, y Rasumikhine, que se habia sentado frente a ellos, seguía con
vivísima atención aquel cambio de palabras. Su mirada iba del juez de
instrucción a su amigo y de su amigo al juez de instrucción sin el menor
disimulo.
«¡Qué
idiota!», exclamó mentalmente Raskolnikof.
‑Tendrá
que prestar usted declaración ante la policía ‑repuso Porfirio Petrovitch
con acento perfectamente oficial‑. Deberá usted manifestar que, enterado
del hecho, es decir, del asesinato, ruega que se advierta al juez de
instrucción encargado de este asunto que tales y cuales objetos son de su
propiedad y que desea usted desempeñarlos. Además, ya recibirá una comunicación
escrita.
‑Pero
lo que ocurre ‑dijo Raskolnikof, fingiéndose confundido lo mejor que pudo‑
es que en este momento estoy tan mal de fondos, que ni siquiera tengo el dinero
necesario para rescatar esas bagatelas. Por eso me limito a declarar que esos
objetos me pertenecen y que cuando tenga dinero...
‑Eso
no importa ‑le interrumpió Porfirio Petrovitch, que pareció acoger
fríamente esta declaración de tipo económico‑. Además, usted puede
exponerme por escrito lo que me acaba de decir, o sea que, enterado de esto y
aquello, se declara propietario de tales objetos y ruega...
‑¿Puedo
escribirle en papel corriente? ‑le interrumpió Raskolnikof, con el
propósito de seguir demostrando que sólo le interesaba el aspecto práctico de
la cuestión.
‑Sí,
el papel no importa.
Dicho
esto, Porfirio Petrovitch adoptó una expresión francamente burlona. Incluso
guiñó un ojo como si hiciera un signo de inteligencia a Raskolnikof. Acaso esto
del signo fue simplemente una ilusión del joven, pues todo transcurrió en un
segundo. Sin embargo, algo debía de haber en aquel gesto. Que le había guiñado
un ojo era seguro. ¿Con qué intención? Eso sólo el diablo lo sabía.
«Este
hombre sabe algo, pensó en el acto Raskolnikof. Y dijo en voz alta, un tanto
desconcertado:
‑Perdone
que le haya molestado por tan poca cosa. Esos objetos sólo valen unos cinco
rublos, pero como recuerdos tienen un gran valor para mi. Le confieso que sentí
gran inquietud cuando supe...
‑Eso
explica que ayer te estremecieras al oírme decir a Zosimof que Porfirio estaba
interrogando a los propietarios de los objetos empeñados ‑‑exclamó
Rasumikhine con una segunda intención evidente.
Esto
era demasiado. Raskolnikof no pudo contenerse y lanzó a su amigo una mirada
furiosa. Pero en seguida se sobrepuso.
‑Tú
todo lo tomas a broma ‑dijo con una irritación que no tuvo que fingir‑.
Admito que me preocupan profundamente cosas que para ti no tienen importancia,
pero esto no es razón para que me consideres egoísta e interesado, pues repito
que esos dos objetos tan poco valiosos tienen un gran valor para mí. Hace un
momento te he dicho que ese reloj de plata es el único recuerdo que tenemos de
mi padre. Búrlate si quieres, pero mi madre acaba de llegar ‑manifestó
dirigiéndose a Porfirio‑, y si se enterase ‑continuó, volviendo a
hablar a Rasumikhine y procurando que la voz le temblara de que ese reloj se
había perdido, su desesperación no tendría límites. Ya sabes cómo son las
mujeres.
‑¡Estás
muy equivocado! ¡No me has entendido! Yo no he pensado nada de lo que dices,
sino todo lo contrario ‑protestó, desolado, Rasumikhine.
«¿Lo
habré hecho bien? ¿No habré exagerado? ‑pensó Raskolnikof, temblando de
inquietud‑. ¿Por qué habré dicho eso de "Ya sabes cómo son las
mujeres"?»
‑¿De
modo que su madre ha venido a verle? ‑preguntó Porfirio Petrovitch.
‑Sí.
‑¿Y
cuándo ha llegado?
‑Ayer
por la tarde.
Porfirio
no dijo nada: parecía reflexionar.
‑Sus
objetos no pueden haberse perdido ‑manifestó al fin, tranquilo y
fríamente‑. Hace tiempo que esperaba su visita.
Dicho
esto, se volvió con toda naturalidad hacia Rasumikhine, que estaba echando
sobre la alfombra la ceniza de su cigarrillo, y le acercó un cenicero.
Raskolnikof se había estremecido, pero el juez instructor, atento al cigarrillo
de Rasumikhine, no pareció haberlo notado.
‑¿Dices
que lo esperabas? ‑preguntó Rasumikhine a Porfirio Petrovitch‑.
¿Acaso sabías que tenía cosas empeñadas?
Porfirio
no le respondió, sino que habló a Raskolnikof directamente:
‑Sus
dos objetos, la sortija y el reloj, estaban en casa de la víctima, envueltos en
un papel sobre el cual se leía el nombre de usted, escrito claramente con lápiz
y, a continuación, la fecha en que la prestamista había recibido los objetos.
‑¡Qué
memoria tiene usted! ‑exclamó Raskolnikof iniciando una sonrisa.
Ponía
gran empeño en fijar su mirada serenamente en los ojos del juez, pero no pudo
menos de añadir:
‑He
hecho esta observación porque supongo que los propietarios de objetos empeñados
son muy numerosos y lo natural sería que usted no los recordara a todos. Pero
veo que me he equivocado: usted no ha olvidado ni siquiera uno..., y... y...
«¡Qué
estúpido soy! ¿Qué necesidad tenía de decir esto?» ‑Es que todos los
demás se han presentado ya. Sólo faltaba usted ‑dijo Porfirio Petrovitch
con un tonillo de burla casi imperceptible.
‑No
me sentía bien.
‑Ya
me enteré. También supe que algo le había trastornado profundamente. Incluso
ahora está usted un poco pálido.
‑Pues
me encuentro admirablemente ‑replicó al punto Raskolnikof, en tono
tajante y furioso.
Sentía
hervir en él una cólera que no podía reprimir.
«Esta
indignación me va a hacer cometer alguna tontería. Pero ¿por qué se obstinan en
torturarme?»
‑Dice
que no se sentía bien ‑exclamó Rasumikhine‑, y esto es poco menos
que no decir nada. Pues lo cierto es que hasta ayer el delirio apenas le ha
dejado... Puedes creerme, Porfirio: apenas se tiene en pie... Pues bien, ayer
aprovechó un momento, unos minutos, en que Zosimof y yo le dejamos, para
vestirse, salir furtivamente y marcharse a Dios sabe dónde. ¡Y esto en pleno
delirio! ¿Has visto cosa igual? ¡Este hombre es un caso!
‑¿En
pleno delirio? ¡Qué locura! ‑exclamó Porfirio Petrovitch, sacudiendo la
cabeza.
‑¡Eso
es mentira! ¡No crea usted ni una palabra...! Pero sobra esta advertencia,
porque usted no lo ha creído, ni mucho menos ‑dejó escapar Raskolnikof,
aturdido por la cólera.
Pero
Porfirio no dio muestras de entender estas extrañas palabras.
‑¿Cómo
te habrías atrevido a salir si no hubieses estado delirando? ‑exclamó
Rasumikhine, perdiendo la calma a su vez‑: ¿Por qué saliste? ¿Con qué
intención? ¿Y por qué lo hiciste a escondidas? Confiesa que no podías estar en
tu juicio. Ahora que ha pasado el peligro, puedo hablarte francamente.
‑Me
fastidiaron insoportablemente ‑dijo Raskolnikof, dirigiéndose a Porfirio
con una sonrisa burlona, insolente, retadora‑. Huí para ir a alquilar una
habitación donde no pudieran encontrarme. Y llevaba en el bolsillo una buena
cantidad de dinero. El señor Zamiotof lo sabe porque lo vio. Por lo tanto,
señor Zamiotof, le ruego que resuelva usted nuestra disputa. Diga: ¿estaba
delirando o conservaba mi sano juicio?
De
buena gana habría estrangulado a Zamiotof, tanto le irritaron su silencio y sus
miradas equívocas.
‑Me
pareció ‑dijo al fin Zamiotof secamente‑ que hablaba usted como un
hombre razonable; es más, como un hombre... prudente; sí, prudente. Pero
también parecía usted algo exasperado.
‑Y
hoy ‑intervino Porfirio Petrovitch‑ Nikodim Fomitch me ha contado
que le vio ayer, a hora muy avanzada, en casa de un funcionario que acababa de
ser atropellado por un coche.
‑¡Ahí
tenemos otra prueba! ‑exclamó al punto Rasumikhine‑. ¿No es cierto
que te condujiste como un loco en casa de ese desgraciado? Entregaste todo el
dinero a la viuda para el entierro. Bien que la socorrieras, que le dieses
quince, hasta veinte rublos, con lo que te habrían quedado cinco para ti; pero
no todo lo que tenías...
‑A
lo mejor, es que me he encontrado un tesoro. Esto justificaría mi generosidad.
Ahí tienes al señor Zamiotof, que cree que, en efecto, me lo he encontrado...
Y
añadió, dirigiéndose a Porfirio Petrovitch, con los labios temblorosos:
‑Perdone
que le hayamos molestado durante media hora con una charla tan inútil. Está
usted abrumado, ¿verdad?
‑¡Qué
disparate! Todo lo contrario. Usted no sabe hasta qué extremo me interesa su
compañía. Me encanta verle y oírle... Celebro de veras, puede usted creerme,
que al fin se haya decidido a venir.
‑Danos
un poco de té ‑dijo Rasumikhine‑. Tengo la garganta seca.
‑Buena
idea. Tal vez a estos señores les venga el té tan bien como a ti... ¿No quieres
nada sólido antes?
‑¡Hala!
No te entretengas.
Porfirio
Petrovitch fue a encargar el té.
La
mente de Raskolnikof era un hervidero de ideas. El joven estaba furioso.
«Lo
más importante es que ni disimulan ni se andan con rodeos. ¿Por qué, sin
conocerme, has hablado de mí con Nikodim Fomitch, Porfirio Petrovitch? Esto
demuestra que no ocultan que me siguen la pista como una jauría de sabuesos. Me
están escupiendo en plena cara.»
Y
al pensar esto, temblaba de cólera.
«Pero
llevad cuidado y no pretendáis jugar conmigo como el gato con el ratón. Esto no
es noble, Porfirio Petrovitch, y yo no lo puedo permitir. Si seguís así, me
levantaré y os arrojaré a la cara toda la verdad. Entonces veréis hasta qué
punto os desprecio.»
Respiraba
penosamente.
«¿Pero
y si me equivoco y todo esto no son más que figuraciones mías? Podría ser todo
un espejismo, podría haber interpretado mal las cosas a causa de mi ignorancia.
¿Es que no voy a ser capaz de mantener mi bajo papel? Tal vez no tienen ninguna
intención oculta... Las cosas que dicen son perfectamente normales... Sin
embargo, se percibe tras ellas algo que... Cualquiera podría expresarse como
ellos, pero sin duda bajo sus palabras se oculta una segunda intención... ¿Por
qué Porfirio no ha nombrado francamente a la vieja? ¿Por qué Zamiotof ha dicho
que yo me había expresado como un hombre "prudente"? ¿Y a qué viene
ese tono en que hablan? Sí, ese tono... Rasumikhine lo ha presenciado todo.
¿Por qué, pues, no le ha sorprendido nada de eso? Ese majadero no se da cuenta
de nada... Vuelvo a sentir fiebre... ¿Me habrá guiñado el ojo Porfirio o habrá
sido simplemente un tic? Sin duda, sería absurdo que me lo hubiera guiñado...
¿A santo de qué? ¿Quieren exasperarme...? ¿Me desprecian...? ¿Son suposiciones
mías...? ¿Lo saben todo...? Zamiotof se muestra insolente... ¿No me
equivocaré...? Debe de haber reflexionado durante la noche. Yo presentía que
estaría aquí... Está en esta casa como en la suya. ¿Puede ser la primera vez
que viene? Además, Porfirio no le trata como a un extraño, puesto que le vuelve
la espalda. Están de acuerdo; sí, están de acuerdo sobre mí. Y lo más probable
es que hayan hablado de mí antes de nuestra llegada... ¿Sabrán algo de mi
visita a las habitaciones de la vieja? Es preciso averiguarlo cuanto antes.
Cuando he dicho que había salido para alquilar una habitación, Porfirio no ha
dado muestras de enterarse... He hecho muy bien en decir esto... Puede serme
útil... Dirán que es una crisis de delirio... ¡Ja, ja, ja...! Ese Porfirio está
al corriente con todo detalle de mis pasos en la tarde de ayer, pero ignoraba
que había llegado mi madre... Esa bruja había anotado en el envoltorio la fecha
del empeño... Pero se equivocan ustedes si creen que pueden manejarme a su
antojo: ustedes no tienen pruebas, sino sólo vagas conjeturas. ¡Preséntenme
hechos! Mi visita a casa de la vieja no prueba nada, pues es una consecuencia
del estado de delirio en que me hallaba. Así lo diré si llega el caso... Pero
¿saben que estuve en esa casa? No me marcharé de aquí hasta que me entere...
¿Para qué habré venido...? Pero ya me estoy sulfurando: esto salta a la
vista... Es evidente que tengo los nervios de punta... Pero tal vez esto sea lo
mejor... Así puedo seguir desempeñando mi papel de enfermo... Ese hombre quiere
irritarme, desconcertarme... ¿Por qué habré venido?»
Todos
estos pensamientos atravesaron la mente de Raskolnikof con velocidad cósmica.
Porfirio
Petrovitch llegó momentos después. Parecía de mejor humor.
‑Todavía
me duele la cabeza. Consecuencia de los excesos de anoche en tu casa ‑dijo
a Rasumikhine alegremente, tono muy distinto del que había empleado hasta
entonces‑. Aún estoy algo trastornado.
‑¿Resultó
interesante la velada? Os dejé en el mejor momento. ¿Para quién fue la
victoria?
‑Para
nadie. Finalmente salieron a relucir los temas eternos.
‑Imagínate,
Rodia, que la disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...?
Ya puedes suponer las tonterías que se dijeron.
‑Yo
no veo nada de extraordinario en ello ‑repuso Raskolnikof distraídamente‑.
Es una simple cuestión de sociología.
‑La
cuestión no se planteó en ese aspecto ‑observó Porfirio.
‑Cierto:
no se planteó exactamente así ‑reconoció Rasumikhine acalorándose, como
era su costumbre‑. Oye, Rodia, te ruego que nos escuches y nos des tu
opinión. Me interesa. Yo hacía cuanto podía mientras te esperaba. Les había
hablado a todos de ti y les había prometido tu visita... Los primeros en
intervenir fueron los socialistas, que expusieron su teoría. Todos la
conocemos: el crimen es una protesta contra una organización social defectuosa.
Esto es todo, y no admiten ninguna otra razón, absolutamente ninguna.
‑¡Gran
error! ‑exclamó Porfirio Petrovitch, que se iba animando poco a poco y se
reía al ver que Rasumikhine se embalaba cada vez más.
‑No,
no admiten otra causa ‑prosiguió Rasumikhine con su creciente exaltación‑.
No me equivoco. Te mostraré sus libros. Ya leerás lo que dicen: «Tal individuo
se ha perdido a causa del medio.» Y nada más. Es su frase favorita. O sea que
si la sociedad estuviera bien organizada, no se cometerían crímenes, pues nadie
sentiría el deseo de protestar y todos los hombres llegarían a ser justos. No
tienen en cuenta la naturaleza: la eliminan, no existe para ellos. No ven una
humanidad que se desarrolla mediante una progresión histórica y viva, para
producir al fin una sociedad normal, sino que suponen un sistema social que
surge de la cabeza de un matemático y que, en un abrir y cerrar de ojos,
organiza la sociedad y la hace justa y perfecta antes de que se inicie ningún
proceso histórico. De aquí su odio instintivo a la historia. Dicen de ella que
es un amasijo de horrores y absurdos, que todo lo explica de una manera
absurda. De aquí también su odio al proceso viviente de la existencia. No hay
necesidad de un alma viviente, pues ésta tiene sus exigencias; no obedece
ciegamente a la mecánica; es desconfiada y retrógrada. El alma que ellos
quieren puede apestar, estar hecha de caucho; es un alma muerta y sin voluntad;
una esclava que no se rebelará nunca. Y la consecuencia de ello es que toda la
teoría consiste en una serie de ladrillos sobrepuestos; en el modo de disponer
los corredores y las piezas de un falansterio. Este falansterio se puede
construir, pero no la naturaleza humana, que quiere vivir, atravesar todo el
proceso de la vida antes de irse al cementerio. La lógica no basta para
permitir este salto por encima de la naturaleza. La lógica sólo prevé tres
casos, cuando hay un millón. Reducir todo esto a la única cuestión de la
comodidad es la solución más fácil que puede darse al problema. Una solución de
claridad seductora y que hace innecesaria toda reflexión: he aquí lo esencial.
¡Todo el misterio de la vida expuesto en dos hojas impresas...!
‑Mirad
como se exalta y vocifera. Habría que atarlo ‑dijo Porfirio Petrovitch
entre risas‑. Figúrese usted -añadió dirigiéndose a Raskolnikof‑
esta misma música en una habitación y a seis voces. Esto fue la reunión de
anoche. Además, nos había saturado previamente de ponche. ¿Comprende usted lo
que sería aquello...? Por otra parte, estás equivocado: el medio desempeña un
gran papel en la criminalidad. Estoy dispuesto a demostrártelo.
‑Eso
ya lo sé. Pero dime: pongamos el ejemplo del hombre de cuarenta años que
deshonra a una niña de diez. ¿Es el medio el que le impulsa?
‑Pues
sí, se puede decir que es el medio el que le impulsa ‑repuso Porfirio
Petrovitch adoptando una actitud especialmente grave‑. Ese crimen se
puede explicar perfectamente, perfectísimamente, por la influencia del medio.
Rasumikhine
estuvo a punto de perder los estribos.
‑Yo
también te puedo probar a ti ‑gruñó‑ que tus blancas pestañas son
una consecuencia del hecho de que el campanario de Iván el Grande [L36]mida
treinta toesas de altura. Te lo demostraré progresivamente, de un modo claro,
preciso e incluso con cierto matiz de liberalismo. Me comprometo a ello. Di:
¿quieres que te lo demuestre?
‑Sí,
vamos a ver cómo te las compones.
‑¡Siempre con tus burlas! ‑exclamó
Rasumikhine con un tono de desaliento‑. No vale la pena hablar contigo.
Te advierto, Rodia, que todo esto lo hace expresamente. Tú todavía no le
conoces. Ayer sólo expuso su parecer para mofarse de todos. ¡Qué cosas dijo,
Señor! ¡Y ellos encantados de tenerlo en la reunión...! Es capaz de estar
haciendo este juego durante dos semanas enteras. El año pasado nos aseguró que
iba a ingresar en un convento y estuvo afirmándolo durante dos meses.
Últimamente se imaginó que iba a casarse y que todo estaba ya listo para la
boda. Incluso se hizo un traje nuevo. Nosotros empezamos a creerlo y a felicitarle.
Y resultó que la novia no existía y que todo era pura invención.
‑Estás
equivocado. Primero me hice el traje y entonces se me ocurrió la idea de
gastaros la broma.
‑¿De
verdad es usted tan comediante? ‑preguntó con cierta indiferencia
Raskolnikof.
‑Le
parece mentira, ¿verdad? Pues espere, que con usted voy a hacer lo mismo. ¡Ja,
ja, ja...! No, no; le voy a decir la verdad. A propósito de todas esas
historias de crímenes, de medios, de jovencitas, recuerdo un articulo de usted
que me interesó y me sigue interesando. Se titulaba... creo que «El crimen»,
pero la verdad es que de esto no estoy seguro. Me recreé leyéndolo en La
Palabra Periódica hace dos meses.
‑¿Un
artículo mío en La Palabra Periódica? ‑exclamó Raskolnikof,
sorprendido‑. Ciertamente, yo escribí un artículo hace unos seis meses,
que fue cuando dejé la universidad. En él hablaba de un libro que acababa de
aparecer. Pero lo llevé a La Palabra Hebdomadaria y no a La Palabra
Periódica.
‑Pues
se publicó en La Palabra Periódica.
‑La
Palabra Hebdomadaria dejó de aparecer a poco de haber entregado yo mi
artículo, y por eso no pudo publicarlo...
‑Sí,
pero, al desaparecer, este semanario quedó fusionado con La Palabra
Periódica, y ello explica que su articulo se haya publicado en este último
periódico. así, ¿no estaba usted enterado?
En
efecto, Raskolnikof no sabía nada de eso.
‑Pues
ha de cobrar su artículo. ¡Qué carácter tan extraordinario tiene usted! Vive
tan aislado, que no se entera de nada, ni siquiera de las cosas que le
interesan materialmente. Es increíble.
‑Yo
tampoco sabía nada ‑exclamó Rasumikhine‑. Hoy mismo iré a la
biblioteca a pedir ese periódico... ¿Dices que el articulo se publicó hace dos
meses? ¿En qué día...? Bueno, ya lo encontraré... ¡No decir nada! ¡Es el colmo!
‑¿Y
usted cómo se ha enterado de que el artículo era mío? lo firmé con una inicial.
‑Fue
por casualidad. Conozco al redactor jefe, le vi hace poco, y como su artículo
me habia interesado tanto...
‑Recuerdo
que estudiaba en él el estado anímico del criminal mientras cometía el crimen.
‑Sí,
y ponía gran empeño en demostrar que el culpable, en esos momentos, es un
enfermo. Es una tesis original, pero en verdad no es esta parte de su articulo
la que me interesó especialmente, sino cierta idea que deslizaba al final. Es
lamentable que se limitara usted a indicarla vaga y someramente... Si tiene
usted buena memoria, se acordará de que insinuaba usted que hay seres que
pueden, mejor dicho, que tienen pleno derecho a cometer toda clase de actos
criminales, y a los que no puede aplicárseles la ley.
Raskolnikof
sonrió ante esta pérfida interpretación de su pensamiento.
‑¿Cómo,
cómo? ¿El derecho al crimen? ¿Y sin estar bajo la influencia irresistible del
miedo? ‑preguntó Rasumikhine, no sin cierto terror.
‑Sin
esa influencia -respondió Porfirio Petrovitch‑. No se trata de eso. En el
artículo que comentamos se divide a los hombres en dos clases: seres ordinarios
y seres extraordinarios. Los ordinarios han de vivir en la obediencia y no
tienen derecho a faltar a las leyes, por el simple hecho de ser ordinarios. En
cambio, los individuos extraordinarios están autorizados a cometer toda clase
de crímenes y a violar todas las leyes, sin más razón que la de ser
extraordinarios. Es esto lo que usted decía, si no me equivoco.
‑¡Es
imposible que haya dicho eso! ‑balbuceó Rasumikhine.
Raskolnikof
volvió a sonreír. Habia comprendido inmediatamente la intención de Porfirio y
lo que éste pretendía hacerle decir. Y, recordando perfectamente lo que habia
dicho en su artículo, aceptó el reto.
‑No
es eso exactamente lo que dije -comenzó en un tono natural y modesto‑.
Confieso, sin embargo, que ha captado usted mi modo de pensar, no ya
aproximadamente, sino con bastante exactitud.
Y,
al decir esto, parecía experimentar cierto placer.
‑La
inexactitud consiste en que yo no dije, como usted ha entendido, que los
hombres extraordinarios están autorizados a cometer toda clase de actos
criminales. Sin duda, un artículo que sostuviera semejante tesis no se habría
podido publicar. Lo que yo insinué fue tan sólo que el hombre extraordinario
tiene el derecho..., no el derecho legal, naturalmente, sino el derecho
moral..., de permitir a su conciencia franquear ciertos obstáculos en el caso
de que así lo exija la realización de sus ideas, tal vez beneficiosas para toda
la humanidad... Dice usted que esta parte de mi artículo adolece de falta de
claridad. Se la voy a explicar lo mejor que pueda. Me parece que es esto lo que
usted desea, ¿no? Bien, vamos a ello. En mi opinión, si los descubrimientos de
Képler y Newton, por una circunstancia o por otra, no hubieran podido llegar a
la humanidad sino mediante el sacrificio de una, o cien, o más vidas humanas
que fueran un obstáculo para ello, Newton habría tenido el derecho, e incluso
el deber, de sacrificar esas vidas, a fin de facilitar la difusión de sus
descubrimientos por todo el mundo. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que
Newton tuviera derecho a asesinar a quien se le antojara o a cometer toda clase
de robos. En el resto de mi artículo, si la memoria no me engaña, expongo la
idea de que todos los legisladores y guías de la humanidad, empezando por los
más antiguos y terminando por Licurgo, Solón, Mahoma, Napoleón, etcétera;
todos, hasta los más recientes, han sido criminales, ya que al promulgar nuevas
leyes violaban las antiguas, que habían sido observadas fielmente por la
sociedad y transmitidas de generación en generación, y también porque esos
hombres no retrocedieron ante los derramamientos de sangre (de sangre inocente
y a veces heroicamente derramada para defender las antiguas leyes), por poca
que fuese la utilidad que obtuvieran de ello.
»Incluso
puede decirse que la mayoría de esos bienhechores y guías de la humanidad han
hecho correr torrentes de sangre. Mi conclusión es, en una palabra, que no sólo
los grandes hombres, sino aquellos que se elevan, por poco que sea, por encima
del nivel medio, y que son capaces de decir algo nuevo, son por naturaleza, e
incluso inevitablemente, criminales, en un grado variable, como es natural. Si
no lo fueran, les sería difícil salir de la rutina. No quieren permanecer en
ella, y yo creo que no lo deben hacer.
»Ya
ven ustedes que no he dicho nada nuevo. Estas ideas se han comentado mil veces
de palabra y por escrito. En
cuanto a mi
división de la humanidad en seres ordinarios y extraordinarios, admito que es
un tanto arbitraria; pero no me obstino en defender la precisión de las cifras
que doy. Me limito a creer que el fondo de mi pensamiento es justo. Mi opinión
es que los hombres pueden dividirse, en general y de acuerdo con el orden de la
misma naturaleza, en dos categorías: una inferior, la de los individuos
ordinarios, es decir, el rebaño cuya única misión es reproducir seres
semejantes a ellos, y otra superior, la de los verdaderos hombres, que se
complacen en dejar oír en su medio "palabras nuevas. Naturalmente, las
subdivisiones son infinitas, pero los rasgos característicos de las dos
categorías son, a mi entender, bastante precisos. La primera categoría se
compone de hombres conservadores, prudentes, que viven en la obediencia, porque
esta obediencia los encanta. Y a mí me parece que están obligados a obedecer,
pues éste es su papel en la vida y ellos no ven nada humillante en
desempeñarlo. En la segunda categoría, todos faltan a las leyes, o, por lo
menos, todos tienden a violarlas por todos sus medios.
»Naturalmente,
los crímenes cometidos por estos últimos son relativos y diversos. En la
mayoría de los casos, estos hombres reclaman, con distintas fórmulas, la
destrucción del orden establecido, en provecho de un mundo mejor. Y, para
conseguir el triunfo de sus ideas, pasan si es preciso sobre montones de
cadáveres y ríos de sangre. Mi opinión es que pueden permitirse obrar así;
pero..., que quede esto bien claro..., teniendo en cuenta la clase e
importancia de sus ideas. Sólo en este sentido hablo en mi artículo del derecho
de esos hombres a cometer crímenes. (Recuerden ustedes que nuestro punto de
partida ha sido una cuestión jurídica.) Por otra parte, no hay motivo para
inquietarse demasiado. La masa no les reconoce nunca ese derecho y los decapita
o los ahorca, dicho en términos generales, con lo que cumple del modo más
radical su papel conservador, en el que se mantiene hasta el día en que
generaciones futuras de esta misma masa erigen estatuas a los ajusticiados y crean
un culto en torno de ellos..., dicho en términos generales. Los hombres de la
primera categoría son dueños del presente; los de la segunda del porvenir. La
primera conserva el mundo, multiplicando a la humanidad; la segunda empuja al
universo para conducirlo hacia sus fines. Las dos tienen su razón de existir.
En una palabra, yo creo que todos tienen los mismos derechos. Vive donc la
guerre éternelle..., hasta la Nueva Jerusalén, entiéndase.
‑Entonces,
¿usted cree en la Nueva Jerusalén?
‑Sí
‑respondió firmemente Raskolnikof.
Y
pronunció estas palabras con la mirada fija en el suelo, de donde no la había
apartado durante su largo discurso.
‑¿Y
en Dios? ¿Cree usted...? Perdone si le parezco indiscreto.
‑Sí,
creo ‑repuso Raskolnikof levantando los ojos y fijándolos en Porfirio.
‑¿Y
en la resurrección de Lázaro?
‑Pues...
sí. Pero ¿por qué me hace usted estas preguntas?
‑¿Cree
usted sin reservas?
‑Sin
reservas.
‑Bien,
bien... La cosa no tiene ninguna importancia. Simple curiosidad... Ahora, y
perdone, permítame que vuelva a nuestro asunto. No siempre se ejecuta a esos
criminales. Por el contrario, algunos...
‑Conservan
su vida, triunfantes. Sí, esto les sucede a algunos, y entonces...
‑Son
ellos los que ejecutan.
‑Siempre
que sea necesario, que es el caso más frecuente. Desde luego, su observación es
muy sutil.
‑Muchas
gracias. Pero dígame: ¿cómo distinguir a esos hombres extraordinarios de los
otros? ¿Presentan alguna característica especial al nacer? Mi opinión es que en
este punto hay que observar la más rigurosa exactitud y alcanzar una gran
precisión en la distinción de los dos tipos de hombre. Perdone mi inquietud,
muy natural en un hombre práctico y bienintencionado, pero ¿no sería
conveniente que esos hombres fueran vestidos de un modo especial o llevaran
algún distintivo...? Porque suponga usted que un individuo perteneciente a una
categoría cree formar parte de la otra y se lanza «a destruir todos los
obstáculos que se le oponen, para decirlo con sus propias y felices palabras.
Entonces...
‑¡Oh!
Eso ocurre con frecuencia. Es una observación que supera a la anterior en
agudeza.
‑Gracias.
‑No
hay de qué. Pero piense que semejante error es sólo posible en la primera
categoría, es decir, en la de los hombres ordinarios, como yo les he
calificado, tal vez equivocadamente. A pesar de su tendencia innata a la
obediencia, muchos de ellos, llevados de un natural alocado que se encuentra
incluso entre las vacas, se consideran hombres de vanguardia, destructores
llamados a exponer ideas nuevas, y lo creen con toda sinceridad. Estos hombres
no distinguen a los verdaderos innovadores y suelen despreciarlos,
considerándolos espíritus mezquinos y atrasados. Pero me parece que no puede
haber en ello ningún serio peligro, ya que nunca van muy lejos. Por lo tanto,
la inquietud de usted no está justificada. A lo sumo, merecen que se les azote
de vez en cuando para castigarlos por su desvío y hacerlos volver al redil. No
hay necesidad de molestar a un verdugo, pues ellos mismos se aplican la sanción
que merecen, ya que son personas de alta moralidad. A veces se administran el
castigo unos a otros; a veces se azotan con sus propias manos. Se imponen
penitencias públicas, lo que no deja de ser hermoso y edificante. Es la regla
general. En una palabra, que no tiene usted por qué inquietarse.
‑Bien;
me ha tranquilizado usted, cuando menos por esta parte. Pero hay otra cosa que
me inquieta. Dígame: ¿son muchos esos individuos que tienen derecho a
estrangular a los otros, es decir, esos hombres extraordinarios? Desde luego,
yo estoy dispuesto a inclinarme ante ellos, pero no me negará usted que uno no
puede estar tranquilo ante la idea de que tal vez sean muy numerosos.
‑¡Oh!
No se preocupe tampoco por eso -dijo Raskolnikof sin cambiar de tono‑.
Son muy pocos, poquísimos, los hombres capaces de encontrar una idea nueva e
incluso de decir algo nuevo. De lo que no hay duda es de que la distribución de
los individuos en las categorías y subdivisiones que observamos en la especie
humana está estrictamente determinada por alguna ley de la naturaleza. Esta ley
está vedada todavía a nuestro conocimiento, pero yo creo que existe y que algún
día se nos revelará. La enorme masa de individuos que forma lo que solemos
llamar el rebaño, sólo vive para dar al mundo, tras largos esfuerzos y
misteriosos cruces de razas, un hombre que, entre mil, posea cierta
independencia, o un hombre entre diez mil, o entre cien mil, que eso depende
del grado de elevación de la independencia (estas cifras son únicamente
aproximadas). Sólo surge un hombre de genio entre millones de individuos, y
millares de millones de hombres pasan sobre la corteza terrestre antes de que
aparezca una de esas inteligencias capaces de cambiar la faz del mundo. Desde
luego, yo no me he asomado a la retorta donde se elabora todo eso, pero no cabe
duda de que esta ley existe, porque debe existir, porque en esto no interviene
para nada el azar.
‑¿Estáis
bromeando? ‑exclamó Rasumikhine‑. ¿Os burláis el uno del otro? Os
estáis lanzando pulla tras pulla. Tú no hablas en serio, Rodia.
Raskolnikof
no contestó a su amigo. Levantó hacia él su pálido y triste rostro, y
Rasumikhine, al ver aquel semblante lleno de amargura, consideró inadecuado el
tono cáustico, grosero y provocativo de Porfirio.
‑Bien,
querido ‑dijo el estudiante‑. Si estáis hablando en serio, quiero
decirte que tienes razón al afirmar que no hay nada nuevo en esas ideas, que
todas se parecen a las que hemos oído exponer infinidad de veces. Pero yo veo
algo original en tu artículo, algo que a mi entender te pertenece por completo,
muy a pesar mío, y es ese derecho moral a derramar sangre que tú concedes con
plena conciencia y excusas con tanto fanatismo... Me parece que ésta es la idea
principal de tu artículo: la autorización moral a matar..., la cual, por
cierto, me parece mucho más terrible que la autorización oficial y legal.
‑Exacto:
es mucho más terrible ‑observó Porfirio.
‑Sin
duda, tú te has dejado llevar hasta más allá del límite de tu idea. Eso es un
error. Leeré tu artículo. Tú has dicho más de lo que querías decir... Tú no
puedes opinar así... Leeré tu artículo.
‑En
mi artículo no hay nada de todo eso ‑dijo Raskolnikof‑. Yo me
limité a comentar superficialmente la cuestión.
‑Lo
cierto es ‑dijo Porfirio, que apenas podía mantenerse en su puesto de
juez‑ que ahora comprendo casi enteramente sus puntos de vista sobre el
crimen. Pero... Perdone que le importune tanto (estoy avergonzado de molestarle
de este modo). Oiga: acaba usted de tranquilizarme respecto a los casos de
error, esos casos de confusión entre las dos categorías; pero... sigo sintiendo
cierta inquietud al pensar en el lado práctico de la cuestión. Si un hombre, un
adolescente, sea el que fuere, se imagina ser un Licurgo, o un Mahoma (huelga
decir que en potencia, o sea para el futuro), y se lanza a destruir todos los obstáculos
que encuentra en su camino..., se dirá que va a emprender una larga campaña y
que para esta campaña necesita dinero... ¿Comprende...?
Al
oír estas palabras, Zamiotof resolló en su rincón, pero Raskolnikof ni le miró
siquiera.
‑Admito
‑repuso tranquilamente‑ que esos casos deben presentarse. Los
vanidosos, esos seres estúpidos, pueden caer en la trampa, y más aún si son
demasiado jóvenes.
‑Por
eso se lo digo... ¿Y qué hay que hacer en ese caso?
Raskolnikof
sonrió mordazmente.
‑¿Qué
quiere usted que le diga? Eso no me afecta lo más mínimo. Así es y así será
siempre... Fíjese usted en éste ‑‑e indicó con un gesto a
Rasumikhine‑. Hace un momento decía que yo disculpaba el asesinato. Pero
¿eso qué importa? La sociedad está bien protegida por las deportaciones, las
cárceles, los presidios, los jueces. No tiene motivo para inquietarse. No tiene
más que buscar al delincuente.
‑¿Y
si se le encuentra?
‑Peor
para él.
‑Su
lógica es irrefutable. Pero la conciencia está en juego.
‑Eso
no debe preocuparle.
‑Es
una cuestión que afecta a los sentimientos humanos.
‑El
que sufre reconociendo su error, recibe un castigo que se suma al del penal.
‑Así
‑dijo Rasumikhine, malhumorado‑, los hombres geniales, esos que
tienen derecho a matar, ¿no han de sentir ningún remordimiento por haber
derramado sangre humana...?
‑No
se trata de que deban o no deban sentirlo. Sólo sufrirán en el caso de que sus
víctimas les inspiren compasión. El sufrimiento y el dolor van necesariamente
unidos a un gran corazón y a una elevada inteligencia. Los verdaderos grandes
hombres deben de experimentar, a mi entender, una gran tristeza en este mundo ‑añadió
con un aire pensativo que contrastaba con el tono de la conversación.
Levantó
los ojos y miró a los presentes con aire distraído. Después sonrió y cogió su
gorra. Estaba sereno, por lo menos mucho más que cuando había llegado, y se
daba cuenta de ello. Todos se levantaron. Porfirio Petrovitch dijo:
‑Enfádese
conmigo, insúlteme si quiere, pero no puedo remediarlo: tengo que hacerle otra
pregunta..., aunque reconozco que estoy abusando de su paciencia. Quisiera
exponerle cierta idea que se me acaba de ocurrir y que temo olvidar...
‑Bien,
usted dirá ‑dijo Raskolnikof, de pie, pálido y serio, frente al juez de
instrucción.
‑Pues
se trata... No sé cómo explicarme... Es una idea tan extraña... De tipo
psicológico, ¿sabe...? Verá. Yo creo que cuando estaba usted escribiendo su
artículo tenía forzosamente que considerarse, por lo menos en cierto modo, como
uno de esos hombres extraordinarios destinados a decir «palabras nuevas», en el
sentido que usted ha dado a esta expresión... ¿No es así?
‑Es
muy posible ‑repuso desdeñosamente Raskolnikof.
Rasumikhine
hizo un movimiento.
‑En
ese caso, ¿sería usted capaz de decidirse, para salir de una situación
económica apurada o para hacer un servicio a la humanidad, a dar el paso..., en
fin, a matar para robar?
Y
guiñó el ojo izquierdo, mientras sonreía en silencio, exactamente igual que
antes.
‑Si
estuviera decidido a dar un paso así, tenga la seguridad de que no se lo diría
a usted ‑repuso Raskolnikof con retadora arrogancia.
‑Mi
pregunta ha obedecido a una curiosidad puramente literaria. La he hecho con el
único fin de comprender mejor el fondo de su artículo.
«¡Qué
celada tan buena! ‑pensó Raskolnikof,
asqueado‑. La malicia está cosida con hilo blanco.»
‑Permítame
aclararle ‑dijo secamente‑ que yo no me he creído jamás un Mahoma
ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género, y que, en
consecuencia, no puedo decirle lo que haría en el caso contrario.
‑Pues
es raro, porque ¿quién no se cree hoy en Rusia un Mahoma o un Napoleón? ‑exclamó
Porfirio, empleando de súbito un tono exageradamente familiar.
Incluso
el acento que había empleado para pronunciar estas palabras era singularmente
explícito.
De
súbito, Zamiotof preguntó desde su rincón:
‑¿No
sería un futuro Napoleón el que mató a hachazos la semana pasada a Alena
Ivanovna?
Raskolnikof
seguía mirando a Porfirio Petrovitch con firme fijeza. No dijo nada.
Rasumikhine había fruncido las cejas. Desde hacía un momento sospechaba algo
que le hizo mirar furiosamente a un lado y a otro. Hubo un minuto de penoso
silencio. Raskolnikof se dispuso a marcharse.
‑¿Ya
se va usted? ‑exclamó Porfirio Petrovitch con extrema amabilidad y
tendiendo la mano al joven‑. Estoy encantado de haberle conocido. En
cuanto a su petición, puede estar tranquilo. Haga usted el requerimiento por
escrito tal como le he indicado. Sin embargo, sería preferible que viniera a
verme a la comisaría un día de éstos..., mañana, por ejemplo. A las once estaré
allí. Lo arreglaremos todo y hablaremos. Como usted fue uno de los últimos que
visitó aquella casa ‑añadió en tono amistoso‑, tal vez pueda
aclararnos algo.
‑Lo
que usted pretende es interrogarme en toda regla, ¿no es así? ‑preguntó
rudamente Raskolnikof.
‑Nada
de eso. ¿Por qué? Por el momento, no hace falta. No me ha comprendido usted. Lo
que ocurre es que yo aprovecho todas las ocasiones y he hablado ya con todos
los que tenían allí algún objeto empeñado. Me han dado una serie de informes, y
usted, siendo el último... ¡Ah! ¡Ahora que me acuerdo! ‑exclamó
alegremente, dirigiéndose a Rasumikhine‑. He estado a punto de olvidarme
otra vez... El otro día no paraste de hablarme de Nikolachka. Pues bien, estoy
convencido, completamente convencido de que ese joven es inocente ‑se
dirigía de nuevo a Raskolnikof‑. Pero ¿qué puedo hacer yo? También he
tenido que molestar a Mitri. En fin, he aquí lo que quería preguntarle. Cuando
usted subía la escalera..., por cierto que creo que fue entre siete y ocho de
la tarde, ¿no?
‑Sí,
entre siete y ocho ‑repuso Raskolnikof, que inmediatamente se arrepintió
de haber dado esta contestación innecesaria.
‑Bien,
pues cuando subía usted la escalera entre siete y ocho, ¿no vio usted en el
segundo piso, en un departamento cuya puerta estaba abierta..., recuerda
usted..., no vio usted, repito, dos pintores, o por lo menos uno, trabajando?
¿Los vio usted? Esto es sumamente importante para ellos...
‑¿Dos
pintores? Pues no, no los vi ‑repuso Raskolnikof, fingiendo escudriñar en
su memoria, mientras ponía todo su empeño en descubrir la trampa que se
ocultaba en aquellas palabras‑. No, no los vi. Y tampoco advertí que
hubiese ninguna puerta abierta... Lo que recuerdo es que en el cuarto piso ‑continuó
en tono triunfante, pues estaba seguro de haber sorteado el peligro‑
había un funcionario que estaba de mudanza..., precisamente el de la puerta que
está frente a la de Alena Ivanovna... Sí, lo recuerdo perfectamente. Por cierto
que unos soldados que transportaban un sofá me arrojaron contra la pared...
Pero a los pintores no recuerdo haberlos visto. Y tampoco ningún departamento
con la puerta abierta... No, no había ninguna abierta.
‑Pero
¿qué significa esto? ‑dijo Rasumikhine a Porfirio, comprendiendo de
súbito las intenciones del juez de instrucción‑. Los pintores trabajaban
allí el día del suceso y él estuvo en la casa tres días antes. ¿Por qué le
haces estas preguntas?
‑¡Pues
es verdad! ¡Qué cabeza la mía! ‑exclamó Porfirio golpeándose la frente‑.
Este asunto acabará volviéndome loco ‑dijo en son de excusa dirigiéndose
a Raskolnikof‑. Es tan importante para nosotros saber si alguien vio
allí, entre siete y ocho, a esos pintores, que me ha parecido que usted podría
facilitarnos este dato. Ha sido una confusión.
‑Hay
que llevar cuidado ‑gruñó Rasumikhine.
Estas
palabras las pronunció el estudiante cuando ya estaban en la antesala. Porfirio
Petrovitch acompañó amablemente a los dos jóvenes hasta la puerta. Ambos
salieron de la casa sombríos y cabizbajos y dieron algunos pasos en silencio.
Raskolnikof respiró profundamente...
VI
No
lo creo, no puedo creerlo ‑repetía Rasumikhine, rechazando con todas sus
fuerzas las afirmaciones de Raskolnikof.
Se
dirigían a la pensión Bakaleev, donde Pulqueria Alejandrovna y Dunia los
esperaban desde hacía largo rato. Rasumikhine se detenía a cada momento, en el
calor de la disputa. Una profunda agitación le dominaba, aunque sólo fuera por
el hecho de que era la primera vez que hablaban francamente de aquel asunto.
‑Tú
no puedes creerlo ‑repuso Raskolnikof con una sonrisa fría y desdeñosa‑;
pero yo estaba atento al significado de cada una de sus palabras, mientras tú,
siguiendo tu costumbre, no te fijabas en nada.
‑Tú
has prestado tanta atención porque eres un hombre desconfiado. Sin embargo,
reconozco que Porfirio hablaba en un tono extraño. Y, sobre todo, ese ladino de
Zamiotof... Tiene razón: había en él algo raro... Pero ¿por qué, Señor, por
qué?
‑Habrá
reflexionado durante la noche.
‑No;
es todo lo contrario de lo que supones. Si les hubiera asaltado esa idea estúpida,
lo habrían disimulado por todos los medios, habrían procurado ocultar sus
intenciones, a fin de poder atraparte después con más seguridad. Intentar
hacerlo ahora habría sido una torpeza y una insolencia.
‑Si
hubiesen tenido pruebas, verdaderas pruebas, o suposiciones nada más que algo
fundadas, habrían procurado sin duda ocultar su juego para ganar la partida...
O tal vez habrían hecho un registro en mi habitación hace ya tiempo... Pero no
tienen ni una sola prueba. Lo único que tienen son conjeturas gratuitas,
suposiciones sin fundamento. Por eso intentan desconcertarme con sus
insolencias... ¿Obedecerá todo al despecho de Porfirio, que está furioso por no
tener pruebas...? Tal vez persiga algún fin que es para nosotros un misterio...
Parece inteligente... Es muy probable que haya intentado atemorizarme
haciéndome creer que sabía algo... Es un hombre de carácter muy especial... En
fin, no es nada agradable pretender hallar explicación a todas estas
cuestiones... ¡Dejemos este asunto!
‑Todo
esto es ofensivo, muy ofensivo, ya lo sé; pero ya que estamos hablando
sinceramente (y me congratulo de que sea así, pues esto me parece excelente),
no vacilo en decirte con toda franqueza que hace ya tiempo que observé que
habían concebido esta sospecha. Entonces era una idea vaga, imprecisa,
insidiosa, tomada medio en broma, pero ni aun bajo esta forma tenían derecho a
admitirla. ¿Cómo se han atrevido a acogerla? ¿Y qué es lo que ha dado cuerpo a
esta sospecha? ¿Cuál es su origen...? ¡Si supieras la indignación que todo esto
me ha producido...! Un pobre estudiante transfigurado por la miseria y la
neurastenia, que incuba una grave enfermedad acompañada de desvarío, enfermedad
que incluso puede haberse declarado ya (detalle importante); un joven
desconfiado, orgulloso, consciente de su valía, y que acaba de pasar seis meses
encerrado en su rincón, sin ver a nadie; que va vestido con andrajos y calzado
con botas sin suelas..., este joven está en pie ante unos policías despiadados
que le mortifican con sus insolencias. De pronto, a quemarropa, se le reclama
el pago de un pagaré protestado. La pintura fresca despide un olor mareante, en
la repleta sala hace un calor de treinta grados y la atmósfera es irrespirable.
Entonces el joven oye hablar del asesinato de una persona a la que ha visto la
víspera. Y para que no falte nada, tiene el estómago vacío. ¿Cómo no
desvanecerse? ¡Que hayan basado todas sus sospechas en este síncope...! ¡El
diablo les lleve! Comprendo que todo esto es humillante, pero yo, en tu lugar,
me reiría de ellos, me reiría en sus propias narices. Es más: les escupiría en
plena cara y les daría una serie de sonoras bofetadas. ¡Escúpeles, Rodia!
¡Hazlo...! ¡Es intolerable!
«Ha
soltado su perorata como un actor consumado», se dijo Raskolnikof.
‑¡Que
les escupa! ‑exclamó amargamente‑. Eso es muy fácil de decir.
Mañana, nuevo interrogatorio. Me veré obligado a rebajarme a dar nuevas
explicaciones. ¿Es que no me humillé bastante ayer ante Zamiotof en aquel café
donde nos encontramos?
‑¡Así
se los lleve a todos el diablo! Mañana iré a ver a Porfirio, y te aseguro que
esto se aclarará. Le obligaré a explicarme toda la historia desde el principio.
En cuanto a Zamiotof...
«Al
fin lo he conseguido», pensó Raskolnikof.
‑¡Óyeme!
‑‑exclamó Rasumikhine, cogiendo de súbito a su amigo por un hombro‑.
Hace un momento divagabas. Después de pensarlo bien, te aseguro que divagabas.
Has dicho que la pregunta sobre los pintores era un lazo. Pero reflexiona. Si
tú hubieses tenido «eso» sobre la conciencia, ¿habrías confesado que habías
visto a los pintores? No: habrías dicho que no habías visto nada, aunque esto
hubiera sido una mentira. ¿Quién confiesa una cosa que le compromete?
‑Si
yo hubiese tenido «eso» sobre la conciencia, seguramente habría dicho que había
visto a los pintores, y el piso abierto ‑lijo Raskolnikof, dando
muestras de mantener esta conversación con profunda desgana.
‑Pero
¿por qué decir cosas que le comprometen a uno?
‑Porque
sólo los patanes y los incautos lo niegan todo por sistema. Un hombre avisado,
por poco culto e inteligente que sea, confiesa, en la medida de lo posible,
todos los hechos materiales innegables. Se limita a atribuirles causas
diferentes y añadir algún pequeño detalle de su invención que modifica su
significado. Porfirio creía seguramente que yo respondería así, que declararía
haber visto a los pintores para dar verosimilitud a mis palabras, aunque
explicando las codas a mi modo. Sin embargo...
‑Si
tú hubieses dicho eso, él te habría contestado inmediatamente que no podía
haber pintores en la casa dos días antes del crimen, y que, por lo tanto, tú
habías ido allí el mismo día del suceso, de siete a ocho de la tarde.
‑Eso
es lo que él quería. creía que yo no tendría tiempo de darme cuenta de ese
detalle, que me apresuraría a responder del modo que juzgara más favorable para
mí, olvidándome de que los pintores no podían estar allí dos días antes del
crimen.
‑Pero
¿es posible olvidar una coda así?
‑Es
lo más fácil. Estas cuestiones de detalle constituyen el escollo de los
maliciosos. El hombre más sagaz es el que menos sospecha que puede caer ante un
detalle insignificante. Porfirio no es tan tonto como tú crees.
‑Entonces,
es un ladino.
Raskolnikof
se echó a reír. Pero al punto se asombró de haber pronunciado sus últimas
palabras con verdadera animación e incluso con cierto placer, él, que hasta
entonces había sostenido la conversación como quien cumple una obligación
penosa.
«Me
parece que le voy tomando el gusto a estas codas», pensó.
Pero
de súbito se sintió dominado por una especie de agitación febril, como si una
idea repentina e inquietante se hubiera apoderado de él. Este estado de ánimo
llegó a ser muy pronto intolerable. Estaban ya ante la pensión Bakaleev.
‑Entra
tú solo ‑dijo de pronto Raskolnikof‑. Yo vuelvo en seguida.
‑¿Adónde
vas, ahora que hemos llegado?
‑Tengo
algo que hacer. Es un asunto que no puedo dejar. Estaré de vuelta dentro de una
media hora. Díselo a mi madre y a mi hermana.
‑Espera,
voy contigo.
‑¿También
tú te has propuesto perseguirme? ‑exclamó Raskolnikof con un gesto tan
desesperado que Rasumikhine no se atrevió a insistir.
El
estudiante permaneció un momento ante la puerta, siguiendo con mirada sombría a
Raskolnikof, que se alejaba rápidamente en dirección a su domicilio. Al fin
apretó los puños, rechinó los dientes y juró obligar a hablar francamente a
Porfirio antes de que llegara la noche. Luego subió para tranquilizar a
Pulqueria Alejandrovna, que empezaba a sentirse inquieta ante la tardanza de su
hijo.
Cuando
Raskolnikof llegó ante la casa en que habitaba tenía las sienes empapadas de
sudor y respiraba con dificultad. Subió rápidamente la escalera, entró en su
habitación, que estaba abierta, y la cerró. Inmediatamente, loco de espanto,
corrió hacia el escondrijo donde había tenido guardados los objetos, introdujo la
mano por debajo del papel y exploró hasta el último rincón del escondite. Nada,
allí no habia nada. Se levantó, lanzando un suspiro de alivio. Hacía un
momento, cuando se acercaba a la pensión Bakaleev, le habia asaltado de súbito
el temor de que algún objeto, una cadena, un par de gemelos o incluso alguno de
los papeles en que iban envueltos, y sobre los que habia escrito la vieja, se
le hubiera escapado al sacarlos, quedando en alguna rendija, para servir más
tarde de prueba irrecusable contra él.
Permaneció
un momento sumido en una especie de ensoñación mientras una sonrisa extraña,
humilde e inconsciente erraba en sus labios. Al fin cogió su gorra y salió de
la habitación en silencio. Las ideas se confundían en su cerebro. Así,
pensativo, bajó la escalera y llegó al portal.
‑¡Aquí
lo tiene usted! ‑dijo una voz potente.
Raskolnikof
levantó la cabeza.
El
portero, de pie en el umbral de la portería, señalaba a Raskolnikof y se
dirigía a un individuo de escasa estatura, con aspecto de hombre del pueblo.
Vestía una especie de hopalanda sobre un chaleco y, visto de lejos, se le
habría tomado por una campesina. Su cabeza, cubierta con un gorro grasiento, se
inclinaba sobre su pecho. Era tan cargado de espaldas, que parecía jorobado. Su
rostro, fofo y arrugado, era el de un hombre de más de cincuenta años. Sus
ojillos, cercados de grasa, lanzaban miradas sombrías.
‑¿Qué
pasa?‑preguntó Raskolnikof acercándose al portero.
El
desconocido empezó por dirigirle una mirada al soslayo; después lo examinó
detenidamente, sin prisa; al fin, y sin pronunciar palabra, dio media vuelta y
se marchó.
‑¿Qué
quería ese hombre? ‑preguntó Raskolnikof.
‑Es
un individuo que ha venido a preguntar si vivía aquí un estudiante que ha
resultado ser usted, pues me ha dado su nombre y el de su patrona. En este
momento ha bajado usted, yo le he señalado y él se ha ido. Eso es todo.
El
portero parecía bastante asombrado, pero su perplejidad no duró mucho: después
de reflexionar un instante, dio media vuelta y desapareció en la portería.
Raskolnikof salió en pos del desconocido.
Apenas
salió, lo vio por la acera de enfrente. Aquel hombre marchaba a un paso regular
y lento, tenía la vista fija en el suelo y parecía reflexionar. Raskolnikof le
alcanzó en seguida, pero de momento se limitó a seguirle. Al fin se colocó a su
lado y le miró de reojo. El desconocido advirtió al punto su presencia, le
dirigió una rápida mirada y volvió a bajar los ojos. Durante un minuto
avanzaron en silencio.
‑Usted
ha preguntado por mí al portero, ¿no?‑dijo Raskolnikof en voz baja.
El
otro no respondió. Ni siquiera levantó la vista. Hubo un nuevo silencio.
‑Viene
a preguntar por mí y ahora se calla... ¿Por qué?
Raskolnikof
hablaba con voz entrecortada. Las palabras parecían resistirse a salir de su
boca.
Esta
vez, el desconocido levantó la cabeza y dirigió al joven una mirada sombría y
siniestra.
‑Asesino
‑dijo de pronto, en voz baja pero clarísima.
Raskolnikof
siguió a su lado. Sintió que las piernas le flaqueaban y vacilaban. Un
escalofrío recorrió su espina dorsal. Su corazón dejó de latir como si se
hubiera separado de su organismo. Dieron en silencio un centenar de pasos más.
El desconocido no le miraba.
‑Pero
¿qué dice usted? ¿Quién... quién es un asesino? ‑balbuceó al fin
Raskolnikof, con voz apenas perceptible.
‑Tú,
tú eres un asesino ‑respondió el desconocido, articulando las palabras
más claramente todavía.
Con
una mirada triunfal y llena de odio, miró el rostro pálido y los ojos vidriosos
de Raskolnikof. Entre tanto, habían llegado a una travesía. El desconocido dobló
por ella y continuó su camino sin volverse. Raskolnikof se quedó clavado en el
suelo, siguiendo al hombre con la vista. Éste se volvió para mirar al joven,
que continuaba sin hacer el menor movimiento. La distancia no permitía
distinguir sus rasgos, pero Raskolnikof creyó advertir que aquel hombre sonreía
aún con su sonrisa glacial y llena de un odio triunfante.
Transido
de espanto, temblándole las piernas, Raskolnikof volvió como pudo a su casa y
subió a su habitación. Se quitó la gorra, la dejó sobre la mesa y permaneció
inmóvil durante diez minutos. Al fin, ya en el límite de sus fuerzas, se dejó
caer en el diván y se extendió penosamente, con un débil suspiro. Cerró los
ojos y así estuvo una media hora.
No
pensaba en nada concreto: sólo pasaban por su imaginación retazos de ideas,
imágenes vagas que se hacinaban en desorden, rostros que había conocido en su
infancia, fisonomías vistas una sola vez, casualmente, y que en otras
circunstancias no habría podido recordar... Veía el campanario de la iglesia de
V., una mesa de billar y, junto a ella, de pie, un oficial desconocido... De un
estanco instalado en un sótano salía un fuerte olor a tabaco... Una taberna,
una escalera de servicio oscura como boca de lobo, cubiertas de cáscaras de
huevo y toda clase de basuras caseras; el sonido de una campana dominical...
Los objetos cambian de continuo y giran en torno de él como un frenético
torbellino. Algunos le gustan e intenta atraparlos, pero al punto se
desvanecen. Experimenta una ligera sensación de ahogo, pero en ella hay un algo
agradable. Persiste el leve temblor que se ha apoderado de él, y tampoco esta
sensación es ingrata...
En
esto oyó los pasos presurosos de Rasumikhine, seguidos de su voz, y cerró los
ojos para que lo creyera dormido.
Rasumikhine
abrió la puerta y permaneció un momento en el umbral, indeciso. Luego entró
silenciosamente y se acercó al diván con grandes precauciones.
‑No
lo despiertes; déjalo dormir todo lo que quiera ‑murmuró Nastasia‑.
Ya comerá más tarde.
‑Tienes
razón ‑repuso Rasumikhine.
Los
dos salieron de puntillas y cerraron la puerta.
Transcurrió
una media hora. De súbito, Raskolnikof empezó a abrir poco a poco los ojos.
Después hizo un rápido movimiento y quedó boca arriba, con las manos enlazadas
bajo la nuca.
«¿Quién
es? ¿Quién será ese hombre que parece haber surgido de debajo de la tierra?
¿Dónde estaba y qué vio? ¡Ah!, de que lo vio todo no hay duda. Bien, pero
¿desde dónde presenció la escena? ¿Y por qué habrá esperado hasta este momento
para dar señales de vida? ¿Cómo se las arreglaría para ver? Si parece
imposible... Además -siguió reflexionando Raskolnikof, dominado por un terror
glacial‑, ahí está el estuche que Nicolás encontró detrás de la puerta...
¿Se podía esperar que ocurriera esto...? Pruebas... Basta equivocarme en una
nimiedad para crear una prueba que va creciendo hasta alcanzar dimensiones
gigantescas.»
Con
profundo pesar, notó que las fuerzas le abandonaban, que una extrema debilidad
le invadía.
«Debí
suponerlo ‑se dijo con amarga ironía‑. No sé cómo me atreví a
hacerlo. Yo me conocía, yo sabía de lo que era capaz. Sin embargo, empuñé el
hacha y derramé sangre... Debí preverlo todo... Pero ¿acaso no lo había
previsto?»
Se
dijo esto último con verdadera desesperación. Después le asaltó un nuevo
pensamiento.
«No,
esos hombres están hechos de otro modo. Un auténtico conquistador, uno de esos
hombres a los que todo se les permite, cañonea Tolón, organiza matanzas en
París, olvida su ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
campaña de Rusia, se salva en Vilna por verdadera casualidad, por una
equivocación, y, sin embargo, después de su muerte se le levantan estatuas.
Esto prueba que, en efecto, todo se les permite. Pero esos hombres están hechos
de bronce, no de carne.»
De
pronto tuvo un pensamiento que le pareció divertido.
«Napoleón,
las Pirámides, Waterloo por un lado, y por otro una vieja y enjuta usurera que
tiene debajo de la cama un arca forrada de tafilete rojo... ¿Cómo admitir que
puede haber una semejanza entre ambas cosas? ¿Cómo podría admitirlo un Porfirio
Petrovitch, por ejemplo? Completamente imposible: sus sentimientos estéticos se
oponen a ello... ¡Un Napoleón introducirse debajo de la cama de una vieja...!
¡Inconcebible!»
De
vez en cuando experimentaba una exaltación febril y creía desvariar.
«La
vieja no significa nada -se dijo fogosamente‑. Esto tal vez sea un error,
pero no se trata de ella. La vieja ha sido sólo un accidente. Yo quería salvar
el escollo rápidamente, de un salto. No he matado a un ser humano, sino un
principio. Y el principio lo he matado, pero el salto no lo he sabido dar. Me
he quedado a la parte de aquí; lo único que he sabido ha sido matar. Y ni
siquiera esto lo he hecho bien del todo, al parecer... Un principio... ¿Por qué
ese idiota de Rasumikhine atacará a los socialistas? Son personas laboriosas,
hombres de negocios que se preocupan por el bienestar general... Sin embargo,
sólo se vive una vez, y yo no quiero esperar esa felicidad universal. Ante
todo, quiero vivir. Si no sintiese este deseo, sería preferible no tener vida.
Al fin y al cabo, lo único que he hecho ha sido negarme a pasar por delante de
una madre hambrienta, con mi rublo bien guardado en el bolsillo, esperando la
llegada de la felicidad universal. Yo aporto, por decirlo así, mi piedra al
edificio común, y esto es suficiente para que me sienta en paz... ¿Por qué, por
qué me dejasteis partir? Tengo un tiempo determinado de vida y quiero
también... ¡Ah! Yo no soy más que un gusano atiborrado de estética. Sí, un
verdadero gusano y nada más.»
Al
pensar esto estalló en una risa de loco. Y se aferró a esta idea y empezó a
darle todas las vueltas imaginables, con un acre placer.
«Sí,
lo soy, aunque sólo sea, primero, porque me llamo gusano a mí mismo, y segundo,
porque llevo todo un mes molestando a la Divina Providencia al ponerla por
testigo de que yo no hacía aquello para procurarme satisfacciones materiales,
sino con propósitos nobles y grandiosos. ¡Ah!, y también porque decidí observar
la más rigurosa justicia y la más perfecta moderación en la ejecución de mi
plan. En primer lugar elegí el gusano más nocivo de todos, y, en segundo, al
matarlo, estaba dispuesto a no quitarle sino el dinero estrictamente necesario
para emprender una nueva vida. Nada más y nada menos (el resto iría a parar a
los conventos, según la última voluntad de la vieja)... En fin, lo cierto es
que soy un gusano, de todas formas ‑añadió rechinando los dientes‑.
Porque soy tal vez más vil e innoble que el gusano al que asesiné y porque yo
presentía que, después de haberlo matado, me diría esto mismo que me estoy
diciendo... ¿Hay nada comparable a este horror? ¡Cuánta villanía! ¡Cuánta
bajeza...! ¡Qué bien comprendo al Profeta, montado en su caballo y empuñando el
sable! "¡Alá lo ordena! Sométete, pues, miserable y temblorosa criatura."
Tiene razón, tiene razón el Profeta cuando alinea sus tropas en la calle y mata
indistintamente a los culpables y a los justos, sin ni siquiera dignarse darles
una explicación. Sométete, pues, miserable y temblorosa criatura, y guárdate de
tener voluntad. Esto no es cosa tuya... ¡Oh! Jamás, jamás perdonaré a la
vieja.»
Sus
cabellos estaban empapados de sudor, temblaban sus resecos labios, su mirada se
fijaba en el techo obstinadamente.
«Mi
madre... mi hermana... ¡Cómo las quería...! ¿Por qué las odio ahora? Sí, las
odio con un odio físico. No puedo soportar su presencia. Hace unas horas, lo
recuerdo perfectamente, me he acercado a mi madre y la he abrazado... Es
horrible estrecharla entre mis brazos y pensar que si ella supiera... ¿Y si se
lo contara todo...? Me quitaría un peso de encima... Ella debe de ser como yo.»
Pensó
esto último haciendo un gran esfuerzo, como si no le fuera fácil luchar con el
delirio que le iba dominando.
«¡Oh,
cómo odio a la vieja ahora! Creo que la volvería a matar si resucitara...
¡Pobre Lisbeth! ¿Por qué la llevaría allí el azar...? ¡Qué extraño es que
piense tan poco en ella! Es como si no la hubiese matado... ¡Lisbeth...!
¡Sonia...! ¡Pobres y bondadosas criaturas de dulce mirada...! ¡Queridas
criaturas...! ¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen? Dan todo lo que poseen con
una mirada resignada y dulce... ¡Sonia, dulce Sonia...!»
Perdió
la conciencia de las cosas y se sintió profundamente asombrado de verse en la
calle sin poder recordar cómo había salido. Ya era de noche. Las sombras se
espesaban y la luna resplandecía con intensidad creciente, pero la atmósfera
era asfixiante. Las calles estaban repletas de gente. Se percibía un olor a
cal, a polvo, a agua estancada.
Raskolnikof
avanzaba, triste y preocupado. Sabia perfectamente que había salido de casa con
un propósito determinado, que tenía que hacer algo urgente, pero no se acordaba
de qué. De pronto se detuvo y miró a un hombre que desde la otra acera le
llamaba con la mano. Atravesó la calle para reunirse con él, pero el desconocido
dio media vuelta y se alejó, con la cabeza baja, sin volverse, como si no le
hubiera llamado.
«A
lo mejor, me ha parecido que me llamaba y no ha sido así», se dijo Raskolnikof.
Pero juzgó que debía alcanzarle. Cuando estaba a una decena de pasos de él lo
reconoció súbitamente y se estremeció. Era el desconocido de poco antes,
vestido con las mismas ropas y con su espalda encorvada. Raskolnikof lo siguió
de lejos. El corazón le latía con violencia. Entraron en un callejón. El
desconocido no se volvía.
«¿Sabrá
que le sigo?», se preguntó Rodia.
El
hombre encorvado entró por la puerta principal de un gran edificio. Raskolnikof
se acercó a él y le miró con la esperanza de que se volviera y le llamase. En
efecto, cuando el desconocido estuvo en el patio, se volvió y pareció indicarle
que se acercara. Raskolnikof se apresuró a franquear el portal, pero cuando
llegó al patio ya no vio a nadie. Por lo tanto, el hombre de la hopalanda había
tomado la primera escalera. Raskolnikof corrió tras él. Efectivamente, se oían
pasos lentos y regulares a la altura del segundo piso. Aquella escalera ‑cosa
extraña‑ no era desconocida para Raskolnikof. Allí estaba la ventana del
rellano del primer piso. Un rayo de luna misteriosa y triste se filtraba por
los cristales. Y llegó al segundo piso.
«¡Pero
si es aquí donde trabajaban los pintores!»
¿Cómo
no habría reconocido antes la casa...? El ruido de los pasos del hombre que le
precedía se extinguió.
«Por
lo tanto, se ha detenido. Tal vez se haya ocultado en alguna parte... He aquí
el tercer piso. ¿Debo seguir subiendo o no? ¡Qué silencio...!»
El
ruido de sus propios pasos le daba miedo.
«¡Señor,
qué oscuridad! El desconocido debe de estar oculto por aquí, en algún rincón...
¡Toma! La puerta que da al rellano está abierta de par en par.»
Tras
reflexionar un momento, entró. El vestíbulo estaba oscuro y vacío como una
habitación desvalijada. Pasó a la sala lentamente, andando de puntillas. Toda
ella estaba iluminada por una luna radiante. Nada había cambiado: allí estaban
las sillas, el espejo, el sofá amarillo, los cuadros con sus marcos. Por la
ventana se veía la luna, redonda y enorme, de un rojo cobrizo.
«Es
la luna la que crea el silencio -pensó Raskolnikof‑, la luna, que se
ocupa en descifrar enigmas.»
Estaba
inmóvil, esperando. A medida que iba aumentando el silencio nocturno, los
latidos de su corazón eran más violentos y dolorosos. ¡Qué calma tan
profunda...! De pronto se oyó un seco crujido, semejante al que produce una
astilla de madera al quebrarse. Después todo volvió a quedar en silencio. Una
mosca se despertó y se precipitó contra los cristales, dejando oír su bordoneo
quejumbroso. En este momento, Raskolnikof descubrió en un rincón, entre la
cómoda y la ventana, una capa colgada en la pared.
«¿Qué
hace esa capa aquí? ‑pensó‑. Entonces no estaba.»
Apartó
la capa con cuidado y vio una silla, y en la silla, sentada en el borde y con
el cuerpo doblado hacia delante, una vieja. Tenía la cabeza tan baja, que
Raskolnikof no podía verle la cara. Pero no le cupo duda de que era ella...
Permaneció un momento inmóvil. «Tiene miedo», pensó mientras desprendía poco a
poco el hacha del nudo corredizo. Después descargó un hachazo en la nuca de la
vieja, y otro en seguida. Pero, cosa extraña, ella no hizo el menor movimiento:
se habría dicho que era de madera. Sintió miedo y se inclinó hacia delante para
examinarla, pero ella bajó la cabeza más todavía. Entonces él se inclinó hasta
tocar el suelo con su cabeza y la miró de abajo arriba. Lo que vio le llenó de
espanto: la vieja reventaba de risa, de una risa silenciosa que trataba de
ahogar, haciendo todos los esfuerzos imaginables.
De
súbito le pareció que la puerta del dormitorio estaba entreabierta y que
alguien se reía allí también. Creyó oír un cuchicheo y se enfureció. Empezó a
golpear la cabeza de la vieja con todas sus fuerzas, pero a cada hachazo
redoblaban las risas y los cuchicheos en la habitación vecina, y lo mismo podía
decirse de la vieja, cuya risa había cobrado una violencia convulsiva.
Raskolnikof intentó huir, pero el vestíbulo estaba lleno de gente. La puerta
que daba a la escalera estaba abierta de par en par, y por ella pudo ver que
también el rellano y los escalones estaban llenos de curiosos. Con las cabezas
juntas, todos miraban, tratando de disimular. Todos esperaban en silencio. Se
le oprimió el corazón. Las piernas se negaban a obedecerle; le parecía tener
los pies clavados en el suelo... Intentó gritar y se despertó.
tenía
que hacer grandes esfuerzos para respirar, y aunque estaba bien despierto le
parecía que su sueño continuaba. La causa de ello era que, en pie en el umbral
de la habitación, cuya puerta estaba abierta de par en par, un hombre al que no
había visto jamás le contemplaba atentamente.
Raskolnikof,
que no había abierto los ojos del todo, se apresuró a volver a cerrarlos.
Estaba echado boca arriba y no hizo el menor movimiento.
«¿Sigo
soñando o ya estoy despierto?», se preguntó.
Y
levantó los párpados casi imperceptiblemente para mirar al desconocido. Éste
seguía en el umbral, observándole con la misma atención. De pronto entró
cautelosamente en el aposento, cerró la puerta tras él con todo cuidado, se
acercó a la mesa, estuvo allí un minuto sin apartar los ojos del joven y, sin
hacer el menor ruido, se sentó en una silla, cerca del diván. Dejó su sombrero
en el suelo, apoyó las manos sobre el puño del bastón y puso la barbilla sobre
las manos. Era evidente que se preparaba para una larga espera.
Raskolnikof
le dirigió una mirada furtiva y pudo ver que el desconocido no era ya joven,
pero sí de complexión robusta, y que llevaba barba, una barba espesa, rubia,
que empezaba a blanquear.
Estuvieron
así diez minutos. Había aún alguna claridad, pero el día tocaba a su fin. En la
habitación reinaba el más profundo silencio. De la escalera no llegaba el menor
ruido. Sólo se oía un moscardón que se había lanzado contra los cristales y que
volaba junto a ellos, zumbando y golpeándolos obstinadamente. Al fin, este
silencio se hizo insoportable. Raskolnikof se incorporó y quedó sentado en el
diván.
‑Bueno,
¿qué desea usted?
‑Ya
sabia yo que usted no estaba dormido de veras, sino que lo fingía ‑respondió
el desconocido, sonriendo tranquilamente‑. Permítame que me presente. Soy
Arcadio Ivanovitch Svidrigailof...
CUARTA PARTE
I
Debo de
estar soñando todavía ‑volvió a pensar Raskolnikof, contemplando al
inesperado visitante con atención y desconfianza‑ ¡Svidrigailof! ¡Qué
cosa tan absurda!»
‑No
es posible ‑dijo en voz alta, dejándose llevar de su estupor.
El
visitante no mostró sorpresa alguna ante esta exclamación.
‑He
venido a verle ‑dijo‑ por dos razones. En primer lugar, deseaba
conocerle personalmente, pues he oído hablar mucho de usted y en los términos
más halagadores. En segundo lugar, porque confío en que no me negará usted su
ayuda para llevar a cabo un proyecto relacionado con su hermana Avdotia
Romanovna. Solo, sin recomendación alguna, sería muy probable que su hermana me
pusiera en la puerta, en estos momentos en que está llena de prevenciones
contra mí. En cambio, contando con la ayuda de usted, yo creo...
‑No
espere que le ayude ‑le interrumpió Raskolnikof.
‑Permítame
una pregunta. Hasta ayer no llegaron su madre y su hermana, ¿verdad?
Raskolnikof
no contestó.
‑Sí,
sé que llegaron ayer. Y yo llegué anteayer. Pues bien, he aquí lo que quiero
decirle, Rodion Romanovitch. Creo innecesario justificarme, pero permítame otra
pregunta: ¿qué hay de criminal en mi conducta, siempre, claro es, que se miren
las cosas imparcialmente y sin prejuicios? Usted me dirá que he perseguido en
mi propia casa a una muchacha indefensa y que la he insultado con mis
proposiciones deshonestas (ya ve usted que yo mismo me adelanto a enfrentarme
con la acusación), pero considere usted que soy un hombre et nihil humanum...
En una palabra, que soy susceptible de caer en una tentación, de enamorarme,
pues esto no depende de nuestra voluntad. Admitido esto, todo se explica del
modo más natural. La cuestión puede plantearse así: ¿soy un monstruo o una
víctima? Yo creo que soy una víctima, pues cuando proponía al objeto de mi
pasión que huyera conmigo a América o a Suiza alimentaba los sentimientos más
respetuosos y sólo pensaba en asegurar nuestra felicidad común. La razón es
esclava de la pasión, y era yo el primer perjudicado por ella...
‑No
se trata de eso -replicó Raskolnikof con un gesto de disgusto‑. Esté
usted equivocado o tenga razón, nos parece usted un hombre sencillamente
detestable y no queremos ningún trato con usted. No quiero verle en mi casa.
¡Váyase!
Svidrigailof
se echó a reír de buena gana.
‑¡A
usted no hay modo de engañarlo! ‑exclamó con franca alegría‑. He
querido emplear la astucia, pero estos procedimientos no se han hecho para
usted.
‑Sin
embargo, sigue usted intentando embaucarme.
‑¿Y
qué? ‑exclamó Svidrigailof, riendo con todas sus fuerzas‑. Son
armas de bonne guerre, como suele decirse; una astucia de lo más inocente...
Pero usted no me ha dejado acabar. Sea como fuere, yo le aseguro que no habría
ocurrido nada desagradable de no producirse el incidente del jardín. Marfa
Petrovna...
‑Se
dice ‑le interrumpió rudamente Raskolnikof‑ que a Marfa Petrovna la
ha matado usted.
‑¿Conque
ya le han hablado de eso? En verdad, es muy comprensible. Pues bien, en cuanto
a lo que acaba usted de decir, sólo puedo responderle que tengo la conciencia
completamente tranquila sobre ese particular. Es un asunto que no me inspira
ningún temor. Todas las formalidades en use se han cumplido del modo más
correcto y minucioso. Según la investigación médica, la muerte obedeció a un
ataque de apoplejía producido por un baño tomado después de una copiosa comida
en la que la difunta se había bebido una botella de vino casi entera. No se
descubrió nada más... No, no es esto lo que me inquieta. Lo que yo me
preguntaba mientras el tren me traía hacia aquí era si habría contribuido
indirectamente a esta desgracia... con algún arranque de indignación, o algo
parecido. Pero he llegado a la conclusión de que no puede haber ocurrido tal
cosa.
Raskolnikof
se echó a reír.
‑Entonces,
no tiene usted por qué preocuparse.
‑¿De
qué se ríe? Óigame: yo sólo le di dos latigazos tan flojos que ni siquiera
dejaron señal... Le ruego que no me crea un cínico. Yo sé perfectamente que
esto es innoble y..., etcétera; pero también sé que a Marfa Petrovna no le
desagradó... mi arrebato, digámoslo así. El asunto relacionado con la hermana
de usted estaba ya agotado, y Marfa Petrovna, no teniendo ningún asunto que ir
llevando por las casas de la ciudad, se veía obligada a permanecer en casa
desde hacia tres días. Ya había fastidiado a todo el mundo con la lectura de la
carta (¿ha oído usted hablar de esa carta?). De pronto cayeron sobre ella, como
enviados por el cielo, aquellos dos latigazos. Lo primero que hizo fue ordenar
que preparasen el coche... Sin hablar de esos casos especiales en que las
mujeres experimentan un gran placer en que las ofendan, a pesar de la
indignación que simulan (casos que se presentan a veces), al hombre, en
general, le gusta que lo humillen. ¿No lo ha observado usted? Pero esta
particularidad es especialmente frecuente en las mujeres. Incluso se puede afirmar
que es algo esencial en su vida.
Hubo
un momento en que Raskolnikof pensó en levantarse e irse, para poner término a
la conversación, pero cierta curiosidad y también cierto propósito le
decidieron a tener paciencia.
‑Le
gusta manejar el látigo, ¿eh? ‑preguntó con aire distraído.
‑No
lo crea ‑respondió con toda calma Svidrigailof‑. En lo que
concierne a Marfa Petrovna, no disputaba casi nunca con ella. Vivíamos en
perfecta armonía, y ella estaba satisfecha de mí. Sólo dos veces usé el látigo
durante nuestros siete años de vida en común (dejando aparte un tercer caso
bastante dudoso). La primera vez fue a los dos meses de casarnos, cuando
llegamos a nuestra hacienda, y la segunda, en el caso que acabo de mencionar...
Y usted me considera un monstruo, ¿no?, un retrógrado, un partidario de la
esclavitud... A propósito, Rodion Romanovitch, ¿recuerda usted que hace algunos
años, en el tiempo de nuestras felices asambleas municipales, se cubrió de
oprobio a un terrateniente, cuyo nombre no recuerdo, culpable de haber azotado
a una extranjera en un vagón de ferrocarril? ¿Se acuerda? Me parece que fue el
mismo año en que se produjo «el más horrible incidente del siglo». Es decir, Las
noches egipcias[L37],
las conferencias, ¿recuerda...? ¡Los ojos negros...! ¡Oh, tiempos maravillosos
de nuestra juventud!, ¿dónde estáis...? Pues bien, he aquí mi opinión. Yo
critico severamente a ese señor que fustigó a la extranjera, pues es un acto
inicuo que uno no puede menos de censurar. Pero también debo decirle que
algunas de esas extranjeras le soliviantan a uno de tal modo, que ni el hombre
de ideas más avanzadas puede responder de sus actos. Nadie ha examinado la
cuestión en este aspecto, pero estoy seguro de que ello es un error, pues mi
punto de vista es perfectamente humano.
Al pronunciar
estas palabras, Svidrigailof volvió a echarse a reír. Raskolnikof comprendió
que aquel hombre obraba con arreglo a un plan bien elaborado y que era un
perillán de clase fina.
‑Debe
usted de llevar varios días sin hablar con nadie, ¿verdad? ‑preguntó el
joven.
‑Algo
de eso hay. Pero dígame: ¿no le extraña a usted mi buen carácter?
‑No,
de lo que estoy asombrado es de que tenga usted demasiado buen carácter.
‑Usted
dice eso porque no me he dado por ofendido ante el tono grosero de sus
preguntas, ¿no es verdad? Sí, no me cabe duda. Pero ¿por qué tenía que
enfadarme? Usted me ha preguntado francamente, y yo le he respondido con
franqueza ‑su acento rebosaba comprensión y simpatía‑. Ahora ‑continuó,
pensativo‑ nada me preocupa, porque ahora no hago absolutamente nada...
Por lo demás, usted puede suponer que estoy tratando de ganarme su simpatía con
miras interesadas, ya que mi mayor deseo es ver a su hermana, como le he
confesado. Pero créame si le digo que estoy verdaderamente aburrido, sobre todo
después de mi inactividad de estos tres últimos días. Por eso me he alegrado
tanto de verle... No se enfade, Rodion Romanovitch, pero me parece usted un
hombre muy extraño. Usted podrá decir que cómo se me ha ocurrido semejante cosa
precisamente en este momento, pero es que yo no me refiero a ahora, sino a
estos últimos tiempos... En fin, me callo; no quiero verle poner esa cara. No
soy tan oso como usted cree.
Raskolnikof
le dirigió una mirada sombría.
‑Tal
vez no lo sea usted nada. A mí me parece que es un hombre sumamente sociable,
o, por lo menos, que sabe usted serlo cuando es preciso.
‑Sin
embargo, a mí no me preocupa la opinión ajena ‑repuso Svidrigailof en un
tono seco y un tanto altivo‑. Por otra parte, ¿por qué no adoptar los
modales de una persona
mal educada
en un país donde esto tiene tantas ventajas, y sobre todo cuando uno se siente
inclinado por temperamento a la mala educación? ‑terminó entre risas.
‑Pues
yo he oído decir que usted tiene aquí muchos conocidos y que no es eso que
llaman «un hombre sin relaciones». Si no persigue usted ningún fin, ¿a qué ha
venido a mi casa?
‑Es
cierto que tengo aquí conocidos ‑dijo el visitante, sin responder a la
pregunta principal que se le acababa de dirigir‑. Ya me he cruzado con
algunos, pues llevo tres días paseando. Yo los he reconocido y ellos me han
reconocido a mí, creo yo. Es natural que sea un hombre bien relacionado. Voy
bien vestido y se me considera como hombre acomodado, pues, a pesar de la
abolición de la esclavitud, nos quedan bosques y praderas fertilizados por
nuestros ríos, que siguen proporcionándonos una renta. Pero no quiero reanudar
mis antiguas relaciones; hace ya tiempo que estas amistades no me seducen. Ya
hace tres días que voy vagando por aquí, y todavía no he visitado a nadie...
Además, ¡esta ciudad...! ¿Ha observado usted cómo está edificada? Es una
población de funcionarios y seminaristas. Verdaderamente, hay muchas cosas en
que yo no me fijaba hace ocho años, cuando no hacía otra cosa que holgazanear e
ir por esos círculos, por esos clubes, como el Dussaud[L38].
No volveré a visitar ninguno ‑continuó, fingiendo no darse cuenta de la
muda interrogación del joven‑. ¿Qué placer se puede experimentar en hacer
fullerías?
‑¡Ah!¿Hacía
usted trampas en el juego?
‑Sí.
Éramos un grupo de personas distinguidas que matábamos así el tiempo.
Pertenecíamos a la mejor sociedad. Había entre nosotros poetas y capitalistas.
¿Ha observado usted que aquí, en Rusia, abundan los fulleros entre las personas
de buen tono? Yo vivo ahora en el campo, pero estuve encarcelado por deudas. El
acreedor era un griego de Nejin. Entonces conocí a Marfa Petrovna. Entró en
tratos con mi acreedor, regateó, me liberó de mi deuda mediante la entrega de
treinta mil rublos (yo sólo debía setenta mil), nos unimos en legítimo matrimonio
y se me llevó al punto a sus propiedades, donde me guardó como un tesoro. Ella
tenía cinco años más que yo y me adoraba. En siete años, yo no me moví de allí.
Por cierto, que Marfa Petrovna conservó toda su vida el cheque que yo había
firmado al griego con nombre falso, de modo que si yo hubiera intentado
sacudirme el yugo, ella me habría hecho enchiquerar. Si, no le quepa duda de
que lo habría hecho. Las mujeres tienen estas contradicciones.
‑De
no existir ese pagaré, ¿la habría plantado usted?
‑No
sé qué decirle. Desde luego, ese documento no me preocupaba lo más mínimo. Yo
no sentía deseos de ir a ninguna parte, y la misma Marfa Petrovna, viendo cómo
me aburría, me propuso en dos ocasiones que hiciera un viaje al extranjero.
Pero yo habia ya salido anteriormente de Rusia y el viaje me había disgustado
profundamente. Uno contempla un amanecer aquí o allá, o la bahía de Nápoles, o
el mar, y se siente dominado por una profunda tristeza. Y lo peor es que uno
experimenta una verdadera nostalgia. No, se está mejor en casa. Aquí, al menos,
podemos acusar a los demás de todos los males y justificarnos a nuestros
propios ojos. Tal vez me vaya al Polo Norte con una expedición, pues j'ai le
vin mauvais [L39]y
no quiero beber. Pero es que no puedo hacer ninguna otra cosa. Ya lo he
intentado, pero nada. ¿Ha oído usted decir que Berg va a intentar el domingo
una ascensión en globo en el parque Iusupof y que admite pasajeros?
‑¿Pretende
usted subir al globo?
‑¿Yo?
No, no... Lo he dicho por decir -murmuró Svidrigailof, pensativo.
«¿Será
sincero?, pensó Raskolnikof.
‑No,
el pagaré no me preocupó en ningún momento ‑‑dijo Svidrigailof,
volviendo al tema interrumpido‑. Permanecía en el campo muy a gusto. Por
otra parte, pronto hará un año que Marfa Petrovna, con motivo de mi cumpleaños,
me entregó el documento, como regalo, añadiendo a él una importante cantidad...
Pues era rica. «Ya ves cuánta es mi confianza en ti, Arcadio Ivanovitch», me
dijo. Sí, le aseguro que me lo dijo así. ¿No lo cree? Yo cumplía a la
perfección mis deberes de propietario rural. Se me conocía en toda la comarca.
Hacía que me enviaran libros. Esto al principio mereció la aprobación de Marfa
Petrovna. Después temió que tanta lectura me fatigara.
‑Me
parece que echa mucho de menos a Marfa Petrovna.
‑¿Yo...?
Tal vez... A propósito, ¿cree usted en apariciones?
‑¿Qué
clase de apariciones?
‑¿Cómo
que qué clase? lo que todo el mundo entiende por apariciones.
‑¿Y
usted? ¿Usted cree?
‑Si
y no. Si usted quiere, no, pour vous plaire... En resumen, que no lo
puedo afirmar.
‑¿Usted
las ha tenido?
Svidrigailof
le dirigió una mirada extraña.
‑Marfa
Petrovna tiene la atención de venir a visitarme ‑respondió torciendo la
boca en una sonrisa indefinible.
‑¿Es
posible?
‑Se
me ha aparecido ya tres veces. La primera fue el mismo día de su entierro, o
sea la víspera de mi salida para Petersburgo. La segunda, hace dos días,
durante mi viaje, en la estación de Malaia Vichera[L40],
al amanecer, y la tercera, hace apenas dos horas, en la habitación en que me
hospedo. Estaba solo.
‑¿Despierto?
‑‑Completamente
despierto las tres veces. Aparece, me habla unos momentos y se va por la
puerta, siempre por la puerta. Incluso me parece oírla marcharse.
‑¿Por
qué tendría yo la sensación de que habían de ocurrirle estas cosas? ‑dijo
de súbito Raskolnikof, asombrándose de sus palabras apenas las habia
pronunciado. Estaba extraordinariamente emocionado.
‑¿De
veras ha pensado usted eso? ‑exclamó Svidrigailof, sorprendido‑.
¿De veras? ¡Ah! Ya dela yo que entre nosotros existía cierta afinidad.
‑Usted
no ha dicho eso ‑replicó ásperamente Raskolnikof.
‑¿No
lo he dicho?
‑No.
‑Pues
creía haberlo dicho. Cuando he entrado hace un momento y le he visto acostado,
con los ojos cerrados y fingiendo dormir, me he dicho inmediatamente: «Es él
mismo.»
‑¿Qué
quiere decir eso de «él mismo? ‑exclamó Raskolnikof‑. ¿A qué se
refiere usted?
‑Pues
no lo sé ‑respondió Svidrigailof ingenuamente, desconcertado.
Los
dos guardaron silencio mientras se devoraban con los ojos.
‑¡Todo
eso son tonterías! ‑exclamó Raskolnikof, irritado‑. ¿Qué le dice
Marfa Petrovna cuando se le aparece?
‑¿De
qué me habla? De nimiedades. Y, para que vea usted lo que es el hombre, eso es
precisamente lo que me molesta. La primera vez se me presentó cuando yo estaba
rendido por la ceremonia fúnebre, el réquiem, la comida de funerales... Al fin
pude aislarme en mi habitación, encendí un cigarro y me entregué a mis
reflexiones. De pronto, Marfa Petrovna entró por la puerta y me dijo: «con
tanto trajín, te has olvidado de subir la pesa del reloj del comedor.» Y es que
durante siete años me encargué yo de este trabajo, y cuando me olvidaba de él,
ella me lo recordaba... Al día siguiente partí para Petersburgo. Al amanecer,
llegué a la estación que antes le dije y me dirigí a la cantina. Había dormido
mal y tenía el cuerpo dolorido y los ojos hinchados. Pedí café. De pronto,
¿sabe usted lo que vi? A Marfa Petrovna, que se sentó a mi lado con un juego de
cartas en la mano. «¿Quieres que te prediga, Arcadio Ivanovitch ‑me
preguntó‑, cómo transcurrirá tu viaje?» Debo decirle que era una maestra
en el arte de echar las cartas... Nunca me perdonaré haberme negado. Eché a
correr, presa de pánico. Bien es verdad que la campana que llama a los viajeros
al tren estaba ya sonando... Y hoy, cuando me hallaba en mi habitación, luchando
por digerir la detestable comida de figón que acababa de echar a mi cuerpo, con
un cigarro en la boca, ha entrado Marfa Petrovna, esta vez elegantemente
ataviada con un flamante vestido verde de larga cola.
»‑Buenos
días, Arcadio Ivanovitch. ¿Qué te parece mi vestido? Aniska no habría sido
capaz de hacer una cosa igual.
»Aniska
es una costurera de nuestra casa, que primero había sido sierva y que había
hecho sus estudios en Moscú... Una bonita muchacha.
»Marfa
Petrovna no cesa de dar vueltas ante mí. Yo contemplo el vestido, después la
miro á ella a la cara, atentamente.
»‑¿Qué
necesidad tienes de venir a consultarme estas bagatelas, Marfa Petrovna?
»‑¿Es
que te molesta hasta que venga a verte?
»‑Oye,
Marfa Petrovna ‑le digo para mortificarla‑, voy , a volver a
casarme.
»‑Eso
es muy propio de ti ‑me responde‑. Pero no te hace ningún favor
casarte cuando todavía está tan reciente la muerte de tu mujer. Aunque tu
elección fuera acertada, sólo conseguirías atraerte las críticas de las
personas respetables.
»Dicho
esto, se ha marchado, y a mí me ha parecido oír el frufrú de su cola. ¡Qué
cosas tan absurdas!, ¿verdad?
‑¿No
me estará usted contando una serie de mentiras? ‑preguntó Raskolnikof.
‑Miento
muy pocas veces ‑repuso Svidrigailof, pensativo y sin que, al parecer,
advirtiera lo grosero de la pregunta.
‑Y
antes de esto, ¿no había tenido usted apariciones?
‑No...
Mejor dicho, sólo una vez, hace seis años. Yo tenía un criado llamado Filka.
Acababan de enterrarlo, cuando empecé a gritar, distraído: «¡Filka, mi pipa!»
Filka entró y se fue derecho al estante donde estaban alineados mis utensilios
de fumador. Como habíamos tenido un fuerte altercado poco antes de su muerte,
supuse que su aparición era una venganza. Le grité: «¿Cómo te atreves a
presentarte ante mí vestido de ese modo? Se te ven los codos por los boquetes
de las mangas. ¡Fuera de aquí, miserable!» El dio media vuelta, se fue y no se
me apareció nunca más. No dije nada de esto a Marfa Petrovna. Mi primera
intención fue dedicarle una misa, pero después pensé que esto sería una
puerilidad.
‑Usted
debe ir al médico.
‑No
necesito que usted me lo diga para saber que estoy enfermo, aunque ignoro de
qué enfermedad. Sin embargo, yo creo que mi conducta es cinco veces más normal
que la de usted. Mi pregunta no ha sido si usted cree que pueden verse
apariciones, sino si opina que las apariciones existen.
‑No,
de ningún modo puedo creer eso ‑dijo Raskolnikof con cierta irritación.
‑La
gente ‑murmuró Svidrigailof como si hablara consigo mismo, inclinando la
cabeza y mirando de reojo‑ suele decir: «Estás enfermo. Por lo tanto,
todo eso que ves son alucinaciones.» Esto no es razonar con lógica rigurosa.
Admito que las apariciones sólo las vean los enfermos; pero esto sólo demuestra
que hay que estar enfermo para verlas, no que las apariciones no existan.
‑Estoy
seguro de que no existen ‑exclamó Raskolnikof con energía.
‑¿Usted
cree?
Observó
al joven largamente. Después siguió diciendo:
Bien,
pero no me negará usted que se puede razonar como yo voy a hacerlo... Le ruego
que me ayude... Las apariciones son algo así como fragmentos de otros
mundos..., sus ambiciones. Un hombre sano no tiene motivo alguno para verlas,
ya que es, ante todo, un hombre terrestre, es decir, material. Por lo tanto,
sólo debe vivir para participar en el orden de la vida de aquí abajo. Pero,
apenas se pone enfermo, apenas empieza a alterarse el orden normal, terrestre,
de su organismo, la posible acción de otro mundo comienza a manifestarse en él,
y a medida que se agrava su enfermedad, las relaciones con ese otro mundo se
van estrechando, progresión que continúa hasta que la muerte le permite entrar
de lleno en él. Si usted cree en una vida futura, nada le impide admitir este
razonamiento.
‑Yo
no creo en la vida futura ‑replicó Raskolnikof.
Svidrigailof
estaba ensimismado.
‑¿Y
si no hubiera allí más que arañas y otras cosas parecidas? ‑preguntó de
pronto.
«Está
loco, pensó Raskolnikof.
‑Nos
imaginamos la eternidad -continuó Svidrigailofcomo algo inmenso e inconcebible.
Pero ¿por qué ha de ser así necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un
cuchitril, uno de esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y
con telas de araña en todos los rincones? Le confieso que así me la imagino yo
a veces.
Raskolnikof
experimentó una sensación de malestar.
‑¿Es
posible que no haya sabido usted concebir una imagen más justa, más
consoladora? ‑preguntó.
‑¿Más
justa? ¡Quién sabe si mi punto de vista es el verdadero! Si dependiera de mí,
ya me las compondría yo para que lo fuera ‑respondió Svidrigailof con una
vaga sonrisa.
Ante
esta absurda respuesta, Raskolnikof se estremeció, Svidrigailof levantó la
cabeza, le miró fijamente y se echó a reír.
‑Fíjese
usted en un detalle y dígame si no es curioso -exclamó‑. Hace media hora,
jamás nos habíamos visto, y ahora todavía nos miramos como enemigos, porque
tenemos un asunto pendiente de solución. Sin embargo, lo dejamos todo a un lado
para ponernos a filosofar. Ya le decía yo que éramos dos cabezas gemelas.
‑Perdone
‑dijo Raskolnikof bruscamente‑. Le ruego que me diga de una vez a
qué debo el honor de su visita. Tengo que marcharme.
‑Pues
lo va usted a saber. Dígame: su hermana, Avdotia Romanovna, ¿se va a casar con
Piotr Petrovitch Lujine?
‑Le
ruego que no mezcle a mi hermana en esta conversación, que ni siquiera
pronuncie su nombre. Además, no comprendo cómo se atreve usted a nombrarla si
verdaderamente es Svidrigailof.
‑¿Cómo
quiere usted que no la nombre si he venido expresamente para hablarle a ella?
‑Bien.
Hable, pero de prisa.
‑No
me cabe duda de que si ha tratado usted sólo durante media hora a mi pariente
político el señor Lujine, o si ha oído hablar de él a alguna persona digna de
crédito, ya tendrá formada su opinión sobre dicho señor. No es un partido
conveniente para Avdotia Romanovna. A mi juicio, Avdotia Romanovna va a
sacrificarse de un modo tan magnánimo como impremeditado por... por su familia.
Fundándome en todo lo que había oído decir de usted, supuse que le encantaría
que ese compromiso matrimonial se rompiera, con tal que ello no reportase ningún
perjuicio a su hermana. Ahora que le conozco, estoy seguro de la exactitud de
mi suposición.
‑No
sea usted ingenuo..., mejor dicho, desvergonzado.
‑¿Cree
usted acaso que obro impulsado por el interés? Puede estar tranquilo, Rodion
Romanovitch: si fuera así, lo disimularía. No me crea tan imbécil. Respecto a
este particular, voy a descubrirle una rareza psicológica. Hace un momento, al
excusarme de haber amado a su hermana, le he dicho que yo había sido en este
caso la primera victima. Pues bien, le confieso que ahora no siento ningún amor
por ella, lo cual me causa verdadero asombro, al recordar lo mucho que la amé.
‑Lo
que usted sintió -dijo Raskolnikof‑ fue un capricho de hombre libertino y
ocioso.
‑Ciertamente
soy un hombre ocioso y libertino; pero su hermana posee tan poderosos
atractivos, que no es nada extraño que yo no pudiera desistir. Sin embargo,
todo aquello no fue más que una nube de verano, como ahora he podido ver.
‑¿Hace
mucho que se ha dado cuenta de eso?
‑Ya
hace tiempo que lo sospechaba, pero no me convencí hasta anteayer, en el
momento de mi llegada a Petersburgo. Sin embargo, ya habia llegado el tren a
Moscú, y aún tenía el convencimiento de que venía aquí con objeto de desbancar
a Lujine y obtener la mano de Avdotia Romanovna.
‑Perdone,
pero ¿no podría usted abreviar y explicarme el objeto de su visita? Tengo cosas
urgentes que hacer.
‑Con
mucho gusto. He decidido emprender un viaje y quisiera arreglar ciertos asuntos
antes de partir... Mis hijos se han quedado con su tía; son ricos y no me
necesitan para nada. Además, ¿cree usted que yo puedo ser un buen padre? Para
cubrir mis necesidades personales, sólo me he quedado con la cantidad que me
regaló Marfa Petrovna el año pasado. Con ese dinero tengo suficiente...
perdone, vuelvo al asunto. Antes de emprender este viaje que tengo en proyecto
y que seguramente realizaré he decidido terminar con el señor Lujine. No es que
le odie, pero él fue el culpable de mi último disgusto con Marfa Petrovna. Me
enfadé cuando supe que este matrimonio había sido un arreglo de mi mujer. Ahora
yo desearía que usted intercediera para que Avdotia Romanovna me concediera una
entrevista, en la cual le explicaría, en su presencia si usted lo desea así,
que su enlace con el señor Lujine no sólo no le reportaría ningún beneficio,
sino que, por el contrario, le acarrearía graves inconvenientes. Acto seguido,
me excusaría por todas las molestias que le he causado y le pediría permiso
para ofrecerle diez mil rublos, lo que le permitiría romper su compromiso con
Lujine, ruptura que de buena gana llevará a cabo (estoy seguro de ello) si se
le presenta una ocasión.
‑Realmente
está usted loco ‑exclamó Raskolnikof, menos irritado que sorprendido‑.
¿Cómo se atreve a hablar de ese modo?
‑Ya
sabía yo que pondría usted el grito en el cielo, pero quiero hacerle saber,
ante todo, que, aunque no soy rico, puedo desprenderme perfectamente de esos
diez mil rublos, es decir, que no los necesito. Si Avdotia Romanovna no los
acepta, sólo Dios sabe el estúpido use que haré de ellos. Por otra parte, tengo
la conciencia bien tranquila, pues hago este ofrecimiento sin ningún interés.
Tal vez no me crea usted, pero en seguida se convencerá, y lo mismo digo de
Avdotia Romanovna. Lo único cierto es que he causado muchas molestias a su
honorable hermana, y como estoy sinceramente arrepentido, deseo de todo
corazón, no rescatar mis faltas, no pagar esas molestias, sino simplemente
hacerle un pequeño servicio para que no pueda decirse que compré el privilegio
de causarle solamente males. Si mi proposición ocultara la más leve segunda
intención, no la habría hecho con esta franqueza, y tampoco me habría limitado
a ofrecerle diez mil rublos, cuando le ofrecí bastante más hace cinco semanas.
Además, es muy probable que me case muy pronto con cierta joven, lo que
demuestra que no pretendo atraerme a Avdotia Romanovna. Y, para terminar, le
diré que si se casa con Lujine, su hermana aceptará esta misma suma, sólo que
de otra manera. En fin, Rodion Romanovitch, no se enfade usted y reflexione
sobre esto con calma y sangre fría.
Svidrigailof
había pronunciado estas palabras con un aplomo extraordinario.
‑Basta
ya ‑dijo Raskolnikof‑. Su proposición es de una insolencia
imperdonable.
‑No
estoy de acuerdo. Según ese criterio, en este mundo un hombre sólo puede perjudicar
a sus semejantes y no tiene derecho a hacerles el menor bien, a causa de las
estúpidas conveniencias sociales. Esto es absurdo. Si yo muriese y legara esta
suma a mi hermana, ¿se negaría ella a aceptarla?
‑Es
muy posible.
‑Pues
yo estoy seguro de que no la rechazaría. Pero no discutamos. Lo cierto es que
diez mil rublos no son una cosa despreciable. En fin, fuera como fuere, le
ruego que transmita nuestra conversación a Avdotia Romanovna.
‑No
lo haré.
‑En
tal caso, Rodion Romanovitch, me veré obligado a procurar tener una entrevista
con ella, cosa que tal vez la moleste.
‑Y
si yo le comunico su proposición, ¿usted no intentará visitarla?
‑Pues...
no sé qué decirle. ¡Me gustaría tanto verla, aunque sólo fuera una vez!
‑No
cuente con ello.
‑Pues
es una lástima. Por otra parte, usted no me conoce. Podríamos llegar a ser
buenos amigos.
‑¿Usted
cree?
‑¿Por
qué no? ‑exclamó Svidrigailof con una sonrisa.
Se
levantó y cogió su sombrero.
‑¡Vaya!
No quiero molestarle más. Cuando venía hacia aquí no tenía demasiadas
esperanzas de... Sin embargo, su cara me había impresionado esta mañana.
‑¿Dónde
me ha visto usted esta mañana? ‑preguntó Raskolnikof con visible
inquietud.
‑Le
vi por pura casualidad. Sin duda, usted y yo tenemos algo en común... Pero no
se agite. No me gusta importunar a nadie. He tenido cuestiones con los
jugadores de ventaja y no he molestado jamás al príncipe Svirbey, gran
personaje y pariente lejano mío. Incluso he escrito pensamientos sobre la
Virgen de Rafael en el álbum de la señora Prilukof. He vivido siete años con
Marfa Petrovna sin moverme de su hacienda... Y antaño pasé muchas noches en la
casa Viasemsky, de la plaza del Mercado... Además, tal vez suba en el globo de
Berg.
‑Permítame
una pregunta. ¿Piensa usted emprender muy pronto su viaje?
‑¿Qué
viaje?
‑El
viaje de que me ha hablado usted hace un momento.
‑¿Yo?
¡Ah, sí! Ahora lo recuerdo... Es un asunto muy complicado. ¡Si usted supiera el
problema que acaba de remover!
Lanzó
una risita aguda.
‑A
lo mejor, en vez de viajar, me caso. Se me han hecho proposiciones.
‑¿Aquí?
‑Sí.
‑No
ha perdido usted el tiempo.
‑Sin
embargo, desearía ver una sola vez a Avdotia Romanovna. Se lo digo en serio...
Adiós, hasta la vista... ¡Ah, se me olvidaba! Dígale a su hermana que Marfa
Petrovna le ha legado tres mil rublos. Esto es completamente seguro. Marfa
Petrovna hizo testamento en mi presencia ocho días antes de morir. Avdotia
Romanovna tendrá ese dinero en su poder dentro de unas tres semanas.
‑¿Habla
usted en serio?
‑Sí.
Dígaselo a su hermana... Bueno, disponga de mí. Me hospedo muy cerca de su
casa.
Al
salir, Svidrigailof se cruzó con Rasumikhine en el umbral.
II
Eran cerca
de las ocho. Los dos jóvenes se dirigieron a paso ligero al edificio Bakaleev,
con el propósito de llegar antes que Lujine.
‑¿Quién
era ese señor que estaba contigo? ‑preguntó Rasumikhine apenas llegaron a
la calle.
‑Es
Svidrigailof, ese hacendado que hizo la corte a mi hermana cuando la tuvo en su
casa como institutriz. A causa de esta persecución, Marfa Petrovna, la esposa
de Svidrigailof, echó a mi hermana de la casa. Esta señora pidió después perdón
a Dunia, y ahora, hace unos días, ha muerto de repente. De ella hemos hablado
hace un momento. No sé por qué temo tanto a ese hombre. Inmediatamente después
del entierro de su mujer se ha venido a Petersburgo. Es un tipo muy extraño y
parece abrigar algún proyecto misterioso. ¿Qué es lo que proyectará? Hay que
proteger a Dunia contra él. Estaba deseando poder decírtelo.
‑¿Protegerla?
Pero ¿qué mal puede él hacer a Avdotia Romanovna? En fin, Rodia, te agradezco
esta prueba de confianza. Puedes estar tranquilo, que protegeremos a tu
hermana. ¿Dónde vive ese hombre?
‑No
lo sé.
‑¿Por
qué no se lo has preguntado? Ha sido una lástima. Pero te aseguro que me
enteraré.
‑¿Te
has fijado en él? ‑preguntó Raskolnikof tras una pausa.
‑Sí,
lo he podido observar perfectamente.
‑¿De
veras lo has podido examinar bien? ‑insistió Raskolnikof.
‑Sí,
recuerdo todos sus rasgos. Reconocería a ese hombre entre mil, pues tengo buena
memoria para las fisonomías.
Callaron
nuevamente.
‑Oye
‑murmuró Raskolnikof‑, ¿sabes que...? Mira, estaba pensando que...
¿no habrá sido todo una ilusión?
‑Pero
¿qué dices? No lo entiendo.
Raskolnikof
torció la boca en una sonrisa.
‑Te
lo diré claramente. Todos creeréis que me he vuelto loco, y a mí me parece que
tal vez es verdad, que he perdido la razón y que, por lo tanto, lo que he visto
ha sido un espectro.
‑Pero
¿qué disparates estás diciendo?
‑Sí,
tal vez esté loco y todos los acontecimientos de estos últimos días sólo hayan
ocurrido en mi imaginación.
‑¡A
ti te ha trastornado ese hombre, Rodia! ¿Qué te ha dicho? ¿Qué quería de ti?
Raskolnikof
no le contestó. Rasumikhine reflexionó un instante.
‑Bueno,
te lo voy a contar todo ‑dijo‑. He pasado por tu casa y he visto
que estabas durmiendo. Entonces hemos comido y luego yo he visitado a Porfirio
Petrovitch. Zamiotof estaba con él todavía. Intenté empezar en seguida mis
explicaciones, pero no lo conseguí. No había medio de entrar en materia como
era debido. Ellos parecían no comprender y, por otra parte, no mostraban la
menor desazón. Al fin, me llevo a Porfirio junto a la ventana y empiezo a
hablarle, sin obtener mejores resultados. Él mira hacia un lado, yo hacia otro.
Finalmente le acerco el puño a la cara y le digo que le voy a hacer polvo. Él
se limita a mirarme en silencio. Yo escupo y me voy. Así termina la escena. Ha
sido una estupidez. Con Zamiotof no he cruzado una sola palabra... Yo temía
haberte causado algún perjuicio con mi conducta; pero cuando bajaba la escalera
he tenido un relámpago de lucidez. ¿Por qué tenemos que preocuparnos tú ni yo?
Si a ti te amenazara algún peligro, tal inquietud se comprendería; pero ¿qué
tienes tú que temer? Tú no tienes nada que ver con ese dichoso asunto y, por lo
tanto, puedes reírte de ellos. Más adelante podremos reírnos en sus propias
narices, y si yo estuviera en tu lugar, me divertiría haciéndoles creer que
están en lo cierto. Piensa en su bochorno cuando se den cuenta de su tremendo
error. No lo pensemos más. Ya les diremos lo que se merecen cuando llegue el
momento. Ahora limitémonos a burlarnos de ellos.
‑Tienes
razón ‑dijo Raskolnikof.
Y
pensó: «¿Qué dirás más adelante, cuando lo sepas todo...? Es extraño: nunca se
me había ocurrido pensar qué dirá Rasumikhine cuando se entere.»
Después
de hacerse esta reflexión miró fijamente a su amigo. El relato de la visita a
Porfirio Petrovitch no le había interesado apenas. ¡Se habían sumado tantos
motivos de preocupación durante las últimas horas a los que tenía desde hacía
tiempo!
En
el pasillo se encontraron con Lujine. Había llegado a las ocho en punto y
estaba buscando el número de la habitación de su prometida. Los tres cruzaron
la puerta exterior casi al mismo tiempo, sin saludarse y sin mirarse siquiera.
Los dos jóvenes entraron primero en la habitación. Piotr Petrovitch, siempre
riguroso en cuestiones de etiqueta, se retrasó un momento en el vestíbulo para
quitarse el sobretodo. Pulqueria Alejandrovna se dirigió inmediatamente a él,
mientras Dunia saludaba a su hermano.
Piotr
Petrovitch entró en la habitación y saludó a las damas con la mayor amabilidad,
pero con una gravedad exagerada. Parecía, además, un tanto desconcertado.
Pulqueria Alejandrovna, que también daba muestras de cierta turbación, se
apresuró a hacerlos sentar a todos a la mesa redonda donde hervía el samovar.
Dunia y Lujine quedaron el uno frente al otro, y Rasumikhine y Raskolnikof se
sentaron de cara a Pulqueria Alejandrovna, aquél al lado de Lujine, y
Raskolnikof junto a su hermana.
Hubo
un momento de silencio. Lujine sacó con toda lentitud un pañuelo de batista
perfumado y se sonó con aire de hombre amable pero herido en su dignidad y
decidido a pedir explicaciones. Apenas había entrado en el vestíbulo, le había
acometido la idea de no quitarse el gabán y retirarse, para castigar
severamente a las dos damas y hacerles comprender la gravedad del acto que
habían cometido. Pero no se había atrevido a tanto. Por otra parte, le gustaban
las situaciones claras y deseaba despejar la siguiente incógnita: Pulqueria
Alejandrovna y su hija debían de tener algún motivo para haber desatendido tan
abiertamente su prohibición, y este motivo era lo primero que él necesitaba
conocer. Después tendría tiempo de aplicar el castigo adecuado.
‑Deseo
que hayan tenido un buen viaje ‑dijo a Pulqueria Alejandrovna en un tono
puramente formulario.
‑Así
ha sido, gracias a Dios, Piotr Petrovitch.
‑Lo
celebro de veras. ¿Y para usted no ha resultado fatigoso, Avdotia Romanovna?
‑Yo
soy joven y fuerte y no me fatigo ‑repuso Dunia‑; pero mamá ha
llegado rendida.
‑¿Qué
quieren ustedes?‑dijo Lujine‑. Nuestros trayectos son
interminables, pues nuestra madre Rusia es vastísima... A mí me fue
materialmente imposible ir a recibirlas, pese a mi firme propósito de hacerlo.
Sin embargo, confío en que no tropezarían ustedes con demasiadas dificultades.
‑Pues
sí, Piotr Petrovitch ‑se apresuró a contestar Pulqueria Alejandrovna en
un tono especial‑, nos vimos verdaderamente apuradas, y si Dios no nos
hubiera enviado a Dmitri Prokofitch, no sé qué habría sido de nosotras. Me
refiero a este joven. Permítame que se lo presente: Dmitri Prokofitch
Rasumikhine.
‑¡Ah!
¿Es este joven? Ya tuve el placer de conocerlo ayer ‑murmuró Lujine
lanzando al estudiante una mirada de reojo y enmudeciendo después con las cejas
fruncidas.
Piotr
Petrovitch era uno de esos hombres que, a costa de no pocos esfuerzos, se
muestran amabilísimos en sociedad, pero que, a la menor contrariedad, pierde
los estribos de tal modo, que más parecen patanes que distinguidos caballeros.
Hubo
un nuevo silencio. Raskolnikof se encerraba en un obstinado mutismo. Avdotia
Romanovna juzgaba que en aquellas circunstancias no le correspondía a ella
romper el silencio. Rasumikhine no tenía nada que decir. En consecuencia, fue
Pulqueria Alejandrovna la que tuvo que reanudar la conversación.
‑¿Sabe
usted que ha muerto Marfa Petrovna? ‑preguntó, echando mano de su supremo
recurso.
‑¿Cómo
no? Me lo comunicaron en seguida. Es más, puedo informarla a usted de que
Arcadio Ivanovitch Svidrigailof partió para Petersburgo inmediatamente después
del entierro de su esposa. Lo sé de buena tinta.
‑¿Cómo?
¿Ha venido a Petersburgo? ‑exclamó Dunetchka, alarmada y cambiando una
mirada con su madre.
‑Lo
que usted oye. Y, dada la precipitación de este viaje y las circunstancias que
lo han precedido, hay que suponer que abriga alguna intención oculta.
‑¡Señor!
¿Es posible que venga a molestar a Dunetchka hasta aquí?
‑Mi
opinión es que no tienen ustedes motivo para inquietarse demasiado, ya que
eludirán toda clase de relaciones con él. En lo que a mí concierne, estoy ojo
avizor y pronto sabré adónde ha ido a parar.
‑¡Ah,
Piotr Petrovitch! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. Usted no se
puede imaginar hasta qué punto me inquieta esa noticia. No he visto a ese
hombre más que dos veces, pero esto ha bastado para que le considere un ser
monstruoso. Estoy segura de que es el culpable de la muerte de Marfa Petrovna.
‑Sobre
este punto, nada se puede afirmar. Lo digo porque poseo informes exactos. No
niego que los malos tratos de ese hombre hayan podido acelerar en cierto modo
el curso normal de las cosas. En cuanto a su conducta y, en general, en cuanto
a su índole moral, estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y qué
herencia habrá recibido de Marfa Petrovna, pero no tardaré en saberlo. Lo indudable
es que, al vivir aquí, en Petersburgo, reanudará su antiguo género de vida, por
pocos recursos que tenga para ello. Es un hombre depravado y lleno de vicios.
Tengo fundados motivos para creer que Maria Petrovna, que tuvo la desgracia de
enamorarse de él, además de pagarle todas sus deudas, le prestó hace ocho años
un extraordinario servicio de otra índole. A fuerza de gestiones y sacrificios,
esa mujer consiguió ahogar en su origen un asunto criminal que bien podría
haber terminado con la deportación del señor Svidrigailof a Siberia. Se trata
de un asesinato tan monstruoso, que raya en lo increíble.
‑¡Señor
Señor! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Raskolnikof
escuchaba atentamente.
‑¿Dice
usted que habla basándose en informes dignos de crédito? ‑preguntó
severamente Avdotia Romanovna.
‑Me
limito a repetir lo que me confió en secreto Marfa Petrovna. Desde luego, el
asunto está muy confuso desde el punto de vista jurídico. En aquella época
habitaba aquí, e incluso parece que sigue habitando, una extranjera llamada
Resslich que hacía pequeños préstamos y se dedicaba a otros trabajos. Entre esa
mujer y el señor Svidrigailof existían desde hacía tiempo relaciones tan
íntimas como misteriosas. La extranjera tenía en su casa a una parienta lejana,
me parece que una sobrina, que tenía quince años, o tal vez catorce, y era
sordomuda. Resslich odiaba a esta niña: apenas le daba de comer y la golpeaba
bárbaramente. Un día la encontraron ahorcada en el granero. Cumplidas las
formalidades acostumbradas, se dictaminó que se trataba de un suicidio. Pero
cuando el asunto parecía terminado, la policía notificó que la chiquilla había
sido violada por Svidrigailof. Cierto que todo esto estaba bastante confuso y
que la acusación procedía de otra extranjera, una alemana cuya inmoralidad era
notoria y cuyo testimonio no podía tenerse en cuenta. Al fin, la denuncia fue
retirada, gracias a los esfuerzos y al dinero de Marfa Petrovna. Entonces todo
quedó reducido a los rumores que circulaban; pero esos rumores eran muy
significativos. Sin duda, Avdotia Romanovna, cuando estaba usted en casa de
esos señores, oía hablar de aquel criado llamado Filka, que murió a
consecuencia de los malos tratos que se le dieron en aquellos tiempos en que
existía la esclavitud.
‑Lo
que yo oí decir fue que Filka se había suicidado.
‑Eso
es cierto y muy cierto; pero no cabe duda de que la causa del suicidio fueron
los malos tratos y las sistemáticas vejaciones que Filka recibía.
‑Eso
lo ignoraba ‑respondió Dunia secamente‑. Lo que yo supe sobre este
particular fue algo sumamente extraño. Ese Filka era, al parecer, un
neurasténico, una especie de filósofo de baja estofa. Sus compañeros decían de
él que el exceso de lectura le había trastornado. Y se afirmaba que se había
suicidado por librarse de las burlas más que de los golpes de su dueño. Yo
siempre he visto que el señor Svidrigailof trataba a sus sirvientes de un modo
humanitario. Por eso incluso le querían, aunque, te confieso, les oí acusarle
de la muerte de Filka.
‑Veo,
Avdotia Romanovna, que se siente usted inclinada a justificarle ‑dijo
Lujine, torciendo la boca con una sonrisa equívoca‑. De lo que no hay
duda es de que es un hombre astuto que tiene una habilidad especial para
conquistar el corazón de las mujeres. La pobre Marfa Petrovna, que acaba de
morir en circunstancias extrañas, es buena prueba de ello. Mi única intención
era ayudarlas a usted y a su madre con mis consejos, en previsión de las
tentativas que ese hombre no dejará de renovar. Estoy convencido de que
Svidrigailof volverá muy pronto a la cárcel por deudas. Marfa Petrovna no tuvo
jamás la intención de legarle una parte importante de su fortuna, pues pensaba
ante todo en sus hijos, y si le ha dejado algo, habrá sido una modesta suma, lo
estrictamente necesario, una cantidad que a un hombre de sus costumbres no le
permitirá vivir más de un año.
‑No
hablemos más del señor Svidrigailof, Piotr Petrovitch; se lo ruego ‑dijo
Dunia‑. Es un asunto que me pone nerviosa.
‑Hace
un rato ha estado en mi casa ‑dijo de súbito Raskolnikof, hablando por primera
vez.
Todos
se volvieron a mirarle, lanzando exclamaciones de sorpresa. Incluso Piotr
Petrovitch dio muestras de emoción.
‑Hace
cosa de hora y media ‑continuó Raskolnikof‑, cuando yo estaba
durmiendo, ha entrado, me ha despertado y ha hecho su propia presentación. Se
ha mostrado muy simpático y alegre. Confía en que llegaremos a ser buenos
amigos. Entre otras cosas, me ha dicho que desea tener contigo una entrevista,
Dunia, y me ha rogado que le ayude a obtenerla. Quiere hacerte una proposición
y me ha explicado en qué consiste. Además, me ha asegurado formalmente que
Marfa Petrovna, ocho días antes de morir, te legó tres mil rublos y que muy
pronto recibirás esta suma.
‑¡Dios
sea loado! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna, santiguándose‑. ¡Reza
por ella, Dunia, reza por ella!
‑Eso
es cierto ‑no pudo menos de reconocer Lujine.
‑Bueno,
¿y qué más? ‑preguntó vivamente Dunetchka.
‑Después
me ha dicho que no es rico, pues la hacienda pasa a poder de los hijos, que se
han ido a vivir con su tía. También me ha hecho saber que se hospeda cerca de
mi casa. Pero no sé dónde, porque no se lo he preguntado.
‑Pero
¿qué proposición quiere hacer a Dunetchka? ‑preguntó, inquieta, Pulqueria
Alejandrovna‑. ¿Te lo ha explicado?
‑Ya
os he dicho que sí.
‑Bien,
¿qué quiere proponerle?
‑Ya
hablaremos de eso después.
Y
Raskolnikof empezó a beberse en silencio su taza de té.
Piotr
Petrovitch sacó el reloj y miró la hora.
‑Un
asunto urgente me obliga a dejarles ‑dijo, y añadió, visiblemente
resentido y levantándose‑: Así podrán ustedes conversar más libremente.
‑No
se vaya, Piotr Petrovitch ‑dijo Dunia‑. Usted tenía la intención de
dedicarnos la velada. Además, usted ha dicho en su carta que desea tener una
explicación con mi madre.
‑Eso
es muy cierto, Avdotia Romanovna ‑dijo Lujine con acento solemne.
Se
volvió a sentar, pero conservando el sombrero en sus manos, y continuó:
‑En
efecto, desearía aclarar con su madre y con usted ciertos puntos de gran
importancia. Pero, del mismo modo que su hermano no quiere exponer ante mí las
proposiciones del señor Svidrigailof, yo no puedo ni quiero hablar ante
terceros de esos puntos de extrema gravedad. Por otra parte, ustedes no han
tenido en cuenta el deseo que tan formalmente les he expuesto en mi carta.
Al
llegar a este punto se detuvo con un gesto de dignidad y amargura.
‑He
sido exclusivamente yo la que ha decidido que no se tuviera en cuenta su deseo
de que mi hermano no asistiera a esta reunión ‑dijo Dunia‑. Usted
nos dice en su carta que él le ha insultado, y yo creo que hay que poner en
claro esta acusación lo antes posible, con objeto de reconciliarlos. Si Rodia
le ha ofendido realmente, debe excusarse y lo hará.
Al
oír estas palabras, Piotr Petrovitch se creció.
‑Las
ofensas que he recibido, Avdotia Romanovna, son de las que no se pueden
olvidar, por mucho empeño que uno ponga en ello. En todas las cosas hay un
límite que no se debe franquear, pues, una vez al otro lado, la vuelta atrás es
imposible.
‑Usted
no ha comprendido mi intención, Piotr Petrovitch ‑replicó Dunia, con
cierta impaciencia‑. Entiéndame. Todo nuestro porvenir depende de la
inmediata respuesta de esta pregunta: ¿pueden arreglarse las cosas o no se
pueden arreglar? He de decirle con toda franqueza que no puedo considerar la
cuestión de otro modo y que, si siente usted algún afecto por mi, debe
comprender que es preciso que este asunto quede resuelto hoy mismo, por difícil
que ello pueda parecer.
‑Me
sorprende, Avdotia Romanovna, que plantee usted la cuestión en esos términos ‑dijo
Lujine con irritación creciente‑. Yo puedo apreciarla y amarla, aunque no
quiera a algún miembro de su familia. Yo aspiro a la felicidad de obtener su
mano, pero no puedo comprometerme a aceptar deberes que son incompatibles con
mi...
‑Deseche
esa vana susceptibilidad, Piotr Petrovitch ‑le interrumpió Dunia con voz
algo agitada‑ y muéstrese como el hombre inteligente y noble que siempre
he visto y que deseo seguir viendo en usted. Le he hecho una promesa de gran
importancia: soy su prometida. Confíe en mí en este asunto y créame capaz de
ser imparcial en mi fallo. El papel de árbitro que me atribuyo debe sorprender
a mi hermano tanto como a usted. Cuando hoy, después de recibir su carta, he
rogado insistentemente a Rodia que viniera a esta reunión, no le he dicho ni
una palabra acerca de mis intenciones. Comprenda que si ustedes se niegan a
reconciliarse, me veré obligada a elegir entre usted y él, ya que han llevado
la cuestión a este extremo. Y ni quiero ni debo equivocarme en la elección.
Acceder a los deseos de usted significa romper con mi hermano, y si escucho a
mi hermano, tendré que reñir con usted. Por lo tanto, necesito y tengo derecho
a conocer con toda exactitud los sentimientos que inspiro tanto a usted como a
él. Quiero saber si Rodia es un verdadero hermano para mí, y si usted me aprecia
ahora y sabrá amarme más adelante como marido.
‑Sus
palabras, Avdotia Romanovna ‑repuso Lujine, herido en su amor propio‑,
son sumamente significativas. E incluso me atrevo a decir que me hieren,
considerando la posición que tengo el honor de ocupar respecto a usted. Dejando
a un lado lo ofensivo que resulta para mí verme colocado al nivel de un
joven... Lleno de soberbia, usted admite la posibilidad de una ruptura entre
nosotros. Usted ha dicho que él o yo, y con esto me demuestra que soy muy poco
para usted... Esto es inadmisible para mí, dado el género de nuestras
relaciones y el compromiso que nos une.
‑¡Cómo!
‑exclamó Dunia enérgicamente‑. ¡Comparo mi interés por usted con lo
que hasta ahora más he querido en mi vida, y considera usted que no le estimo
lo suficiente!
Raskolnikof
'tuvo una cáustica sonrisa. Rasumikhine estaba fuera de sí. Pero Piotr
Petrovitch no parecía impresionado por el argumento: cada vez estaba más
sofocado e intratable.
‑El
amor por el futuro compañero de toda la vida debe estar por encima del amor
fraternal ‑repuso sentenciosamente‑. No puedo admitir de ningún
modo que se me coloque en el mismo plano... Aunque hace un momento me he negado
a franquearme en presencia de su hermano acerca del objeto de mi visita, deseo
dirigirme a su respetable madre para aclarar un punto de gran importancia y que
yo considero especialmente ofensivo para mí... Su hijo ‑añadió
dirigiéndose a Pulqueria Alejandrovna‑, ayer, en presencia del señor
Razudkine... Perdone si no es éste su nombre ‑dijo, inclinándose
amablemente ante Rasumikhine‑, pues no lo recuerdo bien... Su hijo ‑repitió
volviendo a dirigirse a Pulqueria Alejandrovna‑ me ofendió
desnaturalizando un pensamiento que expuse a usted y a su hija aquel día que
tomé café con ustedes. Yo dije que, a mi juicio, una joven pobre y que tiene
experiencia en la desgracia ofrece a su marido más garantía de felicidad que
una muchacha que sólo ha conocido la vida fácil y cómoda. Su hijo ha exagerado
deliberadamente y desnaturalizado hasta lo absurdo el sentido de mis palabras,
atribuyéndome intenciones odiosas. Para ello se funda exclusivamente en las
explicaciones que usted le ha dado por carta. Por esta razón, Pulqueria
Alejandrovna, yo desearía que usted me tranquilizara demostrándome que estoy
equivocado. Dígame, ¿en qué términos transmitió usted mi pensamiento a Rodion
Romanovitch?
‑No
lo recuerdo ‑repuso Pulqueria Alejandrovna, llena de turbación‑. Yo
dije lo que había entendido. Por otra parte, ignoro cómo Rodia le habrá
transmitido a usted mis palabras. Tal vez ha exagerado.
‑Sólo
pudo haberlo hecho inspirándose en la carta que usted le envió.
‑Piotr
Petrovitch ‑replicó dignamente Pulqueria Alejandrovna‑. La prueba
de que no hemos tomado sus palabras en mala parte es que estamos aquí.
‑Bien
dicho, mamá ‑aprobó Dunia.
‑Entonces
soy yo el que está equivocado ‑dijo Lujine, ofendido.
‑Es
que usted, Piotr Petrovitch ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, alentada por
las palabras de su hija‑, no hace más que acusar a Rodia. Y no tiene en
cuenta que en su carta nos dice acerca de él cosas que no son verdad.
‑No
recuerdo haber dicho ninguna falsedad en mi carta.
‑Usted
ha dicho ‑manifestó ásperamente Raskolnikof, sin mirar a Lujine‑,
que yo entregué ayer mi dinero no a la viuda del hombre atropellado, sino a su
hija, siendo así que la vi ayer por primera vez. Usted se expresó de este modo
con el deseo de indisponerme con mi familia, y para asegurarse de que
conseguiría sus fines juzgó del modo más innoble a una muchacha a la que no
conoce. Esto es una calumnia y una villanía.
‑Perdone
usted ‑dijo Lujine, temblando de cólera‑, pero si en mi carta he
hablado extensamente de usted ha sido únicamente atendiendo a los deseos de su
madre y de su hermana, que me rogaron que las informara de cómo le había
encontrado a usted y del efecto que me había producido. Por otra parte, le
desafío a que me señale una sola línea falsa en el pasaje al que usted alude.
¿Negará que ha gastado su dinero y que en esa familia hay un miembro indigno?
‑A
mi juicio, usted, con todas sus cualidades, vale menos que el dedo meñique de
esa desgraciada muchacha a la que ha arrojado usted la piedra.
‑¿De
modo que no vacilaría usted en introducirla en la sociedad de su hermana y de
su madre?
‑Ya
lo he hecho. Hoy la he invitado a sentarse junto a ellas.
‑¡Rodia!
‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Dunetchka
enrojeció, Rasumikhine frunció el entrecejo, Lujine sonrió altiva y
despectivamente.
‑Ya
ve usted, Avdotia Romanovna, que es imposible toda reconciliación. Creo que
podemos dar el asunto por terminado y no volver a hablar de él. En fin, me
retiro para no seguir inmiscuyéndome en esta reunión de familia. Sin duda,
tendrán ustedes secretos que comunicarse.
Se
levantó y cogió su sombrero.
‑Pero,
antes de irme, permítanme que les diga que espero no volver a verme expuesto a
encuentros y escenas como los que acabo de tener. Me dirijo exclusivamente a
usted, Pulqueria Alejandrovna, ya que a usted y sólo a usted iba destinada mi
carta.
Pulqueria
Alejandrovna se estremeció ligeramente.
‑Por
lo visto, Piotr Petrovitch, se considera usted nuestro dueño absoluto. Ya le ha
explicado Dunia por qué razón no hemos tenido en cuenta su deseo. Mi hija ha
obrado con la mejor intención. En cuanto a su carta, no puedo menos de decirle
que está escrita en un tono bastante imperioso. ¿Pretende usted obligarnos a
considerar sus menores deseos como órdenes? Por el contrario, yo creo que debe
usted tratarnos con los mayores miramientos, ya que hemos depositado toda
nuestra confianza en usted, que lo hemos dejado todo por venir a Petersburgo y
que, en consecuencia, estamos a su merced.
‑Eso
no es totalmente exacto, Pulqueria Alejandrovna, y menos ahora que ya sabe
usted que Marfa Petrovna ha legado a su hija tres mil rublos, suma que llega
con gran oportunidad, a juzgar por el tono en que me está usted hablando ‑añadió
Lujine secamente.
‑Esa
observación ‑dijo Dunia, indignada‑ puede ser una prueba de que
usted ha especulado con nuestra pobreza.
‑Sea
como fuere, ahora todo ha cambiado. Y me voy; no quiero seguir siendo un
obstáculo para que su hermano les transmita las proposiciones secretas de
Arcadio Ivanovitch Svidrigailof. Sin duda, esto es importantísimo para ustedes,
e incluso sumamente agradable.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Rasumikhine
hacía inauditos esfuerzos para permanecer en su silla.
‑¿No
te da vergüenza soportar tanto insulto, Dunia? ‑preguntó Raskolnikof.
‑Sí,
Rodia; estoy avergonzada ‑y, pálida de ira, gritó a Lujine‑: ¡Salga
de aquí, Piotr Petrovitch!
Lujine
no esperaba ni remotamente semejante reacción. Tenía demasiada confianza en sí
mismo y contaba con la debilidad de sus víctimas. No podía dar crédito a sus
oídos. Palideció y sus labios empezaron a temblar.
‑Le
advierto, Avdotia Romanovna, que si me marcho en estas condiciones puede tener
la seguridad de que no volveré. Reflexione. Yo mantengo siempre mi palabra.
‑¡Qué
insolencia! ‑gritó Dunia, irritada‑. ¡Pero si yo no quiero volverle
a ver!
‑¿Cómo
se atreve a hablar así? ‑exclamó Lujine, desconcertado, pues en ningún
momento había creído en la posibilidad de una ruptura‑. Tenga usted en
cuenta que yo podría protestar.
‑¡Usted
no tiene ningún derecho a hablar así! ‑replicó vivamente Pulqueria
Alejandrovna‑. ¿Contra qué va a protestar? ¿Y con qué atribuciones? ¿Cree
usted que puedo poner a mi hija en manos de un hombre como usted? ¡Váyase y
déjenos en paz! Hemos cometido la equivocación de aceptar una proposición que
no ha resultado nada decorosa. De ningún modo debí...
‑No
obstante, Pulqueria Alejandrovna ‑exclamó Lujine, exasperado‑,
usted me ató con una promesa que ahora retira. Y, además..., además, nuestro
compromiso me ha obligado a..., en fin, a hacer ciertos gastos.
Esta
última queja era tan propia del carácter de Lujine, que Raskolnikof, pese a la
cólera que le dominaba, no pudo contenerse y se echó a reír.
En
cambio, a Pulqueria Alejandrovna la hirió profundamente el reproche de Lujine.
‑¿Gastos?
¿Qué gastos? ¿Se refiere usted, quizás, a la maleta que se encargó de enviar
aquí? ¡Pero si consiguió usted que la transportaran gratuitamente! ¡Señor!
¡Pretender que nosotras le hemos atado! Mida bien sus palabras, Piotr
Petrovitch. ¡Es usted el que nos ha tenido a su merced, atadas de pies y manos!
‑Basta,
mamá, basta ‑dijo Dunia en tono suplicante‑. Piotr Petrovitch,
tenga la bondad de marcharse.
‑Ya
me voy ‑repuso Lujine, ciego de cólera‑. Pero permítame unas
palabras, las últimas. Su madre parece haber olvidado que yo pedí la mano de
usted cuando era el blanco de las murmuraciones de toda la comarca. Por usted
desafié a la opinión pública y conseguí restablecer su reputación. Esto me hizo
creer que podía contar con su agradecimiento. Pero ustedes me han abierto los
ojos y ahora me doy cuenta de que tal vez fui un imprudente al despreciar a la
opinión pública.
‑¡Este
hombre se ha empeñado en que le rompan la cabeza! ‑exclamó Rasumikhine,
levantándose de un salto y disponiéndose a castigar al insolente.
‑¡Es
usted un hombre vil y malvado! ‑lijo Dunia.
‑¡Quieto!
‑exclamó Raskolnikof reteniendo a Rasumikhine.
Después
se acercó a Lujine, tanto que sus cuerpos casi se tocaban, y le dijo en voz
baja pero con toda claridad:
‑¡Salga
de aquí, y ni una palabra más!
Piotr
Petrovitch, cuyo rostro estaba pálido y contraído por la cólera, le miró un
instante en silencio. Después giró sobre sus talones y se fue, sintiendo un odio
mortal contra Raskolnikof, al que achacaba la culpa de su desgracia.
Pero
mientras bajaba la escalera se imaginaba ‑cosa notable‑ que no
estaba todo definitivamente perdido y que bien podía esperar reconciliarse con
las dos damas.
III
Lo más
importante era que Lujine no había podido prever semejante desenlace. Sus
jactancias se debían a que en ningún momento se había imaginado que dos mujeres
solas y pobres pudieran desprenderse de su dominio. Este convencimiento estaba
reforzado por su vanidad y por una ciega confianza en sí mismo. Piotr
Petrovitch, salido de la nada, había adquirido la costumbre casi enfermiza de
admirarse a sí mismo profundamente. Tenía una alta opinión de su inteligencia,
de su capacidad, y, a veces, cuando estaba solo, llegaba incluso a admirar su
propia cara en un espejo. Pero lo que más quería en el mundo era su dinero,
adquirido por su trabajo y también por otros medios. A su juicio, esta fortuna
le colocaba en un plano de igualdad con todas las personas superiores a él.
Había sido sincero al recordar amargamente a Dunia que había pedido su mano a
pesar de los rumores desfavorables que circulaban sobre ella. Y al pensar en lo
ocurrido sentía una profunda indignación por lo que calificaba mentalmente de
«negra ingratitud. Sin embargo, cuando contrajo el compromiso estaba
completamente seguro de que aquellos rumores eran absurdos y calumniosos, pues
ya los había desmentido públicamente Marfa Petrovna, eso sin contar con que
hacía tiempo que el vecindario, en su mayoría, había rehabilitado a Dunia.
Lujine no habría negado que sabía todo esto en el momento de contraer el
compromiso matrimonial, pero, aun así, seguía considerando como un acto heroico
la decisión de elevar a Dunia hasta él. Cuando entró, días antes, en el
aposento de Raskolnikof, lo hizo como un bienhechor dispuesto a recoger los
frutos de su magnanimidad y esperando oír las palabras más dulces y aduladoras.
Huelga decir que ahora bajaba la escalera con la sensación de hombre ofendido e
incomprendido.
Dunia
le parecía ya algo indispensable para su vida y no podía admitir la idea de
renunciar a ella. Hacía ya mucho tiempo, años, que soñaba voluptuosamente con
el matrimonio, pero se limitaba a reunir dinero y esperar. Su ideal, en el que
pensaba con secreta delicia, era una muchacha pura y pobre (la pobreza era un
requisito indispensable), bonita, instruida y noble, que conociera los
contratiempos de una vida difícil, pues la práctica del sufrimiento la llevaría
a renunciar a su voluntad ante él; y le miraría durante toda su vida como a un
salvador, le veneraría, se sometería a él, le admiraría, vería en él el único
hombre. ¡Qué deliciosas escenas concebía su imaginación en las horas de asueto
sobre este anhelo aureolado de voluptuosidad! Y al fin vio que el sueño
acariciado durante tantos años estaba a punto de realizarse. La belleza y la
educación de Avdotia Romanovna le habían cautivado, y la difícil situación en
que se hallaba había colmado sus ilusiones. Dunia incluso rebasaba el límite de
lo que él había soñado. Veía en ella una muchacha altiva, noble, enérgica,
incluso más culta que él (lo reconocía), y esta criatura iba a profesarle un
reconocimiento de esclava, profundo, eterno, por su acto heroico; iba a
rendirle una veneración apasionada, y él ejercería sobre ella un dominio
absoluto y sin límites... Precisamente poco antes de pedir la mano de Dunia
había decidido ampliar sus actividades, trasladándose a un campo de acción más
vasto, y así poder ir introduciéndose poco a poco en un mundo superior, cosa
que ambicionaba apasionadamente desde hacía largo tiempo. En una palabra, había
decidido probar suerte en Petersburgo. Sabía que las mujeres pueden ser una
ayuda para conseguir muchas cosas. El encanto de una esposa adorable, culta y
virtuosa al mismo tiempo podía adornar su vida maravillosamente, atraerle
simpatías, crearle una especie de aureola... Y todo esto se había venido abajo.
Aquella ruptura, tan inesperada como espantosa, le había producido el efecto de
un rayo. Le parecía algo absurdo, una broma monstruosa. Él no había tenido
tiempo para decir lo que quería; sólo había podido alardear un poco. Primero no
había tomado la cosa en serio, después se había dejado llevar de su
indignación, y todo había terminado en una gran ruptura. Amaba ya a Dunia a su
modo, la gobernaba y la dominaba en su imaginación, y, de improviso... No, era
preciso poner remedio al mal, conseguir un arreglo al mismo día siguiente y,
sobre todo, aniquilar a aquel jovenzuelo, a aquel granuja que había sido el
causante del mal. Pensó también, involuntariamente y con una especie de
excitación enfermiza, en Rasumikhine, pero la inquietud que éste le produjo fue
pasajera.
‑¡Compararme
con semejante individuo...!
Al
que más temía era a Svidrigailof... En resumidas cuentas, que tenía en
perspectiva no pocas preocupaciones.
‑No,
he sido yo la principal culpable ‑decía Dunia, acariciando a su madre‑.
Me dejé tentar por su dinero, pero yo te juro, Rodia, que no creía que pudiera
ser tan indigno. Si lo hubiese sabido, jamás me habría dejado tentar. No me lo
reproches, Rodia.
‑¡Dios
nos ha librado de él, Dios nos ha librado de él! ‑murmuró Pulqueria
Alejandrovna, casi inconscientemente. Parecía no darse bien cuenta de lo que
acababa de suceder.
Todos
estaban contentos, y cinco minutos después charlaban entre risas. Sólo
Dunetchka palidecía a veces, frunciendo las cejas, ante el recuerdo de la
escena que se acababa de desarrollar. Pulqueria Alejandrovna no podía
imaginarse que se sintiera feliz por una ruptura que aquella misma mañana le
parecía una desgracia horrible. Rasumikhine estaba encantado; no osaba
manifestar su alegría, pero temblaba febrilmente como si le hubieran quitado de
encima un gran peso. Ahora era muy dueño de entregarse por entero a las dos
mujeres, de servirlas... Además, sabía Dios lo que podría suceder... Sin
embargo, rechazaba, acobardado, estos pensamientos y temía dar libre curso a su
imaginación. Raskolnikof era el único que permanecía impasible, distraído,
incluso un tanto huraño. Él, que tanto había insistido en la ruptura con
Lujine, ahora que se había producido, parecía menos interesado en el asunto que
los demás. Dunia no pudo menos de creer que seguía disgustado con ella, y
Pulqueria Alejandrovna lo miraba con inquietud.
‑¿Qué
tienes que decirnos de parte de Svidrigailof? ‑le preguntó Dunia.
‑¡Eso,
eso! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Raskolnikof
levantó la cabeza.
‑Está
empeñado en regalarte diez mil rublos y desea verte una vez estando yo
presente.
‑¿Verla?
¡De ningún modo! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. ¡Además,
tiene la osadía de ofrecerle dinero!
Entonces
Raskolnikof refirió (secamente, por cierto) su diálogo con Svidrigailof,
omitiendo todo lo relacionado con las apariciones de Marfa Petrovna, a fin de
no ser demasiado prolijo. Le molestaba profundamente hablar más de lo indispensable.
‑¿Y
tú qué le has contestado? ‑preguntó Dunia.
‑Yo
he empezado por negarme a decirte nada de parte suya, y entonces él me ha dicho
que se las arreglaría, fuera como fuera, para tener una entrevista contigo. Me
ha asegurado que su pasión por ti fue una ilusión pasajera y que ahora no le
inspiras nada que se parezca al amor. No quiere que te cases con Lujine. En
general, hablaba de un modo confuso y contradictorio.
‑¿Y
tú qué opinas, Rodia? ¿Qué efecto te ha producido?
‑Os
confieso que no lo acabo de entender. Te ofrece diez mil rublos, y dice que no
es rico. Afirma que está a punto de emprender un viaje, y al cabo de diez
minutos se olvida de ello... De pronto me ha dicho que se quiere casar y que le
buscan una novia... Sin duda, persigue algún fin, un fin indigno seguramente.
Sin embargo, yo creo que no se habría conducido tan ingenuamente si hubiera
abrigado algún mal propósito contra ti... Yo, desde luego, he rechazado
categóricamente ese dinero en nombre tuyo. En una palabra, ese hombre me ha producido
una impresión extraña, e incluso me ha parecido que presentaba síntomas de
locura... Pero acaso sea una falsa apreciación mía, o tal vez se trate de una
simple ficción. La muerte de Marfa Petrovna debe de haberle trastornado
profundamente.
‑¡Que
Dios la tenga en la gloria! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑.
Siempre la tendré presente en mis oraciones. ¿Qué habría sido de nosotras,
Dunia, sin esos tres mil rublos? ¡Dios mío, no puedo menos de creer que el
cielo nos los envía! Pues has de saber, Rodia, que todo el dinero que nos queda
son tres rublos, y que pensábamos empeñar el reloj de Dunia para no pedirle
dinero a él antes de que nos lo ofreciera.
Dunia
parecía trastornada por la proposición de Svidrigailof. Estaba pensativa.
‑Algún
mal propósito abriga contra mí ‑murmuró, como si hablara consigo misma y
con un leve estremecimiento.
Raskolnikof
advirtió este temor excesivo.
‑Creo
que tendré ocasión de volverle a ver ‑dijo a su hermana.
‑¡Lo
vigilaremos! ‑exclamó enérgicamente Rasumikhine‑. ¡Me comprometo a
descubrir sus huellas! No le perderé de vista. Cuento con el permiso de Rodia.
Hace poco me ha dicho: «Vela por mi hermana.» ¿Me lo permite usted, Avdotia
Romanovna?
Dunia
le sonrió y le tendió la mano, pero su semblante seguía velado por la preocupación.
Pulqueria Alejandrovna le miró tímidamente, pero no intranquila, pues pensaba
en los tres mil rublos.
Un
cuarto de hora después se había entablado una animada conversación. Incluso
Raskolnikof, aunque sin abrir la boca, escuchaba con atención lo que decía
Rasumikhine, que era el que llevaba la voz cantante.
‑¿Por
qué han de regresar ustedes al pueblo? ‑exclamó el estudiante, dejándose
llevar de buen grado del entusiasmo que se había apoderado de él‑. ¿Qué
harán ustedes en ese villorrio? Deben ustedes permanecer aquí todos juntos,
pues son indispensables el uno al otro, no me lo negarán. Por lo menos, deben
quedarse aquí una temporada. En lo que a mí concierne, acépteme como amigo y
como socio y les aseguro que montaremos un negocio excelente. Escúchenme: voy a
exponerles mi proyecto con todo detalle. Es una idea que se me ha ocurrido esta
mañana, cuando nada había sucedido todavía. Se trata de lo siguiente: yo tengo
un tío (que ya les presentaré y que es un viejo tan simpático como respetable)
que tiene un capital de mil rublos y vive de una pensión que le basta para
cubrir sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de insistir en que yo
acepte sus mil rublos como préstamo con el seis por ciento de interés. Esto es
un truco: lo que él desea es ayudarme. El año pasado yo no necesitaba dinero,
pero este año voy a aceptar el préstamo. A estos mil rublos añaden ustedes mil
de los suyos, y ya tenemos para empezar. Bueno, ya somos socios. ¿Qué hacemos
ahora?
Rasumikhine
empezó acto seguido a exponer su proyecto. Se extendió en explicaciones sobre
el hecho de que la mayoría de los libreros y editores no conocían su oficio y
por eso hacían malos negocios, y añadió que editando buenas obras se podía no
sólo cubrir gastos, sino obtener beneficios. Ser editor constituía el sueño
dorado de Rasumikhine, que llevaba dos años trabajando para casas editoriales y
conocía tres idiomas, aunque seis días atrás había dicho a Raskolnikof que no
sabía alemán, simple pretexto para que su amigo aceptara la mitad de una
traducción y, con ella, los tres rublos de anticipo que le correspondían.
Raskolnikof no se había dejado engañar.
‑¿Por
qué despreciar un buen negocio ‑exclamó Rasumikhine con creciente
entusiasmo‑, teniendo el elemento principal para ponerlo en práctica, es
decir, el dinero? Sin duda tendremos que trabajar de firme, pero trabajaremos.
Trabajará usted Avdotia Romanovna; trabajará su hermano y trabajaré yo. Hay
libros que pueden producir buenas ganancias. Nosotros tenemos la ventaja de que
sabemos lo que se debe traducir. Seremos traductores, editores y aprendices a
la vez. Yo puedo ser útil a la sociedad porque tengo experiencia en cuestiones
de libros. Hace dos años que ruedo por las editoriales, y conozco lo esencial
del negocio. No es nada del otro mundo, créanme. ¿Por qué no aprovechar esta
ocasión? Yo podría indicar a los editores dos o tres libros extranjeros que
producirían cien rublos cada uno, y sé de otro cuyo título no daría por menos
de quinientos rublos. A lo mejor aún vacilarían esos imbéciles. Respecto a la
parte administrativa del negocio (papel, impresión, venta...), déjenla en mi
mano, pues es cosa que conozco bien. Empezaremos por poco e iremos ampliando el
negocio gradualmente. Desde luego, ganaremos lo suficiente para vivir[L41].
Los
ojos de Dunia brillaban.
‑Su
proposición me parece muy bien, Dmitri Prokofitch. ‑Yo, como es natural ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna‑, no entiendo nada de eso. Tal vez sea un buen
negocio. Lo cierto es que el asunto me sorprende por lo inesperado. Respecto a
nuestra marcha, sólo puedo decirle que nos vemos obligadas a permanecer aquí
algún tiempo.
Y
al decir esto último dirigió una mirada a Rodia.
‑¿Tú
qué opinas? ‑preguntó Dunia a su hermano.
‑A
mí me parece una excelente idea. Naturalmente, no puede improvisarse un gran
negocio editorial, pero sí publicar algunos volúmenes de éxito seguro. Yo
conozco una obra que indudablemente se vendería. En cuanto a la capacidad de
Rasumikhine, podéis estar tranquilas, pues conoce bien el negocio... Además,
tenéis tiempo de sobra para estudiar el asunto.
‑¡Hurra!
‑gritó Rasumikhine‑. Y ahora escuchen. En este mismo edificio hay
un local independiente que pertenece al mismo propietario. Está amueblado,
tiene tres habitaciones pequeñas y no es caro. Yo me encargaré de empeñarles el
reloj mañana para que tengan dinero. Todo se arreglará. Lo importante es que
puedan ustedes vivir los tres juntos. Así tendrán a Rodia cerca de ustedes...
Pero oye, ¿adónde vas?
‑¿Por
qué te marchas, Rodia? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna con evidente
inquietud.
¡Y
en este momento! ‑le reprochó Rasumikhine.
Dunia
miraba a su hermano con una sorpresa llena de desconfianza. Él, con la gorra en
la mano, se disponía a marcharse.
‑¡Cualquiera
diría que nos vamos a separar para siempre! ‑exclamó en un tono extraño‑.
No me enterréis tan pronto.
Y
sonrió, pero ¡qué sonrisa aquélla!
‑Sin
embargo ‑dijo distraídamente‑, ¡quién sabe si será la última vez
que nos vemos!
Había
dicho esto contra su voluntad, como reflexionando en voz alta.
‑Pero
¿qué te pasa, Rodia? ‑preguntó ansiosamente su madre.
‑¿Dónde
vas? ‑preguntó Dunia con voz extraña.
‑Me
tengo que marchar ‑repuso.
Su
voz era vacilante, pero su pálido rostro expresaba una resolución irrevocable.
‑Yo
quería deciros... ‑‑continuó‑. He venido aquí para decirte,
mamá, y a ti también, Dunia, que... debemos separarnos por algún tiempo... No
me siento bien... Los nervios... Ya volveré... Más adelante..., cuando pueda.
Pienso en vosotros y os quiero. Pero dejadme, dejadme solo. Esto ya lo tenía
decidido, y es una decisión irrevocable. Aunque hubiera de morir, quiero estar
solo. Olvidaos de mí: esto es lo mejor... No me busquéis. Ya vendré yo cuando
sea necesario..., y, si no vengo, enviaré a llamaros. Tal vez vuelva todo a su
cauce; pero ahora, si verdaderamente me queréis, renunciad a mí. Si no lo
hacéis, llegaré a odiaros: esto es algo que siento en mí. Adiós.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
La
madre, la hermana y Rasumikhine se sintieron dominados por un profundo terror.
‑¡Rodia,
Rodia, vuelve a nosotras! ‑exclamó la pobre mujer.
Él
se volvió lentamente y dio un paso hacia la puerta. Dunia fue hacia él.
‑¿Cómo
puedes portarte así con nuestra madre, Rodia? ‑murmuró, indignada.
‑Ya
volveré, ya volveré a veros ‑dijo a media voz, casi inconsciente.
Y
se fue.
‑¡Mal
hombre, corazón de piedra! ‑le gritó Dunia.
‑No
es malo, es que está loco ‑murmuró Rasumikhine al oído de la joven,
mientras le apretaba con fuerza la mano‑ Es un alienado, se lo aseguro.
Sería usted la despiadada si no fuera comprensiva con él.
Y
dirigiéndose a Pulqueria Alejandrovna, que parecía a punto de caer, le dijo:
‑En
seguida vuelvo.
Salió
corriendo de la habitación. Raskolnikof, que le esperaba al final del pasillo,
le recibió con estas palabras:
‑Sabía
que vendrías... Vuelve al lado de ellas; no las dejes... Ven también mañana; no
las dejes nunca... Yo tal vez vuelva..., tal vez pueda volver. Adiós.
Se
alejó sin tenderle la mano.
‑Pero
¿adónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Qué te propones? ¡No se puede obrar de ese modo!
Raskolnikof
se detuvo de nuevo.
‑Te
lo he dicho y te lo repito: no me preguntes nada, pues no te contestaré... No
vengas a verme. Tal vez venga yo aquí... Déjame..., pero a ellas no las
abandones... ¿Comprendes?
El
pasillo estaba oscuro y ellos se habían detenido cerca de la lámpara. Se
miraron en silencio. Rasumikhine se acordaría de este momento toda su vida. La
mirada ardiente y fija de Raskolnikof parecía cada vez más penetrante, y
Rasumikhine tenía la impresión de que le taladraba el alma. De súbito, el
estudiante se estremeció. Algo extraño acababa de pasar entre ellos. Fue una
idea que se deslizó furtivamente; una idea horrible, atroz y que los dos
comprendieron... Rasumikhine se puso pálido como un muerto.
‑¿Comprendes
ahora? ‑preguntó Raskolnikof con una mueca espantosa‑. Vuelve junto
a ellas ‑añadió. Y dio media vuelta y se fue rápidamente.
No
es fácil describir lo que ocurrió aquella noche en la habitación de Pulqueria
Alejandrovna cuando regresó Rasumikhine; los esfuerzos del joven para calmar a
las dos damas, las promesas que les hizo. Les dijo que Rodia estaba enfermo,
que necesitaba reposo; les aseguró que volverían a verle y que él iría a
visitarlas todos los días; que Rodia sufría mucho y no convenía irritarle; que
él, Rasumikhine, llamaría a un gran médico, al mejor de todos; que se celebraría
una consulta... En fin, que, a partir de aquella noche, Rasumikhine fue para
ellas un hijo y un hermano.
IV
Raskolnikof
se fue derecho a la casa del canal donde habitaba Sonia. Era un viejo edificio
de tres pisos pintado de verde. No sin trabajo, encontró al portero, del cual
obtuvo vagas indicaciones sobre el departamento del sastre Kapernaumof. En un
rincón del patio halló la entrada de una escalera estrecha y sombría. Subió por
ella al segundo piso y se internó por la galería que bordeaba la fachada.
Cuando avanzaba entre las sombras, una puerta se abrió de pronto a tres pasos
de él. Raskolnikof asió el picaporte maquinalmente.
‑¿Quién
va? ‑preguntó una voz de mujer con inquietud.
‑Soy
yo, que vengo a su casa ‑dijo Raskolnikof.
Y
entró seguidamente en un minúsculo vestíbulo, donde una vela ardía sobre una
bandeja llena de abolladuras que descansaba sobre una silla desvencijada.
‑¡Dios
mío! ¿Es usted? ‑gritó débilmente Sonia, paralizada por el estupor.
‑¿Es
éste su cuarto?
Y
Raskolnikof entró rápidamente en la habitación, haciendo esfuerzos por no mirar
a la muchacha.
Un
momento después llegó Sonia con la vela en la mano. Depositó la vela sobre la
mesa y se detuvo ante él, desconcertada, presa de extraordinaria agitación.
Aquella visita inesperada le causaba una especie de terror. De pronto, una
oleada de sangre le subió al pálido rostro y de sus ojos brotaron lágrimas.
Experimentaba una confusión extrema y una gran vergüenza en la que había cierta
dulzura. Raskolnikof se volvió rápidamente y se sentó en una silla ante la
mesa. Luego paseó su mirada por la habitación.
Era
una gran habitación de techo muy bajo, que comunicaba con la del sastre por una
puerta abierta en la pared del lado izquierdo. En la del derecho había otra
puerta, siempre cerrada con llave, que daba a otro departamento. La habitación
parecía un hangar. Tenía la forma de un cuadrilátero irregular y un aspecto
destartalado. La pared de la parte del canal tenía tres ventanas. Este muro se
prolongaba oblicuamente y formaba al final un ángulo agudo y tan profundo, que
en aquel rincón no era posible distinguir nada a la débil luz de la vela. El
otro ángulo era exageradamente obtuso.
La
extraña habitación estaba casi vacía de muebles. A la derecha, en un rincón,
estaba la cama, y entre ésta y la puerta había una silla. En el mismo lado y
ante la puerta que daba al departamento vecino se veía una sencilla mesa de
madera blanca, cubierta con un paño azul, y, cerca de ella, dos sillas de anea.
En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había una cómoda, también de
madera blanca, que parecía perdida en aquel gran vacío. Esto era todo. El papel
de las paredes, sucio y desgastado, estaba ennegrecido en los rincones. En
invierno, la humedad y el humo debían de imperar en aquella habitación, donde todo
daba una impresión de pobreza. Ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia
miraba en silencio al visitante, ocupado en examinar tan atentamente y con
tanto desenfado su aposento. Y de pronto empezó a temblar de pies a cabeza como
si se hallara ante el juez y árbitro de su destino.
‑He
venido un poco tarde. ¿Son ya las once? ‑preguntó Raskolnikof sin
levantar la vista hacia Sonia.
‑Sí,
sí, son las once ya ‑balbuceó la muchacha ansiosamente, como si estas
palabras le solucionaran un inquietante problema‑: El reloj de mi patrona
acaba de sonar y yo he oído perfectamente las...
‑Vengo
a su casa por última vez ‑dijo Raskolnikof con semblante sombrío. Sin
duda se olvidaba de que era también su primera visita‑. Acaso no vuelva a
verla más ‑añadió.
‑¿Se
va de viaje?
‑No
sé, no sé... Mañana, quizá...
‑Así,
¿no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna? ‑preguntó Sonia con un
ligero temblor en la voz.
‑No
lo sé... Quizá mañana por la mañana... Pero no hablemos de este asunto. He
venido a decirle...
Alzó
hacia ella su mirada pensativa y entonces advirtió que él estaba sentado y
Sonia de pie.
‑¿Por
qué está de pie? Siéntese ‑le dijo, dando de pronto a su voz un tono bajo
y dulce.
Ella
se sentó. Él la miró con un gesto bondadoso, casi compasivo.
‑¡Qué
delgada está usted! Sus manos casi se transparentan. Parecen las manos de un
muerto.
Se
apoderó de una de aquellas manos, y ella sonrió.
‑Siempre
he sido así ‑dijo Sonia.
‑¿Incluso
cuando vivía en casa de sus padres?
‑Sí.
‑¡Claro,
claro! ‑dijo Raskolnikof con voz entrecortada. Tanto en su acento como en
la expresión de su rostro se había operado súbitamente un nuevo cambio.
Volvió
a pasear su mirada por la habitación.
‑Tiene
usted alquilada esta pieza a Kapernaumof, ¿verdad?
‑Sí.
‑Y
ellos viven detrás de esa puerta, ¿no?
‑Sí;
tienen una habitación parecida a ésta.
‑¿Sólo
una para toda la familia?
‑Sí.
‑A
mí, esta habitación me daría miedo ‑dijo Rodia con expresión sombría.
‑Los
Kapernaumof son buenas personas, gente amable ‑dijo Sonia, dando muestras
de no haber recobrado aún su presencia de ánimo‑. Y estos muebles, y todo
lo que hay aquí, es de ellos. Son muy buenos. Los niños vienen a verme con
frecuencia.
‑Son
tartamudos, ¿verdad?
‑Sí,
pero no todos. El padre es tartamudo y, además, cojo. La madre... no es que
tartamudee, pero tiene dificultad para hablar. Es muy buena. Él era esclavo.
Tienen siete hijos. Sólo el mayor es tartamudo. Los demás tienen poca salud,
pero no tartamudean... Ahora que caigo, ¿cómo se ha enterado usted de estas
cosas?
‑Su
padre me lo contó todo... Por él supe lo que le ocurrió a usted... Me explicó
que usted salió de casa a las seis y no volvió hasta las nueve, y que Catalina
Ivanovna pasó la noche arrodillada junto a su lecho.
Sonia
se turbó.
‑Me
parece ‑murmuró, vacilando‑ que hoy lo he visto.
‑¿A
quién?
‑A
mi padre. Yo iba por la calle y, al doblar una esquina cerca de aquí, lo he
visto de pronto. Me pareció que venía hacia mí. Estoy segura de que era él. Yo
me dirigía a casa de Catalina Ivanovna...
‑No,
usted iba... paseando.
‑Sí
‑murmuró Sonia con voz entrecortada. Y bajó los ojos llenos de turbación.
‑Catalina
Ivanovna llegó incluso a pegarle cuando usted vivía con sus padres, ¿verdad?
‑¡Oh
no! ¿Quién se lo ha dicho? ¡No, no; de ningún modo!
Y
al decir esto Sonia miraba a Raskolnikof como sobrecogida de espanto.
‑Ya
veo que la quiere usted.
‑¡Claro
que la quiero! ‑exclamó Sonia con voz quejumbrosa y alzando de pronto las
manos con un gesto de sufrimiento‑. Usted no la... ¡Ah, si usted
supiera...! Es como una niña... Está trastornada por el dolor... Es inteligente
y noble... y buena... Usted no sabe nada... nada...
Sonia
hablaba con acento desgarrador. Una profunda agitación la dominaba. Gemía, se
retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían teñido de rojo y sus ojos
expresaban un profundo sufrimiento. Era evidente que Raskolnikof acababa de
tocar un punto sensible en su corazón. Sonia experimentaba una ardiente
necesidad de explicar ciertas cosas, de defender a su madrastra. De súbito, su
semblante expresó una compasión «insaciable», por decirlo así.
‑¿Pegarme?
Usted no sabe lo que dice. ¡Pegarme ella, Señor...! Pero, aunque me hubiera
pegado, ¿qué? Usted no la conoce... ¡Es tan desgraciada! Está enferma... Sólo
pide justicia... Es pura. Cree que la justicia debe reinar en la vida y la
reclama... Ni por el martirio se lograría que hiciera nada injusto. No se da
cuenta de que la justicia no puede imperar en el mundo y se irrita... Se irrita
como un niño, exactamente como un niño, créame... Es una mujer justa, muy
justa.
‑¿Y
qué va a hacer usted ahora?
Sonia
le dirigió una mirada interrogante.
‑Ahora
ha de cargar usted con ellos. Verdad es que siempre ha sido así. Incluso su
difunto padre le pedía a usted dinero para beber... Pero ¿qué van a hacer
ahora?
‑No
lo sé ‑respondió Sonia tristemente.
‑¿Seguirán
viviendo en la misma casa?
‑No
lo sé. Deben a la patrona y creo que ésta ha dicho hoy que va a echarlos a la
calle. Y Catalina Ivanovna dice que no permanecerá allí ni un día más.
‑¿Cómo
puede hablar así? ¿Cuenta acaso con usted?
‑¡Oh,
no! Ella no piensa en eso... Nosotros estamos muy unidos; lo que es de uno, es
de todos.
Sonia
dio esta respuesta vivamente, con una indignación que hacía pensar en la cólera
de un canario o de cualquier otro pájaro diminuto e inofensivo.
‑Además,
¿qué quiere usted que haga? ‑continuó Sonia con vehemencia creciente‑.
¡Si usted supiera lo que ha llorado hoy! Está trastornada, ¿no lo ha notado
usted? Sí, puede usted creerme: tan pronto se inquieta como una niña, pensando
en cómo se las arreglará para que mañana no falte nada en la comida de
funerales, como empieza a retorcerse las manos, a llorar, a escupir sangre, a
dar cabezadas contra la pared. Después se calma de nuevo. Confía mucho en
usted. Dice que, gracias a su apoyo, se procurará un poco de dinero y volverá a
su tierra natal conmigo. Se propone fundar un pensionado para muchachas nobles
y confiarme a mí la inspección. Está persuadida de que nos espera una vida
nueva y maravillosa, y me besa, me abraza, me consuela. Ella cree firmemente en
lo que dice, cree en todas sus fantasías. ¿Quién se atreve a contradecirla? Hoy
se ha pasado el día lavando, fregando, remendando la ropa, y, como está tan
débil, al fin ha caído rendida en la cama. Esta mañana hemos salido a comprar
calzado para Lena y Poletchka, pues el que llevan está destrozado, pero no
teníamos bastante dinero: necesitábamos mucho más. ¡Eran tan bonitos los
zapatos que quería...! Porque tiene mucho gusto, ¿sabe...? Y se ha echado a
llorar en plena tienda, delante de los dependientes, al ver que faltaba dinero...
¡Qué pena da ver estas cosas!
‑Ahora
comprendo que lleve usted esta vida ‑dijo Raskolnikof, sonriendo
amargamente.
‑¿Es
que usted no se compadece de ella? ‑exclamó Sonia‑. Usted le dio
todo lo que tenía, y eso que no sabía nada de lo que ocurre en aquella casa.
¡Dios mío, si usted lo supiera! ¡Cuántas veces, cuántas, la he hecho llorar...!
La semana pasada mismo, ocho días antes de morir mi padre, fui mala con ella...
Y así muchas veces... Ahora me paso el día acordándome de aquello, y ¡me da una
pena!
Se
retorcía las manos con un gesto de dolor.
‑¿Dice
usted que fue mala con ella?
‑Sí,
fui mala... Yo había ido a verlos ‑continuó llorando‑, y mi pobre
padre me dijo: «Léeme un poco, Sonia. Aquí está el libro.» El dueño de la obra
era Andrés Simonovitch Lebeziatnikof, que vive en la misma casa y nos presta
muchas veces libros de esos que hacen reír. Yo le contesté: «No puedo leer
porque tengo que marcharme...» Y es que no tenía ganas de leer. Yo había ido
allí para enseñar a Catalina Ivanovna unos cuellos y unos puños bordados que
una vendedora a domicilio llamada Lisbeth me había dado a muy buen precio. A
Catalina Ivanovna le gustaron mucho, se los probó, se miró al espejo y dijo que
eran preciosos, preciosos. Después me los pidió. « ¡Oh Sonia! ‑me dijo‑.
¡Regálamelos!» Me lo dijo con voz suplicante... ¿En qué vestido los habría
puesto...? Y es que le recordaban los tiempos felices de su juventud. Se miraba
en el espejo y se admiraba a sí misma. ¡Hace tanto tiempo que no tiene vestidos
ni nada...! Nunca pide nada a nadie. Tiene mucho orgullo y prefiere dar lo que
tiene, por poco que sea. Sin embargo, insistió en que le diera los cuellos y
los puños; esto demuestra lo mucho que le gustaban. Y yo se los negué. «¿Para
qué los quiere usted, Catalina Ivanovna? Sí, así se lo dije. Ella me miró con
una pena que partía el corazón... No era quedarse sin los cuellos y los puños
lo que la apenaba, sino que yo no se los hubiera querido dar. ¡Ah, si yo
pudiese reparar aquello, borrar las palabras que dije...!
‑¿De
modo que conocía usted a Lisbeth, esa vendedora que iba por las casas?
‑Sí.
¿Usted también la conocía? ‑preguntó Sonia con cierto asombro.
‑Catalina
Ivanovna está en el último grado de la tisis, y se morirá, se morirá muy pronto
‑dijo Raskolnikof tras una pausa y sin contestar a la pregunta de Sonia.
‑¡Oh,
no, no!
Sonia
le había cogido las manos, sin darse cuenta de lo que hacía, y parecía
suplicarle que evitara aquella desgracia.
‑Lo
mejor es que muera ‑dijo Raskolnikof.
‑¡No,
no! ¿Cómo va a ser mejor? ‑exclamó Sonia, trastornada, llena de espanto.
‑¿Y
los niños? ¿Qué hará usted con ellos? No se los va a traer aquí.
‑¡No
sé lo que haré! ¡No sé lo que haré! ‑exclamó, desesperada, oprimiéndose
las sienes con las manos.
Sin
duda este pensamiento la había atormentado con frecuencia, y Raskolnikof lo
había despertado con sus preguntas.
‑Y
si usted se pone enferma, incluso viviendo Catalina Ivanovna, y se la llevan al
hospital, ¿qué sucederá? ‑siguió preguntando despiadadamente.
‑¡Oh!
¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? ¡Eso es imposible! ‑exclamó Sonia con
el rostro contraído, con una expresión de espanto indecible.
‑¿Por
qué imposible? ‑preguntó Raskolnikof con una sonrisa sarcástica‑.
Usted no es inmune a las enfermedades, ¿verdad? ¿Qué sería de ellos si usted se
pusiera enferma? Se verían todos en la calle. La madre pediría limosna sin
dejar de toser, después golpearía la pared con la cabeza como ha hecho hoy, y
los niños llorarían. Al fin quedaría tendida en el suelo y se la llevarían,
primero a la comisaría y después al hospital. Allí se moriría, y los niños...
‑¡No,
no! ¡Eso no lo consentirá Dios! ‑gritó Sonia con voz ahogada.
Le
había escuchado con gesto suplicante, enlazadas las manos en una muda
imploración, como si todo dependiera de él.
Raskolnikof
se levantó y empezó a ir y venir por el aposento. Así transcurrió un minuto.
Sonia estaba de pie, los brazos pendientes a lo largo del cuerpo, baja la
cabeza, presa de una angustia espantosa.
‑¿Es
que usted no puede hacer economías, poner algún dinero a un lado? ‑preguntó
Raskolnikof de pronto, deteniéndose ante ella.
‑No
‑murmuró Sonia.
‑No
me extraña. ¿Lo ha intentado? ‑preguntó con una sonrisa burlona.
‑Sí.
‑Y
no lo ha conseguido, claro. Es muy natural. No hace falta preguntar el motivo.
Y
continuó sus paseos por la habitación. Hubo otro minuto de silencio.
‑¿Es
que no gana usted dinero todos los días? ‑preguntó Rodia.
Sonia
se turbó más todavía y enrojeció.
‑No
‑murmuró con un esfuerzo doloroso.
‑La
misma suerte espera a Poletchka ‑dijo Raskolnikof de pronto.
‑¡No,
no! ¡Eso es imposible! ‑exclamó Sonia.
Fue
un grito de desesperación. Las palabras de Raskolnikof la habían herido como
una cuchillada.
‑¡Dios
no permitirá una abominación semejante!
‑Permite
otras muchas.
‑¡No,
no! ¡Dios la protegerá! ¡A ella la protegerá! ‑gritó Sonia fuera de sí.
‑Tal
vez no exista ‑replicó Raskolnikof con una especie de crueldad
triunfante.
Seguidamente
se echó a reír y la miró.
Al
oír aquellas palabras se operó en el semblante de Sonia un cambio repentino, y
sacudidas nerviosas recorrieron su cuerpo. Dirigió a Raskolnikof miradas
cargadas de un reproche indefinible. Intentó hablar, pero de sus labios no
salió ni una sílaba. De súbito se echó a llorar amargamente y ocultó el rostro
entre las manos.
‑Usted
dice que Catalina Ivanovna está trastornada, pero usted no lo está menos ‑dijo
Raskolnikof tras un breve silencio.
Transcurrieron
cinco minutos. El joven seguía yendo y viniendo por la habitación sin mirar a
Sonia. Al fin se acercó a ella. Los ojos le centelleaban. Apoyó las manos en
los débiles hombros y miró el rostro cubierto de lágrimas. Lo miró con ojos
secos, duros, ardientes, mientras sus labios se agitaban con un temblor
convulsivo... De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los
pies. Sonia retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en
verdad un loco parecía Raskolnikof.
‑¿Qué
hace usted? ‑balbuceó.
Se
había puesto pálida y sentía en el corazón una presión dolorosa.
Él
se puso en pie.
‑No
me he arrodillado ante ti, sino ante todo el dolor humano ‑dijo en un
tono extraño.
Y
fue a acodarse en la ventana. Pronto volvió a su lado y añadió:
‑Oye,
hace poco he dicho a un insolente que valía menos que tu dedo meñique y que te
había invitado a sentarte al lado de mi madre y de mi hermana.
‑¿Eso
ha dicho? ‑exclamó Sonia, aterrada‑. ¿Y delante de ellas? ¡Sentarme
a su lado! Pero si yo soy... una mujer sin honra. ¿Cómo se le ha ocurrido decir
eso?
‑Al
hablar así, yo no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu horrible
martirio. Sin duda ‑continuó ardientemente‑, eres una gran
pecadora, sobre todo por haberte inmolado inútilmente. Ciertamente, eres muy
desgraciada. ¡Vivir en el cieno y saber (porque tú lo sabes: basta mirarte para
comprenderlo) que no te sirve para nada, que no puedes salvar a nadie con tu
sacrificio...! Y ahora dime ‑añadió, iracundo‑: ¿Cómo es posible
que tanta ignominia, tanta bajeza, se compaginen en ti con otros sentimientos
tan opuestos, tan sagrados? Sería preferible arrojarse al agua de cabeza y
terminar de una vez.
‑Pero
¿y ellos? ¿Qué sería de ellos? ‑preguntó Sonia levantando la cabeza, con
voz desfallecida y dirigiendo a Raskolnikof una mirada impregnada de dolor,
pero sin mostrar sorpresa alguna ante el terrible consejo.
Raskolnikof
la envolvió en una mirada extraña, y esta mirada le bastó para descifrar los
pensamientos de la joven. Comprendió que ella era de la misma opinión. Sin
duda, en su desesperación, había pensado más de una vez en poner término a su
vida. Y tan resueltamente habia pensado en ello, que no le había causado la
menor extrañeza el consejo de Raskolnikof. No había advertido la crueldad de
sus palabras, del mismo modo que no había captado el sentido de sus reproches.
Él se dio cuenta de todo ello y comprendió perfectamente hasta qué punto la
habría torturado el sentimiento de su deshonor, de su situación infamante. ¿Qué
sería lo que le había impedido poner fin a su vida? Y, al hacerse esta
pregunta, Raskolnikof comprendió lo que significaban para ella aquellos pobres
niños y aquella desdichada Catalina Ivanovna, tísica, medio loca y que golpeaba
las paredes con la cabeza.
Sin
embargo, vio claramente que Sonia, por su educación y su carácter, no podía
permanecer indefinidamente en semejante situación. También se preguntaba cómo
había podido vivir tanto tiempo sin volverse loca. Desde luego, comprendía que
la situación de Sonia era un fenómeno social que estaba fuera de lo común,
aunque, por desgracia, no era único ni extraordinario; pero ¿no era esto una
razón más, unida a su educación y a su pasado, para que su primer paso en aquel
horrible camino la hubiera llevado a la muerte? ¿Qué era lo que la sostenía? No
el vicio, pues toda aquella ignominia sólo había manchado su cuerpo: ni la
menor sombra de ella había llegado a su corazón. Esto se veía perfectamente; se
leía en su rostro.
«Sólo
tiene tres soluciones ‑siguió pensando Raskolnikof‑: arrojarse al
canal, terminar en un manicomio o lanzarse al libertinaje que embrutece el
espíritu y petrifica el corazón.»
Esta
última posibilidad era la que más le repugnaba, pero Raskolnikof era joven,
escéptico, de espíritu abstracto y, por lo tanto, cruel, y no podía menos de
considerar que esta última eventualidad era la más probable.
«Pero
¿es esto posible? ‑siguió reflexionando‑. ¿Es posible que esta
criatura que ha conservado la pureza de alma termine por hundirse a sabiendas
en ese abismo horrible y hediondo? ¿No será que este hundimiento ha empezado
ya, que ella ha podido soportar hasta ahora semejante vida porque el vicio ya
no le repugna...? No, no; esto es imposible ‑exclamó mentalmente,
repitiendo el grito lanzado por Sonia hacía un momento‑: lo que hasta
ahora le ha impedido arrojarse al canal ha sido el temor de cometer un pecado,
y también esa familia... Parece que no se ha vuelto loca, pero ¿quién puede
asegurar que esto no es simple apariencia? ¿Puede estar en su juicio? ¿Puede
una persona hablar como habla ella sin estar loca? ¿Puede una mujer conservar
la calma sabiendo que va a su perdición, y asomarse a ese abismo pestilente sin
hacer caso cuando se habla del peligro? ¿No esperará un milagro...? Sí,
seguramente. Y todo esto, ¿no son pruebas de enajenación mental?»
Se
aferró obstinadamente a esta última idea. Esta solución le complacía más que
ninguna otra. Empezó a examinar a Sonia atentamente.
‑¿Rezas
mucho, Sonia? ‑le preguntó.
La
muchacha guardó silencio. Él, de pie a su lado, esperaba una respuesta.
‑¿Qué
habría sido de mí sin la ayuda de Dios?
Había
dicho esto en un rápido susurro. Al mismo tiempo, lo miró con ojos fulgurantes
y le apretó la mano.
«No
me he equivocado», se dijo Raskolnikof.
‑Pero
¿qué hace Dios por ti? ‑siguió preguntando el joven.
Sonia
permaneció en silencio un buen rato. Parecía incapaz de responder. La emoción
henchía su frágil pecho.
‑¡Calle!
No me pregunte. Usted no tiene derecho a hablar de estas cosas ‑exclamó
de pronto, mirándole, severa e indignada.
«Es
lo que he pensado, es lo que he pensado», se decía Raskolnikof.
‑Dios
todo lo puede ‑dijo Sonia, bajando de nuevo los
«Esto
lo explica todo», pensó Raskolnikof. Y siguió observándola con ávida
curiosidad.
Experimentaba
una sensación extraña, casi enfermiza, mientras contemplaba aquella carita
pálida, enjuta, de facciones irregulares y angulosas; aquellos ojos azules
capaces de emitir verdaderas llamaradas y de expresar una pasión tan austera y
vehemente; aquel cuerpecillo que temblaba de indignación. Todo esto le parecía
cada vez más extraño, más ajeno a la realidad.
«Está
loca, está loca», se repetía.
Sobre
la cómoda había un libro. Raskolnikof le había dirigido una mirada cada vez que
pasaba junto a él en sus idas y venidas por la habitación. Al fin cogió el
volumen y lo examinó. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento, un viejo
libro con tapas de tafilete.
‑¿De
dónde has sacado este libro? ‑le preguntó desde el otro extremo de la
habitación, cuando ella permanecía inmóvil cerca de la mesa.
‑Me
lo han regalado ‑respondió Sonia de mala gana y sin mirarle.
‑¿Quién?
‑Lisbeth.
«
¡Lisbeth! ¡Qué raro! », pensó Raskolnikof.
Todo
lo relacionado con Sonia le parecía cada vez más extraño. Acercó el libro a la
bujía y empezó a hojearlo.
‑¿Dónde
está el capítulo sobre Lázaro? ‑preguntó de pronto.
Soma
no contestó. Tenía la mirada fija en el suelo y se había separado un poco de la
mesa.
‑Dime
dónde están las páginas que hablan de la resurrección de Lázaro.
Sonia
le miró de reojo.
‑Están
en el cuarto Evangelio ‑repuso Sonia gravemente y sin moverse del sitio.
‑Toma;
busca ese pasaje y léemelo.
Dicho
esto, Raskolnikof se sentó a la mesa, apoyó en ella los codos y el mentón en
una mano y se dispuso a escuchar, vaga la mirada y sombrío el semblante.
«
Dentro de quince días o de tres semanas ‑murmuró para sí‑ habrá que
ir a verme a la séptima versta[L42].
Allí estaré, sin duda, si no me ocurre nada peor.»
Sonia
dio un paso hacia la mesa. Vacilaba. Había recibido con desconfianza la extraña
petición de Raskolnikof. Sin embargo, cogió el libro.
‑¿Es
que usted no lo ha leído nunca? ‑preguntó, mirándole de reojo. Su voz era
cada vez más fría y dura.
‑Lo
leí hace ya mucho tiempo, cuando era niño... Lee.
‑¿Y
no lo ha leído en la iglesia?
‑Yo...
yo no voy a la iglesia. ¿Y tú?
‑Pues...
no ‑balbuceó Sonia.
Raskolnikof
sonrió.
‑Se
comprende. No asistirás mañana a los funerales de tu padre, ¿verdad?
‑Sí
que asistiré. Ya fui la semana pasada a la iglesia para una misa de réquiem.
‑¿Por
quién?
‑Por
Lisbeth. La mataron a hachazos.
La
tensión nerviosa de Raskolnikof iba en aumento. La cabeza empezaba a darle
vueltas.
‑Por
lo visto, tenías amistad con Lisbeth.
‑Sí.
Era una mujer justa y buena... A veces venía a verme... Muy de tarde en tarde.
No podía venir más... Leíamos y hablábamos... Ahora está con Dios.
¡Qué
extraño parecía a Raskolnikof aquel hecho, y qué extrañas aquellas palabras
novelescas! ¿De qué podrían hablar aquellas dos mujeres, aquel par de necias?
«Aquí
corre uno el peligro de volverse loco: es una enfermedad contagiosa», se dijo.
‑¡Lee!
‑ordenó de pronto, irritado y con voz apremiante.
Sonia
seguía vacilando. Su corazón latía con fuerza. La desdichada no se atrevía a
leer en presencia de Raskolnikof. El joven dirigió una mirada casi dolorosa a
la pobre demente.
‑¿Qué
le importa esto? Usted no tiene fe ‑murmuró Sonia con voz entrecortada.
‑¡Lee!
‑insistió Raskolnikof‑. ¡Bien le leías a Lisbeth!
Sonia
abrió el libro y buscó la página. Le temblaban las manos y la voz no le salía
de la garganta. Intentó empezar dos o tres veces, pero no pronunció ni una sola
palabra.
‑«Había
en Betania un hombre llamado Lázaro, que estaba enfermo...», articuló al fin,
haciendo un gran esfuerzo.
Pero
inmediatamente su voz vibró y se quebró como una cuerda demasiado tensa. Sintió
que a su oprimido pecho le faltaba el aliento. Raskolnikof comprendía en parte
por qué se resistía Sonia a obedecerle, pero esta comprensión no impedía que se
mostrara cada vez más apremiante y grosero. De sobra se daba cuenta del trabajo
que le costaba a la pobre muchacha mostrarle su mundo interior. Comprendía que
aquellos sentimientos eran su gran secreto, un secreto que tal vez guardaba
desde su adolescencia, desde la época en que vivía con su familia, con su
infortunado padre, con aquella madrastra que se había vuelto loca a fuerza de
sufrir, entre niños hambrientos y oyendo a todas horas gritos y reproches.
Pero, al mismo tiempo, tenía la seguridad de que Sonia, a pesar de su
repugnancia, de su temor a leer, sentía un ávido, un doloroso deseo de leerle a
él en aquel momento, sin importarle lo que después pudiera ocurrir... Leía todo
esto en los ojos de Sonia y comprendía la emoción que la trastornaba... Sin
embargo, Sonia se dominó, deshizo el nudo que tenía en la garganta y continuó
leyendo el capítulo 11 del Evangelio según San Juan. Y llegó al versículo 19.
‑«
... Y gran número de judíos habían acudido a ver a Marta y a María para
consolarlas de la muerte de su hermano. Habiéndose enterado de la llegada de
Jesús, Marta fue a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo
a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; pero
ahora yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará...»
Al
llegar a este punto, Sonia se detuvo para sobreponerse a la emoción que
amenazaba ahogar su voz.
‑«Jesús
le dijo: tu hermano resucitará. Marta le respondió: Yo sé que resucitará el día
de la resurrección de los muertos. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la
vida; el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree
en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Y ella dice...»
Sonia
tomó aliento penosamente y leyó con energía, como si fuera ella la que hacía
públicamente su profesión de fe:
‑«...
Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al
mundo...»
Sonia
se detuvo, levantó momentáneamente los ojos hacia Raskolnikof y después
continuó la lectura. El joven, acodado en la mesa, escuchaba sin moverse y sin
mirar a Sonia. La lectora llegó al versículo 32.
‑«
... Cuando María llegó al lugar donde estaba Cristo y lo vio, cayó a sus pies y
le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Y cuando
Jesús vio que lloraba y que los judíos que iban con ella lloraban igualmente,
se entristeció, se conmovió su espíritu y dijo: ¿Dónde lo pusisteis? Le
respondieron: Señor, ven y mira. Entonces Jesús lloró y dijeron los judíos: Ved
cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: El que abrió los ojos al ciego, ¿no
podía hacer que este hombre no muriera?...»
Raskolnikof
se volvió hacia Sonia y la miró con emoción. Sí, era lo que él había
sospechado. La joven temblaba febrilmente, como él había previsto. Se acercaba
al momento del milagro y un sentimiento de triunfo se había apoderado de ella.
Su voz había cobrado una sonoridad metálica y una firmeza nacida de aquella
alegría y de aquella sensación de triunfo. Las líneas se entremezclaban ante
sus velados ojos, pero ella podía seguir leyendo porque se dejaba llevar de su
corazón. Al leer el último versículo ‑« El que abrió los ojos al
ciego...»‑, Sonia bajó la voz para expresar con apasionado acento la
duda, la reprobación y los reproches de aquellos ciegos judíos que un momento
después iban a caer de rodillas, como fulminados por el rayo, y a creer,
mientras prorrumpían en sollozos... Y él, él que tampoco creía, él que también
estaba ciego, comprendería y creería igualmente... Y esto iba a suceder muy
pronto, en seguida... Así soñaba Sonia, y temblaba en la gozosa espera.
‑«
... Jesús, lleno de una profunda tristeza, fue a la tumba. Era una cueva tapada
con una piedra. Jesús dijo: Levantad la piedra. Marta, la hermana del difunto,
le respondió: Señor, ya huele mal, pues hace cuatro días que está en la
tumba... »
Sonia
pronunció con fuerza la palabra «cuatro».
‑«...
Jesús le dijo entonces: ¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de
Dios? Entonces quitaron la piedra de la cueva donde reposaba el muerto. Jesús
levantó los ojos al cielo y dijo: Padre mío, te doy gracias por haberme
escuchado. Yo sabía que Tú me escuchas siempre y sólo he hablado para que los
que están a mi alrededor crean que eres Tú quien me ha enviado a la tierra.
Habiendo dicho estas palabras, clamó con voz sonora: ¡Lázaro, sal! Y el muerto
salió... ‑Sonia leyó estas palabras con voz clara y triunfante, y
temblaba como si acabara de ver el milagro con sus propios ojos‑
...vendados los pies y las manos con cintas mortuorias y el rostro envuelto en
un sudario. Jesús dijo: Desatadle y dejadle ir. Entonces, muchos de los judíos
que habían ido a casa de María y que habían visto el milagro de Jesús creyeron
en él. »
Ya
no pudo seguir leyendo. Cerró el libro y se levantó.
‑No
hay nada más sobre la resurrección de Lázaro.
Dijo
esto gravemente y en voz baja. Luego se separó de la mesa y se detuvo.
Permanecía inmóvil y no se atrevía a mirar a Raskolnikof. Seguía temblando
febrilmente. El cabo de la vela estaba a punto de consumirse en el torcido
candelero y expandía una luz mortecina por aquella mísera habitación donde un
asesino y una prostituta se habían unido para leer el Libro Eterno.
‑He
venido a hablarle de un asunto ‑dijo de súbito Raskolnikof con voz fuerte
y enérgica. Seguidamente, velado el semblante por una repentina tristeza, se
levantó y se acercó a Sonia. Ésta se volvió a mirarle y vio que su dura mirada
expresaba una feroz resolución. El joven añadió‑: Hoy he abandonado a mi
familia, a mi madre y a mi hermana. Ya no volveré al lado de ellas: la ruptura
es definitiva.
‑¿Por
qué ha hecho eso? ‑preguntó Sonia, estupefacta.
Su
reciente encuentro con Pulqueria Alejandrovna y Dunia había dejado en ella una
impresión imborrable aunque confusa, y la noticia de la ruptura la horrorizó.
‑Ahora
no tengo a nadie más que a ti ‑dijo Raskolnikof‑. Vente conmigo. He
venido por ti. Somos dos seres malditos. Vámonos juntos.
Sus
ojos centelleaban.
«Tiene
cara de loco», pensó Sonia.
‑¿Irnos?
¿Adónde? ‑preguntó aterrada, dando un paso atrás.
‑¡Yo
qué sé! Yo sólo sé que los dos seguimos la misma ruta y que únicamente tenemos
una meta.
Ella
le miraba sin comprenderle. Ella sólo veía en él una cosa: que era
infinitamente desgraciado.
‑Nadie
lo comprendería si les dijeras las cosas que me has dicho a mí. Yo, en cambio,
lo he comprendido. Te necesito y por eso he venido a buscarte.
‑No
entiendo ‑balbuceó Sonia.
‑Ya
entenderás más adelante. Tú has obrado como yo. Tú también has cruzado la
línea. Has atentado contra ti; has destruido una vida..., tu propia vida,
verdad es, pero ¿qué importa? Habrías podido vivir con tu alma y tu razón y
terminarás en la plaza del Mercado. No puedes con tu carga, y si permaneces
sola, te volverás loca, del mismo modo que me volveré yo. Ya parece que sólo
conservas a medias la razón. Hemos de seguir la misma ruta, codo a codo.
¡Vente!
‑¿Por
qué, por qué dice usted eso? ‑preguntó Sonia, emocionada, incluso
trastornada por las palabras de Raskolnikof.
‑¿Por
qué? Porque no se puede vivir así. Por eso hay que razonar seriamente y ver las
cosas como son, en vez de echarse a llorar como un niño y gritar que Dios no lo
permitirá. ¿Qué sucederá si un día lo llevan al hospital? Catalina Ivanovna
está loca y tísica, y morirá pronto. ¿Qué será entonces de los niños? ¿Crees
que Poletchka podrá salvarse? ¿No has visto por estos barrios niños a los que
sus madres envían a mendigar? Yo sé ya dónde viven esas madres y cómo viven.
Los niños de esos lugares no se parecen a los otros. Entre ellos, los rapaces
de siete años son ya viciosos y ladrones.
‑Pero
¿qué hacer, qué hacer? ‑exclamó Sonia, llorando desesperadamente mientras
se retorcía las manos.
‑¿Qué
hacer? Cambiar de una vez y aceptar el sufrimiento. ¿Qué, no comprendes? Ya
comprenderás más adelante... La libertad y el poder, el poder sobre todo..., el
dominio sobre todos los seres pusilánimes... Sí, dominar a todo el hormiguero:
he aquí el fin. Acuérdate de esto: es como un testamento que hago para ti.
Acaso sea ésta la última vez que te hablo. Si no vengo mañana, te enterarás de
todo. Entonces acuérdate de mis palabras. Quizá llegue un día, en el curso de
los años, en que comprendas su significado. Y si vengo mañana, te diré quién
mató a Lisbeth.
Sonia
se estremeció.
‑Entonces,
¿usted lo sabe?‑preguntó, helada de espanto y dirigiéndole una mirada
despavorida.
‑Lo
sé y te lo diré... Sólo te lo diré a ti. Te he escogido para esto. No vendré a
pedirte perdón, sino sencillamente a decírtelo. Hace ya mucho tiempo que te
elegí para esta confidencia: el mismo día en que tu padre me habló de ti,
cuando Lisbeth vivía aún. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
Y
se marchó, dejando a Sonia la impresión de que había estado conversando con un
loco. Pero ella misma sentía como si le faltara la razón. La cabeza le daba
vueltas.
«
¡Señor! ¿Cómo sabe quién ha matado a Lisbeth? ¿Qué significan sus palabras?»
Todo
esto era espantoso. Sin embargo, no sospechaba ni remotamente la verdad.
«
Debe de ser muy desgraciado... Ha abandonado a su madre y a su hermana. ¿Por
qué? ¿Qué habrá ocurrido? ¿Qué intenciones tiene? ¿Qué significan sus
palabras?»
Le
había besado los pies y le había dicho..., le había dicho... que no podía vivir
sin ella. Sí, se lo había dicho claramente.
«
¡Señor, Señor...! »
Sonia
estuvo toda la noche ardiendo de fiebre y delirando. Se estremecía, lloraba, se
retorcía las manos; después caía en un sueño febril y soñaba con Poletchka, con
Catalina Ivanovna, con Lisbeth, con la lectura del Evangelio, y con él, con su
rostro pálido y sus ojos llameantes... Él le besaba los pies y lloraba...
¡Señor, Señor!
Tras
la puerta que separaba la habitación de Sonia del departamento de la señora
Resslich había una pieza vacía que correspondía a aquel compartimiento y que se
alquilaba, como indicaba un papel escrito colgado en la puerta de la calle y
otros papeles pegados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que
aquella habitación estaba deshabitada desde hacía tiempo. Sin embargo, durante
toda la escena precedente, el señor Svidrigailof, de pie detrás de la puerta
que daba al aposento de la joven, había oído perfectamente toda la conversación
de Sonia con su visitante.
Cuando
Raskolnikof se fue, Svidrigailof reflexionó un momento, se dirigió de puntillas
a su cuarto, contiguo a la pieza desalquilada, cogió una silla y volvió a la
habitación vacía para colocarla junto a la puerta que daba al dormitorio de
Sonia. La conversación que acababa de oír le había parecido tan interesante,
que había llevado allí aquella silla, pensando que la próxima vez, al día
siguiente, por ejemplo, podría escuchar con toda comodidad, sin que turbara su
satisfacción la molestia de permanecer de pie media hora.
V
Cuando, al día
siguiente, a las once en punto, Raskolnikof fue a ver al juez de instrucción,
se extrañó de tener que hacer diez largos minutos de antesala. Este tiempo
transcurrió, como mínimo, antes de que le llamaran, siendo así que él esperaba
ser recibido apenas le anunciasen. Allí estuvo, en la sala de espera, viendo
pasar personas que no le prestaban la menor atención. En la sala contigua
trabajaban varios escribientes, y saltaba a la vista que ninguno de ellos tenía
la menor idea de quién era Raskolnikof.
El
visitante paseó por toda la estancia una mirada retadora, preguntándose si
habría allí algún esbirro, algún espía encargado de vigilarle para impedir su
fuga. Pero no había nada de esto. Sólo veía caras de funcionarios que
reflejaban cuidados mezquinos, y rostros de otras personas que, como los
funcionarios, no se interesaban lo más mínimo por él. Se podría haber marchado
al fin del mundo sin llamar la atención de nadie. Poco a poco se iba
convenciendo de que si aquel misterioso personaje, aquel fantasma que parecía
haber surgido de la tierra y al que había visto el día anterior, lo hubiera
sabido todo, lo hubiera visto todo, él, Raskolnikof, no habría podido
permanecer tan tranquilamente en aquella sala de espera. Y ni habrían esperado
hasta las once para verle, ni le habrían permitido ir por su propia voluntad.
Por lo tanto, aquel hombre no había dicho nada..., porque tal vez no sabía
nada, ni nada había visto (¿cómo lo habría podido ver?), y todo lo ocurrido el
día anterior no había sido sino un espejismo agrandado por su mente enferma.
Esta
explicación, que le parecía cada vez más lógica, ya se le había ocurrido el día
anterior en el momento en que sus inquietudes, aquellas inquietudes rayanas en
el terror, eran más angustiosas.
Mientras
reflexionaba en todo esto y se preparaba para una nueva lucha, Raskolnikof
empezó a temblar de pronto, y se enfureció ante la idea de que aquel temblor
podía ser de miedo, miedo a la entrevista que iba a tener con el odioso
Porfirio Petrovitch. Pensar que iba a volver a ver a aquel hombre le inquietaba
profundamente. Hasta tal extremo le odiaba, que temía incluso que aquel odio le
traicionase, y esto le produjo una cólera tan violenta, que detuvo en seco su
temblor. Se dispuso a presentarse a Porfirio en actitud fría e insolente y se
prometió a sí mismo hablar lo menos posible, vigilar a su adversario,
permanecer en guardia y dominar su irascible temperamento. En este momento le
llamaron al despacho de Porfirio Petrovitch.
El
juez de instrucción estaba solo en aquel momento. En el despacho, de medianas
dimensiones, había una gran mesa de escritorio, un armario y varias sillas.
Todo este mobiliario era de madera amarilla y te pagaba el Estado. En la pared
del fondo había una puerta cerrada. Por lo tanto, debía de haber otras dependencias
tras aquella pared. Cuando entró Raskolnikof, Porfirio cerró tras él la puerta
inmediatamente y los dos quedaron solos. El juez recibió a su visitante con
gesto alegre y amable; pero, poco después, Raskolnikof advirtió que daba
muestras de cierta violencia. Era como si le hubieran sorprendido ocupado en
alguna operación secreta.
Porfirio
le tendió las dos manos.
‑¡Ah!
He aquí a nuestro respetable amigo en nuestros parajes. Siéntese, querido...
Pero ahora caigo en que tal vez le disguste que le haya llamado «respetable» y
«querido» así, tout court [L43]. Le
ruego que no tome esto como una familiaridad. Siéntese en el sofá, haga el
favor.
Raskolnikof
se sentó sin apartar de él la vista. Las expresiones «nuestros parajes», «como
una familiaridad», tout court, amén de otros detalles, le parecían muy propios
de aquel hombre.
«Sin
embargo, me ha tendido las dos manos sin permitirme estrecharle ninguna: las ha
retirado a tiempo», pensó Raskolnikof, empezando a desconfiar.
Se
vigilaban mutuamente, pero, apenas se cruzaban sus miradas, las desviaban con
la rapidez del relámpago.
‑Le
he traído este papel sobre el asunto del reloj. ¿Está bien así o habré de
escribirlo de otro modo?
‑¿Cómo?
¿El papel del reloj? ¡Ah, sí! ¡No se preocupe! Está muy bien ‑dijo
Porfirio Petrovitch precipitadamente, antes de haber leído el escrito.
Inmediatamente, lo leyó‑. Sí, está perfectamente. No hace falta más.
Seguía
expresándose con precipitación. Un momento después, mientras hablaban de otras
cosas, lo guardó en un cajón de la mesa.
‑Me
parece ‑dijo Raskolnikof‑ que ayer mostró usted deseos de
interrogarme... oficialmente... sobre mis relaciones con la mujer asesinada...
«¿Por
qué habré dicho "me parece"?»
Esta
idea atravesó su mente como un relámpago.
«Pero
¿por qué me ha de inquietar tanto ese "me parece"?», se dijo acto
seguido.
Y
de súbito advirtió que su desconfianza, originada tan sólo por la presencia de
Porfirio, a las dos palabras y a las dos miradas cambiadas con él, había
cobrado en dos minutos dimensiones desmesuradas. Esta disposición de ánimo era
sumamente peligrosa. Raskolnikof se daba perfecta cuenta de ello. La tensión de
sus nervios aumentaba, su agitación crecía...
«
¡Malo, malo! A ver si hago alguna tontería.»
‑¡Ah,
sí! No se preocupe... Hay tiempo ‑dijo Porfirio Petrovitch, yendo y
viniendo por el despacho, al parecer sin objeto, pues ahora se dirigía a la
mesa, e inmediatamente después se acercaba a la ventana, para volver en seguida
al lado de la mesa. En sus paseos rehuía la mirada retadora de Raskolnikof,
después de lo cual se detenía de pronto y le miraba a la cara fijamente. Era
extraño el espectáculo que ofrecía aquel cuerpo rechoncho, cuyas evoluciones
recordaban las de una pelota que rebotase de una a otra pared.
Porfirio
Petrovitch continuó:
‑Nada
nos apremia. Tenemos tiempo de sobra... ¿Fuma usted? ¿Acaso no tiene tabaco?
Tenga un cigarrillo... Aunque le recibo aquí, mis habitaciones están allí,
detrás de ese tabique. El Estado corre con los gastos. Si no las habito es
porque necesitan ciertas reparaciones. Por cierto que ya están casi terminadas.
Es magnífico eso de tener una casa pagada por el Estado. ¿No opina usted así?
‑En
efecto, es una cosa magnífica ‑repuso Raskolnikof, mirándole casi
burlonamente.
‑Una
cosa magnífica, una cosa magnífica ‑repetía Porfirio Petrovitch
distraídamente‑. ¡Sí, una cosa magnífica! ‑gritó, deteniéndose de
súbito a dos pasos del joven.
La
continua y estúpida repetición de aquella frase referente a las ventajas de
tener casa gratuita contrastaba extrañamente, por su vulgaridad, con la mirada
grave, profunda y enigmática que el juez de instrucción fijaba en Raskolnikof
en aquel momento.
Esto
no hizo sino acrecentar la cólera del joven, que, sin poder contenerse, lanzó a
Porfirio Petrovitch un reto lleno de ironía e imprudente en extremo.
‑Bien
sé ‑empezó a decir con una insolencia que, evidentemente, le llenaba de
satisfacción‑ que es un principio, una regla para todos los jueces,
comenzar hablando de cosas sin importancia, o de cosas serias, ‑si usted
quiere, pero que no tienen nada que ver con el asunto que interesa. El objeto
de esta táctica es alentar, por decirlo así, o distraer a la persona que
interrogan, ahuyentando su desconfianza, para después, de improviso, arrojarles
en pleno rostro la pregunta comprometedora. ¿Me equivoco? ¿No es ésta una
regla, una costumbre rigurosamente observada en su profesión?
‑Así...
¿usted cree que yo sólo le he hablado de la casa pagada por el Estado para...?
Al
decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y una expresión de malicioso
regocijo transfiguró su fisonomía. Las arrugas de su frente desaparecieron de
pronto, sus ojos se empequeñecieron, sus facciones se dilataron. Entonces fijó
su vista en los ojos de Raskolnikof y rompió a reír con una risa prolongada y
nerviosa que sacudía todo su cuerpo. El joven se echó a reír también, con una
risa un tanto forzada, pero cuando la hilaridad de Porfirio, al verle reír a
él, se avivó hasta el punto de que su rostro se puso como la grana, Raskolnikof
se sintió dominado por una contrariedad tan profunda, que perdió por completo
la prudencia. Dejó de reír, frunció el entrecejo y dirigió al juez de
instrucción una mirada de odio que ya no apartó de él mientras duró aquella
larga y, al parecer, un tanto ficticia alegría. Por lo demás, Porfirio no se mostraba
más prudente que él, ya que se había echado a reír en sus mismas narices y
parecía importarle muy poco que a éste le hubiera sentado tan mal la cosa. Esta
última circunstancia pareció extremadamente significativa al joven, el cual
dedujo que todo había sucedido a medida de los deseos de Porfirio Petrovitch y
que él, Raskolnikof, se había dejado coger en un lazo. Allí, evidentemente,
había alguna celada, algún propósito que él no había logrado descubrir. La mina
estaba cargada y estallaría de un momento a otro.
Echando
por la calle de en medio, se levantó y cogió su gorra.
‑Porfirio
Petrovitch ‑dijo en un tono resuelto que dejaba traslucir una viva
irritación‑. Usted manifestó ayer el deseo de someterme a interrogatorio
-subrayó con energía esta palabra‑, y he venido a ponerme a su
disposición. Si tiene usted que hacerme alguna pregunta, hágamela. En caso
contrario, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo; tengo cierto
compromiso; me esperan para asistir al entierro de ese funcionario que murió
atropellado por un coche y del cual ya ha oído usted hablar.
Inmediatamente
se arrepintió de haber dicho esto último. Después continuó, con una irritación
creciente:
‑Ya
estoy harto de todo esto, ¿sabe usted? Hace mucho tiempo que estoy harto... Ha
sido una de las causas de mi enfermedad... En una palabra ‑añadió,
levantando la voz al considerar que esta frase sobre su enfermedad no venía a
cuento‑, en una palabra: haga usted el favor de interrogarme o permítame
que me vaya inmediatamente... Pero si me interroga, habrá de hacerlo con
arreglo a las normas legales y de ningún otro modo... Y como veo que no decide
usted nada, adiós. Por el momento, usted y yo no tenemos nada que decirnos.
‑Pero
¿qué dice usted, hombre de Dios? ¿Sobre qué le tengo que interrogar?‑exclamó
al punto Porfirio Petrovitch, cambiando de tono y dejando de reír‑. No se
preocupe usted ‑añadió, reanudando sus paseos, para luego, de pronto,
arrojarse sobre Raskolnikof y hacerlo sentar‑. No hay prisa, no hay
prisa. Además, esto no tiene ninguna importancia. Por el contrario, estoy
encantado de que haya venido usted a verme. Le he recibido como a un amigo. En
cuanto a esta maldita risa, perdóneme, mi querido Rodion Romanovitch... Se
llama usted así, ¿verdad? Soy un hombre nervioso y me chá hecho mucha gracia la
agudeza de su observación. A veces estoy media hora sacudido por la risa como
una pelota de goma. Soy propenso a la risa por naturaleza. Mi temperamento me
hace temer incluso la apoplejía... Pero siéntese, amigo mío, se lo ruego. De lo
contrario, creeré que está usted enfadado.
Raskolnikof
no desplegaba los labios. Se limitaba a escuchar y observar con las cejas
fruncidas. Se sentó, pero sin dejarla gorra.
‑Quiero
decirle una cosa, mi querido Rodion Romanovitch; una cosa que le ayudará a comprender
mi carácter ‑continuó Porfirio Petrovitch, sin cesar de dar vueltas por
la habitación, pero procurando no cruzar su mirada con la de Raskolnikof‑.
Yo soy, ya lo ve usted, un solterón, un hombre nada mundano, desconocido y, por
añadidura, acabado, embotado, y... y... ¿ha observado usted, Rodion
Romanovitch, que aquí en Rusia, y sobre todo en los círculos petersburgueses,
cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen bien todavía,
pero que se aprecian mutuamente, están lo menos media hora sin saber qué
decirse? Permanecen petrificados y confusos el uno frente al otro. Ciertas
personas tienen siempre algo de que hablar. Las damas, la gente de mundo, la de
alta sociedad, tienen siempre un tema de conversación, c'est de rigueur; pero las
personas de la clase media, como nosotros, son tímidas y taciturnas... Me
refiero a los que son capaces de pensar... ¿Cómo se explica usted esto, amigo
mío? ¿Es que no tenemos el debido interés por las cuestiones sociales? No, no
es esto. Entonces, ¿es por un exceso de honestidad, porque somos demasiado
leales y no queremos engañarnos unos a otros...? No lo sé. ¿Usted qué opina...?
Pero deje la gorra. Parece que esté usted a punto de marcharse, y esto me
contraría, se lo aseguro, pues, en contra de lo que usted cree, estoy
encantado...
Raskolnikof
dejó la gorra, pero sin romper su mutismo. Con el entrecejo fruncido, escuchaba
atentamente la palabrería deshilvanada de Porfirio Petrovitch.
«
Dice todas estas cosas afectadas y ridículas para distraer mi atención.»
‑No
le ofrezco café ‑prosiguió el infatigable Porfirio- porque el lugar no me
parece adecuado... El servicio le llena a uno de obligaciones... Pero podemos
pasar cinco minutos en amistosa compañía y distraernos un poco... No se
moleste, mi querido amigo, por mi continuo ir y venir. Excúseme. Temo enojarle,
pero necesito a toda costa el ejercicio. Me paso el día sentado, y es un gran
bien para mí poder pasear durante cinco minutos... Mis hemorroides, ¿sabe
usted...? Tengo el propósito de someterme a un tratamiento gimnástico. Se dice
que consejeros de Estado e incluso consejeros privados no se avergüenzan de
saltar a la comba. He aquí hasta dónde ha llegado la ciencia en nuestros
días... En cuanto a las obligaciones de mi cargo, a los interrogatorios y todo
ese formulismo del que usted me ha hablado hace un momento, le diré, mi querido
Rodion Romanovitch, que a veces desconciertan más al magistrado que al
declarante. Usted acaba de observarlo con tanta razón como agudeza. ‑Raskolnikof
no había hecho ninguna observación de esta índole‑. Uno se confunde.
¿Cómo no se ha de confundir, con los procedimientos que se siguen y que son
siempre los mismos? Se nos han prometido reformas, pero ya verá como no cambian
más que los términos. ¡Je, je, je! En
lo que concierne a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo
con sus sutiles observaciones... Ningún acusado, ni siquiera el mujik
más obtuso, puede ignorar que, al empezar nuestro interrogatorio, trataremos de
ahuyentar su desconfianza (según su feliz expresión), a fin de asestarle
seguidamente un hachazo en pleno cráneo (para utilizar su ingeniosa metáfora). ¡Je, je, je...! ¿De modo que usted creía que
yo hablaba de mi casa pagada por el Estado para...? Verdaderamente, es usted un
hombre irónico... No, no; no volveré a este asunto... Pero sí, pues las ideas
se asocian y unas palabras llevan a otras palabras. Usted ha mencionado el
interrogatorio según las normas legales. Pero ¿qué importan estas normas, que
en más de un caso resultan sencillamente absurdas? A veces, una simple charla
amistosa da mejores resultados. Estas normas no desaparecerán nunca, se lo digo
para su tranquilidad; pero ¿qué son las normas, le pregunto yo? El juez de
instrucción jamás debe dejarse maniatar por ellas. La misión del magistrado que
interroga a un declarante es, dentro de su género, un arte, o algo parecido. ¡Je, je, je!
Porfirio
Petrovitch se detuvo un instante para tomar alientos. Hablaba sin descanso y,
generalmente, para no decir nada, para devanar una serie de ideas absurdas, de
frases estúpidas, entre las que deslizaba de vez en cuando una palabra
enigmática que naufragaba al punto en el mar de aquella palabrería sin sentido.
Ahora casi corría por el despacho, moviendo aceleradamente sus gruesas y cortas
piernas, con
la mirada
fija en el suelo, la mano derecha en la espalda y haciendo con la izquierda
ademanes que no tenían relación alguna con sus palabras.
Raskolnikof
se dio cuenta de pronto que un par de veces, al llegar junto a la puerta, se
había detenido, al parecer para prestar atención.
«¿Esperará
a alguien?»
‑Tiene
usted razón -continuó Porfirio Petrovitch alegremente y con una amabilidad que
llenó a Raskolnikof de inquietud y desconfianza‑. Tiene usted motivo para
burlarse tan ingeniosamente como lo ha hecho de nuestras costumbres jurídicas.
Se pretende que tales procedimientos (no todos, naturalmente) tienen por base
una profunda filosofía. Sin embargo, son perfectamente ridículos y generalmente
estériles, sobre todo si se siguen al pie de la letra las normas
establecidas... Hemos vuelto, pues, a la cuestión de las normas. Bien;
supongamos que yo sospecho que cierto señor es el autor de un crimen cuya
instrucción se me ha confiado... Usted ha estudiado Derecho, ¿verdad, Rodion
Romanovitch?
‑Empecé.
‑Pues
bien, he aquí un ejemplo que podrá serle útil más adelante... Pero no crea que
pretendo hacer de profesor con usted, que publica en los periódicos artículos
tan profundos. No, yo sólo me tomo la libertad de exponerle un hecho a modo de
ejemplo. Si yo considero a un individuo cualquiera como un criminal, ¿por qué,
dígame, he de inquietarle prematuramente, incluso en el caso de que tenga
pruebas contra él? A algunos me veo obligado a detenerlos inmediatamente, pero
otros son de un carácter completamente distinto. ¿Por qué no he de dejar a mi
culpable pasearse un poco por la ciudad? ¡Je, je...! Ya veo que usted no me
acaba de comprender. Se lo voy a explicar más claramente. Si me apresuro a
ordenar su detención, le proporciono un punto de apoyo moral, por decirlo así.
¿Se ríe usted?
Raskolnikof
estaba muy lejos de reírse. Tenía los labios apretados, y su ardiente mirada no
se apartaba de los ojos de Porfirio Petrovitch.
‑Sin
embargo ‑continuó éste‑, tengo razón, por lo menos en lo que
concierne a ciertos individuos, pues los hombres son muy diferentes unos de
otros y nuestra única consejera digna de crédito es la práctica. Pero, desde el
momento que tiene usted pruebas, me dirá usted... ¡Dios mío! Usted sabe muy
bien lo que son las pruebas: tres de cada cuatro son dudosas. Y yo, a la vez
que juez de instrucción, soy un ser humano y en consecuencia, tengo mis
debilidades. Una de ellas es mi deseo de que mis diligencias tengan el rigor de
una demostración matemática. Quisiera que mis pruebas fueran tan evidentes como
que dos y dos son cuatro, que constituyeran una demostración clara e
indiscutible. Pues bien, si yo ordeno la detención del culpable antes de
tiempo, por muy convencido que esté de su culpa, me privo de los medios de
poder demostrarlo ulteriormente. ¿Por qué? Porque le proporciono, por decirlo
así, una situación normal. Es un detenido, y como detenido se comporta: se
retira a su caparazón, se me escapa... Se cuenta que en Sebastopol,
inmediatamente después de la batalla de Alma, los defensores estaban aterrados
ante la idea de un ataque del enemigo: no dudaban de que Sebastopol sería
tomado por asalto. Pero cuando vieron cavar las primeras trincheras para
comenzar un sitio normal, se tranquilizaron y se alegraron. Estoy hablando de
personas inteligentes. «Tenemos lo menos para dos meses ‑se decían‑,
pues un asedio normal requiere mucho tiempo.» ¿Otra vez se ríe usted? ¿No me
cree? En el fondo, tiene usted razón; sí, tiene usted razón. Éstos no son sino
casos particulares. Estoy completamente de acuerdo con usted en que acabo de
exponerle un caso particular. Pero hay que hacer una observación sobre este
punto, mi querido Rodion Romanovitch, y es que el caso general que responde a
todas las formas y fórmulas jurídicas; el caso típico para el cual se han
concebido y escrito las reglas, no existe, por la sencilla razón de que cada
causa, cada crimen, apenas realizado, se convierte en un caso particular, ¡y
cuán especial a veces!: un caso distinto a todos los otros conocidos y que, al
parecer, no tiene ningún precedente.
»Algunos
resultan hasta cómicos. Supongamos que yo dejo a uno de esos señores en
libertad. No lo mando detener, no lo molesto para nada. Él debe saber, o por lo
menos suponer, que en todo momento, hora por hora, minuto por minuto, yo estoy
al corriente de lo que hace, que conozco perfectamente su vida, que le vigilo
día y noche. Le sigo por todas partes y sin descanso, y puede estar usted
seguro de que, por poco que él se dé cuenta de ello, acabará por perder la
cabeza. Y entonces él mismo vendrá a entregarse y, además, me proporcionará los
medios de dar a mi sumario un carácter matemático. Esto no deja de tener cierto
atractivo. Este sistema puede tener éxito con un burdo mujik, pero aún
más con un hombre culto e inteligente. Pues hay en todo esto algo muy
importante, amigo mío, y es establecer cómo puede haber procedido el culpable.
No nos olvidemos de los nervios. Nuestros contemporáneos los tienen enfermos,
excitados, en tensión... ¿Y la bilis? ¡Ah, los que tienen bilis...! Le aseguro
que aquí hay una verdadera fuente de información. ¿Por qué, pues, me ha de
inquietar ver a mi hombre ir y venir libremente? Puedo dejarlo pasear, gozar
del poco tiempo que le queda, pues sé que está en mi poder y que no se puede
escapar... ¿Adónde iría? ¡Je, je, je! ¿Al
extranjero, dice usted? Un polaco podría huir al extranjero, pero no él, y
menos cuando se le vigila y están tomadas todas las medidas para evitar su
evasión. ¿Huir al interior del país? Allí no encontrará más que incultos
mujiks, gente primitiva, verdaderos rusos, y un hombre civilizado prefiere el
presidio a vivir entre unos mujiks que para él son como extranjeros. ¡Je,
je...! Por otra parte, todo esto no es sino la parte externa de la cuestión.
¡Huir! Esto es sólo una palabra. Él no huirá, no solamente porque no tiene
adónde ir, sino porque me pertenece psicológicamente... ¡Je, je! ¿Qué me dice
usted de la expresión? No huirá porque se lo impide una ley de la naturaleza.
¿Ha visto usted alguna vez una mariposa ante una bujía? Pues él girará
incesantemente alrededor de mi persona como el insecto alrededor de la llama.
La libertad ya no tendrá ningún encanto para él. Su inquietud irá en aumento;
una sensación creciente de hallarse como enredado en una tela de araña le
dominará; un terror indecible se apoderará de él. Y hará tales cosas, que su
culpabilidad quedará tan clara como que dos y dos son cuatro. Para que así
suceda, bastará proporcionarle un entreacto de suficiente duración. Siempre,
siempre irá girando alrededor de mi persona, describiendo círculos cada vez más
estrechos, y al fin, ¡plaf!, se meterá en mi propia boca y yo lo engulliré
tranquilamente. Esto no deja de tener su encanto, ¿no le parece?
Raskolnikof
no le contestó. Estaba pálido e inmóvil. Sin embargo, seguía observando a
Porfirio con profunda atención.
«Me
ha dado una buena lección ‑se dijo mentalmente, helado de espanto‑.
Esto ya no es el juego del gato y el ratón con que nos entretuvimos ayer. No me
ha hablado así por el simple placer de hacer ostentación de su fuerza. Es
demasiado inteligente para eso. Sin duda persigue otro fin, pero ¿cuál? ¡Bah!
Todo esto es sólo un ardid para asustarme. ¡Eh, amigo! No tienes pruebas.
Además, el hombre de ayer no existe. Lo que tú pretendes es desconcertarme,
irritarme hasta el máximo, para asestarme al fin el golpe decisivo. Pero te
equivocas; saldrás trasquilado... ¿Por qué hablará con segundas palabras?
Pretende aprovecharse del mal estado de mis nervios... No, amigo mío, no te
saldrás con la tuya. No sé lo que habrás tramado, pero te llevarás un chasco
mayúsculo. Vamos a ver qué es lo que tienes preparado.»
Y
reunió todas sus fuerzas para afrontar valerosamente la misteriosa catástrofe
que preveía. Experimentaba un ávido deseo de arrojarse sobre Porfirio
Petrovitch y estrangularlo.
En
el momento de entrar en el despacho del juez, ya había temido no poder
dominarse. Sentía latir su corazón con violencia; tenía los labios resecos y
espesa la saliva. Sin embargo, decidió guardar silencio para no pronunciar
ninguna palabra imprudente. Comprendía que ésta era la mejor táctica que podía
seguir en su situación, pues así no solamente no corría peligro de
comprometerse, sino que tal vez conseguiría irritar a su adversario y
arrancarle alguna palabra imprudente. Ésta era su esperanza por lo menos.
‑Ya
veo que no me ha creído usted -prosiguió Porfirio‑. Usted supone que todo
esto son bromas inocentes.
Se
mostraba cada vez más alegre y no cesaba de dejar oír una risita de
satisfacción, mientras de nuevo iba y venía por el despacho.
‑Comprendo
que lo haya tomado usted a broma. Dios me ha dado una figura que sólo despierta
en los demás pensamientos cómicos. Tengo el aspecto de un bufón. Sin embargo,
quiero decirle y repetirle una cosa, mi querido Rodion Romanovitch... Pero,
ante todo, le ruego que me perdone este lenguaje de viejo. Usted es un hombre
que está en la flor de la vida, e incluso en la primera juventud, y, como todos
los jóvenes, siente un especial aprecio por la inteligencia humana. La agudeza
de ingenio y las deducciones abstractas le seducen. Esto me recuerda los
antiguos problemas militares de Austria, en la medida, claro es, de mis
conocimientos sobre la materia. En teoría, los austriacos habían derrotado a
Napoleón, e incluso le consideraban prisionero. Es decir, que en la sala de
reuniones lo veían todo de color de rosa. Pero ¿qué ocurrió en la realidad? Que
el general Mack se rindió con todo su ejército. ¡Je, je, je...! Ya veo, mi querido Rodion Romanovitch, que en su
interior se está riendo de mí, porque el hombre apacible que soy en la vida
privada echa mano, para todos sus ejemplos, de la historia militar. Pero ¿qué
le vamos a hacer? Es mi debilidad. Soy un enamorado de las cosas militares, y
mis lecturas predilectas son aquellas que se relacionan con la guerra...
Verdaderamente, he equivocado mi carrera. Debí ingresar en el ejército. No
habría llegado a ser un Napoleón, pero sí a conseguir el grado de comandante. ¡Je, je, je...! Bien; ahora voy a decirle
sinceramente todo lo que pienso, mi querido amigo, acerca del «caso que nos
interesa». La realidad y la naturaleza, señor mío, son cosas importantísimas y
que reducen a veces a la nada el cálculo más ingenioso. Crea usted a este
viejo, Rodion Romanovitch...
Y
al pronunciar estas palabras, Porfirio Petrovitch, que sólo contaba treinta y
cinco años, parecía haber envejecido: hasta su voz había cambiado, y se diría
que se había arqueado su espalda.
‑Además
-continuó‑, yo soy un hombre sinceroo... ¿Verdad que soy un hombre
sincero? Dígame: ¿usted qué cree? A mí me parece que no se puede ir más lejos
en la sinceridad. Yo le he hecho verdaderas confidencias sin exigir
compensación alguna. ¡Je, je, je! En
fin, volvamos a nuestro asunto. El ingenio es, a mi entender, algo maravilloso,
un ornamento de la naturaleza, por decirlo así, un consuelo en medio de la dureza
de la vida, algo que permite, al parecer, confundir a un pobre juez que, por
añadidura, se ha dejado engañar por su propia imaginación, pues, al fin y al
cabo, no es más que un hombre. Pero la naturaleza acude en ayuda de ese pobre
juez, y esto es lo malo para el otro. Esto es lo que la juventud que confía en
su ingenio y que «franquea todos los obstáculos», como usted ha dicho
ingeniosamente, no quiere tener en cuenta.
»Supongamos
que ese hombre miente... Me refiero al hombre desconocido de nuestro caso
particular... Supongamos que miente, y de un modo magistral. Como es lógico,
espera su triunfo, cree que va a recoger los frutos de su destreza; pero, de
pronto, ¡crac!, se desvanece en el lugar más comprometedor para él. Vamos a
suponer que atribuye el síncope a una enfermedad que padece o a la atmósfera
asfixiante de la habitación, cosa frecuente en los locales cerrados. Pues bien,
no por eso deja de inspirar sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero no
ha pensado en la naturaleza y se encuentra como cogido en una trampa.
»Otro
día, dejándose llevar de su espíritu burlón, trata de divertirse a costa de
alguien que sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquí que
representa su papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural,
y esto será otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse
engañar, pero, si no es un tonto, al día siguiente cambiará de opinión. Y el
imprudente cometerá error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir
las cosas más comprometedoras, para exponer alegorías cuyo verdadero sentido
nadie dejará de comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han
detenido todavía. ¡Je, je, je...! Y
esto puede ocurrir al hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La
naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él.
Pero ¿qué le sucede, Rodion Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez?
¿Quiere que abra la ventana?
‑No
se preocupe ‑exclamó Raskolnikof, echándose de pronto a reír‑. Le
ruego que no se moleste.
Porfirio
se detuvo ante él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reír también.
Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsiva se había calmado, se puso en pie.
‑Porfirio
Petrovitch ‑dijo levantando la voz y articulando claramente las palabras,
a pesar del esfuerzo que tenía que hacer para sostenerse sobre sus temblorosas
piernas‑, estoy seguro de que usted sospecha que soy el asesino de la
vieja y de su hermana Lisbeth. Y quiero decirle que hace tiempo que estoy harto
de todo esto. Si usted se cree con derecho a perseguirme y detenerme, hágalo.
Pero no le permitiré que siga burlándose de mí en mi propia cara y torturándome
como lo está haciendo.
Sus
labios empezaron a temblar de pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de
cólera, y su voz, dominada por él hasta entonces, empezó a vibrar.
‑¡No
lo permitiré! ‑exclamó, descargando violentamente su puño sobre la mesa‑.
¿Oye usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permitiré!
‑¡Señor!
Pero ¿qué dice usted? ¿Qué le pasa? ‑dijo Porfirio Petrovitch con un
gesto de vivísima inquietud‑. ¿Qué tiene usted, mi querido Rodion
Romanovitch?
‑¡No
lo permitiré! ‑gritó una vez más Raskolnikof.
‑No
levante tanto la voz. Nos pueden oír. Vendrán a ver qué pasa, y ¿qué les
diremos? ¿No comprende?
Dijo
esto en un susurro, como asustado y acercando su rostro al de Raskolnikof.
‑No
lo permitiré, no lo permitiré ‑repetía Rodia maquinalmente.
Sin
embargo, había bajado también la voz. Porfirio se volvió rápidamente y corrió a
abrir la ventana.
‑Hay
que airear la habitación. Y debe usted beber un poco de agua, amigo mío, pues
está verdaderamente trastornado.
Ya
se dirigía a la puerta para pedir el agua, cuando vio que había una garrafa en
un rincón.
‑Tenga,
beba un poco ‑dijo, corriendo hacia él con la garrafa en la mano‑
Tal vez esto le...
El
temor y la solicitud de Porfirio Petrovitch parecían tan sinceros, que
Raskolnikof se quedó mirándole con viva curiosidad. Sin embargo, no quiso
beber.
‑Rodion
Romanovitch, mi querido amigo, se va usted a volver loco. ¡Beba, por favor!
¡Beba aunque sólo sea un sorbo!
Le
puso a la fuerza el vaso en la mano. Raskolnikof se lo llevó a la boca y
después, cuando se recobró, lo depositó en la mesa con un gesto de hastío.
‑Ha
tenido usted un amago de ataque ‑dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente
y, al parecer, muy turbado‑. Se mortifica usted de tal modo, que volverá
a ponerse enfermo. No comprendo que una persona se cuide tan poco. A usted le
pasa lo que a Dmitri Prokofitch. Precisamente ayer vino a verme. Yo reconozco
que está en lo cierto cuando me dice que tengo un carácter cáustico, es decir,
malo. Pero ¡qué deducciones ha hecho, Señor! Vino cuando usted se marchó, y
durante la comida habló tanto, que yo no pude hacer otra cosa que abrir los
brazos para expresar mi asombro. « ¡Qué ocurrencia! ‑pensaba‑. ¡Señor!
¡Dios mío! Le envió usted, ¿verdad...? Pero siéntese, amigo mío; siéntese, por
el amor de Dios.
‑Yo
no lo envié ‑repuso Raskolnikof‑, pero sabía que tenía que venir a
su casa y por qué motivo.
‑¿Conque
lo sabía?
‑Sí.
¿Qué piensa usted de ello?
‑Ya
se lo diré, pero antes quiero que sepa, mi querido Rodion Romanovitch, que
estoy enterado de que usted puede jactarse de otras muchas hazañas. Mejor
dicho, estoy al corriente de todo. Sé que fue usted a alquilar una habitación
al anochecer, y que tiró del cordón de la campanilla, y que empezó a hacer
preguntas sobre las manchas de sangre, lo que dejó estupefactos a los
empapeladores y al portero. Comprendo su estado de ánimo, es decir, el estado
de ánimo en que se hallaba aquel día pero no por eso deja de ser cierto que va
usted a volverse loco, sin duda alguna, si sigue usted así. Acabará perdiendo
la cabeza, ya lo verá. Una noble indignación hace hervir su sangre. Usted está
irritado, en primer lugar contra el destino, después contra la policía. Por eso
va usted de un lado a otro tratando de despertar sospechas en la gente. Quiere
terminar cuanto antes, pues está usted harto de sospechas y comadreos
estúpidos. ¿Verdad que no me equivoco, que he interpretado exactamente su
estado de ánimo?
Pero
si sigue así, no será usted solo el que se volverá loco, sino que trastornará
al bueno de Rasumikhine, y no me negará usted que no estaría nada bien hacer
perder la cabeza a ese muchacho tan simpático. Usted está enfermo; él tiene un
exceso de bondad, y precisamente esa bondad es lo que le expone a contagiarse.
Cuando se haya tranquilizado usted un poco, mi querido amigo, ya le contaré...
Pero siéntese, por el amor de Dios. Descanse un poco. Está usted blanco como la
cal. Siéntese, haga el favor.
Raskolnikof
obedeció. El temblor que le había asaltado se calmaba poco a poco y la fiebre
se iba apoderando de él. Pese a su visible inquietud, escuchaba con profunda
sorpresa las muestras de interés de Porfirio Petrovitch. Pero no daba fe a sus
palabras, a pesar de que experimentaba una tendencia inexplicable a creerle. La
alusión inesperada de Porfirio al alquiler de la habitación le había paralizado
de asombro.
«¿Cómo
se habrá enterado de esto y por qué me lo habrá dicho? »
‑Durante
el ejercicio de mi profesión ‑continuó inmediatamente Porfirio Petrovitch‑,
he tenido un caso análogo, un caso morboso. Un hombre se acusó de un asesinato
que no había cometido. Era juguete de una verdadera alucinación. Exponía
hechos, los refería, confundía a todo el mundo. Y todo esto, ¿por qué? Porque
indirectamente y sin conocimiento de causa había facilitado la perpetración de
un crimen. Cuando se dio cuenta de ello, se sintió tan apenado, se apoderó de
él tal angustia, que se imaginó que era el asesino. Al fin, el Senado aclaró el
asunto y el infeliz fue puesto en libertad, pero, de no haber intervenido el
Senado, no habría habido salvación para él. Pues bien, amigo mío, también a
usted se le puede trastornar el juicio si pone sus nervios en tensión yendo a
tirar del cordón de una campanilla al anochecer y haciendo preguntas sobre
manchas de sangre... En la práctica de mi profesión me ha sido posible estudiar
estos fenómenos psicológicos. Lo que nuestro hombre siente es un vértigo
parecido al que impulsa a ciertas personas a arrojarse por una ventana o desde
lo alto de un campanario; una especie de atracción irresistible; una
enfermedad, Rodion Romanovitch, una enfermedad y nada más que una enfermedad.
Usted descuida la suya demasiado. Debe consultar a un buen médico y no a ese
tipo rollizo que lo visita... Usted delira a veces, y ese mal no tiene más
origen que el delirio...
Momentáneamente,
Raskolnikof creyó ver que todo daba vueltas.
«¿Es
posible que esté fingiendo? ¡No, no es posible!», se dijo, rechazando con todas
sus fuerzas un pensamiento que ‑se daba perfecta cuenta de ello‑
amenazaba hacerle enloquecer de furor.
‑En
aquellos momentos, yo no estaba bajo los efectos del delirio, procedía con
plena conciencia de mis actos ‑exclamó, pendiente de las reacciones de
Porfirio Petrovitch, en su deseo de descubrir sus intenciones‑.
Conservaba toda mi razón, toda mi razón, ¿oye usted?
‑Sí,
lo oigo y lo comprendo. Ya lo dijo usted ayer, e insistió sobre este punto. Yo
comprendo anticipadamente todo lo que usted puede decir. Óigame, Rodion
Romanovitch, mi querido amigo: permítame hacerle una nueva observación. Si
usted fuese el culpable o estuviese mezclado en este maldito asunto, ¿habría
dicho que conservaba plenamente la razón? Yo creo que, por el contrario, usted
habría afirmado, y se habría aferrado a su afirmación, que usted no se daba
cuenta de lo que hacía. ¿No tengo razón? Dígame, ¿no la tengo?
El
tono de la pregunta dejaba entrever una celada. Raskolnikof se recostó en el
respaldo del sofá para apartarse de Porfirio, cuyo rostro se había acercado al
suyo, y le observó en silencio, con una mirada fija y llena de asombro.
‑Algo
parecido puede decirse de la visita de Rasumikhine. Si usted fuese el culpable,
habría dicho que él había venido a mi casa por impulso propio y habría ocultado
que usted le había incitado a hacerlo. Sin embargo, usted ha dicho que
Rasumikhine vino a verme porque usted lo envió.
Raskolnikof
se estremeció. El no había hecho afirmación semejante.
‑Sigue
usted mintiendo ‑dijo, esbozando una sonrisa de hastío y con voz lenta y
débil‑. Usted quiere demostrarme que lee en mi pensamiento, que puede
predecir todas mis respuestas ‑añadió, dándose cuenta de que ya era
incapaz de medir sus palabras‑. Usted quiere asustarme; usted se está
burlando de mí, sencillamente.
Mientras
decía esto no apartaba la vista del juez de instrucción. De súbito, un terrible
furor fulguró en sus ojos.
‑Está
diciendo una mentira tras otra -exclamó‑. Usted sabe muy bien que la
mejor táctica que puede seguir un culpable es sujetarse a la verdad tanto como
sea posible..., declarar todo aquello que no pueda ocultarse. ¡No le creo a
usted!
‑¡Qué
veleta es usted! ‑dijo Porfirio con una risita mordaz‑. No hay
medio de entenderse con usted. Está dominado por una idea fija. ¿No me cree?
Pues yo creo que empieza usted a creerme. Con diez centímetros de fe me bastará
para conseguir que llegue al metro y me crea del todo. Porque le tengo
verdadero afecto y sólo deseo su bien.
Los
labios de Raskolnikof empezaron a temblar.
‑Sí,
le tengo verdadero afecto ‑prosiguió Porfirio, apretando amistosamente el
brazo del joven‑, y no se lo volveré a repetir. Además, tenga en cuenta
que su familia ha venido a verle. Piense en ella. Usted debería hacer todo lo
posible para que su madre y su hermana se sintieran dichosas y, por el contrario,
sólo les causa inquietudes...
‑Eso
no le importa. ¿Cómo se ha enterado usted de estas cosas? ¿Por qué me vigila y
qué interés tiene en que yo lo sepa?
‑Pero
oiga usted, óigame, amigo mío: si sé todo esto es sólo por usted. Usted no se
da cuenta de que, cuando está nervioso, lo cuenta todo, lo mismo a mí que a los
demás. Rasumikhine me ha contado también muchas cosas interesantes... Cuando
usted me ha interrumpido, iba a decirle que, a pesar de su inteligencia, su
desconfianza le impide ver las cosas como son... Le voy a poner un ejemplo,
volviendo a nuestro asunto. Lo del cordón de la campanilla es un detalle de
valor extraordinario para un juez que está instruyendo un sumario. Y usted se
lo refiere a este juez con toda franqueza, sin reserva alguna. ¿No deduce usted
nada de esto? Si yo le creyera culpable, ¿habría procedido como lo he hecho?
Por el contrario, habría procurado ahuyentar su desconfianza, no dejarle
entrever que estaba al corriente de este detalle, para arrojarle al rostro, de
súbito, la pregunta siguiente: «¿Qué hacia usted, entre diez y once, en las
habitaciones de las víctimas? ¿Y por qué tiró del cordón de la campanilla y
habló de las manchas de sangre? ¿Y por qué dijo a los porteros que le llevaran
a la comisaría?» He aquí cómo habría procedido yo si hubiera abrigado la menor
sospecha contra usted: le habría sometido a un interrogatorio en toda regla. Y
habría dispuesto que se efectuara un registro en la habitación que tiene
alquilada, y habría ordenado que le detuvieran... El hecho de que haya obrado
de otro modo es buena prueba de que no sospecho de usted. Pero usted ha perdido
el sentido de la realidad, lo repito, y es incapaz de ver nada.
Raskolnikof
temblaba de pies a cabeza, y tan violentamente, que Porfirio Petrovitch no pudo
menos de notarlo.
‑No
hace usted más que mentir ‑repitió resueltamente‑. Ignoro lo que
persigue con sus mentiras, pero sigue usted mintiendo. No hablaba así hace un
momento; por eso no puedo equivocarme... ¡Miente usted!
‑¿Que
miento? ‑replicó Porfirio, acalorándose visiblemente, pero conservando su
acento irónico y jovial y no dando, al parecer, ninguna importancia a la
opinión que Raskolnikof tuviera de él‑. ¿Cómo puede decir eso sabiendo
cómo he procedido con usted? ¡Yo, el juez de instrucción, le he sugerido todos
los argumentos psicológicos que podría usted utilizar: la enfermedad, el
delirio, el amor propio excitado por el sufrimiento, la neurastenia, y esos
policías...! ¡Je, je, je...! Sin
embargo, dicho sea de paso, esos medios de defensa no tienen ninguna eficacia.
Son armas de dos filos y pueden volverse contra usted. Usted dirá: «La
enfermedad, el desvarío, la alucinación... No me acuerdo de nada.» Y le
contestarán: «Todo eso está muy bien, amigo mío; pero ¿por qué su enfermedad
tiene siempre las mismas consecuencias, por qué le produce precisamente ese
tipo de alucinación? » Esta enfermedad podía tener otras manifestaciones, ¿no
le parece? ¡Je, je, je!
Raskolnikof
le miró con despectiva arrogancia.
‑En
resumidas cuentas ‑dijo firmemente, levantándose y apartando a Porfirio‑,
yo quiero saber claramente si me puedo considerar o no al margen de toda
sospecha. Dígamelo, Porfirio Petrovitch; dígamelo ahora mismo y sin rodeos.
‑Ahora
me sale con una exigencia. ¡Hasta tiene exigencias, Señor! ‑exclamó
Porfirio Petrovitch con perfecta calma y cierto tonillo de burla‑. Pero
¿a qué vienen esas preguntas? ¿Acaso sospecha alguien de usted? Se comporta
como un niño caprichoso que quiere tocar el fuego. ¿Y por qué se inquieta usted
de ese modo y viene a visitarnos cuando nadie le llama?
‑¡Le
repito ‑replicó Raskolnikof, ciego de ira‑ que no puedo
soportar...!
‑¿La
incertidumbre? ‑le interrumpió Porfirio.
‑¡No
me saque de quicio! ¡No se lo puedo permitir! ¡De ningún modo lo permitiré! ¿Lo
ha oído? ¡De ningún modo!
Y
Raskolnikof dio un fuerte puñetazo en la mesa.
‑¡Silencio!
Hable más bajo. Se lo digo en serio. Procure reprimirse. No estoy bromeando.
Al
decir esto Porfirio, su semblante había perdido su expresión de temor y de
bondad. Ahora ordenaba francamente, severamente, con las cejas fruncidas y un
gesto amenazador. Parecía haber terminado con las simples alusiones y los
misterios y estar dispuesto a quitarse la careta. Pero esta actitud fue
momentánea.
Raskolnikof
se sintió interesado al principio; después, de súbito, notó que la ira le
dominaba. Sin embargo, aunque su exasperación había llegado al límite, obedeció
‑cosa extraña‑ la orden de bajar la voz.
‑No
me dejaré torturar -murmuró en el mismo tono de antes. Pero advertía, con una
mezcla de amargura y rencor, que no podía obrar de otro modo, y esta convicción
aumentaba su cólera‑. Deténgame ‑añadió‑, regístreme si
quiere; pero aténgase a las reglas y no juegue conmigo. ¡Se lo prohíbo!
‑Nada
de reglas ‑respondió Porfirio, que seguía sonriendo burlonamente y miraba
a Raskolnikof con cierto júbilo‑. Le invité a venir a verme como amigo.
‑No
quiero para nada su amistad, la desprecio. ¿Oye usted? Y ahora cojo mi gorra y
me marcho. Veremos qué dice usted, si
tiene intención de arrestarme.
Cogió
su gorra y se dirigió a la puerta.
‑¿No
quiere ver la sorpresa que le he reservado?‑le dijo Porfirio Petrovitch,
con su irónica sonrisita y cogiéndole del brazo, cuando ya estaba ante la
puerta. Parecía cada vez más alegre y burlón, y esto ponía a Raskolnikof fuera
de sí.
‑¿Una
sorpresa? ¿Qué sorpresa? ‑preguntó Rodia, fijando en el juez de
instrucción una mirada llena de inquietud.
‑Una
sorpresa que está detrás de esa puerta... ¡Je, je, je!
Señalaba
la puerta cerrada que comunicaba con sus habitaciones.
‑Incluso
la he encerrado bajo llave para que no se escape.
‑¿Qué
demonios se trae usted entre manos?
Raskolnikof
se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no le fue posible.
‑Está
cerrada con llave y la llave la tengo yo -dijo Porfirio.
Y,
en efecto, le mostró una llave que acababa de sacar del bolsillo.
‑No
haces más que mentir -gruñó Raskolnikof sin poder dominarse‑. ¡Mientes,
mientes, maldito polichinela!
Y
se arrojó sobre el juez de instrucción, que retrocedió hasta la puerta, aunque
sin demostrar temor alguno.
‑¡Comprendo
tu táctica! ¡Lo comprendo todo! ‑siguió vociferando Raskolnikof‑.
Mientes y me insultas para irritarme y que diga lo que no debo.
‑¡Pero
si usted no tiene nada que ocultar, mi querido Rodion Romanovitch! ¿Por qué se
excita de ese modo? No grite más o llamo.
‑¡Mientes,
mientes! ¡No pasará nada! ¡Ya puedes llamar! Sabes que estoy enfermo y has
pretendido exasperarme, aturdirme, para que diga lo que no debo. Éste ha sido
tu plan. No tienes pruebas; lo único que tienes son míseras sospechas,
conjeturas tan vagas como las de Zamiotof. Tú conocías mi carácter y me has
sacado de mis casillas para que aparezcan de pronto los popes y los testigos.
¿Verdad que es éste tu propósito? ¿Qué esperas para hacerlos entrar? ¿Dónde
están? ¡Ea! Diles de una vez que pasen.
‑Pero
¿qué dice usted? ¡Qué ideas tiene, amigo mío! No se pueden seguir las reglas
tan ciegamente como usted cree. Usted no entiende de estas cosas, querido. Las
reglas se seguirán en el momento debido. Ya lo verá por sus propios ojos.
Y
Porfirio parecía prestar atención a lo que sucedía detrás de la puerta del
despacho.
En
efecto, se oyeron ruidos procedentes de la pieza vecina.
‑Ya
vienen ‑exclamó Raskolnikof‑. Has enviado por ellos... Los
esperabas... Lo tenías todo calculado... Bien, hazlos entrar a todos; haz entrar
a los testigos y a quien quieras... Estoy preparado.
Pero
en ese momento ocurrió algo tan sorprendente, tan ajeno al curso ordinario de
las cosas, que, sin duda, ni Porfirio Petrovitch ni Raskolnikof lo habrían
podido prever jamás.
VI
He aquí el
recuerdo que esta escena dejó en Raskolnikof. En la pieza inmediata aumentó el
ruido rápidamente y la puerta se entreabrió.
‑¿Qué
pasa? ‑gritó Porfirio Petrovitch, contrariado‑. Ya he advertido
que...
Nadie
contestó, pero fue fácil deducir que tras la puerta había varias personas que
trataban de impedir el paso a alguien.
‑¿Quieren
decir de una vez qué pasa? ‑repitió Porfirio, perdiendo la paciencia.
‑Es
que está aquí el procesado Nicolás ‑dijo una voz.
‑No
lo necesito. Que se lo lleven.
Pero,
acto seguido, Porfirio corrió hacia la puerta.
‑¡Esperen!
¿A qué ha venido? ¿Qué significa este desorden?
‑Es
que Nicolás... ‑empezó a decir el mismo que había hablado antes.
Pero se interrumpió de súbito. Entonces, y
durante unos segundos, se oyó el fragor de una verdadera lucha. Después pareció
que alguien rechazaba violentamente a otro, y, seguidamente, un hombre pálido
como un muerto irrumpió en el despacho.
El aspecto de aquel hombre era impresionante.
Miraba fijamente ante sí y parecía no ver a nadie. Sus ojos tenían un brillo de
resolución. Sin embargo, su semblante estaba lívido como el del condenado a
muerte al que llevan a viva fuerza al patíbulo. Sus labios, sin color,
temblaban ligeramente.
Era muy joven y vestía con la modestia de la
gente del pueblo. Delgado, de talla media, cabello cortado al rape, rostro
enjuto y finas facciones. El hombre al que acababa de rechazar entró
inmediatamente tras él y le cogió por un hombro. Era un gendarme. Pero Nicolás
consiguió desprenderse de él nuevamente.
Algunos curiosos se hacinaron en la puerta.
Los más osados pugnaban por entrar. Todo esto había ocurrido en menos tiempo
del que se tarda en describirlo.
‑¡Fuera de aquí! ¡Espera a que te
llamen! ¿Por qué lo han traído? ‑exclamó el juez, sorprendido e irritado.
De pronto, Nicolás se arrodilló.
‑¿Qué haces? ‑exclamó Porfirio,
asombrado.
‑¡Soy culpable! ¡He cometido un crimen!
¡Soy un asesino! ‑dijo Nicolás con voz jadeante pero enérgica.
Durante diez segundos reinó en la estancia un
silencio absoluto, como si todos los presentes hubieran perdido el habla. El
gendarme había retrocedido: sin atreverse a acercarse a Nicolás, se había
retirado hacia la puerta y allí permanecía inmóvil.
‑¿Qué dices?‑preguntó Porfirio
cuando logró salir de su asombro.
‑Yo...
soy... un asesino ‑repitió Nicolás tras una pausa.
‑¿Tú?
‑exclamó el juez de instrucción, dando muestras de gran desconcierto‑.
¿A quién has matado?
Tras
un momento de silencio, Nicolás respondió:
‑A
Alena Ivanovna y a su hermana Lisbeth Ivanovna. Las maté... con un hacha. No
estaba en mi juicio ‑añadió.
Y
guardó silencio, sin levantarse.
Porfirio
Petrovitch estuvo un momento sumido en profundas reflexiones. Después, con un
violento ademán, ordenó a los curiosos que se marcharan. Éstos obedecieron en
el acto y la puerta se cerró tras ellos. Entonces, Porfirio dirigió una mirada
a Raskolnikof, que permanecía de pie en un rincón y que observaba a Nicolás
petrificado de asombro. El juez de instrucción dio un paso hacia él, pero, como
cambiando de idea, se detuvo, mirándole. Después volvió los ojos hacia Nicolás,
luego miró de nuevo a Raskolnikof y al fin se acercó al pintor con una especie
de arrebato.
‑Ya
dirás si estabas o no en tu juicio cuando se lo pregunte ‑exclamó,
irritado‑. Nadie te ha preguntado nada sobre ese particular. Contesta a
esto: ¿has cometido un crimen?
‑Sí,
soy un asesino; lo confieso ‑repuso Nicolás.
‑¿Qué
arma empleaste?
‑Un
hacha que llevaba conmigo.
‑¡Con
qué rapidez respondes! ¿Solo?
Nicolás
no comprendió la pregunta.
‑Digo
que si tuviste cómplices.
‑No,
Mitri es inocente. No tuvo ninguna participación en el crimen.
‑No
te precipites a hablar de Mitri... Sin embargo, habrás de explicarme cómo
bajaste la escalera. Los porteros os vieron a los dos juntos.
‑Corrí
hasta alcanzar a Mitri. Me dije que de este modo no se sospecharía de mí ‑respondió
Nicolás al punto, como quien recita una lección bien aprendida.
‑La
cosa está clara: repite una serie de palabras que ha estudiado ‑murmuró
para sí el juez de instrucción.
En
esto, su vista tropezó con Raskolnikof, de cuya presencia se había olvidado,
tan profunda era la emoción que su escena con Nicolás le había producido.
Al
ver a Raskolnikof volvió a la realidad y se turbó. Se fue hacia él, presuroso.
‑Rodion
Romanovitch, amigo mío, perdóneme... Ya ve usted que... Usted no tiene nada que
hacer aquí... Yo soy el primer sorprendido, como puede usted ver... Váyase, se
lo ruego...
Y
le cogió del brazo, indicándole la puerta.
‑Esto
ha sido inesperado para usted, ¿verdad? ‑dijo Raskolnikof, que, dándose
cuenta de todo, había cobrado ánimos.
‑Tampoco
usted lo esperaba, amigo mío. Su mano tiembla.¡Je, je, je!
‑También
usted está temblando, Porfirio Petrovitch.
‑Desde
luego, no ha sido una sorpresa para mí.
Estaban
ya junto a la puerta. Porfirio esperaba con impaciencia que se marchara
Raskolnikof. El joven preguntó de pronto:
‑Entonces,
¿no me muestra usted la sorpresa?
‑¡Le
están castañeteando los dientes y miren ustedes cómo habla! ¡Es usted un hombre
cáustico! ¡Bueno, hasta la vista!
‑Yo
creo que sería mejor que nos dijéramos adiós.
‑Será
lo que Dios quiera, lo que Dios quiera -gruñó Porfirio con una sonrisa
sarcástica.
Al
cruzar la oficina, Raskolnikof advirtió que varios empleados le miraban
fijamente. Al llegar a la antesala vio que, entre otras personas, estaban los
dos porteros de la casa del crimen, aquellos a los que él había pedido días
atrás que lo llevaran a la comisaría. De su actitud se deducía que esperaban
algo. Apenas llegó a la escalera, oyó que le llamaba Porfirio Petrovitch. Se
volvió y vio que el juez de instrucción corría hacia él, jadeante.
‑Sólo
dos palabras, Rodion Romanovitch. Este asunto terminará como Dios quiera, pero
yo tendré que hacerle todavía, por pura fórmula, algunas preguntas. Nos
volveremos a ver, ¿no?
Porfirio
se había detenido ante él, sonriente.
‑¿No?
‑repitió.
Al
parecer, deseaba añadir algo, pero no dijo nada más.
‑Perdóneme
por mi conducta de hace un momento -dijo Raskolnikof, que había recobrado la
presencia de ánimo y experimentaba un deseo irresistible de fanfarronear ante
el magistrado‑. He estado demasiado vehemente.
‑No
tiene importancia ‑repuso Porfirio con excelente humor‑. También yo
tengo un carácter bastante áspero; lo reconozco. Ya nos volveremos a ver, si
Dios quiere.
‑Y
terminaremos de conocernos -dijo Raskolnikof.
‑Sí
‑convino Porfirio, mirándole seriamente, con los ojos entornados‑.
Ahora va usted a una fiesta de cumpleaños,¿no?
‑No;
a un entierro.
‑¡Ah,
sí! A un entierro... Cuídese, créame; cuídese.
‑Yo
no sé qué desearle ‑dijo Raskolnikof, que ya había empezado a bajar la
escalera y se había vuelto de pronto‑. Quisiera poderle desear grandes
éxitos, pero ya ve usted que sus funciones resultan a veces bastante cómicas.
‑¿Cómicas?
‑exclamó el juez de instrucción, que ya se disponía a volver a su
despacho, pero que se había detenido al oír la réplica de Raskolnikof.
‑Sí.
Ahí tiene usted a ese pobre Nicolás, al que habrá atormentado usted con sus
métodos psicológicos hasta hacerle confesar. Sin duda, usted le repetía a todas
horas y en todos los tonos: «Eres un asesino, eres un asesino.» Y ahora que ha
confesado, empieza usted a torturarlo con esta otra canción: «Mientes; no eres
un asesino, no has cometido ningún crimen; dices una lección aprendida de
memoria.» Después de esto, usted no puede negar que sus funciones resultan a
veces bastante cómicas.
‑¡Je, je, je! Ya veo que
usted se ha dado cuenta de que he dicho a Nicolás que repetía palabras
aprendidas de memoria.
‑¡Claro
que me he dado cuenta!
‑¡Je,
je! Es usted muy sutil. No se le escapa nada. Además, posee usted una perspicacia
especial para captar los detalles cómicos. ¡Je, je! Me parece que era Gogol el
escritor que se distinguía por esta misma aptitud.
‑Sí,
era Gogol.
‑¿Verdad
que sí? Bueno, hasta que tenga el gusto de volverle a ver.
Raskolnikof
volvió inmediatamente a su casa. Estaba tan sorprendido, tan desconcertado ante
todo lo que acababa de suceder, que, apenas llegó a su habitación, se dejó caer
en el diván y estuvo un cuarto de hora tratando de serenarse y de recobrar la
lucidez. No intentó explicarse la conducta de Nicolás: estaba demasiado
confundido para ello. Comprendía que aquella confesión encerraba un misterio
que él no conseguiría descifrar, por lo menos en aquellos momentos. Sin
embargo, esta declaración era una realidad cuyas consecuencias veía claramente.
No cabía duda de que aquella mentira acabaría por descubrirse, y entonces
volverían a pensar en él. Mas, entre tanto, estaba en libertad y debía tomar
sus precauciones ante el peligro que juzgaba inminente.
Pero
¿hasta qué punto estaba en peligro? La situación empezaba a aclararse. No pudo
evitar un estremecimiento de inquietud al recordar la escena que se había
desarrollado entre Porfirio y él. Claro que no podía prever las intenciones del
juez de instrucción ni adivinar sus pensamientos, pero lo que había sacado en
claro le permitía comprender el peligro que había corrido. Poco le había
faltado para perderse irremisiblemente. El temible magistrado, que conocía la
irritabilidad de su carácter enfermizo, se había lanzado a fondo, demasiado
audazmente tal vez, pero casi sin riesgo. Sin duda, él, Raskolnikof, se había
comprometido desde el primer momento, pero las imprudencias cometidas no
constituían pruebas contra él, y toda su conducta tenía un valor muy relativo.
Pero
¿no se equivocaría en sus juicios? ¿Qué fin perseguía el juez de instrucción?
¿Sería verdad que le había preparado una sorpresa? ¿En qué consistiría? ¿Cómo
habría terminado su entrevista con Porfirio si no se hubiese producido la
espectacular aparición de Nicolás?
Porfirio
no había disimulado su juego; táctica arriesgada, pero cuyo riesgo había
decidido correr. Raskolnikof no dejaba de pensar en ello. Si el juez hubiera
tenido otros triunfos, se los habría enseñado igualmente. ¿Qué sería aquella
sorpresa que le reservaba? ¿Una simple burla o algo que tenía su significado?
¿Constituiría una prueba? ¿Contendría, por lo menos, alguna acusación...? ¿El
desconocido del día anterior? ¿Cómo se explicaba que hubiera desaparecido de
aquel modo? ¿Dónde estaría? Si Porfirio tenía alguna prueba, debía de estar
relacionada con aquel hombre misterioso.
Raskolnikof
estaba sentado en el diván, con los codos apoyados en las rodillas y la cara en
las manos. Un temblor nervioso seguía agitando todo su cuerpo. Al fin se
levantó, cogió la gorra, se detuvo un momento para reflexionar y se dirigió a
la puerta.
Consideraba
que, por lo menos durante todo aquel día, estaba fuera de peligro. De pronto
experimentó una sensación de alegría y le acometió el deseo de trasladarse lo
más rápidamente posible a casa de Catalina Ivanovna. Desde luego, era ya
demasiado tarde para ir al entierro, pero llegaría a tiempo para la comida y
vería a Sonia.
Volvió
a detenerse para reflexionar y esbozó una sonrisa dolorosa.
‑Hoy,
hoy ‑murmuró‑. Hoy mismo. Es necesario...
Ya
se disponía a abrir la puerta, cuando ésta se abrió sin que él la tocase. Se
estremeció y retrocedió rápidamente. La puerta se fue abriendo poco a poco, sin
ruido, y de súbito apareció la figura del personaje del día anterior, del
hombre que parecía haber surgido de la tierra.
El
desconocido se detuvo en el umbral, miró en silencio a Raskolnikof y dio un
paso hacia el interior del aposento.
Vestía
exactamente igual que la víspera, pero su semblante y la expresión de su mirada
habían cambiado. Parecía profundamente apenado. Tras unos segundos de silencio,
lanzó un suspiro. Sólo le faltaba llevarse la mano a la mejilla y volver la
cabeza para parecer una pobre mujer desolada.
‑¿Qué
desea usted? ‑preguntó Raskolnikof, paralizado de espanto.
El
recién llegado no contestó. De pronto hizo una reverencia tan profunda, que su
mano derecha tocó el suelo[L44].
‑¿Qué
hace usted? ‑exclamó Raskolnikof.
‑Me
siento culpable ‑dijo el desconocido en voz baja.
‑¿De
qué?
‑De
pensar mal.
Cruzaron
una mirada.
‑Yo
no estaba tranquilo... Cuando llegó usted, el otro día, seguramente embriagado,
y dijo a los porteros que lo llevaran a la comisaría, después de haber
interrogado a los pintores sobre las manchas de sangre, me contrarió que no le
hicieran caso por creer que estaba usted bebido. Esto me atormentó de tal modo,
que no pude dormir. Y como me acordaba de su dirección, decidimos venir ayer a
preguntar...
‑¿Quién
vino? ‑le interrumpió Raskolnikof, que empezaba a comprender.
‑Yo.
Por lo tanto, soy yo el que le insultó.
‑Entonces,
¿vive usted en aquella casa?
‑Sí,
y estaba en el portal con otras personas. ¿No se acuerda? Hace ya mucho tiempo
que vivo y trabajo en aquella casa. Tengo el oficio de peletero. Lo que más me
inquieta es...
Raskolnikof
se acordó de súbito de toda la escena de la antevíspera. Efectivamente, en el
portal, además de los porteros, había varias personas, hombres y mujeres. Uno
de los hombres había dicho que debían llevarle a la comisaría. No recordaba
cómo era el que había manifestado este parecer ‑ni siquiera ahora podía
reconocerle‑, pero estaba seguro de haberse vuelto hacia él y haber
respondido algo...
Se
había aclarado el inquietante misterio del día anterior. Y lo más notable era
que había estado a punto de perderse por un hecho tan insignificante. Aquel
hombre únicamente podía haber revelado que él, Raskolnikof, había ido allí para
alquilar una habitación y hecho ciertas preguntas sobre las manchas de sangre.
Por consiguiente, esto era todo lo que Porfirio Petrovitch podía saber; es
decir, que tenía conocimiento de su acceso de delirio, pero de nada más, a
pesar de su «arma psicológica de dos filos». En resumidas cuentas, que no sabía
nada positivo. De modo que, si no surgían nuevos hechos (y no debían surgir),
¿qué le podían hacer? Aunque llegaran a detenerle, ¿cómo podrían confundirle?
Otra cosa que podía deducirse era que Porfirio acababa de enterarse de su
visita a la vivienda de las víctimas. Antes de ver al peletero no sabía nada.
‑¿Ha
sido usted el que le ha contado hoy a Porfirio mi visita a aquella casa? ‑preguntó,
obedeciendo a una idea repentina.
‑¿Quién
es Porfirio?
‑El
juez de instrucción.
‑Sí,
yo he sido. Como los porteros no fueron, he ido yo.
‑¿Hoy?
‑He
llegado un momento antes que usted y lo he oído todo: sé cómo le han torturado.
‑¿Dónde
estaba usted?
‑En
la vivienda del juez, detrás de la puerta interior del despacho. Allí he estado
durante toda la escena.
‑Entonces,
¿era usted la sorpresa? Cuéntemelo todo. ¿Por qué estaba usted escondido allí?
‑Pues
verá ‑dijo el peletero‑. En vista de que los porteros no querían ir
a dar parte a la policía, con el pretexto de que era tarde y les pondrían de
vuelta y media por haber ido a molestarlos a hora tan intempestiva, me indigné
de tal modo, que no pude dormir, y ayer empecé a informarme acerca de usted.
Hoy, ya debidamente informado, he ido a ver al juez de instrucción. La primera
vez que he preguntado por él, estaba ausente. He vuelto una hora después y no
me ha recibido. Al fin, a la tercera vez, me han hecho pasar a su despacho. Se
lo he contado todo exactamente como ocurrió. Mientras me escuchaba, Porfirio
Petrovitch iba y venía apresuradamente por el despacho, golpeándose el pecho
con el puño. « ¡Qué cosas he de hacer por vuestra culpa, cretinos! ‑exclamó‑.
Si hubiera sabido esto antes, lo habría hecho detener.» En seguida salió
precipitadamente del despacho, llamó a alguien y se puso a hablar con él en un
rincón. Después volvió a mi lado y de nuevo empezó a hacerme preguntas y a
insultarme. Mientras él me dirigía reproche tras reproche, yo se lo he contado
todo. Le he dicho que usted se había callado cuando yo le acusé de asesino y
que no me reconoció. Él ha vuelto a sus idas y venidas precipitadas y a darse
golpes en el pecho, y cuando le han anunciado a usted, ha venido hacia mí y me
ha dicho: «Pasa detrás de esa puerta y, oigas lo que oigas, no te muevas de
ahí.» Me ha traído una silla, me ha encerrado y me ha advertido: «Tal vez te
llame.» Pero cuando ha llegado Nicolás y le ha despedido a usted, en seguida me
ha dicho a mí que me marchase, advirtiéndome que tal vez me llamaría para
interrogarme de nuevo.
‑¿Ha
interrogado a Nicolás delante de ti?
‑Me
ha hecho salir inmediatamente después de usted, y sólo entonces ha empezado a
interrogar a Nicolás.
El
visitante se inclinó otra vez hasta tocar el suelo.
‑Perdone
mi denuncia y mi malicia.
‑Que
Dios lo perdone ‑dijo Raskolnikof.
El
visitante se volvió a inclinar; aunque ya no tan profundamente, y se fue a paso
lento.
«Ya
no hay más que pruebas de doble sentido», se dijo Raskolnikof, y salió de su
habitación reconfortado.
«Ahora,
a continuar la lucha» se dijo con una agria sonrisa mientras bajaba la
escalera. Se detestaba a sí mismo y se sentía humillado por su pusilanimidad.
QUINTA PARTE
I
Al
día siguiente de la noche fatal en que había roto con Dunia y Pulqueria Alejandrovna,
Piotr Petrovitch se despertó de buena mañana. Sus pensamientos se habían
aclarado, y hubo de reconocer, muy a pesar suyo, que lo ocurrido la víspera,
hecho que le había parecido fantástico y casi imposible entonces, era
completamente real e irremediable. La negra serpiente del amor propio herido no
había cesado de roerle el corazón en toda la noche. Lo primero que hizo al
saltar de la cama fue ir a mirarse al espejo: temía haber sufrido un derrame de
bilis.
Afortunadamente,
no se había producido tal derrame. Al ver su rostro blanco, de persona
distinguida, y un tanto carnoso, se consoló momentáneamente y tuvo el
convencimiento de que no le sería difícil reemplazar a Dunia incluso con
ventaja; pero pronto volvió a ver las cosas tal como eran, y entonces lanzó un
fuerte salivazo, lo que arrancó una sonrisa de burla a su joven amigo y
compañero de habitación Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Piotr Petrovitch, que
había advertido esta sonrisa, la anotó en el debe, ya bastante cargado desde
hacía algún tiempo, de Andrés Simonovitch.
Su
cólera aumentó, y se dijo que no debió haber confiado a su compañero de
hospedaje el resultado de su entrevista de la noche anterior. Era la segunda
torpeza que su irritación y la necesidad de expansionarse le habían llevado a
cometer. Para colmo de desdichas, el infortunio le persiguió durante toda la
mañana. En el Senado tuvo un fracaso al debatirse su asunto. Un último
incidente colmó su mal humor. El propietario del departamento que había
alquilado con miras a su próximo matrimonio, departamento que había hecho
reparar a costa suya, se negó en redondo a rescindir el contrato. Este hombre
era extranjero, un obrero alemán enriquecido, y reclamaba el pago de los
alquileres estipulados en el contrato de arrendamiento, a pesar de que Piotr
Petrovitch le devolvía la vivienda tan remozada que parecía nueva. Además, el
mueblista pretendía quedarse hasta el último rublo de la cantidad anticipada
por unos muebles que Piotr Petrovitch no había recibido todavía.
«
¡No voy a casarme sólo por tener los muebles! », exclamó para sí mientras
rechinaba los dientes. Pero, al mismo tiempo, una última esperanza, una loca
ilusión, pasó por su pensamiento. «¿Es verdaderamente irremediable el mal? ¿No
podría intentarse algo todavía?» El seductor recuerdo de Dunetchka le atravesó
el corazón como una aguja, y si en aquel momento hubiera bastado un simple
deseo para matar a Raskolnikof, no cabe duda de que Piotr Petrovitch habría expresado.
«Otro
error mío ha sido no darles dinero ‑siguió pensando mientras regresaba,
cabizbajo, al rincón de Lebeziatnikof‑. ¿Por qué demonio habré sido tan
judío? Mis cálculos han fallado por completo. Yo creía que, dejándolas
momentáneamente en la miseria, las preparaba para que luego vieran en mí a la
providencia en persona. Y se me han escapado de las manos... Si les hubiera
dado..., ¿qué diré yo?, unos mil quinientos rublos para el ajuar, para comprar
esas telas y esos menudos objetos, esas bagatelas, en fin, que se venden en el
bazar inglés, me habría conducido con más habilidad y el negocio me habría ido
mejor. Ellas no me habrían soltado tan fácilmente. Por su manera de ser,
después de la ruptura se habrían creído obligadas a devolverme el dinero
recibido, y esto no les habría sido ni grato ni fácil. Además, habría entrado
en juego su conciencia. Se habrían dicho que cómo podían romper con un hombre
que se había mostrado tan generoso y delicado con ellas. En fin, que he
cometido una verdadera pifia.»
Y
Piotr Petrovitch, con un nuevo rechinar de dientes, se llamó imbécil a sí
mismo.
Después
de llegar a esta conclusión, volvió a su alojamiento más irritado y furioso que
cuando había salido. Sin embargo, al punto despertó su curiosidad el bullicio
que llegaba de las habitaciones de Catalina Ivanovna, donde se estaba preparando
la comida de funerales. El día anterior había oído decir algo de esta
ceremonia. Incluso se acordó de que le habían invitado, aunque sus muchas
preocupaciones le habían impedido prestar atención.
Se
apresuró a informarse de todo, preguntando a la señora Lipevechsel, que, por
hallarse ausente Catalina Ivanovna (estaba en el cementerio), se cuidaba de
todo y correteaba en torno a la mesa, ya preparada para la colación. Así se
enteró Piotr Petrovitch de que la comida de funerales sería un acto solemne.
Casi todos los inquilinos, incluso algunos que ni siquiera habían conocido al
difunto, estaban invitados. Andrés Simonovitch Lebeziatnikof se sentaría a la
mesa, no obstante su reciente disgusto con Catalina Ivanovna. A él, Piotr
Petrovitch, se le esperaba como al huésped distinguido de la casa. Amalia
Ivanovna había recibido una invitación en toda regla a pesar de sus diferencias
con Catalina Ivanovna. Por eso ahora se preocupaba de la comida con visible
satisfacción. Se había arreglado como para una gran solemnidad: aunque iba de
luto, lucía orgullosamente un flamante vestido de seda.
Todos
estos informes y detalles inspiraron a Piotr Petrovitch una idea que ocupaba su
magín mientras regresaba a su habitación, mejor dicho, a la de Andrés
Simonovitch Lebeziatnikof.
Andrés
Simonovitch había pasado toda la mañana en su aposento, no sé por qué motivo.
Entre éste y Piotr Petrovitch se habían establecido unas relaciones sumamente
extrañas, pero fáciles de explicar. Piotr Petrovitch le odiaba, le despreciaba
profundamente, casi desde el mismo día en que se había instalado en su
habitación; pero, al mismo tiempo, le temía. No era únicamente la tacañería lo
que le había llevado a hospedarse en aquella casa a su llegada a Petersburgo.
Este motivo era el principal, pero no el único. Estando aún en su localidad
provinciana, había oído hablar de Andrés Simonovitch, su antiguo pupilo, al que
se consideraba como uno de los jóvenes progresistas más avanzados de la
capital, e incluso como un miembro destacado de ciertos círculos,
verdaderamente curiosos, que gozaban de extraordinaria reputación. Esto había
impresionado a Piotr Petrovitch. Aquellos círculos todopoderosos que nada
ignoraban, que despreciaban y desenmascaraban a todo el mundo, le infundían un
vago terror. Claro que, al estar alejado de estos círculos, no podía formarse
una idea exacta acerca de ellos. Había oído decir, como todo el mundo, que en
Petersburgo había progresistas, nihilistas y toda suerte de enderezadores de
entuertos, pero, como la mayoría de la gente, exageraba el sentido de estas
palabras del modo más absurdo. Lo que más le inquietaba desde hacía ya tiempo,
lo que le llenaba de una intranquilidad exagerada y continua, eran las
indagaciones que realizaban tales partidos. Sólo por esta razón había estado
mucho tiempo sin decidirse a elegir Petersburgo como centro de sus actividades.
Estas
sociedades le inspiraban un terror que podía calificarse de infantil. Varios
años atrás, cuando comenzaba su carrera en su provincia, había visto a los
revolucionarios desenmascarar a dos altos funcionarios con cuya protección
contaba. Uno de estos casos terminó del modo más escandaloso en contra del
denunciado; el otro había tenido también un final sumamente enojoso. De aquí
que Piotr Petrovitch, apenas llegado a Petersburgo, procurase enterarse de las
actividades de tales asociaciones: así, en caso de necesidad, podría
presentarse como simpatizante y asegurarse la aprobación de las nuevas
generaciones. Para esto había contado con Andrés Simonovitch, y que se había
adaptado rápidamente al lenguaje de los reformadores lo demostraba su visita a
Raskolnikof.
Pero
en seguida se dio cuenta de que Andrés Simonovitch no era sino un pobre hombre,
una verdadera mediocridad. No obstante, ello no alteró sus convicciones ni bastó
para tranquilizarle. Aunque todos los progresistas hubieran sido igualmente
estúpidos, su inquietud no se habría calmado.
Aquellas
doctrinas, aquellas ideas, aquellos sistemas (con los que Andrés Simonovitch le
llenaba la cabeza) no le impresionaban demasiado. Sólo deseaba poder seguir el
plan que se había trazado, y, en consecuencia, únicamente le interesaba saber
cómo se producían los escándalos citados anteriormente y si los hombres que los
provocaban eran verdaderamente todopoderosos. En otras palabras, ¿tendría
motivos para inquietarse si se le denunciaba cuando emprendiera algún negocio?
¿Por qué actividades se le podía denunciar? ¿Quiénes eran los que atraían la
atención de semejantes inspectores? Y, sobre todo, ¿podría llegar a un acuerdo
con tales investigadores, comprometiéndolos, al mismo tiempo, en sus asuntos,
si eran en verdad tan temibles? ¿Sería prudente intentarlo? ¿No se les podría
incluso utilizar para llevar a cabo los propios proyectos? Piotr Petrovitch se
habría podido hacer otras muchas preguntas como éstas...
Andrés
Simonovitch era un hombrecillo enclenque, escrofuloso, que pertenecía al cuerpo
de funcionarios y trabajaba en una oficina pública. Su cabello era de un rubio
casi blanco y lucía unas pobladas patillas de las que se sentía sumamente
orgulloso. Casi siempre tenía los ojos enfermos. En el fondo, era una buena
persona, pero su lenguaje, de una presunción que rayaba en la pedantería,
contrastaba grotescamente con su esmirriada figura. Se le consideraba como uno
de los inquilinos más distinguidos de Amalia Ivanovna, ya que no se embriagaba
y pagaba puntualmente el alquiler.
Pese
a todas estas cualidades, Andrés Simonovitch era bastante necio. Su afiliación
al partido progresista obedeció a un impulso irreflexivo. Era uno de esos
innumerables pobres hombres, de esos testarudos ignorantes que se apasionan por
cualquier tendencia de moda, para envilecerla y desacreditarla en seguida.
Estos individuos ponen en ridículo todas las causas, aunque a veces se entregan
a ellas con la mayor sinceridad.
Digamos
además que Lebeziatnikof, a pesar de su buen carácter, empezaba también a no
poder soportar a su huésped y antiguo tutor Piotr Petrovitch: la antipatía
había surgido espontánea y recíprocamente por ambas partes. Por poco perspicaz
que fuera, Andrés Simonovitch se había dado cuenta de que Piotr Petrovitch no
era sincero con él y le despreciaba secretamente; en una palabra, que tenía
ante sí a un hombre distinto del que Lujine aparentaba ser. Había intentado
exponerle el sistema de Furier y la teoría de Darwin, pero Piotr Petrovitch le
escuchaba con un gesto sarcástico desde hacía algún tiempo, y últimamente
incluso le respondía con expresiones insultantes. En resumen, que Lujine se
había dado cuenta de que Andrés Simonovitch era, además de un imbécil, un
charlatán que no tenía la menor influencia en el partido. Sólo sabía las cosas
por conductos sumamente indirectos, e incluso en su misión especial, la de la
propaganda, no estaba muy seguro, pues solía armarse verdaderos enredos en sus
explicaciones. Por consiguiente, no era de temer como investigador al servicio
del partido.
Digamos
de paso que Piotr Petrovitch, al instalarse en casa de Lebeziatnikof, sobre
todo en los primeros días, aceptaba de buen grado los cumplimientos,
verdaderamente extraños, de su patrón, o, por lo menos, no protestaba cuando
Andrés Simonovitch le consideraba dispuesto a favorecer el establecimiento de
una nueva commune en la calle de los Bourgeois[L45], o
a consentir que Dunetchka tuviera un amante al mes de casarse con ella, o a
comprometerse a no bautizar a sus hijos. Le halagaban de tal modo las
alabanzas, fuera cual fuere su condición, que no rechazaba estos cumplimientos.
Aquella
mañana había negociado varios títulos y, sentado a la mesa, contaba los fajos
de billetes que acababa de recibir. Andrés Simonovitch, que casi siempre andaba
escaso de dinero, se paseaba por la habitación, fingiendo mirar aquellos
papeles con una indiferencia rayana en el desdén. Desde luego, Piotr Petrovitch
no admitía en modo alguno la sinceridad de esta indiferencia, y Lebeziatnikof,
además de comprender esta actitud de Lujine se decía, no sin amargura, que aun
se complacía en mostrarle su dinero para mortificarle, hacerle sentir su
insignificancia y recordarle la distancia que los bienes de fortuna establecían
entre ambos.
Andrés
Simonovitch advirtió que aquella mañana su huésped apenas le prestaba atención,
a pesar de que él había empezado a hablarle de su tema favorito: el
establecimiento de una nueva commune.
Las
objeciones y las lacónicas réplicas que lanzaba de vez en cuando Lujine sin
interrumpir sus cuentas parecían impregnadas de una consciente ironía que se
confundía con la falta de educación. Pero Andrés Simonovitch atribuía estas
muestras de mal humor al disgusto que le había causado su ruptura con
Dunetchka, tema que ardía en deseos de abordar. Consideraba que podía exponer
sobre esta cuestión puntos de vista progresistas que consolarían a su
respetable amigo y prepararían el terreno para su posterior filiación al
partido.
‑¿Sabe
usted algo de la comida de funerales que da esa viuda vecina nuestra?‑preguntó
Piotr Petrovitch, interrumpiendo a Lebeziatnikof en el punto más interesante de
sus explicaciones.
‑Pero
¿no se acuerda de que le hablé de esto ayer y le di mi opinión sobre tales
ceremonias...? Además, la viuda le ha invitado a usted. Incluso habló usted con
ella ayer.
‑Es
increíble que esa imbécil se haya gastado en una comida de funerales todo el
dinero que le dio ese otro idiota: Raskolnikof. Me he quedado estupefacto al ver
hace un rato, al pasar, esos preparativos, esas bebidas... Ha invitado a varias
personas. El diablo sabrá por qué lo hace.
Piotr
Petrovitch parecía haber abordado este asunto con una intención secreta. De
pronto levantó la cabeza y exclamó:
‑¡Cómo!
¿Dice que me ha invitado también a mí? ¿Cuándo? No recuerdo... No pienso ir...
¿Qué papel haría yo en esa casa? Yo sólo crucé unas palabras con esa mujer para
decirle que, como viuda pobre de un funcionario, podría obtener en concepto de
socorro una cantidad equivalente a un año de sueldo del difunto. ¿Me habrá
invitado por eso? ¡Je, je!
‑Yo
tampoco pienso ir -dijo Lebeziatnikof.
‑Sería
el colmo que fuera usted. Después de haber dado una paliza a esa señora,
comprendo que no se atreva a ir a su casa.¡Je, je, je!
‑¿Qué
yo le di una paliza? ¿Quién se lo ha dicho? ‑exclamó Lebeziatnikof,
turbado y enrojeciendo.
‑Me
lo contaron ayer: hace un mes o cosa así, usted golpeó a Catalina Ivanovna...
¡Así son sus convicciones! Usted dejó a un lado su feminismo por un momento. ¡Je, je, je!
Piotr
Petrovitch, que parecía muy satisfecho después de lo que acababa de decir,
volvió a sus cuentas.
‑Eso
son estúpidas calumnias ‑replicó Andrés Simonovitch, que temía que este
incidente se divulgara‑. Las cosas no ocurrieron así. ¡No, ni mucho
menos! lo que le han contado es una verdadera calumnia. Yo no hice más que
defenderme. Ella se arrojó sobre mí con las uñas preparadas. Casi me arranca
una patilla... Yo considero que los hombres tenemos derecho a defendernos. Por
otra parte, yo no toleraré jamás que se ejerza sobre mi la menor violencia...
Esto es un principio... Lo contrario sería favorecer el despotismo. ¿Qué quería
usted que hiciera: que me dejase golpear pasivamente? Yo me limité a
rechazarla.
Lujine
dejó escapar su risita sarcástica.
‑¡Je, je, je!
‑Usted
quiere molestarme porque está de mal humor. Y dice usted cosas que no tienen
nada que ver con la cuestión del feminismo. Usted no me ha comprendido. Yo me
dije que si se considera a la mujer igual al hombre incluso en lo que concierne
a la fuerza física (opinión que empieza a extenderse), la igualdad debía
existir también en el campo de la contienda. Como es natural, después comprendí
que no había lugar a plantear esta cuestión, ya que la sociedad futura estaría
organizada de modo que las diferencias entre los seres humanos no existirían...
Por lo tanto, es absurdo buscar la igualdad en lo que concierne a las riñas y a
los golpes. Claro que no estoy ciego y veo que las querellas existen
todavía..., pero, andando el tiempo no existirán, y si ahora existen...
¡Demonio! Uno pierde el hilo de sus ideas cuando habla con usted... Si no
asisto a la comida de funerales no es por el incidente que estamos comentando,
sino por principio, por no aprobar con mi presencia esa costumbre estúpida de
celebrar la muerte con una comida... Cierto que habría podido acudir por
diversión, para reírme... Y habría ido si hubiesen asistido popes; pero, por
desgracia, no asisten.
‑Es
decir, que usted aceptaría la hospitalidad que le ofrece una persona y se sentaría
a su mesa para burlarse de ella y escupirle, por decirlo así, si no he
entendido mal.
‑Nada
de escupir. Se trata de una simple protesta. Yo procedo con vistas a una
finalidad útil. Así puedo prestar una ayuda indirecta a la propaganda de las
nuevas ideas y a la civilización, lo que representa un deber para todos. Y este
deber tal vez se cumple mejor prescindiendo de los convencionalismos sociales.
Puedo sembrar la idea, la buena semilla. De esta semilla germinarán hechos. ¿En
qué ofendo a las personas con las que procedo así? Empezarán por sentirse
heridas, pero después verán que les he prestado un servicio. He aquí un
ejemplo: se ha reprochado a Terebieva, que ahora forma parte de la commune y
que ha dejado a su familia para... entregarse libremente, que haya escrito una
carta a sus padres diciéndoles claramente que no quería vivir ligada a los
prejuicios y que iba a contraer una unión libre. Se dice que ha sido demasiado
dura, que debía haber tenido piedad y haberse conducido con más diplomacia. Pues
bien, a mí me parece que este modo de pensar es absurdo, que en este caso las
fórmulas están de más y se impone una protesta clara y directa. Otro caso:
Ventza ha vivido siete años con su marido y lo ha abandonado con sus dos hijos,
enviándole una carta en la que le ha dicho francamente: «Me he dado cuenta de
que no puedo ser feliz a tu lado. No te perdonaré jamás que me hayas engañado,
ocultándome que hay otra organización social: la commune. Me ha informado de
ello últimamente un hombre magnánimo, al que me he entregado y al que voy a
seguir para fundar con él una commune. Te hablo así porque me parecería
vergonzoso engañarte. Tú puedes hacer lo que quieras. No esperes que vuelva a
tu lado: ya no es posible. Te deseo que seas muy feliz.» Así se han de escribir
estas cartas.
‑Oiga:
esa Terebieva, ¿no es aquella de la que usted me dijo que andaba por la tercera
unión libre?
‑Bien
mirado, sólo era la segunda. Pero aunque fuese la cuarta o la decimoquinta,
esto tiene muy poca importancia. Ahora más que nunca siento haber perdido a mi
padre y a mi madre. ¡Cuántas veces he soñado en mi protesta contra ellos! Ya me
las habría arreglado para provocar la ocasión de decirles estas cosas. Estoy
seguro de que les habría convencido. Los habría anonadado. Créame que siento no
tener a nadie a quien...
‑Anonadar. ¡Je, je, je! En fin,
dejemos esto. Oiga: ¿conoce usted a la hija del difunto, esa muchachita
delgaducha? ¿Verdad que es cierto lo que se dice de ella?
‑¡He
aquí un asunto interesante! A mi entender, es decir, según mis convicciones
personales, la situación de esa joven es la más normal de la mujer. ¿Por qué
no? Es decir, distinguons[L46]. En
la sociedad actual, ese género de vida no es normal, desde luego, pues se
adopta por motivos forzosos, pero lo será en la sociedad futura, donde se podrá
elegir libremente. Por otra parte, ella tenía perfecto derecho a entregarse.
Estaba en la miseria. ¿Por qué no había de disponer de lo que constituía su
capital, por decirlo así? Naturalmente, en la sociedad futura, el capital no tendría
razón de ser, pero el papel de la mujer galante tomará otra significación y
será regulado de un modo racional. En lo que concierne a Sonia Simonovna, yo
considero sus actos en el momento actual como una viva protesta, una protesta
simbólica contra el estado de la sociedad presente. Por eso siento por ella
especial estimación, tanto, que sólo de verla experimento una gran alegría.
‑Pues
a mí me han dicho que usted la echó de la casa.
Lebeziatnikof
montó en cólera.
‑¡Nueva
calumnia! ‑bramó‑. Las cosas no ocurrieron así, ni mucho menos.
¡No, no, de ningún modo! Catalina Ivanovna lo ha contado todo como le ha
parecido, porque no ha comprendido nada. Yo no he buscado nunca los favores de
Sonia Simonovna. Yo procuré únicamente ilustrarla del modo más desinteresado,
esforzándome en despertar en ella el espíritu de protesta... Esto era todo lo
que yo deseaba. Ella misma se dio cuenta de que no podía permanecer aquí.
‑Supongo
que la habrá invitado usted a formar parte de la commune.
‑Permítame
que le diga que usted todo lo toma a broma y que ello me parece lamentable.
Usted no comprende nada. La commune no admite ciertas situaciones personales;
precisamente se ha fundado para suprimirlas. El papel de esa joven perderá su
antigua significación dentro de la commune: lo que ahora nos parece una
torpeza, entonces nos parecerá un acto inteligente, y lo que ahora se considera
una corrupción, entonces será algo completamente natural. Todo depende del
medio, del ambiente. El medio lo es todo, y el hombre nada. En cuanto a Sonia
Simonovna, mis relaciones con ella no pueden ser mejores, lo que demuestra que
esa joven no me ha considerado jamás como enemigo. Verdad es que yo me esfuerzo
por atraerla a nuestra agrupación, pero con intenciones completamente distintas
a las que usted supone... ¿De qué se ríe? Nosotros tenemos el propósito de
establecer nuestra propia commune sobre bases más sólidas que las precedentes;
nosotros vamos más lejos que nuestros predecesores. Rechazamos muchas cosas. Si
Dobroliubof [L47]saliera
de la tumba, discutiría con él. En cuanto a Bielinsky[L48],
remacharé el clavo que él ha clavado. Entre tanto, sigo educando a Sonia
Simonovna. Tiene un natural hermoso.
‑Y
usted se aprovecha de él, ¿no? ¡Je, je!
‑De
ningún modo; todo lo contrario.
‑Dice
que todo lo contrario. ¡Je, je! lo que es a usted, palabras no le faltan.
‑Pero
¿por qué no me cree? ¿Por qué razón he de engañarle, dígame? Le aseguro que...,
y yo soy el primer sorprendido..., ella se muestra conmigo extremadamente, casi
morbosamente púdica.
‑Y
usted, naturalmente, sigue ilustrándola. ¡Je,
je, je! Usted procura hacerle comprender que todos esos pudores son
absurdos.¡Je, je, je!
‑¡De
ningún modo, de ningún modo; se lo aseguro...! ¡Oh, qué sentido tan grosero y,
perdóneme, tan estúpido da a la palabra «cultura»! Usted no comprende nada.
¡Qué poco avanzado está usted todavía, Dios mío! Nosotros deseamos la libertad
de la mujer, y usted, usted sólo piensa en esas cosas... Dejando a un lado las
cuestiones de la castidad y el pudor femeninos, que a mi entender son absurdos
e inútiles, admito la reserva de esa joven para conmigo. Ella expresa de este
modo su libertad de acción, que es el único derecho que puede ejercer. Desde
luego, si ella viniera a decirme: «Te quiero, yo me sentiría muy feliz, pues
esa muchacha me gusta mucho, pero en las circunstancias actuales nadie se
muestra con ella más respetuoso que yo. Me limito a esperar y confiar.
‑Sería
más práctico que le hiciera usted un regalito. Estoy seguro de que no ha
pensado en ello.
‑Usted
no comprende nada, se lo repito. La situación de esa muchacha le autoriza a
pensar así, desde luego; pero no se trata de eso, no, de ningún modo. Usted la
desprecia sin más ni más. Aferrándose a un hecho que le parece, erróneamente,
despreciable, se niega a considerar humanamente a un ser humano. Usted no sabe
cómo es esa joven. Lo que me contraría es que en estos últimos tiempos ha
dejado de leer. Ya no me pide libros, como hacía antes. También me disgusta
que, a pesar de toda su energía y de todo el espíritu de protesta que ha
demostrado, dé todavía pruebas de cierta falta de resolución, de independencia,
por decirlo así; de negación, si quiere usted, que le impide romper con ciertos
prejuicios..., con ciertas estupideces. Sin embargo, esa muchacha comprende
perfectamente muchas cosas. Por ejemplo se ha dado exacta cuenta de lo que
supone la costumbre de besar la mano, mediante la cual el hombre ofende a la
mujer, puesto que le demuestra que no la considera igual a él. He debatido esta
cuestión con mis compañeros y he expuesto a la chica los resultados del debate.
También me escuchó atentamente cuando le hablé de las asociaciones obreras de
Francia. Ahora le estoy explicando el problema de la entrada libre en las casas
particulares en nuestra sociedad futura.
‑¿Qué
es eso?
‑En
estos últimos tiempos se ha debatido la cuestión siguiente: un miembro de la
commune, ¿tiene derecho a entrar libremente en casa de otro miembro de la
commune, a cualquier hora y sea este miembro varón o mujer...? La respuesta a
esta pregunta ha sido afirmativa.
‑¿Aun
en el caso de que ese hombre o esa mujer estén ocupados en una necesidad
urgente? ¡Je, je, je!
Andrés
Simonovitch se enfureció.
‑¡No
tiene usted otra cosa en la cabeza! ¡Sólo piensa en esas malditas necesidades!
¡Qué arrepentido estoy de haberle expuesto mi sistema y haberle hablado de esas
necesidades prematuramente! ¡El diablo me lleve! ¡Ésa es la piedra de toque de
todos los hombres que piensan como usted! Se burlan de una cosa antes de
conocerla. ¡Y todavía pretenden tener razón! Adoptan el aire de enorgullecerse
de no sé qué. Yo siempre he sido de la opinión de que estas cuestiones no
pueden exponerse a los novicios más que al final, cuando ya conocen bien el
sistema, en una palabra, cuando ya han sido convenientemente dirigidos y educados.
Pero, en fin, dígame, se lo ruego, qué es lo que ve usted de vergonzoso y vil
en... Las letrinas, llamémoslas así. Yo soy el primero que está dispuesto a
limpiar todas las letrinas que usted quiera, y no veo en ello ningún
sacrificio. Por el contrario, es un trabajo noble, ya que beneficia a la
sociedad, y desde luego superior al de un Rafael o un Pushkin, puesto que es
más útil.
‑Y
más noble, mucho más noble. ¡Je, je, je!
‑¿Qué
quiere usted decir con eso de «más noble»? Yo no comprendo esas expresiones cuando
se aplican a la actividad humana. Nobleza..., magnanimidad... Estos conceptos
no son sino absurdas estupideces, viejas frases dictadas por los prejuicios y
que yo rechazo. Todo lo que es útil a la humanidad es noble. Para mí sólo tiene
valor una palabra: utilidad. Ríase usted cuanto quiera, pero es así.
Piotr
Petrovitch se desternillaba de risa. Había terminado de contar el dinero y se
lo había guardado, dejando sólo algunos billetes en la mesa. El tema de las
letrinas, pese a su vulgaridad, había motivado más de una discusión entre Piotr
Petrovitch y su joven amigo.
Lo
gracioso del caso era que Andrés Simonovitch se enfadaba de verdad. Lujine no
veía en ello sino un pasatiempo, y entonces sentía el deseo especial de ver a
Lebeziatnikof encolerizado.
‑Usted
está tan nervioso y cizañero por su fracaso de ayer ‑se atrevió a decir
Andrés Simonovitch, que, pese a toda su independencia y a sus gritos de
protesta, no osaba enfrentarse abiertamente con Piotr Petrovitch, pues sentía
hacia él, llevado sin duda de una antigua costumbre, cierto respeto.
‑Dígame
una cosa ‑replicó Lujine en un tono de grosero desdén‑: ¿podría
usted...? Mejor dicho, ¿tiene usted la suficiente confianza en esa joven para
hacerla venir un momento? Me parece que ya han regresado todos del cementerio.
Los he oído subir. Necesito ver un momento a esa muchacha.
‑¿Para
qué?‑preguntó Andrés Simonovitch, asombrado.
‑Tengo
que hablarle. Me marcharé pronto de aquí y quisiera hacerle saber que... Pero,
en fin; usted puede estar presente en la conversación. Esto será lo mejor,
pues, de otro modo, sabe Dios lo que usted pensaría.
‑Yo
no pensaría absolutamente nada. No he dado a mi pregunta la menor importancia.
Si usted tiene que tratar algún asunto con esa joven, nada más fácil que
hacerla venir. Voy por ella, y puede estar usted seguro de que no les
molestaré.
Efectivamente,
al cabo de cinco minutos, Lebeziamikof llegaba con Sonetchka. La joven estaba,
como era propio de ella, en extremo turbada y sorprendida. En estos casos, se
sentía siempre intimidada: las caras nuevas le producían verdadero terror. Era
una impresión de la infancia, que había ido acrecentándose con el tiempo.
Piotr
Petrovitch le dispensó un cortés recibimiento, no exento de cierta jovial
familiaridad, que parecía muy propia de un hombre serio y respetable como él
que se dirigía a una persona tan joven y, en ciertos aspectos tan interesante.
Se apresuró a instalarla cómodamente ante la mesa y frente a él. Cuando se
sentó, Sonia paseó una mirada en torno de ella: sus ojos se posaron en
Lebeziatnikof, después en el dinero que había sobre la mesa y finalmente en
Piotr Petrovitch, del que ya no pudieron apartarse. Se diría que había quedado
fascinada. Lebeziatnikof se dirigió a la puerta.
Piotr
Petrovitch se levantó, dijo a Sonia por señas que no se moviese y detuvo a
Andrés Simonovitch en el momento en que éste iba a salir.
‑¿Está
abajo Raskolnikof? ‑le preguntó en voz baja‑. ¿Ha llegado ya?
‑¿Raskolnikof?
Sí, está abajo. ¿Por qué? Sí, lo he visto entrar. ¿Por qué lo pregunta?
‑Le
ruego que permanezca aquí y que no me deje solo con esta... señorita. El asunto
que tenemos que tratar es insignificante, pero sabe Dios las conclusiones que
podría extraer de nuestra entrevista esa gente... No quiero que Raskolnikof
vaya contando por ahí... ¿Comprende lo que quiero decir?
‑Comprendo,
comprendo‑ dijo Lebeziatnikof con súbita lucidez‑. Está usted en su
derecho. Sus temores respecto a mí son francamente exagerados, pero... Tiene
usted perfecto derecho a obrar así. En fin, me quedaré. Me iré al lado de la
ventana y no los molestaré lo más mínimo. A mi juicio, usted tiene derecho a...
Piotr
Petrovitch volvió al sofá y se sentó frente a Sonia. La miró atentamente, y su
semblante cobró una expresión en extremo grave, incluso severa. «No vaya usted
a imaginarse tampoco cosas que no son», parecía decir con su mirada. Sonia
acabó de perder la serenidad.
‑Ante
todo, Sonia Simonovna, transmita mis excusas a su honorable madre... No me
equivoco, ¿verdad? Catalina Ivanovna es su señora madre, ¿no es cierto?
Piotr
Petrovitch estaba serio y amabilísimo. Evidentemente abrigaba las más amistosas
relaciones respecto a Sonia.
‑Sí
‑repuso ésta, presurosa y asustada‑, es mi segunda madre.
‑Pues
bien, dígale que me excuse. Circunstancias ajenas a mi voluntad me impiden asistir
al festín. Me refiero a esa comida de funerales a que ha tenido la gentileza de
invitarme.
‑Se
lo voy a decir ahora mismo.
Y
Sonetchka se puso en pie en el acto.
‑Tengo
que decirle algo más ‑le advirtió Piotr Petrovitch, sonriendo ante la
ingenuidad de la muchacha y su ignorancia de las costumbres sociales‑.
Sólo quien no me conozca puede suponerme capaz de molestar a otra persona, de
hacerle venir a verme, por un motivo tan fútil como el que le acabo de exponer
y que únicamente tiene interés para mí. No, mis intenciones son otras.
Sonia
se apresuró a volver a sentarse. Sus ojos tropezaron de nuevo con los billetes
multicolores, pero ella los apartó en seguida y volvió a fijarlos en Lujine.
Mirar el dinero ajeno le parecía una inconveniencia, sobre todo en la situación
en que se hallaba... Se dedicó a observar los lentes de montura de oro que
Piotr Petrovitch tenía en su mano izquierda, y después fijó su mirada en la
soberbia sortija adornada con una piedra amarilla que el caballero ostentaba en
el dedo central de la misma mano. Finalmente, no sabiendo adónde mirar, fijó la
vista en la cara de Piotr Petrovitch. El cual, tras un majestuoso silencio,
continuó:
‑Ayer
tuve ocasión de cambiar dos palabras con la infortunada Catalina Ivanovna, y
esto me bastó para darme cuenta de que se halla en un estado... anormal, por
decirlo así.
‑Cierto:
es un estado anormal ‑se apresuró a repetir Sonia.
‑O,
para decirlo más claramente, más exactamente, en un estado morboso.
‑Sí,
sí, más claramente..., morboso.
‑Pues
bien; llevado de un sentimiento humanitario y... y de compasión, por decirlo
así, yo desearía serle útil, en vista de la posición extremadamente difícil en
que forzosamente se ha de encontrar. Porque tengo entendido que es usted el
único sostén de esa desventurada familia.
Sonia
se levantó súbitamente.
‑Permítame
preguntarle ‑dijo‑ si usted le habló ayer de una pensión. Ella me
dijo que usted se encargaría de conseguir que se la dieran. ¿Es eso verdad?
‑¡No,
no, ni remotamente! Eso es incluso absurdo en cierto sentido. Yo sólo le hablé
de un socorro temporal que se le entregaría por su condición de viuda de un
funcionario muerto en servicio, y le advertí que tal socorro sólo podría
recibirlo si contaba con influencias. Por otra parte, me parece que su difunto
padre no solamente no había servido tiempo suficiente para tener derecho al
retiro, sino que ni siquiera prestaba servicio en el momento de su muerte. En
resumen, que uno siempre puede esperar, pero que en este caso la esperanza
tendría poco fundamento pues no existe el derecho de percibir socorro alguno...
¡Y ella soñaba ya con una pensión! ¡Je, je, je! ¡Qué
imaginación posee esa señora!
‑Sí,
esperaba una pensión..., pues es muy buena y su bondad la lleva a creerlo
todo..., y es..., sí, tiene usted razón... Con su permiso.
Sonia
se dispuso a marcharse.
‑Un
momento. No he terminado todavía.
‑¡Ah!
Bien ‑balbuceó la joven.
‑Siéntese,
haga el favor.
Sonia,
desconcertada, se sentó una vez más.
‑Viendo
la triste situación de esa mujer, que ha de atender a niños de corta edad, yo
desearía, como ya le he dicho, serle útil en la medida de mis medios...
Compréndame, en la medida de mis medios y nada más. Por ejemplo, se podría
organizar una suscripción, o una rifa, o algo análogo, como suelen hacer en
estos casos los parientes o las personas extrañas que desean acudir en ayuda de
algún desgraciado. Esto es lo que quería decir. La cosa me parece posible.
‑Sí,
está muy bien... Dios se lo... ‑balbuceó Sonia sin apartar los ojos de
Piotr Petrovitch.
‑La
cosa es posible, sí, pero... dejémoslo para más tarde, aunque hayamos de
empezar hoy mismo. Nos volveremos a ver al atardecer, y entonces podremos
establecer las bases del negocio, por decirlo así. Venga a eso de las siete.
Confío en que Andrés Simonovitch querrá acompañarnos... Pero hay un punto que
desearía tratar con usted previamente con toda seriedad. Por eso principalmente
me he permitido llamarla, Sonia Simonovna. Yo creo que el dinero no debe
ponerse en manos de Catalina Ivanovna. La comida de hoy es buena prueba de ello.
No teniendo, como quien dice, un pedazo de pan para mañana, ni zapatos que
ponerse, ni nada, en fin, hoy ha comprado ron de Jamaica, e incluso creo que
café y vino de Madera. lo he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a
estar a sus expensas y usted tendrá que procurarles hasta el último bocado de
pan. Esto es absurdo. Por eso yo opino que la suscripción debe organizarse a
espaldas de esa desgraciada viuda, para que sólo usted maneje el dinero. ¿Qué
le parece?
‑Pues...
no sé... Ella es así sólo hoy..., una vez en la vida... Tenía en mucho poder
honrar la memoria... Pero es muy inteligente. Además, usted puede hacer lo que
le parezca, y yo le quedaré muy... muy..., y todos ellos también... Y Dios
le... Le..., y los huerfanitos...
Sonia
no pudo terminar: se lo impidió el llanto.
‑Entonces
no se hable más del asunto. Y ahora tenga la bondad de aceptar para las
primeras necesidades de su madre esta cantidad, que representa mi aportación
personal. Es mi mayor deseo que mi nombre no se pronuncie para nada en relación
con este asunto. Aquí tiene. Como mis gastos son muchos, aun sintiéndolo de
veras, no puedo hacer más.
Y
Piotr Petrovitch entregó a Sonia un billete de diez rublos después de haberlo
desplegado cuidadosamente. Sonia lo tomó, enrojeció, se levantó de un salto,
pronunció algunas palabras ininteligibles y se apresuró a retirarse. Piotr
Petrovitch la acompañó con toda cortesía hasta la puerta. Ella salió de la
habitación a toda prisa, profundamente turbada, y corrió a casa de Catalina
Ivanovna, presa de extraordinaria emoción.
Durante
toda esta escena, Andrés Simonovitch, a fin de no poner al diálogo la menor
dificultad, había permanecido junto a la ventana, o había paseado en silencio
por la habitación; pero cuando Sonia se hubo retirado, se acercó a Piotr
Petrovitch y le tendió la mano con gesto solemne.
‑Lo
he visto todo y todo lo he oído -dijo, recalcando esta última palabra‑.
Lo que usted acaba de hacer es noble, es decir, humano. Ya he visto que usted
no quiere que le den las gracias. Y aunque mis principios particulares me
prohíben, lo confieso, practicar la caridad privada, pues no sólo es
insuficiente para extirpar el mal, sino que, por el contrario, lo fomenta, no
puedo menos de confesarle que su gesto me ha producido verdadera satisfacción.
Sí, sí; su gesto me ha impresionado.
‑¡Bah!
No tiene importancia ‑murmuró Piotr Petrovitch un poco emocionado y
mirando a Lebeziatnikof atentamente.
‑Sí,
sí que tiene importancia. Un hombre que como usted se siente ofendido, herido,
por lo que ocurrió ayer, y que, no obstante, es capaz de interesarse por la
desgracia ajena: un hombre así, aunque sus actos constituyan un error social,
es digno de estimación. No esperaba esto de usted, Piotr Petrovitch, sobre todo
teniendo en cuenta sus ideas, que son para usted una verdadera traba, ¡y cuán
importante! ¡Ah, cómo le ha impresionado el incidente de ayer! ‑exclamó
el bueno de Andrés Simonovitch, sintiendo que volvía a despertarse en él su
antigua simpatía por Piotr Petrovitch‑. Pero dígame: ¿por qué da usted tanta
importancia al matrimonio legal, mi muy querido y noble Piotr Petrovitch? ¿Por
qué conceder un puesto tan alto a esa legalidad? Pégueme si quiere, pero le
confieso que me siento feliz, sí, feliz, de ver que ese compromiso se ha roto;
de saber que es usted libre y de pensar que usted no está completamente perdido
para la humanidad... Sí, me siento feliz: ya ve usted que le soy franco.
‑Yo
doy importancia al matrimonio legal porque no quiero llevar cuernos ‑repuso
Lujine, que parecía preocupado por decir algo‑ y porque tampoco quiero
educar hijos de los que no seria yo el padre, como ocurre con frecuencia en las
uniones libres que usted predica.
‑¿Los
hijos? ¿Ha dicho usted los hijos? ‑exclamó Andrés Simonovitch,
estremeciéndose como un caballo de guerra que oye el son del clarín‑.
Desde luego, es una cuestión social de la más alta importancia, estamos de
acuerdo, pero que se resolverá mediante normas muy distintas de las que rigen
ahora. Algunos llegan incluso a no considerarlos como tales, del mismo modo que
no admiten nada de lo que concierne a la familia... Pero ya hablaremos de eso
más adelante. Ahora analicemos tan sólo la cuestión de los cuernos. Le confieso
que es mi tema favorito. Esta expresión baja y grosera difundida por Pushkin no
figurará en los diccionarios del futuro. Pues, en resumidas cuentas, ¿qué es
eso de los cuernos? ¡Oh, qué aberración! ¡Cuernos...! ¿Por qué? Eso es absurdo,
no lo dude. La unión libre los hará desaparecer. Los cuernos no son sino la
consecuencia lógica del matrimonio legal, su correctivo, por decirlo así..., un
acto de protesta... Mirados desde este punto de vista, no tienen nada de
humillantes. Si alguna vez..., aunque esto sea una suposición absurda..., si
alguna vez yo contrajera matrimonio legal y llevara esos malditos cuernos, me
sentiría muy feliz y diría a mi mujer: « Hasta este momento, amiga mía, me he
limitado a quererte; pero ahora lo respeto por el hecho de haber sabido
protestar... » ¿Se ríe...? Eso prueba que no ha tenido usted valor para romper
con los prejuicios... ¡El diablo me lleve...! Comprendo perfectamente el enojo
que supone verse engañado cuando se está casado legalmente; pero esto no es
sino una mísera consecuencia de una situación humillante y degradante para los
dos cónyuges. Porque cuando a uno le ponen los cuernos con toda franqueza, como
sucede en las uniones libres, se puede decir que no existen, ya que pierden
toda su significación, e incluso el nombre de cuernos. Es más, en este caso, la
mujer da a su compañero una prueba de estimación, ya que le considera incapaz
de oponerse a su felicidad y lo bastante culto para no intentar vengarse del
nuevo esposo... ¡El diablo me lleve...! Yo me digo a veces que si me casase, si
me uniese a una mujer, legal o libremente, que eso poco importa, y pasara el
tiempo sin que mi mujer tuviera un amante, se lo llevaría yo mismo y le diría:
«Amiga mía, te amo de veras, pero lo que más me importa es merecer tu
estimación.» ¿Qué le parece? ¿Tengo razón o no la tengo?
Piotr
Petrovitch sonrió burlonamente pero con gesto distraído. Su pensamiento estaba
en otra parte, cosa que Lebeziatnikof no tardó en notar, además de leer la
preocupación en su semblante.
Lujine
parecía afectado y se frotaba las manos con aire pensativo. Andrés Simonovitch
recordaría estos detalles algún tiempo después.
II
No es fácil
explicar cómo había nacido en el trastornado cerebro de Catalina Ivanovna la
idea insensata de aquella comida. En ella había invertido la mitad del dinero
que le había entregado Raskolnikof para el entierro de Marmeladof. Tal vez se
creía obligada a honrar convenientemente la memoria del difunto, a fin de
demostrar a todos los inquilinos, y sobre todo a Amalia Ivanovna, que él valía
tanto como ellos, si no más, y que ninguno tenía derecho a adoptar un aire de
superioridad al compararse con él. Acaso aquel proceder obedecía a ese orgullo
que en determinadas circunstancias, y especialmente en las ceremonias públicas
ineludibles para todas las clases sociales, impulsa a los pobres a realizar un
supremo esfuerzo y sacrificar sus últimos recursos solamente para hacer las
cosas tan bien como los demás y no dar pábulo a comadreos.
También
podía ser que Catalina Ivanovna, en aquellos momentos en que su soledad y su
infortunio eran mayores, experimentara el deseo de demostrar a aquella «pobre
gente» que ella, como hija de un coronel y persona educada en una noble y
aristocrática mansión, no sólo sabía vivir y recibir, sino que no había nacido
para barrer ni para lavar por las noches la ropa de sus hijos. Estos arrebatos
de orgullo y vanidad se apoderan a veces de las más míseras criaturas y cobran
la forma de una necesidad furiosa e irresistible. Por otra parte, Catalina
Ivanovna no era de esas personas que se aturden ante la desgracia. Los reveses
de fortuna podían abrumarla, pero no abatir su moral ni anular su voluntad.
Tampoco
hay que olvidar que Sonetchka afirmaba, y no sin razón, que no estaba del todo
cuerda. Esto no era cosa probada, pero últimamente, en el curso de todo un año,
su pobre cabeza había tenido que soportar pruebas especialmente rudas. En fin,
también hay que tener en cuenta que, según los médicos, la tisis, en los
períodos avanzados de su evolución, perturba las facultades mentales.
Las
botellas no eran numerosas ni variadas. No se veía en la mesa vino de Madera:
Lujine había exagerado. Había, verdad es, otros vinos, vodka, ron, oporto, todo
de la peor calidad, pero en cantidad suficiente. El menú, preparado en la
cocina de Amalia Ivanovna, se componía, además del kutia [L49]ritual,
de tres o cuatro platos, entre los que no faltaban los populares crêpes.
Además,
se habían preparado dos samovares para los invitados que quisieran tomar té o
ponche después de la comida.
Catalina
Ivanovna se había encargado personalmente de las compras ayudada por un
inquilino de la casa, un polaco famélico que habitaba, sólo Dios sabía por qué,
en el departamento de la señora Lipevechsel y que desde el primer momento se
había puesto a disposición de la viuda. Desde el día anterior había demostrado
un celo extraordinario. A cada momento y por la cuestión más insignificante iba
a ponerse a las órdenes de Catalina Ivanovna, y la perseguía hasta los Gostiny Dvor[L50],
llamándola pani [L51]comandanta.
De aquí que, después de haber declarado que no habría sabido qué hacer sin este
hombre, Catalina Ivanovna acabara por no poder soportarlo. Esto le ocurría con
frecuencia: se entusiasmaba ante el primero que se presentaba a ella, lo
adornaba con todas las cualidades imaginables, le atribuía mil méritos
inexistentes, pero en los que ella creía de todo corazón, para sentirse de
pronto desencantada y rechazar con palabras insultantes al mismo ante el cual
se había inclinado horas antes con la más viva admiración. Era de natural
alegre y bondadoso, pero sus desventuras y la mala suerte que la perseguía le
hacían desear tan furiosamente la paz y el bienestar, que el menor tropiezo la
ponía fuera de sí, y entonces, a las esperanzas más brillantes y fantásticas
sucedían las maldiciones, y desgarraba y destruía todo cuanto caía en sus
manos, y terminaba por dar cabezadas en las paredes.
Amalia
Feodorovna adquirió una súbita y extraordinaria importancia a los ojos de
Catalina Ivanovna y el puesto que ocupaba en su estimación se amplió
considerablemente, tal vez por el solo motivo de haberse entregado en alma y
vida a la organización de la comida de funerales. Se había encargado de poner
la mesa, proporcionando la mantelería, la vajilla y todo lo demás, amén de
preparar los platos en su propia cocina.
Catalina
Ivanovna le había delegado sus poderes cuando tuvo que ir al cementerio, y
Amalia Feodorovna se había mostrado digna de esta confianza. La mesa estaba sin
duda bastante bien puesta. Cierto que los platos, los vasos, los cuchillos, los
tenedores no hacían juego, porque procedían de aquí y de allá; pero a la hora señalada
todo estaba a punto, y Amalia Feodorovna, consciente de haber desempeñado sus
funciones a la perfección, se pavoneaba con un vestido negro y un gorro
adornado con flamantes cintas de luto. Y así ataviada recibía a los invitados
con una mezcla de satisfacción y orgullo.
Este
orgullo, aunque legítimo, contrarió a Catalina Ivanovna, que pensó: «
¡Cualquiera diría que nosotros no habríamos podido poner la mesa sin su ayuda!
» El gorro adornado con cintas nuevas le chocó también. «Esta estúpida alemana
estará diciéndose que, por caridad, ha venido en socorro nuestro, pobres
inquilinos. ¡Por caridad! ¡Habráse visto! » En casa del padre de Catalina
Ivanovna, que era coronel y casi gobernador, se reunían a veces cuarenta
personas en la mesa, y aquella Amalia Feodorovna, mejor dicho, Ludwigovna, no
habría podido figurar entre ellas de ningún modo.
Catalina
Ivanovna decidió no manifestar sus sentimientos en seguida, pero se prometió
parar los pies aquel mismo día a aquella impertinente que sabe Dios lo que se
habría creído. Por el momento se limitó a mostrarse fría con ella.
Otra
circunstancia contribuyó a irritar a Catalina Ivanovna. Excepto el polaco,
ningún inquilino había ido al cementerio. Pero en el momento de sentarse a la
mesa acudió la gente más mísera e insignificante de la casa. Algunos incluso se
presentaron vestidos de cualquier modo. En cambio, las personas un poco
distinguidas parecían haberse puesto de acuerdo para no presentarse, empezando
por Lujine, el más respetable de todos.
El
mismo día anterior, por la noche, Catalina Ivanovna había explicado a todo el
mundo, es decir, a Amalia Feodorovna, a Poletchka, a Sonia y al polaco, que
Piotr Petrovitch era un hombre noble y magnánimo, y además rico y superiormente
relacionado, que había sido amigo de su primer esposo y había frecuentado la
casa de su padre. Y afirmó que le había prometido dar los pasos necesarios para
que le asignaran una importante pensión. A propósito de esto hay que decir que
cuando Catalina Ivanovna se hacía lenguas de la fortuna o las relaciones de
alguien y se envanecía de ello, no lo hacía por interés personal, sino
simplemente para realzar el prestigio de la persona que era objeto de sus
alabanzas.
Como
Lujine, y seguramente por seguir su ejemplo, faltaba aquel tunante de Lebeziatnikof.
¿Qué idea se habría forjado de sí mismo aquel hombre? Ella le había invitado
solamente porque compartía la habitación de Piotr Petrovitch y habría sido un
desaire no hacerlo. Tampoco habían acudido una gran señora y su hija, no ya
demasiado joven, que vivían desde hacía sólo dos semanas en casa de la señora
Lipevechsel, pero que habían tenido tiempo para quejarse más de una vez de los
ruidos y los gritos procedentes de la habitación de los Marmeladof, sobre todo
cuando el difunto llegaba bebido. Como es de suponer, Catalina Ivanovna había
sido informada inmediatamente de ello por Amalia Ivanovna en persona, que, en
el calor de sus disputas, había llegado a amenazarla con echarla a la calle con
toda su familia por turbar ‑así lo decía a voz en grito‑ el reposo
de unos inquilinos tan honorables que los Marmeladof no eran dignos ni siquiera
de atarles los cordones de los zapatos.
Catalina
Ivanovna había tenido especial interés en invitar a aquellas dos damas «a las
que ni siquiera merecía atar los cordones de los zapatos», sobre todo porque le
habían vuelto la cabeza desdeñosamente cada vez que se habían encontrado con
ella. Catalina Ivanovna se decía que su invitación era un modo de demostrarles
que era superior a ellas en sentimientos y que sabía perdonar las malas
acciones. Por otra parte, las invitadas tendrían ocasión de convencerse de que
ella no había nacido para vivir como vivía. Catalina Ivanovna tenía la
intención de explicarles todo esto en la mesa, hablándoles también de las
funciones de gobernador desempeñadas en otros tiempos por su padre. Y entonces,
de paso, les diría que no había motivo para que le volviesen la cabeza cuando
se cruzaban con ella y que tal proceder era sencillamente ridículo.
También
faltaba un grueso teniente coronel (en realidad no era más que un capitán
retirado), pero se supo que estaba enfermo y obligado a guardar cama desde el
día anterior.
En
fin, que sólo asistieron, además del polaco, un miserable empleadillo, de
aspecto horrible, vestido con ropas grasientas, que despedía un olor
nauseabundo y, por añadidura, era mudo como un poste; un viejecillo sordo y
casi ciego que había sido empleado de correos y cuya pensión en casa de Amalia
Ivanovna corría a cargo, desde tiempo inmemorial y sin que nadie supiera por
qué, de un desconocido; un teniente retirado, o, mejor dicho, empleado de
intendencia...
Este
último entró del modo más incorrecto, lanzando grandes carcajadas. ¡Y sin
chaleco!
Apareció
otro invitado, que fue a sentarse a la mesa directamente, sin ni siquiera saludar
a Catalina Ivanovna. Y, finalmente, se presentó un individuo en bata. Esto era
demasiado, y Amalia Ivanovna lo hizo salir con ayuda del polaco. Éste había
traído a dos compatriotas que nadie de la casa conocía, porque jamás habían
vivido en ella.
Todo
esto irritó profundamente a Catalina Ivanovna, que juzgó que no valía la pena
haber hecho tantos preparativos. Por temor a que faltara espacio, había
dispuesto los cubiertos de los niños no en la mesa común, que ocupaba casi toda
la habitación, sino en un rincón sobre un baúl. Los dos más pequeños estaban
sentados en una banqueta, y Poletchka, como niña mayor, había de cuidar de
ellos, hacerles comer, sonarlos, etc.
Dadas
las circunstancias, Catalina Ivanovna se creyó obligada a recibir a sus
invitados con la mayor dignidad e incluso con cierta altanería. Les dirigió,
especialmente a algunos, una mirada severa y los invitó desdeñosamente a
sentarse a la mesa. Achacando, sin que supiera por qué, a Amalia Ivanovna la
culpa de la ausencia de los demás invitados, empezó de pronto a tratarla con
tanta descortesía, que la patrona no tardó en advertirlo y se sintió
profundamente ofendida.
La
comida comenzó bajo los peores auspicios. Al fin todo el mundo se sentó a la
mesa. Raskolnikof había aparecido en el momento en que regresaban los que
habían ido al cementerio. Catalina Ivanovna se mostró encantada de verle, en
primer lugar porque, entre todos los presentes, él era la única persona culta
(lo presentó a sus invitados diciendo que dos años después sería profesor de la
universidad de Petersburgo), y en segundo lugar, porque se había excusado
inmediatamente y en los términos más respetuosos de no haber podido asistir al
entierro, pese a sus grandes deseos de no faltar.
Catalina
Ivanovna se arrojó sobre él y lo sentó a su izquierda, ya que Amalia Ivanovna
se había sentado a su derecha, e inmediatamente empezó a hablar con él en voz
baja, a pesar del bullicio que había en la habitación y de sus preocupaciones
de dueña de casa que quería ver bien servido a todo el mundo, y, además, pese a
la tos que le desgarraba el pecho. Catalina Ivanovna confió a Raskolnikof su
justa indignación ante el fracaso de la comida, indignación cortada a cada
momento por las más incontenibles y mordaces burlas contra los invitados y
especialmente contra la patrona.
‑La
culpable de todo es esa detestable lechuza, de ella y sólo de ella. Ya sabe
usted de quién hablo.
Catalina
Ivanovna le indicó a la patrona con un movimiento de cabeza y continuó:
‑Mírela.
Se da cuenta de que estamos hablando de ella, pero no puede oír lo que decimos:
por eso abre tanto los ojos. ¡La muy lechuza! ¡Ja, ja, ja! ‑Un golpe de
tos y continuó‑: ¿Qué perseguirá con la exhibición de ese gorro? ‑Tosió
de nuevo‑. ¿Ha observado usted que pretende hacer creer a todo el mundo
que me protege y me hace un honor asistiendo a esta comida? Yo le rogué que
invitara a personas respetables, tan respetables como lo soy yo misma, y que
diera preferencia a los que conocían al difunto. Y ya ve usted a quién ha
invitado: a una serie de patanes y puercos. Mire ese de la cara sucia. Es una
porquería viviente... Y a esos polacos nadie los ha visto nunca aquí. Yo no
tengo la menor idea de quiénes son ni de dónde han salido... ¿Para qué demonio
habrán venido? Mire qué quietecitos están... ¡Eh, pane[L52]! ‑gritó
de pronto a uno de ellos‑. ¿Ha comido usted crêpes? ¡Coma más! ¡Y
beba cerveza! ¿Quiere vodka...? Fíjese: se levanta y saluda. Mire, mire...
Deben de estar hambrientos los pobres diablos. ¡Que coman! Por lo menos, no
arman bulla... Pero temo por los cubiertos de la patrona, que son de plata...
Oiga, Amalia Ivanovna -dijo en voz bastante alta, dirigiéndose a la señora
Lipevechsel‑, sepa usted que si se diera el caso de que desaparecieran
sus cubiertos, yo me lavaría las manos. Se lo advierto.
Y
se echó a reír a carcajadas, mirando a Raskolnikof e indicando a la patrona con
movimientos de cabeza. Parecía muy satisfecha de su ocurrencia.
‑No
se ha enterado, todavía no se ha enterado. Ahí está con la boca abierta.
Mírela: parece una lechuza, una verdadera lechuza adornada con cintas nuevas...
¡Ja, ja, ja!
Esta
risa terminó en un nuevo y terrible acceso de tos que duró varios minutos. Su
pañuelo se manchó de sangre y el sudor cubrió su frente. Mostró en silencio la
sangre a Raskolnikof, y cuando hubo recobrado el aliento, empezó a hablar
nuevamente con gran animación, mientras rojas manchas aparecían en sus pómulos.
‑óigame,
yo le confié la misión delicadísima, sí, verdaderamente delicada, de invitar a
esa señora y a su hija... Ya sabe usted a quién me refiero... Había que
proceder con sumo tacto. Pues bien, ella cumplió el encargo de tal modo, que
esa estúpida extranjera, esa orgullosa criatura, esa mísera provinciana, que,
en su calidad de viuda de un mayor, ha venido a solicitar una pensión y se pasa
el día dando la lata por los despachos oficiales, con un dedo de pintura en
cada mejilla, ¡a los cincuenta y cinco años...!; esa cursi, no sólo no se ha
dignado aceptar mi invitación, sino que ni siquiera ha juzgado necesario
excusarse, como exige la más elemental educación. Tampoco comprendo por qué ha
faltado Piotr Petrovitch... Pero ¿qué le habrá pasado a Sonia? ¿Dónde
estará...? ¡Ah, ya viene...! ¿Qué te ha ocurrido, Sonia? ¿Dónde te has metido?
Debiste arreglar las cosas de modo que pudieras acudir puntualmente a los
funerales de tu padre... Rodion Romanovitch, hágale sitio a su lado...
Siéntate, Sonia, y coge lo que quieras. Te recomiendo esta carne en gelatina.
En seguida traerán los crêpes... ¿Ya están servidos los niños? ¿No te hace
falta nada, Poletchka...? Pórtate bien, Lena; y tú, Kolia, no muevas las
piernas de ese modo. Compórtate como un niño de buena familia... ¿Qué hay,
Sonetchka?
Sonia
se apresuró a transmitirle las excusas de Piotr Petrovitch, levantando la voz
cuanto pudo, a fin de que todos la oyeran, y exagerando las expresiones de
respeto de Lujine. Añadió que Piotr Petrovitch le había dado el encargo de
decirle que vendría a verla tan pronto como le fuera posible para hablar de
negocios, ponerse de acuerdo sobre los pasos que había de dar, etc.
Sonia
sabía que estas palabras tranquilizarían a Catalina Ivanovna y, sobre todo, que
serían un bálsamo para su amor propio. Se había sentado al lado de Raskolnikof
y le había dirigido una mirada rápida y curiosa; pero durante el resto de la
comida evitó mirarle y hablarle.
Al
mismo tiempo que distraída, parecía estar atenta a descubrir el menor deseo en
el semblante de su madrastra. Ninguna de las dos iba de luto, por no tener
vestido negro. Sonia llevaba un trajecito pardo, y Catalina Ivanovna un vestido
de indiana oscuro, a rayas, que era el único que tenía.
Las
excusas de Piotr Petrovitch produjeron excelente impresión. Después de haber
escuchado las palabras de Sonia con grave semblante, Catalina Ivanovna se
informó con la misma dignidad de la salud de Piotr Petrovitch. En seguida dijo
a Raskolnikof, casi en voz alta, que habría sido verdaderamente chocante ver un
hombre tan serio y respetable como Lujine en aquella extraña sociedad, y que se
comprendía que no hubiera acudido, a pesar de los lazos de amistad que le unían
a su familia.
‑He
aquí por qué le agradezco especialmente, Rodion Romanovitch, que no haya
despreciado mi hospitalidad, aunque usted está en condiciones parecidas ‑añadió
en voz lo bastante alta para que todos la oyeran‑. Estoy segura de que
sólo la gran amistad que le unía a mi pobre esposo ha podido inducirle a
mantener su palabra.
Acto
seguido recorrió las caras de todos los invitados con una mirada ceñuda, y de
pronto, de un extremo a otro de la mesa, preguntó al viejo sordo si no quería
más asado y si había bebido oporto. El viejecito no contestó y tardó un buen
rato en comprender lo que le preguntaban, aunque sus vecinos habían empezado a
zarandearlo para reírse a su costa. Él no hacía más que mirar confuso en todas
direcciones, lo que llevaba al colmo la alegría general.
‑¡Qué
estúpido! ‑exclamó Catalina Ivanovna, dirigiéndose a Raskolnikof‑.
¡Fíjese! ¿Por qué le habrán traído? En cuanto a Piotr Petrovitch, siempre he
estado segura de él, y en verdad puede decirse ‑ahora se dirigía a Amalia
Ivanovna y con un gesto tan severo que la patrona se sintió intimidada‑
que no se parece en nada a sus quisquillosas provincianas. Mi padre no las
habría querido ni para cocineras, y si mi difunto esposo les hubiera hecho el
honor de recibirlas, habría sido tan sólo por su excesiva bondad.
‑¡Y
cómo le gustaba beber! ‑exclamó de pronto el antiguo empleado de
intendencia mientras vaciaba su décima copa de vodka‑. ¡Tenía verdadera
debilidad por la bebida!
Catalina
Ivanovna se revolvió al oír estas palabras.
‑Mi
difunto marido tenía ciertamente ese defecto, nadie lo ignora, pero era un
hombre de gran corazón que amaba y respetaba a su familia. Su desgracia fue
que, llevado de su bondad excesiva, alternaba con todo el mundo, y sólo Dios
sabe los desarrapados con que se reuniría para beber. Los individuos con que
trataba valían menos que su dedo meñique. Figúrese usted, Rodion Romanovitch,
que encontraron en su bolsillo un gallito de mazapán. Ni siquiera cuando estaba
embriagado olvidaba a sus hijos.
-¿Un
gaaallito? ‑exclamó el ex empleado de intendencia‑. ¿Ha dicho usted
un ga... gallito?
Catalina
Ivanovna no se dignó contestar. Estaba pensativa. De pronto lanzó un suspiro.
Luego
dijo, dirigiéndose a Raskolnikof:
‑Usted
creerá, sin duda, como cree todo el mundo, que yo era demasiado severa con él.
Pues no. Él me respetaba, me respetaba profundamente. Tenía un hermoso corazón
y yo le compadecía a veces. Cuando, sentado en su rincón, levantaba los ojos
hacia mí, yo me conmovía de tal modo, que sentía la tentación de mostrarme
cariñosa con él. Pero me retenía la idea de que inmediatamente empezaría a
beber de nuevo. Tenía que ser rigurosa, pues éste era el único modo de
frenarlo.
‑Sí
‑dijo el de intendencia, apurando una nueva copa de vodka‑, había
que tirarle de los pelos. Y muchas veces.
‑Hay
imbéciles ‑replicó vivamente Catalina Ivanovna ‑a los que no sólo
habría que tirar del pelo, sino también que echarlos a la calle a escobazos...,
y no me refiero al difunto precisamente.
Sus
mejillas enrojecían cada vez más, la ahogaba la rabia y parecía a punto de
estallar. Algunos invitados reían disimuladamente: al parecer, les divertía la
escena. No faltaban los que incitaban al de intendencia, hablándole en voz
baja: eran los eternos cizañeros.
‑Per...mí...tame
preguntarle a... quién se re...fiere usted ‑dijo el ex empleado‑.
Pero no..., no vale la pena... La cosa no tiene importancia... Una viuda... Una
pobre viuda... La per... perdono... No se hable más del asunto.
Y
se bebió otra copa de vodka.
Raskolnikof
escuchaba todo esto en silencio y con una expresión de disgusto. Sólo comía por
no desairar a Catalina Ivanovna, limitándose a mordisquear los manjares con que
ella le llenaba continuamente el plato. Toda su atención estaba concentrada en
Sonia. Ésta temblaba, dominada por una inquietud creciente, pues presentía que
la comida terminaría mal, y seguía con la vista, aterrada, los progresos de la
exasperación de Catalina Ivanovna. Sabía muy bien que ella misma, Sonia, había
sido la causa principal del insultante desaire con que las dos damas habían
respondido a la invitación de su madrastra. Se había enterado por Amalia
Ivanovna de que la madre incluso se había sentido ofendida y había preguntado a
la patrona: «¿Cree usted que yo puedo sentar a mi hija junto a esa...
señorita?» La joven sospechaba que su madrastra estaba enterada de ello, en
cuyo caso este insulto la mortificaría más que una afrenta dirigida contra ella
misma, contra sus hijos y contra la memoria de su padre. En fin, que Catalina
Ivanovna, ante el terrible ultraje, no descansaría hasta haber dicho a aquellas
provincianas que las dos eran unas..., etc., etc.
Para
colmo de desdichas, uno de los invitados que se sentaba en el otro extremo de
la mesa envió a Sonia un plato donde se veían dos corazones traspasados por una
flecha, modelados con pan de centeno. Catalina Ivanovna, en un súbito arranque
de cólera, manifestó a voz en grito que el autor de semejante broma era
seguramente un asno borracho.
Amalia
Ivanovna, presa también de los peores presentimientos acerca del desenlace de
la comida y, por otra parte, herida profundamente por la aspereza con que la
trataba Catalina Ivanovna, se propuso dar un giro a la atención general y, al
mismo tiempo, hacerse valer a los ojos de todos los presentes. Para ello empezó
a contar de pronto que un amigo suyo, que era farmacéutico y se llamaba Karl,
había tomado una noche un simón cuyo cochero había intentado asesinarle.
‑Y
Karl le suplicó que no le matara, y se echó a llorar con las manos enlazadas.
Tan aterrado estaba, que él también sintió su corazón traspasado.
Aunque
esta historia le hizo sonreír, Catalina Ivanovna dijo que Amalia Ivanovna no
debía contar anécdotas en ruso. La alemana se sintió profundamente ofendida y
respondió que su Vater aus Berlin [L53]fue
un hombre muy importante que paseaba todo el día las manos por los bolsillos.
La
burlona Catalina Ivanovna no pudo contenerse y lanzó tal carcajada, que Amalia
Ivanovna acabó por perder la paciencia y hubo de hacer un gran esfuerzo para no
saltar.
‑¿Ha
oído usted a esa vieja lechuza?‑siguió diciendo en voz baja Catalina
Ivanovna a Raskolnikof‑. Ha querido decir que su padre se paseaba con las
manos en los bolsillos, y todo el mundo habrá creído que se estaba registrando
los bolsillos a todas horas. ¡Ji, ji! ¿Ha observado usted, Rodion Romanovitch,
que, por regla general, los extranjeros establecidos en Petersburgo,
especialmente los alemanes, que llegan de Dios sabe dónde, son bastante menos
inteligentes que nosotros? Dígame usted si no es una necedad contar una historia
como esa del farmacéutico cuyo corazón estaba traspasado de espanto. El muy
mentecato, en vez de echarse sobre el cochero y atarlo, enlaza las manos y
llora y suplica... ¡Ah, qué mujer tan estúpida! Cree que esta historia es
conmovedora y no se da cuenta de su necedad. A mi juicio, ese alcohólico que
fue empleado de intendencia es más inteligente que ella. Cuando menos, se ve en
seguida que está dominado por la bebida y que hasta el último destello de su
lucidez ha naufragado en alcohol... En cambio, todos esos que están tan serios
y callados... Pero fíjese cómo abre los ojos esa mujer. Está enojada... ¡Ja,
ja, ja! Está que trina...
Catalina
Ivanovna, con alegre entusiasmo, habló de otras mil cosas insignificantes, y de
improviso anunció que tan pronto como obtuviera la pensión se retiraría a T.,
su ciudad natal, para abrir un centro de enseñanza que se dedicaría a la
educación de muchachas nobles. Aún no había hablado de este proyecto a
Raskolnikof, y se lo expuso con todo detalle. Como por arte de magia, exhibió
aquel diploma de que Marmeladof había hablado a Raskolnikof cuando le contó en
una taberna que Catalina Ivanovna, al salir del pensionado, había bailado en
presencia del gobernador y de otras personalidades la danza del chal. Podría
creerse que Catalina Ivanovna utilizaba este diploma para demostrar su derecho
a abrir un pensionado, pero su verdadero fin había sido otro: había pensado
utilizarlo para confundir a aquellas provincianas endomingadas en el caso de
que hubieran asistido a la comida de funerales, demostrándoles así que ella
pertenecía a una de las familias más nobles, que era hija de un coronel y, en
fin, que valía mil veces más que todas las advenedizas que en los últimos
tiempos se habían multiplicado de un modo exorbitante.
El
diploma dio la vuelta a la mesa. Los invitados lo pasaban de mano en mano, sin
que Catalina Ivanovna se opusiera a ello, ya que aquel papel la presentaba en
toutes lettres como hija de un consejero de la corte, de un caballero, lo que
la autorizaba a considerarse hija de un coronel. Después, la viuda, inflamada
de entusiasmo, empezó a hablar de la existencia tranquila y feliz que pensaba
llevar en T. Incluso se refirió a los profesores que llamaría para instruir a
sus alumnas, citando al señor Mangot, viejo y respetable francés que le había
enseñado a ella este idioma. Entonces estaba pasando los últimos años de su
vida en T. y no vacilaría en ingresar como profesor de su pensionado por un
módico sueldo. Finalmente, anunció que Sonia la acompañaría y la ayudaría a
dirigir el centro de enseñanza, lo cual produjo una risa ahogada en un extremo
de la mesa.
Catalina
Ivanovna fingió no haberla oído, pero, levantando de pronto la voz, empezó a
enumerar las cualidades incontables que permitirían a Sonia Simonovna secundarla
en su empresa. Ensalzó su dulzura, su paciencia, su abnegación, su nobleza de
alma, su vasta cultura; dicho lo cual, le dio un golpecito cariñoso en la
mejilla y se levantó para besarla, cosa que hizo dos veces. Sonia enrojeció y
Catalina Ivanovna, hecha un mar de lágrimas, dijo de pronto que era una tonta
que se dejaba impresionar demasiado por los acontecimientos y que, ya que la
comida había terminado, iba a servir el té.
Entonces
Amalia Ivanovna, molesta por el hecho de no haber podido pronunciar una sola
palabra en la conversación precedente, y también al ver que nadie le prestaba
atención, decidió arriesgarse nuevamente y, aunque dominada por cierta
inquietud, hizo a Catalina Ivanovna la sabia observación de que debería prestar
atención especialísima a la ropa interior de las alumnas (die Wasche) y de
contratar una mujer para que se cuidara exclusivamente de ello (die Dame), y,
en fin, que sería una medida prudente vigilar a las muchachas, de modo que no
pudieran leer novelas por las noches. Catalina Ivanovna, que se hallaba bajo
los efectos estimulantes de la animada ceremonia, le respondió ásperamente que
sus observaciones eran desatinadas y que no entendía nada, que el cuidado de la
Wasche incumbía al ama de llaves y no a la directora de un pensionado de
muchachas nobles. En cuanto a la observación relacionada con la lectura de
novelas, le parecía simplemente una inconveniencia. Todo esto equivalía a
decirle que se callase.
De
pronto, Amalia Ivanovna enrojeció y replicó agriamente que ella siempre había
dado muestras de las mejores intenciones y que hacía ya bastante tiempo que no
recibía Geld [L54]por
el alquiler de la habitación de Catalina Ivanovna. Ésta le replicó que mentía
al hablar de buenas intenciones, pues el mismo día anterior, cuando el difunto
estaba todavía en el aposento, se había presentado para reclamarle con malos
modos el dinero del alquiler. Entonces la patrona dijo que había invitado a las
dos damas y que éstas no habían aceptado porque era nobles y no podían ir a
casa de una mujer que no era noble. A lo cual repuso Catalina Ivanovna que,
como ella no era nada, no estaba capacitada para juzgar a la verdadera nobleza.
Amalia Ivanovna no pudo soportar esta insolencia y declaró que su Vater aus
Berlin era un hombre muy importante que siempre iba con las manos en los
bolsillos y haciendo « ¡puaf, puaf! » Y para dar una idea más exacta de cómo
era el tal Vater, la señora Lipevechsel se levantó, introdujo las dos manos en
sus bolsillos, hinchó los carrillos y empezó a imitar el « ¡puaf, puaf! »
paterno, en medio de las risas de todos los inquilinos, cuya intención era
alentarla, con la esperanza de asistir a una batalla entre las dos mujeres.
Catalina
Ivanovna, incapaz de seguir conteniéndose, declaró a voz en grito que
seguramente Amalia Ivanovna no había tenido nunca Vater, que era una vulgar
finesa de Petersburgo, una borracha que había sido cocinera o algo peor.
La
señora Lipevechsel se puso tan roja como un pimiento y replicó a grandes voces
que era Catalina Ivanovna la que no había tenido Vater, pero que ella tenía un
Vater aus Berlin que llevaba largos redingotes y siempre iba haciendo « ¡puaf,
puaf! »
Catalina
Ivanovna respondió desdeñosamente que todo el mundo conocía su propio origen y
que en su diploma se decía con caracteres de imprenta que era hija de un
coronel, mientras que el padre de Amalia Ivanovna, en el caso de que existiera,
debía de ser un lechero finés; pero que era más que probable que ella no
tuviera padre, ya que nadie sabía aún cuál era su patronímico, es decir, si se
llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludwigovna.
Al
oír estas palabras, la patrona, fuera de sí, empezó a golpear con el puño la
mesa mientras decía a grandes gritos que ella era Ivanovna y no Ludwigovna, que
su Vater se llamaba Johann y era bailío, cosa que no había sido jamás el Vater
de Catalina Ivanovna.
Ésta
se levantó en el acto y, con una voz cuya calma contrastaba con la palidez de
su semblante y la agitación de su pecho, dijo a Amalia Ivanovna que si osaba
volver a comparar, aunque sólo fuera una vez, a su miserable Vater con su
padre, le arrancaría el gorro y se lo pisotearía.
Al
oír esto, Amalia Ivanovna empezó a ir y venir precipitadamente por la
habitación, gritando con todas sus fuerzas que ella era la dueña de la casa y
que Catalina Ivanovna debía marcharse inmediatamente.
Acto
seguido se arrojó sobre la mesa y empezó a recoger sus cubiertos de plata.
A
esto siguió una confusión y un alboroto indescriptibles. Los niños se echaron a
llorar. Sonia se abalanzó sobre su madrastra para intentar retenerla, pero
cuando Amalia Ivanovna aludió a la tarjeta amarilla[L55],
la viuda rechazó a la muchacha y se fue derecha a la patrona con la intención
de poner en práctica su amenaza.
En
este momento se abrió la puerta y apareció en el umbral Piotr Petrovitch Lujine,
que paseó una mirada atenta y severa por toda la concurrencia.
Catalina
Ivanovna corrió hacia él.
III
Piotr Petrovitch ‑exclamó Catalina Ivanovna‑,
protéjame. Haga comprender a esta mujer estúpida que no tiene derecho a
insultar a una noble dama abatida por el infortunio, y que hay tribunales para
estos casos... Me quejaré ante el gobernador general en persona y ella tendrá
que responder de sus injurias... En memoria de la hospitalidad que recibió
usted de mi padre, defienda a estos pobres huérfanos.
‑Permítame,
señora, permítame ‑respondió Piotr Petrovitch, tratando de apartarla‑.
Yo no he tenido jamás el honor, y usted lo sabe muy bien, de tratar a su padre.
Perdone, señora ‑alguien se echó a reír estrepitosamente‑, pero no
tengo la menor intención de mezclarme en sus continuas disputas con Amalia
Ivanovna... Vengo aquí para un asunto personal. Deseo hablar inmediatamente con
su hijastra Sonia Simonovna. Se llama así, ¿no es cierto? Permítame...
Y
Piotr Petrovitch, pasando por el lado de Catalina Ivanovna, se dirigió al
extremo opuesto de la habitación, donde estaba Sonia.
Catalina
Ivanovna quedó clavada en el sitio, como fulminada. No comprendía por qué Piotr
Petrovitch negaba que había sido huésped de su padre. Esta hospitalidad creada
por su fantasía había llegado a ser para ella un artículo de fe. Por otra
parte, le sorprendía el tono seco, altivo y casi desdeñoso con que le había
hablado Lujine.
Ante
la aparición de Piotr Petrovitch se había ido restableciendo el silencio poco a
poco. Aun dejando aparte que la gravedad y la corrección de aquel hombre de
negocios contrastaba con el aspecto desaliñado de los inquilinos de la señora
Lipevechsel, todos ellos comprendían que sólo un motivo de excepcional
importancia podía justificar la presencia de Lujine en aquel lugar y, en
consecuencia, esperaban un golpe teatral.
Raskolnikof,
que estaba al lado de Sonia, se apartó para dejar el paso libre a Piotr
Petrovitch, el cual, al parecer, no advirtió su presencia.
Transcurrido
un instante, apareció Lebeziatnikof, pero no entró en la habitación, sino que
se quedó en el umbral. En su semblante se mezclaban la curiosidad y la
sorpresa, y prestó atención a lo que allí se decía, demostrando un vivo
interés, pero con el gesto del que nada comprende.
‑Perdónenme
que les interrumpa ‑dijo Piotr Petrovitch sin dirigirse a nadie
particularmente‑, pero me he visto obligado a venir por un asunto de gran
importancia. Además, celebro poder hablar ante testigos. Amalia Ivanovna, le
ruego que, en su calidad de propietaria de la casa, preste atención al diálogo
que voy a mantener con Sonia Simonovna.
Y
volviéndose hacia la joven, que daba muestras de profunda sorpresa y estaba
atemorizada, continuó:
‑Sonia
Simonovna, inmediatamente después de su visita he advertido la desaparición de
un billete de Banco de cien rublos que estaba sobre una mesa en la habitación
de mi amigo Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Si usted sabe dónde está ese
billete y me lo dice, le doy palabra de honor, en presencia de todos estos
testigos, de que el asunto no pasará adelante. En el caso contrario, me veré
obligado a tomar medidas más serias, y entonces no tendrá derecho a quejarse
sino de usted misma.
Un
gran silencio siguió a estas palabras. Incluso los niños dejaron de llorar.
Sonia,
pálida como una muerta, miraba a Lujine sin poder pronunciar palabra. Daba la
impresión de no haber comprendido. Transcurrieron unos segundos.
‑Bueno,
decídase ‑le dijo Piotr Petrovitch, mirándola fijamente.
‑Yo
no sé..., yo no sé nada -repuso Sonia con voz débil.
‑¿De
modo que no sabe usted nada?
Dicho
esto, Lujine dejó pasar varios segundos más. Luego continuó, en tono severo:
‑Piénselo
bien, señorita. Le doy tiempo para que reflexione. Comprenda que si no
estuviera completamente seguro de lo que digo, me guardaría mucho de acusarla
tan formalmente como lo estoy haciendo. Tengo demasiada experiencia para
exponerme a un proceso por difamación... Esta mañana he negociado varios
títulos por un valor nominal de unos tres mil rublos. La suma exacta consta en
mi cuaderno de notas. Al regresar a mi casa he contado el dinero: Andrés
Simonovitch es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos,
los he puesto en una cartera que me he guardado en el bolsillo. Sobre la mesa
han quedado alrededor de quinientos rublos, entre los que había tres billetes
de cien. Entonces ha llegado usted, llamada por mí, y durante todo el tiempo
que ha durado su visita ha dado usted muestras de una agitación extraordinaria,
hasta el extremo de que se ha levantado tres veces, en su prisa por marcharse,
aunque nuestra conversación no había terminado. Andrés Simonovitch es testigo
de que todo cuanto acabo de decir es exacto. Creo que no lo negará usted,
señorita. La he mandado llamar por medio de Andrés Simonovitch con el exclusivo
objeto de hablar con usted sobre la triste situación en que ha quedado su
segunda madre, Catalina Ivanovna (cuya invitación me ha sido imposible
atender), y tratar de la posibilidad de ayudarla mediante una rifa, una
suscripción o algún otro procedimiento semejante... Le doy todos estos
detalles, en primer lugar, para recordarle cómo han ocurrido las cosas, y en
segundo, para que vea usted que lo recuerdo todo perfectamente... Luego he
cogido de la mesa un billete de diez rublos y se lo he entregado, haciendo
constar que era mi aportación personal y el primer socorro para su madrastra...
Todo esto ha ocurrido en presencia de Andrés Simonovitch. Seguidamente la he
acompañado hasta la puerta y he podido ver que estaba tan trastornada como
cuando ha llegado. Cuando usted ha salido, yo he estado conversando durante
unos diez minutos con Andrés Simonovitch. Finalmente, él se ha retirado y yo me
he acercado a la mesa para recoger el resto de mi dinero, contarlo y guardarlo.
Entonces, con profundo asombro, he visto que faltaba uno de los tres billetes.
Comprenda usted, señorita. No puedo sospechar de Andrés Simonovitch. La simple
idea de esta sospecha me parece un disparate. Tampoco es posible que me haya
equivocado en mis cuentas, porque las he verificado momentos antes de llegar usted
y he comprobado su exactitud. Comprenda que la agitación que usted ha
demostrado, su prisa en marcharse, el hecho de que haya tenido usted en todo
momento las manos sobre la mesa, y también, en fin, su situación social y los
hábitos propios de ella, son motivos suficientes para que me vea obligado, muy
a pesar mío y no sin cierto horror, a concebir contra usted sospechas, crueles
sin duda pero legítimas. Quiero añadir y repetir que, por muy convencido que
esté de su culpa, sé que corro cierto riesgo al acusarla. Sin embargo, no
vacilo en hacerlo, y le diré por qué. Lo hago exclusivamente por su ingratitud.
La llamo para hablar de una posible ayuda a su infortunada segunda madre, le
entrego mi óbolo de diez rublos, y he aquí el pago que usted me da. No, esto no
está nada bien. Necesita usted una lección. Reflexione. Le hablo como le
hablaría su mejor amigo, y, en verdad, no puede usted tener en este momento
otro amigo mejor, pues, si no lo fuese, procedería con todo rigor e
inflexibilidad. Bueno, ¿qué dice usted?
‑Yo
no le he quitado nada -murmuró Sonia, aterrada‑. Usted me ha dado diez
rublos. Mírelos. Se los devuelvo.
Sacó
el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo que había en él, sacó el billete de
diez rublos que Lujine le había dado y se lo ofreció.
‑¿Así
‑dijo Piotr Petrovitch en un tono de censura y sin tomar el billete‑,
persiste usted en negar que me ha robado cien rublos?
Sonia
miró en todas direcciones y sólo vio semblantes terribles, burlones, severos o
cargados de odio. Dirigió una mirada a Raskolnikof, que estaba en pie junto a
la pared. El joven tenía los brazos cruzados y fijaba en ella sus ardientes
ojos.
‑¡Dios
mío! ‑gimió Sonia.
‑Amalia
Ivanovna ‑dijo Lujine en un tono dulce, casi acariciador‑, habrá
que llamar a la policía, y le ruego que haga subir al portero para que esté
aquí mientras llegan los agentes.
‑Gott der harmberzige[L56]! ‑dijo
la señora Lipevechsel‑. Ya sabía yo que era una ladrona.
‑¿Conque
lo sabía usted? Entonces no cabe duda de que existen motivos para que usted
haya pensado en ello. Honorable Amalia Ivanovna, le ruego que no olvide las
palabras que acaba de pronunciar, por cierto ante testigos.
En
este momento se alzaron rumores de todas partes. La concurrencia se agitaba.
‑¿Pero
qué dice usted? ‑exclamó de pronto Catalina Ivanovna, saliendo de su
estupor y arrojándose sobre Lujine‑. ¿Se atreve a acusarla de robo? ¡A
ella, a Sonia! ¡Cobarde, canalla!
Se
arrojó sobre Sonia y la rodeó con sus descarnados brazos.
‑¡Sonia!
¿Cómo has podido aceptar diez rublos de este hombre? ¡Qué infeliz eres!
¡Dámelos, dámelos en seguida...! ¡Ahí los tiene!
Catalina
Ivanovna se había apoderado del billete, lo estrujó y se lo tiró a Lujine a la
cara. El papel, hecho una bola, fue a dar contra un ojo de Piotr Petrovitch y
después cayó al suelo. Amalia Ivanovna se apresuró a recogerlo. Lujine se
indignó.
‑¡Cojan
a esta loca!
En
ese momento, varias personas aparecieron en el umbral, al lado de
Lebeziatnikof. Entre ellas estaban las dos provincianas.
‑¿Loca?
¿Loca yo? ‑gritó Catalina Ivanovna‑. ¡Tú sí que eres un imbécil, un
vil agente de negocios, un infame...! ¡Sonia quitarle dinero! ¡Sonia una
ladrona! ¡Antes te lo daría que quitártelo, idiota!
Lanzó
una carcajada histérica y, yendo de inquilino en inquilino y señalando a
Lujine, exclamaba:
‑¿Ha
visto usted un imbécil semejante?
De
pronto vio a Amalia Ivanovna y se detuvo.
‑¡Y
tú también, salchichera, miserable prusiana! ¡Tú también crees que es una
ladrona...! ¿Cómo es posible? ¡Ella ‑dijo a Lujine‑ ha venido de tu
habitación aquí, y de aquí no ha salido, granuja, más que granuja! ¡Todo el
mundo ha visto que se ha sentado a la mesa y no se ha movido! ¡Se ha sentado al
lado de Rodion Romanovitch...! ¡Regístrenla! ¡Como no ha ido a ninguna parte,
si ha cogido el billete ha de llevarlo encima...! Busca, busca... Pero si no
encuentras nada, amigo mío, tendrás que responder de tus injurias... ¡Iré a
quejarme al emperador en persona, al zar misericordioso! Me arrojaré a sus
pies, ¡y hoy mismo! Como soy huérfana, me dejarán entrar. ¿Crees que no me
recibirá? Estás muy equivocado. Llegaré hasta él... Confiabas en la bondad y en
la timidez de Sonia, ¿verdad? Seguro que contabas con eso. Pero yo no soy
tímida y nos las vas a pagar. ¡Busca, regístrala! ¡Hala! ¿Qué esperas?
Catalina
Ivanovna, ciega de rabia, sacudía a Lujine y lo arrastraba hacia Sonia.
‑Lo
haré, correré con esa responsabilidad... Pero cálmese, señora. Ya veo que usted
no teme a nada ni a nadie. Esto..., esto se debía hacer en la comisaría...
Aunque ‑prosiguió Lujine, balbuceando -hay aquí bastantes testigos...
Estoy dispuesto a registrarla... Sin embargo, es una cuestión delicada, a causa
de la diferencia de sexos... Si Amalia Ivanovna quisiera ayudarnos... Desde
luego, no es así como se hacen estas cosas, pero hay casos en que...
‑¡Hágala
registrar por quien quiera! ‑vociferó Catalina Ivanovna‑. Enséñale
los bolsillos... ¡Mira, mira, monstruo! En éste no hay nada más que un pañuelo,
como puedes ver. Ahora el otro. ¡Mira, mira! ¿Lo ves bien?
Y
Catalina Ivanovna, no contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, los volvió
del revés uno tras otro. Pero apenas deshizo los pliegues que se habían formado
en el forro del segundo, el de la derecha, saltó un papelito que, describiendo
en el aire una parábola, cayó a los pies de Lujine. Todos lo vieron y algunos lanzaron
una exclamación. Piotr Petrovitch se inclinó, cogió el papel con los dedos y lo
desplegó: era un billete de cien rublos plegado en ocho dobles. Lujine lo hizo
girar en su mano a fin de que todo el mundo lo viera.
‑¡Ladrona!
¡Fuera de aquí! ¡La policía! ¡La policía! ‑exclamó la señora Lipevechsel‑.
¡Deben mandarla a Siberia! ¡Fuera de aquí!
De
todas partes salían exclamaciones. Raskolnikof no cesaba de mirar en silencio a
Sonia; sólo apartaba los ojos de ella de vez en cuando para fijarlos en Lujine.
Sonia estaba inmóvil, como hipnotizada. Ni siquiera podía sentir asombro. De
pronto le subió una oleada de sangre a la cara, se la cubrió con las manos y
lanzó un grito.
‑¡Yo
no he sido! ¡Yo no he cogido el dinero! ¡Yo no sé nada! ‑exclamó en un
alarido desgarrador y, corriendo hacia Catalina Ivanovna.
Ésta
le abrió el asilo inviolable de sus brazos y la estrechó convulsivamente contra
su corazón.
‑¡Sonia,
Sonia! ¡No te creo; ya ves que no te creo! ‑exclamó Catalina Ivanovna,
rechazando la evidencia.
Y
mecía en sus brazos a Sonia como si fuera una niña, y la estrechaba una y otra
vez contra su pecho, o le cogía las manos y se las cubría de besos apasionados.
‑¿Robar
tú? ¡Qué imbéciles, Señor! ¡Necios, todos sois unos necios! ‑gritó,
dirigiéndose a los presentes‑. ¡No sabéis lo hermoso que es su corazón!
¿Robar ella..., ella? ¡Pero si sería capaz de vender hasta su último trozo de
ropa y quedarse descalza para socorrer a quien lo necesitase! ¡Así es ella! ¡Se
hizo extender la tarjeta amarilla para que mis hijos y yo no muriésemos de
hambre! ¡Se vendió por nosotros! ¡Ah, mi querido difunto, mi pobre difunto!
¿Ves esto, pobre esposo mío? ¡Qué comida de funerales, Señor! ¿Por qué no la
defiendes, Dios mío? ¿Y qué hace usted ahí, Rodion Romanovitch, sin decir nada?
¿Por qué no la defiende usted? ¿Es que también usted la cree culpable? ¡Todos
vosotros juntos valéis menos que su dedo meñique! ¡Señor, Señor! ¿Por qué no la
defiendes?
La
desesperación de la infortunada Catalina Ivanovna produjo profunda y general
emoción. Aquel rostro descarnado de tísica, contraído por el sufrimiento;
aquellos labios resecos, donde la sangre se había coagulado; aquella voz ronca;
aquellos sollozos, tan violentos como los de un niño, y, en fin, aquella
demanda de auxilio, confiada, ingenua y desesperada a la vez, todo esto
expresaba un dolor tan punzante, que era imposible permanecer indiferente ante
él. Por lo menos Piotr Petrovitch dio muestras de compadecerse.
‑Cálmese,
señora, cálmese ‑dijo gravemente‑. Este asunto no le concierne en lo
más mínimo. Nadie piensa acusarla de premeditación ni de complicidad, y menos
habiendo sido usted misma la que ha descubierto el robo al registrarle los
bolsillos. Esto basta para demostrar su inocencia... Me siento inclinado a ser
indulgente ante un acto en que la miseria puede haber sido el móvil que ha
impulsado a Sonia Simonovna. Pero ¿por qué no quiere usted confesar, señorita?
¿Teme usted al deshonor? ¿Ha sido la primera vez? ¿Acaso ha perdido usted la
cabeza? Todo esto es comprensible, muy comprensible... Sin embargo, ya ve usted
a lo que se ha expuesto... Señores ‑continuó, dirigiéndose a la
concurrencia‑, dejándome llevar de un sentimiento de compasión y de
simpatía, por decirlo así, estoy dispuesto todavía a perdonarlo todo, a pesar
de los insultos que se me han dirigido.
Se
volvió de nuevo hacia Sonia y añadió:
‑Pero
que esta humillación que hoy ha sufrido usted, señorita, le sirva de lección
para el futuro. Daré el asunto por terminado y las cosas no pasarán de aquí.
Piotr
Petrovitch miró de reojo a Raskolnikof, y las miradas de ambos se encontraron.
Los ojos del joven llameaban.
Catalina
Ivanovna, como si nada hubiera oído, seguía abrazando y besando a Sonia con
frenesí. También los niños habían rodeado a la joven y la estrechaban con sus
débiles bracitos.
Poletchka,
sin comprender lo que sucedía, sollozaba desgarradoramente, apoyando en el
hombro de Sonia su linda carita, bañada en lágrimas.
‑¡Qué
ruindad! ‑dijo de pronto una voz desde la puerta.
Piotr
Petrovitch se volvió inmediatamente.
‑¡Qué
ruindad! ‑repitió Lebeziatnikof sin apartar de él la vista.
Lujine
se estremeció (todos recordarían este detalle más adelante), y Andrés
Simonovitch entró en la habitación.
‑¿Cómo
ha tenido usted valor para invocar mi testimonio? ‑dijo acercándose a
Lujine.
Piotr
Petrovitch balbuceó:
‑¿Qué
significa esto, Andrés Simonovitch? No sé de qué me habla.
‑Pues
esto significa que usted es un calumniador. ¿Me entiende usted ahora?
Lebeziatnikof
había pronunciado estas palabras con enérgica resolución y mirando duramente a
Lujine con sus miopes ojillos. Estaba furioso. Raskolnikof no apartaba la vista
de la cara de Andrés Simonovitch y le escuchaba con avidez, sin perder ni una
sola de sus palabras.
Hubo
un silencio. Piotr Petrovitch pareció desconcertado, sobre todo en los primeros
momentos.
‑Pero
¿qué le pasa? ‑balbuceó‑. ¿Está usted en su juicio?
‑Sí,
estoy en mi juicio, y usted..., usted es un miserable... ¡Qué villanía! lo he
oído todo, y si no he hablado hasta ahora ha sido para ver si comprendía por
qué ha obrado usted así, pues le confieso que hay cosas que no tienen
explicación para mí... ¿Por qué lo ha hecho usted? No lo comprendo.
‑Pero
¿qué he hecho yo? ¿Quiere dejar de hablar en jeroglífico? ¿Es que ha bebido más
de la cuenta?
‑Usted, hombre vil, sí
que es posible que se emborrache. Pero yo no bebo jamás ni una gota de vodka,
porque mis principios me lo vedan... Sepan ustedes que ha sido él, él mismo, el
que ha transmitido con sus propias manos el billete de cien rublos a Sonia
Simonovna. Yo lo he visto, yo he sido testigo de este acto. Y estoy dispuesto a
declarar bajo juramento. ¡El mismo, él mismo! ‑repitió Lebeziatnikof,
dirigiéndose a todos.
‑¿Está
usted loco? ‑exclamó Lujine‑. La misma interesada, aquí
presente, acaba de afirmar ante testigos que sólo ha recibido de mi un billete
de diez rublos. ¿Cómo puede usted decir que le he dado el otro billete?
‑¡Lo
he visto, lo he visto! ‑repitió Lebeziatnikof‑. Y, aunque ello sea
contrario a mis principios, estoy dispuesto a afirmarlo bajo juramento ante la
justicia. Yo he visto cómo le introducía usted disimuladamente ese dinero en el
bolsillo. En mi candidez, he creído que lo hacía usted por caridad. En el
momento en que usted le decía adiós en la puerta, mientras le tendía la mano
derecha, ha deslizado con la izquierda en su bolsillo un papel. ¡Lo he visto,
lo he visto!
Lujine
palideció.
‑¡Eso
es pura invención! ‑exclamó, en un arranque de insolencia‑. Usted
estaba entonces junto a la ventana. ¿Cómo es posible que desde tan lejos viera
el papel? Su miopía le ha hecho ver visiones. Ha sido una alucinación y nada
más.
‑No,
no he sufrido ninguna alucinación. A pesar de la distancia, me he dado perfecta
cuenta de todo. En efecto, desde la ventana no he podido ver qué clase de papel
era: en esto tiene usted razón. Sin embargo, cierto detalle me ha hecho
comprender que el papelito era un billete de cien rublos, pues he visto
claramente que, al mismo tiempo que entregaba a Sonia Simonovna el billete de
diez rublos, cogía usted de la mesa otro de cien... Esto lo he visto perfectamente,
porque entonces e hallaba muy cerca de usted, y recuerdo bien este detalle
porque me ha sugerido cierta idea. Usted ha doblado el billete de cien rublos y
lo ha mantenido en el hueco de la mano. Después he dejado de pensar en ello,
pero cuando usted se ha levantado ha hecho pasar el billete de la mano derecha
a la izquierda, con lo que ha estado a punto de caérsele. Entonces me he vuelto
a fijar en él, pues de nuevo he tenido la idea de que usted quería socorrer a
Sonia Simonovna sin que yo me enterase. Ya puede usted suponer la gran atención
con que desde ese instante he seguido hasta sus menores movimientos. Así he
podido ver cómo le ha deslizado usted el billete en el bolsillo. ¡Lo he visto,
lo he visto, y estoy dispuesto a afirmarlo bajo juramento!
Lebeziatnikof
estaba rojo de indignación. Las exclamaciones más diversas surgieron de todos
los rincones de la estancia. La mayoría de ellas eran de asombro, pero algunas
fueron proferidas en un tono de amenaza. Los concurrentes se acercaron a Piotr
Petrovitch y formaron un estrecho círculo en torno de él. Catalina Ivanovna se
arrojó sobre Lebeziatnikof.
‑¡Andrés
Simonovitch, qué mal le conocía a usted! ¡Defiéndala! Es huérfana. Dios nos lo
ha enviado, Andrés Simonovitch, mi querido amigo.
Y
Catalina Ivanovna, en un arrebato casi inconsciente, se arrojó a los pies del
joven.
‑¡Está
loco! ‑exclamó Lujine, ciego de rabia‑. Todo son invenciones
suyas... ¡Que si se había olvidado y luego se ha vuelto a acordar...! ¿Qué
significa esto? Según usted, yo he puesto intencionadamente estos cien rublos
en el bolsillo de esta señorita. Pero ¿por qué? ¿Con qué objeto?
‑Esto
es lo que no comprendo. Pero le aseguro que he dicho la verdad. Tan cierto
estoy de no equivocarme, miserable criminal, que en el momento en que le
estrechaba la mano felicitándole, recuerdo que me preguntaba con qué fin habría
regalado usted ese billete a hurtadillas, o, dicho de otro modo, por qué se
ocultaba para hacerlo. Misterio. Me he dicho que tal vez quería usted ocultarme
su buena acción al saber que soy enemigo por principio de la caridad privada, a
la que considero como un paliativo inútil. He deducido, pues, que no quería
usted que se supiera que entregaba a Sonia Simonovna una cantidad tan
importante, y, además, que deseaba dar una sorpresa a la beneficiada... Todos
sabemos que hay personas que se complacen en ocultar las buenas acciones...
También me he dicho que tal vez quería usted poner a prueba a la muchacha, ver
si volvía para darle las gracias cuando encontrara el dinero en su bolsillo. O,
por el contrario, que deseaba usted eludir su gratitud, según el principio de
que la mano derecha debe ignorar..., y otras mil suposiciones parecidas. Sólo
Dios sabe las conjeturas que han pasado por mi cabeza... Decidí reflexionar más
tarde a mis anchas sobre el asunto, pues no quería cometer la indelicadeza de
dejarle entrever que conocía su secreto. De pronto me ha asaltado un temor: al
no conocer su acto de generosidad, Sonia Simonovna podía perder el dinero sin
darse cuenta. Por eso he tomado la determinación de venir a decirle que usted
había depositado un billete de cien rublos en su bolsillo. Pero, al pasar, me
he detenido en la habitación de las señoras Kobiliatnikof a fin de entregarles
la «Ojeada general sobre el método positivo» y recomendarles especialmente el
artículo de Piderit[L57], y
también el de Wagner[L58].
Finalmente, he llegado aquí y he podido presenciar el escándalo. Y dígame: ¿se
me habría ocurrido pensar en todo esto, me habría hecho todas estas reflexiones
si no le hubiera visto introducir el billete de cien rublos en el bolsillo de
Sonia Simonovna?
Andrés
Simonovitch terminó este largo discurso, coronado con una conclusión tan
lógica, en un estado de extrema fatiga. El sudor corría por su frente. Por
desgracia para él, le costaba gran trabajo expresarse en ruso, aunque no
conocía otro idioma. Su esfuerzo oratorio le había agotado. Incluso parecía
haber perdido peso. Sin embargo, su alegato verbal había producido un efecto
extraordinario. Lo había pronunciado con tanto calor y convicción, que todos
los oyentes le creyeron. Piotr Petrovitch advirtió que las cosas no le iban
bien.
‑¿Qué
me importan a mí las estúpidas preguntas que hayan podido atormentarle? ‑exclamó‑.
Eso no constituye ninguna prueba. Todo lo que usted ha pensado puede ser obra
de su imaginación. Y yo, señor, puedo decirle que miente usted. Usted miente y
me calumnia llevado de un deseo de venganza personal. Usted no me perdona que
haya rechazado el impío radicalismo de sus teorías sociales.
Pero
este falso argumento, lejos de favorecerle, provocó una oleada de murmullos en
contra de él.
‑¡Eso
es una mala excusa! ‑exclamó Lebeziatnikof‑. Te digo en la cara que
mientes. Llama a la policía y declararé bajo juramento. Un solo punto ha
quedado en la oscuridad para mí: el motivo que lo ha impulsado a cometer una
acción tan villana. ¡Miserable! ¡Cobarde!
‑Yo
puedo explicar su conducta y, si es preciso, también prestaré juramento ‑dijo
Raskolnikof con voz firme y destacándose del grupo.
Estaba
sereno y seguro de si mismo. Todos se dieron cuenta desde el primer momento de
que conocía la clave del enigma y de que el asunto se acercaba a su fin.
‑Ahora
todo lo veo claro ‑dijo dirigiéndose a Lebeziatnikof‑. Desde el
principio del incidente me he olido que había en todo esto alguna innoble
intriga. Esta sospecha se fundaba en ciertas circunstancias que sólo yo conozco
y que ahora mismo voy a revelar a ustedes. En ellas está la clave del asunto.
Gracias a su detallada exposición, Andrés Simonovitch, se ha hecho la luz en mi
mente. Ruego a todo el mundo que preste atención. Este señor ‑señalaba a
Lujine pidió en fecha reciente la mano de una joven, hermana mía, cuyo nombre
es Avdotia Romanovna Raskolnikof; pero¿ cuando llegó a Petersburgo, hace poco,
y tuvimos nuestra primera entrevista, discutimos, y de tal modo, que acabé por
echarle de mi casa, escena que tuvo dos testigos, los cuales pueden confirmar
mis palabras. Este hombre es todo maldad. Yo no sabía que se hospedaba en su
casa, Andrés Simonovitch. Así se comprende que pudiera ver anteayer, es decir,
el mismo día de nuestra disputa, que yo, como amigo del difunto, entregaba
dinero a la viuda para que pudiera atender a los gastos del entierro. El señor
Lujine escribió en seguida una carta a mi madre, en que le decía que yo había entregado
dinero no a Catalina Ivanovna, sino a Sonia Simonovna. Además, hablaba de esta
joven en términos en extremo insultantes, dejando entrever que yo mantenía
relaciones íntimas con ella. Su finalidad, como ustedes pueden comprender, era
indisponerme con mi madre y con mi hermana, haciéndoles creer que yo
despilfarraba ignominiosamente el dinero que ellas se sacrificaban en enviarme.
Ayer por la noche, en presencia de mi madre, de mi hermana y de él mismo,
expuse la verdad de los hechos, que este hombre había falseado. Dije que había
entregado el dinero a Catalina Ivanovna, a la que entonces no conocía aún, y
añadí que Piotr Petrovitch Lujine, con todos sus méritos, valía menos que el
dedo meñique de Sonia Simonovna, de la que hablaba tan mal. Él me preguntó
entonces si yo sería capaz de sentar a Sonia Simonovna al lado de mi hermana, y
yo le respondí que ya lo había hecho aquel mismo día. Furioso al ver que mi
madre y mi hermana no reñían conmigo fundándose en sus calumnias, llegó al
extremo de insultarlas groseramente. Se produjo la ruptura definitiva y lo
pusimos en la puerta. Todo esto ocurrió anoche. Ahora les ruego a ustedes que
me presten la mayor atención. Si el señor Lujine hubiera conseguido presentar
como culpable a Sonia Simonovna, habría demostrado a mi familia que sus
sospechas eran fundadas y que tenía razón para sentirse ofendido por el hecho
de que permitiera a esta joven alternar con mi hermana, y, en fin, que,
atacándome a mí, defendía el honor de su prometida. En una palabra, esto suponía
para él un nuevo medio de indisponerme con mi familia, mientras él
reconquistaba su estimación. Al mismo tiempo, se vengaba de mí, pues tenía
motivos para pensar que la tranquilidad de espíritu y el honor de Sonia
Simonovna me afectaban íntimamente. Así pensaba él, y esto es lo que yo he
deducido. Tal es la explicación de su conducta: no es posible hallar otra.
Así,
poco más o menos, terminó Raskolnikof su discurso, que fue interrumpido
frecuentemente por las exclamaciones de la atenta concurrencia. Hasta el final
su acento fue firme, sereno y seguro. Su tajante voz, la convicción con que
hablaba y la severidad de su rostro impresionaron profundamente al auditorio.
‑Sí,
sí, eso es; no cabe duda de que es eso ‑se apresuró a decir
Lebeziatnikof, entusiasmado‑. Prueba de ello es que, cuando Sonia
Simonovna ha entrado en la habitación, él me ha preguntado si estaba usted
aquí, si yo le había visto entre los invitados de Catalina Ivanovna. Esta
pregunta me la ha hecho en voz baja y después de llevarme junto a la ventana. 0
sea que deseaba que usted fuera testigo de todo esto. Sí, sí; no cabe duda de
que es eso.
Lujine
guardaba silencio y sonreía desdeñosamente. Pero estaba pálido como un muerto.
Evidentemente, buscaba el modo de salir del atolladero. De buena gana se habría
marchado, pero esto no era posible por el momento. Marcharse así habría
representado admitir las acusaciones que pesaban sobre él y reconocer que había
calumniado a Sonia Simonovna.
Por
otra parte, los asistentes se mostraban sumamente excitados por las excesivas
libaciones. El de intendencia, aunque era incapaz de forjarse una idea clara de
lo sucedido, era el que más gritaba, y proponía las medidas más desagradables
para Lujine.
La
habitación estaba llena de personas embriagadas, pero también habían acudido
huéspedes de otros aposentos, atraídos por el escándalo. Los tres polacos
estaban indignadísimos y no cesaban de proferir en su lengua insultos contra
Piotr Petrovitch, al que llamaban, entre otras cosas, pane ladak[L59].
Sonia
escuchaba con gran atención, pero no parecía acabar de comprender lo que
pasaba: su estado era semejante al de una persona que acaba de salir de un
desvanecimiento. No apartaba los ojos de Raskolnikof, comprendiendo que sólo él
podía protegerla. La respiración de Catalina Ivanovna era silbante y penosa.
Estaba completamente agotada. Pero era Amalia Ivanovna la que tenía un aspecto
más grotesco, con su boca abierta y su cara de pasmo. Era evidente que no
comprendía lo que estaba ocurriendo. Lo único que sabía era que Piotr Petrovitch
se hallaba en una situación comprometida.
Raskolnikof
intentó volver a hablar, pero en seguida renunció a ello al ver que los
inquilinos se precipitaban sobre Lujine y, formando en torno de él un círculo
compacto, le dirigían toda clase de insultos y amenazas. Pero Lujine no se
amilanó. Comprendiendo que había perdido definitivamente la partida, recurrió a
la insolencia.
‑Permítanme,
señores, permítanme. No se pongan así. Déjenme pasar ‑dijo mientras se
abría paso‑. No se molesten ustedes en intentar amedrentarme con sus
amenazas. Tengan la seguridad de que no adelantarán nada, pues no soy de los
que se asustan fácilmente. Por el contrario, les advierto que tendrán que
responder de la cooperación que han prestado a un acto delictivo. La culpabilidad
de la ladrona está más que probada, y presentaré la oportuna denuncia. Los
jueces no están ciegos... ni bebidos. Por eso rechazarán el testimonio de dos
impíos, de dos revolucionarios que me calumnian por una cuestión de venganza
personal, como ellos mismos han tenido la candidez de reconocer. Permítanme,
señores.
‑No
podría soportar ni un minuto más su presencia en mi habitación ‑le dijo
Andrés Simonovitch‑. Haga el favor de marcharse. No quiero ningún trato
con usted. ¡Cuando pienso que he estado dos semanas gastando saliva para
exponerle...!
‑Andrés
Simonovitch, recuerde que hace un rato le he dicho que me marchaba y usted
trataba de retenerme. Ahora me limitaré a decirle que es usted un tonto de
remate y que le deseo se cure de la cabeza y de los ojos. Permítanme,
señores...
Y
consiguió terminar de abrirse paso. Pero el de intendencia no quiso dejarle
salir de aquel modo. Considerando que los insultos eran un castigo insuficiente
para él, cogió un vaso de la mesa y se lo arrojó con todas sus fuerzas. Desgraciadamente,
el proyectil fue a estrellarse contra Amalia Ivanovna, que empezó a proferir
grandes alaridos, mientras el de intendencia, que había perdido el equilibrio
al tomar impulso para el lanzamiento, caía pesadamente sobre la mesa.
Piotr
Petrovitch logró llegar a su aposento, y, una hora después, había salido de la
casa.
Antes
de esta aventura, Sonia, tímida por naturaleza, se sentía más vulnerable que
las demás mujeres, ya que cualquiera tenía derecho a ultrajarla. Sin embargo,
había creído hasta entonces que podría contrarrestar la malevolencia a fuerza
de discreción, dulzura y humildad. Pero esta ilusión se había desvanecido y su
decepción fue muy amarga. Era capaz de soportarlo todo con paciencia y sin
lamentarse, y el golpe que acababa de recibir no estaba por encima de sus
fuerzas, pero en el primer momento le pareció demasiado duro. A pesar del
triunfo de su inocencia en el asunto del billete, transcurridos los primeros
instantes de terror, y al poder darse cuenta de las cosas, sintió que su corazón
se oprimía dolorosamente ante la idea de su abandono y de su aislamiento en la
vida. Sufrió una crisis nerviosa y, sin poder contenerse, salió de la
habitación y corrió a su casa. Esta huida casi coincidió con la salida de
Lujine.
Amalia
Ivanovna, cuando recibió el proyectil destinado a Piotr Petrovitch en medio de
las carcajadas de los invitados, montó en cólera y su indignación se dirigió
contra Catalina Ivanovna, sobre la que se arrojó vociferando como si la hiciera
responsable de todo lo ocurrido.
‑¡Fuera
de aquí en seguida! ¡Fuera!
Y,
al mismo tiempo que gritaba, cogía todos los objetos de la inquilina que
encontraba al alcance de la mano y los arrojaba al suelo. La pobre viuda, que
se había tenido que echar en la cama, exhausta y rendida por el sufrimiento,
saltó del lecho y se arrojó sobre la patrona. Pero las fuerzas eran tan
desiguales, que Amalia Ivanovna la rechazó tan fácilmente como si luchara con
una pluma.
‑¡Es
el colmo! ¡No contenta con calumniar a Sonia, ahora la toma conmigo! ¡Me echa a
la calle el mismo día de los funerales de mi marido! ¡Después de haber recibido
mi hospitalidad, me pone en medio del arroyo con mis pobres huérfanos! ¿Adónde
iré?
Y
la pobre mujer sollozaba, en el límite de sus fuerzas. De pronto sus ojos
llamearon y gritó desesperadamente:
‑¡Señor!
¿Es posible que no exista la justicia aquí abajo? ¿A quién defenderás si no nos
defiendes a nosotros...? En fin, ya veremos. En la tierra hay jueces y
tribunales. Presentaré una denuncia. Prepárate, desalmada... Poletchka, no
dejes a los niños. Volveré en seguida. Si es preciso, esperadme en la calle.
¡Ahora veremos si hay justicia en este mundo!
Catalina
Ivanovna se envolvió la cabeza en aquel trozo de paño verde de que había
hablado Marmeladof, atravesó la multitud de inquilinos embriagados que se
hacinaban en la estancia y, gimiendo y bañada en lágrimas, salió a la calle.
Estaba resuelta a que le hicieran justicia en el acto y costara lo que costase.
Poletchka, aterrada, se refugió con los niños en un rincón, junto al baúl.
Rodeó con sus brazos a sus hermanitos y así esperó la vuelta de su madre.
Amalia Ivanovna iba y venía por la habitación como una furia, rugiendo de
rabia, lamentándose y arrojando al suelo todo lo que caía en sus manos.
Entre
los inquilinos reinaba gran confusión: unos comentaban a grandes voces lo
ocurrido, otros discutían y se insultaban y algunos seguían entonando
canciones.
«Ha
llegado el momento de marcharse ‑pensó Raskolnikof‑. Vamos a ver
qué dice ahora Sonia Simonovna.»
Y
se dirigió a casa de Sonia.
IV
Aunque
llevaba su propia carga de miserias y horrores en el corazón, Raskolnikof había
defendido valientemente y con destreza la causa de Sonia ante Lujine. Dejando
aparte el interés que sentía por la muchacha y que le impulsaba a defenderla,
había sufrido tanto aquella mañana, que había acogido con verdadera alegría la
ocasión de ahuyentar aquellos pensamientos que habían llegado a serle
insoportables.
Por
otra parte, la idea de su inmediata entrevista con Sonia le preocupaba y le
colmaba de una ansiedad creciente. Tenía que confesarle que había matado a
Lisbeth. Presintiendo la tortura que esta declaración supondría para él,
trataba de apartarla de su pensamiento. Cuando se había dicho, al salir de casa
de Catalina Ivanovna: « Vamos a ver qué dice ahora Sonia Simonovna», se hallaba
todavía bajo los efectos del ardoroso y retador entusiasmo que le había
producido su victoria sobre Lujine. Pero ‑‑cosa singular‑
cuando llegó al departamento de Kapernaumof, esta entereza de ánimo le abandonó
de súbito y se sintió débil y atemorizado. Vacilando, se detuvo ante la puerta
y se preguntó:
«¿Es
necesario que revele que maté a Lisbeth?»
Lo
extraño era que, al mismo tiempo que se hacía esta pregunta, estaba convencido
de que le era imposible no sólo eludir semejante confesión, sino retrasarla un
solo instante. No podía explicarse la razón de ello, pero sentía que era así y
sufría horriblemente al darse cuenta de que no tenía fuerzas para luchar contra
esta necesidad.
Para
evitar que su tormento se prolongara se apresuró a abrir la puerta. Pero no
franqueó el umbral sin antes observar a Sonia. Estaba sentada ante su mesita,
con los codos apoyados en ella y la cara en las manos. Cuando vio a
Raskolnikof, se levantó en el acto y fue hacia él como si lo estuviese esperando.
‑¿Qué
habría sido de mí sin usted? ‑le dijo con vehemencia, al encontrarse con
él en medio de la habitación.
Al
parecer, sólo pensaba en el servicio que le había prestado, y ansiaba
agradecérselo. Luego adoptó una actitud de espera. Raskolnikof se acercó a la
mesa y se sentó en la silla que ella acababa de dejar. Sonia permaneció en pie
a dos pasos de él, exactamente como el día anterior.
‑Bueno,
Sonia ‑dijo Raskolnikof, y notó de pronto que la voz le temblaba‑;
ya se habrá dado usted cuenta de que la acusación se basaba en su situación y
en los hábitos ligados a ella.
El
rostro de Sonia tuvo una expresión de sufrimiento.
‑Le
ruego que no me hable como ayer. No, se lo suplico. Ya he sufrido bastante.
Y
se apresuró a sonreír, por temor a que este reproche hubiera herido a
Raskolnikof.
‑He
salido corriendo como una loca. ¿Qué ha pasado después? He estado a punto de
volver, pero luego he pensado que usted vendría y...
Raskolnikof
le explicó que Amalia Ivanovna había despedido a su familia y que Catalina Ivanovna
se había marchado en busca de justicia no sabía adónde.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Sonia‑. ¡Vamos, vamos en seguida!
Y
cogió apresuradamente el pañuelo de la cabeza.
‑¡Siempre
lo mismo! ‑exclamó Raskolnikof, indignado‑. No piensa usted más que
en ellos. Quédese un momento conmigo.
‑Pero
Catalina Ivanovna...
‑Catalina
Ivanovna no la olvidará: puede estar segura ‑dijo Raskolnikof, molesto‑.
Como ha salido, vendrá aquí, y si no la encuentra, se arrepentirá usted de
haberse marchado.
Sonia
se sentó, presa de una perplejidad llena de inquietud. Raskolnikof guardó
silencio, con la mirada fija en el suelo. Parecía reflexionar.
‑Tal
vez Lujine no tenía hoy intención de hacerla detener, porque no le interesaba.
Pero si la hubiese tenido y ni Lebeziatnikof ni yo hubiéramos estado allí,
usted estaría ahora en la cárcel, ¿no es así?
‑Sí
‑respondió Sonia con voz débil y sin poder prestar demasiada atención a
lo que Raskolnikof le decía, tal era la ansiedad que la dominaba.
‑Pues
bien, habría sido muy fácil que yo no estuviera allí, y en cuanto a
Lebeziatnikof, ha sido una casualidad que fuese.
Sonia
no contestó.
‑Y
si la hubieran metido en la cárcel, ¿qué habría pasado? ¿Se acuerda de lo que
le dije ayer?
Ella
seguía guardando silencio. El esperó unos segundos. Después siguió diciendo,
con una risa un tanto forzada:
‑Creía
que me iba usted a repetir que no le hablara de estas cosas... ¿Qué? ‑preguntó
tras una breve pausa‑. ¿Insiste usted en no abrir la boca? Sin embargo,
necesitamos un tema de conversación. Por ejemplo, me gustaría saber cómo
resolvería cierta cuestión..., como diría Lebeziatnikof ‑añadió, notando
que empezaba a perder la sangre fría‑. No, no hablo en broma. Supongamos,
Sonia, que usted conoce por anticipado todos los proyectos de Lujine y sabe que
estos proyectos sumirían definitivamente en el infortunio a Catalina Ivanovna,
a sus hijos y, por añadidura, a usted..., y digo «por añadidura» porque a usted
sólo se la puede considerar como cosa aparte. Y supongamos también que, a
consecuencia de esto, Poletchka haya de verse obligada a llevar una vida como
la que usted lleva. Pues bien, si en estas circunstancias estuviera en su mano
hacer que Lujine pereciera, con lo que salvaría a Catalina Ivanovna y a su
familia, o dejar que Lujine viviera y llevase a cabo sus infames propósitos,
¿qué partido tomaría usted? Ésta es la pregunta que quiero que me conteste.
Sonia
le miró con inquietud. Aquellas palabras, pronunciadas en un tono vacilante,
parecían ocultar una segunda intención.
‑Ya
sabía yo que iba a hacerme una pregunta extraña ‑dijo la joven
dirigiéndole una mirada penetrante.
‑Eso
poco importa. Diga: ¿qué decisión tomaría usted?
‑¿A
qué viene hacer esas preguntas absurdas? ‑repuso Sonia con un gesto de
desagrado.
‑Dígame:
¿dejaría usted que Lujine viviera y pudiese cometer sus desafueros? ¿Es que ni
siquiera tiene valor para tomar una decisión en teoría?
‑Yo
no conozco las intenciones de la Divina Providencia. ¿Por qué me interroga
sobre hechos que no existen? ¿A qué vienen esas preguntas inútiles? ¿Acaso es
posible que la existencia de un hombre dependa de mi voluntad? ¿Cómo puedo
erigirme en árbitro de los destinos humanos, de la vida y de la muerte?
‑Si
hace usted intervenir a la Providencia divina, no hablemos más ‑dijo
Raskolnikof en tono sombrío.
Sonia
respondió con acento angustiado:
‑Dígame
francamente qué es lo que desea de mí... Sólo oigo de usted alusiones. ¿Es que
ha venido usted con el propósito de torturarme?
Sin
poder contenerse, se echó a llorar. Él la miró tristemente, con una expresión
de angustia. Hubo un largo silencio.
Al
fin, Raskolnikof dijo en voz baja:
‑Tienes
razón, Sonia.
Se
había producido en él un cambio repentino. Su ficticio aplomo y el tono
insolente que afectaba momentos antes habían desaparecido. Hasta su voz parecía
haberse debilitado.
‑Te
dije ayer que no vendría hoy a pedirte perdón, y he aquí que he comenzado esta
conversación poco menos que excusándome. Al hablarte de Lujine y de la
Providencia pensaba en mí mismo, Sonia, y me excusaba.
Trató
de sonreír, pero sólo pudo esbozar una mueca de impotencia. Luego bajó la
cabeza y ocultó el rostro entre las manos.
De
súbito, una extraña y sorprendente sensación de odio hacia Sonia le traspasó el
corazón. Asombrado, incluso aterrado de este descubrimiento inaudito, levantó
la cabeza y observó atentamente a la joven. Vio que fijaba en él una mirada
inquieta y llena de una solicitud dolorosa, y al advertir que aquellos ojos
expresaban amor, su odio se desvaneció como un fantasma. Se había equivocado
acerca de la naturaleza del sentimiento que experimentaba: lo que sentía era,
simplemente, que el momento fatal había llegado.
Bajó
de nuevo la cabeza y otra vez ocultó el rostro entre las manos. De pronto
palideció, se levantó, miró a Sonia y sin pronunciar palabra, fue maquinalmente
a sentarse en el lecho. Su impresión en aquel momento era exactamente la misma
que había experimentado el día en que, de pie a espaldas de la vieja, había
sacado el hacha del nudo corredizo, mientras se decía que no había que perder
ni un segundo.
‑¿Qué
le ocurre? ‑preguntó Sonia, llena de turbación.
Raskolnikof
no pudo pronunciar ni una palabra. Había pensado dar «la explicación» en
circunstancias completamente distintas y no comprendía lo que estaba ocurriendo
en su interior.
Sonia
se acercó paso a paso, se sentó a su lado, en el lecho, y, sin apartar de él
los ojos, esperó. Su corazón latía con violencia. La situación se hacía
insoportable. Él volvió hacia la joven su rostro, cubierto de una palidez
mortal. Sus contraídos labios eran incapaces de pronunciar una sola palabra.
Entonces el pánico se apoderó de Sonia.
‑¿Qué
le pasa? ‑volvió a preguntarle, apartándose un poco de él.
‑Nada,
Sonia. No te asustes... Es una tontería... Sí, basta pensar en ello un instante
para ver que es una tontería ‑murmuró como delirando‑. No sé por
qué he venido a atormentarte ‑añadió, mirándola‑. En verdad, no lo
sé. ¿Por qué? ¿Por qué? No ceso de hacerme esta pregunta, Sonia.
Tal
vez se la había hecho un cuarto de hora antes, pero en aquel momento su
debilidad era tan extrema que apenas se daba cuenta de que existía. Un continuo
temblor agitaba todo su cuerpo.
‑¡Cómo
se atormenta usted! ‑se lamentó Sonia, mirándole.
‑No
es nada, no es nada... He aquí lo que te quería decir...
Una
sombra de sonrisa jugueteó unos segundos en sus labios.
‑¿Te
acuerdas de lo que quería decirte ayer?
Sonia
esperó, visiblemente inquieta.
‑Cuando
me fui, te dije que tal vez te decía adiós para siempre, pero que si volvía hoy
te diría quién mató a Lisbeth.
De
pronto, todo el cuerpo de Sonia empezó a temblar.
‑Pues
bien, he venido a decírtelo.
‑Así,
¿hablaba usted en serio? ‑balbuceó Sonia haciendo un gran esfuerzo‑.
Pero ¿cómo lo sabe usted? ‑preguntó vivamente, como si acabara de volver
en sí.
Apenas
podía respirar. La palidez de su rostro aumentaba por momentos.
‑El
caso es que lo sé.
Sonia
permaneció callada un momento.
‑¿Lo
han encontrado? ‑preguntó al fin, tímidamente.
‑No,
no lo han encontrado.
‑Entonces,
¿cómo sabe usted quién es? ‑preguntó la joven tras un nuevo silencio y
con voz casi imperceptible.
Él
se volvió hacia ella y la miró fijamente, con una expresión singular.
‑¿Lo
adivinas?
Una
nueva sonrisa de impotencia flotaba en sus labios. Sonia sintió que todo su
cuerpo se estremecía.
‑Pero
usted me... ‑balbuceó ella con una sonrisa infantil‑. ¿Por qué quiere
asustarme?
‑Para
saber lo que sé ‑dijo Raskolnikof, cuya mirada seguía fija en la de ella,
como si no tuviera fuerzas para apartarla‑, es necesario que esté
«ligado» a «él»... Él no tenía intención de matar a Lisbeth... La asesinó sin
premeditación... Sólo quería matar a la vieja... y encontrarla sola... Fue a la
casa... De pronto llegó Lisbeth..., y la mató a ella también.
Un
lúgubre silencio siguió a estas palabras. Los dos jóvenes se miraban fijamente.
‑Así,
¿no lo adivinas? ‑preguntó de pronto.
Tenía
la impresión de que se arrojaba desde lo alto de una torre.
‑No
‑murmuró Sonia con voz apenas audible.
‑Piensa.
En
el momento de pronunciar esta palabra, una sensación ya conocida por él le heló
el corazón. Miraba a Sonia y creía estar viendo a Lisbeth. Conservaba un
recuerdo imborrable de la expresión que había aparecido en el rostro de la
pobre mujer cuando él iba hacia ella con el hacha en alto y ella retrocedía
hacia la pared, como un niño cuando se asusta y, a punto de echarse a llorar,
fija con terror la mirada en el objeto que provoca su espanto. Así estaba Sonia
en aquel momento. Su mirada expresaba el mismo terror impotente. De súbito
extendió el brazo izquierdo, apoyó la mano en el pecho de Raskolnikof, lo
rechazó ligeramente, se puso en pie con un movimiento repentino y empezó a
apartarse de él poco a poco, sin dejar de mirarle. Su espanto se comunicó al
joven, que miraba a Sonia con el mismo gesto despavorido, mientras en sus
labios se esbozaba la misma triste sonrisa infantil.
‑¿Has
comprendido ya? ‑murmuró.
‑¡Dios
mío! ‑gimió, horrorizada.
Luego,
exhausta, se dejó caer en su lecho y hundió el rostro en la almohada.
Pero
un momento después se levantó vivamente, se acercó a Raskolnikof, le cogió las
manos, las atenazó con sus menudos y delgados dedos y fijó en él una larga y
penetrante mirada.
Con
esta mirada, Sonia esperaba captar alguna expresión que le demostrase que se
había equivocado. Pero no, no cabía la menor duda: la simple suposición se
convirtió en certeza.
Más
adelante, cuando recordaba este momento, todo le parecía extraño, irreal. ¿De
dónde le había venido aquella certeza repentina de no equivocarse? Porque en
modo alguno podía decir que había presentido aquella confesión. Sin embargo,
apenas le hizo él la confesión, a ella le pareció haberla adivinado.
‑Basta,
Sonia, basta. No me atormentes.
Había
hecho esta súplica amargamente. No era así como él había previsto confesar su
crimen: la realidad era muy distinta de lo que se había imaginado.
Sonia
estaba fuera de sí. Saltó del lecho. De pie en medio de la habitación, se
retorcía las manos. Luego volvió rápidamente sobre sus pasos y de nuevo se
sentó al lado de Raskolnikof, tan cerca que sus cuerpos se rozaban. De pronto
se estremeció como si la hubiera asaltado un pensamiento espantoso, lanzó un
grito y, sin que ni ella misma supiera por qué, cayó de rodillas delante de
Raskolnikof.
‑¿Qué
ha hecho usted? Pero ¿qué ha hecho usted? ‑exclamó, desesperada.
De
pronto se levantó y rodeó fuertemente con los brazos el cuello del joven.
Raskolnikof
se desprendió del abrazo y la contempló con una triste sonrisa.
‑No
lo comprendo, Sonia. Me abrazas y me besas después de lo que te acabo de
confesar. No sabes lo que haces.
Ella
no le escuchó. Gritó, enloquecida:
‑¡No
hay en el mundo ningún hombre tan desgraciado como tú!
Y
prorrumpió en sollozos.
Un
sentimiento ya olvidado se apoderó del alma de Raskolnikof. No se pudo
contener. Dos lágrimas brotaron de sus ojos y quedaron pendientes de sus
pestañas.
‑¿No
me abandonarás, Sonia? ‑preguntó, desesperado.
‑No,
nunca, en ninguna parte. Te seguiré adonde vayas. ¡Señor, Señor! ¡Qué
desgraciada soy...! ¿Por qué no te habré conocido antes? ¿Por qué no has venido
antes? ¡Dios mío!
‑Pero
he venido.
‑¡Ahora...!
¿Qué podemos hacer ahora? ¡Juntos, siempre juntos! ‑exclamó Sonia
volviendo a abrazarle‑. ¡Te seguiré al presidio!
Raskolnikof
no pudo disimular un gesto de indignación. Sus labios volvieron a sonreír como
tantas veces habían sonreído, con una expresión de odio y altivez.
‑No
tengo ningún deseo de ir a presidio, Sonia.
Tras
los primeros momentos de piedad dolorosa y apasionada hacia el desgraciado, la
espantosa idea del asesinato reapareció en la mente de la joven. El tono en que
Raskolnikof había pronunciado sus últimas palabras le recordaron de pronto que
estaba ante un asesino. Se quedó mirándole sobrecogida. No sabía aún cómo ni
por qué aquel joven se había convertido en un criminal. Estas preguntas
surgieron de pronto en su imaginación, y las dudas le asaltaron de nuevo. ¿Él
un asesino? ¡Imposible!
‑Pero
¿qué me pasa? ¿Dónde estoy? ‑exclamó profundamente sorprendida y como si
le costara gran trabajo volver a la realidad‑. Pero ¿cómo es posible que
un hombre como usted cometiera...? Además, ¿por qué?
‑Para
robar, Sonia ‑respondió Raskolnikof con cierto malestar.
Sonia
se quedó estupefacta. De pronto, un grito escapó de sus labios.
‑¡Estabas
hambriento! ¡Querías ayudar a tu madre! ¿Verdad?
‑No,
Sonia, no ‑balbuceó el joven, bajando y volviendo la cabeza‑. No
estaba hambriento hasta ese extremo... Ciertamente, quería ayudar a mi madre,
pero no fue eso todo... No me atormentes, Sonia.
Sonia
se oprimía una mano con la otra.
‑Pero
¿es posible que todo esto sea real? ¡Y qué realidad, Dios mío! ¿Quién podría
creerlo? ¿Cómo se explica que usted se quede sin nada por socorrer a otros
habiendo matado por robar...?
De
pronto le asaltó una duda.
‑¿Acaso
ese dinero que dio usted a Catalina Ivanovna..., ese dinero, Señor, era...?
‑No,
Sonia ‑le interrumpió Raskolnikof‑, ese dinero no procedía de allí.
Tranquilízate. Me lo había enviado mi madre por medio de un agente de negocios
y lo recibí durante mi enfermedad, el día mismo en que lo di... Rasumikhine es
testigo, pues firmó el recibo en mi nombre... Ese dinero era mío y muy mío.
Sonia
escuchaba con un gesto de perplejidad y haciendo grandes esfuerzos por
comprender.
‑En
cuanto al dinero de la vieja, ni siquiera sé si tenía dinero ‑dijo en voz
baja, vacilando‑. Desaté de su cuello una bolsita de pelo de camello, que
estaba llena, pero no miré lo que contenía... Sin duda no tuve tiempo... Los
objetos: gemelos, cadenas, etc., los escondí, así como la bolsa, debajo de una
piedra en un gran patio que da a la avenida V. Todo está allí todavía.
Sonia
le escuchaba ávidamente.
‑Pero
¿por qué, si mató usted para robar, según dice..., por qué no cogió nada? ‑dijo
la joven vivamente, aferrándose a una última esperanza.
‑No
lo sé. Todavía no he decidido si cogeré ese dinero o no ‑dijo Raskolnikof
en el mismo tono vacilante. Después, como si volviera a la realidad, sonrió y
siguió diciendo‑: ¡Qué estúpido soy! ¡Contar estas cosas!
Entonces
un pensamiento atravesó como un rayo la mente de Sonia. «¿Estará loco?» Pero
desechó esta idea en seguida. «No, no lo está.» Realmente, no comprendía nada.
Él
exclamó, como en un destello de lucidez:
‑Oye,
Sonia, oye lo que voy a decirte.
Y
continuó, subrayando las palabras y mirándola fijamente, con una expresión
extraña pero sincera:
‑Si
el hambre fuese lo único que me hubiera impulsado a cometer el crimen, me
sentiría feliz, sí, feliz. Pero ¿qué adelantarías ‑exclamó en seguida, en
un arranque de desesperación‑, qué adelantarías si yo te confesara que he
obrado mal? ¿Para qué te serviría este inútil triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia!
¿Para esto he venido a tu casa?
Sonia
quiso decir algo, pero no pudo.
‑Si
te pedí ayer que me siguieras es porque no tengo a nadie más que a ti.
‑¿Seguirte...?
¿Para qué? ‑preguntó la muchacha tímidamente.
‑No
para robar ni matar, tranquilízate ‑respondió él con una sonrisa cáustica‑.
Somos distintos, Sonia. Sin embargo... Oye, Sonia, hace un momento que me he
dado cuenta de lo que yo pretendía al pedirte que me siguieras. Ayer te hice la
petición instintivamente, sin comprender la causa. Sólo una cosa deseo de ti, y
por eso he venido a verte... ¡No me abandones! ¿Verdad que no me abandonarás?
Ella
le cogió la mano, se la oprimió...
Un
segundo después, Raskolnikof la miró con un dolor infinito y lanzó un grito de
desesperación.
‑¿Por
qué te habré dicho todo esto? ¿Por qué te habré hecho esta confesión...?
Esperas mis explicaciones, Sonia, bien lo veo; esperas que te lo cuente todo...
Pero ¿qué puedo decirte? No comprenderías nada de lo que te dijera y sólo
conseguiría que sufrieras por mí todavía más... Lloras, vuelves a abrazarme.
Pero dime: ¿por qué? ¿Porque no he tenido valor para llevar yo solo mi cruz y
he venido a descargarme en ti, pidiéndote que sufras conmigo, ya que esto me
servirá de consuelo? ¿Cómo puedes amar a un hombre tan cobarde?
‑¿Acaso
no sufres tú también? ‑exclamó Sonia.
Otra
vez se apoderó del joven un sentimiento de ternura.
‑Sonia,
yo soy un hombre de mal corazón. Tenlo en cuenta, pues esto explica muchas
cosas. Precisamente porque soy malo he venido en tu busca. Otros no lo habrían
hecho, pero yo... yo soy un miserable y un cobarde. En fin, no es esto lo que
ahora importa. Tengo que hablarte de ciertas cosas y no me siento con fuerzas
para empezar.
Se
detuvo y quedó pensativo.
‑Desde
luego, no nos parecemos en nada; somos muy diferentes... ¿Por qué habré venido?
Nunca me lo perdonaré.
‑No,
no; has hecho bien en venir ‑exclamó Sonia‑. Es mejor que yo lo
sepa todo, mucho mejor.
Raskolnikof
la miró amargamente.
‑Bueno,
al fin y al cabo, ¡qué importa! ‑‑exclamó, decidido a hablar‑.
He aquí cómo ocurrieron las cosas. Yo quería ser un Napoleón: por eso maté.
¿Comprendes?
‑No
‑murmuró Sonia, ingenua y tímidamente‑. Pero no importa: habla,
habla. ‑Y añadió, suplicante‑: Haré un esfuerzo y comprenderé, lo
comprenderé todo.
‑¿Lo
comprenderás? ¿Estás segura? Bien, ya veremos.
Hizo
una larga pausa para ordenar sus ideas.
‑He
aquí el asunto. Un día me planteé la cuestión siguiente: « ¿Qué habría ocurrido
si Napoleón se hubiese encontrado en mi lugar y no hubiera tenido, para tomar
impulso en el principio de su carrera, ni Tolón, ni Egipto, ni el paso de los
Alpes por el Mont Blanc, sino que, en vez de todas estas brillantes hazañas,
sólo hubiera dispuesto de una detestable y vieja usurera, a la que tendría que
matar para robarle el dinero..., en provecho de su carrera, entiéndase? ¿Se
habría decidido a matarla no teniendo otra alternativa? ¿No se habría detenido
al considerar lo poco que este acto tenía de heroico y lo mucho que ofrecía de
criminal...?» Te confieso que estuve mucho tiempo torturándome el cerebro con
estas preguntas, y me sentí avergonzado cuando comprendí repentinamente que no
sólo no se habría detenido, sino que ni siquiera le habría pasado por el
pensamiento la idea de que esta acción pudiera ser poco heroica. Ni siquiera
habría comprendido que se pudiera vacilar. Por poco que hubiera sido su
convencimiento de que ésta era para él la única salida, habría matado sin el
menor escrúpulo. ¿Por qué había de tenerlo yo? Y maté, siguiendo su ejemplo...
He aquí exactamente lo que sucedió. Te parece esto irrisorio, ¿verdad? Sí, te
lo parece. Y lo más irrisorio es que las cosas ocurrieron exactamente así.
Pero
Sonia no sentía el menor deseo de reír.
‑Preferiría
que me hablara con toda claridad y sin poner ejemplos ‑dijo con voz más
tímida aún y apenas perceptible.
Raskolnikof
se volvió hacia ella, la miró tristemente y la cogió de la mano.
‑Tienes
razón otra vez, Sonia. Todo lo que te he dicho es absurdo, pura
charlatanería... La verdad es que, como sabes, mi madre está falta de recursos
y que mi hermana, que por fortuna es una mujer instruida, se ha visto obligada
a ir de un sitio a otro como institutriz. Todas sus esperanzas estaban
concentradas en mí. Yo estudiaba, pero, por falta de medios, hube de abandonar
la universidad. Aun suponiendo que hubiera podido seguir estudiando, en el
mejor de los casos habría podido obtener dentro de diez o doce años un puesto
como profesor de instituto o una plaza de funcionario con un sueldo anual de
mil rublos ‑parecía estar recitando una lección aprendida de memoria‑,
pero entonces las inquietudes y las privaciones habrían acabado ya con la salud
de mi madre. Para mi hermana, las cosas habrían podido ir todavía peor... ¿Y
para qué verse privado de todo, dejar a la propia madre en la necesidad,
presenciar el deshonor de una hermana? ¿Para qué todo esto? ¿Para enterrar a
los míos y fundar una nueva familia destinada igualmente a perecer de
hambre...? En fin, todo esto me decidió a apoderarme del dinero de la vieja
para poder seguir adelante, para terminar mis estudios sin estar a expensas de
mi madre. En una palabra, decidí emplear un método radical para empezar una
nueva vida y ser independiente... Esto es todo. Naturalmente, hice mal en matar
a la vieja..., ¡pero basta ya!
Al
llegar al fin de su discurso bajó la cabeza: estaba agotado.
‑¡No,
no! ‑exclamó Sonia, angustiada‑. ¡No es eso! ¡No es posible! Tiene
que haber algo más.
‑Creas
lo que creas, te he dicho la verdad.
‑¡Pero
qué verdad, Dios mío!
‑Al
fin y al cabo, Sonia, yo no he dado muerte más que a un vil y malvado gusano.
‑Ese
gusano era una criatura humana.
‑Cierto,
ya sé que no era gusano ‑dijo Raskolnikof, mirando a Sonia con una
expresión extraña‑. Además, lo que acabo de decir no es de sentido común.
Tienes razón: son motivos muy diferentes los que me impulsaron a hacer lo que
hice... Hace mucho tiempo que no había dirigido la palabra a nadie, Sonia, y
por eso sin duda tengo ahora un tremendo dolor de cabeza.
Sus
ojos tenían un brillo febril. Empezaba a desvariar nuevamente, y una sonrisa
inquieta asomaba a sus labios. Bajo su animación ficticia se percibía una
extenuación espantosa. Sonia comprendió hasta qué extremo sufría Raskolnikof.
También ella sentía que una especie de vértigo la iba dominando... ¡Qué modo
tan extraño de hablar! Sus palabras eran claras y precisas, pero..., pero ¿era
aquello posible? ¡Señor, Señor...! Y se retorcía las manos, desesperada.
‑No,
Sonia, no es eso ‑dijo, levantando de súbito la cabeza, como si sus ideas
hubiesen tomado un nuevo giro que le impresionaba y le reanimaba‑. No, no
es eso. Lo que sucede..., sí, esto es..., lo que sucede es que soy orgulloso,
envidioso, perverso, vil, rencoroso y..., para decirlo todo ya que he
comenzado..., propenso a la locura. Acabo de decirte que tuve que dejar la
universidad. Pues bien, a decir verdad, podía haber seguido en ella. Mi madre
me habría enviado el dinero de las matrículas y yo habría podido ganar lo
necesario para comer y vestirme. Sí, lo habría podido ganar. Habría dado
lecciones. Me las ofrecían a cincuenta kopeks. Así lo hace Rasumikhine. Pero yo
estaba exasperado y no acepté. Sí, exasperado: ésta es la palabra. Me encerré
en mi agujero como la araña en su rincón. Ya conoces mi tabuco, porque
estuviste en él. Ya sabes, Sonia, que el alma y el pensamiento se ahogan en las
habitaciones bajas y estrechas. ¡Cómo detestaba aquel cuartucho! Sin embargo,
no quería salir de él. Pasaba días enteros sin moverme, sin querer trabajar. Ni
siquiera me preocupaba la comida. Estaba siempre acostado. Cuando Nastasia me
traía algo, comía. De lo contrario, no me alimentaba. No pedía nada. Por las
noches no tenía luz, y prefería permanecer en la oscuridad a ganar lo necesario
para comprarme una bujía.
»En
vez de trabajar, vendí mis libros. Todavía hay un dedo de polvo en mi mesa,
sobre mis cuadernos y mis papeles. Prefería pensar tendido en mi diván. Pensar
siempre... Mis pensamientos eran muchos y muy extraños... Entonces empecé a
imaginar... No, no fue así. Tampoco ahora cuento las cosas como fueron...
Entonces yo me preguntaba continuamente: "Ya que ves la estupidez de los
demás, ¿por qué no buscas el modo de mostrarte más inteligente que ellos?"
Más adelante, Sonia, comprendí que esperar a que todo el mundo fuera
inteligente suponía una gran pérdida de tiempo. Y después me convencí de que
este momento no llegaría nunca, que los hombres no podían cambiar, que no estaba
en manos de nadie hacerlos de otro modo. Intentarlo habría sido perder el
tiempo. Sí, todo esto es verdad. Es la ley humana. La ley, Sonia, y nada más. Y
ahora sé que quien es dueño de su voluntad y posee una inteligencia poderosa
consigue fácilmente imponerse a los demás hombres; que el más osado es el que
más razón tiene a los ojos ajenos; que quien desafía a los hombres y los
desprecia conquista su respeto y llega a ser su legislador. Esto es lo que
siempre se ha visto y lo que siempre se verá. Hay que estar ciego para no
advertirlo.
Raskolnikof,
aunque miraba a Sonia al pronunciar estas palabras, no se preocupaba por saber
si ella le comprendía. La fiebre volvía a dominarle y era presa de una sombría
exaltación (en verdad, hacía mucho tiempo que no había conversado con ningún
ser humano). Sonia comprendió que aquella trágica doctrina constituía su ley y
su fe.
‑Entonces
me convencí, Sonia ‑continuó el joven con ardor‑, de que sólo posee
el poder aquel que se inclina para recogerlo. Está al alcance de todos y basta
atreverse a tomarlo. Entonces tuve una idea que nadie, ¡nadie!, había tenido
jamás. Vi con claridad meridiana que era extraño que nadie hasta entonces,
viendo los mil absurdos de la vida, se hubiera atrevido a sacudir el edificio
en sus cimientos para destruirlo todo, para enviarlo todo al diablo... Entonces
yo me atreví y maté... Yo sólo quería llevar a cabo un acto de audacia, Sonia.
No quería otra cosa: eso fue exclusivamente lo que me impulsó.
‑¡Calle,
calle! ‑exclamó Sonia fuera de sí‑. Usted se ha apartado de Dios, y
Dios le ha castigado, lo ha entregado al demonio.
‑Así,
Sonia, ¿tú crees que cuando todas estas ideas acudían a mí en la oscuridad de
mi habitación era que el diablo me tentaba?
‑¡Calle,
ateo! No se burle... ¡Señor, Señor! No comprende nada...
‑Óyeme,
Sonia; no me burlo. Estoy seguro de que el demonio me arrastró. Óyeme, óyeme ‑repitió
con sombría obstinación‑. Sé todo, absolutamente todo lo que tú puedas
decirme. He pensado en todo eso y me lo he repetido mil veces cuando estaba
echado en las tinieblas... ¡Qué luchas interiores he librado! Si supieras hasta
qué punto me enojaban estas inútiles discusiones conmigo mismo. Mi deseo era
olvidarlo todo y empezar una nueva vida. Pero especialmente anhelaba poner fin
a mis soliloquios... No creas que fui a poner en práctica mis planes
inconscientemente. No, lo hice todo tras maduras reflexiones, y eso fue lo que
me perdió. Créeme que yo no sabía que el hecho de interrogarme a mí mismo
acerca de mi derecho al poder demostraba que tal derecho no existía, puesto que
lo ponía en duda. Y que preguntarme si el hombre era un gusano demostraba que
no lo era para mí. Estas cosas sólo son aceptadas por el hombre que no se
plantea tales preguntas y sigue su camino derechamente y sin vacilar. El solo
hecho de que me preguntara: «¿Habría matado Napoleón a la vieja?» demostraba
que yo no era un Napoleón... Sobrellevé hasta el final el sufrimiento
ocasionado por estos desatinos y después traté de expulsarlos. Yo maté no por
cuestiones de conciencia, sino por un impulso que sólo a mí me atañía. No
quiero engañarme a mí mismo sobre este punto. Yo no maté por acudir en socorro
de mi madre ni con la intención de dedicar al bien de la humanidad el poder y
el dinero que obtuviera; no, no, yo sólo maté por mi interés personal, por mí
mismo, y en aquel momento me importaba muy poco saber si sería un bienhechor de
la humanidad o un vampiro de la sociedad, una especie de araña que caza seres
vivientes con su tela. Todo me era indiferente. Desde luego, no fue la idea del
dinero la que me impulsó a matar. Más que el dinero necesitaba otra cosa...
Ahora lo sé... Compréndeme... Si tuviera que volver a hacerlo, tal vez no lo
haría... Era otra la cuestión que me preocupaba y me impulsaba a obrar. Yo
necesitaba saber, y cuanto antes, si era un gusano como los demás o un hombre,
si era capaz de franquear todos los obstáculos, si osaba inclinarme para asir
el poder, si era una criatura temerosa o si procedía como el que ejerce un
derecho.
‑¿Derecho
a matar? ‑exclamó la joven, atónita.
‑¡Calla,
Sonia! ‑exclamó Rodia, irritado. A sus labios acudió una objeción, pero
se limitó a decir‑: No me interrumpas. Yo sólo quería decirte que el
diablo me impulsó a hacer aquello y luego me hizo comprender que no tenía
derecho a hacerlo, puesto que era un gusano como los demás. El diablo se burló
de mí. Si estoy en tu casa es porque soy un gusano; de lo contrario, no te
habría hecho esta visita... Has de saber que cuando fui a casa de la vieja, yo
solamente deseaba hacer un experimento.
‑Usted
mató.
‑Pero
¿cómo? No se asesina como yo lo hice. El que comete un crimen procede de modo
muy distinto... Algún día lo contaré todo detalladamente... ¿Fue a la vieja a
quien maté? No, me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre...
Fue el diablo el que mató a la vieja y no yo.
Y
de pronto exclamó con voz desgarradora:
‑¡Basta,
Sonia, basta! ¡Déjame, déjame!
Raskolnikof
apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre sus manos, rígidas
como tenazas.
‑¡Qué
modo de sufrir! ‑gimió Sonia.
‑Bueno,
¿qué debo hacer? Habla ‑dijo el joven, levantando la cabeza y mostrando
su rostro horriblemente descompuesto.
‑¿Qué
debes hacer? ‑exclamó la muchacha.
Se
arrojó sobre él. Sus ojos, hasta aquel momento bañados en lágrimas, centellaron
de pronto.
‑¡Levántate!
Le
había puesto la mano en el hombro. Él se levantó y la miró, estupefacto.
‑Ve
inmediatamente a la próxima esquina, arrodíllate y besa la tierra que has
mancillado. Después inclínate a derecha e izquierda, ante cada persona que
pase, y di en voz alta: « ¡He matado! » Entonces Dios te devolverá la vida.
Temblando
de pies a cabeza, le asió las manos convulsivamente y le miró con ojos de loca.
‑¿Irás,
irás? ‑le preguntó.
Raskolnikof
estaba tan abatido, que tanta exaltación le sorprendió.
‑¿Quieres
que vaya a presidio, Sonia? ‑preguntó con acento sombrío‑.
¿Pretendes que vaya a presentarme a la justicia?
‑Debes
aceptar el sufrimiento, la expiación, que es el único medio de borrar tu
crimen.
‑No,
no iré a presentarme a la justicia, Sonia.
‑¿Y
tu vida qué? ‑exclamó la joven‑. ¿Cómo vivirás? ¿Podrás vivir desde
ahora? ¿Te atreverás a dirigir la palabra a tu madre...? ¿Qué será de ellas...?
Pero ¿qué digo? Ya has abandonado a tu madre y a tu hermana. Bien sabes que las
has abandonado... ¡Señor...! Él ya ha comprendido lo que esto significa... ¿Se
puede vivir lejos de todos los seres humanos? ¿Qué va a ser de ti?
‑No
seas niña, Sonia ‑respondió dulcemente Raskolnikof‑. ¿Quién es esa
gente para juzgar mi crimen? ¿Qué podría decirles? Su autoridad es pura
ilusión. Dan muerte a miles de hombres y ven en ello un mérito. Son unos
bribones y unos cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué quieres que les diga? ¿Que he
escondido el dinero debajo de una piedra por no atreverme a quedármelo? ‑Y
añadió, sonriendo amargamente‑: Se burlarían de mí. Dirían que soy un
imbécil al no haber sabido aprovecharme. Un imbécil y un cobarde. No
comprenderían nada, Sonia, absolutamente nada. Son incapaces de comprender.
¿Para qué ir? No, no iré. No seas niña, Sonia.
‑Tu
vida será un martirio ‑dijo la joven, tendiendo hada él los brazos en una
súplica desesperada.
‑Tal
vez me haya calumniado a mí mismo ‑dijo, absorto y con acento sombrío‑.
Acaso soy un hombre todavía, no un gusano, y me he precipitado al condenarme.
Voy a intentar seguir luchando.
Y
sonrió con arrogancia.
‑¡Pero
llevar esa carga de sufrimiento toda la vida, toda la vida...!
‑Ya
me acostumbraré ‑dijo Raskolnikof, todavía triste y pensativo.
Pero
un momento después exclamó:
‑¡Bueno,
basta de lamentaciones! Hay que hablar de cosas más importantes. He venido a
decirte que me siguen la pista de cerca.
‑¡Oh!
‑exclamó Sonia, aterrada.
‑Pero
¿qué te pasa? ¿Por qué gritas? Quieres que vaya a presidio, y ahora te asustas.
¿De qué? Pero escucha: no me dejaré atrapar fácilmente. Les daré trabajo. No
tienen pruebas. Ayer estuve verdaderamente en peligro y me creí perdido, pero
hoy el asunto parece haberse arreglado. Todas las pruebas que tienen son armas
de dos filos, de modo que los cargos que me hagan no puedo presentarlos de
forma que me favorezcan, ¿comprendes? Ahora ya tengo experiencia. Sin embargo,
no podré evitar que me detengan. De no ser por una circunstancia imprevista, ya
estaría encerrado. Pero aunque me encarcelen, habrán de dejarme en libertad,
pues ni tienen pruebas ni las tendrán, te doy mi palabra, y por simples
sospechas no se puede condenar a un hombre... Anda, siéntate... Sólo te he
dicho esto para que estés prevenida... En cuanto a mi madre y a mi hermana, ya
arreglaré las cosas de modo que no se inquieten ni sospechen la verdad... Por
otra parte, creo que mi hermana está ahora al abrigo de la necesidad y, por lo
tanto, también mi madre... Esto es todo. Cuento con tu prudencia. ¿Vendrás a
verme cuando esté detenido?
‑¡Sí,
sí!
Allí
estaban los dos, tristes y abatidos, como náufragos arrojados por el temporal a
una costa desolada. Raskolnikof miraba a Sonia y comprendía lo mucho que lo
amaba. Pero ‑cosa extraña‑ esta gran ternura produjo de pronto al
joven una impresión penosa y amarga. Una sensación extraña y horrible. Había
ido a aquella casa diciéndose que Sonia era su único refugio y su única
esperanza. Había ido con el propósito de depositar en ella una parte de su
terrible carga, y ahora que Sonia le había entregado su corazón se sentía
infinitamente más desgraciado que antes.
‑Sonia
‑le dijo‑‑, será mejor que no vengas a verme cuando esté
encarcelado.
Ella
no contestó. Lloraba. Transcurrieron varios minutos.
De
pronto, como obedeciendo a una idea repentina, Sonia preguntó:
‑¿Llevas
alguna cruz?
Él
la miró sin comprender la pregunta.
‑No,
no tienes ninguna, ¿verdad? Toma, quédate ésta, que es de madera de ciprés. Yo
tengo otra de cobre que fue de Lisbeth. Hicimos un cambio: ella me dio esta
cruz y yo le regalé una imagen. Yo llevaré ahora la de Lisbeth y tú la mía.
Tómala ‑suplicó‑. Es una cruz, mi cruz... Desde ahora sufriremos
juntos, y juntos llevaremos nuestra cruz.
‑Bien, dame ‑dijo Raskolnikof.
Quería
complacerla, pero de pronto, sin poderlo remediar, retiró la mano que había
tendido.
‑Más
adelante, Sonia. Será mejor.
‑Sí,
será mejor ‑‑dijo ella, exaltada‑. Te la pondrás cuando
empiece tu expiación. Entonces vendrás a mí y la colgaré en tu cuello.
Rezaremos juntos y después nos pondremos en marcha.
En
este momento sonaron tres golpes en la puerta.
‑¿Se
puede pasar, Sonia Simonovna? ‑preguntó cortésmente una voz conocida.
Sonia
corrió hacia la puerta, llena de inquietud. La abrió y la rubia cabeza de
Lebeziatnikof apareció junto al marco.
V
Lebeziatnikof
daba muestras de una turbación extrema. ‑Vengo por usted, Sonia
Simonovna. Perdone... No esperaba encontrarlo aquí ‑dijo de pronto,
dirigiéndose a Raskolnikof‑. No es que vea nada malo en ello, entiéndame;
es, sencillamente, que no lo esperaba.
Se
volvió de nuevo hacia Sonia y exclamó:
‑Catalina
Ivanovna ha perdido el juicio.
Sonia
lanzó un grito.
‑Por
lo menos ‑dijo Lebeziatnikof‑ lo parece. Claro que... Pero es el
caso que no sabemos qué hacer... Les contaré lo ocurrido. Después de marcharse
ha vuelto. A mí me parece que le han pegado... Ha ido en busca del jefe de su
marido y no lo ha encontrado: estaba comiendo en casa de otro general. Entonces
ha ido al domicilio de ese general y ha exigido ver al jefe de su esposo, que
estaba todavía a la mesa. Ya pueden ustedes figurarse lo que ha ocurrido.
Naturalmente, la han echado, pero ella, según dice, ha insultado al general e
incluso le ha arrojado un objeto a la cabeza. Esto es muy posible. Lo que no
comprendo es que no la hayan detenido. Ahora está describiendo la escena a todo
el mundo, incluso a Amalia Ivanovna, pero nadie la entiende, tanto grita y se
debate... Dice que ya que todos la abandonan, cogerá a los niños y se irá con
ellos a la calle a tocar el órgano y pedir limosna, mientras sus hijos cantan y
bailan. Y que irá todos los días a pedir ante la casa del general, a fin de que
éste vea a los niños de una familia de la nobleza, a los hijos de un
funcionario, mendigando por las calles. Les pega y ellos lloran. Enseña a Lena
a cantar aires populares y a los otros dos a bailar. Destroza sus ropas y les
confecciona gorros de saltimbanqui. Como no tiene ningún instrumento de música,
está dispuesta a llevarse una cubeta para golpearla a manera de tambor. No
quiere escuchar a nadie. Ustedes no se pueden imaginar lo que es aquello.
Lebeziatnikof
habría seguido hablando de cosas parecidas y en el mismo tono si Sonia, que le
escuchaba anhelante, no hubiera cogido de pronto su sombrero y su chal y echado
a correr. Raskolnikof y Lebeziatnikof salieron tras ella.
‑No
cabe duda de que se ha vuelto loca ‑dijo Andrés Simonovitch a Raskolnikof
cuando estuvieron en la calle‑. Si no lo he asegurado ha sido tan sólo
para no inquietar demasiado a Sonia Simonovna. Desde luego, su locura es
evidente. Dicen que a los tísicos se les forman tubérculos en el cerebro.
Lamento no saber medicina. Yo he intentado explicar el asunto a la enfermera,
pero ella no ha querido escucharme.
‑¿Le
ha hablado usted de tubérculos?
‑No,
no; si le hubiera hablado de tubérculos, ella no me habría comprendido. Lo que
quiero decir es que, si uno consigue convencer a otro, por medio de la lógica,
de que no tiene motivos para llorar, no llorará. Esto es indudable. ¿Acaso
usted no opina así?
‑Yo
creo que si tuviera usted razón, la vida sería demasiado fácil.
‑Permítame.
Desde luego, Catalina Ivanovna no comprendería fácilmente lo que le voy a
decir. Pero usted... ¿No sabe que en Paris se han realizado serios experimentos
sobre el sistema de curar a los locos sólo por medio de la lógica? Un doctor
francés, un gran sabio que ha muerto hace poco, afirmaba que esto es posible.
Su idea fundamental era que la locura no implica lesiones orgánicas
importantes, que sólo es, por decirlo así, un error de lógica, una falta de
juicio, un punto de vista equivocado de las cosas. Contradecía progresivamente
a sus enfermos, refutaba sus opiniones, y obtuvo excelentes resultados. Pero
como al mismo tiempo utilizaba las duchas, no ha quedado plenamente demostrada
la eficacia de su método... Por lo menos, esto es lo que opino yo.
Pero
Raskolnikof ya no le escuchaba. Al ver que habían Llegado frente a su casa,
saludó a Lebeziatnikof con un movimiento de cabeza y cruzó el portal. Andrés
Simonovitch se repuso en seguida de su sorpresa y, tras dirigir una mirada a su
alrededor, prosiguió su camino.
Raskolnikof
entró en su buhardilla, se detuvo en medio de la habitación y se preguntó:
‑¿Para
qué habré venido?
Y
su mirada recorría las paredes, cuyo amarillento papel colgaba aquí y allá en
jirones..., y el polvo..., y el diván...
Del
patio subía un ruido seco, incesante: golpes de martillo sobre clavos. Se acercó
a la ventana, se puso de puntillas y estuvo un rato mirando con gran
atención... El patio estaba desierto; Raskolnikof no vio a nadie. En el ala
izquierda había varias ventanas abiertas, algunas adornadas con macetas, de las
que brotaban escuálidos geranios. En la parte exterior se veían cuerdas con
ropa tendida... Era un cuadro que estaba harto de ver. Dejó la ventana y fue a
sentarse en el diván. Nunca se había sentido tan solo.
Experimentó
de nuevo un sentimiento de odio hacia Sonia. Sí, la odiaba después de haberla
atraído a su infortunio. ¿Por qué habría ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad
tenía de envenenar su vida? ¡Qué cobarde había sido!
‑Permaneceré
solo ‑se dijo de pronto, en tono resuelto‑, y ella no vendrá a
verme a la cárcel.
Cinco
minutos después levantó la cabeza y sonrió extrañamente. Acababa de pasar por
su cerebro una idea verdaderamente singular. «Acaso sea verdad que estaría
mejor en presidio.»
Nunca
sabría cuánto duró aquel desfile de ideas vagas.
De
pronto se abrió la puerta y apareció Avdotia Romanovna. La joven se detuvo en
el umbral y estuvo un momento observándole, exactamente igual que había hecho
él al llegar a la habitación de Sonia. Después Dunia entró en el aposento y fue
a sentarse en una silla frente a él, en el sitio mismo en que se había sentado
el día anterior. Raskolnikof la miró en silencio, con aire distraído.
‑No
te enfades, Rodia ‑dijo Dunia‑. Estaré aquí sólo un momento.
La
joven estaba pensativa, pero su semblante no era severo. En su clara mirada
había un resplandor de dulzura. Raskolnikof comprendió que era su amor a él lo
que había impulsado a su hermana a hacerle aquella visita.
‑Oye,
Rodia: lo sé todo..., ¡todo! Me lo ha contado Dmitri Prokofitch. Me ha
explicado hasta el más mínimo detalle. Te persiguen y te atormentan con las más
viles y absurdas suposiciones. Dmitri Prokofitch me ha dicho que no corres
peligro alguno y que no deberías preocuparte como te preocupas. En esto no
estoy de acuerdo con él: comprendo tu indignación y no me extrañaría que dejara
en ti huellas imborrables. Esto es lo que me inquieta. No te puedo reprochar
que nos hayas abandonado, y ni siquiera juzgaré tu conducta. Perdóname si lo
hice. Estoy segura de que también yo, si hubiera tenido una desgracia como la
tuya, me habría alejado de todo el mundo. No contaré nada de todo esto a
nuestra madre, pero le hablaré continuamente de ti y le diré que tú me has
prometido ir muy pronto a verla. No te inquietes por ella: yo la tranquilizaré.
Pero tú ten piedad de ella: no olvides que es tu madre. Sólo he venido a
decirte ‑y Dunia se levantó‑ que si me necesitases para algo,
aunque tu necesidad supusiera el sacrificio de mi vida, no dejes de llamarme.
Vendría inmediatamente. Adiós.
Se
volvió y se dirigió a la puerta resueltamente.
.‑¡Dunia!
‑la llamó su hermano, levantándose también y yendo hacia ella‑. Ya
habrás visto que Rasumikhine es un hombre excelente.
Un
leve tabor apareció en las mejillas de Dunia.
‑¿Por
qué lo dices? ‑preguntó, tras unos momentos de espera.
‑Es
un hombre activo, trabajador, honrado y capaz de sentir un amor verdadero...
Adiós, Dunia.
La
joven había enrojecido vivamente. Después su semblante cobró una expresión de
inquietud.
‑¿Es
que nos dejas para siempre, Rodia? Me has hablado como quien hace testamento.
‑Adiós,
Dunia.
Se
apartó de ella y se fue a la ventana. Dunia esperó un momento, lo miró con un
gesto de intranquilidad y se marchó llena de turbación.
Sin
embargo, Rodia no sentía la indiferencia que parecía demostrar a su hermana.
Durante un momento, al final de la conversación, incluso había deseado
ardientemente estrecharla en sus brazos, decirle así adiós y contárselo todo.
No obstante, ni siquiera se había atrevido a darle la mano.
«Más
adelante, al recordar mis besos, podría estremecerse y decir que se los había
robado.»
Y
se preguntó un momento después:
«Además,
¿tendría la entereza de ánimo necesaria para soportar semejante confesión? No,
no la soportaría; las mujeres como ella no son capaces de afrontar estas
cosas.»
Sonia
acudió a su pensamiento. Un airecillo fresco entraba por la ventana. Declinaba
el día. Cogió su gorra y se marchó.
No
se sentía con fuerzas para preocuparse por su salud, ni experimentaba el menor
deseo de pensar en ella. Pero aquella angustia continua, aquellos terrores,
forzosamente tenían que producir algún efecto en él, y si la fiebre no le había
abatido ya era precisamente porque aquella tensión de ánimo, aquella inquietud
continua, le sostenían y le infundían una falsa animación.
Erraba
sin rumbo fijo. El sol se ponía. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikof
experimentaba una angustia completamente nueva, no aguda ni demasiado penosa,
pero continua e invariable. Presentía largos y mortales años colmados de esta
fría y espantosa ansiedad. Generalmente era al atardecer cuando tales
sensaciones cobraban una intensidad obsesionante.
:Con
estos estúpidos trastornos provocados por una puesta de sol ‑se dijo
malhumorado‑ es imposible no cometer alguna tontería. Uno se siente capaz
de ir a confesárselo todo no sólo a Sonia, sino a Dunia.»
Oyó
que le llamaban y se volvió. Era Lebeziatnikof, que corría hacia él.
‑Vengo
de su casa. He ido a buscarle. Esa mujer ha hecho lo que se proponía: se ha
marchado de casa con los niños. A Sonia Simonovna y a mí nos ha costado gran
trabajo encontrarla. Golpea con la mano una sartén y obliga a los niños a
cantar. Los niños lloran. Catalina Ivanovna se va parando en las esquinas y
ante las tiendas. Los sigue un grupo de imbéciles. Venga usted.
‑¿Y
Sonia? ‑preguntó, inquieto, Raskolnikof, mientras echaba a andar al lado
de Lebeziatnikof a toda prisa.
‑Está
completamente loca... Bueno, me refiero a Catalina Ivanovna, no a Sonia
Simonovna. Ésta está trastornada, desde luego; pero Catalina Ivanovna está
verdaderamente loca, ha perdido el juicio por completo. Terminarán por detenerla,
y ya puede usted figurarse el efecto que esto le va a producir. Ahora está en
el malecón del canal, cerca del puente de N., no lejos de casa de Sonia
Simonovna, que está cerca de aquí.
En
el malecón, cerca del puente y a dos pasos de casa de Sonia Simonovna, había
una verdadera multitud, formada principalmente por chiquillos y rapazuelos. La
voz ronca y desgarrada de Catalina Ivanovna llegaba hasta el puente. En verdad,
el espectáculo era lo bastante extraño para atraer la atención de los
transeúntes. Catalina Ivanovna, con su vieja bata y su chal de paño, cubierta
la cabeza con un mísero sombrero de paja ladeado sobre una oreja, parecía presa
de su verdadero acceso de locura. Estaba rendida y jadeante. Su pobre cara de
tísica nunca había tenido un aspecto tan lamentable (por otra parte, los
enfermos del pecho tienen siempre peor cara en la calle, en pleno día, que en
su casa). Pero, a pesar de su debilidad, Catalina Ivanovna parecía dominada por
una excitación que iba en continuo aumento. Se arrojaba sobre los niños, los
reñía, les enseñaba delante de todo el mundo a bailar y cantar, y luego,
furiosa al ver que las pobres criaturas no sabían hacer lo que ella les decía,
empezaba a azotarlos.
A
veces interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público. Y cuando veía entre
la multitud de curiosos alguna persona medianamente vestida, le decía que
mirase a qué extremo habían llegado los hijos de una familia noble y casi
aristocrática. Si oía risas o palabras burlonas, se encaraba en el acto con los
insolentes y los ponía de vuelta y media. Algunos se reían, otros sacudían la
cabeza, compasivos, y todos miraban con curiosidad a aquella loca rodeada de
niños aterrados.
Lebeziatnikof
debía de haberse equivocado en lo referente a la sartén. Por lo menos, Raskolnikof
no vio ninguna. Catalina Ivanovna se limitaba a llevar el compás batiendo
palmas con sus descarnadas manos cuando obligaba a Poletchka a cantar y a Lena
y Kolia a bailar. A veces se ponía a cantar ella misma; pero pronto le cortaba
el canto una tos violenta que la desesperaba. Entonces empezaba a maldecir de
su enfermedad y a llorar. Pero lo que más la enfurecía eran las lágrimas y el
terror de Lena y de Kolia.
Había
intentado vestir a sus hijos como cantantes callejeros. Le había puesto al niño
una especie de turbante rojo y blanco, con lo que parecía un turco. Como no
tenía tela para hacer a Lena un vestido, se había limitado a ponerle en la
cabeza el gorro de lana, en forma de casco, del difunto Simón Zaharevitch, al
que añadió como adorno una pluma de avestruz blanca que había pertenecido a su
abuela y que hasta entonces había tenido guardada en su baúl como una reliquia
de familia. Poletchka llevaba su vestido de siempre. Miraba a su madre con una
expresión de inquietud y timidez y no se apartaba de ella. Procuraba ocultarle
sus lágrimas; sospechaba que su madre no estaba en su juicio, y se sentía
aterrada al verse en la calle, en medio de aquella multitud. En cuanto a Sonia,
se había acercado a su madrastra y le suplicaba llorando que volviera a casa.
Pero Catalina Ivanovna se mostraba inflexible.
‑¡Basta,
Sonia! ‑exclamó, jadeando y sin poder continuar a causa de la tos‑
No sabes lo que me pides. Pareces una niña. Ya lo he dicho que no volveré a
casa de esa alemana borracha. Que todo el mundo, que todo Petersburgo vea
mendigar a los hijos de un padre noble que ha servido leal y fielmente toda su
vida y que ha muerto, por decirlo así, en su puesto de trabajo.
Aquel
trastornado cerebro había urdido esta fantasía, y Catalina Ivanovna creía en
ella ciegamente.
‑Que
ese bribón de general vea esto. Además, tú no te das cuenta de una cosa, Sonia.
¿De dónde vamos a sacar ahora la comida? Ya te hemos explotado bastante y no
quiero que esto continúe...
En
esto vio a Raskolnikof y corrió hacia él.
‑¿Es
usted, Rodion Romanovitch? Haga el favor de explicarle a esta tonta que la
resolución que he tomado es la más conveniente. Bien se da limosna a los
músicos ambulantes. A nosotros nos reconocerán en seguida: verán que somos una
familia noble caída en la miseria, y ese detestable general será expulsado del
ejército: ya lo verá usted. Iremos todos los días a pedir bajo sus ventanas. Y
cuando pase el emperador, me arrojaré a sus pies y le mostraré a mis hijos. «Protéjame, señor», le diré. Es un
hombre misericordioso, un padre para los huérfanos, y nos protegerá, ya lo verá
usted. Y ese detestable general... Lena, tenez‑vous
droite . Tú, Kolia, vas a volver a bailar en seguida. Pero ¿por qué
lloras? ¿De qué tienes miedo, so tonto? Señor, ¿qué puedo hacer con ellos? Le
hacen perder a una la paciencia, Rodion Romanovitch.
Y
entre lágrimas (lo que no le impedía hablar sin descanso) mostraba a
Raskolnikof sus desconsolados hijos.
El
joven intentó convencerla de que volviera a su habitación, diciéndole (creía
que levantaría su amor propio) que no debía ir por las calles como los
organilleros, cuando estaba en vísperas de ser directora de un pensionado para
muchachas nobles.
‑¿Un
pensionado? ¡Ja, ja, ja! ¡Ésa es buena! ‑exclamó Catalina Ivanovna, a la
que acometió un acceso de tos en medio de su risa‑. No, Rodion
Romanovitch: ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos ha abandonado. Y
ese general... Sepa usted, Rodion Romanovitch, que le arrojé a la cabeza un
tintero que había en una mesa de la antecámara, al lado de la hoja donde han de
poner su nombre los visitantes. No escribí el mío, le arrojé el tintero a la
cabeza y me marché. ¡Cobardes! ¡Miserables...! Pero ahora me río de ellos. Me
encargaré yo misma de la alimentación de mis hijos y no me humillaré ante
nadie. Ya la hemos explotado bastante ‑señalaba a Sonia‑.
Poletchka, ¿cuánto dinero hemos recogido? A ver. ¿Cómo? ¿Dos kopeks nada más?
¡Qué gente tan miserable! No dan nada. Lo único que hacen es venir detrás de
nosotros como idiotas. ¿De qué se reirá ese cretino? ‑señalaba a uno del
grupo de curiosos‑. De todo esto tiene la culpa Kolia, que no entiende
nada. La saca a una de quicio... ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés, parle‑moi français. Te he dado
lecciones; sabes muchas frases. Si no hablas en francés, ¿cómo sabrá la gente
que perteneces a una familia noble y que sois niños bien educados y no músicos
ambulantes? Nosotros no cantaremos cancioncillas ligeras, sino hermosas
romanzas. Bueno, vamos a ver qué cantamos ahora. Haced el favor de no
interrumpirme... Oiga, Rodion Romanovitch nos hemos detenido aquí para escoger
nuestro repertorio... Necesitamos un aire que pueda bailar Kolia... Ya
comprenderá usted que no tenemos nada preparado. Primero hay que ensayar, y
cuando ya podamos presentar un trabajo de conjunto, nos iremos a la avenida Nevsky[L60],
por donde pasa mucha gente distinguida, que se fijará en nosotros
inmediatamente. Lena sabe esa canción que se llama La casita de campo, pero ya
la conoce todo el mundo y resulta una lata. Necesitamos un repertorio de más
calidad. Vamos, Polia, dame alguna idea; ayuda a tu madre... ¡Ah, esta memoria
mía! ¡Cómo me falla! Si no me fallase, ya sabría yo lo que tenemos que cantar.
Pues no es cosa de que cantemos El húsar apoyado en su sable... ¡Ah, ya sé! Cantaremos en francés Cinq sous. Vosotros
sabéis esta canción porque os la he enseñado, y como es una canción francesa,
la gente verá en seguida que pertenecéis a una familia noble y se conmoverá
También podríamos cantar Marlborough s'en va‑t‑en guerre, que es
una canción infantil que se canta en todas las casas aristocráticas para dormir
a los niños.
»Marlborough s'en va‑t‑en
guerre,
ne sait quand reviendra.
Había
empezado a cantar, pero en seguida se interrumpió. ‑No, es mejor que
cantemos Cinq sous... Anda, Kolia: las manos en las caderas, y a moverse
vivamente. Y tú, Lena, da vueltas también, pero en sentido contrario. Poletchka
y yo cantaremos y batiremos palmas.
»Cinq sous, cinq sous
Pour monter notre ménage.
La
acometió un acceso de dos.
‑Poletchka
‑dijo sin cesar de toser‑, arréglate el vestido. Las hombreras te
cuelgan. Ahora vuestro porte debe ser especialmente digno y distinguido, a fin
de que todo el mundo pueda ver que pertenecéis a la nobleza. Ya decía yo que tu
corpiño debía ser más largo. Mira el resultado: esta niña es una caricatura...
¿Otra vez llorando? Pero ¿qué os pasa, estúpidos? Vamos, Kolia, empieza ya.
¡Anda! Animo. ¡Oh, qué criatura tan insoportable!
»Cinq sous, cinq sous.
»¿Ahora
un soldado? ¿A qué vienes?
Era
un gendarme, que se había abierto paso entre la muchedumbre. Pero, al mismo
tiempo, se había acercado un señor de unos cincuenta años y aspecto imponente,
que llevaba uniforme de funcionario y una condecoración pendiente de una cinta
que rodeaba su cuello (lo cual produjo gran satisfacción a Catalina Ivanovna y
causó cierta impresión al gendarme). El caballero, sin desplegar los labios,
entregó a la viuda un billete de tres rublos, mientras su semblante reflejaba
una compasión sincera. Catalina Ivanovna aceptó el obsequio y se inclinó ceremoniosamente.
‑Muchas
gracias, señor ‑dijo en un tono lleno de dignidad‑. Las razones que
nos han impulsado a... Toma el dinero, Poletchka. Ya ves que todavía hay en el
mundo hombres generosos y magnánimos prestos a socorrer a una dama de la
nobleza caída en el infortunio. Los huérfanos que ve ante usted, señor, son de
origen noble, e incluso puede decirse que están emparentados con la más alta
aristocracia... Ese miserable general estaba comiendo perdices... Empezó a
golpear el suelo con el pie, contrariado por mi presencia, y yo le dije:
«Excelencia, usted conocía a Simón Zaharevitch. Proteja a sus huérfanos. El
mismo día de su entierro, su hija ha tenido que soportar las calumnias del más
miserable de los hombres...» ¿Todavía está aquí este soldado?
Y
gritó, dirigiéndose al funcionario:
‑Protéjame,
señor. ¿Por qué me acosa este soldado? Ya hemos tenido que librarnos de uno en
la calle de los Burgueses... ¿Qué quieres de ml, imbécil?
‑Está
prohibido armar escándalo en la calle. Haga el favor de comportarse con más
corrección.
‑¡Tú
sí que eres incorrecto! Yo no hago sino lo que hacen los músicos ambulantes.
¿Por qué te has de ensañar conmigo?
‑Los
músicos ambulantes necesitan un permiso. Usted no lo tiene y provoca escándalos
en la vía pública. ¿Dónde vive usted?
‑¿Un
permiso? ‑exclamó Catalina Ivanovna‑. ¡He enterrado hoy a mi
marido! ¿Qué permiso puedo tener?
‑Cálmese,
señora ‑dijo el funcionario‑. Venga, la acompañaré a su casa. Usted
no es persona para estar entre esta gente. Está usted enferma...
‑¡Señor,
usted no conoce nuestra situación! ‑dijo Catalina Ivanovna‑.
Tenemos que ir a la avenida Nevsky... ¡Sonia, Sonia...! ¿Dónde estás? ¿También
tú lloras? Pero ¿qué os pasa a todos...? Kolia Lena, ¿adónde vais? ‑exclamó,
súbitamente aterrada‑. ¡Qué niños tan estúpidos! ¡Kolia, Lena! ¿Adónde
vais?
Lo
ocurrido era que los niños, ya asustados por la multitud que los rodeaba y por
las extravagancias de su madre, habían sentido verdadero terror al ver
acercarse al gendarme dispuesto a detenerlos y habían huido a todo correr.
La
infortunada Catalina Ivanovna se había lanzado en pos de ellos, gimiendo y
sollozando. Era desgarrador verla correr jadeando y entre sollozos. Sonia y
Poletchka salieron en su persecución.
‑¡Cógelos,
Sonia! ¡Qué niños tan estúpidos e ingratos! ¡Detenlos, Polia! Todo lo he hecho
por vosotros.
En
su carrera tropezó con un obstáculo y cayó.
‑¡Se
ha herido! ¡Está cubierta de sangre! ¡Dios mío!
Y
mientras decía esto, Sonia se había inclinado sobre ella.
La
gente se apiñó en torno de las dos mujeres. Raskolnikof y Lebeziatnikof habían
sido de los primeros en llegar, así como el funcionario y el gendarme.
‑¡Qué
desgracia! ‑gruñó este último, presintiendo que se hallaba ante un asunto
enojoso.
Luego
trató de dispersar a la multitud que se hacinaba en torno de él.
‑¡Circulen,
circulen!
‑Se
muere ‑dijo uno.
‑Se
ha vuelto loca ‑afirmó otro.
‑¡Piedad
para ella, Señor! ‑dijo una mujer santiguándose‑. ¿Se ha encontrado
a los niños? Sí, ahí vienen; los trae la niña mayor. ¡Qué desgracia, Dios mío!
Al
examinar atentamente a Catalina Ivanovna se pudo ver que no se había herido,
como creyera Sonia, sino que la sangre que teñía el pavimento salía de su boca.
‑Yo
sé lo que es eso ‑dijo el funcionario en voz baja a Raskolnikof y
Lebeziatnikof‑. Está tísica. La sangre empieza a salir y ahoga al
enfermo. Yo he presenciado un caso igual en una parienta mía. De pronto echó
vaso y medio de sangre. ¿Qué podemos hacer? Se va a morir.
‑¡Llévenla
a mi casa! ‑suplicó Sonia‑. Vivo aquí mismo... Aquella casa, la
segunda... ¡A mi casa, pronto...! Busquen un médico... ¡Señor!
Todo
se arregló gracias a la intervención del funcionario. El gendarme incluso ayudó
a transportar a Catalina Ivanovna. La depositaron medio muerta en la cama de
Sonia. La hemorragia continuaba, pero la enferma se iba recobrando poco a poco.
En
la habitación, además de Sonia, habían entrado Raskolnikof, Lebeziatnikof, el
funcionario y el gendarme, que obligó a retirarse a algunos curiosos que habían
llegado hasta la puerta. Apareció Poletchka con los fugitivos, que temblaban y
lloraban. De casa de Kapernaumof llegaron también, primero el mismo sastre, con
su cojera y su único ojo sano, y que tenía un aspecto extraño con sus patillas
y cabellos tiesos; después su mujer, cuyo semblante tenía una expresión de espanto,
y en pos de ellos algunos de sus niños, cuyas caras reflejaban un estúpido
estupor. Entre toda esta multitud apareció de pronto el señor Svidrigailof.
Raskolnikof le contempló con un gesto de asombro. No comprendía de dónde había
salido: no recordaba haberlo visto entre la multitud.
Se
habló de llamar a un médico y a un sacerdote. El funcionario murmuró al oído de
Raskolnikof que la medicina no podía hacer nada en este caso, pero no por eso
dejó de aprobar la idea de que se fuera a buscar un doctor. Kapernaumof se
encargó de ello.
Entre
tanto, Catalina Ivanovna se había reanimado un poco. La hemorragia había
cesado. La enferma dirigió una mirada llena de dolor, pero penetrante, a la
pobre Sonia, que, pálida y temblorosa, le limpiaba la frente con un pañuelo.
Después pidió que la levantaran. La sentaron en la cama y le pusieron almohadas
a ambos lados para que pudiera sostenerse.
‑¿Dónde
están los niños? ‑preguntó con voz trémula‑. ¿Los has traído,
Polia? ¡Los muy tontos! ¿Por qué habéis huido? ¿Por qué?
La
sangre cubría aún sus delgados labios. La enferma paseó la mirada por la
habitación.
‑Aquí
vives, ¿verdad, Sonia? No había venido nunca a tu casa, y al fin he tenido
ocasión de verla.
Se
quedó mirando a Sonia con una expresión llena de amargura.
‑Hemos
destrozado tu vida por completo... Polia, Lena, Kolia, venid... Aquí están,
Sonia... Tómalos... Los pongo en tus manos... Yo he terminado ya... Se acabó la
fiesta... Acostadme... Dejadme morir tranquila.
La
tendieron en la cama.
‑¿Cómo?
¿Un sacerdote? ¿Para qué? ¿Es que a alguno de ustedes les sobra un rublo...? Yo
no tengo pecados... Dios me perdonará... Sabe lo mucho que he sufrido en la
vida... Y si no me perdona, ¿qué le vamos a hacer?
El
delirio de la fiebre se iba apoderando de ella. Sus ideas eran cada vez más
confusas. A cada momento se estremecía, miraba al círculo formado en torno del
lecho, los reconocía a todos. Después volvía a hundirse en el delirio. Su
respiración era silbante y penosa. Se oía en su garganta una especie de hervor.
‑Yo
le dije: «¡Excelencia...!» ‑exclamó, deteniéndose después de cada palabra
para tomar aliento‑. ¡Esa Amalia Ludwigovna...! ¡Lena, Kolia, las manos
en las caderas...! Vivacidad, mucha vivacidad... Ligereza y elegancia... Un
poco de taconeo... ¡A ver si lo hacéis con gracia...!
»Du hast Diamanten and Perlen[L61].
»¿Qué viene
después...? ¡Ah, sí!
»Du hast die schonsten Augen...
Madchen, was willst du meher?
»¡Qué
falso es esto! Was willst du meher...? Bueno,
¿qué más dijo el muy imbécil...? Ya, ya recuerdo lo que sigue...
»En los mediodías ardientes
de los llanos del Daghestan...
»¡Ah,
cómo me gustaba, como me encantaba esta romanza, Poletchka! Me la cantaba tu
padre antes de casarnos... ¡Qué tiempos aquellos...! Esto es lo que debemos
cantar... Pero ¿qué viene después...? Lo he olvidado... Ayúdame a recordar...
La
dominaba una profunda agitación. Intentaba incorporarse... De pronto, con voz
ronca, entrecortada, siniestra, deteniéndose para respirar después de cada
palabra, con una creciente expresión de inquietud en el rostro, volvió a
cantar:
En
los mediodias ardientes
de
los llanos del Daghestan...,
con
una bala en el pecho...
De
pronto rompió a llorar y exclamó con una especie de ronquido:
‑¡Excelencia,
proteja a los huérfanos en memoria del difunto Simón Zaharevitch, del que
incluso puede decirse que era un aristócrata!
Tras
un estremecimiento, volvió a su juicio, miró con un gesto de espanto a cuantos
la rodeaban y se vio que hacía esfuerzos por recordar dónde estaba. En seguida
reconoció a Sonia, pero se mostró sorprendida de verla a su lado.
‑Sonia...,
Sonia...‑dijo dulcemente‑, ¿también estás tú aquí?
La
levantaron de nuevo.
‑¡Ha
llegado la hora...! ¡Esto se acabó, desgraciada...! La bestia está rendida...,
¡muerta! ‑gritó con amarga desesperación, y cayó sobre la almohada.
Quedó
adormecida, pero este sopor duró poco. Echó hacia atrás el amarillento y enjuto
rostro, su boca se abrió, sus piernas se extendieron convulsivamente, lanzó un
profundo suspiro y murió.
Sonia
se arrojó sobre el cadáver, se abrazó a él, dejó caer su cabeza sobre el
descarnado pecho de la difunta y quedó inmóvil, petrificada. Poletchka se echó
sobre los pies de su madre y empezó a besarlos sollozando.
Kolia
y Lena, aunque no comprendían lo que había sucedido, adivinaban que el acontecimiento
era catastrófico. Se habían cogido de los hombros y se miraban en silencio. De
pronto, los dos abrieron la boca y empezaron a llorar y a gritar.
Los
dos llevaban aún sus vestidos de saltimbanqui: uno su turbante, el otro su
gorro adornado con una pluma de avestruz.
No
se sabe cómo, el diploma obtenido por Catalina Ivanovna en el internado
apareció de pronto en el lecho, al lado del cadáver. Raskolnikof lo vio. Estaba junto a la almohada.
Rodia
se dirigió a la ventana. Lebeziatnikof corrió a reunirse con él.
Se
ha muerto ‑murmuró.
‑Rodion
Romanovitch ‑dijo Svidrigailof acercándose a ellos‑, tengo que
decirle algo importante.
Lebeziatnikof
se retiró en el acto discretamente. No obstante, Svidrigailof se llevó a
Raskolnikof a un rincón más apartado. Rodia no podía ocultar su curiosidad.
‑De
todo esto, del entierro y de lo demás, me encargo yo. Ya sabe usted que tengo
más dinero del que necesito. Llevaré a Poletchka y sus hermanitos a un buen
orfelinato y depositaré mil quinientos rublos para cada uno. Así podrán llegar
a la mayoría de edad sin que Sonia Simonovna tenga que preocuparse por su
sostenimiento. En cuanto a ella, la retiraré de la prostitución, pues es una
buena chica, ¿no le parece? Ya puede usted explicar a Avdotia Romanovna en qué
gasto yo el dinero.
‑¿Qué
persigue usted con su generosidad? ‑preguntó Raskolnikof.
‑¡Qué
escéptico es usted! ‑exclamó Svidrigailof, echándose a reír‑. Ya le
he dicho que no necesito el dinero que en esto voy a gastar. Usted no admite
que yo pueda proceder por un simple impulso de humanidad. Al fin y al cabo, esa
mujer no era un gusano ‑señalaba con el dedo el rincón donde reposaba la
difunta‑ como cierta vieja usurera. ¿No sería preferible que, en vez de
ella, hubiera muerto Lujine, ya que así no podría cometer más infamias? Sin mi
ayuda, Poletchka seguiría el camino de su hermana...
Su
tono malicioso parecía lleno de reticencia, y mientras hablaba no apartaba la
vista de Raskolnikof, el cual se estremeció y se puso pálido al oír repetir los
razonamientos que había hecho a Sonia. Retrocedió vivamente y fijó en
Svidrigailof una mirada extraña.
‑¿Cómo
sabe usted que yo he dicho eso?‑balbuceó.
‑Vivo
al otro lado de ese tabique, en casa de la señora Resslich. Este departamento
pertenece a Kapernaumof, y aquél, a la señora Resslich, mi antigua y excelente
amiga. Soy vecino de Sonia Simonovna.
‑¿Usted?
‑Sí,
yo ‑dijo Svidrigailof entre grandes carcajadas‑. Le doy mi palabra
de honor, querido Rodion Romanovitch, de que me ha interesado usted
extraordinariamente. Le dije que seríamos buenos amigos. Pues bien, ya lo
somos. Ya verá como soy un hombre comprensivo y tratable con el que se puede
alternar perfectamente.
SEXTA PARTE
I
Empezó para
Raskolnikof una vida extraña. Era como si una especie de neblina le hubiera
envuelto y hundido en un fatídico y doloroso aislamiento. Cuando más adelante
recordaba este período de su vida, comprendía que entonces su razón vacilaba a
cada momento y que este estado, interrumpido por algunos intervalos de lucidez,
se había prolongado hasta la catástrofe definitiva. Tenía el convencimiento de
que había cometido muchos errores, sobre todo en las fechas y sucesión de los
hechos. Por lo menos, cuando, andando el tiempo, recordó, y trató de poner en
orden estos recursos, y después de explicarse lo sucedido, sólo gracias al
testimonio de otras personas pudo conocer muchas de las cosas que pertenecían a
aquel período de su propia vida. Confundía los hechos y consideraba algunos
como consecuencia de otros que sólo existían en su imaginación. A veces le
dominaba una angustia enfermiza y un profundo terror. Y también se acordaba de
haber pasado minutos, horas y acaso días sumido en una apatía que sólo podía
compararse con el estado de indiferencia de ciertos moribundos. En general,
últimamente parecía preferir cerrar los ojos a su situación que darse cuenta
exacta de ella. Así, ciertos hechos esenciales que se veía obligado a dilucidar
le mortificaban, y, en compensación, descuidaba alegremente otras cuestiones
cuyo olvido podía serle fatal, teniendo en cuenta su situación.
Svidrigailof
le inquietaba de un modo especial. Incluso podía decirse que su pensamiento se
había fijado e inmovilizado en él. Desde que había oído las palabras, claras y
amenazadoras, que este hombre había pronunciado en la habitación de Sonia el
día de la muerte de Catalina Ivanovna, las ideas de Raskolnikof habían tomado
una dirección completamente nueva. Pero, a pesar de que este hecho imprevisto
le inquietaba profundamente, no se apresuraba a poner las cosas en claro. A
veces, cuando se encontraba en algún barrio solitario y apartado, solo ante una
mesa de alguna taberna miserable, sin que pudiera comprender cómo había llegado
allí, el recuerdo de Svidrigailof le asaltaba de pronto, y se decía, con febril
lucidez, que debía tener con él una explicación cuanto antes. Un día en que se
fue a pasear por las afueras, se imaginó que se había citado con Svidrigailof.
Otra vez se despertó al amanecer en un matorral, sin saber por qué estaba allí.
En
los dos o tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikof
se había encontrado varias veces con Svidrigailof, casi siempre en la
habitación de Sonia, a la que iba a visitar sin objeto alguno y para volverse a
marchar en seguida. Se limitaba a cambiar rápidamente algunas palabras
triviales, sin abordar el punto principal, como si se hubieran puesto de
acuerdo tácitamente en dejar a un lado de momento esta cuestión. El cuerpo de
Catalina Ivanovna estaba aún en el aposento. Svidrigailof se encargaba de todo
lo relacionado con el entierro y parecía muy atareado. También Sonia estaba muy
ocupada.
La
última vez que se vieron, Svidrigailof enteró a Raskolnikof de que había
arreglado felizmente la situación de los niños de la difunta. Gracias a ciertas
personalidades que le conocían, había conseguido que admitieran a los huérfanos
en excelentes orfelinatos, donde recibirían un trato especial, ya que había
entregado una buena suma por cada uno de ellos.
Después
dijo algunas palabras acerca de Sonia, prometió a Raskolnikof pasar pronto por
su casa y le recordó que deseaba pedirle consejo sobre ciertos asuntos.
Esta
conversación tuvo lugar en la entrada de la casa, al pie de la escalera.
Svidrigailof miraba fijamente a Raskolnikof. De pronto bajó la voz y le dijo:
‑Pero
¿qué le pasa a usted, Rodion Romanovitch? Cualquiera diría que no está usted en
su juicio. Usted escucha y mira con la expresión del hombre que no comprende
nada. Hay que animarse. Tenemos que hablar, a pesar de que estoy muy ocupado
tanto por asuntos propios como por ajenos... Oiga, Rodion Romanovitch ‑le
dijo de pronto‑, todos los hombres necesitamos aire, aire libre... Esto
es indispensable.
Se
apartó para dejar paso a un sacerdote y a un sacristán que venían a celebrar el
oficio de difuntos. Svidrigailof lo había arreglado todo para que esta
ceremonia se repitiese dos veces cada día a las mismas horas. Se marchó.
Raskolnikof estuvo un momento reflexionando. Después siguió al sacerdote hasta
el aposento de Sonia.
Se
detuvo en el umbral. Comenzó el oficio, triste, grave, solemne. Las ceremonias
fúnebres le inspiraban desde la infancia un sentimiento de terror místico.
Hacía mucho tiempo' que no había asistido a una misa de difuntos. La ceremonia
que estaba presenciando era para él especialmente conmovedora e impresionante.
Miró a los niños. Los tres estaban arrodillados junto al ataúd. Poletchka
lloraba. Tras ella, Sonia rezaba, procurando ocultar sus lágrimas.
«
En todos estos días ‑se dijo Raskolnikof‑ no me ha dirigido ni una
palabra ni una mirada.»
El
sol iluminaba la habitación, y el humo del incienso se elevaba en densas
volutas.
El
sacerdote leyó:
‑«Concédele,
Señor, el descanso eterno.»
Raskolnikof
permaneció en el aposento hasta el final del oficio. El pope repartió sus
bendiciones y salió, dirigiendo a un lado y a otro miradas de extrañeza.
Después,
el joven se acercó a Sonia. Ella se apoderó de sus manos y apoyó en su hombro
la cabeza. Esta demostración de amistad produjo a Raskolnikof un profundo
asombro. ¿De modo que ella no experimentaba la menor repulsión, el menor horror
hacia él? La mano de Sonia no temblaba lo más mínimo en la suya. Era el colmo
de la abnegación: ésta era, por lo menos, la explicación que Raskolnikof daba a
semejante detalle. Sonia no desplegó los labios. Raskolnikof le estrechó la
mano y se fue.
Se
habría sentido feliz si hubiera podido retirarse en aquel momento a un lugar
verdaderamente solitario, incluso para siempre. Pero, por desgracia para él, en
aquellos últimos días de su crisis, aunque estaba casi siempre solo, no tenía
nunca la sensación de estarlo completamente.
A
veces salía de la ciudad y se alejaba por la carretera. En una ocasión incluso
se había internado en un bosque. Pero cuanto más solitario y apartado era el
paraje, más claramente percibía Raskolnikof la presencia de algo semejante a un
ser, cuya proximidad le aterraba menos que le abatía.
Por
eso se apresuraba a volver a la ciudad y se mezclaba con la multitud. Entraba
en las tabernas, en los figones; se iba a la plaza del Mercado, al mercado de
las Pulgas. Así se sentía más tranquilo y más solo.
Una
vez que entró en uno de estos figones, oyó que estaban cantando. Anochecía.
Estuvo una hora escuchando, e incluso con gran satisfacción. Pero al fin una
profunda agitación volvió a apoderarse de él y le asaltó una especie de remordimiento.
«Aquí
estoy escuchando canciones ‑se dijo‑ Pero ¿es esto lo que debo
hacer?» Además, comprendió que no era éste su único motivo de inquietud. Había
otra cuestión que debía resolverse inmediatamente, pero que no lograba
identificar y que ni siquiera podía expresar con palabras. Lo sentía en su
interior como una especie de torbellino.
«Más
vale luchar ‑se dijo‑: encontrarse cara a cara con Porfirio o
Svidrigailof... Sí, recibir un reto: tener que rechazar un ataque... No cabe
duda de que esto es lo mejor.»
Después
de hacerse estas reflexiones, salió precipitadamente del figón. En esto acudió
a su pensamiento el recuerdo de su madre y de su hermana, y se apoderó de él un
profundo terror. Fue ésta la noche en que se despertó al oscurecer en un
matorral de la isla Kretovski. Estaba helado y temblaba de fiebre cuando tomó
el camino de su alojamiento. Llegó ya muy avanzada la mañana. Tras varias horas
de descanso, le desapareció la fiebre; pero cuando se levantó eran más de las
dos de la tarde.
Se
acordó de que era el día de los funerales de Catalina Ivanovna y se alegró de
no haber asistido. Nastasia le trajo la comida y él comió y bebió con gran
apetito, casi con glotonería. Tenía la cabeza despejada y gozaba de una calma
que no había experimentado desde hacía tres días. Incluso se asombró de los
terrores que le habían asaltado. La puerta se abrió y entró Rasumikhine.
‑¡Ah,
estás comiendo! Luego no estás enfermo.
Cogió
una silla y se sentó frente a su amigo. Parecía muy agitado y no lo disimulaba.
Habló con una indignación evidente, pero sin apresurarse ni levantar la voz.
Era como si le impulsara una intención misteriosa.
‑Escucha
‑dijo en tono resuelto‑: el diablo os lleve a todos, y no quiero
saber nada de vosotros, pues no entiendo absolutamente nada de vuestra
conducta. No creas que he venido a interrogarte, pues no tengo el menor interés
en averiguar nada. Si te tirase de la lengua, empezarías, a lo mejor, a
contarme todos tus secretos, y yo no querría escucharlos: escupiría y me
marcharía. He venido para aclarar, por mí mismo y definitivamente, si en verdad
estás loco. Pues has de saber que algunos creen que lo estás. Y te confieso que
me siento inclinado a compartir esta opinión, dado tu modo de obrar estúpido,
bastante villano y perfectamente inexplicable, así como tu reciente conducta
con tu madre y con tu hermana. ¿Qué hombre lo haría, Tu madre está muy enferma
desde ayer. Quería verte, y aunque e que no sea un monstruo, un canalla o un
loco se habría portado con ellas como te has portado tú? En consecuencia, tú
estás loco.
‑¿Cuándo
las has visto?
‑Hace
un rato. ¿Y tú? ¿Desde cuándo no las has visto? Dime, te lo ruego: ¿dónde has
pasado el día? He estado tres veces aquí y no he conseguido verte. tu hermana
ha hecho todo lo posible por retenerla, ella no ha querido escucharla. Ha dicho
que si estabas enfermo, si perdías la razón, sólo tu madre podía venir en tu
ayuda. Por lo tanto, nos hemos venido hacia aquí los tres, pues, como
comprenderás, no podíamos dejarla venir sola, y por el camino no hemos cesado
de tratar de calmarla. Cuando hemos llegado aquí, tú no estabas. Mira, aquí se
ha sentado, y sentada ha estado diez minutos, mientras nosotros permanecíamos
de pie ante ella. Al fin se ha levantado y ha dicho: « Si sale, no puede estar
enfermo. La razón es que me ha olvidado. No me parece bien que una madre vaya a
buscar a su hijo para mendigar sus caricias.» Cuando ha vuelto a su casa, ha
tenido que acostarse. Ahora tiene fiebre. «Para su amiga sí que tiene tiempo»,
ha dicho. Se refería a Sonia Simonovna, de la que supone que es tu prometida o
tu amante. No sabe si es una cosa a otra, y como yo tampoco lo sé, amigo mío, y
deseaba salir de dudas, he ido en seguida a casa de esa joven... Al entrar, veo
un ataúd, niños que lloran y a Sonia Simonovna probándoles vestidos de luto. Tú
no estabas allí. Después de buscarte con los ojos, me he excusado, he salido y
he ido a contar a Avdotia Romanovna los resultados de mis pesquisas. O sea que
las suposiciones de tu madre han resultado inexactas, y puesto que no se trata
de una aventura amorosa, la hipótesis más plausible es la de la locura. Pero
ahora te encuentro comiendo con tanta avidez como si llevaras tres días en
ayunas. Verdad es que los locos también comen, y que, además, no me has dicho
ni una palabra; pero estoy seguro de que no estás loco. Eso es para mí tan
indiscutible, que lo juraría a ojos cerrados. Así, que el diablo se os lleve a
todos. Aquí hay un misterio, un secreto, y no estoy dispuesto a romperme la
cabeza para resolver este enigma. Sólo he venido aquí ‑terminó,
levantándose‑ para decirte lo que te he dicho y descargar mi conciencia.
Ahora ya sé lo que tengo que hacer.
‑¿Qué
vas a hacer?
‑¡A
ti qué te importa!
‑Vas
a beber. Lleva cuidado.
‑¿Cómo
lo has adivinado?
‑No
es nada difícil.
Rasumikhine
permaneció un momento en silencio.
‑Tú
eres muy inteligente y nunca has estado loco ‑exclamó con vehemencia‑.
Has dado en el clavo. Me voy a beber. Adiós.
Y
dio un paso hacia la puerta.
‑Hablé
de ti a mi hermana, Rasumikhine. Me parece que fue anteayer.
Rasumikhine
se detuvo.
‑¿De
mí? ¿Dónde la viste?
Había
palidecido ligeramente, y bastaba mirarle para comprender que su corazón había
empezado a latir con violencia.
‑Vino
a verme. Se sentó ahí y estuvo hablando conmigo.
‑¿Ella?
‑Sí.
‑Bueno,
pero ¿qué le dijiste de mí?
‑Le
dije que eres una excelente persona, un hombre honrado y trabajador. De tu amor
no tuve que decirle nada, pues ella bien sabe que tú la quieres.
‑¿Lo
sabe?
‑¡Pero,
hombre...! Oye: me vaya yo donde me vaya y ocurra lo que ocurra, tú debes
seguir siendo su providencia. Las pongo en tus manos, Rasumikhine. Te digo esto
porque sé que la amas y estoy seguro de la pureza de tu amor. También sé que
ella puede amarte, si no te ama ya. Ahora a ti te concierne decidir si debes
irte a beber.
‑Rodia...
Mira... Oye... ¡Demonio! ¿Qué quieres decir con eso de que las pones en mis
manos...? Bueno, si es un secreto, no me digas nada: yo lo descubriré. Estoy
seguro de que todo eso son tonterías forjadas por tu imaginación. Por lo demás,
eres una buena persona, un hombre excelente.
‑Cuando
me has interrumpido, te iba a decir que haces bien en renunciar a conocer mis
secretos. No pienses en esto, no te preocupes. Todo se aclarará a su debido
tiempo, y entonces ya no habrá secretos para ti. Ayer alguien me dijo que los
hombres tenemos necesidad de aire, ¿lo oyes?, de aire. Ahora mismo voy a ir a
preguntarle qué quería decir con eso.
Rasumikhine
reflexionó febrilmente. De pronto tuvo una idea.
«
Seguramente ‑pensó‑, Raskolnikof es un conspirador político y está
en vísperas de dar un golpe decisivo. No puede ser otra cosa... Y Dunia está
enterada.»
‑Así
‑dijo recalcando las palabras‑, Avdotia Romanovna viene a verte y
tú vas ahora a ver a un hombre que dice que hace falta aire, que eso es lo
primero... Por lo tanto, esa carta ‑terminó como si hablara consigo mismo‑
debe referirse a todo esto.
‑¿Qué
carta?
‑Tu
hermana ha recibido hoy una carta que parece haberla afectado. Yo diría incluso
que la ha trastornado profundamente. Yo he intentado hablarle de ti, y ella me ha
rogado que me callara. Luego me ha dicho que tal vez tuviéramos que separarnos
muy pronto. Me ha dado las gracias calurosamente no sé por qué y luego se ha
encerrado en su habitación.
‑¿Dices
que ha recibido una carta? ‑preguntó Raskolnikof, pensativo.
‑Sí,
una carta. ¿No lo sabías?
Los
dos guardaron silencio.
‑Adiós,
Rodia. Te confieso, amigo mío, que hubo un momento... Bueno, adiós... Sí, hubo
un momento en que... Adiós, adiós; tengo que marcharme. En cuanto a eso de
beber, no lo haré. Te equivocas si crees que eso es necesario.
Parecía
tener mucha prisa, pero apenas hubo salido, volvió a entrar y dijo a
Raskolnikof sin mirarle:
‑Oye,
¿te acuerdas de aquel asesinato, de aquel asunto que Porfirio estaba encargado
de instruir? Me refiero a la muerte de la vieja. Pues bien, ya se ha
descubierto al asesino. Él mismo ha confesado y presentado toda clase de
pruebas. Es uno de aquellos pintores que yo defendía con tanta seguridad, ¿te
acuerdas? Aunque parezca mentira, todas aquellas escenas de risas y golpes que
se desarrollaron mientras el portero subía con dos testigos no eran más que un
truco destinado a desviar las sospechas. ¡Qué astucia, qué presencia de ánimo
la de ese bribón! Verdaderamente, cuesta creerlo, pero él lo ha explicado todo,
y su declaración es de las más completas. ¡Cómo me equivoqué! A mi juicio, ese
hombre es un genio, el genio del disimulo y de la astucia, un maestro de la
coartada, por decirlo así, y, teniendo esto en cuenta, no hay que asombrarse de
nada. En verdad, personas así pueden existir. Que no haya podido mantener su
papel hasta el fin y haya acabado por confesar es una prueba de la veracidad de
sus declaraciones... Pero no comprendo cómo pude cometer tamaña equivocación.
Estaba dispuesto a sostener en todos los terrenos la inocencia de esos hombres.
‑Dime, por favor, ¿dónde te has enterado de
todo eso y por qué te interesa tanto este asunto? ‑preguntó Raskolnikof,
visiblemente afectado.
‑¿Que por qué me interesa? ¡Vaya
una pregunta! En cuanto Al origen de mis informes, ha sido Porfirio, y otros,
pero Porfirio especialmente, el que me lo ha explicado todo.
‑¿Porfirio?
‑Sí.
‑Bueno,
pero ¿qué te ha dicho? ‑preguntó Raskolnikof perdiendo la calma.
‑Me
lo ha explicado todo con gran claridad, procediendo según su método
psicológico.
‑¿Te
ha explicado eso? ¿Él mismo te lo ha explicado?
‑Sí,
él mismo. Adiós. Tengo todavía algo que contarte, pero habrá de ser en otra
ocasión, pues ahora tengo prisa. Hubo un momento en que creí... Bueno, ya te lo
contaré en otro momento... Lo que quiero decirte es que ya no tengo necesidad
de beber: tus palabras han bastado para emborracharme. Sí, Rodia, estoy
embriagado, embriagado sin haber bebido... Bueno, adiós. Hasta pronto.
Se
marchó.
«
Es un conspirador político: estoy seguro, completamente seguro ‑se dijo
con absoluta convicción Rasumilchine mientras bajaba la escalera‑. Y ha
complicado a su hermana en el asunto. Esta hipótesis es más que plausible, dado
el carácter de Avdotia Romanovna. Los dos hermanos tienen entrevistas. Algunas
de sus palabras, ciertas alusiones, me lo demuestran. Por otra parte, ésta es
la única explicación que puede tener este embrollo. Y yo que creía... ¡Señor,
lo que llegué a pensar...! Una verdadera aberración; me siento culpable ante
él. Pero fue él mismo el que el otro día, en el pasillo, junto a la lámpara, me
inspiró semejante insensatez... ¡Qué idea tan villana, tan burda, me asaltó!
Mikolka ha hecho muy bien en confesar... Ahora todo lo ocurrido queda
perfectamente explicado: la enfermedad de Rodia, su extraña conducta... Incluso
en sus tiempos de estudiante se mostraba sombrío y huraño... Pero ¿qué
significa esa carta? ¿Quién la envía? Hay todavía algo por aclarar... Ya lo
averiguaré todo.»
De
pronto se acordó de lo que Rodia le había dicho de Dunetchka, y creyó que el
corazón se le iba a paralizar. Entonces hizo un esfuerzo y echó a correr.
Apenas
se hubo marchado Rasumikhine, Raskolnikof se levantó y se acercó a la ventana.
Después dio algunos pasos y tropezó con una pared. Luego tropezó con otra.
Parecía haberse olvidado de las reducidas dimensiones de su habitación. Al fin
se dejó caer en el diván. Daba la impresión de que se había operado en él un
cambio profundo y completo. De nuevo podía luchar: tenía una posible salida.
Sí,
ahora podía tener una salida, un medio de poner fin a la espantosa situación
que le asfixiaba y le tenía sumido en una especie de embrutecimiento desde la
confesión de Mikolka en casa de Porfirio. A esto había seguido su escena con
Sonia, cuyo desarrollo y desenlace no habían correspondido a sus previsiones ni
a sus intenciones. Se había mostrado débil en el último momento. Había
reconocido ante la muchacha, y con toda sinceridad, que no podía seguir
llevando él solo una carga tan pesada...
¿Y
Svidrigailof? Svidrigailof era para él un inquietante enigma, aunque esta
inquietud tenía un matiz diferente. Tendría que luchar, pero seguramente
encontraría un modo de deshacerse de él. Porfirio era otra cosa.
Así,
pues, había sido el mismo Porfirio el que había demostrado a Rasumikhine la
culpabilidad de Mikolka, procediendo por su método psicológico.
«Siempre
está con su maldita psicología ‑se dijo Raskolnikof‑. Porfirio no
ha creído en ningún momento en la culpabilidad de Mikolka después de la escena
que hubo entre nosotros y que no admite más que una explicación.»
Raskolnikof
había recordado en varias ocasiones retazos de aquella escena, pero no la
escena entera, pues no habría podido soportar su recuerdo.
En
aquella escena habían cambiado palabras y miradas que demostraban en Porfirio
una seguridad tan absoluta y adquirida tan rápidamente, que no era posible que
la confesión de Mikolka hubiera podido quebrantarla. ¡Pero qué situación la
suya! El mismo Rasumikhine empezaba a sospechar. El incidente del corredor
había dejado huellas en él.
«Entonces
corrió a casa de Porfirio... Pero ¿por qué habrá querido ese hombre engañarle?
¿Por qué razón habrá intentado desviar sus sospechas hacia Mikolka? No, no
puede haber hecho esto sin motivo. Abriga alguna intención, pero ¿cuál? Verdad
es que desde entonces ha transcurrido mucho tiempo, y no he tenido noticias de
Porfirio. Esto es tal vez mala señal.»
Cogió
la gorra y se dirigió a la puerta. Iba pensativo. Por primera vez desde hacía
mucho tiempo se sentía en un estado de perfecto equilibrio.
«Hay
que terminar con Svidrigailof a toda costa y lo antes posible. Sin duda está
esperando que vaya a verle.»
En
este momento, en su agotado corazón brotó tal odio contra sus dos enemigos,
Svidrigailof y Porfirio, que no habría vacilado en matar a cualquiera de ellos
si los hubiese tenido a su merced. Por lo menos tuvo la impresión de que seria
capaz de hacerlo algún día.
‑Ya
lo verán, ya lo verán ‑murmuró.
Pero
apenas abrió la puerta se dio de manos a boca con Porfirio, que estaba en el
vestíbulo.
El
juez de instrucción venía a visitarle. Raskolnikof quedó estupefacto en el
primer momento, pero se recobró rápidamente. Por extraño que pueda parecer,
esta visita le extrañó muy poco y no le inquietó apenas.
Tras
un ligero estremecimiento se puso en guardia.
«
Esto puede ser el final ‑se dijo‑ Pero ¿cómo habrá podido llegar
tan en silencio que no lo he oído? ¿Habrá venido a espiarme?»
‑No
esperaba usted mi visita, ¿verdad, Rodion Romanovitch? ‑dijo alegremente
Porfirio Petrovitch‑. Hace mucho tiempo que quería venir a verle. Ahora,
al pasar casualmente ante su casa, me he preguntado: «¿Por qué no subes un
momento?» Ya veo que iba usted a salir; pero no tema, que sólo le distraeré el
tiempo que dura un cigarrillo. Es decir, si usted me lo permite.
‑¡Pues
claro que sí! Siéntese, Porfirio Petrovitch, siéntese.
Y
Raskolnikof ofreció una silla a su visitante, tan amable y sereno, que él mismo
se habría sorprendido si se hubiera podido ver en aquel momento. No había
quedado en él ni rastro de inquietud. Es el caso del hombre que cae en poder de
un bandido y, después de pasar media hora de angustia mortal, recobra su sangre
fría cuando nota la punta del puñal en la garganta.
Raskolnikof
se sentó ante Porfirio Petrovitch y le miró a la cara. El juez de instrucción
guiñó un ojo y encendió un cigarrillo.
«¡Vamos,
habla! ‑le incitó Raskolnikof mentalmente‑. ¿Por qué no empiezas de
una vez?»
II
Ah, estos
cigarrillos! ‑dijo al fin Porfirio Petrovitch‑. Son un veneno, un
verdadero veneno. Tengo tos, se me irrita la garganta, padezco de asma. Como
soy algo aprensivo, he ido a ver al doctor B., que es un médico que está
examinando a cada enfermo durante media hora como mínimo. Se ha echado a reír
al verme, y, después de palparme y auscultarme cuidadosamente, me ha dicho: «El
tabaco no le va nada bien. Tiene usted los pulmones dilatados.» No lo dudo,
pero ¿cómo dejar el tabaco? ¿Por qué otra cosa lo puedo sustituir? Yo no bebo:
eso es lo malo... ¡Je, je, je! Toda
mi desgracia viene de que no bebo. Pues todo es relativo en este mundo, Rodion
Romanovitch, todo es relativo.
«Ya
está de nuevo con sus tonterías», pensó Raskolnikof, contrariado.
Al
punto le vino a la memoria su última entrevista con el juez de instrucción, y
este recuerdo trajo a su ánimo todos sus anteriores sentimientos.
‑Anteayer
por la tarde estuve aquí, ¿no lo sabía usted? ‑continuó Porfirio
Petrovitch, paseando una mirada por la habitación‑. Estuve aquí dentro.
Al pasar por esta calle se me ocurrió, como se me ha ocurrido hoy, hacerle una
visita. La puerta estaba abierta de par en par. Esperé un momento y me volví a
marchar sin ni siquiera ver a la sirvienta para darle mi nombre. ¿Nunca cierra
usted la puerta?
El
rostro de Raskolnikof aparecía cada vez más sombrío. Porfirio pareció adivinar
los pensamientos que lo agitaban.
‑He
venido a darle una explicación, mi querido Rodion Romanovitch. Se la debo ‑dijo
sonriendo y dándole una palmada en la rodilla.
Su
semblante cobró de pronto una expresión seria y preocupada. Incluso pasó por él
una sombra de tristeza, para gran asombro de Raskolnikof, que jamás había visto
en él nada semejante ni le creía capaz de tales sentimientos.
‑Hubo
una escena extraña entre nosotros, Rodion Romanovitch, la última vez que nos
vimos. Pero entonces... En fin, he aquí el asunto que me trae. He cometido
errores con usted, bien lo sé. Ya recordará usted cómo nos separamos. Verdad es
que los dos somos bastante nerviosos; pero no procedimos como personas bien
educadas, aunque nuestros Buenos modales son evidentes y me atrevería a decir
que están por encima de todo. Estas cosas no se deben olvidar. ¿Recuerda usted
hasta qué extremo llegamos? Rebasamos todos los límites.
«¿Adónde
querrá ir a parar?», se preguntaba Raskolnikof, asombrado y devorando a
Porfirio con los ojos.
‑Yo
creo que lo mejor que podemos hacer es ser francos ‑‑continuó
Porfirio Petrovitch, volviendo un poco la cabeza y bajando la vista, como si
temiera turbar a su antigua víctima y quisiera demostrarle su desdén por los
procedimientos y las celadas que había utilizado‑. Estas sospechas, estas
escenas, no deben repetirse. Si no hubiera sido por Mikolka, que llegó y puso
fin a aquella escena, no sé cómo habrían terminado las cosas. Ese maldito
papanatas estaba escondido detrás del tabique. Ya lo sabe usted, ¿verdad? Me
enteré de que había venido a su casa inmediatamente después de aquella escena.
Pero usted se equivocó en sus suposiciones. Yo no mandé a buscar a nadie aquel
día y no había tomado medida alguna. Usted se preguntará por qué razón no lo
hice. Pues... no sé cómo explicárselo. Me limité a citar a los porteros, a los
que usted vio al pasar. Una idea, rápida como un relámpago, había acudido a mi
imaginación. Yo estaba demasiado seguro de mí mismo, Rodion Romanovitch, y me
decía que si lograba apresar un hecho, aunque fuera renunciando a todo lo
demás, obtendría el resultado que deseaba.
»Usted
tiene un carácter en extremo irascible, Rodion Romanovitch, incluso demasiado.
Es un rasgo predominante de su naturaleza, que yo me jacto de conocer, por lo
menos en parte. Yo me dije que no es cosa corriente que un hombre nos arroje
sin más ni más la verdad a la cara. Sin duda, esto puede hacerlo un hombre que
esté fuera de sí, pero este caso es excepcional. Yo me hice este razonamiento:
"Si pudiese arrancarle el hecho más insignificante, la más mínima
confesión, con tal que fuera una prueba palpable, algo distinto, en fin, a
estos hechos psicológicos..." Pues yo estaba seguro de que si un hombre es
culpable, uno acaba siempre por arrancarle una prueba evidente. Di por
descontado los resultados más sorprendentes. Dirigía mis golpes a su carácter,
Rodion Romanovitch, a su carácter sobre todo. Le confieso que confiaba
demasiado en usted mismo.
‑Pero
¿por qué me cuenta usted todo esto? ‑gruñó Raskolnikof, sin darse cuenta
del alcance de su pregunta.
«¿Me
creerá acaso inocente?», se preguntó con el pensamiento.
‑¿Que
por qué le cuento todo esto? Yo he venido a darle una explicación. Considero
que esto es un deber sagrado para mí. Quiero exponerle con todo detalle el
proceso de mi aberración. Le sometí a usted a una verdadera tortura, Rodion
Romanovitch, pero no soy un monstruo. Pues me hago cargo de lo que debe
experimentar una persona desgraciada, orgullosa, altiva y poco paciente, sobre
todo poco paciente, al verse sometida a una prueba semejante. Le aseguro que le
considero como un hombre de noble corazón y, hasta cierto punto, como un hombre
magnánimo, aunque no me sea posible compartir todas sus opiniones. Juzgo como
un deber hacerle cierta declaración en el acto, pues no quiero que usted forme
un juicio falso.
»Cuando
empecé a conocerle, se despertó en mí una verdadera simpatía hacia usted. Esta
confesión le hará tal vez reír. Pues bien, ríase: tiene usted perfecto derecho.
Sé que usted, en cambio, sintió desde el primer momento una viva antipatía
hacia mí. Bien es verdad que yo no tengo nada que pueda hacerme simpático;
pero, cualquiera que sea su opinión sobre mí, puedo asegurarle que deseo con
todas mis fuerzas borrar la mala impresión que le produje, reparar mis errores
y demostrarle que soy un hombre de buen corazón. Le estoy hablando
sinceramente, créame.
Pronunciadas
estas palabras, Porfirio Petrovitch se detuvo con un gesto lleno de dignidad, y
Raskolnikof se sintió dominado por un nuevo terror. La idea de que el juez de
instrucción le creía inocente le sobrecogía.
‑No
es necesario remontarse al origen de los acontecimientos ‑continuó
Porfirio Petrovitch‑. Creo que sería una rebusca inútil e imposible. Al
principio circularon rumores sobre cuyo origen y naturaleza creo superfluo
extenderme. Inútil también explicarle cómo se encontró su nombre enzarzado en
todo esto. Lo que a mí me dio la señal de alarma fue un hecho completamente
fortuito, del que tampoco le hablaré. El conjunto de rumores y circunstancias
accidentales me llevaron a concebir ciertas ideas. Le confieso con toda
franqueza (pues si uno quiere ser sincero debe serlo hasta el fin) que fui yo
el primero que le mezclé a usted en este asunto. Las anotaciones de la vieja en
los envoltorios de los objetos y otros mil detalles de la misma índole no
significan nada independientemente; pero se podían contar hasta un centenar de
hechos importantes. Tuve también ocasión de conocer hasta en sus más mínimos
detalles el incidente de la comisaría. Me enteré de ello por un simple azar. Me
lo refirió con gran lujo de pormenores la persona que había desempeñado en la
escena el papel principal, con gran propiedad por cierto, aunque sin darse
cuenta.
»Todos
estos hechos se acumulan, mi querido Rodion Romanovitch. En estas condiciones,
¿cómo no adoptar una posición determinada? "Así como cien conejos no hacen
un caballo, cien presunciones no constituyen una prueba", dice el
proverbio inglés. Pero en este caso habla la razón, y las pasiones son algo muy
distinto. Pruebe usted a luchar contra las pasiones. Al fin y al cabo, un juez
de instrucción es un hombre y, por lo tanto, accesible a las pasiones.
»Además,
pensé en el artículo que usted publicó en cierta revista, ¿recuerda usted?
Hablamos de él en nuestra primera conversación. Entonces me mofé de él, pero lo
hice con la intención de hacerle hablar. Porque, se lo repito, usted es un
hombre poco paciente, Rodion Romanovitch, y tiene los nervios echados a perder.
En cuanto a su osadía, su orgullo, la seriedad de su carácter y sus
sufrimientos, hacía ya tiempo que los había advertido. Conocía todos estos
sentimientos y consideré que su artículo exponía ideas que no eran un secreto
para nadie. Estaba escrito con mano febril y corazón palpitante en una noche de
insomnio y era el producto de un alma rebosante de pasión reprimida. Pues bien,
esta pasión y este entusiasmo contenidos de la juventud son peligrosos.
Entonces me burlé de usted, pero ahora quiero decirle que, mirando las cosas
como simple lector, me deleitó el juvenil ardor de su pluma. Esto no es más que
humo, niebla, una cuerda que vibra entre brumas. Su artículo es absurdo y
fantástico, pero ¡respira tanta sinceridad! Rezuma un insobornable y juvenil
orgullo, y también osadía y desesperación. Es un artículo pesimista, pero este
pesimismo le va bien. Entonces lo leí, después puse en orden sus ideas, y, al
ordenarlas, me dije: "No creo que este hombre se limite a esto." Y
ahora dígame: teniendo estos antecedentes, ¿cómo no había de dejarme influir
por lo que sucedió después? Pero entonces no dije nada y ahora no me arriesgaré
a hacer la menor afirmación. Entonces me limité a observar y ahora mi
pensamiento es éste: "Tal vez toda esta historia es pura imaginación, un
simple producto de mi fantasía. Un juez de instrucción no debe apasionarse de
este modo. A mí sólo debe interesarme una cosa, y es que tengo a Mikolka."
Usted podría decir que los hechos son los hechos y que empleo con usted mi
psicología personal. Pero es preciso que lo mire todo en este caso, pues es una
cuestión de vida o muerte.
»Usted
se preguntará por qué le cuento todo esto. Pues se lo cuento para que pueda
usted juzgar con conocimiento de causa y no considere un crimen mi conducta del
otro día, tan cruel en apariencia. No, no fui cruel.
»Usted
se estará preguntando también por qué no he venido a registrar su casa. Pues
sepa usted que vine. ¡Je, je, je! Usted
estaba enfermo, acostado en su diván. No vine como magistrado, es decir,
oficialmente, pero vine. Esta habitación fue registrada a fondo cuanto tuve la
primera sospecha. Me dije: "Ahora este hombre vendrá a verme, vendrá a mi
casa, y no tardará mucho. Si es culpable, vendrá. Otro no lo haría, pero él
sí." ¿Se acuerda usted de la palabrería de Rasumikhine? La provocamos
nosotros para asustarle a usted: le pusimos al corriente de nuestras
conjeturas, seguros de que vendría a contárselo a usted, pues Rasumikhine no es
hombre que pueda disimular su indignación.
»El
señor Zamiotof quedó impresionado ante su cólera y su osadía. ¡Decir a gritos
en un establecimiento público: "¡Yo he matado...!" Esto es
verdaderamente audaz y arriesgado. Yo me dije: "Si este hombre es
culpable, es un luchador enconado." Esto es lo que pensaba. Y me dediqué a
esperar..., le esperaba ansiosamente. A Zamiotof le aplastó usted,
sencillamente. Y es que esta maldita psicología es un arma de dos filos:..
Bueno, pues cuando le estaba esperando, he aquí que Dios le envía. ¡Cómo se
desbocó mi corazón cuando te vi aparecer! ¿Qué necesidad tenía usted de venir
entonces? ¡Y aquella risa! No sé si se acordará, pero entró usted riéndose a
carcajadas, y yo, a través de su risa, vi lo que ocurría en su interior, tan
claramente como se ve a través de un cristal. Sin embargo, yo no habría
prestado a esa risa la menor atención si no hubiese estado prevenido. Y
entonces Rasumikhine... Y la piedra, aquella piedra, ya recordará usted, bajo
la cual estaban ocultos los objetos... Porque habló usted de un huerto a
Zamiotof, ¿verdad? Después, cuando empezamos a hablar de su artículo, creímos
percibir un segundo sentido en cada una de sus palabras.
»He
aquí, Rodion Romanovitch, cómo se fúe formando mi convicción poco a poco. Pero
cuando ya me sentía seguro, volví en mí y me pregunté qué me había ocurrido.
Pues todo aquello podía explicarse de un modo diferente e incluso más
natural... Un verdadero suplicio. ¡Cuánto mejor habría sido la prueba más
insignificante! Cuando supe lo del cordón de la campanilla, me estremecí de
pies a cabeza. "Ya tengo la prueba", me dije. Y ya no quise pensar en
nada. En aquel momento habría dado mil rublos por verle con mis propios ojos
dar cien pasos al lado de un hombre que le había llamado asesino y al que no se
atrevió a responder una sola palabra. »Y aquellos estremecimientos que le
acometían... Y aquel cordón de una campanilla de que usted hablaba en su
delirio... Después de esto, Rodion Romanovitch, ¿cómo puede usted extrañarse de
que procediera con usted como lo hice? ¿Por qué vino usted a mi casa en aquel
preciso momento? Era como si el demonio le hubiera impulsado. En verdad, si
Mikolka no se hubiese interpuesto entre nosotros en aquel momento... ¿Se
acuerda usted de la llegada de Mikolka? Fue como una chispa eléctrica. Pero
¿cómo lo recibí? No di la menor importancia a esta descarga, es decir, que no
creí ni una sola de sus palabras. Es más, después de marcharse usted y de oír
las razonables respuestas de Mikolka (pues sepa usted que me respondió de modo
tan inteligente sobre ciertos puntos, que quedé asombrado), después de esto, yo
permanecí tan firme en mis convicciones como una roca. "Este no dice una
palabra de verdad", pensé... Me refiero a Mikolka.
‑Rasumikhine
acaba de decirme que está usted seguro de su culpabilidad, que usted le ha
asegurado...
No
pudo terminar: le faltaba el aliento. Escuchaba con una turbación
indescriptible a aquel hombre que había cambiado tan radicalmente de juicio. No
podía dar crédito a sus oídos y buscaba ávidamente el sentido exacto de sus
ambiguas palabras.
‑¿Rasumikhine?
‑exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía muy satisfecho de haber oído,
al fin, decir algo a Raskolnikof‑. ¡Je,
je, je! De algún modo tenía que deshacerme de él, que es
completamente ajeno a este asunto. Se presentó en mi casa descompuesto... En
fin, dejémoslo aparte. Respecto a Mikolka, ¿quiere usted saber cómo es, o, por
lo menos, la idea que yo me he forjado de él? Ante todo, es como un niño. No ha
llegado aún a la mayoría de edad. Y no diré que sea un cobarde, pero sí que es
impresionable como un artista. No, no se ría de mi descripción. Es ingenuo y en
extremo sensible. Tiene un gran corazón y un carácter singular. Canta, baila y narra
con tanto arte, que vienen a verle y oírle de las aldeas vecinas. Es un
enamorado del estudio, aunque se ríe como un loco por cualquier cosa. Puede
beber hasta perder el conocimiento, pero no porque sea un borracho, sino porque
se deja llevar como un niño. No cree que cometiera un robo apropiándose el
estuche que se encontró. « Lo cogí del suelo ‑dijo‑ Por lo tanto,
puedo quedarme con él.» Pertenece a una secta cismática..., bueno, no tanto
como cismática, y era un fanático. Pasó dos años con un ermitaño. Según cuentan
sus camaradas de Zaraisk, era un devoto exaltado y quería retirarse también a
una ermita. Pasaba noches enteras rezando y leyendo los libros santos antiguos.
Petersburgo ha ejercido una gran influencia en él. Las mujeres, el vino..., ¿comprende?
Es muy impresionable, y esto le ha hecho olvidar la religión. Me he enterado de
que un artista se interesó por él y le daba lecciones. Así las cosas, llegó el
desdichado asunto. El pobre chico perdió la cabeza y se puso una cuerda en el
cuello. Un intento de evasión muy natural en un pueblo que tiene una idea tan
lamentable de la justicia. Hay personas a las que la simple palabra « juicio»
produce verdadero terror. ¿De quién es la culpa? Ya veremos lo que hacen los
nuevos tribunales. Quiera Dios que todo vaya bien...
»Una
vez en la cárcel, Mikolka ha vuelto a su anterior misticismo. Se ha acordado
del ermitaño y ha abierto de nuevo la Biblia. ¿Sabe usted, Rodion Romanovitch,
lo que es la expiación para ciertas personas? Es una simple sed de sufrimiento,
y si este sufrimiento lo imponen las autoridades, mejor que mejor. Conocí a un
preso que era un ejemplo de mansedumbre. Estuvo un año en la cárcel y todas las
noches leía la Biblia. Y un día, sin motivo alguno, arrancó un trozo de hierro
de la estufa y lo arrojó sobre un guardián, aunque tomando precauciones para no
hacerle ningún daño. ¿Sabe usted la suerte que se reserva a un preso que ataca
con un arma cualquiera a un guardián de la cárcel? Aquel hombre obró tan sólo
llevado de su sed de expiación.
»Yo
estoy seguro de que Mikolka siente una sed de expiación semejante. Mi
convicción se funda en hechos positivos, pero él ignora que yo he descubierto
las causas. ¿Qué? ¿No cree usted que en un pueblo como el nuestro puedan
aparecer tipos extraordinarios? Pues se ven por todas partes. La influencia de
la ermita ha vuelto a él con toda pujanza, sobre todo después del episodio del
nudo corredizo en su cuello. Ya verá usted como acabará viniendo a confesármelo
todo. ¿Lo cree usted capaz de sostener su papel hasta el fin? No, vendrá a
abrirme su pecho, a retractarse de sus declaraciones..., y no tardará. Me ha
interesado Mikolka y lo he estudiado a fondo. Reconozco, ¡je, je!, que en
ciertos puntos ha conseguido dar un carácter de verosimilitud a sus declaraciones
(sin duda las había preparado), pero otras están en contradicción absoluta con
los hechos, sin que él tenga de ello la menor sospecha. No, mi querido Rodion
Romanovitch, no es Mikolka el culpable. Estamos en presencia de un acto
siniestro y fantástico. Este crimen lleva el sello de nuestro tiempo, de una
época en que el corazón del hombre está trastornado; en que se afirma, citando
autores, que la sangre purifica; en que sólo importa la obtención del bienestar
material. Es el sueño de una mente ebria de quimeras y envenenada por una serie
de teorías. El culpable ha desplegado en este golpe de ensayo una audacia
extraordinaria, pero una audacia de tipo especial. Obró resueltamente, pero
como quien se lanza desde lo alto de una torre o se deja caer rodando desde la
cumbre de una montaña. Fue como si no se diera cuenta de lo que hacía. Se
olvidó de cerrar la puerta al entrar, pero mató, mató a dos personas,
obedeciendo a una teoría. Mató, pero no se apoderó del dinero, y lo que se
llevó fue a esconderlo debajo de una piedra. No le bastó la angustia que había
experimentado en el recibidor mientras oía los golpes que daban en la puerta,
sino que, en su delirio, se dejó llevar de un deseo irresistible de volver a
sentir el mismo terror, y fue a la casa para tirar del cordón de la
campanilla... En fin, carguemos esto en la cuenta de la enfermedad. Pero hay
otro detalle importante, y es que el asesino, a pesar de su crimen, se
considera como una persona decente y desprecia a todo el mundo. Se cree algo
así como un ángel infortunado. No, mi querido Rodion Romanovitch, Mikolka no es
el culpable.
Estas
palabras, después de las excusas que el juez había presentado, sorprendieron e
impresionaron profundamente a Raskolnikof, que empezó a temblar de pies a
cabeza.
‑Pero...,
entonces... ‑preguntó con voz entrecortada‑, ¿quién es el asesino?
Porfirio
Petrovitch se recostó en el respaldo de su silla. Su semblante expresaba el
asombro del hombre al que acaban de hacer una pregunta insólita.
‑¿Que
quién es el asesino? ‑exclamó como no pudiendo dar crédito a sus oídos‑.
¡Usted, Rodion Romanovitch! ‑Y
añadió en voz baja y en un tono de profunda convicción‑: Usted es el
asesino.
Raskolnikof
se puso en pie de un salto, permaneció asi un momento y se volvió a sentar sin
pronunciar palabra. Ligeras convulsiones sacudían los músculos de su cara.
‑Sus
labios vuelven a temblar como el otro díà ‑dijo Porfirio Petrovitch en un
tono de cierto interés‑. Creo que no me ha comprendido usted, Rodion
Romanovitch ‑añadió tras una pausa‑. Ésta es la razón de su
sorpresa. He venido para explicárselo todo, pues desde ahora quiero llevar este
asunto con franqueza absoluta.
‑Yo
no soy el culpable ‑balbuceó Raskolnikof, defendiéndose como el niño al
que sorprenden haciendo algo malo.
‑Sí,
es usted y sólo usted ‑replicó severamente el juez de instrucción.
Los
dos callaron. Este silencio, en el que había algo extraño, se prolongó no menos
de diez minutos.
Raskolnikof,
con los codos en la mesa, se revolvía el cabello con las manos. Porfirio
Petrovitch esperaba sin dar la menor muestra de impaciencia. De pronto, el
joven dirigió al magistrado una mirada despectiva.
‑Vuelve
usted a su antigua táctica, Porfirio Petrovitch. ¿Nose cansa usted de emplear
siempre los mismos procedimientos?
‑¿Procedimientos?
¿Qué necesidad tengo de emplearlos ahora? La cosa cambiaría si habláramos ante
testigos. Pero estamos solos. Yo no he venido aquí a cazarle como una liebre.
Que confiese usted o no en este momento, me importa muy poco. En ambos casos,
mi convicción seguiría siendo la misma.
‑Entonces,
¿por qué ha venido usted? ‑preguntó Raskolnikof sin ocultar su enojo‑.
Le repito lo que le dije el otro día: si usted me cree culpable, ¿por qué no me
detiene?
‑Bien;
ésa, por lo menos, es una pregunta sensata y la contestaré punto por punto. En
primer lugar, le diré que no me conviene detenerle en seguida.
‑¿Qué
importa que le convenga o no? Si está usted convencido, tiene el deber de
hacerlo.
‑Mi
convicción no tiene importancia. Hasta este momento sólo se basa en hipótesis.
¿Por qué he de darle una tregua haciéndolo detener? Usted sabe muy bien que
esto sería para usted un descanso, ya que lo pide. También podría traerle al
hombre que le envié para confundirle. Pero usted le diría: « Eres un borracho.
¿Quién me ha visto contigo? Te miré simplemente como a un hombre embriagado,
pues lo estabas.» ¿Y qué podría replicar yo a esto? Sus palabras tienen más
verosimilitud que las del otro, que descansan únicamente en la psicología y,
por lo tanto, sorprenderían, al proceder de un hombre inculto. En cambio, usted
habría tocado un punto débil, pues ese bribón es un bebedor empedernido. Ya le
he dicho otras veces que estos procedimientos psicológicos son armas de dos
filos, y en este caso pueden obrar en su favor, sobre todo teniendo en cuenta
que pongo en juego la única prueba que tengo contra usted hasta el momento
presente. Pero no le quepa duda de que acabaré haciéndole detener. He venido
para avisarlo; pero le confieso que no me servirá de nada. Además, he venido a
su casa para...
‑Hablemos
de ese segundo objeto de su visita ‑dijo Raskolnikof, que todavía
respiraba con dificultad.
‑Pues
este segundo objeto es darle una explicación a la que considero que tiene usted
derecho. No quiero que me tenga por un monstruo, siendo así que, aunque usted
no lo crea, mi deseo es ayudarle. Por eso le aconsejo que vaya a presentarse
usted mismo a la justicia. Esto es lo mejor que puede hacer. Es lo más
ventajoso para usted y para mí, pues yo me vería libre de este asunto. Ya ve
que le soy franco. ¿Qué dice usted?
Raskolnikof
reflexionó un momento.
‑Oiga,
Porfirio Petrovitch ‑dijo al fin‑; usted ha confesado que no tiene
contra mí más que indicios psicológicos y, sin embargo, aspira a la evidencia
matemática. ¿Y si estuviera equivocado?
‑No,
Rodion Romanovitch, no estoy equivocado. Tengo una prueba. La obtuve el otro
día como si el cielo me la hubiera enviado.
‑¿Qué
prueba?
‑No
se lo diré, Rodion Romanovitch. De todas formas, no tengo derecho a
contemporizar. Mandaré detenerle. Reflexione. No me importa la resolución que
usted pueda tomar ahora. Le he hablado en interés de usted. Le juro que le
conviene seguir mis consejos.
Raskolnikof
sonrió, sarcástico.
‑Sus
palabras son ridículas e incluso imprudentes. Aun suponiendo que yo fuera
culpable, cosa que no admito de ningún modo, ¿para qué quiere usted que vaya a
presentarme a la justicia? ¿No dice usted que la estancia en la cárcel sería un
descanso para mí?
‑Oiga,
Rodion Romanovitch, no tome mis palabras demasiado al pie de la letra. Acaso no
encuentre usted en la cárcel ningún reposo. En fin de cuentas, esto no es más
que una teoría, y personal por añadidura. Por lo visto, soy una autoridad para
usted. Por otra parte, quién sabe si le oculto algo. Usted no me puede exigir
que le revele todos mis secretos.¡Je, je!
»Pasemos
a la segunda cuestión, al provecho que obtendría usted de una confesión
espontánea. Este provecho es indudable. ¿Sabe usted que aminoraría
considerablemente su pena? Piense en el momento en que haría usted su propia
denuncia. Por favor, reflexione. Usted se presentaría cuando otro se ha acusado
del crimen, trastornando profundamente el proceso. Y yo le juro ante Dios que
me las compondría de modo que a la vista del tribunal gozara usted de todos los
beneficios de su acto, el cual parecería completamente espontáneo. Le prometo
que destruiríamos toda esa psicología y que reduciría usted a la nada todas las
sospechas que pesan sobre usted, de modo que su crimen apareciese como la
consecuencia de una especie de arrebato, cosa que en el fondo es cierta. Yo soy
un hombre honrado, Rodion Romanovitch, y mantendré mi palabra.
Raskolnikof
bajó la cabeza tristemente y quedó pensativo. Al fin sonrió de nuevo; pero esta
vez su sonrisa fue dulce y melancólica.
‑No
me interesa ‑dijo como si no quisiera seguir hablando con Porfirio
Petrovitch‑. No necesito para nada su disminución de pena.
‑¡Vaya!
Esto es lo que me temía ‑exclamó Porfirio como a pesar suyo‑
Sospechaba que iba usted a desdeñar nuestra indulgencia.
Raskolnikof
le miró con expresión grave y triste.
‑No,
no dé por terminada su existencia ‑continuó Porfirio‑. Tiene usted
ante sí muchos años de ida. No comprendo que no quiera usted una disminución de
pena. Es usted un hombre difícil de contentar.
‑¿Qué
puedo ya esperar?
‑La
vida. ¿Por qué quiere usted hacer el profeta? ¿Qué puede usted prever? Busque y
encontrará. Tal vez le esperaba Dios tras este recodo..: Por otra parte, no le
condenarán a usted a cadena perpetua.
‑Tendré
a mi favor circunstancias atenuantes ‑dijo Raskolnikof con una sonrisa.
‑Sin
que usted se dé cuenta, es tal vez cierto orgullo de persona culta lo que le
impide declararse culpable. Usted debería estar por encima de todo eso.
‑Lo
estoy: esas cosas sólo me inspiran desprecio ‑repuso Raskolnikof con
gesto despectivo.
Después
fue a levantarse, pero se volvió a sentar bajo el peso de una desesperación
inocultable.
‑Sí,
no me cabe duda. Es usted desconfiado y cree que le estoy adulando burdamente,
con una segunda intención. Pero dígame: ¿ha tenido usted tiempo de vivir lo
bastante para conocer la vida? Inventa usted una teoría y después se avergüenza
al ver que no conduce a nada y que sus resultados están desprovistos de toda
originalidad. Su acción es baja, lo reconozco, pero usted no es un criminal
irremisiblemente perdido. No, no; ni mucho menos. Me preguntará qué pienso de
usted. Se lo diré: le considero como uno de esos hombres que se dejarían
arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos si lograsen encontrar una fe, un
Dios. Pues bien, encuéntrelo y vivirá. En primer lugar, hace ya mucho tiempo
que necesita usted cambiar de aires. Y en segundo, el sufrimiento no es mala
cosa. Sufra usted. Mikolka tiene tal vez razón al querer sufrir. Sé que es
usted escéptico, pero abandónese sin razonar a la corriente de la vida y no se
inquiete por nada: esa corriente le llevará a alguna orilla y usted podrá
volver a ponerse en pie. ¿Qué orilla será ésta? Eso no lo puedo saber. Pero
estoy convencido de que le quedan a usted muchos años de vida. Bien sé que
usted se estará diciendo que no hago sino desempeñar mi papel de juez de
instrucción, y que mis palabras le parecerán un largo y enojoso sermón, pero
tal vez las recuerde usted algún día: sólo con esta esperanza le digo todo
esto. En medio de todo, ha sido una suerte que no haya usted matado más que a
esa vieja, pues con otra teoría habria podido usted hacer cosas cientos de
millones de veces peores. Dé gracias a Dios por no haberlo permitido, pues Él
tal vez, ¿quién sabe?, tiene algún designio sobre usted. Tenga usted coraje, no
retroceda por pusilanimidad ante la gran misión que aún tiene que cumplir. Si
es cobarde, luego se avergonzará usted. Ha cometido una mala acción: sea fuerte
y haga lo que exige la justicia. Sé que usted no me cree, pero le aseguro que
volverá a conocer el placer de vivir. En este momento sólo necesita aire, aire,
aire...
Al
oír estas palabras, Raskolnikof se estremeció.
‑Pero
¿quién es usted ‑exclamó‑ para hacer el profeta? ¿Dónde está esa
cumbre apacible desde la que se permite usted dejar caer sobre mí esas máximas
llenas de una supuesta sabiduría?
‑¿Quién
soy? Un hombre acabado y nada más. Un hombre sensible y acaso capaz de sentir
piedad, y que tal vez conoce un poco la vida..., pero completamente acabado. El
caso de usted es distinto. Tiene usted ante sí una verdadera vida (¿quién sabe
si todo lo ocurrido es en usted como un fuego de paja que se extingue
rápidamente?). ¿Por qué, entonces, temer al cambio que se va a operar en su
existencia? No es el bienestar lo que un corazón como el suyo puede echar de
menos. ¿Y qué importa la soledad donde usted se verá largamente confinado? No
es el tiempo lo que debe preocuparle, sino usted. Conviértase en un sol y todo
el mundo lo verá. Al sol le basta existir, ser lo que es. ¿Por qué sonríe? ¿Por
mi lenguaje poético? Juraría que usted cree que estoy utilizando la astucia
para atraerme su confianza. A lo mejor tiene usted razón. ¡Je, je! No le pido
que crea todas mis palabras, Rodion Romanovitch. Hará usted bien en no creerme
nunca por completo. Tengo la costumbre de no ser jamás completamente sincero.
Sin embargo, no olvide esto: el tiempo le dirá si soy un hombre vil o un hombre
leal.
‑¿Cuándo
piensa usted mandar que me detengan?
‑Puedo
concederle todavía un día o dos de libertad. Reflexione, amigo mío, y ruegue a
Dios. Esto es lo que le interesa, créame.
‑¿Y
si huyera? ‑preguntó Raskolnikof con una sonrisa extraña.
‑No,
usted no huirá. Un mujik huiría; un revolucionario de los de hoy,
también, pues se le pueden inculcar ideas para toda la vida. Pero usted ha
dejado de creer en su teoría. ¿Para qué ha de huir? ¿Qué ganaría usted huyendo?
Y ¡qué vida tan horrible la del fugitivo! Para vivir hace falta una situación
determinada, fija, y aire respirable. ¿Encontraría usted ese aire en la huida?
Si huyese usted, volvería. Usted no puede pasar sin nosotros. Si lo hiciera
encarcelar, para un mes o dos, por ejemplo, o tal vez para tres, un buen día,
téngalo presente, vendría usted de pronto y confesaría. Vendría usted aun sin
darse cuenta. Estoy seguro de que decidirá usted someterse a la expiación. Ahora
no me cree usted, pero lo hará, porque la expiación es una gran cosa, Rodion
Romanovitch. No se extrañe de oír hablar así a un hombre que ha engordado en el
bienestar. El caso es que diga la verdad..., y no se burle usted. Estoy
profundamente convencido de lo que acabo de decirle. Mikolka tiene razón. No,
usted no huirá, Rodion Romanovitch.
Raskolnikof
se levantó y cogió su gorra. Porfirio Petrovitch se levantó también.
‑¿Va
usted a dar una vuelta? La noche promete ser hermosa. Aunque a lo mejor hay
tormenta... Lo cual seria tal vez preferible, porque así se refrescaría la
atmósfera.
‑Porfirio
Petrovitch ‑dijo Raskolnikof en tono seco y vehemente‑, que no le
pase por la imaginación que le he hecho la confesión más mínima. Usted es un
hombre extraño, y yo sólo le he escuchado por curiosidad. Pero no he confesado
nada, absolutamente nada. No lo olvide.
‑Entendido;
no lo olvidaré... Está usted temblando... No se preocupe, amigo mío: se
cumplirán sus deseos. Pasee usted, pero sin rebasar los límites... Ahora voy a
hacerle un último ruego ‑añadió bajando la voz‑. Es un punto un
poco delicado pero importante. En el caso, a mi juicio sumamente improbable de
que en estas cuarenta y ocho o cincuenta horas le asalte la idea de poner fin a
todo esto de un modo poco común, en una palabra, quitándose la vida (y perdone
esta absurda suposición), tenga la bondad de dejar escrita una nota; dos
líneas, nada más que dos líneas, indicando el lugar donde está la piedra. Esto
será lo más noble... En fin, hasta más ver. Que Dios le inspire.
Porfirio
salió, bajando la cabeza para no mirar al joven. Éste se acercó a la ventana y
esperó con impaciencia el momento en que, según sus cálculos, el juez de
instrucción se hubiera alejado un buen trecho de la casa.
Entonces
salió él a toda prisa.
III
Quería
ver cuanto antes a Svidrigailof. Ignoraba sus propósitos, pero aquel hombre
tenía sobre él un poder misterioso. Desde que Raskolnikof se había dado cuenta
de ello, la inquietud lo consumía. Además, había llegado el momento de tener
una explicación con él.
Otra
cuestión le atormentaba. Se preguntaba si Svidrigailof habría ido a visitar a
Porfirio.
Raskolnikof
suponía que no había ido: lo habría jurado. Siguió pensando en ello, recordó
todos los detalles de la visita de Porfirio y llegó a la misma conclusión
negativa. Svidrigailof no había visitado al juez, pero ¿tendría intención de
hacerlo?
También
respecto a este punto se inclinaba por la negativa. ¿Por qué? No lograba
explicárselo. Pero, aunque se hubiera sentido capaz de hallar esta explicación,
no habría intentado romperse la cabeza buscándola. Todo esto le atormentaba y
le enojaba a la vez. Lo más sorprendente era que aquella situación tan crítica
en que se hallaba le inquietaba muy poco. Le preocupaba otra cuestión mucho más
importante, extraordinaria, también personal, pero distinta. Por otra parte,
sentía un profundo desfallecimiento moral, aunque su capacidad de razonamiento
era superior a la de los días anteriores. Además, después de lo sucedido,
¿valía la pena tratar de vencer nuevas dificultades, intentar, por ejemplo,
impedir a Svidrigailof ir a casa de Porfirio, procurar informarse, perder el
tiempo con semejante hombre?
¡Qué
fastidioso era todo aquello!
Sin
embargo, se dirigió apresuradamente a casa de Svidrigailof. ¿Esperaba de él
algo nuevo, un consejo, un medio de salir de aquella insoportable situación? El
que se está ahogando se aferra a la menor astilla. ¿Era el destino o un secreto
instinto el que los aproximaba? Tal vez era simplemente que la fatiga y la
desesperación le inspiraban tales ideas; acaso fuera preferible dirigirse a
otro, no a Svidrigailof, al que sólo el azar había puesto en su camino.
¿A
Sonia? ¿Con qué objeto se presentaría en su casa? ¿Para hacerla llorar otra
vez? Además, Sonia le daba miedo. Representaba para él lo irrevocable, la
decisión definitiva. Tenía que elegir entre dos caminos: el suyo o el de Sonia.
Sobre todo en aquel momento, no se sentía capaz de afrontar su presencia. No,
era preferible probar suerte con Svidrigailof. Aunque muy a su pesar, se
confesaba que Svidrigailof le parecía en cierto modo indispensable desde hacía
tiempo.
Sin
embargo, ¿qué podía haber de común entre ellos? Incluso la perfidia de uno y
otro eran diferentes. Por añadidura, Svidrigailof le era profundamente
antipático. Tenía todo el aspecto de un hombre despejado, trapacero, astuto, y
tal vez era un ser extremadamente perverso. Se contaban de él cosas
verdaderamente horribles. Cierto que había protegido a los niños de Catalina
Ivanovna, pero vaya usted a saber el fin que perseguía. Era un hombre Reno de
segundas intenciones.
Desde
hacía algunos días, otra idea turbaba a Raskolnikof, a pesar de sus esfuerzos
por rechazarla para evitar el profundo sufrimiento que le producía. Pensaba que
Svidrigailof siempre había girado, y seguía girando, alrededor de él. Además,
aquel hombre había descubierto su secreto. Y, finalmente, había abrigado
ciertas intenciones acerca de Dunia. Tal vez seguía alimentándolas. Y sin «tal
vez»: era seguro. Ahora que conocía su secreto, bien podría utilizarlo como un
arma contra Dunia.
Esta
suposición le había quitado el sueño, pero nunca había aparecido en su mente
con tanta nitidez como en aquellos momentos en que se dirigía a casa de
Svidrigailof. Y le bastaba pensar en ello para ponerse furioso. Sin duda, todo
iba a cambiar, incluso su propia situación. Debía confiar su secreto a
Dunetchka y luego entregarse a la justicia para evitar que su hermana cometiese
alguna imprudencia. ¿Y qué pensar de la carta que aquella mañana había recibido
Dunia? ¿De quién podía recibir su hermana una carta en Petersburgo? ¿De Lujine?
Rasumikhine era un buen guardián, pero no sabía nada de esto. Y Raskolnikof se
dijo, contrariado, que tal vez fuera necesario confiarse también a su amigo.
«Sea
como fuere, tengo que ir a ver a Svidrigailof cuanto antes ‑se dijo‑
Afortunadamente, en este asunto los detalles tienen menos importancia que el
fondo. Pero este hombre, si tiene la audacia de tramar algo contra Dunia, es
capaz de... Y en este caso, yo...»
Raskolnikof
estaba tan agotado por aquel mes de continuos sufrimientos, que no pudo
encontrar más que una solución. «Y en este caso, yo lo mataré», se dijo,
desesperado.
Un
sentimiento angustioso le oprimía el corazón. Se detuvo en medio de la calle y
paseó la mirada en torno de él. ¿Qué camino había tomado? Estaba en la avenida
..., a treinta o cuarenta pasos de la plaza del Mercado, que acababa de
atravesar. El segundo piso de la casa que había a su izquierda estaba ocupado
por una taberna. Tenía abiertas todas las ventanas y, a juzgar por las personas
que se veían junto a ellas, el establecimiento debía de estar abarrotado. De él
salían cantos, acompañados de una música de clarinete, violín y tambor. Se oían
también voces y gritos de mujer.
Raskolnikof
se disponía a desandar lo andado, sorprendido de verse allí, cuando, de pronto,
distinguió en una de las últimas ventanas a Svidrigailof, con la pipa en la
boca y ante un vaso de té. El joven sintió una mezcla de asombro y horror.
Svidrigailof le miró en silencio y ‑cosa que sorprendió a Raskolnikof
todavía más profundamente‑ se levantó de pronto, como si pretendiera
eclipsarse sin ser visto. Rodia fingió no verle, pero mientras parecía mirar a
lo lejos distraído, le observaba con el rabillo del ojo. El corazón le latía
aceleradamente. No se había equivocado: Svidrigailof deseaba pasar inadvertido.
Se quitó la pipa de la boca y se dispuso a ocultarse, pero, al levantarse y
apartar la silla, advirtió sin duda que Raskolnikof le espiaba. Se estaba
repitiendo entre ellos la escena de su primera entrevista. Una sonrisa maligna
se esbozó en los labios de Svidrigailof. Después la sonrisa se hizo más amplia
y franca. Los dos se daban cuenta de que se vigilaban mutuamente. Al fin,
Svidrigailof lanzó una carcajada. ‑¡Eh! ‑le gritó‑. ¡Suba en
vez de estar ahí parado!
Raskolnikof
subió a la taberna. Halló a su hombre en un gabinete contiguo al salón donde
una nutrida clientela ‑pequeños burgueses, comerciantes, funcionarios‑
bebía té y escuchaba a las cantantes en medio de una infernal algarabía. En una
pieza vecina se jugaba al billar. Svidrigailof tenía ante sí una botella de
champán empezada y un vaso medio lleno. Estaban con él un niño que tocaba un
organillo portátil y una robusta muchacha de frescas mejillas que llevaba una
falda listada y un sombrero tirolés adornado con cintas. Esta joven era una
cantante. Debía de tener unos dieciocho años, y, a pesar de los cantos que
llegaban de la sala, entonaba una cancioncilla trivial con una voz de contralto
algo ronca, acompañada por el organillo.
‑¡Basta!
‑dijo Svidrigailof a los artistas al ver entrar a Raskolnikof.
La
muchacha dejó de cantar en el acto y esperó en actitud respetuosa. También
respetuosa y gravemente acababa de cantar su vulgar cancioncilla.
‑¡Felipe,
un vaso! ‑pidió a voces Svidrigailof.
‑Yo
no bebo vino ‑dijo Raskolnikof.
‑Como
usted guste. Pero no he pedido un vaso para usted. Bebe, Katia. Hoy ya no lo
volveré a necesitar. Toma.
Le
sirvió un gran vaso de vino y le entregó un pequeño billete amarillo.
La
muchacha apuró el vaso de un solo trago, como hacen todas las mujeres, tomó el
billete y besó la mano de Svidrigailof, que aceptó con toda seriedad esta
demostración de respeto servil. Acto seguido, la joven se retiró acompañada del
organillero. Svidrigailof los había encontrado a los dos en la calle. Aún no
hacía una semana que estaba en Petersburgo y ya parecía un antiguo cliente de
la casa. Felipe, el camarero, le servía como a un parroquiano distinguido. La
puerta que daba al salón estaba cerrada, y Svidrigailof se desenvolvía en aquel
establecimiento como en casa propia. Seguramente pasaba allí el día. Aquel
local era un antro sucio, innoble, inferior a la categoría media de esta clase
de establecimientos.
‑Iba
a su casa ‑dijo Raskolnikof‑, y, no sé por qué, he tomado la
avenida ... al dejar la plaza del Mercado. No paso nunca por aquí. Doblo
siempre hacia la derecha al salir de la plaza. Además, éste no es el camino de
su casa. Apenas he doblado hacia este lado, le he visto a usted. Es extraño,
¿verdad?
‑¿Por
qué no dice usted, sencillamente, que esto es un milagro?
‑Porque
tal vez no es más que un azar.
‑Aquí
todo el mundo peca de lo mismo ‑replicó Svidrigailof echándose a reír‑.
Ni siquiera cuando se cree en un milagro hay nadie que se atreva a confesarlo.
Incluso usted mismo ha dicho que se trata «tal vez» de un azar. ¡Qué poco valor
tiene aquí la gente para mantener sus opiniones! No se lo puede usted imaginar,
Rodion Romanovitch. No digo esto por usted, que tiene una opinión personal y la
sostiene con toda franqueza. Por eso mismo me ha llamado la atención lo que ha
dicho.
‑¿Por
eso sólo?
‑Es
más que suficiente.
Svidrigailof
estaba visiblemente excitado, aunque no en extremo, pues sólo había bebido
medio vaso de champán.
‑Me
parece que cuando usted vino a mi casa ‑observó Raskolnikof‑ no
sabía aún que yo tenía eso que usted llama una opinión personal.
‑Entonces
nos preocupaban otras cosas. Cada cual tiene sus asuntos. En lo que concierne
al milagro, debo decirle que parece haber pasado usted durmiendo estos días. Yo
le di la dirección de esta casa. El hecho de que usted haya venido no tiene,
pues, nada de extraordinario. Yo mismo le indiqué el camino que debía seguir y
las horas en que podría encontrarme aquí. ¿No recuerda usted?
‑No;
no lo había olvidado ‑repuso Raskolnikof, profundamente sorprendido.
‑Lo
creo. Se lo dije dos veces. La dirección se grabó en su cerebro sin que usted
se diera cuenta, y ahora ha seguido este camino sin saber lo que hacía. Por lo
demás, cuando le hablé de todo esto, yo no esperaba que usted se acordase. Usted
no se cuida, Rodion Romanovitch... ¡Ah! Quiero decirle otra cosa. En
Petersburgo hay mucha gente que va hablando sola por la calle. Uno se encuentra
a cada paso con personas que están medio locas. Si tuviéramos verdaderos
sabios, los médicos, los juristas y los filósofos podrían hacer aquí, cada uno
en su especialidad, estudios sumamente interesantes. No hay ningún otro lugar
donde el alma humana se vea sometida a influencias tan sombrías y extrañas. El
mismo clima influye considerablemente. Por desgracia, Petersburgo es el centro
administrativo de la nación y su influencia se extiende por todo el país. Pero
no se trata precisamente de esto. Lo que quería decirle es que le he observado
a usted varias veces en la calle. Usted sale de su casa con la cabeza en alto,
y cuando ha dado unos veinte pasos la baja y se lleva las manos a la espalda.
Basta mirarle para comprender que entonces usted no se da cuenta de nada de lo
que ocurre en torno de su persona. Al fin empieza usted a mover los labios, es
decir, a hablar solo. A veces dice cosas en voz alta, entre gestos y ademanes,
o permanece un rato parado en medio de la calle sin motivo alguno. Piense que,
así como le he visto yo, pueden verle otras personas, y esto sería un peligro
para usted. En el fondo, poco me importa, pues no tengo la menor intención de
curarle, pero ya me comprenderá...
‑¿Sabe
usted que me persiguen? ‑preguntó Raskolnikof dirigiéndole una mirada
escrutadora.
‑No,
no lo sabía ‑repuso Svidrigailof con un gesto de asombro.
‑Entonces,
déjeme en paz.
‑Bien:
le dejaré en paz.
‑Pero
dígame: si es verdad que usted me ha citado dos veces aquí y esperaba mi
visita, ¿por qué, hace un momento, al verme levantar los ojos hacia la ventana,
ha intentado ocultarse? Lo he visto perfectamente.
‑¡Je,
je! ¿Y por qué usted el otro día, cuando entré en su habitación, se hizo el
dormido, estando despierto y bien despierto?
‑Podía...
Tener mis razones..., ya lo sabe usted.
‑Y
yo las mías..., que usted no sabrá nunca.
Raskolnikof
había apoyado el codo del brazo derecho en la mesa y, con el mentón sobre la
mano, observaba atentamente a su interlocutor. El aspecto de aquel rostro le
había causado siempre un asombro profundo. En verdad, era un rostro extraño.
Tenía algo de máscara. La piel era blanca y sonrosada; los labios, de un rojo
vivo; la barba, muy rubia; el cabello, también rubio y además espeso. Sus ojos
eran de un azul nítido, y su mirada, pesada e inmóvil. Aunque bello y joven ‑cosa
sorprendente dada su edad‑, aquel rostro tenía un algo profundamente
antipático. Svidrigailof llevaba un elegante traje de verano. Su camisa,
finísima, era de una blancura irreprochable. Una gran sortija con una valiosa
piedra brillaba en su dedo.
‑Ya
que usted lo quiere, seguiremos hablando ‑dijo Raskolnikof, entrando en
liza repentinamente y con impaciencia febril‑. Por peligroso que sea
usted y por poco que desee perjudicarme, no quiero andarme con rodeos ni con
astucias. Le voy a demostrar ahora mismo que mi suerte me inspira menos temor
del que cree usted. He venido a advertirle francamente que si usted abriga
todavía contra mi hermana las intenciones que abrigó, y piensa utilizar para
sus fines lo que ha sabido últimamente, le mataré sin darle tiempo a
denunciarme para que me detengan. Puede usted creerme: mantendré mi palabra. Y
ahora, si tiene algo que decirme (pues en estos últimos días me ha parecido que
deseaba hablarme), dígalo pronto, pues no puedo perder más tiempo.
‑¿A
qué vienen esas prisas? ‑preguntó Svidrigailof, mirándole con una
expresión de curiosidad.
‑Todos
tenemos nuestras preocupaciones ‑repuso Raskolnikof, sombrío e
impaciente.
‑Acaba
de invitarme usted a hablar con franqueza ‑dijo Svidrigailof sonriendo‑,
y a la primera pregunta que le dirijo me contesta con una evasiva. Usted cree
que yo lo hago todo con una segunda intención y me mira con desconfianza. Es
una actitud que se comprende, dada su situación; pero, por mucho que sea mi
deseo de estar en buenas relaciones con usted, no me tomaré la molestia de
engañarle. No vale la pena. Por otra parte, no tengo nada de particular que
decirle.
‑Siendo
así, ¿por qué ese empeño en verme? Pues usted está siempre dando vueltas a mi
alrededor.
‑Usted
es un hombre curioso y resulta interesante observarlo. Me seduce lo que su
situación tiene de fantástica. Además, es usted hermano de una mujer que me
interesó mucho. Y, en fin, tiempo atrás me habló tanto de usted esa mujer, que
llegué a la conclusión de que ejercía usted una fuerte influencia sobre ella.
Me parece que son motivos suficientes. ¡Je, je! Sin embargo, le confieso que su
pregunta me parece tan compleja, que me es difícil responderle. Ahora mismo, si
usted ha venido a verme, no ha sido por ningún asunto determinado, sino con la
esperanza de que yo le diga algo nuevo. ¿No es así? Confiéselo ‑le invitó
Svidrigailof con una pérfida sonrisita‑. Bien, pues se da el caso de que
también yo, cuando el tren me traía a Petersburgo, alimentaba la esperanza de
conocer cosas nuevas por usted, de sonsacarle algo.
‑¿Qué
me podía sonsacar?
‑Pues
ni yo mismo lo sé... Ya ve usted en qué miserable taberna paso los días. Aquí
estoy muy a gusto, y, aunque no lo estuviera, en alguna parte hay que pasar el
tiempo... ¡Esa pobre Katia...! ¿La ha visto usted...? Si al menos fuera un
glotón o un gastrónomo... Pero no: eso es todo lo que puedo comer ‑y
señalaba una mesita que había en un rincón, donde se veía un plato de hojalata
con los restos de un mísero bistec‑. A propósito, ¿ha comido usted? Yo he
dado un bocado sin apetito. Vino no bebo: sólo champán, y nunca más de un vaso
en toda una noche, lo que es suficiente para que me duela la cabeza. Si hoy he
pedido una botella es porque necesito animarme: tengo que verme con una persona
para tratar de ciertos asuntos, y quiero aparecer vehemente y resuelto. Por lo
tanto, usted me encuentra de un humor especial. Si hace un momento he intentado
esconderme como un colegial ha sido por terror a que su visita me impidiera
atender al asunto de que le he hablado. Sin embargo ‑consultó su reloj‑,
tenemos aún un buen rato para hablar, pues no son más que las cuatro y media...
Créame que en ciertos momentos siento no ser nada, nada absolutamente: ni
propietario, ni padre de familia, ni ulano, ni fotógrafo, ni periodista. A
veces resulta enojoso no tener ninguna profesión. Le aseguro que esperaba oír
de su boca algo nuevo.
‑Pero
¿quién es usted? ¿Y por qué ha venido a Petersburgo?
‑¿Que
quién soy? Ya lo sabe usted: un gentilhombre que sirvió dos años en la
caballería. Después estuve otros dos vagando por Petersburgo. Luego me casé con
Marfa Petrovna y me fui a vivir al campo. Aquí time usted mi biografía.
‑Era
usted jugador, ¿verdad?
‑Jugador
de ventaja.
‑¿Hacía
trampas?
‑Sí.
‑Alguien
debió de abofetearle, ¿no?
‑Sí.
¿Por qué lo dice?
‑Porque
entonces tuvo usted ocasión de batirse en duelo. Eso presta animación a la
vida.
‑No
le digo lo contrario..., pero no estoy preparado para discusiones filosóficas.
Ahora le voy a hacer una confesión: he venido a Petersburgo por las mujeres.
‑¿Apenas
enterrada Marfa Petrovna?
‑Pues
sí. ¿Qué importa? ‑respondió Svidrigailof sonriendo con una franqueza que
desarmaba‑. ¿Se escandaliza de oírme hablar así de las mujeres?
‑¿CÓmo
no escandalizarme su libertinaje?
‑¡Libertinaje,
libertinaje...! Para responder a su primera pregunta, le hablaré de la mujer en
general. Estoy dispuesto a charlar un rato. Dígame: ¿por qué he de huir de las
mujeres siendo un gran amador? Esto es, al menos, una ocupación para mí.
‑Entonces,
¿usted sólo ha venido aquí para ir de jarana?
‑Admitamos
que sea así. Sin duda, eso de la disipación le tiene obsesionado, pero le
confieso que me gustan las preguntas directas. El libertinaje tiene, cuando
menos, un carácter de continuidad fundado en la naturaleza y no depende de un
capricho: es algo que arde en la sangre como un carbón siempre incandescente y
que sólo se apaga con la edad, y aun así difícilmente, a fuerza de agua fría.
Confiese que esto, en cierto modo, es una ocupación.
‑Pero
¿qué tiene de divertido para usted esa vida? Es una enfermedad, y de las malas.
‑Ya
le veo venir. Admito que eso es una enfermedad como todas las inclinaciones
exageradas, y en este caso uno rebasa siempre los límites de lo normal; pero
tenga en cuenta que esto es cosa que cambia según los individuos. Desde luego,
hay que reprimirse, aunque sólo sea por conveniencia; pero si yo no tuviera
esta ocupación, acabaría por descerrajarme de un tiro en la cabeza. Bien sé que
el hombre honrado tiene que aburrirse, pero aun así...
‑¿Sería
usted capaz de dispararse un balazo en la cabeza?
‑¿A
qué viene esa pregunta? ‑exclamó Svidrigailof con un gesto de
contrariedad‑. Le ruego que no hablemos de estas cosas ‑se apresuró
a añadir, dejando su tono de jactancia.
Incluso
su semblante había cambiado.
‑No
puedo remediarlo. Sé que esto es una debilidad vergonzosa pero temo a la muerte
y no me gusta oír hablar de ella. ¿Sabe usted que soy un poco místico?
‑Ya
sé lo que quiere usted decir... El espectro de Marfa Petrovna... Dígame: se le
aparece todavía.
‑No
me hable de eso ‑exclamó, irritado‑. En Petersburgo no se me ha
aparecido aún. ¡Que el diablo se lo lleve...! Hablemos de otra cosa... Además,
no me sobra el tiempo. Aun sintiéndolo mucho, pronto tendremos que dejar
nuestra charla... Pero aún tengo algo que decirle.
‑Le
espera una mujer, ¿verdad?
‑Sí...
Un caso extraordinario. Pura casualidad... Pero no es de esto de lo que quería
hablarle.
‑¿No
le inquieta la bajeza de esta conducta? ¿Es que no tiene usted fuerza de
voluntad suficiente para detenerse?
‑Fuerza
de voluntad... ¿Acaso la tiene usted? ¡Je,
je, je! Me deja usted boquiabierto, Rodion Romanovitch, y eso que
esperaba oírle decir algo parecido. ¡Que hable usted de disipación, de
cuestiones morales! ¡Que haga usted el Schiller, el idealista! Desde luego,
esos puntos de vista son muy naturales, y lo asombroso sería oír sustentar la
opinión contraria, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, la cosa resulta
un poco rara... ¡Cuánto lamento que el tiempo me apremie! Me parece usted un
hombre en extremo interesante. A propósito, ¿le gusta Schiller? A mí me
encanta.
‑Es
usted un fanfarrón ‑repuso Raskolnikof con un gesto de repugnancia.
‑Le
aseguro que no lo soy, pero, aun admitiendo que lo fuera, ¿haría con ello algún
mal a alguien? He vivido siete años en el campo con Marfa Petrovna. Por eso,
cuando me he encontrado con un hombre inteligente como usted..., inteligente y,
además, interesante..., es natural que me sienta feliz de charlar con él.
Además, me he bebido el champán que me quedaba en el vaso y se me ha subido a
la cabeza. Sin embargo, lo que más me trastorna es cierto acontecimiento del
que no quiero hablar... Pero ¿dónde va usted? ‑preguntó, sorprendido.
Raskolnikof
se había levantado. Se ahogaba, se sentía a disgusto en aquel ambiente y se
arrepentía de haber entrado allí. Svidrigailof se le aparecía como el más
despreciable malvado que pudiera haber en el mundo.
‑Espere,
espere un momento. Pida un vaso de té. No se marche. Le aseguro que no hablaré
de cosas absurdas, es decir, de mí. Tengo que decirle una cosa... ¿Quiere usted
que le cuente cómo una mujer se propuso salvarme, como usted diría? Es una
cuestión que le interesará, pues esta mujer es su hermana. ¿Se lo cuento? Así
emplearemos el tiempo de que aún dispongo.
‑Hable,
pero espero que...
‑No
se inquiete. Avdotia Romanovna no puede inspirar, ni siquiera a un hombre tan
corrompido como yo, sino el respeto más profundo.
IV
Sin duda
sabe usted..., sí, sí, lo sabe porque se lo conté yo mismo ‑dijo
Svidrigailof, iniciando su relato‑, que estuve en la cárcel por deudas,
una deuda cuantiosa que me era absolutamente imposible pagar. No quiero entrar
en detalles acerca de mi rescate por Marfa Petrovna. Ya sabe usted cómo puede
trastornar el amor la cabeza a una mujer. Marfa Petrovna era una mujer honesta
y bastante inteligente, aunque de una completa incultura. Esta mujer celosa y
honesta, tras varias escenas llenas de violencia y reproches, cerró conmigo una
especie de contrato que observó escrupulosamente durante todo el tiempo de
nuestra vida conyugal. Ella era mayor que yo. Yo tuve la vileza, y también la
lealtad, de decirle francamente que no podía comprometerme a guardarle una
fidelidad absoluta. Estas palabras le enfurecieron, pero al mismo tiempo, mi
ruda franqueza debió de gustarle. Sin duda pensó: «Esta confesión anticipada
demuestra que no tiene el propósito de engañarme.» Lo cual era importantísimo
para una mujer celosa.
»Tras una
serie de escenas de lágrimas, llegamos al siguiente acuerdo verbal:
»Primero.
Yo me comprometía a no abandonar jamás a Marfa Petrovna, o sea a permanecer
siempre a su lado, como corresponde a un marido.
»Segundo.
Yo no podía salir de sus tierras sin su autorización.
»Tercero.
No tendría jamás una amante fija.
»Cuarto. En
compensación, Marfa Petrovna me permitiría cortejar a las campesinas, pero
siempre con su consentimiento secreto y teniéndola al corriente de mis
aventuras.
»Quinto.
Prohibición absoluta de amar a una mujer de nuestro nivel social.
»Y sexto.
Si, por desgracia, me enamorase profunda y seriamente, me comprometía a enterar
de ello a Marfa Petrovna.
»En lo
concerniente a este último punto, he de advertirle que Marfa Petrovna estaba
muy tranquila. Era lo bastante inteligente para saber que yo era un libertino
incapaz de enamorarme en serio. Sin embargo, la inteligencia y los celos no son
incompatibles, y esto fue lo malo... Por otra parte, si uno quiere juzgar a los
hombres con imparcialidad, debe desechar ciertas ideas preconcebidas y de tipo
único y olvidar los hábitos que adquirimos de las personas que nos rodean. En
fin, confío en poder contar al menos con su juicio.
»Tal vez
haya oído usted contar cosas cómicas y ridículas sobre Marfa Petrovna. En
efecto, tenía ciertas costumbres extrañas, pero le confieso sinceramente que
siento verdadero remordimiento por las penas que le he causado. En fin, creo
que esto es una oración fúnebre suficiente del más tierno de los maridos a la
más afectuosa de las mujeres. Durante nuestros disgustos, yo guardaba silencio
casi siempre, y este acto de galantería no dejaba de producir efecto. Ella se
calmaba y sabía apreciarlo. En algunos casos incluso se sentía orgullosa de mí.
Pero no pudo soportar a su hermana de usted. ¿Cómo se arriesgó a tomar como
institutriz a una mujer tan hermosa? La única explicación es que, como mujer
apasionada y sensible, se enamoró de ella. Sí, tal como suena; se enamoró...
¡Avdotia Romanovna! Desde el primer momento comprendí que su presencia sería
una complicación, y, aunque usted no lo crea, decidí abstenerme incluso de
mirarla. Pero fue ella la que dio el primer paso. Aunque le parezca mentira, al
principio Marfa Petrovna llegó incluso a enfadarse porque yo no hablaba nunca
de su hermana: me reprochaba que permaneciera indiferente a los elogios que me
hacía de ella. No puedo comprender lo que pretendía. Como es natural, mi mujer
contó a Avdotia Romanovna toda mi biografía. Tenía el defecto de poner a todo
el mundo al corriente de nuestras intimidades y de quejarse de mí ante el
primero que llegaba. ¿Cómo no había de aprovechar esta ocasión de hacer una
nueva y magnífica amistad? Sin duda estaban siempre hablando de mí, y Avdotia
Romanovna debía de conocer perfectamente los siniestros chismes que se me
atribuían. Estoy seguro de que algunos de esos rumores llegaron hasta usted.
‑Sí.
Lujine incluso le ha acusado de causar la muerte de un niño. ¿Es eso verdad?
‑Hágame
el favor de no dar crédito a esas villanías ‑exclamó Svidrigailof con una
mezcla de cólera y repugnancia‑. Si usted desea conocer la verdad de
todas esas historias absurdas, se las contaré en otra ocasión, pero ahora...
‑También
me han dicho que fue usted culpable de la muerte de uno de sus sirvientes...
‑Le
agradeceré que no siga por ese camino ‑dijo Svidrigailof, agitado.
‑¿No
es aquel que, después de muerto, le cargó la pipa? Conozco este detalle por
usted mismo.
Svidrigailof
le miró atentamente, y Rodia creyó ver brillar por un momento en sus ojos un
relámpago de cruel ironía. Pero Svidrigailof repuso cortésmente:
‑Sí,
ese criado fue. Ya veo que todas esas historias le han interesado vivamente, y
me comprometo a satisfacer su curiosidad en la primera ocasión. Creo que se me
puede considerar como un personaje romántico. Ya comprenderá la gratitud que
debo guardar a Marfa Petrovna por haber contado a su hermana tantas cosas
enigmáticas e interesantes sobre mí. No sé qué impresión le producirían estas
confidencias, pero apostaría cualquier
cosa a que me favorecieron. A pesar de la aversión que su hermana sentía hacia
mi persona, a pesar de mi actitud sombría y repulsiva, acabó por compadecerse
del hombre perdido que veía en mí. Y cuando la piedad se apodera del corazón de
una joven, esto es sumamente peligroso para ella. La asalta el deseo de salvar,
de hacer entrar en razón, de regenerar, de conducir por el buen camino a un
hombre, de ofrecerle, en fin, una vida nueva. Ya debe de conocer usted los
sueños de esta índole.
»En
seguida me di cuenta de que el pájaro iba por impulso propio hacia la jaula, y
adopté mis precauciones. No haga esas muecas, Rodion Romanovitch: ya sabe usted
que este asunto no tuvo consecuencias importantes... ¡El diablo me lleve! ¡Cómo
estoy bebiendo esta tarde...! Le aseguro que más de una vez he lamentado que su
hermana no naciera en el siglo segundo o tercero de nuestra era. Entonces
habría podido ser hija de algún modesto príncipe reinante, o de un gobernador,
o de un procónsul en Asia Menor. No cabe duda de que habría engrosado la lista
de los mártires y sonreído ante los hierros al rojo y toda clase de torturas.
Ella misma habría buscado este martirio... Si hubiese venido al mundo en el
siglo quinto, se habría retirado al desierto de Egipto, y allí habría pasado
treinta años alimentándose de raíces, éxtasis y visiones. Es una mujer que
anhela sufrir por alguien, y si se la privase de este sufrimiento, sería capaz,
tal vez, de arrojarse por una ventana.
»He
oído hablar de un joven llamado Rasumilchine, un muchacho inteligente, según
dicen. A juzgar por su nombre, debe de ser un seminarista... Bien, que este
joven cuide de su hermana.
»En
resumen, que he conseguido comprenderla, de lo cual me enorgullezco. Pero
entonces, es decir, en el momento de trabar conocimiento con ella, fui
demasiado ligero y poco clarividente, lo que explica que me equivocara... ¡El
diablo me lleve! ¿Por qué será tan hermosa? Yo no tuve la culpa.
»La
cosa empezó por un violento capricho sensual. Avdotia Romanovna es
extraordinariamente, exageradamente púdica (no vacilo en afirmar que su recato
es casi enfermizo, a pesar de su viva inteligencia, y que tal vez le
perjudique). Así las cosas, una campesina de ojos negros, Paracha, vino a
servir a nuestra casa. Era de otra aldea y nunca había trabajado para otros.
Aunque muy bonita, era increíblemente tonta: las lágrimas, los gritos con que
esta chica llenó la casa produjeron un verdadero escándalo.
»Un
día, después de comer, Avdotia Romanovna me llevó a un rincón del jardín y me
exigió la promesa de que dejaría tranquila a la pobre Paracha. Era la primera
vez que hablábamos a solas. Yo, como es natural, me apresuré a doblegarme a su
petición a hice todo lo posible por aparecer conmovido y turbado; en una
palabra, que desempeñé perfectamente mi papel. A partir de entonces tuvimos
frecuentes conversaciones secretas, escenas en que ella me suplicaba con
lágrimas en los ojos, sí, con lágrimas en los ojos, que cambiara de vida. He
aquí a qué extremos llegan algunas muchachas en su deseo de catequizar. Yo
achacaba todos mis errores al destino, me presentaba como un hombre ávido de
luz, y, finalmente, puse en práctica cierto medio de llegar al corazón de las
mujeres, un procedimiento que, aunque no engaña a nadie, es siempre de efecto
seguro. Me refiero a la adulación. Nada hay en el mundo más difícil de mantener
que la franqueza ni nada más cómodo que la adulación. Si en la franqueza se
desliza la menor nota falsa, se produce inmediatamente una disonancia y, con
ella, el escándalo. En cambio, la adulación, a pesar de su falsedad, resulta
siempre agradable y es recibida con placer, un placer vulgar si usted quiere,
pero que no deja de ser real.
»Además,
la lisonja, por burda que sea nos hace creer siempre que encierra una parte de
verdad. Esto es así para todas las esferas sociales y todos los grados de la
cultura. Incluso la más pura vestal es sensible a la adulación. De la gente
vulgar no hablemos. No puedo recordar sin reírme cómo logré seducir a una
damita que sentía verdadera devoción por su marido, sus hijos y su familia.
¡Qué fácil y divertido fue! El caso es que era verdaderamente virtuosa, por lo
menos a su modo. Mi táctica consistió en humillarme ante ella e inclinarme ante
su castidad. La adulaba sin recato y, apenas obtenía un apretón de mano o una
mirada, me acusaba a mí mismo amargamente de habérselos arrancado a la fuerza y
afirmaba que su resistencia era tal, que jamás habría logrado nada de ella sin
mi desvergüenza y mi osadía. Le decía que, en su inocencia, no podía prever mis
bribonadas, que había caído en la trampa sin darse cuenta, etcétera. En una
palabra, que conseguí mis propósitos, y mi dama siguió convencida de su
inocencia: atribuyó su caída a un simple azar. No puede usted imaginarse cómo
se enfureció cuando le dije que estaba completamente seguro de que ella había
ido en busca del placer exactamente igual que yo.
»La
pobre Marfa Petrovna tampoco resistía a la adulación, y, si me lo hubiera
propuesto, habría conseguido que pusiera su propiedad a mi nombre (estoy
bebiendo demasiado y hablando más de la cuenta). No se enfade usted si le digo
que Avdotia Romanovna no fue insensible a los elogios de que la colmaba. Pero
fui un estúpido y lo eché a perder todo con mi impaciencia. Más de una vez la
miré de un modo que no le gustó. Cierto fulgor que había en mis ojos la
inquietaba y acabó por serle odioso. No entraré en detalles: sólo le diré que
reñimos. También en esta ocasión me conduje estúpidamente: me reí de sus
actividades conversionistas.
»Paracha
volvió a contar con mis atenciones, y otras muchas le siguieron. O sea que
empecé a llevar una vida infernal. ¡Si hubiera usted visto, Rodion Romanovitch,
aunque sólo hubiera sido una vez, los rayos que pueden lanzar los ojos de su
hermana...!
»No
crea demasiado al pie de la letra mis palabras. Estoy embriagado. Acabo de
beberme un vaso entero. Sin embargo, digo la verdad. El centelleo de aquella
mirada me perseguía hasta en sueños. Llegué al extremo de no poder soportar el
susurro de sus vestidos. Temí que me diera un ataque de apoplejía. Nunca
hubiese creído que pudiera apoderarse de mí una locura semejante. Yo deseaba
hacer las paces con ella, pero la reconciliación era imposible. Y ¿sabe usted
lo que hice entonces? ¡A qué grado de estupidez puede conducir a un hombre el
despecho! No tome usted ninguna determinación cuando está furioso, Rodion
Romanovitch. Teniendo en cuenta que Avdotia Romanovna era pobre (¡Oh perdón!,
no quería decir eso..., pero ¿qué importan las palabras si expresan nuestro
pensamiento?), teniendo en cuenta que vivía de su trabajo y que tenía a su
cargo a su madre y a usted (¿otra vez arruga usted las cejas?), decidí
ofrecerle todo el dinero que poseía (en aquel momento podía reunir unos treinta
mil rublos) y proponerle que huyera conmigo, a esta capital, por ejemplo. Una vez
aquí, le habría jurado amor eterno y sólo habría pensado en su felicidad.
Entonces estaba tan prendado de ella, que si me hubiera dicho: "Envenena,
asesina a Marfa Petrovna", yo lo habría hecho, puede usted creerme. Pero
todo esto terminó con el desastre que usted conoce, y ya puede usted figurarse
a qué extremo llegaría mi cólera cuando me enteré de que Marfa Petrovna había
hecho amistad con ese farsante de Lujine y amañado un matrimonio con su
hermana, que no aventajaba en nada a lo que yo le ofrecía. ¿No lo cree usted
así...? Dígame, responda... Veo que usted me ha escuchado con gran atención,
interesante joven...
Svidrigailof,
impaciente, había dado un puñetazo en la mesa. Estaba congestionado.
Raskolnikof comprendió que el vaso y medio de champán que se había bebido a
pequeños sorbos le había transformado profundamente, y decidió aprovechar esta
circunstancia para sonsacarle, pues aquel hombre le inspiraba gran
desconfianza.
‑Después
de todo eso ‑dijo resueltamente, con el propósito de exasperarle‑, no
me cabe la menor duda de que ha venido aquí por mi hermana.
‑Nada
de eso ‑respondió Svidrigailof haciendo esfuerzos por serenarse‑.
Ya le he dicho que... Además, su hermana no me puede ver.
‑No
lo dudo, pero no se trata de eso.
‑¿De
modo que está usted seguro de que no me puede soportar? ‑Svidrigailof le
hizo un guiño y sonrió burlonamente‑. Tiene usted razón: le soy
antipático. Pero nunca se pueden poner las manos al fuego sobre lo que pasa
entre marido y mujer o entre dos amantes. Siempre hay un rinconcito oculto que
sólo conocen los interesados. ¿Está usted seguro de que Avdotia Romanovna me
mira con repugnancia?
‑Ciertas
frases y consideraciones de su relato me demuestran que usted sigue abrigando
infames propósitos sobre Dunia.
Svidrigailof
no se mostró en modo alguno ofendido por el calificativo que Raskolnikof
acababa de aplicar a sus propósitos, y exclamó con ingenuo temor:
‑¿De
veras se me han escapado frases y reflexiones que le han hecho pensar a usted
eso?
‑En
este mismo momento está usted dejando entrever sus fines. ¿De qué se ha
asustado? ¿Cómo explica usted esos repentinos temores?
‑¿Que
yo me he asustado? ¿Que tengo miedo? ¿Miedo de usted? Es usted el que puede
temerme a mí, cher ami. ¡Qué tonterías! Por lo demás, estoy borracho, ya lo
veo. Si bebiera un poco más podría cometer algún disparate. ¡Que se vaya al
diablo la bebida! ¡Eh, traedme agua!
Cogió
la botella de champán y la arrojó por la ventana sin contemplaciones. Felipe le
trajo agua.
‑Todo
eso es absurdo ‑añadió, empapando una servilleta y aplicándosela a la
frente‑. En dos palabras puedo reducir a la nada sus suposiciones. ¿Sabe
usted que voy a casarme?
‑Ya
me lo dijo.
‑¡Ah!,
¿sí? Pues no me acordaba... Pero entonces nada podía afirmar, porque aún no
había visto a mi prometida y sólo se trataba de una intención. Ahora es cosa
hecha. Si no fuera por la cita de que le he hablado, le llevaría a casa de mi
novia. Pues me gustaría que usted me aconsejase... ¡Demonio! No dispongo más
que de diez minutos. Mire usted mismo el reloj. El proceso de este matrimonio
es sumamente interesante. Ya se lo contaré. ¿Adónde va usted? ¿Todavía quiere
marcharse?
‑No,
ya no me quiero marchar.
‑¿De
modo que no quiere usted dejarme? Eso lo veremos. Le llevaré a casa de mi
prometida, pero no ahora, sino en otra ocasión, pues nos tendremos que separar
en seguida. Usted irá hacia la derecha y yo hacia la izquierda. ¿Conoce usted a
esa señora llamada Resslich? Es la mujer en cuya casa me hospedo... ¿Me
escucha? No, está usted pensando en otra cosa. Ya sabe usted que se acusa a esa
señora de haber provocado este invierno el suicidio de una jovencita... Bueno,
¿me escucha usted o no...? En fin, es esa señora la que me ha arreglado este
matrimonio. Me dijo: «Tienes aspecto de hombre preocupado. Has de buscarte una
distracción.» Pues yo soy un hombre taciturno. ¿No me cree usted? Pues se
equivoca. Yo no hago daño a nadie: vivo apartado en mi rincón. A veces pasan
tres días sin que hable con nadie. Esa bribona de Resslich abriga sus
intenciones. Confía en que yo me cansaré muy pronto de mi mujer y la dejaré
plantada. Y entonces ella la lanzará a la... circulación, bien en nuestro
mundo, bien en un ambiente más elevado. Me ha contado que el padre de la chica
es un viejo sin carácter, un antiguo funcionario que está enfermo: hace tres
años que no puede valerse de sus piernas y está inmóvil en su sillón. También
tiene madre, una mujer muy inteligente. El hijo está empleado en una ciudad
provinciana y no ayuda a sus padres. La hija mayor se ha casado y no da señales
de vida. Los pobres viejos tienen a su cargo dos sobrinitos de corta edad. La
hija menor ha tenido que dejar el instituto sin haber terminado sus estudios.
Dentro de dos o tres meses cumplirá los dieciséis años y entonces estará en
edad de casarse. Ésta es mi prometida. Una vez obtenidos estos informes, me
presenté a la familia como un propietario viudo de buena casa, bien relacionado
y rico. En cuanto a la diferencia de edades (ella dieciséis años y yo más de
cincuenta), es un detalle sin importancia. Un hombre así es un buen partido,
¿no?, un partido tentador.
»¡Si
me hubiera usted visto hablar con los padres! Se habría podido pagar por
presenciar ese espectáculo. En esto llega la chiquilla con un vestidito corto y
semejante a un capullo que empieza a abrirse. Hace una reverencia y se pone tan
encarnada como una peonía. Sin duda le habían enseñado la lección. No conozco
sus gustos en materia de caras de mujer, pero, a mi juicio, la mirada infantil,
la timidez, las lagrimitas de pudor de las jovencitas de dieciséis años valen
más que la belleza. Por añadidura, es bonita como una imagen. Tiene el cabello
claro y rizado como un corderito, una boquita de labios carnosos y purpúreos...
¡Un amor! Total, que trabamos conocimiento, yo dije que asuntos de familia me
obligaban a apresurar la boda, y al día siguiente, es decir, anteayer, nos
prometimos. Desde entonces, apenas llego, la siento en mis rodillas y ya no la
dejo marcharse. Su cara enrojece como una aurora y yo no ceso de besarla. Su
madre la ha aleccionado, sin duda, diciéndole que soy su futuro esposo y que lo
que hago es normal. Conseguida esta comprensión, el papel de novio es más
agradable que el de marido. Esto es lo que se llama la nature et la vérité.
¡Ja, ja! He hablado dos veces con ella. La muchachita está muy lejos de ser
tonta. Tiene un modo de mirarme al soslayo que me inflama la sangre. Tiene una
carita que recuerda a la de la Virgen Sixtina de Rafael. ¿No le impresiona la
expresión fantástica y alucinante que el pintor dio a esa Virgen? Pues el
semblante de ella es parecido. Al día siguiente de nuestros esponsales le llevé
regalos por valor de mil quinientos rublos: un aderezo de brillantes, otro de
perlas, un neceser de plata para el tocador; en fin, tantas cosas, que la
carita de Virgen resplandecía. Ayer, cuando la senté en mis rodillas, debí de
mostrarme demasiado impulsivo, pues ella enrojeció vivamente y en sus ojos
aparecieron dos lágrimas que trataba de ocultar.
»Nos
dejaron solos. Entonces ella rodeó mi cuello con sus bracitos (fue la primera
vez que hizo esto por propio impulso), me besó y me juró ser una esposa
obediente y fiel que dedicaría su vida entera a hacerme feliz y que todo lo
sacrificaría por merecer mi cariño, y añadió que esto era lo único que deseaba
y que para ella no necesitaba regalos. Convenga usted que oír estas palabras en
boca de un ángel de dieciséis años, vestido de tul, de cabellos rizados y
mejillas teñidas por un rubor virginal, es sumamente seductor... Confiéselo,
confiéselo... Oiga..., oiga..., le llevaré a casa de mi novia..., pero no puedo
hacerlo ahora mismo.
‑Total,
que esa monstruosa diferencia de edades aviva su sensualidad. ¿Es posible que
usted piense seriamente en casarse en esas condiciones?
‑¿Por
qué no? Es cosa completamente decidida. Cada uno hace lo que puede en este
mundo, y hacerse ilusiones es un medio de alegrar la vida... ¡Ja, ja! ¡Pero qué
moralista es usted! Tenga compasión de mí, amigo mío. Soy un pecador. ¡Je, je, je!
‑Ahora
comprendo que se haya encargado usted de los hijos de Catalina Ivanovna. Tenía
usted sus razones.
‑Adoro
a los niños, los adoro de veras ‑exclamó Svidrigailof, echándose a reír‑.
Sobre este particular puedo contarle un episodio sumamente curioso. El mismo
día de mi llegada empecé a visitar antros. Estaba sediento de ellos después de
siete años de rectitud. Ya habrá observado usted que no tengo ninguna prisa en
volver a reunirme con mis antiguos amigos, y quisiera no verlos en mucho
tiempo. Debo decirle que durante mi estancia en la propiedad de Marfa Petrovna
me atormentaba con frecuencia el recuerdo de estos rincones misteriosos. ¡El
diablo me lleve! El pueblo se entrega a la bebida; la juventud culta se
marchita o perece en sus sueños irrealizables: se pierde en teorías
monstruosas. Los demás se entregan a la disipación. He aquí el espectáculo que
me ha ofrecido la ciudad a mi llegada. De todas partes se desprende un olor a
podrido...
»Fui
a caer en eso que llaman un baile nocturno. No era más que una cloaca
repugnante, como las que a mí me gustan. Se levantaban las piernas en un cancán
desenfrenado, como jamás se había hecho en mis tiempos. ¡Es el progreso! De
pronto veo una encantadora muchachita de trece años que está bailando con un
apuesto joven. Otro joven los observa de cerca. Su madre estaba sentada junto a
la pared, como espectadora. Ya puede usted suponer qué clase de baile era. La
muchachita está avergonzada, enrojece; al fin se siente ofendida y se echa a
llorar. El arrogante bailarín la obliga a dar una serie de vueltas, haciendo
toda clase de muecas, y el público se echa a reír a carcajadas y empieza a
gritar: "¡Bien hecho! ¡Así aprenderán a no traer niñas a un sitio como
éste!" Esto a mí no me importa lo más mínimo. Me siento al lado de la
madre y le digo que yo también soy forastero y que toda aquella gente me parece
estúpida y grosera, incapaz de respetar a quien lo merece. Insinúo que soy un
hombre rico y les propongo llevarlas en mi coche. Las acompaño a su casa y
trabo conocimiento con ellas. Viven en un verdadero tugurio y han llegado de
una provincia. Me dicen que consideran mi visita como un gran honor. Me entero
de que no tienen un céntimo y han venido a hacer ciertas gestiones. Yo les
ofrezco dinero y mis servicios. También me dicen que han entrado en el local
nocturno por equivocación, pues creían que se trataba de una escuela de baile.
Entonces yo les propongo contribuir a la educación de la muchacha dándole
lecciones de francés y de baile. Ellas aceptan con entusiasmo, se consideran
muy honradas, etcétera..., y yo sigo visitándolas. ¿Quiere usted que vayamos a verlas?
Pero habrá de ser más tarde.
‑¡Basta!
No quiero seguir escuchando sus sucias y viles anécdotas, hombre ruin y
corrompido.
‑¡Ah,
escuchemos al poeta! ¡Oh Schiller! ¿Dónde va a esconderse la virtud...? Mire,
le contaré cosas como ésta sólo para oír sus gritos de indignación. Es para mí
un verdadero placer.
‑Lo
creo. Hasta yo mismo me veo en ridículo en estos instantes ‑murmuró
Raskolnikof, indignado.
Svidrigailof
reía a mandíbula batiente. Al fin llamó a Felipe y, después de haber pagado su
consumición, se levantó.
‑Vámonos.
Estoy bebido. Assez causé ‑exclamó‑.
He tenido un verdadero placer.
‑Lo
creo. ¿Cómo no ha de ser un placer para usted referir anécdotas escabrosas?
Esto es una verdadera satisfacción para un hombre encenagado en el vicio y
desgastado por la disipación, sobre todo cuando tiene un proyecto igualmente
monstruoso y lo cuenta a un hombre como yo... Es una cosa que fustiga los
nervios.
‑Pues
si es así ‑dijo Svidrigailof con cierto asombro‑, si es así, a
usted no le falta cinismo. Usted es capaz de comprender muchas cosas. Bueno,
basta ya. Siento de veras no poder seguir hablando con usted. Pero ya
volveremos a vernos... Tenga un poco de paciencia.
Salió
de la taberna seguido de Raskolnikof. Su embriaguez se disipaba a ojos vistas.
Parecía preocupado por asuntos importantes y su semblante se había nublado como
si esperase algún grave acontecimiento. Su actitud ante Raskolnikof era cada
vez más grosera e irónica. El joven se dio cuenta de este cambio y se turbó.
Aquel hombre le inspiraba una gran desconfianza. Ajustó su paso al de él.
Estaban
ya en la calle.
‑Yo
voy hacia la izquierda ‑dijo Svidrigailof‑, y usted hacia la
derecha. O al revés, si usted lo prefiere. El caso es que nos separemos. Adiós. Mon plaisir. Celebraré
volver a verle.
Y
tomó la dirección de la plaza del Mercado.
V
Raskolnikof
le alcanzó y se puso a su lado.
‑¿Qué
significa esto? ‑exclamó Svidrigailof‑. Ya le he dicho a usted
que...
‑Esto
significa que no le dejo a usted.
‑¿Cómo?
Los
dos se detuvieron y estuvieron un momento mirándose.
‑Lo
que usted me ha contado en su embriaguez me demuestra que, lejos de haber
renunciado a sus odiosos proyectos contra mi hermana, se ocupa en ellos más que
nunca. Sé que esta mañana ha recibido una carta. Usted puede haber encontrado
una prometida en sus vagabundeos, pero esto no quiere decir nada. Necesito
convencerme por mis propios ojos.
A
Raskolnikof le habría sido difícil explicar qué era lo que quería ver por sí
mismo.
‑¿Quiere
usted que llame a la policía?
‑Llámela.
Se
detuvieron de nuevo y se miraron a la cara. Al fin, el rostro de Svidrigailof
cambió de expresión. Viendo que sus amenazas no intimidaban a Raskolnikof lo
más mínimo, dijo de pronto, en el tono más amistoso y alegre:
‑¡Es
usted el colmo! Me he abstenido adrede de hablarle de su asunto, a pesar de que
la curiosidad me devora. He dejado este tema para otro día. Pero usted es capaz
de hacer perder la paciencia a un santo... Puede usted venir si quiere, pero le
advierto que voy a mi casa sólo para un momento: el tiempo necesario para coger
dinero. Luego cerraré la puerta y me iré a las Islas a pasar la noche. De modo
que no adelantará nada viniendo conmigo.
‑Tengo
que ir a su casa. No a su habitación, sino a la de Sonia Simonovna: quiero
excusarme por no haber asistido a los funerales.
‑Haga
usted lo que quiera. Pero le advierto que Sonia Simonovna no está en su casa.
Ha ido a llevar a los huérfanos a una noble y anciana dama, conocida mía y que
está al frente de varios orfelinatos. Me he captado a esta señora entregándole
dinero para los tres niños de Catalina Ivanovna, más un donativo para las
instituciones. Finalmente, le he contado la historia de Sonia Simonovna sin
omitir detalle, y esto le ha producido un efecto del que no puede tener usted
idea. Ello explica que Sonia Simonovna haya recibido una invitación para
presentarse hoy mismo en el hotel donde se hospeda esa distinguida señora desde
su regreso del campo.
‑No
importa.
‑Haga
usted lo que quiera, pero yo no iré con usted cuando salga de casa. ¿Para
qué...? Óigame: estoy convencido de que usted desconfía de mí sólo porque he
tenido la delicadeza de no hacerle preguntas enojosas... Usted ha interpretado
erróneamente mi actitud. Juraría que es esto. Sea usted también delicado
conmigo.
‑¿Con
usted, que escucha detrás de las puertas?
‑¡Ya
salió aquello! ‑exclamó Svidrigailof entre risas‑. Le aseguro que
me habría asombrado que no mencionara usted este detalle. ¡Ja, ja! Aunque
comprendí perfectamente lo que usted había hecho, no entendí todo lo demás que
dijo. Tal vez soy un hombre anticuado, incapaz de comprender ciertas cosas.
Explíquemelo, por el amor de Dios. Ilústreme, enséñeme las ideas nuevas.
‑Usted
no pudo oír nada. Todo eso son invenciones suyas.
‑Lo
que quiero que me explique no es lo que usted se imagina. Pero, desde luego, oí
parte de sus confidencias. Yo me refiero a sus continuas lamentaciones. Tiene
usted alma de poeta y siempre está a punto de dejarse llevar de la indignación.
¿De modo que le parece a usted mal que la gente escuche detrás de las puertas?
Ya que tan severo es usted, vaya a presentarse a las autoridades y dígales: «Me
ha ocurrido una desgracia; he sufrido un error en mis teorías filosóficas.»
Pero si está usted convencido de que no se debe escuchar detrás de las puertas
y, en cambio, se puede matar a una pobre vieja con cualquier arma que se tenga
a mano, lo mejor que puede hacer es marcharse a América cuanto antes. ¡Huya!
Tal vez tenga tiempo aún. Le hablo con toda franqueza. Si no tiene usted
dinero, yo le daré el necesario para el viaje.
‑No
me pienso marchar ‑dijo Raskolnikof con un gesto despectivo.
‑Comprendo...
(desde luego, usted puede callarse si no quiere hablar), comprendo que usted se
plantee una serie de problemas de índole moral. ¿Verdad que se los plantea?
Usted se pregunta si ha obrado como es propio de un hombre y un ciudadano. Deje
estas preguntas, rechácelas. ¿De qué pueden servirle ya? ¡Je, je! No vale la
pena meterse en un asunto, empezar una operación que uno no es capaz de
terminar. Por lo tanto, levántese la tapa de los sesos. ¿Qué, no se decide?
‑Usted
quiere irritarme para deshacerse de mí.
‑¡Qué
ocurrencia tan original! En fin, ya hemos llegado. Subamos... Mire, ésa es la
puerta de la habitación de Sonia Simonovna. No hay nadie, convénzase... ¿No me
cree? Preguntemos a los Kapernaumof, a quienes ella entrega la llave cuando se
va... Mire, ahí está la señora de Kapernaumof... ¡Oiga! ¿Dónde está la vecina?
(Es un poco sorda, ¿sabe...?) ¿Que ha salido...? ¿Adónde se ha marchado...? Ya
lo ha oído usted; no está en casa y no volverá hasta la noche... Bueno, ahora
venga a mis habitaciones. Pues quiere usted venir, ¿verdad...? Ya estamos. La
señora Resslich ha salido. Siempre está muy atareada, pero es una buena mujer,
se lo aseguro. Si usted hubiera sido más razonable, ella le habría podido
ayudar... Mire, cojo un título del cajón de mi mesa (como usted ve, me quedan
bastantes todavía). Hoy mismo lo convertiré en dinero. ¿Ya lo ha visto usted
todo bien? Tengo prisa. Cerremos el cajón. Ahora la puerta. Y de nuevo estamos
en la escalera. ¿Quiere usted que tomemos un coche? Ya le he dicho que voy a
las Islas. ¿No quiere usted dar una vuelta? El simón nos llevará a la isla
Elaguine. ¿Qué, no quiere? Vamos, decídase. Yo creo que va a llover, pero ¿qué
importa? Levantaremos la capota.
Svidrigailof
estaba ya en el coche. Raskolnikof se dijo que sus sospechas eran por el
momento poco fundadas. Sin responder palabra, dio media vuelta y echó a andar
en dirección a la plaza del Mercado. Si hubiese vuelto la cabeza, aunque sólo
hubiera sido una vez, habría podido ver que Svidrigailof, después de haber
recorrido un centenar de metros en el coche, se apeaba y pagaba al cochero.
Pero el joven avanzaba mirando sólo hacia delante y pronto dobló una esquina.
La profunda aversión que Svidrigailof le inspiraba le impulsaba a alejarse de
él lo más de prisa posible. Se decía: «¿Qué se puede esperar de este hombre vil
y grosero, de ese miserable depravado?» Sin embargo, esta opinión era un tanto
prematura y tal vez mal fundada. En la manera de ser de Svidrigailof había algo
que le daba cierta originalidad y lo envolvía en un halo de misterio. En lo
concerniente a su hermana, Raskolnikof estaba seguro de que Svidrigailof no
había renunciado a ella. Pero todas estas ideas empezaron a resultarle
demasiado penosas para que se detuviera a analizarlas.
Al
quedarse solo cayó, como siempre, en un profundo ensimismamiento, y cuando
llegó al puente se acodó en el pretil y se quedó mirando fijamente el agua del
canal. Sin embargo, Avdotia Romanovna estaba cerca de él, observándole. Se
habían cruzado a la entrada del puente, pero él había pasado cerca de ella sin
verla. Dunetchka no le había visto jamás en la calle en semejante estado y se
sintió inquieta. Estuvo un momento indecisa, preguntándose si se acercaría a
él, y de pronto divisó a Svidrigailof que se dirigía rápido hacia ella desde la
plaza del Mercado.
Procedía
con sigilo y misterio. No entró en el puente, sino que se detuvo en la acera,
procurando que Raskolnikof no le viese. A Dunia la había visto desde lejos y le
hacía señas. La joven comprendió que le decía que se acercase, procurando no
llamar la atención de Raskolnikof. Atendiendo a esta muda demanda, pasó en
silencio por detrás de su hermano y fue a reunirse con Svidrigailof.
‑¡Vámonos!
Su hermano no debe enterarse de nuestra entrevista. Acabo de pasar un rato con
él en una taberna adonde ha venido a buscarme y no me ha sido nada fácil
deshacerme de él. No sé cómo se ha enterado de que le he escrito una carta,
pero parece sospechar algo. Sin duda, usted misma le ha hablado de ello, pues
nadie más puede habérselo dicho.
‑Ahora
que hemos doblado la esquina y que mi hermano ya no puede vernos, sepa usted
que ya no le seguiré más lejos. Dígame aquí mismo lo que tenga que decirme.
Nuestros asuntos pueden tratarse en plena calle.
‑En
primer lugar, no es éste un asunto que pueda tratarse en plena calle. En
segundo, quiero que oiga usted también a Sonia Simonovna. Y, finalmente, tengo
que enseñarle algunos documentos. Si usted no viene a mi casa, no le explicaré
nada y me marcharé ahora mismo. Le ruego que no olvide que poseo el curioso
secreto de su querido hermano.
Dunia
se detuvo, indecisa, y dirigió una mirada penetrante a Svidrigailof.
‑¿Qué
teme usted? ‑dijo éste‑. La ciudad no es el campo. Además, incluso
en el campo me ha hecho usted más daño a mí que yo a usted. Aquí...
‑¿Está
prevenida Sonia Simonovna?
‑No,
no le he hablado de esto y no sé si está ahora en su casa. Creo que sí que
estará, pues ha enterrado hoy a su madrastra y no debe de tener humor para
salir. No he querido hablar a nadie de este asunto, e incluso siento haberme
franqueado un poco con usted. En este caso, la menor imprudencia equivale a una
denuncia... He aquí la casa donde vivo. Ya hemos llegado. Ese hombre que ve
usted a la puerta es nuestro portero. Me conoce perfectamente y, como usted ve,
me saluda. Bien ha advertido que voy acompañado de una dama y, sin duda, ha
visto su cara. Estos detalles pueden tranquilizarla si usted desconfía de mí.
Perdóneme si le hablo tan crudamente. Yo tengo mi habitación junto a la de
Sonia Simonovna. Las dos piezas están separadas solamente por un tabique. En el
piso hay numerosos inquilinos. ¿A qué vienen, pues, esos temores infantiles? No
soy tan temible como todo eso.
Svidrigailof
esbozó una sonrisa bonachona, pero estaba ya demasiado nervioso para desempeñar
a la perfección su papel. Su corazón latía con violencia; sentía una fuerte
opresión en el pecho. Procuraba levantar la voz para disimular su creciente
agitación. Pero Dunia ya no veía nada: las últimas palabras de Svidrigailof
sobre sus temores de niña la habían herido en su amor propio hasta cegarla.
‑Aunque
sé que es usted un hombre sin honor ‑dijo, afectando una calma que
desmentía el vivo color de su rostro‑, no me inspira usted temor alguno.
Indíqueme el camino.
Svidrigailof
se detuvo ante la habitación de Sonia.
‑Permítame
que vea si está... Pues no, se ha marchado. Es una contrariedad. Pero estoy
seguro de que no tardará en volver. Sin duda ha ido a ver a una señora por el
asunto de los huérfanos. La madre de esos niños acaba de morir. Yo me he
interesado en el asunto y he dado ya ciertos pasos. Si Sonia Simonovna no ha
regresado dentro de diez minutos y usted quiere hablar con ella, la enviaré a
su casa esta misma tarde. Ya estamos en mis habitaciones. Son dos... Mi
patrona, la señora Resslich, habita al otro lado del tabique. Ahora eche una
mirada por aquí. Quiero mostrarle mis «documentos», por decirlo así. La puerta
de mi habitación da a un alojamiento de dos piezas, que está completamente
vacío... Mire con atención. Debe usted tener un conocimiento exacto del lugar
del hecho.
Svidrigailof
disponía de dos habitaciones amuebladas bastante espaciosas. Dunetchka miró en
torno de ella con desconfianza, pero no vio nada sospechoso en la colocación de
los muebles ni en la disposición del local. Sin embargo, debió advertir que el
alojamiento de Svidrigailof se hallaba entre otros dos deshabitados. No se
llegaba a sus habitaciones por el corredor, sino atravesando otras dos piezas
que formaban parte del compartimiento de su patrona. Svidrigailof abrió la
puerta de su dormitorio, que daba a uno de los alojamientos vacíos, y se lo
mostró a Dunia, que permaneció en el umbral sin comprender por qué el huésped
deseaba que mirase aquello. Pero en seguida recibió la explicación.
‑Mire
aquella habitación, la segunda y más espaciosa. Observe su puerta: está cerrada
con llave. ¿Ve aquella silla colocada junto a la puerta? Es la única que hay en
las dos habitaciones. La llevé yo de aquí para poder escuchar más cómodamente. Al
otro lado de esa puerta está la mesa de Sonia Simonovna. La joven estaba
sentada ante su mesa mientras hablaba con Rodion Romanovitch, y yo escuchaba la
conversación desde este lado de la puerta. Escuché dos tardes seguidas, y cada
tarde dos horas como mínimo. Por lo tanto, pude enterarme de muchas cosas, ¿no
cree usted?
‑¿Escuchaba
usted detrás de la puerta?
‑Sí,
escuchaba detrás de la puerta... Venga, venga a mi alojamiento. Aquí ni
siquiera hay donde sentarse.
Volvieron
a las habitaciones de Svidrigailof y éste invitó a la joven a sentarse en la
pieza que utilizaba como sala. Él se sentó también, pero a una prudente
distancia, al otro lado de la mesa. Sin embargo, sus ojos tenían el mismo
brillo ardiente que hacía unos momentos había inquietado a Dunetchka. Ésta se
estremeció y volvió a mirar en torno a ella con desconfianza. Fue un gesto
involuntario, pues su deseo era mostrarse perfectamente serena y dueña de sí
misma. Pero el aislamiento en que se hallaban las habitaciones de Svidrigailof
había acabado por atraer su atención. De buena gana habría preguntado si la
patrona estaba en casa, pero no lo hizo: su orgullo se lo impidió. Por otra
parte, el temor de lo que a ella le pudiera ocurrir no era nada comparado con
la angustia que la dominaba por otras razones. Esta angustia era para Dunia un
verdadero tormento.
‑He
aquí su carta ‑dijo depositándola en la mesa‑. Lo que usted me dice
en ella no es posible. Me deja usted entrever que mi hermano ha cometido un
crimen. Sus insinuaciones son tan claras, que sería inútil que ahora tratase
usted de recurrir a subterfugios. Le advierto que, antes de recibir lo que
usted considera como una revelación, yo estaba enterada ya de este cuento
absurdo, del que no creo ni una palabra. Es una suposición innoble y ridícula.
Sé muy bien de dónde proceden esos rumores. Usted no puede tener ninguna
prueba. En su carta me promete demostrarme la veracidad de sus palabras. Hable,
pues. Pero sepa por anticipado que no le creo, no le creo en absoluto.
Dunetchka
había dicho esto precipitadamente, dominada por una emoción que tiñó de rojo su
cara.
‑Si
usted no lo creyera, no habría venido aquí. Porque no creo que haya venido por
simple curiosidad.
‑No
me atormente: hable de una vez.
‑Hay
que convenir en que es usted una muchacha valiente. Yo esperaba, le doy mi
palabra, que pidiera usted al señor Rasumikhine que la acompañase. Pero él no
estaba con usted, ni rondaba por los alrededores, cuando nos hemos encontrado:
me he fijado bien. Ha sido una verdadera demostración de valor. Ha querido
defender por sí sola a Rodion Romanovitch... Por lo demás, todo en usted es
divino. En cuanto a su hermano, ¿qué puedo decirle? Usted le acaba de ver. ¿Qué
le ha parecido su actitud?
‑Supongo
que no fundará usted en esto sus acusaciones.
‑No,
las fundo en sus propias palabras. Ha venido dos días seguidos a pasar la tarde
con Sonia Simonovna. Ya le he indicado el lugar donde hablaban. Su hermano lo
confesó todo a la muchacha. Es un asesino. Mató a una vieja usurera en cuya
casa tenía empeñados algunos objetos, y además a su hermana Lisbeth, que llegó
casualmente en el momento del crimen. Las asesinó a las dos con un hacha que
llevaba consigo. El móvil del crimen era el robo, y su hermano robó: se llevó
dinero y algunos objetos. Me limito a repetir la confesión que hizo a Sonia
Simonovna, que es la única que conoce este secreto, pero que no tiene
participación alguna, ni material ni moral, en el crimen. Por el contrario, esa
muchacha, al enterarse, sintió un horror tan profundo como el que usted
demuestra ahora. Puede estar tranquila: esa joven no le denunciará.
‑¡Imposible!
‑balbuceó Dunetchka, jadeante y con los labios pálidos‑. Eso no es
posible. Él no tenía el más mínimo motivo para cometer ese crimen... ¡Eso es
mentira, mentira!
‑Mató
por robar: ahí tiene el motivo. Cogió dinero y joyas. Verdad es que, según ha
dicho, no ha sacado provecho del botín, pues lo escondió debajo de una piedra,
donde está todavía. Pero esto demuestra, simplemente, que no se ha atrevido a
hacer use de él.
‑Pero
¿es posible que haya robado? ‑exclamó Dunia, levantándose de un salto‑.
¿Se puede creer tan sólo que haya tenido esa idea? Usted lo conoce. ¿Acaso
tiene aspecto de ladrón?
Había
olvidado su terror de hacía un momento y hablaba en tono suplicante.
‑Esa
pregunta tiene mil respuestas, infinidad de explicaciones. El ladrón comete sus
fechorías consciente de su infamia. Pero yo he oído hablar que un hombre de
probada nobleza desvalijó un correo. A lo mejor, creyó cometer una acción
loable. Yo me habría resistido, como se resiste usted, a creer que su hermano
hubiera cometido un acto así si me lo hubieran contado; pero no tengo más
remedio que dar crédito al testimonio de mis propios oídos. Explicó los motivos
de su proceder a Sonia Simonovna. Ésta, al principio, no podía creer en lo que
estaba oyendo; pero acabó por rendirse a la evidencia. Así tenía que ser, ya
que era el mismo autor del hecho el que lo contaba.
‑¿Cuáles
fueron los motivos de que habló?
‑Eso
sería demasiado largo de explicar, Avdotia Romanovna. Se trata..., ¿cómo se lo
haré comprender...?, de una teoría, algo así como si dijéramos: el crimen se
permite cuando persigue un fin loable. ¡Un solo crimen y cien buenas acciones!
Por otra parte, para un joven colmado de cualidades y de orgullo es penoso
reconocer que le gustaría apoderarse de una suma de tres mil rublos, por saber
que esta cantidad sería suficiente para cambiar su porvenir. Añada usted a esto
la irritación morbosa que produce una mala alimentación continua, un cuarto
demasiado estrecho, una ropa hecha jirones, la miseria de la propia situación
social y, al mismo tiempo, la de una madre y una hermana. Y por encima de todo
la ambición, el orgullo... Y todo ello a pesar de no carecer seguramente de
excelentes cualidades... No vaya usted a creer que le acuso. Además, esto no es
de mi incumbencia. También expuso una teoría personal según la cual la
humanidad se divide en individuos que forman el rebaño y en personas
extraordinarias, es decir, seres que, gracias a su superioridad, no están
obligados a acatar la ley. Por el contrario, éstos son los que hacen las leyes
para los demás, para el rebaño, para el polvo. En fin, c'est une théorie comme une autre. Napoleón lo
tenía fascinado o, para decirlo con más exactitud, lo que le seducía era la
idea de que los hombres de genio no temen cometer un crimen inicial, sino que
se lanzan a ello resueltamente y sin pensarlo. Yo creo que su hermano se
imaginó que también era genial o, por lo menos, que esta idea se apoderó de él
en un momento dado. Ha sufrido mucho y sufre aún ante la idea de que es capaz
de inventar una teoría, pero no de aplicarla, y que, por lo tanto, no es un
hombre genial. Esta idea es sumamente humillante para un joven orgulloso y,
especialmente, de nuestro tiempo.
‑¿Y
el remordimiento? ¿Es que le niega usted todo sentimiento moral? ¿Acaso es mi
hermano como usted pretende que sea?
‑¡Oh
Avdotia Romanovna! Ahora todo es desorden y anarquía. Por otra parte, el orden
ha sido siempre algo ajeno a él. Los rusos, Avdotia Romanovna, tienen un alma
generosa y grande como su país, y también una tendencia a las ideas fantásticas
y desordenadas. Pero es una desgracia poseer un alma grande y noble sin genio.
¿Se acuerda usted de nuestras conversaciones sobre este tema, en la terraza,
después de cenar? Usted me reprochaba esta amplitud de espíritu. Y quién sabe
si mientras usted me hablaba así, él estaba echado, dándole vueltas a su
proyecto... Hay que reconocer, Avdotia Romanovna, que la tradición en nuestra
sociedad culta es muy endeble. La única que posee es la que se adquiere por
medio de los libros, de las crónicas del pasado. Y eso se queda para los
sabios, los cuales, por otra parte, son tan cándidos que un hombre de mundo se
avergonzaría de seguir sus enseñanzas. Por lo demás, ya conoce usted mi
opinión: yo no acuso a nadie. Vivo en el ocio y estoy aferrado a este género de
vida. Ya hemos hablado de esto más de una vez. Incluso he tenido la dicha de
interesarle exponiéndole mis juicios... Está usted muy pálida, Avdotia
Romanovna.
‑Conozco
la teoría de que usted me ha hablado. He leído en una revista un artículo de mi
hermano acerca de los hombres superiores. Me lo trajo Rasumikhine.
‑¿Rasumikhine?
¿Un artículo de su hermano en una revista? Ignoraba que hubiera escrito
semejante artículo... Pero ¿adónde va, Avdotia Romanovna?
‑Quiero
ver a Sonia Simonovna ‑repuso Dunia con voz débil‑. ¿Dónde está la
puerta de su habitación? Tal vez ha regresado ya. Quiero verla en seguida para
que ella me...
No
pudo terminar; se ahogaba materialmente.
‑Sonia
Simonovna no volverá hasta la noche. Así lo supongo. Tenía que volver en
seguida y no lo ha hecho. Esto es señal de que regresará tarde.
‑¡Me
has engañado! ¡Me has mentido! ‑exclamó Dunia en un arrebato de cólera
que la enloquecía‑. Ahora lo veo claro. ¡Me has mentido! ¡No te creo, no
te creo!
Y
cayó casi desvanecida en una silla que Svidrigailof se apresuró a acercarle.
‑Pero,
¿qué le ocurre, Avdotia Romanovna? Cálmese. Tenga, beba un poco de agua.
Svidrigailof
le salpicó el rostro. Dunetchka se estremeció y volvió en sí.
‑Ha
sido un golpe demasiado violento ‑murmuró Svidrigailof, apenado‑.
Tranquilícese, Avdotia Romanovna. Su hermano tiene amigos. Le salvaremos.
¿Quiere usted que lo mande al extranjero? No tardaré más de tres días en
conseguirle un billete. En cuanto a su crimen, él lo borrará a fuerza de buenas
acciones. Cálmese. Todavía puede llegar a ser un gran hombre. ¿Se siente usted
mejor?
‑¡Qué
cruel e indigno es usted! Todavía se atreve a burlarse. ¡Déjeme en paz!
‑¿Adónde
va?
‑A
casa de Rodia. ¿Dónde está ahora? Usted lo sabe... ¿Por qué está cerrada esta
puerta? Hemos entrado por aquí y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo la ha
cerrado?
‑No
iba a dejar que todo el mundo oyera lo que decíamos. Estoy muy lejos de
burlarme. Lo que ocurre es que estoy cansado de hablar en este tono. ¿Adónde se
propone usted ir? ¿Es que quiere entregar a su hermano a la justicia? Piense
que usted puede enloquecerlo y dar lugar a que se entregue él mismo. Sepa usted
que le vigilan, que le siguen los pasos. Espere. Ya le he dicho que le he visto
hace un rato y que he hablado con él. Todavía podemos salvarlo. Espere;
siéntese y vamos a estudiar juntos lo que se puede hacer. La he hecho venir
para que hablemos tranquilamente. Siéntese, haga el favor.
¿Cómo
va usted a salvarlo? ¿Acaso tiene salvación?
Dunia
se sentó. Svidrigailof ocupó otra silla cerca de ella. ‑Eso depende de
usted, de usted, sólo de usted ‑dijo en un susurro.
Sus
ojos centelleaban. Su agitación era tan profunda, que apenas podía articular
las palabras. Dunia retrocedió, inquieta. El prosiguió, temblando:
‑De
usted depende... Una sola palabra de usted, y lo salvaremos. Yo... yo lo
salvaré. Tengo dinero y amigos. Le mandaré en seguida al extranjero. Sacaré un
pasaporte para mí...; no, dos pasaportes: uno para él y otro para mí. Tengo
amigos, hombres influyentes... ¿Quiere...? Sacaré también un pasaporte para
usted..., y otro para su madre... Usted no necesita para nada a Rasumikhine. Yo
la amo tanto como él. Yo la amo con todo mi ser... Déme el borde de su falda
para besarlo, démelo. El susurro de su vestido me enloquece. Usted me mandará y
yo la obedeceré. Sus creencias serán las mías. Haré todo, todo lo que usted
quiera... No me mire así, por favor. ¿No ve usted que me está matando?
Empezó
a desvariar. Parecía haberse vuelto loco. Dunia se levantó de un salto y corrió
hacia la puerta.
‑¡Ábranme,
ábranme! ‑dijo a gritos mientras la golpeaba‑. ¿Por qué no me
abren? ¿Es posible que no haya nadie en la casa?
Svidrigailof
volvió en sí y se levantó. Una aviesa sonrisa apareció en sus labios, todavía
temblorosos.
‑No,
no hay nadie ‑dijo lentamente y en voz baja‑. Mi patrona ha salido.
Sus gritos son, pues, inútiles.
‑¿Dónde
está la llave? ¡Abre la puerta, abre inmediatamente! ¡Miserable, canalla!
‑La
llave se me ha perdido.
‑¡Comprendo!
¡Esto es una emboscada!
Y
Dunia, pálida como una muerta, corrió hacia un rincón, donde se atrincheró tras
una mesa.
Ya
no gritaba. Estaba inmóvil y tenía la mirada fija en su enemigo, para no perder
ninguno de sus movimientos.
Svidrigailof
estaba también inmóvil. Al parecer iba recobrándose, pero el color no había
vuelto a su rostro. Su sonrisa seguía mortificando a Avdotia Romanovna.
‑Ha
pronunciado usted la palabra «emboscada», Avdotia Romanovna. Bien, pues si
existe esa emboscada, habrá de pensar usted en que he tomado toda clase de
precauciones. Sonia Simonovna no está en su habitación. Los Kapernaumof quedan
lejos, a cinco piezas de aquí. Soy mucho más fuerte que usted, y tampoco puedo
temer que usted me denuncie, porque en este caso perdería a su hermano, y usted
no quiere perderlo, ¿verdad? Además, nadie la creería. ¿Qué explicación puede
tener que una joven vaya sola a visitar a un hombre soltero? O sea que si usted
se decidiese a sacrificar a su hermano, sería inútil, porque no podría probar
nada. Una violación es sumamente difícil de demostrar.
‑¡Miserable!
‑Puede
decir lo que quiera, pero le advierto que hasta ahora me he limitado a hacer
simples suposiciones. Personalmente, estoy de acuerdo con usted. Obrar por la
fuerza contra alguien es una bajeza. Mi intención era únicamente tranquilizar
su conciencia en el caso de que usted..., de que usted quisiera salvar a su
hermano de buen grado, es decir, tal como yo le he propuesto. Usted no haría
entonces sino inclinarse ante las circunstancias, ceder a la necesidad, por
decirlo así... Piense usted en ello. La suerte de su hermano, y también la de
su madre, está en sus manos. Piense, además, que yo seré su esclavo, y para
toda la vida... Espero su resolución.
Svidrigailof
se sentó en el sofá, a unos ocho pasos de Dunia. La joven no tenía la menor
duda acerca de sus intenciones: sabía que eran inquebrantables, pues conocía
bien a Svidrigailof... De pronto sacó del bolsillo un revólver, lo preparó para
disparar y lo dejó en la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailof
hizo un movimiento de sorpresa.
‑¡Ah,
caramba! ‑exclamó con una pérfida sonrisa‑. Así la cosa cambia por
completo. Usted misma me facilita la tarea, Avdotia Romanovna... Pero ¿de dónde
ha sacado usted ese revólver? ¿Se lo ha proporcionado el señor Rasumikhine?
¡Toma, si es el mío! ¡Un viejo amigo! ¡Tanto como lo busqué! Las lecciones de
tiro que tuve el honor de darle en el campo no fueron inútiles, por lo que veo.
‑Este
revólver no es tuyo, monstruo, sino de Marfa Petrovna. No había nada tuyo en su
casa. Lo cogí cuando comprendí de lo que eras capaz. Si das un paso, te juro
que te mato.
Dunia
había empuñado el revólver. En su desesperación, estaba dispuesta a disparar.
‑Bueno,
¿y su hermano? Le hago esta pregunta por pura curiosidad ‑dijo
Svidrigailof sin moverse del sitio.
‑Denúnciale
si quieres. Un paso y disparo. Tú envenenaste a tu esposa: estoy segura. Tú
también eres un asesino.
‑¿Está
usted segura de que envenené a Marfa Petrovna?
‑Sí,
tú mismo me lo dejaste entrever. Me hablaste de un veneno. Sé que te lo habías
procurado, que lo habías preparado... Fuiste tú, tú..., ¡infame!
‑Si
eso fuera verdad, sólo lo habría hecho por ti: tú habrías sido la causa.
‑¡Mientes!
Yo siempre lo he odiado, ¡siempre!
‑Por
lo visto, Avdotia Romanovna, usted se ha olvidado de que, cuando trataba de
convertirme, se inclinaba sobre mí y me dirigía lánguidas miradas. Yo,
entonces, la miraba fijamente a los ojos, ¿recuerda...? La noche..., el claro
de luna... Un ruiseñor cantaba...
La
ira llameó en los ojos de Dunia.
‑¡Mientes,
mientes! ¡Eres un calumniador!
‑¿Miento?
Bien, lo admito. No se deben recordar estas cosillas a las mujeres ‑añadió
con una sonrisa burlona‑. Sé que vas a disparar, preciosa bestezuela.
Pues bien, dispara...
Dunia
le apuntó. Sólo esperaba que hiciera un movimiento para apretar el gatillo.
Estaba mortalmente pálida, temblaba su labio inferior y sus grandes ojos negros
lanzaban llamaradas. Svidrigailof no la había visto nunca tan hermosa. En el
momento en que la joven levantó el revólver, el fuego de sus ojos penetró en el
pecho del enemigo y quemó su corazón, que se contrajo dolorosamente. Dio un
paso hacia delante y se oyó una detonación. La bala rozó el cabello de
Svidrigailof y fue a incrustarse en la pared, a sus espaldas. Svidrigailof se
detuvo y dijo, esbozando una sonrisa:
‑Una
picadura de avispa... Ya veo que ha tirado usted a la cabeza... Pero ¿qué es
esto? Parece sangre.
Y
sacó el pañuelo para limpiarse un hilillo de sangre que resbalaba por su sien.
La bala debió de rozar la piel del cráneo.
Dunia
había bajado el revólver y miraba a Svidrigailof con un gesto de pasmo más que
de temor. Parecía incapaz de comprender lo que había hecho y lo que ocurría
ante ella.
‑Ya
lo ve: ha errado el tiro. Vuelva a disparar. Ya ve que estoy esperando.
Hablaba
en voz baja y con una sonrisa que ahora tenía algo de siniestro.
‑Si
tarda usted tanto ‑continuó‑, podré caer sobre usted antes de que
haya vuelto a apretar el gatillo.
Dunetchka
se estremeció, preparó el revólver y apuntó.
‑¡Déjeme!
‑gritó, desesperada‑. Le juro que volveré a disparar ¡y le mataré!
‑¡Qué
importa! Desde luego, disparando a tres pasos es imposible fallar. Pero si
usted no me mata...
Sus
ojos centellearon y dio dos pasos más. Dunetchka disparó, pero no salió la
bala.
‑Ese
revólver está mal cargado. Pero no importa: le queda una bala todavía.
Arréglelo. Espero.
Estaba
a dos pasos de la joven y la miraba con una ardiente fijeza que expresaba una
resolución indómita. Dunia comprendió que preferiría morir a renunciar a ella.
Y... y ahora estaba segura de matarle, ya que sólo lo tenía a dos pasos.
De
pronto arrojó el arma.
‑¡No
quiere matarme! ‑exclamó Svidrigailof, asombrado.
Luego
respiró profundamente. Su alma acababa de librarse de un gran peso que no era
sólo el temor a la muerte. Sin embargo, le habría sido difícil explicar lo que
sentía. Tenía la sensación de que se había librado de otro sentimiento más
penoso que el de la muerte, pero no lograba identificarlo.
Se
acercó a Dunia y la enlazó suavemente por el talle. Ella no opuso la menor
resistencia, pero temblaba como una hoja y le miraba con ojos suplicantes. Él
intentó hablarle, mas sus labios sólo consiguieron hacer una mueca. No pudo
pronunciar una sola palabra.
‑¡Déjame!
‑suplicó Dunia.
Svidrigailof
se estremeció. Este tuteo no era el mismo que el de hacía un momento.
‑Así,
¿no me amas? ‑preguntó en un susurro.
Dunia
negó con la cabeza.
‑¿No
puedes...? ¿No podrás nunca? ‑murmuró con acento desesperado.
‑Nunca
‑respondió Dunia, también en voz baja.
Durante
unos momentos se estuvo librando una lucha espantosa en el alma de
Svidrigailof. Sus ojos se habían fijado en la joven con una expresión
indescriptible. De súbito retiró el brazo con que había rodeado su talle, dio
media vuelta y se dirigió a la ventana.
Tras
unos instantes de silencio, sacó la llave del bolsillo izquierdo de su gabán y
la dejó en la mesa que estaba a sus espaldas, sin volver los ojos hacia Dunia.
‑Ahí
tiene la llave. Cójala y váyase en seguida.
Siguió
mirando obstinadamente a través de la ventana.
Dunia
se acercó a la mesa y cogió la llave.
‑¡Pronto,
pronto! ‑exclamó Svidrigailof sin hacer el menor movimiento, pero dando a
sus palabras un tono terrible.
Dunia
no se lo hizo repetir. Con la llave en la mano, corrió hacia la puerta, la
abrió precipitadamente y salió a toda prisa. Un instante después corría como
una loca a lo largo del canal en dirección al puente de ...
Svidrigailof
permaneció todavía tres minutos ante la ventana. Después se volvió lentamente,
dirigió una mirada en torno a él y se pasó la mano por la frente. Una sonrisa
horrible crispó sus facciones, una lastimosa sonrisa que expresaba impotencia,
tristeza y desesperación. Su mano se manchó de sangre. Se la miró con un gesto
de cólera. Luego mojó una toalla y se lavó la sien. El revólver arrojado por
Dunia había rodado hasta la puerta. Lo recogió y empezó a examinarlo. Era
pequeño, de tres tiros y de antiguo modelo. Aún quedaba en él una bala. Tras un
momento de reflexión, se lo guardó en el bolsillo, cogió el sombrero y se
marchó.
VI
Estuvo
hasta las diez de la noche recorriendo tabernas y tugurios. Halló a Katia en
uno de estos establecimientos. La muchacha cantaba sus habituales y descaradas
cancioncillas. Svidrigailof la invitó a beber, así como a un organillero, a los
camareros, a los cantantes y a dos empleadillos que atrajeron su simpatía sólo
porque tenían torcida la nariz. En uno, este apéndice se ladeaba hacia la
derecha y en el otro hacia la izquierda, cosa que le sorprendió sobremanera.
Éstos acabaron por llevarle a un jardín de recreo. Svidrigailof pagó las
entradas. En el jardín había un abeto escuálido, tres arbolillos más y una
construcción que ostentaba el nombre de Vauxhall, pero que no era más que una
taberna, donde también podía tomarse té.
En
el jardín había igualmente varios veladores verdes con sillas. Un coro de malos
cantantes y un payaso de nariz roja completamente borracho y
extraordinariamente triste se encargaban de distraer al público.
Los
empleadillos se encontraron con varios colegas y empezaron a reñir con ellos.
Se escogió como árbitro a Svidrigailof. Éste estuvo un cuarto de hora tratando
de averiguar el motivo del pleito; pero todos gritaban a la vez y no había
medio de entenderse. Lo único que comprendió fue que uno de ellos había
cometido un robo y vendido el objeto robado a un judío que había llegado
oportuna y casualmente, hecho lo cual se negaba a repartirse con sus compañeros
el producto de la operación. Al fin se descubrió que el objeto robado era una
cucharilla de plata perteneciente al Vauxhall. Los empleados del establecimiento
se dieron cuenta de la desaparición de la cucharilla, y el asunto habría tomado
un cariz desagradable si Svidrigailof no hubiera acallado las protestas de los
perjudicados.
Después
de pagar la cucharilla salió del jardín. Eran alrededor de las diez. No había
bebido ni una gota de alcohol en toda la noche. Había tomado té, y eso porque
había que
pedir algo
para permanecer en el local.
La
noche era oscura y el aire denso. A eso de las diez, el cielo se cubrió de
negras y espesas nubes y estalló una violenta tempestad. La lluvia no caía en
gotas, sino en verdaderos raudales que azotaban el suelo. Relámpagos de enorme
extensión iluminaban el espacio. Svidrigailof llegó a su casa calado hasta los
huesos. Se encerró en su habitación, abrió el cajón de su mesa, sacó dinero y
rompió varios papeles. Después de guardarse el dinero en el bolsillo, pensó
cambiarse la ropa, pero, al ver que seguía lloviendo, juzgó que no valía la
pena, cogió el sombrero y salió sin cerrar la puerta. Se fue derecho a la
habitación de Sonia. Allí estaba la joven, pero no sola, sino rodeada de los
cuatro niños de Kapernaumof, a los que hacía tomar una taza de té.
Sonia
acogió respetuosamente a su visitante. Miró con una expresión de sorpresa sus
mojadas ropas, pero no hizo el menor comentario. Al ver entrar a un
desconocido, los niños echaron a correr despavoridos.
Svidrigailof
se sentó ante la mesa e invitó a Sonia a sentarse a su lado. La muchacha se
dispuso tímidamente a escucharle.
‑Sonia
Simonovna ‑empezó a decir el visitante‑, es muy posible que me vaya
a América, y como probablemente no nos volveremos a ver, he venido a arreglar
con usted ciertos asuntos. Bueno, ¿ha hablado ya con esa señora? No hace falta
que me cuente lo que le ha dicho, pues lo sé muy bien.
Sonia
hizo un ademán y enrojeció. Svidrigailof siguió diciendo:
‑Esas damas tienen sus costumbres,
sus ideas... En cuanto
a sus hermanitos, tienen el porvenir asegurado, pues el dinero que he
depositado para ellos está en lugar seguro y lo he entregado contra recibo.
Aquí tiene los recibos; guárdelos por lo que pueda ocurrir. Y demos por
terminado este asunto. Ahora tenga usted estos tres títulos al cinco por
ciento. Su valor es de tres mil rublos. Esto es para usted y sólo para usted.
Deseo que la cosa quede entre nosotros. No diga nada a nadie, oiga lo que oiga.
Este dinero le será útil, ya que debe usted dejar la vida que lleva ahora. No
estaría nada bien que siguiera viviendo como vive, y con este dinero no tendrá
necesidad de hacerlo.
‑Ha
sido usted tan bueno conmigo, con los huérfanos y con la difunta ‑balbuceó
Sonia‑, que nunca sabré cómo agradecérselo, y créame que...
‑¡Bah!
Dejemos eso...
‑En
cuanto a ese dinero, Arcadio Ivanovitch, muchas gracias, pero no lo necesito.
Sabré ganarme el pan. No me considere una ingrata. Ya que es usted tan
generoso, ese dinero...
‑Es
para usted y sólo para usted, Sonia Simonovna. Y le ruego que no hablemos más
de este asunto, pues tengo prisa. Le será útil, se lo aseguro. Rodion
Romanovitch no tiene más que dos soluciones: o pegarse un tiro o ir a parar a
Siberia.
Al
oír estas palabras, Sonia empezó a temblar y miró aterrada a su vecino.
‑No
se inquiete usted ‑continuó Svidrigailof‑. Lo he oído todo de sus
propios labios, pero no me gusta hablar y no diré ni una palabra a nadie. Hizo
usted muy bien en aconsejarle que fuera a presentarse a la justicia: es el
mejor partido que podría tomar... Pues bien, cuando lo envíen a Siberia, usted
lo acompañará, ¿no es así? ¿Verdad que lo acompañará? En este caso, necesitará
usted dinero: lo necesitará para él. ¿Comprende? Darle a usted este dinero es
como dárselo a él. Además, usted ha prometido a Amalia Ivanovna pagarle. Yo lo
oí. ¿Por qué contrae usted compromisos tan ligeramente, Sonia Simonovna? Era
Catalina Ivanovna la que estaba en deuda con ella y no usted. Usted debió
enviar a paseo a esa alemana. No se puede vivir así... En fin, si alguien le
pregunta a usted por mí mañana, pasado mañana o cualquiera de estos días, cosa
que sin duda ocurrirá, no hable usted de esta visita ni diga que le he dado dinero.
Bueno, adiós ‑dijo levantándose‑. Salude de mi parte a Rodion
Romanovitch. ¡Ah, se me olvidaba! Le aconsejo que dé usted a guardar su dinero
al señor Rasumikhine. ¿Le conoce? Sí, debe usted de conocerle. Es un buen
muchacho. Llévele el dinero mañana... o cuando usted lo crea oportuno. Hasta
entonces procure que no se lo quiten.
Sonia
se había levantado también y miraba confusa a su visitante. Deseaba hablarle,
hacerle algunas preguntas, pero se sentía intimidada y no sabía por dónde
empezar.
‑Pero...
pero ¿va usted a salir con esta lluvia?
‑¿Cómo
puede importarle la lluvia a un hombre que se marcha a América? ¡Je, je! Adiós,
querida Sonia Simonovna. Le deseo muchos años de vida, muchos años, pues usted
será útil a los demás. A propósito: salude de mi parte al señor Rasumikhine. No
lo olvide. Dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailof le ha dado a usted
recuerdos para él. No deje de hacerlo.
Y
se fue, dejando a la muchacha inquieta, temerosa y dominada por confusas
sospechas.
Más
adelante se supo que Svidrigailof había hecho aquella misma noche otra visita
extraordinaria y sorprendente. Seguía lloviendo. A las once y veinte se
presentó, completamente empapado, en casa de los padres de su prometida, que
habitaban un pequeño departamento en la tercera avenida de Vasilievski Ostrof.
No le fue fácil conseguir que le abrieran. Su llegada a aquella hora
intempestiva causó gran desconcierto. Pero Arcadio Ivanovitch tenía el don de
captarse a las personas cuando se lo proponía, y aquellos padres que en el
primer momento ‑y con sobrados motivos‑ habían considerado la
visita de Svidrigailof como una calaverada de borracho, se convencieron muy
pronto de su error.
La
inteligente y amable madre de la novia le acercó el sillón del achacoso padre y
abrió la conversación con grandes rodeos. Nunca iba derecha al asunto y
empezaba por una serie de sonrisas, gestos y ademanes. Por ejemplo, cuando
quiso saber la fecha en que Arcadio Ivanovitch se proponía celebrar la boda,
comenzó interesándose vivamente por París y la vida de su alta sociedad, para
ir trasladándolo poco a poco desde aquella lejana capital a Vasilievski Ostrof.
Arcadio
Ivanovitch había respetado siempre estas pequeñas argucias, pero aquella noche
estaba más impaciente que de costumbre y solicitó ver en seguida a su futura
esposa, a pesar de que le habían dicho que estaba acostada. Su demanda fue
atendida.
Svidrigailof
dijo simplemente a su novia que un asunto urgente le obligaba a ausentarse de
Petersburgo y que por esta razón le entregaba quince mil rublos, insignificante
cantidad que tenía intención de ofrecerle desde hacía tiempo y que le rogaba
que la aceptase como regalo de boda. No se comprendía la relación que pudiera
existir entre semejante obsequio y el anunciado viaje, y tampoco se veía en el
asunto una urgencia que justificase aquella visita en plena noche y bajo una
lluvia torrencial. No obstante, las explicaciones de Arcadio Ivanovitch
obtuvieron una excelente acogida: incluso las exclamaciones de sorpresa y las
preguntas de rigor se hicieron en un tono delicadamente moderado. Pero ello no
impidió que los padres pronunciaran calurosas palabras de gratitud reforzadas
por las lágrimas de la inteligente madre.
Arcadio
Ivanovitch se levantó. Sonriendo, besó a su prometida y le dio una palmadita
cariñosa en la cara. Seguidamente le dijo que volvería pronto, y como
descubriera en sus ojos una expresión de curiosidad infantil al mismo tiempo
que una grave y muda interrogación volvió a besarla, mientras se decía, con
cierta contrariedad, que el regalo que acababa de hacer sería encerrado bajo
llave por aquella madre que era un ejemplo de prudencia.
Cuando
se fue, la familia quedó en un estado de agitación extraordinaria. Pero la
inteligente madre resolvió inmediatamente ciertos puntos importantes. Manifestó
que Arcadio Ivanovitch era una personalidad ocupada continuamente en negocios
de gran importancia y que estaba relacionado con los personajes más eminentes.
Sólo Dios sabía las ideas que pasaban por su cerebro. Había decidido hacer un
viaje y realizaba su proyecto sin vacilar. Lo mismo podía decirse del regalo en
dinero que acababa de hacer a su prometida. Tratándose de un hombre así, uno no
debía asombrarse de nada. Ciertamente, había motivo para sorprenderse al verle
tan empapado, pero mayores extravagancias se observaban en los ingleses.
Además, a las personas del gran mundo no les importaban las murmuraciones y no
se preocupaban por nada ni por nadie. Tal vez él se mostraba así adrede, para
demostrar lo indiferente que le era la opinión ajena.
Lo
más importante era no decir ni una palabra a nadie, pues sabía Dios cómo
terminaría aquel asunto. Había que guardar el dinero bajo llave sin pérdida de
tiempo. Afortunadamente, nadie se había enterado de lo ocurrido. Sobre todo,
habría que procurar mantener en la ignorancia a la trapacera señora Resslich.
Los padres estuvieron hablando de estas cosas hasta las dos de la madrugada.
Pero a esta hora la hija hacía ya tiempo que había vuelto a la cama, perpleja y
un poco triste.
Svidrigailof
entró en la ciudad por la puerta ... La lluvia había cesado, pero el viento
soplaba con violencia. Se estremeció y se detuvo para contemplar con una
atención extraña, vacilante, la oscura agua del Pequeño Neva. Pero al cabo de
un momento de permanecer inclinado sobre el barandal sintió frío y echó a
andar, internándose en la avenida... Durante cerca de media hora estuvo
recorriendo esta inmensa vía como si buscase algo. Hacía poco, un día que
pasaba casualmente por allí, había visto, a la derecha, una gran construcción
de madera, un hotel llamado, si mal no recordaba, «Andrinópolis.» Al fin lo
encontró. En verdad, era imposible no verlo en aquella oscuridad: era un largo
edificio, iluminado todavía, a pesar de la hora, y en el que se percibían
ciertos indicios de animación.
Entró
y pidió un aposento a un mozo andrajoso que encontró en el pasillo. El
sirviente le dirigió una mirada y lo condujo a una pequeña y asfixiante
habitación situada al final del corredor, debajo de la escalera. No había otra:
el hotel estaba lleno. El mozo esperaba, mirando a Svidrigailof con expresión
interrogante.
‑¿Tienen
té? ‑preguntó el huésped.
‑Sí.
‑¿Y
qué más?
‑Ternera,
vodka, fiambres...
‑Tráigame
un trozo de carne y té.
‑¿Nada
más? ‑preguntó el sirviente con cierto asombro. ‑Nada más.
El
mozo se fue, dando muestras de contrariedad.
«Este
lugar no debe de ser muy decente ‑pensó Svidrigailof‑. ¿Cómo es
posible que no lo haya advertido antes? También yo debo de tener el aspecto de
un hombre que viene de divertirse y ha tenido una aventura por el camino. Me
gustaría saber qué clase de gente se hospeda aquí.»
Encendió
la bujía y examinó el aposento atentamente. Era una verdadera jaula en la que
habían abierto una ventana. Tan bajo tenía el techo, que un hombre de la talla
de Svidrigailof difícilmente podía estar de pie. Además de la sucia cama, había
una mesa de madera blanca pintada y una silla, lo que bastaba para llenar la
habitación. Las paredes parecían construidas con simples tablas y estaban
revestidas de un papel tan sucio y lleno de polvo que era imposible deducir su
color. La escalera cortaba al sesgo el techo y un trozo de pared, lo que daba a
la pieza un aspecto de buhardilla.
Svidrigailof
depositó la bujía en la mesa, se sentó en la cama y empezó a reflexionar. Pero
un murmullo de voces, que subían de tono hasta convertirse en gritos y que
procedían de la habitación inmediata, acabó por atraer su atención. Aguzó el
oído. Sólo una persona hablaba, quejándose a otra con voz plañidera.
Svidrigailof
se levantó, puso la mano a modo de pantalla delante de la llama de la bujía y
en seguida distinguió una grieta iluminada en el tabique. Se acercó y miró. La
habitación era un poco mayor que la suya. En ella había dos hombres. Uno de
ellos estaba de pie, en mangas de camisa; tenía el cabello revuelto, la cara
enrojecida, las piernas abiertas y una actitud de orador. Se daba fuertes
golpes en el pecho y sermoneaba a su compañero con voz patética, recordándole
que lo había sacado del lodo, que podía abandonarlo nuevamente y que el
Altísimo veía lo que ocurría aquí abajo. El amigo al que se dirigía tenía el
aspecto del hombre que quiere estornudar y no puede. De vez en cuando miraba
estúpidamente al orador, cuyas palabras, evidentemente, no comprendía. Sobre la
mesa había un cabo de vela que estaba en las últimas, una botella de vodka casi
vacía, vasos de varios tamaños, pan, cohombros y tazas de té.
Después de haber contemplado atentamente este
cuadro, Svidrigailof dejó su puesto de observación y volvió a sentarse en la
cama. Al traerle el té y la carne, el harapiento mozo no pudo menos de volverle
a preguntar si quería alguna otra cosa, pero de nuevo recibió una respuesta
negativa y se retiró definitivamente. Svidrigailof se apresuró a tomarse un
vaso de té para entrar en calor. Pero no pudo comer nada. Empezaba a tener
fiebre y esto le quitaba el apetito. Se despojó del abrigo y de la americana y
se introdujo entre las ropas del lecho. Se sentía molesto.
«Quisiera estar bien en esta ocasión», pensó
con una sonrisita irónica.
La atmósfera era asfixiante, la bujía iluminaba
débilmente la habitación, fuera rugía el viento. Llegaba de un rincón ruido de
ratas; además, un olor de cuero y de ratón llenaba la pieza. Svidrigailof
fantaseaba tendido en su lecho. Las ideas se sucedían confusamente en su
cerebro. Deseaba que su imaginación se detuviera sobre algo. Pensó:
«Debe de haber un jardín debajo de la ventana.
Oigo el rumor del ramaje agitado por el viento. ¡Cómo odio este rumor de
follaje en las noches de tormenta! Es verdaderamente desagradable. »
Y recordó que hacía un momento, al pasar por
el parque Petrovitch, había experimentado la misma ingrata sensación. Luego
pensó en el Pequeño Neva y volvió a estremecerse como se había estremecido
hacía un rato cuando se había asomado a mirar el agua.
« Nunca he podido ver el agua ni en pintura. »
Y acto seguido le asaltaron otras extrañas
ideas que le hicieron sonreír de nuevo.
«En estos momentos, todo eso de la comodidad y
la estética debería tenerme sin cuidado. Sin embargo, estoy procediendo como el
animal que lucha por conseguir un buen sitio... ¡En estas circunstancias...! Lo
mejor habría sido ir en seguida a Petrovski Ostrof. Pero no, me han dado miedo
el frío y las tinieblas. ¡Je, je! ¡El señor necesita sensaciones agradables...!
Pero ¿por qué no he apagado ya la vela?»
La
apagó de un soplo y, al no ver luz en la grieta del tabique, siguió diciéndose:
«Mis
vecinos se han acostado ya... Ahora sería oportuna tu visita, Marfa Petrovna.
La oscuridad es completa; el lugar, adecuado; el momento, propicio... Pero ya
veo que no quieres venir. »
De
pronto se acordó de que, poco antes de poner en práctica su proyecto sobre
Dunia, había aconsejado a Raskolnikof que confiara a su hermana a la custodia
de Rasumikhine.
«Lo
he dicho para fustigarme los nervios, como ha adivinado Rodion Romanovitch.
¡Qué astuto es! Ha sufrido mucho. Puede llegar a ser algo con el tiempo, cuando
se vea libre de las disparatadas ideas que ahora le obsesionan. Está anhelante
de vida. En tales circunstancias, todos los hombres como él son cobardes... ¡En
fin, que el diablo le lleve! ¡Qué me importa a mí lo que haga o deje de hacer!
El
sueño seguía huyendo de él. Poco a poco, la imagen de Dunia fue esbozándose en
su imaginación y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
«
¡No, hay que terminar! ‑se dijo, volviendo en sí‑. Pensemos en otra
cosa. Es verdaderamente extraño y curioso que yo no haya odiado jamás
seriamente a nadie, que no haya tenido el deseo de vengarme de nadie. Esto es
mala señal... ¡Cuántas promesas le he hecho! Esa mujer podría haberme gobernado
a su antojo.»
Se
detuvo y apretó los dientes. La imagen de Dunetchka surgió ante él tal como la
había visto en el momento de hacer el primer disparo. Después había tenido
miedo, había bajado el revólver y se había quedado mirándole como petrificada por
el espanto. Entonces él habría podido cogerla, y no una, sino dos veces, sin
que ella hubiera levantado el brazo para defenderse. Sin embargo, él la avisó.
Recordaba que se había compadecido de ella. Sí, en aquel momento su corazón se
había conmovido.
«
¡Diablo! ¿Todavía pensando en esto? ¡Hay que terminar, terminar de una vez ! »
Ya
empezaba a dormirse, ya se calmaba su temblor febril, cuando notó que algo
corría sobre la cubierta, a lo largo de su brazo y de su pierna.
«¡Demonio!
Debe de ser un ratón. Me he dejado la carne en la mesa y...»
No quería destaparse ni levantarse con aquel
frío. Pero de pronto notó en la pierna un nuevo contacto desagradable. Entonces
echó a un lado la cubierta y encendió la bujía. Después, temblando de frío,
empezó a inspeccionar la cama. De súbito vio que un ratón saltaba sobre la
sábana. Intentó atraparlo, pero el animal, sin bajar del lecho, empezó a
corretear y a zigzaguear en todas direcciones, burlando a la mano que trataba
de asirlo. Al fin se introdujo debajo de la almohada. Svidrigailof arrojó la
almohada al suelo, pero notó que algo había saltado sobre su pecho y se paseaba
por encima de su camisa. En este momento se estremeció de pies a cabeza y se
despertó. La oscuridad reinaba en la habitación y él estaba acostado y bien
tapado como poco antes. Fuera seguía rugiendo el viento.
« ¡Esto es insufrible! » se dijo con los
nervios crispados.
Se levantó y se sentó en el borde del lecho,
dando la espalda a la ventana.
«Es preferible no dormir», decidió.
De la ventana llegaba un aire frío y húmedo.
Sin moverse de donde estaba, Svidrigailof tiró de la cubierta y se envolvió en
ella. Pero no encendió la bujía. No pensaba en nada, no quería pensar. Sin
embargo, vagas visiones, ideas incoherentes, iban desfilando por su cerebro.
Cayó en una especie de letargo. Fuera por la influencia del frío, de la
humedad, de las tinieblas o del viento que seguía agitando el ramaje, lo cierto
es que sus pensamientos tomaron un rumbo fantástico. No veía más que flores. Un
bello paisaje se ofrecía a sus ojos. Era un día tibio, casi cálido; un da de
fiesta: la Trinidad. Estaba contemplando un lujoso chalé de tipo inglés rodeado
de macizos repletos de flores. Plantas trepadoras adornaban la escalinata
guarnecida de rosas. A ambos lados de las gradas de mármol, cubiertas por una
rica alfombra, se veían jarrones chinescos repletos de flores raras. Las
ventanas ostentaban la delicada blancura de los jacintos, que pendían de sus
largos y verdes tallos sumergidos en floreros, y de ellos se desprendía un
perfume embriagador.
Svidrigailof no sentía ningún deseo de
alejarse de allí. Subió por la escalinata y llegó a un salón de alto techo,
repleto también de flores. Había flores por todas partes: en las ventanas, al
lado de las puertas abiertas, en el mirador... El entarimado estaba cubierto de
fragante césped recién cortado. Por las ventanas abiertas penetraba una brisa
deliciosa. Los pájaros cantaban en el jardín. En medio de la estancia había una
gran mesa revestida de raso blanco, y sobre la mesa, un ataúd acolchado, orlado
de blancos encajes y rodeado de guirnaldas de flores. En el féretro, sobre un
lecho de flores, descansaba una muchachita vestida de tul blanco. Sus manos,
cruzadas sobre el pecho, parecían talladas en mármol. Su cabello, suelto y de
un rubio claro, rezumaba agua. Una corona de rosas ceñía su frente. Su perfil
severo y ya petrificado parecía
igualmente de mármol. Sus pálidos labios sonreían, pero esta sonrisa no tenía
nada de infantil: expresaba una amargura desgarradora, una tristeza sin
límites.
Svidrigailof
conocía a aquella jovencita. Cerca del ataúd no había ninguna imagen, ningún
cirio encendido, ni rumor alguno de rezos. Aquella muchacha era una suicida: se
había arrojado al río. Sólo tenia catorce años y había sufrido un ultraje que
había destrozado su corazón, llenado de terror su conciencia infantil, colmado
su alma de una vergüenza que no merecía y arrancado de su pecho un grito
supremo de desesperación que el mugido del viento había ahogado en una noche de
deshielo húmeda y tenebrosa...
Svidrigailof
se despertó, saltó de la cama y se fue hacia la ventana. Buscó a tientas la
falleba y abrió. El viento entró en el cuartucho, y Svidrigailof tuvo la
sensación de que una helada escarcha cubría su rostro y su pecho, sólo protegido
por la camisa. Debajo de la ventana debía de haber, en efecto, una especie de
jardín..., probablemente un jardín de recreo. Durante el día se cantarían allí
canciones ligeras y se serviría té en veladores. Pero ahora los árboles y los
arbustos goteaban, reinaba una oscuridad de caverna y las cosas eran manchas
oscuras apenas perceptibles.
Svidrigailof
estuvo cinco minutos acodado en el antepecho de la ventana mirando aquellas
tinieblas. De pronto resonó un cañonazo en la noche, al que siguió otro inmediatamente.
«
La señal de que sube el agua ‑pensó‑. Dentro de unas horas, las
panes bajas de la ciudad estarán inundadas. Las ratas de las cuevas serán
arrastradas por la corriente y, en medio del viento y la lluvia, los hombres,
calados hasta los huesos, empezarán a transportar, entre juramentos, todos sus
trastros a los pisos altos de las casas. A todo esto, ¿qué hora será?»
En
el momento en que se hacía esta pregunta, en un reloj cercano resonaron tres
poderosas y apremiantes campanadas.
«Dentro de
una hora será de día. ¿Para qué esperar más? Voy a marcharme ahora mismo. Me
iré directamente a la isla Petrovski. Allí elegiré un gran árbol tan empapado
de lluvia que, apenas lo roce con el hombro, miles de diminutas gotas caerán
sobre mi cabeza.»
Se retiró
de la ventana, la cerró, encendió la bujía, se vistió y salió al pasillo con la
palmatoria en la mano. Se proponía despertar al mozo, que sin duda dormiría en
un rincón, entre un montón de trastos viejos, pagar la cuenta y salir del
hotel.
«He
escogido el mejor momento ‑se dijo‑ Imposible encontrar otro más
indicado.»
Estuvo un
rato yendo y viniendo por el estrecho y largo corredor sin ver a nadie. Al fin
descubrió en un rincón oscuro, entre un viejo armario y una puerta, una forma
extraña que le pareció dotada de vida. Se inclinó y, a la luz de la bujía, vio
a una niña de unos cuatro años, o cinco a lo sumo. Lloraba entre temblores y
sus ropitas estaban empapadas. No se asustó al ver a Svidrigailof, sino que se
limitó a mirarlo con una expresión de inconsciencia en sus grandes ojos negros,
respirando profundamente de vez en cuando, como ocurre a los niños que, después
de haber llorado largamente, empiezan a consolarse y sólo de tarde en tarde le
acometen de nuevo los sollozos. La niña estaba helada y en su fina carita había
una mortal palidez. ¿Por qué estaba allí? Por lo visto, no había dormido en
toda la noche. De pronto se animó y, con su vocecita infantil y a una velocidad
vertiginosa, empezó a contar una historia en la que salía a relucir una taza
que ella había roto y el temor de que su madre le pegara. La niña hablaba sin
cesar.
Svidrigailof
dedujo que se trataba de una niña a la que su madre no quería demasiado. Ésta
debía de ser una cocinera del barrio, tal vez del hotel mismo, aficionada a la
bebida y que solía maltratar a la pobre criatura. La niña había roto una taza y
había huido presa de terror. Sin duda había estado vagando largo rato por la
calle, bajo la fuerte lluvia, y al fin había entrado en el hotel para
refugiarse en aquel rincón, junto al armario, donde había pasado la noche
temblando de frío y de miedo ante la idea del duro castigo que le esperaba por
su fechoría.
La cogió en
sus brazos, la llevó a su habitación, la puso en la cama y empezó a desnudarla.
No llevaba medias y sus agujereados zapatos estaban tan empapados como si
hubieran pasado una noche entera dentro del agua. Cuando le hubo quitado el
vestido, la acostó y la tapó cuidadosamente con la ropa de la cama. La niña se
durmió en seguida. Svidrigailof volvió a sus sombríos pensamientos.
«¿Para qué
me habré metido en esto? ‑se dijo con una sensación opresiva y un
sentimiento de cólera‑. ¡Qué absurdo!»
Cogió la
bujía para volver a buscar al mozo y marcharse cuanto antes.
«Es una
golfilla», pensó, añadiendo una palabrota, en el momento de abrir la puerta.
Pero volvió
atrás para ver si la niña dormía tranquilamente. Levantó el embozo con cuidado.
La chiquilla estaba sumida en un plácido sueño. Había entrado en calor y sus
pálidas mejillas se habían coloreado. Pero, cosa extraña, el color de aquella
carita era mucho más vivo que el que vemos en los niños ordinariamente.
«Es el
color de la fiebre», pensó Svidrigailof.
Aquella
niña tenía el aspecto de haber bebido, de haberse bebido un vaso de vino
entero. Sus purpúreos labios parecían arder... ¿Pero qué era aquello? De pronto
le pareció que las negras y largas pestañas de la niña oscilaban y se
levantaban ligeramente. Los entreabiertos párpados dejaron escapar una mirada
penetrante, maliciosa y que no tenía nada de infantil. ¿Era que la niña fingía
dormir? Sí, no cabía duda. Su boquita sonrió y las comisuras de sus labios
temblaron en un deseo reprimido de reír. Y he aquí que de improviso deja de
contenerse y se ríe francamente. Algo desvergonzado, provocativo, aparece en su
rostro, que no es ya el rostro de una niña. Es la expresión del vicio en la
cara de una prostituta. Y los ojos se
abren
francamente, enteramente, y envuelven a Svidrigailof en una mirada ardiente y
lasciva, de alegre invitación... La carita infantil tiene un algo repugnante con
su expresión de lujuria.
« ¿Cómo es
posible que a los cinco años...? ‑piensa, horro‑
rizado‑.
Pero ¿qué otra cosa puede ser?»
La niña
vuelve hacia él su rostro ardiente y le tiende los brazos.
Svidrigailof
lanza una exclamación de espanto, levanta la mano, amenazador..., y en este
momento se despierta.
Vio que
seguía acostado, bien cubierto por las ropas de la cama. La vela no estaba
encendida y en la ventana apuntaba la luz del amanecer.
«Me he
pasado la noche en una continua pesadilla.»
Se
incorporó y advirtió, indignado, que tenía el cuerpo dolorido. En el exterior
reinaba una espesa niebla que impedía ver nada. Eran cerca de las cinco. Había
dormido demasiado. Se levantó, se puso la americana y el abrigo, húmedos
todavía, palpó el revólver guardado en el bolsillo, lo sacó y se aseguró de que
la bala estaba bien colocada. Luego se sentó ante la mesa, sacó un cuaderno de
notas y escribió en la primera página varias líneas en gruesos caracteres.
Después de leerlas, se acodó en la mesa y quedó pensativo. El revólver y el
cuaderno de notas estaban sobre la mesa, cerca de él. Las moscas habían
invadido el trozo de carne que había quedado intacto. Las estuvo mirando un
buen rato y luego empezó a cazarlas con la mano derecha. Al fin se asombró de
dedicarse a semejante ocupación en aquellos momentos; volvió en sí, se
estremeció y salió de la habitación con paso firme. Un minuto después estaba en
la calle. Una niebla opaca y densa flotaba sobre la ciudad. Svidrigailof se
dirigió al Pequeño Neva por el sucio y resbaladizo pavimento de madera, y
mientras avanzaba veía con la imaginación la crecida nocturna del río, la isla
Petrovski, con sus senderos empapados, su hierba húmeda, sus sotos, sus macizos
cargados de agua y, en fin, aquel árbol... Entonces, indignado consigo mismo,
empezó a observar los edificios junto a los cuales pasaba, para desviar el
curso de sus ideas.
La
avenida estaba desierta: ni un peatón, ni un coche. Las casas bajas, de un
amarillo intenso, con sus ventanas y sus postigos cerrados tenían un aspecto
sucio y triste. El frío y la humedad penetraban en el cuerpo de Svidrigailof y
lo estremecían. De vez en cuando veía un rótulo y lo leía detenidamente. Al fin
terminó el pavimento de madera y se encontró en las cercanías de un gran
edificio de piedra. Entonces vio un perro horrible que cruzaba la calzada con
el rabo entre piernas. En medio de la acera, tendido de bruces, había un
borracho. Lo miró un momento y continuó su camino.
A
su izquierda se alzaba una torre.
«He
aquí un buen sitio. ¿Para qué tengo que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo
menos, tendré un testigo oficial.»
Sonrió
ante esta idea y se internó en la calle donde se alzaba el gran edificio
coronado por la torre.
Apoyado
en uno de los batientes de la maciza puerta principal, que estaba cerrada,
había un hombrecillo envuelto en un capote gris de soldado y con un casco en la
cabeza. Su rostro expresaba esa arisca tristeza que es un rasgo secular en la
raza judía.
Los
dos se examinaron un momento en silencio. Al soldado acabó por parecerle
extraño que aquel desconocido que no estaba borracho se hubiera detenido a tres
pasos de él y le mirara sin decir nada.
‑¿Qué
quiere usted? ‑preguntó ceceando y sin hacer el menor movimiento.
‑Nada,
amigo mío ‑respondió Svidrigailof‑. Buenos días.
‑Siga
su camino.
‑¿Mi camino? Me voy al extranjero.
‑¿Al
extranjero?
‑A
América.
‑¿A
América?
Svidrigailof
sacó el revólver del bolsillo y lo preparó para disparar. El soldado arqueó las
cejas.
‑Oiga,
aquí no quiero bromas ‑ceceó.
‑¿Por
qué?
‑Porque
no es lugar a propósito.
‑El
sitio es excelente, amigo mío. Si alguien te pregunta, tú le dices que me he
marchado a América.
Y
apoyó el cañón del revólver en su sien derecha.
‑¡Eh,
eh! ‑exclamó el soldado, abriendo aún más los ojos y mirándole con una
expresión de terror‑. Ya le he dicho que éste no es sitio para bromas.
Svidrigailof
oprimió el gatillo.
VII
Aquel mismo
día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikof se dirigía a la vivienda de su
madre y de su hermana. Ahora habitaban en el edificio Bakaleev, donde ocupaban
las habitaciones recomendadas por Rasumikhine. La entrada de este departamento
daba a la calle. Raskolnikof estaba ya muy cerca cuando empezó a vacilar.
¿Entraría? Sí, por nada del mundo volvería atrás. Su resolución era
inquebrantable.
«No
saben nada ‑pensó‑, y están acostumbradas a considerarme como un
tipo raro.»
Tenía
un aspecto lamentable: sus ropas estaban empapadas, sucias de barro, llenas de
desgarrones. Tenía el rostro desfigurado por la lucha que se estaba librando en
su interior desde hacía veinticuatro horas. Había pasado la noche a solas
consigo mismo Dios sabía dónde. Pero había tomado una decisión y la cumpliría.
Llamó
a la puerta. Le abrió su madre, pues Dunetchka había salido. Tampoco estaba en
casa la sirvienta. En el primer momento, Pulqueria Alejandrovna enmudeció de
alegría. Después le cogió de la mano y le hizo entrar.
‑¡Al
fin! ‑exclamó con voz alterada por la emoción‑. Perdóname, Rodia,
que lo reciba derramando lágrimas como una tonta. No creas que lloro: estas
lágrimas son de alegría. Te aseguro que no estoy triste, sino muy contenta, y
cuando lo estoy no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. Desde la
muerte de yu padre, las derramo por cualquier cosa... Siéntate, hijo: estás
fatigado. ¡Oh, cómo vas!
‑Es
que ayer me mojé ‑dijo Raskolnikof.
‑¡Bueno,
nada de explicaciones! ‑replicó al punto Pulqueria Alejandrovna‑.
No te inquietes, que no te voy a abrumar con mil preguntas de mujer curiosa.
Ahora ya lo comprendo todo, pues estoy iniciada en las costumbres de Petersburgo
y ya veo que la gente de aquí es más inteligente que la de nuestro pueblo. Me
he convencido de que soy incapaz de seguirte en tus ideas y de que no tengo
ningún derecho a pedirte cuentas... Sabe Dios los proyectos que tienes y los
pensamientos que ocupan tu imaginación... Por lo tanto, no quiero molestarte
con mis preguntas. ¿Qué te parece...? ¡Ah, qué ridícula soy! No hago más que
hablar y hablar como una imbécil... Oye, Rodia: voy a leer por tercera vez
aquel artículo que publicaste en una revista. Nos lo trajo Dmitri Prokofitch.
Ha sido para mí una revelación. «Ahí tienes, estúpida, lo que piensa, y eso lo
explica todo ‑me dije‑. Todos los sabios son así. Tiene ideas
nuevas, y esas ideas le absorben mientras tú sólo piensas en distraerlo y
atormentarlo... En tu artículo hay muchas cosas que no comprendo, pero esto no
tiene nada de extraño, pues ya sabes lo ignorante que soy.
‑Enséñame
ese artículo, mamá.
Raskolnikof
abrió la revista y echó una mirada a su artículo. A pesar de su situación y de
su estado de ánimo, experimentó el profundo placer que siente todo autor al ver
su primer trabajo impreso, y sobre todo si el escritor es un joven de
veintitrés años. Pero esta sensación sólo duró un momento. Después de haber
leído varias líneas, Rodia frunció las cejas y sintió como si una garra le
estrujara el corazón. La lectura de aquellas líneas le recordó todas las luchas
que se habían librado en su alma durante los últimos meses. Arrojó la revista
sobre la mesa con un gesto de viva repulsión.
‑Por
estúpida que sea, Rodia, puedo comprender que dentro de poco ocuparás uno de
los primeros puestos, si no el primero de todos, en el mundo de la ciencia. ¡Y
pensar que creían que estabas loco! ¡Ja, ja, ja! Pues esto es lo que
sospechaban. ¡Ah, miserables gusanos! No alcanzan a comprender lo que es la
inteligencia. Hasta Dunetchka, sí, hasta la misma Dunetchka parecía creerlo.
¿Qué me dices a esto...? Tu pobre padre había enviado dos trabajos a una
revista, primero unos versos, que tengo guardados y algún día te enseñaré, y
después una novela corta que copié yo misma. ¡Cómo imploramos al cielo que los
aceptaran! Pero no, los rechazaron. Hace unos días, Rodia, me apenaba verte tan
mal vestido y alimentado y viviendo en una habitación tan mísera, pero ahora me
doy cuenta de que también esto era una tontería, pues tú, con tu talento,
podrás obtener cuanto desees tan pronto como te lo propongas. Sin duda, por el
momento te tienen sin cuidado estas cosas, pues otras más importantes ocupan tu
imaginación.
‑¿Y
Dunia, mamá?
‑No
está, Rodia. Sale muy a menudo, dejándome sola. Dmitri Prokofitch tiene la
bondad de venir a hacerme compañía y siempre me habla de ti. Te aprecia de
veras. En cuanto a tu hermana, no puedo decir que me falten sus cuidados. No me
quejo. Ella tiene su carácter y yo el mío. A ella le gusta tener secretos para
mí y yo no quiero tenerlos para mis hijos. Claro que estoy convencida de que
Dunetchka es demasiado inteligente para... Por lo demás, nos quiere... Pero no
sé cómo terminará todo esto. Ya ves que está ausente durante esta visita tuya
que me ha hecho tan feliz. Cuando vuelva le diré: «Tu hermano ha venido cuando
tú no estabas en casa. ¿Dónde has estado?» Tú, Rodia, no te preocupes demasiado
por mí. Cuando puedas, pasa a verme, pero si te es imposible venir, no te
inquietes. Tendré paciencia, pues ya sé que sigues queriéndome, y esto me
basta. Leeré tus obras y oiré hablar de ti a todo el mundo. De vez en cuando
vendrás a verme. ¿Qué más puedo desear? Hoy, por ejemplo, has venido a consolar
a tu madre...
Y Pulqueria
Alejandrovna se echó de pronto a llorar.
‑¡Otra
vez las lágrimas! No me hagas caso, Rodia: estoy loca.
Se
levantó precipitadamente y exclamó:
‑¡Dios
mío! Tenemos café y no te he dado. ¡Lo que es el egoísmo de las viejas! Un
momento, un momento...
‑No,
mamá, no me des café. Me voy en seguida. Escúchame, te ruego que me escuches.
Pulqueria
Alejandrovna se acercó tímidamente a su hijo. ‑Mamá, ocurra lo que ocurra
y oigas decir de mí lo que oigas, ¿me seguirás queriendo como me quieres ahora?
‑preguntó Rodia, llevado de su emoción y sin medir el alcance de sus
palabras.
‑Pero,
Rodia, ¿qué te pasa? ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Quién se atreverá a
decirme nada contra ti? Si alguien lo hiciera, me negaría a escucharle y le
volvería la espalda.
‑He
venido a decirte que te he querido siempre y que soy feliz al pensar que no
estás sola ni siquiera cuando Dunia se ausenta. Por desgraciada que seas,
piensa que tu hijo te quiere más que a sí mismo y que todo lo que hayas podido
pensar sobre mi crueldad y mi indiferencia hacia ti ha sido un error. Nunca
dejaré de quererte... Y basta ya. He comprendido que debía hablarte así, darte
esta explicación.
Pulqueria
Alejandrovna abrazó a su hijo y lo estrechó contra su corazón mientras lloraba
en silencio.
‑No
sé qué te pasa, Rodia ‑dijo al fin‑. Creía sencillamente que
nuestra presencia te molestaba, pero ahora veo que te acecha una gran desgracia
y que esta amenaza te llena de angustia. Hace tiempo que lo sospechaba, Rodia.
Perdona que te hable de esto, pero no se me va de la cabeza e incluso me quita
el sueño. Esta noche tu hermana ha soñado en voz alta y sólo hablaba de ti. He
oído algunas palabras, pero no he comprendido nada absolutamente. Desde esta
mañana me he sentido como el condenado a muerte que espera el momento de la
ejecución. Tenía el presentimiento de que ocurriría una desgracia, y ya ha
ocurrido. Rodia, ¿dónde vas? Pues vas a emprender un viaje, ¿verdad?
‑Sí.
‑Me
lo figuraba. Pero puedo acompañarte. Y Dunia también. Te quiere mucho. Además,
puede venir con nosotros Sonia Simonovna. De buen grado la aceptaría como hija.
Dmitri Prokofitch nos ayudará a hacer los preparativos... Pero dime: ¿adónde
vas?
‑Adiós.
‑Pero
¿te vas hoy mismo? ‑‑exclamó como si fuera a perder a su hijo para
siempre.
‑No
puedo estar más tiempo aquí. He de partir en seguida.
‑¿No
puedo acompañarte?
‑No.
Arrodíllate y ruega a Dios por mi. Tal vez te escuche.
‑Deja
que te dé mi bendición... Así... ¡Señor, Señor...!
Rodia
se felicitaba de que nadie, ni siquiera su hermana, estuviera presente en
aquella entrevista. De súbito, tras aquel horrible período de su vida, su
corazón se había ablandado. Raskolnikof cayó a los pies de su madre y empezó a
besarlos. Después los dos se abrazaron y lloraron. La madre ya no daba muestras
de sorpresa ni hacia pregunta alguna. Hacía tiempo que sospechaba que su hijo
atravesaba una crisis terrible y comprendía que había llegado el momento
decisivo.
‑Rodia,
hijo mío, mi primer hijo ‑decía entre sollozos‑, ahora te veo como
cuando eras niño y venías a besarme y a ofrecerme tus caricias. Entonces,
cuando aún vivía tu padre, tu presencia bastaba para consolarnos de nuestras
penas. Después, cuando el pobre ya habia muerto, ¡cuántas veces lloramos juntos
ante su tumba, abrazados como ahora! Si hace tiempo que no ceso de llorar es
porque mi corazón de madre se sentía torturado por terribles presentimientos.
En nuestra primera entrevista, la misma tarde de nuestra llegada a Petersburgo,
tu cara me anunció algo tan doloroso, que mi corazón se paralizó, y hoy, cuando
te he abierto la puerta y te he visto, he comprendido que el momento fatal
había llegado. Rodia, ¿verdad que no partes en seguida?
‑No.
‑¿Volverás?
‑Si.
‑No
te enfades, Rodia; no quiero interrogarte; no me atrevo a hacerlo. Pero
quisiera que me dijeses una cosa: ¿vas muy lejos?
‑Sí,
muy lejos.
‑¿Tendrás
allí un empleo, una posición?
‑Tendré
lo que Dios quiera. Ruega por mí.
Raskolnikof
se dirigió a la puerta, pero ella lo cogió del brazo y lo miró desesperadamente
a los ojos. Sus facciones reflejaban un espantoso sufrimiento.
‑Basta,
mamá.
En
aquel momento se arrepentía profundamente de haber ido a verla.
‑No
te vas para siempre, ¿verdad? Vendrás mañana, ¿no es cierto?
‑Si,
si. Adiós.
Y
huyó.
La
tarde era tibia, luminosa. Pasada la mañana, el tiempo se había ido despejando.
Raskolnikof deseaba volver a su casa cuanto antes. Quería dejarlo todo
terminado antes de la puesta del sol y su mayor deseo era no encontrarse con
nadie por el camino.
Al
subir la escalera advirtió que Nastasia, ocupada en preparar el té en la
cocina, suspendía su trabajo para seguirle con la mirada.
«¿Habrá
alguien en mi habitación?», se preguntó Raskolnikof, y pensó en el odioso
Porfirio.
Pero
cuando abrió la puerta de su aposento vio a Dunetchka sentada en el diván.
Estaba pensativa y debía de esperarle desde hacía largo rato. Rodia se detuvo
en el umbral. Ella se estremeció y se puso en pie. Su inmóvil mirada se fijó en
su hermano: expresaba espanto y un dolor infinito. Esta mirada bastó para que
Raskolnikof comprendiera que Dunia lo sabía todo.
‑¿Debo
entrar o marcharme? ‑preguntó el joven en un tono de desafío.
‑He
pasado el día en casa de Sonia Simonovna. Allí te esperábamos las dos.
Confiábamos en que vendrías.
Raskolnikof
entró en la habitación y se dejó caer en una silla, extenuado.
‑Me
siento débil, Dunia. Estoy muy fatigado y, sobre todo en este momento,
necesitaría disponer de todas mis fuerzas.
Él
le dirigió de nuevo una mirada retadora.
‑¿Dónde
has pasado la noche? ‑preguntó Dunia.
‑No
lo recuerdo. Lo único que me ha quedado en la memoria es que tenía el propósito
de tomar una determinación definitiva y paseaba a lo largo del Neva. Quería
terminar, pero no me he decidido.
Al
decir esto, miraba escrutadoramente a su hermana.
‑¡Alabado
sea Dios! ‑exclamó Dunia‑. Eso era precisamente lo que temíamos
Sonia Simonovna y yo. Eso demuestra que aún crees en la vida. ¡Alabado sea
Dios!
Raskolnikof
sonrió amargamente.
‑No
creo en la vida. Pero hace un momento he hablado con nuestra madre y nos hemos
abrazado llorando. Soy un incrédulo, pero le he pedido que rezara por mí. Sólo
Dios sabe cómo ha podido suceder esto, Dunetchka, pues yo no comprendo nada.
‑¿Cómo?
¿Has estado hablando con nuestra madre? ‑exclamó Dunetchka, aterrada‑.
¿Habrás sido capaz de decírselo todo?
‑No,
yo no le he dicho nada claramente; pero ella sabe muchas cosas. Te ha oído
soñar en voz alta la noche pasada. Estoy seguro de que está enterada de buena
parte del asunto. Tal vez he hecho mal en ir a verla. Ni yo mismo sé por qué he
ido. Soy un hombre vil, Dunia.
‑Sí,
pero dispuesto a ir en busca de la expiación. Porque irás, ¿verdad?
‑Sí:
iré en seguida. Para huir de este deshonor estaba dispuesto a arrojarme al río,
pero en el momento en que iba a hacerlo me dije que siempre me había
considerado como un hombre fuerte y que un hombre fuerte no debe temer a la
vergüenza. ¿Es esto un acto de valor, Dunia?
‑Sí,
Rodia.
En
los turbios ojos de Raskolnikof fulguró una especie de relámpago. Se sentía
feliz al pensar que no había perdido la arrogancia.
‑No
creas, Dunia, que tuve miedo a morir ahogado ‑dijo, mirando a su hermana
con una sonrisa horrible.
‑¡Basta,
Rodia! ‑exclamó la joven con un gesto de dolor.
Hubo
un largo silencio. Raskolnikof tenía la mirada fija en el suelo. Dunetchka, en
pie al otro lado de la mesa, le miraba con una expresión de amargura indecible.
De pronto, Rodia se levantó.
‑Es
ya tarde. Tengo que ir a entregarme. Aunque no sé por qué lo hago.
Gruesas
lágrimas rodaban por las mejillas de Dunia.
‑Estás
llorando, hermana mía. Pero me pregunto si querrás darme la mano.
‑¿Lo
dudas?
Lo
estrechó fuertemente contra su pecho.
‑Al
ir a ofrecerte a la expiación, ¿acaso no borrarás la mitad de tu crimen? ‑exclamó,
cerrando más todavía el cerco de sus brazos y besando a Rodia.
‑¿Mi
crimen? ¿Qué crimen? ‑exclamó el joven en un repentino acceso de furor‑.
¿El de haber matado a un gusano venenoso, a una vieja usurera que hacía daño a
todo el mundo, a un vampiro que chupaba la sangre a los necesitados? Un crimen
así basta para borrar cuarenta pecados. No creo haber cometido ningún crimen y
no trato de expiarlo. ¿Por qué me han de gritar por todas partes: « ¡Has
cometido un crimen! »? Ahora que me he decidido a afrontar este vano deshonor
me doy cuenta de lo absurdo de mi proceder. Sólo por cobardía y por debilidad
voy a dar este paso..., o tal vez por el interés de que me habló Porfirio.
‑Pero
¿qué dices, Rodia? ‑exclamó Dunia, consternada‑. Has derramado
sangre.
‑Sangre...,
sangre... ‑exclamó el joven con creciente vehemencia‑. Todo el
mundo la ha derramado. La sangre ha corrido siempre en oleadas sobre la tierra.
Los hombres que la vierten como el agua obtienen un puesto en el Capitolio y el
título de bienhechores de la humanidad. Analiza un poco las cosas antes de
juzgarlas. Yo deseaba el bien de la humanidad, y centenares de miles de buenas
acciones habrían compensado ampliamente esta única necedad, mejor dicho, esta
torpeza, pues la idea no era tan necia como ahora parece. Cuando fracasan,
incluso los mejores proyectos parecen estúpidos. Yo pretendía solamente obtener
la independencia, asegurar mis primeros pasos en la vida. Después lo habría
reparado todo con buenas acciones de gran alcance. Pero fracasé desde el primer
momento, y por eso me consideran un miserable. Si hubiese triunfado, me habrían
tejido coronas; en cambio, ahora creen que sólo sirvo para que me echen a los
perros.
‑Pero
¿qué dices, Rodia?
‑Me
someto a la ética, pero no comprendo en modo alguno por qué es más glorioso
bombardear una ciudad sitiada que asesinar a alguien a hachazos. El respeto a
la ética es el primer signo de impotencia. Jamás he estado tan convencido de
ello como ahora. No puedo comprender, y cada vez lo comprendo menos, cuál es mi
crimen.
Su
rostro, ajado y pálido, había tomado color, pero, al pronunciar estas últimas
palabras, su mirada se cruzó casualmente con la de su hermana y leyó en ella un
sufrimiento tan espantoso, que su exaltación se desvaneció en un instante. No
pudo menos de decirse que había hecho desgraciadas a aquellas dos pobres
mujeres, pues no cabía duda de que él era el causante de sus sufrimientos.
‑Querida
Dunia, si soy culpable, perdóname..., aunque esto es imposible si soy
verdaderamente un criminal... Adiós; no discutamos más. Tengo que marcharme en
seguida. Te ruego que no me sigas. Tengo que pasar todavía por casa de ... Ve a
hacer compañía a nuestra madre, te lo suplico. Es el último ruego que te hago.
No la dejes sola. La he dejado hundida en una angustia a la que difícilmente se
podrá sobreponer. Se morirá o perderá la razón. No te muevas de su lado.
Rasumikhine no os abandonará. He hablado con él. No te aflijas. Me esforzaré
por ser valeroso y honrado durante toda mi vida, aunque sea un asesino. Es
posible que oigas hablar de mí todavía. Ya verás como no tendréis que
avergonzaros de mí. Todavía intentaré algo. Y ahora, adiós.
Se
había despedido apresuradamente, al advertir una extraña expresión en los ojos
de Dunia mientras le hacía sus últimas promesas.
‑¿Por
qué lloras? No llores, Dunia, no llores: algún día nos volveremos a ver... ¡Ah,
espera! Se me olvidaba.
Se
acercó a la mesa, cogió un grueso y empolvado libro, lo abrió y sacó un pequeño
retrato pintado a la acuarela sobre una lámina de marfil. Era la imagen de la
hija de su patrona, su antigua prometida, aquella extraña joven que soñaba con
entrar en un convento y que había muerto consumida por la fiebre. Observó un
momento aquella carita doliente, la besó y entregó el retrato a Dunia.
‑Le
hablé muchas veces de «eso». Sólo a ella le hablé ‑dijo, recordando‑.
Le confié gran parte de mi proyecto, del plan que tuvo un resultado tan
lamentable. Pero tranquilízate, Dunia: ella se rebeló contra este acto como te
has rebelado tú. Ahora celebro que haya muerto.
Después
volvió a sus inquietudes.
‑Lo
más importante es saber si he pensado bien en el paso que voy a dar y que motivará
un cambio completo de mi vida. ¿Estoy preparado para sufrir las consecuencias
de la resolución que voy a llevar a cabo? Me dicen que es necesario que pase
por ese trance. Pero ¿es realmente preciso? ¿De qué me servirán esos absurdos
sufrimientos? ¿Qué vigor habré adquirido y qué necesidad tendré de vivir cuando
haya salido del presidio destrozado por veinte años de penalidades? ¿Y por qué
he de entregarme ahora voluntariamente a semejante vida...? Bien me he dado
cuenta esta mañana de que era un cobarde cuando vacilaba en arrojarme al Neva.
Al
fin se marcharon. Durante esta escena, sólo el cariño que sentía por su hermano
había podido sostener a Dunia.
Se
separaron, pero Dunetchka, después de haber recorrido no más de cincuenta
pasos, se volvió para mirar a su hermano por última vez. Y él, cuando llegó a
la esquina, se volvió también. Sus miradas se cruzaron, y Raskolnikof, al ver
los ojos de su hermana fijos en él, hizo un ademán de impaciencia, incluso de
cólera, invitándola a continuar su camino.
« Soy
duro, soy malo; no me cabe duda ‑se dijo avergonzado de su brusco ademán‑;
pero ¿por qué me quieren tanto si no lo merezco? ¡Ah, si yo hubiera estado
solo, sin ningún afecto y sin sentirlo por nadie! Entonces todo habría sido
distinto. Me gustaría saber si en quince o veinte años me convertiré en un
hombre tan humilde y resignado que venga a lloriquear ante toda esa gente que
me llama canalla. Sí, así me consideran; por eso quieren enviarme a presidio;
no desean otra cosa... Miradlos llenando las calles en interminables oleadas.
Todos, desde el primero hasta el último, son unos miserables, unos canallas de
nacimiento y, sobre todo, unos idiotas. Si alguien intentara librarme del
presidio, sentirían una indignación rayana en la ferocidad. ¡Cómo los odio! »
Cayó
en un profundo ensimismamiento. Se preguntó si llegaría realmente un día en que
se sometería ante todos y aceptaría su propia suerte sin razonar, con una
resignación y una humildad sinceras.
«¿Por
qué no? ‑se dijo‑ Un yugo de veinte años ha de terminar por
destrozar a un hombre. La gota de agua horada la piedra. ¿Y para qué vivir,
para qué quiero yo la vida, sabiendo que las cosas han de ocurrir de este modo?
¿Por qué voy a entregarme cuando estoy convencido de que todo ha de pasar así y
no puedo esperar otra cosa?»
Más
de cien veces se había hecho esta pregunta desde el día anterior. Sin embargo,
continuaba su camino.
VIII
Caía la
tarde cuando llegó a casa de Sonia Simonovna. La joven le había estado
esperando todo el día, presa de una angustia espantosa. Dunia había compartido
esta ansiedad. Al recordar que el día anterior Svidrigailof le había dicho que
Sonia Simonovna lo sabía todo, Dunetchka había ido a verla aquella misma
mañana. No entraremos en detalles sobre la conversación que sostuvieron las dos
mujeres, las lágrimas que derramaron ni la amistad que nació entre ellas.
En
esta entrevista, Dunia obtuvo el convencimiento de que su hermano no estaría
nunca solo. Sonia había sido la primera en recibir su confesión: Rodia se había
dirigido a ella cuando sintió la necesidad de confiar su secreto a un ser
humano. A cualquier parte que el destino le llevara, ella le seguiría. Avdotia
Romanovna no había interrogado sobre este punto a Sonetchka, pero estaba segura
de que procedería así. Miraba a la muchacha con una especie de veneración que
la confundía. La pobre Sonia, que se consideraba indigna de mirar a Dunia, se
sentía tan avergonzada, que poco faltaba para que se echase a llorar. Desde el
día en que se vieron en casa de Raskolnikof, la imagen de la encantadora
muchacha que tan humildemente la había saludado había quedado grabada en el
alma de Dunia como una de las más bellas y puras que había visto en su vida.
Al
fin, Dunetchka, incapaz de seguir conteniendo su impaciencia, había dejado a
Sonia y se había dirigido a casa de su hermano para esperarlo allí, segura de
que al fin llegaría.
Apenas
volvió a verse sola, Sonia sintió una profunda intranquilidad ante la idea de
que Raskolnikof podía haberse suicidado. Este temor atormentaba también a
Dunia. Durante todo el día, mientras estuvieron juntas, se habían dado mil
razones para rechazar semejante posibilidad y habían conseguido conservar en
parte la calma, pero apenas se hubieron separado, la inquietud renació por
entero en el corazón de una y otra. Sonia se acordó de que Svidrigailof le
había dicho que Raskolnikof sólo tenía dos soluciones: Siberia o... Por otra
parte, sabía que Rodia tenía un orgullo desmedido y carecía de sentimientos
religiosos.
«¿Es
posible que se resigne a vivir sólo por cobardía, por temor a la muerte?», se
preguntó de pie junto a la ventana y mirando tristemente al exterior.
Sólo
veía la gran pared, ni siquiera blanqueada, de la casa de enfrente. Al fin,
cuando ya no abrigaba la menor duda acerca de la muerte del desgraciado, éste
apareció.
Un
grito de alegría se escapó del pecho de Sonia, pero cuando hubo observado
atentamente la cara de Raskolnikof, la joven palideció.
‑Aquí
me tienes, Sonia ‑dijo Rodion Romanovitch con una sonrisa de burla‑.
Vengo en busca de tus cruces. Tú misma me enviaste a confesar mi delito
públicamente por las esquinas. ¿Por qué tienes miedo ahora?
Sonia
le miraba con un gesto de estupor. Su acento le parecía extraño. Un
estremecimiento glacial le recorrió todo el cuerpo. Pero en seguida advirtió
que aquel tono, e incluso las mismas palabras, era una ficción de Rodia.
Además, Raskolnikof, mientras le hablaba, evitaba que sus ojos se encontraran
con los de ella.
‑He
pensado, Sonia, que, en interés mío, debo obrar así, pues hay una circunstancia
que... Pero esto sería demasiado largo de contar, demasiado largo y, además,
inútil. Pero me ocurre una cosa: me irrita pensar que dentro de unos instantes
todos esos brutos me rodearán, fijarán sus ojos en mí y me harán una serie de
preguntas necias a las que tendré que contestar. Me apuntarán con el dedo... No
iré a ver a Porfirio. Lo tengo atragantado. Prefiero presentarme a mi amigo el
«teniente Pólvora». Se quedará boquiabierto. Será un golpe teatral. Pero
necesitaré serenarme: estoy demasiado nervioso en estos últimos tiempos. Aunque
te parezca mentira, acabo de levantar el puño a mi hermana porque se ha vuelto
para verme por última vez. Es una vergüenza sentirse tan vil. He caído muy
bajo... Bueno, ¿dónde están esas cruces?
Raskolnikof
estaba fuera de sí. No podía permanecer quieto un momento ni fijar su
pensamiento en ninguna idea. Su mente pasaba de una cosa a otra en repentinos
saltos. Empezaba a desvariar y sus manos temblaban ligeramente.
Sonia,
sin desplegar los labios, sacó de un cajón dos cruces, una de madera de ciprés
y la otra de cobre. Luego se santiguó, bendijo a Rodia y le colgó del cuello la
cruz de madera.
‑En
resumidas cuentas, esto significa que acabo de cargar con una cruz. ¡Je, je!
Como si fuera poco lo que he sufrido hasta hoy... Una cruz de madera, es decir,
la cruz de los pobres. La de cobre, que perteneció a Lisbeth, te la quedas para
ti. Déjame verla. Lisbeth debía de llevarla en aquel momento. ¿Verdad que la
llevaba? Recuerdo otros dos objetos: una cruz de plata y una pequeña imagen.
Las arrojé sobre el pecho de la vieja. Eso es lo que debía llevar ahora en mi
cuello... Pero no digo más que tonterías y me olvido de las cosas importantes.
¡Estoy tan distraído! Oye, Sonia, he venido sólo para prevenirte, para que lo
sepas todo... Para eso y nada más... Pero no, creo que quería decirte algo
más... Tú misma has querido que diera este paso. Ahora me meterán en la cárcel
y tu deseo se habrá cumplido... Pero ¿por qué lloras? ¡Bueno, basta ya! ¡Qué
enojoso es todo esto!
Sin
embargo, las lágrimas de Sonia le habían conmovido; sentía una fuerte presión
en el pecho.
«Pero
¿qué razón hay para que esté tan apenada? ‑pensó‑. ¿Qué soy yo para
ella? ¿Por qué llora y quiere acompañarme, por lejos que vaya, como si fuera mi
hermana o mi madre? ¿Querrá ser mi criada, mi niñera...?u
‑Santíguate...
Di al menos unas cuantas palabras de alguna oración ‑suplicó la muchacha
con voz humilde y temblorosa.
‑Lo
haré. Rezaré tanto como quieras. Y de todo corazón, Sonia, de todo corazón.
Pero
no era exactamente esto lo que quería decir.
Hizo
varias veces la señal de la cruz. Sonia cogió su chal y se envolvió con él la
cabeza. Era un chal de paño verde, seguramente el mismo del que hablara
Marmeladof en cierta ocasión y que servía para toda la familia. Raskolnikof
pensó en ello, pero no hizo pregunta alguna. Empezaba a sentirse incapaz de
fijar su atención. Una turbación creciente le dominaba, y, al advertirlo,
sintió una profunda inquietud. De pronto observó, sorprendido, que Sonia se
disponía a acompañarle.
‑¿Qué
haces? ¿Adónde vas? No, no; quédate; iré solo ‑dijo, irritado, mientras
se dirigía a la puerta‑. No necesito acompañamiento ‑gruñó al
cruzar el umbral.
Sonia
permaneció inmóvil en medio de la habitación. Rodia ni siquiera le había dicho
adiós: se había olvidado de ella. Un sentimiento de duda y de rebeldía llenaba
su corazón.
«¿Debo
hacerlo? ‑se preguntó mientras bajaba la escalera‑. ¿No seria
preferible volver atrás, arreglar las cosas de otro modo y no ir a entregarme?
Pero
continuó su camino, y de pronto comprendió que la hora de las vacilaciones
había pasado.
Ya
en la calle, se acordó de que no había dicho adiós a Sonia y de que la joven,
con el chal en la cabeza, habia quedado clavada en el suelo al oír su grito de
furor... Este pensamiento lo detuvo un instante, pero pronto surgió con toda
claridad en su mente una idea que parecía haber estado rondando vagamente su
cerebro en espera de aquel momento para manifestarse.
«¿Para
qué he ido a su casa? Le he dicho que iba por un asunto. Pero ¿qué asunto? No
tengo ninguno. ¿Para anunciarle que iba a presentarme? ¡Como si esto fuera
necesario! ¿Será que la amo? No puede ser, puesto que acabo de rechazarla como
a un perro. ¿Acaso tenía yo alguna necesidad de la cruz? ¡Qué bajo he caído! Lo
que yo necesitaba eran sus lágrimas, lo que quería era recrearme ante la
expresión de terror de su rostro y las torturas de su desgarrado corazón.
Además, deseaba aferrarme a cualquier cosa para ganar tiempo y contemplar un
rostro humano... ¡Y he osado enorgullecerme, creerme llamado a un alto destino!
¡Qué miserable y qué cobarde soy!
Avanzaba
a lo largo del malecón del canal y ya estaba muy cerca del término de su
camino. Pero al llegar al puente se detuvo, vaciló un momento y, de pronto, se
dirigió a la plaza del Mercado.
Miraba
ávidamente a derecha e izquierda. Se esforzaba por examinar atentamente las
cosas más insignificantes que encontraba en su camino, pero no podía fijar la
atención: todo parecía huir de su mente.
«
Dentro de una semana o de un mes ‑se dijo‑ volveré a pasar este
puente en un coche celular... ¿Cómo miraré entonces el canal? ¿Volveré a
fijarme en el rótulo que ahora estoy leyendo? En él veo la palabra
"Compañía". ¿Leeré las letras una a una como ahora? Esa "a"
que ahora estoy viendo, ¿me parecerá la misma dentro de un mes? ¿Qué sentiré
cuando la mire? ¿Qué pensaré entonces? ¡Dios mío, qué mezquinas son estas
preocupaciones...! Verdaderamente, todo esto debe de ser curioso... dentro de
su género... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué cosas se me ocurren! Estoy haciendo el niño y me
gusta mostrarme así a mí mismo... ¿Por qué he de avergonzarme de mis
pensamientos...? ¡Qué barahúnda...! Ese gordinflón, que sin duda es alemán,
acaba de empujarme, pero ¡qué lejos está de saber a quién ha empujado! Esa
mujer que tiene un niño en brazos y pide limosna me cree, no cabe duda más
feliz que ella. Seria chocante que pudiera socorrerla... ¡Pero si llevo cinco
kopeks en el bolsillo! ¿Cómo diablo habrán venido a parar aquí?»
‑Toma,
hermana.
‑Que
Dios se lo pague ‑dijo con voz lastimera la mendiga.
Llegó
a la plaza del Mercado. Estaba llena de gente. Le molestaba codearse con
aquella multitud, sí, le molestaba profundamente, pero no por eso dejaba de
dirigirse a los lugares donde la muchedumbre era más compacta. Habría dado
cualquier cosa por estar solo, pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que no
podría soportar la soledad un solo instante. En medio de la multitud, un
borracho se entregaba a las mayores extravagancias: intentaba bailar, pero lo
único que conseguía era caer. Los curiosos le habían rodeado. Raskolnikof se
abrió paso entre ellos y llegó a la primera fila. Estuvo contemplando un
momento al borracho y, de pronto, se echó a reír convulsivamente. Poco después
se olvidó de todo. Estuvo aún un momento mirando al hombre bebido y luego se
alejó del grupo sin darse cuenta del lugar donde se hallaba. Pero, al llegar al
centro de la plaza, le asaltó una sensación que se apoderó de todo su ser.
Acababa
de acordarse de estas palabras de Sonia: « Ve a la primera esquina, saluda a la
gente, besa la tierra que has mancillado con tu crimen y di en voz alta, para
que todo el mundo te oiga: "¡Soy un asesino!"
Ante
este recuerdo empezó a temblar de pies a cabeza. Estaba tan aniquilado por las
inquietudes de los días últimos y, sobre todo, de las últimas horas, que se
abandonó ávidamente a la esperanza de una sensación nueva, fuerte y profunda.
La sensación se apoderó de él con tal fuerza, que sacudió su cuerpo, iluminó su
corazón como una centella y al punto se convirtió en fuego devorador. Una
inmensa ternura se adueñó de él; las lágrimas brotaron de sus ojos. Sin
vacilar, se dejó caer de rodillas en el suelo, se inclinó y besó la tierra, el
barro, con verdadero placer. Después se levantó y en seguida volvió a
arrodillarse.
‑¡Éste
ha bebido lo suyo! ‑dijo un joven que pasaba cerca.
El
comentario fue acogido con grandes carcajadas.
‑Es
un peregrino que parte para Tierra Santa, hermanos ‑dijo otro, que había
bebido más de la cuenta‑, y que se despide de sus amados hijos y de su
patria. Saluda a todos y besa el suelo patrio en su capital, San Petersburgo.
‑Es
todavía joven ‑observó un tercero.
‑Es
un noble ‑dijo una voz grave.
‑Hoy
en día es imposible distinguir a los nobles de los que no lo son.
Estos
comentarios detuvieron en los labios de Raskolnikof las palabras «Soy un
asesino» que se disponía a pronunciar. Sin embargo, soportó con gran calma las
burlas de la multitud, se levantó y, sin volverse, echó a andar hacia la
comisaría.
Pronto
apareció alguien en su camino. No se asombró, porque lo esperaba. En el momento
en que se había arrodillado por segunda vez en la plaza del Mercado había visto
a Sonia a su izquierda, a unos cincuenta pasos. Trataba de pasar inadvertida
para él, ocultándose tras una de las barracas de madera que había en la plaza.
Comprendió que quería acompañarle mientras subía su Calvario.
En
este momento se hizo la luz en la mente de Raskolnikof. Comprendió que Sonia le
pertenecía para siempre y que le seguiría a todas partes, aunque su destino le
condujera al fin del mundo. Este convencimiento le trastornó, pero en seguida
advirtió que había llegado al término fatal de su camino.
Entró
en el patio con paso firme. Las oficinas de la comisaría estaban en el tercer
piso.
«El
tiempo que tarde en subir me pertenece», se dijo.
El
minuto fatídico le parecía lejano. Aún tendría tiempo de pensarlo bien.
Encontró
la escalera como la vez anterior: cubierta de basuras y llena de los olores
infectos que salían de las cocinas cuyas puertas se abrían sobre los rellanos.
Raskolnikof no había vuelto a la comisaría desde su primera visita. Sus piernas
se negaban a obedecerle y le impedían avanzar. Se detuvo un momento para tomar
aliento, recobrarse y entrar como un hombre.
«Pero
¿por qué he de preocuparme del modo de entrar? ‑se preguntó de pronto‑.
De todas formas, he de apurar la copa. ¿Qué importa, pues, el modo de
bebérmela? Cuanto más amargue el contenido, más mérito tendrá mi sacrificio.»
Pensó
de pronto en Ilia Petrovitch, el «teniente Pólvora».
«Pero
¿es que sólo con él puedo hablar? ¿Acaso no podría dirigirme a otro, a Nikodim
Fomitch, por ejemplo? ¿Y si volviera atrás y fuese a visitar al comisario de
policía en su domicilio? Entonces la escena se desarrollaría de un modo menos
oficial y menos... No, no; me enfrentaré con el "teniente Pólvora".
Puesto que hay que beberse la copa, me la beberé de una vez.»
Y
presa de un frío de muerte, con movimientos casi inconscientes, Raskolnikof
abrió la puerta de la comisaría.
Esta
vez sólo vio en la antecámara un ordenanza y un hombre del pueblo. Ni siquiera
apareció el gendarme de guardia. Raskolnikof pasó a la pieza inmediata.
«A
lo mejor, no puedo decir nada todavía», pensó.
Un
empleado que vestía de paisano y no el uniforme reglamentario escribía
inclinado sobre su mesa. Zamiotof no estaba. El comisario, tampoco.
‑¿No
hay nadie? ‑preguntó al escribiente.
‑¿A
quién quiere ver?
En
esto se dejó oír una voz conocida.
‑No
necesito oídos ni ojos: cuando llega un ruso, percibo por instinto su
presencia..., como dice el cuento. Encantado de verle.
Raskolnikof
empezó a temblar. El «teniente Pólvora» estaba ante él. Había salido de pronto
de la tercera habitación.
«
Es el destino ‑pensó Raskolnikof‑. ¿Qué hace este hombre aquí?»
‑¿Viene
usted a vernos? ¿Con qué objeto?
Parecía
estar de excelente humor y bastante animado.
‑Si
ha venido usted por algún asunto del despacho ‑continuó‑, es
demasiado temprano. Yo estoy aquí por casualidad... Dígame: ¿puedo serle útil
en algo? Le aseguro, señor... ¡Caramba no me acuerdo del apellido! Perdóneme...
‑Raskolnikof.
‑¡Ah,
sí! Raskolnikof. Lo siento, pero se me había ido de la memoria... Le ruego que
me perdone, Rodion Ro... Ro... Rodionovitch, ¿no?
‑Rodion
Romanovitch.
‑¡Eso
es: Rodion Romanovitch! Lo tenía en la punta de la lengua. He procurado tener
noticias de usted con frecuencia. Le aseguro que he lamentado profundamente
nuestro comportamiento con usted hace unos días. Después supe que era usted
escritor, incluso un sabio, en el principio de su carrera. ¿Y qué escritor
joven no ha empezado por...? Tanto mi mujer como yo somos aficionados a la lectura.
Pero mi mujer me aventaja: siente verdadera pasión, una especie de locura, por
las letras y las artes... Excepto la nobleza de sangre, todo lo demás puede
adquirirse por medio del talento, el genio, la sabiduría, la inteligencia.
Fijémonos, por ejemplo, en un sombrero. ¿Qué es un sombrero? Sencillamente, una
cosa que se puede comprar en casa de Zimmermann. Pero lo que queda debajo del
sombrero, usted no lo podrá comprar... Le aseguro que incluso estuve a punto de
ir a visitarlo, pero me dije que... Bueno, a todo esto no le he preguntado qué
es lo que desea... Su familia está en Petersburgo, ¿verdad?
‑Sí,
mi madre y mi hermana.
‑Incluso
he tenido el honor y el placer de conocer a su hermana, persona tan encantadora
como instruida. Le confieso que lamento profundamente nuestro altercado. En
cuanto a las conjeturas que hicimos sobre su desvanecimiento, todo ha quedado
explicado de un modo que no deja lugar a dudas. Fue una ofuscación, un
desatino. Su indignación es muy explicable... ¿Se va usted a mudar a causa de
la llegada de su familia?
‑No,
no; no es eso. Yo venía para... Creía que encontraría aquí a Zamiotof.
‑Ya
comprendo. He oído decir que eran ustedes amigos. Pues bien, ya no está aquí.
Desde anteayer nos vemos privados de sus servicios. Discutió con nosotros y
estuvo bastante grosero. Habíamos fundado ciertas esperanzas en él, pero ¡vaya
usted a entenderse con nuestra brillante juventud! Se le ha metido en la cabeza
presentarse a unos exámenes sólo para poder darse importancia. No tiene nada en
común con usted ni con su amigo el señor Rasumikhine. Ustedes viven para la
ciencia, y los reveses no pueden abatirlos. Las diversiones no son nada para
ustedes. Nihil esi, como dicen. Ustedes llevan una vida austera, monástica, y
un libro, una pluma en la oreja, una indagación científica, bastan para
hacerlos felices. Incluso yo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted las
Memorias de Livinstone?
‑No.
‑Yo
sí que las he leído. Desde hace algún tiempo, el número de nihilistas ha
aumentado considerablemente. Esto es muy comprensible si uno piensa en la época
que atravesamos. Pero le digo esto porque... Usted no es nihilista, ¿verdad?
Respóndame francamente.
‑No
lo soy.
‑Sea
franco, tan franco como lo sería con usted mismo. La obligación es una cosa, y
otra la... Creía usted que iba a decir la «amistad», ¿verdad? Pues se ha
equivocado: no iba a decir la amistad, sino el sentimiento de hombre y de
ciudadano, un sentimiento de humanidad y de amor al Altísimo. Yo soy un
personaje oficial, un funcionario, pero no por eso debo ser menos ciudadano y
menos hombre... Hablábamos de Zamiotof, ¿verdad? Pues bien, Zamiotof es un
muchacho que quiere imitar a los franceses de vida disipada. Después de beberse
un vaso de champán o de vino del Don en un establecimiento de mala fama,
empieza a alborotar. Así es su amigo Zamiotof. Estuve tal vez un poco fuerte
con él, pero es que me dejé llevar de mi celo por los intereses del servicio.
Por otra parte, yo desempeño cierto papel en la sociedad, tengo una categoría,
una posición. Además, estoy casado, soy padre de familia y cumplo mis deberes
de hombre y de ciudadano. En cambio, él ¿qué es? Permítame que se lo pregunte.
Me dirijo a usted como a un hombre ennoblecido por la educación. ¿Y qué me dice
de las comadronas?. También se han multiplicado de un modo exorbitante...
Raskolnikof
arqueó las cejas y miró al oficial con una expresión de desconcierto. La
mayoría de las palabras de aquel hombre, que evidentemente acababa de
levantarse de la mesa, carecían para él de sentido. Sin embargo, comprendió
parte de ellas y observaba a su interlocutor con una interrogación muda en los
ojos, preguntándose adónde le quería llevar.
‑Me
refiero a esas muchachas de cabellos cortos ‑continuó el inagotable Ilia
Petrovitch‑. Las llamo a todas comadronas y considero que el nombre les
cuadra admirablemente. ¡Je, je! Se introducen en la escuela de Medicina y
estudian anatomía. Pero le aseguro que si caigo enfermo, no me dejaré curar por
ninguna de ellas. ¡Je, je!
Ilia
Petrovitch se reía, encantado de su ingenio.
‑Admito
que todo eso es solamente sed de instrucción; pero ¿por qué entregarse a
ciertos excesos? ¿Por qué insultar a las personas de elevada posición, como
hace ese tunante de Zamiotof? ¿Por qué me ha ofendido a mí, pregunto yo...?
Otra epidemia que hace espantosos estragos es la del suicidio. Se comen hasta
el último céntimo que tienen y después se matan. Muchachas, hombres jóvenes,
viejos, se quitan la vida. Por cierto que acabamos de enterarnos de que un
señor que llegó hace poco de provincias se ha suicidado. Nil Pavlovitch, ¡eh, Nil Pavlovitch! ¿Cómo
se llama ese caballero que se ha levantado la tapa de los sesos esta mañana?
‑Svidrigailof
‑respondió una voz ronca e indiferente desde la habitación vecina.
Raskolnikof
se estremeció.
‑¿Svidrigailof?
¿Se ha matado Svidrigailof?‑‑exclamó.
‑¿Cómo?
¿Le conocía usted?
‑Sí...
Había llegado hacía poco.
‑En
efecto. Había perdido a su mujer. Era un hombre dado a la crápula. Y de pronto
se suicida. ¡Y de qué modo! No se lo puede usted imaginar... Ha dejado unas palabras
escritas en un bloc de notas, declarando que moría por su propia voluntad y que
no se debía culpar a nadie de su muerte. Dicen que tenía dinero. ¿Cómo es que
lo conoce usted?
‑¿Yo?
Pues... Mi hermana fue institutriz en su casa.
‑Entonces,
usted puede facilitarnos datos sobre él. ¿Sospechaba usted sus propósitos?
‑Le
vi ayer. Estaba bebiendo champán. No observé en él nada anormal.
Raskolnikof
tenía la impresión de que había caído un peso enorme sobre su pecho y lo
aplastaba.
‑Otra
vez se ha puesto usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera en estas
oficinas!
‑Sí
‑murmuró Raskolnikof‑. Me marcho. Perdóneme por haberle molestado.
‑No
diga usted eso. Estoy siempre a su disposición. Su visita ha sido para mí una
verdadera satisfacción.
Y
tendió la mano a Rodion Romanovitch.
‑Sólo
quería ver a Zamiotof.
‑Comprendido.
Encantado dé su visita.
‑Yo
también... he tenido mucho gusto en verle –dijo Raskolnikof con una sonrisa‑.
Usted siga bien.
Salió
de la comisaría con paso vacilante. La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran
trabajo mantenerse sobre sus piernas. Empezó a bajar la escalera apoyándose en
la pared. Le pareció que un ordenanza que subía a la comisaría tropezó con él;
que, al llegar al primer piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer le arrojaba
un rodillo de pastelería mientras le gritaba para hacerle callar. Al fin llegó
a la planta baja y salió a la calle. Entonces vio a Sonia. Estaba cerca del
portal, y, pálida como una muerta, le miraba con una expresión de extravío.
Raskolnikof se detuvo ante ella. Una sombra de sufrimiento y desesperación pasó
por el semblante de la joven. Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue más
que una mueca le torció los labios. Rodia permaneció un instante inmóvil. Luego
sonrió amargamente y volvió a subir a la comisaría.
Ilia
Petrovitch, sentado a su mesa, hojeaba un montón de papeles. El mujik
que acababa de tropezar con Raskolnikof estaba de pie ante él.
‑¿Usted
otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con
los labios amoratados y la mirada inmóvil, Raskolnikof se acercó lentamente a
la mesa de Ilia Petrovitch, apoyó la mano en ella e intentó hablar, pero ni una
sola palabra salió de sus labios: sólo pudo proferir sonidos inarticulados.
‑¿Se
siente usted mal? ¡Una silla! Siéntese. ¡Traigan agua!
Raskolnikof
se dejó caer en la silla sin apartar los ojos del rostro de Ilia Petrovitch,
donde se leía una profunda sorpresa. Durante un minuto, los dos se miraron en
silencio. Trajeron agua.
‑Fui
yo... ‑empezó a decir Raskolnikof.
‑Beba.
El
joven rechazó el vaso y, en voz baja y entrecortada, pero con toda claridad,
hizo la siguiente declaración:
‑Fui
yo quien asesinó a hachazos, para robarles, a la vieja prestamista y a su
hermana Lisbeth.
Ilia
Petrovitch abrió la boca. Acudió gente de todas partes. Raskolnikof repitió su
confesión.
EPÍLOGO
I
Ln Siberia.
O orillas de un ancho río que discurre por tierras desiertas hay una ciudad,
uno de los centros administrativos de Rusia. La ciudad contiene una fortaleza,
y la fortaleza, una prisión. En este presidio está desde hace nueve meses el
condenado a trabajos forzados de la segunda categoría Rodion Raskolnikof. Cerca
de año y medio ha transcurrido desde el día en que cometió su crimen. La
instrucción de su proceso no tropezó con dificultades. El culpable repitió su confesión
con tanta energía como claridad, sin embrollar las circunstancias, sin suavizar
el horror de su perverso acto, sin alterar la verdad de los hechos, sin olvidar
el menor incidente. Relató con todo detalle el asesinato y aclaró el misterio
del objeto encontrado en las manos de la vieja, que era, como se recordará, un
trocito de madera unido a otro de hierro. Explicó cómo había cogido las llaves
del bolsillo de la muerta y describió minuciosamente tanto el cofre al que las
llaves se adaptaban como su contenido.
Incluso
enumeró algunos de los objetos que había encontrado en el cofre. Explicó la
muerte de Lisbeth, que había sido hasta entonces un enigma. Refirió cómo Koch,
seguido muy pronto por el estudiante, había golpeado la puerta y repitió
palabra por palabra la conversación que ambos sostuvieron.
Después
él se había lanzado escaleras abajo; había oído las voces de Mikolka y Mitri y
se había escondido en el departamento desalquilado.
Finalmente
habló de la piedra bajo la cual había escondido (y fueron encontrados) los
objetos y la bolsa robados a la vieja, indicando que tal piedra estaba cerca de
la entrada de un patio del bulevar Vosnesensky.
En
una palabra, aclaró todos los puntos. Varias cosas sorprendieron a los
magistrados y jueces instructores, pero lo que más les extrañó fue que el
culpable hubiera escondido su botín sin sacar provecho de él, y más aún, que no
solamente no se acordara de los objetos que había robado, sino que ni siquiera
pudiera precisar su numero.
Aún
se juzgaba más inverosímil que no hubiera abierto la bolsa y siguiera ignorando
lo que contenía. En ella se encontraron trescientos diecisiete rublos y tres
piezas de veinte kopeks. Los billetes mayores, por estar colocados sobre los
otros, habían sufrido considerables desperfectos al permanecer tanto tiempo
bajo la piedra. Se estuvo mucho tiempo tratando de comprender por qué el
acusado mentía sobre este punto ‑pues así lo creían‑, habiendo
confesado espontáneamente la verdad sobre todos los demás.
Al
fin algunos psicólogos admitieron que podía no haber abierto la bolsa y haberse
desprendido de ella sin saber lo que contenía, de lo cual se extrajo la
conclusión de que el crimen se había cometido bajo la influencia de un ataque
de locura pasajera: el culpable se había dejado llevar de la manía del
asesinato y el robo, sin ningún fin interesado. Fue una buena ocasión para
apoyar esa teoría con la que se intenta actualmente explicar ciertos crímenes.
Además,
que Raskolnikof era un neurasténico quedó demostrado por las declaraciones de varios
testigos: el doctor Zosimof, algunos camaradas de universidad del procesado, su
patrona, Nastasia...
Todo
esto dio origen a la idea de que Raskolnikof no era un asesino corriente, un
ladrón vulgar, sino que su caso era muy distinto. Para decepción de los que
opinaban así, el procesado no se aprovechó de ello para defenderse. Interrogado
acerca de los motivos que le habían impulsado al crimen y al robo respondió con
brutal franqueza que los móviles habían sido la miseria y el deseo de abrirse
paso en la vida con los tres mil rublos como mínimo que esperaba encontrar en
casa de la víctima, y que había sido su carácter bajo y ligero, agriado además
por los fracasos y las privaciones, lo que había hecho de él un asesino. Y
cuando se le preguntó qué era lo que le había impulsado a presentarse a la
justicia, contestó que un arrepentimiento sincero. En conjunto, su declaración
produjo mal efecto.
Sin
embargo, la condena fue menos grave de lo que se esperaba. Tal vez favoreció al
acusado el hecho de que, lejos de pretender justificarse, se había dedicado a
acumular cargos contra sí mismo. Todas las particularidades extrañas de la
causa se tomaron en consideración. El mal estado de salud y la miseria en que
se hallaba antes de cometer el crimen no podían ponerse en duda. El hecho de
que no se hubiera aprovechado del botín se atribuyó, por una parte, a un
remordimiento tardío y, por otra, a un estado de perturbación mental en el
momento de cometer el crimen. La muerte impremeditada de Lisbeth fue un detalle
favorable a esta última tesis, pues no tenía explicación que un hombre
cometiera dos asesinatos ¡habiéndose dejado la puerta abierta! Finalmente, el
culpable se había presentado a la justicia por su propio impulso y en un
momento en que las falsas declaraciones de un fanático (Nicolás) habían
embrollado el proceso y cuando, además, la justicia no sólo no poseía ninguna
prueba contra el culpable, sino que ni siquiera sospechaba de él. (Porfirio
Petrovitch había mantenido religiosamente su palabra.)
Todas
estas circunstancias contribuyeron considerablemente a suavizar el veredicto.
Además, en el curso de los debates se habían puesto en evidencia otros hechos
favorables al acusado: los documentos presentados por el estudiante Rasumikhine
demostraban que, durante su permanencia en la universidad, el asesino
Raskolnikof se había repartido por espacio de seis meses sus escasos recursos,
hasta el último kopek, con un compañero necesitado y tuberculoso. Cuando éste
murió, Raskolnikof prestó toda la ayuda posible al padre del difunto, un
anciano que era ya como un niño y del que su hijo se había tenido que cuidar
desde que tenía trece años. Rodia consiguió que lo admitieran en un asilo y más
tarde, cuando murió, pagó su entierro.
Todos
estos testimonios favorecieron en gran medida al acusado. La viuda de
Zarnitzine, su antigua patrona y madre de la difunta prometida, acudió también
a declarar y dijo que en la época en que vivía en las Cinco Esquinas, teniendo
a Raskolnikof como huésped, una noche se había declarado un incendio en la casa
vecina, y su pupilo, con peligro de perder la vida, había salvado a dos niños
de las llamas, sufriendo algunas quemaduras. Esta declaración fue
escrupulosamente comprobada mediante una encuesta: numerosos testigos
certificaron su exactitud. En resumidas cuentas, que el tribunal, teniendo en
consideración la declaración espontánea del culpable y sus buenos antecedentes,
sólo lo condenó a ocho años de trabajos forzados (segunda categoría).
Apenas
comenzaron los debates, la madre de Raskolnikof cayó enferma. Dunia y
Rasumikhine consiguieron mantenerla alejada de Petersburgo durante toda la
instrucción del sumario. Dmitri Prokofitch alquiló una casa para las mujeres en
un pueblo de las cercanías de la capital por el que pasaba el ferrocarril. Así pudo
seguir toda la marcha del proceso y visitar con cierta frecuencia a Avdotia
Romanovna. La enfermedad de Pulqueria Alejandrovna era una afección nerviosa
bastante rara, acompañada de una perturbación parcial de las facultades
mentales.
Al
volver a casa tras su última visita a su hermano, Duma encontró a su madre con
alta fiebre y delirando. Aquella misma noche se puso de acuerdo con Rasumikhine
sobre lo que debían decir a Pulqueria Alejandrovna cuando les preguntara por
Rodia. Urdieron toda una novela en torno a la marcha de Rodion a una provincia
de los confines de Rusia con una misión que le reportaría tanto honor como
provecho. Pero, para sorpresa de los dos jóvenes, Pulqueria Alejandrovna no les
hizo jamás pregunta alguna sobre este punto. Había inventado su propia historia
para explicar la marcha precipitada de su hijo. Refería llorando, la escena de
la despedida y daba a entender que sólo ella conocía ciertos hechos misteriosos
e importantísimos. Afirmaba que Rodia tenia enemigos poderosos de los que se
veía obligado a ocultarse, y no dudaba de que alcanzaría una brillante posición
cuando lograse allanar ciertas dificultades. Decía a Rasumikhine que su hijo
sería un hombre de Estado. Para ello se fundaba en el artículo que había
escrito y que denotaba, según ella, un talento literario excepcional. Leía sin
cesar este artículo, a veces en voz alta. No se apartaba de él ni siquiera
cuando se iba a dormir. Pero no preguntaba nunca dónde estaba Rodia, aunque el
cuidado que tenían su hija y Rasumikhine en eludir esta cuestión debía de
parecer sospechosa. El extraño mutismo en que se encerraba Pulqueria
Alejandrovna acabó por inquietar a Dunia y a Dmitri Prokofitch. Ni siquiera se
quejaba del silencio de su hijo, siendo así que, cuando estaban en el pueblo, vivía
de la esperanza de recibir al fin una carta de su querido Rodia. Esto pareció
tan inexplicable a Dunia, que la joven llegó a sentirse verdaderamente
alarmada. Se dijo que su madre debía de presentir que había ocurrido a Rodia
alguna gran desgracia y que no se atrevía a preguntar por temor a oír algo más
horrible de lo que ella suponía. Fuera como fuese, Dunia se daba perfecta
cuenta de que su madre tenía trastornado el cerebro. Sin embargo, un par de
veces Pulqueria Alejandrovna había conducido la conversación de modo que
tuvieran que decirle dónde estaba Rodia. Las vagas e inquietas respuestas que
recibió la sumieron en una profunda tristeza y durante mucho tiempo se la vio
sombría y taciturna.
Finalmente,
Dunia comprendió que mentir continuamente e inventar historia tras historia era
demasiado difícil y decidió guardar un silencio absoluto sobre ciertos puntos.
Sin embargo, cada vez era más evidente que la pobre madre sospechaba algo
horrible. Dunia recordaba perfectamente que, según Rodia le había dicho, su
madre la había oído soñar en voz alta la noche que siguió a su conversación con
Svidrigailof. Las palabras que había dejado escapar en sueños tal vez habían
dado una luz a la pobre mujer. A veces, tras días o semanas de lágrimas y
silencio, Pulqueria Alejandrovna se entregaba a una agitación morbosa y
empezaba a monologar en voz alta, a hablar de su hijo, de sus esperanzas, del
porvenir. Sus fantasías eran a veces realmente extrañas. Dunia y Rasumikhine le
seguían la corriente, y ella tal vez se daba cuenta, pero no por eso cesaba de
hablar.
La
sentencia se dictó cinco meses después de la confesión del culpable.
Rasumikhine visitó a su amigo en la prisión con tanta frecuencia como le fue
posible, y Sonia igualmente. Llegó al fin el momento de la separación. Dunia y
Rasumikhine estaban seguros de que no sería eterna. El fogoso joven había
concebido ciertos proyectos y estaba firmemente resuelto a cumplirlos. Se
proponía reunir algún dinero durante los tres o cuatro años siguientes y luego
trasladarse con la familia de Rodia a Siberia, país repleto de riqueza que sólo
esperaba brazos y capitales para cobrar validez. Se instalarían en la población
donde estuviera Rodia y empezarían todos juntos una vida nueva.
Todos
derramaron lágrimas al decirse adiós. Los últimos días, Raskolnikof se mostró
profundamente preocupado. Estaba inquieto por su madre y preguntaba
continuamente por ella. Esta ansiedad acabó por intranquilizar a Dunia. Cuando
le explicaron detalladamente la enfermedad que padecía Pulqueria Alejandrovna,
el semblante de Rodia se ensombreció todavía más.
A
Sonia apenas le dirigía la palabra. Contando con el dinero que le había
entregado Svidrigailof, la joven se había preparado hacía tiempo para seguir al
convoy de presos de que formara parte Raskolnikof. Jamás habían cambiado una
sola palabra sobre este punto; pero los dos sabían que sería así.
En
el momento de los últimos adioses, el condenado tuvo una sonrisa extraña al oír
que su hermana y Rasumikhine le hablaban con entusiasmo de la vida próspera que
les esperaba cuando él saliera del presidio. Rodia preveía que la enfermedad de
su madre tendría un desenlace doloroso. Al fin partió, seguido de Sonia.
Dos
meses después, Dunetchka y Rasumikhine se casaron. Fue una ceremonia triste y
silenciosa. Entre los invitados figuraban Porfirio Petrovitch y Zamiotof.
Desde
hacía algún tiempo, Rasumikhine daba muestras de una resolución inquebrantable.
Dunia tenía fe ciega en él y creía en la realización de sus proyectos. En
verdad, habría sido difícil no confiar en aquel joven que poseía una voluntad
de hierro. Había vuelto a la universidad a fin de terminar sus estudios y los
esposos no cesaban de forjar planes para el porvenir. Tenían la firme intención
de emigrar a Siberia al cabo de cinco años a lo sumo. Entre tanto, contaban con
Sonia para sustituirlos.
Pulqueria
Alejandrovna bendijo de todo corazón el enlace de su hija con Rasumikhine, pero
después de la boda aumentaron su tristeza y ensimismamiento. Para procurarle un
rato agradable, Rasumikhine le explicó la generosa conducta de Rodia con el
estudiante enfermo y su anciano padre, y también que había sufrido graves
quemaduras por salvar a dos niños de un incendio. Estos dos relatos exaltaron
en grado sumo el ya trastornado espíritu de Pulqueria Alejandrovna. Desde
entonces no cesó de hablar de aquellos nobles actos. Incluso en la calle los
refería a los transeúntes, en las tiendas, allí donde encontraba un auditor
paciente empezaba a hablar de su hijo, del artículo que había publicado, de su
piadosa conducta con el estudiaritg, del espíritu de sacrificio que había
demostrado en un incendio, de las quemaduras que había recibido, etc.
Dunetchka
no sabía cómo hacerla callar. Aparte el peligro que encerraba esta exaltación
morbosa, podía darse el caso de que alguien, al oír el nombre de Raskolnikof,
se acordara del proceso y empezase a hablar de él.
Pulqueria
Alejandrovna se procuró la dirección de los dos niños salvados por su hijo y se
empeñó en ir a verlos. Al fin su agitación llegó al límite. A veces prorrumpía
de pronto en llanto, la acometían con frecuencia accesos de fiebre y entonces
empezaba a delirar. Una mañana dijo que, según sus cálculos, Rodia estaba a
punto de regresar, pues, al despedirse de ella, él mismo le había asegurado que
volvería al cabo de nueve meses. Y empezó a arreglar la casa, a preparar la
habitación que destinaba a su hijo (la suya), a quitar el polvo a los muebles,
a fregar el suelo, a cambiar las cortinas... Dunia sentía gran inquietud al
verla en semejante estado, pero no decía nada e incluso la ayudaba a preparar
el recibimiento de Rodia.
Al
fin, tras un día de agitación, de visiones, de ensueños felices y de lágrimas,
Pulqueria Alejandrovna perdió por completo el juicio y murió quince días
después. Las palabras que dejó escapar en su delirio hicieron suponer a los que
le rodeaban que sabía de la suerte de su hijo mucho más de lo que se
sospechaba.
Raskolnikof
ignoró durante largo tiempo la muerte de su madre. Sin embargo, desde su
llegada a Siberia recibía regularmente noticias de su familia por mediación de
Sonia, que escribía todos los meses a los esposos Rasumikhine y nunca dejaba de
recibir respuesta. Las cartas de Sonia parecieron al principio demasiado secas
a Dunia y su marido. No les gustaban. Pero después comprendieron que Sonia no
podía escribir de otro modo y que, al fin y al cabo, aquellas cartas les daban
una idea clara y precisa de la vida del desgraciado Raskolnikof, pues abundaban
en detalles sobre este punto. Sonia describía tan simple como minuciosamente la
existencia de Raskolnikof en el presidio. No hablaba de sus propias esperanzas,
de sus planes para el futuro ni de sus sentimientos personales. En vez de
explicar el estado espiritual, la vida interior del condenado, de interpretar
sus reacciones, se limitaba a citar hechos, a repetir las palabras pronunciadas
por Rodia, a dar noticias de su salud, a transmitir los deseos que había
expresado, los encargos que había hecho... Gracias a estas noticias en extremo
detalladas, pronto creyeron tener junto a ellos a su desventurado hermano, y no
podían equivocarse al imaginárselo, pues se fundaban en datos exactos y
precisos.
Sin
embargo, las noticias que recibían no tenían, especialmente al principio, nada
de consolador para el matrimonio. Sonia contaba a Dunia y a su marido que Rodia
estaba siempre sombrío y taciturno, que permanecía indiferente a las noticias
de Petersburgo que ella le transmitía, que la interrogaba a veces por su madre.
Y cuando Sonia se dio cuenta de que sospechaba la verdad sobre la suerte de
Pulqueria Alejandrovna, le dijo francamente que había muerto, y entonces, para
sorpresa suya, vio que Raskolnikof permanecía poco menos que impasible. Aunque
concentrado en sí mismo y ajeno a cuanto le rodeaba ‑le explicaba Sonia
en una carta‑, miraba francamente y con entereza su nueva vida. Se daba
perfecta cuenta de su situación y no esperaba que mejorase en mucho tiempo. No
alimentaba vanas esperanzas, contrariamente a lo que suele ocurrir en los casos
como el suyo, y no parecía experimentar extrañeza alguna en su nuevo ambiente,
tan distinto del que había conocido hasta entonces.
Su
salud era satisfactoria. Iba al trabajo sin resistencia ni apresuramiento; no
lo eludía, pero tampoco lo buscaba. Se mostraba indiferente respecto a la
alimentación, pero ésta era tan mala, exceptuando los domingos y días de
fiesta, que al fin aceptó algún dinero de Sonia para poder tomar té todos los
días. Sin embargo, le rogó que no se preocupara por él, pues le contrariaba ser
motivo de inquietud para otras personas.
En
otra de sus cartas, Sonia les explicó que Rodia dormía hacinado con los demás
detenidos. Ella no había visto la fortaleza donde estaban encerrados, pero
tenía noticias de que los presos vivían amontonados, en condiciones nada
saludables y francamente horribles. Raskolnikof dormía sobre un jergón cubierto
por un simple trozo de tela y no deseaba tener un lecho más cómodo.
Si
rechazaba todo aquello que podía suavizar su vida, hacerla un poco menos
ingrata, no era por principio, sino simplemente por apatía, por indiferencia
hacia su suerte. Sonia contaba que, al principio, sus visitas, lejos de
complacer a Raskolnikof, lo irritaban. Sólo abría la boca para hacerle
reproches. Pero después se acostumbró a aquellas entrevistas, y llegaron a
serle tan indispensables, que cayó en una profunda tristeza en cierta ocasión
en que Sonia se puso enferma y estuvo algún tiempo sin ir a visitarle.
Los
días de fiesta lo veía en la puerta de la prisión o en el cuerpo de guardia,
adonde dejaban ir al preso para unos minutos cuando ella lo solicitaba. Los
días laborables iba a verlo en los talleres donde trabajaba o en los cobertizos
de la orilla del Irtych.
En
sus cartas, Sonia hablaba también de sí misma. Decía que había logrado crearse
relaciones y obtener cierta protección en su nueva vida. Se dedicaba a trabajos
de aguja, y como en la ciudad escaseaban las costureras, había conseguido
bastantes clientes. Lo que no decía era que había logrado que las autoridades
se interesaran por la suerte de Raskolnikof y lo excluyeran de los trabajos más
duros.
Al
fin, Rasumikhine y Dunia supieron (esta carta, como todas las últimas de Sonia,
pareció a Dunia colmada de un terror angustioso) que Raskolnikof huía de todo
el mundo, que sus compañeros de prisión no le querían, que estaba pálido como
un muerto y que pasaba días enteros sin pronunciar una sola palabra.
En
una nueva carta, Sonia manifestó que Rodia estaba enfermo de gravedad y se le
había trasladado al hospital del presidio.
II
Hacía
tiempo que llevaba la enfermedad en incubación, pero no era la horrible vida
del presidio, ni los trabajos forzados, ni la alimentación, ni la vergüenza de
llevar la cabeza rapada e ir vestido de harapos lo que había quebrantado su
naturaleza. ¡Qué le importaban todas estas miserias, todas estas torturas! Por
el contrario, se sentía satisfecho de trabajar: la fatiga física le
proporcionaba, al menos, varias horas de sueño tranquilo. ¿Y qué podía
importarle la comida, aquella sopa de coles donde nadaban las cucarachas? Cosas
peores había conocido en sus tiempos de estudiante. Llevaba ropas de abrigo
adaptadas a su género de vida. En cuanto a los grilletes, ni siquiera notaba su
peso. Quedaba la humillación de llevar la cabeza rapada y el uniforme de
presidiario. Pero ¿ante quién podía sonrojarse? ¿Ante Sonia? Sonia le temía.
Además, ¿qué vergüenza podía sentir ante ella? Sin embargo, enrojecía al verla
y, para vengarse, la trataba grosera y despectivamente.
Pero
su vergüenza no la provocaban los grilletes ni la cabeza rapada. Le habían
herido cruelmente en su orgullo, y era el dolor de esta herida lo que le
atormentaba. ¡Qué feliz habría sido si hubiese podido hacerse a sf mismo alguna
acusación! ¡Qué fácil le habría sido entonces soportar incluso el deshonor y la
vergüenza! Pero, por más que quería mostrarse severo consigo mismo, su
endurecida conciencia no hallaba ninguna falta grave en su pasado. Lo único que
se reprochaba era haber fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Se
sentía humillado al decirse que él, Raskolnikof, estaba perdido para siempre
por una ciega disposición del destino y que tenía que resignarse, que someterse
al absurdo de este juicio sin apelación si quería recobrar un poco de calma.
Una inquietud sin finalidad en el presente y un sacrificio continuo y estéril
en el porvenir: he aquí todo lo que le quedaba sobre la tierra. Vano consuelo
para él poder decirse que, transcurridos ocho años, sólo tendria treinta y dos
y podría empezar una nueva vida. ¿Para qué vivir? ¿Qué provecho tenía? ¿Hacia
dónde dirigir sus esfuerzos? Bien que se viviera por una idea, por una
esperanza, incluso por un capricho, pero vivir simplemente no le había
satisfecho jamás: siempre habla querido algo más. Tal vez la violencia de sus
deseos le había hecho creer tiempo atrás que era uno de esos hombres que tienen
más derechos que el tipo común de los mortales.
Si
al menos el destino le hubiera procurado el arrepentimiento, el arrepentimiento
punzante que destroza el corazón y quita el sueño, el arrepentimiento que llena
el alma de terror hasta el punto de hacer desear la cuerda de la horca o las
aguas profundas... ¡Con qué satisfacción lo habría recibido! Sufrir y llorar es
también vivir. Pero él no estaba en modo alguno arrepentido de su crimen. ¡Si
al menos hubiera podido reprocharse su necedad, como había hecho tiempo atrás,
por las torpezas y los desatinos que le habían llevado a la prisión! Pero
cuando reflexionaba ahora, en los ratos de ocio del cautiverio, sobre su
conducta pasada, estaba muy lejos de considerarla tan desatinada y torpe como
le había parecido en aquella época trágica de su vida.
«¿Qué
tenía mi idea ‑se preguntaba‑ para ser más estúpida que las demás
ideas y teorías que circulan y luchan por imponerse sobre la tierra desde que
el mundo es mundo? Basta mirar las cosas con amplitud e independencia de criterio,
desprenderse de los prejuicios para que mi plan no parezca tan extraño. ¡Oh,
pensadores de cuatro cuartos! ¿Por qué os detenéis a medio camino...? ¿Por qué
mi acto os ha parecido monstruoso? ¿Por qué es un crimen? ¿Qué quiere decir la
palabra "crimen"? Tengo la conciencia tranquila. Sin duda, he
cometido un acto ilícito; he violado las leyes y he derramado sangre. ¡Pues
cortadme la cabeza, y asunto concluido! Pero en este caso, no pocos
bienhechores de la humanidad que se adueñaron del poder en vez de heredarlo
desde el principio de su carrera debieron ser entregados al suplicio. Lo que
ocurre es que estos hombres consiguieron llevar a cabo sus proyectos; llegaron
hasta el fin de su camino y su éxito justificó sus actos. En cambio, yo no supe
llevar a buen término mi plan... y, en verdad, esto demuestra que no tenía
derecho a intentar ponerlo en práctica.
Éste
era el único error que reconocía; el de haber sido débil y haberse entregado.
Otra idea le mortificaba. ¿Por qué no se había suicidado? ¿Por qué habría
vacilado cuando miraba las aguas del río y, en vez de arrojarse, prefirió ir a
presentarse a la policía? ¿Tan fuerte y tan difícil de vencer era el amor a la
vida? Pues Svidrigailof lo había vencido, a pesar de que temía a la muerte.
Reflexionaba
amargamente sobre esta cuestión y no podía comprender que en el momento en que,
inclinado sobre el Neva, pensaba en el suicidio, acaso presentía ya su tremendo
error, la falsedad de sus convicciones. No comprendía que este presentimiento
podía contener el germen de una nueva concepción de la vida y que le anunciaba
su resurrección.
En
vez de esto, se decía que había obedecido a la fuerza oscura del instinto:
cobardía, debilidad...
Observando
a sus compañeros de presidio, se asombraba de ver cómo amaban la vida, cuán
preciosa les parecía. Incluso creyó ver que este sentimiento era más profundo
en los presos que en los hombres que gozaban de la libertad. ¡Qué espantosos
sufrimientos habían soportado algunos de aquellos reclusos, los vagabundos, por
ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque umbroso, un fresco
riachuelo que corre por el fondo de un valle solitario y desconocido, tuviesen
tanto valor para ellos; que soñaran todavía, como se sueña en una amante, en
una fuente cristalina vista tal vez tres años atrás? La veían en sus sueños,
con su cerco de verde hierba y con el pájaro que cantaba en una rama próxima.
Cuanto más observaba a aquellos hombres, más cosas inexplicables descubría.
Sí,
muchos detalles de la vida del presidio, del ambiente que le rodeaba, eludían
su comprensión, o acaso él no quería verlos. Vivía como con la mirada en el
suelo, porque le era insoportable lo que podía percibir a su alrededor. Pero,
andando el tiempo, le sorprendieron ciertos hechos cuya existencia jamás había
sospechado, y acabó por observarlos atentamente. Lo que más le llamó la
atención fue el abismo espantoso, infranqueable, que se abría entre él y
aquellos hombres. Era como si él perteneciese a una raza y ellos a otra. Unos y
otros se miraban con hostil desconfianza. Él conocía y comprendía las causas
generales de este fenómeno, pero jamás había podido imaginarse que tuviesen
tanta fuerza y profundidad. En el penal había políticos polacos condenados al
exilio en Siberia. Éstos consideraban a los criminales comunes como unos
ignorantes, unos brutos, y los despreciaban. Raskolnikof no compartía este
punto de vista. Veía claramente que, en muchos aspectos, aquellos brutos eran
más inteligentes que los polacos. También había rusos (un oficial y varios
seminaristas) que miraban con desdén a la plebe del penal, y Raskolnikof los
consideraba igualmente equivocados.
A
él nadie le quería: todos se apartaban de su lado. Acabaron por odiarle. ¿Por
qué? lo ignoraba. Le despreciaban y se burlaban de él. Igualmente se mofaban de
su crimen condenados que habían cometido otros crímenes más graves.
‑Tú
eres un señorito ‑le decían‑. Eso de asesinar a hachazos no se ha
hecho para ti.
‑No
son cosas para la gente bien.
La
segunda semana de cuaresma le correspondió celebrar la pascua con los presos de
su departamento. Fue a la iglesia y asistió al oficio con sus compañeros. Un
día, sin que se supiera por qué, se produjo un altercado entre él y los demás
presos. Todos se arrojaron sobre él furiosamente.
‑Tú
eres un ateo; tú no crees en Dios ‑le gritaban‑. Mereces que te
maten.
Él
no les había hablado de Dios ni de religión jamás. Sin embargo, querían matarlo
por infiel. Rodia no contestó. Uno de los reclusos, ciego de cólera, se fue
hacia él, dispuesto a atacarlo. Raskolnikof le esperó en silencio, con una
calma absoluta, sin parpadear, sin que ni un solo músculo de su cara se
moviera. Un guardián se interpuso a tiempo. Si hubiese tardado un minuto en
intervenir, habría corrido la sangre.
Había
otra cuestión que no conseguía resolver. ¿Por qué estimaban todos tanto a
Sonia? Ella no hacía nada para atraerse sus simpatías. Los penados sólo la
podían ver de tarde en tarde en los astilleros o en los talleres adonde iba a
reunirse con Raskolnikof. Sin embargo, todos la conocían y todos sabían que Sonetchka
le había seguido al penal. Estaban al corriente de su vida y conocían su
dirección. Ella no les daba dinero ni les prestaba ningún servicio. Solamente
una vez, en Navidad, hizo un regalo a todos los presos: pasteles y panes rusos.
Pero,
insensiblemente, las relaciones entre ellos y Sonia fueron estrechándose. La
muchacha escribía cartas a los presos para sus familias y después las echaba al
correo. Cuando los deudos de los reclusos iban a la ciudad para verlos, ellos
les indicaban que enviaran a Sonia los paquetes e incluso el dinero que
quisieran remitirles. Las esposas y las amantes de los presidiarios la conocían
y la visitaban. Cuando Sonia iba a ver a Raskolnikof a los lugares donde
trabajaba con sus compañeros, o cuando se encontraba con un grupo de penados
que iba camino del lugar de trabajo, todos se quitaban el gorro y la saludaban.
‑Querida
Sonia Simonovna, tú eres nuestra tierna y protectora madrecita ‑decían
aquellos presidiarios, aquellos hombres groseros y duros a la frágil mujercita.
Ella
contestaba sonriendo y a ellos les encantaba esta sonrisa.
Adoraban
incluso su manera de andar. Cuando se marchaba, se volvían para seguirla con la
vista y se deshacían en alabanzas. Alababan hasta la pequeñez de su figura. Ya
no sabían qué elogios dirigirle. Incluso la consultaban cuando estaban
enfermos.
Raskolnikof
pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al
recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio
de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y
sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido
sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas
microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano.
Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad.
Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo ‑cosa
extraña‑, jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan
seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal
confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de
sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y
perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían
incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de
la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a
sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban... No
se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y
el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y
formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas
llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las
formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros.
En
las ciudades, las trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres
eran llamados a las armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el
pánico se extendía por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos,
pues cada trabajador proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible
entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos
y se comprometían a no disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y
empezaban a acusarse entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el
hambre se extendían por toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían.
La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que
salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una
nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto
a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su
voz.
Raskolnikof
estaba amargado, pues no lograba librarse de la penosa impresión que le había
causado aquel sueño absurdo. Era ya la segunda semana de pascua. Los días eran
tibios, claros, verdaderamente primaverales. Se abrieron las ventanas del
hospital, todas enrejadas y bajo las cuales iba y venía un centinela. Durante
toda la enfermedad de Rodia, Sonia sólo le había podido ver dos veces, pues se
necesitaba para ello una autorización sumamente difícil de obtener. Pero había
ido muchos días, sobre todo al atardecer, al patio del hospital para verlo
desde lejos, un momento y a través de las rejas.
Una
tarde, cuando ya estaba casi curado, Raskolnikof se durmió. Al despertar se
acercó distraídamente a la ventana y vio a Sonia de pie junto al portal.
Parecía esperar algo. Raskolnikof se estremeció: había sentido una dolorosa
punzada en el corazón. Se apartó a toda prisa de la ventana. Al día siguiente
Sonia no apareció; al otro, tampoco. Rodia se dio cuenta de que la esperaba ansiosamente.
Al fin dejó el hospital. Ya en el presidio, sus compañeros le informaron de que
Sonia Simonovna estaba enferma. Profundamente inquieto, Raskolnikof envió a
preguntar por ella. En seguida supo que su enfermedad no tenía importancia.
Sonia, al saber que su estado preocupaba a Rodia, le escribió una carta con
lápiz para decirle que estaba mucho mejor y que sólo padecía un enfriamiento.
Además, le prometía ir a verlo lo antes posible al lugar donde trabajaba. El
corazón de Raskolnikof empezó a latir con violencia.
Era
un día cálido y hermoso. A las seis de la mañana, Rodia se dirigió al trabajo:
a un horno para cocer alabastro que habían instalado a la orilla del río, en un
cobertizo. Sólo tres hombres trabajaban en este horno. Uno de ellos se fue a la
fortaleza, acompañado de un guardián, en busca de una herramienta; otro estaba
encendiendo el horno. Raskolnikof salió del cobertizo, se sentó en un montón de
maderas que había en la orilla y se quedó mirando el río ancho y desierto.
Desde la alta ribera se abarcaba con la vista una gran extensión del país. En
un punto lejano de la orilla opuesta, alguien cantaba y su canción llegaba a
oídos del preso. Allí, en la estepa infinita inundada de sol, se alzaban aquí y
allá, como puntos negros apenas perceptibles, las tiendas de campaña de los
nómadas. Allí reinaba la libertad, allí vivían hombres que no se parecían en
nada a los del presidio. Se tenía la impresión de que el tiempo se había
detenido en la época de Abraham y sus rebaños. Raskolnikof contemplaba el
lejano cuadro con los ojos fijos y sin hacer el menor movimiento. No pensaba en
nada: dejaba correr la imaginación y miraba. Pero, al mismo tiempo,
experimentaba una vaga inquietud.
De
pronto vio a Sonia a su lado. Se había acercado en silencio y se había sentado
junto a él. Era todavía temprano y el fresco matinal se dejaba sentir. Sonia
llevaba su vieja y raída capa y su chal verde. Su cara, delgada y pálida,
conservaba las huellas de su enfermedad. Sonrió al preso con expresión amable y
feliz y, como de costumbre, le tendió tímidamente la mano.
Siempre
hacía este movimiento con timidez. A veces, incluso se abstenía de hacerlo, por
temor a que él rechazara su mano, pues le parecía que Rodia la tomaba a la
fuerza. En algunas de sus visitas incluso daba muestras de enojo y no abría la
boca mientras ella estaba a su lado. Había días en que la joven temblaba ante
su amigo y se separaba de él profundamente afligida. Esta vez, por el
contrario, sus manos permanecieron largo rato enlazadas. Rodia dirigió a Sonia
una rápida mirada y bajó los ojos sin pronunciar palabra. Estaban solos. Nadie
podía verlos. El guardián se había alejado. De súbito, sin darse cuenta de lo
que hacía y como impulsado por una fuerza misteriosa Raskolnikof se arrojó a
los pies de la joven, se abrazó a sus rodillas y rompió a llorar. En el primer
momento, Sonia se asustó. Mortalmente pálida, se puso en pie de un salto y le
miró, temblorosa. Pero al punto lo comprendió todo y una felicidad infinita
centelleó en sus ojos. Sonia se dio cuenta de que Rodia la amaba: sí, no cabía
duda. La amaba con amor infinito. El instante tan largamente esperado había
llegado.
Querían
hablar, pero no pudieron pronunciar una sola palabra. Las lágrimas brillaban en
sus ojos. Los dos estaban delgados y pálidos, pero en aquellos rostros ajados
brillaba el alba de una nueva vida, la aurora de una resurrección. El amor los
resucitaba. El corazón de cada uno de ellos era un manantial de vida inagotable
para el otro. Decidieron esperar con paciencia. Tenían que pasar siete años en
Siberia. ¡Qué crueles sufrimientos, y también qué profunda felicidad, llenaría
aquellos siete años! Raskolnikof estaba regenerado. Lo sabía, lo sentía en todo
su ser. En cuanto a Sonia, sólo vivía para él.
Al
atardecer, cuando los presos fueron encerrados en los dormitorios, Rodia,
echado en su lecho de campaña, pensó en Sonia. Incluso le había parecido que
aquel día, todos aquellos compañeros que antes habían sido enemigos de él le
miraban de otro modo. Él les había dirigido la palabra, y todos le habían
contestado amistosamente. Ahora se acordó de este detalle, pero no sintió el
menor asombro. ¿Acaso no había cambiado todo en su vida?
Pensaba
en Sonia. Se decía que la había hecho sufrir mucho. Recordaba su pálida y
delgada carita. Pero estos recuerdos no despertaban en él ningún remordimiento,
pues sabía que a fuerza de amor compensaría largamente los sufrimientos que le
había causado.
Por
otra parte, ¿qué importaban ya todas estas penas del pasado? Incluso su crimen,
incluso la sentencia que le había enviado a Siberia, le parecían
acontecimientos lejanos que no le afectaban.
Además,
aquella noche se sentía incapaz de reflexionar largamente, de concentrar el
pensamiento. Sólo podía sentir. Al razonamiento se había impuesto la vida. La
regeneración alcanzaba también a su mente.
En
su cabecera había un Evangelio. Lo cogió maquinalmente. El libro pertenecía a
Sonia. Era el mismo en que ella le había leído una vez la resurrección de
Lázaro. Al principio de su cautiverio, Raskolnikof esperó que Sonia le
perseguiría con sus ideas religiosas. Se imaginó que le hablaría del Evangelio
y le ofrecería libros piadosos sin cesar. Pero, con gran sorpresa suya, no
había ocurrido nada de esto: ni una sola vez le había propuesto la lectura del
Libro Sagrado. Él mismo se lo había pedido algún tiempo antes de su enfermedad,
y ella se lo había traído sin hacer
ningún comentario. Aún no lo había abierto.
Tampoco
ahora lo abrió. Pero un pensamiento pasó veloz por su mente.
«¿Acaso
su fe, o por lo menos sus sentimientos y sus tendencias, pueden ser ahora
distintos de los míos?»
Sonia
se sintió también profundamente agitada aquel día y por la noche cayó enferma.
Se sentía tan feliz y había recibido esta dicha de un modo tan inesperado, que
experimentaba incluso cierto terror.
¡Siete
años! ¡Sólo siete años! En la embriaguez de los primeros momentos, poco faltó
para que los dos considerasen aquellos siete años como siete días. Raskolnikof
ignoraba que no podría obtener esta nueva vida sin dar nada por su parte, sino
que tendría que adquirirla al precio de largos y heroicos esfuerzos...
Pero
aquí empieza otra historia, la de la lenta renovación de un hombre, la de su
regeneración progresiva, su paso gradual de un mundo a otro y su conocimiento
escalonado de una realidad totalmente ignorada. En todo esto habría materia
para una nueva narración, pero la nuestra ha terminado.
FIN
[L1]Los rusos llamaban «alemana» a la indumentaria de tipo europeo, muy distinta a la tipica del país. Ademas, solían emplear el termino «aleman», como sinonimo de «extranjero».
[L2]El verdadero nombre es Helena. Alena es una deformación hija del lenguaje popular.
[L3]El rubro tiene cien kopecks.
[L4]Calle del centro de San Petesburgo.
[L5]Noveno grado de la jerarquía civil rusa en aquella época.
[L6]El autor llama a este personaje unas veces Amalia Feodorovna y otras Amalia Ivanovna.
[L7]Canción popular.
[L8]Tener alquilada una habitación entera estaba considerado como un lujo por la gente pobre, que alquilaba generalmente una parte, un ricón de habitación.
[L9]Sopa de coles, plato corriente en Rusia.
[L10]La versta tiene poco más de un kilometro
[L11]Cuando no había duda de la mala conducta de una muchacha, se manchaba con brea la puerta de la casa de sus padres.
[L12]Del 1 al 15 de agosto.
[L13]Isla de la desembocadura del Neva.
[L14]Fue una de las vírgenes mas veneradas en Rusia. En la catedral de Kazán, de Petesburgo, hubo, desde el año 1721, una imagen de la Virgen que hacía grandes milagros y procedía de Kazán.
[L15]Dunia es diminutivo de Avdotia; Dunetchka, de Dunia.
[L16]Esta isla debe su nombre a Pedro el Grande, que construyó un parque en ella.
[L17]El sueño de Roskolnikof se entremezcla con los recuerdos de las vacaciones que Dostoiewski pasó con sus padres, cuando era niño, a 150 kilómetros de Moscú.
[L18]Plato de arroz de gachas de trigo, con pasas y frutas de dulce, que sirve en las comidas de funerales y que se lleva a la iglesia cuando se celebran oficios conmemorativos.
[L19]Funcionarios del Estado.
[L20]Dostoiewski habitó cerca de estos jardines en cierta época de su vida.
[L21]Dostoiewski fue condenado a muerte por cuestiones políticas y conducido al lugar de la ejecución. Allí se le conmutó la pena por trabajos forzados. Despues de haber cumplido su condena, escribió una de sus obras más admirables. Recuerdo de la casa de los muertos, donde describe lo que vio en el presidio.
[L22]«Gracias». En alemán en el original.
[L23]«Se debe» En alemán en el original.
[L24]«Su frac» En alemán en el original.
[L25]Escritor ruso de fines del siglo XVIII. Es autor de un libro famoso: Viaje de San Petesburgo a Moscú, obra en la que ataca violentamente los abusos del sistema judicial ruso. Catalina II lo desterró a Siberia.
[L26]La mayor iglesia de San Petesburgo. Tiene una soberbia cúpula que recuerda la de San Pedro de Roma. Tambien se parece a la del Panteón.
[L27]En Rusia se considera indelicadeza cualquier error sobre el patrinímico de la persona con que se habla, ya que con ello se le demuestra que se ignora el nombre de su padre.
[L28]Famoso sastre petersburgués de aquella época.
[L29]Mas adelante, el autor llama a este personaje Porfirio Petrovitch.
[L30]Centro donde estudiaba la aristocracia.
[L31]Mikolai es diminutivo de Nicolás.
[L32]Calle de los Jardines.
[L33]Diminuto de Petersburgo.
[L34]Es una carta escrita a madame Fouvizine, Dostoiewski dice acerca de la verdad: «Si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad, si estuviera positivamente demostrado que la verdad está fuera de Cristo, yo preferiría permanecer con Cristo que permanecer con la verdad.»
[L35]Hojas de pasta frita. Es un alimento muy popular en Rusia. Se come con caviar, con mantequilla, con setas, con crema o con anchoas, y al mezcla se rocia con vodka.
[L36]Campanario del Kremlin. Mide ochenta y dos metros de altura y se terminó en la época de Boris Godunov. Sobre él había una cruz dorada de quince metros de altura, que los franceses se llevaron en 1812, creyendo que era de oro, y que fue reemplazada posteriormente.
[L37]Obra inacabada de Pushkin.
[L38]Hotel y restaurante donde habitó Dostoiewski.
[L39]Tengo el vino malo
[L40]Pequeña estación de ferrocarril de la región de Petersburgo.
[L41]Dostoiewski abrigó los mismos sueños que este personaje. Durante toda su vida se vio hostigado por los editores, que le exigían la terminación de sus trabajos en el plazo convenido. Ademas, cedió al editor Stellovski por una pequeña cantidad el derecho a publicar sus obras completas. De aquí que siempre acariciara es deseo de editar sus propias obras. Este sueño no pudo realizarlo Dostoiewski, pero su esposa, Anna Grigorievna, al enviudar, logró lo que nohabía logrado su marido, pues editó por su cuenta Los endemoniados y als producciones siguientes. Además, reeditó todas las obras del gran novelista. Por lo tanto, no cabe duda de que Dostoiewski, al hacer hablar a Rasumikhine, pensaba en sí mismo.
[L42]A siete verstas de San Petersburgo había un manicomio. En Rusia es frecuente designar los lugares por las distancias que los separan de la ciudad más proxima.
[L43]Sin más ni más.
[L44]Esta inclinación se emplea frecuentemente en Rusia como saludo o para excusarse. Tambiénse utiliza en la iglesia para posternarse sin poner la rodilla en el suelo.
[L45]Esta calle pertenece a uno de los barrios más populosos de San Petersburgo. Dostoiewski habitó en ella en la época en que fue redactor de la revista Le Temps.
[L46]Distingamos
[L47]Escritor y crítico de la oposición que ejercitó gran influencia en Rusia en los años de 1860.
[L48]Célebre critico y publicista ruso.
[L49]El pastel de los funerales.
[L50]Serie de grandes tiendas bordeadas de columnas, que ocupaban cuatro calles de San Petersburgo.
[L51]Señora en polaco
[L52]Señor en polaco.
[L53]Su padre de Berlín.
[L54]Dinero
[L55]El documento de las prostitutas.
[L56]¡Dios misericordioso!
[L57]Escritor y médico alemán
[L58]Economista alemán.
[L59]Señor bribon, en polaco.
[L60]La más larga avenida de San Petersburgo. Mide cinco kilometros y atraviesa la ciudad de un extremo a otro.
[L61]Romanza compuesta sobre la poesía de Heine. La traducción es: Tienes diamantes y perlas... Tienes bellísimos ojos.... ¿Qué más quieres, muchacha?