LEWIS CARROLL
(1832-1898)
ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS
LEWIS CARROLL, además del gran escritor que fue,
era matemático, dibujante, se le considera uno de los mejores fotógrafos de su
tiempo y un poeta genial. Era profesor en la universidad de Oxford. Allí
conoció a la pequeña Alicia, a quien durante un paseo por el bosque, empezó a
contar una historia: Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas,
libro clave de la literatura no sólo infantil sino también para mayores, pues Carroll
sabía que para entrar en el terreno de la fantasía y el ingenio, no existe
distinción de edades.
INDICE
EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO
EL CHARCO DE LAGRIMAS
UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIA
LA CASA DEL CONEJO
CONSEJOS DE UNA ORUGA
CERDO Y PIMIENTA
UNA MERIENDA DE LOCOS
EL CROQUET DE LA REINA
LA HISTORIA DE LA FALSA TORTUGA
EL BAILE DE LA LANGOSTA
¿QUIEN ROBO LAS TARTAS?
LA DECLARACION DE ALICIA
A través de la tarde color de oro
el agua nos lleva sin esfuerzo por nuestra parte,
pues los que empujan los remos
son unos brazos infantiles
que intentan, con sus manitas
guiar el curso de nuestra barca.
Pero, ¡las tres son muy crueles!
ya que sin fijarse en el apacible tiempo
ni en el ensueño de la hora presente,
¡exigen una historia de una voz que apenas tiene
aliento,
tanto que ni a una pluma podría soplar!
Mas, ¿qué podría una voz tan débil
contra la voluntad de las tres?
La primera, imperiosamente, dicta su decreto:
"¡Comience el cuento!"
La segunda, un poco más amable, pide
que el cuento no sea tonto,
mientras que la tercera interrumpe la historia
nada más que una vez por minuto.
Conseguido al fin el silencio,
con la imaginación las lleva,
siguiendo a esa niña soñada,
por un mundo nuevo, de hermosas maravillas
en el que hasta los pájaros y las bestias hablan
con voz humana, y ellas casi se creen estar
allí.
Y cada vez que el narrador intentaba,
seca ya la fuente de su inspiración
dejar la narración para el día siguiente,
y decía: "El resto para la próxima
vez",
las tres, al tiempo, decían: "¡Ya es la
próxima vez!"
Y así fue surgiendo el "País de las
Maravillas",
poquito a poco, y una a una,
el mosaico de sus extrañas aventuras.
Y ahora, que el relato toca a su fin,
También el timón de la barca nos vuelve al
hogar,
¡una alegre tripulación, bajo el sol que ya se
oculta!
Alicia, para tí este cuento infantil.
Ponlo con tu mano pequeña y amable
donde descansan los cuentos infantiles,
entrelazados, como las flores ya marchitas
en la guirnalda de la Memoria.
Es la ofrenda de un peregrino
que las recogió en países lejanos.
Capítulo 1 - EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO
Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada
con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un
par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni
diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba
Alicia.
Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba
cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada)
si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de
levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un
Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada muy extraordinario en esto, ni
tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo:
«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después,
decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel
momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un
reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un
salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con
chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a
correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se
precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.
Un momento más tarde, Alicia se metía también en
la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para
salir.
Al principio, la madriguera del conejo se
extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia
abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en
detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.
O el pozo era en verdad profundo, o ella caía
muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar
a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó
mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro
para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que
estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y
cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes.
Llevaba una etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto,
que estaba vacío.
No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a
matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro
de los estantes mientras seguía descendiendo.
«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída
como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué
valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del
tejado!» (Y era verdad.)Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?
--Me gustaría saber cuántas millas he descendido
ya --dijo en voz alta--.
Tengo que estar bastante cerca del centro de la
tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...
Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas
de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno
para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera
escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.
--Sí, está debe de ser la distancia... pero me
pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.
Alicia no tenía la menor idea de lo que era la
latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan
bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar.
--¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra!
¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los
antipáticos, creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie
escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces
tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en
Nueva Zelanda o en Australia?
Y mientras decía estas palabras, ensayó una
reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es
posible?
--¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle!
No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.
Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que
hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez.
--¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta
noche ! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la
hora del té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire
no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho
a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?
Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse
medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los
gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los
murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas,
no importaba mucho cual de las dos se formulara. Se estaba durmiendo de veras y
empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha
ansiedad: «Ahora Dina, dime la verdad, ¿te has comido alguna vez un
murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas
y hojas secas. La caída había terminado.
Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de
un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro
largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda
prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como
el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:
--¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se
me está haciendo!
Iba casi pisándole los talones, pero, cuando
dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un
vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del
techo.
Había puertas alrededor de todo el vestíbulo,
pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta,
bajando por un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se
dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las
arreglaría para salir de allí.
De repente se encontró ante una mesita de tres
patas, toda de cristal macizo.
No había nada sobre ella, salvo una diminuta
llave de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder
a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado
grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir
ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una
cortinilla que no había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos
palmos de altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que
ajustaba bien.
Alicia abrió la puerta y se encontró con que
daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al
otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué
ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos
de flores multicolores y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar
la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre
Alicia, «de poco iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme
encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde
empezar.» Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas
extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en
realidad imposible.
De nada servía quedarse esperando junto a la
puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre
ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la
gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita
(«que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello
de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BEBEME» hermosamente
impresa en grandes caracteres.
Está muy bien eso de decir «BEBEME», pero la
pequeña Alicia era muy prudente y no iba a beber aquello por las buenas. «No,
primero voy a mirar», se dijo, «para ver si lleva o no la indicación de
veneno.» Porque Alicia había leído preciosos cuentos de niños que se habían
quemado, o habían sido devorados por bestias feroces, u otras cosas
desagradables, sólo por no haber querido recordar las sencillas normas que las
personas que buscaban su bien les habían inculcado: como que un hierro al rojo
te quema si no lo sueltas en seguida, o que si te cortas muy hondo en un dedo
con un cuchillo suele salir sangre. Y Alicia no olvidaba nunca que, si bebes
mucho de una botella que lleva la indicación «veneno», terminará, a la corta o
a la larga, por hacerte daño.
Sin embargo, aquella botella no llevaba la
indicación «veneno», así que Alicia se atrevió a probar el contenido, y,
encontrándolo muy agradable (tenía, de hecho, una mezcla de sabores a tarta de
cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes con
mantequilla), se lo acabó en un santiamén.
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--¡Qué sensación más extraña! --dijo Alicia--.
Me debo estar encogiendo como un telescopio.
Y así era, en efecto: ahora medía sólo
veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la
talla adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín.
Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía
disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa. «No vaya
consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «¿Qué sería de
mí entonces?» E intentó imaginar qué ocurría con la llama de una vela, cuando
la vela estaba apagada, pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así.
Después de un rato, viendo que no pasaba nada
más, decidió salir en seguida al jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a
la puerta, se encontró con que había olvidado la llavecita de oro, y, cuando
volvió a la mesa para recogerla, descubrió que no le era posible alcanzarla.
Podía verla claramente a través del cristal, e intentó con ahínco trepar por
una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó
de intentarlo, la pobre niña se sentó en el suelo y se echó a llorar.
«¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esta manera!»,
se dijo Alicia a sí misma, con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de
llorar ahora mismo!» Alicia se daba por lo general muy buenos consejos a sí
misma (aunque rara vez los seguía), y algunas veces se reñía con tanta dureza
que se le saltaban las lágrimas. Se acordaba incluso de haber intentado una vez
tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en un partido de croquet que
jugaba consigo misma, pues a esta curiosa criatura le gustaba mucho comportarse
como si fuera dos personas a la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora
comportarme como si fuera dos personas!», pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se
me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!»Poco después, su
mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa. La abrió y
encontró dentro un diminuto pastelillo, en que se leía la palabra «COMEME»,
deliciosamente escrita con grosella. «Bueno, me lo comeré», se dijo Alicia, «y
si me hace crecer, podré coger la llave, y, si me hace todavía más pequeña,
podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de otro entraré en el
jardín, y eso es lo que importa.»Dio un mordisquito y se preguntó nerviosísima
a sí misma: «¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a
la cabeza para notar en qué dirección se iniciaba el cambio, y quedó muy
sorprendida al advertir que seguía con el mismo tamaño. En realidad, esto es lo
que sucede normalmente cuando se da un mordisco a un pastel, pero Alicia estaba
ya tan acostumbrada a que todo lo que le sucedía fuera extraordinario, que le
pareció muy aburrido y muy tonto que la vida discurriese por cauces normales.
Así pues pasó a la acción, y en un santiamén dio
buena cuenta del pastelito.
Capítulo 2 - EL CHARCO DE LAGRIMASEL CHARCO DE
LAGRIMAS
--¡Curiorífico y curiorífico! --exclamó Alicia
(estaba tan sorprendida, que por un momento se olvidó hasta de hablar
correctamente)--. ¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más largo que
haya existido jamás! ¡Adiós, pies! --gritó, porque cuando miró hacia abajo vio
que sus pies quedaban ya tan lejos que parecía fuera a perderlos de vista--.
¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y
vuestros calcetines! ¡Seguro que yo no podré hacerlo! Voy a estar demasiado
lejos para ocuparme personalmente de vosotros: tendréis que arreglároslas como
podáis... Pero voy a tener que ser amable con ellos --pensó Alicia--, ¡o a lo
mejor no querrán llevarme en la dirección en que yo quiera ir! Veamos: les
regalaré un par de zapatos nuevos todas las Navidades.
Y siguió planeando cómo iba a llevarlo a cabo:
--Tendrán que ir por correo. ¡Y qué gracioso
será esto de mandarse regalos a los propios pies! ¡Y qué chocante va a resultar
la dirección!
Al Sr. Pie Derecho de Alicia
Alfombra de la Chimenea,
junto al Guardafuegos
(con un abrazo de Alicia).
¡Dios mío, qué tonterías tan grandes estoy
diciendo!
Justo en este momento, su cabeza chocó con el
techo de la sala: en efecto, ahora medía más de dos metros. Cogió rápidamente
la llavecita de oro y corrió hacia la puerta del jardín.
¡Pobre Alicia! Lo máximo que podía hacer era
echarse de lado en el suelo y mirar el jardín con un solo ojo; entrar en él era
ahora más difícil que nunca.
Se sentó en el suelo y volvió a llorar.
--¡Debería darte vergüenza! --dijo Alicia--.
¡Una niña tan grande como tú (ahora sí que podía decirlo) y ponerse a llorar de
este modo! ¡Para inmediatamente!
Pero siguió llorando como si tal cosa, vertiendo
litros de lágrimas, hasta que se formó un verdadero charco a su alrededor, de
unos diez centímetros de profundidad y que cubría la mitad del suelo de la
sala.
Al poco rato oyó un ruidito de pisadas a lo
lejos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién llegaba. Era el Conejo
Blanco que volvía, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de
cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Se acercaba trotando a
toda prisa, mientras rezongaba para sí:
--¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Cómo se pondrá
si la hago esperar!
Alicia se sentía tan desesperada que estaba
dispuesta a pedir socorro a cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca
de ella, empezó a decirle tímidamente y en voz baja:
--Por favor, señor...
El Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer
los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la
oscuridad.
Alicia recogió el abanico y los guantes, Y, como
en el vestíbulo hacía mucho calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras
se decía:
--¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy!
Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la
noche. Veamos: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo
recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente
pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma!
Y se puso a pensar en todas las niñas que
conocía y que tenían su misma edad, para ver si podía haberse transformado en
una de ellas.
--Estoy segura de no ser Ada --dijo--, porque su
pelo cae en grandes rizos, y el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de
que no puedo ser Mabel, porque yo sé muchísimas cosas, y ella, oh, ¡ella sabe
Poquísimas! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡Dios mío, qué
rompecabezas! Voy a ver si sé todas las cosas que antes sabía. Veamos: cuatro
por cinco doce, y cuatro por seis trece, y cuatro por siete...
¡Dios mío! ¡Así no llegaré nunca a veinte! De
todos modos, la tabla de multiplicar no significa nada. Probemos con la
geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y
Roma... No, lo he dicho todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber convertido en
Mabel! Probaré, por ejemplo el de la industriosa abeja."
Cruzó las manos sobre el regazo y notó que la
voz le salía ronca y extraña y las palabras no eran las que deberían ser:
`¡Ves como el industrioso cocodrilo
Aprovecha su lustrosa cola
Y derrama las aguas del Nilo
Por sobre sus escamas de oro!
`¡Con que alegría muestra sus dientes
Con que cuidado dispone sus uñas
Y se dedica a invitar a los pececillos
Para que entren en sus sonrientes mandíbulas!
¡Estoy segura que esas no son las palabras! Y a
la pobre Alicia se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas.
--¡Seguro que soy Mabel! Y tendré que ir a vivir
a aquella casucha horrible, y casi no tendré juguetes para jugar, y ¡tantas
lecciones que aprender! No, estoy completamente decidida: ¡si soy Mabel, me
quedaré aquí! De nada servirá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan:
«¡Vuelve a salir, cariño!» Me limitaré a mirar hacia arriba y a decir: «¿Quién
soy ahora, veamos? Decidme esto primero, y después, si me gusta ser esa persona,
volveré a subir. Si no me gusta, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien
distinto...» Pero, Dios mío --exclamó Alicia, hecha un mar de lágrimas--, ¡cómo
me gustaría que asomaran de veras sus cabezas por el pozo! ¡Estoy tan cansada
de estar sola aquí abajo!
Al decir estas palabras, su mirada se fijó en
sus manos, y vio con sorpresa que mientras hablaba se había puesto uno de los
pequeños guantes blancos de cabritilla del Conejo.
--¿Cómo he podido hacerlo? --se preguntó--.
Tengo que haberme encogido otra vez.
Se levantó y se acercó a la mesa para comprobar
su medida. Y descubrió que, según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta
centímetros, y seguía achicándose rápidamente. Se dio cuenta en seguida de que
la causa de todo era el abanico que tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa,
justo a tiempo para no llegar a desaparecer del todo.
--¡De buena me he librado ! --dijo Alicia,
bastante asustada por aquel cambio inesperado, pero muy contenta de verse sana
y salva--. ¡Y ahora al jardín!
Y echó a correr hacia la puertecilla. Pero,
¡ay!, la puertecita volvía a estar cerrada y la llave de oro seguía como antes
sobre la mesa de cristal. «¡Las cosas están peor que nunca!», pensó la pobre
Alicia. «¡Porque nunca había sido tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y declaro que
la situación se está poniendo imposible!»
Mientras decía estas palabras, le resbaló un
pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua
salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se había caído de alguna manera en
el mar. «Y en este caso podré volver a casa en tren», se dijo para sí. (Alicia
había ido a la playa una sola vez en su vida, y había llegado a la conclusión
general de que, fuera uno a donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena
de casetas de baño, niños jugando con palas en la arena, después una hilera de
casas y detrás una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que
estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres
metros de estatura.
--¡Ojalá no hubiera llorado tanto! --dijo
Alicia, mientras nadaba a su alrededor, intentando encontrar la salida--.
¡Supongo que ahora recibiré el castigo y moriré ahogada en mis propias
lágrimas! ¡Será de veras una cosa extraña! Pero todo es extraño hoy.
En este momento oyó que alguien chapoteaba en el
charco, no muy lejos de ella, y nadó hacia allí para ver quién era. Al
Principio creyó que se trataba de una morsa o un hipopótamo, pero después se
acordó de lo pequeña que era ahora, y comprendió que sólo era un ratón que había
caído en el charco como ella.
--¿Servirá de algo ahora --se preguntó Alicia--
dirigir la palabra a este ratón? Todo es tan extraordinario aquí abajo, que no
me sorprendería nada que pudiera hablar. De todos modos, nada se pierde por
intentarlo. --Así pues, Alicia empezó a decirle-: Oh, Ratón, ¿sabe usted cómo
salir de este charco? ¡Estoy muy cansada de andar nadando de un lado a otro,
oh, Ratón!
Alicia pensó que éste sería el modo correcto de
dirigirse a un ratón; nunca se había visto antes en una situación parecida,
pero recordó haber leído en la Gramática Latina de su hermano «el ratón -- del
ratón -- al ratón -- para el ratón -- ¡oh, ratón!» El Ratón la miró
atentamente, y a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojillos, pero no
dijo nada. «Quizá no sepa hablar inglés», pensó Alicia. «Puede ser un ratón
francés, que llegó hasta aquí con Guillermo el Conquistador.» (Porque a pesar
de todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de
cuánto tiempo atrás habían tenido lugar algunas cosas.) Siguió pues:
--Où est ma chatte?
Era la primera frase de su libro de francés. El
Ratón dio un salto inesperado fuera del agua y empezó a temblar de pies a
cabeza.
--¡Oh, le ruego que me perdone! --gritó Alicia
apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal--.
Olvidé que a usted no le gustan los gatos.
--¡No me gustan los gatos! --exclamó el Ratón en
voz aguda y apasionada--. ¿Te gustarían a ti los gatos si tú fueses yo?
--Bueno, puede que no -dijo Alicia en tono
conciliador-. No se enfade por esto. Y, sin embargo, me gustaría poder
enseñarle a nuestra gata Dina.
Bastaría que usted la viera para que empezaran a
gustarle los gatos. Es tan bonita y tan suave --siguió Alicia, hablando casi
para sí misma, mientras nadaba perezosa por el charco--, y ronronea tan
dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara... y es
tan agradable tenerla en brazos... y es tan hábil cazando ratones... ¡Oh,
perdóneme, por favor! --gritó de nuevo Alicia, porque esta vez al Ratón se le
habían puesto todos los pelos de punta y tenía que estar enfadado de veras--.
No hablaremos más de Dina, si usted no quiere.
--¡Hablaremos dices! chilló el Rat6n, que estaba
temblando hasta la mismísima punta de la cola--. ¡Como si yo fuera a hablar de
semejante tema! Nuestra familia ha odiado siempre a los gatos: ¡bichos
asquerosos, despreciables, vulgares! ¡Que no vuelva a oír yo esta palabra!
--¡No la volveré a pronunciar! -dijo Alicia,
apresurándose a cambiar el tema de la conversación-. ¿Es usted... es usted
amigo... de... de los perros? El Ratón no dijo nada y Alicia siguió diciendo
atropelladamente--: Hay cerca de casa un perrito tan mono que me gustaría que
lo conociera! Un pequeño terrier de ojillos brillantes, sabe, con el pelo
largo, rizado, castaño. Y si le tiras un palo, va y lo trae, y se sienta sobre
dos patas para pedir la comida, y muchas cosas más... no me acuerdo ni de la
mitad... Y es de un granjero, sabe, y el granjero dice que es un perro tan útil
que no lo vendería ni por cien libras. Dice que mata todas las ratas y... ¡Dios
mío! --exclamó Alicia trastornada--. ¡Temo que lo he ofendido otra vez!
Porque el Ratón se alejaba de ella nadando con
todas sus fuerzas, y organizaba una auténtica tempestad en la charca con su
violento chapoteo. Alicia lo llamó dulcemente mientras nadaba tras él:
--¡Ratoncito querido! ¡vuelve atrás, y no
hablaremos más de gatos ni de perros, puesto que no te gustan!
Cuando el Ratón oyó estas palabras, dio media
vuelta y nadó lentamente hacia ella: tenía la cara pálida (de emoción, pensó
Alicia) y dijo con vocecita temblorosa:
--Vamos a la orilla, y allí te contaré mi
historia, y entonces comprenderás por qué odio a los gatos y a los perros.
Ya era hora de salir de allí, pues la charca se
iba llenando más y más de los pájaros y animales que habían caído en ella:
había un pato y un dodo, un loro y un aguilucho y otras curiosas criaturas.
Alicia abrió la marcha y todo el grupo nadó hacia la orilla.
Capítulo 3 - UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA
HISTORIAUNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIA
El grupo que se reunió en la orilla tenía un
aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros
animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos,
malhumorados e incómodos.
Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo
de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le
parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente
con los animales, como si los conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una
larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer
decir otra cosa que «soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como
Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro
se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación.
Por fin el Ratón, que parecía gozar de cierta
autoridad dentro del grupo, les gritó:
--¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Os aseguro que
voy a dejaros secos en un santiamén!
Todos se sentaron pues, formando un amplio
círculo, con el Ratón en medio.
Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en
él, porque estaba segura de que iba a pescar un resfriado de aúpa si no se
secaba en seguida.
--¡Ejem! --carraspeó el Ratón con aires de
importancia--, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto
más seca que conozco. ¡Silencio todos, por favor! «Guillermo el Conquistador,
cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses,
que necesitaban un jefe y estaban ha tiempo acostumbrados a usurpaciones y
conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría...»
--¡Uf! --graznó el Loro, con un escalofrío.
--Con perdón --dijo el Ratón, frunciendo el
ceño, pero con mucha cortesía--.
¿Decía usted algo?
--¡Yo no! --se apresuró a responder el Loro.
--Pues me lo había parecido -dijo el Ratón--.
Continúo. «Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su
favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró
conveniente...»--¿Encontró qué? -preguntó el Pato.
--Encontrólo -repuso el Ratón un poco
enfadado--. Desde luego, usted sabe lo que lo quiere decir.
--¡Claro que sé lo que quiere decir! --refunfuñó
el Pato--. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo
que quiero saber es qué fue lo que encontró el arzobispo.
El Ratón hizo como si no hubiera oído esta
pregunta y se apresuró a continuar con su historia:
--«Lo encontró conveniente y decidió ir con
Edgardo Athelingo al encuentro de Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo
actuó al principio con moderación.
Pero la insolencia de sus normandos...» ¿Cómo te
sientes ahora, querida? continuó, dirigiéndose a Alicia.
--Tan mojada como al principio --dijo Alicia en
tono melancólico--. Esta historia es muy seca, pero parece que a mi no me seca
nada.
--En este caso --dijo solemnemente el Dodo,
mientras se ponía en pie--, propongo que se abra un receso en la sesión y que
pasemos a la adopción inmediata de remedios más radicales...
--¡Habla en cristiano! --protestó el Aguilucho--.
No sé lo que quieren decir ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es
más, ¡creo que tampoco tú sabes lo que significan!
Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una
sonrisa; algunos de los otros pájaros rieron sin disimulo.
--Lo que yo iba a decir --siguió el Dodo en tono
ofendido-- es que el mejor modo para secarnos sería una Carrera Loca.
--¿Qué es una Carrera Loca? --preguntó Alicia, y
no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho
una pausa, como esperando que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a
decir nada.
--Bueno, la mejor manera de explicarlo es
hacerlo.
(Y por si alguno de vosotros quiere hacer
también una Carrera Loca cualquier día de invierno, voy a contaros cómo la
organizó el Dodo.)
Primero trazó una pista para la Carrera, más o
menos en círculo («la forma exacta no tiene importancia», dijo) y después todo
el grupo se fue colocando aquí y allá a lo largo de la pista. No hubo el «A la
una, a las dos, a las tres, ya», sino que todos empezaron a correr cuando
quisieron, y cada uno paró cuando quiso, de modo que no era fácil saber cuándo
terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media
hora, y volvían a estar ya secos, el Dodo gritó súbitamente:
--¡La carrera ha terminado!
Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor,
preguntando:
--¿Pero quién ha ganado?
El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin
entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con
un dedo apoyado en la frente (la postura en que aparecen casi siempre
retratados los pensadores), mientras los demás esperaban en silencio. Por fin
el Dodo dijo:
--Todos hemos ganado, y todos tenemos que
recibir un premio.
--¿Pero quién dará los premios? --preguntó un
coro de voces.
--Pues ella, naturalmente --dijo el Dodo,
señalando a Alicia con el dedo.
Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia,
gritando como locos:
--¡Premios! ¡Premios!
Alicia no sabía qué hacer, y se metió
desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por
suerte el agua salada no había entrado dentro), y los repartió como premios.
Había exactamente un confite para cada uno de ellos.
--Pero ella también debe tener un premio --dijo
el Ratón.
--Claro que sí -aprobó el Dodo con gravedad, y,
dirigiéndose a Alicia, preguntó--: ¿Qué más tienes en el bolsillo?
--Sólo un dedal -dijo Alicia.
--Venga el dedal -dijo el Dodo.
Y entonces todos la rodearon una vez más,
mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras:
--Os rogamos que aceptéis este elegante dedal.
Y después de este cortísimo discurso, todos
aplaudieron con entusiasmo.
Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero
los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como
tampoco se le ocurría nada que decir, se limitó a hacer una reverencia, y a
coger el dedal, con el aire más solemne que pudo.
Había llegado el momento de comerse los
confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes
se quejaban de que sabían a poco, y los pájaros pequeños se atragantaban y
había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con
los confites, y de nuevo se sentaron en círculo, y pidieron al Ratón que les
contara otra historia.
--Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas?
--dijo Alicia--. Y por qué odias a los.... G. y a los P. --añadió en un susurro,
sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para
no ofender al Ratón de nuevo.
--¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y
muy triste! --exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un
suspiro.
--Desde luego, arrastras una cola larguísima
--dijo Alicia, mientras echaba una miradda admirativa a la cola del Ratón--,
pero ¿por qué dices que es triste?
Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón
se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó
tomó en la imaginación de Alicia una forma así:
"Cierta Furia dijo a un
Ratón al que se encontró
en su casa: "Vamos a ir juntos ante la Ley:
Yo te acusaré, y tú te defenderás.
¡Vamos! No admitiré más
discusiones Hemos de
tener un proceso, porque esta mañana no he
tenido ninguna otra
cosa que hacer". El
Ratón respondió a la
Furia: "Ese pleito, señora no servirá si no
tenemos juez y jurado,
y no servirá más que
para que nos gritemos
uno a otro como una
pareja de tontos"
Y replicó la Furia: "Yo seré
al mismo tiempo
el juez y el
jurado." Lo dijo
taimadamente
la vieja Furia. "Yo seré
la que diga
todo lo que
haya que decir, y también quien
a muerte condene."
--¡No me estás escuchando! --protestó el Ratón,
dirigiéndose a Alicia--.
¿Dónde tienes la cabeza?
--Por favor, no te enfades -dijo Alicia con
suavidad--. Si no me equivoco, ibas ya por la quinta vuelta.
--¡Nada de eso! --chilló el Ratón--. ¿De qué
vueltas hablas? ¡Te estás burlando de mí y sólo dices tonterías!
Y el Ratón se levantó y se fue muy enfadado.
--¡Ha sido sin querer! exclamó la pobre
Alicia--. ¡Pero tú te enfadas con tanta facilidad!
El Ratón sólo respondió con un gruñido, mientras
seguía alejándose.
--¡Vuelve, por favor, y termina tu historia!
--gritó Alicia tras él.
Y los otros animales se unieron a ella y
gritaron a coro:
--¡Sí, vuelve, por favor!
Pero el Ratón movió impaciente la cabeza y
apresuró el paso.
--¡Qué lástima que no se haya querido quedar!
-suspiró el Loro, cuando el Ratón se hubbo perdido de vista.
Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para
decirle a su hija:
--¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no
dejarte arrastrar nunca por tu mal genio!
--¡Calla esa boca, mamá! -protestó con aspereza
la Cangrejita-. ¡Eres capaz de acabar con la paciencia de una ostra!
--¡Ojalá estuviera aquí Dina con nosotros!
--dijo Alicia en voz alta, pero sin diriigirse a nadie en particular--.
¡Ella sí que nos traería al Ratón en un
santiamén!
--¡Y quién es Dina, si se me permite la
pregunta? --quiso saber el Loro.
Alicia contestó con entusiasmo, porque siempre
estaba dispuesta a hablar de su amiga favorita:
--Dina es nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo
lista que es para cazar ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais
correr tras los pájaros!
¡Se zampa un pajarito en un abrir y cerrar de
ojos!
Estas palabras causaron una impresión terrible
entre los animales que la rodeaban. Algunos pájaros se apresuraron a levantar
el vuelo. Una vieja urraca se acurrucó bien entre sus plumas, mientras
murmuraba: «No tengo más remedio que irme a casa; el frío de la noche no le
sienta bien a mi garganta». Y un canario reunió a todos sus pequeños, mientras
les decía con una vocecilla temblorosa: «¡Vamos, queridos! ¡Es hora de que
estéis todos en la cama!» Y así, con distintos pretextos, todos se fueron de
allí, y en unos segundos Alicia se encontró completamente sola.
--¡Ojalá no hubiera hablado de Dina! --se dijo
en tono melancólico--. ¡Aquí abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin
embargo estoy bien segura de que es la mejor gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi
querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez!
Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo,
porque se sentía muy sola y muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a
oír un ruidito de pisadas a lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando
que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su
historia.
Capítulo 4 - LA CASA DEL CONEJOLA CASA DEL
CONEJO
Era el Conejo Blanco, que volvía con un
trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera
perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba:
--¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas
patitas ! ¡Oh, mi piel y mis bigotes ! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que
los grillos son grillos ! ¿Dónde demonios puedo haberlos dejado caer? ¿Dónde?
¿Dónde?
Alicia comprendió al instante que estaba
buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y llena de buena
voluntad se puso también ella a buscar por todos lados, pero no encontró ni
rastro de ellos. En realidad, todo parecía haber cambiado desde que ella cayó
en el charco, y el vestíbulo con la mesa de cristal y la puertecilla habían
desaparecido completamente.
A los pocos instantes el Conejo descubrió la
presencia de Alicia, que andaba buscando los guantes y el abanico de un lado a
otro, y le gritó muy enfadado:
--¡Cómo, Mary Ann, qué demonios estás haciendo
aquí! Corre inmediatamente a casa y tráeme un par de guantes y un abanico!
¡Aprisa!
Alicia se llevó tal susto que salió corriendo en
la dirección que el Conejo le señalaba, sin intentar explicarle que estaba
equivocándose de persona.
--¡Me ha confundido con su criada! --se dijo
mientras corría--. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy!
Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes... Bueno, si logro
encontrarlos.
Mientras decía estas palabras, llegó ante una
linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C.
BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba,
con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la
casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico.
--¡Qué raro parece --se dijo Alicia eso de andar
haciendo recados para un conejo! ¡Supongo que después de esto Dina también me
mandará a hacer sus recados! --Y empezó a imaginar lo que ocurriría en este
caso: «¡Señorita Alicia, venga aquí inmediatamente y prepárese para salir de
paseo!», diría la niñera, y ella tendría que contestar: «¡Voy en seguida! Ahora
no puedo, porque tengo que vigilar esta ratonera hasta que vuelva Dina y cuidar
de que no se escape ningún ratón»--. Claro que --siguió diciéndose Alicia--, si
a Dina le daba por empezar a darnos órdenes, no creo que parara mucho tiempo en
nuestra casa.
A todo esto, había conseguido llegar hasta un
pequeño dormitorio, muy ordenado, con una mesa junto a la ventana, y sobre la
mesa (como esperaba) un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos
de cabritilla. Cogió el abanico y un par de guantes, y, estaba a punto de salir
de la habitación, cuando su mirada cayó en una botellita que estaba al lado del
espejo del tocador. Esta vez no había letrerito con la palabra «BEBEME», pero
de todos modos Alicia lo destapó y se lo llevó a los labios.
--Estoy segura de que, si como o bebo algo,
ocurrirá algo interesante --se dijo--. Y voy a ver qué pasa con esta botella.
Espero que vuelva a hacerme crecer, porque en realidad, estoy bastante harta de
ser una cosilla tan pequeñeja.
¡Y vaya si la hizo crecer! ¡Mucho más aprisa de
lo que imaginaba! Antes de que hubiera bebido la mitad del frasco, se encontró
con que la cabeza le tocaba contra el techo y tuvo que doblarla para que no se
le rompiera el cuello. Se apresuró a soltar la botella, mientras se decía:
--¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo...
De todos modos, no paso ya por la puerta... ¡Ojalá no hubiera bebido tan
aprisa!
¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar
en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de
rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir
arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo
contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello. Pero no paraba de crecer,
y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la
chimenea, mientras se decía:
--Ahora no puedo hacer nada más, pase lo que
pase. ¿Qué va a ser de mí?
Por suerte la botellita mágica había producido
ya todo su efecto, y Alicia dejó de crecer. De todos modos, se sentía incómoda
y, como no parecía haber posibilidad alguna de volver a salir nunca de aquella
habitación, no es de extrañar que se sintiera también muy desgraciada.
--Era mucho más agradable estar en mi casa
--pensó la pobre Alicia--. Allí, al menoos, no me pasaba el tiempo creciendo y
disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi
preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo... Y, sin embargo,
pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante!
¡Yo misma me pregunto qué puede haberme sucedido! Cuando leía cuentos de hadas,
nunca creí que estas cosas pudieran ocurrir en la realidad, ¡y aquí me tenéis
metida hasta el cuello en una aventura de éstas! Creo que debiera escribirse un
libro sobre mí, sí señor. Y cuando sea mayor, yo misma lo escribiré... Pero ya
no puedo ser mayor de lo que soy ahora --añadió con voz lúgubre--. Al menos, no
me queda sitio para hacerme mayor mientras esté metida aquí dentro. Pero
entonces, ¿es que nunca me haré mayor de lo que soy ahora? Por una parte, esto
sería una ventaja, no llegaría nunca a ser una vieja, pero por otra parte
¡tener siempre lecciones que aprender! ¡Vaya lata! ¡Eso si que no me gustaría
nada! ¡Pero qué tonta eres, Alicia! --se rebatió a sí misma--. ¿Cómo vas a
poder estudiar lecciones metida aquí dentro? Apenas si hay sitio para ti, ¡Y
desde luego no queda ni un rinconcito para libros de texto!
Y así siguió discurseando un buen rato, unas
veces en un sentido y otras llevándose a sí misma la contraria, manteniendo en
definitiva una conversación muy seria, como si se tratara de dos personas.
Hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para
escuchar.
--¡Mary Ann! ¡Mary Ann! --decía la voz--.
¡Tráeme inmediatamente mis guantes!
Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la
escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a
temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil
veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para
tenerle miedo.
Ahora el Conejo había llegado ante la puerta, e
intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de
Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó
que se decía para sí:
--Pues entonces daré la vuelta y entraré por la
ventana.
--Eso sí que no --pensó Alicia.
Y, después de esperar hasta que creyó oír al
Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de
atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito
entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo
suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo.
Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo:
--¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
Y otra voz, que Alicia no había oído hasta
entonces:
--¡Aquí estoy, señor! ¡Cavando en busca de
manzanas, con permiso del señor!
--¡Tenías que estar precisamente cavando en
busca de manzanas! --replicó el Conejo muy irritado--. ¡Ven aquí
inmediatamente! ¡Y ayúdame a salir de esto!
Hubo más ruido de cristales rotos. --Y ahora
dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?
--Seguro que es un brazo, señor --(y pronunciaba
«brasso»).
--¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un
brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!
--Seguro que la llena, señor. ¡Y sin embargo es
un brazo!
--Bueno, sea lo que sea no tiene por que estar
en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!
Siguió un largo silencio, y Alicia sólo pudo oír
breves cuchicheos de vez en cuando, como «¡Seguro que esto no me gusta nada,
señor, lo que se dice nada!» y «¡Haz de una vez lo que te digo, cobarde!» Por
último, Alicia volvió a abrir la mano y a moverla en el aire como si quisiera
atrapar algo. Esta vez hubo dos grititos entrecortados y más ruido de cristales
rotos. «¡Cuántos invernaderos de cristal debe de haber ahí abajo!», pensó
Alicia. «¡Me pregunto qué harán ahora! Si se trata de sacarme por la ventana,
ojalá pudieran lograrlo. No tengo ningunas ganas de seguir mucho rato encerrada
aquí dentro.»Esperó unos minutos sin oír nada más. Por fin escuchó el rechinar
de las ruedas de una carretilla y el sonido de muchas voces que hablaban todas
a la vez. Pudo entender algunas palabras: «¿Dónde está la otra escalera?... A
mí sólo me dijeron que trajera una; la otra la tendrá Bill... ¡Bill! ¡Trae la
escalera aquí, muchacho!... Aquí, ponedlas en esta esquina... No, primero
átalas la una a la otra... Así no llegarán ni a la mitad... Claro que llegarán,
no seas pesado... ¡Ven aquí, Bill, agárrate a esta cuerda!...
¿Aguantará este peso el tejado?... ¡Cuidado con
esta teja suelta!... ¡Eh, que se cae! ¡Cuidado con la cabeza!» Aquí se oyó una
fuerte caída. «Vaya, ¿quién ha sido?... Creo que ha sido Bill... ¿Quién va a
bajar por la chimenea?...
¿Yo? Nanay. ¡Baja tú!... ¡Ni hablar! Tiene que
bajar Bill... ¡Ven aquí, Bill! ¡El amo dice que tienes que bajar por la
chimenea!»
--¡Vaya! ¿Conque es Bill el que tiene que bajar
por la chimenea? se dijo Alicia--. ¡Parece que todo se lo cargan a Bill! No me
gustaría estar en su pellejo: desde luego esta chimenea es estrecha, pero me
parece que podré dar algún puntapié por ella.
Alicia hundió el pie todo lo que pudo dentro de
la chimenea, y esperó hasta oír que la bestezuela (no podía saber de qué tipo
de animal se trataba) escarbaba y arañaba dentro de la chimenea, justo encima
de ella. Entonces, mientras se decía a sí misma: «¡Aquí está Bill! », dio una
fuerte patada, y esperó a ver qué pasaba a continuación.
Lo primero que oyó fue un coro de voces que
gritaban a una: «¡Ahí va Bill!», y después la voz del Conejo sola: «¡Cogedlo!
¡Eh! ¡Los que estáis junto a la valla!» Siguió un silencio y una nueva
avalancha de voces: «Levantadle la cabeza... Venga un trago... Sin que se
ahogue... ¿Qué ha pasado, amigo? ¡Cuéntanoslo todo!»
Por fin se oyó una vocecita débil y aguda, que
Alicia supuso sería la voz de Bill:
--Bueno, casi no sé nada... No quiero más coñac,
gracias, ya me siento mejor... Estoy tan aturdido que no sé qué decir... Lo
único que recuerdo es que algo me golpeó rudamente, ¡y salí por los aires como
el muñeco de una caja de sorpresas!
--¡Desde luego, amigo! ¡Eso ya lo hemos visto!
--dijeron los otros.
--¡Tenemos que quemar la casa! --dijo la voz del
Conejo.
Y Alicia gritó con todas sus fuerzas:
--¡Si lo hacéis, lanzaré a Dina contra vosotros!
Se hizo inmediatamente un silencio de muerte, y
Alicia pensó para sí:
--Me pregunto qué van a hacer ahora. Si tuvieran
una pizca de sentido común, levantarían el tejado.
Después de uno o dos minutos se pusieron una vez
más todos en movimiento, y Alicia oyó que el Conejo decía:
--Con una carretada tendremos bastante para
empezar.
--¿Una carretada de qué? --pensó Alicia.
Y no tuvo que esperar mucho para averiguarlo,
pues un instante después una granizada de piedrecillas entró disparada por la
ventana, y algunas le dieron en plena cara.
--Ahora mismo voy a acabar con esto --se dijo
Alicia para sus adentros, y añadió en alta voz--: ¡Será mejor que no lo
repitáis!
Estas palabras produjeron otro silencio de
muerte. Alicia advirtió, con cierta sorpresa, que las piedrecillas se estaban
transformando en pastas de té, allí en el suelo, y una brillante idea acudió de
inmediato a su cabeza.
«Si como una de estas pastas», pensó, «seguro
que producirá algún cambio en mi estatura. Y, como no existe posibilidad alguna
de que me haga todavía mayor, supongo que tendré que hacerme forzosamente más
pequeña».
Se comió, pues, una de las pastas, y vio con
alegría que empezaba a disminuir inmediatamente de tamaño. En cuanto fue lo
bastante pequeña para pasar por la puerta, corrió fuera de la casa, y se
encontró con un grupo bastante numeroso de animalillos y pájaros que la
esperaban. Una lagartija, Bill, estaba en el centro, sostenido por dos
conejillos de indias, que le daban a beber algo de una botella. En el momento
en que apareció Alicia, todos se abalanzaron sobre ella. Pero Alicia echó a
correr con todas sus fuerzas, y pronto se encontró a salvo en un espeso bosque.
--Lo primero que ahora tengo que hacer --se dijo
Alicia, mientras vagaba por el bosque --es crecer hasta volver a recuperar mi
estatura. Y lo segundo es encontrar la manera de entrar en aquel precioso
jardín. Me parece que éste es el mejor plan de acción.
Parecía, desde luego, un plan excelente, y
expuesto de un modo muy claro y muy simple. La única dificultad radicaba en que
no tenía la menor idea de cómo llevarlo a cabo. Y, mientras miraba ansiosamente
por entre los árboles, un pequeño ladrido que sonó justo encima de su cabeza la
hizo mirar hacia arriba sobresaltada.
Un enorme perrito la miraba desde arriba con sus
grandes ojos muy abiertos y alargaba tímidamente una patita para tocarla.
--¡Qué cosa tan bonita! --dijo Alicia, en tono
muy cariñoso, e intentó sin éxito dedicarle un silbido, pero estaba también
terriblemente asustada, porque pensaba que el cachorro podía estar hambriento,
y, en este caso, lo más probable era que la devorara de un solo bocado, a pesar
de todos sus mimos.
Casi sin saber lo que hacía, cogió del suelo una
ramita seca y la levantó hacia el perrito, y el perrito dio un salto con las
cuatro patas en el aire, soltó un ladrido de satisfacción y se abalanzó sobre
el palo en gesto de ataque. Entonces Alicia se escabulló rápidamente tras un
gran cardo, para no ser arrollada, y, en cuanto apareció por el otro lado, el
cachorro volvió a precipitarse contra el palo, con tanto entusiasmo que perdió
el equilibrio y dio una voltereta. Entonces Alicia, pensando que aquello se
parecía mucho a estar jugando con un caballo percherón y temiendo ser pisoteada
en cualquier momento por sus patazas, volvió a refugiarse detrás del cardo.
Entonces el cachorro inició una serie de ataques relámpago contra el palo,
corriendo cada vez un poquito hacia adelante y un mucho hacia atrás, y ladrando
roncamente todo el rato, hasta que por fin se sentó a cierta distancia,
jadeante, la lengua colgándole fuera de la boca y los grandes ojos medio
cerrados.
Esto le pareció a Alicia una buena oportunidad
para escapar. Así que se lanzó a correr, y corrió hasta el límite de sus
fuerzas y hasta quedar sin aliento, y hasta que las ladridos del cachorro
sonaron muy débiles en la distancia.
--Y, a pesar de todo, ¡qué cachorrito tan mono
era! --dijo Alicia, mientras se apoyaba contra una campanilla para descansar y
se abanicaba con una de sus hojas--. ¡Lo que me hubiera gustado enseñarle
juegos, si... si hubiera tenido yo el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Dios mío!
¡Casi se me había olvidado que tengo que crecer de nuevo! Veamos: ¿qué tengo
que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa,
pero ¿qué? Éste es el gran dilema.
Realmente el gran dilema era ¿qué? Alicia miró a
su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera
aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas
circunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que
Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le
ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima.
Se puso de puntillas, y miró por encima del
borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una
gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados,
fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia
ni a ninguna otra cosa.
Capítulo 5 - CONSEJOS DE UNA ORUGACONSEJOS DE
UNA ORUGA
La Oruga y Alicia se estuvieron mirando un rato
en silencio: por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca, y se dirigió a la
niña en voz lánguida y adormilada.
--¿Quién eres tú? --dijo la Oruga.
No era una forma demasiado alentadora de empezar
una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:
--Apenas sé, señora, lo que soy en este
momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado
varias veces desde entonces.
--¿Qué quieres decir con eso? --preguntó la
Oruga con severidad--. ¡A ver si te aclaras contigo misma!
--Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma,
señora --dijo Alicia--, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.
--No veo nada --protestó la Oruga.
--Temo que no podré explicarlo con más claridad
--insistió Alicia con voz amable--, porqque para empezar ni siquiera lo entiendo
yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta
bastante desconcertante.
--No resulta nada --replicó la Oruga.
--Bueno, quizás usted no haya sentido hasta
ahora nada parecido --dijo Alicia--, pero cuando se convierta en crisálida,
cosa que ocurrirá cualquier día, y después en mariposa, me parece que todo le
parecerá un poco raro, ¿no cree?
--Ni pizca --declaró la Oruga.
--Bueno, quizá los sentimientos de usted sean
distintos a los míos, porque le aseguro que a mi me parecería muy raro.
--¡A ti! --dijo la Oruga con desprecio--. ¿Quién
eres tú?
Con lo cual volvían al principio de la
conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas
observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y
le dijo con severidad:
--Me parece que es usted la que debería decirme
primero quién es.
--¿Por qué? --inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se
le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un
estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.
--¡Ven aquí! --la llamó la Oruga a sus
espaldas--. ¡Tengo algo importante que decirte!
Estas palabras sonaban prometedoras, y Alicia
dio otra media vuelta y volvió atrás.
--¡Vigila este mal genio! --sentenció la Oruga.
--¿Es eso todo? --preguntó Alicia, tragándose la
rabia lo mejor que pudo.
--No --dijo la Oruga.
Alicia decidió que sería mejor esperar, ya que
no tenía otra cosa que hacer, y ver si la Oruga decía por fin algo que
mereciera la pena. Durante unos minutos la Oruga siguió fumando sin decir
palabra, pero después abrió los brazos, volvió a sacarse la pipa de la boca y
dijo:
--Así que tú crees haber cambiado, ¿no?
--Mucho me temo que si, señora. No me acuerdo de
cosas que antes sabía muy bien, y no pasan diez minutos sin que cambie de
tamaño.
--¿No te acuerdas ¿de qué cosas?
--Bueno, intenté recitar los versos de "Ved
cómo la industriosa abeja... pero todo me salió distinto, completamente
distinto y seguí hablando de cocodrilos".
--Pues bien, haremos una cosa.
--¿Que?
--Recítame eso de "Ha envejecido, Padre
Guillermo..." --Ordenó la Oruga.
Alicia cruzó los brazos y empezó a recitar el
poema:
"Ha envejecido, Padre Guillermo," dijo
el chico,
"Y su pelo está lleno de canas;
Sin embargo siempre hace el pino--
¿Con sus años aún tiene las ganas?
"Cuando joven," dijo Padre Guillermo a
su hijo,
"No quería dañarme el coco;
Pero ya no me da ningún miedo,
Que de mis sesos me queda muy poco."
"Ha envejecido," dijo el muchacho,
"Como ya se ha dicho;
Sin embargo entró capotando--
¿Como aún puede andar como un bicho?
"Cuando joven," dijo el sabio,
meneando su pelo blanco,
"Me mantenía el cuerpo muy ágil
Con ayuda medicinal y, si puedo ser franco,
Debes probarlo para no acabar débil."
"Ha envejecido," dijo el chico,
"y tiene los dientes inútiles
para más que agua y vino;
Pero zampó el ganso hasta los huesos frágiles--
A ver, señor, ¿que es el tino?"
Cuando joven," dijo su padre, "me
empeñé en ser abogado,
Y discutía la ley con mi esposa;
Y por eso, toda mi vida me ha durado
Una mandíbula muy fuerte y musculosa."
"Ha envejecido y sería muy raro," dijo
el chico,
"Si aún tuviera la vista perfecta;
¿Pues cómo hizo bailar en su pico
Esta anguila de forma tan recta?"
"Tres preguntas ya has posado,
Y a ninguna más contestaré.
Si no te vas ahora mismo,
¡Vaya golpe que te pegaré!
--Eso no está bien --dijo la Oruga.
--No, me temo que no está del todo bien
--reconoció Alicia con timidez--.
Algunas palabras tal vez me han salido
revueltas.
--Está mal de cabo a rabo-- sentenció la Oruga
en tono implacable, y siguió un silencio de varios minutos.
La Oruga fue la primera en hablar.
¿Qué tamaño te gustaría tener? --le preguntó.
--No soy difícil en asunto de tamaños --se
apresuró a contestar Alicia--. Sólo que no es agradable estar cambiando tan a
menudo, sabe.
--No sé nada --dijo la Oruga. Alicia no contestó.
Nunca en toda su vida le habían llevado tanto la contraria, y sintió que se le
estaba acabando la paciencia.
--¿Estás contenta con tu tamaño actual?
--preguntó la Oruga.
--Bueno, me gustaría ser un poco más alta, si a
usted no le importa. ¡Siete centímetros es una estatura tan insignificante!
¡Es una estatura perfecta! --dijo la Oruga muy
enfadada, irguiéndose cuan larga era (medía exactamente siete centímetros).
--¡Pero yo no estoy acostumbrada a medir siete
centímetros! se lamentó la pobre Alicia con voz lastimera, mientras pensaba
para sus adentros: «¡Ojalá estas criaturas no se ofendieran tan fácilmente!»
--Ya te irás acostumbrando --dijo la Oruga, y
volvió a meterse la pipa en la boca y empezó otra vez a fumar.
Esta vez Alicia esperó pacientemente a que se
decidiera a hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos la Oruga se sacó la
pipa de la boca, dio unos bostezos y se desperezó. Después bajó de la seta y
empezó a deslizarse por la hierba, al tiempo que decía:
--Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará
disminuir.
--Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de que? --se
dijo Alicia para sus adentros.
--De la seta --dijo la Oruga, como si la niña se
lo hubiera preguntado en voz alta.
Y al cabo de unos instantes se perdió de vista.
Alicia se quedó un rato contemplando pensativa
la seta, en un intento de descubrir cuáles serían sus dos lados, y, como era
perfectamente redonda, el problema no resultaba nada fácil. Así pues, extendió
los brazos todo lo que pudo alrededor de la seta y arrancó con cada mano un
pedacito.
--Y ahora --se dijo--, ¿cuál será cuál?
Dio un mordisquito al pedazo de la mano derecha
para ver el efecto y al instante sintió un rudo golpe en la barbilla. ¡La
barbilla le había chocado con los pies!
Se asustó mucho con este cambio tan repentino,
pero comprendió que estaba disminuyendo rápidamente de tamaño, que no había por
tanto tiempo que perder y que debía apresurarse a morder el otro pedazo. Tenía
la mandíbula tan apretada contra los pies que resultaba difícil abrir la boca,
pero lo consiguió al fin, y pudo tragar un trocito del pedazo de seta que tenía
en la mano izquierda.
*
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* * *
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* * *
* *
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* * *
* * *
«¡Vaya, por fin tengo libre la cabeza!», se dijo
Alicia con alivio, pero el alivio se transformó inmediatamente en alarma, al
advertir que había perdido de vista sus propios hombros: todo lo que podía ver,
al mirar hacia abajo, era un larguísimo pedazo de cuello, que parecía brotar
como un tallo del mar de hojas verdes que se extendía muy por debajo de ella.
--¿Qué puede ser todo este verde? --dijo
Alicia--. ¿Y dónde se habrán marchado mis hombros? Y, oh mis pobres manos,
¿cómo es que no puedo veros?
Mientras hablaba movía las manos, pero no
pareció conseguir ningún resultado, salvo un ligero estremecimiento que agitó
aquella verde hojarasca distante.
Como no había modo de que sus manos subieran
hasta su cabeza, decidió bajar la cabeza hasta las manos, y descubrió con
entusiasmo que su cuello se doblaba con mucha facilidad en cualquier dirección,
como una serpiente. Acababa de lograr que su cabeza descendiera por el aire en
un gracioso zigzag y se disponía a introducirla entre las hojas, que descubrió
no eran más que las copas de los árboles bajo los que antes había estado
paseando, cuando un agudo silbido la hizo retroceder a toda prisa. Una gran
paloma se precipitaba contra su cabeza y la golpeaba violentamente con las
alas.
--¡Serpiente! --chilló la paloma.
--¡Yo no soy una serpiente! --protestó Alicia
muy indignada--. ¡Y déjame en paz!
--¡Serpiente, más que serpiente! --siguió la
Paloma, aunque en un tono menos convencido, y añadió en una especie de
sollozo--: ¡Lo he intentado todo, y nada ha dado resultado!
--No tengo la menor idea de lo que usted está
diciendo! --dijo Alicia.
--Lo he intentado en las raíces de los árboles,
y lo he intentado en las riberas, y lo he intentado en los setos --siguió la
Paloma, sin escuchar lo que Alicia le decía--. ¡Pero siempre estas serpientes!
¡No hay modo de librarse de ellas!
Alicia se sentía cada vez más confusa, pero
pensó que de nada serviría todo lo que ella pudiera decir ahora y que era mejor
esperar a que la Paloma terminara su discurso.
--¡Como si no fuera ya bastante engorro empollar
los huevos! --dijo la Paloma--. ¡Encima hay que guardarlos día y noche contra
las serpientes! ¡No he podido pegar ojo durante tres semanas!
--Siento mucho que sufra usted tantas molestias
--dijo Alicia, que empezaba a comprenderr el significado de las palabras de la
Paloma. --¡Y justo cuando elijo el árbol más alto del bosque --continuó la
Paloma, levantando la voz en un chillido--, y justo cuando me creía por fin
libre de ellas, tienen que empezar a bajar culebreando desde el cielo! ¡Qué
asco de serpientes!
--Pero le digo que yo no soy una serpiente. Yo
soy una... Yo soy una...
--Bueno, qué eres, pues? --dijo la Paloma--.
¡Veamos qué demonios inventas ahora!
--Soy... soy una niñita --dijo Alicia, llena de
dudas, pues tenía muy presentes todos los cambios que había sufrido a lo largo
del día.
--¡A otro con este cuento! --respondió la
Paloma, en tono del más profundo desprecio--. He visto montones de niñitas a lo
largo de mi vida, ¡pero ninguna que tuviera un cuello como el tuyo! ¡No, no!
Eres una serpiente, y de nada sirve negarlo. ¡Supongo que ahora me dirás que en
tu vida te has zampado un huevo!
--Bueno, huevos si he comido --reconoció Alicia,
que siempre decía la verdad--. Pero es que las niñas también comen huevos,
igual que las serpientes, sabe.
--No lo creo --dijo la Paloma--, pero, si es
verdad que comen huevos, entonces no son más que una variedad de serpientes, y
eso es todo.
Era una idea tan nueva para Alicia, que quedó
muda durante uno o dos minutos, lo que dio oportunidad a la Paloma de añadir:
--¡Estás buscando huevos! ¡Si lo sabré yo! ¡Y
qué más me da a mí que seas una niña o una serpiente?
--¡Pues a mí sí me da! --se apresuró a declarar
Alicia--. Y además da la casualidad de que no estoy buscando huevos. Y aunque
estuviera buscando huevos, no querría los tuyos: no me gustan crudos.
--Bueno, pues entonces, lárgate --gruño la
Paloma, mientras se volvía a colocar en el nido.
Alicia se sumergió trabajosamente entre los
árboles. El cuello se le enredaba entre las ramas y tenía que pararse a cada
momento para liberarlo. Al cabo de un rato, recordó que todavía tenía los
pedazos de seta, y puso cuidadosamente manos a la obra, mordisqueando primero
uno y luego el otro, y creciendo unas veces y decreciendo otras, hasta que
consiguió recuperar su estatura normal.
Hacía tanto tiempo que no había tenido un tamaño
ni siquiera aproximado al suyo, que al principio se le hizo un poco extraño.
Pero no le costó mucho acostumbrarse y empezó a hablar consigo misma como
solía.
--¡Vaya, he realizado la mitad de mi plan! ¡Qué
desconcertantes son estos cambios! ¡No puede estar una segura de lo que va a
ser al minuto siguiente! Lo cierto es que he recobrado mi estatura normal. El
próximo objetivo es entrar en aquel precioso jardín... Me pregunto cómo me las
arreglaré para lograrlo.
Mientras decía estas palabras, llegó a un claro
del bosque, donde se alzaba una casita de poco más de un metro de altura.
--Sea quien sea el que viva allí --pensó
Alicia--, no puedo presentarme con este tamaño. ¡Se morirían del susto!
Así pues, empezó a mordisquear una vez más el
pedacito de la mano derecha, Y no se atrevió a acercarse a la casita hasta
haber reducido su propio tamaño a unos veinte centímetros.
Capítulo 6 - CERDO Y PIMIENTACERDO Y PIMIENTA
Alicia se quedó mirando la casa uno o dos
minutos, y preguntándose lo que iba a hacer, cuando de repente salió corriendo
del bosque un lacayo con librea (a Alicia le pareció un lacayo porque iba con
librea; de no ser así, y juzgando sólo por su cara, habría dicho que era un
pez) y golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos. Abrió la puerta otro
lacayo de librea, con una cara redonda y grandes ojos de rana. Y los dos
lacayos, observó Alicia, llevaban el pelo empolvado y rizado. Le entró una gran
curiosidad por saber lo que estaba pasando y salió cautelosamente del bosque
para oír lo que decían.
El lacayo-pez empezó por sacarse de debajo del
brazo una gran carta, casi tan grande como él, y se la entregó al otro lacayo,
mientras decía en tono solemne:
--Para la Duquesa. Una invitación de la Reina
para jugar al croquet.
El lacayo-rana lo repitió, en el mismo tono
solemne, pero cambiando un poco el orden de las palabras:
--De la Reina. Una invitación para la Duquesa
para jugar al croquet.
Después los dos hicieron una profunda
reverencia, y los empolvados rizos entrechocaron y se enredaron.
A Alicia le dio tal ataque de risa que tuvo que
correr a esconderse en el bosque por miedo a que la oyeran. Y, cuando volvió a
asomarse, el lacayo-pez se había marchado y el otro estaba sentado en el suelo
junto a la puerta, mirando estúpidamente el cielo.
Alicia se acercó tímidamente y llamó a la
puerta.
--No sirve de nada llamar --dijo el lacayo--, y
esto por dos razones. Primero, porque yo estoy en el mismo lado de la puerta
que tú; segundo, porque están armando tal ruido dentro de la casa, que es
imposible que te oigan.
Y efectivamente del interior de la casa salía un
ruido espantoso: aullidos, estornudos y de vez en cuando un estrepitoso golpe,
como si un plato o una olla se hubiera roto en mil pedazos.
--Dígame entonces, por favor --preguntó
Alicia--, qué tengo que hacer para entrar.
--Llamar a la puerta serviría de algo --siguió
el lacayo sin escucharla--, si tuviéramos la puerta entre nosotros dos. Por
ejemplo, si tú estuvieras dentro, podrías llamar, y yo podría abrir para que
salieras, sabes.
Había estado mirando todo el rato hacia el
cielo, mientras hablaba, y esto le pareció a Alicia decididamente una grosería.
«Pero a lo mejor no puede evitarlo», se dijo para sus adentros. «¡Tiene los
ojos tan arriba de la cabeza! Aunque por lo menos podría responder cuando se le
pregunta algo».
--¿Qué tengo que hacer para entrar? --repitió
ahora en voz alta.
--Yo estaré sentado aquí --observó el lacayo--
hasta mañana...
En este momento la puerta de la casa se abrió, y
un gran plato salió zumbando por los aires, en dirección a la cabeza del
lacayo: le rozó la nariz y fue a estrellarse contra uno de los árboles que
había detrás.
--... o pasado mañana, quizás --continuó el
lacayo en el mismo tono de voz, como si no hubiese pasado absolutamente nada.
--¿Qué tengo que hacer para entrar? --volvió a
preguntar Alicia alzando la voz.
--Pero ¿tienes realmente que entrar? --dijo el
lacayo--. Esto es lo primero que hay que aclarar, sabes.
Era la pura verdad, pero a Alicia no le gustó
nada que se lo dijeran.
--¡Qué pesadez! --masculló para sí--. ¡Qué
manera de razonar tienen todas estas criaturas! ¡Hay para volverse loco!
Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad
para repetir su observación, con variaciones:
--Estaré sentado aquí --dijo-- días y días.
--Pero ¿qué tengo que hacer yo? --insistió
Alicia.
--Lo que se te antoje --dijo el criado, y empezó
a silbar.
--¡Oh, no sirve para nada hablar con él!
--murmuró Alicia desesperada--. ¡Es un pperfecto idiota!
Abrió la puerta y entró en la casa.
La puerta daba directamente a una gran cocina,
que estaba completamente llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada
sobre un taburete de tres patas y con un bebé en los brazos. La cocinera se
inclinaba sobre el fogón y revolvía el interior de un enorme puchero que
parecía estar lleno de sopa.
--¡Esta sopa tiene por descontado demasiada
pimienta! --se dijo Alicia para sus adentros, mientras soltaba el primer
estornudo.
Donde si había demasiada pimienta era en el
aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y
aullaba alternativamente, sin un momento de respiro. Los únicos seres que en
aquella cocina no estornudaban eran la cocinera y un rollizo gatazo que yacía
cerca del fuego, con una sonrisa de oreja a oreja.
--¿Por favor, podría usted decirme --preguntó
Alicia con timidez, pues no estaba demasiado segura de que fuera correcto por
su parte empezar ella la conversación-- por qué sonríe su gato de esa manera?
--Es un gato de Cheshire --dijo la Duquesa--, por
eso sonríe. ¡Cochino!
Gritó esta última palabra con una violencia tan
repentina, que Alicia estuvo a punto de dar un salto, pero en seguida se dio
cuenta de que iba dirigida al bebé, y no a ella, de modo que recobró el valor y
siguió hablando.
--No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran
siempre sonriendo. En realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran
sonreír.
--Todos pueden --dijo la Duquesa--, y muchos lo
hacen.
--No sabía de ninguno que lo hiciera --dijo
Alicia muy amablemente, contenta de haber iniciado una conversación.
--No sabes casi nada de nada --dijo la
Duquesa--. Eso es lo que ocurre.
A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la
observación, y decidió que sería oportuno cambiar de tema. Mientras estaba
pensando qué tema elegir, la cocinera apartó la olla de sopa del fuego, y
comenzó a lanzar todo lo que caía en sus manos contra la Duquesa y el bebé:
primero los hierros del hogar, después una lluvia de cacharros, platos y
fuentes. La Duquesa no dio señales de enterarse, ni siquiera cuando los
proyectiles la alcanzaban, y el bebé berreaba ya con tanta fuerza que era
imposible saber si los golpes le dolían o no.
--¡Oh, por favor, tenga usted cuidado con lo que
hace! --gritó Alicia, mientras saltaba asustadísima para esquivar los
proyectiles--. ¡Le va a arrancar su preciosa nariz! --añadió, al ver que un
caldero extraordinariamente grande volaba muy cerca de la cara de la Duquesa.
--Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos
--dijo la Duquesa en un gruñido--, el muundo giraría mucho mejor y con menos
pérdida de tiempo.
--Lo cual no supondría ninguna ventaja
--intervino Alicia, muy contenta de que se presentara una oportunidad de hacer
gala de sus conocimientos--. Si la tierra girase más aprisa, ¡imagine usted el
lío que se armaría con el día y la noche! Ya sabe que la tierra tarda
veinticuatro horas en ejecutar un giro completo sobre su propio eje...
--Hablando de ejecutar --interrumpió la
Duquesa--, ¡que le corten la cabeza!
Alicia miró a la cocinera con ansiedad, para ver
si se disponía a hacer algo parecido, pero la cocinera estaba muy ocupada
revolviendo la sopa y no parecía prestar oídos a la conversación, de modo que
Alicia se animó a proseguir su lección:
--Veinticuatro horas, creo, ¿o son doce? Yo...
--Tú vas a dejar de fastidiarme --dijo la
Duquesa--. ¡Nunca he soportado los cálculos!
Y empezó a mecer nuevamente al niño, mientras le
cantaba una especie de nana, y al final de cada verso propinaba al pequeño una
fuerte sacudida.
Grítale y zurra al niñito
si se pone a estornudar,
porque lo hace el bendito
sólo para fastidiar.
CORO
(Con participación de la cocinera y el bebé)
¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!
Cuando comenzó la segunda estrofa, la Duquesa
lanzó al niño al aire, recogiéndolo luego al caer, con tal violencia que la
criatura gritaba a voz en cuello. Alicia apenas podía distinguir las palabras:
A mi hijo le grito,
y si estornuda, ¡menuda paliza!
Porque, ¿es que acaso no le gusta
la pimienta cuando le da la gana?
CORO
¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!
--¡Ea! ¡Ahora puedes mecerlo un poco tú, si
quieres! --dijo la Duquesa al concluir la canción, mientras le arrojaba el bebé
por el aire--. Yo tengo que ir a arreglarme para jugar al croquet con la Reina.
Y la Duquesa salió apresuradamente de la
habitación. La cocinera le tiró una sartén en el último instante, pero no la
alcanzó.
Alicia cogió al niño en brazos con cierta
dificultad, pues se trataba de una criaturita de forma extraña y que forcejeaba
con brazos y piernas en todas direcciones, «como una estrella de mar», pensó
Alicia. El pobre pequeño resoplaba como una maquina de vapor cuando ella lo
cogió, y se encogía y se estiraba con tal furia que durante los primeros
minutos Alicia se las vio y deseó para evitar que se le escabullera de los
brazos.
En cuanto encontró el modo de tener el niño en
brazos (modo que consistió en retorcerlo en una especie de nudo, la oreja
izquierda y el pie derecho bien sujetos para impedir que se deshiciera), Alicia
lo sacó al aire libre. «Si no me llevo a este niño conmigo», pensó, «seguro que
lo matan en un día o dos.
¿Acaso no sería un crimen dejarlo en esta casa?»
Dijo estas últimas palabras en alta voz, y el pequeño le respondió con un
gruñido (para entonces había dejado ya de estornudar).
--No gruñas --le riñó Alicia--. Ésa no es forma
de expresarse.
El bebé volvió a gruñir, y Alicia le miró la
cara con ansiedad, para ver si le pasaba algo. No había duda de que tenía una
nariz muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una verdadera nariz.
Además los ojos se le estaban poniendo demasiado pequeños para ser ojos de bebé.
A Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando aquello. «A lo
mejor es porque ha estado llorando», pensó, y le miró de nuevo los ojos, para
ver si había alguna lágrima. No, no había lágrimas.
--Si piensas convertirte en un cerdito, cariño
--dijo Alicia muy seria--, yo no querré saber nada contigo. ¡Conque ándate con
cuidado!
La pobre criaturita volvió a soltar un quejido
(¿o un gruñido? era imposible asegurarlo), y los dos anduvieron en silencio
durante un rato.
Alicia estaba empezando a preguntarse a sí
misma: «Y ahora, ¿qué voy a hacer yo con este chiquillo al volver a mi casa?»,
cuando el bebé soltó otro gruñido, con tanta violencia que volvió a mirarlo
alarmada. Esta vez no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un
cerdito, y a Alicia le pareció que sería absurdo seguir llevándolo en brazos.
Así pues, lo dejó en el suelo, y sintió un gran
alivio al ver que echaba a trotar y se adentraba en el bosque.
«Si hubiera crecido», se dijo a sí misma,
«hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso».
Y empezó a pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy
bien convertirse en cerditos.
«¡Si supiéramos la manera de transformarlos!»,
se estaba diciendo, cuando tuvo un ligero sobresalto al ver que el Gato de
Cheshire estaba sentado en la rama de un árbol muy próximo a ella.
El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a
sonreír. Parecía tener buen carácter, pero también tenía unas uñas muy largas Y
muchísimos dientes, de modo que sería mejor tratarlo con respeto.
--Minino de Cheshire --empezó Alicia
tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento:
pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió
que sí le gustaba--.
Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor,
qué camino debo seguir para salir de aquí?
--Esto depende en gran parte del sitio al que
quieras llegar --dijo el
Gato.
--No me importa mucho el sitio... --dijo Alicia.
--Entonces tampoco importa mucho el camino que
tomes --dijo el Gato.
--... siempre que llegue a alguna parte --añadió
Alicia como explicación.
--¡Oh, siempre llegarás a alguna parte --aseguró
el Gato--, si caminas lo suficiente!
A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de
hoja, y decidió hacer otra pregunta:
¿Qué clase de gente vive por aquí?
--En esta dirección --dijo el Gato, haciendo un
gesto con la pata derecha-- vive un Sombrerero. Y en esta dirección --e hizo un
gesto con la otra pata-- vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los
dos están locos.
--Pero es que a mí no me gusta tratar a gente
loca --protestó Alicia.
--Oh, eso no lo puedes evitar --repuso el
Gato--. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
--¿Cómo sabes que yo estoy loca? --preguntó
Alicia.
--Tienes que estarlo afirmó el Gato--, o no
habrías venido aquí.
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin
embargo, continuó con sus preguntas:
--¿Y cómo sabes que tú estás loco?
--Para empezar -repuso el Gato--, los perros no
están locos. ¿De acuerdo?
--Supongo que sí --concedió Alicia.
--Muy bien. Pues en tal caso --siguió su
razonamiento el Gato--, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados,
y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy
contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
--A eso yo le llamo ronronear, no gruñir --dijo
Alicia.
--Llámalo como quieras --dijo el Gato--. ¿Vas a
jugar hoy al croquet con la Reina?
--Me gustaría mucho --dijo Alicia--, pero por
ahora no me han invitado.
--Allí nos volveremos a ver --aseguró el Gato, y
se desvaneció.
A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan
acostumbrada estaba ya a que sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando
hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste reapareció de golpe.
--A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé?
--preguntó--. Me olvidaba de preguntarloo.
--Se convirtió en un cerdito --contestó Alicia
sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto de la forma más natural del
mundo.
--Ya sabía que acabaría así --dijo el Gato, y
desapareció de nuevo.
Alicia esperó un ratito, con la idea de que
quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos,
la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la
Liebre de Marzo.
--Sombrereros ya he visto algunos --se dijo para
sí--. La Liebre de Marzo será mucho más interesante. Y además, como estamos en
mayo, quizá ya no esté loca... o al menos quizá no esté tan loca como en marzo.
Mientras decía estas palabras, miró hacia
arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado en la rama de un árbol.
--¿Dijiste cerdito o cardito? --preguntó el
Gato.
--Dije cerdito --contestó Alicia--. ¡Y a ver si
dejas de andar apareciendo y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo!
--De acuerdo --dijo el Gato.
Y esta vez desapareció despacito, con mucha
suavidad, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que
permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había desaparecido.
--¡Vaya! --se dijo Alicia--. He visto muchísimas
veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que
he visto en toda mi vida!
No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre
de Marzo. Pensó que tenía que ser forzosamente aquella casa, porque las
chimeneas tenían forma de largas orejas y el techo estaba recubierto de piel.
Era una casa tan grande, que no se atrevió a acercarse sin dar antes un
mordisquito al pedazo de seta de la mano izquierda, con lo que creció hasta una
altura de unos dos palmos. Aún así, se acercó con cierto recelo, mientras se decía
a sí misma:
--¿Y si estuviera loca de verdad? ¡Empiezo a
pensar que tal vez hubiera sido mejor ir a ver al Sombrerero!
Capítulo 7 - UNA MERIENDA DE LOCOSUNA MERIENDA
DE LOCOS
Habían puesto la mesa debajo de un árbol,
delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té.
Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos
lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por
encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como
está dormido, supongo que no le importa».
La mesa era muy grande, pero los tres se
apretujaban muy juntos en uno de los extremos.
--¡No hay sitio! --se pusieron a gritar, cuando
vieron que se acercaba Alicia.
--¡Hay un montón de sitio! --protestó Alicia
indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa.
--Toma un poco de vino --la animó la Liebre de
Marzo.
Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo
había té.
--No veo ni rastro de vino --observó.
--Claro. No lo hay --dijo la Liebre de Marzo.
--En tal caso, no es muy correcto por su parte
andar ofreciéndolo --dijo Alicia enfadada.
--Tampoco es muy correcto por tu parte sentarte
con nosotros sin haber sido invitada --dijo la Liebre de Marzo.
--No sabía que la mesa era suya --dijo Alicia--.
Está puesta para muchas más de tres personas.
--Necesitas un buen corte de pelo --dijo el
Sombrerero.
Había estado observando a Alicia con mucha
curiosidad, y estas eran sus primeras palabras.
--Debería aprender usted a no hacer observaciones
tan personales --dijo Alicia con acritud--. Es de muy mala educación.
Al oír esto, el Sombrerero abrió unos ojos como
naranjas, pero lo único que dijo fue:
--¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?
«¡Vaya, parece que nos vamos a divertir!», pensó
Alicia. «Me encanta que hayan empezado a jugar a las adivinanzas.» Y añadió en
voz alta:
--Creo que sé la solución.
--¿Quieres decir que crees que puedes encontrar
la solución? --preguntó la Liebre de Marzo.
--Exactamente --contestó Alicia.
--Entonces debes decir lo que piensas --siguió
la Liebre de Marzo.
--Ya lo hago --se apresuró a replicar Alicia-. O
al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no?
--¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! --dijo el
Sombrerero-. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo
que veo»!
--¡Y sería lo mismo decir --añadió la Liebre de
Marzo- «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»!
--¡Y sería lo mismo decir --añadió el Lirón, que
parecía hablar en medio de sus sueños- «respiro cuando duermo» que «duermo
cuando respiro»!
--Es lo mismo en tu caso --dijo el Sombrerero.
Y aquí la conversación se interrumpió, y el
pequeño grupo se mantuvo en silencio unos instantes, mientras Alicia intentaba
recordar todo lo que sabía de cuervos y de escritorios, que no era demasiado.
El Sombrerero fue el primero en romper el
silencio.
--¿Qué día del mes es hoy? --preguntó,
dirigiéndose a Alicia.
Se había sacado el reloj del bolsillo, y lo
miraba con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra
vez al oído.
Alicia reflexionó unos instantes.
--Es día cuatro dijo por fin.
--¡Dos días de error! --se lamentó el
Sombrerero, y, dirigiéndose amargamente a la Liebre de Marzo, añadió--: ¡Ya te
dije que la mantequilla no le sentaría bien a la maquinaria!
--Era mantequilla de la mejor --replicó la
Liebre muy compungida.
--Sí, pero se habrán metido también algunas
migajas --gruñó el Sombrerero--.
No debiste utilizar el cuchillo del pan.
La Liebre de Marzo cogió el reloj y lo miró con
aire melancólico: después lo sumergió en su taza de té, y lo miró de nuevo.
Pero no se le ocurrió nada mejor que decir y repitió su primera observación:
--Era mantequilla de la mejor, sabes.
Alicia había estado mirando por encima del
hombro de la Liebre con bastante curiosidad.
--¡Qué reloj más raro! --exclamó--. ¡Señala el
día del mes, y no señala la hora que es!
--¿Y por qué habría de hacerlo? --rezongó el
Sombrerero--. ¿Señala tu reloj el año en que estamos?
--Claro que no --reconoció Alicia con
prontitud--. Pero esto es porque está tanto tiempo dentro del mismo año.
--Que es precisamente lo que le pasa al mío
--dijo el Sombrerero.
Alicia quedó completamente desconcertada. Las
palabras del Sombrerero no parecían tener el menor sentido.
--No acabo de comprender --dijo, tan amablemente
como pudo.
--El Lirón se ha vuelto a dormir -dijo el
Sombrerero, y le echó un poco de té caliente en el hocico.
El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia, y
dijo, sin abrir los ojos:
--Claro que sí, claro que sí. Es justamente lo
que yo iba a decir.
--¿Has encontrado la solución a la adivinanza?
--preguntó el Sombrerero, dirigiéndose dde nuevo a Alicia.
--No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución?
--No tengo la menor idea -dijo el Sombrerero.
--Ni yo --dijo la Liebre de Marzo.
Alicia suspiró fastidiada.
--Creo que ustedes podrían encontrar mejor
manera de matar el tiempo --dijo-- que ir proponiendo adivinanzas sin solución.
--Si conocieras al Tiempo tan bien como lo
conozco yo --dijo el Sombrerero--, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo
un personaje!
--No sé lo que usted quiere decir --protestó
Alicia.
--¡Claro que no lo sabes! --dijo el Sombrerero,
arrugando la nariz en un gesto de desprecio--. ¡Estoy seguro de que ni siquiera
has hablado nunca con el Tiempo!
--Creo que no --respondió Alicia con cautela--.
Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.
--¡Ah, eso lo explica todo! --dijo el
Sombrerero--. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras
en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por
ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las
clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en
un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media!
¡Hora de comer!
(«¡Cómo me gustaría que lo fuera ahora!», se
dijo la Liebre de Marzo para sí en un susurro).
--Sería estupendo, desde luego --admitió Alicia,
pensativa--. Pero entonces todavía no tendría hambre, ¿no le parece?
--Quizá no tuvieras hambre al principio --dijo
el Sombrerero--. Pero es que podrías hacer que siguiera siendo la una y media
todo el rato que tú quisieras.
--¿Es esto lo que ustedes hacen con el Tiempo?
--preguntó Alicia.
El Sombrerero movió la cabeza con pesar.
--¡Yo no! --contestó--. Nos peleamos el pasado
marzo, justo antes de que ésta se volviera loca, sabes (y señaló con la
cucharilla hacia la Liebre de Marzo).
--¿Ah, si?-- preguntó Alicia interesada.
--Si. Sucedió durante el gran concierto que
ofreció la Reina de Corazones, y en el que me tocó cantar a mí.
--¿Y que cantaste?-- preguntó Alicia.
--Pues canté:
"Brilla, brilla, ratita alada,
¿En que estás tan atareada"?
--Porque esa canción la conocerás, ¿no?
--Quizá me suene de algo, pero no estoy segura--
dijo Alicia.
--Tiene más estrofas --siguió el Sombrerero--.
Por ejemplo:
"Por sobre el Universo vas volando,
con una bandeja de teteras llevando.
Brilla, brilla..."
Al llegar a este punto, el Lirón se estremeció y
empezó a canturrear en sueños: «brilla, brilla, brilla, brilla... », y estuvo
así tanto rato que tuvieron que darle un buen pellizco para que se callara.
--Bueno --siguió contando su historia el
Sombrerero--. Lo cierto es que apenas había terminado yo la primera estrofa,
cuando la Reina se puso a gritar:
«¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que
le corten la cabeza!»
--¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! --exclamó
Alicia.
--Y desde entonces --añadió el Sombrerero con
una voz tristísima--, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada
por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde.
Alicia comprendió de repente todo lo que allí
ocurría.
--¿Es ésta la razón de que haya tantos servicios
de té encima de la mesa? --preguntó.
--Sí, ésta es la razón --dijo el Sombrerero con
un suspiro--. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la
vajilla entre té y té.
--¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la
mesa, verdad? --preguntó Alicia.
--Exactamente --admitió el Sombrerero--, a
medida que vamos ensuciando las tazas.
--Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al
principio de la mesa? --se atrevió a preguntar Alicia.
--¿Y si cambiáramos de conversación? --los
interrumpió la Liebre de Marzo con un bostezo--. Estoy harta de todo este
asunto. Propongo que esta señorita nos cuente un cuento.
--Mucho me temo que no sé ninguno --se apresuró
a decir Alicia, muy alarmada ante esta proposición.
--¡Pues que lo haga el Lirón! --exclamaron el
Sombrerero y la Liebre de Marzo--. ¡Despierta, Lirón!
Y empezaron a darle pellizcos uno por cada lado.
El Lirón abrió lentamente los ojos.
--No estaba dormido --aseguró con voz ronca y
débil--. He estado escuchando todo lo que decíais, amigos.
--¡Cuéntanos un cuento! --dijo la Liebre de
Marzo.
--¡Sí, por favor! --imploró Alicia.
--Y date prisa --añadió el Sombrerero--. No vayas
a dormirte otra vez antes de terminar.
--Había una vez tres hermanitas empezó
apresuradamente el Lirón--, y se llamaban Elsie, Lacie y Tilie, y vivían en el
fondo de un pozo...
--¿Y de qué se alimentaban? --preguntó Alicia,
que siempre se interesaba mucho por todo lo que fuera comer y beber.
--Se alimentaban de melaza --contestó el Lirón,
después de reflexionar unos segundos.
--No pueden haberse alimentado de melaza, sabe
--observó Alicia con amabilidad--. Se haabrían puesto enfermísimas.
--Y así fue --dijo el Lirón--. Se pusieron de lo
más enfermísimas.
Alicia hizo un esfuerzo por imaginar lo que
sería vivir de una forma tan extraordinaria, pero no lo veía ni pizca claro, de
modo que siguió preguntando:
--Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo?
--Toma un poco más de té --ofreció solícita la
Liebre de Marzo.
--Hasta ahora no he tomado nada --protestó
Alicia en tono ofendido--, de modo que no puedo tomar más.
--Quieres decir que no puedes tomar menos
--puntualizó el Sombrerero--. Es mucho mmás fácil tomar más que nada.
--Nadie le pedía su opinión --dijo Alicia.
--¿Quién está haciendo ahora observaciones
personales? --preguntó el Sombrerero en tono triunfal.
Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues,
optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. Y después, se volvió
hacia el Lirón y le repitió la misma pregunta: --¿Por qué vivían en el fondo de
un pozo?
El Lirón se puso a cavilar de nuevo durante uno
o dos minutos, y entonces dijo:
--Era un pozo de melaza.
--¡No existe tal cosa!
Alicia había hablado con energía, pero el
Sombrerero y la Liebre de Marzo la hicieron callar con sus «¡Chst! ¡Chst!»,
mientras el Lirón rezongaba indignado:
--Si no sabes comportarte con educación, mejor
será que termines tú el cuento.
--No, por favor, ¡continúe! --dijo Alicia en
tono humilde--. No volveré a interrumpirle. Puede que en efecto exista uno de
estos pozos.
--¡Claro que existe uno! -exclamó el Lirón
indignado. Pero, sin embargo, estuvo dispuesto a seguir con el cuento--. Así
pues, nuestras tres hermanitas... estaban aprendiendo a dibujar, sacando...
--¿Qué sacaban? --preguntó Alicia, que ya había
olvidado su promesa.
--Melaza --contestó el Lirón, sin tomarse esta
vez tiempo para reflexionar.
--Quiero una taza limpia --les interrumpió el
Sombrerero--. Corrámonos todos un sitio.
Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón
le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó
a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único
que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes,
porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato.
Alicia no quería ofender otra vez al Lirón, de
modo que empezó a hablar con mucha prudencia:
--Pero es que no lo entiendo. ¿De donde sacaban la
melaza?
--Uno puede sacar agua de un pozo de agua --dijo
el Sombrerero--, ¿por qué no va a poder sacar melaza de un pozo de melaza? ¡No
seas estúpida!
--Pero es que ellas estaban dentro, bien adentro
--le dijo Alicia al Lirón, no queriéndosse dar por enterada de las últimas
palabras del Sombrerero.
--Claro que lo estaban --dijo el Lirón--.
Estaban de lo más requetebién.
Alicia quedó tan confundida al ver que el Lirón
había entendido algo distinto a lo que ella quería decir, que no volvió a
interrumpirle durante un ratito.
--Nuestras tres hermanitas estaban aprendiendo,
pues, a dibujar --siguió el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, porque le
estaba entrando un sueño terrible--, y dibujaban todo tipo de cosas... todo lo
que empieza con la letra M...
--¿Por qué con la M? --preguntó Alicia.
--¿Y por qué no? --preguntó la Liebre de Marzo.
Alicia guardó silencio.
Para entonces, el Lirón había cerrado los ojos y
empezaba a cabecear. Pero, con los pellizcos del Sombrerero, se despertó de
nuevo, soltó un gritito y siguió la narración: --... lo que empieza con la
letra M, como matarratas, mundo, memoria y mucho... muy, en fin todas esas
cosas. Mucho, digo, porque ya sabes, como cuando se dice "un mucho más que
un menos". ¿Habéis visto alguna vez el dibujo de un «mucho»?
--Ahora que usted me lo pregunta --dijo Alicia,
que se sentía terriblemente confusa--, debo reconocer que yo no pienso...
--¡Pues si no piensas, cállate! --la interrumpió
el Sombrerero.
Esta última grosería era más de lo que Alicia
podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó
dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber
advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi
esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter
al Lirón dentro de la tetera.
--¡Por nada del mundo volveré a poner los pies
en ese lugar! --se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque--. ¡Es la
merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!
Mientras decía estas palabras, descubrió que uno
de los árboles tenía una puerta en el tronco.
--¡Qué extraño! --pensó--. Pero todo es extraño
hoy. Creo que lo mejor será que entre en seguida.
Y entró en el árbol.
Una vez más se encontró en el gran vestíbulo,
muy cerca de la mesita de cristal. «Esta vez haré las cosas mucho mejor», se
dijo a sí misma. Y empezó por coger la llavecita de oro y abrir la puerta que
daba al jardín. Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había
guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo.
Entonces se adentró por el estrecho pasadizo. Y entonces... entonces estuvo por
fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas
fuentes.
Capítulo 8 - EL CROQUET DE LA REINAEL CROQUET DE
LA REINA
Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del
jardín: sus rosas eran blancas, pero había allí tres jardineros ocupados en
pintarlas de rojo. A Alicia le pareció muy extraño, y se acercó para averiguar
lo que pasaba, y al acercarse a ellos oyó que uno de los jardineros decía:
--¡Ten cuidado, Cinco! ¡No me salpiques así de
pintura!
--No es culpa mía --dijo Cinco, en tono
dolido--. Siete me ha dado un golpe en el codo.
Ante lo cual, Siete levantó los ojos dijo:
--¡Muy bonito, Cinco! ¡Échale siempre la culpa a
los demás!
--¡Mejor será que calles esa boca! --dijo
Cinco--. ¡Ayer mismo oí decir a la Reina que debían cortarte la cabeza!
--¿Por qué? --preguntó el que había hablado en
primer lugar.
--¡Eso no es asunto tuyo, Dos! --dijo Siete.
--¡Sí es asunto suyo! --protestó Cinco--. Y voy
a decírselo: fue por llevarle a la cocinera bulbos de tulipán en vez de
cebollas.
Siete tiró la brocha al suelo y estaba empezando
a decir: «¡Vaya! De todas las injusticias...», cuando sus ojos se fijaron
casualmente en Alicia, que estaba allí observándolos, y se calló en el acto.
Los otros dos se volvieron también hacia ella, y los tres hicieron una profunda
reverencia.
--¿Querrían hacer el favor de decirme --empezó
Alicia con cierta timidez-- por qué están pintando estas rosas?
Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a
Dos. Dos empezó en una vocecita temblorosa:
--Pues, verá usted, señorita, el hecho es que
esto tenía que haber sido un rosal rojo, y nosotros plantamos uno blanco por
equivocación, y, si la Reina lo descubre, nos cortarán a todos la cabeza, sabe.
Así que, ya ve, señorita, estamos haciendo lo posible, antes de que ella
llegue, para...
En este momento, Cinco, que había estado mirando
ansiosamente por el jardín, gritó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y los tres
jardineros se arrojaron inmediatamente de bruces en el suelo. Se oía un ruido
de muchos pasos, y Alicia miró a su alrededor, ansiosa por ver a la Reina.
Primero aparecieron diez soldados, enarbolando
tréboles. Tenían la misma forma que los tres jardineros, oblonga y plana, con
las manos y los pies en las esquinas. Después seguían diez cortesanos,
adornados enteramente con diamantes, y formados, como los soldados, de dos en
dos. A continuación venían los infantes reales; eran también diez, y avanzaban saltando,
cogidos de la mano de dos en dos, adornados con corazones. Después seguían los
invitados, casi todos reyes y reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo
Blanco: hablaba atropelladamente, muy nervioso, sonriendo sin ton ni son, y no
advirtió la presencia de la niña. A continuación venía el Valet de Corazones,
que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí. Y al final
de este espléndido cortejo avanzaban EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.
Alicia estaba dudando si debería o no echarse de
bruces como los tres jardineros, pero no recordaba haber oído nunca que tuviera
uno que hacer algo así cuando pasaba un desfile. «Y además», pensó, «¿de qué
serviría un desfile, si todo el mundo tuviera que echarse de bruces, de modo
que no pudiera ver nada?» Así pues, se quedó quieta donde estaba, y esperó.
Cuando el cortejo llegó a la altura de Alicia,
todos se detuvieron y la miraron, y la Reina preguntó severamente:
--¿Quién es ésta?
La pregunta iba dirigida al Valet de Corazones,
pero el Valet no hizo más que inclinarse y sonreír por toda respuesta.
--¡Idiota! --dijo la Reina, agitando la cabeza
con impaciencia, y, volviéndose hacia Alicia, le preguntó--: ¿Cómo te llamas,
niña?
--Me llamo Alicia, para servir a Su Majestad
--contestó Alicia en un tono de lo más ccortés, pero añadió para sus adentros:
«Bueno, a fin de cuentas, no son más que una baraja de cartas. ¡No tengo por
qué sentirme asustada!»
--¿Y quiénes son éstos? --siguió preguntando la
Reina, mientras señalaba a los tres jardineros que yacían en torno al rosal.
Porque, claro, al estar de bruces sólo se les
veía la parte de atrás, que era igual en todas las cartas de la baraja, y la
Reina no podía saber si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de
sus propios hijos.
--¿Cómo voy a saberlo yo? --replicó Alicia,
asombrada de su propia audacia--.
¡No es asunto mío!
La Reina se puso roja de furia, y, tras
dirigirle una mirada fulminante y feroz, empezó a gritar:
--¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten...!
--¡Tonterías! --exclamó Alicia, en voz muy alta
y decidida.
Y la Reina se calló.
El Rey le puso la mano en el brazo, y dijo con
timidez:
Considera, cariño, que sólo se trata de una
niña!
La Reina se desprendió furiosa de él, y dijo al
Valet:
--¡Dales la vuelta a éstos!
Y así lo hizo el Valet, muy cuidadosamente, con
un pie.
--¡Arriba! --gritó la Reina, en voz fuerte y
detonante.
Y los tres jardineros se pusieron en pie de un
salto, y empezaron a hacer profundas reverencias al Rey, a la Reina, a los
infantes reales, al Valet y a todo el mundo.
--¡Basta ya! --gritó la Reina--. ¡Me estáis
poniendo nerviosa! --Y después, volviéndose hacia el rosal, continuó--: ¡Qué
diablos habéis estado haciendo aquí?
--Con la venia de Su Majestad --empezó a
explicar Dos, en tono muy humilde, e hincando en el suelo una rodilla mientras
hablaba--, estábamos intentando...
--¡Ya lo veo! --estalló la Reina, que había
estado examinando las rosas ¡Que les corten la cabeza!
Y el cortejo se puso de nuevo en marcha, aunque
tres soldados se quedaron allí para ejecutar a los desgraciados jardineros, que
corrieron a refugiarse junto a Alicia.
--¡No os cortarán la cabeza! --dijo Alicia, y
los metió en una gran maceta que había allí cerca.
Los tres soldados estuvieron algunos minutos
dando vueltas por allí, buscando a los jardineros, y después se marcharon
tranquilamente tras el cortejo.
--¿Han perdido sus cabezas? --gritó la Reina.
--Sí, sus cabezas se han perdido, con la venia
de Su Majestad --gritaron los soldados como respuesta.
--¡Muy bien! --gritó la Reina--. ¿Sabes jugar al
croquet?
Los soldados guardaron silencio, y volvieron la
mirada hacia Alicia, porque era evidente que la pregunta iba dirigida a ella.
--¡Sí! --gritó Alicia.
--¡Pues andando! --vociferó la Reina.
Y Alicia se unió al cortejo, preguntándose con gran
curiosidad qué iba a suceder a continuación.
--Hace... ¡hace un día espléndido! --murmuró a
su lado una tímida vocecilla.
Alicia estaba andando al lado del Conejo Blanco,
que la miraba con ansiedad.
--Mucho --dijo Alicia--. ¿Dónde está la Duquesa?
--¡Chitón! ¡Chit6n! --dijo el Conejo en voz baja
y apremiante. Miraba ansiosamente a sus espaldas mientras hablaba, y después se
puso de puntillas, acercó el hocico a la oreja de Alicia y susurró--: Ha sido
condenada a muerte.
--¿Por qué motivo? --quiso saber Alicia.
--¿Has dicho «pobrecilla»? --preguntó el Conejo.
--No, no he dicho eso. No creo que sea ninguna
«pobrecilla». He dicho: ¿Por qué motivo?»
--Le dio un sopapo a la Reina... --empezó a
decir el Conejo, y a Alicia le dio un ataque de risa--. ¡Chitón! ¡Chitón!
--suplicó el Conejo con una vocecilla atterrada--. ¡Va a oírte la Reina! Lo
ocurrido fue que la Duquesa llegó bastante tarde, y la Reina dijo...
--¡Todos a sus sitios! --gritó la Reina con voz
de trueno.
Y todos se pusieron a correr en todas direcciones,
tropezando unos con otros.
Sin embargo, unos minutos después ocupaban sus
sitios, y empezó el partido.
Alicia pensó que no había visto un campo de
croquet tan raro como aquél en toda su vida. Estaba lleno de montículos y de
surcos. as bolas eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos, y los
soldados tenían que doblarse y ponerse a cuatro patas para formar los aros.
La dificultad más grave con que Alicia se
encontró al principio fue manejar a su flamenco. Logró dominar al pajarraco
metiéndoselo debajo del brazo, con las patas colgando detrás, pero casi
siempre, cuando había logrado enderezarle el largo cuello y estaba a punto de
darle un buen golpe al erizo con la cabeza del flamenco, éste torcía el cuello
y la miraba derechamente a los ojos con tanta extrañeza, que Alicia no podía
contener la risa. Y cuando le había vuelto a bajar la cabeza y estaba dispuesta
a empezar de nuevo, era muy irritante descubrir que el erizo se había
desenroscado y se alejaba arrastrándose. Por si todo esto no bastara, siempre
había un montículo o un surco en la dirección en que ella quería lanzar al
erizo, y, como además los soldados doblados en forma de aro no paraban de
incorporarse y largarse a otros puntos del campo, Alicia llegó pronto a la
conclusión de que se trataba de una partida realmente difícil.
Los jugadores jugaban todos a la vez, sin
esperar su turno, discutiendo sin cesar y disputándose los erizos. Y al poco
rato la Reina había caído en un paroxismo de furor y andaba de un lado a otro
dando patadas en el suelo y gritando a cada momento «¡Que le corten a éste la
cabeza!» o «¡Que le corten a ésta la cabeza!».
Alicia empezó a sentirse incómoda: a decir
verdad ella no había tenido todavía ninguna disputa con la Reina, pero sabía
que podía suceder en cualquier instante. «Y entonces», pensaba, «¿qué será de
mí? Aquí todo lo arreglan cortando cabezas. Lo extraño es que quede todavía
alguien con vida!»Estaba buscando pues alguna forma de escapar, Y preguntándose
si podría irse de allí sin que la vieran, cuando advirtió una extraña aparición
en el aire.
Al principio quedó muy desconcertada, pero,
después de observarla unos minutos, descubrió que se trataba de una sonrisa, y
se dijo:
--Es el Gato de Cheshire. Ahora tendré alguien
con quien poder hablar.
--¿Qué tal estás? --le dijo el Gato, en cuanto
tuvo hocico suficiente para poder hablar.
Alicia esperó hasta que aparecieron los ojos, y
entonces le saludó con un gesto. «De nada servirá que le hable», pensó, «hasta
que tenga orejas, o al menos una de ellas». Un minuto después había aparecido
toda la cabeza, Y entonces Alicia dejó en el suelo su flamenco y empezó a
contar lo que, ocurría en el juego, muy contenta de tener a alguien que la
escuchara. El Gato creía sin duda que su parte visible era ya suficiente, y no apareció
nada más.
--Me parece que no juegan ni un poco limpio
--empezó Alicia en tono quejumbroso--, yy se pelean de un modo tan terrible que
no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas... Y, si las
hay, nadie hace caso de ellas... Y no puedes imaginar qué lío es el que las
cosas estén vivas.
Por ejemplo, allí va el aro que me tocaba jugar
ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo
de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mío!
--¿Qué te parece la Reina? --dijo el Gato en voz
baja.
--No me gusta nada --dijo Alicia . Es tan
exagerada... --En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo
detrás de ella, escuchando lo que decía, de modo que siguió--: ... tan
exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida.
La Reina sonrió y reanudó su camino.
--¿Con quién estás hablando? --preguntó el Rey,
acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad.
--Es un amigo mío... un Gato de Cheshire --dijo
Alicia--. Permita que se lo presente.
--No me gusta ni pizca su aspecto --aseguró el
Rey--. Sin embargo, puede besar mi mano si así lo desea.
--Prefiero no hacerlo --confesó el Gato.
--No seas impertinente --dijo el Rey--, ¡Y no me
mires de esta manera!
Y se refugió detrás de Alicia mientras hablaba.
--Un gato puede mirar cara a cara a un rey
--sentenció Alicia--. Lo he leído en un libro, pero no recuerdo cuál.
--Bueno, pues hay que eliminarlo --dijo el Rey
con decisión, y llamó a la Reina, que precisamente pasaba por allí--. ¡Querida!
¡Me gustaría que eliminaras a este gato!
Para la Reina sólo existía un modo de resolver
los problemas, fueran grandes o pequeños.
--¡Que le corten la cabeza! --ordenó, sin
molestarse siquiera en echarles una ojeada.
--Yo mismo iré a buscar al verdugo --dijo el Rey
apresuradamente.
Y se alejó corriendo de allí.
Alicia pensó que sería mejor que ella volviese
al juego y averiguase cómo iba la partida, pues oyó a lo lejos la voz de la
Reina, que aullaba de furor.
Acababa de dictar sentencia de muerte contra
tres de los jugadores, por no haber jugado cuando les tocaba su turno. Y a
Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando todo aquello,
porque la partida había llegado a tal punto de confusión que le era imposible
saber cuándo le tocaba jugar y cuándo no. Así pues, se puso a buscar su erizo.
El erizo se había enzarzado en una pelea con
otro erizo, y esto le pareció a Alicia una excelente ocasión para hacer una
carambola: la única dificultad era que su flamenco se había largado al otro
extremo del jardín, y Alicia podía verlo allí, aleteando torpemente en un
intento de volar hasta las ramas de un árbol.
Cuando hubo recuperado a su flamenco y volvió
con el, la pelea había terminado, y no se veía rastro de ninguno de los erizos.
«Pero esto no tiene demasiada importancia», pensó Alicia, «ya que todos los
aros se han marchado de esta parte del campo». Así pues, sujetó bien al
flamenco debajo del brazo, para que no volviera a escaparse, y se fue a charlar
un poco más con su amigo.
Cuando volvió junto al Gato de Cheshire, quedó
sorprendida al ver que un gran grupo de gente se había congregado a su
alrededor. El verdugo, el Rey y la Reina discutían acaloradamente, hablando los
tres a la vez, mientras los demás guardaban silencio y parecían sentirse muy
incómodos.
En cuanto Alicia entró en escena, los tres se
dirigieron a ella para que decidiera la cuestión, y le dieron sus argumentos.
Pero, como hablaban todos a la vez, se le hizo muy difícil entender exactamente
lo que le decían.
La teoría del verdugo era que resultaba
imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla; decía que
nunca había tenido que hacer una cosa parecida en el pasado y que no iba a
empezar a hacerla a estas alturas de su vida.
La teoría del Rey era que todo lo que tenía una
cabeza podía ser decapitado, y que se dejara de decir tonterías.
La teoría de la Reina era que si no solucionaban
el problema inmediatamente, haría cortar la cabeza a cuantos la rodeaban. (Era
esta última amenaza la que hacía que todos tuvieran un aspecto grave y
asustado.)A Alicia sólo se le ocurrió decir:
--El Gato es de la Duquesa. Lo mejor será
preguntarle a ella lo que debe hacerse con él.
--La Duquesa está en la cárcel --dijo la Reina
al verdugo--. Ve a buscarla.
Y el verdugo partió como una flecha.
La cabeza del Gato empezó a desvanecerse a
partir del momento en que el verdugo se fue, y, cuando éste volvió con la
Duquesa, había desaparecido totalmente. Así pues, el Rey y el verdugo empezaron
a corretear de un lado a otro en busca del Gato, mientras el resto del grupo
volvía a la partida de croquet.
Capítulo 9 - LA HISTORIA DE LA FALSA TORTUGALA
HISTORIA DE LA FALSA TORTUGA
--¡No sabes lo contenta que estoy de volver a
verte, querida mía! --dijo la Duquesa, mientras cogía a Alicia cariñosamente
del brazo y se la llevaba a pasear con ella.
Alicia se alegró de encontrarla de tan buen
humor, y pensó para sus adentros que quizá fuera sólo la pimienta lo que la
tenía hecha una furia cuando se conocieron en la cocina. «Cuando yo sea
Duquesa», se dijo (aunque no con demasiadas esperanzas de llegar a serlo), «no
tendré ni una pizca de pimienta en mi cocina. La sopa está muy bien sin
pimienta... A lo mejor es la pimienta lo que pone a la gente de mal humor»,
siguió pensando, muy contenta de haber hecho un nuevo descubrimiento, «y el
vinagre lo que hace a las personas agrias.,. y la manzanilla lo que las hace
amargas... y... el regaliz y las golosinas lo que hace que los niños sean
dulces. ¡Ojalá la gente lo supiera! Entonces no serían tan tacaños con los
dulces...»
Entretanto, Alicia casi se había olvidado de la
Duquesa, y tuvo un pequeño sobresalto cuando oyó su voz muy cerca de su oído.
--Estás pensando en algo, querida, y eso hace
que te olvides de hablar. No puedo decirte en este instante la moraleja de
esto, pero la recordaré en seguida.
--Quizá no tenga moraleja --se atrevió a
observar Alicia.
--¡Calla, calla, criatura! -dijo la Duquesa--.
Todo tiene una moraleja, sólo falta saber encontrarla.
Y se apretujó más estrechamente contra Alicia
mientras hablaba. A Alicia no le gustaba mucho tenerla tan cerca: primero,
porque la Duquesa era muy fea; y, segundo, porque tenía exactamente la estatura
precisa para apoyar la barbilla en el hombro de Alicia, y era una barbilla
puntiaguda de lo más desagradable.
Sin embargo, como no le gustaba ser grosera, lo
soportó lo mejor que pudo.
--La partida va ahora un poco mejor --dijo, en
un intento de reanudar la conversación.
--Así es --afirmó la Duquesa--, y la moraleja de
esto es... «Oh, el amor, el amor. El amor hace girar el mundo.»
--Cierta persona dijo --rezongó Alicia-- que el
mundo giraría mejor si cada uno se ocupara de sus propios asuntos.
--Bueno, bueno. En el fondo viene a ser lo mismo
--dijo la Duquesa, y hundió un poco más la puntiaguda barbilla en el hombro de
Alicia al añadir--: Y la moraleja de esto es...
«¡Qué manía en buscarle a todo una moraleja!»,
pensó Alicia.
--Me parece que estás sorprendida de que no te
pase el brazo por la cintura --dijo la Duquesa tras unos instantes de silencio--.
La razón es que tengo mis dudas sobre el carácter de tu flamenco. ¿Quieres que
intente el experimento?
--A lo mejor le da un picotazo --replicó
prudentemente Alicia, que no tenía las menores ganas de que se intentara el
experimento.
--Es verdad --reconoció la Duquesa--. Los
flamencos y la mostaza pican. Y la moraleja de esto es: «Pájaros de igual
plumaje hacen buen maridaje».
--Sólo que la mostaza no es un pájaro --observó
Alicia.
--Tienes toda la razón --dijo la Duquesa--. ¡Con
qué claridad planteas las cuestiones!
--Es un mineral, creo --dijo Alicia.
--Claro que lo es --asintió la Duquesa, que
parecía dispuesta a estar de acuerdo con todo lo que decía Alicia--. Hay una
gran mina de mostaza cerca de aquí. Y la moraleja de esto es...
--¡Ah, ya me acuerdo! --exclamó Alicia, que no
había prestado atención a este último comentario--. Es un vegetal. No tiene
aspecto de serlo, pero lo es.
--Enteramente de acuerdo --dijo la Duquesa--, y
la moraleja de esto es: «Sé lo que quieres parecer» o, si quieres que lo diga
de un modo más simple: «Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás
pudieras parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses
lo que eres».
--Me parece que esto lo entendería mejor --dijo
Alicia amablemente-- si lo viera escrito, pero tal como usted lo dice no puedo
seguir el hilo.
--¡Esto no es nada comparado con lo que yo
podría decir si quisiera! --afirmó la Duquesa con orgullo.
--¡Por favor, no se moleste en decirlo de una
manera más larga! --imploró Alicia.
--¡Oh, no hables de molestias! --dijo la
Duquesa--. Te regalo con gusto todas las cosas que he dicho hasta este momento.
«¡Vaya regalito!», pensó Alicia. «¡Menos mal que
no existen regalos de cumpleaños de este tipo!» Pero no se atrevió a decirlo en
voz alta.
--¿Otra vez pensativa? --preguntó la Duquesa,
hundiendo un poco más la afilada barbilla en el hombro de Alicia.
--Tengo derecho a pensar, ¿no? --replicó Alicia
con acritud, porque empezaba a estar harta de la Duquesa.
--Exactamente el mismo derecho dijo la Duquesa--
que el que tienen los cerdos a volar, y la mora...
Pero en este punto, con gran sorpresa de Alicia,
la voz de la Duquesa se perdió en un susurro, precisamente en medio de su
palabra favorita, «moraleja», y el brazo con que tenía cogida a Alicia empezó a
temblar. Alicia levantó los ojos, y vio que la Reina estaba delante de ellas,
con los brazos cruzados y el ceño tempestuoso.
--¡Hermoso día, Majestad! --empezó a decir la
Duquesa en voz baja y temblorosa.
--Ahora vamos a dejar las cosas bien claras
rugió la Reina, dando una patada en el suelo mientras hablaba--: ¡O tú o tu
cabeza tenéis que desaparecer del mapa! ¡Y en menos que canta un gallo! ¡Elige!
La Duquesa eligió, y desapareció a toda prisa.
--Y ahora volvamos al juego --le dijo la Reina a
Alicia.
Alicia estaba demasiado asustada para decir esta
boca es mía, pero siguió dócilmente a la Reina hacia el campo de croquet.
Los otros invitados habían aprovechado la
ausencia de la Reina, y se habían tumbado a la sombra, pero, en cuanto la
vieron, se apresuraron a volver al juego, mientras la Reina se limitaba a
señalar que un segundo de retraso les costaría la vida.
Todo el tiempo que estuvieron jugando, la Reina
no dejó de pelearse con los otros jugadores, ni dejó de gritar «¡Que le corten
a éste la cabeza!» o «¡Que le corten a ésta la cabeza!» Aquellos a los que
condenaba eran puestos bajo la vigilancia de soldados, que naturalmente tenían
que dejar de hacer de aros, de modo que al cabo de una media hora no quedaba ni
un solo aro, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban
arrestados y bajo sentencia de muerte.
Entonces la Reina abandonó la partida, casi sin
aliento, y le preguntó a Alicia :
--¿Has visto ya a la Falsa Tortuga?
--No --dijo Alicia--. Ni siquiera sé lo que es
una Falsa Tortuga.
--¿Nunca has comido sopa de tortuga? --preguntó
la Reina--. Pues hay otra sopa que parece de tortuga pero no es de auténtica
tortuga. La Falsa Tortuga sirve para hacer esta sopa.
--Nunca he visto ninguna, ni he oído hablar de
ella --dijo Alicia.
--¡Andando, pues! --ordenó la Reina--. Y la
Falsa Tortuga te contará su historia.
Mientras se alejaban juntas, Alicia oyó que el
Rey decía en voz baja a todo el grupo: «Quedáis todos perdonados.» «¡Vaya, eso
sí que está bien!», se dijo Alicia, que se sentía muy inquieta por el gran
número de ejecuciones que la Reina había ordenado.
Al poco rato llegaron junto a un Grifo, que
yacía profundamente dormido al sol. (Si no sabéis lo que es un grifo, mirad el
dibujo).
--¡Arriba, perezoso! --ordenó la Reina--. Y
acompaña a esta señorita a ver a la Falsa Tortuga y a que oiga su historia. Yo
tengo que volver para vigilar unas cuantas ejecuciones que he ordenado.
Y se alejó de allí, dejando a Alicia sola con el
Grifo. A Alicia no le gustaba nada el aspecto de aquel bicho, pero pensó que, a
fin de cuentas, quizás estuviera más segura si se quedaba con él que si volvía
atrás con el basilisco de la Reina. Así pues, esperó.
El Grifo se incorporó y se frotó los ojos;
después estuvo mirando a la Reina hasta que se perdió de vista; después soltó
una carcajada burlona.
--¡Tiene gracia! --dijo el Grifo, medio para sí,
medio dirigiéndose a Alicia.
--¿Qué es lo que tiene gracia? --preguntó
Alicia.
--Ella --contestó el Grifo. Todo son fantasías
suyas. Nunca ejecutan a nadie, sabes. ¡Vamos!
«Aquí todo el mundo da órdenes», pensó Alicia,
mientras lo seguía con desgana.
«¡No había recibido tantas órdenes en toda mi
vida! ¡Jamás!»No habían andado mucho cuando vieron a la Falsa Tortuga a lo
lejos, sentada triste y solitaria sobre una roca, y, al acercarse, Alicia pudo
oír que suspiraba como si se le partiera el corazón. Le dio mucha pena.
--¿Qué desgracia le ha ocurrido? --preguntó al
Grifo.
Y el Grifo contestó, casi con las mismas
palabras de antes:
--Todo son fantasías suyas. No le ha ocurrido
ninguna desgracia, sabes.
¡Vamos!
Así pues, llegaron junto a la Falsa Tortuga, que
los miró con sus grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada.
--Aquí esta señorita -explicó el Grifo-- quiere
conocer tu historia.
--Voy a contársela --dijo la Falsa Tortuga en
voz grave y quejumbrosa--.
Sentaos los dos, y no digáis ni una sola palabra
hasta que yo haya terminado.
Se sentaron pues, y durante unos minutos nadie
habló. Alicia se dijo para sus adentros: «No entiendo cómo va a poder terminar
su historia, si no se decide a empezarla». Pero esperó pacientemente.
--Hubo un tiempo --dijo por fin la Falsa
Tortuga, con un profundo suspiro-- en que yo era una tortuga de verdad.
Estas palabras fueron seguidas por un silencio
muy largo, roto sólo por uno que otro graznido del Grifo y por los constantes
sollozos de la Falsa Tortuga.
Alicia estaba a punto de levantarse y de decir:
«Muchas gracias, señora, por su interesante historia», pero no podía dejar de
pensar que tenía forzosamente que seguir algo más, conque siguió sentada y no
dijo nada.
--Cuando éramos pequeñas --siguió por fin la
Falsa Tortuga, un poco más tranquila, pero sin poder todavía contener algún
sollozo--, íbamos a la escuela del mar. El maestro era una vieja tortuga a la
que llamábamos Galápago.
--¿Por qué lo llamaban Galápago, si no era un
galápago? --preguntó Alicia.
--Lo llamábamos Galápago porque siempre estaba
diciendo que tenía a «gala» enseñar en una escuela de «pago» --explicó la Falsa
Tortuga de mal humor--.
¡Realmente eres una niña bastante tonta!
--Tendrías que avergonzarte de ti misma por
preguntar cosas tan evidentes --añadió el Grifo.
Y el Grifo y la Falsa Tortuga permanecieron
sentados en silencio, mirando a la pobre Alicia, que hubiera querido que se la
tragara la tierra. Por fin el Grifo le dijo a la Falsa Tortuga:
--Sigue con tu historia, querida. ¡No vamos a
pasarnos el día en esto!
Y la Falsa Tortuga siguió con estas palabras:
--Sí, íbamos a la escuela del mar, aunque tú no
lo creas...
--¡Yo nunca dije que no lo creyera! --la interrumpió
Alicia.
--Sí lo hiciste --dijo la Falsa Tortuga.
--¡Cállate esa boca! --añadió el Grifo, antes de que Alicia pudiera volver a
hablar.
La Falsa Tortuga siguió:
--Recibíamos una educación perfecta... En
realidad, íbamos a la escuela todos los días...
--También yo voy a la escuela todos los días
--dijo Alicia--. No hay motivo para pressumir tanto.
--¿Una escuela con clases especiales? --preguntó
la Falsa Tortuga con cierta ansiedad.
--Sí --contestó Alicia. Tenemos clases
especiales de francés y de música.
--¿Y lavado? --preguntó la Falsa Tortuga.
--¡Claro que no! --protestó Alicia indignada.
--¡Ah! En tal caso no vas en realidad a una
buena escuela --dijo la Falsa Tortuga en tono de alivio--. En nuestra escuela
había clases especiales de francés, música y lavado.
-No han debido servirle de gran cosa --observó
Alicia--, viviendo en el fondo del mar.
--Yo no tuve ocasión de aprender --dijo la Falsa
Tortuga con un suspiro--.
Sólo asistí a las clases normales.
--¿Y cuales eran esos? --preguntó Alicia
interesada.
--Nos enseñaban a beber y a escupir,
naturalmente. Y luego, las diversas materias de la aritmética: a saber, fumar,
reptar, feificar y sobre todo la dimisión.
--Jamás oí hablar de feificar --respondió
Alicia.
El Grifo se alzó sobre dos patas, muy asombrado:
--¡Cómo! ¿Nunca aprendiste a feificar? Por lo
menos sabrás lo que significa "embellecer".
--Pues... eso sí, quiere decir hacer algo más
bello de lo que es.
--Pues --respondió el Grifo triunfalmente-, si
no sabes ahora lo que quiere decir feificar es que estás completamente tonta.
Con lo cual cerró la boca a Alicia, la que ya no
se atrevió a seguir preguntando lo que significaban las cosas. Dijo a la Falsa
Tortuga:
--¿Qué otras cosas aprendías allí?
--Pues aprendía Histeria, histeria antigua y
moderna. También Mareografía, y dibujo. El profesor era un congrio que venía a
darnos clase una vez por semana y que nos enseñó eso, más otras cosas, como la
tintura al boleo.
--¿Y eso qué es? --preguntó Alicia.
--No puedo hacerte una demostración, ya que
ahora estoy muy baja de forma --respondió la Falsa Tortuga. Y el Grifo, como él
mismo podrá decirte, nunca aprendió a tintar al boleo.
--Nunca tuve tiempo suficiente --se excusó el
Grifo. --Pero sí que iba a las clases de Letras. Y teníamos un maestro que era
un gran maestro, un viejo cangrejo. --Nunca fui a sus clases --dijo la Falsa
Tortuga lloriqueando--, dicen que enseñaba patín y riego.
--Sí, sí que lo hacía --respondió el Grifo. Y
las dos se taparon la cabeza con las patas, muy soliviantadas.
--¿Cuantas horas al día duraban esas lecciones?
--preguntó Alicia interesada, aunque no lograba entender mucho qué eran
aquellas asignaturas tan raras, o si es que no sabían pronunciar. Tintura al
bóleo debería ser pintura al óleo, y patín y riego serían latín y griego, pero
lo que es las otras, se le escapaban.
--Teníamos diez horas al día el primer día.
Luego, el segundo día, nueve y así sucesivamente.
--Pues me resulta un horario muy extraño
--observó la niña.
--Por eso se llamaban cursos, no entiendes nada.
Se llamaban cursos porque se acortaban de día en día.
Eso resultaba nuevo para Alicia y antes de hacer
una nueva pregunta le dio unas cuantas vueltas al asunto.
Por fin preguntó:
--Entonces, el día once, sería fiesta, claro.
--Naturalmente que sí --respondió la Falsa Tortuga.
--¿Y el doceavo?
--Basta de cursos ya --ordenó el Grifo
autoritariamente. --Cuéntale ahora algo sobre los juegos.
Capítulo 10 - EL BAILE DE LA LANGOSTAEL BAILE DE
LA LANGOSTA
La Falsa Tortuga suspiró profundamente y se
enjugó una lágrima con la aleta. Antes de hablar, miró a Alicia durante
bastante tiempo, mientras los sollozos casi la ahogaban.
--Se te ha atragantado un hueso, parece --dijo
el Grifo poco respetuoso. Y se puso a darle golpes en la concha por la parte de
la espalda.
Por fin la Tortuga recobró la voz y reanudó su
narración, solo que las lágrimas resbalaban por su vieja cara arrugada.
--Tú acaso no hayas vivido mucho tiempo en el
fondo del mar...
--Desde luego que no», dijo Alicia.
--Y quizá no hayas entrado nunca en contacto con
una langosta.
Alicia empezó a decir: «Una vez comí...», pero
se interrumpió a toda prisa por si alguien se sentía ofendido.
--No, nunca --respondió.
Pues entonces, ¡no puedes tener ni idea de lo
agradable que resulta el Baile de la Langosta.
--No reconoció Alicia--. ¿Qué clase de baile es
éste?
--Verás --dijo el Grifo--, primero se forma una
línea a lo largo de la playa...
--¡Dos líneas! --gritó la Falsa Tortuga--.
Focas, tortugas y demás. Entonces, cuando se han quitado todas las medusas de
en medio...
--Cosa que por lo general lleva bastante tiempo
--interrumpió el Grifo.
--... se dan dos pasos al frente...
--¡Cada uno con una langosta de pareja! --gritó
el Grifo.
--Por supuesto --dijo la Falsa Tortuga--. Se dan
dos pasos al frente, se forman parejas...
--... se cambia de langosta, y se retrocede en
el mismo orden --siguió el Grifo.
--Entonces --siguió la Falsa Tortuga-- se lanzan
las...
--¡Las langostas! --exclamó el Grifo con
entusiasmo, dando un salto en el aire.
--...lo más lejos que se pueda en el mar...
--¡Y a nadar tras ellas! -chilló el Grifo.
--¡Se da un salto mortal en el mar! --gritó la
Falsa Tortuga, dando palmadas de entusiasmo.
--¡Se cambia otra vez de langosta! --aulló el
Grifo.
--Se vuelve a la playa, y... aquí termina la
primera figura --dijo la Falsa Tortuga, mientras bajaba repentinamente la voz.
Y las dos criaturas, que habían estado dando
saltos y haciendo cabriolas durante toda la explicación, se volvieron a sentar
muy tristes y tranquilas, y miraron a Alicia.
--Debe de ser un baile precioso --dijo Alicia
con timidez.
--¿Te gustaría ver un poquito cómo se baila?
--propuso la Falsa Tortuga.
--Claro, me gustaría muchísimo -dijo Alicia.
--¡Ea, vamos a intentar la primera figura! --le
dijo la Falsa Tortuga al Grifo--. Podemos hacerlo sin langostas, sabes. ¿Quién
va a cantar?
--Cantarás tú --dijo el Grifo--. Yo he olvidado
la letra.
Empezaron pues a bailar solemnemente alrededor
de Alicia, dándole un pisotón cada vez que se acercaban demasiado y llevando el
compás con las patas delanteras, mientras la Falsa Tortuga entonaba lentamente
y con melancolía:
"¿Porqué no te mueves más aprisa? le
pregunto una pescadilla a un caracol.
Porque tengo tras mí un delfín pisoteándome el
talón.
¡Mira lo contentas que se ponen las langostas y
tortugas al andar!
Nos esperan en la playa --¡Venga! ¡Baila y
déjate llevar!
¡Venga, baila, venga, baila, venga, baila y
déjate llevar!
¡Baila, venga, baila, venga, baila, venga y
déjate llevar!"
"¡No te puedes imaginar qué agradable es el
baile cuando nos arrojan con las langostas hacia el mar!
Pero el caracol respondía siempre:
"¡Demasiado lejos, demasiado lejos!" y ni siquiera se preocupaba de
mirar.
"No quería bailar, no quería bailar, no
quería bailar..."
--Muchas gracias. Es un baile muy interesante
--dijo Alicia, cuando vio con alivio quee el baile había terminado--. ¡Y me ha
gustado mucho esta canción de la pescadilla!
--Oh, respecto a la pescadilla... --dijo la
Falsa Tortuga--. Las pescadillas son... Bueno, supongo que tú ya habrás visto
alguna.
--Sí -respondió Alicia--, las he visto a menudo
en la cen...
Pero se contuvo a tiempo y guardó silencio.
--No sé qué es eso de cen --dijo la Falsa
Tortuga--, pero, si las has visto tan a menudo, sabrás naturalmente cómo son.
--Creo que sí --respondió Alicia pensativa. Llevan
la cola dentro de la boca y van cubiertas de pan rallado.
--Te equivocas en lo del pan --dijo la Falsa
Tortuga--. En el mar el pan rallado desaparecería en seguida. Pero es verdad
que llevan la cola dentro de la boca, y la razón es... --Al llegar a este punto
la Falsa Tortuga bostezó y cerró los ojos--. Cuéntale tú la razón de todo esto
-añadió, dirigiéndose al Grifo.
--La razón es --dijo el Grifo-- que las
pescadillas quieren participar con las langostas en el baile. Y por lo tanto
las arrojan al mar. Y por lo tanto tienen que ir a caer lo más lejos posible. Y
por lo tanto se cogen bien las colas con la boca. Y por lo tanto no pueden
después volver a sacarlas. Eso es todo.
--Gracias --dijo Alicia--. Es muy interesante.
Nunca había sabido tantas cosas sobre las pescadillas.
--Pues aún puedo contarte más cosas sobre
ellas-- dijo el Grifo.-- ¿A que no sabes por qué las pescadillas son blancas?
--No, y jamás me lo he preguntado, la verdad
¿Por qué son blancas? --Pues porque sirven para darle brillo a los zapatos y
las botas, por eso, por lo blancas que son-- respondió el Grifo muy satisfecho.
Alicia permaneció asombrada, con la boca
abierta.
--Para sacar brillo-- repetía estupefacta--. No
me lo explico.
--Pero, claro. ¿A ver? ¿Cómo se limpian los
zapatos? Vamos, ¿cómo se les saca brillo?
Alicia se miró los pies, pensativa, y vaciló
antes de dar una explicación lógica.
--Con betún negro, creo.
--Pues bajo el mar, a los zapatos se les da
blanco de pescadilla-- respondió el Grifo sentenciosamente.-- Ahora ya lo
sabes.
--¿Y de que están hechos?
--De mero y otros peces, vamos hombre, si
cualquier gamba sabría responder a esa pregunta-- respondió el Grifo con
impaciencia.
--Si yo hubiera sido una pescadilla, le hubiera
dicho al delfín: "Haga el favor de marcharse, porque no deseamos estar con
usted".-- dijo Alicia pensando en una estrofa de la canción.
--No-- respondió la Falsa Tortuga.-- No tenían
más remedio que estar con él, ya que no hay ningún pez que se respete que no
quiera ir acompañado de un delfín.
--¿Eso es así? --preguntó Alicia muy
sorprendida.
--¡Claro que no!-- replicó la Falsa Tortuga.--
Si a mí se me acercase un pez y me dijera que marchaba de viaje, le preguntaría
primeramente: "¿Y con qué delfín vas?
Alicia se quedó pensativa. Luego aventuró:
--No sería en realidad lo que le dijera ¿con que
fin?
--¡Digo lo que digo!-- aseguró la Tortuga
ofendida.
--Y ahora --dijo el Grifo, dirigiéndose a
Alicia--, cuéntanos tú alguna de tus aventuras.
--Puedo contaros mis aventuras... a partir de
esta mañana --dijo Alicia con cierta timidez--. Pero no serviría de nada
retroceder hasta ayer, porque ayer yo era otra persona.
--¡Es un galimatías! Explica todo esto --dijo la
Falsa Tortuga.
--¡No, no! Las aventuras primero --exclamó el
Grifo con impaciencia--, las explicaciones ocupan demasiado tiempo.
Así pues, Alicia empezó a contar sus aventuras a
partir del momento en que vio por primera vez al Conejo Blanco. Al principio
estaba un poco nerviosa, porque las dos criaturas se pegaron a ella, una a cada
lado, con ojos y bocas abiertos como naranjas, pero fue cobrando valor a medida
que avanzaba en su relato. Sus oyentes guardaron un silencio completo hasta que
llegó el momento en que le había recitado a la Oruga el poema aquél de
"Has envejecido, Padre Guillermo..." que en realidad le había salido
muy distinto de lo que era. Al llegar a este punto, la Falsa Tortuga dio un
profundo suspiro y dijo:
--Todo eso me parece muy curioso.
--No puede ser más curioso- remachó el Grifo.
--Te salió tan diferente... --repitió la Tortuga--,
que me gustaría que nos recitases algo ahora.
Se volvió al Grifo.
--Dile que empiece.
El Grifo indicó:
--Ponte en pie y recita eso de "Es la voz
del perezoso..."
--Pero, ¡cuántas órdenes me dan estas criaturas!
--dijo Alicia en voz baja--.
Parece como si me estuvieran haciendo repetir
las lecciones. Para esto lo mismo me daría estar en la escuela.
Pero se puso en pie y comenzó obedientemente a
recitar el poema. Mientras tanto, no dejaba de darle vueltas en su cabeza a la
danza de las langostas y en realidad apenas sabía lo que estaba diciendo. Y así
le resultó lo que recitaba:
La voz de la Langosta
he oído declarar:
Me han tostado demasiado
y ahora tendré que ponerme azúcar.
Lo mismo que el pato hace con los párpados
hace la langosta con su nariz:
ajustarse el cinturón y abotonarse
mientras tuerce los tobillos.
Cuando la arena está seca
Está feliz, tanto como una perdiz,
y habla con desprecio del tiburón.
Pero cuando la marea sube
y los tiburones la cercan,
se le quiebra la voz
Y sólo sabe balbucear.
El Grifo dijo:
--No lo oía así yo cuando era niño. Resulta
distinto.
--Puede ser, aunque lo cierto es que yo jamás he
oído ese poema-- dijo la Falsa Tortuga--, pero el caso es que me suena a
disparates.
Alicia no contestó. Se cubrió la cara con las
manos, tras de sentarse de nuevo y se preguntó si sería posible que nada
pudiera suceder allí de una manera natural.
--Veamos, me gustaría escuchar una explicación
lógica-- dijo la Falsa Tortuga.
--No sabe explicarlo-- intervino el Grifo.--
Pero, bueno, prosigue con la siguiente estrofa.
--Pero-- insistió la Tortuga--, ¿qué hay de los
tobillos! ¿Cómo podía torcérselos con la nariz?
--Se trata de la primera posición de todo el
baile-- aclaró Alicia, que, sin embargo, no comprendía nada de lo que estaba
sucediendo, y deseaba cambiar el tema de la conversación.
--¡Prosigue con la siguiente estrofa!-- reclamó
el Grifo.-- Si no me equivoco es la que comienza diciendo: "Pasé por su
jardín...".
Alicia obedeció, aunque estaba segura de que
todo iba a seguir saliendo tergiversado. Con voz temblorosa dijo:
Pasé por su jardín
y con un solo ojo
pude observar muy bien
cómo el búho y la pantera
estaban repartiéndose un pastel.
La pantera se llevó la pasta,
la carne y el relleno,
mientras que al búho le tocaba
sólo la fuente que contenía el pastel.
Cuando terminaron de comérselo,
al búho le tocaba
sólo la fuente que contenía el pastel.
Cuando terminaron de comérselo,
el búho como regalo,
se llevó en el bolsillo la cucharilla,
en tanto la pantera, con el cuchillo y el
tenedor,
terminaba el singular banquete.
--Lo que digo yo-- dijo la Tortuga, --es ¿de qué
nos sirve tanto recitar y recitar? ¿Si no explicas el significado de los que
estás diciendo! ¡Bueno! ¡Esto es lo más confuso que he oído en mi vida!
--Desde luego --asintió el Grifo--. Creo que lo
mejor será que lo dejes.
Y Alicia se alegró muchísimo. --¿Intentamos otra
figura del Baile de la Langosta? --siguió el Grifo--. ¿O te gustaría que la
Falsa Tortuga te cantara otra canción?
--¡Otra canción, por favor, si la Falsa Tortuga
fuese tan amable! --exclamó Alicia, con tantas prisas que el Grifo se sintió
ofendido.
--¡Vaya! --murmuró en tono dolido--. ¡Sobre
gustos no hay nada escrito! ¿Quieres cantarle Sopa de Tortuga, amiga mía?
La Falsa Tortuga dio un profundo suspiro y
empezó a cantar con voz ahogada por los sollozos:
Hermosa sopa, en la sopera,
tan verde y rica, nos espera.
Es exquisita, es deliciosa.
¡Sopa de noche, hermosa sopa!
¡Hermoooo-sa soooo-pa!
¡Hermooo~-sa soooo-pa!
¡Soooo-pa de la noooo-che!
¡Hermosa, hermosa sopa!
--¡Canta la segunda estrofa! --exclamó el Grifo.
Y la Falsa Tortuga acababa de empezarla, cuando
se oyó a lo lejos un grito de «¡Se abre el juicio!»
--¡Vamos! --gritó el Grifo.
Y, cogiendo a Alicia de la mano, echó a correr,
sin esperar el final de la canción.
--¿Qué juicio es éste? --jadeó Alicia mientras
corrían.
Pero el Grifo se limitó a contestar: «¡Vamos! »,
y se puso a correr aún más aprisa, mientras, cada vez más débiles, arrastradas
por la brisa que les seguía, les llegaban las melancólicas palabras:
¡Soooo-pa de la noooo-che!
¡Hermosa, hermosa sopa!
Capítulo 11 - ¿QUIEN ROBO LAS TARTAS?
Cuando llegaron, el Rey y la Reina de Corazones
estaban sentados en sus tronos, y había una gran multitud congregada a su
alrededor: toda clase de pajarillos y animalitos, así como la baraja de cartas
completa. El Valet estaba de pie ante ellos, encadenado, con un soldado a cada
lado para vigilarlo. Y cerca del Rey estaba el Conejo Blanco, con una trompeta
en una mano y un rollo de pergamino en la otra. Justo en el centro de la sala
había una mesa y encima de ella una gran bandeja de tartas: tenían tan buen
aspecto que a Alicia se le hizo la boca agua al verlas. «¡Ojalá el juicio
termine pronto», pensó, «y repartan la merienda!» Pero no parecía haber muchas
posibilidades de que así fuera, y Alicia se puso a mirar lo que ocurría a su
alrededor, para matar el tiempo.
No había estado nunca en una corte de justicia,
pero había leído cosas sobre ellas en los libros, y se sintió muy satisfecha al
ver que sabía el nombre de casi todo lo que allí había.
--Aquél es el juez --se dijo a sí misma--,
porque lleva esa gran peluca.
El Juez, por cierto, era el Rey; y como llevaba
la corona encima de la peluca, no parecía sentirse muy cómodo, y desde luego no
tenía buen aspecto.
--Y aquello es el estrado del jurado --pensó
Alicia--, y esas doce criaturas (se vio obligada a decir «criaturas», sabéis,
porque algunos eran animales de pelo y otros eran pájaros) supongo que son los
miembros del jurado.
Repitió esta última palabra dos o tres veces
para sí, sintiéndose orgullosa de ella: Alicia pensaba, y con razón, que muy
pocas niñas de su edad podían saber su significado.
Los doce jurados estaban escribiendo
afanosamente en unas pizarras.
--¿Qué están haciendo? --le susurró Alicia al Grifo--.
No pueden tener nada que anotar ahora, antes de que el juicio haya empezado.
--Están anotando sus nombres --susurró el Grifo
como respuesta--, no vaya a ser que se les olviden antes de que termine el
juicio.
--¡Bichejos estúpidos! --empezó a decir Alicia
en voz alta e indignada.
Pero se detuvo rápidamente al oír que el Conejo
Blanco gritaba: «¡Silencio en la sala!», y al ver que el Rey se calaba los
anteojos y miraba severamente a su alrededor para descubrir quién era el que
había hablado.
Alicia pudo ver, tan bien como si estuviera
mirando por encima de sus hombros, que todos los miembros del jurado estaban
escribiendo «¡bichejos estúpidos!» en sus pizarras, e incluso pudo darse cuenta
de que uno de ellos no sabía cómo se escribía «bichejo» y tuvo que preguntarlo
a su vecino. «¡Menudo lío habrán armado en sus pizarras antes de que el juicio
termine!», pensó Alicia.
Uno de los miembros del jurado tenía una tiza
que chirriaba. Naturalmente esto era algo que Alicia no podía soportar, así
pues dio la vuelta a la sala, se colocó a sus espaldas, y encontró muy pronto
oportunidad de arrebatarle la tiza. Lo hizo con tanta habilidad que el
pobrecillo jurado (era Bill, la Lagartija) no se dio cuenta en absoluto de lo
que había sucedido con su tiza; y así, después de buscarla por todas partes, se
vio obligado a escribir con un dedo el resto de la jornada; y esto no servía de
gran cosa, pues no dejaba marca alguna en la pizarra.
--¡Heraldo, lee la acusación! -dijo el Rey.
Y entonces el Conejo Blanco dio tres toques de
trompeta, y desenrolló el pergamino, y leyó lo que sigue:
La Reina cocinó varias tartas
un día de verano azul,
el Valet se apoderó de esas tartas
Y se las llevó a Estambul.
--¡Considerad vuestro veredicto! --dijo el Rey
al jurado.
--¡Todavía no! ¡Todavía no! le interrumpió
apresuradamente el Conejo--. ¡Hay muchas otras cosas antes de esto!
--Llama al primer testigo --dijo el Rey.
Y el Conejo dio tres toques de trompeta y gritó:
--¡Primer testigo!
El primer testigo era el Sombrerero. Compareció
con una taza de té en una mano y un pedazo de pan con mantequilla en la otra.
--Os ruego me perdonéis, Majestad --empezó--,
por traer aquí estas cosas, pero no había terminado de tomar el té, cuando fui
convocado a este juicio.
--Debías haber terminado --dijo el Rey--.
¿Cuándo empezaste?
El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que,
del brazo del Lirón, lo había seguido hasta allí.
--Me parece que fue el catorce de marzo.
--El quince --dijo la Liebre de Marzo.
--El dieciséis --dijo el Lirón.
--Anotad todo esto --ordenó el Rey al jurado.
Y los miembros del jurado se apresuraron a
escribir las tres fechas en sus pizarras, y después sumaron las tres cifras y
redujeron el resultado a chelines y peniques.
--Quítate tu sombrero --ordenó el Rey al
Sombrerero.
--No es mío, Majestad --dijo el Sombrero.
--¡Sombrero robado! --exclamó el Rey,
volviéndose hacia los miembros del jurado, que inmediatamente tomaron nota del
hecho.
--Los tengo para vender --añadió el Sombrerero
como explicación--. Ninguno es mío. Soy sombrerero.
Al llegar a este punto, la Reina se caló los
anteojos y empezó a examinar severamente al Sombrerero, que se puso pálido y se
echó a temblar.
--Di lo que tengas que declarar --exigió el
Rey--, y no te pongas nervioso, o te hago ejecutar en el acto.
Esto no pareció animar al testigo en absoluto:
se apoyaba ora sobre un pie ora sobre el otro, miraba inquieto a la Reina, y
era tal su confusión que dio un tremendo mordisco a la taza de té creyendo que
se trataba del pan con mantequilla.
En este preciso momento Alicia experimentó una
sensación muy extraña, que la desconcertó terriblemente hasta que comprendió lo
que era: había vuelto a empezar a crecer. Al principio pensó que debía
levantarse y abandonar la sala, pero lo pensó mejor y decidió quedarse donde
estaba mientras su tamaño se lo permitiera.
--Haz el favor de no empujar tanto --dijo el
Lirón, que estaba sentado a su lado--. Apenas puedo respirar.
--No puedo evitarlo --contestó humildemente
Alicia--. Estoy creciendo.
--No tienes ningún derecho a crecer aquí --dijo
el Lirón.
--No digas tonterías --replicó Alicia con más
brío--. De sobra sabes que también tú creces.
--Sí, pero yo crezco a un ritmo razonable --dijo
el Lirón--, y no de esta manera grotesca.
Se levantó con aire digno y fue a situarse al
otro extremo de la sala.
Durante todo este tiempo, la Reina no le había
quitado los ojos de encima al Sombrerero, y, justo en el momento en que el
Lirón cruzaba la sala, ordenó a uno de los ujieres de la corte:
--¡Tráeme la lista de los cantantes del último
concierto!
Lo que produjo en el Sombrerero tal ataque de
temblor que las botas se le salieron de los pies.
--Di lo que tengas que declarar --repitió el Rey
muy enfadado--, o te hago ejecutar ahora mismo, estés nervioso o no lo estés.
--Soy un pobre hombre, Majestad --empezó a decir
el Sombrerero en voz temblorosa--... y no había empezado aún a tomar el té...
no debe hacer siquiera una semana... y las rebanadas de pan con mantequilla se
hacían cada vez más delgadas... y el titileo del té...
--¿El titileo de qué? --preguntó el Rey.
--El titileo empezó con el té --contestó el
Sombrerero.
--¡Querrás decir que titileo empieza con la T!
--replicó el Rey con aspereza--. ¿Crees que no sé ortografía? ¡Sigue!
--Soy un pobre hombre --siguió el Sombrerero-...
y otras cosas empezaron a titilear después de aquello... pero la Liebre de
Marzo dijo...
--¡Yo no dije eso! --se apresuró a interrumpirle
la Liebre de Marzo.
--¡Lo dijiste! --gritó el Sombrerero.
--¡Lo niego! --dijo la Liebre de Marzo.
--Ella lo niega --dijo el Rey--. Tachad esta
parte.
--Bueno, en cualquier caso, el Lirón dijo...
--siguió el Sombrerero, y miró ansioso aa su alrededor, para ver si el Lirón
también lo negaba, pero el Lirón no negó nada, porque estaba profundamente
dormido--. Después de esto --continuó el Sombrerero--, cogí un poco más de pan
con mantequilla...
--¿Pero qué fue lo que dijo el Lirón? --preguntó
uno de los miembros del jurado.
--De esto no puedo acordarme --dijo el
Sombrerero.
--Tienes que acordarte --subrayó el Rey--, o
haré que te ejecuten.
El desgraciado Sombrerero dejó caer la taza de
té y el pan con mantequilla, y cayó de rodillas.
--Soy un pobre hombre, Majestad --empezó.
--Lo que eres es un pobre orador --dijo
sarcástico el Rey.
Al llegar a este punto uno de los conejillos de
indias empezó a aplaudir, y fue inmediatamente reprimido por los ujieres de la
corte. (Como eso de «reprimir» puede resultar difícil de entender, voy a
explicar con exactitud lo que pasó. Los ujieres tenían un gran saco de lona,
cuya boca se cerraba con una cuerda: dentro de este saco metieron al conejillo
de indias, la cabeza por delante, y después se sentaron encima).
--Me alegro muchísimo de haber visto esto --se
dijo Alicia--. Estoy harta de leer en los periódicos que, al final de un
juicio, «estalló una salva de aplausos, que fue inmediatamente reprimida por
los ujieres de la sala», y nunca comprendí hasta ahora lo que querían decir.
--Si esto es todo lo que sabes del caso, ya
puedes bajar del estrado --siguió diciendo el Rey.
--No puedo bajar más abajo --dijo el Sombrerero--,
porque ya estoy en el mismísimo suelo.
--Entonces puedes sentarte --replicó el Rey.
Al llegar a este punto el otro conejillo de
indias empezó a aplaudir, y fue también reprimido.
--¡Vaya, con eso acaban los conejillos de
indias! --se dijo Alicia--. Me parece que todo irá mejor sin ellos.
--Preferiría terminar de tomar el té --dijo el
Sombrerero, lanzando una mirada inquieta hacia la Reina, que estaba leyendo la
lista de cantantes.
--Puedes irte --dijo el Rey. Y el Sombrerero
salió volando de la sala, sin esperar siquiera el tiempo suficiente para
ponerse los zapatos.
--Y al salir que le corten la cabeza -añadió la
Reina, dirigiéndose a uno de los ujieres.
Pero el Sombrerero se había perdido de vista,
antes de que el ujier pudiera llegar a la puerta de la sala.
--¡Llama al siguiente testigo! --dijo el Rey.
El siguiente testigo era la cocinera de la
Duquesa. Llevaba el pote de pimienta en la mano, y Alicia supo que era ella,
incluso antes de que entrara en la sala, por el modo en que la gente que estaba
cerca de la puerta empezó a estornudar.
--Di lo que tengas que declarar --ordenó el Rey.
--De eso nada --dijo la cocinera.
El Rey miró con ansiedad al Conejo Blanco, y el
Conejo Blanco dijo en voz baja:
--Su Majestad debe examinar detenidamente a este
testigo.
--Bueno, si debo hacerlo, lo haré --dijo el Rey
con resignación, y, tras cruzarse de brazos y mirar de hito en hito a la
cocinera con aire amenazador, preguntó en voz profunda--: ¿De qué se hacen las
tartas?
--Sobre todo de pimienta --respondió la
cocinera.
--Melaza -dijo a sus espaldas una voz
soñolienta.
--Prended a ese Lirón --chilló la Reina--.
¡Decapitad a ese Lirón! ¡Arrojad a ese Lirón de la sala! ¡Reprimidle!
¡Pellizcadle! ¡Dejadle sin bigotes!
Durante unos minutos reinó gran confusión en la
sala, para arrojar de ella al Lirón, y, cuando todos volvieron a ocupar sus
puestos, la cocinera había desaparecido.
--¡No importa! --dijo el Rey, con aire de
alivio--. Llama al siguiente testigo. --Y añadió a media voz dirigiéndose a la
Reina-: Realmente, cariño, debieras interrogar tú al próximo testigo. ¡Estas
cosas me dan dolor de cabeza!
Alicia observó al Conejo Blanco, que examinaba
la lista, y se preguntó con curiosidad quién sería el próximo testigo. «Porque
hasta ahora poco ha sido lo que han sacado en limpio», se dijo para sí.
Imaginad su sorpresa cuando el Conejo Blanco, elevando al máximo volumen su
vocecilla, leyó el nombre de:
--¡Alicia!
Capítulo 12 - LA DECLARACION DE ALICIALA
DECLARACION DE ALICIA
--¡Estoy aquí! --gritó Alicia.
Y olvidando, en la emoción del momento, lo mucho
que había crecido en los últimos minutos, se puso en pie con tal precipitación
que golpeó con el borde de su falda el estrado de los jurados, y todos los
miembros del jurado cayeron de cabeza encima de la gente que había debajo, y
quedaron allí pataleando y agitándose, y esto le recordó a Alicia intensamente
la pecera de peces de colores que ella había volcado sin querer la semana
pasada.
--¡Oh, les ruego me perdonen! --exclamó Alicia
en tono consternado.
Y empezó a levantarlos a toda prisa, pues no
podía apartar de su mente el accidente de la pecera, y tenía la vaga sensación
de que era preciso recogerlas cuanto antes y devolverlos al estrado, o de lo
contrario morirían.
--El juicio no puede seguir --dijo el Rey con
voz muy grave-- hasta que todos los miembros del jurado hayan ocupado
debidamente sus puestos... todos los miembros del jurado --repitió con mucho
énfasis, mirando severamente a Alicia mientras decía estas palabras.
Alicia miró hacia el estrado del jurado, y vio
que, con las prisas, había colocado a la Lagartija cabeza abajo, y el pobre
animalito, incapaz de incorporarse, no podía hacer otra cosa que agitar
melancólicamente la cola.
Alicia lo cogió inmediatamente y lo colocó en la
postura adecuada.
«Aunque no creo que sirva de gran cosa», se dijo
para sí. «Me parece que el juicio no va a cambiar en nada por el hecho de que
este animalito esté de pies o de cabeza».
Tan pronto como el jurado se hubo recobrado un
poco del shock que había sufrido, y hubo encontrado y enarbolado de nuevo sus
tizas y pizarras, se pusieron todos a escribir con gran diligencia para
consignar la historia del accidente. Todos menos la Lagartija, que parecía
haber quedado demasiado impresionada para hacer otra cosa que estar sentada allí,
con la boca abierta, los ojos fijos en el techo de la sala.
--¿Qué sabes tú de este asunto? --le dijo el Rey
a Alicia.
--Nada --dijo Alicia.
--¿Nada de nada? --insistió el Rey.
--Nada de nada --dijo Alicia.
--Esto es algo realmente trascendente --dijo el
Rey, dirigiéndose al jurado.
Y los miembros del jurado estaban empezando a
anotar esto en sus pizarras, cuando intervino a toda prisa el Conejo Blanco:
--Naturalmente, Su Majestad ha querido decir
intrascendente --dijo en tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y
haciéndole signos de inteligencia al Rey mientras hablaba.
Intrascendente es lo que he querido decir,
naturalmente --se apresuró a decir el Rey.
Y empezó a mascullar para sí: «Trascendente...
intrascendente...
trascendente... intrascendente...», como si
estuviera intentando decidir qué palabra sonaba mejor.
Parte del jurado escribió «trascendente», y otra
parte escribió «intrascendente». Alicia pudo verlo, pues estaba lo suficiente
cerca de los miembros del jurado para leer sus pizarras. «Pero esto no tiene la
menor importancia», se dijo para sí.
En este momento el Rey, que había estado muy
ocupado escribiendo algo en su libreta de notas, gritó: «¡Silencio!», y leyó en
su libreta:
--Artículo Cuarenta y Dos. Toda persona que mida
más de un kilómetro tendrá que abandonar la sala.
Todos miraron a Alicia.
--Yo no mido un kilómetro --protestó Alicia.
--Sí lo mides --dijo el Rey.
--Mides casi dos kilómetros añadió la Reina.
--Bueno, pues no pienso moverme de aquí, de
todos modos --aseguró Alicia--. Y además este artículo no vale: usted lo acaba
de inventar.
--Es el artículo más viejo de todo el libro
--dijo el Rey.
--En tal caso, debería llevar el Número Uno
--dijo Alicia.
El Rey palideció, y cerró a toda prisa su libro
de notas.
--¡Considerad vuestro veredicto! --ordenó al
jurado, en voz débil y temblorosa.
--Faltan todavía muchas pruebas, con la venia de
Su Majestad --dijo el Conejo Blanco, poniéndose apresuradamente de pie--. Acaba
de encontrarse este papel.
--¿Qué dice este papel? --preguntó la Reina.
--Todavía no lo he abierto --contestó el Conejo
Blanco--, pero parece ser una carta, escrita por el prisionero a... a alguien.
--Así debe ser --asintió el Rey--, porque de lo
contrario hubiera sido escrita a nadie, lo cual es poco frecuente.
--¿A quién va dirigida? --preguntó uno de los
miembros del jurado.
--No va dirigida a nadie --dijo el Conejo
Blanco--. No lleva nada escrito en la parte exterior. --Desdobló el papel,
mientras hablaba, y añadió--: Bueno, en realidad no es una carta: es una serie
de versos.
--¿Están en la letra del acusado? --preguntó
otro de los miembros del jurado.
--No, no lo están --dijo el Conejo Blanco--, y
esto es lo más extraño de todo este asunto.
(Todos los miembros del jurado quedaron
perplejos).
--Debe de haber imitado la letra de otra persona
--dijo el Rey.
(Todos los miembros del jurado respiraron con
alivio).
--Con la venia de Su Majestad --dijo el Valet--,
yo no he escrito este papel, y nadie puede probar que lo haya hecho, porque no
hay ninguna firma al final del escrito.
--Si no lo has firmado --dijo el Rey--, eso no
hace más que agravar tu culpa.
Lo tienes que haber escrito con mala intención,
o de lo contrario habrías firmado con tu nombre como cualquier persona honrada.
Un unánime aplauso siguió a estas palabras: en
realidad, era la primera cosa sensata que el Rey había dicho en todo el día.
--Esto prueba su culpabilidad, naturalmente
--exclamó la Reina--. Por lo tanto, que le corten...
--¡Esto no prueba nada de nada! --protestó
Alicia--. ¡Si ni siquiera sabemos lo que hay escrito en el papel!
--Léelo --ordenó el Rey al Conejo Blanco.
El Conejo Blanco se puso las gafas. --¡Por dónde
debo empezar, con la venia de Su Majestad? --preguntó.
--Empieza por el principio --dijo el Rey con
gravedad-- y sigue hasta llegar al final; allí te paras.
Se hizo un silencio de muerte en la sala,
mientras el Conejo Blanco leía los siguientes versos:
Dijeron que fuiste a verla
y que a él le hablaste de mí:
ella aprobó mi carácter
y yo a nadar no aprendí.
Él dijo que yo no era
(bien sabemos que es verdad):
pero si ella insistiera
¿qué te podría pasar?
Yo di una, ellos dos,
tú nos diste tres o más,
todas volvieron a ti, y eran
mías tiempo atrás.
Si ella o yo tal vez nos vemos
mezclados en este lío,
él espera tú los libres
y sean como al principio.
Me parece que tú fuiste
(antes del ataque de ella),
entre él, y yo y aquello
un motivo de querella.
No dejes que él sepa nunca
que ella los quería más,
pues debe ser un secreto
y entre tú y yo ha de quedar.
--¡Ésta es la prueba más importante que hemos
obtenido hasta ahora! --dijo el Rey, frotándose las manos--. Así pues, que el
jurado proceda a...
--Si alguno de vosotros es capaz de explicarme
este galimatías --dijo Alicia (había crecido tanto en los últimos minutos que
no le daba ningún miedo interrumpir al Rey)--, le doy seis peniques.
Yo estoy convencida de que estos versos no
tienen pies ni cabeza.
Todos los miembros del jurado escribieron en sus
pizarras: «Ella está convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza»,
pero ninguno de ellos se atrevió a explicar el contenido del escrito.
--Si el poema no tiene sentido --dijo el Rey--,
eso nos evitará muchas complicaciones, porque no tendremos que buscárselo. Y,
sin embargo --siguió, apoyando el papel sobre sus rodillas y mirándolo con ojos
entornados--, me parece que yo veo algún significado... Y yo a nadar no
aprendí... Tú no sabes nadar, ¿o sí sabes? --añadió, dirigiéndose al Valet.
El Valet sacudió tristemente la cabeza.
--¿Tengo yo aspecto de saber nadar? --dijo.
(Desde luego no lo tenía, ya que estaba hecho
enteramente de cartón.)--Hasta aquí todo encaja --observó el Rey, y siguió
murmurando para sí mientras examinaba los versos--: Bien sabemos que es
verdad... Evidentemente se refiere al jurado... Pero si ella insistiera...
Tiene que ser la Reina...
¿Qué te podría pasar?... ¿Qué, en efecto? Yo di
una, ellos dos... Vaya, esto debe ser lo que él hizo con las tartas...
--Pero después sigue todas volvieron a ti
--observó Alicia.
--¡Claro, y aquí están! --exclamó triunfalmente
el Rey, señalando las tartas que había sobre la mesa . Está más claro que el
agua. Y más adelante... Antes del ataque de ella... ¿Tú nunca tienes ataques,
verdad, querida? --le dijo a la Reina.
--¡Nunca! --rugió la Reina furiosa, arrojando un
tintero contra la pobre Lagartija.
(La infeliz Lagartija había renunciado ya a
escribir en su pizarra con el dedo, porque se dio cuenta de que no dejaba
marca, pero ahora se apresuró a empezar de nuevo, aprovechando la tinta que le
caía chorreando por la cara, todo el rato que pudo).
--Entonces las palabras del verso no pueden
atacarte a ti --dijo el Rey, mirando a su alrededor con una sonrisa.
Había un silencio de muerte.
--¡Es un juego de palabras! --tuvo que explicar
el Rey con acritud.
Y ahora todos rieron.
--¡Que el jurado considere su veredicto!
--ordenó el Rey, por centésima vez aquell día.
--¡No! ¡No! --protestó la Reina--. Primero la
sentencia... El veredicto después.
--¡Valiente idiotez! --exclamó Alicia alzando la
voz--. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero!
--¡Cállate la boca! --gritó la Reina, poniéndose
color púrpura.
--¡No quiero! --dijo Alicia.
--¡Que le corten la cabeza! --chilló la Reina a
grito pelado.
Nadie se movió.
--¡Quién le va a hacer caso? --dijo Alicia (al
llegar a este momento ya había crecido hasta su estatura normal)--. ¡No sois
todos más que una baraja de cartas!
Al oír esto la baraja se elevó por los aires y
se precipitó en picada contra ella. Alicia dio un pequeño grito, mitad de miedo
y mitad de enfado, e intentó sacárselos de encima... Y se encontró tumbada en
la ribera, con la cabeza apoyada en la falda de su hermana, que le estaba
quitando cariñosamente de la cara unas hojas secas que habían caído desde los
árboles.
--¡Despierta ya, Alicia! --le dijo su hermana--.
¡Cuánto rato has dormido!
--¡Oh, he tenido un sueño tan extraño! --dijo
Alicia.
Y le contó a su hermana, tan bien como sus
recuerdos lo permitían, todas las sorprendentes aventuras que hemos estado
leyendo. Y, cuando hubo terminado, su hermana le dio un beso y le dijo:
--Realmente, ha sido un sueño extraño, cariño.
Pero ahora corre a merendar. Se está haciendo tarde.
Así pues, Alicia se levantó y se alejó corriendo
de allí, y mientras corría no dejó de pensar en el maravilloso sueño que había
tenido.
Pero su hermana siguió sentada allí, tal como
Alicia la había dejado, la cabeza apoyada en una mano, viendo cómo se ponía el
sol y pensando en la pequeña Alicia y en sus maravillosas aventuras. Hasta que
también ella empezó a soñar a su vez, y éste fue su sueño:
Primero, soñó en la propia Alicia, y le pareció
sentir de nuevo las manos de la niña apoyadas en sus rodillas y ver sus ojos
brillantes y curiosos fijos en ella. Oía todos los tonos de su voz y veía el
gesto con que apartaba los cabellos que siempre le caían delante de los ojos. Y
mientras los oía, o imaginaba que los oía, el espacio que la rodeaba cobró vida
y se pobló con los extraños personajes del sueño de su hermana.
La alta hierba se agitó a sus pies cuando pasó
corriendo el Conejo Blanco; el asustado Ratón chapoteó en un estanque cercano;
pudo oír el tintineo de las tazas de porcelana mientras la Liebre de Marzo y
sus amigos proseguían aquella merienda interminable, y la penetrante voz de la
Reina ordenando que se cortara la cabeza a sus invitados; de nuevo el bebé-cerdito
estornudó en brazos de la Duquesa, mientras platos y fuentes se estrellaban a
su alrededor; de nuevo se llenó el aire con los graznidos del Grifo, el
chirriar de la tiza de la Lagartija y los aplausos de los «reprimidos»
conejillos de indias, mezclado todo con el distante sollozar de la Falsa
Tortuga.
La hermana de Alicia estaba sentada allí, con
los ojos cerrados, y casi creyó encontrarse ella también en el País de las
Maravillas. Pero sabía que le bastaba volver a abrir los ojos para encontrarse
de golpe en la aburrida realidad. La hierba sería sólo agitada por el viento, y
el chapoteo del estanque se debería al temblor de las cañas que crecían en él.
El tintineo de las tazas de té se transformaría en el resonar de unos
cencerros, y la penetrante voz de la Reina en los gritos de un pastor. Y los
estornudos del bebé, los graznidos del Grifo, y todos los otros ruidos
misteriosos, se transformarían (ella lo sabía) en el confuso rumor que llegaba
desde una granja vecina, mientras el lejano balar de los rebaños sustituía los
sollozos de la Falsa Tortuga.
Por último, imaginó cómo sería, en el futuro,
esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia cuando se convirtiera en una
mujer. Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón
sencillo y entusiasta de su niñez, y que reuniría a su alrededor a otros
chiquillos, y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento
extraño, quizás este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido
años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se alegraría con los
ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices
días del verano.
FIN