R.
Estrada Villa y pacientes: "Al desnudar sus cuerpos, se les hacía más
fácil desnudar también sus almas".
"YO PRESENCIE UNA SESIÓN DE TERAPIA
SEXUAL"
Por
María Julia Guerra
Revista:
Contenido, Julio de 1981. (págs. 81 a la 88)
UNA ESTUDIANTE DE MEDICINA
PENETRA A UN "TALLER" DONDE INDIVIDUOS DE UNO Y OTRO SEXO TRATAN DE
SUPERAR, EXHIBIENDOLOS, SUS ANGUSTIOSOS PROBLEMAS.
Rafael: Me hice mucho a la idea de
entrar al taller de sexología natural, pero ahorita, en el momento, no puedo.
¡No puedo! Es que no soporto ver cuerpos desnudos, ni que nadie mire mi cuerpo.
Cuando estuve casada, nunca miré abiertamente a mi marido desnudo, y siempre
traté de evitar que él me viera. A veces él me arrancaba las ropas, y eso
me hacía sentirme muy mal. No sé; quiero y no quiero entrar. Tan solo pensar
que mis compañeros de terapia me verían desnuda me produce una angustia
horrible, como si ellos me fueran a recriminar. Recuerdo que, de pequeña, me
bañaba con una hermana mayor, y observaba con curiosidad cómo su cuerpo se iba
desarrollando.
Pero después ya no nos
permitieron bañarnos juntas. Nunca más pude verla, ni a ella ni a mi otra
hermana, y mucho menos a mi madre, que hasta para cambiarse de zapatos se
encierra con llave. Y me habría gustado verla desnuda. Todavía me gustaría.
Cuando me empezó a crecer el vello púbico me asusté muchísimo y pensé que me
brotaba porque yo era mala. Creía que sólo yo tenía vello púbico y me lo
cortaba al ras con unas tijeras. Sólo después, en el baño del internado, pude
ver que otras niñas también tenían vello púbico: me fascinaba espiarlas.
Rafael, créeme que yo sí quiero enfrentar y resolver mis problemas, pero no
puedo entrar.
Perdóname esta
cobardía.
El texto transcrito
proviene de la carta que una paciente arrepentida dejó un día en la antesala
del sexólogo capitalino Rafael Estrada Villa. La paciente habían sido citada
por el médico para iniciar un tratamiento de terapia sexual en grupo, pero en
el último minuto la mujer no pudo vencer sus temores y optó por huir.
SIN
TAPUJOS
Muchos otros pacientes sí
se atreven y, según los sexólogos, cuando menos 7 de cada 10 obtienen algún
grado de mejoría.
La carrera de sexología
todavía no se imparte en la UNAM como rama regular, y los pocos sexólogos que
trabajan en México han tenido que especializarse en el extranjero. Estos, sin
embargo están haciendo escuela. Uno de los varios grupos académicos formados en
los últimos tiempos en el D. F. (el Instituto Mexicano de Sexología) ya ha
entrenado a cerca de un millar de terapeutas, en especial urólogos, ginecólogos
y sicólogos interesados en ampliar su campo de actividades. El progreso es
grande si se considera que, hasta hace 5 o 6 años, las personas que deseaban
someterse a terapia sexual tenían que buscarla en Estados Unidos.
En un medio cargado de
prejuicios, a las instituciones formadas en los últimos años por sexólogos
mexicanos han preferido llamarlas "instituto" o "sociedad",
en vez de academia, que podría sonar presuntuoso. Y para no incurrir en pecado
de escándalo, la mayoría de los sexólogos mexicanos eluden hablar con legos
sobre sus métodos terapéuticos.
Sólo Estrada Villa se
atreve, de vez en cuando, a publicar unos anuncios muy circunspectos, y en
periódicos "serios", para invitar a unos "talleres de sexología
natural", eufemismo con que denomina a sus sesiones de terapia grupal.
Estrada Villa, de 51 años
de edad, divorciado y padre de 5 hijos, se graduó en el Politécnico y estudió
en el extranjero hipnología, medicina sicosomática y técnicas de relajación. De
estas disciplinas extrajo sistemas con los cuales, asegura, ha logrado crear su
propio método de terapia sexual. En papeles científicos y ponencias presentadas
ante congresos médicos, Estrada Villa abandona los eufemismos y denomina a su
método, sencillamente, "Terapia de Desnudo".
Entre los pacientes de
Estrada Villa predominan las personas de clase relativamente acomodada, con
cultura universitaria o equivalente; muchos son casados o casadas, de entre 30
y 40 años de edad. También le ha tocado atender a 2 sacerdotes católicos que
buscaron el tratamiento porque, si bien tenían relaciones sexuales con mujeres,
no lograban disfrutarlas.
¿Cómo funciona la terapia
sexual mexicana? Una estudiante de medicina, que proyecta especializarse en
sexología, aceptó asistir a uno de los "talleres" de Estrada Villa y
luego relatar minuciosamente lo sucedido en las sesiones. A continuación, una
síntesis de su relato.
CONFESIONES
Para participar en el “taller”
de Estrada Villa pagué 1 500 pesos, igual que los demás. Previamente sostuve
una entrevista con el médico. Estrada Villa inspira confianza. Es un hombre de
estatura media, abundante cabellera canosa y gruesas cejas negras. No mira a su
interlocutor, sino que lo contempla. Su voz, pausada, grave, envolvente, invita
a confiar en él. También di respuesta a un extenso cuestionario, algo así como
mi historia clínica sexual. Después quedé lista para asistir a las 3 sesiones
de esta especie de curso intensivo: 4 horas en la mañana de un sábado, 3 horas
en la tarde y otras 4 horas en la mañana del domingo.
El sábado nos reunimos 8
hombres y 7 mujeres. Al entrar al salón donde se realizan las sesiones, algunos
se veían notoriamente nerviosos, aunque el ambiente era de sosiego por la
alfombra que amortigua los pasos, la cálida temperatura, la ausencia de luz exterior,
y la certeza de estar protegidos contra intromisiones. Un dulzón olor a
incienso se percibía en toda la sala, y de bocinas ocultas en las paredes
brotaba música suave.
Nos sentamos en cojines
distribuidos por todo el salón. Sin dar tiempo a que la tensión creciera, se
nos invitó a hablar sobre nuestros motivos para recurrir a la terapia.
El primero en tomar la
palabra fue un cuarentón, padre de 5 hijos. Al casarse, a los 23 años, tuvo su
primer experiencia sexual. Con la llegada de los hijos –uno por año- la esposa
perdió el interés en la relación sexual. –Algunas noches, no importa lo que le
estuviera haciendo, mi mujer se quedaba dormida. Después me volví impotente- dijo.
Otro hombre, aproximadamente
de la misma edad –también casado y con hijos, según parece- no logró explicarse
coherentemente y sólo balbuceaba, una y otra vez:
-Lo mío es peor, peor... ustedes
ni se imaginan... Me siento muy mal... Sufro mucho....
Los otros, al igual que
yo, esperaban más detalles. Pero el hombre calló. Entonces tomó la palabra un
joven de poco más de 20 años.
-Lo que a mi me angustia
es que no me atrevo a relacionarme con ninguna mujer... y tampoco se me antoja.
Creo que mis tendencias son homosexuales... eso me temo. Pero tampoco me atrevo
a relacionarme con un hombre. Quisiera definirme pero tengo miedo de hacerlo.
No dijo más. Su mirada
huidiza, se fijó en la alfombra.
En seguida, casi alegremente,
una veinte añera explicó que asistía al curso sólo con el propósito de aprender
algo útil para su oficio como masajista. Y, en tono impersonal, una mujer como
de 30 años declaró que “después de una desilusión sexual y afectiva” se había
vuelto completamente frígida. Ha probado de todo: desde un constante cambiar de
pareja hasta prescindir totalmente de la actividad sexual; peri ni promiscua ni
abstinente encontraba la felicidad.
Nadie más habló. Yo me
limitaba a escuchar.
TAMBORES
-Ahora- dijo el terapeuta-,
unos ejercicios de relajación muscular.
Todos nos pusimos de pie.
Había que seguir con el cuerpo el ritmo de la música, aflojar los músculos –de piernas,
brazos, torso, cuello- y dejarse arrastrar por el ritmo insistente de una música
de tambores, como de culto africano o antillano. Algunos de mis compañeros hacían
como que bailaban mientras otros efectuaban movimientos pélvicos francamente sexuales.
Esto duró varios minutos.
Nos tendimos en la
alfombra. Por indicaciones del director tratamos de acompasar el ritmo
respiratorio con el de la música. Yo estaba tensa, y sin poder entregarme a la
tarea. Algunos de los otros, en cambio, respiraban aceleradamente, emitiendo
ahogados gemidos. Sentí vibrar el piso con sus estremecimiento; entonces el
terapieta se acercó a cada uno de nosotros, y con las yemas de los dedos nos
tocó levemente las manos, los brazos o el cuello. Lo vi aproximarse, y cuando
llegó a mi lado me tocó la nuca. Al instante, al contacto con sus dedos, sentí
un dolor muy agudo.
¿Qué te preocupa? –dijo-
¿Por qué no te relajas y abandonas tus tensiones?
-Tengo las manos y los
pies entumecidos- repuse. Estrada Villa trató de calentar mis manos con las
suyas; luego me arropó con una cobija.
En seguida nos colocamos
en forma de estrella, con los pies hacia el centro, sin tocarnos. –Es para compartir
nuestra energía- dijo el terapeuta . Había que escuchar la música, tranquilamente,
sin dejar de respirar a gusto, relajados. La música siguió marcando el ritmo
respiratorio de todos. Me sentí aún más helada bajo la manta. Mis compañeros
repiraban cada vez más entrecortada, casi febrilmente. Así, por un tiempo. Al
rato nos sentamos de cara al centro del círculo.
El director se dirigió a mí
para preguntar si seguía con frío. Le dije que sí, que mis piernas estaban
entumecidas. Entonces, todos me tocaron con sus dedos en la cabeza o en las
rodillas, tratando de darme calor y comunicarme energía. Pero yo no sentí nada.
-Es tu defensa- explicó el
terapeuta-; antes que correr el riesgo de sentir, prefieres entumecerte. Por
eso no permites que fluya tu sangre.
El tono era casi monótono,
sin énfasis especial, pero a mí me pareció como una orden para que mi sangre
rompiera un dique en mis venas y comenzase a circular velozmente. Una oleada de
tibio calor inundó mi cuerpo.
-¿Cómo te sientes ahora? –preguntó.
-Sensacional- contesté sin
vacilar, asombrada de la espontaneidad de mi respuesta.
La sesión matutina terminó
con la advertencia de tomar sólo una comida ligera.
De regreso a casa aproveché
una alto para verme al espejo retrovisor del coche. Tuve la impresión de que mi
cutis era más fresco y sonrosado, y que mi ojos era más brillantes.
GALLINAS
CIEGAS
Esa tarde la música fue
diferente: sonidos rítmicos de pequeños címbalos, rasguear de cítaras, golpes
digitales en tamborcillos y hasta el chillido quejumbroso de una flauta, quizá
hindú. La luz, tenue.
Para centrar la atención,
nuestro primer ejercicio consistió en mirar fijamente unos pequeños cuadros
que, a la altura del piso y apoyados en la pared, mostraban 5 figuras
sencillas: una media luna, una cruz, un círculo, una raya y un punto. Al cabo
de un tiempo, al cerrar los ojos las figuras permanecían en la retina con una
leve coloración.
De pie, repetimos brevemente
el ejercicio de la mañana, de seguir la música con movimientos del cuerpo.
La experiencia de la
primera sesión me dio confianza para aceptar sin reticencia la etapa de
reconocimiento corporal, o sea de identificación del cuerpo ajeno.
Es como jugar a la gallina
ciega: En la penumbra, casi oscuridad, caminamos lentamente, con las manos
extendidas, y con el puro tacto de la yema de los dedos, suavemente, tratamos
de sentir a la persona, hombre o mujer con quien nos topábamos. De esta manera,
mi pelo, mi cara, mi cuello, mi pecho, mi espalda, mi vientre y mis muslos eran
detectados por alguien a quien no alcanzaba a reconocer. Igual hice yo con 2
compañeros que encontré en mi camino. Todos estábamos completamente vestidos.
Todos tocamos suave y respetuosamente, sin manosear ni oprimir.
Luego se repitió el
reconocimiento corporal, pero, esta vez, desnudos. Dos de los hombres
decidieron conservar puestos los shorts, sin que el terapeuta lo impidiera.
El contacto de piel a piel
fue igualmente respetuoso y suave. Casi tímido. Sin que hubiera prohibición expresa,
el tocamiento de las partes más íntimas quedó excluido. Durante el encuentro
algunos se extendían en el suelo, otros preferían sentarse. Tendido o sentado,
cada quien acariciaba calmadamente a la persona más próxima, hombre o mujer.
Unos preferían tocar y otros ser tocados. Yo permanecí sentada, tranquila, al
tiempo que mi cuerpo era reconocido por unas manos tibias. Por mi parte descubrí
otro cuerpo. El director también estaba desnudo. No invitaba a nadie, ni rehuía
a quien deseara acariciarlo o hacerse acariciar por él.
Terminada la práctica, la
luz se encendió. Mientras veníamos observé los rostros de mis compañeros: algunos
serios, pero tranquilos; uno que otro ligeramente sonrojado, y uno como
sorprendido, tratando de explicarse algo.
El terapeuta nos pidió
nuestras impresiones. U hombre reconoció haberse excitado al acariciar a las
mujeres y dijo que sintió miedo de “faltarles al respeto”. La mujer frígida no
sintió “nada de nada”. El joven con temor a descubrirse homosexual no supo
explicar por qué puso tanto cuidado en no rozar a ningún hombre y, en cambio,
descansó la cabeza en el pecho de una de las mujeres. Yo seguí sintiendo un calor ajeno en mis manos.
MUSCULOS
Domingo, tercera y última
sesión. El salón plenamente iluminado. Estamos sentados en posición de flor de
loto, en ropa interior o con leotardo de gimnasia.
Hay que hacer varios
ejercicios. El primero consiste en mover los ojos con los párpados cerrados
(para estimular el funcionamiento de ciertas glándulas, según el terapeuta); en
otro, al tiempo que hacemos inspiraciones y expiraciones, hay que realizar contracciones
rítmicas del esfínter anal y, en el caso de las mujeres, con los músculos de la
vagina.
Me parece estar en una
clase de yoga. Por los comentarios y mi propia experiencia advierto que todos
empezamos a distinguir matices sutiles en nuestros movimientos musculares, que
en cualquier otra oportunidad suelen pasar inadvertidos.
Estamos tendidos de
espaldas, totalmente desnudos y con una pelota de tenis bajo el coxis. Hay que
hacer girar la pelota mediante contracciones de los músculos y, luego, girar el
cuerpo sobre ella, sin perderla. Por último, con 2 pelotas a la altura de
nuestra espalda, bajo los omóplatos, nos impulsamos con los pies para que las esferas
nos den masaje a todo lo largo de la columna vertebral.
Termina el ejercicio y nos
sentamos en círculo. El director, también desnudo, se para en el centro.
-Observen mi cuerpo
detenidamente y díganme qué ven- pide.
-Yo veo lonjas,
-Yo un cuerpo sereno,
seguro de sí mismo.
-Mucho vello- remata una
joven.
MIRADAS
Por turno, todos pasamos
al centro para ser observados. Cada cuerpo es comentado en detalle. En general,
las opiniones son comedidas, casi afectuosas; a veces humorísticas, pero sin
llegar a ser hirientes.
Más interesante que los
comentarios es lo que cada quien externa cuando es el foco de la atención de
los demás. Estoy por creer que la desnudez del cuerpo ayuda a desnudar nuestra
alma.
El imponente se exalta y, lleno de entusiasmo, dice estar
decidido a experimentar con diferentes mujeres para tratar de vencer su mal.
Alguien que casi no ha abierto la boca, de pronto declara que siente miedo de
las mujeres. Es un hombre joven, bien parecido, que había venido adoptando una
pose de galán irresistible. Percibo en su rostro una expresión de alivio. Con timidez
devuelve la sonrisa afectuosa que le dirigen las mujeres del círculo.
Aquel que en la primera
sesión no logró hilar 2 frases seguidas para explicar su problema, tras muchas vacilaciones
y tartamudeos logra al fin hablar:
-¡Lo que pasa es que soy
exhibicionista!- grita, y rompe a llorar.
Entre sollozos, entrecortadamente,
encimando las palabras, explica cada vez que siente ira por alguna frustración o
disgusto, no puede reprimir el impulso de acechar el paso de alguna mujer en
una calle solitaria. Cuando ella aparece, él se abre los pantalones y le
muestra los genitales.
-¡No sé por qué lo hago!
¡No sé por qué lo hago!- repite sin poder contener los sollozos.
El médico da la pauta:
abraza al hombre y lo consuela, como a un niño. Otros hacen lo mismo, hasta que
el hombre se calma y vuelve a su lugar en el círculo.
MANO
DURA
El último en hablar es el
joven que teme ser homosexual. Sorprende la dureza con la que lo trata el
terapeuta.
-¿Qué quieres, en
realidad? –lo increpa el médico con una voz fría y fuerte-. Si te gustan los
hombres, ¿por qué no los tocas? ¡A ver! ¡Tócalos! ¡A todos! ¡Uno por uno!
Con el temor pintado en la
cara, el muchacho obedece: roza brevemente los cuerpos de los hombres que lo
rodean.
¡Tócalos! ¡A poco no te
atreves!? –lo fustiga el médico.
El muchacho se retuerce,
con desesperación y, por fin, con voz casi inaudible confiesa su deseo más
profundo. La explicación es cortada de tajo por las palabras del terapeuta:
-¿De veras? ¿O quieres
chupón?
En la mano, el médico
exhibe un chupón que, después de breve forcejeo, mete en la boca del muchacho.
Ante nuestros ojos se opera una instantánea metamorfosis. El joven se transforma
en un niñito. Se sienta en un rincón, casi en posición fetal, con los ojos fuertemente
cerrados con la respiración anhelante, con lágrimas que le escurren por las
mejillas, y desesperadamente succiona el chupón. Así permanece largo rato.
La sesión ha terminado. Me
visto.
DRAMATICO
DÉFICIT
Días después la reportera
visitó al doctor Estrada Villa, quien explicó que los sujetos de los últimos 2
casos –el exhibicionista y el muchacho del chupón- son sus pacientes desde hace
algún tiempo y también reciben terapia individual. Que se hayan atrevido a
enfrentarse a un grupo de desconocidos y manifestar abiertamente sus problemas
es un paso extremadamente positivo en el camino de la mejoría.
El exhibicionista es un
hombre con una larga historia de enconado odio a las mujeres, a las cuales
considera culpables de todos los infortunios que la vida le depara.
Al joven del chupón, por
su parte, la madre lo abandonó a los 4 años de edad, y así quedó al cuidado de
un padre débil que en vez de protegerlo se sentaba junto a él a llorar y a
gemir: “Y ahora, ¿qué haremos? ¿Qué vamos a hacer ahora?” . Para este joven,
haber comprendido al fin que sus inclinaciones no son en realidad homosexuales,
sino nacidas de un dramático déficit de ternura maternal es también un gran
paso adelante, asegura Estrada Villa.
¿Y qué pasó con los
sacerdotes católicos que se sometieron a la terapia? Estrada Villa dice ignorar
si continúan o no en la Iglesia, pero que, en sucesivas visitas, ambos
manifestaron que habían logrado superar sus inhibiciones.