RAFA Y LA TRADICION ORAL
Por Martín Orejel
Tampico a 27 de marzo del 2007
El espacio era cerrado, con luces tenues que le daban al lugar una atmósfera placentera.
Estaba yo acostado junto a Pepe que emitía monosílabos por la boca, a un
lado mío Mary sentada en flor de loto atestiguaba todo. Antonio, José Luis y Luz María permanecían sin moverse tapado su cuerpo con cobijas.
Sentado en una amplia silla, con el pelo cano y vestido con pantalón y sudadera
holgados Rafael Estrada Villa enfatizaba una a una las palabras que emitía.
Gozando, esparciéndonos su lectura, nos narraba la historia de un niño que se
había portado mal y era reconvenido por su madre de que su comportamiento
rebelde le iba a ocasionar problemas con el Angel de la Navidad y no le traería
regalos.
El niño respondía a su madre que no era cierto, que el Angel de la Navidad no
existía y enseguida se mencionaban una serie de acciones que en su conjunto
se le atribuían a él y lo señalaban como el único causante.
El ambiente estaba en silencio, mis compañeros apenas se movían y yo acostado sobre la alfombra seguía paso a paso las incidencias de la historia.
Rafael seguía con su lectura, enfatizando, gozando, haciéndose uno con ella,
cuando de pronto dejé de oirlo.
Todo desapareció: las paredes, las pérsonas, Rafael; y sólo estaba yo allí con un grupo de personajes que daban vueltas en círculo.
Luego sentía, percibía que todos los personajes: Pepe, Antonio, Mary, José Luis y Luz María daban vueltas en círculo.
Una ráfaga de energía entró en mí, escuchaba a lo lejos la historia narrada por
Rafael y me ví siendo yo mismo cada uno de los personajes.
Me ví caminando, sufriendo, llorando, siendo exprimido hasta la última gota de mi
ser, de mis emociones en ese círculo de la vida.
Sentía el dolor profundamente, percibía que estaba siendo purificado al llorar, al
sufrir, al sentirme inmerso en ese torbellino de energía y que no había más que seguir dando vueltas hasta que todo acabase, todo se diluyese.
Paso largo rato. Me sosegué. El ambiente en el cuarto era de silencio, de respeto.
Pasaron largos minutos. Todo entró en una calma majestuosa.
Y ahora Rafael narraba lo que le acontecía a un personaje que había llegado a un
país diferente y era recibido cariñosamente por jóvenes morenos que cobijándole
con su contacto le hacían preguntas acerca de la Navidad, la Virgen María y el
Niño.
Entonces todo se transformó. Sólo quedó un anciano antiquísimo, milenario que
hablaba.
Habían desaparecido de la faz de la tierra los códices, los libros, los manuscritos.
Había desaparecido toda palabra escrita y sólo quedaba el Orador, el que habla,
el que emite la palabra. Quedaba sólo la Palabra, el enunciado de la Palabra, y esa Palabra tenía una fuerza y un Poder extraordinario.
Quedaba sólo iluminando el cuarto la tradición Oral transmitida por Rafa, ese
personaje legendario, ancestral; y yo entonces callaba y agradecía.