Hace unos meses, una tarde en la que mi hija de 5 años se había cansado de jugar con sus tazos, su "Barbie Ejecutiva Agresiva", la del traje chaqueta, el móvil rosa y el maletín de cuero, y después de

haber recorrido unas 350 veces de ida y 350 veces de vuelta los escasos 4 metros de pasillo cuyo suelo de parquet ya parece una de las pistas del Paris-Dakar o en un símil menos romántico: un sembrado de patatas fruto de los surcos generados por las ruedecillas de su reluciente patinete metálico plegable (con retrovisores, radiocassette extraíble y airbag frontal y trasero), vino a mí y me dijo:

Yo levanté la mirada de las páginas del "New England" que estaba tratando de leer, me quité las gafas y ante aquella manifestación tan repleta de sinceridad y espontaneidad infantil le dije (con ese tono de padre ejemplar tipo "House of the Prairy" que tanto me caracteriza):

La respuesta afirmativa vino seguida del esperable:

Le propuse una larga lista de juegos de mesa (la oca, el parchís, puzzles varios, el póker...), actividades lúdico pictóricas (pintar casas, pintar flores, pintar en general), sádico educativas (jugar a que ella es profesora y yo alumno con un severo déficit de aprendizaje, y por ello me hago acreedor de implacables castigos que ella como profe me impone con infantil fruición y alegría: en bipedestación de cara a la pared, dejarme sin recreo, no fumar toda una tarde...), actividades lúdico literarias (contarle cuentos clásicos como "Blancanieves y los 7 enanitos", cuentos no tan clásicos como " Los Pokémon destruyen el planeta de los Dígimon" o cuentos producto del "brainstorming" del momento como " El cuento de la niña que no dejaba a su papá leer artículos del New England Journal"), actividades doméstico deportivas (barrer la casa, fregar los platos...), actividades deportivo domésticas (tender la ropa, ordenar armarios...), actividades deportivas no domésticas pero realizables en casa no estando presente una autoridad superior: mi mujer, como jugar al fútbol en el salón, hacer "sofing", es decir saltar desde el respaldo del sofá al suelo con una olla exprés en la cabeza para evitar lesiones traumáticas de importancia, etcétera, etcétera, etcétera.

Todas mis propuestas fueron rechazadas.

Unas por no ser novedosas para mi hija (fútbol-salón y "sofing"), otras porque mi hija - pese a sus 5 años- ya es capaz de diferenciar la frágil frontera entre el concepto de "jugar" y el de "currar" en casa y lo de las actividades doméstico deportivas y/o deportivo domésticas coló una vez que la puse a fregar toda la casa y a planchar toda la colada diciéndole que aquello era divertidísimo. Todavía recuerdo la mirada de odio (como la de Electra, pero lo contrario) y trauma infantil, que me dirigió cuando, después de haber planchado siete camisas, cuatro sábanas y un traje de lino, y de haber fregado toda la casa – baños incluidos -, le propuse jugar a "encerar el suelo"...

Lo del póker lo rechazó porque estaba harta (sic) de perder las monedas que le daban sus abuelos para chuches jugando conmigo a ese juego.

Finalmente tuve una brillante idea:

Antes de explicarle nada, fui a por una vieja bata blanca que guardaba en un armario. Cogí también un fonendoscopio, una linterna, un martillo de reflejos, un bolígrafo, una libreta de bolsillo y con todo ello fui a reunirme con mi hija. Al ver el despliegue de attrezzo e instrumental, los ojos de mi hija grandes de por sí, aumentaron de tamaño. Dejé todo encima del sofá, delante de ella, y fui a por todos sus muñecos y peluches. Cuando cargado con todos ellos llegué a la sala de estar, mi hija ya se había enfundado en la bata que le llegaba a los píes, se había colocado el fonendo enroscado al cuello a modo de foulard, golpeteaba con el martillo de reflejos las esquinas de la mesa y con la linterna iluminaba las paredes de la habitación. En el bolsillo superior de la bata asomaban ya la libretilla y el bolígrafo. Será la herencia genética, pero la muchacha parecía talmente una residente de 2º o 3º año (los de primer año no dan para tanto). Coloqué a todos los muñecos tumbados y alineados paralelamente entre los sillones y el sofá.

Según yo los iba colocando, la cría los intentaba auscultar con el fonendo colgándole de las orejas.

Viendo que la cría había captado bien las características del juego, le dije que empezase a jugar.

Eva Luna " médico residente lúdico- virtual" me miró y dijo:

Yo la miré con esa benevolencia que otorga la transitoria superioridad intelectual de un padre respecto a sus hijos, al menos hasta cierta edad. Yo tengo 38 años y ella 5, así que me restan unos 7 años de ventaja... Vacié una cajetilla de tabaco, le incrusté en el borde superior un palillo y se la coloqué a mi dulce niña en el bolsillo superior de la bata. La niña siguió aquella operación con una mirada de sorpresa y asombro.

¡Glorioso!, pensé. Ni al más sutil de los pedagogos profesionales, incluyendo a Maquiavelo en su vertiente progenitora, se le podía haber ocurrido una estrategia tan brillante para asegurarse una tranquila tarde de estudio y relax mental. Camino de retornar a la lectura del "New England" iba escuchando la voz de mi hija interrogando a sus peluches sobre dolores, características de las cacas, sobre si habían tenido fiebre o no, etcétera, etcétera.

La primera llamada de mi residente virtual la recibí al cabo de 15 minutos. ¡Caramba!, me dije, parece una residente de verdad, ¡coño!".

Al grito de: "¡ Doctor Papá Adjunto, doctor Papá Adjunto, tengo un enfermo muy malito y voy con él para allá!" mi hija asomó en mi cuarto con un muñeco con la cabeza vendada con una bufanda de los Simpson y dándole voces a la cajetilla de tabaco que hacía las veces de busca.

- " Papá, este muñeco tiene un dolor de cabeza que no se le va con nada" - exclamó.

Al minuto entró de nuevo en mi cuarto con dos peluches ("los padres del muñeco ingresado" según la joven doctora), los sentó en una silla y se dirigió a ellos diciéndoles:

Asentí a la vez que contemplaba la pareja de peluches (un caracol y una osa panda por más señas) tratando de vislumbrar signos de vida real. Me dio la fugaz impresión de que la osa panda vertía una lagrima, pero debió de ser mi imaginación. En cualquiera de los casos, mi hija, la residente virtual, la pequeña Madame Curie de Arganzuela, los cogió y los colocó a los píes de su supuesto hijo enfermo y se fue a explorar más "pacientes".

En ese momento cerré la revista, me quité las gafas de leer y saqué de mi bolsa de las guardias otra bata, que me enfundé, y un fonendoscopio, que me coloqué alrededor del cuello.

Fui al salón en dónde mi hija Eva Luna, con aquella bata cuyos faldones arrastraba por el suelo y entre cuyas mangas arremangadas asomaban sus manitas a duras penas, auscultaba al "Señor Patata" mientras le decía: "No hable cuando le "osculto", que no oigo nada".

Al oírme entrar giró su cabeza y me dijo:

- "¡Menos mal que vienes a ayudarme Doctor Papá Adjunto, están todos los muñecos malísimos, todos tienen lo de las "vacas locas" porque han comida hamburguesas, papá!".

Aquella tarde no me importó no conseguir leer el " New England Journal of Medicine".

Aquella tarde Hipócrates había venido a verme.

Dedicado al Dr. Andrés Tutor.

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