Veo los ojos luminosos de una niña,
como dos oasis poblados de palmeras
movidas sus hojas por el Viento.
Dos ojos claros, profundos
inmersos en el misterio de edades antiguas.
Veo a una niña blanca bajo el Sol ardiente,
cubierta de suave tul, como una princesa.
Me intimida su presencia.
Cuando fija su mirada en mí
el corazón estalla,
y ella sonríe con dulzura,
y parece comprender lo que me ocurre.
Siento, en un instante, ser transparente
ante sus ojos, ser ligero como la pluma del halcón
y a la vez, fuerte y recio como el árbol del desierto.
Ella me da esperanza, fe y alegría
pero también sé, que aunque será mía,
pertenece al Viento,
por eso bajo mis ojos, mientras una nube de tristeza
recorre el cielo.
Ella toca suavemente mi mano con la suya,
me levanta el rostro y la tristeza desaparece.
Somos eternos…
Somos… ¡Viento!
5-IX-1994