Una mano, azul-invisible, quiere jugar con tu mirada triste.

Recorrer quedamente, cada contorno de tus cejas, ojos, labios...

hasta penetrar en tu ver de ayer-hoy... Y hay, Amor,

ahí, en cada yema de cada dedo, un pequeño sol

que ilumina tu semblante.

 

¿me dejas, Amor, recorrer tu cuerpo con mis manos?

Despacio, muy despacio, dando-absorbiendo, amando.

 

Una vida en tu interior, él-ella, juega y patalea

responde y se balancea, vive y revive el tiempo venidero.

 

¡Cómo quisiera, Amor, darte de mi el último aliento,

el soplo de vida, de vivir...¡Y gritar al Viento!

 

¿Cómo he de mirarte a los ojos para darte alegría?

¿Qué palabras he de pronunciar para verte sonreír-reír?

¿Qué gestos he de hacer, mi Amor, para que vueles

de nuevo al cielo estrellado?

 

Un ruiseñor voló raudo casi a ras de suelo.

Fue confundido con un gorrión, y ya de noche,

cuando todos dormían, él, muy despacio,

salió a la noche, buscó a su estrella etérea

y casi sin aliento, una pequeña nota salió de su pecho.

 

Desde el fondo de su alma, recobró su voz

y casi, casi... sin importarle nada

cantó, de nuevo, canción de Amor.

 

 

 

 

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