Era un tiempo ya pasado. Y estaba solo, junto al acantilado.

 

Las olas rompían rítmicamente contra las piedras, y le recordaban el fluir de la sangre desde el corazón. ¡Que corazón más grande debía poseer la tierra!

 

El viento agitaba su pelo. Un viento cálido y tranquilo, un poco húmedo. El viento era la respiración de la tierra. ¡Qué pulmones más grandes debía tener la tierra!

 

Sus manos se apoyaban sobre la verde y fresca hierba. La acarició suavemente, rozándola apenas. ¡Qué cabello más extenso poseía la tierra!

 

A lo lejos, entre el cielo y el mar, un sol rojo, cansado, se ocultaba entre pequeñas nubes. ¡Qué inmensa mirada de luz posee la tierra!

 


 

Estas reflexiones le llevaban al niño que se asomaba al acantilado a pensar en la inmensidad de la vida que aún le quedaba por vivir. Y sin darse cuenta, sin apenas apreciarlo, estaba uniendo ese lugar a su vida a lo largo del tiempo.

 

Se levantó despacio, sin querer despeinar el cabello verde de la Tierra. Abrió sus brazos intentando atrapar el espacio azul de cielo y mar. Inspiró profunda y largamente, mientras el olor acre del mar y la humedad de la tierra se introducían en su cuerpo. La cabeza echada hacia atrás, el largo pelo sobre la espalda, y el corazón golpeando, al ritmo de las olas, contra su pecho.

 


 

 

El aire, ese aire limpio y húmedo de la orilla del mar, le traía recuerdos, unos recuerdos confusos y distantes. Recordaba rocas y viento... ¡Y gaviotas!

Sin mover un solo músculo eran capaces de elevar su cuerpo por encima de la tierra. ¿Qué extraños recuerdos eran esos?

 

Con la mano desnuda dibujaba, lo que otros niños llamaban garabatos, pero a él se le antojaban complicadas letras de un idioma ya olvidado, cuyo sonido se agolpaba en su garganta, como si el corazón quisiera salir por su boca. Y cuando llegaba a ese instante, una tristeza sin medida se apoderaba de todo su ser. Una tristeza sin sentido, una nostalgia que le hacía borrar de un solo golpe todas las extrañas señales dibujadas en la arena.

 


 

Apartó una pequeña mosca que se había posado sobre su rodilla. La apartó de nuevo y ella volvió a ponerse en el mismo sitio. ¿Sería una señal de su propia vida? Arregló sus ropas despacio, sacudiéndose la arena que cubría sus pantalones. Las dunas apenas dejaban vislumbrar a lo lejos el pequeño campamento... y sin saber muy bien porqué venteó como un animal el aire a su alrededor. ¿Qué extraño olor era ese? No recordaba haberlo olido anteriormente. Era un olor que se introducía en los pulmones, llegando hasta los ojos, llenándolos de lágrimas.

 

Debía preguntarle al anciano.

 

Tenía una edad indeterminada. Su porte era alto, su andar lento pero firme y en sus ojos se reflejaban los años perdidos en las inmensidades del desierto.

 

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