Era de mañana, casi tan de mañana que apenas algunos pajarillos intentaban desentumecer sus plumas y elevar sus trinos al aire.
Una tenue luz anaranjada recubría el cielo. Nubes aborregadas daban sus sombras y colores al alba. Incluso los árboles movían sus ramas despacito, como acariciándose entre sus propias hojas y ramas.
Era de mañana, de una mañana esplendorosa. Viva y alegre, como casi todas las mañanas en la pequeña aldea.
Nuestra aldea es como cualquier otra. Un grupo de casas diseminadas alrededor de una pequeña plaza. Algunas son chozas, otras más elaboradas. Y ya empiezan a resonar algunos ruidos. Allá se oye ladrar a un perro, aquí toser a alguien, un poco más lejos cacharros entrechocándose.
La aldea despierta. Sus habitantes renacen al día. Pero hay uno, un pequeño muchacho, casi un niño que no ha dormido esa noche en su cama. Anoche hubo luna llena y como todas las lunas llenas fue al bosque que hay junto al río. El no sabe muy bien el por qué lo hace. Extraños sueños perviven en su corta memoria, como si una vida ancestral anterior a cualquier recuerdo le impulsara los días de luna a vagar entre la floresta, desnudo, acariciando los árboles, bañándose en el río y luego tumbándose sobre la verde hierba hasta la llegada del amanecer.
No recuerda cual fue el primer día que comenzó. Para él siempre lo hizo pero hoy, sin saber por qué, durante la noche, abrazado a un árbol para él muy querido, oyó extrañas voces que le susurraban al oído. No logró entender su lenguaje y sin embargo sintió una llamada especial, un aviso para estar preparado y alerta.
Esa noche los árboles estaban más vivos, el río cantaba más alto, incluso las aves nocturnas, que a veces se enfadaban por asustarles a sus presas, murmuraban quedamente a su paso.
Y así fue como llegó la mañana. Nuestro niño tumbado sobre la hierba, los brazos en cruz, las piernas abiertas y su largo cabello mojado circundando su cabeza.
Sus ojos se posaron en una pequeña nube escarlata, tanto color poseía que ella misma era como un sol en miniatura. El muchacho la saludó deseándole buen viaje e incorporándose dio los buenos días a la tierra sobre la cual descansaba; al río, cuyo murmullo arrullaba su descanso; al bosque, el cual como centinela oteaba el horizonte; y al sol que despuntaba sobre las montañas.
Arrodillado, elevó una oración de gratitud, de alegría, de vida…y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Entonces recuerda la escuela, a los demás niños de la aldea, es sólo un fugaz pensamiento. Absorto, recoge pequeños guijarros del río y acercándose al bosque busca ramitas de diferentes tamaños.
Y como siempre, después de una noche de luna llena, con guijarros y ramas compuso figuras a las que dio nombres extraños en una lengua que sólo él conocía.
Pero ese día, en el que el cielo, las nubes, el río y el bosque, parecían aun más vivos que de costumbre, las palabras salían de su boca con una rara fluidez, su sentido misterioso se acumulaba a la fuerza de su voz y más bien parecía una llamada a algo lejano que un simple juego de niño.
Las palabras se enredan en su boca. Cierra los ojos, se levanta, alza los brazos al cielo y musita una plegaria en la lengua secreta por él creada.
Sin pensarlo y sin poder evitarlo el tono de su voz se va alzando por encima de su respiración, por encima del murmullo del río y ya sin darse cuenta, con la boca abierta invoca a algún ser desconocido. Un ligero siseo le mece los cabellos, mas él continúa con su canto.
Ahora, de nuevo, aunque un poco más alto oye algo que viene de atrás, de su espalda. Le mueve los cabellos, le roza el rostro y se enrosca en su cuerpo como una serpiente.
Y de nuevo invoca, y de nuevo, esta vez más fuerte, el Viento le hace moverse y girar sobre sí mismo. Su rostro al Viento y es en ese momento cuando oye el Silencio del Viento. Una nota larga y monocorde resuena dentro de todo su ser. Le hace vibrar hasta la última célula de su cuerpo, un temblor recorre todo su ser desde el pie hasta la coronilla. Cae de rodillas, se recoge en sí mismo como un niño a punto de nacer. Desde lo más profundo de su ser oye el Silencio del Viento y con su voz trata de repetir el sonido de la Vida. ¿Cómo hacerlo salir si está encerrado?
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Desde las alturas, mirando a los valles, nubes bajas bordean los ríos. Hay una calma extraña. El sol rompe entre las montañas y sus primeros rayos iluminan una montaña y en ella, una pequeña abertura, de la que sale un poco de humo. Un hombre, casi un muchacho, saluda al sol.
Sentado, sin apenas ropa, entona una melodía con la boca cerrada. Trata de recordar lo que un día oyó, hace ya tanto tiempo…
Tiempo pasando…
Inmóvil, ha visto levantarse al sol muchas veces. Al principio fue llamado Loco por los habitantes de los Valles y cuando bajaba le tiraban piedras y los niños se burlaban de él.
Y pasó el tiempo…y al Loco de antaño le llamaron Sabio. Y se decía que en su sabiduría podía hacer milagros. Muchos visitantes subieron hasta la cueva, muchos quisieron imitarle, pero él nunca dijo nada, ni antes cuando fue Loco ni ahora que era Sabio.
Los que subieron y luego bajaron solo hablaban de lo mucho que habían aprendido con el Viejo Sabio de la Montaña y siendo así que él jamás pronunció palabra, solo musitaba una canción, una nota monocorde.
Su rostro, ajado por las arrugas, y su cuerpo, moldeado por la montaña permanecían inmóviles, con apenas un leve balanceo imperceptible.
Y un día, después de una Luna Llena, una aspiración… y una nota entra en su interior. Sus ojos se abren entre la alegría y la sorpresa. A pesar del tiempo transcurrido, el Viento de nuevo ha entrado en él. Trata de retenerla, de no perderla en su interior como le ocurrió hace ya tantos años, quiere llevarla hasta su corazón. Le duele el pecho y la nota resuena en todo su interior, abre la boca exhausto y una ráfaga de Luz, como una centella, como las que recorren el cielo en las noches estrelladas de verano, sale de su boca. El Silencio y el Viento se han unido de nuevo. Y dentro de esa ráfaga de Luz el último hálito de Vida se escapa del cuerpo viejo y cansado. El Loco Sabio de la Montaña, El Silencioso, es ya uno con el Viento...
Y dicen que aun recorre las montañas y los valles, solo tienes que hacer el Silencio y el Viento llegará a ti. Y entonces oirás en toda su belleza el Silencio del Viento.