Cuentan los que
saben, que vivía un potrillo blanco en un valle escondido entre montañas.
Y cuentan que cada mañana, al despuntar el Sol entre los riscos, se
retiraba de la manada corriendo veloz, adentrándose en el bosque y cuando
ya no podía más, trotaba suavemente. Entonces hablaba, contando su sueño,
al ciervo: “Quiero volar pero no sé como hacerlo”.
Este era el secreto guardado en el corazón del potrillo.
De nuevo, como
todos los días, nada
más despertaba el Sol, el potrillo corría y corría
persiguiendo su sueño.
Y pasó el tiempo, y el potrillo creció, dejando de ser pequeño para ser un
bello caballo, ágil, fuerte, con largas crines y esbelta cola.
Y con el Sol, también despertó el Viento.
El Viento observó al caballo correr y vio su sueño, lo vio tan hermoso que
se acercó a él, sopló en su frente y al hacerlo el caballo se elevó del
suelo. Cuando se dio cuenta se sorprendió tanto que no supo que hacer. El
Viento, entendiendo la turbación del caballo, lo posó en la tierra y lo
dejó correr.
Y así un día y otro más.
El Sol contó a la Luna, que el Viento hizo volar al caballo. La Luna
conocía bien al caballo, ya que era por la noche cuando él soñaba con
volar. Se reunieron los tres, el Sol, la Luna y el Viento, y juntos
soñaron el sueño del caballo blanco.
El Sol, la Luna y el Viento se unieron para hacer realidad el sueño del
caballo que quería volar.
Lo intentaron sin conseguirlo mas no entendían el porqué.
Pero había alguien que sí sabía y al él le preguntaron. Les faltaba el don
del ruiseñor, su canto, su trino en la noche.
Y éste a su vez les contó el gran secreto.
- Cuando el manto azul de la noche se extiende sobre la Tierra se escucha
su latido, y nosotros cuatro, junto al corazón de la Tierra, uniremos
nuestras energías para hacer realidad el sueño del caballo.
Y así sucedió.
El Sol y la Luna se reunieron en el cielo a la misma vez, y fue un día que
no fue día y una noche que no fue noche.
El Viento comenzó su viaje en el valle, uniéndosele el canto del ruiseñor.
Recorrieron juntos todos los rincones del valle, desde la cumbre más
lejana hasta el interior de la cueva más profunda, desde el fondo del río
hasta la sombra de las más pequeña piedra.
El caballo despertó. Como siempre comenzó a galopar. Sus cascos resonaban
sobre la tierra. Y en ese momento el latido de la Tierra se unió al galope
del caballo, al canto del ruiseñor, al sol y a la Luna.
El galope del caballo blanco se hizo cada vez más y más rápido, más y más
ligero, tanto que se elevó del suelo, dejando atrás los árboles más altos
del valle, las montañas más grandes del valle, hasta que se vio envuelto
por las nubes.
-Estoy soñando, aún no he despertado, pensó.
En ese instante una de las plumas del ruiseñor se desprendió de sus alas,
y fue a posarse suavemente sobre el cuerpo del caballo, y el Viento
soplando con fuerza, llamó a la Luz del Sol y la Luna. Y la Luz de la Luz
y el aliento del Viento hicieron crecer alas al caballo.
Unas alas grandes y fuertes que cortaban el aire con un leve siseo.
Desde entonces, las alas blancas del caballo surcan el cielo dibujando
estelas entre las nubes y el cielo.
Si tu quieres viajar con él sólo tienes que cerrar tus ojos, escuchar el
latido de tu corazón que es el de la Tierra, oír el trino del ruiseñor
dentro de ti y dejar que el Viento bese tus mejillas y juegue con tus
cabellos.