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Terremoto 1985
La ciudad herida de Zabludovsky
Ciudad de México,
19 de septiembre (Redacción RG / El Universal).- Fue
en la esquina de Reforma e Insurgentes. Ahí su amiga, su
madre, la ciudad de México le mostró la primera
de sus heridas, le dijo con una y muchas voces que estaba rota,
dolida, asustada.
Cuando se estremeció la tierra,
esa mañana del 19 de septiembre de 1985, Jacobo Zabludovsky
estaba en su hogar, con Sarita. De inmediato trató de comunicarse
a Televisa; le fue imposible. De pronto, su espíritu de
reportero lo lanzó a la calle. En el automóvil terminó
de vestirse. Llegó a la entrada del Bosque de Chapultepec.
Desde ahí vio que el Ángel permanecía en
lo alto de la columna. Se percató de que ningún
cristal del edificio del IMSS se había roto. Pasó
por la banqueta un hombre que hacía ejercicio.
Pensó que no había
ocurrido nada grave. Sin embargo decidió seguir adelante.
Nuevos intentos para comunicarse a su oficina, nada. Habló
luego a la XEW, le contestaron. Por la radio escuchaba que en
esa estación transmitían mensajes de gente que quería
informar a sus familiares que estaba bien. Entonces llegó
a esa esquina, el hotel Continental se había derrumbado;
el cine Roble, semidestruido, y más allá, el humo.
Y de todos lados el ruido de las sirenas, o el llanto de su amada
ciudad.
Jacobo transmitía ya en vivo,
por teléfono, para la "W". Describía lo
que miraba. Entrevistaba a quienes se acercaban. Le decían
que se cayó un edificio en Tlatelolco, y un hotel frente
al Monumento a la Revolución, y más.
Ella, su ciudad. Nació y creció
en el corazón mismo de La Merced. Aquellos días
vivía en San Jerónimo. Entre Pino Suárez
y Correo Mayor, su escuela estaba en la misma cuadra, no tenía
que cruzar la calle. Después, a la secundaria, en Regina,
en la misma manzana. Su centro histórico, Las Cruces, Correo
Mayor.
Jacobo, ¿a qué olía
esa ciudad de entonces? ¿Qué le decía?
Si a mí me hubiesen vendado
los ojos cuando era niño, reconocería las calles
por sus olores. La que tenía las bodegas de chiles secos,
de semillas, y las de los mangos, los jitomates, y donde estaban
los lugares de comida, o el mercado de flores, o el de pescados
y mariscos, y las pulquería. Sí, cada calle tenía
su olor, y sus voces, voces que cantaban. Eso se ha perdido, ¿no?
Jacobo Zabluovsky. Aquel 19 de septiembre
continuó con su recorrido. Estuvo frente a lo que hasta
unos minutos antes había sido el popular Súper Leche.
Habló con el dueño del restaurante que lloraba,
estaba desesperado. Continuaba la transmisión. Emoción
y dolor le acompañaban. Su casa y gente de su familia habían
caído. Uno de los edificios de Televisa estaba convertido
en ruinas. El hombre tuvo que controlarse. El periodista dio la
noticia. Sabía que ahí, bajo esa montaña
de escombros estaba gente que él conocía, a la que
él había dado trabajo, a la que había asignado
ese horario.
Está delgado. Su sonrisa intacta.
La sencillez invariable. La sensibilidad a flor de piel. Desde
aquel 1985, cada 19 de septiembre vibra, se estremece, rememora:
"Ya me acompañaban camarógrafos. Pero seguía
la televisión fuera del aire. La transmisión era
para la radio. Más testimonios, más imágenes
en mi mirada. Más edificios destrozados".
Las azoteas estaban entonces a pocos
metros del suelo. Las azoteas. Cuando él fue niño,
eran los mismos mundos para los juegos, las aventuras. Horas y
horas de diversión. Azoteas en las que se tendía
ropa a secar. Ropa a la que llegaban rayos del sol que no se fijaban
sí esos pantalones o las camisas eran de niños judíos,
libaneses, morenos, rubios.
Jacobo Zabludovsky. Hoy confiesa
que tiene una obsesión. Dice que eso no es bueno, obsesionarse.
No puede ni quiere impedirlo. Hace unas semanas invitó
en su programa de radio a quienes él entrevistó
aquel día para que se reportaran. El próximo 19
de septiembre reunirá a esa gente.
"Fíjate lo que son las
cosas. El primero que me habló fue el dueño del
Súper Leche. No sabía nada de él. Es el mismo
que aquella mañana lloraba porque con el terremoto perdió
a su madre, a su hermana y a otros seis familiares. Una sobrina
le fue robada. También hablé con un joven, le pregunté
dónde estaba aquél día. Me dijo que en el
vientre de su madre. Vivían en un edificio en San Camilito
que se cayó. La señora murió. Su abuela le
abrió el vientre para que él naciera. Esas historias,
y hay otras, muchas más".
Jacobo. Sincero. Confiesa que le
dolió renunciar a Televisa pero no se arrepiente, se marchó
porque Abraham, su hijo, se iba. "Sufrí. Soñaba
con mi trabajo, no dejaba de pensar. Sí, sufrí mucho".
Él. Desde 1945 tiene credencial
de locutor. Aprendió con el que clasifica como el más
grande cronista que ha habido en la radio, Alonso Sordo Noriega.
Jacobo, el de los toros, los tangos, la lectura, las noticias,
la vida.
Jacobo. Tan de esta ciudad. Y ella
tan de él. Y esa mañana, ella, su madre, su amiga,
la de sus recuerdos, la de sus ilusiones, de pronto le mostraba
sus heridas, le decía que estaba quebrada. Y él,
reportero, tomó el teléfono, transmitió,
se estremeció. Eso fue en Insurgentes y Reforma...
(Con Información
de Fidel Samaniego / El Universal)
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