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Opinión
Televisa, obstáculo de la democracia
Ciudad de México,
5 de agosto (Redacción RG / Etcétera).-
Televisa es un obstáculo para la democracia. Lo es porque
la concentración de los medios que acapara, y las audiencias
que abarca, se traducen no sólo en la limitación
del mercado de la industria sino sobre todo en la preeminencia
de una visión de los hechos y su trato informativo, así
como en la conformación del principal espacio donde los
políticos desarrollan sus expectativas, con toda la ventaja
que para el consorcio tiene esto.
Televisa es un obstáculo para
la democracia porque al socavar la competencia acota también
las expresiones sociales, políticas, artísticas
y culturales de la (diversa y heterogénea) sociedad mexicana.
Ahí está la quiebra
de DirecTV y el aislamiento casi total de CNI Canal 40 provocados
en buena medida por esa empresa. Aquello, además de su
oposición "nacionalista" a la presencia en México
de la segunda mayor cadena de habla hispana en EU, Telemundo,
sin importar que la alianza de Televisa con el grupo español
Prisa haya logrado que capital extranjero participe en una empresa
de medios. (Esto explica el fugaz pacto entre Televisa y TV Azteca:
no entra Telemundo a cambio de que Ricardo Salinas decida a quién
vender la concesión de CNI Canal 40 en connivencia con
el gobierno.) Fugaz pacto, decimos, no sólo porque tenemos
en cuenta el pleito reciente entre ambas empresas sino porque
también se encuentra el rechazo de Televisa a que el gobierno
federal otorgue concesiones de radio y televisión como
tiene previsto hacer en las próximas semanas; la reticencia,
por cierto, tiene muy desconcertados a los radiodifusores. Pero
esa oposición no se debe a la falta de claridad en los
criterios para la asignación de concesiones y el arbitrio
de la autoridad, lo cual sería entendible, sino a que quiere
evitar el fortalecimiento de varias empresas mediáticas
(TV Azteca o el diario El Universal, por citar dos casos) y la
creación de algunas más.
Entre otras razones, las antes expuestas
explican la férrea y hasta ahora fructífera oposición
del emporio a la nueva ley de medios. Como están las cosas
tiene la ventaja de privilegiar según su arbitrio el interés
comercial sobre la función social a la que está
obligado -porque hasta la mascarada del Teletón le significa
un ingreso tan significativo que siempre forma parte de sus planes
financieros- y puede desplegar a sus anchas su política
y los planes económicos que quiera porque, como ha dicho
Emilio Azcárraga Jean, para el grupo "la democracia
es un buen negocio". Dos páginas más adelante
damos idea de lo que eso significa... en detrimento de la democracia.
El poder de Televisa es formidable
y se sitúa fundamentalmente fuera de los cauces normativos
y legales por lo que, en realidad, un andamiaje democrático
sólido impediría la preponderante oferta informativa
y editorial que ostenta el grupo y las enormes ganancias que tienen
al ser un virtual monopolio. En ese contexto ha sometido a la
política y a sus principales exponentes, lo mismo en el
Congreso para evitar una moderna ley de radiodifusión o
para modular cualquier planteamiento que no coincida con sus intereses,
que para acaparar la mayor parte del gasto de publicidad oficial,
o sea, la cuarta parte de los poco más de tres mil millones
de pesos programados para este año como gasto del gobierno
federal.
En el territorio de los poderes salvajes
desde donde se desempeña, Televisa pide, amenaza, castiga
o premia según sea el resultado de sus gestiones, ya para
presionar al Ejecutivo y a los gobiernos locales que para reconocer
el esfuerzo de los legisladores que asumen el dictado o para contratar
y mediatizar a periodistas que le sean muy críticos y que,
entre la fascinación por la pantalla y un jugoso contrato,
puedan olvidar sus convicciones. Da buen trato en televisión
a cambio de recibir, por ejemplo, los 65 permisos de operación
de casas de apuesta que también promoverá en televisión
abierta y que correspondió con precios extraordinariamente
bajos en los anuncios de campaña de Santiago Creel. Por
esas impúdicas acciones, y muchas otras más, también
el consorcio se opone a modificar la ley electoral que, además
de comprender la disminución del gasto electoral en esa
vía, delimitaría costos rigurosos e impediría
la arbitrariedad de los medios electrónicos.
La empresa también castiga
cuando no se obedece a sus designios, como hizo al borrar de la
pantalla al grupo de senadores que promovió un nuevo ordenamiento
para la radiodifusión y al participar también de
la campaña de injurias que se desató en contra de
esos legisladores. Pero no siempre es tan drástica y a
veces emplea formas más sutiles, como las omisiones y distorsiones
informativas en las que incurre según la estrategia política
de la ocasión. Por ejemplo, cuando antes era crítico
de las casas de juego y ahora desdeña las noticias relacionadas
con el cuestionamiento que surgió por los permisos otorgados
para desempeñar esa actividad. Otro ejemplo está
en la postura "patriótica" que desplegó
en sus noticieros en contra de Telemundo, cuya presencia en el
país le representaría una competencia que Televisa
no quiere. Y uno más, éste de índole general,
es que sus espacios de análisis político no abordan
tema alguno que le resulte incómodo a la empresa pues sus
comentaristas están para conferirle credibilidad, no para
atentar contra sus intereses.
Televisa no llega a acuerdos políticos
de largo plazo porque su moral es el dinero, según lo dicta
eso que la empresa entiende como su propio código ético.
Siempre se hace el bien sin mirar con quién. Y se trata
del negocio que más concentra medios en el país
y donde discurre buena parte del debate público nacional,
con todas las desventajas que esto tiene para la construcción
de la democracia. Y todo parece indicar, por el extraordinario
peso político que el consorcio tiene, que no habrá
actor político relevante que cuestione su poder, al contrario.
Hay miedo a perder las elecciones por un manotazo autoritario
que, súbitamente, decrete fecha de caducidad, porque sólo
existe quien sale en la televisión.
La reducción simplona de la
democracia en tanto estructura normativa que regula procesos electorales
pasa por alto que el procesamiento de las decisiones públicas
no está discurriendo exclusivamente en las instancias de
gobierno, en las instituciones en general ni en las de representación
popular. No se puede estar satisfecho con la democracia si no
hay una ley que regule a los medios de comunicación lo
mismo para alentar la libre empresa que para acotar sus excesos
y para hacerlos fuente de expresión de la pluralidad social,
donde los medios públicos, por cierto, tendrían
especial relevancia. No hay democracia sólida ahí
y donde un solo medio concentra casi todo, como no la hay cuando
desde las oficinas de Chapultepec se sustituye la interlocución
política que debiera existir siempre en Los Pinos y en
el Congreso, y entre actores políticos que resultan de
la legitimidad del voto.
Tanto tiempo discutimos en el país
sobre la transición democrática que fueron desdeñados
algunos de los problemas inherentes que ésta tiene en su
forma contemporánea. Uno de esos obstáculos es el
inesperado poder no regulado de los medios de comunicación,
particularmente los electrónicos, y en México en
especial el que tiene Televisa. Más aún porque no
puede entenderse a la democracia sin los espacios de análisis
y debate desde donde se promueven las ofertas políticas
y se desarrollan las campañas políticas. Buscar
la equidad en la competencia implica reformar las leyes electoral
y de radiodifusión, de lo contrario, en el país
se afianzará la enorme paradoja de haber resuelto procesos
electorales justos y creíbles en el marco de las instituciones
mientras que en otro circuito, en el de los medios de comunicación,
se concentra la inequidad y los favoritismos políticos
según instancias de la iniciativa privada.
(Con la opinión
de la Redacción de Etcétera)
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