Opinión

Canal 40: ¿quién está dispuesto a entrarle?

Ciudad de México, 5 de agosto (Redacción RG / Milenio).- La huelga que tiene al Canal 40 al punto de la muerte puede levantarse ya. Ahí está el dinero para pagar a los trabajadores lo que se les debe. También está claro el origen del mismo y las condiciones en que fue prestado. No hay duda tampoco de lo que pretenden quienes hicieron este préstamo: conseguir socios mexicanos para operar el canal y, en su caso y dentro de lo que marca la ley, hacer una inversión minoritaria y neutra en el mismo. Han convocado ya a inversionistas, a productores independientes, a empresarios de los medios a sumarse a la empresa. ¿A qué, pues, tanto escándalo?

General Electric, una gran compañía transnacional, la mayor del mundo para ser exactos, ha decidido arriesgar unos cuantos millones de dólares en una empresa que, a estas alturas, ya nadie en México se atrevía siquiera a pensar: iniciar el rescate del Canal 40. Algunos connotados empresarios mexicanos lo habían intentado antes sin éxito. El eterno y desigual litigio con TV Azteca, el enorme cúmulo de deudas que contrajo el dueño, Javier Moreno Valle, y sus múltiples errores empresariales, su misma situación frente a la justicia y sus propias aspiraciones económicas terminaron por frustrar todos los intentos.

Nadie, por otra parte, estuvo dispuesto a enfrentar, por el solo hecho de apostar por un canal alternativo, las represalias del todopoderoso duopolio televisivo que, de una u otra manera, hizo saber a quienes pensaron en invertir en la empresa que no permitirían al Canal 40 sobrevivir de ninguna forma, y advirtieron que quien lo intentara no sólo habría de perder el dinero apostado en el Canal. Tocar el 40 es para los dos grandes consorcios televisivos nacionales un agravio intolerable.

Y es que, desde siempre, el Canal 40 ha sido una empresa sitiada. Con sólo apretar un botón Televisa bajó su señal de la programación de Sky y estaría dispuesta a hacer lo mismo en Cablevisión. Los dos sistemas de televisión restringida, que son también de su propiedad y que representan para el Canal 40 al menos un millón y medio de televidentes de alto poder adquisitivo, de esos que los anunciantes persiguen y sin los cuales la vida del canal se torna harto complicada, más todavía si no tiene una programación atractiva.

En ningún país civilizado y democrático esto sería posible. En primer lugar, de ninguna manera un sistema de televisión abierta, menos uno que tiene en su poder tres de las cinco redes nacionales existentes, podría ser al mismo tiempo propietario de los dos sistemas de televisión cerrada más grandes e importantes del país y, en segundo lugar, si por alguna extraña razón un vacío legal permitiera la concentración monopólica, como en Brasil, otros instrumentos, también consagrados en la legislación, como el llamado must carry (debe llevarse) impedirían que los propietarios de cable o los de la televisión abierta se aprovecharan, como aquí, de la inclusión o no de una señal determinada como elemento de coerción.

Desgraciadamente en México, y pese a los muchos cambios que el país ha sufrido, no hemos podido aún romper la inercia monopólica en la televisión. Todos los esfuerzos de apertura se han frustrado. Los intentos de reforma de la Ley Federal de Radio y Televisión no han progresado. Los partidos políticos y el gobierno, rehenes del poder mediático, no mueven un dedo sin consultarlo y temen agraviarlo con cualquier acción que interfiera con los intereses de los grandes concesionarios que, tal como están las cosas, podría funcionar en los comicios de 2006 como el gran elector. Sin contrapeso alguno, la Televisión se erige como el poder real en este país.

Y como nadie aquí pudo enfrentarse con éxito al duopolio, vino alguien de fuera. Alguien con peso y con pesos suficientes para hacerse cargo de la tarea. Los grandes concesionarios se envolvieron entonces, de inmediato, en la bandera nacional y denunciaron la ilegal intromisión extranjera en la televisión. No tardaron en convencer con su celo patriótico desmesurado a las cada vez más debilitadas autoridades y a una central sindical que ha sido fiel sirviente de los patrones y el gobierno. Mirando la paja en el ojo ajeno se olvidaron, por otra parte, de sus propias asociaciones con empresas extranjeras y de las multimillonarias incursiones que ellos mismos hacen en Estados Unidos.

Diera la impresión, además, que esta apasionada defensa nacionalista se inserta, en cierta medida, en un debate trivial. La apertura de la televisión mexicana es un hecho que tarde o temprano deberá producirse y para el que los dos grandes consorcios deberán prepararse. Si lo hacen ya —y el Canal 40 podría ser una primera muestra— con una lógica de apertura y modernidad, la competencia abierta no hará sino beneficiarlos. Más canales, como en todo el mundo, representan la posibilidad de expandir el mercado publicitario, multiplicar las opciones para el televidente, incrementar su apetito por la oferta televisiva y propiciar el desarrollo de la industria audiovisual.

General Electric es dueña de NBC —que ya en el pasado intentó una aventura conjunta con TV Azteca— y ésta, a su vez, de Telemundo, la cual compite en Estados Unidos con las producciones de Azteca y Televisa, que allá sí tienen entrada. Por el contrario, las producciones que Telemundo hace en México no tienen pantalla en nuestro país. Este hecho limita seriamente las posibilidades de expansión de la industria de la producción independiente que, a falta de oportunidades, aquí ha debido salir a buscar espacios en Estados Unidos.

Obviamente, Telemundo busca una salida para sus productos. Esto es legítimo, necesario y provechoso para la industria audiovisual mexicana. El Canal 40 lo ha sido en el pasado; puede serlo de nuevo, eso claro, si revive.

En el fondo de esto se trata todo el asunto. De frenar a cualquiera que pueda representar una competencia real para la situación de cómoda repartición del mercado que tiene establecida el duopolio televisivo. Pese a su desesperada situación económica, jurídica y laboral, Canal 40 puede ser no sólo una empresa rentable, sino una alternativa real para los televidentes en México, eso, claro, si y sólo si tiene contenido de calidad. Ya con el noticiario de Ciro Gómez Leyva conquistó importantes niveles de audiencia. Si a éste se suman otras producciones atractivas, realizadas con elencos importantes y presupuestos adecuados, si se construye un modelo de televisión comercial alternativa, seguro que el público, una parte al menos del mismo, cansado ya de las mismas opciones de siempre, cambiará de canal.

Los dos grandes concesionarios tienen a sus contrapartes en Estados Unidos. Nadie puede pensar en una opción televisiva viable en nuestro país sin considerar de inmediato sus posibilidades de trabajo al norte de la frontera, sin plantearse la búsqueda de un socio estadunidense. Lo novedoso de la situación del Canal 40 es que ese socio ya está aquí. Que tiene recursos y puede, además, como lo hacen los socios extranjeros de los grandes concesionarios nacionales, entregar horas de programación y dar salida, del otro lado, a otras tantas.

Los inversionistas, los empresarios, los concesionarios locales, los productores independientes que decidan asumir el reto, arriesgar los recursos, empeñar su esfuerzo en el rescate del 40 pueden considerar que una parte del camino ya está andado. Falta, claro, lo principal: arriesgarse a enfrentar al poder mediático. ¿Quién va a entrarle al 40? La pregunta está en el aire.

(Con la opinión de Epigmenio Ibarra / Milenio)

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