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Internacional
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Beatificación
de San Juan Bautista y de Jacinto de los Ángeles
Queridos hermanos y hermanas:
1.Dichosos los perseguidos
por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos
(Mt 5,10). En el evangelio de las bienaventuranzas, esta última
invita a no desalentarse ante las persecuciones que la Iglesia
ha afrontado desde el inicio. En el Sermón de la Montaña
Jesús promete la felicidad auténtica a quienes son
pobres de espíritu, lloran o son mansos; también
a los que buscan la justicia y la paz, actúan con misericordia
o son limpios de corazón.
Ante el sufrimiento humano que acompaña
el camino en la fe, san Pedro exhorta: Alégrense
de compartir ahora los padecimientos de Cristo, para que, cuando
se manifieste su gloria, el júbilo de ustedes sea desbordante
(1 Pe 4, 13). Con esta convicción Juan Bautista y Jacinto
de los Ángeles afrontaron el martirio manteniéndose
fieles al culto del Dios vivo y verdadero y rechazando los ídolos.
Mientras sufrían el tormento,
al proponerles renunciar a la fe católica y salvarse, contestaron
con valentía: Una vez que hemos profesado el Bautismo
seguiremos siempre la religión verdadera. Hermoso
ejemplo de cómo no se debe anteponer nada, ni siquiera
la propia vida, al compromiso bautismal, como hacían los
primeros cristianos que, regenerados por el bautismo, abandonaban
toda forma de idolatría (cf. Tertuliano, De baptismo, 12,
15).
2. Saludo con afecto a los Señores
Cardenales y Obispos congregados en esta Basílica. En particular
al Arzobispo de Oaxaca, Monseñor Héctor González
Martínez, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles
laicos, especialmente a los venidos desde Oaxaca, tierra natal
de los nuevos Beatos, donde su recuerdo sigue tan vivo.
Vuestra tierra es una rica amalgama
de culturas. Allí llegó el Evangelio en 1529 con
los Padres Dominicos, sirviéndose de las lenguas nativas
y los usos y costumbres de las comunidades locales. Entre los
frutos de esta semilla cristiana destacan estos dos grandes mártires.
3. En la segunda lectura San Pedro
nos ha recordado que si alguno "sufre por ser cristiano,
que le dé gracias a Dios por llevar ese nombre" (1
Pe 4, 16). Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, derramando
su sangre por Cristo, son auténticos mártires de
la fe. Como el apóstol Pablo, podrían preguntarse
en su interior: "¿Quién nos separará
del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?,
¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?"
(Rm 8, 35).
Estos dos cristianos indígenas,
intachables en su vida personal y familiar, sufrieron el martirio
por su fidelidad a la fe católica, contentos de ser bautizados.
Ellos son ejemplo para los fieles laicos, llamados a santificarse
en las circunstancias ordinarias de la vida.
4. Con esta beatificación,
la Iglesia pone de relieve su misión de anunciar el Evangelio
a todas las gentes. Los nuevos Beatos, fruto de santidad de la
primera Evangelización entre los indios zapotecas, animan
a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas
y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás
deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural
en el origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia
común en la solidaridad y la justicia.
Los dos Beatos son un ejemplo de
cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede
llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose
iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu
religioso de las mejores tradiciones de los pueblos.
5. Estábamos alegres,
pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor
(Sal 125, 3). Con estas palabras del salmista nuestro corazón
se llena de gozo, porque Dios ha bendecido a la Iglesia de Oaxaca
y al pueblo mexicano con dos hijos suyos que hoy suben a la gloria
de los altares. Ellos, con ejemplar cumplimiento de sus encargos
públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas
aldeas o en las grandes estructuras sociales, tienen el deber
de favorecer el bien común con esmero y desinterés
personal.
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles,
esposos y padres de familia de conducta intachable, como fue reconocido
entonces por sus conciudadanos, recuerdan a las familias mexicanas
de hoy la grandeza de su vocación, el valor de la fidelidad
en el amor y de la aceptación generosa de la vida.
Se alegra, pues, la Iglesia porque
con estos nuevos Beatos ha recibido muestras evidentes del amor
que Dios nos tiene (cf. Prefacio II de los Santos). Se alegra
también la comunidad cristiana de Oaxaca y de México
entero porque el Todopoderoso ha puesto sus ojos en dos de sus
hijos.
6. Ante el dulce rostro de la Virgen
de Guadalupe, que ha dado aliento constante a la fe de sus hijos
mexicanos, renovemos el compromiso evangelizador que distinguió
también a Juan Bautista y a Jacinto de los Ángeles.
Hagamos partícipes de esta tarea a todas las comunidades
cristianas para que proclamen con entusiasmo su fe y la trasmitan
íntegra a las nuevas generaciones. ¡Evangelizad estrechando
los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de la
fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las
relaciones sociales! ¡Buscad el Reino de Dios y su justicia
ya aquí en la tierra mediante una solidaridad efectiva
y fraterna con los más desfavorecidos o marginados! (cf.
Mt 25,34-35) ¡Sed artífices de esperanza para toda
la sociedad!
A nuestra Madre del cielo expresamos
el gozo que nos embarga por ver subir a los altares a dos hijos
suyos pidiéndole al mismo tiempo que bendiga, consuele
y auxilie, como siempre ha hecho desde este Santuario del Tepeyac,
al querido pueblo mexicano y a toda América.
Me recuerdo que durante mi primera
visita, en 1979, he podido visitar Oaxaca. Me alegro que hoy he
podido beatificar a dos hijos suyos. ¡Gracias a Dios!
Al final de la celebración
el Santo Padre añadió las siguientes palabras:
Aquí he palpado vuestra estima,
y volver me ha causado una profunda alegría espiritual
de la que doy gracias a Dios y a su Santísima Madre.
Gracias también a todos los
que habéis preparado mi visita cuidando todos los detalles.
Gracias a los que, con tanto cariño, me habéis recibido
en las calles de esta ciudad, a los que habéis venido desde
lejos, a los que habéis escuchado y acogeréis el
mensaje que os dejo, a los que rezáis tanto por mi ministerio
de Sucesor de Pedro.
Al disponerme a dejar esta tierra
bendita me sale de muy dentro lo que dice la canción popular
en lengua española: "Me voy, pero no me voy. Me voy,
pero no me ausento, pues, aunque me voy, de corazón me
quedo".
¡México, México,
México lindo, que Dios te bendiga!
Ciudad de México,
1o. de agosto del 2002.
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