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Internacional
Discurso de Fidel Castro durante la visita de S.S. Juan Pablo
II a Cuba
Santidad:
La tierra que usted acaba de besar
se honra con su presencia. No encontrará aquí aquellos
pacíficos y bondadosos habitantes naturales que la poblaban
cuando los primeros europeos llegaron a esta isla. Los hombres
fueron exterminados casi todos por la explotación y el
trabajo esclavo que no pudieron resistir; las mujeres, convertidas
en objeto de placer o esclavas domésticas. Hubo también
los que murieron bajo el filo de espadas homicidas, o víctimas
de enfermedades desconocidas que importaron los conquistadores.
Algunos sacerdotes dejaron testimonios desgarradores de su protesta
contra tales crímenes.
A lo largo de siglos, más
de un millón de africanos cruelmente arrancados de sus
lejanas tierras ocuparon el lugar de los esclavos indios ya extinguidos.
Ellos hicieron un considerable aporte a la composición
étnica y a los orígenes de la actual población
de nuestro país, donde se mezclaron la cultura, las creencias
y la sangre de todos los que participaron en esta dramática
historia.
La conquista y colonización
de todo el hemisferio se estima que costó la vida de 70
millones de indios y la esclavización de 12 millones de
africanos. Fue mucha la sangre derramada y muchas las injusticias
cometidas, gran parte de las cuales, bajo otras formas de dominación
y explotación, después de siglos de sacrificios
y de luchas, aún perduran.
Cuba, en condiciones extremadamente
difíciles, llegó a constituir una nación.
Luchó sola con insuperable heroísmo por su independencia.
Sufrió por ello hace exactamente 100 años un verdadero
holocausto en los campos de concentración, donde murió
una parte considerable de su población, fundamentalmente
mujeres, ancianos y niños; crimen de los colonialistas
que no por olvidado en la conciencia de la humanidad dejó
de ser monstruoso. Usted, hijo de Polonia y testigo de Oswiecim,
lo puede comprender mejor que nadie.
Hoy, Santidad, de nuevo se intenta
el genocidio, pretendiendo rendir por hambre, enfermedad y asfixia
económica total a un pueblo que se niega a someterse a
los dictados y al imperio de la más poderosa potencia económica,
política y militar de la historia, mucho más poderosa
que la antigua Roma, que durante siglos hizo devorar por las fieras
a los que se negaban a renegar de su fe. Como aquellos cristianos
atrozmente calumniados para justificar los crímenes, nosotros,
tan calumniados como ellos, preferiremos mil veces la muerte antes
que renunciar a nuestras convicciones. Igual que la Iglesia, la
Revolución tiene también muchos mártires.
Santidad, pensamos igual que usted
en muchas importantes cuestiones del mundo de hoy y ello nos satisface
grandemente; en otras, nuestras opiniones difieren, pero rendimos
culto respetuoso a la convicción profunda con que usted
defiende sus ideas.
En su largo peregrinaje por el mundo,
usted ha podido ver con sus propios ojos mucha injusticia, desigualdad,
pobreza; campos sin cultivar y campesinos sin alimentos y sin
tierra; desempleo, hambre, enfermedades, vidas que podrían
salvarse y se pierden por unos centavos; analfabetismo, prostitución
infantil, niños trabajando desde los seis años o
pidiendo limosnas para poder vivir; barrios marginales donde viven
cientos de millones en condiciones infrahumanas; discriminación
por razones de raza o de sexo, etnias enteras desalojadas de sus
tierras y abandonadas a su suerte; xenofobia, desprecio hacia
otros pueblos, culturas destruidas o en destrucción; subdesarrollo,
préstamos usurarios, deudas incobrables e impagables, intercambio
desigual, monstruosas e improductivas especulaciones financieras;
un medio ambiente que es destrozado sin piedad y tal vez sin remedio;
comercio inescrupuloso de armas con repugnantes fines mercantiles,
guerras, violencia, masacres; corrupción generalizada,
drogas, vicios y un consumismo enajenante que se impone como modelo
idílico a todos los pueblos.
Ha crecido la humanidad solo en este
siglo casi cuatro veces. Son miles de millones los que padecen
hambre y sed de justicia; la lista de calamidades económicas
y sociales del hombre es interminable. Sé que muchas de
ellas son motivo de permanente y creciente preocupación
de Su Santidad.
Viví experiencias personales
que me permiten apreciar otros aspectos de su pensamiento. Fui
estudiante de colegios católicos hasta que me gradué
de bachiller. Me enseñaban entonces que ser protestante,
judío, musulmán, hindú, budista, animista
o partícipe de otras creencias religiosas, constituía
una horrible falta, digna de severo e implacable castigo. Más
de una vez incluso, en algunas de aquellas escuelas para ricos
y privilegiados, entre los que yo me encontraba, se me ocurrió
preguntar por qué no había allí niños
negros, sin que haya podido todavía olvidar las respuestas
nada persuasivas que recibía.
Años más tarde el Concilio
Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, abordó varias
de estas delicadas cuestiones. Conocemos los esfuerzos de Su Santidad
por predicar y practicar los sentimientos de respeto hacia los
creyentes de otras importantes e influyentes religiones que se
han extendido por el mundo. El respeto hacia los creyentes y no
creyentes es un principio básico que los revolucionarios
cubanos inculcamos a nuestros compatriotas. Esos principios han
sido definidos y están garantizados por nuestra Constitución
y nuestras leyes. Si alguna vez han surgido dificultades, no ha
sido nunca culpa de la Revolución.
Albergamos la esperanza de que algún
día en ninguna escuela de cualquier religión, en
ninguna parte del mundo, un adolescente tenga que preguntar por
qué no hay en ella un solo niño negro, indio, amarillo
o blanco.
Santidad:
Admiro sinceramente sus valientes
declaraciones sobre lo ocurrido con Galileo, los conocidos errores
de la Inquisición, los episodios sangrientos de las Cruzadas,
los crímenes cometidos durante la conquista de América,
y sobre determinados descubrimientos científicos no cuestionados
hoy por nadie que, en su tiempo, fueron objeto de tantos prejuicios
y anatemas. Hacía falta para ello la inmensa autoridad
que usted ha adquirido en su Iglesia.
¿Qué podemos ofrecerle
en Cuba, Santidad? Un pueblo con menos desigualdades, menos ciudadanos
sin amparo alguno, menos niños sin escuelas, menos enfermos
sin hospitales, más maestros y más médicos
por habitantes que cualquier otro país del mundo que Su
Santidad haya visitado; un pueblo instruido al que usted puede
hablarle con toda la libertad que desee hacerlo, y con la seguridad
de que posee talento, elevada cultura política, convicciones
profundas, absoluta confianza en sus ideas y toda la conciencia
y el respeto del mundo para escucharlo. No habrá ningún
país mejor preparado para comprender su feliz idea, tal
como nosotros la entendemos y tan parecida a la que nosotros predicamos,
de que la distribución equitativa de las riquezas y la
solidaridad entre los hombres y los pueblos deben ser globalizadas.
Bienvenido a Cuba (APLAUSOS).
La Habana, Cuba, 21
de enero de 1998
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