Hemos recibido al visitador general por mayo, que era por mayo "cuando hace la calor"; pero eso es de otros lugares, porque en Lima, por más virreinal que sea, en mayo no encañan los trigos ni hace la calor, sino que el cielo se nos pone "panzaburro" y todos somos candidatos a la depresión.
Pues por mayo nos visitó el padre José Miguel Panedas, ya que esta vez no ha podido venir el prior general. Nos hubiera gustado contar con la presencia del general, pero nos conformamos con que haya sido un capitán. Ha reinado la cordialidad y la cercanía. No ha sido menester que nos recordara muchas cosas. Nos ha confortado, nos ha hecho pasar unos buenos ratos, y vamos tomando en cuenta lo que nos ha dicho. Estamos llevándolo a la práctica. Su secretario, muy discreto, trabajador, meticuloso, pero tuvo poco trabajo. No ha mucho tiempo otro secretario, más ducho en estas lides y buen cazador de gazapos, había pasado y no dejó, porque no había, ninguno. Recuerde, padre secretario, que le regalamos con pescado, conversación y buen "remedio".
Estamos metidos en eso de instalar un ascensor. Se ha mirado, consultado, vuelto a consultar. Se ha porfiado y vuelto a porfiar, y por fin... nos hemos decidido. Un ascensor que nos sirva, en estos momentos, para fray Miguel; en el futuro para quien lo necesite. Y entre ruidos de martillos, mazas y sierras estamos. Esperamos que pronto se acaben. Se está instalando en el hueco que queda en la escalera que da a la sala de padres. Nos ha parecido el lugar más adecuado y discreto. Les contaremos cómo ha quedado. El día que esté instalado lo agradecerán los profesos, no porque vayan a subir en él, sino porque no tendrán que subir todos los días, al menos dos veces, a fray Miguel.
Hemos recibido una vista muy grata: se nos presentó de buenas a primeras el padre Edwin Sánchez, que venía de misionar -dicen ahora- en Brasil. Fue una grata sorpresa. Nos acompañó en la cena y en la recreación comunitaria. No le invitamos a jugar: es de mal gusto hacer un siete a un invitado. El padre Pepe Alberdi recibió una muy buena nota: a pesar de que lo despertamos para que el padre Edwin lo saludara, recordó quién era y de dónde venía y hasta le preguntó si volvería a Brasil: -"Éste, éste es el chiquitín". Sombrerazo, tío Pepe, por su memoria. Es que el cariño no olvida.
Hemos tenido bautizos en Santa Anita. Como de costumbre todo muy bien y bonito. Los chiquillos siguen llorando y los padrinos están de marcadores. Todavía no estamos como para cambiar la táctica de quien lleva a los chiquillos y no tan chiquillos a bautizar.
Una de cocina: Está de vacaciones nuestra cocinera, y hemos traído a nuestra cocina a Vicente. No nos importaría que se "pituqueara" por estas tierras, pero él dice que no, que lo suyo es la chacra.
A la próxima les contaremos de la segunda oportunidad y de los altos de nuestras sierras centrales.
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