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Art�culos Opini�n
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| El creyente y la pobreza: la opci�n de poseer por el proyecto de compartir |
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El
Dios que se revela en la Biblia es ante todo y sobre todo el Dios del
pueblo y el Dios de la liberaci�n de los pobres, de los esclavos y
oprimidos. El Evangelio de Jes�s es la Buena Noticia para los pobres,
los marginados, los peque�os, los que no pueden llevar una vida digna,
los pecadores, los no violentos, los que sufren y lloran, los que tienen
hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz. El enemigo n�mero
uno del proyecto de Jes�s, el proyecto del Reino de Dios, es el sistema
establecido sobre el dinero, el poder y el prestigio. Jes�s
indica que su ministerio y su tarea preferente se dirigen a los pobres
pero no como simple labor de beneficencia, la acci�n de Jes�s va mucho
m�s lejos. Se trata de que los pobres y los desgraciados de la tierra
son los privilegiados del Reino. El creyente sigue verdaderamente a Jes�s
y se une a �l en la medida en que participe en la lucha por defender a
los pobres, la lucha por la justicia. Conocer a Dios y encontrarse con
�l es lo mismo que luchar a favor de la justicia que defiende al pobre. Durante
siglos se ha dicho y hasta en ambientes eclesi�sticos que a los pobres
los tenemos que atender "por caridad". Y sabemos que la
aplicaci�n pr�ctica y concreta de esta caridad y sigue siendo para
mucha gente: la limosna. Y esa limosna era algo gratuito, es decir: algo
a lo que el pobre no ten�a derecho. La pobreza no es un fen�meno
natural, sino un hecho social. O sea que hay pobres porque hay ricos.
Hay gente que no tiene lo indispensable porque hay otros que tienen m�s
de lo que necesitan. Los que poseen m�s de lo necesario para vivir
dignamente tienen la obligaci�n de dar a los pobres. Y esa obligaci�n
no es primordialmente por caridad sino por justicia. La
cuesti�n no est� en dar o ayudar a estas gentes sino en devolver a sus
verdaderos due�os lo que en justicia les pertenece. San
Agust�n de manera tajante dice: "Siempre que posees algo
superfluo, posees algo ajeno". Por lo tanto pobres son los que han
sido despojados de lo que les pertenece. Los bienes del mundo que han
sido creados para satisfacer a todos los hijos de la tierra han sido
acaparados por unos pocos (pueblos, estados, grupos sociales,
individuos, etc.) y entonces inevitablemente los dem�s no tienen ni lo
indispensable. Lo
cierto es que abunda el pecado de omisi�n con respecto a los pobres, a
los marginados, a los que sufren en general. El evangelio (Mt. 25,31-46)
nos explica c�mo ser� el juicio decisivo de Dios. Jes�s no va a
decir: "Apart�os de m� malditos... porque hab�is robado, matado,
hecho da�o..." Nada de eso. Lo que va a decir es algo mucho m�s
simple, m�s cotidiano, m�s com�n y corriente entre gente de buena
reputaci�n incluso entre personas de comuni�n diaria. "Tuve
hambre y NO me diste de comer, ... NO me diste de beber, ... NO me
acogiste, ... NO me vestiste, ... NO me visitaste..." La
raz�n formal de la condena, tal como la presenta Jes�s no es el mal
que se hizo, sino el bien que se dej� de hacer a quien m�s necesitaba
y esa ayuda, que en resumidas cuentas es el pobre. Y la misma ense�anza
se desprende de la par�bola del rico Epul�n y el pobre L�zaro. En
realidad el rico no hizo ning�n da�o al pobre, ni le ofendi�, ni
siquiera lo ech�. Todo se reduce a que el rico se desentendi� del
pobre, sin m�s. Y eso fue determinante para la suerte o desgracia del
uno y del otro. Otro
tanto en la par�bola del Buen Samaritano (Lc.10,30-37). Los que se
pasaron de largo no hicieron nada, s�lo lo dejaron al desgraciado en la
cuneta del camino. No podemos entender a Cristo ni relacionarnos con fe
si nos desentendemos del pobre. El criterio para saber si estamos o no
cerca de Dios, lo determina la cercan�a o no al pobre. Quien est�
cerca del pobre, aunque no lo sepa, est� cerca de Dios, y quien se
desentiende del pobre, en realidad se desentiende de Dios. La
pobreza por necesidad es una desgracia que debe ser erradicada del
mundo. En este sentido hemos de luchar con todas nuestras fuerzas para
que nuestra sociedad sea m�s fraterna y m�s humana. Pero el cristiano
ha de dar un paso m�s: desprenderse del dinero y todo lo que el dinero
representa, para compartir con los dem�s. As� se cambia el proyecto b�sico
de poseer por el proyecto de compartir. Jes�s
lo explica as�: "Nadie puede estar al servicio de dos amos porque
aborrecer� a uno y querr� al otro o bien se apegar� a uno y
despreciar� al otro. No pod�is servir a Dios y al dinero" (Mt.
6,24) El rival pr�ctico y concreto de Dios es el dinero. Por eso se
puede decir que la idolatr�a moderna no es la que presta adoraci�n a
divinidades falsas, sino el que pone su confianza y su seguridad en el
dinero. El
Papa Juan XXIII, el "Papa Bueno", dos d�as antes de su muerte
mand� llamar a su fiel secretario Mons. Loris Capovilla para
preguntarle cu�nto dinero ten�a a su nombre. Y le contest� que
200.000 liras, unas 20.000 ptas. Y le orden�: "Devu�lvelas a los
pobres, que quiero morir pobre, como nac�." La
oraci�n no es ni puede ser el signo manifiesto de la fe cristiana, el
test de un verdadero creyente. Tambi�n el bonzo y el sant�n rezan y
quiz�s mucho a sus dioses. El signo manifiesto de la fe cristiana es el
Amor. Es el compromiso eficaz con los hermanos, es la vida evang�lica.
La exigencia fundamental del compromiso cristiano es la lucha por
defender la causa de los pobres. En el Reino de Dios entran los que
eligen ser pobres, es decir los que cambian la opci�n de poseer por el
proyecto de compartir. Miguel M� Mendiz�bal
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