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El cuento de mi tatarabuelo
Dicen que mi tatarabuelo era uno de esos irlandeses especialista en contar historias. Antiguamente y quiz�s por la falta de medios masivos de comunicaci�n, el sentarse alrededor de una fogata, o una mesa, cerca de uno de estos personajes a escuchar historias era todo un evento social.
Uno ten�a -y tiene- la capacidad de imaginarse el relato arm�ndole el escenario adecuado, poni�ndole gestos y expresiones a los personajes y hasta casi estar en medio de la historia, quiz�s como un mero testigo de los sucesos o hasta con alg�n bolo secundario.
Una de las historias que me lleg� fue la m�s popular en mi familia desde que mi tatarabuelo pis� suelo Argentino. Mi abuela me la contaba tal cual su abuelo lo hac�a. Llena de gestos y ademanes y expresiones que la enriquec�an hasta el hartazgo. Pero mi abuela supo agregarle un condimento m�s. Le col� algunas cartas de amor, secretas y prohibidas, que hicieron de esta historia de semificci�n, un hecho real, algo que pas� y que por suerte alguien resucit� y no la dej� morir en el arc�n de los recuerdos.
Reci�n empezaba el a�o. Y es esa una �poca que hist�ricamente se caracteriza por llenarse uno de esperanza y de ilusiones cortoplacistas para lo que va a venir el resto del a�o. Y as� fue a comienzos de 1889 como �l, mi tatarabuelo, don James Pearce, junto a su familia se embarca rumbo a la Argentina.
La ilusi�n de por fin tener su tierra, su casita, con sus vacas, su caballo, su buey. So�ar con ese palacete donde darle morada a su familia, que nada le falte, que nunca sufra. Creo, seg�n contaba mi abuela entre masas y five o�clock tees, que esa ilusi�n era lo que m�s espacio ocupaba en las valijas que tra�an.
Ella empezaba su cuento diciendo algo as�: �El abuelo cuando ten�a 44 a�os cuando vino. Era robusto y bien parecido. Siempre me llamaron la atenci�n sus manos, que parec�an pesar treinta kilos cada una�.
Cada vez que empezaba con el cuento del abuelo, no pod�a no imaginarme la escena en el puerto de Cobh al partir, cuando mi abuelo llegaba cargando el solo todos los b�rtulos como si nada, porque si hab�a algo que mi abuelo ten�a era fuerza, mucha fuerza, y al lado su mujer cargando a la peque�a. Me los imagino vestidos de �poca, con sus mejores ropas, abrigados hasta la m�dula, y la peque�a Daisy, cubierta por aproximadamente diecisiete mantas y la �ltima con puntillas hechas por su abuela.
Y la cantidad de gente que deb�a de haber al costado del barco, entre los que abordaban y los que se desped�an deb�a ser impresionante.
Contaba mi abuela que el barco se llamaba Dresden y que abordo ven�an mil ochocientos pasajeros. Un detalle que nunca dejaba pasar en este momento del cuento es algo que su abuela le hab�a contado tiempo despu�s que su marido muriera y era que a ella siempre le hab�a llamado la atenci�n en ese instante previo a subir, cuando transitaban por la manga de popa, unas �caras c�mplices� que su marido le hab�a dirigido a alguien que ella no pudo identificar en ese momento, pero que nunca dej� pasar.
Bien, la historia tom� su curso, as� como tambi�n el barco. Digamos que abordo no abundaban las comodidades y lujos. Los camarotes eran compartidos, y la intimidad podr�a decirse que hab�a quedado en la peque�a y humilde morada de mi tatarabuelo en Westmeath.
Los d�as a lo largo del viaje se hac�an cada vez m�s c�lidos y los paseos por la borda junto con la brisa del mar generaban poco a poco una revoluci�n de primavera que aceleraba los corazones de los pasajeros. Y mi tatarabuelo no fue uno de los exentos en esto del �amor de primavera�. Mi tatarabuela, por su parte, sigui� notando esas caras y miradas c�mplices que, cuando ella quer�a buscar a qui�n le correspond�an, se perd�a un mar de gente. Eso fue as� hasta la novena noche del viaje, cuando, ya con los pasajeros diezmados y en su mayor�a durmiendo, Mary Ann dio con quien correspond�an las miradas de su marido.
De ojos claros, celestes muy profundos, y con una mirada que hasta a ella le costaba resistir, se encontr� a una se�ora a�n m�s grande en edad que ella, de rasgos muy finos, que se paseaba por la proa del barco junto con sus cuatro hijos.
Seg�n cuenta mi abuela, a su abuela en este punto del relato, se le desfiguraba la cara y su rostro se volv�a est�ril de expresiones. Pobre vieja, algo de impotencia deb�a tener al no saber c�mo enfrentar a su marido para cuestionarlo y preguntarle qu� pasaba entre ellos.
Digamos que mi tatarabuelo ten�a reputaci�n de ser un tipo de pocas pulgas y nadie se met�a con �l porque era bastante especial, algo bruto o rudo para lo que es la media de la poblaci�n actual que no resuelve sus pleitos mezclando manos con caras. Y sin duda, deb�a tener la misma �especialidad� para con mi tatarabuela. Un jodido. Pero este jodido ten�a un carisma especial, algo que cautivaba y atra�a a los que lo rodeaban. Ten�a como se dice ahora, una chispa especial. Y esa chispa, dependiendo donde ca�a, prend�a. Y abordo del Dresden prendi�.
Mary Ann estaba dedicada exclusivamente al cuidado de su hija. Siempre con ella a cuestas de un lado para el otro, d�a y noche. Y eso debe de alguna manera haber influido en el aburrimiento de don James. �Qu� se hace en un viaje tan largo, en una superficie tan chica como es la de un barco en el medio de la inmensidad del oc�ano? Seguramente que se buscan aventuras, y quiz�s por eso este aventurero irland�s se lanz� de cabeza al encuentro de una.
Una noche los amantes cruzaron m�s que miradas y, escondidos en uno de los barcos salvavidas de estribor, tapados por una manta jugaron a encontrarse y si, se encontraron, pero bien encontrados.
Ahora, el lector se preguntar� c�mo lleg� este relato a hoy. Y lo m�s parad�jico del caso es que era mi tatarabuelo, el mism�simo James Pearce, que lo contaba. Si, tan cojudo era. Pero lo que ten�a de cojudo, lo ten�a de suspicaz. Usaba el famoso recurso de alterar los nombres de los personajes y peque�os detalles de la historia. Siempre de forma, jam�s de fondo. En la esencia del cuento se encontraban sus sentimientos, sus sensaciones, sus miedos, todas las cosas que le pasaron tanto por el coraz�n como por la cabeza. En el fondo era un tierno, pero a su manera.
�Pero qu� pas� con el famoso cuento del tatarabuelo? �D�nde qued�? Bueno, m�s o menos empezaba as�. El cuento que les voy a contar es totalmente real. As� pas� y as� lo cuento.
Este era un apuesto joven que buscaba su destino. Apuntalado por la desgracia en su hogar, se escap� de la ley jurando jam�s volver. Como polizonte se embarc� con rumbo incierto, un d�a donde el fr�o apretaba y no daba tregua.
Zarp� del puerto de Cork una ma�ana de enero de 1889. Tras de si, trataba de dejar un pasado que lo marc� hondamente. Un desamor de esos que podr�an haberle hecho peor de continuar, pero la idea de su extinci�n todav�a le pesaba.
Pero fue en la manga del barco donde tuvo su primera revelaci�n. Esos ojos cautivantes, esa mirada profunda y celestial, risue�a y alegre, lo hab�a inspirado. El fri� viento que lo ten�a hasta ese momento a maltraer, instant�neamente desapareci�.
Pero y si esa mirada le correspond�a, a d�nde lo llevar�a? Qui�n era esa mujer?
Ella aparentaba algo m�s grande que �l, pero no era eso un problema. Con sus cuatro hijos y su marido, viajaban a un pa�s del que no ten�an conocimiento alguno, pero les hab�an vendido un destino, una esperanza. Era una de esas oportunidades en la vida que uno no puede dejar pasar. Y bajo esa misma filosof�a fue que este buen hombre tambi�n se embarco tras ella . No hab�a terminado de bajar de la manga a bordo del barco, que ya se le hab�a instalado la necesidad de saber quien era esa mujer. Quer�a a toda costa conocerla. Algo de especial ten�a que la hac�a resaltar de entre la muchedumbre.
Quiz�s su ropa le daba cierto aire alegre, o era simplemente su mirar y gesticular y re�r lo que lo cautivaba. No sab�a, todav�a estaba demasiado est�pido. Su boca abierta llamaba la atenci�n de los que lo rodeaban. Estaba justo parado en la salida de la manga, impidiendo el paso de los que ingresaban a bordo. Algunos empujones, algunos gritos, hasta que un tripulante con un raro sombrero lo agarr� del brazo y en un idioma que no entend�a, le explicaba que se moviera de donde estaba y mostr�ndole su pasaje, le indicaba a los gritos por donde deb�a dirigirse.
El no apart�, a lo largo del discurso del contramaestre, ni un minuto sus ojos de esta mujer. Nada le importaba si estuviera casada o tuviera medio centenar de hijos. Simplemente hab�a quedado encantado, casi petrificado junto a uno de los pasillos. El contramaestre, al evaluar la situaci�n y no recibir respuesta alguna de este ente, decidi�, luego de alg�n refunfu�o, dejarlo solo tras una expresi�n � Bah! Que se pudra!
Una cara de barba espesa y una mirada atemorizante se interpuso entre �l y esta mujer. Fue en ese segundo que volvi� a respirar. Como sin entender d�nde estaba, trataba de hilar alguna idea. Pero el hombre de barba segu�a de cerca sus movimientos, aproxim�ndosele a paso firme.
No reaccion� hasta que la barba espesa del hombre, unos veinte cent�metros m�s alto que �l, le hac�a cosquillas en su nariz. El olor repugnante que sal�a de su boca tambi�n lo hizo reaccionar. En un tono extremadamente intimidante, este hombre de barba se presenta:
- Soy John Buckley, mayor gusto! �y estrech�ndole la mano cual si lo hiciera con una morsa, gentilmente le dice- Esa dama de ensue�os a la que no deja Ud. de ver, es mi mujer y me alegro que lo haya dejado tan manso. De otra manera le hubiera aplicado una golpiza que le deformar�a la cabeza a un buey. Espero no lo tome a mal si le pido que se desanime a seguir mir�ndola.
Jeremy, porque as� se llamaba, Jeremy Sullivan, no era capaz de procesar palabra alguna hasta que la morsa del Sr. Buckley h�bole molido cuanto hueso ten�a en su mano. De repente y ante tama�o est�mulo pudo volver en s�, y entre balbuceo y el revoltijo por el apret�n de mano, pudo decirle:
- No era a su mujer a qui�n miraba �haciendo fuerza se zaf� de la morsa y le dijo- Banshee se pos� detr�s de su mujer y la �ltima vez que la vi, y esto no fue hace tanto mi estimado, se pos� detr�s la m�a. Si quiere saber d�nde est� mi mujer ahora, mejor preg�ntele a los cuervos.
Tras esto, el Sr Buckley, sin entender mucho y volviendo su cabeza hacia atr�s buscando encontrar con vida a su mujer, y todo esto sin dejar de prestarle atenci�n a James, comenz� a balbucear y a tratar de pedirle perd�n casi sin poder creer que la historia fuera cierta.
Con un dejo de sospecha el Sr. Buckley se retir� mir�ndolo con cierto temor y se dirigi� donde estaba su mujer y sus hijos.
James di� media vuelta y suspirando, buscaba pasar desapercibido por entre la muchedumbre. La mujer del Sr. Buckley, que hab�a sido testigo de toda la escena anterior, tom� distancia de su marido y juntando a sus hijos se fue para el comedor sin decirle una palabra. Su cara, su gesto, fue determinante. Ya eran las cuatro y media de la tarde y comenzaban a llamar para el primer turno de la merienda.
El Sr. Buckley, sin sacar de su cabeza la idea de que Banshee se haya posado detr�s de su mujer y el que no haya escuchado ni el m�s m�nimo llanto entre tanto griter�o de gente, le daba a pensar que tal vez este perfecto desconocido tuviera raz�n. La cara que �l le hab�a visto a este extra�o era de absorto, y bien pod�a haberse quedado as� tras dicha aparici�n. Y si as� lo fuera, y si su mujer muriera, deber�a ser �l quien se ocupara de los ni�os. Oh! Por Dios! Este buen hombre no era muy ducho con los chicos. Digamos que prefer�a que crecieran e invitarlos a tomar cerveza hasta caer redondos, pero no tener que cocinarles, cambiarlos, vestirlos, cuidarlos y mucho menos decirles qu� tienen que hacer para ser hombres de bien.
De la nada y ya casi oculto por la espesa noche su cuerpo se dibujaba entre la niebla. El ruido del agua mezclado con el del viento no lo pod�a dejar concentrar y sus pensamientos iban y ven�an con la marea. Dar el paso, acercarse, tomar la decisi�n. Animarse a m�s! No pod�a dejar pasar una oportunidad as�. Pero si no hab�a cruzado ni media mirada con ella. Fue total contemplaci�n cual si no existiera nada en el mundo m�s que ella. Y si ella no le correspond�a? Y si ella no le daba lugar ni a la m�s m�nima de sus expresiones? Tendr�a sentido alguno estar as� por alguien que todav�a no le hab�a dado siquiera una mirada?
Entre estos pensamientos y por entre la niebla cada vez m�s espesa la figura a la que solo se le apreciaban sus contornos, comenzaba a tener forma, comenzaba a conseguir dimensiones, hasta que por fin, como si saliera el sol en un horizonte limpio y c�lido en una ma�ana de verano, aparece su cara. Era ella, con un gesto que nuevamente lo pon�a lejos de este mundo terrenal.
- Le pido mil disculpas por el atropello de mi marido �ella le dijo mientras tomaba su mano-. Es que es imposible controlarle sus impulsos. Es una carga de la que no me puedo despegar hace a�os y que si no fuera por mis hijos a los que no les puede faltar el pan, ya hubiese desaparecido.
�l trat� en un segundo de hilar todo el sentido de la frase. Le costaba m�s que mucho no intoxicarse con tama�a belleza.
- Ehhh� no, no debe preocuparse. No fue nada. Estoy acostumbrado a este tipo de personajes.
- Por cierto, qu� lo que lo ten�a cautivo entonces. Lo vi mirarme y no sacarme la vista por largo tiempo. Lo vi tapar la fila de ingreso al barco y no reaccionaba. Quiero que me diga la verdad a mi. Fue Banshee? Es cierto lo que le dijo a mi marido? Esas historias las contaba mi abuela cuando yo era muy peque�a, pero ahora, a mi edad, me cuesta creer. Se�or, yo ruego cada noche a San Patricio que me de la fuerza necesaria para cuidar a mis hijos, para que nada les falte. Una sonrisa de ellos en mi vida, llena tanto vac�o que Ud. no se imagina.
Y en el relato que ven�a diciendo tan entusiasmada, abruptamente lo corta. Un silencio breve con cara de distra�da y sonrisa de por medio, estira su mano y dice:
- Perd�n por mis modelas. Soy Mary Buckley.
- Jeremy. Jeremy Sullivan.
Y fue as� como empez� la gran charla, y el tiempo pasaba y la luna llena que se reflejaba en el mar armando un escenario perfecto para que cupido haga de las suyas.
Caras serias, risas, gestos, ademanes y alg�n que otro llanto era lo que se pod�a ver a lo lejos, de ambos.
- Es mentira �dice Jeremy cortando en seco la conversaci�n que ven�an trayendo.
- Qu� es mentira?
- Banshee es un cuento de hadas que a m� tambi�n me contaban mis abuelos. No existe. Y no era verdad que estaba detr�s suyo llorando su nombre. No pod�a confesarle a su marido que efectivamente estaba totalmente est�pido por lo que encontr� en su rostro. Esos ojos fueron los que, como si tuvieran manos y largos brazos, agarraron mi cabeza, la giraron hacia Ud. y no me dejaron ver otra cosa. Pero lo que me cautiv� fue su mirada. Profunda y eterna como este mismo mar, que no se ve donde empieza ni donde termina. Y sus gestos, y sus expresiones risue�as� Se�ora, Ud. me ha cautivado. Ha ensanchado mi pecho como nunca nadie lo ha hecho.
- Oh. No puedo creer lo que me est� diciendo. Durante todos estos a�os, en mis oraciones le ped�a a Dios que por favor me hiciera sentir alguien. Hace a�os que soy menospreciada. Para mi marido no soy m�s que una sirvienta que le cocina, le arregla los pantalones cuando se le rompen, le cuida a sus hijos. Oh, Jeremy, hace a�os que no tengo vida, que no me siento viva. Tu, con estas simples palabras, me has generado m�s sentimientos de los que he sentido en mis �ltimos 20 a�os.
En ese instante y desde un impulso incontrolable, Jeremy tom� de la cara a Mary y no pudo m�s que callarla con un beso. Ella no pudo atinar a relajarse, dejar caer sus hombros y disfrutar de ese instante eterno que parec�a vivir.
- Perd�n por el atrevimiento pero no me pudo controlar. Fue un impulso que brot� desde lo m�s profundo de mi ser. Por favor, entienda que no puedo ni quiero hacerle mal. Tengo en cuenta su situaci�n. A pesar de todo, sigue siendo una mujer casada y con hijos y sabe que esto no est� bien. Le pido mil disculpas.
- Jeremy, por favor, no digas eso. No en este momento. No lo arruines. S� claramente c�mo son las cosas y qu� est� bien y qu� est� mal. Y s� que esto hace un poco de ruido en toda mi historia, pero entiende una sola cosa. Es la primera vez en a�os que puedo disfrutar de un beso, de una caricia. Puedo disfrutar que tus palabras me acaricien por dentro. Y me dejo conquistar como hace a�os no lo hac�a. No s� que pueda pasar ma�ana. La verdad es que solo puedo decidir sobre el hoy y elegir vivirlo de la forma que m�s feliz me haga. Hay cosas que s� que me gustar�a lograr a futuro, pero para llegar ah� hay que recorrer un largo camino y ese camino se construye d�a a d�a..... nuevamente todo es una sumatoria de presentes. En el d�a a d�a a veces me equivoco, a veces tengo m�s suerte que otras, a veces tengo m�s fe que otras, a veces tomo las mejores decisiones de mi vida y a veces no, pero lo que s� es seguro, es que siempre aprendo.
Tras esto, otro beso impulsivo los uni�, pero esta vez fue m�s largo. Lleno de caricias, de c�lidas expresiones de un amor reci�n descubierto. Fresco, lleno de una fuerza interior capaz de hacerlos abandonar el barco a pleno vuelo y llegar a destino cuesti�n de segundos.
Los d�as transcurrieron y los amores a escondida trascendieron en cubierta. La gente hablaba y esto ya a don Buckley no le ca�a para nada simp�tico. Hubo una noche en que, luego de la cena se dispuso a tomar venganza de todo este pesar. Peligraba la relaci�n con su mujer. Deb�a terminar esta historieta de amor barato de manera tal que de eliminar a su contrincante y hacer que su mujer siga con el hasta que la muerte los separe.
Sigilosamente, siguiendo los pasos de su mujer dio con los enamorados, quienes se escondieron en uno de los botes salvavidas de estribor. La paciencia no era uno de sus fuertes, pero bien sab�a que no val�a la pena interrumpir ese momento y actuar. Deb�a ser fr�o y usar ese tiempo muerto para premeditar segundo a segundo cada uno de los pasos que ha realizar para no cometer el m�s m�nimo error.
Ya casi por amanecer, el alba asomaba por el horizonte. Y luego de unos movimientos bajo la lona que cubr�a el bote salvavidas vio salir a su mujer, quien r�pidamente se escabull� por los pasillos del barco.
Esa era su oportunidad y no pensaba desaprovecharla. Estaba tan decidido que de un salto se puso de junto al bote, levant� r�pidamente la lona y all� encontr� a su amigo, el amante de su amante, el que puso en vilo el futuro de su vida.
Dormido y con una sonrisa que se le dibujaba en su cara, yac�a Jeremy, m�s indefenso que bambi.
Fueron segundos eternos. John transpiraba y no le era nada f�cil hundir su cuchillo en las tripas de Jeremy. Pero algo deb�a hacer urgente. Entre esos pensamientos que le iban y le ven�an, le lleg� el que necesitaba y la escena de amor entre los amantes comenzaba a tener lugar en su cabeza y no pod�a imaginarse eso, pero era involuntario y lo necesitaba para juntar coraje. En un segundo un impulso involuntario estamp� el cuchillo una y otra vez en el cuerpo del Jeremy, que ni siquiera le dio tiempo a exhalar ni media gota de aire.
La fragilidad de la vida se vio hostigada y el claro ejemplo estampado en el rostro de Jeremy, que con un gesto mezcla de dolor y de no entender por qu� pasaba lo que pasaba, cuando hac�a solo dos segundos atr�s, gozaba a pleno de un sue�o maravilloso junto a su amada.
- Qu� hice! - Fueron obvias las palabras que salieron de la boca de John. Jam�s hab�a matado a nadie. Solo golpeaba por placer, pero jam�s se hab�a pasado de esa delgada l�nea de vida. Le gustaba m�s el gesto de sufrimiento que el inerte de un muerto.
El viaje estaba a punto de terminar. Ya el calor de febrero apretaba y no algo que le ayudara ya que el cuerpo tardar�a muy poco en pudrirse. Entonces decidi� que lo mejor ser�a tirar el cuerpo al mar y que los tiburones se encarguen de limpiar las pruebas.
Medio segundo tard� en tomar la decisi�n. Y all� fue el cuerpo de John, el hombre sin destino que encontr� todo en un viaje. Cruz� de la esperanza, el amor concreto y encontrado, a la muerte s�bita que lo interrumpi� y sac� de un sue�o de hadas.
Pero en la cabeza de John ya nada era lo mismo. Solo hab�a un pensamiento que lo atormentaba. Jeremy hab�a sido el �nico que hab�a visto a Banshee y termin� muerto. Mejor hubiera sido dejarlo vivir y evitar el remordimiento.
No le daba un segundo de tregua. El haber asesinado a sangre fr�a hab�a despertado en �l todos sus temores. Los mitos los hab�a vuelto realidad y la idea de que Banshee vuelva y llore por el, lo volv�a loco.
Su mujer, desentendida de todo este asunto no hac�a m�s que ver a un marido totalmente distinto. Totalmente diezmado. Sus hijos que le hablaban y el que no pod�a emitir palabra alguna. Estaba hundido en el m�s profundo de los encantos. Las hadas le hab�an jugado una mala pasada.
La noche siguiente, su mujer iba al encuentro de su amante, entre las sombras de la noche y con la sonrisa y la vida que le volv�a al cuerpo, cuando de entre las luces de cubierta ve la figura de su marido que se dirig�a directamente hacia ella.
Los calores y la incomodidad afloraron en medio segundo. Transpiraci�n fr�a. Manos sudorosas. Voz entrecortada. Y un panorama que a John no le ayudaba para nada. Deb�a confesarle a su mujer lo que hab�a pasado. Necesitaba contarle a alguien todo lo que ten�a adentro. Era una bomba de tiempo. Descomprimir un poco esa cabeza abarrotada de pensamientos.
- Mary, hay algo que tienes que saber. Se trata del fulano ese. El loco de Banshee.- dijo John con su mirada extraviada en el m�s all�.
El rostro de Mary pareci� romperse a pedazos.
- Es que yo sab�a todo lo que Ud. hac�an a mis espaldas y no pod�a permitirlo que siguiera. Y no quiero perderte. Mi vida sin ti bien sabes que no vale ni medio penique.-
El la tomaba de la mano mientras que Mary, palabra a palabra que ingresaba a sus oidos, se doblaba poco a poco como si la fuerza de sus piernas la abandonaran.
- Mi cabeza no supo encontrar otra salida. Sabes bien lo impulsivo que soy.
- John, qu� has hecho? Por favor dime que est� mal herido. Qu� est� tirado por ah�.
- No sabes cuanto quisiera yo eso. Creeme que m�s que nadie en el mundo. Pero no, no es as�. Vaya a saber donde est� su cuerpo ahora. Si existe siquiera.
Un llanto desgarrador instant�neamente brot� desde lo m�s profundo de Mary. Era desesperado y entre balbuceos gritaba el nombre de su marido una y otra vez. �l no pod�a hacer otra cosa m�s que agarrarla y abrazarla.
Fue en ese instante y por detr�s de los llantos de su mujer que comenz� a o�r su nombre bajo tiznes de gemidos. Era la voz de una mujer que ven�a desde la proa del barco e iba por estribor hacia ellos. Su coraz�n pareci� detenerse. Su transformaci�n fue instant�nea. Su mujer no entend�a mucho en su estado, pero el comenzaba a tomar distancia y mirar hacia la proa.
Comenzaba a divisar una figura que como flotando se dirig�a hacia �l. Era una mujer, y de ella ven�an los gemidos de su nombre. Cada metro que se le adelantaba, lentamente pod�a verle m�s n�tidamente su rostro. Una mujer. Llorando y gimiendo su nombre una y otra vez. Y cada vez m�s fuerte y n�tido. El rostro era el de su mujer. Pero estaba a su lado. No pod�a ser! Qu� pasa?!
Era Banshee en persona y en el segundo que lo descubri�, su coraz�n se detuvo instant�neamente y cay� fulminado a los pies de su mujer.
Mary hab�a sido testigo de toda esta escena. Si bien estaba de espaldas a Banshee, crey� o�r en alg�n momento otra voz a la suya, tambi�n lastimosa, que repet�a su mismo discurso. Pero su cabeza no pod�a ir m�s all� de su coraz�n, que estaba hundido en el fondo del mar junto al cuerpo de su amante.
Dando media vuelta, sin pensar m�s que en Jeremy, se volvi� a su catre junto a sus hijos dejando el cuerpo de su marido en el lugar donde hab�a ca�do.
Nunca nadie al otro d�a hizo comentario alguno de haber encontrado un cuerpo sin vida de un hombre. Desapareci� en la m�s m�sera de las ignorancias.
Y esto fue verdad y nunca nadie nos cont� lo contrario. Y al parecer Banshee exisiti�. Y este finalmente era el cuento que contaba mi t�tarabuelo.
Pero el de mi abuela era algo distinto. Ella encontr� cartas que lo compromet�an y nos dejaron ver c�mo eran realmente los grises de este cuento, y sobre todo qu� dec�an los silencios de su abuela.
Mary Buckley fue amante de mi t�tarabuelo durante a�os y mi t�tarabuela, Mary Ann lo supo desde el principio. Seg�n mi abuela, todo hab�a comenzado en el barco, como dije al principio. Al parecer se excedieron de copas una noche, y ola va, ola viene, hubo alg�n �Cuidado Se�ora�, �Perdone Ud. caballero�.... y zaz! Pas� lo que ten�a que pasar.
Pero no solo fue eso. Hubo una qu�mica, un algo especial que los conectaba. Seg�n contaba mi abuela, esas noches de fiesta arriba del barco donde hab�a m�sica, ella ve�a como su marido bailaba toda la noche con ella. Realmente se los ve�a bien. Eran divertidos y se re�an mucho.
Son esos secretos de familia que salen luego de a�os lo que le dan a estas historias el formato de cuento. Pero en este caso, prefiero guardar las intimidades de esta historia para mis hijos y mis nietos, y que todo quede donde empez�, en el c�rculo de la familia.
JP - Quancho |
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