-Publicado en El Universal, 23 junio de 2001-
AL igual que la Comala de Juan Rulfo, suspendida en el pasado, respirando el olor del polvo y rodeada de muerte, existe una región en San Luis Potosí donde desde hace 40 años la población muere de hambre lentamente mientras va asesinando su propio futuro. Charco Cercado es uno de los lugares plenamente identificados con la venta ilegal de especies en peligro de extinción, comercio abierto y público que vive y pervive gracias a la impunidad de la que gozan quienes operan este crimen organizado en contra de la vida.
A la orilla de la carretera, a la altura del kilómetro 97 entre San Luis Potosí y Matehuala, uno tras otro se extienden un centenar de destartalados tendajones cubiertos de polvo, convertidos en el escaparate para la venta de seres vivos únicos e irrepetibles.
Las víctimas de este ilegal comercio son animales silvestres, muchos de ellos cachorros o polluelos que se cuecen bajo los rayos del sol, sin una gota de agua ni alimento alguno, a la espera de algún comprador que con su ignorancia se convierta en cómplice del ecocidio que afecta cada mes a miles de aves y mamíferos.
El 98% de estos seres vivos muere irremediablemente a los pocos días u horas de haber sido atrapados y vendidos, con el doloroso epílogo de que sus muertes de nada sirven a los pobladores de esta empobrecida región, pues continúan viviendo en la miseria como lo han hecho desde hace décadas.
Habiéndose agotado prácticamente la fauna de la región, los depredadores ahora recorren furtivamente los municipios aledaños, ampliando el cerco de muerte que alcanza a las irremplazables vidas de camadas de coyotes, polluelos de aguilillas y halcones, armadillos, búhos y víboras de cascabel, entre muchos otros.
Las mujeres y hombres que se encuentran en los miserables puestos a la orilla de la carretera son solamente revendedores, el eslabón final de lo que es para unos cuantos una operación millonaria orquestada por delincuentes que operan en complicidad con las autoridades.
Así es como en Charco Cercado opera con total impunidad el crimen organizado comercializador de animales en peligro de extinción, al igual que sucede en el sureste con el tráfico de loros, tucanes, guacamayas y monos o en otras regiones del país con la tortuga y los lagartos. A ésto se añade el comercio de la flora desértica y tropical en redes criminales que operan a la vista de todos, con la complicidad de las autoridades locales y un absoluto desinterés de las autoridades ambientales.
Así es como después de 40 años en Charco Cercado la destrucción de la vida se ha convertido en el magro sustento para los pobladores del lugar, quienes a lo largo de su triste existir han escuchado todo tipo de promesas de las autoridades sobre los pozos que apoyarían sus cosechas, pero que nunca se perforaron; sobre las maquiladoras para darles empleo, que nunca se establecieron, y sobre los puestos para el comercio de artesanías, que nunca se construyeron. Lo que sí hay es un parador comercial privado en el lugar donde alguna vez les prometieron que estarían sus puestos para vender artesanías.
Charco Cercado es solamente un ejemplo de lo lejos que estamos de tener un gobierno que entienda el sentido de lo que es un desarrollo sustentable. Es también una clara muestra del abismo que hay entre los discursos de las autoridades ambientales y una realidad de complicidades, impunidad y desinterés hacia el patrimonio natural de México.
¿Hasta cuándo? ¿Cuántas especies deben extinguirse antes de que se combata a las redes de crimen organizado que trafican con la biodiversidad?
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