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CORRESPONSAL: |
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No no, mi amor, ya estoy aquí y no hay con qué darme (ma’ si, no va a haber) y así como pudimos celebrar el genocidio de nuestros indios (A.N.I.M.A.L.), vamos a celebrar, cerveza en mano claro, el nacimiento de yo, o sea, yo. Ya la tecnología nos había jugado una muy mala broma el año pasado arrebatándonos de la mano del técnico superior en hardware Lucas Cortez las fotitos que humildemente sacamos con el V300 de la Pelu. Solo ella te puede contar la vorágine de maldiciones de la que fui capaz de proferir por el hecho de haberlas perdido tan infelizmente. Unas postales que en mi inocencia (¡si, Marta!) pensé que no se volverían a repetir. Este año El Barbudo después de arduas consideraciones nos daría el ballotage fotográfico con la nunca bien ponderada adquisición de Vox Populi: la cámara digital y, por supuesto, gran parte de los aquella vez presentes con alguna que otra perlita sorpresa. El homenajeable (¡hola!) no tenía grandes pretensiones, así que la jornada pintaba más imprevisible que nunca (ya te dije que el hielo no es para sentarse) Sabíamos que el punto de encuentro se designaría a TaTeTí y que por lo único que había que esperar era por el arribo de la colectividad capitalina que se sometía a la odisea nuestra de cada día: enganchar una combi. Desde temprano la Arus y la Martuza se mofaban del refrán de que “hombre prevenido vale por dos” y se anticipaban a los changos, como tantas veces, mucho antes de que Jody pudiera hacer crujir esa caja de cambio, a modo de protesta por ser siempre el último en salir, arribando en momentos en que el Jorgemóvil prestaba sus servicios, gestando de a poquito la pachanga.
La falta de organización de los changos agotaba las esperanzas de que su condición de varados haya sucumbido tras la aparición de un “boleteer”. Zeta, demostraba que ser bandeño tenía sus ventajas, usando sus influencias (todas, menos la “punk”) para persuadir a un remisero amigo de atravesar los caminos dignos de safari que los conducirían hacia aquella versión barata de Silent Hill: Clodomira.
Maxi y Diego (¿López? Jaja, I don’t think so!), con los ojos vendados, eran arrastrados entre guiños de vana complicidad por los ya vaqueanos Tincho y Huguito. Diego pareció encontrar demasiadas similitudes con el Autonomía tal como lo reflejaban sus ojitos, y Maxi a lo Matrix, demostraba en su rostro que no existía bala que pudiera ingresar en su cuerpo. Mil disculpas, che. Al arribo, las obnubiladas caras de Huguito y Zeta se sumaban a los espantados ojos de las chicas frente a mi caja de Pandora de 80 GB repletos de atentados a la moral y las buenas costumbres que al menos se amenizaban con música de la buena. El equipo de mate ya no engañaba a nadie y decidí poner a prueba a la Nigelia arrebatándole unas cuantas “chelas” (Susú, filósofo contemporáneo) del freezer. Como atraídos por tan fresca carnada, empezaron a caer los demás: que Jorge, que Dani, que Grillo, ¡¡¡que Paaaaannnnchoooooo!!! ¡¡¡Tan aclamado!!! Que de no ser que demora tanto, su llegada hubiera podido ser considerada telepatía, jaja. Tincho, seguí participando.
La casa ya estaba que explotaba y conseguir cuchetas no nos pareció buena alternativa, así que había que encontrar aquel lugar que el ortiva de cumpleañero se había rehusado a buscar para lo que iba a ser la previa al boliche. El meeting point fue finalmente el “Autoservicio” Rigo, rubro que le faltaba y que fue inaugurado tras la indiferencia de Luchi ante tan abultada multitud que se hacía presente. La apariencia de terminal de ómnibus tenía que desaparecer como sea, ¿no? Mientras la cámara digital se recuperaba de a poquito de semejante castigada, la Polaroid de Pancho salía del banco de suplentes con más ganas que Messi, a retratar por espacio de al menos dos horas la improvisada previa, mientras que yo y el incipiente RR.PP. José nos encargamos de que nuestra entrada a El Muro abandone su carácter de embestida feroz, convenciendo al Ñato de que el premio Greenpeace que conseguimos reciclando al Cine Reggio, merecía ser reconocido aunque más no sea con unas cuantas free pass.
Una vez adentro creéme que ni en el casamiento de los García-González ligaron tanta cerveza. Hasta Goro se quedó corto a la hora de acarrear las bombas rebalsantes de felicidad en estado líquido que lograrían amortiguar la tanda anual de infamias enganchadas a la que nos sometemos cada sábado. A partir de ahí todo lo posterior se trató de crímenes e inmoralidades que quisieron perderse en el olvido, pero que la cámara no soportó dejar impunes. De inevitables fusiones entre mi pluralidad de adeptos, de amistades incipientes, de abrazos interminables, de ambiente de viaje de estudios y porqué no de vanos intentos de inserción de canes al mundo de la moda (¿le contaron a Hugo..? Ura, ya me pelé) En síntesis, una noche que mi poca disposición anímica no pudo estropear, y con el premio de todo lo que eso significa. Todo parte del inexorable homenaje al cual el eunuco que suscribe se queda tan cortísimo de palabras (¿justo ahora?) a la hora de agradecer semejante avalancha de afecto que sin titubear se dispusieron a brindar. Afecto que quiero ir garpando de a poquito, afecto que voy a ir consumiendo en la medida que lo merezca, afecto que es bálsamo y que no se va a derramar de mi cuchara ante las suntuosidades made in Pasaje Castro de esta vida trola. Y va a ser como siempre dije: “Andá y volvé, yo voy a estar aquí” Un millón de gracias. En serio. Pupi (sí, ese)
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